Los basófilos son células del sistema inmunitario, similares a los mastocitos.
Se engloban dentro
los granulocitos, un grupo de células llamadas así por contener gránulos en su interior. Dentro de
este grupo, se encuentran también otros leucocitos como los neutrófilos o los eosinófilos.
Los basófilos fueron descritos por primera vez en 1879 por Paul Ehrlich. Como otras células del
sistema inmunitario, se generan en la médula ósea, constituyendo alrededor del 1 % del total de
leucocitos (1). A diferencia de los mastocitos, que maduran en la circulación sanguínea, los
basófilos maduran en la médula ósea, aunque ambos tipos celulares producen prácticamente las
mismas sustancias.
¿Cuál es su función?
Los basófilos se encuentran en la sangre y solo en ciertas ocasiones, como en caso de infecciones
parasitarias, se acumulan en los tejidos (principalmente mucosa pulmonar, nasal y piel). Una vez
ahí, liberan el contenido de sus gránulos, pequeños compartimentos que contienen sustancias que
facilitan la puesta en marcha del proceso inflamatorio (por ejemplo la histamina) y la eliminación
del patógeno.
Basófilos y enfermedades asociadas
Tal y como se ha dicho, los basófilos son importantes para iniciar reacciones inflamatorias, pero su
activación descontrolada también se ha vinculado a alergias, otras reacciones de hipersensibilidad,
anafilaxias, asma y alteraciones dérmicas. ¿Por qué?
Cuando el sistema inmunitario detecta un alérgeno, se activa la producción de un tipo de
anticuerpo, denominado IgE. Este IgE es capaz de adherirse a la superficie de los basófilos y
mastocitos. Cuando nuestro organismo vuelve a entrar en contacto con el alérgeno, éste es
detectado por los anticuerpos IgE unidos a los basófilos, lo que induce que se libere el contenido
de sus gránulos. Todo ello puede producir reacciones locales, inflamaciones cutáneas y/o
contracciones musculares de los bronquios, lo que a su vez puede desencadenar un shock
anafiláctico.