CUERPO, COMIDA Y MIGRACIONES.
UN ANÁLISIS TRANSCULTURAL DE
LOS (MAL) ESTARES ALIMENTARIOS
Mariola Bernal Solano
ISBN:
Dipòsit Legal: T- 1242-2011
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UNIVERSITAT ROVIRA I VIRGILI
CUERPO, COMIDA Y MIGRACIONES. UN ANÁLISIS TRANSCULTURAL DE LOS (MAL) ESTARES ALIMENTARIOS
Mariola Bernal Solano
ISBN:/DL: T.1242-2011
Mariola Bernal
CUERPO, COMIDA Y MIGRACIONES. UN ANÁLISIS
TRANSCULTURAL DE LOS (MAL)ESTARES
ALIMENTARIOS
Tesis Doctoral
Directores:
Dr. Josep Maria Comelles
Dra. Mabel Gracia Arnaiz
Universitat Rovira i Virgili
Facultat de Lletres
Departam ent d’Antropologia, Filosofia i Treball Social
Program a de Doctorat d’Antropologia de la M edicina (2003-2005)
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A Raúl y a Mario
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ÍNDICE
I.
INTRODUCCIÓN
11
ORIGEN
DEL
ESTUDIO
11
POR
QUÉ
ESTOS
SUJETOS
DE
ESTUDIO
13
MIS
EXPERIENCIAS
CON
LA
COMIDA
Y
CON
MI
CUERPO
16
QUÉ
BUSCA
ESTA
INVESTIGACIÓN
21
CÓMO
PRETENDE
ESTA
INVESTIGACIÓN
ALCANZAR
TALES
OBJETIVOS
23
II.
MARCO
TEÓRICO
36
REPENSANDO
LAS
PRÁCTICAS
ALIMENTARIAS
Y
SU
PATOLOGIZACIÓN
36
LAS
RAZONES
HISTÓRICAS
DEL
COMER
MUCHO,
POCO
O
NADA
49
LOS
SIGNIFICADOS
SOCIALES
DEL
COMER
Y
DEL
NO
COMER
EN
EL
MUNDO
49
LA
NOSOLOGÍA
DE
LOS
TCA
67
RECAPITULANDO…
CON
MÁS
ETIQUETAS
78
ANOREXIA
Y
BULIMIA,
¿NUEVAS
AFLICCIONES?
82
ESTADO
DE
LA
CUESTIÓN
SOBRE
EPIDEMIOLOGÍA
DE
LOS
TCA
EN
EL
MUNDO
86
LOS
TCA
EN
EL
MUNDO
OCCIDENTAL
DESARROLLADO
86
OTROS
MUNDOS:
LATINOAMÉRICA,
EUROPA
DEL
ESTE,
ÁFRICA
Y
ASIA
95
CUERPOS
EN
MOVIMIENTO:
MIGRACIONES
Y
TCA
113
¿ES
POSIBLE
UN
ANÁLISIS
COMPARATIVO?
120
DIFERENTES
HIPÓTESIS
EXPLICATIVAS
122
APORTACIONES
DESDE
EL
FEMINISMO
127
TCA
COMO
TRASTORNOS
CULTURALES
O
TRANSCULTURALES
136
EL
DEBATE
EPIDEMIOLÓGICO:
UNA
“CULTURA”
ESTANCADA
142
III.
CONTEXTOS
156
CONTEXTOS
DE
E-MIGRACIÓN
156
LAS
MIGRACIONES
INTERNACIONALES
157
CONTEXTOS
DE
ORIGEN:
ASPECTOS
POLÍTICOS,
ECONÓMICOS
Y
DE
GÉNERO
161
CONTEXTO
DE
IN-MIGRACIÓN
181
ESPAÑA:
MARCO
POLÍTICO
Y
ECONÓMICO
182
ESPAÑA
COMO
PAÍS
DE
INMIGRACIÓN
185
TRANSFORMACIÓN
DE
LOS
ROLES
DE
LAS
MUJERES
EN
EL
CONTEXTO
ESPAÑOL
191
PATRIARCADO,
INDUSTRIALIZACIÓN
Y
GLOBALIZACIÓN.
ALGUNAS
NOTAS
COMPARATIVAS
192
IV.
ETNOGRAFÍA
197
PARTE
I:
CONTEXTOS
DE
LA
VIDA
COTIDIANA
197
CONDICIONES
MATERIALES
DE
VIDA:
CAMBIOS
Y
PERMANENCIAS
198
FAMILIAS
TRANSNACIONALES:
FAMILIAS
LOCALES,
FAMILIAS
GLOBALES
206
MODELOS
DE
GÉNERO
226
SOLEDADES
243
¿DE
QUIÉN
ES
MI
CUERPO?
263
COMIDA,
MUJERES
Y
MIGRACIÓN
283
PARTE
II.
ITINERARIOS
ASISTENCIALES:
INSTITUCIONES,
TERAPIAS
ALTERNATIVAS
Y
ASOCIACIONES.
293
5
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NICHOS
ECOLÓGICOS
DE
LOS
TRASTORNOS
ALIMENTARIOS.
TCA
EN
SOCIEDADES
DE
ORIGEN
Y
DESTINO
294
ACCESO
DE
INMIGRANTES
A
LOS
SERVICIOS
ESPECIALIZADOS
EN
TCA
301
EL
DIAGNÓSTICO
Y
SUS
EFECTOS
305
SINTOMATOLOGÍA
Y
CULTURA
309
LA
CUESTIÓN
DE
LA
INTERCULTURALIDAD
EN
LOS
SERVICIOS
DE
TCA
311
TRATAMIENTOS
EN
MIGRACIÓN
319
TERAPIAS
ALTERNATIVAS
325
ASOCIACIONES
DE
AYUDA
MUTUA
328
V.
CONCLUSIONES
332
VI.
NOTAS
BIOGRÁFICAS
337
VII.
ANEXOS
350
ANEXO
I.
TEST
PSICOLÓGICOS
ESTANDARIZADOS
APLICADOS
PARA
TRASTORNOS
DE
LA
CONDUCTA
ALIMENTARIA
(TCA)
351
ANEXO
II.
CRITERIOS
DIAGNÓSTICOS
PARA
TCA
352
ANEXO
III.
356
TABLA
DE
CÓDIGOS
UTILIZADOS
356
VIII.
BIBLIOGRAFÍA
357
AGRADECIMIENTOS
384
6
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BASEMAN, G., 2003, Unatainnable Desire.
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I. Introducción
I. INTRODUCCIÓN
ORIGEN DEL ESTUDIO
A finales de 2004 fui invitada a formar parte del grupo investigador GRIAFITS
del Departament d’Antropologia, Filosofia i Treball Social de la Universitat
Rovira i Virgili. Dentro de las líneas de investigación en antropología médica y
de la alimentación se había consolidado, tras varios años consecutivos de
realización de proyectos financiados, un campo de investigación sobre
trastornos del comportamiento alimentario 1 (TCA). Entonces se estaba
desarrollando la investigación “Género, ‘dieting’ y salud: un análisis
transcultural de la incidencia de los trastornos del comportamiento alimentario
entre las mujeres” (2003-05), proyecto en el que participé hasta la elaboración de
su memoria. Fue mi primer contacto con los eating disorders2. En él convergían
las dos líneas de investigación de mi interés, salud mental y migraciones, a las
1
Utilizo aquí y a lo largo de la investigación el término psiquiátrico de Trastornos de la Conducta
Alimentaria –de aquí en adelante TCA- con el objetivo expreso de no dejar silenciadas la presencia y la
imposición de unos diagnósticos que tienen unos efectos reales sobre la población. Se contempla durante
todo el trabajo como una entidad dependiente de un contexto histórico-cultural específico en el que se
construyen las nosologías psiquiátricas.
2
Más adelante en el trabajo se ubica el origen de este concepto.
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I. Introducción
que venía dedicando varios años de mi experiencia investigadora y docente en
proyectos de ámbito nacional e internacional3.
Los denominados TCA son un tema específico sobre el que no se había
investigado en España entre población inmigrante con la excepción de contadas
y pequeñas incursiones realizadas desde el ámbito clínico y epidemiológico. A
diferencia de otros problemas de salud mental de esta población que han
acaparado mayor atención como la depresión, la esquizofrenia o el famoso
Síndrome del Inmigrante con Estrés Crónico o Múltiple, más conocido como
“Síndrome de Ulises” (ACHOTEGUI, 2000, 2002), -categoría diagnóstica
construida especialmente para un determinado contexto local y transnacional
de migración-, los TCA en la “nueva” España multicultural han pasado
prácticamente desapercibidos, un hecho cuya explicación vamos desarrollar a lo
largo de esta tesis.
Captando este campo de estudio toda mi atención desde entonces, después de
aquel primer trabajo se sucedieron otros como “Els trastorns alimentaris a
Catalunya: Una aproximació antropològica” (2006) en el que nos centrábamos en
población joven –con especial atención a población extranjera- y mi propia
investigación presentada para obtener el Diploma de Estudios Avanzados
(DEA) “Una aproximación a los TCA en la población latinoamericana residente en
España” (2005). Mientras que en los trabajos de equipo sólo constituía un
apartado más en un proyecto de objetivos más amplios, en mi investigación
tuve la oportunidad de estudiar y desarrollar en profundidad una visión
multiétnica de los problemas alimentarios4.
3
Good practices in mental health and social care for asylum seekers and refugees (2002-03). European
Commission, European Refugee Fund; Género, “dieting” y salud: un análisis transcultural de la
incidencia de los trastornos del comportamiento alimentario entre las mujeres (2003-2005). Instituto de la
Mujer (NIPO, 207-06-054-X); Una aproximación a los TCA en la población latinoamericana residente en
España (Diploma Estudios Avanzados, 2005); La cura del cos en cohorts de joves amb trastorn del
comportament alimentari (2005-06). Fundación Vectem (T050755); Els trastorns alimentaris a Catalunya:
Una aproximació antropològica (2006). Observatori Catalá de la Joventut, (B-53671-2007).
4
Utilizaré indistintamente los términos “problemas alimentarios” o “problemas de alimentación” a lo
largo del trabajo para referirme a aquellas prácticas alimentarias que se salen de la normalidad dietética
establecida por el modelo biomédico y que son susceptibles de ser etiquetadas de TCA, si bien quiero
dejar aquí constancia de una cierta falta de exactitud de los mismos. Considero que las prácticas
12
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I. Introducción
El proyecto de DEA supuso entonces un estudio piloto en el que pude poner a
prueba un diseño teórico y metodológico que ha ido transformándose y
perfeccionándose en el curso de la investigación comenzada hace seis años y
que ha dado lugar a esta tesis doctoral.
POR QUÉ ESTOS SUJETOS DE ESTUDIO
En investigaciones anteriores analicé el impacto que determinadas situaciones
vividas durante las historias de migración podían tener en la salud mental de
estas poblaciones, así como sus procesos asistenciales en la sociedad de destino.
Centrándome en el contexto español, me interesaron el acceso de la población
inmigrante a los servicios de salud mental y el nivel de correspondencia que
existía entre oferta y demanda en la prestación de los mismos. Los problemas
materiales, sociales y/o políticos a los que se enfrentan la gran mayoría de
migrantes, solicitantes de asilo o refugiados tienen efectos en su bienestar, y en
ocasiones se traducen en repercusiones sobre su salud mental. Bajo esta
categoría se agrupan un amplio rango de trastornos que irían desde
padecimientos etiquetados como trastornos psiquiátricos a respuestas
comprensivas antes situaciones difíciles como sostienen los enfoques
normalizadores -herederos de la escuela norteamericana de Cultura y
Personalidad-, en los que el movimiento por la salud mental intercultural ha
puesto un fuerte énfasis (INGLEBY, 2004). Respecto a la accesibilidad y provisión
de servicios, descubrimos dificultades de acceso a los servicios médicos y
especialmente psicológicos y/o psiquiátricos por el desconocimiento, la
estigmatización, el estatus legal o las condiciones laborales y materiales. La
provisión de servicios de salud mental con competencia para asistir a las
nuevas problemáticas apenas comenzaba a desarrollarse en nuestro país en los
primeros años del nuevo siglo, en contraste con la situación que vivían países
del norte de Europa con una larga historia de acogida de inmigrantes por lo que
alimentarias y corporales no constituyen el verdadero problema, sino que son un vehículo para expresar
relaciones sociales y emociones particulares.
13
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I. Introducción
intentamos intercambiar conocimiento a través de un estudio comparativo5,
uno de los pioneros en una línea de investigaciones que proliferarían a partir de
entonces (MORENO, 2003; LURBE, 2005; MEÑACA, 2007; BRIGIDI 2009).
En un primer momento me interesó estudiar los TCA, averiguar que factores
asociados con la historia migratoria podían estar influenciando en su
emergencia. Sin embargo, en el curso de la investigación este enfoque etiológico
fue perdiendo fuerza en favor de otro hermenéutico no tan interesado en la
explicación como en la comprensión del fenómeno, partiendo de la
consideración del síntoma como una construcción de significado (micro) que ha
de ser enmarcada en su contexto más amplio de referencia (macro) como es, en
el caso que nos ocupa, el de las relaciones transnacionales.
Las características específicas que tienen los TCA dentro del campo de las
enfermedades mentales fueron ampliando mi interés sobre su estudio: su
estatus de síndromes delimitados por la cultura6 en un mundo de culturas
híbridas, su carácter mediático y su género. La categoría psiquiátrica anorexia
nerviosa es conceptualizada por el DSM-IV como un culture bound syndrom
(SIMONS Y HUGHES, 1985) específico de la cultura industrializada por su “rareza
o ausencia en otras culturas” (DSM-IV, 1994:864). La cobertura masiva que ha
recibido y sigue recibiendo en los medios de comunicación este fenómeno social
se ha encargado de tejer unas representaciones sociales sobre ciertas prácticas
corporales y alimentarias7 y -por encima de todo- sobre las personas afectadas,
basadas en un retrato construido por una biomedicina que tiende a
homogeneizar sus pacientes. Tratándose del trastorno mental con una ratio más
desigual entre mujeres y hombres8, para la psiquiatría occidental, las pacientes
5
El informe final del estudio que compara los servicios de salud y de atención social para inmigrantes,
refugiados y solicitantes de asilo en cuatro países europeos -España, Holanda, Portugal, Reino Unido-
(WATTERS Y INGLEBY, 2003) así como el que analiza en profundidad el caso español (BERNAL, 2003) está
disponible en [Link]/publications/digital-publications-2/.
6
Los antropólogos preferimos utilizar como traducción de culture-bound syndrome los términos
culturalmente delimitado en España o de filiación cultural en América Latina y no la -que consideramos-
errónea traducción de “dependientes a la cultura” que aparece en el DSM-IV.
7
Utilizo esta terminología a lo largo del trabajo con la intención de despatologizar determinadas prácticas
relacionadas con la alteración de peso y de formas corporales mediante la alimentación.
8
Los datos y tendencias más recientes respecto a este ratio se detallan en el capítulo de epidemiología.
14
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I. Introducción
responden mayoritariamente a este perfil: mujer de raza caucásica9, en edad
adolescente, de clase media-alta, y con ciertos rasgos psicológicos como son baja
tolerancia a la frustración y a los conflictos, ausencia de capacidad reflexiva,
perfeccionista, autoexigente, obsesiva y obsesionada con su cuerpo. Se trata de
un modelo de paciente de “manual” que sólo de forma anecdótica aparece en la
consulta, pero de gran utilidad para simplificar las causas en torno a las cuales
se elaboran unos protocolos de actuación y unos modelos de tratamiento que,
por otro lado, no están funcionando lo suficientemente bien a juzgar por el bajo
éxito terapéutico.
A medida que profundizaba en el tema tomé conciencia de la relevancia de
plantear un estudio que tuviera en cuenta el origen étnico en la prevalencia de
los TCA porque significaba romper con las representaciones sociales que
invisibilizan tanto a mujeres de otros orígenes étnicos y clases sociales como los
(mal)estares que se diluyen bajo el enunciado común del culto al cuerpo
delgado como causa unidireccional y única. Mi principal pretensión ha sido
incorporar una mirada plural ante un fenómeno complejo. Al pensarse como
trastornos de naturaleza compulsivo-obsesiva relacionados con la búsqueda de
una imagen corporal ideal en unas mujeres que viven perdidas en un mundo de
calorías numeradas, quedan fuera del punto de mira mujeres de otros orígenes
étnicos a las que se ha considerado poco interesadas o ni siquiera afectadas por
la “cultura de la delgadez” dominante en los países Occidentales. Según esta
premisa, prácticas de comer mucho, poco o nada no se darían entre mujeres
africanas negras o japonesas, aunque estudios recientes que citaremos más
adelante, han probado que sí las hay.
9
A pesar de sus connotacions racistas y de que la cantidad de poblaciones que presentan mestizajes hace
cuanto menos difícil hablar de las clásicamente consideradas como razas o grupos étnicos, el término
caucásico/a sigue siendo extensamente utilizado en epidemiología transcultural y otras ciencias médicas.
Lo utilizo a lo largo de este trabajo, que contiene una amplia revisión de la literatura epidemiológica de
los TCA, para facilitar su lectura y refiriéndome, en todo caso, a las poblaciones de origen indoeuropeo,
haciendo referencia concretamente a su rasgo de piel clara.
15
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I. Introducción
Con el objetivo centrado en los procesos de salud/enfermedad/atención 10
(MENÉNDEZ, 1996) resultaba fundamental incluir un análisis de la gestión
asistencial que los migrantes, en especial las mujeres por el caso que aquí
tratamos, hacen de sus malestares en la sociedad de destino. Cómo y por qué
llega a los servicios de atención sanitaria una población que puede contar con
obstáculos como su estatus legal o -el que más nos interesa aquí- el
desconocimiento de la etiqueta de trastorno de alimentación. Y una vez en el
servicio asistencial, cómo se relacionan con los demás agentes implicados en el
proceso de atención: familia y profesionales.
En el contexto de una creciente diversificación geográfica y cultural de la
población en España, especialmente durante los últimos diez años, este que
aquí se presenta constituye el primer estudio estatal que toma en cuenta la
variable multiétnica en los problemas alimentarios.
MIS EXPERIENCIAS CON LA COMIDA Y CON MI CUERPO
Algunas de las investigadoras sobre trastornos alimentarios han reconocido en
sus trabajos sus experiencias personales como afectadas de tales (mal)estares
(por ejemplo NONJA PETERS o KAREN WAY). Tal no ha sido mi caso. Aún así,
como todo el mundo, he tenido una relación particular con la comida. En mi
vida siempre he comido todo aquello que se me ha antojado hasta hace unos
diez años, cuando me diagnosticaron una enfermedad crónica que estaba
afectando mi esófago y cuyo tratamiento incluía normas dietéticas en cuanto a
qué comer y no comer, cuánto y cuándo. Según el periodo vital sigo estas
recomendaciones de un modo más o menos riguroso, pero son referencias que
marcan mi modo de alimentarme desde entonces. A pesar de las limitaciones en
la variedad de alimentos, y si bien durante mis primeros años de vida la comida
no supuso uno de los mayores atractivos, con los años el comer me ha ido
entusiasmando hasta convertirse en uno de mis placeres predilectos.
10
Nos referimos, como define MENÉNDEZ (1996), a los factores y procesos sociales y culturales que se
dan en la causalidad, desarrollo, atención y prevención de los padecimientos.
16
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I. Introducción
Comiendo “menos” durante mi infancia o comiendo “más” a partir de la
adolescencia, mi cuerpo ha tendido a variar escasamente respecto al peso.
Criada en un barrio urbano de una ciudad del sur de España durante parte de
la década de los setenta y ochenta, los comentarios de mi entorno más próximo
-mis padres (sobre todo mi padre), sus amigas o mis amigas/os y
compañeras/os de escuela siempre destacaron mi delgadez, unas veces en tono
de burla –llamándome palo, tabla de planchar11 o spaghetti-, otras muchas para
relacionarla con una mala salud –Mariola, ¿estás mala? -. Quizá esto explique
que si alguna ha sido mi pretensión respecto a cambiar algún aspecto de mi
cuerpo, casi siempre se ha vinculado a aumentar el peso. La facilidad y rapidez
con la que mi cuerpo pierde quilos, generalmente relacionado con periodos en
los que en mi estado de ánimo predomina la tristeza o la preocupación, me han
llevado a desarrollar estrategias de gestión como la de, cuando estas situaciones
ocurren, intentar burlar tal pérdida obligándome a comer a pesar de la ausencia
apetito.
Durante las últimas tres décadas, el contexto sociocultural de mi lugar de
nacimiento ha ido cambiando hasta dar lugar a nuevas interpretaciones y
valores sobre la delgadez. De esta manera, en los últimos años las mismas
amigas de la familia que tendían a considerarme enferma, hoy ya sexagenarias
o septuagenarias, adulan mi “delgadez” –también es verdad que mi peso más
estable ha aumentado unos tres o cuatro kilos tras cumplir los treinta años-. No
ha ocurrido igual en China, donde he establecido mi residencia durante los dos
años que me ha llevado la escritura de esta tesis (2008-2010) y desde donde
escribo estas palabras. En el país asiático, entre las mujeres chinas, he dejado de
pertenecer a aquellas personas que reciben la calificación de delgada. Con unos
cincuenta y cuatro kilos y un metro sesenta y ocho de estatura, encontrar una
talla de pantalones que me pueda abrochar es tarea arriesgada. Más de una vez
en las clases de lengua y cultura china que he tomado durante mi estancia
diferentes profesoras han intentado ponerme como ejemplo de una mujer que
11
Esta era una expresión común en el período de la pubertad para resaltar la ausencia de caracteres
sexuales secundarios en la mujer refiriéndose, concretamente, a unos pechos poco protuberantes.
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I. Introducción
no es delgada, sin embargo los espontáneos comentarios de mis compañeros
occidentales de clase que reclamaban mi cuerpo como delgado las han obligado
a abandonarme inmediatamente como caso.
China ha sido un escenario complejo y de gran interés en el que he podido,
mediante la observación en mi vida cotidiana y las relaciones entabladas con
chinos y chinas12 a medida que progresaba en el aprendizaje de la lengua, poner
a prueba y apoyar, de forma paralela a la investigación con inmigrantes,
algunas de las hipótesis que guían este trabajo. Se trata de un país sometido a
una rápida transformación social que cabalga a lomos de un proceso de
modernización y crecimiento económico a una velocidad de vértigo nunca antes
conocida. Además, cuenta con una cultura alimentaria particular que hace de la
comida un elemento omnipresente en la vida diaria –sobre todo en la urbana- y
fundamental en el establecimiento de cualquier tipo de relación social,
incluyánse las afectivas, profesionales, lúdicas, etc.
La expansión de la clase media y su acceso a los bienes de consumo ha llevado a
la proliferación de un mercado de productos corporales cuyos anuncios
muestran modelos occidentales, así como al aumento constante de hospitales de
cirugía estética que se extienden hasta las capitales de las provicias más
pobres13 y publicitan estos días, como es el caso del que está ubicado frente a mi
apartamento, una operación de rejuvenecimiento dirigida a un nuevo mercado:
los hombres. Todo ello en una cultura cuya expresión artística ha ocultado
históricamente el cuerpo femenino desnudo en sus representaciones, y donde el
vestido no es diseñado para revelar la forma corporal sino para simular la
naturaleza (LIN YUTANG, 2008; 1935), una moda tradicional que hoy en día se
transforma entre las generaciones más jóvenes conquistadas por los vaqueros,
incluso por aquellos más cortos. Pero la delgadez en la mujer viene siendo
valorada por largo tiempo en China, contándose apenas como excepciones el
12
Para estos comentarios me baso además en tres entrevistas semiestructuradas sobre cuerpo y
alimentación realizadas a mujeres jóvenes chinas.
13
He vivido en Nanjing, capital de la provincia de Jiangsu, una de las más desarrolladas del país, y
Kunming, capital de la provincia de Yunnan, una de las más pobres y de mayor diversidad étnica.
18
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I. Introducción
periodo de la dinastía Tang (618-907) cuando Yang Guifei, subida de peso y
esposa de uno de los emperadores, contagió el gusto por la gordura entre el
pueblo 14 , o bien durante periodos de carencia alimentaria, como el que
aconteció hace apenas dos generaciones de chinos durante el gigantesco fracaso
del Gran Paso Adelante implantado durante el régimen de Mao Zedong.
Dama noble de la dinastía Tang (618-907) Yang Guifei (719-756), consorte del
Emperador Xuanzong. Considerada una
de las cuatro bellezas de China
Está comúnmente aceptado, al menos por los historiadores marxistas, que la
sociedad original china fue matriarcal. No cabe duda que la posición social de la
mujer se fue deteriorando a lo largo de las dinastías y así, en el transcurrir de la
historia y bajo diferentes ideologías, la posición de poder en la sociedad fue
desplazándose hacia el hombre. Mientras el confucianismo se identifica como el
primer sistema filosófico que vio en una diferenciación sexual que enfatiza la
inferioridad de la mujer, su obediencia y sumisión a la autoridad ejercida por el
hombre y la división sexual del trabajo con la mujer recluida en las labores
14
Cierta redondez en las curvas estuvo de moda durante toda la dinastía Tang y se puede apreciar, por
ejemplo, en las grutas de Longmen (Provincia de Henan, China) donde las figuras talladas durante dicha
dinastía se distinguen de las de otros periodos por ser más voluminosas.
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domésticas, la posibilidad de alcanzar una armonía social, ya desde siglos
anteriores una canción popular recogida en el clásico Book of Poems decía así:
“cuando nace un niño se le acuesta en la cama y se le proporciona jade para
jugar, cuando nace una niña se la acuesta en el suelo y se le da una teja para
jugar” (LIN YUTANG, 2008:135; 1935). En un país cuyas controvertidas políticas
de natalidad han conducido a altas tasas de abortos selectivos de niñas por ser
consideradas de menor valor económico que los varones, la lucha de la mujer
china por la igualdad, la independencia y la libertad de expresarse (que no la
libertad de expresión, tema que merecería una tesis aparte) se ha intensificado
desde la apertura al exterior y se puede observar en la sociedad actual en
aspectos como la libertad a rechazar la opción de contraer matrimonio o la
ocupación de posiciones laborales en trabajos cualificados, si bien se trata aún
de un sector minoritario de la población.
Un psiquiatra biomédico paseando por una ciudad china en un día cualquiera
diagnosticaría seguramente varias docenas de anoréxicas entre las mujeres
chinas únicamente bajo el criterio de peso corporal. Por otra parte, las prácticas
de restringir comida, dejar de comer o hacer atracones, tomar laxantes o
vomitar son comunes entre la población femenina, si bien no son
conceptualizadas como enfermedad (mental) 15 en la sociedad. Podríamos
argumentar que debido a que aún no existe lo que se denomina –y
explicaremos más adelante en el trabajo- el nicho ecológico de la enfermedad. Por
ejemplo, los recursos de salud mental son aún muy limitados en un país que
cuenta con 0.8 psiquiatras/100.000 habitantes y donde apenas existen
psicólogos o trabajadores sociales (LEE et al, 1998). Algo que, a la luz de la
rapidez de los cambios sociales que están ocurriendo y el incontestable e
incuestionable acogimiento y asentamiento de la medicina occidental, no parece
que vaya a tomar mucho tiempo en establecerse 16 . Pero el estudio en
15
Datos recogidos mediante entrevistas semi-estructuradas realizadas a mujeres jóvenes chinas, un
médico, y documentos audiovisuales como la película “Love on a diet” (Título original: 瘦身男女, 杜琪
峰 / 韦家辉, Hong Kong, 2001) y programas de televisión emitidos durante 2008-2010.
16
Clínicas o unidades especializadas en el tratamiento de los trastornos de alimentación ya funcionan en
las ciudades más pobladas y desarrolladas del país –Beijing, Hong Kong, Shanghai, Shenzhen, Wuhan-
20
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profundidad de este contexto y de sus gentes es objeto ya de otra investigación,
la cual espero poder realizar en un futuro cercano.
QUÉ BUSCA ESTA INVESTIGACIÓN
El objetivo principal de esta investigación es el de profundizar en la
comprensión de los (mal)estares alimentarios, siguiendo aquí el término
acuñado por ZAFRA (2007) quien despatologiza los TCA al definirlos como
“estares alimentarios” que se refieren a prácticas y actitudes alimentarias que
implican tanto sufrimiento –(mal)estar- como placer y satisfacción –(bien)estar-.
Esta tesis se centra principalmente en las experiencias que se viven como
conflictivas, es decir, en los (mal)estares, y persigue el ahondamiento sobre su
comprensión a partir de la deconstrucción de la concepción que existe en torno
a unas enfermedades socialmente construidas y a unas enfermas que se asocian
de manera uniforme a las mujeres jóvenes de raza caucásica procedentes de una
clase media o media-alta y obsesionadas por la imagen que viven en países
desarrollados. Estas representaciones sociales se han ido formando desde el
ámbito biomédico que, en su tarea de formular diagnósticos, protocolos y
tratamientos adecuados para estos (mal)estares, aplica una perspectiva
particular y reducida sobre el fenómeno de los problemas alimentarios que ha
impregnado profundamente las nuevas formas culturales a remolque del
llamado proceso de medicalización (CONRAD, 1992, 2007). La mayor libertad -y
por tanto riqueza- interpretativa que permite la observación y el análisis de tal
fenómeno desde la perspectiva de la antropología médica, brinda la
oportunidad de, a diferencia del énfasis en la explicación que ofrecen las
ciencias médicas, apostar por el conocimiento y la comprensión de unas
prácticas alimentarias y corporales que no conocen fronteras geográficas ni
étnicas. Lo que la antropología entiende por síntoma no pertenece al dominio
de la psiquiatría sino a un contexto local articulado entre lo micro y
macrosocial, donde se inserta aquel individuo que padece y que lo dota de
donde la psiquiatría occidental está más asentada (con una mayor cantidad de médicos formados en países
occidentales) y de donde proceden las publicaciones sobre TCA en China.
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significado. Para la consecución de este objetivo general planteo resolver los
siguientes objetivos más específicos:
1. Explorar, desde una perspectiva diacrónica, los motivos
socioculturales que han ido facilitando la generalización de ciertas
prácticas alimentarias, valores sociales sobre salud y modelos corporales
entre las mujeres de diferentes culturas.
2. Analizar el proceso de construcción social de los (mal)estares
alimentarios como entidades clínicas y explicar cómo han dado lugar a
representaciones sociales para, a partir de ahí, deconstruirlas.
3. Describir los contextos culturales y los entornos más próximos en los
que aparecen y se mantienen las prácticas alimentarias consideradas
problemáticas entre las mujeres inmigrantes, haciendo hincapié en
aquellas experiencias que incidieron de manera destacada en que éstas
fueran llevadas al extremo.
4. Examinar el anclaje que se produce entre las experiencias vitales y sus
subjetividades.
5. Analizar los itinerarios asistenciales desde un enfoque relacional y
averiguar como influyen en los mismos las representaciones sociales
sobre la enfermedad que tienen cada uno de los agentes implicados.
Los denominados trastornos del comportamiento alimentario (TCA) deben ser
comprendidos a partir de los modelos de género que se han construido en las
sociedades patriarcales17. En este sentido, la hipótesis que barajo es que la
posición diferencial que las mujeres mantienen respecto a los hombres en
relación a la construcción de su identidad social y sexual, su imagen y su rol
corporal, y en relación a las responsabilidades y valores asumidos respecto a la
comida y la salud, explicaría, en buena medida, el porqué de su mayor
incidencia. Y ello se produciría, incluso, independientemente de su origen
étnico. A pesar de los cambios registrados en las últimas décadas, la
distribución del poder y responsabilidades entre hombres y mujeres continúan
siendo desigual en las sociedades de procedencia de las inmigrantes. Es más, la
tipología de cambios que acompaña a este proceso de transformación de los
17
Aunque el concepto de patriarcado es desarrollado más adelante (ver Capítulo III), apuntar aquí que las
sociedades a las que hago referencia en esta investigación mantienen, en diferentes grados, un sistema
político que históricamente ha estado regido por los hombres y en el que las mujeres han ocupado un
estatus social y político inferior.
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roles de género (socioeconómicos, familiares, laborales) puede estar explicando
la mayor situación de vulnerabilidad y por tanto de incidencia de (mal)estares
entre las mujeres.
En este sentido, planteo que las prácticas alimentarias y corporales
conceptualizadas como anómalas y convertidas en síntomas clave de estas
enfermedades mentales –TCA- no se restringen a las sociedades desarrolladas y
dentro de ellas a las mujeres jóvenes caucásicas de cierta clase social, sino que se
dan en diferentes culturas, niveles socio-económicos y grupos étnicos aunque
no necesariamente del mismo modo por la complejidad de los procesos de
hibridación cultural actuales (GARCÍA, 1990; APPADURAI, 1991). La presión social
hacia la delgadez que se ejerce en determinadas sociedades, si bien puede
influir en la canalización de los (mal)estares a través del cuerpo y de la comida,
no ocupa un papel fundamental en la etiología de los TCA.
CÓMO PRETENDE ESTA INVESTIGACIÓN ALCANZAR TALES OBJETIVOS
Opción metodológica
Para este trabajo se ha empleado una metodología cualitativa principalmente
por las aportaciones de su dimensión holística que contrastan con las
deficiencias y limitaciones presentadas en el estudio de los TCA por los
enfoques cuantitativos hegemónicos en la clínica y la epidemiología de la salud
mental. El método cualitativo, de naturaleza interpretativa, nos va ayudar a
buscar respuestas a las preguntas sobre cómo la experiencia social de los
(mal)estares alimentarios es creada y se le otorga significado. Mientras desde
este enfoque se enfatizan las cualidades de las entidades así como los procesos y
significados, los enfoques cuantitativos enfatizan la medida y el análisis de
relaciones causales entre variables, y no entre procesos, perdiendo una parte
fundamental de la riqueza de información que permite la comprensión del
fenómeno. La mayor proximidad del punto de vista del actor y la consideración
de los constreñimientos que operan en la vida cotidiana, entre otros, alcanzados
mediante las técnicas cualitativas, asegura descripciones más ricas que nos
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aproximan al entendimiento de nuestro objeto de estudio. Muchos miembros de
las escuelas de teoría crítica, constructivista, postestructural y postmoderna
consideran los criterios positivistas como irrelevantes para su trabajo
entendiendo que reproducen únicamente un cierto tipo de ciencia que silencia
demasiadas voces (DENZIN Y LINCOLN, 2005). No es nuestra posición la de
rechazarlos y preferimos considerarlos como aquellos que aportan otra
perspectiva, otra parte de la historia o incluso una historia diferente. Los
consideramos a lo largo del trabajo si bien exponemos lo que entendemos como
limitaciones así como las implicaciones que sus resultados tienen para nuestro
objeto de estudio.
La fiabilidad de los estudios cuantitativos en TCA, guiados por los enfoques
biomédicos, ha sido puesta en cuestión por varias razones. Por un lado, los
resultados arrojados presentan un alto grado de variabilidad, llegando en
ocasiones a ser divergentes según los criterios metodológicos empleados:
definición del caso, puntos de corte en los instrumentos de detección y
diagnóstico, características de la población estudiada (edad, clase social y otras
condiciones socio-demográficas) y método de muestreo. Por ejemplo, si se
utilizan instrumentos de cribado se obtienen prevalencias más bajas que si se
emplean directamente entrevistas estructuradas, puesto que los objetivos de los
estudios son, respectivamente, detectar posibles casos o establecer algún criterio
diagnóstico firme. El diseño de la investigación es crucial para determinar que
los datos de prevalencia obtenidos apuntan hacia una mayor o menor
proporción de casos. Por otro lado, la validez transcultural de unos
instrumentos elaborados y validados entre poblaciones caucásicas occidentales
es cuanto menos cuestionada según los estudios realizados en otras
poblaciones. Así lo pusieron de manifiesto los primeros trabajos en
epidemiología transcultural impulsados por la Organización Mundial de la
Salud con el objetivo de medir la prevalencia e incidencia de trastornos tales
como la esquizofrenia y la depresión. Estos estudios abrieron el debate en torno
a la variabilidad diagnóstica entre los países así como la estrecha relación entre
cultura y sintomatología (MARTÍNEZ-HERNÁEZ et al., 2000).
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Además, y lo que es más relevante, las técnicas cuantitativas ofrecen ciertas
limitaciones a la hora de reconocer y estudiar fenómenos de carácter
multicausal como es el caso de los TCA. Los instrumentos comúnmente
empleados, tests y escalas de riesgo sobre actitudes y conductas alimentarias y
corporales, y escalas y perfiles de diagnóstico psicológico 18 , reducen la
comprensión de estos fenómenos a meros patrones de conducta que crean una
visión estereotipada de las personas con trastornos alimentarios en cuanto no
permiten la consideración de variables contextuales como son las familiares,
sociales y culturales, cuya influencia en la emergencia y mantenimiento están
más que avaladas en la literatura sobre TCA. Podemos decir que, a día de hoy,
no existe una epidemiología sociocultural de los TCA, esto es, un enfoque
integrador que supere las visiones antinómicas sobre la causalidad biológica o
social de las enfermedades, integre herramientas teóricas y metodológicas de
las ciencias sociales, especialmente antropológicas, y se encuentre en
condiciones de incidir en la salud colectiva (HARO, 2009).
De esta manera se acaba produciendo una homogeneización de las
características de las personas con TCA al generarse en un contexto
epidemiológico cuya herramienta principal, la estadística, aumenta la potencia
de sus datos cuanto más homogénea es su muestra. Los efectos indeseados de
esta regla matemática aplicada al campo de la salud son la creación de
estereotipos de personas con determinados problemas de salud y el estado de
profunda ignorancia sobre la efectividad de determinados tratamientos en
pacientes inmigrantes o de minorías étnicas (INGLEBY, 2004).
Mientras en este proceso cuantificador las voces y las experiencias de las
afectadas durante la investigación no se muestran (CHAN Y MA, 2004), en el
cualitativo van a tener un papel protagonista junto con los procesos y contextos
en los que se generan los (mal)estares para explorar las continuidades y
discontinuidades que existen entre los discursos y las prácticas. Mediante este
enfoque la antropología y la sociología médicas proponen una perspectiva
holística comparativa que sitúa los TCA en el contexto y la intersección de
18
Una lista de los más utilizados incluida en el Anexo I.
25
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varios sistemas como son el alimentario, el familiar, y el de género. En este
trabajo, añadimos el sistema social y cultural derivado de un proceso migratorio
incorporando así la variable origen étnico que sigue descomponiendo las
representaciones sociales más comunes sobre mujeres con problemas de
alimentación.
Por tanto, el mejor camino posible para comprender el porqué de las prácticas
de autoayuno, restricción o hartazgo parte del conocimiento de las experiencias
personales de quienes las llevan a cabo situándolas en su contexto histórico y
cultural. Pero no sólo esto, las limitaciones de la consideración única de una
perspectiva emic nos ha llevado a incluir un enfoque relacional que incorpore la
opinión de otros actores sociales que, de un modo u otro, participan en el
problema, aspecto fundamental para tener en cuenta los procesos y las
relaciones entre los agentes. Para ello –y entre otras razones- exploramos la
vertiente asistencial incluyendo los discursos médicos de los profesionales
sanitarios sobre los TCA, que contribuyen a la comprensión del proceso de
construcción social de la enfermedad así como de las representaciones sociales
derivadas sobre la propia enfermedad y sobre sus enfermos. Veremos que
muchos discursos difieren según el origen étnico de los pacientes.
Revisión documental
El estudio se ha dividido en dos fases. En primer lugar, se ha realizado una
revisión bibliográfica sobre trastornos del comportamiento alimentario y su
relación con la cultura, el género, la alimentación, el cuerpo y la migración. Para
esta revisión se ha tenido la literatura ofrecida por todas aquellas disciplinas
que están aportando líneas teóricas y metodológicas de interés para los temas
en cuestión, concentrada mayormente en los siguientes campos disciplinarios:
antropología y sociología de la alimentación, de la salud, del género y de las
migraciones, historia, filosofía, psicoanálisis, psiquiatría y psicología cultural,
epidemiología psiquiátrica y nutrición. Tras una primera búsqueda exhaustiva
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se han seleccionado aquellos libros y artículos más relevantes, prestando una
especial atención a los que han tratado sobre la aparición de TCA en
poblaciones inmigradas. Centrado nuestro interés en el caso específico de
España, donde nos interesa confirmar la emergencia y el incremento de estas
patologías entre una población inmigrante que, en su mayoría, ha llegado a este
país durante los últimos diez años, no se encontraron apenas referencias
bibliográficas a esta área en la que convergen TCA y migraciones. Sobre la
producción científica española en TCA desde el campo de las ciencias sociales,
este estudio se ha apoyado y alimentado especialmente de los casos locales y
más actuales que presentan las tesis doctorales de compañeras antropólogas
como Maria Jesús Sánchez, Raquel Santiso y Eva Zafra, así como del trabajo del
filósofo y sociólogo José Luis Moreno Pestaña. Considerando la relevancia de
los contextos de origen, una estancia en el centro de Investigación en Estudios
Superiores de Antropología Social (CIESAS) de México me permitió un acceso
más exhaustivo a bibliografía sobre TCA en la región latinoamericana.
La recopilación del material bibliográfico se ha llevado a cabo entre enero de
2005 y diciembre de 2009 y ha tenido como objetivo elaborar el marco teórico
del proyecto, fundamentar nuestras hipótesis de partida y analizar desde una
perspectiva diacrónica el fenómeno que nos ocupa.
Una antropóloga en el campo psiquiátrico
Son muchos los estudios que desde la sociología y la antropología se han
acercado de alguna manera a la institución psiquiátrica de forma crítica. La
Historia de la Locura en la época clásica (1961) de FOUCAULT o el clásico de
GOFFMAN Internados (1970) inaugurarían el campo de investigación en el que se
analizan los efectos totalizadores de la institución sobre los pacientes. Otra larga
tradición de estudios han mostrado las debilidades del modelo psiquiátrico y la
frágil validez de sus diagnósticos como es el caso del famoso estudio de
ROSENHAN (1973) publicado en la revista Science en el que 12 personas sanas
que participaban en el estudio fueron diagnosticadas e internadas en diferentes
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hospitales psiquiátricos de los Estados Unidos, donde los profesionales
sanitarios fallaron detectando falsos casos entre los verdaderos enfermos y
viceversa.
Si bien lo que presento en estas páginas no es ni mucho menos una etnografía
sobre la institución psiquiátrica, he querido referirme a estos trabajos para
situar al lector no familiarizado y dar cuenta de la particular posición que ocupa
el sociólogo/antropólogo en este medio cuando no forma parte del mismo
personal médico, si bien cuando lo hace enfrentará también otro tipo de
desventajas fruto de sus diferentes identidades profesionales. Siendo el primer
caso el que concierne a la investigadora de este estudio, apuntar que las
muestras de desconfianza, desinterés y superioridad del personal médico -
reflejo de unas relaciones jerárquicas entre la posición hegemónica que ocupa la
medicina dentro de las ciencias y aquellas subalternas, ciencias sociales, a las
cuales les es incluso cuestionado su estatus de ciencia-, han sido habituales
durante el primer contacto si bien no constantes ni inflexibles19.
En un primer momento se eligió Cataluña porque, más allá de ser mi lugar de
residencia, era la segunda comunidad autónoma con mayor porcentaje de
extranjeros residentes en España con tarjeta o autorización de residencia
después de Madrid (MINISTERIO DE TRABAJO E INMIGRACIÓN, 2006). Por las
inesperadas ausencias -de casos- encontradas durante el proceso de captación
decidí extender el área geográfica de estudio a la ciudad de Madrid a raíz de
conocer un centro de atención a TCA que trataba habitualmente a pacientes
extranjeras y que además se interesó por este trabajo de investigación. En
cualquier caso tanto Cataluña como Madrid son comunidades muy
significativas para la investigación, en tanto que a lo largo de las últimas
décadas han ido confluyendo en estas áreas factores clave en los procesos de
cambio social y de la denominada tendencia a la "occidentalización" del modo
de vida: industrialización económica (industria alimentaria, moda, cosmética,
restauración, etc.), urbanización, salarización, mercado laboral, escolarización,
19
Un excelente debate sobre el papel del antropólogo en el medio sanitario, y concretamente en salud
mental, se encuentra en BRIGIDI, S. (2009).
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masiva incorporación femenina al trabajo remunerado extradoméstico, destino
de migraciones estatales, europeas y extracomunitarias, y modificación de las
estructuras familiares, entre otros. La incidencia de una buena parte de estos
factores es central en el estudio del tema que nos ocupa. Las diferencias
sustanciales entre la población, per se heterogénea, de este territorio afecta a los
patrones alimentarios, así como a la construcción de las identidades de género y
los modelos corporales.
La búsqueda de las informantes en Cataluña englobó contactos con el sistema
sanitario público, clínicas privadas de TCA -una de ellas concertada quedando
cubierta por seguros escolares-, una ONG dedicada a la asistencia psicológica a
inmigrantes y una asociación de ayuda mutua. Dentro del sistema sanitario
público se sondearon unidades especializadas en TCA -tanto hospitales de día
como unidades de ingreso y consultas externas de salud mental-, centros de
salud mental (CSM), servicios de salud mental especializados en asistir a
población inmigrante, así como en un estadio final contactos con atención
primaria. En Madrid el contacto se hizo previamente a mi llegada con un
hospital cuya unidad especializada en TCA (que integra consultas externas,
hospital de día y unidad de ingreso) atiende desde hace unos años y de forma
habitual a un porcentaje relevante de inmigrantes.
Las ausencias mencionadas en el caso de Cataluña, si bien suponen una
información relevante en sí misma, resultaron en una muestra que valoré como
insuficiente para el desarrollo de mi investigación. Tras un periodo inicial de 18
meses de búsqueda de informantes encontré once casos que reunían el perfil;
uno de ellos, en Barcelona, rechazó participar y otro, en Girona, abandonó el
tratamiento cuando, junto a su doctora, estábamos en el proceso de concertar la
entrevista, fracasando los intentos de volver a contactarle. Entonces me trasladé
a Madrid donde en el periodo de un mes –la duración de mi estancia- logré
entrevistar a doce mujeres que estaban siendo tratadas o lo habían sido en
cualquiera de los dispositivos del hospital mencionado. Tras mi vuelta y hasta
dar por finalizado el trabajo de campo encontré un nuevo caso de afectada en
Barcelona. En total, el periodo de campo tuvo lugar entre febrero de 2005 y
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junio de 2007, dando como resultado final la muestra aquí presentada y cuyas
características detallo más adelante.
Como mencionaba antes, para la búsqueda de inmigrantes con TCA entré en
contacto con diferentes servicios de psiquiatría -la mayoría especializados-
públicos y privados. Las puertas de los servicios a los que llamé estuvieron
abiertas a excepción de un par de casos, significativos por corresponder a
centros de referencia20 en la red pública de asistencia a este tipo de trastornos,
que me negaron la entrada al servicio alegando razones como “las líneas
prioritarias de investigación que actualmente estamos realizando en nuestra Unidad, a
mi modo de ver, se encuentran algo alejados a los objetivos que a Uds. les interesa
analizar en su proyecto”21. Pero, me pregunto, ¿acaso no son objetivos comunes el
intentar alcanzar una mayor comprensión sobre el origen de estos (mal)estares?
¿Acaso supone una amenaza o provoca tal desconfianza o desinterés la
presencia de una investigadora formada en otra disciplina no biomédica cuyo
objetivo es estudiar el mismo problema desde un ángulo diferente, aplicando
diferentes técnicas? ¿No estamos de acuerdo en que aportaciones desde
diferentes perspectivas no están llamadas más que a complementarse? Se trata,
sin duda, de un ejemplo de cristalización de unas relaciones de
hegemonía/subalternidad que producen prejuicios hacia ciertas disciplinas y
formas de investigar que presentan una perspectiva del problema diferente a la
que ofrece el modelo médico “hegemónico”.
Aunque no ha sido esta la situación encontrada en la mayoría de los casos, no
obstante es relevante apuntar que mi experiencia profesional de más de tres
años en investigación epidemiológica entre diferentes servicios de atención a la
salud mental y un hospital psiquiátrico barcelonés, me proporcionó una red de
contactos entre profesionales de la salud mental que favoreció un trato más
colaborador. No obstante en los casos en que no se me negó la entrada, los
20
Por su trabajo desde el enfoque terapéutico “hegemónico” para estos trastornos basado en instaurar la
regularidad alimentaria fundamentada únicamente en criterios nutricionales, la ganancia de peso, la
medicación y la psicoterapia de orientación cognitivo-conductual.
21
HP5-PSP: Psiquiatra.
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obstáculos o las facilidades para hacer observación o detectar informantes
fueron bastante desiguales.
El protocolo de entrada a los servicios que seguí en cada caso fue la
presentación del estudio a un miembro del equipo, en muchos casos el jefe del
servicio, donde solicitaba que invitasen a colaborar a aquellos pacientes que se
visitasen en el servicio y que reuniesen las características requeridas para el
estudio: ser inmigrantes y que presentasen algún trastorno alimentario. Uno de
los centros me facilitó datos de contacto de todas las pacientes inmigrantes que
se habían visitado en algún momento por lo que pude localizar a algunas de
ellas y entrevistarlas. En el caso de la asociación de ayuda mutua, cuyo interés y
motivación por participar en el estudio contrastaba con la opacidad y rechazo
de algunos de los servicios sanitarios, fui invitada asistir como observadora a
una de sus reuniones cerradas en la que me fue posible contactar directamente
con inmigrantes que pertenecían a esta asociación.
En cuanto a los profesionales, solicité una entrevista en profundidad con
aquellos que valoré de interés para mi estudio, basándome en los siguientes
criterios: 1) su experiencia en la clínica con pacientes inmigrantes con TCA, 2)
su larga experiencia clínica con pacientes con TCA en general, y/o 3) su
pertenencia a otro contexto cultural, en este caso latinoamericano, región de
donde procede la mayoría de inmigrantes de la muestra. Todos ellos
pertenecían a los servicios sanitarios que contacté para encontrar a pacientes en
España, excepto uno de ellos que entrevisté en su clínica privada para el
tratamiento de los TCA durante mi estancia de cuatro meses en el Centro de
Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) en
Ciudad de México.
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Las y los protagonistas
El universo de estudio está compuesto por una parte, por las personas nacidas
en países extracomunitarios 22 que residen actualmente en España cuyas
prácticas alimentarias y corporales se volvieron en algún momento
problemáticas para ellas mismas o para alguien de su entorno resultando en la
búsqueda de ayuda médica bien por esta razón o por malestares asociados, y
por otra parte, por los profesionales del ámbito de la salud mental que trabajan
con estos pacientes.
En total la investigación se basa en las entrevistas con veintiún inmigrantes y
ocho profesionales de la salud mental de diferentes ocupaciones sanitarias
como son enfermeras, psicólogos y psiquiatras. Entre los psiquiatras, uno de
ellos es latinoamericano y alterna temporadas de trabajo entre su país de origen
y un país europeo. A diferencia de la fuerte división sexual y técnica del trabajo
existente entre los profesionales de la salud mental que constatan la mayoría de
investigaciones –incluida ésta-, el sexo de los profesionales finalmente
entrevistados para este estudio representa una realidad más igualitaria
incluyendo si bien dos mujeres enfermeras, también una psicóloga y un
psicólogo, y dos psiquiatras mujeres y dos psiquiatras hombres. Por otra parte
el grupo de inmigrantes está compuesto por veinte mujeres y un hombre cuyas
edades oscilan entre los doce y los cincuenta y cuatro años, un rango de edad
muy amplio por lo que me estaré refiriendo durante el trabajo a dos grupos: por
un lado las más jóvenes como aquellas cuyas edades comprenden de los 12 a los
19 años, y las más mayores o emancipadas, que van de los 27 a los 54. Proceden
de diferentes países: Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Perú,
Uruguay, Angola, Marruecos y Rumanía. Su tiempo de residencia en España
también varía de los diecisiete años a los seis meses23. Han sido educadas en
22
Uno de los casos entrevistados en 2006 es el de una inmigrante rumana, país que entró a formar parte
de la Unión Europea el 1 de enero de 2007.
23
Una de ellas no es inmigrante sino adoptada desde corta edad por una familia española. Decidí incluirla
en el estudio por dos razones. Primero porque sus rasgos físicos indígenas la identifican en la sociedad
española como inmigrante latinoamericana y segundo, porque ella misma define su identidad como
peruana.
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diferentes religiones (católica ortodoxa, católica, evangelista, judía y
musulmana) y pertenecen a diferentes clases sociales.
Las relaciones problemáticas con la comida que han tenido muchas de las
informantes han variado en sus formas a lo largo de sus vidas por lo que en una
misma historia clínica conviven diagnósticos de anorexia, bulimia y/o comedor
compulsivo. El TCA más común ha sido el de anorexia nerviosa, concentrada su
prevalencia en las informantes más jóvenes (12-19 años) que constituyen más de
la mitad de las entrevistadas. Por otro lado se encuentran en diferentes estadios
de la enfermedad, lo que nos permite recomponer una historia cronológica del
(mal)estar.
No existe una causa única para migrar, como no existe una única razón para
vivir. Las historias individuales muestran la diversidad de factores que
interrelacionados van a influir en la decisión final. Sin embargo siempre hay
razones que priman, y éstas las podemos agrupar como sigue. En el caso de
nuestras informantes más jóvenes (12-19 años) las razones fueron básicamente
de reagrupación familiar. En la de sus familias y en el resto de informantes
estos motivos principales se distribuyen entre la búsqueda de una mejor
condición económica, el alejamiento de unas problemáticas relaciones
familiares, el placer de viajar y descubrir, el exilio político, o determinados life
events que determinan la marcha como es el caso de una de las jóvenes cuya
familia emigra buscando una mejora en los cuidados médicos para la
enfermedad del padre.
Con esta heterogeneidad en la muestra rompemos con una doble tendencia a
homogeneizar las características, por un lado, de las personas con problemas de
alimentación y, por otro, de los inmigrantes.
Para conocer en mayor detalle las características de cada inmigrante y facilitar
la lectura de la parte etnográfica se incluye una biografía resumida de cada uno
de los casos en el capítulo VI de este trabajo y un cuadro en el Anexo III.
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I. Introducción
Técnicas utilizadas y análisis de datos
Se ha realizado una etnografía a partir de los relatos de vida de las inmigrantes
y de las entrevistas realizadas a profesionales, en ambos casos, realizadas en
una o varias sesiones. El relato de vida, a pesar de evocar la idea de
autobiografía en el sentido de contener la historia completa de un sujeto, se
elabora a partir de la aparición de la forma narrativa en una conversación y
cuando el sujeto la utiliza para entender el contenido de una parte de su
experiencia vivida (BERTAUX, 2005). Nos interesa aquí analizar las experiencias
de aquellas personas que en un contexto de inmigración llevan a cabo prácticas
alimentarias de ayuno, restricción y/o hartazgo. En estos relatos de vida me
centré principalmente en la historia migratoria –el contexto pre y postmigración-
y proceso de aculturación, las relaciones familiares, las relaciones con pares y
parejas, los roles de género, la alimentación, las representaciones y prácticas
corporales, la experiencia de la enfermedad y los procesos asistenciales.
Las entrevistas transcurrieron en diferentes entornos como despachos de
universidad, consultas en el dispositivo sanitario, cafeterías, estaciones de tren,
parques o las propias casas de las mujeres entrevistadas. Con el objetivo de
superar la relación jerárquica que se establece con el “otro” entre investigador e
informante proporcioné, en todos los casos en que fue posible, la libertad a la
entrevistada de elegir el lugar y expliqué los orígenes y el propósito de mi
estudio. Durante las entrevistas me aproximé a las informantes bajo la premisa
de que son ellas, y no la investigadora, las expertas de sus relatos y que por ello
conocen la mejor cronología, énfasis y métodos para contar sobre sus propias
vidas. Partimos del hecho de que la narrativa se compone a partir de una buena
parte de selección y de interpretación sin la cual no representaría más que una
sucesión de hechos, no habría relato (BERTAUX, 2005). La reconstrucción de
experiencias vividas, especialmente cuando hacen referencia a periodos más
alejados del presente, conllevan sesgos que se apuntan y se aceptan en la
investigación. Las historias que cuentan pueden estar teñidas de idealizaciones,
ensoñaciones, miedos, pueden estar utilizando la narración para, por ejemplo,
reconstruir unas historias de la manera que les hubiera gustado vivirlas o para
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I. Introducción
exagerar hechos que enfatizan su posición de víctimas. Estos sesgos pueden ser
minimizados mediante la utilización de relatos cruzados, es decir, contrastando
sus historias con las de los “otros” que han participado en los procesos.
Para esta investigación se recogieron los discursos de los profesionales
sanitarios mediante entrevistas semi-estructuradas y un grupo de discusión
donde se trataron temas como la etiología de los TCA y sus representaciones
sociales así como de sus enfermas tanto inmigrantes como autóctonas, y las
diferencias en diagnóstico, tratamiento y pronóstico entre estos dos grupos de
pacientes. Una de las limitaciones de este estudio es la falta de inclusión de
otros actores relevantes como familiares y/o amigos que no han sido
entrevistados en profundidad, si bien en algunos casos se ha mantenido con
ellos conversaciones informales vía telefónica o presencial antes o después de
las entrevistas.
En las dependencias de los centros asistenciales visitados llevé a cabo una
observación no participante en diferentes contextos: consultas de psiquiatría
individuales, talleres de terapia grupal, consultas de enfermería, comedores, y
de manera libre por las dependencias del hospital de día presenciando charlas
informales entre pacientes, familiares, profesionales y administrativas del
servicio.
Todas las entrevistas fueron grabadas y transcritas posteriormente. Los datos
han sido sometidos a un vaciado y posterior análisis de contenido con la ayuda
del programa de tratamiento de datos cualitativos MaxQda. Tanto los relatos de
vida como las entrevistas a profesionales y las observaciones están apoyadas
por el diario de campo que me acompañó durante estos años y que es parte
fundamental de la etnografía que aquí presento.
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II. Marco teórico
II. MARCO TEÓRICO
REPENSANDO LAS PRÁCTICAS ALIMENTARIAS Y SU PATOLOGIZACIÓN
En los países de habla hispana, bajo la denominación de trastornos del
comportamiento alimentario o trastornos de la conducta alimentaria -versión de la
noción anglosajona de eating disorders o de la francesa troubles alimentaires-, se
entienden ciertas conductas alimentarias que, siendo incluso admiradas en
otros periodos históricos y aún en ciertas culturas, han pasado a ser percibidas
como desviadas y, por su causalidad y efectos, etiquetadas de enfermedades
mentales. Se trata de conductas que se alejan de aquellas consideradas por las
ciencias de la salud como patrones normalizados y saludables de alimentación
y que en algunos casos pueden tener consecuencias serias para la salud. Estos
(mal)estares, que han llegado a ser catalogados de “epidemia social” en más de
una ocasión24, están siendo objeto de un creciente interés durante las últimas
décadas debido sobre todo a los aportes epidemiológicos que hablan de un
24
Es en el contexto actual donde surgen debates en torno a los procesos de cambio alimentario y de
gestión del cuerpo cuando emergen los calificativos de “epidemia” que se han atribuido a los TCA y
también a la obesidad (GRACIA et al, 2010). Quienes consideran que estamos ante una epidemia social
afirman que no existe agente contagioso alguno debiéndose su transmisión a factores de orden psico-
social. Su carácter epidémico se ha basado en su incidencia entre las clases altas y medias por su carácter
glamouroso. Algunos de los autores que han clasificado la anorexia nerviosa y/o bulimia como
enfermedades de carácter epidémico son BRUCH (1978), SOURS (1980), GORDON (2000), TORO (2003) o
ISOLETTA (2003).
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II. Marco teórico
incremento25 de su incidencia en las sociedades occidentales –sobre todo en los
casos más leves pero también en la cronificación y en los casos más severos–
como de la reciente aparición de casos clínicos en sociedades no occidentales
donde su tendencia parece estar también en aumento.
Aunque se haya insistido en que muchas son las causas explicativas
relacionadas con la aparición de este tipo de (mal)estares y se haya demostrado
que éstos tienen una base socio-cultural específica sin la cual nos sería
imposible llegar a una total comprensión de su existencia, la investigación
médica se ha centrado principalmente sobre los aspectos biológicos y
psicológicos de la enfermedad. La influencia de la cultura ha sido desestimada
o relegada a un plano secundario por una psiquiatría que tiende a una
constante biologización de los síntomas. Sin embargo, no debemos olvidar que
lo que son hoy consideradas como enfermedades mentales, con sus
correspondientes categorías diagnósticas, vienen a ser “el resultado de
desarrollos históricos, influencias culturales y negociaciones políticas”
(KLEINMAN, 1988:12), y bajo esta premisa se desarrolla esta tesis.
La aceptación del origen multicausal de esta aflicción constituye una
justificación del “no-saber” que lleva a embarcarse en la búsqueda de nuevas
ideas sobre sus causas, así como en la improvisación de su abordaje y
tratamiento (HEPWORTH, 1999). Su consideración de enfermedad
incomprendida y misteriosa, en una época en que la premisa básica de la
medicina es que todas las enfermedades pueden curarse, convierten a estos
(mal)estares en lo que Susan SONTAG (1990) definiría años atrás refiriéndose al
cáncer y al sida, como metáforas de lo que se considera moralmente malo y
contagioso. Estas metáforas vienen a sugerir que existe un profundo
desequilibrio entre el individuo y la sociedad.
Aunque en los últimos años está proliferando la creación de etiquetas que se
proponen medicalizar y/o patologizar diferentes prácticas alimentarias de la
25
A pesar de que en algunos países los datos parecen haberse estabilizado en el transcurso de los últimos
años, el número de casos en términos absolutos a nivel mundial sigue creciendo.
37
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II. Marco teórico
población26, este trabajo se va a centrar en aquellas incluidas en el Manual
Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales27 (DSM) sobre las que existe un
consenso en la comunidad médica en cuanto a su diagnóstico y protocolos de
tratamiento. Estas son la anorexia, bulimia y el trastorno por atracón.
Mientras la bulimia y el trastorno por atracón, con sus correspondientes criterios
diagnósticos, han sido recientemente identificados e incluidos en el DSM-IV
como TCA, la anorexia nerviosa ha ocupado hasta nuestros días el papel
protagonista, habiéndose volcado en él la literatura médica y científica. Este
hecho parece estar ligado a su más temprana identificación como enfermedad -
médica y después mental- que pudo deberse, entre otras razones, a su más fácil
reconocimiento y grave pronóstico. Sin embargo, a pesar de las diferencias en el
tipo de prácticas alimentarias que predominan en uno u otro diagnóstico,
considerarlas como entidades nosológicas diferentes conduce a un grave error
si queremos acercarnos a su comprensión y explicación, ya que en la mayoría
de ocasiones estos padecimientos combinan tales tipos de prácticas de forma
alternada formando parte de un continuum. Como si se tratara de signos
diferentes asociados a un mismo síntoma, es decir, como si dejar de comer o
comer hasta hartarse fueran diferentes medios de expresión pero con un mismo
significado.
Estas aflicciones han aparecido desde un principio –y por razones que
podremos ir comprendiendo a lo largo del trabajo- ligadas a una determinada
cultura –la occidental-, y dentro de ésta, a variables específicas como el género, la
clase social, la edad y la etnia. La anorexia nerviosa, como los demás TCA, ha
estado y sigue estando tradicionalmente asociada a las mujeres caucásicas
occidentales, de clase alta, en edad joven, y a su obsesión por la imagen.
Algunas profesiones en las que la imagen corporal resulta determinante como
instrumento de trabajo han sido consideradas como factores de riesgo en la
26
Hablo de este fenómeno más adelante en el trabajo (ver pp. 73)
27
El Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales (DSM) fue creado por la Asociación
Americana de Psiquiatría y es el manual más utilizado en las consultas psiquiátricas de todo el mundo. Le
sigue la Clasificación Internacional de las Enfermedades (CIE) elaborado posteriormente por la
Organización Mundial de la Salud y que se comienza a utilizar, aunque de forma aún minoritaria, en
1994.
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II. Marco teórico
aparición de estos (mal)estares. Entre estas profesiones se encuentran el
modelaje y los deportistas de élite, habiendo sido destacados como deportes de
riesgo en el caso del sexo femenino, la gimnasia, el patinaje artístico o la danza,
y en el caso de los varones, la lucha, el boxeo y el culturismo entre otros (TORO,
2003).
Sin embargo, desde hace unos años la investigación epidemiológica, cada vez
más extensa sobre trastornos alimentarios, ha comenzado a desafiar algunas de
estas asunciones: la distribución de estas enfermedades entre la población ha
dejado de ajustarse a los patrones que establecía ese retrato de enferma
previamente mencionado. Especialmente las características relativas al origen
étnico, tipo de sociedad, edad, clase social e incluso, aunque en menor medida,
al género, son cada vez más variables. Desde aquí creemos que las mujeres
tienden a utilizar su cuerpo y la comida para comunicar (mal)estares –como
también (bien)estares- independientemente cual sea su origen étnico, clase
social o edad. Históricamente han utilizado el control sobre la comida como un
medio para construir su subjetividad y controlar sus cuerpos, encontrando en
ello placer, seguridad, privación o ansiedad. Determinadas prácticas
alimentarias y corporales no son únicas de la sociedad –llámese- occidental o
desarrollada o de la abundancia, ni de aquellos que viven con determinado
nivel de recursos, ni de quienes pasan por procesos de cambio puberal donde se
combinan tres dimensiones, física, psicológica y social.
Pero sí que ha sido en la sociedad occidental donde las prácticas de comer
mucho, poco o nada se han construido como enfermedad a partir de su
alejamiento de los patrones normativos y, más concretamente, como
diagnóstico psiquiátrico. Ha sido en este mundo local de significados donde
han tomado un sentido como enfermedad y se han conformado como síndrome.
Un mundo local que inicia hace dos siglos un proceso de medicalización de la
alimentación (POULAIN, 2002; CONRAD, 1992) que según TURNER (1999) se ha ido
construyendo en torno a la afinidad entre el desarrollo de la gestión facultativa
de la dieta y la expansión del capitalismo, convirtiendo a la nutrición en una
ciencia compatible con el espíritu del modo de producción capitalista al
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II. Marco teórico
procurar una fuerza de trabajo fuerte y sana mediante la disciplina del cuerpo.
Este proceso de medicalización unido a la creciente ‘colonización’ de otras áreas
del mundo por una biomedicina que representa el Modelo Médico Hegemónico
(MENÉNDEZ, 1978) hace que cada vez sean más las mujeres de diferentes
sociedades, de diferentes etnias, diagnosticadas con un TCA.
Las ciencias médicas y sociales se han venido interesando de manera creciente
por el estudio de estos (mal)estares en tanto constituyen un fenómeno
multicausal cuyo abordaje requiere de las aportaciones provenientes de
diversos campos de estudio. La ciencias sociales lo hacen, en concreto, por la
aparición de dos factores –la “cultura” y el “género”- como explicativos de estas
aflicciones si bien no existe unanimidad acerca de cómo actúan. Sumándose a la
posición de anteriores investigaciones (GRACIA et al., 2002, 2005) el objetivo de
este trabajo es ofrecer una mirada distinta a un tema dominado en España por
aportaciones de la psiquiatría, la psicología clínica y la nutrición, en general
poco abiertas a las ciencias sociales, una tendencia opuesta a la de otros países
de nuestro entorno donde las aportaciones interdisciplinares con la presencia de
antropólogos y sociólogos son copiosas. Mientras la medicina tiene como
función principal la de diagnosticar y tratar las enfermedades, la antropología y
la sociología médicas, libres del compromiso del tratamiento individual del
paciente, gozan de una libertad de mirada que, mediante un enfoque holístico,
produce aportaciones únicas e innovadoras en su objetivo de ofrecer
conocimiento y comprensión sobre el problema. Con este objetivo encaramos
este trabajo de investigación en el que comenzamos introduciendo las diferentes
variables que han construido una determinada imagen de los TCA y de sus
afectadas para, seguidamente, ponerlas en cuestión.
Invisibles: ¿una cuestión sólo de desencaje diagnóstico?
Las representaciones sociales sobre las enfermas de TCA creadas por la
medicina y por sus profesionales tienen el efecto de invisibilizar estos
padecimientos entre aquellas personas que no cumplen con el perfil
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II. Marco teórico
consensuado y que están en el centro de las representaciones y los discursos.
Para empezar, mientras que la incidencia de los TCA ha tenido y sigue teniendo
el ratio más desigual entre géneros de todos los trastornos psiquiátricos –
incluidas la depresión y la agorafobia-, hay estudios que revelan un aumento en
la proporción de varones afectados (DI NICOLA, 1990: 253; GORDON, 2000: 57).
Esta proporción oscila entre el 5 y el 10% de los casos que los varones aún no
han superado. El que los TCA sean hasta nueve veces más frecuentes en
mujeres que en hombres se intenta explicar, sin demasiado éxito, desde
posiciones tanto biologicistas, empeñadas en encontrar factores explicativos de
origen orgánico, como psicologicistas, que atribuyen las causas a supuestas
características de personalidad femeninas. Estas últimas fueron las tesis
dominantes durante el [Link] que relacionaron a la mujer con la locura y la
histeria, y que han contribuido a que el modelo médico se construya en torno a
unas ideas de género y de identidad muy precisas que hacen de los hombres
casos improbables de padecer estas aflicciones (HEPWORTH, 1999). Esto explica
por qué algunos profesionales aún hoy atribuyen las causas de los trastornos
alimentarios en mujeres a su mayor “dependencia del otro y la importancia de la
mirada del otro para ver quién es”28.
El aumento de la prevalencia en los varones ha sido atribuido a una mayor
preocupación de éstos por el peso y por la imagen corporal, preocupación que
queda reflejada en su reciente, aunque aún muy modesta, incorporación al
grupo de consumidores de productos cosméticos, así como en su entrada en la
industria alimentaria y mediática. Otras líneas de investigación apuntan que el
deseo de delgadez no es tan frecuente entre los hombres, sino justamente lo
contrario. En este caso, la preocupación por verse demasiado pequeños puede
dar lugar a comportamientos obsesivos con el objetivo de aumentar su volumen
corporal –entiéndase masa muscular- mediante el ejercicio físico. Surge en este
28
PSP: Psiquiatra. Cita extraída de la investigación realizada por GRACIA et al (2005) “Género, ‘dieting’
y salud: un análisis transcultural de la incidencia de los trastornos del comportamiento alimentario entre
las mujeres”, Instituto de la Mujer (Madrid), de la que formé parte como miembro del equipo
investigador.
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caso una nueva etiqueta diagnóstica, la vigorexia29, que implica prácticas de
abuso y manipulación de dieta y comida similares a la anorexia y la bulimia. En
todo caso, también en ellos se reafirma la tesis ‘hegemónica’ de que se trata de
aflicciones ligadas –únicamente- a la imagen corporal.
Por otro lado, hemos de tener en cuenta que el mencionado aumento entre
hombres tiene muchas posibilidades de estar infrarrepresentado. En primer
lugar, como los datos que manejamos corresponden únicamente a aquellos
varones que han buscado ayuda médica, es importante valorar la doble
estigmatización que prevendría al hombre de buscar este tipo de ayuda: el
tratarse de una enfermedad mental y su representación social como un problema
femenino. En segundo lugar, en caso de que acuda a un servicio sanitario, el
profesional médico puede ser reticente a diagnosticar un TCA por operar en él
también un sesgo que tiene que ver con unas ideas de género y de identidad en
torno a las cuales se construye el diagnóstico y que hacen de las mujeres las
únicas depositarias. Por último, porque el predominio de mujeres ha podido
llevar a los estudios epidemiológicos a ignorar la existencia de hombres,
subestimando su presencia entre el grupo de afectados. Valga como ejemplo la
relativa ausencia de hombres diagnosticados con TCA en el contexto español,
donde encontramos serias dificultades en su búsqueda durante el trabajo de
campo para una investigación realizada entre 2003 y 2005 (GRACIA et al., 2005).
Entonces no encontramos ningún hombre en tratamiento en un centro público,
y solamente algunos en el sector privado. En la presente investigación con
población inmigrante encontramos un hombre frente a veinte casos en mujeres.
Otra de las imágenes a deconstruir es la de considerar los TCA como problemas
de adolescentes, esto es, de carácter transicional y temporal. La edad es una de
las variables considerada como factor de riesgo, siendo durante la adolescencia
cuando suelen aparecer con mayor frecuencia. En la anorexia, ya su descripción
clínica en la Europa del XIX, se presenta como una patología mayoritariamente
femenina con especial incidencia en cohortes de edad de 16 a 23 años como
29
También denominado anorexia inversa, dismorfia muscular o complejo de Adonis.
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II. Marco teórico
establecía Gull, uno de los primeros médicos en describirla y etiquetarla
(BRUMBERG, 2000: 118). Por eso muchas de las hipótesis explicativas de estos
trastornos –como las psicoanalíticas o las psicobiologicistas- han intentado
explicar estos trastornos a partir de los cambios corporales, psicológicos y
sociales de la adolescencia. Prueba de ello es que la anorexia ha llegado a ser
denominada como “pubertal adicction to thinness” (BRUCH, 1985). Sin embargo,
cada vez se confirman más y más casos en los que se da entre mujeres en
edades no circunscritas a la adolescencia: tanto en niñas prebuberales como en
mujeres adultas (GRACIA et al., 2005; THOMPSON, 2004)30. Los casos en estas
últimas pueden deberse a la convivencia con unas prácticas que si comenzaron
en torno a la adolescencia, se han cronificado y mantenido en el tiempo. Pero
también aparecen casos en los que las prácticas comienzan en momentos vitales
alejados de la menarquia, incluso muy alejados como es el caso de ancianos. En
palabras de GONZALO MORANDÉ, jefe de psiquiatría del Hospital Niño Jesús de
Madrid estos se explican porque esta “enfermedad siempre tiene una especial
incidencia en las transiciones de la vida. Los trastornos alimentarios son un síntoma de
las dificultades existentes para afrontar el día a día”31. La Guía de Práctica Clínica del
Sistema Nacional de Salud para los Trastornos de la Conducta Alimentaria (2009)32
reserva un apartado a los TCA en adultos donde hace recomendaciones al
profesional sobre como adaptar la anamnesis a este tipo de casos en los que
“problemas laborales, económicos o sociales” pueden encontrarse como factores
de mantenimiento y, en ocasiones, como desencadenantes. La guía establece
como edad mínima para ser aplicada los ocho años. En general, tras cada caso
se pueden encontrar acontecimientos que agrupamos siguiendo a MEEHAN Y
30
En el trabajo etnográfico que realizamos para el proyecto “Género, ‘dieting’ y salud: un análisis
transcultural de la incidencia de los trastornos del comportamiento alimentario entre las mujeres”
(GRACIA et al., 2005) encontramos en servicios sanitarios y en organizaciones de ayuda mutua ubicadas
en Cataluña casos de niñas de 10 años y de mujeres que superan los 60 años de edad. En el trabajo de
campo realizado para esta tesis se constató, además, la misma situación en la ciudad de Madrid.
31
Este psiquiatra ha confirmado tener en su consulta a pacientes con 82 años (“La anorexia empieza a
llevar al médico a personas mayores”, El Ideal, 22 diciembre de 2006)
32
Grupo de trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre trastornos de la conducta alimentaria (2009),
Guía de práctica Clínica sobre trastornos de la conducta alimentaria. Madrid: Plan de Calidad para el
Sistema Nacional de Salud del Ministerio de Salud y Consumo, Agència d’Avaluació de Tecnologia i
Recerca Médiques de Catalunya. Guías de práctica Clínica del SNS: AATRM Núm 2006/05-01.
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KATZMAN (2001) como experiencias de transición, desconexión/dislocación y
opresión33, las cuales pueden darse en diferentes periodos vitales, si bien la
adolescencia sigue siendo el de mayor vulnerabilidad.
La epidemiología psiquiátrica también se ha encargado de estudiar la
distribución de las enfermedades mentales entre clases sociales. Desde la
psiquiatría, a pesar de que el énfasis en lo biológico ha contribuido al descenso
de su interés por las causas sociales de las enfermedades mentales, una amplia
base de estudios sostienen la tesis de la causación social que establece una
relación directa entre condiciones socioeconómicas estresantes (como pobreza,
desempleo, falta de asequibilidad de vivienda) y un empeoramiento de la salud
mental. En esta ecuación, los TCA representaron un paradigma al ser asociados,
como en su día fue la histeria, a las clases altas, más preocupadas por la dieta y
la imagen corporal, por la salud y la belleza. En esta línea, son muchos los
estudios que defienden que en Occidente las presiones por estar delgada
aumentan a medida que lo hace el estatus socioeconómico, y que esta misma
relación se acaba dando en sociedades no occidentales que se desarrollan
económicamente, lo que las lleva a un aumento de los TCA (SOH et al., 2006). Sin
contradecir esta relación, lo que es cierto es que los (mal)estares alimentarios no
son propiedad de determinada parte de la población debido a su nivel
socioeconómico, como sería el caso de las clases altas y las medias, tras la
popularización de los valores que asocian el cuerpo delgado a la salud y a la
belleza. Ya desde la década de los 80 son varias las investigaciones
epidemiológicas que desmienten la existencia de una asociación entre estas dos
variables: clase social y TCA (LEIGHTON et al., 1985; POPE et al., 1987; FAVARO et
al., 2003). Es más, algunos estudios han llegado a confirmar que la bulimia es
más común entre los estratos socioeconómicos bajos (GARD Y FREEMAN, 1996) o
que el riesgo de TCA es mayor entre jóvenes de clases bajas que de altas
(NEUMARK-SZTAINER et al., 1999). MCCLELLAND Y CRISP (2001) que examinaron la
clase social de las pacientes anoréxicas durante un período de 33 años
observaron a partir de 1985 un ligero aumento de pacientes procedentes de las
33
Estos conceptos son explicados más adelante en el trabajo.
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clases sociales más bajas. Sin pretender convertir estos hallazgos en asunto
central, lo cierto es que los TCA han dejado de ser monopolio único de las
clases sociales opulentas y son muchos los estudios que han encontrado
afectadas no solo entre clase medias sino entre las clases más bajas (GORDON,
2000; THOMPSON, 2004; MORENO, 2005; BARRIGUETE, 2005; TINET, 2005). Esta
variabilidad en la escala social ha llevado a MORENO (2005) a realizar un
interesante estudio en el contexto del Sur de España sobre el etnocentrismo de
clase que inunda las proyecciones sociales de estos (mal)estares. Según el autor,
si bien encuentra anorexia en diferentes clases sociales, es la posibilidad de
atribuir características sublimes a la misma lo que varía, aumentando con el
nivel social y cultural.
Desde el ‘saber hegemónico’, entre las razones atribuidas a la popularización de
los problemas alimentarios entre clases sociales se apuntan la cultura de
consumo característica de finales del [Link] que ha llevado a la difusión popular
de prácticas sociales restringidas tradicionalmente a las clases altas, lo borroso
de las fronteras de clase en determinados contextos de las sociedades
contemporáneas, la difusión de tales enfermedades por los medios de
comunicación más populares y menos orientados a las élites, su aceptación
como enfermedades glamourosas... Se trata en todos los casos de razones que
atribuyen significado a la enfermedad únicamente en los contextos de clases
altas o en su relación con ellas. La implicación que otros factores sociales tales
como la pobreza o la inmigración pueden tener por sí mismos en la generación
de dificultades vitales y malestares que lleven a la aparición o mantenimiento
de estas prácticas alimentarias y corporales entre mujeres han sido
prácticamente obviados con escasas excepciones como la del trabajo de
THOMPSON (2004). En su estudio sobre la salud mental en países pobres,
DESJARLAIS et al. (1995) concluyeron que la pobreza y el estancamiento
económico tiene un impacto directo e indirecto sobre el bienestar social y
mental34. La migración en sí, dicen los autores, no lleva necesariamente a una
34
En todo caso no es la pobreza la única que establece una relación con la enfermedad. El crecimiento
económico también produce otro tipo de malestares y trastornos mentales (DESJARLAIS et al., 1995).
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salud mental pobre, pero va a depender de los siguientes factores que definen
como claves: cómo uno se adapta a los cambios que trae la migración, cómo de
seguro y saludable es el entorno en que uno vive y, la posibilidad de que uno
puede vivir una vida productiva, a la que le encuentre sentido y que se
encuentre culturalmente integrada (Ibíd, 1995:137).
En último lugar, desafiamos también la asunción relativa al tipo de sociedad y a la
etnia que asocia los TCA únicamente al contexto sociocultural de la sociedad
occidental industrializada y, dentro de ella, a la población caucásica. Esta
consideración limitativa, hasta fechas recientes, llevó a los psiquiatras a
considerarlos como “el” síndrome ligado a la cultura 35 de Occidente. La
emergencia de la sociedad de consumo, las prácticas, valores e ideales respecto
al cuerpo, la progresiva transformación –para algunos “fragmentación”- de la
familia y la transformación de los roles de género han sido algunas de las
características de la sociedad occidental que han conformado el contexto
sociocultural donde emergen los TCA como una enfermedad de la
modernidad 36 . No obstante en esta conceptualización de los (mal)estares
alimentarios como –preferimos llamar- delimitados por tal cultura comienza a
agrietarse tras la aparición de numerosos estudios epidemiológicos
transculturales que revelan la emergencia de estas psicopatologías en contextos
culturales diversos como Nigeria, Zimbabwe, Etiopía o Marruecos en África;
Colombia, Venezuela o México en América Latina; o China, Taiwán, Singapur o
India, en Asia, donde, además, destaca el caso de Japón cuyos datos de
prevalencia son comparables a los de Occidente (GORDON, 2000). De manera
simultánea, estudios llevados a cabo en otros países como Estados Unidos,
Australia o Reino Unido confirman la prevalencia de TCA entre inmigrantes
35
Desarrollamos la genealogía de este concepto en un posterior capítulo de este trabajo. Baste aquí
adelantar que el síndrome ligado a la cultura enfatiza la especificidad cultural en una dimensión local al
referirse a “una constelación de signos o síntomas, categorizada como una disfunción o enfermedad,
restringido a diferentes culturas primordialmente en razón de características psicosociales distintivas de
las mismas” (VANDEREYCKEN Y HOEK, 1992).
36
Entendiendo la modernidad como un profundo proceso de reorganización de tiempo y espacio que
junto con la dislocación de mecanismos, radicaliza y globaliza los rasgos institucionales preestablecidos
de la modernidad y actúa para transformar el contenido y la naturaleza de la vida cotidiana (GIDDENS,
1991).
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procedentes de sociedades en desarrollo, tanto africanas, como asiáticas o
hispanas o entre minorías étnicas (BHUGRA et al., 2003; HUMPHRY Y
RICCIARDELLI, 2003; SAHI Y HASLAM, 2003; THOMPSON, 2004; CACHELIN et al.,
2006; REGAN Y CACHELIN, 2006).
Estos nuevos datos sitúan en una encrucijada los criterios diagnósticos37 y las
hipótesis explicativas que hasta entonces barajaba una psiquiatría que se ve
obligada a reformular sus presupuestos. Y a hacerlo en base a un escenario
globalizado económica y culturalmente que se interrelaciona constantemente
con lo local y da lugar a la creación de espacios sociales generadores de nuevos
significados e identidades. En un trabajo clásico de psiquiatría transcultural
sobre trastornos alimentarios, DINICOLA (1990) propuso el concepto de síndrome
de cambio cultural. Bajo esta nueva etiqueta incluía aquellos casos que no pueden
explicarse por su relación con una cultura específica sino como efectos de
procesos de transformación de los referentes culturales que se dan en dos
contextos sociales concretos: la migración o la rápida evolución socioeconómica
y cultural de las sociedades.
Esta nueva etiqueta clasificatoria -y la flexibilidad que introduce en la
explicación de estos (mal)estares- responde a una necesidad de romper con las
limitaciones que impone la concepción etnocéntrica de las enfermedades que
las delimita a culturas específicas. Límites que tienen que ver con el tratamiento
de signos como síndromes o enfermedades. Según MARTÍNEZ-HERNÁEZ (2000)
encontrar signos -en nuestro caso prácticas alimentarias de comer mucho, poco
o nada o corporales para modificar el peso-, en cualquier parte del mundo es
metodológicamente posible si bien estos signos no tienen por qué representar
una enfermedad en todos los lugares, ya que es precisamente la conexión de un
grupo de signos con una tradición cultural e histórica particular lo que le otorga
37
Estudios transculturales han llegado a cuestionar los criterios diagnósticos occidentales tachándolos de
etnocéntricos tras insistir en la relativa ausencia del miedo a engordar o de la distorsión de la imagen
corporal entre sus pacientes, un hecho que permite ampliar los significados otorgados a estas prácticas
patologizadas del comer mucho, comer poco o no comer (HSU Y SOBKIEWIEZ, 1991; LEE, 1993, 2001a,
2001b; KHANDEWAL et al., 1995; KATZMAN Y LEE, 1996; SRINAVASAN, 1998; PIKE Y BOROVOY, 2000;
RIEGER et al., 2001; SOH et al., 2003; KEEL Y LEE, 2006).
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significado como enfermedad. Dicho en otras palabras, lo que hace posible
identificar una psicopatología es la construcción social de la enfermedad.
Suscribiendo estas tesis, desde aquí cuestionamos la supuesta “emergencia” de
estos (mal)estares en poblaciones no caucásicas o pertenecientes a sociedades
no occidentales o no desarrolladas. Por una parte, basta recordar que la variable
etnia ha sido mencionada en las reflexiones de las investigaciones pero no ha
centrado sus análisis hasta fechas muy recientes. Se trata de una tendencia
generalizable en las investigaciones en salud, y en salud mental en particular,
que ha excluido sistemáticamente a minorías étnicas e inmigrantes en sus
estudios38. Por otra parte, en el actual contexto de globalización la psiquiatría
biomédica deposita ejemplares del DSM-IV en consultas africanas o asiáticas
que comienzan a aplicar sus diagnósticos, mientras el creciente proceso de
medicalización de la alimentación en Occidente encuentra nuevos perfiles de
personas afectadas, crea nuevos mercados de asistencia profesional.
En el siguiente capítulo analizaremos desde una perspectiva diacrónica, el
proceso por el cual las prácticas de comer mucho poco o nada así como
determinados valores y creencias sobre el cuerpo se van a configurar, en un
momento de la historia, como un conjunto de signos que serán interpretados
como enfermedad dentro de un determinado marco cultural de referencia.
Veremos cuales son los orígenes de las metáforas creadas sobre las mujeres
diagnosticadas que la medicina hegemónica, y sus expertos en particular, han
ido manejando hasta nuestros días y que han entrado en crisis obligando a una
nueva reconceptualización de lo que son considerados como trastornos de la
conducta alimentaria (TCA).
38
GRAHAM (1992) mostró que el 96% de los estudios publicados durante las décadas de los 70 y 80 en
cuatro revistas periódicas de la Asociación Americana de Psicología excluía de sus análisis a los
afroamericanos. Esta tendencia estaba ligada a un legado de racismo y asimilacionismo, pero también
existen razones pragmáticas basadas en criterios estadísticos en cuanto a los beneficios de contar con
muestras homogéneas en los estudios clínicos. En la investigación médica, estas consideraciones han
llevado a un estado de profunda ignorancia sobre la efectividad de los tratamientos en pacientes
pertenecientes a minorías étnicas.
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LAS RAZONES HISTÓRICAS DEL COMER MUCHO, POCO O NADA
“El hecho es que en todos los periodos de la historia, los trastornos mentales
de cierta importancia epidemiológica o de especial fascinación han
destacado un aspecto de la naturaleza del hombre en conflicto con los
tiempos…”
ERIKSON, (1975:22)39
“Entre finales del XIX y principios del XX ha cambiado la sociedad, las
histéricas se manifiestan de forma distinta. Las histéricas e histéricos son un
termómetro muy bonito de lo que pasa en la sociedad, porque son tan
sugestionables, porque son preciosas como termómetro, a ver dónde estamos,
tráigame una histérica que yo me entere en que cultura me muevo y
entonces, ¿que ha cambiado?, pues la relevancia que se da al cuerpo y a la
figura corporal”
Psiquiatra de TCA40
El contexto histórico y sociocultural juega un papel esencial en la interpretación
de las prácticas alimentarias que centran nuestro interés y, por tanto, en la
construcción de los TCA como enfermedades mentales. Es precisamente el
contexto el que determina si, por ejemplo, la restricción alimentaria será
construida en términos religiosos, políticos, médicos o psiquiátricos. Para su
inclusión en la nosología médica -y más tarde psiquiátrica- va a ser
fundamental el desarrollo de la medicina que no va a permanecer aislado ni
inmune a la influencia de otras trasformaciones sociales paralelas como fueron
los avances tecnológicos, la evolución de las ideas religiosas o el cambio en las
concepciones sobre la mujer y la feminidad.
Los significados sociales del comer y del no comer en el mundo
Las prácticas de no comer, ayunar o restringir alimentación aparecen
históricamente en diferentes mundos locales no limitados geográficamente al
39
Erikson, EH. (1975). Life history and the historical moment. New York: W.W. Norton & Co.
40
HP1-PSP: Psiquiatra
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II. Marco teórico
Occidente judeocristiano, y en todos los casos comparten un trasfondo
espiritual y/o religioso, económico y político. Occidente sin embargo va a ser el
lugar donde se construye progresivamente la normalidad/patología en el
comer al compás del proceso civilizatorio. A pesar de que las fuentes
disponibles sobre revisiones históricas (BELL, 1987; BYNUM, 1987, BRUMBERG,
2000) de estas prácticas contemplan mayormente el mundo occidental, en este
trabajo hemos incluido algunos datos sobre otras sociedades para dar cuenta de
su ubicuidad.
Occidente: Europa y Norteamérica
Las prácticas de ayuno no han sido siempre consideradas como patológicas, de
hecho su inclusión bajo el dominio estrictamente médico-psiquiátrico es
relativamente reciente. Desde la Antigüedad tardía existen fehacientes indicios
de la existencia de ayunadoras pero también de ayunadores. El monaquismo
introducido desde Oriente en el Occidente cristiano implicaba el ayuno junto a
otras contenciones como la sexual. En el cristianismo, ambos sexos practicarían
la vida ascética si bien bajo diferentes formas. Las peregrinaciones entre aldeas
y la vida en el desierto (en Oriente) serían los contextos de aislamiento más
practicados por los hombres ascetas aunque también les acompañaron algunas
mujeres. Éstas no necesitaron tales niveles de aislamiento, perseguidos a través
de la destrucción de los lazos de parentesco y de amistad, y permanecían
recluidas generalmente en las casas familiares o en residencias que compartían
y que abandonaban únicamente para asistir a reuniones o participar en
ceremonias de la Iglesia. Se trataba de mujeres con variado estrato social,
procedentes de clases altas y bajas. La iniciativa podía ser propia pero también
de sus familias, y las recompensas eran de tipo material y/o simbólico. Se
cuentan entre ellas la obtención del estatus admirado y socialmente valorado de
la vida ascética, el aliviar a la familia del pago de las dotes y demás gastos que
ocasionaban las hijas o bien como una salida en casos de muerte, indigencia y
gran necesidad de independencia. Se habían criado en familias donde el control
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que ejercían los padres sobre las perspectivas matrimoniales de los jóvenes en
general y de las hijas en particular seguía siendo absoluto (BROWN, 1993).
El control de la sexualidad y de la comida representaban ejemplos de la
necesidad del cristiano de dominar un cuerpo sometido al inmenso dolor del
mundo. Pero la comida tenía un significado especial ya que se creía que el
primer pecado de Adán y Eva no había sido el acto sexual sino un acto de
voracidad. Así la comida apartaba con frecuencia a la sexualidad como
principal preocupación de los y las ascetas. Éstos concebían entonces el cuerpo
como un sistema autárquico capacitado para funcionar con su propio calor y
entendían que la comida innecesaria producía un excedente de energía que se
manifestaba en el apetito físico, la cólera y el instinto sexual (BROWN, 1993).
El ayuno femenino, más que el masculino, se intensificó en la Europa Medieval
y principios del Renacimiento (BELL, 1985; BYNUM, 1985; VANDEREYKEN Y VAN
DETH, 1996; BRUMBERG, 2000). Se encuentran numerosos escritos relativos a
descripciones de aquellas denominadas como anoréxicas santas (holy saints) que
se entregaban a todo tipo de prácticas ascéticas incluido el ayuno prolongado,
considerado entonces como un milagro femenino y un signo de santidad
(BRUMBERG, 2000:43). Estas prácticas seguían contando con indudables raíces
religiosas -además de económicas y políticas- pues purificación y penitencia
han ido asociadas al ayuno en la mayor parte de las religiones. Unos ayunos
que podían durar toda una vida cuya radicalización se ha asociado a la
introducción de ideas procedentes de Oriente. ALMENARA (2006) habla del
jainismo41, una de las tres grandes religiones de la India, que llegó a Occidente
por sectas gnósticas que predicaron una doctrina similar y ganaron
popularidad durante la conquista romana de Grecia (146 a. C.). BROWN (1993)
estudia la introducción de ideas del cristianismo radical que llegan desde Asia
Menor.
41
El ideal religioso del jainismo era la perfección de la naturaleza humana mediante la vida monástica y
ascética como único medio hacia la liberación (mohska), una liberación que se hace posible cuando se han
exterminado todas las pasiones. El ascetismo se manifiesta de diferentes maneras, pero el emblema de
esta severidad sin compromiso es el hecho de morir por inanición (sallekhana). Según estos datos, la
creencia de un alma aprisionada en el cuerpo y cuya la liberación únicamente se podía alcanzar a través
del ascetismo, se originó en Oriente llegando a Occidente con posterioridad (ALMENARA, 2006).
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Volviendo a aquellas mujeres de la Edad Media y principios del Renacimiento,
sus drásticos ayunos, interpretados por la sociedad de la época en clave de
conquistas espirituales de base religiosa, podían a la vez estar expresando
protestas sobre su identidad femenina en un mundo dominado por los
hombres. Por ejemplo, se ha apuntado que estas prácticas justificadas como
sacrificios religiosos constituían una forma comúnmente utilizada por las
jóvenes para rechazar las imposiciones familiares en relación a las expectativas
de ciertos roles femeninos. Según el historiador BELL (1987), los matrimonios
acordados e impuestos por la familia con hombres, en ocasiones mucho
mayores que ellas, habrían llevado en muchos casos a estas jóvenes a encontrar
en el ayuno la única salida ante tales exigencias familiares y sociales. Uno de los
casos mejor documentados fue el de Margarita de Hungría (1242-1271) quien
extremó sus medidas de ayuno tras el intento de su padre por casarla (HALMI,
1994). Esto ocurría en un mundo en el que las mujeres no tenían derecho a la
propiedad, no contaban con objetos externos a los que renunciar -a diferencia
de los hombres- y donde el cuerpo se convertía en su único objeto de control y,
en estos casos, de castigo y repulsión (HEPWORTH, 1999). En este contexto, los
ayunos podían esconder tras sus bases religiosas cuestiones relacionadas con la
posición estructural de las mujeres en la sociedad medieval patriarcal. A la
misma vez, tales bases religiosas podían tener un carácter económico
adaptativo. Algunos autores han argumentado que la intensificación de los
casos de ayuno en tal momento de la historia estaba relacionada con razones
que pueden ser explicadas desde una perspectiva de economía política. El
ayuno religioso sirvió funcionalmente para aceptar las carencias intrínsecas de
una sociedad no abundante en la que la Iglesia dictaba numerosos ayunos para
poder regular económicamente el sistema (CONTRERAS, 1992; CONTRERAS Y
GRACIA, 1995).
Durante los siglos sucesivos van a sucederse grandes cambios sociales como
fueron la Reforma Protestante y el desarrollo del capitalismo y la burguesía,
que irían transformando gradualmente el escenario anterior. La nueva ética
protestante transformó los valores y costumbres imperantes y cambió las
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concepciones sobre mujer y feminidad de manera que las prácticas de comer y
no comer quedaron envueltas en nuevos significados sociales. La Reforma
Protestante contribuyó a que las mujeres ayunadoras dejaran de ser
consideradas “santas” para pasar a convertirse en “brujas” o en lo que en
realidad se pretendía difundir: en un ejemplo de amenaza del nuevo orden
social. El trabajo de HEPWORTH (1999) analiza los condicionantes sociales que
llevan a este cambio en cuanto a la interpretación de unas mismas prácticas.
La interpretación religiosa sobre las mujeres no gozó siempre de un estatus
positivo, sino que fue cambiante según las normas sociales de los diferentes
periodos. Socialmente e ideológicamente las mujeres constituyeron el Otro
frente a los hombres que representaban la norma respecto a la cual se definían y
evaluaban a las mismas. Las ideas teológicas más tempranas otorgaron al
hombre una posición de dominación sobre la interpretación de las acciones de
las mujeres; los clérigos, en base a su asunción de una moralidad inferior en las
mujeres, vigilaron sus acciones buscando evidencia de comportamientos
inmorales. Las ideas religiosas en aquel periodo postrenacentista evolucionaron
hacia argumentos sofisticados que definían la feminidad en términos dualistas
como buena y malvada, santa y bruja, madonna y puta (USSHER, 1991 op. cit.
HEPWORTH, 1999). No obstante, aún en aquel período de profunda transición
fueron numerosas las mujeres de condición humilde que siguieron ejerciendo
una práctica de ayuno y muchas conseguían con ello una gran atención pública
reforzada por la aparición y difusión de la imprenta. Lo que GOOLDIN (2003)
denomina el espectáculo del ayuno, atraía peregrinaciones de personas en
búsqueda del halo de santidad que las llamadas doncellas milagrosas
desprendían al representar un signo de Dios en la tierra (BELL, 1985). Estas
visitas les procuraban en muchos casos recompensas materiales.
Ayunos masculinos
Mientras los ayunos femeninos se vinculaban exclusivamente al ascetismo no
ocurría lo mismo con los masculinos. En esta época también proliferan otro tipo
de prácticas de no comer entre varones a los que apenas se ha prestado atención
en los estudios sobre discursos culturales del ayuno. Por una parte, en territorio
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norteamericano la tribu de los Hopi utilizaba la abstinencia como parte esencial
de uno de sus ritos más importantes, el cual refleja las creencias de este grupo y
su voluntad en mantener la tierra equilibrada mediante oraciones, ayunos y
ceremonias. Se trata de la danza de la serpiente, y la preparación para participar
en ella incluye el ayuno. Durante la ceremonia los participantes sostienen una
serpiente entre los dientes mientras bailan, devolviéndola más tarde a la
naturaleza para difundir el mensaje de que los Hopi viven en armonía con su
entorno (WATERS, 1902; 1992). En los ritos iniciáticos de los medicine men o
chamanes las prácticas de ayuno implicaban una deprivación sensorial para
inducir un delirio de fome (ver JOSUÉ DE CASTRO (1951)42 o SCHEPER-HUGHES
(1992) entre otros) cuyo contenido se interpretaba como visiones, lo que la
psiquiatría maneja a través del concepto de alucinación.
Otros ayunos masculinos han tendido a ser obviados en cuanto su énfasis no se
encuentra tanto en los factores motivacionales como en los actos performativos
que representan las prácticas de abstinencia. Es el caso de los esqueletos vivientes
(living skeletons) y los artistas del hambre (hunger artists) que existieron en la
Europa de los siglos XVIII y XIX. Mientras los primeros eran hombres
inusualmente delgados que exponían sus cuerpos en freak shows, ferias o circos
por razones de entretenimiento, los artistas del hambre, con el mismo objetivo,
llevaban a cabo un ayuno público de manera que no solo mostraban su cuerpo
sino que además el tiempo sin comer era documentado y determinaba la
calidad del artista. Coetáneos con las doncellas milagrosas, en su análisis
comparativo GOOLDIN (1993) encuentra que mientras en las mujeres el
espectáculo simboliza el cruce de caminos entre lo milagroso (religión,
espiritual) y lo mundano (científico, secular), en el esqueleto viviente el aspecto
espiritual y religioso desaparece, y en el artista del hambre se extingue cualquier
matiz milagroso sea de carácter divino o natural. Asistimos a una época en la
que el paradigma religioso comienza a deshacerse lentamente a la vez que se
impone el científico-racional.
42
El delirio de fome se refiere a aquel punto aterrador que se alcanza al llegar a la inanición, algo así
como la “locura del hambre” DE CASTRO (1951).
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El significado de delgadez en transformación
Entre los siglos XIII y XIX las razones que llevaban a mujeres jóvenes y, en su
mayoría, de procedencia humilde a practicar el ayuno respondían a un fuerte
trasfondo religioso y/o espiritual vinculado a la condena de la gula por parte
de los catecismos cristianos y al fomento de la templanza especialmente por la
teología protestante que incidía, más que la católica, en el control y la punición
de los excesos corporales desafiando además el relativismo que sostuviera
Hipócrates en su Tratado sobre la dieta. Los médicos del XIX y del XX parecen
seguir al respecto los criterios relativistas de Hipócrates y aceptar la calificación
moral del exceso –por defecto o por exceso- (COMELLES, 2010). En los últimos
siglos del periodo mencionado, los médicos que visitaron a estas mujeres dieron
a estos casos el nombre de anorexia mirabilis o inedia prodigiosa, según se pusiera
el acento en lo milagroso o en lo fantástico. Las interpretaciones de sus acciones,
de ser consideradas santas a seres poseídos por el demonio, procedían de una
religión que luchaba por adaptarse a los cambios sociales para mantener su
estatus de poder en la sociedad.
Si bien desde el siglo XVII la medicina se preguntó acerca de la posibilidad de
vivir sin comer, es concretamente a partir del siglo XIX cuando comenzó a
interesarse por estos casos cuestionando el carácter milagroso de dicha
posibilidad, sobre todo a partir de comprobar que la intensificación de la
vigilancia médica sobre las pacientes parecía provocar su muerte. Uno de los
casos más conocidos fue el de Ann Moore quien insistió en que no había
comido nada durante seis años y la vigilancia médica descubrió que pañuelos
empapados en vinagre43 y agua, y pequeños trozos de comida que su madre le
proporcionaba mediante besos la habían mantenido con vida. Es bajo esta
metodología de vigilancia ininterrumpida que comenzaron a describirse de
forma detallada conductas y a relacionarse síntomas con situaciones
psicológicas y sociales (GRACIA, 2003:11).
43
La ingestión de vinagre en esta época fue muy común entre ayunadoras y ha sido asociada a prácticas
dietéticas con el objetivo de adelgazar (ALMENARA, 2006).
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II. Marco teórico
La secularización de estas prácticas va a ocurrir paralelamente al desarrollo de
la medicina en un proceso que culmina en el siglo XIX con las llamadas chicas
ayunadoras (fasting girls). Este fue el término utilizado por los victorianos a
ambos lados del Atlántico para describir los casos de abstinencia prolongada
cuando existía incertidumbre sobre la etiología del ayuno y ambigüedad sobre
las intenciones de las ayunadoras (BRUMBERG, 2000: 62).
La medicalización implicaba que la autoridad médica ganara posiciones en la
sociedad en general y en el control de las mujeres en particular. Y ello ocurría a
medida que los médicos aceptaban unos valores morales de base teológica que
se identificaban con el embodiment de los valores burgueses de urbanidad y
buenas maneras, y mientras continuaba el desarrollo de la economía capitalista
donde emergían nuevos valores como la satisfacción de deseos artificiales, la
coquetería y el lujo, dando lugar a la construcción de un edificio de silencio e
intolerancia sobre los excesos en la gula, la violencia o la lujuria. En los nuevos
modelos familiares surgieron nuevos perfiles de ayunadoras, nuevos
significados sociales del no comer.
Los patrones de cuidado dentro de las familias así como las relaciones
intergeneracionales eran muy diferentes atendiendo a la clase social. En este
sentido, la experiencia de la adolescencia marcó una clara distinción entre la
clase obrera y, la burguesía y las incipientes clases medias. En el seno de estas
últimas tuvo lugar una intensificación sin precedentes de la vida familiar, los
hijos adolescentes recibían más atención por parte de los padres, no trabajaban
ni salían de casa hasta su casamiento, lo cual les ha valido la definición de
personas con un “inestimable valor emocional y económicamente inútiles”
(BRUMBERG, 2000: 124). En este contexto de adolescencia burguesa, la comida y
el comer tomaron unos significados particulares.
Comer se convirtió en sinónimo de fealdad física y glotonería, que si bien lo
había sido ya en periodos precedentes44, hasta entonces no había estado apenas
44
En todos los manuales de confesores cristianos ya desde el siglo XVI y en los sermones ingleses de
finales del XVIII, la práctica de atracarse de comida, si se llevaba a cabo de forma arbitraria, al margen de
un ritual, se convertía en una conducta moralmente reprobable, en un pecado capital para la Iglesia. De
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ligado a otras significaciones que no fueran las ideas y deberes religiosos o la
noción de pecado. Es en el contexto de emergencia de la urbanidad -y la
apropiación de ésta como identidad de clase-, junto con el proceso de
civilización de las costumbres, cuando la civilización del hambre (MENNET,
1985) y de los cuerpos, biopoder según FOUCAULT (1976), acogió el nacimiento de
una moda femenina por la enfermedad y la debilidad que llevó a mujeres y
hombres de la época victoriana a utilizar las quejas físicas para la obtención del
rol de enfermo. Este rol conllevaba la incapacitación para trabajar y producir,
símbolo de estatus social, pero también en el caso de las mujeres la
incapacitación para tener hijos. Con ello “la mujer del XIX idealizó la forma, casi
‘tubular’ del cuerpo, deprivado del énfasis simbólico de la fertilidad y
maternidad. La delgadez de la ‘nueva mujer’ expresó su liberación sexual y el
rechazo del tradicional rol femenino” (VANDEREYCKEN & VAN DETH, 1994). Es
entonces, en el siglo XIX, cuando la llamada anorexia nerviosa fue por primera
vez introducida en la literatura médica como una enfermedad que afectaba a las
mujeres de clases medias y altas (GRACIA, 2003).
La convergencia de lo delgado como atributo de salud y belleza
El reclamo positivo de la delgadez se va a ir asentando durante el siglo XX
cuando las representaciones y prácticas corporales se transforman de forma
rápida alentadas por dos procesos de amplio alcance: la construcción de la
obesidad como enfermedad y estigma, y la construcción de la delgadez como
signo de salud, belleza y distinción social de la mano del desarrollo y de la
expansión de los medios de comunicación gráficos y visuales hacia el mercado
masivo de las clases populares (GRACIA, 2005, 2009).
aquí los conceptos de gula, glotonería. Por ejemplo, uno de los manuales editados en España en el siglo
XVI decía así: “[…] Si procuró electuarios o especies calientes o comió o bevió más de lo necesario por
más se deleytar en el pecado de la carne […]” (Manual de confesores y penitentes que clara y brevemente
tiene la universal y particular decisión de quasi todas las dudas que en las confesiones suelen ocurrir de
los pecados, absoluciones, restituciones o irregularidades, Salamanca, Andrea de Portonariis, 1556, 158-
9, op cit SARRIÓN, 1995).
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Si volvemos la mirada atrás en la historia, en las sociedades preindustriales,
cuando tanto los hombres como las mujeres aún estaban involucrados en
labores que exigían una intensa actividad física y donde las hambrunas no eran
inusuales, la gordura y los alimentos altos en grasas seguían siendo vistos como
deseables entre la mayoría de la población. El desarrollo de la sociedad
industrial implicó cambios sociales que fueron cambiando progresivamente los
patrones de la conducta alimentaria que culminarían, ya en la segunda mitad
del [Link], en la emergencia de la lipofobia, entendida ésta como “aversión
sistemática a comer grasas y a convertirse en gordo” (GRACIA, 2010b), mientras
la biomedicina comenzaba a considerar la corpulencia como patológica en base
a estudios que relacionaban una mayor tasa de mortalidad entre las personas
con sobrepeso. Pero el calado en la población de estos nuevos significados
atribuidos al peso van a depender de la clase social. Durante las primeras
décadas del pasado siglo los médicos comenzaron a recomendar el consumo
moderado de alimentos junto con estándares de peso y altura entre las clases
altas (BRUMBERG, 2000), marcando lo que sería el comienzo de la relación entre
el exceso de peso y el riesgo para la salud que solo se generalizarían al conjunto
de las sociedades occidentales a finales del siglo XX.
Y mientras la gordura se estigmatizaba convirtiéndose en “enfermedad” en
términos médicos, y de pereza y glotonería en los religiosos, la delgadez, cada
vez más presente entre las clases opulentas, se iba transformando en un espacio
para la producción de nuevos significados. Significados que van a nacer de la
convergencia de una diversidad de intereses: médicos, de clase y de las
diferentes industrias implicadas -aseguradoras, moda, alimentación, cosmética,
farmacéutica, cirugía estética- que promueven una nueva identidad corporal en
la que el cuerpo delgado aparece como cuerpo ideal (GRACIA, 2010)45. En un
45
La serie de televisión norteamericana Nip/Tuck centrada en dos cirujanos estéticos y en su casuística
permite un acercamiento significativo a la diversidad de problemáticas que se plantean. Cada episodio
empieza en el despacho de los dos médicos que preguntan a la cliente “¿qué es lo que no le gusta de su
cuerpo?”, en ningún caso preguntan qué padece. De hecho, los guionistas hacen emerger la cirugía
reparativa tras esta pregunta, pero el énfasis siempre se centra en la identidad, y no en la causa básica de
cambio corporal: mastectomía, quemaduras, etc… Con seis temporadas en antena, la diversidad de la
casuística muestra un dominio abrumador de casos relacionados con problemas de identidad sospechosos
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Occidente donde la delgadez había contado sólo anecdóticamente con
connotaciones positivas mientras estuvo la mayor parte del tiempo asociada a
estados enfermizos –sobre todo a tuberculosis- y pobreza, el cuerpo delgado va
a ir progresivamente convirtiéndose en sano y bello entre las clases altas de la
sociedad.
Son ellas las únicas que tienen acceso y a las que va dirigida una moda creada
por hombres. Durante las primeras décadas del [Link], en sus viajes a París,
capital de la alta costura, son vestidas por modistos prestigiosos como Paul
Poiret, quienes revolucionan la moda femenina imponiendo en sus creaciones
una silueta delgada y sin curvas que bien ejemplificarían en la gran pantalla
actrices como Bette Davis. La comida se convierte en un elemento de control,
que ahora persigue, más que la purificación del alma, un ideal de belleza física.
Esto lo convirtió en un medio para la movilidad social ascendente.
Identificación del cuerpo delgado como lo sano y lo bello.
Según BOURDIEU (1988) las clases altas de la sociedad se oponen al gusto
popular por lo pesado, lo graso y lo grosero prefiriendo lo ligero, lo fino y lo
refinado que promueven la distinción y la esbeltez. El gusto es el principio de
enclasamiento incorporado, la “clase hecha cuerpo” (Ibíd, 1988:188). La relación
con el cuerpo -maneras de cuidarlo, nutrirlo, mantenerlo- es reveladora de las
disposiciones más profundas del habitus. El habitus, concepto influido por las
ideas de MAUSS sobre las techniques du corps, que persigue mediante los
cuidados alimentarios y corporales la adopción de un cuerpo sano y delgado, es
incorporado en un principio por las clases altas para ser más tarde perseguido
por las clases medias como medio de diferenciación de las trabajadoras. El
cuerpo delgado se convierte en un medio para la movilidad social ascendente,
sobre todo, entre las mujeres. El que las recomendaciones sobre el peso hayan
penetrado en mayor grado entre el sexo femenino tiene que ver con sus
posibilidades de movilidad social, los modelos de socialización de géneros y los
de patología psiquiátrica subyacente. Sobre el tema de la identidad corporal ver ALLUÉ (1996) y ESTEBAN
(2004).
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II. Marco teórico
usos que las mujeres han venido haciendo históricamente del cuerpo y la
comida (GRACIA, 2010a).
El proceso de transformación del rol de las mujeres se acelera con la aparición
de nuevas imágenes culturales femeninas surgidas a partir de los cambios
sociopolíticos y comunicacionales acontecidos entre los años 50 y 70,
especialmente por la generalización de la televisión. Las modernas, mujeres con
estudios, empleo y capacidad de participación política, comienzan a convivir
con las tradicionales de mujeres como criadoras, cuidadoras y amas de casa. La
consolidación de la sociedad de consumo y el papel de los medios de
comunicación como difusores de ideologías juegan un papel esencial en la
construcción de las mismas así como también en las representaciones simbólicas
del cuerpo femenino que instan a las mujeres a responder a unas exigencias
sociales cuyo nivel es cada vez más alto. En este contexto mediático y de
consumo, la práctica de dietas restrictivas se populariza entre toda la población
(GRACIA, 2002) y se conforma lo que llamaremos como “modelo corporal Euro-
Americano” siguiendo a GREMILLION46 (2005), para referirnos al modelo ideal
estético hegemónico de la mujer caucásica, en edad joven y de figura esbelta.
La secularización de la sociedad durante el pasado siglo supuso un cambio
radical en la conceptualización del cuerpo físico y en sus modos de gestión
económica, cultural y social. La comida apareció de nuevo como una forma de
control pero con un significado diferente: “si antes se la rechazaba en aras de la
purificación del alma, ahora el objetivo es el ideal de belleza física” (GRACIA,
2002: 364). En el último tercio del [Link] comenzaron a aparecer los casos de
anorexia nerviosa en su forma contemporánea. Las razones que se escondían
tras estos casos de ayuno los describe la literatura médica como obsesiones que
persiguen el ideal de delgadez impuesto. Sin embargo, es esta idea de
persecución como causalidad única, central y universal de los trastornos
alimentarios contemporáneos que va a ser estudiada en mayor profundidad y
cuestionada más adelante en este trabajo.
46
GREMILLION (2005) habla de prácticas y discursos corporales Euro-Americanos, entendidos como
hegemónicos, delimitando así la procedencia cultural y geográfica, concretamente Norteamérica y
Europa, de los mismos dentro del concepto más utilizado, amplio y difuso de Occidente.
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II. Marco teórico
Nos quedamos aquí con la idea principal que quiero transmitir: las
interpretaciones sociales del ayuno en las mujeres han ido cambiando a lo largo
de la historia y reaccionando de forma muy sensible al contexto sociocultural
que las envolvía. Medicina y cultura van juntas y, junto a la anorexia, son
también construcciones culturales. Por eso lo que en un momento dado se
define como enfermedad depende del contexto en el que se desarrolle.
Más allá de Europa y Norteamérica
Los ayunos parciales y las abstinencias han estado presentes en muchas
sociedades y en distintas épocas por motivos que han sido diversos y no
excluyentes entre sí –religiosos, adaptativos, económicos, culturales, etc.-. La
literatura que hace referencia a estas prácticas en sociedades alejadas geográfica
y culturalmente del Occidente judeocristiano es, sin embargo, escasa. Estas
prácticas han sido reportadas en Asiria, Babilonia, China, India y Palestina
(WALTON et al., 2005; RIEGER et al., 2001). La limitación en el acceso a textos que
no han sido traducidos es otra dificultad al mantenerlos fuera del alcance de
esta investigación. A partir de nuestra revisión histórica, hemos hecho una
selección de tales casos con el fin de aproximarnos a la idea de cómo el acto de
alimentarse o de rechazar el alimento posee una significación simbólica y
representa ante todo un acto comunicacional universal.
Considerando Latinoamérica en su heterogeneidad, como un área alejada de
Occidente y sin embargo occidentalizada progresivamente a partir del siglo XV,
nos parece interesante exponer un trabajo realizado en Perú que incluye datos
sobre la época anterior a la Conquista. Se trata de la tesis doctoral de Carlos
Arturo ALMENARA (2006) quien realiza un análisis histórico crítico sobre la
anorexia y la bulimia. Desde la psicología, Almenara hace un extenso y
exhaustivo análisis en profundidad de la emergencia y mantenimiento de las
prácticas de restricción alimentaria y hartazgo durante la historia europea
impregnándolas de sentido por el contexto sociocultural que las envolvía, si
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II. Marco teórico
bien su aportación más novedosa es la revisión histórica respecto a las mismas
en el contexto de su país, Perú.
Según Almenara, en ese lado del Atlántico existen registros de prácticas de
ayuno y de hartazgo interpretadas desde una óptica religiosa ya antes de la
llegada de los españoles “[…] la abstinencia y la desmesura en los apetitos,
estuvieron íntimamente ligados a los ceremoniales religiosos, por lo que tales conductas
estuvieron circunscritas espacial y temporalmente a tales actos litúrgicos” (ALMENARA,
2006:157). Además, da cuenta de la existencia de vocablos quechuas47 que en la
historia del Perú antiguo fueron (y siguen siendo) utilizados para designar
fenómenos relacionados con prácticas alimentarias como son comer hasta
hartarse, devorar, vomitar, engullidor, abstinencia o ayuno. Sin embargo, según
el autor, las crónicas que descubren la vida de los antiguos peruanos indican
que las prácticas de ayuno drástico o de ingesta desmesurada continua no se
dieron hasta la introducción por parte de los españoles de las creencias,
costumbres y valores del cristianismo y las órdenes Mendicantes que
encarnarán en la figura de Santa Rosa de Lima (1586-1617), ayunadora, un caso
de réplica de santas europeas como Catalina de Siena.
En general, el transcurrir de los cambios sociales que fueron tejiendo la
construcción social de los (mal)estares alimentarios como enfermedad en Perú –
anorexia y bulimia- va a ocurrir de forma paralela a la historia europea, en un
contexto de dominación cultural. Podemos deducir que esta historia tiene
puntos en común con otros países de Sudamérica habiendo sido sometidos a
una misma historia de colonización europea, bien española o portuguesa.
En África, SHACK (1997) ha estudiado las prácticas de restricción alimentaria
entre los Gurage de Etiopía. Los Gurage viven en las poco fértiles tierras de la
meseta del suroeste de Etiopía y se alimentan básicamente de un tipo de planta
de la familia de las bananeras llamada Ensete edule. Entre las características
principales de sus actitudes frente al consumo de alimentos se cuentan el comer
47
En los anexos de la mencionada tesis doctoral se recogen vocablos Quechua (de las provincias de
Cuzco, Ayacucho, Junín y Ancash) y Aymará útiles para la investigación de aflicciones alimentarias en
Perú.
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escasas cantidades cuando están en público -donde no deben acabar nunca toda
la comida que les es ofrecida- mientras sí comen más cantidad y más variado en
espacios privados como parte de un acto secreto. El comer mucho sólo está
permitido durante los rituales mediante los que se controla la ansiedad
provocada por el hambre. Fuera de éstos es considerado como un acto de
vulgaridad, una costumbre poco refinada. La constitución corporal delgada y
los rasgos faciales agudos son los más valorados en una sociedad donde la
obesidad es una rareza. En la vida diaria el consumo de Ensete queda
restringido al nivel mínimo que requiere la subsistencia a pesar que cuentan
con abundancia de este alimento, sin embargo la mayor parte de lo que
obtienen tras la cosecha es enterrado y así, almacenado. Se trata de una práctica
antigua que se explica por una historia plagada de amenazas de aniquilación y
destrucción de campos y propiedades por pueblos vecinos. Ahora los miedos
racionales sobre la supervivencia física se han convertido en normas
institucionales. Las razones de la restricción alimentaria de los Gurage no son
de tipo ambiental ni ecológico sino de origen histórico y político.
En Asia, concretamente en la India, el ayuno es un elemento muy importante
dentro de la medicina tradicional hindú –Ayurveda- si bien se mezcla con
aspectos de práctica religiosa. Por ejemplo, desde el punto de vista ayurvédico
se hacen anualmente dos ayunos importantes durante siete días coincidiendo
con el final de invierno y de los monzones. Los ayunos que en la tradición
hindú son importantes para ejercitar el autocontrol y limpiar el cuerpo van
también asociados a diversos dioses y ceremonias en forma de ofrendas
(VERMA, 1993).
El estudio transcultural de RIEGER y colaboradores (2001) hace un breve repaso
por las prácticas históricas de ayuno y su relación con valores religiosos en un
país asiático con cultura milenaria como es China. Por ejemplo, las prácticas de
ayuno en la tradición china taoísta48 son comparables a las prácticas ascéticas
48
El Taoísmo se desarrolló a partir de un sistema filosófico basado en las escrituras de Lao Zi
organizándose como movimiento religioso a partir del siglo II d.C. Más tarde se mezcló con el
confuciansmo, el budismo y la religión folklórica.
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II. Marco teórico
del cristianismo: buscan la separación de la vida mundana mediante el sacrificio
y la disciplina que lleva a una transformación del cuerpo como medio hacia la
inmortalidad. El texto taoísta Sandong zhunang 49 resume los beneficios
espirituales del ayuno:
“Después de 30 días, su cuerpo será emaciado y delgado y él se sentirá pesado y cansado
al andar… Después de 80 días, él se encontrará pacíficamente contento, y en una soledad
serena… Después de 9 años transcurridos, él empleará y mandará sobre demonios y
espíritus, y se hará con el título de Hombre Perfeccionado… La duración de su vida
igualará a la del Cielo y su resplandor se fundirá con el sol” (ESKILDSEN, 1998:52,
traducción propia del inglés).
Aunque en Asia la vida ascética femenina no tuvo el mismo éxito que en el
Occidente judeocristiano50 (BROWN, 1993), las prácticas de ayuno eran comunes
entre mujeres. El hecho de que estas prácticas sean mayoritarias entre mujeres
atraviesa culturas y religiones. Por ejemplo, describiendo las prácticas religiosas
de mujeres taoístas durante la Dinastía Tang, CAHILL (1993) afirma que el
control de la comida, incluso al punto de llevar a la muerte, caracteriza a las
chinas tanto como a las santas occidentales (RIEGER et al., 2001). La historia del
pensamiento chino sugiere que, de manera muy similar a como lo ha sido en
Occidente, el cuerpo emaciado ha sido también altamente valorado y
perseguido.
Por su parte el confucianismo, doctrina filosófica de enorme influencia no sólo
en China sino en otros países asiáticos como Japón, Corea, Singapur o Vietnam,
ha moldeado los significados sociales sobre el ayuno. Según RIEGER et al. (2001)
en estas tradiciones existen diferentes actitudes y prácticas culturales que
pueden explicar las prácticas de ayuno. Para el confucianismo, la familia es
considerada la base de la sociedad y estos sistemas familiares tienen como
premisa la evitación de que se promueva dentro de la familia la autonomía
49
Traducida al inglés como “A bag of pearls from the three caverns” es una enciclopedia escrita en el
siglo VII, durante la Dinastía Tang, que, mediante un conjunto de pasajes recogidos de fuentes más
tempranas, contiene un resumen completo de las dimensiones sociales y personales de la práctica taoísta
que incluyen meditación, ritual y disciplinas fisiológicas (BOKENKAMP, 1986), “The peach flower front
and the grotto passage”, Journal of the American Oriental Society, 106:65-77).
50
Según BROWN (1993) en muchas religiones que renuncian al mundo, el crecimiento de formas de
ascetismo heroico tendían a restar prestigio a las mujeres piadosas y a considerar a los hombres como los
únicos capaces de practicar “como es debido” el ascetismo. En la Ceilán budista por ejemplo, las monjas
abandonaron tal escena de la historia tras un breve periodo de tiempo (1993: 357).
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personal de sus miembros o la expresión directa de hostilidad sobre las figuras
de autoridad (SLOTE, 1998). Las prácticas de comer mucho, poco o no comer
adquieren en este contexto su sentido como mecanismo de control, de defensa,
de protesta, ante situaciones que incapacitan hacia un desarrollo personal
propio. La particular cultura de la comida en la sociedad china, donde el
alimento está abrumadoramente presente51, la hace un vehículo particularmente
apto para la expresión de preocupaciones y malestares.
Japón es un caso particular por tratarse de una sociedad no occidental donde las
prácticas de ayuno van a ser interpretadas como enfermedad en un momento
dado de la historia. Kagawa describió una enfermedad con el nombre de
fushokubyo en los siglos XVII y XVIII que se caracterizaba por el rechazo a comer
y se daba mayormente en mujeres, atribuyéndose ya entonces sus causas a
orígenes psicológicos (NISHIZONO-MAHER, 1998; NOGAMI, 1997). Para situarnos
en el contexto histórico, Japón había tenido contacto con varias sociedades
occidentales hasta entonces -concretamente con mercaderes de Portugal, Países
Bajos, Inglaterra y España que fundaron misiones cristianas jesuíticas-, pero los
siglos que apunta Kagawa coinciden con el periodo Edo (1603-1868) cuando el
clan Tokugawa en el poder cerró el país al extranjero forzando a Japón a vivir
en un aislamiento total durante más de doscientos sesenta años. Sin embargo,
aunque en menor medida, siguieron comerciando con China y Holanda por lo
que sabemos que seguían llegando algunas informaciones del exterior. De
hecho, durante estos siglos se difunde la doctrina de Confucio que fomenta el
sentido de lealtad a los superiores o la subyugación de la mujer entre otros
aspectos, y, a finales del siglo XVIII, científicos japoneses comienzan a estudiar
ciencias occidentales, entre ellas medicina, en idioma holandés (FALK, 2004). No
podemos saber con certeza qué papel ha jugado la influencia del exterior,
concretamente de Europa, en la conceptualización de prácticas de comer menos
o no comer como enfermedad puesto que hay muy pocos estudios sobre la
influencia misional y médica anterior al [Link] en China y Japón. La
51
Aunque a la vez según la FAO (2004-06) existen 127.4 millones de personas subnutridas en China, lo
que representa casi un 10% de la población total ([Link]).
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II. Marco teórico
imposibilidad de contar con la fuente primaria y la ausencia de otros registros
de la época con los que contrastar y ampliar el conocimiento sobre estos hechos
representan una limitación para su investigación.
Aún bajo la hipótesis que la construcción de ciertas prácticas alimentarias como
enfermedad no fuera exclusiva de Occidente, lo que sí es cierto es que fue en
este contexto donde el interés de la medicina por sus causas orgánicas y
psíquicas se intensificó y, en la medida en que el paradigma hegemónico se ha
ido instalando en otras partes del mundo como consecuencia de la
globalización, su nosología es aplicada hoy a poblaciones tan culturalmente
distintas a la occidental como son las de Zimbabwe, Egipto, Perú, las islas Fiji,
China o India.
En resumen, podemos encontrar prácticas de ayuno en diferentes culturas y
partes del mundo, en la mayoría de los casos relacionadas con la práctica y
creencia de diferentes sistemas religiosos -cristiano, religiones orientales o
Islam- o con ritos de paso, pero no únicamente. Las razones de la restricción o
abstinencia han sido de diversa índole y han tomado diferentes significados:
para alejar catástrofes, celebrar ceremonias rituales, mejorar la salud, limpiar el
cuerpo, como medio de control de los deseos, para entrar en contacto con los
dioses, cumplir penitencia por pecado, mostrar humildad, implorar gracia y
ayuda, solicitar el perdón de Dios (fiesta judía del Yom Kipur), para eludir
apremios de la familia patriarcal o poner en cuestión modelos de autoridad (la
lucha de Gandhi por los derechos de las castas más bajas de la sociedad india),
entre otros. Nunca en contextos de hambre crónica o de epidemias de hambre
aguda las prácticas de ayuno fueron consideradas patológicas (GRACIA Y
COMELLES, 2007), pero comenzarán a interpretarse bajo la óptica médica a partir
de un momento determinado de la historia y mediante un proceso que pasamos
a analizar a continuación.
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II. Marco teórico
La Nosología de los TCA
Historia Médica del No Comer: del Milagro al Psiquiátrico
El interés de la medicina por las prácticas de ayuno y el establecimiento de su
carácter patológico va a ir surgiendo a medida que se impone en la sociedad
occidental la lógica científico-racional que va a ir tomando una posición
hegemónica respecto de las explicaciones mágico-religiosas, hasta entonces
dominantes, sobre los fenómenos. Nos interesa particularmente el modelo
propuesto por la psiquiatra Mara SELVINI (1974) quien, mediante un repaso por
las diferentes causas atribuidas históricamente por el estamento médico a lo que
se denomina anorexia nerviosa, nos ayuda a entender cómo y por qué tales
(mal)estares alimentarios se han conceptualizado como trastornos mentales
cayendo bajo el ámbito de la psiquiatría y la psicología. Selvini propone cuatro
periodos en la historia médica de la anorexia nerviosa. El primer periodo,
considerado como “prehistoria”, corresponde a los siglos XVII y XVIII, cuando
los médicos por primera vez, aunque de forma poco común, muestran interés
por los casos de mujeres que conseguían mantener la vida a pesar de no comer.
Aunque la propia Selvini afirma que la primera descripción de un caso de
anorexia nerviosa data del siglo XVI y fue registrado por un italiano, existe un
consenso generalizado al considerar a Richard Morton como el primer médico
en describir detalladamente un caso de lo que vino a llamar Nervus Atrophy.
También Hildanus y Boisser recogieron diversos casos de individuos que
ayunaban por largos periodos de tiempo y los llamaron respectivamente Inedia
Prodigiosa y Anorexia Mirabilis, ambos términos mencionados con anterioridad y
que hacían referencia al origen fantástico o milagroso de vivir sin alimento. En
estos comienzos las causas de la enfermedad eran mayormente atribuidas a
perturbaciones en el sistema nervioso.
El segundo periodo corresponde a la primera psiquiatrización de la anorexia
nerviosa. A lo largo del siglo XIX la medicalización de la desviación y la locura
irá paralela a las demandas de control social que definen las diferencias entre
las conductas normales y los excesos. El establecimiento de la relación entre
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II. Marco teórico
estas conductas de ayuno y la locura no va a ser difícil en una época en que
existía una asociación entre los excesos comportamentales asociados a la locura
y determinadas conductas femeninas. Pero no fue hasta finales del XIX con la
influencia de las teorías regeneracionistas y del organicismo que las mujeres se
convierten en sujetos de los discursos psiquiátricos emergentes que implicaban
experimentación, aislamiento social y confinamiento. Los casos descritos por
Gull, desde el Reino Unido como Anorexia Nervosa y Lasègue, desde Francia
como Anorexia Hysterica, casi coetáneos, asumen la naturaleza irracional de las
mujeres para sostener sus argumentos científicos pero ya no invocan la noción
de exceso. En su búsqueda fracasada de causas orgánicas que explicasen la
anorexia nerviosa, estos médicos van a trasladar su atención hacia la mente. Es
así como se establece la anorexia nerviosa como entidad clínica moderna siendo
considerada, por primera vez, como enfermedad mental.
El interés persistente de la medicina por encontrar causas orgánicas va a llevar a
un tercer periodo que comenzaría en 1914 cuando los casos de anorexia
nerviosa fueron incorrecta y temporalmente interpretados por Simmonds como
caquexia pituitaria -también conocida como anorexia pituitosa- una patología de
origen endocrino-. Su descubrimiento tuvo gran influencia durante las
siguientes dos décadas, siendo esta la razón por la cual apenas se encuentran
informes de este trastorno en ese periodo. Es en 1937 cuando paradójicamente
fue otro endocrinólogo quien va a deshacer la errónea asociación entre anorexia
nerviosa y las disfunciones de la glándula pituitaria.
El cuarto y último periodo va a suponer la reapropiación de la anorexia por la
psiquiatría que, en el desarrollo de su profesionalización, patologiza cada vez
más esferas de la vida social. En este redescubrimiento van a jugar un papel
esencial las interpretaciones psicoanalíticas que toman relevancia en [Link]. en
los años 40 y que servirán para rescatar esta patología de una interpretación
puramente médico somática (GORDON, 2000:17) en el contexto de lo que Castel
llamó sociedad del “psy” -aquella en la que se da un proceso de ampliación
constante de aquellas conductas que resulta funcional considerar como
patológicas (CASTEL, 1984)-. En los comienzos de este periodo destacan las
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aportaciones de dos psiquiatras, Bruch desde Alemania y la propia Selvini
desde Italia, que suponen un progreso en la teoría y el tratamiento psiquiátrico
de la llamada anorexia nerviosa al conceder una marcada relevancia a las
percepciones que hoy expresan las personas afectadas y al papel de la familia
en la emergencia del trastorno. BRUCH (1973) desde el psicoanálisis definió la
anorexia como un trastorno de la imagen corporal que debía ser comprendido
en términos del desarrollo de la personalidad total en el contexto de una familia
concreta, especialmente en las edades en que se desarrolla la autonomía
personal. SELVINI (1974), que parte de un enfoque familiar sistémico, asume el
papel de la dinámica familiar como transmisora de valores y prácticas sociales
aunque sin embargo, ve en la cultura nacida de la nueva sociedad opulenta la
principal causante de la anorexia. A partir de estas aportaciones van a
desarrollarse dos líneas psiquiátricas de tratamiento, una que profundiza en la
dinámica familiar y otra que centra su interés en los factores sociales y
culturales que influyen en la etiología de estos (mal)estares (TORO, 2003). Los
tratamientos que se van a aplicar en los comienzos de este periodo reflejaban el
incremento de prácticas científicas sobre las enfermedades mentales. Constaban
de intervenciones experimentales sobre mujeres entre las que se incluían
extractos hormonales –de tiroides, o sintéticas como insulina y estrógeno- para
estimular el apetito, lobotomías prefrontales, leucotomías, terapia
electroconvulsiva (ECT o de shock), implantes de pituitarias de ternera y gran
cantidad de fármacos (GRACIA, 2003). Hoy en día, algunas de las prácticas
históricamente utilizadas como parte del tratamiento, tales como la
administración de fármacos, el aislamiento social o el reposo, continúan
administrándose si bien son justificadas en torno a una diferente explicación de
la enfermedad (CONTRERAS Y GRACIA, 2005).
La gran variabilidad de términos médicos y psiquiátricos con que se han
definido a lo largo de la historia las prácticas de ayuno refleja las dificultades
clasificatorias del problema para la medicina desde su primera identificación y
muestra los diferentes puntos de vista sobre el origen y las causas atribuidas.
Los siguientes cuadros (cuadro 1 y cuadro 2) muestran todos aquellos términos
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que hemos podido recoger en nuestra revisión bibliográfica -con y sin datos
asociados al año y autor de los mismos- y que hacen referencia a las prácticas de
abstinencia y/o restricción alimentaria a lo largo de cuatro siglos.
Cuadro 1. Denominaciones de la anorexia nerviosa, según año.
Inedia Prodigiosa (HILDANUS, 1646)
Nervus Atrophy (MORTON, 1694)
Anorexia Mirabilis (BOISSER, 1772)
Apepsia Hysterica (GULL, 1868)
Anorexia nervosa (GULL, 1874)
Anorexia Hysterica (LASEGUE, 1873)
Mental anoreixa (HUCHARD, 1863)
Self-starvation (PALAZZOLI, 1963)
Fuente: Elaboración propia
Cuadro 2. Otras denominaciones de la anorexia nerviosa
Anorektus Gastrodynia
Inapetencia Clorosis
Tabes Atrófica Dispepsia Uterina
Anepithymiae Neurosis Visceral
Bradypepsia Neurosis de la Digestión
Anorexia Melancólica Neurosis del Estómago
Anorexia Mirabilis Neurosis Juvenil
Indeia Prodigiosa Parteanorexia
Anorexia Humoralis Distrofia Puberal
Anorexia Atonica Sitiergia
Anorexia Pituitaria Dysorexia
Fuente: Elaboración propia
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A pesar de que la etiqueta de anorexia es la que ha prevalecido en los manuales
de psiquiatría, el uso de este concepto ha sido criticado desde su primera
aparición. Para empezar porque este término indica una falta de apetito que no
se corresponde con la experiencia real del padecer. Como se ha podido
comprobar, al menos en los primeros estadios de la enfermedad el paciente
pasa hambre. No es la falta sino el control del apetito lo que caracteriza este
trastorno. Esta concepción de control individual está en la base de la utilización
de términos con el prefijo “self” -o “auto” en castellano- para referirse a estos
(mal)estares52. Sin embargo, la psiquiatría y la psicología utilizan este concepto -
“self”- para remitir a los factores individuales que desencadenan una
enfermedad o padecimiento omitiendo los estructurales y distrayendo la
participación en su causalidad de los agentes sociales, económicos y políticos
implicados. Así lo ponen de manifiesto los criterios puramente clínicos
representados en los algoritmos del DSM-III o DMS-IV53 que implican una
actitud volitiva, voluntaria en este proceso, y muy centrada en el ayuno
perseguido. Por ello, y aunque se ha utilizado en alguna ocasión en estudios no
médicos sobre (mal)estares alimentarios, discrepamos en este trabajo de tal
prefijo y preferimos referirnos a tales prácticas como de ayuno, hartazgo o
atracón. No queremos decir con esto que el “self” no sea un sujeto activo con
capacidad de acción y reacción en un contexto de cultura de la libertad, de la
decisión, del resto, del control y del riesgo (VAN DONGEN, 2000), pero la
responsabilidad de dejar de comer, creemos, no es de uno mismo o no es sólo
de él o ella, las causas son varias y de varios.
Y aún así, el no comer es un síntoma presente en muchos cuadros patológicos
diferentes por lo que carece en sí mismo de especificidad y por lo tanto se
convierte en problemático al darle tratamiento como síndrome. Para poder
hacerlo, la psiquiatría ha establecido criterios que inciden en factores
52
La literatura en castellano está llena de este tipo de términos: “restricción alimentaria severa
autoinducida” (ESPEITX, 2002), “autoinanición” (TORO, 2003) y “autorestricción alimentaria” (GRACIA,
2003).
53
Criterios diagnósticos del DSM-IV para la Anorexia Nerviosa y la Bulimia Nerviosa incluidos en el
Anexo II.
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presuntamente objetivos como es el pesar un 15% menos de lo que se considera
peso “saludable” o la presencia de amenorrea, pero es probado que la
amenorrea es una consecuencia sistemática del proceso de adelgazamiento -sea
cual sea su causa- o del stress, y otros síntomas que presentan las afectadas tales
como debilidad, desmayos, depresión, hiperactividad, obsesión o distorsiones
de la imagen corporal (ver Anexos), coinciden en unos casos pero no en otros
por lo que los protocolos clínicos se ven obligados a hablar de co-morbilidad
(GRACIA et al., 2005). No es por azar que entre los y las psiquiatras más
dispuestos a evaluar las variables culturales y sociales se hayan buscado
respuestas críticas a los problemas de diagnóstico y se hayan sugerido términos
más flexibles, como es el caso de anorexia multiforme introducido por DINICOLA
(1990) que define la anorexia como una enfermedad mediada socio-
culturalmente, un camaleón cultural con manifestaciones físicas que cambian a
través del tiempo. Retomaremos este concepto más adelante en el trabajo.
Por defecto… o por exceso: la bulimia y el trastorno por atracón
Aunque, como ya apuntamos anteriormente, ha sido la anorexia nerviosa la que
ha acaparado un mayor protagonismo en la literatura científica sobre trastornos
de la conducta alimentaria, ésta ha comenzado hace unos años a volcar su
interés sobre la denominada bulimia que aparece con bastante frecuencia
asociada a la anorexia. Como comentamos en las primeras páginas de este
trabajo ambas prácticas, comer mucho y restringir/no comer, forman parte de
un continuum en el que se alternan, en muchos casos, de forma cíclica a lo largo
del padecimiento en una misma persona. Prácticas que utilizan el cuerpo y la
comida para expresar luchas entre la propia identidad y las demandas sociales
de género, si bien los efectos en la salud según las prácticas alimentarias
obviamente difieren entre sí.
Sin la profundidad que dedicamos a la anorexia, que pretende servir de
referente, apuntamos aquí algunos datos relevantes sobre la historia de la
construcción social de los hartazgos como enfermedad. Las prácticas habituales
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de atracón -en ocasiones seguido de vómito- han sido frecuentes a lo largo de la
historia en determinados contextos y grupos sociales donde lejos de
considerarse como patológicas obedecían a un carácter festivo, religioso o
incluso médico. En todo caso, la consideración que hiciera Hipócrates en su
tratado de la dieta era relativista puesto que entendía que la dieta se debía
adaptar a contextos locales ambientales, materiales y culturales y que, por tanto,
el régimen (diaites) debía estar en relación con cada contexto (COMELLES, 2010).
Durante el Paganismo, los banquetes, que consistían en hartazgos y vómitos,
reflejaban los modelos de indulgencia y exceso característicos de una
aristocracia rica y a la vez decadente. Comer y beber en cantidad llegó a ser
señalado como “el signo más notable de prestigio y poder” (MASSA, 1998 op. cit.
ALMENARA, 2006). Desde la religión, durante la Baja Edad Media el vómito se
promovía como una penitencia mediante la cual el fiel se deshacía de sus
pecados. Entonces, muchas de las santas anoréxicas, como Santa Verónica o
Santa Catarina, hacían atracones o se provocaban los vómitos (BELL, 1985) lo
cual evidencia la tesis del continuum. Para la medicina, el vómito periódico se
consideraba una medida de preservación de la salud en algunas culturas como
la egipcia (GORDON, 2000: 38).
Pero no solo en tiempos pasados, en la actualidad la glotonería ha sido y sigue
siendo una práctica social aceptada y altamente valorada entre muchas
sociedades tribales que aún sufren la escasez de alimentos y el temor a la
hambruna. Así, un trobiandés decía predisponiéndose para un festín:
“Estaremos contentos y comeremos hasta vomitar” (CONTRERAS Y GRACIA, 2005:
327). En estas sociedades la robustez es considerada positiva y aunque se
relaciona particularmente con el atractivo femenino, las llamadas fattening
sessions54 son también , aunque en menor medida, practicadas por hombres. Es
el caso de los Massa de Camerún, que permanecen aislados durante dos meses
comiendo cantidades abundantes de comida, sobre todo leche. Como en otras
54
Pudiéndose traducir como “sesiones de engorde”, se trata de prácticas sistemáticas de sobre-
alimentación (DE GARINE, 1995).
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sociedades tradicionales, la talla y el peso son sinónimo de fuerza, prosperidad
y poder en ambos sexos (DE GARINE, 1995).
En lo que se refiere a la literatura médica, la llamada “hambre nerviosa” ha
sido, a lo largo de la historia, objeto de interés clínico mayormente en la medida
que se consideraba como un síntoma y no como una enfermedad en sí (STEIN Y
LAAKSO, 1988). Sin embargo existen excepciones, intentos de construir estas
prácticas en un síndrome como ocurriera con el ayuno y de nuevo, como en
aquel, las discrepancias en torno a lo que se consideraban sus causas como
vienen a reflejar la variedad de términos empleados en este menester (Cuadro
3).
Cuadro 3. Denominaciones históricas de la bulimia y síndromes asociados,
según año
Bulimia (TREVISA, 1398)
Caninus apetitus (COORDE, 1547)
Cynodes Orexia (BLANKAART, 1864)
Hyperorexia (SOLTMAN, 1894)
Hipeinorexia/Licorexia/Fringale (BLANCHEZ, 1869)
Síndrome del gordo/delgado (BRUCH, 1973)
Bulimarexia (BOSKIND LODHAL, 1976)
Bulimia nerviosa (RUSELL, 1979)
Síndorme del caos dietético (PALMER, 1979)
Síndrome del control anormla/normal del peso (CRISP, 1981)
Fuente: Elaboración propia
El hambre voraz se identificaba con un comportamiento animal, o se asociaba a
debilidad, o se descubría como causa de parásitos intestinales. Durante el siglo
XIX y principios del XX, los casos descritos se distinguían de los definidos hoy
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como trastornos bulímicos en aspectos referentes a su patogenia y patoplastia55,
forma y contenido. Eran características la ausencia de prácticas purgativas,
particularmente el vómito, y la inexistente preocupación por el peso y la
delgadez, como ocurría también en los casos de ayuno históricos.
En la década de 1970, con el agudo crecimiento de casos de lo que estaba a
punto de denominarse trastorno bulímico, se concentró el interés médico sobre
estas prácticas como síntoma asociado a la anorexia y a la obesidad. De hecho,
se sugirió una modificación en la conceptualización diagnóstica de la anorexia
nerviosa al detectarse según los y las psiquiatras cambios en su manifestación
que incluía cada vez más prácticas de atracón y compensatorias. Es por ello que
el actual DSM-IV diferencia entre anorexia restrictiva y compulsiva o purgativa,
así como entre bulimia purgativa y no purgativa (AMERICAN PSYCHIATRIC
ASSOCIATION, 1994) hecho que refleja por una parte lo difuso de las fronteras
entre lo que comenzaron y siguen siendo consideradas entidades nosológicas
independientes, y por otra el fracaso de la psiquiatría al construirlas como tales
basándose en tipologías de comportamientos alimentarios desviados y no en
sus causas. A finales de los años 70, tras varios intentos por parte de otros
profesionales -en su mayoría de habla no inglesa– RUSSELL (1970) va a establecer
los primeros criterios diagnósticos del trastorno bulímico, haciendo hincapié en
las medidas compensatorias y en el miedo a engordar. Esta descripción,
ampliamente discutida durante la década de los 80, sería recogida por primera
vez en el DSM-III en 1980 y modificados algunos de sus criterios en la versión
revisada publicada en 1987, DSM-IIIR.
55
LEFF [(1988), Psychiatry around the globe. A transcultural view, 2nd Ed. Gaskell, Plymouth] define la
patogenia como la forma del síntoma y la patoplastia como su contenido. La forma serían aquellas
características esenciales que lo distinguen de otros síntomas mientras el contenido puede ser común a
una variedad de manifestaciones pero se deriva del contexto cultural. Un ejemplo oportuno es el de una
persona con un trastorno depresivo severo quien puede tener alucinaciones auditivas, esto es, escuchar
voces que le dice que es un pecador o un criminal. Mientras que la patogenia o forma es la misma, la
alucinación auditiva, el contexto cultural determinará la patoplastia o contenido, en este caso el hecho de
ser o no creyente, determinará que uno tenga más probabilidad de escuchar que es un criminal o bien un
pecador. Este modelo, patoplastia/patogenia, ha sido utilizado en numerosas investigaciones comparativas
si bien es criticado por no ofrecer solución para una parte importante de los casos ya que se trata de un
modelo que no admite la diversidad fenomenológica.
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II. Marco teórico
Desde la psiquiatría las prácticas de comer mucho y compensar después son
entendidas como prácticas habituales para descargar malestar psicológico y no
explican por qué es tan mayoritario entre mujeres. Se psicologizan los
comportamientos en búsqueda de una ansiada delimitación de uno y otro
trastorno –como de las conductas alimentarias consideradas normales de las
desviadas-, así las bulímicas tendrían más dificultades en cuanto al control de
impulsos mientras que las anoréxicas ejercerían un hipercontrol (TORO, 2003).
Aunque ambos son considerados desde algunas perspectivas como trastornos
del desarrollo, existe un consenso en el ámbito médico para considerar, en base
a estudios epidemiológicos, que la bulimia suele comenzar más tarde que la
anorexia, no estando tan relacionada con la pubertad como con la entrada en el
mundo adulto y los desafíos que éste entraña respecto a la construcción de la
identidad personal (GORDON, 2000:45).
Según TORO (2003), los factores socioculturales que inciden tanto en la anorexia
como en la bulimia son los mismos -miedo al sobrepeso, problemas relativos a
la imagen corporal y disposición al adelgazamiento– y destaca la presión y
lucha de los médicos contra la obesidad como uno de los factores causales.
Algunas de las razones apuntadas por Russell ante el incremento de las
prácticas de atracón con o sin posterior compensación son características de la
vida moderna con la proliferación de la comida de bajo precio y rica en calorías,
la tendencia hacia la de-socialización y fragmentación de las prácticas
alimentarias contemporáneas y la emergencia de un estilo cultural de consumo
que induce a la impulsividad y a patrones de alimentación adictivos (GORDON,
2000: 37). Russell puede estar refiriéndose aquí a las contradicciones que
entraña la sociedad opulenta, donde una oferta y accesibilidad alimentaria sin
precedentes convive con la difusión de mensajes culturalmente predominantes
sobre la salud, la estética y el hedonismo que impregnan ideológicamente gran
parte del comportamiento alimentario contemporáneo (GRACIA, 2002).
Paradójicamente, dentro de este contexto sociocultural los atracones y los
ayunos pueden ser interpretados no como comportamientos desviados de la
norma, sino precisamente acatamientos de la misma.
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II. Marco teórico
La dificultad en la conceptualización de las prácticas de comer mucho, poco o
nada como síndromes vuelve a mostrarse en el caso del denominado trastorno
por atracón, el último en sumarse al grupo de trastornos de la conducta
alimentaria incluidos en el DSM-IV –que prevemos será más numeroso en
futuras ediciones. Lo ha hecho de forma tímida ya que su etiqueta y escueta
definición se incluye dentro del apartado F50.9 que este manual reserva a los
trastornos del comportamiento alimentario no especificado (TCANE) 56 : “Se
caracteriza por atracones recurrentes en ausencia de la conducta compensatoria
inapropiada típica de la bulimia nerviosa” (AMERICAN PSYCHIATRIC
ASSOCIATION, 1994:564). Como comentamos anteriormente, la literatura
psiquiátrica ha descrito desde sus comienzos numerosos casos de comedores
compulsivos en los que se daba la total ausencia de métodos purgativos. Wulff
& Fenichel denominaron estos hartazgos como “perversiones orales” y
proponían que fuesen estudiados en términos de adicción57. Fue STUNKARD en
1959 el primero en describirlo como síndrome (“binge eating syndrome”), siendo
sus criterios recogidos por el DSM-III en 1980 bajo la categoría de bulimia que
por entonces no incluía comportamientos purgativos ni miedo a engordar.
Estos criterios, que no convencían a la comunidad psiquiátrica, serían
sustituidos años más tarde por los de RUSSELL, mencionados anteriormente,
bajo la etiqueta de bulimia nerviosa.
La razón por la cual el trastorno por atracón no es construido como trastorno
psiquiátrico – o al menos como una categoría “en obras”- hasta los umbrales del
siglo XXI se debe, según GORDON (2000), a la resistencia de la comunidad
médica a aceptar una asociación entre obesidad y salud mental, siendo la
obesidad considerada en todos sus casos como una enfermedad orgánica58. Esta
56
Sobre Trastornos de la conducta alimentaria no especificados ver Anexo II.
57
Overeaters Anonymus (OA) –en España Asociación de Comedores Compulsivos Anónimos (ACCA)-
es una asociación internacional de ayuda mutua que reúne a personas que entienden sus prácticas
alimentarias como problemáticas y se proponen cambiarlas. La filosofía de la asociación plantea estas
prácticas como un problema de adicción a la comida y por ello ha adaptado el programa de Alcohólicos
Anónimos. Contiene a la mayor parte de comedores compulsivos a nivel internacional, un 71% según
GORDON (2000). Hablamos de esta asociación más adelante en este trabajo (Ver pp. 312).
58
En los tratados de patología las causas se agrupan en esenciales, endocrinológicas, hipotalámicas,
genéticas y farmacológicas, todas ellas de origen orgánico (GRACIA et al., 2010).
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posición se basaba en estudios realizados durante las décadas de los 70 y 80 que
evidenciaban unos patrones de alimentación normales entre la población obesa.
Sin embargo, investigaciones más recientes sí que han encontrado asociaciones
entre el trastorno por atracón y algunos grupos de obesos, quienes
experimentan habitualmente los efectos del ayuno y de la restricción
alimentaria cuando intentan perder peso.
En un proceso paralelo, pero sobre todo durante la última década, la
patologización del cuerpo gordo, como ya lo fuera antes el delgado en exceso,
se ha intensificado -sobre todo entre niños y adolescentes-, llegando a ser la
obesidad calificada como la “epidemia no contagiosa del siglo XXI” por la
Organización Mundial de la Salud (OMS, 1998). Patologización y
discriminación han ido de la mano, así mientras la lipofobia es descrita como el
“miedo a engordar desde una perspectiva individual e introspectiva” el
lipofobismo se referiría a la “discriminación de una persona según su peso”
(GRACIA, 2010b). Según GRACIA et al. (2010b) la conversión del estado de
obesidad o sobrepeso en una enfermedad tendría la función social de alejar a
los afectados de los patrones de rechazo y exclusión social más duros al ser
reconocidos como enfermos y por tanto con derecho a ser asistidos. Sin
embargo, más allá de las obesidades mórbidas, la medicalización del exceso de
peso no ha conseguido exculpar a los afectados de su enfermedad. La inclusión
de la obesidad dentro del campo de las enfermedades mentales como trastorno
por atracón se insertaría en un proceso de “naturalización” de lo que se
consideraría un malestar individual, es decir, el mismo marco interpretativo en
el que se insertan, en general, los TCA.
Recapitulando… con más etiquetas
Las etiquetas diagnósticas no terminan en las de anorexia, bulimia y trastorno por
atracón, ni tampoco lo hace el inventario de síntomas. Su número es creciente,
aparentemente imparable y se difunden a través de Internet, revistas, y otros
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medios de comunicación masivos aunque no estén incluidas en ningún manual
de psiquiatría. Pero, ¿cómo y por qué se establecen las fronteras que delimitan
lo que se considera una conducta alimentaria patológica de una que no lo es?
¿cuáles son los procesos que tienen lugar en la construcción de unas etiquetas
diagnósticas cada vez más numerosas?
En los años 50 del pasado siglo las bases de la lipofobia estaban ya asentadas y
pronto dieron paso al lipofobismo. Un contexto en el que confluyen dos discursos
cada vez más sofisticados, el de la salud y el estético, para ejercer una presión
sobre la propia salud y el cuerpo que no ha cesado hasta nuestros días ni deja
apenas espacios sociales inmunes en las sociedades desarrolladas. Por una parte
los discursos de base nutricional que se habían ido consolidando desde
principios del siglo XX se han convertido en excelentes vehículos para, desde
una posición moral, instaurar la normalidad dietética y en definitiva la
normalidad social (COVENEY, 1999). La larga tradición médica de proveer
información y consejos sobre la cantidad y la composición de la comida “sana”,
la regulación del peso y la prevención de enfermedades explican como la salud
pública se ha centrado en la instrucción a la población de unas prácticas
alimentarias saludables que han llevado a la estandarización de las conductas
individuales (GRACIA, 2009). Por otra parte la estigmatización de las grasas y la
exaltación de la educación física y del body building destinado a producir
“cuerpos Danone” –según el contexto español- contribuye a la imposición del
control de la dieta que constituye un paso más en el proceso de medicalización
de la alimentación (GRACIA Y COMELLES, 2007). De esta manera todas aquellas
prácticas que no se adaptan a las que dicta la medicina como normas saludables
de alimentación -basadas en la eliminación de los motivos no-racionales en
estos actos-, están expuestas a ser patologizadas. También aquellos cuerpos que
por gordos o delgados “en exceso”59 se estigmatizan socialmente en base a
criterios estéticos, o bien se consideran poco saludables en cuanto a criterios
médicos.
59
El concepto de exceso, de origen escolástica, obedece a una apreciación cualitativa, casuística e
individual. La biomedicina recupera esta noción para caracterizar patológicamente las conductas extremas
dentro de la compulsión (COMELLES, 2010b).
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Las categorías diagnósticas de trastornos del comportamiento alimentario no
especificado (TCANE) según el DSM-IV o formas atípicas de anorexia y bulimia
según la clasificación europea CIE-10, que fueron creadas como una antesala
nosológica de aquellos casos que no cumplían los criterios para anorexia o
bulimia, han acabado siendo el cajón de sastre de comportamientos
alimentarios diversos que están siendo recientemente patologizados y que son
fruto del impacto de las transformaciones sociales en los cuerpos y en los
hábitos de alimentación. La nuevas etiquetas que se comienzan a utilizar
enfatizan los aspectos normativos de las prácticas: qué se come, cuánto, cuándo,
con quién, dónde, con qué estado de salud previo, etc. (Tabla 1). Aunque no
existe aún consenso desde la comunidad médica sobre sus criterios diagnósticos
–es decir no cuentan con el estatus científico de patologías- estas etiquetas son
manejadas entre clínicos60 y legos debido a su extensa difusión a través de los
medios de comunicación, sobre todo Internet. Sin embargo, y muy
paradójicamente, se trata de enfermedades aún sin enfermos 61 , aunque es
previsible el cambio de esta tendencia cuando se discute ya la inclusión de
algunas de estas nuevas etiquetas en próximas ediciones de los manuales de
trastornos mentales siguiendo la tendencia de la psiquiatría hegemónica de
detectar y clasificar conductas desviadas mediante la homogeneización de
perfiles, necesarios para la creación de los correspondientes protocolos de
tratamiento. Todo ello contribuye al mantenimiento y expansión de un mercado
sanitario asistencial tanto público como privado construido en torno a los TCA
y dirigido a las clases medias que pagan por estancia, y en la medida el sector
público lo permita, a las clases populares (GRACIA Y COMELLES, 2007).
60
Se han publicado artículos en revistas científicas sobre algunos de estos nuevos “trastornos” como es el
caso de la ortorexia [CATALINA et al. (2005), Ortorexia nerviosa ¿un nuevo trastorno de la conducta
alimentaria?, Actas españolas de Psiquitría 33(1)] o del síndrome del comedor nocturno [LUNDGREN et
al. (2006), Familial aggreagtion in the Night eating syndrome, International Journal of Eating Disorders
39, 516-18]
61
No se encontró ningún caso tras la búsqueda realizada durante los años 2003-05 en el área geográfica
de Cataluña para el trabajo de campo del proyecto “Género, dieting y salud: un análisis transcultural de
los trastornos del comportamiento alimentario en mujeres”.
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Tabla 1. Nuevas etiquetas de “trastornos alimentarios”
QUÉ ESTADOS DE
CUÁNTO CUÁNDO
se come o no se SALUD
se come se come
come PREVIOS
Anorexia Ebriorexia Pregnorexia
Ortorexia
QUÉ
se come o no se Vigorexia
come S. comedor
selectivo
CUÁNTO Bulimia S. comedor Diabulimia
se come S. por atracón nocturno
Fuente: Elaboración propia
Cuadro 4. Definiciones de las nuevas etiquetas de “trastornos alimentarios”
Vigorexia: restricción alimentaria por la preocupación excesiva por
aumentar la masa muscular sin acumulación de grasas.
Ortorexia: restricción alimentaria por obsesión patológica por la comida
biológicamente pura.
Drunkorexia o ebriorexia: dejar de comer para compensar las calorías
ingeridas tras el consumo de alcohol.
Síndrome del comedor nocturno: inapetencia durante la mayor parte del
día y atracones durante la noche que disturban el sueño.
Síndrome del comedor selectivo: cuando la nutrición de una persona
consta de 10 o menos alimentos diferentes.
Síndrome del gourmet: obsesión por la preparación de la comida, desde la
compra hasta la presentación e ingestión.
Diabulimia: práctica entre las chicas diabéticas que utilizan la condición
de la disciplina alimentaria que exige su enfermedad para perder peso.
Pregnorexia: anorexia en mujeres embarazadas
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La concatenación de la lógica sanitaria, ético-económica y de diferenciación
social ha radicalizado la norma dietética. Qué se come o no se come, cuándo se
come, cuánto se come, estados de salud previos, son los criterios que definen lo
que es y no es desviado. Criterios que por otra parte obvian la dimensión
simbólica del comer constituida por un sistema de significados identitarios,
económicos o hedonistas y de relaciones entre las personas, para centrarse
únicamente en aquellos de orden biológico. La disparidad de etiquetas 62
demuestra, una vez más, la tendencia de la psiquiatría a considerar cualquier
desviación social como patología y entrar de este modo en su jurisdicción
(GRACIA Y COMELLES, 2007).
Anorexia y Bulimia, ¿nuevas aflicciones?
El establecimiento de una analogía entre las anoréxicas medievales y las
contemporáneas se ha convertido en objeto de controversia entre los estudiosos
de los TCA. Mientras algunos autores defienden una perspectiva continuista
(BELL, 1987; BORDO, 1993; PETERS, 1995; RIEGER et al., 2001; GRACIA, 2002) en base
a la interpretación de los casos de ayuno como expresiones de malestar que
tienen su origen común en la construcción de las identidades de género en las
sociedades patriarcales, otros afirman que el diagnóstico retrospectivo es un
error (BYNUM, 1987; VANDEREYCKEN Y VAN DETH, 1994; BRUMBERG, 2000; TORO,
2000; HABERMAS, 2005) y que las prácticas de ayuno anteriores a la segunda
mitad del siglo XX no han de ser confundidas con casos de anorexia nerviosa
basándose en la –supuesta- ausencia en aquella época del miedo a engordar o
de anomalías relacionadas con la imagen corporal. Si bien se abstienen de
otorgar el estatus de causa a este síntoma, los discontinuistas siguen haciendo
62
La obesidad no ha sido incluida en el cuadro por no considerarse –aún- una patología psiquiátrica.
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de la lipofobia un elemento central63 y específico de la anorexia nerviosa que la
convierte en, según estos, única de nuestra época. Para HABERMAS (2005) por
ejemplo, las posiciones que mantienen la analogía se basan en revisiones
antipsicologicistas que no consideran los criterios del miedo a engordar y la
distorsión de la imagen corporal como específicos de esta conducta
“patológica”. Por otro lado KEEL & KLUMP (2003) son más concretos y sugieren,
a partir de su revisión histórica y metanálisis, que la discontinuidad puede estar
representada por el fenómeno único del miedo a engordar, que circunscriben a
determinados contextos socio-históricos en los que se idealiza la delgadez y se
condenan las grasas, pero no a la anorexia nerviosa ya que existen abundantes
evidencias de actos de rechazo de la comida a la vez deliberados y no
voluntarios desde la época medieval. Reconocen que las informaciones sobre las
razones históricas del no comer son limitadas por lo que no descartan que,
incluso entonces, el miedo a engordar pudiera convivir entre la pluralidad de
razones para dejar de comer entonces tanto como ocurre ahora.
Los continuistas defienden que las prácticas de ayuno o restricción tienen que
ver con una demanda de las mujeres a través de la historia para liberarse de la
sociedad patriarcal, dándose dentro de una estructura social donde la comida
ha sido uno de los pocos -el único en determinados momentos de la historia-
recursos controlados por las mujeres y a través del cual lograban controlarse a
sí mismas –cuerpo, emociones, sexualidad- y a su mundo social. Los
discontinuistas por su parte creen que la analogía entre las anoréxicas santas y
las anoréxicas modernas es histórica y sociológicamente problemática porque
descontextualiza los profundos significados sociales del ayuno, entendiendo
que nada tiene que ver el carácter ascético de perseguir una pureza espiritual
con el profano actual de buscar una belleza física (GOODWIN, 2006).
Para resolver esta tensión proponemos el concepto de anorexia multiforme
formulado por DINICOLA en 1990 que intenta acercar estas dos perspectivas tras
la incorporación de la aproximación diacrónica en su estudio de la anorexia
63
Este asunto sobre la centralidad del síntoma del miedo a engordar en la anorexia es discutido en
profundidad más adelante en este trabajo (Ver pp. 136).
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nerviosa. Este concepto define la anorexia como una enfermedad mediada
socioculturalmente que reacciona de manera sensible al contexto,
comportándose así como un camaleón cultural. Basándonos en esta propuesta,
a nuestro entender, la especificidad actual de la anorexia está dentro de un
continuum histórico de ayunos donde es el contexto cultural o el “anteproyecto
sociocultural cambiante” lo que determinará en que términos será construido el
ayuno: en términos médicos como clorosis64, religiosos como anorexia santa,
políticos como huelga de hambre, ó psiquiátricos como anorexia nerviosa.
Desde esta perspectiva, la conducta que ahora categorizamos como anorexia
nerviosa pudo haber existido en la Edad Media pero el contexto ideológico de
la época no implicó su consideración como enfermedad (GRACIA, 2003:12).
En cuanto a la bulimia, su más reciente categorización como diagnóstico
psiquiátrico incluido en el grupo de los TCA y su diluida aparición en la
revisión histórica -en la mayoría de casos asociada a la práctica de atracones
como síntoma de la anorexia-, la coloca en situación algo desventajosa en este
debate sobre la continuidad. KEEL Y KLUMP (2003) deducen de su análisis
diacrónico que las prácticas de vómito u otras formas de compensar los
atracones (laxantes, ejercicio físico excesivo, etc.) apenas están documentadas en
los casos históricos. Proponen que la razón que lleva a estas prácticas
únicamente coexiste con el objetivo del control de peso propio de la edad
moderna, por lo que concluyen que la bulimia, a diferencia de la anorexia, es
una enfermedad moderna.
De nuevo, creemos, la centralidad en torno al síntoma del miedo a engordar
impide asumir la continuidad de estas prácticas a lo largo de la historia. En
nuestro análisis diacrónico ya detallamos casos de atracones y vómitos ligados
a diferentes contextos –médico, religioso, festivo- y en diferentes culturas donde
solían contar con un alto valor social: por ser símbolos de poder y riqueza o por
64
La clorosis fue una enfermedad diagnosticada entre jóvenes de clase media en la era victoriana y cuyos
síntomas incluían la palidez, el rechazo de alimentación y la amenorrea. Desaparece como diagnóstico en
el siglo XX con el descubrimiento de la anemia hipocrómica como causante de algunos de estos cuadros,
otros han quedado incluidos bajo el creciente uso del diagnóstico de anorexia nerviosa (KNIBIELHER,
1983; BRUMBERG, 2000).
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II. Marco teórico
cumplir función de penitencia religiosa, entre otros. Desde entonces hasta
nuestros días, las razones que llevan al vómito, como al dejar de comer, son
diversas y no siempre están ligadas al control del peso. El vómito puede
responder a una reacción, a un mecanismo de defensa, de afrontamiento ante
determinadas situaciones que provocan malestar y sobre las que se siente
impotencia. Prueba de ello son los casos en los que el vómito aparece ligado a
experiencias de ansiedad, casos en los que no es provocado pero surge como
reacción a la experiencia vivida, habiendo sido o no precedido por un atracón.
Las prácticas de comer mucho, poco o nada atraviesan fronteras geográficas,
culturales y temporales. Hasta ahora, la mayor parte de la literatura sobre
trastornos de alimentación se ha centrado en el mundo occidental hasta tal
punto que estas prácticas se han llegado a creer delimitadas por tal cultura.
Pero hemos mostrado como también se daban históricamente y se siguen dando
en países tan alejados geográfica y culturalmente como China, India o Etiopía, y
cuyas razones han sido de orden diverso. No obstante, en la historia de
Occidente existen dos hechos relevantes: por un lado el éxito comparativo
frente a las culturas y religiones orientales de la vida ascética cristiana
femenina, especialmente a partir del siglo XIII, y por otro, representar el
contexto de construcción de las prácticas de comer mucho, poco o nada como
enfermedad. El modelo de desarrollo occidental y sus procesos de instauración
de una normalización dietética han llevado a la medicalización/patologización
no sólo del ayuno sino de todas aquellas prácticas consideradas “desviadas” en
un proceso que parece no tener fin. En distintos contextos y dependiendo de
ellos, unas mismas prácticas alimentarias y corporales serán interpretadas de
diferente manera. En Occidente la interpretación religiosa ha dado paso a la
médica. En un mundo globalizado, en el que la medicina es un producto más, el
sistema médico occidental o hegemónico se exporta al resto del mundo. Un
mundo en el que las prácticas alimentarias de restringir, ayunar o darse
atracones son más frecuentes entre mujeres y en el que la interpretación médica
no hace más que individualizar el problema y silenciar los aspectos sociales,
económicos y políticos implicados.
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II. Marco teórico
Defendemos que anorexia, bulimia u ortorexia son construcciones culturales
que pueden explicarse y comprenderse en términos de racionalidad cultural
(GRACIA, 2009). Desde la antropología médica intentaremos dar cuenta de
cómo la imagen de la anorexia y la bulimia -construida por el estamento médico
y psiquiátrico, los medios de comunicación y aquellos que han experimentado
alguno o todos sus síntomas- como un problema moderno y autoinducido por
mujeres jóvenes que se sienten perdidas en un mundo gobernado por la moda y
el ideal estético corporal es un estereotipo que puede estar ocultando otras
razones que llevan a estas personas a dejar de comer “voluntariamente”. Esta
concepción da cuenta de cómo tales (mal)estares permanecen atrapados bajo la
interpretación de un modelo puramente médico que no ofrece respuestas a
muchas de las cuestiones pendientes.
ESTADO DE LA CUESTIÓN SOBRE EPIDEMIOLOGÍA DE LOS TCA EN EL MUNDO
De los trastornos alimentarios se ha llegado a decir que se trataba de una
enfermedad con características de epidemia social65, piénsese en el título del ya
clásico libro de GORDON (2000) “Eating disorders: anatomy of a social epidemic”. Las
cifras epidemiológicas han convertido el fenómeno en un problema de salud
pública en las sociedades occidentales, básicamente entre población
adolescente. En el resto del mundo, las cifras están en aumento. Sin pretensión
de exhaustividad -que no es nuestro objetivo- repasamos aquí algunos datos
sobre los TCA alrededor del mundo.
Los TCA en el mundo occidental desarrollado
65
En España algunos trabajos en TCA van a hacer alusión a este carácter epidémico como ISOLETTA
(2003) o TORO (2003) y en el resto del mundo BRUCH (1978), SOURS (1980) y GORDON (2000), entre
otros.
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II. Marco teórico
La investigación epidemiológica de los TCA despegó a mediados del siglo XX
en las sociedades occidentales desarrolladas –Australia, Canadá, Estados
Unidos y Europa Occidental- con la anorexia nerviosa, siguiéndole décadas más
tarde la bulimia, el trastorno por atracón y, en último lugar y cada vez con más
relevancia, los trastornos del comportamiento alimentario no especificado
(TCANE). Desde entonces ha ido en aumento hasta una intensificación del
interés por estos trastornos en la última década que queda reflejado en el
número de artículos científicos publicados. Según PubMeb66, mientras en la
década de los 70 se publicaron 2.462 artículos sobre TCA, este número se ha
multiplicado por cuatro en el periodo del año 2000 a 2009 ascendiendo a un
total de 10.345.
Los estudios epidemiológicos describen el fenómeno de la enfermedad
mediante indicadores como la prevalencia, que se refiere al número de casos en
la población en momento dado y la incidencia, esto es, el número de nuevos
casos en la población durante un periodo determinado. Veamos lo que los datos
sobre estos indicadores que proveen diversos tipos de estudio –de caso,
transversales, longitudinales, de cohorte- nos dicen respecto a las tendencias de
TCA en la población occidental.
Si hablamos de prevalencias los estudios más recientes han encontrado para la
anorexia nerviosa tasas del 0.3% en Norteamérica y Europa (FAVARO et al., 2003;
HOEK Y VAN HOEK, 2003; HOEK; 2006) y del 0.4%, 0.5% y 1% de prevalencia
vida67 en poblaciones europeas, norteamericanas y holandesas respectivamente
(GARFINKEL et al., 1996; WALTERS Y KENDER, 1995; BIJL et al., 1998, PRETI et al.,
2009). En bulimia la prevalencia de vida obtenida en estudios poblacionales de
gran magnitud varían entre 1-3% en Nueva Zelanda, Estados Unidos y Canadá
al 0.6% de Holanda (BUSHNELL et al., 1990; GARFINKEL et al., 1995; KENDLER et al.,
1991; BIJL et al., 1998). Es respecto al trastorno por atracón y, sobre todo, los
trastornos del comportamiento alimentario no especificado (TCANE), donde se
66
Motor de búsqueda de publicaciones relativas a investigación biomédica ofrecido por United States
National Library.
67
Es el porcentaje de individuos respecto a la población total que en algún momento dado de sus vidas,
hasta el momento de la evaluación, han experimentado un TCA.
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II. Marco teórico
produce de forma unitaria en todos los estudios consultados un aumento
significativo de las tasas respecto a las de anorexia y bulimia. En la mayoría de
estudios los primeros suelen estar incluidos en la categoría de TCANE ya que
como explicamos, aún no están tipificados como trastorno en los manuales de
psiquiatría. En los casos en que se ha investigado solamente el trastorno por
atracón KINZ et al. (1999) obtuvieron un 3.3% de prevalencia en mujeres y 0.8%
en hombres austríacos, y HUDSON et al. (2007) un 3.5% en mujeres y 2.0% en
hombres.
El caso de los TCANE representa un fenómeno particular que tiene que ver -
como apuntábamos anteriormente en este trabajo-, con las limitaciones de
patologizar y encuadrar unos (mal)estares multicausales en una serie de
síntomas físicos y psíquicos poco específicos, construidos en un momento
determinado de la historia y en base a una particular concepción de la mujer y
de su rol en la sociedad. Ello ha contribuido a que la categoría de trastornos del
comportamiento alimentario no especificado (TCANE) sea la mayor depositaria
de los casos que acuden actualmente a un servicio médico en búsqueda de
ayuda. Sólo un vistazo a los datos sobre Europa y España lo confirman (Gráfico
2). Los profesionales explican “yo creo que eso es porque muchas veces es difícil con
un síntoma clasificar, porque hay pacientes que han hecho de todo entonces muchas
veces se mete como en un saco, porque es de los que más hay”68. Los trabajos sobre
comorbilidad de TCA con trastornos de personalidad (sobre todo trastorno
límite de la personalidad), de depresión, de ansiedad y de abuso y dependencia
de sustancias son numerosos. Por ejemplo, PRETI et al. (2009) encontraron en el
estudio europeo ESEMeD69 comorbilidad con otros trastornos mentales para
más de la mitad de los casos de TCA. Los cambios sociales que se reflejan en
unos hábitos de vida en transformación se escapan a un instrumento rígido
como es, por ejemplo, el DSM-IV, y los casos puros desaparecen de las
68
CC1-PSPC: Psicólogo.
69
El European Study of the Epidemiology of Eating Disorders (ESEMeD) es el estudio epidemiológico
de mayores dimensiones llevado a cabo en Europa sobre una muestra de 21.425 personas para estimar
prevalencia de trastornos mentales en población general. Utilizó la Composite International Diagnostic
Interview (CIDI) para medir prevalencias y se aplicó mediante entrevistas personales. Estimó
prevalencias para anorexia, bulimia, trastorno por atracón y trastornos “subclínicos”.
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II. Marco teórico
consultas “Ahora por ejemplo que los dispositivos asistenciales, de recursos son mejores
que hace unos años se han dejado de ver aquellas anoréxicas flacas a punto de morirse
porque las rehabilitan en el hospital, les ponen sondas, por lo tanto ha disminuido
mucho el porcentaje de chicas con amenorrea porque no llegan a esos pesos tan
extremos, porque torean a la enfermedad cuando bajan mucho suben, y son TCANE
también, y en cambio son tan rígidas, perfeccionistas y obsesivas como podían ser sus
hermanas mayores o sus tías que tenían IMC de 12 o 13”70.
Gráfico 2. Prevalencias de TCA en Europa (azul) y España (verde)
entre mujeres jóvenes (12 a 18 años)
Fuente: PÉREZ MANUEL (2004)
La edad en la que se concentran las prevalencias más altas de TCA según los
estudios epidemiológicos son aquellas ligadas a la adolescencia. Esto puede
explicar, al menos en parte, que el estudio de PÉREZ MANUEL (2004) realizado
únicamente sobre mujeres de 12 a 18 años muestre unas cifras ligeramente
mayores que las comentadas para otros estudios sobre población general. En
cuanto al sexo, se ha llegado a obtener un ratio de 1:10 para anorexia y bulimia
nerviosa (LUCAS et al., 1991; MOLLER-MADSEN Y NYSTRUP, 1992). Sin embargo, un
70
HP4-PSP: Psiquiatra.
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II. Marco teórico
estudio reciente realizado sobre población general en Estados Unidos ha
encontrado una mayor prevalencia en hombres respecto a estudios pasados que
apunta a que este ratio pueda estar disminuyendo (HUDSON et al., 2007).
El estudio de la incidencia en las sociedades occidentales desarrolladas -Estados
Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Europa Occidental- llevado a cabo
mediante la revisión de registros de caso que datan desde los años 30 a la
actualidad, se ha topado con una variabilidad en los criterios diagnósticos que
ha contribuido a la obtención de tasas de incidencia más dispares entre estudios
que entre épocas (KEEL Y KLUMP, 2003). Algunos psiquiatras como LUCAS et al.
(1991) intentaron solventar este problema en sus investigaciones filtrando los
registros en torno a una serie de síntomas asociados a la anorexia nerviosa, y
revisándolos en una segunda fase de acuerdo a los criterios del DSM-III. Según
sus estudios, que abarcan desde el año 1935 hasta 1989, encontró un aumento
progresivo en la incidencia de la anorexia nerviosa que alcanza picos históricos
en la década de los 80. Para hacernos una idea de las tasas que se barajan para
estos diagnósticos valgan como ejemplo los estudios de HSU (1996), que
encuentra partiendo del año 1989 una incidencia de 1,43/100000/año entre
jóvenes de 12 a 25 años y de HOEK Y VAN HOEKEN (2003) que obtienen la tasa
más alta de 12/100000/año en EEUU entre 1980 y 1989. Los datos de incidencia
correspondientes a bulimia nerviosa muestran también un aumento, en este
caso, más consensuado que en la anorexia. El metanálisis que llevan a cabo
KEEL & KLUMP (2003) entre 7 estudios que recogen periodos diferentes
comprendidos entre los años 1970 y 1993 arroja resultados significativos en el
aumento de este diagnóstico con el tiempo para cada uno de ellos. En este caso,
hay que tomar en cuenta que aumentos extraordinarios en las tasas de
incidencia como muestran investigaciones tales como la realizada por SOUNDY
et al. (1995) con un incremento en los casos de 7.4 a 49.7/100000/año en el
periodo 1980-3 son explicadas por la coincidencia en el tiempo con el
reconocimiento oficial de la bulimia como trastorno mental.
Tal diversidad y complejidad de datos hace cuanto menos difícil elaborar
conclusiones en cuanto al incremento o estabilidad de TCA en la población
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II. Marco teórico
occidental. Para ello, se necesitarían más estudios longitudinales, esto es, que
repitan las observaciones a lo largo de un periodo de tiempo sobre una misma
población para poder así analizar su evolución. Mientras que algunos autores
han señalado que los datos de incidencia para anorexia en las sociedades
occidentales parecen haberse estabilizado y para bulimia incluso disminuido
(HOEK, 2006), el estudio de HAY et al. (2008) en Australia, que compara datos de
prevalencia en dos estudios consecutivos sobre una misma población general en
un intervalo de 10 años (1995-2005), afirma el aumento en la prevalencia de
TCA, en especial de TCANE.
De estos datos podemos concluir que las formas puras o tradicionales de los
trastornos como son la anorexia y la bulimia mantienen unas prevalencias bajas
sobre todo respecto a otras etiquetas diagnósticas en uso como el trastorno por
atracón o la más amplia –y que lo suele contener- de trastornos del
comportamiento alimentario no especificado. Por otra parte la supuesta
epidemia no es más que eso a la luz de las cifras de TCA consultadas. Un
último dato, mientras sólo la depresión mayor alcanza una prevalencia vida de
un 12’8% en población general, un TCA lo hace sólo en un 2.51% (PRETI et al.,
2009).
TCA en España
En España el interés por la epidemiología de estos trastornos ha surgido algo
más tarde que en otros países occidentales desarrollados. No es hasta mediados
de la década de los 80 cuando la literatura científica comienza a interesarse por
los TCA, aunque desde entonces su atención ha sido creciente. Se han realizado
estudios epidemiológicos en varias comunidades autónomas españolas
(Andalucía, Aragón, Asturias, Castilla La Mancha, Castilla León, Cataluña,
Comunidad Autónoma de Madrid, Comunidad Valenciana, Galicia, Navarra)
con diferentes instrumentos (EDI, GHQ, EAT-40, EAT-26, CIMEC, EDD-Q,
GHQ-28, BITE, BSQ, SCAN, EDE) arrojando cifras diferentes entre sí pero que
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II. Marco teórico
coinciden con la tendencia de estudios internacionales al situar a las mujeres
como las mayores afectadas. Se trata de estudios transversales en su mayoría
con aplicación de cuestionarios a poblaciones consideradas de riesgo, esto es,
jóvenes escolares o universitarios71.
El aumento de la prevalencia de los TCA en España fue probada en el estudio
de doble fase realizado por MORANDÉ, CELADA Y CASAS en las décadas de los 80
y los 90 (Tabla 2). Utilizando el Eating Disorder Inventory (EDI) como
instrumento de cribado y el DSM-III-R como entrevista semiestructurada
encontraron una prevalencia de anorexia nerviosa en mujeres que se multiplica
por dos en menos de una década y una de bulimia que, aunque en menor
medida, también aumentó. La prevalencia más alta fue para los trastornos del
comportamiento alimentario no especificado. Los datos de 2004 que
mostrábamos más arriba (Gráfico 2) daban unos resultados un poco más bajos
para anorexia y bulimia nerviosas pero en cambio mayores para TCANE (3,8%).
Tabla 2. Prevalencia de TCA en adolescentes de Móstoles (Madrid).
De 1985-1986 a 1993-94
Estudio 1985-6 Estudio 1993-4
Hombres Mujeres Hombres Mujeres
Anorexia nerviosa 0% 0,31% 0% 0,69%
Bulimia nerviosa 0% 0,9% 0,36% 1,24%
TCANE - - 0,54% 2,76%
Total TCA 0% 1,55% 0,90% 4,69%
Población en riesgo 1,20% 11,6% 1,96% 17,36%
Fuente: MORANDÉ, CELADA Y CASAS (1999)
71
Para una revisión exhaustiva de los estudios realizados en nuestro país consultar PELÁEZ, LABRADOR Y
RAICH, 2004. “Epidemiología de los trastornos de la conducta alimentaria en España: revisión y estado de
la cuestión”. C Med Psicsom, Nº 71/72:33-41.
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II. Marco teórico
No obstante el estudio de MORANDÉ et al. (1999) es excepcional por su carácter
longitudinal en la estimación de prevalencias. Otros estudios más recientes
como el de OLESTI et al. (2008) realizado en una muestra de chicas de 12 a 21
años y utilizando el DSM-IV arroja cifras de 0.9% de prevalencia de anorexia,
2.9% de bulimia y 5.3% de otros trastornos. Sobre población general de 18 años
o mayor y utilizando la Composite International Diagnostic Interview (CIDI) el
ESEMeD encontró una prevalencia de 2.42% de cualquier TCA.
Siguiendo el patrón general de la literatura internacional, la mayoría de
estudios en nuestro país determinan población de riesgo (Tabla 3) pero no
prevalencias debido a la ausencia de utilización de instrumentos diagnósticos.
Otras limitaciones apuntadas por PELÁEZ, LABRADOR Y RAICH (2004) respecto a
las investigaciones nacionales son la baja especificidad y sensibilidad en los
estudios que utilizan el EAT-40 con un punto de corte 30, y la alarmante falta de
datos sobre la asociación entre TCA y factores sociodemográficos que vayan
más allá de la edad y el sexo. Una de las excepciones es el estudio de MARTÍNEZ
et al. (2000) realizado entre una población de estudiantes en Asturias que
examina la influencia de algunos factores sociodemográficos y encuentra
diferencias significativas entre los chicos y chicas cuyos padres están separados,
presentando esta población una mayor proporción de conductas anoréxicas. Sin
embargo, la clase social y el hecho de que las mujeres trabajen fuera de casa –
argumentos sostenidos por el sector médico más conservador– no se confirman
como factores de riesgo.
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Tabla 3. Estudios para determinar población en riesgo de TCA entre
estudiantes jóvenes en España (1989-2004)
Estudio Instrumento Población mujeres Población hombres
riesgo TCA(%) riesgo TCA(%)
TORO et al., 1989 EAT-40 9.8 1.2
RAICH et al., 1991 EAT-40 7.3 2.6
CANALS et al., 1997 EAT-40 12.4 8.3
3.82 0.57
SAIZ et al., 1999 EDI, CIMEC 7.7 1.1
MARTÍNEZ et al., EAT-26 12.8 1.8
2000
MORALEDA et al., EAT-40 (corte 30) 11.51 0.9
2001
BALLESTER EAT-40 (corte 30) 16.3 0.4
FERNANDO, 2002
DIAZ et al., 2003 EAT (corte 30) 8.8
SEPÚLVEDA et al., EDI, BSQ, SCL, RSE 20.8 14.9
2004
EAT (corte 25), 34.7% de las chicas en riesgo tiene sobrepeso
Youth’s Inventory
BABIO et al. (2009) 53.6% de los chicos en riesgo tiene sobrepeso
Mayor IMC o MG aumenta el riesgo de TCA en
12% y 4% respectivamente
Fuente: Elaboración propia.
Los factores de riesgo apuntados en la mayoría de los estudios son
principalmente el hecho de considerarse gordo, tener un alto índice de masa
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II. Marco teórico
corporal (IMC), el deseo de estar más delgado y la práctica de actividades que
persiguen este ideal de delgadez.
No hemos encontrado ningún estudio que proporcione información sobre la
única minoría étnica reconocida en España, la población gitana. Las políticas
históricas asimilacionistas basadas en el lema de “la igualdad no admite
diferencias”, han prevenido de contar con sus datos en los censos locales (SAN
ROMÁN, 1994). Esta tradición de falta de inclusión de la variable étnica en los
estudios junto al hecho de que no se perciba esta población como vulnerable a
padecer estos (mal)estares ayudan a explicar esta falta de datos. Esto no
significa que no se den entre ellos malestares que canalizan a través del cuerpo
y la comida y que éstos afecten en mayor medida a mujeres. Prueba de ello es el
caso de una niña gitana de 17 años diagnosticada de anorexia nerviosa y
hospitalizada en una unidad de TCA presentado en nuestro estudio cualitativo
en GRACIA et al. (2005). Sobre las nuevas minorías étnicas fruto de las
migraciones de los últimos años hablaremos más adelante.
Otros mundos: Latinoamérica, Europa del Este, África y Asia
El contexto de la epidemiología internacional
Los años 60 constituyeron una fecha señalada para la epidemiología
psiquiátrica. Fue entonces cuando recibió el impulso de la Organización
Mundial de la Salud para embarcarse en investigación epidemiológica
comparativa a nivel internacional. Para entonces había sido necesario un
cambio epistemológico de considerable significado: la psiquiatría había
reemplazado una epidemiología de la salud mental por una epidemiología de
los trastornos mentales (KLERMAN, 1986 op cit MARTÍNEZ-HERNAEZ, 2000). Con
un primer estudio piloto sobre esquizofrenia en 9 países con diferentes sistemas
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II. Marco teórico
políticos y en diferentes estadios de desarrollo económico 72 , quedaría
inaugurada la llamada epidemiología transcultural que ha centrado su mayor
atención sobre tres ámbitos principales: la variabilidad sintomatológica y su
desafío en la constitución de una nosología universal, las diferencias en el
pronóstico de enfermedades entre países desarrollados y en vías de desarrollo,
y finalmente, sobre la validez transcultural de los instrumentos diagnósticos y
escalas, y las dificultades en su adaptación (MARTINEZ-HERNÁEZ, 2006).
La noción del concepto salud se ha extendido durante los ultimos años para
incluir asuntos previamente considerados de orden moral, político o existencial,
y en ninguna otra área es esto más visible que en el campo de la salud mental.
El Manual Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) de la Asociación
Psiquiátrica Americana listaba 60 categorías de comportamiento patológico en
su primera edición de 1952, 145 en 1968, 230 en 1980 y 410 en 1994. Las ventas
de los ejemplares reportan a la asociación unos 60 millones de dólares anuales.
Este manual se ha convertido en un instrumento científico de enorme poder -
sobre todo tras el trabajo realizado por SPITZER para su tercera edición-
tomando la magnitud de autoridad cultural: su uso no está restringido al
sistema sanitario sino que es utilizado por las compañías de seguros, por el
sistema judicial, por servicios sociales, por escuelas, prisiones, gobiernos, etc.
La profesionalización y legitimación de la psiquiatría biomédica hegemónica en
Occidente junto con el proceso de globalización económica y cultural que
caracteriza al mundo moderno ha llevado estos manuales hasta consultas de
sociedades en desarrollo donde esta psiquiatría es importada en el contexto de
un sistema mundial de relaciones desiguales de poder en el que Occidente
ostenta la autoridad en lo económico, cultural y político. Su sistema médico,
que MENÉNDEZ (1978) etiquetara décadas atrás como sistema médico
hegemónico (SMH), ha dado lugar a una nueva forma de colonización.
Además, en este mundo globalizado económica y culturalmente, los
72
International Pilot Study of Schizophrenia (IPSS) realizado entre 1966 y 1975 en Colombia, China,
Dinamarca, Estados Unidos, India, Nigeria, Reino Unido y las antiguas Checoslovaquia y Unión
Soviética.
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movimientos de población han impuesto el nuevo reto de la interculturalidad
en los servicios de salud de las sociedades desarrolladas. Nuestro mundo es
cada vez más un espacio de culturas líquidas y de hibridación cultural entre la
metacultura global y los diferentes mundos locales (MARTINEZ, 2006). Estos
procesos sociales se traducen en la amplificación por una parte de los tipos de
pacientes y por otra, de los tipos de “trastornos”.
TCA “sin fronteras”
Es en este contexto donde hemos de ubicar los datos epidemiológicos sobre
TCA en países donde la literatura considera que acaban de emerger73. Para
estos trastornos no se han llevado a cabo estudios comparativos de tal magnitud
como el que tuvo lugar para la esquizofrenia en 9 países desarrollados y en vías
de desarrollo. Muy lejos de ello, en materia de TCA no existen apenas estudios
epidemiológicos con muestras representativas de población general que puedan
documentar tasas de prevalencia y/o incidencia y menos en países de reciente
emergencia, estando el conocimiento del que disponemos basado mayormente
en historias clínicas y estudios en poblaciones comunitarias. Las publicaciones
de TCA en países hasta hace poco considerados inmunes se concentran en la
última década del siglo XX y primera del XXI –aunque algún caso clínico había
aparecido publicado ya en los 70 (SOH et al., 2006)-, y suele tratarse de
investigaciones sobre hábitos de alimentación e imagen corporal que se centran
en una única sociedad o comparan dos países, bien entre poblaciones
autóctonas de cada uno de ellos, bien entre población autóctona en el primero y
población en condición de inmigrante en un segundo país, casi siempre
occidental y desarrollado. Resulta significativa la completa ausencia de trabajos
sobre población inmigrante procedente de países occidentales en otros países
alejados culturalmente y/o en vías de desarrollo. En la última década, muchos
de estos estudios sobre estilos de vida y hábitos alimentarios van dirigidos a
detectar tanto TCA como obesidad, fruto del aumento de ésta última que la ha
73
Es posible que estos (mal)estares existieran ya en estas sociedades pero, o bien el contexto sociocultural
no permitía que fueran identificados como enfermedad, o bien eran tratados por agentes de salud locales.
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II. Marco teórico
convertido en uno de los principales problemas de salud pública en las
sociedades desarrolladas. Sin pretender ser exhaustivos presentamos aquí
algunos datos epidemiológicos ordenados por zonas geográficas, entendiendo
que dentro de cada área los niveles de desarrollo económico y de hibridación
cultural son diversos. Intentamos huir así, en la medida de lo posible, de la
dicotomía occidental-no occidental, tan recurrente en los estudios
transculturales, que nos presenta el mundo como dos alineaciones opuestas y
enfrentadas. Daremos prioridad a la exposición de datos que hacen referencia a
prevalencia de TCA y, en casos en que no hemos encontrado, a los
correspondientes a conductas y factores de riesgo, en los que se centran la
mayoría de los estudios. Sólo resta decir que si bien pincelamos algunas
hipótesis explicativas con las que trabaja la epidemiología durante esta
exposición, éstas serán abordadas y analizadas en mayor profundidad más
adelante en este trabajo.
América Latina
Los datos epidemiológicos sobre esta región apuntan a unas bajas tasas de
prevalencia, donde las afectadas forman parte de los pequeños grupos de élite
mayormente expuestos a influencias europeas y norteamericanas. El modelo
corporal voluptuoso de la mujer tradicional latinoamericana se entiende como
un factor protector. No obstante los datos son, en general, muy escasos.
Destaca Chile como primer país en publicar casos de anorexia nerviosa,
concretamente 30 casos en 1982 (PUMARINO Y VIVANCO, 1982). Los autores
señalaron un incremento de la incidencia durante la década de los 70, una
década especialmente difícil para el país. La caída de Allende y la implantación
del régimen militar de Pinochet supuso un cambio político y económico para un
país que a gran velocidad se transformó en una economía capitalista avanzada.
A pesar de la falta de información, parece que los casos continuaron. Un estudio
reciente revisa las historias clínicas de jóvenes que se han tratado en una
Unidad de TCA de un hospital chileno en un periodo de 6 meses. CORDELLA et
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II. Marco teórico
al. (2006) encuentran un total de 81 pacientes, 65.8% con anorexia, 29.2% con
bulimia y 3.5% con TCANE. Chile es también uno de los pocos países que
dispone de alguna información sobre población indígena y TCA. El estudio de
prevalencia de trastornos mentales que realizó VICENTE et al. (2005) comparó
tasas de prevalencia-año y prevalencia-vida entre Mapuches y no indígenas
mediante la entrevista CIDI (Composite International Diagnostic Interview). En el
caso de los TCA, mientras la población no indígena dió una tasa de prevalencia
(año y vida) de 1.8%, entre los Mapuches esta tasa fue del 0%.
En México los casos de TCA han aparecido algo más tarde y se consideran un
fenómeno muy reciente (BARRIGUETE, 1998). La epidemiología presenta la
población afectada como aquella urbana y universitaria, y estos casos se
entienden como efectos de la influencia del modelo corporal delgado difundido
por los medios de comunicación en un país donde la obesidad se está
convirtiendo en un problema social de peso, sobre todo entre las clases con
movilidad social ascendente (GORDON, 2001). Además, hemos de ubicar al
México de los 90 como sociedad que atraviesa un profundo proceso de cambio
como resultado de la creciente industrialización, urbanización y las
trasformaciones culturales asociadas a tales cambios. Aunque se han llevado a
cabo investigaciones para evaluar factores o población en riesgo, los trabajos
encaminados a estimar su prevalencia son limitados. Los estudios de MANCILLA
et al. (2004) de doble fase, se realizaron en 1995 sobre 523 mujeres jóvenes y en
2001 sobre 881. La prevalencia de bulimia aumentó de 0.14% en 1995 a 0.24% en
2001, y de TCANE de 0.35% a 0.91% en el mismo periodo. En ninguna de las
muestras se encontraron casos de anorexia. En lo que respecta a población
indígena no existen estudios de prevalencias como en el caso de Chile, pero es
interesante destacar el trabajo realizado por PÉREZ GIL Y ROMERO (2008) sobre
cuerpo y alimentación en mujeres rurales indígenas de la Sierra Juárez y
mujeres mestizas, afromexicanas y campesinas de la costa en el estado sureño
de Oaxaca. Mientras las primeras asocian el sentirse bien con su cuerpo a
aspectos de bienestar físico, las mujeres de la costa lo hacen a aspectos estéticos
y muestran en mayor porcentaje el deseo de estar delgada (44.2% y 53.7%
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II. Marco teórico
respectivamente), algo que podría explicarse según las autoras por el mayor
acceso a medios de comunicación y la cercanía de comunidades turísticas que
imponen un ideal de belleza delgado. Un dato muy interesante es que mientras
la mayoría de las mujeres asocian la gordura al consumo de alimentos, una
pequeña proporción de mujeres –aunque significativa por la naturaleza de la
información- expusieron que la delgadez se debe a que las personas se
provocan vómitos y diarrea para bajar de peso.
En Argentina, el número creciente de casos durante los 90 fue denominado
como “epidemia de trastornos alimentarios”. Considerado el país más europeo
de América Latina con sus prácticamente 35 millones de habitantes de
ascendencia europea como consecuencia de las masivas oleadas de inmigración
que recibió durante el siglo XIX y que provenían mayoritariamente de España,
Italia, Francia y Alemania. El reconocido escritor argentino Jorge Luis Borges
resumió la identidad Euro-Argentina en su célebre frase “los argentinos son
italianos que hablan español, visten como franceses y se creen ingleses”. Quizá
por ello se ha llegado a decir que los datos de TCA en este país son semejantes
a aquellos de Europa occidental y Estados Unidos. Según MARTINA (2006) un
estudio llevado a cabo entre 2000-2002 entre la Universidad de Buenos Aires y
la Sociedad Argentina de Endocrinología sobre una muestra de 890 escolares de
la capital -378 chicos y 512 chicas- encontraron un 16% de mujeres y un 0.6% de
varones con riesgo de TCA. Otros datos sobre población de riesgo publicados
por TORO (2003)74 sobre una encuesta en escolares en los años 1988-1994 hablan
de un 7.16% de población en riesgo de anorexia o bulimia, y de un 24% para
TCANE. Existe en esta sociedad una intensa preocupación por la apariencia y la
moda que se ha visto reflejado en el porcentaje elevado de operaciones de
cirugía estética, el creciente índice de ventas de productos para adelgazar y en
la ausencia de tallas de ropa mayores a la 44. MEEHAN & KATZMAN (2001) hacen
una interesante aproximación al fenómeno en su intento de explicar la
susceptibilidad de este país al éxito superficial, apuntando a la confusión de
74
Estos datos hacen referencia a información contenida en la memoria no publicada del centro de
asistencia ALUBA.
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II. Marco teórico
identidad, transición cultural y el intento de perfeccionismo en esta sociedad
como factores que, acompañados de los efectos de la opresión política de un
régimen patriarcal y dictatorial pueden haber contribuido a convertir el cuerpo
en un bien ganancial desde el punto de vista psicológico pero también
económico.
En Venezuela, como ocurre en otros países de esta región con datos tan escasos
que no permiten hacer una panorámica del estado de la cuestión, las
estadísticas provenientes del Ministerio de Salud y Desarrollo no reportan cifras
de mortalidad por TCA. Sin embargo, se encuentran varios estudios sobre
factores y población de riesgo (ANDRADE, 1995; VIVAS Y LUGLI, 1997) y algunos
sobre prevalencias. Una tesis de grado no publicada (BELLO Y DI BELLA, 1996)
evaluó con el EAT y el DSM-III-R una muestra de 202 mujeres jóvenes
encontrando en un 17% conductas sugestivas de TCA y en un 6% un
diagnóstico de bulimia. Más recientemente QUINTERO-PÁRRAGA et al. (2003)
calculó prevalencias en una muestras de 1363 adolescentes en Maracaibo
encontrando un 0% para anorexia, 1.58% para bulimia y 0.66% para el síndrome
del comedor compulsivo. Por otra parte, el único centro de tratamiento que
exite en el país (al menos hasta 2006) contó con 132 casos de TCA en un periodo
de 4 años (1999-2003).
En Brasil, NEGRAO & CORDÁS (1996) publicaron un estudio basado en las
historias clínicas de los pacientes ingresados en un programa de atención en
TCA de un hospital de Sao Paulo durante 1993. En total se trataba de 8 casos en
adultos. SOUZA & VEIGA (2008) estudiaron las actitudes alimentarias entre 561
escolares de Río de Janeiro de clase baja encontrando un 37.3% con síntomas de
comedor compulsivo y un 24.7% que hacían ayuno al menos una vez a la
semana.
Para Colombia encontramos algunos estudios sobre conductas de riesgo. ANGEL
et al. (1997) aplicaron la Encuesta de Comportamiento Alimentario (ECA)
validada para Colombia sobre 411 jóvenes universitarios de Bogotá
encontrando un 0.5% de riesgo para anorexia, un 2.2% para bulimia y un 28%
para TCANE y síndrome de comedor compulsivo. MORENO, RAMÍREZ Y YÉPEZ
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II. Marco teórico
(2001) exploraron riesgo para TCA entre 972 mujeres escolarizadas de Medellín
mediante el EAT-S encontrando un 77% de estudiantes que manifestaban
“terror ante la idea de ganar peso”, un 41% que presentaban atracones, un 33%
sentían culpa tras comer y un 8% se inducían el vómito. La única base de datos
disponible sobre pacientes atendidos proviene del programa Equilibrio que
entre 1997 y 2004 atendió a 325 pacientes -313 mujeres- repartidos por
diagnostico en 37.1% de anorexia, 38.4% de bulimia y 24.5% de TCANE.
Aunque no cuenta con datos cuantitativos el estudio de URIBE (2007) confirma
la presencia de anorexia entre las jóvenes de los sectores más marginales de la
sociedad urbana colombiana en un estudio cualitativo en el que presenta como
factores de riesgo la creciente urbanización, pobreza y violencia en las comunas
de la ciudad de Medellín.
Finalmente, hay que comentar que en Perú, según ALMENARA (2006), ya en el
año 1962 el doctor Escobar Serrano presentó en una publicación científica
nacional el caso de una mujer joven con una perturbación del apetito. Sin
embargo desde entonces, en ese país se pueden encontrar menos de una docena
de investigaciones sobre anorexia y bulimia.
A pesar de la falta de datos epidemiológicos formales, las tasas de prevalencia
de TCA en América Latina parecen encontrarse en aumento. Así lo deducimos
de la publicación en 2006 del libro “Trastornos alimentarios en
Hispanoamérica” de MANCILLA Y GÓMEZ, en el que participan Argentina, Brasil,
Colombia, Chile, México, Venezuela y España. Con la inclusión -si bien escasa
no por ello menospreciable- de datos epidemiológicos, el énfasis de esta obra se
encuentra en ofrecer un exhaustivo mapa de recursos tanto en lo que se refiere a
servicios clínicos como a grupos de investigación actualmente en expansión, lo
que indica el aumento del interés sobre este fenómeno, que, creemos, se
traducirá en un crecimiento del número de afectadas.
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II. Marco teórico
Europa del Este
En el caso de Europa del Este los datos tampoco son abundantes y las razones
apuntadas son principalmente las barreras idiomáticas, la carencia relativa de
recursos asistenciales específicos y la existencia de una polítia restrictiva en
materia de publicaciones durante su etapa comunista (TORO, 2003). Tras la caída
del muro en 1989 proliferaron las investigaciones sobre todo comparativas entre
países de Europa oriental y occidental que crearon un amplio cuerpo de
evidencia sobre la existencia de TCA con anterioridad a tal fecha. TORO (2003)
recuerda la publicación por parte de Kissyel de un caso en la Rusia de 1894
sobre una niña de 11 años afectada de una grave anorexia nerviosa. En este país
se ha difundido una imagen de la anorexia nerviosa como un trasorno de índole
psicosocial y familiar asociado a las clases altas (KORKINA Y MARILOV, 1978 op
cit TORO, 2003).
Es un clásico el estudio comparativo de RATHNER et al. (1995) realizado antes de
1989 en Austria, Hungría y República Democrática Alemana (RDA) entre 1225
estudiantes de medicina. Mediante el EAT, GHQ y el DSM-III-R se estimó la
prevalencia de bulimia nerviosa en Hungría y RDA en 1% y 0%
respectivamente mientras era de un 0.6% en el país occidental de la muestra,
Austria. Los datos se incrementaban considerablemente para el caso de bulimia
subclínica -o TCANE- con Hungría a la cabeza con una prevalencia del doble,
3.8%, que los otros dos países. El 13.8% de las húngaras, se observó en este
estudio, practicaba ayuno al menos dos veces por semana, cuando lo hacían las
alemanas en un 5.5% y las austríacas en un 3.8%. La investigación fue replicada
por los mismos autores a mediados de los 90 (RATHNER et al, 2001), incluyendo
esta vez a República Checa y Polonia en el que es considerado como el primer
estudio epidemiológico sobre TCA en los países excomunistas tras la reforma.
Las tasas de prevalencia esta vez para bulimia clínica y subclínica oscilaron
entre 0.5 y 1.5%, y de nuevo, no se encontraron casos de anorexia nerviosa.
Mediante el EATING ATTITUDE TEST (EAT), WLODARCZYK-BISAGA et al. (1995)
estudiaron las actitudes alimentarias de dos grupos de mujeres polacas,
estudiantes y trabajadoras de factorías, obteniendo niveles de presencia de
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II. Marco teórico
sintomatología de TCA hasta cinco veces mayores en el grupo de las
estudiantes, lo cual se atribuyó a su mayor orientación hacia valores
occidentales. El mismo razonamiento, predominante en la mayor parte de la
literatura epidemiológica en TCA, es el que sostiene el estudio más reciente de
KOVÁCS (2007) en Rumanía sobre población rumana y la minoría húngara. En
una muestra de 2396 escolares, las tasas de prevalencia de anorexia (0.6%
rumanas, 0% húngaras), bulimia (1.3% rumanas, 1% húngaras) y TCANE (2.6%
rumanas, 1.2% húngaras) son mayores para la mayoría rumana.
El incremento de las publicaciones sobre estudios de prevalencia en TCA en los
últimos años (TÖLGYES Y NEMESSURY, 2004; LUCKÁCS-MÁRTON et al., 2008;
KÓVACS, 2009) refleja también en esta área del mundo el interés creciente sobre
este fenómeno. El hecho de que varias de estas investigaciones se realicen sobre
poblaciones tradicionalmente consideradas de riesgo, debido al valor que
adquiere el cuerpo en su profesión –me refiero aquí a estudios sobre estudiantes
de ballet y modelos-, sugiere la centralidad que la línea de investigación en
TCA otorga a la insatisfacción corporal.
África
Las sociedades africanas comprenden un crisol de etnias y culturas, y si bien no
son la mayoría, entre ellas existen algunos pueblos que valoran especialmente el
cuerpo delgado como son los Gurage en Etiopía (SHACK, 1997). Las
publicaciones sobre TCA en África se han intensificado de forma relevante
durante la última década, concentrándose la mayoría en el caso de Sudáfrica.
En el África negra, donde existe una consensuada consideración de la gordura
en la mujer como símbolo de fertilidad -por lo que aún muchas mujeres asisten
a ritos de paso a la edad adulta consistentes en dietas de “engordamiento”- se
han descrito casos de pacientes con TCA en Etiopía, Zimbabwe, Kenya, Nigeria,
y entre la población negra de Sudáfrica. En Etiopía se ha reportado un caso de
anorexia nerviosa en una mujer joven víctima de tortura (FAHY et al., 1988)
mientras que en Zimbabwe se ha descrito otro en una mujer (BUCHAN Y
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GREGORY, 1984) y se han comparado actitudes alimentarias entre caucásicos,
negros y mestizos mediante el EDI encontrando una sintomatología mayor en el
primer grupo (HOOPER Y GARNER, 1986). En Kenya se pasó un cuestionario a
psiquiatras con el objetivo de evaluar las habilidades de éstos para diagnosticar
TCA y averiguar los casos asistidos hasta 2001: se reportaron 16 casos, 7 de ellos
en población de origen africano (NJENGA Y KANGETHE, 2004). En Nigeria se han
descrito varios casos de anorexia nerviosa en mujeres jóvenes (NWAEFUMA,
1981; FAMUYIWA, 1988; BINITIE et al., 2000) además de determinar que entre los
estudiantes nigerianos no son poco frecuentes las prácticas de vómito
(OYEWUMI Y KAZARIAN, 1992) y que entre ellos existe una creciente tendencia de
insatisfacción corporal (TORIOLA et al., 1996). El caso de Sudáfrica es particular
por la proliferación de investigaciones en los últimos años que incluyen una
amplia variedad temática: abundan los estudios multiétnicos sobre población
de riesgo por género, área rural o urbana, edad; estudios que evalúan la
exposición a los medios de comunicación o las actitudes hacia el control de
peso; o incluso estudios que evalúan el impacto psicológico en la
hospitalización de pacientes anoréxicas. Siendo los primeros estudios
publicados aquellos referentes a población blanca (NORRIS, 1979; BALLOT et al.,
1981; LE GRANGE et al., 1995), los más recientes ofrecen datos comparativos entre
grupos étnicos y varios han coincidido en encontrar un alto nivel de actitudes
alimentarias sintomáticas de TCA entre la población negra (SZABO Y HOLLANDS,
1997; LE GRANGE et al., 1998; WASSENAAR et al., 2000). Sobre prevalencia de
hábitos alimentarios desviados el estudio de SZABO et al. en 2004 encontró un
3% en población Zulu de área rural, deshaciendo así la asociación única con
áreas urbanas. Siguiendo la tendencia de Sudáfrica otros países africanos
realizan sus primeros estudios en la materia. En 2007 se realizó un estudio de
prevalencia (DSM-IV) en Tanzania obteniendo sobre una muestra de 214
mujeres jóvenes un 1.9% de anorexia, 0.4% de bulimia y 4.7% de TCANE (EDDY
et al., 2007). Mientras la mayoría asocian estos (mal)estares alimentarios a la
importación de valores occidentales o a los efectos de transformaciones
sociopolíticas sin explorar en profundidad los significados que estas prácticas
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tienen para las afectadas, otros alertan de los errores en los que se puede
incurrir ya que el ayuno presenta diferentes significados en diferentes
contextos. Así lo confirma una investigación realizada en Sudáfrica entre
adolescentes negros (LE GRANGE et al., 2004) u otra en Ghana (BENNETT et al.,
2004) en la que el 1.49% de las escolares entrevistadas y cuyo bajo peso estaba
asociado al ayuno, valoraron positivamente esta práctica en términos religiosos.
Para ellas el ayuno estaba ligado a determinadas creencias sobre el autocontrol
y el rechazo del hambre, y no existía preocupación alguna por el peso o la
forma corporal.
El único país africano de población árabe del que se tiene alguna información es
Egipto. Una publicación dio cuenta de dos casos de anorexia nerviosa ya en
1977 (OKASHA et al., 1977) y desde entonces se han realizado varios estudios que
estiman población de riesgo por sus comportamientos alimentarios o
preocupaciones por la imagen corporal. El de NASSER en 1994 halló un 1.2% de
la muestra cumpliendo criterios de bulimia y un 3.4% criterios de síndrome
bulímico parcial. Sin embargo no podemos descartar el sesgo tanto de este
como de otros estudios (FORD et al., 1990; JACKSON et al., 2003) que se han
realizado sobre muestras de estudiantes universitarios, esto es, en clases medias
y altas de áreas urbanas, lo que ha llevado una vez más a asociar la influencia
de los valores occidentales a la aparición de estos (mal)estares.
Asia
Albergando entre sus fronteras geográficas países culturalmente muy diversos
y en diferentes estadios de desarrollo económico, las mujeres del sur y sureste
de este continente contrasta con las mujeres negras subsaharianas por su
constitución más ligera y su relativo bajo peso. A la vez es cierto que en algunos
países como Corea la gordura constituyó durante un tiempo un valor positivo
para entrar en matrimonio, o se se llegó a convertir en una moda durante la
dinastía Tang en China sólo por el hecho de que la mujer del emperador
Huangdi era gorda. El ideograma chino que equivale al concepto de delgadez,
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瘦 (shòu), también es utilizado para denominar una tierra que no es fértil, por lo
que la asociación entre fertilidad, feminidad y gordura parece estar presente en
prácticamente todas las culturas.
También en este área del mundo el asentamiento de la psiquiatría biomédica y
hegemónica queda reflejado en la cantidad de estudios publicados sobre TCA
desde los 80 con un agudo incremento en la última década como ocurre en el
resto de contextos tradicionalmente considerados como inmunes a estos
(mal)estares.
Intentando mantener una línea geográfica y cultural continua con el apartado
anterior comenzaremos por dar algunos datos de otras culturas árabes de
Oriente Medio. En Emiratos Árabes Unidos se han reportado tres casos de
anorexia y dos de TCANE (ABOU-SALEH et al., 1998), en Pakistán un caso de
anorexia (YAGER Y SMITH, 1993), y otro en Kuwait (QADAN, 2009). Sobre
prevalencias un estudio más reciente en Emiratos Árabes Unidos (EAPEN et al.,
2006) encontraba un 2% de anorexia, en Pakistán 1.8% de bulimia y 1.8% de
TCANE (SUHAIL Y ZAIB-U-NISA, 2002) y en Irán 0.9% de anorexia y 3.2% de
bulimia (NOBAKHT Y DEZHKAM, 2000), todos ellos estudios sobre poblaciones
escolares o universitarias. En Qatar, Arabia Saudí, Pakistán y Turquía se han
llevado a cabo estudios sobre hábitos alimentarios y estilos de vida en
investigaciones con un interés marcado por el fenómeno creciente de la
obesidad en tales países. El caso de Turquía 75 resalta por la cantidad de
investigaciones publicadas que incluyen temáticas tan diversas como la
asociación de la restricción alimentaria durante el Ramadán como factor
predisponente a padecer trastornos alimentarios, factores familiares en la
aparición y evolución del padecimiento o incluso, estudios sobre la prevalencia
de ortorexia. Sobre diferencias sintomatológicas son interesantes los resultados
de dos estudios recientes realizados entre omaníes (nacidos en el Sultanato de
Omán). El estudio comparativo de KAYANO et al. (2008) encontró que la
asociación entre el IMC y el miedo a engordar diferenciaba a omaníes y
75
Incluímos aquí a Turquía, país euroasiático, que si bien se encuentra camino a su ingreso a la UE y se
declara oficialmente como país laico, cuenta con una población mayoritariamente musulmana.
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occidentales, ya que en estos primeros, a pesar de mostrar unos hábitos
alimentarios parecidos, el deseo de estar delgado era mucho menor. VIERNES et
al. (2007) encontraron por su parte que síntomas de TCA como la distorsión de
la imagen corporal expresadas en forma de miedo a engordar y de
somatizaciones no estaban tan presentes entre omaníes por lo que advertían de
la necesidad de examinar los comportamientos alimentarios en relación al
contexto sociocultural que las envuelve.
Israel es otro país como Turquía a medio camino entre Oriente y Occidente, con
una población mayoritariamente judía pero con importante presencia
musulmana. Israel, además, representa un contexto muy particular
principalmente por la continua exposición de esta sociedad al terrorismo y por
la memoria del Holocausto, cuya influencia en comportamientos alimentarios
en función del nivel de exposición ha interesado a ZOHAR et al. (2007) quienes
sorprendentemente encontraron mayores niveles en la tercera generación de
mujeres israelíes respecto a la segunda. Son comunes los estudios comparativos
entre chicas de diferentes creencias religiosas, judías y árabes -aprovechando tal
contexto multiétnico-, que arrojan resultados contradictorios. Se han descrito
casos de anorexia nerviosa en mujeres de Kibbutz y los estudios debaten si las
tasas son semejantes a la población general israelí o mayores (KAFFMAN Y
SADEH, 1989; LAZTER et al., 2008). LATZER et al. (2008) analizaron 698 casos
clínicos de TCA tratados en una unidad especializada en una década (1991-
2002). El perfil de esta paciente, que había llegado a los servicios sanitarios, era
su origen occidental, alto nivel educativo de los padres y procedente de área
urbana.
Moviéndonos hacia el Este, Japón, el país asiático más desarrollado
económicamente, fue el primero en publicar un caso de anorexia nerviosa en el
año 1941 (SOH et al., 2006). Desde entonces las tasas de prevalencia e incidencia
de los TCA han sido similares a las de Estados Unidos y Europa occidental,
alcanzando picos históricos en la década de los 80. Las razones de tal
paralelismo han sido atribuidas mayormente a la influencia de valores
occidentales como el énfasis en el individualismo y el consumo acompañado de
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la exposición a los medios de comunicación de masas. La aparición de los TCA
coincidió con los procesos de industrialización, urbanización y la
transformación de las formas tradicionales de familia, sin embargo PIKE Y
BOROVOY (2004) repasan las limitaciones de este argumento basado en la
occidentalización y analizan factores culturales e históricos específicos en
relación al rol femenino y al ideal de belleza que ayudan a entender la
experiencia de los (mal)estares alimentarios en el contexto japonés. Para estos
autores, en Japón la delgadez, más que estar asociada a aspectos como el poder
y el éxito social, tiene que ver con una estrategia de retraso de la madurez y por
tanto de toma de responsabilidades. Según un estudio no publicado de PIKE
(2003 op cit en PIKE Y BOROVOY, 2004) aproximadamente el 30% de las mujeres
diagnosticadas de anorexia nerviosa en los años 2002 y 2003 no expresaron
preocupación por el peso ni miedo a engordar entre sus explicaciones sobre su
rechazo a comer.
Similar disparidad diagnóstica encuentra Lee en sus estudios en Hong Kong y
otras áreas de China. En este país los casos comienzan a aparecer en los 80 y
aumentan durante la década siguiente. En el periodo 1988-1997, en una Hong
Kong aún bajo dominio británico, Lee trató 68 pacientes con anorexia nerviosa y
25 con bulimia, la mayoría en los últimos dos años de ese periodo. Un estudio
epidemiológico de principios de los 90 entre estudiantes universitarios de
medicina en dos ciudades chinas halló una prevalencia de 1.3% de bulimia
(CHUN et al., 1992). Sin embargo la “apertura” y la velocidad del desarrollo
económico de este gigante asiático -que según predicciones de economistas
académicos puede tomar el relevo a [Link]. en unos años-, está llevando a la
sociedad a atravesar una profunda transformación social. Es innegable que
valores occidentales, principalmente norteamericanos, han calado en la
sociedad, algunos de ellos referentes al cuerpo delgado por lo que estudios
recientes encuentran asociaciones entre población con TCA y la presión social
percibida por estos sujetos sobre su imagen corporal (JACKSON Y CHEN, 2007). El
impacto de los diferentes niveles de desarrollo económico y de exposición a la
cultura de consumo en la preocupación por el peso fue estudiado en el estudio
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ya clásico de LEE (2000) que comparaba tres zonas de China: Hong Kong y
Shenzhen, dos grandes centros urbanos, y áreas rurales de la provincia de
Hunan. Las mujeres de las áreas rurales presentaban las mayores tasas de IMC
y las menores tasas de deseo de adelgazar. El perfil sociodemográfico de la
afectada de TCA según los estudios epidemiológicos sería una chica joven, de
clase alta y urbana (CHEN Y JACKSON, 2008).
En Corea del Sur, otra sociedad que atravesó una transformación política
económica y social rápida que le convirtió junto a Japón en uno de los países
más desarrollados de Asia, los casos de TCA también se encuentran en
aumento. En 1997 el psiquiatra Kim Joon Ki ya había tratado a más de 200
pacientes, y los estudios realizados sobre síntomas de TCA y preocupación por
el peso encontraron tasas similares o mayores a los países occidentales (TORO,
2003).
Sobre el sureste asiático, existen estudios de caso y de población en riesgo en
Malasia, Singapur, Tailandia y Filipinas. Malasia y Singapur cuentan con una
notable mezcla racial y son países de rápido desarrollo económico. En Malasia
se han reportado 19 casos de bulimia y más de 70 de anorexia tanto clínica
como subclínica, en las décadas de los 80 y 90. En Singapur, una sociedad
donde aún persiste una estructura familiar tradicional, una cultura de dieta
sana y donde las mujeres cuentan con un IMC más bajo que la media, al menos
126 casos de TCA son tratados en el periodo de 1994 a 2002 (LEE et al., 2005) y
estudios sobre población de riesgo la han estimado en un 7.4% entre una
muestra de 4461 mujeres jóvenes (HO et al., 2006). Varios de los casos en estos
dos países no manifestaron miedo a engordar. En Tailandia un estudio reciente
de PAGE Y SWANTEERANGKUL (2007) encontró en una muestra de 2519
adolescentes un 52.2% de chicas y un 28% de chicos que habían hecho dieta en
el último mes.
Por último, en India se describieron dos casos de anorexia en 1977 (NEKI,
MOHAN Y SOOD, 1977) y alrededor de 30 casos más de TCA hasta 1995. En varios
de ellos no existía distorsión de la imagen corporal y la dificultad diagnóstica
fue subrayada por los profesionales que utilizaban la etiqueta de TCANE como
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única opción. Por otra parte un estudio epidemiológico realizado en 1989 por
KING Y BHUGRA para determinar población en riesgo obtuvo unas tasas
sorprendentemente altas en el EAT-26. Revisiones dieron cuenta del hecho que
las mujeres indias contestaban positivamente a muchas de las preguntas que
evalúan la probabilidad de desarrollar un TCA por razones sociales y religiosas.
MENDHEKAR et al. (2009) plantean a partir del análisis de dos casos clínicos de
anorexia nerviosa en chicas jóvenes indias, de clase media y zona urbana, que
no actuaron presiones estéticas para adelgazar –ambas no eran obesas- en la
aparición y mantenimiento de la enfermedad pero sí se podían identificar
estresores psicosociales. El cuestionamiento de la validez universal de los
criterios diagnósticos se retoma más adelante en este capítulo. Mediante ICD-10
MAMMEN et al. (2007) diagnosticaron un 1.25% de TCA en una población de
niños y adolescentes.
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II. Marco teórico
Tabla 4. Estudios sobre TCA en Latinoamérica, Europa del Este, África y Asia.
País Estudio Tipo de Prevalencia
población
LATINOAMÉRICA
Chile VICENTE et al.., 2005 Población general 1.8% TCA
México MANCILLA et al.., 2004 Mujeres jóvenes 0.24% Bulimia
0.91% TCANE
Argentina ALUBA, 2003 OP CIT Escolares 7.16% en riesgo de
TORO anorexia o bulimia
24% en riesgo de
TCANE
2006 Escolares 16% hombres y 0.6%
mujeres en riesgo de
TCA
Venezuela QUINTERO-PÁRRAGA Adolescentes 0% anorexia
et al., 2003 1.58% bulimia
0.66% trastorno por
atracón
Brasil SOUZA Y VEIGA, 2008 Escolares de clase 37.3% síntomas de
baja trastorno por atracón
24.7% hacen ayuno al
menos 1 vez por
semana
Colombia ANGEL et al., 1997 Jóvenes 0.5% anorexia
universitarios 2.2% bulimia
28% TCANE
EUROPA DEL ESTE
República RATHNER et al., 1995 Estudiantes de 0% bulimia
Democrática medicina 1.7% TCANE
Alemana
Hungría RATHNER et al., 1995 Estudiantes de 1% bulimia
medicina 3.8% TCANE
TURY et al., 1994 Mujeres 0.3% bulimia
Polonia KLAWE et al., 2003 Estudiantes de 12.4% en riesgo de
medicina TCA
República Checa JANOUT Y Mujeres jóvenes 11.7% en riesgo de
JANOUTOVÁ, 2004 TCA
Rumanía KOVÁCS, 2007 Escolares 0.6% anorexia
rumanas; 0% minoría
húngara
1.3% bulimia
rumanas; 1% minoría
húngara
2.6% TCANE
rumanas; 1.2%
minoría húngara
ÁFRICA
Sudáfrica SZABO et al., 2004 Población rural zulu 3% hábitos
alimentarios
desviados
Tanzania EDDY et al., 2007 Mujeres jóvenes 1.9% anorexia
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País Estudio Tipo de Prevalencia
población
0.4% bulimia
4.7% TCANE
Egipto NASSER, 1994 Niñas escolares 1.2% bulimia
3.4% TCANE
ASIA
Emiratos Árabes EAPEN et al., 2006 Mujeres adolescentes 2% anorexia
Unidos
Pakistán SUHAIL et al., 2002 Mujeres 1.8% bulimia
posgraduadas 1.8% TCANE
Irán NOBAKHT Y Niñas escolares 0.9% anorexia
DEZHKAM, 2000 3.2% bulimia
China CHUN, 1992 Estudiantes de 1.3% bulimia
medicina
Hong Kong
LEE, 1993 Estudiantes 0.46% en riesgo de
universitarios TCA
Singapur HO et al., 2005 Mujeres jóvenes 7.4% en riesgo de
TCA
Tailandia PAGE Y Adolescentes 52% mujeres y 28%
SWANTEERANGKUL, hombres ha hecho
2007 dieta en el último
mes
India MAMMEN et al., 2007 Niños y adolescentes 1.25% TCA
Japón NAKAMURA et al., Mujeres en hospitales 0.0048% anorexia
1997 y clínicas 0.01% bulimia
* “En riesgo”: no se han utilizado instrumentos de diagnóstico
Fuente: Elaboración propia.
Cuerpos en movimiento: Migraciones y TCA
¿Qué ocurre cuando la migración coloca a las personas en la situación de
incorporar de una forma más o menos plena los valores occidentales? ¿Qué
papel juegan la cultura de origen, el grado de exposición a la globalización
cultural, el grado de identidad étnica, las condiciones socioeconómicas en la
nueva sociedad, la transformación o el mantenimiento de las relaciones
familiares tradicionales o incluso los rasgos físicos diferenciados de los
caucásicos en la aparición de padecimientos alimentarios? En un mundo
globalizado donde confluyen fuerzas culturales globales y locales –volveremos
sobre estos conceptos más adelante- resulta de especial interés, más para unos
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(mal)estares especialmente sensibles al contexto sociocultural y por lo tanto a
sus cambios, analizar qué ocurre en las poblaciones migradas de países menos
desarrollados hacia aquellos denominados desarrollados. Si antes se ponía el
acento en la exposición de las poblaciones a la cultura occidental, en los
estudios de migraciones, mucho menos numerosos, se tiende a evaluar el
proceso de aculturación. Las relaciones entre TCA y poblaciones inmigradas
han sido estudiadas mayormente en países con una larga historia de
inmigración como son los [Link]., Canadá, Reino Unido, Alemania o Australia.
Estudios menos numerosos pero recientes se han encontrado sobre población
inmigrante procedente de la antigua Unión Soviética en Israel o Alemania,
asiáticos en Noruega, Canadá, Reino Unido o Brasil y griegos en Alemania. En
este país un estudio reciente ha detectado un 50% más de probabilidades en los
inmigrantes de padecer un TCA comparado con la población autóctona
(HÖLLING y SCHLACK, 2007). En Australia y Reino Unido los estudios se centran
en población asiática, mientras que [Link]. acumula la mayoría de
investigaciones epidemiológicas realizadas en esta línea entre minorías étnicas
donde incluyen, además de afroamericanos, asiáticos e hispanos, algún estudio
en indios americanos.
Desde los años 80 estudios han puesto de manifiesto el mayor nivel de
satisfacción con la imagen corporal y menor preocupación por el peso por parte
de población afroamericana o afrocaribeña, asiática e hispana respecto a la
caucásica aunque con matices que intentaremos detallar aquí. El estudio
cualitativo –y excepcional- de RUBIN et al. (2003) analizó mediante grupos de
discusión con mujeres universitarias latinas y afroamericanas la relación entre
etnicidad, autopercepción corporal e ideal estético, y todas rechazaron la
ecuación delgadez más piel blanca igual a belleza a la vez que reivindicaron la
sustitución del “ideal estético corporal” por una “ética corporal”, esto es, un
conjunto de creencias sobre el cuidado y la presentación del cuerpo. Para estas
mujeres, la forma de vestir y de moverse jugaba un papel más importante que
la forma del cuerpo. Sin embargo ninguno de estos grupos han sido inmunes a
los TCA.
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II. Marco teórico
En el caso de la población afroamericana las tasas de prevalencia de TCA
fueron en un principio significativamente más bajas. Un estudio mostraba para
el periodo 1970-1976 una tasa de anorexia nerviosa de 0.42 por 100000 entre
población negra y de 3.26 por 100000 entre caucásicas (JONES et al., 1980),
mientras otro situaba la prevalencia de bulimia en un 3% en negros y en 13%
para caucásicos (GRAY et al., 1987). Las razones atribuidas a estas bajas tasas
incluyen la mayor aceptación de la obesidad entre la población negra por su
mayor IMC y su consecuente modelo corporal más voluminoso, la falta de
identificación con el modelo corporal blanco difundido por los medios de
comunicación y, por último, por las características diferenciales de la
integración de esta minoría afroamericana en relación con otras minorías
étnicas en los EEUU: la existencia de una sólida identidad cultural construida
en base a una lucha constante en el tiempo contra la cultura americana
dominante. Sin embargo, desde los 90 se vienen encontrando tasas más altas de
prácticas purgativas y consumo de laxantes y diuréticos en población negra
cuando se compara con otras minorías, o con etnia caucásica (EMMONS 1992,
PUMARIEGA et al., 1994; CACHELIN et al., 2006). Los casos de anorexia han sido
casi inexistentes. En 1996 MARESH Y WILLARD reportaron un caso en una chica
joven africana de clase baja que había sufrido abuso emocional, físico y sexual
por parte de varios miembros de su familia.
Las mujeres latinas por su parte también presentan un ideal estético corporal
particular y diferenciado en tamaño y formas del patrón de belleza caucásico.
Por ejemplo, TORO et al. (2006) han comparado recientemente ideales de belleza
entre chicas jóvenes españolas y mexicanas y, mientras las primeras anhelaban
adelgazar en caderas, culo y piernas, las mexicanas preferían engordarlas. En
general, el ideal latino contempla un cuerpo más voluminoso lo que no parece
impedir que sus tasas de prevalencia de TCA sigan siendo similares a las de
caucásicas (WINKLEBY et al., 1996; CRAGO et al., 1996; TORO, 2006) o incluso
superiores, como ha ocurrido en un estudio que encontró asociación entre la
aparición del TCA y una historia de abuso físico y/o sexual (GENTILE et al.,
2007). Las investigaciones que han intentado comprobar la existencia de una
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asociación entre TCA y el nivel de aculturación o de nivel de identidad étnica
han arrojado resultados inconsistentes (CACHELIN et al., 2006). Este fenómeno ha
intentado explicarse también por la movilidad social ascendente de estas
minorías, sin embargo no ha encontrado una asociación estable entre estas
variables.
Las poblaciones asiáticas en [Link]. –mayormente procedentes de Asia oriental:
Japón, Corea, China, Vietnam, etc.- han obtenido generalmente una tasa de
prevalencia de TCA más baja que la población caucásica. Las mujeres asiáticas –
o de otra cultura- que emigran o son hijas de emigrantes a este país se
encuentran muchas veces en la situación de esforzarse por mantener los
vínculos con su cultura original ya que la integración en la cultura receptora
supone en muchos casos la devaluación de la suya propia, una consecuencia
difícilmente evitable. Inmersas en una cultura con un determinado ideal de
belleza, ideal que no se limita a una cuestión de peso, sus rasgos faciales
distintivos se convierten en enemigos. Datos sobre las operaciones estéticas en
párpados y nariz dan cuenta de la incorporación del modelo corporal caucásico.
Según la American Society of Plastic and Reconstructive Surgeons, en 1990 el 80%
de las mujeres caucásicas solicitaban liposucción, aumento de pecho y
supresión de arrugas mientras que un 40-46% de las asiáticas lo hacía para
cirugía palpebral y un 15-23% para modificaciones nasales (TORO, 2003). Es
interesante resaltar en este sentido que se ha encontrado una mayor asociación
entre TCA y la exposición de esta población a burlas hirientes por sus rasgos
físicos que a cuestiones de aculturación o de pérdida de identificación étnica
(IYER Y HASLAM, 2003). En cuanto a la población asiática en Reino Unido,
mayormente de procedencia india o pakistaní, se ha detectado una mayor
satisfacción corporal junto a una también mayor prevalencia de bulimia
comparada con población caucásica, un patrón similar al de la población
afroamericana. Un estudio epidemiológico entre estudiantes británicas y
surasiáticas residentes en Bradford encontró un 0.6% de bulimia entre las
primeras y un 3.4% entre las segundas (MUMFORD et al., 1988), quienes hay que
decir, se sentían más identificadas con su cultura de origen que con la
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occidental. Otros estudios, si bien no calcularon prevalencias, encontraron
actitudes alimentarias más alteradas entre las asiáticas (DOLAN et al., 1990;
WALLER et al., 1995). Pocos son los casos descritos de anorexia nerviosa, dos de
ellos curiosamente relacionados con la interacción entre dos tipos de influencia
cultural: la occidental como difusora del ideal de delgadez y la musulmana, ya
que los ayunos prescritos por Ramadán sirvieron como pretexto a las chicas
para ayunar y adelgazar (BHADRINATH, 1990). Por último, es interesante el
estudio de FURNHAM Y ADAM-SAIB (2001) en el que miden actitudes alimentarias
desviadas entre población autóctona inglesa y de origen asiático teniendo en
cuenta las características del funcionamiento familiar. Utilizando el Parental
Bonding Instrument (PIB) que mide sobreprotección, control y cuidados, no
encontraron asociación entre PIB y las actitudes alimentarias, si bien la
población asiática puntuaba más alto en ambos cuestionarios PIB y EAT.
Según estos estudios la mayor satisfacción corporal y/o la menor preocupación
por el peso de las poblaciones inmigradas no ha ido siempre acompañada de la
ausencia de síntomas de un (mal)estar alimentario, y en mayor frecuencia lo ha
hecho de síntomas asociados a la bulimia. La práctica de vómito y el consumo
de laxantes en una muestra escolar multiétnica dio porcentajes respectivamente
entre afroamericanos de 10.2% y 33.9%, entre caucásicos de 9.8% y 23.2%, entre
hispanos de 8.2% y 21.3% y entre asiáticos de 4.5% y 11% (CACHELIN et al.,
2006). Porcentajes diferentes, pero todos ellos altos. Los profesionales asocian la
sintomatología bulímica a situaciones en las que se experimenta estrés, como
afirma Toro (2003) “siendo el trastorno bulímico una forma de manifestación de
tensión” (TORO, 2003: 109). Nuestro interés se centra en la investigación de los
orígenes de esa tensión, profundizando en esa matriz compleja que forman los
procesos de adaptación a nuevos referentes culturales, y en la que confluyen la
exposición a un cierto modelo estético corporal y elementos familiares,
socioeconómicos, religiosos, así como determinados acontecimientos
personales, siendo analizados todos ellos desde una perspectiva de género.
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Migraciones y TCA en España
En España, al igual que en otros países receptores de inmigrantes, los expertos
debaten acerca de la asociación entre migración y salud mental (GARCÍA-
CAMPAYO Y CARRILLO, 2002; BALANZÓ, FAIXEDAS Y GUAYTA, 2003; COLLAZOS,
2004; OSORIO, 2004; COMELLES Y BERNAL, 2007). En este contexto de sociedad
crecientemente medicalizada -o psicologizada- se ha llegado a construir un
diagnóstico psiquiátrico específico del migrante, el popular Síndrome de
Ulises76 (ATXOTEGUI, 2002). Dentro de este escenario, los TCA han recibido
considerablemente menos atención que otros trastornos psiquiátricos.
Son escasísimos los estudios epidemiológicos nacionales realizados hasta el
momento en esta materia, unos sin publicar y otros haciéndolo en soportes de
difusión minoritaria. Encontramos un estudio de casos a partir de historias
clínicas realizado por la psiquiatra infantil GRAELL (2005) en la Unidad de
Trastornos de Alimentación del Hospital Universitario Niño Jesús de Madrid y
presentado como ponencia en el V Congreso de la Asociación Española para el
Estudio de los Trastornos de la Conducta Alimentaria. Los casos en inmigrantes
comenzaron a aparecer en esta unidad a principios del año 2000 con una
tendencia a incrementarse. En el periodo de 2001 a 2004 los casos de TCA se
cuadriplicaron, pasando de 8 a 36, la mayoría de ellos de anorexia. Según Graell
muchos de estos casos aparecen asociados al estrés de aculturación y a los
denominados trastornos del vínculo77 que se caracterizan por alteraciones en las
relaciones sociales y que suelen estar asociados a experiencias de desatención
de las necesidades emocionales del niño. Para esta psiquiatra la emigración de
los padres durante la infancia y los largos periodos de separación están en la
base causal de estos casos manifestados mediante prácticas de comer mucho,
poco o nada. Este estudio destaca además el alto porcentaje de reingreso en
estos casos, lo que puede estar sugiriendo, al menos en parte, la existencia de
carencias en lo que atañe a la sensibilidad cultural de los servicios de salud
76
Síndrome de Ulises o tambien conocido como Síndrome del Inmigrante con Estrés Crónico y Múltiple,
ha tenido una amplia difusión mediática más allá de nuestras fronteras.
77
Según el DSM-IV y el CIE-10, Trastorno reactivo de la vinculación de la infancia o la niñez.
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mental que fallan en la provisión de un tratamiento adaptado a unas nuevas
variables.
También hemos encontrado un caso clínico publicado en la obra Identidad y
extrañeza: lo extranjero (LASALA Y FERRER, 2001) que recoge las ponencias de las
XI Jornadas de Clínica Psiconalítica celebradas en Barcelona. La autora, Mª JESÚS
ALEU, describe desde una óptica psicoanalítica el caso de una paciente de 16
años y procedencia árabe que padece anorexia. Aleu asocia el trastorno a
situaciones de conflicto cultural entre normas y valores que son transmitidas y
establecidas por la familia en base a la cultura de origen y las que encuentra en
su nuevo entorno social, concretamente en cuestiones de género. La paciente
siente limitadas sus elecciones en cuanto a su deseo de estudiar y de
relacionarse con amigos por el rol que le es asignado como mujer y que
compara con el que tienen sus amigas en España. Mientras su hermano estudia
y la familia le apoya, ella se hace cargo de una importante carga de trabajo
doméstico que le dificulta mantener el nivel académico e incluso asistir a las
sesiones de terapia. Cuando desobedece recibe castigos físicos por parte de su
padre. Afirma que el modelo estético en su país de origen, donde viaja de forma
frecuente, es diferente al de aquí.
Por último, y en la línea de estudios sobre evaluación de hábitos alimentarios
encontramos una única investigación realizada desde la psiquiatría sobre
población culturalmente diversa. JARNÉ (2005) ha llevado a cabo un estudio en
Ceuta –también presentado como ponencia en el congreso recién mencionado-
con el fin de evaluar las actitudes que tienen hacia la comida adolescentes
musulmanes y no musulmanes y contrastar las hipótesis que apuntan hacia el
Ramadán como factor precipitante de TCA. En este caso, la muestra incluye
población nacida en Ceuta y perteneciente a una minoría étnica (30% de la
población) que va camino de convertirse en mayoría poblacional en las
próximas décadas. Utilizando el test EDI-2, que valora los comportamientos
alimentarios en base a variables de personalidad y de autoestima, Jarné no ha
encontrado diferencias significativas entre ambas poblaciones en su estudio
preliminar. Estos datos apoyan a los ya apuntados por otros estudios realizados
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sobre población musulmana en Egipto e Irán (NASSER, 1994; NOBAKHT, 2000), si
bien otros sí han encontrado asociación entre esta práctica religiosa de ayuno y
los TCA (BHADRINATH, 1990).
¿Es posible un análisis comparativo?
La diversidad de tipos de estudio –estudios de caso, prevalencias, incidencias,
población y factores de riesgo, etc.-, de poblaciones y de instrumentos
metodológicos utilizados hacen de la comparación una tarea harto compleja.
Variaciones en los resultados son comunes debido tanto a los diferentes tests
estandarizados utilizados como a los puntos de corte establecidos (caso del
EAT) o al manual diagnóstico elegido. Por ejemplo, un estudio de screening
realizado en Asturias sobre una muestra de estudiantes, obtuvo una
prevalencia de 5.2% de TCA en mujeres según el ICD-10, mientras que según el
DSM-IV la cifra bajaba al 2.6% (SAIZ et al., 1999).
La validez transcultural de estos instrumentos se ha puesto en cuestión entre
poblaciones no caucásicas con diferencias culturales respecto de aquella que
representó el patrón clínico en las sociedades occidentales, en base a quien se
construyeron los criterios diagnósticos y se han realizado los ensayos clínicos.
Quien, no por casualidad, constituye aún hoy el perfil tradicional, el retrato
estándar de la afectada de TCA. KING Y BHUGRA (1989) sorprendidos por las
altas puntuaciones en el EAT de las escolares indias que entrevistaron,
investigaron en profundidad hasta encontrar que éstas simplemente no
entendían los conceptos occidentales sobre peso corporal y dieta. Estos autores
criticaron otros estudios como el de NASSER (1986) o el de MUMFORD Y
WHITEHOUSE (1988) en los que se obtuvieron altas tasas de TCA mediante el uso
de cuestionarios y entrevistas elaborados en países occidentales. El estudio
reciente de PÉREZ GIL Y ROMERO (2008) utilizó una ilustración de figuras de
mujeres con diferente peso para evaluar la autopercepción corporal y la imagen
deseada de mujeres indígenas en una sierra mexicana. Las autoras se percataron
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de las risas entre las entrevistadas y su dificultad en el momento de elegir una
figura. Estas mujeres jamás habían reflexionado sobre su cuerpo con
anterioridad y, además, las figuras que les mostraron representaban a mujeres
con quienes no se sentían reconocidas. Las autoras plantearon la necesidad de
incorporar siluetas más afines a la realidad rural e indígena así como
reestructurar los puntos de corte elegidos para clasificar sobrepeso y obesidad.
El desarrollo de instrumentos que tomen en cuenta las diferentes
interpretaciones culturales de los trastornos mentales, el cuerpo, la comida y la
salud según los contextos locales y no una mera traducción lingüística
constituye una de las claves para el avance de la investigación transcultural. LEE
et al. (1998) en su investigación para analizar la validez transcultural de la
traducción china del Eating Disorder Inventory (EDI) sobre un grupo de
pacientes de TCA en Hong Kong encontraron deficiencias en el instrumento a la
hora de detectar pacientes anoréxicas que no presentaban miedo a engordar. En
el contexto chino, argumentan los autores, quejas referidas al alimento o al
apetito pueden constituir un argumento más irrefutable y obtener una
respuesta social más efectiva que el miedo a engordar78. La aplicación de esta
escala en el contexto chino puso de manifiesto la cuestionable validez de
algunas de sus subescalas y reflejó el constructo etnoespecífico en el que se basó
su elaboración. Aspectos culturales locales como el énfasis en la cultura china
de la moderación, humildad y el éxito familiar por encima del individual han
de ser integrados en la adaptación cultural de la escala.
En castellano existía una adaptación transcultural del Eating Disorder
Examination (EDE) de aplicación a población hispana residente en los [Link]..
En 2006, ROBLES et al. realizaron una segunda adaptación, esta vez para el
contexto español, que probaron entre una pequeña muestra de pacientes. Las
diferencias en las puntuaciones obtenidas en las subescalas respecto al trabajo
original las atribuyen a diferencias culturales que no mencionan ni analizan.
78
Este trabajo proporciona evidencia empírica que sostiene la propuesta de los autores de crear dos
subtipos de anorexia nerviosa: con y sin miedo a engordar.
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Directamente relacionada con la cuestionada validez transcultural de los
instrumentos metodológicos yace la de la universalidad de los criterios
diagnósticos. Tanto unos como otros están construidos sobre criterios
etnocéntricos que muestran sus debilidades al intentar imponerlos en
sociedades culturalmente diversas. Cómo ya lo hacían los estudios realizados
desde una perspectiva diacrónica, el peso de la cultura, de lo local y del
contexto vuelven a tomar una relevancia fundamental en las investigaciones
transculturales de manera que nos conducen hacia una redefinición de los
criterios diagnósticos sobre los TCA. En el capítulo siguiente, dedicado a las
hipótesis explicativas de estos (mal)estares, volveremos sobre esto.
En resumen, no es posible una tarea comparativa en términos
cuantitativos/epidemiológicos y, de hacerse, se han de tener en cuenta los
sesgos posibles aquí apuntados y manejar con cautela los datos referentes a
poblaciones no occidentales.
DIFERENTES HIPÓTESIS EXPLICATIVAS
Como refleja la variedad de términos y causas asociadas a estos (mal)estares a
lo largo de la historia, la confusión en torno a su etiología y tratamiento sigue
presente en nuestros días. Desde un enfoque psicologicista ODGEN (2005) ha
resumido la causalidad a partir de seis modelos explicativos: genético,
sociocultural, psicoanalítico, cognitivo-conductual, familiar sistémico o aquel
que prima la presencia de acontecimientos vitales significativos. Aunque rica la
explicación que incluye de cada uno de los modelos, no supera a la de
DINICOLA (1990) que desde la psiquiatría cultural elabora otra mucho más
amplia y exhaustiva que agrupa las hipótesis causales de la anorexia nerviosa
(ver Cuadro 5) en torno a tres bloques dependiendo sobre quién o sobre qué se
ha puesto la atención –individuo, familia o factores socioculturales- y siguiendo
un orden creciente de complejidad.
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Cuadro 5. Hipótesis explicativas sobre la anorexia nerviosa
Modelo explicativo del
Locus Hipótesis
“experto”
Explicaciones biomédicas Papel de los genes en la
aparición de la enfermedad
Trastornos del estado de Papel de los síntomas de
ánimo trastornos del estado de
ánimo
Desarrollo psicobiológico Evitación de la adolescencia
Carácter psicodinámico Conflictividad en la relación
madre-hija; Sexualidad
Perturbación en las relaciones
Familia Sistema familiar familiares, en los actos
comunicativos
Feminista Papel del género
Síndrome culturalmente Papel de la cultura: género,
delimitado o de filiación edad, ocupación, clase social,
cultural etnicidad, tipo de sociedad
Papel de los periodos de
Síndrome de cambio cultural cambio cultural, social,
económico y político: países
en transición o migraciones
Fuente: Elaboración propia
Las hipótesis que parten del individuo construyen la enfermedad en torno a
explicaciones biomédicas, de trastorno del estado de ánimo, de desarrollo
psicobiológico y, por último, de carácter psicodinámico. La teoría propuesta por
el psiquiatra inglés RUSELL en 1977 sobre la disfunción primaria del hipotálamo
ha dado paso al examen de grupos familiares (STROBER et al., 1991) y a los
estudios gemelares cada vez más numerosos para determinar el papel de los
genes en los trastornos de alimentación (BULIK et al., 2000; BULIK, 2001),
continuando así la búsqueda de su hasta ahora fracasado intento de encontrar
causas biológicas en la base de estas enfermedades. No obstante, hay que
prestar especial atención a este tipo de causas que han tendido a interferir sobre
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un claro entendimiento de la enfermedad –por ejemplo cuando fueron
identificadas como caquexia pituitaria-. Por otro lado, aunque entre un 25-75%
de las pacientes se han encontrado signos y síntomas asociados tanto a
trastornos del estado de ánimo como a trastornos alimentarios, los estudiosos
siguen insistiendo en que los TCA son específicos y siguen buscando un
modelo coherente en el que el síntoma del miedo a engordar se ha convertido
en uno de sus focos predilectos (DINICOLA, 1990). En cuanto a las hipótesis
sobre el desarrollo psicobiológico, la archiconocida teoría de CRISP (1977)
concibe la anorexia nerviosa como una “evitación de la adolescencia”, es decir,
se deja de comer porque existe un miedo a crecer. En un periodo, la pubertad,
que provoca conocidas reacciones en el ambiente social y familiar, se interpreta
la enfermedad como un mecanismo para enfrentar conflictos intrafamiliares.
Por último, las teorías psicoanalíticas que gozaron de cierto auge durante los
años 40 y que sirvieron para rescatar esta patología de una interpretación
exclusivamente somática, se encuentran hoy relegadas a un plano más
secundario sobre todo en unos tratamientos clínicos en los que predominan los
enfoques cognitivo-conductuales. Hay muchos modelos psicoanalíticos de los
trastornos alimentarios que ofrecen una forma de comprender las experiencias
de las afectadas. Sus teorías han asociado el acto de comer o no comer a ciertos
aspectos de la sexualidad. Por ejemplo el vómito se ha considerado como un
intento de eliminar el pene rechazado tras una experiencia sexual traumática; el
miedo a la gordura se ha analizado como un rechazo del embarazo, y la
delgadez extrema se ha evaluado como la representación del miedo real a la
muerte (ODGEN, 2005: 215). Por otra parte los significados del alimentar han
puesto un foco de atención en las relaciones madre-hija, llegando a interpretar
el ayuno como expresión de hostilidad, control y agresión hacia la familia
(BRUCH, 1973).
Aquí entraríamos en el segundo grupo de hipótesis que sitúa a la familia en el
contexto de la enfermedad, encontrando no individuos enfermos sino familias
enfermas y que proponen un modelo de tratamiento sistémico familiar. Este
tipo de terapia sienta sus bases en la teoría de la comunicación interpersonal
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desarrollada en la escuela de Palo Alto y con gran relevancia durante la década
de los 60 y los 70. Según BATESON Y RUESCH (1984) “el concepto de
comunicación incluye todos los procesos a través de los cuales la gente se
influye mutuamente” y el trastorno mental es aquí entendido como un
trastorno en la comunicación. Bateson desarrolla la teoría del doble vínculo de
la esquizofrenia, principalmente basada en la relación madre-hijo/a, prestando
atención al flujo de comunicación, a la interacción y a la retroalimentación
comunicativa para encontrar un método terapéutico. Palazzoli y Minuchin son
dos de los psiquiatras y terapeutas que más han trabajado en el tratamiento de
los TCA a través del enfoque familiar y cuyas teorías al respecto son aún
referencias obligadas en la clínica de los TCA. La anorexia nerviosa se considera
bajo esta perspectiva como un síntoma de perturbación en las relaciones y como
un acto comunicativo que evidencia que algo está mal y se intenta resolver
mediante una llamada de atención. El problema puede estar en la falta de
equilibrio dentro del sistema familiar, en la importancia de los límites entre los
miembros de la familia (expresados en términos de proximidad y distancia) y
en el papel que juega la evitación de conflictos donde pueden surgir síntomas
como medio de distraer la atención de cualquier conflicto y preservar así el
funcionamiento familiar (ODGEN, 2005). SELVINI (1974) escribió sobre la familia
anoréxica como una familia extremadamente cerrada, con unos límites
intergeneracionales difusos y que tiende a evitar el conflicto. Una familia donde
es difícil asumir un papel de liderazgo, donde reina un espíritu de sacrificio y
donde las relaciones conyugales aparentan aproblemáticas mientras esconden
en realidad una desilusión. Para MINUCHIN en cambio la “familia
psicosomática” cuenta con cuatro características esenciales: sobreprotección,
rigidez, entretenimiento como una forma extrema de implicación e intimidad, y
falta de resolución de conflictos. En esta familia los miembros expresan poco
sus descontentos, guardan sus secretos y nunca resuelven los conflictos. No
obstante hemos aquí de añadir que recientes estudios transculturales sobre la
influencia del funcionamiento familiar en el desarrollo de trastornos de la
alimentación han arrojado resultados poco consistentes sobre las anteriores tesis
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(SOH et al., 2006). Estos estudios coinciden en querer despatologizar la
estructura y funcionamiento familiares tras estudiar el papel de las diferencias
culturales. “Lo que en una cultura puede ser percibido como un control
parental excesivo en otra puede ser construido de forma diferente” (TSAI, 2000
op. cit. SOH et al., 2006). Por ejemplo, altos niveles de cohesión y sobreprotección
son deseables y constituyen la norma en Asia, una población con, al menos
hasta ahora, bajas tasas de trastornos alimentarios. Por lo tanto hemos de tomar
indicadores tales como la sobreprotección o la rigidez en la familia con cierta
cautela.
Por último, el tercer bloque de hipótesis intenta dar cuenta del carácter
sociocultural de la anorexia desde los enfoques del construccionismo social,
feminista y cultural, desdoblándose éste último en dos, por una parte las tesis
que abogan por la anorexia como síndrome limitado por la cultura y por otra, -y
esta es la gran aportación de DiNicola- como síndrome de cambio cultural. Desde
la perspectiva diacrónica que estamos desarrollando a lo largo de este trabajo,
estamos viendo cómo se producen los discursos y se construyen las vías en las
que diferentes maneras de pensamiento emergieron durante periodos históricos
específicos en las sociedades occidentales para construir la anorexia como un
objeto de la ciencia médica (HEPWORTH, 1999). La deconstrucción de esta
etiqueta diagnóstica permite preguntarnos sobre cuestiones y desarrollar un
entendimiento acerca de las dimensiones sociales, culturales e históricas
implicadas de forma conjunta e inseparable en su conceptualización. En lo que
concierne al resto de enfoques vamos a examinarlos en mayor profundidad
dedicándoles los siguientes apartados.
Las tesis culturalistas han sido colocadas en un gradiente que las etiqueta de
débiles cuando la cultura se considera meramente un envoltorio, moderadas
cuando se la considera precipitante y fuertes cuando su influencia es la causa.
En esta última posición se posicionaría la hipótesis feminista de ORBACH (1986)
sobre la anorexia nerviosa como “huelga de hambre” como protesta a la
definición social de feminidad. En cuanto a las tesis moderadas se considera
que factores culturales específicos pueden desencadenar la enfermedad como
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las interacciones familiares, la psicología individual o la predisposición
biológica. En este sentido afirma DiNicola que el cambio cultural puede
desencadenar la emergencia de anorexia nerviosa en adolescentes inmigrantes a
países occidentales desarrollados. Finalmente, para las tesis débiles la cultura
representa un contenedor para la expresión de la enfermedad y la especificidad
de su contexto sociocultural sería el de su existencia en sociedades occidentales
industrializadas y con alto nivel tecnológico.
Siguiendo a DiNicola entendemos que un modelo completo sobre la anorexia
nerviosa debe dar cuenta de las características básicas de la enfermedad y debe
ser capaz de integrar o refutar cada una de las ocho hipótesis presentadas aquí.
Aportaciones desde el feminismo
Las teorías feministas constituyen una gran aportación para la comprensión de
unos (mal)estares que se diagnostican mayoritariamente entre las mujeres. Las
propuestas feministas más radicales son de corte biologicista abundando entre
sus escritos referencias al poder inherente de la biología de la mujer (JAGGAR,
1984 op. cit. SCHILLING, 1993). Según la revisión de GRACIA (2005) estas
propuestas consideran al cuerpo femenino como un cuerpo privilegiado y, por
tanto, superior en cuanto a su exclusividad para parir y criar, unas capacidades
que deberían ser reconocidas y gratificadas socialmente. Sin embargo, van a ser
otros los planteamientos que, centrando su atención en torno a la intersección
entre cultura y familia, el desarrollo económico e histórico y las construcciones
psicológicas del género, van a interesarse mayormente por los (mal)estares
alimentarios aportando hipótesis de trabajo realmente sugerentes.
Siendo uno de los escasos enfoques que se han interesado por el análisis de los
significados sociales del comer y del no comer en la causalidad de estas
aflicciones, el feminismo académico concibe los (mal)estares alimentarios como
consecuencia del menor estatus de las mujeres y de su instrumentalización
como objetos en una sociedad patriarcal y dominada por hombres (CHERNIN
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II. Marco teórico
1985, ORBACH 1986, BORDO 1993). En este contexto de falta de poder, el cuerpo
se convierte en un instrumento de control y, por tanto, también lo hace la
comida. La aflicción es entendida como una lucha entre la propia identidad y
las expectativas de rol de las mujeres en la sociedad. Desde los años 70, esta
perspectiva se ha dejado sentir con fuerza con propuestas críticas que han ido
evolucionando desde enfoques estructuralistas a posiciones que se han referido,
comúnmente, como postestructuralistas y que incorporan las teorías
fenomenológicas o las constructivistas, entre otras (CONTRERAS Y GRACIA, 2005:
152).
La presión social sobre el cuerpo de las mujeres, sobre el que recae la obligación
social de ser delgada, ha sido estudiada por algunas autoras como causa
principal de estos problemas. Por ejemplo ORBACH (1986) argumenta como ha
llegado a considerarse “normal” para las mujeres vigilar su peso y tamaño y
convertir la delgadez en una prioridad en sus vidas. Esta psicoterapeuta
feminista cree que las mujeres tienen una relación paradójica con la comida, que
ilustra con el mensaje cultural “la comida que prepara para otros como un acto
de amor y expresión de su cuidado es de alguna manera peligrosa para ella
misma”, es decir, se convierte en su enemigo, en una amenaza.
Hay suficientes evidencias que determinan cómo la persecución de la delgadez
tiene una clara identidad de género siendo dirigidos, los mensajes que
presionan hacia tal ideal, principalmente a mujeres. Mientras SILVERSTEIN et al.
(1986) encontró 63 anuncios sobre comidas dietéticas en 48 revistas femeninas
solo dio con uno en el mismo número de revistas dirigidas a hombres (WAY,
1995). Las mujeres son más sancionadoras sobre su sobrepeso que lo son los
hombres. Al sobrepeso se le atribuyen multitud de características negativas
como ser menos inteligente o más vago, pero algunas de ellas están
especialmente asociadas a las mujeres, como cuando fueron calificadas de falta
de patriotismo durante la I Guerra Mundial –por acumular calorías en su
cuerpo en tiempos de población necesitada-. Estudios han asociado el sobrepeso
a una reducción de las oportunidades de vida en las mujeres, de sus ganancias
potenciales o de sus oportunidades de casarse (WAY, 1995).
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CHERNIN (1981), terapeuta psicoanalista, asocia lo que denomina como “tiranía
de la delgadez” en las sociedades occidentales desarrolladas contemporáneas al
hecho de que las mujeres se sienten forzadas a emular a los hombres como
medio de adquisición de poder, una nueva identidad que emerge con el
resurgimiento del movimiento de las mujeres en los años 60 en lo que se conoce
como segunda ola de feminismo. Conviene recordar que el feminismo no surge
únicamente como movimiento ideológico sino también político, involucrado
activamente en la lucha por los derechos de las mujeres y por un cambio en las
relaciones de poder. En este periodo de transformación de la identidad
femenina, Chernin reduce los (mal)estares alimentarios al ámbito de la relación
madre-hija, entendiendo que es en este espacio relacional donde cristalizan los
mencionados factores culturales y donde se expresan a través de la propia carne
las iras adquiridas hacia la mujer -la madre- a lo largo de la vida.
La conformación de la delgadez como ideal de imagen tiene una base
claramente estructural basada en la desigualdad de poder entre los géneros y es
perpetuada a través de diferentes instituciones sociales e intereses como los de
la industria de la moda, los medios de comunicación, la cosmética y la
alimentación. Sin embargo este análisis que enfatiza las fuerzas externas que
presionan a las mujeres para estar delgadas ha sido objeto de fuertes críticas por
su limitación al no poder explicar por qué no todas las mujeres expuestas a este
mismo modelo cultural desarrollan la enfermedad. BORDO (1993), ampliando las
explicaciones reducidas al vínculo madre-hija y superando los planteamientos
estructuralistas, defiende un análisis complejo de los trastornos basado en la
interacción de factores existentes a nivel macro y micro: no todos estamos
expuestos de igual manera al entorno cultural ya que nuestra exposición se ve
condicionada por factores tales como la clase social, la edad, la educación, la
religión, la familia o la etnia, lo cual diversifica nuestras interpretaciones y
respuestas, es decir, moldea nuestra subjetividad. Este enfoque postestructural
viene a complementar la perspectiva estructuralista que, por otro lado, ejerce
una presión aún mayor entre mujeres de etnias no caucásicas debido al hecho
que esa imagen social de belleza femenina no está conformada únicamente por
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la variable peso sino también por las de altura, color de piel, complexión
corporal y determinados rasgos faciales, características constantemente
obviadas en la mayoría de los estudios sobre cuerpo y (mal)estares
alimentarios. Podríamos señalar que uno de los puntos débiles de la literatura
feminista sobre (mal)estares alimentarios es precisamente la escasez de estudios
transculturales sobre estas aflicciones y las mujeres.
La interacción entre subjetividad (agency) y objetividad (estructura), factores
micro y macro, se ha convertido en el eje central de las teorías feministas
recientes influidas por el postestructuralismo. Si los primeros enfoques
feministas teorizaban la naturaleza discursiva de la imagen corporal en el
contexto de las sociedades occidentales y situaban la comida en un lugar central
en la definición de feminidad, no fijaban la articulación entre la multiplicidad
de significados de la imagen corporal y cómo éstos hacían posibles varias
posiciones subjetivas para las mujeres. La multiplicidad de significados
reconoce el rol de la agency humana y abandona el posicionamiento de las
mujeres como simples reproductoras de imágenes del cuerpo socialmente
construidas. La agency entiende que los individuos tienen capacidad para crear
una distancia reflexiva respecto de las imágenes socioculturales permitiendo así
la reinterpretación, refabricación o transformación de las prácticas que son más
continuas con el yo, y a la vez reproducen, mantienen o transforman los
discursos dominantes sobre el cuerpo. Bajo esta concepción, el cuerpo deja de
ser visto como algo simplemente influido y performado por acontecimientos
sociales externos para ser observado como objeto de una inscripción cultural.
Desde este enfoque, Deborah LUPTON (1996) concibe el cuerpo como un
proyecto social e individual, y trata de mostrar cómo las mujeres que intentan
limitar cotidianamente su ingesta alimentaria no deben ser vistas como víctimas
pasivas forzadas por una sociedad patriarcal al ayuno, sino que deben ser
observadas como personas que usan el control sobre la comida como un medio
para construir su subjetividad y controlar sus cuerpos, pudiendo obtener a
través de ello placer y seguridad en sí mismas así como también privación o
ansiedad. Estas ideas son compartidas por J. HEPWORTH (1999) en su trabajo
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sobre la construcción social de la anorexia, considerándola como un fenómeno
de interés para el análisis sociocultural en tanto que el cuerpo anoréxico ilustra
claramente los efectos extremos de los discursos sobre las mujeres, la feminidad
y la delgadez en las sociedades occidentales. Hepworth, partiendo de los
análisis de Chernin y Bordo, intenta superar los primeros planteamientos del
feminismo porque considera que muestran una tensión evidente entre el
posicionamiento feminista de las autoras frente a la práctica psiquiátrica, que
consideran opresiva por su forma de abordar un trastorno cuyas sufridoras son
consideradas desviadas y anormales y porque tales enfoques representan una
continuidad en el uso de la terminología y abordaje psiquiátricos y en la
individualización de los aspectos sociales. Trabajos como los de Bordo,
argumenta Hepworth, producen interpretaciones relevantes sobre por qué y
cómo la condición de la anorexia nerviosa se desarrolla entre las mujeres
jóvenes de las sociedades occidentales a partir de ciertas prácticas sociales y
culturales de estos contextos, sin embargo ella prefiere optar por las teorías
feministas que dan mayor relevancia a la negociación subjetiva de las mujeres
en relación con la imagen corporal y su identidad. Junto a las teorías sobre el
cuerpo, los significados creados en torno a la comida serían fundamentales para
comprender la anorexia nerviosa. Para ello, analiza el proceso de construcción
de los significados sobre la comida -especialmente los constructos sobre la dieta
y la alimentación- y cómo éstos dan información de los discursos sobre la
anorexia nerviosa. Según Hepworth, ninguno de los análisis que examinan
críticamente los efectos del discurso científico dominante se cuestiona la
naturaleza de lo que está ausente en las prácticas alimentarias contemporáneas,
como son los sabores de los alimentos y los placeres del comer.
En cuanto al estudio de las relaciones entre imagen corporal y procesos de
construcción de la identidad es interesante la aportación de otro enfoque al que
el feminismo también se ha acercado: el interaccionismo simbólico. GOFFMAN
(1963) estudió cómo se produce y se mantiene la identidad social, y destacó, ya
en la década de los 60, que entre los estándares de lo que se considera una
identidad social “normal” la apariencia física estaba llegando a considerarse un
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aspecto cada vez más hegemónico. Goffman va a romper el dualismo moral de
actividad libre o forzada al estudiar la relación entre la representación visual
del self y la sociedad en la que el self es representado, recibido y reforzado. El
sociólogo teoriza que existe una dimensión emocional en el hecho de no estar a
la altura de las expectativas, y ese sentimiento de ser incapaz de producir la
identidad social normal requerida no se reduce al preciso momento de una
interacción social específica sino que es internalizada dentro del sistema de
significados de uno mismo llevando a la culpa a convertirse en un aspecto de la
identidad, y siendo experimentada de forma privada y personal. El trabajo de
Goffman es útil para explicar el complejo conjunto de relaciones dinámicas
entre la apariencia física y la experiencia interiorizada de descontento que
emana de la misma y que tiene un impacto en la identidad. Trabajos feministas
han utilizado este enfoque para estudiar cómo los cuerpos pueden ser
experimentados como fuentes de odio, culpa, humillación, limitación y estigma.
Son cada vez más numerosos los estudios que intentan dar cuenta del por qué
de los comportamientos alimentarios combinando enfoques estructuralistas y
postestructuralistas, entendiendo que ninguno de ellos aisladamente ha sido
capaz de explicar de forma global ciertas ideas y prácticas cada vez más
generalizadas en nuestro contexto social. Si la crítica estructuralista feminista no
se ha planteado como prioridad dar respuestas a por qué las mujeres se ven
afectadas de diferente manera ante un mismo ideal e idénticas presiones o por
qué cada vez un número mayor de hombres adopta comportamientos e ideales
semejantes, el enfoque postestructuralista, teniendo en cuenta las subjetividades
y las condiciones particulares que afectan a la interpretación de dicho ideal y
sus efectos en la dieta, no puede obviar tampoco las bases históricos y culturales
que favorecen la generalización de estos valores y prácticas alimentarias de
forma más apremiante entre las mujeres y el hecho de que tenga que ver con la
posición estructural de desigualdad que ocupa el género femenino en dichos
contextos.
Esto lleva a GERMOV Y WILLIAMS (1999) a plantearse la utilidad del debate
estructura-agency no entendiéndolo como una confrontación de intereses
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teóricos y metodológicos dispares, sino como un paso previo para su
complementariedad. Desde esta perspectiva estudian el caso paradigmático de
las dietas o el ayuno que realizan tantas mujeres en las sociedades
industrializadas. Argumentan que ante las presiones realizadas sobre ellas para
que acepten el ideal de delgadez, las mujeres pueden responder bien ignorando
o rechazando activamente este ideal -lo cual las pone fuera del ciclo- bien
alternativamente haciendo dieta y dando paso a la restricción de las prácticas
alimentarias y a una alimentación afectada en razón del género. La lista de los
factores estructurales, originados por las instituciones “patriarcales” y los
intereses materiales, y los postestructurales, vinculados a la subjetividad y
agency femenina -interiorización del ideal de delgadez, vigilancia corporal,
expresión del control del cuerpo- resume los modos donde se generan las
presiones para aceptar el ideal de la delgadez y la manera en que es producido
y reproducido. La conducta de “hacer dieta” refuerza tanto los intereses
estructurales -por ejemplo, la industria dietética- como los postestructurales -
tales como la autovigilancia-, y a su vez las presiones para aceptar el ideal de
belleza y la realización de dietas, dando así continuidad al ciclo.
El presente estudio parte de las tendencias de distinto orden que conciben el
cuerpo como un lugar de resistencia y contestación, dejando atrás la visión
“victimista” respecto al género para asumir su capacidad de crear propuestas
más o menos alternativas que intenten responder a una situación de desventaja
social. No obstante, estas resistencias tienen un carácter ambiguo, y deben ser
interpretadas de forma polivalente según el caso: si bien en algunas ocasiones el
trabajo sobre el cuerpo puede llegar a proporcionar placer puesto que supone
una inversión para competir socialmente, en otras puede producir aflicción y su
propósito puede tener más que ver con el desentendimiento, el dejarse ir, el
abandonarse ante los conflictos, las imposiciones.
El cuerpo y su centralidad en la teoría social y cultural debe entenderse como
una consecuencia de la importancia que guarda en la cultura del capitalismo
tardío donde este se ha convertido en un centro de debate y lucha política de la
identidad sexual y de género, y en la posibilidad de cambio de identidad
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II. Marco teórico
(MARTÍNEZ HERNÁEZ, 2008). El triunfo del individualismo consumista ha
convertido al cuerpo en un espacio personal socialmente sagrado en el cual el
sujeto es libre de producir su propia identidad de la misma forma que el nuevo
paradigma del embodiment ha trasladado el énfasis en el estudio de las
enfermedades y las aflicciones del significado a la base experiencial de éstas. En
este contexto, se reconoce la posibilidad del rechazo del ideal corporal que
presiona -sobre todo- a las mujeres y se cuestiona la imagen de éstas como
meras receptoras pasivas y simples reproductoras de unas imágenes corporales
socialmente construidas. Esta capacidad de resistencia y contestación es
denominada con el concepto de empowerment 79 -traducido a la literatura
castellana como empoderamiento- que desde los planteamientos feministas
interpretan estas prácticas alimentarias como reivindicaciones de las mujeres en
un mundo con desigual reparto de poder entre géneros y lo hacen a partir de
un estudio del cuerpo como lugar de encuentro de las tensiones entre lo
individual, lo social y lo político (SCHEPER-HUGHES Y LOCK, 1987). La
enfermedad desde este enfoque se convierte en la encarnación de los procesos y
conflictos de hegemonía-subalternidad existentes en la realidad social
(SCHEPER-HUGHES, 1992).
Estas teorías se alejan de aquellas dominantes en el modelo psiquiátrico actual
que, en su intento de legitimar sus prácticas –diagnóstico y tratamiento-,
tienden a individualizar a los pacientes y sus problemas y buscan la
culpabilización en el propio individuo o, como mucho, en su entorno más
inmediato (GRACIA, 2003), fenómeno al que nos venimos refiriendo como
“medicalización” o “psicologización”. Las teorías psicológicas de la enfermedad
atribuyen al enfermo la doble responsabilidad de haber caído enfermo y de
curarse (SONTAG, 1990).
Desde el feminismo académico han surgido las mayores críticas al sistema
médico en el ámbito de estos (mal)estares por obviar la ausencia de fronteras
79
Este término ha sido difundido por las feministas latinoamericanas que hacen referencia a un proceso
por el cual las personas oprimidas ganan control sobre sus propias vidas al tomar parte en actividades
transformadoras de la vida cotidiana y de las estructuras, para aumentar su capacidad sobre todo aquello
que les afecta (ESTEBAN, 2004).
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entre lo que son consideradas mujeres “normales” y “enfermas”, ya que los
comportamientos de vigilancia sobre el peso y la práctica de dietas forman
parte en ambos casos de un mismo continuum en la sociedad occidental
desarrollada. Los (mal)estares alimentarios, lejos de representar síntomas de
anormalidad o de desviación, suponen una continuidad con un elemento
dominante de la experiencia de ser mujer en esta cultura (BORDO, 1993). A pesar
de que el modelo feminista haya sido, según Bordo, el único que ha supuesto
una amenaza al modelo médico -en cuanto que ha aportado alternativas
teóricas y metodológicas para el abordaje de estos trastornos- el éxito en el
debate público y el abordaje científico sigue siendo de aquel que más poder y
reconocimiento social tiene. Y este es, sin duda, el modelo médico hegemónico.
Si bien psiquiatría por un lado y sociología y antropología por otro nacen de la
mano como ciencias complementarias en sus objetivos primarios -crear un
discurso racional sobre la alteridad, el otro, la diferencia y el “nosotros”- pronto
van a dar lugar a corpus teóricos autónomos (PONS I ANTÓN, 1981; MARTÍNEZ
HERNÁEZ, OROBITG Y COMELLES, 2000). Aunque es común la aceptación de que
no existe una única disciplina que proporcione todos los instrumentos teóricos
y metodológicos para captar una realidad tan compleja como la de la
enfermedad mental, lo cierto es que desde las disciplinas del comportamiento
se relega a la sociología y la antropología a campos limitados de descripción
contextual dado que la mayor parte de sus contenidos han sido fagocitados y
ahogados en sus bases conceptuales. Dentro del modelo médico-psiquiátrico,
son actualmente las posiciones más biologicistas las que cuentan con una mayor
presencia. A pesar de que hasta nuestros días no se ha encontrado evidencia
alguna de causas orgánicas en la base del trastorno, existe una tendencia
creciente hacia su biologización. La investigación basada en estas hipótesis ha
cobrado vital importancia en los últimos años siendo cada vez más numerosos
los artículos publicados que intentan encontrar los orígenes del trastorno en
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II. Marco teórico
disposiciones genéticas80. Otra prueba de esta tendencia es la proposición por
parte de la American Psychiatric Association de suprimir el sufijo “social” de la
definición de los trastornos alimentarios como patologías biopsicosociales81 en
la próxima edición del DSM (LOBO, 2005). Se pretende así obviar el papel del
contexto sociocultural en la etiología y tratamiento de los TCA, alegando la
imposibilidad de ejercer modificaciones sobre éste.
De hecho, aunque muchos profesionales coinciden en señalar que estos
trastornos no deben entenderse como aislados de su contexto sociocultural, lo
cierto es que a la hora del tratamiento focalizan y definen el problema casi
exclusivamente de forma individual, recurriendo en la mayoría de los casos a
los test diagnósticos, a la farmacología y al aislamiento social cuando se
considera necesario (GRACIA, 2002: 359). Esta tendencia general, forma parte de
un amplio proceso de medicalización que está teniendo lugar desde hace más
de un siglo en las sociedades modernas y que consigue transformar toda
protesta activa en crisis pasiva. Este proceso de “psicologización” implica un
cambio en las relaciones de poder. Cuestiones de orden social, moral o político
son constantemente redefinidas en términos de salud mental -como es el caso
de los TCA- siendo así retiradas del dominio público y confinadas a un espacio
cerrado y confidencial de consulta donde el profesional se convierte en único
árbitro (INGLEBY, 2004).
TCA como trastornos culturales o transculturales
Si bien tras su nacimiento ambas disciplinas emprenden caminos separados, la
psiquiatría va a seguir necesitando constantes aproximaciones a la antropología
en su particular reto de base positivista y empirista de construir una nosología
80
Algunos de estos artículos relacionan la anorexia nerviosa con las bajas concentraciones de leptina o
con alteraciones de la función serotoninérgica, que regula la sensación de apetito, determinadas funciones
hormonales y estados de ánimo (Jano On-line, 1997 y 2005).
81
Como señala MARTÍNEZ-HERNÁEZ (2000), el propio término establece una jerarquía profesional en la
que el psiquiatra asume el contenido principal (biológico), el psicólogo el secundario (psicológico) y el
trabajador social el terciario (social).
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universal de los trastornos mentales. Muchos han sido los términos asociados al
estudio de las relaciones entre trastornos mentales y dinámicas culturales:
psiquiatría transcultural, etnopsiquiatría, antropología psiquiátrica, psiquiatría
comparada, salud mental multicultural, o el más reciente de psiquiatría
cultural82. Este campo de estudio se muestra particularmente interesado por la
existencia de ciertas psicopatologías que aparecen ligadas de un modo
preferente o exclusivo a determinados contextos geográficos y socioculturales
así como a determinados sectores de la población o comunidades étnicas.
Y como diferentes han sido los términos usados para denominar estos campos
de estudio, distintas han sido también las etiquetas que ha recibido esta
tipología de psicopatologías que desafía las pretensiones de universalidad de la
psiquiatría hegemónica. GEORGE DEVEREUX publicó en 1955 una serie de
trabajos en los que va a definir el concepto de trastorno étnico a partir de la
elaboración de los siguientes criterios diagnósticos:
i. El trastorno ocurre frecuentemente en la cultura en cuestión.
ii. A causa de la continuidad de sus síntomas y de la dinámica subyacente
con elementos normales de la cultura, el trastorno se expresa mediante
grados de intensidad y a través de un espectro que incluye formas
dudosas subclínicas.
iii. El trastorno expresa conflictos esenciales y tensiones psicológicas
generalizados en la cultura, pero son tan agudos en el sujeto que
desarrolla los síntomas que se genera una grave ansiedad y se movilizan
sus defensas psicológicas.
82
La psiquiatría transcultural aparece vinculada históricamente a la comparación de cuadros clínicos de
diferentes culturas y al debate sobre la universalidad de las nosologías con base en los estudios
comparativos de Kraepelin y lo que identificó como trastornos exóticos concretamente en el sureste
asiático, denominándolos culture bound syndromes. La Psiquiatría cultural, más reciente, se inscribe en
el contexto de un mundo globalizado en el que se han modificado las condiciones de los estudios
comparativos al convertirse la diversidad cultural en un paisaje cotidiano de los contextos nacionales.
Busca respuestas en un mundo en el que lo exótico se ha vuelto cotidiano y lo cotidiano híbrido y
mestizo. La primera ha sido a la investigación en el mundo no occidental durante el periodo colonial y
postcolonial, como la segunda al análisis de las minorías étnicas (MARTÍNEZ HERNÁEZ, 2006).
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iv. El trastorno es una vía final común para expresar una gran variedad de
problemas personales y de angustia psicológica.
v. Los síntomas del trastorno son extensiones y exageraciones directas de
conductas y actitudes normales dentro de la cultura, incluyendo a
menudo comportamientos que suelen ser muy valorados.
vi. El trastorno constituye un modelo para la expresión del estrés muy
estructurado y ampliamente limitado.
vii. Puesto que el trastorno incluye conductas valoradas positivamente, pero,
por otro lado, es una expresión de desviación, provoca respuestas muy
ambivalentes por parte de los otros.
Siete criterios que Devereux intentó aplicar a la esquizofrenia y al trastorno
obsesivo-compulsivo sin obtener demasiado éxito, y que han sido
recientemente utilizados por GORDON (2000) para definir los TCA y
compararlos con la histeria. Dos décadas más tarde YAP (1974), desde la
psiquiatría comparativa, estudia concretamente la anorexia nerviosa para la que
acuñó el término de síndromes reactivos atípicos asociados a la cultura -origen del
más difundido como síndrome delimitado por la cultura (CBS)-, formulando una
definición que va a ser perfeccionada posteriormente por PRINCE en 1985 y por
VANDEREYCKEN Y HOEK en 1992:
“Un síndrome de filiación cultural es una constelación de signos o síntomas, categorizada
como una disfunción o enfermedad, restringido a diferentes culturas primordialmente en
razón de características psicosociales distintivas de tales culturas” (VANDEREYCKEN Y
HOEK, 1992 op. cit. TORO, 2003: 320)
Esta definición tenía como objetivo la de acotar el rango de enfermedades
tendentes a ser etiquetadas de CBS, y para evitar la reducción del sistema
alopático o aparato de medicina occidental al mismo nivel científico que las
taxonomías folk. Una definición que, siguiendo la tendencia de las sociedades
modernas de psicologizar individuos, psicologiza también culturas permitiendo
al enfoque médico, una vez más, ignorar factores estructurales de orden
económico, social o político que se materializan en la vida de las personas
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creando malestares que son interpretados únicamente desde un punto de vista
psicologicista.
Las relaciones entre individuo, trastorno mental y cultura -en nuestro caso
relaciones entre mujeres, TCA y la cultura de las sociedades capitalistas del
occidente desarrollado-, y entendida la cultura como una entidad estática e
impenetrable, pronto mostraron sus limitaciones en un mundo moderno
caracterizado por las consecuencias -no únicas- de la globalización como
conflictos bélicos, migraciones, pobreza, exclusión o racismo, y en donde la
cultura se muestra como híbrida, mestiza y en constante transformación. La
construcción de los TCA como patologías de la imagen propias de una sociedad
desarrollada y opulenta, y por ello categorizadas como síndromes ligados a la
cultura, se tambalea sobre tal concepto opaco e impermeable de cultura que no
hace más que limitar el contexto en el que estas prácticas de ayuno han de ser
estudiadas y entendidas.
Entre la etnopsiquiatría y la antropología psiquiátrica DINICOLA (1990) va a dar
el siguiente paso en el intento de resolver estas tensiones al introducir el
término síndromes reactivos a la cultura83 que incluyen a los ya conocidos como
síndromes ligados a la cultura además de contener una nueva tipología que
denomina síndromes de cambio cultural. Con éstos últimos el psiquiatra se refiere
a los casos que denomina “atípicos” o huérfanos84 que emergen en poblaciones
que viven bajo condiciones de rápido cambio económico y sociocultural, lo que
puede darse en dos circunstancias particulares: en países menos desarrollados
inmersos en procesos de transición y en inmigrantes que proceden de estos
países y se establecen en países desarrollados. Según estas hipótesis, los
adolescentes estarían expuestos a un doble riesgo de TCA ya que han de
enfrentarse a dos tipos de cambio: el personal y el cultural. DiNicola avala su
83
Aunque el modelo de DiNicola se circunscribe al caso de la anorexia nerviosa, creemos que sus
hipótesis pueden ser extensibles a todos los TCA.
84
Los casos huérfanos serían aquellos que se dan en poblaciones geográficamente y culturalmente
alejadas de áreas donde cualquier versión de la anorexia como síndrome ligado a la cultura tiene un
carácter endémico (DINICOLA, 1990:264).
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hipótesis a partir de los escritos de MARGARET MEAD (1947) en los que la
antropóloga describía desde la teoría estructuralista y simbolista, cómo durante
los periodos de cambio cultural el estrés ha tendido a ser expresado a través del
cuerpo, proponiendo ya en la década de los 40 la anorexia nerviosa como un
ejemplo de estos casos. En esta misma línea, la psiquiatra NASSER va a referirse
a los TCA como culture chaos syndrome basándose en la hipótesis de TURNER
(1984) que interpreta la regulación patológica del cuerpo como una metáfora de
crisis social.
Sin embargo, tanto DiNicola como Nasser han reconocido en más recientes
reflexiones (DINICOLA Y NASSER, 2001) las limitaciones de sus propios términos
y la necesidad de revisarlos a la luz de un nuevo contexto internacional de
globalización donde el concepto de cambio cultural precisa ser redefinido a
partir de las nuevas formas de regionalismo existentes. Este regionalismo
emerge tras la convergencia de procesos paralelos y aparentemente
“contradictorios” como son la descentralización cultural y el resurgimiento de
las tradiciones locales. La psiquiatría se encuentra, por tanto, en un proceso de
construcción y redefinición de los conceptos que han determinado hasta ahora
las relaciones entre TCA y cultura.
Por otra parte, desde las ciencias sociales también se han hecho aportaciones en
la definición de enfermedades estrechamente vinculadas con el contexto
cultural donde se producen. Una proposición interesante en esta línea sobre el
fenómeno de los TCA sería la del filósofo e historiador canadiense Ian Hacking
y lo que denomina enfermedades mentales transitorias entre las que incluye, junto
al síndrome de fatiga crónica o la histeria, a la anorexia. Con esta etiqueta define
aquellas enfermedades que aparecen en un determinado lugar y durante un
determinado periodo para más tarde desaparecer (HACKING, 2001:1). Este tipo
de dolencias, comenta Hacking, provocan banales discusiones sobre su
naturaleza “real” o “socialmente construida” que el filósofo intenta resolver con
el concepto de nicho ecológico de una enfermedad mental transitoria. Este nicho
requiere de cuatro vectores:
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i. Primero, la existencia de una taxonomía médica capaz de definir
ciertos tipos de conductas en el interior de un cuadro nosológico.
ii. Segundo -y más interesante para Hacking-, la polaridad cultural, es
decir, la enfermedad expresa un tipo de comportamiento que sería a
la vez objeto de admiración colectiva y testimonio de un
comportamiento vicioso y degradado.
iii. Tercero, el comportamiento debe ser observable y visible pudiendo
dar cuenta del sufrimiento que envuelve, de su vertiente
“patológica”.
iv. Por último, la enfermedad, a pesar del dolor que produce,
proporciona una sensación de liberación que sería imposible lograr
de una manera normalizada.
MORENO (2005) ha puesto en práctica este modelo para estudiar la anorexia en
el contexto del sur de España y argumenta que es más preciso y sutil que el
propuesto por Devereux para estudiar desde un punto de vista
socioantropológico las enfermedades mentales, ya que prescinde de la
referencia a una cultura homogénea y señala las fuentes de estabilidad o
inestabilidad de los trastornos alimentarios a través de los diferentes vectores.
La propuesta de Hacking libera el concepto de cultura de los márgenes a los
que se ve reducido por una psiquiatría cultural que urge un mayor
acercamiento a la ciencia social. En ausencia de una cultura homogénea y
cosificada es más fácil entender que los TCA no están únicamente ligados a una
cultura moderna, urbana, consumista, opulenta, capitalista. Que, por una parte,
dentro de esa cultura se contienen otras muchas y por otra, que esa cultura,
denominada occidental, se exporta al resto del mundo mezclándose con las
culturas locales y creando un mestizaje cultural continuo. Así, podemos
encontrar (mal)estares alimentarios entre clases bajas, medias o altas, en el
occidente desarrollado como en países en vías de desarrollo o alejados
culturalmente del mundo occidental. Diagnósticos de TCA se aplican sobre
mujeres ricas y famosas de Beverly Hills, sobre adolescentes habitantes de los
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barrios marginales de Medellín o sobre escolares de clase media de Nueva
Delhi.
El peso de la variable cultura es fundamental no solo para definir los TCA sino
por su influencia en la experiencia, curso, evolución, pronóstico y tratamiento.
La psiquiatría general, sin embargo, ha fracasado en su intento de integrarla en
la práctica clínica, en las políticas de salud o en los estudios epidemiológicos
(MARTÍNEZ HERNÁEZ, 2006). Analizamos críticamente en el siguiente apartado el
concepto de cultura que maneja en la actualidad la epidemiología psiquiátrica
transcultural de estos denominados trastornos y que, creemos, supone un
importante freno hacia su comprensión.
El Debate Epidemiológico: Una “cultura” estancada
La epidemiología psiquiátrica transcultural sobre los TCA ha girado
básicamente en torno a dos argumentos –considerados en la mayoría de los
casos como excluyentes- que intentan explicar la aplicación de estos
diagnósticos sobre poblaciones no occidentales y entre inmigrantes de
sociedades industrializadas. Las dos hipótesis son citadas con el nombre de
occidentalización y choque de culturas85. De forma resumida, podemos decir que
en el primer caso los TCA en estas poblaciones se explicarían por la aceptación
e incorporación de las normas y valores occidentales en torno al cuerpo, los
roles de género, la comida y la dieta, mientras que en el segundo se entenderían
como producto de la influencia del estrés aculturativo derivado del proceso de
adaptación del sujeto que vive bajo la influencia de dos sistemas culturales
distintos, bajo dos mundos, dos realidades. Ambos argumentos tienen su base
en los conceptos de síndrome ligado a la cultura y síndrome de cambio cultural
85
Traducidos de la literatura anglosajona –westernization y culture clash-, reproducimos aquí
intencionadamente los términos utilizados por la epidemiología psiquiátrica transcultural sobre los TCA,
si bien reconocemos su anacronismo desde las ciencias sociales, asunto que convertimos en debate más
adelante en este apartado.
142
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revisados anteriormente en este trabajo. Pero analicemos estos argumentos en
profundidad.
El etnocentrismo en la triada Occidente, delgadez y locura
Los estudios transculturales describen una situación en la que los TCA no han
hecho más que comenzar a emerger en el ámbito psiquiátrico no occidental con
una tendencia a incrementarse durante los próximos años, siguiendo así
patrones de incidencia occidentales. La hipótesis central con la que trabaja la
psiquiatría biomédica hegemónica es la de explicar estos casos a través del
proceso de occidentalización, estrechamente ligado al de globalización. Se trata
de un argumento basado en las relaciones poder–cultura y en los principios de
la economía política, que explica el incremento de los TCA en países no
occidentales a partir de los procesos de desarrollo económico que llevan a estas
sociedades a adoptar normas y valores occidentales, sobre todo, en torno al
ideal de belleza y al rol de las mujeres en una cultura de consumo promovida
por los medios de comunicación de masas. Estos estudios también dan cuenta
de una reciente identificación de TCA entre inmigrantes a sociedades
industrializadas, entendiéndose en estos casos que el proceso de incorporación
de valores tiene lugar únicamente en la sociedad receptora.
Entre los varios aspectos que subraya como específicos de la sociedad
occidental, la hipótesis de occidentalización enfatiza la adopción del patrón
social de belleza del cuerpo delgado como causa estructural y central
explicativa de los TCA. Como vimos en páginas anteriores, la preferencia
estética por el cuerpo delgado tiene un origen relativamente reciente en las
sociedades occidentales y se ha ido construyendo a partir de diversos hechos
históricos. La preocupación por la delgadez y la incorporación de un patrón
restrictivo de comida por cuestiones de salud y belleza se dan por primera vez
entre las mujeres de clase alta de estas sociedades, si bien durante la segunda
mitad del siglo XX se extiende a otros estratos sociales.
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II. Marco teórico
Basadas sobre estas premisas, la mayor parte de las investigaciones sobre las
causas de los TCA se han centrado en torno a la idea de que existe una fuerte
asociación entre la marcada valorización de la delgadez en las sociedades
occidentales y la aparición de la anorexia y la bulimia nerviosa. Este enfoque
sobre la etiología del problema se ha visto corroborado por varios estudios
epidemiológicos que han demostrado el incremento de su incidencia
coincidiendo con la evolución del patrón de belleza femenino durante el siglo
XX orientado hacia un cuerpo cada vez más delgado (GARNER Y GARFINKEL,
1980). La centralidad de esta idea atraviesa su concepción como trastorno
mental como bien reflejan dos de los criterios diagnósticos establecidos por el
DSM-IV para la anorexia nerviosa como son el miedo intenso a ganar peso y la
alteración en la percepción del mismo 86 . Ambos criterios, estrechamente
relacionados entre sí, se refieren a la lipofobia o miedo a engordar y siguen
siendo considerados el núcleo psicopatológico de este trastorno (FAIRBURN Y
COOPER, 1993 op. cit. LEE, 2001b:41).
Sin embargo, nos parece que estas tesis han conducido a una excesiva
simplificación de los orígenes causales de los (mal)estares alimentarios al
reducir la explicación de la práctica del ayuno, restricción alimentaria o
hartazgo a una mera persecución patológica del ideal estético corporal
socialmente impuesto. Son muy pocos los estudios epidemiológicos que han
integrado instrumentos teóricos y metodológicos de la antropología y las
ciencias sociales en general, por lo que una epidemiología sociocultural de los
TCA como aquella que represente un interés por profundizar en los factores de
riesgo considerando la biología y el ambiente físico en íntima relación con la
cultura y las relaciones políticas y sociales (HARO, 2007), apenas ha sido
desarrollada. En este pequeño grupo de estudios que han logrado superar los
análisis mayoritarios y etnocentristas obsesionados en el cuerpo para los que el
miedo a engordar y la distorsión de la imagen corporal son factores causales
universales, se encuentran aquellos interesados en la variabilidad
86
Criterios diagnósticos del DSM-IV para la Anorexia Nerviosa y la Bulimia Nerviosa incluidos en el
Anexo II.
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sintomatológica según culturas. Según sus resultados, no resulta tan evidente, y
mucho menos universal, la asociación del trastorno alimentario con el síntoma
del miedo a engordar. Ha sido LEE (1993), citado anteriormente, quien ha
discrepado en mayor medida sobre estas cuestiones basándose en sus estudios
sobre pacientes asiáticos. Este psiquiatra destaca la ausencia de miedo a
engordar en un número nada despreciable87 de pacientes chinos así como entre
pacientes occidentales que son comúnmente etiquetados como casos “atípicos”
o “no especificados” por el modelo biomédico. Los asiáticos expresan su deseo
de no comer en términos, por ejemplo, de malestar gástrico o simplemente de
no tener apetito, sin presentar signos de insatisfacción relativa a su imagen
corporal. Y Lee no es el único. También desde Hong Kong presentan casos con
ausencia de lipofobia CHAN Y MA (2003), o desde Japón PIKE Y BOROVOY (2004), o
desde la India KHANDEWAL, SHARAN Y SAXENA (1995) entre otros muchos. Estos
hallazgos recuerda RIEGER et al. (2001) se asemejan en su presentación a los
primeros casos de anorexia nerviosa recogidos en la historia occidental, en los
que la decisión de dejar de comer tenía profundas raíces religiosas o políticas –y
no estéticas- y donde no existía el miedo a engordar.
Las diferencias en la patoplastia, las diferentes razones atribuidas por los
pacientes al no comer88, no se dan únicamente entre países occidentales y no
occidentales, sino también dentro del propio mundo occidental. Como Lee, han
sido varios los clínicos europeos, americanos y canadienses que han rechazado
esta universalidad diagnóstica sin obtener demasiada repercusión. Es el caso de
STEIGER (1993), clínico experimentado, quien ha llegado a decir que “cualquiera
que haya trabajado con un gran número de pacientes con anorexia sabe que este
trastorno no trata uniformemente de un deseo de ser delgado. Más bien, la
aparente persecución de la delgadez puede ser explicada en términos
idiosincrásicos en cada caso” o la más contundente afirmación de NASSER
87
El estudio realizado por LEE et al. en 1993 sobre una muestra de 70 pacientes encontró que más de la
mitad (58.6%) no presentaban el síntoma de miedo a engordar o lipofobia.
88
En este caso la patogenia, forma del síntoma, correspondería al hecho de ayunar, restringir o darse
atracones mientras la patoplastia, el contenido, se refiere a las diferentes interpretaciones que se dan,
como querer adelgazar, tener miedo a engordar, sentir malestar gástrico o no tener apetito, entre otras.
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(2001), clínica y referente en la literatura sobre transculturalidad en TCA, que
afirma “como especialistas en trastornos alimentarios todos sabemos muy bien
que esta peculiar psicopatología no tiene apenas nada que ver con la comida o
con el peso”. Estos y otros investigadores y clínicos (entre ellos DAVIS Y YAGER,
1992) han advertido que una excesiva confianza en el miedo a engordar para
confirmar el diagnóstico puede resultar en un fracaso a la hora de reconocer un
TCA en otros contextos culturales.
Considerando que las prácticas anoréxicas son altamente valoradas en términos
de autocontrol, KATZMAN Y LEE (1997) sugirieron la sustitución de los criterios
diagnósticos del DSM de “miedo a engordar” por el “miedo al no control”
como clave para entender la naturaleza del síndrome89. La necesidad de control
sobre el propio cuerpo en este caso se explicaría a partir de la falta de control
sobre otros aspectos de la vida como consecuencia de la posición diferencial que
las mujeres han ocupado respecto a los hombres en relación a dos cuestiones
principales. Por un lado respecto a la construcción de la identidad social y
sexual, el rol corporal y la imagen, y por el otro, respecto a las
responsabilidades y valores asumidos respecto a la comida, el ayuno y la salud.
Esta responsabilidad sobre la comida y la alimentación de los suyos ha
permitido a las mujeres utilizar la comida como una forma de control y poder a
lo largo de la historia.
A pesar de estas aportaciones, la psiquiatría occidental hegemónica, la
biomédica, continua en su empeño de considerar el miedo a engordar como el
principal factor causal de los TCA, desechando la implicación de otros aspectos
de índole psicosocial como también político, como son la lucha de las mujeres
por su propia identidad en las sociedades patriarcales o los conflictos de género
dentro del ámbito familiar. Y todo ello en base a lo que considera una falta de
especificidad en la etiología de estos trastornos (TORO, 2003, 1996). No obstante, y
de ser así, creemos que lejos de despreciar estos factores habría que prestarles
especial atención en la medida en que esta “falta de especificidad” expresa
89
En la literatura castellana, ESTEBAN (2004) habla también del miedo al descontrol ligado al miedo al
placer.
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precisamente la variedad de significados con denominadores comunes que se
esconden tras el hecho de comer mucho, poco o no comer, lo que contribuye a
la comprensión de unos comportamientos que han de ser entendidos como
síntomas sociales (ISOLETTA, 2003).
Debido a que la especificidad es una cualidad fundamental en la construcción y
funcionamiento de los diagnósticos médicos –por estar basados en criterios
estadísticos-, desde la psiquiatría transcultural se han propuesto otros modelos
que la preserven tras eliminar la lipofobia como síntoma central de estos
(mal)estares. Es el caso de RIEGER et al. (2001) quienes establecen que la anorexia
nerviosa sí posee una característica específica que la distingue de cualquier otra
enfermedad y esa es su naturaleza egosintónica. Según estos autores, siendo
numerosos y de índole diversa los factores que pueden verse implicados en la
aparición de estas aflicciones, en la anorexia la persona siente indiferencia o
incluso placer en su búsqueda de delgadez; lejos de percibir la emaciación como
algo problemático la anoréxica mantiene una actitud positiva hacia la pérdida
de peso.
En este contexto el miedo a engordar sería simplemente la consecuencia de la
psicologización del trastorno en aras de la simplificación, una manera más de
llegar a este deseo de perder peso, sin que se halle estrechamente relacionado
con la persecución de un determinado ideal estético corporal. Se trata de una
propuesta innovadora que, sin embargo, presenta algunas deficiencias. KEEL Y
KLUMP (2003) han intentado resolverlas. Si fuera egosintónica, afirman, una
huelga de hambre también debería recibir el diagnóstico de anorexia. La
especificidad existe pero no está tanto en el placer o la indiferencia hacia la
pérdida de peso como en un “rechazo a la comida deliberado y a la vez no
voluntario que puede acabar en cura o muerte, que se da entre mujeres jóvenes
y que se ha presentado en diferentes momentos históricos” (Ibíd, 2003: 755). El
rechazo a la comida ha sido utilizado por las mujeres para lograr diversos
objetivos: pureza espiritual y/o moral, fama, atracción, delgadez. De ahí que
estos autores concluyan que no es la anorexia la que se encuentra delimitada a
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una cultura, sino la preocupación por el peso en contextos que idealizan la
delgadez.
Como ya apuntan algunos autores como LITTLEWOOD (2004) el ayuno puede
constituir la manera más accesible de expresar malestar y llamar la atención del
entorno más cercano, particularmente de la familia, en un contexto en el que
dejar de comer representa una enfermedad y donde los cuidados y la
solidaridad familiar se expresan en un idioma articulado a través de la
comensalidad, en donde la comida es preparada y distribuida por mujeres.
Desde este punto de vista instrumental, el rechazo a la comida sería un medio
para alcanzar un fin, y no meramente el resultado final del miedo a engordar.
Así pues, a pesar del incuestionable triunfo del cuerpo delgado en nuestra
sociedad occidental y del papel que puede tener en la canalización de
malestares a través del cuerpo y de la comida, este hecho no parece jugar un
papel fundamental en la etiología de los TCA y, en caso de que lo hiciera,
tampoco queda claro que fuese condición suficiente.
Las numerosas investigaciones con muestras multiétnicas que han intentado
encontrar una asociación entre el papel de la identificación con las
preocupaciones por el peso occidentales y los TCA no dejan de arrojar
resultados inconsistentes. La razón de estos resultados contradictorios puede
estar relacionada por una parte con problemas metodológicos tales como los
sesgos de captación o la cuestionada validez transcultural de los instrumentos
utilizados. Además la mayoría de estos instrumentos, tales como el Eating
Attitudes Test (EAT), Bulimia Investigation Test Edimburgh (BITE) y el Eating
Disorders Inventory (EDI), se centran en evaluar la relación entre imagen
corporal y las actitudes hacia la comida, por lo que reconocerían solamente
aquellos casos ligados a una insatisfacción corporal con lo que reafirman la tesis
etnocéntrica de la centralidad de la lipofobia.
Otra de las razones posibles ha sido raramente considerada. Los resultados
contradictorios respecto a la relación entre occidentalización y TCA pueden ser
producto de no haber tenido en cuenta el hecho de que la delgadez puede ser
también valorada en otros contextos culturales diferentes al occidental. Por
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ejemplo RIEGER et al. (2001) destacan la alta valoración del cuerpo femenino
delgado en la cultura tradicional japonesa así como en otras culturas asiáticas.
Para teorizar sobre el impacto del cambio social se debe considerar tanto el
sistema anterior como el nuevo, o lo que es lo mismo en el caso de inmigrantes,
tanto la sociedad de origen como la de destino, algo que los análisis
transculturales obvian con preocupante frecuencia.
La hipótesis de occidentalización ha sido hasta ahora la más común con la que
han trabajado los estudios transculturales que, por otra parte, nos han brindado
una visión incompleta del fenómeno al no incorporar en sus reflexiones dos
variables esenciales: por un lado, el peso de la cultura de origen, y por el otro, la
variable género en toda su dimensión, fallando así, sobre todo, al explicar por
qué las mujeres constituyen el mayor grupo de riesgo en todos los países
estudiados.
El choque de culturas epidemiológico
Existe una segunda hipótesis con la que trabaja la epidemiología transcultural
para explicar los TCA entre poblaciones inmigradas. Esta hipótesis es conocida
con el nombre de choque cultural, un concepto ya obsoleto y en desuso en las
ciencias sociales tras los cambios acaecidos durante los últimos años en el
mundo y que han marcado la evolución de conceptos como el de cultura. Pero
dejemos esta discusión para más adelante.
Volviendo a la epidemiología psiquiátrica, desde hace ya una década han sido
varios los investigadores, con un importante peso del feminismo, que han
sugerido la experiencia de vivir entre dos sistemas sociales/culturales
diferentes como hipótesis explicativa de los TCA, un argumento que aplican a
cualquier tipo de población. Estos dos mundos sociales estuvieron en un
principio referidos a aquellos que suceden entre generaciones, entre géneros y
en el paso de la infancia a la adolescencia, pero en el último tiempo
investigadores transculturales han incluido la experiencia de la migración como
otro de estos casos (KATZMAN Y LEE, 1997).
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II. Marco teórico
En la experiencia de vivir bajo diferentes universos culturales, el de la sociedad
de origen y el de la sociedad de acogida, donde pueden surgir tensiones en la
medida en que el individuo se ve obligado a responder a referencias que
pueden ser contradictorias entre sí, las prácticas de ayuno cobrarían un
significado particular: el del logro de un mayor sentido de autodeterminación y
de percepción. La tesis sería la siguiente: cuanto menos aculturada esté la
persona inmigrante a la nueva sociedad, mayor riesgo correrá de experimentar
una situación estresante derivada del choque entre las dos culturas que puede
desembocar en un trastorno alimentario (LAKE et al., 2000). Por ello, según este
argumento, las mujeres que proceden de familias más tradicionales estarían
expuestas a un mayor riesgo. Las tensiones surgidas del proceso de adaptación
derivado de esta situación de cambio es conocido en la literatura
psiquiátrica/psicológica transcultural como estrés de aculturación.
Aunque asentado sobre unos cimientos erróneos –el tratamiento anacrónico de
las culturas como entidades estáticas, homogéneas y cerradas- la gran
aportación de este enfoque es que, a diferencia de la hipótesis de
occidentalización, propone un análisis de los TCA alejado de aquel centrado en
el cuerpo y en la presión que ejerce la figura delgada como ideal de belleza
social. Ya no es el ideal de delgadez lo que se persigue, o no lo único, pues se
reconoce que en muchos casos este ideal puede incluso llegar a ser rechazado
por pertenecer a un contexto sociocultural con el que el inmigrante –o cualquier
otra persona- no se encuentre identificado90. A pesar de que son numerosos los
estudios que han propuesto el fenómeno de choque cultural como causa de los
trastornos alimentarios, los factores por los cuales este choque de culturas
puede influenciar la aparición de patología alimentaria han sido vagamente
descritos y estudiados. Se han señalado algunos como los conflictos
intrafamiliares ó conflictos internos, el sentimiento de desconexión –de no
90
Debemos evitar caer en la falacia de que se trata de un fenómeno específico de las migraciones y
reconocer la pluralidad de modelos corporales vigentes en cualquier área del mundo. Este contexto
sociocultural del que hablamos también tiene cabida dentro de la población “autóctona” de las llamadas
sociedades occidentales desarrolladas donde conviven diferentes subculturas, algunas de las cuales -por
ejemplo ciertos contextos rurales- mantienen vigente la asociación entre delgadez y enfermedad o entre –
al menos cierta- gordura y lo saludable, e incluso, el atractivo sexual.
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II. Marco teórico
identificación-, la baja valoración personal y la falta de autonomía y de control
sobre la propia vida.
En lo que concierne a los estudios realizados para poner a prueba esta hipótesis,
a pesar de que algunos han encontrado una asociación entre una mayor
identificación con la cultura tradicional y los TCA (LAKE et al., 2000; HUMPHREY
et al., 2004), los resultados son en general inconsistentes, como ya ocurría en
aquellos sobre la influencia de lo que denominan occidentalización. Esta
inestabilidad en los resultados puede ser producto de las mismas limitaciones
metodológicas apuntadas anteriormente y que en este caso se agravan por la
complejidad de significados que esconden estos (mal)estares a los que abre
puertas esta nueva visión y la incapacidad de los estudios cuantitativos basados
en cuestionarios estandarizados para captar tal realidad.
Según estas dos hipótesis -occidentalización y choque de culturas–, mayoritarias en
los estudios epidemiológicos transculturales sobre TCA en población
inmigrante, la migración se convierte en una experiencia que coloca al sujeto en
una posición de alta vulnerabilidad para la aparición de estos (mal)estares,
siguiendo así las líneas argumentativas que han sostenido históricamente
psiquiatría y psicología y que vinculan migraciones y trastorno mental. En
resumen, patologizan la experiencia migratoria sugiriendo que tan malo es
adaptarse a las normas de la sociedad occidental como resistirse a ellas y vivir
entre dos mundos cuyos ideales son contradictorios y pueden conducir a una
continua sensación de frustración individual.
La tesis que defiende el modelo de occidentalización está parcialmente ligada a
las teorías críticas basadas en la idea de que el ideal de delgadez es creado por
factores externos (condicionantes estructurales tales como la moda, el culto al
cuerpo, la desigualdad de género, etcétera) y es incorporado pasivamente por el
inmigrante. Este enfoque centrado en la idea de cuerpo presenta importantes
deficiencias en cuanto a su no consideración del rol de la agency humana ni de
los significados sociales del comer y no comer, así como descuida el papel que
ocupa la cultura de origen en el universo cultural del inmigrante.
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II. Marco teórico
La tesis del choque cultural, en cambio, se aleja de un modelo centrado en el
cuerpo, llegando incluso a reconocer la posibilidad de rechazo al ideal corporal,
e incorpora un universo de interpretación más extenso desde el que ayudar a la
comprensión de los significados de la enfermedad. Las preocupaciones por el
cuerpo y por la comida serían la parte visible de una lucha interna por la propia
identidad, en la que agency y empowerment juegan un papel fundamental como
subjetividades individuales. Conceptualizada por Foucault, la agency entiende
que los individuos tienen una capacidad para crear una distancia reflexiva
respecto a las imágenes socioculturales, lo cual les permite reinterpretar,
reelaborar e incluso puede llevar a una transformación de las prácticas. Bajo
este prisma comer mucho, poco o nada puede convertirse tanto en una vía de
contestación, como en una fuente de sufrimiento o de placer cuando se obtienen
los logros esperados.
Este enfoque transcultural enlaza con las teorías feministas que han llegado a
proponer un modelo de trabajo en torno a los TCA en el que las variables sobre
las que se asienta la clínica y la epidemiología -dieta, peso y miedo a engordar-
sean sustituidas por otras más flexibles y capaces de captar una realidad más
compleja como son experiencias de desconexión, transición y opresión
(KATZMAN Y LEE, 1997; MEEHAN Y KATZMAN, 2001)91.
Tanto los enfoques transculturales como los feministas aportan elementos
esenciales para la explicación de la emergencia de prácticas de ayuno,
restricción o atracones entre inmigrantes y, por extensión, entre cualquier
población independientemente de cual sea su edad, clase social y origen étnico.
Mientras que los primeros dan cuenta de una variedad sintomatológica obviada
por la práctica mayoría de estudios al respecto y abogan por la necesidad de
ampliar las perspectivas sobre las razones que se esconden tras estas prácticas
91
Basándonos en el trabajo de los autores definimos las experiencias de desconexión –también llamadas
por los autores de dislocación- como la falta de identificación, las de transición como los intentos de
moverse entre diferentes sistemas culturales, y las de opresión como aquellas en las que prima la
privación de libertades. Todas ellas pueden derivarse de cambios de vida personales así como de
transformaciones económicas, políticas y/o sociales. Aunque pueden ocurrir en situaciones de migración
no son excluyentes de esta pudiendo aludir a los cambios que acontecen, por ejemplo, entre generaciones
o clases sociales.
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II. Marco teórico
alimentarias marcadamente influenciadas por variables socioculturales, las
segundas sitúan esta pluralidad de razones bajo el prisma de la variable género,
indispensable para explicar el porqué de la mayor incidencia de estos
comportamientos alimentarios entre las mujeres en cualquier parte del mundo
donde se han estudiado. Si bien la investigación hasta ahora mayoritaria en
TCA ha descuidado el estudio de los significados sociales y culturales del
comer mucho, poco o nada, estas corrientes han intentado abordarlas a partir de
un análisis de la subjetividad y del contexto sociocultural en las que tienen
lugar.
Cultura en un mundo híbrido
Psiquiatría y psicología tienen aún una importante tarea pendiente. Las dos
hipótesis aquí desarrolladas y analizadas parten de un error de base reflejado
en la utilización de unos términos obsoletos basados en conceptos ya caducos
en las ciencias sociales y por tanto urgentemente necesitados de revisión. El
concepto de cultura que utilizan ambas disciplinas de la salud mental se
convierte en un caso ilustrativo de lo que este concepto representa para una y
otra ciencia: mientras la psiquiatría intenta trascender la cultura para entender
la enfermedad, la antropología intenta ver en la enfermedad una forma de
entender la cultura (MARTÍNEZ, OROBITG Y COMELLES, 2001). La psiquiatría sigue
hoy manejando un concepto de cultura anclado en la antropología de décadas
atrás, anacrónico en un mundo moderno sometido a la lógica de la
globalización económica y cultural, y caracterizado por unas migraciones
transnacionales que se desenvuelven en la sociedad informacional (CASTELLS,
1996) y de nuevas tecnologías de la comunicación.
La cultura dejó de ser considerada un elemento estático, impermeable y cerrado
para pasar a contemplarse como algo dinámico, híbrido y en constante
transformación (APPADURAI, 1991). En el mundo actual asistimos a la
desaparición del tipo de cultura territorializada como modelo hegemónico de la
dinámica cultural. La cultura ha dejado de estar ligada al Estado-nación dando
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II. Marco teórico
lugar a dos tendencias simultáneas, por un lado la creación de una macro-
cultura de la globalización y por otro, un regreso a lo micro y a la reafirmación
de identidades particulares, fenómeno que conocemos como glocalización
(STEINGRESS, 2002). Bajo esta nueva óptica de movimientos migratorios
transnacionales, ya no se trata de estudiar al “Otro” en términos de
representaciones y prácticas, porque ese “Otro” forma parte del nosotros que es
global y local al mismo tiempo.
Si ya explicábamos anteriormente que las prácticas de ayuno, restricción y/o
hartazgo solo pueden ser comprendidas en base al contexto social, económico y
político en el que se insertan, es en este escenario globalizado económica y
culturalmente y generador de nuevos significados e identidades donde hemos
de situarlas y estudiarlas. Para los objetivos concretos de este trabajo, estudiar
los (mal)estares alimentarios en inmigrantes en España, examinaremos tales
contextos o ethnoscapes 92 en los que se entrecruzan elementos culturales
referentes al cuerpo, la comida, el género y la salud de la sociedad de origen, de
la de destino, y de los nuevos espacios sociales a nivel global, llamados
multiculturales o de hibridación transcultural (STEINGRESS, 2002), generados por la
dinámica de los procesos socioeconómicos, tecnológicos y políticos. Globalidad
y localidad en una interrelación de nuevos espacios.
Llegados hasta aquí podríamos apuntar la confluencia actual de dos tendencias
simultáneas. Por una parte la del aumento de los TCA en las sociedades
desarrolladas debido a un proceso constante y progresivo de medicalización
que encuentra nuevos perfiles de afectadas –por ejemplo inmigrantes u
hombres- así como nuevas etiquetas de TCA, es decir, nuevos comportamientos
alimentarios considerados “desviados de la norma”. Por otra parte, el aumento
de TCA en sociedades en vías de desarrollo o alejadas culturalmente de
Occidente en lo que está representando un nuevo proceso de colonización que
exporta la psiquiatría y psicología hegemónicas alrededor del mundo.
92
Concepto acuñado por APPADURAI (1991) y que se refiere a la interconexión de los procesos globales y
locales que genera formas culturales específicas.
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II. Marco teórico
Defendemos que estos (mal)estares pueden haber existido siempre y en
cualquier lugar del mundo sin ser diagnosticados por no existir como síndrome
en ciertos contextos socioculturales o bien siendo detectados como síntomas y
siendo tratados por otros agentes de salud locales como médicos tradicionales.
Si el análisis histórico y transcultural confirma su presencia en diferentes
sociedades y periodos a partir de la revisión bibliográfica, nuestra etnografía
refuerza tal hipótesis. Mediante ella nos proponemos principalmente
deconstruir las representaciones de la enfermedad y de las enfermas en una
muestra con personas de diferente origen étnico, composición familiar, religión,
edad y clase social. Exploraremos los contextos de origen y de destino así como
los flujos de información que se establecen entre ambos en el contexto
contemporáneo de glocalización para mostrar las limitaciones conceptuales de
las hipótesis epidemiológicas contemporáneas recién analizadas. Por otra parte,
exploraremos aquellos significados de la enfermedad que, integrando los
significados sociales de la salud, del cuerpo y de la comida en cada sociedad y
el papel que estos juegan en la socialización de géneros, vayan más allá y nos
acerquen a una riqueza interpretativa que mantiene dos constantes: una
respecto al género femenino mayoritario de las afectadas y otra, respecto a la
ejecución de una acción de rechazo deliberado y a la vez no voluntario de la
comida que es utilizada como mecanismo de afrontamiento ante experiencias
de desconexión, transición y opresión.
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III. Contextos
III. CONTEXTOS
CONTEXTOS DE E-MIGRACIÓN
Si bien las migraciones constituyen un fenómeno histórico en sí mismo, la
segunda mitad del [Link] ha sido denominada como una era de migración
(CASTLES Y MILLES, 1993). La II Guerra Mundial y el colapso del comunismo en
la década de los 80 fueron determinantes en el desplazamiento geográfico de
grandes masas de población sobre todo en el continente europeo. En África,
comenzó en los 70 y se amplificó en el decenio posterior con las políticas de los
Programas de Ajuste Estructural (PAE) impulsadas por el Banco Mundial y el
Fondo Monetario Internacional. Durante el mismo se intensificaron a escala
global las migraciones internacionales, las dictaduras y los conflictos armados
que influyeron mayormente en el caso de América Latina. El mapa planetario
de movimientos migratorios nos da una idea de la dimensión del fenómeno, de
sus localizaciones y de sus especificidades, y nos enseña la tendencia de una
migración cuya dirección tiene como origen los países menos desarrollados y
como destino los más. En la actualidad, según datos recogidos en el Informe
sobre las Migraciones en el Mundo 2008 (OIM, 2008) se calcula que la cifra de
inmigrantes internacionales asciende a más de 200 millones, un 3% de la
población mundial.
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III. Contextos
Gráfico 3. Origen y destino de migrantes internacionales
Fuente: INFORME SOBRE DESARROLLO HUMANO 2009 (PNUD, 2009).
Las migraciones internacionales
Los estudios sobre migraciones internacionales han estado marcados por la
migration theory, un término acuñado por el historiador ROGER DANIELS en 1990
como respuesta a la necesidad de etiquetar y definir un “marco conceptual
generalizado dentro del cual las experiencias de individuos y grupos pueden
ser estructuradas, comparadas y contrastadas” (DANIELS, 1990:16 [Link]. BRETTEL
Y HOLLIFIELD, 2000). Esta etiqueta agrupó una era de estudios inaugurada hacía
ya un siglo 93 cuya conceptualización y teorización del fenómeno de la
migración se basaba en los patrones de las grandes migraciones internacionales
históricas: las migraciones del [Link] de Europa a las Américas, la migración
laboral de la postguerra del Mediterráneo al Noreste de Europa y las
migraciones de refugiados tras la II Guerra Mundial.
Los estudios clásicos sobre migraciones que se engloban bajo este marco
conceptual e histórico se fundamentaban, por lo general, en la asunción
93
Especialmente relevantes son los estudios de RAVENSTEIN (1885, 1889), SJAASTAD (1962), LEE (1966),
HARRIS y TODARO (1970) y WHITE y WOODS (1980).
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III. Contextos
incuestionable de su causalidad económica, con algunas excepciones que hacían
referencia a motivos políticos. La mayoría de investigaciones partían de la
premisa de la existencia de un equilibrio en el seno de la teoría de la
modernización. Tal equilibrio fue denominado como teorías push-pull, y
constituyó el enfoque más ampliamente aceptado sobre los orígenes de la
migración internacional. Desarrolladas a partir de lo que RAVENSTEIN (1885),
demógrafo británico, llamó factores push –privaciones económicas, sociales y
políticas en las zonas más pobres del mundo- y factores pull –ventajas
comparativas en las zonas más desarrolladas-, las teorías consideraban la
migración como un mecanismo que permitía equilibrar las desigualdades
socioeconómicas entre áreas geográficas con distinto nivel de desarrollo
mediante la redistribución de los trabajadores hacia lugares de alta
productividad. La migration theory está fuertemente enraizada en una
perspectiva economicista que construye modelos de predicción basados en la
consideración de que los individuos actúan mediante una lógica racional de
elección individual guiada únicamente por la maximización de los beneficios
económicos (FAIST, 1997:249 op. cit. BRETTEL Y HOLLIFELD, 2000).
Un enfoque posterior basado en la teoría de la dependencia y del sistema mundial
intenta superar el individualismo metodológico. Lo hace otorgando un mayor
peso a los factores estructurales mediante una visión histórica que contempla
las desigualdades inherentes al sistema capitalista global y la internalización de
la fuerza de trabajo entendiéndolas como consecuencia de las nuevas estrategias
capitalistas de acumulación flexible, internacionalización de la producción y
creación de una reserva mundial de mano de obra barata (CASTLES Y KOSACK,
1984). Bajo esta perspectiva los flujos de migración funcionan como polos de
atracción entre zonas del planeta menos industrializadas (países periféricos) y
las que se encuentran en un estadio más avanzado de industrialización (países
centrales). No obstante, también bajo este enfoque, el acento en la interpretación
de las causas que originan la migración sigue recayendo sobre factores
económicos.
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III. Contextos
Las limitaciones de estos modelos, vinculados a la economía liberal clásica, no
tardaron en aparecer. Sus dos principales asunciones, por un lado la expectativa
de que los sectores más desaventajados de las sociedades pobres son más
propensos a participar en la migración laboral, y por otro, que los flujos
emergen de manera espontánea debido a la existencia de desigualdades a escala
global (PORTES y BOROCZ, 1989), se han demostrado desacertadas a la luz de
hallazgos estadísticos que han probado como hubo crisis económicas que no
supusieron un aumento de los flujos de migración laboral, y como altas tasas de
crecimiento poblacional combinadas con tasas bajas de crecimiento económico
no inducen necesariamente a migrar (WEINER, 1987 op. cit. ZOLBERG, 1989). Esto
explica por qué solo algunos países pobres proveen de mano de obra y por qué
no todos los ricos la reciben, algo que la migration theory jamás pudo explicar.
Sus puntos débiles se centraron en su incapacidad para predecir el origen de la
migración a dos niveles: individual y colectivo. La teoría se mostraba incapaz
de explicar las diferencias entre individuos de un mismo país o región en
cuanto a su probabilidad de migrar y entre colectividades (naciones-estado) en
cuanto al tamaño y la direccionalidad de los flujos migratorios (PORTES y
BOROCZ, 1989).
Científicos sociales de diferentes disciplinas rechazaron la racionalidad
universal implícita en las teorías economicistas y resaltaron como causa de sus
limitaciones el reduccionismo de considerar el contexto económico como
prioritario y aislado de otros, como el sociocultural. Mientras las
interpretaciones de corte economicista se centraban principalmente en el
fenómeno emigratorio, otros científicos sociales -principalmente sociólogos y
antropólogos-, se embarcaron en la producción científica de estudios sobre el
fenómeno inmigratorio. Centrados en los contextos de acogida, se interesaron
por procesos de adaptación, relaciones étnicas, características culturales, etc.
desarrollando conceptos como los de integración y aculturación, que se
encuentran, por otra parte, bajo revisión en la actualidad.
Poco a poco estos estudios fueron rompiendo con la imagen del inmigrante
como una persona pobre, desarraigada, sin estudios, marginal o desesperada,
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III. Contextos
en definitiva, inferior a los miembros de la sociedad que lo acoge, aunque
seguían trabajando sobre una serie de dicotomías que caracterizaban hasta hace
poco los estudios de migración: estudios sobre causas o consecuencias de la
migración, migración interna o internacional, legal o ilegal, temporal o
permanente, voluntaria o forzada (KING, 2002). Es precisamente en la
deconstrucción de estas categorías dicotómicas o migration dyads (COHEN, 1995)
donde se ubica la transnational theory surgida a mediados de los noventa. Las
nuevas geografías y tipologías de migración que emergen a partir de la nueva
flexibilidad espacio-temporal, las nuevas motivaciones para migrar, las fuerzas
globalizadoras y las perspectivas cambiantes sobre el consumo y la realización
personal han servido para difuminar las fronteras entre migración y movilidad
(KING, 2002). El transnacionalismo es según BASCH, GLICK y SZANTON (1994) -
primeras autoras en utilizar el término-, el conjunto de procesos por los cuales
los inmigrantes forjan y sostienen relaciones sociales multidimensionales que
vinculan sus sociedades de origen y las de destino. Las migraciones actuales
dejaron de significar un movimiento espacial directo desde un punto de partida
a otro de llegada con la creación de campos sociales que cruzan fronteras
geográficas, culturales y políticas. Estos campos sociales, facilitados por el
incremento del transporte global y las nuevas tecnologías en comunicaciones,
permite a los migrantes vivir de forma estable entre dos países, siendo ambos
espacios nacionales factores condicionantes y actores relevantes del mismo
campo social de acción y pensamiento que orienta su comportamiento (LEVITT Y
GLICK, 2004).
Aunque se ha debatido lo novedoso de este transnacionalismo migrante,
coincido con los estudiosos que lo reconocen como un fenómeno ya existente: al
fin y al cabo las redes y conexiones que los migrantes construyen entre los
lugares de origen y destino son tan antiguas como las migraciones mismas. Lo
realmente novedoso de este fenómeno en la actualidad es su surgimiento como
perspectiva teórica y metodológica.
Especialmente fructífero en el desarrollo de esta perspectiva es el trabajo sobre
las redes sociales en la migración. Éstas se establecen en torno a vínculos
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III. Contextos
previos que se redefinen en el nuevo campo social tales como parentesco,
amistad, vecindad, etnicidad, trabajo, etc. y se convierten en excelentes
instrumentos metodológicos y/u objetos de observación (SUÁREZ, 2007). No se
debe caer en el error de considerar las redes como sinónimo de transnacional,
ya que fueron los estudios sobre las mismas los que detectaron la existencia de
redes transnacionales en los procesos migratorios. De esta forma se rompió de
lleno con la dicotomía mencionada anteriormente en el estudio sobre las causas
y consecuencias de la migración, proceso y producto en términos de KING
(2002); es decir, el estudio por separado de la emigración (contextos de origen) y
la inmigración (contextos de destino). Uno de los supuestos que guía este
trabajo es la asunción -modificando ligeramente palabras de HENDRICKS (1978)-,
de que para entender plenamente el comportamiento migrante es esencial
examinar tanto los contextos sociales y culturales de las sociedades de origen y
receptoras como el proceso de e-migración e in-migración, y tratar a cada uno
no como una unidad discreta sino como elementos constituyentes del campo
social.
Enmarcado dentro del llamado transnacionalismo “desde abajo” (PORTES y
LANDOLT, 1999), aquel que surge de las prácticas de los migrantes en su vida
cotidiana, esta investigación va a tener en cuenta los estudios actuales que
utilizan las redes transnacionales como instrumento metodológico. Estos
rompen con las perspectivas estructuralistas anteriores, en extremo
deterministas y economicistas, para profundizar en las “microestructuras de la
migración” (PORTES y BOROCZ, 1998) permitiendo la combinación de ambos
niveles de estudio, macro y micro en el estudio de tal fenómeno. Concretamente
prestará especial atención a los estudios sobre redes familiares transnacionales.
Al tratar (mal)estares, como los alimentarios, con especial incidencia en edades
jóvenes, resulta fundamental mantener una mirada cercana al grupo familiar
por su papel en la gestión del proceso salud/enfermedad/atención.
Contextos de origen: aspectos políticos, económicos y de género
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III. Contextos
Las sociedades de origen de las migrantes protagonistas de este estudio son
muy diversas, vienen de áreas rurales y urbanas, de diferentes países, de
diferentes continentes. No es nuestra intención aquí describir en detalle los
factores estructurales de orden económico-político que enmarcan cada uno de
sus contextos geográficos e historias migratorias, pues no forman parte de
nuestros objetivos centrales y nos extenderíamos en exceso por su nivel de
complejidad y de diversidad. Sin embargo sí que han sido tenidos en cuenta al
analizar sus historias personales y sus experiencias de enfermedad.
Describiremos aquí estos contextos, eso sí, de forma general. Si antes
apuntamos condicionamientos económicos (mercado laboral precario, falta de
recursos, relaciones de dependencia entre países) y políticos (guerras,
dictaduras, etc.) que han motivado migraciones a escala mundial y que han
servido para conceptualizarlas y teorizarlas, aquí intentaremos brevemente
retratar algunas particularidades de las zonas de procedencia de nuestras
informantes que están repartidas en tres continentes: América, África y Europa.
Latinoamérica
Hablar de Latinoamérica en su conjunto es complicado, cada país es una
realidad, tiene una perspectiva y, más todavía, dentro de cada uno, las
diferentes áreas engloban múltiples realidades ya de por sí multiculturales. Sin
perder de vista esta premisa, podemos mirar hacia el conjunto de tendencias
que les ha unido y que le dotan de un carácter cultural propio. Nos referiremos
a esta área indistintamente como América Latina o Latinoamérica, término éste
último particular por ser representante de ese proyecto emic de definición de la
propia identidad cultural conocido como latinoamericanismo. Se trata de un
discurso único mediante el cual intelectuales latinoamericanos –
mayoritariamente inmigrantes en Estados Unidos- buscan definir una identidad
propia que libere estas tierras de la dialéctica Occidente-Oriente: Latinoamérica
no es ni una ni otra, o es ambas. Como apuntaba el sociólogo brasileño Octavio
IANNI (1998), del mismo modo que en la lógica de la globalización se
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III. Contextos
encuentran simultáneamente occidentalización y orientalización, Latinoamérica
es el vestigio de esta dialéctica en el hemisferio americano. Transnacional,
diaspórico, postcultural, lo importante del nuevo latinoamericanismo emergente
es su capacidad de combinar una crítica doble: al orientalismo por un lado, en
la medida en que lo latinoamericano mismo se ha orientalizado y del
occidentalismo por el otro, en la medida en que Latinoamérica se ha convertido
en el chivo expiatorio para la homogeneización de América como Occidente
(MENDIETA, 2006). Veamos cuál ha sido el contexto económico, político y social
que, con más o menos marcadas diferencias entre países, ha envuelto a esta
región.
Marco económico, político y social
En la historia de la política económica latinoamericana del pasado siglo se
pueden diferenciar tres momentos. El primero corresponde al periodo de
postguerra, a la década de los 50 y 60. Este periodo estuvo marcado por una
fuerte desconfianza en el mercado y en el sector privado, mientras la
experiencia emergente del mundo comunista y marxista atrajo la atención de
esta región. Es la época de la sustitución de importaciones, de incorporación de
tecnología, de presencia de voluntarismo estatal, y sobre todo, de una presencia
demandante del Estado. Conocido como modelo cepalino, en esta etapa se crea la
ALALC (Asociación Latinoamericana de Libre Comercio) para aliviar los costes
que produce una economía cerrada. También es en estos años cuando se elabora
el informe CIDE, dando la oportunidad al país de conocerse mediante una
vuelta a las estadísticas, primer censo desde 1908.
El segundo momento llega en la década de los 70 tras la confluencia del
agotamiento del anterior modelo y el efecto de los primeros impactos de la
globalización en el mundo. Inestabilidad, ineficiencia y aumento desenfrenado
de la inflación en una economía cerrada mientras la tendencia mundial era de
apertura, van a ser sus principales características. Para agravar la situación
llegaría la crisis del petróleo sumiendo a la región en una década especialmente
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III. Contextos
difícil como fueron los 80 donde confluyeron grandes problemas como la crisis
de las instituciones, el retroceso en materia social y los problemas de
renegociación de la deuda.
La salida de este estancamiento marca el comienzo del tercer momento ya en los
90. El gran inspirador ideológico que una vez fue la CEPAL seria sustituido por
el Banco Mundial, impulsador de las políticas de transformación estructural de
América Latina. Se trata de un retorno a la ortodoxia y a la introducción de
políticas neoliberales. Los tres grandes instrumentos de esta reforma son:
estabilidad, redimensionamiento del estado y apertura externa. Es una época
marcada por las privatizaciones y la creación de nuevos mercados regionales
como Mercosur.
A pesar de los avances, las consecuencias negativas de los cambios se han
dejado ver pronto en lo económico y en lo social. Latinoamérica cuenta con
vulnerabilidades que retienen a muchos de sus países entre los denominados en
vías de desarrollo o países de desarrollo humano medio según la clasificación
de PNUD (2005, 2009) en el nuevo sistema de globalización financiera
internacional. Poco ahorro –y endeudamiento-, poca exportación –y
básicamente de materias primas-, y dependencia de recursos externos, hacían
que crisis que ocurrían en Rusia o Asia tuvieran aquí su repercusión. La
pobreza en estos años no ha hecho más que aumentar especialmente tras la
crisis argentina, uruguaya y venezolana, y la desigualdad social, -con bolsas de
exclusión marcadas por la variable etnia- no ha disminuido ni en países con
planes exitosos como Chile. Y todo ello cuando el gasto social ha aumentado un
58% en la década de los 90 respecto a la década anterior.
Precisamente este periodo de los 90 generó las grandes emigraciones tanto
interregionales como exteriores llegando estas últimas a representar en la
actualidad una proporción superior al 13% del total mundial (ACNUR, 2006).
Factores de “expulsión” de orden político o económico unidos a la demanda de
mano de obra en países desarrollados y a la aparición de redes sociales
fomentaron unas migraciones internacionales que tuvieron como primer
destino Estados Unidos, para diversificarse más tarde y sobre todo después del
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III. Contextos
2000, hacia Europa –principalmente España-, Japón, Canadá, Australia e Israel.
Países como México y Colombia tienen por encima de un millón de población
emigrante, otros nueve superan el medio millón y sólo uno no llega a los
100.000. Señalamos en la siguiente tabla los datos referentes a los países de
origen de nuestras informantes.
Tabla 5. Emigración en los países que constituyen nuestras unidades de
observación en América Latina.
Población Emigrantes Emigrantes (Número
total (Porcentaje población por mil)
país)
Total América 523463 3,8 21381
Latina
Argentina 36784 1,4 507
Bolivia 8428 4,1 346
Brasil 174719 0,4 730
Colombia 42321 3,4 1441
Ecuador 12299 4,8 585
Perú 25939 2,4 634
Uruguay 3337 8,3 278
Fuente: MIGRACIONES INTERNACIONALES, DERECHOS HUMANOS Y DESARROLLO EN AMÉRICA LATINA Y
CARIBE. INFORME ACNUR (2006).
En un territorio donde conviven acuciantes desigualdades sociales dentro de las
fronteras nacionales pero también entre estados –piénsese en Argentina o el
mismo Brasil, llamado a situarse entre las cinco primeras potencias económicas
mundiales en 2050, y en el otro extremo Haití, el país más pobre de todo el
Hemisferio Norte- la ineficiencia de las políticas económicas y del gasto social
han llevado en buena parte al agudo desencanto de la población con el sistema
económico y político. Tras una historia marcada por el círculo vicioso
dictadura-democracia-dictadura desde medio siglo atrás hasta hace apenas dos
décadas y de forma progresiva, los países latinoamericanos han ido
imponiendo la democracia como sistema de gobierno. No obstante, estos
avances no han impedido que se repitan las tradicionales revueltas militares –
que, a diferencia de tiempos pasados, no culminaron en una toma de poder en
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III. Contextos
forma de dictadura- ni que se den revueltas civiles que han provocado el mayor
número de rupturas constitucionales. En los últimos años quince presidentes no
han acabado su mandato, algunos de los cuales mediante métodos violentos
con la intervención de militares y quebrando procedimientos institucionales.
Estos procesos inacabados de transición política han puesto de manifiesto la
debilidad de las instituciones y de la democracia, desacentuando el
distanciamiento entre Estado y sociedad. Este es el contexto en el que ha
surgido lo que se ha venido a llamar como nuevo populismo o
socialdemocracia criolla. Mayormente de izquierdas –con excepciones
derechistas como la de Uribe en Colombia-, y con enfoques más moderados
como Bachelet en Chile o más radicales como el gobierno antiliberal y
antiamericanista de Chávez en Venezuela, están marcando el comienzo de lo
que podríamos considerar como el cuarto y actual momento en la historia de la
política económica de esta región con la nacionalización de empresas privadas y
el mayor control del estado.
América Latina sobresale en el planeta por la amplitud y profundidad del
mestizaje que ha protagonizado y su consecuente diversidad étnica.
Académicos como LIZCANO (2005) han realizado estudios recientes en los que
tratan de caracterizar la riqueza étnica de la región dividiéndola en diferentes
sectores geográficos: el indoeuropeo (México, Guatemala, El Salvador,
Honduras, Nicaragua, Ecuador, Perú y Bolivia), el afromestizo (Panamá,
Colombia, Venezuela), el afrocriollo (Caribe hispanoamericano –Cuba,
República Dominicana y Puerto Rico- y Lusoamérica –Brasil-) y el criollo
(Argentina, Uruguay, Chile y Costa Rica). Si atendiéramos a esta clasificación
podríamos decir que las procedencias de nuestras informantes estarían
distribuidas entre los cuatro grupos de países y representan, a pequeña escala,
la diversidad étnica que acabamos aquí de describir. Sin embargo, como
veremos más adelante en la etnografía, todas ellas, una vez en España, se
definen a sí mismas como latinoamericanas o latinas.
La mujer en América Latina
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III. Contextos
El contexto de transición de gobiernos autoritarios a gobiernos democráticos
que comienza a finales de 1970 y se extiende durante la década de los 8094 en
Latinoamérica ha sido señalado como el punto de partida de los primeros
planes y proyectos políticos que incluyen de forma explícita a las mujeres, tanto
a nivel gubernamental como no gubernamental (LEÓN, 1993). No se trata de un
hecho casual, ya que la región se encontraba bajo el clima favorable de la
protección de Naciones Unidas y la transición coincidió con la reemergencia de
los movimientos feministas95 y el rápido crecimiento de organizaciones entre las
mujeres pobres que vivían en las ciudades de la región (JAQUETTE, 1989). El
derecho a voto de las mujeres había sido conquistado entre los años 1929 y 1961,
fechas que se refieren al primer –Ecuador- y último –Paraguay- país
latinoamericano en hacerlo, si bien la falta de correlación entre los indicadores
económicos y educacionales y el derecho a voto se debía en su mayor parte a la
extendida creencia de que las mujeres votarían por el status quo más que por el
cambio y que su voto estaría bajo la influencia de la conservadora Iglesia
católica (JAQUETTE, 1989).
Desde los años 60 la participación de las mujeres en el mercado de trabajo venía
siendo creciente por razones culturales, económicas y por la mejora de su nivel
educativo consecuencia de la ampliación durante este periodo de la educación
secundaria y superior a amplios grupos de mujeres. Sin embargo, las
segmentaciones sexistas de este mercado laboral hacen de las ocupaciones
femeninas las de menor prestigio y remuneración. En una economía capitalista,
las mujeres constituyen la mayoría de ese ejército de reserva presentando las
mayores tasas de desempleo que se disparan en épocas de crisis económica.
Esto va a suceder en la crisis de los 80 y en las subsiguientes, cuando la pobreza
94
Sobre transiciones ver O’DONELL, GA., SCHMITTER, PC., WHITEHEAD, L. (1986), Transitions from
authoritarian rule: Prospects for democracy, The John Hopkins University Press, Baltimore o MALLOY,
JM. Y SELIGSON, M. (1987), Authoritarians and Democrats: Regime transition in Latin America,
University of Pittsburgh Press, Pittsburgh.
95
La movilización política de la mujer tiene una larga historia en Latinoamérica. Desde las guerras de
independencia con España a principios del siglo XIX a las guerras de guerrillas durante los 1960 y 1970,
la mujer ha organizado huelgas, participado en manifestaciones y formado parte de partidos políticos
incluso antes de haber adquirido el derecho a voto (JAQUETTE, 1989).
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III. Contextos
se retrata con cara de mujer. Ante esta feminización de la pobreza, las mujeres
van a encontrar una posible salida en la emigración que, junto con otras, va a
configurarse como una vía de emancipación en una sociedad patriarcal creando
nuevas imágenes sociales sobre las mujeres. No obstante, y a pesar del aumento
de la incorporación de las mujeres al trabajo fuera de casa, el modelo familiar
tradicional de la mujer destinada a labores domésticas y al cuidado de los hijos
y del hombre como cabeza de familia con trabajo fuera de casa, ha sido el
predominante en la sociedad latinoamericana aunque se encuentra hoy, como
en otros países, bajo un proceso de transformación.
Relaciones de género y transformación de los roles en las mujeres en América Latina
El sistema de relaciones de género en esta región se caracteriza por evidentes
permanencias de signo patriarcal y machista que, como BOZON Y HEILBORN
(1996 op. cit. ROCA, 2008) han afirmado, se relaciona con el paisaje cultural
mediterráneo por el acento puesto sobre el valor de la familia y sobre la noción
de honor, por la rígida demarcación de los roles de género y el control de la
conducta de las mujeres, en conclusión, por constituir un modelo jerárquico en
el que lo masculino se identifica con la dominación y la actividad sexual y se
opone a lo femenino que representa la sumisión y pasividad sexual (ROCA,
1996; BOURDIEU, 2000).
Entre las clases medias, fenómenos como el aumento de la tasa de actividad, los
cambios producidos en la familia con la reducción de la fecundidad y la
legalización del divorcio han renovado este cuadro tradicional de las relaciones
de género y han difundido una ideología igualitaria defensora de un modelo
más simétrico de pareja. La identidad de género de la mujeres –y la de los
hombres- lucha por construirse nuevamente, por reconfigurarse ante la
condición de vida en doble jornada -trabajo remunerado y trabajo doméstico-,
tratando de lidiar con ese nuevo estereotipo conocido como superwomen que
muestra a unas mujeres viviendo de forma exitosa y sin conflicto entre la
carrera profesional y la familia, asumiendo todo tipo de exigencias y velando
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por el cuidado de su imagen física y personal (GRACIA, 2002:366). Podríamos
decir que este proceso de transición de género es común al que ocurre en
España y que solo varía entre los países que forman esta región, y entre esta
región y España, en grado e intensidad. En esta variabilidad tiene un gran peso
la variable étnica, por lo que marcadas diferencias son esperables entre países
como por ejemplo Argentina - con un 85% de población criolla- y Bolivia -con
un 55% de la población indígena y un 28% de mestizos- (LIZCANO, 2005).
En unas sociedades con tal diversidad étnica -y a pesar de la heterogeneidad-
resulta interesante señalar que algunos países han avanzado más en temas de
igualdad de género que en igualdad de etnias. Es el caso de Brasil. Las mujeres
indígenas, negras o afrodescendientes tienen en algunos contextos mejor
posición que los hombres habiendo buscado activamente una posición
autónoma en lo laboral (por mayores necesidades económicas) y sexual
(contando con mayores tasas de madres solteras). En otros contextos,
desafortunadamente mayoritarios, las mujeres indígenas están sometidas a una
triple opresión: la de género, pero también la de clase social y etnia. En estos
casos el sometimiento pasa por los abusos de los hombres de su propia
comunidad y por la discriminación que sufren fuera de ella.
Ante tal riqueza étnica es esperable que los ideales de belleza corporal sean
también diversos. La constitución más gruesa, el mayor IMC, el color de la piel
y la estatura de buena parte de las latinas marcan una distancia del ideal Euro-
Americano de mujer de figura esbelta y piel blanca. Muchas de ellas defienden
y aceptan diferentes modelos culturales sobre el cuerpo, ofreciendo incluso
resistencias ante el proceso homogeneizador que lleva a cabo la globalización y
que convierte al cuerpo emaciado en único símbolo de salud y, sobre todo, de
belleza. Sin embargo, la influencia de los medios de comunicación y de los
discursos médicos sobre el cuerpo y el peso ha sido probada entre poblaciones
urbanas de esta gran región de norte a sur, a la vez que comienza a detectarse
entre población rural, incluso en aquellas consideradas como aisladas e
inmunes a esta difusión de valores. Es el caso de las mujeres indígenas de varias
comunidades de Sierra Juárez, en el estado mexicano de Oaxaca. Se trata de
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mujeres con doble o triple jornada dividida entre el cuidado del hogar, la
elaboración de productos artesanos y su posterior venta, que viven
principalmente en casas de tierra, lámina o cemento y donde algunas poseen
radio o televisión. Entre ellas se ha llegado a detectar recientemente hasta un
50% de anhelo por la delgadez corporal, e incluso un caso en el que una mujer
practicaba el vómito y la diarrea para bajar de peso (PÉREZ-GIL Y ROMERO, 2008).
En este caso parece haber sido el discurso médico nutricional el que ha llevado
a las mujeres hacia la incorporación de la idea del cuerpo delgado como
deseable.
Europa del Este: Rumanía
Tras la II Guerra Mundial y un corto periodo de alianza con la Alemania nazi,
las tropas soviéticas entran en Rumanía en 1944 situando al país bajo la esfera
de influencia de la Unión Soviética. Si con el mandato del líder comunista
Georghe Georghiu-Dej (1958-1965) se inició un periodo de cierta independencia
y resurgimiento del sentimiento nacionalista, fue con Ceaucescu (1967-1989)
como presidente de la República Comunista de Rumanía y su política
independiente cuando el país se acercó más a Occidente. Ceaucescu desafió a la
Unión Soviética al promover la disolución del Pacto de Varsovia y criticar las
intervenciones soviéticas en Checoslovaquia y Afganistán. Sin embargo, este
acercamiento, que tiene lugar durante la primera etapa de su gobierno, se va ir
deshaciendo a medida se fue acercando al modelo coreano de culto a su
persona. No obstante, su posición independiente en las relaciones
internacionales le valieron la participación en los Juegos Olímpicos de 1984 en
Los Ángeles, y no por casualidad, fue el primer país del bloque del Este en tener
relaciones oficiales con la Comunidad Europea.
Durante el gobierno de Ceaucescu Rumanía disfrutó de un período de pleno
empleo que es interrumpido en los años 80 durante el intento del presidente de
acabar con la deuda externa mediante la aplicación de una política de
racionamiento que sumerge al país en un caos, levanta fuertes revueltas
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anticomunistas y finaliza con la ejecución del dirigente y su esposa en 1989.
Tras la caída del muro, el país inaugura un periodo democrático pasando a
formar parte el 1 de enero de 2007 de la Unión Europea, después de 17 años de
la instauración de la democracia en el país.
Una población que había conocido el pleno empleo tanto como unas
condiciones pésimas de vida durante el gobierno de Ceaucescu pusieron toda
su esperanza de recuperación en la apertura hacia una nueva economía y
modelo político. Sin embargo, en esta parte oriental de Europa los efectos
negativos de la globalización adquirieron dimensiones inusitadas. La
instauración del capitalismo lejos de ser paulatina constituyó un salto brusco
del socialismo al capitalismo salvaje. Según Naciones Unidas “Las cifras
muestran que son los cambios más rápidos jamás registrados. Esto es dramático
y ha acarreado un costo humano elevado” (PNUD, 1999: 39). Según LLIBERT
FERRI (2006), la repentina tercermundialización causó en los primeros años de
transición la muerte de diez millones de personas en el territorio de la antigua
URSS, mayoritariamente hombres jóvenes, datos que confirma un informe de
Naciones Unidas (1999) que atribuye estas muertes por alcoholismo, violencia y
enfermedades a las pésimas condiciones de vida que trajo la transición hacia el
capitalismo neoliberal.
Entre 1990 y 2002, el PIB por habitante de los países de Europa del Este
disminuyó un 10% mientras que aumentó en un 27% en países de nivel
comparable (PNUD, 2004), lo que representa una pérdida efectiva de casi 40%.
Rumanía ha conocido –más que otros países postcomunistas- una profunda y
prolongada crisis que se manifiesta en la drástica reducción de la producción y
el empleo, la inflación galopante y el aumento de las desigualdades sociales
(VIRUELA, 2006). Se perdieron dos millones y medio de puestos de trabajo en tan
sólo una década –afectando principalmente a la industria siderúrgica-, y según
organismos oficiales a finales de los 90 el porcentaje de pobres oscilaba entre un
tercio y la mitad de la población.
A pesar de que en los últimos años se han logrado importantes éxitos
económicos como la reducción de la inflación y un crecimiento económico por
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varios años consecutivos, éstos no han tenido su reflejo sobre la mejora de las
condiciones de vida de la población. Aún hoy obtener el sustento diario es un
grave problema para muchos ciudadanos que se apoyan en la solidaridad
familiar, en los ingresos que proporciona la economía sumergida o se refugian
en el sector agrícola, en zonas rurales, donde la posibilidad de supervivencia es
mayor (BOIA, 2003; SANDU, 2005).
En una economía basada principalmente en el sector agrícola y de servicios,
según BOIA (2003) el nivel de instrucción y formación de la sociedad es muy
superior al de sus condiciones materiales de vida. La migración está tan
extendida en zonas rurales como urbanas, entre el campesinado y profesionales
cualificados que han perdido sus trabajos o los abandonan con el objetivo de
conseguir fuera de Rumanía una mejor calidad de vida (VIRUELA, 2006).
Respecto a su composición étnica, según resultados del censo de 2002
(INSTITUTUL NATIONAL DE STATISTICA, Rumanía, 2002) la población de 21,698.181
millones de habitantes está compuesta por rumanos (89.5%), húngaros (6.6%),
gitanos (2.5%), alemanes (0.3%), ucranianos (0,3%) además de búlgaros, croatas,
serbios, rusos y turcos. El 86.7% profesan la religión cristiana ortodoxa (iglesia
rumana). Minoritarias aunque con cierto peso son la católica (4.7%) y la
protestante (3.2%).
Las mujeres en la transición del comunismo al capitalismo
En los inicios del siglo XX, al igual que en los países occidentales, las mujeres
del Este estaban supeditadas a un modo de vida patriarcal en el que no
participaban en la vida cultural ni política, considerándose la casa como su
entorno natural. Tras la revolución bolchevique en Rusia y la II Guerra Mundial
en el resto del Este de Europa, la necesidad de incrementar la fuerza de trabajo
para desarrollar una industria pesada así como la defensa del estado y el sector
público llevó a una masiva incorporación de las mujeres al mercado laboral. La
sociedad se encargó de crear toda una infraestructura económica –guarderías,
escuelas, un complejo sistema de bajas, concesiones y permisos- dirigida a
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animar a las mujeres a trabajar fuera de casa. Lo que las feministas en Occidente
habían estado luchando por tanto tiempo se convirtió en una realidad casi del
día a la noche en el Este de Europa (YOUNG, 1996 op. cit. CATINA Y JOJA, 2001).
Clara Zetkin subrayaba la afinidad entre los proyectos feminista y socialista. La
mujer trabajadora socialista era madre, esposa, activista política, y lo que
equivale a esta última, profesional, ya que contribuía con su fuerza de trabajo al
proyecto nacional. El estrés derivado de su doble rol –madre y trabajadora- no
era desconocido para ellas aunque por otra parte no existían agudas diferencias
en los roles sociales que se demandaban para cada uno de los géneros, mujeres
y hombres compartían las mismas responsabilidades, y la ideología del partido
restó importancia a las viejas nociones de feminidad. Con pequeñas variaciones
entre los países, la mujer era un ser libre, podía tener hijos incluso fuera del
matrimonio, tenía derecho a abortar, a divorciarse y podía denunciar casos de
violencia doméstica (ROCA, 2008). Esto fue así para cuatro generaciones en la
Unión Soviética y dos generaciones en el Este de Europa.
La imagen simbólica de esta nueva mujer va a ser la de una mujer robusta con
cara entusiasta, levantada y firme. Bajo el realismo socialista96 se la representaba
como una estudiante de éxito, académica universitaria, campesina colectivista o
trabajadora cualificada en una planta industrial (CATINA Y JOJA, 2001). Su físico
y belleza sensual fue redefinida por la ética comunista en forma de sobria
simplicidad. Varias investigaciones comparativas (CATINA et al., 1996; CATINA et
al., 1997; VON WIETERSHEIM & PECOVÁ, 1998 op. cit. CATINA Y JOJA, 2001) entre
estudiantes de Europa del Oeste –alemanas- y del Este -checas, rumanas y
búlgaras- sobre el papel del atractivo femenino resultaron en la definición de
atractivo basada exclusivamente en la apariencia física por parte de las
alemanas, mientras el otro grupo lo describió en términos de atributos sobre la
inteligencia social y mental sin ni siquiera mencionar razones estéticas.
Tras 1989, uno de los efectos colaterales más dramáticos de la liberalización
económica fue el desempleo. Rápidamente la presencia de las mujeres en la
fuerza laboral se volvió indeseable. El recorte en el gasto social acabó con toda
96
Corriente artística surgida en la década de 1930 en la Unión Soviética.
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la infraestructura que sustentaba su vida laboral. En este contexto económico,
las percepciones sociales y las expectativas sobre el rol de las mujeres
cambiaron inevitablemente reduciendo nuevamente su entorno al del hogar.
Una re-patriarcalización de la sociedad que llevó a la anulación de los derechos
económicos y sociales adquiridos, y convirtió la violencia doméstica en un gran
problema de las sociedades en transición según hablan las estadísticas. El
estatus social y económico de las mujeres en Europa oriental ha empeorado por
estas y otras razones (ĐURIĆ KUZMANOVIĆ y DOKMANOVIĆ, 2004):
• La quiebra de las empresas estatales (se despide mayoritariamente a las
mujeres)
• El hecho de que las mujeres sean más propensas que los hombres a aceptar
malas condiciones de trabajo (la economía informal)
• Las mujeres están excluidas del proceso de privatización: son muy pocas
las que son propietarias de empresas (suelen ser empleadas)
• Las mujeres poseen menos terrenos e inmuebles que los hombres
• El aumento de pobreza afecta a las mujeres siendo especialmente
invisibles las más vulnerables como las madres solteras, mujeres de las
zonas rurales, ancianas, amas de casa.
• Las mujeres están a menudo excluidas de lugares de toma de decisiones
(la disminución del número de mujeres en el Parlamento y en otras
instituciones del Gobierno).
• La discriminación y la violencia hacia las mujeres crecen. Aunque de jure
existe igualdad de género, de facto las leyes no se cumplen.
• Los políticos y los medios de comunicación muestran escasa consciencia
sobre la problemática de género.
Si definimos transición en términos de SAMPSON (1995) como la percepción que
tienen las personas de lo que el mundo ofrece y cual es el lugar que ocupan en
él, podemos decir que las mujeres del Este europeo se encontraron atrapadas en
su búsqueda entre ambivalentes modelos de género. Los nuevos modelos
occidentales, especialmente de Estados Unidos, igualaban feminidad con
atractivo físico. Este momento es considerado como la “re-entrada del cuerpo”
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en la definición de género. El atractivo físico visto como un vehículo para la
movilidad social tuvo sus repercusiones. Por una parte, despertó en algunas
mujeres la necesidad de invertir en sus cuerpos para moldearlos en busca de
una nueva identidad acorde con la nueva realidad económica en la que vivían
(SVENDSEN, 1996). Pero otras mujeres ofrecieron una resistencia pasiva
llevándolas incluso en algunos casos a retirarse de la arena pública. Hoy, la
población joven se socializa entre el sistema de género impuesto en la sociedad
y que sigue los ideales occidentales, y los valores de rol que las mujeres
mayores de su familia le transmiten de la etapa comunista y de la transición.
África: Marruecos y Angola
La pobreza no es exclusiva del mundo en desarrollo pero si hemos de situarla
en un continente nadie dudaría en mencionar África. África es el continente
más pobre y con un mayor número de países en conflicto del planeta.
Contrariamente a nuestro imaginario, esta situación es relativamente reciente:
mientras que en 1980 Asia concentraba el 64% de la pobreza mundial -
repartiéndose África y América Latina el restante 36%-, en 1995 Asia y África se
repartían a partes prácticamente iguales el 90% de la pobreza mundial (PNUD,
1990). Desde entonces, la lista se países que caen bajo el indicador de índice de
desarrollo humano (IDH) bajo, esto es, menor a 0,5, ha estado compuesta básica
o totalmente por países africanos (PNUD, 1990, 2005, 2009).
Angola, país subsahariano y antigua colonia portuguesa, ha estado sumida en
una larga guerra civil desde su independencia en 1975 hasta el año 2002,
provocando, sobre una población de aproximadamente trece millones de
habitantes, un millón de muertos o mutilados, unos cuatro millones de
desplazados internos y otros tantos que lograron cruzar sus fronteras.
Veintisiete años de guerra civil entre dos grupos político-militares: el
Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA) apoyado por Cuba
y la Unión Soviética, y la Unión Nacional para la Independencia Total de
Angola (UNITA) apoyado por Sudáfrica y Estados Unidos. Aunque en 1991 se
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III. Contextos
ratifica un acuerdo de paz entre ambos, se promulga la nueva Constitución de
la República de Angola y se convocan elecciones, la UNITA vuelve a la lucha
armada desatando de nuevo la guerra civil en 1993. Ésta continua hasta la
muerte del líder de UNITA Jonash Savimbi en 2002 cuando se acuerda de
nuevo un alto al fuego. En 2008 se celebran las segundas elecciones de la
historia del país saliendo como ganador el MPLA.
A principios de los 90 cuando nuestra informante y su familia va a emigrar,
Angola, junto a Mozambique, ocupaban los dos puestos más altos en
mortalidad infantil (172/1000 niños nacidos) (PNUD, 1990). Un país con
recursos minerales como petróleo y diamantes, ha tenido una industrialización
casi nula producto de la larga historia de guerra. La mayoría de la población se
ha dedicado a la agricultura y ganadería de subsistencia mientras que las
oligarquías nativas ostentan la producción de cacao, café, maíz y algodón. A
pesar de que los últimos años, producto sobre todo de la situación de paz, ha
experimentado un auge económico97, seguimos hablando de un país subtropical
expuesto a epidemias de enfermedades contagiosas que lastran su desarrollo,
de un territorio plagado de minas antipersona y de una sociedad donde los
derechos humanos son sistemáticamente vulnerados. Según un informe de
HUMAN RIGHTS WATCH de 2007 tras el fin de la guerra civil el gobierno ha
desalojado por la fuerza a miles de residentes de la capital, Luanda, dejándoles
sin hogar.
Hay seis grupos étnicos bien definidos: ovimbundu, kimbundu, bakongo,
tucokwe, vangangela, vanyaneka. Umbundu es la lengua más utilizada, el
portugués es lengua oficial y también predominante. Además de credos
tradicionales, la mayoría de la población angoleña es cristiana, repartida entre
católicos y protestantes.
Marruecos es uno de los cuatro países norteafricanos que pertenece al Magreb.
Consigue su independencia de Francia y España en 1956 cuando se instaura
como monarquía constitucional y con derecho divino, proclamándose rey
97
Su Índice de Desarrollo Humano (IDH) ha pasado del puesto 160 al 143 de un total de 177 países
evaluados en el informe en 4 años (PNUD, 2005,2009).
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III. Contextos
Hassan II, poco amigo de la democracia. El gobierno marroquí ha estado
marcado principalmente por el malestar político. A principios de los 80 se dan
fuertes revueltas por la subida de precios que acabarían con muertos en las
calles. A partir de 1985 la situación se haría crítica y las huelgas y
manifestaciones se sucederían tras el aumento del paro, la depreciación de su
moneda, la fuga de capitales y los recortes en las subvenciones. Con la muerte
de Hassan II y la subida al trono de su hijo Mohamed VI se abrieron en la
sociedad expectativas de cambio. El rey tiene un gran peso político y religioso
(poder temporal y espiritual), reina y gobierna (CARMONA, 2007). Marruecos se
inspira en un Islam conservador pero al mismo tiempo se halla en un contexto
de descomposición de los valores culturales tradicionales. La globalización
impulsa hacia el progreso y la libertad pero persiste un régimen dictatorial con
pocas políticas sociales.
Ciertamente y según datos de la FAO algunos indicadores de salud han
mejorado en el país en la segunda mitad del siglo XX por las mejoras en
alimentación y en condiciones sanitarias. La esperanza de vida ha aumentado
dos años hasta llegar a los 67,5 en una década, y, la mortalidad infantil ha
pasado de 85/1000 en 1990 a 43/1000 en 2003. Sus recursos naturales más
preciados -fosfato y petróleo- no han contribuido más que a alimentar
conflictos. Sin embargo perdura la crisis económica –y el desequilibrio social- en
un país que afronta una fuerte deuda externa y depende de una agricultura que
padece sequía. El sector agrario constituye de un 12 a un 20% del PIB con
variaciones dependiendo de factores pluviométricos.
Los cambios se desarrollan con extremada lentitud, lo que en algunas personas
provoca incomodidad y un fuerte deseo de escapar de esa situación y de
encontrar un futuro mejor. Facilitada por su cercanía geográfica a Europa, la
migración es una estrategia de movilidad social muy practicada por la
población marroquí. Además, a partir de los años 80 Francia y España
promueven políticas de reagrupación familiar que llevan a ciudadanos a
abandonar el país para reunirse con sus familiares en el exterior.
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III. Contextos
Con una población de más de treinta millones de habitantes, la mayoría son
árabes o bereberes aunque también existe una minoría sefardí y de europeos. La
religión islámica es la predominante (98%), fundamentalmente sunníes, y muy
minoritaria es la judía, cristiana y otros cultos.
Las mujeres en el África subsahariana
La escasa información registrada en la literatura sobre la condición de las
mujeres angoleñas no ayuda a despejar ciertas dudas, aunque representa un
dato en sí mismo. En el caso de Mozambique encontramos algo más pero,
aunque tomaremos algunos datos como referencia debido a su historia común
de colonización portuguesa, hemos de tener en cuenta que las realidades de
ambos países contienen importantes diferencias. Según QUEIROZ (2007) los
derechos de las mujeres estipulados en las constituciones de Angola y
Mozambique son idénticos pero las diferencias son notorias en perjuicio de
Angola donde la situación de las mujeres es la última de las preocupaciones del
gobierno98. DE CARVALHO (2007) afirma “la legislación es un instrumento a favor
de la igualdad de géneros pero en el caso de Angola la mujer debe exigir la
aplicación práctica de la ley”. Ha sido ampliamente documentado que el
cambio socioeconómico y la ruptura de instituciones sociales en el África
Subsahariana han dejado a las mujeres en una situación de desventaja y
vulnerabilidad con cada vez más cargas y responsabilidades (BOSERUP, 1980).
La mayor vulnerabilidad de las mujeres en lo social y en lo económico está
servida en concreto en un país que se sitúa al límite de todas las pobrezas. La
brecha que se abre entre la mujer rural y la urbana sigue creciendo dejando a la
mujer en el campo viviendo “bajo el yugo de las tradiciones, costumbres y
ciertos ritos que violan sus derechos, encerrada en un mundo que no le permite
cambios”(DE CARVALHO, 2007). Aunque existe una franja de mujeres que están
98
Mozambique en cambio es uno de los 15 países del mundo con mayor representación femenina en el
parlamento (más de un 35%). En los últimos años, diversas organizaciones, grupos de intelectuales,
juristas y sociólogos han realizado un excelente trabajo en el campo de la igualdad de géneros (QUEIROZ,
2007). Una de las razones apuntada por GRASSI (op cit en QUEIROZ, 2007) es el hecho que Angola acabó
la guerra civil diez años más tarde que Mozambique por lo que éste le lleva una década de, lo que podría
considerarse, ventaja.
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obteniendo el acceso a la educación y al empleo, aún constituyen una parte muy
minoritaria de la población.
Existe una amplia literatura gris surgida en su mayor parte de proyectos
dirigidos a combatir el VIH en otros países del África Subsahariana -como
Mozambique, Sudáfrica o Tanzania- que analizan aspectos de sexualidad y
género (ARTHUR Y OSORIO, 2002; GONZÁLEZ, 2009). Según estos estudios la
fertilidad en África sigue siendo un aspecto importante de la valoración
femenina. Encuestas llevadas a cabo entre jóvenes muchachas de áreas rurales y
urbanas de Mozambique revelan que sus expectativas se basan en conseguir un
buen marido y tener hijos (TAIMO, 1994 op. cit. GONZÁLEZ, 2009).
El cambio socioeconómico en zonas rurales y urbanas del África Subsahariana
ha desestabilizado unas identidades de género que se encuentran en periodo de
reestructuración. Por una parte, las mujeres intentan ganar una libertad sexual y
de acción que se traduce, por ejemplo, en el comienzo del cambio de actitud
constatado entre jóvenes que utilizan servicios de planificación familiar y
expresan su deseo de disminuir el número de hijos que quieren tener
(BARDALEZ, 1997). Por otra parte, la pérdida de poder del hombre ha resultado
en una falta de valor y autoestima. Con el desempleo y la incapacidad de
cumplir con las expectativas y roles sociales, los problemas de identidad y
autoestima masculinas cristalizan en sus relaciones con el sexo opuesto.
Relaciones sexuales con múltiples parejas y un comportamiento sexual
agresivo, parece que han llegado a ser esenciales para reforzar la masculinidad
y la autoestima.
La poligamia, practicada en Mozambique tanto como en Angola, es aceptada
por las mujeres debido a su dependencia económica, cultural y social (ARTHUR Y
OSORIO, 2002). Las mujeres son generalmente casadas mediante negociación -
muchas veces en matrimonios prematuros que obligan al abandono escolar-, y
no son excepciones los episodios de abusos sexuales –perpetrados por colegas,
profesores o padres (por indicación del curandero), utilizándolas para la
prostitución en zonas de frontera- o de violencia sexual sea en la forma de
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III. Contextos
insultos y acusaciones o como obligación a mantener prácticas sexuales sin
protección (GONZÁLEZ, 2009).
Existe la creencia en la sociedad mozambiqueña de que el cuerpo de la mujer es
sucio y por ello puede albergar más enfermedades que el del hombre. En varios
países del África Subsahariana se culpabiliza a las mujeres por ser vector de
transmisión de la enfermedad del VIH99. La vagina, como orificio interno,
oscuro y húmedo, ha sido metafóricamente representada como una incubadora
natural para los gérmenes del VIH (LECLERC-MADLALA, 1999, 2001).
Las mujeres en el Islam Marroquí
La cultura arabobereber, musulmana y norteafricana del reino Alauí es
patriarcal. El modelo tradicional de género sigue vigente hoy en día, son ellas
las que se quedan en casa con la familia, las que sufren mayores tasas de paro.
Las mujeres marroquíes tienen un acceso muy limitado respecto a los hombres
al mercado laboral y a la educación formal, si bien éste último es cada vez
mayor. Las mujeres son controladas y vigiladas para salvaguardar el honor
familiar: la custodia de la propia virginidad hasta el matrimonio, y en él, la
fidelidad conyugal de la mujer es obligatoria. A los hombres por el contrario se
les anima a ser “viriles” lo cual se demuestra con una extensa actividad sexual y
con una amplia gama de compañeras sexuales (CARMONA, 2007). La religión
musulmana, base de la sociedad marroquí, se centra en la distinción entre los
antónimos: halal (lo permitido) y haram (lo no permitido). La mala acción se
paga con el rechazo social por lo que la actuación ilícita debe ser sigilosa y
ocultada.
La llegada de Mohamed VI al poder ha supuesto sin embargo un gran adelanto
en materia de igualdad de género y derechos humanos para las mujeres. Su
reforma del Código de Familia y del Estatuto Personal ha acabado -al menos
legalmente- sólo en fechas tan recientes como el año 2004 con la poligamia, el
tutelaje del padre o hermano mayor sobre las mujeres no casadas, ha
99
Zaire (SCHOEPF, 1992); Uganda (OBBO, 1993, 1995); Mozambique (GONZÁLEZ, 2009).
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aumentado la edad mínima para contraer matrimonio de los 15 a los 18 años, y
ha otorgado a las mujeres el derecho a solicitar, en las mismas condiciones que
el hombre, el divorcio y la custodia sobre los hijos, para lo cual se establecen
juzgados de familia.
Respecto al cuerpo, las mujeres marroquíes tienen una concepción derivada de
una cultura con marcados matices religiosos que ha convertido al cuerpo
femenino en un bien a salvaguardar y ocultar en contraposición a su uso, como
ocurre en otras culturas, como objeto de exhibición conllevando un marcado
carácter sexual (GRACIA et al., 2005). En la concepción musulmana al cuerpo se
le presta una atención constante debiendo ser cuidado mediante una higiene
alimentaria y una limpieza externa que obtienen el significado de purificación.
Esto es así para ambos sexos pero a las mujeres se les atribuye la belleza
corporal y se les impone la necesidad de esconderla pues de lo contrario
provocarían fitna, es decir, el caos derivado de la seducción sexual, un caos que
es concebido como peligroso ya que sitúa a la mujer como sujeto agente y al
hombre como sujeto paciente (CARMONA, 2007). Este ocultamiento del cuerpo se
refleja en un vestido tradicional que oculta sus atributos sexuales, lo que podría
llevarnos a pensar que sus formas, tamaños y pesos no estén sometidos a la
misma vigilancia que en otros países que rinden culto a un determinado canon
estético corporal. De hecho, las mujeres marroquíes resaltan todavía la
asociación entre delgadez y enfermedad y como Fátima MERNISSI describe en su
libro El harén en Occidente la delgadez se asocia a una vida cargada de
problemas y preocupaciones mientras que “estar rellenita es señal de que la
mujer ha logrado controlar su destino” (MERNISSI, 2001: 46).
CONTEXTO DE IN-MIGRACIÓN
España, un país tradicionalmente emisor de migrantes que durante los siglos
XIX y XX tenía como metas míticas América y algunos países de Europa como
Alemania o Francia, y como menos míticas, áreas de desarrollo industrial o de
servicios de la propia Península, se transforma durante las últimas décadas de
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nuestro tiempo en un país receptor de población inmigrante, o como bien
refiere SANTAMARÍA (2002) ha pasado de ser “país de emigración a un país de
inmigración”. Pero ha sido la velocidad y la magnitud de este proceso de
cambio lo que lo hace único entre el resto de los países de Europa donde las
migraciones interestatales estuvieron ligadas a los procesos de descolonización
y las dobles nacionalidades operan ya con una larga trayectoria. En nuestro
país, en menos de una década, la proporción de inmigrantes en algunas
Comunidades Autónomas ha superado magnitudes de países con pasado
poscolonial sin que los institutos de demografía, que contaban con un
estancamiento demográfico, lo hubieran previsto ni las autoridades estatales y
autonómicas respondieran con agilidad a tal desafío, sobre todo, en provisión
de servicios sanitarios y educativos (COMELLES Y BERNAL, 2007).
España: Marco político y económico
Las razones por las que España se convierte en un polo de atracción de
inmigrantes tienen que ver con un contexto económico-político internacional y
local que llevaron a este país a un progreso sin precedentes. La imagen de
España como un país pobre, “atrasado” y de emigrantes ha ido cambiando de
forma constante y también acelerada durante las últimas décadas del pasado
siglo. El fin de la dictadura franquista, con casi 4 décadas de duración, y la
transición a un sistema de gobierno democrático inauguraron una etapa de
cambio que permitió un desarrollo económico y social que, aún con sus
variaciones, ha transformado la imagen de este país.
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III. Contextos
Gráfico 4. Mapa de España por Comunidades Autónomas
Si atendemos al contexto político, con las primeras elecciones democráticas en
1977, se han dado cuatro periodos de alternancia política. De 1977 a 1982
gobierna la Unión de Centro Democrático (UCD), redactándose en 1978 la
Constitución Española que lleva a una transformación profunda de estructuras
políticas y marcos legales. Desde entonces el gobierno ha estado en manos de
una bicefalia entre los dos partidos políticos mayoritarios en la escena nacional,
el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en la izquierda, y el Partido
Popular (PP) en la derecha. De 1982 a 1996 gobierna el PSOE, pasando ese año a
ser elegido el PP que permanecerá en el poder durante los siguientes 8 años. En
el año 2004 el PSOE vuelve a ganar las elecciones, siendo reelegido para la
presente legislatura en el 2008.
En cuanto a la economía, tras el periodo recesivo (1975-1984) que siguió al fin
de la dictadura y que estaba relacionado con la crisis internacional del modelo
de acumulación vigente, siguieron dos etapas de expansión interrumpidas por
un corto periodo recesivo a principios de los años 90. En la primera etapa de
expansión (1985-1991) tiene mucho que ver la apertura exterior y el ingreso de
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III. Contextos
España en la Comunidad Económica Europea, mientras que la segunda (1994-
2007) se caracteriza por un fuerte componente especulativo en el que el
patrimonio inmobiliario y los activos financieros son revalorizados muy por
encima de la economía productiva, incrementándose el PIB durante este
periodo en un 70%. La desigualdad patrimonial entre ricos y pobres se amplió
en los años de mayor crecimiento especulativo (2002-05) un 23% (COLECTIVO
IOE, 2008b), situación claramente desfavorable al comienzo del nuevo periodo
recesivo en el que aún nos encontramos. En 2008 España sufre la mayor caída
del PIB coincidiendo con la crisis financiera internacional.
En cuanto a la composición del mercado laboral, desde el fin de la dictadura los
sectores agrícola e industrial han ido disminuyendo progresivamente a favor
del sector servicios y de construcción, ambos especialmente sensibles a los
cambios en los ciclos económicos. Algunas de las características del mercado
laboral son las altas tasas de empleo temporal y el importante volumen de
empleo sumergido que ha llegado a situarse en un 23% del PIB (VELLISCA,
2003). Las tasas de desempleo, como es de esperar, han sufrido grandes
variaciones acordes con los momentos de bonanza y crisis económica.
Tabla 6. El paro en España (1975-2009)
1975 1984 1990 1994 2005 2008 2009
Tasa de Desempleo 4.66 20.14 16.18 24.08 9.16 11.34 18.01
Fuente: INE, Encuesta de Población Activa, varios años.
El orden económico neoliberal está unido a una fuerte tendencia a la
precarización de los mercados de trabajo y, para competir en él, la lucha contra
la inflación, el déficit público y el endeudamiento de las administraciones
públicas han mantenido a este país en la cola de los estados de bienestar
europeos. De las tendencias de privatización de los servicios públicos de los
Estados, en España sólo se han salvado educación y sanidad, si bien se está
llevando a cabo un proceso de dualización que permite a las personas con
mayores ingresos optar por prestaciones privadas de estos servicios.
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III. Contextos
España como país de Inmigración
Marco legal de la inmigración
Es a partir de los años 80 que España elabora por primera vez unas leyes de
extranjería y asilo político. Hasta entonces regían la entrada de inmigrantes al
país un amplio conjunto de leyes y decretos faltos de cohesión, que incluían
unos privilegios específicos para aquellos que procedían de las excolonias y que
respondían a una política de compensación basada en responsabilidades
históricas (FORO PARA LA INTEGRACIÓN SOCIAL DE LOS INMIGRANTES, 1997). Por
ejemplo, muchos de los exiliados por la dictadura militar instaurada en
Argentina en el año 1976 vinieron a vivir a España si bien su situación legal no
contaba con el estatuto de refugiado y, por tanto, con el beneficio de los
derechos sociales que de tal estatuto se derivan y que se daban en otros países
de Europa. Es el caso de Marcelo, uno de los informantes.
Sobre las políticas de asilo, en 1978, culminando el periodo de transición,
España acepta la Convención de Ginebra y en 1994 se convierte en miembro del
Comité Ejecutivo del Alto Comisionado. Con tres leyes de Asilo100 en 25 años, la
primera aprobada en 1984, la segunda en 1994, y la tercera a punto de ser
aprobada por el Senado, lo cierto es que España nunca ha destacado por ser un
país de acogida de refugiados: en lo teórico, por lo restrictivo de sus leyes, pero
sobre todo en la práctica, por la vulneración de los procesos administrativos
mediante los que se opta a la petición de asilo, denunciados por Amnistía
Internacional en repetidas ocasiones101. Otro dato, desde que entró en vigor la
primera ley de asilo, el porcentaje anual de solicitudes aprobadas nunca ha
superado el 10% de las peticiones ([Link]).
100
Ley 5/1984 reguladora del derecho de asilo y de la condición de refugiado, Ley 9/1994, y la tercera
que está en trámites de aprobación y que reforzará las garantías del proceso de petición de asilo.
101
AMNISTÍA INTERNACIONAL (2001). Asylum in Spain: an obstacle course.
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III. Contextos
En el mismo periodo se han elaborado tres leyes de extranjería. La primera de
ellas en 1985, bajo el gobierno socialista y se redacta como respuesta a
peticiones europeas que buscaban prevenir al país de convertirse en objeto de
una avalancha de inmigración por su posición de puerto de entrada, un paso
previo a la entrada de España en la Comunidad Europea,. El resultado fue una
ley102 que sobredimensionaba el problema al aplicar una óptica europea más
que española, cuando la población extranjera apenas representaba el 0.6% de la
población total (SUBIRATS Y BADOSA, 2002). Las consecuencias fueron el
establecimiento de una bolsa de población irregular que marcaría una constante
en la política migratoria de este país, una cadena de tres eslabones que se
suceden constantemente: regulación, irregularidad, regularización (SUBIRATS Y
BADOSA, 2002). La L.O. 4/2000 fue la cristalización de los esfuerzos que
comenzados años antes intentaban mitigar los efectos de tan estricta y
excluyente legislación cuando la realidad era una inmigración que crecía a una
velocidad de un 10% anual desbordando previsiones de organismos oficiales y
agentes sociales. Esta segunda ley, una de las más progresistas de Europa, se
aprobó con la oposición del Partido Popular que, al obtener la mayoría absoluta
en las elecciones de ese mismo año, la reformuló de manera nuevamente
restrictiva. La nueva Ley 8/2000 criminaliza y margina al inmigrante irregular
cuya cifra se estima que sobrepasaba con creces los 100.000 en el país ese año, al
calcularse en base a las solicitudes de regularización denegadas. En esa misma
legislatura la ley sufre dos modificaciones, ambas en el año 2003, Ley Orgánica
11/2003 y 14/2003, y en el año 2004, con la vuelta al gobierno del Partido
Socialista, se aprueba un reglamento que intenta reorientar la citada ley y abre
un nuevo proceso de regularización. Con este ya sería el quinto contando el de
1991, 1994, 2000 y 2001. El Partido Socialista fue reelegido en la candidatura del
2008, sin embargo la crisis financiera internacional con sus repercusiones dentro
de nuestras fronteras obligaron al gobierno a plantear nuevas fórmulas que
previnieran la creación de bolsas de pobreza y marginación entre los
inmigrantes que comenzaban a perder sus trabajos. Una de las medidas fue la
102
Ley Orgánica 7/1985 sobre los derechos y libertades de los extranjeros en España.
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puesta en marcha a finales de 2008 de un programa de retorno asistido
específico para la situación de crisis que facilita el retorno a trabajadores
extranjeros en paro con derecho a prestación por desempleo103.
Composición de la población inmigrante en España
En la composición de los extranjeros en España los refugiados políticos nunca
han tenido un peso relevante. Esto nos diferencia de países norte europeos que
aún hoy utilizan la palabra “refugee” o “asylum seeker” como sinónimo de
inmigrante en el país (BERNAL, 2003). Hasta la mitad de los 90 España era un
“trampolín” donde solicitantes de asilo mayoritariamente procedentes de Irán,
Irak y países del Este de Europa residían temporalmente mientras sus casos
eran procesados para su reasentamiento definitivo en otros países.
Otro perfil de la inmigración en España es la de los jubilados europeos. Se trata
de un tipo de inmigración surgido a finales de los años 80, especialmente tras la
entrada en la Unión Europea, y que se va a ir afianzando con el paso de los
años. Procedentes en su mayoría de clases medias y medias altas, las
condiciones económicas, niveles culturales y planes migratorios de esta
población que busca un lugar donde disfrutar de unas largas e indefinidas
vacaciones, apenas ha suscitado debate político104.
Este debate va a surgir con la llegada del proletariado inmigrante que es
básicamente la población a la que nos referimos cuando hablamos del
fenómeno de la inmigración en España, sobre todo, por su magnitud. Sus
inicios se sitúan en los años 70 cuando las consecuencias de la crisis económica
internacional hizo que los países del norte de Europa restringieran la entrada a
una inmigración que cambió sus destinos por los países del sur. Estos flujos van
a continuar hasta acelerarse especialmente a finales de la década de los 90 y
103
A marzo de 2009 las solicitudes presentadas eran solamente 3699, habiéndose resuelto favorablemente
el 62% (SECRETARÍA DE ESTADO DE INMIGRACIÓN Y EMIGRACIÓN, 2009).
104
La provisión de servicios de salud a esta población envejecida ha sido objeto de debate en
Comunidades Autónomas de especial concentración como la Comunidad Valenciana. Para un análisis en
profundidad ver HURTADO, I. (2010), More to Life. Envejecimiento y cuidados en la migración
internacional de retiro a la Costa Blanca (Alicante), Tesis Doctoral, Universitat Rovira i Virgili.
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principios del nuevo siglo. Así desde 1996 hasta finales de 2008 el número de
residentes inmigrantes se ha multiplicado por ocho, llegando a los 4.473.499
millones de personas, lo que representa un 9,5% de la población total de España
(ANUARIO ESTADÍSTICO DE INMIGRACIÓN, 1996, 2008). Su distribución en el
territorio nacional es desigual, concentrándose en el arco Mediterráneo, en
Madrid y en las comunidades insulares.
En cuanto a las nacionalidades de los recién llegados, se pueden distinguir
diferentes tendencias. En los años 90, la nacionalidad más numerosa era la
marroquí, seguida por nacionalidades comunitarias -a la cabeza de las cuales
estaba Reino Unido-, que terminaban conformando más del 50% de los
inmigrantes. Aunque seguida muy de cerca por africanos e iberoamericanos, la
inmigración comunitaria va a ser la principal hasta 2003 cuando es superada
por la masiva llegada de latinoamericanos. Las principales nacionalidades
latinoamericanas han sido Ecuador y Colombia. Esta inmigración sigue en
crecimiento si bien en el año 2006 cede su primer puesto de nuevo a la
comunitaria, esta vez por una circunstancia que tiene que ver con la entrada de
Rumanía y Bulgaria en la Unión Europea el 1 de enero de 2007. Según el
Anuario Estadístico de Inmigración en sólo un año, la población rumana y
búlgara se triplica y dobla respectivamente, si bien esta cifra no es real ya que si
se consultan datos del padrón (INSTITUTO NACIONAL DE ESTADÍSTICA, 2006, 2007)
se constata que la mayoría de esa población residía ya en España y estos datos
hacen alusión a su regularización con la entrada en la UE-27. Las principales
nacionalidades en 2007 son Marruecos, Rumanía y Ecuador.
La cifra de residentes extranjeros para el año 2007 del Padrón Municipal supera
en más de medio millón la del Anuario Estadístico de Inmigración, lo que nos da
una estimación de la elevada población en situación irregular. Para
empadronarse no es necesario tener permiso de residencia, y a la vez es
imprescindible para el acceso a servicios como los sanitarios. En 2005, tras un
periodo extraordinario de normalización, un 34% de los extranjeros
empadronados no tenían permiso de residencia, porcentaje que desde el año
2000 nunca ha sido inferior a esa cifra.
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III. Contextos
Siéndonos posible caracterizar solamente la población legal, podemos decir que
la composición por edad de los extranjeros en España nos habla de una
población en edad laboral y reproductiva, teniendo el mayor peso
representativo la franja que comprende entre los 20 y los 39 años. Los menores
de 16 años representan el 12.66% y los mayores de 65 sólo el 3.99% (ANUARIO
ESTADÍSTICO DE INMIGRACIÓN, 2007). La proporción de mujeres inmigrantes en
España supera ligeramente la de hombres -54.35% y 45.65% respectivamente-
algo que contrasta con la imagen tradicional del inmigrante económico como
varón, una imagen por otra parte producto de un predominio androcéntrico de
las ciencias hasta la pasada década de los 70 que posicionaba a las mujeres en
un ámbito marginal, infiriéndole un papel inactivo y pasivo, traducido en el
contexto de la migración en su posición como seguidora del hombre, auténtico
protagonista de la idea de cambio y desarrollo dentro de la unidad familiar
(ROCA, 2008). Si miramos por continentes la proporción entre géneros puede
llegar a ser muy desigual. Mientras que en el caso de Asia y Europa -incluidos
los nuevos países del Este- los extranjeros varones superan ligeramente a las
mujeres, en el caso de África, podemos decir a que se trata de una inmigración
predominantemente masculina siendo varones al menos las dos terceras partes
de los extranjeros africanos en una proporción que se ha ido manteniendo
estable con el paso de los años. El caso contrario lo representa la inmigración
latinoamericana que en el año 1999 invertía las proporciones de la africana con
un 65.55% de mujeres y, a pesar que la relación se ha ido equilibrando, las
mujeres siguen siendo mayoría con un 53.65% (ANUARIO ESTADÍSTICO DE
INMIGRACIÓN, 2007). Las mujeres de procedencia iberoamericana representaban
en el año 2007 casi el 40% del total de mujeres extranjeras en España.
El elevado número de mujeres latinoamericanas puede explicarse por su masiva
inserción en el ámbito de los servicios doméstico-familiares que ha aumentado
considerablemente en la medida que las españolas han ido desplazando estas
funciones. Esto se sitúa en el contexto de lo que se ha venido a denominar como
“crisis del cuidado informal”, una crisis derivada de importantes cambios
sociodemográficos y económicos (RODRÍGUEZ Y MONTSERRAT, 2001) y que
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III. Contextos
genera otros tantos. El trabajo de estas inmigrantes ha facilitado la promoción
laboral de la población nativa, permitiendo a las mujeres españolas
incorporarse masivamente al mercado laboral remunerado y facilitando la
conciliación de la vida laboral y familiar.
La Encuesta de Población Activa, fuente por excelencia para estudiar el mercado
de trabajo en España, tiene aún una cobertura muy deficiente para la población
de origen extranjero por lo que no se pueden realizar análisis sin incurrir en
grandes márgenes de error. Podemos decir, en líneas generales, que los flujos
de inmigrantes en España han sido absorbidos por una demanda en un primer
momento aparentemente insaciable de mano de obra de baja calificación
destinada a las economías sumergidas, a la agricultura, a la hostelería, a los
servicios personales y familiares, a la prostitución, al turismo y a la
construcción, todos ellos beneficiados por las desregulaciones del mercado
laboral y por la ineficacia de los sistemas de inspección. Sectores sin embargo
muy vulnerables ante la crisis económica que está haciendo aumentar el paro
entre población tanto autóctona como inmigrante.
Percepción de la inmigración entre la sociedad española
Durante el transcurso de esta década de llegada masiva de extranjeros, la
inmigración ha ido perfilándose en la percepción de los españoles como uno de
los principales problemas del país. En el barómetro del Centro de
Investigaciones Sociológicas (CIS) de septiembre de 2006, la inmigración llegó a
representar con un 59.2% el principal problema seguido por el paro. Si bien el
paro siempre ha sido una de las mayores preocupaciones de los ciudadanos, en
los últimos años debido a la crisis financiera y su repercusión en nuestro país, la
percepción como problema de éste y de otros de índole económica se ha
agudizado aunque la inmigración se mantiene entre los tres principales
(CENTRO DE INVESTIGACIONES SOCIOLÓGICAS, 2009).
El crecimiento de la alarma social tiene relación con la visibilidad mediática y
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III. Contextos
política del fenómeno que, en su parte menos publicitada ha traído, entre otras
cosas, un crecimiento económico y un superávit en la caja de los seguros
sociales. Respecto a la producción científica, la inmigración se ha convertido
durante estos años en el tema de “moda” dando como resultado un amplio
conjunto de investigaciones y trabajos académicos que conforman la masa
crítica.
Transformación de los roles de las mujeres en el contexto español
La II República (1931-1936) representó un período relevante por los avances que
se dieron en términos de políticas de igualdad entre géneros y de conquista de
derechos por parte de las mujeres. Es en 1931 que las mujeres obtienen el
derecho a voto y a postular a cargos públicos. Sin embargo este lustro no
supuso más que un breve paréntesis en un siglo que estuvo marcado por un
sistema de géneros de signo católico-tradicional, basado en una estricta
segregación de géneros -recayendo la responsabilidad del ámbito reproductivo,
doméstico y privado sobre las mujeres y el productivo, extradoméstico y
público sobre los hombres-, y una incuestionable preeminencia hegemónica de
una familia nuclear de carácter patriarcal que sitúa al padre como única
autoridad (ROCA, 1996). Este sistema no empezó a cambiar hasta los años 60 con
el despegue económico y de una forma más acelerada con el fin de la dictadura,
siguiendo un patrón marcado por otros países capitalistas más avanzados. La
generalización del acceso de mujeres a niveles superiores de enseñanza, su
incorporación al mercado laboral, su mayor distanciamiento de las tareas
domésticas y su mayor control sobre la reproducción llevaría a la creciente
difuminación de las fronteras entre ambos roles de género, y a la posibilidad
real de emancipación y autonomía por parte de éstas. Con un avance continuo,
es en esta transformación radical del sistema de género tradicional donde nos
encontramos, un periodo de transición que afecta a ambos géneros por igual, y
que se ha venido a denominar como “crisis de la masculinidad” haciendo
referencia al proceso de resistencia o de reubicación de los hombres ante dicha
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III. Contextos
transformación que tiene una especial repercusión en la unidad más común de
convivencia, la familia nuclear (GUTIÉRREZ, 2002). Algunos indicadores dan
cuenta de este avance en materia de conquista del espacio público, de
formación y de ocupación profesional105 que le ha valido a España el puesto 11
de un total de 182 países en el índice de Potenciación de Género publicado en el
Informe de Desarrollo Humano (PNUD, 2009). Pero a pesar de este dato junto a
otros procedentes también de estudios de base estadística (INSTITUTO DE LA
MUJER, 2001) que apuntan en los últimos años hacia una mayor equiparación
entre hombres y mujeres respecto a su implicación en la realización de ciertos
tipos de tareas domésticas, la realidad es que el mayor peso de éstas sigue
recayendo sobre las mujeres. Algunas estimaciones hablan de hasta un 75% de
la carga de trabajo doméstico no remunerado. Sobre ellas recae la
responsabilidad principal sobre la alimentación y aunque es cierto que los
hombres ayudan o colaboran, no participan ni administran tareas (GRACIA et al.,
2005). Por otra parte, sus salarios son un 30.1% más bajos respecto a los
hombres y en pensiones reciben sólo la mitad que ellos (COLECTIVO IOÉ, 2006).
El peso de la nueva figura idealizada de superwoman y la lucha de las mujeres
por reconstruir su identidad en un contexto social con nuevas ventajas y
desventajas opera en la sociedad española al igual que lo hace en muchas otras.
PATRIARCADO, INDUSTRIALIZACIÓN Y GLOBALIZACIÓN. ALGUNAS NOTAS
COMPARATIVAS
Si bien patriarcado y capitalismo no pueden ser tratados como conceptos
equivalentes, el sistema patriarcal tiene en lo económico su base fundamental.
La subordinación de las mujeres a los hombres tiene una clara base material: la
explotación a la que están sometidas a través del trabajo doméstico (IZQUIERDO,
1998). La globalización capitalista ha supuesto un impacto profundo aunque
contradictorio en la vida de las mujeres y en las posibilidades de responder a la
105
En el periodo 1994-2005 la Tasa de Actividad en mujeres ha aumentado en 9 puntos (37.4%-46.4%)
mientras que lo ha hecho en solo 3 para los hombres (65.4%-68.8%), quienes, por otro lado, les superan
con gran distancia. La tasa de mujeres de 16 y más años analfabetas según la EPA ha disminuido en el
mismo periodo un 30% y las mujeres adultas con estudios superiores han aumentado más que los
hombres aunque no se ha llegado aún al punto de equilibrio (COLECTIVO IOE, 2006).
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III. Contextos
dominación masculina tanto en el centro como en la periferia del sistema
capitalista mundial, tanto en países postindustrializados como postcomunistas.
Las mujeres sufren un proceso de empobrecimiento generalizable a nivel
mundial bajo el nuevo orden económico internacional. En el proceso de
transformación del sistema internacional de producción está realizándose un
reajuste estructural que pretende principalmente aumentar la competitividad
de las empresas mediante unas medidas, detalladas en el siguiente cuadro
(cuadro 6), con efectos desiguales sobre hombres y mujeres.
Cuadro 6
La reducción del gasto público lo que implica la disminución o desaparición
del estado de bienestar y reducción de fondos para políticas sociales
La reducción de los costos laborales por la vía de la disminución de las
cargas sociales como costo para las empresas
El abandono de las políticas de pleno empleo y disminución del derecho a
subsidio de desocupación
El aumento del riesgo de pérdida de empleo, de las prestaciones de
seguridad social y mayor inestabilidad laboral en todo tipo de ocupaciones
La conversión de los sistemas de seguridad social basados en el reparto
solidario en sistemas basados en el individuo con el consiguiente aumento
de la vulnerabilidad personal
Fuente: TODARO, R (2000). Aspectos de género de la globalización y la pobreza. Commission on the Status of
Women (ECOSOC).
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III. Contextos
La reducción del gasto público conlleva la intensificación de la carga de trabajo
doméstico que soportan las mujeres para compensar el recorte en servicios
sociales. Su presencia física en el ámbito doméstico pone límites a su acceso a
capacitación, formación e información, y la lleva a aceptar los trabajos de peor
calidad, los únicos que le permiten horarios adecuados para combinar ambas
esferas de trabajo, la doméstica y la extradoméstica. Por otra parte los efectos
negativos de la privatización de los sistemas de seguridad social recaen
mayormente sobre las mujeres. Por ejemplo, la reproducción humana como
bien social pasa a representar un costo que debe ser asumido por el sexo
femenino quien, por otro lado, recibe las pensiones de jubilación más bajas en
base a su mayor esperanza de vida (TODARO, 2000).
Las mujeres y los niños/as, más que los hombres, son las víctimas de esta
reestructuración del capitalismo global al que todos, incluidos gobiernos
autodenominados comunistas como el de la República Popular China, han de
someterse. La inseguridad económica, el empobrecimiento, la exposición a
productos tóxicos, la migración forzosa, el incremento de horas de trabajo tanto
asalariado como no, son algunos de los indicadores de la carga de las mujeres.
Esta situación se agrava especialmente en los países en vías de desarrollo o en
aquellos más pobres, que tienden a contar con un gobierno de dominación
masculina cuyas políticas refuerzan el patriarcado tradicional y sus funciones
de control social mientras que la transformación capitalista de las economías
locales priva a las mujeres de la protección y la seguridad que les daba, por otra
parte, el sistema patriarcal (BRENNER, 2003).
Pero no todo es negativo. Un orden económico neoliberal nunca daría cabida
explícitamente a la igualdad de género y sin embargo, dado que el capitalismo
ofrece más espacio para la autodeterminación y la autoorganización de las
personas de lo que lo hizo en su día el feudalismo, este nuevo orden permite a
las mujeres un mayor margen de maniobra para participar en la vida pública y
competir con los hombres por poder y espacio. No se puede negar el aumento
del acceso de las mujeres a la educación y al mercado laboral si bien, a pesar de
estos cambios significativos en las sociedades industrializadas, persisten las
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III. Contextos
desigualdades en relación a su estatus social y político –por ejemplo en la
implicación de hombres y mujeres en el trabajo de cuidados- que preserva la
dominación masculina bajo una nueva forma.
Las diferencias y semejanzas (algunos indicadores de género se muestran en la
Tabla 7) entre los países que configuran nuestras unidades de estudio y entre
éstos y España tienen que ver con una variable temporal que determina el
estadio en el que se encuentran en los procesos de transformación de los
sistemas de género.
Tabla 7. Indicadores de género de nuestras unidades de observación
(IDRG / IPG)
Esperanza Esperanza Tasa de Tasa de Índice de Índice de
de vida al de vida al alfabetización alfabetización Potenciación Desarrollo
nacer nacer (%, 15 años o (%, 15 años o de Género Humano
(2007) (2007) mayores) mayores) (Sobre 182 (Sobre
países)106 182
Mujeres Hombres Mujeres Hombres países)
Argentina 79.0 71.5 97.7 97.6 24 49
Bolivia 67.5 63.3 86.0 96.0 78 113
Brasil 75.9 68.6 90.2 89.8 82 75
Colombia 76.5 69.1 92.8 92.4 80 77
Ecuador 78.0 72.1 89.7 92.3 41 80
Perú 75.8 70.4 84.6 94.9 36 78
Uruguay 79.8 72.6 98.2 97.4 63 50
Angola 48.5 44.6 54.2 82.9 - 113
Marruecos 73.3 68.8 43.2 68.7 104 130
Rumanía 76.1 69.0 96.9 98.3 77 63
España 84 77.5 97.3 98.6 11 15
Fuente: PNUD 2009. Elaboración propia.
Estos procesos se vienen dando desde el pasado siglo en el marco de sociedades
de carácter patriarcal confrontadas a procesos más o menos intensos de
industrialización que dieron lugar a sistemas de género que, bajo diferentes
combinaciones, supusieron en todos los casos el otorgamiento de las
responsabilidades reproductivas a las mujeres junto con los valores de cuidado
106
El Índice de Potenciación de Género se calcula en base a los indicadores: participación política y
económica de la mujer y poder de decisión en ambas esferas, y control de los recursos económicos.
195
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III. Contextos
y subordinación a los hombres, mientras que a éstos se les encomendó el
ejercicio de una dominación masculina de orden simbólico y/o físico –abuso
sexual, maltrato, alcoholismo, infidelidad, irresponsabilidad paterna, etc.-.
Todas estas sociedades mantienen, en diferentes grados, un sistema político que
históricamente ha estado regido por los hombres y en el que las mujeres han
ocupado un estatus social y político inferior. En las últimas décadas se han
producido avances significativos en el caso de algunos de estos países, como ha
sido la promoción de políticas de igualdad de género y de avances en los
derechos de las mujeres. Sin embargo, no han sido suficientes para superar esta
relación desigual.
El caso español ha protagonizado un espectacular avance que lo ha situado en
el puesto 11 del índice de Potenciación de Género en el informe de Desarrollo
Humano confeccionado por Naciones Unidas. Este progreso tiene que ver con
el carácter precursor y avanzado de sus políticas de género en los últimos años
(leyes de divorcio, matrimonio entre homosexuales, técnicas de reproducción
asistida y violencia de género entre otras) que ha sido posible -y que además
explica en gran medida su posición avanzada respecto a las otras sociedades
que estudiamos-, por su anterior transición de un régimen totalitario a uno
democrático y por su integración en el seno de la Unión Europea (ROCA, 2006).
Este marco europeo le va a servir de modelo de desarrollo de políticas de
género a la vez que va a garantizar una estabilidad política y un desarrollo
social y económico que lo convierte en un país atractivo para la migración.
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IV. Etnografía
IV. ETNOGRAFÍA107
PARTE I: CONTEXTOS DE LA VIDA COTIDIANA
En esta primera parte de la etnografía vamos a retratar los contextos
socioculturales, políticos y económicos así como las subjetividades en las que
aparecen, se desarrollan y mantienen en el tiempo unas prácticas alimentarias y
corporales que se alejan de la norma dietética y saludable establecida, que se
dan entre mujeres y hombres inmigrantes en España, y que han acabado, por
diversas razones, etiquetándose como patológicas. Con un interés en analizar
cómo se produce el anclaje entre ambos -contextos y subjetividades-
articularemos las experiencias con la comida y con el cuerpo en el ámbito de la
vida cotidiana así como en el contexto histórico y social, descrito en el anterior
capítulo, en el que éstas aparecen y toman sentido. Para ello partimos de un
análisis a dos niveles. Por un lado, examinaremos cuáles son las condiciones
materiales de vida; por otro, analizaremos cómo se desarrollan en tal marco dos
ámbitos particulares de relaciones interpersonales como son la vida familiar y la
107
Para conocer en mayor detalle las características de cada inmigrante y facilitar la lectura de esta parte
etnográfica se incluye una biografíaa de cada uno de los casos en el capítulo VI y un cuadro en el Anexo
III.
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IV. Etnografía
vida social108 (espacio formativo, laboral, lúdico…), comprendiendo en ellos las
formas de socialización de personas sometidas a procesos específicos de cambio
tanto personal como social y cultural derivados de una experiencia migratoria
transnacional. Prestaremos especial atención por una parte a aquellas
experiencias de desconexión, transición y opresión que las informantes han
destacado en relación con sus (mal)estares o que han relacionado con el origen
y/o mantenimiento de sus prácticas alimentarias y corporales excesivas -lo que
para KLEINMAN son parte de los modelos explicativos de la enfermedad-, y por
otra, al papel que ocupa la socialización en la transmisión de valores y prácticas
sociales en cuanto a cuerpo, alimentación, género y salud en un contexto de
migración. En este análisis, como hemos hecho a lo largo de todo el trabajo,
seguimos centrando la atención en las dos sociedades de referencia, la de origen
y la de destino.
Condiciones materiales de vida: cambios y permanencias
Las informantes y sus familias tienen diferentes orígenes étnicos y pertenecen a
distintas clases sociales, con un peso relevante de clases bajas. Este escenario
pone de manifiesto la inexactitud y la confusión a la que conduce el retratar las
enfermedades alimentarias como propias de adolescentes de clases acomodadas
que contribuye a la invisibilización de los efectos de la desigualdad social en la
salud.
Tres variables fundamentales para retratar las condiciones materiales en que
viven los inmigrantes en España son la vivienda, el trabajo y “los papeles”, tres
factores que nos dan idea de la marginación, la exclusión y la pobreza existente
108
La decisión metodológica de explorar y analizar por un lado el ámbito familiar y por otro el social no
corresponde a una asunción dicotómica. Los espacios sociales son porosos y están en continua
interrelación, no se puede entender uno sin el otro ni tiene sentido un análisis que los lleve al aislamiento.
Se organiza aquí el análisis en dos partes secuenciales, atendiendo a las características específicas de cada
ámbito sin que ello suponga en ningún caso un divorcio entre ellos sino en todo caso una unión, una
complementación.
198
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IV. Etnografía
en buena parte de esta población. Las malas condiciones de vivienda, la
inestabilidad y precariedad laboral, y la situación de ilegalidad los relegan a los
estratos más bajos de la sociedad. A pesar de la negativa influencia que ejercen
sobre su estado de salud general, y de salud mental en particular, estas
condiciones son obviadas mayoritariamente por un sector médico cada vez más
interesado en los aspectos biológicos y menos en los políticos y
socioeconómicos sobre los que alega falta de poder o competencia para actuar.
Los estudios sobre migraciones y (mal)estares alimentarios se han centrado
mayoritariamente en la evaluación de aspectos culturales sobre la imagen
corporal, la alimentación o, en menor medida, las relaciones familiares,
descuidando el impacto de factores de orden socioeconómico y/o político como
son las precarias condiciones materiales que acompañan en ocasiones la
experiencia migratoria, así como las experiencias de marginación derivadas del
estatus de ilegalidad. THOMPSON ha afirmado que la pobreza “es otra injusticia
que puede hacer a las mujeres vulnerables a desarrollar un problema
alimentario” (1994:84) al convertirse en una fuente de estresores en la vida
cotidiana, donde por ejemplo, un atracón de comida se vuelve una vía de placer
rápido y accesible. Por otra parte, las experiencias derivadas de la situación de
ilegalidad entre población inmigrante han sido relacionadas con la aparición de
síntomas depresivos, de estrés postraumático, y con intentos y/o ideación de
suicidio (SILOVE et al., 1998, 2007). Por los efectos de estas condiciones
estructurales sobre la salud de las poblaciones nos interesa retratar en ellas a
nuestra muestra.
Un informe que estudió las modalidades de vivienda de los inmigrantes no
comunitarios en España en 2005 dio con los siguientes datos: un 77.6% viven en
régimen de alquiler –compartido o independiente-, un 12.9% cuentan con una
vivienda propia –frente al 84% de los autóctonos- un 5% viven en la casa o
empresa del empleador y el 4.5% restante en situaciones muy variadas,
mayoritariamente de carácter provisional (COLECTIVO IOÉ, 2005). El mayor
tiempo de estancia en el país y el mayor grado de reunificación/formación
familiar se relacionan positivamente con la posibilidad de acceder a la compra
199
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IV. Etnografía
de una casa así como de obtener una vivienda de alquiler independiente. Esta
fotografía se acerca mucho a la situación de vivienda de las informantes que
conforman mi muestra. Los comienzos fueron más difíciles y muchos de los
miembros de la familia primeros en migrar –en aquellos casos que nos
referimos a grupos familiares- compartieron vivienda, en ocasiones en
condiciones precarias como fue el caso del padre y hermanos de Isabel109
quienes “mal, muy mal, porque al principio cuando llegaron no conocían a nadie y
bueno primero alquilaron y no podían dormir, y dormían en un sofá y tenían que pagar
por dormir en el sofá”. La mayoría, sin embargo, cuando llegan solos, son
recibidos en casas de familiares más o menos cercanos que actúan como un
primer soporte, o en el caso de las mujeres es común que su primera vivienda
sea aquella donde trabajan como internas, como las madres de Karima110 o
Ángela 111. En el momento de la entrevista 112 las familias de cuatro de las
veintiuna informantes han comprado casa mientras el resto vive de alquiler; un
porcentaje, el de vivienda en propiedad, ligeramente más alto que el
mencionado en el informe. Diecisiete son los hogares formados únicamente por
miembros de una misma familia, dos los casos en que la familia subarrienda
una de las habitaciones de la vivienda para ayudarse económicamente, un caso
en que la informante vive sola y un caso en que comparte casa con una amiga
tras una reciente separación sentimental. En todos los casos se trata de familias
nucleares excepto en cuatro de ellos, tres de los cuales son madres solteras o
separadas. Pocas son las informantes que cuentan con una habitación propia, la
mayoría tienen que compartir con hermanos, hermanas o madre, como hasta
ahora Jessica113 que vivía en “una habitación superpequeña para las dos y no entraba
mucha luz, yo tenía que forzar mucho la vista, tres años estudiando así”. En otras
casas, para acoger a los siete miembros de la familia hasta el salón –cuyo
109
Bolivia, 15.
110
Marruecos, 19.
111
Colombia, 17.
112
Las entrevistas a inmigrantes se realizaron entre febrero de 2005 y enero de 2007, antes que comenzara
la crisis económica mundial que afectó a la economia real y virtual en 2008.
113
Colombia, 16.
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IV. Etnografía
mobiliario está compuesto únicamente por una cama que se utiliza como sofá-
sirve de dormitorio. La movilidad de vivienda también va reduciéndose a
medida que el tiempo transcurre y se consigue un trabajo algo más estable.
Trabajo y “papeles” son sinónimo para la mayoría de ciudadanos inmigrantes.
Del estatus legal depende el acceso y las condiciones en las que se puede ejercer
el trabajo. La irregularidad con la que muchos inmigrantes llegan a España y a
otros países es una característica estructural de los procesos migratorios
globales. Todas las informantes estaban regularizadas salvo Isabel, quien
apenas llevaba diez meses en España cuando se realizó la entrevista a finales de
septiembre de 2006. Dice que pasan miedo por lo que oyen por la tele y por los
rumores que corren entre la comunidad inmigrante, “porque pensamos capaz nos
puedan sacar del país aunque trabajemos mucho”. Los trámites para conseguir
papeles no tuvieron para todas el mismo nivel de dificultad. El año de llegada
es una variable que puede jugar a favor cuanto más alejado del presente.
Marcelo114 y Gisela115, los primeros en llegar en los años 70 y 80 del pasado siglo
no tuvieron problemas para conseguirlos. Entonces, las autorizaciones de
residencia y trabajo se podían conseguir sin gran dificultad. España no se había
convertido todavía en receptor de un número relevante de inmigrantes sino que
aún era un país “trampolín” hacia otros países de Europa mucho más atractivos
en cuanto a las condiciones materiales de vida que podían ofrecer por su
desarrollado Estado de bienestar. Por otra parte, ser latinoamericano siempre
fue una ventaja, concretamente para aquellos procedentes de los países del
Cono Sur.
Este panorama cambia durante los primeros años del nuevo siglo, en el grosso
de lo que se han venido a denominar oleadas migratorias. En este periodo de
mayor competencia, muchos inmigrantes han corrido peor suerte. En los casos
en que fue más costoso, la vivencia de tales limitaciones como situaciones
estresantes dependió de su situación más o menos vulnerable en cuanto a la
114
Argentina, 54.
115
Brasil, 47.
201
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IV. Etnografía
disponibilidad y necesidad de recursos. Marcelo116 estuvo sin papeles durante
tres años en su segunda etapa en España pero el mayor fastidio que recuerda
era no poder viajar con su mujer por el resto de Europa cuando tenían dinero y
tiempo para hacerlo. Nunca lo vivió como una situación estresante, tenía la
percepción de que el riesgo de detención tenía matices racistas: “era más con los
moros”. Sin embargo la gran mayoría vive la situación de irregularidad como
experiencia de discriminación y opresión. Las adolescentes han escuchado a sus
padres quejarse por ser víctimas de discriminación y explotación laboral,
porque les pagan menos a pesar de trabajar largas jornadas y por sentirse
engañados. A Claudia117 le ha sido denegada la autorización de trabajo cuando
ya había sido seleccionada para un puesto que anhelaba como dependienta en
una tienda de regalos. El trabajo le iba a proporcionar la libertad de tener un
sueldo y la experiencia de sentirse útil. Por la noche, en casa, se sintió mal y
volvió a autolesionarse como ya había hecho otras veces.
Entre las emancipadas, el impedimento para poder trabajar y el miedo a la
deportación son los principales problemas si bien con diferentes niveles de
intensidad. Mientras que para algunas, como Soledad118, estar unos meses sin
papeles solo representó un fastidio en lo laboral ya que únicamente le permitió
hacer alguna que otra faena de limpieza, para otras se trata de un periodo de su
vida marcado por altos niveles de miedo y estrés que acabaron afectando a su
salud y concretamente a sus problemas con la alimentación. Vicky 119 ,
diagnosticada de anorexia en su país, venía restringiendo su dieta y
provocándose vómitos desde hacía ya seis años cuando llega por primera vez a
España. Se había casado con su novio de ascendencia española meses antes de
llegar para facilitar el trámite de los permisos de residencia y trabajo. Venían a
trabajar y a montarse una vida en Europa cuando estalló en Argentina una de
sus peores crisis económicas. Al llegar, aceptan la oferta de unos amigos que les
116
Argentina, 54.
117
Colombia, 18.
118
Perú, 39.
119
Argentina, 27.
202
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IV. Etnografía
prestan un piso en Ibiza donde pueden empezar a trabajar haciendo la
temporada de verano. Pero la falta de legalidad fue “terrible, lo peor que viví en
España”. Dificultad para encontrar trabajo, miedo a la deportación, se
convirtieron para ella en sinónimo de una sociedad que la rechazaba. “Yo tenía
mis papeles en trámite, pero bueno, las cosas que hice fue increíble porque estuve dos
meses sin papeles y quería trabajar, […] tiraba currículums por todos lados y todo el
mundo que no, que no, que no, yo decía que estoy en trámites, y el rechazo era fatal,
sentirte como un inmigrante que no servías para nada y aparte yo no venía ni a robar,
ni quería que me regalasen nada, yo venía a trabajar y para mí yo lo llevaba fatal. […]
esos meses que no tenía visado trabajé vendiendo ganchillo, y hacía carteras y tenía una
compañera de piso que hacía colgantes e íbamos por la calle vendiendo hasta que un día
me paró la policía y dije no más, que tengo los papeles en trámite y a ver si me pegan
una patada del país”. Durante ese periodo llegaba a vomitar hasta siete veces al
día.
Gabriela120 lleva más de media vida comiendo de forma apremiante y se define
a sí misma como comedora compulsiva. Llegó con su marido y dos hijos
huyendo de una crisis económica que llevó al país a unos niveles de
inseguridad civil que dificultaban la realización de una vida sin sobresaltos.
Tras varios robos en su casa y temiendo por la seguridad de unos hijos que
tenían que pasar tiempo solos por las obligaciones laborales de ambos padres,
decidieron malvenderlo todo y probar mejor suerte en España. Al llegar
contaron con el apoyo de su hermano en cuya casa pudieron alojarse durante
un tiempo, pero las necesidades económicas de la familia unidas a su situación
de ilegalidad crearon situaciones especialmente tensas “Muy mal, es que no
duermes, porque además enseguida empezó a conducir mi marido, enseguida empezó a
trabajar en el polígono, mi hermano le dejó su coche, él ya se había comprado otro y claro
conduces, una vez nos chocaron, él me llevaba a limpiar y aquello de que no te pase
nada, claro si tú no tienes problemas con la ley nadie te va a molestar, como tú estás
trabajando, pero vives con la angustia permanente y ves un policía… En el choque que
fue por atrás dije se acabó, me sentí morir, y no pasó nada, era la culpa de ella y
120
Uruguay, 43.
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IV. Etnografía
rellenamos papeles y punto, pero si hubiera habido un policía cerca por allí nos hubiera
pedido los datos”. Afortunadamente al poco tiempo, su marido primero y ella
después consiguieron regularizar su situación, pero en el periodo de espera de
los papeles y la incertidumbre que conlleva “vivimos la angustia de que una vez
comenzados los trámites en su trabajo lo mandaron para casa, y dijeron bueno ahora ya
estamos expuestos, ya metimos tus papeles en el gobierno civil y no te podemos tener
aquí porque vendrá una inspección y tú hasta que no los consigas no puedes estar
trabajando, y se tiró meses sin trabajar. A todo esto seguíamos viviendo en casa de mi
hermano, pero bueno fue horrible. Teniendo papeles pudimos alquilar un piso porque lo
pasamos muy mal, vivir en casa de otro”. En el cambio de país, Gabriela engorda 30
kilos.
Una vez obtenido el estatus de legalidad a nadie le faltó trabajo. Sin papeles
trabajaron los padres de las adolescentes mayormente en la construcción y las
madres en el servicio doméstico como también hicieron algunas de las
informantes más mayores en espera de poder dedicarse a sus profesiones, como
cocinera Gabriela, como trabajadora social Soledad. Gabriela trabaja en la
cocina de un restaurante jornadas eternas. Soledad, mientras espera la
homologación de su título, ha hecho un curso en geriatría y se dedica al área de
los cuidados. Alterna dos trabajos con horarios muy intensos y variables, el
cuidado de una anciana durante el día y el trabajo en una residencia geriátrica
durante tres noches a la semana, hay días que se acuesta a las siete de la tarde y
otros a las once de la mañana. Cecilia121 y Vicky122 son dependientas, Vicky en
dos comercios diferentes donde trabaja siete días a la semana para poder enviar
dinero a su madre. Ambas quieren estudiar pero el tiempo no les da. Marcelo
sigue intentando un negocio de comercio exterior, y Gisela123, una excepción
por su formación y tiempo en el país, mantiene su puesto de profesora en una
institución pública. Los padres inmigrantes de las adolescentes se reparten
mayoritariamente entre el trabajo en el sector de la construcción (cinco
121
Argentina, 29.
122
Argentina, 27.
123
Brasil, 47.
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hombres) y en servicios (tres hombres y doce mujeres, ocho de las cuales están
empleadas en el área de cuidados). Solamente dos mujeres no cuentan con un
trabajo remunerado.
Si estos son los indicadores de las condiciones materiales en el país de acogida
tan importante resulta conocer cuáles son sus impresiones, sus vivencias sobre
las mismas. La mayoría de ellos buscaban en el viaje una mejora de sus
condiciones materiales de existencia que se veía impedida -o al menos en gran
medida dificultada- en sus países de origen por factores estructurales que
repasamos en el anterior capítulo de este trabajo. Las emancipadas se sienten en
ganancia a pesar de las dificultades y los obstáculos que atraviesan, están
contentas de lo que han conseguido y contemplan su situación como exitosa en
lo laboral, con expectativas de mejoría. Soledad, quien por sus estudios
académicos y experiencia laboral ha sufrido una mobilidad social descendente
se muestra positiva sobre su futuro. Gabriela, si bien ha logrado recuperar un
estatus similar, el cambio de país les ha aportado a ella y a su familia la
tranquilidad de vivir con una seguridad pública que era especialmente frágil en
Uruguay y la esperanza de una vida con mayores posibilidades, sobre todo
para sus hijos, en destino. Las jóvenes creen que aquí pueden disfrutar de una
vida mejor, con mayores oportunidades, adoptando así el discurso que les
inculcan sus padres. Unos padres cuya situación laboral en el país de origen no
dista demasiado en su composición de la que tienen en España. Dedicados en
sus países a los mismos sectores de trabajo -dieciocho lo hacían en servicios, dos
en la construcción-, la diferencia fundamental la constituyen las nuevas
condiciones de tales trabajos siendo ahora, a medida que crece el tiempo de su
estancia en el país, cada vez más estables y con mejores salarios. En origen, a
excepción de dos casos en que no contaban con un trabajo remunerado, el resto
de las mujeres se veían forzadas a realizar trabajos esporádicos y temporales,
aportando así un extra sueldo al hogar o el sueldo único si eran mujeres solas o
si se quedaban solas tras la emigración del marido. Casos de pobreza en origen
con carencia de alimentos en casa dejan de darse una vez en España.
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IV. Etnografía
Para la mayoría la migración surge como una estrategia entre clases
trabajadoras o clases medias empobrecidas para mejorar las condiciones de vida
de sus familias. Pero también puede responder a exilios por razones políticas o
inquietudes personales más allá de las meramente económicas. Sin embargo, las
ganancias sobre las condiciones materiales pueden llegar a tener un coste alto
en relación a otras áreas de la vida como iremos viendo.
Familias transnacionales: Familias locales, Familias globales
La migración trae consigo múltiples cambios y desafíos para un grupo familiar.
Comenzando por los períodos de separación a los que tienen que enfrentarse
sus miembros, siguiendo por las recomposiciones familiares que tienen lugar en
destino, y por cómo, desde los varios territorios, las identidades familiares
resisten tales distancias geográficas y temporales cuando ya no pertenecen a un
único territorio sino que se forman a través de conexiones y flujos que
atraviesan fronteras nacionales. Entonces se construye lo que se ha venido a
denominar como la “etnicidad de una cultura transnacional” (GAILLY, 2010), es
decir, cómo a través del contacto con la sociedad de origen y la sociedad
receptora desarrollan un sentido de pertenencia étnica en un país extranjero.
Las familias transnacionales han sido definidas como aquellas cuyos miembros
viven repartidos en naciones distintas pero se mantiene la unidad emocional
suficiente como para que se reconozcan entre ellos como tal (BRYCESON Y
VUROELA, 2002). Y donde, añadiríamos nosotros, se dan constantes
movimientos espaciales y emocionales que tienen su repercusión tanto a nivel
individual como en el grupo familiar.
Respecto a las familias de las inmigrantes el impacto de factores culturales y
económicos les hace en algunos casos acercarse a los modelos de familia
contemporánea de las sociedades industrializadas que incluyen la reducción del
grupo doméstico a la familia nuclear, el aumento de separaciones y familias
monoparentales, la inserción laboral de las mujeres y su impacto en la
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organización de la familia (WILLIAMS et al., 2005), entre otros cambios, y en otros
distar, por ejemplo, por sus prioritarias dependencias económicas y por sus
estructuras más tradicionales de familia extensa.
Veamos cómo se han desarrollado y como han vivido las inmigrantes unas
historias familiares atravesadas por la migración.
Separaciones
Mientras algunos autores han resaltado el papel revitalizador de los lazos de
solidaridad que trae consigo la migración, la mayoría han destacado su carácter
erosionador por su responsabilidad en la “ruptura” de familias (GARCÍA, 2004)
creando así una imagen culpabilizadora de la persona que migra. Aunque este
argumento ha sido sometido a fuertes críticas, sigue estando presente en varios
sectores de la sociedad, entre ellos los profesionales sanitarios, quienes
comparten la idea que la migración promueve la desestructuración familiar,
causa a su vez de patologías mentales y sociales (MEÑACA, 2007). Uno de los
profesionales dedicado a la investigación y tratamiento de trastornos de la
conducta alimentaria entrevistado, reproducía esta misma idea que explica
haber extraído de su trabajo clínico:
“Si algo encuentro son dificultades en las crianzas de estos niños adolescentes que
muchos han pasado mucho tiempo solos durante su infancia o al cuidado de otras
figuras de la figura primaria de apego como la madre, etc. Ha habido como varias
figuras en su crianza, ausencias, aquí hasta se podría catalogar de negligencias,
entonces en la medida en que eso tenga que ver con la aparición de la psicopatología en
general, no solo alimentaria […] yo tendría eso en cuenta”124
No obstante la culpabilización de aquel que migra y que para ello debe
separarse de su familia cuando lo que persigue es precisamente una mejora de
las condiciones de vida para ésta, y en especial para sus hijos, debería hacerse,
con especial cautela. Estas asunciones sobre la red familiar como grupo sostén
son dominantes en el ámbito terapéutico y consideran que toda relación social
tiene un efecto positivo, contribuyendo básicamente a la reducción de
124
HP1-PSP: Psiquiatra
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padecimientos mentales. Sin embargo, el campo de las relaciones sociales es
mucho más complejo y no todas ellas, incluyendo las familiares, tienen por qué
ser sanas (MENÉNDEZ, 2008).
La mayoría de las adolescentes inmigrantes cuyas familias decidieron migrar a
España se han visto abocadas a vivir experiencias tales como las separaciones
de miembros de su familia y, mientras permanecían en su lugar de origen, a
cambiar de cuidadores, en algunos casos, hasta en varias ocasiones (Tabla 8).
Muchas llegan para reunirse con padres y madres, hermanos y hermanas que
habían partido tiempo atrás, mientras ellas se quedaban a cargo de otros
miembros de la familia en sus lugares de origen a la espera de un reencuentro
incierto en cuanto a cuándo y dónde, e incluso con quién. Para algunas la
comprensión sobre la decisión de cambio y la nueva situación familiar que
siempre se propone como temporal les sirve para aceptar el tiempo de
separación; sin embargo para otras esta nueva situación, en la que no se les
suele hacer partícipes en la toma de decisión, es vivida como una forma de
rechazo, de abandono, de exclusión.
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Tabla 8. Sustitución de cuidadores durante separación por migración
Familiares Tiempo de Cuidadores en
separación separación origen
Helena Padre 1 año Abuelos paternos
Madre 6 meses Abuelos maternos
Madre
Isabel Padre y 2 hermanos 1 año Madre
mayores
Ester Padre 1 año Madre
Jessica Madre 3 meses Tíos
Julieth Padre 2 años Prima
Madre 8 meses
Paula Ambos padres y 11 años Abuela y tía
único hermano paternas
Nicoleta Padrastro y madre 4 años Abuelos maternos
Ángela Madre 2 años Padre
Carolina Madre 1 año y medio Abuelos maternos
Padre 6 meses
Nieves Madre 1 año Hermana mayor
Claudia Madre 1 año Abuelos paternos y
padrastro
Karima Madre 6 años Abuelos y tíos
maternos
Marcia* - - -
Rosa* - - -
Tara* - - -
* Marcia y Rosa emigraron a la vez que toda la familia nuclear; Tara fue adoptada por una familia española cuando
contaba un año de edad.
Para Paula125 los supuestos meses de separación se convierten en casi toda una
vida. Es la única de la familia nuclear en quedarse atrás. Sus padres emigraron
de Perú por razones políticas cuando ella tenía solo 2 años. Se llevaron con ellos
a su hermano menor mientras ella quedó a cargo de sus abuelos y tía materna
en su ciudad natal. Las promesas de reunirla con ellos en España se repiten en
varias ocasiones, la última, cuando tenía 10 años “me operaron, tuve una operación
más o menos grave, tenía peritonitis, entonces mi madre volvió a verme porque claro,
vino con mi hermano, y yo como que pensaba que ella me decía no, que no me iré hasta
que nos vayamos juntas y tal. Se volvió a ir, y yo me quedé otra vez. […] Tenía ganas de
venir, porque a mi madre además la veía antes como una especie de modelo a seguir,
pero no vale la pena seguirla. No sé, la veía como un modelo, y bueno me dio pena no
125
Perú, 16.
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poder venir pero bueno en fin como que lo olvidé y digo ya, no hay problema, me puedo
esperar”. A los 13 años su madre le comunica con pocos meses de antelación que
le está preparando los papeles, Paula está contenta, por fin va a conseguir
reunirse con sus padres, pero su llegada no es tan feliz como la que había
imaginado durante toda su niñez porque “se habían separado hacia muchísimo
tiempo y a mí no me habían dicho nada pues para no hacerme daño, como la mayoría de
cosas que hacen ellos. Bueno, es su opinión, la mía no”. En esta situación inesperada
comienza a conocer a unos padres con los que apenas había convivido. Se
instala en casa de su madre, una auxiliar de enfermería quien costea, con ayuda
económica del padre –pintor artístico-, el alquiler de una casa donde viven con
su hermano y recientemente con una tía que ha venido de Perú. Ni su padre ni
su madre se ajustan a los modelos que había idealizado en la distancia.
Cuestiona a su madre por tantas promesas incumplidas de traerla a España,
mientras descubre a un padre prepotente y agresivo “fui tratándolo, ví que era un
hombre demasiado bestia para hablar con la gente, trata muy mal a todos, él es superior
a todos los demás. Yo la verdad que con un hombre como mi padre no estaría en mi
vida.”
Sus sentimientos de exclusión en la familia, de que no cuentan con ella, se
reafirman cuando durante ese primer año su madre le da tardíamente la noticia
de la muerte de una abuela que había ejercido de cuidadora principal durante la
mayor parte de su vida. “Llamé a mi tía, le dije que ya me había enterado, que en
buenas horas pero que no se preocupara, que siguiera adelante, que pronto ella estaría
aquí, para tranquilizarla un poco y como que me lo guardé. Y bueno mi problema con la
comida seguía ahí, seguía ahí”. Se lo guarda dice Paula, se refiere inevitablemente
a las palabras porque esos sentimientos de exclusión y abandono ya tienen otro
lenguaje en el que expresarse, el lenguaje de la comida. “Es que mis padres me
obligan a no fiarme de ellos, no es que yo no me fíe […] lo que pasa es que lo que sí me
he sentido es abandonada por mi familia, a mi me parece que el problema no es el venir
aquí es el que no he tenido a la familia que yo quería, que me hacían pensar que tenía
pero que no”.
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A Ángela126 le ocurre algo parecido, también se siente engañada y, en cierto
modo, abandonada. En Colombia, a su padre lo despiden del trabajo, compra
un taxi y prueba a ganarse la vida de nuevo. Su madre comienza a trabajar
fuera de casa. No funciona, la hermana mayor va a la universidad en una
ciudad cercana y no les llega para cubrir gastos. Se plantean entonces que su
madre venga a España a trabajar “Entonces decidimos, bueno decidieron, que mi
mamá se iba venir y que iba a ahorrar y que iba a estar un tiempo y que luego se iba a
volver, y que iba a estar enviando dinero […] y yo me tragaba el cuento de que ella iba a
volver y todo”. Ocurre cuando ella tiene 10 años, su madre marcha, su hermana
comienza su primer año de universidad fuera de casa y se queda viviendo en la
casa familiar con su padre. Extraña mucho a su madre, aunque a la vez intenta
sacar provecho de esa nueva situación: por una parte quiere probarse que es
capaz de desenvolverse por ella misma y cuidar de su padre, asumiendo el rol
de mujer en el que se ha socializado, por otra parte “mi papá siempre ha sido como
muy… como más cerrado y más callado, […] es mucho más reservado. Y eso también
me ayudó mucho para conocer a mi papá porque yo siempre lo tenía ahí como mi papá y
ya, y ya de vivir sola con él pues me gustó (la idea), voy a descubrir a ver el papá que
tengo pero” no encontró al papá que esperaba, una persona fuerte, estable, que la
protegiera. Las comidas comienzan a desestructurarse, es ella misma la única
responsable sobre su propia alimentación y no representa entonces una
prioridad: prefiere dedicar su tiempo a estar con las amigas u ociosa, que a
cocinar o comer. Mientras, su padre pasa la mayor parte del tiempo fuera de
casa donde regresa ebrio al final del día. Ángela relata un episodio que siempre
ha callado y no ha contado ni a su psiquiatra –con quien se visita en consulta
externa- por vergüenza. Recuerda aquella noche en la que preocupada esperaba
a su papá viendo la tele cuando éste llegó borracho y con la cara empañada en
sangre. Lo lavó y lo acostó “Al otro día no le quise preguntar nada pero desde ese día
me quedé así como muy ajena a mi papá, me defraudó”. Su madre nunca regresó a
Colombia así que reunió a toda la familia con ella tras dos años de separación
“yo no decía nada porque yo me tragaba el cuento de que ella iba a volver y todo,
126
Colombia, 17.
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entonces bueno mi papá dijo que se quería venir y arreglaron el viaje y obviamente yo
me tenía que venir con él porque no me podía quedar ahí perdida”. Como la mamá
trabajaba en el servicio doméstico de interna cuando llegó el resto de la familia
alquilaron un piso vacío, sólo tenía las camas para dormir, estuvieron meses sin
televisor recuerda. Ángela se aburría, no lograba hacer amigos en el colegio, su
padre ya consiguió trabajo en la construcción, su hermana aún no se había
reunido con ellos, estaba sola en casa, echaba de menos su vida en Colombia, se
aburría, se sentía sola. Una despensa llena como la que nunca antes había
conocido y con nuevos alimentos se convirtió en un pasatiempos atractivo.
También la vuelta a las comidas elaboradas de una madre que se esmeraba en
recuperar el tiempo perdido cocinando los platos que más le gustaban jugaron
su papel en el aumento de peso. Ángela subió unos kilos y enseguida llegaron
los comentarios de la familia ‘Uy Ana como estás de gorda' o 'Uy, como has subido
de peso’. No es que se sintiera gorda pero sí notó el cambio porque siempre
había sido flaquita. Decidió hacer dieta para cuidarse, al fin y al cabo por la
migración su vida había cambiado ese último tiempo, estaba más sedentaria,
comía más…
Pero las separaciones son más complejas si cabe y ni ocurren en una sola etapa,
ni se limitan al distanciamiento de los miembros de la familia nuclear. Las
separaciones son como mínimo “dobles” en el sentido de que en primer lugar,
conllevan la separación de padres y hermanos –que puede suceder en una o
varias etapas- y en un segundo lugar, para dar paso a la reagrupación, la
separación de los cuidadores y de la tierra. En algunos casos, una vez en
destino, las cosas no son como habían imaginado, sus expectativas no se
corresponden con la familia que encuentran ni con la sociedad que les acoge.
Karima127 regresa cada año a su pueblo, tiene recuerdos fantásticos de aquella
época y sigue añorando su familia allá, su tierra. Por eso entre sus proyectos
futuros se encuentra el de regresar a Marruecos a trabajar tras licenciarse en
España. La particularidad y el estigma que comporta ser madre soltera en el
Marruecos rural de los años 80 llevó a su madre a emigrar a España cuando ella
127
Marruecos, 19.
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sólo tenía 3 años. Hija única, Karima se quedó en aquel entonces viviendo en
casa de sus abuelos y tíos maternos. La distancia geográfica en este caso jugaba
con ventaja y su madre pudo bajar a visitarla en varias ocasiones, sin embargo
seguía siendo una experiencia difícil en tan corta edad “Yo me acuerdo de la
primera vez que se bajó mi madre me asusté. Claro yo crecí, pero pensé ¿esta es mi
madre? Y me asusté tanto que me encerré en la cocina durante dos días, sí, mi abuelo
convenciéndome que esta es tu madre, y mi abuela y mis tíos y yo que no, que no. O sea
yo me acuerdo de mi madre que era una adolescente, una niña con pelo largo negro, era
un poco oscurita de cara, cuando volvió era un poco más blanca, tenía el pelo cortado, ya
no veías a esa mujer que era triste o siempre pensativa, ya veías otra mujer, fuerte. Y
luego cuando salí la empecé a mirar de arriba abajo, y aunque me abrazara ella y lloraba
yo decía esta no es mi madre, esta no huele a mi madre, pero al final me convencí de que
era mi madre”. Cuando con 9 años su madre la trajo, Karima ya veía en sus
abuelos la figura de sus padres, y marchar le costó mucho.
Su madre siempre ha trabajado en el servicio doméstico, al principio de interna
en una casa donde se hospedó y vivió con Karima durante un tiempo. Más
tarde alquilaron una casa propia donde subalquilan una de las habitaciones
para ayudarse a pagar la renta. Con su madre, una vez aquí, ha tenido una
relación de altibajos constantes. Costó entablar esa relación madre hija desde la
nostalgia de otra casa, de otro lugar, de otros cuidadores. Desde pequeña le
gustó comer y fue una niña gordita, así la llamaban las profesoras de su escuela
en Marruecos, un apelativo que ella admitía porque sentía que venía desde el
cariño, y porque era aún una niña. Después, ya no fue lo mismo. Se siente sola
en una casa donde su madre nunca llega del trabajo y en una escuela donde es
objeto de motes y acosos verbales y físicos por su peso. Decide hacer algo al
respecto. Comenzó por la dieta, siguió por restringir, continuó por vomitar, a
fin de cuentas luchar por un peso que le estaba haciendo la vida muy difícil.
Nicoleta128 estuvo 4 años en Rumanía separada de sus padres. Vivió con sus
hermanos mayores en casa de sus abuelos maternos mientras su madre y
padrastro se asentaban en España, país al que emigran por las precarias
128
Rumanía, 16.
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condiciones económicas en las que vivían. Entre sus 8 y 12 años de edad, su
madre fue una vez a visitarla pero hablaban mucho por teléfono y le enviaban
siempre dinero y regalos. Ambos consiguen trabajar, su padrastro como
fontanero y su madre de camarera en un restaurante. Cuando deciden traérsela,
le ilusionó la idea, se encontraba bien en el pueblo y con sus abuelos pero hacía
tiempo que no veía a sus padres y los echaba de menos. Viene a España junto a
su hermano mayor mientras el pequeño se queda acabando sus estudios
universitarios. La relación con su madre comenzó mal, se peleaban
constantemente. Con su padrastro no estableció vínculo afectivo, éste lo sigue
buscando con su padre biológico que, sin embargo, la rechaza. Hace dos años
mueren sus abuelos –con quienes se había criado- en un accidente doméstico y
su hermano mayor regresa a Rumanía mientras ella se queda en España y no
puede acudir al funeral. Es el momento que Nicoleta recuerda como su inicio en
la pérdida de peso. El duelo por la muerte unido a la soledad que siente se
intensifican por el rechazo que en el colegio percibe por parte de los autóctonos,
no debido a su peso sino por ser rumana. Discriminación étnica y no corporal,
nadie se metió con su imagen, con su cuerpo. Nunca fue de mucho comer,
siempre tuvo una figura estilizada, es alta y delgada. Dejó de comer por pereza,
por abandono, por tristeza, todo le daba igual.
Helena129 era alta y de constitución delgada en el momento de la entrevista,
como su madre, nunca se ha visto ni la han visto gorda. A sus doce años, aún no
había menstruado. Dejó de comer por tristeza. Su padre trabajaba como
enfermero en Ecuador cuando se quedó sin empleo y vino a España para ganar
algo de dinero y regresar cuanto antes con su familia. La madre, hasta entonces
ama de casa, busca un trabajo como auxiliar de cocina, quiere hacerse con el
dinero para venir a visitar a su marido a España. No puede soportar el hecho de
tener a su familia separada. Helena junto a su madre y hermanos combinaban
temporadas entre la casa de los abuelos paternos y maternos. Es entonces
cuando la preadolescente pierde el apetito, dice que se entristece de echar tanto
de menos a su padre. En lo que iba a ser solamente una visita, finalmente se
129
Ecuador, 12.
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quedan a vivir en España si bien su madre tiene que regresar a Ecuador por un
tiempo y Helena se instala de nuevo en esa tristeza que considera la causa de su
(mal)estar, de su falta de ganas de comer.
Y mientras que en las adolescentes el deseo que prevalece es el de unirse a la
familia de la que aún son dependientes, las emancipadas nos muestran otra
perspectiva ya que sus historias contienen la búsqueda intencionada de una
separación de la misma como estrategia de superación de problemas y que es
parte del objetivo de su migración. No podemos pensar en toda relación social y
familiar como deseable y proveedora de salud o preventiva de problemas de
salud. En ocasiones la casa familiar, o las relaciones entre los miembros de la
familia se convierten en fuente de malestares individuales de tal intensidad que
la distancia física surge como una estrategia de supervivencia. Entre las
emancipadas los problemas con la alimentación habían comenzado años
previos a la migración, apareciendo, en sus discursos, ligados a unas relaciones
familiares problemáticas que van a provocar su voluntad de poner distancia en
cuanto tienen la ocasión.
A Marcelo130 y a Cecilia131 les tocó sufrir las consecuencias de la dictadura
militar desde diferentes generaciones, a él como joven activista y a ella como
hija de uno de ellos. Cecilia era niña cuando secuestraron a su padre y lo
torturaron para devolverlo meses después a una vida a la que fue incapaz de
volverse a enganchar. Ella llegó de Argentina hace dos años. Vino sola para
dejar atrás una crisis económica que le hace perder sus ahorros, pero sobre
todo, por sus ganas de construir una vida en Europa, una vida propia, alejada
de cualquier interferencia familiar. Cecilia entiende que gran parte de sus
problemas tienen que ver con sus relaciones con la familia. “Nací en una pareja
que tenía muchos problemas”, sus padres construyen una familia tras dejar otras
atrás con hijos con los que apenas van a mantener relación. Cuando comienza el
130
Argentina, 54.
131
Argentina, 29.
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llamado Proceso de Reorganización Nacional132 “mi papá desapareció en la época
de los militares y los militares lo vuelven a dejar en mi casa pero mi papá quedó mal de
la cabeza. Algunas veces dejó entrever que lo hubieran violado, otras veces que no, no sé,
son traumas y cosas y no sabemos. […] Y en ese tiempo que estuvo secuestrado quedó
muy mal y tomaba muchas pastillas para dormir, para calmarse, […] con intentos de
suicidio, […] yo empezaba a ver que las cosas no andaban bien, que mi papá estaba muy
alterado, que tenía problemas con el alcohol”. La familia acaba fragmentándose, “mi
madre lo abandona primero, yo ya me había ido a vivir sola, mi mamá lo abandona
porque se da cuenta de que mi papá es una persona peligrosa y que le amenaza con
matarla, es livianita mi vida, la amenaza con unos cuchillos. Entonces mi mamá se fue
de casa y al mes ya no estaba en esa casa y ya no supimos nada de él.” Hasta el día de
hoy.
Cecilia marcha a vivir fuera de casa con 18 años porque “si no, me iba a morir allá
adentro”. Recuerda una relación especial con la comida desde pequeña, “he
tenido muchos trastornos así de comer hasta llenarme porque he tenido un vacío que no
podía llenarlo con nada, trataba de comerme todo”. En un par de ocasiones durante
el bachillerato, aumentos de peso la hacen encerrarse en su habitación por
periodos de hasta seis meses llevándola a engordar aún más, por los atracones
que se suceden y por el sedentarismo. “En realidad no sé bien por qué me encerré,
porque el mundo no era lo que me hacía mal, lo que me hacía mal era mi casa, y me
encerré en mi casa pero era como que me encerré en mi casa pero dentro de mi casa
entonces era como una burbuja metida allá dentro, mi casa no podía entrar aquí dentro,
estaban alrededor, yo me sentía así”. En casa se daba una ausencia de normas, de
referencias que ella reclamaba, comenzando por la comida, “por ejemplo, mi
padre compraba, sabes lo que son facturas, facturas en Argentina son croissant,
compraba 36 pastas para cuatro personas y lo ponía encima de la mesa para el
desayuno”. “Mis padres, pobres, nunca supieron como actuar en ninguna
circunstancia, no sabían como actuar, nunca supieron manejar ninguna situación. Yo
132
Nombre con el que se autodenominó la dictadura militar que gobernó de facto Argentina entre 1976 y
1983.
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estoy gordita desde chiquita y mis padres como si nada, no me enseñaban o no me
educaban, mis padres no me los habían puesto (límites con la comida) ni de chiquita
ni de mediana, me los puse yo misma.” Pero irse a vivir a una casa independiente
en Argentina no fue suficiente, la distancia física desde España le ha aliviado la
carga familiar y los problemas emocionales que le acarreaban por eso dice que
“venir a España también me hace tener menos problemas con la alimentación. Los
problemas siempre estuvieron vinculados con la casa familiar”. En situación de
legalidad, encontró un trabajo que le permite pagar la vivienda en la que vive
sola tras una ruptura sentimental.
Marcelo podía haber sido su padre, por edad y porque se vio sometido a la
persecución política tras el golpe militar de 1973. Nacido en una familia de clase
media residente en un barrio obrero de la capital, en el primogénito se
depositaron expectativas desde el momento en que abrió por primera vez sus
ojos al mundo “por ser el primero y por tener los ojos azules, porque en Argentina los
ojos azules se valoran mucho, son un símbolo de estatus”. Pero el médico con el que
ambos padres siempre soñaron que se convirtiera no salió nunca de aquel joven
que, queriendo comerse el mundo, se involucró en la militancia de izquierdas
durante el peronismo mientras alternaba diferentes trabajos que no le
motivaban “estaba en la militancia, que también era casi obligatoria, y saber de política
también era lo mismo, conocías a una chica y si no militás o no habías leído a Marx eras
un analfabeto”. Hasta que llegó el golpe. Sus mejores amigos desaparecidos, su
novia embarazada, la probabilidad de escapar a España con la familia de ésta,
Marcelo había comenzado a beber como lo hiciera ya su padre. La relación con
la familia “fue malísima, con mi hermano fue medio decente pero con mi madre fue
terrible, ella fue muy absorbente, lo viví mal. Es más el otro día mi actual mujer me
llamó mientras que yo estaba en Argentina y mi madre cogió el teléfono y le dijo ‘habla
la madre de Marcelo’, ella no es ella, es la madre de Marcelo, me dijo mi mujer espero
que tu hermano no estuviera por ahí porque si no se iba a sentir muy mal. Ella siempre
fue muy absorbente conmigo, yo iba para médico, sí, yo creo que me presionaron tanto
que eso fue lo que falló, en la adolescencia estaba muy perturbado”. Así que acabó
huyendo mediante una estrategia que a pesar de ser más común entre las
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mujeres no es exclusiva de un único género “yo lo que quería era irme de casa, me
fui a los 21 cuando me casé, me casé porque quería irme de casa”. La familia que
formó no funcionó y eso le trajo más abajo, dejó el alcohol por el tabaco
mientras los atracones de comida se convertían en su mejor aliado para
gestionar malestares, hasta el día de hoy. Ha alternado diferentes trabajos, entre
ellos durante años se dedicó al negocio de la restauración. Ahora se dedica al
comercio exterior, ha comenzado una nueva relación sentimental y lo
económico no es un problema en casa.
Gisela133 buscó desde joven la distancia de una familia en la que “siempre me
sentí al margen, siempre distinta y realmente hasta hoy lo soy.” Creció en un hogar
que, respondiendo a las exigencias de movilidad del trabajo de su padre, tuvo
que cambiar de lugar de residencia en varias ocasiones haciendo de su infancia
y juventud un periplo entre zonas rurales y urbanas de Brasil. Al contrario que
Cecilia, quien echaba de menos por parte de sus padres el establecimiento de
normas –límites, referencias- que guiaran su comportamiento, Gisela recuerda a
unos padres muy severos y una casa colmada de reglas que establecían
marcadas diferencias entre los géneros “De hombre y mujer bueno claramente, los
chicos unos privilegios y la mujer está ahí, todo el tema de ayudar en casa y tal, el mejor
trozo del pavo para los chicos, esto siempre. Me cabreaba un montón y discutía pero eso
era incuestionable.” Pero más allá de esa discriminación de género, sus
sentimientos de soledad se iban reforzando ya que “con mis hermanas también me
sentía muy distinta. Mis hermanas eran dentro de lo que querían mis padres,
estudiosas, ordenadas, se vestían normal, yo ya pues no me vestía como la mayoría de la
gente, me gustaba mucho andar con zapatos, digamos que no me conformaba mucho con
la norma y digamos que desde temprano ya se fue marcando la diferencia de
comportamiento.”
Define a su padre como una persona muy rígida que le propinaba alguna que
otra bofetada, sobre todo cuando se trataba de temas referentes al estudio, pero
la relación con él no fue conflictiva porque a la vez se mostraba cercano “era un
ser superrígido, pero conmigo tenía una relación..., mandaba mucho pero era cariñoso
133
Brasil, 47.
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conmigo, yo creo que por esto mi madre tenía un poco de celos porque era realmente
muy cariñoso conmigo, pero muy rígido”. Conflictiva fue sobre todo la relación con
su madre, quien la hizo sentir presionada a la vez que rechazada y excluida,
sobre todo por su manera de vestir y por su peso, por lo que la llevó a un
psicólogo “porque quería una hija delgada”. “La relación fue bastante difícil porque yo
le acusaba de que no me daba atención, de que no me hacía caso, de que pasaba de mí,
entonces ella se sentía culpable y entonces venía y me compraba algo, siempre quería
que vistiera de una manera tal.” Gisela recuerda calmar sus malestares comiendo
dulces desde que era una niña, allí encontraba el placer y el alejamiento de los
problemas. Cuando es adulta decide alejarse también geográficamente “yo
quería ir a un lugar donde empezar de cero, donde nadie me conociera, yo llegué aquí a
Barcelona y, a ver, a buscar un hotel, no conocía a nadie, pero después mirando yo creo
que quería esto, estaba tan marcada, había gente toda mi vida diciéndome lo que yo tenía
que hacer”. Tras finalizar una relación con una pareja catalana nace su hijo con el
que vive en una casa de alquiler. Madre soltera, Gisela decide quedarse en
España tras conseguir un trabajo fijo en el sector de la enseñanza.
Gabriela134 pasó una infancia feliz en el Uruguay rural. Vivía en una casa de
campo junto a sus hermanos mayores, sus padres entonces se ganaban la vida
haciendo comercio con la gente del campo. Como a Gisela, siempre le gustó
comer, desde pequeña, y recuerda aquel almacén al que tenía acceso libre y
donde pasaba una y otra vez a coger galletas o lo que se le antojara. Pero en
seguida sus padres le llamaron la atención “era una cosa agobiante, porque ellos se
preocupaban porque mis hermanos además no eran gordos y veían que yo comía
excesivamente, y es verdad yo comía excesivamente”. Siempre fue gordita, pero eso
tampoco supuso un problema hasta que llegó la adolescencia. Su peso no le
robó vida social, salía con los amigos, tenía novios, le gustaba cantar en
espectáculos y hasta formaba parte del equipo de voleibol del colegio. Pero los
constantes comentarios de sus padres, en concreto de su madre, hacia su cuerpo
y su forma de comer la hicieron acomplejarse, “mi madre siempre me estaba
machacando, cuando era chiquita, pero claro entonces yo pasaba. Me empezó a importar
134
Uruguay, 43.
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cuando empecé a sentirme una mujercita. Me llevaba a dietistas, sí, yo comía a
escondidas, era una cosa agobiante, porque ellos se preocupaban porque mis hermanos
además no eran gordos y veían que yo comía excesivamente, y es verdad, yo comía
excesivamente”. Esa presión que ejercían sus padres sobre su cuerpo derivaba de
una preocupación por su salud ya que ocurría en un contexto social en el que el
modelo estético de delgadez no era aún tan popular, “estamos hablando de una
época que no es la de ahora, esta delgadez de ahora no era lo que se llevaba en aquella
época tampoco” pero contaba con 13 o 14 años cuando comenzó la lucha por estar
delgada que aún lleva entre manos. Es en ese momento cuando lo que hasta
entonces había significado comer mucho o ser golosa se convierte en “darse
atracones”. La diferencia es clara según Gabriela, los atracones son la
consecuencia de la dieta, de la restricción, lo aguantas durante un tiempo pero
luego, explotas.
Con sus padres ha mantenido una relación muy estrecha. Aunque tuvo la
oportunidad de marchar a Montevideo y estudiar una carrera universitaria, va
a abandonar los estudios para trabajar junto a sus padres en un restaurante
pequeño. Le gustaba cocinar, el trato con el público, era buena en su trabajo.
Varios han sido los negocios familiares de hostelería en los que ha estado al
frente, lugar de trabajo que concentró gran parte de su vida y de su relación con
el mundo y con la comida. Allí, trabajaba codo con codo con un padre que tenía
problemas con el alcohol y allí también, conoció a sus dos maridos. Con su
padre “era una persona muy difícil de convivir, pero trabajar con él no era difícil,
teníamos muy buena relación, claro yo aguantaba muchas cosas, y precisamente eso, el
problema del alcohol a mi se me hizo carne, yo no soportaba verlo tomar, no soportaba
porque ya había padecido eso con mi ex y yo tenía una sensibilidad muy especial al
respecto, lo veía con la primera copa y ya me ponía histérica”. La relación con su
primer marido, de quien tuvo dos hijos, fue una tortura que reflejaba en sus
prácticas alimentarias y corporales “Con William era un desastre, me iba 20 kilos
para arriba y 20 para abajo”. Los problemas de bebida de éste los llevaban a
menudo a atravesar problemas económicos. Han sido varias las veces durante
su vida que Gabriela ha fluctuado peso hacia arriba o hacia abajo de la balanza,
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ocasiones siempre ligadas a alteraciones emocionales, por su relación de pareja,
por la relación con su padre, por las condiciones de estrés de su trabajo, y la
última, por el cambio que le va a suponer la migración. Una migración que
entre otras causas es motivada por la búsqueda de un alejamiento de su padre
“pero había un respeto, lo que él decía iba a misa, y soportamos su alcoholismo y sus
borracheras porque no tienes cara para decirle mira papa yo no te aguanto borracho, el
venirnos para aquí fue también salirnos un poco de todo eso porque ya me tenía…, lo de
él se iba acentuando cada vez más y era difícil de aguantar y bueno mi madre pobrecita
soportando, y yo viví angustias durante años de decir qué voy a hacer con mi padre”.
Vicky135 tiene recuerdos de una infancia familiar divertida y tranquila junto a
sus padres y su hermana menor en Buenos Aires. Con un padre empresario y
una madre ama de casa, sin dificultades económicas se crió en una institución
judía progresista. Su vida social era rica, tenía amigos y juntos organizaban
actividades deportivas y culturales, también viajaban. No le interesaban las
discotecas ni perder la cabeza por el qué me pongo y por unas copas. Disfrutaba
más quedando con amigos para tomar té, escuchar a cantautores
latinoamericanos y discutir sobre la situación sociopolítica del mundo. De
pequeña siempre le gustó comer, hasta que el placer se acabó, en torno a los 12
años. Le vino la menstruación y el cambio hormonal le hizo engordar. Los
primeros comentarios sobre su peso llegan de la mano de un médico
traumatólogo quien le recomienda que baje un par de kilos y el intento se
convierte en pesadilla. Primero porque debido a un problema de tiroides, que
no le detectan hasta 4 años más tarde, intenta hacer mil dietas sin conseguir
ningún cambio en su peso, segundo porque a ese aviso médico se sumó el
comienzo de una constante vigilancia sobre su cuerpo y alimentación por parte
de su padre “Lo que también pasaba en mi casa era que mi padre, que no es obeso pero
estaba subido de peso, con mi padre siempre competíamos con el tema del adelgazar,
como a mi me costaba mucho y a él también era, eh estas gordita, dejá de comer tanto me
decía mi papá, siempre tenía algo que decirme con respecto a mi peso y a mi
alimentación, cosa que yo decía ja, ja, ja, pero me estaba enfermando la cabeza. Entonces
135
Argentina, 27.
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como que siempre competíamos, yo decía voy a empezar la dieta ‘y yo también’ decía mi
papá, a ver quien baja primero, no sé, mucha competencia, una cosa muy enferma pero
que no terminaba de darme cuenta yo de que era tan enfermo”. Cuando comienza a
tratarse de tiroides las dietas hacen su efecto por primera vez, baja 12 kilos de
golpe, así que cuando intenta dejarla tras varios meses siente que sin referencias
le da miedo comer, por eso, comienza a restringir. Pero un acontecimiento
importante en su vida estaba aún por suceder. Marcha de vacaciones a Europa
con unos amigos pero la noticia de la separación de sus padres a su vuelta “ahí
me cambió la vida porque mis padres deciden separarse, cosa que no estaba en mi mente
porque mis padres son una pareja sin conflictos, no te digo unida porque nunca los ví
unidos, pero sin conflictos, porque no me imaginé nunca que se iban a separar, nunca,
nunca, fue como el principio de una etapa muy nueva y muy mala, muy mala, ahí fue
como estar arriba del todo y el declive total de toda mi vida, porque yo tengo como una
manera de ser donde me preocupo siempre mucho por el otro, la familia para mí tiene
una importancia muy grande, la unión y todo eso, entonces la desestructura de tener
padres separados no me podía entrar en la cabeza y además hubo mucho sufrimiento de
por medio”. La separación, como en muchos otros casos, fue muy conflictiva. Su
padre, con quien Vicky siempre había mantenido una relación muy estrecha, no
se marchó de casa hasta pasado un año para acabar viviendo con la mejor
amiga de su madre, “como que se me cayó un ídolo”. Ella se quedó a cargo de una
madre que no había trabajado nunca fuera de casa y quien se vio desbordada
por tal situación de ruptura familiar. Vicky se hace cargo, tomó el rol de su
padre, trabajaba fuera para aportar el sueldo y gestionaba la casa familiar que
pronto acabarían perdiendo. Su madre comenzó una vida desconocida para
ella, comenzó a beber, una relación sentimental con otra persona y, a veces,
cuando llegaba tras el trabajo encontraba la casa llena de gente que no conocía.
Recuerda el primer día que ocurrió, llegaba a casa angustiada por un trabajo
que no le gustaba y buscando el apoyo de su madre, pero al llegar solo vio un
puñado de caras desconocidas y la indiferencia de su madre. Vomitó por
primera vez “y ya de ahí no paré, porque sentí como que aquí encontré como un
espacio mío, propio, donde nadie se metía, donde nadie me decía nada, era, era MI lugar,
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era MI espacio, MI mundo, y ahí nadie tenía participación, como muy raro, pero yo lo
sentía así, yo lo sentía así”.
Vicky busca en la migración el alejamiento de unas relaciones familiares que le
resultan demasiado dolorosas y sobre las que se siente impotente de gestionar.
Además, vivir en Europa formaba parte de la realización de un proyecto
personal que siempre le atrajo. Desde aquí trabaja para vivir y mandar dinero a
su madre, al otro lado del charco.
Odiosas comparaciones
Factores culturales y socioeconómicos moldean los modos de crianza que tienen
las familias en cualquier lugar del mundo. Los recursos disponibles, ya sean
materiales o de otra índole, y las creencias y valores respecto a la educación y
cuidado de los hijos se combinan para dar lugar a diferentes maneras de
gestionar la dinámica familiar. La migración puede, en ocasiones, poner en
relación estas diferencias. Ester136 cuenta “en principio iba a venir solo mi hermana
que era más mayor y mi madre y a nosotros nos iba a dejar con nuestra abuelita pero es
que luego mi madre lloraba cada noche, no podía, sufría, aunque se hacía la dura delante
mía y me decía que no le pasaba nada, que no extrañaba a mi padre, me decía tienes que
ser fuerte, y por las esquinas la veía llorando, entonces yo también me ponía triste y al
final cuando me dijeron una semana antes que nos íbamos a ir todos me puse muy
contenta”. Alquilan un piso en un barrio de clase obrera en Barcelona. Su padre,
albañil en Ecuador, ha cambiado varias veces de trabajo pero siempre en el
sector de la construcción; su madre, que no había hecho más que trabajos
esporádicos en el servicio doméstico en su país, acude ahora a su jornada diaria
como portera en un edificio. Aunque ya llevan aquí varios años, las nostalgias
están siempre presentes. Sus padres “están muy dolidos porque yo les veo, sobre
todo ellos que son los que más tiempo han estado en Ecuador, echan de menos a sus
padres, a su familia, es que toda la familia esta allá, lo que ellos decidieron era darnos un
futuro mejor para nosotros, como que ellos pasaron en la infancia hambre, falta de
136
Ecuador, 15.
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alimentos, de ropa, de cosas materiales y claro, lo que ellos más buscaban era darnos esas
cosas materiales”. El precio de venir a España y vivir en la ciudad ha sido el de
alejarse de unas tierras y de una familia extensa añoradas “de pequeña iba por el
campo, por los árboles, por la carretera sin coches, jugaba con las plantas, con mis tíos
que tenían más o menos mi misma edad, éramos todos de ese lugar, parecía toda una
clase entera ahí, siempre mucha gente, en el pueblo todo el mundo se conocía, era muy
bonito ir al colegio. Me llevaba bien con mi abuela, con mis tíos, éramos como una gran
familia, éramos 15 o 20 y lo añoro porque aquí somos más poca familia y no estamos
juntos, añoro las fiestas, nos quedábamos en casa de alguien y montábamos una fiesta
superenorme, además que allí teníamos espacios grandes, y después para venir aquí pues
hubo que pasar de una casa grande a un piso”.
Ester venía sintiéndose diferente entre sus hermanos y la menos querida de
entre los tres hijos desde pequeña. Siempre le gustó comer y utilizaba la comida
como una fuente de evasión y de diversión. Cuando llegó a España la
convivencia con las familias de sus amigas españolas la hace cuestionarse
ciertas reglas que imponen sus padres en casa. Unas relativas a los roles de
género, otras a los cuidados y la educación de los hijos. Respecto a los roles de
género en casa, existe una clara división sexual del trabajo con la que se resiste a
identificar y por la que le valen descalificativos respecto a su feminidad “la idea
de que las mujeres somos más de la casa, de limpiar los platos, siempre me comparaban
con mi hermano diciendo que él hacía más cosas que son de mujeres, que yo parecía un
marimacho, que solo iba por la calle, que no hacía nada en casa.” Cuando comienza a
pasar tiempo en casas de amigas españolas llega el cuestionamiento de valores
de género que van más allá de las responsabilidades sobre las tareas domésticas
“me acuerdo que comencé a compararme con las demás familias y al comparar las
culturas comencé a cuestionar mi cultura pensando que sí es machista. Allá a una
mujer le pegan y no dice nada, o sea tú vas y pones una denuncia y allá la policía no
hace nada, y aquí pegan a una mujer y aunque tampoco hacen mucho, se movilizan.
Allá es lo normal”. Los modelos de género en cada sociedad alcanzan diferentes
niveles de desarrollo “comencé a quererme integrar con la cultura de aquí, a
compararme con las familias españolas, a criticar a mi familia pensando que si esto lo
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hacían mal, que si tal cosa no la deberían de hacer, luego comencé a encerrarme en mi.
Porque yo comparo las dos culturas, yo comparo la cultura española con la cultura de
Ecuador y no sé, recordando cómo me trataron cuando era pequeña siento que me
descuidaban. Me fijo mucho en cómo crían aquí a los niños pequeños, cómo los protegen
y yo veo que a mí no me han protegido así entonces es porque me han descuidado o no
me han querido mucho. Yo tenía dudas, por ejemplo yo pensaba, por qué si yo hago algo
mal mi madre me tiene que pegar una torta y a otro niño le dicen “no facis això, no ho
facis”137, me daba rabia que al niño no le dieran la torta y a mí sí me la dieran, o cuando
piden un juguete que sus padres dicen va que te lo compro pero si le digo yo a mi madre
ella dice no, eso es lo que me daba rabia.” Sin embargo, el razonamiento de Ester
sobre sus atracones, restricciones y vómitos “yo creo que esto fue más por cambio de
culturas”, es un discurso que intuimos en gran medida adoptado de su
terapeuta y que enmascara, al fin y al cabo, lo que más tiene que ver con una
variable como es la clase social. Si Ester procediera de la clase alta ecuatoriana
muy probablemente no habría experimentado algunas de tales diferencias que
la hacían sentir inferior. Paradójicamente, y siendo un hecho que concordaría
con esta hipótesis, Ester, en un momento de su vida, entra a formar parte de
una banda latina –hecho que relataremos más adelante-, pasando así a
identificarse con unos valores y unos referentes ante los que precisamente
protestaba y quería resistir al referirse al funcionamiento familiar, pero que sin
embargo le otorgan un fuerte sentido de identidad personal que la hacen sentir
menos vulnerable ante la discriminación étnica y/o de clase. Ester lucha cuando
es confrontada con demandas culturalmente ambivalentes, en parte asociadas
con entornos de diferente nivel socioeconómico, y el mecanismo de defensa que
utiliza lo van a constituir determinadas prácticas con la comida y con su cuerpo.
137
Traducción del catalán “No hagas eso, no lo hagas”.
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Modelos de Género
Contrariamente a las asunciones derivadas de teorías y estudios sobre TCA que
centran en la relación madre-hija el origen causal del conflicto, hemos
encontrado en los relatos de vida un papel especialmente relevante de la figura
del padre –bien sea a través de su presencia como también de su ausencia- en
cuanto ocupan un lugar destacado en los relatos sobre malestares. Comenzando
por ser los primeros cuestionadores -junto con madres y otros miembros de la
familia- de la corporalidad de su hija, “yo antes consideraba que estaba más o menos
gorda vaya, y mi padre se metía mucho conmigo”138, “mi padre siempre tenía algo que
decirme y a mis amigas también y siempre decía estas gordita, tenés que bajar de peso, y
siempre mi papá tenía algo que decir con el peso en mi casa, y a mí eso me empezó a
entrar, a entrar”139. Y no sólo en lo referente al peso, la afiliación a nuevas
religiones pentecostales lleva a las familias a incluir una nueva normativización
en los hábitos que incluye entre otros aspectos la imagen corporal de la mujer
“ahí no se pueden poner ni vaqueros, ni pendientes, ni nada, ni maquillaje ni nada”140
además “mi padre decía ¡que estás gorda!”. A Isabel le gustaría llevar pendientes
pero “es que no tengo agujerito, es que tampoco le gusta a mi papá, por eso, por la
religión”, y pintarse lo hace “pero cuando no está mi papá, a él no le gusta que lo
haga, cuando nos habla (a ella y a su madre) nos dice no hay que pintarse”. La
conversión Pentecostal en países de América Latina está asociada a la curación
de enfermedades o a la superación de la adicción al alcohol. Según VALLVERDÚ
(2009) la religión sustituye a la medicina como campo terapéutico, y las nuevas
pautas domésticas están dirigidas hacia una atenuación de las actitudes
machistas dentro de la familia, sin romper con la tradición patriarcal. Puede que
esta atenuación se de en algunas esferas, mientras en otras como la del control
138
Paula, Perú, 16.
139
Vicky, Argentina, 27.
140
Carolina, Ecuador, 17.
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de la imagen o apariencia de las mujeres se refuerza bajo la justificación del
precepto religioso y sigue mostrando a ésta en una clara posición de
subordinación.
Además de ejercer un control sobre los cuerpos de sus hijas, los padres están
implicados en experiencias que han sido particularmente relevantes en sus
vidas y que ellas han asociado a sus (mal)estares. Padres ausentes, padres que
abandonan, que rechazan, que maltratan a sus esposas, a sus hijas; muchas de
estas mujeres se sintieron defraudadas por alguien que constituía todo un
referente en sus vidas.
Violencia(S) de género
La familia es una de las principales instituciones transmisoras de valores y
prácticas sociales respecto a los roles de género, el cuerpo y la comida, con
capacidad para cristalizar, a través de las relaciones establecidas entre sus
miembros, factores estructurales de la sociedad industrial y patriarcal que
condicionan los modelos de género. Los abusos de poder por razones de género
dentro de la familia alcanzan su máxima expresión en los casos de maltrato
físico y de abuso sexual.
Carolina141 sigue conviviendo con toda una vida de maltratos psicológicos y
físicos que su padre ha ejercido contra su mujer y sus hijas. Nació en un pueblo
de Ecuador un año después que su hermana; no cumplir las expectativas del
padre le hacen ganarse su rechazo nada más llegar al mundo “a mí me odia de
verdad porque cuando nació mi hermana y luego nací yo dijo que quería que fuera
hombre y como nací hija, no me fue ni a visitar ni nada, nada, nada. Él se quedó por ahí
unos meses y cuando yo ya tenía un año y medio ahí vino, no me quería ni ver porque
decía que era mujer”. No parece casual que Carolina practique judo y juegue al
fútbol, hasta trabaja ocasionalmente de árbitro. Ese rechazo lo volvió a sentir
años después cuando una separación de los padres separa también a las dos
hermanas. “Y luego me separé yo también de mi hermana, que mi madre me llevó a
141
Ecuador, 17.
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Quito que es la capital, y ellos se fueron a un pueblo de la sierra, y dijo mi padre yo me
llevo a ella y tú te llevas a esta (ella) y pasamos meses sin ver a mi hermana, y después
de unos meses mi padre llamó y dijo Blanca volvamos que la niña está aquí triste no
quiere ni comer ni nada, que extraña a la otra. Y mi madre dice pues vale vente aquí a
Quito y nos vemos. Luego él se fue y mi hermana quedó con nosotras llorando, yo sí me
acuerdo de aquel momento, yo era pequeñita tenía 4 o 5 años y nada, nos abrazamos y
nos besamos y todo, no sé cuántos pero fueron muchos meses, y nos dimos la mano para
que no nos vuelvan a separar” cuenta Carolina mientras retiene las lágrimas. Su
padre volvió pasado un tiempo a la casa familiar, pero ellas no se separaron de
nuevo hasta que su madre decidió venir a España para mejorar la situación
económica de la familia. Al año siguiente vino su padre y seis meses después
los tres hijos, ya que poco antes de partir para España la mamá dio a luz al
único hijo varón. Estar separada de su padre para Carolina suponía hasta un
alivio pero de su madre, a pesar de entender las razones “nosotras llorando todos
los días, lo pasamos fatal, lo hemos pasado fatal, nos llamaba todos los días, y mi madre
cómo están, y le decíamos mamá la necesitamos”.
Su padre trabaja en la construcción mientras su madre ha alternado trabajos en
el servicio doméstico y de cajera en un establecimiento. Viven juntos en un piso
de dos habitaciones, las hermanas comparten y también la madre con el
hermano pequeño. Su padre duerme en el sofá, “ellos ya están divorciados y todo,
solamente están ahí porque quieren mantener… no pueden uno solo pagar el piso”.
Pero la violencia de género en casa siempre ha sido una constante. “Como a veces
se daban en Ecuador, yo y mi hermana nos metíamos y decíamos ya paren, paren, y
llorando las dos, luego ellos ya se daban cuenta y mi madre le decía ya déjame en paz y
le decía vale y el otro se iba y nosotras nos quedábamos con mi madre ahí llorando. Y a
veces intentábamos hacer eso, para que no se peleen y eso, pero a veces se encerraban en
la habitación y se encerraban con pestillo y empezaban a discutir y nosotras ahí
golpeando paren, paren, pero nada. Luego mi abuelita nos llevaba por ahí a comer.
(Sobre su padre) No le gusta opinar ni nada porque siempre, cada vez que opina, dice
tonterías o no hace bien las cosas, o lo que quiere es pegar y ya está, siempre a la
violencia”. En España la situación conflictiva en casa ha continuado, incluso
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empeorado por el peso del tiempo, “siempre estoy sufriendo y en casa igual, hay
muchas discusiones, mi padre y mi madre siempre están discutiendo 'que se larguen ya,
que no los quiero ver', nos dice, y eso jode un montón, 'que les odio', siempre está con
sus palabrotas ahí 'gilipollas' y en su idioma (indígena), palabras así raras y mi
hermana y yo nos vamos de casa porque estamos hasta las narices ya”. Como a otras, a
Carolina siempre le ha gustado comer. Su peso no se convirtió en una molestia
hasta que llegaron los comentarios de su padre y de algunos compañeros de
clase en España, compañeros respecto a quienes se siente diferente y
discriminada. Además dice, en España los cuerpos son más delgados.
Comienza a dejar de comer porque “creo que me acumuló todo, la gente me hablaba
y yo me sentía sin amigos, sola, encima quería tener un chico y nada, y ya decía joder
que fea”.
Para Isabel142 y su familia no se trata de la primera migración. Cuando tenía dos
años dejaron su casa en el campo en Bolivia para probar mejor suerte en Buenos
Aires. Entre otras herencias culturales tiene la de, si bien no hablar, entender el
quechua, única lengua utilizada por sus abuelos y frecuentemente entre sus
padres. Pero en la Argentina del “corralito” pocos se salvaron y como no podía
ser de otra manera, sectores marginales de la sociedad, como los inmigrantes
proletarios, se vieron afectados de inmediato por lo que algunos emprendieron
una segunda migración. Isabel recuerda bien cada uno de los momentos que en
su familia han pasado apuros “sí pasamos necesidad, de no tener plata para comer
cuando estaba en crisis (Argentina) y también antes cuando mi papá llegó a Buenos
Aires y no tenía plata para comprarse nada y tenían que pedir agua para mi hermano el
más chiquitito, para dar leche, agua caliente.” Única mujer entre cinco hermanos,
con menos de 14 años “yo le decía mami quiero trabajar de cualquier cosa, y una vez
empecé a trabajar en casa de una señora que la ayudaba a limpiar su casa, y me pagaba y
el dinero se lo daba a mi mamá.” Su padre con sus dos hermanos mayores son los
primeros en llegar cuando las esperanzas de salir de la crisis se van minando.
Ahora trabajan como albañiles mientras su madre cuida del hogar. Han
142
Bolivia, 15.
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alquilado un piso pequeño y muy humilde en un barrio de las afueras de
Madrid.
Isabel se presenta como una chica tímida en la entrevista, sin embargo, durante
su transcurso, en el que es interrumpida en dos ocasiones por llamadas de
amigas que atiende en una habitación contigua, puedo darme cuenta de que a
pesar de poder serlo en parte, son otros los factores que hacen de Isabel una
informante extremadamente cauta en sus respuestas cuando está conmigo. Muy
probablemente tiene que ver el hecho de que ha abandonado recientemente el
tratamiento por anorexia en el hospital de día donde la intentan recuperar
telefoneando a su domicilio y de donde cree que yo provengo por más que le
explique que no formo parte del personal de ese hospital y que mi trabajo está
ligado a la universidad. No obstante, progresivamente va sintiéndose más
cómoda y comprensiva y podemos profundizar en el origen de sus (mal)estares.
Al principio le cuesta hablar de las cosas que le importan, que la hacen sufrir,
por ello seguramente utiliza el condicional a la vez que el miedo a quien
representa la máxima autoridad en casa, su padre, parece conducirle a
despersonalizar al agresor y a bajar su tono de voz drásticamente para contar “a
veces mis papás se peleaban y discutían y a veces quería pegar a mi mamá”. Con el
paso de la entrevista esa utilización de un tiempo pasado y ocasional no
coincide con la realidad ya que los maltratos físicos en casa siguen ocurriendo y
su impotencia le causa tanto dolor como los hechos, “Cuando le estaba pegando a
mi mamá yo le decía por favor no le pegues más y no, no me hacían caso, no me hacía
caso mi papá”. Tiene miedo porque si intenta hacer algo más “a mi también me van
a pegar”. Recuerda un viaje a ver a la familia en Bolivia en el que le dijeron por
primera vez que estaba gorda. Comenzó entonces a restringir comida. En el
viaje de vuelta, a los vómitos que siempre le habían producido los viajes en
colectivo les encontró un sentido, “cuando llegué me dijeron estás más delgada, en
Argentina, y entonces yo pensé que era porque había vomitado y seguí haciéndolo”.
Para Isabel las prácticas alimentarias y corporales que la han llevado en varias
ocasiones a ingresar en hospitales tienen que ver con “todas las cosas que me
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decían que era muy gorda, en todas partes me decían, y segundo por problemas
familiares”.
En otras ocasiones los golpes o las palizas van acompañados de otro tipo de
maltrato psíquico y físico. Según THOMPSON (2004) numerosos estudios estiman
entre uno y dos tercios las mujeres con problemas de alimentación que han
sufrido abusos sexuales, una relación a la que se presta atención a partir de los
años 80 cuando el feminismo confronta impedimentos políticos y teóricos para
investigar en esta línea ofuscada, en parte, por el dominio de un psicoanálisis
que rechaza la relevancia de este tipo de abuso en los problemas de salud
mental de las mujeres. El incesto, va a ser el más difícil de destapar por ocurrir
en la privacidad, aislamiento y secreto de la familia. En términos muy
resumidos, este ofuscamiento se debió por una parte a la identificación que
Freud hizo de las memorias de abuso sexual de sus pacientes como fantasías
delirantes, y por otra, porque la centralidad en la relación madre e hija viene a
omitir el papel del padre de forma general en la familia y concretamente, en su
participación en la crianza de los hijos. Por ejemplo, olvidan el hecho de que
puede estar implicado en la insatisfacción de su hija con su cuerpo cuando
hemos visto que muchos de los comentarios sobre la imagen corporal que
despiertan la preocupación y el malestar de las mujeres proceden de sus padres,
y cuando la mayoría de casos de incesto son ejecutados por varones.
El abuso sexual puede alterar la relación que una mujer tiene con su cuerpo
causando cambios en la percepción de su imagen corporal, creando confusión
sobre sensaciones corporales, baja autoestima, dificultades en identificar o
conocer los propios sentimientos o desconfianza (THOMPSON, 2004). Hacer dieta,
darse atracones o vomitar pueden considerarse en este contexto como formas
de responder ante estas alteraciones. Pueden hacer dieta para recuperar el
control sobre un cuerpo que durante los abusos pierden por completo; pueden
vomitar para deshacerse de sus cuerpos, unos cuerpos que ya no quieren, que
odian como consecuencia del abuso; pueden darse atracones para aliviar
sentimientos dolorosos, para disipar el enfado, para afrontar sentimientos de
inutilidad, de odio a una misma.
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No es un tema fácil del que hablar. Es común esconderlo, no llegar a expresarlo
hasta pasados años, no hacerlo nunca. Varias pueden ser las razones, el intento
de proteger a la madre o a los padres de la experiencia dolorosa, llegar a pensar
que una ha sido una la culpable, sentirse avergonzada, miedo a no ser creída, el
hecho de que la persona que comete los abusos sea un miembro respetado en la
comunidad, miedo a que los abusos sigan y se empeore su situación a través de
amenazas… De las veinte mujeres que han participado en el estudio, tres han
relatado sus experiencias como víctimas de abusos sexuales relacionando estos
hechos con sus (mal)estares alimentarios y corporales. De una cuarta sabemos
que confesó haber sufrido abusos por parte de un tío de la familia, hecho que
relató únicamente en una de las consultas con su psicóloga143. Se trata en todo
caso de un porcentaje considerablemente menor que el mencionado
anteriormente respecto a otros estudios. De sus historias extraemos que todas
las figuras de agresor han sido cuidadores, en dos casos de la propia familia, en
uno de la escuela.
La infancia de Julieth144 transcurre junto a sus dos hermanas menores y movida
entre varias casas. Los problemas de su padre con el alcohol y sus relaciones
con otras mujeres provocan varias separaciones e inestabilidad en los ingresos
que hacen que la familia tenga que depender de los abuelos, mudándose en
varias ocasiones a casa de éstos. Aunque no llegaron a pasar hambre viven en
un entorno empobrecido “Y allí en la escuela como eran tan pobres pues siempre dan
coladas en jarro y siempre llevan galletas en bolsitas […] ¿la colada? Es una bebida, y la
preparan las madres de familia para darles a sus hijos a la hora del recreo porque no
tienen nada que comer. Y hay una cosa que siempre me acuerdo, vivíamos en esa casa y
mi mamá se puso de acuerdo con la vecina de enfrente, entonces ella y mi mamá y todos
los hijos fuimos a un lugar caminando, yo era pequeña, iba jugando y no sabía donde
iba, y vi un montón de basura así en un lugar muy lejano y yo le dije mamá, y la señora
se puso a coger basura, a buscar cosas, y solo cogían los peluches que están así dañados,
rotos, pues los cogían, y mi mamá también, y yo no quería, y mi mamá pues los cogió
143
La entrevista con esta psicóloga forma parte de las entrevistas a profesionales de esta investigación.
144
Ecuador, 16.
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IV. Etnografía
pero fuimos a la casa, y mi mamá los lavó bien y los cosió. Y nos dijo ya tienen ustedes
sus juguetes”.
A pesar de las carencias materiales tiene lindos recuerdos de una infancia en la
que formaba una parte esencial la convivencia frecuente con la familia extensa,
echa en falta “cuando eran vacaciones o fines de semana mi abuelita nos llevaba a la
finca pero no como aquí, en Ecuador es decir que vamos a una montaña y tienes que
andar mucho hasta llegar al final donde hay una casa de caña y donde hay puros
cafetales, y algún río. Me lo pasaba bien por ahí, con toda la familia, primos y todo, y
nos poníamos a recoger café, y mi abuelita nos enseñaba muchas cosas, a subir a caballos
y eso, y también a ordeñar vacas”. Pero hay otros episodios de su infancia que
tampoco puede olvidar como el haber sido objeto de abusos sexuales por parte
dos familiares. Llegado un momento lo dijo a sus padres pero aún hoy parte de
la familia sigue sin creer en sus palabras haciéndola sentir responsable de una
fragmentación familiar.
“Cuando estábamos viviendo en Santa Rosa en donde mi abuelita, vivíamos en un
cuarto que nos dejó, y cuando mi mamá se iba a trabajar nos dejaba con mi tía y como
mi tía tenía un señor que era nuevo, ese viejo no me gustaba para nada porque cuando
yo jugaba fuera me llamaba, pero eso era…, no estaba ni en primaria, estaba en jardín,
quedaba cerquita de mi abuelita y yo me acuerdo que él me llamaba así y no me gustaba,
y como yo una vez estaba sentada esperando a mi mamá afuera, no sé, una vez me cogió
del brazo y me quería meter al cuarto el viejo y me acariciaba y todo eso y yo no sabía
que hacer, tendría unos cinco años, me acordaba sólo de eso. Y una vez, también
durmiendo en la casa de mi abuelita yo estaba dormida, y cuando al momento de
sentarme me encuentro a ese viejo aquí acariciándome y todo eso, estaba con falda
porque me había quedado dormida haciendo los deberes, y yo es que me quedé asustada,
yo corrí y no sabía que hacer. Y yo no quería que mi tía se fuera, porque si se iba ese
viejo me iba a hacer algo, tenía miedo, porque me cogía del brazo y me quería meter a la
fuerza y me escapé. Y luego otra vez me dijo que si digo que le he hecho algo me dijo que
me iba a hacer algo, que me iba a violar. Y lloraba todas las noches porque me sentía
fatal y yo le dije a mi mamá un día no me dejes ahí pero no les conté nada. Y ya un día
nos fuimos a vivir a Machala y luego volvimos a los dos años y seguía ahí, tenía todavía
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miedo, le veía a ese viejo y tenía más cuidado yo, si estaba muy cerca pues me alejaba”.
Entonces los abusos comenzaron de nuevo por parte de otro tío de la familia. “Y
una vez fuimos a la finca y un hermano de mi papá estaba por ahí en una esquina y yo
iba con mis primas que son de nuestra edad, íbamos a hablar, a jugar y todo eso, y yo
veía que me quedaba mirando mucho, mucho, mucho, mucho, y no me gustaba como me
miraba. Y una vez cuando fuimos a la finca y era así de madrugada, todos estábamos
acostados así en la parte trasera del coche, era como un cajón de madera muy grande y
toda la familia ahí acostada y durmiendo, y mi mamá estaba a mi ladito y mi hermana
estaba también y mi papá estaba ahí sentado en la esquina y estaba mi tío, y yo no sabía
que él me iba a hacer nada, y entonces estaba así dormida cuando sentí que me metían la
mano por aquí (entre las piernas) tocando ya, y yo pensé, pensé en mis sueños que mi
mamá me estaba lavando, porque desde pequeñita mi mamá me lavaba para no hacerme
daño o meterme el jabón o algo de eso y entonces dije mami, mami, y entonces le vi a él,
y así me quedé y sacó la mano rapiditamente y mi papá se levanto en ese momento y no
se dio cuenta de nada. Yo llorando en ese momento y mi mamá se despertó y me
preguntaba que te pasó, una pesadilla, y yo le decía no mamá… Entonces no, pero
después le dije. Antes de que se viniera mi papá pues yo le dije que cuando estaba
borracho, yo le dije tú no sabes que me hacen daño y le dije todo, todo lo que yo sentía, y
le dije encima vas a beber con ese que no merece ser mi tío porque me hizo mucho daño,
dos tíos me hicieron daño. Mi papá cortó la amistad con mi tío, dejaron de hablarse, y
hubo un problemón en la familia que no se lo creían y algunas tías le decían a mi papá
por qué le crees, tu hija es una mentirosa, metiendo en problemas a tu tío y a tu
hermano”.
Su padre fue el primero en emigrar. Lo hizo cuando un familiar que vivía en
España le habló de “que aquí se hacía más dinero”. Cuando llevaba más de un año
aquí ya vivía con otra mujer y no enviaba ayuda económica a casa. Su madre
decidió venirse con los ahorros que había conseguido trabajando en una cocina
mientras su marido estaba ausente. Quería recuperarlo. A Julieth le explicó el
porqué de su partida y le preguntó con qué familiar prefería quedarse, la
pequeña tuvo ocasión de decidir quedarse con una prima con la que siempre
mantuvo una estrecha relación. Ocho meses después, casi de un día para otro,
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su madre reúne aquí a Julieth y su hermana mayor, la más pequeña viajará
meses después con un familiar. Se establecen en una ciudad pequeña cercana a
Madrid, alquilan un piso bonito dice Julieth, y su madre les compra ropa. Pero
otras condiciones no cambian, los maltratos físicos de su padre hacia su mujer y
sus hijas siguen dándose, desde su infancia en Ecuador, “Pero ya en esa casa
siempre mi papá ha bebido, y ha hecho muchas cosas, le ha pegado a mi mamá y mi
hermana se ha metido y yo también hasta he sido capaz de tener un cuchillo en mi mano
y decirle que me mate sino soltaba a mi mamá y la soltó. Eso ocurrió cuando ya
teníamos la casa allí en Santa Rosa, y además a veces nos dejaba de puertas afuera, y
nosotros durmiendo con el frío de la noche porque mi papá se enfadaba, borracho, y
teníamos que salir huyendo de allí. Y los vecinos que son padrinos de mi hermana, ellos
son muy buenas personas y nos ayudaban, o la defendían a mi mamá también”. Estas
situaciones siguen ocurriendo en los momentos más recientes y más difíciles
cuando Julieth pasaba los peores momentos tras serle diagnosticada una
anorexia nerviosa “Y ya cuando me ingresaron no me dijeron nada a mí, no me
dijeron que mi papá había vuelto a beber, que había tenido una recaída y que le había
pegado a mi mamá, y mi mamá se había ido de la casa con mis hermanas, eso me lo contó
mi hermana después cuando yo estaba bien”.
Los abusos sexuales y otros traumas infantiles han sido relacionados con altas
tasas de prácticas autolesivas en pacientes con diagnóstico de TCA
independientemente de su origen étnico (DONH et al., 2002). Claudia145 acude a
la entrevista con las muñecas vendadas, el día anterior se autolesionó tras ser
despedida como dependienta por no contar con una autorización de trabajo.
Las autolesiones suelen practicarse como una forma de combatir conflictos
interpersonales y angustia mental (NASSER Y DINICOLA, 2001), “no me gusta el
físico, lo detesto y quisiera arrancarlo y como tirarlo y cambiarme la cara, el pelo, todo.
Entonces me hago daño y como que me tranquilizo, como que ya he castigado una parte
de mi cuerpo, como cuando comes demasiado”. Estas prácticas de inflingirse dolor
también han sido interpretadas como la expresión del cambio cultural u otras
experiencias de desconexión (BHUGRA, 2004). El año que pasó en Colombia
145
Colombia, 18.
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separada de su madre fue para ella especialmente duro. Claudia es hija única,
las discusiones entre sus padres ocupan sus primeros recuerdos. En una de
ellas, cuando tenía 7 años, llega su primera gran decepción, su madre le
confiesa quien era realmente su padre “Mi madre se había peleado con mi padre,
entonces siempre tenía la manía de salir de casa y decir me voy, y me llevaba con ella, y
pues bajando una cuesta miró para allá y le pregunté algo y ella me dijo ese señor no es
tu padre, es tu padrastro, tu padre está muerto. Yo en ese momento no le creí pero
después sí”. No sabe como habría sido su vida de vivir con su padre biológico
pero a menudo le hace pensar que quizá hubiera sido diferente, exenta de
continuas humillaciones de las que, como Carolina o Julieth, no se podía ni
podía defender a su madre. A los maltratos físicos que su padrastro sometía a
su madre se une el hecho de que abusa de ella sexualmente y aunque pide
ayuda a su madre “Teníamos problemillas en casa, peleas entre mi padre y mi madre,
mi padre le pegaba, y en un momento así muy especial, o mejor dicho terrorífico, una
vez que me quedé sola con mi padre que había bebido un poco, fue a los 7 años también,
pues jugando empezó a meterme mano y así hasta que nos mudamos a Pereira otra vez y
allí siguió hasta que se lo dije a mi madre, habló con él, estuvo sin hablarme tres días,
luego empezó a hablarme como si nada hubiera pasado. Luego mi madre se vino para
aquí para España y yo me quedé con él. Él seguía intentando meterme mano pero yo me
escapaba”. La vergüenza y la autoinculpación llegan apoyadas por las creencias
y expresiones de una sociedad que sitúa a la mujer en el lugar poco privilegiado
de ser considerada fuente y causa de conflicto “me sentía humillada porque allí en
Colombia lo típico, me empecé a desarrollar, antes que las chicas normales, y me
empezaron a decir ‘eso es porque te dejas meter mano de tu padre’, y entonces me sentí
un poco rechazada y humillada y no me quedaba más que volcarme en los estudios y ya
está”.
Las necesidades económicas en el hogar provocaron la migración de su madre.
Su padre trabajaba en la construcción pero se quedó sin trabajo. Pasó un año
hasta que ambos pudieron venir a reunirse con ella, fue en ese tiempo, cuando
Claudia contaba con 12 años, cuando comenzó a vigilar de cerca su peso.
“Bueno allí en Colombia cuando me quedé con mi padre estuve con la familia de él, mi
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abuela era la única que me quería, el resto nadie me quería ahí en esa casa, y pues sufrí
un poco de humillaciones y maltrato, no físico pero sí psicológico, y ahí creo que empezó
un poco la guerra contra la comida sabes.” Las humillaciones tenían que ver con
una comida a la que se le negaba el acceso “Pues que se sentasen en el comedor toda
la familia y que si había carne pa todos le echaban más a mi prima que tenía la misma
edad que yo y a mí me dejaran sin nada, o que me dejaran ir al colegio sin comer, o que
me regañaran porque comprara algo para comer”. Convivía con más primas de su
edad, una de ellas se puso a dieta y todos bromeaban con que Claudia acabaría
siendo la más gorda. La guerra de la que acaba de hablar estaba más bien
abierta en otros frentes, Claudia encontró en la autolesión un modo de inscribir
en el cuerpo una expresión de protesta, de resistencia, mientras en la gestión de
su alimentación halló el camino de lograr una victoria, mediante el
sometimiento a las normas estéticas su consecución la harían sentirse valorada.
Los medios de comunicación son una pieza clave en la difusión y globalización
de ideales corporales que a Claudia la hacen sentir fea y gorda así como de
prácticas alimentarias y corporales alejadas de aquellas que dicta la norma
dietética y saludable “llegó un día en el que oí en la radio que la comida se podía
vomitar si te metías los dedos hasta la campanilla y empecé a hacerlo. A gusto, a gusto,
no sé, ese día me sentí a gusto”. Las razones que atribuye a esos vómitos a los que
siguieron restricciones drásticas, atracones, autolesiones y la práctica
continuada de ejercicio para bajar peso son “Muchas cosas, no sé, lo de mi padre, el
ver que mi padre continuamente pegaba a mi madre, el ver como humillaban a mi madre
y a mí, y tal vez la imagen de la tele, la típica imagen de la tele que sacan niñas a las que
te quieres parecer”.
Los abusos que creyó un día poder detener seguían ocurriendo y, además, tenía
que seguir combatiendo por una credibilidad que le era sistemáticamente
puesta en duda “Y ya en el 2004 creo que fue (ya en España), como ya estaba peor,
porque el 24 de diciembre salimos mis padres y yo a celebrar que era nochebuena, nos
emborrachamos todos, mi padre aprovechó pa meterme mano, algo que me dejó muy mal
y cuando llegamos a casa, entonces me levanté yo enfadada, empecé a tirarle cosas, el día
siguiente dijo que él no había hecho nada. Y pues luego a los meses yo estaba en un
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hospital de día, y me salí de la habitación porque le pedí que admitiera delante de mi
madre que sí que lo había hecho, y dijo que sí. Y mi madre, que yo pensé que me había
creído durante tanto tiempo, mi madre en ese momento se quedó como ¿qué? Y yo le dije
pero si te lo llevo diciendo desde los nueve años!”.
Son cada vez más los casos que salen a la luz pública sobre abusos sexuales a
menores por parte de agresores que actúan desde instituciones encargadas de
proteger, cuidar y educar a los pequeños. Marcia 146 va a ser una de esas
pequeñas “Yo estaba en una especie de guardería al lado de casa y allí había un señor,
el esposo de la directora o lo que fuera y sus hijos, pero sus hijos se dedicaron a coger a
los niños y pasarlo un ratillo bien y yo fui una de esas niñas, pero una niña que no pasó
por los hermanos pero sí por el padre. Yo quería repetir la comida, era muy delgadita
pero comía mucho, y era la ansiedad, esas cosas que se van notando ya de pequeña que
dicen que algo no va bien. Entonces yo quería repetir y me decía vente aquí un
momento, y me encerraba con él en el baño y me metía los dos dedos. Llegaba siempre a
casa mal y nadie entendía que me pasaba, me pasaban pomadita, me lavaban y yo con
un miedo, yo no podía decirle eso a nadie. Pero bueno eso fue un episodio que me generó
problemas a lo largo del tiempo”. Marcia se refiere a que hubieron otros que le
marcaron, como la muerte de su padre.
Las razones que motivan a su familia a migrar distan de las del resto de sus
iguales. No son puras razones económicas como el hecho de perder un trabajo,
de necesitar de un salario que sufrague los gastos domésticos básicos. Tampoco
son los deseos de descubrir, de aventurarse en un nuevo contexto que puede
traer múltiples recompensas, dando por descontado las dificultades. El
atractivo principal en este caso va a ser la posibilidad de acceder a una sanidad
que dista en demasía de aquella a la que pueden acceder en su país. La familia
de Marcia dejó Brasil en busca de una mejor atención médica para el trastorno
psiquiátrico que sufría su padre, español de origen, “imagínate muchos años
buscando clínicas, ingresando, vendiendo casas, ahogado para un lado y para otro para
encontrar algo, pero la solución no era esa, porque allí no podemos buscar una clínica de
146
Brasil, 19.
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salud mental, de psiquiatría pública para que ingreses, estás pidiendo que maten a mi
padre!”.
Brasil, país recientemente invitado por la Organización Mundial de la Salud147 a
formar parte de una comisión que defina una estrategia para mejorar el acceso a
tratamientos en salud mental en el resto del mundo -lugar que se ha ganado por
su eficiencia en la reforma psiquiátrica-, sigue contando con hospitales
psiquiátricos sobre los que recae la mirada internacional por sus violaciones de
derechos humanos (MENTAL DISABILITY RIGHTS INTERNATIONAL, 2010) 148 . La
película Bicho de sete cabezas narra la dramática historia de Neto en uno de estos
hospitales y representa un magnífico documento audiovisual que refleja las
desastrosas consecuencias de la institucionalización en tal contexto 149 . Sin
embargo una vez en España la familia de Linda no encontró lo que esperaba
“Mi madre buscó los mejores hospitales para ingresar y resultó que fue una gran
decepción la psiquiatría aquí”. Marcia había puesto “toda mi ilusión en ese avión y en
esa ropa con la que vestí a mi padre antes de salir”, le admiraba y se sentía
especialmente unida a él. Éste se va a suicidar a los pocos meses “yo tenía 12
años, yo sabía pero no podía hacer nada, tenía que dejar ya a ese hombre que se fuera, era
mucha tortura, él no se estaba aguantando, ya era demasiado aquello, demasiado, si no
se moría yo en aquel momento le hubiera ayudado a matarse, 48 años, tan joven, murió
al lado de mi cama, al lado de mi cama, sacando sangre por la boca, después llegó la
ambulancia, justo en el momento que me abandonó para mí fue un gran abandono y
gran parte de mis problemas. No me importaba un carajo esta vida, no me importaba un
carajo nada ni nadie”. Comenzó entonces una carrera que la ha llevado a 17
ingresos en 7 años, incluidos aquellos debidos a sus intentos de suicidio.
147
Anunciado por el Ministerio de Salud Brasileño el 13 de julio de 2009.
148
Según un artículo publicado en la web MENTAL DISABILITY RIGHTS INTERNATIONAL (2010),
organización internacional que aboga por la defensa de los derechos de las personas con trastornos
mentales, la Orden de abogados de Brasil ha denunciado que los centros psiquiátricos del país presentan
una situación “muy triste” con gente semidesnuda, sucia, sin recibir atención médica y lejos de cualquier
programa de reinserción o rehabilitación comunitaria. En un sanatorio de Minas Gerais se encontraron
pacientes con señales de malos tratos como cortes, soturas o lesiones en la piel.
149
Bicho de Sete Cabezas (2001). Dirigida por LAÍS BODANZKY. Buriti Films, Gullane Films, Dezenave
Sam e Imagens, Fabrica Cinema.
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En casa a nadie le gustó cocinar y lo hacía únicamente la persona contratada
para hacerse cargo de las labores domésticas. Sin embargo las comidas en el
hogar dejaron en un momento dado de ser estructuradas. Los últimos años en
Brasil habían sido complicados por el agravamiento de la enfermedad de su
padre, lo que les hizo cambiar de residencia en varias ocasiones “Entonces con
tantos cambios de casa y eso nunca he tenido una disciplina, de lunes, martes, miércoles,
como rutinario no, yo lo único que no soy es rutinaria”. Siempre había comido
mucho a pesar de ser “delgadita”, pero tras la muerte de su padre los atracones
que asocia a sentimientos de soledad y tristeza, la hacen engordar por primera
vez. Entonces comienzan las dietas y los vómitos, las subidas y bajadas de peso
“una persona cuando está mal, cuando se encuentra gorda, cree que la solución es un
comportamiento autodestructivo y déjalo ahí, no tiene nada que ver con comer ni con
nada, quieres adelgazar obviamente, pero es un comportamiento en el que te haces daño
de una forma o de otra, y entonces yo tomaba vitaminas de plátano y tal para poder
sobrevivir. Me quedé una semana encerrada con la habitación superoscura, solo me
levantaba para hacer pis y fumaba como diez porros diarios”.
Ausencias
Las separaciones o divorcios suelen dejar en la mayor parte de los casos a los
hijos a cargo de la madre. Jessica, Nieves, Paula, Karima, Soledad, muchas no
han convivido con la figura de un padre en casa, o lo han hecho por un espacio
de tiempo muy corto en sus vidas antes de que llegara la separación. Otras han
contado con un padrastro, como Nicoleta o Claudia. Los sentimientos de
abandono se entremezclan con aquellos de ilusión y esperanza sobre cómo
hubieran cambiado sus vidas “Pues una persona que abandona nada más saber que
vas a tener una hija pues para que saber de ella, aunque a veces me gustaría saber como
hubiera sido mi vida si hubiera estado con él, si hubiera sido diferente”150. Por eso es
común que intenten averiguar sobre ellos, que les busquen. Karima151 comenzó
150
Claudia, Colombia, 18.
151
Marruecos, 19.
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a preguntar sin llegar a imaginar lo que estaba a punto de descubrir, nunca iba
a tener la oportunidad, ni el interés, de conocer a su progenitor. Fue un
momento crucial en su vida cuando preguntó por la identidad de su padre para
enterarse de que su madre había sido víctima de una violación “Me enteré en ese
año, antes de enfermarme, eso era parte también, es que se me juntó todo, era como una
bomba de relojería con las hormonas de la adolescencia, es que llegó un punto que yo le
dije mamá es que quiero saber quién es mi padre, a mí me decían que mi madre estaba
divorciada, yo tenía el mismo apellido de mis tíos, el mismo de mi madre, digo yo como
puede ser mi abuelo y mi padre al mismo tiempo, eso no era normal, y mi madre me
contó la historia pero yo me acuerdo que al principio no me lo quería creer de ninguna
forma y ahí fue cuando terminé yo de rechazar a mi madre, ahí acabé de rechazarla”.
Nicoleta152 sí tuvo la oportunidad de encontrarle, y de conocer la historia al
detalle: la relación que su madre tuvo con su padre fue breve, en el momento en
que bautizaban a Nicoleta éste andaba en otra iglesia casándose con quien hoy
sigue siendo su esposa. Pero Nicoleta no le guardó rencor y siempre pensó que
podía contar con él, que tenía de su lado a su verdadero padre, por eso ha
intentado acercamientos en varias ocasiones para construir esa relación,
recibiendo a cambio consecutivos rechazos “el año pasado estuve en Rumanía y
quise hablar con mi padre porque nunca hablamos pero no pude porque él estaba en casa
con su mujer y yo quería llevarle a tomar algo para poder hablar fuera pero se quedó ahí
en la puerta y me dijo que no. Ahora me quiero cambiar el apellido por el de mi madre”.
Todas buscan acercarse a esa figura del padre, buscan aprobación, apoyo, amor,
liberarse de ese sentimiento de soledad, de abandono, de rechazo que les hace
sombra. Jessica153 va a tener la ocasión de conocer a su padre el día que cumple
quince años y tal evento va a tener un peso incontrolable en su vida “yo a veces
pensaba a lo mejor me siento sola porque no he tenido el amor de mi padre”. Llegó a
España cuando tenía nueve años, sólo tres meses después que su madre. Desde
entonces se han mudado en varias ocasiones, compartiendo ambas una misma
habitación en casas con diferentes miembros de la familia extensa. Esos
152
Rumanía, 16.
153
Colombia, 16.
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continuos movimientos espaciales y emocionales no influyeron negativamente
en sus estudios, siempre fue una buena alumna. Cuando se aproximaban sus
quince años su madre le prometió obsequiarle con el primer viaje de visita a
Colombia desde que habían emigrado. Este viaje era especial porque hacía más
de cinco años que no regresaba, porque iban a celebrar la tradicional fiesta de
quinceañera154 que conmemora el paso de niña a mujer, y porque en ella iba a
conocer finalmente a su padre. Hacía apenas un par de años habían hablado por
teléfono por primera vez “Yo en Colombia nunca llegué a hablar con él. De repente
tenía yo 12 o 13 años y mi padre me fue a buscar donde mi familia hasta que me llamó
aquí a España porque buscó contacto con un tío mío y me llamó aquí un día”, pero
nunca se habían visto. El viaje significaba mucho para ella, tenía muchas
ilusiones puestas en él y no quería arriesgarlo por nada “ese verano yo me iba a
Colombia y no quería estar estudiando ese verano […]. Primero de todo fue que noté
como que me agobié de tanto estudio, a finales de segundo de la ESO, entonces como que
comía e inmediatamente me iba a estudiar y ya no quería comer nada más durante el día
nada más que el almuerzo, y ya no quería saber nada más, me encerraba yo en el
estudio”. Dejó de juntarse con su familia en el salón para charlar, dejó de salir
con su novio para quien tenía siempre preparada alguna excusa de antemano,
dejó de comer y comenzó a adelgazar sin apenas darse cuenta porque no era un
objetivo. En casa siempre había comido bien, las comidas las compartía con su
madre o algún otro familiar. Pero en los meses que precedieron su visita a
Colombia Jessica se entristeció, se puso encima mucha presión, todo dejó de
importarle, hasta la comida “Fue dejadez mía, porque yo como que no tenía ganas de
comer, como que ya no… no sé, como que yo misma no me importaba, tenía el ánimo
muy bajito y superincomunicada, que no quería saber”. Finalmente fue a Colombia
por un mes y medio, asistió a su fiesta de quinceañera donde conoció a su padre
y a su abuela, sin embargo desde entonces no ha vuelto a tener relación con él
“lo llamo a su casa y no me contesta”.
154
La fiesta de quinceañera, aún muy popular en países de Latinoamérica, constituye un rito de paso a la
edad adulta -del mundo asexuado de la infancia al mundo sexual de los adultos como diría VAN GENNEP-
Que según FINOL (2001) se transforma en nuestros días en un instrumento de defensa de ciertos valores
familiares frente a los procesos que promueven una globalización de la cultura y una reducción de la
diversidad.
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Soledades
Trasladarse a vivir a un nuevo país, sean cuales sean las razones que motiven el
cambio, constituye todo un desafío personal que conlleva múltiples
interrogantes, entre ellos los relativos a los medios y las formas de vivir en la
sociedad de destino. Ese desafío incluye la experiencia de aculturación. Si bien
hay concepciones más contemporáneas, éstas siguen ajustándose a la definición
clásica de REDFIELD, LINTON Y HERSKOVITS (1936: 149) que refiere al proceso por
el cual “dos grupos de individuos con diferentes culturas entran en continuos
contactos directos, con cambios subsecuentes en el patrón cultural original de
ambos grupos”. Incluyendo entre estos cambios la creación de nuevas
identidades culturales. Si bien la antropología contemporánea rechaza cualquier
concepción de cultura que la defina como un único y homogéneo conjunto de
creencias que se transmite a través de las generaciones y que está ligada y
localizada en un territorio delimitado geográficamente, el proceso de
aculturación sigue siendo relevante y objeto de estudio cuando se trabaja con
una concepción de cultura más madura y compleja, sobre la que se asienta la
teoría del transnacionalismo. Como otras situaciones que conllevan un cambio
y requieren la adaptación a nuevos sistemas de valores -piénsese por ejemplo
en un simple cambio de trabajo-, la migración, por su mayor dimensión de
cambio y su efecto en numerosas esferas sociales, requiere de un mayor
esfuerzo de adaptación. Pero este nivel de esfuerzo varía considerablemente
según las condiciones socioeconómicas así como según el origen cultural más o
menos distante de la sociedad receptora. Por ejemplo, el hecho de compartir
una lengua común facilita enormemente el proceso de adaptación. Por sus
procedencias, sólo algunas de las mujeres entrevistadas no contaban con el
castellano como legua materna. A pesar de ello, Karima155 no tuvo problema
alguno, lleva 10 años en España pero a su llegada ya lo traía aprendido por el
155
Marruecos, 19.
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colegio de monjas –católicas- al que asistía en Marruecos si bien su familia es
musulmana. Para Gisela156 y Marcia157 que hablan portugués el aprendizaje fue
rápido, aunque a Marcia le molestaron especialmente las burlas de sus
compañeros de clase por sus errores y por su acento en una edad
particularmente vulnerable como la preadolescencia “Ay mal, sufrí mucho, los
niños eran muy malos por mi español. Un día, yo ya estaba en primero de la ESO y
teníamos ciencias naturales y estaba hablando un poquito peor que ahora pero sabía leer,
y estaba hablando y dije oxigenio, y se tiraron meses con el oxigenio ese, no aguantaba”.
Peor lo ha tenido Nicoleta158, no sabía nada de español cuando comenzó la
escuela en España con 12 años. Apenas había estado ojeando unos diccionarios
de español en Rumanía las semanas que siguieron a la noticia de la reunión con
sus padres en España. Cuatro años después sigue prefiriendo el rumano,
prácticamente todo su círculo social está compuesto por gente de su mismo
país. El castellano, le cuesta, a veces me faltan palabras y me quedo pensando y no las
encuentro.159
Pero las castellano-parlantes también conviven a diario con diferentes lenguas
en casa y fuera de ella, por ejemplo el quechua –o alguna de sus variantes-
dentro y castellano fuera, o en los casos que residen en Cataluña, el castellano o
quechua dentro y castellano o catalán fuera. Un fenómeno potencialmente
enriquecedor que es a veces apreciado y otras vivido como un inconveniente,
una fuente de discriminación, de sentimientos de desconexión, de soledad. En
los casos de mujeres latinas, el uso común de una misma lengua supone
claramente una ventaja en ese proceso de integración a la nueva sociedad. No
por ello están exentas de que sus usos de la lengua reflejen sus culturas locales:
más allá del acento, sus estructuras, expresiones y vocabularios son
transmisores de unas creencias y valores compartidos en su grupo social, un
156
Brasil, 47.
157
Brasil, 19.
158
Rumanía, 16.
159
Durante nuestras entrevistas esta situación ocurría a menudo. Le hice comprender que podía tomarse el
tiempo que necesitara para responder, y fue sintiéndose progresivamente más cómoda y tranquila,
pudiendo expresarse cada vez mejor.
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grupo que no es el dominante en el nuevo contexto. Por eso, muchas de ellas
han llegado a decir que, en un sentido, también han tenido que aprender una
lengua nueva “con los niños al principio no me entendía bien porque hablaban
castellano pero diferente. Yo aprendí, mi papá también hablaba ya así”160, “cambian los
dibujos, la televisión, y todo el mundo nuevo, eso era superraro y eso, fue un cambio de
culturas el ver como hablaban, como se expresaban”161.
La motivación de la adquisición de una lengua en los casos de migración deriva
principalmente de su estatus como símbolo grupal, donde juega un papel
principal el deseo de ser aceptado en el nuevo grupo “los españoles son muy
difíciles en este aspecto, tienen mucha desconfianza y más cuando cogen el teléfono y
escuchan la voz de un sudamericano” 162 . Otro aspecto igual de relevante lo
constituye la motivación instrumental, es decir, el deseo de progresar en algún
sentido, para lo que el castellano, y el catalán en Cataluña tal como estudió
WOOLARD (1992), constituyen las únicas vías para acceder a sectores
económicamente y socialmente restringidos a la vez que dominantes.
En la escuela
Cuando llegan por primera vez al nuevo país, a la nueva ciudad, al nuevo
barrio, a la nueva casa, para esas niñas llegan también los primeros
sentimientos ambivalentes: por un lado de sosiego -por estar de nuevo junto a
los suyos-, de atracción hacia lo nuevo, ese nuevo que lleva tatuado en letras
purpurina el eslogan de “primer mundo”, pero también de soledad, por todo lo
que dejan atrás, todo lo que aún está por construir aquí. Si llegan en periodo
vacacional, las que pueden intentan aliviar su soledad relacionándose con
primos de la misma edad que viven en la misma ciudad, emigrantes más
tempranos y eslabones anteriores de la cadena que las ha traído hasta aquí. Pero
más pronto que tarde, hay que comenzar a construir una propia red social y
una nueva identidad, y eso ocurre en la escuela, donde ese contacto con los
160
Helena, Ecuador, 12.
161
Ester, Ecuador, 15.
162
Gabriela, Uruguay, 43.
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iguales va a tener una repercusión en la percepción sobre su cuerpo y en sus
prácticas con él y con la comida.
La experiencia de ser la única en clase pone las cosas un poco más difíciles al
estar sola en la búsqueda por la aceptación y la consecuente integración en el
grupo. La mayoría llegaron a España en torno al año 2000 como parte de esa
primera gran oleada migratoria que puso a este país en alerta por la urgencia de
gestión de lo que constituía un nuevo e “imprevisto” fenómeno social. Ellas
eran las primeras, las que tenían que romper el hielo. En los colegios públicos
todavía se contaban pocos extranjeros, en las clases era difícil que coincidiera
más de uno. Rápidamente se irían llenando las aulas, sobre todo las de
determinados colegios ubicados en zonas residenciales deterioradas con
viviendas más asequibles donde se han ido concentrando comunidades de
inmigrantes. Pero los comienzos fueron los comienzos, las dificultades en hacer
amigos, en sentirse parte de ese nuevo grupo con el que comenzaban a convivir
rozaron a todas por igual y las hicieron enfrentarse a soledades no buscadas ni
deseadas.
“Me costó muuuucho. Claro porque yo llegaba y yo intentaba integrarme, estaba bien,
la gente conmigo se comportó muy bien, sí, pero era más yo como me sentía, no me
sentía cómoda” (Ester, Ecuador, 15)
“Al principio y, bueno todavía, me costó mucho hacer amigos, mucho, bueno fue un
cambio de vida total, porque allí tenía muchos amigos, tenía siempre cómo, dónde ir, si
me aburría tenía que hacer algo, o sea tenía siempre recursos. Y entonces bueno los
primeros meses […] me aburría muchísimo, llegaba del instituto y ni siquiera tenía
todos los libros, si quería leer todo estaba en catalán, no sabía nada de bibliotecas donde
estaban ni nada […] Yo llegué y yo veía a los niños, tan niños, que yo no sabía que
hacer. Todavía jugaban encima de las mesas y un montón de cosas que yo en Colombia
decía dios mío, donde estoy, me metieron, en una guardería! Igual yo quería hablar de
algo y a ellos les parecía eso como qué raro, esta niña de donde salió […] Me sentía que
no encajaba y me aburría muchísimo” (Ángela, Colombia, 17)
“Por ejemplo si tú te fueras ahora a Marruecos te cambiaría todo radicalmente, entonces
es difícil, es superdifícil, dejar a tus amigos, tu familia, todo lo tuyo y venir a un sitio
desconocido, sin tener a nadie solo a tu madre, entonces es muy difícil relacionarte,
encontrar amigos ha costado. Yo me acuerdo que cuando entré al colegio me encontré
con hábitos distintos que yo no tenía” (Karima, Marruecos, 18)
“Sí, en el cole porque sí, los compañeros del aula te ayudan pero ya en el recreo como
que se les olvida que tú estas, te dejan ahí, no te preguntan ¿tienes con quien irte?,
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entonces claro en ese sentido sí que me he sentido sola porque me quedaba en el pasillo
del instituto y pensaba huy, estoy solita” (Jessica, Colombia, 16)
Cuesta comprender la situación cuando se la ha vivido previamente desde el
otro lado, si bien en diferente contexto. “En mi escuela cada vez que llegaba alguien
nuevo iba todo el mundo ahí a por ella, para hacerla amiga de nosotras, y nos
peleábamos por hacernos amigas de ella, no la dejábamos aparte, a nadie la dejábamos
aparte. Porque llegaban colombianas y nos hacíamos amigas. Y aquí es muy distinto,
ninguno se acerca a preguntarme de dónde soy ni nada, sólo los profesores” dice
Jessica163. Lamenta que aquella actitud no sea la misma con la que se ha
encontrado ahora que es ella la nueva y se siente sola y rechazada. Se trata de
algo que Isabel164, que va ya por su segunda experiencia de migración, trae
aprendido “Pienso que los de este país no me van a poner como una amiga, porque soy
de otro país, te miran como diferentes, no como igual”.
Experiencias de discriminación
Si bien esas experiencias de soledad y dificultad para integrarse son referidas
por todas, en no pocos casos se ven agravadas por formas de discriminación. A
pesar de las insuficiencias y las limitaciones de las investigaciones sobre las
relaciones entre experiencias de discriminación por razones de etnicidad o raza
y sus repercusiones sobre la salud, se da una consistencia sustancial en el hecho
de que la percepción de discriminación tiende a estar asociada con peores
niveles de salud entre un amplio rango de indicadores y entre grupos
desfavorecidos en diferentes sociedades (WILLIAMS et al., 2003).
En nuestro estudio los actos discriminatorios se dan en varios frentes, tanto
desde los autóctonos hacia los recién llegados, como de éstos hacia los de aquí,
e incluso, entre los mismos recién llegados. Todos andan en proceso de creación
de una identidad propia, identidad étnica, racial y/o de clase. Los hechos que
nos relatan contienen tintes racistas, discriminaciones por rasgos físicos, por
163
Colombia, 16.
164
Bolivia, 15.
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etnicidad, también por género, pero donde los factores socioeconómicos tienen
un peso igual de relevante. La mayoría de las mujeres de nuestro estudio son
hijas de ese proletariado inmigrante que llega en la última década a nuestro
país para, en su mayoría, emplearse en el cuidado de nuestras casas o allegados
más necesitados, en servir nuestras mesas en múltiples restaurantes, así como
en cubrir de ladrillo y asfalto casas o carreteras durante la oleada de
especulación inmobiliaria de los últimos años.
Carolina165 recuerda su primer curso escolar en España, cómo de los acosos
verbales y físicos no se libraba nadie de la familia cuando ella y sus hermanos
eran apenas los únicos inmigrantes en el colegio “Y nada y empezamos ahí y no me
gustaba, nos empezaban a escupir, y mi hermano pequeño también la pasó fatal, le
escupían o le quitaban el cuaderno. Él se queda muy calladito y le empujaban y tal.
Bueno he tenido mucha gente así racista que te vayas a tu país y eso. Y tuve unas
movidas ahí que hasta vino la policía y todo, porque yo le decía a ver a ti qué te pasa y a
ti que más te da y empezamos así a hablar”, y a pelear. Como también peleó la
hermana de Julieth 166 para defenderse de los insultos raciales que recibían
ambas en el colegio “éramos los únicos (inmigrantes). Se me quedaban mirando muy
mal algunos chicos, y yo cuando veía que me miraban mal pues yo en el primer
momento también me quedaba mirando, […] algunos chicos se ponían a reír y decían
‘que a mí no me gustan los negros’, lo decían muy mal, por los de otros países y decía
‘yo soy nazi’, había nazis en mi clase”. Julieth intentó no recurrir a la violencia para
defenderse y puso todos sus esfuerzos “Cuando fui a una excursión, bueno yo fui
para poder integrarme, yo misma fui aunque no tenía ganas de ir porque me sentía mal,
todos los días de ir y verles las caras digo y todavía estar ahí durmiendo y viendo la cara
de todos ellos no tenía ganas. Aunque un profesor me echó ánimos y me dijo vamos,
vamos.” Sin embargo, el constante asiento vacío a su lado en el autobús, y
algunos episodios en los que sus compañeros ejercieron abusos de poder para
ridiculizarla o culparla de un pequeño robo que no había cometido acabaron
por ponerla en desventaja sin que ella pudiera hacer nada. Finalmente estos
165
Ecuador, 17.
166
Ecuador, 16.
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hechos la trajeron más abajo. A Nicoleta167 los ataques racistas la llegaron a
mantener alejada del instituto durante sus primeros años en España “estaba muy
mal por culpa de los compañeros que eran racistas y me iba del instituto para no estar
ahí […] éramos muchos rumanos y a los españoles no les gusta. Todavía estoy en ese
instituto, estuve tres años casi sin estudiar, no podía estudiar.” Se siente
discriminada y atacada como miembro de un grupo étnico, el de inmigrantes
rumanos, “Porque si levantabas la mano para preguntar algo se reían de mí y no sólo a
mí me pasa esto, les pasa a muchos”, “Bueno, alguna me empujó, también la empujé yo,
y también me decían cosas pero también les decía yo algo”, “una vez estaba con una
amiga rumana y vinieron como un grupo de 20 personas para pegarnos y querían
cogerme el móvil y el abono y todo eso pero al final se fueron, no lo consiguieron”. La
multiplicación de incidentes de este tipo ha puesto en alerta a la institución
educativa, Nicoleta cuenta que el jefe de estudios ha creado una vía para que se
puedan denunciar en el centro este tipo de actos violentos y discriminatorios
aunque son pocos los que se atreven a utilizarlo. Ella es una de ellas “Yo a él sí se
lo conté (al jefe de estudios) porque hubo un grupo rumano para contarle lo que pasa y
todo eso porque había muchos problemas."
Determinadas formas de discriminación hacia inmigrantes no parten de la
diferenciación entre ciudadanos de uno y otro país sino entre lo que consideran
grupos con distinto grado de civilización. Este “cosmopolitismo etnocéntrico”
(COLECTIVO OIÉ, 2005a) considera la diversidad de culturas como una
estructura jerárquica en la escala modernización-atraso. El desprecio hacia las
clases inferiores es un racismo de clase basado en argumentos culturalistas: las
culturas consideradas atrasadas, fanáticas o irracionales constituyen una
amenaza a la modernidad. Mientras otras formas de racismo se identifican con
las clases obreras, este cosmopolitismo lo hace con las clases cultas de cualquier
procedencia, embajadores, médicos, empresarios ricos o profesores. “Y una
profesora que es que me tomó manía, yo no sé por qué, pero a mí, a mi hermana, y a los
que han llegado hasta ahora, yo no sé por qué, pero nos trata más mal. Me dice
‘muchachita tú no tienes que escribir con lápiz, aquí ya no estás en tu país, estás en
167
Rumanía, 16.
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nuestro país y en nuestro país no puedes hacer lo que te da la gana’, y yo le dije ‘yo no lo
sabía, perdone si no le gusta que haga eso’ y yo cambié y empecé a escribir ya normal. Y
otros profesores me trataban muy bien, me preguntaban de dónde soy, y querían conocer
más. Y todos, casi la mayoría menos ella, y todos (los compañeros) se reían cuando
hablaba mal de mí, es profesora de religión todavía, y cuando da clases decía ‘las
religiones de aquí son distintas a las de allá y las de allá hacen unas bobadas, y por
nosotros que aprendieron el cristianismo allí.’ Y me hacía levantarme y me decía ‘a ver
dime cómo es tu religión’, yo hablaba como si fuera normal, igual como aquí hacen. Pues
eso a mí me sentó mal porque cuando ya terminaba de hablar me decía ‘eso es una
chorrada, te estás inventando’ y yo le decía ‘yo no estoy inventando’”168.
Cada una a su manera, todas intentan defenderse, hacerse respetar, ganarse un
lugar en el nuevo entorno. Soledad (Perú, 39) es andina169 y convive a diario con
una barrera racial y étnica “En el Metro, te ven y te miran, a veces no se sientan
conmigo y yo hago lo contrario, yo me siento con los negros, con los marroquís, o bueno
con los marroquís no porque son muy malcriados pero con los negros o los que son de mi
misma raza”. Decía BARTH (1969) que el objeto de investigación de los grupos
étnicos no era el propio contenido cultural sino la persistencia de límites que
distinguen entre miembros y extraños, límites étnicos que canalizan la vida
social dando lugar a una organización muy compleja de relaciones sociales y de
conducta. Soledad es objeto y a la vez sujeto de mensajes discriminatorios, su
edad y el contexto en el que creció moldean sus experiencias en España “No te
creas porque allí en Perú ocurre igual, los indios con las cholas170 como yo, así que lo
vengo arrastrando de toda la vida. Hay discriminación de todo, de dinero…Allá sobre
todo es el color, si eres india y no hablas bien es que eres pobre y ya marginal, allá por
eso la gente se esmera en hablar muy bien, en tener un lenguaje adecuado, en tener
168
Julieth, Ecuador, 16.
169
La Comunidad Andina está formada por cuatro países: Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú. Esta
Comunidad ha creado el Sistema Andino de Integración, un conjunto de órganos e instituciones que tiene
como finalidad permitir una coordinación efectiva para profundizar en la integración subregional andina y
promover su proyección externa ([Link]).
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maneras para andar, serás bien recibido, según como vayas vestido también te
discriminan, o sea que siempre por algún lado…”.
Es esencial resaltar, como ha hecho Soledad, el peso que la variable clase social -
y no sólo origen étnico- ocupa en los leit motifs de los actos de discriminación así
como en el proceso de conformación de esa nueva identidad que emerge, en el
caso de la migración, tras un proceso de aculturación. A la diferenciación
cultural las mujeres encuentran una clara distancia en lo que concierne a
recursos disponibles, nace el estigma de ser pobre en un país de ricos, y eso las
hace sentirse más vulnerables.
“Aquí en el cole cada día iban con ropa distinta y yo pensaba de dónde saco ropa porque
allá en Ecuador tenía tres uniformes y ya está, entonces yo fui con ropa normal”
(Julieth, Ecuador, 16)
“Cuando me cambiaron de colegio me cogí una depresión porque… estaban las niñas de
mi edad y me daban envidia y eso, no sé, me sentía rara en el colegio” (Claudia,
Colombia, 18)
“Yo veía que vivían muy bien y eso me daba mucha rabia, y yo decía que yo no he
nacido aquí y además que mi país es pobre, me avergonzaba de mi país, yo no entendía,
yo era pequeñita y pensaba que me había tocado una mala suerte o algo así, o que con
mis padres también me había tocado una mala suerte porque cuando hacía algo mal me
daban una cachetada y claro esto aquí a lo mejor tanto como una cachetada no porque
protegían más a los niños, y claro yo lo veía todo como muy grande, que los niños vivían
muy bien, los perritos, que les cuidaban a los perritos…” (Ester, Ecuador, 15)
En el estudio de las desigualdades en salud ambas variables, clase social y
raza/etnicidad, han competido por el primer puesto en cuanto a su valor
predictivo e informativo sobre los estados de salud de la población. La variable
raza/etnicidad encubre en muchas ocasiones las diferencias por clase social,
pero también ocurre a la inversa. Por una parte los inmigrantes y grupos étnicos
están socioeconómicamente estratificados con una mayor presencia de estas
minorías en las posiciones más desfavorecidas, por otra, hay factores étnicos
que crean desigualdades entre personas de un mismo nivel socioeconómico.
Como dijera NAVARRO (1989), la cuestión no es raza o clase sino raza y clase,
una afirmación a la que nos adherimos para explicar cómo los actos de
170
Término utilizado en algunos contextos peruanos con rótulo racial, clasista y discriminatorio para
referirse a población de sangre mixta o mestiza.
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discriminación cuyas experiencias tienen repercusiones para la salud exigen el
estudio de los efectos independientes o interactivos de ambas variables.
Más discriminaciones: Competencias desleales
Teorías sobre la aflicción de la migración han intentado explicar la morbilidad
psiquiátrica a partir de variables como experiencias de discriminación, altas
tasas de morbilidad en origen, predisposición individual, estrés, diagnóstico
erróneo, etc. BHUGRA y ARYA (2005) basándose en las teorías sobre la bondad de
las redes sociales proponen la “hipótesis de la densidad étnica” según la cual a
mayor densidad étnica se da una mayor disponibilidad de soporte social y una
menor probabilidad de aparición de una enfermedad mental. La hipótesis da
cuenta de las diferentes consecuencias en el cruce de variables entre individuos
y sociedades egocéntricas o sociocéntricas. Es en el supuesto de que migrantes
procedentes de sociedades colectivistas se asienten en una nueva sociedad
egocéntrica cuando este soporte social jugaría su papel más favorecedor. Sin
embargo, parece que no siempre es así. Volvemos a MENÉNDEZ (2008) y su tesis
sobre la desmitificación de la consideración de cualquier tipo de relaciones
sociales como buenas para la salud.
Cuando la integración con los autóctonos a partir de la convivencia diaria en la
escuela se produce sin conflicto pueden despertarse recelos por parte de otros
inmigrantes. A Nieves171 su rápida integración con españoles le sirvió para
ganarse el rechazo de sus iguales, otros inmigrantes latinos. Al llegar a España
también fue la única extranjera en su clase pero en su caso no se sintió
marginada, sino todo lo contrario “yo me llevaba muy bien con ellos, yo estaba con
mis compañeros que había conocido, entonces como que a los otros, los ecuatorianos,
colombianos y esto les daba un poco de, decían por qué ella no se viene con nosotros,
como que ellos mismos se marginaban, ellos se quedaban en otro lado y yo no, yo iba con
españoles. Y no sé, luego ellos mismos empezaron a insultarme, a decirme bobadas, y
creía que era porque no iba con ellos, y también era buena estudiante en primer curso,
171
Ecuador, 17.
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ahí también me dieron un premio por buena estudiante en este instituto porque saqué
todo ese primer curso sobresaliente en todo, y entonces en 2º que recogí el premio y eso,
pues todo el mundo aún peor conmigo. Yo noté algo de envidia, los profesores pues me
llevaba muy bien con ellos”. Los otros inmigrantes latinos reciben la actitud de
Nieves como una traición al grupo “Insultos, me quedaban mirando mal, pero yo
pasaba y pasaba, pero fue cada vez peor y peor hasta el punto que me llegué a pegar con
una chica. Yo estaba en mi casa y luego cuando yo veo, es que dos institutos, pero es que
así de puros ecuatorianos y eso, apenas salieron del instituto, pues estaban puros latinos
de los dos institutos y estaban debajo de mi casa. Que bajes, que bajes, y dale al timbre y
dale, y entonces bajé con mi hermana, con un amigo, y estaba mi prima y otra prima
más, no a defenderme sino porque todos bajamos a ver que pasaba, no sabíamos nada. Y
llegué y dije qué pasa, y me dijeron es que tú andas diciendo y yo les dije yo en eso no
me meto, yo ando metida en mi casa y si salgo es con mi novio y empezó a pegarme y no,
no me iba a dejar. Y no es que sólo quisiera una pegarme sino que querían caerme
todas!”. Por un tema o por otro, de peleas se tuvo que enfrentar a “muchas,
siempre me buscaban, como que les daba odio puede ser por envidia, o por cualquier
cosa. Les tengo un pánico!”. Para Nieves, estos acosos a los que se vio sometida
durante años la llevaron a “estaba todo el tiempo triste y pensaba, en realidad soy
eso?, a mí me trata bien la gente de aquí, la gente de fuera no me trata bien, y eso me
entristecía mucho”. Coincide este periodo con los primeros comentarios que
recibe sobre su peso, vienen de parte de su novio. Comienza a verse gorda y
decide elaborar su propia dieta: Special K acompañados con agua mañana,
tarde, y noche. En casa la responsabilidad sobre la comida y el cocinar ha estado
siempre repartida entre las mujeres del hogar -su madre, su hermana y ella-.
Continuó cumpliendo con su función si bien los extensos horarios laborales de
su madre le permitieron escaquearse fácilmente de las comidas en grupo. “Yo
creo que el problema eran las niñas, porque me trataban mal. Yo el único problema que
tenía era eso, yo estaba muy triste y no me daban ganas de comer, por la gente que
conocía”.
En ocasiones los acosos en la escuela se acompañan de la falta de compañía
cuando se llega a casa por unos horarios laborales que, las menos de las veces,
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concilian adecuadamente con la vida familiar. Karima172, como ocurre con otros
tantos niños y niñas independientemente de su origen étnico, tuvo que
enfrentarse a unos motes que hacían referencia a su imagen. “Los motes, no los
soportaba! Lo que peor me sabía era que me pusieran un mote. A mí me llamaban
Godzilla, en esa época habían puesto la película, el tío es superfeo, y me decían Godzilla
porque yo era gorda.” Intentaba defenderse de esos ataques verbales, pero el
enfrentamiento con la misma situación a diario la llevaron a abandonar las
clases hasta que su madre se enteró. La cambió de colegio pero el acoso
continuó, con una Karima ya en edad adolescente, esta vez por parte de un
chico también marroquí. “El chico este marroquí que en cierta forma también se
quería vengar de mí, me pegaba y me torturaba de todas las formas posibles, yo nunca se
lo decía a mi madre, yo siempre me quedaba callada. Entonces se cambió todo, ni yo
misma todavía consigo entender qué me cambió, cambio de la niñez a la adolescencia,
cambio de sitio con diferente gente, cultura, muchas cosas, todo se me juntó, me bloqueé
a mí misma, me enfermé, me encerré bastante la verdad. Me sentía sola, triste, en ese
momento empecé a pelearme con mi madre por una tontería porque mientras estaba
estudiando yo el primer año, mi madre trabajaba de interna y vivíamos juntas, luego se
buscó una casa, entonces cuando se buscó la casa mi madre trabajaba un montón no la
veía, me empecé a encontrar sola, triste, sin nadie, no me soportaba a mí misma, empecé
a ir al colegio, a insultarme, que eres una niña gorda, eres muy fea, la tortura infantil.
Yo un montón de veces me iba al baño a llorar, hasta que dejé de ir a clase”. La
comparación con lo que se ha dejado atrás se hace inevitable “yo comparaba un
montón, yo creo que me equivoqué mucho en eso, comparaba mucho mi vida anterior
con la que tenía allí. Yo allí tenía mis amigos, aquí no tenía nada, allí tenía a mis
profesores que me querían, aquí tengo a desconocidos, allí nadie me rechazaba, aquí
todos, entonces te metes ya como en una burbuja y empiezas ya a cerrarte, y ya empecé a
desequilibrarme, no sé, pero automáticamente llegué a un cierto límite que me ponía
hasta nerviosa y con ataques de ansiedad y empecé a vomitar. Mi madre no se había
dado cuenta y tampoco se lo dije, empecé a reaccionar a la ansiedad pero con vómitos”.
172
Marruecos, 19.
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Alianzas arriesgadas
El peso de la soledad, sentirse diferente, sentirse rechazada ya sea en la familia
y/o con sus iguales las lleva a buscar diferentes alternativas de gestión sobre
sus relaciones sociales. Algunas intentan una separación física como sinónimo
de protección. La encuentran entre las paredes de su casa, o de su cuarto.
Ángela173 se sentía tan diferente del resto de niños y niñas de la escuela que
prefería no salir con ellos en sus ratos libres y se quedaba en casa viendo la tele,
leyendo o llorando, como también hacía Tara174 quien se define “solitaria, no
necesito ir con gente, no soy como mis hermanos, si no salen se mueren pero yo no”. Sin
embargo los intentos de encontrar a otras personas con quien compartir, con
quien deshacerse en parte de esa soledad no cesa. Desde casa pueden intentar
hacer amigos por las posibilidades que ofrece Internet; a veces ésta se convierte
en prácticamente su única conexión con el mundo “siempre estaba encerrada en mi
habitación, no hablaba con nadie, no tenía amigos, estaba aislada del mundo entero, me
sentía muy vacía vale, y entonces los Chat eran las únicas personas con las que hablaba
y a lo mejor pensaba yo que me escuchaban.”175
Otras construyen redes sociales fuera de casa que, si bien incluyen autóctonos,
suelen estar principalmente compuestas por otros inmigrantes, en la mayoría de
casos próximos a ellas culturalmente, entre quienes se reducen los sentimientos
de diferencia. En ocasiones, incluso parte de las redes sociales estaban
construidas previamente a su llegada, ya que las mismas tecnologías de
comunicación y de transporte que los trajeron hasta aquí les permitieron un
flujo continuo y bidireccional de información y recursos que mantuvo en
contacto a familiares y amigos y que contribuyó a re-unirlos en la nueva
sociedad (PORTES, 2002). Entre ellos comparten una misma lengua, una misma
estética, un mismo hábito de ocio. En el grupo se participa, del grupo se siente
173
Colombia, 17.
174
Perú, 15.
175
Paula, Perú, 16.
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una parte, con el grupo se identifica, puede crear una identidad176 “Porque me
entienden, saben las canciones y esas cosas que escuchamos”. El rey es el reggeton,
pero también les gustan las cumbias románticas, la salsa, el merengue, el hip-
hop, el pop… Pueden escucharlas en la calle o en locales de ocio que frecuentan
otros de su país, como Nicoleta que acude cada sábado a “una discoteca de
rumanos en Coslada y ponen música rumana”. Lo que se ha venido a denominar
como “resurgimiento del sentimiento tribal” en las sociedades contemporáneas
(COSTA Y PÉREZ, 1996) creemos que se trata en realidad de la búsqueda de
identidades frágiles, de rasgos que compartir para luchar contra la soledad sin
advertir que con ello están expresando su desconcierto y su desazón ante
cambios sociales y culturales tan acelerados que les hacen sentirse solos y
aislados (GRACIA Y COMELLES, 2007).
El grupo construye su identidad mediante la dialéctica entre el ellos y los otros,
entre el grupo y los de fuera. Cuando esa identidad es construida sobre su
posición de marginalidad respecto al resto de la sociedad bien sea por sus
orígenes étnicos, ideología política y/o su posición socioeconómica, se forman
grupos que actúan como focos de resistencia hacia lo culturalmente dominante
con sus contranarrativas y prácticas culturales, a la vez que posibilitan
experiencias de empowerment y de pertenencia a la comunidad (BROTHERTON Y
BARRIOS, 2003). Es el caso de las bandas latinas, nacidas en el contexto de la
inmigración del centro y sur de América a los Estados Unidos a mitad del
pasado siglo. Sus primeros intentos de auto-organización surgen de la
necesidad de luchar contra la discriminación racial, los abusos por parte de la
población autóctona y otros grupos étnicos, y contra la brutalidad policial
(LITERATURA DE REYES, ORGANIZACIÓN CULTURAL S.T.A.E. NATION ECUADOR
1940, 1992 op cit PORZIO, 2008). No obstante, las gang o pandillas han estado
constantemente asociadas a la práctica de actividades ilícitas o criminales que
las han convertido en un serio problema social. Siguiendo el caso neoyorquino
en el que una de las bandas más temidas se transforma en un movimiento social
176
TERRADAS (2004) distingue entre identificación -rasgos externos que permiten clasificaciones
sociales-, e identidad –sentimiento, puede expresarse emocionalmente-.
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renunciando al uso de la violencia y de la economía sumergida (BROTHERTON Y
BARRIOS, 2003), en Barcelona, entre los años 2006 y 2007, las dos bandas latinas
mayoritarias, Latin Kings (Organització Cultural de Reyes y Reinas Latinos de
Catalunya) y Ñetas, se constituyeron legalmente en sendas asociaciones
culturales 177, 178 . Organizadas mediante configuraciones étnicas, raciales, de
clase y de género, en ellas el sentimiento de pertenencia se asienta bajo las bases
de un fuerte sentimiento de discriminación y de desigualdad sobre su posición
en la sociedad, ”Yo creo que lo que más me gustaba era que me podía comparar con
niños y no les tenía rabia porque decía pues a ellos les pasa igual que yo, decían mi
mamá no me deja salir, o el otro día me pegó una cachetada porque no se que y no se
cuanto, el otro día se pelearon mi tío y no se quién, el otro día se montaron una fiesta y
claro con las bebidas y todo, y a mí no me daba rabia porque yo me identificaba y yo es
que estaba encantada, decía choca la mano porque a mí esto en mi casa me pasa, pero
venía mi amiga y me decía no se qué y yo le decía anda niña pija vete por ahí” cuenta
Ester179. Ya por entonces había comenzado con sus dietas y restricciones y había
bajado drásticamente de peso. Fue cuando entró en la adolescencia “escuchaba
comentarios en mi clase, ya me cambió el cuerpo, empecé a darle importancia a la ropa”
y le empezó a gustar un chico, “el comentario era este chico solo va con las chicas
guays y que le gustan las chicas delgadas que llevan cualquier tipo de ropa, y claro pues
yo dije este va a ser mi reto y fue mi reto y lo conseguí”. Vigilante del peso
constantemente cualquier comentario sobre su imagen la derrumba, “como si me
dicen que los pendientes los llevo mal yo es que me caigo, digo ostia los he elegido mal.”
Ester buscaba apoyos en su red social. Al principio salía con españoles pero se
sentía muy alejada de ellos, las comparaciones en estilos de vida y posiciones
sociales la hicieron sentirse inferior, vulnerable, desubicada. La banda ofrece las
177
Un proceso, tutelado por el Ayuntamiento de Barcelona, que intentaba alejarles del camino violento
por el que transitaban desde su brusca aparición en sociedad en los años 2003 y 2004 por la violación por
parte de uno de los Reyes Latinos de una mujer, y el asesinato de un joven colombiano a las puertas de un
instituto barcelonés respectivamente. Sin embargo, las bondades de la integración social, que los líderes
de ambas bandas expusieron en comparecencias en el Parlament, no sedujeron a todos los pandilleros que
siguen protagonizando actos violentos. En Madrid una propuesta del mismo tipo ni siquiera prosperó.
178
Para un análisis detallado de la historia de estas bandas y su adaptación al contexto español ver
PORZIO, L. (2008).
179
Ecuador, 15.
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funciones básicas: económicas, a través de la ayuda mutua; sociales, de relación,
protección y afecto; culturales y espirituales ya que provee de una identidad,
permite ser “alguien” (ROMANÍ et al., 2009). “En el cole había gente de los Latin y
como esa gente hablaba con ese acento, yo me acercaba y hablaba también con ese acento
queriéndome integrar, como no me sentía de aquí quería formar parte de ese grupo y
sentirme protegida, quería estar con ellos y que me protegieran, yo también protegerles,
como decíamos que todos somos hermanos, que si todos estamos juntos contra los
españoles, contra los no se quién, los que sean. Yo iba con esa gente porque no me sentía
de aquí de España. Yo buscaba un mundo latino, un mundo igual que yo, por eso me
metí en esta banda, porque yo me sentía inadaptada aquí, miedos, tenía miedo al
rechazo, me comparaba con la gente de aquí, me rechazaban y antes de que me
rechazaran quería sentirme superior, hacía daño a los demás para no sentirme así, para
antes de que me hicieran daño pasarme de chula. […] yo buscaba una familia y para mí
eran como mi familia, me acuerdo que en ese momento que empecé a juntarme con ellos
eran discusiones de mal en el cole, mal en mi familia, mal con las amigas, solo tenía a
una a mi lado”.
El estudio de ROMANÍ et al. (2009) ha puesto de manifiesto que, al menos en el
contexto barcelonés, la principal raison d’etre de las bandas parece tener más que
ver con una demanda de aceptación social, de reconocimiento y de inserción,
que con un claro proyecto político de resistencia. Éste se sume en una difícil
contradicción por el hecho de que el discurso del grupo está cargado de
elementos conservadores según los parámetros de la sociedad de acogida:
normas diferentes para hombres y mujeres con una subordinación de éstas,
defensa de la jerarquía en la toma de decisiones, defensa de la raza latina y de
los roles familiares tradicionales, lucha contra el aborto… “Al principio sí porque
es como un refugio, pero luego no me gustaba porque todo el mundo era muy machista,
muy ‘si quieres entrar en la banda tienes que acostarte con todos’, hubo una pelea con
chicas y a mí esto me daba igual de miedo que lo de mi familia”. Se trata de los rituales
de entrada180, para los chicos una buena paliza por parte de los que van a ser
180
Son varias las bandas que operan en un mismo territorio. En Barcelona por ejemplo, el Ayuntamiento
ha anunciado recientemente que con las nuevas bandas como Mara 18, Mara 13, Black Panthers o los
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sus nuevos “hermanos”, para las chicas los favores sexuales “luego ya ellos me
obligaban y utilizaban la fuerza también […] muchas veces yo no quería hacer nada, y
no es que me hayan violado ni ninguna de esas cosas, no me apetecía pero tampoco podía
decir que no, y me decían ponte así o así y quédate quieta y si no lo hacías decían es que
no quieres, me enfado contigo”. Coacciones y más amenazas cuando uno quiere
dejar de pertenecer “nunca te sales sin problemas porque siempre te llevas con gente,
me acuerdo que una vez casi me quisieron pegar porque yo iba hablando de que, o sea
mis amigas me preguntaban tú con quién vas, como se llama tal gente y yo les iba
diciendo los nombres y por decirlos una vez me amenazaron, me dijeron como vayas
diciendo los nombres te vamos a… no se que de mi familia, me metieron miedo, yo
pensaba que me iban a pegar”. Ester, que ahora ya está no pertenece a la banda,
reflexiona sobre lo que acabó suponiendo para ella una experiencia de maltrato
“a mí me trataron mal psicológicamente, o sea yo me dejaba que me trataran mal pero
yo me dejaba porque yo misma no me quería. Ahora muchas veces al recordarlo me da
angustia”.
Las Emancipadas
Cuando las de más edad y ya emancipadas se enfrentan a la migración llevan
años conviviendo con unas prácticas alimentarias y corporales que las han
llevado en algún momento de sus vidas a buscar ayuda. Sus casos muestran la
continuidad en el tiempo, la cronicidad, la larga convivencia con unos
(mal)estares que se intensifican durante el afrontamiento de situaciones que se
viven como conflictivas. Todas comenzaron con tales prácticas en sus países de
origen a edades tempranas o rondando la adolescencia, a excepción de Soledad
que también comenzó en Perú, pero una vez superada la treintena.
Soledad181 ayuda a romper los estereotipos sobre la edad y las condiciones en
las que emergen y se desarrollan las prácticas alimentarias y corporales
Trinitarios, establecidas sobre todo a partir de 2009, no se va a comenzar ningún proceso de conversión
en asociaciones culturales por su perfil mucho más delincuencial (EL PERIÓDICO DE CATALUNYA, 12 junio
2010).
181
Perú, 39.
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“problemáticas” aportándonos una visión más amplia sobre el fenómeno.
Creció junto a su hermana y hermano menores y sus padres, un administrativo
de una empresa minera y una ama de casa, en la capital peruana. La
convivencia familiar con su hermano le enseñó cuáles eran los beneficios de ser
“el único hijo varón de mis padres entonces se llevaba la mejor parte en las propinas, se
sentaba delante en el coche y nosotros atrás, siempre él, él, él”. Tanto ella como sus
hermanos pudieron ir a colegios privados, asistir a academias de inglés, fueron
los que mejor vestían en el barrio, pero pronto les faltó algo que para Soledad
era muy importante, su padre. Sus padres se separaron cuando ella tenía 8 años
“mi madre lo echó de la casa, ella me obligaba a ver los enfrentamientos a mí sobre todo,
porque yo era la mayor. Yo lo eché mucho de menos a mi padre, estaba muy confundida,
decía dónde se va a ir ahora mi papá”. Por aquel entonces Soledad encontró refugio
en “La escuela, fue lo que me ayudó porque los problemas ya se veían con mis padres.
Yo con mi padre situaciones muy puntuales recuerdo, recuerdo que él era muy cariñoso,
muy protector, pero mi madre era la que ponía la cosa más fuerte ahí, de dar golpes, de
que si sacabas malas notas pues castigaba, ejercía la autoridad, mi padre era más
comprensivo, no le gustaba”. Fue a colegios religiosos “era mucho la moral, las
costumbres, la virginidad, la familia, el matrimonio, la mujer, que podía esperar, yo lo
interioricé mucho, hasta ahora! Eso no se cambia, si te forman de esa manera desde
pequeña, y además en tu casa, en los dos sitios”. Aunque la enviaron a un retiro
espiritual de un año para que se convirtiera en monja, ella acaba rechazando la
propuesta y se forma como trabajadora social. Consigue un trabajo en el
Ayuntamiento, y tiene que desplazarse a menudo a provincias donde se come
más pesado. Soledad engorda unos kilos. Ya con 25 años y tras un desengaño
amoroso, es cuando por primera vez en su vida se siente gorda. Nadie le hace
comentarios, pero se compara con la figura más fina de su hermana. Piensa en
adelgazar un poquito y comienza a correr y a sustituir grasas por fibra en su
alimentación. ¡Eureka! baja 10 kilos. Entonces sí llegan los comentarios, el
adelgazamiento trae recompensas “todo el mundo qué bien estás, uy que bien, y yo
también me veía bien, qué bien la ropa y todo eso, así me conoció mi esposo”. Soledad
mantiene con su esfuerzo ese peso durante unos años, disfrutando de esa
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IV. Etnografía
valoración social cuando inesperadamente ocurren tres acontecimientos
importantes en su vida: muere su madre, pierde su trabajo y su pareja
sentimental rompe la relación. Tiene entonces que dejar su casa y mudarse con
su hermana menor, pasando a depender económicamente de ésta. Para ocupar
su tiempo y no pensar salió de nuevo a correr pero esta vez por varias horas.
Para ahorrar el poco dinero que tenía se le ocurrió dejar de comer “Una tarde en
broma dije no voy a comer, como tenía energía suficiente pues iba…. Al día siguiente
dije pues voy a comer una sola vez a ver lo que pasa, para ahorrar porque no tenía
mucho dinero”. Baja más de peso, pero esta vez su compromiso de matrimonio se
rompe. Ya no se siente gorda, ya no espera comentarios agradables sobre su
figura, ya perdió toda ilusión de vivir, ya se deprimió, y siguió bajando de
peso… Soledad decide venirse para España, donde hacía unos años había
emigrado su padre, para probar mejor suerte en el terreno laboral y encontrar
de nuevo una estabilidad económica y emocional.
La decisión de migrar nace de un deseo de mejorar las condiciones de vida con
las que contaban en sus países de origen. Tras el viaje, si bien unas se superan y
otras permanecen, algunas dificultades aparecen o se suman: hay que elaborar
el “duelo migratorio” -el alejamiento de amigos y familiares, de la tierra donde
se ha crecido y de sus gentes, de su lengua y de su cultura-, hay que enfrentarse
a dificultades de tipo económico y/o por estatus legal, a experiencias de
discriminación, y a todos los cambios que conlleva el proceso de aculturación.
Un proceso proclive a exponerlas a situaciones de desconexión, transición y
opresión (KATZMAN Y LEE, 1997). Como cuenta Gabriela182 “Ya en Uruguay yo
había conseguido un poquito de equilibrio pero al llegar aquí, claro, me sentí un poco
perdida al respecto, bueno, como todos a los que les falta su grupo, su gente, más todo lo
que significó un cambio grande, muy grande, dejar un país, dejar unos padres, bueno, la
inestabilidad que tiene venirte sin papeles, toda aquella angustia, toda aquella etapa, de
todos modos cuando nosotros vinimos no era tan problemático pero te llevaba unos
cuantos meses regularizarte y todo, a los que tenemos problemas de alimentación todo
esto nos descanaliza”.
182
Uruguay, 43.
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IV. Etnografía
El proceso de aculturación y las experiencias de socialización en la nueva
sociedad se desarrollan de formas muy diferentes a aquellas que acabamos de
describir en las adolescentes. La edad, los proyectos de vida, y las decisiones
“voluntarias” –sino las más deseadas- sobre la migración las ponen en
situaciones bien diversas respecto a la gestión de sus vidas y las de los suyos en
el nuevo contexto. Las prioridades para ellas no son sacar buenas notas y buscar
amigos, sino conseguir un techo donde vivir y un trabajo que proporcione una
base económica estable sobre la que construir una nueva vida. En un segundo
plano queda la construcción de una red social en el nuevo contexto, si bien no
por ello carece de importancia. La construcción de una red social de apoyo es
un asunto que todas definen como complicado, por las largas jornadas
laborales, la atención a la familia –en los casos que corresponde-, y la distancia
cultural. Como muchas de las adolescentes, ellas también se encuentran con
soledades no deseadas que intentan combatir.
La lengua les acerca, facilita, pero no hace desaparecer otras barreras culturales:
“Te digo que relacionarse con los catalanes no es tan fácil, y bueno, son muy corteses y
muy correctos pero no son fáciles para relacionar. Tengo amigos, por ejemplo, tengo
amigos de una pareja argentina, luego tengo ahora una amiga que es del País Vasco o de
por ahí cerca, luego tengo una amiga catalana pero bueno es amiga pero está ahí, por
ejemplo sí podemos quedar a tomar un café pero no es de decirte vente a casa como yo
haría en Argentina que sería lo más común, y compartimos el gimnasio y es mi amiga
pero... hasta ahí, y entonces es como que me cuesta más. Después una amiga argentina
mía se volvió a Buenos Aires hace poco y después otra más que es suiza se volvió, como
que a veces tus amigos se van ... como son pocos y te quedas más sola” (Cecilia,
Argentina, 29)
“Tengo un par de amigos en Castelldefels que yo les llamo amigos de cierre porque
siempre están y son un uruguayo y un catalán medio atípico porque su casa por ejemplo
siempre está la puerta abierta, el que va entra, pero bien, bien, a veces me quedaba en la
casa de él cuando iba y venía. Y acá pues amigos amigos no tengo, tengo gente conocida,
pero claro, yo por ejemplo el martes fuimos a comer con el catalán este que te dije que
vino a Argentina y estuvimos saliendo en Argentina pero hay algo, una barrera. La
barrera es cultural, tenemos historias diferentes. Tenemos historias y formas de ser
diferentes, yo con mi colega catalán me llevo bien, siento afecto, pero la cosa llega hasta
ahí y siempre hay un poquito más que con un argentino podría llegar” (Marcelo,
Argentina, 54)
Como las adolescentes, al final terminan creando redes mayoritariamente entre
personas de su propia nacionalidad u otros extranjeros, pero en general la red
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es pobre. Cecilia y Vicky, las veinteañeras, se sienten solas, y entre sus amigos
cuentan con algunos argentinos y otros extranjeros que van y vienen de una
ciudad, para muchos, de estancia temporal como es Barcelona. Soledad sólo
tiene una amiga, y es peruana. Gisela, que lleva aquí más de una década, tiene a
sus colegas pero prefiere dedicarse a su trabajo y a su hijo. A Gabriela el trabajo
y la familia le consumen todo su tiempo, aunque hace poco ha conocido a su
primera amiga, argentina, comedora compulsiva como ella, y no oculta su
ilusión ”ellos son los amigos que tenemos ahora, y esto me ha cambiado la vida porque
bueno yo ahora la tengo a ella”.
¿De quién es mi cuerpo?
Hasta ahora hemos visto como experiencias de desconexión, transición y
opresión que se derivan de situaciones que pueden estar ligadas o no a la
migración, tales como soledades en la familia y en el entorno social, confusión o
discriminación por etnia, clase social o género, ocurren de forma simultánea a
una socialización en valores sobre la imagen corporal. Mensajes que se
convierten en presiones y que llegan de parte de la familia, de los amigos, de los
profesores, de los compañeros de trabajo, de las parejas, de los medios de
comunicación, de los médicos, etc. Mensajes sobre el peso y no solamente,
también sobre la forma de hablar, de vestir, de maquillarse, de moverse, de
comunicarse. Hemos visto además cómo muchas de estas presiones vienen
desde el género masculino -un hombre que domina, violenta, agrede- pero
también del propio género femenino.
Los múltiples y contradictorios mensajes que reciben las mujeres durante su
crecimiento nos dan una idea de por qué muchas de ellas llegan a la edad
adulta desconfiando de sus apetitos y de sus cuerpos. Lo mismo ocurre para los
hombres en unos números que se muestran en aumento si bien siguen distando
demasiado de los casos en mujeres. “Estás gorda, estás gorda, estás gorda” es el
eco que resuena en la cabeza de muchas de ellas. Lo han oído en la familia, -de
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boca de su padre, madre, hermanos, tíos, primos- pero también fuera, en la
escuela, -en la voz de amigos, de compañeros de clase, de chicos que les gustan-
en la calle, o en la tele. En algunos casos las mujeres reconocen que siempre les
gustó comer, desde pequeñas, y que estaban rellenitas aunque eso no supuso
ningún problema hasta que no llegó la adolescencia, cuando el cuerpo tomó
otro valor en relación a los “otros” y por ende para ellas mismas. En otros casos,
puede que una ni siquiera fuera muy comiente, ni gorda, pero que un pequeño
aumento de peso seguido de comentarios respecto a su cuerpo acaben
haciéndole sentir su propio cuerpo como indeseado e indeseable.
Cambios en la migración. La tienda en casa
En muchas ocasiones un aumento de peso que coincida con esa etapa
adolescente puede ser un desencadenante de comentarios y de una nueva
preocupación. Les ocurrió a varias, estando sus periodos de subidas de peso
ligados a la experiencia migratoria. Ésta acarreó cambios ligados a los estilos de
vida pasando a hacerlas más sedentarias, a facilitar el acceso a nuevos
productos alimenticios, y a volver a contar con unos cuidados familiares
después de periodos de separación. Sin embargo, esos cambios a los que se
vieron expuestas no son específicos de un tipo de migraciones como las
internacionales en las que se centra este trabajo, sino que pueden ocurrir
también en otros tipos de migración. Eso sí, tienen en común que el cambio de
residencia ha implicado para todas dejar zonas rurales -donde pasan tiempo al
aire libre, jugando, corriendo, relacionándose con la familia extensa- para
trasladarse a vivir en la ciudad -en el asfalto, con sus limitaciones de espacio y
los cambios que implica en la utilización de su tiempo libre y en su
socialización-. Pasar a llevar una vida más sedentaria les ha ocurrido a muchas
que han dejado su país para establecerse en nuestras ciudades, pero también le
ocurrió a Gisela cuando a sus 16 años la familia volvió a cambiar de residencia
dentro de Brasil por las exigencias del trabajo de su padre.
“Hubo un cambio cuando volvimos a vivir en Río, después de haber estado en pueblos y
así, y aquello me produjo un choque muy grande, el cambio de ir a vivir a una gran
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ciudad, yo era niña de subir a los árboles, de ir a pescar y entonces esto fue cuando yo
engordo mucho” (Gisela, Brasil, 47)
“Yo estaba acostumbrada a otro tipo (de vida), porque yo estaba más en la calle,
saliendo, correteando en la hierba, aquí no sé, es como una ciudad grande, industrial”
(Ester, Ecuador, 15)
“Los fines de semana mi abuelita nos llevaba a la finca pero no como aquí, en Ecuador es
decir que vamos a una montaña, y tienes que andar mucho hasta llegar al final donde
hay una casa de caña y donde hay puros cafetales, y algún río. Allí se puede dormir y
vivir y todo, lo único que la gente tiene que bajar a comprar lo que necesite al pueblito
que queda andando. Entonces eso es grande, muy grande, aquí cuando alguna vez me
han dicho de ir a una finca y he llegado y es apenas un solar y una casa” (Julieth,
Ecuador, 16)
Julieth, junto a sus hermanas y sus primos, cada fin de semana montaba a
caballo, ordeñaba vacas y recogía café. Nada parecido ha vuelto a hacer desde
que llegó a España. Lo que sí encontraron aquí fue la accesibilidad a nuevos
productos de alimentación que les ayudaron a distraerse, anestesiarse, y a
engordarse.
“Cuando llegué aquí en España, porque también fue el cambio de comida, se podían
comprar más cosas y más buenas, yo podía comprar más variedad y muchas cosas, no
solo lo necesario. Y entonces yo cogía y cuando pasaba algo malo decía con esto se me
pasan las penas” (Ester, Ecuador, 15)
“Yo, los primeros días que llegue aquí, bien porque era verano, no había cole ni nada y
mirábamos la televisión, a ver que canales había y nos poníamos ahí a tomar yogures
porque en Ecuador casi no se comen yogures, y todos los días, y bueno a mí me
encantaban los yogures, cuando los trajo mi papá dije ah!! Porque allí en Ecuador no
son así. Y después de comer comíamos yogur […] y engordamos, un poquito, a ver, no
como obesas sino más gruesitas” (Julieth, Ecuador, 16)
”Allí no es normal tener tantos dulces en la casa entonces me daba como igual pero aquí
como tenía en la cocina pues fui un poquito golosa pero ahora ya no, fue como una
época” (Ángela, Colombia, 17)
Pero a Ángela, como a otras, se le añadió a esta “nueva” despensa de cocina la
vuelta a los cuidados de una madre de la que se ha estado alejada durante años
por la migración “Entonces cuando llegué pues el estar otra vez con mi mamá, que
estaba pendiente de ‘le voy a hacer esto que le gusta’ y ‘te voy a comprar no se qué que
está muy rico’ entonces bueno normal, subí de peso. Y yo feliz con todo lo que mi mamá
me daba, yo me lo comía”.
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La accesibilidad a nuevos productos de alimentación no es única del tipo de
migración de la que han sido protagonistas estas mujeres. Otros estudios han
confirmado el mismo fenómeno sobre el cambio de hábitos alimentarios en
países de América Latina entre poblaciones indígenas que migran a las
ciudades para trabajar (BERTRÁN, 2005). Es un hecho que la disponibilidad de
alimentos ha aumentado con la globalización y que la cercanía con centros
urbanos facilita la adquisición de nuevos sabores en cualquier lugar del mundo.
En sus países de origen nuevos productos de alimentación llenan cada vez más
y más estanterías, sin embargo, el vivir en zonas rurales o las condiciones
económicas precarias pueden haberlos prevenido de acceder a los mismos hasta
haber llegado a España. Por eso, estaríamos aquí hablando de unos cambios
ligados a la urbanización/migración urbana de las poblaciones más que de un
hecho específico de las migraciones internacionales, concretamente de aquellas
cuyos flujos se mueven de países periféricos a países centro -utilizando la
terminología de la teoría de la dependencia y el capitalismo periférico-, si bien
es también característica de las mismas.
¿Qué es el cuerpo?
Ya antes que BRYAN S. TURNER publicara “The Body and Society” (1984) Marcel
Mauss y Mary Douglas anticipaban la necesidad de incluir la dimensión social
en los estudios sobre cuerpo, y reubicarlo dentro de las ciencias sociales
dándole un papel preponderante como objeto de estudio. El cuerpo es una
metáfora o imagen de una sociedad, una imagen cuya mayor función es la de
“expresar la relación del individuo con el grupo” (DOUGLAS, 1978: 389), así las
techniques du corps (MAUSS, 1973, [1934]) insistían en el papel social de unas
prácticas que son hechos sociales y se inscriben en la cultura. Desde entonces, se
ha des-naturalizado el cuerpo para observar en él las inscripciones de la
sociedad en la que se inserta. Así como cada sociedad posee su lengua
particular también poseería su cuerpo porque éste también está sujeto a una
gestión social. El cuerpo es entonces ambos, “social” y “natural”, es socialmente
mediado e individualmente percibido (TURNER, Íbid.: 284). El cuerpo es el
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terreno en el que emergemos como sujetos y en el que batallaremos nuestra
subjetividad a lo largo de nuestra vida (BAZ, 1999).
En los estudios sobre anorexia ha sido recurrente la atención sobre el cuerpo
por la metáfora que representa cuando éste se convierte en síntoma. En todas
las culturas el cuerpo está íntimamente ligado a lo social y hombres y mujeres
están influidos de manera distinta y específica en cuanto a su cuerpo y
apariencia (ESTEBAN, 2004). De acuerdo a ello sostengo que los (mal)estares
alimentarios son mejor entendidos como intentos de articular mediante el
cuerpo las expectativas contradictorias que recaen sobre las mujeres, por lo que,
en el análisis de éstos, ocupa una dimensión fundamental el contexto de los
significados corporales. Las percepciones que tenemos sobre nosotros mismos y
nuestros cuerpos son construcciones culturales y, por tanto, son históricas.
Retomando el concepto de MAUSS (1973, 1934) y renombrándolo como
technology of the self, FOUCAULT (1988) habla de prácticas corporales con
significado cultural que constituyen y transforman el self y es, a través de ellas,
que el self se convierte en una actitud o en una forma de pensar en relación con
la sociedad contemporánea.
En las sociedades industrializadas el cuerpo tiende a sucumbir a la lógica
mercantilista y se convierte en un elemento central de la vida social, es uno de
los espacios privilegiados del consumo y uno de los objetos más frecuentemente
mercantilizados: el cuerpo como agente activo (cuerpo-consumidor) y el cuerpo
como mercancía sujeta a la lógica de la globalización (cuerpo-consumido)
(MARTÍNEZ-HERNÁEZ, 2002). Ante este desdoblamiento de su valor en sociedad
se convierte en objeto de mensajes contradictorios generadores de tensiones y
(mal)estares que afectan mayoritariamente a las mujeres por constituir el target
principal de estas presiones. Pero, como dice TURNER (1994), es esta hipertrofia
de la mercantilización propia del capitalismo tardío la que ha convertido al
cuerpo en una especie de espacio personal socialmente sagrado donde cada
sujeto es libre de producir sus propias identidades. Se trata de un objeto
utilizable, manipulable, amado y odiado. El cuerpo se convierte en un
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instrumento para la vida, en vía para alcanzar el éxito en diferentes esferas:
social, profesional y/o sexual.
“Yo creo que es el instrumento que utilizamos para hacer y reflejar la parte que
llevamos dentro […] Si no controlas tu físico eres como eres y ya está, pero digo que es
como un instrumento que por medio de él tú haces. Un instrumento en el sentido de que
sirve de medio para hacer y para moverte, para llevar a cabo todas las cosas que tienes en
tu mente, entonces es como un complemento” (Ángela, Colombia, 17)
“El cuerpo es un objeto […] Me he dado cuenta que tú haciendo un par de cosas ya
tienes lo que quieres y no es así, es muy malo, es que no está bien porque utilizas a la
gente para lo que tú quieres solo porque a lo mejor te ven de una manera especial y tú te
aprovechas, yo me aprovecho al menos de eso y claro, yo creo que es un objeto para
conseguir cosas. No me gustaría que lo fuera, sería mejor que la gente se valore por otras
cosas y no solo por esto” (Paula, Perú, 16)
Los diferentes significados que otorgan al cuerpo las inmigrantes nos ayudan a
entender mejor el porqué de sus prácticas alimentarias y corporales, qué
intentan transmitir a través del cuerpo, cuál es la base de la experiencia de este
(mal)estar. Algunas se someten a los imperativos sociales sobre el rol femenino
si bien muestran a la vez su desencanto como expresan más arriba. El
equilibrio, el placer, llegan en la mayoría de ocasiones de mano de esa
sensación de control que no existe en otras esferas de la vida. En ese territorio
que es el cuerpo, al menos ahí, una puede hacer y deshacer “Hombre, es mi
templo, es lo único que tengo realmente mío”183.
El cuerpo puede serlo todo, pero también puede “No significa nada y ese es el
problema”184. Puede representar un objeto de desencanto o mejor, un espacio en
el que descargar tensiones, malestares, pero esta vez esa descarga viene desde
la pérdida del control, rechazando el cuerpo, negándolo, castigándolo se puede
actuar sin límite sobre él, además de dejar de comer, una se puede autolesionar.
CASADÓ 185 (2008) en su trabajo sobre los significados de las autolesiones
183
Gabriela, Uruguay, 43.
184
Marcia, Brasil, 19.
185
Incluyendo en su etnografía a pacientes de TCA que se autolesionan, la autora hace un excelente
análisis en el que recupera la interpretación de estas prácticas del modelo médico, que lo considera como
un síntoma aislado o una conducta desviada, y lo redefine en modelos explicativos que dan cabida a
significados sociales y culturales más amplios.
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corporales en jóvenes encontró conexiones entre los procesos de construcción
identitaria, represión emocional y la asociación entre emoción y cuerpo y la
capacidad reactiva de éste.
Los (mal)estares alimentarios quedan retratados como una necesidad de
expresar y comunicar a través de la comida y del cuerpo, y lo que expresan va a
tener que ver con los significados que alimentación y cuerpo tienen en cada
contexto. En el que estamos analizando, tales prácticas generan una sensación
de control derivada del proceso de acción que les permite gestionar tales
esferas. Las prácticas de autolesiones o restricción de comida pueden ser
interpretadas desde el modelo médico como desviadas o de “descontrol”. Sería
imprescindible abordar los significados de querer abandonar el cuerpo,
rechazarlo, hacerlo desaparecer, desde unos marcos interpretativos más
amplios.
Sugiero que representan dos caras de una misma moneda. Por un lado algunas
ejercen el control sobre el cuerpo construyéndolo según su deseo. Utilizando la
dieta o la restricción, el vómito, el ejercicio físico, la toma de laxantes o
diuréticos, incluso otras estrategias personales para poder modificar partes del
cuerpo no aceptadas “Luego lo que más problemas tenía era con la parte de la barriga,
lo que hacía era apretarme con cualquier cosa y dormir así y al día siguiente me
despertaba con dolor de barriga pero no me importaba”186, “Sí, hacía abdominales,
desordenaba el armario y lo volvía a ordenar, ordenaba toda la casa hasta que me ponía
algún plástico, una bolsa de estas negras, para sudar, quemar grasas y así, no paraba
todo el rato”187.
Pero también, incluso en una misma historia, estos controles se pueden alternar
con expresiones de “descontrol”, mayormente reflejadas en la práctica de
atracones, autolesiones, y consumo de drogas. El deseo de desaparecer
impregna muchas de estas experiencias de enfermedad como iremos viendo
más adelante.
186
Paula, Perú, 17.
187
Claudia, Colombia, 18.
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Modelo(S) de belleza
El denominado “modelo Euro-Americano 188 cultural dominante” sobre el
cuerpo, es decir la figura esbelta, de raza caucásica y joven, convive aún con
otros modelos estéticos que operan en diferentes contextos. No podemos hablar
de una única polaridad cultural ni siquiera entre los autóctonos. MORENO
(2005), quien ha estudiado las representaciones de la anorexia entre diferentes
clases sociales en España, encuentra que en las clases más bajas las fuertes
inversiones corporales están básicamente asociadas al deseo de visibilidad en el
mercado sentimental y matrimonial, donde una vez conseguida una pareja la
preocupación por el peso disminuye drásticamente mientras se mantiene entre
las clases más altas por estar su valor positivo unido a un rango de contextos
más amplio.
Hay diversidad, pero si tuviéramos que hablar de un modelo corporal local
entre las latinas o entre las negras ese sería un cuerpo curvado y con un peso
medio por encima del patrón hegemónico. Es lo que va a defender Ana, la
protagonista de “Las mujeres de verdad tienen curvas”189, una chicana residente en
un suburbio latino de la ciudad de Los Ángeles que se dispone a crear una
forma de resistencia identitaria hacia la cultura gringa dominante aceptando un
estereotipo de belleza en un contexto donde el que opera –como hegemónico- es
otro. Ana ama su cuerpo opulento y convence a sus compañeras de que hagan
lo mismo, algo que les permitirá ser diferentes y tener una identidad propia, si
bien al precio de la subalternidad (GRACIA Y COMELLES, 2005).
Las andinas que han llegado a España en los albores de su adolescencia relatan
cuáles han sido los mensajes sobre el cuerpo en los que se han socializado en
sus comunidades de origen, o lo siguen haciendo a través de sus padres, y son
iguales a los de Ana: menor preocupación por el peso y reclamo de las curvas
como estándar de belleza.
188
Ver nota al pie 47.
189
Real women have curves (2002). Dirigida por PATRICIA CARDOSO. HBO Films / Newmarket Films
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“(Mis padres) Dicen que no, que si alguien es delgado o gordo, que no importa allá, no
se preocupan mucho de eso, que da igual. Yo pienso que me lo dicen para que no me
preocupe más por el peso y eso. Pero igualmente a veces pienso que es cierto porque mi
mamá quiere estar más gorda, está muy flaquita” (Maribel, Bolivia, 15)
“No, es diferente. Allá las chicas no están así, no se las valora más por estar más
delgadas, allí están yo creo que normal y tirando a rellenitas, así les gustan… Por el
culo, por las tetas” (Ester, Ecuador, 15)
“Yo creo que se valora más que delgada, que la mujer tenga figura, lo que tiene que
tener una mujer para ser mujer, sus curvas, sus caderas, sus pechos. Yo creo que sí hay
diferencia y es esa, además yo tengo una prima que es modelo y yo he estado con chicas
modelos de allí, y aquí las veo todas super delgadas, muy altas, pero allí una chica
española no, tiene que tener su cuerpo figuradito con sus caderas, sus pechitos, todo”
(Nieves, Ecuador, 17)
“Están más delgadas aquí, se preocupan mucho más aquí […] Yo creo que de delgadez a
una chica así, tampoco gorda, así normalita, que no sé las chicas allí no son tan delgadas
como aquí y enseñan, aunque tengan también kilitos lo enseñan, no se tapan y las chicas
aunque aquí son delgadas lo tapan, en cambio en Colombia no lo tapan” (Jessica,
Colombia, 16)
Una vez en España perciben un contraste entre imágenes corporales, en las
formas de los cuerpos, comienzan a interiorizar un nuevo estándar de belleza
que les hace sentirse diferentes e inferiores. Es la esencia del estigma que genera
un daño en la propia identidad (GOFFMAN, 1963). En este proceso tienen su peso
factores socioeconómicos ya que la variedad de ropa y complementos que
observan en las autóctonas en general, y que ellas aún no pueden permitirse, las
hace sentirse menos bellas, atractivas y en desventaja.
“(Al llegar a España) Pues era muy tímida, y yo antes no lo era, pero no hablaba nada,
era tímida, tímida, no ves que era muy raro para mí venir aquí, y como en Ecuador no
hay que digamos tanta gente guapa y aquí sí que hay gente guapa y bonita y todo eso.
Había chicas bonitas y me sentí más baja que ellos porque mi hermana y yo éramos las
únicas ahí de otro país” (Julieth, Ecuador, 16)
“Y luego ya llegué aquí y el gran cambio me encantó muchísimo, el aeropuerto vamos
me encantó, con gente ahí altota y los tíos guapos, los azafatos, eso me gustó, porque nos
cogieron a las dos y nos llevaron a la sala donde nos estaban esperando y uf, estaban
grandotes, altotes, guapísimos, como en las películas! Me daba totalmente igual pero
vine aquí y vi a chicas delgadas, mucha gente así guapa y delgada y yo me veía fatal…
Yo no sé, pero a lo mejor porque aquí también hay muchas revistas y cosas de esas para
adelgazar y todo eso leía yo, y veía a mucha gente así delgada, y en Ecuador no hay
revistas ni nada de eso” (Carolina, Ecuador, 17)
Puede que las hubiera también en Ecuador, pero aún no tan populares como en
España. Si bien el modelo dominante de delgadez ejerce una presión más
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homogénea entre las poblaciones occidentales, también tiene influencia en sus
sociedades de origen aunque aún en sectores de población más reducidos. El
efecto de la globalización en diferentes esferas como son los mercados de
alimentación y adelgazamiento, los medios de comunicación y los flujos
migratorios transnacionales, contribuye a la difusión del ideal de cuerpo
esbelto. Cuenta Karima190 que veranea cada año en su pueblo marroquí “trabajo
en campamentos de niños y (tú crees) que una niña de doce años venga a mí y me diga
que estoy muy gorda, o sea, me quedé helada. Dice ‘no ves que ahora hay que
adelgazarse que sino no te acepta un chico’ ”. Karima siente que los valores sobre el
cuerpo en la sociedad marroquí están cambiando “Porque la sociedad de
Marruecos se está volviendo también hacia unas ciertas estupideces que están viendo
por la tele, la mujer tiene que estar muy delgada, están vendiendo pastillas para que la
mujer adelgace, hay un telemarketing allí, asaco […] porque yo creo que la gente que
baja de Europa le afecta más a la gente que es su familia, empiezan a ver a la chica de
otro peso”. A la misma vez, el discurso médico está propagando ideas y prácticas
alimentarias y corporales que corresponden a la normativa dietética y saludable
en comunidades supuestamente alejadas de tales influencias. En este sentido
PÉREZ-GIL Y JUÁREZ (2008) han encontrado un porcentaje de hasta un 50% de
anhelo de delgadez entre mujeres indígenas en zonas rurales de México que,
según las autoras, ha sido inducido por el discurso médico nutricional.
Nos moveríamos entonces en una línea que situaría en un extremo los casos de
discontinuidades -aquellos en los que no han estado expuestas a presiones
corporales de delgadez en sus sociedades de origen-, y en otro los casos de
continuidades -en los que sí lo han estado-. No todas las inmigrantes han
experimentado las mismas impresiones de contraste en los cuerpos al llegar a
España, sus niveles de exposición al ideal de delgadez han sido diferentes y
recorren la línea recién trazada. Por ejemplo, a diferencia de las anteriores,
Gisela y Gabriela fueron presionadas por sus madres para perder peso cuando
transcurría su adolescencia en áreas rurales de sus países de origen. Vicky y
Cecilia se han criado en Buenos Aires, capital de uno de los países de America
190
Marruecos, 19.
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Latina de mayor influencia europea -con casi la totalidad de sus cuarenta
millones de habitantes originarios del viejo continente-, un país propenso a
obviar su etnicidad multirracial, con un fuerte énfasis en la cultura corporal y
con una de las tasas de trastornos de alimentación más altas del mundo.
Nicoleta, que procede del Este de Europa, afirma que en su país una mujer
guapa es “pues alta y delgada”.
El concepto de proteccionismo cultural con el que trabajan las teorías
epidemiológicas para explicar la supuesta ausencia de un impacto de las
presiones corporales hacia la delgadez, y de prácticas alimentarias y corporales
dirigidas a su consecución, ha de ser tomado con cautela y precisado a partir de
su operativización según indicadores como niveles de exposición a medios de
comunicación, al discurso médico hegemónico, a influencias culturales
históricas, niveles de industrialización o clases sociales, entre otros.
En Ecuador las modelos no son más valoradas por ser delgadas sino
precisamente por no serlo, sin embargo esto no previno ni a Nieves ni a
Carolina ni a Ester de sentirse diferentes, de comenzar dietas, de darse
atracones. En algunos casos, tiene que ver con el hecho de que el inicio de estos
problemas no estaba ligado a una insatisfacción corporal, un asunto que
trataremos en más detalle en el próximo apartado. En otros casos en los que sí
existía esta insatisfacción, se hace necesario, si queremos entender por qué las
mujeres independientemente de su origen étnico o su clase social desarrollan
problemas con la comida, clarificar que es lo que significa exactamente ‘cultura’
dentro ese modelo cultural estético dominante.
Cierto es que el peso puede ser manipulado y controlado, por eso la dieta, la
restricción u otras prácticas alimentarias y corporales, aparecen como una
estrategia lógica. Cuando familiares animan a sus hijas, nietas, primas o
sobrinas a perder peso puede que lo hagan creyendo que al menos sobre el peso
uno puede ejercer un control, mientras se sienten impotentes para influir sobre
otras fuerzas más complejas. Y es que en el modelo cultural estético dominante,
el peso debe ser considerado a la par que otras “fuerzas sociales destructivas”
(THOMPSON, 2004). El peso es indiscutiblemente un requisito de belleza pero no
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está aislado de otros que llegan también a ser imperativos como son la edad, el
color de la piel, la etnia o también, aunque menos estudiada en el ámbito de los
(mal)estares alimentarios -a excepción de las orientaciones psicoanalíticas-, la
orientación sexual. Si pensamos en la presión mediática, los anuncios de
televisión, las revistas de moda, los carteles de publicidad, no sólo son delgadas
sino además de raza caucásica, jóvenes, altas y heterosexuales. Y estas imágenes,
de forma idéntica, se exportan a todo el mundo. En China, donde establecí mi
residencia entre los años 2008 y 2010 he convivido a diario con anuncios de
moda cuyas y cuyos modelos cumplían todos los requisitos arriba citados
mientras la publicidad que adorna la carrocería de los autobuses públicos
animan, mediante sonrientes caras asiáticas, a las mujeres autóctonas a
acercarse al último hospital de cirugía estética abierto en la ciudad. Campañas
de moda que combatan el racismo así como el etnocentrismo del modelo
estético dominante -como las del fotógrafo italiano Oliviero TOSCANI para
Benetton- quedaron en meras anécdotas dentro de la historia de la publicidad
de la moda mainstream.
Las mujeres son especialmente vulnerables a la ilusión de que su cuerpo no es
solamente maleable sino que debe ser cultivado para alcanzar un determinado
peso y forma corporal (RUBIN, FITTS Y BECKER, 2003). Los valores Euro-
Americanos46 culturalmente dominantes sobre la forma y el tamaño corporal
ejercen un dramático impacto sobre otros grupos étnicos. Mientras que la piel
blanca no va a proteger a una mujer de ser objeto de discriminación por su
peso, sí que lo hará de ataques racistas. El color de la piel o la altura por
ejemplo, no son modificables. “Aquí las figuras son más estilizadas” reflexiona
Soledad191 sobre los cuerpos que vio al llegar a Barcelona.
La investigación de KAW (1998) sobre el uso de la cirugía estética entre asiáticas
en Estados Unidos afirma que la incorporación de la imagen corporal
dominante las lleva a comenzar a “odiar, mutilar, y revisar partes de sus
cuerpos”. El estándar de belleza que intentan alcanzar mediante la cirugía
estética está motivado por una ideología racial que infiere características
191
Perú, 39.
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intelectuales y de comportamiento negativas a partir de rasgos físicos genéticos.
Las operaciones dirigidas a agrandar sus ojos y a aumentar la prominencia de
su nariz pretenden eliminar unos rasgos étnicos que proyectan en la nueva
sociedad un carácter personal interpretado, según la autora, como adormilado,
así como cargado de estupidez y pasividad. Las diferencias “naturales” son
dotadas de significado social en el afán de legitimar las relaciones desiguales de
poder, dicho de otra manera, el racismo no es sino la “naturalización de la
desigualdad social” (STOLCKE, 1999).
Por su parte las mujeres negras han expresado que su piel y rasgos físicos son
estigmatizados porque la piel blanca y los rasgos étnicos europeos representan
la “norma” o el estándar (FROST, 2005). A Rosa, angoleña y negra, que ha
crecido en España y se ha relacionado prácticamente con blancos, también le
gustaría poder eliminar una de sus señas de identidad racial “Delgadas pocas
pero incluso si están delgadas es que tienes que tener tu culo! No creo que esté valorado
es que todas tienen culo, todas, todas, hay algunas que no tienen y dicen pues tú no
pareces negra”. Comienza por dejar de comer para deshacerse de ese trasero, le
molesta que se refieran a ella como “mírala esa del culo”, especialmente después
de que su ex pareja haya comenzado a salir con otra chica que está más delgada
y no tiene ese culo abultado. Las presiones sobre la imagen van incluso más allá
de las asociadas a la imagen meramente física. Según RUBIN, FITTS Y BECKER
(2003), para las mujeres negras americanas ser invisible y disociarse de la
imagen de esas “chicas negras ruidosas” por su volumen al hablar es un
prerrequisito para el éxito académico y profesional, al coste de la desconexión
de una misma y de su propia comunidad.
La expresión de aflicción es sintomática de un sentimiento individual de
desconexión con el mundo exterior, es una reacción al sentimiento de
confusión, desorganización y falta de armonía experimentado por aquellos que
no encajan. Coincido con NASSER, BHUGRA Y CHOW (2007) en que este
sentimiento de rechazo es común entre minorías étnicas y, añadiría,
especialmente en mujeres, siguiendo la tesis de STOLCKE (1999) según la cual las
variables género, clase y raza son constituyentes de la desigualdad social. La
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desconexión, el rechazo, la opresión, puede llevarles a negociar su malestar a
través del lenguaje corporal. En este trabajo se ha tenido en cuenta una amplia
visión sobre la socialización de las inmigrantes -familia, escuela, trabajo,
amigos, comunidad, medios de comunicación- para poder identificar esas
situaciones de racismo y clasismo que, al ejercer una mayor presión sobre su
imagen y su identidad, pueden ayudarnos a comprender cómo variables tales
como origen étnico, raza, clase social y religión se combinan para dar lugar a
situaciones de desigualdad ante las que una mujer decide utilizar la comida y
su cuerpo como mecanismos de afrontamiento.
Lipofobia(S)
La centralidad del miedo a engordar que establecen los criterios diagnósticos de
los trastornos alimentarios y que inundan nuestras representaciones sobre los
mismos, esa obsesión con el adelgazar, esa mirada encerrada en la observación
constante del perímetro corporal, afecta ciertamente a muchas mujeres que
sufren estos problemas. Sus significados no obstante pueden ser muy diferentes
en cada caso, no estando ese miedo a engordar necesariamente o únicamente
ligado a la consecución de una imagen corporal guiada por los modelos
estéticos culturalmente dominantes. Incluso en ocasiones, puede ni darse ese
miedo a engordar.
La delgadez se asocia hoy en día en la sociedad industrializada al autocontrol,
al reconocimiento y a la buena salud, mientras que la gordura encarna los
valores contrarios de egoísmo, descontrol, debilidad, enfermedad. Una parte
considerable de las mujeres inmigrantes en nuestro país proceden de países
latinoamericanos que si bien han estado sometidos a una gran influencia
cultural estadounidense y europea a través de los medios de comunicación y de
los consecuentes lazos derivados de la migración, no excluyen la existencia de
diferencias en los sistemas culturales de cada uno de los países aquí
representados en lo que concierne al ideal estético corporal y al valor atribuido
a éste como hemos podido comprobar anteriormente. En Bolivia, Colombia,
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Ecuador y Perú la que se ha venido a referir como “tiranía de la delgadez”
(CHERNIN, 1985) no ha obtenido, al menos hasta hoy, la misma popularidad que
en países como Brasil, Uruguay o Argentina.
En Argentina el tema del cuerpo, la belleza, todo el tiempo machacándote,
machacándote, machacándote, en las revistas, y es como que el valor de la belleza es una
cosa... No sé como será en el resto de España pero tú ves la gente aquí192 por la calle y
uno va con las rastas, otro con un aro acá... y vas a la playa y ves de todo, gordas, flacas
y no van a dejar de ir. Ve a la playa en Argentina y ten un poquito de celulitis, pobre
chica, está tres años con un psicólogo! (Cecilia, Argentina, 29)
En este trabajo constatamos como la aculturación ha influido tanto en aquellas
procedentes de esos países latinos donde este modelo de delgadez no es tan
prevalente como también en los casos de inmigrantes procedentes de África. A
pesar de las diferencias en cuanto a representaciones y prácticas corporales
entre el Magreb y el África subsahariana, ambas tienen en común la asociación
de la gordura con la fertilidad y con la salud, mientras que la delgadez sigue
asociándose a la enfermedad193.
Tal aculturación en el modelo dominante de delgadez no tiene la misma
repercusión en las inmigrantes provenientes de países del Este de Europa,
especialmente entre las jóvenes nacidas ya en la era postcomunista que abrazó
una nueva identidad de género dictada por las fuerzas de mercado importadas
mayormente de América, y que igualaron feminidad con atractivo físico,
convirtiendo a éste en un elemento de movilidad social ascendente (CATINA Y
JOJA, 2001).
Lejos de haber perdido la razón, el deseo de estas mujeres de estar delgadas
está en consonancia con los valores sociales vigentes en nuestra sociedad. No se
trata por tanto de conductas anormales o desviadas sino precisamente de
conductas de sometimiento a comportamientos que son generalizados y, lo que
es más, altamente valorados. No sería sino por los grandes beneficios sociales –
éxito en el mercado sexual, social y profesional- que reporta el hecho de poseer
un cuerpo delgado que algunas pueden llegar a pensar en la delgadez como si
192
La informante se refiere a la ciudad de Barcelona.
193
Sobre esta asociación ya se habló en un subapartado del capítulo Contextos (Ver pp. 179).
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fuera “Un nudo en el estómago, algo que te aprieta el alma”194. Karima aprendió tras
años en tratamiento que ser gorda no era el fin del mundo, por eso después de
adelgazar 50 kilos y recibir los elogios de su madre se miró al espejo y se dijo
que esa no era ella. Volvió a subir de peso, controladamente, y se siente mejor, a
pesar de que la delgadez siga representando ese nudo del que espera llegar a
deshacerse algún día...
Llega a ser “lo más importante” cuando además se persigue conscientemente esa
aceptación de los demás, sea la familia, los amigos, la sociedad, como le sucede
a Claudia195 “Para mí, (la delgadez) es como la fama, llegar a ser alguien importante,
ser aceptada por todos, porque es más fácil aceptar a una persona sana que a una gorda”.
Por eso no importa el precio, la restricción en estos casos se experimenta con
placer “Siento de que voy bajando de peso y me gusta aunque esté más débil. Pasé tres
días sin comer en el centro y al final me tuvieron que levantar del suelo porque no podía
ni andar”.
En la cara opuesta, lo que representa estar gorda. Rosa, la angoleña que ya ha
aceptado que su cuerpo engorda como lo hace el de su madre porque tienen esa
“constitución”, no puede evitar pensar que para un gordo “buscar trabajo les
cuesta más, vas por ahí y la gente te va criticando”. Gabriela196, que ha tenido
oscilaciones de peso de más de 30 kilos en varios momentos de su vida ha
experimentado las recompensas y los castigos de los que son objeto ambos
cuerpos, delgado y gordo, mediadas, claro está, por sus propias percepciones y
estados de ánimo. La última vez le ocurrió cuando ya estaba trabajando en
España:
“Yo no tengo mucho contacto con clientes pero sí que bajo y subo a cada rato y con los
clientes de todos los días mira vas hablando con uno o con otro, y es que cambia la
manera de verte, de hablarte, y mi jefe y mis compañeros lo mismo, de ser una mujer
guapa a ser una gorda que… A ver, son muchos kilos… A ver yo pienso que es uno
también, te reprimes mucho al estar así, te aíslas mucho también, y al sentirte bien y
sentirte guapa, un poquito más atractiva sin olvidar que una tiene la edad que tiene,
194
Karima, Marruecos, 19.
195
Claudia, Colombia, 18.
196
Uruguay, 43.
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pero bueno atractiva para los ojos de la gente de tu edad, tú también te brindas y te
abres más, actúas de otra manera, te vistes de otra manera, yo veo mucha gente gorda
que usa vaqueros apretados pero yo no, yo me emponcho, me oculto muchísimo y claro,
yo creo que a veces uno piensa que es la gente y es uno mismo que se abre más, pero si
que hay otro trato sí, porque claro el gordo siempre eres un gordo que te comes todo, a
una persona que se cuida parece que… […] A mí la gente gorda no me gusta, así como
no me gusto yo no me gusta la gente gorda, yo creo que la gente que no se cuida, que no
se quiere a sí misma, no me merece el mismo respeto que otra persona que sí, a ver yo no
digo que esté bien lo que yo pienso pero es que no lo puedo… Así como hay gente que es
racista y saben que está mal pero que a la persona negra, es una cuestión de piel y tiene
un rechazo, que yo eso no lo tengo para nada, tuve una pareja de color, me pasa con los
gordos”.
No es la única, y no son las únicas. Marcelo197 también odia al gordo, aunque
ahora lo tiene que controlar dice, porque uno de sus hijos también lo es. Se
siente ya cansado ante su impotencia para terminar muchos de los proyectos
que se ha propuesto en la vida, se deprime por no poder controlar uno de los
más importantes: su peso, “Mal, me siento muy gordo, muy pesado, voy caminando y
me veo reflejado en un escaparate y digo que asco”. La carne, la grasa, es rechazada,
protagonista de las peores pesadillas, el peso despierta “Tristeza, amargura de
todo lo que me ha pasado, culpabilidad, porque de alegría nada”198, “tenía muchísimo
miedo a engordar, mi dinero del recreo lo guardaba para hacerme pesar”199, “Rabia,
desesperación, ganas de caminar, de correr, y ahora por ejemplo, anoche tenía ganas de
salir y correr y correr y correr, y que pudiera gritar un rato”200.
Sí, quieren ser delgadas, sentir que controlan su cuerpo, que son aceptadas, que
el éxito sentimental, sexual, matrimonial, profesional o social no les es vetado
por el número de kilos que pesan. Algunas quieren parecerse a sus ídolos, pero
sobre todo no parecerse a quienes les han maltratado y arruinado sus infancias
y adolescencias. Claudia201 tiene miedo a engordar, está delgada pero teme
romper la cama cuando se tumba en ella, y sí, le gustaría ser actriz, pero sus
temores principales cuando se visualiza gorda son otros. Cuando le pregunto
197
Argentina, 54.
198
Carolina, Ecuador, 16.
199
Julieth, Ecuador, 16.
200
Claudia, Colombia, 18.
201
Colombia, 18.
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que significa para ella estar gorda responde sin parpadear “Parecerme a la familia
de mi padre, fracaso total”. Se refiere a la familia de su padrastro, de quien ha
sufrido abusos sexuales; aquella familia con la que se vio obligada a convivir
durante el tiempo que tardó en reunirse con su madre en España, en una casa
donde nunca se sintió querida y sí humillada. Rechaza así la identificación con
él y con ellos.
Marcia202 entiende que su búsqueda de delgadez no ha tenido nada que ver con
perseguir cierta imagen, “yo me decía vas a desaparecer como sigas así, perdía
muchos kilos […] era una forma de llamar la atención, de pedir ayuda, yo hoy en día lo
entiendo así que era como pedir ayuda porque cuando me veía así era una forma que los
demás me decían come, cuídate, me prestaban más atención a mí, entonces eso era por
una falta de afecto no, porque de tener tanto tanto a no tener nada”. La muerte de su
padre, la distancia afectiva con su madre, y el nuevo entorno tras la migración
se combinaron para hacerla sentir sola, falta de un apoyo, un cariño que intentó
reclamar con el grito silencioso de dejar de comer. El tiempo le ha permitido
reflexionar “creía que la solución era esa, era adelgazar y entonces la gente me vería
mejor pero era al contrario, cuando estaba más gordita la gente me decía que mona y
cuando estaba desnuda me decía uy!, dónde está mi culo, dónde están mis pechos”.
La conquista del cuerpo delgado no es siempre el objetivo anhelado. Aunque en
muchos casos esta delgadez es altamente valorada, en otros puede no satisfacer
las expectativas, e incluso conducir a un autorechazo como le pasa a Marcia y
les ocurre también a otras. Para Ángela203 su cuerpo delgado está lejos de
llevarla al éxito en el terreno de las relaciones de pareja “por la edad que tengo mis
compañeras son más grandes, están más formadas, entonces ahora ya no es porque me
sienta más sino porque me siento menos físicamente, siempre es como 'ay que flaquita
que eres', 'que pequeñita', 'que poquita cosa' entonces eso no me gusta nada y además
en cuanto a relaciones personales a mí me gustan los chicos mayores que yo y claro
parezco menos, entonces no me beneficia en nada”. Paula204 por su parte recuerda
202
Brasil, 19.
203
Colombia, 17.
204
Perú, 16.
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“Cuando tuve el problema fui mirando páginas de Internet, fotos de chicas que estaban
totalmente ya asquerosas y yo no quería ser como ellas, digo no, voy a cambiar
totalmente y empecé a comer normal […] Ya me veía demasiado, o sea ya, en ese
momento, me veía en realidad como estaba, se me veían todos los huesos, y yo luego
decía, perdona la expresión, pero qué hijos de puta los tíos con los que he estado, cabrón,
para estar con una tía que está así y no darse cuenta del problema que tiene, yo digo que
es lo que quieren, ¿un saco de huesos?”.
Al menos ellas comenzaron la carrera por la pérdida de peso después de
sentirse gordas, tras haber engordado algunos kilos y haber sido objeto de
comentarios por ello. Pero hay casos en los que ni siquiera se dan ninguna de
esas situaciones. Se trata de mujeres que no han sido gordas, ni se han sentido
como tal, ni han sido objeto de comentarios por tener unos kilos de más sino
que lo empezaron a ser por todo lo contrario, por tener de menos tras dejar de
comer. Tara 205 había incorporado las representaciones sociales dominantes
sobre los (mal)estares alimentarios para comprobar tras su propia experiencia
cuan errados eran “yo decía mira esta se quiere adelgazar porque está gorda, pero
luego cuando lo he vivido pues no, yo nunca me he sentido gorda y sé que no he estado
gorda nunca”. Sin embargo decidió dejar de comer unos días tras una Navidad
porque se hartó de tanta comida y sintió su barriga hinchada. Helena206 ni
siquiera ha menstruado aún y es de constitución delgada como su madre, quien
siempre le ha repetido que para crecer sano tenía que ganar peso, por eso
Helena cuando consigue engordar se alegra. Dejó de comer por la tristeza de
tener a su familia separada por la migración. La madre de Jessica207 se preocupa
cuando siente que su hija está adelgazando y asocia este hecho con una mala
salud. Jessica estaba descuidando las comidas encerrada en unos estudios en los
que se jugaba el viaje más importante de su vida, en Colombia ese verano
celebraba su fiesta de quinceañera y conocería por fin a su padre. Nicoleta208
205
Perú, 15
206
Ecuador, 12.
207
Colombia, 16.
208
Rumanía, 16.
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deja de comer porque se deprime y pierde el apetito. La discriminación que
sufre en el colegio, la muerte inesperada de los abuelos con los que se había
criado durante la emigración de sus padres… prefiere fumar y seguir tumbada
en la cama, demasiado costoso el esfuerzo de levantarse para ir a echarse algo a
la boca. Siempre ha sido delgada y además se muestra insatisfecha con su
delgadez después de un tiempo sin comer “de aquí para abajo, porque no tengo
culo y las piernas no me gustan. No encuentro vaqueros ni faldas que me queden bien.
Mi amiga sí que tiene piernas y trasero y le quedan fenomenal las faldas”.
Todos estos casos apoyan las tesis de LEE et al. (1993; 2001a) derivadas de sus
hallazgos en pacientes asiáticos y por las que concluían que el “miedo a
engordar” no es la raison d’être para todas las prácticas alimentarias y corporales
dirigidas a bajar de peso ya que muchos de los pacientes que trataron
relacionaban su pérdida de peso con la pérdida de apetito, sensación de barriga
hinchada, pensamientos de no querer vivir o estado de ánimo deprimido. Es
decir, idiomas de enfermedad que encajan mejor que el miedo a engordar en su
mundo local de significados. Como él mismo adelantaba, los casos en los que
no existe lipofobia difieren de los que expresan miedo a engordar en que los
primeros han sido personas con una delgadez premórbida y no han mostrado
un comportamiento bulímico, esto es, no han utilizado estrategias de
compensación.
En cualquier caso, las historias con ausencia de lipofobia en nuestro estudio han
sido diagnosticados como TCA y, a pesar de que estas chicas puedan tener
síntomas asociados a otros trastornos psiquiátricos –por ejemplo ánimo depresivo
o ansiedad-, lo que nos sigue interesando es tratar de comprender por qué
utilizan ciertas prácticas alimentarias y corporales para expresarse, para
afrontar situaciones que viven como estresantes, difíciles e injustas.
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IV. Etnografía
Comida, Mujeres y Migración
En todas las culturas, la comida es un elemento central en el establecimiento de
relaciones entre los sexos, en la definición de los géneros y de su sexualidad y, a
menudo, las ideas sobre las prácticas alimentarias y el cuerpo reflejan relaciones
de poder y subordinación entre hombres y mujeres. Las razones que explican
que, por ejemplo, las prácticas de restricción sean más habituales entre mujeres
tienen que ver con dos cuestiones principales, por un lado por las
responsabilidades asumidas por las mujeres respecto a la alimentación -siendo
productoras, proveedoras, nodrizas, servidoras y socializadoras-, y por otro,
por su posición diferencial respecto a los hombres en la sociedad (COUNIHAN Y
KAPLAN, 1998; GRACIA, 2003). Sus renuncias a comer, como vimos en el segundo
capítulo de este trabajo, no son modernas. Al menos en las sociedades
occidentales, desde hace ocho siglos algunas mujeres han usado la comida
simbólicamente como una forma de control y de poder. Cuando ha escaseado la
comida en el grupo doméstico han sido las primeras en hacer restricciones a
favor de hombres, niños y ancianos. La relación entre mujeres y comida es una
muy estrecha (GRACIA, 2002; GRACIA, 1996).
Comiendo y sintiendo
Muchas comienzan a hacer dieta o a atracarse para aliviar la convivencia con
emociones difíciles como la rabia, el enfado, la soledad, la ansiedad o el miedo,
derivadas de las experiencias que han vivido. Pueden comenzar con el atracón
para después utilizar la restricción como compensación o bien la decisión de
restringir puede llevarles a momentos en que una falta de control sobre la
abstinencia desemboque en un atracón. Ambas, en la gran mayoría de casos,
forman parte de un continuum que hace cuanto menos cuestionable su
consideración como problemas separados como pretende hacer una
biomedicina que establece diferentes etiquetas diagnósticas en función de las
prácticas al utilizadas.
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IV. Etnografía
El ayuno ha sido una respuesta cultural a determinadas situaciones en
determinados contextos. A lo largo de la historia y en diferentes culturas, se han
dado situaciones que han favorecido el que ciertas personas hayan dejado de
comer más o menos voluntariamente. En realidad, es difícil creer en la
"voluntariedad" de este acto, al menos en un sentido arbitrario, ya que siempre
suele haber un motivo para ello, ya sea la religión, el dinero, la denuncia, la
heroicidad, la solidaridad o el deseo de aceptación social. Cada uno de estos
motivos para la restricción ha sido valorado positivamente por sus respectivos
contextos sociales (GRACIA, 2003, 2002).
Hacer dieta o ayunar significa para muchas ganar control sobre una vida en
otros aspectos ingobernable: no poder evitar que su padre deje de maltratar
física y psicológicamente a su madre, o a ella misma a través de abusos
sexuales, o que se quiere desentender de ellas; ante una separación de sus
familias que han decidido ir a probar un mejor destino en otro lugar del
mundo; ante un golpe militar que somete a torturas a sus familiares, que les
obliga a huir de su país; ante la pérdida de un ser querido; ante unas
condiciones laborales precarias; ante el rechazo del chico que les gusta. Ante
tales situaciones no pueden evitar sentirse solas, diferentes, inferiores en un
contexto de inmigración en el que se enfrentan a la discriminación por su color
de piel, su acento, su cultura, por disponer de menos recursos económicos, por
su situación legal. Pero sí pueden, por ejemplo, dejar de comer, por estar
perdiendo las ganas de seguir adelante, o bien para adelgazar y, al menos,
conseguir un cuerpo cuyo peso sea socialmente valorado.
El anhelo es el de crear un mundo controlable, en el que se cuente con
referencias sobre cómo actuar y dónde establecer límites, y cuya consecución
traiga una sensación gratificante de control, de poder, una recompensa para
muchas cuando aplicado al ámbito de las prácticas alimentarias y corporales: el
adelgazamiento. Y todo eso intensificado porque además -y como hemos
mencionado ya en varias ocasiones-, se trata de una estrategia no sólo
socialmente aceptada sino altamente valorada. Cursos de cocina, visitas a
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dietistas, información en revistas, en Internet, los medios están a disposición
para crear el plan propio.
“Es bueno porque me puse una pauta y tenía un límite en la comida, porque mis padres
no me lo habían puesto ni de chiquita ni de mediana, me lo puse yo misma y eso como
que me sirvió en algún punto, más controlada, pero un control porque yo quiero hacerlo,
no porque nadie me dice” (Cecilia, Argentina, 29)
“Yo me creo mi propia disciplina alimentaria, lo que hago es, bueno mi terapeuta ella
también me da, yo le dije organízame, aunque sea un pan por la mañana y uno por la
noche, pero necesito un horario, entonces ella cogió un papel y me apuntó todo eso y qué
hice, pues decir estos son los horarios, tengo cinco comidas, pastillas para el estómago y
comer despacio, masticar bien, y es lo que he hecho”(Marcia, Brasil, 19)
Sin embargo, la práctica más común para encontrar un rápido alivio hacia los
malestares es el atracón. Si la restricción, la dieta, proporciona placer por el
manejo del control sobre los propios deseos, una práctica que es además
socialmente valorada lo que ayuda a esconder el dolor, el atracón por su parte,
como el alcohol, es particular por su carácter inmediato en su efecto de sedar,
de calmar la ansiedad, de inducir al sueño. Los atracones sirven para “Ahogar
mis penas, mis frustraciones en la comida, o sea yo cuando me viene un problema
enseguida nevera”209, “Tapar mi malestar”210, “De pronto a veces me entran ataques
como de ansiedad y me pongo a buscar todo el dulce que pueda”211.
La comida, en estos casos, proporciona un sentimiento inmediato e intenso de
placer, actúa como un freno, un pequeño descanso en la convivencia con esas
emociones incómodas, esos estados de depresión, de ansiedad, de rabia, de
desesperación “Ha significado demasiado, siempre ha sido una forma de buscar placer,
y es que como no tienes la vida que te gustaría, y porque tienes un trabajo con unos
horarios horribles y yo que sé, y te limita socialmente un montón y te disculpas a la hora
de decir bueno joder si lo único que puedo hacer es comer. No puedo ir a bailar, no puedo
hacer esto, ni aquello, no me puedo ir de vacaciones, es fin de semana y no me puedo ir
209
Gisela, Brasil, 47.
210
Ester, Ecuador, 15.
211
Claudia, Colombia, 18.
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de puente, porque la hostelería es lo que tiene. Entonces mira, qué es lo que voy a hacer
que me dé felicidad y placer, pues comer!”212.
Sin embargo, el periodo de placer que proporciona el acto es demasiado corto y
pronto se acompaña de sentimientos de culpabilidad por el control perdido, por
la sensación de estar llena y por todo lo que esa comida pueda engordar. La
comida pasa rápidamente de ser un placer a convertirse en el peor de los
castigos. Hay que borrar lo antes posible su paso por el cuerpo, hay que
recuperar el control. La forma más inminente de deshacerse de ella es el vómito.
El método es muy sugerente, sin embargo, y a pesar de los intentos, algunas no
consiguen incorporarlo como práctica. Gabriela y Soledad intentan vomitar
después de escucharlo en boca de alguien cercano cuando aún viven en sus
países de origen, Julieth también pero ya estaba en España. “Yo lo hice pero dije
yo no me saco la comida como un perro”213, eso a pesar de percibirse como una
estrategia efectiva “Yo siempre digo ojalá y pudiera vomitar, no de forma bulímica
pero sí para hacerlo de vez en cuando por decir dios mío qué me metí adentro, sacar esta
barbaridad de dentro que me va a matar, pero no soy capaz”214. Pero casi todas las que
lo hacen por primera vez continúan, unas lo han oído en la radio, lo han visto
en una serie de televisión215, lo han escuchado en el metro, en la escuela, para
otras surgió de forma improvisada, un efecto de las náuseas provocadas por un
largo viaje de autobús o cuando la ansiedad ante determinada situación se hacía
difícilmente tolerable. Nostalgia de otro país, falta de identificación con los
suyos, sentimientos de soledad, de no pertenencia, de discriminación “ya empecé
a desequilibrarme, no sé, pero automáticamente llegué a un cierto límite que me ponía
hasta nerviosa y con ataques de ansiedad, empecé a vomitar”216, o podía ocurrir frente
a la separación conflictiva de unos padres que la dejan a una en una posición
complicada “Muy sola, muy abandonada, nadie me daba importancia, nadie me daba
212
Gabriela, Uruguay, 43.
213
Julieth, Ecuador, 16.
214
Gabriela, Uruguay, 43.
215
Concretamente es mencionada la serie española “Un paso adelante” dirigida por ECIJA Y POZUELO,
(2002).
216
Karima, Marruecos, 19.
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pelota, y ahí ese día, de tanta angustia que tenía, de tanta bronca que tenía comí y…es
como que me ahogué, me ahogué […] me sentía como muy llena y con mucha mierda
dentro entonces me fui al vómito, vomité y hay fue como ah, que bueno, que placer”217 o
tras un abuso sexual “me entran ataques como de ansiedad y me pongo a buscar todo
el dulce que pueda y luego vomitarlo”218. Ni siquiera es necesario que previamente
se haya comido mucho, puede incluso haber sido muy poco, pero la reacción
está muy ligada a esas experiencias vitales “yo no soy de pegarme el atracón,
nunca, nunca en mi vida, ni de comer a escondidas, todo lo contrario, yo soy de no
comer y lo que comía lo vomitaba, el trastorno mío alimentario tiene que ver con lo
emocional”219.
Para otras un estado de ánimo deprimido tiene la consecuencia de disminuir el
apetito. Entonces ya no hay una búsqueda de control, ni de pérdida de peso, no
hay placer, la tristeza es la que gobierna. Marcia acababa de perder a su padre
“yo con la muerte de mi padre me deja de apetecer azúcar”220, Nicoleta a sus dos
abuelos “Yo fumaba y no comía casi nada, por las mañanas, antes de comer prefería
fumar y no comer […] yo comía cuando tenía hambre de verdad pero cuando tenía solo
un poquito me daba pereza levantarme de la cama”221.
¿Por qué la comida?
El poder anestésico y placentero de darse atracones, de restringir la comida o de
vomitar tiene todo su sentido, pero ¿por qué las mujeres sea cual sea su
etnicidad, raza, clase social, composición familiar, edad o religión eligen
precisamente la comida y no otras estrategias o sustancias tales como el alcohol
u otras drogas para obtener estos efectos?
217
Vicky, Argentina, 27.
218
Claudia, Colombia, 18.
219
Vicky, Argentina, 27.
220
Brasil, 19.
221
Rumanía, 16.
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Una de las razones es la facilidad de acceso a la comida. Esto explica el que
muchas comenzaran desde muy jóvenes, siendo apenas unas niñas, cuando aún
no disponían de dinero ni movilidad ni conocimiento para conseguir otras
sustancias. Tener entre los primeros recuerdos de infancia los maltratos físicos,
los abusos sexuales, el alcoholismo, la separación inesperada e incomprendida
de los seres más queridos… Los sentimientos de soledad, de diferencia, de
impotencia comienzan a formar parte de la vida de algunas de ellas, como
Gisela222, cuando cuentan con menos de diez años de edad “yo a los ocho ya
recuerdo, comencé desde muy temprano a buscar consuelo en la comida porque era lo
que estaba más cerca, lo más fácil, lo inmediato, cuando yo tenía un problema buscaba
consuelo en la comida”. La comida funciona entonces como un narcótico,
proporciona de forma instantánea un momento de placer, y para conseguirlo
solo tenían que acercarse a la cocina, o mejor aún, al almacén que quedaba
dentro de la parcela de la casa de campo, y, a escondidas, comer. La
disponibilidad y accesibilidad de la comida la convirtió en su mejor droga.
Además de la accesibilidad, las mujeres utilizan la comida en lugar de otras
sustancias por las características de sus efectos y ello tiene que ver en un
aspecto amplio con la socialización de género, como es el hecho de que las
mujeres después de darse un atracón –restrinja o vomite- sean aún capaces de
atender sus responsabilidades: cuidado de los hijos y del hogar, conducir,
comprar, cocinar y estudiar o trabajar fuera de casa. “El alcohol es el caso de la
adicción que más se nota el efecto, entonces la gente no puede trabajar, se ve en los ojos,
pero tú a un comedor compulsivo después de un atracón… Yo una vez que fui a trabajar
mal y ¡nadie se entera!” cuenta Gisela223. Ella, después de salir del trabajo también
puede hacerse cargo de su hijo pequeño, recogerlo de la escuela, hacer con él los
deberes, ducharlo, hacer la cena, y eso después de una noche en la que se puede
llegar a levantar hasta cinco veces a la nevera, y de un día de constante picoteo
en una cultura alimentaria que lo favorece “soy adicta a las comidas de bares y aquí
hay una (gran) cultura del tapeo en España”. Mientras toda esa comida reconoce
222
Brasil, 47.
223
Brasil, 47.
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que afecta a su productividad, estar borracha o de resaca hubiera sido mucho
peor, incluso llegando a incapacitarla para tales tareas. Marcelo, el único caso
masculino, es representativo de las diferencias en cuanto a la socialización de
géneros. Comienza a afrontar el malestar que le producía vivir bajo las
presiones de sus padres y de un régimen político que acabó abocándolo al exilio
con el alcohol. A los 17 años comenzó a beber en los bares, pero las limitaciones
y dificultades que el alcohol imponía en su vida le llevan a dejarlo años después
mediante un duro proceso en Alcohólicos Anónimos. Entonces pasa a utilizar la
comida como sustituto.
Los efectos del alcohol u otras sustancias hacen que se las consideren más
peligrosas –también son más caras-. Muchas saben lo que es crecer con un
padre alcohólico. Mientras que Marcelo siguió los pasos de su padre y utilizó la
bebida, ninguna de las seis mujeres que convivieron con padres alcohólicos -y
algunas también con maridos- han tenido problemas de adicción al alcohol. Eso
no quita que algunas, como Marcia o Claudia, lo utilicen como hacen también
con el tabaco, el hachís, la marihuana y diferentes fármacos para conseguir un
efecto anestésico como el que encuentran en su relación con la comida, ya que
entienden ésta también como una relación adictiva “Los comportamientos
adictivos son bastante parecidos, da igual cual sea la droga. El otro día se sorprendió
una compañera de que yo fuera comedora compulsiva, porque yo no digo a toda la gente,
yo digo bah, que no tienes ninguna adicción, y empecé a tirar y ella después me confesó
que no podía dormir sin pastillas desde hace años y va al mercado negro y yo digo anda,
y ella toda así muy puestecita y va buscando pastillas y ansiolíticos porque también es
muy ansiosa, como loca va cambiando de médicos y tal porque no puede vivir sin
pastillas, pero ella no veía, yo le decía tú eres una adicta también, ¿una adicta?, pero es
que la gente no, es curioso vas poniendo excusas pero si esto es igual que el que va a
medianoche a buscar chocolate o cocaína o una botella, es igual, cambia solo la sustancia
con que te colocas”224.
Cuando basada en términos de adicción, la comida presenta ventajas como las
que hemos mencionado, fácil accesibilidad, bajo precio, efectos menos
224
Gisela, Brasil, 47.
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devastadores y visibles que otras los de sustancias, inmediatez de sus efectos
ansiolíticos y de proporcionar placer, pero a la vez cuenta con grandes
inconvenientes. En primer lugar, la dependencia incondicional que tenemos de
ella, “es que no puedes pasar de la comida, de la cerveza o del cigarro puedes pasar pero
de la comida” no es posible prescindir. Otra de las desventajas de esta práctica es
que su invisibilidad contribuye a mantenerla por largos periodos de tiempo en
su función de enmascarar dolor. Lo que podría interpretarse en parte como una
cualidad se vuelve en su contra ya que son pocas las personas del entorno
capaces de detectar estos problemas y se limita la capacidad de intervención
sobre los mismos. Resta mencionar las consecuencias en la salud física que
comparten, en su mayoría, todas las prácticas de comer mucho, poco o nada y
de vomitar por los efectos de la malnutrición como, entre otros, retraso en el
crecimiento, osteopenia, osteoporosis, afectaciones de órganos como el hígado o
el corazón por estar bajo alto riesgo de arritmias, o manifestaciones cutáneas
cuando existe la práctica regular del vómito (STRUMIA, 2005; MITCHEL Y CROW,
2006; NICOLE, 2008).
Tanto el comer mucho como el no comer o vomitar son prácticas que se llevan a
cabo en solitario. Los actos de comer, mucho, poco o nada, más allá de su
aspecto nutricional, están imbuidos de significados sociales. Mediante estos
actos conseguimos comunicar, constituyen mensajes destinados a otras
personas. Recordemos aquí el axioma de WATZLAWICK (1993), “es imposible no
comunicar”, no existe el no comportamiento, la no comunicación, por eso,
mediante nuestros comportamientos alimentarios seguimos comunicando.
Compartimos comidas con otros en ocasiones especiales como fiestas y
celebraciones, todas revestidas de un valor ritual. Cerramos tratos de negocios,
expresamos afecto y amor al compartir una comida con nuestras familias,
parejas, colegas o amigos. De igual forma cuando las relaciones sociales no son
buenas o están deterioradas, compartir alimento puede llegar a resultar
desagradable. Todas estas comidas tienen menos que ver con la necesidad que
nuestro organismo tiene de nutrientes que con las prácticas, tradiciones y
representaciones simbólicas que articulan las relaciones sociales (GILBERT, 1986).
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Los significados pueden ser múltiples y siempre descifrables por la relación
dialéctica entre el contexto y las subjetividades de quienes llevan a cabo el acto,
que muestran mediante la comida su capacidad de actuar. La utilización de la
comida como medio de expresión, como un lenguaje corporal, sustituye en los
(mal)estares alimentarios al sonido de unas palabras impronunciables. El sujeto
responde, comunica, argumenta, reclama, denuncia mediante su decisión de
comer mucho, poco o nada. La restricción puede brindarles placer, por la
sensación de control recompensada por los cambios en su cuerpo, por los
apoyos de quienes les rodean ensalzando su poder de voluntad y de disciplina.
Pero también puede no hacerlo. Como también hemos visto hay casos en que
pueden dejar de comer casi sin proponérselo, como un síntoma de abandono,
como una lucha perdida contra la tristeza, como una renuncia inconsciente –o
consciente- a la vida.
Los significados de las prácticas alimentarias que aquí tratamos pueden ser tan
diversos como protestas, abandonos o resistencias frente a situaciones de
desigualdad o injusticia social. Las que sufrieron abusos sexuales perdieron la
confianza en sus cuidadores. Sus casas, sus dormitorios, sus guarderías, se
volvieron lugares no seguros. Las que han vivido con un padre violento y una
madre víctima de malos tratos se han dado cuenta de la limitada capacidad de
ésta para poder protegerlas y apoyarlas, también dejaron de sentirse seguras en
casa. Lo mismo las que se sintieron abandonadas por sus madres, padres o
ambos, dejadas atrás por un proyecto que no tomaba en cuenta su opinión,
viviendo durante años añorando a los suyos en casas de otros familiares, en
algunos casos, casi desconocidos hasta entonces. O las que el divorcio de sus
padres las obligó a olvidar lo que significaba tener un hogar. O las que aún se
preguntan, con miedo, por qué sus padres las abandonaron al nacer y por qué
nadie, nunca, les ha dado una respuesta. Las mismas que se han visto forzadas
a romper con una vida para comenzar otra nueva echando de menos a amigos,
familiares, comunidades, rituales, olores, comidas, paisajes, a una tierra que las
vio crecer. Las que en el proceso de adaptación a su nueva vida en España han
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IV. Etnografía
sentido soledades profundas, desconexiones y opresiones por ser objeto de
discriminación.
Siguiendo a CRIVILLÉS (2009) cuando habla de la anorexia, extendemos a
cualquier padecer alimentario su idea de que estas prácticas alimentarias y
corporales encierran una gran paradoja al concernir simultáneamente asuntos
tanto de naturaleza opresiva como liberadora. Actúan como una capa
protectora que cubre las amenazas reales, aquellas que proceden del mundo
exterior, ese mundo que no pueden controlar.
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IV. Etnografía
PARTE II. ITINERARIOS ASISTENCIALES: INSTITUCIONES, TERAPIAS ALTERNATIVAS
Y ASOCIACIONES.
SID: What would you do if everything was so fucked up you didn’t know what to do?
CASSIE: I’d stop eating ‘til I’m taken to the hospital
SKINS225 (2007)
La diversidad de historias de las mujeres y el hombre inmigrantes de este
estudio lleva a una comprensión expansiva sobre la curación. Sus diferentes
edades y estadios en la evolución de los (mal)estares alimentarios nos dibujan
un mapa variado respecto a los procesos de búsqueda de ayuda para resolver o,
cuando menos, intentar calmar los malestares. Mientras algunas dicen haber
comenzado a curarse otras se encuentran aún lejos en el proceso. De ser
consideradas, sus visiones y experiencias podrían ser, sin duda, útiles en la
prevención y tratamientos futuros.
Siguiendo una estructura lineal basada en los procesos asistenciales226 vamos a
explorar los caminos que recorren las personas inmigrantes que, en un
determinado momento, son reconocidas como asistibles. Los procesos de
salud/enfermedad/atención (MENÉNDEZ, 1996) se conocen a través de tales
itinerarios terapéuticos construidos a partir de un complejo de recursos de tipo
225
Serie británica ganadora de dos premios British Academy of Film and Television Arts (BAFTA). Sid
(chico) y Cassie (chica) son dos de los adolescentes protagonistas de la primera temporada de la serie.
226
Este proceso ha sido descrito en la literatura mediante diferentes conceptos como “carrera moral”
(moral career, GOFFMAN, 1951), “proceso del padecimiento” (sickness process, MECHANIC, 1962),
conducta en pos de la salud (help seeking behaviour, CHRISMAN, 1979), “itinerario terapeútico”
(itineraire terapeútique, IGUN, 1979) o “proceso asistencial” (COMELLES et al., 1982). Para un estado de
la cuestión ver HARO (2000).
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IV. Etnografía
asistencial, intelectual, emocional, social y cultural de los microgupos
implicados en la enfermedad (GRACIA Y COMELLES, 2005). En este capítulo
trataremos de explorar este complejo de recursos para los casos de afectadas
que provienen de otros países, prestando especial atención a cómo la condición
de inmigrante y las representaciones sociales sobre la enfermedad y sus
enfermas influyen en tales procesos asistenciales.
Nichos ecológicos de los trastornos alimentarios. TCA en sociedades de
origen y destino
“Las formas que toma en el mundo occidental no son las formas que puede tomar en el
mundo latinoamericano. Yo creo que cuando se encuentran en el mundo occidental
donde existe esta enfermedad es como si encontraran el nicho donde se encuentra esta
relación”
HP1-PSPC227
Estudios sociológicos sobre la experiencia de los TCA han coincidido en
dividirla en dos etapas. La primera sería aquella que hemos tratado en la
primera parte de nuestra etnografía y que se refiere al comienzo de las prácticas
alimentarias de comer mucho, poco o nada junto, o no, con prácticas de
compensación o prácticas corporales que pueden modificar el cuerpo; la
segunda comenzaría cuando se dan cambios físicos y psicológicos y se entra en
contacto con los profesionales médicos. DARMON (2003) las llamó
respectivamente etapa de reclutamiento y carrera. La carrera, que nosotros hemos
llamado proceso asistencial, tiene una forma de secuencia temporal en la que se
intentan reconstruir las fases por las que puede pasar una persona que es
diagnosticada de un TCA. Este modelo secuencial utilizado por DARMON y
227
HP1-PSPC: Psicólogo.
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otros como MORENO (2006), fue definido con anterioridad por GOFFMAN (1961)
y BECKER (1985) entre otros.
En la mayoría de los países de procedencia de las inmigrantes el fenómeno de
los TCA tal y como lo conocemos en Occidente, con su masiva difusión
mediática y su creciente demanda de asistencia sanitaria, apenas emerge. La
mayoría de países de Latinoamérica cuentan con pocos datos epidemiológicos
sobre TCA más allá de unos cuantos estudios de caso elaborados por los escasos
servicios especializados en el tratamiento clínico de estos (mal)estares. En estos
contextos, podríamos decir, no se da aún lo que HACKING (2001) llama el nicho
ecológico de una enfermedad mental transitoria 228 que influye sobre el proceso
asistencial al crear una etiqueta diagnóstica para ciertos comportamientos
alimentarios que llevan a reconocerlos como enfermedad (mental) así como
unos dispositivos dirigidos a su tratamiento.
Los diferentes niveles de asentamiento de este nicho ecológico en las distintas
sociedades junto con la edad, van a constituir dos de las variables
determinantes en el desarrollo de la experiencia de TCA y, dentro de ella, de los
procesos asistenciales de los sujetos investigados (Cuadro 7).
228
El modelo de Hacking se desarrolló en un capítulo anterior de este trabajo (Ver pp. 136).
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Cuadro 7. Etapas de reclutamiento y carrera –o proceso asistencial- de TCA
entre las inmigrantes.
Etapa de Etapa de Etapa de
reclutamiento y reclutamiento en reclutamiento y
carrera TCA en sociedad de origen carrera de TCA en
sociedad de origen y carrera de TCA sociedad de
en sociedad de destino
destino
Vicky Ángela Ester
Isabel* Claudia Nicoleta
Cecilia Helena Karima
Marcelo Carolina
Gabriela Julieth
Soledad Jessica
Gisela Marcia
Paula
Nieves
Tara
Rosa
* Isabel representa un caso particular al tratarse de su segunda migración. En este caso como sociedad de origen nos
referimos a Argentina, su lugar de residencia desde que tenía 2 años.
Karima llevaba viviendo en España varios años con su madre cuando llegó por
primera vez a un centro especializado en TCA, pero su contacto con Marruecos,
donde va de visita cada año le hace pensar que allí “sí habrá niñas, pero estarán en
sus casas, sus padres no saben porque la gente no tiene idea de qué es la bulimia y qué es
la anorexia”. Cree que las prácticas están presentes pero que aún no han sido
conceptualizadas como enfermedad y no son vividas como tales. Quizá esté
comenzando a configurarse como tal entre las clases más altas, “hay médicos
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privados, hay gente que tiene dinero pero la gente que es así de clase media pues no. El
médico no te orienta en ese aspecto. Y ahora las chicas están mucho por la dietecita”.
En Perú ocurre algo parecido. Soledad229 llevaba años restringiendo comida y
volcada en la práctica de ejercicio físico diario para perder peso cuando sintió la
necesidad de pedir ayuda médica. No sabía donde acudir, “buscaba ayuda pero
decía dónde, en la seguridad social no estaba asegurada, un privado me iba a costar
mucho, pero dónde”. La dificultad en el acceso tiene que ver con los recursos
económicos pero también con la ausencia de una etiqueta de enfermedad “en
Perú no hay muchos problemas de anorexia y de bulimia, no es como aquí que es más
conocido, allá la gente tiene otros problemas y no te puedes dar el lujo de estar
deprimida de nada, allá eso de que te venga la baja por depresión no, te echan!”. Una
vez en España la búsqueda de ayuda fue uno de sus primeros objetivos. La
encontró a través de una ONG que cuenta con un servicio especializado en
salud mental para inmigrantes. Es entonces cuando escuchó por primera vez la
palabra anorexia.
Para otras mujeres de edad más avanzada, la época en la que transcurrieron sus
infancias y adolescencias, los setenta, influyó en su desconocimiento de unas
etiquetas diagnósticas aún poco populares especialmente en Uruguay y Brasil.
Cuando era adolescente, la madre de Gabriela la había llevado a varios médicos
para que adelgazara. No oyó hablar de bulimia hasta estar cerca de su treintena,
lo hizo a través de la radio y de forma inmediata se sintió identificada. Decidió
buscar una ayuda que comenzó encontrando en asociaciones de afectados. A
Gisela, de su misma generación y residiendo más al norte, su madre la llevó al
psicólogo cuando tenía diecisiete años. Su motivación era la misma que en el
caso de Gabriela, quería una hija delgada. El psicólogo le dijo que su problema
consistía, simplemente, en ser golosa. Tras visitar varios médicos en Brasil sin
que ninguno hiciera un diagnóstico de TCA, fue paradójicamente en una
asociación de ayuda mutua a la que acude en España cuando encontró por
primera vez un nombre para su aflicción. Fue el de comedora compulsiva, y la
229
Perú, 39.
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identificación con esta etiqueta la viene ayudando desde entonces a gestionar su
(mal)estar. En la actualidad estas etiquetas son cada vez más conocidas en estos
dos países de América del Sur cuyos datos epidemiológicos sobre TCA
confirman un aumento de las personas diagnosticadas durante los últimos
años.
Buenos Aires, ciudad de un cosmopolitismo exacerbado, es particular por la
rápida difusión de estas etiquetas entre la población desde los años 90 y por ser,
después de Japón, el país con mayor incidencia de casos de anorexia y bulimia
según la Red Interhospitalaria de Trastornos de la Alimentación (MARTINA,
2006). Cuando se desarrolla el nicho ecológico, los itinerarios terapéuticos
comienzan de forma más temprana y directa. Cecilia y Vicky, ambas
bonaerenses, se identificaron en las etiquetas y sintieron desde jóvenes la
necesidad de buscar ayuda médica. Cuando Cecilia tenía 14 años pidió a sus
padres que la llevaran a un psicólogo y desde entonces, ha alternado diferentes
profesionales de la salud mental y nutricionistas. Vicky hizo lo mismo y
comenzó a tratarse con un equipo especializado en TCA con el que estuvo
durante años antes de llegar a España en 2002, donde reconoce que “los médicos
son un desastre, la medicina en España un desastre porque los médicos no saben de lo
que estás hablando, qué es la bulimia, qué es la anorexia, qué son los trastornos de la
alimentación”.
España elaboró en 1999 el primer protocolo de actuación para TCA dirigido a
médicos de atención primaria fruto de su creciente incidencia (MINISTERIO DE
SANIDAD Y CONSUMO, 1999). Aunque posteriormente se han elaborado otros
protocolos en diversas comunidades230, los médicos de familia desconocen a
menudo los debates sobre la etiología y evolución de estos (mal)estares, lo que
hace depender de los recursos intelectuales de la paciente su llegada a los
servicios especializados “voy al médico de cabecera para que me deriven o para que
me digan qué puedo hacer y el médico me dice que yo no tengo ningún problema, que
230
Y por parte de diferentes sectores sanitarios. Por ejemplo en Cataluña, en 2005 el [Link] OFICIAL
DE METGES de Barcelona editó un Quadern per la Bona Praxi en TCA (TORO et al., 2005) y en 2009 la
Associació d’infermeria familiar y comunitària de Catalunya (AIFICC) ha editado la Guía Clínica de
Atención Primaria para los trastornos de la conducta alimentaria (MARTÍN, GARCÍA Y AIVAR, 2009).
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era el tema de alimentación y que me tenía que alimentar bien y nada más, alimentar
bien, que no sabía de lo que le hablaba, le hablaba de la anorexia y la bulimia y no tenía
ni idea, y empecé a averiguar y me dieron una derivación a un psiquiatra” 231 .
Estimamos, no obstante, que se trata de un hecho cada vez menos frecuente ya
que los médicos de atención primaria están cada vez más informados sobre
anorexia y bulimia con la difusión de protocolos.
Las inmigrantes cuya adolescencia transcurre en España llegan a los servicios
médicos por diferentes vías, pero casi todas tienen en común haber sido
llevadas por sus madres cuando detectan bajadas de peso, desmayos y/o un
estado de ánimo triste. A excepción de la madre de Tara que es psicóloga y el
adelgazamiento le hace contactar directamente con un equipo especializado en
TCA, las demás madres desconocen estas etiquetas aunque interpretan el
adelgazamiento como un signo de enfermedad y, sin saber cuales pueden ser
las causas, acuden a los médicos de primaria. Todas acaban llegando a servicios
especializados en TCA si bien la mayoría previo paso por pediatras, endocrinos,
ginecólogos o incluso psiquiatras y psicólogos. El proceso, no obstante, no es
fácil. Ángela fue derivada a una psicóloga con quien se visitó durante tres
meses hasta que dejó de ir porque “hablaba mucho y me desahogaba pero ella no me
decía nada y yo también quería tener respuesta, yo necesitaba que me dijera algo pero es
que no me decía nada, me decía 'Uy! chica que difícil' 'Uy! Tú lo has pasado muy mal'
y yo me quedaba pensando, ya, eso lo sé, pero dígame algo por favor y entonces nada, no
volví”. Son el bajo peso o la menarquia lo que las conduce hacia unidades
especializadas en TCA. Esto nos hace pensar que el número de casos es
seguramente mucho mayor cuando, por ejemplo, no se llega a pesos tan bajos y
predominan otras prácticas como el atracón, los vómitos o el ejercicio físico
excesivo. Son entonces mucho menos visibles y no llegan tan frecuentemente a
los servicios médicos, incluso pueden no llegar nunca. En Europa sólo un 36.3%
de las personas con algún TCA han buscado alguna vez ayuda médica (PRETI et
al., 2009).
231
Vicky, Argentina, 27.
299
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En países donde se ha desarrollado el nicho ecológico, como España o Argentina,
el conocimiento de la etiqueta de enfermedad marca de forma distintiva un
itinerario que las llevará, de forma directa, hacia la atención sanitaria
especializada. Las madres de Helena, Julieth y Isabel nunca habían escuchado la
palabra anorexia hasta que lo hicieron en su entorno cercano. Isabel, nacida en
Bolivia, vivía aún en Argentina y llevaba varios ingresos a sus espaldas en
hospitales. Su madre la veía vomitar y desmayarse sin saber qué le podía estar
ocurriendo. Durante los ingresos le hicieron todo tipo de pruebas, pensaron que
podía tener tuberculosis como su hermano pequeño, nunca encontraron una
causa y siempre volvía a casa tras el alta dejando de comer de nuevo. Un día su
madre, comprando unos medicamentos para su hermano, le contó a la
farmacéutica el problema de su hija cuando ésta sugirió que podía estar
padeciendo anorexia. La madre de Helena por su parte, se alarmó por la
delgadez de su hija una vez en España al escuchar, en una reunión familiar, a
algunos hablar de la anorexia. Lo discutían como un nuevo fenómeno. A la
madre de Julieth le ocurrió exactamente igual. Conocer la etiqueta de anorexia
les sirvió para contactar inmediatamente con servicios especializados en su
tratamiento.
En tales países las interpretaciones sociales y culturales de estas prácticas
corporales y alimentarias como enfermedad lleva a ejercer un mayor control
social sobre las mismas. Por su mayor incidencia en edades adolescentes los
programas de prevención en TCA se articulan con el sector educativo232. Sin
embargo, esta vía de llegada ha sido minoritaria entre las inmigrantes y sólo
una ha llegado a servicios especializados a partir de ser detectada en la escuela.
Los profesores observaron que Rosa estaba perdiendo peso y lo comunicaron a
sus padres. Rosa negaba conocer la causa de su adelgazamiento por lo que
visitaron al endocrino. Fue durante un ingreso por intento de suicidio cuando el
232
En Cataluña existe un convenio con el Departament d’Ensenyament encaminado a la educación en
hábitos de vida saludables donde se incluyen aspectos de nutrición. En Madrid se ha elaborado una Guía
de recursos para el tratamiento de los TCA dirigida a profesores y orientadores que ayude a la detección
precoz y la derivación a servicios sanitarios.
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personal médico detectó los vómitos y la derivaron a una unidad especializada
en TCA.
En otros casos pueden ser personas del entorno cercano quienes descubran
unas prácticas que se intentan llevar en secreto. Claudia estaba vomitando
cuando su mejor amiga la descubrió obligándola a ir a un médico bajo la
premisa de que sólo de esa forma no se lo diría a sus padres.
Acceso de inmigrantes a los servicios especializados en TCA
La creación de dispositivos especializados en el tratamiento de los TCA debe
ubicarse en un contexto de globalización donde el mercado médico está
embarcado en la producción constante de nuevos productos adaptados a
sectores discretos del mercado que no comprenden únicamente la provisión de
moléculas y tecnologías diagnósticas y terapéuticas, sino también el área de
provisión de servicios. La medicalización de ciertas prácticas alimentarias ha
llevado a la creación de nuevas enfermedades y al desarrollo de instituciones
específicas como parte de un fenómeno contemporáneo de especialización
ligado a un tipo de institución centrado en la terapeútica y con un fuerte
componente “moral” (GRACIA Y COMELLES, 2007). Un modelo ajustable según el
peso que el sistema público de salud y su capacidad de responder a la
permanente creación de enfermedades tiene en los diferentes escenarios.
En España la creación de servicios especializados en TCA es relativamente
reciente, se encuentran desigualmente repartidos en el territorio y su tipología
es muy variada. Tras algunos debates iniciales sobre la adecuación del
establecimiento de unidades específicas en la red pública que argumentaban en
su contra una relación coste-beneficio elevada (PEDREIRA, 2001), la emergencia
de servicios especializados privados y la expansión de los públicos en los
últimos años han demostrado lo erróneo de tal predicción, y el éxito del
mercado de nuevas enfermedades. Un mercado focalizado sobre la base de las
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disfunciones derivadas de las condiciones sociales de las clases medias
autóctonas a las que ahora se añaden nuevos clientes: los inmigrantes.
El acceso de inmigrantes a los servicios especializados de TCA en España se da
de forma desigual según las CCAA. Hemos podido comprobar las diferencias
en la accesibilidad entre Cataluña y la ciudad de Madrid. En Cataluña, una de
la comunidades con mayor concentración de población inmigrante, y donde
paradójicamente existe la mayor red del Estado de recursos públicos y privados
especializados en TCA, apenas cuentan con clientes extranjeros. Tras contactar
con centros privados y diferentes recursos de la red pública -desde atención
primaria hasta hospitalaria incluyendo servicios específicos de atención a la
salud mental de población inmigrante-, encontramos un total de once casos en
un periodo de dieciocho meses (2005-2007) de los cuales dos rechazaron
participar en el estudio. Los profesionales afirmaron que la presencia de
inmigrantes en sus servicios hasta entonces había sido anecdótica. Una
situación que contrasta con Madrid donde un solo hospital, que cuenta con una
unidad especializada, ha estado recibiendo pacientes inmigrantes desde el año
2000 en números progresivamente crecientes233. Si bien no se trata de contextos
comparables atendiendo a la variable dispersión de la oferta en un territorio de
más de 30000 km2 frente a una megaciudad como Madrid –aunque también hay
que decir que al hospital madrileño llegan casos de las [Link]. colindantes234-,
podemos resaltar algunos datos que nos ayuden a comprender tal diferencia.
Parte de este hecho puede explicarse a partir de las diferentes composiciones de
la población inmigrada en cada una de las localizaciones. La presencia de
población latinoamericana en Madrid ha sido marcadamente mayor que la de
Cataluña. En el año 2005 cuando comencé el trabajo de campo, mientras Madrid
contaba con un 4.6% de población iberoamericana, Cataluña lo hacía en un
2.8%. La relación inversa se daba en cuanto a población magrebí. Sólo de
Marruecos, en el mismo año y sólo en la ciudad de Barcelona, residían
233
Los datos de pacientes inmigrantes de este hospital se han expuesto en un capítulo precedente (Ver pp.
113-14).
234
Algunas de las informantes residen en Castilla-La Mancha y Castilla León.
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legalmente 99.196 inmigrantes, casi el doble que en Madrid donde lo hacían
59.157 (MINISTERIO DEL INTERIOR, 2005; INE, 2005). Sin embargo, necesitamos
apoyarnos además en otros factores para llegar a una explicación más completa
sobre esta variabilidad en la utilización de servicios sanitarios.
El acceso a los servicios sanitarios por parte de la población inmigrante presenta
restricciones por la influencia de unos obstáculos que han sido extensamente
estudiados en las investigaciones en migraciones y salud nacionales e
internacionales (BERNAL Y COMELLES, 2007; MEÑACA, 2007; BRIGIDI, 2009;
MORENO, 2010). En el caso español, las desigualdades de acceso y la saturación
asistencial están relacionadas con determinadas condiciones estructurales de los
procesos asistenciales de nuestro sistema de salud que se han mostrado
inadecuadas para la demanda existente (FERNÁNDEZ-RUFETE Y BECERRA, 2005).
Para el caso que nos ocupa, una de las razones que pueden explicar la
diferencia entre ambos territorios son los niveles alcanzados en la superación de
los obstáculos que dificultan la accesibilidad y que están relacionados con los
diferentes planes de salud de estas dos comunidades autónomas235. Otra razón,
que concierne de forma específica al ámbito de los TCA, no tiene tanto que ver
con el acceso sino con lo que ocurre una vez dentro del sistema sanitario.
Pensamos que la actual baja tasa respecto a la población autóctona de pacientes
inmigrantes tratadas por un TCA, como también las diferencias existentes entre
territorios están estrechamente relacionadas con aspectos culturales del sector
médico como son las representaciones sociales sobre la enfermedad -sobre todo
anorexia y bulimia- que dificultan la detección de estas prácticas alimentarias y
corporales o bien llevan a un diagnóstico erróneo y a su inadecuada derivación.
En su investigación etnográfica en una clínica psiquiátrica para niños y
adolescentes en [Link]. GREMILLION (2003) destaca que las representaciones
sociales sobre la anorexia están fundadas en distinciones étnicas y de clase y,
por lo tanto, dividen a la población usuaria. Las pacientes procedentes de clases
235
En un proceso que se inició con la promulgación de la Ley de Sanidad de 1986 y que concluyó en el
2002, España hoy cuenta con un Sistema de Salud descentralizado en el que cada una de las Comunidades
Autónomas tiene competencia plena en cuanto a la gestión y organización sanitaria, lo que supone, entre
otros, la aplicación de planes de salud diferentes.
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trabajadoras o de etnias no caucásicas son más diagnosticadas de borderline, por
ejemplo, que de un trastorno alimentario.
Estas representaciones sociales operan a nivel global en la sociedad en general y
en el sector médico en particular. Al fin y al cabo, los criterios utilizados por el
entorno, por los profanos, para “diagnosticar”, provienen de una categorización
realizada por un modelo médico hegemónico que se retroalimenta de la cultura
y saber popular. Siguiendo la tesis gramsciana de cómo lo hegemónico se
populariza decía Dolores JULIANO (1986) que lo que a veces consideramos
cultura popular en general, no es sino la interpretación que hace la población de
elementos provenientes de la cultura dominante que sería, en este caso, la
académica médica. Según PERDIGUERO (1993), las definiciones académicas se
construyen y se asumen entre la población de forma aculturada y adaptada a
sus necesidades explicativas. La representación social de la paciente de TCA
convierte en candidata a las mujeres jóvenes caucásicas, de clase media y
sociedades occidentales, y aleja a las demás –a veces también a los demás- de tal
categorización tal como comenta una psiquiatra236 “también es que los médicos de
primaria tienen más dificultades con la población de inmigrantes, por ejemplo, para
detectar algunos de los síntomas no piensan en ello, como que se piensa que esta
población no es susceptible de este tipo de trastornos. Les sorprende a los médicos de
primaria cuando les digo que vamos a mandar una niña con anorexia y es peruana”.
Pero no sólo los médicos de primaria, algunos psiquiatras especializados en el
tratamiento de TCA entienden la presencia de pacientes inmigrantes
únicamente por su pertenencia a determinada clase social, como una de ellas
comenta refiriéndose a sus pacientes inmigrantes “a veces en la forma de vestir ya
lo ves porque a veces en los trastornos alimentarios normalmente son familias
económicamente de clase media alta, la manera de vestir, los estudios, los trabajos, los
cargos de responsabilidad que tienen los padres, la mayoría de ellos estudios
universitarios, trabajos de responsabilidad”237.
236
HP1-PSP: Psiquiatra.
237
HP2-PSP: Psiquiatra.
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El Diagnóstico y sus efectos
“Yo pensaba que eran como locas, como locas, taradas así, de esas que no comen y son
gilipollas”238 . La mayoría de las adolescentes inmigrantes conocieron la anorexia
por la tele, internet o revistas una vez llegaron a España. Fueron incorporando
la imagen de la anoréxica como aquella mujer joven extremadamente delgada,
que no come apenas nada, muy preocupada por su físico y, en general, poco
inteligente. De la bulimia, no habían oído hablar. Cuando fueron diagnosticadas
a algunas la etiqueta les cayó como un jarro de agua fría, no comprendían por
qué, si al fin y al cabo ellas sólo estaban haciendo una dieta pero seguían
comiendo, o no estaban tan delgadas, o nunca se habían sentido gordas, o no
estaban especialmente preocupadas por su cuerpo o, como en el caso de
Gabriela que fue diagosticada por primera vez cuando rondaba los 40 años, ni
siquiera eran lo suficientemente jóvenes “siempre sentí que eso era cosas de
jovencitos, siempre lo canalizaban a los adolescentes y yo pensaba ¿yo qué pinto
ahí?”239. Se trata de concepciones sobre la enfermedad que las lleva en un
principio a rechazar el diagnóstico.
Otra de las razones de esa resistencia es el carácter “mental” de la enfermedad.
Cuando se sienten incapaces de controlar impulsos como los atracones, a pesar
de reconocer que éstos son una estrategia de huída o de búsqueda, de placer o
de castigo, ante determinadas experiencias vividas, algunas comienzan a
reflexionar sobre “el problema está, es mental y está en la cabeza”240. Para otras la
inclusión médica de sus prácticas corporales y alimentarias bajo el ámbito de las
patologías mentales va a suponer una desagradable sorpresa que las lleva a
sentir miedo, vergüenza y responsabilidad individual. “Vergüenza, vergüenza
porque con todo lo que había leído… Era un problema que ya casi tendía a lo
psiquiátrico y yo me decía hasta este límite he llegado, que vergüenza, porque yo no sé,
238
Carolina, Ecuador, 17.
239
Gabriela, Uruguay, 43.
240
Gabriela, Uruguay, 43.
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es algo que yo lo veo mal visto, para mí” 241 dice Soledad. El estigma de la
enfermedad mental atraviesa cohortes de edad. Si Soledad con 39 años sentía
vergüenza, Ángela con 17 va sentir algo parecido “Ud. donde tiene que ir es a un
psiquiatra porque Ud. tiene anorexia nerviosa. Y me lo dijo así de golpe y yo me puse a
llorar. Yo pensaba algo raro debo tener porque aquí algo no va bien conmigo pero no me
atrevía a pensar que fuera algo tan así, porque yo pensaba que era normal”242. ¿Y no es
acaso normal hacer dieta tras encontrar que una ha engordado unos kilos y
recibe a menudo comentarios sobre su peso? ¿No es normal perder el apetito
cuando determinadas experiencias vitales la hacen a una sentirse sola, triste,
confundida, abandonada? ¿O en esa misma situación darse atracones como una
fuente de placer inmediato?
Las patologías mentales crean diferencias y estigmatizan al portador y a su
familia. Según la clasificación de GOFFMAN (1963) existen tres tipos de estigma
de los cuales la enferma de un trastorno de alimentación puede enfrentarse a
uno, dos, o –en los casos de inmigrantes- hasta tres. Por un lado experimenta el
estigma por carácter, aquel que incluye a la enfermedad mental. Se trata de aquel
derivado de sus rasgos personales por lo que es rechazada por la sociedad en
cuanto su comportamiento es percibido como contrario a las normas culturales
establecidas. Estos estigmas son evidentes en la literatura de TCA que afirman
un carácter infantil en su manera de pensar, en su falta de independencia,
comportamientos obsesivo-compulsivos, ánimo depresivo, prácticas de comer a
escondidas, de hacer ejercicio excesivo, etc. (WAY, 1995). Las familias también
son estigmatizadas cuando se las define como enfermas y se las califica, por
ejemplo, como sobreprotectoras, rígidas o incapaces de resolver conflictos243.
Por otro lado, y sólo en los casos de peso extremo o donde se den otros
síntomas físicos visibles 244 , también se enfrentará al estigma físico, el más
241
Perú, 39.
242
Colombia, 17.
243
Las hipótesis etiológicas que envuelven a la familia se expusieron en un capítulo precedente (Ver pp.
118).
244
Por ejemplo, en los casos de bajo peso y asociado con la malnutrición puede darse la caída de cabello,
un cambio en el color de la piel, crecimiento de vello corporal, etc.
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difundido en los medios de comunicación. Además, en los casos que aquí
tratamos, por ser inmigrantes, añadimos el estigma tribal que consiste en
generalizaciones que se hacen sobre las personas en base a su origen étnico,
raza o religión. A los estigmas de experimentar una deformación/alteración
física y de estar loca se añade el de ser inmigrante dando lugar a un estigma
triple, que convierte a la experiencia de estos trastornos mentales en
inmigrantes en un fenómeno singular.
Pero no todo lo “único” acaba aquí. La concepción estigmatizante de los TCA
como enfermedades mentales, es decir, su estigma por carácter, cuenta con sus
propias peculiaridades (WAY, 1995). CHERNIN afirmaba en 1981 que la chica
anoréxica se había convertido en la heroína cultural de la época mientras BRUCH
(1988:4) señalaba que la anorexia había adquirido una reputación de moda.
Contrariamente a la obesidad, la representación social del TCA, ese deseo de
estar delgada y el esfuerzo reflejado en el comer poco o nada y la realización de
otras prácticas corporales, eran -y siguen siendo- aspectos socialmente
valorados como también lo eran –y son- todas aquellas “enfermas” famosas que
hacían pública su experiencia y que permitían una identificación con la fama y
el éxito social, profesional y sexual. Por todo esto, los trastornos alimentarios
representan un caso particular dentro de ámbito de las patologías mentales en
cuanto su carácter estigmatizante ha convivido -siendo en múltiples ocasiones
ensombrecido- con aquel glamouroso: “toda enfermedad mental conlleva una
estigmatización y ellas no tienen estigma de estar enfermas mentales afortunadamente,
pero sí tienen el estigma de que esto no es una enfermedad y, a ver, esto juega
totalmente en su contra porque cualquier persona que tenga una enfermedad y venga al
hospital tiene al menos el rol y el estatus de estar enfermo, de que tiene un problema de
salud pero es que ellas no, ellas tienen manías, la manía de estas niñas que quieren estar
delgadas como las modelos”245.
En los países de procedencia de las inmigrantes donde el nicho de la
enfermedad está aún construyéndose, estas etiquetas se conocen menos y se
consideran enfermedades epidemiológicamente emergentes. Sin embargo, su
245
HP3-PSE: Enfermera
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popularización se encuentra en aumento. El contexto de globalización en el que
los medios exportan incesantemente el modelo normativo dietético y corporal
(GRACIA, 2009) también conlleva la difusión de una “cultura de la anorexia” que
otorga a estas prácticas un significado de identidad, de estatus. La anorexia ha
sido extensamente “publicitada, glamourizada y romantizada” (GORDON, 1990), y
BRUCH (1988) ya señalaba como no era extraño que algunas chicas comenzaran
a probar prácticas de restricción o de no comer después de haber visto una
película. En nuestra etnografía hemos visto como algunas han seguido esta
evolución, aplicando prácticas de dieta o de compensación tras verlo en la tele o
escucharlo en la radio, en algún caso cuando aún vivían en sus países de origen.
Ahora no son sólo anoréxicas Calixta Flockhart o Ashlee Simpsom sino también
“una cantante de bachatas allí en Ecuador que también es muy flaca y me he enterado
que tiene anorexia”246. Esta dimensión en la difusión de información contribuye a
la expansión y homogeneización mundial de lo que son consideradas por la
medicina hegemónica como prácticas corporales y alimentarias saludables.
Paralelamemte, la exportación de la Psiquiatría biomédica conduce a una
identificación y etiquetamiento como enfermedades de todas aquellas prácticas
que se salgan de la norma dietética y saludable establecida.
Pero no todas ofrecen resistencia al diagnóstico o comparten esos mismos
sentimientos de reacción. Para alguna la carrera en TCA dentro el circuito
asistencial se convierte en medio de vida, donde expresan mediante el cuerpo y
la comida desacuerdos, protestas, sumisiones y buscan respuestas a sus
llamadas de atención, de protección, de cuidados. Marcia, que ha pasado por
más de diez ingresos, no se reconoce en ninguna de las etiquetas que ha
recibido a lo largo de su vida. Tras la muerte de su padre “Yo te voy a decir la
gran verdad, la gran verdad es que mi vida desde los 12 hasta los 15 fue una historia que
me creé yo misma, una historia que yo pensé que debería creer, porque yo simplemente
quería morir, no me importaba un carajo esta vida, no me importaba un carajo nada ni
nadie, entonces yo cogía todo de mi padre, de los comportamientos que él tenía cuando
246
Ecuador, 15.
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estaba enfermo y lo hacía, ¡si a mí me diagnosticaron un trastorno bipolar! Porque
imitaba, pero imitaba consciente de ello”.
Por último, hay inmigrantes que nunca han sido diagnosticadas de TCA. Son
algunas de las más mayores, cuya búsqueda de ayuda se ha concentrado en
consultas de psicólogos privados -combinados en ocasiones con nutricionistas-
que no han sabido reconocer los síntomas, no supieron como preguntar sobre
las dimenciones psicológicas de sus dolencias o han trabajado desde una
perspectiva psicodinámica sin la imposición de un diagnóstico. Estos pacientes
no se reconocen bajo ninguna etiqueta de trastorno alimentario, y la explicación
subjetiva que le dan a sus (mal)estares se distingue de los anteriores casos en
una no focalización del problema en la comida ni en el cuerpo sino en
experiencias traumáticas vividas. Sin embargo en la evitación del diagnóstico
no todo son ventajas, ya que una vez las prácticas alimentarias se convierten en
problemáticas una no cuenta con un término que pueda ayudarle a buscar
ayuda. Gisela, por ejemplo, va a encontrarlo mediante su participación en una
asociación de autoayuda, un tema que retomaremos más adelante, definiéndose
a sí misma, a sus 47 años, por primera vez, como comedora compulsiva.
Sintomatología y cultura
La diversidad sintomatológica de los trastornos mentales entre diferentes
culturas ha sido uno de los campos clásicos de análisis por parte de la
etnopsiquiatría o psiquiatría y psicología transculturales 247 . En España, los
profesionales que han trabajado TCA con pacientes inmigrantes se han
encontrado con algunas de estas características diferenciales. Por ejemplo, entre
247
Entre la bibliografía básica destacan entre otros DEVEREUX G (1970), Essais d’ethnopsychiatrie
genérale, Gallimard, París; KLEINMAN, A. (1980), Patients and healers in the context of culture. An
exploration of the borderland between anthropology, medicine and psychiatry, University of California
Press; LITTLEWOOD R, SIMONE D, (ed.) (2000), Cultural psychiatry and medical anthropology: an
introduction and reader. Athlon Press, Londres; BHUGRA, D. Y BHUI K. (eds.), Textbook of Cultural
Psychiatry, Cambridge University Press, Cambridge. En la literatura nacional es imprescindible
GONZÁLEZ, E. Y COMELLES, J.M. (comp.), Psiquiatría transcultural, Asociación Española de
Neuropsiquiatría..
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población árabe, a pesar del bajo número de casos que llegan a los servicios,
una psiquiatra cuenta según su experiencia con pacientes de tal procedencia “no
cumplen digamos lo que se entiende por la relevancia en el peso o la distorsión de la
imagen corporal, es decir, toda esa parte de sintomatología mental, pero figura toda la
parte física y conductual. Digamos que es una forma más psicosomática”248. Como
tratamos en capítulos anteriores de esta investigación249, la literatura describe
esta misma relación diferencial en cuanto a la patogenia -forma del síntoma-
también en los casos de población asiática, si bien ningún paciente asiático ha
pasado por los servicios consultados. No obstante, esta diferenciación entre
culturas somatizadoras y psicologizadoras representa una visión reduccionista
que funciona como obstáculo para comprender las diferencias culturales. Según
GAILLY (2010) la distinción entre ambas esconde una discriminación clasista, así
la clase de mayor nivel cultural y socioeconómico tendería a psicologizar
mientras la somatización sería la manifestación de las culturas más
tradicionales, de las clases bajas y del campesinado occidental.
En cuanto a población latina, mayoritaria entre las inmigrantes llegadas a las
consultas médicas, los profesionales entrevistados la consideran culturalmente
más cercana pero no por ello exenta de diferencias. No encuentran, en general,
diferencias en lo que concierne a sintomatología y diagnóstico cuando
continuan poniendo el acento en los criterios de peso e imagen corporal, pero sí
se plantean cual es el origen causal diferencial con las autóctonas. Los modelos
explicativos de estos profesionales sobre las causas de la enfermedad en
inmigrantes resaltan aspectos relativos tanto a ideales corporales como a
relaciones vinculares.
La basta diversidad étnica de Latinoamérica ha sido apuntada anteriormente en
este trabajo. Dejando a un lado la población criolla o de ascendencia europea,
sobre la población indígena y/o mestiza los profesionales consideran que la
distancia entre el propio cuerpo y los ideales estéticos Euro-Americanos
constituyen una amenaza a la hora de padecer trastornos de alimentación, “eran
248
HP1-PSP: Psiquiatra
249
Ver pp. 141.
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diferentes en el cuerpo y en la percepción del cuerpo, quiero decir que la distancia que
había entre lo que tenían y lo que deseaban era mucho más larga. Ellas tenían el
referente estético occidental con un cuerpo… pero ellas eran pequeñitas, más
cuadradas” 250. Desde sus países de origen los profesionales comparten esta
hipótesis destacando la influencia de unas relaciones de poder desiguales que
proyectan en el inmigrante un sentimiento de inferioridad cultural y corporal,
“hablamos el mismo idioma pero España es diferentísimo, ustedes ya funcionan sin una
necesidad tan grande de reconocimiento que se busca mucho en las sociedades
latinoamericanas. Cuando llegan allá y ven que ustedes hablan español se ponen
horribles porque ellas quieren estar como ustedes de guapas, ustedes tienen mucho más
la atención de caminar, que eso aquí como cultura no está, y eso también les ha
permitido a ustedes tener mejores cuerpos y ser mucho más activas naturalmente”251.
Por otra parte, aspectos relativos al vínculo, específicamente a los retos a los que
éste se expone a través de una historia migratoria constituye, según los
profesionales, otra de las diferencias causales “esas dificultades que ha habido en la
crianza y en esas figuras de apego”252. Una razón que no es ni mucho menos
específica de una situación migratoria y que, alejada de la centralidad en el peso
y la imagen corporal, contribuye a derribar las fronteras geográficas
establecidas por el mapa epidemiológico de estos (mal)estares. “Yo pienso que
puede haber anorexias, si nos fijamos en el vínculo, en cualquier parte del mundo”253.
La cuestión de la interculturalidad en los servicios de TCA
El desarrollo de una asistencia sanitaria sensible a la diversidad cultural se está
todavía construyendo en nuestro país. Aunque desde el contexto del Estado de
Bienestar europeo hemos sido reacios a adoptar el concepto norteamericano de
250
HP4-PSP: Psiquiatra.
251
CC2-PSP: Psiquiatra.
252
HP1-PSP: Psiquiatra.
253
HP1-PS: Psicólogo.
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competencia cultural 254 , coincidimos en la necesidad de aplicar ciertas
herramientas que nos ayuden a adaptar las funciones de los servicios sanitarios
a un nuevo grupo de clientes inmigrantes. Como allí, en España se han
implantado servicios de mediación intercultural o de traducción lingüística
aunque su presencia es limitada y cuentan con escasa disponibilidad en las
unidades especializadas de TCA e, incluso cuando están, su uso es limitado ya
que existen demasiados obstáculos para conciliar horarios de los mediadores o
traductores con las visitas de pacientes. La falta de recursos acaba afectando un
proceso terapéutico en el que el profesional se encuentra claramente
constreñido. Así una psiquiatra que trataba una marroquí anoréxica jamás pudo
entender por qué, a pesar de haberle recomendado no hacer ejercicio, ésta,
acompañada por su madre, venía a cada visita andando desde casa -lo que la
llevaba unas dos horas y la sentaba en la consulta empapada en sudor-. Una vez
“en la consulta la niña traducía, había diálogo entre ellos que tú no te enterabas, tenías
la sensación de que algo se cocía que tú no te enterabas…”255.
Con las latinas no se necesita un servicio de traducción lingüística, pero uno de
los profesionales confesaba la dificultad de establecer una alianza terapéutica con
las pacientes por factores que identificó como culturales. “Son chicas más cerradas,
que es más difícil llegar a ellas creo que porque ellas piensan que no las entiendes, que no
eres capaz, quizás también influenciadas por el factor de la migración, porque no son
capaces de decir lo mal que lo están pasando u ocultan toda la problemática que pueden
tener en la familia, porque ocultan todo lo que en algún momento la propia sociedad donde
viven las está, no fastidiando, pero sí de algún modo haciéndolas trabajar más, por lo tanto
llegar a ellas es mucho más complicado porque no tienen tanta claridad a la hora de
expresar lo que realmente está pasando. Ellas sienten que tú eres un terapeuta del país y
por lo tanto no sabes… De chicas ecuatorianas que hemos podido tener que no nos hemos
254
El concepto de competencia cultural nace en Norteamérica con el objetivo de garantizar que todo
usuario del sistema de salud reciba un tratamiento efectivo e igualitario de una manera cultural y
lingüísticamente apropiada. Para ello se propone, entre otros, que los servicios dispongan de profesionales
representantes de las características demográficas de los clientes así como de intérpretes y materiales
traducidos, la formación a los profesionales en diversidad cultural y la inclusión en la historia clínica de
datos relativos a la raza y etnicidad.
255
HP2-PSP: Psiquiatra.
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enterado que su padre era alcohólico o que las pegaba yo creo que era más un código
cultural de no decirlo, de educación propia del país de origen que la propia enfermedad.
Quizás luego cuando comparan con lo que ven o lo que se dice hay un sentimiento de
vergüenza que ya no es cultural pero al principio yo creo que es cultural un poco”256.
La formación de los profesionales sanitarios en diversidad cultural ha sido otra
de las estrategias dirigidas a mejorar la atención. Sin embargo, el concepto de
cultura que en estas actividades se maneja adquiere una identidad monolítica y
reificada y acaba reduciendo la información cultural acerca de los inmigrantes a
meros exotismos y estereotipos. Ofrecer en los servicios un menú de
profesionales que compartan la misma cultura que su cliente –es el caso de
otros países de Europa como Reino Unido- o utilizar en las historias clínicas
concepciones categoriales de cultura como “afroamerican” o “spanish” no hace
más que favorecer los ghettos y el pensamiento racista (COMELLES Y BERNAL,
2007). El concepto de cultura objetivado niega diferencias en términos de clase,
de estratificación social y de estilos de vida y ofrece una perspectiva
reduccionista según la cual los grupos étnicos son portadores pasivos de
culturas diferentes. Sin embargo las culturas no se corresponden
necesariamente con el grupo étnico (BARTH, 1969).
Ha sido esta utilización de “cultura” el principal aspecto en valerse la antipatía
del mencionado concepto –y proyecto- de competencia cultural entre amplios
sectores médicos y entre las ciencias sociosanitarias y sociales, ya que
entendemos que si bien es necesario un apoyo lingüístico y una cierta
formación en una diversidad cultural específica, la profesionalidad parte de
disponer de conocimientos, habilidades sociales y de un aprendizaje de una
sensibilidad especial que lleve a interesarse por la atención de toda la diversidad
cultural y social, es decir, de la de todos los ciudadanos. Porque lo cultural está
en todo usuario del sistema sanitario sea o no inmigrante (ALLUÉ, 2003) y lo que
se tiene que entender es la función universal de la cultura.
256
HP1-PS: Psicólogo.
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En la práctica clínica este enfoque quedaría reflejado en lo que DEVEREUX (1970)
trabajó y denominó psicoterapia metacultural y que definía como un modo de
psicoterapia que se fundamenta “no en el contenido de una cultura particular
sino en una aprehensión correcta de la naturaleza de la Cultura en tanto que
Cultura” (1970:124), es decir, basado en el conocimiento de la cultura en sí y de
las categorías culturales universales. Los diferentes tipos de intervención clínica
cultural, inspirados en el etnopsiquiatra, han sido recogidos por MORO (1998) en
el siguiente cuadro.
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IV. Etnografía
Cuadro 8. Tipos de Intervención Clínica Cultural
Paciente y terapeuta pertenecen a
INTRACULTURAL
la misma cultura y el terapeuta
toma en cuenta las dimensiones
socioculturales, así como los
trastornos de su paciente en el
desarrollo de la terapia
Paciente y terapeuta provienen de Basadas en el
INTERCULTURAL
diferentes culturas, el terapeuta conocimiento etnográfico
conoce bien la cultura de la etnia de la cultura de origen del
del paciente y la utiliza como paciente
apoyo terapéutico.
Paciente y terapeuta pertenecen a Considera la cultura
diferentes culturas; aunque el como un fenómeno,
terapeuta desconoce la cultura de centrada en las funciones
procedencia del paciente, conoce y que la cultura desempeña
METACULTURAL respeta la dimensión cultural y la universalmente
utiliza en el establecimiento del
diagnóstico y en la conducción del
tratamiento
Paciente y terapeuta sustentan
TRANSCULTURAL diferentes culturas; el terapeuta
desconoce la cultura de
procedencia del paciente, no
respeta la dimensión cultural y
busca imponer sus conceptos
culturales a través de los enfoques
terapéuticos.
Fuente: MORO, M.R. (1998).
La incorporación de esta atención cultural en los servicios sanitarios de TCA,
que no debe ser exclusiva para clientes inmigrantes, es necesaria para hacer un
correcto diagnóstico y establecer una sólida alianza terapéutica de la que
derivarán el cumplimiento y la continuidad del tratamiento. Y es precisamente
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en la creación de esta alianza donde los profesionales españoles se encuentran
con mayores obstáculos.
“Con los pacientes autóctonos lo tenemos más fácil porque nos aliamos con la familia,
esa alianza con la familia con los inmigrantes no se da con tanta facilidad, porque
nosotros no sabemos cómo hacerla o porque ellos no tienen condiciones para hacer
alianzas con nosotros o por las dos cosas a la vez” 257 . Si en relación a la
sintomatología los profesionales no han encontrado apenas diferencias al
comparar con las pacientes autóctonas, donde sí lo han hecho ha sido en
aspectos referentes al tratamiento. Todos coinciden en destacar los desafíos que
el ámbito familiar de la paciente inmigrante plantea en el desarrollo de un
tratamiento que, independientemente de la orientación psicológica, hace de la
implicación familiar una parte fundamental del proceso terapéutico.
Pero, ¿por qué falla la alianza? Por una parte tiene que ver con las concepciones
que tienen los padres de una enfermedad que no entienden como tal, esto es,
por la falta de conciencia de la enfermedad por parte de la familia. La
experiencia de los profesionales en el trabajo con pacientes inmigrantes se ha
formado mayoritariamente sobre la base de la atención a casos de mujeres
latinas: “pensamos que por hablar castellano iba a ser más fácil y no era nada fácil
porque las creencias sobre alimentación, sobre dietas, sobre peso, sobre control de la
dieta, sobre el control y el seguimiento del paciente por parte de los padres era muy
anárquico porque tenían ideas diferentes sobre el modelo de dieta, sobre el seguimiento
de los hijos y el control, y bueno realmente costaba un poco, y eso que eran chicas
mayores de 18 años, pero a pesar de todo yo recuerdo que había un cierto problema
porque no entendían bien lo que les explicábamos, no entendían el síndrome de TCA,
hablarles de presión mediática, de enfermedad cultural, hablarles de todo esto sonaba
como muy raro, y sus hijas es que tenían manías tontas y no había que hacerles caso, eso
de no comer es una tontería sobre todo ahora que podemos”258. En los pocos casos de
pacientes árabes que han tratado la “colaboración por parte de los padres era mucho
más complicada, es como si no aceptasen lo que es la patología, lo veían como algo más
257
HP1-PSP: Psiquiatra.
258
PSP: Psiquiatra.
316
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mágico, poco médico, entonces cuando nosotros dábamos instrucciones las seguían muy
poco, entre que había una dificultad en el idioma y la cultura era muy diferente era muy
difícil de producir cambios, cualquier prescripción nuestra era muy compleja, esto en las
dos chicas marroquís. Muy poca conciencia de enfermedad”259.
Y es que las chicas se han familiarizado con las etiquetas diagnósticas que se
aplican sobre sus prácticas alimentarias y corporales mediante los medios de
comunicación, pero sus padres desconocen -en muchos casos por completo-
tales etiquetas de enfermedad. Nunca oyeron hablar de ellas en sus países de
origen y en la nueva sociedad muchos lo hacen por primera vez en boca de
médicos o poco antes de visitarles en conversaciones que surgen en su entorno
más cercano y que les llevan a alertarse sobre la causa del adelgazamiento de
sus hijas. El desconocimiento y la incomprensión sobre la enfermedad mental,
en su aspecto de enfermedad invisible, se va a poner de manifiesto cuando
comienzan el itinerario asistencial de sus hijas. “Ellos al principio les costó
creérselo, ellos pensaban que no me pasaba nada, es que, claro, cuando les dijeron que
esto era una enfermedad, igual que cuando yo vine la primera vez y me dijeron esto es
una enfermedad, esto es una enfermedad, y yo me quedé, y mis padres también se
quedaron así, cómo que una enfermedad si no había cambiado nada desde que habíamos
entrado por la puerta hasta que me dijeron esto, yo no tenía fiebre ni nada de eso, pero
claro una enfermedad así que era difícil de ver ante los ojos de los demás porque no
mostraba mis sentimientos afuera y no es como cuando tienes fiebre que se ve
físicamente” 260 . Los padres rechazan la categorización de enfermedad y
entienden las prácticas de sus hijas como pataletas, berrinches propios de niñas,
lo que las hace sentir incomprendidas y atrapadas entre dos discursos, el
médico y el familiar, contrapuestos entre sí. “Con mi padre me decía tú si lo que
quieres es morirte pues te mueres yo no me voy a sentir culpable”261, “mis padres no
entendían nada, me decían que era tonta, me llamaban estúpida y pues me sentí un poco
259
HP2-PSP: Psiquiatra.
260
Ecuador, 15.
261
Perú, 16.
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sola”262, “La tomó mal, me dice cómo te vas a enfermar con esa pavada, dice que es una
tontería eso del no comer”263.
De esta situación de falta de aceptación paternal de la enfermedad deriva tanto
una demanda débil respecto a lo que los servicios asistenciales pueden ofrecer
como un compromiso débil con los tratamientos que proveen, viéndose todo
ello agravado por unas condiciones de vida –jornadas laborales, cargas
domésticas, etc.-, no óptimas para ofrecer el nivel presencial que requieren
algunos centros. El establecimiento de la alianza terapéutica de la que depende
el cumplimiento del tratamiento debe de adaptarse según las variables
socioculturales que encarna el paciente. En este sentido algunos centros
intentan flexibilizar sus normas, ”te pongo un ejemplo, ayer una paciente que no
puede tener medicación encima porque tiene conductas de riesgo la madre nos pide que
si no podemos envolver la medicación y metérsela a la hija en la mochila para que la hija
no la vea porque ella no puede venir a buscarla. Entonces aquí le decimos que no porque
Ud. es la que no puede venir a buscar a su hija y si su hija no puede tomarse la
medicación es su responsabilidad, nosotros no nos tenemos que esforzar. Pues por
ejemplo esto respecto a los inmigrantes sí que somos más flexibles, las diferencias son
que no nos piden tanto ni nos delegan tanto pero sí que entendemos que lo pueden
necesitar”264. En cambio, en otros aspectos del tratamiento, como por ejemplo en
los comedores, las normas de algunos centros son rígidas. El servicio en el que
se visitaba Isabel estaba fallando en establecer una alianza con una paciente que
llevaba apenas unos meses en España y quien abandonó parte del tratamiento –
sigue medicándose desde casa- a los pocos días de comenzar. Isabel venía
derivada de otro servicio “En el HP6 no era tanto así, te daban un tiempo para comer
y si no lo comías no te decían nada, y en el HP1 en el hospital de día era como que me
sentía muy…, estaban todo el tiempo ahí y si dejabas una miguita pues te lo hacían
comer, si no comes todo a la hora te dan un batido”.
262
Colombia, 18.
263
Bolivia, 15.
264
CC1-PS: Psicólogo.
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La falta de incorporación de la atención a la diversidad cultural en los servicios
generales dio lugar ya en la década de los 90 a la creación de servicios públicos
especializados en la atención a la salud mental de los inmigrantes y a la
provisión de esta ayuda por parte de organizaciones no gubernamentales
(COMELLES Y BERNAL, 2007). Según el informe Buenas prácticas en salud mental y
servicios sociales para inmigrantes, solicitantes de asilo y refugiados (BERNAL, 2003)
los usuarios muestran su preferencia por este tipo de atención. Esta ha sido
también la opción de algunas de las inmigrantes emancipadas entrevistadas
para las que ha prevalecido la calidad de la atención sobre el problema mental
específico. Si bien el establecimiento de estos servicios específicos no es el
camino a seguir265, pensamos que su papel es temporal y sirve de apoyo al
proceso de integración de la nueva población en el sistema público general que
se enfrenta al reto de ajustarse y adaptarse a los nuevos usuarios para poder
suministrar una atención más adecuada.
Tratamientos en migración
Anteriores investigaciones (GRACIA Y COMELLES, 2007) han encontrado que en
España, en las instituciones especializadas, muchos de los profesionales se
sienten cómodos cuando los perfiles de sus pacientes coinciden con unos
protocolos diagnósticos que, por otra parte, son elaborados a partir de criterios
que apenas cuestionan. Manejándose en su trabajo con prejuicios de género, un
profesional llegó a justificar la mayor incidencia de TCA entre mujeres “por su
mayor dependencia del “otro” y por la necesidad de la mirada del “otro” para
poder verse a sí mismas” (Ibíd, 2007:184).
En esta investigación, sin embargo, nos hemos encontrado con profesionales
cuyos modelos explicativos sobre la etiología de la enfermedad comprenden
aspectos históricos y sociales amplios sobre la posición subordinada de la mujer
265
Entre las críticas surgidas a estos servicios GAILLY (2010) señala el hecho de que el cliente puede
percibir al “experto cultural” no solo como alguien quien en última instancia tiene que resolver su
problema sino como aquel que de alguna manera pertenece a su comunidad cultural, lo que crea
expectativas demasiado positivas e irreales.
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en la estructura social. “La mujer no deja de ser objeto aún, estamos como en los
pañales, aún no hemos nacido a lo que es la verdadera igualdad, hay algún cambio en
algunas mujeres, porque aquí no es la mujer, son algunas mujeres, porque yo creo que
hay muchas diferencias entre unas y otras, y entonces algunas pues siguen teniendo el
mismo papel que hace 400 años, ahora no toca hacerlo de la manera de hace 400 años
pero toca la cirugía y el objetivo cual es, pues el ser la parte secundaria de la pareja
humana, de alguna manera secundaria en el poder, porque al final se trata del poder”266.
Unos modelos que se comparten con los del otro lado del Atlántico donde, a
pesar de las diferencias en lo que concierne a la variable temporal en los
estadios de transformación social de los géneros, grandes semejanzas
prevalecen “no es una sociedad igualitaria, es decir, desde el principio nosotros vemos
una diferencia muy grande entre hombres y mujeres, es decir una sociedad
perfectamente hecha para que el hombre tenga muchos más espacios e inclusive sus
distorsiones son mucho más aceptadas, es decir, la mujer tiene que buscar y conquistar
espacios nuevos porque los otros los usa el hombre siempre”267 . Los profesionales
entienden la enfermedad como la expresión de malestares sociales a través del
cuerpo y de la comida, “como un trastorno emocional que les ayuda a no afrontar los
problemas que realmente les angustian, es como una tapadera, es decir mientras esté
pensando en mi cuerpo o en que cuando adelgace seré feliz no estoy pensando en que mi
padre me pegaba o en que me siento vacía, siento que no soy nada, o en que cuando era
pequeña abusaron de mí”268, unos malestares que les llevan a desarrollar una
“conducta autodestructiva, es decir, con pocas ganas de seguir creciendo, en definitiva
de vivir”269.
Sin embargo, y a pesar del interés de algunos profesionales por teorías
etiológicas de la enfermedad de tipo sociocultural que integran una perspectiva
histórica, la práctica clínica apenas parece experimentar cambios. Lejos de
aplicar enfoques dirigidos al empowerment en un tratamiento que trascienda los
266
HP1-PSP: Psiquiatra.
267
CC2-PSP: Psiquiatra.
268
CC1-PSPC: Psicólogo.
269
HP1-PSPC: Psicólogo.
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ideales de delgadez para dar relevancia al control personal, la satisfacción en las
relaciones y la posición política dentro de la familia y de la sociedad en su
conjunto, los profesionales, reconociendo entre las causas aquellas ligadas a
experiencias de opresión y las ganas de abandonarse, se encuentran limitados
en su capacidad de acción por una práctica biomédica que los encorseta en un
modelo que prima los aspectos biológicos –en este caso, principalmente los
nutricionales- y transmite una sensación de impotencia para actuar sobre los
sociales, “si me pongo a preguntarme las causas igual se me va el paciente, y además
incluso saber la causa no quiere decir que le arregles el problema”.
Los TCA dejan de ser problemas sociales, políticos y públicos para convertirse
en problemas individuales y privados en la consulta médica. Los tratamientos
se focalizan sobre la recuperación del peso corporal y los aspectos nutricionales,
“trabajamos más con los factores de mantenimiento que con los factores causales”. El
resultado de no actuar sobre las causas sino sobre los factores de
mantenimiento de las prácticas corporales y alimentarias es, al fin y al cabo, el
de asegurar la prolongación de una vida en la que, en muchos casos, siguen
habitando los mismos malestares. Falsas recuperaciones a las que la medicina
denomina casos crónicos, mientras ellas, tras el tratamiento sienten “pues que no
me entendieron porque salí sintiéndome como una esponja llena de agua”270.
A las inmigrantes se aplican los mismos tratamientos que a las autóctonas, y se
quejan, unas y otras, de una medicación que no les ayuda, de falta de
psicoterapia, de seguir unas normas estrictas sobre el peso durante el
tratamiento cuando se pueden deshacer de ellas fácilmente una vez éste acabe o
de que durante sus internamientos acaban aprendiendo nuevas prácticas que
no las benefician.
Todas han sido puestas en una medicación basada en antidepresivos y/o
ansiolíticos, que, a menudo, no surge de una negociación previa entre
profesional y paciente, y con la que sólo la menor parte de ellas siente mejora.
Con el desarrollo de la medicina especializada y la tecnología médica la
270
Colombia, 18.
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prescripción de fármacos se ha convertido en el método más común de control
de la desviación (CONRAD, 1992). La mayoría piden a su psiquiatra abandonar
los medicamentos al poco tiempo de empezar debido a los efectos secundarios.
Algunas como Isabel o Nicoleta, a pesar de sentirse mal, no lo han comunicado
en unas consultas psiquiátricas que reproducen las relaciones sociales de
dominación (GREMILLION, 2003) “si querías decirle algo él te miraba así y tú es que te
callas, es que sólo una mirada suya y daba miedo”271 y en un sistema que, por
cambio de domicilios -frecuente entre inmigrantes- y por edad lleva a la
paciente por un laberinto de derivaciones en el que “la verdad es que tanto
psiquiatra, tanto psiquiatra, porque ahora es de adultos, y la verdad es que me
preguntan cosas y digo, sí, no, vale, prefiero estar callada”272. La mayoría afirma que
la medicación las deja dormidas, aturdidas, las incapacita para realizar sus
actividades diarias, y alguna se pregunta si no puede estar actuando como
tapadera “a mí me parece que cuando uno está mal lo que hacen es medicarte para
tranquilizarte pero si vos estás mal, bancate el dolor, lo que el cuerpo está demandando,
porque tienes que escuchar y reconocer, no tapar con pastillas porque al día siguiente
vas a aparecer revuelta”273.
A pesar de que las instituciones públicas alardean de incluir en sus tratamientos
terapia psicológica la realidad es que las pacientes lo echan de menos y, las que
pueden, llegan a costearse un psicólogo/a privado mientras están siendo
tratadas en hospitales de día o mediante un seguimiento ambulatorio. “Entonces
quiero empezar a hablar con alguien de lo que me está pasando y en el hospital no
encuentro esa contención, yo iba al hospital (de día) y una vez por semana a ver a mi
psicóloga”274. Muchos servicios únicamente ofrecen terapias grupales por falta
de personal, y cuando el recurso de terapia individual está disponible suele ser
muy espaciado en el tiempo y no llega a cubrir las necesidades de ayuda
psicológica. Además, la terapia focalizada en la modificación de la percepción
271
Marruecos, 19.
272
Colombia, 18.
273
Argentina, 27.
274
Argentina, 27.
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de la imagen corporal y en aspectos nutricionales no les sirve de ayuda “eso de
hacerte entrar en razón de que estás delgada y que estás bien pues a la hora de mirarte al
espejo o a un escaparate pues no te vale de nada275” o “fue más un trato físico que
psicológico, muchas vitaminas y muchos batidos y de lo mental pues casi nada, la
psicóloga te preguntaba algo pero nada”276. De esta manera las motivaciones hacia
los tratamientos se convierten en “llegaba un punto en el que pensaba, vale, come y
te comes todo esto durante un tiempo, los mantienes contentos, luego sales y luego
vuelves a dejar de comer otra vez, y así era la dinámica, salía y volvía”277.
El objetivo de los profesionales es implantar un nuevo aprendizaje o
socialización en la norma dietética que entiende las funciones de la comida
estrictamente en base a criterios de salud. Pacientes como Soledad o Vicky
valoran este aprendizaje nutricional tras haberse perdido en años de
restricciones y atracones “para poder estructurarme, para saber qué son las porciones,
para saber el peso al que tengo que llegar”, pero incluso en estos casos pueden
acabar buscando la ayuda de un nutricionista particular. Y es que los
comedores en los hospitales de día o unidades de ingreso tienden a regirse a
partir de normas estrictas cuyos niveles de cumplimiento se retribuyen con
castigos y recompensas. GRACIA (2009) señala que en España a esta rigidez en
las normas hay que añadir el énfasis en las funciones biológicas de la comida
para cuestionar un modelo de tratamiento cuando, por otra parte, la tasa de
casos clínicos con anorexias severas, y por tanto efectos graves de la
malnutrición, son minoría (RUIZ, 2002).
De las inmigrantes no existen quejas respecto a una gastronomía a la que se han
ido adaptando desde sus casas donde alternan comidas tradicionales de sus
lugares de origen con platos autóctonos. Sin embargo, tener que comerse
absolutamente todo lo que les traen en bandeja –incluidos unos cuantos granos
de arroz secos que la cocinera derramó fuera del plato al servir la paella- junto
con -según el centro- la poca flexibilidad para cambiar elementos de la dieta,
275
Colombia, 18.
276
Perú, 15.
277
Colombia, 18.
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contribuye a seguir convirtiendo la comida en una actividad estresante y
rechazada cuando se dejan aparte sus componentes culturales y lúdicos. El acto
de comer encarna muchos y variados componentes: placer, emoción,
sociabilidad, conveniencia, salud, etc. “Sí, cambiaría bastantes cosas. Yo por ejemplo
cuando estaba enferma, pero muy enferma ya, yo desayunaba muy bien, tostadas, leche,
fruta, pero luego lo que no hacía era no comer ni cenar y aquí me costó acostumbrarme
porque para el desayuno no ponían nada en comparación con lo que yo tomaba y en
cambio la comida era muy grande y encima merendaban y yo nunca he merendado,
entonces bueno pues esto que es un cambio tan radical, y tener que comer cosas que yo
no comía ni cuando estaba bien, yo cuando estaba bien no merendaba y cenaba poca
cosa, no cenaba primero, segundo y postre, entonces me molestó bastante que intentasen
hacer algo conmigo que nunca había hecho”278.
Las limitaciones de los tratamientos se hacen patentes cuando de las nueve que
han pasado por ingresos en unidades hospitalarias, cinco lo han hecho en más
de una ocasión. Unos ingresos en los que “uno aprende a cortarse, aprende a cómo
esconder más la comida y eso, cada uno aprende cosas”279 y que se rigen por estrictas
medidas de vigilancia y castigos de encierro cuando se transgrede alguna
norma “con su camarita en una habitación que nos castigaban, que cabrones, nos
dejaban como un corcho verde y un pijama solo la parte de arriba entonces era como a
ver que vas a hacer sin ningún objeto. Sí, sin cama, allí te meten si te pillan con cigarro,
cuatro paredes, no tienes nada. Tú crees que una persona así va a curarse? Perdona es
que me causa mucha rabia”280. En detrimento de la comprensión y la atención de
aquellas personas que padecen la enfermedad, vigilar y castigar se convierten
en ejes centrales del funcionamiento de la institución justificados en nombre de
un prejuicio consensuado que atribuye a determinadas prácticas alimentarias y
corporales un peligro de muerte. Y todo ello cuando el riesgo de muerte es
relativamente bajo rondando para la anorexia el 5% y para la bulimia el 6.2%
(STEINHAUSEN, 2002; SIGNORINI et al., 2007).
278
Perú, 15.
279
Angola, 16.
280
Brasil, 19.
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IV. Etnografía
El modelo biomédico, por el que optó una psiquiatría que fue así elevada al
rango de especialidad médica en las sociedades occidentales, nace con la
aspiración de alcanzar la máxima eficiencia diagnóstica, pronóstica y
terapéutica mediante la depuración en la clínica y el laboratorio de cuantas
variables sean accesorias a estos tres actos (COMELLES, 2004). A pesar de la
reconocida relevancia de los factores sociales y culturales en la explicación
causal de los TCA, incluso entre algunos profesionales sanitarios, éstos acaban
no siendo tenidos en cuenta en una terapéutica que los considera como
prescindibles e incluso estériles. Uno de los psiquiatras veteranos en el
tratamiento de los TCA nos contaba tras finalizar la entrevista y con la
grabadora ya apagada cuán necesario es salirse del modelo médico para llegar a
una comprensión sobre estos (mal)estares. Resulta cuanto menos paradójico
cómo se pretenden tratar unas aflicciones de tales características etiológicas a
partir de una práctica médica moderna que ha perdido la habilidad –y el
interés- de integrar el peso de variables sociales y culturales en sus
tratamientos.
Terapias alternativas
Tras más de media vida haciendo un recorrido entre el comer poco, mucho o
nada y con recurrentes fluctuaciones de peso Gabriela reflexiona a sus 43
años,“no siento yo que me haya cambiado nada el ir a la psiquiatra, ya te dije que yo fui
por una medicación que no me sirvió nada, y yo siento que la desespero, pobre mujer
porque me pregunta como estás, digo igual, y joder ella ve que no me puede ayudar, yo
le digo estoy bien 4 o 5 días pero luego cojo 4 o 5 días atracones sin parar, arranco bien
el día y a la noche me cojo un atracón”281.
Cuando se sienten los limites de la biomedicina ante unas aflicciones que se
mantienen en el tiempo, algunas buscan métodos alternativos de ayuda. Lo que
se han venido a denominar como CAM -siglas anglosajonas utilizadas para
281
Uruguay, 43.
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referirse a medicinas complementarias y alternativas- que incluyen homeopatía,
acupuntura, naturismo, terapias manipulativas y un largo etcétera, están
experimentando en los últimos lustros un auge creciente en aquellas sociedades
donde la medicina científica occidental se encuentra más desarrollada,
concentrándose su uso entre las clases medias y altas (PERDIGUERO, 2009). En
Europa, casi un 7% de las personas con algún TCA ha buscado ayuda en las
CAM (PRETI et al., 2009). Marcelo probó la homeopatía como método para
perder peso, “Yo no he visitado muchos médicos, yo hacía terapia en Argentina con
una psicóloga para hacer una terapia psicoanalítica, no era por la comida pero formaba
parte como todo, después fui a ver a un homeópata para adelgazar”, pero no le
funcionó y abandonó a las pocas semanas. Marcia se ha tratado con flores de
Bach y ahora quiere comenzar sesiones de acupuntura después de haber leído
el best seller “Curación emocional” del médico francés David Servan-Schreiber.
Por otra parte, cuando estaban en sus países de origen, dos de las inmigrantes
hicieron uso de las medicinas folk. En el caso de Soledad fue antes de pasar por
un servicio médico occidental. Cuando comenzó a tomar conciencia de que su
relación con la comida y con su cuerpo era problemática aún estaba en Perú,
donde acudió a una “serie de organizaciones de brujos” que no mitigaron su
(mal)estar. Karima ya había pasado por su primer ingreso en una unidad de
TCA en España cuando el psiquiatra que la trataba recomienda a su madre que
la lleve a Marruecos por un tiempo ya que necesitaba ver a su familia y volver a
su ciudad natal. En los dos meses que pasaron allí, su madre recurrió a una
medicina tradicional que Karima, tras diez años en España donde aspira a ser
estudiante de medicina, menosprecia “allí como en Marruecos creía mucho la gente
en las cosas de los curanderos antiguos, lo de agua que sana, las hierbas y eso, mi madre
la pobre, creo que por tanto dolor que tenía que no sabía como hacer, se lo creía, me
mezclaba la medicación con esas tonterías”.
Mientras las inmigrantes que se encuentran en fases tempranas consideran la
curación como la obtención de cierto peso -en parte debido a la absorción e
incorporación del discurso psiquiátrico biomédico con el que han estado en
contacto-, aquellas en fases más avanzadas cuentan con una concepción distinta
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y más amplia fruto de una dilatada convivencia en el tiempo con las prácticas,
lo que les ha permitido examinar y reflexionar sobre el significado de sus
problemas: por qué se desarrollaron, cómo han ido evolucionando y qué
función juegan en sus vidas. No conciben la curación como la total desaparición
de las prácticas -aunque lo anhelan-, pero sí como el desarrollo de unos
métodos personales de gestión, de control de las mismas en sus vidas. Con una
larga historia de búsqueda de ayuda en el sector médico, han ido perdiendo
paulatinamente la confianza en unos tratamientos que han acabado
mostrándose como limitados, incompletos e ineficientes. La biomedicina pasa a
segundo plano cuando comienza la búsqueda de métodos alternativos de
ayuda, “yo ya fui a quinientos mil médicos en mi vida respecto a esto, yo ahora voy al
médico, hago mis análisis para saber si estoy bien y tal pero los médicos no entienden de
esto”282.
Entendiendo el padecer alimentario como una lucha por el control y la
autonomía de la propia identidad, un proceso holístico de curación es aquel que
busca la unión entre mente, cuerpo y espíritu. Las terapias que descomponen la
triada y se centran en lo biológico y psicológico, descuidan una parte que las
pacientes a medida que pasa el tiempo echan de menos: la espiritual. Para
Vicky han pasado ya 10 años desde que se visitó por primera vez con un
profesional sanitario y durante esta década ha pasado por consultas de médicos
generales, psiquiatras, psicólogas y nutricionistas, públicos y privados. Sus
vómitos y restricciones persisten. Después de unos meses en un hospital de día
se plantea ahora abandonarlo porque “yo estoy como en un proceso nuevo mucho
más espiritual, voy a empezar yoga, otras cosas, nada que ver, entonces como que el
hospital tampoco tiene nada que ver con esas líneas”. Vicky siente que ya aprendió
todo lo que los servicios médicos tenían que ofrecerle; ahora debe dar otro paso
adelante que forma parte de las estrategias creativas e innovadoras que cada
una encuentra para convivir con sus (mal)estares.
282
Brasil, 47.
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Asociaciones de ayuda mutua
Pero no es solamente el abandono del hospital de día y el comienzo de la
práctica de yoga lo que conforma la nueva etapa de Vicky en el cuidado de su
cuerpo y su alimentación. Recientemente ha comenzado a participar en una
asociación de ayuda mutua. “Es lo mejor que me pasó, lo mejor en el último tiempo,
es increíble el lugar ese, estoy supercontenta porque me ayudó un montón, no se habla
de la comida, son chicas que tienen problemas con la alimentación de todo tipo pero se
habla de los problemas que tiene cada uno, de las preocupaciones, de lo que te incomoda,
de lo que te inquieta, de lo que sea pero no de la comida de si vomitaste y cuánto
vomitaste, y es maravilloso, el grupo es genial, las chicas son geniales, aparte la línea
que tiene es la línea espiritual, trabajar con el cuerpo, qué es lo que el cuerpo te
demanda, lo que necesita, qué es lo que reconoce, qué es lo que el cuerpo quiere o no, qué
es el deseo, que se escuche al cuerpo”. La línea propuesta por esta asociación nunca
la encontró antes en ningún servicio médico.
El arte tiene la habilidad de hacer tangibles experiencias personales y reconectar
mente, cuerpo y espíritu, sin embargo los servicios sanitarios no integran esta
dimensión, o sólo lo hacen en teoría (CRIVILLÉS, 2009). Si encontramos un
servicio público que contaba en sus planes de tratamiento con la inclusión de
actividades artísticas –por ejemplo clases de música o pintura- éstas corrían a
cargo de un voluntariado que lo hacía tan poco estable como eficiente. GRACIA
et al. (2005) encontramos un único centro especializado en la atención a TCA en
España que trabaja con una perspectiva más extensiva en los tratamientos,
“además del tratamiento psiquiátrico y del médico hay terapias de grupo y actividades
como yoga, teatro, para que no estén todo el día haciendo terapia y les ayude a conectar
con el cuerpo”. Sin embargo se trata de una clínica privada cuyos altos costes
reducen su accesibilidad a las clases más altas. Ninguna de las nuestras
protagonistas podría costeárselo.
Pero Vicky no es la única, para Gisela y Gabriela las asociaciones de ayuda
mutua o autoayuda van a jugar un papel fundamental cuando no encuentran
en el sector médico el apoyo o la comprensión que esperan sobre sus
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IV. Etnografía
(mal)estares. A este distanciamiento contribuyen otros factores como son la
edad -sentirse fuera de lugar entre personas mucho más jóvenes-, la lengua
utilizada –Gabriela se siente incómoda en unas terapias grupales conducidas en
catalán- o los horarios -difícilmente conciliables con la vida laboral-. Los
servicios médicos especializados en el tratamiento de TCA se configuran como
dirigidos a personas jóvenes dejando de servir como ayuda a partir de ciertas
edades. Esta es una de las causas de que la participación en las asociaciones sea
más predominante en estadios de la enfermedad y edades más avanzadas.
El asociacionismo de las TCA en España, desarrollado sobre todo durante los
últimos 15 años, se ubica en el contexto del individualismo creciente y la falta
de formas de soporte social que han llevado a los ciudadanos a gestionar por sí
mismos los problemas de salud. Según CANALS (2003) las asociaciones de TCA
podrían entrar en dos categorías: grupos de personas afectadas por
enfermedades crónicas o de larga duración o grupos de personas con
adicciones. Pertenecerían a la primera categoría las asociaciones en las que
participan Vicky –Asociación contra la anorexia y la bulimia (ACAB)- y
Gabriela –Asociación de Lucha contra la obesidad (ALCO)-. Con propuestas
claramente diferenciadas -la primera más enfocada a ofrecer a los pacientes y a
sus redes de soporte capacidad negociadora ante las instituciones y la segunda
con una finalidad más directa de naturaleza terapéutica-, ambas cuentan con la
presencia de profesionales sanitarios que actúan en calidad de expertos dando
conferencias y monitorizando diversas actividades. Algunos de estos grupos,
como ALCO, tienen una presencia internacional y un soporte en Internet que
permite a sus afiliados mantener contacto, acceder a bibliografía recomendada y
estar al tanto de las actividades. Para Gabriela, que comenzó a formar parte de
la asociación cuando aún vivía en Uruguay y debido a sus inconvenientes
horarios laborales en la cocina de un restaurante una vez en España, el medio
electrónico le sirvió para dar continuidad al soporte que venía utilizando desde
años atrás, “me ayudó muchísimo estando cada día ahí con el ordenador y hablando con
gente que éramos un montón, se formó un grupo que estábamos dispersados por todo el
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mundo de gente de ALCO, argentinos, uruguayos casi todos, se ha adherido algún
español también y mira y esto me ayudó, me perdí mis 30 kilos”.
Gisela lleva año y medio asistiendo a las reuniones de la Asociación de
Comedores Compulsivos Anónimos (ACCA), otra asociación internacional,
donde comparte mesa en las reuniones con otros miembros entre las que se
encuentra otra inmigrante colombiana de 62 años. Con un programa de doce
pasos copiado del modelo de Alcohólicos Anónimos, esta asociación, que
entiende la relación con la comida como una adicción, se incluiría en la segunda
categoría de la clasificación de asociaciones mencionada por CANALS (2002). A
diferencia de las anteriores, no cuenta con la presencia de profesionales médicos
y son únicamente afectados los que conforman la misma. Si el pluralismo
asistencial que representan estas asociaciones de ayuda mutua -y en especial
ACCA que excluye la presencia de profesionales- parece poner en duda la
hegemonía del modelo médico al aceptar la existencia de un campo de decisión
y de cuidado informal, la realidad es que son plenamente funcionales con
aquella. “En OA no hay médicos, no podemos dar pautas porque no somos médicos ni
profesionales, nosotros somos una comunidad de ayuda mutua, gente que pasa por este
problema pero yo no te puedo decir tienes que bajar 20 kilos porque no somos médicos,
entonces se aconseja que la gente para estos temas se busque un médico o un profesional.
Porque visiones médicas, de psicólogos, hay un montón pero OA esto lo tiene como
superclaro, cada uno que se busque si cree que necesita psicólogo o cura o porque sino
sería un lío”. No resisten los diagnósticos médicos, sino que incluso los utilizan
con fines funcionales al englobar a todos los asociados bajo una única etiqueta
“los bulímicos vomitan, los anoréxicos también son, lo que pasa es que tienen un
control, pero los anoréxicos también son de atracones, pero luego hay diferencias,
estamos todos bajo el lema del comedor compulsivo. Luego hay detalles porque hay gente
que come compulsivamente y luego se pasa cinco horas en un gimnasio, eso se llama
vigorexia, luego hay detalles así pero el problema es el mismo, el síndrome del comer
compulsivamente”.
Algunas de las críticas que ha recibido este programa han sido su orientación
cristiana y masculina cuando la mayoría de las reuniones son asistidas por
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IV. Etnografía
mujeres. Esto se debe a que mucha de la literatura que ofrece y los pasos hacia
la recuperación fueron tomados de Alcohólicos Anónimos, una asociación
fundada por hombres (THOMPSON, 2004). Por otra parte, el precepto de prohibir
comer alimentos que contienen una carga emocional, como era el caso de comer
arroz y frijoles para una inmigrante latina, fue causa de su abandono de la
asociación según la citada investigación de Thompson. Para esta mujer
inmigrante tal comida cargada de significado cultural no representaba una
debilidad sino un hábito sano y consideraba que podía comer estos alimentos
sin tener que atracarse.
A pesar de las limitaciones que ofrecen cada uno de los programas, para todas
prevalece la opción de tomar aquellas partes que les sirven e ignorar el resto. Al
fin y al cabo el verdadero poder de las asociaciones de afectados se encuentra
en el contacto con los iguales, “yo le explico a la psiquiatra de la URTA, que es una
mujer normalita, delgada, y cuando yo le explico que tengo esas compulsiones de
ansiedad incontrolables dice pero es que tienes que aguantar, digo es que tú no sabes lo
que es, no tienes ni idea, ni puta idea, por eso es que en ALCO te encuentras con gente
como tú que sí que te entienden, te pueden dar, mira yo pruebo a hacer eso, yo pruebo a
hacer aquello y claro, con una psiquiatra que no tenga este trastorno es difícil que
entienda”.
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V. Conclusiones
V. CONCLUSIONES
La escasez de estudios realizados sobre TCA en situaciones de migración, ya
sea desde las C.C. Biomédicas o las C.C. Sociales, indica que el interés por esta
temática es muy incipiente. Nuestro análisis etnográfico de los (mal)estares
alimentarios en población inmigrante ha pretendido contribuir, a través de una
aproximación histórica y transcultural, a deconstruir las representaciones
sociales elaboradas sobre los denominados trastornos de la conducta
alimentaria. El enfoque feminista, por un lado, y las hipótesis manejadas desde
la etnopsiquiatría, por otro, nos han servido para cuestionar la visión
hegemónica en tanto que patologías derivadas de una trivialización de las
sociedades modernas y propias de mujeres obsesionadas por su estética.
Además, nos han permitido matizar el perfil que se ha ido construyendo de las
personas que padecen TCA en tanto que mujeres caucásicas jóvenes que viven
en sociedades industrializadas y que pertenecen a una clase social media-alta.
Por una parte, la revisión de la literatura ha sido imprescindible para constatar
la existencia de estos (mal)estares en diferentes periodos y entre diferentes
culturas interpretándose siempre en base al contexto sociocultural que las
envolvía y que las construye como enfermedad mental en un momento
específico de la historia de Occidente. Como fenómeno relativamente reciente y
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V. Conclusiones
propio de un escenario global –y glocal- donde la psiquiatría biomédica
hegemónica se extiende al resto del mundo, hemos observado como los TCA se
diagnostican en lugares tan alejados geográfica y culturalmente de Occidente
como Harare (Zimbabwe) o Shenzhen (China) y entre inmigrantes de las
sociedades industrializadas poniendo en cuestión su categorización como
trastornos delimitados por la cultura.
En los estudios epidemiológicos transculturales encontramos el lienzo sobre el
que la psiquiatría dibuja y busca su “enferma ideal” y desde allí tomamos las
herramientas y trabajamos en su deconstrucción mediante un análisis crítico. La
mayoría de tales estudios barajan dos hipótesis en la explicación de los TCA,
occidentalización y choque de culturas, ambas reduccionistas y limitadas
principalmente por una conceptualización anacrónica del término “cultura” que
evidencia la falta de diálogo entre C.C. Médicas y C.C. Sociales. Las primeras
manejan la noción de cultura de un modo reduccionista, entendiéndola como
un simple conjunto de hábitos más o menos saludables que conforman los
estilos de vida. Se trata, normalmente, de una visión monolítica de la cultura
que apenas tiene en cuenta que ciertos fenómenos, y especialmente los
relacionados con la salud de las poblaciones, sólo pueden explicarse mediante
la comprensión de procesos sociales de amplio y largo alcance. En la actualidad,
estos procesos han de insertarse en un mundo donde la cultura ha dejado de
estar ligada al territorio y donde lo global y lo local se interrelacionan en la
creación de nuevos espacios sociales que crean nuevas identidades y
significados relacionados con el cuerpo, la comida, la salud y el género. La
cultura de la delgadez no pertenece a determinados territorios ni sociedades, y,
además, tampoco es un factor fundamental en la etiología de estos (mal)estares.
La aproximación etnográfica nos ha permitido contextualizar el modelo
biomédico que progresivamente ha ido conceptualizando los TCA y mostrar
que se trata de un enfoque limitado para comprender ciertas prácticas
alimentarias y corporales. El estudio realizado con personas inmigrantes de
diferentes edades, orígenes étnicos, clases sociales, composiciones familiares y
religiones da cuenta de la diversidad y complejidad de las experiencias que
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V. Conclusiones
pueden expresarse a través de un (mal)estar alimentario. La aparente
persecución de la delgadez y el miedo a engordar, síntomas centrales de un
diagnóstico psiquiátrico basado en criterios etnocéntricos, pueden ser
explicados en términos singulares para cada caso de TCA. Nuestro análisis no
considera insignificante la cultura de la delgadez –la lipofobia- ni banaliza los
efectos de la mercantilización del cuerpo. Al contrario, hemos querido articular
estos factores en un contexto donde confluyen otros condicionantes macro y
microestructurales. Para algunas mujeres, la búsqueda de la delgadez tiene
poco que ver con sus (mal)estares alimentarios, pero incluso, para las que sí
manifiestan esforzarse por conseguir un cuerpo que coincida con el patrón
hegemónico de belleza, también atribuyen a otras experiencias vividas de forma
conflictiva los comienzos de sus problemas. Entre nuestras informantes, éstas
han estado relacionadas principalmente con transiciones,
desconexiones/dislocaciones y opresiones que han tenido que ver con la
vivencia bajo regímenes políticos autoritarios, condiciones materiales de
pobreza o precariedad, separaciones, ausencias, pérdidas o determinados
modelos familiares, discriminaciones por razones de género, etnia o clase y
violencias de género, entre otras. La migración ha supuesto una estrategia de
superación ante estas situaciones pero también les ha enfrentado a nuevos
desafíos.
Los enfoques feministas nos han servido para considerar los roles de la cultura
y el género como factores primarios -y no secundarios- en la explicación y
comprensión de estos padecimientos. Hemos visto que en diferentes periodos
históricos y culturas la prevalencia de los (mal)estares alimentarios ha sido y
sigue siendo mayoritaria en mujeres. Nuestra etnografía lo ha vuelto a
confirmar al encontrar solamente el caso de un hombre entre veinte mujeres. A
pesar de que el porcentaje de hombres afectados puede estar infrarrepresentado
por los métodos utilizados en la detección y diagnóstico de los casos, las
razones de esta feminización de los TCA, independientemente del origen
étnico, hay que buscarlas en la posición que ocupan las mujeres en la estructura
social y en los valores que se han desarrollado respecto al cuerpo, la comida y la
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V. Conclusiones
salud según los roles asignados dentro del sistema género en cada contexto. A
pesar de las transformaciones ocurridas en la distribución de poder entre
hombres y mujeres en las diferentes sociedades referidas, persisten relaciones
de desigualdad que mantienen a las mujeres relegadas en un estatus político,
social y económico inferior. Por otra parte, estos mismos cambios que nosotros
analizamos en un contexto particular como es el de la migración, tienen efectos
paradójicos ya que a la vez que las empoderan en ciertos sentidos las colocan en
una situación de mayor vulnerabilidad en otros.
En este contexto, la alimentación y el moldeamiento del cuerpo aparecen como
estrategias de gestión de otros malestares, es decir, que los (mal)estares
alimentarios tendrían que ser entendidos como un aspecto de la agency para
combatir lo que se consideran injusticias y no como reacciones pasivas ante una
cultura consumista donde el cuerpo ha sucumbido a la lógica mercantilista.
El hecho de que unas mujeres desarrollen un (mal)estar alimentario y otras no
sólo puede ser explicado a partir de la interacción entre las experiencias
individuales y la articulación de variables específicas que moldean las
subjetividades. La migración en sí misma puede o no ser un factor determinante
y/o precipitante para desarrollar un (mal)estar alimentario. Sólo lo será en la
medida en que, a través de las experiencias a las que expone y las variables que
operan en tal contexto, da lugar a la creación de ciertas subjetividades. Respecto
a las variables, el origen étnico no es tan relevante en cuanto poder explicativo
como lo son el género, la clase social y ciertos estados emocionales que
conducen a una diversidad de malestares que acaban siendo gestionados a
través de la comida y del cuerpo.
Los tratamientos que se ofrecen desde el modelo biomédico, e incluso desde
algunas asociaciones de autoayuda, tienden a individualizar el problema al
reducir los elementos de justicia social y acceso a recursos mientras priman
ciertos aspectos psicológicos –por ejemplo fragilidad o inestabilidad emocional-
como agentes de la enfermedad. Por ello, muchas mujeres de las que llevan una
larga carrera en la experiencia del (mal)estar alimentario, después de haber
visitado diferentes profesionales sanitarios y haberse recorrido toda la red
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V. Conclusiones
asistencial, aprenden a autogestionarse sus “males” o siguen buscando ayuda
en otros espacios fuera de este modelo.
La sustitución de la triada en la que la biomedicina centra los fundamentos de
estos (mal)estares y en base a la cual elabora los protocolos de actuación -dieta,
peso y miedo a engordar- por la de experiencias de transición, desconexión y
opresión se hace indispensable para captar mejor el origen y la dimensión de
estos padecimientos y lograr así una mayor comprensión que, a su vez, permita
revisar acciones de prevención y tratamientos que hasta la fecha han mostrado
ser, cuando menos, poco eficaces. Esperamos que los resultados de este estudio
etnográfico estimulen la creación de puentes teóricos y metodológicos entre las
diversas disciplinas que, hoy por hoy, explican y tratan los TCA.
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VII. Notas biográficas
VI. NOTAS BIOGRÁFICAS 283
Ángela es colombiana, tiene 17 años y creció en una ciudad junto a su hermana
mayor en una familia católica de clase media baja. Por falta de trabajo en su país
su madre vino a España en un principio temporalmente. Quería mantener a su
familia desde aquí, incluida su hija mayor que ya iba a la universidad. Aunque
Ángela vivió pensando que su madre iba a volver pronto, finalmente fue el
resto de la familia quienes, tras dos años de separación, se reunieron con ella en
España hace ahora cuatro años. Nunca fue de mucho comer y siempre
delgadita, pero la desestructuración en las comidas que experimentó mientras
vivió sola con su padre, el engordar unos kilos al llegar y los comentarios sobre
su peso por parte de algunos familiares la pusieron en alerta y comenzó a
restringir. Atribuye estos problemas a su soledad, le cuesta hacer amigos, y a
una tristeza que la hace llorar a diario. Se lleva bien con su cuerpo pero siente
una insatisfacción por su delgadez y sus formas poco desarrolladas que
considera tienen poco atractivo para los chicos mayores que a ella le gustan.
Tras dos entradas en el sistema sanitario público mediante el médico de
cabecera y tras haberse visitado con una psicóloga durante un tiempo, una
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Todos los nombres utilizados son pseudónimos y algunos datos han sido cambiados o dejados
intencionadamente vagos para proteger el anonimato de las protagonistas.
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VI. Notas biográficas
ginecóloga le comunicó que tenía anorexia y la derivó a servicios especializados
en TCA. Actualmente está en tratamiento ambulatorio.
Carolina tiene 17 años y viene de Ecuador. Allí se crió entre el pueblo y la
ciudad en una familia de clase baja junto a su hermana y su hermano. Sus
padres son miembros de la Iglesia Evangélica Apostólica del Nombre de Jesús.
Su madre fue la primera en emigrar para mejorar la economía familiar; año y
medio después sus hijos se reunieron con ella. De eso hace ya cuatro años. A
Carolina siempre le gustó comer y su peso no fue un problema hasta sus 13
años, cuando llegó a España. Cuando comenzó la adolescencia, los comentarios
de su padre y de sus compañeros en el colegio la hicieron ponerse a dieta;
restringiendo y con ejercicio llegó a los 38 kilos. Carolina atribuye sus
problemas con la comida en parte al cambio de país -aquí ha sufrido
discriminación, ha visto “cuerpos” diferentes-, en parte a problemas familiares -
presenciar continuas discusiones y malos tratos en casa donde se siente
impotente para ayudar a su madre-. Su cuerpo le da asco. Alarmada por la
pérdida de peso, su madre la llevó al médico de cabecera quien la derivó a un
servicio especializado en TCA donde estuvo ingresada y diagnosticada de
anorexia nerviosa. Actualmente ha abandonado el tratamiento y está
comenzando a darse atracones y a vomitar.
Cecilia es una mujer argentina de 29 años que se crió en la capital del país en
una familia católica de clase media con su madre, padre y hermana. Lleva
viviendo en España dos años y medio, vino para alejarse un poco de su familia,
para probar un tiempo fuera. Cecilia atribuye el inicio de su relación particular
con la comida y su fluctuación de peso (47-72kilos) a unas problemáticas
relaciones familiares que la hacen sentir muy falta de afecto. Su padre fue
víctima de torturas durante la dictadura quedando afectado de problemas de
salud mental, los malos tratos que éste ejerce sobre su madre, la pérdida de un
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VI. Notas Biográficas
hermanastro que apareció en su vida cuando era una adolescente para morir
pocos años más tarde. Su cuerpo es su medio para comunicarse. Cecilia pidió a
sus padres ayuda profesional por primera vez cuando tenía 14 años. Desde
entonces combina visitas a psicólogos y nutricionistas. En Argentina siente que
existe una mayor presión sobre la estética corporal. Por aquí, dice, anda más
relajada, pero sigue haciendo atracones y está en tratamiento ambulatorio.
Tiene un diagnóstico de bulimia.
Claudia tiene 18 años, se cría como hija única entre dos ciudades colombianas
en una familia de clase baja miembros de la Iglesia Ministerial de Dios. Cuando
tenía 12 años su madre emigró a España para trabajar. Ella quedó viviendo con
su padrastro, quien ha abusado de ella sexualmente desde los 9 años, y con la
familia de éste, que la rechazó y la maltrató psicológicamente. Una de sus
primas estaba más gorda y se puso a dieta, ella no podía quedarse atrás y así
comenzó a vomitar todo lo que comía. Un año después ambos se reunieron con
su madre en España. Se siente “rara” entre sus compañeras de escuela,
menospreciada por los profesores. Algunos comentarios sobre su peso la
hicieron perder el control. Restricciones, vómitos, ejercicio físico excesivo en
casa, autolesiones, intentos de suicidio. Claudia siente que los malos tratos y los
abusos a los que su padre somete a ella y a su madre junto con la presión que
ejercen los medios de comunicación para tener un cuerpo esbelto la han traído
hasta aquí. Odia su cuerpo. Fue una amiga cercana quien le concertó una cita
médica y la obligó a ir. Desde hace cuatro años ha hecho varios ingresos en
hospitales públicos con unidades especializadas en TCA. Los tratamientos, dice,
no sirven para nada. Claudia sigue en tratamiento, medicándose y en la carrera
por los 39 kilos.
Ester es ecuatoriana y tiene 15 años. Se crió en un pueblo de la provincia de
Quito en una familia católica de clase media baja junto a sus padres, hermana y
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VI. Notas biográficas
hermano. Fue su padre el primero en emigrar a España para encontrar trabajo y
darle un mejor futuro a su familia. Hace siete años el resto se reunieron con él.
Ester recuerda siempre haber calmado con la comida sus malestares y haber
estado gordita. Comenzó a restringir comida a raíz de que un médico al que
acudió por su asma le recomendara adelgazar, y por los comentarios de sus
compañeros de escuela. Bajó de 94 a 41 kilos en un solo año. Para Ester este
problema -que le daba vergüenza reconocer por asociarlo a chicas delgadas
cuando ella no lo estaba- tiene que ver con tapar otros malestares como la falta
de atención de su familia, el sentirse diferente y rechazada en una nueva
sociedad, el maltrato psicológico y sexual que ha sufrido. Cree que el cambio
cultural ha tenido que ver en la aparición de la enfermedad. Cuando bajó tanto
de peso la pediatra la derivó a servicios especializados en TCA donde la
diagnosticaron de anorexia nerviosa. Atiende un hospital de día hace cinco
meses, se medica, hace psicoterapia y está mejorando.
Gabriela es uruguaya y tiene 43 años. Creció en el seno de una familia católica
de clase media formada por padre, madre, dos hermanas y un hermano. Se cría
en el campo aunque acaba viviendo en Montevideo donde estudia y se casa.
Viene a España con su marido e hijos hace cinco años. Gabriela siempre comió
mucho, pero sus atracones empezaron cuando intentó restringir. Ocurrió
durante su adolescencia cuando su madre la presionaba para que adelgazara.
Desde entonces, este ha sido el mecanismo que ha utilizado para sobrellevar los
momentos más difíciles: la adicción al alcohol de su padre –y jefe- y su marido,
las crisis económicas que afectaban los ingresos familiares, la migración, etc.
Gabriela se está reconciliando con un cuerpo que ha oscilado entre los 60 y los
93 kilos varias veces en su vida. Toma por primera vez conciencia de que tiene
un problema con la comida cuando ya habiendo tenido a sus hijos, vivía aún en
Uruguay. Allí contactó con una asociación de ayuda mutua en la que sigue
participando. En España ha buscado ayuda entre profesionales de la salud
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VI. Notas Biográficas
mental privados y públicos recibiendo el diagnóstico de comedora compulsiva,
pero ha dejado de visitarse porque siente que no la entienden.
Gisela es una brasileña de 47 años que creció en una familia católica de clase
media junto a su padre, madre, tres hermanas y dos hermanos si bien sus
creencias religiosas en este momento de su vida entrecruzan elementos del
cristianismo, del budismo y de religiones afro-brasileñas. Durante su infancia y
adolescencia, su familia cambió en varias ocasiones el lugar de residencia, algo
que dejó en Gisela un sentimiento de desarraigo e inseguridad. Cansada de las
normas y del control familiar, emigró a España hace 17 años buscando un lugar
donde empezar de cero, donde no hubiera nadie que le dijera que tenía que
hacer. Explica su forma de comer mucho a partir del hecho de que la comida
siempre le ha proporcionado placer, ha supuesto un medio para calmar sus
malestares: sentirse diferente dentro y fuera de la familia, ser objeto de
comentarios sobre su peso e imagen. No le gusta su cuerpo. Fue su madre quien
la llevó por primera vez a un psicólogo cuando era una adolescente porque
quería una hija delgada. Gisela ha pasado por muchos profesionales médicos,
sobre todo nutricionistas y endocrinos, hasta que ha dejado de confiar en ellos.
Ahora participa en un grupo de ayuda mutua. No ha tenido diagnóstico médico
pero desde que entró en la asociación se considera una comedora compulsiva.
Heydee tiene 12 años y vino de una de las ciudades más pobladas de Ecuador,
hace cuatro con su madre y sus hermanos para reunirse con su padre. Educada
en una familia católica de clase media baja, Heydee reza cada noche. Cuando su
padre emigró a España años atrás, ella lo echó tanto de menos que su tristeza le
robó el apetito. Dejó de comer en Ecuador y adelgazó, algo que continuó
haciendo cuando, al reunirse todos en España, fue su madre quien tuvo que
regresar a Ecuador por un tiempo. Según Heydee, sus problemas con la comida
tienen que ver con la tristeza que le provoca la añoranza de sus padres. No se
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VI. Notas biográficas
gusta delgada porque su mamá siempre le dice que para crecer sana tiene que
comer. Cuando engorda se siente feliz. Su madre escucha por primera vez sobre
la anorexia en una conversación con otros familiares cuando están en España y
la lleva al médico. Pronto la derivan a un servicio especializado en TCA donde
la diagnostican de anorexia nerviosa. Hoy Heydee ya no se visita, ha vuelto a
comer y se encuentra mejor.
Isabel es boliviana y tiene 15 años. Creció en el seno de una familia evangelista
de clase baja junto a cuatro hermanos que hacen de ella la única hija. La familia
realiza ahora su segunda migración, la primera fue a Argentina cuando Isabel
tenía solo dos años. A España llegaron en primer lugar su padre y hermanos
mayores, y hace diez meses el resto de la familia. Todos están en situación de
ilegalidad. Isabel comenzó a restringir comida a los 13 años cuando en unas
vacaciones a Bolivia algunos familiares le dicen que está gorda. El rechazo a
comer la lleva a estar hasta cinco días seguidos sin comer, y cuando comienza a
hacerlo, a vomitar. Ha llegado a pesar 25 kilos sintiéndose gorda. No cree que
esto represente problema alguno en su vida sino fuera por la debilidad y los
desmayos que sufre. Isabel atribuye su relación con la comida y con su cuerpo a
los comentarios de sus familiares y al malestar que le provoca la tensión e
impotencia con la que presencia discusiones y malos tratos de su padre hacia su
madre en casa. Preocupada por los desmayos de su hija, su madre buscó ayuda
en Argentina sin saber que le ocurría ni conocer qué era la anorexia. Tras la
realización de pruebas médicas obtuvo este diagnóstico. Ha tenido varios
ingresos en Argentina y en España. Actualmente está en tratamiento
farmacológico y ha dejado de asistir al hospital de día porque no le gustan las
normas.
Jessica tiene 16 años y creció en una gran ciudad de Colombia como hija única
junto a su madre, tíos y primos, una familia católica de clase media baja. A su
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VI. Notas Biográficas
madre, la trajo una tía que ya vivía en España para trabajar y que pudiera darle
un mejor futuro a su hija. Tres meses después llegó Jessica, de eso hace ya seis
años. En este tiempo han tenido que cambiar varias veces de residencia y
escuela, por limitaciones económicas. El padre de Jessica tiene otra familia, ella
lo conoció por primera vez el año pasado cuando volvió a Colombia para su
fiesta de cumpleañera. Por esa razón sobre todo, el viaje era importante y meses
antes comenzó a tener ansiedad, tenía que sacar el curso para poder marchar a
su país en verano. Centrada en los estudios descuidó la comida y bajó de peso
con rapidez llegando a los 41 kilos sin percatarse. Jessica atribuye sus
problemas con la comida a la tristeza, la soledad, la presión que sintió en
aquellos momentos. Nunca se ha sentido gorda, ni siquiera el estar delgada ha
sido un objetivo, no representa para ella un ideal corporal. Preocupada por su
bajo peso su madre la llevó a un endocrino y pasados unos meses la derivaron a
un servicio público especializado en TCA para tratarle de anorexia nerviosa.
Actualmente está recuperada y no se visita más.
Julieth tiene 16 años y se crió en una pequeña ciudad de Ecuador en el seno de
una familia evangelista de clase baja junto a sus padres y dos hermanas
menores. Por problemas económicos y separaciones temporales de los padres,
cambiaron de residencia en varias ocasiones y fueron acogidos durante algunos
periodos en casa de los abuelos paternos. En aquel tiempo sufrió abusos
sexuales por parte de dos familiares. Su padre vino a España a buscar trabajo y
le siguió un año más tarde su madre para traer poco después a sus tres hijas. Al
llegar no hizo amigos, le costó por la discriminación que ella y su hermana
sufrieron en el colegio por parte de estudiantes y de una profesora. Continúa
sintiéndose impotente de ayudar a su madre cuando su padre la maltrata
físicamente. Julieth comenzó a restringir comida con la idea de que si
adelgazaba podría ser aceptada al igualarse a esos cuerpos esbeltos que ve en el
colegio. Bajó 10 kilos hasta quedarse en 37 en poco tiempo. Su madre, alarmada
por su delgadez y tras escuchar por boca de un familiar que existía una
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VI. Notas biográficas
enfermedad llamada anorexia que relacionó inmediatamente con su hija, la
llevó al médico de cabecera. De allí la derivaron a una psicóloga y ésta a
servicios públicos especializados en TCA donde le diagnosticaron anorexia
nerviosa. Después de un ingreso Julieth volvió a comer. Ha dejado de visitarse
aunque se ve un poco gorda y quiere adelgazar…
Karima es una chica marroquí de 19 años. Su madre emigró a España cuando
ella tenía tres dejándola a cargo de abuelos y tíos, una familia musulmana de
clase media. Su madre se vio obligada a emigrar del pueblo por el estigma que
suponía ser madre soltera –y habiendo sido objeto de abuso sexual-. Aquí
siempre ha trabajado en el servicio doméstico, pudiendo traer a Karima cuando
tenía 9 años. A Karima siempre le gustó comer, fue gordita pero nunca la
habían insultado por ello. Los cambios de escuela no la libraron de comentarios
sobre su peso. Sintiéndose rechazada por los otros niños, con su madre
trabajando fuera de casa todo el día y añorando su pueblo, sus amigos, su
familia, se sintió sola y comenzó a vomitar sin ni siquiera proponérselo. Dice
que sus vómitos respondían a ataques de ansiedad. Más tarde se los provocó
para compensar los atracones que seguían a cualquier intento de dieta. Para
ella, la delgadez significa un nudo en el estómago. Por problemas de conducta,
la jefa de su madre le recomendó un psiquiatra privado al que Karima ha
asistido semanalmente por años. Un intento de suicidio la llevó a un hospital y
de allí la derivaron a una unidad especializada en TCA ingresando con
diagnóstico de bulimia. Pero es en un hospital de día para jóvenes con
problemas de conducta donde Karima ha encontrado una mejora de sus
(mal)estares.
Marcelo es un bonaerense de 54 años. Creció en una familia católica de clase
media junto a su padre, madre y hermano en uno de los barrios obreros de la
ciudad. Llegó a España en 1977 huyendo de la dictadura. En 1984 regresó a
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VI. Notas Biográficas
Argentina pero volvió a emigrar a España pocos años más tarde por temas
laborales asentándose de forma indefinida. Atribuye su relación problemática
con la comida al control de su ansiedad, como lo ha hecho también mediante el
alcohol y el tabaco. La ansiedad provocada por un exilio forzado de su país
después de vivir la desaparición y los casos de tortura de algunos de sus
amigos; la ansiedad generada por no haberse acercado a las expectativas de
unos padres de los que necesitó poner distancia. Fue entonces, en su juventud,
cuando comenzó a beber. Dejó la bebida ya en España para pasar a fumar tres
paquetes de tabaco al día y darse atracones. Su cuerpo le da asco cuando se
mira reflejado en los escaparates que encuentra a su paso. Marcelo ha hecho
terapia psicoanalítica en Argentina y sigue haciendo en España. No tiene
diagnóstico.
Marcia tiene 19 años, creció en Río de Janeiro en una familia atea de clase media
compuesta por sus padres y su hermano mayor. Su padre, máximo referente en
su vida, fue diagnosticado con una enfermedad mental que lo incapacitó para el
mundo laboral. Cuando Marcia tenía 12 años la familia decidió venderlo todo y
venir a España en busca de unos cuidados médicos a los que no podían acceder
en Brasil. El acceso a ciertos medicamentos y cuidados no cambiaron la
situación y al poco tiempo, su padre se quitó la vida. Desde entonces Marcia se
castiga con la comida, con drogas, con fármacos. Su cuerpo no significa nada
dice, así lo puede maltratar sin cuidado. Larga historia de ingresos médicos por
intentos de suicidio y en unidades especializadas en TCA de hospitales
públicos. Los tratamientos, según ella, han sido poco útiles. Actualmente se
visita semanalmente con un psicoterapeuta privado.
Nicoleta es rumana y tiene 16 años. Creció en una familia católica ortodoxa de
clase media baja junto a dos hermanos mayores. Cuando tenía 8 años quedó
viviendo con sus abuelos en el pueblo mientras su madre y padrastro vinieron a
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VI. Notas biográficas
España a buscar trabajo por las precarias condiciones económicas en las que
vivían en Rumanía. Pasados cuatro años consiguieron reunirla con ellos. Al
llegar, entró en un instituto donde se sintió discriminada por los otros
estudiantes. La vida social de Nicoleta está prácticamente compuesta de amigos
rumanos. Mientras está en España sus abuelos mueren en un accidente
doméstico. Nunca fue de mucho comer, pero a partir de entonces empezó a
fumar y a evitar algunas comidas por pereza, dejadez, tristeza. Bajó de peso y
los profesores alertaron a sus padres. No sabían de qué se trataba pero por
recomendación la llevaron a una unidad especializada en TCA. Nicoleta siguió
bajando de peso y la ingresaron con 46 kilos y diagnóstico de anorexia nerviosa.
Se alegra a medida que va engordando porque no le gusta su cuerpo tan
delgado, la ropa no le queda como le agrada. Actualmente asiste al programa
de seguimiento ambulatorio.
Nieves es una chica de 17 años que se crió en Ecuador en una familia católica de
clase media baja junto a dos hermanos y dos hermanas. Tras la separación de
sus padres todos marchan del pueblo para vivir con la madre en la ciudad. Ésta
se gana la vida haciendo diferentes trabajos, entre ellos un puesto de comida de
calle. Nieves llega a España hace seis años siguiendo a su madre y hermanos
mayores que ya llevaban un año aquí. Es su hermana mayor quien la crió, por
eso con su madre la relación es distante, han pasado mucho tiempo separadas.
No ha estado gorda pero comenzó a sentirse tras los comentarios de su expareja
en una época en que tuvo problemas con bandas de chicas latinas. Siente que su
problema se originó en la discriminación de la que fue objeto por parte de sus
iguales. La tristeza le quitó el apetito y aprovechó para hacer dieta. Llegó a los
43 kilos viéndose aún gorda. Su madre, no reconociendo a una hija a la que le
gusta comer, la llevó al médico de cabecera. Éste la derivó a un servicio
especializado en TCA donde estuvo ingresada en varias ocasiones con
diagnóstico de anorexia nerviosa. Actualmente está fuera de tratamiento y
recuperada.
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VI. Notas Biográficas
Paula es peruana y tiene 16 años. Se crió con sus abuelos y tíos en una ciudad
de Perú recibiendo una educación católica y viviendo de las remesas que
enviaba el resto de la familia desde Europa. Sus padres emigraron cuando ella
tenía apenas tres años llevándose a su hermano menor y prometiéndole un
reencuentro que no se produjo hasta hace tres años, cuando Paula ya ha
cumplido los trece. Vino feliz para encontrarse que la familia que siempre
imaginó tener no existía. Sus padres le ocultaron su separación y se convirtieron
en unos extraños que distaban demasiado de los que ella creía conocer. No tiene
amigos, se siente sola. Los comentarios de su padre sobre su peso la hicieron
ponerse a dieta y bajó en un año de 65 a 46 kilos. Según Paula el origen de sus
malestares se encuentra en el sentimiento de exclusión de su familia. Su madre,
preocupada por su bajada de peso y desmayos la llevó al médico. Ella accedió,
sentía que necesitaba ayuda. Rápidamente la derivan a un servicio público
especializado en TCA donde desde hace 10 meses se encuentra en tratamiento
ambulatorio por anorexia nerviosa. Ya ha engordado más de 10 kilos, está
cambiando sus restricciones por atracones.
Rosa tiene 16 años y es angoleña. Su familia emigró a España cuando ella tenía
dos años y aquí creció junto a sus tres hermanos en un ambiente católico de
clase media. Siempre se sintió diferente dentro de su familia, diferente también
de los otros niños a los que intentaba ganarse siempre con su sonrisa. Los
comentarios de éstos sobre su cuerpo –especialmente su culo- y una ruptura
sentimental en la que su pareja comenzó a salir con una chica delgada, alejada
de su constitución de negra, la animaron a adelgazar. Comenzó vomitando tras
verlo en una famosa serie de televisión, siguió restringiendo y llegó a los 39
kilos. Los profesores en su escuela advirtieron sus frecuentes idas al baño y su
bajada de peso y contactaron con sus padres. La ingresaron en una unidad
especializada en TCA y fue diagnosticada de anorexia nerviosa. A pesar de
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VI. Notas biográficas
aprender durante el internamiento nuevos trucos para seguir adelgazando,
ahora se encuentra mejor y ha vuelto a comer.
Soledad es una mujer peruana de 39 años criada en una familia católica de clase
media alta en la capital, Lima. Tiene un hermano y una hermana. A diferencia
de las demás inmigrantes, la relación particular de Soledad con la comida no
comenzaron en su adolescencia sino más tarde. Pasados los 30 años, tras
regresar de realizar un trabajo en provincias donde ganó algo de peso, hizo su
primera dieta tras la que recibió comentarios positivos sobre su cuerpo. Pero los
problemas llegaron años más tarde, cuando pierde su trabajo en Perú. Soledad,
que había sido hasta entonces económicamente independiente, tuvo que
marchar a vivir con su hermana al tiempo que sufrió la pérdida de su madre y
se enfrentó al final de una relación sentimental. Dejó de comer y comenzó a
correr varias horas al día, hasta bajar a los 43 kilos. Con estudios universitarios,
llegó a España hace cuatro años sintiéndose “extraditada” de su país por no
poder conseguir un puesto de trabajo. En Perú sintió que necesitaba ayuda
médica pero no supo donde acudir. Allí, cuenta, no se conocen estos problemas.
En España fue lo primero que hizo. Ha estado en tratamiento en un centro de
asistencia para extranjeros, donde la han diagnosticado de anorexia y bulimia.
Hoy está ganando peso y se encuentra mucho mejor.
Tara nació en Perú y tiene 15 años. Llegó a España con tan solo un año de edad
adoptada por una familia española de clase media y criándose junto a su
hermana y hermano -éste último también peruano-. No tiene amigos y se siente
sola, diferente, dentro de la familia, de la escuela. Tara nunca ha tenido
sobrepeso y tampoco se ha sentido gorda. No ha tenido conflictos con su
cuerpo. Se deprimió y tras sentirse muy llena después de una semana de
festividad en la que comió mucho quiso darse un descanso. Al principio
restringió comida, poco a poco dejó de comer hasta llegar a los 36 kilos. Su
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VI. Notas Biográficas
madre, profesional de la salud mental detectó sus prácticas alimentarias y la
puso en manos de un equipo especializado en TCA del sistema sanitario
público. Tara estuvo ingresada durante casi dos meses con el diagnóstico de
anorexia nerviosa. Ha recuperado algo de peso pero sigue en tratamiento, no
cree que esté enferma.
Vicky es argentina, tiene 27 años y creció en Buenos Aires en una familia de
clase media alta junto a su padre, madre y hermana. Su madre es judía y Vicky
ha recibido parte de su educación en un centro judío. Llegó a España hace 4
años, Barcelona había quedado en su imaginario como la ciudad de sus sueños
tras un viaje a Europa, pero también lo hizo para escapar de una relación
familiar que la asfixiaba. Consiguiendo legalizar su situación en España unos
meses después de su llegada, Vicky cuenta que el comienzo de sus problemas
con la comida se dio cuando, en su adolescencia, varios médicos le
recomendaron adelgazar para mejorar ciertas condiciones de salud. Entonces se
enganchó a las dietas. Además, recuerda que el ambiente en casa era “enfermo”
porque su padre le decía que estaba gorda y juntos hacían competiciones para
adelgazar. Después de las dietas llegó la restricción, y tras el trauma que vivió
por la separación de sus padres llegaron los vómitos. Su peso ha oscilado desde
los 45 a los 62 kilos. Para Vicky el cuerpo tiene que ver con lo que socialmente
es agradable. Comienza a ir a psicólogos y nutricionistas en Argentina y ha
estado tratada por equipos especializados en TCA tanto en España como en su
país de origen. Actualmente está dejando de ir al hospital de día, se visita con
una psicóloga privada y participa en una asociación de ayuda mutua. Tiene un
diagnóstico de anorexia nerviosa.
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VII. Anexos
VII. ANEXOS
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VII. Anexos
ANEXO I. TEST PSICOLÓGICOS ESTANDARIZADOS APLICADOS PARA
TRASTORNOS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA (TCA)
A. Entrevistas estructuradas de evaluación y diagnóstico
1. Interview for Diagnosis of Eating Disorders (IDED)
2. Stanford Eating Disorders Clinic (Agras)
3. Eating Disorders Examination (EDE)
4. Clinical Eating Disorders Rating Instrument (CEDRI)
B. Cuestionarios de evaluación de hábitos y actitudes alimentarias, seguimiento
de dietas, atracones y conductas purgativas
1. Eating Attitudes Test (EAT)
2. Eating Attitudes Inventory Diagnóstico
de AN y BU
3. Eating Disorder Interview (EDI)
3. Bulimia Test (BULIT)
Síntomas de bulimia
4. Binge Eat and Cognitive Factor Scale
5. The Three Factor Eating Questionnaire
Restricción voluntaria,
6. Dutch Eating Behaviour Questionnaire seguimiento de dietas y
empleo de conductas
C. Cuestionarios de evaluación de la imagen purgativas
corporal284
1. Body Steem Scale (BES)
2. The Body Shape Questionnaire (BSQ)
3. Body Image Assesment (BIA)
Fuente: Elaboración propia a partir de BAILLÈS, E. (Dir.) (2009), Manual de preparación para la prueba
PIR. Volumen I: Psicología clínica, evaluación y diagnóstico, evaluacion y diagnóstico infantil, Ibacs
formació.
* En el manual de psicología consultado para la elaboración del cuadro mostrado los TCA se
definen como trastornos multicausados por factores genéticos, biológicos, psicológicos y
relacionados con la percepción de la imagen corporal. Los factores sociales o culturales no son
ni siquiera mencionados.
284
La psicología entiende la imagen corporal como la representación mental y/o actitud que se tiene respecto a la
apariencia física del cuerpo y la silueta que cuenta con dos dimensiones: perceptiva y cognitiva/afectiva.
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VII. Anexos
ANEXO II. CRITERIOS DIAGNÓSTICOS PARA TCA
Criterios para el diagnóstico de F50.0 Anorexia nerviosa [307.1]
A. Rechazo a mantener el peso corporal igual o por encima del valor mínimo
normal considerando la edad y la talla (p. ej., pérdida de peso que da lugar a un
peso inferior al 85 % del esperable, o fracaso en conseguir el aumento de peso
normal durante el período de crecimiento, dando como resultado un peso
corporal inferior al 85 % del peso esperable).
B. Miedo intenso a ganar peso o a convertirse en obeso, incluso estando
por debajo del peso normal.
C. Alteración de la percepción del peso o la silueta corporales, exageración de
su importancia en la autoevaluación o negación del peligro que comporta el
bajo peso corporal.
D. En las mujeres pospuberales, presencia de amenorrea; por ejemplo,
ausencia de al menos tres ciclos menstruales consecutivos. (Se considera que
una mujer presenta amenorrea cuando sus menstruaciones aparecen
únicamente con tratamientos hormonales, p. ej., con la administración de
estrógenos.)
Especificar el tipo:
Tipo restrictivo: durante el episodio de anorexia nerviosa, el individuo no
recurre regularmente a atracones o a purgas (p. ej., provocación del vómito o
uso excesivo de laxantes, diuréticos o enemas)
Tipo compulsivo/purgativo: durante el episodio de anorexia nerviosa, el
individuo recurre regularmente a atracones o purgas (p. ej., provocación del
vómito o uso excesivo de laxantes, diuréticos o enemas)
Fuente: AMERICAN PSYCHIATRIC ASSOCIATION (1994), Diagnostic and Statistical manual of mental disorders
(4ª ed.), Washington DC.
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VII. Anexos
Criterios para el diagnóstico de F50.2 Bulimia nerviosa [307.51]
A. Presencia de atracones recurrentes. Un atracón se caracteriza por:
(1) ingesta de alimento en un corto espacio de tiempo (p. ej., en un
período de 2 horas) en cantidad superior a la que la mayoría de las personas
ingerirían en un periodo de tiempo similar y en las mismas circunstancias
(2) sensación de pérdida de control sobre la ingesta del alimento ([Link].,
sensación de no poder parar de comer o no poder controlar el tipo o la cantidad
de comida que se está ingiriendo)
B. Conductas compensatorias inapropiadas, de manera repetida, con el fin
de no ganar peso, como son provocación del vómito; uso excesivo de laxantes,
diuréticos, enemas u otros fármacos; ayuno, y ejercicio excesivo.
C. Los atracones y las conductas compensatorias inapropiadas tienen
lugar, como promedio, al menos dos veces a la semana durante un período de
3 meses.
D. La autoevaluación está exageradamente influida por el peso y la silueta
corporales.
E. La alteración no aparece exclusivamente en el transcurso de la anorexia
nerviosa.
Especificar tipo:
Tipo purgativo: durante el episodio de bulimia nerviosa, el individuo se
provoca regularmente el vómito o usa laxantes, diuréticos o enemas en exceso.
Tipo no purgativo: durante el episodio de bulimia nerviosa, el individuo
emplea otras conductas compensatorias inapropiadas, como el ayuno o el
ejercicio intenso, pero no recurre regularmente a provocarse el vómito ni usa
laxantes, diuréticos o enemas en exceso
Fuente: AMERICAN PSYCHIATRIC ASSOCIATION (1994), Diagnostic and Statistical manual of mental disorders
(4ª ed.), Washington DC.
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VII. Anexos
F50.9 Trastorno de la conducta alimentaria no especificado [307.50]
La categoría trastorno de la conducta alimentaria no especificada se refiere a
los trastornos de la conducta alimentaria que no cumplen los criterios para
ningún trastorno de la conducta alimentaria específica. Algunos ejemplos son:
1. En mujeres se cumplen todos los criterios diagnósticos para la anorexia
nerviosa, pero las menstruaciones son regulares.
2. Se cumplen todos los criterios diagnósticos para la anorexia nerviosa
excepto que, a pesar de existir una pérdida de peso significativa, el peso del
individuo se encuentra dentro de los límites de la normalidad.
3. Se cumplen todos los criterios diagnósticos para la bulimia nerviosa, con
la excepción de que los atracones y las conductas compensatorias
inapropiadas aparecen menos de 2 veces por semana o durante menos de 3
meses.
4. Empleo regular de conductas compensatorias inapropiadas después de
ingerir pequeñas cantidades de comida por parte de un individuo de peso
normal (p. ej., provocación del vómito después de haber comido dos galletas).
5. Masticar y expulsar, pero no tragar, cantidades importantes de comida.
6. Trastorno por atracón: se caracteriza por atracones recurrentes en
ausencia de la conducta compensatoria inapropiada típica de la bulimia
nerviosa (ver criterios sugeridos).
Fuente: AMERICAN PSYCHIATRIC ASSOCIATION (1994), Diagnostic and Statistical manual of mental disorders
(4ª ed.), Washington DC.
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VII. Anexos
Criterios de investigación para el trastorno por atracón
A. Episodios recurrentes de atracones. Un episodio de atracón se caracteriza
por las dos condiciones siguientes:
(1) ingesta, en un corto período de tiempo (p. ej., en 2 horas), de una
cantidad de comida definitivamente superior a la que la mayoría de gente
podría con- sumir en el mismo tiempo y bajo circunstancias similares
(2) sensación de pérdida del control sobre la ingesta durante el
episodio (p. ej., sensación de que uno no puede parar de comer o controlar qué
o cuánto está comiendo)
B. Los episodios de atracón se asocian a tres (o más) de los siguientes
síntomas:
(1) ingesta mucho más rápida de lo normal
(2) comer hasta sentirse desagradablemente lleno
(3) ingesta de grandes cantidades de comida a pesar de no tener
hambre
(4) comer a solas para esconder su voracidad (5) sentirse a disgusto
con uno mismo, depresión, o gran culpabilidad después del atracón
C. Profundo malestar al recordar los atracones.
D. Los atracones tienen lugar, como media, al menos 2 días a la semana
durante 6 meses.
Nota: El método para determinar la frecuencia difiere del empleado en el
diagnóstico de la bulimia nerviosa; futuros trabajos de investigación aclararán si
el mejor método para establecer un umbral de frecuencia debe basarse en la
cuantificación de los días en que hay atracones o en la cuantificación de su
número.
E. El atracón no se asocia a estrategias compensatorias inadecuadas (p.
ej., purgas, ayuno, ejercicio físico excesivo) y no aparecen exclusivamente en
el transcurso de una anorexia nerviosa o una bulimia nerviosa.
Fuente: AMERICAN PSYCHIATRIC ASSOCIATION (1994), Diagnostic and Statistical manual of mental disorders
(4ª ed.), Washington DC.
Nota: El DSM-IV y CIE-10 proponen criterios diagnósticos prácticamente iguales, excepto en lo
que hace referencia a la relación entre la anorexia nerviosa y la bulimia nerviosa. A diferencia
del DSM-IV, que excluye el diagnóstico de bulimia nerviosa si esta conducta tiene lugar
exclusiva- mente en el transcurso de una anorexia nerviosa, la CIE-10, por su parte, excluye el
diagnóstico de anorexia nerviosa si se han dado atracones de forma regular.
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VII. Anexos
ANEXO III.
TABLA DE CÓDIGOS UTILIZADOS
Centros de asistencia en TCA
HP1-6 Hospital de la red de asistencia pública Madrid
HP2-3-4-5 Hospital de la red de asistencia pública de Barcelona
CC1-2 Clínica privada para la asistencia en TCA
Tipo de profesional
PSP Profesional sanitario Psiquiatra
PSPC Profesional sanitario Psicólogo/a
PSE Profesional sanitario Enfermera
CUADRO DE INFORMANTES
Inmigrantes Procedencia Edad
Ángela Colombia 17
Carolina Ecuador 17
Cecilia Argentina 29
Claudia Colombia 18
Ester Ecuador 15
Gabriela Uruguay 43
Gisela Brasil 47
Heydee Ecuador 12
Isabel Bolivia 15
Jessica Colombia 16
Julieth Ecuador 16
Karima Marruecos 19
Marcelo Argentina 54
Marcia Brasil 19
Nicoleta Rumana 16
Nieves Ecuador 17
Paula Perú 16
Rosa Angola 16
Soledad Perú 39
Tara Perú 15
Vicky Argentina 27
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AGRADECIMIENTOS
Muchas son las personas que han caminado conmigo durante este trayecto que
nos ha llevado varios años. Y no sólo han caminado junto a mí, sino que me han
enseñado a caminar, cada vez más fuerte y segura, salvando obstáculos o
superándolos con su ayuda. Difícil dejar aquí huella de todos, muchos son los
que van y vienen, otros tantos, los que permanecen. Ni que decir tiene que,
aunque separadamente expuestos, los aportes materiales, intelectuales y
afectivos se entrecruzan en una matriz que no necesita ser resuelta.
Comenzando por el aspecto material, es decir, en lo que a financiación se
refiere, las fuentes que han creado las condiciones suficientes para llevar a cabo
este proyecto de investigación han sido bien diversas. En primer lugar
agradecer a la Fundación Vectem y a Josep Maria Comelles por haber
disfrutado de una beca de un año y medio con la que comencé este viaje, del
que esta tesis representa la primera parada. Aunque en diferentes períodos han
sido diversos –y muy variados- los trabajos remunerados que han aportado una
base económica a la investigadora, quiero resaltar la beca concedida por el
gobierno de la República Popular China, que me permitió la escritura de buena
parte de este trabajo mientras aprendía la compleja lengua de uso mayoritario
en el país. Y cómo no, la ayuda incondicional de amigos y familiares.
En lo intelectual -y como separarlo de lo afectivo!- mis principales y más
sinceros agradecimientos a mis dos profesores y directores de esta tesis,
Commie y Mabel. A ambos por sus insustituibles enseñanzas, su interés, su
seguimiento, su paciencia, su encouragement, y sobre todo, por su confianza.
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También a compañeras de doctorado, a Mercè, Arancha, Pepa, y aquellas del
grupo de investigación de trastornos del comportamiento alimentario de la
mano de quienes me inicié en este campo de estudio, a Lina, Eva, Julia, Susana,
Alicia... Muchos otros son los que han hecho muy preciadas aportaciones –
leyendo, discutiendo, proponiendo, ayudando en la búsqueda de información y
en otras tantas tareas- desde la academia, la clínica –de la salud mental- o la
investigación, mis agradecimientos a Rosa Maria Osorio, Eduardo Menéndez,
Karine Tinat, José Fernando Uribe, Gabriela Moreno, Ignasi Pons, Oriol
Romaní, Viqui Porthé, Pedro Ceinos, Irene Pérez, Ana Fernández, Analía Abt,
Eliza Miron, Carlos García, entre tantos otros.
Y si también junto a ellos he discutido de forma recurrente sobre la
investigación pero aquí corresponde lo que pesa más como afectivo, a mis más
fieles compañeros de viaje, Macarena, Javi, Marcelo y Ana (sin cuya inestimable
ayuda esta tesis no tendría final), María, Chus, Joan, Jacob, Matt, Cigdem, Raúl,
Lizzy, Sara, Eva, Alicia, Silvia, por ayudarme a reir y a no perder la esperanza
en los momentos más difíciles que han coincidido con la escritura de esta tesis,
por regalarme momentos maravillosos de esos que hacen que la vida valga la
pena. A Toni, por nuestro largo camino juntos en el que tanto aprendimos. A mi
familia, por su apoyo inquebrantable durante durante todo el proceso, porque
sin ellos nunca habría llegado hasta aquí. Porque los nuevos caminos que se nos
abren ahora nos enseñen a entender otras formas de vivir y de estar en el
mundo, con sus limitaciones pero también con sus potenciales.
Y muy especialmente, a todas las inmigrantes que me han brindado sus
historias, sus sufrimientos, sus esperanzas, en resumen, sus vidas con la
máxima disposición y entusiasmo, sin esperar nada a cambio. A todos y todas
las profesionales que han compartido sus inquietudes profesionales y luchan
por mejorar su práctica a diario.
Y a muchos más, que aquí no están. Ellos saben qué parte les debo.
A todos vosotros y vosotras, 谢谢!
Barcelona, Septiembre 2010
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