RAMON TURRÓ (1854) España
El mundo externo de la sensibilidad nos es revelado por el hambre, o
es obra, del hambre, en cuanto conocimiento. Sabemos que lo real
existe como algo, porque nos nutre; sabemos que es exterior porque
por la experiencia motriz advertimos que esto es lo que impresiona
nuestros sentidos. Nada más indiscutible que lo exterior ejerza una
acción constante sobre nuestro organismo y nuestros aparatos
sensoriales; más la vida intelectiva no comienza con esa acción; se
inicia en el instante mismo en que se reacciona sobre ese medio con
el clamor trófico y las impulsiones ciegas al movimiento; fráguanse
entonces complicadísimos procesos de adaptación a este medio y es
en virtud de esas adaptaciones que adquirimos la conciencia de lo
real, de la causa, del espacio. En la experiencia externa, la imagen no
es la representación de la causa, sino el signo por medio del cual se
nos avisa su ausencia o su presencia.
Concíbase lo real subjetiva u objetivamente o asúmase bajo una
concepción monística, ello es que, independientemente del problema
metafísico, existe el problema de los orígenes de ese conocimiento.
Son dos cosas muy distintas la una y la otra, ya que al proponernos
averiguar qué sea o en qué consiste lo real, no nos proponemos
averiguar cómo y de qué manera hemos llegado a saber que fuera de
la propia conciencia hay algo que subsiste y permanece como tal, aun
cuando no sea pensado ni fuere entendido. La razón especulativa
puede explicarse la referencia externa concibiendo que la causalidad
le ha sido dada a la inteligencia originalmente; más la razón rebelde y
libre puede dejar de concebirlo así. Se preguntará entonces: ¿cómo se
explica que el conocimiento de lo real se presuponga a la experiencia
externa?