Los ladrillos se utilizan como elemento para la construcción desde hace unos
11 000 años. Se documentan ya en la actividad de los agricultores
del neolítico precerámico del Levante mediterráneo hacia 9500 a. C. en forma de adobe,
ya que en las áreas donde levantaron sus ciudades apenas existía la madera y la
piedra. Los sumerios y babilonios secaban sus ladrillos de adobe al sol; sin embargo,
para reforzar sus muros y murallas, en las partes externas, los recubrían con
ladrillos de arcilla cocida, que son más resistentes a la intemperie. En ocasiones
también los cubrían con esmaltes para conseguir efectos decorativos. Su difusión en
el ámbito mediterráneo se produjo con la expansión del Imperio Romano. Las
dimensiones fueron cambiando en el tiempo.
La obra de ladrillo tenía unas dimensiones determinadas por el tamaño de las
piezas. La longitud más larga (la soga) del ladrillo era generalmente de un pie, que
dependía, evidentemente, de la dimensión de esa medida en la zona donde se
fabricaba, y por eso se denominaban las fábricas construidas con ellos, como de un
pie, medio pie, etc., según su anchura; cuando más tarde se perdió la relación con
la medida tradicional del pie, se quiso llamar el muro de ladrillo de medio pie,
como cítara así como asta, asta y media o dos astas los antiguos pie, pie y medio, dos
piés, pero no se emplean demasiado estos nombres.
La arcilla con la que se elabora el ladrillo es un material sedimentario de partículas muy
pequeñas de silicatos de alúmina hidratados, además de otros minerales como el caolín,
la montmorillonita y la illita. Se considera el adobe como el precursor del ladrillo, puesto
que se basa en el concepto de utilización de barro arcilloso para la ejecución de muros,
aunque el adobe no experimenta los cambios físico-químicos de la cocción. El ladrillo es la
versión irreversible del adobe, producto de la cocción a altas temperaturas (más de
350 °C).