100% encontró este documento útil (2 votos)
761 vistas4 páginas

Interior L. Julio Ramón Ribeyro

Es un cuento de Julio Ramón Ribeyro que habla sobre una pareja que se ce involucrada en una situación extraña e inédita, los personajes atraviesan una experiencia única que les cambiará la vida.

Cargado por

Gustavo Monsalve
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
100% encontró este documento útil (2 votos)
761 vistas4 páginas

Interior L. Julio Ramón Ribeyro

Es un cuento de Julio Ramón Ribeyro que habla sobre una pareja que se ce involucrada en una situación extraña e inédita, los personajes atraviesan una experiencia única que les cambiará la vida.

Cargado por

Gustavo Monsalve
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Interior «L» —Paulina, ¿me sirves otro poco?

Julio Ramón Ribeyro Paulina se volvió. Era una cholita de quince años, baja para su
edad, redonda, prieta, con los ojos rasgados y vivos y la nariz aplastada.
No se parecía en nada a su madre, la cual era más bien delgada como un
palo de tejer.
—Paulina, estoy cansado. Hoy he cosido dos colchones —
suspiró el colchonero, dejando el jarro en el suelo para extenderse a lo
El colchonero, con su larga pértiga de membrillo sobre el hombro, y el largo de todo el catre. Y como Paulina no contestara y dejara tan sólo
rostro recubierto de polvo y de pelusas, atravesó el corredor de la casa escuchar el rasgueo de la pluma sobre el papel, no insistió. Su mirada
de vecindad, limpiándose el sudor con el dorso de la mano. fue deslizándose por el techo de madera hasta descubrir un tragaluz
—¡Paulina, el té! —exclamó al entrar a su habitación, donde faltaba un vidrio. «Sería necesario comprar uno», pensó, y
dirigiéndose a una muchacha que, inclinada sobre un cajón, escribía en súbitamente se acordó de Domingo. Se extrañó que este recuerdo no le
un cuaderno. Luego se desplomó en su catre. Se hallaba extenuado. produjera tanta indignación. ¡También había tenido que sucederle eso a
Toda la mañana estuvo sacudiendo con la vara un cerro de lana sucia él!
para rehacer los colchones de la familia Enríquez. A mediodía, en la —Paulina, ¿cómo se apellidaba Domingo?
chingana de la esquina, comió su ceviche y su plato de frijoles y Esta vez su hija se volvió con presteza y quedó mirándolo
prosiguió por la tarde su tarea. Nunca, como ese día, se había agotado fijamente.
tanto. Antes del atardecer, suspendió su trabajo y emprendió el regreso a —Allende —replicó, y volvió a curvarse sobre su tarea.
su casa, vagamente preocupado y descontento, pensando casi con —¿Allende? —se preguntó el colchonero. Todo empezó cuando
necesidad en su catre destartalado y en su taza de té. una tarde se encontró con el profesor de Paulina en la avenida. Apenas
—Acá lo tienes —dijo su hija, alcanzándole un pequeño jarro de lo divisó corrió hacia él para preguntarle por los estudios de su hija. El
metal—. Está bien caliente —y regresó al cajón donde prosiguió su profesor quedó mirándolo sorprendido, balanceó su enorme cabeza calva
escritura. El colchonero bebió un sorbo mientras observaba las trenzas y apuntándole con el índice le hizo una revelación enorme:
negras de Paulina y su espalda tenazmente curvada. Un sentimiento de —Hace dos meses que no va al colegio. ¿Es que está enferma
ternura y de tristeza lo conmovió. Paulina era lo único que le quedaba de acaso?
su breve familia. Su mujer hacía más de un año que muriera víctima de Sin dar crédito a lo que escuchaba, regresó en el acto a su casa.
la tuberculosis. Esta enfermedad parecía ser una tara familiar, pues su Eran las tres de la tarde, hora eminentemente escolar. Lo primero que
hijo, que trabajaba de albañil, falleció de lo mismo algún tiempo divisó fue el mandil de Paulina colgado en el mango de la puerta y
después. luego, al ingresar, a Paulina que dormía a pierna suelta sobre el catre.
—¡Le ha caído un ladrillo en la espalda! ¡Ha sido sólo un —¿Qué haces aquí?
ladrillo! —recordó que argumentaba ante el dueño del callejón, quien Ella despertó sobresaltada.
había acudido muy alarmado a su propiedad al enterarse que en ella —¿No has ido al colegio?
había un tísico. Paulina prorrumpió a llorar mientras trataba de cubrir sus
—¿Y esa tos? ¿Y ese color? piernas y su vientre impúdicamente al aire. Él, entonces, al verla tuvo
—¡Le juro que ha sido sólo un ladrillo! Ya todo pasará. una sospecha feroz.
No hubo de esperar mucho tiempo. A la semana el pequeño —Estás muy barrigona —dijo acercándose—. ¡Déjame mirarte!
albañil se ahogaba en su propia sangre. —y a pesar de la resistencia que le ofreció logró descubrirla.
—Debió ser un ladrillo muy grande —comentó el propietario —¡Maldición! —exclamó—. ¡Estás embarazada! ¡No lo voy a
cuando se enteró del fallecimiento. saber yo que he preñado dos veces a mi mujer!
—Allende, ¿no? —preguntó el colchonero incorporándose convencido por una lógica —que provenía más de los músculos que de
ligeramente—. Yo creía que era Ayala. las palabras— que Paulina era la culpable de todo.
—No, Allende —replicó Paulina sin volverse. —¿Qué tengo que ver yo? ¡Ella me buscaba! Pregunte no más
El colchonero volvió a recostar su cabeza en la almohada. La en el callejón. Me citó para su cuarto. «Mi papá no está por las tardes»,
fatiga le inflaba rítmicamente el pecho. dijo. ¡Y lo demás ya lo sabe usted!...
—Sí, Allende—repitió—. Domingo Allende. Sí, lo demás ya lo sabía. No era necesario que se lo recordaran.
Después de los reproches y de los golpes ella lo había Bastaba en aquella época ver el vientre de Paulina, cada vez más
confesado. Domingo Allende era el maestro de obras de una hinchado, para darse cuenta que el mal estaba hecho y que era
construcción vecina, un zambo fornido y bembón, hábil para decir un irreparable. En su desesperación no le quedó más remedio que acudir
piropo, para patear una pelota y para darle un mal corte a quien se donde la señora Enríquez, vieja mujer obesa a quien cada cierto tiempo
cruzara en su camino. rehacía el colchón.
—Pero ¿de quién ha sido la culpa? —habíale preguntado —No sea usted tonto —lo increpó la señora—. ¡Cómo se queda
tirándola de las trenzas. así tan tranquilo! Mi marido es abogado. Pregúntele a él.
—¡De él! —replicó ella—. Una tarde que yo dormía se metió al Por la noche lo recibió el abogado. Estaba cenando, por lo cual
cuarto, me tapó la boca con una toalla y... lo hizo sentar a un extremo de la mesa y le invitó un café.
—¡Sí, claro, de él! ¿Y por qué no me lo dijiste? —¿Su hija tiene sólo catorce años? Entonces hay presunción de
—¡Tenía vergüenza! violencia. Eso tiene pena de cárcel. Yo me encargaré del asunto. Le
Y luego qué rabia, qué indignación, qué angustia la suya. Había cobraré, naturalmente, un precio módico.
pregonado a voz en cuello su desgracia por todo el callejón, confiando —Paulina, ¿no te dan miedo los juicios? —preguntó el
en que la solidaridad de los vecinos le trajera algún consuelo. colchonero con la mirada fija en el vidrio roto, por el cual asomaba una
—Vaya usted donde el comisario —le dijo el gasfitero del estrella.
cuarto próximo. —No sé —replicó ella, distraídamente.
—Estas cosas se entienden con el juez —le sugirió un repartidor Él sí lo tenía. Ya una vez había sido demandado por desahucio.
de pan. Recordaba, como una pesadilla, sus diarios vagares por el palacio de
Y su compadre, que trabajaba en carpintería, le insinuó cogiendo justicia, sus discusiones con los escribanos, sus humillaciones ante los
su serrucho. porteros. ¡Qué asco! Por eso la posibilidad de embarcarse en un juicio
—Yo que tú... ¡zas! —y describió una expresiva parábola con su contra Domingo lo aterró.
herramienta. —Voy a pensarlo —dijo al abogado.
Esta última actitud te pareció la más digna, a pesar de no ser la Y lo hubiera seguido pensando indefinidamente si no fuera por
más prudente, y armado solamente de coraje se dirigió a la construcción aquel encuentro que tuvo con el zambo Allende, un sábado por la tarde,
donde trabajaba Domingo. mientras bebía cerveza. Envalentonado por el licor se atrevió a
Todavía recordaba la maciza figura de Domingo asomando amenazarlo.
desde un alto andamio. —¡Te vas a fregar! Ya fui donde mi abogado. ¡Te vamos a
—¿Quién me busca? meter a la cárcel por abusar de menores! ¡Ya verás!
—Aquí un señor pregunta por ti. Esta vez el zambo no hizo bravatas. Dejó su botella sobre el
Se escuchó un ruido de tablones cimbrándose y pronto tuvo mostrador y quedó mirándolo perplejo. Al percatarse de esta reacción, él
delante suyo a un gigante con las manos manchadas de cal, el rostro arremetió.
salpicado de yeso y la enorme pasa zamba emergiendo bajo un gorro de —¡Sí, no vamos a parar hasta verte metido entre cuatro paredes!
papel. No sólo decayeron sus intenciones belicosas, sino que fue La ley me protege.
Domingo pagó su cerveza y sin decir palabra abandonó la Paulina se sirvió en silencio y entregó la botella a su padre.
taberna. Tan asustado estaba que se olvidó de recoger su vuelto. Por el hueco del vidrio seguía brillando la estrella. Entonces,
—Paulina, esa noche te mandé a comprar cerveza. también brillaba la estrella, pero sobre la mesa ahora desolada, había un
Paulina se volvió. alto de billetes.
—¿Cuál? —¡Cuánto dinero! —había exclamado Paulina cayendo sobre el
—La noche de Domingo y del ingeniero. colchón.
—Ah, sí. Mucho dinero había sido, en efecto, ¡mucho dinero! Lo primero
—Anda ahora, toma esto y cómprame una botella. ¡Que esté que hizo fue ponerle vidrios al tragaluz. Después adquirió una lámpara
bien helada! Hace mucho calor. de kerosene. También se dieron el lujo de admitir un perrito.
Paulina se levantó, metió las puntas de su blusa entre su falda y —Paulina, ¿te acuerdas de Bobi? ¡El pobre!
salió de la habitación. Y así como el perrito desapareció sin dejar rastros —se sospechó
El mismo sábado del encuentro en la taberna, hacia el atardecer, siempre del carnicero— el cristal fue destrozado de un pelotazo. Sólo
Domingo apareció con el ingeniero. Entraron al cuarto silenciosos y quedaba el lamparín de kerosene. Y el recuerdo de aquellos días de
quedaron mirándolo. Él se asombró mucho de la expresión de sus fortuna. ¡El recuerdo!
visitantes. Parecían haber tramado algo desconocido. —¡Qué días esos, Paulina!
—Paulina, anda a comprar cerveza —dijo él, y la muchacha Durante más de quince días estuvo sin trabajar. En sus ociosas
salió disparada. mañanas y en sus noches de juerga encontraba el delicioso sabor de una
Cuando quedaron los tres hombres solos hicieron el acuerdo. El revancha. Del dinero que recibiera iba extrayendo, en febriles sorbos,
ingeniero era un hombre muy elegante. Recordó que mientras estuvo todas las experiencias y los placeres que antes le estuvieron negados. Su
hablando, él no cesó de mirarte estúpidamente los dos puños blancos de vida se plagó de anécdotas, se hizo amable y llevadera.
su camisa donde relucían gemelos de oro. —¡Maestro Padrón! —le gritaba el gasfitero todas las tardes—.
—El juicio no conduce a nada —decía, paseando su mirada por ¿Nos vamos a tomar nuestro caldito? —y juntos se iban a la chingana de
la habitación con cierto involuntario fruncimiento de nariz—. Estará don Eduardo.
usted peleando durante dos o tres años en el curso de los cuales no —¡Maestro Padrón! ¿Conoce usted el hipódromo? —recordaba
recibirá un cobre y mientras tanto la chica puede necesitar algo. De un vasto escenario verde lleno de chinos, de boletos rotos y naturalmente
modo que lo mejor es que usted acepte esto... —y se llevó la mano a la de caballos. Recordaba, también, que perdió dinero.
cartera. —¡Maestro Padrón! ¿Ha ido usted a la feria?...
Su dignidad de padre ofendido hizo explosión entonces. Algunas —¡Sería necesario poner un nuevo vidrio! —exclamó el
frases sueltas repicaron en sus oídos. «¿Cómo cree que voy a hacer colchonero con cierta excitación—. Puede entrar la lluvia en el invierno.
eso?», «¡Lárguese con su dinero!», «...el juez se entenderá con ustedes!» Paulina observó el tragaluz.
¿Para qué tanto ruido si al final de todo iba a aceptar? —Está bien así—replicó—. Hace fresco.
—Ya sabe usted —advirtió el ingeniero antes de retirarse—. —¡Hay que pensar en el futuro!
Aquí queda el dinero, pero no meta al juez en el asunto. Entonces no pensaba en el futuro. Cuando el gasfitero le dijo:
Paulina entró con la cerveza. «¡Maestro Padrón! ¿Damos una vuelta por la Victoria?», él aceptó sin
—Destápala —ordenó él. considerar que Paulina tenía ocho meses de embarazo y que podía dar a
Aquella vez Paulina también llegó con la cerveza pero, cosa luz de un momento a otro. Al regresar a las tres de la mañana, abrazado
extraña, hubo de servirle al ingeniero y a su violador. Ella también bebió del gasfitero, encontró su habitación llena de gente: Paulina había
un dedito y los cuatro brindaron por «el acuerdo». abortado. En un rincón, envuelto en una sábana, había un bulto
—¿No quieres un poco? —preguntó el colchonero.
sanguinolento. Paulina yacía extendida sobre una jerga con el rostro Paulina, inclinada sobre la cocina, soplaba en los carbones hasta
verde como un limón. ponerlos rojos. Un calor y un chisporroteo agradables invadieron la
—¡Dios mío, murió Paulicha! —fue lo único que atinó a pieza. El colchonero observó la trenza partida de su hija, su espalda
exclamar antes de ser amonestado por la comadrona y de recibir en su amorosamente curvada, sus caderas anchas. La maternidad le había
rostro congestionado por el licor un jarro de agua helada. asentado. Se la veía más redonda, más apetecible. De pronto una especie
Por el tragaluz se colaba el viento haciendo oscilar la llama del de resplandor cruzó por su mente. Se incorporó hasta sentarse en el
lamparín. La estrella se caía de sueño. borde del catre:
—¡Habrá que poner un vidrio! —suspiró el colchonero y como —Paulina, estoy cansado, estoy muy cansado... necesito
Paulina no contestara insistió—: ¡Qué bien nos sirvió el de la vez reposar... ¿por qué no buscas otra vez a Domingo? Mañana no estaré por
pasada! No costó mucho, ¿verdad? la tarde.
Paulina se levantó, cerrando su cuaderno. Paulina se volvió a él bruscamente, con las mejillas abrasadas
—No me acuerdo —dijo, y se acercó a la cocina. Recogiendo su por el calor de los carbones y lo miró un instante con fijeza. Luego
falda para no ensuciarla, puso las rodillas en tierra y comenzó a ordenar regresó la vista hacia la cocina, sopló hasta avivar la llama y replicó
los carbones. pausadamente:
—¿Cuánto costaría? —pensó él—. Tal vez un día de trabajo —y —Lo pensaré.
observó las anchas caderas de su hija. Muchos días hubieron de pasar
para que recuperara su color y su peso. Los restos de su pequeño capital
se fueron en remedios. Cuando por las noches el farmacéutico le
envolvía los grandes paquetes de medicinas, él no dejaba de inquietarse
por el tamaño de la cuenta.
—Pero no ponga esa cara —reía el boticario—. Se diría que le
estoy dando veneno.
El día que Paulina pudo levantarse él ya no tenía un céntimo.
Hubo, entonces, de coger su vara de membrillo, sus temibles agujas, su
rollo de pica y reiniciar su trabajo con aquellas manos que el descanso
había entorpecido.
—Está usted muy pesado —le decía la señora Enríquez al verlo
resoplar mientras sacudía la lana,
—Sí, he engordado un poco.
Hacía de esto ya algunos meses. Desde entonces iba haciendo su
vida así, penosamente, en un mundo de polvo y de pelusas. Ese día había
sido igual a muchos otros, pero singularmente distinto. Al regresar a su
casa, mientras raspaba el pavimento con la varilla, le había parecido que
las cosas perdían sentido y que algo de excesivo, de deplorable y de
injusto había en su condición, en el tamaño de las casas, en el color del
poniente. Si pudiera por lo menos pasar un tiempo así, bebiendo sin
apremios su té cotidiano, escogiendo del pasado sólo lo agradable y
observando por el vidrio roto el paso de las estrellas y de las horas. Y si
ese tiempo pudiera repetirse... ¿era imposible acaso?

Interior «L»
Julio Ramón Ribeyro
El colchonero, con su larga pértiga de membrillo sobre el hombro, y el
rostro recubierto de
—Allende,  ¿no?  —preguntó  el  colchonero  incorporándose
ligeramente—. Yo creía que era Ayala.
—No, Allende —replicó Paulin
Domingo  pagó  su  cerveza  y  sin  decir  palabra  abandonó  la
taberna. Tan asustado estaba que se olvidó de recoger su vue
sanguinolento. Paulina yacía extendida sobre una jerga con el rostro
verde como un limón.
—¡Dios  mío,  murió  Paulicha!  —fu

También podría gustarte