Responsabilidad derivada de los accidentes de circulación.
1. Introducción.
Genéricamente podemos considerar un accidente como un suceso eventual que altera el
orden regular de las cosas. En términos de Derecho, se consideran accidentes a aquellos
acontecimientos fortuitos que ocasionan daños. Hablando propiamente de accidentes en
circulación se tiene que dar que el evento suceda en una vía de circulación, que haya implicado
al menos un vehículo en movimiento y que como consecuencia del mismo, una o varias
personas resulten muertas o heridas o se produzcan daños materiales.
En la ley 24449, el artículo 64 establece que se considera accidente de tránsito todo hecho que
produzca daño en personas o cosas como consecuencia de la circulación.
El código de Vélez diferenciaba expresamente la responsabilidad de los accidentes entre
contractual y extracontractual. A su vez, el factor de atribución difería: Cuando no había
contrato, el art. 1113 sentaba la responsabilidad objetiva por el riesgo o vicio de la cosa. En
cambio, cuando el daño era sufrido en ocasión de ser el transportado el damnificado, la
responsabilidad se analizaba desde el art. 184 del Código Comercial, cuyo factor de atribución
por excelencia era el deber de seguridad.
2. Accidentes en circulación en el Régimen del Código Civil y Comercial: Unificación de
las órbitas de responsabilidad.
En el nuevo Código Civil y Comercial, a pesar de que persisten las diferencias entre la
responsabilidad contractual y la extracontractual en materia de siniestros viales, el único factor
de atribución es el objetivo en virtud del vicio o riesgo del automotor. Tal es así, que su art.
1286 referido a la “Responsabilidad del transportista por daños ocasionados a las personas
transportadas” se remite a lo dispuesto en los arts. 1757 y subsiguientes.
Ahora bien, el hecho de que el factor de atribución sea “la cosa o actividad riesgosa”, no
implica la desaparición del deber de seguridad en los contratos de transporte, que debe estar
presente en todo contrato. A su vez, el art. 1289 del nuevo Código, que se refiere a las
obligaciones del transportista para con el pasajero, señala justamente la de garantizar
seguridad.
El artículo 1769 ordena la aplicación de los artículos relacionados con la responsabilidad
derivada de la intervención de cosas y de ciertas actividades a los accidentes de tránsito.
El vehículo puede ser considerado una cosa riesgosa por su potencialidad activa para causar
daño y también viciosa, cuando tiene algún defecto que la hace inapropiada para su uso
natural como por ejemplo, una falla en el sistema de frenos.
Sin embargo, en más de una oportunidad, tendremos que analizar la culpa del propio
conductor, por ejemplo cuando éste pasó el semáforo en rojo. Si bien normalmente se tiene al
automotor como una cosa riesgosa que tiene participación activa en la generación de daños,
en ciertas circunstancias puede que haga falta la reparación relacionada a la conducta del
conductor que con su actividad voluntaria, dotada de discernimiento, intención y libertad, es
quien pone en acto dicha potencialidad que tiene la cosa inanimada.
También hay casos en los que la responsabilidad es compartida, provocado por el actuar
culposo de dos personas. En este caso, se debe analizar el grado de culpabilidad que cada uno
tiene en consideración con su incidencia causal en el siniestro producido.
Según establece el art. 1740, la reparación del daño es plena. Es decir que en la medida de ser
posible se debe volver las cosas al estado anterior a la producción del daño.
3. Sujetos responsables
El factor de atribución en cuestión implica que tanto el dueño de la cosa, como su guardián
responden en forma concurrente (art. 1758). La diferencia entre estos dos conceptos ha
generado complicaciones en ocasiones de transferencia de automotores.
A tener en cuenta: El dueño es aquel que reviste el carácter de titular del derecho real de
dominio sobre el automotor, el cual se adquiere previa inscripción en el correspondiente
Registro Automotor. Es así como lo dispone el art. 1 del decreto ley 6582/58.
El guardián es, según el art. 1758 del Código Civil y Comercial, quien ejerce el control y uso de
la cosa.
Cabe aclarar entonces, que aquel adquirente de un vehículo, que haya pagado el precio y
tenga el mismo en su poder, no reviste aún el título de dueño, sino que es un guardián. Por
consecuente, tal como lo establece el art. 27 del decreto ley 6582/58, si el daño es causado
por el adquirente del vehículo antes de realizarse la inscripción, en principio el enajenante
deberá responder conjuntamente con el actual guardián del vehículo. Sin embargo, el
mencionado artículo plantea un posible eximente comúnmente conocido como “denuncia de
venta”, que implica que si con anterioridad al hecho dañoso que pudiera motivar su
responsabilidad, el transmitente hubiere comunicado al Registro Automotor que se realizó la
entrega de la cosa, el o los adquirentes obtendrán el carácter de terceros por los cuales el
transmitente no debe responder. De otro modo, deberá buscar otra forma de acreditar que ha
enajenado la guarda del automóvil con anterioridad al siniestro en obras de eximirse de
responsabilidad.
Otra posibilidad es que el daño sea causado por un dependiente por el cual deba responder el
principal (art 1753).
En el caso del uso contra la voluntad del dueño o guardián, debe mediar desapoderamiento de
la cosa por un tercero por quien no deba responder ya sea por robo o hurto o cuando haya
abuso de confianza (por ejemplo, el tallerista a quien se le deja el vehículo para su reparación y
sale con él a dar un paseo, aprovechando abusivamente el bien confiado. Este abuso no se
configura si el daño se produce cuando el tallerista salió con el auto para probar su correcto
funcionamiento).
El uso de la cosa por un tercero debe resultar imprevisible o inevitable, y no deberse a un
descuido en el ejercicio de los poderes que su carácter de dueño le confiere. Un claro ejemplo
de esto es dejar el auto con las puertas abiertas, facilitando el apoderamiento de la cosa por
un tercero. En este caso, comparten indistintamente la responsabilidad con el guardián
ocasional. La prueba de las medidas tomadas para impedir la utilización del vehículo por un
tercero contra la voluntad del dueño o guardián incumbe al demandado, quien debe probar la
adopción de las precauciones adecuadas para impedir dicho empleo de la cosa.
4. Eximentes de responsabilidad
El hecho del damnificado, hecho de un tercero por quien no debe responder y el caso fortuito,
regulados en los arts. 1729, 1730 y 1731 del CCyCN, eximen o limitan la responsabilidad del
dueño o guardián del vehículo siempre que sea imprevisible o siendo previsto, no pueda ser
evitado y sea ajeno a él. En todos estos casos, la eximente consiste en probar la interrupción
del nexo causal entre el riesgo o vicio de la cosa y el daño. También se exime el dueño o
guardián cuando la cosa hubiese sido utilizada contra su voluntad expresa o presunta.
En el caso del hecho de la víctima, la jurisprudencia se inclina por la postura que sostiene que
tratándose de un peatón, solo es relevante la culpa para eximir de responsabilidad al dueño o
guardián del automotor, cuando es grave o ha sido determinante en la producción del hecho y
reviste las características del caso fortuito (imprevisibilidad e inevitabilidad), debiendo ser
probada por quien la alega.
La culpa de la víctima puede también concurrir con el vicio o riesgo de la cosa, en cuyo caso se
deberá determinar en qué medida el desacierto de ella contribuyó a la producción del daño.
Uno de los criterios jurisprudenciales entiende que el peatón distraído constituye una
contingencia habitual en el tránsito, por lo que es previsible para los conductores, quienes se
encuentran obligados a extremar las medidas de precaución. La mera presencia de un peatón
en la calzada, en principio no es suficiente para determinar la liberación de responsabilidad del
agente productor del daño, pues entre los peatones hay ancianos, o personas con dificultades
en la vista o en el andar. Sin embargo, otro sector de la doctrina considera que es en términos
de “operatividad causal” que debe analizarse el hecho eximente, y no en términos de
culpabilidad del acto. Por lo que si el hecho es producido por una persona sin discernimiento o
por una persona que obra voluntariamente, es indistinto a la hora de evaluar las posibilidades
de excluir la responsabilidad del dueño de la cosa.
Si el peatón cruza por la senda peatonal, goza de prioridad de paso, pues se desplaza por un
lugar permitido, salvo cuando no estaba habilitado para hacerlo, en cuyo caso se analizará su
culpa. En el caso de no cruzar por la senda peatonal, la jurisprudencia se encuentra
controvertida en cuanto a si tal conducta puede consagrar una eximición total o parcial de
responsabilidad para el sindicado como responsable. La solución justa se alcanza ponderando
las circunstancias de personas, tiempo y lugar en el caso concreto evaluando si la irrupción del
peatón ha sido intempestiva o imprevisible para el hombre común.
5. Legitimación activa
Para poder iniciar la acción se requiere el carácter personal del daño. Tienen acción los sujetos
que han sufrido daño en su salud física o psíquica o bien aquellos que tienen derechos
patrimoniales sobre los bienes dañados. Según detalla el art. 1772 CCyCN, el titular de un
derecho real sobre la cosa o bien, el tenedor o poseedor de buena fe.
En cuanto al daño extrapatrimonial, el art. 1741 CCyCN regula que también pueden reclamar
en carácter personal los terceros legitimados si del hecho resulta la muerte o la gran
discapacidad de la víctima. Ellos son el cónyuge, ascendientes, descendientes y aquellos
convivientes que recibieron trato familiar ostensible.
El dueño del vehículo, es el habilitado para iniciar el reclamo por los daños provocados a su
vehículo. Sin embargo, puede suceder que el dueño carezca de legitimación para reclamar
ciertos rubros indemnizatorios, por ejemplo en el caso en que la aseguradora pague la
indemnización. En este caso, el dueño solo tiene acción por los daños que no cubre el seguro.
El usuario del vehículo, también puede reclamar ya que se presume que el daño provocado a la
cosa lesiona un interés propio del mismo, que pierde la posibilidad de utilizarlo.
6. Plazos de prescripción.
Como hemos mencionado anteriormente, el Código de Vélez distinguía entre la órbita
contractual y la extracontractual, y le asignaba a cada una un plazo de prescripción diferente.
Refiriéndonos a los accidentes en circulación debemos tener en cuenta que para aquellas
acciones derivadas de responsabilidad extracontractual, la prescripción operaba a los dos
años. En cambio, para aquellas derivadas del contrato de transporte, podíamos encontrar el
plazo en el art. 855 del Código de Comercio, fijado en un año. Sin embargo, la ley 26361 de
Defensa al Consumidor en 2008, y un plenario dictado por la Cámara Nacional Civil,
contribuyeron a que este plazo se extienda a tres años para las acciones de daños y perjuicios
originadas a partir de un contrato de transporte terrestre de pasajeros.
Sin embargo, a partir de la entrada en vigencia del Código Civil y Comercial de la Nación el art.
50 de la Ley de Defensa al Consumidor, cuyo texto motivó lo mencionado en el párrafo
anterior, sufrió modificaciones que impiden que el plenario “Saenz González” siga siendo
aplicado. En el presente artículo ya no se mencionan expresamente las acciones judiciales, sino
únicamente “las sanciones emergentes por ley”.
Actualmente los plazos son, en virtud del art. 2561 del CCyCN, de tres años para la
indemnización de daños derivados de la responsabilidad civil, y de dos años para los daños que
derivan de los contratos de transporte.
7. Diversos Supuestos de accidentes de Circulación.
Accidentes de tránsito donde interviene un peatón.
El peatón es uno de los sujetos que puede resultar damnificado en un accidente de circulación.
Es toda persona que circulando o detenida en la vía pública, prescinde del uso del vehículo. Se
encuentra en inferioridad frente al automotor ya que corre un riesgo mayor frente a un
siniestro. En el artículo 64 3º párrafo de la ley 24449 de Tránsito, le otorga el beneficio de la
duda y presunciones a su favor en tanto no incurra en graves violaciones a las reglas de
tránsito.
Accidentes de tránsito donde intervienen dos o más vehículos.
Los Supuestos en los cuales se genera una colisión entre dos o más vehículos, y los
conductores no infringen normas de tránsito, son supuestos en los cuales cada uno debe
indemnizar los daños producidos al otro en virtud de los factores objetivos de atribución.
En cambio, si se infringen normas de tránsito, además de los factores objetivos corresponde
analizar la culpa del conductor. Si al infringir una norma no se provoca daño, el conductor solo
será pasible de una sanción administrativa. En cambio, si debido a la infracción lesiona o mata
a una persona, se debe analizar su responsabilidad penal y civil.
Constituyen la violación de una norma los siguientes supuestos detallados en la Ley de
Tránsito: la violación de prioridad de paso, la velocidad excesiva, la violación de las señales del
semáforo, el giro inadecuado, el adelantamiento incorrecto, el cambio abrupto de dirección, la
marcha a contramano, la detención sobre la calzada o banquina, el estacionamiento
antirreglamentario y el retroceso.
Accidentes de tránsito en los cuales intervienen bicicletas.
La bicicleta es un vehículo de dos ruedas propulsado por mecanismos por el esfuerzo de quien
la utiliza. Debe contar con guardabarros, luces y señalización reflectiva. El conductor debe
utilizar casco, calzado que se afirme a los pedales y ropa de colores claros. Solo puede circular
en ella el conductor, salvo el transporte de una carga o un niño en el portaequipaje o en un
asiento especial. Numerosos fallos han asimilado el ciclista al peatón, ya que la bicicleta
marcha mediante el impulso del esfuerzo muscular del hombre, de modo tal que el automóvil
debe indemnizarlo, eximiéndose solamente si acredita la culpa de la víctima o de un tercero
por quien no deba responder.
Accidentes de tránsito en los cuales intervienen motocicletas.
Motocicleta es todo vehículo de dos ruedas con motor a tracción propia de más de 50 cc de
cilindrada y que puede desarrollar velocidades mayores a 50 km. Es obligatorio el uso de casco
protector.
Se la considera como una cosa riesgosa, por lo que su peligrosidad no se desvanece porque
tenga menor masa o entidad física que los automóviles sino que es equiparable. Por lo tanto,
ante una colisión entre automóvil y motocicleta, cada uno debe afrontar los daños causados al
otro por el riesgo o vicio de la cosa.
Se ponderará en el caso concreto, si las lesiones sufridas por la victima guardan relación
directa con el no uso del casco protector. En caso afirmativo, se reflejará en la indemnización,
la cual será inferior si medio un agravamiento del daño por parte de la víctima.
Accidentes causados en autopistas y rutas.
La concesión de obra (relación Estado/concesionaria) se rige por las normas de derecho
público, originándose una relación contractual antes inexistente entre el concesionario y el
usuario que circula por los caminos por la cual el primero debe garantizar la circulación libre de
obstáculos y en condiciones de seguridad. Sin embargo, el Estado continúa siendo el
encargado de la seguridad de personas y bienes, siendo esta una función constitucional
esencial que no puede ser reemplazada por los particulares.
Su calidad de garante de la seguridad surge de su calidad de controlador de las empresas a
quienes se les otorgó la concesión y también de su calidad de dueño en los accidentes en los
que esa propiedad está en juego (causas derivadas del estado del asfalto) ya que las redes de
caminos constituyen bienes de dominio público. En su calidad de contralor de las empresas
concesionarias, en la medida que podamos ligar causalmente el daño, será responsable
objetivamente y en forma concurrente de la reparación, por omisión causal. Su
responsabilidad es directa porque proviene del incumplimiento de una de las funciones
específicas del Estado, y objetiva por omisión del servicio. El estado responde en calidad de
principal por los daños ocasionados por los concesionarios y contratistas de los servicios
públicos a los cuales se les encomiende un cometido estatal cuando el daño se derive de la
función encomendada, debido a que existe una relación de dependencia. Al ser el
concesionario un dependiente, existe la responsabilidad de garantía por parte del Estado.
El Estado es además, el único que tiene el poder de policía para accionar contra personas o
propiedades privadas que se encuentran sobre el corredor vial e impiden la circulación. Dicho
poder es indelegable y propio del Estado.
El vínculo que une al que contrata y usa el servicio con el concesionario es una relación de
consumo. La relación contractual se efectiviza cuando el usuario entra en el corredor sometido
a peaje. Mediante la manufacturación de diferentes insumos, maquinarias y mano de obra, las
concesionarias producen un servicio que tiene que ser prestado con buena fe y con el
cumplimiento de los principios de información y de seguridad. Se le debe asegurar al usuario,
desde el momento en que ingresa al camino y durante todo el desarrollo de la circulación, que
no le ocurrirá ningún daño. Dicha obligación no debe ser probada ya que emana del contrato
comercial del uso vial y debe ser manifestada brindando correcta información al usuario a
través de carteles indicadores, el pintado de los carriles, manteniendo el estado de la ruta en
buenas condiciones, libre de malezas, removiendo los obstáculos de la ruta.
El factor de atribución es objetivo y solo se exime probando la ruptura del nexo causal,
impidiendo su calidad de profesional, la posibilidad de alegar el caso fortuito ya que no existen
riesgos incalculables imprevisibles.
En cuanto al hecho del tercero, no es eximente cuando tiene la obligación de evitar el hecho
de los mismos, como por ejemplo en el caso de animales sueltos, hay una obligación de
liberación del camino, lo que hace que la responsabilidad del dueño del animal no sea
eximente de la responsabilidad del concesionario y tampoco del Estado.
En el caso del pasajero que contrata un servicio de larga distancia, ante la creación de un daño,
el pasajero tendrá al frente dos acciones: una contractual contra la empresa de transportes y
una extracontractual contra la concesionaria del peaje en su calidad de damnificado indirecto
ya que el directo es la empresa de transportes. Por la teoría de la conexidad de los contratos,
como ambos contratos son necesarios para el logro del cumplimiento eficiente, la persona
transportada tiene una doble acción contractual.