Introducción: Resumen de temática.
Colores fríos y desteñidos vestían las paredes rasgadas de aquél orfanato en Juneau,
territorio antiguamente prohibido en Alaska, considerado un espacio lleno de maldad
por el frío que dominaba cada rincón. La gente solía pensar que los seres cálidos no
podrían sobrevivir a tan bajas temperaturas, y por ello se crearon rumores alrededor de
aquella niña de mejillas pálidas y ojos grandes. Era humana. O al menos eso decían.
Vivía rodeada de otras criaturas como lobos, vampiros y cualquier cambia-forma
aislado del territorio de los humanos, y de sus propios iguales. Estaban allí por defectos
o por ser considerados inferiores a las habilidades comunes.
La niña vestía de ropas ligeras, descalza y despeinada, adaptándose perfectamente al
comportamiento primitivo que solían tener en aquellas paredes los seres sobrenaturales,
pero nadie pensó, ni por un segundo que ella podría ser la hija de él.
Las mujeres que custodiaban el lugar eran mayormente lobas alfas, mientras los hombre
omegas cuidaban de los más pequeños, al pendiente de sus necesidades básicas y
alimentos.
El espacio de la castaña era típica habitación de mundanos. El padre de la Iglesia había
ido a purificar los rincones de su lugar de descanso, temeroso de los poderes silenciosos
que mantenía la niña al no verla morir de frío, ni de hambre, ni de ninguna enfermedad.
En la pared colgaban varios crucifijos y velas con oraciones al Dios de los cielos.
Pero nada de eso lo detuvo a él.
Samael. Dios del Infierno y eterno dueño de la Oscuridad, hizo aullar a los lobos que se
interpusieron en su camino a aquella habitación alejada de las demás. Las mujeres alfas
no tuvieron la mínima oportunidad, y los hombres solo alcanzaron a proteger en sus
brazos, los híbridos que estaban en el camino equivocado.
Los crucifijos bailaron en las paredes y los cuadros cayeron con sonidos estruendosos,
rompiéndose en pedazos que no dañaron en lo más mínimo a la niña que observaba con
ojos curiosos al hombre de vestimenta oscura y orbes azabaches, manchados
ligeramente con un poco de color sangre.
El hombre se agachó con una sonrisa satisfecha en sus labios carnosos, acariciando los
cabellos sucios de la niña con sus dedos finos y largos. “Aquí has estado, aquí has
descansado y has sufrido. Oh, tierna luz de mi Lilith, hueles igual que tu madre, te
pareces a ella.” El hombre de ojos azabaches tomó en sus brazos a la pequeña con las
mejillas llenas de su propia baba, iniciando su camino de regreso a casa.
Lilith, conocida como la primera mujer de Adán, tuvo una sola hija en medio de más de
una infinidad de demonios. Concebida casi en los tiempos de iniciación.
Diferente a lo que se recuerda, Lilith encerró su parte angelical, esa creada por Dios, en
su única hija, pudiendo entregarse completamente a las tinieblas de su amado Samael.
Samael, su padre, había estado buscando a la pequeña, porque en el libro de las
profecías ella representaba la iniciación del fin.
En sus muñecas las marcas del bien y el mal, y en su corazón la lucha de ambas
energías. El gran Dios no comprendía cómo funcionaban los poderes de su única
heredera femenina, pero estaba seguro de que mantenerla con él no era buena opción. El
lado angelical de la niña podría defenderse ante tanta oscuridad y la misma rebeldía que
impulsó a Lilith fuera del Paraíso, podría impulsar a su hija convertirse en un ángel. Y
no permitiría tal cosa jamás.
Los ángeles siempre habían sentido envidia del ser humano, porque son los únicos que
gozan del libre albedrío. No son comandados por ningún Dios, ni bueno ni malo. Eran
víctimas de sus propias decisiones y eran felices por el mismo motivo.
Entre tantas almas negras y blancas, surgió algo jamás esperado. Un alma gris.
La bruja que predijo el caos con la llegada del balance personificado, advirtió de los
poderes que la elegida traía consigo, porque era una protegida de los mismísimos
Dioses.
Sin embargo, había una ventaja notable. Un detalle que su madre, su padre y su
cuidador, pasaron por alto.
La elegida era débil, intensa y profundamente ingenua.
Un respiro: Capítulo 1.
Ella jamás conoció al Rey de los Vampiros, y para ser sinceros, poco le importaba
hacerlo. Sin embargo, al fulano de ojos color vino y colmillos ansiosos de sangre —su
sangre específicamente— consideraba que aquel Rey valía lo suficiente como para
intentar inútilmente acabar con su existencia.
Victoria acababa de terminar una sesión de fotografías y había disfrutado enormemente
el haber caminado por la cima de la colina, con su cámara y un envase de café como
compañía. Estaba dispuesta a volver por el mismo camino hacia la cabaña que la
mantenía bastante alejada de la civilización. Justo como deseaba estar desde que había
descubierto sus orígenes.
Pero en cambio de estar rodeaba de mantas y películas animadas, la castaña se vio
rodeaba por un grupo de al menos cinco vampiros, en busca de ella para completar el
ritual que traería de vuelta a su antiguo Rey.
La muchacha solo suspiró intentando mantener la calma, porque al alterarse demasiado
su estado de ánimo, sus marcas empezaban a escocer como si algo quisiera abandonar
su cuerpo. Y no era nada bueno.— ¿Realmente necesitamos hacer esto? —Su voz salió
teñida de cansancio y algo de temor, porque no lograba acostumbrarse a esas
situaciones.
El siseo amenazante de los succiona sangre fue más fuerte cuando ella mencionó el
nombre de su Padre y su ¿Padrino? ¿Verdugo? ¿Qué era Dios realmente para ella?
Sus pensamientos fueron interrumpidos por el ágil movimiento del líder de aquel grupo,
el cual se lanzó a por ella antes de que pudiera reaccionar con la protección de sus
marcas.
Entonces, ocurre. . .
Una figura masculina se interpone entre ella y el vampiro que intentó atacarla
anteriormente, el cual ahora mantiene su cabeza alzada a causa de la fuerza que emplea
el hombre en su cuello, manteniéndolo a la distancia de su propio brazo. La criatura
chilla antes de que su cuerpo arda como el Infierno —en la versión de los cristianos— y
ella solo se preocupa por cubrir sus oídos para intentar aminorar el ruido que
provocaban los gritos de cada vampiro, ardiendo y siendo reducidos solamente a un
montón de cenizas.
Luego de ello, todo es silencio.
Astaroth, príncipe del Infierno y hermano suyo, se da vuelta con una sonrisa radiante en
su rostro pálido, tan pálido que podría confundirse fácilmente entre la nieve que les
rodea.
¿En qué momento todo se había vuelto un escenario de invierno? Se preguntó
internamente sin oportunidad de responder a su propia pregunta, volviendo a la realidad
cuando escuchó hablar al más alto.
—Mi ángel de la muerte, mi dulce hermana. ¿Estás teniendo diversión tu sola? Qué
mala niña, yo también quiero algo de acción que no tenga que ver con corromper
estúpidos humanos. —El demonio estiró sus brazos, como si intentara sacar la pereza de
su cuerpo, mientras comentaba con total naturalidad sus deseos de armar el caos.
—Si llamas diversión a que el noventa por ciento de la población sobrenatural desee
cortarme el cuello en mil pedazos, para obtener mi alma y por ende, el sello que
mantiene el balance entre el bien y el mal. Pues, bien, arranca mi cabeza de su lugar y
diviértete cazando ángeles. —El sarcasmo era más que evidente en su tono de voz
cuando respondió, pasando por el lado de su hermano con los brazos cruzados a la altura
de su pecho, no sin antes chocar con él intencionalmente, retomando su camino a casa
con el mayor pisando fuertemente tras ella.
Necesitaba un respiro.
Asmodeo: Capitulo 2.
Sus pisadas en aquel cuarto a medio iluminar eran vacilantes e irregulares. Su sombra se
pintaba en la pared adornada de distintos cuadros que no logró reconocer en ese
instante, mientras sus manos se retorcían con la tela de su camiseta entre sus propios
dedos temblorosos. Su vestimenta era ligera, pero por alguna razón tenía muchísimo
calor y su frente destilaba una especie de sudor frío.
La cama en medio de la habitación era grande, bastante grande, pero una vez más no
logró recordar de quién podría ser. A decir verdad, no sabía dónde estaba con exactitud,
ni cómo había llegado allí. Su mente pensaba a una velocidad que lograba marearla,
mientras dejaba que sus dedos se aventuraran por encima del cobertor que tenía el
mueble. Era rojo brillante, un color pasional, incitador y prometedor. De pie junto a la
gran cama, suspiró con pesadez, no recordaba cuándo fue la última vez que estuvo en
los brazos de un hombre. Y no podía negar que mantenía mucho anhelo en ella,
deseaba. . .
Un momento, ¿desde cuándo ella sostenía esa clase de pensamientos? Se preguntó a sí
misma con asombro notable, alejándose de aquella cama como si ardiera estar cerca de
esta. Pero, entonces, su espalda chocó contra algo más duro que las propias paredes
color carmesí.
Una suave risa resonó e hizo eco en su oído derecho, colocando los vellos de su nuca de
punta, enviando escalofríos a cada rincón de su cuerpo. Estuvo a pocos segundos de
destapar sus marcas —las cuales se mantenían ocultas bajo las mangas de la camiseta—
cuando sus muñecas fueron tomadas por dos grandes manos. Manos de dedos largos y
medianamente gruesos, pálidos y cálidos. La sensación le hizo tragar saliva con
esfuerzo, porque sus marcas vibraban debajo de ese tacto firme, afirmando que no era
alguien precisamente portador de luz. Era un demonio. Uno lo suficientemente fuerte
como para tocarle las marcas y no salir disparado hacia el rincón más lejano de esa
habitación.
Astaroth podía tocar sus marcas y Belcebú también, pero ambos sufrían quemaduras
pequeñas, casi invisibles, productos del rechazo que su marca protectora emanaba. Sin
embargo, el demonio tras ella parecía ser más fuerte y por lo tanto, más peligroso para
su existencia.
Su cuerpo fue empujado con cierta brusquedad para hacerla caer sobre las sábanas
carmesí de la cama, haciendo que parte de la camiseta se enrollara en su anatomía,
revelando un pedazo de piel más, justamente en la curvatura de su trasero.
Un gruñido llegó a sus oídos y ella cerró sus ojos, aguardando con paciencia a que todo
fuera un sueño. Pero no lo era, ¿o sí?
Sobre ella el cuerpo del desconocido se irguió, sintiendo cómo sus caderas eran
apretadas por las ajenas, dejando cierto bulto a la altura justa del inferior de sus muslos,
rozando con cierto recelo la fina tela de su ropa interior. Sus sentidos explotaron dentro
de ella cuando se creó el primer vaivén, provocando que mordiera su labio inferior con
fuerza, evitando jadear ante la sensación. El empuje del adverso contra ella le robó la
respiración e incendió la sangre en sus venas, haciéndole arder la piel con cada
estocada.
El ente se elevó sobre ella, y lo supo cuando su cuerpo fue girado por una ráfaga de
viento, quedando boca arriba, de frente con la mirada ambarina de su hermano mayor.
El mayor de todos.
Asmodeo, el demonio de la lujuria, se dejó caer con más suavidad que antes sobre su
cuerpo nuevamente, sonriendo al ver el asombro en sus propias facciones.
— ¿Tú. . .? ¿Qué estás haciendo? —Ella comprendió de inmediato su reacción al toque
de su hermano. Estaba en su mente, jugando con sus sentidos, con su cordura. Sin
embargo, no obtuvo respuesta, o por lo menos no en oraciones.
La boca de su hermano cubrió la suya en un movimiento perfectamente calculado,
obligándola a separar sus labios cuando la lengua ajena se curvó entre los mismos,
pidiendo un acceso que le fue concebido. Ella rodeó el cuello del demonio y sus piernas
fueron separadas por una mano grande, creando ardor por donde tocaba. La necesidad
era evidente en los movimientos que compartían sus bocas.
Ella mordía, succionaba y tiraba de los labios contrarios, robándole al ente un par de
gruñidos que sonaban como música en sus oídos. El mencionado flexionó sus caderas
hacia delante, chocando su erección contra su feminidad aún cubierta por la tela
bastante húmeda de su ropa. Jadeó con la simulación de embestida, antes de que un
portazo rompiera totalmente el ambiente lujurioso creado por los hermanos.
La muchacha gritó del susto cuando se incorporó violentamente sobre su cama. . . Su
típica cama. La vergüenza y el arrepentimiento se fueron contra ella con la misma
fuerza que un camión, cuando se dio cuenta de que en la pared al lado de su puerta, se
leía perfectamente:
Dulces sueños, hermanita. x Asmodeo.