HISTORIA POLITICA Y POLITICA HISTÓRICA
ÍPcr E N R I Q U E D E G A N D Í A
L a historia íes lo que ha ocurrido en el pasado, lo que ocurre en
el presente y lo que ocurrirá en el futuro. Pero también es juicio:
el juicio d e los hombres d e una època que juzgan a los hombres d e
otra época. Ahora bien: el juicio d e un tiempo sobre los hambres d e
otro tiempo varía con el variar del tiempo. En e l Renacimiento no
se juzgaba la antigüedad con el mismo criterio con que se juzga hoy
en día. Y en un mismo siglo, en un mismo año, no todos los hombres
juzgan el pasado del mismo m o d o : unos lo ven con un color y un
sentido y otros con otro color y otro sentido. Es que la historia no
eti sólo pasado. L a historia es presente porque sirve a los hombres
para combatir a los muertos y también a los vivos: a los hombres
vivos que piensan como pensaban los muertos, sus enemigos. Esto
significa q u e la historia se une estrechamiente a la política, mejor
dicho, que hay una historia política en el ayer y una pol^ítiioa his
tórica en el presente. L a historia, de este modo, no se interrumpe.
Los enemigos d e años pasados dejan sus ideas en los enemigos de
hoy. L a historia tiene un fin último, una ética que no todos los his
toriadores presienten o sospechan. L a bistoria es una acumulación
de fines intennedios que llevan a una perspectiva escatològica. L a
historia es una ciencia y como toda ciencia busca la verdad; pero
esta verdad implica también un pragmatismo, es decir, una dootrina
que identifica lo bueno con lo útil. En una misma dootrina hay a
menudo varias ideologías y cada ideología puede contener varias
subideologías. Por otra parte, el fervor d e los principios a veces
no deja ver las situaciones; concretas. T o d o historiador quiere co
nocer y , enseguida, tx?ner un objetivo. C o m o sujeto tiene una in
tención, una tendencia, una teleología, y , de acuerdo con el objeto,
tiene una finalidad. El historiador ideal no debe tener finalidades
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previas a la investigación. L a finalidad debe surgir sola d e la in
vestigación, pero a menudo sucede lo contrario: el político se lanza
a la historia con una finalidad hecha y quiere que la historia le
dé las bases en qué apoyar esa finalidad. Los historiadores utilizan
la historia para defender sus doctrinas, sus creencias, su política:
unos porqiie piensan que sus convicciones nacen d e la verdad y
de la justicia del pasado; otros porque están seguros que sus ideas
deben encontrarse y coincidir con las del ayer. Estos últimos no
son como los primeros, que arrancan de la historia una verdad:
quieren imponer a la historia su verdad. Son historiadores al revés,
que en lugar de referir la historia d e ayer a hoy, la recrean, a su
gusto, d e hoy hacia el ayer, no con las ideas del ayer, sino con las
ideas de hoy. En pocas palabras: la política de la historia; la his
toria al servicio de la política, nO' la política al servicio' d e la his
toria. L a historia no parece como fue ni dice lo que dijo, sino q u e
el historiador político la muestra como le interesa que parezca y
le hace decir l o qxie a él le •conviene que haya dicho.
Es por es'tas razones que hay historiadores que unen la histo
ria 'Con la política e n q u e ellos actúan. Son las historiadores q u e
deforman el pasado, que calumnian a determinados peirsonajes, que
enaltencen a otros, sin merecerlo, y q u e transforman la historia, no
por lo que puedan revelar nuevos documentos, sino por lo que ellos
pretenden q u e la historia sea. N o hay que buscar en esta historia
falsa un trasfondo a nosotros desconocido, como tiene toda historia
e incita a rastrearlo al historiador honesto. H a y que buscar el tras-
fondo q u e tiene el historiador que la inventa, el trasfondo d e su
política y d e sus intenciones. I^a desfiguración de la historia tiene,
por tanto, dos causas o razones que deben ser explicadas. L a des
figuración que originan nuevos aportes documentales, que desen
mascara a ciertos personajes y d i c e verdades inesperadas y hasta in
creíbles, y la desfigura'ción sin causas ni razones atendibles, hecha
por el político historiador que dé a la historia el color y el aspecto
que él desea darles.
L a historia discutida por quienes la desfiguran con documentos
y quie'U'es la alteran con su política encuentra a los tradicionalistas
o inmovilistas o continuistas que quieren verla esculpida en piedra
para que nadie jamás pueda modificarla. Son los partidarios de las
lápidas, d e los juicios que puso el ayer y que en el presente no
siempre confirman quienes la enriquecen con nuevos aportes o la
utilizan, falseándola, para sus fines. Triple •polémica d e tradicionalistas
HISTORIA P O L Í T I C A Y P O L Í T I C A HISTÓRICA 149
estáticos, q u e nada bailan que modificar, d e revisionistas que dicen
vei-dades y d e revisionistas que dicen mentiras. E l lector aficionado
y aún el especialista no siempre sabe qué ruta seguir. L a historia
le ofrece tres caminos: el de la tradición, el d e los archivos y el
de la política. Todos están convencidos d e su razón: unas, quedán
dose inmóviles en los juicios que se emitieron ayer; otros, tratando
de comprobaír si esos juicios dijeron verdades, y los últimos amol
dando la historia, artificialmente, a .su política.
Estas tjxís tendencias de la historia, tanto en la Argentina como
en cualquier parte del mundo, chocan entre sí y también chocan con
quitenes no tienen ninguna tendeoeia. ¿Por cj^rié, se preguntan, hay
q u e polemizar? ¿Por qué los historiadores no se ponen de acuerdo
en un juicio definitivo? Nada más imposible, por no decir absurdo.
Cada historiador acusa a su contrario d e anticientífico, de irrespe
tuoso, de político. H a y quien habla, en la historia argentina, de una
interpretación colonialista, d e una visión impuesta desde Caseros,
d e una tendencia liberal o antiliberal, de un materialismo histórico,
de una influencia nazista. L a historia colonial ha salido del marco
d e las calumnias contra España y se rige por una estricta documen
tación histórica. Las ideas políticas de la colonia pertenecen a un
11етрю superado por la independencia. Son las ideas del período
independiente las que se discuten: la personalidad d e Alzaga, la d e
Rivadavia, la de Rosas y las de otros muchos personajes. Porque
esos hombres tuvieron ideas que hicieron historia y crearon par
tidos: unos invisibles hasta hace poco tiempo y otros muy visibles
en cualquier tiempo. Los continuadores d e esas ideas son los que
hoy discuten poniendo a los muertos por delante.
Tomas Paine se reía, cuando incitaba a la revolución en la
América del Norte, de que los muertos cientos d e años antes man
dasen a los vivos con sus leyes vetustas. Era un principio d e sen
tido común que los vivos no se dejasen mandar por muertos. A l
gunos historiadores, en cambio, quieren que los muertos sigan dán
donos stis leyes. Los muertos mandan. Pero ocurre que unos muer
tos, con sus leyes, hicieron mucho bien a la patria, y otros, con las
suyas, hicieron mucho mal. ¿A quiénes seguir? Aunque parezca in
creíble, quienes más luchan para obedecer a los muertos son los
que siguen a los que destruyeron la patria. Esto, según ellos, es
luchar por la nacionalidad. Otros historiadores dicen, justamente,
q u e están luchando por la traición.
150 E N R I Q U E DE G A N D Í A
L a historia tiene sus tiranías como las tiene la política y tam
bién el amor. Hubo un tiempo en que una historia, que se llamaba
oficial, imponía sus dogmas, eternos e indisoutibles, y nadie podía
apartarse d e ellos. Fuimos d e los primeros en romper muebos d e
estos dogmas y sabemos lo que ello nos costó. L a historia estaba
hecha y la historia no había que tocarla. El que la tocaba se ene
mistaba con un hombre influyente, con un maestro, que le cerraba
un diario, una tribuna, una cátedra, una institución. Era el hereje
mirado con horror o con lástima. H o y la verdad se ha abierto paso
a golpes de documentos; pero junto a estos luehadoros "documen
tales" están los luchadores políticos, los que se aprovechan del nuevo
ambiente de libertad, para lanzar sus interpretaciones y sus teorías.
¿Qué significa teoría? En griego quiere decir mirar, así como aná
lisis significa desligar. El que mira, mira a su modo, tiene su juicio;
paro es un juicio, una mirada, personal. Es una opinión nacida de
su manera d e ver, no d é pruebas, de elementos que permitan for
mar un juicio. Ciertos teóricos, O' sea, hombres que miran, a través
de sus cristales, emiten juicios con el color d e sus anteojos. Así opi
nan, con pruebas que sólo son cristales coloreados.
En esta manera de mirar —teorizar— la historia unos historia
dores acusan a otros historiadores d e haber impedido comprender
el pasado. Tal vez tengan razón. Nosotras mismos sabemos cómo se
nos combatió cuando enpezamos a deoir verdades. Pero lo erróneo
de estos historiadores es que al decir esta verdad caen en un error
o en una sinrazón mucho peores que las injusticias de otros tiem
pos. Son políticos y como tienen ideas contrarias a la libertad, al
auténtico nacionalismo argentino, que es el espíritu d e la libertad,
acusan falsamente a quienes construyeron el país de haberlo des
truido y defienden, como constructores de una nación, a quienes la
destruyeron. Esto sería anfibológico o sibilino si no diéramos un
nombre enseguida: Rosas y su política. Estamos girando en torno
a un hombre y a una política, a un hombre que no hizo una polí
tica, sino que fue instrumento d e esa política. Unos quieren una
interpretación a la antigua, en que el personaje era comparado a
Nerón. Otros lo interpretan como elemento de su porteñismo que
para disfrutar las rentas del puerto dejaba en la miseria a las pro
vincias y hasta cerraba los ríos con cadenas, y otros lo ven oomo
el ejemplo d e la argcntinidad, d e la soberanía y d e la unión federal
de todas las provincias.
HISTORIA POLÍTICA Y P O L Í T I C A HISTÓRICA 151
Estas tres teoTÍas o maneras d e mirar —y de ver— a Rosas na
cen de tres campos d e ideas muy diferentes. L o s que identifican
a Rosas como Nerón no fueron precisamente los hombres poderosos
de Buenos Aires, sino los pobres expatriados, los poetas y escritores
románticos, con Florencio Várela a la cabeza, que defendían un
centralismo o unitarismo federal que ofrecía Buenos Aires como ca
pital a todas las provincias y repartía entre ellas las rentas de su
aduana. Estos unitarios eran tan federailes como los federales cons
titucionales, también proscriptos por Rosas y llamadoa lomos negros.
Los que ven estos hechos d e esta manera, pero no acuden a ejem
plos neronianos, sino a las ideas d e los unitarios, defensores d e la
libre navegación de los ríos, para q u e todas las provincias se en
riqueciesen y nO' lo hiciese sólo' Buenos Aires, son los historiadores
que muestran la historia tal cual fue, los que exhiben documentos
y no teorías o maneras d e ver a través d e cristales políticos. Y , por
último, están los que hacen d e Rosas una bandera para demigrar el
pasado, en especial a los hombres que defendieron la libertad, y
enaltecer a los tiranos del presente. Son, como dijimos, los que ha
cen d e la historia una política histórica.
Estos tres grupos se acusan recíprocamente de haber deformado
y deformar la historia. Cada uno tiene sus razones y cree estar en
la verdad. L a injusticia que cad'a cual cree hallar en su contrario
lo lleva a la lucha con exasperación. Salta la injuria, la acusación
de Tetrógrado, d e fallsario, d e tiranófilo, según el teórico que la
lanza. Las tres interpretaciones tienen sus partidarios y por tanto
su sistemática. L a guerra se hace con un arte especial. Y a no se
trata d e historiografía, sino d e política y, casi siempre, d e antipa
tías personales. Salvo excepciones, los combatientes .se detestan.
Basta que uno diga blanco para que ol otro diga negro. Algunos
hablan d e una concienoia nacional, d e un pensamiento político na
cional, pero qiiienes más emplean estas palabras son los que menos
saben qué es nacionalismo y cuáles han sido los ideales que han
oreado nuestra nación. C o m o defienden гша política actual y no
la política que hizo la patria confunden el nacionalismo extranjero
en q u e s'è basan con el auténtico nacionalismo de nuestra historia.
Ahora somos unos historiadores que acusamos d e ignorantes a otros
historiadores. M a l ejemplo el que estamos dando o buen ejemplo
para los lectores, para que aprendan oópao quienes quisieran una
imparcialidad, una serenidad en la discusión, son los primeros e n
caer en una falta d e respeto. L o s llamamos ignorantes porque no
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saben o no han exhibido jamás en sus libros y artículos lo que nosotros
creemos saber: que el ideal, el nacionalismo de nuestra historia,
es la libertad, el congreso, la Constiitución.
Los que no piensan como nosotros recuerdan los orígenes de
lo que llaman revisionismo. El revisionismo, según ellos, surgió de
la necesidad de defender una política nacional. Nosotros sostene
mos que nació del deseo d e defender una x>olítica antinacional, la
d e Guillermo I I , primero, y la Hitler, después: propósitos políticos
muy distintos a los que dieron vida a las naciones hispanoamerica
nas. Empezó así una lucha d e eruditos para restablecer la verdad.
¿Qué verdad? En primer término : la que nos dice cuál fue el origen
y la esencia del nacionalismo argentino; la que nos dice qué querían
los unitarios, los federales constitucionales o lomos negros, los ro
mánticos y los portefiistas también, llamados rosistas. Cada historia
dor explica estos temas a su manera, dte acuerdo con documentos,
unos, y con teorías, maneras de ver, otros. Cuando todos se enciren-
tran con la realidad del país, desde la colonia hasta f&ies del siglo
X I X , cada cual trata d e explicar esa realidad de acuerdo con sus
conocimientos y sus creencias. Unos dicen que en la colonia, a fi
nes del siglo X V I I I , hubo un monopolio, una prohibición comercial
que empobrecía a Buenos Aires y a las provincias. Otros, como hi
cimos por vez primera nosotros, acuden a los libros de las casas de
comercio y demuestran que a Buenos Aires llegaban buques de to
das las partes del mundo. Unos aPirman que Rosas quiso la unidad
del país, la libertad de las provincias, etcétera. Otros demuestran
que Rosas defendió el federalismo para que su provincia tuviese
la exclusividad del comercio y dtejó, egoistamente, que las pi-ovin-
cias agonizasen en sus "independencias", sin Congreso, sin Consti
tución, sin capital, sin la más mínima a3n_ida. Pero cuando esta reali
dad, la hipertrofia d e Buenos Aires y la pobreza de las provincias,
es demasiado evidente, los rosistas no la niegan, la explican por la
influencia inglesa. Gran Bretaña, según estos teóricos, obstaculizó
el desarrollo industrial argentino para aprovecharse de su ganade
ría. Nos mantuvo .en el atraso, en el subdesarrollo, para explotarnos.
N o nos dicen por qué no se libró de Rosas de esta supuesta explo
tación, por qué no croó, con su autoritarismo, empresas como las
que había en Londres, por qué no hizo fabricar tejidos como los
d e Manchester en vez de vender lanas, cueros y carnes a los in
gleses. T o d o esto se lo culpan a los que vinieron después d e Rosas.
Los que abrieron las puertas d e la tierra, los que dieron a las pro-
HisTOBiA. POLÌTICA Y POLÌTICA HISTÓRICA 153
vincias la libre navegación de los ríos, los que quisieron una Ar
gentina grande y terminaron por convertir a Buenos Aires en Ca
pital Federal del país, esos son el blanco d e los rosistas, los que
son tildados dte- vendepatria, de aprovechadores y explotadores d e
la clase media y la clase pobre, enriquecidos con la pobreza del
país. ¿Esto es historia o es política? Sería historia si fuese verdad,
pero es sólo política, y una política de rencores, d e fracasos, d e an
siosos de recuperar el poder, lo mismo por medio de un neonazismo
c|ue por medio del comunismo. E n .su odio a los ricos, a los hom
bres ilustres, al pasado glorioso d e la patria, denigran hasta d e los
ferrocarriles. Partieron d e Buenos Aires para favorecer esta ciudad;
se hicieron para facilitar el comercio de los ingleses, no se hicieron
para estimular las industrias locales. Son una muestra imperialista,
antiprogresista, etcétera. El delirante que escribió estas cosas hoy
no puede defenderse y por tanto no lo mencionamos. ¿De dónde
iban a partir los ferrocarriles sino del puerto mayor y casi único
del país? ¿Facilitaron el comercio d e los ingleses o d e todas las
provincias que enviaban sus productos a Buenos Aires —y los siguen
enviando— y de todas las naciones que los embarcaban en el puerto
de Buenos Aires? ¿Qué gobierno iba a obligar que se construyesen
relojes o máquinas de coser y no que se criasen ganados? L a histo
ria no se puede escribir diciendo que hace cien años el país debía
haber tenido la industria que apenas hoy comienza a tener o toda
vía no tiene. Si no tuvimos industrias como en Londres o en París
es por causas que no dependieron d e nuestras luchas políticas. Muy
posible es que haya sido porque Rosas persiguió a los extranjeros
y retardó e l progreso del país. Si alguien fue imperialista y no pro
gresista no fueron los políticos que defendían la libertad, el libre
comercio, la libre industria, la inmigración d e hombres y capitales,
sino los que ponían cadenas en los ríos para que el comercio aflu
yera exclusivamente a Buenos Aires, a sus casas de negocio, y las
provincias se murieran d e hambre. Afirma que hubiéramos debido
competir, en tiempos de Rivadavia, con medio millón de habitantes,
con Estados Unidos y Alemania en materia industrial, como ha es
crito un simpático colega, es decir una zoncera tan grande que no
merece refutación.
Eistos hombres sostienen que antes y después d e Rosas los ar
gentinos que dirigieron el país trataron por todos los medios de im
posibilitar la creación y el desarrollo d e un pensamiento nacional.
154 ENRIQUE DE G A N D Í A
Muy dlifícil es sostener una monstruosddad mayor. El culpable de
que la nación se realizara era, según estos hombres, el liberalismo.
El ataque al liberalismo ha venido d e grupos muy disímiles y
en distintas épocas. Nos hemos ocupado de este punto en otras pá
ginas. El liberalismo ha sido capitalismo, enriquecimiento del pueblo,
bienestar, libre competencia, triunfo d e los más cajiaces, progreso
continuo. Las dos guerras numdiales y una cadena d e causas espi
rituales fueron debilitando el liberalismo hasta hacerlo casi desapa
recer. Desapareció, en efecto, en la economía y estuvo a punto de
esfumarse en política con el comunismo, el nazismo y el facismo.
E l clericalismo, como es lógico, también lo combatió. Y última
mente, en los países liberales, el advenimiento de las masas ha sido
otro golpe al liberalismo. Las masas no quieren estudio, no quie
ren espeeialización, no quieren competencia de los más capaces;
quieren distribuirse los bienes d e los ricos, quieren siempre un suel
do mayot, no admiten que se deba ahorrar para forjarse un fu
turo. El liberalismo es su enemigo. Que el Estado provea todo, que
haya diversiones y buenos sueldos. En Roma se pensaba lo mismo
y Roma se hundió. Por algo las llamadas "élites" están en contra
de los caudillos. Unas defienden el bien del país. Los otros defien
den una masa que los sostiene a costa del país. Q u e se hunda el
país, pero que abunde el vino. Rosas sostuvo esta política. También
la sostienen, en estos momentos, los que ha llevado la patria al
borde d e todos los desastres y los que quieren volver a llevarla.
El gobierno de las masas es el gobierno de un aprovechado y la
ruina d e la nación. N o es una casualidad que los rosistas defiendan,
después de Rosas, a los gobernantes que han adulado a las masas,
que han gobernado con los peores, que no pueden exhibir uno solo
progreso dado al país.
Los políticos de la historia terminan por dejar la historia y ha
blan de lo que a ellos realmente interesa: la política d e masas. Son
las "élites" que no entienden a las masas —dicen— no las masas
las que no entienden a las "élites". L a verdad es que, posiblemente,
no se entienden ni unas ni otras; pero entre ser gobernados por
gente que sabe gobernar y gente q u e no sabe nada, la elección no
ese dudosa. Entre las negras y unos miles de pobres hombres que
seguían a Rosas porque los obligaba la "élite" que sostenía a Rosas
y que, cuando fue preciso dar la vida por Rosas, no hubo uno que
moviera un dedo, y el grupo o grupos d e pensadores que estaban
en contra de Rosas y querían evitar la vergüenza de que hubiera
líisTOMA FtiLÍTiCA Y POLÍTICA IÍISTÓBICA 155
cadenas cn nuestros ríos y e ] país, con impuestos enorm^emente au
mentados para enriquecer a Buenos Aires, siguiera gimiendo en la
miseria, tampoco ese dudosa la elección. Con el agravante d e que
entonces se trataba de una ciudad y d e un pequeño partido d e
portcñistas Tosistas en contra d e una nación que tenía a unitarios
y a federales constitucibnales ansiosos d e dar ilibertad y riqueza a
todo el país mientras que ahora se trata d e masas a quienes un
conductor o intérprete d e sus pasiones hizo todo lo posible para
inculcarles los odios más grandes en contra d e sus hermanos ar
gentinos.
Los hombres que hacen política hacen muy mal en escribir his
toria. Que sigan con la política si ese es su oficio o su x^asión; pero
que no llevan los problemas de la política actual a la interpreta
ción de la historia historia, es decir, del pasado, no del presente. El
historiador d e b e desligarse del político, porque si no la personali
dad del político terminará por obnubilar la del historiador. El gran
error o la gran desgracia del, revisionismo resista ha sido la/ d e estar
insuflado d e política. Los historiadores rosistas han sido y son to
dos hoínbres de políticas fracasadas. H a n utilizado la historia como
sostén d e su política. ILan creído q u e el pasado podía reforzar su
política y llevaron esa política a una práctica semejante a la del
pasado. Violencias, asaltos, secuestros, asesinatos. En vez d e degüe
llos, tiros. L a historia inspiradora d e la política. Triste articulación
perfecta del pasado con el presente.
Estos revisionistas rosistas quieren llevar la historia a dimen-
sionas económicas y sociales. N o se puede llevar la historia a lo
riue no existió o no constituyó un problema histórico. L o s proble
mas sociales y económicos de boy no son los d e ayer. N o han sido
olvidados. H a y que reconocer q u e no han existido. L a historia d e
ayer por la historia de hoy. Siempre la historia invertida, al revés.
El pueblo d e Rosas no ese el pueblo d e Yrigoyen ni los dos pueblos
han sido e l pueblo d e otro presidente posterior. Entre los tres pue
blos hubo diferencias enormes. Qirerer decir que fue un mismo pue
blo, con los mismos problemas y los mismos ideales es demostrar
que se está tan débiles en historia como en política.
Los políticos historiadores q u e hacen política demagógica sos
tienen q u e lo nacional está presente cuando está presente e l pue
blo. Esto significa, en otros términos, que lo nacional es lo popular.
U n tango es, por tanto, nacional cuando lo canta o lo silba todo el
pueblo. D e l mismo modo debemos decir que un gobernante es na-
156 E N R I Q U E DE G A N D Í A
cional cuando lo sostiene el pueblo. Y ahora no.s preguntamos: Ro
sas ¿fue sostenido por todo el pueblo de la Argentina? N o creemos
que exista un historiador que lo afirme. Sostener no lo sostuvo nadie,
excepto los grupos capitalistas porteños. En las provincias lo sopor
taban y adulaban, por temor, algunos gobernadores. Cuando hubo
que defenderlo no se movió una sola d e las catorce provincias y ya
se sabe cuan poca resistencia hicieron las tropas que él reunió en
Caseros. L a fórmula que identifica nacional como popular no sirve
para presentarnos a Rosas como a un elemento i)opular. Por otra
parte, lo nacional no es siempre popular, ni lo popular es siempre
nacional. Hay movimientos populares, más o menos improvisados,
que son la negación de lo nacional argentino, de los ideales y fuer
zas políticas que hicieron la nación y la mantuvieron durante un
siglo y medio d e vida.
Los políticos historiadores se dividen en tres istas diferentes:
unos son nazistas, otros son comunistas y otros son de un ismo
intermedio que tiene todo lo malo de los dos otros ismos. Frente a
ellos están los liberales que saben separar muy bien la historia de
la política y cuando escriben historia escriben historia y no política.
Los tres istas a que aludimos se acusan recíprocamente de no saber
interpretar el pasado argentino, especialmente la época resista. Se
gún unos y otros ninguno de ellos supo eneontrarse, tanto en el
presente como en las interpretaciones del pasado, con la realidad
histórica. Esta realidad es el pueblo: un pueblo tan escondido o que
los miró con tanta indiferencia que no supieron encontrar. Ъо que
ocurrió y ocurre es que ese pueblo no puede ser interpretado en su
pasado con una política que le es posterior en un siglo. Anacronis
mo elemental que ningún estudiante d e historia, con un curso d e
introdncción aprobado, sería capaz de cometer. Es que estos histo
riadores no han asistido jamás a un simple curso do introducción
a la historia, aunque a veces citen a Bloch o a Bauer. Es por esta
causa, y por el afán de querer confundir historia con política, que
los libros de historia rosista escritos por izquierdistas nacionales e
internacionales y derechistas nazistas, fascistas o criollos pasan por
alto la historia, no citan un documento, o utilizan el pasado para
hacer demagogia y demostrar el inmenso desconocimiento que tie
nen de la historia.
Cuando los rosistas políticos tratan de penetrar en la historia
se sorprenden d e que un Pedro Ferr^é, coarentino, .se haya acercado
a los unitarios o haya estado de acuerdo con ellos. Su sorpresa es
HISTORIA POLÍTICA Y POLÍTICA HISTÓRICA 157
explicable: ignora que federales y nnilarios coincidían en sus de
fensas d e la libre navegación de los ríos. E l máximo error consiste
en creer que Rosas era federal como los demás federales. Los histo
riadores rosistas explican que si realmente hubiese sido diferente
habría que admitir que los federales se engañaban, lo cual es poco
probable. N o se engañaban, en efecto, los hombres que sostenían
a Rosas porque ellos y Rosas eran unos federales sui generis: unos
aislacionistas que querían el federalismo para que su Buenos Aires
recogiera todas las entradas del país y no quedara nada para las
provincias. El hombre que, empíricamente, tuvo menos sentido na
cional fue Rosas. Habló db nación y de confederación para tener
las provincias subyugadas, bajo su mando, no para distribuir entre
ellas las rentas d e la aduana que no salían de Buenos Aires. Rosas
era tan amante de lo nacional que ponía cadenas a los ríos que
bañaban algunas provincias. Así era materialmente imposible todo
intento dte comercio.
Rosas ha sido presentado como tuna figura clave. Ha sido como
confundir los bigotes del gato con el gato. Rosas era los bigotes.
El gato era Buenos Aires, es decir, la pequeña "élite" que en Buenos
Aires levantó a Rosas porque defendía sus intereses y, con su fede
ralismo aislacionista y egoísta, los hacía intocables e insospechables.
Estos historiadores han descripto los bigotes y se han olvidado d e
describir el gato. L a política del pasado .es la historia del pasado,
no es la historia del presente. El presente tiene siempre otra his
toria porque la historia nunca se repite. Sostienen que los políticos
del tiempo de Rosas afirmaban que la nación había sido hecha
para la democracia y no la democracia para la nación. Ningún po
lítico de aquellos tiempos dijo tal cosa. Son los de hoy, de ideas
totalitarias, los que lo dicen, y si alguien, entonces, lo hubiese dicho
habría expi-esado una gran verdad. L a independencia se hizo para
alcanzar la libertad que no querían reconocer los reyes de España.
L a independencia, la nueva nación, fue un medio para tener liber
tad, es decir, congreso, constitución y capital —todo lo que Rosas
negó tenazmente—. El congreso, la constitución, vinieron después,
fueron los fines, no los medios para alcanzar la independencia. Una
independencia sin libertad, sin congreso, .sin constitución, no inte
resaba a nadie. Era l o que se tenía dentro del reino d e España y
las Indias. Sostener lo contrario, decir que la nación no se hizo
para la demooracia, es ignorar la marcha d e la historia argentina,
los orígenes del 25 d e Mayo y del 9 de Julio, es decir, d e la inde-
158 iENniQtJE D E C Ü A N D T A
pendencia. E.s, repetimos, invertir los términos, escribir historia al
revés, confundir el medio con el lin, aplicar los propósitos d e un
partido totalitario actual a nna historiía que tuvo otros fines y otros
orígenes. En una xjalabra: es no saber la verdadera historia. L a
idea de nación nimca se disolvió en nuestra historia ni otras na
ciones intervinieron cn la solución de nuestros problemas internos.
Esta calumnia es repetida con constancia por los políticos c(uc
difaman nuestro pasado. N o ocurrió ni en tiempos de Rosas. I^as
provincias desunidas por la política rosista, al bordo de la descom
posición nacional por la miseria y el aislamiento a rpie las conde
naban el porteñismo y el rosismo, su expresión política, se mantu
vieron unidas por un sentido espiritual de patria que nunca las
abandonó. En cuanto a la oalumnia de que otras naciones vinieron
a dirigir nuestros destinos jamás podrá comprobarse que fue una
verdad. Sólo los comunistas y los nazistas, extranjerizantes redoma
dos, son los que están pendientes d e las órdenes del exterior para
actuar como traidores en nuestra patria. Ellos son los q u e quieren
someternos al extranjero y ellos son los que hacen de la política tina
interpretación histórica para dar al nacionalismo argentino, pura
esencia de libertad, un origen y un carácter que nunca tuvo y que
sólo conviene a sus fines.
L a historia argentina tiene dos grandes historias: la de Buenos
Aires y la d e las provincias. Las dos unidas forman la gran historia
argentina; pei'o ambas tienen que ser estudiadas como un enfrcn-
tamiento y no como una unidad porque las dos entidades respon
dieron a ideas políticas muy diferentes y, por tanto, a intereses
opuestos. Buenos Aires tuvo sus razones para obrar como obró y
producir el fenómeno, es decir, el hecho, del rosismo, y las pro
vincias tuvieron las suyas, innegables, para rebelarse contra Rosas,
detestar a Buenos Aires y estar sometidas al gran tirano, o sea, a
la presión d e Buenos Aires, cuando sus fuerzas no les permitieron
hacer otra cosa. L a rebelión d e Urquiza fue, cn realidad, la rebelión
de todo el país contra Rosas, harto d e sus mentiras y del encierro
©n que lo consumía.
L a historia argentina debe explicar, decir verdades, exponer los
hechos tal cual fueron, para que las generaciones actuales y futuras
los juzguen cada una con su criterio. En esta exposición debemos
reconocer que la política de unas "élites" porteñas hizo posible el
rosismo y lo mantuvo porque le convino y convirtió a su ciudad
en la más rica d e América. El rosismo no fue un hecho nuevo.
HISTORIA PoiJ-nCA Y POLÍTICA nisTÓBicA 159
Existía antes d e Rosas y continuó después de Rosas. El porteñismo
mantuvo el rosismo, no fue el rosismo el que mantuvo al porteñis
mo. Si el rosismo no hubiese convenido al porteñismo, el rosismo
no habría durado un día. Por ello cuando el hombre Rosas huyó,
derrotado por las provincias, el rosismo siguió sin Rosas hasta que
las provincias convirtieron el porteñismo provincial en un porteñis
m o naeiooal.
Los revisionistas rosistas utilizan la historia enfocada al revés
para encandilar a los patriotas ingenuos con unas frases deslumbra
doras. L a más comiin es la c[ue decanta la liberación nacional o la
independencia económitoa. H a c e pocos años, unos políticos nefastos
declararon en Tucumán, en una parodia ridicula, la independencia
económica. Estos políticos historiadores prelenden que la Argentina
rompa sus relaciones comerciales con medio mundo para comerciar
únicamente con Rusia, con China o con la Cuba castrista. Si se
vende el petróleo a Estados Unidos se habla d e la "entrega del
petróleo". Si se vendiera a Rusia dirían que nos proteje con sus
adquisiciones o compensaciones. N o faltan los que prefieren que
el petróleo siga bajo tierra. E n esta forma es "argentino" y no se
"entrega".
Estas farsas que tienen como único sustento una historia de
formada, [Link] a sabiendas, no es [Link] ni nada que
se le parezca. Es engaño o triste fantasmagoría. El verdadero revi
sionismo, cpie profundiza en los archivos y analiza los documentos,
con las ideas del tiempo y no con nuestras luchas políticas, en
cuentra en el rosismo enfoques nuevos, que realmente representan
un avance en el conocimiento histórico argentino. Rosas aparece
cada vez más pequeño, por no decir insignificante, frente a las
fuerzas políticas de la ciudad del puerto. N o hubo un Rosas. H u b o
muchos Rosas ocultos, que mantenían el rosismo porque les con
venía, f|ue predicaban y enaltecían el federalismo porque el aisla
miento de las provincias representaba la riqueza de Buenos Aires.
Play que estudiar estos Rosas d e las sombras, no el pobre Rosas que
daba la cara y cargaba con todas las culpas. Rosas tenía que ser
Rosas a la fuerza. Era un. absolutista, un tiranuelo d e barrio, que
aparentaba tener un gran poder porque los Rosas que estaban de
trás suyo le permitían hacer ese papel. El revisionismo nos ba des
cubierto el secreto de Rosas, la verdadera fuerza que le prestaban
o l e debían los hombres d e Buenos Aires. Se ha dicho que la Legis
latura temblaba ante Rosas. Era Rosas que temblaba ante la Legis-
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latura. Ahí están cientos de documentos que lo atestiguan. Esto no
agradará a los rosistas fanáticos, a los adoradores de un déspota
aterrante, qu.e causa terror —dé esta palabra, tan usada entonces,
proviene la enigmática v o z de atorrante: descubrimiento filológico
que se debe exclusivamente a nosotros-, ni a los antirosistas que
convierten a Rosas en único culpable para que no caigan sobre sus
antepasados las responsabilidades del exclusivismo porteño. Rosas
no era sostenido por la chusma de Buenos Aires —las chusmas nun
ca sostienen a nadie, son egoístas, enividiasas, rencorosas, traido
ras—; ora sostenido por las fuerzas de Buenos Aires. Por ello se
hacía el aterrante y se rodeaba d e elementos, que aterraban por las
calles, hasta que, con el andar del tiempo, cuando pasó el terror,
los aterrantes rosistas se convirtieron en atorrantes: los típicos vagos
de Buenos Aires.