1.
Jonás y el gran pez
Jonás («paloma») fue hijo de Amitai. Parece un profeta
diferente, pues su propósito primordial no parece haber sido
predicarle algo a Israel… El Señor le ordenó ir a Nínive a
prevenir al pueblo de que su ciudad sería destruida (Jonás
1,1-2). Jonás en vez de obedecer a Dios, se embarcó para
Tarsis. Surgió una gran tormenta y Jonás pidió a los
hombres que lo tiraran por la borda, pues él era la causa de
la tormenta. Los hombres, muy obedientes, arrojaron a
Jonás al agua. Dios hizo que un gran pez se lo tragara.
Luego de estar allí por tres días, Jonás se arrepintió y el
pez lo vomitó en tierra (Jonás 2,10). Aprendida su lección,
Jonás fue a Nínive y previno a los ninivitas que serían
destruidos. Fue lanzado de nuevo al mar, sí ¡de nuevo!
Pero esta vez como un hombre que iba hacia su destino, y
por esto los ninivitas se arrepintieron.
Jonás es como nosotros, es como el hijo de la parábola que
dice que no va, pero luego va. Todos podemos encontrar
en Jonás esa fuerza para ser obedientes a Dios aunque
en un primer momento nos corramos y nos
cueste; aunque dudemos y pongamos en tela de juicio sus
planes. La historia de Jonás es la historia de un hombre que
decidió dejar de correr y comenzar a obedecer.
«Me habías arrojado en lo más hondo, en el corazón del
mar, una corriente me cercaba: todas tus olas y tus crestas
pasaban sobre mí. Yo dije: ¡Arrojado estoy de delante de
tus ojos! ¿Cómo volveré a contemplar tu santo Templo?
.Me envolvían las aguas hasta el alma, me cercaba el
abismo, un alga se enredaba a mi cabeza. A las raíces de
los montes descendí, a un país que echó sus cerrojos tras
de mí para siempre, mas de la fosa tú sacaste mi vida,
Yahveh, Dios mío .Cuando mi alma en mí desfallecía me
acordé de Yahveh, y mi oración llegó hasta ti, hasta tu
santo Templo» (Jonás 2, 4-8).
2. José y sus hermanos
Amo esta historia, es mi favorita del Antiguo Testamento.
José fue hijo de Jacob y Raquel. Jacob amaba a José más
que a sus hermanos, por ser el hijo de su ancianidad. Sus
hermanos, cegados por la envidia, planearon maldades en
su contra y lo vendieron como esclavo a Egipto (Génesis
37,28). Al pobre le paso de todo. Al principio tuvo miedo y
se sintió abandonado por su Señor, pero luego de un
tiempo de purificación y abandono, el Señor le mostró su
presencia y llegó a ser intérprete de los sueños de Faraón.
Es así que José predijo un tiempo de hambre que asolaría
toda la región. Fue nombrado gobernador de Egipto y en los
años de abundancia almacenó los excedentes de alimento.
Llegaban personas de todo lado a comprar provisiones para
la escasez, entre ellos vinieron sus hermanos desde
Canaán. El encuentro de José con ellos fue muy doloroso
pero muy reconciliador. José los perdonó y su padre Jacob
se reunió con ellos en sus últimos años (Génesis 45-46).
La historia de José es increíble. Es una historia llena de
la acción de Dios. Es la historia de nuestra vida, una vida
en la que creemos tenerlo todo controlado, pero en la que,
el amor de Dios quebranta nuestro orgullo y nos muestra un
camino diferente. Cuando pasa esto, sentimos que Dios nos
abandona, que nos arrebata nuestros sueños, pero, al final,
descubrimos que Su plan es mejor que el nuestro y que por
sus caminos (sin ahorrarnos sufrimientos) se va mejor.
«(Y se echó a llorar a gritos, y lo oyeron los egipcios, y lo
oyó hasta la casa de Faraón.) José dijo a sus hermanos:
«Yo soy José. ¿Vive aún mi padre?» Sus hermanos no
podían contestarle, porque se habían quedado atónitos ante
él. José dijo a sus hermanos: «Vamos, acercaos a mí.» Se
acercaron, y él continuó: «Yo soy vuestro hermano José, a
quien vendisteis a los egipcios. Ahora bien, no os pese mal,
ni os dé enojo el haberme vendido acá, pues para salvar
vidas me envió Dios delante de vosotros. Porque con éste
van dos años de hambre por la tierra, y aún quedan cinco
años en que no habrá arada ni siega. Dios me ha enviado
delante de vosotros para que podáis sobrevivir en la tierra y
para salvaros la vida mediante una feliz liberación»
(Génesis 45, 2 -7).
3. Rut la mujer moabita
Rut, cuyo nombre significa «compañera”, fue una mujer
moabita. Después que Noemí y Elimelec, junto con sus
hijos Quelión y Mahlón (por causa del hambre) tuvieron que
abandonar su hogar de Belén, Rut se casó con Mahlón.
Murieron los varones y quedaron viudas Noemí, Rut y Orfa.
Noemí decidió regresar a Belén, y Rut, por el cariño que le
tenía, se fue con ella. No tenía porque hacerlo pues no era
su obligación. Dejó su tierra y su religión y abrazó la tierra y
la fe de Nohemí. Cuando llegaron a Belén comenzaba la
cosecha de la cebada. Rut espigó los campos para ganarse
el sustento y mantener a su suegra (cosa inusual en una
mujer de la época). En ese trabajo conoció a Booz, pariente
de Noemí, quien la trató bondadosamente y luego se
enamoró de ella. Booz compró la herencia de Mahlón y así,
de acuerdo con la ley hebraica (Deuteronomio 25, 5-10)
adquirió el derecho de casarse con Rut. Su hijo primogénito
fue Obed, quien fue padre de Isaí y abuelo de David.
La historia de Rut es sin duda una de las historias más
bellas sobre una mujer en el Antiguo Testamento. Rut
es modelo de mujer fiel, noble y llena de coraje. El amor
desinteresado de Rut es un amor muy femenino, un amor
que actúa de inmediato ante la necesidad física o espiritual
de otro, incluso cuando resulta inconveniente. La fidelidad y
fortaleza de Rut son comparadas con las de María, pues de
su descendencia proviene Jesús.
«No insistas en que te abandone y me separe de ti, porque
donde tú vayas, yo iré, donde habites, habitaré. Tu pueblo
será mi pueblo y tu Dios será mi Dios» (Rut 1, 16).
4. La madre macabea
El relato bíblico no es tan solo la memoria del valor de los
jóvenes macabeos. Es también una preciosa consideración
sobre la madre de aquellos valientes. Esta madre vio morir
en un mismo día, uno a uno, a sus siete hijos. En esta
historia vemos su grandísima fortaleza de ánimo y la fuerza
de su esperanza. Por otro lado, en sus labios se colocan
algunas expresiones cargadas de sentido teológico. La
madre proclama a Dios como Señor de la vida humana.
Vincula la fe en el Dios creador con la fe en la
Resurrección, y nos ofrece la seguridad que el Dios de la
vida retribuirá con creces a los que han entregado su vida
por fidelidad a su voluntad.
«Admirable de todo punto y digna de glorioso recuerdo fue
aquella madre que, al ver morir a sus siete hijos en el
espacio de un solo día, sufría con valor porque tenía la
esperanza puesta en el Señor. Animaba a cada uno de
ellos en su lenguaje patrio y, llena de generosos
sentimientos y estimulando con ardor varonil sus reflexiones
de mujer, les decía: «Yo no sé cómo aparecisteis en mis
entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida, ni
tampoco organicé yo los elementos de cada uno. Pues así
el Creador del mundo, el que modeló al hombre en su
nacimiento y proyectó el origen de todas las cosas, os
devolverá el espíritu y la vida con misericordia, porque
ahora no miráis por vosotros mismos a causa de sus leyes»
(2 Macabeos 7, 20-23).
La historia de los siete hermanos macabeos y su madre
es en un hermoso relato sobre la fidelidad a la ley del
Señor en momentos de persecución y de prueba.
5. El fariseo Nicodemo
Nicodemo fue miembro del Sanedrín y varón destacado
entre los judíos. Fariseo, de esos que se negaban a creer
en Jesús… Aún así solicitó una entrevista con Él y se sintió
confuso cuando éste le dijo que debía nacer de nuevo, pues
tomó el nuevo nacimiento al pie de la letra y no en sentido
espiritual. Jesús, pacientemente, le explicó su significado
(Juan 3, 5-8). Aunque de su encuentro con Jesús el
Evangelio no nos dice nada más, Nicodemo alzó la voz en
la fiesta de los tabernáculos para defender a Jesús, cuando
el Sanedrín lo acusaba (Juan 7, 50-52). Cuando Jesús
murió, Nicodemo le da «mirra y áloe» para que fuera
sepultado (Juan 19,-39). Quizá por ello lo hayan tildado de
seguidor de Cristo, de ser así, llegó finalmente a ser
cristiano «nacido de nuevo».
«Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de
Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a
Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se
lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue
también Nicodemo -aquel que anteriormente había ido a
verle de noche- con una mezcla de mirra y áloe de unas
cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en
vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de
sepultar» (Jn 19, 38-40).
Me encanta esta historia porque Nicodemo busca
sinceramente la verdad, esta cansado de las
interpretaciones sin vida, muy eruditas quizás, pero
muertas, pues sabe que ese modo de pensar le frena para
poder comprender. Nicodemo busca a Jesús y se
aventura a abandonar los esquemas de pensamiento a
los que está acostumbrado. Se abre a su Palabra y deja
que Jesús entre y habite en él. Se da cuenta que necesita
convertirse con humildad.
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