"Mi poder en la Constitución y mi corazón en el pueblo ecuatoriano"
Por: Jaime Roldos Aguilera
Saber comprender la historia y seguir el mandato de ella, ¡cuánto importa! Inmersos en
la vorágine de la existencia no atinamos, en la más de las veces, a tener la noción del
hoy y la perspectiva del mañana. Preguntémonos ecuatorianos, preguntémonos
latinoamericanos, preguntémonos ilustres visitantes, el significado que tiene, aquí en el
Ecuador, esta mañana de agosto de 1979. La historia de los pueblos es historia de
libertad. La historia presente de América Latina es de búsqueda angustiada pero
consciente de formas democráticas de existir, donde la dignidad humana no sea pasto
del totalitarismo, ni nuestras riquezas naturales alimento para la voracidad del saqueo de
propios y extraños.
¿Para quién hablo? ¿Para quién debo hablar? Y me he contestado: Para hoy y sin
exclusión de nadie. Hablo para esos humildes hermanos ecuatorianos que a la vera de
los caminos esperaban largas horas el paso del compañero Roldós. Hablo para los
centenares de miles de indios, para mis hermanos indígenas ecuatorianos, recordados en
los discursos, protagonistas de la novela, materias de poesía, objeto permanente de
explotación social y preteridos en las obras.
Hablo a los artesanos y profesionales. Hablo a mis compañeros cefepistas y a los de la
Democracia Popular-Unión Demócrata Cristiana; hablo para los civiles y para las
Fuerzas Armadas. Hablo para decirles que es hora de que no nos quedemos en palabras
sino que traduzcamos en actos la afirmación soberana y democrática que el Ecuador
anhela. Hablo para los distinguidos visitantes y todo el pueblo, para decirles que el sol
de la libertad que nace hoy sólo podrá tener ocaso al precio de nuestras propias
existencias. Más de un millón de electores; dos de cada tres votantes, se decidieron por
el cambio, por un cambio prudentemente audaz, sin estridencias ni mentira.
La carrera de transformar el Ecuador en un país de economía moderna y democracia
participativa, justicia integral y conciencia solidaria, no sólo será el resultado de la
gestión del gobierno sino de la participación organizada de vastos sectores del país.
Queremos, por tanto, una democracia dinámica encarnada en el alma de los
ecuatorianos. Más que una democracia de representación, que la queremos, anhelamos
también una democracia de participación: Participación en los bienes y servicios de la
sociedad moderna, participación en las decisiones que comprometan el destino
individual y colectivo. La identidad ideológica, la coherencia programática y la
consecuencia política serán puntales sobre los que descansará la fuerza orgánica y
unitaria del cambio y que harán nacer en el país una conciencia humanística solidaria y
democrática, siendo las grandes paralelas socio-políticas que guiarán la acción del
gobierno popular: el desarrollo económico y la justicia social. El equilibrio entre ella
permitirá al país superar en conjunto el atraso y la injusticia.
Que nadie sea perseguido por sus creencias o favorecido ilegítimamente por su
adhesión. Una democracia pluralista supone una rica controversia, orientada a la
realización del bien común, que no sólo defina grandes principios sino que realice
acciones concretas. ¿Frente a la ortodoxia caduca que pretende asignar al Estado una
función contemplativa ante los problemas socio-económicos, por un lado, y a la
tendencia que busca hacerlo todo bajo su tutela absoluta, por otro, declaro sin equívocos
que mi gobierno actuará responsablemente en el marco señalado por la Constitución, y
que no participo del criterio del Estado omnipotente y tampoco del Estado
irresponsable. La democracia depende del gobierno que iniciamos, de la conducta y del
tino de los mandatarios ejecutivos, de la Cámara Nacional de Representantes, de la
Función Jurisdisccional, de las Fuerzas Armadas, de los Partidos Políticos, de la opinión
pública, del pueblo.
Nada es primero. Todo es primero. Unidad en la decisión política y descentralización en
la administración del servicio serán normas supremas del Estado. A través de la
primera, lograremos coherencia en la gestión del gobierno en todas las áreas de la vida
nacional; y, mediante la segunda, conseguiremos eficacia en los trámites y la igualdad
de regiones y provincias, frecuentemente postergadas y castigadas por el abandono y la
hegemonía. Combatir el centralismo y el regionalismo es obra común de todos los
ecuatorianos. Defender la unidad nacional sobre las bases de la igualdad y la justicia es
tarea ineludible de quienes aspiramos a una patria armónica, democrática, justa y
soberana. Al restaurarse hoy la democracia en todos los ámbitos del convivir nacional,
también renace el principio de la división e independencia de las funciones del Estado.
Estoy convencido de que la Cámara Nacional de Representantes tiene clara conciencia
de la responsabilidad compartida de garantizar una democracia real y estable.
El Pueblo ecuatoriano, que nos ha entregado el deber histórico de dirigir el Estado,
espera que seamos leales a su aspiración de cambio. Necesitamos leyes ágiles,
oportunas, objetivas y adecuadas, para instrumentar las reformas: administrativa,
agraria, social, educacional, tributaria y económica. Pero legislemos con sensatez. Bien
vale entonces recordar a Olmedo, en la conclusión de su célebre discurso ante las Cortes
de Cádiz: “Solo son buenas las leyes que hacen felices a los pueblos”. Doloroso afirmar
que la quiebra de la justicia se ha venido institucionalizando cada vez más en el
Ecuador. A la justicia se le ha puesto precio; para unos dinero, para otros lágrimas e
impotencia. Las Fuerzas Armadas son parte de la Nación y de la estructura del Estado.
Están llamadas a defender la soberanía nacional y a sostener la democracia y la
legitimidad. Las relaciones del gobierno con las Fuerzas Armadas Nacionales se basarán
en el estricto cumplimiento de las normas jurídicas.
Comprendiendo, como el que más, que hoy en día las Fuerzas Armadas son parte del
quehacer nacional, al retornar a sus funciones específicas, quiero expresarles mi
reconocimiento por su lealtad al compromiso de retorno al régimen de derecho que hizo
honor a la palabra empeñada. Buena parte de la aurora que hoy renace en el horizonte la
debemos a la opinión pública del país y con ella a los medios de comunicación social.
Por principio, antes que por reconocimiento, que también lo consigno, ratifico mi
determinación de respetar la libertad de prensa en los términos que democráticamente
debe ser respetada toda libertad. Aliento por cierto la urgencia de la responsabilidad
compartida en la que la comunicación y la publicidad proyecten la afirmación de
valores sustanciales, proscribiendo los que llevan al egoísmo, la superficialidad, el
despilfarro y la mediocridad.
Debemos estar muy conscientes de que no hay pueblo más fuerte que un pueblo
informado y orientado y que un gobierno democrático depende, entre otros factores, de
la prensa, pero la prensa no puede depender del gobierno. Sin estas premisas no podrá
darse la justicia social ni la democracia participativa. Es el aspecto económico mi
gobierno emprenderá la ardua tarea de modernizar el aparato productivo del país, a fin
de volverlo coherente con el fulgurante impulso de la ciencia y la técnica del siglo XX.
Convoco a todos los ecuatorianos a romper las cadenas del atraso y la corrupción,
cadenas que mantienen al país anclado en formas productivas superadas por la historia.
La Constitución señala la existencia de cuatro áreas económicas: estatal, privada,
comunitaria y mixta.
No caeremos en la revancha, la arrogancia, ni el abuso, y tampoco lo permitiremos a
nadie. La oposición ponderada y constructiva merecerá nuestro crédito. La política
internacional del país se basará en los principios de no intervención; autodeterminación;
igualdad jurídica de los estados; defensa de los derechos humanos; respeto al pluralismo
ideológico; apertura de relaciones con todos los países; el repudio a toda forma de
agresión e intervención y al uso de la fuerza; repudio al colonialismo y neo-
colonialismo; defenderemos el principio de la solución pacífica de las controversias. Mi
gobierno dinamizará su política exterior como instrumento eficaz y coadyuvante del
desarrollo interno y luchará en el marco de los organismos e instrumentos por la
aplicación de la justicia y la libertad.
Buscamos la independencia nacional y el progreso social nunca han sido el fruto de la
acción aislada de ningún gobierno, sino el resultado de la firmeza teórica, la honradez
política y la perseverancia sacrificada de toda la comunidad. El destino no está hecho;
se labra todos los días, sin odio, sin venganza, sin renunciamientos. Juntos debemos
trabajar por construir un nuevo tiempo histórico, donde el pueblo no sólo conserve su
irrenunciable derecho a autodeterminación, sino también a ejercer su función
protagónica en el ejercicio de una auténtica democracia. Concluyo: Lo dije en la
campaña y esta mañana con toda fuerza se encarna. Mi poder en la Constitución y mi
corazón en el pueblo
ecuatoriano. ¡Que Dios guíe nuestro camino! ¡Vamos a hacer historia! Gracias