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Críticas Racionales a Donald Trump

El documento analiza diversos argumentos irracionales y falaces que se esgrimen en contra de Donald Trump. Señala que muchas de las críticas a Trump se basan en odio y falta de lógica en lugar de razones sustentadas. También discute por qué Trump tiene derecho a alegar fraude electoral y por qué censurar sus declaraciones sería incorrecto.

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Críticas Racionales a Donald Trump

El documento analiza diversos argumentos irracionales y falaces que se esgrimen en contra de Donald Trump. Señala que muchas de las críticas a Trump se basan en odio y falta de lógica en lugar de razones sustentadas. También discute por qué Trump tiene derecho a alegar fraude electoral y por qué censurar sus declaraciones sería incorrecto.

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Nov 8, 2020 at 8:30 AM

Un demonio llamado Donald Trump

Patología colectiva es el nombre que podríamos dar a muchas de las actitudes en contra de Donald Trump. No se
trata de estar de acuerdo o no con el personaje, o de sentir agrado por él. Se puede estar en desacuerdo con él desde
la racionalidad, pues muchas de sus políticas y de sus actitudes son por lo menos discutibles. El problema es la
pasmosa cantidad de falacias que se acumulan en torno a su persona, por lo que cualquier intento de mantener una
conversación racional se ha convertido en una aspiración imposible. Escuchando a sus detractores, uno diría que
Trump no sólo es responsable de la peste china (él creó el virus, lo esparció por el mundo, ocultó la información,
asesinó al médico Li Wenliang, anunció que las muestras de papaya habían dado positivo), sino que también es
responsable, ¿quién lo duda?, de las feas canciones de Lady Gaga, del enanismo de Shakira, de la extinción de los
pollos de la Antártida y hasta de las cuitas esfinterianas de Joe Biden. En lo que al actual inquilino de la Casa Blanca
se refiere, todo se tiñe de odio, de irracionalidad, de infantilismo, de argumentos absurdos. He aquí una muestra:

1. Trump no puede (o no debe) alegar fraude. Sería interesante saber por qué un candidato presidencial no puede
alegar fraude. Fuera de la irracionalidad y del odio desmedido que muchos sienten por Trump, ¿qué justificación
hay, tanto desde el punto de vista moral como del legal, para aducir que Trump no tiene derecho a presentar un
reclamo por fraude? Si las circunstancias fueran diferentes y Joe Biden pensara que se ha cometido fraude contra él,
tendría el mismo derecho de expresarlo y nadie podría criticarlo por ello. Sabemos, además, que nadie lo criticaría y
que los medios darían por ciertas sus alegaciones, aun sin pruebas.

2. Trump está atacando la institucionalidad. Este argumento es tan absurdo como el anterior. Álvaro Vargas Llosa
ha llegado a hablar de un "asedio furibundo" de Trump a las instituciones. La verdad es que no entendemos
semejante postura. Un ataque a la institucionalidad sería decir "nunca voy a entregar la presidencia" o "voy a
desconocer los resultados sean cuales sean", tal como repiten a diario los chavistas venezolanos. Decir que hubo
fraude y que se van a presentar las pruebas ante las autoridades no sólo no es atacar las instituciones, es exactamente
lo opuesto. Al remitir el caso al sistema de justicia, Trump está expresando su voluntad de respetar la
institucionalidad. Fuera de la antipatía, no hay forma de explicar la extravagante caracterización de Vargas Llosa.

3. Trump no ha presentado las pruebas. Quienes dicen esta estupidez proceden con una ligereza vergonzosa. Hay
incluso periodistas extranjeros que se han dirigido a Trump en tono de reclamo, diciéndole que "estamos esperando
las pruebas". ¿De verdad ignoran que tales pruebas no se deben presentar a la prensa, sino ante una corte? ¿De
verdad ignoran que quien va a determinar si tales pruebas son admisibles no son los medios de comunicación, sino
las autoridades judiciales?

4. Trump es un mal perdedor. Esta tontería la han repetido periodistas con décadas en el oficio, como si estuvieran
hablando de un juego de fútbol en la cancha del barrio y no de una disputa electoral en una nación moderna, una
disputa electoral en la que es mucho lo que está en juego. No se puede analizar un fenómeno político como este con
las mismas frases prefabricadas que se emplean para hablar de triviales hechos cotidianos porque, para empezar, lo
que está detrás de toda frase hecha es una enorme pereza mental o una enorme incapacidad para pensar. Hay que
entender que lo que está en juego acá es mucho más importante que Donald Trump y que Joe Biden, quienes al fin y
al cabo no son más que dos individuos de avanzada edad que acaso no vivan muchos años más. No se trata,
entonces, de sentir simpatía o antipatía por ninguno de los dos, no se trata de defender a ninguno de los dos, se trata
de las consecuencias que esta elección tiene para el mundo entero. Decir que Trump es un mal perdedor es una necia
banalización del asunto. Si Trump piensa que tuvo lugar un fraude (los indicios al respecto son, además, alarmantes),
Trump tiene no sólo el derecho sino también el deber de señalarlo.

5. Decir que hubo fraude equivale a igualar a los Estados Unidos con Venezuela. Este argumento es de una extrema
torpeza. Nos encontramos acá con una falacia de composición: como un aspecto de la institucionalidad falló,
concluimos que toda la institucionalidad falló. Si Estados Unidos ha descendido o no al nivel de Venezuela (que es
descender, y mucho) es algo que se verá en los próximos días. Una falla del sistema, incluso una tan grave como
esta, no significa que todo el sistema haya colapsado. Por otra parte, tampoco es la primera vez que la
institucionalidad y la pervivencia misma de los Estados Unidos se ven seriamente comprometidas.

6. Decir fraude es atacar a la mejor y más antigua democracia del mundo. Que Estados Unidos es la mejor y más
antigua democracia del mundo es una idea que casi todos hemos compartido durante mucho tiempo. Decir que hubo
fraude no representa un ataque contra esa democracia, de la misma forma que señalar un error en la actuación de un
gran actor no supone atacar toda la trayectoria de ese actor. En este paralogismo se combinan una falacia ad
antiquitatem (la democracia estadounidense merece nuestra veneración en razón de su antigüedad) y una falacia ad
consequientiam (no podemos decir que hubo fraude porque las consecuencias pueden ser catastróficas). Con
respecto a la falacia de antigüedad, diremos que la democracia yanqui podrá ser muy vieja, pero es manejada por
seres humanos falibles y llenos de debilidades, que todos los imperios han pasado por momentos de esplendor y han
entrado en decadencia, y los Estados Unidos no van a ser la excepción a esa realidad histórica. La falacia ad
consequentiam consiste en rehuir la realidad por temor a las consecuencias de la misma. La negación de la realidad
no va a hacer que la realidad desaparezca. La mejor forma de perjudicar a la democracia norteamericana, y a
cualquier otra, es la actitud del avestruz, la negación, el ocultamiento.

7. Había que interrumpir la transmisión de Trump [en la que estaba alegando fraude] porque estaba mintiendo. La
verdad es que los mercenarios de los medios, desde un punto de vista puramente lógico, son personas bastante
difíciles de comprender, desde un punto de vista lógico, repetimos, porque cuando tomamos en cuenta cuáles son las
(bajas) motivaciones que los guían, todo se hace muy claro. Ya en otro lugar hemos señalado las razones por las
cuales este argumento no se sostiene, pero vamos a repetirlas acá: a) lo que el presidente tiene que decir sobre un
asunto tan importante es información de interés, no sólo por ser el presidente, sino por ser una de las partes en
conflicto; si los medios tuvieran una malsana inclinación por Trump y hubieran censurado a Biden, eso también
hubiera sido estúpido e incorrecto, un error y al mismo tiempo una falta, como diría Talleyrand; b) el torpe
argumento presentado para justificar la censura es el de que Trump mentía, pero con semejante majadería los medios
no hacen otra cosa que hundirse más aún, si tal es posible, porque si es cierto que Trump miente, ellos han debido de
aprovechar la oportunidad para que Trump se desprestigiara y enterrara su carrera política para siempre, que con el
odio tan visceral que le tienen, es incomprensible que no hayan aprovechado una oportunidad de oro como esa; la
otra opción es que Trump estuviera diciendo la verdad, en cuyo caso no hay nada que analizar; c) si temían que las
declaraciones de Trump provocaran disturbios callejeros, se trata de un temor infundado, porque quienes gustan de
vandalizar, saquear, violentar propiedad pública y privada, destruir e incluso asesinar, no son los partidarios de
Trump, sino los dementes de la Antifa (que de antifascistas no tienen absolutamente nada) y los degenerados
tribalistas de Black Lives Matter, a quienes lo que menos interesa son la vida y el bienestar de los negros. Pero al
margen de estas razones, inobjetables todas, hay una consideración de mucho mayor peso: nadie ha facultado a
ningún periodista, sean cuales sean su nombre y trayectoria, para decidir qué es lo que usted debe leer y escuchar,
ningún periodista tiene derecho a decidir por usted.

8. La probable existencia de fraude va en contra de Trump porque es un indicador de cuánto daño le ha hecho su
administración a los Estados Unidos. En un festival de irracionalidad tan paroxístico como el vivido en los últimos
días y meses, este es probablemente el alegato anti Trump más infame de todos. En primer lugar, el fraude no es un
invento de Trump, ni siquiera es una novedad en la política norteamericana, sino una práctica tan vieja como la
humanidad. En segundo lugar, sólo la más absoluta deshonestidad puede llevar a alguien a razonar que si Biden
cometió fraude, la culpa es de Trump. No: si Biden cometió fraude, la responsabilidad de tal acto es de Biden; y si
Trump comete homicidio, es suya la responsabilidad, no de Biden. ¿Cómo es posible que haya que explicar a
sesudos y experimentados periodistas algo tan elemental, algo que puede ser comprendido sin dificultad por
cualquier adolescente? Si lo que se quiere argumentar es que el rechazo que genera Trump es tan desmesurado, que
ha llevado a algunos partidarios de Biden a cometer fraude, la responsabilidad de tal acción es exclusiva de los
perpetradores. Al parecer, odian tanto a Trump, que han sido incapaces de controlarse y han terminado por pasarse
de la raya. En ese caso, lo que necesitan es recibir el castigo correspondiente, pero es absurdo colocar la
responsabilidad en otro lugar, trátese de Trump o de cualquier otro. La verdad es que la polarización no es un
invento de Trump, ni el fanatismo político, ni los prejuicios, ni las tensiones raciales.

9. Trump también dice cosas que no debe. Esto se argumenta a propósito de la condición senil de Joe Biden, tan
evidente, que hasta personas sin formación psiquiátrica o neurológica la advierten sin dificultad. Trump, y esto lo
sabemos todos, es un individuo que suele comportarse de un modo antipático, él mismo disfruta de provocar a la
audiencia con declaraciones desagradables o políticamente incorrectas. Se puede decir que Trump es odioso, incluso
disfruta siéndolo, pero ser odioso no es causal de incapacidad. Biden, en cambio, muestra alarmantes signos de no
estar en control de sus facultades, lo que ya de entrada debió de haberlo inhabilitado para aspirar a la presidencia. El
mundo entero ha visto las recientes declaraciones del candidato Demócrata en las que afirmaba: "We have put
together I think the most extensive and inclusive voter-fraud organization in the history of American Politics (hemos
montado la organización de fraude electoral más extensa e inclusiva en la historia de la política norteamericana)."
¿Cómo deben tomarse esas palabras? Pues como lo que son: una confesión de culpabilidad. Es estúpido e inmoral
argumentar que Joe Biden se confundió, que quería decir una cosa pero dijo otra, que se enredó con las palabras. (Al
igual que las feministas que dicen que no significa no y sí también significa no, los empedernidos odiadores de
Trump afirman que cuando Biden dice sí lo que quiere decir es no.) Una abierta declaración de fraude no se puede
tomar a la ligera, y menos viniendo de un candidato a la presidencia. Salvo que a algún contorsionista intelectual se
le ocurra otra cosa, sólo hay dos opciones: o Biden está diciendo la verdad, o Biden no está diciendo la verdad. Si
está diciendo la verdad, entonces, aparte de confesar un crimen, también está reconociendo que Trump ganó las
elecciones; si está mintiendo (porque es un señor mayor y está senil), entonces no está calificado para ser presidente.
Imagine usted por un momento que la situación fuera justo la opuesta y que hubiera sido Trump quien declarara "We
have put together I think the most extensive and inclusive voter-fraud organization in the history of American
Politics", ¿tendría usted con Trump las mismas consideraciones que tiene ahora con Biden? ¿Estarían los grandes
medios ignorando esas declaraciones tal como lo han hecho hasta ahora? ¿Estaría Twitter aplicando la censura? ¿No
estarían todos los Demócratas, y también los que no lo son, pidiendo la cabeza de Trump, con o sin peluquín? Allí se
ve el doble rasero, la doble moral con la que Trump es juzgado. ¿O va usted a ser tan deshonesto y tan pinchaúvas
como para decir que si esas declaraciones hubieran salido de Trump y no de Biden, usted tampoco le daría
importancia porque se trata de un señor mayor?

10. Sin Trump el mundo va a ser un lugar más seguro. Que un actorcillo de Hollywood o un tenista brasileño digan
tonterías, es algo que carece de importancia, pero que diplomáticos, intelectuales y jefes de Estado digan este tipo de
cosas constituye un síntoma perturbador de cuán profunda es la carcoma moral de Occidente. Cuando Bush invadió
Irak en 2003, la opinión pública mundial estuvo en contra de esa acción, detrás de mucho del lloriqueo por la
violación del "derecho a autodeterminación de los pueblos" (eufemismo para decir que "estamos a favor de
regímenes tiránicos") lo que se escondía era la mala consciencia europea, y en especial francesa, el resentimiento por
haber sido salvados dos veces por los norteamericanos, la mal disimulada envidia por la condición de primera
potencia mundial de los Estados Unidos. No faltaron, desde luego, los ataques a la vocación imperialista yanqui ni
las respectivas canciones de protesta con guitarrita y voz de castrato. Años después, con Obama, vino el desastre
sirio y la desastrosa y ruinosa política hacia Irán; acaso estamos equivocados, pero sospechamos que las acciones de
Obama no convirtieron al mundo en un lugar más seguro. ¿Qué ha hecho Trump? Ha propuesto reducir el aporte de
su país a la OTAN (¿eso no es lo que siempre han querido los europeos, menos influencia gringa?), ha expresado su
deseo de retirar a las tropas del Medio Oriente (¿eso no es lo que siempre han querido los europeos, menos
imperialismo gringo para que el mundo sea un lugar más seguro para todos?, no olvidemos que cuando los ataques
al World Trade Center algunos llegaron a los extremos de indecencia de decir: "lamentamos los ataques, pero los
EEUU tienen la culpa..."). ¿Qué más hizo Trump? Ha logrado la firma de varios acuerdos de paz entre Israel y una
parte significativa del mundo islámico... pero sin Trump el mundo va a ser un lugar más seguro. ¿En qué quedamos,
entonces? ¿Queremos a los Estados Unidos invadiendo y ocupando países, sí o no? ¿Queremos imperialismo, sí o
no? Porque nadie se llame a engaño: si la actitud de Trump hubiera sido la de enviar más tropas, la de invadir más
países, la de crear otro frente de guerra, la de repotenciar la OTAN, los mismos que hoy lo critican por hacer lo que
ha hecho, igual lo estarían criticando por su abusivo empleo de la fuerza, porque su política exterior agresiva va a
provocar una guerra a gran escala, bla, bla, bla.

Así como la Roma del siglo V seguía siendo una potencia militar, la Europa actual tiene fuerza militar, y también
económica, pero sus élites son tan decadentes, o casi, como las de aquel imperio. Europa tal como la conocemos va
a desaparecer no por falta de fuerza militar, sino por debilidad espiritual: una mezcla de estupidez, oportunismo,
corrección política, deshonestidad, miopía política y moral, cinismo, abulia y falta de amor por la cultura propia. La
palabra que mejor describe ese estado de cosas es decadencia.

11. Biden no es socialista. Esta tontería la dijo Mario Vargas Llosa en un reciente artículo titulado Un tiro al pie. La
verdad es que el tiro al pie se lo pegó Vargas Llosa a sí mismo. El gran escritor peruano olvida que estamos en 2020
y que la configuración y el ejercicio de poder en el mundo es muy diferente a la que él ha observado durante casi
toda su vida. Es realmente llamativo que un hombre tan inteligente y habitualmente tan lúcido haga un diagnóstico
tan errado. Ese artículo (con toda seguridad de lo peor que ha escrito) tiene poco que ver con la claridad de otros
artículos suyos, o con el prólogo al imprescindible Manual del perfecto idiota latinoamericano, o con el muy
recomendable La llamada de la tribu, de fecha más reciente. Vargas Llosa se equivoca de una manera aparatosa
porque Biden, ciertamente, no es socialista, y tampoco es liberal ni derechista ni Ur-fascista ni islamista ni chavista
ni stalinista ni nada: Biden no es más que un sujeto senil que no da órdenes ni en su casa. Más que Joe Biden (un
tipo gris y débil con la capacidad de liderazgo de una calabaza aplastada), el peligro lo representa el ala radical del
Partido Demócrata, quienes se han hecho del control del mismo, y quienes desde ya están amenazando a la
ciudadanía estadounidense con todas las prácticas chavistas y castristas que han aprendido de sus socios del Foro de
Sao Paulo: listas de enemigos a quienes perseguir (como la tristemente célebre lista Tascón venezolana), ampliación
del número de magistrados de la Corte Suprema con el objeto de incorporar a sus magistrados para tener así control
del sistema judicial, control hegemónico de los medios, amenazas de volver a incendiar las calles en caso de que no
prospere su fraude electoral. No se trata, pues, de los defectos de Trump (ignaro, antipático, arrogante, políticamente
incorrecto, poco diplomático), sino de la amenaza, muy cierta, que se cierne sobre los Estados Unidos y sobre todo
Occidente. Pero mientras nuestra civilización enfrenta peligros internos y externos, hay quien piensa que el peligro
mayor es Donald Trump.

12. Biden es el candidato de los universitarios y de los citadinos, Trump es el candidato de los campesinos, los
paletos, los racistas, los ignorantes. Por supuesto, quienes piensan esto están con Biden y se colocan a sí mismos en
el grupo de los cultos y refinados que nada tienen que ver con el palurdo granjero de Nebraska o con la white trash
de Alabama, ignaros, incultos, miembros todos del Ku Klux Klan, como si el KKK no hubiera sido fundado por el
Partido Demócrata, amargados como estaban por haber perdido la Guerra de secesión, en la que aspiraban mantener
el sistema esclavista y durante la cual también pusieron en práctica un fraude electoral. Pasa aquí algo análogo a lo
que sucede con la falacia ad magdalenum: nadie que emplee esa clase de argumentos se va a colocar a sí mismo en
el grupo de los menos cultos. Así como Platón a quien tenía en mente era a sí mismo cuando hablaba del filósofo-
rey, de la misma manera estos pretenciosos se incluyen a sí mismos en el grupo de los espíritus superiores que están
a favor de Joe Biden. Me parece que lo que hay detrás de esta majadería es la envidia y el resentimiento
característicos de muchos intelectuales: no se le perdona a Trump su éxito empresarial, no se le perdonan sus
maneras desagradables, su patanería; no se le perdona el haber tenido éxito allí donde el carismático Obama,
consentido de los medios, fracasó (el Medio Oriente); no se le perdona a Donald Trump que contradiga a los
intelectuales y los haga quedar mal (ellos lo presentan como un militarista agresivo, una especie de Hitler color
zanahoria que va a acabar con el mundo, y termina siendo el único presidente norteamericano, en varias décadas,
que no inicia guerra alguna), no le perdonan a Donald Trump el ser un paleto que no sabe dónde queda Finlandia...

"Todos contra Donald Trump" parece ser la consigna, no sólo del tuiterillo pedante y poca cosa, analista político
tapa amarilla (hace décadas, en Venezuela, tapa amarilla era una marca de productos muy baratos y de no muy
buena calidad), no sólo del intelectualoide pobre diablo, sino de escritores de prestigiosa trayectoria y de muy
valiosa obra, como Mario Vargas Llosa y Carlos Alberto Montaner. Pienso en ellos y me resulta imposible no
evocar un episodio de la historia europea tan decisivo como este miserable siglo XXI: primer tercio del siglo VIII,
hace pocas décadas que surgió el islam, religión de vocación expansionista que ha conquistado casi toda la península
ibérica, ha atravesado los Pirineos y se ha instalado en el sur de Francia en lo que entonces se llamó la Septimania.
Entre sus vecinos se encuentran Aquitania, Neustria, Borgoña... Pues bien, los aquitanos (lo que es el actual suroeste
de Francia) eran un pueblo galorromano culto y avanzado, mucho más refinado que los francos de Neustria, a
quienes miraban con desprecio y a quienes significativamente aplicaban el calificativo de bárbaros. Es decir, los
bárbaros no eran los invasores musulmanes, sino los vecinos, también cristianos, del reino de los francos, de la
misma manera que hoy los bárbaros son Donald Trump y sus votantes y no los salvajes de Black Lives Matter (tan
refinados, al igual que el resto de votantes de Biden, que hasta derriban estatuas de supremacistas blancos como
Abraham Lincoln y de genocidas de extrema derecha como Miguel de Cervantes), tampoco son bárbaros los yahoos
del movimiento Antifa, ni las sulfurosas Ocasio-Cortez e Ilhan Omar, ni el exquisito liberal Bernie Sanders, ni el
excelso académico Noam Chomsky, gran defensor de la libertad. Pero continuemos con la guerra franco-
musulmana: en el año 732, luego de ser derrotado por al-Ghafiqi, el duque Eudes, señor de Aquitania, no tuvo más
remedio que solicitar la ayuda de su rival, el bárbaro Carlos Martel (abuelo de Carlomagno), quien terminó por
derrotar a los infieles en la célebre batalla de Poitiers, salvando a Europa del islam. No tengo ninguna duda de que,
de haber vivido en aquella Aquitania, Vargas Llosa y Montaner, y también mucho universitario pedante, hubieran
sentido un profundo desdén por los poco refinados francos, tan incultos, tan incivilizados.

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