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El Rey Marcado

«EL REY MARCADO». El héroe de guerra. El príncipe con un demonio agazapado en su interior. Nikolai Lantsov se enfrenta al resurgir de un oscuro poder que podría no solo acabar con él, sino con toda Ravka. Zoya Nazyalensky ha dedicado toda su vida a pulir sus letales talentos y reconstruir el ejército Grisha. Peso a sus dones mágicos, Zoya sabe que los Grisha no podrían sobrevivir sin Ravka como refugio… y que Ravka no podrá sobrevivir con un rey debilitado. Zoya no se detendrá ante nada para ayu

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El Rey Marcado

«EL REY MARCADO». El héroe de guerra. El príncipe con un demonio agazapado en su interior. Nikolai Lantsov se enfrenta al resurgir de un oscuro poder que podría no solo acabar con él, sino con toda Ravka. Zoya Nazyalensky ha dedicado toda su vida a pulir sus letales talentos y reconstruir el ejército Grisha. Peso a sus dones mágicos, Zoya sabe que los Grisha no podrían sobrevivir sin Ravka como refugio… y que Ravka no podrá sobrevivir con un rey debilitado. Zoya no se detendrá ante nada para ayu

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«EL

REY MARCADO». El héroe de guerra. El príncipe con un demonio agazapado


en su interior. Nikolai Lantsov se enfrenta al resurgir de un oscuro poder que podría
no solo acabar con él, sino con toda Ravka.
Zoya Nazyalensky ha dedicado toda su vida a pulir sus letales talentos y reconstruir
el ejército Grisha. Peso a sus dones mágicos, Zoya sabe que los Grisha no podrían
sobrevivir sin Ravka como refugio… y que Ravka no podrá sobrevivir con un rey
debilitado. Zoya no se detendrá ante nada para ayudar a Nikolai a asegurar su trono,
pero para ello deberá enfrentarse a nuevos enemigos en la batalla que se avecina.
Lejos, al norte, Nina Zenik libra su propia guerra contra la gente que desearía ver a
los Grisha desaparecer para siempre. Asediada por el dolor de su pasado y el
terrorífico poder que ha desarrollado, Nina tendrá que plantarles cara a los peligros
que la esperan en el hielo.
El rey de Ravka. La general de Ravka. La espía de Ravka. Viajarán más allá de los
límites entre ciencia y superstición, entre la fe y la magia, y lo arriesgarán todo por
salvar una nación al borde del colapso. Pero algunos secretos no se resignan a
permanecer enterrados, y algunas heridas jamás podrán curarse.

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Leigh Bardugo

El rey marcado
Nikolai - 01

ePub r1.0
Titivillus 25.04.2020

Página 3
Título original: King of Scars
Leigh Bardugo, 2019
Traducción: Carlos Loscertales

Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1

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Para Morgan Fahey:
general en tiempos de guerra,
consigliere en tiempos de paz
amiga muy querida
y reina (casi siempre) benévola.

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DIMA OYÓ EL PORTAZO en el establo antes que nadie. La cocina
de la pequeña casa de campo bullía como una cazuela al fuego; las ventanas estaban
cerradas a cal y canto por la tormenta y el ambiente de la estancia era cálido y
húmedo. En las paredes reverberaban las bulliciosas voces de sus hermanos
interrumpiéndose sin parar; su madre tarareaba una canción que Dima no conocía
mientras tensaba sobre su regazo la manga rota de una de las camisas de su padre. La
aguja atravesaba la tela con el ritmo irregular de un gorrión ansioso, y la madeja de
lana se deslizaba entre sus dedos como una lombriz.
Dima era el menor de seis hermanos, el bebé que le había llegado tarde a su
madre, mucho después de que el médico que pasaba por la aldea cada verano le dijera
que ya no tendría más hijos. «Una bendición inesperada», solía decir mamá,
abrazando a Dima y achuchándolo cuando los otros se habían marchado a trabajar.
«Una boca inútil que alimentar», solía decir con desdén su hermano mayor Pyotr.
Como Dima era tan pequeño, normalmente sus hermanos lo dejaban al margen de
sus chanzas y quedaba olvidado durante las ruidosas discusiones domésticas. Por eso,
aquella noche de otoño, mientras fregaba en la pila los últimos cacharros que sus
hermanos se habían asegurado de dejarle, fue el único que escuchó el fuerte golpe en
el establo. Dima se puso a frotar con mayor ahínco, decidido a terminar su tarea y
meterse en la cama antes de que a alguien se le ocurriera enviarlo fuera, a la
oscuridad. Oía a su perra Molniya gimiendo delante del escalón de la cocina,
mendigando las sobras de la cena y un lugar calentito en el que dormir, mientras el
viento aullaba furiosamente.

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Las ramas azotaron las ventanas. Mamá levantó la cabeza, y las sombrías arrugas
de su boca se acentuaron. Frunció el ceño, como dispuesta a castigar al viento a irse a
la cama sin cenar.
—El invierno llega muy pronto y se queda demasiado tiempo.
—Hmm —dijo papá—. Igual que mi suegra. —Mamá le dio un puntapié.
Esa noche, mamá había dejado un vasito de kvas detrás del hogar, un regalo para
los espíritus de la familia que protegían la granja y dormían detrás del viejo fogón de
hierro para entrar en calor. O eso decía mamá. Papá se limitaba a poner los ojos en
blanco y protestaba por el derroche de un buen vaso de kvas.
Dima sabía que, cuando todos estaban durmiendo, Pyotr se lo bebía y engullía el
pedazo de pastel que mamá dejaba envuelto en un paño. «El fantasma de la bisabuela
te perseguirá», le advertía de vez en cuando Dima. Pero Pyotr se secaba la barbilla
con la manga y respondía: «No hay ningún fantasma, renacuajo idiota. Baba Galina
es pasto de los gusanos del cementerio, y a ti te pasará lo mismo como no mantengas
la boca cerrada».
Pyotr se inclinó y le dio un fuerte codazo. Dima se preguntaba a menudo si Pyotr
entrenaba para afilarse los codos.
—¿Oyes eso? —le preguntó su hermano mayor.
—No se oye nada —dijo Dima. Le dio un vuelco el corazón. La puerta del
establo…
—Hay algo ahí fuera, algo que ha traído la tormenta.
Así que su hermano solo intentaba asustarlo.
—No seas estúpido —dijo Dima. Pero se sentía aliviado.
—Escucha —dijo Pyotr. Y mientras el viento sacudía el tejado de la casa y el
fuego crepitaba en el hogar, a Dima le pareció oír algo más que la tormenta: un grito
agudo y distante, como el gañido de un animal hambriento o el llanto de un niño—.
Cuando el viento sopla en el cementerio, despierta a los espíritus de todos los bebés
que han muerto antes de recibir su nombre de Santo. Los malenchki. Van en busca de
almas para robarlas y entregarlas en pago por entrar en el cielo. —Pyotr se inclinó y
le clavó un dedo en el hombro a Dima—. Y siempre se llevan las más jóvenes.
Dima ya tenía ocho años y no se creía cualquier cosa, pero aun así sus ojos se
desviaron hacia las oscuras ventanas, hacia el patio iluminado por la luna, donde los
árboles se mecían e inclinaban bajo el viento. Se estremeció. Juraría… por un
segundo, juraría que acababa de ver una sombra cruzando el patio, la mancha negra
de algo mucho mayor que un simple pájaro.
Pyotr se echó a reír y lo salpicó con agua jabonosa.
—Te juro que cada día te vuelves más tonto. ¿Quién querría tu pequeña y mísera
alma?
«Pyotr se enfada porque, antes de que tú nacieras, él era el menor», le decía
siempre mamá a Dima. «Tu hermano tiene más edad que tú, pero no más juicio.
Procura ser bueno con él.» Dima lo intentaba. De verdad que sí. Pero a veces le

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entraban ganas de hacer caer de culo a Pyotr de un empujón, para ver qué tal le
sentaba sentirse pequeño.
El viento amainó. En el repentino silencio, se oyó claramente el fuerte portazo
que retumbó por todo el patio.
—¿Quién ha dejado el establo abierto? —preguntó papá.
—Esta noche le tocaba a Dima atenderlo —dijo Pyotr en tono inocente, y sus
hermanos, reunidos en torno a la mesa, cloquearon como gallinas alteradas.
—Lo cerré —protestó Dima—. ¡Le eché la tranca a las puertas!
Papá se reclinó en su asiento.
—¿Entonces me estoy imaginando ese ruido?
—Seguramente crea que lo hace algún fantasma —dijo Pyotr.
Mamá levantó la vista de su labor.
—Dima, ve a cerrar bien las puertas.
—Ya lo hago yo —dijo Pyotr, con un suspiro de resignación—. Ya sabemos que a
Dima le da miedo la oscuridad.
Pero Dima intuía que aquello era una prueba. Papá esperaba que él asumiera su
responsabilidad.
—No tengo miedo —replicó—. Iré a cerrar las puertas, claro que sí.
Dima ignoró la mirada ufana de Pyotr; se secó las manos y se puso el abrigo y el
gorro. Mamá le tendió un farolillo de hojalata.
—No tardes —dijo mientras le subía las solapas para que no cogiera frío en el
cuello—. Si te das prisa, luego te arroparé y te contaré un cuento.
—¿Uno nuevo?
—Sí, y este te va a gustar mucho; trata sobre las sirenas del norte.
—¿Tiene magia?
—Un montón. Venga, vete ya.
Dima miró de reojo el icono de Sankt Feliks que colgaba de la pared, junto a la
puerta. La luz de las velas bailaba sobre su rostro afligido; su mirada reflejaba
compasión, como si supiera el frío que hacía fuera. Feliks había sido empalado en un
espeto hecho de ramas de manzano y asado vivo horas después de realizar el milagro
de los huertos. En vez de gritar o llorar, les había sugerido a los aldeanos que le
dieran la vuelta para que las llamas alcanzaran también el otro lado de su cuerpo.
Feliks no habría tenido miedo de una simple tormenta.
En cuanto Dima abrió la puerta de la cocina, el viento intentó arrancársela de la
mano. La cerró a sus espaldas y oyó cómo corrían el cerrojo desde dentro. Sabía que
era algo temporal, imprescindible, pero aun así se sintió castigado. Volvió la mirada
hacia las ventanas iluminadas mientras se obligaba a descender los escalones hasta
pisar la tierra seca del patio, y tuvo la horrenda idea de que, nada más abandonar la
calidez de la cocina, su familia lo había olvidado; si nunca regresaba, nadie gritaría ni
daría la voz de alarma. El viento borraría a Dima de la memoria de todos.

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Contempló la larga franja de terreno bañado por la luna que tendría que cruzar,
pasando junto al corral de las gallinas y la caseta de los gansos, antes de llegar al
establo donde guardaban a su viejo caballo Gerasim y a su vaca Mathilde.
—Provisto de rejas de acero serrado —susurró, acariciando el nuevo arado al
pasar a su lado, como si fuera un talismán. No estaba seguro de por qué esas rejas
eran mejores, pero cuando llegó el arado, su padre había repetido esas mismas
palabras con orgullo delante de los vecinos, y a Dima le gustaba su sonoridad. En la
mesa de la cocina se había discutido largo y tendido sobre el arado, y también sobre
las reformas agrarias del rey y los problemas y esperanzas que podrían acarrear.
—Vamos de cabeza hacia otra guerra civil —había rezongado mamá—. El rey es
demasiado impulsivo.
Pero papá estaba contento.
—¿De qué te quejas, si ahora tienes la barriga llena y el tejado bien embreado?
Este ha sido el primer año que hemos cosechado lo bastante como para poder vender
el excedente en el mercado, en vez de tener lo justo para alimentarnos.
—¡Eso es porque el rey ha reducido el diezmo del duque Radimov a una miseria!
—había exclamado mamá.
—¿Y nos tiene que dar pena?
—Ya cambiarás de opinión cuando el duque y sus nobles amigos asesinen al rey
en su lecho.
—¡El rey Nikolai es un héroe de guerra! —había dicho papá, agitando la mano en
el aire como si los problemas se disiparan igual que el humo de pipa—. No habrá
ningún golpe de Estado si el ejército no lo apoya.
Hablaban en bucle, debatiendo los mismos asuntos noche tras noche. Dima no
entendía gran cosa, solo que debía acordarse de mencionar al joven rey en sus
oraciones.
Los gansos graznaban y aleteaban en su caseta, excitados por el mal tiempo o por
los pasos nerviosos de Dima. Más adelante, vio las grandes puertas de madera del
establo abriéndose y cerrándose como si el edificio suspirara, como si el umbral fuera
una enorme boca capaz de aspirarlo al tomar aliento. El establo le gustaba de día,
cuando la luz del sol se filtraba entre las rendijas del tejado, cuando el olor a heno, los
resoplidos de Gerasim y el mugido reprobador de Mathilde lo llenaban todo. Pero de
noche el establo se transformaba en un cascarón vacío que esperaba a que alguna
terrible criatura lo ocupara, algún ser ladino que podría haber dejado las puertas
abiertas para atraer a un muchacho incauto como él. Porque Dima sabía que había
cerrado esas puertas. Estaba seguro de ello, y no podía evitar pensar en los malenchki
de Pyotr, los fantasmas de bebés que salían a la caza de almas que robar.
«Ya está bien», se riñó a sí mismo Dima. «Pyotr habrá desatrancado las puertas
para que tú tuvieras que congelarte o pasar vergüenza si te negabas.» Pero Dima les
había demostrado a su padre y a sus hermanos que podía ser valiente, y ese
pensamiento le arropó mientras se tapaba las orejas con el cuello del abrigo y tiritaba

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por las dentelladas del viento. Solo entonces se dio cuenta de que ya no oía los
ladridos de Molniya. Cuando Dima se aventuró fuera de la casa, no había visto a la
perra junto a la puerta, intentando colarse en la cocina como fuera.
—¿Molniya? —dijo, pero el viento ahogó el sonido de su voz—. ¡Molniya! —
exclamó, aunque sin gritar demasiado por miedo a que alguna criatura que no fuera
Molniya estuviera por allí.
Atravesó el patio paso a paso, mientras las sombras proyectadas por los árboles
brincaban y se estremecían en el suelo. Más allá del bosque se veía la ancha carretera
que conducía hasta el pueblo, hasta la iglesia y su cementerio. Dima no dejó que sus
ojos la recorrieran. La tentación de imaginarse alguna figura harapienta y tambaleante
avanzando por ella, dejando a su paso terrones de tierra de cementerio, era demasiado
fuerte.
Escuchó un leve gemido entre los árboles. Dima soltó un alarido. Unos ojos
amarillos lo observaban desde la oscuridad. La luz de su farol iluminó unas patas
negras, un lomo erizado y unos dientes desnudos.
—¡Molniya! —dijo, con un suspiro de alivio. Dio gracias por el estruendo de la
tormenta. Le horrorizaba la sola idea de que sus hermanos salieran corriendo al oír su
chillido agudo y humillante y no encontraran más que a su pobre perra acurrucada
entre los arbustos—. Ven aquí, chica —trató de persuadirla. Molniya tenía el vientre
apretado contra el suelo y las orejas echadas hacia atrás. No se movió.
Dima se giró hacia el establo. La tranca que debería haber estado atravesada sobre
las puertas, sujetándolas, yacía hecha pedazos entre los arbustos. Desde el interior,
oyó un resoplido débil y húmedo. ¿Acaso un animal herido se había colado en el
establo? ¿O tal vez un lobo?
La luz dorada de las ventanas de la granja parecía lejana, inalcanzable. Tal vez
debería regresar y pedir ayuda. Nadie esperaría que se enfrentara a un lobo él solo,
¿verdad? Pero ¿y si no había nada dentro? ¿Y si solo era un gato inofensivo al que
Molniya había mordido? En ese caso, todos sus hermanos se reirían de él, no
solamente Pyotr.
Dima avanzó arrastrando los pies, extendiendo el brazo en el que llevaba el farol.
Esperó a que la tormenta se calmara un poco y agarró la pesada puerta por el borde
para que no le golpeara al entrar.
El establo estaba a oscuras; la luz de la luna apenas se filtraba por alguna rendija.
Dima se adentró un poquito más en la oscuridad. Pensó en los bondadosos ojos de
Sankt Feliks, en la espinosa rama de manzano que le atravesaba el corazón. Y justo
entonces, como si la tormenta hubiera estado recuperando el aliento, sopló una ráfaga
de viento. Las puertas se cerraron de golpe a espaldas de Dima y la débil luz de su
farol chisporroteó y se apagó.
En el exterior oía cómo arreciaba la tempestad, pero el establo estaba en silencio.
Los animales se habían quedado callados, como esperando; Dima percibía el agrio
olor de su miedo, más fuerte que el aroma dulce del heno… y algo más. Dima

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reconoció ese olor: era el mismo que había sentido durante la matanza de gansos para
el banquete de fiestas. Era el olor cálido y metálico de la sangre.
«Sal de aquí», se dijo a sí mismo.
Algo se movió en la oscuridad. Dima entrevio, en un reflejo de luz de luna, el
brillo de algo parecido a unos ojos. Y entonces fue como si un pedazo de sombra se
desgajara del resto y se acercara arrastrándose por el establo.
Dima retrocedió un paso, abrazando el inútil farol contra su pecho. La sombra
vestía los jirones de lo que antes habían sido ricas prendas, y durante un breve
instante, Dima tuvo la esperanza de que, sencillamente, algún viajero hubiera entrado
en el establo para guarecerse de la tormenta. Pero aquello no se movía como un
hombre. Era demasiado grácil, demasiado silencioso. Su cuerpo se deslizaba por el
suelo, agazapado. Dima soltó un gemido; la sombra seguía acercándose. Sus ojos
eran dos espejos negros, y de las puntas de sus manos con aspecto de garra nacían
venas oscuras, como si las hubiera mojado en tinta. Los zarcillos de sombras que
surcaban su piel parecían palpitar.
«Corre», se dijo Dima. «Grita.» Pensó en los gansos, que acudían confiados
cuando Pyotr los llamaba, que no emitían el menor sonido de protesta en los escasos
segundos que su hermano tardaba en partirles el pescuezo. Dima siempre había
pensado que eran unos estúpidos, pero ahora les entendía.
La silueta negra se alzó sobre las patas traseras y de su lomo surgieron dos
enormes alas, cuyos bordes ondeaban como si estuvieran hechas de humo.
—¡Papá! —intentó gritar Dima, pero la palabra se convirtió en poco más que un
soplo de aire al salir de sus labios.
El ser se detuvo, como si aquella palabra le resultara familiar. Al oírla, ladeó la
cabeza. Dima retrocedió un paso más, y luego otro.
Los ojos del monstruo se clavaron en Dima, y de repente la criatura estaba a
escasos centímetros de distancia, cerniéndose sobre él. Ahora que la luz grisácea de la
luna iluminaba su cuerpo, Dima descubrió que las manchas oscuras de su boca y su
pecho eran de sangre.
La criatura se inclinó hacia delante, tomando aire profundamente. De cerca, sus
facciones eran las de un hombre joven… pero entonces separó los labios y reveló
unos largos colmillos negros.
Estaba sonriendo. El monstruo sonreía… porque sabía que estaba a punto de
darse un festín. Dima sintió algo cálido que le corría por la pierna y se dio cuenta de
que se había orinado encima.
El monstruo se abalanzó sobre él.
Las puertas del establo se abrieron de golpe; la tormenta exigía que la dejaran
entrar. La racha de viento separó del suelo los pies de la criatura y estampó su cuerpo
alado contra la pared del fondo con un gran chasquido. Las vigas de madera se
astillaron por la fuerza del impacto y el monstruo se desplomó.

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Una figura entró en el establo. Iba vestida con un abrigo gris y descolorido; un
extraño viento le revolvía el cabello largo y moreno. La luna iluminó sus rasgos y
Dima gritó con más fuerza, porque era demasiado hermosa para ser una persona
corriente, de modo que tenía que ser una Santa. Dima estaba muerto y ella había
venido para escoltarlo hasta las tierras luminosas.
Pero la mujer no se inclinó para llevarlo en volandas, ni susurró plegarias o
palabras de consuelo, sino que se acercó al monstruo con las manos extendidas.
Entonces debía de ser una Santa guerrera, como Sankt Juris o Sankta Alina de la
Sombra.
—Ten cuidado —logró decir Dima en un susurro, temeroso de que resultara
herida—. Tiene… unos dientes muy grandes.
Pero su Santa no tenía miedo. Empujó al monstruo con la puntera de su bota y lo
puso de costado. La criatura gruñó al volver en sí, y Dima abrazó su farol con más
fuerza, como si así pudiera transformarlo en un escudo.
Con breves y veloces movimientos, la Santa inmovilizó las manos de la criatura
con unos gruesos grilletes. Tiró con fuerza de la cadena para obligar al monstruo a
incorporarse. Este le enseñó los dientes, pero la Santa no gritó ni se amilanó. Le
propinó un manotazo en la nariz a la criatura, como si fuera una mascota
desobediente.
La criatura siseó y tironeó de sus ataduras, pero se debatía inútilmente. Batió las
alas un par de veces, intentando arrastrarla consigo y levantarla del suelo, pero ella
agarró la cadena con el puño y extendió su mano libre. Otra ráfaga de viento golpeó
al monstruo y lo empotró contra la pared del establo. Cayó al suelo de rodillas y se
puso en pie con dificultad, tambaleándose de un modo curiosamente humano, igual
que hacía papá cuando se quedaba hasta tarde en la taberna. La Santa tiró de la
cadena y murmuró algo; la criatura volvió a sisear mientras el viento amainaba a su
alrededor.
Dima comprendió que no era ninguna Santa. «Una Grisita.» Una soldado del
Segundo Ejército. Una Vendaval capaz de controlar el viento.
La mujer se quitó el chal de los hombros y se lo echó por encima a la criatura
para cubrirle la cabeza. Pasó al lado de Dima arrastrando a su presa, que no dejaba de
forcejear y dar dentelladas.
La mujer le arrojó a Dima una moneda de plata.
—Esto por los daños —dijo; sus ojos eran tan brillantes como dos gemas bajo la
luz de la luna—. Tú no has visto nada esta noche, ¿entendido? Ten la boca cerrada o
la próxima vez no le pondré la correa.
Dima asintió mientras notaba el frescor de las lágrimas que le corrían por las
mejillas. La Grisha enarcó una ceja. Dima nunca había visto un rostro como el suyo,
más hermoso que cualquier ídolo pintado, con unos ojos tan azules como el agua más
profunda del río. Le arrojó otra moneda, y Dima consiguió atraparla al vuelo con
cierto esfuerzo.

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—Y esta es para ti. No la compartas con tus hermanos.
Dima observó a la mujer mientras esta cruzaba las puertas del establo. Se obligó a
ponerse en marcha. Quería regresar a la casa, buscar a su madre y enterrar el rostro en
sus faldas, pero ansiaba contemplar una vez más a la Grisha y a su monstruo. Los
siguió tan sigilosamente como pudo. Les estaba esperando un carruaje oculto entre
las sombras de la carretera; el conductor iba vestido de negro. Un cochero bajó de un
salto y cogió la cadena para ayudar a la mujer a arrastrar a la criatura hasta el interior.
Y Dima supo entonces que, a pesar de que notaba claramente el frío tacto de la
plata en su mano, aquello tenía que ser un sueño, porque el cochero no le dijo al
monstruo «¡Arriba, bestia!» ni «¡Ya no volverás a atormentar a estas gentes!», como
habría dicho un héroe de cuento.
En vez de eso, a Dima le pareció que el cochero, oculto bajo las sombras de los
pinos mecidos por el viento, decía:
—Cuidado con la cabeza, Majestad.

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EL CARRUAJE HEDÍA A SANGRE. Zoya se tapó la nariz con la
manga para protegerse del olor, pero el aroma rancio a lana sucia no era mucho
mejor.
«Qué asco.» Ya era bastante desagradable haberse visto obligada a cruzar a toda
prisa la campiña ravkana en mitad de la noche, en un carruaje prestado y
desvencijado, pero ¿tener que hacerlo vestida con una prenda como aquella?
Inaceptable. Se deshizo del abrigo con brusquedad. El tufo seguía impregnando la
kefta azul bordada que llevaba debajo, pero ahora se sentía un poco más como ella
misma.
Estaban a unos quince kilómetros de Ivets y a casi ciento cincuenta kilómetros de
la seguridad de la capital, y avanzaban a toda velocidad por las estrechas carreteras
que les conducirían de nuevo a las tierras del duque Radimov, su anfitrión durante
aquella cumbre comercial. Zoya no era muy amiga de oraciones, así que se limitó a
confiar en que nadie hubiera visto cómo Nikolai escapaba de sus aposentos y salía
volando. De haber estado en casa, en Os Alta, nunca habría ocurrido algo así. Zoya
pensaba que habían tomado suficientes precauciones. Pero se había equivocado
completamente.
Los cascos de los caballos tronaban y las ruedas del carruaje traqueteaban; a su
lado, el rey de Ravka chasqueaba sus dientes afilados como agujas y forcejeaba con
sus cadenas.
Zoya mantuvo las distancias. Ya había visto lo que era capaz de hacer Nikolai con
un mordisco cuando estaba en ese estado, y a Zoya no le apetecía perder una

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extremidad o algo peor. Se había sentido tentada de pedirles a Tolya o a Tamar, los
hermanos que servían como guardaespaldas personales del rey, que la acompañaran
dentro del carruaje hasta que Nikolai recuperara su forma humana. El padre de Tolya
y Tamar había sido un mercenario shu que los había adiestrado para el combate, y su
madre una Grisha de la que ambos habían heredado su talento como Mortificadores.
Zoya habría agradecido la presencia de cualquiera de los dos. Pero su orgullo se lo
había impedido, y también sabía lo que habría supuesto para el rey. Un solo testigo de
su infortunio ya era bastante.
El viento silbaba en el exterior; no parecía el aullido de una bestia, sino más bien
la risa aguda y estridente de un viejo amigo, incitándolos a seguir adelante. Desde
que Zoya era niña, el viento cumplía su voluntad. Pero en noches como aquella, no
podía evitar pensar que no era su servidor, sino su aliado: una tormenta que arreciaba
para eclipsar los gruñidos de una criatura, enmascarar los sonidos de lucha en un
establo desvencijado y crear alboroto en las calles y las tabernas del pueblo. Aquel
era el viento de poniente, Adezku el travieso, un excelente compañero. Incluso si el
niño de la granja contaba a todo Ivets lo que había visto, los vecinos lo atribuirían a
Adezku, el viento granuja que arrastraba a las mujeres a los lechos de sus vecinos y
metía disparates en las mentes de los hombres y los agitaba como remolinos de hojas
secas.
Un kilómetro después, dejaron de oírse gruñidos en el interior del carruaje. El
tintineo de las cadenas se acalló mientras la criatura parecía hundirse cada vez más en
las sombras del asiento. Finalmente, una voz ronca y atormentada dijo:
—No me habrás traído una camisa nueva por casualidad, ¿verdad?
Zoya cogió el morral del suelo del carruaje y sacó de su interior una camisa
blanca y limpia y un abrigo de piel, prendas muy ricas pero totalmente arrugadas: un
atuendo apropiado para un monarca que se había pasado toda la noche de juerga.
Sin decir una palabra, Nikolai levantó sus muñecas esposadas. Las garras ya no
estaban, pero todavía tenía las manos surcadas por aquellas tenues líneas negras; las
marcas no habían desaparecido desde el final de la guerra civil, hacía tres años. El rey
solía llevar guantes para ocultarlas, y a Zoya eso le parecía un error. Las cicatrices
eran un recordatorio de la tortura que había sufrido a manos del Oscuro… y del
precio que habían pagado tanto él como el país. Por supuesto, eso era solamente una
parte de la historia, pero era la parte que el pueblo de Ravka estaba en condiciones de
conocer.
Zoya soltó las cadenas con la pesada llave que colgaba de su cuello. Esperaba que
fueran imaginaciones suyas, pero las cicatrices de las manos de Nikolai parecían más
oscuras últimamente, como si estuvieran decididas a no difuminarse.
En cuanto tuvo las manos libres, el rey se arrancó la camisa hecha jirones. Con
los trozos de lino y un poco de agua de la cantimplora que le tendió Zoya, se lavó la
sangre del pecho y la boca. Después vertió un poco más en sus manos y se las pasó
por el cabello. El agua se le escurrió por el cuello y los hombros. Temblaba, pero

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volvía a parecerse a Nikolai: sus ojos color avellana estaban despiertos, y su cabello
dorado y empapado, retirado hacia atrás.
—¿Dónde me has encontrado esta vez? —preguntó, controlando casi por
completo el temblor de su voz.
Zoya arrugó la nariz al recordarlo.
—En una granja de gansos.
—Espero que fuera una granja de gansos de renombre. —Intentó abrochar
torpemente los botones de la camisa limpia; los dedos le seguían temblando—.
¿Sabemos qué es lo que he matado?
«¿O a quién?» La pregunta flotó en el aire, sin que nadie la formulara.
De un cachete, Zoya apartó las manos temblorosas de Nikolai de los botones y los
abrochó ella misma. A través de la fina tela de algodón notaba el frío de la noche en
su piel.
—Serías un ayuda de cámara excelente —murmuró Nikolai. Pero Zoya sabía que
él odiaba tener que someterse a esos pequeños favores. Odiaba que su debilidad los
hiciera necesarios.
Pero la compasión solo empeoraría las cosas, así que mantuvo un tono brusco.
—Sospecho que has matado a unos cuantos gansos. Y tal vez a un poni. —¿De
verdad eso era todo? Zoya no tenía forma de saber con qué se había podido topar el
monstruo antes de que ella lo encontrara—. ¿No te acuerdas de nada?
—Solo recuerdo retazos.
No tendrían más remedio que esperar por si llegaban noticias de muertes o
mutilaciones.
El problema había empezado hacía seis meses, cuando Nikolai se había
despertado en un sembrado, a cincuenta kilómetros de Os Alta, ensangrentado,
magullado e incapaz de recordar cómo había salido de palacio ni qué había hecho
durante la noche.
—Por lo visto me he aficionado al sonambulismo —había anunciado ante Zoya y
el resto del Triunvirato Grisha al presentarse parsimoniosamente tarde a la reunión
matinal luciendo un largo arañazo en la mejilla.
El asunto los dejó preocupados, pero sobre todo desconcertados. Era imposible
que Nikolai hubiera dado esquinazo así como así a Tolya y Tamar.
—¿Cómo conseguiste burlarlos? —le había preguntado Zoya mientras Genya
borraba el arañazo y David empezaba a parlotear sobre sonambulismo. Pero si
Nikolai estaba preocupado, no lo había dado a entender.
—Soy excepcional en casi todo —había respondido—. ¿Por qué no iba a ser
también un experto en fugas imposibles?
El rey había mandado instalar cerraduras nuevas en las puertas de su dormitorio y
había insistido en que cada cual siguiera con sus quehaceres cotidianos: había que
investigar el extraño informe que aseguraba que, en Ryevost, un terremoto había
abierto una grieta en la tierra de la que habían surgido miles de colibríes plateados.

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Poco más de un mes después, Tolya estaba sentado leyendo, vigilando la puerta
de los aposentos del rey, cuando había oído un ruido de cristales rotos. Al irrumpir a
toda prisa en la estancia, había visto a Nikolai saltando desde el alféizar; de la espalda
le sobresalían unas alas hechas de sombras trémulas y ondulantes. Tolya había
despertado a Zoya y juntos habían seguido el rastro del rey hasta el tejado de un
granero, a veinticinco kilómetros de distancia.
Después de eso, habían empezado a encadenar al rey a su cama, una solución
eficaz que solamente era factible porque los sirvientes de Nikolai no estaban
autorizados a entrar en la alcoba real. Al fin y al cabo, el rey era un héroe de guerra y
era bien sabido que tenía pesadillas. Desde entonces, Zoya lo encerraba todas las
noches y lo liberaba por la mañana, y así habían mantenido a salvo el secreto de
Nikolai. Solamente Tolya, Tamar y el Triunvirato sabían la verdad. Si alguien
descubría que el rey de Ravka se pasaba las noches encadenado, sería el objetivo de
un intento de asesinato o de un golpe de Estado. Y también el hazmerreír general.
Por eso era tan arriesgado viajar. Pero Nikolai no podía permanecer confinado
tras los muros de Os Alta eternamente.
—Un rey no puede quedarse encerrado en su propio castillo —había declarado
tras decidir reanudar sus viajes fuera de palacio—. Se arriesga a parecer más un rehén
que un monarca.
—Tienes emisarios que pueden ocuparse de los asuntos de Estado —había
replicado Zoya—. Embajadores. Subordinados.
—La gente podría olvidar lo apuesto que soy.
—Lo dudo mucho. Tu cara sale en las monedas.
Nikolai no había dado su brazo a torcer, y Zoya admitía que no le faltaba razón.
Su padre había cometido el error de permitir que otros gobernaran por él, y le había
costado caro. Zoya supuso que había que encontrar un equilibrio entre la precaución
y la temeridad, un punto medio tan agotador como de costumbre. La vida transcurría
mucho mejor cuando ella se salía con la suya.
Como Nikolai y Zoya no podían viajar con un cofre lleno de cadenas, pues
corrían el riesgo de que algún sirviente curioso lo descubriera, cada vez que
abandonaban la seguridad del palacio utilizaban un potente sedante para mantener a
Nikolai quietecito en su cama y al monstruo a raya.
—Genya tendrá que preparar un tónico más fuerte —dijo Nikolai mientras se
ponía el abrigo de pieles.
—O también podrías quedarte en la capital y dejar de asumir estos riesgos tan
imprudentes.
Hasta el momento, el monstruo se había contentado con atacar al ganado, y sus
víctimas eran solo ovejas destripadas y vacas desangradas. Pero ambos sabían que era
solo cuestión de tiempo. El poder del Oscuro había dejado algo bullendo en el interior
de Nikolai, y ansiaba mucho más que carne de animal.

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—El último incidente ocurrió hace menos de una semana. —Se pasó una mano
por el rostro—. Creía que tendría más tiempo.
—Está empeorando.
—Es que me gusta mantenerte alerta, Nazyalensky. La ansiedad ininterrumpida le
va genial al cutis.
—Ya te enviaré una tarjeta de agradecimiento.
—Eso espero. Estás radiante.
«Está peor de lo que quiere dejar ver», pensó Zoya. Nikolai siempre era más
obsequioso con sus cumplidos cuando estaba fatigado. Era verdad que Zoya tenía un
aspecto espléndido, incluso tras aquella angustiosa noche, pero sabía que al rey le
traía sin cuidado su apariencia.
Oyeron un fuerte silbido en el exterior mientras el carruaje frenaba.
—Nos acercamos al puente —dijo Zoya.
La cumbre comercial de Ivets había sido esencial para las negociaciones con las
naciones de Kerch y Novyi Zem, pero el asunto de los aranceles y los impuestos
también había servido como excusa para su verdadera misión: visitar el lugar donde
había ocurrido el último presunto milagro de Ravka.
Hacía una semana, los aldeanos de Ivets habían salido en procesión detrás del
carruaje del duque Radimov, engalanado con cintas, para celebrar el Festival de Sankt
Grigori, tañendo tambores y rasgando pequeñas arpas en homenaje al instrumento
que se había construido Grigori para apaciguar a las fieras del bosque antes de su
martirio. Pero al llegar al Obol, el puente de madera que cruzaba el desfiladero del río
había cedido. Antes de que el duque y sus vasallos se precipitaran a las revueltas
aguas blancas del precipicio, otro puente había brotado bajo sus pies. Por lo visto,
había surgido de las propias paredes del precipicio y de las rocas afiladas del fondo.
O eso se decía. Zoya no se creía aquella historia, y daba por hecho que se trataba de
una exageración o incluso un delirio colectivo… hasta que vio el puente con sus
propios ojos.
Se asomó por la ventanilla del carruaje cuando doblaron un recodo del camino y
el puente apareció ante ellos: sus pilares altos y delgados y sus largas vigas tenían un
brillo blanco bajo la luz de la luna. Aunque ya lo había visto antes y había caminado
por él con el rey, la imagen seguía siendo impresionante. De lejos parecía estar hecho
de alabastro. Pero al acercarse, quedaba claro que el puente no estaba hecho de
ninguna clase de piedra.
Nikolai sacudió la cabeza.
—Soy consciente de que un hombre que se transforma a menudo en un monstruo
no es el más indicado para emitir juicios sobre estabilidad, pero ¿seguro que el puente
es sólido?
—Ni idea —reconoció Zoya, intentando ignorar el nudo de su estómago. Cuando
lo había cruzado con los gemelos, aquella misma noche, estaba demasiado

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concentrada en buscar a Nikolai como para preocuparse por la resistencia del puente
—. Pero es el único modo de cruzar el desfiladero.
—A lo mejor tendría que haber ensayado mis plegarias.
El ruido de las ruedas cambió cuando el carruaje empezó a cruzar el puente; el
rumor de una carretera dio paso a un golpeteo regular. Bum, bum, bum. El puente que
había brotado milagrosamente de la nada no estaba hecho de piedra, ladrillo ni vigas
de madera. Sus vigas y travesaños blancos eran de hueso y tendón, sus contrafuertes
y pilares estaban unidos con grueso y fibroso cartílago. Bum, bum, bum. Estaban
viajando por una columna vertebral.
—No me gusta nada ese sonido —dijo Zoya.
—Estoy de acuerdo. El sonido de un milagro debería ser más digno. Unas
campanillas, por ejemplo. O un coro de voces celestiales.
—No lo llames así —le espetó Zoya.
—¿Coro?
—Milagro. —Zoya había susurrado suficientes plegarias inútiles durante su
infancia como para saber ya que los Santos jamás respondían. El puente tenía que ser
obra de un Grisha, y su aspecto tenía que tener una explicación racional, una
explicación que Zoya estaba decidida a averiguar.
—¿Y cómo llamas tú a un puente hecho de huesos que aparece justo a tiempo
para salvar a todo un pueblo de la muerte? —preguntó Nikolai.
—No era todo el pueblo.
—A medio pueblo —se corrigió.
—Un suceso inesperado.
—Sospecho que la gente opinará que esa descripción no le hace justicia a esta
maravilla.
Sí que era una maravilla: era al mismo tiempo elegante y grotesco, una masa de
vigas entrelazadas y arcos muy pronunciados. Desde su aparición, habían ido
acampando peregrinos a ambos extremos del puente, y lo velaban día y noche. No
levantaron la cabeza cuando el carruaje pasó a su lado.
—¿Cómo llamas tú al terremoto de Ryevost? —prosiguió Nikolai—. ¿Y a la
estatua de Sankta Anastasia que llora lágrimas de sangre a las afueras de Tsemna?
—Problemas —dijo Zoya.
—¿Todavía piensas que son obra de Grisha que han tomado parem?
—¿Cómo si no se puede crear un puente o un terremoto a voluntad?
Jurda parem. Zoya desearía no haber oído nunca esas palabras. Aquella droga era
el producto de los experimentos de un laboratorio shu. Era capaz de transformar el
poder de un Grisha en algo totalmente nuevo y peligroso, pero el precio a pagar por
aquella fugaz gloria era la adicción y finalmente la muerte. Tal vez la droga fuera
capaz de lograr que un Hacedor solitario sacudiera la tierra o que un Corporalnik
construyera un puente a partir de un cuerpo. Pero ¿con qué fin? ¿Podían los shu estar
usando esclavos Grisha para desestabilizar Ravka? ¿Podía estar involucrado el

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Apparat, el supuesto consejero espiritual de la corona? Hasta el momento, este solo
había anunciado que estaba orando por los incidentes y que planeaba organizar una
peregrinación a los lugares milagrosos. Zoya nunca se había fiado del sacerdote, y
estaba segura de que, si podía falsificar un milagro, también era capaz de encontrar el
modo de utilizar la farsa en su beneficio.
Pero la verdadera pregunta, la pregunta que los había llevado hasta Ivets, era si
aquellos extraños sucesos que tenían lugar por toda Ravka guardaban alguna relación
con el poder oscuro que se refugiaba dentro de Nikolai. Los incidentes habían
empezado más o menos a la vez que las transformaciones nocturnas de Nikolai. Podía
tratarse de una coincidencia, pero habían viajado hasta Ivets con la esperanza de
encontrar alguna pista, algún tipo de conexión que les ayudara a librar a Nikolai de la
voluntad del monstruo.
Llegaron al otro lado del puente, y el rumor ordinario y tranquilizador de la
carretera de tierra volvió a resonar dentro del carruaje. Fue como si acabara de
disiparse un hechizo.
—Tendremos que marcharnos de casa del duque Radimov hoy mismo —dijo
Nikolai—. Y confiar en que nadie me viera aleteando por la zona.
Zoya quería coincidir con él, pero ya que habían emprendido el viaje…
—Puedo duplicar la dosis del tónico de Genya. Todavía queda un día de
negociaciones.
—Que Ulyashin se encargue de eso. Quiero regresar a la capital. Tenemos que
entregarle las muestras del puente a David. A lo mejor consigue averiguar algo que
nos sirva para ocuparnos de mi…
—¿Aflicción?
—Inquilino no deseado.
Zoya puso los ojos en blanco. Por su forma de hablar, cualquiera habría dicho que
Nikolai tenía alojado en su casa a algún pariente cascarrabias. Pero había un motivo
de peso para quedarse en Ivets. A pesar de su recelo sobre los riesgos del viaje y su
escepticismo por el puente, Zoya sabía que la cumbre comercial les ofrecía una buena
oportunidad: un tal Hiram Schenck y sus dos hijas casaderas.
Tamborileó con los dedos en el asiento de terciopelo, sin saber muy bien cómo
proceder. Había albergado la esperanza de organizar un encuentro entre Nikolai y las
señoritas Schenck sin que el rey se diera cuenta de que se estaba inmiscuyendo. A
Nikolai no le gustaba que le trazaran el camino, y cuando presentía que le estaban
presionando, podía ser tan testarudo como… bueno, como Zoya.
—Habla, Nazyalensky. Cuando frunces los labios así, cualquiera diría que le has
hecho el amor a un limón.
Un limón con suerte —dijo Zoya, resoplando. Alisó la tela del regazo de su kefta
—. La familia de Hiram Schenck lo ha acompañado a Ivets.
—¿Y?
—Y tiene dos hijas.

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Nikolai se echó a reír.
—¿Por eso has accedido a emprender este viaje? ¿Para poder deleitarte haciendo
de casamentera?
—He accedido porque alguien tiene que asegurarse de que no devores a nadie
cuando a tu «inquilino no deseado» se le abra el apetito en mitad de la noche. Y no
soy ninguna madre entrometida que quiere ver casado a su hijito querido. Intento
consolidar tu reinado. Hiram Schenck es un miembro importante del Consejo
Mercante. Prácticamente podría garantizar que Kerch sería indulgente en sus
préstamos a Ravka, por no hablar de la inmensa fortuna que heredará una de sus
bellas hijas.
—¿Cómo de bellas?
—¿A quién le importa?
—A mí no, desde luego. Pero estos dos años trabajando contigo han desgastado
mi orgullo. Quiero asegurarme de que no me pasaré la vida mirando cómo otros
hombres se comen con los ojos a mi esposa.
—Si lo hacen, puedes mandarlos decapitar.
—¿A los hombres o a mi esposa?
—A todos. Pero asegúrate de quedarte primero con la dote.
—Qué despiadada.
—Soy pragmática. Si nos quedamos otra noche…
—Zoya, no me va a ser fácil cortejar a una mujer si existe el riesgo de que me la
acabe zampando.
—Eres rey. No te hace falta cortejar a nadie. Para eso están el trono, las joyas y el
título. Y una vez casado, tu reina será tu aliada.
—O se marchará corriendo y chillando de la alcoba nupcial y le contará a su
padre que, después de darle un mordisquito en la oreja, se la intenté arrancar de un
bocado. Podría empezar una guerra.
—Pero no lo hará, Nikolai. Porque para cuando hayáis pronunciado vuestros
votos, ya la habrás encandilado para que se enamore de ti, y entonces considerará que
debe ayudarte a solucionar tu problema.
—Incluso mi encanto tiene sus límites, Zoya.
Si eso era verdad, Zoya todavía no los había encontrado. Le lanzó al rey una
mirada de incredulidad.
—¿Un apuesto marido monstruoso que la convierte en su reina? Es el cuento de
hadas perfecto para cualquier muchacha soñadora. Te encadenará por las noches y te
besará tiernamente por las mañanas, y así Ravka estará a salvo.
—¿Por qué tú nunca me besas tiernamente por las mañanas, Zoya?
—Yo no hago nada tiernamente, Majestad. —Sacudió los brazos para recolocarse
los puños de la kefta—. ¿Por qué dudas? Hasta que te desposes, hasta que tengas un
heredero, Ravka será vulnerable.
El gracejo de Nikolai se desvaneció.

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—No puedo casarme en este estado. No puedo fundar un matrimonio basado en
mentiras.
—¿No lo están casi todos?
—Qué romántica.
—Qué práctica.
—Dejando a un lado las perspectivas maritales, necesitamos escaquearnos antes
de que Schenck vuelva a interrogarme acerca de los izmars’ya.
Zoya profirió un juramento.
—Así que los gemelos tenían razón: hubo una filtración de información en
nuestro antiguo centro de investigación. —Los izmars’ya eran embarcaciones
capaces de viajar por debajo de la superficie del agua. Serían esenciales para la
supervivencia de Ravka ahora que la marina fjerdana estaba creciendo, especialmente
si Nikolai lograba equiparlos con armas, como tenía planeado.
—Eso parece. Pero los kerch no saben lo avanzado que está su desarrollo, al
menos de momento.
Sus palabras no alegraron demasiado a Zoya. Los kerch ya tenían suficiente
influencia sobre Ravka. Schenck no habría sacado el tema de los izmars’ya a la
ligera. ¿Qué pretendía hacer con esa información?
Otro fuerte silbido sonó en el exterior, con dos notas rápidas: Tolya estaba dando
la señal de que se acercaban a la barbacana.
Zoya sabía que los guardias estarían algo confusos. Nadie había visto salir aquel
carruaje, que además no lucía el sello real. Tolya y Tamar lo habían dejado preparado
lejos de la casa del duque, por si acaso Nikolai se les escapaba. Zoya había ido a
buscarlos nada más descubrir su desaparición.
Esta noche habían tenido suerte: habían encontrado al rey antes de que se alejara
demasiado. Cuando Nikolai salía volando, Zoya podía percibirlo surcando el viento y
aprovechaba la perturbación en las corrientes para rastrear sus movimientos. Pero
¿qué habría pasado de no haber llegado a la granja justo a tiempo? ¿Nikolai habría
matado a ese niño? El ser que habitaba en su interior no era un simple animal
hambriento, sino algo mucho peor, y Zoya tenía la certeza absoluta de que ansiaba
presas humanas.
—No podemos continuar así, Nikolai. —Tarde o temprano los descubrirían. Tarde
o temprano las persecuciones nocturnas y las noches en vela les pasarían factura—.
Todos debemos cumplir con nuestro deber.
Nikolai suspiró y abrió los brazos mientras el carruaje se detenía.
—Pues ven aquí, Zoya, y bésame tiernamente, como una recién casada.
«Vaya con el decoro.» Debido a las visitas nocturnas de Zoya para asegurarse de
que el rey estaba bien encadenado en sus aposentos, ya se cuchicheaba que su
relación iba más allá de lo meramente político. Los reyes tenían queridas, y se habían
rumoreado cosas bastante peores sobre un monarca. Zoya tenía la esperanza de que

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las hijas de Schenck fueran de mente abierta. La reputación del rey podía aguantar un
pequeño escándalo, pero no resistiría que se supiera la verdad.
Zoya sacó una segunda cantimplora del morral y se impregnó el cuello y las
muñecas de whisky, como si fuera un perfume, antes de tendérsela a Nikolai, que
bebió un largo trago y se vertió el resto por encima del abrigo, sin miramientos. Zoya
se revolvió el pelo, se recolocó la kefta para dejar un hombro al descubierto y se echó
en brazos del rey. Aquella farsa era necesaria, y representar aquel papel le resultaba
sencillo, A veces demasiado sencillo.
Nikolai hundió el rostro en su cabello y tomó aire profundamente.
—¿Cómo es que yo huelo a mierda de ganso y whisky barato y tú hueles como si
acabaras de cruzar un campo de flores?
—Será por lo despiadada que soy.
Nikolai tomó aire de nuevo.
—¿Y ese otro olor? Me recuerda a algo, pero no lo ubico.
—¿El último niño al que te has intentado comer?
—Debe de ser eso.
La puerta del carruaje se abrió de golpe.
—Majestad, no sabíamos que hubierais salido esta noche.
Zoya no veía el rostro del guardia, pero percibía la suspicacia de su voz.
—Vuestro rey no tiene por costumbre pedir nada, y mucho menos permiso —dijo
Nikolai, con voz indolente pero con el deje desdeñoso de un monarca que solo
conocía los placeres fáciles.
—Desde luego, desde luego —dijo el guardia—. Solo nos preocupa vuestra
seguridad, mi rey.
Zoya lo dudaba. Ravka Occidental había protestado enérgicamente por los nuevos
impuestos y las leyes que había traído consigo la unificación. Puede que aquellos
guardias lucieran el blasón del águila bicéfala, pero su lealtad pertenecía al duque que
gobernaba aquellas tierras y que había puesto trabas al gobierno de Nikolai a cada
paso. Sin duda, el señor de aquellos guardias estaría encantado de descubrir los
secretos del rey.
Zoya hizo acopio de su tono más lastimero y dijo:
—¿Por qué nos hemos parado?
Percibió un cambio en el interés de los guardias.
—¿La noche ha estado bien? —dijo el guardia. Zoya casi lo veía asomándose al
carruaje para ver mejor.
Zoya se revolvió sus largos cabellos negros y dijo con el tono somnoliento y
atolondrado de una mujer bien atendida:
—Ha estado muy bien.
—¿Solo juega con la realeza? —dijo el guardia—. Parece muy divertida.
Zoya notó que Nikolai se ponía tenso. Se sintió conmovida e irritada al pensar
que Nikolai creía que a ella podía importarle lo que opinara un bufón cualquiera. Pero

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esa noche no era el momento de jugar a los caballeros andantes.
Le lanzó al guardia una larga mirada y dijo:
—No te haces una idea. —Este se rio y les indicó que continuaran.
Mientras el carruaje se ponía en marcha de nuevo, Zoya notó el leve temblor de la
transformación de Nikolai reverberando todavía en su cuerpo, y también cómo su
propio agotamiento se apoderaba de ella. Le sería muy fácil cerrar los párpados,
descansar la cabeza contra el pecho del rey y rendirse a la ilusión de la comodidad.
Pero el precio de semejante indulgencia sería demasiado alto.
—Tarde o temprano, el monstruo será descubierto —dijo Zoya—. No hemos
avanzado en la búsqueda de una cura o una mísera pista. Cásate. Forja una alianza.
Ten un heredero. Consolida el trono y el futuro de Ravka.
—Lo haré —dijo él con voz cansada—. Haré todo eso. Pero esta noche no. Esta
noche, finjamos que somos una pareja casada desde hace años.
Si cualquier otro hombre le hubiera dicho una cosa así, Zoya le habría propinado
un puñetazo en la mandíbula. O posiblemente se lo habría llevado a la cama unas
cuantas horas.
—¿Y eso que implica?
—Nos contaremos mentiras, como hacen las parejas de casados. Será un juego
divertido. Vamos, esposa mía. Dime que soy un tipo apuesto que nunca envejecerá y
que morirá con todos los dientes en su sitio. Haz que me lo crea.
—No.
—Te entiendo. Nunca has tenido talento para el engaño.
Zoya sabía que Nikolai la estaba provocando, pero su orgullo reaccionó de todas
formas.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? A lo mejor lo que pasa es que la lista de mis
talentos es tan larga que todavía no has llegado al final.
—Pues adelante, Nazyalensky.
—Querido esposo —dijo, con voz meliflua—, ¿sabías que las mujeres de mi
familia pueden ver el futuro escrito en las estrellas?
Nikolai reprimió una carcajada.
—No lo sabía.
—Pues es así. Y he visto tu destino en las constelaciones. Morirás viejo, gordo y
feliz, engendrarás muchos hijos maleducados y las generaciones futuras recordarán tu
historia en sus leyendas y sus canciones.
—Muy convincente —dijo Nikolai—. Se te da bien este juego. —Se hizo un
largo silencio, interrumpido únicamente por el traqueteo de las ruedas del carruaje—.
Ahora dime que encontraré una solución. Dime que pondremos fin a esto.
Su tono era alegre y pícaro, pero Zoya lo conocía demasiado bien.
—Lo arreglaremos —dijo, con toda la convicción que fue capaz de reunir—.
Solucionaremos este problema, como hemos hecho con tantos otros. —Inclinó la

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cabeza para mirarlo a la cara. Tenía los ojos cerrados, y una arruga de preocupación
le surcaba el ceño—. ¿Me crees?
—Sí.
Zoya se apartó de él y se alisó la ropa. Las mentiras eran algo inevitable, quizás
incluso necesario entre marido y mujer. Pero una general y su rey no podían
permitírselas.
—¿Lo ves? —dijo Zoya—. A ti también se te da bien este juego.

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NINA AGARRÓ CON FUERZA su cuchillo y procuró ignorar la
masacre que la rodeaba. Bajó la vista hacia la siguiente víctima que yacía indefensa
ante ella.
—Lo siento, compañero —murmuró en fjerdano. Hundió la hoja en el vientre del
pez, lo rasgó en dirección a la cabeza, agarró con la mano el amasijo húmedo y
rosado de las entrañas y las lanzó contra los inmundos tablones; alguien se ocuparía
de quitarlas con un cubo de agua más tarde. El cadáver ya limpio fue a parar al barril
de su izquierda, que algún ganapán se llevaría después a empaquetar. O a procesar. O
a encurtir. Nina no tenía ni idea de lo que le sucedía al pescado tras pasar por sus
manos, y le traía sin cuidado. Después de dos semanas trabajando en la conservera
del puerto de Elling, había perdido para siempre las ganas de comer nada que tuviera
escamas o aletas.
«Imagínate en un baño caliente, con una bandeja llena de tofes.» O podría ir un
paso más allá y llenar la bañera de tofe, para que la cosa fuera aún más decadente.
Causaría furor. Baños de tofe y gofres exfoliantes.
Nina sacudió la cabeza. Aquel lugar la estaba volviendo loca poco a poco. Tenía
la piel de las manos permanentemente arrugada y cubierta de diminutos cortes por
culpa de su torpeza con el cuchillo de filetear, no conseguía quitarse el tufo a pescado
del cabello y le dolía la espalda de estar de pie en la fábrica de sol a sol, hiciera el
tiempo que hiciera, con un toldo de hojalata corrugada como única protección contra
los elementos. Pero en Fjerda no abundaban los empleos para las mujeres solteras, así
que Nina, bajo el nombre falso de Mila Jandersdat, había aceptado el puesto sin
dudar. El trabajo era agotador, pero le permitía pasar mensajes fácilmente a su

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contacto local, y su puesto de observación entre los barriles de pescado le daba una
perspectiva perfecta de los guardias que patrullaban el puerto.
Hoy había bastantes vagando por los muelles con sus uniformes azules. La gente
los llamaba kalfisk, «calamares», porque metían los tentáculos en todas partes. Elling
se encontraba en la desembocadura del río Stelge en el Isenvee, y era uno de los
pocos puertos de la escarpada costa noroeste de Fjerda por el que las embarcaciones
de gran tamaño podían acceder al mar con facilidad. El puerto era famoso por dos
cosas: el contrabando y el pescado. Abadejos, rapes, eglefinos, salmones y esturiones
de las ciudades fluviales del este, blanquillos y caballas plateadas de las profundas
aguas del mar.
Nina trabajaba al lado de otras dos mujeres: una viuda hedjüt llamada Annabelle
y Marta, una solterona de Djerholm con la mente tan estrecha como las rendijas del
suelo y que meneaba la cabeza constantemente, como si todo la desagradara. Su
cháchara distraía un poco a Nina, y además era una útil fuente de cotilleos e
información fiable, aunque a veces costaba distinguir la diferencia.
—Me han dicho que el capitán Bírgir se ha buscado otra querida —empezaba
Annabelle.
Y Marta apretaba los labios.
—No me extraña que pueda mantenerla, con los sobornos que cobra.
—Están reforzando las patrullas desde que prendieron a aquellos polizones.
Y Marta chasqueaba la lengua.
—Habrá más puestos de trabajo, pero seguro que tendremos más jaleo.
—Hoy han llegado más hombres de Gäfvalle. El río se ha emponzoñado cerca del
viejo fuerte.
La cabeza de Marta oscilaba de un lado a otro, como la cola de un perro contento.
—Una señal del descontento de Djel. Deberían enviar a un sacerdote a rezar unas
plegarias.
Gäfvalle. Una de las ciudades fluviales. Nina nunca había estado allí, y en
realidad no había oído hablar de ella hasta hacía dos meses, cuando había llegado con
Adrik y Leoni por orden del rey Nikolai, pero aquel nombre siempre le producía
incomodidad; su sonido siempre iba seguido de una especie de suspiro interior, como
si el nombre de la ciudad no fuera una palabra sino el inicio de un conjuro.
Marta golpeó la superficie de madera de su mesa de trabajo con el mango de su
cuchillo.
—El capataz.
Hilbrand, el ceñudo capataz, avanzaba entre las hileras de puestos, dando órdenes
a los recaderos para que se llevaran los cubos de pescado.
—Vuelves a ir con retraso —le ladró a Nina—. Es como si fuera la primera vez
que limpias pescado.
«Vaya, me pregunto por qué será.»
—Lo siento, señor—dijo Nina—. Procuraré hacerlo mejor.

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Hilbrand sacudió la mano.
—Demasiado lenta. Ya ha llegado el cargamento que esperábamos. Vamos a
pasarte a la planta de empaquetado.
—Sí, señor —dijo Nina con tristeza. Dejó caer los hombros y la cabeza, cuando
lo que realmente le apetecía era ponerse a cantar a voz en cuello. El sueldo de los
empaquetadores era bastante más bajo, así que tenía que fingir abatimiento de manera
convincente, pero había entendido el auténtico mensaje de Hilbrand: los últimos
fugitivos Grisha que esperaban habían llegado finalmente al refugio de Elling. Ahora
dependía de Nina, Adrik y Leoni que los siete recién llegados subieran a bordo del
Verstoten.
Siguió de cerca a Hilbrand mientras este la conducía hacia el lado opuesto de la
fábrica.
—Tendrás que actuar deprisa —le dijo sin mirarla—. Dicen que esta noche va a
haber una inspección sorpresa.
—De acuerdo. —Un obstáculo, pero nada que no tuviera solución.
—Y eso no es todo —añadió—. Birgir estará de servicio.
«Cómo no.» No era de extrañar que la inspección sorpresa fuera idea del capitán
Birgir. Era el más corrupto de todos los kalfisk, pero también el más sagaz y
observador. Si querías que un cargamento legal pasara por el puerto sin que lo
paralizaran en la aduana durante una eternidad (o que un cargamento ilegal pasara
desapercibido), el precio era sobornar a Birgir.
«Un hombre sin honor», dijo la voz de Matthias en su mente. «Vergüenza debería
darle.»
Nina resopló. «Si los hombres sintieran vergüenza cuando deberían, no tendrían
tiempo para nada más.»
—¿Te hace gracia algo? —preguntó Hilbrand.
—Es que estoy resfriada —mintió. Pero incluso el tono brusco de Hilbrand le dio
una punzada en el corazón. Era ancho de hombros y no tenía sentido del humor, y por
eso le recordaba dolorosamente a Matthias.
«No se parece en nada a mí. Qué racista eres, Nina Zenik. No todos los fjerdanos
nos parecemos.»
—Ya sabes lo que les hizo Birgir a esos polizones —dijo Hilbrand—. No hace
falta que te diga que tengas cuidado.
—No, no hace falta —dijo Nina, con más brusquedad de la necesaria. Se le daba
bien su trabajo y sabía exactamente lo que estaba en juego. Durante su primera
mañana en el puerto, había visto cómo Birgir y uno de sus matones predilectos,
Casper, sacaban a rastras a una mujer y a su hija de un ballenero con rumbo a Novyi
Zem y les daban una paliza. El capitán les había puesto al cuello unas pesadas
cadenas y sendos letreros con la palabra drüsje: «bruja». Después las había empapado
con una pringosa mezcla de excrementos y tripas de pescado de las fábricas y las
había dejado atadas a la entrada del puerto, a pleno sol. Ante la mirada de sus

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hombres, que no paraban de reír, el olor y la promesa de comida habían atraído a las
gaviotas. Nina se pasó todo su turno viendo cómo la mujer intentaba colocarse
delante de su hija para protegerla y oyendo los gritos de agonía de las prisioneras
mientras las aves picoteaban y rasguñaban sus cuerpos. Su mente había tejido mil
fantasías distintas en las que asesinaba sin miramientos a los guardias portuarios de
Birgir o ponía a salvo a la madre y la hija. Podía robar un bote. Podía obligar al
capitán de algún barco a llevárselas muy lejos. Podía hacer algo.
Pero recordaba con demasiada claridad lo que Zoya le había advertido al rey
Nikolai sobre las aptitudes de Nina para una misión de incógnito: «No tiene ni pizca
de sutileza en el cuerpo. Pedirle a Nina que no llame la atención es como pedirle al
agua que no fluya cuesta abajo».
El rey había decidido darle una oportunidad a Nina, y ella no pensaba echarla a
perder. No pondría en peligro la misión. No revelaría su identidad ni pondría en
peligro a Adrik y a Leoni. Al menos no a plena luz del día. En cuanto se puso el sol,
había deslizado de nuevo hasta el puerto para liberar a las prisioneras. Pero ya no
estaban. ¿Dónde habían ido? ¿Y qué nuevos horrores estarían sufriendo? Ahora ya
sabía que la muerte no era el peor destino que les esperaba a los Grisha que caían en
manos de los soldados fjerdanos. Jarl Brum y sus cazadores de brujas se lo habían
dejado más que claro.
Mientras Nina seguía a Hilbrand por el interior de la fábrica, el chirrido de las
máquinas le sacudió el cráneo y la peste a bacalao salado la abrumó. No estaría mal
marcharse de Elling un tiempo. La bodega del Verstoten estaba repleta de Grisha que
su equipo (o más bien el equipo de Adrik) había rescatado y traído hasta Elling.
Desde el fin de la guerra civil, el rey Nikolai había destinado fondos y recursos para
apoyar a la red clandestina de informantes que existía en Fjerda desde hacía años, con
el objetivo de ayudar a escapar del país a los Grisha que vivían ocultos. Se hacían
llamar Hringsa, «el árbol de la vida», como el gran fresno sagrado de Djel. Nina sabía
que Adrik ya había recibido nueva información de la red, y en cuanto el Verstoten
zarpara en dirección a Ravka, Nina y los demás podrían dirigirse hacia el interior para
localizar a más Grisha.
Hilbrand la llevó hasta su despacho, cerró la puerta y deslizó los dedos por la
pared del fondo. Se oyó un chasquido y se abrió una segunda puerta secreta que daba
a la Fiskstrahd, la bulliciosa calle de los pescaderos, donde una muchacha sola podía
evitar a la policía portuaria desvaneciéndose entre la multitud.
—Gracias —dijo Nina—. Pronto os enviaremos más.
—Espera. —Hilbrand la agarró del brazo antes de que pudiera salir al sol. Titubeó
un momento—. ¿De verdad eres ella? ¿La muchacha que derrotó a Jarl Brum y lo
dejó sangrando en un muelle de Djerholm?
Nina se desembarazó de su mano. Había hecho lo necesario para liberar a sus
amigos y evitar que el secreto de la jurda parem cayera en manos fjerdanas. Pero
había sido esa droga la que le había dado la victoria, y se había cobrado un precio

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atroz, cambiando para siempre el curso de la vida de Nina y la propia naturaleza de su
poder Grisha.
«Si no hubiéramos ido a la Corte de Hielo, ¿Matthias seguiría vivo? ¿Mi corazón
seguiría entero?» Preguntas sin sentido. Ninguna respuesta iba a traerlo de vuelta.
Nina fulminó a Hilbrand con la mirada asesina que había aprendido de la
mismísima Zoya Nazyalensky.
—Me llamo Mila Jandersdat. Soy una joven viuda que trabaja en lo que puede
para sobrevivir mientras busca empleo como traductora. ¿Qué clase de necio se
pelearía con el comandante Jarl Brum? —Hilbrand abrió la boca, pero Nina continuó
—: ¿Y qué dase de mendrugo se arriesgaría a delatar a una agente cuando hay tantas
vidas en juego?
Nina le dio la espalda y se adentró en la marea humana. «Qué peligro.» Un
hombre con una segunda vida tan secreta no debería ser tan descuidado. Pero Nina
sabía que la soledad podía volverte insensato, ansioso por decir algo que no fueran
mentiras. Hilbrand había perdido a su esposa a manos de los hombres de Brum, los
despiadados drüskelle entrenados para cazar y matar a los Grisha. Desde entonces, se
había convertido en uno de los agentes de mayor confianza del rey Nikolai en Fjerda.
Nina no tenía ninguna duda de su lealtad, y de su discreción dependía también su
propia seguridad, no solo la de Nina.
Tardó menos de diez minutos en llegar a la dirección que le había facilitado
Hilbrand, otra conservera idéntica a los edificios colindantes, salvo por el mural de su
fachada occidental. A primera vista, parecía un bonito paisaje de la desembocadura
del río Stelge: un grupo de pescadores que lanzaban sus redes al mar bajo el sol del
atardecer, ante la mirada feliz de los demás aldeanos. Pero si uno se fijaba bien, podía
reparar en la muchacha de cabello blanco situada entre la multitud, cuya silueta se
recortaba contra el sol como si este fuera un halo. Sankta Alina. La Invocadora del
Sol. Una señal de que aquel almacén era un refugio.
Los Santos nunca habían gozado de popularidad entre las gentes del norte… hasta
que Alina Starkov había destruido la Sombra. Desde entonces, habían empezado a
surgir altares en su honor en otros países, muy lejos de Ravka. Las autoridades
fjerdanas habían hecho lo posible por erradicar el culto a la Santa del Sol, tachándolo
de religión con influencias extranjeras, pero aun así habían ido apareciendo pequeños
grupúsculos de creyentes, jardines que florecían clandestinamente. Las historias de
los Santos, sus milagros y martirios, se habían convertido en un código para los
partidarios de los Grisha. Una rosa por Sankta Lizabeta. Un sol por Sankta Alina. Un
caballero ensartando a un dragón con su lanza podía ser Dagr el Audaz, de algún
cuento infantil… o también Sankt Juris, que había dado muerte a una gran bestia y
perecido en sus llamas. Incluso los tatuajes que lucía Hilbrand en los antebrazos eran
más de lo que aparentaban: una enmarañada cornamenta de ciervo, un tatuaje habitual
entre los cazadores del norte, pero dispuesto en franjas circulares como símbolo del
potente amplificador que había llevado Sankta Alina.

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Nina llamó a la puerta lateral de la conservera y esta se abrió un momento
después. Adrik la hizo pasar, con una expresión de abatimiento en su rostro pecoso y
pálido. Sus rasgos eran agradables, pero siempre tenía un semblante derrotado que le
daba el aspecto de una vela derretida. De inmediato, a Nina le empezaron a llorar los
ojos.
—Ya lo sé —dijo Adrik en tono deprimente—. Elling. Si el frío no te mata, lo
hará el pestazo.
—Ningún pescado huele así. Me arden los ojos.
—Es sosa. Cubas de sosa. Por lo visto conservan pescado en sosa; es un manjar
local.
Nina casi oía las indignadas protestas de Matthias: «Es delicioso. Lo comemos
untado en pan». Por los Santos, cómo lo echaba de menos. El dolor de su ausencia era
como un anzuelo hundido en su corazón. El dolor siempre estaba presente, pero en
momentos como aquellos era como sí alguien agarrara el sedal y tirara de él.
Nina tomó aire profundamente. Matthias habría querido que se concentrara en la
misión.
—¿Están aquí?
—Sí. Pero tenemos un problema.
Ya le parecía que Adrik estaba más taciturno de lo habitual. Que no era poco.
Nina vio primero a Leoni, inclinada sobre una caja que hacía las veces de mesa
improvisada, al lado de una hilera de cubas. A su lado había una lámpara, y su rostro,
por lo general alegre, estaba crispado por la determinación. Llevaba el cabello rizado
recogido al estilo zemeni, y su piel morena estaba perlada de sudor. En el suelo, cerca
de ella, había extendido sus herramientas: tinteros y pigmentos en polvo, pergaminos
y papeles enrollados. Pero aquello no tenía sentido; los documentos de emigración
falsificados deberían haber estado listos mucho antes.
Nina lo fue comprendiendo a medida que sus ojos se adaptaban a la oscuridad y
distinguían varias siluetas ocultas entre las sombras. Un hombre barbudo con un
abrigo de color pardo y otro mucho mayor, con una espesa mata de cabello blanco.
Dos niños pequeños se ocultaban tras ellos y se asomaban tímidamente, con los ojos
muy abiertos y asustados. Cuatro fugitivos. Deberían ser siete.
Leoni levantó la vista hacia Nina y después miró a los fugitivos Grisha, con una
cálida sonrisa.
—Es una amiga. No os preocupéis.
Eso no pareció tranquilizarlos.
—Jormanen end denam danne näskelle —dijo Nina. Era el saludo tradicional
fjerdano para los viajeros. «Sed bienvenidos y guareceos hasta que baya pasado la
tormenta.» No era totalmente apropiado para su situación, pero era lo mejor que se le
ocurría. Los dos hombres parecieron relajarse al oír sus palabras, aunque los niños
seguían aterrorizados.

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—Grannem end kerjenning grante jut onter kelholm —dijo el anciano, respetando
la réplica tradicional. «Te doy las gracias y traigo solo mi gratitud a tu hogar». Nina
esperaba que no fuera así. Ravka no necesitaba gratitud; necesitaba más Grisha.
Necesitaba soldados. No podía ni imaginarse lo que haría Zoya con aquellos reclutas.
—¿Y los otros tres? —le preguntó Nina a Adrik.
—No se reunieron con su contacto.
—¿Los han capturado?
—Probablemente.
—Tal vez cambiaran de opinión —dijo Leoni, abriendo una botella llena de algo
azul. Siempre era capaz de encontrar una posibilidad optimista, por muy improbable
que fuera—. No es tan fácil abandonar todo lo que amas.
—Cuando todo lo que amas apesta a pescado y desesperación, yo creo que sí —
gruñó Adrik.
—¿Son los papeles de emigración? —le preguntó Nina a Leoni con el máximo
tacto posible.
—Estoy haciendo todo lo que puedo —contestó Leoni—. Dijiste que las mujeres
no viajan solas, así que los hice figurar como familias en los contratos, y ahora nos
faltan dos esposas y una hija.
Mal asunto, sobre todo con los kalfisk merodeando por todo el puerto. Pero Leoni
era una de las Hacedoras con más talento que había conocido Nina.
En los últimos años, el gobierno fjerdano había empezado a vigilar sus fronteras
con mayor atención y había prohibido que sus ciudadanos viajaran al extranjero. Las
autoridades andaban a la caza de los Grisha que intentaban escapar, pero también
querían frenar a las masas de gente que cruzaba el Mar Auténtico hacia Novyi Zem
en busca de mejores empleos y climas más templados, gente dispuesta a enfrentarse a
un nuevo mundo con tal de ser libres de la amenaza de la guerra. Muchos ravkanos
habían hecho lo mismo.
En especial, a las autoridades de Fjerda no les hacía ninguna gracia la emigración
de hombres capaces y potenciales soldados, de modo que los documentos
obligatorios eran casi imposibles de falsificar. Ese era el motivo de que Leoni
estuviera allí. No era una falsificadora corriente, sino una Hacedora capaz de unir la
tinta y el papel a nivel molecular.
Nina sacó un pañuelo limpio de su bolsillo y le enjugó la frente a Leoni.
—Te las arreglarás.
Ella negó con la cabeza.
—Me hace falta más tiempo.
—Pero no tenemos. —Nina deseaba no tener que decir eso.
—A lo mejor sí —dijo Leoni en tono esperanzado. Había pasado casi toda su vida
en Novyi Zem antes de viajar a Ravka para adiestrarse. Como muchos otros
Hacedores, jamás había entrado en combate. De hecho, hasta que Alina Starkov pasó

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a liderar el Segundo Ejército, los Hacedores ni siquiera recibían formación de
combate—. Podemos avisar al Verstoten, pedirles que esperen hasta que…
—Imposible —dijo Nina—. Ese barco debe zarpar antes de que anochezca. El
capitán Birgir tiene pensado realizar una de sus redadas sorpresa.
Leoni soltó un largo suspiro y señaló con la barbilla al hombre del abrigo pardo.
—Nina, tendremos que hacerte pasar por su mujer.
No era una solución ideal. Nina llevaba varias semanas trabajando en el puerto, y
era posible que alguien la reconociera. Pero era un riesgo que valía la pena correr.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó al hombre.
—Enok. ¿Son tus hijos? —El hombre asintió.
—Y él es mi padre.
—¿Sois todos Grisha?
—Solamente los niños y yo.
—Pues estás de suerte, Enok. Estoy a punto de convertirme en tu esposa. Me
gustan las siestas largas, los cortejos cortos y prefiero el lado izquierdo de la cama.
Enok parpadeó; su padre parecía absolutamente escandalizado. Genya había
alterado las facciones de Nina para que pareciera lo más fjerdana posible, pero imitar
el recato de las norteñas era mucho más agotador.
Nina procuró no ponerse a caminar de un lado a otro mientras Leoni trabajaba y
Adrik hablaba en voz baja con los fugitivos. ¿Qué había ocurrido con las otras tres
Grisha? Nina cogió los documentos de emigración inservibles, papeles de un valor
incalculable que ya nunca se usarían. Faltaban dos mujeres y una chica de dieciséis
años. ¿Habían decidido que preferían una vida de secretismo antes que un futuro
incierto en tierra extraña? ¿O habían sido hechas prisioneras? ¿Estarían asustadas y
solas en algún sitio? Nina frunció el ceño mientras examinaba los papeles.
—¿Kejerut era su verdadero lugar de origen? —Leoni asintió.
—Me pareció más simple no modificar la localidad.
El padre de Enok hizo una señal de protección con la mano. Era un antiguo gesto
para alejar los malos pensamientos con la fuerza de las aguas de Djel.
—En Kejerut, las chicas desaparecen.
Nina se estremeció mientras aquel extraño suspiro volvía a inundar su mente.
Kejerut estaba a pocos kilómetros de Gäfvalle. Pero tal vez eso no significara nada.
Se frotó los brazos, intentando alejar el frío repentino que se había apoderado de
ella. Ojalá Hilbrand no hubiera mencionado a Jarl Brum. Pese a todo lo ocurrido, ese
nombre seguía ejerciendo poder sobre ella. Nina los había derrotado a él y a sus
hombres. Sus amigos habían hecho explotar el laboratorio secreto de Brum y le
habían robado a su rehén más valioso. Eso debería haberle hecho caer en desgracia.
Debería haber perdido el mando de los drüskelle y haber puesto fin a sus brutales
experimentos con la jurda parem y los prisioneros Grisha. Y sin embargo, Brum
había sobrevivido y seguía medrando en los rangos más altos del ejército fjerdano.
«Debería haberlo matado cuando tuve la oportunidad.»

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«Mostraste clemencia, Nina. Nunca te arrepientas de eso.»
Pero la clemencia era un lujo que Matthias sí podía permitirse. Al fin y al cabo,
estaba muerto.
«Es un poco maleducado por tu parte mencionarlo, amor mío.»
«¿Qué esperas de una ravkana? Además, Brum y yo todavía tenemos asuntos
pendientes.»
«¿Para eso has venido?»
«He venido para enterrarte, Matthias», pensó, y la voz de su cabeza se quedó
callada, como hacía siempre que ella se recordaba a sí misma lo que había perdido.
Nina trató de sacarse de la cabeza el recuerdo del cuerpo de Matthias, preservado
gracias al poder de los Hacedores, envuelto en lona y cuerdas como si fuera un lastre,
oculto debajo de mantas y cajas en el trineo que les esperaba en su pensión. Nina
había jurado que lo llevaría de vuelta a casa, que enterraría su cuerpo en la tierra que
tanto amaba para que encontrara el camino hasta su dios. Y durante casi dos meses
habían viajado con el cadáver, arrastrando esa lúgubre carga de pueblo en pueblo.
Había tenido incontables oportunidades para despedirse de él y dejarlo descansar.
¿Por qué no las había aprovechado? Nina sabía que Leoni y Adrik no querían sacar el
tema, pero seguramente no les hiciera demasiada gracia formar parte de una comitiva
fúnebre que ya duraba meses.
«Tiene que ser en el lugar adecuado, mi amor. Lo sabrás cuando lo veas.»
¿De verdad sería así? ¿O seguiría vagando sin fin, incapaz de dejarlo marchar?
A lo lejos sonó la campana que señalaba el fin de la jornada laboral.
—Nos quedamos sin tiempo —dijo Adrik.
En vez de protestar, Leoni estiró los músculos y dijo:
—Ven a secar la tinta.
Adrik agitó la mano y dirigió una cálida ráfaga de aire de Vendaval hacia los
documentos.
—Menos mal que sirvo para algo.
—Seguro que nos vendrás de perlas cuando tengamos que volar una cometa.
Intercambiaron una sonrisa y Nina sintió una punzada de irritación, pero
enseguida pensó que se merecía un puntapié por ser tan egoísta. Que ella fuera infeliz
no quería decir que los demás también tuvieran que serlo.
Mientras todos echaban a andar hacia el puerto, con los fugitivos a la zaga, Adrik
empezó a darles instrucciones y Nina notó que su temperamento se encendía de
nuevo. Aunque Adrik era su oficial al mando, Nina había perdido la costumbre de
obedecer órdenes durante su estancia en Ketterdam.
Leoni y Adrik abrieron la marcha hada el Verstoten. Llamaban la atención, pero
no desentonaban demasiado con el tumulto del puerto: una mujer zemeni y su
marido, una pareja de comerciantes con asuntos que tratar en el puerto. Nina enlazó
su brazo en el de Enok y se quedó con su nueva familia, manteniendo una distancia
prudencial.

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Rotó los hombros, intentando concentrarse, pero solo sirvió para aumentar su
tensión. No se acostumbraba a su nuevo cuerpo. En Os Alta, Genya Safin había
llevado al límite sus habilidades para modificar a Nina. Su nuevo cabello era liso,
suave y casi tan blanco como el hielo. Sus ojos eran más estrechos, y su iris verde se
había teñido del azul claro de un glaciar norteño. Tenía los pómulos más altos, el
ceño más pronunciado y la boca más ancha.
—Parece que estoy a medio cocer —había protestado al ver su nueva tez pálida y
lechosa.
Genya no se había inmutado.
—Pareces fjerdana.
Los muslos de Nina seguían siendo robustos y su cintura seguía siendo gruesa,
pero Genya había inclinado hacia atrás sus orejas, le había reducido el pecho e
incluso había alterado la posición de sus hombros. El proceso de modificación de los
huesos había sido doloroso en ocasiones, pero a Nina no le importaba. No quería ser
la chica que había sido, la chica a la que Matthias había amado. Si Genya conseguía
convertirla en alguien nuevo por fuera, quizás el corazón de Nina se adaptaría y
terminaría latiendo a un nuevo ritmo. Pero no había funcionado, claro. Los fjerdanos
veían a Mila Jandersdat, pero ella seguía siendo Nina Zenik, Grisha legendaria y
asesina contumaz. Seguía siendo la chica que se moría por los gofres y que por las
noches lloraba hasta quedarse dormida cuando estiraba el brazo y no encontraba a
Matthias a su lado.
Nina notó que el brazo de Enok se crispaba, y vio que dos policías portuarios
montaban guardia delante de la pasarela que conducía a bordo del Verstoten.
—No pasa nada —murmuró Nina—. Os acompañaremos hasta que subáis al
barco.
—¿Y luego? —preguntó Enok con voz temblorosa.
—Cuando hayamos salido de la bahía, yo volveré con los demás en un bote de
remos. Tu familia y tú seguiréis hasta Ravka, y allí podréis vivir sin miedo.
—¿Se llevarán a mis niños? ¿Se los llevarán a esa escuela especial?
—Solamente si es tu deseo —dijo Nina—. No somos monstruos. No más que
vosotros. Y ahora, silencio.
Pero al ver que uno de los guardias era Casper, el cabecilla de los matones de
Birgir, tuvo el impulso de darse la vuelta L y regresar al refugio por donde había
venido. Se tapó el rostro con el cuello del abrigo.
—¿Zemeni? —preguntó Casper, mirando de reojo a Leoni. Ella asintió.
Casper señaló la manga vacía de Adrik.
—¿Cómo lo perdió?
—Un accidente en el campo —le respondió Adrik en fjerdano. No conocía
demasiado el idioma, pero era capaz de chapurrear algunas palabras sin acento
ravkano, y aquella mentira en concreto ya la había contado muchas veces. Casi todo
el mundo le preguntaba por su brazo en cuanto veían la manga sujeta con alfileres.

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Había tenido que dejar en la capital el brazo mecánico que le había fabricado David
Kostyk, porque resultaba demasiado obvio que era obra de un Grisha.
Los guardias les hicieron las preguntas de costumbre: ¿cuánto tiempo llevaban en
el país? ¿Qué lugares habían visitado durante su estancia? ¿Conocían a algún agente
extranjero que trabajara dentro de las fronteras fjerdanas? Después les indicaron que
subieran a bordo sin más ceremonia.
Ahora era el turno de Enok. Nina le apretó el brazo y el hombre se adelantó. Nina
veía que tenía la sien perlada de sudor y notaba el leve temblor de sus manos. De
haber podido quitarle los documentos y entregárselos a los guardias ella misma, lo
habría hecho. Pero las esposas fjerdanas siempre les dejaban esas tareas a sus
maridos.
—La familia Grahn. —Casper examinó los papeles durante un rato
incómodamente largo—. ¿Contratos? ¿Dónde van a trabajar?
—En una granja de jurda cerca de Cofton —dijo Enok.
—Es un trabajo duro. Demasiado para su viejo padre.
—Él se quedará en la casa, con los chicos —dijo Enok—. Tiene mano para la
aguja y el hilo, y los zagales podrán hacer de recaderos hasta que tengan edad de
trabajar en los campos.
A Nina le impresionó la facilidad de Enok para mentir, aunque, si se había pasado
toda la vida ocultando que era un Grisha, debía de tener bastante práctica.
—No es fácil obtener contratos —musitó Casper.
—Mi tío nos los consiguió.
—¿Y por qué prefiere partirse el lomo en Novyi Zem antes que hacer un trabajo
honrado en Fjerda?
—Si de mí dependiera, viviría y moriría en el hielo —dijo Enok con tal fervor
que Nina supo que decía la verdad—. Pero el trabajo escasea y a los pulmones de mi
hijo les sienta mal el frío.
—Son tiempos duros para todos. —El guardia se volvió hacia Nina—. ¿Y usted
qué hará en Cofton?
—Coser si puedo, y trabajar en los campos si hace falta. —Inclinó la cabeza.
Podía ser sutil, maldita sea. Aunque Zoya opinara que no—. Lo que desee mi marido.
Casper siguió mirando los papeles, expectante, y Nina le dio un leve codazo a
Enok. Con aspecto de estar a punto de vomitar por todo el puerto, Enok se metió la
mano en el bolsillo y sacó un paquete lleno de dinero fjerdano.
Se lo tendió a Casper, que enarcó una ceja. Sin embargo, enseguida apareció una
sonrisa de satisfacción en el rostro del guardia. Nina recordó cómo miraba a las
gaviotas mientras estas desgarraban a las Grisha encadenadas bajo el sol, con los
picos llenos de sangre y restos de piel y cabellos.
Casper les hizo pasar con un gesto.
—Que Djel los proteja.

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Pero todavía no habían puesto un pie en la pasarela cuando Nina oyó una voz a
sus espaldas:
—Un momento.
«Birgir.» ¿Es que no iban a tener ni una pizca de suerte? Todavía no se había
puesto el sol. Deberían haber tenido más tiempo. El padre de Enok se detuvo
vacilante sobre la pasarela, al lado de Leoni, y Adrik miró a Nina y negó con la
cabeza de un modo casi imperceptible. «No la líes.» Nina pensó en los demás
fugitivos Grisha, ocultos en la bodega del barco, y contuvo la lengua.
Birgir se situó entre Casper y el otro guardia. Era bajo para ser fjerdano; tenía los
hombros pronunciados como los de un toro y vestía un uniforme tan bien entallado
que Nina sospechaba que había sido hecho a medida.
Nina se quedó detrás de Enok y susurró a los niños:
—Id con el abuelo. —Pero estos no se movieron. —Llevamos todo el día
viajando —le dijo Enok a Birgir en tono amigable—. Los chicos están ansiosos por
descansar.
—Primero echaré un vistazo a esos documentos.
—Acabamos de enseñárselos a su subalterno.
—La vista de Casper no es tan aguda como la mía.
—¿Y el dinero que…? —protestó Enok.
—¿De qué dinero habla?
Casper y el otro guardia se encogieron de hombros.
—Yo no sé nada de ningún dinero.
A regañadientes, Enok le tendió los documentos.
—Quizá—dijo su padre—podríamos llegar a otro acuerdo.
—Usted quédese donde está —le ordenó Birgir.
—Pero nuestro barco está a punto de zarpar —aventuró Nina, ocultándose tras el
hombro de Enok.
Birgir miró de reojo hacia el Verstoten y a los dos niños que tiraban
nerviosamente de las manos de su padre.
—Esos dos van a dar mucha guerra, encerrados en un barco durante todo el
trayecto. —Después miró a Enok y a Nina—. Qué curioso que estén pegados a su
padre y no a su madre.
—Están asustados —dijo Nina—. Usted les da miedo.
Los fríos ojos de Birgir recorrieron a Adrik y a Leoni. Estampó los contratos
contra su mano enguantada.
—Ese barco no irá a ninguna parte hasta que lo hayamos registrado palmo a
palmo. —Le hizo un gesto a Casper—. Aquí hay gato encerrado. Llama a los demás.
Casper echó mano a su silbato, pero antes de que pudiera tomar aliento para
hacerlo sonar, Nina extendió el brazo velozmente. Dos finas esquirlas de hueso
salieron volando desde las fundas cosidas en las mangas de su abrigo; toda su ropa
estaba revestida de esas esquirlas. Los dardos fueron a clavarse en la tráquea de

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Casper, y un agudo resuello salió de sus labios. Nina giró los dedos y las esquirlas se
retorcieron. El guardia cayó al suelo, palpándose el cuello.
—¡Casper! —Birgir y el otro guardia desenfundaron sus armas.
Nina empujó a Enok y a los niños.
—Súbelos al barco —gruñó. «No la líes.» Ella no había empezado aquello, pero
estaba decidida a terminarlo.
—Te conozco —dijo Birgir mientras apuntaba a Nina con su pistola; sus ojos eran
duros y brillantes como dos piedras de río.
—Eso es mucho decir.
—Trabajas en la conservera de salmón. En los barriles. Ya sabía yo que había
algo raro en ti.
Nina no pudo contener una sonrisa.
—Muchas cosas.
—Mila —dijo Adrik en tono de advertencia, llamándola por su nombre falso.
Como si eso importara ya. La hora de los sobornos y los regateos había terminado. Le
encantaban estos momentos, cuando los secretos salían a la luz.
Nina sacudió los dedos. Las esquirlas de hueso se soltaron de la garganta de
Casper y regresaron a las vainas ocultas de su brazo. El guardia se desplomó, con los
labios húmedos de sangre y los ojos en blanco, mientras luchaba por respirar.
—Drüsje —siseó Birgir. «Bruja.»
—No me gusta esa palabra —dijo Nina, mientras avanzaba hacia él—. Llámame
«Grisha». Llámame «zowa». Llámame «muerte», si lo prefieres.
Birgir se echó a reír.
—Te están apuntando dos armas. ¿Crees que puedes matarnos a ambos antes de
que uno de los dos te dispare?
—Pero si tú ya te estás muriendo, capitán —canturreó Nina en voz baja. La
armadura de hueso que le habían hecho los Hacedores en Os Alta era muy práctica y
había demostrado su utilidad más veces de las que podía contar. Pero a veces Nina
percibía a la muerte acechando ya dentro de sus objetivos, como acechaba ahora en el
hombre que tenía delante, aquel hombre de mentón altivo y relucientes botones de
latón en su precioso uniforme. Era más joven de lo que le había parecido en un
principio, y su incipiente barba dorada parecía rala, como si no terminara de crecerle
del todo. ¿Debería sentir lástima por él? No la sentía.
«Nina.» Era la voz de Matthias, reprobadora y decepcionada. Tal vez Nina
estuviera condenada a asesinar fjerdanos en los puertos. Se le ocurrían destinos
peores.
—Lo sabes, ¿verdad? —continuó—. En el fondo, tu cuerpo lo sabe. —Se acercó
más a él—. Esa tos que se resiste a desaparecer. Ese dolor que achacaste a algún
golpe en las costillas. El poco gusto que le encuentras a la comida. —A la luz del
atardecer vio cómo el miedo se iba apoderando del semblante de Birgir como una
sombra que se iba extendiendo. Ese miedo alimentaba a Nina; notó que aquel extraño

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suspiro en su interior crecía hasta convertirse en un coro de voces susurrantes que
parecían animarla, mientras la voz de Matthias se acallaba—. Trabajas en un puerto
—continuó—. Sabes bien con qué facilidad se cuelan las ratas en las paredes y
devoran un edificio desde dentro. —La mano armada de Birgir descendió
ligeramente. Ahora la observaba con atención, no con sus agudos ojos de policía sino
con la mirada de un hombre que no tenía más remedio que escuchar aunque no
quisiera, que ansiaba conocer el final de la historia—. El enemigo ya está dentro de ti;
las células malignas se están comiendo a las demás lentamente, en tus pulmones. Es
inusual en un hombre tan joven. Te estás muriendo, capitán Birgir —dijo en voz baja,
casi con dulzura—. Yo solamente voy a darte un empujoncito.
El capitán pareció despertar de un trance. Levantó de nuevo la pistola, pero fue
demasiado lento. El poder de Nina ya se había aferrado al cúmulo de células
enfermas de su cuerpo, y la muerte se desplegó con una terrible multiplicación.
Habría podido vivir un año más, o tal vez dos, pero ahora esas células se habían
convertido en una marea negra que lo destruía todo a su paso. El capitán Birgir dejó
escapar un grave gruñido y se desplomó. Antes de que el guardia restante pudiera
reaccionar, Nina agitó los dedos y le atravesó el corazón con una esquirla de hueso.
Un curioso silencio se apoderó de los muelles. Nina oía las olas lamiendo el casco
del Verstoten y el chillido de las aves marinas. En su interior, aquel coro susurrante
cantó con un sonido casi alegre.
Y entonces uno de los hijos de Enok se echó a llorar.
Durante un momento, Nina y la muerte habían estado a solas en los muelles: eran
dos viajeras cansadas, dos viejas amigas. Pero ahora veía cómo la estaban mirando
los demás: los Grisha fugitivos, Adrik y Leoni e incluso el capitán del barco y su
tripulación, apoyados en la borda del barco. Tal vez debería haberle importado; tal
vez a una parte de ella sí le importaba. El poder de Nina era aterrador, una versión
corrupta del poder de Mortificadora con el que había nacido, envilecido por la parem.
Pero aun así había terminado apreciándolo. Matthias había aceptado la oscuridad de
Nina y la había animado a hacer lo mismo… pero lo que Nina sentía no era
aceptación. Era amor.
Adrik suspiró.
—No echaré de menos esta ciudad. —Levantó la voz para dirigirse a la
tripulación del barco—. Dejad de mirarnos y ayudadnos a subir los cadáveres a
bordo. Nos desharemos de ellos en mar abierto.
«Algunos hombres merecen tu misericordia, Nina.»
«Claro que sí, Matthias.» Nina observó a Enok y a su padre mientras cargaban
con el cuerpo de Birgir. «Y cuando conozca a alguno, te lo haré saber».

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Adrik no dijo nada hasta que subieron a bordo del pequeño bolo de remos y pusieron
rumbo a la costa. Desembarcarían en una de las calas al norte de Elling y regresarían
a pie hasta sus habitaciones para recoger sus cosas.
Habrá jaleo cuando se den cuenta de que esos hombres han desaparecido —dijo.
Nina se sintió como una niña regañada, y no le gustó.
—Menos mal que para entonces ya estaremos lejos.
—Ya no podremos trabajar desde este puerto —añadió Leoni—. Reforzarán la
seguridad.
—No te pongas de su lado.
—No me pongo del lado de nadie —dijo Leoni—. Es una simple observación.
—¿Preferiríais haber perdido todo el barco? ¿A los Grisha que se escondían en la
bodega?
Adrik ajustó el timón.
—Nina, no estoy enfadado contigo. Solo intento pensar qué podemos hacer ahora.
Ella se inclinó sobre sus remos.
—Sí que estás un poco enfadado conmigo.
Nadie está enfadado —dijo Leoni, siguiendo el ritmo de los remos de Nina—.
Hemos sacado un barco lleno de Grisha de ese horrible lugar. Y a Birgir y sus
matones kalfisk no les faltaban enemigos en el puerto. Podrían haber tenido una
reyerta con cualquiera durante su «inspección sorpresa». Yo diría que hemos salido
ganando.
—Cómo no —dijo Adrik—. Tú siempre le sacas el lado positivo a todo.
Era verdad. Leoni era la alegría personificada, y ni siquiera aquellos meses en
Fjerda le habían bajado los ánimos.
—¿De verdad estás tarareando? —le había preguntado Adrik en una ocasión,
incrédulo, cuando se habían pasado una hora entera cavando para sacar su trineo del
barro—. ¿Cómo es posible que tengas ese optimismo incansable? No puede ser sano.
Leoni había dejado de tararear para reflexionar sobre la pregunta mientras
intentaba que el caballo tirara del trineo.
—Supongo que es porque casi me muero de pequeña. Cuando los dioses te dan
otra oportunidad de contemplar el mundo, lo mejor es disfrutarla.
Adrik apenas se había inmutado.
—A mí me han disparado, apuñalado con cuchillos y con bayonetas, y un
demonio de sombras me arrancó el brazo de cuajo. Y mi humor no ha mejorado.
Era cierto. Si Leoni era como un rayo de sol andante, Adrik era una nube de
tormenta, lúgubre y demasiado cargada de agua como para llover.
Adrik contemplaba el cielo y su tapiz de estrellas mientras conducía el bote hacia
la orilla.
—Ahora habrá que volver a pintar el Verstoten, conseguirle documentación nueva
y una historia nueva. Tendremos que trasladar nuestras operaciones a un puerto
distinto. Quizá Hjar.

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Nina agarró con fuerza los remos. El rey Nikolai había estado enviando al
Verstoten en viajes comerciales de ida y vuelta a Elling durante casi un año entero
antes de que el equipo de Adrik iniciara su misión. Era una embarcación familiar que
apenas llamaba la atención en el puerto. La tapadera perfecta. ¿Se había precipitado
Nina al actuar? El capitán Birgir había sido un hombre codicioso, no un fanático. Tal
vez Nina tenía demasiadas ganas de verlo muerto. Pero se sentía así desde la muerte
de Matthias: un momento antes estaba bien y de repente saltaba y mordía como un
animal salvaje.
No, más bien como un animal herido. Y al igual que un animal herido, durante un
tiempo se había refugiado en su madriguera. Había pasado meses en el Pequeño
Palacio, reavivando viejas amistades, comiendo alimentos familiares, sentada junto al
fuego en la sala de la Cúpula Dorada, intentando recordar quién había sido antes de
conocer a Matthias, antes de que un ceñudo fjerdano hubiera puesto su vida patas
arriba con su honor inesperado, antes de descubrir que un cazador de brujas podía
desprenderse de su odio y su miedo y convertirse en el chico al que ella amaba. Antes
de que se lo hubieran arrebatado. Pero si existía un modo de volver a ser la de antes,
no lo había encontrado. Y ahora allí estaba, en el país de Matthias, aquel lugar frío y
hostil.
—Iremos al sur —decía en ese momento Leoni—. El frío va a seguir
aumentando. Podemos volver aquí dentro de unos meses, cuando todos hayan
olvidado a nuestro amigo el capitán Birgir.
Era un plan razonable, pero el coro susurrante creció en la cabeza de Nina, quien
de repente dijo sin poder contenerse:
—Deberíamos ir a Kejerut, a Gäfvalle. Las fugitivas que no llegaron al refugio no
pueden haber cambiado de opinión sin más.
—Sabes que lo más seguro es que las capturaran —dijo Adrik.
«Diles la verdad, mi amor.»
—Lo sé —dijo Nina—. Pero ya has oído al anciano. En Kejerut, las chicas
desaparecen.
«Cuéntales que oyes las voces de los muertos.»
«Eso no lo sabes, Matthias.»
Una cosa era oír la voz de su difunto amante y otra muy distinta afirmar que
percibía… ¿el qué, exactamente? No lo sabía. Pero dudaba que los susurros que oía
en su mente fueran producto de su imaginación. Algo la atraía hacia el este, hacia las
ciudades fluviales.
—Y hay otra cosa —dijo Nina—. Las mujeres con las que trabajaba dijeron que
el río se había emponzoñado cerca de Gäfvalle, que el pueblo estaba maldito.
Ahora había captado la atención de Adrik. ¿Qué le había dicho una vez a Jesper
en Ketterdam? «¿Sabes cuál es la mejor forma de encontrar a un Grisha que no quiere
que lo encuentren? Estar al tanto de milagros e historias para no dormir.» Cuentos
sobre brujas y hechos asombrosos, advertencias sobre lugares embrujados… eran

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letreros que señalaban aquello que la gente corriente no comprendía. A veces no eran
más que leyendas locales. Pero de vez en cuando había Grisha ocultos en aquellos
lugares, disimulando sus poderes y viviendo con miedo. Grisha a los que ellos podían
ayudar.
«Diles la verdad, Nina.»
Nina se frotó los brazos.
«Eres como un perro con un hueso, Matthias.»
«Como un lobo. ¿Alguna vez te conté que Trassel me destrozaba las botas cuando
no las dejaba colgadas de la rama de un árbol para que no las alcanzara?»
Sí que se lo había contado. Matthias le había contado toda clase de historias para
distraerla mientras se recobraba de la influencia de la parem. La había mantenido con
vida. ¿Por qué ella no había sido capaz de hacer lo mismo por él?
—Maldiciones, ríos envenenados —continuó Nina—. Si resulta no ser nada, nos
dirigiremos al sur y os invitaré a los dos a una buena cena.
—¿En Fjerda? —dijo Adrik—. No te tomo la palabra.
—Pero si tengo razón…
—Está bien —dijo Adrik—. Avisaré a Ravka de que debemos establecernos en un
puerto distinto, y después iremos a Gäfvalle.
Los susurros se acallaron hasta convertirse en un suave murmullo.
—Nina… —titubeó Leoni—. Allí hay terrenos abiertos. Unos paisajes preciosos.
Podrías encontrar un sitio para él.
Nina contempló las oscuras aguas y las luces que brillaban en la costa. «Encontrar
un sitio para él.» Como si Matthias fuera un aparador viejo o una planta que
necesitara que le diera el sol. «Su lugar está conmigo.» Pero eso ya no era verdad.
Matthias había muerto. Su cuerpo era lo único que quedaba de él, y sin los atentos
cuidados de Leoni se habría descompuesto hacía tiempo. Nina notó la presión de las
lágrimas en la garganta. Pero no pensaba llorar. Llevaban dos meses en Fjerda.
Habían ayudado a escapar del gobierno fjerdano a casi cuarenta Grisha. Habían
cruzado cientos de kilómetros de terrenos baldíos y páramos nevados. Habían pasado
por muchísimos lugares donde enterrar a Matthias. Esta vez tenía que hacerlo. Iba a
hacerlo. Y así se cumpliría una de las promesas que le había hecho Nina.
—Me encargaré de ello —dijo.
—Una cosa más —añadió Adrik, y Nina notó un deje severo en su voz, muy
distinto de su habitual tono funesto—. Nuestra misión consiste en buscar reclutas y
refugiados. Encontremos lo que encontremos en Gäfvalle, no vamos allí para declarar
una guerra. Reuniremos información, abriremos canales de comunicación y
ofreceremos una ruta de escape a aquellos que deseen huir. Nada más.
—Ese es el plan —dijo Nina. Acarició con los dedos las púas de hueso de sus
guantes.
Pero los planes podían cambiar.

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PESE A LAS PROTESTAS DE ZOYA, Nikolai se negó a
permanecer en Ivets. En su cabeza había empezado a formarse el esbozo de un plan, y
no quería desperdiciar ni un día más languideciendo en una cumbre comercial. No le
interesaban ni Hiram Schenck ni sus hijas casaderas, y la próxima vez que Nikolai
conversara con un miembro del Consejo Mercante de Kerch, lo haría según sus
propios términos.
Y para ello, aunque en la capital le aguardaban numerosos asuntos pendientes, su
primera parada tenía que ser en casa del conde Kirigin. Necesitaba recopilar cierta
información y llevarse consigo a su más valioso Hacedor. Además, tenía por norma
visitar un palacio de recreo siempre que se presentaba la oportunidad, sobre todo si
dicho palacio ocultaba un laboratorio secreto.
El viejo conde Kirigin era un comerciante de Ravka Occidental que había
amasado grandes sumas de dinero vendiendo armas e información (y cualquier cosa
que no estuviera clavada a la pared) a los enemigos de Ravka. Pero su hijo había
servido con Nikolai en Halmhend, y a cambio de conservar su considerable fortuna y
ahorrarse la deshonra de ser despojado de su título y ver cómo encarcelaban a su
padre por traidor, el joven Kirigin había puesto su dinero y su lealtad al servicio de la
corona. Un trato más que razonable.
Las exigencias de Nikolai habían sido poco ortodoxas: Kirigin ya era un poco
calavera, pero el rey le dio órdenes de llevar una vida decadente, gastar a manos
llenas y mantener su reputación de libertino y arribista. El joven conde se había
tomado muy en serio su papel: organizaba fiestas opulentas, famosas por su

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desenfreno, y recurría a su dinero para acceder a las casas de otros nobles ravkanos
que poseían títulos más ilustres y fortunas más antiguas, aunque menos cuantiosas.
Vestía de forma absurda, bebía en exceso y era tan veleta y jovial que su nombre se
había convertido en sinónimo de niñato rico y bala perdida: «Oh, el hijo de los
Gritzki será un crápula y seguramente no haga nada en la vida, pero al menos no es
un Kirigin».
Por ese motivo, cuando Kirigin compró un vasto terreno al este de Os Alta, nadie
se sorprendió ni lo más mínimo. «Pues claro que Kirigin quiere estar cerca de la
capital», susurraban todos en salones y reuniones. «Seguro que intenta ganarse el
favor del rey y de las familias más antiguas. Pero ¿qué hombre con seso y alcurnia
dejaría que su hija se acercara a ese arribista?» Y cuando Kirigin encargó a un sabio
zemeni que diseñara para él un palacio de recreo distinto a cualquier otro que se
hubiera visto en suelo ravkano, para cuyas obras hubo que contratar a miles de
hombres que excavaron un valle donde antes no lo había, con una bodega subterránea
que (según se decía) se extendía durante más de dos kilómetros, y un enorme lago
artificial que tuvo que ser llenado por Agitamareas Grisha y que tardaba días en
cruzarse en barca… nadie pestañeó. Sacudieron la cabeza cuando Kirigin se aficionó
a los globos aerostáticos, y se rieron entre dientes cuando los prados donde solía
organizar sus excursiones empezaron a cubrirse frecuentemente de niebla. «Un
derroche, un esperpento, una obscenidad», coreaban. Pero todos ellos tenían la
esperanza de ser invitados a alguna de las espectaculares fiestas de Kirigin.
Kirigin llamaba a su magnífico complejo Lazlayon, «el Valle de Oropel», aunque
se cubría tan a menudo de bruma y humedad que casi todos lo llamaban el Pantano
de Oropel. Las fiestas que celebraba allí eran ciertamente legendarias, pero también
formaban parte de una gigantesca mentira, una mentira necesaria para el futuro de
Ravka.
En realidad, la bodega de Kirigin se extendía durante ocho kilómetros, no dos, y
no era ninguna bodega, sino un búnker subterráneo dedicado al desarrollo de armas.
El lago se utilizaba para probar prototipos de embarcaciones submarinas y los nuevos
artilugios de guerra naval de Nikolai. Varios Vendavales Grisha solían potenciar la
densa niebla que envolvía el valle para protegerlo de ojos curiosos y del espionaje
aéreo fjerdano. La pradera de los globos aerostáticos era en realidad un aeródromo;
los elaborados jardines ocultaban dos largas pistas rectas para poner a prueba
aeronaves experimentales, y los frecuentes espectáculos pirotécnicos de Kirigin
enmascaraban el estruendo de los rifles y la artillería.
Por supuesto, tampoco había ningún misterioso arquitecto zemeni. Había sido
Nikolai quien había diseñado personalmente el Pantano de Oropel, aunque la fortuna
del joven conde Kirigin había costeado su construcción. El rey lo visitaba
ocasionalmente como invitado a alguna fiesta, para salir a cabalgar, de caza o para
probar los excelentes vinos de Kirigin. Pero lo que hacía más a menudo era llegar en

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secreto por alguna de sus propias entradas privadas y dirigirse de inmediato a
comprobar los progresos de su último proyecto.
Nikolai siempre sentía entusiasmo al entrar en el Pantano de Oropel. El palacio de
Os Alta estaba lleno de fantasmas. De los crímenes de su padre. De los errores de su
madre. Del recuerdo de su hermano desangrándose en el suelo mientras los soldados
de sombras del Oscuro entraban rompiendo las ventanas del Nido del Águila. Pero
Lazlayon era obra de Nikolai. Allí, el demonio que gobernaba sus noches y turbaba
sus sueños se retiraba un tiempo, contenido por la lógica, la esperanza de progreso y
el feliz pasatiempo de construir cosas gigantes y explosivas. Pero el Pantano de
Oropel no era solamente un patio de recreo para sus inventos; también era el lugar
donde las fuerzas del Primer y el Segundo Ejército, del armamento tradicional y el
poder Grisha, se unirían para forjar algo nuevo.
«Esperemos que sea así», pensó Nikolai mientras Tolya y él caminaban hacia los
escalones delanteros de la mansión. «O tal vez sea el lugar donde echaré a perder los
últimos restos de las arcas de guerra de Ravka sin obtener a cambio nada más que
unas cuantas hélices oxidadas y un lago gélido que apenas sirve para navegar.»
Para Nikolai, Ravka era muchas cosas: una dama de alcurnia que requería un
cortejo constante, un niño cabezota que se negaba a mantenerse de pie y, muy a
menudo, un ahogado. Y cuanto más se esforzaba Nikolai por sacarlo a flote, más se
resistía este. Pero, con la ayuda de los científicos y los soldados del Pantano de
Oropel, tal vez aún estuviera a tiempo de arrastrar a su país hasta la orilla.
—¡Majestad! —dijo Kirigin mientras bajaba las escaleras para saludar a Nikolai.
Llevaba el cabello anaranjado elegantemente peinado y vestía un abrigo violeta con
brocado dorado, absolutamente inapropiado para esas horas. Al lado de Tolya, que
llevaba adustas ropas de color verde oliva y montaba en un recio caballo, Kirigin
parecía un actor que se había equivocado de obra—. ¿Cómo esperáis que prepare
pasatiempos dignos si nadie me avisa de vuestra llegada?
—Bueno, Kirigin —dijo Nikolai, ignorando la formal reverencia del conde y
acercándose para abrazarlo y palmearle la espalda—. Sé que te gusta improvisar.
—Una visita a la bodega es el lugar perfecto para empezar. Pasad, os lo ruego.
—Tolya y yo preferiríamos dar una vuelta a caballo por tus tierras. ¿Traerás
piezas para la temporada de caza?
—Por supuesto, Majestad. Hará falta algo de deporte para entrar en calor este
invierno. Y si no, las trescientas botellas de brandy kerch a las que les he echado el
guante deberían bastar.
«Por los Santos.» En ocasiones, a Nikolai le preocupaba que Kirigin se hubiera
tomado demasiado a pecho su papel de libertino.
—Procura no emborrachar a todo mi gabinete —dijo—. Necesito tener un par de
ministros sobrios a mano.
—Desde luego, desde luego —dijo Kirigin, escudriñando el sendero de entrada,
con la esperanza pintada en la cara.

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«Pobre necio.»
—Zoya ha ido directamente a la capital.
Kirigin carraspeó.
—No es asunto mío. Tan solo me preguntaba si debía sacar ese licor que tanto le
gusta. ¿La comandante Nazyalensky se encuentra bien?
—Bella como una botella y rebosante de rencor.
—Es encantadora, ¿verdad? —dijo Kirigin en tono soñador—. Os dejo, pues. ¿Os
importaría… transmitirle mis saludos?
—Por todos los Santos —gruñó Tolya—. Se os zamparía para desayunar.
El conde sonrió.
—No sería mala forma de morir, ¿verdad?
—Kirigin, viejo amigo —dijo Nikolai—. Eres un buen tipo. ¿Por qué no te buscas
a una buena muchacha a la que le guste cazar y que pueda cogerle cariño a un
holgazán como tú?
Kirigin arrastró los pies como un colegial.
—Es que no puedo evitar pensar que la apariencia gélida de la comandante
Nazyalensky oculta un espíritu tierno.
Tolya resopló.
—Trituraría vuestro corazón y se lo bebería.
Kirigin se quedó espantado, pero Nikolai sospechaba que Tolya tenía razón. Él
había terminado comprendiendo el extraño fenómeno de la belleza de Zoya y por qué
a los hombres les encantaba tejer historias a su alrededor. Decían que era cruel porque
le habían hecho daño en el pasado. Que era fría porque todavía no había conocido al
hombre adecuado, capaz de ablandarla. Cualquier cosa con tal de embotar sus filos y
endulzar su temperamento. ¿Qué tenía eso de divertido? La compañía de Zoya era
como una bebida bien cargada. Era vigorizante… y lo mejor era abstenerse si no eras
capaz de aguantar el mazazo.
Nikolai se aupó de nuevo hasta la silla.
—El exterior gélido de la comandante Nazyalensky oculta un interior más gélido
si cabe, pero ten por seguro que le transmitiré tus buenos deseos.
Salió al trote y Tolya lo siguió. Recorrieron el sendero de gravilla blanca que
avanzaba en paralelo a la fachada este de la mansión. Por las ventanas, Nikolai oyó
música procedente de los salones y las salas de juegos. Entrevio cuerpos engalanados
con seda y joyas y distinguió a un hombre vestido únicamente con un sombrero de
almirante, que golpeaba una gran cacerola con un cucharón mientras corría por el
pasillo.
El ceño de Tolya estaba tan fruncido que se asemejaba a los surcos de un campo
recién arado.
—La corona no debería asociarse con semejantes espectáculos.
—Tal vez —admitió Nikolai—. Pero al pueblo de Ravka le gusta que sus líderes
tengan un toquecito indecoroso. No se fían de un hombre demasiado virtuoso.

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Tolya entornó sus ojos dorados.
—¿Y tú te fías de uno tan poco virtuoso?
—Sé que no lo apruebas, pero Kirigin ha representado el papel que le encomendé.
Puede que no sea el tipo más inteligente del mundo, pero es leal.
—No es posible que piense que Zoya le dedicaría ni un minuto de su tiempo.
—Recemos por que no lo haga nunca. El pobre Kirigin tendría mejor suerte
intentando bailar el vals con un oso.
A pesar de todo, Nikolai pensaba que ni Zoya ni Tolya sabían ver el mérito del
joven conde. Detrás de la afabilidad y la falta de ambición de Kirigin se escondía un
buen corazón. Era un hombre honorable, con ideas románticas del deber para con su
patria y que sentía una profunda vergüenza por la conducta de su padre… algo que
Nikolai entendía bien. Nikolai era dolorosamente consciente de la reputación de su
propio padre. Era uno de los motivos por los que sus visitas públicas a Lazlayon eran
mínimas. Desde el momento en que se había planteado hacerse con el trono, Nikolai
había sabido que tendría que ser mejor hombre que su padre y mejor rey de lo que
habría podido ser su hermano. Vasily había muerto a manos del Oscuro y Nikolai
había hecho lo posible para llorarlo, pero lo cierto era que la prematura muerte de su
hermano había resultado de lo más oportuna.
A Nikolai le agradó ver aparecer a dos jardineros entre los setos en cuanto Tolya y
él abandonaron el camino de grava. Todo el personal de Kirigin, desde las
friegaplatos hasta los palafreneros y el ama de llaves, estaba enteramente compuesto
por espías del rey.
—¿Algún halcón en el cielo? —les dijo Nikolai, utilizando el código que les
permitiría pasar sin activar los protocolos de seguridad.
—No, pero hemos oído que hay zorros en el bosque —respondió uno de ellos
antes de volver al trabajo.
Los códigos cambiaban semanalmente; eran una de las medidas para mantener en
secreto lo que ocurría realmente en el Pantano de Oropel.
La orilla sur del lago estaba cubierta de una espesa niebla antinatural, y hasta que
Tolya y él la atravesaron no pudieron ver los muelles repletos de ingenieros Grisha y
del Primer Ejército. En las aguas flotaban los últimos prototipos de la flota de
hidroalas de Nikolai. La verdadera flota se construiría en una base oculta de la costa
de Ravka: pequeñas naves artilladas y enormes barcos de transporte que podrían
llevar de todo, desde tropas hasta aeronaves. Siempre que Nikolai se las ingeniara
para reunir el dinero necesario para financiar el proyecto, claro. Ni siquiera Kirigin
era lo bastante rico como para modernizar toda la marina ravkana.
Nikolai habría preferido quedarse y asistir a las pruebas, pero tenía otras
prioridades. Tolya y él ataron a los caballos junto a una de las grutas cubiertas de
musgo y entraron en las cuevas. El aire debería haber sido húmedo, pero la gruta no
era natural y los Vendavales regulaban estrictamente la humedad de los laboratorios y
corredores. Nikolai localizó la hendidura correcta en la roca, junto a una mata de

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flores artificiales, e introdujo el pulgar en el hueco. La piedra se movió y dejó al
descubierto una cámara con paredes de latón. Tiró de una palanca y la puerta se cerró
de nuevo. Tolya y él descendieron seis plantas hasta la infame «bodega» de Kirigin.
Se llegaba hasta ella mediante ascensores ocultos y repartidos por toda la zona.
—Odio esta parte del trayecto —murmuró Tolya—. Es como si me estuvieran
enterrando.
Nikolai sabía que Tolya había estado a punto de morir en un derrumbe durante el
tiempo que había pasado con la Invocadora del Sol.
—Podrías esperar arriba y supervisar las pruebas de los nuevos motores. Me
vendría bien tener un informe de su rendimiento.
Tolya se ajustó el nudo que le recogía su largo cabello negro y cruzó sus enormes
brazos tatuados.
—Tamar dice que los miedos son como las malas hierbas. Se descontrolan si no
los vigilas.
Era fácil decirlo para Tamar: la gemela de Tolya prácticamente no conocía el
miedo.
—¿Así que obligarte a ti mismo a estar bajo tierra es como podar un seto?
Tolya apretó los dientes.
—Si no me enfrento a ello, nunca lo superaré.
Nikolai prefirió no decir nada. A juzgar por el sudor que perlaba la enorme frente
de Tolya y la crispación de su mandíbula, aquellas excursiones no le hacían ningún
bien. Pero la guerra les había infligido heridas a todos, y Tolya tenía derecho a curar
las suyas como prefiriera. Nikolai flexionó los dedos enguantados y pensó en las
cicatrices negras que los surcaban. «¿Tendría yo el coraje necesario para mirar al
monstruo a los ojos?» Sinceramente, no lo sabía.
Cuando se abrieron las puertas del ascensor, salieron a otra cámara de latón; una
gruesa puerta de acero les cortaba el paso. Nikolai se dispuso a abrir las cerraduras
con combinación de Schuyler. Cierto maestro ladrón de Ketterdam le había hablado
de ellas. Un momento después, la puerta se abrió y Nikolai llegó a casa.
Los laboratorios se dividían en cuatro secciones principales, aunque todos ellos
trabajaban conjuntamente según fuera necesario: artillería y armadura corporal,
armamento naval, armamento aéreo y laboratorios dedicados al desarrollo de un
antídoto para la jurda parem y de una cepa de la droga que aumentara los poderes de
los Grisha sin provocarles adicción. Siempre pasaba primero por estos últimos. Habló
brevemente con su Alkemi para confirmar sus sospechas después de leer el último
informe que había recibido sobre el antídoto. Recogió un diminuto vial de la
sustancia para enseñárselo al Triunvirato. Nikolai quería tener algo concreto que
enseñarles a sus consejeros, teniendo en cuenta lo que pensaba proponerles.
Tardaron un poco más en localizar a David Kostyk, porque el Hacedor trabajaba
en todas las divisiones del laboratorio. Pero finalmente lo encontraron encorvado
sobre unos planos, al lado de los enormes depósitos de agua donde se construían en

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miniatura los últimos prototipos de los nuevos sumergibles. Las mangas de su kefta
púrpura de Hacedor estaban deshilachadas, y su cabello castaño y desaliñado le daba
el aspecto de un perro peludo y pensativo.
A través del cristal, Nikolai vio la versión más reciente de sus izmars’ya, su flota
submarina. En tierra parecían muy torpes: anchos, planos y desgarbados, como si
alguien hubiera cogido un gran trozo de metal y lo hubiera aporreado hasta
convertirlo en una tortita con alas. Pero bajo el agua se convertían en depredadores
elegantes y sinuosos que se deslizaban por las profundidades. Los Agitamareas
guiaban sus movimientos, y la tripulación era capaz de respirar gracias a una mezcla
de magia de Vendaval y un filtro que Nikolai y David habían tardado casi un año
entero en perfeccionar. Pero el verdadero desafío sería armar a la flota. Solo entonces
sus barcos se convertirían en un auténtico banco de tiburones. Una vez conseguido,
daría igual cuántos buques de guerra construyeran los enemigos de Ravka. Los
izmars’ya podrían desplazarse por los océanos del mundo sin ser vistos y atacar sin
necesidad de salir a la superficie. Cambiarían para siempre la guerra naval.
David levantó la vista; estaba debatiendo con Nadia Zhabin el sistema de péndulo
y válvula que estaban desarrollando para la orientación de los misiles.
—Hoy están probando los motores de superficie —dijo.
—Buenos días a ti también, David.
—¿Es de día?
—Eso deduje al ver el amanecer—dijo Nikolai—. ¿Cómo van los nuevos misiles?
—Todavía no hemos conseguido que mantengan el rumbo —dijo Nadia; la luz
que se reflejaba en el tanque de agua teñía de azul sus rasgos pálidos y angulosos. Era
una Vendaval que había luchado al lado de la Invocadora del Sol junto con su
hermano menor, Adrik, pero había demostrado su verdadero potencial en el diseño
armamentístico. Su talento había resultado esencial para el desarrollo de los
izmars’ya—. Creo que falta poco.
El Nikolai inventor se entusiasmó al recibir la noticia, pero la conversación que
había tenido con Hiram Schenck en Ivets moderó su entusiasmo. Prácticamente sentía
el aliento de Kerch en el cogote, y esa sensación no le gustaba nada.
Nikolai tenía dos normas para sus Nolniki (los científicos y soldados que
trabajaban en el Pantano de Oropel; sus Ceros, porque no eran del Primer ni del
Segundo Ejército, sino de ambos). Por encima de todo, ser unos ladrones. Utilizar el
trabajo de los enemigos para volverlo en su contra. No importaba que Ravka
desarrollara una tecnología antes que nadie, sino que encontrara formas de mejorarla.
Los fjerdanos habían desarrollado un motor para impulsar carromatos y batallones de
tanques blindados, así que los ravkanos lo habían potenciado para que pudiera mover
barcos gigantescos. Los fjerdanos habían construido naves aéreas de acero que no
requerían el talento de los Vendavales para ser pilotadas, así que los Hacedores de
Ravka habían robado su diseño y fabricado naves voladoras de aluminio, más
gráciles, ligeras y seguras. Y la segunda norma: ser rápidos. Fjerda había hecho

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avances increíbles en tecnología militar durante el último año (aunque él todavía no
supiera cómo), y Ravka tenía que dar con la manera de ponerse a su altura.
Nikolai dio unos golpecitos a los planos de la mesa.
—Si las pruebas de combustible de los motores de superficie salen bien, ¿cuánto
tardarán los izmars’ya en estar operativos?
—Será cuestión de semanas —dijo Nadia.
—Excelente.
—Pero no podemos producir nada si no disponemos de más acero.
—Lo tendréis —prometió Nikolai. Esperaba estar diciendo la verdad.
—Gracias, Majestad —dijo Nadia sonriendo y haciendo una reverencia.
Por algún motivo, ella todavía tenía fe en su rey, pero Nikolai no sabía si su
confianza le resultaba tranquilizadora o preocupante. Nikolai siempre había
encontrado el modo de mantener en marcha la máquina oxidada y destartalada que
era Ravka: consiguiendo algo de dinero justo cuando más falta hacía, firmando la
alianza correcta en el momento adecuado, improvisando algún invento para que su
exiguo ejército pudiera hacer frente a las vastas fuerzas enemigas que se agolpaban
en las fronteras. Para Nikolai, los problemas siempre habían traído consigo una
oportunidad muy similar a la que ofrecía un motor fjerdano. Desmontaba todas las
piezas, desentrañaba su funcionamiento y utilizaba esas mismas piezas para construir
algo que trabajara a su favor y no en su contra.
El demonio disentía. Al demonio no le interesaban la resolución de problemas, la
política ni el futuro. Solo le importaba el hambre, su necesidad inmediata de matar y
consumir.
«Encontraré una solución.» Nikolai lo había creído durante toda su vida. Su
voluntad le había bastado para dar forma no solo a su destino, sino a su misma
identidad. Había elegido qué quería que vieran los demás: al hijo obediente, al
granuja temerario, al soldado competente, al político seguro de sí mismo. Pero el
monstruo amenazaba todo aquello. Y la solución para expulsar al ser que había en su
interior estaba tan lejos ahora como hacía seis meses. ¿Qué otra cosa podía hacer más
que seguir adelante? Los animales inferiores gañían y forcejeaban cuando caían en
una trampa, pero el zorro buscaba una solución.
—David, ¿has dormido aquí esta noche? —preguntó Nikolai.
El Hacedor frunció el ceño.
—Creo que no.
—Ha pasado la noche aquí —explicó Nadia—. Pero no ha dormido.
—¿Y tú? —preguntó Nikolai.
—Pues… eché una cabezadita —replicó Nadia de manera evasiva.
—Te voy a llevar a casa, con Tamar.
—Pero la necesito aquí para las pruebas de combustible —protestó David.
—Y a ti te voy a llevar con Genya —añadió Nikolai.
—Pero…

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—No discutas, David. Me entran ganas de hacer explotar algo para imponer mi
autoridad. Necesito reunir al Triunvirato. Y voy a necesitar que tú y Nadia empecéis a
trabajar en un nuevo prototipo de izmars’ya.
Nadia se apartó el cabello rubio de los ojos.
—Puedo empezar ya mismo, Majestad.
—No tengas tanta prisa por alardear de tu desorbitado talento. Quiero que
fabriquéis un nuevo prototipo… y que os aseguréis de que no funciona.
David empezó a enrollar los planos y a recoger cuidadosamente sus plumas e
instrumentos.
—Qué poco me gusta cuando dice cosas sin sentido.
Nadia levantó las cejas.
—Supongo que su Majestad tendrá un motivo.
«Siempre lo tengo.» Estaba decidido a arrastrar al ahogado hasta la orilla aunque
pataleara y gritara, independientemente de lo que opinara el demonio al respecto.
—Voy a montar una pequeña obra teatral —dijo Nikolai, imaginándose ya un
lago iluminado por la luna y el glorioso caos que pensaba desatar en él—. Y para ello
necesitaré el atrezo adecuado.

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GÄFVALLE
Cuanto más se acercaban al pueblo, más difícil era ignorar los susurros que oía en
su mente. A veces Nina estaba casi segura de oír voces, tenues siluetas de palabras
incomprensibles. Otras veces, el sonido mermaba hasta convertirse en el roce del
viento entre los juncos.
«Díselo, mi amor.»
¿Qué iba a decirles exactamente? Ese sonido podía no ser nada. Podía tratarse de
una alucinación auditiva, un resto de la influencia de la parem.
O podían ser los muertos, que la estaban llamando.
El pueblo estaba situado a la sombra de una pequeña cadena montañosa, sobre
ella se alzaba la enorme silueta de lo que antes había sido un fuerte y después una
fábrica de municiones. Era evidente que la antigua fábrica estaba siendo reutilizada
para un cometido distinto (el tráfico de carromatos y hombres que entraban y salían
lo dejaba claro), pero ¿de qué podía tratarse?
No había posadas en el pueblo, solamente una taberna con dos habitaciones que
ya estaban ocupadas. El dueño les explicó que el convento que había colina arriba a
veces aceptaba alojar huéspedes.
—Las damas del convento se ocupan de lavar la ropa de los soldados —les dijo
—. Les viene bien que alguien les eche una mano con las tareas.
—Debe de haber mucho ajetreo con la vieja fábrica en funcionamiento —dijo
Nina en fjerdano—. Habrá más trabajo.
El dueño negó con la cabeza.

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—Los soldados llegaron hace un año. No contrataron a ningún vecino y vertieron
sus porquerías en el río.
—Eso no lo sabes —dijo una mujer fornida que desvainaba guisantes en la barra
—. El río ya estaba lleno de vertidos de las minas antes de que los soldados volvieran
a encender las chimeneas. —Miró fijamente a Nina y a los demás—. No vale la pena
asustar a los desconocidos.
Captaron la indirecta y se dirigieron a la calle mayor. Era un pueblo
sorprendentemente bonito, de edificios pequeños y acogedores, tejados en punta y
puertas de colores muy vivos: amarillas, rosas y azules.
Leoni alzó la vista hacia la montaña donde se erigía la vieja fábrica, con sus
grandes edificios cuadrados sembrados de ventanas oscuras.
—Quizá no sea más que una fábrica de rifles o munición.
La expresión de Adrik era más lóbrega de lo habitual.
—O puede que estén construyendo esos nuevos tanques blindados que tanto les
gustan.
—Si es así, será una información muy útil para la capital —dijo Nina. Esperaba
que no se tratara solo de eso.
A Nina le sorprendió encontrar allí señales de los Santos, pues sabía que allí no
operaba la red de Hringsa. También los había visto en la carretera: altares con el
símbolo de Sankta Alina en lugar del fresno sagrado de Djel, un icono de Sankt
Demyan de la Escarcha en el escaparate de una tienda, dos ramas espinosas cruzadas
sobre una puerta, símbolo de la bendición de Sankt Feliks. Se hablaba de milagros y
extraños sucesos que ocurrían por toda Ravka, y parecía que el nuevo fervor por los
Santos también había arraigado en Fjerda. Era peligroso manifestar aquella herejía de
una forma tan pública y con los soldados tan cerca, pero tal vez fueran pequeños
actos de rebeldía para los vecinos, molestos por la presencia de los militares en la
fábrica.
El convento se encontraba al norte, a las afueras del pueblo, prácticamente debajo
de la fábrica. Era un edificio redondo de piedra blanca como la leche, con un tejado
puntiagudo que le daba el aspecto de una torre huérfana de castillo. La gran capilla
colindante estaba hecha de troncos sólidos y bastos, y la entrada era de ramas de
fresno entrelazadas en intrincados nudos.
Dejaron el trineo en los establos y llamaron a la campana de la puerta lateral del
convento. Les atendió una mujer vestida con el delantal bordado de color azul claro
de una novicia, y unos momentos después los recibió la Madre del Manantial. Era
una mujer madura, vestida con ropa de lana azul oscuro, de rostro redondo y
rubicundo y unas profundas arrugas en la piel que no parecían fruto de la edad, sino
más bien frunces pulcros y deliberados.
Nina hizo las presentaciones, le explicó que trabajaba como intérprete para una
pareja de comerciantes que estaba vendiendo sus mercancías y le preguntó si sería
posible alojarse en algún lugar del convento mientras exploraban la zona.

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—¿Hablan algo de fjerdano?
—Bine —dijo Adrik. «Algo.»
—De forenen —añadió Leoni con una sonrisa. «Estamos aprendiendo».
—¿Y su marido? —le preguntó la Madre a Nina.
—Se lo llevaron las aguas —dijo Nina, bajando la vista hacia su anillo de plata—.
Que Djel lo guarde.
—¿Entonces no era soldado?
—Era pescador.
—Ah. Bien —dijo, como si le desagradara la idea de una muerte no violenta—.
Usted y la mujer zemeni pueden alojarse en la planta inferior, junto a las cocinas.
Pero su marido tendrá que dormir en el establo. No creo que suponga mucho peligro
para las chicas —dijo, mirando de reojo la manga vacía del abrigo de Adrik—, pero
por si acaso.
Esa era la clase de comentarios desconsiderados que solía hacer la gente delante
de Adrik, pero este se limitó a sonreír cortésmente y con su única mano le ofreció
dinero para pagar la estancia de una semana.
La Madre del Manantial les explicó la rutina del convento mientras los guiaba
hacia el refectorio y los establos.
—Las puertas se cierran todas las noches con la décima campanada y no se abren
hasta la mañana. A esa hora les pedimos que lean o mediten en silencio para no
interrumpir los estudios de las niñas.
—¿Todas son novicias? —preguntó Nina.
—Algunas se convertirán en Doncellas del Manantial. Otras solamente han
venido a educarse antes de volver con sus familias o sus maridos. ¿Qué transportan
aquí, por cierto? —preguntó la Madre, levantando una esquina de la lona que cubría
el trineo.
Nina sintió el impulso de darle una cachetada en la mano a la mujer, pero se
contuvo, se adelantó rápidamente y alargó la mano hacia las cuerdas que ataban la
lona.
—Han inventado un nuevo tipo de cargador de rifle.
Justo entonces, Leoni sacó un colorido panfleto de su abrigo.
—Su precio es muy asequible, y el año que viene calculamos grandes ventas —
dijo—. Estamos buscando pequeños inversores. Si le interesa una demostración…
—No, en absoluto —se apresuró a decir la mujer—. Seguro que son
impresionantes, pero me temo que los fondos del convento son demasiado escasos
para, eh… negocios especulativos.
Eso nunca fallaba.
—La comida se sirve con la sexta campanada tras las oraciones matinales, a las
que por supuesto les animamos a asistir, y por la noche de nuevo con la sexta
campanada. En la cocina encontrarán pan y sal. El agua está racionada.
—¿Racionada? —preguntó Nina.

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—Sí, la extraemos del manantial de Felsted, y no es un viaje precisamente corto.
—¿Gjela no está más cerca?
La Madre apretó sus rollizos labios.
—Servimos a Djel de muchas maneras. El viaje nos ofrece una buena oportunidad
para meditar en paz.
«El río se ha emponzoñado cerca del viejo fuerte.» Así que la Madre no quería
que sus pupilas bebieran de aquel afluente del río, pero tampoco estaba dispuesta a
hablar del tema. Era posible que las Doncellas se limitaran a lavar los uniformes de
los soldados, pero no era descabellado que supieran lo que ocurría en la fábrica.
En cuanto la Madre del Manantial se marchó, Adrik dijo:
—Demos un paseo.
Nina comprobó las ligaduras de la lona y se dirigieron montaña arriba, caminando
a un ritmo pausado y charlando en zemeni, en voz exageradamente alta. Siguieron la
carretera que conducía a la fábrica, pero se tomaron su tiempo para observar a las
aves y detenerse a contemplar el paisaje del valle. Eran tres turistas de paseo, nada
más.
—¿Estarás bien en el establo? —preguntó Leoni mientras cruzaban una arboleda
de pinos.
—Me las apañaré —dijo Adrik—. Un sátiro manco todavía puede acosar a los
caballos. Eso no se le ha ocurrido a la Madre del Manantial.
Leoni se echó a reír y dijo:
—Los lobos que pasan desapercibidos son los que devoran más ovejas. —Adrik
resopló, pero parecía casi contento.
Nina, que caminaba tras ellos, puso los ojos en blanco. Iba a morirse del asco si
tenía que cumplir aquella misión acompañada por dos personas en plena danza de
cumplidos tímidos y repentino rubor. Una cosa era encontrar la felicidad y luego
perderla, y otra muy distinta que los demás te restregaran su felicidad por la cara. Era
como si la obligaran a aceptar un segundo trozo de pastel estando llena. Pero, bien
mirado, Nina nunca había rechazado un segundo trozo de pastel. «Esto me vendrá
bien», se dijo a sí misma. «Como la verdura y las clases de aritmética. Y seguramente
será igual de divertido.»
Finalmente se dirigieron hacia un claro entre los árboles desde el que se divisaba
la entrada de la fábrica. Al verla, el rumor de las voces de su cabeza creció,
eclipsando al viento que sacudía los pinos. Dos soldados montaban guardia frente a
las enormes puertas dobles, y había varios más apostados sobre la muralla.
—Antes de ser una fábrica, era un fuerte —dijo Nina, señalando lo que parecían
ser viejos nichos excavados en las paredes de piedra. Había una gran presa detrás del
edificio principal, y Nina se preguntó si el agua se utilizaría para enfriar la
maquinaria que estuviera funcionando en el interior.
—Supongo que es un buen punto estratégico —dijo Adrik con su voz sombría—.
Un terreno elevado. Un lugar seguro para refugiarse en caso de ataque o cuando el río

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se desborda.
«El poder de Djel», pensó Nina. «El Manantial, la ira del río.»
Dos chimeneas escupían un humo gris azulado hacia el cielo de la tarde; un
carromato cubierto avanzó hacia las puertas. Les fue imposible distinguir la
conversación entre los guardias y el conductor.
—¿Qué crees que habrá en ese carro? —preguntó Adrik.
—Podría ser cualquier cosa —dijo Leoni—. Mineral de las minas. Pescado.
Fanegas de jurda.
Nina se frotó los brazos y miró de reojo las chimeneas.
—No es jurda. Notaría el olor. —Las pequeñas dosis de jurda ordinaria la habían
ayudado a sobrevivir al suplicio de la parem, pero a cambio se había vuelto
tremendamente sensible a ella—. ¿Qué te parece? —le preguntó a Adrik—. ¿Nos
quedamos?
—Me gustaría echar un vistazo al interior de ese fuerte, pero me conformaré con
averiguar qué diablos han vertido en el agua.
—Podría ser cosa de las minas —dijo Leoni.
—Si fuera por eso, los pescadores se habrían rebelado para que las cerraran. Los
vecinos guardan silencio por miedo.
—Vamos a tomar muestras de agua —dijo Leoni—. Si consigo aislar los
contaminantes, tal vez podamos averiguar qué están haciendo en el fuerte.
—¿Traes herramientas para eso? —preguntó Adrik.
—No exactamente. He venido preparada para falsificar documentos, no para
analizar venenos. Pero seguramente pueda improvisar algo.
—Si te dijera que necesitamos un polvo mágico que me haga vomitar caramelos
de menta, probablemente me dirías que puedes improvisar algo.
—Probablemente —replicó Leoni con una sonrisa—. Todo es ponerse.
Adrik sacudió la cabeza con incredulidad.
—Me canso solo de imaginarlo.
—Necesitaré tiempo —dijo Leoni, y Nina vio que una sombra de turbación
cruzaba su rostro—. Los venenos son complejos.
—No podemos quedarnos aquí mucho tiempo sin atraer sospechas —dijo Adrik
—. No hay suficiente actividad comercial que justifique nuestra presencia. Y no
quiero que nos aísle la nieve si hay una tormenta.
—Lo sé —dijo Nina. Ella había insistido en viajar hasta allí, y tenía la esperanza
de que encontraran algo más que una fábrica de municiones restaurada—. Dadme una
semana.
Se hizo el silencio, y Nina percibió la preocupación que compartían Leoni y
Adrik.
Leoni cogió con suavidad la mano de Nina.
—Nina… —empezó a decir, y Nina supo lo que venía después.

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El susurro volvió a crecer en su mente, pero Nina lo ignoró y contempló el valle,
el frondoso bosque, el resplandeciente afluente que cortaba los árboles como una
cadena brillante en un joyero, el hermoso pueblecito dividido por la carretera. No se
sentía en territorio enemigo. Parecía un lugar tranquilo, donde acudía la gente para
fundar un hogar e intentar ganarse la vida, donde la presencia de los soldados y la
guerra representaba una intrusión.
En otra vida, Matthias y ella podrían haber instalado su hogar en un lugar
parecido. Habrían debatido a qué distancia de la ciudad más cercana era más
conveniente vivir. Nina habría ansiado el gentío y el bullicio; Matthias habría
preferido la tranquilidad. Habrían encontrado un punto medio. Habrían discutido y se
habrían besado para hacer las paces. Pero ¿en qué lugar se habrían sentido seguros
juntos? ¿En Fjerda? ¿En Ravka? ¿Existía algún lugar en el que habrían sido
verdaderamente libres y felices? En otra vida, en otro mundo.
«Ya es la hora, Nina. Devuélveme a mi dios.»
Nina inspiró profundamente y dijo:
—Necesitaré dos días para llevarlo a un lugar donde el agua esté limpia.
Al pronunciar esas palabras, sintió que su corazón se partía; notó el pesado
balanceo del hacha, la hoja atravesando la corteza y hundiéndose en la tierna madera
que había debajo.
—No deberías ir tú sola —dijo Adrik sin entusiasmo. Lo decía como si estuviera
contemplando la idea de enfundarse un par de calcetines empapados.
—Puedo…
Oyeron un ruido por debajo de su posición. Se quedaron inmóviles, tensos,
expectantes. Se hizo el silencio y después se oyó un grito.
—En el río —susurró Nina.
Adrik echó a andar colina abajo y les indicó que lo siguieran; su porte lúgubre se
desvaneció al instante y reapareció el guerrero curtido. Se mantuvieron ocultos en las
sombras, y fueron avanzando con precaución.
—Soldados —siseó Leoni, asomándose entre las ramas.
Un grupo de jóvenes con uniformes fjerdanos grises estaban reunidos alrededor
de la corriente, gritándose unos a otros. Dos iban a caballo; los demás habían
desmontado e intentaban tranquilizar a un tercer caballo que se había asustado y
tirado al suelo a su jinete. Nina vio que la bota del soldado se había enganchado en el
estribo y que el caballo lo arrastraba por el vado; sus cascos pasaban muy cerca de la
cabeza del soldado. Un mal golpe y le aplastaría el cráneo al muchacho.
—Deberíamos ayudarles —dijo Leoni.
—Deberíamos volver al pueblo —dijo Adrik—. Se las apañarán.
—Y si no, un soldado fjerdano que ya no nos fastidiará —dijo Nina entre dientes.
«Nina.»
Adrik y Leoni la miraron fijamente. Adrik parecía un doliente en busca de
velatorio, e incluso la habitual alegría de Leoni estaba turbada por la preocupación.

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A Leoni no le parecía bien. A Adrik tampoco. Demonios, en el fondo ni siquiera a
Nina le parecía bien.
Pero desde que Matthias la había abandonado, desde que se lo habían arrebatado,
Nina había perdido la parte de ella a la que le importaban esas cosas. ¿Qué sentido
tenía? Salvar una vida para ver cómo se perdía otra. Los buenos perecían. Y los
malos… Nina observó a los jóvenes fjerdanos con sus uniformes, asesinos en ciernes.
¿Qué derecho tenían ellos a sobrevivir cuando Matthias, su apuesto bárbaro, había
muerto?
«Nina».
Deseó poder taparse los oídos con las manos y decirle que la dejara en paz. Pero
eso era lo último que quería.
«¿Por qué insistes en que siga siendo humana?», protestó para sus adentros.
«Sé lo fuerte que eres, Nina. Mi muerte no será lo que te derrote.»
—¿Y qué podemos hacer nosotros? —dijo Nina en voz alta.
—Se me dan bien los caballos —aventuró Leoni.
Adrik puso los ojos en blanco.
—Ya estamos.
—Nos congraciaremos con la población local —insistió Leoni, que ya había
echado a andar entre los árboles—. Nos vendría bien tener amigos soldados.
—¿Amigos soldados? —preguntó Nina con absoluta incredulidad.
—Vamos —dijo Adrik—. Si dejamos sola a Leoni, es capaz de invitarlos a una
fiesta de pijamas.
—Gedrenen —exclamó uno de los soldados al verlos entrar en el claro.
«Forasteros.» Tenía voz de niño.
—¿Podemos ayudaros? —preguntó Nina en fjerdano.
—¡No! —gritó el soldado desde la orilla—. ¡Atrás!
Fue entonces cuando Nina se dio cuenta de que no eran hombres, sino muchachas
disfrazadas de soldados fjerdanos.
Nina levantó las manos en gesto de paz.
—Dejad que ayudemos a vuestra compañera. Mi amiga zemeni sabe de caballos.
—Nina esperaba que así fuera. Leoni era muy capaz de estar interpretando de forma
demasiado optimista que en una ocasión había acariciado a un poni.
Leoni caminó hasta la orilla de la corriente, emitiendo una especie de relincho
grave y murmurando en zemeni. Se movió lentamente hacia la izquierda y luego
hacia la derecha, con los brazos abiertos.
—Necesito una cuerda —dijo en voz baja, sin despegar la vista del caballo.
Una de las amazonas se adelantó. Debía de medir un metro ochenta; era
musculosa y robusta. Su tez tenía el tono cálido y moreno que, tan al norte,
normalmente indicaba ascendencia hedjüt, y bajo su gorra militar se veían algunos
mechones de cabello rojizo. Ahora que estaban más cerca, Nina reparó en que los
uniformes les venían grandes a todas. «Los han robado.»

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La muchacha alta levantó la barbilla. Tenía más o menos la edad de Nina, y si
sentía miedo por haber sido descubierta, sabía ocultarlo bien. Le lanzó la cuerda a
Nina, que se la pasó a Leoni, guardando las distancias. ¿Qué estaban haciendo esas
chicas? Las mujeres no servían en el ejército fjerdano. No solían montar a caballo, y
cuando lo hacían, era con ambas piernas en el mismo lado. Ni siquiera llevaban
pantalones, sino pesadas faldas como símbolo de pudor.
La muchacha atrapada en el estribo gimió mientras luchaba por incorporarse en el
vado. El cabello rubio claro le caía por los hombros, y sangraba profusamente por un
corte que tenía en la frente. Pero estaba viva y su cráneo seguía de una pieza… de
momento.
Leoni mantuvo los ojos fijos en el caballo mientras formaba un lazo con la
cuerda. Lo hizo girar con movimientos suaves y fluidos, sin dejar de emitir aquel
murmullo grave y reconfortante; todos la observaban. Entonces, sin interrumpir el
ritmo de los giros, arrojó el lazo en una grácil parábola. Aterrizó justo en la cabeza
del caballo, que se encabritó con un potente relincho. Leoni volvió a moverse a
izquierda y derecha, a la par que giraba la cuerda y se echaba hacia atrás, de un modo
decidido pero sin forcejear. Finalmente, el caballo se tranquilizó.
La muchacha alta que le había dado la cuerda a Nina se adelantó, pero Leoni negó
rápidamente con la cabeza.
—Déjala estar —dijo Nina en voz baja. El afilado rostro de la muchacha se
ruborizó.
Leoni se aproximó despacio al caballo y apoyó la mano en su cuello y, con calma,
le acarició las crines hasta la cruz.
—¿Te has asustado? —dijo en zemeni, caminando con cautela hacia el flanco del
caballo. Se agachó junto al estribo, pero le indicó con un gesto a la muchacha llorosa
que yacía en el agua que se estuviera quieta. No quería arriesgarse a que el caballo se
asustara otra vez. Nina esperó a que la muchacha estuviera lo bastante consciente
como para comprenderlo—. No te preocupes —murmuró Leoni.
Liberó la bota de la muchacha del estribo, tiró rápidamente de la cuerda y se llevó
al caballo lejos de ella.
Durante un largo momento, la muchacha siguió tumbada en el agua. Después dejó
escapar un sollozo y se incorporó. Sus compañeras corrieron a ayudarla y la sacaron
de la corriente.
Leoni condujo al caballo hasta Nina, que estaba al lado de la chica alta.
—¿Tenéis idea de qué le ha podido asustar? —preguntó en zemeni.
Nina tradujo la frase, pero la muchacha alta no respondió y se limitó a entornar
sus ojos cobrizos.
—¿Qué estáis haciendo aquí?
—¿Aparte de salvar la vida de tu amiga? —replicó Nina con educación.
—No creo que hubiera muerto.

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—¿No? Tal vez solo habría seguido sangrando hasta desmayarse por la
conmoción o hasta que el caballo la pisoteara y la dejara en coma.
—Estaba todo controlado —insistió ella, antes de levantar la vista hacia los
árboles—. Veníais del bosque del norte. Allí arriba no hay nada.
—Nos hemos dado cuenta enseguida. Somos nuevos aquí. ¿Es que en Gäfvalle es
delito explorar?
—Ahí arriba hay un buen punto de observación de la fábrica.
¡Ah! —dijo Nina, volviéndose hacia Adrik y Leoni—. El edificio que hemos
visto es una fábrica. —Era mejor ceñirse a su farsa, no fuera a ser que alguna de esas
jóvenes entendiera algo de zemeni. Se volvió hacia la alta—. Nos dio la impresión de
que parecía un fuerte. ¿Qué hacen ahí dentro? —preguntó en tono inocente.
—No es asunto mío, y mucho menos tuyo. ¿Os alojáis en el convento?
¿Qué sabía exactamente aquella muchacha, y por qué se comportaba de un modo
tan hostil? Tal vez fuera hermana de algún soldado y se había criado con la suspicacia
en la sangre. Las manos de Nina temblaron, y notó el movimiento de las esquirlas de
hueso. No quería hacer daño a esa muchacha, pero lo haría si no le quedaba más
remedio. Lo último que necesitaban era que alguien se fuera de la lengua sobre los
forasteros que estaban espiando la fábrica desde el bosque. Entonces, la chica alta
apretó los puños y dijo:
—¿No… no le diréis a la Madre del Manantial que nos habéis visto aquí?
De repente, la actitud defensiva de la muchacha cobró sentido. Los uniformes
robados. La excursión por el bosque en pleno día. Había intentado adueñarse de la
situación, pero le daba mucho miedo que la delataran.
—¿Sois novicias? —preguntó Nina.
—Todas nos estamos educando en el convento. Algunas se casarán. Otras se
convertirán en Doncellas del Manantial y entregarán sus vidas a Djel. —Ninguna de
esas perspectivas parecía entusiasmarla.
Nina adoptó una actitud más seria; se dio cuenta de que estaba imitando el
ademán de Matthias.
—Estáis cabalgando a horcajadas, con pantalones, retozando en el bosque sin
carabina… Sería una irresponsabilidad por nuestra parte no avisar a la Madre del
Manantial, sobre todo dada la generosidad de nuestra anfitriona.
La muchacha alta se puso lívida y Nina sintió una punzada de culpabilidad. Si
realmente tenía más o menos la edad de Nina, ya era demasiado mayor para ser
novicia. Como todas las demás. ¿Serían las marginadas? ¿Las que no habían sido
elegidas para casarse? ¿Qué les ocurría a las fjerdanas que no encontraban su sitio
como esposas o madres? Ravka tenía muchos problemas, pero al menos allí Nina
había tenido la posibilidad de entrenarse como soldado, la libertad de convertirse en
quien estaba destinada a ser.
«¿La libertad de luchar y morir junto a los hombres?»
«Sí, Matthias. Libertad.»

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¿Qué habría pensado él de aquellas muchachas vestidas con ropa robada?
—¿De dónde habéis sacado esos uniformes? —preguntó Nina.
—De la lavandería. Los soldados envían su ropa al convento para lavarla.
—Así que también sois unas ladronas —dijo Nina. Podía sentir lástima por
aquellas muchachas, pero no pensaba echar a perder su tapadera por ellas.
—¡Solo los cogimos prestados! Era un juego. No volveremos a hacerlo.
Nina tenía sus dudas. No era ni la primera ni la última vez que aquellas
muchachas «cogerían prestados» uniformes y caballos. Si mantenían las distancias,
podían aparentar que eran soldados que habían salido a entrenar y a patrullar por el
campo, para disfrutar así de una libertad que nunca habrían tenido de otro modo. Pero
¿a qué precio? Nina no podía ni imaginarse cuál sería su castigo en caso de ser
descubiertas.
—¿Qué dices tú, Adrik? —preguntó Nina, dejando la decisión en manos del
hombre del grupo como haría una buena fjerdana, aunque ese hombre fuera un
extranjero.
Adrik miró con severidad a las novicias, fingiendo que reflexionaba.
—Muy bien. No hablaremos de lo que hemos visto hoy.
Nina miró a la muchacha alta y asintió; esta dejó caer los hombros de puro alivio.
Las demás también parecían más tranquilas mientras subían a su amiga herida a un
caballo.
—Llevadla a casa y curadla —dijo Nina, con la superioridad moral de una
alumna que nunca jamás quebrantaba una norma—. Y esta noche deberíais dar las
gracias a Djel en vuestras oraciones por tolerar semejante imprudencia en sus
servidoras.
La muchacha alta hizo una reverencia.
—Djel jerendem. —Montó en su caballo.
—¡Y más vale que no os volvamos a ver por aquí! —dijo Adrik en un fjerdano
muy pobre.
—No, señor. Desde luego que no —dijo la muchacha. Pero mientras se daba la
vuelta, Nina distinguió una chispa de rebeldía en sus ojos cobrizos. Puede que las
demás estuvieran acobardadas, pero ella no. Su corazón era distinto. Ella seguiría
cabalgando. Seguiría cazando. Seguiría luchando cuando pudiera. Eso la mantenía
con vida.
—No dirán nada —aseguró Nina cuando las novicias se marcharon del claro.
—No —dijo Adrik—. Claramente les aterraba que habláramos con la Madre del
Manantial. Vamos a llenar las cantimploras. Podemos guardar las muestras en el
establo.
Pero Nina todavía no estaba lista para abandonar la montaña. El susurro había
comenzado de nuevo, y esta vez no pensaba ignorarlo.
—Quiero echar otro vistazo a la fábrica.
—¿Por qué?

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«¿Qué puedo decirle?»
—Creo… creo que podríamos haber pasado algo por alto. —El coro de su interior
suspiró.
Adrik no parecía convencido.
—Ve, pero ten cuidado. Y no hagas nada. —Nina asintió, pero por lo visto Adrik
vio algo en su expresión que no le gustó—. Nina, no hagas nada. Si te atrapan,
pondrás en peligro todas nuestras operaciones en Fjerda. Es una orden, no una
petición.
—Sí, señor —dijo Nina. Consiguió decirlo sin que se notara la frustración que
sentía. La obediencia nunca había sido su fuerte, y llevaba demasiado tiempo
tomando sus propias decisiones. Pero quería ser una soldado de Ravka y eso
implicaba aprender otra vez a cumplir órdenes.
«A Trassel no le gustaba seguir mis órdenes. Tenía que sobornarlo con trozos de
filete.»
«¿En serio, Matthias? ¿Crees que debería morder a Adrik la próxima vez que me
irrite? Yo no soy una loba. Soy una señorita de buena familia… aunque lo del filete
suena bien.»
—Leoni y yo tomaremos muestras del río aquí y cerca del pueblo —dijo Adrik, y
Nina se alegró de que él no pudiera leerle la mente—. Vuelve antes de que
anochezca.
Nina se dirigió a los árboles y se tomó su tiempo para regresar a la fábrica por si
acaso la estaban observando. Esta vez no siguió la carretera, sino que escuchó los
susurros y dejó que la guiaran hacia el este, montaña arriba; percibía un entusiasmo
en aquellas voces que no parecía producto de su imaginación. Su expectación daba
fuerzas a sus piernas cansadas a medida que el rumor se hacía más fuerte; era el
sonido de una multitud cuchicheando de emoción antes de que diera comienzo una
obra de teatro. O tal vez una ejecución.
Casi había anochecido cuando finalmente avistó de nuevo el fuerte. «¿Por qué
habrá que caminar tanto para vivir aventuras?», se preguntó. Había rodeado el
edificio hasta situarse en el lado opuesto, cerca del ala este. Desde aquel ángulo podía
ver un camino de tierra que conducía hasta una segunda puerta, donde montaban
guardia dos soldados de aspecto aburrido. Aquella parte de la fábrica parecía
abandonada. Había varias ventanas rotas y ningún indicio de actividad.
También tenía una vista mejor de la presa: la pared que retenía el agua estaba
tallada con la forma de un gigantesco fresno; sus gruesas ramas y raíces de piedra se
extendían intrincadamente desde el tronco. Sin duda había sido bendecida durante la
construcción de la presa. Los fjerdanos rezaban oraciones por toda el agua que
utilizaban o almacenaban: en molinos y puertos, en las grandes minas del norte
donde, año tras año, se grababan palabras sagradas en el hielo. En la base de la presa
había una gran esclusa redonda, y Nina vio desechos en el suelo embarrado. En

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Fjerda, mancillar las aguas de Djel era un delito que se castigaba con la muerte. Tal
vez aquellos soldados no fueran particularmente religiosos.
Allí no había nada que ver, pero el susurro que Nina escuchaba en su cabeza se
había convertido en un clamor, y ahora se daba cuenta de que las voces no estaban
entusiasmadas, sino angustiadas.
Nina buscó a tientas con su poder, con aquello que la parem había creado dentro
de ella. Sintió la corriente del río invisible que nadie podía contener. Era la muerte,
una marea fría e imparable. Al concentrarse, era capaz de percibir por dónde pasaba
de largo y dónde se concentraba. Dejó que su mente se sumergiera en aquel frío para
buscar las voces.
«¿Dónde estáis?», preguntó a la oscuridad. «¿Quiénes sois?»
Se quedó sin aliento cuando la corriente la agarró, como si quisiera arrastrarla
consigo y llevarla hasta las profundidades. Los lamentos que oía en su interior
crecieron como una marea terrible. Nina percibía que la muerte quería reclamarla.
¿Era posible que una parte de ella quisiera permitírselo?
«Nina, vuelve.»
El agua ya no le parecía fría.
Le parecía agradable. Acogedora.
«Nina. No te doblegues ante la marea.»
Nina abrió los ojos de par en par. El mundo de los vivos la envolvía de nuevo: el
canto de los pájaros, el aroma de la tierra húmeda bajo sus botas, el ruido de los
animalillos que correteaban entre la maleza…
Contempló la imponente silueta de la fábrica; un frío abrumador le caló los
huesos. Las voces se habían sosegado, pero todavía las oía llorar. Sabía quiénes eran:
centenares de mujeres y niñas. Y estaban todas muertas.
Allí, en la cima de aquella montaña, Nina estaba rodeada de tumbas.

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NIKOLAI Y TOLYA TRAJERON a David y a Nadia de vuelta a la
capital por el túnel subterráneo que conectaba el Pantano de Oropel con los terrenos
del Gran Palacio: veinticinco kilómetros de trayecto bajo la superficie de la tierra. El
pobre Tolya se pasó todo el camino murmurando entre dientes. En verso.
Nikolai habría preferido ahorrarle a Tolya (y a sus propios oídos) el mal trago del
viaje, pero su jefe de seguridad había insistido en que se encontraba bien. Además,
habían informado a Nikolai de que la muchedumbre de peregrinos acampados fuera
de las murallas de la ciudad había ido aumentando durante los últimos días, y algunos
de ellos exigían una audiencia con el rey. Lo último que necesitaba ahora mismo era
que algún fanático demasiado entusiasta se arrojara a propósito bajo los cascos de los
caballos de la comitiva real. De momento, Nikolai no tenía la menor intención de
crear mártires.
Salieron a la superficie detrás de una ruidosa cascada artificial, no muy lejos de
los establos reales; el camino estaba vigilado por dos de los guardias de palacio de
mayor confianza de Nikolai. Con sus uniformes de color blanco y dorado, su cabello
oscuro pulcramente peinado con raya y aquellas expresiones de solemne indiferencia,
propias de los soldados en posición de firmes, cualquiera habría jurado que los dos
guardias eran hermanos, aunque su carácter no podía ser más distinto. Trukhin era
risueño y bravucón, mientras que Isaak era tan tímido que tenía graves problemas con
el contacto visual.
Los guardias no mostraron la menor sorpresa cuando el grupo de Nikolai apareció
entre los setos.
—Trukhin —dijo Nikolai—, ¿qué enredos me he perdido durante mis viajes?

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Al instante, la expresión grave de Trukhin dio paso a una sonrisa franca.
—Sed bienvenido, Majestad. No hay gran cosa que contar, solo que un Inferni
prendió fuego al bosque al otro lado del lago.
«Eso me suena a Kuwei.» Nikolai admiraba el talento del joven shu para provocar
el caos. Sobre todo porque meter en cintura al Inferni era problema de Zoya.
—No parece tan terrible.
La sonrisa de Trukhin se tiñó de remordimiento.
—Creo que el ministro de Defensa quedó atrapado en las llamas. Pero salió ileso.
—Con tal de que nadie prenda fuego al ministro de Economía… ¿Cav anenye? —
le preguntó Nikolai a Isaak en zemeni. Había descubierto el talento del guardia para
los idiomas mientras servía en Halmhend, y había animado a Isaak a desarrollarlo.
Isaak se inclinó ligeramente.
—Vuestro acento va mejorando, Majestad.
—No seas blando, Isaak.
El guardia carraspeó.
—«Día» se dice can, no cav. A menos que queráis preguntarme en zemeni qué tal
se encuentra mi asno.
—No le deseo ningún mal a tu asno, pero no dudes en corregirme cuando cometa
errores.
—Sí, Majestad —dijo Isaak, incómodo.
—No te preocupes —añadió Nikolai mientras daban la espalda a los jardines y se
dirigían hacia el Gran Palacio—. No es algo que suceda a menudo.
Qué fácil era decirlo. Cuánto tiempo llevaba diciéndolo. Y qué difícil era
demostrarlo día tras día.
Entre los árboles, Nikolai entrevió las terrazas doradas del Gran Palacio, erigidas
unas sobre otras como las capas glaseadas del pastel más caro del mundo. Sus
ancestros habían disfrutado del exceso en todo… salvo en el buen gusto. Pero no iba
a pasarse todavía por allí. Giró a la izquierda, hacia el Pequeño Palacio, y atravesó el
bosque. Al salir vio sus cúpulas doradas y el reluciente lago azul; la diminuta isla que
había en el centro apenas era visible.
Nikolai había pasado mucho tiempo allí, y sin embargo había algo en aquel
lugar… en sus altísimas torres, en las antiguas paredes de madera con incrustaciones
de nácar y toda suerte de flores y bestias talladas en ellas… Siempre sentía que se
adentraba en territorio desconocido, que abandonaba el nuevo mundo para adentrarse
en otro lugar, un lugar donde podían firmarse pactos oscuros. Seguramente debería
dejar de leer tantas novelas.
Había Grisha por todas partes, vestidos con sus coloridas kefta; Tolya y Tamar se
habían negado rotundamente a llevar esos uniformes, y en su lugar habían optado por
los uniformes verde oliva de los soldados del Primer Ejército. Los gemelos llevaban
siempre los brazos al descubierto, y lucían en su piel broncínea los tatuajes de la
Santa del Sol.

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Zoya y Genya ya les estaban esperando en la sala de guerra.
—Llegas tarde —dijo Zoya.
—Soy el rey —replicó Nikolai—. Por tanto, eres tú la que llega pronto.
Para la mayor parte de los asuntos de Estado, el Triunvirato Grisha recibía a
Nikolai en el Gran Palacio, en la misma sala donde se reunía con sus ministros y
gobernadores. Pero cuando necesitaban hablar (hablar de verdad, sin miedo a ser
escuchados), acudían allí, a las cámaras que había construido el Oscuro. Había sido
un maestro guardando secretos: la sala de guerra no tenía ventanas, y solamente una
entrada a la que no podía accederse sin atravesar primero el Pequeño Palacio. Las
paredes estaban forradas de mapas de Ravka al estilo antiguo. A Nikolai le habrían
encantado de niño… si le hubieran dejado acercarse a la sala.
—Tenemos problemas —dijo Nikolai sin miramientos, y se acomodó en una silla.
Presidía la mesa con una taza de té apoyada en la rodilla.
—Decir que tenemos problemas es como decir que Tolya tiene hambre —replicó
Zoya, ignorando el ceño fruncido de Tolya y sirviéndose también un té del samovar
—. ¿Esperas que me sorprenda?
Se había vestido con la kefta de lana azul que llevaban la mayoría de los
Etherealki en las temporadas frías, adornada con un bordado plateado en los puños y
los bordes y un forro de piel de zorro gris en el cuello. Apenas mostraba señales de
fatiga, a pesar de los días y noches de viaje que habían sido necesarios para regresar a
Os Alta. Zoya nunca dejaba de ser una general, y su aspecto impecable formaba parte
de su armadura. Nikolai miró de reojo sus propias botas, perfectamente lustradas.
Aquella cualidad de Zoya le parecía muy respetable.
—Pero estos problemas son particularmente deliciosos —dijo.
—Oh, no —gimió Genya—. Cuando hablas así, siempre está a punto de pasar
algo horrible.
Su kefta era del color rojo de los Corporalki, de un tono apenas más oscuro que el
de su cabello, y los puños lucían un bordado azul oscuro; era una combinación que
solamente vestían Genya y su regimiento de Confeccionadores. Pero los puños y los
bordes de la kefta de Genya también tenían adornos de hilo dorado a juego con el
emblema del sol de su parche, en recuerdo a Alina Starkov. Nikolai había añadido el
sol naciente al blasón de la familia Lantsov, y reconocía que ese gesto había estado
motivado por la necesidad de agradar a la opinión pública, aunque también por un
sentimiento personal. A veces le daba la impresión de que Alina los seguía de
habitación en habitación; su presencia era tan tangible como el calor del sol
veraniego, aunque hacía mucho tiempo que la muchacha ya no estaba.
Nikolai golpeó la taza con su cucharilla.
—David y Nadia están a punto de perfeccionar el sistema de armamento de los
izmars’ya.
David no se molestó en levantar la vista del libro que se había traído, un tratado
sobre filtros osmóticos que le había sido de mucha utilidad a Nikolai.

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—Tienes razón, Genya. Tiene que ser un problema muy grave —dijo David.
Genya ladeó la cabeza.
—¿Por qué lo dices?
—Porque ha empezado por las buenas noticias.
Nikolai y Zoya intercambiaron una mirada, y Zoya dijo:
—Hiram Schenck abordó al rey durante la cumbre comercial de Ivets. El Consejo
Mercante de Kerch conoce la existencia de nuestra flota submarina.
Tamar echó hacia atrás su silla de pura frustración.
—Maldita sea. Sabía que teníamos un topo en las antiguas instalaciones.
Deberíamos habernos trasladado antes a Lazlayon.
—Iban a descubrirlo tarde o temprano —dijo Tolya.
—Los sumergibles tienen aplicaciones no bélicas. De investigación, de
exploración… —masculló David.
A David no le gustaba considerarse fabricante de armas. Pero no podían
permitirse ser tan ingenuos.
Tamar se reclinó contra la pared y levantó el pie.
—Sabemos perfectamente con qué fin pretende usar Kerch nuestros tiburones.
Hiram Schenck y los comerciantes del Consejo de Kerch afirmaban que querían
los izmars’ya como medida defensiva contra sus vecinos shu y ante la posibilidad de
un bloqueo fjerdano. Pero Nikolai no era tonto. Y los demás tampoco. Los kerch ya
tenían un objetivo en mente: los barcos zemeni.
Los zemeni llevaban tiempo construyendo su propia marina y estableciendo rutas
comerciales. Ya no necesitaban los puertos ni las embarcaciones de Kerch, y por
primera vez la poderosa Kerch, que había gobernado sin discusión y durante tanto
tiempo los mares y el comercio de todo el mundo, tenía un competidor. No solo eso:
los zemeni tenían ventajas con las que Kerch no podía medirse: vastos cultivos,
madera abundante y minas propias. De hecho, para ser sincero, a Nikolai le daba
envidia la prosperidad que había alcanzado esa joven nación. Era un ejemplo de lo
que podía lograr una nación que no tuviera enemigos en sus fronteras, que no
estuviera lastrada por la constante amenaza de la guerra.
Pero si el Consejo Mercante de Kerch obtenía los planos de la flota de tiburones
de Ravka, no darían cuartel a los barcos zemeni. Podrían atacarlos en cualquier parte,
y los kerch recuperarían el monopolio de los mares, un monopolio que los había
convertido en una de las naciones más ricas y poderosas del mundo, a pesar de su
diminuto tamaño.
—Los zemeni han sido grandes aliados —dijo Tolya—. Nos han prestado ayuda,
nos han defendido cuando nadie más lo hacía.
Tamar se cruzó de brazos.
—Pero no pueden condonar nuestros préstamos. Kerch controla la deuda de
Ravka. Podrían hundirnos con solo firmar un papel.

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Nikolai estudió el mapa que tenía delante. Shu Han al sur. Fjerda al norte. Y
Ravka, atrapada entre ambas. Si Ravka no lograba mantener sus fronteras, su nación
pasaría a ser poco más que un campo de batalla entre dos potencias, y Nikolai le
había prometido la paz a su pueblo, la oportunidad de reconstruirse. Tanto los
fjerdanos como los shu poseían vastos ejércitos, mientras que las tropas ravkanas
estaban muy menguadas por tantos años librando guerras en dos frentes a la vez.
Cuando Nikolai había tomado el mando de las fuerzas de Ravka, tras la guerra civil,
ya sabía que nunca podrían igualar la superioridad numérica del enemigo. Ravka
solamente podría sobrevivir mediante la innovación, yendo un paso por delante. Su
país no quería volver a entrar en guerra. Y él tampoco. Pero para construir un número
importante de naves voladoras, barcos y armas, necesitaban dinero y acceso a
recursos que solamente los préstamos de Kerch podían ofrecerles. La decisión parecía
sencilla, pero en realidad ninguna decisión lo era, ni siquiera suponiendo que
estuviera dispuesto a dejar de lado las cuestiones del honor y la alianza.
—Los dos tenéis razón —dijo Nikolai—. Necesitamos a los zemeni y también a
los kerch. Pero no podemos bailar con dos a la vez.
—De acuerdo —dijo Zoya—. ¿Con cuál queremos irnos a casa cuando se acabe
la música?
Tamar golpeó la pared con el talón.
—Solo puede ser con Kerch.
—No tomemos decisiones precipitadas —dijo Nikolai—. Si elegimos a la
compañera equivocada, nos espera una noche de lo más decepcionante.
Sacó de su bolsillo un vial lleno de un líquido verde y turbio y lo dejó sobre la
mesa.
Zoya tomó aire profundamente y Genya se inclinó sobre la mesa.
—¿Es lo que creo que es? —preguntó Zoya.
Nikolai asintió.
—Gracias a la información que hemos podido obtener de Kuwei Yul-Bo, nuestros
Alkemi están a punto de perfeccionar un antídoto para la parem.
Genya juntó las manos. Su solitario ojo ambarino estaba lleno de lágrimas.
—Entonces…
Nikolai detestaba tener que aplacar sus esperanzas, pero todos debían comprender
la realidad de la situación.
—Por desgracia, la fórmula del antídoto requiere enormes cantidades de tallos de
jurda. Diez veces más de lo que hace falta para fabricar una onza de jurda parem.
Zoya cogió el vial y lo hizo girar entre sus manos.
—La jurda solo crece en Novyi Zem. Ningún otro clima lo permite.
—Necesitamos el antídoto —dijo Tamar—. Todos nuestros espías aseguran que
los shu y los fjerdanos están muy cerca de desarrollar una cepa de parem utilizable.
—Más Grisha esclavizados —dijo Zoya—. Más Grisha utilizados como armas
contra Ravka. Más Grisha muertos. —Volvió a depositar el vial en la mesa—. Si

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entregamos a los kerch los planos de los izmars’ya, perderemos a Novyi Zem como
aliada, y con ella nuestra oportunidad de proteger de la parem a nuestros Grisha, y
quizá también a los Grisha de todo el mundo. —Con un golpecito, hizo girar el vial
sobre la mesa en un lento círculo—. Si rechazamos a los kerch, no tendremos dinero
para armar y pertrechar adecuadamente al Primer Ejército. Hagamos lo que hagamos,
salimos perdiendo.
Genya se volvió hacia Nikolai.
—Entonces haz un viaje diplomático. Visita a los kerch y a los zemeni. Haz lo
que se te da tan bien: di algo sencillo con demasiadas palabras para embarullarlo
todo.
—Nada me gustaría más que otra oportunidad de hablar —dijo Nikolai—. Pero
me temo que tengo más malas noticias.
Genya se dejó caer en su silla.
—¿Más?
—Estamos en Ravka —dijo Zoya—. Siempre hay más.
Nikolai era consciente de que aquel momento iba a llegar, pero aun así pensó en
inventarse alguna excusa para interrumpir la reunión. «Perdonadme, amigos, pero me
necesitan en los invernaderos por un asunto de seguridad nacional. Solamente yo
puedo podar las peonías.» Aunque todos los presentes sabían lo que le ocurría
últimamente, a él seguía pareciéndole un secreto vergonzoso. No quería que el
demonio entrara en aquella sala. Pero tenía que decirlo.
—Mientras Zoya y yo estábamos fuera, el monstruo volvió a apoderarse de mí.
Me escapé de casa del duque y emprendí un viaje encantador hasta una granja de
gansos de la zona.
—Pero el tónico sedante… —empezó a decir Genya.
—El monstruo se está fortaleciendo. —Ya. Ya lo había dicho. La voz no le había
temblado en absoluto ni había transmitido el menor reflejo de preocupación, aunque
aquellas palabras se le atragantaran.
Genya se estremeció. Ella entendía mejor que nadie la oscuridad que residía
dentro de Nikolai. Guardaba relación con los nichevo’ya, los mismos monstruos que
la habían atormentado a ella. El Oscuro le había echado encima a sus soldados de
sombras cuando ella le había traicionado. Había perdido un ojo a manos de las
criaturas, cuyos mordiscos le habían cubierto el cuerpo de cicatrices que ni siquiera
su poder podía borrar. A Nikolai seguía asombrándole la especial crueldad de aquel
castigo. El Oscuro sabía que la belleza era un escudo para Genya, y por eso se la
había arrebatado. Sabía que Nikolai dependía de su mente y su talento para salir
airoso de cualquier atolladero, así que había dejado que el demonio le robara su
facultad de hablar y pensar de manera racional. El Oscuro pudo haber matado a
cualquiera de los dos, pero había preferido castigarlos. Tal vez fuera una entidad
poderosa y antigua, pero sin duda tenía una vena ruin.

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—David —dijo Genya mientras su piel palidecía bajo las cicatrices—, ¿es
posible? ¿Puede estar fortaleciéndose?
David se apartó el cabello castaño de los ojos.
—No debería ser así —dijo—. No después de haber estado tanto tiempo inactivo.
Pero lo que creó la presencia que reside dentro del rey no fue el poder Grisha
corriente. Fue merzost.
—Abominación —murmuró Tolya.
—¿Ahora lo vamos a llamar «presencia»? —preguntó Nikolai—. Prefería
«monstruo». O «demonio». Hasta «espíritu» me suena mejor. —«El monstruo soy yo,
y yo soy el monstruo.» Y si Nikolai no se reía de él, estaba seguro de que terminaría
por volverse loco.
—Llámalo Maribel si te da la gana dijo Zoya a la vez que daba un golpe en la
mesa con su laza vacía—. Lo que importa no es cómo lo llamemos, sino lo que puede
hacer.
—Sí que importa, si con ello estamos malinterpretando su naturaleza —dijo
David—. Ya habéis leído la teoría Grisha, los diarios de Morozova. El poder Grisha
no es capaz de crear vida ni de animar materia, solo puede manipularla. Cada vez que
se cruzan esos límites, hay consecuencias.
—La Sombra —dijo Nikolai. Aquella franja de oscuridad rebosante de monstruos
había divido Ravka en dos, hasta que Alina Starkov la había destruido durante la
guerra civil. Pero la herida seguía estando allí, un páramo de arena donde no
arraigaba nada, como si el poder del Oscuro hubiera drenado la vida de la tierra. El
merzost había creado la Sombra, las criaturas de su interior y los soldados de sombras
del Oscuro, y era ese mismo poder el que había empleado el Oscuro para infectar a
Nikolai.
David se encogió de hombros.
—Esa clase de poder es impredecible.
—No sabemos lo que podría pasar a continuación —dijo Nikolai—.
Normalmente me gusta esa perspectiva, pero no me hace tanta gracia que un demonio
pueda adueñarse de mi consciencia e intentar gobernar Ravka royendo a mis súbditos.
¿Cómo era posible que las palabras salieran con tanta facilidad cuando estaba
hablando de perder la mente y la voluntad? Probablemente porque siempre había sido
así. Y necesitaba esas palabras. Necesitaba erigir un muro de palabras, ingenio y
razón para mantener a la bestia a raya, para recordar quién era.
A fin de librarse del monstruo, Nikolai se había expuesto al frío y al calor
extremos. Había hecho llamar a los Invocadores del Sol, los cuales, desconcertados,
habían utilizado sus poderes sobre él. Pero el único resultado aparente había sido la
sensación de estar asándose lentamente por dentro. Sus agentes habían registrado las
bibliotecas de todo el mundo y habían recuperado los diarios del legendario Hacedor
Ilya Morozova, después de meses de excavaciones entre los escombros de la Rueca,
sin más resultado que una gran frustración. Esa misma frustración lo había conducido

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hasta Ivets, hasta el puente de hueso, en un vano intento por establecer una conexión
entre la oscuridad de su interior y los extraños sucesos que tenían lugar en Ravka. Tal
vez había albergado la esperanza de que los Santos le mostraran un milagro. Pero
hasta el momento la intervención divina brillaba por su ausencia.
—Supongo que os hacéis cargo del problema —dijo Nikolai—. No puedo viajar
sin arriesgarme a ser descubierto, pero tampoco puedo permanecer escondido en la
capital sin atraer sospechas y poner en riesgo el futuro de Ravka con los zemeni y los
kerch. ¿No os había prometido unos problemas particularmente deliciosos?
—Lo siento —dijo Genya—. ¿Qué es lo delicioso exactamente?
—La solución a todos ellos. —Nikolai se repantigó en su silla, estiró las piernas y
cruzó los tobillos—. Vamos a celebrar una fiesta.
—Entiendo —dijo Zoya—. ¿Y cómo de borracha tengo que estar para empezar a
ver la situación con más optimismo?
—Me temo que no bastaría ni con todo el vino de las bodegas de Kirigin —
admitió Nikolai—. Y lamento decir que nos hará falta estar sobrios. Vamos a traerlos
a todos aquí: a los kerch, a los zemeni, a los fjerdanos y a los shu. Vamos a organizar
un pequeño espectáculo para que sepan que Ravka y su rey gozan de una salud
excelente.
—¿Eso es todo? —dijo Zoya—. ¿También vas a aprender a hacer malabarismos?
—No seas ridícula —replicó Nikolai—. Yo ya sé hacer malabarismos. Literal y
figuradamente. Renovaremos nuestra alianza con los zemeni…
—Pero los kerch… —empezó a decir Genya.
—Y dejaremos que los kerch echen un vistazo en secreto a nuestro prototipo de
los izmars’ya.
—¿De verdad? —preguntó David.
—Será una absoluta catástrofe, claro. Una bonita explosión, trozos de metal
volando… Tal vez podríamos fingir que se ahogan unos cuantos marinos. Lo que
haga falta con tal de convencer a los kerch de que nuestros tiburones no están en
condiciones de navegar, para conseguir el máximo tiempo posible. —Nikolai casi
sentía cómo el monstruo retrocedía, cómo escondía las garras, ahuyentado por la
perspectiva de su plan de acción—. Reuniremos a todos esos diplomáticos,
comerciantes y políticos bajo nuestro techo. Les dejaremos hablar y les escucharemos
con atención. Zoya, necesitaremos que tus Vendavales creen un mapa acústico para
tener oídos en todas partes.
—No me gusta la idea —dijo Tolya.
—Me lo imaginaba —dijo Nikolai.
—No es ético espiar a tus propios huéspedes.
—Y por eso la jefa de mi red de espionaje es tu hermana. Un rey necesita espías,
y los espías no pueden andarse con remilgos éticos. ¿Tú tendrías reparos en
supervisar una campaña de espionaje, Tamar?
—En absoluto.

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—¿Qué te había dicho?
Tamar reflexionó.
—Me gusta la idea de encargarnos de todos a la vez, pero ¿qué excusa nos
permitiría reunir a nuestros enemigos y aliados aquí, sin levantar aún más sospechas?
—Podríamos celebrar el día de tu Santo —dijo Genya con entusiasmo—. Paseos
en trineo, fogatas…
—No —dijo Nikolai—. No quiero tener que esperar hasta el banquete de Sankt
Nikolai. —Desde luego, el demonio no iba a esperar tanto—. La fiesta tendrá lugar
dentro de seis semanas. Lo llamaremos… el Festival de las Bobadas Otoñales, o algo
por el estilo. Podemos celebrar el equinoccio, las buenas cosechas… todo muy
simbólico.
—¿Seis semanas? —exclamó Genya—. Es imposible organizar un
acontecimiento de esa magnitud en tan poco tiempo. Solamente las medidas de
seguridad ya nos llevarán…
Nikolai le guiñó un ojo.
—Si se encargara alguien que no fuera Genya Safin, a lo mejor me preocuparía.
Zoya puso los ojos en blanco.
—No necesita que la adules. Ya tiene la autoestima bastante alta.
—Deja que siga —dijo Genya—. David nunca me dice piropos.
—¿No? —preguntó David, palpándose el bolsillo distraídamente—. Tengo por
aquí la lista de tus cualidades que me diste.
—Ya veis lo que tengo que aguantar.
—Debo tener contenta a Genya —dijo Nikolai— o podría volverse contra mí.
—A lo mejor me vuelvo yo contra ti —dijo Zoya.
—Oh, eso es inevitable. Pero tú eres inmune a los piropos.
Zoya levantó ambos hombros.
—Entonces, te sugiero que lo intentes con joyas y dinero en efectivo. —Se
levantó. Nikolai se dio cuenta de que su mente se había puesto en marcha, de que la
general estaba planificando su ataque. Caminó lentamente de un lado a otro, junto al
mapa; la Sombra iba apareciendo y desapareciendo detrás de ella—. Si vamos a
reunir aquí a todas esas potencias, nos hará falta algo mejor que un festival de
calabazas y gavillas de trigo.
—Zoya —le advirtió Nikolai. Sabía exactamente lo que estaba pensando.
—Esta es la oportunidad perfecta para que encuentres una esposa.
—Me niego rotundamente.
Pero Zoya tenía la expresión engreída de una mujer que ha ganado una discusión
antes de que esta empiece.
—Como bien has dicho, ya no puedes viajar, así que es esencial que sean las
candidatas las que vengan aquí.
Nikolai negó con la cabeza.
—No puedo casarme. Es demasiado peligroso.

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—Y precisamente por eso debes hacerlo —dijo Zoya—. Podríamos reunir a todas
las potencias, sí. Hasta me creo que tu encanto y tu labia nos permitieran burlar a
nuestros enemigos. Pero ¿cuánto tiempo podrías ganar? ¿Seis meses? ¿Un año? ¿Y
luego qué, Majestad?
—Es verdad que sería la excusa ideal para invitarlos a todos —dijo Genya.
Nikolai hizo una mueca.
—Ya sabía yo que te volverías contra mí. Pero no esperaba que lo hicieras tan
pronto.
—Nikolai —dijo Zoya en voz baja—, has dicho que el monstruo se está
volviendo más fuerte. Si eso es verdad, esta podría ser tu mejor oportunidad.
«Tu única oportunidad.» Las palabras flotaban en el aire aunque nadie las hubiera
pronunciado.
Ravka necesitaba una reina. Nikolai necesitaba un heredero.
Y aun así, cada fibra de su ser se rebelaba ante la idea del matrimonio. Con tanto
trabajo por delante, no tenía tiempo para cortejar debidamente a nadie. No quería
casarse con alguien a quien apenas conociera. No se atrevía a revelarle sus secretos a
una desconocida. El peligro que correría la elegida sería demasiado grande. Eran
buenas razones. Excusas convincentes. Pero el monstruo había puesto en marcha el
reloj.
Nikolai recorrió la estancia con la mirada. Aquellas personas lo conocían mejor
que nadie. Confiaban en él, Pero el demonio que acechaba en su interior podría
cambiar todo eso. ¿Y si su fuerza seguía aumentando y continuaba arrebatándole el
control, devorando la misma voluntad que había sido su guía durante tanto tiempo?
«Abominación.» Recordó el estremecimiento de Genya. ¿Y si el ahogado era él? ¿Y
si era él quien arrastraba a Ravka consigo hasta las profundidades?
Nikolai tomó aire profundamente. ¿Para qué retrasar lo inevitable? Era preferible
un pelotón de fusilamiento antes que un lento suplicio.
—Nos hará falta una lista de candidatas —dijo.
Zoya sonrió de oreja a oreja.
—Hecho. —Pues sí que tenía ganas de librarse de él.
—Lo vas a organizar como si fuera una campaña militar, ¿verdad?
—Es una campaña militar.
—Mis ministros y embajadores también tendrán sugerencias.
—Los invitaremos a todos —dijo Genya, al tiempo que acercaba papel y tinta.
Apenas podía ocultar su emoción—. Podremos alojarlos a todos en el palacio.
¡Imaginad cuántos banquetes, cuántos bailes, cuántos piscolabis!
—Eso, imaginad cuántos banquetes, cuántos bailes, cuántos piscolabis —dijo
David con aire asqueado.
Genya dejó la pluma y le cogió las manos.
—Te prometo que dejaré que te escondas en tu taller. Solo te pido cinco eventos y
un banquete.

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—Tres eventos y un banquete.
—Cuatro.
—De acuerdo.
—Eres un pésimo negociador —dijo Nikolai—. Genya se habría conformado con
dos.
David frunció el ceño.
—¿De verdad?
—De ninguna de las maneras —dijo Genya—. Y callaos ya, Majestad.
—Hará falta revisar toda la seguridad del palacio —le dijo Nikolai a Tolya—.
Hay que dar por hecho que todo sirviente, guardia y doncella puede ser un espía o un
asesino.
—A propósito —dijo Tamar—. Dunyasha Lazareva ha muerto.
La impostora Lantsov.
—¿Quién lo ha hecho?
—Nosotros no. Lo único que sé es que la encontraron estampada contra los
adoquines frente a la Iglesia del Trueque, después de la subasta.
Preocupante. ¿Habría ido a Ketterdam con intención de matar a Nikolai? No era
la única aspirante al trono Lantsov. Cada pocos meses aparecía otra persona que decía
ser un heredero perdido de los Lantsov, alguien que insistía en haber escapado a la
masacre de la familia real a manos del Oscuro o que afirmaba ser el fruto de un
escarceo amoroso del padre de Nikolai (lo cual, teniendo en cuenta el carácter del
antiguo rey, era más que plausible). Sin embargo, era muy posible que Nikolai tuviera
menos derecho al trono de Ravka que la mitad de ellos. Él era el mayor impostor de
todos.
—Llegarán más —dijo Zoya—. Habrá otros que intenten reclamar el apellido
Lantsov. Razón de más para tener un heredero y consolidar el trono.
—He dicho que escogería una esposa, y eso haré —dijo Nikolai, intentando no
sonar tan petulante como se sentía—. Hasta hincaré la rodilla en el suelo y recitaré
poemas de amor si queréis.
—Yo puedo buscar unos cuantos —sugirió Tolya; era la primera vez que parecía
verdaderamente contento desde que habían entrado en los túneles del Pantano de
Oropel.
—Una idea excelente. Que sean cortos, y asegúrate de que rimen.
Nikolai volvió a contemplar el viejo mapa de Ravka: violenta, sin esperanza,
exigente e insaciable, Ravka era su primer amor, una pasión que había nacido durante
su solitaria infancia y que no había hecho más que crecer con la edad. Le pidiera lo
que le pidiera Ravka, Nikolai sabía que se lo entregaría. Había sido imprudente con
aquel país al que decía amar, y ya no podía permitir que su miedo dictara el futuro de
Ravka.
—Enviad las invitaciones —dijo—. Que dé comienzo el gran romance real.

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El resto de la jornada transcurrió entre reuniones con ministros, planificación de
carreteras y acueductos que no podían costearse, dictado de cartas a los kerch para
solicitar aplazamientos de sus préstamos y despacho de la correspondencia con medio
mundo, desde el mariscal de la Isla Errante hasta los almirantes de la marina, que
solicitaban fondos para reparar la actual flota ravkana. Todo ello requería
concentración, sutileza y una paciencia infinita… y todo ello era menos oneroso que
la tarea de encontrar una reina. Pero finalmente llegó la noche y a Nikolai no le quedó
más remedio que hacer frente a Zoya y a su ejército de candidatas.
Nikolai y su general trabajaron a solas en su sala de estar, en cuya chimenea de
azulejos crepitaba el fuego. La cámara todavía lucía las marcas de su padre: el águila
bicéfala forjada en oro, las pesadas alfombras, los cortinajes tan cargados de brocados
que daba la impresión de que podrían fundirlos y acuñar moneda con ellos.
La lista de Zoya seguía y seguía, candidata tras candidata: un desfile de doncellas
anhelantes.
—Se supone que las pretendientas son una excusa para nuestras reuniones con los
kerch y los zemeni —dijo Nikolai—. Tal vez podríamos hacer que esto fuera un
primer acercamiento, no tanto un compromiso como el preludio de uno.
Zoya alisó los papeles que tenía delante.
—Dos pájaros de un tiro, Majestad. Es cuestión de eficiencia. Y de expectación.
Necesitas una esposa, y de momento sigues siendo un buen partido.
—¿De momento?
—Todavía eres joven. No te falta ningún diente. Y el ejército de Ravka todavía no
ha sido pisoteado. Tanta vacilación es totalmente impropia de un rey. No te pega
nada.
Era verdad. Tomar decisiones era lo suyo. Lo disfrutaba. Era como retirar la
maleza de un bosque para poder ver el sendero con claridad. Pero cuando pensaba en
escoger una esposa, las ramas se le venían encima y daba gracias por estar solo en la
oscuridad. O tal vez no tan solo. Disfrutaba mucho con la quietud de aquella sala, con
el calor del fuego y con la arpía de nervios de acero que estaba sentada delante de él.
Zoya dio un golpe con la hoja que sostenía, para llamar su atención.
—La princesa Ehri Kir-Taban.
—Segunda en la línea de sucesión al trono shu, ¿verdad?
—Sí, y es una de las candidatas más idóneas. Es joven, afable y tremendamente
popular entre sus súbditos. Tiene mucho talento con el khatuur.
—¿El de doce cuerdas o el de dieciocho?
—¿Qué más da?
—En estos temas hay que ser exigente, Nazyalensky. ¿Estás segura de que los shu
la enviarán a ella?

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—La invitación estará dirigida a la familia real. Pero teniendo en cuenta que el
pueblo adora a la princesa Ehri, sospecho que a su hermana mayor no le dará
demasiada pena que abandone el país. Y si envían a una de las hermanas más
pequeñas… —Se encogió de hombros—. Entonces sabremos que no se plantean
seriamente una alianza. Pero una esposa shu nos liberaría de la necesidad del oro
kerch.
—¿Y cuánto tiempo crees que Ravka seguiría siendo independiente después de un
matrimonio como ese? A los shu no les haría falta invadirnos; les estaríamos
escribiendo una invitación de nuestro puño y letra.
—No existe una opción perfecta —dijo Zoya.
—¿Cuál es la siguiente?
Zoya suspiró y le tendió otro documento.
—Elke Marie Smit.
Nikolai miró de reojo el papel.
—¡Si apenas tiene dieciséis años!
—Pertenece a una de las familias más poderosas de Kerch. Además, Alina no era
mucho mayor que ella cuando quisiste darle la esmeralda Lantsov.
—Yo tampoco era mucho mayor. —Pensar en Alina siempre era doloroso. Sabía
que había sido un necio al pedir su mano. Pero en aquel momento necesitaba más una
amiga que una aliada política. O al menos eso había creído.
Zoya se reclinó y lo miró fijamente.
—No me digas que todavía lloras la pérdida de nuestra pequeña Santa del Sol.
Por supuesto que sí. Alina le caía bien, tal vez incluso había empezado a amarla.
Y quizá una parte arrogante de sí mismo había confiado en que ella le dijera que sí.
Al fin y al cabo era un rey, y también un bailarín decente. Pero ella conocía al Oscuro
mejor que nadie. Tal vez Alina había percibido lo que se estaba pudriendo en el
interior de Nikolai. Habían pasado los años, pero su rechazo seguía doliéndole.
—Nunca se me ha dado bien echar de menos —dijo Nikolai—. Pero me gusta
mirar las estrellas por la ventana con aire melancólico para lucir mi perfil.
—Los padres de Elke Marie Smit la casarán de todas formas, seguramente con
algún comerciante. Estoy segura de que estaría más contenta con un rey.
—No. ¿Y la siguiente?
—Natasha Beritrova —dijo Zoya.
—¿La baronesa Beritrova?
Zoya leyó atentamente el papel.
—La misma.
—Tiene cincuenta años.
—Es una viuda muy acaudalada que posee tierras cerca de Caryeva que
resultarían esenciales en una campaña militar en el sur.
—No, Zoya.
Zoya puso los ojos en blanco, pero cogió otro papel.

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—Linnea Opjer.
—No.
—Oh, por todos los Santos y su martirio, Nikolai. Deja de hacerte el difícil. Tiene
veintitrés años y todo el mundo dice que es muy bella y que tiene buen carácter y
mucho talento para las matemáticas…
Nikolai se quitó una pelusa de la manga.
—No esperaba menos de mi hermanastra.
Zoya se quedó inmóvil. Resplandecía como un icono pintado con su kefta; la luz
de la hoguera se ceñía a ella como un halo. Estaba seguro de que a ninguna mujer le
había sentado tan bien el azul como a Zoya.
—¿Entonces es verdad?
—Tanto como cualquier otra historia —dijo Nikolai. Los rumores de su
ilegitimidad circulaban desde mucho antes de su nacimiento, y él había hecho lo
posible por habituarse a ellos. Pero solamente le había contado la verdad sobre su
origen a una persona: Alina Starkov. ¿Por qué se lo contaba ahora a Zoya? Cuando se
lo había dicho a Alina, esta lo había tranquilizado, le había dicho que sería un gran
rey de todas formas. Pero Zoya no sería tan gentil. De todas formas, abrió la tapa de
su escritorio y sacó la miniatura que le había regalado su madre. Se la había dado
antes de verse obligada a exiliarse, cuando le había contado quién era su verdadero
padre: un magnate naval fjerdano que había viajado una vez como emisario al Gran
Palacio.
—Por los Santos —dijo Zoya mientras contemplaba el retrato—. El parecido…
—Es increíble, ya lo sé. —Solamente los ojos eran distintos, azules en vez de
avellana… y la barba, claro. Pero mirar aquella miniatura era como ver el futuro,
como ver a un Nikolai algo más viejo, más serio y con arrugas en los ojos.
Zoya lo arrojó al fuego.
—¡Zoya! —exclamó Nikolai mientras se abalanzaba hacia la chimenea.
—¿Cómo puedes ser tan necio? —le escupió.
Nikolai extendió la mano, pero las llamas eran demasiado fuertes y la retiró. Su
rabia se fue prendiendo al ver cómo el pequeño lienzo enmarcado se derretía.
Se giró violentamente hacia Zoya.
—Te has pasado de la raya.
—Ese retrato era una pistola cargada que apuntaba a tu corazón. —Le clavó un
dedo en el pecho—. El corazón de Ravka. Lo habrías puesto todo en peligro, ¿y por
qué? ¿Por tus estúpidos sentimientos?
Nikolai le agarró la mano antes de que ella le clavara el dedo de nuevo.
—No soy uno de tus alumnos a los que puedes reñir y dar lecciones. Soy tu rey.
Los ojos azules de Zoya centellearon. Levantó el mentón, como diciendo «¿Y qué
es un rey mortal para una reina capaz de invocar tormentas?».
—Sí, eres mi rey. Y quiero que sigas siéndolo. Aunque seas demasiado bobo para
proteger tu derecho al trono.

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Tal vez fuera verdad, pero no quería oírlo.
—No tenías derecho.
—He jurado protegerte. Proteger este reino. Tenía todo el derecho del mundo. —
Se liberó de la mano de Nikolai—. ¿Y si Magnus Opjer viniera a este palacio? ¿Y si
os invitaran a los dos a un banquete en Kerch? Solo haría falta un simple vistazo para
que la gente supiera que…
—Ya lo saben —dijo Nikolai, repentinamente cansado—. O lo han deducido. Se
rumorea desde antes de que yo naciera.
—Deberíamos plantearnos eliminarlo.
Nikolai apretó los puños.
—Zoya, no harás tal cosa. Te lo prohíbo. Y si descubro que has actuado sin mi
consentimiento, perderás tu rango y pasarás el resto de tus días enseñando a los niños
Grisha a hacer nubecillas con forma de animal.
Durante un momento, Zoya pareció a punto de levantar las manos e invocar una
tormenta para echar abajo todo el palacio. Pero entonces hizo una reverencia
impecable que, de algún modo, consiguió transmitir su desagrado.
—Por supuesto, moi tsar.
—¿De verdad eres tan despiadada, Zoya? Es un hombre inocente. Su único delito
fue amar a mi madre.
—No, el delito fue acostarse con ella.
Nikolai sacudió la cabeza. Nadie como Zoya para ir al quid de la cuestión. Por
supuesto, él no tenía forma de saber si su madre y su verdadero padre se habían
amado alguna vez, pero tenía la esperanza de que hubiera habido algo más que lujuria
y arrepentimiento.
Cogió su copa de vino de la abandonada bandeja de la cena y la apuró hasta los
posos.
—Algún día te excederás y no seré tan indulgente.
—Ese día podrás cargarme de cadenas y arrojarme a tus mazmorras. —Cruzó la
estancia, le quitó la copa de las manos y la dejó en la mesa—. Pero esta noche serás
tú el encadenado.
Su voz era casi afectuosa.
Nikolai dejó escapar un suspiro.
—Después del día que he tenido hoy, será un alivio.
Nikolai abrió la puerta de su alcoba con su llave. Los sirvientes solo podían pasar
a limpiar bajo la supervisión de Tolya y Tamar, y únicamente una vez por semana.
Nikolai no tenía ayuda de cámara y se ocupaba personalmente de su baño.
Aunque se había convertido en una cárcel nocturna, la alcoba en sí era un refugio,
tal vez el único lugar del palacio que sentía que le pertenecía de verdad. Las paredes
estaban pintadas del azul oscuro del mar, y el mapa colgado sobre la repisa de la
chimenea era el mismo que antes había estado en su camarote del Volkvolny, cuando
se hacía pasar por el corsario Sturmhond y surcaba los océanos del mundo. Frente a

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los ventanales había un catalejo instalado sobre un trípode. No podía ver gran cosa
con él (las estrellas, las casas de la parte alta de la ciudad…), pero el simple hecho de
tenerlo allí le transmitía paz, como si algún día, al llevárselo al rostro, fuera a avistar
los hombros jadeantes de un gran mar de color gris. «Corre agua salada por nuestras
venas», le había dicho una vez un miembro de su tripulación. «Nos volvemos locos si
pasamos demasiado tiempo en tierra.» Nikolai no iba a volverse loco, al menos no
por estar en tierra. Había nacido para ser rey, aunque su sangre no opinara lo mismo,
y pensaba llevar a su patria a la victoria una vez más. Pero primero tenía que superar
esa noche.
Se sentó al borde de la cama, se descalzó y se ajustó los grilletes de hierro
alrededor de los tobillos. Después se tumbó. Zoya no intervino, cosa que él agradeció.
Encadenarse por su propia mano era un alivio insignificante, pero le permitía
mantener el control un poco más. Zoya no se acercó hasta que Nikolai se hubo
colocado el grillete de la muñeca izquierda.
—¿Listo?
Asintió. En momentos como aquel, el carácter implacable de Zoya hacía que
aquello fuera un poco más tolerable. Zoya nunca sería indulgente ni lo humillaría
compadeciéndose de él.
Zoya accionó la cerradura especial que había diseñado David. Con un repentino
chasquido, tres cadenas cruzaron el cuerpo de Nikolai, y le inmovilizaron las rodillas,
el torso y los hombros. Cuando la bestia lo poseía se volvía mucho más fuerte, y no
podían correr riesgos. Aunque Nikolai lo sabía, y a esas alturas ya debería haberse
acostumbrado a la sensación de estar sujeto, el impulso de forcejear era poderoso.
Pero en vez de rendirse a él, mantuvo su actitud despreocupada y le tendió la
muñeca derecha a Zoya.
—¿Y qué planes tienes tú para esta noche, mi querida carcelera? ¿Algún
encuentro secreto?
Zoya soltó un resoplido desdeñoso mientras se inclinaba para cerrar el último
grillete y comprobar la firmeza de las cerraduras.
—Como si tuviera tiempo para eso.
—Sé que vas a algún sitio por las noches, Zoya —aventuró Nikolai. Tenía
curiosidad, pero sobre todo quería distraerse de la realidad—. Te han visto por la
zona, pero nadie parece saber adonde vas.
—Yo voy a muchos sitios, Majestad. Y si seguís fisgando en mi vida personal, os
puedo sugerir un par de sitios a los que os podéis ir vos.
—¿Por qué guardas en secreto tus devaneos? ¿Tanto te avergüenzas de ese
amante?
Nikolai flexionó los dedos a la vez que trataba de apaciguar su respiración. Zoya
volvió el rostro y la luz de la lámpara iluminó la curva de su pómulo y se reflejó en
las ondas oscuras de su cabello. Nikolai nunca había logrado inmunizarse del todo

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contra su belleza, y se alegró de tener los brazos encadenados para no ceder al
impulso de acariciarla.
—Estate quieto —le espetó Zoya—. Eres peor que un niño atiborrado de dulces.
Bendita fuera su lengua viperina.
—¿Por qué no te quedas, Zoya? Entretenme con alegres historias de tu infancia.
Tu saña me resulta de lo más relajante.
—¿Y si le pido a Tolya que te relaje recitando unos poemas?
—A eso me refiero. Qué sarcástica, qué incisiva. Eres mejor que cualquier nana.
—Mientras la última cerradura chasqueaba, la manga de Zoya se deslizó de su
muñeca y dejó al descubierto la pulsera de plata que la adornaba; unos trozos de
hueso o tal vez de dientes estaban fusionados con el metal. Nikolai nunca había visto
a Zoya sin ella, y ni siquiera sabía si le era posible quitársela. Sabía un par de cosas
sobre amplificadores. Incluso había ayudado a Alina a hacerse con las escamas del
azote marino, el segundo de los legendarios amplificadores de Morozova. Pero
reconocía que había un universo entero que desconocía—. Dime una cosa,
Nazyalensky. David dijo que transgredir los límites del poder Grisha tiene
consecuencias. Pero ¿no es exactamente eso lo que hacen los amplificadores? ¿La
parem es diferente?
Zoya acarició el metal con los dedos, con expresión pensativa.
—No estoy segura de que la parem sea muy diferente del merzost. Al igual que el
merzost, la droga requiere un sacrificio terrible a cambio del poder que otorga: la
voluntad de un Grisha. Incluso su vida. Pero los amplificadores son algo distinto. Son
criaturas excepcionales, vinculadas a la creación en el corazón del mundo, a la fuente
de toda concepción. Cuando un amplificador entrega su vida, ese es el sacrificio que
exige el universo. Se forja un vínculo eterno con el Grisha que asesta el golpe letal.
Es algo terrible, pero a la vez hermoso. El merzost es…
—Abominación. Ya lo sé. Menos mal que me tengo tanto aprecio a mí mismo.
—Todos los Grisha sienten la pulsión hacia el merzost, el anhelo por comprobar
lo que podríamos lograr si no tuviéramos límites.
—¿Tú también?
Una leve sonrisa afloró en los labios de Zoya.
—Sobre todo yo. El poder es protección. —Antes de que Nikolai pudiera
preguntarle qué quería decir, añadió—: Pero el precio de esa clase de poder es
demasiado alto. Cuando el Oscuro intentó crear sus propios amplificadores, el
resultado fue la Sombra. —Levantó el brazo y la pulsera centelleó bajo la luz—. A mí
me basta con esto.
—Los dientes de tiburón que llevan los gemelos —musitó Nikolai—. Los huesos
de pájaro de Genya. Conozco sus historias. Pero nunca me has contado la historia del
amplificador que llevas tú.
Zoya enarcó una ceja. En un instante, la muchacha contemplativa desapareció y
dio paso a la fría general.

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—El acero hay que ganárselo, Majestad. Y las historias también. —Se puso en pie
—. Y creo que estáis intentando ganar tiempo.
—Me has pillado. —Lamentaba que se fuera, llevara el disfraz que llevara—.
Buenas noches, comandante.
—Buenas noches, Desventurada Majestad.
No pensaba implorarle a Zoya que se quedara. Las súplicas no formaban parte de
la naturaleza de Nikolai, y ese no era el pacto que compartían. No acudían el uno al
otro en busca de consuelo. Se azuzaban mutuamente para seguir adelante. Ponían a
prueba la fuerza del otro. Por eso, no pensaba buscar otra excusa para que Zoya
siguiera hablándole. No pensaba decirle que le daba miedo quedarse a solas con la
criatura en la que podía convertirse, y tampoco pensaba pedirle que dejara la lámpara
encendida, que le concediera una chispa de magia infantil con la que mantener a raya
a la oscuridad.
Pero se sintió aliviado al ver que ella la dejaba encendida de todas formas.

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CUANDO ZOYA SE LEVANTÓ, el cielo todavía estaba oscuro. Se
ocuparía de los asuntos de la mañana antes de pasear hasta el Gran Palacio para
liberar a Nikolai. Había pasado una semana desde su regreso a la capital y el
monstruo del rey no había vuelto a hacer acto de presencia, lo que era un alivio para
Zoya.
Tamar y Nadia ya estaban esperando en la sala común frente a los aposentos de
Zoya; estaban sentadas a la mesa redonda que antaño había correspondido a la
guardia personal del Oscuro. Nadia seguía llevando su camisón azul, pero Tamar iba
de uniforme, con los brazos al descubierto y sus dos relucientes hachas pendiendo de
las caderas.
—Hay informes de dos nuevos ataques de khergud —dijo Tamar a la par que
levantaba un fajo de papeles cubiertos de apretados garabatos.
—Necesito un té —dijo Zoya. ¿Cómo era posible que el mundo se estuviera
desmoronando antes del amanecer? Qué falta de civismo. Se sirvió un vaso del
samovar y cogió los documentos que le tendía Tamar. Había más papeles
desparramados por la mesa—. ¿Dónde han atacado esta vez?
—Tres Grisha han desaparecido en Sikursk y ocho más al sur de Caryeva.
Zoya se desplomó en la silla.
—¿Tantos?
Los shu habían utilizado sus provisiones de jurda parem para desarrollar una
nueva clase de guerrero: soldados modificados por Hacedores Grisha, perfeccionados

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para aumentar su fuerza y dotados de alas, puños sólidos como rocas, huesos
irrompibles y sentidos aguzados. Los llamaban khergud.
—Cuéntale el resto —dijo Nadia.
Zoya clavó su mirada en Tamar.
—¿Hay más?
—Estamos en Ravka —dijo Tamar—. Los Grisha de Sikursk viajaban de
incógnito. O los shu conocían la misión…
—O Nina estaba en lo cierto y es verdad que estos nuevos soldados pueden
detectar a los Grisha —concluyó Nadia.
—Nina nos lo advirtió —dijo Tamar.
—Sí, ¿verdad? —dijo Zoya con rencor—. Pues qué suerte que nuestro buen rey
decidiera enviar a nuestra principal fuente de información sobre esos soldados shu a
miles de kilómetros de aquí.
—Era el momento —dijo Tamar—. Nina estaba perdida en su dolor. Le vendrá
bien sentirse útil.
—Será un consuelo para ella cuando la capturen y la ejecuten —replicó Zoya. Se
pellizcó el puente de la nariz—. Los shu nos están tanteando, ponen a prueba nuestras
fronteras. Tenemos que responder.
—¿Cómo? —preguntó Nadia—. ¿Con una queja enérgica?
—Estaría bien poder atacarles en su propio territorio —dijo Tamar—. Pero de
momento mis fuentes no han descubierto en qué lugares crean y entrenan a los
soldados khergud.
A Zoya se le hizo un nudo en el estómago al pensar en aquellas bases, en los
«voluntarios» Grisha que los shu habían vuelto adictos a la parem para que crearan a
aquellas monstruosidades. Cogió otro documento.
—¿Son las disecciones? —preguntó. Tamar asintió. En Ketterdam se habían
recuperado los cadáveres de dos soldados khergud, que habían sido llevados al
Pequeño Palacio para su estudio. Tolya había protestado: argumentó que no estaba
bien «profanar» el cuerpo de un soldado caído. Pero Zoya no tenía paciencia para
esas zarandajas; su pueblo estaba siendo secuestrado dentro de sus propias fronteras .
Este metal —dijo Zoya, señalando las notas que había tomado David en el margen de
uno de los detallados dibujos anatómicos de los Corporalki—. El que usan para
revestir los huesos. No es solo acero Grisha.
—Es una aleación —dijo Nadia—. Combinan acero Grisha con rutenio. Es menos
maleable, pero más resistente.
—Nunca había oído hablar de él.
—Es muy poco común. Solamente hay un puñado de yacimientos en todo el
mundo.
Tamar se inclinó hacia delante.
—Pero de alguna parte lo estarán sacando los shu.
Zoya clavó el dedo en el documento.

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—Localizad la fuente. Rastread los cargamentos. Así descubriremos dónde están
creando a los khergud.
Tamar deslizó los pulgares por sus hachas.
—Cuando lo sepamos, yo lideraré el ataque.
Zoya asintió.
—Y yo estaré a tu lado.
Nadia sonrió.
—Y yo vigilaré la retaguardia.
Zoya esperaba que fuera pronto. Se moría de ganas de pelear. Miró de reojo el
reloj de la repisa. Era hora de despertar al rey.
Una fría niebla se había posado sobre la zona durante la noche, cubriendo los
árboles y los caminos de piedra con un velo de nubes. Zoya atravesó el bosque, bajo
un intrincado toldo de ramas. Cuando llegara la primavera se teñirían de blanco, de
rosa y finalmente de rojo sangre, pero de momento eran una masa de madera grisácea
y espinas. Salió al jardín de setos podados y amplios campos de césped que rodeaba
el Gran Palacio; las lámparas emitían un halo de luz mortecina en los terrenos todavía
oscuros. El palacio parecía una novia antes de su boda, con sus terrazas de piedra
blanca y sus estatuas doradas envueltas en bruma. Aquella hora blanda y gris justo
antes del amanecer debería haberle resultado apacible, pero solamente podía pensar
en los khergud, en los zemeni, en los fjerdanos, en los kerch.
Todos los días trabajaba con los nuevos reclutas en el Pequeño Palacio y
gestionaba los asuntos del Segundo Ejército. Sus filas se habían engrosado desde que
ella había tomado el mando; se recuperaba lentamente de las heridas infligidas por el
Oscuro, heridas que habían estado a punto de resultar mortales. «¿Cómo pudo
hacerlo?» Todavía se lo preguntaba. El Oscuro había ido aumentando la fuerza del
Segundo Ejército durante generaciones, incrementando su número, mejorando su
formación, consolidando su propia influencia. Había cultivado los talentos de los
Grisha más jóvenes, y les había ayudado a desarrollar sus habilidades. Los había
criado como si fueran hijos suyos. Y cuando sus hijos le desobedecieron… cuando su
golpe de Estado fracasó y algunos Grisha osaron oponerse a él y pasarse al bando de
Alina Starkov… los había asesinado. Sin titubeos ni remordimientos. Zoya los había
visto caer. De hecho, ella misma había estado a punto de morir.
«A punto», se dijo mientras subía los escalones del palacio. «Pero sobreviví para
terminar liderando el ejército que él construyó y que casi destruyó.» Zoya había
jurado que el Segundo Ejército volvería a ser un adversario a tener en cuenta. Se
había adentrado en los límites de Fjerda y Shu Han, había explorado las costas de la
Isla Errante y las fronteras de Novyi Zem, en busca de Grisha que quisieran aprender
a luchar y jurar lealtad a Ravka. Estaba decidida a aprovechar ese desarrollo, a reunir
una fuerza aún mayor que la que había llegado a tener el Oscuro. Pero eso no sería
suficiente. Pretendía encontrar el modo de proteger a los Grisha de todo el mundo,
para que nadie volviera a vivir con miedo ni a ocultar sus dones: una junta con

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representantes de todas las naciones que exigieran responsabilidades a sus respectivos
países, la garantía de sus derechos y también la aplicación de castigos para quienes
intentaran encarcelar o dañar a su gente. Para que ese sueño llegara a ser algo más
que una bonita fantasía, Ravka tendría que ser fuerte… y su rey también.
Mientras Zoya recorría los salones del Gran Palacio hasta la alcoba de Nikolai,
fulminó con la mirada a dos sirvientas que merodeaban cerca de la puerta; las dos se
pegaron a la pared como dos anémonas asustadas.
Zoya sabía que suspiraban por su pobre rey. «No ha vuelto a ser el mismo desde
la guerra», susurraban, perdiendo el sentido y secándose los ojitos cada vez que él
andaba cerca. No podía reprochárselo: Nikolai era rico, apuesto y estaba atormentado
por su trágico pasado; la fantasía perfecta de cualquier chica romántica y soñadora.
Pero, con la suerte que tenía Zoya, seguramente el rey ignoraría a todas las candidatas
que encontrara ella, se enamoraría de alguna criada e insistiría en casarse por amor.
Era muy propenso a esa clase de sandeces románticas y obstinadas.
Saludó a Tolya, tocó la campana para que trajeran la bandeja del desayuno, entró
en la alcoba del rey y abrió las cortinas de par en par. La luz matinal era tenue y
rosada.
Nikolai, hundido entre sus almohadas, le lanzó una mirada asesina.
—Llegas tarde.
—Y tú estás encadenado a una cama. No es el mejor momento para meterte
conmigo.
—Es demasiado temprano para amenazar a un rey —rezongó él.
Ella se sentó a su lado y empezó a desencadenarlo.
—Me siento especialmente homicida cuando tengo el estómago vacío.
Zoya agradecía la conversación. Era trivial, pero llenaba el silencio de la
habitación. Se habían readaptado a aquella sencilla rutina después del desastre que
casi había sucedido en Ivets, pero nunca lograba acostumbrarse del todo a aquella
intimidad: la quietud del alba, las sábanas arrebujadas y el cabello revuelto de
Nikolai, cuyo aspecto no era tanto el de un rey como el de un muchacho que
necesitaba urgentemente un beso.
«Entretenme con alegres historias de tu infancia», le había dicho. Zoya tenía sus
dudas de que al rey le divirtieran sus historias. «¿Debería hablarte del viejo con el
que mi madre quiso casarme cuando tenía nueve años? ¿Debería hablarte de lo que
pasó el día de mi boda? ¿De lo que intentaron hacerme? ¿De la destrucción que dejé a
mi paso?»
Zoya terminó de liberar a Nikolai de sus ataduras, procurando rozar lo menos
posible su piel todavía cálida por el sueño, y dejó a solas al rey para que se lavara y
se vistiera.
Un momento después llamaron a la puerta de la sala de estar y entró un criado
con té caliente y una bandeja de platos tapados. Zoya reparó en la mirada furtiva que
le dirigió el sirviente mientras se marchaba apresuradamente. Tal vez lo mejor sería

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rendirse al rumor de que Zoya era la amante de Nikolai y dejar que la gente
chismorreara. Al menos así podría evitarse el paseíllo antelucano desde el Pequeño
Palacio y levantarse más tarde.
Nikolai entró con parsimonia en la sala de estar; llevaba el cabello dorado
cuidadosamente peinado, las botas lustradas y un atuendo tan impecable como
siempre.
—Parece que has descansado bien —dijo Zoya mordazmente.
—Apenas he dormido y me he despertado con un calambre en la espalda; me
siento como si Tolya hubiera estado jugando al tenis con mi espinazo. Pero un rey no
camina encorvado, mi querida Zoya. ¿Te estás comiendo mis arenques?
Zoya engulló el último bocado.
—No, ya me los he comido. Y ahora…
Antes de que Zoya pudiera empezar a abordar los asuntos de la jornada, la puerta
se abrió de par en par y entró Tamar, seguida de su hermano; sus ojos dorados
centelleaban. Ambos iban armados de la cabeza a los pies.
—Decidme —dijo Nikolai, sin rastro ya de su actitud despreocupada.
—Hay problemas con los peregrinos acampados junto a las murallas de la ciudad.
Al Apparat no le gusta el mensaje de esta nueva secta. Ha enviado a la guardia
sacerdotal a la parte baja de la ciudad.
Zoya se puso en pie al instante. La función del Apparat era aconsejar al rey en los
asuntos del espíritu, pero el tipo era un traidor y un agitador de tomo y lomo.
Nikolai bebió un rápido sorbo de té y se puso de pie.
—¿Los nuestros están en posición?
Tolya asintió.
—Tenemos Mortificadores de incógnito entre la multitud y francotiradores
apostados en las murallas y en la ladera más cercana. Pero no hay demasiada
cobertura.
—¿Sabías que esto iba a pasar? —le preguntó Zoya a Nikolai mientras los seguía
a él y a los gemelos por los pasillos del palacio.
—Tenía una corazonada.
—¿Y no has hecho nada para impedírselo?
—¿Qué iba a hacer? —dijo Nikolai—. ¿Encerrarlo en la capilla?
—No es tan mala idea. No tiene autoridad.
—Pero tiene recursos, y sabe que no lo desafiaré abiertamente con tropas
armadas.
Zoya frunció el ceño.
—La guardia sacerdotal debería haber sido disuelta hace mucho. —Eran monjes
guerreros, eruditos a la vez que soldados, y era innegable que juraban lealtad al
Apparat, no a su rey.
—Por desgracia, eso habría causado disturbios entre el pueblo, y no soy muy
aficionado a los disturbios. A menos que incluyan bailes, pero creo que esos se suelen

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llamar «fiestas». ¿Qué clase de fiesta tenemos entre manos, Tamar?
—Nuestros agentes interactúan con los peregrinos todos los días y nos envían
informes. Por lo general, son pacíficos. Pero esta mañana uno de sus predicadores los
ha estado soliviantando, y seguramente al Apparat no le haya gustado lo que ha oído.
Los soldados del rey aguardaban junto a la fuente del águila bicéfala; detrás había
varios caballos sin jinete.
—Ningún soldado uniformado ha de cruzar la muralla inferior sin mi permiso
expreso —ordenó Nikolai—. Y la misión de los Grisha es solamente contener a la
multitud, a menos que yo dé la señal. Mantened a los francotiradores en posición,
pero que nadie actúe sin una orden directa mía, ¿entendido?
El rey tenía derecho a comandar a sus fuerzas como creyera conveniente, y Zoya
confiaba en que los gemelos hicieran el mejor uso posible de sus Mortificadores para
proteger a la corona, pero aun así el temperamento de Zoya se encendió por haberse
visto empujados a esa situación. A Nikolai le gustaba demasiado hacer concesiones.
El Apparat había traicionado a cuantos habían sido lo bastante necios como para
confiar en él. Era una serpiente, y si de Zoya hubiera dependido, él y sus lacayos de
la guardia sacerdotal habrían tenido solamente dos opciones tras la guerra civil: la
ejecución o el exilio.
Montaron a caballo; se dirigían ya a las puertas cuando Nikolai dijo:
—Te necesito calmada, Zoya. Al Apparat no le gusta el Triunvirato Grisha…
—Qué pena me da.
—Y no nos ayudará que te muestres abiertamente hostil. Sé que no estás de
acuerdo en que hayamos permitido que el sacerdote permanezca en la capital.
—Qué va, prefiero que esté aquí. Si puede ser, disecado y colgado sobre mi
chimenea.
—Sin duda sería fantástico como tema de conversación en las fiestas, pero no
podemos permitirnos convertirlo en un mártir. Tiene demasiada influencia sobre el
pueblo.
Zoya apretó los dientes.
—Es un embustero y un traidor. Jugó un papel fundamental en el derrocamiento
de tu padre. Intentó encerrarnos bajo tierra a Alina y a mí. Nunca te prestó apoyo
durante la guerra.
—Todo eso es verdad. Si alguna vez necesito prepararme un examen de Historia,
ya sé a quién acudir.
¿Por qué no la escuchaba?
—El sacerdote es peligroso, Nikolai.
—Es más peligroso si no vemos lo que hace. Su red es muy extensa, y su
influencia sobre la gente no se puede combatir directamente.
Cruzaron las puertas y salieron a las calles de la parte alta de la ciudad.
—Deberíamos haberlo juzgado después de la guerra—dijo Zoya—. Para hacer
públicos sus crímenes.

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—¿De verdad crees que eso habría importado? Aunque la mismísima Alina
Starkov surgiera de la Sombra envuelta en luz solar y lo denunciara, el Apparat se las
arreglaría para sobrevivir. Ese es su don. Y ahora quiero ver tu expresión de
devoción, Zoya. Eres una hereje encantadora, pero necesito que parezcas más piadosa
que nunca.
Las facciones de Zoya formaron una máscara de tranquilidad, pero la perspectiva
de vérselas con el Apparat siempre la dejaba debatiéndose entre la rabia y la
frustración.
Nikolai había reconstruido la capilla real en los terrenos del palacio después de la
guerra, y había dejado que el propio Apparat la consagrara, en un gesto de
reconciliación. Allí había sido coronado Nikolai; allí le habían ceñido la frente con la
corona de los Lantsov y le habían puesto sobre los hombros la piel de oso de Sankt
Grigori, supuestamente sagrada aunque devorada por las polillas. Los paneles
trípticos pintados de los Santos se recuperaron de entre los escombros, se restauraron
y se bruñeron sus halos dorados: Ilya el Encadenado, Lizabeta de las Rosas. Alina
había pasado a engrosar sus filas, con su cabello blanco y su collar de astas, de
manera que ahora catorce Santos custodiaban el altar, dispuestos como un
imperturbable coro.
Zoya apenas había aguantado toda la coronación. No podía dejar de pensar en la
noche en que la vieja capilla había caído, cuando el Oscuro había masacrado a la
mayor parte del Segundo Ejército, a los mismos Grisha a los que siempre había
prometido proteger. De no haber sido por Tolya y Tamar, la guerra habría terminado
esa misma noche. Y Zoya reconocía que las fuerzas del Apparat también habían
contribuido: los guerreros sagrados conocidos como los Soldat Sol, jóvenes
entregados a la adoración de la Santa del Sol, muchos de los cuales habían sido
bendecidos con su mismo poder durante la batalla final contra el Oscuro, en el
interior de la Sombra. Aquel pequeño milagro había consolidado el legado de Alina,
pero por desgracia también había aumentado el poder del Apparat. Era difícil no
sospechar que él había tenido algo que ver con el puente de hueso de Ivets y con la
avalancha de extraños sucesos que tenían lugar por toda Ravka.
Al atravesar el puente y adentrarse en las calles de la parte baja, Zoya empezó a
oír a la muchedumbre reunida al otro lado de las murallas dobles, pero solamente
pudo ver con claridad a los peregrinos cuando desmontaron y subieron al adarve. En
ese momento soltó un grito ahogado y el espanto la golpeó como una bofetada.
Aquellos no eran los peregrinos corrientes que cruzaban el país para rendir homenaje
a sus Santos; tampoco pertenecían al culto del sol que se había desarrollado en torno
a Alina Starkov, cuyos fieles solían congregarse frente a las murallas de palacio para
honrarla. Aquella gente vestía de negro, y sus estandartes lucían el blasón del eclipse
solar: el símbolo del Oscuro.
Habían venido a venerar al hombre que había destrozado la vida de Zoya.

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Un joven clérigo estaba encaramado a una roca. Llevaba el cabello largo y
desgreñado característico de la guardia sacerdotal, pero vestía de negro, no de
marrón. Era alto y huesudo; debía de tener poco más de veinte años.
—Nacemos en la oscuridad —predicaba ante la agitada muchedumbre— y a la
oscuridad regresaremos. ¿En qué otro lugar se igualan el rico y el pobre? ¿En qué
otro lugar se juzga a un hombre únicamente por la pureza de su alma?
—¿Qué majaderías son estas? —preguntó Zoya.
Nikolai suspiró.
—Es el culto del Santo sin estrellas.
—¿Veneran a…?
—Al Oscuro.
—¿Y cuántos seguidores tienen?
—No estamos seguros —dijo Tamar—. Se rumoreaba que había surgido una secta
nueva, pero nada como esto.
El Apparat había localizado al rey y se acercaba por el adarve. Zoya vio a la
guardia sacerdotal desplegada tras él, vestidos con túnicas que lucían el sol dorado de
Alina… y armados con rifles de repetición.
—Esto se pone cada vez mejor —murmuró Zoya.
—Majestad. —El Apparat hizo una profunda reverencia—. Me honra que hayáis
encontrado tiempo para prestarme vuestro apoyo. Os veo tan poco por la capilla que a
veces temo que se os haya olvidado cómo rezar.
—En absoluto —dijo Nikolai—. Es que no me gusta mucho arrodillarme. Te
destroza las articulaciones. Habéis traído hombres armados a las murallas de la
ciudad.
—Y ya veis por qué. ¿Habéis oído estas blasfemias? ¿Esta vil herejía? ¡Pretenden
que la Iglesia reconozca como Santo al Oscuro!
—¿Conocéis a ese nuevo clérigo? —dijo Zoya, luchando por mantener un tono de
voz civilizado—. ¿Era miembro de la guardia sacerdotal?
—Es el más abyecto de los traidores.
«Uno de los tuyos», pensó Zoya con inquina.
—¿Eso es un sí?
—Es un monje —confirmó Tamar—. Yuri Vedenen. Abandonó la guardia
sacerdotal hace un año. Mis fuentes desconocen el motivo.
—Ya hablaremos de los orígenes del muchacho en otro momento —dijo Nikolai
—. Si dejáis suelta a la guardia sacerdotal, os arriesgáis a provocar un baño de sangre
y a crear una nueva hornada de mártires. Eso no hará más que dar validez a su causa.
—No podéis pedirme que tolere esta herejía…
—Yo no pido nada —dijo Nikolai con voz gélida.
El rostro de Apparat, ya de por sí cetrino, palideció todavía más.
—Perdonadme, Majestad. Pero debéis comprender que este asunto no es cosa de
reyes. Es una batalla en la que está en juego el alma de Ravka.

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—Ordenad a vuestros hombres que bajen las armas, sacerdote. No permitiré que
haya más derramamiento de sangre en la capital. —Nikolai no esperó a que el
Apparat respondiera. Se dispuso a bajar de las murallas—. Abrid las puertas —
ordenó—. El rey va a salir.
—¿Seguro que es prudente? —murmuró Tamar—. He oído lo que se dice en ese
campamento. A estos peregrinos no les caes simpático.
—A lo mejor es que todavía no me conocen lo suficiente. Quédate cerca. Tolya,
tú asegúrate de que los guardias sacerdotales no se pongan creativos. Y procura
mantenerlos separados de mis soldados. No quiero que provoquemos otro disturbio.
—Voy contigo —dijo Zoya.
Nikolai la miró fijamente.
—Me encantan las decisiones temerarias, Zoya, pero se trata de un asunto
delicado. Vas a tener que morderte la lengua.
—Hasta que me empiece a sangrar. —Quería ver más de cerca a aquella gente
que dulcificaba la memoria del Oscuro. Quería recordar los rostros de todos ellos.
Se alzó la reja. Cuando el rey salió a caballo de la ciudad y se adentró en la
multitud, se fue haciendo el silencio. Aunque a los peregrinos pudiera no gustarles el
joven gobernante de Ravka, allí también había mucha gente que había acudido a la
capital por otros asuntos, para comerciar o visitar la parte baja de la ciudad. Para
ellos, Nikolai Lantsov no era únicamente un rey o un héroe de guerra. Era el hombre
que había restaurado el orden después del caos de la guerra civil, el que les había
regalado años de paz, el que les había prometido prosperidad y se esforzaba por
dársela. Se arrodillaron de inmediato.
—Re’b Ravka —exclamaban—. Korol Rezni. —Hijo de Ravka. El rey marcado.
Nikolai levantó la mano enguantada para saludarlos, con el rostro sereno y el
porte erguido, pasando del papel de comandante al de noble en un abrir y cerrar de
ojos.
Algunos de los peregrinos vestidos de negro se arrodillaron con el resto del
gentío, pero otros siguieron de pie, reunidos en torno a su enjuto profeta, que
permanecía erguido y desafiante sobre un saliente rocoso.
—¡Traidor! —exclamó mientras Nikolai se aproximaba—. ¡Impostor! ¡Ladrón!
¡Asesino! —Pero le temblaba la voz.
—Pues sí que he hecho cosas —dijo Nikolai. Se acercaron a caballo, obligando a
los peregrinos a abrirles paso hasta que el monje se quedó solo sobre su roca, cara a
cara con Nikolai.
«Puede que tenga incluso menos de veinte años», pensó Zoya. El estrecho pecho
del monje subía y bajaba velozmente. Tenía el rostro alargado y la piel pálida, salvo
por dos manchas rosadas en las mejillas que le daban aspecto de niño con fiebre. Sus
ojos eran de un melancólico color verde, muy poco acorde con el fervor que
reflejaban.
—¿Qué es eso que tiene en el mentón? —le susurró Zoya a Tamar.

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—Creo que intenta dejarse barba.
Zoya observó su rostro alargado.
—Tendría más suerte si intentara que le saliera un cuerno en medio de la frente.
El monje sacudió sus mangas negras, aleteando como un cuervo a punto de salir
volando.
—Decidle a vuestro falso sacerdote que haga lo correcto y reconozca como Santo
a Aquel sin estrellas.
—Me lo pensaré —dijo Nikolai en tono conciliador—. Pero primero quiero
pedirte que desayunes conmigo.
—¡No me dejaré seducir! ¡No me dejaré sobornar!
—Estupendo, pero ¿prefieres té o café? —Una risa nerviosa brotó de la multitud,
y la tensión reinante se redujo levemente.
El muchacho alzó las manos hacia los cielos.
—¡La era de los Santos ha llegado! ¡Las señales empiezan a aparecer, desde el
permafrost hasta las Sikurzoi! ¿Creéis que me persuadiréis con elocuencia y
zalamerías?
—No —dijo Nikolai tranquilamente, y desmontó. Zoya y Tamar se miraron entre
sí. Si lo que quería era provocar un enrevesado intento de asesinato, el plan del rey
estaba saliendo a la perfección—. ¿Puedo subir?
El joven monje parpadeó, perplejo.
—Su… supongo que sí.
Nikolai se aupó hasta la roca.
—No espero seducirte, sobornarte ni persuadirte con mi elocuencia, aunque
reconocerás que es arrolladora —dijo, en voz tan baja que solamente el monje, Zoya
y Tamar pudieron oírlo—. Pero a lo mejor te persuade ese francotirador que está
apostado en lo alto de aquel cerro. ¿Lo ves? Es un lugar excelente para un picnic. Y
tiene orden de reventarte la cabeza como un melón si levanto la mano derecha. —
Nikolai hizo ademán de levantar la mano y el muchacho se encogió, pero el rey se
limitó a recolocarse las solapas del abrigo.
—Gustosamente sería un mártir de…
—No serás ningún mártir… Yuri, ¿verdad? Serás un error. Esa bala me rozará el
hombro y me aseguraré de caer al suelo con mucho dramatismo. El tirador confesará
ser un asesino que pretendía matar al rey Lantsov. Puede que incluso afirme ser leal a
la causa del Santo sin estrellas.
—Pero eso… es ridículo —balbuceó el monje.
—¿Y no es más ridículo que el rey de Ravka se interponga en la trayectoria de la
bala de un francotirador solo para librar al reino de un agitador? Esa, amigo mío, sí
que es una historia digna de contar. —Nikolai le tendió la mano—. Ven a desayunar
conmigo. Mi cocinero prepara un lomo de cerdo maravilloso.
—No como carne.
—Claro, cómo no —dijo Zoya—. Te opones a matar animales, pero no personas.

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—El Oscuro…
—Ahórrate tus sermones —siseó ella—. Mi lealtad al rey es lo único que me
impide sacarte el aire del pecho y aplastarte los pulmones como si fueran dos
calabazas huecas.
—La he visto hacerlo otras veces —dijo Nikolai—. Produce un ruido muy
curioso.
—¿Como un «plop»? —dijo Tamar.
—No, más húmedo—dijo Nikolai—. Más bien un «chof».
—Iré —dijo el monje—. Pero si no regreso sano y salvo con mis seguidores, se
derramará sangre en las calles. Se…
—Por favor, déjame hacerlo —dijo Zoya—. Nadie lo echará de menos.
—No digas tonterías —dijo Nikolai—. Tendrá madre, ¿verdad, Yuri? Una buena
mujer. ¿Vive en Valchenko?
Yuri se llevó la mano al pecho como si el rey acabara de golpearle. Por lo visto,
los espías de Tamar habían obtenido mucha información sobre el muchacho.
—Ya lo sé —dijo Nikolai a la vez que le daba un par de palmadas al hombro del
monje—. Es desconcertante darse cuenta de que estás jugando con más vidas que la
tuya. ¿Vamos, pues?
Yuri asintió y Nikolai se volvió hacia la muchedumbre.
—Vamos a reunirnos —anunció con voz atronadora—. Vamos a parlamentar. —
Se encogió de hombros—. Tal vez discutamos un poco. Pero a los ravkanos no nos
hace falta estar de acuerdo más que en una cosa: beber té.
Una oleada de carcajadas se extendió entre la gente, todavía arrodillada pero
agradecida, aliviada. Tamar le prestó su caballo al monje y cruzaron las puertas de
nuevo.
Una vez dentro, el Apparat se apresuró a recibirlos, flanqueado por los guardias
sacerdotales.
—Nosotros nos ocuparemos de él. Tengo muchas preguntas para este hereje…
—Yuri Vedenen es mi invitado —dijo Nikolai en tono cordial.
—Insisto en estar presente durante su interrogatorio.
—Curiosa manera de llamar al desayuno.
—No es posible que pretendáis…
—Tolya —dijo Nikolai—, lleva a nuestro invitado a la suite Iris y asegúrate de
que lo alimenten y abreven adecuadamente. Yo iré enseguida. —Esperaron a que el
monje y su escolta se marcharan. Estaba claro que el Apparat se moría de ganas de
hablar, pero antes de que pudiera abrir la boca, Nikolai bajó de su caballo—.
Sacerdote —dijo, esta vez con el tono grave y airado de una cólera apenas contenida
—, no creáis que no puedo cambiar de opinión aunque os haya dejado vivir hasta
ahora. Uno siempre puede tener un accidente, incluso siendo un hombre de fe.
—Perdonadme, Majestad. Pero… no se puede confiar en una criatura como esa.

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—Seguid hablando, por favor —dijo Zoya—. Quiero comprobar si un hombre
puede morir de exceso de ironía.
—¿Por qué ese monje abandonó la guardia sacerdotal? —preguntó Nikolai.
—Lo ignoro —admitió el Apparat—. Era un erudito, un buen erudito. De los
mejores. Sus teorías eran poco ortodoxas, pero brillantes. Y entonces, hace un año, se
desvaneció sin dar explicaciones… hasta que reapareció delante de nuestras puertas,
predicando esa absurda doctrina.
—¿Sabemos dónde se originó la secta?
—No —dijo el Apparat, suspirando—. Pero creo que era inevitable que la gente
quisiera convertir al Oscuro en Santo.
—¿Por qué? —dijo Zoya—. El pueblo llano no sentía amor por él.
—En vida no. Pero después de muerto, un hombre puede convertirse en cualquier
cosa. Poseía un enorme poder y su muerte fue grandiosa. A veces no se necesita nada
más.
«No debería ser así, después de todo lo que hizo.»
—Muy bien —dijo Nikolai—. Concederé una audiencia al monje, y veremos qué
tiene que decirnos.
Los ojos del Apparat se salieron de sus órbitas de un modo casi cómico.
—¡No es posible que pretendáis hablar con él, otorgar semejante credibilidad a su
causa! ¡Es de una imprudencia supina!
Aunque Zoya estaba bastante de acuerdo con el sacerdote, tuvo ganas de agarrarlo
por su mugrienta túnica y zarandearlo hasta que reconociera que estaba hablándole a
su rey, no a un suplicante cualquiera. Tampoco es que ella fuera especialmente
respetuosa con Nikolai, pero era cuestión de principios.
Nikolai permaneció sereno, sin rastro de ira.
—Tranquilizaos, sacerdote. No tengo intención de permitir que se proclame como
Santo al Oscuro. Pero si existe la posibilidad de convertir a ese muchacho en un
amigo, debemos aprovecharla, y entretanto pretendo sonsacarle toda la información
que pueda.
—Mis seguidores no lo aprobarán —dijo el Apparat con fingida aflicción—. Yo,
desde luego, comprendo que la diplomacia es necesaria, pero es posible que ellos
teman que su rey se corrompa espiritualmente.
—Eso sería una verdadera tragedia. Tal vez exista un modo de aplacarlos y de
compensaros por este día tan complicado.
El Apparat enfureció.
—Los Santos no necesitan oro.
Nikolai fingió escandalizarse.
—Ni se me ocurriría semejante vulgaridad.
—Aunque… —dijo el Apparat, reflexionando con afectación—. Ulyosk y
Ryevost necesitan iglesias nuevas. La gente tiene que saber que su rey comparte su
misma fe, y un gesto así ayudaría a fortalecer su fe en el monarca.

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Tras pensarlo un momento, Nikolai asintió.
—Tendréis vuestras iglesias.
—Las iglesias pertenecen a los Santos, Majestad.
—En ese caso, hacedme el favor de informar a los Santos.
—¿Por qué se inclina un rey ante un hombre sin título con tanta facilidad? —
preguntó Zoya mientras se alejaban a caballo. Había prometido morderse la lengua, y
lo había hecho, pero su temperamento bullía—. Estás ayudando al Apparat a extender
su red de espías. Lo estás fortaleciendo.
—Tarde o temprano podrías plantearte dejar de tratarme como si fuera bobo. Fíate
de mí, Zoya. A lo mejor te acostumbras y te termina gustando.
—Eso mismo me dijo Tamar de la absenta.
—¿Y bien?
—Me sigue sabiendo a azúcar mojado en queroseno.
Zoya miró por encima del hombro al sacerdote, que los vigilaba desde las puertas
de la ciudad con los ojos tan oscuros como dos pozos. Nikolai podía bromear cuanto
quisiera, pero cada concesión al Apparat le parecía un error. El viejo rey, el Oscuro,
Alina Starkov… todos ellos habían hecho tratos con el sacerdote, y todos ellos lo
habían terminado pagando con sangre.

Zoya pasó el resto de la jornada supervisando a un nuevo escuadrón de Vendavales y


enviando despachos a los puestos fronterizos del sur. Esperaba que las fuerzas Grisha
allí establecidas pudieran defenderse ante un posible ataque de los shu. Cenó en la
sala de la Cúpula Dorada con Genya y David, escuchando con un oído los planes de
Genya para el recibimiento de los huéspedes internacionales mientras hojeaba un
resumen del trabajo de David con Kuwei Yul-Bo. El joven Inferni estaba sentado en
una mesa, rodeado de otros jóvenes Grisha. Su difunto padre había sido el creador de
la parem, y Kuwei había hecho todo lo posible por compartir sus conocimientos al
respecto con David y los demás Hacedores que intentaban alterar los adictivos
efectos secundarios de la droga. Pero era mejor soldado que científico. Aunque
Genya había alterado ligeramente sus rasgos, el talento de Kuwei como Inferni era su
mejor disfraz; nadie en Shu Han conocía sus habilidades. Había escogido un nuevo
nombre al llegar al Pequeño Palacio: Nhaban. Significaba «fénix renacido» en shu.
La presunción del muchacho rivalizaba con su talento.
Después de cenar, Zoya todavía pudo trabajar una hora más antes de volver al
Gran Palacio para encerrar a Nikolai; hecho esto, se retiró por fin a sus habitaciones,
las mismas que antaño habían pertenecido al Oscuro. Genya y David las habían
rechazado al asumir sus responsabilidades en el Triunvirato, pero Zoya había
ocupado gustosamente aquellos espaciosos aposentos. Estaba encantada de apropiarse
de cualquier cosa que antes hubiera sido del Oscuro, y ella había sido la primera en

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blandir el martillo cuando hubo que echar abajo el mobiliario antiguo y redecorar la
estancia a su gusto. Aunque en realidad había sido un simple gesto: no estaba
dispuesta a que se le encallecieran las manos y había dejado el trabajo duro a los
albañiles. Habían hecho falta muchos meses y un considerable esfuerzo por parte de
los Hacedores para que la habitación fuera del agrado de Zoya, pero ahora el techo
abovedado mostraba un cielo nublado, y las paredes habían sido tratadas de forma
que se asemejaran a un mar azotado por una tormenta. Poca gente se fijaba en el
barquito pintado en una de las seis esquinas, o en la bandera con dos diminutas
estrellas que ondeaba en su mástil. Y los pocos que lo hacían no habrían comprendido
su significado.
Zoya se lavó y se desvistió para acostarse. Tiempo atrás, era capaz de dormir a
pierna suelta bajo las bóvedas del Pequeño Palacio, pero eso había sido antes del
golpe de Estado del Oscuro. Este había hecho añicos su convicción de que nada podía
dañar aquel lugar, aquel hogar que antes había sido su refugio. Desde entonces su
sueño era muy ligero, así que se despertó al instante en cuanto oyó que llamaban a la
puerta de su alcoba.
«El monje», pensó. «Ya sabía yo que no deberíamos haberle dejado entrar en
palacio.»
Pero en cuanto Zoya descorrió el cerrojo y abrió la puerta, Tamar dijo:
—Nikolai se ha escapado.
—Imposible —protestó Zoya, aunque ya estaba buscando sus botas.
Tamar alzó las cejas mientras Zoya se echaba un abrigo por encima del camisón,
cuyas hebras de seda plateada destellaban como relámpagos en una tormenta cuando
la luz de la lámpara se reflejaba en la etérea tela.
—¿Para quién te has vestido esta noche? —preguntó.
—Para mí misma —le espetó Zoya—. ¿Sabemos adonde vamos?
—Tolya lo ha visto volando hacia Balakirev.
—¿Alguien más lo ha visto?
—Creo que no. Nadie ha dado la voz de alarma. Pero no podemos saberlo con
seguridad. Tenemos suerte de que no haya ocurrido en verano.
Cuando el sol nunca terminaba de ponerse del todo y cualquiera habría podido ver
un monstruo surcando los cielos.
—¿Cómo es posible? —preguntó Zoya mientras pulsaba un panel de la pared y
este se deslizaba para dejar al descubierto un largo tramo de escaleras. Al renovar sus
aposentos, había mandado excavar un túnel que los conectara con la red de pasadizos
subterráneos de Os Alta—. Esas cadenas están reforzadas con acero Grisha. Si se ha
vuelto más fuerte…
—No estaban rotas —dijo Tamar a sus espaldas—. Las cerraduras estaban
abiertas.
Zoya tropezó y estuvo a punto de caer rodando escaleras abajo. «¿Abiertas?»
Entonces, ¿alguien conocía el secreto de Nikolai? ¿Alguien intentaba sabotear sus

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esfuerzos por guardarlo? Las consecuencias eran abrumadoras.
Un largo rato después, entraban en el sótano del convento de Sankta Lizabeta.
Tolya las esperaba en los jardines con tres caballos.
—Explícamelo —dijo Zoya mientras Tamar y ella montaban.
—Oí ruido de cristales rotos —contestó Tolya—. Cuando entré corriendo, vi al
rey encaramado al marco de la ventana y echando a volar. Nadie había entrado ni
salido por la puerta.
«Maldición.» Entonces, ¿el monstruo había encontrado una forma de abrir las
cerraduras sin ayuda? Zoya espoleó a su caballo y salió al galope. Tenía un millar de
preguntas, pero ya habría tiempo de averiguar cómo había escapado Nikolai una vez
lo hubieran atrapado.
Recorrieron a toda velocidad el puente y las calles de la zona inferior de la
ciudad. Tras hacer una seña a los guardias, cruzaron las puertas y las famosas
murallas dobles de Os Alta. ¿Cuánta ventaja les sacaba Nikolai? ¿Hasta dónde
llegaría? Era mejor para todos que se alejara de la ciudad, de cualquier zona
densamente poblada. Zoya buscó en las corrientes invisibles que flotaban a su
alrededor, más y más alto, rastreando la perturbación de Nikolai en el viento. Su
poder no solo detectaba su peso y su tamaño, sino también su impureza. Merzost.
Abominación. La mancha de algo monstruoso en su sangre.
—Todavía se dirige hacia el oeste —dijo, percibiendo su presencia a través de sus
sentidos—. Está en Balakirev. —Un paraje muy bonito. En épocas mejores, era uno
de los lugares que más visitaban los Grisha para montar en trineo y asistir a
festivales.
Frenaron a sus caballos al llegar a las afueras del pueblo, cuando las carreteras de
tierra dieron paso a los adoquines. Balakirev dormía; sus ventanas estaban oscuras y
sus casas en calma. Aquí y allá Zoya veía alguna lámpara encendida a través de los
cristales: una madre que atendía a un niño consentido, un tendero que trabajaba hasta
la madrugada. Concentró su atención en los cielos e indicó por señas a los gemelos
que continuaran. Nikolai avanzaba hacia el centro del pueblo.
La plaza mayor estaba en silencio; allí estaban el juzgado, el ayuntamiento y las
majestuosas oficinas del gobernador local. Unos senderos de piedra arrancaban desde
una gran fuente, donde Zoya sabía que las mujeres acudían a lavar la ropa. En su
centro se elevaba una estatua de Sankt Juris, que atravesaba con su lanza el corazón
de un gran dragón desde cuyas alas caía una cascada de agua. Zoya detestaba aquella
historia en particular. Juris, el gran guerrero, le parecía un bravucón.
—Al tejado —susurró, señalando el ayuntamiento—. Yo vigilaré el perímetro.
Tamar y Tolya bajaron sigilosamente de sus caballos, grilletes en mano, y
desaparecieron dentro del edificio. Si Nikolai salía volando, Zoya intentaría
derribarlo o al menos seguirlo. Pero se acercaba el alba. Tenían que actuar con
rapidez.

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Esperó entre las sombras, con los ojos fijos en los chapiteles del ayuntamiento. La
noche estaba demasiado en calma. Zoya tenía la desagradable sensación de que
alguien la vigilaba, pero las tiendas y los edificios que bordeaban la plaza no
mostraban signos de vida. La silueta del tejado del ayuntamiento pareció cambiar de
forma. Una sombra salió despedida del tejado; sus alas desplegadas se recortaban
contra el cielo nocturno. Zoya levantó las manos y se dispuso a derribar a Nikolai,
pero este describió un círculo y volvió a posarse en la alta aguja del campanario de la
iglesia.
—Maldición.
Cuando Tolya y Tamar terminaran de subir las escaleras del ayuntamiento,
descubrirían que su presa había escapado. Y si Zoya intentaba subir por la iglesia, era
muy posible que Nikolai diera otro brinco y desapareciera antes de que ella llegara a
lo alto. El cielo ya se teñía de gris, y si Nikolai se adentraba en la campiña
seguramente nunca lo atraparían. No había tiempo para titubeos.
Observó los huecos abiertos en las paredes de piedra del campanario. Nunca, ni
siquiera con la ayuda de su amplificador, había logrado mantener el control necesario
para volar. Solamente los Grisha alterados por los efectos de la jurda parem podían
realizar esa hazaña.
—Esto me va a doler—murmuró, y empezó a rotar ambas manos en estrechos
círculos, invocando a las corrientes, antes de trazar un arco con los brazos. La ráfaga
de viento la golpeó desde atrás y la lanzó hacia arriba. Le hizo falta toda su fuerza de
voluntad para resistir el impulso de agitar los brazos frenéticamente; tenía que dejar
que el viento la siguiera elevando. Extendió una mano y la racha de viento la arrojó
hacia el hueco de la pared de piedra… con demasiada fuerza y velocidad. No había
tiempo para afinar la puntería.
Zoya se protegió la cabeza y el rostro y profirió un gruñido cuando su hombro se
estampó contra el borde de una columna. Cayó rodando por el suelo del campanario
sin la menor elegancia hasta quedar boca arriba. Intentó orientarse.
Allí , en lo alto, encaramado al alero, vio el destello de los ojos del monstruo en la
oscuridad. Apenas distinguía su silueta. Llevaba el pecho desnudo y los pantalones
rotos le colgaban de las caderas. Sus pies como garras arañaban las vigas de la torre.
Oyó un gruñido grave que pareció hacer temblar los tablones. Había algo distinto
esa noche. Él era distinto.
«Por los Santos», comprendió Zoya. «Tiene hambre.»
Las otras veces, Zoya había tardado más tiempo en encontrar a Nikolai, y siempre
lo había localizado cuando este ya se había alimentado. «Nunca ha matado a un
humano antes», se recordó a sí misma. «Que nosotros sepamos», matizó después.
Pero Zoya sospechaba, presentía que esa noche ella era la presa.
«Y un cuerno.»
Se puso en pie y soltó un siseo al notar el dolor palpitante del hombro. Se lo había
dislocado; tal vez incluso se lo hubiera partido. El dolor la recorría en una oleada que

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le revolvía el estómago. Tenía el brazo derecho inútil. Solo podría convocar al viento
con el izquierdo. Pero si Adrik podía hacerlo, ella también.
—Nikolai —dijo severamente.
El gruñido se interrumpió, pero después continuó, más grave y fuerte que antes.
El miedo empezó a extenderse por su estómago. ¿Así era como se sentía un
animalillo acorralado e indefenso en el bosque?
—¡Nikolai! —le espetó, sin dejar que el terror se reflejara en su voz. Sospechaba
que era muy mala idea dejar que supiera que tenía miedo—. Baja aquí.
El gruñido empezó a temblar y a resoplar. Casi parecía una carcajada.
Antes de que Zoya se diera cuenta de lo que iba a pasar, el monstruo se abalanzó
sobre ella.
Zoya extendió la mano y una ráfaga de viento golpeó a la criatura, pero su poder
solo tenía la mitad de fuerza que de costumbre. Repelió a la criatura y la hizo chocar
contra la pared, pero con muy poca energía.
Se dio cuenta de que el monstruo se estaba fijando en que estaba herida, débil.
Tomó aire profundamente y tensó los músculos. ¿Cuántas noches Zoya le había
impedido divertirse? ¿Cuánto tiempo había estado esperando una oportunidad de
hacerle daño? Necesitaba ayuda.
—¡Tolya! —exclamó—. ¡Tamar! —Pero ¿cómo iban a oírla a tanta distancia?
Zoya se fijó en la campana.
El monstruo atacó de nuevo. Ella se lanzó hacia la derecha y soltó un grito
cuando su hombro herido golpeó las tablas de madera, pero extendió el otro brazo
con toda la fuerza que pudo reunir, suplicando a la tormenta que respondiera a su
llamada. El viento atrapó la campana e hizo oscilar el gigantesco cuerpo de metal. El
badajo golpeó la campana con un estruendo metálico que le estremeció el cráneo e
hizo gruñir al monstruo. La campana sonó por segunda vez, aunque con mucha
menos potencia, antes de que frenaran sus oscilaciones.
Zoya estaba sudando y el dolor le oscurecía la visión. Se arrastró hacia la pared.
Nikolai… el monstruo… se iba acercando a ella, agazapado, sin que sus garras
hicieran el menor ruido sobre los tablones del suelo, desplazándose con movimientos
siniestros e inhumanos. Era Nikolai… y al mismo tiempo no lo era. Las líneas
elegantes de su rostro eran las mismas, pero sus ojos estaban negros como la tinta.
Las sombras de sus alas parecían palpitar y bullir.
—Nikolai—dijo Zoya de nuevo—. Si intentas devorarme, me voy a enfadar. Y ya
sabes cómo me pongo cuando me enfado.
Los labios del monstruo se retiraron para formar una sonrisa (no había otra
palabra para describirlo), y dejaron al descubierto unos colmillos afilados como
agujas, que refulgían como esquirlas de obsidiana.
Lo que la estaba acechando, fuera lo que fuera, no era su rey.
—Capitán —probó a decir—. Sturmhond. —Nada. Seguía aproximándose—.
Sobachka —dijo. «Cachorro», su apodo de cuando era niño. Zoya nunca lo había

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llamado así—. Basta ya.
Muy por debajo de ellos, le pareció oír un portazo. ¿Tolya? ¿Tamar? Poco
importaba. No llegarían a tiempo. Zoya podía invocar a los relámpagos, pero al no ser
capaz de controlar la corriente con ambos brazos, estaba segura de que lo mataría.
Volvió a levantar el brazo. La ráfaga de aire empujó a la criatura, pero esta hundió
las garras en el suelo de madera y se impulsó hacia delante, recogiendo las alas y
clavando su oscura mirada en ella.
El monstruo apartó de un zarpazo el brazo sano de Zoya, con tanta fuerza que le
pareció que también se lo había roto. El viento se detuvo y el monstruo extendió
completamente las alas.
Abrió la boca… y habló.
—Zoya.
Se estremeció. El monstruo no hablaba. No podía hablar. Pero lo que la había
asustado tanto no era la sorpresa de ver que los labios de la criatura articulaban
palabras. Aquella no era la voz de Nikolai; era suave, fría como el cristal… y le
resultaba familiar.
«No.» Era imposible. El miedo le estaba nublando la mente.
La criatura separó los labios. Sus dientes centellearon. La agarró por el cabello y
tiró de su cabeza hacia atrás. Zoya forcejeó. El monstruo iba a arrancarle la garganta
de una dentellada. Sus labios le rozaron la piel del cuello.
Un millar de pensamientos se agolparon en su mente. Debería haber traído un
arma. No debería haber confiado únicamente en su poder. No debería haber pensado
que no le daba miedo morir. No debería haber creído que Nikolai nunca le haría daño.
La puerta del campanario se abrió de golpe y apareció Tamar; Tolya iba justo
detrás. Las hachas de Tamar salieron volando. Una de ellas se clavó en el hombro de
la criatura, y la otra en la carne de una de sus alas. La criatura se volvió hacia ellos,
gruñendo, y Tolya extendió los brazos.
Zoya los observó, dividida entre el temor y la fascinación mientras las patas de la
criatura flojeaban. Profirió un gruñido y quedó en silencio mientras Tolya ralentizaba
su corazón y dejaba inconsciente al monstruo.
Zoya se levantó, sujetándose el brazo dislocado, y miró a la criatura desplomada
sobre las tablas del suelo. Sus garras desaparecían, sus venas oscuras se retraían y
palidecían, sus alas se disolvían en jirones de sombras. El rey de Ravka yacía en el
suelo del campanario; sangraba y tenía revuelto su cabello rubio. Parecía un niño.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Tamar.
—Sí —mintió Zoya.
«Zoya.» El sonido de su voz en aquel momento, suave como el cristal, ni humana
ni inhumana. ¿Quería eso decir que lo que habitaba en el interior del rey no era el
monstruo irracional que ellos creían? Su ansia no solamente se debía al hambre;
también a la venganza. ¿Nikolai había estado a punto de despertarse con el sabor de
la sangre de Zoya en sus labios?

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—Ya sabes lo que significa esto —dijo Tamar.
No eran capaces de controlarlo. El palacio ya no era un lugar seguro y Nikolai no
estaba a salvo en él. Y en aquel mismo momento, embajadores, dignatarios, nobles y
comerciantes acaudalados de todas partes estaban preparando sus mejores galas y
haciendo el equipaje para viajar a Os Alta… por no hablar de las princesas casaderas
y las aristócratas esperanzadas que los acompañarían.
—Hemos invitado a emisarios de todos los países para que presencien este horror
—dijo Tolya. Para que vieran cómo Nikolai se rendía a su sed de sangre; para que
fueran testigos de cómo un rey se volvía más monstruo que hombre.
Zoya había dado su vida por el Segundo Ejército, por el sueño de construir algo
mejor. Había creído que, si su país era lo bastante fuerte, el mundo podría ser un lugar
mejor para los suyos. Y ahora ese sueño se venía abajo. Zoya pensó en las historias
que le había contado Nina sobre la prisión de la Corte de Hielo. Pensó en los khergud
que surgían de los cielos para llevarse a los Grisha de sus propias tierras. Recordó los
cadáveres que atestaban el suelo del Pequeño Palacio la noche del ataque del Oscuro.
No dejaría que volviera a suceder. Se negaba a permitirlo.
Zoya tomó aire y se colocó bruscamente el hombro en su sitio, ignorando las
náuseas que acompañaron al dolor.
—Encontraremos una cura —dijo—. O Ravka caerá.

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—NO ME GUSTA DEJAR SOLA A LEONI —dijo Adrik; su
voz solemne se parecía al repique de una campana particularmente funesta—. En el
convento no derrochan simpatía, y además ella no habla su idioma.
Nina y Adrik habían salido del valle; arrastraban el trineo tras los caballos, y un
fuerte viento soplaba a sus espaldas. Nina cabalgaba a mujeriegas, con las pesadas
faldas recogidas bajo el cuerpo. Lo de montar nunca se le había dado demasiado bien,
y aquella concesión a las costumbres fjerdanas era uno de los elementos más
complicados de su falsa identidad.
A medida que se iban alejando del pueblo, los susurros de su cabeza crecían;
parecía que protestaran. Ahora que sabía que los muertos la habían traído hasta
Gäfvalle, el sonido parecía haberse vuelto más nítido; las voces agudas y dulces de
los perdidos tironeaban de sus pensamientos. Todavía no les había dicho nada a Adrik
y a Leoni sobre las tumbas de la fábrica. Su experiencia en la puerta este la había
dejado demasiado inquieta.
—Leoni estará bien —dijo Nina, devolviendo su atención a Adrik—. Sabe
cuidarse y pasar desapercibida. Además, mañana a medio día ya habremos regresado.
—Adrik no dijo nada y Nina añadió—: No vas a ganar puntos siendo blando con ella.
El frío había teñido de rosa la pecosa piel de Adrik, que ahora parecía un actor
malhumorado con las mejillas maquilladas antes de una actuación.
—Es una soldado bajo mi mando. Yo jamás cruzaría esa línea.
—Dejará de estar bajo tu mando cuando acabe la misión, Adrik, y es evidente que
le gustas.
—¿Ah, sí? —La noticia pareció dejarlo abatido. Nina no se dejó engañar.

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Ajustó las correas de su morral.
—Cosa que me extraña muchísimo.
—A ti también te caigo bien, Zenik. Debe de ser por mi talante risueño.
—Adrik, si tengo que elegir entre obedecer órdenes tuyas o de Zoya Nazyalensky,
siempre saldrás ganando tú.
El suspiro de Adrik se condensó en el aire frío.
—Antes estaba enamorado hasta las cejas de ella.
—¿Y quién no? Aunque te esté partiendo en dos con unas cuantas palabras bien
escogidas, solamente puedes pensar en lo guapa que está cuando lo hace.
—Es terrible —musitó Adrik—. Recuerdo que una vez un alumno suyo se
prendió su propio cabello porque estaba embobado mirando a Zoya. Ella ni se dignó a
mirarlo dos veces.
Nina miró a Adrik con un desdén casi teatral e, imitando la voz despectiva de
Zoya, dijo:
—Que alguien le eche un cubo de agua a este idiota antes de que incendie todo el
palacio.
Adrik se estremeció.
—Demasiado convincente. —Consultó su mapa a medida que se acercaban a un
cruce de caminos—. Zoya es muy atractiva —dijo mientras continuaba hacia el oeste
—. Pero no era solamente por eso. Ella fue la única que siguió tratándome igual
después de perder el brazo.
—¿Igual de horriblemente?
—No pudo haber mostrado mayor desprecio. Pero sus insultos eran mucho más
fáciles de soportar que las constantes atenciones de Nadia.
—Eso es lo que hacen las hermanas, supongo. Tú también te pusiste muy pesado
cuando todos regresamos de la Sombra.
En realidad, por entonces los dos eran unos niños. Nina era alumna de la escuela
Grisha cuando los evacuaron a todos al orfanato de Keramzin. Pero Adrik había
suplicado que le dejaran acompañar a su hermana para luchar junto a la Invocadora
del Sol. No había estado presente cuando el Oscuro había tomado como rehenes a
Nina y a los demás estudiantes.
—No estaba preocupado por vosotros —dijo Adrik—. ¿Te imaginas lo cansado
que habría sido vivir con la culpa si todos hubierais muerto y yo hubiera sido el único
que escapara de la escuela?
Nina se obligó a reír, pero ella lo sabía todo sobre la culpa. Solía preguntarse por
qué había sobrevivido a tantas cosas: la captura a manos de los drüskelle, el
naufragio, los delirantes planes de Kaz Brekker y él suplicio de la parem. Era la única
Grisha conocida que había sobrevivido a una dosis de la droga. ¿Cómo había sido
posible? ¿Se trataba de una cepa concreta de la jurda parem? ¿Había sido por su
deseo de sobrevivir para así fastidiar a Jarl Brum y sus cazadores de brujas? Azar,

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suerte, destino. No sabía cómo llamarlo. A veces le parecía que Matthias la había
mantenido en el mundo solo con su fuerza de voluntad.
«Te fallé, Matthias. Me faltó fuerza para salvarte.»
«Pajarillo rojo, día tras día escoges realizar el esfuerzo de vivir. Día tras día
escoges seguir adelante. No has fracasado, Nina.»
—Zoya es mejor líder de lo que esperaba —reconoció Adrik—. Aunque nunca se
lo diría a la cara.
—¿Te lo imaginas? Sería como pedirle que te dé un achuchón. La general Zoya
Nazyalensky no busca ni necesita nuestra aprobación.
Se quedaron en silencio mientras el sol se iba elevando por el cielo; el trineo
repiqueteaba por el suelo. Si nevaba tendrían que cambiarle los patines, pero con un
poco de suerte estarían de nuevo en Gäfvalle antes de que cambiara el tiempo. Como
comitiva fúnebre dejaban bastante que desear, y Nina no podía evitar pensar que
Matthias se merecía algo mejor, lleno de pompa y ceremonia, un funeral digno de un
héroe, aunque su gente lo considerara un traidor.
«Me han hecho para protegerte. Incluso en la muerte, encontraré la forma.»
Ahora su voz era demasiado nítida, demasiado fuerte. Porque aquel era su último
adiós. Porque una vez Matthias estuviera bajo tierra, ya solo le pertenecería a Djel.
Nina no estaba segura de ser capaz de hacerlo. No soportaba la idea de abandonar
su cuerpo en la fría tierra, en la oscuridad.
«Déjame ir con mi dios.»
Deseó que Inej estuviera a su lado, que el Espectro estuviera escondido en aquel
silencioso lugar. Nina echaba de menos su sosiego, su simpatía. Le estaba agradecida
a Adrik, pero él no había conocido a Matthias. Y en realidad tampoco conocía a Nina.
Ya no.
Cuando finalmente llegaron a la bifurcación del río, acamparon e instalaron una
sencilla tienda de lona forrada con pieles de animales para ahuyentar al frío.
Encendieron una hoguera, abrevaron a los caballos y se sentaron para tomar un poco
de té y bacalao salado, que Nina tragó por pura obligación. Si alguien pasaba por allí,
Adrik y Nina pensaban decir que iban de camino a Malsk para vender sus
mercancías. En el trineo llevaban numerosos cargadores de rifle. Pero Nina dudaba
que tuvieran que ofrecer explicación alguna. Aquel lugar, como buena parte de
Fjerda, estaba desolado y vacío; las aldeas eran como flores, brotes insólitos en mitad
de la nieve.
Adrik sacó una petaca de su bolsillo, vertió una pequeña cantidad de un líquido
negro en una taza de cobre y lo contempló con escepticismo.
—¿Qué es exactamente?
—Lo único que sé es que se destila a partir de la brea. Uno de los pescadores dijo
que venía bien para combatir el frío. —Bebió un sorbo y de inmediato empezó a toser
y a golpearse el pecho con el puño—. Por los Santos, qué asco.

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—A lo mejor lo que quería decir el pescador es que es venenoso, y que así ya no
hay que preocuparse por el frío.
—O a lo mejor es que les gusta vender porquerías a precio de oro a los turistas.
—Le ofreció la petaca, que Nina se apresuró a rechazar. Se quedaron sentados
durante un rato, contemplando el veloz movimiento de las aguas del río. Finalmente,
Adrik dijo—: No me has contado cómo murió.
Nina no sabía qué decir. No sabía si quería decir algo en absoluto. En Ravka, la
mayoría ignoraba los detalles de la subasta de Ketterdam, incluso los Grisha, y Nina
sospechaba que a Adrik no le haría demasiada gracia enterarse de que se había estado
juntando con una banda de delincuentes.
—En realidad no lo sé. Estábamos… trabajando juntos en Ketterdam. Lo más
difícil de la misión ya había pasado. Pensábamos que estábamos todos a salvo. Pero
entonces apareció Matthias, sangrando. Le habían disparado. —Había conseguido
llegar hasta ella, a pesar de su herida mortal. Para un último beso, un último adiós—.
Había drüskelle en la ciudad, y sin duda tenían motivos para querer ver muerto a
Matthias. Pero habían puesto precio a las cabezas de todos nosotros. Querían ver
correr nuestra sangre, y en las calles reinaba el caos más absoluto.
Todavía veía su camisa manchada de sangre, todavía sentía el tacto del vello de su
nuca en las puntas de los dedos. El cabello había empezado a crecerle otra vez,
abundante y dorado.
—No quiso decirme quién era el responsable —dijo. Matthias no había querido
cargar ese peso sobre los hombros de Nina. Sabía que su dolor la habría hecho atacar
a ciegas. Pero debería haber comprendido que la tristeza de su muerte la castigaría.
Nina había creído que su nueva misión trabajando con los Hringsa en Fjerda,
liberando a los Grisha, la ayudaría a librarse de su dolor y su culpa, pero no se sentía
mejor que al principio—. Y eso me devora por dentro.
—Conozco esa sensación. —Adrik bebió otro sorbo de la petaca y esbozó una
mueca—. La venganza era lo único que me movía al final de la guerra. Quería que el
Oscuro pagara por lo de mi brazo, por las vidas de mis amigos. Quería verlo muerto.
—Y tu deseo se cumplió.
—Pero mi brazo no volvió a crecer. Y ninguno de mis amigos resucitó.
—Yo podría ayudarte con eso —dijo Nina; sintió alivio al ver que Adrik soltaba
una carcajada seca y renuente. Algunos Grisha palidecían en cuanto se nombraba su
nuevo poder. Antaño había sido una Mortificadora, había notado el latido del mundo
palpitando al ritmo de su propio corazón. Pero la parem la había cambiado. Nina se
había sentido como una impostora, sentada bajo la cúpula dorada del Pequeño
Palacio, vestida con su kefta roja. Ya no era capaz de manipular a los vivos, de oír el
flujo de su sangre ni el canto de sus células. Pero los muertos acataban su voluntad…
y al parecer ella también acataba la suya. Al fin y al cabo, había venido a Gäfvalle.
Nina apuró su té. Notaba que Adrik estaba esperando. Había llegado el momento.
Tal vez, cuando dejara descansar a Matthias, desaparecería aquel peso de su corazón.

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Lo único que sabía era que no podía continuar así. Se levantó.
—Estoy lista —dijo, aunque sabía que no era verdad.
Salieron del campamento a caballo, siguiendo el cauce del río.
«Cuéntame una historia, Matthias.» Ahora necesitaba oírlo, saber que una parte
de él permanecería con ella. «Háblame de tu familia.»
«Háblame tú de la tuya, Nina. ¿Por qué nunca me hablaste de ella?»
Porque nunca la había conocido. Se había criado en un hogar para expósitos, no
muy distinto del orfanato de Keramzin. No había información alguna sobre los padres
de Nina; era una niña más que había aparecido allí sin documentos ni historia.
Keletchha, como solían decir: en la caja de la fruta. Le habían puesto el nombre de
una benefactora de la institución y la habían vestido con prendas donadas que
llegaban en grandes sacos, oliendo a los productos químicos en las que las hervían
para matar a los piojos.
«¿Eras desgraciada, Nina?»
«No, Matthias.»
«Ni siquiera entonces estaba eso en tu naturaleza.»
«Ahora sí», pensó. La chispa que había ardido en su interior no podía competir
con su dolor.
Pero por aquel entonces no había sido infeliz, a pesar de las tareas del hogar, las
aburridas lecciones y las comidas a base de repollo. Siempre había disfrutado de
bullicio, compañía y juegos. Se había designado a sí misma anfitriona oficial del
hogar: daba la bienvenida a los recién llegados, ayudaba a poner nombre a los bebés
y ofrecía su muñeca de trapo, Feodora, a cualquiera que necesitara una amiga durante
su primera noche en los dormitorios.
Además, el personal siempre la trataba con bondad. «Ven, pequeña Nina,
cuéntanos las noticias», decía Baba Inessa, y sentaba a Nina en un taburete de la
cocina, donde la niña mordisqueaba una corteza de pan y veía trabajar a las mujeres.
Nina tenía solo siete años cuando conoció a su primer déspota. Se llamaba
Tomek, y cambió por completo el hogar para expósitos. No era el más alto ni el más
fuerte; sencillamente era el más cruel, dispuesto a pegar y a morder incluso a los
huérfanos más pequeños. Si alguien tenía un juguete, él se lo rompía. Si un niño
dormía profundamente, él le pellizcaba para despertarlo. Cuando el personal andaba
cerca, era un dechado de buenos modales y sonrisas, pero en cuanto se marchaban, el
Tomek cruel regresaba.
Como si hubieran estado esperando la llegada de un líder, alrededor de Tomek se
fue fraguando un grupo de abusones: niños y niñas que siempre habían parecido
simpáticos… hasta que desarrollaron el gusto por las lágrimas ajenas. Nina hacía lo
que podía por evitarlos, pero parecía que Tomek olía su felicidad como si fuera el
humo de una chimenea.
Una mañana, justo después del banquete de Sankt Nikolai, Baba Inessa le dio una
naranja a Nina para que la compartiera con los demás niños. Nina les advirtió que

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guardaran silencio, pero todos empezaron a reírse y a chillar hasta que, cómo no,
Tomek se acercó a investigar y le arrebató la naranja de las manos.
«¡Devuélvemela!», le gritó Nina mientras Tomek clavaba los pulgares en la piel
cérea de la naranja. «¡Es para todos!»
Pero Tomek y sus amigos se burlaron de ella. «Tú ya estás bastante gorda», le
dijo y le dio un empujón tan fuerte que se cayó de espaldas.
Tomek se metió la naranja entera en la boca y la masticó, riendo mientras le caían
por la barbilla restos de pulpa y zumo. Y se rio a carcajadas cuando Nina, a pesar de
sentir una gran vergüenza por hacerlo, empezó a llorar.
«Mira lo roja que te has puesto», dijo Tomek, con la boca todavía llena. «Pareces
una manzana podrida.» Sus amigos y él rodearon a Nina, pinchándola con el dedo en
la tripa, los brazos y las piernas. «¡Mirad lo podrida que está!»
Nina había sentido miedo, pero más que ninguna otra cosa, había sentido ira.
Hecha un ovillo en el suelo, había sentido un movimiento en su interior, algo que se
desperezaba lentamente, como un gato tendiéndose bajo el sol. Su miedo y sus jadeos
salieron de su cuerpo a toda velocidad, y le pareció notar el movimiento de los
pulmones de Tomek al expandirse y contraerse. Apretó los puños con fuerza.
«Mirad lo…» Y entonces a Tomek le entró el hipo. Y a sus amigos también. Les
pareció divertido. Al principio. Dejaron de atormentar a Nina. Se miraron unos a
otros y rieron entre dientes; el hipo entrecortaba sus risas.
Siguieron hipando. «Me duele», dijo uno, frotándose el pecho. «No puedo parar»,
dijo otra, doblándose en dos.
Y así estuvieron, hipando y gimiendo hasta bien entrada la noche, como un coro
de ranas irritadas.
Nina descubrió que era capaz de hacer toda clase de cosas. Podía calmar el llanto
de un bebé. Podía hacer que le dejara de doler la tripa. Podía hacer que a Tomek le
goteara la nariz sin parar, hasta dejarle la camisa empapada de mocos. A veces tenía
que contenerse para no hacer algo demasiado terrible. No quería convertirse en una
déspota ella también. Unos meses después, los Examinadores Grisha llegaron al
hogar para expósitos y se llevaron a Nina al Pequeño Palacio.
«¡Adiós!», había exclamado mientras corría por los pasillos, despidiéndose de
todos. «¡Adiós! ¡Escribidme muchas cartas, por favor! Y tú, pórtate bien», le había
advertido a Tomek.
«Es una niña con mucha alegría», le había dicho Baba Inessa a la Grisha vestida
con una kefta roja. «Procuren no arrebatársela.»
«Nadie lo ha hecho, Nina. Y nadie lo hará nunca.»
«No estoy tan segura de eso, Matthias.» La guerra no lo había conseguido. Ni el
cautiverio. Ni la tortura. Pero la pérdida era algo distinto, porque Nina no veía su fin,
solamente el lejano horizonte que se prolongaba más y más.
Nina supo que había encontrado el lugar en cuanto lo vio: una arboleda junto a la
ribera, un lugar ideal para que los viajeros pararan a descansar, donde el agua se

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concentraba como si el río también estuviera reposando. «Aquí», se dijo a sí misma
mientras desmontaba y desataba el pico y la pala del trineo. «Aquí.»
Tardó horas en cavar el hoyo. Adrik no podía ayudarla con la tarea, pero utilizó
sus poderes para que el viento no le azotara la ropa a Nina y para mantener encendido
el farol cuando el cielo empezó a oscurecerse.
Nina no estaba segura de cuán profunda debía ser la tumba, pero continuó
cavando hasta que rompió a sudar bajo el abrigo, hasta que le salieron ampollas en las
manos y hasta que dichas ampollas reventaron. Cuando se detuvo, jadeante, Adrik no
esperó a que ella le diera la señal, sino que empezó a desatar la lona del trineo. Nina
se obligó a ayudarlo, se obligó a apartar las cajas y los objetos que camuflaban la
verdadera carga. «Aquí.»
Matthias estaba envuelto en un lino especial, tratado por los Hacedores del
Pequeño Palacio para preservarlo de la putrefacción, y reforzado por las habilidades
de Leoni. Nina pensó en apartar la tela, en ver por última vez el rostro que tanto
amaba. Pero no podía soportar la idea de contemplar sus facciones inertes y frías, su
tez grisácea. Ya era suficiente con conservar para siempre el recuerdo de la sangre de
Matthias en sus manos, el tacto de su herida, el latido de su corazón mientras iba
cesando. Se suponía que la muerte era la amiga y la aliada de Nina, pero había
reclamado a Matthias de todas formas. Al menos podía intentar recordarlo tal cual
había sido en vida.
Torpemente, Nina y Adrik hicieron rodar el cuerpo hasta el borde del trineo. Era
pesado y voluminoso. Cayó dentro de la tumba con un horrible golpe sordo.
Nina se tapó el rostro con las manos. Ahora agradecía más que nunca el silencio
de Adrik.
El cuerpo de Matthias parecía una crisálida en el fondo de la tumba, como si
aquello fuera para él el principio, en vez del fin. Nina y Matthias nunca habían
intercambiado regalos ni anillos; no habían compartido ninguna posesión. Eran
nómadas y soldados. Aun así, Nina no podía abandonarlo sin darle nada. Sacó de su
bolsillo una ramita de fresno y dejó que cayera flotando lentamente en la tumba.
Después hizo lo mismo con unos pocos pétalos rojos de los tulipanes que sus
compatriotas habían depositado sobre su pecho al despedirse de él en Ketterdam.
—Sé que nunca te gustaron los dulces. —Le temblaba la voz mientras dejaba caer
un puñado de tofes, que golpearon la tumba con un repiqueteo sordo—. Pero así
estaré contigo y podrás guardármelos hasta que nos volvamos a ver. Sé que no te los
comerás.
Sabía lo que venía a continuación. Un puñado de tierra. Y luego otro. «Te
quiero», le dijo intentando no pensar en el tosco sonido de la tierra, parecido al ruido
de la metralla o de la lluvia. «Te quise.»
Se le empañaron los ojos por las lágrimas. Ya no lo veía. La tierra iba elevándose.
Pronto nevaría, tal vez esa misma noche. La tumba que había cavado quedaría
cubierta de nieve, como una mortaja blanca e inmaculada. Y cuando llegara la

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primavera, la nieve se derretiría, se filtraría por el suelo y transportaría el espíritu de
Matthias hasta el río, hasta Djel. Por fin estaría con su dios.
—¿Te importa llevar el trineo al campamento? —le pidió a Adrik. Todavía le
quedaban cosas por decir, pero solo podía decírselas a Matthias.
Adrik asintió y miró fugazmente hacia el cielo oscurecido.
—Pero no tardes. Se avecina tormenta.
«Mejor», pensó. «Que nieve pronto. Que tape lo que hemos hecho.»
Nina se arrodilló en la fría tierra, escuchando cómo se alejaban los cascos del
caballo de Adrik. Oía el rumor del río y notaba la humedad del suelo a través de la
densa lana de sus faldas.
«El agua escucha y comprende. El hielo no perdona.» Palabras fjerdanas.
Palabras de Djel.
—Matthias —susurró. Carraspeó y probó de nuevo—: Matthias —dijo en voz
más alta. Quería que él la oyera; necesitaba creer que podía oírla—. Oh, por los
Santos, no quiero dejarte aquí. No quiero abandonarte jamás. —Pero esa no era la
elegía heroica que él se merecía. Podía hacerlo. Por él. Nina tomó aire
temblorosamente—. Matthias Helvar fue un soldado y un héroe. Me salvó cuando me
estaba ahogando. Nos mantuvo con vida a ambos en el hielo. Soportó un año en la
peor cárcel del mundo por un delito que no había cometido. Me perdonó por
traicionarle. Luchó a mi lado, y cuando pudo haberme abandonado, prefirió darle la
espalda a la única patria que había conocido. Por eso, lo llamaron traidor. Pero no lo
era. Creía que su patria podía ser algo más de lo que era. Vivió con honor, y con
honor murió. —Se le quebró la voz y se obligó a apartar las lágrimas. Quería afrontar
ese momento con dignidad. Era lo mínimo que podía hacer por él—. No siempre fue
un buen hombre, pero tenía buen corazón. Un corazón grande y fuerte que debería
haber seguido latiendo muchos años más.
«Pajarillo rojo, deja que me vaya.»
Se secó las lágrimas. Ya había saldado la primera mitad de su deuda. Lo había
devuelto a su hogar, a la tierra que amaba. Tendría que haber habido algo que
señalara el momento: una campana repicando, un coro cantando por él… algo para
que Nina supiera que era hora de decir su último adiós.
«Pero todavía no has terminado, amor mío.»
—Tú y tu sentido del deber —dijo Nina con una carcajada amarga.
Los susurros crecían en su cabeza. No quería oírlos en ese momento, en ese lugar.
«Escucha, Nina.»
No quería, pero sabía que ya no podía esconderse más de ellas: las voces de los
muertos la llamaban desde lo alto de la montaña, cruzando el pueblo y el hielo. Las
voces de mujeres y niñas con el corazón acongojado. Algo les había sucedido en la
cima de aquella montaña.
«Ayúdanos», gritaban. «Escúchanos por fin.»

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Ahora oía sus palabras con claridad; ahogaban la voz de Matthias. «Basta», les
ordenó. «Dejadnos en paz. Dejadme tranquila.»
Pero los muertos no se rindieron. «Justicia», exigían. «Justicia.»
Aquello no era ninguna alucinación. No era locura. Ese coro era real y la había
traído hasta allí por un motivo. Nina había albergado la esperanza de que su misión
con Adrik y Leoni le bastara para empezar a superar su dolor. Y no había sido así.
Pero las muchachas de la montaña no estaban dispuestas a ser ignoradas.
«Justicia.» La habían traído hasta allí, y necesitaban que Nina las escuchara a
ellas, no al eco de un amor al que ya no podía seguir aferrándose.
Nina se llevó una mano al corazón al notar que su angustia cedía, que el hielo se
quebraba. Debajo solamente había aguas oscuras, el dolor terrible de saber que
Matthias se había ido de verdad, la horrenda certeza de que ya nunca volvería a oír su
voz.
Porque el coro era real.
Y la voz de Matthias no. Nunca lo había sido.
—Nunca has estado aquí —susurró, llorando con profusión—. Nunca has estado
aquí. —Todo ese tiempo, Nina había querido creer que Matthias seguía con ella, pero
aquella voz siempre había sido la suya, hablando consigo misma en medio del
silencio, obligándose a realizar el esfuerzo de vivir, cuando lo único que quería era
rendirse.
«Adiós, Matthias.»
Nadie respondió. Estaba sola, sumida en el silencio.

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PODEMOS CANCELARLO —dijo Genya, caminando de un lado a
otro delante de la chimenea—. Aún estamos a tiempo. Enviaremos mensajeros para
avisar a las chicas y a sus familias de que ha habido un cambio de planes.
Se habían reunido por la mañana en la sala de guerra, y Nikolai había pedido café
en lugar de té. Le había cogido el gusto durante sus días de universidad en Ketterdam.
Aunque, entre el agotamiento y el dolor de cabeza que le atormentaba desde el
incidente de la noche anterior en Balakirev, no le habría importado beber algo más
fuerte.
«El incidente.» Qué forma tan generosa de llamarlo. Tolya le había puesto al
corriente de todos los truculentos detalles de su pequeño espectáculo en el
campanario. Había estado a punto de asesinar a una de sus generales más valiosas,
una de sus pocas amigas de verdad, la persona que llevaba dos años ayudándole a
dirigir el timón del barco endiablado que era su país, la que había guardado sus
secretos sin rechistar. Había estado a punto de matar a Zoya.
—Les diremos que el rey está indispuesto… —prosiguió Genya.
—Eso será lo último que les digamos —dijo Tamar.
—Pues les diremos que se ha producido un brote de cólera o un gran escape en el
sistema de alcantarillado —dijo Tolya.
Tamar levantó las manos.
—¿Así que nuestras únicas opciones son parecer indecisos, parecer débiles o
decir que la capital está inundada de excrementos?
Zoya había permanecido en silencio desde el inicio de la reunión, merodeando
cerca del samovar, cruzada de brazos. Manteniendo la distancia. Nikolai sabía que

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tenía que disculparse con ella, pero por una vez en su ridícula vida, estaba
completamente sin palabras. Y antes de poder abordar ese fracaso concreto, se les
planteaba el problema de la fiesta que tan astutamente había planificado, la misma en
la que parecía empeñado en colarse el demonio que habitaba en él.
Nikolai bebió otro sorbo de café amargo, confiando en que le despejara la mente.
—Es posible que ahora tengamos un recurso con el que no contábamos antes.
Como si le estuviera leyendo la mente, la mirada de Zoya se encontró con la suya.
—Si te refieres a ese espantoso monje escuchimizado, te prometo que…
—¿Te quedarás maravillada por mi ingenio? ¿Me plantarás un beso afectuoso en
la mejilla? ¿Mandarás colgar una placa en homenaje a mi inteligencia?
—Mandaré colgar una placa en el muro del palacio conmemorando este día: el
momento en que Nikolai Lantsov le dijo adiós del todo a su sentido común. El
muchacho es un demente, un fanático. Venera al hombre que inició una guerra civil y
asesinó a la mitad del Segundo Ejército.
—Venera un ideal. Todos hemos sido culpables de eso en un momento u otro.
Zoya se volvió, pero no antes de que Nikolai pudiera ver su expresión dolida.
Zoya Nazyalensky nunca se estremecía, pero aquella expresión era inconfundible.
Nikolai tuvo ganas de interrumpir la reunión y… no sabía qué exactamente, pero sí
sabía que la reacción correcta después de haber estado a punto de matar a alguien no
era intentar salirse con la suya a su costa al día siguiente.
—En tal caso, no esperemos más —dijo Zoya—. Invitemos a un antiguo miembro
de la guardia sacerdotal a nuestra sala de guerra y pongamos nuestro futuro en sus
mugrientas manos.
—¿No está preciosa cuando da su brazo a torcer? —preguntó Nikolai, saboreando
la expresión furiosa de Zoya. Era mucho mejor eso que ver aquella otra mirada
sombría y herida, y saber que él era el culpable. Un momento después, Tolya escoltó
al monje a la sala de guerra y la expresión ceñuda de Zoya dio paso al desconcierto.
—Majestad —dijo Yuri secamente. Era tan alto que tuvo que agacharse al entrar
en la estancia, y tan delgado que parecía que en cualquier momento se lo llevaría el
viento—. Me advirtieron de vuestra lengua zalamera. Habláis de compartir el pan,
pero he pasado la noche confinado en lo que equivale a una celda…
—¿La suite Iris? Mi tía Ludmilla la decoró personalmente. Reconozco que le
gustaba demasiado el color pulga, pero «celda» me parece un poco exagerado.
—El problema no es el color. Son los guardias armados los que ofenden mis
sentidos. ¿Así tratáis a todos vuestros huéspedes?
—Tolya —susurró Nikolai—. Creo que está diciendo que no le gusta tu
compañía. —Se reclinó en su silla y apoyó los codos en los reposabrazos—. Yuri,
tienes enemigos. Esos guardias estaban ahí para protegerte.
Yuri resopló.
—Mis seguidores no lo tolerarán.

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Y por eso mismo Nikolai había enviado pan, bacalao ahumado y su mejor kvas a
la gente acampada fuera de la ciudad, con los saludos de la corona: los hombres se
quejaban menos con la tripa llena. En realidad, Nikolai tenía intención de reunirse
con Yuri el día anterior, pero los asuntos de la tarde habían consumido todo su
tiempo. Y en cuanto a la noche… en fin, también había estado muy ocupado.
—Yuri, te presento a…
—No me interesa. Deseo hablar del asunto del Santo sin estrellas y… —Yuri se
irguió repentinamente. Abrió los ojos de par en par y se le aflojó la mandíbula al
recorrer la estancia con la mirada y comprender por fin dónde se encontraba.
Entrelazó las manos, como una soprano a punto de cantar—. Oh —dijo sin aliento—.
Oh. Sois vosotros. Todos vosotros. Es… —Se volvió hacia los miembros del
Triunvirato e hizo una profunda reverencia—. Moi soverenye, es un honor. —Se
inclinó de nuevo—. Un absoluto honor. —Y otra vez—. Un sueño, más bien.
Nikolai reprimió un gemido. ¿Qué acababa de desatar? Zoya y Genya
intercambiaron una mirada de perplejidad, e incluso David levantó la vista de su
trabajo el tiempo justo para fruncir el ceño, confuso.
—Basta ya —dijo Zoya—. Pareces una extractora de petróleo.
—Comandante Zoya Nazyalensky —dijo Yuri con un hilo de voz—. Ayer… no
me di cuenta. Pensaba que erais solo…
—¿Otra lacaya del rey? —Zoya ignoró las protestas de Yuri y dijo—: ¿Eres
consciente de que todos los miembros de este Triunvirato lucharon contra tu adorado
Santo sin estrellas en la guerra civil?
—Sí, sí, por supuesto. —El monje se recolocó sus anteojos con montura metálica
en el puente de su larga nariz—. Lo sé. Pero… en fin, David Kostyk, el gran Hacedor
que forjó el primer amplificador que llevó la mismísima Sankta Alina. —David lo
miró inexpresivamente y volvió a su lectura—. Zoya Nazyalenslty, una de los
soldados predilectos del Oscuro. —Zoya frunció los labios—. Y por supuesto, Genya
Safin, la Primera Confeccionadora, la que lleva las marcas de la bendición del
Oscuro.
Genya se estremeció.
—¿Bendición?
—¿Cómo dices? —dijo Zoya, levantando las manos para invocar una tormenta o
para retorcerle el pescuezo a Yuri. Tamar echó mano a sus hachas. Tolya llegó incluso
a soltar un rugido.
Nikolai dio unos golpes en la mesa con los nudillos.
—Ya está bien. Tranquilos todos. Yuri, te estás metiendo en un terreno que no
puedes ni empezar a comprender.
A pesar de su altura, el monje parecía poco más que un niño torpe que acababa de
romper el jarrón preferido de su madre.
—Di… disculpadme. No pretendía ofenderos.
Genya se puso en pie lentamente, y se hizo el silencio a su alrededor.

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—¿Cuántos años tienes, Yuri?
—Dieciocho, moi soverenyi.
—Cuando yo tenía un año más que tú, el Oscuro me echó encima a sus
monstruos, criaturas nacidas del mismo poder que tanto veneras. Sentían predilección
por la carne humana. Tuvo que obligarlos a detenerse.
—Entonces no era tan cruel…
Genya levantó la mano, y Nikolai se alegró de ver que Yuri cerraba la boca.
—El Oscuro no quería matarme. Quería que viviera… así.
—No fue muy inteligente —dijo Nikolai en voz baja— al dejar vivir a semejante
soldado.
Genya asintió sutilmente.
—Piénsatelo dos veces antes de usar la palabra «bendición», monje. —Se sentó y
entrelazó las manos—. Procede.
—Un momento —dijo David, clavando un dedo en la página para señalar por
dónde iba—. ¿Cómo te llamabas?
—Yuri Vedenen, moi soverenyi.
—Yuri Vedenen, si vuelves a incomodar a mi esposa, te mataré aquí mismo.
El monje tragó saliva.
—Sí, moi soverenyi.
—Oh, David —dijo Genya cogiéndole de la mano—. Nunca habías amenazado
de muerte a nadie por mí.
—¿Ah, no? —murmuró él distraídamente antes de darle un beso en los nudillos y
reanudar su lectura.
—Estoy… Perdonadme, estoy abrumado. —Yuri se sentó y se levantó de nuevo,
como si no pudiera evitarlo—. Pensar que me encuentro en una estancia construida
por el Santo sin estrellas en persona. —Tocó con los dedos las líneas negras que
marcaban los límites de la Sombra en el mapa—. Es… es demasiado glorioso como
para hacerse a la idea. ¿Es cuero de vaca?
—De reno, creo —dijo Nikolai.
—¡Asombroso!
—Espera —dijo Zoya entornando sus ojos azules—. Has dicho que la construyó
el Santo sin estrellas en persona. No sus ancestros.
Yuri dejó de mirar el mapa, con una sonrisa ufana en los labios.
—En efecto. Sé que solamente hubo un Oscuro, un hombre de gran poder que
fingió su muerte muchas veces. Una precaución para protegerse de mentes estrechas
que temieran su poder extraordinario y su larga vida.
—¿Y cómo llegaste a esa teoría? —preguntó Nikolai.
Yuri parpadeó.
—No es una teoría. Lo sé a ciencia cierta. El Oscuro me lo reveló en una visión.
Zoya alzó las cejas y Nikolai tuvo que contener el impulso de poner los ojos en
blanco. Formó un triángulo con los dedos y dijo:

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—Ya veo.
Pero Yuri se limitó a ensanchar su sonrisa.
—Sé que me tomaréis por loco, pero he visto milagros.
Y por ese motivo precisamente lo había traído Nikolai.
—El otro día dijiste algo, que la era de los Santos había llegado. ¿A qué te
referías?
—¿Cómo si no se explican los milagros que están teniendo lugar por toda Ravka?
—Ya empezamos —murmuró Zoya.
—Hemos oído las historias —dijo Nikolai cortésmente—. Pero esos sucesos
tienen explicaciones racionales. Vivimos en tiempos difíciles y es inevitable que la
gente busque milagros.
Para sorpresa de Nikolai, el joven monje se sentó de nuevo y se inclinó sobre la
mesa, con expresión sincera.
—Majestad, sé que no sois hombre de fe. Pero el pueblo cree que estos hechos no
son simples fenómenos a los que haya que buscar explicación. Creen que son obra de
los Santos.
—Son obra de los Grisha —dijo Zoya—. Posiblemente de los shu. Posiblemente,
de tu amigo el Apparat.
—Ah —dijo Yuri—. Pero hay gente que cree que todos los antiguos milagros
fueron obra de los Grisha.
—Entonces, llamémoslo la Pequeña Ciencia y olvidémonos de todas esas
supersticiones.
—¿Así sería más fácil aceptar lo divino? —preguntó Yuri; sus anteojos
centellearon—. ¿Sería mejor llamar a esas obras «la creación en el corazón del
mundo»? Yo también he estudiado teoría Grisha.
La mirada de Zoya era dura como una gema.
—No estoy aquí para debatir sobre teología con un palo de escoba.
Yuri se reclinó, con expresión beatífica.
—Los Santos están regresando a Ravka. Y Aquel sin estrellas estará entre ellos.
—El Oscuro está muerto —dijo Genya, y Nikolai reparó en que tenía las manos
entrelazadas y los nudillos blancos—. Yo vi arder su cuerpo.
Yuri miró nerviosamente a David un momento y dijo:
—Hay quien cree que el Oscuro no murió en la Sombra y que simplemente está
esperando la oportunidad de volver.
—Yo también estuve allí, monje —dijo Zoya—. Lo vi arder hasta que quedó
reducido a cenizas, en una pira funeraria prendida por las llamas de los Inferni.
El monje cerró los ojos fugazmente, entristecido.
—Sí. Por supuesto. Ese fue su martirio, y su cuerpo quedó destruido. Pero el
poder del Oscuro era extraordinario, antiquísimo. Puede que ese poder haya
desaparecido, o puede que siga viviendo en el mundo, y su espíritu con él.
Zoya apretó los labios y cruzó los brazos sobre el cuerpo, como para alejar el frío.

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A Nikolai no le gustaba nada lo que estaba oyendo. Una pizca de aquel antiguo
poder residía todavía dentro de su propio cuerpo. Y a juzgar por los acontecimientos
de la noche anterior, se fortalecía día a día.
—¿Crees que todos esos incidentes aislados, esos supuestos milagros, están
relacionados con el Oscuro? —preguntó.
—¡No! —exclamó el monje. Se inclinó todavía más hacia delante. Un poco más y
tocaría la mesa con la barbilla—. Sé que lo están. —Se levantó y señaló el mapa que
estaba a sus espaldas—. ¿Me permitís? —Miró a su alrededor, girando a izquierda y
derecha; su túnica ondeaba como las alas de un pájaro enloquecido.
—¿Así son todos los acólitos del Oscuro? —susurró Zoya—. Si todavía tuviera
cuerpo, estaría revolviéndose en su tumba.
—¡Ajá! —dijo Yuri, encontrando los banderines de tela que podían clavarse con
alfileres sobre el cuero. Los mapas estaban sembrados de diminutos orificios en los
lugares donde antiguos líderes habían planificado sus campañas militares.
—El terremoto de Ryevost, la estatua de Tsemna, el tejado de mirra de Arkesk,
las paredes sangrantes de Udova, las rosas de Adena. —Fue enumerando uno tras
otro los supuestos milagros, clavando alfileres en el mapa. Después retrocedió—.
Empezaron aquí, en lugares remotos de las costas, las montañas y las fronteras, pero
día tras día se han ido volviendo más frecuentes, y se acercan cada vez más a…
—La Sombra—dijo Nikolai. El patrón era evidente: una estrella cuyo centro
estaba justamente en el Nocéano.
—Por los Santos —susurró Zoya.
—¿Es ahí donde…? —empezó a decir Genya.
—Sí —dijo Nikolai, aunque no recordaba gran cosa de la batalla final. Por
entonces ya estaba infectado del monstruo, y luchaba contra él para mantener el
control de su consciencia. Y por entonces salía triunfante mucho más a menudo que
ahora. Había permanecido lúcido durante periodos prolongados, incluso estando
transformado, y le había pedido ayuda a Alina. Incluso había intentado auxiliar a sus
fuerzas en el combate final.
Las ubicaciones de los milagros se iban acercando al mismo punto central, el
lugar donde antaño había estado la Sombra, donde el Oscuro había presentado su
última batalla, donde se había enfrentado a Alina Starkov y había muerto a sus
manos. Victoria. Al menos eso les había parecido entonces: un país unificado, la
posibilidad de paz y un Nikolai repentina y rápidamente purgado del demonio con el
que se disputaba el control. Había creído que la oscuridad de su interior se había
desvanecido en el mismo momento de la muerte del Oscuro. Había creído que la
guerra había terminado.
Y sin embargo, el monstruo había reaparecido para apoderarse de él otra vez.
¿Acaso el demonio siempre había estado ahí, perturbando sus sueños, siendo su
eterno compañero, aguardando el momento preciso? ¿O es que algo lo había
despertado?

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Nikolai miró los alfileres desperdigados por el mapa. ¿Había realmente un patrón,
o Yuri estaba viendo lo que quería ver? ¿Aquel fanático aparentemente ingenuo
tendría algún propósito oculto?
—Discúlpame, Yuri —dijo Nikolai—, pero tu objetivo es conseguir que la Iglesia
de Ravka reconozca al Oscuro como Santo. Es lógico que intentes conectar estos
sucesos con Aquel sin estrellas.
—No tengo motivos para mentir —dijo Yuri—. Hace apenas unos días apareció
una señal en la Sombra: un lago de roca negra, un sol eclipsado.
Zoya soltó un suspiro de exasperación.
—O una anomalía geológica.
Yuri clavó su dedo huesudo en el mapa.
—Este no es solamente el lugar donde Aquel sin estrellas abandonó esta vida. Es
un lugar de antiquísimo poder, el mismo lugar donde el Oscuro rasgó el mundo por
primera vez y creó la Sombra.
—Es imposible que sepas eso —dijo Zoya agitando la mano con desdén.
—Lo estudié durante mi formación en la guardia sacerdotal. Todo está en los
textos.
—¿En qué textos? —dijo Zoya, y Nikolai se preguntó si estaría intentando
provocar deliberadamente al monje.
—El Libro de Alyosha. Los Salmos sikurianos. Y aparece ilustrado en el Istorii
Sankt’ya.
—¿Un libro infantil?
—Era un lugar sagrado —insistió Yuri—. El lugar donde Sankt Feliks fue
atravesado por las ramas de manzano, un antiguo lugar de sanación y de un glorioso
poder, al que acudían los hombres para ser purificados.
Nikolai se irguió.
—¿Purificados de qué exactamente?
Yuri abrió la boca y volvió a cerrarla.
—He hablado de más…
—No, en absoluto —dijo Tolya—. Está hablando del obisbaya. ¿Verdad, monje?
—Yo… yo…
—Detesto tener que reconocer mi ignorancia —dijo Nikolai—. Es mucho más
divertido dejar que los demás la descubran por su cuenta. Pero ¿qué es exactamente el
obis…playa)
—Ni idea —dijo Zoya. Genya se encogió de hombros. Incluso David negó con la
cabeza.
Para sorpresa de Nikolai, fue Tamar la que habló.
—El obisbaya —dijo—. El Ritual de la Espina Ardiente. ¿Sabéis cómo
aparecieron los primeros guardias sacerdotales?
—Eso son cuentos para niños —se burló Zoya.
—Posiblemente —admitió Tolya.

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—En ese caso, contadme un cuento —dijo Nikolai.
Tamar se cruzó de brazos.
—¿Por qué no haces tú los honores, monje?
Yuri titubeó antes de decir:
—Todo empieza con el primer rey Lantsov, Yaromir el Intrépido. —Cerró los
ojos y su voz adoptó un tono más confiado y cadencioso—. Antes de él, el territorio
que más tarde llegaría a ser Ravka era poco más que una colección de provincias en
guerra, lideradas por reyezuelos belicosos. Él los sometió a todos y los unificó bajo
su estandarte del águila bicéfala. Pero las invasiones de Fjerda desde el norte y de
Shu Han desde el sur eran constantes, y el joven reino estaba sumido en un continuo
estado de guerra.
—Me suena de algo. —Nikolai había aprendido aquella historia de niño, durante
sus lecciones. Siempre le había resultado desalentador saber que Ravka llevaba en
guerra desde su fundación.
—Por entonces no había Segundo Ejército —continuó Yuri—. Los soldados de
Ravka luchaban y morían como los demás hombres. Pero según cuenta la leyenda,
Yaromir erigió un altar en la cima de una colina, en Os Alta…
—La primera capilla real —dijo Tolya.
Yuri asintió.
—El joven rey rezó a todos los Santos que quisieran escucharle, y al día
siguiente, un grupo de monjes llamaron a su puerta y se ofrecieron a luchar por él. No
eran monjes ordinarios. Cuando entraban en batalla, podían adoptar la forma de
bestias. No luchaban como hombres, sino como toda suerte de criaturas: lobo,
dragón, halcón, oso. El rey había oído hablar de esos monjes, pero apenas creyó en la
veracidad de las historias hasta que vio aquellos milagros con sus propios ojos.
—Siempre hay milagros —refunfuñó Zoya.
—Sí —dijo Yuri, abriendo los ojos, en los que ardía un fervor marcado a fuego—.
Siempre. Los monjes accedieron a luchar junto al rey. No le pidieron oro ni tierras;
tan solo que uno de ellos siempre permaneciera al lado del rey, para que Ravka
siempre estuviera consagrada a la adoración de los Santos. Los monjes se lanzaron a
la batalla y dispersaron a los enemigos de Ravka: los hicieron retroceder y dieron
forma a las fronteras que se mantendrían, más o menos, durante miles de años. —Yuri
alzó la voz, inmerso en su relato, superado todo titubeo—. Pero la batalla duró tanto
tiempo que, cuando terminó y llegó el momento de que los monjes recuperaran su
forma humana, ya no pudieron hacerlo. Su líder los condujo a un lugar donde antaño
se había levantado un bosque de espinas, y allí se sometieron a un peligroso ritual: el
obisbaya. Los supervivientes volvieron a ser hombres de nuevo, y su líder ocupó su
lugar junto a Yaromir. Con el tiempo, el sacerdote más cercano al rey recibió el título
de Apparat, y los soldados sagrados que lo rodeaban se convirtieron en la guardia
sacerdotal.

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—Hay quien afirma que los primeros guardias sacerdotales fueron Grisha —dijo
Tolya.
Tamar acarició el diente de tiburón que le pendía del cuello.
—En esa versión de la historia, los animales en los que se convertían los monjes
fueron los primeros amplificadores. Sus espíritus potenciaban los poderes de los
monjes.
Nikolai estudió atentamente a Yuri. Era una historia extraña, sin duda, y
probablemente contuviera más ficción que realidad. Pero…
—Un ritual para purgar a la bestia del cuerpo del hombre. ¿En qué consistía
exactamente?
Yuri se subió los anteojos; el confiado erudito se había desvanecido con un solo
gesto.
—No estoy seguro. Había… hay textos contradictorios.
—En realidad no tienes madera de agitador, ¿verdad, Yuri?
Una sonrisa afloró a los labios del monje.
—Supongo que no.
—Y sin embargo estabas delante de mi puerta, llamándome traidor y ladrón. —Al
menos Yuri tuvo la decencia de mostrar turbación—. ¿Qué te ha traído hasta aquí?
—Los Santos. Estoy convencido.
Nikolai tenía sus dudas.
—Háblame de ese ritual.
—¿Por qué? —preguntó Yuri, frunciendo el ceño.
—Soy un rey. Necesito distracciones.
El monje se mesó su barba rala.
—No conozco los detalles. En los textos aparecen testimonios contradictorios, y
no… ya no se me permite…
—Son textos religiosos, ¿no? —dijo Nikolai—. De la biblioteca de la guardia
sacerdotal. Ya no tienes acceso a ella.
—No. —El dolor de su voz era palpable. Nikolai creía comprenderle. Tiempo
atrás, las palabras habían sido el único lugar en el que podía encontrar consuelo. Los
libros nunca perdían la paciencia con él, ni le decían que se estuviera quieto. Cuando
sus tutores se habían rendido de pura frustración, había sido la biblioteca la que le
había enseñado a Nikolai historia militar, estrategia, química y astronomía. Cada
tomo era una puerta abierta que le susurraba: «Entra, entra. Aquí hay una tierra que
nunca has visto. Aquí hay un lugar en el que puedes esconderte cuando tengas miedo,
jugar cuando te aburras y descansar cuando el mundo te trate mal». Yuri conocía ese
consuelo. Él había sido erudito. Tal vez quisiera volver a serlo.
Nikolai se puso de pie.
—Gracias, Yuri. Nos has sido muy útil.
El monje se levantó despacio.

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—¿De verdad? Entonces, ¿prestaréis vuestro nombre a nuestra causa, Majestad?
El Apparat no podrá ignorar la voz del rey. Si le pidierais que…
—Me lo pensaré, Yuri. Has expuesto argumentos interesantes. De momento, te
escoltarán a tus aposentos.
—¿Sigo siendo prisionero, pues?
—Más bien un huésped apreciado al que no quiero perder de vista. Y tal vez
podría conseguirte un poco de material de lectura.
Yuri se detuvo, como dudando de si había oído bien.
—¿Mis… mis libros?
—Quizá.
—Eso sería… Pero no, debo regresar con mis hermanos de fe, junto a las
murallas de la ciudad. No podéis impedir…
—Y regresarás. Pero debemos pedirte que disfrutes de nuestra hospitalidad un
poco más. Mientras reflexionamos sobre la validez de tu causa.
Yuri levantó la barbilla.
—Por el Santo sin estrellas, estaría dispuesto a esperar una eternidad. Pero no
juguéis conmigo, Majestad. No he venido a la capital para recibir burlas ni para
perder el tiempo.
—Puedes estar tranquilo —dijo Nikolai—. No hay tiempo mejor invertido que el
que se pierde conmigo.
Zoya puso los ojos en blanco. Tolya acompañó a Yuri hasta la puerta y lo dejó al
cuidado de dos guardias de palacio.
Cuando Yuri se marchó, Nikolai se levantó para examinar más de cerca los
alfileres del mapa. Tras la marcha del monje, el silencio que reinaba en la estancia
parecía denso, como si otra presencia hubiera entrado allí, algo antiguo e
innombrable.
—Ese chico está loco —dijo Zoya.
—Es creyente —dijo Tolya—. No es lo mismo.
—Y yo prefiero a un creyente sincero antes que a un tipo como el Apparat —
añadió Genya.
—¿Cómo puedes decir eso? —dijo Zoya—. Venera a un tirano, a un asesino, al
hombre que te torturó.
Genya suspiró.
—¿Vamos a culparlo por sentirse atraído por la fuerza del Oscuro? A todos nos
pasó lo mismo.
—Entonces no sabíamos qué era.
—¿No? —Genya se recolocó el parche—. Yuri es un muchacho asustado en
busca de algo más grande que sí mismo, algo que dé sentido a su vida. Hay personas
como él por toda Ravka.
—Eso es lo que me preocupa.

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Tolya se sentó al lado de su hermana, y Nikolai reparó en que se miraban
mutuamente. Aquel no era el momento de empezar a guardar secretitos.
—¿Que pasa?
Tolya encogió sus enormes hombros.
—Puede que haya algo de cierto en la historia de Yuri. Los guardias sacerdotales
no siempre fueron lacayos del Apparat. Eran guerreros sagrados que también servían
a la corona. Cuando era más joven, lo único que quería era unirme a ellos.
—¿Y qué te lo impidió? —preguntó Nikolai. No le sorprendía precisamente.
Tanto Tolya como Tamar se habían criado en la iglesia, y era muy consciente de que
si Alina Starkov no le hubiera dado su bendición como rey a Nikolai, los gemelos
nunca se habrían comprometido a ser sus guardaespaldas.
—No me permitieron unirme —dijo Tamar—. Nada de mujeres.
Tolya asintió.
—Y yo empecé a dudar de una orden sagrada que decía buscar guerreros, pero le
cerraba las puertas a una luchadora como Tamar.
Tamar apoyó las manos en sus hachas.
—Los Santos tenían un plan distinto para nosotros.
—Ah —dijo Nikolai—. Pero ¿qué habrán planeado ahora? Zoya, cuando me
escapé de la mansión del duque Radimov en Ivets, ¿dónde me encontraste?
—En una granja de gansos, en la carretera de Varena.
Nikolai apoyó el dedo en el mapa.
—Rumbo noreste. Pero cada vez que me he liberado en el palacio, me he dirigido
hacia el noroeste. Siempre he seguido la misma ruta, pero llegando cada vez más
lejos. ¿Y si la criatura está intentando llegar a ese lugar de la Sombra? ¿Y si tiene
tantas ganas de librarse de mí como yo de librarme de ella?
—¿Y si estos supuestos milagros son un plan para alejarte del palacio? —dijo
Zoya.
—¿Y llevarme a la Sombra? ¿Para qué?
Zoya levantó las manos.
—No lo sé.
—Los «milagros» comenzaron cuando el demonio despertó en mi interior. Puede
que sí estén relacionados con el poder del Oscuro, o puede que Yuri no diga más que
tonterías, pero el patrón existe. Está pasando algo, y está conectado con este punto de
la Sombra.
—Es peligroso abandonar el palacio… —protestó Zoya.
—No hay lugares que no sean peligrosos. Ya no. —Acababa de demostrarlo
anoche—. Genya me preparará un tónico más fuerte. David forjará cadenas más
gruesas. Voy a emprender una peregrinación.
—¿A un bosque de espinas místico? —dijo Zoya—. Aunque hubiera existido
alguna vez, la Sombra lo erradicó todo a su paso. Allí ya no queda nada.

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Tolya pronunció una larga retahila de palabras, de las cuales Nikolai apenas
distinguió unas cuantas. Y después dijo:
—«La fe perdida es la raíz de un bosque olvidado, que espera medrar una vez
más.»
Zoya entornó los ojos.
—Dijimos que nada de poesía en las reuniones.
—Es un texto litúrgico ravkano —protestó Tolya—. Del Libro de Alyosha, que
conocerías si fueras alguna vez a la iglesia.
—Es increíble que haya sobrevivido todo este tiempo sin esa información.
—Tolya —le interrumpió Nikolai—. Necesito que encuentres todos los textos que
mencionen el obisbaya y cualquier cosa relacionada con él. No quiero que Yuri sea el
único erudito en el que pueda confiar.
—Yo no soy un erudito —protestó Tolya.
—Lo habrías sido en otra vida —dijo Nikolai.
—¿Qué quieres decir con «el único erudito»? —dijo Zoya—. No me creo que
quieras viajar con ese monje.
Genya se removió en su asiento, incómoda.
—Daría la impresión de que apoyas al culto del Santo sin estrellas. No me gusta
el mensaje que transmitirías.
—Nos aseguraremos de que Yuri vaya disfrazado, y no pretendo tomar una ruta
directa hacia la Sombra —dijo Nikolai—. Puede que descubramos algo en los demás
lugares milagrosos, y mientras los visito tendré la oportunidad de relacionarme con
mis súbditos antes de desposarme. Se están concentrando ejércitos en nuestras dos
fronteras, y los pretendientes Lantsov brotan como setas para reclamar el trono.
Nuestras arcas están vacías y nuestros aliados escasean. No puedo permitirme perder
el apoyo del pueblo llano. Lo necesitaremos en los días venideros.
—¿Y si todo esto no conduce a nada? —preguntó Genya—. ¿Y si el Oscuro te
marcó con esta maldición y no existe ninguna respuesta?
Zoya apoyó las palmas abiertas en la mesa.
—¿Y si Yuri descubre la verdad sobre el monstruo?
—Entonces recemos por que pueda silenciarlo y mantener el secreto a salvo el
tiempo suficiente para asegurar el futuro de Ravka. Incluso si no llegara a tener un
heredero, es posible que exista un modo de mantener el trono a salvo y asegurarnos
de que el país no quede vulnerable.
—¿Y cuál es exactamente? —preguntó Zoya.
—¿Estás segura de que no quieres probar a confiar en mí, Zoya? Te aseguro que
la sensación es embriagadora.
—Se le había ocurrido la idea la semana anterior, al llegar de casa del conde
Kirigin y ser recibidos por Trukhin e Isaak.
Zoya apretó los labios.

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—Esto no me gusta nada. Hay demasiadas cosas que podrían terminar en
desastre.
Nikolai lo sabía perfectamente. Se estaban quedando sin tiempo, y aquel viaje a la
Sombra hedía a desesperación. No podía negar el miedo que lo atenazaba, la duda
que sembraba en su corazón. ¿Y si su mente se desmoronaba, y su voluntad con ella?
¿Y si volvía a atacar a alguno de sus amigos y esta vez nadie lograba impedírselo?
¿Qué daños podría infligir a sus seres queridos, al mundo entero?
Nikolai no podía ocultar esos miedos, pero se negaba a dejarse vencer por ellos.
No pensaba servirle la victoria en bandeja al monstruo.
Se volvió hacia la gente reunida delante de él: sus consejeros, sus soldados, su
familia. Necesitaba que creyeran, si no en las historias de Yuri, al menos sí en el
propio Nikolai, en la persona que había sido antes del Oscuro, antes de la guerra. Se
enderezó las solapas de su chaqueta de terciopelo y guiñó un ojo.
—¿Qué tendría de emocionante si nada pudiera salir mal?
Notó que el monstruo retrocedía. Acción. Decisión. En momentos como aquel,
casi se sentía el mismo de antes. Si aquel ser quería apoderarse de su alma, Nikolai
estaba decidido a plantarle batalla con uñas y dientes, y esa batalla empezaba aquí y
ahora, con su decisión de negarse a ceder ni una pizca de su espíritu al terror que
intentaba arrastrarlo hasta la oscuridad. Haría lo mismo que había hecho siempre:
lanzarse a la carga y rezar por que la esperanza, al igual que las raíces del bosque de
las espinas, le estuviera aguardando un poco más adelante.

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YA HABÍA ANOCHECIDO cuando Nina se puso de pie.
El cielo era un profundo verdugón, más grisáceo que púrpura, y Nina sentía la
humedad del aire en las mejillas. La nieve había empezado a caer con suavidad.
No tardó en arreciar.
Nina nunca había visto una tormenta que se formase tan deprisa. El viento
soplaba con fuerza y la nieve lo emborronaba y blanqueaba todo. Gruzeburya.
Incluso los ravkanos tenían un nombre para aquel viento: «el Salvaje». No por el frío
que traía, sino porque te cegaba como un rufián en una pelea callejera. Nina se
debatía entre intentar seguir el sonido del río hasta el campamento y el temor a
acercarse demasiado a la orilla y caer al agua.
Avanzó con dificultad, entornando los ojos para protegerlos del fulgor blanco. En
una ocasión le pareció oír la voz de Adrik llamándola y vislumbrar la bandera
amarilla que habían izado sobre la tienda, pero, si era él, no tardó en desaparecer.
«Estúpida, estúpida, estúpida.» Ella no estaba hecha para sitios como aquel. Nina
no sobreviviría ni una noche a la intemperie con aquel clima. No tenía más remedio
que continuar.
Y entonces, como por un milagro, el viento amainó, el telón de nieve pareció
levantarse, y Nina vio una silueta oscura a lo lejos. «El campamento.»
—¡Adrik! —gritó. Siguió acercándose, pero no vio ninguna bandera, solamente
un bosquecillo de árboles que se mecían. Y delante de ellos, en la nieve, una pequeña
depresión. Había estado caminando en círculos y había regresado a la tumba de
Matthias.

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—Buen trabajo, Zenik —suspiró. Solamente tenía dieciocho años, ¿por qué
estaba tan cansada? ¿Por qué su pasado le parecía tan brillante y su futuro tan gris?
Tal vez no había ido allí para enterrar a Matthias y encontrar una nueva meta. Tal vez
había ido al hielo, a aquel lugar frío e implacable, para morir.
Ningún Santo la recibiría en una radiante orilla. Los Grisha no creían en el más
allá. Al morir, regresaban a la creación en el corazón del mundo. Esa idea no la
reconfortaba demasiado.
Nina se volvió otra vez hacia el campamento. No tenía más remedio que echar a
andar nuevamente. Pero antes de que pudiera dar un solo paso, los vio: cinco enormes
siluetas en la nieve. Lobos.
—Cómo no —dijo—. Matthias, tu patria puede besar mi gordo trasero de Grisha.
Los lobos la acecharon formando un círculo, rodeándola, bloqueando cualquier
vía de escape. De sus pechos brotaban graves gruñidos. Los lobos eran sagrados para
los drüskelle. Tal vez habían detectado la presencia de Matthias, o quizás la de Nina,
una Grisha, una enemiga. «O a lo mejor lo que han detectado es una presa rellenita y
jugosa.»
—Largaos —dijo en fjerdano—. No quiero haceros daño. —«No quiero morir.»
Matthias se había visto obligado a luchar contra lobos durante su año en la Puerta
del Infierno. Djel tenía un curioso sentido del humor. Nina flexionó los dedos; sus
dagas de hueso estaban listas. Funcionarían igual de bien con animales que con
humanos. Se quitó el abrigo rápidamente y notó el mordisco del frío, pero así dejaba
libre la armadura de esquirlas de hueso de su espalda. Era una Santa rodeada de sus
reliquias.
Dos lobos se abalanzaron sobre ella. Nina extendió las manos y los fragmentos de
hueso salieron volando en línea recta: atravesaron los cuerpos de los animales con
sendos golpes fuertes y certeros. Los lobos gañeron y cayeron sobre la nieve,
inmóviles. El sonido le partió el corazón. Al menos habían tenido una muerte limpia.
En el fondo, tal vez eso fuera lo único a lo que se podía aspirar.
Pero los demás ya se estaban acercando. Su forma de moverse era extraña. Sus
ojos tenían un brillo casi anaranjado, y se encorvaban y estremecían como si los
moviera algo más que el hambre. ¿Qué les pasaba? No tenía tiempo para pensar en
ello.
Los lobos atacaron. Nina golpeó. Esta vez su puntería fue menos precisa. Uno de
los lobos cayó, pero el otro dio un salto y aterrizó sobre ella; su peso la hizo caer en
la nieve.
Las fauces del animal se cerraron en torno a su antebrazo y el dolor la atenazó. El
lobo apestaba a algo extraño. Nina profirió un grito.
Oyó un potente gruñido y supo que estaba a punto de morir. «Después de las
cosas tan bonitas que he dicho por Matthias… ¿quién va a hablar delante de mi
tumba?»

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Y entonces algo chocó a toda velocidad contra el cuerpo del lobo, y liberó a Nina
de su peso. Nina rodó por el suelo, apretando el brazo sangrante contra el pecho y
tratando de respirar. Hundió el brazo en la nieve para intentar limpiar la herida. Le
empezaba a temblar todo el cuerpo. Era como si la dentellada del lobo estuviera
envenenada. Nina sintió una avalancha delirante dentro de su cuerpo. Veía muerte por
todas partes: el cuerpo de Matthias bajo tierra, un cementerio al norte, un brote de
plaga más lejos, la entropía de la tierra, la descomposición de todas las cosas. El coro
gritaba dentro de su cabeza.
Se frotó las mejillas con nieve, temblando, intentando aclarar sus pensamientos,
pero al abrir los ojos empezó a preguntarse si el veneno le estaría afectando a la
mente. Había dos lobos luchando en la nieve: uno gris y otro blanco, mucho más
corpulento. Rodaron por el suelo y el lobo blanco atrapó con los dientes la garganta
del gris, pero no se la desgarró. Finalmente, el lobo gris dejó de forcejear y soltó un
gañido. El lobo blanco lo soltó y el otro retrocedió y se alejó con el rabo entre las
patas.
El lobo blanco se volvió hacia Nina; tenía el hocico ensangrentado. El animal era
enorme y esbelto, pero no se retorcía ni temblaba como los grises. Algo los había
infectado, algo que ahora había entrado en el torrente sanguíneo de Nina, pero aquella
criatura se movía con la gracia natural y precisa de los animales salvajes.
El lobo blanco avanzó lentamente hacia ella. Nina se incorporó hasta quedar de
rodillas y extendió las manos para protegerse, buscando con su poder otra esquirla de
hueso.
Pero entonces vio la cicatriz que surcaba uno de los ojos amarillos del lobo.
—¿Trassel?
Las orejas del lobo se enderezaron.
¿El lobo de Matthias? Imposible. Él le había contado una vez que, tras la muerte
de un drüskelle, sus hermanos devolvían a la naturaleza a su isenulf ¿Acaso Trassel
había venido en busca del muchacho al que tanto quería, para reunirse con él incluso
después de muerto?
—Trassel —repitió en voz baja. El lobo ladeó su enorme cabeza.
Nina oyó los cascos de un caballo. Antes de darse cuenta de lo que pasaba, una
muchacha entró al galope en el claro.
—¡Atrás! —exclamó, avanzando hasta interponerse entre Nina y el lobo blanco.
Nina tardó un momento en comprender lo que veía: era la muchacha alta del
convento. Esta vez vestía pantalones de cuero y pieles, y el cabello castaño rojizo le
caía en cascada por la espalda; dos largas trenzas lo apartaban de su rostro. Parecía
una reina guerrera, una sílfide del hielo sacada de las leyendas de Fjerda.
La muchacha enarboló su rifle.
Trassel retrocedió y gruñó.
—¡No! —exclamó Nina a la vez que arrojaba una esquirla de hueso que impactó
contra el hombro de la muchacha. El disparo del rifle se desvió—. ¡Corre! —le gritó

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a Trassel en fjerdano. El lobo chasqueó las fauces, como protestando—. ¡Djel
commenden! —exclamó Nina. Eran palabras de drüskelle. Trassel resopló antes de
darse la vuelta y echar a correr hasta perderse en la tormenta, aunque la miró una
última vez con expresión decepcionada, como si no pudiera creer que le hubiera
ordenado que abandonara un combate.
—¿Qué haces? —preguntó con brusquedad la chica alta, luego se arrancó del
hombro el dardo de hueso y lo arrojó a la nieve.
Nina soltó un aullido de rabia. El lobo de Matthias, su alborotador, su Trassel,
había conseguido llegar hasta ella, y aquella mendruga lo había ahuyentado. Agarró a
la muchacha por una pierna y la descabalgó de un tirón.
¡Eh! —La chica intentó empujar a Nina, claramente sorprendida por su fuerza.
Pero Nina había recibido entrenamiento militar. Tal vez no tuviera la constitución de
un guerrero fjerdano, pero le sobraba fuerza.
—¡Lo has asustado!
—Era un lobo —le gritó la chica a la cara—. Lo sabes, ¿no? Y ya te había
mordido una vez. Que obedezca algunas órdenes no significa que…
—No me ha mordido, zopenca. ¡Fue el otro lobo!
—¿El otro… estás mal de la cabeza? ¿Y cómo es que conoces las órdenes de los
drüskelle, por cierto?
Nina se dio cuenta de que le caían lágrimas cálidas por las mejillas. Tal vez no
volviera a ver nunca a Trassel. ¿Y si Matthias lo había enviado a buscarla? ¿Y si lo
había llamado para que la ayudara?
—¡No tenías derecho!
—No pretendía…
—¡Me da igual lo que pretendieras! —Nina avanzó hacia ella—. Imprudente,
necia, inconsciente. —Ya no sabía si le hablaba a ella o a sí misma, y tampoco le
importaba. Aquello era demasiado.
Empujó a la chica con fuerza mientras le trababa la pierna con el tobillo.
—¡Para ya! —exclamó la muchacha mientras perdía el equilibrio.
Pero Nina no podía parar. Quería recibir golpes. Y devolverlos. Agarró a la
muchacha por el cuello del abrigo.
Nina soltó un gruñido al notar un dolor repentino en el pecho. Era como si un
puño le estuviera estrujando el corazón. La chica tenía las manos levantadas, y sus
ojos cobrizos reflejaban una mezcla de terror y júbilo. Nina sintió que el cuerpo le
pesaba cada vez más, que se le emborronaba la visión. Reconoció la sensación por su
formación como Corporalnik: la muchacha le estaba ralentizando el corazón.
—Grisha —dijo Nina sin aliento.
—Yo no… No.
Nina contrapuso su propio poder al de la muchacha, y notó cómo su vigorosa
fuerza flaqueaba. Con sus últimas energías, Nina agitó los dedos y una esquirla de

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hueso salió volando de la vaina de su muslo. Golpeó a la muchacha en un costado,
aunque sin fuerza, y al rebotar cayó en la nieve. Pero bastó para desconcentrarla.
Nina retrocedió, tambaleándose e intentando recuperar el aliento mientras se
frotaba el esternón con los dedos. Hacía años que nadie usaba contra ella el poder de
los Mortificadores. Se le había olvidado lo aterrador que podía llegar a ser.
—Eres una Grisha —dijo.
La chica se puso en pie de un salto y desenvainó un cuchillo.
—No es verdad.
«Interesante», pensó Nina. «Tiene poder, pero no es capaz de controlarlo. Se fía
más del acero.»
Nina le mostró las palmas de las manos en son de paz.
—No voy a hacerte daño.
Esta vez la chica no mostró ni un ápice de duda. Su cuerpo estaba relajado y
distendido, como si se sintiera más a gusto en su cuerpo cuando tenía un arma en la
mano.
—Pues hace un segundo me ha parecido que sí.
—Bueno, es verdad, pero ya he entrado en razón.
—¡Intentaba salvarte la vida! ¿Por qué te importa tanto un lobo? Eres peor que
los drüskelle.
Eso sí que no se lo esperaba.
—Ese lobo me ha salvado de los demás. No sé por qué. Pero no quería que le
hicieras daño. —La muchacha era una Grisha, y Nina casi la había matado—. Me
he… pasado un poco.
La muchacha envainó de nuevo el cuchillo.
—Pasarse un poco es ponerse de morros cuando alguien se come el último bollo.
—Señaló a Nina con un dedo acusador—. Pero tú querías sangre.
—Si te soy sincera, en alguna ocasión he estado a punto de matar por el último
bollo.
—¿Y tu abrigo?
—Creo que me lo quité —dijo Nina, buscando la forma de explicarle por qué se
había quitado el abrigo sin mencionar la armadura de hueso—. Supongo que me dio
el mal de la nieve.
—¿Eso existe?
Nina encontró el abrigo, que ya estaba casi enterrado bajo los húmedos copos de
nieve.
—Ya lo creo. En mi pueblo pasa mucho.
La otra muchacha se frotó su recio muslo.
—¿Con qué me has golpeado?
—Con un dardo.
—¿Me has lanzado un dardo? —dijo con expresión incrédula—. Qué ridículo.

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—Pues ha funcionado, ¿no? —Un dardo hecho de hueso humano, pero era mejor
no darle detalles. Además, había llegado el momento de pasar a la ofensiva. Nina se
puso el abrigo mojado—. Utilizas tu poder para dormir a los guardias del convento.
Así te las apañas para salir sin ser vista.
Toda la confianza de la chica se esfumó, y el miedo extinguió su fuego como si
fuera una ola imparable.
—No he hecho daño a nadie.
—Pero podrías haberlo hecho. Es una operación muy delicada. Podrías dejar a
alguien en coma.
La muchacha se quedó inmóvil mientras el viento aullaba a su alrededor.
—¿Y tú cómo lo sabes?
Pero Nina no había hablado sin pensar. En aquel país, el poder Grisha era una
sentencia de muerte… o algo peor.
—Mi hermana era Grisha —mintió Nina.
—¿Qué… qué le pasó?
—No es una historia que me apetezca contar en medio de una tormenta.
La chica apretó los puños. Por los Santos, qué alta era. Tenía la complexión de
una bailarina, esbelta y musculosa.
—No puedes contarle a nadie lo que soy —dijo—. Me matarían.
—No voy a hacerte daño, y tampoco voy a ayudar a nadie a hacértelo. —Su
expresión era suspicaz. El viento arreciaba—. Pero eso poco importará si las dos
morimos aquí fuera.
La chica miró a Nina como si realmente tuviera el mal de la nieve.
—No seas tonta.
—¿Quieres decir que eres capaz de orientarte en esta tormenta?
—No —dijo, acariciando el flanco de su caballo—. Pero Helmut sí. Hay una
cabaña de cazadores no muy lejos de aquí. —Volvió a titubear, y Nina intuyó lo que
se le estaba pasando por la cabeza.
—Te estás planteando dejarme aquí, a merced de la nieve —dijo Nina. La
muchacha desvió la mirada con gesto culpable. Así que tenía una vena cruel. Por
algún motivo, ahora le caía mejor—. Tal vez no sobreviva, pero tal vez sí. Y si lo
hago, ten por seguro que le contaré a la primera persona que vea que hay una
Mortificadora Grisha viviendo en secreto entre las Mujeres del Manantial.
—No soy una Grisha.
—Pues tu imitación es excelente.
La chica acarició la crin de su caballo con la mano enguantada.
—¿Puedes cabalgar?
—Si es preciso.
—O eso, o duermes en la nieve.
—Puedo cabalgar.

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La chica subió a la silla de montar con un único y ágil movimiento. Le tendió la
mano a Nina y esta dejó que la aupara hasta la grupa del caballo.
—No te saltas ni una comida, ¿eh? —dijo la chica con un gruñido.
—No si puedo evitarlo.
Nina se agarró a la cintura de la muchacha, y enseguida empezaron a avanzar
entre las dunas de nieve.
—Podrían azotarte por usar esas órdenes, ¿sabes? —dijo la chica—. Djel
commenden. Se considera blasfemia si quien lo pronuncia no es un drüskelle.
—Pues esta noche rezaré alguna oración más.
—No me has contado cómo es que las conoces.
Más mentiras, pues.
—Un chico de nuestro pueblo sirvió con ellos.
—¿Cómo se llama?
Nina recordó el combate en la Corte de Hielo.
—Lars. Creo que falleció hace poco. —«Y nadie quiere que vuelva.» La había
atacado con un látigo y puesto de rodillas antes de que apareciera Kaz Brekker.
El mundo blanco se prolongaba, helado y monótono. Ahora que no iba a pie,
Nina sentía el frío con mayor intensidad, como un peso que la aplastaba. Justo
cuando empezaba a preguntarse si la muchacha sabía dónde se dirigían, Nina avistó
una silueta oscura entre la nieve, y el caballo se detuvo. La chica desmontó.
Nina la siguió, con las piernas entumecidas y doloridas, y guiaron a Helmut hasta
una zona techada junto a la cabaña.
—Parece que no somos las únicas que hemos tenido esta idea —dijo. Las
ventanas de la pequeña cabaña estaban iluminadas, y se oían voces fuertes en el
interior.
La chica recogió las riendas y se quitó el guante para acariciar el morro del
caballo.
—No sabía que tanta gente conociera este lugar. Seguramente dentro haya
hombres que han venido a guarecerse de la tormenta. Correremos peligro dentro.
Nina reflexionó.
—¿Llevas las faldas en las alforjas?
La muchacha se aflojó el cinturón anudado y los pliegues de su abrigo cayeron y
revelaron una falda que le tapó por completo los pantalones. Nina tuvo que reconocer
que estaba impresionada.
—¿Qué más trucos tienes en la manga? O en las faldas, en tu caso.
Una sonrisa afloró a sus labios.
—Unos cuantos.
La puerta del refugio se abrió de par en par y la silueta de un hombre armado con
un rifle se recortó contra la luz del interior.
—¿Quién vive?

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—Sígueme la corriente —murmuró Nina antes de exclamar—: ¡Oh, menos mal!
Temíamos que no hubiera nadie. ¡Deprisa, Inger!
—¿Inger? —musitó la chica.
Nina caminó a grandes zancadas hasta la puerta, ignorando el arma que la
amenazaba y confiando en que el hombre que la empuñaba no estuviera tan borracho
ni tan nervioso como para disparar a una chica desarmada… o que parecía estarlo.
Nina subió los escalones y sonrió con dulzura al hombretón, mientras la otra
chica le pisaba los talones.
—Gracias a Djel que hemos encontrado un refugio para pasar la noche. —Miró
por encima del hombro al interior de la cabaña. La estancia estaba atestada de
hombres, al menos diez, reunidos en torno a un fuego. Nina notó una punzada de
ansiedad. En aquel momento habría agradecido ver a los drüskelle, pues eran
abstemios y se atenían a un estricto código en relación con las mujeres. Lo único que
podían hacer ahora era echarle descaro a la situación—. ¡Y con tantos caballeros para
protegernos!
—¿Quiénes son ustedes? —dijo el hombre con suspicacia.
Nina pasó por su lado como si fuera la dueña de la cabaña.
—Qué suerte, ¿verdad, Inger? Vamos junto a la hoguera. Y cierra la puerta… —
Apoyó una mano en el pecho del hombre—. Disculpa, ¿cómo te llamas?
Este parpadeó con perplejidad.
—Anders.
—Sé buen chico y cierra la puerta, Anders.
Las dos muchachas entraron, y Nina respondió a las miradas de los hombres con
una sonrisa.
—Sabía que Djel guiaría nuestros pasos, Inger. Seguro que tu padre recompensará
generosamente a todos estos señores tan respetables.
Por un instante la chica pareció confundida, y Nina temió que fuera a ponerlas en
peligro a las dos. Pero entonces su rostro se relajó.
—¡Sí! ¡Desde luego! Mi padre es de lo más generoso cuando está en juego mi
seguridad.
—Y más si cabe teniendo en cuenta que tu prometido es el hombre más rico de
Overüt. —Nina les guiñó un ojo a los hombres reunidos frente al fuego—. Supongo
que Djel también les ha traído algo de suerte esta noche, caballeros. A ver, ¿cuál de
ustedes va a ser nuestro guardián?
—¿Guardián? —dijo un hombre de pobladas cejas naranjas junto a la chimenea.
—Durante esta noche.
—Pastelillo, creo que te confundes…
—El padre de la señorita Inger es muy generoso, sí, pero no esperarán que les
recompense con diez mil krydda a cada uno, así que deberán elegir quién es el
afortunado.
—¿Diez mil krydda?

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—Ese fue el precio la última vez, ¿no? Cuando nos quedamos atrapadas en aquel
sitio tan divertido del sur. Aunque imagino que, ahora que estás comprometida con el
hombre más rico de Overüt, puede que se duplique la suma.
—¿Quién es ese prometido del que tanto habla? —preguntó el barbudo.
—¿Han oído hablar de Bernhard Bolle, el que se hizo rico en el negocio de la
trucha ahumada? ¿Y de Ingvar Hals, que posee bosques madereros desde las Elbjen
hasta el Isenvee? Pues Lennart Bjord les hace sombra a los dos.
—¿Lennart Bjord? —repitió el barbudo.
—Me suena de algo —dijo alguien cerca de la chimenea. Nina tenía sus dudas,
porque se lo acababa de inventar.
—Yo he sido el que las ha recibido —dijo el hombre corpulento del rifle—. Lo
justo es que la recompensa sea para mí.
—¿Qué tiene eso de justo? ¡Estabas cerca de la puerta por pura casualidad!
—No se exciten —dijo Nina con el deje reprobador de una institutriz mientras los
hombres empezaban a debatir quién montaría guardia—. Lennart Bjord tendrá algo
para todos ustedes.
Nina e «Inger» se sentaron en un rincón y recostaron la espalda en la pared
mientras los hombres discutían.
—Ha sido patético —dijo rabiosamente la chica mientras apoyaba los codos en
las rodillas y se cubría las punteras de las botas con la falda.
—¿Cómo dices?
—Nos has hecho parecer débiles. Siempre que nos comportamos así, los hombres
no ven nada más que delicadeza al mirarnos.
—La delicadeza no tiene nada de malo —dijo Nina; notaba que su temperamento
se encendía. Estaba agotada y helada, y venía de cavar la tumba de su amante—.
Ahora mismo nos ven como dos grandes sacas de dinero, en vez de dos chicas
vulnerables y solas.
—No somos vulnerables. Yo tengo mi rifle y mi cuchillo. Y tú esos ridículos
dardos.
—¿También tienes doce brazos escondidos en el abrigo? Nos superan en número.
—Nina sospechaba que podría haberse encargado de todos ellos, pero para eso habría
tenido que revelar su verdadero poder, y por lo tanto también habría tenido que matar
a la chica.
—Están borrachos. Lo habríamos conseguido.
—No hay que entrar en una pelea que no puedas ganar —replicó Nina, irritada—.
Imagino que tú habrás tenido que entrenar en secreto, y seguramente nunca hayas
tenido un verdadero instructor de combate. Ser fuerte no significa ser imprudente.
La chica se arrebujó en su abrigo.
—Lo odio. Odio cómo nos ven. Mi padre es igual. Cree que una mujer con ganas
de luchar, cazar o valerse por sí misma es algo antinatural, que les está negando a los
hombres su deber como protectores.

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Nina resopló.
—Qué tragedia. ¿Y tu madre qué opina?
—Mi madre es la esposa perfecta, salvo por no haberle dado hijos varones a mi
padre. Ella hace lo que él dicta. —La muchacha suspiró. De repente parecía cansada;
la emoción del combate y la tormenta habían desaparecido. Su cabello, de aquel
extraordinario color castaño, rojo y dorado, el color de los bosques en otoño, se le
pegaba a las mejillas tostadas, empapado y enredado—. No se lo reprocho. Así
funciona el mundo. Le preocupa que yo termine siendo una marginada.
—¿Por eso te enviaron a un convento en mitad de la nada?
—Para que no pudiera meterme en líos ni avergonzarlos delante de sus amigos.
No finjas que tú no piensas igual. Vi cómo me mirabas cuando nos ayudasteis en el
claro.
—Ibas vestida de soldado. Comprende que me sorprendiese un poco. —Y su
objetivo entonces había sido proteger su falsa identidad, no hacerse amiga de una
Grisha… que además podría ayudarla a acercarse a la fábrica—. Por si no lo has
notado, yo viajo y me gano la vida sola.
—Es diferente. Tú eres viuda.
—No hacía falta ese tono de envidia.
La chica se frotó la frente con la mano.
—Lo siento. Qué desconsiderada.
Nina la observó. Había una cierta solidez en sus rasgos: los pómulos
pronunciados, la nariz rigurosamente recta. Solamente sus labios carnosos reflejaban
algo de dulzura. Era un rostro desafiante, de líneas testarudas. Hermosas.
—No somos tan distintas como crees. —Nina señaló a los hombres con la frente;
estaban echando un pulso para disputarse el derecho a una generosa recompensa que
ninguno vería jamás—. Es el miedo lo que provoca que tu padre actúe así y lo que
mueve a los hombres a dictar normas estúpidas para que no viajes sola ni cabalgues
como te venga en gana.
La otra chica reprimió una carcajada.
—¿Y de qué tienen miedo? El mundo les pertenece.
—Pero piensa en todo lo que podríamos lograr si nos permitieran hacer todo lo
que hacen ellos.
—Si tuvieran miedo de verdad, no tendrías que ponerles ojitos ni encandilarlos.
Nina le guiñó un ojo.
—Solo me has visto ponerles ojitos. Si alguna vez decido encandilar a alguien,
más te vale agarrarte al asiento.
La chica soltó una risotada contenida.
—Me llamo Hanne.
—Encantada de conocerte —dijo Nina—. Yo soy Mila. —Esa noche había
contado un sinfín de mentiras, pero por algún motivo se sintió mal por darle un
nombre falso a aquella chica.

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—No querrás que nos durmamos las dos, ¿verdad, Mila? —La miró con astucia.
—Ni por asomo. Tú mantén la daga al alcance de la mano, y yo haré la primera
guardia.
Nina se llevó la mano a la manga; el tacto de las esquirlas de hueso que forraban
la tela la reconfortó. Contempló la danza de las llamas.
—Descansa —le dijo a Hanne, y se dio cuenta de que era la primera vez que
sonreía desde hacía meses.

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HICIERON FALTA VARIOS DÍAS de planificación para preparar
el gran viaje de Nikolai por los lugares milagrosos. Había que reunir provisiones,
preparar los vehículos y la ropa adecuada para el clima caprichoso y enviar cartas a
los nobles y gobernadores de los pueblos que pensaban visitar. Zoya se irritaba con
todo el mundo más que de costumbre. Sabía que se rumoreaba que tenía uno de sus
arrebatos de mal humor, pero una de las ventajas del mando era no tener que endulzar
sus palabras. Hacía su trabajo, y lo hacía bien. Si sus estudiantes, sus sirvientes y sus
compañeros Grisha no eran capaces de aguantar alguna que otra respuesta brusca a
cambio de eso, se habían equivocado de país.
Tal vez habría podido relajarse si no fueran todos tan lentos. Pero finalmente los
carromatos estuvieron cargados, el carruaje preparado y los exploradores enviados a
comprobar el estado de las carreteras antes de que partiera la comitiva real. El
itinerario específico del viaje se mantendría en secreto, pero el pueblo de Nikolai no
tardaría en enterarse de que su rey estaba de viaje, y saldrían en masa al encuentro de
su rubio héroe de guerra.
Zoya no sabía qué pensar de las historias del monje sobre el bosque de las
espinas, ni de lo que les habían contado los gemelos acerca de la guardia sacerdotal y
el obisbaya. Una parte de ella estaba segura de que era una necedad depositar sus
esperanzas en semejante misión, en los delirios de un fanático que claramente creía
en los Santos y en toda la pompa y las sandeces que los rodeaban.
Se decía a sí misma que el viaje sería positivo para la corona y el prestigio de
Nikolai, independientemente de lo que encontraran. Se decía a sí misma que, si

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finalmente no conseguían nada, encontrarían alguna otra forma de resistir durante los
siguientes meses, apaciguar a sus aliados y mantener a raya a sus enemigos. Se decía
a sí misma que el verdadero Nikolai todavía mantenía el control, y no el monstruo
que Zoya había visto esa noche en el campanario.
Pero Zoya había sobrevivido hasta el momento por ser sincera consigo misma, y
tenía que reconocer que otro miedo acechaba dentro de ella, bajo la ansiedad que
acompañaba a los preparativos de ese viaje, bajo el espanto de haber mirado a los
ojos al demonio y haber visto su hambre. Le daba miedo lo que podrían encontrar en
la Sombra. ¿Y si los bobos genuflexos que adoraban a Aquel sin estrellas tenían
razón, y aquellos extraños sucesos anunciaban el regreso del Oscuro? ¿Y si
encontraba el modo de volver?
—Esta vez, estaré preparada. —Zoya susurraba esas palabras en la oscuridad,
bajo el techo de los aposentos que habían sido del Oscuro, en el palacio que este
había erigido de la nada. Zoya ya no era una niña ingenua, ansiosa y desesperada por
demostrar su valía a cada oportunidad. Era una general, con un gran número de
muertos a sus espaldas y una memoria todavía mayor.
«El miedo es un fénix.» Eran palabras que le había dicho Liliyana hacía años, y
que Zoya había repetido a otras personas en multitud de ocasiones. «Puedes verlo
arder mil veces, pero seguirá regresando.» No se dejaría dominar por sus miedos. No
podía permitirse ese lujo. «Di lo que quieras», pensó, «pero no has hecho más que
evitar a Nikolai desde lo del campanario.» Detestaba poseer esa fragilidad, detestaba
que ahora Tolya y Tamar, por orden de Zoya, permanecieran cerca mientras ella
encadenaba al rey a su cama por las noches; que incluso en las salas de reuniones se
mantuviera en guardia, como si esperara encontrar un brillo negro en los ojos
avellana de Nikolai, sentado al otro lado de la mesa de negociaciones. Su miedo era
inútil, improductivo… y sospechaba que habría deleitado al monstruo.
Cuando por fin llegó el día de partir, sacó un pequeño baúl. A diferencia de la
arquilla en la que los sirvientes habían guardado su kefta y su ropa de viaje, estaba
cerrado con llave. En él guardaba los grilletes de Nikolai, doblemente reforzados y
con un nuevo mecanismo de cerradura que Zoya había tardado horas en aprender a
manejar. El peso de las cadenas le resultaba reconfortante, pero aun así respiró más
tranquila cuando Genya y David entraron en sus aposentos.
Zoya observó la diminuta botella que le tendía Genya. Estaba cerrada con un
tapón de cristal.
—¿Será suficiente?
—Más que suficiente —dijo Genya—. Dale una gota justo antes de dormir, y otra
más si te da problemas. Si superas esa dosis, es muy probable que lo mates.
—Bueno es saberlo. El regicidio no está en mi lista de delitos predilectos.
Los labios de Genya formaron una sonrisa.
—¿Así que nunca has querido matar a Nikolai?
—Claro que sí. Pero no lo haría mientras duerme; no querría que se lo perdiera.

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Genya le dio otro frasco, redondo y con un líquido de color rojo.
—Utiliza esto para despertarlo por las mañanas. Descórchalo y pónselo debajo de
la nariz.
—¿Qué es exactamente?
—Un destilado de jurda y amoniaco. En pocas palabras, es un estimulante que
actúa muy deprisa.
—No es una definición muy precisa —dijo David—. Funciona por…
Zoya levantó la mano.
—Es una definición más que suficiente.
Genya deslizó los dedos por la superficie labrada del baúl.
—El proceso no será agradable para él. Se parecerá un poco a ahogarse todas las
noches y resucitar por las mañanas.
Zoya envolvió las botellas en algodón y las dejó cuidadosamente en el baúl, pero
cuando se disponía a cerrarlo, Genya apoyó la mano en la suya.
—Hemos fabricado el sedante más potente posible —dijo—. Pero la verdad es
que no entendemos lo que estamos intentando controlar. Zoya, es posible que corras
peligro.
Zoya lo sabía mejor que nadie. Había visto el horror que acechaba dentro de
Nikolai muy de cerca, demasiado para poder negarlo.
—¿Qué sugieres que haga?
Zoya se sorprendió cuando Genya dijo:
—Podría ir yo.
David apretó los labios, y Zoya comprendió que lo habían discutido, que Genya
lo decía en serio. Se le formó un desagradable nudo en la garganta, pero se limitó a
enarcar una ceja.
—¿Por lo buena guerrera que eres? Nikolai necesita que le acompañen soldados.
—Los nichevo’ya también dejaron su marca en mí, Zoya. Entiendo la pulsión de
esa oscuridad.
Zoya negó con la cabeza y apartó la mano de Genya mientras buscaba la llave en
su bolsillo.
—No estás preparada para una lucha así.
Llamaron a la puerta, y al darse la vuelta vieron la gigantesca silueta de Tolya en
el umbral de la sala común.
—El carruaje está listo. —Miró hacia atrás y exclamó—: ¡Y Tamar llega tarde!
—No llego tarde —dijo Tamar a sus espaldas—. Es que mi esposa está de mal
humor.
Zoya miró por encima del hombro de Tolya y vio que Tamar le daba la mano a
Nadia; evidentemente intentaba que se le pasara el enfado.
—Tengo todo el derecho a estar de mal humor—dijo Nadia—. Tú te marchas, mi
hermano está en algún lugar de Fjerda y a mí me han encargado construir un
prototipo de sumergible que no funcione para una fiesta a la que no quiero asistir.

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—Volveré antes de que te des cuenta —dijo Tamar . Y te traeré un regalo.
—Más vale que sean unas gafas protectoras nuevas —dijo Nadia.
—Estaba pensando en algo más romántico.
David frunció el ceño.
—¿Qué puede ser más romántico que unas gafas protectoras?
—Estamos listos —dijo Zoya. Le tendió el baúl a Tolya—. Genya, infórmame
periódicamente de las respuestas de las candidatas y los preparativos de seguridad.
Enviaré mensajes mediante nuestra red durante el trayecto. —Titubeó. Tuvo el
impulso irresistible de abrazar a Genya… y por una vez, no se contuvo.
Zoya sintió la mirada de incredulidad de Tolya; Genya se crispó por la sorpresa,
pero enseguida le devolvió el abrazo.
—Cuídate —susurró Zoya. «Cuídate.» Como si esas palabras fueran una especie
de conjuro.
—El único riesgo que correré será el exceso de planificación de menús —dijo
Genya, riendo. Retrocedió, y Zoya se sintió horrorizada y conmovida al mismo
tiempo al ver lágrimas en el ojo ambarino de Genya—. ¿De verdad crees que es
posible encontrar una cura?
—Debo creerlo. Ravka no resistiría otra lucha de poder, otro golpe de Estado, otra
guerra. Nikolai es insufrible, pero es la única opción que tenemos.
—Es un buen rey —dijo Genya—. Conozco la diferencia. Devuélvenoslo de una
sola pieza.
—Lo haré —prometió Zoya, aunque no sabía si podía cumplir esa promesa.
—Y ten cuidado, Zoya. Ravka también te necesita a ti.
Zoya notó un picor sospechoso en los ojos y se apresuró a salir antes de que la
situación se volviera demasiado sensiblera para su gusto.

Viajaron con todo el esplendor, rodeados por una escolta de exploradores y soldados
que llevaban en alto el estandarte del águila bicéfala. Yuri viajaba en el carruaje,
recluido con Tolya mientras ambos estudiaban viejos pergaminos y textos religiosos
en busca de información sobre el obisbaya. Habían destinado otro carruaje al
transporte de todos los libros que habían reunido en las bibliotecas del Gran Palacio y
el Pequeño Palacio… y unos cuantos más que Tamar había obtenido sigilosamente en
las catacumbas de la guardia sacerdotal: tratados académicos encuadernados en piel,
himnarios medio podridos e incluso viejos libros infantiles, en los bordes de cuyas
páginas amarillentas se veían ilustraciones de algo que recordaba a un bosque hecho
de espinas.
Aunque Yuri se había retorcido las manos y había protestado en tono
quejumbroso, lo habían convencido para que cambiara su túnica negra por la arpillera
parda de un monje ordinario, para así poder viajar con ellos de incógnito. No había

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tardado demasiado en transigir. Yuri creía que el objetivo secreto de aquel viaje, de la
visita a los lugares milagrosos y la Sombra, era determinar si el Oscuro debía ser
nombrado Santo y si debía erigirse una iglesia en el lugar de su martirio.
—Pero, para que eso pase —le había advertido Nikolai—, necesito saber todo lo
que puedas averiguar sobre el obisbaya. el ritual, la ubicación del bosque de las
espinas y en qué consiste esa purificación.
Los ojos de Yuri se habían encendido al oír la última palabra.
—Purificación —había repetido—. El regreso a las verdaderas creencias. La
restauración de la fe del pueblo.
Zoya sabía que Nikolai esperaba que las investigaciones del monje los condujeran
hasta un ritual capaz de purgarlo del monstruo, pero aun suponiendo que pudieran
tener éxito, se preguntaba qué pasaría después.
—¿Qué harás con él cuando todo haya terminado? —le había preguntado a
Nikolai—. El pueblo se sublevará de inmediato si intentas santificar al Oscuro.
Podrías desatar una guerra religiosa; le darías al Apparat la excusa perfecta para
desafiarte abiertamente, y además lo haría bajo la bandera de Alina.
—Encontraremos un punto intermedio —había respondido Nikolai—. Le
buscaremos a Yuri un bonito eremitorio para que redacte un tratado sobre las buenas
obras del Oscuro, con cuantos libros quiera. Le diremos que es necesario exponer la
cuestión ante el pueblo. Lo enviaremos a la Isla Errante para que difunda la palabra
del Santo sin estrellas.
—Eso se parece sospechosamente a un exilio.
—Tú lo llamas exilio, yo lo llamo vacaciones largas.
—Deberíamos enviarlo a Ketterdam para que predique ante Kaz Brekker y todos
esos réprobos —sugirió Zoya.
Nikolai esbozó una mueca.
—Entonces sí que tendría el martirio garantizado.
El rey no había vuelto a recorrer el país desde justo después de la derrota del
Oscuro, cuando había ocupado el vacío de sus padres exiliados para subir al trono. En
vez de permanecer en la capital, como esperaba la aristocracia, Nikolai había salido a
las carreteras y viajó sin descanso. Zoya apenas conocía al rey por aquel entonces, y
desde luego no se fiaba de él. Entendía que era la mejor esperanza de paz para su país
resquebrajado y reconocía que había demostrado ingenio durante la guerra civil, pero
no dejaba de ser un Lantsov, y su padre no había traído más que miseria a Ravka.
Hasta donde ella sabía por entonces, aquel nuevo rey podía ser poco menos que una
catástrofe en ciernes, un charlatán bien parecido.
Pero Nikolai había hecho lo que tantos hombres no habían podido hacer:
sorprenderla. Había consolidado las fronteras de Ravka, había negociado nuevos
préstamos con Kerch, había reestablecido sus puestos fronterizos y empleado la flota
que había construido durante su vida secreta como el corsario Sturmhond para
obstaculizar a los fjerdanos en el mar. Había visitado pueblos y ciudades,

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distribuyendo alimentos, dialogando con líderes y nobles locales y aprovechando
hasta el último ápice de su encanto para ganarse su apoyo y granjearse el favor de la
opinión pública tras la destrucción de la Sombra. Al regresar por fin a Os Alta, había
diseñado una nueva bandera con el sol ascendiendo tras el águila bicéfala de los
Lantsov, y había sido coronado por el Apparat en la capilla real recién construida.
Zoya había notado el cosquilleo de algo parecido a la esperanza.
Ella había estado trabajando duro con el Triunvirato, intentando recomponer el
Segundo Ejército y trazar planes de futuro para este. Algunos días se había sentido
orgullosa y llena de júbilo, pero otros se sentía como una niña jugando a ser líder.
Había sido angustioso y emocionante saber que todos estaban al borde del abismo de
algo nuevo,
Pero ahora, mientras viajaban de pueblo en pueblo, Zoya comprendió que la tarea
de unificar Ravka y construir nuevos cimientos para el Segundo Ejército había sido la
parte más fácil. Arrastrar al país hasta su futuro estaba resultando más difícil. Nikolai
se había pasado la vida esperando para gobernar y aprendiendo a hacerlo, pero
mientras que el rey ansiaba el cambio, Ravka lo rechazaba. Sus reformas de las leyes
de diezmos y propiedad de tierras habían suscitado las quejas de la nobleza. «Claro
que los siervos deberían tener derechos», protestaban, «pero más adelante». El rey iba
demasiado lejos, avanzaba demasiado deprisa.
Zoya sabía que Nikolai era consciente de la resistencia que crecía en su contra y
que pretendía aprovechar aquel viaje para derrotarla. Emplearon los días viajando y
ganándose a los plebeyos con espectáculos y dádivas de dinero y alimentos. Por las
noches, la comitiva se alojaba en las casas de los nobles y gobernadores locales, y
organizaban grandes banquetes que se prolongaban hasta bien entrada la noche.
Después de la cena, Nikolai se recluía con el dueño de la casa; le hablaba de sus
reformas, solicitaba su ayuda y le alisaba las plumas erizadas por el peligro del
cambio. A veces Nikolai le pedía a Zoya que les acompañara, cuando lo único que
quería ella era acostarse.
—¿Para qué molestarme? —había gruñido en la dacha del barón Levkin, en
Kelink—. Tu encanto es más que suficiente para ganártelo.
—Deben ver a mi general —había replicado él.
Era cierto. A los nobles les entusiasmaban las anécdotas sobre la guerra y la
fuerza del Segundo Ejército. Pero Zoya también sabía que su presencia, por agria y
seca que fuera, cambiaba el ambiente y hacía que la conversación se pareciera más a
un diálogo amistoso que a una negociación. Ese era otro de los motivos por los que
Nikolai necesitaba desesperadamente una reina. Así que ella hacía lo posible por
esbozar sonrisas, ser agradable y ofrecer de vez en cuando algunas palabras sobre las
fuerzas Grisha cuando alguien preguntaba. Era agotador.
—¿Cómo lo consigues? —le espetó a Nikolai una noche, mientras abandonaban
una sesión especialmente productiva con un duque de Grevyakin. Este había iniciado
la conversación decidido a rechazar la sugerencia de Nikolai (emplear sus campos

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para el cultivo de algodón) y exigir el regreso a las viejas costumbres. La casa estaba
llena de objetos artesanales de madera y telas tejidas a mano, todo de estilo
campesino, recuerdos de tiempos más simples, cuando los siervos tenían la decencia
de fabricar cosas bonitas para su señor y morirse de hambre sin dar la tabarra. Pero
dos horas y varios vasos de licores fuertes después, el viejo duque se reía a carcajadas
de los chistes de Nikolai y había accedido a dedicar dos granjas más al algodón. Una
hora más tarde, prometió autorizar la construcción de un nuevo molino y una
desmotadora de algodón en sus tierras—. ¿Cómo te las apañas para que cambien de
opinión y que encima te den las gracias?
Nikolai se encogió de hombros.
—Como buen noble, desprecia el comercio, pero le gusta verse como un gran
bienhechor. Me he limitado a hacerle ver que, con todo el tiempo y el dinero que
ahorrarán sus trabajadores, dispondrán de más horas para fabricar los ornamentos que
tanto le gustan. Su casa podría convertirse en un reclamo para artesanos y artistas: el
nuevo mundo sustentará al viejo en lugar de sustituirlo.
—¿Lo crees de verdad?
—En absoluto. Cuando sus siervos experimenten el dinero y la educación,
querrán tener vida y negocios propios, en lugar de implorar el apoyo de su señor. Pero
entonces ya será demasiado tarde. El progreso es un río. No se le puede hacer volver
a su cauce una vez que se desborda.
—Pero no me refería a eso —dijo Zoya mientras Tolya los conducía hasta los
aposentos donde se alojaría Nikolai—. ¿Cómo consigues hacer esto? —Agitó la
mano, recorriendo a Nikolai desde la corona que llevaba sobre su dorada cabeza hasta
sus botas perfectamente lustradas—. Llevas días viajando, duermes apenas unas
horas. —Bajó la voz y susurró—: Te drogo todas las noches, y eres el anfitrión de
una especie de mal inmortal. Pero te las arreglas para parecer descansado y
satisfecho. Apuesto a que, de haberlo pedido el duque, habrías podido pasar una hora
más jugando a las cartas y contando batallitas.
—Son gajes del oficio, Zoya. Gobernar no se basa solamente en las victorias
militares. Ni siquiera en la aprobación y aplicación de leyes justas. Se basa en
momentos como este, en los hombres y las mujeres que deciden poner sus vidas y su
sustento en nuestras manos.
—Venga, reconoce que necesitas que te adoren tanto como ellos necesitan
adorarte.
—Por suerte, soy de lo más adorable.
—Pero pierdes adorabilidad por momentos. No pareces fatigado en absoluto. No
es normal.
—Creo que la fatiga te sienta bien, Zoya. La palidez. Las ojeras. Pareces la
heroína de una novela.
—Lo que parezco es una mujer que está a punto de darte un pisotón.

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—Vamos, vamos. Estás aguantando notablemente. Y todavía no te has muerto por
sonreír un poco.
—Todavía.
Tamar los esperaba junto a la puerta de la alcoba de Nikolai.
—¿Algún problema hoy? —le preguntó Nikolai. En la visita anterior, Tamar
había sorprendido a un sirviente merodeando en los aposentos del rey y hurgando en
sus pertenencias, supuestamente por orden de su señor.
—Nada —respondió Tamar—. Pero voy a hacer otra inspección de la casa por si
acaso, y cuando todos duerman echaré un vistazo al estudio del duque.
El viejo duque parecía más que convencido, pero era necesario averiguar si
estuvo en contacto con los adversarios de Nikolai en Ravka Occidental o con alguno
de los pretendientes Lantsov.
Cuando Nikolai se hubo descalzado y tumbado en la cama, bajo un grotesco
cuadro de Sankta Anastasia curando la plaga, Zoya extrajo la botellita de su bolsillo.
Nikolai se estremeció.
—No sé qué han fabricado David y Genya, pero se parece más a un puñetazo en
la mandíbula que a quedarse dormido.
Zoya no dijo nada. Los sedantes que le habían dado anteriormente eran pociones
sencillas que lo atontaban y lo dejaban roncando antes de que Zoya se hubiera
marchado de la estancia. Pero con aquel nuevo brebaje, Nikolai se quedaba
inconsciente en cuestión de un instante, aunque no parecía estar dormido. Su quietud
era tan absoluta que más de una vez Zoya le había palpado el cuello con los dedos,
buscando su pulso lento y perezoso. Drogarlo era como verlo morir noche tras noche,
—Lo único que sé es que es lo bastante potente como para hacerte callar —dijo.
Levantó la botella, pero la mantuvo fuera de su alcance—. Dime cómo lo consigues.
¿Cómo sobrevives a tanto falso entusiasmo, a esta eterna actuación?
—Tú lo consigues todos los días en el Pequeño Palacio, Zoya. A pesar de tus
bravatas, sé que no siempre te sientes inteligente o fuerte, pero se te da bien
aparentarlo.
Zoya se echó el cabello sobre un hombro.
—Puede ser. Pero nunca dejo de ser yo misma. Tú cambias como la luz sobre el
agua. Estos momentos, estas interacciones solo parecen darte energías. ¿Cuál es tu
secreto?
—El secreto… —musitó Nikolai. Extendió la mano y Zoya le entregó el vial
plateado—. Supongo que el secreto es que no soporto estar solo. —Descorchó el
brebaje—. Pero hay sitios a los que nadie puede acompañarnos.
Se llevó la botella a la lengua, y Zoya se la arrebató de las manos mientras
Nikolai caía de espaldas y se hundía en la oscuridad antes de que su cabeza hubiera
tocado la almohada.

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Zoya viajaba en vanguardia con la escolta. A veces Nikolai iba dentro del carruaje
con Tolya y Yuri, pero por lo general cabalgaba en uno de sus corceles blancos,
rodeado por sus guardias; Tamar lo seguía a una distancia discreta. Nikolai no vestía
el uniforme de gala y el fajín que solía llevar su padre; prefería la casaca verde oliva
de los soldados del Primer Ejército. Se había ganado el respeto del ejército al servir
en la infantería antes de ser nombrado oficial, y las medallas que lucía en el pecho no
eran ceremoniales; las había ganado en combate.
En cada aldea y pueblo, Zoya era testigo de cómo el rey obraba su magia
particular. Incluso su forma de montar cambiaba en función del público. A veces iba
relajado y cómodo en su silla, con el sol reflejándose en su cabello y sus botas
lustradas mientras sonreía y saludaba con la mano a sus amados súbditos. Otras veces
su porte era adusto y heroico, mientras subía a púlpitos y balcones para dirigirse a las
multitudes que rezaban en las iglesias y se reunían en las plazas. Aunque él y Zoya se
esforzaban por disimular la urgencia de su misión, cabalgaban a marchas forzadas
todos los días y nunca permanecían más de una noche en un mismo lugar. Habían
reservado tres semanas para aquel viaje. Independientemente de lo que descubrieran
o dejaran de descubrir en la Sombra, estarían de vuelta en la capital con tiempo de
sobra para preparar el festival.
En Ryevost, la ciudad azotada por el gran terremoto, Nikolai se quitó la casaca y,
en mangas de camisa, trabajó codo con codo con los hombres, apartando escombros e
izando vigas. Visitó el lugar donde el gran sello de piedra de Sankt Lubov se había
partido y había escupido una oleada de diminutos colibríes plateados que habían
sobrevolado la plaza mayor como una ruidosa nube durante dos semanas, antes de
dispersarse. Prometió erigir allí una nueva iglesia, pagada con oro Lantsov.
—¿Y de dónde vas a sacar de verdad ese dinero? —le preguntó Zoya esa noche.
—¿De los kerch? ¿De mi acaudalada prometida? O a lo mejor el Apparat podría
vender algún retablo bonito.
Pero ahora Zoya comprendía lo que Nikolai pretendía al acceder a la petición de
nuevas iglesias del Apparat. El Apparat obtendría sus templos, lugares donde alojar a
sus espías y sus partidarios, pero el pueblo no pensaría en el sacerdote al rezar sus
oraciones y oír las campanas de la iglesia. Pensarían en su rey dorado y hablarían
entre susurros sobre el día en que Nikolai había visitado su aldea.
—Yo crecí en un lugar como este —dijo Zoya mientras entraban en el siguiente
pueblucho remoto—. Hambriento. Sin futuro. La desesperación lleva a la gente a
hacer cosas terribles, y siempre son las niñas las que lo sufren primero.
—¿Por eso estás tan a favor de las nuevas fábricas que construimos?
Zoya se encogió ligeramente de hombros.
—Hacen falta espaldas anchas para levantar un hacha o acarrear piedras, pero
tirar de una palanca o pulsar un botón no requiere fuerza.
Zoya sintió que Nikolai la miraba con atención.
—No sabía nada de esa simpatía tuya por el pueblo llano.

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«Antaño fui una de ellos. Y Liliyana y Lada también.»
—No se trata de simpatía. Para que los Grisha crezcan, necesitamos una Ravka
fuerte.
—Ah, estás siendo práctica, ya veo.
Zoya notó el tono escéptico de su voz, y no le gustó nada. Pero le resultaba difícil
mirar aquellas calles enlodadas, aquellas casas grises de tejado torcido y porche
combado, la aguja inclinada de la iglesia, y no pensar en Pachina, el pueblo que había
dejado atrás. Se negaba a llamarlo hogar.
—¿Sabes qué fue lo que lo cambió todo en mi aldea? —Mantuvo los ojos fijos en
la carretera, llena de socavones y adoquines rotos por la lluvia de la noche anterior—.
La leva. Cuando la guerra se recrudeció tanto que la corona se vio obligada a reclutar
a las chicas además de a los chicos.
—Creía que el pueblo consideraba la leva una maldición.
—Algunos sí —admitió Zoya—. Pero a otras nos ofreció una vía de escape, una
oportunidad de ser algo más que la esposa de alguien y morir en un parto. Cuando yo
era pequeña, antes de que se manifestaran mis poderes, soñaba con ser soldado.
—¿La pequeña Zoya y su bayonetita?
Zoya resopló.
—Siempre tuve madera de general. —Pero su madre solamente veía valor en la
belleza de su hija. El rostro de Zoya había sido su dote a la tierna edad de nueve años.
De no haber sido por Liliyana, la habrían malvendido como a un becerro. Pero ¿podía
reprochárselo a su madre? Recordaba las manos curtidas de Sabina, sus ojos
agotados, su cuerpo flaco… perpetuamente cansada y sin esperanzas. Y sin embargo,
después de tantos años, Zoya seguía sin encontrar ni un ápice de perdón para la
desesperación de su madre y la cobardía de su padre. Podían irse al infierno.
Chasqueó las riendas.
Zoya y el resto de la comitiva de Nikolai cruzaron los campos de cebada e
inspeccionaron la nueva fábrica de armamento, soportaron los cánticos de un coro
infantil y tomaron el té con el consejo del pueblo y el director del coro.
—Deberías envenenar al director por someternos a semejante atrocidad —
refunfuñó Zoya.
—Eran adorables.
—Desafinaban.
Zoya se vio obligada a hacer una pequeña demostración de invocación para las
mujeres del lugar, y resistió el impulso de volarle la peluca al magistrado del pueblo
con una racha de aire.
Finalmente pudieron salir a caballo con el gobernador para echar un vistazo a la
gran extensión de bosque que supuestamente había sido talada en una sola noche. La
imagen era escalofriante. Había un denso olor a savia en el aire, y los árboles se
habían desplomado formando líneas perfectas hasta la cima de una colina que se
elevaba sobre una diminuta capilla dedicada a Sankt Ilya el Encadenado. Todos los

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árboles estaban tendidos como cadáveres en la misma dirección, como si los hubieran
dispuesto señalando hacia el oeste, hacia la Sombra. Dejaron que Yuri saliera del
carruaje para que estirara las piernas y viera el supuesto lugar milagroso; el gigante
de Tolya, como si fuera un árbol solitario que se había negado a caer, lo acompañó en
todo momento. Tolya les dijo que habían empezado a recomponer un texto que bien
podía ser la descripción original del obisbaya.
—¿Se te ha ocurrido considerar—dijo Zoya, mirando al monje delgaducho que
departía animadamente con un Tolya de aspecto atribulado— que todo esto no sea
más que un ardid? ¿Que el Apparat y el monje no sean enemigos? ¿Que lo que ambos
quieren es alejarte de la seguridad de la capital, y que lo han conseguido?
—Por supuesto que lo he pensado —dijo Nikolai—. Pero estos fenómenos están
fuera del alcance de los recursos del Apparat, por considerables que sean. Por mucho
que le duela a mi orgullo reconocerlo, es posible que aquí esté pasando algo que nos
supera a los dos.
—Habla por ti —dijo Zoya. Pero mientras miraba los árboles talados, tuvo la
sensación de que una mano invisible los estaba guiando, y esa sensación no le
gustaba nada—. No confío en él —dijo—. En ninguno de los dos.
—El Apparat es un hombre ambicioso, y eso quiere decir que se le puede
controlar.
¿Y nuestro amigo el monje? ¿Controlar a Yuri es igual de fácil?
—Yuri es un creyente sincero. O eso, o es el mejor actor que ha existido, y sé que
eso es imposible.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Porque si he conseguido sonreír durante todo el concierto del coro, es evidente
que el mejor actor que ha existido soy yo. —Nikolai apretó con los talones los
flancos de su montura—. Pongamos rumbo al siguiente pueblo, Nazyalensky.
¡Esperanza o desaliento!

Zoya dio gracias cuando entraron en Adena, su última parada antes de llegar a la
Sombra. Pronto obtendrían respuestas… o darían media vuelta y volverían a casa. Al
menos así se libraría de la ansiedad y el temor por lo que pudieran encontrar cuando
llegaran al Nocéano.
La aldea era igual que todas las demás, salvo por sus vistas a un precioso lago.
Esta vez los recibió una banda musical desafinada y un desfile de ganado y verduras
gigantes.
—Ese calabacín es tan grande como yo —dijo Nikolai entre dientes mientras
sonreía y saludaba.
—Y el doble de guapo.
—No es ni la mitad de guapo —protestó él.

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—Está bien —dijo Zoya—, pero por lo menos el calabacín no habla.
Finalmente se levantaron de sus asientos del templete musical y caminaron hacia
la iglesia. Por una vez, los lugareños no los siguieron. Zoya, Nikolai, Yuri y los
gemelos se dirigieron al camino que salía de la aldea, con el sacerdote local como
único acompañante.
—¿No hay peregrinos? —le preguntó Tolya mientras dejaban atrás las últimas
casas.
—Los peregrinos permanecen dentro de la aldea —dijo el sacerdote. Era un
hombre mayor, con una pulcra barba blanca y anteojos muy parecidos a los de Yuri
—. Solamente se puede visitar el lugar en ciertas horas, y bajo supervisión. La
catedral está en proceso de reparación y deseamos preservar la obra de Sankta
Lizabeta.
—¿Tan frágil es? —preguntó Yuri.
—Es algo extraordinario y no se puede permitir que todo el mundo arranque un
pedazo como recuerdo.
Zoya sintió un escalofrío. Algo había cambiado en el ambiente. Los insectos
habían enmudecido. No oía el canto de ningún pájaro en los árboles cercanos
mientras caminaban entre las frías sombras del bosque y se alejaban cada vez más del
pueblo. Su mirada se cruzó con la de Tamar y ambas asintieron sutilmente. Incluso en
un supuesto lugar sagrado existía el peligro de un intento de regicidio.
Llegaron hasta la cima de una colina alta y estrecha junto a la cual se elevaba una
catedral rodeada de andamios; sus cúpulas doradas refulgían al sol del atardecer.
Frente a la entrada se alzaba una estatua de Sankta Lizabeta. Numerosas rosas rojas
habían brotado de la misma piedra y habían resquebrajado la cabeza velada de la
Santa. Las flores cubrían la estatua en gran profusión, rodeaban sus faldas de mármol
en un amplio círculo, como un charco de sangre. Su aroma ascendía como una oleada
densa y dulzona en la que parecía brillar el calor del verano.
Yuri estaba pletórico.
—Quería creer. Y creía, pero esto…
Zoya se dio cuenta de que Yuri lloraba.
—Silencio —le espetó—. O te volveré a meter en el carruaje yo misma.
Mirad —dijo Tolya, y Zoya percibió un tono reverencial en su voz.
De los ojos de Lizabeta caían lágrimas negras. Tenían el fulgor de la obsidiana,
como si se hubieran congelado o las hubieran esculpido en piedra.
A sus pies, en el valle, Zoya avistó el amplio territorio de Kribirsk a lo lejos y,
más allá, el brillo de las arenas blancas y muertas que antaño habían sido la Sombra.
Estaban cerca.
Nikolai profirió un siseo y Zoya clavó su mirada en él. Los ojos del resto estaban
fijos en la estatua, pero antes de que Nikolai pudiera cubrirse la muñeca con el
guante, Zoya entrevio las venas oscuras que se teñían de negro y palpitaban, como
si… como si lo que habitaba en su interior acabara de reconocer algo familiar y

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hubiera despertado. Su instinto fue el de alejarse, temerosa de que el monstruo se
manifestara, pero era una soldado y no flaquearía.
—¿Cuál era la historia de Lizabeta? —preguntó Nikolai. Tenía la voz tensa, pero
los demás no parecieron darse cuenta.
—Es hermosa y trágica al mismo tiempo —dijo Yuri con entusiasmo.
Zoya tenía ganas de estamparlo contra las rosas.
—Los martirios siempre se inventan para parecerlo.
Pero Yuri la ignoró, o tal vez no la oyó.
—Lizabeta solo tenía dieciocho años cuando llegaron unos saqueadores a las
costas de Ravka Occidental que rapiñaban y quemaban cuantas aldeas encontraban a
su paso. Los hombres de su pueblo se escondieron, pero Lizabeta hizo frente a los
soldados en un campo de rosas blancas y les suplicó que fueran clementes. Cuando se
lanzaron a atacarla, ella se arrodilló y rezó, y las abejas contestaron a sus plegarias:
surgieron de entre las flores y atacaron a los soldados en un gran enjambre. El pueblo
de Lizabeta se salvó.
Zoya se cruzó de brazos.
—Y ahora dile a nuestro rey cómo recompensó el pueblo a la joven Lizabeta por
ese milagro.
—Bueno —dijo Yuri, jugueteando con un hilo suelto de su manga—. Los
habitantes de la aldea vecina exigieron que Lizabeta repitiera el milagro para que su
pueblo también se salvara, pero no pudo. —Carraspeó—. La destriparon y
descuartizaron. Se dice que las rosas se tiñeron de rojo con su sangre.
—Y se supone que esa mujer es la misma que responde a las plegarias de la
gente. —Zoya arrancó una rosa de su tallo, ignorando el grito ahogado de horror del
sacerdote local. El aroma era empalagoso. Todo aquel lugar le ponía los pelos de
punta. Era como si algo la estuviera observando desde las cúpulas de la catedral,
desde las sombras de los árboles—. ¿Por qué todos vuestros Santos tienen que haber
sido martirizados?
Yuri parpadeó, perplejo.
—Porque… porque muestra voluntad de sacrificio.
—¿Crees que Lizabeta quiso que la descuartizaran? ¿Y qué me dices de Demyan,
cuando lo lapidaron? ¿O de Ilya, encadenado y arrojado a un río para que se ahogara?
—Ya estaba cansada de esos milagros, cansada de que el miedo cabalgara a su lado
todos los días, y absolutamente harta de historias que terminaban con el sufrimiento
de quienes se atrevían a ser valientes, diferentes o fuertes—. Si yo fuera Lizabeta, no
perdería el tiempo escuchando los lloriqueos de…
Un movimiento en el tejado de la catedral captó la atención de Zoya. Levantó la
vista justo a tiempo para ver algo enorme que se abalanzaba contra ella. Chocó contra
la estatua de Lizabeta y la hizo pedazos; cayeron pétalos y esquirlas de piedra por
todas partes. Unas recias manos agarraron a Zoya por los hombros, se hundieron en

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su carne y la levantaron del suelo. Zoya pataleó: notaba la terrible sensación de no
tener nada bajo sus pies.
Zoya soltó un alarido mientras la arrastraban hacia el cielo, con la rosa todavía en
la mano.

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—¡ZOYA!
Algo la había agarrado, algo que tenía alas, y por un momento Nikolai se
preguntó si el demonio habría escapado de su propia piel. Pero no, las alas del captor
eran enormes prodigios de ingeniería mecánica, que batían el aire a medida que se
elevaban más y más alto.
Otro soldado alado bajaba en picado en dirección a Nikolai. Era una mujer, con el
cabello negro recogido en un moño alto y los brazos blindados con bandas de metal
gris. Eran khergud. Los shu habían tenido la osadía de atacar a la comitiva real.
Tolya y Tamar se interpusieron delante de Nikolai, pero el objetivo de la soldado
no era el rey: había venido a por sus guardaespaldas Mortificadores. Había venido a
cazar Grisha. Con un solo movimiento, la khergud dejó caer una red metálica que
resplandeció en el aire y cayó sobre los gemelos con tanta fuerza que los derribó a
ambos. La khergud los arrastró por la tierra, y fue ganando velocidad para salir
volando y llevárselos.
Nikolai no titubeó. La sutileza tenía sus momentos, pero otras veces lo único que
se podía hacer era cargar hacia delante. Echó a correr hacia la khergud y trepó por
encima de Tolya y Tamar, que no dejaban de forcejear y soltaron un gruñido cuando
los pisó con sus botas. Abrió fuego con sus dos pistolas.
La khergud apenas se inmutó; su piel estaba reforzada con aquella aleación
maravillosamente eficaz de acero Grisha y rutenio. Ya se ocuparían de ese problema
más tarde.
Nikolai soltó sus armas de fuego, pero no detuvo su carrera. Desenvainó la daga y
se lanzó contra la espalda de la khergud. La soldado se revolvió con la fuerza de una

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yegua salvaje. Nikolai había leído los informes: sabía que la fuerza y la pólvora no
eran rivales para un poder como aquel. Tendría que valerse de la precisión.
—Espero que alguna parte de tu cuerpo siga siendo de carne y hueso —escupió
Nikolai. Agarró a la khergud por el cuello, dirigió la punta de su daga al hueco entre
la mandíbula y la garganta de la mujer y hundió el arma hasta la empuñadura,
rezando por haber elegido bien.
La khergud trastabilló y perdió impulso mientras intentaba arrancarse la daga,
Nikolai no cejó en su empeño y retorció la daga para clavarla más profundamente;
notó la sangre caliente que se derramaba sobre su mano. Finalmente, la soldado se
desplomó.
Nikolai no esperó a ver cómo Tolya y Tamar se liberaban; ya estaba escudriñando
los cielos en busca de Zoya y su captor.
Estaban forcejeando en el aire; Zoya pataleaba y luchaba contra el khergud que la
había apresado. El soldado le rodeaba la garganta con uno de sus musculosos brazos.
Iba a asfixiarla hasta dejarla inconsciente.
De repente, Zoya se quedó inmóvil… pero no era posible que hubiera perdido el
conocimiento tan deprisa. Nikolai notó que el aire se cargaba de energía. El khergud
había supuesto que Zoya era como cualquier otro Grisha y no podía invocar si no
tenía los brazos libres. Pero Zoya Nazyalensky no era una Vendaval cualquiera.
Un relámpago restalló sobre las alas metálicas del soldado shu, que se estremeció
y tembló. El cuerpo del khergud quedó inerte, y Zoya y él se precipitaron hacia el
suelo. «No, no, no.» Nikolai echó a correr hacia ellos, mientras su mente trazaba y
descartaba un plan tras otro. Inútil. Irrealizable. No podía llegar hasta ella a tiempo.
Un rugido brotó de su pecho. Dio un gran salto, notó el roce del aire en la cara, y de
repente la tenía entre sus brazos. «Imposible. Las leyes físicas no…»
Nikolai vislumbró su propia sombra en el suelo… a demasiada distancia: una
mancha oscura enmarcada por unas alas que sobresalían de su propia espalda. «El
monstruo soy yo, y yo soy el monstruo.» Se estremeció, como si así pudiera escapar
de sí mismo, y observó cómo temblaba a su vez la sombra de monstruo.
—¿Nikolai? —Zoya lo estaba mirando, y lo único que él veía en su rostro era
terror.
—Soy yo —intentó decir, pero solo se oyó un rugido. Un segundo después, una
descarga de electricidad recorría su cuerpo: el poder de Zoya vibraba a través de sus
huesos. Soltó un grito, que fue en realidad un aullido desgarrador, y notó que sus alas
se encogían y desaparecían.
Estaba cayendo. Ambos iban a morir.
Zoya extendió su brazo libre y formó un colchón de aire debajo de ellos que frenó
bruscamente la caída. Salieron rodando y chocaron contra el suelo como dos fardos.
Un momento después, Zoya se arrastraba para alejarse de él, con los brazos
levantados y sus ojos azules abiertos de par en par.
Nikolai extendió las manos en señal de rendición.

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—Soy yo —repitió, y al oír que sus labios articulaban palabras humanas e
inteligibles, quiso llorar de pura gratitud. Nunca había probado nada tan dulce como
el regreso de las palabras a su lengua.
Las fosas nasales de Zoya estaban dilatadas. Se volvió hacia el soldado khergud
que la había atacado y se cernió sobre su cuerpo buscando un lugar en el que
descargar su miedo. La caída debería haberlo matado, pero ya se estaba incorporando.
Zoya levantó las palmas de las manos y se oyó un trueno; brotaron relámpagos de las
puntas de sus dedos. Sus cabellos flotaban en torno a su rostro como una aureola de
serpientes. Estampó ambas manos contra el pecho del soldado, que empezó a
retorcerse mientras su carne enrojecía y humeaba; su cuerpo se prendió fuego al arder
desde dentro.
—¡Zoya! —exclamó Nikolai. Se puso de pie, pero no se atrevió a tocarla con
semejante corriente de poder recorriéndola—. Zoya, mírame, maldita sea.
Zoya levantó la cabeza. Tenía la piel pálida y los ojos enloquecidos de rabia. Por
un momento, no pareció reconocer a Nikolai, pero luego relajó los labios y los
hombros. Zoya retiró las manos, y el cuerpo carbonizado del khergud se desplomó.
Zoya, arrodillada, se echó hacia atrás y tomó aire profundamente.
El olor que emanaba del cadáver achicharrado del khergud era nauseabundamente
dulzón. El interrogatorio quedaba descartado.
Tolya y Tamar ya se habían desembarazado de la red. Estaban con Yuri, que
temblaba como una hoja, tanto que Nikolai pensó que estaba sufriendo una especie de
ataque. ¿Acaso el muchacho nunca había visto un combate? La refriega había sido
brutal pero breve, y Yuri ni siquiera había sido el objetivo del ataque. Pero entonces
Nikolai cayó en la cuenta…
—Vos… él… —balbuceó Yuri.
—Su Majestad —le corrigió Tolya.
Nikolai se miró las manos. Todavía tenía los dedos teñidos de negro y curvados
en forma de garra. Le sobresalían de los guantes rotos. Nikolai respiró hondo. Pasó
un segundo… y luego otro. Finalmente, las garras se retrajeron.
—Lo sé, Yuri —dijo con toda la calma que pudo reunir—. Es un truco muy
resultón en las fiestas. ¿Te vas a desmayar?
—No. Quizá. No lo sé.
—No te pasará nada. Estamos todos bien. —Las palabras eran tan obviamente
falsas que Nikolai tuvo que contenerse para no echarse a reír—. Ahora necesito que
guardes silencio. Tolya, Tamar, ¿no estáis heridos? —Ambos negaron con la cabeza.
Nikolai se obligó a mirar a Zoya—. ¿Tú tampoco?
Zoya tomó aire temblorosamente. Negó con la cabeza, flexionó los dedos y dijo:
—Solo unos rasguños. Pero el sacerdote… —Señaló con la barbilla al hombre
que yacía en el suelo; de la sien le goteaba sangre que manchaba su barba blanca. Un
trozo del velo de piedra de Lizabeta lo había dejado inconsciente.

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Nikolai se arrodilló a su lado. El pulso del sacerdote era regular, aunque
seguramente tuviera una fuerte conmoción.
—No se oyen gritos en la aldea —dijo Tamar mientras empleaba su poder para
comprobar las constantes vitales del sacerdote—. No han dado la voz de alarma. Si
alguien hubiera visto a los khergud, habrían venido corriendo.
Con un poco de suerte, nadie habría visto el ataque desde el pueblo.
—No quiero tener que explicar la presencia de soldados con alas mecánicas —
dijo Nikolai—. Tendremos que ocultar los cadáveres.
—Entre las rosas —dijo Tamar—. Cuando anochezca, mandaré a dos jinetes para
recuperarlos.
Cuando los cuerpos estuvieron bien escondidos bajo las abundantes rosas rojas de
Lizabeta, reorganizaron la zona de la estatua como mejor pudieron y Tamar reanimó
al sacerdote. Como siempre, el hecho de estar haciendo alguna actividad alivió la
tensión que atenazaba a Nikolai. Pero sabía que no podía fiarse de aquella ilusoria
sensación de control. Era un bálsamo, no una cura. El monstruo se había manifestado
a plena luz del día. Y le había permitido salvar a Zoya. Nikolai no sabía cómo
interpretarlo. Él no había llamado al demonio, sino que este se había abierto paso por
su cuenta. O eso le parecía. «¿Y si vuelve a ocurrir?» Tenía la sensación de que ahora
su mente era territorio enemigo.
El sacerdote despertó sobresaltado y gimió mientras se tocaba el chichón de la
sien con los dedos.
—¡Vaya golpe se ha dado en la cabeza! —dijo Nikolai con amabilidad.
—¡Había soldados! —dijo el sacerdote, sin aliento—. ¡En el cielo! —Nikolai y
Tamar intercambiaron una mirada de preocupación muy bien ensayada—. Un
hombre… salió de entre las nubes. ¡Tenía alas! Y otro saltó desde el tejado de la
catedral.
—Sospecho que ha sufrido una conmoción —dijo Nikolai a la vez que ayudaba al
sacerdote a levantarse.
—¡Los he visto! La estatua… ¿Veis? ¡Ha destrozado la estatua, nuestra estatua de
Sankta Lizabeta!
—No —dijo Nikolai, y señaló la viga que habían conseguido arrancar del
voladizo de la catedral—. ¿No ve esa viga rota? Se desprendió del techo y cayó
encima de la estatua y de usted. Tiene suerte de seguir vivo.
—Es un milagro —dijo Zoya secamente.
—Hermano —le imploró el sacerdote a Yuri—. ¡Dime que no has visto lo mismo
que yo!
Yuri se mesó su barba rala y Nikolai aguardó. El monje no había despegado los
ojos de él desde el ataque de los khergud. Finalmente, Yuri dijo:
—No… no he visto nada que no tenga explicación.
El sacerdote suspiró, desconcertado y perdido, y Nikolai sintió una punzada de
culpabilidad.

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—Venga —dijo—. Si todavía no le duele la cabeza, no tardará en hacerlo. Vamos
a buscar ayuda.
Regresaron por el sendero del bosque hasta el pueblo, donde muchos vecinos
seguían de celebración en la plaza mayor, y dejaron al sacerdote a su cuidado.
—No me gusta mentirle a un sacerdote —dijo Tolya mientras montaban a caballo
para dirigirse a la casa parroquial donde pasarían la noche.
—Estoy de acuerdo —añadió Yuri en voz baja.
—Le habría resultado más difícil saber la verdad —dijo Tamar—. Pensad lo
angustiado que habría estado, siempre mirando a sus espaldas, temiendo que algo
aparezca desde el cielo y se lo lleve de la tierra como si fuera un armiño cazado por
un halcón.
—No deja de ser una mentira —dijo Tolya.
—Pues tendréis que hacer penitencia —dijo Nikolai con creciente exasperación.
Le estaba agradecido a Tolya. Respetaba la fe de los gemelos y lo importante que era
para ellos, pero no podía preocuparse por la conciencia de Tolya cuando su mente
intentaba asimilar un ataque de los shu a la comitiva real y un demonio que ya no
quería ni esperar al anochecer.
—Podrías empezar masajeándome los pies —le dijo Zoya al monje.
—No me parece un acto de contrición sagrada —dijo Yuri.
—Eso es porque nunca le has visto los pies —dijo Nikolai.
Zoya se echó el cabello sobre el hombro.
—Una vez, un hombre se ofreció a cederme las escrituras de su casa de veraneo
en Polvost a cambio de que le dejara mirarme mientras pisaba un montón de
arándanos.
—¿Y accediste? —preguntó Tamar.
—Claro que no. Polvost es un estercolero.
—El sacerdote se repondrá —le aseguró Nikolai a Yuri—. Y te doy las gracias
por tu discreción.
—He hecho lo que me parecía correcto —dijo el monje, más sosegado y
contenido de lo que Nikolai lo había visto nunca; su mandíbula estaba inclinada en un
ángulo caprichoso—. Pero espero una explicación, Majestad.
—Bueno —dijo Zoya mientras veían alejarse a Yuri hacia la vanguardia de la
comitiva—. ¿Y ahora qué vamos a hacer?
—Supongo que lo dices porque has asado las entrañas de una fuente de
información de valor incalculable. —Su voz reflejaba irritación, pero no le importó
demasiado. Esa clase de errores no eran propios de Zoya.
Zoya se irguió.
—Es posible que en ese momento no fuera enteramente dueña de mí misma.
Sospecho que es una sensación que conoces bien.
Porque no era solo el ataque de los khergud lo que la había turbado. También era
el recuerdo de la noche en el campanario, de otro monstruo alado. Uno que hoy había

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vuelto a sacar las garras.
—Vagamente —murmuró Nikolai.
—Y no me refería a los khergud —dijo Zoya, rompiendo la repentina frialdad que
había surgido entre ellos—. ¿Qué vas a hacer con el monje?
—Tengo unas horas para pensar qué le voy a contar. Algo se me ocurrirá.
—Tienes un don para el absurdo —dijo Zoya, azuzando a su caballo para salir al
galope—. Y parece que a todo este maldito país le encanta.

Hacía bastante rato que había anochecido cuando Nikolai pudo por fin excusarse del
comedor y reunirse con los demás en los aposentos que les había facilitado el
gobernador local.
Era evidente que se trataba de la mejor estancia de la casa. Mirara donde mirara,
Nikolai veía guiños a Sankta Lizabeta: los baldosines del suelo con forma de celdillas
de abeja, las rosas talladas en la repisa de la chimenea… incluso las paredes de la sala
estaban artesonadas para parecerse a una gran colmena. En la chimenea ardía un
fuego que bañaba las paredes de arenisca con una luz dorada, cuyo brillo alegre se les
antojaba inapropiado teniendo en cuenta los preocupantes acontecimientos de la
jornada.
Tamar había regresado a la catedral al caer la noche para recuperar los cadáveres
de los khergud y disponer su transporte hasta la capital, donde serían objeto de
estudio. La reticencia de Tolya a profanar el cuerpo de un soldado caído había
disminuido considerablemente tras la emboscada, y Nikolai tampoco tenía el menor
reparo. Habían atacado a sus guardias. Habían estado a punto de raptar a Zoya.
Además, Nikolai nunca dejaría de ser un corsario, al menos en parte. Si los shu
querían librar esa clase de guerra, tendrían que afrontar las consecuencias.
Tolya tenía órdenes de vigilar al monje y asegurarse de que este no enviara
mensajes a sus seguidores informándoles de lo que había visto. Ahora Yuri estaba
sentado en el suelo frente al fuego, todavía con aspecto agitado. Tolya y Tamar
jugaban al ajedrez en una mesa baja, y Zoya se había subido al alféizar de la ventana,
como si estuviera a punto de levantar el vuelo.
Nikolai cerró la puerta, sin saber muy bien cómo empezar. Pensó en el cuerpo del
soldado shu abierto en canal sobre una mesa. Ya había visto informes de disección,
dibujos detallados de los Hacedores y los Corporalki. ¿Su problema también
requeriría algo así? ¿Que alguien lo abriera en canal y lo desmontara pieza a pieza?
«Lo haría gustoso», pensó. «Si este ser pudiera aislarse y extirparse como un tumor,
me sometería al bisturí y guiaría yo mismo la mano del cirujano.»
Pero el monstruo era demasiado astuto.
Fue Yuri quien habló en primer lugar, sin levantarse del suelo.
—Os lo hizo él, ¿verdad?

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—Sí —dijo Nikolai sin más. Había pensado en las mentiras que podía inventar
para aplacar el miedo y la curiosidad del monje. Pero en el fondo sabía que la verdad
(o al menos algo de verdad) sería su mayor ventaja. Yuri quería creer en los Santos, y
los Santos requerían un martirio.
Pero ahora que había llegado el momento de hablar, Nikolai no quería contar esa
historia. No quería que esta fuera su historia. Había creído que la guerra era cosa del
pasado, pero por lo visto se resistía a quedarse en él.
Cogió una botella de brandy del aparador, eligió una silla y extendió las piernas
delante del fuego. Era la pose tranquila y confiada que tantas veces había adoptado;
sin embargo, le parecía totalmente falsa.
—Durante la guerra —dijo, quitándose los guantes—, fui capturado por el
Oscuro. Estoy seguro de que habrás oído que tu Santo sin estrellas me torturó.
Yuri desvió la vista hacia el entramado de líneas negras que se extendían por los
dedos y los nudillos de Nikolai.
—Korol Rezni —dijo en voz baja—. El rey marcado. He oído lo que se cuenta.
—¿Y diste por hecho que se trataba de propaganda de la corona? ¿De una
campaña de difamación contra un héroe caído?
Yuri tosió.
—Pues…
—Pásame ese brandy —dijo Zoya—. No puedo tolerar tanta estupidez con la
cabeza despejada.
Nikolai se sirvió un vaso antes de pasarle la botella, pero sabía que burlarse de
Yuri no serviría de nada. Decir la verdad era algo liberador, ¿no? Una especie de
bálsamo para el alma. Pero según la experiencia de Nikolai, la sinceridad era como el
té de hierbas: algo que la gente bienintencionada recomienda cuando no queda
ninguna opción mejor.
—El Oscuro tenía un don para infligir desdicha —continuó—. Sabía que yo
soportaría con facilidad el dolor o el cautiverio. Así que empleó su poder para
infectarme con una oscuridad viviente. Fue mi castigo por ayudar a la Invocadora del
Sol a escapar de sus garras. Me convertí en… no lo sé con exactitud. Medio
monstruo, medio hombre. Ansiaba la carne humana. Esa necesidad casi me volvió
loco. Casi. Conservaba una parte de mi propia conciencia, y eso me permitió seguir
rechazando los impulsos del monstruo e incluso reunir a los volcra para que se
enfrentaran al Oscuro en la Sombra.
En aquel momento, Nikolai no sabía si tenía sentido seguir luchando, si alguna
vez volvería a ser el mismo. Ni siquiera sabía si era posible matar al Oscuro. Pero
Alina lo había logrado, blandiendo una hoja de sombras imbuida del propio poder del
Oscuro y bañada en sangre de su propio linaje.
—Antes de morir, la Invocadora del Sol acabó con el Oscuro, y la oscuridad de
mi interior pereció con él. —Nikolai bebió un largo trago de brandy—. O eso pensé
yo. —Había caído en picado hacia la tierra, y habría muerto si Zoya no hubiera

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utilizado su viento para frenar la caída, igual que había hecho hoy—. Hace unos
meses, algo empezó a apoderarse de mi mente inconsciente. Algunas noches dormía
todo lo bien que cabría esperar; solo un monarca holgazán es capaz de dormir a
pierna suelta. Pero otras noches me transformo en el monstruo. Me controla por
completo.
—Por completo no —dijo Zoya—. Todavía no has matado a nadie.
Nikolai sintió un arrebato de gratitud al oír decir eso precisamente a Zoya, pero se
obligó a añadir:
—Que sepamos. Los ataques van a peor. Son cada vez más frecuentes. Los
tónicos e incluso las cadenas que he utilizado hasta ahora para mantenerlos a raya son
soluciones temporales. Tal vez sea solo cuestión de tiempo que mi mente se rinda a la
bestia y a sus apetitos. Es posible que… —Ahora las palabras luchaban contra él;
eran un veneno en su boca—. Es posible que la bestia termine dominándome del todo
y no pueda volver a adoptar nunca mi forma humana.
El silencio llenó la estancia con la quietud de un funeral. ¿Por qué no echar un
poco más de tierra sobre el ataúd?
—Hoy el monstruo se ha manifestado en pleno día, estando yo despierto. Eso
nunca había pasado antes.
—¿Ha sido deliberado? —preguntó Yuri—. ¿Elegisteis…?
—Yo no elegí nada. Ocurrió sin más. Creo que la descarga que soltó Zoya en mi
cuerpo fue lo que me hizo volver en mí. —Bebió un sorbo de su vaso—. No puedo
permitir que esa criatura se adueñe de mí en medio de una batalla o un acto público.
La posición de Ravka es precaria, y la mía también. El pueblo empieza a recuperarse
tras la guerra. Desean estabilidad y liderazgo, no a un monstruo digno de una
pesadilla.
La paz. Una oportunidad de recobrarse, de reconstruir sus vidas sin el miedo
constante a la guerra ni la amenaza del hambre. Durante aquel viaje, Nikolai había
visto con sus propios ojos los avances de Ravka. Su país no podía permitirse entrar en
guerra otra vez, y había hecho todo lo posible para asegurarse de que no fuera así.
Pero si el monstruo salía a la superficie, si Nikolai revelaba aquella presencia oscura,
era muy posible que él terminara siendo el culpable directo de devolver a su país a la
senda de la violencia.
—Creo que no confiáis lo suficiente en el pueblo —dijo Yuri.
—¿No? —preguntó Zoya desde el alféizar—. ¿El mismo pueblo que sigue
llamando «brujos» a los Grisha, pese a que han mantenido a salvo este país durante
todos estos años? ¿El mismo que les prohíbe tener propiedades en sus pueblos… ?
—Eso es ilegal —dijo Nikolai.
Zoya alzó su vaso en un teatral gesto de brindis.
—Pues me aseguraré de informarles la próxima vez que una familia Grisha sea
expulsada de su casa en mitad de la noche.

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—La gente siempre busca culpar de su sufrimiento a otros —dijo Yuri con
franqueza—. Ravka ha sufrido mucho. Es natural que…
Aquello no tenía nada de natural.
—Yuri —dijo Nikolai—. Ya discutiremos los prejuicios de Ravka en otra ocasión.
Te he dicho que hemos emprendido este viaje para investigar los lugares milagrosos,
para plantearnos la Santidad del Oscuro.
—¿Había algo de cierto en vuestras palabras?
Nikolai no tenía intención de contestar directamente a esa pregunta.
—Es posible que el Oscuro merezca ocupar un lugar entre los Santos, pero eso no
ocurrirá hasta que me haya librado de este mal.
Yuri asintió, y luego volvió a asentir. Se miró las manos huesudas.
—Pero ¿de verdad queréis libraros de él?
Zoya soltó una risotada amarga.
—Cree que has sido bendecido por el Santo sin estrellas.
Yuri se subió los anteojos por su larga nariz.
—«Bendición» y «maldición» son dos palabras distintas que describen lo mismo.
—Es muy posible que tengas razón —dijo Nikolai, obligándose a buscar la
diplomacia que tan bien le había venido siempre. Escuchando las palabras de un
hombre se podían descubrir sus deseos. El truco era buscar en su corazón y averiguar
sus necesidades—. Pero Yuri, es imposible considerar al Oscuro un Santo hasta que
su martirio se haya completado. —Zoya entornó los ojos. Nikolai la ignoró. Estaba
decidido a decir y hacer lo que fuera necesario para librarse de su enfermedad—. No
fue una coincidencia lo que te trajo hasta las puertas del palacio. Estabas destinado a
ser testigo del último vestigio del poder del Oscuro. Estabas destinado a conducirnos
hasta el bosque de las espinas. A liberarnos a los dos.
—¿Yo? —dijo Yuri con un hilo de voz, pero Nikolai vio que el monje quería
creer. «Es lo que queremos todos, ¿no?» ¿Quién no querría creer que el destino tenía
un plan reservado para él, que sus males y fracasos no eran más que el prólogo de una
historia mucho más gloriosa? La de un monje convertido en guerrero sagrado. La de
un bastardo convertido en rey—. Yo —repitió Yuri.
Zoya puso los ojos en blanco a espaldas de Yuri. Ni Tolya ni Tamar parecían
contentos.
—Solamente tú puedes completar el martirio del Oscuro —dijo Nikolai—. ¿Me
ayudarás? ¿Le ayudarás a él?
—Lo haré —dijo Yuri—. Por supuesto que sí. Os llevaré al bosque de las espinas.
Levantaré una pira sagrada.
—Un momento —dijo Zoya desde la ventana—. ¿Estás diciendo que quieres
meter al rey de Ravka en una pira funeraria?
Yuri parpadeó.
—Bueno, yo espero que sea una pira a secas.

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—Es una diferencia reconfortante y crucial —dijo Nikolai, aunque no podía decir
que la idea le entusiasmara—. ¿Es lo que requiere el obisbaya?
Tolya cogió una torre y le dio vueltas con la mano.
—No está totalmente claro, pero parece que la mayoría de los textos apuntan a
algo así.
—Sí —dijo Yuri con repentina determinación—. Hay indicios de que Sankt
Feliks pudo haber sido en realidad miembro de la guardia sacerdotal, y hay textos que
describen un ritual que debe leerse durante el proceso. Tolya y yo intentamos
cerciorarnos de que las palabras estén intactas.
Nikolai alzó las cejas.
—¿Sankt Feliks? ¿No lo habían espetado en una rama y asado como si fuera un
kebab sagrado?
Tolya dejó la pieza de nuevo en el tablero.
—El tiempo y las traducciones pueden haber enturbiado los detalles.
—Pues esperemos que estén muy turbios —dijo Nikolai—. En el fondo de un
lodazal, a poder ser.
Esta vez fue Tamar la que cogió la torre.
—Las ramas de Feliks siempre se representan erizadas de espinas, y las ramas de
manzano no las tienen. Tal vez no sea tan descabellado —dijo—, suponiendo que
acertemos con la ubicación del bosque de las espinas.
—Suponiendo que no haya desaparecido por completo —añadió Zoya.
—Suponiendo que encontremos lo bastante para construir la pira —dijo Tolya.
—Y luego está el detallito de sobrevivir a las llamas —dijo Zoya.
—Lo conseguiréis —dijo Yuri—. Sobreviviréis al ritual, y así el martirio de
Aquel sin estrellas quedará completo.
—Mañana cabalgaremos hasta la Sombra —anunció Nikolai.
—Ven, Tolya —dijo Yuri, levantándose con el rostro iluminado de fervor—.
Tengo algunas ideas para la traducción del tercer pasaje. Debemos estar preparados.
Tolya se encogió de hombros e irguió su enorme cuerpo.
—Se parece a la poesía.
Nikolai apuró su vaso.
—Como todo, ¿verdad?
Tamar los siguió, pero antes de salir de la estancia se volvió hacia Nikolai. Bajo la
luz de la hoguera, sus brazos broncíneos tenían un brillo ocre, y las líneas negras de
sus tatuajes solares resaltaban vivamente sobre su piel.
—Sé que has dicho todo eso porque sabías el efecto que tendría sobre el monje,
pero Tolya y yo nunca hemos creído en las casualidades —dijo—. Han pasado
demasiadas cosas en nuestras vidas como para pensar que la fe y el destino no han
tenido nada que ver. Es posible que también estén detrás de esto. —Se inclinó—.
Buenas noches, Majestad.

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Zoya bajó de un salto del alféizar, lista para darle a Nikolai su dosis de tónico. Al
rey le dolió darse cuenta de que, después de todo lo que había pasado hoy, anhelaba
poder olvidarlo un rato.
—El destino —dijo Nikolai mientras abría la puerta de su alcoba—. La fe. Me
temo que estamos en territorio desconocido, Nazyalensky. Esperaba que te opusieras
con mayor vehemencia a la idea de ensartarme como una brocheta.
—¿Qué tiene de malo? —preguntó Zoya, recolocando las piezas de ajedrez que
los gemelos habían dejado desordenadas—. Si el bosque de las espinas ya no existe,
nuestras esperanzas se desintegran, regresamos al palacio con las manos vacías y nos
enfrentamos lo mejor que sepamos a esa fiesta, esa cumbre o como quieras llamarla.
Nikolai se sentó al borde de la cama y se descalzó.
—¿Y si está allí? ¿Y si el destino nos ha estado guiando desde el principio?
Zoya enarcó una ceja.
—Si es así, esperemos que el destino también considere que serías un buen rey.
A Nikolai siempre le habían dicho que la esperanza era algo peligroso, y le habían
prevenido contra ella muchas veces. Pero él nunca lo había creído. La esperanza era
el viento que surgía de la nada, que hinchaba tus velas y te conducía a casa. Ya fuera
el destino o la pura desesperación lo que los impulsaba hacia delante, al menos
obtendría respuestas cuando llegaran a la Sombra.
—Enviaremos un carruaje vacío como señuelo a Keramzin dijo Nikolai— y
viajaremos de incógnito. Si vamos a cavar un foso en mitad de la Sombra, prefiero no
hacerlo bajo el estandarte de los Lantsov.
—¿Crees que los shu sabían quiénes éramos? Atentar contra el rey…
—Es un acto de guerra —concluyó Nikolai—. Pero no iban a por mí. Creo que no
tenían ni la menor idea de quiénes éramos. Estaban cazando Grisha, y os encontraron
a vosotros tres.
—Estamos muy lejos de las fronteras —dijo Zoya desde el umbral—. Da la
impresión de que intentan provocarnos.
Nikolai dejó las botas junto a la cama.
—Te debo una disculpa.
—Me debes unas cuantas. ¿Es que vas a empezar ahora?
—Me refiero a lo de la otra noche, en Balakirev. A lo del campanario. —Debería
habérselo dicho antes, pero la vergüenza que sentía por haberle hecho daño había
resultado ser más profunda de lo que imaginaba—. Zoya, lo siento. Lo que hice…
—No eras tú —dijo, agitando la mano con gesto displicente—. No seas bobo. —
Pero permaneció en el umbral.
—No podemos trabajar codo con codo si me tienes miedo.
—No es a ti a quien tengo miedo, Nikolai.
Pero ¿cuánto tiempo seguiría siendo él mismo?
Zoya se acercó a la cama y se sentó en una esquina. Sus gráciles dedos formaron
un pulcro pliegue en la seda azul de su kefta.

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—Te he preguntado cómo consigues hacer todo esto, pero nunca te he preguntado
por qué lo haces.
Nikolai se reclinó contra el cabecero de la cama y estiró las piernas,
contemplando el perfil de Zoya.
—Sospecho que mis motivos son idénticos a los tuyos. Lo dudo mucho.
Nikolai se frotó el rostro con las manos, intentando deshacerse de su fatiga.
Demasiadas revelaciones para un solo día. Pero Zoya estaba dispuesta a sentarse a
solas con él en la quietud de aquella alcoba, y si existía la posibilidad de cerrar la
brecha que había aparecido entre ellos dos, él desde luego no pensaba desaprovechar
la oportunidad.
Pero ¿qué podía responder? ¿Por qué le importaba a Nikolai lo que le pasara a
Ravka? A la destrozada, desamparada y frustrante Ravka. A la dama de alcurnia. Al
niño llorón. Al ahogado que prefería arrastrarte al fondo antes que dejar que lo
salvaras. Aquel país que tanto exigía sin dar nada a cambio. Tal vez le importaba
porque sabía que él y su país eran iguales. Nikolai siempre había querido más. Más
atención, más afecto, cosas nuevas. Sobrepasaba a sus tutores, a sus niñeras, a sus
sirvientes, a su madre… Nadie había sabido nunca qué hacer con él. Por mucho que
intentaran engatusarlo o castigarlo, no se estaba quieto. Le daban libros y se los leía
en una sola noche. Recibía una lección de física y al rato intentaba tirar una bala de
cañón desde el tejado del palacio. Desmontó un reloj de bronce de valor incalculable
y ensambló con las piezas un artilugio horrendo que chirriaba y repicaba sin cesar, y
cuando su madre se echó a llorar al ver arruinada aquella herencia familiar, Nikolai la
miró con expresión confusa en sus ojos avellana y dijo:
—Pero… ¡pero ahora da la fecha además de la hora!
La única persona que podía conseguir que el joven príncipe se comportara era su
hermano mayor. Nikolai idolatraba a Vasily, que sabía montar a caballo y blandir un
sable. Además le daban permiso para quedarse en los actos públicos hasta mucho
después de que mandaran a Nikolai a la cama. Vasily era importante. Vasily sería rey
algún día.
Nikolai quería hacer todo lo que hacía su hermano. Si Vasily cabalgaba, Nikolai
quería cabalgar. Cuando Vasily empezó a recibir lecciones de esgrima, Nikolai
suplicó e imploró hasta que a él también le dieron permiso para asistir. Como Vasily
debía estudiar política, geografía e historia militar, Nikolai insistió en que también
estaba preparado para recibir esas lecciones. Nikolai solo quería que su hermano le
prestara atención. Pero, para Vasily, Nikolai era poco más que una lapa parlanchina y
greñuda que se empeñaba en aferrarse a su regio casco. Cuando Vasily recompensaba
a Nikolai con una sonrisa o una pizca de atención, las aguas estaban tranquilas. Pero
cuanto más ignoraba Vasily a su hermano menor, peor se portaba Nikolai.
Sus tutores se buscaban otro trabajo en las tierras agrestes de Tsibeya. «Es por
mis nervios», decían. «Les vendrá bien un poco de tranquilidad.» Las niñeras
renunciaban a su empleo para atender a sus ancianas madres en la costa. «Es por mis

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pulmones», explicaban. «El aire del mar es tonificante.» Los sirvientes lloraban, el
rey rabiaba y la reina se metía en la cama tras tomar unos polvos para la jaqueca.
Una mañana, cuando tenía nueve años, Nikolai llegó muy entusiasmado a su aula;
había atrapado a un ratón en un frasco y planeaba soltarlo en la cartera de su profesor.
Entonces se dio cuenta de que había un niño en el aula, sentado en otra silla y otro
pupitre.
—Os presento a Dominik —dijo su tutor, mientras el chico moreno se levantaba y
hacía una profunda reverencia—. Se educará con vos durante un tiempo.
Nikolai se quedó sorprendido pero encantado, pues no había en el palacio niños
de su edad. Sin embargo, se frustraba mucho cuando Dominik daba un respingo cada
vez que Nikolai intentaba hablar con él.
—No te pongas tan nervioso—susurraba Nikolai—. Mitkin es muy serio, pero a
veces cuenta historias interesantes sobre los antiguos reyes, y no se salta las partes
sangrientas.
—Sí, moi tsarevich.
—Llámame Nikolai si quieres. O podríamos inventarnos otros nombres. Tú
podrías ser Dominik el… no sé. ¿Has hecho alguna hazaña heroica?
—No, moi tsarevich.
—Nikolai.
—Silencio, muchachos —dijo Mitkin, y Dominik volvió a estremecerse.
Pero, por una vez, Nikolai obedeció y se calló. Estaba entretenido, buscando la
forma de que Dominik hablara más a menudo con él.
Cuando Mitkin salió del aula para buscar un orbe más detallado, Nikolai se
deslizó hasta el lado opuesto del aula y soltó al ratón que había encontrado
deambulando por el ala este debajo del sombrero de piel que Mitkin había dejado
encima de su escritorio.
Dominik parecía absolutamente aterrado, pero Nikolai estaba demasiado contento
para darse cuenta.
—Espera a oír cómo chilla Mitkin —dijo Nikolai—. Suena como una tetera
escandalizada.
Ciertamente, el tutor Mitkin soltó un chillido, y Nikolai, que al principio tenía
intención de permanecer serio, no pudo contener las carcajadas… hasta que Mitkin le
dijo a Dominik que se acercara y extendiera las manos.
El tutor cogió una delgada vara de abedul de su escritorio y, ante la mirada
horrorizada de Nikolai, Mitkin le propinó un azote a Dominik en las palmas de las
manos. El niño dejó escapar un gemido.
—¿Qué estás haciendo? —exclamó Nikolai—. ¡Detente de inmediato!
Nikolai llamó a los guardias, salió corriendo por el pasillo para pedir ayuda, pero
Mitkin no se detuvo. Golpeó diez veces las manos y los antebrazos de Dominik con
la vara, hasta que la carne del muchacho quedó surcada de verdugones rojos y su
rostro quedó crispado y empapado por las lágrimas.

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Mitkin dejó la vara.
—Cada vez que os portéis mal, Dominik será azotado.
—¡No es justo! ¡Deberías castigarme a mí!
Pero nadie le levantaría nunca la mano a un príncipe real.
Nikolai se quejó a su madre, a su padre y a cualquiera que quisiera escucharle. A
nadie parecía importarle.
—Si obedeces al tutor Mitkin, no pasará nada —dijo el rey.
—He oído lloriquear a ese mocoso —dijo Vasily—. Son solo unos azotes. No sé
por qué armas tanto escándalo.
Al día siguiente, Nikolai permaneció sentado y callado en su silla. Solamente
habló una vez, cuando Mitkin había salido del aula.
—Siento lo que pasó ayer —le dijo a Dominik—. No volveré a dejar que ocurra.
—Para eso estoy aquí, moi tsarevich. No os sintáis mal, por favor.
—Estás aquí para aprender a leer, a escribir y a sumar, nada más —dijo Nikolai
—. Lo arreglaré. Lo prometo.
Nikolai cumplió su promesa. Guardó silencio desde entonces. No se colaba a
hurtadillas en la cocina para robar pasta de almendra. No desmontaba nada valioso ni
corría por el salón de los retratos ni prendía fuego a nada. Todo el mundo estaba
maravillado por el cambio de actitud del príncipe, y todos felicitaron al tutor Mitkin
por su ingenio.
Lo que no sabían era que, entre toda aquella calma y silencio, Nikolai y Dominik
consiguieron hacerse amigos. Idearon un código propio para comunicarse mediante
sus libros de estudio. Construían veleros de juguete que botaban en el jardín acuático
abandonado que ya nadie visitaba. Se otorgaban títulos que cambiaban cada día:
algunos grandilocuentes como Dominik el Bravo o Nikolai el Justo, y otros no tanto,
como Dominik el Pedorro o Nikolai el Chillarañas. Descubrieron que, mientras no
perturbaran el orden y la tranquilidad del palacio, a nadie le importaba demasiado lo
que hicieran, y que si aparentaban esmerarse en sus estudios, nadie se molestaba en
comprobar si estaban memorizando fechas o intentando construir una bomba.
Cuando cumplió doce años, Nikolai pidió más libros de química e historia kaélica
y empezó a recluirse en la biblioteca todas las tardes para estudiar en silencio durante
horas. En realidad, las lecturas y las redacciones le llevaban poquísimo tiempo, y en
cuanto las terminaba a toda velocidad se disfrazaba de aldeano y se escabullía del
palacio para visitar a la familia de Dominik en el campo. Trabajó en los sembrados,
aprendió a reparar carretillas y aperos agrícolas, a ordeñar vacas y a domar caballos,
y a los trece años probó su primer trago de licor casero en una taza de hojalata
abollada.
Todas las noches se acostaba agotado y feliz por tener una ocupación por primera
vez en su vida, y por la mañana entregaba a sus profesores unos trabajos impecables;
los tutores empezaron a pensar que Nikolai podía llegar a ser un gran erudito. Resultó

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que el príncipe no era un niño revoltoso ni malo; sencillamente, estar ocioso no le
sentaba bien.
Nikolai estaba feliz, pero no ciego. La familia de Dominik gozaba de privilegios
especiales por la posición de su hijo en palacio, y aun así sobrevivían a duras penas
con las cosechas que obtenían en su granja. Nikolai fue testigo del sufrimiento de sus
vecinos bajo el peso de los impuestos del rey y los duques que poseían sus tierras.
Oyó el llanto de la madre de Dominik cuando su hijo mayor fue reclutado, y durante
un invierno especialmente duro, los oyó hablar en susurros sobre el bebé de su vecina
Lusha, que había desaparecido.
—¿Qué es lo que le ha pasado al bebé de Lusha? —preguntó Dominik.
—Se lo ha llevado una khitka —contestó su madre. Pero Nikolai y Dominik ya no
eran unos críos, y no se creían cuentos sobre espíritus malignos del bosque.
—Lo ahogó ella misma —le contó Dominik a Nikolai al día siguiente—. Lusha
ya no tenía leche porque su familia pasa mucha hambre.
Aun así, las cosas podrían haber continuado igual de no haber sido porque Vasily
sorprendió a Nikolai una noche cuando regresaba a hurtadillas al palacio. Por
entonces ya tenía quince años, y llevaba tanto tiempo con aquel engaño que se había
vuelto imprudente.
—Conque ya te revuelcas con campesinas —le había dicho Vasily con una
sonrisa burlona—. Eres peor que Padre.
—Por favor —le había suplicado Nikolai—. No se lo digas a nadie. Castigarán a
Dominik. Es posible que hasta lo expulsen.
Pero Vasily no contuvo la lengua, y al día siguiente había nuevos guardias
apostados en todas las puertas y Dominik sufrió la deshonra de ser echado del
palacio.
Nikolai acorraló a Vasily en el salón de lapislázuli.
—¿Sabes lo que has hecho? —le preguntó, furioso.
Su hermano se encogió de hombros.
—Tu amigo no seguirá estudiando con gente mejor que él, y tú no seguirás
vagando por los campos como un plebeyo. Os he hecho un favor a los dos.
—Su familia perderá su estipendio. Tal vez no tengan para comer sin ese dinero.
—Veía su propio semblante airado reflejado en los relucientes paneles azules
veteados de oro—. Y el año que viene, Dominik dejará de estar exento de la leva.
—Mejor. La corona necesita soldados. Puede que allí aprenda cuál es su lugar.
Nikolai miró al hermano al que tanto había adorado de pequeño, al que había
intentado emular en todo.
—Deberías avergonzarte.
Vasily seguía siendo más alto que Nikolai, y más corpulento. Le clavó el índice
en el pecho a su hermano.
—Tú no me dices lo que debo o no debo hacer, Sobachka. Voy a ser rey, mientras
que tú serás siempre Nikolai Nada.

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Sin embargo, mientras que Vasily siempre había entrenado con instructores que
nunca lo ponían a prueba y siempre dejaban ganar al futuro rey, Nikolai había pasado
el tiempo peleando y jugando con campesinos que ignoraban de quién era la nariz
que hacían sangrar con sus golpes.
Nikolai atrapó el dedo índice de Vasily y se lo retorció. Su hermano gimió y cayó
al suelo. Parecía increíblemente pequeño.
—Un rey nunca se arrodilla, hermano.
Dejó a Vasily allí, con el dedo torcido y el orgullo herido.
Una vez más, Nikolai juró arreglar la situación de Dominik, pero en esa ocasión
iba a resultarle más difícil. Empezó ideando formas de hacer llegar dinero a la familia
de su amigo. Pero para hacer más, necesitaba influencia, algo que su hermano poseía
por el simple hecho de haber nacido el primero.
Como Nikolai no podía ser importante, dedicó su astuta mente a la tarea de
cultivar su encanto. Su madre era vanidosa, así que la cubrió de cumplidos. Empezó a
vestir de forma impecable, con colores acordes a los gustos de ella, y cada vez que la
visitaba se aseguraba de llevarle un pequeño obsequio: una caja de dulces, unas
orquídeas del invernadero… Agradaba a las amigas de la reina con cotilleos
divertidos, recitaba coplillas e imitaba a los ministros de su padre con sorprendente
exactitud. Se convirtió en la atracción principal de las fiestas y salones de la reina, y
cuando no hacía acto de presencia, sus damas siempre exclamaban:
—¿Dónde está ese muchachito tan encantador?
Con su padre, Nikolai charlaba sobre caza y caballos, asuntos que a él le traían sin
cuidado, pero que al rey le apasionaban. Elogiaba la conversación ingeniosa y las
observaciones sagaces de su padre, y desarrolló un don para hacer que el rey se
sintiera al mismo tiempo sabio y campechano.
No se limitó a sus padres. Nikolai se presentó a los miembros del gabinete de su
padre y les hizo preguntas halagadoras sobre política y economía. Envió misivas a los
comandantes militares, alabando sus victorias e interesándose por las estrategias
empleadas. Se carteó con armeros y constructores de barcos y se esforzó por aprender
idiomas (lo único en lo que no destacaba particularmente) para poder dirigirse a ellos
en su lengua materna. Cuando el otro hermano de Dominik fue enviado al frente,
Nikolai aprovechó toda su influencia para que lo reasignaran a un lugar donde
hubiera pocos combates. Y para entonces, su influencia ya era considerable.
Lo hacía porque le gustaba aprender el puzle que representaba cada persona. Lo
hacía porque le gustaba sentir cómo crecían su influencia y su conocimiento. Pero,
por encima de todo, lo hacía porque sabía que necesitaba rescatar a su patria. Nikolai
tenía que salvar a Ravka de su propia familia.
Como dictaba la tradición entre los nobles, Vasily aceptó su cargo como oficial y
se tomó su servicio militar como algo simbólico. Nikolai se unió a la infantería.
Completó el adiestramiento básico con Dominik en Poliznaya y viajaron juntos hasta
su primer destino. Dominik estuvo presente cuando Nikolai recibió su primer balazo,

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y Nikolai estuvo presente cuando Dominik cayó en Halmhend y nunca volvió a
levantarse.
En aquel campo de batalla, entre un denso humo negro y el olor acre de la
pólvora, Nikolai había llamado a gritos a un medik, a un Sanador Grisha, a cualquiera
que pudiera ayudarlos. Pero no vino nadie. En ese momento no era el hijo de un rey,
solamente una voz más gritando en medio de la carnicería.
Dominik le hizo prometer a Nikolai que cuidaría de su familia, que se aseguraría
de que su madre supiera que había tenido una muerte digna, y luego le dijo:
—¿Conoces la historia de Andrei Zhirov?
—¿El revolucionario?
Zhirov había sido un radical en tiempos del abuelo de Nikolai.
Una sonrisa asomó a los labios ensangrentados de Dominik.
—Cuando quisieron ahorcarlo por traición, la cuerda se partió y cayó rodando
hasta la zanja que habían cavado los soldados para enterrarlo después.
Nikolai trató de sonreír.
—Nunca había oído esa historia.
Dominik asintió.
—«Menudo país», —gritó Zhirov—. «No saben ni ahorcar a un hombre como es
debido.»
Nikolai sacudió la cabeza.
—¿Es verdad?
—No lo sé —dijo Dominik; intentó respirar con dificultad, y un sonido húmedo
surgió de su pecho—. Solo sé que le pegaron un tiro de todas formas.
Los soldados no lloraban. Los príncipes no sollozaban. Nikolai lo sabía bien. Pero
las lágrimas brotaron de todas formas.
—Dominik el Bravo. Aguanta un poco más.
Dominik apretó la mano de Nikolai.
—Este país siempre acaba destruyéndote, hermano. No lo olvides.
—Con nosotros no podrá —dijo Nikolai.
Pero Dominik ya no podía oírle.
—Lo arreglaré —prometió Nikolai, igual que había hecho tantos años antes, en el
aula de Mitkin—. Encontraré una solución.
Había sido testigo de un millar de muertes desde entonces. Sus pesadillas estaban
plagadas de incontables campos de batalla. Y sin embargo, era la promesa que le
había hecho a Dominik lo que le atormentaba en la vigilia. Pero ¿cómo iba a
explicarle nada de eso a Zoya, que seguía sentada pacientemente en la esquina de la
cama, manteniendo todavía las distancias?
Nikolai levantó la vista hacia el techo en forma de panal y soltó un largo suspiro.
—Creo que puedo arreglarla —dijo por fin—. Siempre he sabido que Ravka está
rota, y he visto cómo rompe a su vez a las personas. Las guerras nunca cesan. Los
problemas nunca terminan. Pero sigo creyendo que encontraré la forma de ser más

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listo que los reyes anteriores y llevar este país por el camino recto. —Sacudió la
cabeza y rio—. Es el culmen de la arrogancia.
—No esperaría menos de ti —dijo Zoya, pero su voz no expresaba crueldad—.
¿Por qué enviaste a Nina fuera de Ravka?
—¿Qué? —La pregunta le pilló por sorpresa, y más aún porque Zoya la había
formulado con palabras rápidas y agitadas, como si hubiera tenido que sacarlas de sus
labios por la fuerza.
—Casi la perdimos —dijo Zoya sin mirarlo—. Y en cuanto la recuperamos
volviste a enviarla a una misión peligrosa.
—Es una soldado —dijo—. Tú la convertiste en soldado, Zoya. No le habría
hecho ningún bien quedarse ociosa en el palacio, sin nada más que su dolor
llenándole la mente.
—Pero allí estaba segura.
—Y toda esa seguridad la estaba matando. —Nikolai observó a Zoya con
atención—. ¿Me perdonas por haberla alejado de Ravka?
—No lo sé.
—No voy a pedirte que me perdones por lo que ocurrió en el campanario.
—Hablaste —dijo ella lentamente—. Esa noche, en Balakirev, dijiste mi nombre.
—Pero… —Nikolai se irguió. Por lo que sabía, la bestia nunca había pronunciado
palabra hasta entonces, ni cuando se había infectado durante la guerra ni ahora que el
monstruo había regresado. Cuando el Oscuro lo había infectado, incluso en los
momentos en que Nikolai había logrado sacar su propia consciencia a la superficie,
no había sido capaz de leer ni de comunicarse. Ese era uno de los elementos más
dolorosos de su transformación—. Tal vez sea algo bueno. Tal vez fuera mi
consciencia intentando imponerse. Hoy…
Zoya negó con la cabeza.
—No parecías tú.
—Supongo que al adoptar esa forma…
—Parecías él.
Nikolai se interrumpió.
—Me siento tentado de decir que el miedo o tu propia imaginación te jugaron una
mala pasada. —Zoya lo fulminó con la mirada—. Pero prefiero que no me abofetees.
—Ya sé que no tiene sentido. Puede que fuera por el miedo o por la pelea, pero
creí de verdad que querías matarme. No era solo hambre. Era deleite. —Zoya cerró
los puños sobre los muslos—. Te gustó asustarme.
Nikolai quiso decirle que nunca le habría hecho daño, que habría detenido a la
criatura de su interior antes de que eso pasara. Pero prefirió ahorrarles a los dos la
ignominia de aquella mentira.
—¿Es posible? —preguntó—. ¿La consciencia del Oscuro podría haber
sobrevivido con su poder?

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—Espero que no. —Zoya abrió las manos—. Espero que haya un bosque de
espinas esperándonos bajo las arenas de la Sombra. Espero que todas esas historias
sobre rituales mágicos y sacerdotes guerreros resulten ser algo más que cuentos
fantasiosos. Pero si no existe ninguna cura, y si ese ser que hay en ti es algo más que
una maldición que te dejó el Oscuro antes de desaparecer, si está intentando utilizarte
para regresar a este mundo… —Lo miró; sus ojos azules tenían un aspecto feroz a la
luz de la lámpara. Nikolai intuyó el profundo pozo de angustia de su interior, el dolor
que tanto se esforzaba por ocultar—. Te meteré una bala en el cerebro antes de dejar
que eso pase, Nikolai.
Los hombres que habían gobernado Ravka habían amado el poder más que a su
pueblo. Era una enfermedad. Nikolai lo sabía y había jurado no convertirse en esa
clase de líder, había jurado que él no sucumbiría. Sin embargo, nunca había estado
totalmente seguro de ser capaz de dar un paso atrás y ceder el trono llegado el
momento, de renunciar a aquello por lo que había luchado durante tanto tiempo y con
tanto denuedo. Si permitía que el monstruo triunfara sobre el hombre, habría
fracasado. Por eso, apartaría a un lado todas sus dudas y sus deseos. Intentaría ser
mejor. Y la mujer que tenía delante se aseguraría de que Nikolai protegiera Ravka.
Incluso de sí mismo.
Nikolai tomó su mano y le besó los nudillos.
—Mi despiadada Zoya, llegado el caso yo mismo te cargaré la pistola.

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NINA Y HANNE SE TURNARON para dormitar, hombro con
hombro, fingiendo que las dos dormían cuando sus «guardianes» estaban cerca.
Cuando notaban que estaban a punto de rendirse al cansancio, se hacían preguntas la
una a la otra: su dulce favorito, su libro favorito, su pasatiempo favorito. Nina
descubrió que a Hanne le encantaban los bollitos rellenos de natillas de vainilla; que
su vicio secreto eran las novelas macabras que tan populares eran en Ketterdam,
cuanto más sangrientas mejor, aunque no era fácil encontrar traducciones; y que le
gustaba… la costura.
—¿La costura? —susurró Nina con incredulidad, recordando cómo Hanne había
entrado a caballo en el claro la noche pasada, rifle en ristre—. Pensaba que te gustaba
cazar, pelear y… —arrugó la nariz— la naturaleza.
—Es una habilidad muy útil —se defendió Hanne—. ¿Quién le zurcía los
calcetines a tu marido?
—Yo, claro —mintió Nina. Aunque los soldados debían aprender a manejar la
aguja y el hilo, a ella nunca se le había dado bien. Se había resignado a llevar los
calcetines agujereados—. Pero no me gustaba hacerlo. Seguro que a la Madre del
Manantial le parece bien.
Hanne apoyó la cabeza en la pared. Se le había secado el pelo, formando unos
gruesos bucles de color castaño rojizo.
—Sería lo lógico, ¿verdad? Pero por lo visto lo que hacen las damas es bordar; la
costura es cosa de sirvientas. Como la calceta y la repostería.
—¿Sabes de repostería? —dijo Nina—. Eso sí que me interesa.

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Por la mañana, Nina sonrió de oreja a oreja a los hombres reunidos en la cabaña e
insistió en que no dejaran de pasar por casa de Lennart Bjord cuando fueran de
camino a Overüt.
—¿Por qué no podemos escoltarlas? —preguntó el barbudo.
—Nos encantaría, desde luego —dijo Nina con los dientes apretados.
Para sorpresa de Nina, Hanne intervino:
—Creíamos que no querrían acompañarnos a hacer penitencia con las Mujeres del
Manantial. ¡Qué grata sorpresa! Tengo entendido que, por un módico precio, las
hermanas del convento están más que dispuestas a oficiar el skad con cualquier
visitante varón. —Nina había leído algo acerca del skad. Superarlo era señal de
hombría en Fjerda, pero de vez en cuando también una sentencia de muerte. Requería
un voto de tres meses de castidad y purificación ritual con sosa para limpiar el
espíritu.
El barbudo empalideció.
—Las llevaremos hasta las afueras de Gäfvalle, pero luego tenemos asuntos…
eh… en otra parte.
—Sí —añadió el hombre de las cejas pobladas—. Muchos asuntos.
—¿Dónde podremos encontrar exactamente la casa de Lennart Bjord? —preguntó
otro mientras las seguía al exterior. Un grueso manto de nieve había cubierto el suelo,
pero Nina vio que el sol de la mañana ya estaba derritiendo una parte. El fuerte viento
se había convertido en una suave brisa. El Salvaje debía de haberse quedado sin
fuerzas.
—En la plaza mayor de Overüt —dijo Nina—. Es la casa más lujosa del bulevar.
—Busquen la que tenga el tejado más alto —añadió Hanne—. La más puntiaguda
de todas.
—¿Ese es su caballo? —dijo el hombre—. ¿Y la silla de amazona?
—Se habrá perdido en la nevada —dijo Nina, dando gracias de que Hanne
cabalgara sin silla y no tuvieran que explicar la presencia de una silla de hombre—.
Lo llevaremos a pie hasta Gäfvalle.
Cuando estuvieron lo bastante lejos de la cabaña, montaron en el caballo de
Hanne.
—¿Conque el skad? —preguntó Nina mientras apoyaba con suavidad las manos
en la estrecha cintura de Hanne; sus muslos se tocaban.
Hanne la miró de reojo con una sonrisa sorprendentemente traviesa.
—De algo me tenía que servir mi educación religiosa.
Volvieron al campamento dando un rodeo; ahora que había dejado de nevar, no
les costó nada localizar la bandera amarilla y la tienda de Adrik.
Este las saludó con la mano, y Nina supo que el alivio que sentía Adrik al ver que
había sobrevivido a la tormenta era sincero, aunque se esforzó por mostrar
indignación, con grandes aspavientos, al fijarse en los pantalones de Hanne.
—Pensaba que a los zemeni les daban igual esas cosas —gruñó Hanne.

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—La que es zemeni es su mujer. Él es kaélico, y le inquieta que estuvieras aquí
fuera tú sola. A propósito… ¿qué hacías aquí fuera tú sola?
Hanne alzó el rostro hacia el cielo y cerró los ojos.
—Necesitaba montar. El mejor momento es cuando está a punto de cambiar el
tiempo; no hay nadie en los campos.
—¿Y no te meterás en un lío por pasar una noche entera fuera del convento?
—Me ofrecí voluntaria para ir a buscar agua fresca. La Madre del Manantial se
contentará con no tener que decirle a mi padre que su hija pereció por estar a la
intemperie en mitad de una tormenta.
—¿Y tus amigas? ¿No te acompañaron?
Hanne mantuvo la vista fija en el horizonte blanco.
—Para ellas es solo un juego infantil, una oportunidad de disfrazarse y hacer algo
prohibido. Pero para mí… —Se encogió de hombros.
Era una cuestión de supervivencia. Hanne era una solitaria. Nina no podía fingir
que la entendía. A ella le encantaba la compañía, el ruido, el bullicio de una sala
abarrotada. Pero para una chica como aquella… estar permanentemente atrapada en
el convento, vigilada por las hermanas y obligada a representar de continuo el papel
de la devota femineidad fjerdana… Se deprimía solo de pensarlo. Aun así, la
presencia de Hanne en el convento la convertía en una posible fuente de información
sobre la fábrica. Aunque no era más que una novicia, tenía que saber algo sobre las
visitas de las Doncellas del Manantial.
—Acompáñanos un rato más —le dijo Nina a Hanne mientras montaba en su
propio caballo.
Hanne parecía morirse de ganas de largarse, pero Nina sabía que la muchacha no
se arriesgaría a ofenderla mientras estuviera desesperada por asegurarse el silencio de
Nina.
—Vamos —la apremió Nina con afecto—. No te entretendré mucho.
Avanzaron a paso moderado; Adrik las seguía con el trineo.
—¿Cuántos años tienes, por cierto? —le preguntó Nina.
Hanne tensó la mandíbula; su afilado perfil se recortaba contra el cielo plateado.
—Diecinueve. Y sí, son muchos años para seguir siendo novicia.
Así que Nina estaba en lo cierto: tenían casi la misma edad.
—Aún no estás lista para hacer tus votos. —Hanne negó secamente con la cabeza
—. Pero tampoco puedes irte a casa. —Otra negativa—. ¿Entonces?
Hanne siguió mirando fijamente la nieve sin decir nada. No quería hablar, o tal
vez pensara que ya había hablado de más.
Nina la miró de reojo.
—Me parece que te mueres de ganas de cabalgar una última vez antes de volver.
—¿Tan evidente es?
—Lo veo en tu mirada perdida en el horizonte, en tu forma de aferrar las riendas.
—Nina titubeó antes de añadir—: La clave de actuar consiste en creerte tu propia

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mentira, por lo menos un poco. La actuación empieza en el cuerpo. Si quieres
convencer de algo a alguien, se empieza por el movimiento del cuerpo. Eso ya cuenta
mil historias antes de que abras la boca siquiera.
—¿Y qué historias te estoy contando?
—¿Seguro que quieres saberlo? —Una cosa era ver la verdad de alguien y otra
muy distinta decírsela a la cara.
—Adelante —dijo Hanne, pero sujetaba las riendas con gesto crispado.
—Eres fuerte, pero te da miedo que se den cuenta. Por eso te encorvas para
intentar parecer más menuda. Solamente estás cómoda cuando crees que nadie te
mira. Y entonces… —Nina extendió la mano y le dio unas palmaditas en el muslo a
Hanne—. Entonces eres magnífica.
Hanne la miró con recelo.
—Sé bien qué aspecto tengo.
«¿De verdad?» Nina quiso decirle a Hanne que, de haber entrado en Os Alta con
su metro ochenta de estatura, su cabello del color de las castañas bañadas en sirope de
fresa y sus ojos como dos monedas de cobre, un millar de cortesanos ravkanos
habrían escrito canciones sobre su belleza. Y Nina habría sido la primera. Pero si le
decía eso, Hanne tendría alguna que otra pregunta.
Aunque una cosa sí podía decirle:
—No le contaré a nadie lo que eres.
Hanne la miró con dureza.
—¿Por qué? Te recompensarían. Delatar a un Grisha vale un montón de plata.
¿Por qué me harías ese favor?
«No te estoy haciendo un favor. Me estoy ganando tu confianza. Pero tampoco
voy a sentenciarte a muerte si puedo evitarlo.»
—Porque te has lanzado a salvarme la vida cuando podrías haber pasado de largo
—dijo Nina, antes de dar el salto definitivo—. Y porque creo que el poder Grisha no
implica que seas malvada.
—Es un pecado—siseó Hanne—. Un veneno. Si pudiera librarme de él, lo haría.
—Lo comprendo —dijo Nina, aunque cada fibra de su ser quería protestar—.
Pero no puedes. Así que la cuestión es si prefieres odiar lo que eres, y con ello correr
un mayor riesgo de ser descubierta, o aceptar lo que hay en tu interior y aprender a
controlarlo. —«O abandonar para siempre este país dejado de la mano de los Santos.»
—¿Y si… y si eso hace que el poder aumente?
—No creo que funcione así —dijo Nina—. Pero sé que los Grisha que no utilizan
su poder terminan por enfermar.
Hanne tragó saliva.
—Me gusta usarlo. Me odio a mí misma cada vez que lo hago, pero siempre
quiero repetir.
—Hay quienes creen —dijo Nina con cautela— que semejante poder es un don de
Djel, y no una calamidad.

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—Son habladurías de herejes y paganos. —Al ver que Nina no contestaba, Hanne
añadió—: No me has dicho qué le pasó a tu hermana.
—Aprendió a contener su poder y encontró la felicidad. Ahora está casada y vive
en la frontera de Ravka con su apuesto marido.
—¿De verdad?
«No, claro que no. Cualquier hermana mía sería una Mortificadora y estaría
guerreando contra tu ignorante e imprudente gobierno.»
—Sí —mintió Nina—. Recuerdo muchas de las cosas que le enseñaron.
Sospechaban que yo podía tener una… corrupción latente, así que nos enseñaron a las
dos juntas. A lo mejor podría ayudarte a controlar tu poder.
—¿Por qué ibas a correr ese riesgo?
«Porque pretendo sonsacarte información mientras tanto, y meterte algo de juicio
en la cabeza.» Después de todo, Nina había conseguido abrirle los ojos a cierto
fjerdano testarudo. A lo mejor tenía un don para ello.
—Porque alguien hizo eso mismo por mi hermana —dijo—. Es lo menos que
puedo hacer yo. Pero necesitaremos una excusa para pasar tiempo juntas en el
convento. ¿Qué te parecería aprender zemeni?
—Mis padres preferirían que siguiera aprendiendo kerch.
—No sé ni una palabra de kerch —mintió Nina.
—No quiero estar en deuda contigo —protestó Hanne.
«Le da miedo su poder», pensó Nina. «Pero puedo hacer desaparecer ese miedo.»
—Ya pensaremos en algo para que me lo compenses —dijo—. Te lo prometo. Y
ahora vete, disfruta de una última galopada antes de que vuelva a nevar.
Hanne parecía perpleja, casi incrédula. Después, hundió los talones en los flancos
de su caballo y salió a galope tendido, agazapada y con el rostro vuelto hacia el
viento, como si ella y el animal fueran un solo ser, una criatura híbrida nacida en la
naturaleza salvaje. Si le sorprendía tantísimo un pequeño gesto de generosidad, eso
quería decir que muy poca gente había sido amable con Hanne.
«Pero tú no estás siendo generosa», se recordó Nina mientras hacía avanzar a su
montura. «Ni tampoco amable.» Iba a utilizar a Hanne. Si al mismo tiempo conseguía
ayudarla, tanto mejor. Pero la responsabilidad de Nina era para con las muchachas
perdidas en la montaña, las mujeres de las tumbas. «Justicia.»
Lo único que podía hacer Nina era tenderle una cuerda a aquella chica. Hanne
tendría que agarrarse a ella por su cuenta.

Una hora después, Nina y Adrik entraron en los establos del convento. Solamente
habían estado una noche fuera, pero a Nina le parecía que había pasado una larga
temporada. Tenía la mente abrumada por tantas emociones e información. Matthias.
Trassel. Hanne. Las mujeres enterradas en la fábrica. Las dolorosas marcas de dientes

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en el antebrazo. La habían atacado unos lobos, por el amor de los Santos. Necesitaba
un baño caliente, un plato de gofres y unas doce horas de sueño.
Leoni los saludó nada más verlos. Estaba sentada en un taburete, en un rincón
oscuro de los establos, a salvo de miradas curiosas tras algunas de las cajas que
habían dejado allí Nina y Adrik. Leoni había preparado un pequeño hornillo de
campamento, y el suelo estaba sembrado de vasijas y viales de cristal que debía de
haber estado utilizando para analizar las muestras de agua.
—Pensaba que volveríais antes —dijo con una sonrisa.
Adrik llevó a su caballo a uno de los compartimentos.
—Es que Nina decidió emprender una aventura.
—¿Una buena aventura? —preguntó Leoni.
—Una aventura instructiva —dijo Nina—. ¿Cuánto tiempo llevas con esto?
—Toda la noche —reconoció Leoni. No tenía buen aspecto.
—Vamos a almorzar al pueblo —dijo Nina—. No soportaría otro cuenco de
gachas del convento.
Leoni se puso de pie y apoyó una mano en la pared.
—Eh… —Puso los ojos en blanco y se tambaleó.
—¡Leoni! —exclamó Nina, al tiempo que Adrik y ella se lanzaban a sujetarla
justo antes de que se desplomara. La recostaron cuidadosamente en el suelo, junto al
hornillo. Estaba empapada en sudor y le ardía la piel.
Leoni parpadeó y abrió los ojos.
—Eso sí que no me lo esperaba —dijo, con una sonrisa descarada.
—No es momento para guasas —dijo Adrik—. Tienes el pulso acelerado y estás
ardiendo.
—Pero no estoy muerta.
—Deja de mirar el lado positivo y dime cuándo has empezado a sentirte así.
—Creo que he echado a perder los análisis —dijo Leoni con un hilo de voz—.
Intentaba separar los contaminantes de las muestras, aislarlos. Puede que mi cuerpo
haya absorbido una parte. Ya os dije que los venenos eran complejos.
—Te llevaré a los dormitorios —dijo Nina—. Buscaré agua limpia y…
—No quiero que las Doncellas del Manantial sospechen.
—Podemos atenderla aquí —dijo Adrik—. Acuéstala detrás del trineo. Encenderé
un fuego y herviré agua limpia para preparar té.
—Hay tintura de carbón en mi bolsa —dijo Leoni—. Echa unas gotas. Absorberá
las toxinas.
Nina preparó un lecho de mantas para Leoni, procurando que no se viera desde el
patio principal, e intentó acomodarla allí.
—Hay algo más —dijo Leoni mientras se tumbaba.
A Nina no le gustaba nada el tono descolorido de su piel ni el temblor de sus
párpados.
—Tú descansa. Puede esperar.

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—La Madre del Manantial ha venido a verme.
—¿Qué ha pasado? —dijo Adrik, arrodillándose junto a ella con una taza de té
humeante—. Ten, intentaba beber un sorbo. ¿Alguna de las novicias le ha dicho que
nos vieron en el bosque?
—No. Una de ellas ha muerto.
Nina se quedó paralizada.
—¿La que se cayó del caballo?
—No me di cuenta de que sus heridas fueran tan graves —dijo Adrik.
—Y no lo eran —dijo Leoni; hizo una pausa para beber lentamente—Creo que ha
sido por el río. Estuvo sumergida en el agua un rato, y tenía una herida abierta.
—Por todos los Santos —dijo Adrik—. ¿Qué diablos están haciendo en esa
fábrica?
—No lo sé, pero… —titubeó Nina, antes de lanzarse de cabeza—. Pero hay
tumbas por toda la montaña. Detrás de la presa, repartidas por los patios de la fábrica.
Las he sentido por todas partes.
—¿Qué? —dijo Adrik—. ¿Por qué no nos lo has dicho antes? ¿Y cómo lo sabes?
Leoni había cerrado los ojos, y su pulso acelerado se había ralentizado
ligeramente; buena señal.
—¿Queda agua limpia? —preguntó Nina—. Deberíamos intentar que le baje la
fiebre. ¿Y puedes ver si hay carbólico en su bolsa?
—¿Para qué? —preguntó Adrik mientras cogía su cantimplora y el desinfectante
—. ¿Está herida?
—No, es para mí. Anoche me mordió un lobo.
—Ya, claro.
Nina se desembarazó del abrigo para dejar al descubierto la manga rasgada y
ensangrentada.
—Espera —dijo Adrik—. ¿Iba en serio? —Se sentó al lado de Leoni y le frotó las
sienes con los dedos—. Una soldado envenenada y otra atacada por lobos. La misión
está yendo como la seda.
Nina sacó un paño del trineo y lo rasgó en dos. Preparó una compresa para Leoni
con una de las mitades y con la otra se limpió y vendó la herida del brazo.
—Entonces, ¿esa tal Hanne te rescató de unos lobos? —preguntó Adrik.
—Más o menos. —Nina no estaba lista para hablarle de Trassel. Lo último que
necesitaba era el escepticismo de Adrik—. Creo que es posible que hubiera parem en
la mordedura.
—¿Cómo?
Nina miró de reojo a Leoni, cuyos párpados seguían temblando.
—No lo sé con seguridad, pero el comportamiento de esos lobos no era normal.
Me recordó a los efectos de la parem.
—Entonces, tu adicción…
Nina negó con la cabeza.

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—De momento estoy bien. —Eso no era del todo cierto. La mera mención de la
parem bastaba para despertar la pulsión de aquel apetito animal. Pero el filo de su
ansia parecía más embotado de lo que esperaba.
—Por los Santos —dijo Adrik, inclinándose hacia delante—. Si está en el agua y
Leoni ha estado en contacto con ella…
—Leoni no actúa como una Grisha expuesta a la parem. Ahora mismo estaría
arañando las paredes, ansiosa por recibir otra dosis. —Nina lo sabía demasiado bien
—. Pero sus otros síntomas sí son similares a la exposición a la droga, y en suficiente
cantidad, la parem podría matar a alguien sin poderes Grisha, como esa novicia.
—No ha sido la parem —balbuceó Leoni—. Creo que no.
—Pensaba que estabas dormida.
—Y lo estoy —dijo Leoni—. Hay algo corrosivo en el agua.
—¿Puedes beber un poco más de té? —preguntó Adrik.
Ella asintió y consiguió apoyarse en los codos.
—Todavía no lo he podido aislar. ¿Por qué no nos hablaste de las tumbas en
cuanto las encontraste, Nina?
—¿Seguro que no quieres volver a dormir? —preguntó Nina, y suspiró. Miró
fijamente la compresa doblada que tenía en las manos—. No sé por qué. Creo… que
me guiaron hasta la entrada este.
—¿Quién te guio?
Nina carraspeó y enjugó suavemente la frente de Leoni con el paño.
—Oí a los muertos… hablar. Los oía desde Elling.
—De acuerdo —dijo Leoni con cautela—. ¿Y qué te decían exactamente?
—Que necesitan nuestra ayuda. —«Mi ayuda.»
—Los muertos —repitió Adrik—. Necesitan nuestra ayuda.
—Sé que parece que he perdido la chaveta, pero necesitamos entrar en esa
fábrica. Y creo que sé de alguien que puede ayudarnos.
Nina llevó a Leoni a los dormitorios antes de que anocheciera y la acostó en su
cama. La fiebre había remitido y ya se encontraba mejor, otro indicio de que lo que
había encontrado en el agua no era parem. Entonces, ¿qué les pasaba a aquellos
lobos? ¿Qué contenía su mordedura? ¿Y qué había matado a la novicia?
Se llevó al bosque un plato lleno de sobras de la cocina y lo vació al pie de un
árbol, con la absurda esperanza de que Trassel la encontrara de nuevo. Seguramente
se las comería algún ingrato roedor.
Desde la linde del bosque, Nina alzó la vista hacia la fábrica, iluminada con un
brillo dorado bajo el creciente crepúsculo; las ventanas del ala este estaban a oscuras.
Pensó en las raíces tortuosas del fresno de Djel, labradas en las paredes de la presa.
«Hay un veneno en este lugar.» Casi podía paladear su sabor amargo en la lengua.
«Pero ¿hasta dónde llegará?»

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A la mañana siguiente, Nina descubrió con agrado que alguien había deslizado por
debajo de su puerta una citación al despacho de la Madre del Manantial. Nina debía
reunirse con ella y con Hanne después de las oraciones matinales para hablar de la
posibilidad de impartir clases de idiomas. De modo que Hanne sí que quería aprender
más sobre sus dones Grisha, aunque solo fuera para controlarlos.
Adrik desconfiaba de su plan, cómo no.
—Más nos valdría aprovechar el tiempo reuniendo información, aquí y en las
aldeas vecinas —protestó—. Fjerda se está preparando para algo. Con la información
adecuada, nuestras fuerzas podrían apoderarse de un carromato o un envío, o incluso
cerrar este lugar para siempre, pero no si los fjerdanos se enteran de lo que estamos
haciendo y trasladan sus actividades. No sabes lo fácil que sería tirar por tierra tu
tapadera, Nina. Es un juego peligroso.
Nina tenía ganas de gritar. Había trabajado como espía de Zoya Nazyalensky en
la Isla Errante. Se había pasado un año sola en Ketterdam, trabajando para Kaz
Brekker. Se había infiltrado en la Corte de Hielo, haciéndose pasar por una chica de
la Reserva. Puede que aquella misión en concreto fuera nueva para ella, pero no era la
primera vez que corría grandes riesgos.
—Puedo arreglármelas, Adrik —dijo Nina con toda la calma que pudo reunir—.
Sabes que ella es nuestra mejor opción. Podemos averiguar lo que está pasando en
esa fábrica; no hace falta que otros lo hagan por nosotros.
—¿Qué sabemos en realidad sobre esa chica?
—Que es una Grisha y que es infeliz. ¿No estamos aquí precisamente para salvar
a gente como ella?
—Por lo que me has contado, no quiere que la rescaten.
—Tal vez cambie de opinión. Y mientras tanto, tendré acceso al resto del
convento. —Nina y Leoni se alojaban en una habitación aledaña a las cocinas,
apartada del edificio principal y los dormitorios—. Las Doncellas del Manantial son
las únicas habitantes de la zona con permiso para entrar en la fábrica. Quizá
encuentre un modo de meternos dentro.
—No harás nada sin mi permiso —dijo Adrik—. Y primero tienes que convencer
a la Madre del Manantial.
Nina dejó a Adrik y a Leoni en los establos y cruzó el patio hasta la capilla,
atravesando la robusta puerta con ramas de fresno grabadas en intrincados nudos. El
aroma dulce y terroso de las paredes de madera la envolvió, y se detuvo un instante
para que los ojos se le acostumbraran a la penumbra. El aire era frío y rancio; los
bancos estaban iluminados por el brillo de las lámparas y por los débiles rayos de sol
que entraban por las escasas y estrechas ventanas en lo alto del transepto. No había
altares ni retablos de los Santos, sino un enorme árbol que se elevaba por el ábside de
la capilla, extendiendo sus raíces hasta la primera hilera de bancos. Era el fresno de
Djel, alimentado por el Manantial.

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«¿Qué plegarias escuchas?», se preguntó Nina. «¿Oyes las palabras de los
soldados? ¿Las de los Grisha fjerdanos encerrados en las celdas de Jarl Brum?» Las
voces susurrantes de su mente parecieron suspirar… ¿de arrepentimiento? ¿De
nostalgia? No lo sabía. Se alisó las faldas y se apresuró a recorrer el pasillo lateral
hasta el despacho de la Madre del Manantial.
—Enke Jandersdat —dijo la religiosa al ver entrar a Nina, dirigiéndose a ella por
el título de «viuda»—. Hanne me ha dicho que está usted dispuesta a darle lecciones
de zemeni. Espero que se haga cargo de que el convento no puede pagar los
honorarios de una tutora.
Hanne, vestida con su delantal azul claro y su impecable blusa blanca, no dijo
nada y mantuvo la vista fija en sus muy poco prácticos escarpines de fieltro. Su
cabello castaño rojizo estaba pulcramente trenzado, y las trenzas recogidas en una
apretada corona en lo alto de la cabeza. Aquel uniforme no le pegaba nada. Nina
sintió el impulso de arrancarle los alfileres de las trenzas para verla lucir aquel
magnífico cabello en todo su esplendor.
—Desde luego —dijo Nina—. No exijo pago alguno. Lo único que pido es que
nos dejen disfrutar de su hospitalidad un poco más. Y si disponen de un puchero de
cobre, a mis patrones les gustaría tomarlo prestado. —Leoni estaba segura de que
podía reanudar sus experimentos ahora que sabía a qué se enfrentaba, pero en
cualquier caso los utensilios de cobre le serían de gran ayuda.
—Parece una oferta demasiado generosa —dijo la Madre del Manantial,
frunciendo los labios con suspicacia.
—Me habéis descubierto —dijo Nina. Hanne abrió los ojos de par en par. Por los
Santos, si Hanne pretendía seguir viviendo en aquel condenado país, iba a tener que
aprender a engañar. Tal vez podría hacer prácticas en Ketterdam. La Madre del
Manantial no había descubierto nada, pero Nina había notado que la mujer creía que
sí, así que iba a complacerla—. Lo cierto es que no puedo seguir trabajando como
guía mucho más tiempo. Tanto viaje es un gran inconveniente, y tarde o temprano
tendré que buscar un puesto más permanente para ganarme el sustento.
—No contratamos a nadie ajeno a la orden…
—Oh, no, claro que no, lo comprendo. Pero tener referencias favorables de la
Madre del Manantial de Gäfvalle sería un gran aliciente para cualquier fjerdano que
busque una institutriz para sus hijos.
La Madre del Manantial se hinchó y levantó el mentón. La devoción era una
pobre defensa contra la adulación.
—Está bien, entiendo que eso podría serle de gran ayuda. Veremos qué puede
hacer con nuestra Hanne. Es un poco tarde para que empiece a aprender un idioma
nuevo. Pero, francamente, es un alivio verla interesada en algo que no sea jugar y
ensuciarse en el bosque.
La Madre del Manantial las acompañó hasta un aula vacía y les dijo que podían
trabajar hasta la hora del almuerzo.

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—Confío en que tus otras tareas no se vean afectadas, Hanne. A tu padre no le
gustaría que te convirtieras en un lastre para esta institución.
—Sí, Madre del Manantial —contestó ella sumisamente. Pero cuando la mujer se
marchó, Hanne lanzó una mirada asesina hacia la puerta y se dejó caer en uno de los
pupitres.
—Ha accedido a que recibas lecciones —dijo Nina—. Podría ser peor.
—Me considera un fracaso. Soltera a los diecinueve años, sin pretendientes ni
rastro de la llamada de Djel.
—¿Todas las Doncellas del Manantial han recibido la llamada? —preguntó Nina
mientras cogía un pedazo de tiza y empezaba a conjugar un verbo zemeni en la
pizarra que cubría casi toda la pared.
—No lo sé. Algunas dicen que sí, afirman que tienen visiones. Pero no estoy
segura de que a Djel le interesen las chicas como yo. ¿De verdad piensas abandonar
tu empleo como guía?
—No —dijo Nina, intentando mantener derecho el trazo—. Todavía no estoy lista
para vivir en un mismo sitio. —Solamente al decir esas palabras se percató de que tal
vez fueran ciertas. En Ravka había estado muy inquieta, y ahora empezaba a
preguntarse si seguiría sintiéndose así en cualquier lugar donde intentara instalarse.
Nina sacó un fajo de papeles de su bolsillo.
—Son unas lecciones rudimentarias de zemeni. Vas a tener que copiarlas en tu
cuaderno para que parezca que estamos trabajando.
—¿Quieres decir que voy a tener que aprender zemeni de verdad?
—Un poquito. No hace falta que se te dé bien. —Señaló la pizarra—.
Empezaremos por este verbo: bes adawa. —Levantó las manos y separó las piernas,
colocándose en la posición de guardia que todo Grisha debía aprender—. «Luchar.»

La lección duró dos horas. Lo primero que hizo Nina fue lo mismo que habían hecho
con ella en el Pequeño Palacio: le enseñó a Hanne a utilizar su poder de
Mortificadora sobre sí misma.
—¿Alguna vez lo has intentado? —preguntó Nina.
—No… no estoy segura. A veces, cuando no puedo dormir, me imagino que mi
corazón se ralentiza…
Nina esbozó una mueca.
—Tienes suerte de no haberte quedado en coma.
Nina le explicó las técnicas rudimentarias de respiración y unas posiciones de
combate básicas. Hizo que Hanne ralentizara y acelerara su propio corazón. Apenas
tocó la teoría Grisha y el funcionamiento de los amplificadores, y se guardó mucho
de mencionar la jurda parem.

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—¿Cómo sabes todo esto? —preguntó Hanne. Tenía las mejillas sonrojadas por el
uso de su poder; algunos mechones de cabello habían escapado de las trenzas y
formaban rizos adheridos a sus sienes—. ¿De verdad lo aprendiste todo del profesor
de tu hermana?
Nina se dio la vuelta para borrar la pizarra y para ocultar su expresión. Tal vez se
hubiera excedido. «No sabes lo fácil que sería tirar por tierra tu tapadera, Nina.» Se
imaginaba a Adrik canturreando: «¿Qué te había dicho?».
—Sí —contestó—. Es que prestaba mucha atención. Pero además tienes un
talento natural. Aprendes muy deprisa. —Eso sí era cierto. Hanne tenía una soltura
extraordinaria con su poder. Pero su rostro estaba turbado—. ¿Qué pasa?
—Esa palabra… «natural». —Hanne deslizó el dedo por una de las hojas en las
que había garabateado la conjugación de otro verbo zemeni. Su caligrafía era para
echarse a llorar—. Cuando era pequeña, mi padre me llevaba con él a todas partes. A
cabalgar. A cazar. Era algo poco ortodoxo, pero él ansiaba tener un hijo varón, y
sospecho que tampoco le parecía que hubiera mal alguno en ello. A mí me encantaba.
Luchar, montar, correr con libertad… Pero cuando me hice mayor y llegó el momento
de presentarme a la corte… no conseguí dejar atrás todo eso.
«¿Y por qué tendrías que hacerlo?», pensó Nina. Ella no sentía especial afecto por
los caballos, y prefería no ir corriendo a ninguna parte a menos que alguien la
persiguiera, pero al menos había tenido la oportunidad de hacer todas esas cosas.
Hanne se cruzó de brazos y encorvó los hombros, como si quisiera plegarse sobre
sí misma.
—Me llamaron antinatural. El cuerpo de una mujer debía ser suave, pero el mío
era recio. Una dama debía caminar dando pasitos cortos y gráciles, pero yo daba
grandes zancadas. Fui el hazmerreír. —Hanne miró fijamente el techo—. Mi padre se
culpó a sí mismo por haberme corrompido. No sabía cantar ni pintar, pero sí
despellejar un ciervo, encordar un arco y construir un refugio. Lo único que quería
era escapar al bosque. Dormir bajo las estrellas.
—Eso suena… suena horrible, para qué te voy a engañar —admitió Nina—. Pero
supongo que entiendo que a alguien le pueda gustar.
—Intenté cambiar. De verdad que sí. —Hanne se encogió de hombros—. Pero
fracasé. Y si vuelvo a fracasar…
Tenía la mirada perdida, y Nina se preguntó qué aciago futuro estaba viendo.
—¿Qué pasa si vuelves a fracasar?
—La escuela debía convertirme en alguien presentable. En un buen partido para
el matrimonio. Si la Madre del Manantial no consigue enderezarme, nunca me
dejarán volver a casa, nunca me presentarán a la corte. Y hace dos años que debería
haberlo conseguido.
—¿Tan malo sería no volver?
—¿Y no ver a mis padres nunca más? ¿Vivir como una exiliada?
—¿Esas son las únicas alternativas?

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—O encuentro el modo de encajar, o hago los votos y vivo aquí el resto de mi
vida, sirviendo a Djel con las Mujeres del Manantial. —Frunció el ceño—. Ojalá
fuera una Inferni en lugar de una Mortificadora.
—Qué ridiculez —dijo Nina sin pensar, llevada por su orgullo. ¿Cómo podía
preferir alguien ser una Invocadora en lugar de una Corporalki? «Todos saben que
nuestra Orden es la mejor»—. Quiero decir… ¿por qué querría alguien ser una
Inferni?
Los ojos brillantes de Hanne centellearon en actitud desafiante.
—Para derretir la Corte de Hielo desde dentro y arrastrarla hasta el mar.
Unas palabras peligrosas. Quizá Nina debería haber fingido escandalizarse. Pero
en vez de eso, sonrió.
—Sería el charco más lujoso del mundo.
—Exacto —dijo Hanne, devolviéndole la sonrisa con aquella expresión pícara.
De repente, Nina quiso contárselo todo a Hanne. «¡Mis amigos y yo abrimos un
agujero en el muro de la Corte de Hielo! ¡Robamos un tanque fjerdano!» Por todos
los Santos, ¿de verdad quería ponerse a alardear ahora mismo? Nina sacudió la
cabeza. «Tienes la oportunidad de ganarte su confianza», se dijo a sí misma.
«Aprovéchala.»
Se sentó en el pupitre, al lado de Hanne, y dijo:
—Si pudieras ir a cualquier lugar y hacer cualquier cosa, ¿qué elegirías?
—Novyi Zem —dijo Hanne al instante—. Buscaría trabajo para ganarme la vida
yo sola; ofrecería mis servicios como tiradora.
—¿Tan buena eres?
Sí dijo Hanne sin dudar—. Lo pienso cada vez que salgo a cabalgar. Pienso en
desaparecer sin más. En hacer creer a todo el mundo que me he perdido en una
tormenta o que me ha arrastrado el río.
«Qué idea tan horrible. Vente a Ravka.»
—¿Y por qué no lo haces? ¿Por qué no te marchas?
Hanne la miró fijamente, sorprendida.
—No podría hacerles eso a mis padres. No podría humillarlos de esa forma.
Nina apenas logró contener el impulso de poner los ojos en blanco. «Los
fjerdanos y su honor.»
—Claro que no —se apresuró a decir. Pero no pudo evitar recordar a Hanne
entrando en el claro a caballo, con el rifle en ristre y las trenzas al viento, como una
auténtica guerrera. Nina veía claramente que la chica era un diamante cuyo brillo se
había difuminado por tantos años oyendo decir que su forma de ser no era la correcta.
Esos destellos de la verdadera Hanne, de la persona que Hanne había nacido para ser,
la estaban distrayendo. «No estás aquí para hacer amigas, Zenik», se riñó. «Estás aquí
para obtener información.»
—¿Y si la Madre del Manantial te expulsa? —preguntó.
—No lo hará. Mi padre es un patrocinador muy generoso.

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—¿Y si te pilla retozando por ahí en pantalones? —la provocó Nina.
—No lo hará.
—Si mis amigos y yo hubiéramos sido menos generosos, lo habría hecho.
Esta vez, Hanne se reclinó y mostró una sonrisa confiada y relajada. «Ahí estás
otra vez», pensó Nina.
—Habría sido vuestra palabra contra la mía. Antes de que pudierais llamar a la
puerta del despacho de la Madre del Manantial, yo ya estaría tras los muros del
convento, vestida con mi modoso delantal.
«Interesante.» Nina hizo acopio de toda la condescendencia que pudo reunir y
dijo:
—Ya, seguro que sí.
Hanne se irguió y clavó el dedo índice en la superficie de la mesa.
—Conozco todos los escalones que crujen en este convento. Sé dónde guarda la
cocinera la llave de la puerta oeste de la cocina, y tengo delantales y mudas de ropa
escondidos por todas partes, desde la capilla hasta el tejado. A mí nadie me pilla.
Nina levantó las manos en un gesto conciliador.
—Solo digo que deberías plantearte ser más cauta.
—Dijo la chica que me enseña a usar poderes Grisha en los salones de Djel.
—A lo mejor yo tengo menos que perder que tú.
Hanne enarcó una ceja.
—O a lo mejor es que crees que se te da mejor que a mí lo de correr riesgos.
«¿Te apuestas algo?», pensó Nina, aunque solo dijo:
—Venga, a trabajar. A ver si puedes acelerarme el corazón.

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ZOYA HABÍA PASADO POCO tiempo en Kribirsk desde el final la
guerra. No tenía motivos, y además le despertaba demasiados malos recuerdos.
Cuando la Sombra aislaba a Ravka de su propia costa occidental, Kribirsk había sido
el último lugar seguro, una ciudad donde los comerciantes y los viajeros osados se
aprovisionaban para el trayecto, y donde los soldados pasaban una última noche
ahogando el miedo en una botella o en los brazos de una amante remunerada antes de
embarcar en un esquife de arena y aventurarse en la oscuridad antinatural de la
Sombra. Muchos nunca regresaron.
Kribirsk había sido un puerto importante, pero ahora que el sombrío territorio
conocido como el Nocéano había desaparecido, Kribirsk había vuelto a ser otro
pueblucho con poco que ofrecer aparte de una triste historia.
Todavía quedaban vestigios de la antigua gloria de Kribirsk: la cárcel y el cuartel,
el edificio en el que se alojaban los oficiales del Primer Ejército y donde el
Triunvirato se había reunido por primera vez con el nuevo rey de Ravka. Pero el
extenso campamento abarrotado de tiendas, caballos y soldados ya no existía. Se
decía que todavía se podían encontrar balas intactas entre el polvo y algún que otro
jirón de seda del pabellón negro que había pertenecido al Oscuro.
Aunque la oscuridad de la Sombra y los monstruos que la habitaban habían
desaparecido, las arenas seguían allí, y el terreno inestable podía resultar traicionero
para los carromatos. Los comerciantes que cruzaban Ravka seguían acudiendo al
puerto seco para embarcar en esquifes de arena, pero ahora contrataban guardias para
proteger sus mercancías de saqueadores y ladrones, y no de la amenaza de los volcra

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carnívoros que antaño habían aterrorizado a los viajeros. Los monstruos se habían
desvanecido, y lo único que quedaba era una larga franja de arena gris y yerma, tan
vacía que resultaba inquietante. No crecía absolutamente nada en el terreno sin vida
que el poder del Oscuro había dejado tras de sí.
Los negocios de Kribirsk eran los de siempre: posadas, burdeles y tiendas de
provisiones… la diferencia era que había menos que antes. Lo único que había
cambiado era la iglesia. El sencillo edificio encalado, con su cúpula azul, había
estado dedicado a Sankt Vladimir, pero ahora un reluciente sol dorado pendía del
frontispicio, indicando que el edificio había sido reconsagrado a Sankta Alina de la
Sombra.
Zoya había tardado mucho tiempo en dejar de ver a Alina exclusivamente como
una rival. Detestaba los dones de la huérfana y envidiaba que disfrutara del favor del
Oscuro. Por entonces no entendía lo que significaba el poder, ni el precio que todos
ellos se verían obligados a pagar a cambio. Tras la guerra, Alina había elegido una
vida de paz y anonimato, y había fingido su muerte para poder disfrutarla. En cambio,
su nombre y su leyenda no habían hecho más que crecer. A Zoya le sorprendió darse
cuenta de que le gustaba ver el nombre de Alina en las iglesias y oírlo en las plegarias
de la gente. Ravka había entregado demasiado amor a personas como el Oscuro, el
Apparat o incluso los reyes Lantsov. Qué menos que ofrecerle también un poco a
aquella huérfana sin el menor gusto en el vestir.
Aunque el símbolo que coronaba la entrada de la iglesia era distinto, las paredes
eran las mismas: en ellas estaban escritos los nombres de los muertos, las víctimas de
la masacre que había perpetrado el Oscuro en Novokribirsk, la ciudad hermana de
Kribirsk, situada al otro lado de la Sombra, prácticamente en frente. El sol y el
tiempo habían difuminado las inscripciones, que ahora resultaban casi ilegibles para
cualquiera que no atesorara en su corazón los nombres de los caídos.
«Algún día, esos nombres desaparecerán del todo», pensó Zoya. La gente que
lloraba a los muertos también desaparecería. «Yo también desapareceré. ¿Quién los
recordará entonces?» Zoya sabía que, si se acercaba a la esquina sudoeste,
encontraría los nombres de Liliyana Garin y su pupila. Pero no pensaba caminar hasta
allí, no pensaba deslizar sus dedos sobre aquellas toscas letras.
Después de tanto tiempo, Zoya todavía no había podido desprenderse de su dolor.
Era un pozo oscuro, un lugar lleno de eco donde había dejado caer una piedra, segura
de que llegaría al fondo y dejaría de sentir dolor. Pero caía y caía sin fin. Se olvidaba
de la piedra y del pozo durante unos días, unas semanas incluso. Y entonces se
acordaba del nombre de Liliyana, o su mirada se detenía en el barquito pintado en la
pared de su dormitorio, con su bandera de dos estrellas paralizada en el viento. Se
sentaba a escribir una carta y se daba cuenta de que no tenía a quién escribir, y
entonces la quietud que la rodeaba se transformaba en el silencio del pozo, de la
piedra que seguía cayendo.

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No, no caminaría hacia esa esquina de la iglesia. No tocaría esos nombres con los
dedos. Hoy no. Zoya apretó los flancos de su montura con los talones y dirigió al
caballo de nuevo hacia el pueblo.
Zoya, Tamar y Nikolai se alojaron en una hostería que llevaba el nada halagüeño
nombre de «El naufragio», cuya construcción recordaba a un barco varado. Zoya se
acordaba de verla rebosante de soldados y comerciantes en sus mejores tiempos, y
también del espantoso acordeonista que solía tocar día y noche en la escalera para
atraer a los viajeros. Por suerte, él también había desaparecido.
Tolya se alojaba al otro lado de la calle, con el monje. Cuando los gemelos
viajaban juntos llamaban demasiado la atención, y aquella parada del itinerario real
tenía que mantenerse en secreto. Habían enviado el gran carruaje dorado y a sus
relucientes jinetes a Keramzin. Allí, la comitiva sería recibida por la pareja que
regentaba el orfanato; sabían a ciencia cierta que ellos mantendrían a salvo los
secretos de la corona.
El baño de Zoya estaba tibio y el guiso de ardilla y nabo era muy poco apetecible,
pero estaba demasiado cansada para quejarse. Se fue a dormir y soñó con monstruos.
Por la mañana, despertó a Nikolai con el frasco rojo de estimulante y se
acomodaron en su sala de estar para abordar los asuntos del día. Ya habría tiempo
para buscar un antiquísimo bosque de espinas enterrado en las arenas; Ravka requería
una atención constante, y los asuntos de Estado no podían esperar.
Zoya pasó varias horas con la correspondencia. Envió a Genya y a David una
misiva en clave que resumía el ataque de los khergud y les indicaba que doblaran las
patrullas que vigilaban los cielos de Os Alta. La capital era vulnerable, y no quería ni
pensar en lo que podría pasar si los khergud asaltaban la escuela Grisha. Cualquier
ataque al Pequeño Palacio sería considerado una declaración de guerra, y dudaba que
los shu se atrevieran a hacer algo así, pero Zoya no quería correr riesgos.
Envió cartas parecidas a los Grisha repartidos por toda Ravka, ordenándoles
reforzar la vigilancia día y noche. También solicitó que sus enlaces con el Primer
Ejército apostaran más soldados en las torres y los puestos de vigilancia elevados.
Habría sido más expeditivo que los Grisha allí destinados solicitaran los refuerzos
directamente, pero el protocolo era el protocolo. Una parte de ella siempre detestaría
aquel baile inútil, pero esos gestos tenían como finalidad preservar la dignidad de
todos los involucrados. Los Grisha no parecerían vulnerables y el Primer Ejército
mantendría su autoridad.
Una vez Nikolai hubo desayunado, se pusieron a trabajar codo con codo, casi
siempre en silencio y consultándose cosas ocasionalmente.
—Según una de las fuentes de Tamar, se rumorea que una soldado de la guardia
real shu quiere desertar —dijo Zoya, leyendo el archivo que le había dejado Tamar.
—¿Una Tavgharad? Eso sí que sería un golpe maestro.
Zoya asintió.
—La fiesta será la oportunidad perfecta para contactar con ella.

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—¿Me estás diciendo que al final resulta que mi Festival de las Bobadas Otoñales
sí que era una idea brillante?
—Yo no he dicho tal cosa. Pero nos aseguraremos de que tengas tiempo de sobra
para coquetear con la princesa shu mientras Tolya y Tamar se trabajan a la guardia
real.
—Si existe la posibilidad de obtener una información tan valiosa, seguro que
puedo enamorarme de la música del khatuur.
—¿Y si la princesa toca el de doce cuerdas y no el de dieciocho?
—Procuraré disimular mi desdén.
Zoya dejó el documento a un lado.
—¿Te importaría decirle a Pensky que asigne más soldados a los puestos
fronterizos de Arkesk? —Era el general del Primer Ejército con el que más se
comunicaba Zoya—. Creo que podría ser un lugar especialmente vulnerable a ataques
de khergud.
—¿Por qué no le escribes tú?
—Porque ya le he solicitado tropas dos veces este mes, y sería mejor que en esta
ocasión la orden viniera de ti.
Nikolai gruñó, apretando su pluma entre los dientes antes de cogerla con la mano.
—Escribiré a Pensky. Pero ¿quiere eso decir que deberíamos reasignar a los
Grisha apostados cerca de Halmhend? ¿Y te importaría asignarme a mí una
servilleta? He derramado té sobre mi nota al embajador kaélico.
Zoya hizo revolotear dos servilletas desde la mesa auxiliar; aterrizaron una sobre
otra al lado de Nikolai. Se sentía agradecida por la tranquilidad y la cómoda vuelta a
la rutina de esa mañana.
En ocasiones como aquella, cuando trabajaban el uno al lado del otro con tanta
complicidad, su mente la traicionaba. Miraba el cabello alborotado y dorado de
Nikolai inclinado sobre la correspondencia, o sus largos dedos desmenuzando un
bollo, y se preguntaba qué pasaría cuando Nikolai se casara finalmente, cuando le
perteneciera a otra y Zoya perdiera aquellos momentos de paz.
Zoya seguiría siendo la general de Nikolai, pero sabía que todo cambiaría.
Tendría a otra a quien provocar, a otra en quien apoyarse, a otra con quien discutir
por los arenques. Zoya ya había hecho que los hombres se enamoraran de ella otras
veces, cuando era joven y cruel, cuando le gustaba poner a prueba su poder. Zoya no
deseaba a nadie; los demás la deseaban a ella. Y ella lo prefería así. Le irritaba
reconocer que no estaba en absoluto segura de si sería capaz de hacer que Nikolai la
deseara, y más todavía pensar que una parte de ella anhelaba intentarlo, descubrir si
Nikolai era tan inmune a su belleza como parecía, averiguar si alguien como él, lleno
de esperanza, luz y vitalidad, podía amar a alguien como ella.
Pero incluso cuando su mente se entretenía con aquellos fastidiosos juegos, Zoya
nunca los dejaba llegar demasiado lejos. Sus precavidos tratos con el Primer Ejército
y su supervisión de los asuntos Grisha de toda Ravka le habían dejado perfectamente

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claro que, incluso en el caso de que Nikolai la viera como algo más que una
comandante de valía, Ravka jamás aceptaría a una reina Grisha. Alina había sido
distinta, una Santa reverenciada por el pueblo, un símbolo de esperanzas de futuro.
Pero para el pueblo de Ravka, Zoya siempre sería la bruja de cabello negro que
dominaba las tormentas. Alguien peligroso. Indigna de confianza. Nunca entregarían
a su preciado hijo dorado a una muchacha de sangre humilde, nacida del relámpago y
el trueno. «Y yo lo prefiero así.» Lo de la corona era muy bonito, y el
sentimentalismo daba para unos melodramas de lo más conmovedores, pero Zoya
había descubierto el poder del miedo hacía mucho tiempo.
Alguien llamó a la puerta enérgicamente, sacando a Zoya de su ensoñación.
Encontró a Tamar y a Tolya en el pasillo; ocultaban sus uniformes bajo unos pesados
e insulsos abrigos. En medio de los dos estaba Yuri, con su rostro austero medio
tapado por una bufanda. Todos viajarían a la Sombra disfrazados: abrigos de cuello
alto y rústicas capas de arpillera.
—¿Por qué nunca nos disfrazamos de gente rica? —protestó Zoya, cogiendo la
horrenda capa que le había traído Tamar y ciñéndosela por encima de la kefta.
—¿De comerciante de seda y su encantadora modelo? —preguntó Nikolai.
—Sí. Pero la comerciante sería yo. Tú puedes ser mi apuesto muso.
—Zoya, ¿me acabas de llamar «apuesto»?
—Forma parte de la farsa, Majestad.
Nikolai se agarró el corazón en un gesto teatral de aflicción y se volvió hacia los
demás.
—Seremos precavidos en nuestra primera salida. ¿Sabemos exactamente adonde
vamos? En la Sombra no hay demasiados puntos de referencia.
—Los seguidores del Santo sin estrellas sin duda estarán allí —dijo el monje,
exultante—. Ellos saben dónde cayó. Lo recuerdan.
—¿De verdad? —replicó Zoya—. Me parece que ninguno de ellos estuvo allí. Si
hubieran estado, se acordarían también de los nombres de los muertos, no solo de tu
querido Oscuro.
—He pasado antes por el puerto seco —se apresuró a decir Tamar—. Se dice que
hay un nuevo campamento a unos quince kilómetros al oeste.
—Os lo dije —dijo Yuri.
Nikolai debió de intuir las ganas que tenía Zoya de partirle todos los huesos del
cuerpo al monje, porque se interpuso entre ambos y dijo:
—Entonces, empezaremos por ahí. Yuri, te quedarás junto a nosotros y no
hablarás con los peregrinos.
—Pero…
—No quiero que nadie te reconozca. Ni a ninguno de nosotros. Recuerda lo que
está en juego. —Le puso una mano en el hombro a Yuri y, sin el menor rubor, añadió
—: El alma de toda una nación.
Al menos, cuando Zoya vomitara solo mancharía aquella capa espantosa.

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Habían preparado un esquife para ellos en el puerto seco: una nave ancha y chata,
montada sobre unos patines de trineo diseñados para soportar el peso de las
mercancías sobre la arena. Aquellos viejos vehículos eran silenciosos y de escasa
calidad, ya que en el pasado el sonido había atraído la atención de los volcra, que los
destruían con mucha frecuencia. El esquife era poco más que una plataforma con una
vela.
Dos aprendices de Vendaval de aspecto ansioso estaban situados junto al mástil; a
pesar de sus kefta azules, parecían ridículamente jóvenes. Era una tarea sencilla para
estudiantes que se estaban graduando: no tendrían que entrar en combate, pero
podrían practicar idiomas y acostumbrarse a cumplir órdenes. Tolya se colocó en
proa, y en la popa Nikolai, entre Zoya y Yuri. Tamar montaba guardia al otro lado del
monje, por si le entraban ganas de departir con sus fanáticos amigos.
Zoya se cubrió con el mantón, pero observó atentamente a los Vendavales
mientras estos levantaban los brazos y convocaban corrientes de aire para hinchar las
velas. Le costaba no pensar en sus primeros días en el Segundo Ejército, en el terror
que había sentido durante su primera travesía, rodeada de oscuridad, conteniendo la
respiración y esperando oír en cualquier momento el aullido de los volcra y el batir de
sus alas cuando acudieran en busca de presas.
—Se escoran hacia la izquierda —le murmuró a Nikolai mientras el esquife
avanzaba sobre la arena.
—Lo hacen lo mejor que pueden, Zoya.
«Hacerlo lo mejor que pueden no los mantendrá con vida», quiso espetarle.
—Yo vi morir a mis amigos en estas arenas. Lo menos que pueden hacer estos
lerdos es aprender a pilotar un esquife medio vacío.
Por los Santos, cómo odiaba estar allí. Habían pasado casi tres años desde la
destrucción de la Sombra, pero una extraña quietud se aferraba a sus orillas, la calma
de un campo de batalla donde habían caído buenos soldados. Hacía mucho tiempo
que los esquifes de cristal que había empleado el Oscuro para entrar en la Sombra
habían sido desvalijados y desmantelados, pero a lo largo y ancho de los muchos
kilómetros de la Sombra yacían restos de otras naves. Algunos trataban aquellos
mástiles partidos y aquellos cascos resquebrajados como si fueran santuarios de los
muertos. Pero otros habían saqueado cuanto habían podido: madera, lona y cualquier
mercancía que transportaran los esquifes perdidos.
Y sin embargo, mientras se adentraban cada vez más en las arenas grises, Zoya se
preguntó si el solemne silencio de las orillas del Nocéano no habría sido solamente
fruto de su imaginación, obra de los fantasmas de su pasado, que le nublaban la
visión. Porque a medida que avanzaban hacia el oeste, la Sombra iba cobrando vida.
Mirara donde mirara veía altares consagrados a la Santa del Sol. En las arenas habían
surgido precarios establecimientos como marcas de viruela: posadas y restaurantes,
capillas, buhoneros que vendían curas milagrosas, esquirlas de los huesos de Alina,
perlas de su kokoshnik, jirones de su kefta. A Zoya se le puso la carne de gallina.

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—Siempre nos han preferido muertos —dijo—. Nadie sabe qué hacer con un
Santo vivo.
Pero la mirada de Nikolai estaba fija en el horizonte.
—¿Qué es eso?
A lo lejos, Zoya distinguió una mancha oscura. Parecía una sombra proyectada
por un banco de densas nubes, pero el cielo estaba despejado.
—¿Es un lago?
—No —dijo Yuri—. Es un milagro.
Zoya se planteó seriamente arrojarlo por la borda.
—Si te señalara un grifo que gotea, me dirías que es un milagro.
Pero a medida que se acercaban, Zoya comprobó que la mancha del horizonte no
era una masa de agua, sino un reluciente disco de piedra negra de al menos un
kilómetro y medio de diámetro, totalmente redondo y brillante como un espejo.
Alrededor del disco de piedra había ido creciendo una destartalada aldea de
tiendas de campaña y refugios improvisados. Allí no había señales de la Santa del Sol
ni iconos dorados ni imágenes de Alina con su cabello blanco y su collar de astas.
Zoya solamente veía estandartes negros con los dos círculos que representaban un
eclipse solar. El símbolo del Oscuro.
—Este es el lugar donde cayó Aquel sin estrellas —dijo Yuri en tono de alabanza.
¿Era verdad? Zoya no estaba segura. La batalla era un recuerdo de llamas violetas
y miedo. Harshaw sangrando en el suelo. Los cielos repletos de volcra.
—Hace siglos —prosiguió Yuri—, Aquel sin estrellas estuvo en este preciso lugar
y desafió las normas que ataban al universo. Nadie más que él osó intentar recrear los
experimentos del Forjador de Huesos, Ilya Morozova. Solamente él miró hacia las
estrellas y exigió algo más.
—Sí, osó hacerlo —dijo Zoya—. Y su fracaso provocó una grieta en el mundo.
—La Sombra —dijo Nikolai—. El único lugar donde su poder no significaba
nada. Un toque de ironía dramática por parte de los Santos.
Zoya agitó la mano en el aire, irritada.
—Nada de Santos. Esto no fue un castigo divino.
Yuri la miró con ojos suplicantes.
—¿Cómo podéis estar segura? ¿Cómo sabéis que la Sombra no fue un reto que
los Santos plantearon al Oscuro?
—Tú mismo lo has dicho. Desafió las normas que atan al universo, que rigen
nuestro poder. Violó el orden natural.
—Pero ¿quién creó el orden natural? —insistió Yuri—. ¿Quién es el responsable
de la creación en el corazón del mundo?
Cómo envidiaba Zoya la convicción de aquel muchacho, sus visiones, su ridícula
creencia de que el dolor tenía un propósito, de que los Santos tenían un plan.
—¿Por qué tiene que haber un creador? —preguntó Zoya—. A lo mejor el mundo
funciona así, nada más. Lo que importa es que, cuando los Grisha se exceden con su

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poder, pagan un precio. Esa lección forma parte de todas nuestras historias, incluso de
las que les cuentan a los niños otkazat’sya como tú.
Yuri sacudió la cabeza con terquedad.
—El Hereje Negro eligió cuidadosamente este lugar. Ha de haber una razón para
ello.
—A lo mejor le gustaban las vistas —replicó Zoya.
—Sin embargo… —dijo Nikolai.
Zoya puso los brazos en jarras.
—Tú también no.
—Hay lugares como este por toda Ravka —dijo en tono conciliador—. Lugares
que han servido a los viejos dioses y a los nuevos Santos, que han sido construidos,
destruidos y reconstruidos porque la gente acudía a ellos una y otra vez para rendirles
culto. —Nikolai se encogió de hombros—. Tal vez se sientan atraídos por su poder.
—O por el buen tiempo, o porque los materiales de construcción salen baratos —
dijo Zoya, exasperada. Ya había oído suficiente. En cuanto el esquife se detuvo, bajó
de un salto.
—Aseguraos de que Yuri se quede aquí —oyó que Nikolai les decía a los gemelos
mientras bajaba detrás de ella.
—¡Bienvenidos, peregrinos! —dijo un hombre que lucía una túnica negra y una
sonrisa beatífica.
—Oh, muchas gracias —dijo Zoya. Nikolai le lanzó una mirada de advertencia
que ella ignoró alegremente—. ¿Estás al mando?
—Yo no soy más que otro hombre de fe.
—¿Y depositas tu fe en el Oscuro?
—En el Santo sin estrellas. —El peregrino señaló el reluciente disco de piedra.
No tenía la menor imperfección, y era más negro que cualquier noche—. Contemplad
las señales de su regreso.
Zoya ignoró el escalofrío que recorrió su espalda.
—¿Y puedes decirme por qué lo veneráis?
El hombre volvió a sonreír; era evidente que le entusiasmaba tener la oportunidad
de explicárselo.
—Porque amaba a Ravka. Solo buscaba fortalecernos y salvarnos de reyes flojos.
—Uf, reyes flojos —musitó Nikolai—. Son casi tan indignantes como el té flojo.
Pero Zoya no estaba de humor para tonterías.
—Amaba a Ravka—repitió—. ¿Y qué es Ravka? ¿Quién es Ravka?
—Somos todos nosotros, campesinos y príncipes por igual.
—Entiendo. ¿El Oscuro amaba también a mi tía, que murió junto con incontables
civiles inocentes en Novokribirsk para que él pudiera demostrar su poder al mundo?
—Déjalos en paz —murmuró Nikolai, poniéndole una mano en el brazo.
Zoya se desembarazó de él.

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—¿Amaba a la chica a la que obligó a cometer esos asesinatos? ¿Y a la que
empujó a la cama del viejo rey para conseguir sus propios fines, la misma a la que
luego mutiló cuando se atrevió a desafiarlo? ¿Y a la mujer a la que cegó por no
mostrarle una devoción inquebrantable? —¿Quién hablaría por Liliyana, por Genya,
por Alina y por Baghra si no lo hacía ella? «¿Y quién hablará por mí?»
Pero el peregrino siguió impertérrito, con aquella sonrisa firme, amable y
desquiciante.
—Los grandes hombres suelen ser víctimas de mentiras inventadas por sus
enemigos. ¿Qué Santo de los que han caminado entre nosotros no se enfrentó a la
adversidad en esta vida? Nos han enseñado a temer a la oscuridad…
—Una lección que vosotros os saltasteis.
—Pero en la oscuridad somos todos iguales —dijo el peregrino—. Ricos y
pobres.
—Los ricos pueden permitirse tener las luces encendidas —dijo Nikolai en voz
baja. Tiró del brazo de Zoya, arrastrándola hacia el esquife y alejándola de los
peregrinos.
—Suéltame —dijo ella, furiosa—. ¿Dónde está el santuario de mi tía? ¿Y el de
Sankt Harshaw? ¿Y el de Sergei, Marie y Fedyor? ¿Quién los venera a ellos y
enciende velas en su nombre? —Zoya notó el desagradable cosquilleo de las lágrimas
en la garganta y se las tragó. Aquellas personas no merecían sus lágrimas, solo su ira.
—Zoya —susurró Nikolai—. Si sigues llamando la atención, nos van a reconocer.
Tenía razón, y ella lo sabía. Pero aquel lugar, la visión de aquel símbolo en los
estandartes… era demasiado. Se giró hacia Nikolai.
—¿Por qué lo aman?
—Aman la fuerza —dijo—. Durante mucho tiempo, vivir en Ravka ha
significado vivir con miedo. Él les dio esperanzas.
—Entonces, tenemos que darles algo más.
—Y lo haremos, Zoya. —Nikolai ladeó la cabeza—. No me gusta que me mires
así, como si hubieras dejado de creer.
—Tantas vidas perdidas, tanto trabajo por nuestra parte, y estos necios están
ansiosos por reescribir la historia. —Sacudió la cabeza, deseando poder expulsar los
recuerdos, arrancarlos de raíz para siempre—. Tú no lo sabes, Nikolai. La batalla de
la Rueca. El brazo de Adrik, desgajado de su cuerpo. Su sangre… empapaba la
cubierta. No conseguíamos limpiarla. Toda la gente que perdimos aquí. En estas
arenas. Tú no te acuerdas porque entonces eras un demonio. Pero yo me acuerdo de
todo.
—Recuerdo lo suficiente —dijo, con un matiz en la voz que Zoya nunca había
oído. Nikolai apoyó las manos en sus hombros, agarrándola con fuerza—. Me
acuerdo, Zoya, y te prometo que no permitiré que el mundo lo olvide. Pero necesito
que vuelvas al presente, conmigo. Ahora mismo necesito a mi general a mi lado.

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Zoya tomó aire temblorosamente, intentando encontrar algo de calma, detener el
ir y venir de las imágenes. «No mires atrás. No pienses en mí.» Vio la taza de té de
Liliyana sobre el mostrador de su tienda y olió su aroma a bergamota.
No podía respirar. Sentía la mente pesada y turbia mientras dejaba que Nikolai la
arrastrara de nuevo al esquife. Los aprendices de Vendaval ya habían abandonado su
puesto para ver mejor la piedra negra. Carecían de la más mínima disciplina.
Nikolai les hizo un gesto a los gemelos.
—Tolya, Tamar, traed aquí a esos Vendavales. Después, rodead ese armatoste
reluciente, cada uno por un lado. Averiguad todo lo que podáis: cuándo apareció,
cuánta gente viene aquí todos los días… Habrá que hacer algo con ellos si queremos
excavar cerca de aquí. Zoya y yo llevaremos el esquife más al oeste con Yuri. Nos
reuniremos dentro de una hora para decidir nuestros próximos pasos.
—Puedo ayudar —protestó Yuri mientras Tolya y Tamar bajaban de un salto a las
arenas—. Puedo hablar con los peregrinos y…
—Te quedarás con nosotros. Iremos un poco más lejos antes de decidir qué hacer.
No sé cómo vamos a excavar aquí sin que esta gente se entrometa.
Yuri se subió los anteojos por su larga nariz; Zoya tenía ganas de partírselos por la
mitad.
—Tal vez deberíamos dejarles participar —dijo—. O podríamos fingir que
buscamos reliquias de la batalla para un museo…
—Eso solo los enfurecería —dijo Nikolai—. Nos dirán que es un lugar sagrado y
que no podemos profanarlo, o querrán excavar también para buscar objetos para sus
altares.
A Zoya no le importaba lo que quisieran los peregrinos. Si tenía que mirarlos un
solo minuto más, a ellos y a sus estandartes negros, iba a perder la cabeza.
Se arremangó, sintiendo el peso del amplificador en su muñeca.
—Basta de politiqueo. Basta de diplomacia. ¿Quieren oscuridad? Pues la van a
tener.
—Zoya… —le advirtió Nikolai.
Pero su ira ya había roto la correa, y notaba como la tormenta arreciaba. Solo hizo
falta un leve giro de muñeca y la arena empezó a moverse, a formar ondas y dunas, a
alzarse más y más. Vio a Genya hecha un ovillo bajo su mantón negro, con los brazos
surcados de cicatrices. Vio a Harshaw muerto en las arenas, con el cabello rojo
extendido como una bandera. Zoya sentía en las fosas nasales el olor de la bergamota
y la sangre. El viento aullaba, como dando voz a su ira.
—Zoya, detente —siseó Nikolai.
Los peregrinos empezaron a gritarse entre sí, buscando refugio y apiñándose. Le
gustó ver su miedo. Dejó que las arenas adoptaran formas: un sol reluciente, el rostro
de una mujer (el de Liliyana, aunque nadie podía saberlo). El viento chillaba y las
arenas se levantaban en oleadas, tapando el sol y sumiendo el campamento en la
oscuridad.

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Los peregrinos se dispersaron y huyeron.
—Ahí está vuestro Santo —dijo Zoya con una siniestra satisfacción.
—Basta, Zoya —dijo Nikolai, oculto bajo la profunda sombra que había
proyectado su poder—. Es una orden.
Zoya dejó caer las arenas. Le sobrevino un mareo, y por un momento el mundo
entero pareció titilar y deformarse. Le flaquearon las rodillas y cayó sobre la cubierta
del esquife, asustada por las náuseas repentinas que sentía.
Nikolai la agarró del brazo.
—¿Estás…? —Y entonces él también pareció tambalearse, con los ojos en
blanco.
—¿Nikolai?
Yuri vomitó en las arenas desde la borda del esquife.
—¿Qué acaba de pasar? —dijo Zoya, poniéndose de pie—. ¿Por qué…? —Pero
sus palabras murieron en sus labios.
Zoya se dio la vuelta despacio. El campamento de los peregrinos había
desaparecido, y también la reluciente piedra negra. El cielo azul había dado paso a un
grisáceo crepúsculo.
—¿Dónde están Tolya y Tamar? —dijo Nikolai.
Tolya, Tamar, los Vendavales… todos los que estaban cerca del esquife habían
desaparecido.
—¿Dónde están? —dijo Yuri—. ¿Qué les ha pasado? ¿Qué habéis hecho?
—¡Yo no he hecho nada! —protestó Zoya—. Solo ha sido una borrasca. Nadie
corría peligro.
—¿Me estoy volviendo loco? —dijo Nikolai, mirando fijamente a lo lejos. —¿O
vosotros también lo estáis viendo?
Zoya se giró hacia el oeste. Frente a ellos se alzaba un altísimo palacio formado
por las mismas arenas del color del hueso que componían la Sombra. Pero más que
un palacio parecía una ciudad: era una estructura gigantesca de arcos y picos
descollantes; los chapiteles de las torres más altas se perdían entre las nubes. Había
algo en su construcción, en su extraordinaria escala, que le recordaba al puente de
Ivets.
A lo lejos se oyó un aullido. «Los volcra», pensó Zoya, pese a saber que era
imposible.
—Es un milagro —dijo Yuri, cayendo de rodillas.
Se oyó otro aullido, y otro más. Después, con el estruendo de un trueno, unas
siluetas oscuras parecieron desprenderse del palacio y avanzaron hacia ellos a una
velocidad increíble.
—No es un milagro —dijo Nikolai, echando mano a sus revólveres—. Es una
trampa.

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A LO LARGO DE SU VIDA, Nikolai había visto muchas cosas
impresionantes: los ponis de niebla de la frontera zemeni, tan veloces que cuando
galopaban se tornaban invisibles; una serpiente marina abriéndose paso entre el hielo
del norte; el mundo entero desplegándose ante él mientras surcaba los vientos con las
alas de un monstruo en su espalda… pero sus ojos no concebían lo que estaba viendo,
lo que se abalanzaba hacia él desde el cielo.
Yuri estaba arrodillado, rezando. Zoya tenía los brazos en alto, y Nikolai notaba
ya como las arenas se agitaban y azotaban el esquife: Zoya estaba invocando al
viento para tratar de defenderlos.
Nada más oír aquel aullido en el cielo, Nikolai había desenfundado sus
revólveres, listo para hacer frente a los volcra. Esperaba ver a unos monstruos de
sombras o alguna nueva manifestación del poder del Oscuro. Diablos, en parte
esperaba ver al mismísimo Oscuro, al Santo sin estrellas resucitado y decidido a
atormentarlos con su carisma y sus habituales malas intenciones.
Pero en su lugar vio… abejas, un enorme enjambre de abejas que surcaba aquel
cielo de color avena, agrupándose y formando lo que parecía ser la silueta de una
mujer. Detrás del enjambre, un monstruo grotesco corría a zancadas por las arenas; un
cuerpo gigantesco que no dejaba de formarse y reformarse: dos cabezas y luego tres;
un millar de brazos; una espalda jorobada con un espinazo que se retorcía en sinuosas
curvas; diez, veinte, treinta piernas largas y delgadas que se movían a un tiempo. Sus
formas pasaban de humanas a animales en un instante, cubriéndose de espeso pelaje y
dientes chasqueantes. Y allí, sobrevolándolos, una tercera monstruosidad con las alas
extendidas, cubierto de resplandecientes escamas…

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—Zoya, suelta alguna pulla.
—¿Por qué? —preguntó ella con un hilo de voz.
—Porque estoy seguro de que esto es una alucinación, y en mis sueños siempre
eres más maja.
—Eres un idiota, Nikolai.
—No te has esmerado mucho.
—Siento no poder ser más elocuente ahora mismo. Creo que el miedo me tiene
paralizada.
Le temblaba la voz… y si la despiadada e inconmovible Zoya estaba tan asustada,
entonces todo lo que estaba viendo era real: las abejas, el engendro grotesco y… sí,
imposible pero cierto, el dragón; una bestia de tamaño ciclópeo, alas membranosas y
escamas que reflejaban un brillo negro, verde, azul y dorado bajo la luz grisácea y
mortecina.
—Zoya, no sé qué has hecho para traernos aquí, pero no sería mal momento para
deshacerlo.
—Lo haría si pudiera —gruñó ella, y arrojó una muralla de viento hacia el cielo.
Las abejas atravesaron el viento como el agua al rodear una roca en un riachuelo,
y su potente zumbido llenó los oídos de Nikolai.
—¡Haz algo! —exclamó Zoya.
—¿Como qué?
—¡Tienes pistolas!
—No voy a disparar a unas abejas.
—Pues dispara a esa cosa.
Nikolai abrió fuego contra el engendro. Las balas impactaron contra su cuerpo
cambiante: una cabeza, un brazo, otro brazo, el pecho distendido… Ahora que estaba
más cerca, distinguió garras, unas fauces repletas de colmillos y el denso pelaje pardo
de lo que parecía ser un oso. Todas sus balas eran absorbidas por el cuerpo del
engendro y volvían a salir un segundo más tarde, como si aquella carne palpitante las
escupiera sin más.
El dragón rugió y extendió sus enormes alas en el aire. Un torrente de llamas
surgió de la boca de la bestia y avanzó hacia ellos.
Zoya levantó las manos y sobre sus cabezas se formó una cúpula de aire. Las
llamas lamieron la barrera, y Nikolai notó que el calor le chamuscaba las cejas.
La llamarada cesó y el dragón volvió a rugir mientras volaba por encima de sus
cabezas.
—Creo que no me equivoco al decir que tienen más potencia de fuego que
nosotros —dijo Nikolai.
—Baja las armas —le dijo el engendro, con un coro de voces proveniente de un
centenar de bocas.
Sí, si yo lo haría —contestó Nikolai—. Pero es que ahora mismo me resultan muy
tranquilizadoras. Yuri, ponte de pie de una maldita vez e intenta aparentar que sabes

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luchar.
—No lo entendéis —dijo Yuri, con los ojos llenos de lágrimas.
—En eso tienes toda la razón.
—Voy a volver a levantar las arenas —dijo Zoya—. Si desato una tormenta lo
bastante grande, podremos aprovechar la cobertura para ir… donde sea. Tendrás que
manejar las velas tú; yo no voy a poder controlar la tormenta y pilotar el esquife al
mismo tiempo.
—Adelante —dijo Nikolai, mirando los aparejos de la nave. Decir que eran
primitivos era quedarse corto, pero Nikolai se las había visto con mares más picados
que aquel.
Abrió fuego, intentando cubrir a Zoya mientras ella levantaba los brazos y las
arenas de la Sombra (o de dondequiera que estuvieran) se elevaban con un aullido.
Esta vez no hubo sutilezas; no había necesidad de disimular sus actos para engañar a
los peregrinos: la tormenta cobró vida con la fuerza de un hombre al despertar
sobresaltado de una pesadilla. Un repentino muro de aire repelió a las criaturas, y las
arenas formaron una pared en movimiento para ocultar la huida del esquife.
Nikolai enfundó sus revólveres y agarró los cabos, desplegando las velas. La lona
se tensó al llenarse de aire y el esquife avanzó hacia el este, hacia las fronteras de la
Sombra (o al menos eso esperaba). El poder de aquellas criaturas, fueran lo que
fueran, debía de estar vinculado a ese lugar.
De repente, el suelo pareció ceder bajo sus pies. El esquife se escoró
peligrosamente hacia estribor cuando uno de sus patines perdió el contacto con las
arenas. Zoya y Yuri perdieron pie, pero Zoya no flaqueó. Incluso tumbada de
espaldas siguió manejando los vientos. Nikolai aferró los cabos con fuerza, e intentó
aprovechar la tormenta en su favor para enderezar el esquife. Pero el suelo se sacudía
como un animal salvaje. Era como si las mismísimas arenas estuvieran vivas.
El esquife siguió inclinándose sobre un solo patín.
—¡Vamos a volcar! —exclamó Nikolai. Tenía la increíble sensación de que una
mano gigante los estaba empujando deliberadamente para echarlos a la arena.
Cayeron unos sobre otros con brusquedad. Nikolai se puso en pie al instante y
agarró a Zoya y a Yuri para arrastrarlos lejos del vehículo que se desplomaba. Pero el
esquife aterrizó inofensivamente sobre el costado contrario y las arenas se calmaron
de inmediato.
Sin la tormenta de Zoya, los cielos habían vuelto a despejarse. Una silueta
emergió de las arenas delante de ellos, seguida por otra y por otra más… era un
regimiento de soldados de arena. No tenían rostro, pero sus uniformes estaban
intrincadamente detallados. Se parecían a los cuadros de antiguos soldados ravkanos,
el ejército de Yaromir el Intrépido, ataviado con pieles y armaduras de bronce, pero
todo ello estaba hecho de arena. Zoya levantó los brazos y envió una fuerte ráfaga de
viento contra las filas de los soldados, pero estos permanecieron inmóviles y firmes.
—¿Qué son? —preguntó Zoya.

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Los soldados siguieron apareciendo en una oleada infinita, formando un ejército
que se extendía hasta el horizonte, donde se alzaba el castillo.
—Creo que nos están demostrando lo mucho que nos superan —dijo Nikolai.
—Pero ¿quiénes?
Los soldados de arena avanzaron como uno solo, y el sonido de sus pasos fue
como el disparo de una escopeta. Zoya y Nikolai se colocaron espalda contra espalda,
rodeados por todas partes. Yuri seguía de rodillas junto a ellos con una demencial
expresión de júbilo.
—No sé cómo luchar contra esto —dijo Zoya. Consiguió que no le temblara la
voz, pero Nikolai notaba su miedo—. ¿Es ahora cuando vendemos cara nuestra piel?
El dragón los sobrevolaba. Si aquellas criaturas querían matar a Nikolai, habían
escogido un modo extremadamente alambicado de hacerlo, así que tenía que estar
pasando algo más. Con suerte, ese algo le permitiría negociar y asegurarse de que a
Zoya y a Yuri no les pasara nada.
—No, ahora es cuando el rey de Ravka se entrega, y el amor que nunca tuvimos
perdura en baladas y canciones.
—Nikolai —le espetó Zoya—. Ni se te ocurra.
—Dime qué otra opción tenemos, Nazyalensky. Uno de nosotros ha de sobrevivir
a esto. —Bajó la voz—. Vuelve a la capital y reúne a los Grisha. —Suponiendo que
Zoya pudiera regresar a Os Alta desde allí.
Nikolai dejó caer los revólveres en la arena y levantó las manos; su mirada pasó
por las hileras de soldados de arena, las siluetas del cielo y el cuerpo descomunal del
engendro que se alzaba tras el ejército.
—No tengo muy claro ante quién debo rendirme…
El dragón describió un brusco giro en el aire y bajó en picado hacia donde
estaban. A lo mejor sí que querían matarlo, después de todo.
—¡Zoya, al suelo! —exclamó Nikolai, abalanzándose hacia ella.
—Y un cuerno —murmuró Zoya, empujando a Nikolai contra la arena y
colocándose delante de él, con los pies bien plantados en el suelo y los brazos en alto.
El dragón descargó su fuego y Zoya liberó la tormenta. Por un momento
parecieron igualados: una cascada de llamas doradas contenida por un muro de
viento. Y entonces Zoya describió un giro con los brazos y los movió hacia los lados,
como una directora de orquesta durante una sinfonía. Nikolai no lo comprendió al
principio, pero entonces las llamas se apagaron. El dragón retrocedió, y un gemido
ahogado brotó de su garganta. Zoya le había robado el aliento; había alejado el aire
del fuego, arrebatándole su combustible, y ahora el dragón no podía respirar.
Nikolai se lanzó hacia sus armas, listo para aprovechar la oportunidad que le
había brindado Zoya, pero antes de que pudiera apuntar siquiera, el dragón profirió
un rugido ensordecedor. Abrió las fauces y de ellas surgieron llamas. Esta vez el
fuego era azul, más intenso y más ardiente que antes, lo bastante como para derretir la
piedra… o la arena.

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—¡Zoya! —gritó Nikolai, pero Zoya cerró los puños y levantó los brazos de
nuevo, arrojando un viento helado contra el ataque del dragón.
El fuego azul le iluminó el rostro. Su cabello flotaba como una corona negra
alrededor de su cabeza, y en sus ojos apareció un brillo azul cobalto, como si el fuego
del dragón también ardiera dentro de ella.
Zoya gritó mientras las llamas del dragón embestían contra su poder. Apretó los
dientes y Nikolai vio que su ceño se perlaba de sudor. Abrió fuego contra el dragón,
pero sus balas parecieron derretirse antes de tocar siquiera las escamas de la criatura.
El esquife volcado, las manos de Nikolai y los soldados de arena más cercanos se
cubrieron de hielo.
Y entonces Zoya se desplomó. Cayó de rodillas y la tormenta invernal se evaporó,
sin dejar más que un rastro de escarcha derretida a su paso.
Nikolai se puso de pie y caminó a trompicones hacia ella, seguro de que estaba a
punto de presenciar como las llamas la consumían. Pero el dragón detuvo su fuego; la
criatura permaneció en el aire, expectante.
—Zoya —dijo Nikolai mientras se arrodillaba a su lado, cogiéndola en brazos
antes de que cayera. En su piel brillaba la luz del poder Grisha, pero le sangraba la
nariz y temblaba.
El dragón aterrizó delante de ellos plegando sus enormes alas. Tal vez quisiera
jugar con su almuerzo.
—Atrás —dijo Nikolai, aunque no tenía forma de impedir el avance de la bestia.
Sus armas eran simples juguetes. Yuri seguía de rodillas, tambaleándose como un
borracho indeciso que sopesaba si valía la pena el esfuerzo de intentar levantarse.
—El joven rey —dijo el dragón, acercándose y azotando el aire con la cola. Su
voz era un rumor grave, como el de un trueno en una cumbre lejana—. El héroe de
guerra. El príncipe con un demonio oculto en su corazón. —Nikolai no sabía si le
sorprendía más que la criatura pudiera hablar… o que supiera qué los había llevado a
emprender aquel maldito viaje.
El dragón se inclinó hacia delante. Sus ojos eran grandes y plateados, y las
pupilas, dos rendijas negras.
—Si quisiera hacerle daño, ya no sería más que cenizas, muchacho. Igual que
vosotros.
—Pues parecía que querías hacerle daño —dijo Nikolai—. ¿O es que esto es lo
que los de vuestra especie entendéis por un saludo amigable?
El dragón soltó algo parecido a una carcajada.
—Quería comprobar de qué era capaz.
Zoya soltó un aullido de pura angustia. Era un sonido tan desesperado, tan crudo,
que Nikolai apenas podía creer que estuviera saliendo de la garganta de su general.
—¿Qué sucede? —preguntó Nikolai, estrechándola entre sus brazos mientras
buscaba heridas o sangre en su cuerpo.

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Pero Zoya se desembarazó de él y se puso a tantear en la arena, mientras otro
lamento de rabia y dolor brotaba de su pecho.
—Por todos los Santos, Zoya, ¿qué pasa?
Zoya cogió algo que centelleó en su mano y lo abrazó contra su pecho; Nikolai
nunca había oído semejantes sollozos. Tardó un momento en conseguir que Zoya
abriera los dedos. En la palma de su mano vio su pulsera de plata, partida en dos
mitades. Su amplificador se había roto.
—No —gimoteó Zoya—. No.
—Sí —siseó el dragón.
—Juris, ya basta —dijo una mujer, surgiendo de entre las filas de soldados.
Llevaba un vestido hecho de sinuosos tallos de rosas que no paraban de florecer y
marchitarse sobre su cuerpo. Su cabello dorado era una masa de abejas que zumbaban
y se arremolinaban en torno a su rostro radiante—. Ya has peleado con ellos. Saben a
qué se enfrentan.
—Es la primera vez que nos divertimos desde hace años, Elizaveta, y te empeñas
en estropearme la experiencia. Como quieras.
El dragón sacudió los hombros y, ante la estupefacta mirada de Nikolai, pareció
deformarse y encogerse, transformándose en un hombre altísimo vestido con una fina
y resplandeciente cota de escamas negras. Los soldados de arena se apartaron para
dejar paso al engendro, cuyo cuerpo seguía cambiando y transformándose: ahora
estaba cubierto de ojos, como si quisiera examinar cada centímetro de los recién
llegados.
—¿Qué es esto? —preguntó Nikolai—. ¿Quiénes sois?
—¿Acaso la gente no reza a los Santos? —preguntó el hombre llamado Juris.
—Al fin —sollozó Yuri, aún arrodillado—. Al fin…
—Venid —dijo Elizaveta, tendiéndole la mano; las abejas zumbaban a su
alrededor con un sonido casi relajante—. Os lo explicaremos todo.
Pero la mente de Nikolai acababa de salvar un abismo que lo conducía a un
territorio absurdo. Sankta Lizabeta, martirizada en un campo de rosas. Sankt Juris,
que…
—Tú diste muerte al dragón —dijo Nikolai—. Lo… lo cuentan todas las
leyendas.
—A veces las leyendas se saltan algún que otro detalle —dijo Juris, con una
sonrisa radiante—. Ven, joven rey. Ya es hora de que charlemos.

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ISAAK HACÍA CUANTO PODÍA para que el sudor no le calara el
uniforme, pero con sus esfuerzos solo conseguía sudar más copiosamente. Lo que le
molestaba no era tanto el dolor de la transformación como la proximidad de Genya
Safin, que deslizaba los dedos sobre las líneas de su nariz y su frente. Llevaba casi
dos días enteros encerrado con ella en una sala de prácticas que normalmente
utilizaban los Corporalki. Carecía de ventanas, y su única puerta siempre estaba
custodiada por uno de los gemelos Bataar. La luz bajo la cual se afanaba Genya
provenía de la gran claraboya del techo, con un cristal tan transparente que solo podía
ser obra de un Grisha.
Isaak no podía hacer nada aparte de quedarse lo más quieto posible, mirar
fijamente a Genya y dejar que su mente divagara, repasando el camino que lo había
llevado hasta aquella incomprensible situación. ¿Había empezado con el
fallecimiento de su padre? ¿Con la leva? ¿Había empezado durante la campaña
norteña, cuando había servido bajo el mando de Nikolai Lantsov? Por entonces su
príncipe tenía poco más de dieciocho años; era apenas unos meses mayor que él.
Isaak había terminado admirando a su comandante, no solo por su valentía sino
también por su ingenio a la hora de salir de situaciones complicadas. Nunca olvidaba
un nombre ni dejaba de preguntar por un pariente enfermo o por el estado de una
herida reciente.
Tras la batalla de Halmhend, el príncipe había visitado la enfermería para hablar
con los heridos. Se había pasado allí horas enteras, charlando con cada soldado
postrado en cama, cautivando a las enfermeras y levantando los ánimos. Cuando se

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sentó junto al catre de Isaak, le llenó el vaso de agua y llegó incluso al extremo de
llevárselo a los labios para que Isaak pudiera beber, este se había sentido tan
abrumado que le había costado un rato acordarse de cómo se tragaban los líquidos.
Habían charlado sobre la infancia de Isaak y sobre sus hermanas, y finalmente
Isaak terminó hablándole al príncipe sobre su padre, que había sido tutor en casa del
barón Velchik. Isaak llevaba años sin hablar de la muerte de su padre, y no le había
contado a nadie lo mucho que su vida había cambiado tras la tragedia: su familia se
había visto obligada a marcharse de las tierras del barón y a alojarse en una
habitación de alquiler diminuta, en la planta de arriba de una sastrería. Su madre
había hecho lo posible por alimentar y vestir a Isaak y a sus hermanas trabajando a
destajo.
El príncipe había elogiado el talento de Isaak para los idiomas y le había sugerido
que lo cultivara ahora que iba a abandonar el frente.
—No estoy seguro de que mi familia pueda permitírselo —había admitido Isaak
con cierta vergüenza—. Pero tened por seguro que lo consideraré, Alteza.
Regresó a casa y empezó a buscar trabajo en cuanto pudo. Los meses fueron
pasando entre trabajos de poca monta; Isaak esperaba a que su cuerpo sanase para
reincorporarse al servicio militar y recibir la paga que su familia necesitaba
desesperadamente. Y entonces, una noche, al llegar a casa, su madre lo esperaba con
una carta. Tras un largo día de trabajo paleando estiércol, había ganado la friolera de
seis huevos, que traía cuidadosamente guardados en los pliegues de su camisa. Casi
los dejó caer cuando vio que la carta que su madre le tendía llevaba un sello de color
azul claro con el águila bicéfala del príncipe.

Querido Isaak:

Me congratula ver que ambos hemos sobrevivido a mi liderato. Si no te


importa abandonar tu aldea y emprender un arduo viaje hasta Os Alta,
aquí te espera un empleo en la guardia real del Gran Palacio. Requerirá
estar muchas horas de pie, no aparentar aburrimiento durante los eventos
más tediosos concebidos por el hombre, abrir puertas y llevar los botones bien
lustrados, así que no te reprocharé que prefieras, literalmente, cualquier otro
trabajo. Pero si reúnes el coraje necesario para afrontar tamaños horrores,
mis tutores personales estarán encantados de educarte en los idiomas que
quieras. Espero que te decantes por el shu, el kerch y el zemeni, porque son los
idiomas más útiles para un príncipe o un rey, pero eres muy libre de ahondar
en tu gusto por la poesía kaélica. Yo lo hice una vez, y me duele la barriga
desde entonces.

Con los más afectuosos saludos,

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Nikolai Lantsov,

gran duque de Udova,

príncipe de Ravka, etc.

La madre y las hermanas de Isaak se reunieron a su alrededor para tocar el rico y


grueso papel y acariciar los relieves del sello de cera. Su madre se echó a llorar
porque su hijo se marchaba, pero también por el gran honor que les había concedido
el príncipe. Los puestos en la guardia de palacio solían estar reservados para héroes
de guerra e hijos de nobles menores.
En cuanto a Isaak, se pasó el resto de la semana reparando los agujeros del tejado
que su casero se negaba a arreglar, y cuando terminó el trabajo, se despidió de su
madre y sus hermanas pequeñas con un beso y les prometió que les escribiría tanto
como pudiera. Se calzó sus botas militares y su abrigo remendado y emprendió la
marcha hacia la capital.
Isaak disfrutaba de su trabajo en el palacio, de la quietud de Os Alta tras el caos
de la guerra y las dificultades en casa, del placer de aprender idiomas en su tiempo
libre. Con el salario que enviaba a casa mensualmente, su familia pudo mudarse a una
acogedora casita, con un jardín lo bastante grande para cultivar verduras y una
ventana que daba al norte, para que su madre pudiera coser a la luz del sol.
No siempre era un trabajo fácil. Apenas conocía nada más que los confines de su
pueblo y la rutina del ejército. No estaba seguro de qué le parecía más imponente: los
platos con filigranas de oro, las damas engalanadas con joyas o la simple visión de
los soldados del Segundo Ejército, con sus kefta rojas, azules y púrpuras, yendo de un
lado a otro por el palacio. Pero con el tiempo había encontrado su lugar y se había
adaptado a los ritmos y exigencias de la vida palaciega. Cuando el Oscuro llevó a
cabo su ataque contra el trono, Isaak tomó las armas para defender el nombre de los
Lantsov. Y cuando el príncipe Nikolai pasó a ser el rey Nikolai, Isaak montó guardia
en la capilla recién reconstruida y contempló la coronación de su rey con el corazón
lleno de orgullo.
La vida había seguido adelante. Isaak había adquirido fluidez en shu, zemeni,
kerch y suli. Ganaba un dinero extra trabajando como traductor para la corona, y pese
a las advertencias del rey, Isaak había desarrollado el gusto por todo tipo de poesía.
Y entonces lo habían hecho llamar. Isaak estaba de servicio en la entrada del ala
sur cuando Tamar Kir-Bataar había ido a buscarlo. Isaak se había sentido confundido,
y no poco asustado. No todos los días lo convocaban a uno ante el Triunvirato Grisha,
aunque le alivió comprobar que Zoya Nazyalensky todavía estaba de viaje con el rey;
al menos podría ahorrarse su feroz mirada desdeñosa. Esa mujer era capaz de
encogerle las pelotas a un hombre con solo enarcar una ceja.

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Isaak había pasado muy poco tiempo en el Pequeño Palacio y nunca se había
aventurado más allá de la sala de la Cúpula Dorada, pero Tamar lo guio a través de
las enormes puertas dobles adornadas con el haz de flechas del Triunvirato.
Recorrieron los serpenteantes pasillos hasta llegar a una pequeña sala con las paredes
cubiertas de detallados mapas de Ravka y del mundo entero.
Genya Safin y David Kostyk estaban allí, además del hermano gemelo de Tamar,
Tolya, un hombre tan alto que su cabeza casi rozaba el techo, y con el cual Isaak
intercambiaba libros de poesía de cuando en cuando. Le sorprendió ver a los dos
gemelos: normalmente, al menos uno de ellos siempre estaba con el rey.
—Capitán Andreyev, ¿no quiere sentarse? —le preguntó Genya Safin. Para su
sorpresa, le sirvió un té y le preguntó por su estado de salud, y solamente entonces
añadió las palabras que cambiarían para siempre el rumbo de su vida—: El rey ha
desaparecido.
Acto seguido, le contaron una historia de lo más extraña; Isaak se dio cuenta de
que solamente le revelaban lo más esencial: el rey Nikolai y la comandante
Nazyalensky viajaban con los Bataar por las arenas del Nocéano y se habían
desvanecido de pronto. Aunque los gemelos habían organizado una búsqueda tan
exhaustiva como lo permitía la discreción, no habían encontrado ni rastro de ellos.
—Todavía no sabemos si el rey necesita ser rescatado o si ya es tarde para él —
dijo Genya—. Pero lo que sí sabemos es que, si nuestros enemigos descubren la
desaparición del soberano, sin duda aprovecharán nuestra vulnerabilidad. No hay una
línea de sucesión clara al trono de Ravka, y es crucial que nadie se entere de que nos
hemos quedado sin gobernante hasta que localicemos al rey o preparemos una
estrategia.
—Por supuesto —murmuró Isaak, pensando en el pánico que cundiría entre la
gente.
Genya respiró hondo.
—Sin embargo, dentro de dos semanas, diecisiete princesas, aristócratas y damas
de alto copete van a llegar a Os Alta, rodeadas de un séquito de sirvientes y criados, y
todas ellas esperan conocer a Nikolai Lantsov y aspiran a convertirse en la reina de
Ravka. Por desgracia, ahora tenemos un monarca de menos. Por eso le necesitamos a
usted.
—¿A mí?
—Para que represente el papel del rey.
Isaak sonrió, porque no se le ocurría ninguna otra respuesta. Aunque no entendía
el chiste, estaba dispuesto a seguirles la corriente. Pero Genya Safin no le devolvió la
sonrisa.
—Este era un plan de emergencia que el propio rey ideó en caso de que resultara
herido o… incapacitado —dijo en voz baja—, aunque no pensábamos que habría que
aplicarlo tan pronto ni con tan poca antelación. Usted estaba en su lista de candidatos.
Tienen aproximadamente la misma altura. Sabe hablar varios idiomas. Creo que

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puedo alterar sus rasgos para que se parezca al rey lo bastante como para engañar
incluso a los guardias que llevan años escoltándolo.
—Al menos mientras estés sentado —dijo Tolya.
—Exacto —dijo Genya—. Parecerse físicamente a Nikolai será solo el primer
paso. Hablar como él, caminar como él y todo lo demás… en fin, eso dependerá de
usted.
—No… no pueden pedirme en serio que finja ser él — dijo Isaak. Era
impensable. Ridículo.
—Sí que podemos —dijo Tolya, cruzando sus enormes brazos—. Y lo estamos
haciendo.
—Seguro que la celebración podría aplazarse. Si el rey tiene que escoger una
reina…
—Podríamos dar largas a las pretendientas —dijo Tamar—. Pero hay asuntos de
seguridad nacional que no pueden postergarse. Tenemos información que indica que
una Tavgharad está dispuesta a desertar. Esta podría ser nuestra única oportunidad de
contactar con ella y averiguar la localización de varios recursos militares shu muy
valiosos.
«Tavgharad.» La traducción literal era «puños de piedra», pero Isaak ya conocía
la palabra que designaba a las soldados de élite que protegían y servían a la familia
real shu. Si una de ellas estaba dispuesta a traicionarlas, podría proporcionar a Ravka
información de valor incalculable.
Tamar Kir-Bataar lo había mirado severamente con sus ojos dorados y había
dicho:
—Tu país te necesita.
Pero había sido Genya, con su boca surcada de cicatrices, la que lo había
persuadido al añadir:
—Y tu rey también.
Isaak accedió. Claro que accedió. Era su deber como soldado y lo menos que
podía hacer por el rey que tanto los había favorecido a él y a su familia.
Y así había empezado todo: las clases de conducta y elocución, aprender a
sentarse y a estar de pie correctamente. Isaak no solo tenía que fingir ser un hombre
rico y con recursos; tenía que fingir que era un rey. Y no un rey cualquiera, sino un
joven rey que se había convertido en una leyenda. Nikolai tenía todo aquello de lo
que Isaak carecía: confianza, desparpajo y cosmopolitismo. El único talento de Isaak
era su facilidad para los idiomas, e incluso eso se había convertido en un riesgo, pues
hablaba shu con más fluidez que el rey y su acento zemeni era mejor.
Pero el más extraño de todos aquellos trámites era el tiempo que había pasado
allí, bajo aquella bóveda de cristal, empapando su ropa de sudor en presencia de
Genya Safin, su solitario ojo ambarino y su cabello rojo atardecer. Aunque Isaak
sabía que la muchacha tan solo estaba realizando su trabajo, le resultaba difícil no
pensar que Genya lo estaba estudiando, que le prodigaba sus atenciones, y había

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terminado enamorándose un poco de ella. Era una fascinación ridícula. Era evidente
que ella estaba enamorada de David Kostyk, el brillante Hacedor que permanecía
sentado en silencio durante muchas de sus sesiones, leyendo fajos de documentos y
garabateando en un enorme bloc de dibujo. Pero la aparente preferencia de Genya por
los hombres modestos hacía que a Isaak le gustara todavía más. Una de sus cicatrices
curvaba ligeramente la comisura izquierda de su boca, e Isaak fantaseaba a veces con
besarla en esa zona. Regresaba rápidamente a la realidad cuando ella le clavaba un
dedo en el hombro. «Siéntate derecho, Isaak», le decía, o también «Me tapas la luz,
Isaak».
A veces venían los demás para leerle un libro de historia de Kerch o para
preguntarle sobre rutas comerciales mientras Genya trabajaba. Otras veces hablaban
de estrategia entre ellos; por lo visto, esperaban que Isaak no hiciera otra cosa que
quedarse sentado como un trozo de arcilla.
—Podemos sacarlo del palacio en secreto por los túneles cuando oscurezca —dijo
Tamar, haciendo girar una de sus hachas de tal forma que Isaak se puso a sudar
todavía más— y fingir que el rey regresa de su peregrinación a la mañana siguiente.
Parecerá que ha hecho un alto en el camino para visitar al conde Kirigin.
—¿Y cómo explicamos la ausencia de Zoya? —preguntó Tolya.
Genya se echó hacia atrás para examinar lo que había hecho con el mentón de
Isaak.
—Diremos que ha salido de viaje hacia Os Kervo. —Se frotó los ojos y cogió su
taza de té—. Sigo sin entenderlo. Nadie se desvanece sin más.
—Es muy propio de Nikolai hacer cosas imposibles —dijo Tolya.
—A lo mejor quería unas vacaciones —dijo Tamar.
Tolya soltó un gruñido.
—A lo mejor Zoya se ha hartado finalmente de él y lo ha enterrado bajo una duna
de arena.
Pero Genya no se rio.
—O a lo mejor es cosa del Apparat, que ha vuelto a caer en el vicio de organizar
golpes de Estado.
—Si es así —dijo David—, los siguientes seremos nosotros.
—Gracias, amor mío. Me animas mucho.
Tamar giró su hacha más despacio.
—Si el Apparat hubiera orquestado esto, ya habría hecho algo para dar a conocer
la desaparición del rey.
—Sea como sea —dijo Tolya—, tendremos que mantenerlo lejos de Isaak. El
sacerdote es demasiado sagaz para no darse cuenta de que el rey… no es el de
siempre.
Genya se dejó caer pesadamente en una silla y apoyó la cabeza en las manos.
Isaak nunca la había visto tan derrotada, y se sintió mal por ella.
—¿A quién queremos engañar? Esto no va a dar resultado.

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—Funcionará—dijo Tamar—. Tiene que funcionar.
—Ya es casi idéntico al rey —dijo David, escudriñando el rostro de Isaak—. Yo
diría que es tu mejor obra.
Genya rechazó el cumplido agitando la mano.
—No se trata solo de sus rasgos, sino de cómo los utiliza Nikolai: cómo sonríe,
cómo ladea la cabeza. Puede que engañemos a los invitados e incluso a algún que
otro cortesano, pero… ¿a los sirvientes? ¿A los ministros reales? ¿A la gente que lo
ve día tras día, que ha cenado y bailado con él? Olvidaos. Es imposible.
—Lo siento —dijo Isaak. Detestaba pensar que estaba fallando a su país y a su
rey, por no hablar de la chica tan talentosa que tenía delante.
Genya levantó las manos.
—A eso me refiero precisamente. Nikolai jamás agacharía la cabeza ni se
disculparía con tanta sinceridad.
—Lo siento —volvió a decir Isaak sin pensar, antes de esbozar una mueca.
—No tenemos más opciones —dijo Tamar—. O cancelamos la fiesta y nos
arriesgamos a que se descubra la ausencia de Nikolai, o nos arriesgamos a intentar
esto.
—¿Y si nos pillan? —preguntó Tolya.
—No sé muy bien de qué podrían acusarnos —reflexionó David—. ¿Suplantar a
un rey se considera traición si se hace en beneficio de dicho rey?
Isaak tragó saliva. Traición. No se le había ocurrido.
—Podríamos estar poniéndole en bandeja al Apparat una forma sencilla de
eliminar de un plumazo a todos los líderes Grisha —dijo Tamar.
Genya suspiró.
—Isaak, sé que haces todo lo que puedes, pero te estamos pidiendo demasiado.
Esto ha sido una locura desde el principio.
Isaak no soportaba ver como aquellas personas tan valientes perdían la esperanza.
Recordó a Nikolai Lantsov sentado junto a su catre en la enfermería, pensó en la
sonrisa de su madre y en las mejillas regordetas de sus hermanas la última vez que las
había visitado.
Se reclinó sobre la silla, pasó un brazo por encima del respaldo y dijo, con toda la
arrogancia y el descaro que pudo reunir:
—Genya, querida mía, pide que traigan el brandy. No esperaréis que soporte la
perspectiva de un fracaso seguro estando tan sobrio.
Todos lo miraron fijamente.
David se llevó un dedo manchado de tinta a los labios.
—Mejor.
—¿Mejor? —exclamó Genya, aplaudiendo de alegría—. ¡Ha sido perfecto! ¡Otra
vez!
Isaak sintió una punzada de pánico, pero enarcó una ceja.

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—¿Ahora eres tú la que manda aquí? Supongo que entonces me daréis permiso
para echarme una regia siesta.
Tamar sonrió de oreja a oreja. Tolya soltó un grito de júbilo. Genya se inclinó
hacia Isaak y le dió un sonoro beso en la mejilla. Isaak hizo algo que Nikolai Lantsov
no habría hecho jamás.
Se ruborizó.

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ABANDONARON EL ESQUIFE, y las arenas transportaron a
Nikolai, Zoya y Yuri hasta el palacio gigante; las dunas se deslizaban bajo sus pies de
tal modo que el estómago de Nikolai daba tumbos. Se enorgullecía de ser alguien que
se adaptaba con facilidad, pero una cosa era aplicar una tecnología nueva, adoptar un
nuevo combustible o atreverse a acudir a una cena en mangas de camisa y sin
chaleco, y otra muy distinta que tu concepción del mundo natural se hiciera añicos en
una sola tarde.
—Pareces indispuesto, joven rey bramó Juris, que había retomado su forma de
dragón.
—Es un medio de transporte nuevo para mí. Supongo que no querrás llevarnos
sobre tu lomo.
El dragón resopló.
—Solo si luego tú me devuelves el favor.
Nikolai tuvo que arquear el cuello para admirar el palacio en su totalidad a
medida que se aproximaban. Jamás había visto una estructura tan inmensa. Habría
hecho falta un regimiento entero de ingenieros trabajando durante un millar de años
para concebir semejante creación, por no hablar de construirla. Los palacios y las
torres se agrupaban en torno a tres chapiteles principales: uno de roca negra, otro que
parecía estar hecho de ámbar resplandeciente y un tercero que no podía ser más que
de hueso. Pero había algo extraño en aquel lugar. Nikolai no veía señales de vida: ni
pájaros sobrevolándolo, ni movimientos tras sus muchas ventanas ni siluetas

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recorriendo los incontables puentes. Tenía la forma de una ciudad, pero parecía más
bien una tumba.
—¿Es que aquí no hay nadie más? —preguntó.
Nadie —respondió el engendro cambiante, con un coro de voces barítonas
enfatizadas por el gruñido de un oso—. Desde hace casi cuatrocientos años.
«¿Cuatrocientos años?» Nikolai miró a Zoya, pero esta tenía la mirada perdida; se
aferraba la muñeca izquierda desnuda con la otra mano.
Las arenas se alzaron y los elevaron con ellos. Nikolai vio que los tres chapiteles
rodeaban una estructura abovedada, un amasijo de terrazas, palacios y cascadas de
arena que resplandecían bajo la grisácea luz del crepúsculo.
Pasaron por debajo de un gran arco y entraron en una amplia cámara circular con
paredes de reluciente mica. La arena se transformó en piedra bajo sus pies, y una
mesa redonda brotó del suelo, con una geoda blanquecina en el centro. Elizaveta les
indicó que se sentaran en las sillas de piedra que surgieron alrededor de la mesa.
—Lamento no poder ofreceros comida ni agua —dijo.
—Nos basta con respuestas —dijo Nikolai.
Yuri se arrodilló en el suelo de piedra, inclinando la cabeza y murmurando. A
Nikolai le pareció que hablaba en ravkano litúrgico, porque solo distinguió alguna
palabra suelta: «prometido», «presagiado», «oscuridad».
—Por favor, para —dijo Elizaveta, y sus abejas zumbaron, molestas—. Y
siéntate, te lo ruego.
—Déjalo en paz. Se está humillando y le encanta —dijo Juris. Plegó las alas y
aterrizó en el suelo, a una distancia considerable de Yuri—. ¿Por dónde empezamos?
—Es costumbre que empecéis diciéndonos quién sois.
—Pensaba que ya lo habíamos esclarecido, joven rey.
—Sí. Pero la Santidad requiere un martirio. Y vosotros parecéis estar vivitos y
coleando. A menos que esto sea el más allá, en cuyo caso mi atuendo es sumamente
informal. O demasiado formal. Depende de cómo se imagine uno el cielo.
—¿Siempre habla tanto? —le preguntó Juris a Zoya, pero esta no respondió. Se
limitó a alzar la vista hacia el amplio cielo descolorido que se extendía sobre ellos.
—Todos nosotros morimos en un momento dado, y renacimos —dijo Elizaveta
—. Y a menudo ya no éramos los mismos. Podéis llamarnos como queráis: Grisha,
Santos…
—Reliquias —dijo Juris.
Elizaveta frunció los labios.
—Ese término no me gusta nada.
Yuri profirió un leve sollozo extasiado.
—Todo es tal y como fue prometido —balbuceó—. Se me dijo que confiara, y
todo se ha…
Elizaveta extendió un tallo de rosas que se enroscó en el hombro de Yuri, como si
fuera un brazo en actitud tranquilizadora.

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—Ya basta —dijo ella cordialmente—. Ahora estás aquí, y tienes que calmarte.
Yuri agarró el tallo y hundió el rostro en las hojas, llorando. Vaya con el gran
erudito.
—¿Dónde estamos exactamente? —dijo Nikolai.
—En la Sombra —dijo una de las bocas del engendro que se había presentado
antes como Grigori. Sankt Grigori. Si Nikolai recordaba correctamente, había sido
despedazado por unos osos, aunque eso no explicaba en absoluto su estado actual—.
Una versión de la Sombra. Una de la que no podemos escapar.
—¿Qué importa eso? —dijo Zoya débilmente—. ¿Por qué nos habéis traído aquí?
¿Qué queréis?
Juris volvió hacia ella sus ojos de reptil, mientras su cola describía una sinuosa
curva al arrastrarse por el suelo.
—Mirad cómo se lamenta la brujita. Como si supiera lo que ha perdido… o lo
que podría ganar.
Nikolai esperaba ver los ojos de Zoya encendidos de ira, pero la muchacha siguió
contemplando el cielo con la mirada perdida. El hecho de verla así, privada de la
energía corrosiva y peligrosa que siempre la había animado, inquietaba más a Nikolai
que cualquiera de los extraños acontecimientos que habían presenciado. ¿Qué le
sucedía? ¿Tanto había significado el amplificador para ella? Seguía siendo fuerte sin
él. Seguiría siendo fuerte aunque tuviera los dos brazos atados a la espalda y un saco
de rodamientos de plomo atado a los pies.
—Ojalá hubiéramos podido traeros a otro lugar, joven Zoya —dijo Elizaveta—.
Nosotros ya teníamos poder antes de que la palabra «Grisha» se susurrara por vez
primera, cuando lo extraordinario seguía llamándose «milagro» y «magia». Nuestras
vidas han sido tan largas que rivalizan con la historia de Ravka. Pero este lugar, este
punto concreto de la Sombra, siempre ha sido sagrado. Aquí, nuestro poder era mayor
y nuestra conexión con la creación en el corazón del mundo era más profunda. Aquí
todo era posible. Y aquí quedamos confinados cuando el Oscuro creó la Sombra.
—¿Qué? —dijo Zoya, con una chispa de interés en la mirada por fin.
—Estamos entrelazados con el tejido del mundo como ningún otro Grisha; los
hilos se han tensado con los años y con el uso de nuestro poder. Cuando el Oscuro
alteró el orden natural del mundo, nos vimos atraídos aquí, y cuando su experimento
con merzost fracasó, quedamos atrapados en los confines de la Sombra.
—No podemos abandonar este lugar —dijo Grigori—. No podemos adoptar una
forma física salvo aquí.
—Una forma física —se burló Juris, chasqueando la cola—. No comemos. No
dormimos. No recuerdo lo que es sudar, pasar hambre ni soñar. Me arrancaría el ala
izquierda con tal de poder oír el gruñido de mi estómago, paladear el vino o mear por
una ventana.
—¿Siempre tienes que ser tan vulgar? —dijo Elizaveta con voz cansada.
—Así es —dijo Juris—. Atormentarte es mi único entretenimiento.

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Grigori adoptó la forma de lo que parecían ser tres cabezas de oso sobre el torso
de un hombre gigantesco, y cruzó dos pares de brazos.
—Hemos soportado este crepúsculo eterno porque pensábamos que nuestras
penalidades terminarían con la muerte del Oscuro. Tenía muchos enemigos, y
confiábamos en que su vida sería breve. Pero no lo fue.
—Todo lo contrario —gruñó Juris.
—Sobrevivió y llegó a ser casi tan poderoso como cualquiera de nosotros—dijo
Grigori.
El dragón resopló.
—No lo halagues.
—Bueno, como cualquiera de nosotros en su juventud —corrigió Elizaveta—.
Pero entonces, finalmente, llegó el momento en que la Sombra fue destruida y el
Oscuro pereció. Pero nuestras ataduras no se rompieron. Seguimos siendo
prisioneros. Porque el poder del Oscuro sigue vivo. En ti.
Nikolai alzó las cejas.
—Así que, naturalmente, yo tengo que morir. Agradezco la cortesía, pero si
queríais asesinarme, ¿por qué no hacerlo durante el combate?
Juris volvió a resoplar y soltó humo por sus enormes fosas nasales.
—Eso no ha sido un combate.
—Entonces, durante esa estupenda merendola en la que nos habéis perseguido y
habéis intentado prender fuego a mi pelo.
—No podemos matarte, joven rey. Para empezar, sabemos que provocaría gran
agitación en tu país, y no deseamos que muera más gente si no es preciso. Además, es
muy posible que el poder sobreviva aunque tú mueras. No, la maldición del Oscuro
ha de purgarse con fuego.
—El obisbaya —dijo Nikolai—. La Espina Ardiente.
Elizaveta asintió.
—Así que conoces el antiguo ritual.
—De modo que es cierto —exclamó Yuri—. Todo es cierto. Esta es la ubicación
del bosque de las espinas donde se fundó la primera guardia sacerdotal.
—Enhorabuena, Yuri —dijo Nikolai—. Parece que al final sí vas a poder
quemarme en una pira.
—¿Una pira? —preguntó Grigori.
—Nada de piras —dijo Elizaveta—. El bosque de las espinas es más antiguo que
todos nosotros, más antiguo que la primera magia. Es el bosque con cuya madera se
construyeron los primeros altares y las paredes del Pequeño Palacio. Puedo hacerlo
crecer a partir de las raíces que sobreviven bajo la Sombra para iniciar el ritual, pero
después dependerá de ti invocar al monstruo desde tu interior y darle muerte.
—Fuisteis vosotros quienes creasteis esos milagros —dijo Zoya—. El puente, las
rosas, el terremoto, las estatuas sangrantes, el disco negro… todo para traernos hasta
aquí.

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—La era de los Santos —declaró Yuri—. Tal y como él prometió.
El tallo de Elizaveta se enroscó con más fuerza en el hombro del monje.
—Nuestro poder puede traspasar los límites de la Sombra, pero solo llega allí
donde todavía somos venerados.
—El poder de un Grisha no depende de la fe —dijo Zoya furiosamente.
—¿Estás segura, brujita? —le preguntó Juris.
Zoya lo miró a los ojos con expresión resuelta, y Nikolai supo que estaba
planeando mil castigos distintos para el dragón. Sintió un arrebato de alivio al ver la
promesa de venganza que reflejaban sus ojos.
Pero Nikolai no podía permitirse perder el tiempo charlando sobre el
funcionamiento del poder Grisha.
—Decís que queréis que invoque al monstruo, pero el ser que hay dentro de mí no
obedece órdenes.
—En tal caso, tendrás que enseñarle —dijo Juris.
Elizaveta entrelazó las manos y unas rosas florecieron en sus muñecas y le
envolvieron los dedos.
—Una vez que se alcen las espinas, estas horadarán tu cuerpo. Si no derrotas a la
sombra que hay en ti, te quemarán desde dentro.
A fin de cuentas, no parecía muy distinto del martirio de Sankt Feliks del
Manzano. De pronto, lo de la pira ya no le sonaba tan mal.
—Menos mal que no tengo cosquillas.
—¿Qué probabilidades hay de que sobreviva? —preguntó Zoya.
Las rosas en flor cubrieron los hombros de Elizaveta.
—Como ha dicho Juris, no deseamos desestabilizar Ravka.
—No has respondido a mi pregunta.
—Es… arriesgado —admitió Elizaveta—. Tenemos medios para prepararte para
la prueba, pero no puedo prometerte que salgas ileso de ella.
—Ni que salgas —puntualizó Juris.
Elizaveta suspiró.
—¿Es necesario pintarlo de la peor forma posible?
—Es mejor que lo sepan.
Nikolai se revolvió en la silla de piedra. No había sido diseñada pensando en la
comodidad.
—Entonces, después de ensartarme, asarme y enfrentarme a mis demonios en
sentido literal, ¿qué pasará?
—El poder del Oscuro será erradicado de una vez por todas. Los límites del
Nocéano se romperán. La vida regresará a la Sombra… y seremos libres.
—¿Libres para hacer qué, exactamente? —preguntó Zoya. Era una pregunta muy
pertinente. Puede que estuviera llorando la pérdida de su amplificador, pero seguía
siendo una general. Y tal vez Nikolai estuviera tan desesperado por obtener una cura

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que no estaba pensando como un rey. Quizás un poder como el que acababan de
presenciar debía permanecer contenido.
—¿No lo sabes, brujita? —dijo Juris—. Un gran poder siempre conlleva un
precio.
Elizaveta asintió.
—Cuando abandonemos los confines de la Sombra, volveremos a ser mortales.
—¿Mortales? —preguntó Zoya.
—Otkazat’sya, como decís vosotros. Sin poder Grisha. Simples humanos;
viviremos una vida breve y nuestra muerte será permanente.
Zoya entornó los ojos.
—¿Por qué querríais renunciar a semejante poder?
—No creas que es una decisión fácil —dijo Elizaveta con cierta amargura en la
voz—. Llevamos siglos debatiéndolo. Pero no podemos continuar así. Eso es lo que
exige el universo a cambio de liberarnos de esta vida a medias.
—Con una eternidad es suficiente —dijo Juris—. Quiero volver a caminar por el
mundo. Regresar a las costas de mi patria. Tal vez enamorarme de nuevo. Quiero
nadar en el mar y tenderme al sol. Quiero envejecer, morir y entrar en reinos que
nunca he explorado.
—Debes entender —dijo Grigori— que no solamente tu vida correrá peligro, sino
también tu país. Si fracasamos, si no consigues soportar el ritual, podríamos crear
otra brecha en el mundo y provocar que las orillas de este maldito lugar se desborden.
—Pero eso podría suceder de todas formas —dijo Elizaveta—. Todo está
conectado, unido a la creación en el corazón del mundo. A medida que el poder que
hay en tu interior se fortalece, no hay forma de saber qué clase de reacción en cadena
se podría desatar.
—Supongo que querréis discutirlo —dijo Grigori—. Pero no demoréis vuestra
decisión. El merzost es impredecible, y cada día tu monstruo interior se apodera más
de ti.
—No hay nada que discutir —dijo Nikolai. Ya habían obtenido las respuestas que
querían, y el tiempo apremiaba—. ¿Cuándo empezamos?

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ESA NOCHE, NINA PERMANECIÓ DESPIERTA;
Leoni ya respiraba de manera más profunda y regular. El sueño la estaba llamando,
pero Nina se entretuvo trenzándose el cabello en la oscuridad y aguardó, esperando
oír sonidos de actividad por la estrecha ventana que había encima de su cama. Y en
efecto, poco después de la medianoche, oyó a varias mujeres hablando en voz baja y
el ruido de un carro siendo cargado. Nina se puso de puntillas y vio lámparas
encendidas en la lavandería y a las Doncellas del Manantial acarreando fardos
envueltos en papel y cuerda que irían, supuso, llenos de ropa.
Nina se dirigió apresuradamente al refectorio del convento, que seguía un horario
muy estricto; sabía que Hanne contaba con que estuviera vacío a determinadas horas.
Si una novicia descontenta buscaba un sitio seguro donde guardar ropa, el refectorio
sería una opción evidente. Se puso de rodillas y recorrió el perímetro de la estancia
dando leves golpes con los nudillos en las losas de pizarra del suelo. Casi había
perdido la esperanza cuando uno de sus golpes le devolvió un extraño eco sordo. La
losa estaba hueca.
Introdujo los dedos en las junturas de la baldosa y tiró de ella. Botas, pantalones
militares, dos sombreros, una cartuchera y, gracias a los Santos, un largo delantal azul
claro y una blusa blanca. Nina se los puso por encima de su ropa, se lio sus trenzas en
lo alto de la cabeza con horquillas, formando una corona mal hecha, y se deslizó
hasta las cocinas. Allí, tras una larga búsqueda, localizó la llave de la cocinera bajo
una lata de harina. Para cuando consiguió abrir la puerta de la cocina y salir al patio,
las Doncellas del Manantial ya estaban cerrando las puertas del carromato para
ponerse en marcha.

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Nina sabía adonde se dirigían, de modo que no se molestó en seguir la carretera y
acortó por el bosque, buscando una ruta más directa hacia la entrada principal del
viejo fuerte. También sabía que estaba siendo imprudente. Debería haber incluido a
Adrik y a Leoni en sus planes. Debería haber esperado para reconocer mejor el
terreno. Pero la realidad era esta: no podían permanecer en Gäfvalle mucho más
tiempo sin levantar sospechas. Las Mujeres del Manantial podían dejar de tener
acceso al fuerte en cualquier momento. Y, si Nina era sincera consigo misma,
necesitaba entrar en acción. Necesitaba saber por qué aquellos susurros la habían
traído hasta aquel lugar y qué había sucedido en la colina. Los muertos no habían
hablado con Adrik ni con Leoni; habían llamado a Nina, y ella estaba decidida a
responder.
Apretó el paso, avanzando entre los árboles y manteniendo el rumbo gracias a la
referencia de las luces de la fábrica.
A pesar de la tristeza y la furia que había traído consigo hasta Fjerda, reconocía
que le gustaba viajar por aquel país. Le gustaba ver los quehaceres cotidianos de las
vidas fjerdanas, recordar que eran personas y no monstruos, que la mayoría solo
quería paz, prosperidad, una comida decente y una cama cálida para dormir por las
noches. Pero también conocía los prejuicios que tenían muchos de ellos, que seguían
creyendo que los Grisha merecían arder en una pira. Y nunca olvidaba de qué era
capaz el gobierno fjerdano, el sufrimiento que había padecido a manos de los
drüskelle que la habían matado de hambre en la bodega de un barco, la pesadilla de
las celdas de la Corte de Hielo, donde Jarl Brum había intentado convertir a los
Grisha en armas contra sí mismos.
Nina llegó hasta el saliente rocoso desde el que se dominaba la entrada principal a
tiempo para ver como llegaba el carro del convento y se abrían las puertas. Bajó a
trompicones por la pendiente hasta la carretera, deslizándose sobre los talones, a
punto de perder el equilibrio del todo. La figura del cuerpo que le había dado Genya
seguía antojándosele extraña, y lo del sigilo nunca había sido su fuerte.
Mientras avanzaba sigilosamente entre las sombras de los árboles que bordeaban
la carretera, vio a las últimas Doncellas del Manantial cruzando las puertas, cargadas
con sus fardos de ropa. Solo entonces Nina salió a la carretera y corrió hasta las
puertas, sin aliento.
—Lo siento mucho —dijo—. Me he quedado atrás.
—Eso es problema tuyo —dijo el guardia—. ¿Sabes lo que pesan estas puertas?
Aguarda aquí a que salgan tus hermanas.
—Pero… pero… no lo entiende… tenía que… tenía que ir al excusado —susurró
Nina en tono atribulado.
—¿Adonde?
—Tenía que… aliviarme. —La expresión del guardia se tornó incómoda de
inmediato. Benditos fjerdanos y su curioso puritanismo—. Tenía que orinar. —Nina
paladeó la palabra—. Entre los árboles.

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—Eso… eso no es problema mío —balbuceó el guardia.
Nina hizo que sus ojos se empañaran de lágrimas.
—Pero es que tenía que iiiiiir —gimoteó—. Se van a enfadar m-mucho.
—¡Oh, en nombre de Djel, no llores!
—Lo s-siento mucho —sollozó Nina—. No q-quiero que m-me griten más.
—¡Entra, entra! —dijo el guardia apresuradamente, descorriendo los cerrojos y
abriendo la puerta—. ¡Pero para ya!
—Gracias, gracias —dijo Nina, inclinándose e hipando hasta que la puerta se
cerró a sus espaldas. Se secó la nariz y echó un buen vistazo a su alrededor. La
fábrica estaba cerrada y en calma; la jornada de trabajo había terminado. Los
hombres estarían jugando a las cartas o preparándose para acostarse. Otros montarían
guardia.
Nina se apresuró a cruzar la entrada que conducía a una enorme cámara central
llena de maquinaria pesada; la tenue luz de luna que se filtraba por las ventanas
iluminaba sus siluetas mudas y voluminosas. La siguiente sala contenía enormes
cubas, pero era imposible determinar qué tenían dentro. Apoyó la mano en la
superficie de una de ellas. Seguía caliente. ¿Estarían fundiendo metales? ¿Mezclando
tintes?
En la siguiente habitación encontró la respuesta: cilindros gruesos con punta
cónica, del tamaño de calabazas y amontonados en pilas ordenadas e interminables;
filas y filas de munición para tanques. ¿De verdad era una simple fábrica de
municiones? ¿Los venenos del río no eran más que un subproducto corrosivo de las
líneas de montaje? En tal caso, ¿por qué el mordisco del lobo había sacudido su
sangre como un relámpago? No tenía lógica.
Nina no estaba segura de qué hacer a continuación. La fábrica parecía mucho
mayor ahora que estaba dentro. Deseó tener las dotes de espionaje de Inej o el talento
de Kaz para la planificación, pero lo único que parecía tener Nina era el don de Jesper
para tomar malas decisiones. Sabía que el ala este estaba deshabitada y en mal estado,
así que seguramente las Doncellas del Manantial se habían dirigido al ala oeste, el
corazón doméstico del fuerte, donde los soldados comerían, dormirían y entrenarían
cuando no estuvieran haciendo funcionar la fábrica. Si Inej estuviera allí, treparía
hasta el alero del tejado y seguramente obtendría información crucial. Pero Nina no
era una sombra diminuta y silenciosa, experta manejando el cuchillo.
Aún no era tarde para dar media vuelta. Había confirmado que se trataba de una
fábrica de municiones, un objetivo militar para los saboteadores de Ravka en caso de
guerra. Pero los susurros no habían cesado, y no querían que Nina se marchara. Cerró
los ojos y escuchó, dejando que guiaran sus pasos hacia la derecha, hacia la quietud y
la oscuridad del ala este.
Todo su ser protestaba, asegurándole que estaba perdiendo el tiempo mientras
avanzaba por el pasillo. Aquella ala de la fábrica estaba desierta. No había visto
lámparas encendidas en las ventanas al anochecer, y la nieve o el tiempo habían

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hecho ceder una parte del techo, que nadie se había molestado en reparar. Pero las
voces la atraían. «Adelante», susurraban voces jóvenes y viejas. Ahora tenían un
matiz distinto: más claras, más fuertes, reflejando en cada palabra el recuerdo de su
dolor.
La oscuridad era tan cerrada que tuvo que deslizarse junto a las paredes,
recorriendo con los dedos los ladrillos irregulares, esperando no tropezar con alguna
máquina abandonada y caerse. Pensó en aquel tejado destrozado. ¿Se habría
producido algún accidente en la fábrica que había provocado el abandono de aquella
ala? ¿Eran esas las tumbas que había percibido, las de unas mujeres que trabajaban en
la fábrica y habían sido enterradas en la montaña? Si era así, no encontra ( ría más
que viejas miserias en aquel lugar.
Y entonces lo oyó: un gemido agudo y débil que le erizó el vello de los brazos.
Por un momento dudó de si el sonido solo estaba en su cabeza o si provenía del fondo
del ala este. Estaba demasiado familiarizada con los muertos como para creer en
fantasmas.
«¿Qué importa de dónde venga?», pensó, con el corazón acelerado, ¿Qué podía
estar haciendo un bebé en el ala ruinosa de una vieja fábrica? Se obligó a seguir
avanzando pegada a la pared, escuchando el sonido de su propia respiración jadeante.
Finalmente entrevio una rendija de luz mortecina por debajo de una puerta. Se
detuvo. Si había soldados al otro lado, no tendría manera de justificar su presencia.
Estaba demasiado lejos del edificio principal como para fingir que se había perdido.
Oyó un ruido a sus espaldas y vio un farol aproximándose. Nina se apretujó
contra la pared, esperando ver a un soldado uniformado. Pero en vez de eso, la luz del
farol iluminó la silueta de una mujer con el delantal y el peinado de una Doncella del
Manantial. ¿Qué estaba haciendo tan lejos de las demás?
Cuando la mujer abrió la puerta, Nina vislumbró otro pasillo oscuro; había
lámparas dispuestas a lo largo, bastante alejadas unas de otras, interrumpiendo la
profunda oscuridad. Nina hizo acopio de valor y siguió a la Doncella del Manantial al
interior. Se pegó a ella tanto como le pareció prudente; el corazón le palpitaba con
fuerza a medida que empezaban a llegarle sonidos desde la oscuridad: voces quedas
de mujer, alguien cantando una especie de nana, y después un sonido de regocijo,
dulce y agudo. La risa de un bebé.
Los susurros que Nina oía en su mente crecieron de nuevo, con más nostalgia que
enfado. «Silencio», decían. «Silencio.»
La Doncella del Manantial cruzó un pasillo abovedado hasta… un dormitorio.
Nina se fundió con las sombras de la entrada, incapaz de creer lo que veían sus ojos.
Varias Doncellas del Manantial caminaban entre estrechas camas donde yacían
mujeres y chicas. Al fondo, Nina vislumbró una hilera de cunas. En la estancia no
había nada más: el ala polvorienta y ruinosa de la fábrica había sido despejada de
toda maquinaria. Las ventanas estaban forradas de papel negro para evitar que las
luces se filtraran y suscitaran preguntas.

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Una muchacha que no podía tener más de dieciséis años caminaba de un lado a
otro por el pasillo, escoltada por una Doncella del Manantial. Iba descalza y llevaba
un vestido gris claro sobre su abultado vientre.
—No puedo —gimoteó. Su aspecto era terriblemente frágil; la prominencia de su
estómago desentonaba con su cuerpo huesudo y nudoso.
—Sí que puedes —dijo la Doncella del Manantial con voz firme mientras llevaba
a la chica sujeta por el codo.
—Tiene que comer —dijo otra de las mujeres del convento—. Se ha saltado el
desayuno.
La Doncella del Manantial chasqueó la lengua.
—Ya sabes que no puedes hacer eso.
—No tengo hambre —jadeó la chica, respirando con dificultad.
—O caminamos para ayudar a que venga el bebé o te sientas y te doy un poco de
semla. El azúcar te dará energías para el parto.
La chica se echó a llorar.
—No necesito azúcar. Ya sabe lo que necesito.
Un estremecimiento recorrió a Nina a medida que lo iba comprendiendo.
Reconocía aquella desesperación, aquella profunda hambre que hundía los dientes en
ti hasta reducirte a tu ansia. Conocía esa necesidad que convertía todo lo que te
importaba (amigos, comida, amor) en cenizas, hasta que lo único que recordabas de ti
mismo era el deseo de aquella droga. El cuerpo consumido, las profundas ojeras…
aquella chica era adicta a la parem. Y eso quería decir que tenía que ser una Grisha.
Nina observó a las mujeres y chicas que ocupaban la hilera de camas. La más
joven parecía tener unos quince años y la mayor debía de tener treinta y tantos, pero
no era fácil saberlo debido a los estragos de la droga. Algunas acunaban bultos
pequeños bajo las delgadas mantas y otras se encorvaban sobre sus vientres
prominentes. Unas pocas no parecían estar embarazadas… o aún no daban señales de
ello.
Nina sintió que su cuerpo temblaba y oyó el trueno de su corazón en los oídos.
¿Qué lugar era aquel? ¿Quiénes eran esas mujeres?
«Ayúdanos.» ¿Podían ser aquellas las voces que había oído? Pero ninguna de esas
mujeres miraba a Nina. Eran las muertas quienes la habían convocado. «Justicia.»
La puerta volvió a abrirse a espaldas de Nina y, como una sola, las pacientes
giraron la cabeza como las flores al buscar el sol.
—¡Está aquí! —gritó una de ellas al ver entrar a la Madre del Manantial.
Empujaba un carrito. Las mujeres empezaron a levantarse de sus camas.
—¡Estaos quietas! —les gritó secamente la Madre del Manantial. Las mujeres
volvieron a recostarse obedientemente sobre sus almohadas—. Nada de atropellos ni
empujones. Recibiréis vuestra inyección cuando os toque el turno.
Nina observó las hileras de jeringuillas que transportaba en el carrito y el líquido
rojizo que contenían. Ni siquiera estaba segura de que fuera parem, pero notó la

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pulsión de la droga, y hubiera jurado que detectaba su aroma en el aire. Un año antes,
se habría abierto paso a zarpazos hasta esas jeringuillas, sin pensar dos veces en el
peligro de ser descubierta. Había luchado mucho para liberarse de su adicción y había
descubierto que el uso de su nuevo poder la ayudaba a hacerlo. Se concentró en ese
poder, en la corriente de aquel río frío y mudo. Necesitaba toda la sensatez y la calma
que pudiera reunir, porque nada de lo que estaba viendo tenía sentido.
Los Grisha bajo la influencia de la parem eran increíblemente poderosos. Podían
lograr cosas que de otro modo serían inimaginables, incluso con el más extraordinario
de los amplificadores. Jarl Brum había intentado experimentar con la droga en los
Grisha, con la esperanza de convertirlos en armas para usarlas contra Ravka, pero
siempre en condiciones cuidadosamente controladas. Sus cautivos Grisha habían
estado confinados en celdas especialmente diseñadas que les impedían utilizar sus
poderes, y mezclaban la parem con un sedante para que los prisioneros fueran más
obedientes.
Pero aquellas mujeres ni siquiera estaban atadas.
La Madre del Manantial avanzó por la fila de camas, repartiendo jeringuillas entre
las hermanas, que inyectaban el mejunje naranja en los brazos ansiosos. Nina oyó
algunos sollozos y un leve gemido contenido.
—Siempre empieza por ese lado, no es justo —gruñó alguien.
La muchacha embarazada que había estado caminando por el pasillo dijo:
—Por favor. Solo un poquito.
—No, falta muy poco para que venga el bebé. Los dos correríais peligro.
La chica se echó a llorar.
—Pero es que nunca se la dan a las madres después de parir.
—Entonces supongo que tendrás que quedarte encinta otra vez, ¿no te parece?
La chica lloró con más fuerza y se llevó las manos al rostro; Nina no sabía si lo
hacía por el ansia de la droga o por el temor que le suscitaba la sugerencia de la
Doncella del Manantial.
Las mujeres se tendían de nuevo en sus camas, con los brazos estirados junto a
los costados, flexionando los dedos. El fuego de las lámparas empezó a danzar. Una
ráfaga de viento agitó una pila de sábanas. Sobre una de las camas apareció una
neblina; la chica debía de ser una Agitamareas. Pero todas se mostraban dóciles, sin
una chispa de rebeldía. Los Grisha que tomaban la parem no se comportaban así. Era
un estimulante. ¿Habían combinado la droga con otra sustancia? ¿Era eso lo que
había envenenado a los lobos? Si Nina se las arreglaba para robar una jeringuilla,
¿Leoni sería capaz de discernir qué nueva atrocidad habían inventado los fjerdanos?
¿Y cómo habían sobrevivido las chicas drogadas tanto como para tener un hijo o
incluso varios?
Un bebé empezó a llorar desde una de las cunitas. Una Doncella del Manantial
cogió un biberón del fondo del carrito y tomó en brazos al bebé para calmarlo.
—Aquí tienes, pequeño —lo arrulló la mujer.

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Nina se apretujó de nuevo contra la pared, temerosa de que le cedieran las
piernas. No era posible. Pero si las madres estaban ingiriendo parem… los niños
también. Nacerían ya adictos a aquella sustancia. Serían los esclavos Grisha
perfectos.
Nina se estremeció. ¿Aquello era obra de Brum? ¿O de alguien más? ¿Habría más
lugares dedicados a aquellos experimentos? «¿Por qué pensé que estas pesadillas solo
sucedían en la Corte de Hielo? ¿Cómo he podido ser tan ingenua?»
Su mirada se detuvo en una mujer tumbada, aturdida, con el rostro casi tan blanco
como su almohada. En la cama de al lado había una chica joven. Nina se agarró a la
pared para no caerse. Las había reconocido: eran la madre y la hija de los muelles de
Elling. Birgir las había enviado a ese lugar. Nina deseó haberlo matado más despacio.
¿Aquel había sido el destino de las mujeres Grisha que no habían conseguido
llegar hasta el refugio de Elling? ¿Se encontraban también en aquella misma
estancia? «En Kejerut, las chicas desaparecen.» Pero no todas. Solo las chicas Grisha.
En algún lugar de la fábrica se oyó una campana. La Madre del Manantial dio una
palmada y varias de las Doncellas del Manantial se acercaron para seguirla.
—Buenas noches, Marit —le dijo la mujer a una de las muchachas uniformadas,
antes de marcharse—. Mañana por la noche te relevará el siguiente turno.
Nina se deslizó tras ellas cuando abandonaron el dormitorio. Se mantuvo entre las
sombras, intentando tranquilizarse y pensar en su objetivo inmediato: salir de la
fábrica. Pero en su mente quebrada y enloquecida se agolpaban las imágenes de
aquella estancia.
«Ayúdanos.» Las voces de las muertas. El dolor de las vivas.
Más adelante, las Doncellas del Manantial ya se aproximaban a los guardias de la
puerta principal.
—¿Encontraron a la rezagada? —oyó que uno de los guardias le preguntaba a la
Madre del Manantial.
—¿Qué rezagada?
—No sé, llevaba trenzas y un delantal. Parecía igual que todas las demás.
—¿De qué está hablando? Estamos todas muy cansadas y…
—Vamos a hacer un recuento. En fila.
—¿Es estrictamente necesario?
—En fila.
Nina no esperó a oír el resto. Echó a correr de nuevo por el pasillo hacia el ala
este, intentando hacer el menor ruido posible con sus pisadas. La entrada principal
quedaba descartada. Si los guardias descubrían que había entrado una Doncella del
Manantial de más…
Se oyó una campana distinta de la primera, aguda y estridente. Una alarma.
Se encendieron luces a su alrededor, cegándola con su repentino fulgor.
No conseguiría llegar hasta la puerta este a través del dormitorio.

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Nina se escondió detrás de una máquina polvorienta al ver pasar corriendo a dos
guardias con las armas en ristre.
Levantó la vista. Había varias ventanas rotas, pero ¿cómo llegar hasta ellas? ¿Y
qué habría al otro lado?
No había tiempo para sopesar el asunto. Los guardias y la Madre del Manantial ya
sabían que una Doncella del Manantial rebelde o alguien vestido con un delantal del
convento se había infiltrado en la fábrica. Nina tenía que bajar de la montaña y
regresar al convento antes de que alguien descubriera que su cama estaba vacía. Se
encaramó a la máquina vieja y se lanzó hacia el alféizar de la ventana, luchando por
auparse. Consiguió encontrar un asidero para el pie entre dos ladrillos y se impulsó
hasta el alféizar de piedra.
A través del cristal roto vislumbró las luces parpadeantes del pueblo a lo lejos y, a
sus pies, el suelo del bosque salpicado de nieve.
Oyó pasos y vio a otro escuadrón de soldados armados marchando por el ala este
con sus pesadas botas.
—Acordonad el perímetro —decía uno de ellos—. Registraremos cada sector
hasta regresar al centro.
—¿Cómo sabemos que hay alguien aquí? —protestó otro.
Si levantaban la vista…
Pero siguieron adelante hasta que dejó de oírse su conversación.
Nina miró una última vez por la ventana.
—Sin llantos —susurró, y se lanzó a través del cristal roto.
La caída fue rápida, y el golpe, fuerte. Sintió un dolor abrumador en el hombro y
la cadera, pero Nina reprimió todo sonido mientras rodaba por la pendiente, incapaz
de frenar su inercia. Cruzó la línea de los árboles, se estampó contra el tronco de un
pino y se obligó a ponerse en pie.
Se detuvo un momento para orientarse y salió corriendo, sorteando los árboles
con las manos en alto para protegerse del latigazo de las ramas y haciendo lo posible
por ignorar el dolor del costado. Tenía que regresar al convento y entrar antes de que
regresara la Madre del Manantial. Si no lo conseguía, pillarían desprevenidos a Adrik
y a Leoni, y la tapadera de los tres quedaría descubierta.
Llegó hasta un riachuelo y lo vadeó sin detenerse, chapoteando en el agua poco
profunda y lanzándose después hacia la siguiente colina.
Allí estaba el convento; las ventanas seguían a oscuras, aunque veía lámparas en
los establos, el patio de la capilla, el plato con sobras que le había dejado a Trassel.
Nina corrió, perdió pie y se enderezó, a punto de caerse mientras intentaba
descender la montaña. Cuando llegó a la linde de los árboles frenó y giró hacia el sur
para rodear los establos.
Oyó el ruido de cascos de caballo y se asomó a la carretera. Veía el carromato; el
conductor fustigaba a los caballos con saña. La Madre del Manantial regresaba de la

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fábrica, y Nina sabía que en unos minutos empezarían a registrar todas las
habitaciones.
Nina se arrancó los zapatos embarrados, se coló en la cocina, cerró la puerta con
llave y guardó esa llave bajo la lata de harina. Corrió hasta su dormitorio mientras se
arrancaba la ropa mugrienta.
—¿Qué sucede? —preguntó Leoni, adormilada, mientras Nina entraba a
trompicones en el cuarto y cerraba la puerta a toda prisa.
—Nada—susurró Nina—. Finge que duermes.
—¿‘Por qué?
Nina oyó portazos y voces en la entrada del convento. Se terminó de quitar la
ropa, se limpió el rostro y las manos con el interior de la blusa y guardó todo el
amasijo embarrado en el baúl que había a los pies de la cama.
—He pasado aquí la noche entera.
—Oh, Nina —gimió Leoni—. Por favor, dime que solamente has salido a por un
tentempié nocturno.
—Sí —dijo Nina, poniéndose a toda prisa un camisón—. Me apetecía un poco de
barro.
Nina se lanzó bajo las mantas justo cuando la puerta se abrió y la luz del pasillo
inundó el cuarto.
Nina fingió despertar con un sobresalto.
—¿Qué pasa?
Dos Doncellas del Manantial entraron sin miramientos; Nina escuchó el roce de
sus delantales. Se oían voces en los dormitorios de las plantas superiores, el ruido de
las puertas abriéndose y a las chicas despertando de su sueño. «Al menos no somos
las únicas sospechosas», pensó Nina. «A lo mejor creen que una estudiante se ha
escabullido para visitar a un soldado de los cuarteles de la fábrica.»
—¿Qué sucede? —preguntó Leoni.
—Silencio —le espetó una de las Doncellas del Manantial. Levantó su farol y
escudriñó la habitación.
Nina lo vio al mismo tiempo que la Doncella: una mancha de barro en el suelo, a
los pies de la cama.
La Doncella le pasó el farol a su compañera y abrió de golpe el baúl, rebuscando
en su interior. Sacó el delantal y la blusa inmundos.
—¿Qué hace usted con un uniforme de novicia? —quiso saber la Doncella del
Manantial—. ¿Y por qué está embarrado? Voy a buscar a la Madre del Manantial.
—No hace falta. —La Madre del Manantial estaba en el umbral, con una
expresión severa en su rostro redondo y las manos entrelazadas sobre su delantal de
lana azul oscuro—. Expliquese, Enke Jandersdat.
Nina abrió la boca, pero antes de que pudiera decir una palabra, Hanne apareció
detrás de la Madre del Manantial.
—Esa ropa es mía.

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—¿Cómo?
—Es mía —repitió Hanne, con aspecto pálido y confuso; su abundante cabellera
rojiza le caía desordenadamente sobre los hombros—. Salí a cabalgar cuando no
debía y me caí del caballo.
La Madre del Manantial entornó los ojos.
—¿Y por qué ibas a esconderla aquí?
—Sabía que descubrirían la ropa sucia en mi cuarto y pensaba lavarla yo misma.
—¿Y la viuda Jandersdat no reparó en el bulto de ropa embarrada de su baúl?
—Mila dijo que me la guardaría hasta que pudiera lavarla.
La Madre del Manantial inspeccionó con aparente calma el delantal embarrado.
—El barro parece fresco.
—Fue esta mañana cuando salí a cabalgar. Puede comprobar que la ropa es de mi
talla, demasiado grande para Mila. La culpa es mía, no suya.
—¿Es cierto? —le preguntó la Madre del Manantial a Nina.
Nina miró a Hanne.
—¿Y bien? —la apremió la Madre.
Nina asintió.
La Madre del Manantial soltó un resoplido de frustración.
—Se cancela la búsqueda —les ordenó a las Doncellas del Manantial—. Hanne,
no tengo palabras para expresar mi desilusión. Tendré que escribir a tu padre de
inmediato.
—Lo comprendo, Madre del Manantial —dijo Hanne con evidente disgusto. No
fingía. Había arriesgado su futuro en el convento para salvar a Nina.
—Y usted, Enke Jandersdat —dijo la Madre—. Su función aquí consiste en
instruir a Hanne en el idioma zemeni, no en dar pábulo a sus gamberradas. Tendré
que reconsiderar nuestro acuerdo.
—Sí, Madre del Manantial —dijo Nina en tono arrepentido. La mujer se llevó a
Hanne por el pasillo y cerró la puerta tras ella.
Leoni volvió a tumbarse sobre la almohada.
—Por favor, dime que lo que has descubierto en la fábrica ha merecido la pena.
Nina se tendió; la adrenalina todavía recorría su cuerpo.
—Ha merecido la pena. —Pero se había fijado en la mirada de Hanne mientras la
Madre del Manantial se la llevaba; iba a pedirle explicaciones a Nina.
Nina pensó en el castigo que le esperaba a Hanne, en lo que podría conllevar que
escribieran una carta a su padre. Había contraído una deuda con Hanne; tal vez
incluso le debía la vida. Como mínimo, le debía la verdad.
«Ayúdanos.»
Pero a Nina le era imposible dársela.

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ZOYA PENSÓ QUE LOS ALOJARÍAN en otras habitaciones,
pero cuando Juris y Grigori se marcharon, Elizaveta, con un gesto de la mano, hizo
que las mesas y las sillas se fundieran otra vez en el suelo. Un instante después, se
alzaron nuevas paredes a su alrededor. La arena se retorció y arqueó, formando tres
umbrales alrededor de una cámara central. Toda la estructura tenía el mismo tono
descolorido y sin vida del hueso viejo.
Zoya no sabía cuánto más podría aguantar. Su mundo parecía haberse rasgado por
la mitad.
—Ojalá pudiéramos ofreceros alcobas más confortables —dijo Elizaveta—. Pero
aquí no abundan las comodidades. Descansad si podéis.
La habitación de Zoya parecía el dormitorio de un castillo de tiempos pretéritos:
ventanas apuntadas, robustas sillas con respaldo de cuero dispuestas ante una gran
chimenea, y una enorme cama con dosel de terciopelo. Pero en realidad no había
cristales en las ventanas. No había cuero ni terciopelo. Todo estaba hecho de aquella
fina arena: cada objeto, cada superficie lucía el mismo tono marrón claro. El fuego
que ardía en la chimenea tenía el brillo azul de las llamas de aquel horrendo dragón.
Era una alcoba fantasma. Zoya se llevó la mano a la muñeca. Tenía que hablar con
Nikolai.
Abrió la puerta, aunque le costaba considerarla siquiera una puerta, cuando
momentos antes no había existido.
Nikolai estaba en el umbral de una cámara idéntica a la suya.

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—Es como mirar el boceto de algo majestuoso —dijo, girándose lentamente para
admirar sus nuevas habitaciones. Deslizó una mano por la arena gris de la repisa de la
chimenea—. Está repleta de detalles lujosos, pero no tiene nada que te haga desear
estar aquí.
—Esto es un error —dijo Zoya. Le dolía la cabeza. Le dolía el corazón. Tenía que
contenerse para no acariciarse constantemente la muñeca. Pero necesitaba pensar con
claridad. Había cosas más importantes en juego que lo que ella había perdido.
Siempre las había.
—¿Y Yuri? —preguntó Nikolai.
—Seguramente estará arrodillado en alguna parte. Nikolai, ¿de verdad nos
conviene hacer este trato?
—Hemos venido buscando una cura, y nos acaban de ofrecer una.
—Podrías morir.
—Hace tiempo que asumimos esa posibilidad. De hecho, creo recordar que te
ofreciste a meterme una bala en la cabeza no hace mucho.
—Quedan menos de tres semanas para la fiesta de Os Alta —protestó.
—Entonces, ese es el tiempo que tengo para dominar al monstruo.
—Ya has visto lo que son capaces de hacer. ¿Y si quebramos los límites del
Nocéano y ellos quedan libres por Ravka? ¿Estás dispuesto a correr el riesgo?
Nikolai se pasó las manos por el cabello.
—No lo sé.
—Y sin embargo has accedido a bailar en cuanto te lo han pedido, como si fueras
un adolescente en las fiestas del pueblo.
—En efecto.
Y no parecía ni remotamente arrepentido.
—No podemos confiar en ellos. Ni siquiera sabemos quiénes son.
—Lo comprendo. Y seguro que tú comprendes que esta es la decisión que
debemos tomar. ¿Por qué te resistes, Zoya?
Zoya apoyó la cabeza en el borde de la ventana y contempló la nada del exterior.
¿Los Santos llevaban cientos de años contemplando las mismas vistas vacías?
—Si estos son los Santos —dijo—, ¿a quiénes hemos estado rezando todos estos
años?
—¿Tú rezas? —Nikolai no pudo disimular su sorpresa.
—Rezaba. Cuando era pequeña. Pero nunca respondieron.
—Te conseguiremos otro.
—¿Otro…? —Tardó un momento en entender a qué se refería. Sin darse cuenta,
Zoya había deslizado la mano hasta su desaparecido amplificador. Se obligó a
soltarse la muñeca—. No puedes conseguirme otro —dijo con un matiz de burla en la
voz. «Bien.» Mejor eso que la autocompasión—. No funciona así. Llevo esa pulsera,
esos huesos, desde que tenía trece años.

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—Zoya, no creo en los milagros. No sé quiénes son realmente esos Santos. Lo
único que sé es que son nuestra última esperanza.
Zoya cerró los ojos con fuerza. Elizaveta podía ser tan educada como quisiera,
pero eso no cambiaba el hecho de que habían sido secuestrados.
—Somos prisioneros, Nikolai. No sabemos lo que pueden pedirnos.
—En primer lugar, que te deshagas de tu orgullo.
Nikolai y Zoya dieron un brinco. Juris estaba en el umbral. Había adoptado su
forma humana, pero su aura de dragón parecía resistirse a abandonarlo.
—Ven, Zoya Nazyalensky, bruja de la tormenta. Es la hora.
—¿De qué? —escupió Zoya, sintiendo que la ira se prendía en su interior… una
ira familiar, bienvenida, muchísimo más útil que la pena.
—De tu primera lección —dijo—. El joven rey no es el único que tiene algo que
aprender.

Zoya no quería acompañar al dragón, pero se obligó a seguirlo por los sinuosos
pasillos de aquel palacio delirante. Se dijo a sí misma que podría averiguar más cosas
sobre el ritual al que iba a someterse Nikolai y determinar las verdaderas intenciones
de los Santos. Pero la voz más fuerte de su interior le decía que, si conseguía conocer
a Juris, podría dar con el modo de castigarlo por lo que le había arrebatado. Era
dolorosamente consciente de su propio pulso bajo la piel de su muñeca desnuda. La
sentía desnuda, vulnerable e incompleta.
Sin embargo, por mucho que le hubiera gustado centrar sus pensamientos en la
venganza, el camino que seguían requería de toda su atención. El palacio era
gigantesco, y aunque ciertas estancias individuales parecían tener características
específicas, la mayoría de los pasillos, escaleras y pasadizos estaban hechos de la
misma arena incolora y brillante. Y no ayudaba mucho que, mirara donde mirara
desde aquella estructura enorme, la vista exterior siempre fuera la misma: una amplia
extensión grisácea de… nada.
—Percibo tu enfado, bruja de la tormenta —dijo Juris—. Hace crepitar el aire.
—Esa palabra es ofensiva —le dijo Zoya, imaginando que lo empujaba por el
largo tramo de escaleras; la idea le resultaba reconfortante.
—Puedo llamarte como me venga en gana. En mis tiempos, los hombres usaban
la palabra «bruja» para referirse a las mujeres a las que convenía evitar. Creo que te
describe perfectamente.
—En ese caso, tal vez deberías seguir tu propio consejo y mantenerte alejado de
mí.
—Creo que no —dijo Juris—. Uno de los pocos placeres que me quedan es el de
jugar con el peligro, y la Sombra ofrece pocas oportunidades para hacerlo.

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¿Tropezaría si Zoya le empujaba, o simplemente le brotarían dos alas y flotaría
con elegancia hasta aterrizar al pie de las escaleras?
—¿Cuántos años tienes, por cierto?
—Lo olvidé hace mucho tiempo.
Juris tenía el aspecto de un hombre de unos cuarenta años. Era tan corpulento
como Tolya, tal vez más, y Zoya imaginó que su estampa sería sobrecogedora
blandiendo una espada. Distinguió un sutil entramado de escamas sobre su cráneo
afeitado, como si sus rasgos de dragón se hubieran abierto paso por su cuerpo de
humano.
No pudo reprimir la curiosidad.
—¿Prefieres tu forma humana?
—Me es indiferente. Siempre soy tanto humano como dragón. Cuando deseo leer,
debatir o beber vino, adopto la forma de un hombre. Cuando deseo volar y librarme
de los incordios humanos, soy un dragón.
—¿Y cuando luchas?
Juris la miró por encima del hombro, y en sus ojos apareció un destello plateado;
las pupilas se estrecharon al sonreír; sus dientes eran demasiado largos y amenazantes
para su boca humana.
—Te derrotaría con cualquiera de mis formas.
—Lo dudo —dijo ella, con más confianza de la que sentía en realidad. Si hubiera
tenido su amplificador, no habría titubeado.
—No olvides que fui guerrero en mi primera vida.
Zoya enarcó una ceja, poco impresionada.
—¿Sankt Juris, el que dio muerte al dragón, en realidad era un Grisha que hizo de
él su amplificador? —Conocía bien la historia; todos los niños ravkanos la conocían:
el guerrero que había querido vencer a una bestia y había luchado tres veces con ella
hasta derrotarla por fin. Pero ahora no podía evitar preguntarse qué habría de leyenda
y qué de realidad en todo ello.
Juris frunció el ceño y siguió bajando las escaleras.
—«Amplificador.» ¿Igual que esa fruslería patética a la que te aferrabas con tanta
desesperación? Cuando di muerte al dragón, adopté su forma y él la mía. Nos
convertimos en un solo ser. Así funcionaba en los viejos tiempos. Lo que practicáis
ahora es una corrupción, la forma más débil de la creación en el corazón del mundo.
«En los viejos tiempos.» ¿Había algo de verdad, pues, en las historias sobre la
Espina Ardiente? ¿Aquellos monjes no habían sido hombres corrientes, sino Grisha
que habían adoptado la forma de las bestias para librar su guerra contra los enemigos
de Ravka? ¿Era posible que tanto los teóricos Grisha como los eruditos religiosos
hubieran interpretado tan mal la historia? Zoya no lo sabía. Su mente cansada y
maltratada no le encontraba sentido.
Pasaron a una enorme cámara que parecía al mismo tiempo una caverna y el gran
salón de un antiguo castillo hecho de roca negra. En una de las paredes, encima de

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una chimenea tan grande que Zoya habría cabido de pie dentro de ella, había un
blasón. Mostraba tres estrellas de seis puntas; se parecía a los que empleaban las
familias kaélicas, aunque Zoya no conocía lo bastante bien la iconografía como para
identificar el nombre que podría haber tenido Juris antaño. Una de las paredes estaba
totalmente abierta ante los elementos, dejando a la vista el amplio horizonte de arena
estéril. Desde aquel saliente irregular, Zoya sentía que contemplaba el mundo a través
de la entrada de una cueva, o desde la boca de una bestia en cuyo vientre había tenido
la mala idea de entrar.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó.
—Cuando pase al mundo mortal, mi magia vendrá conmigo, pero no necesito mi
conocimiento. Tú lo llevarás.
—Qué gran honor —dijo ella sin entusiasmo.
—Todas las normas que han creado los Grisha y por las que te riges, los colores
que llevas… Crees que has estado entrenando para ser más fuerte, pero en realidad lo
que has hecho es limitar tu poder.
Zoya negó con la cabeza. Primero aquel lagarto sobredimensionado le arrebataba
el amplificador que se había ganado con su propia sangre, y ahora insultaba el
adiestramiento al que había dedicado su vida. Zoya se había tomado muy en serio su
educación en el Pequeño Palacio, la teoría que había leído en la biblioteca, las
posiciones y técnicas que había aprendido en la cabaña del lago de Baghra. Había
entrenado y pulido sus habilidades, había forjado su talento en bruto para convertirlo
en algo más. Otros Etherealki habían empezado con más talento natural que ella, pero
ninguno se había esforzado tanto.
—Di lo que quieras, pero yo sé que ese entrenamiento me hizo mejor Vendaval.
—Sí, pero ¿te hizo mejor Grisha?
—¿No acabo de decírtelo?
—Eso crees tú. Pero yo empecé con una ignorancia tan profunda como la tuya y,
al igual que tú, con nada más que el viento salvaje al alcance de mis dedos.
—¿Eras un Vendaval? —preguntó Zoya, sorprendida.
—Lo que yo era no tenía nombre.
—Pero ¿eras capaz de invocar? —insistió.
—Podía hacerlo, y lo hacía. Era un arma más de mi arsenal.
—¿En qué guerra?
—En incontables guerras. Para algunos fui un héroe. Otros me habrían llamado
invasor, bárbaro, saqueador de templos. Me esforcé por ser un buen hombre. Al
menos eso es lo que recuerdo. —Cómo les gustaba a los hombres relatar sus hazañas
—. No todos nos acostumbramos a la nobleza tan bien como tu rey.
Zoya deambuló por el perímetro de la estancia. Había poco que ver. Aparte de las
armas expuestas en la pared, todo era de piedra negra: la repisa de la gran chimenea
donde brincaban y bailaban unas llamas azules, los adornos que descansaban sobre
ella y el blasón de la pared.

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—Si esperas que censure a Nikolai por su bondad, puedes esperar sentado.
—¿Y si te digo que Ravka necesita un gobernante más despiadado?
—Te respondería que me parece la excusa de un hombre despiadado.
—¿Quién ha hablado de un hombre?
¿A eso estaba jugando la criatura?
—¿Deseas que me apodere del trono de mi rey? Malinterpretas mis ambiciones.
Juris soltó una grave carcajada.
—No malinterpreto nada. ¿De verdad crees que tu destino es pasarte la vida
sirviendo a otros? No me digas que nunca te has planteado qué pasaría si fueras reina.
Zoya cogió un diminuto caballo de ágata de la repisa; formaba parte de una
manada de varios centenares, dispuestos sobre la roca. ¿Así pasaba Juris la eternidad?
¿Utilizando el fuego para modelar diminutos recordatorios de otra vida?
—Como si la vida de una reina no consistiera también en servir a otros. Yo sirvo
a los Grisha. Sirvo a Ravka.
—A Ravka. —Al pronunciar la «R», profirió un gruñido—. Sirves a una nación
de fantasmas. A todos aquellos a los que fallaste. A todos aquellos a los que seguirás
fallando hasta que te conviertas en lo que estás destinada a ser.
«A todos aquellos a los que fallaste.» ¿Qué sabría él? Zoya dejó el caballo y se
frotó los brazos. No le gustaba lo que decía el dragón. Sus palabras retumbaban en su
interior, le hacían pensar en aquella piedra cayendo, en aquel pozo vacío, en aquel
hueco sin fin. «No mires atrás», le había advertido una vez Liliyana. «No pienses en
mí.» Zoya no la había escuchado entonces, pero había aprendido a prestar atención a
esas palabras.
—Termina la historia, viejo, o déjame en paz para que pueda tomarme una copa
de vino y echarme una siesta.
—Aquí no encontrarás vino, brujita. Ni descanso. El olvido no da tregua.
Zoya agitó la mano con gesto desdeñoso.
—Pues deja que me vaya a buscar compañía más interesante que la tuya.
Juris se encogió de hombros.
—No hay mucho más que contar. Una bestia rapaz vino a nuestras tierras,
quemándolo todo a su paso y devorando a quienes osaban enfrentarse a ella.
Distraídamente, Zoya tocó el extremo redondo de una maza expuesta en la pared.
Juris debía de llevar las armas consigo cuando quedaron atrapados en la Sombra.
—Siempre pensé que el dragón era una metáfora.
Juris casi pareció ofenderse.
—¿Una metáfora de qué?
—De la religión pagana, de los invasores extranjeros, de los peligros del mundo
moderno.
—A veces, un dragón es solo un dragón, Zoya Nazyalensky, y te aseguro que
ninguna metáfora asesinó nunca a tanta gente.

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—Eso es que nunca has oído a Tolya recitando poesía. ¿Así que el gran guerrero
se aventuró en el cubil del dragón para enfrentarse a él?
—Exactamente. ¿Te imaginas el terror que sentí?
—Me hago una idea. —Nunca olvidaría la primera vez que había visto a Juris con
sus enormes alas desplegadas. Quiso saber cómo había derrotado a la bestia—. ¿Y
qué hiciste?
—Lo que hacen todos los hombres asustados. La noche antes de vérmelas con el
dragón, me arrodillé y recé.
—¿Y a quién reza un Santo?
—Nunca he dicho que yo sea un Santo, Zoya. Eso no es más que el nombre que
me dio un mundo desesperado. Esa noche no era más que un hombre asustado, o más
bien un mozo de apenas dieciocho años. Recé al dios del cielo que había velado por
mi familia, al dios de las tormentas que regaba los campos y se alimentaba de
marineros imprudentes. Tal vez sea ese dios el que aún vela por mí. Lo único que sé
es que algo respondió. Cuando me enfrenté al dragón y este escupió fuego, los
vientos obedecieron mis órdenes. Conseguí arrebatarle el aliento, tal y como tú
intentaste hacer conmigo. Por dos veces nos enfrentamos, por dos veces nos
retiramos para recuperarnos de nuestras heridas. Pero en el tercer encuentro le asesté
un golpe fatal.
—El triunfante Juris. —No pensaba brindarle la cortesía de parecer impresionada.
Pero Juris la sorprendió al decir:
—Tal vez debería haberme sentido triunfante. Es lo que esperaba. Pero cuando el
dragón cayó, lo único que sentí fue arrepentimiento.
—¿Por qué? —preguntó Zoya, aunque ella siempre había sentido lástima por el
dragón de la historia de Juris, una bestia que no podía remediar su naturaleza.
Juris apoyó su corpachón en la pared de basalto.
—El dragón era el primer desafío auténtico que había conocido como guerrero, la
única criatura capaz de enfrentarse a mí en batalla de igual a igual. No podía evitar
sentir respeto por él. Cuando me clavó sus dientes, supe que sintió lo mismo que yo.
El dragón y yo éramos iguales, estábamos conectados al corazón de la creación: dos
seres nacidos de los elementos y distintos de cualquier otro.
—Los similares se atraen —dijo Zoya en voz baja. Conocía aquella sensación de
parentesco, de ferocidad. Si cerraba los ojos, sentía el hielo en sus mejillas y veía la
sangre en la nieve—. Pero al final lo mataste.
—Ambos morimos ese día, Zoya. Tengo sus recuerdos, y él los míos. Hemos
vivido un millar de vidas juntos. Pasó lo mismo con Grigori y el gran oso y con
Elizaveta y las abejas. ¿Nunca te has parado a pensar cómo es posible que ciertos
Grisha sean amplificadores en sí mismos?
No lo había pensado. Los Grisha que nacían siendo amplificadores eran muy
escasos y generalmente trabajaban como Examinadores, empleando sus habilidades
para determinar la presencia del poder Grisha en los niños. El Oscuro también había

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sido un amplificador, al igual que su madre. Era una de las teorías que intentaban
explicar su inmenso poder.
—No —reconoció.
—Están conectados a la creación en el corazón del mundo. Antaño, antes de que
se pronunciara por primera vez la palabra «Grisha», las líneas que nos separaban de
otras criaturas eran menos sólidas. No nos limitábamos a arrebatarle la vida a un
animal: entregábamos a cambio una parte de nosotros mismos. Pero en algún
momento los Grisha empezaron a matar, a reclamar un pedazo del poder de la
creación sin renunciar a nada suyo. Ahí surgió la patética tradición de vuestros
amplificadores.
—¿Pretendes que sienta vergüenza por reclamar un amplificador? —dijo Zoya.
Juris no tenía derecho a juzgarla. ¿Cuántas veces había llorado Zoya? ¿Cuántas
plegarias fútiles había rezado, incapaz de librarse de aquella convicción estúpida y
terca de que alguien respondería?—. Debe de ser muy fácil juzgar al universo desde
tu palacio, lejos de los asuntos brutales e insignificantes de los hombres. Tal vez no
recuerdes lo que se siente al no tener poder; yo sí.
—Puede ser —dijo Juris—. Pero sigues llorando por el tigre.
Zoya se quedó paralizada. Juris no podía saberlo. Nadie sabía lo que había hecho
aquella noche, lo que había visto.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando estás unido a todas las cosas, lo que puedes saber no conoce límites.
En cuanto esa pulsera cayó de tu muñeca, lo vi todo. A la joven Zoya sangrando
sobre la nieve, con el corazón rebosante de valor. A Zoya la de la ciudad perdida. A
Zoya la del jardín. No pudiste protegerlos entonces, y ahora tampoco puedes, ni tú ni
tu monstruoso rey.
«No pienses en mí.» El pozo de su interior no tenía fondo. Arrojó una piedra a la
oscuridad y cayó con ella, descendiendo cada vez más. Necesitaba salir de aquella
habitación, alejarse de Juris.
—¿Hemos acabado ya?
—Ni siquiera hemos empezado. Dime, bruja de la tormenta. Cuando diste muerte
al tigre, ¿no sentiste su espíritu moviéndose dentro de ti, no sentiste cómo adoptaba la
forma de tu ira?
Zoya no quería hablar de aquella noche. El dragón sabía cosas que no podía
conocer. Se obligó a soltar una carcajada.
—¿Estás diciendo que podría haberme transformado en tigre?
—Tal vez. Pero eres tan débil que no hay forma de saberlo.
Zoya le enseñó los dientes. Se mantuvo inmóvil pese a la rabia que brincaba
dentro de ella.
—¿Intentas provocarme? Hace falta algo más que las pullas de un anciano para
eso.

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—Mostraste coraje cuando combatimos. Ingenio y temple. Pero perdiste. Y
seguirás perdiendo hasta que abras la puerta.
Se volvió de repente y se abalanzó sobre ella; su cuerpo creció y tapó la luz al
extender las alas. Sus enormes fauces se abrieron y brotaron llamas de su interior.
Zoya se cubrió la cabeza con los brazos y se encogió.
Las llamas se detuvieron abruptamente y Juris la miró, de nuevo con su forma
humana.
—¿Acaso he elegido a una cobarde? —dijo, asqueado.
Pero esta vez fue Zoya quien sonrió.
—O a alguien que sabe aparentar que lo es.
Zoya se puso en pie y extendió los brazos. La tormenta avanzó atronadoramente
hacia Juris: un torrente de viento e ira que lo derribó y lo hizo rodar por el suelo de
piedra lisa hasta la boca de la caverna. «Muy débil.» Era solo una fracción del poder
que le había brindado su amplificador. Pero Juris cayó por el borde y desapareció; su
expresión de sorpresa fue como un bálsamo para el corazón de Zoya.
Un momento después, el dragón apareció, batiendo sus gigantescas alas.
—No me digas que he quebrantado tu voluntad al romper tu estúpida fruslería.
¿Sería así? Sin su amplificador, invocar su poder era como tantear en busca de
algo y calcular mal la distancia, como sentir que sus dedos se cerraban en el aire.
Siempre había sido poderosa, pero la vida del tigre le había otorgado su verdadera
fuerza. Y ahora había desaparecido. ¿Qué era Zoya… quién era sin el amplificador?
Si alguna vez conseguían escapar de aquel lugar, ¿cómo iba a ocupar de nuevo su
puesto de mando?
—Elige arma —dijo Juris.
—Estoy muy cansada para esto.
—Concédeme una lucha digna y podrás ir a esconderte donde más te plazca.
Elige arma.
—Yo soy el arma. —O más bien lo había sido—. No necesito mazas ni espadas,
—Muy bien —dijo Juris, cambiando al instante a su forma humana—. Ya la elijo
yo por ti. —Descolgó una espada de la pared y se la lanzó a Zoya.
Ella la atrapó a duras penas con ambas manos. Era demasiado pesada. Pero no
tuvo tiempo para pensar; Juris ya se abalanzaba hacia ella enarbolando un gran
mandoble.
—¿Qué sentido tiene esto? —preguntó mientras Juris le apartaba la hoja con un
golpe que le hizo temblar ambos brazos—. Nunca se me ha dado bien la esgrima.
—Te has pasado la vida escogiendo únicamente aquellos caminos que sabías que
podías dominar. Eso te ha vuelto perezosa.
Zoya esbozó una mueca y detuvo el siguiente golpe, intentando recordar las
enseñanzas de Botkin Yul-Erdene, hacía tanto tiempo. Habían practicado con
cuchillos y estoques, e incluso habían hecho tiro al blanco con pistola. Zoya había
disfrutado, sobre todo con el combate cuerpo a cuerpo, pero no había tenido motivos

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para pulir sus habilidades desde entonces. ¿Qué sentido tenía usar los puños cuando
podía hacer estallar una tormenta?
—No está mal —dijo Juris cuando Zoya esquivó una de sus estocadas con un
quiebro—. El uso de tu poder se ha vuelto demasiado sencillo para ti. Cuando luchas
de esta forma, tienes que concentrarte por completo en sobrevivir y dejas de pensar
en cualquier otra cosa. No puedes preocuparte de lo que ha pasado antes ni de lo que
pasará después, de lo que has perdido o lo que puedes ganar. Solamente existe este
momento.
—¿Y qué ventaja me da eso? —dijo Zoya—. ¿No es mejor ser capaz de predecir
lo que viene a continuación?
—Cuando tu mente se libera, se abre la puerta.
—¿Qué puerta?
—La puerta que conduce a la creación en el corazón del mundo.
Zoya fintó por la derecha y avanzó para anular la ventaja de Juris: su mayor
alcance.
—Eso ya lo hago al invocar —dijo, notando que empezaba a correrle el sudor por
la frente—. Es lo que hacemos todos los Grisha al utilizar nuestro poder.
—¿Ah, sí? —preguntó Juris, descargando un nuevo golpe. El choque del metal
era ensordecedor—. La tormenta sigue estando fuera de ti; la aceptas, pero al mismo
tiempo te guardas de ella. Aúlla al otro lado de la puerta. Sacude las ventanas. Quiere
que la dejes entrar.
—Eso no tiene sentido.
—Deja que entre la tormenta, Zoya. No la invoques. No la busques. Deja que ella
venga a ti. Deja que guíe tus movimientos. Dame un combate de verdad.
Zoya gruñó cuando la espada de Juris chocó contra la suya. Ya estaba sin aliento
y le dolían los brazos por el peso del arma.
—No soy lo bastante fuerte para vencerte sin emplear mi poder.
—No tienes que emplearlo. Tienes que serlo. La tormenta está en tus huesos.
—Deja. De. Decir. Tonterías—le espetó. No era justo. Juris la estaba obligando a
jugar a un juego en el que Zoya no podía ganar. Y Zoya siempre ganaba.
Muy bien. Si quería que luchara sin invocar, lo haría, y le vencería de todas
formas. Y así Juris tendría que agachar su fea cabezota por la humillación. Zoya
cargó contra él, rindiéndose al frenesí de la lucha, al desafío, ignorando el dolor que
le atenazaba los brazos cuando la espada de Juris chocaba contra la suya una vez tras
otra. Ella era más menuda y ligera, así que se mantuvo dentro de la guardia de Juris,
con el peso en las puntas de los pies.
La espada de Juris silbó al hacerle un corte en el brazo; el dolor era como una
quemadura. Zoya sabía que estaba sangrando, pero no le importó. Solamente quería
averiguar si él también podía sangrar.
Acometida. Desvío. Ataque. Reacción. Reacción. Reacción. Su corazón palpitaba
con la fuerza de un trueno. Sentía en su sangre el rugido del viento. Notaba que su

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cuerpo se movía antes de que ella se lo ordenara; el aire silbaba en sus oídos y a
través de ella. Su sangre estaba cargada de relámpagos. Soltó un tajo, y en el golpe
percibió la fuerza imparable del huracán, capaz de arrancar árboles de raíz.
La espada de Juris se partió.
—Ahí estás —dijo él con su sonrisa de dragón.
Zoya se quedó temblando, con los ojos abiertos de par en par. Había sentido cómo
se duplicaban sus fuerzas, cómo se triplicaban, cómo sus miembros se animaban con
la energía de un tornado. No debería ser posible, pero no podía negar lo que había
sentido ni lo que había hecho. La prueba estaba en la espada quebrada que yacía a sus
pies. Apretó la empuñadura de su arma. «La tormenta está en tus huesos.»
—Veo que finalmente tengo toda tu atención —dijo el dragón.
Zoya lo miró. Juris le había arrebatado su amplificador, había roto una parte de
ella. Pensaba hacerle pagar por ello… y sería el mismo Juris quien la ayudaría a
averiguar cómo.
—¿Me puedes enseñar más? —preguntó.
—Mucho más —dijo Juris.
Zoya volvió a colocarse en guardia y levantó la espada, que ahora le parecía tan
ligera como el aire.
—Pues será mejor que cojas una espada nueva.

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ADRIK ESTABA FURIOSO; decaído, pero furioso. Era como si una
toalla mojada fuese capaz de soltar una reprimenda.
—¿En qué pensabas? —le preguntó a Nina a la mañana siguiente. Habían salido a
pasear hacia la zona sur del pueblo, con Leoni y el trineo detrás, supuestamente para
comerciar con los cazadores y tramperos locales. Pero se detuvieron cerca de una
vieja cabaña de curtidores para que Adrik le explicara a Nina lo desastroso de su
comportamiento con algo de intimidad—. Te di una orden directa. No debías entrar
en acción, y desde luego no por tu cuenta. ¿Y si te hubieran capturado?
—No me han capturado,
Leoni se apoyó en el carro.
—Si Hanne no te hubiera echado una mano, lo habrían hecho. Ahora estás en
deuda con esa chica.
—Ya estaba en deuda con ella. Además, ¿habéis olvidado que es una Grisha? No
hablará, a menos que quiera ponerse en peligro ella también.
Adrik levantó la vista hacia la fábrica que dominaba el valle.
—Deberíamos destruir ese lugar. Sería un gesto de piedad.
—No —dijo Nina—. Tiene que haber un modo de sacar a las chicas.
Adrik la miró con aquella expresión deprimente, capaz de derretir las velas.
—Ya sabes lo que hace la parem. No van a recuperarse. Podemos darlas por
muertas.
—No seas cenizo —replicó Nina—. Yo me recuperé.
—De una sola dosis. Nos has dicho que esas chicas llevan meses tomándola.

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—Pero no es parem ordinaria. Los fjerdanos están probando algo nuevo, algo
distinto. Por eso Leoni se puso enferma, pero no manifestó la reacción completa. Y
por eso yo no he recaído en mi adicción.
—Nina…
Agarró por el brazo a Adrik.
—Ahora el Segundo Ejército sabe más sobre la parem que nosotros cuando la
tomé yo, Adrik. Están desarrollando un antídoto. Tal vez los Hacedores y los
Sanadores del Pequeño Palacio puedan ayudarlas.
Adrik se desembarazó de ella.
—¿Tú entiendes lo que has hecho, Nina? Aunque los fjerdanos concluyeran que
lo de anoche fue solo un malentendido, reforzarán la seguridad de la fábrica. Puede
que incluso avisen de la intrusión a sus superiores. Tenemos que marcharnos de aquí
mientras podamos, o nos arriesgamos a poner en peligro toda la red de Hringsa y
cualquier posibilidad de que Ravka aproveche la información que has recabado. Ni
siquiera te hiciste con una muestra de la droga que han desarrollado.
No había tenido la oportunidad, y en aquel momento estaba demasiado alterada
para pensar con claridad. Pero de ningún modo iba a permitir que las chicas de la
montaña pagaran por el error de Nina.
—No lo haré, Adrik. Dejadme aquí. Decidle al rey que he desertado.
—Esas mujeres van a morir. Puedes fantasear con finales felices si quieres, pero
sabes que es verdad. No me pidas que sacrifique las esperanzas de los vivos por el
consuelo de los muertos.
—No estamos aquí solo para reclutar soldados…
Los ojos azules de Adrik la fulminaron.
—Estamos aquí por orden del rey. Estamos aquí para asegurar el futuro de
nuestro pueblo. Ravka no sobrevivirá si no consigue más soldados, y los Grisha no
sobrevivirán sin Ravka. Yo vi al Segundo Ejército diezmado por el Oscuro. Sé lo que
hemos perdido y lo mucho que podemos perder aún. Tenemos que proteger la red. Se
lo debemos a todos los Grisha que viven con miedo.
—No puedo abandonarlas, Adrik. No pienso hacerlo. —«Ellas me han traído
aquí.» Gracias a ellas había podido dejar descansar por fin a Matthias. Las voces de
las muertas habían resucitado a Nina con sus súplicas. No pensaba defraudarlas—.
Leoni — suplicó—. Si tú estuvieras allí arriba, si estuviera un ser querido…
Leoni se sentó en el tronco de un árbol caído y contempló el fuerte.
—Leoni —dijo Adrik—, tenemos una misión que cumplir. No podemos ponerla
en riesgo.
—Callaos los dos —dijo Leoni—. No me vais a persuadir con palabras. —Cerró
los ojos y giró el rostro hacia el sol invernal. Un rato después, continuó—: Os dije
que casi morí cuando era niña, pero nunca os conté que fue por beber agua
envenenada de un pozo. La curandera zowa que me ayudó pereció al salvarme la
vida. Murió al extraer el veneno de mi cuerpo. —Leoni abrió los ojos, con una triste

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sonrisa en los labios—. Como os dije, los venenos son complejos. Por eso ahora llevo
dos joyas. —Acarició con los dedos las piedras doradas entrelazadas en sus cabellos,
en el lado izquierdo de su cabeza—. Topacio por la fuerza, por mi madre que me dio
la vida y me crio para ser una luchadora. —Giró ligeramente la cabeza y la luz se
reflejó en las tres gemas púrpuras que le pendían del lado derecho—. Y amatista por
Aditi Hilli, la Hacedora que me devolvió la vida cuando fui descuidada y estuve a
punto de perderla.
—¿Hilli? —dijo Adrik—. ¿Erais parientes?
—No, adopté su apellido y juré honrar su sacrificio, hacer algo con la vida que
me había regalado. —Señaló la fábrica con la barbilla—. Si no estamos aquí para
salvar a esas chicas, ¿para qué?
Adrik suspiró.
—Ya sabes que yo estoy al mando. Aquí no hay votaciones.
Leoni sonrió, con aquella sonrisa suya, tan radiante como un millar de
amaneceres. Adrik se quedó sin aliento, como si acabaran de darle un puñetazo en el
vientre.
—Ya lo sé —dijo ella—. Pero también sé que tú luchaste al lado de Alina
Starkov. Un demonio de sombras te arrancó el brazo y aun así seguiste luchando. No
has venido a este país para ir sobre seguro, Adrik.
—Leoni —dijo Nina—. ¿Has probado los gofres de Kerch?
Leoni alzó las cejas.
—No.
—Pues te voy a preparar una montaña de gofres tan alta que tendrás que escalarla.
—No sabía que supieras cocinar.
—Y no sé. Para nada. Pero se me da muy bien conseguir que otros cocinen para
mí.
Adrik se recolocó la manga vacía.
—Sois imposibles. Y culpables de insubordinación.
Leoni ensanchó la sonrisa.
—Somos maravillosas y lo sabes.
—Muy bien —resopló Adrik—. Ya que ambas estáis decididas a hacer peligrar
nuestra misión, ¿cómo pretendéis que saquemos a un grupo de bebés y embarazadas
de este pueblo lamentable y los llevemos hasta un puerto en mitad de la noche?
Nina alzó la vista hacia la montaña, hacia la carretera de la fábrica que se
extendía como una lengua larga y glotona, hacia la garita de los guardias al pie del
edificio, la primera línea de seguridad de los soldados que trabajaban más arriba.
Recordó las lecciones que había aprendido en Ketterdam, cuando no se asociaba con
soldados honorables sino con embusteros, matones y ladrones. «Siempre hay que
golpear el blanco cuando este no mira.»
—Muy sencillo —contestó—. Lo haremos en pleno día. Y nos aseguraremos de
que nos vean venir.

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Nina temía que Hanne no hiciera acto de presencia en su siguiente lección, ya fuera
porque la Madre del Manantial se lo prohibiera o porque ella misma no quisiera
volver a hablar con Nina. Pero Nina decidió ir al aula de todas formas.
De camino, pasó por las cocinas, se hizo con más sobras y salió al bosque para
dejarle otro plato a Trassel. Nina se detuvo un momento para poner en orden sus
pensamientos, agradeciendo la quietud de los árboles y respirando el aroma de la
savia, el aire frío que todavía olía a nieve reciente. Reconocía que su incursión en la
fábrica había sido catastrófica, pero eso no cambiaba lo que estaba sucediendo en la
montaña ni la oportunidad que se le presentaba. Sentía que estaba iniciando algo que
iba más allá de los horrores de aquella montaña, que había algo más que debía hacer.
—Pero ¿el qué? —murmuró.
—¿Enke Jandersdat?
Le faltó poco para agarrarse de un brinco a la rama más cercana. Había una joven
cerca de la linde del bosque, jugueteando nerviosamente con las faldas de su delantal
azul claro. Nina tardó un buen rato en darse cuenta de que ya había visto antes a
aquella novicia, pero vestida de soldado fjerdano en las orillas del río. ¿Habría oído a
Nina hablando en ravkano?
—¿Sí? —dijo Nina.
—No era mi intención sobresaltarla.
— Me viene bien un poco de emoción —dijo Nina, como si la noche anterior no
hubiera saltado por una ventana y huido montaña abajo para salvar su vida. La
muchacha era rubia, con la piel del color de un melocotón temprano. No parecía
suspicaz, solo nerviosa.
—Quería darles las gracias a usted y a los comerciantes zemeni por no decir nada
de… lo que vieron en el río. Ni siquiera después de lo que le pasó a Grette.
Grette… Debía de referirse a la chica que había muerto tras la exposición al agua.
—Ya era tragedia suficiente —dijo Nina.
La chica se estremeció, como si la muerte se hubiera acercado demasiado.
—Su madre vino a llevarse su cuerpo. Fue terrible. Pero si su familia hubiera
sabido cómo se hizo las heridas, la humillación…
—Lo comprendo —dijo Nina, antes de arriesgarse a preguntar—: ¿Piensas salir
de nuevo?
—Claro que no —dijo la muchacha con franqueza, casi suplicando—. Jamás.
Nina la creyó.
—Dime —dijo—. ¿Fue idea de Hanne lo de robar los uniformes?
Hanne era una pieza fundamental del plan de Nina. Cuanto más la conociera,
mejor. Y también sentía curiosidad, para qué negarlo.
La chica se mordió el labio inferior.
—Pues… eh…

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—No le diré nada a la Madre del Manantial. Si os delatara ahora, se preguntaría
por qué he tardado tanto en avisarla. Sería malo para todo el mundo.
Aquello pareció tranquilizar a la muchacha.
—Hanne… Hanne corre riesgos que no debería. —Una leve sonrisa afloró a sus
labios—. Pero resulta difícil no querer seguirla.
—¿Salís con ella a menudo?
—Solamente cuando ella nos lo permite.
—Se arriesga mucho a cambio de un poco de libertad.
—No lo hace solo por eso —dijo la chica—. Hanne… A veces viene gente al
convento en busca de ayuda, y la Madre del Manantial no se la brinda… por razones
de peso, claro.
—Claro. ¿Qué clase de gente?
—Familias que no pueden permitirse otro par de brazos cuando alguien cae
enfermo. —La muchacha se sonrojó—. Mujeres solteras que… se meten en líos.
—¿Y Hanne les ayuda? —preguntó Nina, sorprendida. ¿Aquella chica rebelde y
nervuda con un rifle al hombro y un puñal en la cintura? Le costaba imaginárselo.
—Ya lo creo —dijo la muchacha—. Tiene un don para ello. Ha salvado más de un
caso desesperado con sus cuidados, e incluso ha asistido en partos, como el de un
bebé que estaba del revés en el vientre de su madre.
«Es una Sanadora», comprendió Nina. «Está usando su poder y ni siquiera lo
sabe.» Recordó a Hanne hablando sobre las demás novicias: «Para ellas es solo un
juego infantil, una oportunidad de disfrazarse y hacer algo prohibido». Nina creía
haberla entendido, pero se equivocaba.
—Si usted nos hubiera delatado —dijo la chica—, Hanne habría tenido que
dejarlo. Y la Madre del Manantial…
—No diré ni una palabra —dijo Nina—. No creo que Djel vea con malos ojos
tanta bondad.
—No —dijo la muchacha, pensativa—. Yo tampoco.
—Siento lo de tu amiga Grette.
—Y yo también. —La chica arrancó un puñado de agujas de pino de una rama—.
A veces… tengo la impresión de que Gäfvalle no quiere que estemos aquí.
—¿Te refieres al convento?
Ella negó con la cabeza, con la mirada perdida.
—A las chicas… a nosotras.
Nina quiso indagar más, pero una campana empezó a repicar en la capilla.
La chica hizo una fugaz reverencia.
—Que Djel la guarde, Enke Jandersdat —dijo, y se marchó apresuradamente a
sus clases.
Nina siguió sus pasos; no quería llegar tarde si Hanne decidía finalmente asistir a
clase. Adrik ya había enviado un mensaje a la red de Hringsa de Hjar para asegurarse
de que un barco les estuviera esperando… si es que conseguían ingeniárselas para

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sacar a las mujeres de la fábrica. Pero si Hanne no aparecía hoy, Nina tendría que ir a
buscarla y congraciarse de nuevo con ella. Necesitaba a Hanne para el plan que tenía
en mente, y si era totalmente sincera consigo misma, tampoco le gustaba la idea de
que Hanne estuviera enfadada con ella.
Acababa de escribir en la pizarra la mitad de la lección de vocabulario zemeni del
día, y empezaba a pensar que era un esfuerzo inútil, cuando Hanne apareció en la
puerta del aula. Nina no estaba preparada para la cólera que irradiaba la chica. Hanne
permaneció silenciosa y furiosa en el umbral mientras Nina estrujaba la tiza,
intentando pensar en algo conciliador. Los ojos cobrizos de Hanne parecían chispas
encendidas sobre sus mejillas, pero Nina sabía por experiencia que «Estás muy guapa
cuando te enfadas» nunca era un buen comienzo.
—Creía que no vendrías —dijo.
—La Madre del Manantial dice que puedo retomar mis lecciones, porque no
quiere que esté ociosa.
—Eso es…
—No he dicho que quiera continuar—susurró Hanne con furia—. ¿Qué hacías en
la fábrica? Y quiero la verdad.
«Ojalá pudiera dártela. Toda la verdad.» Pero, pese a lo que había averiguado tras
su conversación con la novicia en el bosque, no confiaba tanto en Hanne. Todavía no.
Nina le hizo un gesto para que entrara, cerró la puerta y apoyó la espalda en ella.
Se había pasado toda la noche pensando en cómo responder a las preguntas de Hanne.
—¿Recuerdas que te hablé de mi hermana? —preguntó Nina—. ¿La que se casó y
vive en el sur? —Hanne asintió—. Pues la han atrapado.
Hanne apretó los puños.
—Pero dijiste que…
—No sé cómo ocurrió, pero el caso es que la sorprendieron utilizando su poder
Grisha, y los drüskelle la prendieron.
—¿Y su marido?
—También lo prendieron, y lo han ejecutado por guardar el secreto. Creo que han
traído a Thyra aquí.
—¿Han traído a tu hermana a una fábrica de municiones?
—La fábrica no es lo que parece. Los soldados tienen chicas Grisha encerradas en
el ala abandonada del fuerte. Están haciendo experimentos con ellas. La Madre del
Manantial les está ayudando, junto con varias Doncellas del Manantial.
Hanne se cruzó de brazos.
—Jamás harían algo así. Los Grisha descubiertos son juzgados en la Corte de
Hielo.
En juicios donde nunca eran declarados inocentes y siempre eran sentenciados a
muerte. Pero rara vez se ejecutaba la sentencia. En su lugar, Jarl Brum encarcelaba en
secreto a esos Grisha y les administraba dosis deparetn.

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—A estas alturas creo que sabes de sobra de qué es capaz la gente, Hanne. Dime
una cosa: ¿han estado desapareciendo niñas y mujeres de Kejerut? ¿De Gäfvalle? ¿De
todas las ciudades fluviales?
—¿Desapareciendo? —dijo Hanne en tono de burla.
—¿Cómo han explicado las desapariciones? —insistió Nina—. ¿Enfermedades?
¿Viajes repentinos? ¿Animales salvajes? ¿Bandoleros?
—Todas esas cosas pasan. La vida aquí es así. Fjerda es un lugar duro. —Su tono
era defensivo, pero también orgulloso.
Sin embargo, Nina creyó ver un leve titubeo y un destello de miedo en el rostro
de Hanne.
—Tú has visto la Corte de Hielo, Hanne.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—¿De verdad crees que fue construida por manos humanas? ¿Y si fue obra de los
Grisha? ¿Y si Fjerda necesita a los Grisha tanto como los odia?
Y mientras Nina hablaba, pensaba en las nuevas armas que había estado
desarrollando el ejército fjerdano, sus repentinos avances tecnológicos. Como si
estuvieran trabajando con Hacedores. Tal vez no hubieran encontrado el modo de
utilizar la parem como un arma, pero sin duda habían descubierto formas nuevas de
explotar a los esclavos Grisha.
Hanne se mordió el labio y miró por la ventana del aula. Tenía pecas en el puente
de la nariz, pero no eran doradas como las de Adrik, sino rosadas, del color de los
persimones maduros.
—Aquí había una chica… —dijo con indecisión—. Ellinor, una novicia. Era muy
reservada. Una mañana desapareció sin dejar rastro. Las hermanas nos dijeron que
había conseguido una oferta de matrimonio y se había marchado a Djerholm. Pero
ese día, cuando me escabullí hasta el bosque para cabalgar, vi a la Madre del
Manantial. Estaba quemando las pertenencias de Ellinor.
Nina se estremeció. ¿Se encontraría Ellinor en la «maternidad»? ¿O ya estaría en
alguna de las tumbas de la montaña?
—Y una mujer que vivía de camino a Kejerut —dijo lentamente Hanne, como si
se debatiera contra sus palabras—. Sylvi Winther. Acababa de… de superar una grave
enfermedad. Se estaba recuperando. Su marido y ella hicieron el equipaje y se
marcharon sin avisar.
¿Sería una de las mujeres a las que Hanne había atendido en secreto? ¿Habría
salido a caballo una fría tarde, llamado a su puerta y descubierto que Sylvi y su
marido habían desaparecido sin más?
—Sé que te han enseñado a odiar a los Grisha, Hanne… a odiarte a ti misma.
Pero lo que la Madre del Manantial y los soldados les están haciendo a esas mujeres
es imperdonable.
Hanne ya no parecía enfadada. Parecía aturdida y asustada.
—¿Y qué podemos hacer nosotras al respecto?

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Nina pensó en Matthias tendido entre sus brazos, sangrando. Pensó en las
muchachas alineadas como muñecas contrahechas en las tinieblas del viejo fuerte.
Pensó en Hanne, encorvando los hombros como si con ello pudiera volverse
invisible.
—Salvarlas —dijo Nina—. Salvarlas a todas.

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ISAAK ESTABA SENTADO en el trono ravkano, fabricado en oro
tsibeyano por el legendario Hacedor Eldeni Duda y coronado por una enorme águila
bicéfala; en él habían asentado las posaderas incontables generaciones de Lantsov. Y
lo único en lo que podía pensar Isaak era en las ganas que tenía de ir al servicio.
Llevaban dos horas de presentaciones, discursos y entregas de obsequios por
parte de las delegaciones recién llegadas. Isaak reparó en que muchos de los
presentes en aquel caluroso salón del trono estaban agotados de tanto estar de pie; los
actos protocolarios parecían aburrirlos. Pero Isaak estaba totalmente despierto, y lo
habría estado aunque no hubiera tenido la amenazadora presencia de Tolya Yul-
Bataar a su izquierda y de Tamar Kir-Bataar.
Isaak no tenía que hacer mucho más que dar las gracias cuando le entregaban un
elegante par de revólveres nuevos de Novyi Zem o un cofre de lapislázuli de Kerch,
lleno de gemas talladas en forma de pajaritos. Pero, pese al artificio de los presentes y
los halagos, Isaak sabía que los enemigos acechaban en aquella estancia llena de
aliados. ¿Quién era un potencial recurso para el rey? ¿Quién deseaba dañarlo?
Isaak sonrió a la delegación fjerdana, todos altos, rubios y regios, con sus esbeltos
cuerpos y resplandecientes vestiduras de color blanco y gris claro, como si acabaran
de brotar del propio hielo. Aceptó las perlas marinas que le regalaron y recordó las
dos balas fjerdanas que le habían extraído del muslo después de Halmhend. Los
fjerdanos habían apoyado al Oscuro durante la guerra civil. Eran parcialmente
responsables de la muerte de Vasily, el hermano mayor del rey. Habían investigado a
todos los miembros de la delegación, pero seguían existiendo riesgos. Al menos el
oficio de guardia de Isaak le había preparado para esa clase de amenazas.

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La comitiva shu estaba enteramente compuesta por mujeres. La princesa Ehri Kir-
Taban vestía sedas de color verde esmeralda bordadas con hojas de plata, y llevaba su
cabello largo y oscuro recogido con peinetas enjoyadas. Se decía que era la menos
hermosa pero la más querida de las cinco princesas. Las Tavgharad marchaban detrás
de su protegida, con la misma expresión dura y ausente que Isaak había terminado
dominando durante su trabajo en palacio. Pero aquellas no eran soldados ordinarias.
Eran guerreras de élite, adiestradas desde niñas para servir a la dinastía Taban.
Vestían uniformes negros, y en la hombrera izquierda un granate tallado en forma de
pico de halcón abierto. Llevaban el cabello bien recogido y unos gorros negros de
corte cuadrado, ladeados sobre la cabeza. Tamar había dicho que una de ellas tenía
intención de desertar. «Pero ¿cuál?», se preguntó Isaak, escudriñando sus rostros. Sí
que parecían halcones, con aquellas bocas adustas y aquellos ojos dorados y
centelleantes. ¿Por qué iba una de ellas a darle la espalda a su país y a traicionar a las
mujeres para cuya protección había sido entrenada? ¿De verdad una pretendía
desertar, o se trataría de alguna trampa contra el rey? La princesa se tambaleó un
poco durante la reverencia; el leve brillo del sudor centelleó sobre su labio superior, e
Isaak se fijó en que el rostro de la guardia que estaba justo detrás de ella se endurecía
todavía más. Sabía que no debía hacerlo, pero sintió lástima por la princesa mientras
esta se erguía de nuevo y sonreía temblorosamente. Isaak empezaba a experimentar lo
que significaba pertenecer a la realeza, y no le gustaba en absoluto.
Isaak no había entendido en realidad lo que supondría llevar el rostro del rey y
ponerse en su lugar. Tolya y Tamar se habían llevado en secreto a Isaak del palacio la
noche anterior, a la mansión del conde Kirigin. Le habría gustado visitar los terrenos
del infame Pantano de Oropel, pero al amanecer, una vez vestido con el uniforme
verde oliva que tanto le gustaba al rey Nikolai, lo habían subido a lomos de un
hermoso capón blanco y el grupo había regresado a la ciudad para aparentar su
llegada a la capital. Se había unido a ellos un grupo de guardias y soldados con
uniforme militar: la comitiva del rey. Esa había sido la primera prueba de Isaak. Pero
todos se habían limitado a inclinarse ante él o a saludarlo. Había cabalgado por la
campiña y recorrido la zona baja de la ciudad, bien protegido entre los gemelos
Bataar y un grupo de soldados Grisha entre los que se encontraba Nadia, la mujer de
Tamar.
Se había acordado entonces de la primera vez que había visto Os Alta, de lo
sobrecogido que se había quedado al ver su ajetreo y sus dimensiones. Su aspecto no
había cambiado, ahora que la veía con los ojos de un rey.
—Deja de hacer eso —le susurró Tolya.
—¿El qué?
—Mirarlo todo con la boca abierta como si fueras un cateto —dijo Tamar—.
Tienes que contemplar el mundo como si te perteneciera.
—Porque eres el rey, y te pertenece —agregó Tolya.
—Como si me perteneciera —repitió Isaak.

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—Podrías ordenar que incendiaran hasta los cimientos esta ciudad y todos sus
edificios.
¿Esperaban que eso le hiciera sentir mejor?
—Supongo que alguien intentaría impedírmelo, ¿no?
—Sí, alguien podría intentarlo —dijo Tamar—. Y seguramente lo ahorcarían por
ello.
Isaak se estremeció.
—Al menos sabe montar como es debido —gruñó Tolya.
Pero Isaak también se las apañó para meter la pata en ese aspecto, porque un rey
no bajaba de un salto de su caballo y lo llevaba de las riendas hasta los establos; un
rey esperaba a que llegara el palafrenero. Un rey le pasaba las riendas con una
sonrisa, le saludaba con la frente y le decía «Muchas gracias, Klimint» o «¿Cómo va
esa tos, Lyov?». Porque claro, Nikolai Lantsov conocía el nombre de todos los
sirvientes del palacio. Habría sido más sencillo con un monarca más perezoso.
A Isaak le asustaba que todos lo miraran tanto. Isaak era un don nadie, un soldado
raso del Primer Ejército y más tarde un guardia de palacio. En la parte baja de la
ciudad, la gente se dirigía a él con respeto o resentimiento en cuanto veían su
uniforme. Recordó el orgullo que había sentido al ponerse el uniforme blanco y
dorado por primera vez, la extraña experiencia de que todos se apartaran de su
camino o le ofrecieran un vaso gratis de kvas, mientras que otros escupían en la calle
y maldecían entre dientes cuando los veían a él y a sus camaradas. No se parecía en
nada a lo que sentía ahora. ¿Miraba él al rey igual que aquellas gentes lo miraban
ahora, embargados por la gratitud y la admiración más sinceras? ¿Y los otros, los que
miraban al rey con suspicacia y, a veces, con un miedo rotundo?
—¿Por qué se me quedan mirando así? —susurró—. ¿Qué esperan ver?
—Ya no eres un hombre —dijo Tamar—. Ahora eres un ejército. Eres el águila
bicéfala. Eres toda Ravka. ¿Cómo quieres que no te miren?
—¿Y ellas? —dijo Isaak, señalando con la frente una de las ventanas por las que
se asomaban varias jóvenes, engalanadas con sus mejores vestidos, el cabello rizado
y las mejillas y los labios maquillados—. El rey no… no es de los que cortejan a las
plebeyas, ¿verdad?
—No —dijo Tolya—. Nikolai no es un hombre que se aproveche de su posición.
—¿Y qué esperan conseguir entonces?
Tamar se echó a reír.
—Seguro que has leído esos viejos cuentos de príncipes que se enamoran de
plebeyas y de reyes que se desposan con campesinas. Nikolai no está casado. ¿Puedes
reprocharles que alberguen la esperanza de llamar su atención? ¿De que Nikolai se
enamore perdidamente y al instante de la belleza de una joven, de su cuello de cisne o
de su cabello cobrizo, como es costumbre entre los reyes de los cuentos?
—No hace falta que estudies con tanta atención todo lo que ofrece la parte baja de
la ciudad —dijo Nadia con brusquedad.

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Tamar no se disculpó, pero sonrió con complicidad a Nadia, cuyas mejillas se
ruborizaron.
—Aunque eche un vistazo a las mercancías llamativas, sé reconocer la buena
calidad cuando la veo.
En el salón del trono, Isaak contempló la estancia abarrotada y se preguntó si
podría salir corriendo hasta los establos, montar en aquel bonito caballo blanco y
galopar hasta que lo capturaran o le pegaran un tiro.
Tolya le dio un discreto puntapié al trono, e Isaak se dio cuenta de que tenía que
tomar la palabra. Se levantó.
—Amigos… —le tembló la voz, y vio que Genya cerraba los ojos con gesto de
dolor. Carraspeó y lo intentó de nuevo—: Amigos —dijo en ravkano, antes de repetir
la palabra en shu, zemeni y fjerdano—, os doy la bienvenida a Ravka y os agradezco
que hayáis dado este pequeño paso hacia una paz que espero sea beneficiosa y
fructífera para todos nosotros. En este momento no somos naciones; somos amigos
que comerán juntos —Isaak se interrumpió un instante, tal y como le habían
enseñado, y dejó que la sonrisa libertina de Nikolai asomara un instante— y beberán
juntos. Que esta noche señale el inicio de una nueva era. —«Y que pueda cenar sin
atragantarme con una chuleta ni provocar una guerra.»
Isaak asintió, se abrieron las puertas que había a ambos lados del trono y la
multitud despejó un camino para dejarle pasar.
Ni siquiera había llegado al comedor cuando se produjo el desastre. Los lacayos
abrieron las puertas e Isaak, concentrado en lo mucho que le sudaban las manos
debajo de los guantes, hizo lo que le habían enseñado a hacer, lo que llevaba años
haciendo: se echó a un lado, se cuadró en posición de firmes, con esa mirada perdida
que le habían enseñado sus mayores, además del método correcto para lustrarse las
botas y la técnica adecuada para coserse un botón, ya que «no está bien molestar a los
sirvientes por gente como nosotros».
Los guardias siempre dejaban paso a aquellos de mayor rango, y en un palacio
casi cualquiera tenía más rango que él, incluidos muchos de los sirvientes mejor
valorados. Pero nadie tenía mayor rango que el rey de Ravka.
Isaak oyó el coro de gritos ahogados, y tuvo la repentina y vertiginosa sensación
de que el suelo se derretía bajo sus pies, de que caería sin parar hasta estrellarse. Y
cuando lo hiciera, Genya se acercaría y le daría un puntapié con su escarpín.
—¿Majestad? —dijo la princesa shu; le correspondía entrar la primera en el
comedor, ya que su delegación había sido la última en presentarse. Parecía tan presa
del pánico como Isaak.
El primer impulso de Isaak fue buscar con la mirada a alguien, a quien fuera, para
que le ayudara, para que le dijera qué hacer. «No te asustes. Los reyes no se asustan.
Pero tú no eres rey. Aún estás a tiempo de saltar por la ventana.»
Hizo una breve reverencia y aprovechó esos segundos para formar una sonrisa
rebosante de confianza.

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—Esta noche soy anfitrión antes que rey.
—Por supuesto —dijo la princesa, aunque parecía totalmente desconcertada.
El resto de los invitados fueron desfilando; algunos parecían divertidos, otros
complacidos y otros descontentos. Isaak permaneció allí plantado, con una sonrisa
inquebrantable y el mentón bien alto, como si aquello fuera una prueba para la
próxima reina de Ravka.
Cuando el último de los dignatarios extranjeros pasó al comedor, entraron Genya
y David. Genya parecía serena, pero Isaak reparó en el rictus de su boca. David
parecía tan distraído como siempre.
—No te preocupes —dijo Genya—. Lo estás haciendo de maravilla.
David frunció el ceño con expresión pensativa.
—Entonces, cuando has dicho «Menudo fiasco»…
—Era una forma de hablar.
—Pero…
—Cállate, David.
—¿Tan horrible ha sido? —susurró Isaak, desolado.
Genya esbozó algo ligeramente parecido a una sonrisa.
—En el mejor de los casos, los invitados creerán que Nikolai es excéntrico; en el
peor de los casos, que está loco de atar.
«¿Solo por una leve infracción del protocolo?» Isaak hizo lo posible por no
mostrar su turbación mientras se sentaba y daba comienzo el banquete. En una cena
formal había un millar de normas distintas a las que atenerse, pero se habían saltado
unas cuantas esa primera noche al servir a sus invitados un festín ravkano, con
música de violines y baile.
La velada transcurrió sin imprevistos, e Isaak dio gracias por ello a todos sus
Santos, aunque se produjo un momento de tensión cuando el embajador fjerdano se
interesó por la extradición de Nina Zenik.
Genya se apresuró a responder que la joven Grisha llevaba casi dos años en
misión comercial en Kerch.
—Una excusa poco creíble —insistió el embajador.
Genya le dio un golpe a Isaak por debajo de la mesa, y este sonrió amablemente
al embajador.
—Tengo el estómago demasiado lleno para hablar de diplomacia. ¿Podemos
esperar al sorbete, por lo menos?
En un momento dado, Tolya se inclinó sobre Isaak y le murmuró al oído:
—Comed, Majestad.
—Todo me sabe a catástrofe —susurró él.
—Pues echadle sal.
Isaak consiguió masticar y tragar algunos bocados, y poco después, para su
sorpresa, la cena concluyó.

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Los huéspedes se retiraron a sus aposentos, y Tolya y Tamar acompañaron a Isaak
hasta la alcoba real por los pasadizos traseros que estaban reservados al rey.
Pero justo cuando estaban a punto de entrar, Tolya puso su enorme mano en el
pecho de Isaak.
—Esperad. —Olfateó el aire—. ¿Oléis eso?
Tamar levantó la nariz y se aproximó con precaución a la puerta.
—Ajo —dijo—. Gas arsano. —Llamó a un guardia con un gesto—. Trae a un
Vendaval y a David Kostyk. Han puesto una trampa en la puerta.
—¿Un gas venenoso? —dijo Isaak mientras los gemelos se lo llevaban lejos de la
alcoba real.
Tolya le dio una palmada en la espalda.
—Enhorabuena —le dijo con una sonrisa funesta—. Debes de haberles resultado
convincente si ya hay alguien que intenta matarte.

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A NIKOLAI LE ESTABA COSTANDO acostumbrarse a sus
aposentos, a aquella extraña mezcla de arena y piedra. Perfectamente podría haberse
tratado de una alcoba de su propio palacio, bien equipada aunque algo anticuada, de
no haber sido por la ausencia de color, por la textura uniforme. Parecía un lugar visto
desde lejos, a través de la bruma. La única excepción era la cama: un lecho
absurdamente romántico de rosas rojas, que supuso obra de Elizaveta. Se tumbó
sobre ella, decidido a descansar, pero no logró conciliar el sueño. ¿Surgiría el
monstruo si se dormía? ¿Intentaría cazar en aquel lugar desolado?
Nikolai estaba agotado, y sin embargo parecía que su cuerpo hubiera perdido toda
noción del tiempo. Habían partido hacia la Sombra a media mañana, pero en aquel
crepúsculo permanente era imposible estar seguro de si habían pasado días u horas.
Tenía la sensación de que el tiempo se le escurría entre los dedos. «No comemos. No
dormimos. No recuerdo lo que es sudar, pasar hambre ni soñar.» Los Santos, o lo que
fueran aquellas criaturas, llevaban siglos atrapados allí. ¿Cómo se las habían
arreglado para no perder la cabeza?
Nikolai cerró los ojos. Aunque no pudiera dormir, intentaría poner en orden su
mente. El demonio no hacía más que minar su confianza, y la extraña experiencia de
haber sido arrancado de su propia realidad y arrojado a otra distinta no le ayudaba
nada. Pero era un rey, y tenía que reflexionar sobre el futuro de todo un país.
Tolya y Tamar habían visto como Nikolai y Zoya se desvanecían con Yuri en la
tormenta de arena. ¿Qué habrían hecho después? Buscarlos, y después inventarse una
historia falsa y dejar a aquellos aprendices de Vendaval a buen recaudo, donde no

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pudieran contar nada. Los gemelos informarían a Genya y David de su
desaparición… En ese punto, su imaginación empezaba a flaquear. ¿Qué medidas
tomarían? Si hubiera tenido la oportunidad de trabajar con Isaak o con los demás
candidatos para su suplantación, habrían tenido esa opción. Pero intentar algo así con
tan poco tiempo para prepararse… Nikolai sí estaba tan loco como para intentarlo,
pero Genya y los demás eran demasiado sensatos para arriesgarse a semejante
desastre.
Todavía había tiempo para salvar el festival, su maniobra con los kerch y todo lo
demás… si los Santos cumplían su promesa. Y si Nikolai sobrevivía a la Espina
Ardiente. Así, Ravka tendría al menos una oportunidad de luchar. Nikolai volvería a
ser el mismo. Su mente le pertenecería solamente a él.
Tendría que encontrar una esposa de inmediato, formalizar la alianza en la que
tanto insistía Zoya. Casarse con una desconocida. Una actuación protocolaria con la
que no ganaría una verdadera compañera. Tendría que seguir fingiendo el resto de su
vida. Suspiró. Aquel lugar le ponía de mal humor.
Nikolai se incorporó en la cama. Había oído un ruido fuera, una respiración
ruidosa. Al abrir la puerta, no vio nada hasta que bajó la mirada: un osezno le arañaba
con curiosidad los pantalones con sus pequeñas y brillantes garras. Tenía el pelaje
tupido y reluciente, y en vez de patas traseras tenía dos ruedas, cuyos radios se
parecían muchísimo a unas falanges de hueso. La imagen era tan encantadora como
extraña.
El osezno volvió a tirarle de los pantalones, y Nikolai lo siguió hasta la cámara
central. Solo entonces vio el cuerpo enorme y cambiante de Grigori recostado contra
la pared.
—Perdóname —dijo Grigori, hablando esta vez con tres bocas que aparecían en
rostros desdibujados antes de disolverse—. Hemos estado solos mucho tiempo, y no
me siento cómodo en los espacios cerrados.
Nikolai señaló las paredes de arena gris.
—¿No puedes alterarlas?
—Ahora son vuestros aposentos. Me parece… una grosería.
El oso rodeó el perímetro de la sala, chocando contra las puertas de las
habitaciones de Zoya y Yuri.
—Tu compinche es encantador.
—La creación me resulta relajante, y sé que a los otkazat'sya os resulta mucho
más fácil presenciar lo monstruoso bajo formas concretas.
Nikolai se quedó en silencio, sin saber muy bien qué protocolo había que seguir
en presencia de un Santo.
—¿Por eso estás escondido en un rincón?
—Sí.
—Por favor, por mí no lo hagas. Se dice por ahí que yo también tengo un don
para lo monstruoso.

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Las múltiples cabezas de Grigori rieron discretamente, formando un coro de
Grigoris risueños.
—Ya no puedo controlar la forma que adopto. Antaño estábamos solo el oso y yo,
pero ahora, cada vez que en mi mente entra un pensamiento, mi cuerpo se apresura a
ir a su encuentro. Es agotador.
Grigori se contrajo y, por un instante, Nikolai vio la silueta de un hombre de ojos
bondadosos y cabello oscuro y rizado.
Llevaba una piel de oso sobre los hombros, y la cabeza del animal sobre la
suya… pero entonces el oso se movió; era como si hombre y oso fueran uno solo,
unidos.
—No sé si debería mencionarlo —dijo Nikolai—. Pero me habían dicho que la
piel del oso que te mató está en la cámara de la capilla real de Os Alta. La llevé
puesta durante mi coronación.
—Me temo que alguien vendió una falsificación a tus sacerdotes —dijo Grigori, y
la piel del oso volvió a temblar sobre sus hombros—. Ese oso nunca murió, y yo
tampoco morí realmente.
—¿Se convirtió en tu amplificador?
—No es tan sencillo—dijo Grigori mientras volvía a dividirse en un cuerpo
mayor, una marea de brazos y piernas.
—Creo que recuerdo tu historia. Eras un curandero.
Un joven curandero, famoso por remediar los casos más desesperados. Había
sanado al hijo de un noble, enfermo de plaga; el doctor del noble, seguramente por
miedo a perder su trabajo, había acusado a Grigori de emplear magia negra. Grigori
había sido expulsado a los bosques para que lo despedazaran las fieras, pero se había
fabricado una lira con los huesos de los que habían entrado en el bosque antes que él,
y había tocado una canción tan reconfortante que los osos del bosque se habían
tendido a sus pies. Al día siguiente, cuando Grigori salió ileso del bosque, los
soldados del noble le ataron las manos y lo enviaron de vuelta. Incapaz de tocar su
lira, Grigori fue destrozado por los mismos osos que una noche antes habían dormido
a sus pies. Una lectura macabra para un joven príncipe. Era un milagro que Nikolai
hubiera podido conciliar el sueño durante su infancia.
—Era un curandero —admitió Grigori, y sus múltiples piernas flexionaron las
rodillas, como si fuera a apoyar en ellas otros tantos mentones—. Pero hice cosas que
tal vez no debería haber hecho. Fabriqué bebés para madres que no tenían ninguno.
Fabriqué esposas para hombres que deseaban tener una. Fabriqué un gran soldado de
cuatro metros de alto, con puños como rocas, para proteger el castillo de un conde.
—Cosas dignas de cuentos infantiles —dijo Nikolai, recordando los cuentos sobre
brujas y golems de jengibre que le contaban sus niñeras.
—Ahora lo son, sí. Pero por entonces… no me importaban los límites que regían
mi poder. El merzost era una tentación demasiado grande. Apenas pensaba en si debía
hacer algo, solo en si podía hacerlo.

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—Esa clase de poder es impredecible —dijo Nikolai, citando a David.
Grigori volvió a reír discretamente, con un ruido triste y apagado, mientras una
serie de nuevas cabezas se agrupaban con expresión apenada.
—La muerte es sencilla. Pero el nacimiento, la resurrección… La obra de la
creación pertenece tan solo al Primer Hacedor. Jugué con merzost y perdí el control
de mi propia forma. Así que me volví ermitaño, al menos durante una temporada. Por
supuesto, con el tiempo la gente me buscó, ansiosa por aprender mis secretos, por
mucho que les turbara ver mi aspecto. Siempre nos sentimos atraídos hacia la
tentación del poder, sea cual sea su precio. Me llamaron el Hacedor de Cuerpos.
Instruí a centenares de alumnos; les enseñé a usar sus dones para la curación y el
combate. Se aventuraron por el mundo y todos ellos llevaron mi nombre, o uno
parecido.
—Los Grisha —dijo Nikolai, sorprendido. Grigori había entrenado a los primeros
Sanadores y Mortificadores, a los primeros Corporalki—. ¿Así empezó todo?
—Quizá —dijo Grigori—. O quizá sea tan solo una historia más. Ocurrió hace
mucho tiempo. —Su forma pareció desplomarse, como un oso durmiendo, como un
hombre agotado; el peso de su encierro hacía mella en él—. No me verás mucho
durante tu estancia aquí. No me gusta que me miren, y me cuesta cambiar mis
costumbres de ermitaño. Pero si necesitas algo, no dudes en venir a mi torre. Sé que
no es un lugar acogedor, pero te aseguro que serás bienvenido.
—Gracias —dijo Nikolai, aunque era verdad que no tenía el menor deseo de
entrar en una torre hecha de hueso y cartílago.
—Elizaveta es una profesora estricta, pero espero que no te desvíes de tu objetivo.
Hay muchas cosas que dependen de tu éxito. Para todos nosotros.
—¿Qué harás cuando seas libre de la Sombra?
—¿Tan seguro estás de que superarás la prueba?
—Me gusta apostar a mi favor siempre que puedo. Pero generalmente lo hago con
el dinero de los demás.
La forma abatida de Grigori pareció recuperar cierta estructura, con un espinazo
curvado y una serie de brazos entrelazados. Parecía un extraño árbol inclinado hacia
el sol.
—Cuando mi poder haya desaparecido, cuando sea mortal, volveré a adoptar una
forma fija. O tal vez muera. Sea como sea, seré libre.
—Entonces, me esforzaré al máximo por todos nosotros.
Grigori se inclinó hacia delante; ahora era un coro de cabezas humanas y fauces
de animal llenas de dientes puntiagudos. Nikolai tuvo que contenerse para no
retroceder por instinto.
—Debes hacerlo, amigo mío. Todo está conectado. El mundo está cambiando, y
el poder Grisha también. Si la Sombra continúa existiendo, tampoco seguirá siendo la
misma.

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Nikolai también había percibido aquel avance acelerado hacia el cambio. Las
fronteras cambiaban; las armas evolucionaban. Era imposible saber lo que vendría a
continuación.
—Yuri dice que estamos a punto de entrar en la era de los Santos.
Grigori suspiró, y el sonido reverberó por toda la cámara.
—¿Sabes por qué se despertó el monstruo de tu interior? ¿Sabes por qué el poder
del Oscuro pudo emerger después de todo este tiempo? Todo empezó con la droga
parem. Propició cosas que nunca deberían haber sido. Alteró los límites del poder
Grisha.
—¿La parem?
—Si la droga hubiera sido erradicada…
—Lo intentamos.
Los dientes de las múltiples bocas de Grigori se alargaron.
—No. Intentasteis alterarla, doblegarla a vuestra voluntad. Esa es la tentación del
poder.
Nikolai no podía negarlo. Sabía que, si ellos no descubrían el modo de dominar el
poder de la parem, sería cuestión de tiempo que algún otro país lo consiguiera,
incluso sin el conocimiento de Kuwei como guía. Pero entonces, los experimentos de
Ravka…
—Yo mismo he contribuido a despertar al demonio.
Las cabezas de Grigori asintieron.
—Todos estamos conectados, rey Nikolai. Los Grisha, la Sombra, el poder que
reside en ti. La Sombra es una herida que podría no sanar nunca. Pero tal vez esté
destinada a no hacerlo. Recuérdalo cuando te enfrentes a la prueba.
Nikolai sospechaba que ahora le correspondía decir algo profundo, llevarse la
mano al corazón y pronunciar un voto solemne. La aparición de Yuri, que entraba en
la cámara desde el pasillo en ese momento, le salvó de semejante espectáculo. De
modo que el monje no había estado murmurando salmos en sus aposentos.
—Sankt Grigori —dijo, inclinándose profundamente; sus anteojos centellearon
como dos monedas—. Perdonadme. No pretendía interrumpir.
—En absoluto —dijo el Hacedor de Cuerpos, pero Nikolai vio que volvía a
encogerse, que de su propio torso brotaban manos que tiraban de él hacia el pasillo,
como si se obligara a sí mismo a alejarse de miradas curiosas—. Te deseo la mejor de
las suertes, rey Nikolai —dijo, y se marchó.
—No… no pretendía ofenderle—balbuceó Yuri.
—Me temo que piensa que es él quien nos ofende a nosotros.
—Su forma resulta desconcertante, sí, pero es un Santo, un ser divino.
—Nos han enseñado a entender lo ordinario, a temer al diferente, aunque el
diferente sea divino. —Nikolai dio una palmada—. Bueno, ¿ya estamos listos para
averiguar cómo matarme?

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—Oh, Majestad, no, no. Desde luego que no. Pero he estado pensando en el
ritual, y Eliiaveta… —titubeó al decir su nombre, como si el simple hecho de
pronunciarlo fuera un rito sagrado—. Elizaveta desea iniciar vuestro entrenamiento.
—¿Te lo ha comunicado?
—Debo acompañaros —dijo Yuri con orgullo.
—Muy bien —dijo Nikolai, adecentándose los puños de la camisa—. Vamos a
buscar a Zoya.
Yuri carraspeó.
—Nadie ha solicitado la presencia de la comandante Nazyalensky.
—Suele pasar, pero preferiría que estuviera de todas formas. —Yuri frunció el
ceño, pero Nikolai sabía que no iba a contradecir a su rey en ese asunto—. Ahora, a
ver cómo la encontramos.
Notó que algo le tiraba de la pernera y bajó la mirada. Era el osezno de las ruedas
de hueso. Yuri soltó un gemido.
—Es amistoso —dijo Nikolai—. O eso espero.
Nikolai y Yuri siguieron al oso por el pasillo, y mientras caminaban las paredes
parecían temblar y ondularse, como si reaccionaran a su avance. Nikolai volvía a
tener la sensación de estar en presencia de algo animado que sin embargo carecía de
vida. No podía hacer otra cosa que continuar. Su mundo se había sumido en la
anomalía, y sus únicas opciones eran adaptarse o enloquecer.
Recorrieron sinuosos pasadizos y salieron a un largo y estrecho puente que los
condujo hasta otro de los gigantescos chapiteles: los dominios de Juris. La torre
estaba tallada en roca negra e irregular; se parecía a las ruinas de viejos castillos que
había visto en la Isla Errante. La superficie estaba horadada por cuevas y cavernas, y
su chapitel parecía una garra que se abría paso a zarpazos hacia el cielo.
Nikolai se dio cuenta de que Yuri se encontraba incómodo mientras cruzaban el
puente.
—¿No te gustan las alturas, o es que no ves con buenos ojos a la comandante
Nazyalensky?
—Majestad, yo no lo expresaría de ese modo.
—Ya me has respondido. ¿Por qué no te cae bien? —Zoya no aspiraba a caer bien
a la gente. Esa era una de sus cualidades más entrañables. Aun así, quería saberlo.
—Lo que les dijo a los peregrinos… —Yuri negó con la cabeza—. No comprendo
su ira. Los crímenes del Oscuro son numerosos, pero ella se contaba entre sus
favoritos.
A Zoya no le gustaba hablar de ello. Prefería quemar su pasado como si fuera la
mecha de un cartucho de dinamita.
—¿Qué crees tú que alimenta su ira? —dijo Nikolai.
—¿El odio?
—Más o menos. Todos los combustibles arden de forma diferente. Algunos lo
hacen más deprisa, otros con mayor intensidad. El odio es un tipo de combustible.

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Pero un odio que empezó siendo devoción… eso produce una llama totalmente
distinta.
Yuri deslizó una de sus manos huesudas por su túnica de arpillera.
—He leído las historias. Sé que el Oscuro hizo cosas malas, pero…
—Los libros no cuentan toda la historia.
—Lo sé, claro que sí. Lo sé. Pero creo… creo que no discrepo del todo de sus
motivos.
—¿Y de sus métodos?
—Eran extremos —reconoció Yuri—. Pero tal vez… tal vez fueron necesarios en
ciertos casos.
—Yuri, si quieres conservar la cabeza, sobre los hombros, te recomiendo que
nunca digas eso cuando la comandante Nazyalensky pueda oírte. Pero no te
equivocas del todo.
Yuri parpadeó con incredulidad.
—¿No?
—El Oscuro buscaba la paz. Quería una Ravka más fuerte. Un lugar seguro para
los Grisha. Yo querría conseguir todo eso durante mi reinado.
—Sí —dijo Yuri—. ¡Exacto! No fue un buen hombre, pero sí un visionario…
Nikolai levantó la mano. Dudaba de poder cambiar la mentalidad de Yuri, pero si
veneraba al Oscuro, al menos debía hacerlo con los ojos abiertos… y la imparcialidad
de Nikolai tenía un límite.
—No confundas la visión con el delirio. El Oscuro decía servir a Ravka, pero eso
dejó de ser cierto cuando Ravka no quiso servirle a él. Decía amar a los Grisha, pero
ese amor se deshizo cuando estos no lo escogieron como maestro. Infringió sus
propias reglas, y al hacerlo estuvo a punto de partir una nación por la mitad.
Yuri se mordió el labio.
—Adelante —dijo Nikolai—. Veo que aún tienes algo más que decir.
Yuri se subió los anteojos.
—Si vuestro padre… si el anterior rey no hubiera sido tan…
—¿Débil? ¿Venal? ¿Incompetente?
—Pues…
—No me place admitir los errores de mi padre. Ni los de su padre. Ni los del
padre de su padre. Ha habido reyes Lantsov buenos y malos. El rey Anastas
construyó las carreteras de Ravka, pero mandó ejecutar a casi dos mil hombres por
herejía. Ivan el Dorado construyó escuelas y museos, pero no pudo defender las
Sikurzoi contra los shu. Y mi padre… ojalá pudiera estar orgulloso de mi padre. Se
dice que el linaje Lantsov desciende del pájaro de fuego, pero no somos más que
hombres, y a menudo hombres muy débiles. No puedo cambiar lo que hicieron mis
ancestros. Lo único que puedo hacer es confiar en reparar una parte del daño y trazar
un rumbo distinto para todos.
—¿Y vuestro hijo?

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Nikolai sonrió.
—Habré tenido una juventud alocada, pero también he sido cauto.
Yuri se ruborizó.
—Me refiero a vuestros futuros hijos e hijas. ¿Estáis seguro de que serán aptos
para gobernar?
Nikolai se echó a reír mientras pasaban por debajo de un arco y entraban en el
chapitel de Juris.
—Así que no solo eres un hereje; también un radical.
—¡Claro que no, Majestad!
—No pasa nada, Yuri —le dijo—. Por algo he reforzado la autoridad de los
gobernadores locales y he otorgado más poder a sus asambleas. Puede que Ravka no
siempre necesite un monarca. Pero el cambio lleva su tiempo.
«Y puede que no sea posible.» Se lo había dicho en serio a Zoya. Los ravkanos se
sentían atraídos hacia las figuras de autoridad, hacia la fuerza. Nunca habían podido
aprender a gobernarse a sí mismos porque las decisiones siempre las habían tomado
otros en su lugar: reyes, Oscuros, generales y sacerdotes. Con el tiempo, tal vez eso
cambiaría. «O tal vez moriré durante este ritual y el país se sumirá en el caos.»
Era imperdonable haber dejado vulnerable a Ravka. Tenía ministros que podían
gobernar en su ausencia, pero no había aclarado ningún orden de sucesión. No tenía
heredero. No tenía una esposa que pudiera dar un paso al frente como símbolo de
unificación. ¿Y quién iba a proteger a esa hipotética joven con la que iba a casarse?
La respuesta era evidente: Zoya Nazyalensky podía ocuparse de esa tarea… siempre
que consiguiera escapar de aquel purgatorio.
La nombraría primera ministra y protectora del reino, no solo comandante de las
fuerzas Grisha. Si Nikolai moría antes de que su heredero llegara a la mayoría de
edad, Zoya protegería a Ravka y la línea sucesoria. El pueblo había terminado por
confiar en ella (todo lo que podía confiar en una Grisha). Y a pesar de su humor
sombrío y su corazón vengativo, él también había terminado por confiar en ella. Zoya
estaba madurando y se estaba convirtiendo en una líder sensata y segura.
«O no», pensó cuando el osezno los llevó hasta el santuario de Juris y Nikolai vio
a dos guerreros trabados en combate. Zoya enseñaba los dientes y blandía dos hachas
parecidas a las que tanto le gustaban a Tamar, aunque aquellas parecían más antiguas
y toscas. Juris se abalanzaba contra ella con un gigantesco mandoble.
Yuri se mesó nerviosamente su barba rala.
—Eso parece muy peligroso.
—Para los dos —dijo Nikolai.
Unas nubes borrascosas se arremolinaron en torno a los luchadores, y los truenos
hicieron temblar el suelo. El osezno se marchó, tapándose las orejas con las zarpas
como si huyera del sonido.
Durante un instante, y por improbable que fuera, ambos parecieron estar
igualados. Pero Nikolai sabía que entre los talentos de Zoya no se encontraba aquella

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clase de enfrentamiento, y en efecto, cuando Juris realizó una finta por la izquierda,
Zoya cometió el error de intentar seguir su movimiento.
—¡No descuides el flanco! —exclamó Nikolai.
Juris giró bruscamente y descargó su mandoble en un amplio arco. Zoya levantó
las hachas, que parecieron brillar con un fuego azul. Cuando las armas se cruzaron
con la espada de Juris, brotaron relámpagos de las hachas y el gran guerrero soltó un
rugido mientras su armadura de escamas negras empezaba a humear.
¿Qué acababa de hacer Zoya? ¿Y cómo había logrado resistir la fuerza del ataque
de Juris?
—¡Bien! —dijo Juris mientras se apartaban el uno del otro. Rotó los hombros
distraídamente, como si estar a punto de ser asado vivo fuera una experiencia
cotidiana. Tal vez lo fuera para un antiquísimo dragón.
El cabello de Zoya estaba húmedo de sudor, tenía la camisa pegada a la piel y su
sonrisa era de puro júbilo; una sonrisa que Nikolai nunca había visto en ella. Se dio
cuenta de que se estaba poniendo de mal humor.
Carraspeó.
—Si ya has terminado de intentar partir a mi general en dos, la necesito.
Zoya giró en redondo, enjugándose el sudor de la frente con la manga.
—¿Qué pasa? —Tenía los ojos tan azules que parecían brillar.
—Elizaveta nos ha convocado. Quiero que nos acompañes para conocer el ritual.
El dragón resopló.
—Empleará mejor su tiempo conmigo. La del bosque de las espinas es una senda
que recorrerás tú solo, joven rey.
—Pero es una senda muy ardua —dijo Nikolai—. ¿Quién me va a llevar los
tentempiés?
Juris sacudió la cabeza y se volvió hacia Zoya, que ya había colgado las hachas
en la pared.
—Pierdes el tiempo con naderías.
—El futuro de mi patria no es ninguna nadería.
—Rey y patria no son lo mismo.
Zoya se desdobló las mangas de la camisa y abotonó los puños.
—Pero se parecen.
Juris desplegó las alas mientras su cuerpo se agrandaba para adoptar la forma de
dragón. Nikolai se obligó a mantener la calma a pesar del terror primitivo que sentía
solo con verlo. ¿Sería ese el aspecto que tenía él cuando el monstruo lo dominaba?
Juris volvió a resoplar, esta vez con su enorme hocico y con tanta potencia que un
torbellino recorrió toda la cámara.
—Te darás cuenta a su debido tiempo. Cuando él vaya envejeciendo y tú te
vuelvas cada vez más poderosa.
Zoya se encogió de hombros con desinterés.
—Y tú ya serás polvo para entonces, así que no podrás regodearte.

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El dragón se marchó volando, taciturno. Nikolai se despidió alegremente con la
mano, pero las palabras de Juris persiguieron los pensamientos de Nikolai mientras
desandaba el camino con Zoya y Yuri. Le preocupaba que pudieran perderse, pero la
ondulación de las paredes parecía guiarlos, y enseguida aparecieron en otro puente,
uno que Nikolai esperaba que les condujera al chapitel de Elizaveta.
Nikolai sabía que los Grisha vivían muchos años, y que cuanto más poderosos
fueran, más tiempo sobrevivían. ¿Cuántos años viviría Zoya para proteger a Ravka y
el linaje Lantsov? ¿Podría orientar a Ravka sabiamente, o sucumbiría a la locura de la
eternidad, tal y como le había ocurrido al Oscuro? ¿Y la aceptaría el pueblo de
Ravka? ¿O terminarían considerándola antinatural con el tiempo? Para entonces él ya
estaría muerto y esos problemas escaparían a su control e interés, pero no era una
perspectiva agradable.
Yuri se detuvo tan en seco que Nikolai estuvo a punto de chocar contra él.
—Oh —dijo—. Oh.
La torre de Elizaveta se alzaba ante ellos; sus paneles de ámbar resplandecían con
un brillo dorado bajo la luz extraña y mortecina de la Sombra. Nikolai vio siluetas de
insectos gigantes atrapados en el interior de cada panel, y toda la estructura parecía
zumbar como una gran colmena.
—Sankta —susurró Yuri con júbilo.
Nikolai se dio cuenta de que el monje no había mostrado tanta veneración por el
dragón, pero el chapitel de Juris parecía el antro de una fiera. Aquel lugar, por el
contrario, parecía un templo aterrador y sagrado.
—Te equivocaste con lo de la pira —le dijo Zoya a Yuri—. ¿Sabemos algo en
realidad sobre lo que implica el ritual?
—Solamente que es peligroso —dijo Yuri.
—Y yo que pensaba que el rey solo tendría que comer caramelos y recitar un
monólogo.
—Ya estaba preparando un borrador —dijo Nikolai.
Mientras se aproximaban, los paneles de la torre se desplazaron y recolocaron
para formar una entrada. El interior olía a rosas y a miel, y todo resplandecía con la
luz melosa y dorada de la hora previa al anochecer. Y sin embargo, allí no anochecía.
La propia Elizaveta parecía estar hecha de oro, rodeada de abejas y libélulas; las
rosas de su vestido florecían, se marchitaban y volvían a florecer.
—Bienvenidos —les dijo cálidamente. Si se sorprendió o disgustó al ver a Zoya,
no dio muestras de ello. Sonrió a los tres—. Mi rey, ¿comprobamos si podemos hacer
venir al monstruo al llamarlo?
Nikolai asintió y Elizaveta señaló una mesa con una pequeña maceta de arcilla.
—Cuando llegue el momento de realizar el ritual, haré que el bosque de las
espinas se alce de las arenas de la Sombra. Mientras hablaba, agitó los dedos y una
rama espinosa del color del hierro emergió de la tierra de la maceta—. Cuando

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madure, sus espinas serán tan largas como un sable. Llamarás al monstruo y, cuando
este emerja, atravesarás el corazón de ambos con una espina.
—¿Y cómo va a sobrevivir a eso? —preguntó Zoya.
El pequeño espino parecía hincharse, y sus púas se iban alargando.
—Eso depende del rey. Podemos practicar para ayudarle a invocar y controlar al
monstruo, pero la lucha será solo suya. Si su voluntad es lo bastante fuerte,
sobrevivirá. Si no, el monstruo lo reclamará.
Nikolai se dio cuenta de que se estaba frotando el pecho con la mano, y se obligó
a parar.
—¿Mi voluntad?
—La prueba es tanto física como mental. Su fin es separar al hombre de la bestia
y a la bestia del hombre. El dolor será distinto a cualquier otro que hayáis sentido,
pero lo peor será hacer frente al monstruo.
—¿Qué es exactamente? —preguntó Nikolai.
Esta vez la sonrisa de Elizaveta fue de compasión, como si percibiera el miedo
que Nikolai llevaba en su interior, la ira y la confusión que lo atormentaban desde que
el monstruo había arraigado en él.
—Un retazo del poder del Oscuro. Una lasca de sus propósitos y ambiciones.
Aparte de eso, no puedo estar segura. El monstruo no desea ser expulsado. Intentará
confundirte para evitar que completes el ritual y utilices la espina. Si eso sucediera, se
apoderaría de ti por completo. ¿Crees que puedes vencer? —le preguntó
cordialmente.
—Ya hemos vencido antes al Oscuro.
—Lo venció Alina —le corrigió Zoya.
Una expresión de desagrado surcó el semblante de Elizaveta.
—La Santa del Sol —dijo en tono burlón—. Qué desesperada está la gente por un
milagro. Qué bajo están dispuestos a caer. —Nikolai vio que Zoya entornaba los ojos.
Le puso una mano en el brazo; no estaban allí para defender el legado de Alina—.
Pero no es al Oscuro a quien te enfrentarás —prosiguió Elizaveta. El espino crecía
velozmente, y la maceta se resquebrajó cuando las raíces del árbol partieron la arcilla
con sus zarcillos curiosos—. No exactamente. Se trata de una criatura animada por la
voluntad del Oscuro, del mismo modo que animaba a sus soldados de sombras, los
nichevo’ya. Pero lleva ya más de tres años viviendo en ti. Ha compartido tus
pensamientos y tus deseos, y los utilizará contra ti. Luchará por su vida, del mismo
modo que tú lucharás por la tuya.
Nikolai pensó que lo normal habría sido sentirse amedrentado. Un hombre sabio
seguramente se habría pensado dos veces lo de ser atravesado por una espina gigante,
pero él solamente sentía expectación. La perspectiva de un desafío al que podía
enfrentarse, tanto si lo superaba como si perecía en el intento, era mucho más fácil de
aceptar que la noción de una pesadilla que tendría que soportar eternamente. Ya había
empezado a creer que aquel ser le acompañaría siempre. Había aspectos de sí mismo

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que despreciaba: su ambición infinita, la vena egoísta que Alina había detectado con
tanta precisión… y si Elizaveta decía la verdad, el monstruo blandiría contra él esas
armas y otras peores. Que lo hiciera. Sabía que su deseo de vivir terminaría por
imponerse.
—Cuando llegue el momento —prometió Nikolai— estaré preparado.
El árbol saltó de repente de la mesa. El tallo era grueso y palpitante; sus espinas,
dagas de hierro. Se extendió por el suelo y se detuvo a escasos centímetros del pecho
de Nikolai; la punta acerada y mortífera de una larga espina apuntaba directamente a
su corazón.
—Eso espero —dijo Elizaveta—. Llevamos una eternidad esperándote, Nikolai
Lantsov. Sería una lástima que nos defraudaras ahora.
Nikolai y Zoya intercambiaron una mirada. Yuri contemplaba a Elizaveta con
absoluta adoración. Tan útil como siempre.
—Estoy bastante seguro de que intentas asustarme —dijo Nikolai, tocando la
punta de una espina con el dedo—. No sé muy bien por qué, pero te sugiero que
pruebes con una araña vestida de traje.
—¿De traje? —preguntó Zoya, frunciendo el ceño—. ¿Por qué no una araña a
secas?
—¿De dónde ha sacado el traje? ¿Cómo se ha abrochado los botones? ¿Por qué
cree que tiene que arreglarse para la ocasión?
Elizaveta los miraba con atención. Chasqueó los dedos y el espino retrocedió.
—Tenía pensado torturar al monje para obligar a tu oscuridad a manifestarse—
dijo, pensativa—. Pero es mejor ir al grano.
Elizaveta levantó una mano y el suelo se alzó alrededor de Zoya, atrapándola
entre relucientes paneles de ámbar.
Zoya soltó un grito; la sorpresa y el temor se apoderaron de su rostro hasta que
sus instintos tomaron las riendas. Extendió ambas manos, azotando las paredes
luminosas con la fuerza de su poder. Una sustancia dorada empezó a acumularse
alrededor de sus pies, llenando la cámara.
Nikolai se acercó para ayudar a Zoya, pero el bosque de espinas se interpuso entre
ellos, y creció hasta formar una maraña agreste e impenetrable. Las espinas rodearon
a Nikolai por completo, como un muro de letales púas grises.
—Detente, Elizaveta —exclamó, aunque ya no veía a la Santa.
Oyó gritar a Zoya.
—Sé que no vas a matarla —dijo, aunque no lo sabía en absoluto—. Juris la
necesita.
Elizaveta apareció entre la espesura, envuelta en un mar de rosas.
—¿Crees que me importa lo que necesite Juris? Lo que yo busco es la libertad. Y
si para actuar tienes que perderla a ella, me parece un precio pequeño.
Nikolai se lanzó contra ella, pero Elizaveta se desvaneció en el bosque de espinas.
Nikolai saltó hacia las ramas e ignoró el dolor de las púas que le rasgaban la ropa.

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Estaban endemoniadamente afiladas y se hundían en su carne como si fueran dientes.
—Tendrás que volar, mi rey —dijo la voz de Elizaveta—. Si no, nunca serás libre,
y nosotros tampoco.
Zoya gritaba cada vez más alto.
Oyó la voz de Yuri desde los espinos:
—¡Oh, no! Por favor, no lo hagáis. Os lo suplico.
Nikolai cerró los ojos con fuerza.
«Sal de una vez, bastardo», le imploró al monstruo. «¿Quieres extender las alas?
Esta es tu oportunidad. Hasta te dejaré que mordisquees a esta supuesta Santa como
agradecimiento.»
Pero si el monstruo le estaba escuchando, lo único que hacía era reírse de él. La
oscuridad que residía en su interior no tenía el menor interés en jugar a ese juego.
«La Santa no le hará daño», se decía a sí mismo Nikolai. «Es un ardid.»
Y entonces Zoya dejó de gritar.
Yuri sollozaba.
—¿Zoya? —gritó Nikolai—. ¡Zoya!
Se lanzó contra las ramas punzantes.
—¡Zoya! —gritó, pero la palabra salió en forma de rugido.
Esta vez notó que la criatura de su interior se arrastraba hasta la superficie, como
si le arañara el pecho con las garras desde dentro.
«No.» No quería que pasara, no quería cederle el control al monstruo.
Pero otra voz en su interior siseó: «Sí».
«Recuerda», se dijo a sí mismo, «recuerda quién eres».
Notó que le salían las garras, que se le alargaban los dientes.
«Soy Nikolai Lantsov, corsario y rey.»
Soltó un grito cuando las alas le brotaron de la espalda y se alzó volando sobre el
bosque de espinas, en dirección al alto techo de la torre.
«Recuerda quién eres.»
Elizaveta alzó la mirada hacia él con expresión triunfal. Yuri lloraba. A su lado,
Zoya flotaba en un sarcófago dorado, como un ángel conservado en ámbar. Tenía los
ojos cerrados y no se movía.
Nikolai no reconoció el sonido que salió de su garganta al lanzarse contra la
prisión de Zoya. La golpeó con un gran empellón que le sacudió todos los huesos,
pero no pasó nada.
Se volvió hacia Elizaveta y rugió. «El monstruo soy yo, y yo soy el monstruo.»
Notaba que el demonio luchaba por arrebatarle el control a medida que le cedía su
fuerza. Pero Elizaveta se limitó a sonreír con benevolencia. Con un gesto de la mano,
hizo caer las paredes de ámbar que aprisionaban a Zoya y el bosque de espinas se
marchitó.
Nikolai cogió en brazos el cuerpo inerte de Zoya antes de que cayera. Estaba
cubierta de savia dorada. Elizaveta cerró el puño y Zoya empezó a toser. Abrió los

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ojos, que tenían restos de savia adheridos a los párpados, parpadeó confusamente y el
terror invadió su rostro. Empezó a forcejear en sus brazos.
Quería reconfortarla. Quería… El olor de su miedo mezclado con la savia. Lo
embriagaba. Le daba hambre.
Lo único que quería era hundir las garras en su carne. Lo único que quería era
devorarla.
«Recuerda», se ordenó a sí mismo. «Recuerda quién eres.»
Nikolai Lantsov. Soberano de Ravka. Corsario. Soldado. Hijo segundón de un rey
deshonrado.
Un rugido de puro apetito recorrió todo su cuerpo mientras Zoya intentaba
escabullirse; el peso de la savia la entorpecía.
«Recuerda quién es ella.» Zoya, la que se sentaba a su lado mientras despachaba
la correspondencia. Zoya, la que fulminaba con la mirada a cada nueva hornada de
estudiantes. Zoya, la que lo abrazaba en la intimidad de un carruaje mientras él no
paraba de temblar y esperaba a que el monstruo lo abandonara.
Se aferró con todas sus fuerzas al recuerdo de aquella sensación, a aquel terrible
temblor.
«Márchate», le ordenó. «Márchate.»
A regañadientes, con paso vacilante, el monstruo volvió a sumergirse en el oscuro
lugar donde residía, dejando un sabor acre en la boca de Nikolai.
Cayó de rodillas, temblando.
No se atrevía a mirar a Zoya a la cara; no soportaría ver su expresión de
repugnancia. Ya no había vuelta atrás. Notó que ella le apoyaba las manos en los
hombros y se obligó a mirarla a los ojos.
Lucía una sonrisa radiante.
—Lo has conseguido —dijo Zoya—. Lo has llamado y luego lo has expulsado.
—Has estado a punto de morir —dijo Nikolai, incrédulo.
Zoya se limitó a ensanchar su sonrisa.
—Pero no he muerto.
Elizaveta dio unos toques en la mesa.
—¿Entonces me perdonas, Vendaval?
—Depende de lo que me cueste quitarme este pringue del pelo.
Elizaveta elevó las manos y la savia se desprendió del cuerpo de Zoya formando
riachuelos dorados que regresaron al suelo y se solidificaron.
Yuri se secó las lágrimas del rostro.
—¿La… la comandante Nazyalensky tendrá que someterse al mismo suplicio en
cada ensayo?
—Lo haré si es preciso.
Elizaveta se encogió de hombros.
—Esperemos que no haga falta.
Zoya le tendió la mano a Nikolai.

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—Has abierto la puerta.
Nikolai dejó que Zoya le ayudara a levantarse y se obligó a compartir la alegría
de los demás. Pero había percibido la voluntad del monstruo, y se preguntaba si,
llegado el momento, sería capaz de igualar su fiereza.
Había abierto la puerta.
Pero seguramente la próxima vez no le sería tan fácil cerrarla.

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DESPUÉS DE TRES DÍAS de fiestas, cenas y reuniones, nadie había
vuelto a intentar asesinarlo. Aquello se parecía un poco a estar en el frente: lo
importante era ir sobreviviendo de hora en hora, con la esperanza de terminar la
jornada ileso. Por las noches, Isaak se tendía en la cama, se quedaba mirando el techo
con el corazón retumbando y pensaba en todo lo que había hecho mal ese día y en
todo lo que iba a hacer mal al día siguiente.
Hoy iban a disfrutar de un paseo matinal en barco por el lago del Pequeño
Palacio, y después harían un picnic en la orilla.
—Hemos previsto que pases un rato con la princesa shu antes del almuerzo —le
había dicho Tamar.
—¿Y qué… hago con ella?
—Despliega tu encanto. Pregúntale por sus guardias y cuánto hace que las
conoce. Consíguenos toda la información que puedas.
—¿Tolya y tú no podéis hablar con las Tavgharad sobre vuestra infancia shu o
algo así?
Los gemelos se miraron entre sí.
—Para ellos, somos peores que ravkanos —dijo Tamar—. Nuestro padre era shu,
pero llevamos los tatuajes de la Santa del Sol y servimos a un rey extranjero.
—¿Y por qué elegisteis servir a Ravka?
—No lo hicimos —dijo Tamar.
Tolya se llevó una mano al corazón.

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—Elegimos a Alina. Elegimos a Nikolai. Todo esto… —señaló los terrenos del
palacio— no significa nada.
Isaak no supo qué contestar. Se consideraba un patriota, pero reconocía que, a
diferencia del rey, Ravka nunca había sido especialmente buena con él.
—Charla con la princesa Ehri —le dijo Tamar—. Consigue que hable.
—Hipotéticamente, si no poseyera un carisma natural ni el don del gracejo,
¿cómo podría hacerlo?
Tamar puso los ojos en blanco, pero Tolya dijo:
—Halágala. Exprésale tu admiración por la cultura shu. También podrías
considerar recitar un…
—Oh, por todos los Santos, Tolya, eso es lo último que debe hacer. —Tamar se
arrodilló delante de Isaak—. Tú escúchala. Hazle preguntas. Las mujeres no quieren
que las seduzcan, quieren que las vean y las escuchen. Y no podrás hacer eso si estás
trazando estrategias para conquistarla… o recitando la Cuarta Epopeya de Kregi.
—No existe ninguna Cuarta Epopeya de Kregi —gruñó Tolya—. El poeta Elaan
nunca terminó la tercera.
—Entonces, definitivamente es la que debería recitar.
¿Por qué la perspectiva de una simple conversación agitaba el corazón de Isaak?
Seguramente porque nunca se le había dado bien hablar con chicas, a excepción de
sus hermanas. Pero discutir con Belka y Petya sobre el precio de un lazo tenía poco
que ver con charlar con la realeza. ¿Y encima esperaban que le sonsacara información
a una princesa? Intentó recordarse a sí mismo que ahora era apuesto, cosa que lo
pillaba por sorpresa cada vez que se veía en un espejo. Antes no había sido feo, pero
sí anodino: cabello castaño bien peinado que se le rizaba si se lo dejaba demasiado
largo, rasgos proporcionados dientes inferiores ligeramente torcidos. Su madre
siempre le había dicho que era guapo, pero también le decía a su hermana que
cantaba divinamente, y en eso último estaba claro que mentía.
Isaak se esforzó por aparentar comodidad mientras se reclinaba en el mullido
diván de la barcaza real, imitando lo mejor que sabía la postura despreocupada de
Nikolai. Se había pasado demasiados años en posición de firmes. Contempló el lago
sembrado de veleros y barcazas, como nenúfares elegantemente decorados, con
banderas ondeantes y toldos a rayas con los colores azul y dorado de Ravka.
El agua del lago estaba demasiado fría para nadar, pero los Agitamareas habían
calentado la superficie para que unas densas nubes de bruma se alzaran de las aguas,
y los Vendavales las manipulaban para formar con ella los símbolos de los distintos
países y familias de alcurnia. Isaak se había permitido beber algunos sorbos de un
copa diminuta y acampanada llena de vino de albaricoque para intentar calmar los
nervios, pero seguía alerta, escuchando la conversación; uno de los embajadores
fjerdanos les preguntaba si sería posible visitar la escuela Grisha.
—Por supuesto que sí —dijo Genya—. Será un placer para nosotros.

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Isaak creyó ver una mirada de entusiasmo entre el embajador y otro miembro de
su delegación.
Genya se alisó las faldas y añadió:
—Pero me temo que la encontrarán muy aburrida. En estos momentos, los
estudiantes se encuentran de viaje con sus instructores, por motivos educativos.
—¿Todos?
—Sí —dijo Genya—. Pensamos que el trabajo de campo es muy beneficioso para
la educación de un niño. Y debo decir que no me desagrada disfrutar de un poco de
paz y tranquilidad. Los jóvenes Grisha pueden ser bastante traviesos, como podrán
imaginar. No queríamos que importunaran a tan ilustres amigos.
Isaak nunca había oído que los estudiantes Grisha importunaran a nadie. Estaban
siempre muy ocupados, y la escuela estaba tan aislada del resto del palacio que no les
habría resultado nada fácil ir a ningún lugar sin ser vistos. No, los habían trasladado
por su propia seguridad. Y los fjerdanos lo sabían.
—¿Los han evacuado a todos? —preguntó fríamente el embajador.
—¿Evacuado? —dijo Genya con una risa divertida—. Eso implicaría que existe
alguna amenaza. —Le dio unas palmaditas en la rodilla al embajador—. ¡Amenazar a
un grupo de niños capaces de prenderle fuego a esta barcaza y paralizar el corazón de
todos sus ocupantes con un simple gesto! —Se secó los ojos con los dedos—.
Menuda idea.
Isaak se volvió hacia Genya mientras los fjerdanos paseaban hacia la borda de la
embarcación, para disfrutar de las vistas y posiblemente para echar humo por las
orejas.
—¿Habéis alejado a los estudiantes para protegerlos?
—Pues claro —dijo Genya, sin rastro de su ademán risueño—. ¿Pensabas que
mantendríamos aquí a uno de los mayores recursos de Ravka cuando una bomba o un
gas venenoso podría eliminar a toda una generación de Grisha en un instante? Pero
un fjerdano temeroso tiene menos probabilidades de actuar, y me encanta la idea de
que tengan pesadillas con un puñado de colegiales.
Isaak sacudió sutilmente la cabeza.
—Escucharte es como observar a un marinero que conoce la forma secreta de una
bahía, los lugares más azotados por las tormentas y las zonas rocosas donde encallan
los barcos. Navegas estas aguas con total seguridad.
Genya se quedó en silencio un buen rato.
—Me lanzaron al agua muy pronto —dijo—. El Oscuro me entregó a la reina de
Ravka como regalo cuando era niña. Una criaturita linda que la sirviera.
—¿Entonces conoces al rey desde que era niño?
—Los veía de pasada a él y a su hermano. Aunque fuera una sirvienta
privilegiada, no dejaba de ser una sirvienta. Eran muy escandalosos. —Jugueteó con
uno de sus pendientes de topacio—. El personal de palacio los llamaba «las dos
jaquecas». Cómo envidiaba su libertad para correr, jugar y alborotar.

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—Pero tú eras la favorita de la reina —dijo Isaak—. Eso debió de ser un gran
honor.
Genya se comió una rodaja de ciruela.
—Durante un tiempo, fui la muñequita de la reina. Me vestía con ropa bonita, me
cepillaba el pelo y me dejaba dormir a los pies de su cama y sentarme a su lado en las
comidas. Observé a los tiburones y aprendí. Pero cuando crecí, y tuve la mala suerte
de llamar la atención del viejo rey… —Genya se limpió lentamente los dedos en una
servilleta de lino, dejando la tela manchada de restos de ciruela—. Me convencí a mí
misma de que el sufrimiento que padecía era un honor, porque era la soldado y la
espía del Oscuro. El confiaba en mí más que en ninguna otra persona, y algún día
todos sabrían cuánto le había ayudado. No habría podido realizar su golpe de Estado
con tanta facilidad sin la información que le suministré.
Isaak la miró fijamente.
—Estás confesando una traición —susurró.
—Dulce Isaak —dijo ella con una sonrisa—. Nikolai Lantsov me perdonó hace
mucho tiempo, y en aquel momento se ganó mi eterna lealtad. El Oscuro me arrojó al
agua y se quedó mirando cómo me hundía para servir a sus propósitos.
—¿Entonces era tan cruel como cuentan las historias?
— ¿Cruel? Oh, ya lo creo. Pero no me expuso a los abusos del rey para
castigarme. Sencillamente, nunca pensó siquiera en mi infelicidad. ¿Qué significaba
la agonía de una sola muchacha si le ayudaba a ganar un imperio? Estaba jugando a
un juego extenso y complejo. Pero cuando osé pensar por mí misma, cuando interferí
en su gran plan, me echó encima a sus monstruos y…
Oyeron un gran chapoteo desde algún lugar del lago. Se pusieron de pie a tiempo
para ver un globo de seda amarilla que se hundía bajo la superficie, al lado de una
barcaza llena de miembros de la delegación kerch. Una de las hijas de los
comerciantes había caído al agua y se estaba hundiendo muy deprisa.
—Zambúllete —susurró furiosamente Genya—. Sálvala.
—Los Grisha pueden…
—Nikolai no esperaría a los Grisha.
Tenía razón, pero…
—No sé nadar.
—Por favor, dime que es una broma.
—Me temo que no —respondió, atenazado por el pánico.
—¿Por qué no me lo has dicho?
—¡No ha salido el tema!
—Salta al agua —dijo Genya—. Y ni se te ocurra hacer aspavientos ni chapotear.
Sumérgete lo más deprisa que puedas y nosotros nos ocuparemos del resto.
Isaak no podía creer que estuviera hablando en serio, pero solo tuvo que mirarla a
la cara para comprender que no bromeaba. «Bueno», pensó mientras se encaramaba a

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la borda y se lanzaba al agua con lo que esperaba que fuera un mínimo de elegancia.
«Si me ahogo, por lo menos no tendré que soportar otra cena más.»
El agua estaba terriblemente fría; mientras se hundía, todo su ser le exigía que se
moviera, que luchara, que hiciera algo para regresar al calor, al aire. «No chapotees.»
Se mantuvo inmóvil; empezaron a dolerle los pulmones a medida que el pánico se
apoderaba de él. Levantó la vista hacia el tenue brillo de la luz de la superficie. La
distancia parecía insuperable; el lago estaba oscuro y silencioso, como un cielo
infinito y sin estrellas. Un lugar horrible en el que morir. «¿Y ya está?», pensó. «¿De
verdad voy a ahogarme para salvaguardar la reputación heroica del rey?»
Y entonces, Nadia le agarró del brazo. Estaba rodeada por una burbuja de aire, y
dos Agitamareas la impulsaban hacia delante. Nadia tiró de él para atraerlo al interior
de la esfera de aire. Isaak inspiró una gran bocanada.
—Vamos —le dijo Nadia. Isaak notó que la corriente se movía a su alrededor,
arrastrándolos como si se tratara de un río veloz.
Un revoltijo de seda amarilla flotaba más adelante. La muchacha, Birgitta
Schenck, no se movía. Tenía los ojos cerrados y su cabello flotaba alrededor de su
rostro como un halo. «Por los Santos.» ¿Estaba muerta?
—Agárrala —dijo Nadia, y en cuanto la mano de Isaak se cerró en torno a su
muñeca, salieron disparados de nuevo por el agua.
Emergieron al otro lado de la diminuta isla del centro del lago, lejos de las
embarcaciones de recreo. Tolya y Tamar los esperaban. Llevaron a Birgitta hasta los
escalones de uno de los pabellones de entrenamiento y empezaron a reanimarla.
—Por favor, decidme que está viva —dijo Isaak.
—Tiene pulso —contestó Tolya—. Pero hay agua en los pulmones.
Un momento después, Birgitta tosió y escupió agua.
—Dispersaos —les ordenó Tolya.
—Sé encantador —le dijo Tamar mientras desaparecía entre la niebla con los
demás—. Eres un héroe.
Isaak se inclinó sobre la muchacha, intentando recordar que Birgitta vería el
rostro del rey al volver en sí.
—¿Señorita Schenck? —dijo—. ¿Birgitta? ¿Se encuentra bien?
Sus largas pestañas se agitaron. Lo miró con sus ojos verdes, llena de asombro, y
rompió a llorar.
Bueno, tal vez un rostro apuesto no lo curara todo.
—Ha estado a punto de ahogarse —dijo Isaak—. Tiene motivos para estar
sensible. Vamos, hay que hacerla entrar en calor.
Isaak también estaba helado y exhausto, pero se obligó a hacer lo que pensaba
que le haría quedar mejor. Deslizó un brazo bajo las piernas de la muchacha y la
cogió en brazos. Por todos los Santos, cómo pesaba. ¿Era necesaria tanta seda?
La muchacha recostó la cabeza en su pecho e Isaak cruzó la isla, oyendo el
castañeteo de sus dientes y el chapoteo de sus botas, hasta que salieron de entre los

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árboles y llegaron a la otra orilla de la isla.
Todo el mundo estaba escudriñando el agua, y algunos aspirantes a socorrista
nadaban alrededor del barco kerch. Los Agitamareas Grisha desplazaban grandes
masas de agua, que quedaban flotando sobre la superficie del lago.
Alguien avistó a Isaak y Birgitta y exclamó:
—¡Allí están!
—¡Está sana y salva! —contestó Isaak—. Aunque un tanto pasada por agua. A los
dos nos vendría bien una muda y una taza de té caliente.
La multitud prorrumpió en aplausos. Isaak bajó a Birgitta antes de que le
empezaran a flaquear los brazos, depositándola sobre la arena como si fuera un fardo
de ropa mojada. Se inclinó y consiguió que los dientes le dejaran de castañetear el
tiempo justo para besar su mano.
Había pasado de cometer errores menores de protocolo a estar a punto de
ahogarse (y ahogar a una muchacha). A lo mejor mañana se las arreglaba para
incendiar el palacio.

Subieron rápidamente a Birgitta Schenck y a Isaak a la barcaza real, los envolvieron


en mantas y los regaron con brandy caliente mientras los criados les frotaban las
manos. Pero Isaak no empezó a entrar en calor hasta que regresó a los aposentos de
Nikolai y se sumergió en un baño humeante en la enorme bañera del rey.
Genya y los demás se quedaron conversando animadamente en la sala de estar
mientras Isaak se ponía en remojo. Iba a echar mucho de menos aquella bañera
cuando regresara el rey. El resto no lo necesitaba.
Permaneció en la bañera hasta que el agua se enfrió y se le empezó a arrugar la
piel. No tenía ninguna prisa por hacer frente a las personas que le esperaban al otro
lado de la puerta, pero se obligó a salir de la bañera y secarse con uno de los largos
toallones de lino.
Nikolai no tenía ayuda de cámara, lo cual era un alivio para Isaak; nadie le
ayudaba a vestirse desde que era niño. Se puso los suaves pantalones bombachos, las
botas, la camisa, los tirantes y la casaca entallada del rey, con el águila Lantsov
bordada. Tenía que admitir que poder llevar esa ropa tampoco estaba mal. Estaba
confeccionada con gran meticulosidad y era tan cómoda como elegante. Mientras
Isaak se ajustaba la casaca, sus dedos tocaron algo que había en el bolsillo derecho.
Siempre encontraba cosas guardadas en los bolsillos del rey: una nota garabateada, el
dibujo de un posible nuevo invento, una cuenta de plata. Esta vez sacó una pequeña
maraña de alambre de la casaca. Tenía la forma de un barco velero. Lo dejó sobre la
cómoda del rey.
—Pensamos que esto podría ser beneficioso —le dijo Tamar en cuanto Isaak
entró en la sala de estar.

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Se reunió con ellos junto al fuego, agradecido por el calor.
—¿Entonces debería intentar ahogarme más a menudo?
—No ha sido una situación ideal —dijo Genya, sirviéndole una taza de té—. Has
perdido la oportunidad de hablar con la princesa Ehri. Pero le hemos sacado el mayor
provecho, y el rey ha quedado como un héroe.
—Lo de llevarla en brazos ha sido un buen detalle —dijo Tamar.
—Muy heroico —añadió Tolya—, como un príncipe de un poema épico. «Y así
Ivan, el de cabellos de oro, la llevó hasta el otro lado de…»
—Tú sigue recitando poesía y te ahogaré yo misma en el lago —dijo Tamar.
Tolya frunció el ceño y murmuró «Es un clásico» mientras se llevaba la taza de té
a los labios.
Isaak no estaba de acuerdo, pero seguramente aquel no fuera el mejor momento
para debatir sobre poesía.
Genya le dio un codazo a David, que levantó la vista del tratado que estaba
leyendo.
—Hemos analizado el dispositivo utilizado para colocar gas arsano en la puerta
de la alcoba del rey. Probablemente sea de factura fjerdana.
—¿Vais a arrestarlos? —preguntó Isaak.
Tamar se quedó perpleja.
—Pues claro que no. No podemos demostrarlo, y en cierto modo es una buena
noticia.
—Entiendo —dijo Isaak, rascándose la oreja—. ¿Y por qué es una buena noticia?
—Ya sospechábamos que los fjerdanos no venían a jugar. Si los responsables
hubieran sido los kerch o los shu, eso sí que nos habría preocupado. Esto quiere decir
que los shu todavía están dispuestos a establecer una alianza. Teníamos curiosidad
por ver quién atentaba contra la vida del rey.
—¿Sin poner en riesgo al rey? —preguntó Isaak, sorprendido por el tono amargo
de su voz.
Tolya apoyó su gigantesca mano en su hombro.
—Nunca dejaríamos que te pasara nada, Isaak.
—Ya lo sé —dijo Isaak. Pero ¿lo sabía? ¿Y de verdad podía quejarse? Un soldado
era sacrificable por definición. La función de un guardia era interponerse entre su
gobernante y el peligro. ¿Acaso no era justamente eso lo que estaba haciendo ahora?
Tamar se reclinó en su silla y cruzó sus largas piernas.
—He registrado los aposentos de las guardias shu.
—Son nuestras invitadas —protestó Tolya.
—Son nuestras enemigas —dijo Tamar.
—Y potenciales aliadas —dijo Genya—. No nos conviene enfadarlas.
—Hemos tenido cuidado. Pero no hemos averiguado gran cosa. Los pocos diarios
que encontré estaban cifrados, y dudo que una Tavgharad sea tan necia como para
dejar información comprometedora por escrito.

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—Y los kerch han intentado colarse en nuestros laboratorios —dijo Tolya.
David levantó la vista de su lectura, sobresaltado.
—¿Han llegado a entrar?
—Los dejamos llegar hasta los talleres de los Hacedores.
—Oh —dijo David, perdiendo todo interés.
—¿Y eso no es preocupante? —preguntó Isaak.
—El trabajo de verdad se realiza en otro sitio —dijo Tamar—. Incluso dejamos
algunos planos falsos para que los encontraran. Todo ello debería ayudarnos a
preparar el escenario de nuestra representación en el Pantano de Oropel.
—¿Vamos a ir al Pantano de Oropel? —preguntó Isaak, incapaz de ocultar su
entusiasmo.
—Por desgracia —dijo Tolya.
Genya recogió las piernas debajo del cuerpo.
—Usaremos el lago del conde Kirigin para mostrar a los kerch nuestro prototipo
de izmars’ya. —Los demás intercambiaron una mirada incomprensible para Isaak,
pero eso no era nada nuevo. Supuso que, llegado el momento, alguien le explicaría
qué era exactamente un izmars’ya para que así pudiera asentir con sabiduría al hablar
del tema.
—Tú estarás trabajando —añadió Tamar—. No podrás probar las diversiones del
conde Kirigin.
—Desde luego —dijo Isaak. Pero al menos podría echar un vistazo para saber a
qué venía tanto revuelo.
Genya le pasó un fajo de papeles.
—Aquí tienes unas notas para la cena de esta noche. No hace falta que pronuncies
un discurso, pero se trata de un asunto más formal y tiene que parecer que estás
familiarizado con todo. Mañana es la cacería.
—Al menos sí que sé cazar —dijo Isaak, aliviado.
—Pero no como cazan los caballeros. De todas formas, Nikolai nunca ha sido
muy aficionado a ese deporte. Le gustan los zorros. La cacería no es más que una
excusa para salir a cabalgar y conocer a las pretendientas. Recuerda dividir
equitativamente tus atenciones entre todas ellas. Repasaremos los detalles esta noche,
después de la cena.
Todos se marcharon. Isaak inclinó la cabeza hacia atrás y contempló el techo
dorado. Se sentía al mismo tiempo cansado y nervioso. Echó un vistazo a las notas
que le explicaban la disposición de los cubiertos en la mesa y la manera correcta de
comer una ostra. Las dejó a un lado; necesitaba despejarse la cabeza.
Nada más abrir la puerta, vio a Tolya.
—¿Ocurre algo?
—Solo quiero dar un paseo.
Tolya se mantuvo a unos pasos de distancia mientras Isaak recorría el pasillo,
pero la sensación de estar siendo vigilado le seguía resultando inquietante. Se

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rumoreaba que Nikolai había huido de la universidad para emprender una vida de
aventuras en alta mar bajo la identidad del corsario Sturmhond. Una historia ridícula,
pero Isaak podía entender ese impulso. ¿Quién no preferiría una libertad así antes que
aquella representación constante? Cruzó la galería de retratos, ignorando los cuadros
de incontables reyes y reinas Lantsov, y entró en el invernadero.
De todos los lugares del Gran Palacio, aquel era el favorito de Isaak. Era una
estancia de techo alto que cubría la mitad de toda el ala sur. La luz del sol entraba por
sus paredes enteramente hechas de cristal, y unas tuberías de vapor calentaban el
suelo de baldosas rojas. Los senderos sinuosos del invernadero estaban bordeados de
árboles frutales y palmeras en grandes macetones, arbustos en flor que se asomaban a
los senderos y setos podados en forma de arcos escalonados y cuadrículas. Un
riachuelo artificial fluía por el centro de la sala, estrechándose y ensanchándose para
crear estanques con nenúfares y piscinas reflectantes.
Había una chica sentada junto a uno de los estanques… no, no era una chica, sino
una princesa. Ehri Kir-Taban. La Hija del Cielo. Los shu solían llevar el nombre de
uno de sus progenitores o de ambos, pero la familia real siempre adoptaba el nombre
de la primera reina shu, fundadora de la dinastía Taban. Había guardias ravkanos y
Tavgharad shu repartidos por el perímetro del invernadero. Debería haberse fijado en
ellos antes, pero estaba demasiado absorto. La distracción era algo que no se podía
permitir, ni como guardia ni como rey.
Aquella era su oportunidad. Podía compensar su encuentro perdido con la
princesa e intentar obtener la información que necesitaban Genya y los demás.
«Despliega tu encanto.» Claro que sí. Su encanto.
Pero antes de que se le ocurriera una buena frase para romper el hielo, la princesa
levantó la cabeza.
Se puso en pie apresuradamente e hizo una reverencia. Majestad.
—No pretendía perturbar vuestra paz —dijo Isaak en shu.
—Soy vuestra invitada. No hay intrusión posible. —Miró de reojo a los guardias
—. ¿Os… os gustaría sentaros y charlar un rato?
«Listo. Ni siquiera he tenido que pedírselo yo.» Sin embargo, todavía tenía ganas
de dar media vuelta y escabullirse por la puerta. Pero negarse habría sido un desaire.
Además, Tolya era muy capaz de ponerse delante de la puerta y negarse a dejarle
pasar.
Isaak se sentó a su lado sobre la amplia roca plana que había junto al estanque. El
aire tenía un dulce olor a azahar, y el suave chapoteo de los peces que jugaban en el
agua era reconfortante. Habría sido un lugar de descanso agradable de no haber sido
por los guardias ceñudos que los observaban desde los umbrales. Isaak se prometió a
sí mismo que, cuando recuperara su propio rostro y volviera a su puesto de trabajo,
intentaría tener un semblante un poco más alegre.
—Gracias por acompañarme —dijo Ehri.
—El placer es todo mío.

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—No lo creo —murmuró ella con una leve sonrisa—. Sin duda habéis venido
para estar solo, o todo lo solos que podemos estar nosotros, al igual que yo.
—Pero si deseáis estar sola, ¿por qué me invitáis a acompañaros?
—Debo hacer ver que me esfuerzo, o las guardias informarán a mi hermana y no
me dejará en paz.
—¿Vuestra hermana?
—Makhi Kir-Taban, la Nacida del Cielo, nuestra princesa más celestial, la que
heredará la corona y gobernará con sabiduría y justicia durante muchos años.
—¿Y qué haréis vos? —preguntó Isaak. «Las mujeres quieren que las escuchen.»
—Casarme con vos, por supuesto.
—Por supuesto —dijo Isaak, esforzándose por no ruborizarse—. Pero ¿y si no
tuvierais que casaros conmigo? —Entonces pareció asustarse, como si aquella
pregunta no estuviera en el guión que le habían dado y dudara de cuán sincera debía
ser. Isaak la comprendía bien—. Por favor —dijo cordialmente, tanto para
tranquilizarla como porque sentía verdadera curiosidad—. Me gustaría saberlo.
La princesa acarició su vestido de seda con el pulgar.
—Supongo que, de no haber nacido Taban, me habría gustado ser soldado… tal
vez incluso pertenecer a la Tavgharad.
—¿De verdad? —No pudo reprimir una carcajada. Era demasiado absurdo pensar
que un guardia que fingía ser un rey estaba hablando con una princesa que quería ser
guardia real.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—Es descortés reírse.
Isaak se recompuso al instante.
—No pretendía insultaros. Pero me habéis sorprendido. Servir en la guardia real
es una vocación muy noble. Y os brindaría cierta libertad, aunque incluso ellas tienen
responsabilidades.
—Sí, pero no están obligadas a posar y emperejilarse para ser vendidas como
objetos. —La princesa palideció al darse cuenta de lo que acababa de decir—.
Perdonadme, no era mi intención… Para mí sería un gran honor…
—No os disculpéis. Por favor. Os he pedido sinceridad. No espero que todas las
mujeres que conozco estén deseosas de casarse conmigo.
La princesa frunció el ceño.
—¿Ah, no?
«Maldita sea.» Otro paso en falso. Isaak le guiñó un ojo.
—Al menos al principio. —Esa respuesta era mucho más propia de Nikolai,
aunque la princesa parecía ligeramente desilusionada.
—Podéis compensármelo —dijo Ehri—. He sido sincera con vos; ahora podríais
compartir algún secreto conmigo. Es lo justo.
«No soy el rey de Ravka; solo soy un humilde soldado raso que intenta no
empapar de sudor esta ropa tan cara.» No, definitivamente no era la respuesta

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adecuada. Isaak supuso que podía decirle algún galanteo, pero no estaba seguro de
qué secretos eran suyos y cuáles pertenecían al rey.
—Muy bien. Mi secreto es que, aunque es verdad que deseaba estar a solas, estoy
disfrutando de vuestra compañía. No ha sido una mañana fácil.
—¿No?
—Una muchacha ha estado a punto de morir ahogada.
Ehri soltó un resoplido muy impropio de una princesa.
—La culpa es suya por tirarse al agua.
—¿Cómo?
—Apostaría mi mejor hacha a que su caída no ha sido en absoluto accidental.
—¿Vuestra mejor hacha?
Ehri se recogió un mechón de cabello oscuro detrás de la oreja.
—Soy una gran coleccionista.
Una princesa que quería ser guardia palaciega y a la que le gustaban las armas. Al
menos era interesante.
—¿Cómo estáis tan segura de que la señorita Schenck ha saltado? —preguntó.
—Porque anoche mis consejeras me recomendaron que hiciera lo mismo.
Isaak la miró fijamente.
—¿Queréis decir que arriesgó su vida para…?
—¿Para llamar la atención de un rey y darle la oportunidad de hacerse el héroe?
—dijo Ehri, resoplando y alisándose e! vestido de seda—. Una apuesta razonable,
pero yo no estaba dispuesta a hacerla.
Isaak la observó atentamente.
—¿Porque preferíais esperar a que un rey pensativo pasara por aquí y os
encontrara como sacada de un cuadro, con vuestro vestido de seda verde y unas flores
prendidas en el cabello? —Sus ojos dorados se desviaron con gesto culpable—.
¿Cuánto tiempo lleváis esperando por si aparecía casualmente?
La princesa se mordió el labio.
—Dos horas y doce minutos. Más o menos.
Su sinceridad le produjo a la vez irritación y agrado.
—Esa losa de piedra no puede ser demasiado cómoda.
—Lamento decir que ya no siento las posaderas.
Al oír eso, Isaak rompió a reír, pero se recompuso enseguida. Aquella no era la
risa de Nikolai. Vio que uno de los guardias de palacio ladeaba la cabeza. «Trukhin.»
Isaak había compartido con él incontables turnos de vigilancia en el palacio. Tenía
motivos de sobra para reconocer la risa de Isaak.
Por todos los Santos, ya estaba cansado de tanta pantomima. Pero la princesa
acababa de ofrecerle una vía.
—Si no aguantáis ni un ratito sentada en una piedra, no sé cómo podríais montar
guardia de pie durante horas.
—Pues menos mal que nací con sangre real.

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—Confieso que sé muy poco de las Tavgharad —dijo Isaak, esperando que su
tono de voz pareciera natural—. ¿Proceden de familias nobles?
—No —dijo Ehri con voz curiosamente mordaz—. Proceden de todos los pueblos
y aldeas; allí entrenan, se ponen a prueba y esperan ser escogidas. No existe mayor
honor.
—¿Que defenderos a vos? —No pudo reprimir una sonrisa.
Ehri se mordió el labio.
—Al linaje Taban. Yo soy una de las joyas menores de la corona.
A Isaak le costaba creerlo. Era arrebatadoramente hermosa. No podía ni
imaginarse el aspecto de sus hermanas si la fea era ella. Insistió:
—Debe de ser una vida dura, aunque tenga sus recompensas. ¿También
abandonan a sus familias, como los Grisha?
El cuerpo de Ehri se tensó ligeramente.
—Lo hacen gustosas. —Deslizó la mano sobre el agua—. Si tienen hermanos
gemelos, lo pasan peor.
¿Gemelos?
—Son muy comunes entre nuestro pueblo. —Señaló con la frente a Tolya—.
Como los Keb-Bataar.
—Interesante palabra, kebben. En ravkano no existe ninguna parecida. —Hacía
referencia a un gemelo o un pariente cercano, pero también a alguien unido a tu
corazón.
Ehri cerró los ojos y recitó:
—«Cualquiera se lamenta por la primera flor. ¿Quién llorará a las que caigan
después?»
Isaak no pudo contener la sonrisa. Por lo visto, el consejo de Tolya iba a venirle
bien después de todo.
—«Yo me quedaré, cantaré para ti aunque la primavera no esté.»
—¿Lo conocéis? —dijo Ehri, sorprendida.
—Lo aprendí cuando empecé a estudiar shu. —Era un poema que llevaba el
sencillo título de «Kebben’a», y había un gran debate sobre si debía traducirse como
«Amor mío», «Hermano» o «Solo tú».
—Es un viejo poema muy pasado de moda, pero describe bien el espíritu de los
kebben.
—Creo que se compuso un acompañamiento musical —dijo Isaak—. Tengo
entendido que tocáis el khatuur.
Ehri enterró las manos en su vestido de seda y su semblante se crispó de nuevo.
—Sí —contestó secamente. ¿Qué había hecho mal?
—He descubierto… —balbuceó Isaak, temeroso de estar a punto de echarlo todo
a perder desastrosamente—. He descubierto que este cargo, esta vida de protocolo, le
arrebata el sabor a muchas cosas con las que antes disfrutaba.

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Por un momento Ehri pareció sobresaltada, casi asustada, pero entonces algo
brilló en su mirada y se inclinó hacia delante.
—Lo sé —susurró—. Si fuéramos guardias, por lo menos podríamos pasar el día
haciendo algo más emocionante.
—Podríamos montar a caballo.
—Comer con las manos.
Ehri bajó la barbilla y susurró:
—Eructar.
—Con vehemencia.
—Podríamos… oh, cielos —dijo Ehri—. Creo que tenemos compañía.
Y en efecto, por los dos senderos ajardinados se acercaban las pretendientas y sus
carabinas, como una bandada de aves de presa muy bien vestidas.
—Alguien les habrá dicho que estábamos hablando en privado.
—A lo mejor se arrojan todas al lago para llamar vuestra atención —susurró Ehri,
e Isaak tuvo que resistir el impulso de echarse a reír otra vez.
—¿Qué divierte tanto al rey? —preguntó la princesa fjerdana mientras se
aproximaba, agitando un elegante abanico que se asemejaba a una lámina de
escarcha.
—Confieso que muchas cosas —dijo Isaak—. El rey es un hombre sencillo.
No era cierto, pero muy pocas cosas lo eran últimamente.

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NINA SABÍA QUE SACAR del fuerte a las mujeres no sería tarea
fácil. La seguridad sería mayor por culpa de su aventurilla, pero tenían la esperanza
de que los soldados pensaran que la intrusa había sido una novicia que pretendía
gastar una broma o verse con un soldado, y no una espía de Ravka.
Cuando Nina se reunió con Leoni y Adrik para trazar el plan, hablaron en zemeni
y se aseguraron de hacerlo bien lejos del convento, aprovechando la excusa de una de
sus excursiones para vender los cargadores de rifle. Habían vendido unos cuantos a
varios pescadores locales que intentaban pasarse a la caza para obtener pieles y carne,
ahora que los peces del río se morían. Pronto tendrían que reabastecerse de
mercancías.
Esa mañana, Nina había visto un fugaz destello de pelaje blanco entre los árboles,
mientras salían del pueblo. Se separó de Adrik y Leoni y se dirigió hacia el bosque
con el máximo sigilo. Vio a Trassel acechando en la otra orilla del río. Le dio un
vuelco el corazón al ver otras siluetas en el bosque. Lobos grises, Pero aquellos
animales no parecían tener los ojos de color naranja ni el aspecto escuálido de los que
Nina había encontrado en el hielo. Cada vez que alguno hacía ademán de acercarse al
agua, Trassel daba una dentellada y los lobos grises retrocedían hacia los árboles.
«Los está guiando», comprendió Nina. «Los está alejando del agua
emponzoñada.»
Quiso quedarse a observar, para averiguar si Trassel le permitía acercarse, aunque
continuara rechazando las sobras de la cocina. Pero Adrik y Leoni la esperaban. Y las
chicas de la montaña también. A regañadientes, dejó atrás a Trassel y regresó al
trineo.

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El plan parecía sencillo: sacar a las mujeres y a sus bebés y cruzar la garita de los
guardias al pie de la colina, todo ello antes de que alguien se percatara de que las
prisioneras habían desaparecido.
A Leoni no le hizo ninguna gracia descubrir que necesitarían explosivos.
—Apenas tengo experiencia con los materiales explosivos —dijo mientras
reempaquetaban sus mercancías—. Y las mechas largas siempre dan problemas.
—Necesitamos crear una distracción—dijo Nina—. Una vez salgamos, las
bombas provocarán un incendio en la zona activa de la fábrica, que se extenderá hasta
la maternidad. Para cuando lo hayan apagado y descubran que no hay ningún
cadáver, las chicas ya estarán de camino a Hjar. —Allí, un ballenero tripulado por
miembros de los Hringsa las estaría esperando para llevarlas a Ravka. En realidad la
tripulación esperaba fugitivos Grisha, no a un puñado de chicas y bebés adictos a lo
que Leoni sospechaba que era una versión sintética de la parem, o algo muy similar.
Pero Nina encontraría el modo de explicárselo—. No podemos decirles a las chicas
quiénes somos si queremos que nos obedezcan.
A Leoni pareció incomodarle la idea.
—¿No deberían poder decidir?
—La parem te arrebata la capacidad de decisión. Solamente pueden pensar en
cuándo recibirán su próxima dosis. Si queremos que nos acompañen en silencio, no
pueden saber que las vamos a alejar de la droga. También deberíamos intentar
conseguir algo de jurda corriente; puede que les ayude a sobrellevar la abstinencia.
Adrik escudriñó la carretera con los ojos entornados.
—¿Y qué pasará cuando se den cuenta de que no va a haber una próxima dosis?
—Leoni, ¿podrías preparar un sedante que nos permita manejarlas, pero que a la
vez sea seguro para las madres que siguen encintas?
—¿De verdad nos estamos planteando sedar a unas embarazadas? —dijo Adrik
—. ¿Y si calculamos mal la dosis?
—A mí tampoco me gusta la idea, pero sé lo que es estar dominada por esa ansia.
—Puedo prepararlo —dijo Leoni—. Creo que sí. Pero… —Observó el nudo que
estaba atando—. ¿Y si no se recuperan de esto? Podríamos estar condenándolas a un
viaje horrendo, tal vez incluso a morir.
Nina recordaba demasiado bien su agónica batalla contra la parem. Había
suplicado la muerte, había rezado por que llegara. Sin Matthias, seguramente no
habría resistido. Y eso solo había sido el primer escollo. ¿Qué habría hecho sin Inej,
que le había dado un propósito? ¿O sin Jesper, que la había hecho reír? Incluso ese
cabroncete de Kaz, implacable hasta el fin, había contribuido. Los había necesitado a
todos para seguir adelante en aquellos días largos e inhumanos, mientras luchaba por
volver a ser la de antes. Aquellas mujeres estarían en tierra extraña, sin familia y sin
amigos. Tendrían que aprender a apoyarse las unas en las otras. Si es que sobrevivían.
Nina miró a Leoni, a Adrik.

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—No voy a aparentar que estoy siendo imparcial. Al ver así a esas mujeres, a esas
niñas… Yo entiendo lo que hace la parem. He pasado por esa guerra. Sé lo que
escogería yo.
—¿Y estás dispuesta a tomar la decisión por ellas? —preguntó Adrik.
—Todos tendremos que estar dispuestos.
Leoni tomó aire.
—Yo no querría vivir bajo el control de nadie. Ni querría condenar a mi hijo a
una vida así.
—¿Adrik? —dijo Nina.
—Ya te he dicho lo que pienso, Nina. Estamos poniendo en peligro nuestras vidas
y las de otros Grisha para poder llevar a Ravka lo que sospecho que será un barco
lleno de cadáveres. Pero no voy a darles la espalda. Como mínimo, así tendré algo
más de lo que quejarme durante el resto de mis días.
—De nada —dijo Nina.
Adrik se inclinó ligeramente, con aire taciturno.
—Pero ¿cómo vamos a justificar ante los guardias y las prisioneras la presencia
de un manco y dos mujeres en la fábrica?
—Podemos conseguirte un uniforme y meterte relleno en la manga. Y Leoni y yo
podemos ponernos delantales de Doncellas del Manantial.
—¿Crees que no se darán cuenta de que apenas chapurreo el fjerdano y de que
intento guiar a los caballos con una sola mano?
—Hanne te ayudará.
—¿Estás segura? —preguntó Leoni—. Vi su expresión la otra noche. Lleva
demasiado tiempo bajo el yugo de la Madre del Manantial.
No solo bajo el suyo. También bajo el de sus padres. Bajo el de toda Fjerda. Pero
aun así Hanne había mentido por Nina. Había desafiado las normas del convento para
ayudar a quienes la necesitaban. Se las había arreglado para conservar la fiereza de su
corazón en aquel condenado lugar.
Adrik se recostó contra el carro.
—Si descubre que somos Grisha…
—Ella también es Grisha.
—Y se odia por ello. No creas que ese odio no se puede volver contra nosotros.
Aunque consiguiéramos salir de esta sin revelar nuestra verdadera identidad, ella
tendrá que quedarse aquí y sufrir las consecuencias cuando nos hayamos marchado.
—Nina se revolvió, incómoda, y Adrik enarcó las cejas—. Piensas que nos
acompañará. Oh, Zenik. Y yo que pensaba que la optimista incurable era Leoni.
—Hanne no pertenece a este lugar. —Aunque consiguiera mantener sus poderes
en secreto, Fjerda terminaría por quebrantar el espíritu de Hanne. Nina no quería ni
imaginarse a Hanne convertida en una víctima más de aquella guerra.
Adrik la estudió con atención.

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—No le hagas creer que somos su única opción, Nina. Hanne no te perdonará una
cosa así.
«Puede que no me lo perdone», pensó Nina, «pero al menos así sobrevivirá».

Cuando Nina llegó al aula al día siguiente, le sorprendió encontrar allí no solo a
Hanne, sino también a una de las Doncellas del Manantial.
—Kori del Manantial también quiere aprender —dijo secamente Hanne.
Nina trató de aparentar entusiasmo.
—¡Otra alumna! Excelente. ¿Sabes ya algo de zemeni?
—No —dijo Kori sombríamente. Estaba claro que la tarea no le hacía gracia. Y
estaba claro que la Madre del Manantial pensaba que Nina y Hanne no debían estar a
solas.
—Pues empecemos por el principio. Comenzaremos por el verbo «rezar».
Hanne puso los ojos en blanco, y a Nina le costó trabajo no reírse. Si aquel era el
mayor desafío al que se enfrentaban en los próximos días, podían darse con un canto
en los dientes.
Pero mientras enseñaba a Hanne y a Kori un poco de vocabulario básico («silla»,
«mesa», «ventana», «cielo», «chica», «nube»), llamaron a la puerta y una novicia se
asomó por la rendija. Era la muchacha de mejillas rubicundas que había hablado con
Nina en el bosque, una de las novicias que habían salido a cabalgar con Hanne
vestidas de soldados fjerdanos.
La chica le hizo una reverencia a Kori.
—¿Qué sucede? —le preguntó esta.
—La Madre del Manantial me envía a buscarte, Hanne —dijo la novicia—. Ha
venido tu padre.
El cuerpo de Hanne pareció derrumbarse como una flor marchita por una
repentina helada. Nina la había visto asustada y enfadada otras veces, pero aquello
era algo nuevo y perturbador; parecía que todo el fuego que la llenaba se hubiera
extinguido repentina y abruptamente.
Hasta Kori parecía preocupada cuando le dijo a Hanne:
—Puedes ir.
Hanne cerró su cuaderno y se levantó. Nina sabía que no debía hacerlo, pero
cuando Hanne pasó a su lado, la cogió de la mano y la apretó con fuerza. Hanne miró
de reojo a la Doncella del Manantial, que las observaba con los ojos entornados, y le
devolvió el gesto.
—No pasará nada —susurró Nina—. Adawe. —El primer verbo que le había
enseñado a Hanne: «lucha».
Hanne se irguió ligeramente. Soltó la mano de Nina, pero la novicia añadió
entonces:

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—También desea conocerla a usted, Enke Jandersdat.
Bien. Si el padre de Hanne quería conocer a la profesora de su hija, Nina haría lo
posible por tranquilizarlo y complacerlo. Tal vez ella pudiera ayudar a Hanne a
capear aquella tormenta. Se levantó.
—Adawesi —dijo Hanne, esbozando una sonrisa con sus labios carnosos:
«luchamos».
Al llegar a la capilla, la novicia las guio por un largo pasillo, y Nina se dio cuenta
de que se dirigían al mismo despacho en el que Hanne y ella se habían reunido con la
Madre del Manantial para hablar de las clases de idiomas.
La Madre del Manantial las estaba esperando detrás de su escritorio, igual que la
última vez, y junto a la ventana había un hombre alto y de porte militar, con las
manos entrelazadas detrás de la espalda. Una profunda cicatriz roja le recorría la base
de su pálido cráneo. Nina sintió congelarse sus entrañas.
—Madre del Manantial —dijo Hanne con una profunda reverencia—. Min
fadder.
Nina supo de quién se trataba antes de que se diera la vuelta. Pero no pudo hacer
nada para ocultar el terror que se apoderó de ella en cuanto su mirada volvió a
cruzarse con los fríos ojos azules de Jarl Brum.
La última vez que Nina había visto a Jarl Brum, este había intentado encarcelarla
y esclavizarla. Nina estaba bajo la influencia de su primera y única dosis de jurda
parem cuando se había enfrentado a él y a sus drüskelle en el puerto de Djerholm.
Nina había querido asesinarlo, y podría haberlo hecho sin pensar. Pero Matthias le
había implorado que mostrara piedad, y lo había hecho. Había dejado con vida a
Brum y a sus hombres, aunque, en un último y mezquino gesto, Nina le había
arrancado el cuero cabelludo. Por lo visto, alguien se lo había vuelto a coser.
Nina hizo una profunda reverencia, fijando la vista en el suelo y tratando de ganar
tiempo para poner en orden sus pensamientos y disimular su miedo. «Espabila,
Zenik», se dijo a sí misma. En la Corte de Hielo, Brum no se había dejado engañar
por el torpe disfraz de Nina, pero esta vez había sido alterada por la maestra Genya
Safin. Sus huesos y su cuerpo habían cambiado, y sabía que su dominio del idioma
fjerdano era impecable. Recordaba lo que le había dicho a Hanne, que la actuación
empezaba en el cuerpo, y ahora mismo Nina tenía que hacer la representación de su
vida. En vez de ocultar su miedo, lo utilizaría. Era su odio lo que necesitaba enterrar.
Cuando se irguió tras la reverencia, ya no era Nina Zenik; era Mila Jandersdat,
una muchacha cuyo modo de vida probablemente dependía del favor de Jarl Brum.
Pero la atención de Brum estaba puesta en Hanne. Su expresión se ablandó al
mirar a su hija.
—Hanne —dijo, acercándose y abrazándola—. Te veo muy… sana.
Hanne se encorvó un poco más.
—Gracias, papá.
—Tu figura se suavizaría si dejaras de cabalgar tanto.

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—Lo siento, papá.
Él suspiró.
—Ya lo sé. —Su mirada se desvió hacia Nina, que inclinó la cabeza y miró al
suelo con recato—. ¿Y esta es tu nueva profesora? Es tan joven que pasaría por una
alumna más.
—Trabaja como guía para los comerciantes zemeni que llegaron la semana
pasada —dijo Hanne.
—Eso me ha contado la Madre del Manantial —dijo Brum, caminando
lentamente hacia Nina—. Una desconocida llega con dos extranjeros, y pocos días
después alguien burla la seguridad de la fábrica. Curiosa coincidencia.
Nina lo miró con lo que esperaba que fuera consternación y asombro. Brum la
cogió por la barbilla e inclinó su rostro hacia arriba.
Quienquiera que le hubiera cosido la piel de la cabeza había hecho un trabajo
muy hábil, pero su cabello dorado había desaparecido y le era imposible disimular la
cicatriz que le rodeaba todo el cráneo, como la gruesa cola rosada de una rata. Un
Sanador o un Confeccionador Grisha la habría hecho desaparecer, claro, pero para
ello habría hecho falta que Brum permitiera que se acercaran a su cabeza. Nina quiso
responder con una mirada fulminante a los ojos incisivos de Brum, pero en vez de eso
dejó que sus ojos se empañaran.
Brum frunció el ceño.
—¿Qué edad tiene?
—Dieciocho años, señor.
—Temprana edad para ser viuda.
—Tuve mala suerte.
Sonrió ligeramente.
—¿Por qué tiembla tanto?
—No estoy acostumbrada a estar en presencia de grandes hombres.
Brum alzó las cejas, pero Nina reparó en que sus ojos centelleaban de
satisfacción. Conque eso era lo que le gustaba al comandante Brum: la adulación, la
timidez, el miedo. La última vez que se habían visto, Nina se había mostrado
descarada y coqueta. Ahora comprendía su error.
—¿Dónde aprendió zemeni? —preguntó.
—Mi marido regentaba un pequeño negocio de transporte de pescado y productos
congelados. Solía comerciar con los zemeni. Yo tenía talento para ello y terminé
ocupándome de las comunicaciones.
—¿Y cómo falleció?
—Se lo llevaron las aguas. —Una lágrima le rodó por la mejilla. Una
sincronización perfecta.
Los ojos de Brum siguieron la trayectoria de la lágrima con gesto casi
hambriento.

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—Una lástima. —Soltó el mentón de Nina y retrocedió—. Quiero interrogar a los
comerciantes zemeni —le dijo a la Madre del Manantial.
—¿Qué hay de mis lecciones, papá? —preguntó Hanne.
—Tus lecciones… —dijo Brum, pensativo—. Sí, creo que la influencia de una
muchacha con modales rurales te vendría bien, Hanne. Puedes seguir.
Nina hizo otra ostentosa reverencia.
—Gracias, señor —dijo, mirándolo a través de sus pestañas humedecidas—. Es
un honor.
Mientras Brum y Hanne salían del despacho para charlar en privado, Nina saludó
a la Madre del Manantial con una nueva reverencia y se dio la vuelta para marcharse.
—Sé lo que se propone —dijo la Madre.
Nina se quedó paralizada, con la mano en el picaporte.
—¿A qué se refiere?
—El comandante Brum está felizmente casado con una dama de noble cuna.
Nina parpadeó, a punto de echarse a reír a carcajadas.
—¿Y eso por qué debería importarme?
La Madre entornó los ojos.
—Dudo que le importase en absoluto. Ya sabía yo que andaba buscando algo más
que un simple empleo como profesora.
—Solo deseo ganarme la vida.
La Madre del Manantial soltó un cacareo de incredulidad.
—Quiere un hombre con recursos que la mantenga. Puede que haya engañado al
noble comandante con sus ojitos de cordero y su labio tembloroso, pero no es una
mujer honesta.
«Y tú eres una hipócrita de la peor calaña», pensó Nina, furiosa. Aquella mujer
administraba parem, o una sustancia equivalente, a niñas y mujeres. Se ponía su
delantalito de beata y recorría los pasillos de la fábrica con su maldita droga,
ayudando a los soldados a esclavizarlas. «Cuando esas chicas desaparezcan, me
aseguraré de que Jarl Brum te eche la culpa. Ya veremos entonces cuánto te gustan
las atenciones del noble comandante.»
Pero lo único que dijo fue:
—El comandante Brum tiene edad para ser mi padre.
—Y juicio suficiente para resistir tus torpes intentos de seducción, te lo advierto.
Pero te estaré vigilando.
Nina sacudió la cabeza con fingida preocupación.
—Lleva usted enclaustrada demasiado tiempo, Madre del Manantial, si le cuesta
tan poco ver pecado en los demás.
—¿Cómo se atreve…?
Nina se cubrió primorosamente las punteras de los zapatos con sus faldas.
—No estoy segura de que este sea un ambiente totalmente saludable para una
chica como Hanne. Es una pena —dijo Nina, dándose la vuelta para irse—. Pero

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rezaré por usted.
Dejó a la Madre del Manantial ruborizada y furibunda.
Por mucho que le gustara provocarla, Nina se alegraba de haber despertado las
sospechas de la mujer. «¿Cuál es la forma más sencilla de robarle la cartera a un
hombre?», le había explicado Kaz Brekker en una ocasión. «Decirle que vas a robarle
el reloj.» Si aquella bruja malencarada pensaba que el objetivo de Nina era
amancebarse con un hombre rico, no sospecharía de su auténtico plan.
«¿Y si Brum está fingiendo? ¿Y si sabe exactamente quién soy?» Brum ya la
había engañado en el pasado, y casi le había costado la vida. Esta vez tendría más
cuidado. Cuando volviera a vérselas con Jarl Brum, no pensaba dejarlo con vida.
Pero no estaba preparada para la tormenta que la esperaba en el aula.
—¿A qué ha venido eso? —le espetó Hanne. Kori no estaba por allí, y Hanne
caminaba de un lado a otro, haciendo ondear su delantal—. Lo de temblar como una
hoja en una ventisca y llorar como una chiquilla asustada. Tú no eres así.
Nina sintió un acceso de ira. Lo que había visto en el fuerte, la impresión de
volver a ver a Brum, los crímenes de la Madre del Manantial… era demasiado.
—Apenas me conoces —le soltó.
—Sé que eres lo bastante valiente para querer ayudar a tu hermana y lo bastante
impulsiva para colarte en una fortaleza militar. Sé que eres lo bastante lista para
engañar a un montón de cazadores borrachos y lo bastante generosa para ayudar a
una amiga desesperada. ¿O todo eso también era mentira?
Nina apretó los puños.
—Intento asegurar mi supervivencia, la de las dos. Tu padre… Conozco su
reputación. Es un hombre despiadado.
—No le ha quedado más remedio.
Nina quería ponerse a gritar. ¿Cómo podía la fiera y enérgica Hanne ser hija de
Brum? ¿Y por qué no veía cómo era su padre?
—¿Qué haría si se enterara de que eres una Grisha?
Hanne se giró hacia la ventana.
—No lo sé.
—¿Y si supiera que yo intento ayudarte?
Hanne se encogió de hombros.
—No lo sé —repitió.
«Sí que lo sabes», pensó Nina. «Sabes perfectamente lo que haría ese bastardo
fanático, pero te da miedo reconocerlo.»
Nina tenía ganas de agarrarla por los hombros y zarandearla. Quería subir a
Hanne a un caballo y galopar hasta llegar a la costa. Pero no podía pensar en nada de
eso si querían liberar a las chicas del fuerte. Adawesi. Luchamos. Y Nina sabía que
para luchar debía emplear todas las herramientas que tenía a su alcance… incluidos
los remordimientos de Hanne.

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—Debes mantener el secreto; se lo debes a tu padre. —Nina se sintió enferma al
decir esas palabras, sabiendo el efecto que tendrían. Hanne no le debía nada a Brum,
pero Nina se obligó a continuar—: Si se enterara de que eres una Grisha, lo
colocarías en una encrucijada imposible. Su reputación y su carrera correrían grave
peligro.
Hanne se dejó caer en la silla y se llevó las manos a la cabeza.
—¿Crees que no me doy cuenta?
Nina se acuclilló a su lado.
—Hanne, mírame. —Nina esperó hasta que Hanne levantó finalmente la vista.
Sus ojos no estaban húmedos, pero su mirada reflejaba angustia, y Nina supo que no
era por sí misma, sino por la humillación que le causaría a su padre—. Este país…
este país hace cosas terribles a sus habitantes. Tu padre piensa como piensa por culpa
de su educación. Pero a él no puedo ayudarle. No puedo cambiarlo. Pero sí que puedo
ayudar a mi hermana. Y puedo ayudarte a ti. Y haré lo que haga falta para lograrlo. Si
tengo que menear las pestañas delante de tu padre y convencerlo de que soy un
ejemplo de femineidad fjerdana, lo haré.
—Es repugnante. Mirabas a mi padre como si fuera la encarnación de Djel.
—Miraba a tu padre como quiere que lo miren: como a un héroe.
Hanne deslizó el pulgar encallecido por la superficie del viejo pupitre de madera.
—¿Es lo mismo que haces conmigo?
—No —dijo Nina. Eso, al menos, era verdad. Le había contado a Hanne un
sinnúmero de mentiras, pero nunca la había adulado ni manipulado de esa forma—.
Cuando te dije que tenías talento, era sincera. Cuando te dije que eras magnífica,
también. —Hanne la miró a los ojos, y por un momento Nina creyó que no estaban en
aquella aula, ni siquiera en aquel país. Estaban en un lugar mejor. En un lugar libre—.
Nuestra primera meta siempre es sobrevivir—dijo—. Y no pienso pedir perdón por
ello.
A Hanne le temblaba el labio.
—¿Siempre has estado tan segura de ti misma?
Nina se encogió de hombros.
—Sí.
—¿Y tu marido no se quejaba?
—Sí que se quejaba —dijo Nina, y de repente tuvo que apartar la mirada, porque
no se estaba imaginando a un comerciante ficticio, sino a Matthias, con su estricto
decoro, su mirada reprobadora y su corazón cariñoso y generoso—. Se quejaba
constantemente.
—¿Se enfadaba con facilidad? —preguntó Hanne.
Nina negó con la cabeza y se llevó las palmas de las manos a los ojos; no podía
contener las lágrimas. No quería. Por los Santos, qué cansada estaba.
—No. No siempre estábamos de acuerdo. —Sonrió, notando las lágrimas saladas
en sus labios—. De hecho, no estábamos de acuerdo casi nunca. Pero me amaba. Y

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yo a él.
Hanne extendió el brazo y le rozó la mano a Nina con los dedos desde el otro lado
del pupitre.
—No tenía derecho a preguntar.
—No pasa nada —dijo Nina—. El dolor me sigue pillando desprevenida. Es un
cabroncete sigiloso.
Hanne se echó hacia atrás y la observó.
—Nunca he conocido a nadie como tú.
Nina sabía que lo mejor era agachar la cabeza y hacer algún comentario sobre la
contención de su espíritu impetuoso, para demostrar que las costumbres fjerdanas sí
le importaban un comino. Pero en vez de eso, resopló y dijo:
—Pues claro que no. Soy espectacular.
Hanne se echó a reír.
—Me cortaría un pulgar por tener un ápice de tu confianza.
Nina se secó las lágrimas y le apretó la mano a Hanne, notando su palma cálida y
sus dedos encallecidos. Unas manos que sabían coser. Encordar un arco. Reconfortar
a un niño enfermo. Era agradable disfrutar de aquella sensación de bienestar, aunque
al mismo tiempo le parecía que la estaba robando.
—Me alegro de haberte conocido, Hanne—dijo Nina.
—¿Lo dices en serio?
Ella asintió, sorprendida por lo convencida que estaba. Hanne podía no ser
escandalosa ni impulsiva al hablar, y agachaba la cabeza delante de su padre y de la
Madre del Manantial, pero nunca había dejado que Fjerda la quebrantara. A pesar de
sus reverencias y sus convicciones sobre el honor familiar, había conservado su
rebeldía.
Hanne suspiró.
—Me alegro, porque mi padre quiere que cenes con nosotros esta noche, después
de que haya inspeccionado la fábrica.
—¿Cuándo vuelve a la capital?
—Mañana por la mañana. —Hanne la miró fijamente, con astucia—. Estás
planeando algo.
—Sí —dijo Nina—. Ya sabías que lo haría. No haré nada hasta que él se haya
marchado, pero voy a necesitar tu ayuda.
—¿Qué quieres que haga?
«Muchas cosas. Y ninguna de ellas será sencilla.»
—Quiero que te conviertas en aquello que tu padre siempre quiso que fueras.

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A NIKOLAI SE LE DABA cada vez mejor llamar al monstruo, pero su
humor empeoraba por momentos. Después de cada visita a Elizaveta se le veía más
callado y distante, aunque la que tenía que enfrentarse al ahogamiento era Zoya. A
esas alturas ya no pensaban que Elizaveta tuviera intención de matarla de verdad,
pero el monstruo todavía parecía creer que la amenaza era real, y eso no terminaba de
hacerle gracia a Zoya. Gracias a sus lecciones con Juris, sospechaba que sería capaz
de romper las paredes de ámbar que la Santa levantaba a su alrededor, y cuando la
savia empezaba a acumularse en torno a sus piernas, le resultaba difícil no intentarlo.
Pero no estaba allí para hacer alarde de su fuerza, sino para ayudar a Nikolai a
despertar al monstruo.
«De general del ejército Grisha a cebo para monstruos.» No le gustaba nada su
nuevo cargo, y solamente los avances que había estado haciendo en la guarida de
Juris evitaban que su temperamento la traicionara.
Hoy llegaba pronto al chapitel de Elizaveta. Yuri y Nikolai todavía no estaban
allí, y tampoco veía a la Santa por ninguna parte. ¿O sí? La gran cámara dorada
retumbaba con el zumbido de los insectos. Si Juris decía la verdad, los insectos eran
Elizaveta.
La cámara tenía seis lados, los mismos que cada uno de los paneles de ámbar que
componían sus altísimas paredes. ¿Por eso el Pequeño Palacio había sido construido
sobre un plano hexagonal? Zoya había visto aquella forma repetida en los edificios de
los Grisha, en sus tumbas y en sus lugares de entrenamiento. ¿Habría empezado todo

Página 292
con la colmena de Elizaveta? De cada una de las seis paredes arrancaba un túnel.
Zoya se preguntó adonde conducirían.
—Eras una de sus estudiantes, ¿verdad?
Zoya dio un respingo al oír la voz de Elizaveta. La Santa estaba junto a la mesa
donde se alzaba el espino que había hecho crecer.
Zoya sabía que Elizaveta se refería al Oscuro, aunque «estudiante» no era la
palabra adecuada. «Adoradora» o «acolita» habrían sido más precisas.
—Fui soldado del Segundo Ejército, bajo su mando.
Elizaveta la miró de reojo.
—Déjate de evasivas, Zoya. Yo también lo conocí. —La sorpresa de Zoya debió
de ser evidente, porque Elizaveta añadió—: Oh, sí, su camino se cruzó con el de
todos nosotros en un momento u otro. Yo lo conocí cuando acababa de empezar a
servir a los reyes de Ravka. Cuando yo todavía era joven.
Zoya se estremeció al pensar en lo vieja que debía de ser Elizaveta. Su conexión
con la creación en el corazón del mundo le había otorgado la inmortalidad. ¿De
verdad estaba dispuesta a rechazarla?
—¿Sabía lo que eras? —preguntó Zoya—. ¿Sabía lo que podías hacer?
—No —dijo Elizaveta—. Yo misma apenas lo sabía. Pero él sabía que yo poseía
un gran poder, y eso le atraía.
«Como hizo siempre.» El Oscuro valoraba el poder por encima de cualquier otro
rasgo. En ocasiones, a Zoya le preocupaba ser igual que él.
—Tuviste suerte —dijo Zoya—. Si hubiera sabido el alcance de tus talentos, te
habría perseguido hasta conseguir usarlos en su beneficio.
Elizaveta se echó a reír.
—Me subestimas, joven Zoya.
—O tú lo subestimabas a él.
La Santa meneó la cabeza con escepticismo.
—Tal vez.
—¿Y cómo era por entonces? —Zoya no pudo resistirse a preguntárselo.
—Arrogante. Idealista. Apuesto. —Elizaveta sonrió con tristeza, recorriendo con
los dedos el tronco del espino. Este se combó para seguir sus movimientos, como un
gato arqueando la espalda—. Nos encontramos muchas veces a lo largo de los años;
él adoptaba muchas apariencias distintas para ocultar su verdadero ser. Pero los
rostros que elegía siempre eran bellos. Era vanidoso.
—O inteligente. La gente valora la belleza. No pueden evitar reaccionar ante ella.
—Seguro que tú lo sabes bien—dijo Elizaveta—. Los cuentos de hadas no son
ciertos, ¿verdad? Prometen que la bondad y la gentileza te vuelven hermosa, pero tú
no eres ni buena ni gentil.
Zoya se encogió de hombros.
—¿Debería serlo?
—Tu rey valora esas cualidades.

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¿Y Zoya debería buscar su aprobación? ¿Fingir ser alguien que no era?
—Mi rey valora mi lealtad y mi capacidad para liderar un ejército. Que su futura
esposa se ocupe de sonreír y achuchar a los huérfanos.
—¿Renunciarías a él sin más?
Zoya levantó las cejas por la sorpresa.
—¿Renunciar? No me pertenece.
—¿Por qué crees que te uso a ti y no al monje para provocar al demonio?
—El rey lucharía por salvar a cualquiera, ya sea una princesa o un campesino.
—¿Ese es el único motivo? He visto cómo te siguen sus ojos.
¿Acababa de sentir cierta satisfacción al oír eso? ¿Un estúpido arrebato de orgullo
e ilusión?
—Los hombres llevan mirándome toda la vida. No le presto atención a eso.
—Cuidado, joven Zoya. Una cosa es que te mire un hombre cualquiera y otra
muy distinta recibir la atención de un rey.
La atención era algo fácil de conseguir. Los hombres la miraban y deseaban creer
que veían bondad debajo de su armadura, a una muchacha sensible y gentil que
saldría a relucir si le daban la oportunidad. Pero el mundo era un lugar cruel para las
muchachas sensibles, y Zoya siempre había valorado que Nikolai no le pidiera nada
parecido. ¿Y por qué iba a hacerlo? Nikolai hablaba de colaboraciones y alianzas,
pero era un romántico. Quería una clase de amor que Zoya no podía dar y que nunca
recibiría. Tal vez esa idea le doliera, pero aquella punzada de dolor, aquella sensación
incómoda de haber perdido algo, correspondía a una muchacha, no a una soldado.
Zoya miró de reojo hacia uno de los túneles. Parecía más oscuro que el resto.
Había algo extraño en el olor a miel y a savia que emanaba de él; era dulce, pero con
una nota de putrefacción. Tal vez fuera producto de su imaginación, pero incluso las
abejas sonaban distintas: no parecía el zumbido de unos insectos ajetreados, sino más
bien el sonido saturado y perezoso de las moscas que se saciaban a costa de los
muertos en un campo de batalla.
—¿Qué hay allí? —preguntó—. ¿Qué les pasa?
—Las abejas son todas mis facetas —dijo Elizaveta—. Cada triunfo y cada pesar.
Esta parte de la colmena está agotada. Está cansada de la vida. Esa amargura se
extenderá al resto de la colmena hasta que toda existencia pierda su sabor. Por eso
tengo que abandonar la Sombra, por eso adoptaré una forma mortal.
—¿De verdad estás dispuesta a renunciar a tu poder? —preguntó Zoya. Le
resultaba incomprensible.
Elizaveta señaló la cámara a oscuras con la frente.
—La mayoría de la gente puede ocultar sus mayores dolores y anhelos. Así
sobrevivimos día tras día. Fingimos que el dolor no existe, que estamos hechos de
cicatrices y no de heridas. Pero la colmena no me ofrece el lujo de esa mentira. No
puedo continuar así. Ninguno de nosotros puede.

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Del zarcillo espinoso que se enroscaba bajo la mano de Elizaveta surgieron de
pronto unas flores blancas que, ante la mirada de Zoya, se tiñeron de rosa y después
de rojo sangre.
—¿Un membrillo? —preguntó Zoya, pensando en los cuentos sobre bestias y
doncellas que había oído de pequeña, en Sankt Feliks y sus ramas de manzano. ¿Qué
había dicho Juris? «A veces las leyendas se saltan algún que otro detalle.»
Elizaveta asintió.
—Muchas mujeres toleran las espinas con tal de disfrutar de las flores. Pero las
que poseemos poder nos adornamos con flores para ocultar la agudeza de nuestras
espinas.
«Sé dulce. Sé gentil. Sonríe cuando estés sufriendo.» Zoya había ignorado esas
lecciones, a menudo en detrimento suyo. Ella era solo espinas.
—Tu rey llega tarde —dijo Elizaveta.
Zoya se dio cuenta de que le daba igual. Hoy no tenía ganas de ahogarse.

Juris percibió el humor de Zoya en cuanto esta entró en la caverna.


—Has estado con Elizaveta —dijo, dejando a un lado el diminuto caballo de
obsidiana que había estado tallando para añadirlo a su colección—. La huelo en ti.
Zoya asintió y se acercó a las hachas que tanto le gustaban ahora. Le agradaban
su peso y su equilibrio, y además le recordaban a Tamar. ¿Es que añoraba su hogar?
Allí había perdido la noción del tiempo. No había comida ni descanso. Las horas se
convertían en días.
—A todo el mundo le preocupa muchísimo poner nombre a sus heridas y
cuidarlas —dijo—. Es agotador.
Juris soltó un gruñido evasivo.
—Nada de armas hoy.
Zoya frunció el ceño. Tenía ganas de olvidar su melancolía combatiendo un poco.
—¿Entonces?
—Esperaba que a estas alturas hubieras avanzado más.
Zoya puso los brazos en jarras.
—Voy de maravilla.
—Sigues sin poder invocar nada más que viento. El agua y el fuego también
deberían estar a tu servicio.
—El poder Grisha no funciona así.
—¿Crees que un dragón no puede controlar el fuego?
¿Conque Juris afirmaba que era un Inferni además de un Vendaval?
—Y ahora me dirás que también eres un Agitamareas.
—El agua es mi elemento más débil, lo confieso. Procedo de una isla muy
húmeda. Nunca me ha gustado la lluvia.

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—¿Estás diciendo que podría utilizar todas las órdenes?
—¿A qué hemos estado jugando entonces si no es ese nuestro objetivo?
No parecía posible, pero en muy poco tiempo Juris le había demostrado a Zoya
que los límites del poder Grisha eran más flexibles de lo que ella creía. «¿Acaso no
somos todas las cosas?» Había leído esas palabras hacía mucho tiempo en los escritos
de Ilya Morozova, uno de los Grisha más poderosos conocidos. Había teorizado que
no deberían existir las órdenes Grisha, que no debería haber divisiones entre poderes,
si la ciencia se reducía lo suficiente. Si toda la materia podía dividirse en las mismas
partes diminutas, un Grisha con el suficiente talento debería ser capaz de manipular
dichas partes. Morozova creía que la creación y combinación de amplificadores era el
camino para acceder a un poder Grisha mayor. Pero ¿y si existía otro modo?
—Enséñame.
Juris se transformó; sus huesos crujieron y se recolocaron al adoptar la forma de
dragón.
—Sube. —Zoya titubeó, contemplando a la enorme bestia que tenía delante—.
No hago esta oferta al primero que pasa, bruja de la tormenta.
—¿Y si te da un pronto y decides tirarme de tu lomo? —preguntó Zoya mientras
agarraba las escamas de su cuello. Estaban afiladas y frías al tacto.
—Te he hecho lo bastante fuerte como para sobrevivir a la caída si eso sucede.
—Me dejas más tranquila. —Apoyó la bota en su flanco y se aupó hasta la cresta
del cuello. No era cómodo. Los dragones no estaban hechos para ser monturas.
—Sujétate —le dijo.
—Ah, ¿eso es lo…? —Zoya se quedó sin aliento y se agarró con fuerza cuando
Juris batió las alas una, dos veces, y se lanzó hacia el cielo mortecino.
El viento le azotó el rostro, le agitó el pelo y le hizo lagrimear. No era la primera
vez que volaba; ya había viajado en los artilugios voladores de Nikolai. Pero aquello
no era ni remotamente parecido. Podía sentir todos los ajustes de Juris para adaptarse
a las corrientes de aire mientras volaba, el movimiento de los músculos bajo las
escamas e incluso la expansión de sus pulmones al respirar. Percibía la fuerza de una
estampida en el cuerpo que tenía debajo, la potencia rítmica de un mar embravecido.
No había nada que ver en la Sombra de los Santos, tan solo tierra baldía y un
horizonte llano. Tal vez el hecho de volar durante kilómetros sin llegar a ninguna
parte enloqueciera a Juris, pero a Zoya no le importaba. Podría haber estado así
eternamente, sin nada más que cielo y arena en derredor. Se echó a reír, con el
corazón lleno de gozo. Aquella era la magia que le habían prometido de niña, el
sueño que todos aquellos cuentos de hadas le habían ofrecido y nunca habían
cumplido. Ojalá la niña que había sido pudiera haberlo experimentado.
—Abre la puerta, Zoya. —Las palabras del dragón retumbaron en su cuerpo—.
Abre los ojos.
—¡No hay nada que ver! —Pero eso no era enteramente cierto. Más adelante
avistó una mancha irregular en el paisaje. Supo al instante de qué se trataba—. Da la

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vuelta —le exigió—. Quiero regresar.
—Ya sabes que no puedes.
—¡Da la vuelta! —La fuerza de la tormenta llenó sus huesos, y trató de torcer la
cabeza del dragón para que virara.
—Zoya la de la ciudad perdida —dijo—. Abre la puerta.
El dragón bajó en picado y se dirigió a las ruinas de Novokribirsk.
Fue como caer al vacío. Zoya era la piedra y el pozo no tenía fondo, el vacío de
su interior no tenía fin. «No pienses en mí.»
El pasado se agolpaba dentro de ella. ¿Por qué ahora? ¿Por lo que había dicho
Elizaveta sobre las heridas? ¿Por las provocaciones de Juris? ¿Por el tormento de
ahogarse cada día, mientras Nikolai se volvía más y más distante? No quería pensar
en Liliyana ni en todo lo que había perdido. Delante de ella solamente estaban el
viento y la oscuridad; encima, el cielo gris y muerto; debajo, las ruinas de una ciudad
perdida.
Y sin embargo, lo que llenaba la mente de Zoya era el recuerdo del rostro de su
madre.
La belleza de Sabina había sido arrebatadora, capaz de frenar en seco a hombres y
mujeres en plena calle. Pero había tomado una mala decisión. Se había casado por
amor, con un apuesto muchacho suli de anchos hombros y poco futuro. Durante un
tiempo fueron pobres pero felices, y después fueron solamente pobres. Mientras
pasaban hambre y sobrevivían a duras penas, su afecto se fue consumiendo. Los
largos días de trabajo y los largos meses de invierno desgastaron la belleza y el
espíritu de Sabina. No le quedaba demasiado amor que ofrecer a la hija que trajo al
mundo.
Zoya se esforzó por ganarse el afecto de su madre. Siempre era la primera en sus
lecciones, siempre se aseguraba de comerse solamente la mitad de su cena y darle el
resto a Sabina. Se callaba cuando a su madre le dolía la cabeza, y robaba melocotones
del huerto del duque para dárselos a Sabina.
—Podrían azotarte por eso —decía su madre en tono reprobador. Pero se comía
los melocotones uno tras otro, suspirando de satisfacción hasta que se le revolvía el
estómago y los vomitaba junto a la hacina de leña.
Todo cambió cuando Zoya llamó la atención de Valentin Grankin, un acaudalado
carretero de Stelt. Era el hombre más rico en cien kilómetros a ia redonda, había
enviudado dos veces y tenía sesenta y tres años.
Zoya tenía nueve. No deseaba casarse, pero tampoco quería disgustar a su madre,
que la mimaba y consentía como nunca antes. Por primera vez, Sabina parecía feliz.
Cantaba en la cocina y preparaba sabrosos guisos con la carne y las verduras que
Valentin Grankin les regalaba.
La víspera de la boda, Sabina horneó bizcochos de naranja y sacó el elaborado
kokoshnik de perlas y el pequeño vestido de novia con encaje de oro que les había

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regalado el prometido de Zoya. La niña no quería llorar, pero no había podido
contenerse.
La tía Liliyana había venido desde Novokribirsk para asistir a la ceremonia, o eso
creía Zoya hasta que oyó a su tía suplicando a Sabina que lo reconsiderara.
Liliyana era más joven que Sabina, y rara vez hablaban de ella. Se había
marchado de casa sin mucha ceremonia y había afrontado el mortífero viaje a través
de la Sombra para ganarse la vida por su cuenta en la dura ciudad de Novokribirsk.
Era un buen lugar para una mujer sola, pues los precios eran baratos y los patrones
estaban tan desesperados por encontrar trabajadores que gustosamente ofrecían a las
mujeres puestos que de otro modo habrían estado reservados a los hombres.
—No le hará daño, Liliyana —dijo bruscamente Sabina; Zoya estaba sentada en
la mesa de la cocina, rozando con los pies descalzos las tablas de madera del suelo. El
círculo perfecto de su bizcocho de naranja seguía delante de ella, en el plato; no lo
había probado—. Dice que esperará hasta que haya sangrado.
—¿Y esperas que le aplauda? —la increpó Liliyana—. ¿Cómo la protegerás si
cambia de opinión? Estás vendiendo a tu propia hija.
—A todos nos compran y nos venden. Al menos el precio de Zoya le permitirá
tener una vida holgada.
—Pronto tendrá edad para ser soldado…
—¿Y qué? ¿Viviremos con su triste sueldo? ¿Servirá en el ejército hasta que la
maten o hasta que la hieran y se marche a vivir sola y pobre como tú?
—No me va tan mal.
—¿Crees que no he visto que llevas los zapatos atados con cuerdas?
—Es mejor estar sola que comprometida con un anciano incapaz de lidiar con una
esposa de su misma edad. Y la decisión fue mía. Dentro de poco Zoya tendrá edad
para decidir por sí misma.
—Dentro de poco Valentín Grankin habrá encontrado a otra niña con la que
entretenerse.
—¡Mejor! —replicó Liliyana.
—Sal de mi casa —le espetó Sabina—. Y no quiero verte cerca de la iglesia
mañana. Vuelve a tu casa solitaria, con tus latas de té vacías, y deja a mi hija en paz.
Liliyana se marchó; Zoya corrió a su cuarto y enterró el rostro entre las sábanas,
intentando no pensar en las palabras de su madre ni en las imágenes que había
despertado, y rezando con todo el fervor de su corazón por que Liliyana regresara y
los Santos la salvaran, hasta inundar de lágrimas su almohada.
A la mañana siguiente, Sabina se quejó entre dientes del rostro enrojecido de
Zoya mientras le ponía el vestidito dorado y las damas venían para acompañar a la
novia hasta la iglesia.
Pero la tía Liliyana las estaba esperando en el altar, al lado del perplejo sacerdote.
Se negó a apartarse.

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—¡Que alguien haga algo con esa loca! —vociferó Sabina—. ¡No es hermana
mía!
Los hombres de Valentín Grankin agarraron a Liliyana y la llevaron a rastras por
el pasillo.
—¡Sátiro! —le gritó Liliyana a Grankin—. ¡Alcahueta! — le dijo después a
Sabina. Después volvió sus ojos acusadores hacia los vecinos allí reunidos—. ¡Todos
sois testigos! ¡Es una niña!
—Silencio —le espetó Valentín Grankin, y cuando Liliyana se negó a callarse, le
dio un golpe en la cabeza con su pesado bastón.
Liliyana le escupió en la cara.
Él volvió a golpearla. Esa vez Liliyana estuvo a punto de perder el conocimiento.
—¡Basta! —gritó Zoya, forcejeando en los brazos de su madre—. ¡Basta!
—Criminal —jadeó Liliyana—. Canalla.
Grankin enarboló de nuevo su bastón. Zoya se dio cuenta de que su tía iba a ser
asesinada ante el altar de la iglesia y que nadie pensaba impedirlo. Porque Valentin
Grankin era rico y respetado. Porque Liliyana Garin no era nadie en absoluto.
Zoya chilló; el sonido surgió de su interior como el grito de un animal. Una
violenta ráfaga de viento golpeó a Valentin Grankin, tirándolo al suelo. Su bastón
salió rodando. Zoya cerró los puños; su miedo y su rabia brotaban de ella en oleadas.
Un sólido muro de viento apareció a su alrededor y se estampó contra los aleros de la
iglesia, arrancando el tejado de sus vigas con un ensordecedor crujido. Los truenos
restallaban en el cielo sin nubes.
Los invitados bramaron de terror. La madre de Zoya miró a su hija con ojos
asustados, aferrándose al banco de la iglesia como si temiera desmayarse.
Liliyana, sujetándose con una mano la cabeza sangrante, exclamó:
—¡Ahora ya no puedes venderla! Es una Grisha. Va contra la ley. Es propiedad
del rey, y recibirá entrenamiento en una escuela.
Pero nadie miraba a Liliyana. Todos miraban a Zoya.
Zoya corrió con su tía. No estaba segura de lo que acababa de hacer ni de lo que
significaba; solamente quería alejarse cuanto pudiera de aquella iglesia, de aquellas
personas y del hombre odioso que yacía en el suelo.
—¡Dejadnos en paz! —gritó, sin dirigirse a nadie en concreto, o dirigiéndose a
todos—. ¡Dejad que nos vayamos!
Valentin Grankin soltó un gemido mientras Zoya y Liliyana pasaban corriendo
por su lado. Zoya lo miró y le bufó.

Fue Liliyana quien llevó a Zoya, aún vestida con sus galas nupciales, hasta Os Alta.
No tenían dinero para alojarse en posadas, así que dormían en zanjas y arboledas,
temblando de frío.

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—Imagina que estamos en un barco —le decía Liliyana— y que las olas nos
mecen mientras conciliamos el sueño. ¿Oyes el crujido de los mástiles? Podemos
orientarnos con las estrellas.
—¿Y hacia dónde navegamos? —le preguntaba Zoya, creyendo haber oído algo
moviéndose en el bosque.
—Hacia una isla alfombrada de flores, donde el agua de los arroyos es dulce
como la miel. Sigue aquellas dos estrellas y llegaremos a puerto.
Todas las noches viajaban a algún lugar nuevo: una costa en cuyas orillas
ladraban focas plateadas, una gruta llena de joyas donde les daba la bienvenida el
señor de las profundidades con sus branquias verdes… hasta que finalmente avistaron
la capital y recorrieron el largo trayecto hasta las puertas del palacio.
Llegaban muy sucias y con el cabello enredado; el vestido de boda dorado de
Zoya estaba hecho jirones y cubierto de polvo. Liliyana ignoró las sonrisas burlonas
de los guardias mientras les anunciaba el motivo de su presencia, y se mantuvo
erguida frente a las puertas, al lado de su sobrina. Esperaron, esperaron y esperaron,
temblando de frío, hasta que por fin un joven vestido con una kefta púrpura y una
anciana vestida de rojo se acercaron a las puertas.
—¿De qué aldea venís? —preguntó la mujer.
—De Pachina —contestó Liliyana.
Los desconocidos cuchichearon entre sí un momento, hablando sobre pruebas y
sobre la última visita de los Examinadores por aquellos lares. Después la mujer le
subió la manga a Zoya y apoyó la palma de la mano en su brazo desnudo. Zoya sintió
que una oleada de poder la recorría. El viento sacudió las puertas del palacio y azotó
los árboles.
—Aaaah —dijo la mujer lentamente—. Qué gran don ha llamado a nuestras
puertas con tan zarrapastroso aspecto. Ven, te daremos de comer y entrarás en calor.
Zoya cogió de la mano a Liliyana, ansiosa por empezar juntas su nueva aventura,
pero su tía se arrodilló y le dijo en voz baja:
—Ya no puedo acompañarte, pequeña Zoya.
—¿Por qué no?
—Tengo que volver a casa para cuidar de mis gallinas. No querrás que pasen frío,
¿verdad? Además —dijo, apartándole el cabello del rostro a Zoya—, aquí es donde
debes estar. Aquí verán la joya que eres por dentro, no solamente tus bonitos ojos.
—Por las molestias —dijo el joven mientras le daba una moneda a Liliyana.
—¿Estarás bien? —preguntó Zoya.
—Sí. Estaré mejor que bien, sabiendo que estás a salvo. Vete, que ya oigo
cloquear a mis gallinas. Están muy molestas conmigo. —Liliyana besó las mejillas de
Zoya—. No mires atrás, Zoya. No pienses en mí ni en tu madre ni en Pachina. Tu
futuro te aguarda.
Pero Zoya miró atrás de todas formas, esperando ver una última vez a su tía
saludándola con la mano desde el otro lado de aquellas gigantescas puertas. Los

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árboles tapaban el camino. Si Liliyana seguía allí, Zoya no la veía.
Ese mismo día comenzó su entrenamiento. Le dieron una habitación en el
Pequeño Palacio y empezó a recibir clases de lengua y lectura, a aprender shu y a
estudiar con la espantosa mujer conocida como Baghra, en su cabaña junto al lago.
Todas las semanas escribía a su tía, y todas las semanas recibía una carta extensa y
rebosante de noticias, con dibujos de gallinas en los márgenes e historias sobre los
comerciantes tan interesantes que pasaban por Novokribirsk.
Por ley, los padres de los estudiantes Grisha cobraban un estipendio, un generoso
pago para que vivieran con desahogo. Cuando Zoya se enteró, solicitó al tesorero que
enviara ese dinero a su tía de Novokribirsk, en vez de a sus padres.
—Liliyana Garin es mi tutora —le dijo.
—¿Entonces tus padres han muerto?
Zoya lo miró fijamente y dijo:
—Aún no.
Con apenas diez años, Zoya transmitía ya tanta frialdad y autoridad con su mirada
que el tesorero acercó la pluma al papel y dijo:
—Necesito una dirección y su nombre completo.
Zoya tardó seis años en cruzar por primera vez la Sombra como aprendiz de
Vendaval del Segundo Ejército. Los Grisha que la acompañaban habían temblado de
miedo y algunos incluso habían sollozado mientras se adentraban en la oscuridad,
pero Zoya no había mostrado temor; ni siquiera a oscuras, cuando nadie habría
podido verla temblar. Al llegar a Novokribirsk, bajó del esquife, se echó el cabello
sobre el hombro y dijo:
—Voy a darme un baño caliente y a buscar algo decente que comer.
En cuanto se alejó de los muelles y dejó atrás a sus compañeros, echó a correr con
el corazón dichoso, volando sobre los adoquines hasta llegar al pequeño colmado de
Liliyana.
Abrió la puerta de golpe, asustando al único cliente de Liliyana, y su tía apareció
desde la trastienda, limpiándose las manos en el mandil.
—¿Qué revuelo es…?
Al ver a Zoya, se llevó las manos al corazón como si este fuera a salírsele del
pecho.
—Mi niña —dijo—. Mi brillante niña. —Y Zoya abrazó con todas sus fuerzas a
su tía.
Cerraron la tienda, Liliyana preparó la cena y le presentó a una niña a la que había
acogido cuando sus padres no regresaron de su última travesía: Lada, una chiquilla
flacucha y de nariz chata que exigió que Zoya la ayudara a dibujar el Pequeño Palacio
con todo lujo de detalles. Comieron avellanas junto al fuego y debatieron sobre la
personalidad de cada gallina y los cotilleos del barrio. Zoya le habló a su tía de sus
profesores, sus amigos y sus aposentos. Le regaló a Liliyana unas botas de piel de
cabritilla, unos guantes con forro de pelo y un caro espejo dorado.

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—¿Y qué voy a hacer con esto? ¿Contemplar mi rostro de vieja? —dijo Liliyana
—. Envíaselo a tu madre como ofrenda de paz.
—Es un regalo para ti —replicó Zoya—. Para que te mires en él cada mañana y
veas a la persona más bella que he conocido nunca.

Cuando el Oscuro utilizó a Alina para obtener el control de la Sombra y expandirla,


destruyó Novokribirsk para mostrar su poder a sus enemigos. La oscuridad consumió
la ciudad, reduciendo a polvo sus edificios y convirtiendo a sus habitantes en presas
para los monstruos antinaturales que vagaban por sus profundidades.
Tras el desastre se cancelaron todas las travesías, y la noticia del número de
muertos tardó semanas en llegar a Kribirsk. El Segundo Ejército estaba sumido en el
caos, la Invocadora del Sol había desaparecido o sido asesinada, y se decía que el
Oscuro había sido visto en algún lugar de Ravka Occidental. Pero a Zoya no le
importaba. Solamente podía pensar en Liliyana. «Estará sentada en su tiendecita, con
Lada y las gallinas», se decía a sí misma. «No pasa nada.» Zoya esperó y rezó a todos
los Santos. Regresaba a los muelles secos de Kribirsk día tras día, suplicando que le
dieran noticias. Y finalmente, al ver que nadie iba a ayudarla, subió a un pequeño
esquife por su cuenta y se aventuró en la Sombra sin nadie que la protegiera.
Sabía que, si los volcra la encontraban, moriría. Carecía de luz o de fuego con los
que enfrentarse a ellos. No tenía más armas que su poder. Pero aun así entró en la
oscuridad con su diminuta embarcación, a solas y en silencio. Viajó largos kilómetros
hasta avistar los restos ruinosos de Novokribirsk. La mitad del pueblo había
desaparecido, tragada por la oscuridad que alcanzaba incluso la fuente de la plaza
mayor.
Zoya corrió hasta la tienda de su tía, pero no encontró a nadie allí. La puerta
estaba abierta. Las gallinas cloqueaban en el patio. En el mostrador había una taza de
té de bergamota, el favorito de Liliyana; hacía mucho que se había enfriado.
El resto del pueblo estaba tranquilo. Oyó el ladrido de un perro y el llanto de un
niño. No pudo averiguar nada sobre Liliyana ni su pupila hasta que encontró al
mismo cliente que había visto aquel día, hacía tanto tiempo, en la tienda de su tía.
—Liliyana Garin. ¿La ha visto? ¿Está viva?
El rostro del viejo cliente palideció.
—In… intentó ayudarme cuando llegó la oscuridad. Me empujó para apartarme y
que pudiera huir. De no haber sido por ella…
Zoya soltó un gemido; no quería oír más. La valiente Liliyana. Pues claro que
había acudido corriendo al puerto en cuanto oyó los gritos, ansiosa por ayudar. «¿Por
qué no pudiste ser cobarde por una vez?» Zoya no pudo evitar imaginarse la mancha
oscura de la Sombra propagándose por el pueblo, a los monstruos descendiendo en
picado desde el aire con sus dientes y sus garras, aullando mientras despedazaban a

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su tía. Toda su bondad, su generosidad y su corazón cariñoso no le habían servido de
nada. Para ellos no era más que carne. Y Zoya significaba aún menos para el Oscuro,
el hombre que había desatado a sus horrores solo para dar un golpe de efecto, el
hombre al que ella prácticamente había idolatrado.
—Debería haberle dejado morir —le escupió Zoya al viejo cliente, antes de darle
la espalda. Buscó una calle tranquila, se acurrucó junto a un murete de piedra y lloró
como no había llorado desde que era niña.
—¡Sonríe, guapa! —le dijo un desconocido al pasar—. ¡Seguimos vivos! ¡Aún
hay esperanza!
Zoya le extrajo el aire de los pulmones y lo hizo caer de rodillas.
—Sonríe —le ordenó, mientras los ojos del hombre lagrimeaban y su rostro
enrojecía—. Sonríeme. Díme otra vez que hay esperanza.
Zoya lo dejó en el suelo, boqueando.
Volvió a cruzar la Sombra en su silenciosa e imperceptible embarcación. Cuando
llegó a Kribirsk y a los restos del campamento Grisha, descubrió que el Oscuro había
alzado su pabellón y convocado a sus Grisha leales. Los miembros del Segundo
Ejército desertaban, bien para acudir al lado del Oscuro o para regresar a Os Alta e
intentar organizar una campaña en su contra,
Zoya robó un caballo y cabalgó durante toda la noche hasta la capital. Iba a
encontrar al Oscuro. Iba a destruirlo. Le arrebataría su sueño de gobernar Ravka,
aunque para ello tuviera que liderar al Segundo Ejército ella misma.
Zoya nunca llegó a explicarle a Alina los detalles de por qué había decidido
luchar a su lado, por qué le había dado la espalda al hombre al que antes había
reverenciado. No importaba. Había luchado hombro con hombro con la Santa del Sol.
Habían luchado y habían vencido. Habían visto arder al Oscuro.
—Pero la herida sigue sangrando —dijo el dragón—. Nunca serás fuerte de
verdad a menos que se cierre.
—No quiero que se cure —dijo Zoya furiosamente, con las mejillas arrasadas de
lágrimas. Bajo sus pies veía la versión de Novokribirsk que existía en aquel mundo
crepuscular: una cicatriz negra en las arenas—. La necesito.
La herida era un recordatorio de su estupidez, de lo ansiosa que había estado por
depositar su fe en la promesa de fuerza y seguridad que le había hecho el Oscuro, de
lo poco que había tardado en entregarle su poder… y esta vez sin que nadie tuviera
que empujarla por un pasillo para obligarla. Lo había hecho de buen grado. «Tú y yo
vamos a cambiar el mundo», le había dicho. Y ella había sido tan tonta como para
creerle.
—Zoya la de la ciudad perdida. Zoya la del corazón roto. Podrías ser muchísimo
más.
—¿Por qué no vinisteis? —gimoteó, sorprendida por las nuevas lágrimas que
brotaban de su interior. Creía que ya las había derramado todas hacía mucho tiempo
—. ¿Por qué no la salvasteis? ¿Por qué no salvasteis a todos?

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—No sabíamos lo que pretendía.
—¡Deberíais haberlo intentado!
Siempre sería la niña que lloraba en su almohada, susurrando plegarias que nadie
escucharía. Siempre sería la niña vestida de oro, conducida como un animal al
matadero. Era su poder lo que la había salvado aquel día en la iglesia, y había
aprendido a confiar en él, a cultivarlo. Pero no había bastado para salvar a Liliyana.
Después de la guerra, había ido en busca de Lada, con la esperanza de que la niña
hubiera sobrevivido. Pero no encontró ni rastro. Zoya nunca sabría qué había sido de
aquella niña de ojos brillantes y rostro chato.
—¿Puedes perdonarnos? —preguntó Juris—. ¿Por ser ingenuos? ¿Por ser
débiles? ¿Por ser falibles pese a nuestro gran poder? ¿Puedes perdonarte a ti misma?
Por amar al Oscuro. Por seguirle. Por no conseguir salvar a Liliyana. Por no
conseguir proteger al Segundo Ejército. La lista de sus crímenes era demasiado larga.
«Zoya», rugió el dragón, aunque no fue tanto una palabra articulada como un
pensamiento que entró directamente en su cabeza, una sensación de eternidad. «Abre
la puerta. Conecta tu pasado con tu futuro.»
Zoya recostó la cabeza en el cuello del dragón y sintió que su fuerza la recorría.
Oyó que sus corazones latían al unísono, lentos e implacables, y por debajo un sonido
más profundo, más grave, uno que lo tocaba todo: el sonido del universo, de la
creación en el corazón del mundo. Zoya no sabía qué quería Juris de ella; aunque
anhelaba ser lo bastante fuerte, no encontraba el camino para llegar allí.
«Tú eres la vía, Zoya. Tú lograrás que los Grisha vuelvan a ser lo que fueron,
antes de que el tiempo y la tragedia corrompieran su poder. Pero solo si consigues
abrir la puerta.»
«¿Por qué yo?», se preguntó.
«Porque tú elegiste este camino. Porque tu rey confía en ti.» Juris inclinó una de
sus alas y dio media vuelta para regresar al palacio. «Porque eres lo bastante fuerte
como para sobrevivir a la caída.»

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ISAAK TRANSMITIÓ la información recabada durante su conversación
con Ehri, aunque se sintió un tanto sucio al hacerlo. Compartió todos los detalles que
conocía sobre las Tavgharad y, en efecto, las fuentes de Tamar averiguaron que una
de ellas, una joven recluta llamada Mayu Kir-Kaat, tenía un gemelo fraterno, un
hermano mellizo, que también servía en el ejército shu.
—Lo destinaron a un regimiento de Koba —dijo Tamar—. Pero nadie sabe dónde
está.
—¿Eso es bueno o malo? —quiso saber Isaak.
—Para nosotros bueno, pero malo para nuestra guardia Tavgharad —dijo Tamar
—. Hemos rastreado varios envíos de rutenio a Koba. Si su hermano ha sido
reclutado para el programa khergud, seguramente a ella no le haga ninguna gracia.
Muchos candidatos no sobreviven, y los que lo hacen cambian radicalmente.
Isaak no sabía demasiado sobre los soldados khergud; se rumoreaba que eran una
mezcla entre humano y máquina de matar.
—Entonces, si la tal Mayu es la desertora —dijo—, ¿vais a poneros en contacto
con ella?
—No será sencillo —dijo Tolya—. Las guardias shu casi nunca van solas. Pero
déjanos eso a nosotros.
Tamar asintió.
—Necesitamos que estés concentrado en tu reunión con los kerch.
Pero Isaak nunca habría podido estar preparado para su desastroso encuentro con
Hiram Schenck.

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Cuando empezó la velada, Isaak estaba entusiasmado por su visita al Pantano de
Oropel; sentía curiosidad por saber qué alocados desenfrenos presenciaría allí y si
podría echar un vistazo a las bodegas de vino del conde Kirigin. Salieron a caballo
con unos pocos soldados, los gemelos, Hiram Schenck y sus guardias. Pese a que la
noche era fría, Schenck estaba exultante.
—Esto es muy emocionante, Majestad —dijo—. Una ocasión afortunada para
nuestros dos países. —Tenía la misma tez rubicunda y el mismo cabello cobrizo que
sus hijas.
—Ciertamente —dijo Isaak. Era una palabra muy socorrida.
El conde los recibió en los jardines de su resplandeciente mansión, vestido con
una llamativa casaca carmesí con solapas tachonadas de rubíes del tamaño de huevos
de gallina.
—¡Qué gusto recibiros! —dijo en ravkano—. Bienvenidos a mi pequeño
escondrijo.
—Gracias por tu hospitalidad —dijo Isaak, tal y como le habían aleccionado—.
Sabíamos que podríamos contar con tu discreción.
—Siempre —dijo Kirigin—. La discreción es esencial tanto en asuntos de política
como de seducción. He echado a todos mis invitados; los terrenos son vuestros.
Cuando hayáis terminado con vuestros asuntos, confío en que vengáis a reponeros
junto a mi humilde chimenea para que podamos compartir una bebida caliente. —
Acto seguido, carraspeó y bajó la voz—. He enviado una invitación a la comandante
Nazyalensky para mis festividades de otoño. Me preguntaba si vuestra Majestad
consideraría animarla a venir.
—Por supuesto —dijo Isaak—. En estos momentos no se encuentra en la capital,
pero estoy seguro de que estará encantada de participar en vuestras diversiones.
Kirigin parpadeó.
—¿En serio?
—Creo que sería mejor ponerse en marcha, Majestad —intervino Tolya, alejando
a Isaak del conde, que lo miraba con expresión extrañada—. Nos estarán esperando
en el lago.
—¿He metido la pata? —le susurró Isaak a Tolya mientras recorrían a caballo un
sendero de gravilla iluminado con antorchas.
—Zoya Nazyalensky no estará encantada de participar en nada con el conde
Kirigin —dijo Tolya.
Tamar chasqueó las riendas.
—Y muchísimo menos para divertirse.
Genya y David les esperaban a la orilla de un lago absolutamente lóbrego.
Subieron a bordo de un pequeño barco de vela, pilotado por un miembro de la marina
real ravkana. No había viento; un Vendaval situado junto al mástil y con las manos
levantadas hinchaba las velas. El cielo nocturno estaba iluminado por los fuegos de
artificio provenientes de algún otro lugar de los terrenos de Kirigin. Isaak no sabía

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cuál era el público de aquel espectáculo, ya que todos los huéspedes se habían
marchado, pero lo cierto era que creaban un ambiente muy agradable.
El barco se detuvo y se quedó oscilando suavemente. Isaak vio que había otras
embarcaciones ancladas no muy lejos, con las velas iluminadas con lámparas. No
parecía haber ni un alma a bordo.
—Como ya sabéis —dijo Isaak en kerch, recitando el discurso que Genya y Tolya
le habían preparado—, nunca me ha gustado estar confinado en la tierra. He surcado
los cielos y los mares. Pero luego empecé a preguntarme por qué debía estar vedado
para nosotros el mundo que yace bajo las olas que tanto amo. Y así nació… —señaló
el puerto con gesto teatral— ¡el izmars’ya!
El agua que rodeaba el velero empezó a espumear y borbotear. Algo parecido al
lomo de una bestia plateada emergió en la superficie. Isaak reprimió un grito
ahogado. Ojalá los demás le hubieran advertido del tamaño de aquella cosa. A su
lado, el velero parecía minúsculo.
Schenck se agarró con fuerza a la borda, intentando contemplarlo en su totalidad.
—Increíble —dijo—. Y pensar que ha estado debajo de nosotros desde el
principio. Ahora veamos qué es capaz de hacer.
—Por supuesto —dijo Isaak, y levantó la mano para dar la señal.
El izmars’ya volvió a sumergirse y se desvaneció bajo la superficie del agua.
Todo quedó en calma; solo se oían los estallidos y silbidos de los fuegos artificiales
que salpicaban el cielo con sus cascadas de luz.
Entonces oyeron un estruendo ensordecedor, demasiado cerca. Una gigantesca
columna de agua se alzó junto a la embarcación más cercana a la suya. La esbelta
goleta se escoró hacia estribor y volcó. Las lámparas prendieron las velas. El barco
empezó a hundirse y a llenarse de agua a una velocidad alarmante, como si en el
casco se acabara de abrir un inmenso boquete.
Bum. Otro barco se desplomó, esta vez un enorme y viejo galeón. Y luego otro,
una elegante fragata. Aunque aquellas embarcaciones hubieran estado tripuladas y
hubieran intentado defenderse, no había nada contra lo que disparar. No había el
menor indicio del izmars’ya; solo la superficie lisa del lago.
Un escalofrío recorrió la espalda de Isaak, y no tenía nada que ver con el frío de
la noche ni con la bruma de las orillas. Así que por eso los kerch estaban tan ansiosos
por adquirir aquellos barcos submarinos. Podrían atacar en cualquier momento y sin
riesgo alguno: un enemigo invisible. Era una idea aterradora.
Schenck aplaudía y jaleaba.
—¡Estupendo! Es mejor de lo que imaginaba. El Consejo estará encantado. ¿Cuál
es su alcance? ¿Los proyectiles podrían quebrar un casco de acero? ¿Qué clase de
combustible utiliza?
Isaak no supo qué responder. No lo habían preparado para semejante
interrogatorio. Pensaba que le ofrecerían una demostración y después se retirarían a la
mansión del conde Kirigin para entrar en calor.

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—Todo a su debido tiempo —dijo Isaak… o eso quiso decir. No había
pronunciado ni dos palabras cuando el izmars’ya salió a la superficie, al lado mismo
del velero, con un rugido ensordecedor. Su flanco de metal impactó contra la
embarcación real, derribando a Isaak y a los demás. Hiram Schenck soltó un grito.
El casco del izmars’ya se había resquebrajado; el interior de la nave había
quedado al descubierto y se llenaba de agua mientras los tripulantes gritaban e
intentaban trepar por las paredes metálicas para salir. Se oyó un nuevo estruendo
cuando los depósitos de combustible estallaron entre gigantescas llamaradas. Isaak
oyó un agudo silbido, y luego otro y otro más; los proyectiles del izmars’ya salían
disparados hacia el cielo, uniéndose a los fuegos artificiales de Kirigin.
Un misil perdido rozó uno de los mástiles del velero y lo partió por la mitad.
Isaak empujó a Hiram Schenck para apartarlo antes de que el mástil aplastara al
comerciante.
—¡Sácanos de aquí! —rugió el capitán, y el Vendaval hinchó de viento las velas
que quedaban y los condujo rápidamente hacia la orilla.
El resto del desastre fue muy confuso: soldados empapados, un Hiram Schenck
histérico, Kirigin preguntándoles desde las escaleras de la mansión si no pensaban
quedarse a cenar, mientras la comitiva se retiraba apresuradamente al palacio.
Cuando finalmente entraron en la sala de estar del rey e Isaak se quitó el abrigo
mojado, ya se había mentalizado para aguantar una larga noche de estrategias y
recriminaciones. Para su sorpresa, Tamar se dejó caer en el diván y se echó a reír a
carcajadas. Tolya levantó a David con un brazo y a Genya con el otro y se puso a dar
vueltas, girando sobre sus talones.
—Espléndido —dijo Genya sin aliento, palmeándole el hombro a Tolya para que
la volviera a dejar en el suelo—. Una actuación digna del mismísimo zorro
demasiado astuto.
—Cómo chillaba Schenck —dijo Tamar, ufana—. Creo que hasta se meó encima.
—A mí casi me pasa lo mismo —dijo Tolya—. ¿Estaba planeado que el misil
partiera el mástil?
—Claro que sí —dijo David, ceñudo—. Dijisteis que queríais dar un espectáculo.
Genya le plantificó un beso en la mejilla.
—Espléndido —repitió.
Isaak los miró fijamente.
—¿Entonces… no ha sido un desastre?
—Ha sido un éxito —dijo Tamar.
—Ya veo —dijo Isaak.
—Oh, Isaak —dijo Genya—. Lo siento mucho. Es que no estábamos seguros de
que pudieras fingir sorpresa de manera convincente.
—Necesitábamos que tu reacción fuera natural —dijo Tamar.
—Solo teníamos una oportunidad para hacerlo bien —dijo Tolya con gesto
arrepentido.

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Isaak se sentó en el diván.
—Maldita sea.
—Lo sentimos mucho —dijo Genya, acuclillándose frente a él y mirándolo a la
cara con expresión suplicante—. De verdad.
—¿Nos perdonas? —preguntó Tolya.
—Con lo contento que estaba —dijo Isaak. Se quitó la bota izquierda y vertió
medio lago sobre la alfombra—. Por fin algo había salido mal sin que fuera culpa
mía.

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LA VÍSPERA DEL RITUAL, por la noche, Nikolai se sentó con Zoya
delante de la chimenea de sus aposentos. Yuri ya se había retirado a orar.
El fuego de la chimenea era totalmente innecesario: en la Sombra no hacía ni frío
ni calor; el clima habría supuesto un rasgo de variabilidad en la rigurosa monotonía
de aquel lugar. Pero las llamas eran su único entretenimiento, y Nikolai necesitaba
distraerse desesperadamente.
Había insistido en que ya estaba listo para el ritual. Elizaveta quería retrasarlo
unos días para que Nikolai consolidara su control, pero Nikolai no quería arriesgarse.
Tenía que volver a la capital. Aunque no era solo por eso. Sentía que el monstruo se
hacía más fuerte día a día; sospechaba que, si le resultaba más sencillo hacer aparecer
al monstruo, era precisamente porque este quería desplegar las alas. Percibía la
posibilidad de ser libre.
—Esperemos un poco más —había dicho Elizaveta.
Pero Nikolai no había dado su brazo a torcer.
—Mañana —le había dicho. O lo que pasara por «mañana» en aquel condenado
lugar.
Nunca había deseado tanto poder dormir, dejar de pensar en el desafío que se
avecinaba. Notaba que el monstruo estaba al acecho. De algún modo, la criatura sabía
que mañana se enfrentarían cara a cara, y estaba preparado. La expectación del
monstruo le daba más miedo que el hecho de tener que atravesarse el pecho con una
espina en cuestión de horas. Nikolai se moría por una copa de vino. No, nada de
copas. Iría directo a por la botella.

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Pero no había vino que beber. No había comida con la que llenar un plato. Tenía
hambre, pero su estómago no rugía. Tenía sed, pero su boca no estaba seca.
Nikolai observó a Zoya mientras esta contemplaba las llamas. Zoya flexionó los
dedos y saltaron chispas. Nikolai seguía sin comprender qué le había enseñado Juris
en tan poco tiempo. Llevaba las mismas ropas que se había puesto la mañana en que
habían desaparecido, pero había abandonado hacía tiempo la capa de arpillera. A
Nikolai le reconfortaba la imagen familiar de su kefta azul oscuro.
Zoya estaba sentada con la mejilla apoyada en una rodilla. Nikolai se dio cuenta
de que nunca la había visto así de relajada. En la corte, Zoya siempre se movía con
elegancia, con pasos fluidos y una mirada tan afilada y cruel como la hoja de un
cuchillo. Pero ahora comprendía que era la elegancia de una actriz sobre el escenario.
Siempre estaba actuando, siempre estaba alerta. Incluso cuando estaba a solas con él.
Nikolai reprimió una carcajada, y Zoya lo miró girando ligeramente la cabeza.
—¿Qué pasa?
Sacudió la cabeza.
—Me parece que estoy celoso.
—¿De quién?
—De un dragón.
—Que no te oiga Juris. Ya se lo tiene bastante creído.
—Y hace bien. Puede volar y escupir fuego, y seguramente tenga montañas de
oro escondidas en algún lugar.
—Es un cliché muy injusto. A lo mejor son joyas.
—Además, ha conseguido que estés así.
Zoya enarcó una ceja.
—¿Así cómo?
—Relajada.
Zoya se irguió; Nikolai se arrepintió sobremanera al ver como volvía a colocarse
su armadura.
Un minuto después, Zoya preguntó:
—¿Qué crees que ocurrirá cuando nos vayamos de aquí?
—Con un poco de suerte, puede que no haya demasiadas cosas ardiendo.
Zoya suspiró.
—David y Kuwei han estado mucho tiempo sin vigilancia. Es muy posible que
hayan hecho saltar por los aires la mitad de la capital.
—Eso es preocupantemente plausible —admitió Nikolai. Se rascó la cabeza. Vino
tinto. Vino blanco. Esa bebida de cerezas fermentadas que había probado en el Club
Cuervo. Cualquier cosa que le diera un respiro, una noche de descanso. Ni siquiera el
brebaje adormecedor de Genya funcionaba allí; tan solo servía para embotarle la
mente—. No sé qué nos encontraremos. Ni siquiera sé quién seré mañana.
—Serás quien siempre has estado destinado a ser: el rey de Ravka.
«Tal vez», pensó. «O tal vez tengas que ser tú la que ponga Ravka en orden.»

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Sacó un documento doblado de su bolsillo y lo dejó junto a la mano de Zoya.
Esta lo cogió y le dio la vuelta, frunciendo el ceño al ver que Nikolai lo había
lacrado con su sello.
—¿Qué es?
—No te preocupes, que no te he escrito una carta de amor. —Zoya volvió el
rostro hacia el fuego. ¿La sola mención del amor bastaba para ofender a la despiadada
Zoya?—. Es una orden real que te declara protectora de Ravka y te nombra
comandante del Primer y el Segundo Ejército.
Zoya lo miró fijamente.
—¿Has perdido lo que te quedaba de seso?
—Intento ser responsable. Y creo que eso me está dando indigestión.
Zoya arrojó la carta al suelo, como si el papel le hubiera quemado los dedos.
—No crees que vayas a sobrevivir a lo de mañana.
—Las esperanzas de Ravka no deberían depender de que yo viva o muera.
—¿Y por eso me las endosas a mí?
—Eres una de los Grisha más poderosos que ha conocido el mundo, Zoya. Si
alguien puede proteger a Ravka, esa eres tú.
—¿Y si te digo que no me interesa ese puesto?
—Los dos sabemos que eso no es así. ¿Y te he dicho ya que el cargo incluye unos
zafiros verdaderamente espectaculares? —Nikolai apoyó las manos en las rodillas—.
Si los gemelos y el Triunvirato no han conseguido ocultar nuestra desaparición, quizá
Ravka ya esté sumida en el caos. Ambos sabemos que es posible que no sobreviva al
ritual, y alguien va a tener que restaurar el orden. Hasta el último hombre o mujer que
afirme tener una gota de sangre Lantsov luchará por acceder al trono, y nuestros
enemigos aprovecharán la oportunidad para dividir el país. Elige a uno de los
aspirantes y dale tu apoyo: al más listo, al más carismático o…
—¿Al que se deje controlar más fácilmente?
—¿Lo ves? Has nacido para esto. Lidera a los Grisha. Intenta salvar a nuestro
pueblo.
Zoya contempló las llamas con expresión turbada.
—¿Por qué te resulta tan fácil plantearte tu muerte?
—Prefiero mirar a las cosas de frente antes que dejar que me pillen desprevenido.
—Sonrió—. No me digas que me echarías de menos.
Zoya volvió a apartar la mirada.
—Supongo que el mundo sería menos interesante sin ti. No me dejaría ahogar en
ámbar por cualquiera, que lo sepas.
—Me conmueves —dijo. Y no mentía. Aquello era lo más parecido a un halago
que Zoya le había dicho nunca.
Zoya sacó una cadenita del cuello de su kefta y se la quitó. Era la llave de los
grilletes de Nikolai. Se la colgó del dedo.
—A partir de mañana ya no nos hará falta.

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Nikolai la cogió y sintió su peso en la palma de la mano. El metal estaba caliente
por el contacto con la piel de Zoya. Nikolai no echaba de menos su rutina nocturna,
pero sí tener una excusa para hablar con ella todas las noches y todas las mañanas.
Seguramente eso también se había acabado.
Nikolai titubeó. No quería arruinar el buen humor de Zoya.
—Tu amplificador… —La mano de Zoya tembló, y Nikolai supo que estaba
resistiendo el impulso de acariciar su muñeca desnuda—. ¿Me vas a contar cómo lo
conseguiste?
—¿Por qué es tan importante?
—No sé si lo es. —Pero quería saberlo. Quería sentarse con ella y escucharla. A
pesar de todo el tiempo que habían pasado juntos, Zoya seguía siendo un misterio
para él. Y aquella bien podía ser la última oportunidad que tuviera de desentrañar ese
misterio.
Zoya se alisó la seda de la kefta sobre las rodillas. Nikolai pensó que iba a
quedarse sentada en silencio, callada como una piedra, hasta que él se cansara de
esperar. Zoya era muy capaz de ello. Pero finalmente dijo:
—Tenía trece años. Llevaba casi cinco en el Pequeño Palacio. El Oscuro se llevó
a un grupo de Grisha a Tsibeya. Se rumoreaba que los tigres blancos de Ilmisk habían
regresado, y él sospechaba que al menos uno de ellos era un amplificador.
—¿Cerca del permafrost?
—Un poco más al sur. Yo era la más joven del grupo, y estaba muy orgullosa de
haber sido elegida para ir. Por entonces ya estaba medio enamorada del Oscuro. Me
desvivía por las escasas ocasiones en que se dejaba ver por la escuela. —Sacudió la
cabeza—. Yo era la mejor y quería que él lo viera… Los Grisha mayores competían
por el amplificador. Debían rastrear a los tigres y decidir quién se había ganado el
derecho a reclamar la presa. Siguieron a una hembra durante casi una semana y la
acorralaron en el bosque, cerca de Chernast, pero ella se las ingenió para escapar.
Zoya se abrazó las piernas.
—Dejó atrás a sus cachorros. Los abandonó a los tres. Los hombres del Oscuro
los encerraron en una jaula para que los Grisha discutieran quién se merecía más sus
dientes. Durante toda la noche oímos como la madre merodeaba por el perímetro del
campamento, rugiendo y maullando. Mis amigos proponían adentrarse en la
oscuridad para perseguirla. Yo sabía que no eran más que fanfarronadas, pero no
podía evitar pensar en los cachorros. Así que, cuando todo el campamento dormía,
distraje a los guardias derribando una de las tiendas con una ráfaga de viento y saqué
a los cachorros de la jaula. Eran muy pequeños —dijo con una leve sonrisa—.
Apenas podían correr. Trotaban, tropezaban y se levantaban de nuevo. Los seguí
hasta sacarlos del campamento. Por los Santos, qué miedo tenía. — Tenía la mirada
perdida, como si estuviera contemplando aquella lejana noche—. Todavía se veían las
antorchas cuando me di cuenta de que no estaba sola.
—¿La madre?

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Zoya sacudió la cabeza.
—Un macho. No sé por qué, pero fue directo a por los cachorros. Entré en pánico.
Debería haber luchado, empleado mi poder, pero solo se me ocurrió proteger sus
cuerpecillos con el mío. Cuando el macho atacó, sus zarpas me rasgaron el abrigo, la
kefta y la piel de la espalda. —Zoya cerró los puños con fuerza—. Pero protegí a esos
cachorros. Recuerdo… recuerdo que tenía los ojos cerrados, y cuando los abrí, la
nieve parecía negra bajo la luz de la luna. —Volvió el rostro hacia el fuego—. Mi
sangre la manchaba. Notaba el forcejeo de los cachorros, sus maullidos de terror, sus
uñitas afiladas como agujas. Eso fue lo que me hizo volver en mí: esos pinchazos
diminutos y salvajes. Reuní mis últimas fuerzas e invoqué la ráfaga de viento más
potente que pude. Abrí los brazos de par en par y el tigre salió despedido. En ese
momento, el Oscuro y sus guardias llegaron corriendo. Imagino que en algún
momento grité y lo oyeron.
—¿Y mataron al tigre?
—Ya estaba muerto. Se estrelló contra un árbol cuando lo ataqué y se partió el
cuello. Los cachorros escaparon.
Zoya se levantó. Le dio la espalda y, ante la atónita mirada de Nikolai, se retiró la
kefta de seda de los hombros y la dejó caer hasta sus caderas. Una inoportuna
punzada de deseo embargó a Nikolai, y entonces vio que a lo largo de la fina piel de
su espalda había ocho cicatrices largas y profundas.
—Los otros Grisha estaban furiosos —dijo—, pero la que había matado al tigre
había sido yo. El amplificador solo podía ser para mí. Así que me vendaron las
heridas y reclamé los dientes del tigre como míos. A cambio, él me hizo esto.
La luz de la chimenea iluminaba la superficie nacarada de las cicatrices. Era un
milagro que Zoya hubiera sobrevivido.
—¿Nunca pediste que te las curaran? ¿O que las borrara un Confeccionador?
Zoya se cubrió de nuevo los hombros con la kefta y la abrochó.
—Él me dejó su marca y yo la mía a él. Nos hicimos daño el uno al otro. Eso
merece ser recordado.
—¿Y el Oscuro no te negó el amplificador, pese a lo que habías hecho?
—Habría sido un justo castigo, pero no. Un amplificador tan poderoso era
demasiado único para desperdiciarlo. Me pusieron el grillete; bañaron en plata los
dientes del gran felino para que nunca pudiera quitármelo. Así se fabrican los
amplificadores más poderosos.
Zoya miró el vasto cielo gris a través de la ventana abierta.
—Cuando todo terminó, el Oscuro me hizo llamar a su tienda y me dijo: «Bueno,
Zoya, has liberado a los cachorros de tigre. Has sido altruista. Sin embargo, eres tú la
que ha terminado obteniendo un poder mayor hoy. Mayor que ninguno de tus
compañeros más experimentados, que esperaban pacientemente su turno. ¿Qué dices
a eso?».

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»Su reprobación era más dolorosa que las zarpas de ningún tigre. Una parte de mí
siempre había temido que me expulsara, que me echara para siempre del Pequeño
Palacio. Le dije que lo sentía.
»Pero ya entonces era como un libro abierto para el Oscuro. «¿Es lo que piensas
de verdad?», me preguntó.
Zoya se recogió un mechón de cabello oscuro detrás de la oreja.
—Entonces le dije la verdad. Levanté la cabeza y le dije: «Pueden irse todos al
infierno. La que ha derramado su sangre sobre la nieve he sido yo».
Nikolai reprimió una carcajada, y una sonrisa afloró a los labios de Zoya, pero se
deshizo casi de inmediato, sustituida por un ceño fruncido.
—Eso le gustó. Me dijo que había hecho un buen trabajo. Y luego dijo… «Ten
cuidado con el poder, Zoya. No hará que te amen, por mucho que logres reunir».
El peso de aquellas palabras cayó sobre Nikolai. «¿Puede que eso sea lo único
que buscamos todos?» ¿Era eso lo que había estado buscando él en todos aquellos
libros? ¿En sus incansables viajes? ¿En su lucha eterna por hacerse con el trono y
conservarlo?
—¿Era amor lo que buscabas, Zoya?
Ella negó con la cabeza lentamente.
—No lo creo. Quería… fuerza. Seguridad. No quería volver a sentirme indefensa
nunca más.
—¿Nunca más? —Le resultaba imposible imaginarse a una Zoya que no fuera
temible y poderosa. Pero Zoya se limitó a decir:
—Cuando Juris rompió ese grillete, fue como si me desgajara una extremidad del
cuerpo. No puedes ni imaginártelo.
No podía. Como tampoco podía dar con las palabras adecuadas para consolarla.
—¿Y qué fue de los cachorros?
Zoya recorrió el alféizar de la ventana con el dedo, dejando caer una cascada de
arena reluciente.
—Me dijo… El Oscuro me dijo que su madre ya no querría criarlos, porque yo
los había impregnado con mi olor. —Le temblaba ligeramente la voz—. Me dijo que
los había condenado a muerte, que prácticamente les había rajado la garganta yo
misma. Que la hembra los abandonaría a su suerte en la nieve. Pero yo no lo creo. ¿Y
tú?
Tenía el rostro sereno, pero sus ojos suplicaban. Nikolai sintió que estaba mirando
a la niña que había sido Zoya en aquella fría y sangrienta noche.
—No —dijo—. No lo creo en absoluto.
—Bien dijo—. Bien… —Se recolocó los puños de la kefta con firmeza; parecía
haber vuelto en sí—. Todos los amantes que he tenido me han preguntado por esas
cicatrices. A cada uno le he contado una historia diferente.
Nikolai se dio cuenta de que no quería pensar en los amantes de Zoya.
—¿Y qué he hecho yo para merecer la verdad?

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—¿Ofrecerme un país entero y enfrentarte a una muerte inminente?
—Hay que respetar unos mínimos, Nazyalensky.
Zoya señaló con el mentón la carta lacrada que seguía en el suelo.
—Todavía estás a tiempo de quemarla.
Nikolai pensó en su suave y tersa espalda, surcada por aquellas cicatrices. Pensó
en cómo inclinaba el mentón con gesto altanero. Se la imaginó acurrucada en la
nieve, poniendo en peligro el favor del mentor al que idolatraba, poniendo en peligro
su propia vida para salvar las de aquellos cachorros.
—Cuanto mejor te conozco —dijo—, más seguro estoy de que eres justamente lo
que necesita Ravka.
En aquel momento, deseó que las cosas fueran distintas. Que no corriera peligro
de morir mañana. Que pudiera dejarse guiar por el corazón en lugar de por el deber.
Porque Zoya no era ni gentil ni sencilla.
Pero ya era toda una reina.

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NINA NUNCA HABÍA PARTICIPADO en una cena tan larga y
tan extraña. El convento había cedido una de las salas más bonitas de la capilla para
Brum, su hija y su nueva profesora de idiomas. La comida era considerablemente
mejor que el rancho habitual del convento: perca a la brasa servida con mejillones,
brotes de col con nata, anguilas ahumadas, setas encurtidas y puerros estofados. Nina
se guardó dos diminutos huevos de codorniz en las faldas (por si Trassel era de
paladar fino) y se preguntó si terminarían la cena con galletas de almendra y azúcar.
Tramar una conspiración violenta no era incompatible con tomar un buen postre.
Por la tarde, Brum había interrogado a Adrik y a Leoni, y por lo visto sus
respuestas habían sido satisfactorias. Nina esperaba que Adrik se negara a continuar
con el plan ahora que se enfrentaban a la mirada escrutadora del comandante
drüskelle, pero su reacción la había sorprendido.
—Siempre pensé que moriría joven —dijo Adrik, tan sombrío como de
costumbre—. ¿Por qué no hacerlo mientras le doy una patada en el culo a ese
asesino?
Esa noche era Nina Zenik, sentada frente a frente con su mayor enemigo, el
antiguo mentor de Matthias y el artífice de algunos de los peores crímenes cometidos
contra su pueblo. Pero también era Mila Jandersdat, una chica pobre que estaba
cenando con gente muy superior a ella, mientras veía sufrir a su amiga.
Porque Hanne era su amiga. Nina pensaba en Hanne saliendo a hurtadillas del
convento para asistir el parto de un hijo no deseado; o agazapada sobre su caballo,
cruzando la campiña al galope; o en el aula, con las manos en posición de combate y

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las mejillas encendidas. Una guerrera nata. Tenía una vena indomable y generosa que
podría convertirse en algo mágico si le permitían florecer. Podría ocurrir en Ravka,
pero de ningún modo en aquella mesa.
Brum sometió a Hanne a un aluvión de preguntas sobre sus clases de conducta y
sus planes para el año siguiente.
—Tu madre y yo te echamos de menos, Hanne. Llevas demasiado tiempo lejos de
Djerholm.
—Yo también os echo de menos, papá.
—Si dejaras de lado esas aficiones tan impropias y te aplicaras, sé que te
aceptarían en la corte. Piensa en lo felices que seríamos todos juntos otra vez.
—Sí, papá.
—No me gusta la idea de que permanezcas aquí, sobre todo por las influencias
extranjeras que invaden estas aldeas. La Madre del Manantial me ha dicho que
sorprendieron a una novicia con el icono de un Santo pagano escondido bajo la
almohada. Tu lugar es la Corte de Hielo.
—Sí, papá.
Los intentos de Hanne por hablar de sus estudios fueron rechazados con un gesto
displicente.
—Siempre has sido inteligente, Hanne. Pero eso no te conseguirá un marido
influyente.
—¿No crees que le gustaría poder hablar con su esposa sobre política y asuntos
de Estado?
Brum suspiró.
—Un hombre que se pasa el día entero ocupándose de los asuntos del país no
desea conversar sobre esos mismos temas con su esposa. Desea que esta lo alivie, lo
distraiga y le recuerde cuáles son las cosas buenas de este mundo, las cosas que
luchamos por proteger con tanto ahínco.
Nina reprimió una arcada. No sabía si podría mantener aquellas excelentes
viandas en el estómago.
Mientras la discusión entre Hanne y su padre se caldeaba, Nina se excusó
discretamente. Brum pasaría la noche en la fábrica, así que iban a retrasar el plan
hasta que él se hubiera marchado a la mañana siguiente.
Después de ir al servicio, Nina registró los bolsillos del abrigo que Brum había
dejado pulcramente doblado sobre una silla en la sala de estar. Encontró una carta que
hacía referencia al «pequeño Lantsov» y a un tal Vadik Demidov. Hizo lo posible por
memorizar el resto de la información, pero no podía permitirse tardar mucho en
volver a la mesa.
Nina apagó la vela y se marchó de la sala de estar. Jarl Brum la estaba esperando
en el pasillo en penumbra.
—¡Oh! —exclamó Nina, llevándose la mano al escote de su vestido—. Me ha
asustado.

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—¿Se ha perdido al volver del servicio?
—No, señor —respondió, añadiendo un leve jadeo a su voz—. He visto que las
velas se estaban gastando y me he detenido a apagarlas.
—¿No corresponde esa tarea a los sirvientes, Enke Jandersdat?
—Por favor, llámeme Mila.
Brum la miró fijamente en la oscuridad.
—Eso no sería del todo decoroso.
Los fjerdanos siempre traían el decoro en la boca, pero Nina había empezado
sospechar que inventaban todas aquellas normas solamente por la emoción de
infringirlas.
—Perdóneme —dijo, haciendo una reverencia excesivamente profunda—. No
pretendía ofenderle. Me temo que mis modales rurales le han disgustado.
Brum le colocó un dedo debajo de la barbilla para obligarla a levantarse e inclinar
la cabeza hacia atrás, pero esta vez lo hizo con suavidad.
—En absoluto. Son un cambio bienvenido. Con el tiempo aprenderá a conducirse
al estar en presencia de gente de alcurnia.
Nina bajó los ojos.
—Si es que tengo esa suerte.
Brum la observó atentamente.
—Me marcho mañana por la mañana, pero paso a menudo por Gäfvalle para
inspeccionar la buena marcha de la fábrica de municiones. —«Y para supervisar tus
experimentos», pensó Nina con un acceso de rabia—. Será un placer comprobar los
progresos de Hanne.
—No tengo un empleo permanente aquí —dijo Nina, retorciéndose las manos—.
No sé cuánto tiempo tolerará mi presencia la Madre del Manantial.
Brum le sujetó las manos para tranquilizarla.
—Qué chiquilla tan nerviosa. La Madre del Manantial siempre tendrá un lugar
para usted si yo se lo ordeno.
Nina volvió a mirarlo a la cara con todo el asombro que pudo reunir, y le agarró la
mano con fuerza.
—Gracias, señor —dijo con fervor—. Muchas gracias.
Volvieron al comedor con Hanne para despedirse.
En cuanto su padre se hubo marchado, Hanne se dejó caer contra la pared,
aliviada.
—Gracias a Djel que ya se ha terminado. ¿Has conseguido lo que necesitabas?
Nina miró fijamente el trozo de cera de vela caliente que había presionado contra
el anillo de Brum para obtener una impresión perfecta de su sello.
—Sí. El resto depende de ti.

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Adrik había evaluado correctamente el problema que suponía entrar en la fábrica.
Incluso con una orden militar con el sello de Brum, era impensable que los guardias
de la entrada este dejaran marchar a las mujeres y las niñas sin que hubiera un
soldado fjerdano convincente al mando.
Hanne no salió de la cama a la mañana siguiente, aduciendo que la suculenta
comida de la noche anterior no le había sentado bien.
La Madre del Manantial se impacientó.
—No es tarea nuestra cuidar a una niña consentida de estómago delicado.
—Claro que no, Madre del Manantial —reconoció Hanne—. Enke Jandersdat
puede ocuparse de mí. —Después se inclinó sobre el borde de la cama y vomitó.
La Madre del Manantial se tapó la nariz con la manga.
—Muy bien. Que ella te vacíe el cubo y limpie este desastre.
—Tal vez el emético de Leoni sea demasiado eficaz —dijo Nina en cuanto
estuvieron a solas y la puerta quedó bien cerrada.
Hanne gimió y se dejó caer sobre las almohadas, pálida como una muerta. Nina se
sentó en la cama y le acercó a los labios un vial burbujeante.
—Toma, te sentará bien. Los reconstituyentes de Leoni son tan eficaces como sus
eméticos.
—Eso espero —dijo Hanne.
Nina adecentó el cuarto de la enferma mientras Hanne descansaba y luego la
obligó a comer algo de pan y un huevo.
—Necesitas recuperar fuerzas.
Hanne se incorporó en la cama, con un cojín detrás de la espalda. El cabello
destrenzado le caía sobre los hombros en una cascada de color castaño rojizo, y Nina
sintió el impulso de juguetear con uno de sus bucles.
—No sé si puedo hacer esto —dijo Hanne—. Nunca he intentado confeccionar
nada antes.
Nina abrió las cortinas para dejar pasar toda la luz posible. La habitación de
Hanne estaba en la segunda planta, así que no tenían que preocuparse de miradas
curiosas.
—Solo es una forma más de manipular el cuerpo.
—¿Lo has visto hacer antes?
—Solamente una vez —mintió Nina. A ella le habían confeccionado todo el
rostro y el cuerpo para resultar totalmente irreconocible. Incluso lo había intentado
hacer ella misma en un par de ocasiones.
—¿Y si no puedo deshacerlo después?
—Pues buscaremos a alguien que pueda —le prometió. «Aunque tenga que
arrastrarte hasta Ravka para conseguirlo»—. Pero no creo que tengas ningún
problema. Solamente vas a hacer unos cambios muy pequeños. —Nina se sentó
delante de Hanne y le mostró el espejo que había abrillantado a la perfección.
Hanne se miró en la superficie.

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—¿Por dónde empiezo?
—Probemos con la mandíbula. Nos pondremos con la nariz cuando le hayas
pillado el tranquillo. No quiero que te obtures por accidente las vías respiratorias. —
Hanne abrió los ojos de par en par—. ¡Es broma! —dijo Nina. «Más o menos.»
Hanne respiró hondo y se llevó los dedos con suavidad al lado izquierdo de su
mandíbula.
—Concéntrate en las células de la piel —dijo Nina—. Piensa en la dirección en la
que quieres que se muevan.
—Esto es aterrador —susurró Hanne mientras la línea de su mandíbula empezaba
a transformarse lentamente.
—¿Más aterrador que la Madre del Manantial cuando pilla a alguien pasándoselo
bien?
Un esbozo de sonrisa afloró a los labios de Hanne, que pareció relajarse un poco.
—Ni por asomo.
Hanne tardó horas en resaltar y cuadrar su mandíbula, pronunciarse el ceño y
ensancharse la nariz. Nina se sentó junto a Hanne en la estrecha cama, observando
sus progresos en el espejo, dándole consejos y animándola. Cada cierto tiempo salía
del cuarto para traer tazones de caldo y fingir que vaciaba palanganas, para mantener
la ilusión de que Hanne seguía encontrándose mal.
Y entonces llegó la hora del toque final.
—¿Estás segura? —dijo Nina, sosteniendo los espesos bucles rojizos de Hanne.
Tenían vetas doradas y su tacto era fresco y sedoso, como el agua de un río agitado
—. Podríamos disimularlo debajo de tu gorro.
—No voy a poner en peligro todo el plan por simple vanidad. —Cerró los ojos
con fuerza—. Adelante.
A Nina le parecía un crimen cortar un cabello tan espléndido, pero enarboló las
tijeras y segó los espesos mechones. Terminó el trabajo con una navaja, rapándole el
cráneo a Hanne como era costumbre en el ejército fjerdano. Solamente los drüskelle
se dejaban el pelo largo. Cuando el rostro de Hanne recuperara su forma original,
siempre podría decir que se había rapado el cabello en un gesto de penitencia hacia
Djel.
Nina recogió todos los cabellos en una palangana y los tiró a la basura,
asegurándose de que quedaran bien tapados. Cuando volvió, encontró a Hanne
sentada en la cama, mirándose al espejo con lágrimas en los ojos.
—No llores —le dijo Nina, cerrando la puerta a sus espaldas y acercándose
rápidamente—. Te volverá a crecer, te lo prometo.
—No es eso —dijo Hanne, observando su rostro. Era un muchacho quien le
devolvía la mirada. La mandíbula, el ceño, la nariz, la piel áspera de las mejillas para
que pareciera que se había afeitado… Los cambios eran sutiles, pero el efecto final
era sorprendente—. Ojalá hubiera nacido varón. Ojalá hubiera sido el hijo que quería
mi padre…

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Nina agarró a Hanne por los hombros.
—Eres perfecta, Hanne. Que tu padre no sea capaz de valorar tu fuerza solamente
denota su debilidad.
Hanne se miró otra vez al espejo, parpadeando para apartar las lágrimas.
—Los labios siguen siendo demasiado carnosos.
—Déjalos así —dijo Nina rápidamente, y se puso de pie para ocultar su rubor—.
Así están perfectos.

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TRAS EL CAOS de la demostración en el Pantano de Oropel, Isaak no
debería haberse sentido nervioso al acudir a la reunión comercial al día siguiente.
Pero no había motivos para que el Triunvirato asistiera, así que iba a tener que
vérselas con los kerch, los kaélicos y los zemeni sin nadie más que los ministros
financieros de Nikolai. Tenía miedo de que lo descubrieran. Tenía miedo de hacer
quedar al rey como un idiota. Tenía miedo de tirar por tierra toda la economía de
Ravka por rascarse la nariz de forma inadecuada.
Antes de que empezara la reunión, hizo lo que le habían recomendado Genya y
los demás: se reunió en privado con sus ministros.
—Me gustaría que llevaras la voz cantante, Ulyashin —dijo—. Tengo confianza
en que lo harás bien.
El ministro de comercio sonrió de oreja a oreja y se pasó gustosamente toda la
reunión debatiendo sobre aranceles e impuestos de importación, al mismo tiempo que
eludía con elegancia el acechante fantasma de los préstamos a Ravka. Ulyashin se
había ganado el eterno agradecimiento de Isaak; tal vez pudiera regalarle un barco o
un título, o lo que hicieran los reyes para dar las gracias.
Aparentemente, la reunión terminó de manera optimista. Isaak ya suspiraba de
alivio mientras se levantaba y estrechaba las manos de los asistentes. Pero justo
cuando creía que iba a poder escabullirse, Hiram Schenck lo acorraló y susurró en
tono furioso:
—¿Creéis que podéis seguir jugando con nosotros?
Genya le había dicho que, en caso de que lo pillaran desprevenido en cualquier
situación, lo mejor era responder «¿Disculpe?» con toda la altivez y majestuosidad

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posibles.
Isaak decidió aplicar la estrategia y miró a su interlocutor con un feroz desdén.
—¿Disculpe? ¿Acaso no he sacado del fondo de un lago a su empapada hija hace
bien poco?
Schenck no se dejó amilanar.
—¿De verdad pensabais que nos engañaría el teatrillo de anoche? Cuando
recibimos la información hace unos meses, estabais a punto de completar los
sumergibles y el sistema de misiles, y es bien sabido que vos no descansáis hasta
haber perfeccionado vuestros inventos. No podéis seguir coqueteando como una
muchacha en su puesta de largo. O recibimos nuestro prototipo o Ravka será tratada
como el paupérrimo país que es.
Nikolai Lantsov nunca habría tolerado semejante insulto. Habría contraatacado
con la réplica perfecta para que Schenck temblara de miedo y deseara no haber
abierto la boca.
—Disculpe —dijo Isaak con firmeza, pasando al lado de Schenck en busca de la
salvación de la puerta abierta.
Salió a toda prisa de la sala, con el estómago revuelto, y encontró a los gemelos
esperándole en el pasillo para escoltarlo hasta el siguiente aprieto insuperable.
—Los kerch no se han tragado la actuación de anoche —dijo mientras recorrían el
pasillo.
—Ya lo sabemos —respondió Tamar—. Os estábamos escuchando.
—Tal vez nos pasamos de la raya con los misiles —dijo Tolya.
Isaak se alisó su levita de color ciruela.
—¿Y ahora qué hacemos?
—No lo sé —admitió Tamar—. Centrémonos en salir bien librados esta tarde.
«Unos pocos días más», se dijo Isaak. «Unas pocas fiestas más. Puedo hacerlo.»
Pero ¿dónde estaba el rey?
La noche anterior, al ir a ponerse ropa seca, había oído a los demás hablando en la
sala de estar.
—Solamente tenemos que superar el baile de clausura —había dicho Tamar
mientras rodeaba a Genya con el brazo—. Entonces tomaremos una decisión.
—¿Cómo es posible que no haya ni rastro de ellos? —preguntó Genya con un
sollozo—. Han pasado casi tres semanas. La gente no desaparece sin más. Nunca
pensé que lo diría, pero echo de menos a Zoya.
—Y yo también —dijo Tolya—. Aunque sé que me daría un puntapié por perder
el tiempo preocupándome por ella.
—Creo que el Apparat sabe algo —dijo Tamar—. Ha solicitado una audiencia
con el rey para que le hable de su peregrinación y para pedirle información sobre
Yuri. No podemos dar esquinazo al sacerdote eternamente, y lleva demasiado tiempo
fuera de la ciudad para mi gusto. Él también cuenta con un laberinto de túneles para
entrar y salir de la capital. Hay demasiados lugares en los que podría esconderse.

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—Podríamos intentar que se entretenga con los invitados —dijo Tolya—. Pedirle
que celebre una misa…
Pero Tamar lo interrumpió.
—No podemos permitir que el sacerdote se acerque a Isaak. Es demasiado astuto.
—Tal vez habría que mandarlo matar —dijo David.
Genya había roto a llorar de nuevo al oír eso.
—Cuando hablas así, echo de menos a Zoya todavía más.
«¿Y ahora qué?», se preguntó Isaak. Podría salir bien librado aquella tarde, podría
incluso superar toda aquella retahíla de fiestas y boato sin desatar nuevos desastres.
Pero eso no quería decir que fuera capaz de gobernar un país, ni siquiera de ejercer
como títere mientras Genya y los demás gobernaban en la sombra.
Al doblar una esquina, entró en la galería de retratos y se topó con la princesa
Ehri y varias de sus guardias… tal y como les había dicho el espía de los gemelos.
Isaak hizo lo posible por aparentar sorpresa al saludar a la princesa y charlar sobre los
entretenimientos matinales.
—El clima nos ha parecido demasiado fresco para la fiesta del jardín —dijo Ehri
—. Así que se nos ha ocurrido dar un paseo por la galería de retratos.
—¿Qué os parecen los cuadros?
—Demasiado adustos.
«No los mires muy de cerca», pensó Isaak.
—¿Puedo ofreceros una visita guiada por esta ala del palacio? —Juraría que
acababa de sentir la mirada aprobadora de las guardias de la princesa. Tal vez fuera
verdad que informaban a su hermana de los éxitos y fracasos de Ehri.
Recorrieron el esplendor azulado del salón de lapislázuli, el salón de conciertos y
algunas de las zonas más humildes del palacio: la mohosa sala de trofeos, con las
paredes repletas de cornamentas de ciervo y cabezas disecadas de piezas de caza
mayor; la armería, con sus sillas de montar y espadas anticuadas, y finalmente las
salas de entrenamiento.
—Venid, entremos —sugirió. Las palabras le sonaban torpes e impostadas, pero
al menos sabía que a la princesa le gustaban las hachas.
—¿Es aquí donde entrenan vuestros guardias?
—Sí —dijo Isaak. Él mismo había entrenado y practicado allí con el rey—.
Tamar, ¿podrías hacernos una demostración?
Tamar descolgó dos hachas de entrenamiento de la pared.
—Tú —dijo, señalando a una de las Tavgharad. Era una joven de rostro serio y
mentón afilado. Debía de ser Mayu Kir-Kaat, la Tavgharad cuyo hermano gemelo
había desaparecido y que, tal vez, se había cansado de servir a la corona shu.
Una de las guardias de más edad se adelantó.
—Yo lucharé gustosamente contigo. —Una larga cicatriz le recorría su estilizada
nariz.
Tamar ladeó la cabeza.

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—¿Solamente hay una leona en esta manada?
—Lucharé con ella —dijo la muchacha que tenía la barbilla puntiaguda.
—Mayu… —replicó otra de las guardias en voz baja.
Pero Mayu se adelantó sin temor… o quizá con expectación.
Un silencio incómodo se adueñó de la estancia.
—¿Qué tal si nosotros también practicamos un poco? —propuso Isaak. Los
gemelos querían que las Tavgharad vigilaran a Ehri, no a Tamar y a Mayu. Cogió una
espada de madera de la pared.
—No tengo demasiado talento para el combate —dijo Ehri nerviosamente.
—Pensaba que todos los miembros de la familia Taban se entrenaban para
defenderse.
—Desde luego. Pero mis hermanas son mejores guerreras.
—A lo mejor puedo enseñaros un par de cosas. —Isaak no quería presionarla,
pero sabía que Tamar contaba con que él creara una distracción mientras ella
intentaba hablar con Mayu. Una charla amigable durante un asalto de entrenamiento
no era lo más ideal, pero no había otra forma de pillar a solas a una de las Tavgharad.
Isaak le lanzó a Ehri otra espada de entrenamiento, y la princesa la atrapó al vuelo
sin dificultad. Isaak oyó un murmullo de desaprobación proveniente de las
Tavgharad.
—Princesa… —empezó a decir la mayor.
Pero Ehri ya estaba atacando.
Había sido muy modesta al evaluar su talento. Era una hábil esgrimista y se
movía sin un ápice de vacilación. Isaak oyó distraídamente los gruñidos de las otras
dos luchadoras y se arriesgó a mirarlas de reojo. Tamar acababa de derribar sin
esfuerzo a Mayu, haciéndola caer de espaldas. Se inclinó para ayudarla a levantarse,
y supuso que estaban intercambiando unas palabras… suponiendo que Mayu fuera la
Tavgharad que quería desertar.
En ese momento, Ehri golpeó a Isaak en el vientre con el plano de su espada y
este se quedó sin aliento bruscamente.
Ehri enarcó una ceja.
—Al rey de Ravka le falta concentración.
—¿Cómo queréis que no me distraiga con vuestra belleza? —Una respuesta muy
floja.
Ehri se echó a reír. Isaak nunca la había visto tan relajada.
—Vuestro estilo de lucha no es como esperaba —dijo Ehri. «Seguramente porque
esperabas a un rey entrenado desde niño para blandir una espada», pensó Isaak. En
vez de eso, tenía delante al hijo de un maestro, que no había tocado una espada hasta
su reclutamiento.
—Podría decir lo mismo de vos —respondió con sinceridad. Tenía la sensación
de que la princesa se estaba conteniendo, aunque no podía estar seguro. ¿Todas las
princesas shu eran tan buenas esgrimistas? No había nada que él pudiera enseñarle.

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Isaak oyó un grito a sus espaldas, y tanto él como Ehri se volvieron y vieron a
Mayu doblada en dos, tratando de recobrar el aliento.
—¡Ya basta! —gritó la guardia shu de más edad.
—Pido disculpas —dijo Tamar con una reverencia.
—Y yo también —añadió Isaak. ¿Qué acababa de pasar? ¿Tamar había
conseguido la información que quería? ¿Todo aquello formaba parte del plan?—. Te
acompañaremos a la enfermería. Podemos…
—No —jadeó Mayu KirKaat—. Estoy bien.
—Por favor —dijo Isaak—. Detestaría que una de mis invitadas resultara herida
mientras nos divertimos.
—Ha sido un accidente —dijo la princesa Ehri—. Todos lo comprendemos.
Durante un momento, el ambiente de la sala se cargó de tensión, como si el
conflicto estuviera pasando de mente en mente, buscando un lugar en el que
asentarse.
—Si me permitís, princesa —dijo Mayu, irguiéndose—. Las costumbres shu
exigen una compensación.
Tamar frunció el ceño.
—¿Qué tenías en mente?
Las guardias intercambiaron una mirada con Ehri.
—¿Qué tal una cena íntima?
Tamar negó con la cabeza.
—Las demás pretendientas lo considerarían un gesto de favoritismo.
Ehri parecía nerviosa.
—No queremos causarle problemas al rey.
—Las demás no tendrían por qué enterarse —dijo Isaak sin pensar.
Tamar frunció el ceño, pero dijo:
—Por supuesto, Majestad.
Cuando Ehri y sus guardias se marcharon, el gesto ceñudo de Tamar se
desvaneció. Le dio un puñetazo en el brazo.
—Bien hecho. Otra oportunidad para recabar información. —Pero la expresión de
Isaak debió de revelar su decepción, porque Tamar retrocedió unos pasos—. Oh, no.
Isaak, grandísimo bobo. No me digas que te gusta.
—No seas ridícula —dijo él, notando que se le encendían las mejillas—. Sé a qué
juego estamos jugando. ¿Qué has averiguado de Mayu?
—Nada —dijo Tamar, pensativa—. Le he dicho que había oído que era una keb y
le he preguntado por su hermano gemelo, pero me ha contado muy poco. Solo que
proceden de la provincia de Bol.
—Tal vez no sea ella.
—Es posible. Pero le daba miedo algo, y no lucha tan bien como yo esperaba. No
pretendía hacerle daño, pero he calculado mal su velocidad de reacción. Es joven y
lleva poco tiempo en el puesto, así que es normal que sea peor luchadora que las otras

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Tavgharad. Pero si no está a la altura, es posible que quiera irse antes de que la
expulsen.
—¿La enviarían al ejército regular?
—¿Después de haber visto a la familia Taban en sus momentos más vulnerables?
Ni pensarlo. La exiliarían por su fracaso. Nunca volvería a ver a su hermano ni al
resto de su familia. —Tamar volvió a colgar la espada en la pared—. Podríamos
habernos confundido de persona. O podría no haber ninguna desertora. Nuestras
redes de espionaje en Shu Han no son tan eficaces como deberían. Intentaré
asegurarme de pasar tiempo a solas con cada una de las Tavgharad durante tu
interludio romántico con la princesa. Tú procura que sea una cena larga y agradable.
—Si es mi deber…
—Yuyeh sesh, Isaak —dijo Tamar mientras le indicaba por señas a un sirviente
que pusiera en orden la sala de entrenamiento.
«Desprecia tu corazón.» Un proverbio shu. Cumple con tu deber. Sabía lo que
debería haber respondido, la respuesta propia de un soldado shu, tal vez la propia de
un rey: Niweh sesh. «No tengo corazón.» Pero las palabras que le venían a la mente
eran las del poema «Kebben’a» y la caída de las primeras flores.
Él no era un guerrero shu. Tampoco un rey de Ravka. No era más que un
muchacho campesino que quería cenar con una chica que había sido agradable con él.
Isaak abandonó la sala sin decir nada.

Por la noche, cuando Isaak se reunió con Genya, David y los gemelos en su sala de
estar, esperaba verlos entusiasmados ante la perspectiva de su cena secreta con Ehri.
Pero parecía que acabara de entrar en un velatorio.
—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Se sabe algo del rey?
Tolya parecía sombrío, Tamar tenía una expresión homicida y Genya parecía
haber envejecido veinte años. Incluso David había dejado a un lado su lectura y,
aunque no parecía que fuera el fin del mundo para él, sí que aparentaba estar
moderadamente preocupado.
—Hay noticias de Fjerda —dijo Tamar—. Se están preparando para marchar
sobre Ravka. Podrían tardar una semana o un mes, pero se avecina la guerra.
Isaak se sentó pesadamente. La guerra. Apenas habían disfrutado de tres años de
paz.
—Y eso no es lo peor —dijo Tolya—. Marchan bajo el estandarte Lantsov.
Isaak lo miró a los ojos.
—No comprendo.
—Sus gobernantes han apoyado públicamente a Vadik Demidov.
—¿A quién?
—Afirma ser primo de los Lantsov y el heredero legítimo del trono de Ravka.

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—Pero eso no tiene sentido. Aunque fuera un Lantsov…
—Un hombre llamado Magnus Opjer apoya su causa —dijo Genya—. Es un
magnate naval de Fjerda.
—En otro tiempo viajó a Ravka como emisario —prosiguió Tamar—. Opjer
afirma que tuvo una aventura con la reina de Ravka. Asegura ser el verdadero padre
de Nikolai.
—No puede ser cierto —protestó Isaak—. No es más que propaganda fjerdana.
—Tiene cartas de la reina en su poder —dijo Genya en voz baja—. Si se
demuestra que son auténticas…
—Aunque no lo fueran —dijo Tamar—. Los fjerdanos no necesitan más
pretextos.
—No —dijo Isaak. Se puso de pie, aunque no sabía por qué—. Ravka ama a su
rey. Se pondrán de su lado.
—Quizá —dijo Tolya—. Me sentiría más seguro si pudiéramos localizar al
Apparat. Se ha escondido en algún lugar, con la mayor parte de la guardia sacerdotal.
Si respalda la causa de Demidov…
David se recolocó el libro en el regazo.
—Deberíamos haberlo mandado matar.
Tamar se frotó el rostro con las manos.
—Vamos a tener que hacer un trato con los kerch.
—Necesitamos a los zemeni en el mar —dijo Tolya—. Nuestra flota no es rival
para los fjerdanos.
—A menos que obtengamos el dinero de los kerch —argüyó Tamar.
—Incluso entonces nos llevaría tiempo desarrollarla.
Isaak no podía creer lo que estaba oyendo. Abrió la boca para hablar y se quedó
horrorizado cuando lo que escapó de sus labios fue una risa ligeramente histérica.
—¿Os habéis vuelto todos locos? —Lo miraron fijamente—. Yo no soy Nikolai
Lantsov. No puedo liderar a una nación en guerra. Esta farsa tiene que terminar.
Se hizo el silencio durante un buen rato.
Finalmente, Genya preguntó:
—¿La delegación fjerdana sigue aquí?
—Sí —dijo Tamar—. Tengo espías en la Corte de Hielo, pero todo este asunto no
se ha hecho público. Ni siquiera se ha comunicado a la mayoría de los representantes
del gobierno.
—Muy bien. Seguiremos así hasta que termine la semana, hasta el baile de
clausura. Cuando los invitados se hayan ido, trazaremos un plan. —Genya miró
fijamente a Isaak—. Uno que todos podamos sobrellevar.

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Las noticias de Fjerda habían aplastado sin piedad la expectación que sentía Isaak por
su cena con Ehri. Si el rey no regresaba nunca, ¿de verdad iban a pedirle a Isaak que
sustituyera a Nikolai para siempre? Tal vez debería alegrarle la perspectiva de una
vida de riqueza y atenciones. ¿No era eso lo que los cuentos prometían a los
muchachos humildes y de buen corazón? Pero Isaak sabía que él no era ningún héroe
de cuento. Era un muchacho tímido y un soldado del montón que había tenido la
fortuna de llamar la atención del rey, un golpe de suerte por el que tal vez iba a tener
que renunciar a su propia identidad.
Les habían dispuesto una mesa en el bosque de la isla central del lago, lejos del
Gran Palacio y las miradas curiosas. De los árboles cercanos colgaban farolillos, y
entre las sombras se oía la música suave de una balalaica. Un entorno de lo más
romántico… y que brindaría a Tamar una oportunidad inmejorable de acercarse a las
guardias Tavgharad repartidas por el bosque.
Condujeron a Isaak hasta la isla en un bote de remos, al abrigo de la noche.
Llevaba una levita de terciopelo verde azulado que combinaba especialmente bien
con la tez del monarca, al menos en su opinión. Había vuelto a encontrar un puñado
de cuentas de plata en el bolsillo.
Se fue poniendo cada vez más nervioso mientras esperaba. Estaba cansado del
lujo y las ropas caras. Había seguido enviando cartas a su casa, fingiendo que en
palacio todo marchaba igual que siempre, pero lo único que quería hacer Isaak era
sentarse en la diminuta cocina de su madre, contemplar el jardín y jugar a las cartas
con sus hermanitas. Quería estar con la gente que lo conocía de verdad.
Sin embargo, de haberlo visto entonces, no lo habrían reconocido. Todos los días
pasaba junto a los demás guardias de palacio, sus compañeros, hombres a los que
conocía desde hacía años. Tenía ganas de gritarles: «¡Soy yo! ¡Isaak Andreyev!». A
su capitán le habían dicho que necesitaban a Isaak en Os Kervo como traductor, y no
había hecho falta más. Había sido así de simple hacerlo desaparecer.
Finalmente, Tolya dijo:
—Ya viene.
Ehri entró lentamente en el claro. La habían ataviado con un vestido de seda
bordado, de color verde hierba, y ceñido la frente con un elaborado tocado de oro
tachonado de esmeraldas del tamaño de la uña del pulgar.
—¿Cuánto pesa eso? —susurró Isaak cuando se sentaron y sirvieron el primer
plato.
—No estoy segura —respondió Ehri—. Siento que se me ha sentado encima una
recua de bestias de carga, así que calculo que pesa entre dos y doce bueyes.
—¿Os hacen entrenar los músculos del cuello?
—Claro que no. Las mujeres del linaje Taban nacemos con cuellos robustos; es
un don divino.
—Claro, qué tonto.

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Notó que se iba relajando. Le resultaba más fácil hablar con Ehri que con…
cualquiera. Los gemelos, Genya, David, y desde luego las demás pretendientas. Las
otras parecían elegir con sumo cuidado sus palabras, y tan solo decían lo que Isaak (o
más bien Nikolai) querría oír. Pero a Ehri no parecía interesarle demasiado que él la
eligiera como esposa. Era una idea que lo reconfortaba y lo angustiaba al mismo
tiempo. No tenía ninguna duda de que Ehri se habría enamorado perdidamente del
verdadero Nikolai; Isaak sentía celos de un hombre al que Ehri ni siquiera conocía.
Ehri examinó su plato.
—¿Qué nos ha preparado vuestro cocinero esta noche?
—Algo que va dentro de una gelatina. Por lo visto piensa que todo lo que se
puede meter en gelatina debe meterse en gelatina.
—¿Cuál es vuestra comida favorita?
—La col rellena de mi madre.
—¿La reina cocinaba?
«Maldita sea.»
—Bueno, cocinaban los sirvientes, pero me la servía mi madre cuando estaba
enfermo. —No tenía ni idea de si tal cosa era plausible, pero no le sonaba mal—.
¿Cuál es la vuestra? —se apresuró a preguntar.
Ehri reflexionó un momento.
—Hay un plato que solo comemos una vez al año, en las festividades de verano.
Es un budín de leche con forma de luna, aromatizado con agua de rosas. Sé que no
suena muy apetecible, pero me gusta por la tradición que se sigue a la hora de
comerlo. Nos sentamos con toda la familia, contamos historias, disfrutamos de los
fuegos artificiales y procuramos que el budín dure toda la noche.
—¿También la familia real?
Ehri asintió lentamente.
—Sí, aunque hace mucho que no estamos todos juntos. A veces me pregunto si
volveremos a estarlo.
—¿En caso de que nos casemos y vengáis a vivir a Ravka?
Ehri parpadeó para alejar las lágrimas.
—Sí.
Isaak entró en pánico al ver su angustia.
—Yo… con gusto os dejaría visitarlos siempre que quisierais. —No tenía ni idea
de si esa era una promesa que el rey podía cumplir.
—No pensemos en eso —dijo Ehri, secándose las lágrimas con la servilleta—.
Ahora estamos aquí; procuremos disfrutar. —Comió un bocado e Isaak advirtió su
mueca de desagrado al tragar.
Mirando de reojo a los guardias apostados en la linde del bosque, Isaak inclinó
ligeramente su plato, dejó que la gelatina resbalara hasta el suelo y la empujó bajo la
mesa con el pie.
Ehri sonrió y le imitó.

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Soportaron juntos varios platos más y numerosas gelatinas, celebraron la llegada
del sólido y reconocible filete de venado y coincidieron en que aquella cosa gris,
fuera lo que fuera, estaba deliciosa.
—Resulta difícil, ¿verdad? —preguntó Ehri finalmente—. Estar aquí sentados y
fingir que nuestros países no son enemigos.
—¿Deben serlo? —preguntó Isaak. Aquellas palabras le sonaron torpes y poco
sofisticadas. O peligrosamente parecidas a una proposición.
—No depende de mí —respondió—. Yo no soy reina. No soy nadie.
—¡Sois una princesa! —exclamó Isaak.
Ehri se llevó la mano a su tocado.
—Pero ¿nunca sentís que sois… en fin, un impostor?
«Todos los días.» Pero ¿qué habría dicho Nikolai? De pronto, a Isaak le traía sin
cuidado.
—Sí, así es. Todo el tiempo.
Ehri se inclinó hacia delante.
—Si la gente no se postrara ante mí, si no me vistieran con sedas ni me besaran
los pies, ¿seguiría siendo una princesa? ¿O no sería más que una muchacha con un
escurridor elegante en la cabeza?
Isaak se echó a reír.
—Buena pregunta. Lo único que sé es que yo no me siento como un rey.
—¿Y cómo os sentís?
—Cansado —respondió con franqueza—. Y con ganas de comer col rellena.
—Nos acabamos de comer siete platos distintos.
—¿Y habéis quedado saciada?
—En absoluto. A lo mejor el postre es otro filete.
Isaak rio de nuevo. Bebió otro sorbo del vino de hielo que les habían servido para
acompañar el último plato y le planteó a Ehri la misma pregunta que había estado
haciéndose él.
—Si vos, no vuestra hermana, estuvierais destinada a ser reina… —Ehri alzó las
cejas e Isaak supo que se adentraba en terreno pantanoso. Los monarcas no
especulaban sin un motivo—. ¿Cómo gobernaríais a los shu?
Ehri jugueteó con el borde de su copa. Isaak sintió el impulso de cogerla de la
mano, pero sabía que no le estaba permitido. Qué extraño que un rey pudiera
comandar a un ejército, pero no darle la mano a una muchacha que le gustaba. Porque
Ehri le gustaba. Con Genya se había sentido embelesado, abrumado por su estatus y
por la idea de que semejante mujer se fijara en él. Pero Ehri era diferente. Cierto era
que apenas la conocía. Y que era una princesa de un antiquísimo linaje real. Y que se
sentaba a cenar llevando encima suficientes esmeraldas para comprar y vender el
pueblo natal de Isaak al completo. Pero lo sorprendía a cada instante. Era cálida y
considerada, y los artificios parecían gustarle tan poco como a él. De haber sido dos
personas corrientes, de haberse conocido en un baile rural, en lugar de en una sala

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repleta de cortesanos… Isaak tenía sus dudas. «Ni que hubieras tenido valor para
hablar con una chica como esta.» Pero tal vez Ehri, la simpática y divertida Ehri, se
habría apiadado de él y le habría concedido un baile.
—¿Que cómo gobernaría? —musitó Ehri, llevándose la copa a los labios.
—Seguro que os lo habéis planteado alguna vez.
—Son pensamientos peligrosos para alguien como yo. —Ehri sacudió lentamente
la cabeza, y las esmeraldas de su cabello centellearon—. Las cosas que me imagino,
las cosas que anhelo no son las de una reina.
—Las de una princesa, entonces.
Ehri sonrió.
—Más bien las de una muchacha ingenua. El final de la guerra. La oportunidad
de que el pueblo llano elija su propio futuro. Un mundo en el que las familias no se
vean divididas por la adversidad… ni por el deber. Seguro que os parezco una tonta.
—En absoluto —dijo Isaak—. Si nosotros no soñamos, ¿quién va a hacerlo?
Ehri asintió, pero su sonrisa estaba preñada de tristeza.
—Si nosotros no soñamos, ¿quién va a hacerlo? —repitió la princesa.
Ya les habían servido el último plato. Pronto llegarían los guardias para
llevárselos de allí. Pese a la angustia que sentía, Isaak lamentaba que la velada tocara
a su fin.
—¿Volveréis a casa justo después del baile de clausura? —le preguntó.
—Sí. —Estaba casi seguro de haber visto un destello de dolor en su mirada.
—Reuníos conmigo en el invernadero durante el baile —dijo Isaak sin poder
contenerse—. De lo contrario, no disfrutaremos de un solo momento a solas. —Se
quedó perplejo al oír las palabras que salían de su propia boca.
Y se quedó todavía más perplejo cuando Ehri aceptó.

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AGUARDARON BAJO el monótono cielo gris. Tal vez estuviera
amaneciendo. O anocheciendo. La magia tendía a suceder en los momentos de
transición. Los amplificadores sagrados de Morozova habían aparecido durante el
crepúsculo. El ciervo. El azote del mar. El pájaro de fuego. Tal vez con los Santos
ocurriera lo mismo.
Nikolai, flanqueado por Zoya y Yuri, estaba de pie sobre las arenas, en el lugar
exacto al que habían acudido los sacerdotes guerreros para transformarse, donde el
Oscuro había rasgado el mundo y creado la Sombra y donde, años después, había
sido finalmente derrotado. Si existía poder en aquel lugar, Nikolai no podía hacer otra
cosa que confiar en que dicho poder jugara en su favor y le ayudara a destruir los
restos de la maldición que el Oscuro había dejado a su paso.
El vestido de rosas de Elizaveta florecía sobre su cuerpo; un círculo de flores y
brotes enmarcaba su rostro como una gorguera, y las abejas zumbaban entre sus
cabellos. El cuerpo gigantesco de Grigori se plegaba y desplegaba en un cambiante
amasijo de extremidades. Nikolai se preguntó qué forma escogería para su fugaz vida
mortal.
No se veía a Juris por ninguna parte.
—¿El dragón no nos honra con su presencia? —le susurró a Zoya.
—Es el que tiene más ganas de que esto salga bien —dijo esta, y miró de reojo
hacia el lejano chapitel de roca negra de Juris—. Estoy segura de que nos observa.
Elizaveta los saludó a ambos. Sus insectos no paraban de emitir zumbidos y
chasquidos.

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¿Preparado, mi rey? —le preguntó a Nikolai—. No podemos ni plantearnos la
posibilidad de fracasar.
—Qué lástima —murmuró Nikolai—. Mis fracasos siempre son muy
entretenidos. —Levantó la voz y dijo—: Estoy preparado.
El cuerpo de Yuri temblaba de tensión o de fervor. En sus manos temblorosas
sostenía las páginas de texto que había seguido traduciendo sin ayuda de Tolya.
Elizaveta había insistido en que Yuri permaneciera con Nikolai y recitara la
ceremonia.
—¿Es absolutamente necesario? —había preguntado Zoya.
—Son palabras sagradas —había respondido Elizaveta—. Deben pronunciarse
igual que antaño. Yuri también tiene su papel en esto.
El monje abrazó las páginas contra su pecho. Tenía los ojos desorbitados y
temblorosos tras las lentes de sus anteojos.
—No… no sé por quién debo rezar.
Nikolai le apretó el hombro para darle ánimos.
—Entonces reza por Ravka.
El monje asintió.
—Sois un buen hombre. Puedo tener fe en Aquel sin estrellas… y también en eso.
—Gracias —dijo Nikolai. No le gustaba tener que desilusionar a Yuri. Pero,
independientemente de si Nikolai vivía o moría hoy, no habría Santidad para el
Oscuro. Tendría que dar con otra forma de satisfacer al monje. Yuri no era más que
un muchacho que buscaba una causa que seguir; eso sí que podía entenderlo. Se
volvió hacia Zoya—. ¿Tienes la orden? Si el monstruo me domina…
—Sé lo que debo hacer.
—No hace falta que lo digas con tanto entusiasmo.
Para su sorpresa, Zoya le cogió de la mano.
—Vuelve —le dijo—. Promete que volverás con nosotros.
Como lo más probable era que estuviera a punto de morir, Nikolai acarició
fugazmente el extraordinario rostro de Zoya. Tenía la piel fría.
—Pues claro que voy a volver —dijo—. ¿Quién mejor que yo para leer mi propia
elegía?
Una sonrisa afloró a sus labios.
—¿Es que ya la has escrito?
—Es muy buena. Te sorprendería saber la cantidad de sinónimos de «guapo» que
existen.
Zoya cerró los ojos. Giró el rostro y apoyó la mejilla en la palma de Nikolai.
—Nikolai…
El zumbido de los insectos de Elizaveta se intensificó.
—Ya es la hora —dijo, levantando las manos—. Nikolai Lantsov, prepárate.
Zoya le soltó la mano y retrocedió. Nikolai sintió el impulso desesperado de
retenerla, de estrecharla entre sus brazos y preguntarle qué había querido decirle.

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«Esto no es una despedida», se dijo a sí mismo. Pero, desde luego, lo parecía.
Un trueno restalló en el cielo gris. Un momento más tarde, Nikolai se dio cuenta
de que no procedía del cielo, sino de debajo de la tierra. El suelo empezó a temblar, y
un sonido parecido a los cascos de un caballo lejano surgió desde las profundidades
de la tierra. Fue creciendo, convirtiéndose en una inminente estampida que sacudía
las arenas. El rostro de Elizaveta se crispó, y el sudor empezó a perlarle la frente.
Profirió un grito y el bosque de las espinas brotó de la arena. Sus ramas rodearon
a Nikolai y a Zoya, retorciéndose y compactándose sin parar, como tejidas en un telar
invisible. Yuri empezó a entonar un cántico.
—¿Nunca os ha maravillado el poder de los bosques? —preguntó Elizaveta, con
el rostro resplandeciente mientras hacía crecer las ramas cada vez más alto—. La
magia que hay en el corazón de tantas historias. ¿El pinchazo de una espina? ¿La
magia que puede contener una sola rosa? Estos árboles son más antiguos que ninguna
otra cosa en el mundo; brotaron de la primera creación, antes que el hombre, los
animales y todas las cosas. Son tan antiguos como las estrellas, y me pertenecen a mí.
De las ramas de los espinos parecía gotear oro, que se encharcaba al pie de los
troncos y fluía en sinuosos ríos hacia Zoya. La savia formó una esfera a su alrededor
que se solidificó hasta convertirse en ámbar. Nikolai vio que Zoya empujaba las
paredes de la esfera con las manos a medida que el líquido ascendía hasta sus
tobillos. Las ramas que los rodeaban crujían, entrelazándose, y su sonido se fundía
con las ásperas sílabas del ravkano antiguo.
«Sálvala.» El impulso siempre era el mismo, un impulso que tanto él como el
oscuro ser que había en su interior compartían. Tal vez se debiera a que antaño el
Oscuro había apreciado a Zoya y fortalecido su poder. Pero Nikolai ya sabía que no le
resultaría difícil llamar a la bestia en esta ocasión. Había estado agazapada, apenas
contenida, chasqueando las mandíbulas.
—¡Desenvaina tu espada, mi rey! —exclamó Elizaveta.
Nikolai desenvainó el sable que llevaba al cinto y notó que el monstruo se alzaba.
«Recuerda quién eres.» Sus uñas se transformaron en garras, y soltó un rugido
cuando le brotaron alas de la espalda.
El hambre del monstruo lo invadió: el deseo de rasgar la carne, de alimentarse.
Era más fuerte que nunca. Antes de que Nikolai sucumbiera y perdiera el juicio,
lanzó un tajo contra la rama más cercana, desprendiendo una de las espinas. Era casi
tan larga como su sable. Envainó la espada y sostuvo la espina con sus manos
garrudas. ¿Podía hacerlo? ¿Podía atravesarse su propio corazón con ella?
El corazón de ambos. Matar al monstruo. Liberarse.
Oyó el aullido de la criatura, como si esta comprendiera sus intenciones.
«Solamente uno de los dos sobrevivirá a esto», prometió Nikolai. «Es hora de que te
enfrentes a la voluntad de un rey.»
«¿Qué rey?», dijo una voz oscura en su interior. «Es a un bastardo a quien voy a
matar.»

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¿Era su mano la que sujetaba la aguzada espina? ¿O era el monstruo quien la
apuntaba hacia su corazón?
«Nikolai Nada», dijo la voz. «Mentiroso. Impostor. Heredero de nadie. Aspirante
al trono. Veo quién eres.»
Pero Nikolai ya conocía todos esos insultos. Llevaba toda la vida cargando con
ellos. «Hace falta algo más que sangre para ser un rey.»
«Dime qué es lo que hace falta para gobernar», dijo el ser con voz burlona.
«¿Coraje? ¿Valor? ¿Amor por el pueblo?»
«Todo eso.» Nikolai agarró la espina con más fuerza; notaba su peso en la palma
de la mano. «Y saber vestir bien.»
«Pero el pueblo no te ama, bastardo. Por mucho que te esfuerces.» La voz parecía
distinta, más fría, suave como el cristal. La había oído antes. «¿Cuánto tiempo llevas
implorando su amor? El pequeño Nikolai Lantsov: el bufón de su madre, el adulador
de su padre, el galán de Alina. Era una huérfana, una campesina, y ni siquiera ella te
quiso. Y aun así continúas igual, suplicando que te den las sobras como el plebeyo
que eres.»
Nikolai consiguió reírse, pero le costó. «He conocido a suficientes plebeyos y
reyes como para no tomármelo como un insulto.»
«¿Qué crees que vieron en ti para despreciarte tanto? Todas esas medallas, tu flota
de barcos, tus heroicas hazañas, tus sensatas reformas. Sabes que nunca será
suficiente. Hay hijos que no pueden ser amados desde que nacen. Sus madres se
niegan a amamantarlos. Los abandonan en el bosque para que mueran. Y aquí estás
tú, solo, en el bosque de las espinas, para llorar por última vez.»
«No estoy solo.» Tenía a Zoya, y también a Yuri, por cierto. Y Grigori y Elizaveta
los vigilaban. «Tengo tu encantadora compañía.»
Esta vez fue la voz oscura la que rio, con una carcajada grave y prolongada, una
oleada negra de júbilo.
«Pues adelante, hazlo. Clávate la espina en el pecho. ¿De verdad crees que servirá
para algo? ¿De verdad crees que hay algo capaz de convertirte en el hombre que eras
antes?»
Antes de la guerra. Antes de que el Oscuro le lanzara aquella maldición. Antes
del asesinato de Vasily, de la revelación de los crímenes de su padre, de la emboscada
en la Rueca, de las incontables batallas que tantas vidas se habían cobrado.
«¿Por qué crees que fui capaz de apoderarme de tu corazón y enterrarme tan
profundamente? Me diste un suelo fértil en el que arraigar. Nunca serás lo que fuiste.
La podredumbre se ha extendido demasiado.»
«Mientes.» Elizaveta había advertido a Nikolai que el demonio trataría de
engañarlo. ¿Por qué entonces sus palabras tenían aquel viso de verdad?
«Oh, tu actuación es excelente. Compromiso, paciencia, una exhibición
inacabable de buenas obras para demostrar que sigues siendo el príncipe confiado, el

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corsario descarado, realizado, feliz, sin miedo a nada. Tanto trabajo para ocultar al
demonio. ¿Por qué?»
«El pueblo…» El pueblo se aferraba a la superstición. Lo extraño les provocaba
temor. Ravka no podía permitirse otra perturbación, otro rey débil.
«Otro rey débil.» La voz era triunfante, casi compasiva. «Lo has dicho tú
mismo.»
«Yo no soy mi padre.»
«Claro que no. Tú no tienes padre. Te voy a decir por qué ocultas al demonio, por
qué te vistes de compromiso y diplomacia, de un carisma desesperado y baboso. Lo
haces porque sabes que, si te vieran tal y como eres en realidad, te rechazarían.
Verían las pesadillas que te tienen en vilo, las dudas que te atormentan. Sabrían lo
débil que eres y te darían la espalda. Utiliza la espina, expúlsame si quieres, pero
seguirás siendo un hombre roto… con demonio o sin él.»
¿Era ese el verdadero miedo que lo había perseguido durante aquellos largos
meses? ¿Que no sería capaz de encontrar una cura porque el demonio no era su
enfermedad? ¿Que la oscuridad de su interior no pertenecía a otro ser, sino que era
solamente suya? Había sido un necio. Lo que había soportado durante la guerra, las
decisiones que había tomado, las vidas que había segado con balas, espadas y
bombas… ninguna magia podría eliminar eso. Y lo había hecho siendo humano.
Entonces no había tenido ningún demonio al que echarle la culpa. Podía purgar al
monstruo de su cuerpo, pero la mancha de la vergüenza y el arrepentimiento
permanecerían allí. ¿Y qué pasaría cuando la lucha se reanudara? La sola idea lo
agotaba hasta la extenuación.
Se suponía que la guerra había terminado.
La risa del demonio lo sacudió.
«Para ti no», dijo la voz. «Ni para Ravka. Jamás.»
Nikolai sabía que había acudido a aquel lugar con un propósito. Expulsar al
monstruo. Salvar a su país. Salvarse a sí mismo. Pero esas cosas no eran
necesariamente equivalentes. No podía volver. No podía curarse. No podía recuperar
la parte de sí mismo que había perdido. ¿Cómo iba a gobernar a nadie?
«Suelta la espina.»
¿La espina? Nikolai ya no la sentía en la mano.
«Suelta la espina. No todos los días pueden acabar en victoria. No todos los
soldados pueden salvarse. Este país no sobrevivirá con un rey roto.»
Nikolai siempre había sabido que Ravka y él eran lo mismo, pero no lo había
entendido: no era el niño llorón, ni siquiera el ahogado. Era el eterno soldado,
siempre en guerra, incapaz de dejar las armas y recuperarse de sus heridas.
«Suelta la espina, joven rey. ¿No te has ganado ya un poco de descanso? ¿No
estás cansado?»
Lo estaba. Por los Santos que lo estaba. Pensaba que se había acostumbrado a sus
cicatrices, pero nunca había comprendido la fuerza de voluntad que necesitaría para

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ocultarlas. Había luchado, hecho sacrificios y sangrado. Había soportado largos días
sin descanso y largas noches sin comodidades. Todo por Ravka, todo por un ideal que
nunca alcanzaría y un país al que no le importaba nada.
«Un poco de paz», susurró el demonio. «Tienes todo el derecho.»
El derecho a desentenderse de aquel esfuerzo inacabable, a dejar de fingir que era
mejor que su padre y más digno que su hermano. Se lo merecía, ¿verdad?
«Sí», canturreó el demonio. «Yo me ocuparé de que Ravka llegue a salvo a la
orilla.»
Zoya nunca se lo perdonaría, pero seguiría adelante. Pese a sus pérdidas y sus
heridas, Zoya no descansaría.
«El acero hay que ganárselo, Majestad», le había dicho su despiadada general.
¿Qué se había ganado él? ¿Qué se merecía? ¿Qué era suyo «por derecho»?
Sabía lo que le diría Zoya: «No te deben nada».
«El acero hay que ganárselo. Recuerda quién eres.»
«Un bastardo», siseó el demonio.
«Soy Nikolai Lantsov. No tengo derecho a mi apellido.»
«Un impostor», aulló la oscura voz.
«Soy Nikolai Lantsov. No tengo derecho a mi corona.»
Pero cada día podía esforzarse por ganársela. Si es que se atrevía a seguir adelante
con aquella herida en el corazón. Si es que se atrevía a ser el hombre que era, en vez
de rezar por volver a ser el que había sido.
Tal vez el monstruo hubiera acertado en todo. Por mucho que Nikolai hubiera
hecho por su pueblo, por mucho que siguiera haciendo, quizá nunca sería suficiente.
Quizá una parte de sí mismo siempre estaría estropeada. Quizá nunca llegaría a ser un
auténtico noble ni un rey verdaderamente digno. Quizá en el fondo no tenía nada que
ofrecer salvo una buena mata de pelo y un don para el engaño.
Pero una cosa sí sabía: que no descansaría hasta que su país también pudiera
hacerlo.
Y que nunca, nunca le daría la espalda a un hombre herido… aunque ese hombre
fuera él mismo.
«Nikolai Nada», gruñó el demonio. «Ravka nunca será tuya.»
Tal vez no. Pero amar algo era un esfuerzo inacabable. «Recuerda quién eres.»
Nikolai lo sabía. Era un rey al que todavía le quedaban muchos errores por
cometer. Un soldado para el que la guerra nunca terminaría. Un bastardo abandonado
a su suerte en el bosque. Y no le daba miedo morir hoy.
Agarró la espina y se la hundió en el corazón.
El monstruo soltó un alarido, pero Nikolai no sintió el menor dolor, sino
solamente calor, como si se hubiera prendido un fuego en su pecho. Por un instante
creyó que estaba muerto, pero al abrir los ojos, el mundo seguía allí: el bosque de las
espinas, el cielo del crepúsculo, la esfera dorada. Se preguntó fugazmente por qué
Elizaveta no había liberado a Zoya todavía. Y entonces vio al monstruo.

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Era una silueta de pura sombra que flotaba delante de él, como suspendida en un
espejo. Sus alas batían con suavidad el aire. Y en el lugar donde debería haber estado
el corazón de la criatura brillaba una delgada esquirla de luz. La espina. Así que aquel
era el demonio. El ser oscuro que lo había manipulado, que había jugado con él, que
le había robado la voluntad. «El monstruo soy yo, y yo soy el monstruo.» No eran tan
diferentes como le hubiera gustado creer, pero recordaba lo que le había dicho
Elizaveta: que solamente uno de ellos sobreviviría.
Había llegado el momento de dar muerte al demonio y poner fin a todo aquello.
Echó mano a su espada.
Pero no podía mover los brazos ni las piernas. El bosque de las espinas lo había
apresado: sus ramas se ceñían con fuerza a sus extremidades y las espinas se le
hundían en la carne.
La esfera dorada en la que estaba atrapada Zoya continuaba llenándose de savia,
aunque Nikolai ya había invocado al monstruo. Zoya gritaba y golpeaba las paredes
con los puños.
Definitivamente, algo iba mal.
Soltó un grito al notar una repentina y abrasadora oleada de dolor en la mano. Al
mirar hacia su izquierda, vio que una espina le había atravesado la palma. Otra se le
clavó entonces en la mano derecha, y después otras dos en las piernas.
—Sé que te duele mucho —dijo Elizaveta mientras aparecía entre la espesura—.
Pero las espinas impedirán que expulses a la oscuridad.
—¿Qué significa esto? —jadeó Nikolai. El dolor lo atenazaba mientras luchaba
por liberarse.
—Tenía la esperanza de que dejaras que el monstruo se adueñara de ti. De que tu
demonio triunfaría. Así todo habría sido más fácil.
La mente de Nikolai se esforzó por dar sentido a lo que estaba diciendo Elizaveta.
—Estás prisionera aquí —dijo Nikolai—. ¡Después de todo lo que has pasado, no
es posible que quieras quedarte!
—Claro que no. Los límites de la Sombra quedarán intactos, y mis hermanos
seguirán presos aquí. Pero yo seré libre, porque estaré unida a él.
Nikolai no tuvo que preguntar a quién se refería.
—El Oscuro.
Elizaveta asintió.
—El verdadero rey de Ravka. Su espíritu siguió con vida dentro de su poder.
Solamente necesita un huésped.
Los espinos se separaron y Nikolai vio un cuerpo pálido tendido sobre un
palanquín de ramas.
«No es posible.» Él había visto arder al Oscuro en las orillas de la Sombra… y sin
embargo allí estaba su cuerpo, entero e incorrupto. Tenía que ser una ilusión o una
copia perfecta.

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Yuri estaba de pie junto al palanquín; ya no llevaba las páginas de liturgia
ravkana. Vestía una túnica de rosas negras con el blasón del eclipse solar.
—Perdonadme —dijo con expresión atribulada—. Ojalá no tuviera que ser así.
Ojalá ambos pudierais sobrevivir a este día. Pero Aquel sin estrellas es la mayor
esperanza de Ravka. Ha de regresar. —«No sé por quién debo rezar.»
—Adelante, Yuri —dijo Elizaveta—. El honor es tuyo.
Nikolai recordó los balbuceos de Yuri al llegar a la Sombra de los Santos. «Todo
es tal y como fue prometido.» Pensó en el zarcillo que Elizaveta había enroscado
amorosamente en el hombro de Yuri. No intentaba consolarle; le daba miedo lo que
hubiera podido decir a continuación. «Yuri también tiene su papel en esto.» Había
dicho que el Oscuro se le había aparecido en una visión.
Yuri se aproximó a la bestia de sombras y extendió la mano hacia la esquirla
luminosa alojada en su corazón. Nikolai supo con toda certeza que, si extraía la
espina del pecho del monstruo, todo habría terminado.
—No lo hagas, Yuri. —No le gustó el tono suplicante de su voz. No era propio de
un rey—. No lo hagas.
—Sois un buen hombre —dijo Yuri—. Pero Ravka necesita algo más que un
hombre. —Agarró la espina.
«No.» Nikolai no lo permitiría. Había abierto la puerta. Ya era hora de cruzarla.
El monstruo no era el Oscuro, todavía no; seguía siendo otra cosa, algo que ansiaba
tener vida propia, que poseía apetitos propios, algo con lo que Nikolai había vivido
durante tres años.
«¿Por qué ocultas al demonio?» Porque era colérico, voraz, preso de un ansia
animal y desesperada. Y aunque a Nikolai no le gustara pensarlo, todas esas cosas
seguían formando parte de él. «Los similares se atraen.» Había luchado contra el
demonio. Ahora iba a alimentarlo.
Nikolai cerró los ojos e hizo lo que le había pedido la voz oscura. Dejó ir al
príncipe perfecto, al buen rey; tendió la mano a todas las heridas, a todas las bajezas,
a todo lo que pensaba que debía ocultar. En aquel momento no era ni bondadoso ni
misericordioso ni justo. Era un monstruo.
Dejó atrás su cuerpo mortal.
Cuando Nikolai abrió los ojos, estaba mirando a Yuri desde un ángulo distinto,
tan cerca que veía las motas de polvo de sus anteojos, el vello crespo de su barba rala.
Nikolai notó que sus alas batían el aire, que su corazón demoníaco se aceleraba. Con
un rugido, se abalanzó sobre el monje.

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LA SINCRONIZACIÓN debía ser impecable. La Madre del Manandal y
sus Doncellas atenderían a sus pacientes en la maternidad y regresarían al convento
poco después de la medianoche. Nina no quería arriesgarse a cruzarse con ellas, pero
también debía asegurarse de disponer de tiempo suficiente para rescatar a las chicas,
colocar los explosivos y atravesar el puesto de vigilancia de la carretera que conducía
al pueblo. Si los guardias de la garita descubrían que ocurría algo raro en la fábrica,
era muy posible que decidieran investigar todos los vehículos que pasaran por allí. Y
si eso sucedía, no habría donde esconderse.
Dos horas antes del amanecer, Hanne se vendó el pecho y se puso un delantal por
encima de uno de sus uniformes militares robados. Se cubrió la cabeza con un chal.
Nina y ella salieron por las cocinas y se reunieron con Adrik y Leoni en la cabaña
de curtidores abandonada; les estaban esperando con el carromato cubierto que
habían conseguido. Ayudaron a Adrik a ponerse su uniforme, le rellenaron la manga
vacía con guata y se la fijaron al bolsillo con alfileres, para disimular la ausencia de
su mano. Hanne se quitó el delantal y ocupó el asiento del conductor. Adrik se sentó a
su lado. Nina y Leoni, vestidas de Doncellas del Manantial, subieron a la parte de
atrás.
Avanzaron silenciosamente en la oscuridad. Nina había revestido el interior de
sus mangas con esquirlas de hueso; las palpó con su poder, buscando la paz que le
transmitían. Comprendía los riesgos a los que exponía a sus acompañantes, el peligro
que corrían por su culpa.
Cuando el carromato se detuvo, Nina supo que habían llegado al puesto de
guardia al pie de la montaña. Echó un vistazo por una rendija y vio que Hanne

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mostraba a los soldados de la garita la orden que habían falsificado con el sello de
Brum. Nina aguardó, conteniendo la respiración. Un momento después oyó el
chasquido de las riendas y reanudaron la marcha.
La carretera que conducía a la entrada este era recta pero pedregosa, y Nina notó
que le retumbaba el corazón al ritmo de los cascos de los caballos mientras
avanzaban lentamente colina arriba. Ya no había vuelta atrás. No solo había mentido
a Hanne sobre lo que pretendían conseguir hoy; también a Adrik y a Leoni. Se le
había ocurrido la idea durante su larga cena con Jarl Brum. Tal vez fuera una locura.
Tal vez fracasara de forma espectacular, pero Nina había empezado a preguntarse si
no estarían intentando arreglar el problema de Fjerda con las herramientas
equivocadas.
Finalmente, los caballos frenaron y Nina oyó las voces de los guardias. El
carromato se detuvo nuevamente. Habían llegado a la entrada este del fuerte. Los
susurros de su mente crecieron, animándola a continuar. «Nina», coreaban. Se
estremeció. Los muertos conocían su nombre.
«Justicia», exigían. Pensó en las tumbas que rodeaban aquel lugar, en todas las
mujeres, chicas y niños que habían desaparecido allí. «No habrá más», les prometió.
En una ocasión, Matthias le había suplicado que fuera misericordiosa con su país,
y ella le había jurado que lo sería. Pero las chicas de aquella maternidad eran
fjerdanas. Sus hijos eran fjerdanos. Eran vecinos de Gäfvalle, Gjela y Kejerut. Y las
gentes de aquel país necesitaban que alguien se lo recordara.
Los guardias inspeccionaban la orden, tomándose su tiempo.
—Diles que se den prisa —susurró Adrik.
—¡Sedjet! —ladró Hanne. «Deprisa.» Había bajado el timbre de su voz, y por un
momento Nina tuvo la inquietante sensación de que sonaba igual que su padre.
—¿Qué prisa hay? —preguntó uno de los guardias—. ¿Por qué tenéis que
trasladar a las prisioneras ahora?
—No todo el mundo está al corriente de los trabajos que el comandante Brum ha
autorizado aquí —dijo Hanne, siguiendo el guión que Nina le había preparado—. Nos
han avisado de que los gobernadores locales van a visitar la fábrica para investigar las
quejas por el agua envenenada. Queremos ahorrarnos más problemas.
—Burócratas —gruñó el guardia—. Seguramente solo quieran otro soborno.
¿Otro soborno? ¿Quería eso decir que habían pagado a las autoridades locales
para que hicieran la vista gorda con el río envenenado… o con las chicas del ala
abandonada?
Un momento después, la puerta se abrió con un crujido.
—Así está bien —dijo Hanne—. El tiempo apremia.
—Un minuto —dijo el guardia. Abrió de par en par las puertas traseras del
carromato y escudriñó a Leoni y a Nina, vestidas con sus delantales—. ¿Qué hacen
aquí estas dos?

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—Por el amor de Djel, ¿pretendes que me ocupe yo de un hatajo de mujeres
lloricas y bebés cagones? —dijo Hanne—. A lo mejor te apetece subir y limpiarles tú
el culo.
Por los Santos, qué bien se le daba.
La expresión del guardia era de puro horror.
—No, gracias.
Cerró de un portazo. Un segundo después, estaban cruzando las puertas y
entrando en lo que había sido el muelle de carga oriental de la fábrica.
—Vamos —dijo Adrik, guiándolas hacia las grandes puertas dobles—. Hemos
tardado más de lo esperado.
Leoni dejó caer unas gotas de ácido en las cerraduras de la maternidad, que
cayeron con un silbido y un chasquido.
Nina abrió las puertas cautelosamente. Se adentraron en la oscuridad, recorriendo
el pasillo en dirección al tenue brillo de una lámpara. Percibía el tufo a cuerpos
sudados, leche agria, pañales sucios y los antiguos olores industriales a grasa y
carbón.
En la maternidad reinaban los sonidos apagados del sueño, leves ronquidos y los
gemidos de una mujer que se agitaba en sueños. Una muchacha vestida con un
delgado camisón yacía despierta junto a la lámpara, con los ojos hundidos,
abrazándose el vientre con sus flacos brazos como si se tratara de una perla gigante.
En cuanto vio a Nina y a Leoni, una sonrisa feliz y esperanzada apareció en su
semblante.
—¡Qué pronto llegáis! —exclamó—. ¿Tenéis mi dosis?
—¿Y mi dosis? —preguntó otra, retirando sus sábanas.
—Por los Santos —murmuró Adrik mientras las lámparas se iban encendiendo a
lo largo de la hilera de camas, y los horrores de la maternidad iban quedando visibles.
Adrik parecía estar mareado. Leoni tenía los ojos llenos de lágrimas.
Hanne se tapaba la boca con la mano. Negaba con la cabeza.
—¿Hanne? —murmuró Nina.
—No. —Sacudió la cabeza con más vehemencia—. No. Él no ha hecho esto. No
ha podido. Seguro que no lo sabía.
Un bebé rompió a llorar. La realidad de la indefensión de las muchachas, de sus
cuerpos torpes, de sus expresiones esperanzadas, era abrumadora. ¿Cómo había
podido pensar Nina que podrían salirse con la suya? Pero ella había elegido aquel
camino… en nombre de todos.
—Sylvi —sollozó Hanne.
«Sylvi Winther», recordó Nina; era una de las personas a las que Hanne había
asistido en secreto.
La muchacha ojerosa levantó la vista, pero sus ojos no la reconocieron. Hanne se
acercó a ella, pero la chica se apartó, confundida.

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—Soy yo —dijo Hanne—. Yo… —Y entonces recordó su uniforme, su rostro
alterado—. Lo… lo siento.
—Vamos —dijo Nina—. Hay que moverse. —Sacó de su bolsillo el sedante que
había preparado Leoni. Era de color blanquecino; lo había preparado con tallos de
plantas de jurda, en lugar de hojas.
—No se parece a mi dosis —dijo la muchacha que estaba junto a la lámpara,
frunciendo el ceño.
—Es una mezcla nueva —dijo Nina en tono tranquilizador—. Os vamos a llevar a
todas a otra base.
—¿A todas? —preguntó una de las chicas—. ¿Y a los bebés?
—También.
—¿La base nueva tendrá ventanas? —preguntó Sylvi.
—Sí —dijo Hanne con un hilo de voz—. Y comida fresca y la brisa del mar. El
viaje no será fácil, pero procuraremos que estéis cómodas. —Al menos eso sí que era
verdad.
Una a una, fueron ofreciendo a las muchachas sus dosis y las guiaron hasta el
carromato.
Adrik consultó su reloj.
—Marchaos ya.
Levantó el brazo, y a Nina se le taponaron los oídos. Adrik acababa de reducir la
presión atmosférica en la fábrica para crear una capa de amortiguación acústica y
disimular sus movimientos.
Nina era quien mejor conocía la disposición de la fábrica, así que acompañaría a
Leoni a poner los explosivos mientras Adrik y Hanne terminaban de cargar a las
prisioneras y a sus bebés. Ayudó a Leoni a guardar las bombas improvisadas en una
cesta, debajo de un montón de ropa sucia, y se adentraron en el corazón del fuerte.
Por suerte todo estaba en silencio, pues el día todavía no había despuntado, y gracias
a Adrik sus pasos no hacían el menor ruido.
Nina avanzó a toda prisa hasta el edificio principal de la fábrica y el ala oeste,
acercándose tanto como se atrevió al cuartel y las cocinas. No quería arriesgarse a
toparse con una patrulla. Colocó los pequeños explosivos a lo largo de la pared
mientras retrocedía, conectándolos todos mediante una larga mecha.
Nina acababa de instalar su última bomba cuando oyó un grito. «Leoni.» Echó a
correr a toda prisa hasta la sala principal sin hacer ruido, Al entrar oyó voces y se
escondió detrás de una cuba polvorienta. Se asomó.
Leoni estaba de espaldas a Nina, con los brazos en alto. Jarl Brum le apuntaba
con una pistola. Nina se agarró con fuerza a la cuba y se quedó tan inmóvil como
pudo.
—¿Quién te envía? —preguntó—. Dame respuestas o te las sacaré a golpes.
—Me das asco —le respondió Leoni en zemeni.

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Sus voces sonaban extrañamente apagadas. ¿Se daba cuenta Brum? ¿Sabía que
alguien estaba utilizando poder Grisha? Lentamente, Nina avanzó siguiendo la hilera
de máquinas. Si lograba colocarse detrás de Brum, podría desarmarlo.
—No hablo tu fea lengua —dijo este—. Y sé que entiendes más de lo que
aparentas.
Leoni sonrió, con una expresión sobrecogedoramente bella.
—Y tú entiendes menos de lo que nunca sabrás.
—Sabía que no erais simples comerciantes. ¿Dónde está tu compatriota? ¿Y
vuestra guía, Mila Jandersdat? ¿Sabe ella que sois espías?
—Qué calvo estás —dijo Leoni, aún en zemeni—. Y eso no será lo peor que te
haga Mila Jandersdat.
—¿Ella forma parte de esto? —gruñó Brum con frustración.
—¿A cuántas chicas? —dijo Leoni, hablando ahora en un fjerdano imperfecto—.
¿A cuántas has hecho daño?
—No son mujeres —se burló Brum—. Son Grisha, y será un placer darte
personalmente tu primera dosis. El poder de Fjerda está a punto de caer sobre ti.
Acercó la mano a una palanca instalada en la pared, y Nina supo que estaba a
punto de sonar una alarma.
—¡Quieto! —exclamó, sin saber muy bien qué pretendía… y en ese momento Jarl
Brum se desplomó.
Hanne estaba detrás de él, con una llave inglesa en las manos, respirando
aguadamente.
—Lo sabía —dijo con un hilo de voz—. Él lo sabía. —Cayó de rodillas junto a él
y acunó su cabeza manchada de sangre—. Papá —dijo, mientras le resbalaban
lágrimas por las mejillas—. ¿Cómo has podido?
—Vamos —dijo Nina—. Hay que sacar a las chicas y largarse de aquí.
Hanne se secó los ojos con la manga.
—No podemos dejarlo aquí. Morirá.
—Ya has visto de qué es responsable.
—De qué es responsable el gobierno —dijo Hanne—Mi padre es soldado. Tú
misma lo dijiste: este país lo ha convertido en lo que es.
Nina no sabía si reír o gritar. Jarl Brum era el comandante de los drüskelle, el
culpable directo de la tortura de incontables Grisha. No era un simple soldado.
«Guarda algo de misericordia para mi gente.»
—Hay que irse —dijo Leoni—. Si no encendemos pronto la primera mecha, las
bombas no estallarán a tiempo. Si es que estallan, claro.
—Es mi padre —dijo Hanne; su mirada derrochaba aquella feroz determinación
que tanto le gustaba a Nina—. No pienso abandonarlo.
Nina levantó los brazos, exasperada.
—Está bien, te ayudaré a levantarlo.

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Cargaron con el cuerpo de Brum por el pasillo hasta el lado opuesto de la
maternidad. Pesaba mucho, y Nina sintió la tentación de soltarlo por pura
satisfacción.
—Entonces, ¿el comandante Brum no se ha marchado? —preguntó Adrik,
bajando el brazo. Los oídos de Nina se destaparon y el sonido volvió a inundar la
maternidad.
—Supongo que quería despedirse —murmuró mientras lo arrastraban hasta la
parte trasera del carromato. Las chicas lo miraron con escaso interés; definitivamente,
el sedante había hecho efecto.
—¿Y tu hermana? —dijo Hanne.
—No está aquí —mintió Nina—. Deben de haberla trasladado.
—¿Estás segura?
—Tenemos que irnos —insistió Nina. Bajó de un salto y corrió de nuevo hasta la
maternidad para encender las mechas.
Ya había encendido la última, y estaba a punto de volver con los demás al muelle
de carga, cuando una voz exclamó:
—¡Quieta!
Nina se dio la vuelta. La Madre del Manantial cruzaba la maternidad a la carrera,
flanqueada por soldados armados con rifles. Pues claro que Brum no estaba solo.
—¡Tú! —dijo la Madre del Manantial con el rostro enrojecido de rabia—. ¿Cómo
te atreves a llevar el uniforme de una Doncella del Manantial? ¿Y las prisioneras? ¿Y
el comandante Brum?
—Se han ido —mintió Nina—. Están lejos de vuestro alcance.
—¡Prendedla! —dijo la Madre del Manantial, pero Nina ya empezaba a levantar
las manos.
—Yo no lo haría —dijo Nina, y los soldados titubearon, confundidos.
A su alrededor, Nina notó la fría corriente del río llenando profundas pozas: las
tumbas de las anónimas y las abandonadas, enterradas sin ceremonias; mujeres y
niñas que habían sido traídas hasta allí en secreto, que habían padecido, muerto y sido
entregadas a la oscuridad sin que nadie pudiera llorarlas.
«Venid a mí», les ordenó Nina.
—No es más que una muchacha —espetó la Madre del Manantial—. ¿Qué clase
de cobardes sois?
—No soy solamente una —dijo Nina. Los susurros crecieron en su interior.
Mujeres fjerdanas. Muchachas fjerdanas que clamaban justicia, que gritaban en el
silencio de la tierra. Nina abrió la boca y dejó que hablaran.
—Soy Petra Toft. —Las palabras brotaban de los labios de Nina, pero esta no
reconocía su propia voz—. Me abriste el vientre y me arrancaste a mi hijo. Dejaste
que me desangrara mientras imploraba ayuda.
»Soy Siv Engman. Te dije que había tenido un aborto, que me era imposible tener
hijos, pero me obligaste a concebir una y otra y otra vez. Acuné cada cadáver en mis

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brazos. Les puse nombre a todos.
»Soy Ellinor Berglund. Era tu alumna, entregada a tu cuidado. Confiaba en ti. Te
llamaba Madre del Manantial. Supliqué piedad cuando descubriste mis poderes. Morí
mientras imploraba que me dieran una dosis más.
—¿Qué es esto? —dijo la Madre del Manantial, agarrándose el corazón con
fuerza. Temblaba y tenía los ojos abiertos de par en par.
Mujer tras mujer, niña tras niña, fueron diciendo sus nombres y Nina las llamó.
«Venid a mí.» Fueron llegando, abriéndose paso a través de la tierra a arañazos, como
una masa de miembros putrefactos y huesos rotos. Y algunos venían gateando.
Las puertas de la maternidad se abrieron de golpe y los muertos entraron en
tromba. Se movían a una velocidad increíble; aquellos mudos horrores les
arrebataban los rifles a los soldados fjerdanos mientras estos intentaban abrir fuego.
Algunos estaban casi enteros; otros eran poco más que huesos y andrajos.
La Madre del Manantial retrocedió, con el rostro convertido en una máscara de
terror. Tropezó con su delantal y cayó sobre el suelo de piedra. Un bebé se arrastró
hacia ella a gatas. Sus extremidades regordetas estaban intactas, pese a los labios
azulados y los ojos hundidos.
Los muertos habían despachado rápidamente a los guardias, que yacían
desordenadamente en el suelo, sangrando. Ahora avanzaban hacia la Madre del
Manantial. Nina se giró para marcharse.
—No me dejes aquí —le imploró la Madre del Manantial mientras el bebé
agarraba sus faldas.
—Te dije que rezaría por ti —contestó Nina, cerrando la puerta y emitiendo su
última orden a sus soldados: «Mostradle la misericordia que se merece».
Nina se alejó de la Madre del Manantial y sus chillidos.

—¡Vamos! —exclamó Nina mientras trepaba a la parte posterior del carromato. Ya


había pasado el momento de las sutilezas. Cruzaron la entrada oriental a toda
velocidad y salieron a la carretera. Al darse la vuelta, Nina esperaba ver a los
guardias enarbolando sus rifles para abrir fuego, pero lo que vio fueron dos cuerpos
ensangrentados en la nieve y un rastro de huellas de lobo que se perdían en el bosque.
«Trassel.» Su mente le dijo que era una tonta por pensar eso, pero su corazón
sabía que no. Ahora entendía por qué nunca había aceptado la comida que le dejaba
Nina: al lobo de Matthias le gustaba cazar a sus presas. Desde algún lugar de la
montaña le llegó un largo y lastimero aullido, y un coro de respuestas reverberó por
el valle. ¿Serían los lobos grises a los que había salvado? Tal vez Trassel ya no
tuviera que estar solo. Tal vez él también se había despedido por fin.
Leoni miraba fijamente a Nina mientras se alejaban a toda velocidad de la fábrica.
Acunaba a un bebé en sus brazos.

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—Recuérdame que nunca te haga enfadar, Zenik —dijo, haciéndose oír sobre el
traqueteo de las ruedas.
Nina se encogió de hombros.
—Tú procura no hacerlo cerca de un cementerio.
—¿Qué ocurre? —preguntó una de las chicas, adormilada.
—Nada —dijo Nina—. Cierra los ojos. Descansa. Pronto recibirás otra dosis.
Un momento después, el aire se llenó del clamor de las campanas. Alguien había
hecho saltar la alarma en la fábrica. Ahora les sería imposible atravesar el punto de
control final, pero no podían detenerse.
Descendieron la colina a toda velocidad. El cuerpo de Brum, tapado con una
manta, rodaba en todas direcciones cuando el carromato pasaba por un bache.
Nina se inclinó hacia delante y agarró a Hanne por la chaqueta para llamar su
atención.
—¡Más despacio! —gritó—. Que no parezca que huimos.
Hanne tiró de las riendas y se giro hacia atrás para mirar a Nina.
—¿Qué eres? —No parecía asustada, sino simplemente enfadada.
—Nada bueno —dijo Nina, y volvió a sentarse. Las explicaciones y las disculpas
tendrían que esperar.
El carromato frenó, y Nina se asomó por la rendija. Estaban llegando a la garita.
Nina sabía que la sincronización debía ser perfecta, pero ahora…
—¡Alto!
El carromato se detuvo en seco. Por la rendija, Nina vio a un grupo de soldados
fjerdanos aprestando sus armas. Tras ellos, algo más lejos, una larga fila de hombres
y muchachos se dirigían a la lonja para trabajar. Llevaban los recipientes del
almuerzo y charlaban despreocupadamente, sin prestar apenas atención a los guardias
ni al carromato.
—Cumplimos órdenes del comandante Brum —dijo Hanne con brusquedad—.
¡Dejadnos pasar!
—Bajad o abriremos fuego.
—Transportamos…
—El comandante Brum pasó por aquí hace cerca de una hora. Dijo que nadie
debía cruzar sin su autorización expresa. —Se dirigió a otro guardia—. Envía a
alguien a la fábrica y averiguad qué es lo que sucede.
Entonces, Nina lo perdió de vista. Un momento después, las puertas del
carromato se abrieron de sopetón.
—Por la gloria de Djel —dijo el soldado cuando la luz del alba iluminó a las
mujeres hacinadas en el carromato—. ¡Prended a los conductores! Y llevad a las
prisioneras de vuelta a la fábrica.
El bebé rompió a llorar en brazos de Leoni.

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ZOYA NO GRITÓ. Reprimió el pánico mientras la savia alcanzaba su
torso, y dejó de golpear la esfera dorada. No comprendía lo que estaba viendo. Tres
años atrás había visto como el cuerpo del Oscuro era pasto de las llamas hasta quedar
reducido a cenizas. Zoya había susurrado el nombre de su tía mientras él se
desvanecía en el calor de las llamas de los Inferni, junto al cuerpo de Sankta Alina.
Pero no había sido Alina Starkov la que se había consumido en aquella pira, sino
el cadáver de otra muchacha, confeccionado para parecerse a ella. ¿Acaso los
partidarios del Oscuro habían empleado el mismo truco?
Zoya no entendía lo que pretendía Elizaveta en realidad, pero sí que Nikolai no
sobreviviría. Y que Yuri, aquel cenutrio santurrón, los había traicionado. «Siempre
has sabido lo que era», se riñó a sí misma. «Sabías en qué altar había escogido rezar.»
Pero Zoya lo había ignorado, lo había subestimado porque nunca lo había visto como
una amenaza de verdad. Y tal vez también porque había preferido no ver su propio
idealismo e ingenuidad reflejados en su fervorosa mirada.
Zoya observó como Yuri se aproximaba a la criatura de sombras que flotaba
delante de Nikolai, como un extraño espectro. Aquella noche, en el campanario, Zoya
había percibido la presencia del Oscuro, pero no había querido plantearse siquiera la
posibilidad de su regreso.
«Ciega. Ingenua. Egoísta.» Zoya contuvo la respiración mientras Yuri estiraba el
brazo para coger la espina luminosa… pero de pronto el monstruo atacó al monje.
Vio el cuerpo de Nikolai clavado al bosque de espinas como un insecto sobre una
página. Tenía los ojos cerrados. ¿Era posible que estuviera controlando a la criatura?

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No había tiempo para pensar. Zoya había intentado atacar la esfera con sus
poderes de tormenta, sin éxito. Esta vez se centró en la savia de la que estaban hechas
las paredes, percibiendo las pequeñas partes que la componían, la forma de su
materia. No era una Agitamareas. Antes de conocer a Juris, aquello habría sido
impensable. Pero ahora… «¿Acaso no somos todas las cosas?» Se concentró en
obligar a aquellas diminutas partículas a vibrar más deprisa, elevando la temperatura
de la savia y desestabilizando la estructura de la esfera. A medida que el calor
aumentaba, empezó a sudar a chorros y temió asarse en su propia piel.
En un instante, la estructura de la esfera cedió. Con una ráfaga de aire, Zoya alejó
el líquido hirviente antes de que pudiera quemarle la piel y echó a correr, dejando que
el viento la transportara sobre las arenas en dirección al palacio.
«¿Adonde vas, brujita?» Con Juris. A buscar ayuda. Pero ¿y si el dragón ya sabía
lo que se proponía Elizaveta? ¿Y si ahora mismo estaba observando a Zoya desde su
negro chapitel, riéndose de su ingenuidad?
El viento amainó. Los pasos de Zoya frenaron. Levantó la vista hacia la roca
negra. ¿Cuánto tiempo podría utilizar Nikolai la forma del monstruo para mantener a
raya a Yuri y a la Santa? ¿Zoya estaba corriendo hacia un aliado o yendo de cabeza
hacia una trampa, malgastando un tiempo precioso? Otra traición. No estaba segura
de poder soportar otra traición. Pero tendría que hacerlo. No era lo bastante poderosa
para enfrentarse sola a Elizaveta. Necesitaba la ira del dragón.
No había tiempo para perderse en los sinuosos pasadizos del palacio, y tampoco
sabía si sería capaz de orientarse. Dejó que la tormenta la alzara hacia el cielo,
directamente hacia la boca de la caverna de Juris.
La sala estaba vacía. El fuego de la chimenea estaba apagado.
Y entonces vio el cuerpo. Juris yacía en el suelo, con su forma humana, al lado de
su mandoble. El brillo de la armadura de escamas negras parecía mucho menor bajo
la escasa luz del crepúsculo.
—¡Juris! —exclamó, arrodillándose a su lado.
Este abrió los ojos, que centellearon con un brillo plateado mientras las pupilas se
estrechaban.
—Elizaveta —dijo con un hilo de voz—. Menuda actriz está hecha.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué te ha hecho?
Soltó un sonido que podría haber sido tanto una carcajada como un gemido.
—Me ofreció vino. Después de cientos de años. Hidromiel de frutas de sus
árboles. Me dijo que la había estado reservando. Era dulce, pero no era vino.
Zoya se fijó en sus labios quemados y su lengua ennegrecida, y lo entendió.
—Era combustible.
—Solo nuestro propio poder es capaz de destruirnos. Mis llamas me han quemado
desde dentro.
—No —dijo Zoya—. No. —Ya guardaba demasiadas pérdidas en su corazón—.
Iré a buscar a Grigori. Él te curará.

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—Es demasiado tarde. —Juris la agarró por la muñeca con sorprendente fuerza
—. Escúchame. Creíamos que habíamos convencido a Elizaveta para que renunciara
a su poder, pero su objetivo nunca ha sido ese. Si se libera de las cadenas de la
Sombra, no habrá nada capaz de controlarla. Tienes que detenerla.
—¿Cómo? —suplicó Zoya.
—Ya sabes lo que debes hacer, Zoya. Llevar mis huesos. —Zoya retrocedió, pero
Juris no la soltó—. Mátame. Quédate mis escamas.
Zoya negó con la cabeza. Solamente podía pensar en la expresión resuelta de su
tía. Zoya había sido la responsable de su muerte. Habría podido detener al Oscuro si
hubiera estado más atenta, si hubiera comprendido, si no hubiera estado consumida
por su propia ambición.
—No dejaré que él me quite a nadie más.
—Yo no soy tu tía —rugió Juris—. Soy tu maestro. Has sido una alumna
competente. Demuéstrame que eres excepcional.
No podía hacerlo.
—Dijiste que era una corrupción.
—Solamente si no entregas algo tuyo a cambio.
La verdad de sus palabras la golpeó, y Zoya supo que tenía miedo.
—Un poco de fe, Zoya. No hace falta más.
Una amarga carcajada escapó de sus labios.
—No tengo.
—El poder que podrías obtener no tiene límites. La creación en el corazón del
mundo no tiene límites. No se debilita. No se cansa. Pero para ello tienes que ir a su
encuentro.
—¿Y si vuelvo a equivocarme? —¿Y si fallaba a Juris igual que había fallado a
todo el mundo? Demasiados fantasmas rondaban en su vida.
—Deja de castigarte por tener corazón. No puedes protegerte del sufrimiento.
Vivir es padecer. No te proteges de ello al aislarte del mundo. Te limitas, igual que
hacías con tu entrenamiento.
—Por favor —dijo Zoya. Ahora era lo que siempre había temido ser: una niña
perdida, indefensa, arrastrada hacia el altar de la capilla de Pachina—. No me dejes.
Tú también no.
Juris rozó su mandoble con la mano.
—Zoya la de la ciudad perdida. Zoya la del jardín. Zoya la que sangró en la nieve.
Eres lo bastante fuerte para sobrevivir a esta caída.
Juris soltó un grito que empezó siendo humano y se convirtió en rugido a medida
que su cuerpo pasaba de hombre a dragón, con el chasquido de sus huesos; sus
escamas crecieron hasta que cada una se volvió del tamaño de la palma de su mano.
Juris la envolvió con sus alas cariñosamente.
—Ahora, Zoya. No puedo aguantar más.

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Zoya sollozó. «Vivir es padecer.» Era una niña perdida… y también una general.
Levantó el mandoble y, con la fuerza de la tormenta impulsando sus manos, hundió la
hoja en el corazón del dragón.
En el mismo instante, Zoya sintió que las garras del dragón le rasgaban el pecho.
Profirió un grito al notar aquel dolor como un relámpago, desgarrando su cuerpo.
Notó que su sangre empapaba su ropa de seda. Un sacrificio. Juris suspiró
profundamente y cerró sus ojos resplandecientes. Zoya apoyó el rostro en sus
escamas, escuchando el latido sordo del corazón de Juris y el suyo propio. ¿Así que
eso era la muerte? Lloró por ambos mientras el ritmo empezaba a ralentizarse.
Pasó un instante. Una eternidad. Las garras de Juris se retiraron. Ahora solamente
oía un corazón, y era el de Zoya.
No sentía dolor. Al bajar la mirada, vio que tenía la kefta rasgada, pero ya no
manaba sangre. Se acarició la piel con los dedos. Las heridas que le había infligido
Juris ya se habían curado.
No había tiempo para lamentos si quería que el sacrificio de Juris sirviera para
algo, si quería tener alguna esperanza de salvar a Nikolai y detener a Elizaveta. Zoya
se cobraría su venganza. Salvaría a su rey.
Cogió una daga de la pared. Antes de que sus lágrimas pudieran brotar
nuevamente, cortó las escamas del lomo de Juris.
Pero ¿qué tenía que hacer ahora? Ella no era una Hacedora. Ese era el don de
Elizaveta.
«¿Acaso no somos todas las cosas?»
Zoya había roto los límites internos de su orden, pero ¿osaría desafiar las
fronteras entre las propias órdenes?
«Todo lo que vale la pena empieza siendo una mala idea.» Palabra de Nikolai. Un
consejo espantoso. Pero tal vez fuera hora de hacerle caso. Se concentró en las
escamas que tenía en la mano, percibiendo sus bordes, las partículas que las
componían. Sentía que estaba haciendo algo extraño y equivocado; supo al instante
que aquello nunca le saldría de forma natural, pero en aquel momento su escasa
habilidad tendría que bastar. Zoya dejó que las escamas la guiaran. Intuyó la forma
que estas querían adoptar; la veía con una claridad cegadora en su mente: una rueda
negra… no, una corona. «Juris.» Insistente hasta el final. Apartó esa imagen y obligó
a las escamas a formar dos pulseras alrededor de sus muñecas.
En cuanto las escamas se tocaron, sellando el vínculo, notó que la fuerza de Juris
fluía dentro de ella. Pero la sensación fue distinta de la que tuvo con el tigre. «Abre la
puerta.» Percibía su pasado; los eones que tanto Juris como el dragón habían vivido
recorrían su cuerpo, amenazando con arrollar la brevísima vida de Zoya.
«Adelante», le dijo. «Soy lo bastante fuerte para sobrevivir a esta caída.»
Notó que Juris se contenía, que se retiraba para protegerla y guiarla. Igual que
había hecho durante las últimas semanas. Igual que haría siempre.
El dragón estaba con ella. E iban a luchar.

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NINA VIO QUE los pescadores se estaban dando la vuelta al oír el llanto de
un bebé.
A toda prisa, el guardia intentó cerrar las puertas.
—¡Socorro! —gritó Nina—. ¡Auxilio!
—¿Qué pasa ahí? —dijo uno de los hombres.
Bendita Fjerda y su creencia en la indefensión de las mujeres. Les enseñaban
desde niños a proteger a los débiles, sobre todo a las mujeres. Esa benevolencia no
solía aplicarse a los Grisha, pero los muertos habían hablado y Nina pretendía que
siguieran haciéndolo.
Otro bebé rompió a llorar.
—Muy bien, chavalín —susurró Nina—. Tú a lo tuyo.
Los pescadores subían por la ladera en dirección a la garita.
—No es asunto vuestro —dijo el guardia, que logró cerrar por fin las puertas del
carromato.
—¿Qué lleváis ahí dentro? —preguntó una voz.
Nina miró por la rendija. Los soldados habían hecho bajar a Hanne y a Adrik del
carromato y los rodeaban. Cada vez más vecinos se arremolinaban en torno al
carromato.
—No es más que un envío para la fábrica —dijo el guardia.
—¿Y por qué el carromato iba en dirección contraria?
—Dadle la vuelta al carromato y marchaos ya —rugió el guardia a los soldados
que acababan de sentarse en el pescante. Se oyó el chasquido de las riendas y los

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caballos avanzaron unos cuantos pasos con vacilación, pero los pescadores les
cortaban el acceso a la carretera.
—Mostradnos lo que hay en el carromato —dijo un hombre fornido con un gorro
rojo.
Otro dio un paso adelante, separando las manos con gesto abierto y conciliador.
—Se oye el llanto de unos bebés. ¿Por qué los lleváis a una fábrica de
municiones?
—Ya he dicho que no es de vuestra incumbencia. No respondemos ante vosotros,
y si insistís en interferir en los asuntos del ejército fjerdano, estamos autorizados a
usar la fuerza.
Se oyó una nueva voz, pero Nina no podía ver a su dueño desde allí.
—¿De verdad vais a disparar contra estos hombres?
Nina pasó al lado contrario del carromato y vio que habían llegado más vecinos,
atraídos por el tumulto en el puesto de guardia.
—¿Y por qué no? —dijo una mujer—. Ya nos han envenenado el río.
—Silencio —siseó un soldado.
—Tiene razón. —Nina reconoció al tabernero con el que había hablado el primer
día—. Mataron a esa chica del convento. Y al ganado de Gerit.
—Si queréis dispararnos, adelante —dijo alguien—. No creo que tengáis balas
suficientes para todos.
—¡Atrás! —exclamó el guardia, pero Nina no oyó ningún disparo.
Un momento después, las puertas del carromato se abrieron de nuevo.
—¿Qué es esto? —dijo el hombre del gorro rojo—. ¿Quiénes son estas mujeres?
¿Qué les pasa?
—Están… están enfermas —dijo el guardia—. Las hemos puesto en cuarentena
por su propio bien.
—No están enfermas —dijo Nina desde las sombras del carromato—. Los
soldados han estado haciendo experimentos con ellas.
—Pero están… ¿están todas embarazadas?
Nina dejó que reinara el silencio y notó que la muchedumbre pasaba de la
suspicacia a la ira.
—¿Eres del convento? —preguntó el hombre. Nina asintió, confiando en que
aquel horrible delantal y aquellas trenzas rubias espantosas le dieran algo de
credibilidad.
—Estas prisioneras no son mujeres —escupió el guardia—. Son Grisha. Son
amenazas en potencia para Fjerda, y no tenéis derecho a interferir.
—¿Prisioneras? —repitió el hombre del gorro rojo, con el rostro turbado—.
¿Grisha?
La multitud se adelantó para observar a las mujeres y las niñas. Nina sabía cuánto
poder tenían sus prejuicios. Lo había visto en Matthias, había sentido su peso. Pero
también había visto como ese lastre cambiaba, como esa roca aparentemente

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inamovible se desintegraba a fuerza de conocimiento. Si había podido pasarle a un
soldado drüskelle, criado para odiar a los Grisha, Nina tenía que creer que también
podía ocurrirles a aquellas personas. Las chicas de aquel carromato no eran peligrosas
brujas. No eran soldados enemigos. Eran muchachas fjerdanas, secuestradas y
torturadas. Si la gente corriente no era capaz de ver la diferencia, entonces no había
esperanza para nadie.
—¿Cille? —dijo un pescador joven que se abría paso entre el gentío—. Cille,
¿eres tú?
Una muchacha frágil de piel cetrina abrió los ojos.
—¿Liv? —dijo débilmente.
—Cille —repitió él con los ojos llenos de lágrimas, mientras trepaba al
carromato; se dio un golpe en la cabeza con el techo—. Cille, creía que estabas
muerta. —Se arrodilló y la cogió en brazos.
—Baja de ahí de inmediato —le ordenó el guardia.
—¿Qué le habéis hecho? —exclamó el joven pescador, con las mejillas húmedas
y el rostro casi morado de rabia.
—Es una Grisha, prisionera del…
—Es mi hermana —rugió.
—¿Esa de ahí es Idony Ahlgren? —preguntó el hombre del gorro rojo, estirando
el cuello.
—Pensaba que se había mudado a Djerholm para trabajar como institutriz —dijo
una mujer.
Nina alzó la vista hacia la fábrica. ¿Cuánto tiempo había transcurrido?
—Ellinor Berglund —dijo—. Petra Toft. Siv Engman. Jannike Fisker. Sylvi
Winther. Lena Askcl.
Se oyó un disparo. El guardia apuntaba al cielo con su rifle.
—¡Ya basta! Despejad la carretera o…
Bum. La primera explosión sacudió la montaña.
Todos los ojos se volvieron hacia la fábrica.
—Ha sido más fuerte de lo que esperaba —dijo Leoni.
Bum. Otra explosión, y luego otra. «Justo a tiempo.»
—Dulce Djel —dijo el hombre del gorro rojo, señalando el viejo fuerte—. La
presa.
—Oh, por los Santos —dijo Leoni—. Algo ha salido mal. He debido de calcular
mal las proporciones…
Sonó otra explosión, seguida de un terrible rugido. De repente, la gente gritaba y
corría colina abajo. El joven pescador saltó del carromato llevando en brazos a su
hermana.
—¡Hay que salir de aquí! —vociferó.
—No hay tiempo —dijo el hombre del gorro rojo.

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Nina y Leoni salieron del carromato. En la fábrica, unas grandes columnas de
humo se alzaban desde las llamas. Pero lo más aterrador era el torrente que se
precipitaba hacia ellos. El dique se había roto y una oleada ensordecedora y
espumosa descendía a toda velocidad por la montaña, arrancando árboles de raíz y
aplastándolo todo a su paso.
—Puede que pierda impulso al llegar aquí —dijo el pescador, abrazando a su
hermana.
—¡Corred! —exclamó Leoni—. ¡El agua está cargada de veneno! Si os toca,
podéis daros por muertos.
La expresión de culpabilidad y miedo de Leoni era una puñalada en el corazón de
Nina, pero tenía que hacerse así. Fjerda no necesitaba piedad. Necesitaba milagros.
—Es culpa nuestra —dijo Hanne—. Tenemos que impedirlo.
Algunos vecinos se desperdigaban por las laderas, pero la ola se acercaba
demasiado deprisa.
—¡Todos detrás de mí! —vociferó Adrik a la multitud.
—¡Deprisa! —insistió Nina en fjerdano al ver la vacilación de la gente.
—Leoni —dijo Adrik mientras todos formaban un apretado grupo detrás de él—.
¿Podrás hacerlo?
Leoni asintió con expresión decidida y acarició con los dedos las joyas que
llevaba prendidas en el cabello, moviendo los labios en una silenciosa plegaria. Nina
oía en su cabeza la advertencia de Leoni: «Los venenos son complejos».
La tromba de agua avanzaba hacia ellos, llena de espuma y escombros. Era tan
alta y ancha que parecía tapar el sol.
—¡Preparaos! —gritó Adrik.
Leoni abrió los brazos.
Adrik extendió su única mano y la ola se dividió, golpeada por la fuerza de la
ráfaga de viento que acababa de invocar. La furibunda inundación pasó alrededor de
los vecinos sin tocarlos.
Mientras el agua avanzaba, Leoni levantó las manos y Nina vio que una nube
amarillenta aparecía en el aire, a su alrededor. Estaba extrayendo el veneno del agua.
«Grisha.» Nina oyó la palabra en boca de la multitud. «Drüsjen.» Brujos.
La nube de veneno fue creciendo sobre ellos mientras el agua seguía adelante. La
oleada se detuvo por fin, pero Leoni siguió extrayendo el veneno hasta que de la
inundación no quedó más que un riachuelo.
Permaneció con los brazos en alto en el repentino silencio, mientras la multitud
alzaba la mirada hacia la letal masa de polvo amarillo que flotaba sobre sus cabezas.
—¡Pestijla! —exclamaban—. ¡Morden! —Veneno. Muerte.
—No —murmuró Nina para sí—. Oportunidad. —Extendió su poder hacia las
aguas de la inundación, buscando los materiales que necesitaba, y su poder encontró
los huesos de las muchachas perdidas en la oscuridad. No los soltó.

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A Leoni le temblaban los brazos, y tenía los labios retraídos en una mueca. Adrik
se dio la vuelta, concentró el viento y le dio la forma de un ciclón en miniatura.
Recogió el veneno y lo arrojó al interior de la garita vacía. Con un giro de muñeca, la
puerta se cerró. Adrik agarró a Leoni antes de que se desplomara.
En aquel nuevo silencio, Nina oyó el llanto de los bebés y los gritos de la gente.
No sabía qué daños podría haber causado el agua a los edificios del pueblo.
La multitud miraba fijamente a Adrik y a Leoni. Los soldados levantaron los
rifles. Nina se dispuso a llamar a los cadáveres de la fábrica para que los protegieran.
Pero tenía la esperanza… la esperanza…
—¡Mirad! —exclamó el hombre del gorro rojo.
En el centro de la carretera, justo por donde había pasado el agua, se alzaba ahora
un gran fresno. Sus ramas blancas se alzaban hacia el cielo; sus gruesas raíces se
extendían por el barro.
—Por Djel y todas sus aguas —dijo el tabernero, rompiendo a llorar—. Está
hecho de hueso.
Eran los huesos de las muchachas perdidas en la montaña. El poder de Nina los
había forjado para crear algo nuevo.
—Alabado sea Djel —dijo el joven pescador, cayendo de rodillas.
Nina se alegró de no poder oír ahora la voz de Matthias, de que este no pudiera
ser testigo de cómo Nina había utilizado a su dios. El ardid al que había recurrido no
era digno de un soldado con honor. Era un truco teatral, una ilusión rastrera propia de
timadores y ladrones.
Pero no se arrepentía. Los esfuerzos de Adrik, Leoni y Nina, el trabajo de los
Hringsa, no eran suficientes. Por muchos Grisha que salvaran, siempre habría muchos
más a los que no podrían ayudar. Siempre estaría Fjerda, con sus tanques y sus
hogueras, y la gente como Jarl Brum, ansiosa por encenderlas. A menos que Nina
encontrara la forma de cambiar todo eso.
—Bajad las armas —dijo el hombre del gorro rojo, mientras el pueblo de
Gäfvalle caía de rodillas—. Hoy hemos presenciado milagros.
—¡Alabado sea Djel! —exclamó Nina al arrodillarse ante Adrik y Leoni con su
delantal de Doncella del Manantial—Y alabados sean los nuevos Santos.

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ZOYA CRUZABA LAS ARENAS a toda velocidad, rezando por que
no fuera demasiado tarde. Antaño había creído que solamente un Grisha bajo la
influencia de la parem podía volar; ahora avanzaba sobre la tormenta, transportada en
el aire por enormes nubes. Casi sentía a Juris debajo de ella.
La imagen que encontró al llegar fue horripilante.
Grigori había extendido su cuerpo sobre el bosque de las espinas, formando una
gran cúpula cambiante asentada sobre sus tendones. Intentaba alejar a Elizaveta y a
Yuri de Nikolai y su yo sombrío. Las espinas de Elizaveta aguijoneaban a Grigori; los
tallos se agitaban como serpientes, y se lanzaban a horadar su carne una y otra vez.
Pero cuando el Hacedor de Cuerpos empezó a gritar, Zoya se dio cuenta de que
no eran las espinas las que lo habían derrotado, sino los insectos que Elizaveta había
enviado contra él. En su carne empezaban a aparecer diminutos agujeros y surcos a
medida que los insectos hurgaban en su cuerpo y lo consumían. Se estaba haciendo
pedazos, intentando escapar de sí mismo. Se estremeció, tembló y abrió un millar de
bocas para gritar mientras lo devoraban vivo.
Yuri estaba detrás de Elizaveta, como un niño escondido tras las faldas de su
madre, tapándose la boca con las manos para reprimir su propio terror. Muchacho
estúpido. ¿Sabía lo que Elizaveta pretendía desatar? ¿Su Santo sin estrellas le había
prometido menos derramamiento de sangre, o esas cosas le traían sin cuidado a un
fanático?
El Hacedor de Cuerpos se desplomó finalmente. Con un grito de triunfo,
Elizaveta se abalanzó sobre los cuerpos de Nikolai y la criatura de sombras,

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inmovilizados por las ramas del bosque de las espinas.
Zoya sacó dos trozos de obsidiana de su manga y los golpeó. Solamente
necesitaba esa chispa. Una gran llamarada rugiente avanzó contra Elizaveta. Esta
retrocedió, sorprendida.
Entonces los labios de la Santa formaron una sonrisa divertida.
—Pensaba que habrías tenido la sensatez de huir, Zoya. Llegas tarde. El espíritu
del Oscuro pronto volverá a entrar en su cuerpo. No hay razón para que caigas en esta
batalla.
—Mi rey está herido. Soy su súbdita y su soldado, y he venido a luchar por él.
—Eres una Grisha, Zoya Nazyalensky. No tienes por qué ser súbdita de nada ni
de nadie.
Zoya seguía notando la pulsión del poder. Aquella hambre de algo más nunca la
abandonaría. Pero ya había conocido a otros tiranos.
—¿Solamente súbdita tuya? ¿O del Oscuro?
Elizaveta se echó a reír.
—No seremos gobernantes. Seremos dioses. Si lo que quieres es una corona,
cógela. Siéntate en el trono de Ravka. Nosotros dominaremos el mundo entero.
—Vi su cuerpo en la pira. Lo vi arder.
—Yo lo saqué en secreto de las arenas de la Sombra y dejé una copia en su lugar.
Se encontraba al alcance de mi poder. —Tal y como Zoya sospechaba. Y no le
importaban los detalles. Pero prefería que Elizaveta siguiera hablando.
—¿Conservaste su cuerpo?
—Con la esperanza de que pudiera ser resucitado. Lo guardé dentro de mis
colmenas. Sí, ya sé que estabas ansiosa por creerte esa pequeña historia sobre mis
heridas y mi agotamiento. Pero no te atreviste a recorrer ese oscuro pasillo, ¿verdad?
Nadie quiere mirar muy de cerca el dolor ajeno. ¿De verdad pensaste que sacrificaría
una eternidad de conocimiento y poder para volverme mortal? ¿Lo habrías hecho tú,
Zoya?
No. Nunca. Pero el poder al que estaba unida ahora no precisaba ser capturado ni
robado.
—¿Y qué harás con el mundo cuando ya lo poseas?
—¿Esperas que te describa ahora mi gran visión de la paz? ¿De un imperio
unificado sin fronteras ni banderas? —Elizaveta se encogió de hombros—. Podría
pronunciar ese discurso. Tal vez Aquel sin estrellas decida que esa es nuestra misión.
Yo solo sé que quiero ser libre y volver a sentir mi poder de nuevo.
Era un impulso que Zoya comprendía, y sabía qué preguntas debía formular: las
mismas que ella se había planteado cuando la oscuridad la acechaba.
—¿Es que no tienes bastante? —dijo Zoya, recorriendo lentamente el perímetro
del bosque. El pecho de la criatura de sombras ya no resplandecía; alguien le había
arrancado la espina. Su silueta se adhería lentamente al cuerpo yacente del Oscuro.

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Nikolai parecía moribundo, ensartado entre las ramas mientras su sangre iba cayendo
al suelo.
—¿Y qué es el poder sin nadie sobre quien ejercerlo? Llevo demasiadas vidas en
este remoto esplendor. ¿Qué es un dios sin adoradores, una reina sin súbditos? Yo fui
la bruja del bosque, la reina en su trono, la diosa en su templo. Y volveré a serlo.
Volveré a saborear el miedo, el deseo y el estupor.
—Pues conmigo no cuentes—dijo Zoya mientras levantaba las manos. Sus
mangas se retiraron, mostrando unas escamas negras que resplandecieron bajo el
crepúsculo.
Elizaveta suspiró, decepcionada.
—Debí suponer que Juris sobreviviría lo suficiente para una última acción noble
y desatinada. Pues bien, viejo amigo —dijo—, no te servirá de nada.
Agitó el brazo y dos tallos del color del hierro salieron disparados hacia Zoya,
revestidos de espinas que resplandecían como la cola serrada de un monstruo marino.
Zoya extendió las manos hacia el cielo y un feroz torbellino atrapó los tallos,
retorciéndolos entre sí y arrancándolos de raíz del bosque de espinas. Zoya se los
devolvió a Elizaveta.
—Qué fiereza—dijo la Santa—. Juris hizo bien en aceptarte como alumna. Siento
que su conocimiento vaya a morir contigo.
Esta vez se alzó casi la mitad del bosque, una masa rugiente de ramas gruesas y
espinosas. Zoya extrajo la humedad del aire y cubrió de escarcha los tallos con una
gélida oleada, congelando su savia desde dentro. Con una fuerte ráfaga de viento,
hizo añicos las ramas, cuyos restos quedaron flotando en el aire.
—Cuánto poder. Pero no puedes derrotarme, Zoya. Tengo la ventaja de la
eternidad.
—Yo me conformo con el elemento sorpresa.
Zoya elevó las arenas para ocultarse y se dejó caer a toda velocidad hasta el
bosque de las espinas. Mientras Elizaveta hablaba, Zoya se había colocado en el lado
opuesto del círculo, cerca del palanquín donde descansaba el cuerpo perfectamente
conservado del Oscuro. Durante un fugaz momento pudo contemplar aquel apuesto
rostro, aquellas manos elegantes. Zoya lo había amado con toda la avaricia y la
adoración de su inmaduro corazón. Había creído que él la valoraba, que se
preocupaba por ella. Zoya habría hecho cualquier cosa por él, habría luchado y
muerto por él. Y él lo sabía. Había alentado su adoración igual que su aura de
misterio, igual que había alimentado la soledad de Alina Starkov y el deseo de
encajar de Genya. «Nos utilizó a todos, y ahora está utilizando a Elizaveta. Y yo lo he
permitido.»
No volvería a permitirlo. Levantó los brazos.
—¡No! —exclamó Elizaveta.
—Arde, como debiste hacer aquella vez —susurró Zoya. Bajó el brazo y, con la
misma facilidad con la que habría invocado una suave brisa, un relámpago cayó con

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un estruendo preciso y ensordecedor. Golpeó el palanquín con una explosión de
chispas y llamas. Zoya vio una sombra que emergía del fuego, como intentando
escapar del calor.
—¿Qué has hecho? —aulló Elizaveta. Se precipitó hacia el Oscuro mientras el
bosque de las espinas intentaba levantar el cuerpo y ponerlo a salvo, alejándolo del
fuego.
Pero Zoya concentró el calor de las llamas hasta cjue se tiñeron de azul, como el
fuego de dragón de Juris. El bosque de las espinas empezó a consumirse.
Las ramas se enroscaron en los tobillos de Zoya, pero esta las hizo arder con sus
chispas hasta chamuscarse la piel. Iba a tener que seguir practicando lo del fuego.
Elizaveta se había arrojado a la pira para intentar recuperar lo que quedaba del
cuerpo del Oscuro. Aunque las llamas dañaran a Elizaveta, Zoya sabía que no la
detendrían. Solamente el poder de Elizaveta, utilizado en su contra, podía acabar con
una Grisha tan antigua. Zoya solo disponía de unos minutos.
Vio a Yuri huyendo de las llamas y le arrebató la espina luminosa de la mano.
—Ya me ocuparé de ti —le espetó, e invocó una fuerte ráfaga de viento para
enterrarlo hasta el cuello entre dos dunas de arena.
Los restos de la criatura de sombras flotaban entre Nikolai y el palanquín en
llamas, como si no supiera qué hacer. Ya apenas era visible: de sus alas solo
quedaban unos jirones, y sus manos garrudas estaban inmóviles. Zoya clavó la espina
luminosa donde debería estar su corazón.
Nikolai recuperó la consciencia con un grito ahogado.
—Quítamela —dijo con un hilo de voz, señalándose el pecho con la frente, donde
estaba alojada la auténtica espina—. Acaba con él.
«¿Y si al hacerlo también acabo contigo?» No había tiempo para titubeos. Zoya
arrancó la espina. Nikolai soltó un aullido y empezó a manarle sangre negra del
pecho. Un tronco de árbol golpeó a Zoya y la hizo retroceder.
A su alrededor, el bosque de las espinas floreció de repente cuando Elizaveta se
alzó gritando desde la última pira funeraria del Oscuro. Era un enjambre de abejas.
Era una pradera en flor. Era una mujer loca de dolor. El bosque de las espinas rodeó
las muñecas de Zoya, inmovilizándola por completo mientras Elizaveta avanzaba
hacia ella. De su boca salían langostas; extendió las manos, buscando la garganta de
Zoya.
«No pasa nada», pensó Zoya. «He salvado a Nikolai. He atrapado a Elizaveta en
la Sombra.» Por fin había detenido al Oscuro. Elizaveta podía reclamar su corazón si
quería. Pero la voz de Juris rugió en su interior, y Zoya casi pudo ver su sonrisa
burlona. «¿Para esto te he entregado mis escamas? Somos el dragón. No nos
sentamos a esperar la muerte.»
Zoya notó que las ramas la sujetaban con más fuerza. El bosque de las espinas era
una creación de Elizaveta. Pero su savia fluía como si fuera sangre, como un río
movido por las corrientes.

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Elizaveta profirió un grito de rabia, y los oídos de Zoya se llenaron del zumbido
de los insectos.
Zoya se concentró en la savia que recorría las ramas del bosque, la misma que la
había ahogado una y otra vez, y se adueñó de ella.
Las ramas se torcieron, y sus crueles espinas se orientaron hacia Elizaveta tan
deprisa que esta no tuvo tiempo de cambiar de trayectoria ni de forma. Su cuerpo se
estrelló contra aquellas aguzadas lanzas con un ruido sordo y húmedo. Se quedó
suspendida en el aire, a escasos centímetros de Zoya, ensartada en las garras de su
propia creación.
Zoya retorció las espinas y observó como la luz desaparecía de los ojos de
Elizaveta. Habría jurado que el dragón soltaba un gruñido de aprobación.
Tal vez Ravka cayera. Tal vez los Grisha y el Segundo Ejército se deshicieran.
Pero el mundo estaría a salvo de Elizaveta y de Aquel sin estrellas.
Pensó en los cachorros de tigre en la nieve, en Liliyana pelando avellanas junto al
fuego, en la sala de la Cúpula Dorada del Pequeño Palacio, repleta de Grisha, en las
risas que reverberaban en sus paredes antes del ataque del Oscuro. Pensó en Nikolai
enfrentándose al demonio, en la espina que había sostenido entre sus manos como
una daga.
«Esta vez os he salvado», pensó mientras se desmayaba. «Esta vez lo he hecho
bien.»

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NO ERA PRUDENTE QUE las Grisha embarazadas y sus hijos, por
no hablar de Adrik y Leoni, permanecieran en Gäfvalle, pensaran lo que pensaran los
vecinos. Los soldados supervivientes de la fábrica se reorganizarían. Se enviarían
tropas para restaurar el orden tras la catástrofe. Para cuando llegaran, todos tenían que
haberse marchado ya.
Hanne aprovechó el caos para regresar al convento, recobrar sus rasgos originales
y vestirse con su uniforme, fingiendo estar tan confusa como las demás por los
terrores que se habían precipitado sobre el pueblo. Nadie encontraba a la Madre del
Manantial, así que a Hanne le resultó fácil escabullirse de nuevo y regresar al cruce,
donde encontró a Nina dando instrucciones a un joven pescador que había accedido a
conducir el carromato hasta el puerto.
Nina sabía lo que se avecinaba, y en cuanto el pescador se marchó a reacomodar a
su hermana en el vehículo, se dio la vuelta para afrontar la ira de Hanne.
Pero la muchacha estaba tranquila. Habló con voz firme:
—No te hice la pregunta adecuada, ¿verdad? Te pregunté qué eras, no quién eras.
Nina se había vuelto a poner uno de sus vestidos de Mila. Se alisó las gruesas
faldas con las manos.
—Creo que ya lo sabes.
—Nina Zenik. —Los ojos cobrizos de Hanne la miraron con dureza—. La chica
que mutiló a mi padre. La Bruja de los Cadáveres.
—¿Así me llaman ahora los fjerdanos?
—Entre otras cosas.

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—Soy una agente del gobierno de Ravka. He venido a este país para liberar a
personas como tú, a personas con poder Grisha que viven con miedo.
—¿Por qué no te reconoció mi padre? —preguntó Hanne.
—Me alteraron el cuerpo antes de venir. Esta —dijo Nina, señalándose— no soy
yo.
—¿Todo era mentira?
—Las habilidades que te he enseñado no. Ni todo lo que te he contado sobre el
funcionamiento de este país, sobre su corazón corrupto. —Nina tomó aire y se llevó
la mano al corazón—. Esto es verdad, Hanne.
Hanne apartó la mirada.
—Me has utilizado.
—Sí —dijo Nina—. No voy a negarlo.
Hanne volvió a clavar sus ojos en Nina, cruzándose de brazos.
—No lo sientes, ¿verdad?
—Siento el dolor que he causado. Siento haber perdido tu confianza. Pero somos
soldados, Hanne, guerreros natos. Y cumplimos nuestro deber. Había vidas en juego.
Sigue habiéndolas. No creo que este sea el único lugar donde los hombres de tu padre
experimentan con los Grisha.
Hanne tragó saliva, y Nina supo que estaba recordando a las muchachas en las
camas de la maternidad, a los bebés en sus cunas, su sufrimiento.
—¿Hay más?
—Más bases. Más fábricas. Más laboratorios. No voy a fingir que todos los
Grisha son buenos. Ni todos los ravkanos. No lo son. Tal vez yo tampoco lo sea. Lo
único que sé es que lo que están haciendo tu padre y su gente está mal. Hay que
detenerlos. —Apoyó la mano en el hombro de Hanne, temerosa de que se apartara—.
Y podríamos hacerlo nosotras.
Hanne miró hacia la fábrica, hacia el carromato lleno de prisioneras, hacia el gran
fresno de hueso que se alzaba sobre la carretera, con sus ramas semejantes a falanges.
Se pasó una mano por el cráneo rapado; las líneas de su rostro parecían más
pronunciadas ahora que su espeso cabello no las suavizaba. Cuando volvió a mirar a
Nina, un nuevo fuego se había adueñado de sus ojos.
—Salvarlos a todos —dijo.
Pese a las tristezas y los peligros del día, pese a los desafíos que se avecinaban,
Nina sintió que una nueva luz la inundaba.
—Salvarlos a todos.
—Pero Nina —dijo Hanne—. Se acabaron las mentiras.
—Se acabaron las mentiras —accedió Nina, deseando de todo corazón poder
cumplir esa promesa.
—¿Qué hacemos primero? —dijo Hanne.
—Encargarnos de tu padre.
—No pienso matarlo.

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Una sonrisa afloró a los labios de Nina.
—Eso es lo último que se me ocurriría pedirte.

Cuando Hanne se llevó a rastras al bosque al todavía inconsciente Brum, Adrik se


acercó a Nina.
—¿«Se acabaron las mentiras»? —dijo.
—¿Me estabas espiando, Adrik? —Miró girando ligeramente la cabeza—. ¿Leoni
se encuentra bien?
—Sí, pero no gracias a ti. Leoni no se equivocó con las mechas: fue cosa tuya —
dijo—. Colocaste los explosivos de forma que reventaran la presa. Nos has puesto en
peligro a mí, a Leoni y a incontables civiles inocentes.
Era verdad. Había hecho algo despreciable. ¿Por qué no se sentía mal por ello?
—¿Sabes qué fue lo que aprendí en Ketterdam? —preguntó Nina, mirando el
árbol de huesos que había erigido—. Que nadie es inocente. Hoy has cambiado el
curso de la corriente, Adrik. No solo has contenido las aguas; has cambiado la
opinión que tienen estas personas de los Grisha. Has hecho un milagro.
—No ha sido un milagro. Ha sido habilidad, suerte y un armatoste vistoso hecho
con trozos de cadáveres.
Nina se encogió de hombros.
—Los fjerdanos no van a aceptarnos como pueblo, así que tal vez haya llegado el
momento de que nos vean como Santos. Y lo vamos a hacer así, pueblo a pueblo,
milagro a milagro. Aquí ya cuchichean vuestros nombres, igual que el de Sankta
Alina. Te garantizo que mañana habrán levantado santuarios en vuestro honor por
toda esta carretera. —Nina enarcó una ceja—. Pero tal vez no te guste el título que te
han puesto.
—No me gusta nada de esto —dijo, pero la curiosidad pudo más que él—. ¿Cómo
nos llaman?
—Sankta Leoni de las Aguas. —Titubeó—. Y Sankt Adrik el Dispar.
Adrik puso los ojos en blanco.
—Tenemos que irnos, Nina. El tiempo apremia.
—Una cosa más —dijo Nina, aun sabiendo que Adrik nunca le perdonaría lo que
iba a decirle—. No os revelé todo el contenido de la carta de Brum.
Adrik se quedó totalmente inmóvil.
—¿Qué has hecho, Nina?
—Mencionaba un plan de asesinato contra el rey.
—¿Por parte de los fjerdanos?
—No quedaba claro. Solamente decía que Lantsov no supondría un problema
para un tal Demidov. Que sus espías creían que la situación se resolvería muy pronto
sin interferencias.

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Adrik profirió un juramento.
—Tenemos que llegar a Hjar cuanto antes. ¿Cómo has podido callarte una
amenaza contra la vida del rey?
¿Qué diferencia había? Las amenazas contra la vida del rey eran constantes.
Nikolai tenía a Tolya y a Tamar para protegerle, y Adrik habría insistido en suspender
el plan para viajar hasta Hjar y localizar a un miembro de la red que pudiera informar
a la capital. El rey de Ravka tenía gente de sobra para protegerlo. Las chicas de la
montaña solamente tenían a Nina.
—Solo hemos perdido un día —dijo—. Hay tiempo para advertir al rey.
—No te correspondía a ti decidir. Pero no voy a discutir contigo ahora. Podrás
responder por lo que has hecho en Ravka.
—No voy a acompañaros.
—Nina…
—Sé lo que debo hacer, Adrik, y no volveré a tener una oportunidad como esta.
Ravka me hizo soldado. Ketterdam me hizo espía. Hanne puede ayudarme a
convertirme en algo totalmente distinto.
Nina, no es posible que quieras…
—Sí.
—Allí no tendremos forma de contactar contigo. No tendrás aliados ni recursos.
Si las cosas se tuercen, no tendrás escapatoria.
Nina alzó la vista hacia la ruina humeante de la fábrica.
—Pues tendré que abrir un boquete en la pared.

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EL BOSQUE de las espinas sangraba. La savia que fluía por sus troncos ya no
era dorada sino roja, como si el bosque hubiera muerto junto con Elizaveta. Sus
ramas empezaban a encogerse y sus espinas se marchitaban. Nikolai se liberó de un
tirón, y la sangre de sus manos y sus piernas goteó sobre la arena. El pecho le
palpitaba de dolor, pero el único indicio de la espina que se había clavado en el
corazón era una cicatriz con forma de estrella. Otra más para la colección.
A lo lejos vio que el gran palacio se desintegraba y sus chapiteles se venían abajo.
«¿Qué quedará de este lugar?», se preguntó. ¿Y cómo iban a escapar de allí Zoya y
él?
Nikolai se acercó tambaleándose hasta Zoya. Yacía sobre un lecho marchito de
espinos y flores rojas, con el cabello extendido alrededor del rostro. Delante de ella,
entre las ramas, había un oscuro montón de abejas muertas. «Sankta Elizaveta.» A
pocos metros vio una montaña de huesos de oso y de hombre, deshaciéndose en
ceniza. ¿Todo aquel mundo iba a quedar reducido a polvo?
Se arrodilló junto a Zoya y comprobó su pulso. Era regular. Le sorprendió ver dos
pulseras de escamas negras en torno a sus muñecas.
—Zoya —dijo, zarandeándola con suavidad—. Comandante Nazyalensky.
Sus párpados temblaron; Zoya abrió los ojos y lo miró. Nikolai retrocedió. Por un
momento, le parecía haber visto… No, era imposible. Zoya lo miraba con sus
intensos ojos azules.
—¿Te encuentras bien? —preguntó.
—Claro —contestó ella.

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—¿Estás segura?
—¿Cuál de los dos va a matar al monje?
—Sí, veo que estás bien.
La ayudó a levantarse y caminaron hasta donde estaba Yuri; seguía enterrado en
arena hasta el cuello. En algún momento, aquella rata se había desmayado. Le
sangraba la nariz.
Nikolai suspiró.
—Odio decir esto, pero vamos a tener que dejarlo con vida. Necesito toda la
información que pueda darnos sobre el culto de Aquel sin estrellas para saber cómo
nos trajeron aquí los Santos. Sospecho que fue Elizaveta quien me liberó de mis
cadenas aquella noche, cuando me escapé del palacio.
—¿Cómo es posible?
—Dijo que sus poderes podían llegar más allá de la Sombra, pero solamente allí
donde la fe del pueblo fuera mayor. Yuri se encontraba en palacio esa noche. Tal vez
Elizaveta lo utilizara para que sus plantas o sus insectos burlaran a mis guardias.
Zoya soltó un resoplido.
—Tú lo invitaste.
—Te dejaré elegir a la próxima persona que invitemos a cenar. Quiero respuestas,
así que el monje vivirá. Por ahora.
—¿Qué tal un poco de tortura? Me conformo con que me dejes patearle la cabeza
durante una hora.
—Nada me gustaría más, pero no me encuentro precisamente bien, y preferiría no
morir con esta ropa. Tenemos que encontrar el modo de salir de aquí.
Zoya apartó las dunas que aprisionaban a Yuri y lo tumbaron de espaldas. Le
ataron las manos con jirones de tela de la kefta de Zoya y lo amordazaron por si
acaso.
—Nikolai —dijo Zoya, poniéndole la mano en el brazo mientras invocaba una
cama de aire para transportar al monje—. ¿Ha funcionado? ¿Ya eres libre?
Nikolai le guiñó un ojo.
—Todo lo libre que puedo ser.
No tenía valor para decirle que todavía sentía al monstruo en su interior. Estaba
debilitado, lamiéndose las heridas, pero aguardaba la oportunidad de manifestarse de
nuevo.

El poder que los ataba a aquel crepúsculo permanente había desaparecido con la
muerte de los Santos. Nikolai y Zoya llevaban menos de una hora caminando cuando
vieron el primer resplandor de las estrellas.
Siguieron adelante, pese a las heridas y la fatiga, hasta que finalmente vieron
luces a lo lejos. Poco a poco, las arenas muertas y grises de la Sombra dieron paso a

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unas onduladas praderas. Aunque nada le habría gustado más que acogerse a la
hospitalidad de algún granjero, Nikolai no podía arriesgarse a que los descubrieran.
Se guarecieron en una vieja caseta para herramientas. Era húmeda e incómoda, pero
la alternativa era descansar bajo las ramas de un huerto de ciruelos, y por ahora
Nikolai prefería mantener una distancia prudencial con cualquier árbol.
Fue un placer cerrar los ojos y sentir que el sueño se posaba sobre sus párpados.
Nunca volvería a darlo por sentado.
Zoya partió antes del alba hacia Kribirsk y regresó antes de lo esperado con
caballos, ropa de viaje y un joven Sanador Grisha para que se ocupara de las heridas
de Nikolai.
—Perdonad, Majestad —se disculpó el muchacho mientras curaba las manos
agujereadas de Nikolai—. Lo más probable es que os quede una cicatriz. Todavía
estoy aprendiendo.
—¿Una cicatriz aguerrida y enigmática? —preguntó Nikolai.
—Bueno… una profunda.
—Perfecto.
Cuando terminó, Zoya lo despidió.
—Cuéntale esto a alguien y lo consideraré traición. —Clavó su dura mirada en el
muchacho y añadió—: Es un delito que se paga con la horca.
El muchacho retrocedió a trompicones hasta salir de la caseta.
—Sí, comandante. Por supuesto, comandante.
Zoya frunció el ceño y sacudió la cabeza.
—Te juro que cada año salen más flojos de su entrenamiento. Una simple mirada
asesina y ya piden las sales aromáticas.
Nikolai no dijo nada. Esta vez lo había visto con claridad. Cuando Zoya había
fulminado al muchacho con la mirada, había percibido un destello plateado en sus
ojos, y sus pupilas se habían estrechado. Por un instante había visto los ojos de un
dragón. ¿Qué había tenido que hacer Zoya para liberarlos? Esa pregunta tendría que
esperar hasta que estuvieran a salvo en el palacio.
Ignoraron su cansancio y cabalgaron a toda prisa durante el resto de la jornada.
De cuando en cuando, Nikolai sentía una punzada en el pecho, como si la espina
siguiera alojada allí. Yuri iba maniatado, callado y tembloroso, con la capucha calada
sobre el rostro.
Enseguida descubrieron que lo sucedido en el Nocéano, fuera lo que fuera, se
había sentido en toda Ravka y tal vez incluso al otro lado de sus fronteras. Había
noticias de terremotos en lugares tan lejanos como Ulensk al norte y Dva Stolba al
sur. Nikolai sabía que habría más consecuencias. Tres de los Grisha más poderosos
del mundo habían muerto, y definitivamente el ritual no había salido como estaba
planeado.
Antes de entrar en Os Alta, Zoya maniató a Nikolai y ató las bridas de los demás
caballos al suyo para que parecieran dos prisioneros. Avanzaron por la zona baja de la

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ciudad, cruzaron el gran canal y recorrieron los amplios bulevares hasta la pendiente
suave y las puertas doradas que conducían al palacio. No vieron estandartes de duelo
ni banderas ondeando a media asta. No había rebeliones en las calles. O Nikolai era
decididamente menos popular de lo que pensaba, o Genya y David se las habían
arreglado para mantener en secreto su desaparición.
Nikolai se debatía entre la expectación y el temor. Mientras Zoya viajaba a
Kribirsk, él había soltado la mordaza del monje y había comprendido enseguida que,
por muy mal que estuvieran las cosas, estaban a punto de ponerse mucho peor. «Abre
la puerta.» Lo había hecho, y algo terrible la había cruzado.
Aun así, en cuanto vio el águila bicéfala coronada en lo alto de las puertas, y el
tejado dorado del Gran Palacio a lo lejos, su corazón se llenó de valor. Estaba en casa.
Había sobrevivido, y aunque no estuviera curado, Nikolai, Zoya y los demás
encontrarían la forma de seguir adelante. El demonio de su interior lo conocía bien,
pero ahora Nikolai también conocía al demonio.
Zoya cabalgó hasta los guardias de servicio, se quitó la capucha y dijo:
—Abrid a vuestra comandante.
Los guardias se cuadraron al instante.
—Moi soverenyi.
—Estoy cansada y tengo que conducir a estos prisioneros ante los demás
miembros del Triunvirato.
—¿Tienen documentos?
—Yo me responsabilizo de ellos. Pero si seguís retrasando el momento de darme
un baño caliente, también me responsabilizaré de mataros muy despacio.
El guardia carraspeó y se inclinó.
—Bienvenida a casa, comandante.
Las puertas se abrieron.

Era evidente que se estaba celebrando una gran fiesta. Los senderos del jardín estaban
iluminados con farolillos, y por las resplandecientes ventanas del Gran Palacio se
filtraba el sonido de la música.
—¿Será posible que hayan seguido adelante con el plan? —dijo Zoya con
incredulidad.
—¿Cómo se puede celebrar un baile en honor de un rey ausente? —preguntó
Nikolai. No habrían intentado alterar el aspecto de alguien para que ocupara su lugar,
¿verdad? No habían tenido tiempo suficiente para entrenarlo, sobre todo para un
acontecimiento del que dependían tantas cosas.
—A lo mejor han disfrazado a un espantapájaros y le han puesto tu corona en la
cabeza —dijo Zoya.
—Tomo nota de ese truco para las reuniones del consejo.

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No estaban seguros de lo que les esperaba dentro, así que comprobaron las
ataduras del monje y le dieron a beber una gota del brebaje adormecedor de Genya
para estar seguros. Lo escondieron detrás de un seto y decidieron separarse hasta
encontrar a un miembro del Triunvirato o a alguien con quien pudieran hablar sin
provocar un tumulto.
Nikolai se infiltró en el lado sur del palacio, ocultándose entre las sombras. Se oía
la música de la fiesta. Acertó a ver movimiento en el invernadero. ¿Una pareja en
mitad de un encuentro amoroso? No pensaba molestarlos. Siguió rápidamente la
pared de cristal sembrada de naranjos en miniatura, y estaba a punto de doblar la
esquina cuando… se vio a sí mismo.
Con un estremecimiento de pánico, un sinfín de pensamientos confusos se
agolparon en su mente. ¿Y si ya no era Nikolai? ¿Y si ahora era solamente el
monstruo? ¿Y si en realidad seguía atrapado en la Sombra del crepúsculo, y todo
aquello no era más que un sueño? Se miró las manos: estaban llenas de cicatrices,
pero eran humanas, sin rastro de garras. «Soy Nikolai Lantsov. Estoy aquí. Estoy en
casa.»
Volvió a mirar a través del cristal. Su otro yo estaba de pie entre los árboles
frutales y las fuentes del invernadero; varias medallas resplandecían en el fajín azul
claro que le cruzaba el pecho. Así que por eso no había cundido el pánico en la
campiña ni en las ciudades, por eso no había banderas de luto. Habían puesto en
práctica su plan. Genya había confeccionado a algún pobre diablo para que
representara el papel de rey.
Nikolai se sentía maravillado e insultado al mismo tiempo. La idea de que alguien
pudiera ocupar su lugar con tanta facilidad, en fin… otro se lo habría tomado como
una lección de humildad. Sin embargo, su mente no podía dejar de contemplar las
posibilidades: aquel actor podría ocupar su lugar en las cenas oficiales, en la
inauguración de orfanatos y salas de conciertos. Nikolai podría estar en dos lugares a
la vez. Pero ¿por qué su nuevo gemelo no estaba con los invitados?
La respuesta se presentó engalanada con un fastuoso vestido verde y cubierta de
esmeraldas: una muchacha. Una muchacha muy bonita, con lo que parecían ser unas
joyas muy caras. ¿Era aquella la princesa Ehri Kir-Taban? No veía a ninguna carabina
con ella.
Su suplente caminaba de un lado a otro, hablando sin parar. Nikolai no oía lo que
decía, pero pensó con horror que se parecía mucho a una declaración amorosa. ¿En
qué lío los estaba metiendo aquel impostor? ¿Genya y David habían autorizado tal
cosa? Era el momento perfecto para una oportuna interrupción, pero ¿cómo iba a
hacerlo sin dar al traste con toda la farsa?
«Puede que me equivoque y estén hablando de asuntos de Estado», pensó Nikolai
con esperanza.
En ese momento, se acercaron el uno al otro. El falso rey de Ravka estrechó a la
princesa entre sus brazos. Esta inclinó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos lentamente

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y separó los labios. Fue entonces cuando Nikolai vio que llevaba un cuchillo en la
mano.

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ISAAK TENÍA las manos sudadas. No le había resultado fácil dar esquinazo
a Tolya y a Tamar. Los gemelos eran mercenarios veteranos con un talento especial
para aparecer cuando menos querías encontrártelos.
Pero en cuanto vio a Ehri en el invernadero, supo que habría eludido
gustosamente a un millar de soldados avezados con tal de estar allí en ese instante.
No sabía cómo había despistado Ehri a sus guardias ni cuánto tiempo tendrían antes
de que los descubrieran. Solamente sabía que quería mirarla eternamente. Su vestido
era del color de las peras verdes, y sus intrincados pliegues lucían halcones bordados.
En la oscura cascada de su cabello resplandecían lujosas peinetas de esmeraldas.
—¿Nikolai? —dijo Ehri, asomándose al invernadero en penumbra.
«Isaak», quiso implorarle que dijera. ¿Qué sentiría al oírla pronunciar su
verdadero nombre?
—Estoy aquí —susurró. Ella se volvió y sonrió, e Isaak sintió un puñetazo en el
pecho—. No sabía si vendrías.
—Y yo no estaba segura de poder venir. Mis damas llevan agobiándome desde
esta mañana. Creía que no iba a tener ni un segundo a solas para escapar de ellas.
—Me alegro de que lo hayas conseguido. —Eso era quedarse muy corto, pero no
sabía qué otra cosa decir.
Ehri avanzó un paso hacia él y, sin pensar, Isaak retrocedió, manteniendo la
distancia entre ambos. Al ver la expresión de dolor de la joven, se sintió como un
tonto de capirote.
—Lo siento —dijo rápidamente, aunque sabía que los reyes no se disculpaban así
como así.

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Ella entrelazó las manos.
—¿Te… te he malinterpretado?
—No —respondió—. No. Pero tengo que contarte una cosa. —Isaak se dio media
vuelta y caminó de un lado a otro delante de los naranjos; el olor dulzón de sus flores
inundaba el aire. Había planeado incontables cosas que decirle, pero en aquel
momento ninguna parecía acertada. Era un muchacho pobre de un pueblo pequeño.
Era un guardia de palacio. Pensaba que era feliz. Lo había sido hasta que empezó
todo aquello. Pero ahora…
Isaak deseaba tomarla entre sus brazos y besarla, pero no podía hacerlo cuando
todo lo que le había dicho era mentira. Y sin embargo, tampoco podía contarle la
verdad, porque eso podría hacer peligrar a toda una nación.
—Ehri… —empezó a decir—. Si yo no fuera rey… —se interrumpió. ¿Qué
intentaba preguntarle exactamente? Volvió a intentarlo—. ¿Qué es lo que te gusta de
mí?
Ella se echó a reír. Isaak suspiró agradecido al oír aquel sonido.
—¿Es una prueba? ¿O solo quieres que acaricie tu orgullo?
—Mi orgullo siempre necesita las más tiernas atenciones —dijo, antes de
maldecir entre dientes. Era Nikolai el que hablaba ahora, y esta noche no quería ser
Nikolai—. Espera. Te diré lo que me gusta de ti. Tu temple. Tu habilidad con una
espada en la mano. Que siempre dices lo que piensas. Tu expresión cuando me hablas
de tu casa junto al lago.
Ella ladeó la cabeza, y por un instante una expresión de absoluta tristeza surcó su
rostro.
—¿Qué sucede? —dijo él, deseando borrar de su mente lo que fuera que hubiera
provocado aquel dolor.
—Nada —respondió ella—. Pero ojalá este momento pudiera durar.
Isaak quiso decirle que sí que podía durar, pero no sabía si eso era cierto. No tenía
nada que ofrecer a Ehri. Y esta era la dura realidad: él no tenía ni idea de lo que
quería realmente de él el Triunvirato. ¿Le pedirían que representara aquel papel para
siempre, mientras ellos gobernaban Ravka? Isaak pensaba que era imposible que él
pudiera ser el rey que necesitaban, pero durante la cena con Ehri había empezado a
preguntarse si tal vez, con ella a su lado, sí que podría hacerlo. ¿Genya y los demás
permitirían su amor? Si se negaban, ¿tendría valor para enfrentarse a ellos? Y peor
aún, la idea que lo había mantenido en vela desde aquella feliz noche en la isla: ¿y si
el verdadero rey regresaba y escogía a Ehri como esposa? ¿Tendría Isaak que
presenciar cómo la cortejaba y la desposaba? ¿Tendría que montar guardia en la
capilla durante la boda real? ¿Alguna vez sabría Ehri que el hombre con el que se
había casado no era el mismo que había estado con ella en aquel invernadero, aquella
misma noche, con el corazón lleno de anhelo?
—Yo también desearía que pudiera durar —dijo Isaak—. Ojalá no hubiera en el
mundo nadie más que tú y yo. Que no hubiera países, reyes ni reinas.

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Isaak avanzó un paso, y de pronto ella se deslizó hasta el círculo que formaban
sus brazos. Era menuda, grácil. Era perfecta.
—Ehri —dijo Isaak mientras la atraía hacia sí, mientras ella inclinaba su hermoso
rostro hacia el suyo con gesto anhelante—. ¿Podrías amarme si no fuera rey?
—Podría —dijo ella. Isaak no entendía por qué tenía los ojos llenos de lágrimas
—. Sé que podría.
—¿Qué te pasa? —Le acarició la mejilla, secando sus lágrimas con el pulgar.
—Nada en absoluto —susurró ella.
Isaak notó una sacudida, como si Ehri lo hubiera empujado, y bajó la mirada. De
su pecho sobresalía algo. Su mente distinguió la silueta al sentir el dolor. Una daga.
La empuñadura blanca estaba tallada en forma de lobo. Oyó un golpeteo furioso en el
cristal, como si un pájaro intentara entrar en el invernadero.
—¿Por qué? —preguntó Isaak mientras se desplomaba.
Ella cayó con él, arrodillándose; lloraba profusamente.
—Por mi país —dijo, sollozando—. Por mi hermano. Por mi reina.
—No lo entiendes —intentó decir Isaak. Una carcajada brotó de sus labios, pero
su sonido fue como el estallido de una burbuja.
—Perdóname —dijo Ehri, y le arrancó la daga del cuerpo.
El dolor lo inundó al sentir el cálido torrente de sangre que manaba de su herida.
Ella lo besó suavemente en los labios.
—Mi único consuelo es saber que nunca podrías haber sido mío. Pero quiero que
sepas que yo me habría entregado gustosamente a ti.
—Ehri —gimió Isaak mientras todo se oscurecía.
—No soy Ehri.
Se oyeron gritos en algún lugar, y luego el sonido de unas pisadas aceleradas que
se acercaban.
—Cualquiera se lamenta por la primera flor —recitó Ehri en voz baja.
«¿Quién llorará a las que caigan después?»
Isaak observó con impotencia como ella se hundía la daga en su propio corazón.

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NINA SE VISTIÓ con esmero. Su vestido era de un color lavanda muy
pálido, con un corte recatado, ideal para la tez y la generosa figura de Mila
Jandersdat. No llevaba joyas. ¿Qué baratijas podría permitirse una pobre viuda? Pero
el mayor adorno de una fjerdana era su virtud. Nina sonrió a la muchacha del espejo,
con expresión dulce e ingenua.
Se peinó su cabello rubio hasta formar una impecable corona de trenzas que
habría enorgullecido a la Madre del Manantial y se dirigió al solárium. La escarcha se
acumulaba en los bordes de las grandes ventanas; a través de los cristales veía el foso
de hielo y, más allá, los resplandecientes chapiteles de la Isla Blanca. La Corte de
Hielo era tan deslumbrante como la recordaba.
Oyó pasos a sus espaldas. Al volverse, vio que se acercaba Jarl Brum llevando a
su esposa del brazo. Formaban una hermosa pareja, ambos altos y esbeltos.
—Enke Jandersdat—dijo él cálidamente—. Mi salvadora. Por favor, permita que
le presente a mi esposa Ylva.
Nina hizo una reverencia.
—Es un gran honor.
La esposa de Brum le dio la mano. Su espeso cabello castaño le caía casi hasta la
cintura, y llevaba un vestido de seda dorada que le daba un resplandor otoñal a su piel
morena. Nina ya entendía de dónde había sacado Hanne su belleza.
—El honor es mío —dijo Ylva—. Tengo entendido que mi marido le debe la
vida.
Cuando el carromato se marchó, Nina y Hanne habían despertado a Brum. Le
habían dicho que las dos habían llegado corriendo después de la explosión y habían

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encontrado su cuerpo junto a la carretera. Brum había tenido suerte de escapar a las
aguas y al desastre ocurrido en la fábrica con poco más que un chichón. Las
sospechas que Brum pudiera tener sobre Mila Jandersdat se habían desvanecido al
ver que la muchacha había permanecido en Gäfvalle tras la huida de la pareja zemeni
y las prisioneras Grisha.
Nina y Hanne esperaron pacientemente en el convento mientras Brum regresaba a
la fábrica para comprobar quién había sobrevivido y restablecer el orden en la medida
de sus posibilidades. Nina sospechaba que también lo había hecho para asegurarse de
que no quedaran pruebas de su fracaso. Un accidente industrial y la muerte de varios
cautivos valiosos era una cosa, pero un intento de huida exitoso por parte de los
Grisha, después de su humillación en la Corte de Hielo el año anterior, habría
supuesto un desastre seguro para su carrera. Y para Nina resultaba vital que Jarl
Brum no perdiera su posición privilegiada en la jerarquía fjerdana. Para el plan que
tenía en mente necesitaría a todos sus contactos: burócratas de alto rango,
comandantes militares y nobles.
—Yo no hice nada —le dijo Nina a Ylva—. Fue Hanne la que mostró auténtico
coraje.
—Y esa es otra deuda que tenemos con usted —dijo Ylva—. Jarl me ha dicho que
es usted responsable del notable cambio de nuestra hija.
—¡No puedo llevarme el mérito de eso! Todo ha sido gracias a la influencia de
sus padres y a la firme tutela de la Madre del Manantial, que Djel la tenga en su
gloria.
Los Brum asintieron con solemnidad, y entonces Ylva sonrió de oreja a oreja.
—¡Hanne! —exclamó mientras su hija entraba en la estancia.
Lo cierto era que Nina sí que tenía gran parte del mérito de la transformación de
Hanne. Le había enseñado a elegir vestidos que favorecieran su figura alta y esbelta,
a caminar con los hombros atrás y la elegancia de una dama y, por supuesto, Nina le
había enseñado a actuar. En cuanto a la confianza de Hanne, encontraría el modo de
ganársela, y quizás incluso de merecérsela. De un modo u otro.
Ylva abrazó a su hija mientras Brum se dirigía a Nina.
—Hanne me ha dicho que finalmente está preparada para dejar de lado sus
extravagantes hábitos y buscar marido. No sé qué magia ha obrado usted con ella,
pero le doy las gracias. Ha cambiado mucho.
«Ya era perfecta antes», pensó Nina. «O lo habría sido si tú no hubieras estado
limitándola y acotándola, como un jardinero demasiado entusiasta intentando
domeñar un seto rebelde.»
Nina sonrió.
—Creo que solo era cuestión de tiempo que Hanne descubriera quién es en
realidad.
—Tienes que aprender a aceptar un cumplido, Mila. —Brum le besó los nudillos
—. Espero que con el tiempo lo hagas. —Dio una palmada—. ¿Cenamos?

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Hanne se volvió hacia su padre, con el rostro feliz y sereno. Llevaba un vestido
rojo teja, y sus pecas parecían polen sobre sus mejillas. Todavía llevaba el cabello
muy corto.
—Me temo que han llegado varios generales para discutir tediosos asuntos
bélicos. Vadik Demidov en persona llegará a la capital dentro de poco —dijo Brum.
Eso esperaba Nina. Pretendía averiguar cuanto pudiera sobre el pretendiente Lantsov
y los planes de guerra de Fjerda—. Espero que no os aburramos.
—Podemos hablar entre nosotras, papá —dijo Hanne—. Gedringe ha sacado
nuevos diseños de vestidos.
Él sonrió con indulgencia y tomó del brazo a su esposa.
En cuanto les dieron la espalda, Hanne le guiñó un ojo a Nina. Había fuego en su
mirada.
—¿Vamos? —dijo.
Nina le dio la mano a Hanne mientras seguían a Ylva y a Jarl Brum al comedor.
Iban a construir un mundo nuevo juntas.
Pero primero tendrían que prender fuego al anterior.

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ZOYA ECHÓ A CORRER hacia el tumulto. Presentía que algo iba mal
esa noche antes incluso de oír el grito de Tolya. Lo intuía en el aire, como si la
electricidad del relámpago que ahora controlaba con tanta facilidad estuviera en todas
partes, en todo. Se sentía así desde que había reclamado las escamas de Juris. Él
estaba con ella, todas sus vidas, todo lo que había aprendido, los crímenes que había
cometido, los milagros que había obrado. Su corazón, el corazón del dragón, latía con
el suyo, y sentía que su ritmo la unía a todas las cosas. «La creación en el corazón del
mundo.» ¿De verdad había creído en ella antes? Tal vez. Pero por entonces no le
importaba. El poder representaba protección para ella; obtenerlo y perfeccionarlo
eran las únicas defensas imaginables contra todo el dolor que había conocido. Pero
ahora significaba algo más.
Ahora todo era distinto. Su visión parecía más nítida, como si la luz delineara
cada objeto. Olía la hierba fresca del exterior, el humo de leña en el aire e incluso el
mármol (nunca se había dado cuenta de que el mármol tenía un aroma propio). En
aquel momento, mientras recorría aquellos pasillos tan familiares hacia el clamor del
invernadero, no sintió miedo, sino solamente la necesidad apremiante de poner orden
en el problema que sabía que estaba a punto de encontrar.
Pero nunca habría imaginado el desastre que la aguardaba. Cerró tras ella las
puertas del invernadero y empañó los cristales con niebla por si pasaba alguien cerca.
La seguridad brillaba por su ausencia desde que ella se había ido. No esperaba
menos.

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Tamar estaba arrodillada junto a una muchacha shu con una daga clavada en el
pecho. Genya lloraba. Tolya, David y Nikolai, aún vestido con su ropa de prisionero,
rodeaban otro cuerpo, un cadáver que se parecía muchísimo al rey. Todo el mundo
hablaba a gritos.
Zoya los calló a todos con una palmada.
Como uno solo, el grupo se volvió hacia ella, y en un instante alzaron las manos,
listos para pelear.
—¿Cómo sabemos que eres tú de verdad? —dijo Genya.
—Es ella de verdad —dijo Nikolai.
—¿Cómo sabemos que eres tú? —gruñó Tamar, sin dejar de asistir a la chica shu.
Parecía una causa perdida. La chica todavía conservaba el color de las mejillas, pero
la daga parecía haberle perforado el corazón. Zoya se negaba a mirar con más
atención el otro cuerpo. Le resultaba demasiado difícil no pensar en Nikolai clavado
al bosque de las espinas, bañando con su sangre las arenas de la Sombra.
—Genya —dijo Zoya con calma—. Una vez me emborraché y te insistí para que
me volvieras rubia.
—¡Qué intriga! —exclamó Nikolai—. ¿Y qué pasó?
—Estaba magnífica —dijo Genya.
Zoya se sacudió el polvo de la manga.
—Parecía una cualquiera.
Genya bajó las manos.
—Tranquilos. Es ella. —Al instante, abrazó con fuerza a Zoya mientras Tolya
agarraba a Nikolai con sus enormes brazos y lo levantaba en vilo—. ¿Dónde diablos
estabais?
—Es una larga historia—dijo Nikolai, exigiéndole a Tolya que lo depositara en el
suelo.
Zoya quería seguir abrazada a Genya, inspirar el aroma floral de sus cabellos,
hacerle un millar de preguntas. Pero en vez de eso, retrocedió y dijo:
—¿Qué ha pasado aquí?
—La daga es fjerdana —dijo Tolya.
—Puede ser—dijo Nikolai—. Pero la blandía una shu.
—¿Qué quieres decir? —dijo Tamar, esforzándose frenéticamente por devolverle
el pulso a la muchacha—. A ella también la han atacado.
—¿Es el corazón? —preguntó Zoya.
—No —dijo Tamar—. Eso sería demasiado para mí. La daga se ha desviado un
poco hacia la derecha.
—¿Puedes salvarla? —preguntó Genya.
—No lo sé. Solo intento estabilizarla. Después todo dependerá de nuestros
Sanadores.
—Yo lo he visto todo —dijo Nikolai—. Ella le… me… le atacó. Y después se
clavó su propia arma.

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—¿Entonces los shu intentan incriminar a Fjerda? —preguntó Tolya.
Genya rompió a llorar de nuevo. Se arrodilló y apoyó la mano en la mejilla del
impostor.
—Isaak… —murmuró.
—¿Quién? —dijo Zoya.
—Isaak Andreyev —dijo Nikolai en voz baja, arrodillándose junto al cadáver—.
Soldado de primera. Hijo de un maestro y una costurera.
Tolya se secó los ojos con la mano.
—Él no quería nada de esto.
—¿Puedes devolverle sus rasgos? —preguntó Nikolai.
—Es complicado sin flujo sanguíneo —dijo Genya—. Pero lo intentaré.
—Es lo mínimo que le debemos a su madre. —Nikolai sacudió la cabeza—.
Sobrevivió al frente. No debería haberle ocurrido esto.
Genya reprimió un sollozo.
—Sa… sabíamos que lo estábamos poniendo en peligro. Pensábamos que
estábamos haciendo lo correcto.
—La princesa respira —dijo Tamar—. Hay que llevarla con los Corporalki del
Pequeño Palacio.
—No tiene sentido —dijo Genya—. ¿Por qué no se ha limitado a asesinar al
rey… o al hombre que creía que era el rey? ¿Por qué ha intentado matarse después?
¿Y por qué iba una princesa a sacrificarse en esta misión?
—No lo ha hecho —dijo Nikolai—. Traedme ropa limpia. Volveré a la fiesta para
clausurar las festividades. Quiero tener unas palabras con Hiram Schenck. Es el
miembro de mayor rango del Consejo Mercante de Kerch que ha venido al palacio,
¿verdad?
—Sí —dijo Genya—. Pero no está demasiado contento contigo.
—Lo estará. Temporalmente. Cerrad bien el invernadero y dejad aquí el cuerpo
de Isaak.
—No deberíamos… —empezó a decir Tolya, pero Nikolai levantó la mano.
—Solo de momento. Juro que tendrá el entierro que merece. Traed a la
delegación shu ante mí dentro de una hora, en los aposentos de mi padre.
—¿Y si las guardias de la princesa Ehri dan la voz de alarma? —dijo Genya.
—No lo harán —respondió Zoya—. No hasta que sepan que su plan ha tenido
éxito y que el rey ha muerto.
Nikolai se levantó como si sus heridas no le dolieran, como si los horrores de los
días pasados no hubieran tenido lugar, como si el demonio de su interior hubiera sido
definitivamente derrotado.
—Larga vida al rey.

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Dos horas más tarde, de la fiesta no quedaban ya más que algunos borrachos jocosos
cantando dentro de la fuente del águila bicéfala. La mayoría de los invitados ya se
habían retirado a sus camas para descansar de sus vicios o a algún rincón oscuro de
los jardines para rendirse a otros nuevos.
Zoya y los demás regresaron al invernadero, y cuando entró Nikolai, arrastraba
por el brazo a una guardia shu de aspecto aterrado. Su rostro era poco agraciado;
llevaba el uniforme de las Tavgharad y su largo cabello negro recogido en un moño.
—Mayu Kir-Kaat —dijo Tamar—. ¿Qué hace aquí?
Al ver el cadáver que yacía en el suelo junto a los naranjos, la joven se echó a
temblar.
—Pero él… —dijo, mirando fijamente al rey muerto y después a Nikolai—. Pero
vos… ¿Y la princesa?
—Fascinante pregunta —dijo Nikolai—. Supongo que te refieres a la muchacha
que encontramos con una daga clavada en el pecho, a escasos centímetros de la
aorta… Si ha sido por suerte o por falta de celo, no soy quién para decirlo. Ahora
mismo se está recuperando con nuestros Sanadores.
—Debéis devolver a la princesa real a nuestro cuidado — escupió la guardia.
—No es tal cosa —dijo Nikolai con brusquedad—. Y ya ha pasado el momento
de los engaños. Esta noche ha muerto un hombre inocente solo para que pudierais
declarar una guerra.
—¿Nos va a explicar algo? —susurró Genya. Zoya se preguntaba lo mismo.
—Con mucho gusto —dijo Nikolai, señalando a la guardia—. Os presento a todos
a la verdadera princesa Ehri Kir-Taban, amada hija de Shu Han, segunda en la línea
de sucesión a su trono.
—Mentira —siseó la joven.
Nikolai la agarró de la mano.
—Primero: ninguna Tavgharad permitiría que un hombre la agarre de la muñeca
como si fuera la última ciruela escarchada de una bandeja. —La joven dio un torpe
tirón para intentar soltarse—. Segundo: ¿dónde están las durezas de sus dedos? Un
soldado las tendría en las palmas de las manos, como Isaak. Pero en este caso están
en las puntas de los dedos; son los callos que aparecen al tocar…
—El khatuur —dijo Zoya—. De dieciocho cuerdas. La princesa Ehri es una
virtuosa.
—Así que sustituyeron a la princesa por una asesina para acercarse al rey —dijo
Tamar—. Pero ¿por qué iba a intentar quitarse la vida también?
—¿Para que las sospechas recayeran sobre los fjerdanos? —preguntó Genya.
—Sí —dijo Nikolai—, y también para dar a los shu un motivo para declarar la
guerra. El soberano de Ravka muerto, una princesa de la familia real shu asesinada.
Los shu tendrían la excusa perfecta para invadir con sus ejércitos nuestro país
descabezado y utilizarlo como base para lanzar un ataque contra la frontera sur de
Fjerda. Llegarían en tropel y sin la menor intención de marcharse.

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La guardia (o más bien la princesa) cerró los ojos, derrotada. Pero no lloraba ni
temblaba.
—¿Y qué iba a ser de vos, princesa? —dijo Nikolai; acto seguido la soltó.
—Tendría una vida tranquila en el campo bajo un nombre distinto —dijo en voz
baja—. Nunca me han importado la política ni la vida en la corte. Habría sido libre de
cultivar mi música y enamorarme de quien quisiera.
—Qué imagen tan idílica pintáis —dijo Nikolai—. De no suponer un peligro para
el futuro de mi país, vuestra ingenuidad resultaría encantadora. ¿De verdad creéis que
vuestra hermana iba a dejaros sin más en alguna aldea campestre? ¿De verdad
pensabais que sobreviviríais a esta conspiración?
—¡Nunca he deseado la corona! No soy ninguna amenaza para mi hermana.
—Pensad un poco —le espetó Zoya, sin apenas paciencia—. Sois popular, os
adoran, sois la hija que todos quieren ver sentada en el trono. Vuestro aparente
asesinato iba a incitar a toda una nación a entrar en guerra. ¿Cómo iba vuestra
hermana a dejaros vivir y arriesgarse a que se descubriera todo? Seríais un peligro.
La princesa levantó su afilado mentón.
—No os creo.
—Vuestras guardias ya han sido prendidas —dijo Zoya—. Sospecho que una de
ellas tenía órdenes de haceros desaparecer antes de llegar a vuestro bucólico retiro.
Podréis interrogarlas personalmente.
Ehri se las apañó para levantar la barbilla todavía más.
—¿Voy a ser juzgada, o me ejecutaréis sin miramientos?
—Eso sería una suerte —dijo Nikolai—. No, tengo en mente un destino mucho
peor para vos.
—¿Ser vuestra rehén?
—No soy muy aficionado a los motes cariñosos, pero si queréis llamarlo así…
—¿De verdad vais a encerrarme aquí?
—Oh, ya lo creo. Pero no como prisionera, sino como reina.
Al oír esas palabras, Zoya se sorprendió al notar una punzada… ¿dónde? ¿En su
corazón? ¿En su orgullo? Sabía que aquel desenlace era inevitable. Ella misma había
trazado y defendido ese rumbo. ¿Por qué entonces sentía que había vuelto a dejar su
flanco descubierto?
—Nuestro enlace me granjeará una dote gloriosa —dijo Nikolai— y vuestra
popularidad entre el pueblo evitará que vuestra hermana asedie nuestras fronteras.
—Me niego —dijo Ehri con expresión feroz… el semblante de una reina.
—La alternativa es la ejecución, paloma mía. Plantéatelo así: no te van a ahorcar,
pero el precio será una vida de lujos y mi chispeante compañía.
—No descartéis el cadalso —dijo Zoya—. Es más rápido y menos doloroso. —
Era agradable decir esas palabras, meterse con Nikolai ahora que todavía podía.
Nikolai les hizo un gesto a Tolya y a Tamar.

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—Llevadla de nuevo a sus aposentos y vigiladla bien. Hasta que anunciemos el
compromiso real, es probable que intente huir o quitarse la vida.
—¿Qué hacemos con la muchacha herida? —dijo Genya cuando sacaron a la
princesa del invernadero y los gemelos regresaron.
—Ponedle una fuerte escolta en el Pequeño Palacio. Aunque esté malherida, sigue
siendo una Tavgharad. No lo olvidemos.
—¿La verdadera Mayu tuvo alguna vez intención de desertar?
—Creo que sí —dijo Tamar—. Tiene un hermano, un mellizo. Creo que se lo
llevaron para convertirlo en un khergud. Puede que Mayu tuviera la esperanza de
abandonar Shu Han con él.
—Kebhen —dijo Tolya, apoyando una mano en el hombro de su hermana. Era
una palabra que Zoya desconocía—. Si la descubrieron, tal vez le prometieran la
libertad de su hermano a cambio de su propia vida.
—Será una charla muy interesante cuando recupere la consciencia —dijo Nikolai,
arrodillándose de nuevo al lado de Isaak—. Le escribiré una carta a su madre
mañana. Al menos podemos otorgarle una pensión digna de un héroe y asegurarnos
de que a su familia no le falte de nada.
—¿Y el cadáver? —preguntó Tolya en voz baja.
—Llevadlo a Lazlayon por los túneles.
Genya deslizó los dedos por las solapas del traje de Isaak.
—Me pondré a trabajar de inmediato. Isaak… no dudó ni un momento. Cuando le
dijimos lo que estaba en juego, él…
Tolya levantó cuidadosamente el cuerpo de Isaak con sus enormes brazos.
—Tenía el corazón de un rey.
—¿Qué le has dicho a Hiram Schenck? —preguntó Genya, secándose las
lágrimas de la mejilla llena de cicatrices—. Sonreía como una raja de melón.
—Le he dado los planos de nuestros sumergibles.
—¿Los izmars’ya?—dijo Tamar.
—¿Armados? —preguntó Tolya con cara de gran preocupación.
—Me temo que sí. Tengo entendido —dijo Nikolai— que el Apparat ha
desaparecido y que Fjerda ha prestado su apoyo a un pretendiente Lantsov. ¿Es
guapo?
Tamar frunció el ceño.
—¿El Apparat?
—El pretendiente. Supongo que no tiene importancia. Pero sí, le he dado a
Schenck los planos auténticos. Vamos a entrar en guerra. Necesitaremos
desesperadamente el dinero de Kerch y a nuestros nuevos amigos de Shu Han.
—Los zemeni… —protestó Tolya.
—No te preocupes —dijo Nikolai—. Le he dado a Schenck lo que quería, pero
descubrirá que no es lo que necesita. A veces hay que alimentar al demonio.

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—¿Qué significa eso? —preguntó Genya—. ¿Y vas a contarnos de una vez dónde
habéis estado?
—¿O si habéis encontrado una cura? —dijo Tamar.
—La encontramos —dijo Nikolai—. Pero no salió del todo bien.
—¿Entonces el monje no os fue de ayuda? —preguntó Tolya.
Nikolai y Zoya se miraron. Ella tomó aire y asintió. Era hora de contárselo a los
demás.
—Tenemos malas noticias.
—¿Más? —preguntó Genya.
—Estamos en Ravka —respondieron a la vez Nikolai y Zoya.
—Siempre hay más —concluyó Nikolai mientras Zoya salía a la antecámara para
traer al prisionero maniatado. Lo había despertado con el frasquito rojo de Genya;
había disfrutado viendo su sobresalto y su mirada fugazmente confusa.
—¿Yuri? —dijo Genya—. ¿Qué ha hecho? ¿Matar de aburrimiento a alguien?
Zoya tiró de la cuerda y el monje salió a la luz. Su capucha cayó hacia atrás.
Genya profirió un grito ahogado y retrocedió, llevándose una mano al parche que
tapaba su cuenca vacía.
—No. No puede ser. No. —Nikolai le puso la mano en el hombro para
tranquilizarla.
El monje seguía siendo demasiado alto y desgarbado, pero ahora se movía con
una gracia nueva. Su rostro estaba totalmente afeitado y los anteojos habían
desaparecido. Tenía el cabello más oscuro, peinado hacia atrás, e incluso sus
facciones parecían haber cambiado: los huesos se habían afinado, formando unos
rasgos más afilados y elegantes. En sus ojos centelleaba un brillo gris, del color del
cuarzo.
Tamar se puso delante de Genya, protegiéndola.
—Es imposible.
—Es improbable —replicó Nikolai en voz baja.
Al destruir el huésped que Elizaveta había conservado con tanto cariño, Zoya
había visto una sombra saliendo de las llamas, pero en aquel momento no había
entendido lo que significaba. El poder del Oscuro se había fracturado: una parte había
permanecido en el soldado de sombras malherido que el ritual casi había destruido, y
que todavía vivía dentro de Nikolai. Pero el resto, el espíritu que había empezado a
emanar del soldado y a introducirse en el cuerpo dispuesto por Elizaveta… Zoya
debería haber sabido que el Oscuro no desperdiciaría su oportunidad de ser libre.
Yuri había visto cumplido su deseo. Había ayudado a regresar a su Santo. ¿El
joven monje se habría entregado voluntariamente? ¿Gustosamente? ¿O habría
implorado por su vida en esos últimos momentos de fuego y terror? Zoya sabía que el
Santo sin estrellas no mostraba piedad. El Oscuro no era de los que respondían a las
plegarias.

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Nikolai lo había descubierto en la caseta donde se habían refugiado, durante el
viaje de Zoya a Kribirsk.
—Deja que lo mate —le había dicho Zoya a Nikolai cuando este se lo había
enseñado—. Podemos enterrar el cuerpo aquí. Nadie tiene por qué saber que… —Las
palabras se resistían a salir de sus labios. «Que ha regresado.» No podía decirlas. Se
negaba a hacerlo.
—Si lo matamos, es posible que nunca consiga liberarme de este demonio —le
había dicho Nikolai—. Y estamos a punto de entrar en guerra. Pretendo usar todos los
recursos que tengamos.
Lo habían mantenido amordazado durante todo el viaje hasta Os Alta, pero la
expresión divertida de aquellos ojos grises tan familiares le había dado ganas de
partirle el cuello.
Nikolai insistía en que había una forma de utilizar su poder. Zoya quería verlo
arder de nuevo.
Esperaría. Podía ser paciente. El dragón de su interior conocía la eternidad,
Zoya miró a Genya, que se tapaba la boca con sus manos llenas de cicatrices; al
furioso Tolya y a Tamar, que blandía sus hachas. Miró a su rey y a la mujer que
pronto se convertiría en su esposa.
«Somos el dragón, y aguardaremos a que llegue nuestro momento.»
—Tantos de mis viejos amigos reunidos en un mismo sitio —dijo el Oscuro,
hablando por boca de un muchacho leal e ingenuo, otro necio que lo había amado—.
Cómo me alegro de estar en casa.

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AGRADECIMIENTOS

En primer lugar, a mis lectores nuevos y antiguos, que han hecho posible que siga
emprendiendo este viaje por el Grishaverse, gracias. No podría pedir mejores
compañeros de viaje.
Muchas gracias al magnífico equipo de imprint: mi ingeniosa editora Erin Stein,
que dejó que le explicara la idea de este libro mientras comíamos en la Comic Con de
San Diego; las caudillas del diseño Natalie C. Sousa y Ellen Duda; John Morgan,
Nicole Otto, Raymond Ernesto Colón, Melinda Ackell, Dawn Ryan, Weslie Turner y
Jessica Chung. Estaría perdida sin las geniales fuerzas de choque de MCPG: Mariel
Dawson, Morgan Dubin, Molly Ellis, Teresa Ferraiolo, Julia Gardiner, Kathryn Little,
Katie Halata, Lucy Del Priore, Allison Verost, Melissa Zar, el equipo de Fierce
Reads, Jennifer González y el equipo de ventas, Kristin Dulaney y el siempre
intrépido Jon Yaged.
Todo mi amor y gratitud a mi familia de New Leaf Literary: Pouya Shahbazian,
Hilary Pecheone, Devin Ross, Joe Volpe, Kathleen Ortiz, Mia Roman, Verónica
Grijalva, Abigail Donoghue, Kelsey Lewis, Cassandra Baim y, por supuesto, Joanna
Volpe, que me ha dado la mano y guardado las espaldas a cada instante. Y un
agradecimiento especial a Melissa Rogal, la matagigantes.
Quiero dar las gracias a Holly Black y a Sarah Rees Brennan, que me ofrecieron
sus inestimables comentarios sobre los primeros borradores de este manuscrito; a
Morgan Fahey, que me ayudó a organizar a mis Santos y a nombrar a mis reyes; a
Rachael Martin, que me dio orientación y ánimos para el borrador final; a Robyn
Bacon, que hace una empanada de carne que está de muerte y un Baked Alaska
glorioso; a Ziggy, la bala de cañón humana, que me hace reír y reír; y a Erin Daffern,
que me mantiene en movimiento cuando más ganas tengo de estar quieta. Gracias
también a Marie Lu, a Rainbow Rowell, a Robin Wasserman, a Cassandra Clare, a
Sabaa Tahir, a Robin LaFevers, a Daniel José Older, a Carrie Ryan, a Christine
Patrick, a Gretchen McNeil, a Julia Collard, a Nadine Semerau, a las Petty Patties
(que reinen muchos años) y a Eric por todos los alohas.
Gracias a Emily, Ryan, Christine y Sam por todo su amor y su paciencia, y a mi
rara y maravillosa madre por capear mis tormentas.

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LEIGH BARDUGO es la autora superventas del New York Times que ha creado el
Grishaverse. Con más de dos millones de ejemplares vendidos, el Grishaverse está
conformado por la trilogía Sombra y hueso, la bilogia Seis de Cuervos, El lenguaje de
espinas y El rey marcado.
Nació en Jerusalem, se crió en Los Ángeles, se graduó en la Universidad de Yale y ha
trabajado en publicidad, periodismo e incluso en maquillaje y efectos especiales. En
la actualidad, vive y escribe en Hollywood, donde ocasionalmente se la puede oír
cantando con su grupo.

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«EL REY MARCADO». El héroe de guerra. El príncipe con un demonio agazapado
en su interior. Nikolai Lantsov se enfrenta al res
Leigh Bardugo
El rey marcado
Nikolai - 01
ePub r1.0
Titivillus 25.04.2020
Página 3
Título original: King of Scars
Leigh Bardugo, 2019
Traducción: Carlos Loscertales
 
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Página 5
Página 6
Para Morgan Fahey:
general en tiempos de guerra,
consigliere en tiempos de paz
amiga muy querida
y reina (casi siempre) benév
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