Procesos Históricos que Dieron
Origen a las Formas Actuales de
Concebir la Seguridad
Enviado por luisavdq • 22 de Mayo de 2017 • Resúmenes • 397
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Procesos Históricos que Dieron Origen a las Formas Actuales
de Concebir la Seguridad
El origen del concepto actual de la seguridad ciudadana es
consecuencia directa de los acontecimientos en Europa
provenientes de la edad media, donde, prevalecía el sistema feudal
y existía una fuerte asociación entre el imperio y la Iglesia; es allí
donde nace uno de los sistemas más significativos en la historia
del castigo y la pena: el proceso inquisitorio, practicado por un
tribunal integrado por sacerdotes juristas, que posteriormente se
extendió geográficamente.
Ahora bien, dirigiendo la atención a Venezuela, se recuerda la
dictadura de Marcos Pérez Jiménez caracterizada por fuertes
restricciones de libertades y garantías civiles y políticas, donde el
apartado policial asumió un rol protagónico en el mantenimiento
del orden público, funcionando como el arma principal del
régimen dictatorial, fortaleciéndose un modelo autoritario en el
que los intereses sociales quedaban subordinados a los políticos.
Este periodo concluye con brutal represión. El fin de esta
dictadura no termino los hechos políticos violentos en la historia
venezolana puesto que el control y represión se mantendría, solo
que vestida de civil.
A partir de los años sesenta penetra definitivamente en
Venezuela la Doctrina de la Seguridad Nacional (DSN), que
definía los problemas de subsistencia y mantenimiento de la
soberanía que se presentan en todo Estado nacional. A través de
esta Doctrina, los cuerpos militares y policiales venezolanos
adquirieron conceptos y herramientas ideológicas y operativas
para actuar contra los disidentes políticos y no como defensores
del bienestar de los habitantes.
El gobierno de Betancourt se ve gravemente afectado por la
lucha de los distintos movimientos sociales y repetidas rebeliones,
trayendo como consecuencia la periódica suspensión de garantías
constitucionales. Los nuevos cuerpos de seguridad del Estado
actuaron apoyados en la DSN y amparados en la suspensión de las
garantías, en la búsqueda del orden público; reviviendo la
represión sistemática y lucha armada comunista. Gobierno y
oposición utilizaron la violencia como medio de comunicación,
estableciéndose, de esta manera, un círculo vicioso y destructivo al
menos para el Estado
Durante los gobiernos siguientes, en cuanto al papel del
Estado con respecto a la seguridad nacional, las fuerzas represivas
se acabaron, tomando un contexto generalizado y alejándose de
los focos políticos. De esta manera la seguridad ciudadana en la
actualidad puede ser definida como acciones democráticas en pro
al bienestar de los habitantes y sus bienes, ajustada al derecho de
cada país.
HISTORIA DE LA SEGURIDAD
Orden Público, conflicto social y Seguridad Ciudadana.
Tendencia durante las recientes décadas
Pasado y Presente del Orden y Seguridad en Venezuela
Procesos históricos que dieron origen a las formas
actuales de concebir la Seguridad
Comprender las dimensiones y configuraciones constitucional de
la seguridad ciudadana a partir de 1999
Estudiar los primeros procesos de institucionalidad y legalidad y
las necesidades de orden público, tomando en cuenta el contexto
nacional e internacional
Conocer discursos y algunas prácticas progresistas en el área de
la seguridad ciudadana
Analizar los Antecedentes de la Seguridad (ideología y Aparatos)
en la Modernidad (siglos XVI - primeras décadas del siglo XX)
Analizar las prácticas de seguridad en Venezuela durante la
década de los años 80 y 90
Analizar el impacto de la Doctrina de la seguridad nacional en
Venezuela y el funcionamiento de los organismos de seguridad
del estado
conocer y evaluar algunas intervenciones autoritarias y
garantistas predominantes en el marco de la seguridad ciudadana
y evaluar sus resultados
Identificar paradigmas y problemas al definir el Orden y la
Seguridad.
Analizar los principales problemas asociados a la seguridad y al
orden constitucional, tomando en cuenta las características del
contexto social, económico y político donde éstos suceden
Identificar los rasgos más destacados de la ideología e
instituciones represivas en la sociedad occidental premoderna
Analizar los antecedentes de la seguridad(ideología y aparatos)
en la modernidad (siglos XVI- primera década del siglo
Reseña
-En la baja edad media, las instituciones que dominaban
eran la iglesia cristiana católica y las monarquías que
estaban repartidas por toda Europa tras la caída del
imperio romano de occidente. La iglesia era, por sobre
cualquier otra organización, la más represiva ya que
cualquier acto público considerado como pecado tenía
severos castigos que podían incluso llevar a la muerte a la
persona
LECTURA 2. LA DoCTRINA DE LA SEGURIDAD
NACIoNAL Y EL CoNTRoL SoCIAL EN VENEzUELA
LECTURA 2. LA DOCTRINA DE LA SEGURIDAD NACIONAL Y EL
CONTROL SOCIAL EN VENEZUELA
Durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez (hasta 1958) hubo fuertes
restricciones de las libertades y garantías civiles y políticas, y en momentos
de crisis políticas y sociales el aparato policial asumió un rol protagónico en
el mantenimiento del orden público, funcionando abiertamente como el arma
principal del poder político del Estado y soporte en el cual descansa- ba el
régimen dictatorial, cediendo al proceso de politización, participando
activamente en el funcionamiento del sistema político como una “fuente de
información objetiva del poder”. La violencia institucional se impuso ante la
necesidad de cumplir con el principal atributo del aparato policial, el cual era
el mantenimiento del orden público (político), fortaleciéndose un modelo
policial autoritario en el que los intereses sociales quedaban subordinados a
los políticos. Hasta el final del período, se desplegó una brutal represión,
particu- larmente contra la clase obrera y los partidos disidentes. El fin de la
dictadura de Marcos Pérez Jiménez, en 1958, no supuso el final de la
represiva y violenta historia política venezolana. Venezuela, a diferencia de
otros países latinoamericanos, escapa al autoritarismo burocrático carac-
terístico de los regímenes militares de la década de los sesenta y setenta,
pero la ideología del control y la represión se mantendría, sólo que vestida
de civil.
A partir de los años sesenta penetra definitivamente en Venezuela así como
en otros países latinoamericanos- la Doctrina de la Seguridad Nacional
(DSN), que definía los problemas de subsistencia y mantenimiento de la
soberanía que se presentan en todo Estado nacional (García Méndez
1987). A través de esta Doctrina, los cuerpos militares y policiales
venezolanos adquirieron conceptos y herramientas ideológicas y operativas
para actuar contra los disidentes políticos, considerados enemigos internos.
Esta nueva concepción de seguridad surgida a partir de la Segunda Guerra
Mundial “introduce cambios sustanciales en las referencias teóricas de los
planificadores de las políticas de seguridad de los países del continente
latinoamericano” (Manrique 1996:41). El impacto que tuvo en Venezuela se
siente con fuerza durante los primeros años de esta década, como
consecuencia de la “recepción de ideas de origen principalmente argentino
y brasileño, trans- mitidas a través del Colegio Interamericano de Defensa
de Washington y que van a influir decisivamente sobre la doctrina y
metodología de planificación de la Seguridad y Defensa que se van a
difundir en el país” (Rey 1998:168). Desde entonces, el aparato represivo
del Estado adquirió conceptos y herra- mientas, tanto ideológicas como
operativas, para actuar contra los disiden- tes políticos. Para Bergalli 1983,
en todo el continente, la política criminal que emerge de la DSN es una
política del miedo, del terror de Estado.
El politólogo Miguel Manrique distingue, dentro del esquema de la
seguridad nacional, lo que será la distribución de funciones entre los
Estados de- pendiendo del poder de cada uno de ellos- para asumir la
responsabilidad de resguardar la seguridad nacional. En este sentido,
señala que “El Estado eje del hemisferio tiene la responsabilidad de la
seguridad exterior del conjunto del sistema; en cambio, los Estados con
menos poder se encargan, básica- mente, de garantizar su seguridad
interna; la cual podría verse amenazada por los efectos de la “Estrategia
Indirecta del contrario” (1996:23). En este sentido y para los Estados
menores en poderío, por decirlo de alguna manera, la inseguridad nacional
se traduciría en la amenaza interior a la estabilidad política de esos
Estados.
Entonces, apoyados en la DSN y amparados en la suspensión de las
garantías, actuaron los cuerpos de seguridad del Estado en la procura del
mantenimiento del orden interno y como respuesta a las protestas populares
(mu- chas de ellas a raíz de la misma suspensión de garantías
constitucionales). Las políticas gubernamentales se centraron en la
búsqueda de la estabilidad democrática y en el combate contra el
comunismo. Mientras una nueva Constitución es promulgada en 1961
caracterizada por el equilibrio de los poderes del Estado, por consagrar los
más avanzados derechos fundamentales y por establecer la armonía entre
los derechos de los ciudadanos y las necesidades sociales se desempolva y
renueva el viejo aparato de represión política (el mismo del que fueran
víctimas durante la dictadura los integrantes del partido de gobierno), sólo
que con otro nombre y bajo otra autoridad.
El gobierno de Betancourt se ve gravemente afectado por la lucha de los
distintos movimientos sociales y repetidas rebeliones militares que ocupan
la atención del gobierno, trayendo como consecuencia la periódica
suspensión de las recién estrenadas garantías constitucionales. Los nuevos
cuerpos de seguridad del Estado actuaron apoyados en la DSN y
amparados en la suspensión de las garantías, en la procura del orden
público y como respuesta a las protestas populares (muchas de ellas a raíz
de la misma suspensión). Las políticas gubernamentales se centraron en la
búsqueda de la estabilidad del recién instaurado régimen democrático. La
DSN le otorgaba a la seguridad interna un valor supremo, en el que el
objetivo de guerra era el “enemigo” (disidente), al cual había que neutralizar
y reducir. En los momentos de crisis política descritos, el nuevo gobierno
demo- crático fue capaz de violar los mecanismos jurídicos e incluso
ideológicos que ellos mismos habían creado para asegurarse la adhesión
popular, utilizando contra la sociedad los instrumentos de coerción y
violencia propios de los re- gímenes autoritarios.
Según Maza Zavala y Malavé, durante el gobierno de Betancourt se negó
la audiencia a planteamientos de verdaderas reformas, se clausuró el
espacio político de la izquierda revolucionaria y se quebrantaron los
términos de la “represión tolerable” (1980:20-21). En este sentido, y ante las
constantes manifes- taciones de malestar social y de protestas colectivas, el
gobierno democrático revive la represión sistemática sobre los partidos
disidentes y declara la censu- ra política, ilegalizando algunos partidos de
izquierda. Al rechazo político del gobierno siguió la declaración abierta de la
lucha armada comunista. Mientras los partidos de izquierda eran
censurados, los grupos guberna- mentales de presión política continuaron
actuando y la acción política violenta contrarrevolucionaria se fortaleció.
Gobierno y oposición utilizaron la violencia como medio de comunicación,
estableciéndose, de esta manera, un círculo vicioso y destructivo que, al
menos para el Estado y algunos centros de poder, puede resultar funcional,
por cuanto puede justificar la reacción, la emergencia y la represió[Link] este
contexto la violencia, como reacción al conflicto, fue la opción elegida por el
gobierno para “calmar los ánimos”, y mientras se exaltaban los atributos del
Ejército como “garante de la integri- dad territorial de la Nación, protector de
la Constitución, de las leyes y de los gobiernos del pueblo”, éstos -junto al
renovado aparato de violencia respondieron respaldando las políticas
represivas del gobierno. Consecuentemente, las medidas gubernamentales
en materia de seguridad se tradujeron en mayores dotaciones para las
Fuerzas Armadas Nacionales, en el llamamiento a las filas de nuevos
contingentes para asegurar el orden público y en la intensificación de la
lucha antiguerrillas (Velásquez y otros 1980).
A pesar de los intentos de racionalizar la violencia estatal -justificada por
algunos por la amenaza permanente al sistema democrático y al sistema
económico capitalista- el fracaso de la legalidad y de las instituciones
democráticas en general se puso en evidencia a través del terrorismo de
Estado, la utilización masiva de los recursos de fuerza y la impunidad.
Durante los gobiernos siguientes, la figura del Estado interventor se
intensificó y fortaleció, los innovadores programas económicos se
caracterizaron por el olvido y ,en cuanto al papel del Estado con respecto a
la seguridad nacional, habiendo disminuido considerablemente la existencia
de focos guerrilleros y aumentado la participación de los partidos políticos
en el fortalecimiento de la democracia, las fuerzas represivas del Estado se
abocaron a la búsqueda de un nuevo enemigo interno, ya no político. En
este estado de cosas, la violencia institucional toma nuevos tintes, ahora
menos políticos, pero mucho más generalizada
LECTURA 1. LA SEGURIDAD Y SUS AMENAzAS
EN LA BAJA EDAD MEDIA
LECTURA 1. LA SEGURIDAD Y SUS AMENAzAS EN LA BAJA EDAD
MEDIA
En Europa, durante la Edad Media, prevalecía el sistema feudal y existía
una fuerte asociación entre el Imperio y la Iglesia. La vida académica e in-
telectual se encontraba en los monasterios. En ese contexto, durante la
Baja Edad Media ([Link]), nace uno de los sistemas más significativos en la
historia del castigo y la pena: el proceso inquisitorio, practicado por un
tribunal inte- grado por sacerdotes juristas para investigar la mala conducta
de los clérigos (entendida como cualquier conducta apartada de la
ortodoxia). Al pasar del tiempo se fue expandiendo geográficamente y
fortaleciendo sus instituciones para investigar, perseguir y castigar cualquier
tipo de herejía (por ejemplo, oponerse a la idea del pecado, cuestionar las
estructuras de poder, promover la igualdad de bienes, practicar la libertad
sexual.). El proceso tenía como objetivo principal de actuación la
persecución y represión de la brujería y estaba caracterizado por
actuaciones secretas, escritas, en las que se decretaba la prisión preventiva
del imputado, es decir, de quien se encontrara en situación de pecado, a
quien muchas veces se le secuestraban sus bienes y se torturaba para
descubrir la verdad. La tortura aparece minuciosamente indicada para
obtener la confesión o para lograr la delación de supuestos cómplices.
La investigación se iniciaba de oficio o por denuncias anónimas.
Frecuentemente, se buscaba engañar al acusado con falsas promesas y
pruebas inexistentes. Si la acusada o acusado no confesaba, se
interpretaba que era efectivamente culpable pues sólo el diablo podía
ayudar a resistir la presión de la tortura. La pena final era morir en la
hoguera. Las ventajas políticas de este sistema eran muchas: permitía
reprimir la disidencia política y religiosa, mantener el orden, lograr la unidad
de la Iglesia, además de procurar beneficios económicos al poder político-
religioso. En este tipo de procedimientos fue emblemática la “cacería de
brujas”, en la que el inquisidor tenía amplios poderes para arrancar la
verdad en los peo- res delitos (pecados) mediante la tortura. La brujería se
consideraba uno de los peores y más gravísimos pecados, con- tagioso e
imitable, pues según los discursos que justificaban su castigo, la brujería se
fundamentaba en un pacto con el diablo. La magia era efectuada con el au-
xilio del diablo para causar a los hombres muchos y horribles daños.
En general, se consideraba la negación de la fe cristiana como una grave
amenaza contra la humanidad que había que extinguir y, para ello, todo
método para combatirla era permitido. Si no se atacaba, la humanidad
correría el riesgo de desaparecer, y esta grave situación generaba una
emergencia basada en el miedo que justifica- ba cualquier intervención por
parte del poder, bajo la creencia de que el enemigo no merece trato de
persona. Justamente, una de las características del discurso de emergencia
es la magnificación de la gravedad de la amenaza. Se decía que quien
dudara del poder de las brujas, también era un hereje. Por eso, el mismo
defensor evitaba hacer una defensa demasiado caluro- sa para no provocar
la sospecha de pertenecer él mismo al gremio brujo. Sin duda, era una
herramienta útil para evitar cualquier intento de deslegitimar esos métodos y
eliminar la disidencia. Lo imposible y lo irreal, como el pacto diabólico, los
amores con el diablo y los viajes de brujas sólo podían adquirir apariencia
de verdad gracias a la confesión de los supuestos culpables. Semejante
confesión de culpa tan sólo podía arrancarse a discreción mediante las
torturas; sólo en rarísimos casos era el inculpado suficientemente fuerte
para resistirlas.
Cabalmente esto se interpretaba en su mayor perjuicio; como
empecinamiento por la ayuda del diablo, provocando esta conducta torturas
repetidas y más crueles, para que- brantar y vencer la resistencia del diablo
que vivía en la bruja. Pues en los procesos de brujas quedaban derogados
los principios relativos a la intensi- dad y repetición de la tortura, porque la
brujería era mirada como un delito de excepción (delitum exceptum) en el
cual para la prueba de culpabilidad todo medio era lícito. Una fórmula de los
procesos de brujas decía: Serás torturada hasta que estés tan delgada que
a través de ti se vea el sol (Radbruch y Gwinner 1955). Entre las principales
críticas realizadas a este tipo de sistema, se decía que el poder perseguir y
castigar a las brujas era utilizado para otros fines que no se revelan, que se
mostraba indiferencia frente al dolor ajeno, que era el poder religioso el que
decidía quiénes eran consideradas o considerados una amenaza y que una
vez capturada la amenaza, se abrían espacios policiales de arbitrariedad y
corrupción en los que participaban los príncipes (poder político) a través de
la confiscación de los bienes. También se critica el intui- cionismo policial,
según el cual, los inquisidores aseguraban la culpabilidad de las brujas
mediante argumentos intuitivos o subjetivos (equivalente a lo que llaman
algunos “olfato policial”), que valía como prueba de cargo
LECTURA 4
LECTURA 4
La ilustración fue un movimiento intelectual y reformista promovido por
pensadores de los siglos XVII y XVIII que planteaban serias críticas al
sistema instaurado en la modernidad, en el que un sistema estatal despótico
crecía y se fortalecía cada vez más desvinculado del pueblo, y en el que la
idea de seguridad giraba alrededor de intereses dominantes del poder
político y económico y a espaldas de la población más vulnerable. En ese
contexto, el filósofo inglés John Locke promueve el reconocimiento de los
derechos naturales (para salvaguardar la vida, la libertad y las posesiones)
como límite del accionar de los gobiernos, asegurando que el Estado sólo
existe para asegurar esos derechos.
En este mismo sentido, el autor italiano Cesare Beccaria (1738-1794) pro-
movió un concepto liberal de seguridad desde el cual se prevé un Estado
limitado, un Estado de derecho cuyos límites surgen de la ley. Desde este
sentido garantista, el Estado debía respetar los derechos de las personas,
es decir, garantizar su seguridad, la seguridad de sus derechos. En cuanto
al castigo, una forma de garantizar esos derechos era a través de leyes
claras y escritas para reducir la arbitrariedad, con penas determinadas,
modernas (lo cual implicaba suprimir el tormento y la tortura), castigando
hechos concretos y no personalidades (formas de ser), entendiendo que el
sujeto que infringía la ley era un ser racional, con capacidad de decidir.
Lamentablemente, durante los siglos XIX y XX esta idea de seguridad de
todos frente al Estado y la garantía de la seguridad de los derechos en
general había sido desplazada por la ideología de la defensa social, según
la cual el individuo es un ser enfermo, que atenta contra la sociedad, sin que
fueran consideradas las injusticias sociales producidas por la revolución
industrial, que mostraba que a una mayor acumulación de riqueza seguía
una gran acumulación de miserias.
El sistema capitalista comienza a manifestar crisis, pero sin cuestionar el
orden social ni económico como generador de desigualdades, se le asigna
el atributo de “peligrosos” a los pobres (conside- rados biológica y
antropológicamente predeterminados al delito), justifican- do actuaciones de
corte autoritario por parte de los Estados que proponían, entre otras cosas,
penas indeterminadas y pena de muerte contra los consi- derados
incorregibles. La aplicación de estas ideas securitarias se dio durante el
nacionalsocialis- mo alemán, cuando se consideraba que la mejor solución
para los asociales (quienes se apartaban de los valores y principios de la
sociedad, tanto porque cometían delitos como porque llevaban una vida
disoluta, de vagabundaje, mendicidad o refractaria al trabajo) era la
aplicación de medidas esterilizadoras para evitar la procreación y
reproducción de estas personas, a las que se internaba en casas de trabajo
y campos de concentración para aprovechar su fuerza de trabajo y luego
exterminarlas. También leyes autoritarias, que promueven la arbitrariedad
policial y la “aplicación injusta de la justicia”, que criminalizan la vagancia y
la pobreza, se produjeron en Europa y en América Latina, por considerarlas
una amenaza para la seguridad (por ejemplo, las leyes de vagos y
maleantes)
LECTURA 5. POLÍTICA DE SEGURIDAD
CIUDADANA
LECTURA 5. POLÍTICA DE SEGURIDAD CIUDADANA
Los cambios del Estado venezolano a partir de 1999, luego de la
promulgación de la constitución de la República Bolivariana de Venezuela,
proponen redimensionar la tradicional idea de ciudadanía, que más allá del
reconocimiento expreso de unos derechos, se consolida con su ejercicio. La
perspectiva teórica en políticas de seguridad ciudadana se estima de gran
valor, en tanto que la evaluación de los contenidos y resultados de los
mecanismos de intervención del Estado a través del Derecho penal para
garantizar la protección de la seguridad ciudadana, genera valiosa
información sobre la organización y funcionamiento de las instancias del
sistema de justicia penal, y resulta fundamental para desarrollar
herramientas que permitan la ejecución de prácticas, orientadas al logro de
los objetivos de una política de seguridad ciudadana en el marco del Estado
social y democrático de derecho, evitando el grave riesgo de acudir a
políticas que signifiquen retomar la herencia de una larga tradición política
arraigada en el orden público, o ser presa de nuevas políticas que emergen
de tendencias punitivas globalizadas, que suponen la homogeneización de
las políticas públicas de seguridad, pudiendo desembocar en modelos y
prácticas no solamente ajenos a la realidad social venezolana, sino
contrarios a los imperativos éticos configurados en la constitución. Ambas
perspectivas apuntan a la severidad de la política penal en su conjunto y se
encuentran vinculadas al uso ineficaz del poder, y ante la creciente
necesidad de relegitimación del Estado a través de la política pública de
seguridad.
Del orden público a la seguridad ciudadana En la constitución de la
República Bolivariana de Venezuela (cRBV) de 1999 se consagra por
primera vez a nivel constitucional la seguridad ciudadana (artículo 55),
entendida en sentido amplio como la protección de los derechos, libertades
y garantías constitucionales. Ello implica -al menos conceptualmente- la
superación del tradicional modelo de segu- ridad basado en el orden público
acuñado durante largo tiempo en el país, que garantizaba sobre todo el
normal funcionamiento de las institu- ciones del Estado y bajo el cual se
protegía (distorsionadamente) el orden económico y político, tanto en
gobiernos dictatoriales como democráti- cos, incluso por encima de los
derechos y garantías civiles (núñez 2001).
A partir de 1999, el constituyente parece redefinir las relaciones entre el
individuo y el Estado en materia de seguridad, en el seno de un modelo
constitucional propio de un Estado democrático y social de derecho y de
justicia “que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico
y de su actuación, la vida, la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la
democracia, la responsabilidad social y, en general, la preeminencia de los
derechos humanos, la ética y el pluralismo político” (Artículo 2, cRBV). La
amplia gama de derechos reconocidos en la constitución no sólo tiende a
fortalecer la tradicional noción de ciudadanía, sino que también es una
franca invitación a la seguridad, suponiendo que, ante cualquier amenaza o
coerción ilegítima contra la libertad y los derechos, prevalecerá el orden
constitucional (Borrego 2002).
La introducción de este nuevo concepto en materia de seguridad debía
representar un aliciente para la sociedad venezolana y una guía para las
políticas públicas a desarrollar por la nueva República entrado el nuevo
milenio, quebrando la trágica historia de control del Estado, atacando un
fenómeno presente en las sociedades modernas -la inseguridad y
asumiendo el reto de garantizar la seguridad de los derechos de sus
ciudadanos, reto para el cual cualquier política de Estado basada en el
modelo del orden público resultaría ineficaz. Siendo así las cosas y
siguiendo el esquema de conceptos contrarios expuesto por Recasens
2000, frente a un modelo basado en el orden público, que tenga como
objetivo fundamental perpetuar la norma y mantener la autoridad, y como
misión, forzar la obediencia de los ciudadanos a la norma, se contrapone un
modelo basado en la seguridad ciudadana, que tendría como objetivo
preservar derechos y libertades, a la vez que se ofrece un servicio público a
la ciudadanía, y cuya misión fundamental sería la protección de la seguridad
de los ciudadanos, todo ello en procura de una mejor calidad de vida.
En este sentido, la seguridad ciudadana -siguiendo a Zuñiga- viene a ser un
“concepto instrumental para el desarrollo de los derechos funda- mentales”
(1995:459) y el orden público, un instrumento al servicio de la seguridad,
pero nunca un fin en sí mismo. Evidentemente, el sentido que asume la
seguridad ciudadana en cuan- to a la conservación, fomento y protección de
los derechos y libertades de los ciudadanos, dista mucho del tradicional
concepto de orden público. Entendiéndola como una garantía más del
actual modelo de Estado, a través de la seguridad ciudadana, la democracia
venezolana intenta con- solidarse en función de la garantía de los derechos
y asume tácitamente como compromiso el mantenimiento de la vigencia de
los mismos. Desde este punto de vista, se abren nuevas puertas para el
desarrollo de una democracia de la ciudadanía, entendida como una
manera de or- ganizar la sociedad con el objeto de asegurar y expandir los
derechos de los cuales son portadores los individuos (PnUD 2004:54).
En un sistema tal, la violencia y la inseguridad son consideradas como una
seria amena- za para la estabilidad democrática y para la gobernabilidad, no
sólo por- que ponen en evidencia las limitaciones del Estado para erigirse
como garante de los derechos reconocidos como democráticos, sino porque
tal situación genera rechazo social hacia el sistema político y hacia las
decisiones de los gobernantes y representantes políticos. En tal escenario,
el efectivo desarrollo de la noción de ciudadanía basada en el ejercicio de
los derechos agoniza, frente a la falta de protección y garantía de esos
mismos derechos (ver Pulido 2000). Si se considera que “en un Estado
Democrático, la seguridad es sólo concebible en tanto que deber de
protección del Estado en relación con los derechos” (Rosales 2002a:300) y
que la medida del desarrollo de una democracia está dada por su
“capacidad de dar vigencia a los derechos de los ciudadanos” (PnUD
2004:50), entonces un contexto de inseguri- dad, que amenace la vigencia
del Estado de Derecho, repre¬sentaría un grave déficit democrático a
superar. Democracia, ciudadanía y seguridad ciudadana son conceptos que
deben ser desarrollados, y su cristalización depende de condiciones so-
ciales, políticas, económicas, culturales e institucionales, que serán de-
terminantes para el fortalecimiento (o debilitamiento) del Estado social y
democrático de derecho. Ahora bien, el contenido de estos conceptos
(democracia, ciudadanía y seguridad ciudadana) no se agota con el reco-
nocimiento expreso de unos derechos y de unas libertades.
La seguridad ciudadana y las políticas públicas El marco constitucional y la
consecuente regulación de aspectos so- ciales, políticos y civiles, entre
otros, implica la ampliación del campo de acción del Estado, en el sentido
en que se ve incrementada su actividad e intervención en algunos asuntos.
Esto implica importantes transforma- ciones en las distintas áreas de acción
del Poder Público nacional y en la estructura del Estado venezolano en
general. En el proceso de reforma del Estado y en la redefinición de un
sistema tendente a garantizar la seguridad personal de los ciudadanos, las
polí- ticas públicas juegan un papel fundamental y se propone considerarlas
para este estudio como unidad de análisis, no sólo del sector público y del
Estado nacional en general, sino del Gobierno nacional en particular, siendo
éste considerado como la unidad estratégica del sistema político (Bouza-
Brey 1996) y como un instrumento para la realización de las políticas
públicas (Lahera 2002).
Si bien la seguridad ciudadana es una responsabilidad concurrente de los
distintos ámbitos político territoriales del poder público -y así lo prevé la
CRBV la política nacional de seguridad ciudadana representa un buen
revelador de las prioridades y valores del Estado en el tratamiento
específico de la materia y, en general, de los objetivos del sistema político
como parte del sistema social global. Al fin y al cabo, “lo importante para
caracterizar a un gobierno no son los criterios tradicionales de quién y cómo
se ejerce el poder, sino el contenido de las políticas públicas” (Rey 1998:3).
ciertamente, cuando se habla de seguridad ciudadana, se ven involucrados
distintos actores: distintas instancias públicas y privadas, organizaciones
gubernamentales y no gubernamentales y ,sobre todo, la sociedad civil
como parte importante para la solución de los asuntos públicos; sin
embargo y muy especialmente- son las actividades desarrolladas por (y
desde) el Estado las que ponen a prueba la coherencia política e
institucional de todo el sistema, por cuanto el desarrollo de la política de se-
guridad requiere de la intervención de una multiplicidad de organismos y, en
su debida articulación, el Estado tiene una gran responsabilidad.
Específicamente a los organismos del Poder Público nacional (Asamblea
nacional, Ministerio del Interior y Justicia, Ministerio Público y Tribunales de
la República entre otros) les corresponde desempeñar un papel
fundamental en el desarrollo de la política nacional de seguridad. A los fines
de hacer una aproximación al tema de estudio, se entien- de que una
política nacional de seguridad ciudadana comprende -en sentido restringido
todos aquellos programas, proyectos y actividades destinadas a disminuir
los índices de criminalidad, llevados a cabo por el gobierno nacional, a
través de cualquiera de las ramas del Poder Público. Tanto en su
planteamiento como en sus resultados, la política nacional de seguridad
debe ser valorada en cuanto a su eficiencia en la prevención de la
criminalidad y la violencia, en la legitimidad de los medios emplea- dos y,
sobre todo, por el respeto de los derechos humanos.
Deben ser criterios a considerar, de forma transversal, para la evaluación de
la política venezolana en la materia. Muchos han sido los planes de
seguridad desde la entrada en vigen- cia de la constitución del 99; sin
embargo, los planes no garantizan el cumplimiento de la política pública,
pues formular una política es una cosa y poder asegurar la intervención que
ella requiere es otra (Lahera 2002), y es importante tener en cuenta que, en
este proceso, intervienen variables políticas, sociales, económicas y
culturales que determinan el desarrollo de esa política. La política de
seguridad ciudadana se presenta entonces como producto de un proceso
que se desarrolla en un tiempo y marco específico que van definiendo el
tipo y el nivel de los recursos disponibles y empleados, y en el que a través
de complejos esquemas de interpretación y de juicios de valor, se va
definiendo tanto la naturaleza de los problemas planteados como las
orientaciones de la acción en materia de seguridad.
La complejidad social, las demandas de seguridad ciudadana y el mo- delo
de Estado venezolano imponen un gran reto: el desarrollo de un nuevo
modelo de seguridad basado en el paradigma de la protección de los
derechos humanos (Baratta 2000; Aniyar 2005). Esto es así, sobre todo
cuando no pueden ocultarse más las profundas desigualdades sociales
existentes y donde el sistema penal ha servido de instrumento para
profundizar esas desigualdades; nada más lejano a la ideología del Estado
social de derecho. Un nuevo enfoque de seguridad ciudadana implica más
que un reto, un desafío cultural, y las mismas características que ha
asumido la fun- ción gubernamental invitan a reflexionar sobre qué concepto
de seguri- dad se está manejando, qué uso se le está dando a la capacidad
de go- bernar, cómo y cuáles han sido los recursos empleados, para así
plantear los procesos de reformas necesarios a ser desarrollados en el
marco de unos objetivos y mecanismos éticos para cumplir las metas
trazadas. Un nuevo enfoque en la política legislativa de seguridad ciuda-
dana requiere la conciencia de que ésta no puede apoyarse más en el
pensamiento conservador, cuyas líneas principales se desarrollan casi
exclusiva¬mente alrededor del control punitivo.
LECTURA 10. LOS ÁMBITOS DE LA SEGURIDAD
LECTURA 10. LOS ÁMBITOS DE LA SEGURIDAD
Se pueden distinguir dos grandes tipos de protecciones. Las protecciones
civiles garantizan las libertades fundamentales y la seguridad de los bienes
y de las personas en el marco de un estado de Derecho. Las protecciones
so- ciales “cubren” contra los principales riesgos capaces de entrañar una
degra- dación de la situación de los individuos, como la enfermedad, el
accidente, la vejez empobrecida, dado que las contingencias de la vida
pueden culminar en una decadencia social. Aunque las formas más masivas
de violencia y de decadencia social hayan sido neutralizadas, la
preocupación por la seguridad es de naturaleza popular.
Las sociedades modernas están construidas sobre el terreno fértil de la
inseguridad, porque son sociedades de individuos que no encuentran ni en
ellos mismos ni en su medio inmediato la capacidad de asegurar su
protección. Si bien es cierto que estas sociedades se han dedicado a la
promoción del individuo, promueven también su vulnerabilidad, al mismo
tiempo que lo valorizan. De esto resulta que la búsqueda de las
protecciones es consustan- cial al desarrollo de este tipo de sociedades. La
sensación de inseguridad no es exactamente proporcional a los peligros
reales que amenazan a una población.
Es más bien el efecto de un desfase entre una expectativa socialmente
construida de protecciones y las capacidades efectivas de una sociedad
dada para ponerlas en funcionamiento y, algunas veces, la sensación de
inseguridad y la demanda de seguridad puede traducirse en una demanda
de autoridad que, liberada a sus impulsos, puede amenazar la propia
democracia. Existe una infinita aspiración a la seguridad en nuestras
sociedades, pero ello no debe conducir a cuestionar la legitimidad de la
búsqueda de protec- ciones. Todo lo contrario, es la etapa crítica necesaria
que hay que atravesar para definir las acciones que hoy se requieren para
hacer frente del modo más realista a las inseguridades: combatir los
factores de disociación social que están en la raíz tanto de la inseguridad
civil como de la inseguridad social.
No conseguiremos la seguridad de estar liberados de todos los peligros,
pero se podría ganar la oportunidad de habitar en un mundo menos injusto y
más humano. Estar protegido no es un estado “natural”. Es una situación
construida, porque la inseguridad no es un imponderable que adviene de
manera más o menos accidental, sino una dimensión consustancial a la
coexistencia de los individuos en una sociedad moderna y que,
necesariamente, hay que combatirla para que éstos puedan coexistir en el
seno de un mismo conjunto. Para ello, se debe instituir un Estado dotado de
un poder efectivo para desempeñar ese rol de proveedor de protecciones y
garante de la seguridad. Pero un Estado democrático no puede ser
protector a cualquier precio, porque ese precio sería equivalente al
absolutismo del poder del Estado. La existencia de principios
constitucionales, la institucionalización de la sepa- ración de los poderes, la
preocupación por respetar el derecho en el uso de la fuerza ponen otros
tantos límites al ejercicio de un poder absoluto y crean las condiciones de
cierta inseguridad
LECTURA 11. Caracazo
LECTURA 11. Caracazo
El 2 de febrero de 1989 el presidente electo, Carlos Andrés Pérez, tomó
posesión en el teatro Teresa Carreño. Por primera vez un Presidente
venezolano se posesionó fuera del recinto del Congreso Nacional. Algunos
encontraron que el acto fue similar a una coronación imperial. El 16 de
febrero apenas 14 días después de la toma de posesión, el Presidente
anunció el paquete de las penurias económicas: aumento de precios y
congelación de salarios, entre otras. Según algunos analistas, con ese
paquete “empezamos a transitar el camino hacia el 27 de febrero”.
Muchos de los que votaron por Pérez comenzaban a desilusionarse y no las
tenían todas consigo: habían creído que con Carlos Andrés regresaría la
viajadera a Miami para seguir comprando “tan’ barato, dame dos”, pero la
dura realidad asomó la llegada de una época de privaciones. En el ambiente
del país se palpaba una sensación de malestar generalizado, el disgusto
colectivo era evidente. El lunes 27 de febrero de 1989 amaneció como todos
los lunes: con grandísima flojera. Todo comenzó cerca del Nuevo Circo de
Caracas cuando los usuarios de la ruta de autobuses Caracas-Guarenas-
Guatire se enteraron de las nuevas tarifas más altas que las reguladas por
el Gobierno que estaban cobrando los choferes porque los nuevos precios
de la gasolina habían entra- do en vigencia el domingo anterior. El Gobierno
había aprobado 10 bolíva- res para la ruta Caracas-Guarenas y 12 bolívares
para la Caracas-Guatire, los conductores estaban cobrando 16 y 18
bolívares respectivamente. Los pasajeros se sintieron burlados y, desde las
seis de la mañana, se concentraron en la avenida Lecuna (frente al coso de
San Agustín) para protestar pacíficamente, luego se les unieron los
estudiantes del tecnológico Luis Caballero Mejías. La protesta se fue de
bruces, se volvió violenta y se generalizó en Caracas y llegó a otras
ciudades. Fueron días “casi una semana”de batallas campales que
comenzaron con manifestaciones “espontáneas” (aunque algunos aseguran
haber visto a agitadores que luego participaron en el golpe de estado del 4
febrero de 1992). La cuota de dolor y muerte fue grande: la cifra oficial fue
de trescientos muertos. Otros opinan que las muertes pasaron de tres mil.
La calma comenzó a regresar el 3 de marzo.
LECTURA 12. TRAGEDIA DE VARGAS
LECTURA 12. TRAGEDIA DE VARGAS (1999)
Deslaves en la costa del litoral, estado Vargas.
La Tragedia de Vargas, denominada también como el Desastre de Var- gas
o los Deslaves de Vargas, es como se le conoce al conjunto de des- laves,
corrimientos de tierra e inundaciones ocurridas en las costas cari- beñas de
Venezuela en diciembre de 1999 y especialmente trágica en el estado
Vargas, de donde recibe la denominación, pero que afecta a otras regiones
del país. Éste es considerado el peor desastre natural ocurrido en
Venezuela durante el siglo XX. Las cifras de fallecidos aunque sin carácter
oficial se calculan en miles (van de 10.000 hasta 50.000 muertos
dependiendo de la fuente), mientras que los damnificados tampoco
confirmadas oficial- mente se cuentan en decenas de miles. Este hecho
aparece en el Libro Guinness de los récords como el mayor número de
víctimas mortales por un alud de barro. Las zonas más afectadas por el
desastre natural del 15, 16 y 17 de di- ciembre son las costas de los estados
Vargas, Miranda y Falcón. Miles de personas fueron desplazadas y pueblos
enteros quedaron devastados, entre la infraestructura perdida por el
desastre se cuentan universidades, grandes hoteles, clubes, importantes
comunidades, vialidad, entre otros
LECTURA 13. POLÍTICAS DE SEGURIDAD
LECTURA 13. POLÍTICAS DE SEGURIDAD Tomado de: Recasens, A.
(2007)
La seguridad y sus políticas. Barcelona: Atelier. (Adaptado para fines
pedagógicos de este material).
cuando hablamos de seguridad o de temas relacionados con ella, a me-
nudo se constatan confusiones semánticas y conceptuales entre modelos,
métodos, políticas, técnicas, etc. Un modelo es una construcción sobre una
experiencia de la realidad y dicha realidad no puede ser o no ser, sino que
sencillamente es. En toda realidad hay siempre elementos para construir un
modelo. Toda institución como la policía o todo programa de acción como
una política, en tanto que construcciones, contienen un modelo subyacente,
ya sea, manifiesto o latente, pretendido o espontáneo. Lo verdaderamente
importante consiste en saber reconocer si nos hallamos ante un modelo
preconcebido y ejecutado para transformar la realidad y orientarla a partir de
unos objetivos predeterminados, o por el contrario se trata tan sólo de un
intento de sistematizar o explicar lo ya existente, que se ha ido perfilando
con la mera actividad de los actores sociales.
Si no existe una política concreta de seguridad establecida y ejecutada por
quien tiene tal responsabilidad, las instancias operativas como la policía no
dejan por ello de actuar, sino que con su quehacer perfilan, de manera
asilvestrada pero no por ello menos cierta, formas, modelos y elementos
constitutivos de lo que podríamos denominar una pseudo política. Ésta
contiene o incorpora algunos elementos incluso estratégicos, que a nivel
muy primario se constituyen en apariencias subsidiarias de una inexistente
auténtica política. Las políticas de seguridad forman parte de las políticas
públicas, y és- tas a su vez de la política en general. En un modelo
democrático, puede sostenerse que quienes ejercen el poder político tienen
una capacidad -y la obligación- de tomar decisiones legítimas en el marco
de dicho modelo, que deben orientarse a la consecución de un bien común,
pero que no pueden ser separadas de las finalidades (objetivos, metas)
espacio- temporales propuestas por aquellos que han sido elegidos y
encargados de gobernar.
Las políticas públicas de seguridad son políticas sectoriales, sin que ello
signifique que puedan desligarse de otras políticas públicas (como las de
bienestar social, sanidad, urbanismo, defensa, educación, etc.). Entonces,
por políticas públicas de seguridad se puede entender un con- junto de
iniciativas y decisiones basadas en una lectura interpretativa de la realidad,
mediante las cuales quienes ejercen el poder político, constituidos en poder
público, intentan dirigir las actividades y los recursos de los órganos y de las
instituciones dedicados a garantizar la integridad de los ciudadanos y la
preservación legítima de sus bienes con la finalidad de transformar la
realidad. La política de seguridad no debe estar enfocada en
posicionamientos a remolque de los sucesos de la realidad. En tal caso lo
que se produce no son políticas, sino falsas políticas, detrás de las cuales
no hay una voluntad real de llevarlas a cabo y esa falta de voluntad de
realización la convierte en una política simbólica para tratar de comprar
tiempo.
Las verdaderas políticas de seguridad tienen por objeto transformar la
realidad a partir de cierta prospectiva, tratando de evitar que el problema
detectado llegue a plantearse o, al menos, que se expanda. Deben operar
de manera que se alcancen y mantengan estados de seguridad soporta-
bles (sostenibles) para la sociedad en la que se desarrollan. En general, el
diseño y la ejecución de las políticas de seguridad transformadoras
requieren de un proceso de elaboración específico que pasa forzosamente
por la investigación y la evaluación. Un estado de seguridad no responde a
situaciones espontáneas. Sólo puede responder al diseño y ejecución de
políticas de seguridad previstas al efecto y en constante proceso de
evaluación y revisión para adaptarlas a los cambios y necesidades sociales.
Por lo tanto, un estado de seguridad no puede en modo alguno ser neutro;
es el producto de una actividad pública en un entorno social concreto.
(Recasens, 2007)
Concepto de protección
La palabra protección se refiere al acto de proteger y a su resultado,
siendo este verbo derivado en su etimología del latín “protegere”,
siendo “pro” lo que se hace en favor de algo o alguien, y “tegere” =
cubrir, aludiendo al cuidado que se brinda a un objeto o sujeto.
Por ende, protección es el cuidado y resguardo con que algo o
alguien, preserva un objeto o sujeto. La protección puede ser dada por
la propia naturaleza, como ocurre con el pelaje de los animales que los
protege del frío, o una madre a su hijo; o puede ser artificial, como
cuando nos colocamos una crema para que no nos dañen los rayos
del sol, o usamos un paraguas para protegernos de la lluvia.
Los animales en general, poseen instintos de protección hacia su
propia vida y la de sus crías.
La protección a nivel humano, puede constituirse en un deber jurídico,
como por ejemplo el que tienen los padres, docentes, profesionales de
la salud, tutores y curadores, con respecto a sus hijos, alumnos,
pacientes o pupilos, respectivamente.
Además, con respecto a las cosas, también puede existir un deber de
protección como ocurre con el depositario que ha recibido cosas para
su custodia.
Los empleados tienen el derecho de recibir una indemnización, como
protección contra el despido arbitrario de que fueran objeto por parte
de sus patrones.
El Estado tiene el deber de protección de la ciudadanía en general,
con respecto a su seguridad, y de ciertas personas en particular, como
ocurre con la infancia o la ancianidad desvalida, o la gente que no
consigue trabajo o los enfermos y discapacitados.