recibió dos caballos, magnífica vestimenta, un carro para el
bagaje y la orden de la Bandera Roja, y yo, como hermano suyo,
me he quedado con él. Si ahora nos ofendiese un vecino,
Semión Timofeyevitsch podía matarle sin más ni más. Después
empezamos a perseguir al general Denikin; matamos a miles de
los suyos y los echamos hasta el mar Negro; pero ni rastro de
padrecito, y eso que Semión Timofeyevitsch ha hecho
indagaciones sobre él en todas partes porque le atormenta el
recuerdo de su hermano Fedia. Pero, querida madre, ya conoce
usted a padrecito y sabe usted lo testarudo que es. Se había
pintado tranquilamente la barba roja de negro, y se hallaba
vestido de paisano en la ciudad de Maikop, donde nadie podía
conocer que era un verdadero sargento de caballería del
antiguo régimen. Pero la verdad se abre paso siempre. Su
compadre Nikon Vassilievitsch le vio por casualidad en una
choza y dio cuenta de ello a Semión Timofeyevitsch. Montamos
a caballo y corrimos furiosamente doscientos kilómetros, yo, mi
hermano Semión y unos cuantos mozos voluntarios.
Y ¿qué vimos en la ciudad de Maikop? Pues vimos que el
interior no sufre como el frente, y que lo mismo que allí, en
todas partes hay traición, y que todo está lleno de judíos, igual
que en el antiguo régimen. Y Semión Timofeyevitsch disputó
violentamente en la ciudad con los judíos, que tenían a
padrecito bajo cerrojos y no querían entregarle diciendo que
había llegado orden del compañero Trotski de no matar a los
prisioneros; que ellos mismos le juzgarían; que no querríamos
ser malos con ellos; que padrecito recibiría lo suyo. Pero
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demostró que era comandante de un regimiento y que poseía
todas las órdenes de la Bandera Roja del compañero Budienny.
Amenazó con apalear a todos los que defendían la persona de
padrecito y no quisieran entregarle, y los mozos del pueblo
amenazaban también con ello. Y cuando padrecito salió,
empezó Semión Timofeyevitsch a pegar a padrecito y, según la
costumbre de la guerra, apostó en el patio a todos los soldados.
Y luego Senka le tira agua a la cara a padrecito Timofei
Rodionitsch, y la pintura corría barba abajo. Y Senka preguntó a
Timofei Rodionitsch:
—¿Le va a usted bien en mis manos, padrecito?
—No —dijo padrecito—; me va mal.
Entonces preguntó Senka:
—Y a Fedia, ¿le iba bien en sus manos cuando le mató usted a
golpes?
—No —contestó padrecito—; mal lo pasó Fedia.
Entonces volvió a preguntar Senka:
—¿Creía usted entonces, padrecito, que también usted lo
pasaría mal alguna vez?
—No —dijo padrecito—; no creí que lo pasaría mal.
Entonces se volvió Senka a los que estaban presentes y dijo:
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