LAS MATRICES
o,
de la calidez primordial que detiene la vida liberando los cuerpos a un campo de
experiencia neutral en que su existencia queda parcialmente anulada
[divagación psicofísica planteada en tres bloques]
…in the black-foaming gutters and back alleys of
paradise, in the dank windowless gloom of some
galactic cellar, in the hollow pearly whorls found in
sewerlike seas, in starless cities of insanity, and in
their slums… my awe-struck little deer and I have
gone frolicking.
[…a las cunetas y callejones de negra espuma del
paraíso, a la húmeda penumbra sin ventanas de algún
sótano galáctico, a los huecos remolinos perlados de
mares como cloacas, a las ciudades sin estrellas de la
locura y a sus suburbios… mi cervatillo fascinado y
yo hemos ido a retozar.]
Thomas Ligotti…
*0-1*
inducción exterior
El autor de este relato ha pasado muchos de los mejores momentos de su vida
retozando con mujeres. Ha sentido miedo de la noche, que siempre es más negra a solas, y
quizá por eso ha pasado tantas horas retozando. Retozar es como un arte para él, e intenta
hacerlo con la mayor pereza y menor ansiedad que le sea posible. Enredarse como un
amasijo de nervios, como un bulto de culebras hecho de extremidades es casi un arte, una
técnica perdida que quizá sea más importante que el coito, la ortodoncia, la herrería o la
bifurcación genital.
El personaje de este relato bien podría ser el autor, pero no necesariamente, sus
experiencias también podrían ser prestadas, aunque no sea del todo consciente de ello. El
autor en cambio tiene absurdamente claro que todo lo que le ha pasado es real, sobre todo
porque le sigue pasando, y como en otros cuentos busca en la auto-ficción fragmentaria una
excusa para fantasear alguna solución.
A efectos prácticos, el autor no cree en lo que llaman amor. Ve los impulsos humanos
envueltos por un velo de utilitarismo, egoísmo y competencia desleal y salvaje; aunque
suene gracioso o infantil, dice que detesta todo por igual: la vida, la naturaleza, a la
humanidad y a sí mismo; los detesta tan perfectamente que quiere evadirlos, porque si bien
detesta y malogra lo mejor que puede, le faltan fuerzas para atestarle el golpe final a la
realidad y sus juegos abusivos, así que se evade, esquiva la solidez de su odio buscando
refugios y distracciones que pueda considerar sagradas.
(El autor tampoco cree en lo sagrado, pero le parece que es estéticamente deseable
tener una postura estéticamente deseable ante los acontecimientos indeseados —que son
básicamente todos los acontecimientos de su vida—, y todo lo que parezca sagrado huele a
deseabilidad estética hoy por hoy.)
El personaje de este relato es mucho más altanero que el autor; es la parte de sus
recuerdos en que se muestra hedonista y cínico en lugar de dolido, resentido y esquivo,
como suele ser en su vida diaria mientras come, se rasca, camina, escribe y transita por este
mundo hinchando con mezquindad sus personajes pusilánimes.
El autor parece saber que lo que escribe carece de originalidad y que aquí quedará
puesto de una manera extraña y poco amena de leer; parece creer que es la forma más
indicada: considera que así abre sus historias y las de su personaje a la experiencia creativa
ajena. Se siente amable optando por un relato situado como un plan, y no como una
narración acabada y redonda.
*0-2*
inducción a secas
Este relato no es un relato, es más bien una aproximación fenomenológica a la
experiencia de retozar, a lo mejor y peor de este falso edén que aguarda en las matrices de
familiares y amigas. A veces narra cosas, pero están desencajadas, el contenido es
fragmentario, diacrónico y solamente se conecta debido a la experiencia común de estar
echado compartiendo afectos y fluidos con otro cuerpo viviente.
No es un inventario de amoríos, como parecieran ser textos como La Mariamulata o
Las Consortes (el ensayo con que abrí este ciclo de obsesiones y temores ante lo femenino).
Es un escrito sobre los refugios, sobre los momentos de calor y ánimo que permiten
seguir, por eso también compone —inevitablemente— un testimonio de la derrota y los
puntos en que me he enfocado para evitar reconocerla. Las imágenes sensoriales,
abstracciones morales y fragmentos anecdóticos que lo componen intentan emular la
sensación de ser acunado y suspendido sobre el caudal del río del tiempo; si a alguien le
llega algo de esto será porque escribirlo tuvo sentido y funcionó.
La introducción anterior —y la voz de la que emerge— se aleja un poco del autor
para reseñar su acto escritural a medida que se desenvuelve, porque todo ejercicio
fenomenológico debe pasar por el cuerpo para alejarse de la identidad virtual. Como se
notará, puedo ver por encima de esta otra conciencia, mucho más arriba —creo—, porque a
fin de cuentas me encuentro completamente solo cuando escribo: soy el único en la medida
en que me voy (des)haciendo a mí mismo a cada instante; es lo que me lleva a detestarme, a
amarme y me convierte en mi propio dios.
Busco pues un distanciamiento de la realidad del yo, por lo que dependo de un cierto
grado de despersonalización y renuncia a lo que se supone que quería decir originalmente.
No sé, no sabré; tengo las piezas pero no el modelo; nunca será preciso ni completo lo
que quiero transmitir; esta es la naturaleza de mi mente y quiero trasvasarla al carácter de
mi arte, porque esa es su única verdad interior (siento que tomármelo en serio podría
salvarme, y solamente puedo tomarme en serio algo que no logro comprender).
Pensé escribir un relato agrupado dentro de un lapso ficcional de tiempo, de modo
que todo pudiera ponerse sobre la simulación de una cierta cronología, usando la técnica
fluida del automatismo vertiginoso —acolchado de mi zona de confort—. La verdad es que
este tipo de trabajos se me dan mejor, pero sentí que no era sincero conmigo mismo
alejarme del método de la conciencia bifurcada, y acogí un cauce un poco más sobrio que
en las narraciones líquidas de flujo continuo, que dependen más que todo de ciertas
decoraciones del ingenio y el estilo; éste es un modo que también se sirve del automatismo,
pero lo encamina de una manera bastante precisa, a veces casi milimétrica (de ahí que
resulte tan agotador); exige una combinación muy precisa de narración (descripción y
eventos) con abstracción (idea e ideología) y experiencia pura (sensaciones y emociones).
Usualmente todo esto aparece mezclado en el acto literario, pero he querido ofrecerlo
dividido, porque me parece que la escritura es una experiencia de fragmentación y
repartición constante de momentos y facciones, por lo que no basta con que quede anotado,
también necesito agregar algo indeleble de cómo fui dividido, cómo me rompí y me puse en
pugna al instante de anotar; lo que el proceso hizo en mí operando un cambio poderoso.
Algunas personas piensan que todo eso quedaría allí en cualquier caso, sin necesidad de
explicitarlo, pero me parece que “yo escribo así”, que es parte importante de mi momento
creativo esta necesidad de ir especificando lo que siento acerca de lo que pienso —y
viceversa—, repartiendo informaciones de diversa naturaleza aludidas en plataformas o
capas distintas.
Hago esqueletos de partes que pueden ser automáticas, luego intercalo lo demás entre
esos párrafos, hasta sentir que el contenido ha quedado equilibrado: que no es demasiado
poético o ensayístico, ni demasiado descriptivo o narrativo (a menos, claro, que un
desequilibrio sea el objeto de la aproximación).
Entiendo que me sobrepaso con este viejo procedimiento noventero del narrador
metatextual y autorreferencial, pero me parece que es importante que reescriba el mismo
instructivo previo hasta que quede bien. Siempre he querido fijar el discurrir del acto
narrativo. Lo he separado por colores, lo he separado en tiempo real, tiempo histórico y
tiempo narrativo y lo he separado conceptualmente dentro de un flujo continuo de
imágenes; incluso lo he apelmazado en una sola ráfaga de saliva —o de bilis—. Esta vez
intentaré separarlo por bloques funcionales, ofrecerlo en tres perspectivas inconexas que a
la vez sean momentos mentales discernibles (aunque artificialmente logrados en la
escritura, como es obvio).
Esta sería la sexta obra de la serie metatextual (con Un hombre Sucede, Otra Labor
Para Heracles, El Ciclo Suroriental, La Naturalidad y Lo Milagroso —dos ya fueron
publicadas, otra está inédita y otro par sigue en construcción—); también es la cuarta pieza
de la serie de lo femenino (tras Las Consortes, Las Dulces Hijas de la Tierra y Pequeñas
Resurrecciones —todas sin terminar—), o sea que sirve como punto de encaje. (Dispongo
este inventario de abortos y fracasos anticipados para llenarme el ego de fatua y fútil
fatalidad, y porque me parecen igual de buenas e inútiles las obras que nunca se leen —sea
porque no gustan a nadie o porque no se publican—, siendo las más hermosas aquéllas que
ni siquiera llegan a estar terminadas —y más perfectas a todas luces ésas que se aferran al
limbo estéril de una imaginación herméticamente cerrada.)
Vale la pena agregar que siempre escribo intentando pensar en los sentidos y
pensamientos enfrentados a un retorno imposible a la luz original de lo sagrado (como
símbolo y como experiencia corporal del límite exterior). Por eso me considero
esencialmente un escritor centrado en problemas (a)teológicos. Toda mi obra trata el mismo
asunto: la “imposibilidad de volver” y lo que esto implica para los sentidos, para el espíritu
y los accidentes de la razón y la voluntad. Por eso tengo tantos trozos en que intervienen los
dioses. Me parece maravilloso e intrigante que la narración omnisciente dependa
inevitablemente de la mirada de una cierta deidad, imperfecta y sesgada como la mente que
la creó, pero infinita y eterna como todo lo imaginario e imposible. La voz de la falsa
deidad que escruta lo que hizo, y la de la deidad verdadera, que sucede a través de uno a
pesar del lenguaje, y se distingue porque sabe todo lo que ha sido, todo lo que es y lo que
será.
Invento nuevamente esta psicología de lo sagrado que hay en la carne, junto con su
correspondiente antropología de la ausencia fáctica de dioses en la civilización. Es, en
resumidas cuentas, todo lo que me interesa abordar al fondo de estos intentos. Y un modo
de repetirme, de verme a lo lejos en lo poco que he podido reagrupar.
*0-1*
inducción interior
Un péndulo envuelto en hojas de menta, hojas húmedas que se abaten tibias contra la
tierra. Un atado de ramitas muertas envueltas en un columpio de hojarasca. Algo que se va
desfragmentando, que se cae a pedazos pero sigue envuelto en su propia pulpa: algo que
vive hacia adentro: pero sólo gracias a otros.
El vientre fundido, barrido por los temblores. Un cuerpo doble, cuerpo completo y,
por tanto, casi completamente negado.
Cuerpo sin cuerpo mecido por una calidez doble.
Un olor salino, como orina mañanera o agua de mar. Algo liso como el abdomen de
una lagartija, resbaloso y templado, tibio y viscoso o liso a secas. Algo liso y suave como la
carne de una manzana.
Un rumoreo, un temblor rítmico que infla y desinfla una cierta vida que es la misma
cuando se posa y otra cada vez que se mueve y experimenta fricción.
Olor de saliva, olor de aliento y suspiro.
Debajo del péndulo, algo que extiende el tiempo, una diferencia encarnada: una
especie de fruta secreta replegada, palpitante.
Adentro, adentro como sin ropa, adentro como en una peladura, como en la piel de
adentro; dentro debajo de la cáscara, entre órganos y más adentro aún, enredado entre sus
tejidos discordantes.
Muy interno, pero descentrado, despegado de algo y diseminado en imperfecciones y
estallidos por toda la superficie de la piel.
Encima a veces, debajo a los lados; la extensión del tacto dilatado bajando o cayendo,
nunca hacia arriba, siempre en caída lenta de espiral.
La piel ajena asimilada, re-asimilada la propia; todo el cuero absoluto como una
campiña desierta.
Otras veces el sol enojado en la frente, rubicundo como un ojo que mira kilómetros
de extensión perdido entre miembros templados. El sol erosionando una textura arenosa de
caverna y de herida sudorosa.
Ese olor a cal o a sangre, a jugo de muerte, la savia humana derramada en cuerpo-
puro (cuerpo como cercenamiento, como disección de vida cumplida, ahora apilada en
plenitud).
La carne que arroja una fórmula de humores y hormonas. Necesidad como
movimiento: movimiento como dolor y: oscilación pendular como cese del devenir.
Cese como renuncia de todo sin ceder el derecho a respirar (derecho a morirse así
porque sí).
A veces olores frutales, a veces olores lácteos y dulzones, o ácidos y amargos como
una fruta recién muerta. A veces nada; escaso todo, sin delinear. Poca carne, poca fiesta y
toda la angustia del universo envolviendo unos huesos incisivos.
A veces una cuna de zarzas con sábana de hiedras, una boquilla inhóspita, una aridez
traidora, el chillido sobrenatural de lo horrible o una fuente manantial con secretos que se
evaporan al tocar la lengua.
A veces una simple promesa, menos que la otra nada que el péndulo quería aislar.
A veces la otra forma que la vida (vida como cuerpo, no como torpeza), le da a las
cosas que no entenderemos jamás. Sabor a sudor erótico o a suero de enfermería (más que
de hospital).
Suficiente dolor o placer: es lo mismo.
A veces cosas rotas que raspan, cosas cortadas que quieren dividir y rasgar; otras,
cosas tan sólidas, tan enteras que su peso nos rompe, y tantas veces la ceguera, los ojos
sellados dentro de los puños invocando la tiniebla: trayendo el aullido de quien reconoce
que no todo lo húmedo es una cama ni todo lo que se mece una cuna.
*bloque-1*
o,
de la manera mejor para lograr este aplazamiento de la vida retozando consigo mismo
en los úteros fantasmagóricos de las dulces-queridas-fraternas
En cambio dije algo como: “vivo en un mundo donde me
importás un culo vos y tu cochina novia”.
C...
El autor escribe recostado en la cama, está echado a sus anchas y escribe en esa posición
porque hoy no se siente muy fuerte que digamos. Con la mano izquierda se fuma un
cigarrillo mientras teclea y piensa que, aunque este sea un buen cliché, le arde la garganta y
debería parar de fumar. O cigarrillos o hierba, pero no las dos cosas. No tiene muy claro lo
que quiere escribir, pero intenta trazar la vía a los recuerdos felices en que estuvo
acurrucado y calientito. Ahora todo esto es lejano y difícil de asir, pero espera poder buscar
en el lugar original, visitando la piel hospitalaria de una dulce amiga que se ha convertido
en su alegría de esta temporada de incertidumbre.
El personaje escala montañas, atraviesa lagos sinuosos a nado, juega con los niños cuando
hay niños cerca y piensa que la vida se resuelve en cada tirada; todas sus cartas son ases, y
por eso encuentra un placer terrible en todo lo que le parece maternal.
[la decepción por l sexo, el personaje es frívolo y exitoso, el autor está muy triste, y
necesita el calor ajeno, el personaje solamente lo busca como un vampiro. Reflexión sobre
el sexo pornigráfico, la vacua que es esta adicción. Esta parte es sobre L. S. en presente
perfecto y eficaz, la del personaje es una historia que se mueve entre tiempos y es como
agua caliente, pero en un año de retoces diversos]
*2*
de las bien-amadas fraternas de las generaciones predecesoras y cómo el mal de sus
candores perfectos queda inoculado para siempre en el espíritu
Autour de son corps, il savait que sa pensée,
confondue avec la nuit, veillait. Il savait, terrible
certitude, qu'elle aussi cherchait une issue pour
entrer en lui. Contre ses lèvres, dans sa bouche, elle
s'efforçait à une union monstrueuse. (…) Et la
pensée, rentrée en lui, échangea des contacts avec le
vide.
[Alrededor de su cuerpo, sabía que su pensamiento,
confundido con la noche, lo estaba observando.
Sabía, con una certeza terrible, que ella también
estaba buscando una salida para entrar en él. Contra
sus labios, en su boca, se esforzó por una unión
monstruosa. (...) Y el pensamiento, regresó a él,
intercambió contactos con el vacío.]
Maurice Blanchot…
*3*
de la ruptura emocional de los lazos uterinos y el retorno a la vida y sus vicisitudes
tremendas y mundanales
Love wasn't everything. Women weren't everything. A
writer had to conserve his energies.
[El amor no lo era todo. Las mujeres no lo eran todo. Un
escritor tiene que conservar su energía.]
John Fante…