o menos -respondió Sirius con solemnidad, mientras se ponía la túnica-.
Pero sabíamos que lo
ibas a decir porque hace tres semanas que lo haces.
― ¿De verdad? -preguntó Peter, sonrojado-. ¿Qué sucedió con tus orejas, James?
James, consternado, repitió el movimiento con el espejo de mano.
― Eres un maldito Sirius, ¿cómo lo hiciste?
― Hechizo no verbal, compañero. Remus, si serías tan amable de achicarle las orejas a este
lindo ciervito…
― ¡No me digas lindo ciervito!
― Lo digo cariñosamente. Así está mejor. Pareces un elfo doméstico, Remus.
Lupin, lejos de enojarse, parecía divertido con el comentario. James tomó un trozo de
pergamino que descansaba junto a su preciado espejo, lo tocó con su varita y dijo:
― Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas
En ese momento, un perfecto mapa de Hogwarts se dibujó sobre el viejo pergamino. James se
sentó en la cama con el entrecejo fruncido.
― ¿Otra vez buscándola, James? -preguntó Sirius.
― No sé a qué te refieres, perrito -se apresuró a decir James, aunque su voz no sonaba muy
convincente.
― ¿Sigue sin querer salir contigo?
― ¿Cómo dices? ¡Por supuesto que sí!Está loca por mí. Además, desde que Quejicus la llamó
“sangre impura” tengo el camino totalmente libre.
― Eso fue cuando estábamos en quinto. Estamos en sexto y no obtienes mejores resultados -
apuntó Lupin.
― Es que… no quiere tirar por la borda los desprecios que me hizo durante tantos años, pero
está totalmente loca por mí.
― Yo creo que James tiene razón -se apresuró a decir Peter.
― Gracias Pet… a ver, dónde estás… En el segundo piso.
― ¿Vagando por el castillo a estas horas? ¿Hay alguien cerca?
― No… creo que… ¡Diablos, Quejicus se le acerca! ¡A veces pienso que puede olerla!
― Para algo debe servirle semejante nariz, ¿no creen? -comentó Sirius entre risas.
― Seguro que intentará disculparse nuevamente -apuntó Remus.
James se incorporó de un salto, se alborotó el pelo y recorrió la habitación como una flecha.
― ¡Buena suerte! -le gritó Sirius.
― ¡Ánimo, Cornamenta! -rugió Remus.
― ¡Tu puedes! -chilló Peter.
En cuanto los atropellados pasos de James dejaron de oírse, los tres se miraron
― No lo logrará -dijo Sirius.
― Por supuesto que no lo hará -afirmó Remus.
― Volverá a rechazarlo -se convenció Sirius.
― No tiene chances -dijo Remus.
― Ni una sola -completó Peter Pettigrew.
Remus y Sirius lo miraron.
― Eres un maldito traidor, Peter -dijeron con una sonrisa.
Colagusano se encogió de hombros y los siguió hacia el Gran Salón sin sospechar que, después
de todo, sus amigos tenían razón.
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