Medea: cómo ser extranjera, mujer y sabia en un mundo patriarcal
Rocío González Naranjo / 7 febrero, 2018
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Medea y Jasón pintados por Waterhouse
A través de los tiempos hemos sabido, sobre todo por los trágicos como Eurípides, que
Medea era una maga venida de Oriente, que ayudó a Jasón a hacerse con el legendario
vellocino de oro y que, madre cruel, mató a sus dos hijos como venganza contra su
marido. Así nos han presentado, por lo general y sin más, a esta heroína, pero el mito
sigue siendo revisado en la actualidad, demostrando que, quizá, Medea no era esa madre
cruel de la que se nos ha hablado en tantas ocasiones. En primer lugar, y antes de juzgar
sus actos, recordemos el mito y algunas de sus versiones.
Originaria de la Cólquida, Medea es hija del rey Eetes y nieta del dios del Sol, Helios.
Su historia comienza con la llegada de los argonautas, jóvenes valerosos capitaneados
por Jasón. Enamorada de éste, Medea ayuda a los argonautas a tomar el vellocino de
oro, y después huye con ellos. Para retardar la persecución del rey Eetes, Jasón
desmiembra al hijo de Eetes (y hermanastro de la propia Medea), el príncipe Apsirto,
quien los acechaba. Los argonautas, acompañados por Medea, llegan a Yolco. Allí,
Jasón se casa con la heroína y tienen dos hijos. Medea acaba también con el rey de
Yolco, Pelias, tras negarse éste a entregar el poder a Jasón. Medea consigue convencer a
las hijas de Pelias para que lo despedacen, prometiendo que de este modo rejuvenecería.
Otra versión de este momento asegura que Medea consigue convencer a las hijas del rey
para que lo introduzcan en agua hirviendo con mágicas hierbas rejuvenecedoras, versión
presentada por el trágico Sófocles en la tragedia perdida Las Rizotomas (Las Magas). A
causa de este asesinato, Medea y Jasón se ven obligados a exiliarse en Corinto; gracias a
Ovidio y al Canto III de su Metamorfosis conocemos esta parte del mito. Algunas de
tales atrocidades no son narradas por algunos autores modernos, como en el caso de la
francesa Elisabeth Porquerol (1905-2008) en su obra Jasón, que nos sitúa directamente
en Corinto. Porquerol nos libra así de la visión de bárbara de la heroína. Veremos por
qué.
Pero la felicidad no dura mucho, pues Jasón quiere casarse con Creúsa, hija del rey de
Corinto, mas no por amor, sino para adquirir la posición de rey. Medea, para vengarse,
mata a sus hijos, al rey y a Creúsa. Según otra versión del mito, la de Creófilo de
Samos, son los familiares de Creón los que se encargarían de difundir esta leyenda
negra. La heroína, tras los asesinatos, pide asilo al rey Egeo y parte de nuevo en exilio a
Atenas, montada en un carro alado ayudada por el dios Helios, el dios del Sol, quien,
por su parte, es su abuelo. De este modo aparece en la tragedia de Eurípides, Medea.
Según Alain Moreau, Medea no llega directamente a Atenas, sino que hace una parada
en Tebas, donde encuentra a Hércules, que se ha vuelto loco y no puede prestarle su
ayuda. Medea socorre al héroe gracias a la magia, si bien este episodio es poco
conocido ya que, como observamos, el objetivo de las demás versiones parece ser el de
desacreditarla.
Se dice que la presencia de Medea en Atenas provocó la desgracia de la ciudad, e
incluso intentó envenenar al hijo de Egeo, Teseo (Medea había sido madre de nuevo con
Egeo, de avanzada edad, quien pide a Medea que emplee su hechicería para hacerle
padre, unión de la cual nace Medo, frente al que Teseo se ve amenazado). De nuevo,
Medea ha de huir. Según algunas versiones, termina su vida como esposa de Aquiles, en
la isla de los Bienaventurados o en los Campos Elíseos.
Medea ha sido siempre considerada una figura intrigante que engendra el miedo,
formando parte de una categoría de la alteridad, de lo extraño y misterioso, entre los
griegos. Jean Pierre Vernant habla de manera extensa sobre este miedo a la alteridad en
La mort dans les yeux. Figure de l’Autre en Grèce ancienne, lectura que recomendamos
vivamente. El prototipo de Medea se convirtió desde muy pronto, para los hombres, en
una suerte de idealización negativa y temible de la mujer, en una realidad incognoscible,
extraña, que no se entiende y que escapa de toda comprensión. Medea es “la mujer que
mata a sus hijos”. Con este acto, Medea se convierte en la bárbara, la bruja, la mujer que
se rebela contra lo establecido. En resumen, ella simboliza lo Otro que se reafirma y se
levanta contra la encarnación de lo estipulado, orden representado por Jasón.
Resulta interesante constatar hasta qué punto Medea se opone a lo masculino, a los
griegos, a la polis, a la religión, etc. Como sucede con Helena (y su tradicional imagen
de traidora y embustera), cuyo caso ya hemos analizado en otro artículo, la imagen de
una Medea vil y asesina se impone frente a la de diosa benéfica, musa o mujer
comprometida con su esposo, debido a los valores imperantes de los griegos: antes de la
representación de Eurípides, Medea era considerada una diosa madre, no una bárbara
asesina. Una percepción que cambia en el mundo griego, pues Medea proviene de
Oriente, de un mundo bárbaro a ojos del mundo occidental. El bien y el mal quedan así
trastocados. El estatuto de extranjera, de extraña, se mostraba ante el público griego
para poder comprender la acción asesina: un crimen tan atroz (matar a sus propios hijos)
no podía provenir de un conciudadano; debía ser ejecutado por una extranjera, no por
una mujer griega.
Medea-Sandys
Medea, de Frederyck Sandys (1868)
En el estudio de Alicia Esteban Santos (“Mujeres Terribles. Heroínas de la mitología
griega I”, en Cuadernos de Filología Clásica), leemos que Medea muestra su naturaleza
funesta varias veces: la heroína es la perversa madrastra de Teseo, una traidora, una
mujer vindicativa, una bárbara, una bruja, una asesina y una mujer masculina. Pero hay
otras versiones en las que la heroína tiene aspectos positivos. Según Nita Krevans
(“Medea as foundation-heroine”), el nombre de Medea está en relación con la
representación de la madre tierra, pues, desde su partida de la Cólquida, sus pasos hacen
de ella una heroína fundadora de ciudades. De este modo, Medea engendra una
topografía que no está en relación únicamente con el terror. Píndaro, en el Canto IV de
las Píticas, describe a Medea profetizando la fundación de Cirene. Sin embargo, Medea
siempre estará ligada a Jason, al jefe de los argonautas: unida al sesgo masculino. Si
estudiamos el mito de Medea en su globalidad, todos los crímenes cometidos por la
heroína se realizan para salvaguardar a su compañero. Medea, mujer, extranjera,
traicionada, utilizada, se convierte así en una víctima de su propio destino.
La escritora francesa Élisabeth Porquerol (1905-2008), en su obra de teatro Jasón,
atribuye otras razones para justificar el asesinato de los hijos de Medea por su propia
mano, distanciándose de otras versiones del mito e incluso de la original. Según
Porquerol, Medea no mata a sus hijos para vengarse de la traición amorosa de Jasón,
contrariamente a la Medea de Eurípides, sino que realizaría este acto por rebelión contra
la situación en la que se encuentra: Jasón quiere el trono de Corinto, Medea no desea el
poder, quiere justicia. A juicio de Stefano Genetti, el espíritu que la conduce a cometer
este crimen es el de la rebelión contra todo lo que encarna Jasón. Medea se convierte así
en una heroína que se levanta frente ante el machismo, el racionalismo y la vida
burguesa que representa el argonauta.
Además, en la versión de Porquerol, la heroína es descrita como una mujer inteligente y
no como una bárbara. Por su parte, en la tradición más extendida del mito, Afrodita es la
instigadora del amor por el caudillo de los argonautas. En Apolonio de Rodas, Atenea y
Hera son las causantes de esta pasión. Las diosas piden a Afrodita que hable con su hijo,
Amor (Eros), para herir a Medea con una de sus flechas para ayudar a Jasón. ¿Fue
Medea, en este sentido, algo más que un puro instrumento?
Porquerol comprende a la perfección a la heroína, y le hace decir, después de su triple
crimen:
Podéis encerrarme en la prisión más oscura […] no podréis ahogar mi voz […] Se
puede matar al hombre, sólo cuentan sus actos. El mío está ahí ahora, el cual me asegura
una larga resurrección. Medea comienza […] Muchos se equivocarán y harán de mi la
heroína de la pasión, el símbolo de los celos […] Las verdades tienen vida propia
(Élisabeth Porquerol, Jasón, Acto IV, Escena II).
Elisabet [Link]
Elisabeth Porquerol en 1928
Medea explica razonablemente su acto de rebelión. Según la heroína, las verdades son
más importantes que todos los errores que harán de ella una alegoría de los celos y de la
pasión, así como el símbolo de la alteridad, de lo extraño, de lo desconocido y lo
imprevisible. Medea no justifica su triple asesinato, pero reivindica su acto como un
acto de rebelión contra la humanidad hipócrita, contra el poder masculino –encarnado
en Jasón– y contra la falsa e interesada política de Estado.
Porquerol asegura que el infanticidio cometido por Medea responde a un acto de
rebelión y no de venganza, haciendo probar a Jasón el peso del Destino, y asegurando,
además, que tal acto es la única arma que ella cree tener para hacer sufrir a su marido.
Como muestra Porquerol, Medea es una mujer cultivada y superior moralmente al
argonauta. Es una mujer inteligente a la que le gustan las artes. La causa de la “locura”
de Medea provendría, pues, de la traición moral del argonauta.
En su novela Medea (1996), Christa Wolf muestra otra versión sobre la heroína,
remontándose a las versiones anteriores a los trágicos. En ésta, Medea no mata a sus
hijos, pero es culpada por ello, al ser la maga extranjera en Corinto. La culpa, de nuevo,
como estigma de lo femenino, del poder de lo extraño.
En todas estas interpretaciones, se reivindica la figura de Medea no como la que nos
enseñaron, sino como lo que en realidad fue: una mujer extranjera repudiada en tierras
extrañas y que todo cuanto hizo, lo hizo por amor.