Hijos de la promesa y la carne
Hijos de la promesa y la carne
Ismael e Isaac procedieron de un origen diferente y, por tanto, hubo una diferencia
en su naturaleza que fue evidente en sus vidas y se vio en especial en relación
con la promesa.
Según sea el nacimiento, así habrá de ser la vida que resulte del mismo. En el
caso del hombre que se hizo a sí mismo lo que es, solamente habrá lo que le
depare la naturaleza, pero en el caso del hombre que es recreado por el Espíritu
de Dios, habrá ciertas señales que se manifestarán en su vi a. «De él somos en
Cristo Jesús, que de Dios nos hizo para sabiduría y justicia y santificación y
redención; como está escrito, el que se gloria, que se glorie en el Señor.» En el
hombre nacido de nuevo habrá lo que traiga consigo esa nueva vida, pero en el
hombre natural no habrá nada de todo eso.
Ismael exhibió algunas de las características de Abraham, juntamente con las de
su madre, que era esclava. Era un hombre magnífico, como su padre, y había
heredado de él su porte patriarcal, pero Isaac poseía la fe de su padre y seguía la
línea de sucesión en lo que se refiere a la vida espiritual. En lo que a la promesa
concierne, Isaac permanece con su padre Abraham, mientras que Ismael estuvo
formando sus propios campamentos allí en el desierto. Isaac buscó la alianza con
la antigua estirpe en Mesopotamia, pero la madre de Ismael le buscó una esposa
en Egipto, que era lo natural, ya que ella misma procedía de Egipto. De tal palo tal
astilla. Isaac meditaba en los campos al atardecer, porque su conversación era
con las cosas sagradas, pero Ismael disputaba con todos, porque le preocupaba lo
que era terrenal. La meditación no es para el hombre salvaje, cuya mano se alza
contra todos, y la de los demás contra él. Isaac se entregó a sí mismo como
sacrificio a Dios, pero nada por el estilo se desprende de la vida de Ismael, ya que
el sacrificarse a sí mismo era algo que no iba con él, sino que fue más bien un
asesino, en lugar de ser una oveja que se presenta a sí misma delante de Dios.
De modo que si usted se encuentra con que ha recibido una instrucción religiosa y
se ha convertido en hombre «piadoso», como dicen por ahí, pero su corazón no se
ha renovado, ni ha sido visitado por el Espíritu Santo, no vivirá usted la vida
secreta de un hijo de Dios. Es posible que despliegue usted algunas de las
características del cristiano; podrá usted cantar y orar, citar las Escrituras, y hasta
es posible que pueda relatar alguna experiencia imaginaria de conversión, pero es
necesario haber nacido de nuevo para poder saber por experiencia propia la
verdad de la comunión de los santos, que es una comunión secreta con el Dios
vivo, y la entrega de sí mismo a él como servicio razonable. El que es hijo de la
promesa se mantiene unido al pueblo de Dios y considera un privilegio la
comunión. con Dios._El hijo de la promesa siente que la mejor compañía que tiene
es la que nadie ve, es decir, cuando el gran Invisible se acerca a él y tiene
comunión con él. El hijo de la promesa, y solamente él, es capaz de elevarse a la
altura del monte Moria, para quedar atado sobre el altar y entregarse de ese modo
a Dios. Con esto último quiero decir que solamente el que es nacido del Espíritu
se entregará por completo a Dios y amará al Señor más que a la propia vida. La
naturaleza y su conducta dependerán de su origen, y, por eso, le suplico que
empiece usted bien, y que al afirmar ser hijo del reino demuestre ser un verdadero
heredero.
Ismael, que nació conforme a la carne, siendo hijo de la esclava, habría de llevar
siempre sobre su persona aquella marca. El hijo de la esclava no puede ser lo que
era Isaac, el hombre de la mujer libre. Pero fíjense bien que yo no he dicho que
Ismael quisiera ser como Isaac, no he dicho que se considerase a sí mismo un
perdedor por ser diferente a Isaac, pero lo cierto es que lo fue. El hombre que se
esfuerza por salvarse a sí mismo mediante su propio esfuerzo, por medio de sus
sentimientos, negándose a sí mismo, puede ser un orgulloso ignorante, no
consciente de su estado servil. Hasta es posible que presuma de ser libre y de no
haber sido nunca esclavo de nadie, pero a pesar de ello lleva una vida de esclavo.
No tiene ni idea de lo que significa la libertad, no sabe lo que es sentirse
satisfecho, ni sabe lo que es deleitarse en Dios. Se queda como quien no
comprende cuando oye a todos los demás hablar acerca de la «absoluta
seguridad de la fe». Los considera unos presuntuosos, y apenas si tiene tiempo de
respirar él mismo, por causa de lo que le esclaviza. Ha hecho tanto, pero aún le
queda mucho más por hacer. Ha sufrido muchísimo, pero le queda mucho más por
sufrir. No ha llegado nunca a « el descanso para el pueblo de Dios» porque ha
nacido de la mujer libre, y comprende que la salvación se obtiene siempre por la
gracia de Dios, y que siempre que Dios otorga su gracia no la quita, porque «los
dones de Dios son sin arrepentimiento», ese hombre, al aceptar la obra acabada
de Cristo, y sabiendo que su aceptación del Amado reposa en el Señor, se goza
con sumo gozo. Su vida y su espíritu se llenan de gozo y de paz, porque ha nacido
libre y lo sigue siendo, es libre de verdad.
¿Comprende el lector lo que significa la libertad del Hijo de Dios? ¿0 sigue aún
bajo la servidumbre de la ley, temiendo el castigo, asustado ante la idea de ser
enviado al desierto? Si le sucede a usted esto último, no ha recibido usted la
promesa, o, de lo contrario, sabría que no puede suceder nada semejante. La
promesa fue hecha a Isaac, que era el hijo de la promesa, y a él perteneció la
herencia, y permanece para siempre, sin temor de que nadie le eche.
Aquellos que han nacido del mismo modo que lo fue Ismael, según la carne, y
cuya religión depende de su propia fuerza y poder, se preocupan de las cosas
terrenales, como lo hizo Ismael. Solamente aquellos que han nacido de lo alto, por
medio de la promesa, conforme a la fe, se preocuparán, como lo hizo Isaac, de las
cosas espirituales. El acude siempre al lugar de adoración, pero cuando está allí
se pone a pensar en sus negocios, en su casa o en su granja. ¿Acaso disfruta la
comunión con Dios? ¡De ningún modo! ¡Oye un sermón. ¿recibe con
mansedumbre la palabra que le puede salvar? ¡Claro que no! Lo critica como si se
tratase de un arengo político. Da su dinero a la causa de Dios, como hacen los
demás. Claro que lo hace porque no le queda más remedio que acallar a su
conciencia y mantener su buena reputación, pero ¿se interesa realmente en la
gloria de Dios? ¡De ningún modo! Si así fuese daría algo más que dinero. Las
oraciones de su corazón se elevarían a favor del progreso del reino. ¿Acaso se
conmueve y clama por causa de los pecados que le rodean? ¿Se le encuentra a
solas con Dios derramando ante Él su corazón angustiado porque incluso en su
propia familia hay personas que no se han convertido a Dios? ¿Se ha visto a esa
persona con un santo gozo cuando las personas han sido convertidas, o
emocionado ante el pensamiento de que el reino de Dios se encuentra cercano?
Oh no, él nunca se interesa por cosas semejantes. Todo lo que hace para Dios es
algo externo, no se ha adentrado nunca en lo profundo de lo espiritual ni le es
posible hacerlo. La mente carnal, incluso cuando es religiosa, manifiesta
enemistad para con Dios, y no se ha reconciliado con Él ni le es posible hacerlo.
Es necesario que en el hombre se cree una nueva criatura en Cristo Jesús, antes
de que alcance a apreciar, a comprender y a gozar las cosas que son espirituales.
Para volver al punto de partida: «Es necesario que usted nazca de nuevo.» Es
preciso nacer del Espíritu, recibiendo una vida sobrenatural siendo levantado de
entre los que están muertos en delitos y pecados. No podremos llevar los frutos
del Espíritu hasta que no poseamos esa vida interior que es conforme al Espíritu.
Ismael seguirá siendo siempre Ismael, y lo mismo sucede con Isaac. El hombre
será tal y como muestre su conducta. El hombre que se guía por su visión, por su
lógica, por su propio poder humano, hará lo mejor que pueda, como lo hizo Ismael,
pero solamente el hijo de la promesa se elevará a la vida y caminará con fe, como
lo hizo Isaac.
«Eso es tremendamente difícil» decimos. A veces es una bendición tener que
afrentar unas condiciones difíciles y tener que cumplirás. Pero si lo hacemos
estaremos en el camino debido, el que nos llevará a la eternidad. Alguien le dijo el
otro día a un amigo mío: « Una vez fui a escuchar al señor Spurgeon, y cuando
me encontraba en la iglesia, si alguien me hubiese preguntado acerca de mí
mismo yo hubiese considerado que era un hombre de lo más religioso que ha
vivido jamás en Newington, y, sin duda, que era un buen hombre, pero todo eso
cambió al escuchar el Evangelio aquel día. Salí con el rabo entre las piernas,
sintiéndome como el más vil de los pecadores sobre la faz de la tierra, y me dije a
mí mismo que nunca más volvería a escuchar a Spurgeon, porque me dejó hecho
un trapo.»
«Sin embargo -añadió- es lo mejor que podía sucederme, porque me obligó a
dejar de mirarme a mí mismo y todo lo que yo era capaz de hacer y a poner la
mira en Dios y su gracia omnipotente, y a comprender que me era necesario pasar
de nuevo bajo la mano del Creador, o nunca podría ver su rostro con gozo».
Espero que el lector conozca hoy esta verdad acerca de sí mismo, porque es una
verdad solemne. De la misma manera que Dios hizo primeramente a Adán, es
necesario que nos vuelva a hacer de nuevo, o, de lo contrario, no podremos nunca
tener su imagen, ni contemplar su gloria. Debemos de encontrarnos bajo la
influencia de la promesa y vivir conforme a ella, o nuestras vidas no serán nunca
guiadas por los principios debidos, ni llegaremos a buen fin.
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