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Universalismo y Antiuniversalismo en el Estado

El documento discute el surgimiento del estado moderno soberano y el sistema interestatal. Explica que la soberanía es un concepto inventado en el sistema-mundo moderno que implica autonomía del poder estatal dentro de sus fronteras reconocidas, pero que los estados existen dentro de un sistema interestatal. También analiza cómo los estados buscaron incrementar su poder real a través de la construcción de burocracias para controlar funciones políticas y recaudar impuestos.

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Universalismo y Antiuniversalismo en el Estado

El documento discute el surgimiento del estado moderno soberano y el sistema interestatal. Explica que la soberanía es un concepto inventado en el sistema-mundo moderno que implica autonomía del poder estatal dentro de sus fronteras reconocidas, pero que los estados existen dentro de un sistema interestatal. También analiza cómo los estados buscaron incrementar su poder real a través de la construcción de burocracias para controlar funciones políticas y recaudar impuestos.

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puede así y todo ocurrir porque la elección presupone la exclusión y podernos sufrir presiones

"populistas" para el ingreso irrestricto e ilimitado a una posición. Con estas múltiples circunstancias, el
criterio universalista desempeña una función sociopsicológica central en la legitimación de las
asignaciones meritocráticas. Hacen que quienes logran el estatus de cuadro se sientan justificados en su
posición ventajosa e ignoran que la manera en la que el llamado criterio universalista les dio acceso no era
en verdad completamente universalista, o ignoran los reclamos del resto por acceso a los beneficios
materiales asignados principalmente a los cuadros. La norma del universalismo es enormemente
tranquilizadora para quienes se benefician del sistema. Hace que ellos se sientan merecedores de lo que
poseen.
Por el otro lado, el racismo, el sexismo y otras normas antiuniversalistas realizan una tarea igualmente
importante en la asignación de trabajo, poder y privilegio dentro del sistema-mundo moderno. Suponen
exclusiones del espacio social. En verdad son otros modos de inclusión, pero de inclusión en rangos
inferiores. Estas normas existen para justificar los rangos inferiores, para hacerlos cumplir, y de modo
perverso, incluso para hacerlos tolerables a aquellos que han recibido un rango inferior. Las normas
antiuniversalistas se presentan como codificaciones de verdades naturales y eternas que no están sujetas a la
modificación social. Se presentan no sólo como verdades culturales sino, implícita o incluso explícitamente,
como necesidades biológicamente determinadas para el funcionamiento del ser humano.

Así se convierten en normas para el estado, el lugar de trabajo, el espacio social. Pero también se
convierten en normas que los hogares se ven presionados a utilizar para socializar a sus miembros; esfuerzo
que en general ha resultado exitoso. Justifican así la polarización del sistema-mundo. Puesto que la
polarización se ha incrementado a lo largo del tiempo, el racismo, el sexismo y otras formas de

aittiuniversalismo han cobrado importancia, aunque la lucha política contra tales formas de
antiuniversalismo se han vuelto más centrales para el funcionamiento del sistema-mundo.

En última instancia, el sistema-mundo moderno ha asumido una característica central en su estructura


de existencia, propagación y práctica simultánea del universalismo y el antiuniversalismo. Este dúo
antinómico es tan fundamental al sistema como lo es la división de trabajo sobre el eje centro-periferia.

3. EL SURGIMIENTO DE LOS SISTEMAS ESTATALES: NACIONES-ESTADO SOBERANAS,


COLONIAS YEL SISTEMA INTERESTATAL

El estado moderno es un estado soberano. La soberanía es un concepto que fue inventado en el sistema-
mundo moderno. Su significado a prima facie es completamente autónomo del poder estatal. Pero los es-
tados modernos existen, de hecho, dentro de un círculo de estados, lo que hemos dado en llamar sistema
interestatal. Habremos entonces de investigar el grado y el contenido de esta presunta autonomía. Los
historiadores hablan de la emergencia de las "nuevas monarquías" en Inglaterra, Francia y España a fines
del siglo xv, en el preciso momento que aparece el sistema-mundo moderno. En lo que hace al sistema
interestatal, sus antecedentes son atribuidos al desarrollo de la diplomacia renacentista en la península
italiana, y su institucionalización es considerada por la mayoría como la Paz de Westfalia en 1648. El
tratado de Westfalia, firmado por la mayoría de los estados europeos, codificaba ciertas leyes de
relaciones interestatales que ponían límites así como también garantizaban una relativa autonomía.
Estas leyes fueron elaboradas y posteriormente expandidas bajo la rúbrica de la ley internacional.

Las nuevas monarquías eran estructuras centralizantes. Esto es, buscaban asegurar que las estructuras de
poder regionales estuvieran efectivamente subordinadas a la autoridad supervisora del monarca. Y
buscaban asegurarlo mediante el fortalecimiento (en realidad la creación) de una burocracia civil y
militar. Aún más crucial, buscaban reforzarse mediante el aseguramiento de ciertos poderes impositivos
con el suficiente personal para cobrar efectivamente esos impuestos.

En el siglo XVII, los gobernantes de estas nuevas monarquías se declararon a sí mismos monarcas
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"absolutos". Esto parece sugerir que contaban con un poder ilimitado. En realidad carecían no sólo de
un poder ilimitado sino que no tenían demasiado poder. La monarquía absoluta reclamaba para sí
simplemente el derecho a contar con un poder ilimitado. El término "absoluto" proviene del latín
absolutas, \o cual significaba no que la monarquía era todopoderosa sino que el monarca no está
sujeto (está exento de) a las leyes y por lo tanto no puede ser legítimamente restringido por ninguna
persona por hacer aquello que el gobernante considere que tiene que hacer. Esto permitía que el
poder fuera arbitrario pero no significaba que el monarca contara con poder efectivo, que, como ya
hemos visto, era relativamente escaso. Para asegurarse, los estados buscaron a lo largo de los siglos el
sobreponerse a esta falta de poder real, y lograron un cierto éxito en este emprendimiento. En
consecuencia, una de las tendencias seculares del sistema-mundo moderno desde el principio (al menos
hasta los 1970, como hemos de ver) fue un lento y sostenido incremento en el poder real del estado. Si
comparamos el poder real (la habilidad de que sus decisiones fueran llevadas efectivamente a cabo) de
Luis XIV de Francia (que reinó entre 1661-1715), a quien se lo suele considerar como el arquetipo
del poder absoluto, con, por ejemplo, el primer ministro de Suecia en el año 2000, pronto nos daremos
cuenta que este último cuenta con más poder real en Suecia en el 2000 que Luis de Francia en 1715.

La mayor herramienta que los monarcas usaban para incrementar su poder efectivo fue la construcción de
burocracias. Y puesto que en un principio no contaban con los ingresos impositivos para pagar por las
burocracias, encontraron la solución en la venta de oficinas, lo que brindó a los monarcas un incremento
tanto de burócratas como de ingresos (y por ende, una cuota adicional de poder, aunque menor que si
hubieran sido capaces de contratar directamente a los burócratas, como habrían de hacer más adelante). Una
vez que los burócratas dispusieron de una burocracia mínima, buscaron hacer uso de ésta para darle a los
estados el control sobre toda suerte de funciones políticas: el cobro de impuestos, las cortes, la legislación y las

agencias de control (policía y ejército). Al mismo tiempo, buscaron eliminar o por lo menos limitar la
autoridad autónoma de los nobles locales en todos estos campos. Buscaron además la creación de una
red de información para asegurarse que sus intenciones fueran respetadas. Los franceses crearon la
institución de los prefectos —personas que representaban al estado central y residían en diversas partes del
país— y esta institución fue copiada de distintas maneras por todos los estados modernos.

La soberanía era una afirmación de autoridad no sólo interna sino externamente; esto es, vis-á-vis otros
estados. Fue, en primer lugar, una afirmación de fronteras fijas, dentro de las cuales un estado de-
terminado era soberano, y por lo cual dentro de ellas ningún otro estado tenía el derecho de ejercer
ningún tipo de autoridad: ejecutiva, legislativa, judicial, o militar. Más aún, estas afirmaciones por
parte de los estados acerca de la no "interferencia" de otros estados en sus asuntos domésticos ha sido
observada más fielmente en su violación que en su cuidadoso seguimiento. Pero la mera afirmación ha
servido, sin embargo, para limitar el grado de injerencia. Tampoco han permanecido las fronteras
inmutables. Los reclamos limítrofes entre estados han sido una constante. Sin embargo, en cualquier
momento dado, existen realidades de facto en cuanto a las fronteras dentro de las cuales se ejerce la
soberanía.

Existe una característica fundamental más en cuanto a la soberanía. Es una afirmación, y las
afirmaciones significan poco y nada a menos que sean reconocidas por los demás. Los demás pueden
no respetarlas afirmaciones, pero eso es en muchos sentidos mucho menos importante que el que las
reconozcan formalmente. La soberanía es antes que nada una cuestión de legitimidad. Yen el sistema-
mundo moderno, la legitimidad de la soberanía requiere el reconocimiento recíproco. La soberanía es
un intercambio hipotético, en el que dos bandos potencialmente (o en verdad) en conflicto,
respetando la realidad de facto del poder, intercambian semejante reconocimiento como estrategia
menos costosa.

El reconocimiento recíproco es uno de los fundamentos del sistema interestatal. Con frecuencia han
existido entidades que han proclamado su existencia como estados soberanos pero fracasaron en recibir
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el reconocimiento de la mayoría de los restantes estados. Sin tal reconocimiento, la proclama es
relativamente inútil, incluso si la entidad retiene el control, de facto, sobre un territorio determinado. Tal
entidad se halla en una situación precaria. Sin embargo, en todo momento la mayoría de los estados son
reconocidos por todos los otros estados. Existen habitualmente algunos estados putativos que no son
reconocidos por nadie, o por sólo uno o dos estados (lo que los vuelve, en efecto, estados protectores). La
situación más difícil es aquella en la que un estado es reconocido por un importante número de países
pero no reconocido también por un número importante. Esta situación puede tener lugar como
consecuencia de secesiones o de cambios revolucionarios en regímenes. Tal división en el proceso de
reconocimiento crea un dilema y una tensión en el sistema interestatal que los estados concernientes
tratan eventualmente de resolver, en una u otra dirección.

Podemos hallar con facilidad tres ejemplos de las posibles situaciones en el sistema-mundo en el primer
decenio del siglo XXI. Los Estados Unidos y Cuba, aunque políticamente hostiles el uno hacia el otro,
no pusieron en duda su mutua soberanía, ni tampoco lo hicieron otros países. En un segundo caso, en
China, la proclama de la República Popular en 1949 —con el nuevo gobierno ganando control de facto
sobre el territorio continental y el gobierno anterior retirándose a Taiwán mientras seguía reclamando ser
la autoridad de la República China en su totalidad— creó una de esas situaciones intermedias en las que
parte del mundo reconoció a un gobierno y parle del mundo reconoció al otro, corno autoridad
soberana de toda China. Esta situación fue resuelta en los setenta, cuando las Naciones Unidas
reconocieron las credenciales de la República Popular China para otorgarle a ésta un puesto en la
Asamblea General y el Consejo de Seguridad y retiraron las credenciales a la República de China (la que
controlaba sólo Taiwán). Este paso se tomó al mismo tiempo que los Estados Unidos y muchos otros países
reconocieron la legitimidad de la República Popular como al único gobierno de una "China única",
mientras que no se alteraba el gobierno de facto sobre Taiwán bajo control del antiguo gobierno chino.

Después de esto, quedaron sólo unos pocos (la mayoría pequeños) países que continuaron
reconociendo a la República de China como al legítimo gobierno de la totalidad de China, pero el
balance cambió abrumadoramente para el lado de la República Popular. La tercera situación fue la de la
República Turca del Norte de Chipre. Sostenía ser un estado soberano y tenía autoridad de facto sobre
la mitad norte de la isla. Pero fue reconocida como soberana sólo por Turquía. Carecía por lo tanto
de legitimidad internacional, el resto del mundo todavía reconocía la soberanía teórica de Chipre sobre
el territorio ocupado por la República Turca del Norte de Chipre. Si no hubiera sido por el apoyo (en
última instancia militar) de Turquía, la República Turca del Norte de Chipre pronto habría dejado de existir.
Vemos, en estas tres instancias el protagonismo crucial del reconocimiento recíproco.
Examinemos ahora una situación hipotética pero plausible. Supongamos que cuando el Parti
Québécois accedió al poder por primera vez en 1976 hubiera declarado en forma inmediata a Quebec
como estado soberano (lo que era, después de todo, la base programática del partido) y supongamos que
el gobierno canadiense se hubiera opuesto vigorosamente a esto, por medios políticos y quizá militares.
Supongamos que Francia hubiera reconocido a Quebec, Inglaterra se hubiera negado a hacerlo y los
Estados Unidos hilen-taran permanecer neutrales. ¿Qué hubiera sucedido? y ¿se habría convertido
Quebec en un estado soberano?

La reciprocidad también funciona en el nivel interno, aunque convencionalmente utilizamos un


vocabulario diferente para describirla. Las autoridades locales deben "reconocer" la autoridad soberana
del estado central, y en cierto sentido la autoridad central debe reconocer la autoridad legítima y
definir la esfera de influencia de las autoridades locales. En muchos países, este reconocimiento
mutuo está entronizado en una constitución o legislación específica que determina la división de poderes
entre el centro y las provincias. Este acuerdo puede y es con frecuencia interrumpido. SÍ la ruptura es se-
ria, entonces estamos frente a lo que se denomina una guerra civil. Una guerra de esas características
puede ser ganada por el poder central. Pero también puede ser ganada por la autoridad o las autoridades
locales, y en ese caso, puede haber una revisión de las reglas que gobiernan la división de poderes dentro
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de las fronteras estatales existentes o la creación de uno o más estados soberanos mediante la secesión,
lo cual presenta, a los nuevos estados creados el tema de la obtención del reconocimiento en la arena
interestatal. La ruptura de Yugoslavia es un buen ejemplo de esto, una ruptura que dejó sin resolver varias
cuestiones referentes a fronteras y autonomías, de manera tal que varios años después de la ruptura existen
fronteras de facto que aún hoy siguen en disputa.
La soberanía es, pues, una proclama legal que conlleva enormes consecuencias políticas. Es por estas
consecuencias por lo que los asuntos vinculados a la soberanía son centrales a la lucha política, tanto
internamente para los estados como externamente entre ellos. Desde el punto de vista de los empresarios
operando en una economía-mundo capitalista, los estados soberanos ejercen la autoridad sobre por lo
menos siete arenas principales de directo interés para ellos: 1 ] Los estados imponen las reglas sobre el
intercambio de las mercaderías, el capital y el trabajo, y en qué condiciones pueden cruzar sus fronteras. 2]
Crean las leyes concernientes a los derechos de propiedad de los estados. 31 Crean las reglas concernientes
al empleo y a la compensación de los empleados. 4 ] Deciden los costos que las compañías deben asumir. 5]
Deciden qué tipo de procesos económicos deben ser monopolizados, y hasta qué punto. 6] Cobran
impuestos. 7] Por último, cuando las compañías establecidas dentro de sus fronteras pueden verse afec-
tadas, pueden usar su poder hacia el exterior para afectar las decisiones de otros estados. Ésta es una
larga lista, y de sólo observarla uno se da cuenta de que, desde el punto de vista empresarial, las políticas
estatales son cruciales.

La relación de los estados con las compañías es una clave para el entendimiento del funcionamiento de
una economía-mundo capitalista. La ideología oficial de la mayoría de los capitalistas es laissez-faire, la
doctrina de que los gobiernos no deben interferir con la labor de los empresarios en el mercado. Es
importante entender que como regla general, los empresarios afirman sonoramente esta ideología pero

en verdad no desean verla implementada, al menos no completamente, y por cierto que no actúan como
si creyeran que es una doctrina coherente.

Comencemos con las fronteras. Un estado soberano tiene en teoría el derecho a decidir qué puede cruzar
sus fronteras y en qué condiciones. A más fuerte el estado, mayor es la maquinaría burocrática y por lo
tanto mayor es la capacidad de imponer las decisiones referidas a transacciones que atraviesen las fronteras.
Existen tres tipos principales de transacciones transfronterizas: el movimiento de mercaderías, de capital y
de personas. Los vendedores desean que sus mercaderías crucen las fronteras sin interferencia y sin pagar
impuestos. Por otro lado, los vendedores de la competencia dentro de las fronteras a cruzar pueden
querer que el estado intervenga imponiendo cuotas y tarifas, o mediante el otorgamiento de subsidios a sus
productos. Cualquier decisión que tome el estado favorecerá a uno u otro empresario. No existe una
posición neutral. Lo mismo se aplica al flujo de capitales.

El movimiento transfronterizo de personas ha sido siempre controlado de cerca, y por supuesto


preocupa a las empresas puesto que concierne a los trabajadores. En general, el flujo de trabajadores de
un país a otro es una ventaja de mercado para los empresarios en el país anfitrión y una desventaja
mercantil para los trabajadores residentes del país, si uno utiliza un modelo de oferta y demanda de
corto alcance. Esto deja fuera del análisis dos elementos que pueden convertirse en centrales en un
debate: el impacto de la estructura social interna de cualquier país de inmigrantes; y el impacto
económico a largo plazo de la inmigración (que puede ser positivo incluso si el impacto a corto plazo
es marcadamente negativo, al menos para algunas personas). Una vez más, no existen posturas
neutrales.

Los derechos a la propiedad son, huelga decirlo, la pieza central del sistema capitalista. No hay modo de
acumular capital incesantemente a menos que uno pueda mantener el capital que ya ha acumulado. Los
derechos a la propiedad son aquellas leyes que limitan los modos por los que el estado puede confiscar el
dinero, los parientes pueden reclamar una parte de los bienes u otros pueden robar los fondos.
Además, el sistema capitalista opera sobre la base de un nivel mínimo de confianza recíproca en la
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honestidad de la transacción, y por ende, la prevención del fraude es un requerimiento social importante.
Esto es tan obvio que apenas parece valer la pena mencionarlo. Pero es evidente que el actor principal en
estas acciones de protección de los derechos de propiedad es el estado, el cual él solo puede establecer
legítimamente las reglas. Obvio es que ninguno de estos derechos son ilimitados. Y también es obvio
que hay muchas acciones cuya definición como derechos de propiedad protegidos es materia de debate.
Las diferencias generan conflictos que deben ser luego resueltos (por las cortes de los estados). Pero sin
alguna protección garantizada por el estado, el sistema capitalista no puede funcionar.

Los empresarios han actuado, y con frecuencia lo siguen haciendo como si la arena en la que estuvieran
más ansiosos porque el estado se abstuviera de poner reglas fuera el ámbito laboral. Se encuentran
particularmente preocupados sobre todos los asuntos atinentes a la relación entre aquellos a quienes
emplean: niveles de remuneración, condiciones de trabajo, duración de la semana laboral,
condiciones de seguridad, y modos de contratación y despido. Los trabajadores, por el contrario,
hace tiempo que han demandado que el estado interfiera precisamente en esos asuntos para ayudarlos
a lograr lo que ellos consideran condiciones adecuadas de trabajo. Es obvio que semejante injerencia
estatal tiende a fortalecer a los trabajadores en el corto plazo en el conflicto con los empleadores, por lo
que su aprobación se descuenta. Pero muchos empresarios han comprobado que la injerencia estatal
puede serles de utilidad también a ellos. Al asegurar la oferta de trabajadores en el largo plazo, creando
una demanda efectiva y minimizando el desorden social pueden ser todas, en parte, consecuencia de
semejante interferencia estatal en el mercado laboral. En consecuencia, un cierto nivel de injerencia pue-
de ser muy bienvenido por los empleadores (al menos para los grandes empresarios y para quienes
operan sobre la base de perspectivas a largo plazo).

Uno de los puntos menos percibidos en los que el estado es crucial para las empresas es decidir la
proporción de los costos de producción que será efectivamente abonado por las empresas. Los economistas
se refieren con frecuencia a costos externalizados. Lo que esto significa es que una cierta parte de costos de
producción se

transfieren de la hoja de balance de la firma a esa entidad amorfa externa, la sociedad. La posibilidad de
externalizar costos puede parecer contraria a la premisa básica de la actividad capitalista. Se presume que una
empresa produce para obtener ganancias, y que la ganancia consiste en la diferencia entre los recibos de
venta y los costos de producción. La ganancia es pues la recompensa por una producción eficiente. La
asunción tácita —y la justificación moral de la ganancia— es que el productor está cubriendo todos los
costos.

En la práctica, sin embargo, esto no sucede así. La ganancia es una recompensa no sólo por la eficiencia
sino por un mayor acceso a la asistencia estatal. Pocos productores pueden pagar todos los costos de la
producción. Existen tres diferentes costos que con frecuencia se externalizan de modo significativo: los
costos de toxicidad; los costos de agotamiento de materiales y los costos de transportó. Casi todos los
procesos de producción involucran un cierto nivel de toxicidad, es decir, cierto tipo de daño residual al
medio ambiente, ya sea el deshecho de materiales o residuos químicos, o simplemente la transformación a
largo plazo del sistema ecológico. El modo más barato para un productor [jara lidiar con los residuos es
hacerlo a un lado, fuera de su propiedad. El modo más barato de lidiar con la transformación del sistema
ecológico es pretender que no está teniendo lugar. Ambas opciones reducen los costos inmediatos de
producción. Pero estos costos son entonces ex terna! izados, en tanto que, ya sea en forma inmediata, o
corno suele suceder, mucho más tarde, alguien pague las consecuencias negativas, por medio de una
limpieza adecuada o una restitución del medio ambiente. Este alguien son todos los demás, los
contribuyentes, a través de su instrumento, el estado.

El segundo modo de externalizar costos es ignorar el agotamiento de los materiales. Al final, todo proceso
productivo utiliza alguna materia prima, orgánica o inorgánica que es parte de los procesos de
transformación que resulta en una mercadería "final" a ser vendida en el mercado. Las materias primas
se agotan, algunas rápidamente, otras de manera muy lenta, la mayor parte a un ritmo intermedio. Una
vez más, los costos de reemplazo casi nunca son parle de los costos internalizados de producción. Por ello,
el mundo tiene que o bien renunciar al uso de dichos materiales o buscar de remplazados de alguna
manera. En parte, eso se logra mediante la innovación, y uno puede argüir que en este caso el costo
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económico del no reemplazo es ínfimo o nulo. Pero en muchos otros casos esto no es posible y entonces el
estado debe intervenir una vez más en el proceso de recuperación o recreación de los materiales, y esto es,
obviamente, pagado por alguien que no es quien se benefició con las ganancias. Un buen ejemplo de
materiales que no han sido adecuadamente remplazados es la provisión de madera. Los bosques de Irlanda
fueron (alados en el siglo XVII. Ya lo largo de la historia del sistema-mundo moderno, hemos estado
talando bosques de todo tipo sin remplazarlos. Hoy discutimos las consecuencias de la falta de protección de
la que está considerada la última selva tropical en todo el mundo, el área del Amazonas en Brasil.

Por último, existe el costo del transporte. Mientras es cierto que las empresas suelen pagar un importe
por el transporte de mercaderías que reciben o envían, rara vez pagan la totalidad de los costos. La
creación de la infraestructura necesaria para el transporte —puentes, canales, vías de tren, aeropuertos—
representa un costo muy importante, y este costo es, comúnmente pagado, en buena medida, no por las
empresas que hacen uso de la infraestructura sino por la colectividad. La justificación es que los costos son
tan masivos, y el beneficio para una compañía tan mínimos, que la infraestructura nunca sería creada si no
fuera con la cobertura de una gran parte de los costos por el estado. Esto bien puede ser cierto, aunque
un poco exagerado, pero sigue siendo evidencia del papel crítico que juega la participación estatal en
el proceso incesante de acumulación de capital.

Ya hemos analizado cómo la creación de monopolios o cuasimomopolios es central a la acumulación de


capital. Necesitamos sólo recordar que toda decisión que posibilita a un cuasimonopolio de cualquier
índole, cualesquiera sea su mecanismo, representa una ventaja para alguien pero también una
desventaja para otros. Aquí, corno en todas partes, no existen posiciones neutrales para el estado
cuando facilita la acumulación de capital. La acumulación de capital siempre es acumulación de capital
de individuos específicos, o compañías, o entidades. Y la competencia entre capitalistas es inevitable en
un sistema capitalista.

En las discusiones sobre "interferencia" estatal con las empresas, aparecen mencionados con frecuencia
los impuestos. Por supuesto Pero no podrían existir sin los impuestos. Y hemos dado cuenta cómo el
elemento más crucial en el establecimiento de estructuras estatales fue adquirir no la autoridad sino la
capacidad real para cobrar impuestos. A nadie, se dice, le gustan los impuestos. De hecho la afirmación
opuesta es cierta, aunque muy pocos lo reconozcan. Todos —tanto las empresas como los
trabajadores— quieren las cosas que los estados pueden ofrecerles con el dinero que los estados han obte-
nido mediante los impuestos. Hay dos problemas básicos que la gente tiene con los impuestos. Uno es la
sensación o sospecha de que los es-lados están haciendo uso de los impuestos no para ayudar a los con-
tribuyentes honestos que todos presumimos ser, sino a otros {políticos, burócratas, compañías rivales, los
pobres y rechazados, e incluso los extranjeros). Por esta razón queremos que los impuestos sean más bajos,
y que este uso indebido de los impuestos cese. La segunda queja respecto a los impuestos es cierta: el
dinero gravado es dinero que de otro modo hubiera estado a disposición de cada persona para gastarlo
como a ella o a él le pareciera. Básicamente, uno está renunciando al control sobre ese dinero a favor
de un cuerpo colectivo, que decide cómo ha de gastarse.

De hecho, la mayoría de la gente y la mayor parte de las empresas están dispuestas a ser gravadas a fin de
proveer el mínimo de servicios que cada persona y cada empresa considera puede servir a sus intereses.
Pero nadie está dispuesto, o preparado a ser gravado más allá de ese punto. La pregunta es siempre la
ubicación de la línea que separa los niveles impositivos legítimos de los ilegítimos. Puesto que los in-
dividuos y las compañías tienen intereses distintos, trazan la línea de manera diferente. Y puesto que,
además de la cantidad de los impuestos, el estado puede y debe elegir entre una gran variedad de modos
de gravar, las personas y las empresas prefieren los modos en que ellas sean afectadas lo menos posible y lo
más posible los demás. No es ninguna sorpresa que los impuestos sean una certeza y las disputas impo-
sitivas sean endémicas a la política del mundo moderno. El estado no puede ser neutra!, pero puede,
ciertamente, afectar de manera seria los beneficios eme las empresas y las personas derivan de su política
impositiva.

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Finalmente, hemos discutido el papel del estallo con relación a las empresas como si fuera un asunto
interno a las fronteras estatales. Pero es evidente que las compañías se ven afectadas por las decisiones no
sólo de su propio estado sino de muchos otros estados en tanto que las mercaderías, capital o personal
cruzan o han cruzado fronteras estatales, un proceso que es a la vez constante y masivo. Pocas compañías
pueden mantenerse indiferentes a las políticas estatales de un estado que no sea el propio, en tanto
domicilio. La pregunta es cómo pueden las empresas negociar con esos otros estados. Y la respuesta tiene
dos partes: directa e indirectamente. La vía directa es comportarse como si estuvieran domiciliadas en el
otro estado, y utilizar todos los mecanismos y argumentos que utilizarían en el propio (sobornos, presión
política, intercambio de beneficios). Esto puede ser suficiente, pero con frecuencia, la Firma
"extranjera" se encuentra en considerable desventaja en la arena política local. Si la compañía "extranjera"
está domiciliada en un estado "fuerte," podrá entonces apelar a su propio estado para que use el poder
estatal para presionar al otro a fin de que acceda a las necesidades y demandas de los empresarios del
país más fuerte. Y por supuesto, este proceso es eje de la vida en el sistema interestatal. En el último tercio
del siglo xx, los fabricantes de automóviles, acero y las aerolíneas de los Estados Unidos no tenían ningún
empacho en pedirle al gobierno de los Estados Unidos que presionara a Japón y a Europa Occidental
para que modificaran sus políticas de modo que mejoraran la posición de los fabricantes
estadounidenses y el acceso que ciertas líneas aéreas estadounidenses tenían a los derechos de rutas
transoceánicas.

La inmensa mayoría de la población de un estado está contabilizada por las unidades domésticas de
aquellos que trabajan para las empresas y otras organizaciones. El sistema capitalista provee un cierto
modo de dividir la plusvalía producida, y obviamente, en cualquier momento determinado el balance
es cero. La mayor proporción está destinada a la acumulación de capital, la menor puede ser destinada
a compensar a quienes han trabajado en la producción de unidades que crearon la plusvalía. Una de las
realidades básicas es que esta división de la plusvalía tiene ciertos límites (no puede ser el 100% en
una dirección y 0% en la otra), pero la gama de posibilidades intermedias es enorme, sobre todo a corto
plazo, e incluso, hasta cierto punto, en el largo plazo.

Se sigue, por lógica que siempre existirá una lucha constante por la distribución de esta plusvalía. Esto
es lo que se ha denominado lucha de clases. Cualesquiera sean los sentimientos que uno tenga respecto a
las políticas de la lucha de clase, es una categoría analítica inevitable, que puede ser verbalmente
disfrazada pero nunca ignorada.

Y es claro que en esta continua lucha de clases (la que sin duda es un fenómeno complejo, carente de
una simple distribución binaria de lealtades), el estado es un actor principal en la distribución hacia
una u otra dirección. Por lo tanto, ambas facciones se organizan políticamente para presionar al estado
tanto en su estructura ejecutiva como legislativa. Si uno toma una postura a largo plazo respecto a la
política interna de múltiples estados a lo largo de la historia de la economía-inundo capitalista, uno puede
observar que llevó bastante tiempo, varios siglos, antes de que el estrato trabajador fuera capaz de
organizarse io suficiente corno para jugar al juego político con un mínimo de eficacia.

El punto de inflexión fue sin duda la Revolución francesa. La Revolución francesa trajo consigo dos
cambios fundamentales, que ya hemos mencionado, en la geocultura del sistema-mundo moderno:
convirtió al cambio, al cambio político en un fenómeno "normal", algo inherente a la naturaleza de las
cosas, y, más aún, deseable. Ésta fue la expresión política de la teoría del progreso que era tan
esencial a las ideas de la Ilustración. Y en segundo lugar, la Revolución francesa reorientó el concepto
de soberanía, del monarca o la legislatura al pueblo. Cuando el genio del pueblo como soberano se
escapó de la botella, jamás pudo volver a ser colocado dentro de ella. Se convirtió en el criterio
establecido ele todo el sistema-mundo.

Una de las principales consecuencias de la idea de que el pueblo era soberano es que el pueblo era ahora
definido como "ciudadano". Hoy, el concepto es tan elemental que nos resulta difícil entender qué tan
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radical fue este giro de "sujetos" a "ciudadanos". Ser un ciudadano significó tener el derecho a participar en
un mismo nivel con todos los otros ciudadanos, en las decisiones básicas del estado. Ser ciudadano
significó que no había personas cuyos estatus fueran más elevados que el de ciudadanos (como los
aristócratas). Ser un ciudadano significó que todos eran aceptados como personas racionales, capaces de
decisiones políticas. La conclusión lógica del concepto de ciudadano fue el sufragio universal, Y como
sabemos, la historia política de los siguientes 150 años fue la de la expansión constante del voto en país tras
país. Hoy, virtualmente todos los países sostienen que sus ciudadanos son iguales entre sí y ejercen su
soberanía a través de un sistema de voto universal. La cuestión es que sabemos que en realidad esto no es
así. Sólo una parte de la población en la mayoría de los países ejercita los plenos derechos de la
ciudadanía. Porque si los pueblos son soberanos, entonces debemos decidir quién está incluido en esa
categoría de pueblo, y muchos, resulta, están excluidos. Existen algunas exclusiones que parecen "obvias"
para la mayoría: quienes son meros visitantes en un país (extranjeros); quienes son demasiado jóvenes
para tener criterios formados; quienes están locos. Pero ¿qué sucede con las mujeres? ¿Y con las
personas de un grupo étnico minoritario? ¿Y con quienes no son propietarios? ¿Y con quienes están
presos como delincuentes? Una vez que uno comienza a enumerar las excepciones al término "pueblo", la
lista puede volverse bastante larga. El "pueblo" que comenzó como un concepto incluyente, se volvió muy
pronto un concepto de exclusión.

En consecuencia, las políticas de inclusión y exclusión se volvieron la pieza central en las políticas
nacionales a lo largo de los dos siglos posteriores. Aquellos que estaban excluidos buscaban la inclusión,
y quienes ya estaban incluidos se inclinaban, con frecuencia a mantener restringido el criterio de
elección para acceder a los derechos del ciudadano, manteniendo las exclusiones. Esto quiso decir que
quienes buscaban ser incluidos tenían que organizarse fuera de los canales parlamentarios para que su causa
fuera escuchada. Dicho de manera sencilla, tenían que organizarse en manifestaciones, rebeliones y, a
veces, actividades revolucionarias.

Esto llevó a un gran debate estratégico entre los poderosos a principios del siglo xix. Por un lado,
estaban quienes en su temor creían que estos movimientos debían ser suprimidos (y la ida de las
soberanía popular rechazada). Se denominaban a sí mismos conservadores y celebraban las
instituciones

"tradicionales" —la monarquía, la iglesia, los notables, la familia— como baluartes contra el cambio.
Pero opuestos a ellos se encontraba otro grupo que consideraba que esta estrategia estaba destinada
al fracaso y para quienes sólo aceptando lo inevitable de algún cambio podían limitar el grado y la
velocidad de éste. Este grupo se autodenominó liberal, y celebraban al individuo educado como al
ciudadano modelo y al especialista como a la única persona que podía determinar sabiamente los
detalles de las decisiones sociales y políticas. Sostenían que todos los individuos debían acceder
lentamente a la totalidad de los derechos ciudadanos cuando su educación fuera lo suficiente como
para capacitarlos para tornar decisiones equilibradas. Al abrazar el progreso, los liberales buscaban
enmarcar su definición de manera tal que las "clases peligrosas" lo fueran menos y que aquellos con
"mérito" pudieran participar en papeles claves en las instituciones políticas, económicas y sociales.
Existía, por supuesto, un tercer grupo, los radicales, quienes tendían a agruparse en movimientos
antisistémicos, y en muchos casos, a ser sus líderes.

En esta trinidad de ideologías que emergió a la sombra de la Revolución francesa —los conservadores, el
liberalismo y el radicalismo— fueron los liberales centristas quienes tuvieron éxito en controlar la
escena del sistema-mundo, al menos durante mucho tiempo. Su programa de cambio modulado sería
aplicado en todas partes, y serían ellos quienes persuadieran lanío a conservadores como a radicales a
modular sus posiciones respectivas de manera tal que tanto conservadores como radicales se
convirtieran en la práctica en avatares virtuales del liberalismo centrista.

Las políticas de estos movimientos se vieron afectadas por la fuerza de los estados en los que se
desarrollaban. Como sabemos, algunos estados son más fuertes que otros. Pero, ¿qué significa ser un
estado internamente fuerte? La fuerza no está determinada por el grado de arbitrariedad o abuso de la
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autoridad central, aunque es un criterio frecuente que muchos observadores utilizan. El comportamiento
dictatorial de las autoridades estatales es con frecuencia un signo de debilidad y no de fuerza. La fuerza de
los estados es definida de manera más útil como la capacidad de poder implementar decisiones legales.
(Recordemos el ejemplo que diéramos de Luis XIV contra el primer ministro contemporáneo de Suecia.)
Una sencilla medida que uno puede utilizar es el porcentaje de impuestos cobrados y el alcance de la
autoridad impositiva. La evasión impositiva es de hecho una pandemia. Pero la diferencia entre lo que
pueden cobrar los estados fuertes (alrededor de un 80%) y lo que pueden cobrar tos estados débiles
{alrededor del 20%) es enorme. La figura más baja se explica por una burocracia débil y la incapacidad de
cobrar impuestos a su vez priva al estado de los fondos con los cuales fortalecer su burocracia.

Amas débil el estado, menor es la riqueza que puede acumularse por medio de las actividades
económicamente productivas. En consecuencia esto torna a la maquinaria estatal en un espacio principal,
tal vez el más importante, de la acumulación de riquezas (a través de la compulsión y las coimas, tanto a
ellos como a bajos niveles). No es que esto no suceda en los estados fuertes —sucede— pero en los estados
débiles se convierte en el modo preferido de acumular capital, lo que a su vez disminuye la capacidad
estatal de llevar a cabo otras tareas. Cuando la maquinaria estatal se convierte en el método principal de
acumulación de capital, todo sentido de transferencia regular de puestos oficiales a los sucesores se
vuelve remota, lo que lleva a elecciones fraudulentas (si es que hay elecciones) y a espurias transferencias
de poder, lo que a su vez hace necesario incrementar el papel político de los militares. Los estados son,
en teoría, los únicos usuarios legítimos de la violencia, y deberían poseer el monopolio de su uso. La
policía y el ejército son los vehículos principales de este monopolio, y en teoría son meros instrumentos
de las autoridades estatales. En la práctica, este monopolio está diluido, y a más débil el estado, más
diluido se encuentra. Como resultado es muy difícil para los líderes políticos el mantener el control
efectivo del país y a su vez aumenta la tentación de los militares por tomar el control del ejecutivo
directamente cada vez que un régimen aparece como incapaz de garantizar la seguridad interna. Es
crucial notar que estos fenómenos no son el resultado de políticas erróneas sino de la debilidad endé-
mica de estructuras estatales en zonas en donde la mayoría de los procesos productivos son
periféricos y por lo tanto fuentes débiles de acumulación de capital. En los estados que cuentan con
materias primas muy lucrativas en el mercado mundial (como el petróleo), el ingreso disponible para los

estados es, en esencia, una renta, y aquí también el control real de la maquinaria garantiza que gran
parte de esa renta deba ser desviada a manos privadas. No es un accidente entonces que tales estados
caigan con frecuencia en situaciones en las que los militares asuman la conducción directa.

Finalmente, debemos señalar el grado en el que la debilidad significa la fuerza relativa de notables locales
(empresarios, líderes militares) capaces de ejercer su control sobre regiones del estado mediante el
control de algunas fuerzas militares locales, combinados con algún otro tipo de legitimación social
(como la etnia, o la pertenencia a una familia tradicional, o rango aristocrático). En el siglo xx, algunas de
estas autoridades locales fueron absorbidas por movimientos que comenzaron como movimientos
antisistémicos locales los que en el curso de la lucha se transformaron en feudos locales. Tales baronías
locales tienden a atraer el aspecto mafioso de la actividad empresaria capitalista. Las mafias son,
básicamente, animales de presa que se alimentan del proceso productivo. Cuando hay productos que no
están monopolizados y que no dan grandes ganancias a una em presa en particular, una de las maneras en
las eme uno puede acumular grandes sumas de capital es establecer un embudo monopólico a través del
cual pasa la producción, y establecerlo mediante el uso de la fuerza no estatal. Las mafias son notables por
su participación en productos ilegales (como las drogas) pero también participan de formas legales de
actividad productiva. La actividad capitalista de estilo mañoso es obviamente peligrosa y pone en riesgo la vida de
los mismos mañosos. De allí que históricamente, los mafíosos, una vez que acumularon exitosamente capital,
buscaron (con frecuencia en la siguiente generación) lavar su dinero y transformarse en empresarios legales.
Pero en donde el control legal estricto se quiebra o es limitado, siempre hay nuevas mafias que emergen.

Uno de los modos por el que los estados tratan de reforzar su autoridad y de fortalecerse y disminuir el
papel de las mañas es transformar su población en una "nación". Las naciones no son otra cosa que mitos en
el sentido en que son creaciones sociales, y los estados desempeñan una función central en su construcción. El
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proceso de creación de una nación incluye el establecimiento (en gran medida, una invención) de una
historia, una larga cronología y un presunto grupo de características definitorias (incluso aunque
grandes segmentos de la población incluida no comparten dichas características).

Pensemos en el concepto de "estado-nación" como la asíntota hacia la que todos los estados aspiran.
Algunos estados afirman que no lo hacen, que ellos son "multinacionales", pero de hecho, incluso esos
estados buscan crean una identidad panestatal. Un buen ejemplo de esto es la Unión Soviética la cual,
cuando existía, sostenía que era multinacional, pero promovía simultáneamente la idea del pueblo
"soviético". Lo mismo sucede en Suiza o en Canadá. El nacionalismo es una identidad de estatus grupa!, tal
vez la más crucial para el mantenimiento del sistema-mundo moderno, que se basa en su forma presente en
una estructura de estados soberanos ubicados en un sistema interestatal. El nacionalismo sirve como el
aglutinante mínimo de las estructuras estatales. Si uno examina de cerca, el nacionalismo no es sólo un
fenómeno de los estados débiles. Es, en verdad, extremadamente fuerte en los estados más ricos, incluso
aunque se lo invoque menos públicamente que en los estados cuya fuerza no esté solidificada. Una vez
más, la propugnación pública de temas nacionalistas por parte de los líderes estatales debería ser analizada
como un intento de afianzar el estado, no como evidencia de- que el estado ya es de por sí, fuerte.
Históricamente, los estados han tenido tres maneras de crear nacionalismo: el sistema escolar estatal,
el servicio en las fuerzas armadas y las ceremonias públicas. Todos ellos son de uso constante.

Los estados, como hemos remarcado, existen dentro del marco de un sistema interestatal, y su fuerza
relativa no es tan sólo el grado en el que pueden ejercer su autoridad hacia su interior sino también el
grado en el que pueden mantener sus cabezas en alto en el competitivo entorno del sistema-mundo.
Todos los estados son, en teoría, soberanos, pero los estados más fuertes encuentran más sencillo "in-
tervenir" en los asuntos internos de los estados más débiles que la situación opuesta, y todo el mundo
es consciente de ello.

Los estados más fuertes se vinculan con los más débiles presionándolos para que mantengan sus
fronteras abiertas al flujo de aquellos factores de producción que son útiles y beneficiosos a las
compañías ubicadas en los estados fuertes, mientras que resisten cualquier demanda de reciprocidad
en este tema. En los debates sobre el comercio mundial, los Estados Unidos y la Unión Europea de

mandan en forma constante de los estados del resto de mundo que abran sus fronteras al flujo de
manufacturas y servicios que ellos poseen. Sin embargo se resisten con notable tenacidad a abrir
completamente sus propias fronteras para el flujo de los productos agropecuarios o textiles que
compiten con sus propios productos de estados en zonas periféricas. Los estados fuertes se
vinculan con los débiles mediante presiones para que les permitan instalar y mantener en el poder a
individuos a quienes los estados poderosos encuentran aceptables, y a unirse a los estados fuertes para
hacer presión sobre otros estados débiles para que se adapten a las necesidades políticas de los fuertes.
Éstos se vinculan con los débiles mediante presiones para que acepten prácticas culturales —políticas
lingüísticas, educacionales, incluyendo en dónde deben estudiar los alumnos universitarios y
distribución de medios— que refuercen los vínculos a largo plazo entre ellos. Los estados fuertes se
vinculan con los estados débiles presionándolos para que sigan su liderazgo en la arena internacional
(tratados, organizaciones internacionales). Y mientras que los estados fuertes pueden comprar la
cooperación de líderes individuales de estados débiles, los estados débiles como estados compran la
protección de los fuertes mediante el arreglo de un apropiado flujo de capital.
Por supuesto que los estados más débiles son aquellos que llamamos colonias, a las que definimos como
unidades administrativas que no son soberanas y que caen bajo la jurisdicción de otro estado,
habitualmente distante de ellas. El origen de las colonias modernas se encuentra en la expansión
económica del sistema-mundo. En esta expansión, los estados fuertes centrales intentaron incorporar
nuevas zonas a los procesos del sistema-mundo moderno. A veces se encontraron con unidades
burocráticas lo suficientemente fuertes como para ser definidas como estados soberanos aunque no
fueran lo suficientemente fuertes como para mantenerse fuera del sistema-mundo en expansión. Pero

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con frecuencia los estados militarmente fuertes (la mayoría ubicados en Europa occidental, pero también
los Estados Unidos, Rusia y Japón deben ser agregados a la lista) encontraron áreas en donde las
estructuras políticas eran débiles. Para asegurarse la incorporación de tales áreas al sistema-mundo de
manera satisfactoria, dichas áreas fueron conquistadas y se instalaron en ellas regímenes coloniales.

Las colonias desarrollaron internamente los mismos tipos de funciones que un estado soberano:
garantizaban los derechos de propiedad, tomaban decisiones sobre el cruce de fronteras; organizaban los
modos cíe participación política (casi siempre extremadamente limitada); aplicaban las decisiones sobre la
tuerza de trabajo y decidían con frecuencia qué tipos de producción iban a perseguirse o favorecerse en la
colonia. Pero de hecho, el personal que tomaba estas decisiones era abrumadoramente enviado por el
poder colonial y no individuos de la población local. El poder colonial justificaba su presunción de
autoridad y la distribución de funciones a personas del país "metropolitano" mediante una combinatoria
de "razones": argumentos racistas acerca de la inferioridad cultural e incapacidad de la población local; y
una auto justificación sobre la función "civilizadora" que la administración colonial estaba llevando a
cabo.
La realidad básica era que el estado colonial era sencillamente el tipo de estado más débil del sistema
interestatal, con el menor grado de autonomía real, y por lo tanto sujeto de modo extremo a la explo-
tación por las empresas y personas de un país diferente, el así denominado país metropolitano. Es claro,
uno de los objetivos del poder colonial era no sólo asegurarse el control de los procesos de producción
en la colonia sino también asegurarse que ningún otro estado relativamente fuerte en el sistema-inundo
pudiera tener acceso a los recursos o mercados de la colonia, o cuando mucho, un acceso mínimo. Era por lo
tanto inevitable que en algún momento, existiera una movilización política de las poblaciones de las
colonias en forma de movimientos de liberación nacional, cuyo objetivo podía definirse como la
obtención de la independencia (esto es, el estatus de estado soberano) como primer paso en el camino
para mejorar la posición relativa del país y su población en la economía-mundo.

Sin embargo, si prestamos atención sólo a la relación de los estados fuertes con los débiles podemos llegar a
descuidar el crucial vínculo de los estados fuertes entre sí. Tales estados son, por definición, rivales,
cargando sobre sí la responsabilidad de diferentes grupos de empresas rivales. Pero al igual que en la
competencia entre grandes empresas, la competencia entre estados fuertes está aminorada por una
contradicción. Mientras que uno se enfrenta al otro en una suerte de juego donde la sumatoria final

es cero, mantienen en común el interés por sostener el sistema interestatal, y el sistema-mundo moderno
como totalidad. Por lo tanto los actores son empujados simultáneamente en direcciones opuestas: hacia
un sistema interestatal anárquico y hacia un sistema interestatal coordenado y coherente. El resultado,
como es de esperar, es una serie de estructuras que se encuentran a medio camino entre los dos tipos.

En esta lucha contradictoria, no debemos descuidar la función particular que desempeñan los estados
semiperiféricos. Éstos, de fuerza intermedia, derrochan su energía apresurándose para por lo menos
intentar mantener su estatus intermedio, pero con la esperanza de ascender en el escalafón. Hacen uso
del poder estatal en el ámbito interno e interestatal en forma consciente para elevar el estatus de su
estado como productor, como acumulador de capital y como fuerza militar. Su elección es en última
instancia, sencilla: o tienen éxito en ascender en la jerarquía (o al menos en mantener su lugar) o serán
empujados hacia abajo.
Deben por lo tanto elegir con celeridad y cuidado sus aliados y oportunidades económicas. Los
estados semiperiféricos están en primer lugar en competencia entre sí. Si, por ejemplo, durante una fa-
se B Kondratieff existe un desplazamiento de una industria hasta entonces de punta, ésta habrá de
dirigirse, por regla general, hacia un país se mi periférico. Pero no ha de hacerlo hacia todos ellos; tal
vez sólo uno o dos. No hay suficiente espacio en la estructura productiva de todo el sistema para
permitir este tipo de desplazamiento (llama do "desarrollo") simultáneamente en muchos países. Cuál
de todos, entre tal vez quince países, será el sitio de tal desplazamiento no es de fácil determinación
anticipada o incluso de explicar una vez decidida ésta. Lo que es de fácil comprensión es que no todos los

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países pueden ser favorecidos, puesto que las ganancias se desplomarían demasiado rápido y
marcadamente.

La competencia entre los estados fuertes y los esfuerzos de los es-lados semiperiféricos para incrementar
su estatus y su poder dan como resultado una constante rivalidad interestatal que habitualmente toma la
forma de un llamado equilibro de poder, con lo que se quiere decir una situación en la que no existe un
estado que pueda, de manera automática, conseguir sus objetivos en la arena internacional. Esto no
significa que los estados más fuertes no intenten conseguir justamente semejante cuota de poder. Pero
hay dos modos muy diferentes en los que un estado puede intentar convertirse en dominante. Uno es
transformar la economía-mundo en un imperio-mundo. El segundo es obtener la hegemonía en el
sistema-mundo. Es importante distinguir entre estas dos modalidades, y entender por qué ningún estado
ha sido capaz de transformar el sistema-mundo moderno en un imperio-mundo sino que varios estados
han alcanzado, en diversos momentos, la hegemonía.

Por imperio-mundo entendemos a una estructura en la que hay una sola autoridad política para todo el
sistema-mundo. Han existido varios intentos por crear tal imperio-mundo en los últimos quinientos años.
El primero fue el de Carlos V en el siglo xvi (continuado de manera atenuada por sus sucesores), El
segundo fue el de Napoleón a comienzos del siglo xix. El tercero fue el de Hitler a mediados del siglo
xx. Todos fueron formidables, todos fueron finalmente derrotados e incapaces de alcanzar sus objetivos.

Por otro lado, tres poderes han alcanzado la hegemonía, aunque sólo por periodos relativamente breves.
El primero fueron las Provincias Unidas (lo que hoy conocemos como los Países Bajos), a mediados del
siglo XVII. El segundo fue el Reino Unido a mediados del siglo xix, y el tercero fueron los Estados Unidos
a mediados del siglo xx. Lo que nos permite denominarlos hegemónicos es que por un periodo
determinado fueron capaces de establecer las reglas del juego en el sistema interestatal, en
dominar la economía-mundo (en producción, comercio y finanzas), en obtener sus objetivos políticos
con un uso mínimo de la fuerza militar (de la cual contaban en abundancia), y en formular el lenguaje
cultural mediante el cual se discutía el mundo.

Hay dos preguntas a realizar. La primera es por qué la transformación de la economía-mundo en un


imperio-mundo nunca fue posible, mientras que el logro de la hegemonía sí lo fue. La segunda es por
qué la hegemonía nunca duró. En cierto sentido, tomando en cuenta nuestros análisis anteriores, no

es demasiado difícil responder a estos interrogantes. Hemos visto que la peculiar estructura de una
economía-mundo (una sola división del trabajo, múltiples estructuras estatales aunque parte de un
sistema interestatal y por supuesto múltiples culturas aunque comprendidas en una geocultura) se halla
en peculiar consonancia con las necesidades de un sistema capitalista. Un imperio-inundo, por otra
parte, paralizaría de hecho al capitalismo, porque significaría la existencia de una estructura política
con capacidad para imponerse a la acumulación incesante de capital. Esto es por supuesto lo que ha
sucedido repetidamente en todos los imperios-mundo que han existido antes del sistema-mundo moderno.
Por ello, cuando algún estado parece empeñado en transformar el sistema en un imperio-mundo,
encuentra que se enfrenta eventualmente a la hostilidad de las mayores empresas capitalistas de la
economía-mundo. ¿Cómo pueden entonces los estados lograr la hegemonía? La hegemonía, a fin de
cuentas, puede ser muy útil a las empresas capitalistas, en particular si dichas empresas están vinculadas
políticamente con el poder hegemónico. La hegemonía tiene lugar, por lo común a la sombra de largos
periodos de deterioro relativo del orden mundial al estilo de "guerra de los treinta años": guerras, esto
es, que involucraron a todos los principales sitios económicos del sistema-mundo y que han enfrentado
históricamente a una alianza en torno del constructor putativo del imperio-mundo contra una alianza
constituida en torno del poder hegemónico pvitativo. La hegemonía crea un tipo de estabilidad dentro
del cual las empresas capitalistas, especialmente las industrias de punta monopólicas, florecen. La
hegemonía es popular entre los ciudadanos comunes porque parece garantizar no sólo el mero orden
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sino también un futuro próspero para todos.
¿Por qué no entonces una hegemonía permanente? Como con los cuasimonopolios en la producción, el
poder cuasiabsoluto en las hegemonías se autodestruye. Para convertirse en poder hegemónico es
vitalmente importante concentrar la eficiencia productiva que es el sustento del papel hegemónico.
Para mantener la hegemonía, el poder hegemónico debe desviarse en funciones políticas y militares, lo
cual es no sólo caro sino también abrasivo. Tarde o temprano, en general temprano, los otros estados
comienzan a mejorar su eficiencia económica a punto tal que la superioridad del poder hegemónico es
disminuida considerablemente, y eventualmente desaparece. Con ella desaparece la influencia
política. Y ahora se ve entonces forzada a utilizar la fuerza militar, no sólo a amenazar con hacerlo, y
su uso del poder militar no sólo es su primer signo de debilidad sino también la fuente de la
declinación futura. El uso de una fuerza "imperial" socava el poder económico económica y
políticamente, y es generalmente percibido como un signo de debilidad, no de fuerza, externa e
internamente. Lejos de definir el lenguaje cultural mundial, un poder hegemónico en decadencia
encuentra que su vocabulario preferido no está al día y no es aceptado en forma instantánea.

Cuando el poder hegemónico declina, siempre hay otros que intentan remplazado. Pero semejantes
reemplazos llevan mucho tiempo y producen, en última instancia otra "guerra de los treinta años". Por
ello la hegemonía es crucial, repetida y siempre relativamente breve. La economía del mundo
capitalista necesita de los estados, necesita del sistema interestatal y necesita de la aparición
periódica de poderes hegemónicos. Pero la prioridad de los capitalistas no es nunca el mantenimiento,
y mucho menos la glorificación de ninguna de estas estructuras. La prioridad es siempre la acumulación
incesante de capital, y ésta se logra de la mejor manera con un siempre cambiante cuadro de dominios
políticos y culturales dentro del que las empresas capitalistas puedan maniobrar, obteniendo su apoyo
de los estados pero buscando escapar a su tutela.

4. LA CREACIÓN DE UNA GEOCULTURA: IDEOLOGÍAS, MOVIMIENTOS SOCIALES,


CIENCIAS SOCIALES

La Revolución francesa, como hemos destacado, fue un punto de inflexión en la historia cultural del
sistema-mundo moderno, habiendo provocado dos cambios fundamentales de los que se puede decir que
constituyen las bases de lo que se transformó en la geocultura del sistema-mundo moderno: la
normalización del cambio político y la reformulación del concepto de soberanía, ahora depositada en

el pueblo, que está constituido por "ciudadanos". Y este concepto, como hemos dicho, aunque se supone
incluyente, en la práctica excluye a muchos.

La historia política del sistema-mundo moderno en los siglos xix y XX se convirtió en la historia de
un debate sobre la línea que divide a quienes están incluidos de los excluidos, pero este debate estaba
teniendo lugar dentro del marco de una geocultura que proclamaba la inclusión de todos como la
definición de una sociedad justa. Este dilema político fue disputado en tres arenas diferentes: las
ideologías, los movimientos antisistémicos, y las ciencias sociales. Estas arenas aparecen separadas.
Anuncian su separación. Pero en realidad, se encuentran íntimamente ligadas entre sí. Examinemos a
cada una de ellas sucesivamente. Una ideología es más que un conjunto de ideas o teorías. Es más que
un compromiso moral o una cosmovisión. Es una estrategia coherente en la arena social mediante la
cual uno puede sacar específicas conclusiones políticas. En este sentido, uno no necesitaba de ideo-
logías en los sistemas-mundo previos o incluso en el sistema-mundo moderno antes de que el
concepto de normalidad del cambio y el del ciudadano como último responsable de ese cambio fueran
adoptados como estructuras básicas de las instituciones políticas. Las ideologías presumen que existen
grupos en competencia, con estrategias a largo plazo enfrentadas acerca de cómo efectuar el cambio y
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quién es el mejor capacitado para dirigirlo. Las ideologías nacieron a la sombra de la Revolución
francesa.
La primera ideología en nacer fue la de los conservadores. Ésta fue la ideología de quienes pensaban que
la Revolución francesa y sus principios eran un desastre social. Casi inmediatamente, algunos textos
básicos fueron escritos, uno por Edmund Burke en Inglaterra en 1790 y luego toda una serie por Joseph
de Maistre en Francia. Ambos autores habían sido anteriormente reformistas moderados. Ambos
anunciarían ahora una ideología archiconservadora como reacción a lo que veían como un peligroso
intento de intervención radical en la estructura básica del orden social.

Lo que particularmente los preocupaba era el argumento acerca de la infinita maleabilidad del orden
social, su infinita posibilidad de mejoramiento y que la intervención política podía y debía acelerar los
cambios. Los conservadores consideraban que semejante intervención era una soberbia, de
características extremadamente peligrosas. Sus opiniones se basaban en una visión pesimista de la
capacidad moral del hombre; encontraban falso e intolerable el optimismo fundamental de los
revolucionarios franceses. Pensaban que cualquier carencia que existiera en el orden social en el que
vivían causaría, en última instancia, menos daños que las instituciones que serían creadas como resultado
de semejante soberbia. Luego de 1793 y del Reino del Terror, en el cual los revolucionarios franceses
enviaron a otros revolucionarios franceses a la guillotina por no ser lo suficientemente revolucionarios,
los ideólogos conservadores tendieron a formular sus opiniones diciendo que la revolución como
proceso, llevaba, casi en forma inevitable a tales reinos del terror.
Los conservadores eran, ¡mes, contrarrevolucionarios. Eran "reaccionarios" en el sentido de que estaban
reaccionando contra los cambios drásticos de la revolución y deseaban "restaurar" lo que había
comenzado a denominarse anden régime. Los conservadores no estaban necesariamente opuestos
completamente a toda evolución de las costumbres y las leyes. Simplemente predicaban una profunda cau-
tela e insistían que los únicos que podían decidir sobre tales cambios debían ser individuos responsables
en las instituciones sociales tradicionales. Sospechaban en particular de la idea que cualquiera podía ser
un ciudadano —en igualdad de derechos y deberes— puesto que la mayor parte de la gente, en su
opinión ni tenía, ni tendría nunca, el juicio necesario para tomar decisiones sociopolíticas de importancia.
Ellos ponían su confianza, en cambio, en la jerarquía política y las estructuras religiosas. En las más
importantes, por supuesto, pero en cierto sentido, aún más en las estructuras locales: las mejores familias,
la "comunidad," cualquier ente que cayera bajo el control de los notables. Y ponían su fe en la familia,
esto es, la estructura familiar patriarcal y jerárquica. La fe en la jerarquía (como hecho inevitable y
deseable) es la marca del conservadurismo.
La estrategia política era clara: restaurar y mantener la autoridad de estas instituciones tradicionales, y
someterse a sus dictados. Si el resultado era el cambio político muy lento, o la ausencia de cambio

político, que lo fuera. Y si estas instituciones decidían implementar un proceso evolutivo lento, pues
que lo fuera. El respeto por la jerarquía era, según criterio de los conservadores, la única garantía de or-
den. Los conservadores aborrecían la democracia, porque para ellos marcaba el fin del respeto por la
jerarquía. Es más, sospechaban del acceso irrestricto a la educación, la cual para ellos debería estar reser-
vada al entrenamiento de los cuadros dirigentes. Los conservadores creían que el golfo entre la
capacidad de las clases altas y las clases bajas no era tan sólo insuperable sino parte básica del carácter
humano y por lo tanto un designio celestial.

La Revolución francesa, definida restrictivamente, no duró demasiado. Se trasmutó en el régimen de


Napoleón Bonaparte quien traspuso su confianza universalista y fervor misionero en la expansión imperial
francesa justificada por la herencia revolucionaria. Políticamente, la ideología conservadora estaba
en ascenso en todas partes luego de 1794, y presumiblemente accedió al poder luego de la derrota de
Napoleón en 1815 en una Europa dominada por la Sagrada Alianza. Quienes pensaban que cualquier
retorno al antiguo régimen era tanto indeseable como imposible tuvieron que reagrupar-se y desarrollar
una contraideología. Esta contraideología fue lo que se llamó liberalismo.

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Los liberales deseaban distanciarse de cualquier asociación con el reino del terror pero salvar sin embargo
lo que consideraban el espíritu subyacente que había surgido de la Revolución francesa. Insistían que el
cambio no era tan sólo normal sino inevitable, porque vivían en un mundo de progreso constante hacia
una sociedad justa. Reconocían que los cambios apresurados podían ser, y de hecho lo habían sido,
contraproducentes, pero insistían en que las jerarquías tradicionales eran insostenibles y básicamente
ilegítimas. El eslogan de la Revolución francesa que más los seducía era el de "carreras abiertas a los
talentos" (la carriére ouverte aux talents), una idea hoy más comúnmente conocida mediante frases como
"igualdad de oportunidades" y "merítocracia". Fue en torno de tales lemas que los liberales edificaron su
ideología. Los liberales trazaban una distinción entre los distintos tipos de jerarquía. No estaban en contra
de lo que consideraban jerarquías naturales, estaban en contra de las jerarquías heredadas. Las jerarquías
naturales, argumentaban, no sólo eran naturales sino también aceptables para las masas populares y por
lo tanto una base legítima y legitimada de autoridad, mientras que las jerarquías heredadas tornaban
imposible la movilidad social.

En contra de los conservadores que constituían el "Partido del Orden" los liberales se presentaban como el
"Partido del Movimiento". Las situaciones cambiantes demandaban la reforma constante de las
instituciones. Pero el consiguiente cambio social debería ocurrir a un ritmo natural (es decir, ni demasiado
lento ni demasiado rápido). La pregunta que los liberales planteaban era quién debía tomar el liderazgo
durante tales reformas necesarias. No ponían su confianza en las jerarquías tradicionales, nacionales o
locales, clericales o seculares. Pero también sospechaban de las masas populares, la plebe, a la que
consideraban esencialmente carente de educación y en consecuencia irracional.

Esto significaba, concluían los liberales, que existía sólo un grupo capaz de asumir sobre sí la
responsabilidad de decidir qué cambios eran necesarios: los especialistas. Los especialistas, por definición,
entendían las realidades de cualquier sujeto que hubieran estudiado y por lo tanto eran los mejor
capacitados para formular las reformas que eran necesarias y deseables. Los especialistas, por su
capacitación, tendían a ser prudentes y perspicaces. Tomaban en cuenta tanto las posibilidades como los
riesgos del cambio. Puesto que toda persona educada era especialista en algo, se seguía que a todos aque-
llos a los que se les permitiera ejercer el papel de ciudadanos serían personas educadas y por lo tanto
especialistas. Otros individuos podían ser admitidos posteriormente en este papel, cuando hubieran
recibido la educación adecuada que les permitiera sumarse a la sociedad de hombres educados y
racionales.
Pero, ¿qué tipo de educación? Los liberales argumentaban que la educación debía cambiar de eje, de las
"tradicionales" formas del saber, lo que hoy denominamos humanidades, hacía la única base teórica
de saber práctico: la ciencia. La ciencia (remplazando no sólo la teología sino también la filosofía)
ofrecía el camino para el progreso material y tecnológico, y por lo tanto para el progreso moral.

De todos los tipos de especialistas, los científicos representaban la cima del trabajo intelectual, el summum
bonum. Sólo los líderes políticos que basaran los programas inmediatos en el saber científico eran guías
confiables para el bienestar futuro. Como puede verse, el liberalismo era una ideología moderada en lo
atinente a cambios sociales. De hecho, siempre destacó su moderación, su "centrismo" en la arena
política. Alrededor de 1950, un liberal estadounidense, Arthur Schlesinger jr., escribió un libro sobre el
liberalismo, al que tituló The Vital Center.
En la primera mitad del siglo XIX, la escena ideológica era un conflicto básico entre los conservadores y los
liberales. No había en verdad un grupo poderoso que abrazara una ideología más radical. Quienes se
inclinaban al radicalismo, se asociaban con frecuencia a movimientos liberales como pequeños
apéndices, o buscaban crear pequeños focos de opiniones divergentes. Se llamaban a sí mismos
demócratas, o radicales, o a veces, socialistas. No tenían, obviamente, simpatía alguna por la ideología
conservadora. Pero hallaban que los liberales, incluso aunque aceptaran la normalidad del cambio y
apoyaran (por lo menos en teoría) el concepto de ciudadanía, eran extremadamente tímidos y tenían
en realidad mucho miedo de todo cambio fundamental.
Fue la "revolución mundial" de 1848 la que transformó el panorama ideológico de uno con dos
contendientes ideológicos (conservadores contra liberales) en otro con tres: conservadores a la derecha,
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liberales en el centro y radicales a la izquierda. ¿Qué sucedió en 1848? Esencialmente dos cosas. Por un
lado, tuvo lugar la primera "revolución social" verdadera de la era moderna. Por un breve periodo, un
movimiento apoyado por trabajadores urbanos pareció adquirir cierto poder en Francia, y este
movimiento tuvo su resonancia en otros países. La preeminencia política de este grupo no habría de
durar mucho. Pero fue un aterrador llamado de atención para quienes contaban con poder y privilegios.
Al mismo tiempo, otra revolución, o serie de revoluciones que los historiadores denominaron "la
primavera de las naciones". En un número de países, tuvieron lugar una serie de levantamientos
nacionales o nacionalistas. Fueron igualmente derrotados, y asustaron del mismo modo a los que
detentaban el poder. Esta combinación marcó el comienzo de un esquema con el que funcionaría el
sistema-mundo durante los siguientes ciento cincuenta años y aún más: movimientos antisistémicos como
actores políticos clave.
La revolución mundial de 1848 fue una llamarada repentina que fue ahogada, y a la que siguió una
profunda represión durante muchos años. Pero la revolución planteó numerosas preguntas en cuanto a
estrategias, esto es, ideologías. Los conservadores sacaron una clara lección de estos hechos. Vieron que las
ciegas tácticas reaccionarias del príncipe Metternich, quien sirviera durante cuarenta años como
ministro de estado (en los hechos, como ministro de relaciones exteriores) de Austria-Hungría y que había
sido el espíritu movilizador detrás de la Sagrada Alianza destinada a aplastar los movimientos
revolucionarios europeos, y de todos los que se alineaban detrás de él, eran contraproducentes. Sus
tácticas no servían a largo plazo ni para mantener las tradiciones ni para garantizar el orden. Por el contra-
rio, provocaban ira, resentimiento y organizaciones subversivas y por lo tanto socavaban el orden. Los
conservadores se dieron cuenta de que el único país en evitar una revolución en 1848 fue Inglaterra, aun-
que había padecido el movimiento radical más significativo de Europa en el decenio anterior. El secreto
parecía ser el modelo de conservadurismo predicado y practicado en ese territorio entre 1820 y 1850
por Sir Robert Peel, el cual consistía en oportunas (pero limitadas) concesiones destinadas a minar a
largo plazo la seducción de acciones radicales. En los siguientes dos decenios, Europa vio cómo las
tácticas de Peel tomaron fuerza en lo que se denominó el "conservadurismo iluminado" que floreció
no sólo en Inglaterra sino también en Francia y Alemania.

Entretanto, los radicales sacaron conclusiones estratégicas de sus fracasos en las revoluciones de 1848.
Ya no deseaban jugar el papel de apéndice de los liberales. Pero la espontaneidad, que había sido un
recurso importante de los radicales anteriores a 1848 había demostrado tener sus límites. La violencia
espontánea tenía el efecto de lanzar un papel al fuego. El fuego se alzaba pero con la misma rapidez se
extinguía. Tal violencia no era un combustible duradero. Algunos radicales antes de 1848 habían
presentado una alternativa, la creación de comunidades utópicas que retiraran su participación en la arena
social. Pero este proyecto carecía de atractivo para la mayoría de la gente, y generó un impacto menor
sobre la totalidad del sistema histórico que las rebeliones espontáneas. Los radicales buscaba una es

trategia alternativa efectiva, y la encontrarían en la organización, una organización a largo plazo,


sistemática, que preparara políticamente el terreno para un cambio social fundamental.

Finalmente, los liberales también sacaron sus lecciones de las revoluciones de 1848. Se dieron cuenta de
que era insuficiente predicar las virtudes de la confianza en los especialistas para llevar a cabo cambios
sociales en el momento adecuado y de manera razonable. Tenían que operar activamente en la arena
política para que los problemas les fueran presentados efectivamente a los especialistas. Y para ellos
esto significó lidiar tanto con sus rivales conservadores como con los nuevos y emergentes rivales
radicales. Si los liberales deseaban presentarse como el centro político, tenían que trabajan con un programa
que fuera "centrista" en sus demandas, y con una serie de tácticas que los ubicara en algún lugar a medio
camino entre la resistencia conservadora a cualquier cambio y la insistencia radical por cambios
expeditivos. El periodo entre 1848 y la primera guerra mundial vio cómo se delineaba claramente un
programa liberal para los países centrales del sistema-mundo moderno. Estos países buscaban
establecerse corno "estados liberales"; esto es, estados basados en el concepto de ciudadanía, una serie
de garantías contra la arbitrariedad de las autoridades y una cierta apertura en la vida pública. El

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programa que los liberales desarrollaron tenía tres aspectos centrales: la gradual extensión del voto y,
concomitantemente con éste y esencial para ello, la expansión del acceso a la educación; acrecentar la
función del estado en la protección de sus ciudadanos contra los peligros en el lugar de trabajo, expandir
las prestaciones sanitarias y el acceso a éstas y minimizar las fluctuaciones de ingreso en el ciclo vital,
transformando a los ciudadanos de un estado en una "nación". Si uno observa detenidamente, estos tres
elementos son una traducción del lema "libertad, igualdad y fraternidad" a la política pública.

Hay dos cuestiones principales a tener en cuenta en este programa liberal. La primera es que había
sido implementado en gran medida en el momento de la primera guerra mundial, al menos en el
mundo paneuropeo. La segunda es que los partidos liberales no siempre fueron aquellos que más
hicieron por implementar el programa. Es curioso, pero el programa liberal fue llevado a la práctica en
buena medida por otros, no por los liberales, a consecuencia de la revisión de las estrategias de las tres
ideologías que tuvo lugar luego de las revoluciones de 1848. Los liberales tendieron a retraerse, tímidos
en la prosecución de su propio programa. Los conservadores, por su parle, decidieron que el programa
liberal era modesto y esencialmente sensato. Comenzaron a legislarlo, la extensión del sufragio por
Disraeli, la legalización de los sindicatos por Napoleón III, la invención del estado asistencialista de
Bismarck. Y los radicales comenzaron a aceptar estas reformas limitadas, incluso a abogar por ellas,
mientras construían su base organizativa para un acceso futuro al poder gubernamental.

La combinación de estos tres giros tácticos por los tres grupos ideológicos determinó que el programa
liberal se convirtiera en efecto en la característica definitoria común de la geocultura, los conservadores y
los radicales habiéndose transformado en meras variantes o avatares de los liberales, con quienes sus
diferencias se habían vuelto marginales más que fundamentales. Es en particular en el tercer pilar de la "fra-
ternidad" que podemos observar una firme confluencia de las tres posturas ideológicas. ¿Cómo se crea una
nación? Mediante el señalamiento de cómo la ciudadanía excluye a los otros que están fuera de ella. Uno crea
una nación predicando el nacionalismo. El nacionalismo fue enseñado en el siglo XIX a través de tres
instituciones esenciales: las escuelas primarias, el ejército y las fiestas nacionales.

Las escuelas primarias fueron la estrella de los liberales, aplaudidas por los radicales y toleradas por los
conservadores. Ellas convertían a los trabajadores y campesinos en ciudadanos con un mínimo de capacidad
necesaria para llevar a cabo tas obligaciones nacionales: la famosa tríada de leer, escribir y aritmética.
Las escuelas enseñaban las virtudes cívicas, eliminando los particularismos y prejuicios de las estructuras
familiares. Y sobre todo, enseñaban el idioma nacional. A principios del siglo xix, pocos países europeos poseían
en la práctica un idioma nacional único. A fines del siglo, la mayoría ya lo había adquirido.

El nacionalismo se asegura mediante la hostilidad a los enemigos. La mayor parte de los estados en el
centro buscan insuflar esta hostilidad hacia algún vecino, sobre alguna base cualquiera. Pero existe otra
manera de hostilidad, en última instancia más importante, la del mundo paneuropeo contra el resto del
mundo, una hostilidad institucionalizada como racismo. Este se encontraba en la difusión del concepto
de "civilización", en singular, no en plural. El mundo paneuropeo, dominador económico político del

sistema-mundo se definía a sí mismo como el corazón, la culminación de un proceso civiliza-torio que


podía rastrearse a las presuntas raíces europeas en la antigüedad. Dado el estado de su civilización y
tecnología en el siglo xix, el mundo paneuropeo sostenía que debía imponerse, tanto cultural como
políticamente, a iodos los demás, el "yugo del hombre blanco" de Kipling, el "destino manifiesto" de
los Estados Unidos, la mission civilisatrice de Francia.
El siglo xix se convirtió en el siglo de un renovado imperialismo directo, con un detalle agregado. La
conquista imperial ya no era sólo una acción del estado, o siquiera del estado alentado por las iglesias.
Se había convertido en la pasión de la nación, la obligación de la ciudadanía. Y fue esta última parte del
programa liberal que fuera asumido con pasión por los conservadores, quienes vieron en ella un método
seguro para acallar las divisiones de clase y por lo tanto para garantizar el orden interno.

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Cuando virtualmente todos los partidos socialistas europeos optaron en 1914 por alinearse con las
facciones nacionalistas durante la guerra, fue evidente que el análisis conservador sobre el efecto del
nacionalismo en las antiguas clases peligrosas había sido correcto. El triunfo del liberalismo en definir
la geocultura del sistema-mundo moderno en el siglo XIX y la mayor parte del xx fue institucionalmente
posible por el desarrollo de los basamentos del estado liberal. Pero también fue posible por el alza y la
creciente importancia de los movimientos antisistémicos. Esto puede parecer paradójico, puesto que los
movimientos antisistémicos existen, en principio para socavar el sistema, no para sostenerlo. Sin
embargo, las actividades de estos movimientos sirvieron en conjunto para reforzar considerablemente
el sistema. La disección de esta aparente paradoja es crucial para entender el modo en el que la
economía-mundo capitalista —en constante crecimiento tanto en tamaño como en riqueza y
simultáneamente la polarización de sus beneficios— lo ha mantenido en su lugar.

Dentro de los estados, los intentos de los grupos por lograr la inclusión como ciudadanos fue el
foco central de los movimientos antisistémicos, esto es, de organizaciones que buscaban cambios
fundamentales en la organización social. Buscaban, en cierto sentido implementar el lema de
libertad, igualdad y fraternidad de un modo distinto del de los liberales. El primer grupo excluido en
crear organizaciones importantes fue la clase trabajadora industrial urbana, a la que se conoce como
proletariado. Este grupo estaba concentrado en unas pocas localidades urbanas y sus miembros tenían
facilidad para comunicarse entre sí. Cuando comenzaron a organizarse, las condiciones de trabajo y el
nivel de recompensa eran obviamente pobres. Y estos trabajadores desempeñaban una función clave en
las más importantes actividades productivas que generaban plusvalía.

Hacia mediados del siglo XIX las organizaciones del trabajo (los sindicatos) y las organizaciones
políticas (los partidos socialistas y de los trabajadores) comenzaron a surgir, primero en los centros más
importantes de producción industrial (Europa occidental y América del Norte) y luego en otras áreas.
Durante la mayor parte del siglo XIX y buena parte del xx, las maquinarias estatales fueron hostiles a
estas organizaciones, al igual que las empresas. Se daba por hecho que la lucha de clases se
desarrollaba en un campo disparejo en el cual los "movimientos sociales" se enfrentaban en una difícil
batalla para obtener sucesivas y relativamente pequeñas concesiones.

Dentro de este patrón de sordas luchas políticas existía otro elemento que nos retorna a nuestra
discusión sobre las unidades domésticas y los grupos de estatus c identidad. El movimiento social
definía su lucha como la de los trabajadores contra los capitalistas. Pero ¿quiénes eran los trabajadores?
En la práctica, tendían a ser definidos como adultos varones del grupo étnico dominante de un país
determinado. Eran, en su mayoría, trabajadores calificados o semicalificados, con alguna educación, y
constituían la mayor parte de la fuerza laboral industrial mundial en el siglo xix. Quienes estaban "ex-
cluidos" de esta categoría se daban cuenta que puesto que tenían muy poco espacio en las organizaciones
socialistas/de trabajadores, tenían que organizarse en categorías de grupos de estatus (las mujeres por un
lado, y los grupos raciales, religiosos, lingüísticos y étnicos por el otro). Estos grupos eran con
frecuencia antisistémicos al igual que los movimientos de trabajadores y socialistas, pero definían sus
reclamos de modo sustancialmente diferente.

Sin embargo, al organizarse a lo largo de estos criterios, entraban en competencia y con frecuencia se
oponían a las organizaciones de base clasista de los trabajadores. Desde 1830 hasta 1070, la historia de las
relaciones entre estos dos tipos de movimientos antisistémicos fue de una gran tensión, incluso hostilidad,
con, cuando mucho, ocasionales interludios de simpatía y cooperación. Más aún, durante este periodo,
las múltiples organizaciones de grupos de estatus e identidad encontraron tan difícil el colaborar entre sí
como el hacerlo con las organizaciones de trabajadores y socialistas.

Como estas organizaciones de grupos de estatus e identidad definieran sus objetivos a largo plazo (y
muchos de ellos no hablaban del asunto), sus objetivos a mediano plazo se agrupaban lodos en torno al
tema de la extensión de los derechos de la ciudadanía a los grupos excluidos. Todos encontraban por lo
menos resistencia, y con frecuencia activa hostilidad a sus propuestas de inclusión dentro del marco de
ciudadanos plenos del estado liberal. Se enfrentaban a dos cuestiones estratégicas fundamentales. La
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primera fue decidir cuál estrategia de mediano plazo sería la más eficaz. La segunda fue qué tipo de
alianzas debía establecer cada tipo de movimiento antisistémico con sus pares. Ninguna de estas dos
cuestiones pudo ser resuelta fácil o sencillamente.

Los grupos excluidos tenían ciertas dificultades obvias e inmediatas en su organización política. La ley,
con frecuencia, limitaba de muchos modos, su derecho a organizarse. Los miembros potenciales eran en su
mayor parte individualmente débiles en lo que respecta a su cuota de poder. Carecían en forma
colectiva (o en su mayor parte en forma individual) de un acceso importante a fuentes de dinero. Las
instituciones principales de los diversos estados tendían a ser hostiles a sus esfuerzos. Los grupos eran
por lo tanto fácilmente oprimidos. En suma, el proceso de organización fue largo y lento, y pasaron la
mayor parte de este periodo simplemente manteniéndose a flote como organizaciones.

Un debate básico involucró decidir si era más importante para los grupos oprimidos el modificarse a sí
mismo o el modificar las instituciones que los oprimían. Esto fue a veces expresado como la diferencia
entre una estrategia cultural y una política. Por ejemplo, para un grupo nacionalista, ¿es más
importante resucitar un agónico idioma nacional o elegir personas de su grupo para la legislatura?
Para un movimiento de trabajadores, ¿es más importante rechazar la legitimidad de todos los estados
(anarquismo) o la transformación de los estados existentes? Las luchas internas de los movimientos en
cuestiones de estrategia eran feroces, persistentes, profundamente divisorias y apasionadamente
abrazadas por sus participantes.
Por cierto, ambos énfasis no eran de hecho mutuamente excluyentes, pero muchos sentían que los
llevaban a direcciones estratégicas muy diferentes. En el caso de la opción cultural, si así podemos lla-
marla, fue que los cambios políticos eran vistos como superficiales y cooptativos y viciaban los objetivos
subyacentes, radicales o anti-sistémicos. Existía además un argumento sociopsicológico, que el sistema
mantenía a los individuos cautivos al organizar sus psiques, y que el desmantelar la socialización de estas
psiques era un prerrequisito indispensable para el cambio social. El argumento de la opción política era
que los proponentes de la opción cultural eran víctimas inocentes de espejismos, puesto que asumían que
los poderes a cargo les permitirían llevar a cabo el tipo de cambios culturales profundos que
imaginaban. Quienes argumentaban a favor de la opción política siempre enfatizaban la realidad del
poder, e insistían que la transformación de las relaciones de poder, no el cambio de las psiques de los
oprimidos, era el prerrequisito para cualquier cambio real.

Lo que históricamente tuvo lugar fue que luego de treinta a cincuenta años de debate tanto amistoso como
virulento, los proponentes de la opción política ganaron la batalla interna en lodos los movimientos
antisistémicos. La constante supresión de las actividades de los movimientos de ambos signos por los poderes
a cargo hizo que las opciones culturales en toda su variedad aparecieran como inviables para los
movimientos antisistémicos. Más y más las personas se volcaron a la "militancia" y más y más los militantes
se dedicaron a estar "bien organizados", y la combinación sólo podía ser llevada a cabo de manera eficiente
por grupos que hubieran elegido la opción política. A comienzos del siglo XX, uno podía decir no sólo que
la opción política había triunfado en el debate sobre la estrategia sino que los movimientos

antisistémicos habían acordado —cada variante por separado, pero en forma paralela— en un plan de
acción de dos pasos: primero, la obtención del poder estatal; segundo, la transformación del mundo/el
estado/la sociedad.
Claro que subsistía un profundo nivel de ambigüedad en esta estrategia de dos pasos. La primera
pregunta era qué significaba obtener el poder estatal, y cómo podía llevarse a cabo. (La pregunta acerca
de cómo transformar el mundo/el estado/la sociedad era debatida con menor frecuencia, tal vez porque
era percibida como una pregunta hacia el futuro más que como una pregunta hacia el presente.) Por
ejemplo, ¿el poder estatal se conseguía mediante la extensión del sufragio? ¿Mediante la participación en
elecciones y entonces en los gobiernos? ¿Incluía el compartir el poder o el arrebatarle el poder a los otros?
¿Suponía cambios en las estructuras estatales o simplemente controlar las existentes? Ninguna de estas
preguntas fue respondida en su totalidad, y la mayoría de las organizaciones sobrevivían de mejor modo
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cuando permitían a partisanos de distintas y a veces contradictorias posturas, permanecer en su seno.

Incluso una vez que el plan de acción de dos pasos fue convertido en el foco central de la acción
organizativa, los debates internos no cesaron. La pregunta entonces se convirtió en ¿cómo puede uno
apropiarse de la maquinaria estatal? El debate clásico tuvo lugar entre la Segunda y Tercera
Internacional, un debate que había comenzado antes, dentro del marco de los partidos socialdemócratas.
Era con frecuencia, aunque erróneamente enmarcado, como el debate entre el reformismo y la actividad
revolucionaria. Cuando Eduard Bernstein urgía al partido socialdemócrata alemán a adherirse a su
"revisionismo" ¿qué era lo que estaba argumentando? Esencialmente, el eje de su argumentación
incorporaba una serie de premisas sucesivas: La mayoría de la población era "trabajadora", esto es,
trabajadores industriales y sus familiares. El voto universal (masculino) convertiría a todos los
trabajadores en ciudadanos plenos. Los trabajadores podrían entonces votar según sus intereses, lo que
significaba el apoyo al partido socialdemócrata. Ergo, una vez que existiera el voto masculino universal,
los trabajadores llevarían al Partido Socialdemócrata al poder. Una vez en el poder, los socialdemócratas
aprobarían la legislación necesaria para transformar el país en una sociedad socialista. Cada una de estas
premisas sucesivas parecía lógica. Cada una de estas premisas resultó ser falsa.

La postura revolucionaria era diferente. Su formulación clásica por Lenin, era que en muchos países los
proletarios no constituían la mayoría de la población. En muchos países no existían procesos electorales
libres, y si los había, la burguesía no respetaría los resultados si el proletariado intentara votar su acceso
al poder. La burguesía, sencillamente, no lo permitiría. Los revolucionarios sugirieron una serie de
contrapremisas: el proletariado urbano era el único actor histórico progresivo. Incluso los proletarios
urbanos, para no hablar del resto de la población (trabajadores rurales, por ejemplo) no estaban
siempre en sintonía con sus propios intereses. Los militantes de los partidos de trabajadores eran
capaces de definir los intereses del proletariado urbano más claramente que el proletario promedio, y
podían inducir a los trabajadores a que comprendieran sus propios intereses. Estos militantes podían
organizarse de manera clandestina)' alcanzar el poder mediante una insurrección con la que ganarían
el apoyo del proletariado urbano. Podrían entonces imponer una "dictadura del proletariado" y
transformar el país en una sociedad socialista. Cada una de las sucesivas premisas parecía lógica. Cada
una de estas premisas resultó ser falsa.

Uno de los mayores problemas de los movimientos antisistémicos a fines del siglo Xix y la mayor parte
de siglo xx fue su incapacidad para encontrar un terreno en común. La actitud dominante en cada
variedad de movimiento antisistémicos fue que las quejas que sus adherentes articulaban eran las
fundamentales y que las quejas de los otros movimientos era secundarias y servían como distracción.
Cada variedad insistía que sus quejas debían ser resueltas en primera instancia. Cada una argüía que
la solución exitosa de sus problemas crearía una situación en la cual las demás quejas podrían ser
resueltas subsecuente y consecuentemente.

Observamos esto en las difíciles relaciones entre los movimientos de trabajadores y socialistas y los
movimientos de mujeres. La actitud de los sindicatos frente a los movimientos de mujeres era bási-
camente que el empleo de mujeres era un mecanismo utilizado por los empleadores para obtener mano

de obra barata y que por lo tanto representaba una amenaza a los intereses de la clase trabajadora. La
mayor parte de los trabajadores urbanos durante el siglo xix y buena parte del xx creían en un modelo
social en el que las mujeres casadas serían amas de casa que permanecerían al margen del mercado
laboral. En vez del acceso de las mujeres al mercado laboral, los sindicatos luchaban por obtener lo que
se denomina "salario familiar" es decir, un salario suficiente para que el trabajador industrial masculino
pueda mantenerse a sí mismo, a su esposa y a sus hijos menores.

Los partidos socialistas se encontraban, en muchos casos, con más dudas sobre el papel de las
organizaciones de mujeres. Con excepción de los grupos de mujeres que se definían como secciones de
los partidos socialistas y cuyo objetivo era organizar a las esposas e hijas de los miembros del partido con
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