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Reflexiones sobre el dolor y la pérdida

El texto explora la lucha interna del hablante, quien se siente atrapado en un dolor persistente y una conexión con un 'sordo' que simboliza la pérdida y la incomunicación. Este 'sordo' representa tanto a alguien amado como a una parte del propio ser, reflejando la angustia de no ser escuchado ni comprendido. A través de imágenes vívidas, el autor transmite la sensación de un vacío emocional y la desesperanza que acompaña a la memoria de lo que fue y ya no es.

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Juan Betancourt
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Reflexiones sobre el dolor y la pérdida

El texto explora la lucha interna del hablante, quien se siente atrapado en un dolor persistente y una conexión con un 'sordo' que simboliza la pérdida y la incomunicación. Este 'sordo' representa tanto a alguien amado como a una parte del propio ser, reflejando la angustia de no ser escuchado ni comprendido. A través de imágenes vívidas, el autor transmite la sensación de un vacío emocional y la desesperanza que acompaña a la memoria de lo que fue y ya no es.

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Acojinado en un retazo de fríos, de húmedos dedos; moribundo y gimoteando repetido un

nombre y uno solo, el de un alguien sordo.

Un alguien sordo que estuvo, quizá, aquí alguna vez; bajo este mismo cielo estrellado de dolores,
el mismo cuarto sin ventanas, este de pequeñitos dolores de a segundo, de a menos.
Dolores de a menos que estrujan lento pero firme, con sagaz y salvaje determinación, como
queriendo sacarle a uno toda la sangre, resumirle a uno la vida en apretones y mordiscos; pero
que no se sienten nunca como eso, como reales, más bien peor.

A ese sordo llamo mientras se manchan de negro las paredes, de olores de cosa echada a perder,
del tinte que me sale de algún centro:

Centro que es cada poro pero ninguno, porque está más y bien adentro.
Que es cada segundo, pero a veces nunca.
Que me eleva con pequeñas manos de pétalos, manos de niños viejos.
Que tiene raíz allí donde duele y se ama todo, pero no sé dónde.
Porque últimamente ese donde es sino un páramo que ha crecido desde hace unas lunas nada
más, sé que pocas, pero no sé.

Porque he sido muerto muchas veces gracias a estas manos que ya no encuentro, y a estas horas
de sueños incompletos; de ese, mejor, sueño inconcluso que, creo, se ha hecho sordo también; el
mismo que siempre se estrella contra mis adentros lleno de rabia, porque ese sueño soy yo.

Y ese sordo soy, también, yo; ya tan arraigado a mi corazón que la diferencia no existe; existe en
el cascarón, en esto sobre lo que pongo algo de esperanza y que se ve en charcos cuando el agua
está limpia, pero no en más; porque el sordo, el sordo hermoso, se ha escrito entre mis venas,
dentro de cada casa construida, dentro de mi palacio de arena, en cada paredón incoloro, en mi
vida entera.

Pero duele, porque continúa siendo eso, un sordo, y sabemos que un sordo no puede escuchar un
latido, menos de este corazón, por más derrumbes que me cause.
Menos aún un sordo que escucha solamente la palabra deshilachada de un ayer mío.
Peor aún ese sordo al que amo.

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