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El niño que quería ver a su ángel

Este cuento narra la historia de un niño llamado Simón que quería ver a su ángel de la guarda. Simón se portaba cada vez mejor con la esperanza de que si era muy bueno podría ver a su ángel. Sin embargo, su ángel se sentía preocupado porque Simón solo actuaba bien por ese motivo y no porque quisiera ser bueno de verdad. Eventualmente, Simón enfermó debido a la presión. Su ángel fue a pedir permiso a su jefe Gabriel para aparecerse ante Simón, pero no se lo permitieron. En

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El niño que quería ver a su ángel

Este cuento narra la historia de un niño llamado Simón que quería ver a su ángel de la guarda. Simón se portaba cada vez mejor con la esperanza de que si era muy bueno podría ver a su ángel. Sin embargo, su ángel se sentía preocupado porque Simón solo actuaba bien por ese motivo y no porque quisiera ser bueno de verdad. Eventualmente, Simón enfermó debido a la presión. Su ángel fue a pedir permiso a su jefe Gabriel para aparecerse ante Simón, pero no se lo permitieron. En

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El niño que quería

ver a su ángel
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T
11
odo niño tiene un ángel que se llama igual que él y que lo cuida 
mañana, tarde y noche. Son los ángeles de la guarda que no
comen, ni duermen, ni descansan nunca. Pero ciertas noches de
verano, cuando sus niños están durmiendo muy cansados y tranquilos,
sus ángeles salen de puntillas de su pieza y salen a juntarse en el árbol
más grande del vecindario. Y allí, reunidos a la luz de las estrellas como
una bandada de pájaros nocturnos y transparentes, se cuentan unos a
otros las maravillas, alegrías y desastres de sus niños. Como tienen el
oído finísimo, cada ángel oye respirar a su ahijado aunque este duerma
a cuatro cuadras de distancia; y si alguna pesadilla o algún dolor lo
despierta, el ángel de la guarda vuelve a su lado en un suspiro.

Los ángeles adoran al niño o niña que Dios les confió, aunque sea feo
o bonito, bueno, egoísta o mentiroso. Y aunque con su mirada de ángel
nunca dejan de darse cuenta de las debilidades de su ahijado, siempre
encuentran algo bueno, único y precioso que solo tiene su niño y que
comentan en sus juntas nocturnas sobre los árboles.
Así, una noche estrellada, uno de los treinta y tres ángeles de la guarda
posados en la copa del árbol más alto del barrio, contó la historia del
niño que quería ver a su ángel.

—Simón, mi ahijado —comenzó diciendo el ángel—, es un niño que no


se parece a ningún otro niño. Cuando su mamá le enseñó por primera
vez esa oración que nuestros ahijados nos rezan en la noche y que
empieza “Ángel de mi guarda, dulce compañía…”, mi Simón la abrumó
a preguntas:

—¿Dónde está mi ángel, mamá? ¿Por qué no lo veo? ¿Tiene alas como
los pájaros o manos como nosotros? Y cuando yo corro, ¿vuela para
seguirme? ¿Y cuando duermo, se pone a dormir también o solo me cuida?

—Sé que todos los niños hacen ese tipo de preguntas —siguió el ángel
de Simón—, y sé que los padres contestan con respuestas vagas que
12 al poco tiempo se olvidan. Pero mi ahijado no. Él siguió preguntando
y preguntando a tal punto, que su mamá, desesperada, acabó por
prohibirle que mencionara mi nombre.

—No sé más… ¡Me vas a volver loca!

—¡Pero es que yo tengo que saber cómo es! —insistió Simón.

—Sé bueno y lo sabrás —respondió ella, para que la dejara tranquila.

—Si soy muy bueno, ¡¡¿podré verlo?!!! —gritó Simón.

Y su madre, sin pensar en las consecuencias, respondió:

—Sí, si eres muy bueno podrás verlo.

Desde ese día Simón cambió por completo. De egoísta que era, se puso
generoso. Sus juguetes, que antes guardaba cuidadosamente y no se los
prestaba a nadie, ahora estaban desparramados por toda la casa como si
fueran de sus hermanos menores; de rabioso que era, se puso manso; en
la casa no volvió a gritarle a nadie y de flojo que era se puso estudioso.

¿Pero creerán, hermanos ángeles, que yo no estaba contento con los


cambios de Simón, sino que me asustaban? Porque Simón se portaba así
de bien, no porque quisiera de verdad ser bueno, sino porque calculaba
que portándose bien yo me sentiría obligado a mostrarme.

—Ángel ¿viste cómo Juan me empujó a la salida del colegio y yo no le


pegué? —me preguntaba en la noche antes de dormirse—. ¿No te parece
que estoy más bueno? ¿Cuándo te voy a ver?

Luego se ponía a escudriñar todos los rincones de la pieza como si yo


estuviera jugando a las escondidas. Y como no me veía, cada día se
proponía ser aún más bueno y leer el libro latoso que le había recomendado
14 la profesora y ayudar a su mamá a ordenar la casa.

Y pasó al fin lo que tenía que pasar. Sus compañeros se aburrieron de


él y le dijeron que era un tonto que no sabía defenderse; los profesores
dejaron de interrogarlo cansados de que siempre supiera el doble que
los otros; sus hermanos perdieron interés en sus juguetes. Simón se fue
poniendo triste, perdió el apetito, enflaqueció y finalmente cayó en
cama, enfermo.

—Entonces, hermanos ángeles —siguió contando— mi compasión


por mi pobre ahijado fue tan grande que decidí hacer lo que casi nunca
hacemos: subir a conversar con nuestro jefe Gabriel. Y cuando llegó la
noche y Simón se quedó dormido, salí de su pieza y crucé el cielo de los
cóndores, crucé el cielo de las nubes más altas, crucé el cielo de la luna y
de las estrellas, crucé la costa de chispas y llegué hasta la torre de rayos
que ustedes conocen. Entré, subí por la escalera de los relámpagos y
llegué ante el trono de don Gabriel.
—¿A qué has venido? —me preguntó, mirándome con los soles brillantes
de sus ojos—. ¿Acaso tu ahijado ha dejado de vivir en la tierra y tu
guardia llegó a su fin?

—¡No, no señor! Mi ahijado vive todavía, pero está muy mal. Es por eso
que he venido a pedirte permiso para aparecerme ante él…

Don Gabriel se quedó mirándome, como si no entendiera lo que había


venido a pedirle, pero había entendido muy bien, porque luego de un
rato, que se me hizo eterno, me dijo:

—¡No, querido ángel! ¡Nada de apariciones! Lo siento mucho. Vas a tener


que descubrir algún modo completamente natural de ayudarlo, para
que nadie pueda ni siquiera sospechar que lo ayudaste.

Al oír esto, mi desaliento fue tan grande que hasta mis alas se opacaron.
¿Cómo iba a ayudar a un niño enfermo de ganas de verme si no me 15
permitían aparecer ante él? 
Me quedé ahí con la cabeza agachada y en silencio ante el trono de
nuestro jefe, hasta que se compadeció de mí y me dijo:

—¡Ánimo, ángel! Tu ahijado Simón es un caso raro, pero han existido


algunos aun más raros en la larga historia humana. ¿Por qué no vas a
consultar a los ángeles de los muertos? Más de uno debe haber pasado lo
mismo que tú.

No bien lo escuché, di media vuelta y partí. Había recobrado la esperanza,


la luz y la fuerza de mis alas, y seguí camino hasta el monte radiante
donde van a reunirse los ángeles cuando sus ahijados mueren. Y allí,
entre más chispas y centellas, me encontré con millones de hermanos
que reunidos igual que nosotros treinta y tres en este árbol, conversaban
sobre las penas y alegrías con los ahijados que les tocó cuidar durante
su vida en la Tierra. Allí escuché a los ángeles de San Francisco y Santa

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