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Historia del Cementerio de San Fernando

El documento describe la historia del Cementerio de San Fernando en Sevilla. En 1.849, las autoridades eligieron una huerta llamada "de Lérida" o "de Leira" para ubicar la nueva necrópolis. En 1.851, el arquitecto Balbino Marrón presentó un ambicioso proyecto para el cementerio que incluía calles, plazas y jardines. Aunque el proyecto no se completó, el cementerio abrió oficialmente en 1.853 y sigue funcionando hoy en día.
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Historia del Cementerio de San Fernando

El documento describe la historia del Cementerio de San Fernando en Sevilla. En 1.849, las autoridades eligieron una huerta llamada "de Lérida" o "de Leira" para ubicar la nueva necrópolis. En 1.851, el arquitecto Balbino Marrón presentó un ambicioso proyecto para el cementerio que incluía calles, plazas y jardines. Aunque el proyecto no se completó, el cementerio abrió oficialmente en 1.853 y sigue funcionando hoy en día.
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ITINERARIO

C E M E NT E RI O S AN F ER N A N D O
para los visitantes
D EL DE
3
S
ANTECEDENTES:
LA CIUDAD COMO CEMENTERIO

EVILLA, EN SUS MOMENTOS MÁXIMOS DE ESPLENDOR, NO SOLO


era una ciudad llena de magníficas iglesias, conventos y palacios, sino
también acostumbrada a la presencia física de la muerte. El subsuelo de los
templos se encontraba poblado de sepulturas, bóvedas y criptas; monasterios y
conventos poseían sus lugares específicos para los enterramientos, no sólo de
su comunidad, sino de todos los fieles vinculados de una u otra manera a los
mismos. El panorama no concluía aquí, y los cementerios que existían junto a
las parroquias y los hospitales pueden dar fe de ello. En este sentido, Sevilla no
era muy distinta de otras ciudades europeas de la época.
Esta situación se agravaba extraordinariamente durante las epidemias, y
estampas como la recogida por el cuadro conservado en el Hospital del Pozo
Santo (una vista del Hospital de la Sangre en 1649), debieron ser tristemente
habituales. Enterramientos anónimos en lugares abiertos, carros portando los
cuerpos, cortejos fúnebres..., fueron para los habitantes de la ciudad hasta fina-
les del siglo XVIII, imágenes familiares. El avance de las ideas ilustrada y,
§ Relieve de la puerta del panteón

5
de D. Pablo María Olave muy especialmente, las normas que perseguían mejorar la sanidad e higiene
de las poblaciones, intentaron acabar con este estado de cosas. La Real Cédula
de Carlos III de 1.787 manifestaba ya la necesidad de construir cementerios
extramuros. Aunque su aplicación no fuera ni mucho menos inmediata, debe-
mos considerarla como el punto de partida para la historia de los cementerios
contemporáneos de España.
Como en el resto de la nación, la repercusión de la Real Cédula no fue gran-
de en Sevilla. El Cabildo Hispalense tomó algunas iniciativas, pero la cuestión
fue languideciendo hasta que un grave suceso, la epidemia de fiebre amarilla de
1.800, vino a traerla de nuevo a primer plano. Esta situación extrema obligó a
tomar medidas drásticas que intentaron mejorar la sanidad ciudadana: el cierre
de bóvedas en los templos y la habilitación de recintos fuera del perímetro amu-
rallado fueron las más destacadas.
Sin embargo, todo esto no pasó de constituir una acción coyuntural que
careció de continuidad clara. Hasta la tercera década del siglo no se edificaron
en la ciudad los primeros cementerios estables. El de San Sebastián, inaugura-
do oficialmente en 1.827, se levantó en los terrenos que rodeaban la ermita
(hoy parroquia) del mismo nombre, y su solar puede fácilmente reconocerse
en el corazón del sevillano barrio del Porvenir. Para Triana, por su parte, se
construyó en 1.832 el camposanto llamado de San José, a medio camino entre
la capilla del Patrocinio y la Cartuja de Santa María de las Cuevas. Ambos
cementerios presentaban muchas deficiencias en sus modestas edificaciones y
su estado higiénico fue siempre insatisfactorio. De ahí que el Cabildo
Hispalense buscara, cercana ya la segunda mitad del siglo, una solución para
el problema. Esta no fue otra que la realización de un gran cementerio, una
necrópolis general al estilo de las que existían ya en otras grandes ciudades.
Este es el origen del actual Cementerio de San Fernando, a cuya historia y
monumentos se dedican estas páginas.

¶ Calle de la Fe

§ Verja de la necrópolis vista desde

7
la glorieta de entrada
“NECRÓPOLIS HISPALENSIS”.
UNA BREVE HISTORIA

L
DEL CEMENTERIO
DE SAN FERNANDO

AS INMEDIACIONES DEL HOSPITAL DE SAN LÁZARO, AL NORTE de


la población, habían sido utilizadas como enterramiento provisional
durante los períodos epidémicos; la zona, pues, había quedado asociada a un
uso funerario desde largo tiempo atrás, y parecía lógico al menos que se consi-
derara como posible emplazamiento para un cementerio general. Las autorida-
des sevillanas eligieron, en 1.849, una de las huertas que lindaba con San Lázaro,
llamada “de Lérida” o “de Leira”, para la ubicación de la necrópolis. En favor de
ello influyeron las características topográficas del terreno, así como su situa-
ción exenta respecto al Hospital, circunstancias ambas que fueron valoradas
con detenimiento por la municipalidad. Las gestiones para la adquisición de
los terrenos se llevaron con relativa celeridad, y a fines de 1.850 puede decirse
que, superados todos los problemas anteriores, la ciudad iba a poder contar
con un servicio público del que se encontraba muy necesitada. En Junio de
1.851 el Arquitecto titular del Ayuntamiento, Balbino Marrón y Ranero, remi-
tió a la Alcaldía el proyecto para la edificación del nuevo cementerio. Se trata-

9
§ Plano de Balbino Marrón, 1.851 ba de una obra ambiciosa, Je espléndido diseño y que participaba de todas las
novedades que en materia de cementerios podían admirarse en el resto del con-
tinente. El camposanto se extendía entre el antiguo Camino de Cantillana” y
el denominado ‘Camino Viejo de Córdoba”, mientras que en el interior del recin-
to, de perímetro vagamente trapezoidal, el arquitecto dispuso un ordenado con-
junto de calles, senderos, plazas y jardines, a imitación de otras necrópolis fran-
cesas, inglesas e italianas del momento. Este cementerio-jardín tenía espacios
reservados para los distintos tipos de enterramiento (desde lujosos panteones
hasta las sepulturas de menor categoría), dependencias varias en la portada y
una espléndida capilla. Pese a la brillantez del proyecto, la obra ideada por
Balbino Marrón no se ejecutó más que en sus líneas maestras. El conjunto que
hoy podemos admirar conserva de lo trazado por el arquitecto decimonónico el
aspecto general, muy levemente modificado por ampliaciones y reformas poste-
riores; sin embargo, ni el gran despliegue de jardinería del primer plano, ni la
portada, ni, por supuesto, la capilla, llegaron siquiera a principiarse.
El día uno de Enero de 1.853 tuvo lugar la apertura oficial de la necrópolis his-
palense, tal y como recogen las Ordenanzas que el Ayuntamiento sevillano redac-
tó para el funcionamiento de la institución. Como es fácil suponer, el comienzo de
la actividad en el cementerio no significaba que las obras del mismo hubieran con-
cluido, ya que sólo a fines del XIX puede hablarse de un conjunto realmente defi-
nido. Las actuaciones llevadas a cabo por las autoridades sevillanas en la segunda
mitad del siglo fueron acercando la imagen de la necrópolis a la que hoy conoce-
mos. Si a ello unimos la aparición, durante estos años, de los primeros panteones
y mausoleos costeados por particulares, podremos hablar con propiedad de un
proceso de consolidación de nuestro cementerio.
El conjunto de edificios de la fachada simboliza perfectamente todo esto.
Proyectos como el de portada trazado por Manuel Galiano, o el depósito de
cadáveres, de Manuel Villar, son muestras de ello. Ninguno, sin embargo, tuvo
plasmación física hasta los que entre 1.884 y 1.899 presentaron, sucesivamente,
Francisco Aurelio Álvarez Millán y José Sáez López. El primero trazó la actual
portada de ladrillo, con verja de hierro dulce, los pabellones que la flanquean, la
capilla y el depósito; el segundo las “casetas” que se ubican a derecha e izquier-
da de la avenida central.
Por lo que se refiere al interior del recinto, ya se comentó con anterioridad que
el plan de Balbino Marrón fue en gran medida respetado. Las “cuartelas” en que
¶ Detalle del Panteón a los Caídos
en la Guerra de África dividió el espacio de la necrópolis y el viario interno no sufrieron modificaciones
sustanciales, aunque, como ocurrirá en la mayoría de los grandes conjuntos fúne-

11
§ Sepulturas y jardines
bres contemporáneos, la idea primitiva del “cementerio-jardín” iría perdiendo
terreno progresivamente ante el avance de tumbas, mausoleos y capillas funera-
rias de diversa estirpe. Quizás lo más significativo de este período fue la creación,
dentro del área del propio conjunto, del “cementerio de disidentes de la religión
católica”. Lo que en principio iba a constituirse como una edificación separada
para uso de la comunidad protestante de la ciudad, terminó por ocupar su espacio
en el recinto. Aprovechando la irregularidad de la planta, dos proyectos sucesivos
de Juan Talavera de la Vega (1.874) y Fco. Aurelio Álvarez (1.876) se encargaron de
segregar la “cuartela” de forma triangular que se extendía junto al “Camino Viejo
de Córdoba”, a la derecha de la fachada. En ella se constituyó este otro cementerio,
cuyos avatares van íntimamente unidos a los cambios experimentados por nues-
tra sociedad en su más de un siglo de existencia.
A fines del XIX el camposanto hispalense era ya una institución firmemente
asentada, aunque sus servicios distaran aún mucho de los deseables para una
población como Sevilla. La propia municipalidad reconocía esto en los albores
de nuestro siglo, y por ello continuó la política de mejoras ya emprendidas.
Construido el conjunto de la entrada, el Ayuntamiento trató de sanear el interior
del recinto, bastante descuidado por esos años.
Las tareas de ordenación son las primeras en acometerse. Así, en 1.909 se pre-
sentaron varias propuestas para establecer, desde la entrada, una zona exenta de
edificaciones, que mejorara la estética del interior. Unos años después, en 1.916, se
realiza el primer gran plano del cementerio en nuestro siglo, obra del arquitecto
Antonio Arévalo. Resulta significativo que a estos momentos corresponda la pri-
mera proposición, por parte de un concejal del Ayuntamiento, para construir un
horno crematorio, servicio que sólo en nuestros días ha pasado a ofrecer el cemen-
terio. La actividad que se aprecia en la necrópolis, no sólo en las obras de interés
general sino en construcciones particulares de importancia (como veremos en el
apartado dedicado al arte en el cementerio), es un reflejo de la ciudadana. Sevilla,
sobre todo cuando en la segunda década del siglo se prepara para la Exposición
Iberoamericana, comienza a superar la postración del XIX; la breve pujanza eco-
nómica se manifiesta en obras que se multiplican por doquier, y el cementerio, en
el reverso de la moneda, no va a ser menos. Es el gran momento de los arquitec-
tos del Regionalismo, quienes al tiempo que construyen para la ciudad nuevos
edificios, dejarán también su impronta en el camposanto hispalense.
¶ Detalle de la verja del panteón
López-Solé No sólo en lo material se perciben transformaciones en el Cementerio de
San Fernando. En 1.917 se aprueba un nuevo Reglamento, llamado a sustituir

13
§ Panteón del Conde del Águila
al redactado en 1.852, que ya había cumplido sobradamente con su cometido. Las
nuevas normas administrativas resultan más precisas y adecúan el funcio-
namiento de la necrópolis a las necesidades del momento. Otra cuestión que se
suscita hacia 1.920 es la ampliación del cementerio, con un proyecto de Antonio
Arévalo. La previsión que Balbino Marrón efectuara (un recinto capaz para más
de cien años) se veía superada por el crecimiento de la ciudad y su población. Se
alzaron voces pidiendo la construcción de una nueva necrópolis, ante las dificul-
tades que la ampliación de la antigua parecía presentar. Sin embargo, la idea de
esta última fue ganando terreno, sobre todo a raíz de la imposición del sistema de
nichos como nueva fórmula de sepelios. A partir de 1.921, el sistema de bloques
de nichos, largamente condenado por autoridades y arquitectos en el siglo XIX,
pasó a convertirse en el sustituto de los enterramientos en suelo de menor cate-
goría. El aprovechamiento de la superficie del camposanto que esta medida trajo
consigo, no sólo hizo que se reconsiderara la idea de crear un segundo cemente-
rio general, sino que permitió afrontar con más serenidad el tema del engrande-
cimiento del de San Fernando.
Los acontecimientos que durante la década de los años treinta marcaron la
vida española no van a dejar de tener lugar importante en la historia de la necró-
polis. La secularización de los cementerios, aprobada en 1.932 por el gobierno de
la II República supuso, además del cambio en la denominación del conjunto (que
pasó a llamarse ‘Cementerio Municipal”), una transformación en el espíritu de
aquél. La pérdida por parte de la Iglesia de su monopolio confesional sobre la ins-
titución trajo aparejada también una serie de signos físicos, el más evidente de los
cuáles fue el derribo de las tapias que separaban el antiguo recinto católico del de
disidentes. Las autoridades republicanas reconocían así que el carácter “sagrado”
de las sepulturas no venía dado por creencias religiosas o ideologías personales.
No son sólo decisiones administrativas y de control municipal las adoptadas.
Aunque volvió a tomar cuerpo el debate sobre la conveniencia o no de una segun-
da necrópolis, no se descuidaron obras y proyectos necesarios. Así, se estudió de
nuevo la edificación de un crematorio, aunque sin llegar a resultados concretos.
Igualmente se iniciaron las tareas de pavimentación, ajardinado y mejora del
¶ De “Architecture Funéraire con- paseo central y la rotonda del “ Cristo de las Mieles”, bajo la dirección del arqui-
temporaine”. Cesar Daly tecto municipal Enrique Pérez Bergali. Como es lógico, todo este estado de cosas
cambió con la Guerra Civil.
§ Calle del Santísimo Sacramento
y cripta en hierro Sevilla, ocupada prontamente, no sufrió en toda su extensión las crueldades
de la Hermandad Sacramental de una larga guerra. Instaladas en la ciudad las nuevas autoridades, estas adop-

15
del Salvador
taron inicialmente medidas que fueron eliminando el legado republicano; el
cementerio no fue ajeno a todo ello y, como en otras ciudades, la contienda civil
dejaría su huella en él. Si el proyecto de erigir un mausoleo a los caídos del
bando triunfante no llegó a concretarse, sí que lo hizo la curiosa idea de un
“cementerio musulmán”. La presencia de tropas marroquíes como aliadas, y los
problemas que sus sepelios podían ocasionar, motivó la construcción de un
pequeño recinto adosado a la tapia trasera (entonces) del camposanto católico.
La aconfesionalidad del cementerio decretada por la República fue derogada, se
restituyó el nombre de “Cementerio de San Fernando” y la tapia del de disiden-
tes fue de nuevo levantada.
La existencia normal de la necrópolis como institución no sufrió, pese a todo,
graves alteraciones, y obras de infraestructura iniciadas años antes (las citadas
mejoras de la avenida central, etc.) continuaron su marcha. También lo hizo el
proyecto de ampliación, que se va concretando en el interés municipal por los
terrenos linderos con la parte zaguera del cementerio. La finca, perteneciente a
la empresa pública CAMPSA, terminará integrándose años más tarde en aquél,
lo cual supondrá la única transformación en gran escala del primitivo campo-
santo decimonónico.
La historia del cementerio no termina, como es lógico, aquí, sino que sigue
su curso. Como la ciudad, atraviesa los difíciles años de la posguerra y experi-
menta cambios paralelos a los de aquélla. Virtualmente solucionados los pro-
blemas de espacio, las tareas de la municipalidad debían dirigirse hacia otras
metas. La utopía de los cementerios decimonónicos hablaba de jardines tran-
quilos, lugares para el paseo, el recuerdo y la memoria. El crecimiento de la
necrópolis podía convertir a ésta en un espacio inhóspito, destinado solo a la
visita obligada. De ahí que en estos últimos años la preocupación de las autori-
dades haya vuelto su mirada hacia esta necesaria urbanización del recinto.
Correcta demarcación de las calles, creación de zonas ajardinadas y cuidado
escrupuloso de la limpieza del cementerio son algunos de los logros. Con más
de setenta años de retraso ha podido afrontarse la puesta en marcha del crema-
torio, cuyo uso va siendo lentamente asimilado por la sociedad sevillana. La
restauración de la democracia, felizmente, volvió a reunificar todos los terrenos
del cementerio, en un lógico triunfo de la tolerancia. Existen, no obstante, metas
¶ Apuntes para la sepultura de
significativas que alcanzar: las grandes zonas de tumbas de suelo, privadas casi
la familia Balbino Marrón
de vegetación, aparecen como frutos de un crecimiento no siempre bien asimila-
§ Detalle del grupo escultórico do; espléndidos panteones particulares y zonas históricas del cementerio pre-

17
de Mariano Benlliure
sentan un abandono, a veces grande, que, sin poder imputarse siempre a la
administración, sí que conviene evitar. De todas formas, hay intención clara de
trabajar en ello, pues la memoria histórica que los muros del cementerio encie-
rran, así nos lo demanda.
Valgan para cerrar estas líneas las palabras que Eugenio Noel, en los años cin-
cuenta, dedicó al cementerio de San Fernando. Ellas pueden resumir la impre-
sión que el visitante puede obtener de él si, bien con el itinerario que ahora le
propongamos, bien libremente, decide un día acudir a visitarlo.’No existe en
Europa, dice Noel, “un cementerio más alegre. Esa luz latina barre como un aire
sutil la lobreguez de los cementerios... En otros cementerios, vuestro guía es la
tristeza; en éste, no habéis atravesado el umbral y la luz os coje de un brazo, os
deslumbra...”.

¶ Mausoleo Ruiz-Martínez. Detalle

§ Panteón López-Solé, trazado por

19
Anibal González
E
UNA VISITA AL CEMENTERIO

L TONO ROJIZO DEL LADRILLO Y EL NEGRO DE LAS VERJAS DE


hierro dulce son los colores que reciben a los visitantes del cementerio.
Todo el conjunto de los accesos proviene del último tercio del siglo XIX y fueron
diseñados por los arquitectos Francisco Aurelio Álvarez Millán y José Sáez
López. La presencia de los elementos de fundición, el hábil trabajo del ladrillo y
el uso de la piedra con carácter decorativo, son algunas de sus características
más significativas, y ponen su arquitectura en contacto con algunos ejemplos de
la arquitectura industrial que se desarrollaba en la ciudad por esos años. Antes
de acceder al interior del camposanto debe observarse, a la derecha y algo
retranqueado respecto a los pabellones principales, una edificación contemporá-
nea que alberga en su interior el crematorio.
Franqueada la verja, accedemos a la avenida central: la calle de la Fe, flanquea-
da por corpulentísimos cipreses. A la derecha se abre la glorieta de San Félix,
cuyos jardincillos se corresponden exactamente con la traza original del cemente-
rio. En el centro se levanta un pequeño monumento dedicado a Bernardo
Márquez, militar y político liberal del pasado siglo. También de esta misma cen-
21
§ Sepultura del pintor José Villegas
turia es el mausoleo que se alza frente a él, al otro lado de la avenida, en la glorie-
ta de San Víctor. Es el panteón a los Caídos en la Guerra de África (1.861), una de
las primeras obras ejecutadas en el interior del recinto; obra del arquitecto José de
la Coba, se inspira en el modelo del monumento madrileño a las víctimas del Dos
de Mayo, aunque su traza es mucho menos ambiciosa que la de aquel.
Volviendo a la acera derecha encontramos la espléndida sepultura del pintor
José Villegas, que combina con el sepulcro de mármol una escultura en bronce
inspirada en el motivo central de una de las obras más significativas de Villegas,
“El triunfo de la dogaresa”. Junto a él se alza la poderosa mole del panteón
López-Solé (antiguo de Luca de Tena), trazado por Aníbal González, el arquitec-
to de la sevillana Plaza de España, en 1.912. Es el de mayores dimensiones del
camposanto, y lleva a su último extremo la idea de “capilla funeraria” al diseñar
una pequeña iglesia destinada a albergar los sepulcros familiares. Su estilo es
una mezcla de elementos del gótico final y el primer renacimiento, siempre bajo
el prisma historicista de comienzos del siglo X)(, mientras que su distribución y
volúmenes nos recuerdan obras contemporáneas de la Exposición de 1.929,
como el Pabellón Real de la Plaza de América.
Seguimos nuestro itinerario, deteniéndonos en dos mausoleos neogóticos de
interesante traza, como son los de las familias Teruel y Ruiz Martínez, de fines
del XIX. Tras ellos, y a la sombra de la capilla de los López Solé, observamos un
curioso panteón, rotulado Contreras Ramos.
Es una de las pocas obras de tono realmente contemporáneo del recinto (hoy
algo alterado por el añadido de unas rejas nada acordes con sus características),
inspirada en un modelo italiano, la capilla del cementerio rural de Altilla, obra
de Alessandro Anselmi. Entrando por la calle de San Arcadio, y dejando atrás
varios grupos de osarios que componen un abigarrado paisaje, habitual en los
cementerios mediterráneos, encontraremos, hacia la derecha, la entrada al recin-
to del antiguo “cementerio de disidentes”. Aunque hoy está totalmente integra-
do con el resto de la necrópolis, su propia situación le hace lugar reservado y
tranquilo. Al margen de otras sepulturas con leyendas de interés, destaca la de
don Francisco Barnés y Tomás, cuya inscripción nos coloca frente a un espléndi-
do ejemplo de la heterodoxia española del pasado siglo. Volvemos a la calle de
la Fe y podemos seguir contemplando tumbas varias del XIX, con espléndidas
“..., la imagen de otra ciudad que vive
rejas y algún monumento de interés, como el obelisco del panteón Fernández
al mismo tiempo que la nuestra”
Pasalagua. Muy cerca de él se sitúa la capilla familiar León y Armero, obra del
“.... En otros cementerios, vuestro guía arquitecto Aurelio Gómez Millán, y que se inspira en modelos renacentistas ita-

23
es la tristeza;...”
lianos (sobre todo en su decoración, en la que destaca el relieve de mármol del
tímpano, una Virgen con el Niño). Detrás de este panteón, y con acceso a la calle
de San justo, se encuentra un terreno reservado a sepulturas de niños, cuya ima-
gen resulta muy interesante. El retorno a la avenida viene marcado por el perfil,
unos metros más adelante, del panteón erigido para Don Pablo María Olave,
notario sevillano del pasado siglo. Un espléndido templo dístilo sobre podio,
revela la significativa influencia de la arquitectura clásica en los monumentos
funerarios. De autor desconocido, destaca por la calidad de su revestimiento de
mármol y por la extraordinaria puerta con relieves, amén de dos esculturas de
genios funerarios que pueden apreciarse en su interior. En la actualidad pertene-
ce al Ayuntamiento hispalense.
Nuestro itinerario prosigue dejando atrás la calle San Teodomiro, en la cual
vemos los primeros ejemplos de los cañones que proliferaron en el cementerio
hasta los primeros años del siglo XX.
Con la silueta al fondo de la escultura del bailarín Pedro Vega’, alcanzamos la
intersección con la calle San Geroncio. A la derecha, y sin inscripción alguna que
lo señale, se encuentra enterrado Balbino Marrón y Ranero, el más destacado
arquitecto sevillano de! )(IX, quien, como ya se señaló en la historia del camposan-
to, realizó el primer diseño para este. Aunque se posee un pequeño plano, con una
estela entre tumbas, que el propio arquitecto trazó para su panteón familiar, hoy
no nos queda para identificarlo más que una cruz (con la inscripción “Varela de
Leon”) sin relevancia artística. Desde la calle San Geroncio a la rotonda de! Cristo
se conserva un buen conjunto de panteones y mausoleos del siglo pasado: peque-
ñas arquitecturas (el edículo clasicista de Manuel Lavín), sarcófagos, obeliscos,
vasos mortuorios o esculturas componen un interesante panorama que nos revela
la importancia que la producción de obras fúnebres (más o menos en serie) tuvo
desde antiguo. No conviene olvidar en este paseo la capilla funeraria de la familia
Charlo, obra de recuerdo medieval, ejecutada por Aníbal González en la segunda
década del siglo. La Calle de la Fe empieza a confundirse ya con la rotonda cen-
tral, en unos terrenos que Balbino Marrón denominara como “el bosquecillo”, por
la vegetación y distribución, a modo de jardines pintorescos, que para ellos había
ideado. Desgraciadamente hoy no tienen ornato vegetal alguno característico, pero
sí conservan algunas arquitecturas de esta primera época. El templete de la
Templete de la Hermandad
Hermandad de Sacerdotes de San Pedro Advincula, una de las primeras edifica-
de Sacerdotes
¶ de San Pedro Advincula ciones (si no la primera) del camposanto, y la capilla neogótica de la Vda. de
Bernal, trazada por el propio Balbino Marrón, son buenos ejemplos de esto.

25
§ Panteón de la familia Charlo
Habrá resultado difícil no dirigir ya la vista al auténtico símbolo del campo-
santo sevillano, el Crucificado de bronce que Antonio Susillo fundiera a fines del
siglo pasado y que preside la rotonda principal del cementerio. En el plano ori-
ginal, este lugar había sido destinado a levantar la capilla de la necrópolis; pos-
puesta su construcción una y otra vez, tan sólo una cruz señalaba el lugar.
Dentro de las reformas llevadas a cabo entre 1.895 y 1.900 el Ayuntamiento
adquirió la escultura de Susillo, que fue instalada en un gólgota” trazado por
José Sáez López. A sus pies se encuentra la sepultura del propio escultor, cuyo
entierro en sagrado provocó algunos problemas, dada su condición de suicida.
Las trágicas circunstancias de la muerte, unidas a la indudable calidad artística
de la imagen, la hicieron punto de admiración para los visitantes del cementerio.
Ello también generó la aparición de diversas leyendas sobre la imagen y la vida
del escultor; a caballo entre estas tradiciones y la realidad, se encuentra la histo-
ria que da nombre al Crucificado, conocido popularmente como “Cristo de las
Mieles”: la presencia de un panal de abejas en su interior habría provocado la
aparición de un rastro de miel sobre la imagen, dato este prontamente recogido
por la devoción de la ciudad.
A partir de la rotonda, la concentración de obras de interés va disminuyendo,
aunque existen algunas excepciones importantes. En realidad, la “zona noble”
del camposanto decimonónico alcanzaba tan sólo hasta ahí: únicamente la ocu-
pación de los terrenos linderos con la calle central hizo que las cuartelas poste-
riores contaran con mausoleos de mérito. El primero que encontramos es el rotu-
lado “Guajardo”, obra de Juan Talavera de la Vega, de fuerte regusto clasicista.
Alineadas paralelamente a la Avenida (ya calle Esperanza) encontramos las for-
mas medievalizantes de la capilla de los Rodríguez de la Borbolla, de Aníbal
González, el gusto ecléctico del panteón Díaz Quintana, obra de fines del XIX, o
el regionalismo híbrido del mausoleo Cerdeira Soriano, que diseñó en 1.918
Antonio Arévalo. Esta misma línea, mezcla de elementos regionalistas y clasicis-
tas es la que inspira el edículo de la familia Fernández y Roche, levemente aden-
trado en la vecina calle de San Adrián; trazado a modo de “dístilo in antis”,
corresponde a la producción funeraria, de la cual veremos más ejemplos, de uno
de los más significativos arquitectos sevillanos de! primer tercio de siglo, José
Espiáu y Muñoz. Alcanzamos ya la Rotonda de la Piedad, y son cada vez menos
¶ Detalle
los lugares destacados. Sin embargo, aún existen justificaciones para poder con-
§ “Cristo de las Mieles” de Antonio tinuar nuestro recorrido. Así, nada más superar la rotonda, se levanta a la dere-
Susillo, “...auténtico símbolo cha un panteón de moderna fábrica. En uno de sus muros laterales es posible

27
del camposanto sevillano,...”
observar, incrustada, una espléndida estela decimonónica correspondiente al
sepulcro de D. José María Ybarra, primer conde de Ybarra; la misma debió per-
tenecer a una iglesia sevillana, y fue trasladada aquí por la familia al edificarse
la actual capilla. Si continuamos por la calle de la Caridad, alcanzaremos la
intersección con la de San Hermenegildo. Este cruce marca los límites del primi-
tivo cementerio y los terrenos que siguen son ya fruto de la ampliación realiza-
da en nuestro siglo. De todas maneras, y si la curiosidad impulsa al visitante,
puede encaminarse hacia la izquierda, tomando siempre como referencia la cita-
da calle de San Hermenegildo. Al alcanzar la tapia lateral del camposanto, justo
en el comienzo del recinto de nuestro siglo, existe una puerta de salida a la calle
utilizada hoy por numerosas personas. Junto a ésta se levanta una interesante
portada, tomada literalmente de la arquitectura norteafricana por su autor,
Francisco Pérez Bergali. No debe producirnos extrañeza: se trata del cementerio
musulmán edificado en los inicios de la Guerra Civil. Totalmente en desuso, y
con la única señal interior de una curiosa lápida de cerámica trianera, este
pequeño recinto se presenta como testigo de los a veces complicados mecanis-
mos mentales e ideológicos de la muerte.
Es el momento de volver sobre nuestros pasos, de nuevo en busca de la
Rotonda de la Piedad. Una vez que la alcancemos, tomaremos la acera izquier-
da del cementerio, para poder completar nuestra visita al recinto. La zona com-
prendida entre las dos rotondas vuelve a ser, como en el otro lado, lugar elegido
para la erección de ricos monumentos funerarios en nuestro siglo. La constante
en ellos vuelve a ser el primoroso trabajo en ladrillo propio de la estética regio-
nalista, con leves irrupciones de otros materiales. La estilística de los edificios es,
sin embargo, variada, y las influencias se superponen consiguiendo arquitectu-
ras de un indudable atractivo ecléctico. Así, con motivos múltiples tomados del
arte medieval se nos presenta un panteón como el diseñado por Juan López-Sáez
en 1.929, año de la Exposición Iberoamericana, cuyos vistosos remates lo hacen
referencia obligada a partir de la rotonda. Junto a él, la capilla de la familia
Peyré, de Aníbal González, y la pequeña iglesia (pues así puede denominarse)
trazada por José Gómez Millán para sepulcro de la familia Pérez de la Lama,
componen un grupo de mausoleos relativamente homogéneos, tanto en sus
volúmenes como en sus caracteres regionalistas. Más allá encontramos un edifi-
Tumba del arquitecto
cio que participa de parecidos rasgos formales: es la tumba del propio Aníbal
¶ Anibal González
González. Su imagen es menos pesada y tiene cierto aire ‘neomudéjar’ en la
§ Portada de panteón, diseñada por decoración; si el visitante, venciendo cualquier posible temor, escruta por las

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Juan López-Sáez en 1.929
rendijas de la magnífica puerta , podrá ver a su izquierda una interesante (aun-
que deteriorada) reproducción del sevillano Cristo del Cachorro.
Antes de llegar a la Rotonda del Cristo, merece la pena contemplar los curio-
sos volúmenes de una obra decimonónica, el mausoleo de Manuel de Villena.
Al alcanzar la rotonda, la calle que se ofrece a nuestra derecha es Santísimo
Sacramento, en la que conviene adentrarse, siquiera sea un poco. En la misma
entrada nos sorprende el obelisco de la tumba González Abreu, cuya traza trae
a la memoria los poderosos remates angulares, tantas veces vistos, del Archivo
de Indias. Junto a él, una pequeña arquitectura neogótica en hierro marca la
entrada a la extensísima cripta de la Hermandad Sacramental del Salvador, que
llegó a contar en el pasado siglo con ‘reglamento impreso para su uso. La calle
sigue en su acera derecha con un interesante grupo de edificios, entre los cuá-
les merecen ser destacados el templete de Doña Susana Benítez de Lugo, y, ya
en nuestro siglo, el curioso eclecticismo del panteón de la Viuda de Mallol, o la
arquitectura orientalizante de Espiáu para el mausoleo García de la Villa, de
1.913. No debemos dejar de observar al volver, la pequeña capilla de Don Angel
Rodríguez Cereceda. Su regionalismo de pequeños detalles (los cuidados fla-
meros, el revestimiento de la cúpula) pertenece a otro importante arquitecto
sevillano, Juan Talavera Heredia. Aunque su padre, Juan Talavera de la Vega, es
una de las más activas presencias en el cementerio decimonónico, la obra fune-
raria del hijo es corta, sobre todo en relación a su enorme actividad en la Sevilla
del primer tercio del siglo.
Volvamos a la calle de la Fe. En el mismo ángulo de la rotonda llama podero-
samente la atención el mausoleo rotulado “Juan Vázquez”. Junto a una nada
despreciable decoración en bronce (cadenas, tapa de la cripta y espléndida cruz,
hoy mutilada), aparece la figura de un Cristo Yacente, obra en mármol del
escultor Delgado Brackembury, muy vinculado a los trabajos de la Exposición
de 1.929. Aunque su traza es algo rígida, el conjunto de las figuras no está exen-
to de calidad. A sus espaldas, algo a la derecha, puede observarse el temprano
monumento (1.853?) de la familia Cisneros Nuevas, en la línea de la producción
fúnebre de Balbino Marrón. Su importancia reside principalmente en que con-
serva los faroles que, de forma habitual, se colocaban en las verjas de los pan-
teones, imagen del pasado siglo ya casi desaparecida. Algo a su izquierda, un
sencillo panteón rotulado “Talavera”, cobija a los cuerpos de los dos arqui-
Mausoleo “Juan Vázquez”. Cristo
¶ Yacente de Delgado Brackembury tectos, padre e hijo, tan vinculados a la historia de la ciudad y del propio
cementerio. A partir de aquí, la primera línea de esta acera izquierda vuelve a

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§ Relieves del panteón Pickman
convertirse en interesantísimo repertorio de tumbas decimonónicas. Un mundo
de cruces, sarcófagos, esculturas, obeliscos de estilo imperio, etc., sirve para
marcar alguno de los primeros terrenos elegidos en el camposanto. Los nom-
bres de Ramos Calonge, Robles y Elías, García Tomé o Fernández de las Peñas,
se unen en los expedientes municipales a las primeras fechas de la vida de la
necrópolis y a sus primeros arquitectos. De uno de ellos, Balbino Marrón, es la
espléndida capilla funeraria de Doña Concepción Laville, que versiona de
forma interesante el orden dórico clásico. Junto a ella, la escultura del sepulcro
O’Neill, el edículo de Don José María Adalid, obra de José de la Coba, o el pan-
teón Pickman, con relieves neorenacentistas, componen una imagen, sacada del
pasado siglo, de gran belleza.
A sus espaldas se abre la calle Santa Teresa, en la que continúan buenos
testimonios de tumbas. Obras sencillas, como el fuste rematado por una urna
del panteón de Don Juan José García de Vinuesa, alcalde de la ciudad a media-
dos del siglo XIX, se alternan con otras de mayor envergadura. Una muestra de
estas últimas es el grupo escultórico levantado sobre la cripta de Don José de la
Cámara, proveniente de talleres italianos. Volvemos a la calle principal. El
paisaje se hace en ella heterogéneo, pues empiezan a alternar las sepulturas
antiguas con obras más recientes. El edículo Ramos y Cómez, de Balbino
Marrón, se encuentra a pocos metros de la escultura moderna para la tumba del
guitarrista “Niño Ricardo’, mientras que, a sus espaldas, el panorama de caño-
nes del pasado siglo sirve como contrapunto a edificaciones actuales en már-
mol y ladrillo. Quedan aún espléndidas obras de arte que admirar. Las rejas del
panteón de la familia Grosso, que fue propietaria de una de las más importan-
tes fundiciones hispalenses, son un buen ejemplo. Sin dejar de echar una mira-
da a la modesta tumba donde reposan los restos de la escritora Gertrudis
Gómez de Avellaneda, debemos detenernos en una de las más destacadas obras
del camposanto, el panteón del Conde del Águila. La pequeña capilla clasicis-
ta es obra de Joaquín Fernández Ayarragaray, arquitecto, entre otras obras, de
la sevillana “Casa de las Sirenas”, en la Alameda de Hércules. El gusto francés
del autor se revela, más allá del edificio, en el modelo elegido, pues traslada al
cementerio hispalense un sepulcro del parisino de Père-Lachaise. El revesti-
miento metálico de la fábrica (puede apenas adivinarse el nombre de la fundi-
ción Simón González, o de “Santa Catalina”) le otorga un carácter aún más sin-
¶ Verja del panteón Grosso gular, y pese a su actual estado de conservación, merece dedicar algo de tiem-
po a su contemplación.

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§ Tumba del “Espartero”
Cruzamos la calle San Rufino, y, sin olvidar el espléndido conjunto de tum-
bas y rejas que se observan en segunda línea, nos vamos acercando al término
del recorrido. El cementerio de San Fernando guarda en su parte final un espa-
cio lleno de significado. Como en la londinense Abadía de Westminster, el
camposanto tiene su propio ‘rincón”, consagrado al mundo del toreo. Entramos
por la calle San Teófilo y toda la luz del cementerio parece absorbida por el mag-
nífico mausoleo, en piedra negra, de Juan Belmonte. La compleja personalidad
de este diestro, arranque de la moderna tauromaquia, parece reflejarse en los
volúmenes cubistas de la gran escultura situada sobre su tumba. Aunque no per-
tenece al mundo del toreo, la capilla (hoy en precario estado de conservación)
que se levanta frente a ella, bien merece una mirada. Se trata de la tumba del
Conde Pradere, un interesante edificio con múltiples referencias estilísticas
(desde el arte antiguo a la Secesión vienesa), diseñado a principios de siglo por
Espiáu y Muñoz. Junto a ella, una columna truncada marca la tumba del
“Espartero”, famoso torero sevillano del siglo XIX, cuya cogida y muerte, en
plena juventud, queda simbolizada en este bello monumento. Sin dejar de repa-
rar en el soberbio mausoleo de Don Manuel de Soto, obra importada de los talle-
res parisinos de Lanson, nuestros ojos empiezan a vislumbrar un silencioso con-
junto de figuras de bronce. Iremos acercándonos a él dejando a un lado la figura
que remata la tumba de otro torero, Francisco Rivera “Paquirri”. En el grupo
escultórico, el interés artístico compite con el del aficionado, que tiene aquí un
auténtico “témenos”, un lugar sagrado. Las tres tumbas que se sitúan alrededor
componen un tratado de tauromaquia: Joselito, Ignacio Sánchez Mejías y Rafael
el Gallo. Aunque la escultura de Mariano Benlliure representa el cortejo fúnebre
de Joselito, muerto en la plaza de Talavera de la Reina, la intensidad dramática
del mismo la convierte en símbolo del mundo del toreo. La tragedia que la
desaparición de Joselito significó para la ciudad, que lo había mimado hasta el
extremo, está perfectamente simbolizada en el contraste de tonos entre el bronce
y la piedra, en la actitud de los rostros y en el juego de la sombra y luz que
Benlliure consigue para el conjunto. Es una bellísima imagen la que puede que-
dar en nuestras retinas al abandonar el cementerio, la imagen de otra ciudad que
vive al mismo tiempo que la nuestra.

¶ Panteón del Conde Pradere

§ Cortejo fúnebre de Joselito, junto


al que descansan Ignacio Sánchez

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Mejías y Rafael el Gallo

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