Sami
Sami
Sami vuelve de la facultad a las tres de la tarde todos los martes, miércoles y
jueves. En la casa no hay nadie. Su mamá merienda con Alicia y su papá, como siempre,
en el estudio.
Tiene veintiséis años y no trabaja porque sus padres están cagados en guita, no lo
necesita. Estudia producción de radio y televisión… fue lo que más la convenció hace un
par de años cuando terminó el colegio. Hoy ya empezó a sentir el quilombo del principio
de cuatrimestre y se prometió tratar el problema desde temprano.
Al toque se siente identificada con las premisas del video y las promesas que
realiza el británico que entre los jump-cuts asegura que con cinco fáciles pasos puede
lograr maximizar la productividad personal y ayudarte a ser the best version of yourself
you can be.
Un video lleva al otro y cuando suena su celular Sami se da cuenta de que Nicole
le está hablando por directo de Instagram hace dos horas para invitarla a tomar una
limonada en su merienda con Mercedes, que como todas las semanas termina de dar
clases de Hockey a las seis. Pone pausa, deja abiertas diez pestañas de videos para ver
a la vuelta, se da una ducha y sin cambiarse más que la camisa por una musculosa
blanca sale con el pelo mojado caminando por Olazábal hasta Ciudad de la Paz.
No puede meter más que un bocado en las casi dos horas que dura la merienda
con Nicole y Mercedes porque están empecinadas en discutir sobre adonde pasar el fin
de semana largo de Pesaj.
Nos vamos después del seder del viernes todas juntas a Pinamar y listo chicas, maneja
Pilar – Nicole habla como si lo único que le importase escuchar fueran sus propias ideas.
¿Y te sirvieron?
Si, re… igual como justo entraba Gladys a hacer mi cuarto me quedé mirando y
cuando terminé ya me había doblado todo ella – Nicole es igual a su mamá cuando habla
de la empleada doméstica.
Esta perfecto Nicks, para algo le paga tu mamá – Mercedes mete el primer bocado
después de haber levantado la vista de Tinder, desde donde Fernando le pregunta si está
cerca de su casa. Matchearon hace poco, pero los dos comparten las mismas ganas de
coger.
Son las nueve y media cuando Sami llega a su edificio. Héctor, el seguridad, le
abre la puerta y la saluda avisándole que sus papás todavía no volvieron.
Cuando se abren las puertas del ascensor en el piso veintisiete que da directo al
departamento, no aplaude para que se prendan las luces del living y trota hasta su cuarto.
La laptop sigue con la manzana prendida y arriba de la cama desecha.
Una por una va cerrando las pestañas después de terminar cada video y deja para
ver al día siguiente un par del canal que recomienda el británico de barba cuidada.
También abre Mercado Libre porque quiere ver si consigue una silla y unos resaltadores
como los que tenía este hombre.
Es la una y media de la mañana y hace más de tres horas que está acostada
consumiendo contenido de ProductivityFreak en Youtube. En uno de los últimos que vió el
tipo hablaba sobre cómo la masturbación es mala porque nos empuja a recompensarnos
a nosotros mismos sin haber hecho nada para merecerlo. Ella se siente la dueña de su
propia vida después de haber aprendido sobre self discipline durante todo el día y
promete no olvidarse de comprar los resaltadores al día siguiente.
Como tiene sueño y ya se duchó, deja la laptop en la silla que tiene al costado de
su cama, se saca el jean y la musculosa y las deja dobladas arriba del escritorio. Se
acuesta, mira al techo y agarra el teléfono para apagar la alarma. Es viernes y no cursa
temprano.
Sami aprieta el pulgar izquierdo contra el centro de la pantalla para que la historia
no cambie con cuidado de no tocar el emoji y con la mano derecha se corre la bombacha
para un costado. Para la paja es ambidiestra.
Se toca el clítoris y piensa en cómo, si tuviera pija, no haría otra cosa que cogerse
a Mercedes… se imagina tapándole la boca, los ojos y haciéndole el culo como se lo hizo
a ella Alejandro, el base del CASI, el sábado en el auto durante el tercer tiempo contra el
Muni. Ella es Alejandro y Mercedes es ella, después al revés… acaba, se da media vuelta
y cierra los ojos justo cuando escucha el aplauso fuerte que viene desde el living, llegaron
sus padres.
No se fía (José)
Llegó hace dos meses a Capital Federal para empezar el CBC después de
pelearse con su mamá por enésima vez. No se escapó pero tampoco lo recibirían bien si
vuelve tan rápido a trabajar con Aníbal, su abuelo. Pintan siempre las mismas casas para
los mismos vecinos. Cada Enero hay menos laburo, los viejos se mudan o la terminan
quedando.
Cuando llega al dos ambientes que comparte con el padre ya son las ocho y media
de la noche y está fusilado. Empezó a las seis y media para llegar con tiempo a cursar y
ver si conseguía los apuntes usados que le habían prometido los chicos del Centro de
Estudiantes, cursó Introducción al Pensamiento Científico, Matemática y después se tomó
el palo en el medio de Sociología. Igual al laburo llegó tarde y con ganas de cagar. Salió a
las seis y le pegó derecho para alcanzar a hacer las compras para la noche.
Héctor hasta las once no llega porque es jueves y siempre se queda destapando
alguna cañería o sacando ratas de los departamentos altos. José de cocina no sabe
mucho pero los fideos con manteca y queso le quedan perfectos.
Las ganas de cagar vuelven, si hace rápido antes de las nueve y cuarto ya está de
vuelta de los chinos y con la olla a punto de empezar a hervir pero primero lo primero.
Caza el celular y se sienta en el trono. Está justo de tiempo pero sabe que no hay que
apurar sino esperar lo inevitable.
Viejo, otra vez te olvidaste de dejarme la plata para comprar la cena. Voy a hacer
fideos.
Héctor le clava visto, esa tilde azul de los sub sesenta y cinco que deja abierto a la
interpretación la dicotomía entre si lo leyó o si en realidad no sabe manejar muy bien el
teléfono.
José abre Youtube, los ataques de tránsito lento en momentos inoportunos los
sabe resolver con algún video gracioso. No inició sesión así que en vez de algún culo o un
chino cayéndose le llama la atención un video del canal “Libertarios Argentina” que se
titula “Cinco Razones para huir del neo-marxismo”.
Llegó chivado por correr las tres cuadras que lo separaban del supermercado justo
cuando bajaban la persiana que tiene la silueta de una puerta rectangular. José no dudó y
como la más geométrica versión de Indiana Jones se deslizó hacia adentro, derecho a la
góndola de los fideos, ignorando totalmente lo que él solo podía suponer eran puteadas
en mandarín cortesía del dueño.
Manteca, fideos, queso y ya está – José hablaba en voz baja pero de cerca solo le
faltaba ir a los saltitos repitiendo el viejo slogan de Dánica Dorada, Dánica Dorada.
¿Algo más? – la cajera preguntaba con el desgano de quien suplica que se vaya el
último cliente del día para poder terminar el arqueo y tomárselas.
Dale pibe, ya estamos cerrando – El chino había abandonado su idioma natal para
convertirse en el más apretador de los porteños.
Siempre la llevo en el bolsillo de atrás del jean, se ve que se me debe haber caído
cuando salí del baño. Te pago mañana que justo cobro – le contesta José.
No te podes ir sin pagar, me vas a tener que dejar la mercadería – la cajera habla
con el orgullo de quien se sabe aprobada por la mirada de su empleador. Atrás suyo hay
una foto impresa en blanco y negro que dice “Ladrón, devolvé en Whisky que te robaste.
En el barrio no”.
Dale chino, haceme la dos… Mañana te juro que te traigo la guita. Si te quisiera
afanar no me voy a llevar para hacer unos fideos – José busca simpatía pero no puede
caretear la desesperación. Ignora a la cajera, sabe que el dueño es el que manda.
No puedo pibe, si te fio a vos le tengo que fiar a todo el mundo. Tómatelas – El
chino despliega un manejo del lunfardo que a José lo hace debatirse entre la xenofobia y
la admiración.
Tomatelo en Belgrano y bajate en Constitución, tres paradas después del obelisco.
José está contento porque es viernes y arriba del sesenta y siete lo acompaña “Padre
Rico, Padre Pobre” de Robert Kiyosaki. Se lo compró barato al canillita de la facultad.
Atrás quedó su duelo shaolín del almacén.
Cierra el libro, duda. El dilema sobre qué objeto usar como señalador dura casi
siempre más que la lectura del libro. Se acerca al conductor, hace poco pasó el obelisco
pero no tiene ni puta idea por donde dobló el colectivo.
Disculpe señor, avíseme cuando pase Independencia por favor – José hace
equilibrio para no caerse y se agarra del asiento vacío al lado del chofer.
Te pasaste, pibe ¿A la UADE vas? Te abro acá y arrancá para atrás que tenés un
rato.
José baja por adelante, calle de piedra y edificios raros. En los dos meses que
lleva en Capital no pasó ni de casualidad por este lugar. Si hay algo que le enseñó el
crecer en Pehuajó fue la falta de timidez y la presunción de que todo el mundo está
dispuesto a contestar de manera amable. No parecía que la rubia de enfrente; solero
blanco, sombrero y gafas, vaya a demostrar lo contrario.
Perdone ¿La calle Independencia? – José trata de usted a todo el mundo, su viejo
siempre se le caga de risa.
Oh, San Telmo, this is San Telmo. No habla mucho Aspaniól, Pirdonen.
Nevermind, bye. I hope it was helpful… Sorry.
Mercedes
Hoy, jueves, se cumplen tres años del día en el que falleció Clarita. Mercedes y
ella no se llevaban del todo bien pero los unía un amor obligatorio de hermanas.
Mercedes cumple veintiocho años el lunes que viene. Siempre le gustó hacer una
fiesta grande en la quinta que su abuela tiene en Ingeniero Maschwitz pero esta vez es
distinto, le da mucha culpa abandonar su cargo de hermana menor. Este año supera en
edad a Clarita.
Desde que se murió Clarita, Mercedes no se animó a coger con nadie. Tuvo un par
de encuentros casuales pero siempre los terminó de manera cortante diciendo que se
sentía mal o que estaba indispuesta. Hace dos meses Lorena, su prima, le insistió con
que se baje Tinder.
Dame a mí, boluda. Es así: Pones una foto linda de tu cara, otra con algún animal
o de un viaje y otra más guerrillera. Nunca una con amigas porque los tipos son fatales –
Lorena agarra el celular de Mercedes y abre el app store.
No sé, vos bajala y después veo – Mercedes acepta, solo para que Lorena le deje
de insistir.
Hoy, durante su merienda con las chicas, era la primera vez que se enganchaba
con la aplicación. No quería coger pero se calentó bastante con el perfil de Fernando, que
tenía una foto en cuero y una descripción bastante corta: Sagitario, veintidós, Rugbier
federado. Próximo licenciado en Administración de Empresas, UADE. Resiliencia.
Mercedes no sabía muy bien que significaba esa palabra pero le copó que el tipo
estudie y tenga una onda Cris Morena. Su primera paja se la había dedicado a Rama, el
personaje de Casi Ángeles. Nicole dice que se lo cruzó una vez al actor en Asia de Cuba
y no se quiso sacar una foto con ella. Para Mercedes, reconocer famosos es como jugar
al Adivina Quién teniendo Alzheimer.
A las chicas les mintió, dijo que se encontraba con su mamá en Juramento y la
acompañaba a comprar ropa, dentro de poco se iba a Marruecos y quería llevar prendas
de verano.
Cuando se abrieron las puertas del ascensor Fernando estaba a dos metros de
distancia, vestido con un sweater gris y una bermuda negra. La esperaba sentado en el
sillón pero apenas apareció ella, se paró como quien no quiere la cosa.
¿Cómo andas? Qué bueno que viniste… Ando medio justo con los tiempos del
cuatrimestre y si me movía yo iba a colgar mal con un parcial domiciliario que tengo que
entregar mañana ¿Queres tomar un café, agua, jugo, algo? – Fernando la saludó con un
abrazo. Hablaba lento y la miraba a los ojos, se lo notaba tranquilo para ser la primera vez
que se veían.
No, te agradezco, ya merendé recién con mis amigas acá cerca, hay un café muy
lindo en Olazábal que se llama Rayuela ¿conoces? – Mercedes estaba nerviosa y las
palabras le salieron de la boca casi sin pensar.
Ah, como la novela de Cortázar… No, nunca fui – Fernando se agregó valor con la
referencia literaria, iba todo perfecto.
Claro, si – Mercedes no tenía ni puta idea de qué estaba hablando pero le sumó
bastante que el tipo no parezca ser un deportista termo como los tipos con los que había
sabido estar.
Vamos para arriba, te muestro el deck y mi cuarto, total ya se fue la que limpia y
mis viejos no llegan hasta la noche – Fernando sabe que no gana quien no arriesga.
Acá estoy bien ¿Me puedo sentar? ¿Qué estudiabas vos? – Mercedes cambia de
tema. Se siente incómoda pero Fernando le gusta.
Administración, en la UADE. Vos estudias en la UBA, Letras, ¿No? – A Fernando
le dio por las pelotas que Mercedes no quiera moverse.
Ah, te quería preguntar algo: vos sos Mercedes Anchorena… ¿tu primo es Chapa
Anchorena? – Fernando cambia de tema.
Si, ¿lo conoces? – Mercedes está sorprendida pero sabe que la capital es chica.
No sé, no me hablo mucho… Mirá, quizás fue un error haber venido, yo hace
mucho que no estoy con nadie y la verdad es que vos sos muy chico y no te quiero
ilusionar… no quiero nada serio y estoy terminando la carrera así que tampoco tengo
mucho tiempo – Mercedes miente, en realidad le faltan dos años, en el medio se tomó un
sabático para irse al sudeste asiático con Nicole, que no estudia ni trabaja porque los
padres son dueños de todo.
No pasa nada, está todo bien… igual, si te soy sincero, no me cabe que me
encasilles. Recién nos conocemos y ya tenés definido todo… así muchas ganas no dan.
No te digo que me quiera casar pero al final las minas piden deconstrucción y son las
primeras en pifiarle con estas cosas – Fernando está molesto pero se le terminan las
palabras.
Tenés razón, soy yo que estoy medio en cualquiera… discúlpame ¿tenés algo más
fuerte para tomar? Te acepto un Campari con jugo si querés.
Es una rodaja de naranja disecada y perfumada para que levante un poco cuando
uno se lleva el vaso cerca de la nariz. Las hice yo – Fernando no para de sumar puntos.
Que loco ¿te gusta cocinar? – mientras termina de hablar, Mercedes se lleva
puesto el vaso de Fernando con su brazo y se lo vuelca en el sweater gris cuando deja su
celular en la mesa.
Mil disculpas, soy una forra – mercedes está roja de vergüenza y al toque trata de
secar la mancha con una servilleta. Es inútil. El líquido cayó bastante bajo y como están
sentados su antebrazo roza la bermuda de Fernando. La tiene parada, parece bastante
grande. Fernando se da cuenta e insiste.
Disculpame, no te quise tocar… debes pensar que soy una trola – Mercedes está
mojada pero también roja como quien se acaba de mandar una cagada.
¿Qué? No pasa nada, me copó. Veni acá. Fernando la besa, ella responde.
Ambos sienten esa calentura que es mezcla de adrenalina y consentimiento en el cortejo
fugaz y eventual de los centennials.
Me da vergüenza que me veas así – Mercedes sabe que acostada boca arriba su
abdomen no se ve de la mejor manera. A pesar de entrenar seis veces por semana, es
muy acomplejada con su cuerpo.
¿Queres que pare? – Fernando es delicado, sabe que un paso en falso puede
cagarla.
No, seguí que me encanta – Mercedes lo besa fuerte y lo aprieta contra ella. Hoy
no se puso protector y con la calza puede sentir como Fernando la apoya. Pija y concha
separadas solamente por spandex y algodón.
Me estás calentando mucho Mecha – Fernando le baja la calza y la tanga juntas.
La vagina de Mercedes es mediana, los labios bien rosados. Arriba tiene un poco de pelo
y para su sorpresa, un piercing.
Chupamela, la puta que te parió – Mercedes habla decidida, con una agresividad
que calienta. Cierra los ojos y tira la cabeza para atrás en el sillón. Es la primera vez que
alguien, aparte de Clarita, le dice Mecha. A su mamá siempre le había parecido que ese
apodo grasa no iba con su hija.
Héctor
Héctor consiguió el trabajo hace unos años cuando decidió dejar su pueblo de
Pehuajó e intentar instalarse en Capital Federal. Le costó unos meses acostumbrarse
pero siempre se enorgulleció de aprender rápido. Además, su ex cuñada, que es
Licenciada en Recursos Humanos, le había insistido para que adorne un poco el CV por
su edad. A decir verdad, nunca antes había trabajado de algo que no sea pintar casas con
su papá.
Los jueves además de abrir las puertas tiene que baldear la vereda, barrer el hall y
brillar los picaportes. El líquido que usa para esto último tiene un olor asqueroso y además
le deja las uñas secas.
Sentime, Beto, ¿A vos no te pasa que este líquido te deja duros los dedos? –
Héctor hablaba poco y menos con sus compañeros de trabajo así que Alberto se
sorprendió por la pregunta.
Que termines bien el día Manuelita, yo me voy derecho al sobre porque estoy
muerto – Alberto le decía así porque una de las primeras cosas que se enteró sobre
Héctor era que había nacido en Pehuajó.
Andá, hasta mañana… este viejo… - Héctor esperó a que su compañero salga de
la cabina y bajó la vista al celular. Su amigo Fito había mandado un video al grupo de
WhatsApp que compartían con otros ex combatientes. Empezaba bien, una rubia con un
culo importante bailaba frente a la cámara. Cuando el plano iba para atrás, de debajo de
la falda se veía que en realidad el quía tenía un pito del tamaño de un mástil.
Qué risa, qué lo parió… - Héctor apretó fuerte en el video y decidió mandárselo a
su hijo José. Sabía que a esta hora trabajaba pero si no lo hacía luego seguro que se
olvidaba.
Papá, te dije que no me mandes más estas cosas. Me parecen de muy mal gusto.
Es un poco duro el pibe, pero lo que tiene de tonto también lo tiene de insistente –
Héctor hacía siempre el mismo comentario cuando hablaba de José con Alejandra, su
señora. Él le sigue diciendo así aunque desde que decidió irse de Pehuajó ella le aclaró
que había llegado hasta su punto límite.
Negrita, no nos peleemos adelante del chico… Quédate tranquila que todo va a ir
bien. Voy a sacar buena plata que anda haciendo falta – Héctor habla con una
tranquilidad de otro partido.
Hoy tiene pensado irse un poco más temprano, tomarse el sesenta y siete y pasar
a comprar un par de botellas de cerveza Andes, de la que le gusta a José. Hace poco
aprobó con diez el primer examen de Semiología en el CBC. Él no tenía mucha idea de
qué carajo quería decir eso pero el pibe estaba tan contento que le pareció una buena
forma de festejarlo.
La batería del teléfono no iba a aguantar mucho tiempo más así que decidió salir
de la cabina y caminar un poco por el hall de entrada. Cuando pasó por el ascensor lo
escuchó cerca. Al toque abrió Luisa, la señora del piso veintisiete.
Buenos días Marcelo, ella es Alicia, mi amiga de toda la vida. Vino temprano, por
eso seguro no la viste. Te aviso por si llega a subir otro día así la dejas pasar… Nos
vamos a tomar un cafecito. Cuídame a la nena que está por llegar y tiene que estudiar,
que no se escape.
Parecen hermanas, señora Luisa. Que tenga un muy buen día – Héctor se había
cansado de aclararle su nombre a muchos de los vecinos que todavía lo confundían con
el tipo que antes ocupaba su puesto. Con Luisa era una batalla perdida.
Por la escalera bajaba rápido Esteban, el arquitecto del piso veinticinco. A esta
hora se va a dar clase y después, como es jueves, a ver a la madre.
Te dejo el Olé de hoy acá para que lo leas che… después te voy a joder porque
me está goteando la canilla de la cocina y no me doy mucha manía para esas cosas… a
mi dame la maqueta y el plano pero no me pidas que arregle nada – Esteban se rió,
buscando complicidad.
Puedo pasar hoy después de las seis, un rato antes de irme. Gracias por el diario
señor Esteban, que tenga buen día y la encuentre bien a su madre – Héctor agarró el
diario y pasó rápido al suplemento deportivo. Los partidos del ascenso no llegan a verlos
por el horario y para colmo muchas veces, como hoy, tampoco ponen los resultados en el
Olé. José le había enseñado como leerlo en el celular pero se había olvidado y le daba
vergüenza preguntar de nuevo.
Es muy fácil papá, te bajo la aplicación y todo. Vos apretás acá y ya te aparece
toda la data… lo que sí, fíjate de estar con la sesión iniciada en el Facebook porque si no
se tilda rápido – José explica con paciencia pero cada vez se acuerda más de su madre
cuando le decía que su papá es duro como una mesa para entender que las cosas
nuevas.
A mi déjame con la radio a pila y listo pibe, con saber cómo salimos me alcanza –
Héctor usa el plural para hablar de Ferro pero sabe que a su hijo el fútbol mucho no le
interesa. Nunca lo llevó a la cancha porque vivían lejos pero de segundo nombre le había
puesto Gerónimo, por Saccardi.
El resto del día pasó sin sobresaltos. Barrió, acomodó los almohadones y recibió
un paquete de Mercado Libre para la señora del sexto D.
Eran las cinco y ya se estaba preparando para irse cuando se acordó que tenía
que ir a ver la canilla de Esteban. Se sacó la campera y la dejó colgada en la silla, agarró
los guantes, las botas y la caja de herramientas. Cuando fue a apretar el botón del
ascensor, la puerta se abrió de prepo.
Parada del lado de adentro estaba Samanta, la chica del veintisiete. Tenía el pelo
mojado, un jean azul, unos borcegos verdes y una musculosa blanca que por lo mojada
se transparentaba a la altura de los pezones. En un instante y mirando de reojo, sacó una
captura de pantalla mental de esas tetas… medianas, bien pálidas, bastante separadas.
Pezones tirando a marrones, chicos y medio hinchados. Nunca le había gustado la chica,
tenía la misma edad que José y si bien hacía poco convivía con su hijo, la idea de una
fantasía con alguien de su misma edad le era difícil de imaginar.
Se quedó quieto, Samanta sonrió y pasó de costado, sin prisa pero sin pausa.
Héctor, buen día ¿subís? Acabo de llegar de la facultad y entré el auto por las
dudas, dicen que se va a largar a llover.
Buen día, corazón. Subo al veinticinco así que te hago de copiloto hasta la recta
final nomás.
Cuando la pantalla del ascensor marcó su número Héctor se despidió con una
sonrisa y prendió las luces del pasillo. Tenía una llave maestra así que entró de prepo.
La llamada por WhatsApp era un arte que necesario que él no dominaba del todo
bien y para colmo Esteban no atendía. Su última vez activo había sido hace horas. Luego
de esperar por dos minutos apretó el botón rojo como le había enseñado José y como se
acordó que también le había dicho que la gente no usaba más el buzón de voz, le mandó
un mensaje de audio.
Hola Esteban ¿Cómo está? Disculpe que lo moleste vio, pero subí a revisarle la
canilla de la cocina como usted me pidió y en cuanto entré la cocina estaba totalmente
inundada. Quédese tranquilo que yo me voy a quedar el tiempo que sea necesario y se lo
arreglo. Ahora corto con usted y ya le bajo él toma corriente para que tampoco se le
queme nada con el agua. Bueno… Saludo… - Héctor aún sentía la necesidad de puntuar
los mensajes de audio de manera definitiva.
Alicia
Ninguna de las dos almorzó, son las cuatro de la tarde pero nunca suelen
pedir más que un par de limonadas y una compotera que viene con yogurt griego y
granola. Alicia tiene ganas de compartir un tostado, pero Silvana se le adelanta y
llama a Maryangel, la camarera venezolana que empezó su turno hace cuarenta
minutos.
- Buenas tardes señora Silvana, qué bueno verla ¿Qué tal su día?
- Querida, bien. Vamos a tomar lo de siempre, eh. Dos limonadas con eso
verde que me ofreciste el jueves y para comer el yogurt que Ali está
cuidándose para el casamiento de su sobrina y no la queremos tentar.
- Ya te veo inflada Ali, cuídate que en seguida se te nota en la cadera y el
vestido es de color claro – Silvana le habla a Alicia pero sus ojos están fijos
en donde hasta un segundo se encontraba Mary, que ya se había acercado
al mostrador para pasar la comanda al sistema.
- ¿Qué tal le fue a tu marido en la reunión que me contaste que tenía el otro
día, Sil? – Alicia guarda el celular en la cartera y le presta atención a su
amiga. Puede no ser la persona más empática del mundo, pero el ritual de
los jueves le hace bien.
- ¿Qué cosa? Ah, cierto… lo de Roberto. Bien, dijo que seguro para
diciembre algo va a salir. No para de juntarse con gente que dice que le va
a comprar el fondo de comercio pero vos sabes cómo es él, vive haciendo
castillos en el aire. Desde que dejó de franquiciar la casa de pastas no
entra un peso y hace nueve meses que vivimos de lo que me entra a mí de
Actores – Silvana había sido la protagonista de una novela en Televisa en
los noventa que seguía repitiéndose en los canales latinos de Estados
Unidos, cobraba en dólares así que le permitía pagarse la tarjeta sin
consultarle a su marido.
- Qué locura, pensar que las dos lo empezamos haciendo para bancarnos la
facultad y mira adonde terminaste… Con Adrián todavía nos reímos cuando
agarramos en cable la escena que hiciste con el mexicano en la que se te
ve el culo... el tipo tenia cara fiera pero cómo te agarraba eh.
- Ay por dios, Alicia. Cállate que a Roberto no se lo conté y cuando se lo
mostró el gordo pelotudo que contrató para que le haga mantenimiento de
sistemas tuve que mentirle diciéndole que era un doble… Qué vergüenza,
me acuerdo y es como si viera lo colorada que me puse cuando me
preguntó.
- A mí me hubiese calentado, no sé. Tu problema es que te tomas todo muy
en serio.
- No… vos porque no lo conoces a Roberto. Con una vez cada dos o tres
meses ya me alcanza y me sobra. Ahora que Samanta se queda tanto
tiempo en casa estudiando tampoco tenemos muchas oportunidades.
- Si, bueno. Pero uno se trata de arreglar, hay que mantener prendida la
llama después de tanto tiempo.
- Eso de la pasión y de llama es mentira, Ali. Si se prende fuego todo yo soy
la primera que sale corriendo… La semana pasada estaba la nena en casa
estudiando, pobre. Era viernes a la noche y en vez de salir la vi con los
auriculares puestos con el manual de la facultad. No sé qué tanto estudia
igual si eso de producción de televisión tampoco es trabajar en la nasa.
- Cuestión que me acuesto temprano y Roberto se hace el dormido y me
empieza a meter la mano… Imagínate que ya me había tomado el
Clonazepam y yo sé que en diez minutos estoy para dormir dos días
seguidos. Pobre el gordo, no quise decirle que no y terminé tocándolo yo.
En dos minutos ya me estaba limpiando las manos en el baño y él ya se
había dormido.
- Bueno, eh… too much, como dicen los chicos ahora ¿Samanta bien
entonces? – Alicia cambia rápido de tema, nada le pintaba un peor
prospecto que imaginarse al marido de su amiga en esa situación.
- Si, está en su mundo. Yo le dije que mientras no me moleste cuando me
pongo a meditar a la tarde que haga lo que quiera. Mejor tenerla estudiando
que por lo menos hace algo. Hace poco salió con que quería dejar de darle
clases de apoyo al hijo de Ilana porque iba a empezar a trabajar en un
showroom de ropa con dos amigas de la primaria.
- Bueno, está bien. Por ahí quiere trabajar, tener su plata… tampoco te está
planteando una locura – Alicia habla pausado porque está más concentrada
en leer el cartel de promociones que hay en el servilletero.
- Estás loca Alicia, en mi familia nunca hubo una mujer que tenga que
trabajar, mucho menos de vender ropa. Si quiere algo que saque del
fideicomiso que por algo lo tiene a nombre de ella… está en edad de
estudiar y es más, ya tendría que buscarse marido – Silvana habla como
quien está más interesada en venderse a si misma que en conversar.
Cuando Alicia abre la boca para contestarle, se acerca Solana, una mesera
que se encarga del otro lado del salón y les deja la bandeja con las
limonadas y la granola.
- Mary se tuvo que ir porque la llamó un familiar por una emergencia. Me dejó
dicho que las trate muy bien porque vienen siempre. Cualquier cosa me
avisa – Solana tiene veintidós años. Es alta, pálida y morocha, tiene una
musculosa blanca y un jean ajustado que está roto en las piernas. Por el
costado, debajo de la axila, asoma un corpiño negro de encaje, mucho más
nuevo que el resto de sus prendas, La mirada, fija en Silvana pero suave.
- Qué le habrá pasado a esta chica ¿no? Pensar que es venezolana y debe
tener la familia allá… ojalá no sea grave – Alicia mira para el costado de la
vereda buscando a Mary.
- No sé, la verdad. Encima con todo lo que parece que está pasando allá con
el inepto este populista que tienen de presidente… yo no sé por qué no
intervienen los americanos y terminan de una vez por todas. Después uno
lee el diario y se matan por un papel higiénico – Silvana habla como si
estuviese leyendo una nota de Infobae con la mente. Mira por arriba del
hombro de Alicia, Solana sigue con la vista fija en ella, que se da cuenta y
se ríe.
- Yo de política no entiendo mucho, pero me pone triste por la chica ¿viste? –
Alicia ya se tomó casi toda la limonada.
- Mira, Ali... la moza me está mirando, me pone incómoda porque hace
mucho que no me pasa, pero pensar que en un momento veníamos acá y
no me cobraban nunca porque me veían en el cable – Silvana se incorpora
en la silla, endereza los hombros y le sonríe una vez más a la moza, que
muerde una lapicera y se ríe.
- Por ahí le gustas, Silvana. Antes no era tan loco pensarte a vos con una
mujer con lo despechugada que eras… íbamos a bailar y yo a veces no
sabía con quién te ibas a volver.
- Ay por dios, me haces acordar a aquella vez que le contaste a Roberto y
después el gordo me hacía más preguntas que yo no sabía dónde meterme
– Silvana reta a su amiga pero termina con una sonrisa, la lengua lento
contra los dientes. Conocía las tetas de Alicia más que las suyas pero
desde que ella se casó habían hecho un pacto implícito para no tocar más
el tema ni los genitales mutuos.
- Es verdad, te está mirando… tampoco se la devuelvas porque es peor –
Alicia habla cortante, el tema la está empezando a aburrir.
- Tenés razón, cambiemos de tema. Contame vos cómo va el tema de tu
mamá.
- ¿Van a necesitar algo más? ¿Qué tal estuvo la granola? – Solana termina
las frases mordiéndose el labio, no sacó la mano del hombro de Alicia.
- No, está bien corazón, estamos llenas… por ahí en un rato te pedimos que
nos acerques un café – Silvana contesta pausado, midiendo las palabras y
mirando a Solana. Cuando ella se da vuelta para encarar a la barra, Silvana
la interrumpe. Intenta tocarle el brazo, pero la mano le da en la espalda
baja.
- Perdóname, nena… ¿Sos de ver series de antes vos, no? – Silvana habla
con un orgullo calculado pero con una humildad que hace pensar que salió
de manera orgánica.
- ¿Cómo? No entiendo – Solana se ríe y busca complicidad en Alicia, que
entiende la situación pero no sabe dónde esconderse.
- Por “Amaneciendo al Sur”, la novela. No me parás de mirar hace una hora,
nena… no pasa nada. Me pasa siempre – Silvana se siente ofendida pero
mantiene las formas con esfuerzo.
- No, no sé. No miro tele - el dato de color le sale a Solana casi sin intención
- perdóneme. En realidad, la estaba mirando porque hace rato se manchó
la frente con el yogurt y no se limpiaba… tome, acá tiene una servilleta.
Agustín
Todos los viernes a la noche Nicole recibe a sus amigas Sami, Dolores y
Mercedes en el departamento de Cañitas que le alquilaron sus padres cuando empezó la
universidad. Ella no trabaja y los sábados suele pasarlos estudiando.
Hoy viene Agustín con la madre que lo trae en el auto para llevarse la
computadora y un par de camperas que todavía quedaron acá – Nicole se separó hace
una semana de su novio con el que hacía diez intermitentes años que estaba en pareja.
No habla con nostalgia sino con la autoridad y optimismo que le dieron haber visto un
video sobre Simone de Beuvoir hace unas horas.
Aprovechá y metele una tanga que tengas para lavar en el bolsillo de la campera
de River antes de que llegue. Lo que sí, fijate que la agarre él porque sino la madre se va
a caer de orto – La inhibición de Dolores disminuye en inversa proporcionalidad con la
cantidad de Fernet que haya tomado, recién llega de trabajar.
¡Qué ordinaria Dolo! Se dejó un par de cosas que vi hoy a la mañana cuando puse en el
Apple TV un video de Marie Kondo en el que te explica como organizar el placard. Tiré
todo en la cama y fui abrazando cada prenda para ver cual…. ¿Cómo se díria “brings you
joy” en español? Igual justo me mandó un audio Agustín para avisarme que venía y
después me duché. Cuando terminé ya había guardado todo Noelia y estaba haciendome
la cama. Ya le dije a mi papá que me la cambie porque vibra en una energía medio rara –
Nicole habla de su empleada doméstica como si se tratase de un papel higiénico nuevo
que compró porque fue de buen humor al supermercado.
Menos mal que estaba ella, alta paja guardar todo. Yo en el medio cuelgo y no la ordeno
más – Mercedes habla con la vista puesta en su teléfono. Está esperando que le conteste
Fernando para pasarla a buscar con la moto e ir a tomar algo por Baez.
¿Te fue bien al final con el chico de ayer Mera? – Sami, sentada al lado de su amiga, le
toca el brazo cerca de la axila para llamarle la atención y de paso trata de espiar un poco
la conversación de Whatsapp en la pantalla. Inutil, su amiga tiene el brillo muy bajo.
Si… al principio medio incomodo todo pero después me hizo reír un par de veces y me fui
soltando. Ibamos a salir pero como ya había merendado con ustedes nos quedamos en
su departamento y después me llevó con la moto hasta la esquina de casa.
¿Y?¿estuvieron? – Nicole interroga a su amiga con una ansiedad que solo conoce de
esos cinco segundos que deja Netflix entre el final de un episodio y el principio del
siguiente.
Mirá si justo Mercedes Inchausti se va a coger a un pibe que conoció por Tinder ¿vos no
la conoces a esta mujer? Tienen que pasar unos meses para que esta entregue – Dolores
saca su bolsa y se arma un tabaco.
Me voy a preparar un Campari ¿alguien quiere? – Nadie responde y Sami sale del balcón
para ir rápido a la cocina y evitar escuchar el resto de la anécdota. No importa que sea
Mercedes, la gente hablando de manera tan explicita sobre su intimidad le genera mucho
rechazo.
La cocina de Nicole es amplia y Sami se mueve como pez en el agua. Sabe que
las bebidas las guarda en la alacena debajo de la isla y atrás de los cereales. Es un tic
que le quedó de la época en la que vivía con los padres y cada tanto les sacaba un vino
de la cava. Lo escondía ahí si no se lo terminaba porque Noelia era la única que
preparaba el desayuno antes de llevar a Lulo, su hermano menor, al colegio. Los hielos
en la máquina de la heladera y el jugo natural de naranja siempre en el primer estante
porque es el que más frío conserva.
Cuando Sami vuelve a la terraza tiene en sus manos dos vasos de cristal que
parecen lámparas de lava anaranjadas. Camina con cuidado y esquiva a Nicole, que le
robó la tabaquera a Dolores y está intentando, sin éxito, armar un cigarro. Logra sentarse
en la reposera no sin antes enganchar el bordado de su solero en uno de los fierros de la
silla. El vestido se le sube apenas hasta descubrirle la parte de arriba del muslo. Tiene
tatuado Sapere Aude en una tipografía de trazo fino y con serif. Sus amigas piensan que
se lo hizo por lo mucho que le gustó la tercera temporada de Merlí.
Nicole deja la tabaquera en manos de Dolores y se va al baño con prisa sin dejar
de reirse.
- Tomá Mera, te hice un Campari a vos porque sino terminas tomandote siempre el
mío.
Tomá. Ponete la campera esta de River que viniste desabrigado – Nicole le habla
más como a un hermano que a una ex pareja.
Que estés bien, Agus – Dolores se despide con la incomodida de quien no tiene
nada bueno para decir en una situación de la que hubiese preferido no ser testigo.
Si, pero bueno. Es medio inevitable. Tiene casi 30 años y no hace nada más de su
vida que estar con la compu y despachar café en el bar de su tía. Además, nunca
les cerró a los padres de Nicole.
- Bueno, a mi me pone muy mal cuando las parejas se separan. Encima este pibe
es bueno, mirá como nos vino a saludar y todo. Es un sol.
Si Dolo, que se yo. Es un tema de pareja… Nicole se hace la que está mal pero yo
se que ella va a estar mejor con alguno que ya tenga su casa o su auto, más con
nuestros valores por ahí – Mercedes cree que conocer a Nicole desde el jardín le
da potestad para decidir sobre sus cuestiones amorosas.
Sami ignora a Mercedes, odia que sostenga esa noción tan capitalista sobre el
amor y su capacidad de cambiar y mejorar a las personas, como si se tratase de
un curso de autoayuda y no de encontrar un complemento.
No se, tampoco que trabajar o estudiar te hagan muy felices eh, para mi no es por
ahí ni un poco amiga – Dolores agarra el telefono de Mercedes y cambia la
canción que suena desde su Spotify por “Closer” de The Chainsmokers. En la
pantalla de bloqueo hay un mensaje de Fernando que dice “llegué, te espero abajo
así no dejo la moto acá”.
No hace falta, estoy esperando que baje alguien y nos vamos – Fernando le sonríe
a Agustín y a su madre, que lucha por hacer que el auto arranque. Siempre cuesta
cuando se queda parado mucho tiempo.
¿Quieren fumar chicas? todavía tengo unas flores que me quedaron de las que me
regalaste vos, Mera - Nicole tiene un vestido corto y suelto de color negro. Se
sentó apurada y la reposera es baja. No cruzó del todo las piernas. Desde donde
Mercedes está sentada es la unica que puede apreciar que no tiene nada puesto.
En más de veinticinco años, es la primera vez que ve la vagina de su amiga.