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Yo ofrezco
desnudas, vírgenes, intactas y sencillas,
para mis delicias y el placer de mis amigos,
estas noches árabes vividas, soñadas y traducidas sobre su tierra natal y sobre el agua
Ellas me fueron dulces durante los ocios en remotos mares, bajo un cielo ahora lejano.
Por eso las doy.
Sencillas, sonrientes y llenas de ingenuidad, como la musulmana Schehrazada, su madre suculenta
que las dió a luz en el misterio; fermentando con emoción en los brazos de un príncipe sublime —
lúbrico y feroz—, bajo la mirada enternecida de Alah, clemente y misericordioso.
Al venir al mundo fueron delicadamente mecidas por las manos de la lustral Doniazada, su buena
tía, que grabó sus nombres sobre hojas de oro coloreadas de húmedas pedrerías y las cuidó bajo el
terciopelo de sus pupilas hasta la adolescencia dura, para esparcirlas después, voluptuosas y
libres, sobre el mundo oriental, eternizado por su sonrisa.
Yo os las entrego tales como son, en su frescor de carne y de rosa. Sólo existe un método honrado
y lógico de traducción: la «literalidad», una literalidad impersonal, apenas atenuada por un leve
parpadeo y una ligera sonrisa del traductor. Ella crea, sugestiva, la más grande potencia literaria.
Ella produce el placer de la evocación. Ella es la garantía de la verdad. Ella es firme e inmutable, en
su desnudez de piedra. Ella cautiva el aroma primitivo y lo cristaliza. Ella separa y desata... Ella fija.
La literalidad encadena el espíritu divagador y lo doma, al mismo tiempo que detiene la infernal
facilidad de la pluma. Yo me felicito de que así sea; porque ¿dónde encontrar un traductor de
genio simple, anónimo, libre de la necia manía de su renombre?...