Capítulo 3
EL CUERPO FEMENINO
Y EL OTRO
Capítulo 3
EL CUERPO FEMENINO
Y EL OTRO
Daniela Vargas Prado
Universidad de San Buenaventura
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Introducción:
El tema del cuerpo, específicamente la satisfacción o insatisfacción con la ima-
gen corporal han tenido gran relevancia como un factor predictivo en los tras-
tornos de alimentación como la Anorexia, la Bulimia y en trastornos Dismór-
fico-Corporales, relacionándose también con categorías como la autoestima,
ideales de belleza y demás. Dada las diferentes transformaciones sociocultura-
les que se han dado, en las cuales la globalización juega un papel importante,
es un tema que actualmente impacta tanto a hombres como a mujeres. Así, el
cuerpo, se carga de distintos significados dependiendo el contexto en el que
se le ubique.
Es la mujer quien se ha visto más influida a nivel corporal, puesto que el dis-
curso contemporáneo, en lo que concierne a los ideales de belleza y lo que se
supone es femenino o no, es un lenguaje que la marca y de cierta forma lleva
a replantearse: ¿Qué es ser mujer?
En consonancia con lo anterior, Ibáñez (2012) hace referencia a que la mujer
ha sido invisibilizada en su deseo y despojada de “autoridad” sobre su cuerpo,
atravesado, esto, por un contexto utópico que se encuentra bajo el dominio
de la negación del otro; tal discurso globalizado empieza a darle una nueva
significación al cuerpo, el cual se encuentra saturado de ideales y estándares.
Daniela Vargas Prado
El cuerpo como concepto ha sido abordado desde múltiples disciplinas; no
obstante, cabe resaltar al sujeto, quien porta ese cuerpo, y transmite a través
de él características de su propia historia. El cuerpo puede narrar por sí solo
vivencias personales, y deja entrever aspectos de un contexto y una época his-
tórica particular en la cual el sujeto se desenvuelve. De esta manera, más allá
del esquema corporal, el cuerpo es hablado y adquiere un sentido específico
en etapas y acciones determinadas del individuo.
Este trabajo explora el concepto de cuerpo desde distintas perspectivas y se
articula al concepto de subjetividad, tratando de encontrar puntos comunes
que permita tener una visión más crítica, teniendo como eje central el sujeto
como generador y receptor de sentidos.
Cuerpo y subjetividad en el ámbito de la globalización
Para abordar el concepto de cuerpo y subjetividad, es preciso establecer unas
coordenadas claras respecto a qué es la globalización ya que existen abordajes
diversos y desde áreas de acción específicas. Según Castells (2001, citado en
Peláez 2016):
Es un proceso multidimensional, no sólo económico. Su expresión más
determinante es la interdependencia global de los mercados financie-
ros, (…) por las nuevas tecnologías de información y comunicación y
favorecida por la desregulación y liberalización de dichos mercados.
Por otro lado, Romero (2007, citado en Peláez 2016), establece que:
La globalización no es la simple suma de economías, culturas, regio-
nes, países, sino un entramado complejo de relaciones e interacciones,
las cuales tienden a conformar un todo homogéneo, dentro del cual, sin
embargo, operan fuerzas integradoras y desintegradoras. (…) Es la
unidad dialéctica de fuerzas centrífugas y centrípetas que en su accio-
nar profundizan los nexos de interdependencia entre las economías y
los países, sin que desaparezcan las desigualdades, así como los rasgos
característicos de cada nación. (…) La globalización implica también
una mayor interacción cultural entre los pueblos, gracias al desarrollo
de las nuevas tecnologías de información y comunicación. Sin embar-
go, (…) la globalización tiende a imponer la hegemonía cultural de los
países más desarrollados sobre el resto del mundo.
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El Cuerpo femenino y el Otro
Jaramillo (2010; citado en Peláez 2016) refiere, que la globalización en tanto
proceso creciente de su modelo capitalista, asume posicionamientos contin-
gentes e inconscientes, repercutiendo la vida cotidiana y la construcción de
estructuras familiares, individuales y culturales. Según Bourdieu (1994, citado
en Peláez 2016), tal influencia recae en el espacio de producción “y reproduc-
ción simbólica” de las relaciones sociales. En este orden de ideas, el discurso
capitalista en el que imperan el orden financiero y la globalización, se estable-
cen los cimientos discursivos que generan lazo social, lo que conlleva a fuertes
y profundas transformaciones en la lógica colectiva y en la forma como se
establece la subjetividad contemporánea. Aquí es preocupante hallar que, el
modo en el que se establece el lazo social se encuentra degradado por la pér-
dida de la credibilidad en la función “pacificante del amor y de la palabra en
tanto pacto”, llevando a los sujetos a sufrir aquél goce mortífero, primado de
la pulsión de muerte que impone tanto la destrucción del otro como la propia
(Lamovsky, 2005; p. 1).
A esta altura, en torno de la globalización, surge el deseo como marca de sub-
jetividad. Sin éste, el sujeto se disuelve en ese plus de goce puesto en los ob-
jetos de lo efímero. La trampa en la que caen los sujetos gira en torno de la
disolución de la subjetividad y la consecuente desorientación del deseo y la
causa que lo dirige (¿Che vuoi?): “Por sobre la ética del deseo, prevalece una
engañosa propuesta de goce irrefrenable y desmedido” (Lamovsky, 2005; p. 2).
Lacan (s.f. citado por Ciaccia 2003) hace referencia a que tal economía del
mercado mantiene unas leyes internas de carácter simbólico e irreflenable sin
darle importancia a la subjetividad, si no, por el contrario, al “funcionamiento
de la máquina”. Los efectos globalizadores, por tanto, terminan repercutiendo
en el plano simbólico en la estructuración del sujeto, cuyo discurso queda
permeado por las demandas de la época, asumiendo cada vez más el exce-
so de objetos evanescentes a partir de los medios de comunicación pero que
para estos “sujetos” resultan teniendo un estatuto discursivo. En este punto,
para Lacan (citado en Ciaccia 2003) “la intrusión del psicoanálisis, reconoce la
inexistencia aquí de un discurso, es más bien el goce quien opera” (p.5).
En este ámbito de cuestionamientos de las ciencias humanas, cobra relevancia
la preeminencia del cuerpo, en este caso particular, el cuerpo femenino en su
constitución como instrumento de expresión, donde confluye la subjetividad
femenina, pero también el deseo del Otro y con éste, un discurso imperan-
te que moldea su identidad, que le exige adecuarse a parámetros de belleza
globales, inflexibles, inmodificables, que fragmentan el cuerpo y lo cosifican
(Ibáñez 2012, p.28).
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Daniela Vargas Prado
El cuerpo no puede concebirse independiente del contexto histórico social
en el que se desarrolla, siendo importante el entramado de relaciones en las
cuales se desenvuelve el sujeto a lo largo de su vida, el curso del lenguaje sobre
el cual fue narrado y la manera en que éste lo significa constantemente será
fundamental para entender la forma en la que el sujeto percibe su cuerpo y se
posiciona ante los demás.
“Teniendo en cuenta lo anterior, la globalización al ser un fenómeno mundial,
que abarca a todos los sujetos pertenecientes al planeta lleva a un incesante
intercambio de ideas, especialmente a través de la cultura popular”. (Sorman,
2008). Así mismo, Mateus (2002) agrega que en la actualidad impera una so-
ciedad del orden del materialismo en la que la globalización promueve en
exceso el consumismo. La globalización tomada en términos de tal plus, le da
una legalidad a la preocupación fundamental del aspecto físico, en el que el
cuerpo pasa a establecerse en tanto producto; respecto a esto, Bauman (citado
en Sossa 2011)) refiere:
El cuerpo actualmente se vuelve ya no un “envoltorio”, sino que se
erige como un protagonista de las sociedades modernas, una expresión
y emblema de libertad, identidad, belleza, salud, prestigio, perfección,
etc. El físico pasa a ser una valiosa materia manipulable para la perso-
na que lo encarna (…) La característica más prominente de la sociedad
de consumidores es su capacidad de transformar a los consumidores en
productos consumibles (2011, pp.6).
El sujeto del consumo, pasa a concebirse como “producto deseable y atractivo,
puesto en el mercado y promocionado por sí mismo”. Este sujeto del exceso
en tanto tal, se promueve en sí mismo convirtiéndose esto, en la esencia de la
nueva sociedad de consumidores (Lara & Colin 2007).
Martínez Barreiro (2004), establece que, en la actualidad, el cuerpo está sujeto
a fuerzas sociales de una índole bastante distinta al modo en que se experi-
menta en las comunidades tradicionales, en la cual los discursos contempo-
ráneos sobre la salud y la imagen vinculan al cuerpo y a la identidad y sirven
para promover ciertas prácticas de cuidados corporales típicas de la sociedad
contemporánea.
La manifestación de alternativas que propenden por la modificación corporal,
entendido como “un cuerpo” en tanto cosa, es visto como objeto de trato y
como “material que puede corregirse y modificarse a su antojo (Pérez 2011
citado en Ibáñez 2012, p. 25).
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En consonancia, Lanni resalta que este proceso ha permeado diferentes gru-
pos, clases sociales y culturas, “en donde se subsumen y recrean singularida-
des e identidades” (Lanni 1999 citado en Ibáñez 2012, p. 26).
En otras palabras, la globalización acentúa una profunda exclusión social y un
acelerado proceso de individuación que altera los modos de convivencia social,
propios de cada cultura, para darle protagonismo a las propuestas que se gene-
ran desde el modelo capitalista (Gonzales 2009 citado en Ibáñez 2012, p.26).
La publicidad aparece aquí, como discurso hegemónico de la sociedad, no
solo para consolidar el capitalismo y promover el consumo, sino para plantear
diseños de vida y prácticas culturales que hacen del cuerpo el blanco perfec-
to, en donde dietas, tipos de deportes y apariencia estética, implican exigen-
cias altas, sin considerar siquiera las posibilidades genéticas. En este sentido,
los medios de comunicación presentan el “deber ser” del cuerpo femenino y,
como medida para lograrlo, retoma prácticas estandarizadas (Arboleda 2005
citado en Ibáñez 2012, p. 26) que excluyen totalmente lo individual y subjetivo
y, de esta manera, se expresan en el cuerpo los efectos de la globalización.
Es importante anotar que la palabra globalización no implica, exclusivamente,
un proceso de internacionalización, pues supone ir más allá para considerar
una profunda transformación en la forma de categorizar la realidad y de apro-
ximarse al sujeto, encontrándose una redefinición de lo natural, a fin de esta-
blecer límites con aquello que pertenece al ámbito de lo artificial (Gonzales
2009 citado en Ibáñez 2012, p.26).
A partir de este punto, el cuerpo femenino entra a redefinirse en torno de la
vinculación a la dinámica de la globalización y empieza a ser considerado en
el marco de la oferta y la demanda, dentro de estándares mundiales de pro-
ductividad y competitividad (Ibáñez 2012, p.27). Desde otra perspectiva, esto
supone que se gesten nuevos hechos sociales que afectan a las mujeres y, en
esta medida, la globalización expresa y propaga un proceso de homogeniza-
ción de la belleza (Ibáñez 2012, p.27).
Sin embargo, las imágenes idealizadas de los estereotipos actuales de belleza,
impactan todavía más en el género femenino que en el masculino, y especí-
ficamente a los jóvenes. Permitiendo evidenciar que el cuerpo se asume de
forma distinta en cada individuo, dependiendo de la etapa del desarrollo en la
cual se encuentre y del contexto en el que se desenvuelve.
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A pesar de los numerosos cambios existentes en la sociedad, en lo que con-
cierne a la posición de la mujer en los distintos ámbitos de la vida hay aspectos
que parecen prevalecer a pesar de todo, como lo es la concepción de mascu-
lino y femenino. Los cuales siguen “construyéndose en los medios, de forma
generalizada asociando por ejemplo la fuerza, la racionalidad y el dominio a
los varones; y la delicadeza, los sentimientos y el sometimiento a las mujeres”
(Bernárdez. A, 2009, pp.269), permitiendo observar que aún se mantiene un
estereotipo tradicional, que asocia lo femenino, principalmente a lo artificial e
inorgánico (Bernárdez. A, 2009).
Montenegro, Orntein & Tapia (2006) dirán que “En la actualidad, la atribu-
ción en torno a la figura femenina está validada principalmente desde una mi-
rada estética, lo que ha redundado en un verdadero culto al cuerpo” (pp.167).
Esta internalización de las presiones socioculturales genera consecuencias ne-
gativas y distorsionadas en los cuerpos femeninos (Behar. R, 2010).
Pero, ¿Qué es el cuerpo? El cuerpo más que un conjunto de aspectos fisioló-
gicos y características anatómicas que permiten que se distinga como propio
de la especie humana, es un vehículo de comunicación, un medio a través del
cual el individuo materializa tanto aspectos psicológicos como sociales, y los
inscribe en él a través de diferentes modificaciones, vestimentas, accesorios,
mutilaciones que expresan su historia, sus deseos, creencias, aspectos concre-
tos de su cultura, etc.
Además de lo anterior, cabe señalar que la psicoanalista francesa Francoise
Doltó (1984) refiere que:
El esquema corporal de imagen corporal siendo el primero, igual para
todos los individuos propios de la especie humana, una realidad, el
vivir carnal al contacto del mundo físico. Por el contrario, la imagen
del cuerpo, es propia de cada sujeto y está ligada a éste y a su historia,
siendo la síntesis de todas las experiencias emocionales (pp. 21).
Es decir, que ese cuerpo de carne y hueso está habitado por un sujeto con
deseos, historia y un lenguaje que lo marca. Es precisamente este cuerpo “ha-
blado” el que le permite relacionarse con los otros. Por lo tanto, la sociedad y la
familia ejercen un papel activo en la interiorización de ideales en el sujeto, que
discrepan o no con el cuerpo real, a los cuales el individuo trata de ajustarse,
motivo por el cual pueden generarse alteraciones en la percepción, o posibles
TCA, siendo las mujeres las más afectadas.
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El Cuerpo femenino y el Otro
De esta forma, la imagen corporal y el esquema corporal son dos construc-
ciones lingüísticas que remiten a raíces epistémicas antagónicas. “Uno el fisio-
lógico, otro el psicológico, una misma y única realidad fenomenológica que
es la del propio cuerpo” (Cachorro, G. 2008, pp.6). Estos dos conceptos dan
cuenta de dos caras de la misma moneda, dotando el cuerpo de subjetividad,
como un todo.
Los discursos mediáticos y las resignificaciones que allí circulan sobre
la imagen corporal, constituyen uno de los referentes recurrentes sobre
los cuales los sujetos edifican el relato de su propia corporalidad, y
donde emergen patrones y cánones de comparación que a su vez se es-
tablecen y retroalimentan socialmente (Plata. & Torres, 2009, pp.36).
Si bien la publicidad es uno de los principales medios a través del cual se tras-
miten los ideales de belleza también existe un campo reducido de mujeres que
rompe con los patrones de belleza establecidos, en un intento por expresar su
inconformidad ante lo que la sociedad le impone. Lo que permite pensar que
cada rol que desempeñe la mujer siempre estará atravesado por la decisión:
Las mujeres actúan e imitan unos roles sociales establecidos, pero no
lo hacen de una manera repetitiva y simple, sino que en cada actuación
hay una comunicación como en cualquier otro acto comunicativo. En
este sentido la publicidad genera diferentes modelos de mujeres (no
sólo las muñecas) que en muchos casos pueden ser utilizados para ser
subvertidos, parodiados o desmentidos en las prácticas cotidianas don-
de la identidad está en continua elaboración y confrontación con los
otros. (Bernárdez, 2009, pp.281).
Teniendo en cuenta que el sujeto se concibe entonces como “agente y/o gene-
rador de su medio cultural, constructor o receptor de sentidos” (Hernández,
2008, pp.150). Por tal razón, es importante estudiar el tema del cuerpo desde
la propia perspectiva del sujeto, que es quien lo significa y le da sentido, con-
forme a su historia vivida y las relaciones que ha tenido con los otros, que
finalmente lo llevan a ser lo que es y a darle sentido a ese cuerpo de una forma
específica, en determinados momentos de su vida. Siendo necesario asumir
un concepto de subjetividad que no se limite únicamente a lo individual sino
también a lo social.
Vygostky y Rubinstein, lograron un avance considerable en la comprensión de
la subjetividad, integrando dos concepciones que hasta el momento parecían
excluirse mutuamente: “Lo psicológico entonces ya no aparece como dividido
e irreconciliable con lo social o lo cultural, sino que son un todo interrelacio-
nado y complejo” (Hernández, 2008, pp. 152).
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Montealegre en 1994 (citado en Hernández, 2008) argumenta que una de las
tesis fundamentales de la obra de Vygotsky se trata de comprender que los
procesos psicológicos superiores se originan en procesos sociales: “Lo psí-
quico humano es producto del desarrollo histórico social de la humanidad”
(pp.150).
De este modo es posible entender que:
La separación de lo individual y lo social no permite ver que la or-
ganización psíquica individual se desarrolla en la experiencia social
e histórica de los individuos, y tampoco permite considerar cómo las
acciones de los individuos, las que son inseparables de su producción
subjetiva, tienen un impacto que, de hecho, se asocia a nuevos procesos
de transformación de las formas de vida y organización social (Gonza-
les, 2008, pp. 229).
Así, se define la subjetividad como: “Producción simbólico-emocional que
emerge ante una experiencia vivida, la cual integra lo histórico y lo contextual
en el proceso de su configuración” (Gonzalez, 2013, pp.313). Considerando
como lo menciona el autor citando a Vygotsky: “pasamos a ser nosotros mis-
mos a través de otros”. Así, el hombre entonces, es el resultado tanto de un
desarrollo biológico como de un desarrollo histórico social.
Teniendo en cuenta que esta mediatización entre sujeto y cultura se realiza
esencialmente gracias al lenguaje, este se convierte entonces en la herramienta
cultural por excelencia y así mismo, juega un papel importante en el proceso
de la subjetivación (Gonzales, 2002).
Respecto a lo anterior, el psicoanálisis expresa que:
Todo cuerpo tiene historia, todo cuerpo tiene tatuajes o inscripciones de
su historia secreta; y es ahí, donde se construye los diversos significados
del cuerpo. El cuerpo no es fisiológico, no es soma, no es materia, el
cuerpo, es sentido, significante, imágenes literarias que van construyen-
do la historia misma del hombre. (Girón & Sarasty, 2002, p.8).
Desde esta postura, el concepto de cuerpo trasciende lo estrictamente bioló-
gico para concebirse como un todo, que se articula a través del lenguaje. De
esta forma, Lacan distingue entre aquello que llamamos organismo y lo que
se puede definir como cuerpo. Soler refiere, “el cuerpo verdadero, el primer
cuerpo – dice Lacan – es lo que denomina el cuerpo simbólico, el lenguaje…
el lenguaje es cuerpo, y cuerpo que da cuerpo” (sf, pp.2). Este planteamiento
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permite asumir el cuerpo con relación a otro, es decir, se precisa de un otro
para referenciarse.
Sin embargo, la subjetividad, dice Gonzales, no se internaliza “no es algo que
viene de fuera y aparece dentro” (Hernández, 2008):
La subjetividad es un sistema dialéctico y complejo en donde el sujeto
responde a la comprensión del conjunto de tensiones, de contradiccio-
nes, de interrelaciones dentro de un conjunto de procesos que permiten
la configuración de la subjetividad y en donde el sujeto es generador
de sentidos. Generador de sentidos dentro del medio cultural en el que
se encuentra inmerso.
Teniendo en cuenta lo anterior, la unidad básica de la subjetividad es enton-
ces, el sentido subjetivo (Gonzales, 2013) y a partir de la categoría de sentido
de Vygotsky, Gonzáles planteó su categoría de sentido subjetivo, definiéndolo
como:
La unidad inseparable de las emociones y de los procesos simbólicos.
En esa unidad la presencia de uno de esos procesos evoca al otro sin
ser su causa…Estos sentidos subjetivos se definen en torno a espacios
simbólicos producidos culturalmente, como padre, madre, familia,
raza, género, religión, valores, etc. (Gonzáles, 2008, pp.233).
Por lo tanto, el sujeto le otorga al cuerpo un sentido según el contexto y la
forma en la que ese cuerpo se presenta siempre significa algo.
El sujeto es alguien del cual se habla antes de que pueda incluso ha-
blar, el sujeto esta efectivamente en la palabra antes de tener un cuerpo
(…) Es pues el lenguaje quien nos atribuye un cuerpo y después nos lo
otorga al unificarlo (Soler, sf, p.3).
No obstante, al respecto Gonzales también dirá que: “Yo no soy sólo como me
narraron, también es cómo me sentí, no sólo frente a lo narrado sino respecto
a las consecuencias indirectas muy complejas de los espacios sociales en que
me desarrollo” (Gómez & Gonzales, 2005).
Por otro lado, Foucault define el cuerpo como la superficie de inscripción ma-
terial de todos los sucesos, el sitio donde se graban todos los desfallecimien-
tos, las felicidades, los placeres: “Considero al cuerpo como un mapa concre-
to, real como el plano de una ciudad o el croquis de una casa” (Foucault s.f.;
citado en: Cachorro 2008).
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Daniela Vargas Prado
Cachorro (2008), refiere que:
Las marcas sociales del cuerpo se pueden expresar en las cicatrices,
las quemaduras, las mutilaciones, los rasgos peculiares que otorgan
las manchas, lunares, las irrepetibles huellas dactilares. Se puede mar-
car con las palabras dichas por las alteridades referenciadas como
importantes por el sujeto, y el efecto que ellas producen en el cuerpo y
la corporalidad. El cuerpo es un mapa, un objeto significante que ad-
quiere sentidos y significados en sus puestas en escena. Esos episodios
vivenciados graban en la piel las zonas erógenas y no erógenas. Hay
una topografía personal que localiza los placeres en zonas preferencia-
les del cuerpo.
De esta forma, este autor, siguiendo los planteamientos de Foucault, argumen-
ta que la subjetividad surge con el cuerpo y son los trayectos de la historia
que se construyen sobre los lugares que el cuerpo le ofrece. No tiene materia,
puede interpretarse en los sujetos y sus cuerpos, la subjetividad puede imagi-
narse, deducirse de la manifestación corporal. Esposito (2006) agrega que el
cuerpo humano, parte de una historia, sujeto historizado desde su nacimiento
hasta la muerte, modelado por prácticas, hábitos, luchas y resistencias; cuerpo
“viviente”, nudo de intersección donde se entrecruzan vivencias, relaciones so-
ciales, dirigidas a la acción humana (Esposito, 2006 citado en Campillo, 2009).
Desde el punto de vista capitalista, Sossa (2011) alude a que tales cuerpos
están mediatizados por la industrialización, la informática, los medios de co-
municación de masas, conformando un ejercicio de control, discplina y nor-
malización de la cultura y sus integrantes:
Percibimos imágenes de cuerpos jóvenes, delgados, bellos, a los cuales
queremos parecernos. Las publicidades incluso nos acercan a emocio-
nes y actitudes relacionadas con un espíritu joven, un alma en paz,
como maneras eficaces para alcanzar esos ideales corporales, volvien-
do objeto de consumo incluso lo inmaterial. Mientras hacemos propias
estas imágenes, intentamos imitarlas y en función de ellas construir
nuestra subjetividad individual, nuestra identidad de pertenencia; re-
legamos a los demás, manteniéndonos a distancia, las imágenes que
nos muestran lo que no deseamos ser: los cuerpos del dolor que car-
gan con las consecuencias del mundo globalizado (las catástrofes, las
guerras, la exclusión, la enfermedad, etc.) Las primeras nos acercan el
cuerpo deseado, que no es el vivido cotidianamente, sino el imaginado;
las segundas ponen en evidencia al cuerpo, el que solo registraríamos
cuando enferma, cuando duele, cuando envejece (Ana D’ Ángelo, 2010,
citado en Sossa 2011; pp. 248).
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El Cuerpo femenino y el Otro
El cuerpo pasa a ser un medio de expresión que queda restringido y atrave-
sado por la cultura y en muchos casos, bajo la presión social imperante. Se
convierte esto, en un padecimiento subjetivo silencioso, donde la situación
social se impone en el cuerpo y queda constreñido a maneras de posicionarse
superfluas y acomodaticias (Douglas (s.f.) citada en Martínez, 2004, pp. 130).
Complementando lo anterior, Pedraza (1999 citado en Martínez 2014) advier-
te que: Cada sociedad constituye el cuerpo desde su visión de mundo, lo que
- insinúa varias cuestiones: cómo se entiende al ser humano, qué sentido tiene
su vida y cómo puede construirla y modificarla a través del cuerpo” (p. 14).
Por tanto, el cuerpo no solo es experiencia orgánica, sino que se construye en
los entramados de una particular concepción de humanidad (Martínez 2014,
pp. 54).
Teniendo en cuenta lo anterior, se puede afirmar que “El cuerpo es expresión
de subjetividad, evidencia una historia y contiene información de quien lo
porta”, así, como del medio social al cual pertenece (Girón & Sarasty 2002,
p.8). Sin embargo, “la persona en esta perspectiva tiene capacidad generado-
ra subjetiva frente a lo vivido, que le permite múltiples opciones, decisiones
y acciones cargadas de sentidos subjetivos en el proceso de la experiencia”
(Gonzáles, 2013, pp. 313).
En suma, las diferentes demandas de la época frente al cuerpo, su estética y
aquél ideal inalcanzable para muchos, característicos del medio cultural en el
cual se desarrollan, se han trasladado a otros espacios, a otras culturas, con los
procesos de globalización, a través de los cuales el cuerpo se convierte en un
territorio (espacio) en el cual las transformaciones culturales se expresan en
las diferentes modificaciones que el cuerpo ha tenido a lo largo de la historia.
Este cuerpo cargado de significantes erige a un sujeto que le otorga un sentido
a aquello que porta, un cuerpo que en diferentes etapas de su vida y a través
de éste, narra los avatares de su historia personal, de sus deseos, sus miedos,
sus marcas sociales. Pero ese sujeto no se construye solo, necesita de otro para
poder referenciarse, otro que le ratifique que él es y está, ese cuerpo al que se
alude aquí aparece entonces atravesado por el lenguaje propio y ajeno, me-
diado por elementos simbólicos y anímicos que convergen en las diferentes
situaciones que a lo largo de la historia el sujeto experimenta.
Los discursos mediáticos respecto al cuerpo femenino contribuyen a generar
una serie de estereotipos dentro de los cuales este cuerpo busca encajar, gene-
rando nuevos cuestionamientos en torno a lo que es ser mujer. Sin embargo, el
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Daniela Vargas Prado
sujeto puede y cuenta con la posibilidad de adoptar una postura activa frente
a cómo asume su cuerpo y la significación que adquiere éste en los distintos
escenarios, permitiéndole emprender acciones que son, finalmente, el reflejo
de lo que dicha mujer es, ha sido y quiere ser.
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El Cuerpo femenino y el Otro
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