LA IMITACIÓN DE LA HUMILDAD DE MARÍA ES LA RAÍZ Y EL INSTRUMENTO
DE TODA ACCIÓN LEGIONARIA
El fuego que llamea en el corazón del verdadero legionario prende sólo
cuando encuentra unas cualidades que el mundo desconoce y tiene como
vil escoria; en particular, la humildad: esa virtud tan poco comprendida y tan
menospreciada, cuando es en sí nobilísima y vigorosa, y confiere singular
nobleza y mérito a quienes la buscan y se abrazan a ella.
La humildad desempeña un papel único en la vida de la Legión. Primero
como instrumento esencial del apostolado legionario: el principal medio de
que se vale la Legión para su obra es el contacto personal, y no le será
posible ni realizar ni perfeccionar este contacto sino mediante socios
dotados de modales henchidos de dulzura y sencillez, que sólo pueden
brotar de un corazón sinceramente humilde. En segundo lugar, la humildad
es para la Legión más que mero instrumento de su apostolado: es loa cuna
misma de este apostolado. Sin humildad no puede haber acción legionaria
eficaz.
De María, pues, aprenderá el legionario que la esencia de la verdadera
humildad consiste en ver y reconocer, con toda sencillez, lo que realmente
es uno delante de Dios; en entender que uno, por sí mismo, no tiene como
propio suyo más que el pecado, y que todo lo demás es don gratuito de
Dios, el cual puede aumentar, disminuir o retirar los dones con la misma
libertad con que los otorgó.
Sin humildad es de todo punto imposible conseguir los dos fines de la
Legión: la santificación personal de sus miembros y la irradiación de la
santidad en el mundo. Y sin humildad no puede haber santidad; ni puede
haber apostolado legionario, porque le faltaría su alma; la unión con María.
Es que la unión lleva consigo alguna semejanza; mas sin humildad- la virtud
característica de María- no puede haber semejanza con Ella y, por lo tanto,
tampoco unión. La unión con María es la condición indispensable de toda
acción legionaria: su fundamento, su raíz, y como el terreno donde germina;
si falta ese terreno de la humildad, es hasta inconcebible pensar que pueda
darse y fructificar esa unión. La vida del legionario se irá secando como una
pobre planta.
Cada socio tiene que luchar consigo mismo primero, y derrocar el espíritu
de orgullo y amor propio que se alza en su corazón.
ESFUERZO INTENSO EN EL SERVICIO DE MARÍA
Es menester que le ofrezcamos a María lo más que podamos y lo mejor; es
preciso que trabajemos con tesón, con habilidad y con delicadeza.
Aquí hay que subrayar el principio que debe regir la actitud del legionario
respecto de su trabajo. Es éste: los legionarios no son, en manera alguna,
simples instrumentos de la acción de María, son sus verdaderos
colaboradores, que trabajan con Ella para la redención y el enriquecimiento
de los hombres. Y, en esta colaboración, cada uno suple lo que le falta al
otro: el legionario aporta su actividad y sus facultades humanas es decir,
todo su ser-; María contribuye con cuanto Ella es, limpiamente, con todo su
poder. Ambos han de colaborar sin reserva: si el legionario es fiel al espíritu
de este contrato, maría nunca fallará. Luego la suerte de la empresa está
en manos del legionario: depende de si contribuye o no con todas las dotes
de su inteligencia y con todo el esfuerzo de su voluntad, elevados a su
máximo rendimiento mediante el método riguroso y la perseverancia.
María desea dar a manos llenas; pero no puede hacerlo sino mediante el
alma generosa. Llevada de las más vivas ansias de que sus hijos
legionarios vayan a Ella y se aprovechen de la inmensidad de sus tesoros,
les suplica con ternura usando palabras de su divino Hijo- que le sirvan con
todo su corazón, y con toda su alma, y con toda su mente, y con todas sus
fuerzas (Mc 12,30).
Únicamente debe el legionario acudir a María para que le ayude en su
esfuerzo propio, lo purifique, lo perfeccione, y sobrenaturalice lo que tenga
de puramente humano, y ponga lo imposible al alcance de la humana
flaqueza. Cosas todas muy grandes, que, en ocasiones, vendrían a ser el
cumplimiento perfecto de las palabras de la Sagrada Escritura: las
montañas serán arrancadas de cuajo y arrojadas al mar, se allanarán los
montes y cerros, se enderezarán las sendas para llevar al Reino de Dios
(cf. Mc 11,23).
RELACIONES ENTRE LOS SOCIOS
Aunque muy dispuestos a cumplir el deber de la caridad para con sus
compañeros de un modo general, olvidan los legionarios a veces que ese
deber incluye el sobrellevar sus defectos. Si fallan en esto, serán causa de
que el praesidium, curia o comitium se vea privado de la gracia, y hasta
puede ser que desgraciadamente, den motivo a otros socios para
marcharse.
Por otra parte, todos deberán tener bastante juicio como para darse cuenta
de que su fidelidad a la Legión no ha de depender de si este presidente es
simpático o aquel compañero poco tratable; ni de una desatención real o
imaginaria, que pueda cometerse contra ellos; ni de faltas de aprecio,
desavenencias, reproches u otras contrariedades análogas.
El olvido de si mismo debe ser la base de toda obra solidaria; sin él, hasta
los apóstoles más comprometidos pueden ser un peligro para la
organización. Los socios más valiosos de la Legión son aquellos que,
controlando sus reacciones instintivas, se adaptan y más fácilmente al
reglamento. Todo aquel que diga o haga cualquier cosa en contra de la
dulzura que debe caracterizar a la Legión, le da una puñalada, tal vez en el
corazón mismo. Cuiden, pues, todos de construir, no de destruir.
Al tratar de las relaciones de los legionarios entre sí, hay que hacer
particular mención de lo que con tanta ligereza como incorrección se llaman
pequeñas envidiejas. La envidia, de suyo, raras veces es cosa pequeña: es
indicio de un corazón amargado; envenena las relaciones humanas donde
quiera que penetra. En el malicioso se convierte en una fuerza destructiva,
capaz de llegar a los mayores excesos. Pero también tienta al corazón
generoso y limpio, precisamente en lo que éste tiene de más sensible y
afectuoso. ¡Qué duro, tener que dejar el puesto a otros, verse aventajado
en virtud y en capacidad, arrinconado y reemplazado por los jóvenes!
¡Cómo amarga el sentimiento de verse eclipsado! Hasta las personas más
espirituales han sentido este secreto tormento, y han aprendido por ahí
cuán débiles y miserables eran. En realidad, esa amargura no es sino el
incipiente humear del odio, próximo a estallar en llama destructora.
El olvidar las causas de la envidia proporcionará algún alivio; pero el
legionario tiene que aspirar a más: no contento con recobrar la calma, tiene
que lograr el laurel de la victoria, triunfando sobre los instintos naturales
siempre rebeldes, cambiando el semiodio de la envidia en un amor
medularmente cristiano.
ACTITUD RESPECTO A LAS FALTAS DE LOS PRAESIDIA Y DE LOS
LEGIONARIOS
Usar de paciencia, con unos y con otros. Aunque se encuentre con un celo
sin brío, con progresos insignificantes o con las ruindades de un espíritu
mundano, no por eso hay motivo para desalentarse; antes bien, anímese el
legionario con la siguiente reflexión:
Si esos hermanos legionarios dejan tanto que desear -a pesar del enérgico
impulso que les comunica su organización, y de la influencia que el espíritu
de piedad y celo de esta organización ejerce sobre ellos-, ¿qué serían, si
carecieran de todo? De igual modo, ¿cuál no sería la desolación espiritual
de una población incapaz de reunir los pocos apóstoles requeridos para
formar un buen praesidium? Pero, si realmente no se hallan socios dignos,
la conclusión es evidente: elevar a todo trance las normas de vida en dicha
población, y elevarlas valiéndose del mejor y único medio: metiendo en ella
la levadura del apostolado," hasta que quede fermentada toda la masa" (Mt
13, 33). Lo poco que haya de espíritu apostólico, cultívese con invencible
paciencia y dulzura. Si la formación del espíritu católico ordinario va tan
despacio, ¿cómo esperar el desarrollo del espíritu apostólico en un abrir y
cerrar de ojos? Lo que se necesita, ante todo, es valor y decisión; si estas
cualidades faltan, ha fallado el último recurso, y la población quedará
abandonada a su estancamiento para siempre, hundiéndose más cada día
en el fango del vicio, hasta convertirse en criadero de infección.
TENEMOS QUE ASPIRAR A UNIR
La Legión debe proponerse combatir las divisiones y los innumerables
antagonismos que existen; más, para hacer algo, hay que iniciar ese
proceso dentro de la unidad orgánica de la Legión: el praesidium. Sería un
contrasentido que la Legión hablara de superar diferencias si al mismo
tiempo el espíritu de desunión reinara en sus propias filas. Por eso, no
piense la Legión más que en organizarse según el concepto de unión y
caridad vigentes en el Cuerpo místico. Cuando haya logrado unirse entre sí,
como socios de un mismo praesidium, a personas que los criterios del
mundo mantenían alejadas, entonces habrá efectuado algo grande: se
habrá establecido el contacto del amor. Y este contagio cristiano se
difundirá en torno, superando y aniquilando al espíritu de discordia que
reina en el mundo.
"LA PRINCIPAL DE ESTAS ES EL AMOR"
Para admitir nuevos socios en las filas de la Legión, no se repare en
distinciones sociales, ni políticas, ni de raza ni de color. Aptitud es lo único
exigido para ser socio. Más hará la Legión por su acción indirecta - es decir,
como levadura en la sociedad -, que directamente, mediante las obras que
emprenda; de donde se deduce que, si la sociedad entera ha de quedar
dominada por la influencia legionaria, la Legión tiene que contar con
representantes de toda clase y condición.
Incorporados ya a la Legión, los socios harán reinar entre sí una sencillez
sin afectación y una caridad mutua sincera, desterrando toda distinción. Si
se debe amor a aquellos "hermanos más pequeños" a quienes se trata de
servir, ¿nos es justo mostrar un amor todavía más exquisito a los hermanos
pertenecientes a la misma Legión? El espíritu de diferenciación no sólo
arguye un cumplimiento imperfecto de los deberes del socio, sino que
aprueba la ausencia de la primera condición para hacerlo: el espíritu de
amor. Todo el concepto y el espíritu de la Legión se cifra en una caridad y
simpatía intensas que, antes de irradiar su calor al exterior, tienen que arder
con viva y rutilante llama en el propio hogar de la Legión. En esto
conocerán que sois discípulos míos: en que os améis unos a otros
(Jn.13,35).
La caridad, practicada así dentro de la Legión, se practicará pronto también
para con todos. Las distancias que se salvan en el seno de la Legión, llevan
camino de ser salvadas entre los de afuera.
MISERICORDIA
La Madre del Hijo de Dios -explicó el Papa- se hace “peregrina con
nosotros para no dejarnos nunca solos en el camino de nuestra vida, sobre
todo en los momentos de incertidumbre y de dolor”.
Además, el Obispo de Roma destacó que María es Madre de Dios que
perdona, “que da el perdón, y por eso podemos decir que es Madre del
perdón”. La palabra «perdón» que es “poco comprendida por la mentalidad
mundana, indica sin embargo el fruto propio y original de la fe cristiana. El
que no sabe perdonar no ha conocido todavía la plenitud del amor. Y sólo
quien ama de verdad es capaz de llegar a perdonar, olvidando la ofensa
recibida”.
Por este motivo, -agregó el Pontífice- “para nosotros, María se convierte en
un icono de cómo la Iglesia debe extender el perdón a cuantos lo piden. La
Madre del perdón enseña a la Iglesia que el perdón ofrecido en el Gólgota
no conoce límites. No lo puede detener la ley con sus argucias, ni los
saberes de este mundo con sus disquisiciones. El perdón de la Iglesia debe
tener la misma amplitud que el de Jesús en la Cruz, y el de María a sus
pies. No hay alternativa”.
“La esperanza, la gracia y la santa alegría son hermanas: todas son don de
Cristo, es más, son otros nombres suyos, escritos, por así decir, en su
carne. El regalo que María nos hace al darnos a Jesucristo es el del perdón
que renueva la vida, que le permite cumplir de nuevo la voluntad de Dios, y
que la llena de auténtica felicidad. Esta gracia abre el corazón para mirar el
futuro con la alegría de quien espera”.
Asimismo, el Papa subrayó que “la fuerza del perdón es el auténtico
antídoto contra la tristeza provocada por el rencor y por la venganza. El
perdón nos abre a la alegría y a la serenidad porque libera el alma de los
pensamientos de muerte, mientras el rencor y la venganza perturban la
mente y desgarran el corazón quitándole el reposo y la paz”.
“dejémonos acompañar de la Virgen Madre para redescubrir la belleza del
encuentro con su Hijo Jesús. Abramos de par en par nuestro corazón a la
alegría del perdón, conscientes de ver restituida la esperanza cierta, para
hacer de nuestra existencia cotidiana un humilde instrumento del amor de
Dios”.
La legión de María realizo el pasado sábado 27 y domingo 28 de febrero, el
encuentro Legionario “Misericordiosos como el Padre”, este encuentro tuvo como
sede el Senatus Annuntiata en Bogotá, propiciando así una experiencia de
formación y fraternidad hacia una vivencia autentica de la misericordia en este
año convocado por el Papa.
Ojalá en cada uno de los Consejos se pueda replicar este encuentro como espacio
de formación Legionaria y preparación para la evangelización en cada uno de
nuestros apostolados y en nuestras familias mismas y ser portadores de la
misericordia del Padre en nuestro diario vivir.
Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es
la característica de Dios, la forma como viene a nuestro encuentro, es la que abre
el corazón a la esperanza de ser amados para siempre a pesar de nuestro
pecado.
En Pascua la liturgia de la Iglesia nos transmite la increíble noticia de que el
perdón auténtico existe para el hombre, no es sólo una leyenda, (algo bellísimo,
pero inalcanzable). !No! Jesús ha destruido «la nota de cargo que había contra
nosotros; y la ha suprimido clavándola en la cruz» (Col 2, 14). Ha destruido
todo. «Ninguna condenación pesa ya para los que están en Cristo Jesús» (Rm 8,
1). ¡Ninguna condenación! ¡De ningún tipo!
Es por eso que, como primer deber antes de empezar este tiempo de gracia,
debemos creer que esa misericordia es real. Interiorizar lo que significa en
nuestra vida y en la vida de la Iglesia. ¡No podemos, como cristianos, dejar
cerrada la puerta de la misericordia que un Dios lleno de amor nos esta abriendo
de para en par! ¡Entremos de lleno en este misterio! preparémonos para entrar por
esa puerta santa que pronto se abrirá y dejemos atrás todos los miedos y dudas
que nos lo impiden. En la Misericordiae Vultus (el rostro de la misericordia), la
bula de convocación para este año extraordinario, el Santo Padre nos da
puntos fundamentales.
Les dejamos los 12 elementos clave (todos ellos tomados del texto de la bula),
que a nuestro parecer, nos ayudarán a comprender qué significa este tiempo de
gracia:
1. El Llamado a la Iglesia de contemplar el misterio de la misericordia: Como
un don recibido gratuitamente que trae consigo la responsabilidad de anunciarlo.
2. Reconocer a Dios como un Padre que jamás se da por vencido hasta que
no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la
misericordia: “Porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence,
que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón”.
3. La Apertura de la Puerta Santa como símbolo de un nuevo compromiso
para todos los cristianos de testimoniar con mayor entusiasmo y convicción
la propia fe: La Iglesia quiere ser en el mundo signo vivo del amor del Padre.
4. Que la Iglesia y las parroquias sean oasis de misericordia: El Papa remarca
como cada Iglesia particular estará directamente comprometida a vivir este Año
Santo como un momento extraordinario de gracia y de renovación espiritual para
acoger a todos con misericordia.
5. Ser misioneros de la misericordia: “Queremos vivir este Año Jubilar a la luz
de la palabra del Señor: Misericordiosos como el Padre. El evangelista refiere la
enseñanza de Jesús: « Sed misericordiosos, como el Padre vuestro es
misericordioso»” (Lc 6,36)”.
6. Impulsar las peregrinaciones como estímulo para la conversión: “Esto será
un signo del hecho que también la misericordia es una meta por alcanzar y que
requiere compromiso y sacrificio”.
7. Redescubrir las obras de misericordia corporales y espirituales: “El amor,
después de todo, nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma
naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se
verifican en el vivir cotidiano. La misericordia de Dios es su responsabilidad por
nosotros. Él se siente responsable, es decir, desea nuestro bien y quiere vernos
felices, colmados de alegría y serenos. Es sobre esta misma amplitud de onda
que se debe orientar el amor misericordioso de los cristianos. Como ama el Padre,
así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así estamos nosotros llamados a
ser misericordiosos los unos con los otros”.
8. Vivir la cuaresma con mayor intensidad, como momento fuerte para
celebrar y experimentar la misericordia de Dios: En la meditación y la escucha
atenta de la Palabra de Dios.
9. Fomentar la iniciativa de las “24 horas para el Señor” para que más
personas se acerquen al sacramento de la Reconciliación: “Durante el Jubileo
extraordinario de la Misericordia, el confesionario será la Puerta Santa del alma”.
10. Promover la indulgencia por la que Dios hace evidente este amor que es
capaz de destruir el pecado de los hombres: Es necesario comprender que la
reconciliación con Dios es posible por medio del misterio pascual y de la
mediación de la Iglesia.
11. Tiempo oportuno para cambiar de vida. Tiempo para dejarse tocar el
corazón: “¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida! Este es el tiempo
para dejarse tocar el corazón. Ante el mal cometido, incluso crímenes graves, es
el momento de escuchar el llanto de todas las personas inocentes depredadas de
los bienes, la dignidad, los afectos, la vida misma”.
12. Que nuestro pensamiento se dirija a María madre de la misericordia: Para
que en la mirada de María podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios.