JESÚS Y LA COMIDA
Uno de los episodios más hilarantes de los Evangelios, es aquel que narra cuando Jesús se
dirige hacia Jerusalén y en el camino siente hambre. Al divisar una higuera, decide
acercarse a esta para tomar su fruto, pero el Ungido descubre que no está frutecida. Tras
esto, ocurre lo más absurdamente cómico que puede ocurrir en el capítulo: Jesús decide
maldecir a la higuera, condenándole a la marchitez, ligeramente enfurecido por la osadía de
la planta (¿cómo se atreve a no tener dispuestos los higos cuando se acerca el Hijo de
Dios?).
Después de leer la anécdota, es imposible no preguntarse por la relación de Jesús con la
comida, una relación, por lo visto, no muy sana. Sentir una profunda irritación ante una
prolongada sensación de hambre parece verosímil, ¿pero ante un antojo en medio del
camino?
En uno de los episodios más extraños e hilarantes de los Evangelios, Jesús maldice a
una higuera que estaba en medio del camino a Jerusalén, por no tener dispuestos sus frutos
en el momento en el que él se aproximó con hambre a ella (¿cómo se atreve una planta a
respetar sus ciclos de fructificación, en lugar de quebrarlos para alimentar al Mesías?). En
efecto, este episodio parece inverosímil, incluso ridículo; pero se nos hace menos
incongruente si consideramos que Jesús puede que padeciera cierto grado de adicción a la
comida. Una cierta relación malsana. Una de irritaciones. La suficiente para maldecir
arbustos. Después de todo, los fariseos y los escribas lo calificaban de “comilón y bebedor
de vino”, y como sabemos no se denomina “comilón” al que se alimenta con frugalidad, ni
“bebedor de vino” al que le apetece una probadita: se le denomina así al que “come como
descosido y bebe como cosaco”. A un devoto del exceso.
Entendiendo este trastorno de nuestro pescadiómano es que podemos entender otros
asuntos de los Evangelios: el primero, por qué amigo de pescadores. El segundo, por qué de
publicanos propensos al jolgorio. El tercero, ¿por qué agua y no más bien vino? El cuarto,
por qué tanta importancia a una Ultima Cena, y a que el digno emulo de su cuerpo sea el
pan. El quinto, que puede que la única vez que el Ungido tuvo que privarse de buen
alimento, en su ayuno de 40 días en el desierto, alimentándose como Juan de bichos, raíces
y miel, esa vez tuvo que haber sentido todo el rigor del síndrome de abstinencia, alucinando
con demonios que lo tientan y que casi lo hacen olvidar que debía ser mártir y no rey. El
crujido de una panza que por poco lo hace alzar su tenaz brazo, haciendo una sombra más
vasta que la de Roma.
El sexto asunto es aún más frívolo: a lo mejor Cristo era rollizo, y no el desgalamido
que retrató el Cristianismo, y nada imposibilita esa hipótesis ya que nunca se nos describen
los pormenores de su santo cuerpo. Capaz que se le marcaban un poco las tetas en su túnica
sin costuras.
Teniendo presente esta posible exégesis del texto bíblico, se puede deducir que la
mezquindad de la Iglesia no tiene límites, al ofrecer en la Eucaristía ese pedazo de
porquería blanca, tan degustable como el icopor, que no representa en nada la vitalidad y el
cuerpo del celebrado. Cristo nunca debió ser una hostia de fino pan valemierda, debió ser
un señor pan de cinco mil pesos, con levadura y queso, como mínimo. Pero claro, imaginar
a la Iglesia dando semejantes bocados, es algo aún más irrisorio que la cólera despertada
por la esterilidad de un arbusto.