Lievka jadeaba y en el soto se oían crujidos...
La luna taciturna
vagaba como un mendigo por el cielo. A lo lejos relampagueaba
la artillería. Las balas zumbaban en la tierra inquieta y las
estrellas de agosto caían sobre la hierba.
Saschka regresó a su sitio de antes. Cambió al herido la venda y
le alumbró con una linterna la boca podrida.
—Mañana terminaste —dijo Saschka secando el sudor frío de la
frente de Scheveliof—. En los intestinos tienes la muerte...
En ese momento conmueve la tierra un estallido múltiple y
funesto. Cuatro nuevas brigadas lanzadas al combate por el
mando unido del enemigo empezaron a bombardear y
destruyeron nuestras comunicaciones, incendiando toda la
comarca donde se divide el Bug. En el horizonte se elevan
dóciles hogueras y los funestos pájaros del bombardeo salen del
fuego. Busk ardía. Lievka, el mozo desenfrenado, escapa en el
frágil carruaje del comandante de la sexta división. Lleva
vigorosamente las riendas grosella y pasa como una furia por el
bosque, rozando con las lacadas ruedas los troncos de los
árboles. El carro pequeño en que yace Scheveliof vuela detrás
de él. Saschka conduce cautamente los caballos, que a veces se
salen del carril.
Así llegan a la linde del bosque, donde está la estación sanitaria.
Lievka desengancha y va a ver al comandante para buscar una
manta de caballo. Atraviesa el bosque lleno de carruajes. Entre
ellos descansan los cuerpos de los sanitarios, y sobre sus
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zamarras tiembla el tímido arrebol de la mañana. Las botas de
los durmientes están tiradas al azar; las bocas, abiertas como
agujeros torcidos y negros.
Lievka regresó con una manta a donde se encontraba
Scheveliof, le besó en la frente y le tapó hasta la cabeza.
Después se acercó Saschka al coche.
—Paulik —gritó—. ¡Ah, Jesucristo! —y se arrojó sobre el
muerto con su cuerpo enorme.
—Casi se mata —dijo Lievka—. Hay que reconocer que los dos
se entendían bien. Ahora tendrá que volver a fatigarse con todo
el escuadrón. No es ningún placer...
Lievka estaba precisamente comiendo cuando resuena en el
camino un fúnebre trompeteo y el rumor de numerosas
herraduras. Sobre un arzón iba expuesto el cadáver de
Scheveliof, cubierto con banderas. Saschka seguía a caballo el
féretro de Scheveliof, y en las últimas filas de jinetes resonaba
una canción cosaca.
El escuadrón pasó la carretera y dobló el río. Entonces, Lievka,
descalzo y sin gorra, se precipita detrás de la tropa en marcha y
agarra por la rienda el caballo del comandante del escuadrón:
—...Calzoncillos —nos llevaba el viento fragmentariamente—
Su madre vive en Terek —oíamos la gritería incoherente de
Lievka. El comandante del escuadrón no le escuchaba ya, y se
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