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Débora: Madre y Jueza de Israel

Débora era una profetisa y jueza que lideró a Israel cuando no había rey. Convocó al ejército israelita y los animó a derrotar a los cananeos opresores, liderados por Sísara. Bajo el liderazgo de Débora, Israel tuvo paz durante 40 años después de que Sísara fuera asesinado por una mujer llamada Jael.
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Débora: Madre y Jueza de Israel

Débora era una profetisa y jueza que lideró a Israel cuando no había rey. Convocó al ejército israelita y los animó a derrotar a los cananeos opresores, liderados por Sísara. Bajo el liderazgo de Débora, Israel tuvo paz durante 40 años después de que Sísara fuera asesinado por una mujer llamada Jael.
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Débora

Débora era una profetisa y jueza que lideraba a Israel cuando no había
rey. Ella convocó el ejército y animó a los guerreros a derrotar a los
opresores. Bajo el liderazgo de Débora, Israel tuvo paz durante 40 años.

Los guerreros de Israel desaparecieron;


desaparecieron hasta que yo me levanté.
¡Yo, Débora, me levanté
como una madre en Israel!
Jueces 5:7

Débora

Débora

Información personal

Nombre en
‫בֹורה‬
ָ ְּ‫ד‬ 
hebreo
Nacimiento c. 1107 a. C. 
Ramá 

Fallecimiento c. 1067 a. C. o 1067 a. C. 

Información profesional

Ocupación Investigadora 

[editar datos en Wikidata]

La profetisa Débora. Grabado de Gustave Doré (1866).

En la Biblia, Débora (en hebreo ‫בֹורה‬ָ ְּ‫ד‬, ‘abeja’) fue una profetisa y la cuarta


persona que se desempeñó como juez de Israel antes de la monarquía (época
del Tanaj y Antiguo Testamento). Débora fue la única jueza que tuvo la Nación de
Israel en la Antigüedad. Su historia se cuenta dos veces en los capítulos IV y V
del Libro de los Jueces. El primer relato está escrito en prosa, narrando la victoria
de las fuerzas de los israelitas dirigidas por el general Barak, a quien Débora
mandó llamar pero profetizó que no lograría la victoria final sobre el
general cananeo Sísara. El honor correspondió a Jael, la esposa de Héber,
un ceneo fabricante de tiendas. Jael mató a Sísara clavándole una estaca de la
tienda en la cabeza cuando dormía.
Jueces 5:1 narra la misma historia en verso, que probablemente fue escrita
durante la segunda mitad del siglo XII a. C., poco tiempo después que hubieran
sucedido los eventos que describe. De ser así, entonces este pasaje, llamado a
menudo La canción de Débora, sería uno de los pasajes más antiguos de la Biblia,
así como el ejemplo más antiguo conservado de poesía hebrea. También es
importante porque es uno de los pasajes más antiguos, donde las mujeres no son
ni víctima ni villano. El poema puede haber sido incluido en el Libro de las batallas
de Dios mencionado en Números.
Se sabe poco de la vida personal de Débora. Al parecer estuvo casada con un
hombre llamado Lapidoth (‘antorchas’), pero este nombre no aparece fuera
del Libro de los Jueces y podría significar simplemente que la propia Débora tenía
un alma «ardiente». Fue una poetisa y dictaba sus sentencias bajo una palmera
de Efraín. Algunos aluden a ella como la madre de Israel. Tras su victoria sobre
Sísara y el ejército cananeo hubo paz en la región durante cuarenta años.

Me levanté como madre


en Israel”
DÉBORA mira a los soldados reunidos en la cima del monte Tabor.
Se siente conmovida al verlos. Con los primeros rayos del Sol,
piensa en la valentía de esos hombres y en la fe de su comandante,
Barac. Aunque son un ejército grande de 10.000 soldados, todos
verán puesta a prueba su fe y valor. Tienen muy pocas armas y
están por enfrentarse a un enemigo sanguinario que los supera en
número. Pero aquí están, listos para la batalla, y gracias al valor de
una mujer.

Imagínese a Débora en la cima del monte Tabor, sus vestidos


mecidos por la brisa, contemplando junto a Barac un paisaje
imponente. Desde la plana cima de esta montaña, a más de
400 metros (1.300 pies) de altura, tienen una vista estratégica de la
llanura de Esdrelón, o Jezreel, que se extiende hacia el suroeste.
El río Cisón se abre camino por el verde valle para desembocar en
el mar Grande, pasando cerca del monte Carmelo en su recorrido.
Quizás el río estaba seco aquella mañana; sin embargo, algo
brillaba en la planicie. ¿Qué era? El ejército de Sísara se estaba
acercando. Y lo que destellaba era una poderosa arma que lo
llenaba de orgullo: 900 carros equipados con afiladas cuchillas de
hierro que les salían de los ejes, una visión que no auguraba nada
bueno. ¡Sísara pretendía eliminar a aquellos israelitas apenas
armados como si de cortar hierba se tratara!

Débora sabía que Barac y sus hombres estaban a la espera de que


les diera alguna orden o les hiciera alguna señal. ¿Cómo habrá sido
para ella ser la única mujer presente y tener una responsabilidad tan
grande sobre sus hombros? ¿Se habrá preguntado qué hacía allí?
¡Claro que no! El propio Jehová, su Dios, fue quien le dijo a ella que
iniciara esta guerra. También fue él quien le dijo que la guerra
acabaría por “mano de una mujer” (Jueces 4:9). ¿Qué nos enseña
sobre la fe la historia de Débora y aquellos valientes guerreros?
“TIENES QUE DESPLEGARTE
SOBRE EL MONTE TABOR”
La primera vez que se menciona a Débora en la Biblia, se dice que
es una profetisa. Aunque no es un título común en la Biblia, Débora
no fue la única.* Además, esta fiel mujer también actuaba de jueza,
 

zanjando disputas y dando las respuestas de Jehová cuando


surgían problemas en la nación (Jueces 4:4, 5).

Débora vivía en la región montañosa de Efraín, entre Betel y Ramá.


Tenía la costumbre de sentarse debajo de una palmera para recibir
a las personas y ayudarlas con la guía de Jehová. Sin duda, la tarea
era difícil, pero a ella no la intimidaba. Además, la situación era
preocupante. En una canción que más adelante compuso con
Barac, declaró la razón al decir: “Ellos procedieron a escoger dioses
nuevos. Fue entonces cuando hubo guerra” (Jueces 5:8). En vista
de que los israelitas le habían dado la espalda a Jehová para servir
a otros dioses, él los había abandonado en manos de sus
enemigos. Ahora estaban bajo el dominio del rey cananeo Jabín,
quien tenía al frente de su ejército al temible general Sísara.

Los israelitas temblaban con solo oír el nombre de Sísara.


 

La religión y la cultura de Canaán se caracterizaban por su terrible


crueldad. De hecho, el sacrificio de niños y la prostitución en los
templos eran prácticas habituales. ¿Se imagina lo que sería estar
bajo el dominio de un general cananeo y de todo su ejército? Según
el canto de Débora, viajar por la nación era casi imposible y las
aldeas estaban deshabitadas (Jueces 5:6, 7). Seguramente, la
gente vivía aterrorizada y tenía que esconderse en los bosques y las
colinas, sin poder cultivar sus campos ni andar por los caminos por
temor a ser atacados, a que secuestraran a sus hijos o a que
violaran a sus mujeres.*
 

Los israelitas estuvieron veinte años bajo esta cruel dominación,


hasta que Jehová vio que su terco pueblo había cambiado de
actitud. O como dice la canción de Débora y Barac: “Hasta que yo,
Débora, me levanté, hasta que me levanté como madre en Israel”.
Débora estaba casada con un hombre llamado Lapidot. Aunque
no se sabe si tenían hijos, ella fue “madre en Israel” en el sentido de
que Jehová la escogió para que cuidara de la nación como una
madre. Le encargó que mandara llamar a un hombre fiel y valiente,
el juez Barac, para que se enfrentara a Sísara (Jueces
4:3, 6, 7; 5:7).

Débora animó a Barac a actuar como libertador del pueblo de Dios

Mediante Débora, Jehová le comisionó a Barac que juntara en el


monte Tabor a 10.000 hombres de dos tribus de Israel. Débora le
transmitió la promesa de Dios de que vencerían a Sísara, a su
ejército y a sus 900 carros de guerra. Esta promesa habrá
sorprendido a Barac, dado que Israel no tenía un ejército y contaba
con muy pocas armas. Aun así, Barac estuvo dispuesto a pelear.
Pero con una condición: que Débora subiera con ellos al monte
Tabor (Jueces 4:6-8; 5:6-8).

Algunos opinan que Barac tenía poca fe y que por eso hizo esa
petición, pero eso no es cierto. A fin de cuentas, no le pidió a Dios
más armas; sino que un representante suyo fuera con él y sus
hombres para darles ánimo (Hebreos 11:32, 33). Jehová estuvo de
acuerdo y permitió que Débora los acompañara. De todos modos,
hizo que ella profetizara que el mérito de la victoria se lo llevaría una
mujer (Jueces 4:9). Dios había decidido que una mujer mataría al
cruel Sísara.

En la actualidad, las mujeres son víctimas de muchas injusticias,


actos de violencia y abusos. Pocas veces se las trata con la
dignidad que Dios quiere que reciban. Pero él valora por igual a
hombres y mujeres, y todos pueden recibir su aprobación (Romanos
 

2:11; Gálatas 3:28). El caso de Débora nos recuerda que Dios


también honra a las mujeres al encargarles tareas importantes,
demostrando que confía en ellas. Por eso es fundamental que
no adoptemos los prejuicios que abundan en este mundo.

“LA TIERRA SE MECIÓ, LOS


CIELOS TAMBIÉN GOTEARON”
Barac puso manos a la obra y reclutó 10.000 hombres que tuvieran
el valor de enfrentarse a las aterradoras fuerzas de Sísara. Sin
duda, al dirigirse al monte Tabor, le tranquilizaba tener a su lado a
alguien que les infundiera ánimo. “Débora fue subiendo con él.”
(Jueces 4:10.) Para aquellos soldados habrá sido muy motivador ver
que esta valiente mujer subía con ellos, dispuesta a arriesgar su
vida por amor a Jehová.

Sísara reaccionó de inmediato cuando se enteró de que Israel había


juntado a un ejército para luchar contra él. Varios reyes cananeos
enviaron sus ejércitos para apoyar a las fuerzas del rey Jabín, que
al parecer era el más poderoso de todos ellos. El avance de las
tropas y los 900 carros hacía un ruido ensordecedor, y la tierra
temblaba bajo su paso. Los cananeos estaban seguros de que
acabarían rápidamente con el lastimoso ejército israelita (Jueces
4:12, 13; 5:19).

¿Qué harían Barac y Débora? Si se quedaban en las laderas del


Tabor, tendrían ventaja sobre las fuerzas cananeas, ya que los
carros solo funcionaban en terreno plano. Pero Barac pelearía
únicamente como Jehová le indicara, así que esperó las
instrucciones de Débora. Por fin, el momento llegó. “Levántate —le
dijo Débora —, porque este es el día en que Jehová ciertamente
dará a Sísara en tu mano. ¿No es Jehová quien ha salido delante
de ti?” Y eso hizo Barac. Descendió del monte Tabor con sus
10.000 hombres (Jueces 4:14).*  

Las tropas de Israel se lanzaron colina abajo y llegaron a campo


abierto, a la planicie, dirigiéndose directamente a aquellas temibles
máquinas de guerra. ¿Los ayudaría Jehová? ¿Saldría delante de
ellos, como había dicho Débora? La respuesta no se hizo esperar:
“La tierra se meció, los cielos también gotearon”, dice el relato.
El orgulloso ejército de Sísara se desconcertó cuando les cayó
encima un tremendo aguacero. Parece que llovió tanto que el
terreno enseguida se inundó. De un momento a otro, los pesados
carros quedaron inservibles. Se hundieron en el fango y no había
manera de sacarlos de allí (Jueces 4:14, 15; 5:4).

A Barac y sus hombres no les importó la lluvia. Sabían que Jehová


la había enviado. Así que empezaron a atacar a los soldados
cananeos. En su función de ejecutores divinos, no dejaron ni a un
enemigo con vida. El río Cisón creció e inundó el valle, arrastrando
los cadáveres río abajo, hacia el mar Grande (Jueces 4:16; 5:21).
Tal como predijo Débora, Jehová luchó por su pueblo y derrotó al
ejército de Sísara

En nuestro tiempo, Jehová ya no envía a sus siervos a ninguna


guerra. Pero sí quiere que peleemos por nuestra fe en una guerra
espiritual (Mateo 26:52; 2 Corintios 10:4). Al obedecer a Dios
demostramos de qué lado estamos en esa lucha. Debemos ser
valientes porque los enemigos de Dios pueden llegar a ser muy
crueles. Sin embargo, Jehová sigue siendo el mismo y protegiendo
a quienes confían en él, como Débora, Barac y los valientes
soldados israelitas.

“MUY BENDITA ENTRE LAS


MUJERES”
Pero... ¡uno de los enemigos, el peor, ha escapado! Sísara, que
tanto dolor causó al pueblo de Dios, salió corriendo. Abandonando a
sus hombres en el lodo, se escurrió entre los soldados israelitas
hacia terreno más firme. Corrió muchos kilómetros para refugiarse
con alguno de sus aliados. Aterrorizado ante la posibilidad de que
los israelitas dieran con él, se dirigió al campamento de Héber, un
quenita que se había separado de su gente para establecerse más
al sur y que tenía un acuerdo de paz con el rey Jabín (Jueces
4:11, 17).

Sísara llegó agotado al campamento de Héber, que no estaba en


casa; pero Jael, la esposa, lo recibió. Sísara habrá dado por
sentado que ella respetaría el acuerdo de su esposo con el rey
 

Jabín. Probablemente ni se le pasó por la cabeza la idea de que una


mujer tuviera una opinión diferente a la de su esposo. ¡Qué
equivocado estaba! Sin duda, Jael conocía la maldad de los
cananeos y cómo oprimían a la gente. Así que tuvo que tomar una
decisión: podía ayudar a este hombre cruel o podía ponerse del lado
de Jehová y acabar con el enemigo del pueblo de Dios. Pero ¿cómo
podría una mujer derrotar a un fuerte y curtido guerrero?

Jael no tenía tiempo que perder, así que invitó a Sísara a entrar en
su tienda. Él le mandó que no dijera a nadie que se había escondido
allí si alguien preguntaba por él. Entonces, Sísara se acostó a
descansar, y Jael lo cubrió con una manta. Cuando él le pidió agua,
ella le sirvió leche tibia. El hombre no tardó en quedarse
profundamente dormido. En eso, Jael agarró una estaca y un
martillo, dos objetos que, como toda mujer nómada, sabía usar muy
bien. Se acercó despacio a él para hacer algo que requirió mucho
valor: acabar con ese enemigo de Jehová. Si tan solo hubiera
dudado un instante, habría fracasado. ¿Actuó pensando en el
pueblo de Dios, que por tantos años había sufrido la crueldad de
este hombre? ¿O lo hizo por el privilegio de ponerse de parte de
Jehová? La Biblia no lo dice. Solo sabemos que ejecutó a Sísara en
un momento (Jueces 4:18-21; 5:24-27).

Poco después llegó Barac persiguiendo a su enemigo. Cuando Jael


le mostró el cuerpo con la estaca clavada en las sienes, enseguida
se dio cuenta de que la profecía de Débora se había cumplido. ¡Una
mujer había derrotado al poderoso Sísara! Muchos escépticos de
nuestro tiempo han criticado a Jael, pero para Barac y Débora, lo
que ella hizo fue muy loable. En la canción que compusieron bajo la
guía divina, la llaman “muy bendita entre las mujeres” por su
valentía (Jueces 4:22; 5:24). Evidentemente, Débora no envidió la
honra que Jael recibió, pues para ella lo más importante era que se
cumpliera la palabra de Jehová.
Con la muerte de su general, el rey Jabín perdió su poder. ¡Por fin
había acabado la tiranía cananea! Israel disfrutó de paz por los
siguientes cuarenta años (Jueces 4:24; 5:31). No hay duda de que
la fe de Débora, Barac y Jael fue recompensada. Como Débora,
seamos valientes, pongámonos de parte de Dios y animemos a
otros a hacer lo mismo. Si así lo hacemos, con la ayuda de Jehová
venceremos y disfrutaremos de paz por la eternidad.

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