DOMINGO DE RAMOS
PASCUA 2020
Mercedarias Misioneras de Bérriz
“Dejarme hacer de nuevo por Ti”
CANTO: Dejarme hacer (Ixcis)
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“Dejarme hacer, dejarme hacer,
dejarme hacer es cuanto pides de mí.
Dejarme hacer de nuevo por Ti.
Dejarme hacer en Tus Manos, Señor”
DEJARME HACER…
Merece la pena detenerse en cada una de las frases de la canción. Dejarme hacer es cuanto pides de mí.
Dejarnos hacer por Él es cuanto Dios pide de nosotros. Quizá nos cuesta aceptar esto. Quizá pasamos
mucho tiempo con Dios e invertimos muchas energías en descubrir qué quiere él que “hagamos”. Pero yo
creo que a medida que nos vamos haciendo “más mayores” el acento en nuestra vida de fe se va
desplazando y descubrimos que lo importante de cara a Dios, de cara a la vida, de cara a nosotros mismos
no es tanto lo que “hacemos” sino lo que vamos “siendo”, en qué persona me voy convirtiendo, si voy
siendo lo que la persona que quiero ser o que Dios quiere que sea. Y vamos descubriendo que eso no es
obra nuestra, no depende de nosotros, sino que más nos poseemos cuanto más nos abandonamos y
entregamos.
Dejarse hacer “deshaciéndose” como Jesús
Y eso es lo que vamos a contemplar en estos días en Jesús, que es en quien ha de estar todo el tiempo
puesto el foco de nuestra mirada. Toda la vida de Jesús fue un dejarse hacer por el Padre, desde los largos
años ocultos en Nazaret hasta los años de Galilea. Un estar continuamente vuelto al Padre, recibiéndose de
Él, dejándose dar forma… Esa imagen del barro modelado por el Alfarero no nos vale sólo para vivenciar
nuestra relación con Dios, sino que también podemos contemplar así la vida de Jesús. Podemos contemplar
a Jesús dejándose modelar, dar forma por el Padre durante toda su vida.
La Pascua es cuando eso se hace verdad de la forma más radical. En estos días vamos a contemplar a un
Jesús que se deja hacer del todo por el Padre. Lo que vamos a contemplar es la vasija de Jesús acabada. La
vida de Jesús no está acabada en la Cruz porque “ha terminado” sino porque está cumplida. E incluso
cuando la vasija rota ya no tiene capacidad ninguna de rehacerse por sí misma, ahí es donde más que
nunca está la mano del Padre rehaciéndola, dándole su forma definitiva, resucitándola.
Vamos a mirar en estos días la vida de Jesús como esa vasija que se deja hacer “del todo”. Y entonces
vamos a descubrir el secreto de la vida, que es la tremenda paradoja de la Pascua que es que “quien guarda
su vida, quien se retiene o retiene lo suyo, se pierde; pero quien se pierde a sí mismo o pierde su vida, se
gana”. O dicho es nuestra clave: que “dejarse hacer”, siguiendo a Jesús consiste en “dejarse deshacer”. Y
aquí está el meollo del “dejarse hacer”.
1
Dejarse hacer es dejarse conducir, renunciando a la iniciativa sobre nuestra propia vida,
“deshaciendo nuestros proyectos”.
Dejarse hacer es dejarse acoger, amar, acariciar… ¡Y cuánto nos cuesta a veces eso porque tenemos
que “deshacer” nuestro orgullo y reconocer nuestra vulnerabilidad también nos “deshace”!
Dejarse hacer es elegir dejarse “deshacer”: desistir de lo mío, de las propias fuerzas, de nuestros
deseos y fantasías sobre nosotros mismos y sobre la realidad. Y adentrarse en la “pasividad”, en el
abandono con la confianza total en el Amor, entrega y sabiduría del Alfarero.
Dejarse hacer supone consentir a Dios y a la realidad. Aprender a acoger y amar la realidad (propia,
ajena) tal cual es, vivirla desde él y entregarnos a ella sin cálculos. “Yo entrego mi vida y punto”.
Dejarnos “deshacer” por los otros.
Dejarse hacer es también aprender a acoger los reveses que nos llegan en la vida y nos “deshacen”
sin pedirnos permiso, creyendo firmemente que, también a través de ellos, el Alfarero está
haciendo su obra en nosotros. Y podemos llegar a ser más sabios, más desprendidos, más
humildes, más desposeídos, más libres. Él puede resucitarnos. Dejarse “rehacer”.
Dejarse hacer es “dejarse deshacer” por el dolor que deshace la vida de otros, de tantos en nuestro
mundo, elegir su proximidad, salir de la propia comodidad e implicarse por la justicia. Porque
“mientras hay un excluido de la felicidad –un último- la felicidad debe estar teñida de tristeza y de
duelo, debe estar hipotecada” (Agustín Aguado).
Esta Pascua es una oportunidad para situarnos junto a Jesús y aprender de él a dejarnos hacer por Dios y a
entregar nuestra vida. A medida que le vayamos contemplando y recorriendo con él estos días podemos
aprender de su “dejarse hacer/deshacer”.
DEJARNOS HACER, AQUÍ Y AHORA, POR ESTA SITUACIÓN…
(de la carta de José Cobo, obispo auxiliar de Madrid: “A lo mejor no se nos escapa el tiempo”)
“Este parón puede ser una oportunidad en la medida que con lucidez incorporemos un
cambio… De repente lo que en un primer momento parece una maldición o una prueba
insuperable, se convierte en oportunidad que no puede desperdiciarse, si dejamos que nos
resitúe vitalmente.
A lo mejor esto nos sirve para comprender que caminamos siempre juntos. Que nadie se salva
solo, que ante Dios no hay fronteras, aunque las fabriquemos con insistencia.
A lo mejor esto nos sirve para poner a las personas ante Dios en primer lugar y contemplarnos
como creaturas, no como pequeños dioses aparentemente seguros, pero ocultando nuestras
fragilidades y vulnerabilidades.
A lo mejor esto nos hace valorar la importancia de una salud universal y solidaria, que sustente
el bien común. A lo mejor comenzamos a valorar lo débil de nuestra omnipresente economía y
aprendemos a fortalecerla con nuevas alternativas que ayuden a las personas después de
estos momentos.
A lo mejor, esta cuarentena súbita es una oportunidad para entrar en el desierto y aprender a
escuchar la Voz de Dios en el silencio, o en la vulnerabilidad propia y ajena; incluso en el miedo
o entre los aplausos desde la ventana, que nos recuerdan que dependemos unos de otros.
2
Siempre ha estado ahí está Voz de Dios. A lo mejor nos damos cuenta que la habíamos
ahogado entre otras voces, o entre mil preocupaciones que ahora se volatilizan por efímeras,
aunque antes nos atrapaban y ahora descubrimos que no eran fundamentales.
A lo mejor ahora podemos entrar en el desierto del cuarto, de la casa, para poder escuchar las
notas fundamentales de la vida, lo que realmente merece a la pena.
Cierto que tendremos tentaciones. Siempre habitan las puertas de cada desierto. Podemos
maquillar el silencio, o la rutina familiar llenándolo de nuevos fuegos de artificio, y sin cambiar
nada entrar en la vorágine de llamadas, juegos, canales de YouTube, videoconferencias, tele
oraciones… Tentación también es olvidar a los que están cerca de nosotros. Aquellos que
pared con pared, día a día habitan nuestros espacios comunes. Simplemente estar con ellos y
para ellos. Conversar, llorar y reír desde el alma. Ahora es posible porque el corazón está más a
flor de piel.
Incluso podemos dejar la puerta abierta a la vieja tentación de no afrontar la debilidad, la
enfermedad y el sufrimiento. Este tiempo nos abre al viejo aprendizaje humano de acoger la
fragilidad como compañera de viaje en la vida, aunque a veces nos resistimos a aceptarla en
nosotros o cerca, muy cerca de cada uno. Es momento de escuchar a San Pablo que nos anima
a hacer nuestro su canto: “cuando soy débil, entonces soy fuerte”. Nos ayuda a ser más
humanos y a caminar siempre hacia Dios.
A lo mejor podemos parar de verdad y escuchar. Dios no deja de hablar.
A lo mejor este tiempo complicado es lugar para que sientas el abrazo que Dios desde hace
tiempo te está dando. Pero no olvides que dependemos unos de otros. A lo mejor esta es la
gran lección que incorporamos a nuestra forma de orar y pensar. No podemos orar ni
salvarnos en solitario, sino “en solidario”. La vida, como vemos es débil, y hemos de protegerla
juntos.
La cuarentena no nos aísla, sino que nos conecta desde el hondo silencio de la espera.
Conectados a los cercanos y a los que huyen no solo del virus, sino de guerras, de la pobreza o
del paro.
A lo mejor entramos en la espesura del tiempo de confinamiento y nos topamos con lo
esencial.
Para ello tendremos que entrar en la humildad de acoger lo que la vida nos trae. La clave es
acoger y abrazar la realidad en Dios con la mirada de los pequeños. Y luego buscar cómo se
hacen nuevas todas las cosas: llamar por teléfono, echar de menos a los nuestros, los ayunos
que se nos vienen encima, y que ofrecidos son una oportunidad.
A lo mejor, entonces es un tiempo nuevo para vivir el compromiso no solo desde el hacer
cosas, sino redescubrir cómo podemos darnos y acercarnos desde el corazón. Conectarnos
vitalmente desde la oración y el silencio, al drama de nuestros hermanos que esperan nuestro
corazón entregado antes que nuestras “cosas”.
UNA CANCIÓN: Aclamemos (Salomé Arricibita)
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