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La Ilustración: Racionalismo y Derechos Humanos

La Ilustración fue un movimiento filosófico del siglo XVIII que promovió el uso de la razón como guía para la vida humana, desafiando las autoridades tradicionales y sentando las bases para la Revolución Francesa. Se centró en conceptos como el racionalismo, la educación del pueblo, los derechos humanos y una visión humanizada del cristianismo. Juan Jacobo Rousseau, figura clave de este movimiento, influyó en la educación moderna y en el pensamiento democrático a través de sus obras, destacando la importancia de la naturaleza y la libertad individual.

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La Ilustración fue un movimiento filosófico del siglo XVIII que promovió el uso de la razón como guía para la vida humana, desafiando las autoridades tradicionales y sentando las bases para la Revolución Francesa. Se centró en conceptos como el racionalismo, la educación del pueblo, los derechos humanos y una visión humanizada del cristianismo. Juan Jacobo Rousseau, figura clave de este movimiento, influyó en la educación moderna y en el pensamiento democrático a través de sus obras, destacando la importancia de la naturaleza y la libertad individual.

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Clase: La Ilustración

La ILUSTRACION fue un movimiento filosófico del siglo XVIII, especialmente de Francia,


que afirmaba el poder ilimitado de la Razón para gobernar el mundo de los hombres y
dirigir sus vidas, abjurando del pensamiento histórico. Fue origen de la Enciclopedia (de
aquí su otro nombre de "enciclopedismo"), y fue antecedente inmediato de la Revolución
francesa.

Las Ideas de la ilustración francesa se centraban en siete puntos

Rebelión contra las autoridades


Racionalismo
La idea de “ilustrar”
Optimismo cultural
Vuelta a la naturaleza
Cristianismo humanizado
Derechos humanos

La rebelión contra las autoridades se dirigía en parte contra el poder de la iglesia, del
Rey y la nobleza. En el siglo XVIII estas instituciones eran mucho más poderosas en
Francia que en Inglaterra, por ejemplo. Los franceses siempre han sido un poco más
racionalistas que los ingleses. Esa diferencia tiene sus raíces en la Edad Media. Cuando
los británicos hablan del “sentido común”, los franceses suelen hablar de la “evidencia”.
La expresión inglesa tiene que ver con la “experiencia común”, y la francesa con “lo
evidente”, es decir con la razón.
Racionalismo. Al igual que los humanistas de la Antigüedad, como Sócrates y los
estoicos, la mayor parte de los filósofos de la ilustración tenía una fe inquebrantable en la
razón del hombre. Esto fue tan destacable que muchos llaman a la época francesa de la
ilustración simplemente “Racionalismo”.
Las nuevas ciencias naturales habían demostrado que la naturaleza estaba organizada
racionalmente. Los filósofos de la ilustración consideraron su cometido construir una base
tambien para moral, la religión y la ética, de acuerdo con la razón inalterable de las
personas.
La idea de “ilustrar”. Ahora hacía falta “ilustrar” a las grandes capas del pueblo, porque
ésta era la condición previa para una sociedad mejor. Se pensaba que la miseria y la
opresión se debía a la ignorancia y a la superstición, por lo tanto había que tomarse muy
en serio la educación de los niños y del pueblo en general. No es una coincidencia que la
pedagogía como ciencia tenga sus origenes en la Ilustración.
En cuanto se difundieran la razón y los conocimientos, la humanidad haría grandes
progresos. Era sólo cuestión de tiempo, pensaron los filósofos de la ilustración.
Vuelta a la naturaleza. Alguno de estos filósofos se convirtieron en defensores de “una
vuelta a la naturaleza”. Para los filósofos iluministas la “naturaleza” significaba casi lo
mismo que la “razón”, porque la razón humana proviene de la naturaleza, al contrario que
la Iglesia y la civilización.
Cristianismo humanizado. De ahí que había que volver a la naturaleza, a nuestro estado
natural, incluso había que convertir la religión en algo natural, lo cual nos lleva a un
concepto humanizado del cristianismo.
Derechos Humanos. Los filósofos de la ilustración francesa no se conformaron con tener
puntos de vista teóricos, sino que lucharon activamente a favor de lo que llamaron
“derechos naturales”. En primer lugar se trataba de luchar contra la censura y,
consecuentemente, a favor de la libertad de imprenta. Había que garantizar el derecho del
individuo a pensar libremente y a expresar sus ideas. Se luchó en contra de la esclavitud
de los negros y a favor de un trato más humano a los delincuentes. El principio de
“inviolabilidad del individuo” fue finalmente incorporado a la “Declaración de los Derechos
Humanos” que fue aprobada por la Asamblea Nacional Francesa en 1789.
Los derechos de la mujer. Una de las que más luchó a favor de los derechos de las
mujeres, durante la Revolución Francesa, fue Olympe de Gouges. En 1791 hizo pública
una declaración sobre los derechos de la mujer -ya que la declaración de “derechos de los
ciudadanos” no contenía ningún artículo sobre los “derechos naturales” de las mujeres- en
donde exigía los mismos derechos de los hombres. Esto la llevó a ser ejecutada en 1793,
prohibiéndose, además, toda actividad política de la mujer.

De los aportes de la ilustración nos interesa rescatar la figura de Juan Jacobo Rousseau,
por su aporte a la educación.

Juan Jacobo Rousseau, este “Filosofo contra los filósofos” como se le ha llamado, iba a
trastornar ciertas ideas de su tiempo. No fue propiamente un educador, pero sus ideas
pedagógicas han influido decisivamente sobre la educación moderna.

Nace en Ginebra, Suiza (1712-1778), dentro del seno de una familia calvinista. Su madre
muere al nacer él; siendo entonces educado por su padre, aunque de una manera un
tanto irregular. Fue saturado de lecturas: los clásicos de Grecia y Roma, historias,
novelas, etc., que contribuyeron a formarle un tanto su carácter sentimental y su
temperamento exaltado.

Debido a que su padre debía salir de Ginebra, quedó a los 10 años a cargo de sus tíos,
quienes, a su vez, encomendaron su educación al pastor protestante, M. Lambercier, el
cual le enseña algo de latín y otras materias. A su regreso a Ginebra trabajó primero con
un notario, después con un grabador, del cual recibió maltratos. De esta vida difícil escapó
a los 16 años y comenzó una vida de vagabundo por varios años. Conoció a madame de
Warrens, quien lo convirtió al catolicismo. Después de residir en Francia, Italia y Suiza, en
1741 se estableció en París. Vivió de sus lecciones de música, compuso obras teatrales y
copiaba partituras para sostenerse. Por ese tiempo estableció relaciones con Diderot y
Condillac.

Fue preceptor, pero fracasó en esa labor.


Llevó a cabo lecturas de Montaigne, Fenelon y Locke, quienes ejercieron gran influencia
en él.

Habiendo concurrido con fortuna a un concurso abierto por la Academia de Dijon, en 1750
redactó su Discurso sobre las Ciencias y las Artes, con el cual se hizo famoso y, más
adelante, en 1755, publicó el Discurso sobre la Desigualdad, en el que sostiene, con una
lógica ardiente, que el hombre es bueno por naturaleza y ha sido corrompido por la
civilización y el progreso de las ciencias y de las artes. En su Carta a D´Alambert sobre
los espectáculos (1758) ataca violentamente al teatro por considerarlo causa de
inmoralidad. Creyéndose víctima de las burlas de Voltaire y de los demás filósofos, que le
motejaban de utópico, Rousseau publicó entonces sus tres obras fundamentales, en las
que demuestra que su ideal no es incompatible con los usos del siglo. La primera fue Julia
o la Nueva Eloísa (1761), novela epistolar que anuncia el Werther de Goethe, y en la que
proclama cómo la pasión amorosa puede conciliarse con la virtud. Esta obra obtuvo un
gran éxito y contribuyó no sólo a exaltar la sensibilidad del público sino, también, a hacer
nacer en él la admiración por la naturaleza, el gusto por la vida sencilla y sincera alejada
de la corrupción de las ciudades.

En El Contrato Social (1762), Rousseau fija los fundamentos políticos de una sociedad
ideal, en la que cada parte se compromete a cumplir fielmente las decisiones de la
voluntad general. Por último, la novela pedagógica Emilio o De la Educación (1762)
justifica la educación, pero no basándola en la formación libresca e intelectual, sino sobre
el respeto de las cualidades naturales que conducirán indefectiblemente al niño hacia lo
verdadero y hacia el bien. El cuarto libro de Emilio contiene la Profesión de Fe del vicario
saboyano, en la que Rousseau expone su creencia en un Ser Supremo, más sensible al
corazón del hombre que a su razón. Pero esta parte de la obra se vio condenada por el
Arzobispo de París, por su tendencia deísta, e igual le ocurrió con los calvinistas, por lo
que tuvo que huir a Suiza (1762). Pasó después a Inglaterra, volviendo a su vida errante.
El filósofo David Hume (1766) le dio asilo, pero terminó riñendo con él después de un año
de convivencia.

De regreso a Francia, vivió primero en París y luego en Ermennonville, en la residencia


del conde de Girardin, (1777) donde falleció el 3 de julio de 1778. Su obra autobiográfica
Confesiones, no apareció sino hasta después de su muerte (1782-1789) y constituye un
relato sincero de su propia vida, de la cual no nos oculta las debilidades ni las caídas,
pero de la que nos brinda también una ingenua apología. Su última obra, Reflexiones de
un Paseante Solitario (1782) contiene acaso sus más bellas paginas, su amor por la
naturaleza, en la que hallará un refugio contra la maldad de los hombres, tema que se
expresa aquí con acentos verdaderamente conmovedores.

Rousseau había contraído matrimonio con su sirvienta, de la que tuvo cinco hijos, todos
los cuales fueron enviados a un asilo. Su personalidad era de un carácter complejo y
contradictorio.

El pensamiento de Rousseau tuvo profundas repercusiones en las generaciones


ulteriores. Apasionado de la verdad, incluso hasta la intransigencia, y enemigo de la
desigualdad social, su voz inició el camino hacia la conciencia revolucionaria; al mismo
tiempo que, enamorado de los encantos de la naturaleza, su obra sirvió de pórtico al
Romanticismo, siendo considerado uno de sus creadores mucho antes de que éste se
desarrollase. Sobre todo, a él se debe el sentimiento del paisaje y de la naturaleza, lo cual
es característico de los románticos. Rousseau murió años antes de la Revolución
Francesa, pero podría decirse que con su libro El Contrato Social fue una de las personas
que más contribuyó a ella y, en general, al pensamiento democrático hasta nuestros días.
Por último, nadie más que él, ni nadie tanto como él, excepto Pestalozzi, ha inspirado con
su libro Emilio, la tónica fundamental de la educación moderna.

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