Los cosacos se fueron llegando a él en fila y saludándole.
En
lugar del ojo izquierdo brillaba en su rostro, que parecía
ennegrecido con carbón, una hinchazón grotesca, colorada y
horrible.
A la mañana siguiente dio Afonka rienda suelta a su cólera.
Abrió en la iglesia el sarcófago de son Valentín y quiso tocar el
órgano. Llevaba una levita cortada de un tapiz azul con un lirio
bordado a la espalda, y el mechón le caía al descuido sobre el
ojo vacío.
Después de comer ensilló el caballo y disparó contra las
ventanas destrozadas del castillo del conde Radsiborski. Los
cosacos le rodeaban en semicírculo. Levantaron la cola al
caballo, examinaron sus patas y le contaron los dientes.
—Este caballo vale un capital —dijo Orlof, el suplente del
comandante del escuadrón.
—Es un caballo irreprochable —confirmó Bisenko, el de los
bigotes largos.
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LOS AVIADORES
A mediodía llevamos a Sokal el cadáver acribillado de Trunof,
nuestro comandante de escuadrón. Había muerto por la
mañana luchando contra la aviación enemiga. Todos los tiros le
habían dado en la cara; tenía las mejillas llenas de heridas y la
lengua arrancada. Lavamos lo mejor que pudimos el rostro del
muerto para que no tuviera un aspecto tan horrible, colocamos
su silla caucasiana a la cabecera del ataúd y le abrimos a Trunof
una tumba en un sitio digno, en un parque público, en medio
de la ciudad, junto a la catedral.
Llegó nuestro escuadrón a caballo, el estado mayor del
regimiento y el comisario militar de la división. Cuando dieron
las dos en el reloj de la catedral disparó la primera salva
nuestro cañón gastado y pequeño. Con su viejo calibre de sus
buenas tres pulgadas, presentó al comandante muerto su
saludo, un saludo cumplido, y luego llevamos el féretro a la
tumba abierta. La tapa del féretro estaba levantada; el nítido sol
meridiano iluminaba el cadáver rígido, la boca, con todos los
dientes rotos, y las botas relucientes cuyos tacones se apretaban
uno contra otro como si tuvieran vigor todavía.
—Soldados! —dijo Pugachef, el comandante del regimiento,
mirando al muerto y acercándose al borde de la tumba—.
¡Soldados! —dijo, trémulo, con la mano en la costura del
pantalón—, enterrarnos a Paschka Trunof, el héroe celebrado,
acordamos a Paschka el último honor...
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