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Confieso: La Autobiografía Novelesca

La novela narra la historia de Héctor Ramos, un escritor de éxito que decide publicar su polémica autobiografía titulada "Confieso". En la trama se exploran su relación matrimonial, sus aventuras extramaritales y secretos oscuros. El desenlace sorprenderá al lector con giros inesperados en la historia de los personajes.

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Confieso: La Autobiografía Novelesca

La novela narra la historia de Héctor Ramos, un escritor de éxito que decide publicar su polémica autobiografía titulada "Confieso". En la trama se exploran su relación matrimonial, sus aventuras extramaritales y secretos oscuros. El desenlace sorprenderá al lector con giros inesperados en la historia de los personajes.

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En

esta novela, el protagonista es un escritor de éxito, Héctor Ramos, que


decide publicar su polémica Autobiografía. En la trama se conjugan por una
parte la relación de dominación dentro del matrimonio, en una situación cuasi
sadomasoquista, y por otra, aventuras extramaritales, complejos sexuales,
investigaciones, y un posible crimen pasional latente durante toda la novela.
El desenlace sin duda sorprenderá al lector con las situaciones
contrapuestas de los distintos personajes.

[Link] - Página 2
Ramón Cerdá

Confieso
ePub r1.2
Titivillus 04.08.2015

[Link] - Página 3
Título original: Confieso
Ramón Cerdá, 2001

Editor digital: Titivillus


ePub base r1.2

[Link] - Página 4
A mi esposa y musa Merche Álvarez, responsable de que haya retomado mi
afición por la novela.

[Link] - Página 5
Nota aclaratoria
En el contenido de esta novela es posible que mucha gente que me conozca quiera ver
en ella una especie de biografía, incluso es posible que alguien se sienta mencionado
en ella. Nada más lejos de mi intención que la de narrar mi vida ni la de mis
allegados. Cuán aburrida resultaría la novela biográfica en ese caso.
Debo utilizar la frase tantas veces utilizada por otros autores que dice algo así como
que «Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia».
Si algún día llego a ser lo suficientemente famoso, quizás sea otro quien se moleste
en escribir sobre mi vida.

El autor

[Link] - Página 6
PRIMERA PARTE

[Link] - Página 7
Capítulo I

Año 1999

—¿Qué se siente con cuarenta y tres años y treinta novelas de éxito publicadas
todas ellas en los últimos ocho años? —preguntó la joven entrevistadora al famoso
entrevistado Héctor Ramos.
Estaban en el salón de su casa, Adolfo, su editor se había empeñado en que
atendiera a aquella joven entrevistadora. Al principio estuvo bastante reacio, aunque
cuando la recibió, le gustó lo suficiente como para atenderla gustosamente. Era una
joven morena de pelo liso y largo que le llegaba hasta el nacimiento del culo. Era
delgada pero con cumplidas caderas y pechos moderados aunque suficientes.
—Cuarenta y cuatro, treinta y cinco y nueve —respondió Héctor sin añadir nada
más mientras saboreaba el tabaco de su pipa más vieja, menos adecuada para la vista
de las visitas, pero a la vez la más utilizada por él, era como unos zapatos viejos que
uno no quiere cambiar porque le resultan cómodos, a pesar de que resulta inútil
limpiarlos porque nada puede hacerlos parecer elegantes.
—¿Perdón…? —La inexperta periodista se sintió algo nerviosa por la inesperada
respuesta y la mirada penetrante de Héctor que parecía atravesarla y adivinar lo que
estaba pensando.
—Que tengo cuarenta y cuatro años y no son treinta, sino treinta y cinco las
novelas publicadas, en los últimos nueve y no en los últimos ocho años, sin contar la
que escribí a los dieciocho años y que nunca llegué a publicar.
—Caramba, deberé de revisar mis fuentes de información —rió nerviosamente—.
¿Qué se siente pues, al haber publicado tantas novelas en tan corto espacio de
tiempo?
—Me gusta escribir, posiblemente haya escrito tanto en estos últimos años porque
desde que escribí mi primera novela, he pasado casi veinte años sin volver a escribir,
y tenía un montón de ideas acumuladas y queriendo salir desordenadamente de mi
cabeza.
—Mucho tiempo, ¿no?
—Mucho tiempo para un escritor, pero yo nunca pensé en dedicarme a escribir, y
simplemente me he dedicado a mi profesión de abogado durante todo este tiempo.
—¿Qué le impulsó a escribir de nuevo?
—Estaba harto de mi profesión, de mis clientes, y de todas las mentiras que uno
se veía obligado a contar para defenderles, y de que discutieran siempre mis
honorarios. Siempre me ha molestado la gente desagradecida y no hay nada como un
cliente satisfecho que no agradece el esfuerzo de uno y que además le discute el pan
que ha ganado.
—¿Se siente ahora mucho mejor?
—Por supuesto, ahora me siento totalmente liberado, hago lo que me gusta, viajo,

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escribo, medito, y sólo tengo que soportar al editor y a la familia, pero me gusta.
—Tengo entendido que el nuevo proyecto no es una novela sino una biografía.
—Así es, llevo el suficiente tiempo alejado de mi antigua profesión, y las cosas
ya puedo verlas desde otra perspectiva, creo que ha llegado el momento de escribir
una primera autobiografía.
—Una primera, ¿tiene previsto escribir otras?
—Espero vivir lo suficiente como para poder escribir una segunda parte dentro de
otros veinte o treinta años.
—¿Qué nos puede anticipar de esta autobiografía?
—Confieso.
—¿Confieso?
—Sí, ése será el título de mi autobiografía. Será novelada, pero cada detalle que
aparezca en ella podrá ser fidedigno. Cambiaré algún nombre por pudor, y mezclaré
situaciones reales con ficticias.
—¿Cree que producirá ampollas su nuevo proyecto?
—Tampoco será para tanto, salvo algún pequeño secretillo sin importancia. Tenga
en cuenta que el hecho de que haya dejado de ejercer la abogacía no me da derecho a
incumplir mi compromiso de guardar el secreto profesional. Será mi biografía, no la
de mis clientes, estos pueden dormir tranquilos —sonrió seductoramente.
—¿Cuándo tiene previsto publicarla?
—Calculo que al menos pasarán un par de años antes de que se publique
definitivamente.
—Es más de lo que le dedica a una novela.
—Bueno, tenga en cuenta que no voy a dejar de escribir las novelas que es lo que
esperan mis lectores, y las que realmente me dan de comer. La biografía será una
publicación extraordinaria ajena a mi ritmo habitual de escritura.
—Tengo la sensación de que con su ritmo, va a seguir escribiendo
inmediatamente después de terminar la entrevista.
—Esta noche no, ¿tiene usted algún compromiso?

Año 1982

Podría decirse que eran una pareja liberada, o al menos les divertía aparentarlo.
En realidad es posible que lo único que intentaran era que su matrimonio no
naufragara como tantos otros, sobretodo como ocurre cuando uno se casa joven y
desoyendo los consejos de los mayores. Ellos lo habían hecho muy jóvenes, él tenía
veinte años y ella recién cumplidos veintidós, cuando en una fría, más bien oscura y
lluviosa mañana de diciembre salieron felices de una pequeña Iglesia, ella con la
barriga llena desde dos meses atrás, por eso se casaron en diciembre, al fin y al cabo
uno siempre se imagina las bodas en pleno verano agobiante, con los novios
sudorosos e incómodos. Se habían conocido apenas seis meses antes y lo suyo fue un

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auténtico flechazo.
Llevaban ya siete años de casados, y el tiempo había pasado a una velocidad de
vértigo, casi sin darse cuenta. Pero la química sí que pareció darse cuenta del paso del
tiempo, porque el amor es eso, pura química, mera atracción sexual, muchas veces
irresistible, en la que la naturaleza nos utiliza a nosotros como marionetas, y una vez
cumplida la función de apareamiento y pasado un tiempo prudencial para el cuidado
de los posibles retoños fruto del éxtasis sexual, la química va desapareciendo. Todo
se vuelve monótono, los pequeños defectos se convierten en cuestiones insoportables
para la pareja, el sexo tantas veces repetido acaba aburriendo por falta de variedad, y
tantas y tantas otras cosas que se confabulan para atacar a los matrimonios, y también
ahora a las parejas de hecho, porque el no estar casados no es garantía para la
pervivencia de la química.
Es por eso que estadísticamente hay tantos problemas matrimoniales a partir del
séptimo año de casamiento. Muchos ni siquiera llegan, quizás porque su contenido
químico fuera menor, o porque un tercero o tercera más cargado de esa química,
acaba con la que queda en la pareja.
Héctor, siempre tan práctico, le había echado el ojo a una joven que trabajaba en
su mismo bufete en Valencia, ella era recién licenciada y sin experiencia en la
abogacía, pero inteligente, muy inteligente. Sin duda llegaría lejos en la profesión.
Héctor se había ido a vivir a Valencia con su esposa Eloísa, un par de años antes. Inés
era atractiva, como su esposa, aproximadamente de su edad, como su esposa,
delgada, como su esposa, rubia, como cuando a su esposa le daba por tintarse el
cabello, lo cual tenía que admitir que no le favorecía nada en absoluto, y mucho
menos cuando se desnudaba y se notaban aquellas incongruencias estéticas
provocadas por el hecho de que el color de su pelo no coincidiese en absoluto con el
de otras partes menos púdicas de su cuerpo. Lo que tenía Inés que no tenía Eloísa,
pero que había tenido, era precisamente esa química, esa química que parecía ya
prácticamente agotada en Eloísa, esa química que hace que dos personas queden
atraídas. La química y el olor. Sí, el olor, porque los seres humanos llevamos siglos
queriendo disimular nuestros olores corporales, cuando son precisamente las
feromonas las que tanta importancia tienen en el atractivo sexual. De hecho ahora se
venden ciertos perfumes con la promesa de que contienen feromonas que harán
irresistibles sexualmente a quienes los utilicen.
A Héctor siempre le habían atraído los olores de cierto tipo de mujeres, para él el
olor era muy importante a la hora de juzgar el grado de atracción de una fémina. A
pesar de que éstas los disfrazaban con todo tipo de desodorantes y pócimas de toda
clase, aroma y densidad, cremas, maquillajes, hidratantes, perfumes, leche corporal y
tantos y tantos otros aditivos a los que tan aficionadas son la gran mayoría de las
mujeres, siempre quedaba algo de la propia hembra, quizás esas feromonas de las que
ahora hablan los perfumistas, que las envolvía y podía hacerlas irresistibles.
Inés tenía dos tetas enormes de las que era difícil apartar la mirada, las de Eloísa

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eran más discretas, aunque debía de admitir que eran muy bonitas.
Inés hacía varios meses que lo andaba rondando, y él se resistía a iniciar cualquier
tipo de relación, más allá de la estrictamente profesional, porque seguía amando a su
mujer, y porque en el fondo estaba algo chapado a la antigua. Cuando la atracción se
hizo mayor llegó a pensar en pedirle permiso a Eloísa para iniciar una relación sexual
con Inés, pero después de analizar la idea durante cierto tiempo, la desestimó por
descabellada. Finalmente no se le ocurrió otra cosa que insinuarle a Eloísa que su
relación sexual se estaba enfriando, y que podrían plantearse algún cambio de pareja
o algo similar con sus amistades. Durante varias noches hablaron de las personas del
sexo contrario que más les gustaban a cada uno de ellos y de sus respectivas parejas.
Llegaron a la conclusión de que no había ninguna pareja que conociesen, que además
de estar lo suficientemente liberada, coincidiese con los gustos sexuales de ambos,
por lo que empezaron a hablar de otros conocidos sin pareja estable, y ahí salió a la
conversación un buen día Inés. También salió en esa misma conversación Jacob.
Jacob era un joven, algo mayor que ellos, cinco o seis años quizás, encantador,
dulce, amable y muy atractivo, todo ello en palabras de la propia Eloísa. Se
conocieron unos años antes, cuando aún no se habían trasladado a Valencia. Era un
médico naturista, holandés, que atendió en un par de ocasiones a Eloísa de sus
trastornos en la regla. Que supiera, todavía se hacía cargo de la misma consulta y
vivía sólo, sin ningún compromiso conocido.
Héctor y Eloísa se divirtieron durante varios días planeando la posibilidad de
seducir por separado a Inés y a Jacob. El tema los excitaba, y durante unos días, el
mero hecho de hablar de ello los animaba a practicar el sexo, más habitualmente y
con mejores resultados que en los últimos meses. Posiblemente ya cada uno de ellos
pensaba que lo estaba haciendo con quien podría ser su futuro o futura amante, al
menos en lo que respecta a Eloísa parecía evidente porque últimamente se empeñaba
en hacerlo a oscuras.
—Ha sido una idea genial —le susurraba al oído Eloísa a Héctor mientras este la
penetraba— Jacob no tiene desperdicio, anoche estuvimos haciendo el amor hasta las
cuatro de la mañana, el tío tiene un aguante enorme. ¿Sabes? Se corrió tres veces
dentro de mí.
Eloísa comenzó a gemir. Héctor no sabía si porque iba aumentando su placer por
el empeño cada vez mayor que él estaba poniendo en el acto, o simplemente porque
ella estaba recordando la noche anterior con Jacob. A pesar de todo, la situación lo
excitaba sobremanera, tanto el hecho de que la noche anterior hubiera comenzado la
aventura de su mujer con Jacob, como el hecho de que ahora ella le estuviera
relatando cada detalle. Pensar que ella podría estar excitada sólo por pensar en Jacob
y no en él, no le importaba demasiado. En cierto modo parecían haber conseguido
una variante sexual que les permitía volver a disfrutar juntos.
Ella siguió hablando y gimiendo en su oreja, a la vez que le lamía el lóbulo de la
misma, cada vez los jadeos eran más continuados y más profundos, hasta que ambos

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se corrieron; ella lo hizo antes, mientras gemía y le mordía la oreja, él lo hizo poco
después quedando totalmente extenuado.
Héctor no pudo evitar sentirse algo bajo de moral, cuando rebobinó mentalmente
y escuchó a Eloísa decir que Jacob se lo había hecho tres veces con ella la misma
noche. Él nunca había conseguido nada semejante, a lo sumo, y en contadas
ocasiones, había conseguido correrse dos veces en un corto espacio de tiempo. De
todos modos pensaba que habiendo iniciado su mujer la relación sexual fuera del
matrimonio, él pronto podría hacerlo sin remordimientos con Inés, lo cual lo excitó,
aunque no consiguió con ello erección alguna. Eloísa estaba fumando un cigarrillo y
parecía con ganas de hablar. Él se durmió un par de minutos después.

Se estaban besando en la calle, recostados ligeramente sobre uno de los coches


aparcados. Eran las ocho de la tarde, todavía de día, era verano. Era una calle bastante
concurrida a esas horas en Burjasot, un pueblo cercano a Valencia donde habían ido a
tomar unas copas. Parecía no importarles en absoluto que pudieran verlos, a pesar de
lo ilícita de su relación. Ambos estaban excitados, aunque ella en especial.
Habían estado tomando unas copas previamente en un par de los lugares de moda
del verano. Héctor había estado hablando esa tarde con Inés y se le había insinuado
claramente, le dejó entrever su predisposición a entablar una relación con ella distinta
a la del trabajo y más íntima que la de simples amigos. Él la invitó a cenar, y ella, que
no tenía ningún compromiso, o al menos ningún compromiso no cancelable y
sustituible por algo más interesante, aceptó sin hacerse de rogar.
Era viernes por la tarde, terminaron pronto en el bufete y Héctor tenía previsto
llevársela a casa después de cenar y pasar una noche de sexo como nunca. Podía
disponer de la casa porque ya lo había comentado con Eloísa, y ella la pasaría en casa
de Jacob.
Eloísa estaba como una colegiala, encaprichada y entusiasmada con Jacob,
situación que de momento beneficiaba también a Héctor porque le dejaba el camino
libre con Inés y porque además, mejoraba sus relaciones sexuales con su esposa, cuya
relación con Jacob no reducía los encuentros sexuales con su marido, sino todo lo
contrario. Se encontraba excitada continuamente, y a lo largo de la semana, cuando
no podía estar con Jacob, se desfogaba con Héctor. Era una situación algo extraña,
pero en la que posiblemente por su novedad, posiblemente por los buenos resultados
aparentes que estaba dando, los dos la estaban disfrutando, sin duda Eloísa más que
Héctor. De momento.
Fue frustrante, muy frustrante. Después de pasar toda la tarde con Inés, de copas,
hablando de todo tipo de cosas incluyendo amistades y sexo, cenaron íntimamente en
un restaurante de la calle Navarro Reverter de Valencia. Todo fue magnífico. Luego
tomaron una última copa en una cafetería cercana y se fueron a casa de él.
Él la desnudó con delicadeza, acariciando y oliendo cada poro de su piel. Se
estuvieron besando y acariciando durante casi una hora, y a pesar de la enorme

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excitación que tenía Héctor, no consiguió la más mínima erección. Inés no era
tampoco demasiado hábil en estas situaciones y no supo cómo solucionar aquel
problema. Él intentó satisfacerla, al menos haciendo que se corriera entre sus manos,
pero después de otra hora de intentos infructuosos, tampoco esto fue posible. Ambos
quedaron insatisfechos, pero no se tiraron nada en cara el uno al otro. Se encontraban
a gusto y los dos se disculparon y se autoconvencieron de que la próxima vez
tendrían más éxito.
Héctor intentó que Inés se quedara con él esa noche, Eloísa no llegaría hasta
pasadas las diez de la mañana siguiente. Pero Inés vivía en casa de sus padres y no
estaba dispuesta a quedarse.
Héctor la acompañó a casa, pensando en el horrible resultado de su aventura, y en
el hecho de que si Inés no quería quedarse, posiblemente fuera porque no le apetecía
y no por cuestión de sus padres, al fin y al cabo, ya era lo suficiente mayorcita como
para pasar la noche fuera de casa. Tampoco podía evitar pensar en Eloísa y en lo que
estaría haciendo en esos momentos con Jacob. Su situación era además de frustrante,
ridícula. Él era quien había querido dar solución a aquel matrimonio que parecía a la
deriva después de siete años de comunidad, y él fue quien empujó a su mujer a los
brazos de otro hombre, otro hombre que a ojos vista la estaba satisfaciendo mucho
más de lo que él lo había hecho hasta ahora. Mucho más de lo que él ahora veía que
podía satisfacer a Inés.
Llegaron al final de la Calle de la Paz, cerca de la Plaza de la Reina, y detuvo su
coche, un pequeño Mercedes biplaza gris oscuro de segunda o quizás tercera mano.
Inés bajó y con una leve sonrisa se despidió de él. No lo besó.
Héctor volvió a casa, pensando en todo lo ocurrido, pensando en Jacob, pensando
en Eloísa, pensando en Inés, y pensando en que en ciertas ocasiones debería de
morderse la lengua antes de hablar. Al fin y al cabo, si el matrimonio no funcionaba,
pues que no funcionase, ya se arreglaría, y si no se arreglaba, al carajo, para eso se
habían inventado los divorcios. Pero no, él siempre tenía ideas brillantes, él siempre
sabía lo que tenía que hacer. Cuántas veces se arrepentía de sus ideas brillantes, las
ideas son sólo para plasmarlas en los libros, no para llevarlas a la realidad, donde se
estrellan irremisiblemente.
Llegó a casa y buscó la llave en el bolsillo derecho de su pantalón, notó que tenía
una erección, una buena erección. Entró en el baño y después de orinar se masturbó.

Año 2000

Tasio se había especializado en el espionaje industrial y tenía varios clientes


importantes que lo mantenían ocupado gran parte del tiempo. Su carrera profesional
la inició como asesor fiscal de empresas alrededor de 1979. Pero después de apenas
tres años de profesión, de inspecciones, de trámites administrativos, y de asesorar a
clientes que al final hacían lo que les venía en gana desoyendo sus consejos, y que

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muchas veces sólo buscaban de él su bendición para así tener a alguien a quien
echarle la culpa si las cosas iban mal, se cansó, el trabajo que antes le apasionaba,
pasó a agobiarle, y cada vez estaba más convencido de que tenía que hacer algo
drástico. Fue a principios de 1982, cuando siguiendo el consejo de su íntimo amigo
Héctor, cambió de ocupación. El propio Héctor hizo algo parecido unos años después
abandonando su carrera profesional como abogado y dedicándose a escribir novelas.
También acertó con el cambio. Tasio había seguido un camino bastante distinto
diplomándose como Detective Privado y abandonando la asesoría. En un principio, la
idea era la de encargarse sólo de unos pocos casos sin importancia que no le
complicasen demasiado la vida, como asuntos de divorcios, bajas laborales, y
similares, pero fue el propio Héctor el que por un lado se convirtió en un buen
cliente, primero por unos asuntos relacionados con su mujer, y años después, porque
de forma habitual le solicitaba pequeñas investigaciones —y no tan pequeñas—, que
luego utilizaba en sus novelas. Fue precisamente durante la investigación de una gran
multinacional para una de las novelas de Héctor, cuando trató de cerca los asuntos de
espionaje industrial. Héctor le presentó a unos contactos de su época de abogado, y
pronto surgieron asuntos interesantes. De hecho, había abandonado totalmente las
pequeñas investigaciones y se dedicaba casi en exclusiva al espionaje e investigación
de la propiedad industrial. Claro que a Héctor no le podía decir que no cuando éste le
solicitaba alguna investigación, además, todo hay que decirlo, Héctor era de los que
pagaba bien y rápido, sin discutirle nunca los gastos. Lo cierto es que luego le sacaba
un buen rendimiento cuando acababa de publicar la novela, y era de los que
publicaban por lo menos cuatro al año, de ese modo, ambos salían siempre
beneficiados y mantenían una relación de amistad cordial, juntamente con la
profesional. A Tasio siempre le había asombrado la capacidad de escribir de Héctor,
no era normal, ni por asomo, publicar cuatro novelas anuales, aunque fuesen de una
longitud moderada como solían ser las suyas. Incluso le comentó hace unos meses
que estaba pensando en escribir bajo seudónimo para no saturar el mercado con su
nombre. Dicen que Stephen King hizo algo similar publicando cinco novelas con el
nombre de Richard Bachman. Quién sabe si Héctor llegaría a ser tan famoso como
King.
Tasio tenía algo más de cincuenta años, y habiéndose acostumbrado a vestir con
traje y corbata siendo asesor fiscal, era una costumbre que todavía conservaba, y raro
era el día que no se le veía impecable. Ya había echado algo de barriga con los años,
y el traje siempre había sido adecuado para disimular estas cuestiones, motivo
adicional para conservar su arraigada costumbre. No se imaginaba con vaqueros y
camiseta. Usaba tirantes de tela, a pesar de lo poco habitual de este tipo de prenda
hoy en día, y siempre calzaba buenos zapatos de piel con suela de cuero,
generalmente italianos. Era soltero, y sin duda lo sería por muchos años, le gustaban
las mujeres, pero con moderación, y las temía. Ese temor era el motivo de que no
alargase nunca ninguna relación, por lo que muchas veces tenía que recurrir al previo

[Link] - Página 14
pago de honorarios para desahogarse con alguna «mujer de la vida» como él las
llamaba cariñosamente.
Cuando era asesor, llegó a tener en Valencia un despacho con seis empleados a
pesar del poco tiempo que llevaba dedicándose a la profesión, despacho que en
realidad no llegó a cerrar, sino que traspasó a unos colegas que lo fusionaron con otra
asesoría ya existente. Ese día fue el más feliz de su vida, y desde entonces su única
oficina es un pequeño cuarto en su casa, donde no tiene instalado teléfono porque
siempre utiliza el móvil, el cual desconecta a voluntad siempre que no quiere ser
molestado. Dispone de un viejo ordenador y de una no menos vieja impresora a color
que le basta para la redacción en «Word» de los informes de sus investigaciones.
Cuando necesita conectarse a Internet lo hace desde un pequeño cibercafé que hay
instalado en la misma esquina de su casa.
Esa misma mañana había acabado de redactar el informe para una filial de la
Bayhar alemana que lo había tenido ocupado los últimos quince días. Estaba decidido
a tomarse unos días libres y desconectar el teléfono, el informe le proporcionaría
unos buenos honorarios, y sin duda se había ganado el descanso.
Estaba ordenando los papeles impresos para llevarlos a encuadernar, cuando sonó
el móvil. Se sacó el Motorola del bolsillo, lo abrió, y en la pantalla leyó «ECTOR», sin
hache. Lo había grabado así por ahorrarse una letra. Era un verdadero coñazo eso de
escribir con las teclas del móvil.
—¿Qué vas a escribir ahora? —preguntó sin más prolegómenos.
—Tú siempre al grano.
—El buen uso del tiempo es muy importante y no hay que malgastarlo.
—Oye, necesito que me investigues un asuntillo con total confidencialidad.
—Hombre, me ofendes. ¿Acaso no he sido suficientemente discreto con los
asuntos que te he trabajado hasta la fecha?
—Sí, claro, en ningún momento he querido insinuar lo contrario, lo que pasa es
que es un tema muy delicado y no quiero tratarlo por teléfono, y menos en el móvil.
¿Quedamos en Cánovas? —Héctor sabía que Tasio solía ir a comer a ese restaurante,
bastante céntrico, cercano a su casa, y muy económico en el que se comía bastante
bien.
—Hoy mismo he comido allí. Podemos tomar café a las siete de la tarde. ¿Te
viene bien?
—OK —colgó.
Tasio acabó de amontonar los papeles del informe y los llevó a que se los
encuadernaran en gusanillo que era como solía presentar sus trabajos. Mientras salía
de casa iba pensando en que seguramente tendría que olvidarse de esos días de fiesta
que se había propuesto coger.
Héctor estaba muy raro últimamente.

[Link] - Página 15
Capítulo II

Año 1982

—¿Cómo que en la calle?, ¿te da igual que te vean? —le increpó Eloísa.
Héctor se ruborizó por la rabia contenida al ser atacado por Eloísa.
—Eloísa, en Burjasot no nos conoce nadie.
—Hablas de Burjasot como si fuese la Alemania del Este antes de que tiraran el
dichoso muro ése. Burjasot está a un paso, además, te recuerdo que el hecho de que tú
no conozcas, o creas no conocer a nadie en Burjasot, no quiere decir que no te
conozcan a ti. Además, pueden conocer a Inés. Hasta es posible que en el bufete
tengáis clientes de Burjasot. ¿Me equivoco?
—Está bien, iré con más cuidado, pero a ti también pueden verte. ¿No? —Intentó
defenderse él como buenamente pudo.
—Yo no voy por la calle dándome arrumacos con Jacob.
—Bien, pero Jacob tiene vecinos y os pueden ver, además, te recuerdo que antes
vivíamos en Ontinyent. ¿No se mosqueará nadie si te ven deambular por allí?
—No es lo mismo, la gente podrá imaginarse lo que le venga en gana, pero no
podrá decir que me han visto en una situación delicada. Además, te recuerdo que todo
esto ha sido idea tuya.
—Pues bien que te has acostumbrado enseguida y bien que lo estás disfrutando.
—¿No se trataba de eso? ¿Acaso no tenía que disfrutar? Se supone que esto lo has
maquinado para que nuestro matrimonio no naufrague, aunque pienso que tu única
finalidad era acostarte con esa zorra y buscabas una excusa para que yo no te dijera
nada. Ahora resulta que has tenido un gatillazo y te molesta que Jacob esté
disfrutando de tu mujercita mientras tú te tienes que aliviar en el baño.
Héctor no contestó, eso le pasaba por haberle dado tantos detalles a Eloísa, había
sido un imbécil y empezaba a estar harto de la situación, cuando aún no habían
transcurrido quince días desde que aquel proyecto fantasioso pasó a ser una realidad.
—¿Qué piensas hacer al respecto? —continuó Eloísa mientras Héctor le daba la
espalda.
—¿Al respecto de qué?
—De lo que estamos hablando. ¿Te parece bien ir paseándote por ahí tan
descuidadamente?
—Ya te he dicho que iré con más cuidado.
—¿Eso es todo?
—¿Qué más quieres que haga? No puedo borrar lo del pasado viernes. Además,
sigo convencido de que no nos reconoció nadie.
—¿Y en el bufete?
—¿Qué pasa en el bufete?
—Eso es lo que yo te pregunto, ¿actúas con discreción allí o pasas de todo?

[Link] - Página 16
—Ya está bien —cada vez le costaba más controlar su rabia.
Eloísa no bajaba la guardia y parecía seguir dispuesta a profundizar en la llaga
abierta. Héctor intentó ignorarla y se metió en su pequeña biblioteca privada. Era el
único lugar de la casa en el que se acostumbraba a respetar mínimamente su
intimidad. Eloísa estuvo tentada a seguirle, pero se contuvo. Por ese día era
suficiente.
Héctor se sentó en el sillón de la biblioteca después de coger un libro cualquiera
de las estanterías y se puso a ojearlo sin llegar siquiera a concentrarse en el
contenido. Hacía calor, a pesar de que la biblioteca estaba cubierta de corcho que la
aislaba algo del exterior. No cabía duda de que tenía que poner aire acondicionado
como en el resto de la casa. En invierno aquel reducto se convertía en una nevera y en
verano uno empezaba a sudar nada más entrar. En definitiva, que no había cristiano
que pudiera leer tranquilamente, salvo unos pocos días al año en los que la
temperatura pasaba desapercibida.

Año 2000

Llegó a la Plaza de Cánovas en coche, conducía una berlina de BMW que había
sustituido a su viejo Mercedes. Pudo aparcar en la zona azul sin demasiados
problemas, a pocos metros del restaurante donde había quedado con su amigo.
Cuando entró en Cánovas, Tasio lo estaba ya esperando en la barra saboreando un
café corto y fuerte, sin azúcar. Se acercó y se dieron un fuerte y afable apretón de
manos.
—¿Cómo te va? —le preguntó Héctor.
—Ya ves, a tu disposición como siempre.
—Ya será menos.
—¡Te diré!, tenía previsto irme unos días de vacaciones y aquí estoy, a ver qué es
eso tan confidencial que quieres contarme.
—Vamos a una de las mesas —dirigiéndose a uno de los camareros pidió un gin
tonic de Larios.
—Es sobre Eloísa —notó como Tasio se sorprendía, aunque no dijo nada.
—¿Tenéis problemas?
—No exactamente, mira… —no sabía cómo plantearle la situación—. Bueno, el
caso es que Eloísa se comporta de una forma algo violenta últimamente, y temo que
haga alguna tontería. ¿Recuerdas aquel asunto antiguo que te encargué investigar
cuando ella estaba liada con Jacob y yo con Inés?
—Sí, claro, pero aquello terminó hace varios años. ¿No?
—Hombre, la relación terminó, pero todavía quedan coletazos, y precisamente de
ello es de lo que te quería hablar. Temo que Eloísa haga una locura. Además, ahora
sabes que estoy escribiendo mi biografía novelada, y creo que ha sido otra tonta idea
mía, porque ha resucitado muchas cosas y creo que puede ser el desencadenante de

[Link] - Página 17
alguna tragedia.
—¿Tan grave es?
—Quizá no, pero puede que sí. Necesito tu ayuda para averiguarlo y si puede ser
para evitarlo.
—¿Qué debo hacer entonces?
—Necesito que sigas a Eloisa durante un par de semanas a todas partes. Algo
como lo que hiciste en 1982 cuando te encargué aquel primer trabajo, pero más a
fondo porque ahora no estamos hablando de sexo sino de cosas más graves. Y por
supuesto, además de la discreción que siempre te pido, te pido también un cariño
especial en esta investigación. Gástate lo que haga falta y si es necesario, siempre que
sea de confianza, búscate ayuda.
—Prefiero trabajar solo y ahora no tengo nada entre manos. ¿Cuándo empiezo?
—Ya mismo, nos veremos los lunes y los jueves a estas horas aquí mismo, salvo
que encuentres algo realmente importante, en cuyo caso te ruego que te pongas en
contacto conmigo de inmediato.
—Hecho. De todos modos, yo necesitaré más datos por tu parte. Quiero saber qué
es lo que temes, qué está ocurriendo en tu casa, si actualmente tenéis algún lío por
ahí, o cualquier otra cosa, creas que esté relacionada o no con el asunto.
—Sin problemas, si quieres te puedo hacer ahora mismo un pequeño resumen y
conforme vaya avanzando la investigación, profundizamos todo lo que quieras.
Héctor acabó de un solo trago la mitad del gin tonic que le quedaba y dejó un
billete de mil pesetas sobre la mesa. Salieron sin esperar el cambio.
Héctor subió a su BMW y salió en dirección al puerto. Tasio se fue caminando
hasta su casa mientras pensaba en lo que había estado comentando con Héctor.
Héctor y Eloísa siempre habían hecho una pareja muy extraña, llevaban ya casados
veinticinco años, lo sabía, porque además de que él estuvo en la boda, Héctor le había
hablado el otro día de que estaba preparando las bodas de plata, ¿o no eran las de
plata? Bueno, el caso es que estaba seguro de que hacía un montón de años que
estaban casados. Tenían un solo hijo que tendría poco menos de esos veinticinco
años, porque la pareja se casó de penalti, como entonces se llamaban a estas
cuestiones de ir tres a la boda. El chaval se dejó pronto los estudios y estuvo unos
años a la sombra de su padre, el chico prometía, pero evidentemente no le gustaba
estudiar. Ahora trabajaba en una empresa relacionada con la informática. La verdad
es que el sistema educativo, al menos aquí en España, siempre ha sido muy
deficiente, y no se ha sabido adaptar a las distintas necesidades de cada persona. A
uno intentan hacerle aprender de memoria una serie de estupideces que no le servirán
para nada en un futuro, ni en su vida ni en el mundo laboral, y pocas cosas prácticas
se pueden aprender. De ahí que mucha gente termine su carrera con grandes
desconocimientos de cosas necesarias por una parte, y con un bagaje de
conocimientos inútiles por otra, conocimientos que sin duda irá olvidando poco a
poco en el transcurso del tiempo, precisamente por su total inutilidad. Cuántas horas

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perdidas en los estudios con los codos sobre la mesa con el único fin de aprobar un
examen inútil.
Héctor y Eloisa fueron durante un tiempo una pareja envidiada por los demás, a
pesar de haberse casado tan jóvenes, la cosa les funcionó bien durante mucho tiempo,
luego vino la crisis, la primera de las crisis porque luego vinieron otras. A los seis o
siete años de casados se liaron con sus respectivos amantes y ahí empezaron sus
problemas, aunque posiblemente, de no haber derivado la cosa por ahí, hubieran
acabado separándose como tantas otras parejas a las que se les había agotado la
magia del amor. Nunca se sabe qué puede resultar mejor, una vez tomada una
decisión que no tiene marcha atrás. Héctor le encomendó entonces una investigación
para que siguiese a Eloísa. Fue muy desagradable, porque algunas de las sospechas de
Héctor eran ciertas y así se lo tuvo que informar. En realidad, aunque todo había
parecido idea de Héctor, Eloísa ya estaba liada con Jacob mucho antes de ocurrir
aquello. Los desenfrenos sexuales con Jacob eran continuos y Eloísa parecía
insaciable. Luego apareció en escena Hervé un divorciado más joven que Jacob, de
origen francés que acabó liándose con el propio Jacob. Esto enfrió algo la relación de
Eloísa con él, aunque no dio fin a la misma. Jacob jugaba a dos barajas y lo mismo se
acostaba con uno como con la otra. Finalmente Hervé y Jacob formaron pareja
estable y se fueron a vivir juntos. Eloísa acabó con su relación sexual con Jacob,
aunque mantuvo su amistad con él, y Héctor siguió liado un tiempo con Inés. Pero
claro, aquello no podía durar. A Eloísa se la comían los celos y todo eran presiones
para que Héctor abandonase a Inés. Eloísa lo amenazaba con liarse con el primero
que pillase, aunque a esas alturas a Héctor ya le daba todo igual, o al menos eso era lo
que parecía. Eloísa quería saber cada detalle de su relación con Inés, le increpaba
cada día, y no lo dejaba dormir hasta que Héctor no le había dado el parte diario.
Relación que por otra parte había sido también muy problemática según el propio
Héctor le había contado a él. Durante mucho tiempo Héctor e Inés no pudieron hacer
el amor porque la erección le era totalmente imposible con ella, a pesar de que con
Eloísa seguía funcionando perfectamente. Héctor llegó a pensar que estaba poseído
por algo desconocido que le impedía las relaciones fuera del matrimonio. Además,
cada vez de forma más inconsciente, deseaba a su mujer de una manera desasosegada
y descontrolada, estaba como poseído. Ella hacía con él lo que le venía en gana y
finalmente le dio el temido ultimátum. Héctor se lo contó un día entre llantos; Eloísa
lo había obligado a abandonar a Inés, sin más explicaciones y finalmente claudicó, no
se pudo negar, necesitaba a Eloísa de forma pasional e incontrolada. Eloísa lo había
rodeado de algo que él desconocía y que no comprendía, y no podía estar sin ella. A
Héctor le costó sincerarse con él, pero finalmente se lo contó todo. De ahí que
conociera con tanto detalle las relaciones sexuales de su amigo con Eloísa y con las
otras, porque hubo otras después de Inés, pero las cosas fueron de otro modo.
Héctor se había convertido en el perro faldero de Eloísa y sexualmente era un
completo esclavo. Lo hacían cuando a ella le venía en gana y como ella quería, y en

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más de una ocasión compartieron cama con otras personas para satisfacción de las
fantasías sexuales de ella. Eloísa, además, tuvo alguna que otra aventura fuera del
matrimonio, aventuras que luego le contaba en la cama a Héctor, lo humillaba y a
veces incluso lo obligaba a que le hiciese el amor cuando todavía olía a otro hombre.
Todo esto, en vez de repugnarle a Héctor, lo excitaba, hacía que cada vez deseara más
a Eloísa, y ella se aprovechaba de la situación, hacía lo que le venía en gana y
utilizaba sexualmente a su marido como le apetecía. Muy complicada, cuanto más lo
pensaba Tasio, más complicada le parecía la extraña pareja. Y ahí estaban, veinticinco
años después felizmente casados, al menos en apariencia. Ahora le había pedido que
la siguiera de nuevo, pero se notaba preocupación en la voz de Héctor, en realidad,
Tasio había adivinado y sabía que no se equivocaba, que lo que pretendía Héctor era
proteger a su mujer, no sabía bien de qué, pero era evidente que quería protegerla de
algo. Héctor seguía enamorado y encoñado con Eloísa. Tasio prefirió iniciar la
investigación sin ideas preconcebidas, por lo que de momento no le preguntó nada
más a Héctor, quería seguirla un par de días, y luego ya preguntaría más cosas, era su
forma de actuar, sabía que cuando empezaba una investigación con alguna idea
preconcebida, inconscientemente dejaba de lado senderos importantes y se cegaba
por lo que creía que era el centro de la investigación, cuando en realidad no era más
que un faro fantasma que lo hacía apartarse de la realidad. ¿Qué le preocuparía a
Héctor? ¿Podría estar relacionado con el contenido de su autobiografía? Sabía que
Héctor nunca daba sus libros a leer a nadie antes de publicarlos, salvo a Eloísa que
leía cada día lo que Héctor había escrito. Eloísa era su musa y su mayor seguidora, y
según muchas veces le había confesado a Tasio, sus novelas cambiaban de rumbo
cada día por los comentarios que le hacía Eloísa. Algunas novelas eran más de ella
que de él. Es cierto que él era quien sabía plasmar las ideas sobre el papel de forma
que les daba un encanto y una coherencia que sus lectores adoraban, pero no era
menos cierto que muchas ideas eran de ella, y que muchas de las novelas que había
iniciado con ideas de él mismo, acababan convirtiéndose en algo totalmente distinto a
lo que había pensado inicialmente conforme se acercaban al desenlace, pero eso no lo
sabía nadie. Según le dijo Héctor, estas cosas sólo se las contaba a su mejor amigo, y
Tasio era su mejor amigo, y Tasio desde luego no se lo contaba a nadie. ¿Qué
contendría la autobiografía que leída por Eloísa hubiera podido provocar alguna
situación alarmante? Conociendo la vida que habían tenido, no era de extrañar que si
Héctor había sido demasiado sincero en algunas cuestiones, la imagen de Eloísa
podía quedar dañada, aunque por otra parte, la dependencia de Héctor era tal, que
Tasio no imaginaba posible que pusiera en la autobiografía algo que pudiera
perjudicarla a ella. La autobiografía era novelada y simplemente estaba basada muy
ligeramente en la realidad, o al menos eso era lo que Héctor le había dicho, pero en el
fondo estaba convencido de que en ese maldito libro se encontraba la clave de todo.
Ya lo tenía planeado, seguiría a Eloísa un par de días para hacerse una primera visión
de conjunto, y luego le pediría a Héctor que le dejase leer lo que había escrito hasta la

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fecha, de aquel libro. No aceptaría un no por respuesta, al fin y al cabo, aquello
estaba relacionado con la investigación, y Héctor no podía negarse a darle facilidades
en beneficio de lo que pudiera averiguar.
Eloísa estaba en el baño, con la bañera llena de agua cuasi hirviendo y con cuatro
dedos de espuma provocada por una mezcla de gel, sales de baño, champú y
depilador. Eloísa pasaba horas dentro de la bañera, la relajaba, podía soportar
temperaturas que a otras personas les parecían abrasadoras, de hecho nunca podía
bañarse con Héctor porque a él le gustaba el agua más bien fría, o al menos no tan
enormemente caliente como a ella. Los poros se le abrían y limpiaba su piel con
profundidad, cada centímetro, depilándose las piernas, los brazos y los sobacos, y
aquella línea de pelos que le bajaban desde la parte inferior del ombligo hasta el
comienzo del pubis. Una línea de pelos que parecía una fila de hormigas que se
dirigían al hormiguero que era la misma zona umbilical. Eloísa odiaba esos pelos, por
lo que continuamente los estaba eliminando, pero éstos se empecinaban en su intento
por volver a aparecer, cada vez más lustrosos y con mejor cara. También tenía pelos
en la espalda, encima del culo, en el pequeño hueco que se formaba en el centro de la
espalda. Éstos eran más finos y suaves, pero eran los más molestos porque le costaba
quitárselos por su posición de retaguardia. Se la veía feliz, el cuarto de baño parecía
el centro de Londres en un día de niebla intensa, al espejo le costaría recuperar su
propiedad reflejante, cubierto como estaba de una espesa capa de vaho húmedo.
Eloísa a veces se depilaba también el pubis y con su pequeño cuerpo parecía una
niña, aunque esta operación no la hacía muy a menudo porque cuando volvían a
salirle los pelos se pasaba varios días rascándose y además algunos de ellos le
pinchaban entre las piernas.
Cuando salía del baño se secaba con cuidado todo el cuerpo y se ponía sus cremas
de rejuvenecimiento en la cara y en las tetas, y leche hidratante en todo el cuerpo, se
pintaba las uñas de las manos con esmalte rojo, y cuando estaba inspirada hacía lo
mismo con las uñas de los pies. Tenía unos pies griegos que no le gustaban, el dedo
índice sobresalía de forma exagerada sobre los demás. A ella le hubiera gustado tener
unos pies egipcios, más armónicos, con el dedo pulgar más largo y los otros en orden
descendente. Aunque en realidad era más cómodo tener pies griegos que egipcios
porque la mayoría del calzado estaba diseñado para este tipo de pies, a pesar de que
había leído en alguna parte que estadísticamente sólo un 12.5 por ciento de la
población tenía los pies griegos.
Se pintó las uñas de los pies, sí, hoy se las iba a pintar. Con una piedra pómez se
limó unas pequeñas impurezas de los talones, y se retocó con una maquinilla de
afeitar de Héctor los bordes del pubis, perfilándolos y convirtiéndolo en un perfecto
triángulo isósceles. Se puso un poco de desodorante en los sobacos que le escocieron,
miró la etiqueta y efectivamente era de los que contenían alcohol, nunca se acordaba
de mirar que no tuvieran alcohol cuando los compraba.
Se puso unas braguitas blancas tipo tanga, con encajes delicados en su parte

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delantera, y decidió no ponerse sujetador. Tenía unos pechos pequeños que le
permitían poder hacer eso de vez en cuando sin que peligrase demasiado su
estabilidad, aunque con la edad ya habían empezado a caérsele ligeramente. Se miró
en el espejo y no vio nada más que vaho. Salió del cuarto de baño y se miró en el
espejo del dormitorio, un espejo de cuerpo entero. Se bajó delicadamente las bragas
para comprobar el acabado de su depilación y se las volvió a poner. Estaba satisfecha.
Tenía cuarenta y seis años, pero seguía teniendo un cuerpo de niña ya adolescente,
pequeño pero bien formado, con cuarenta y pocos kilos. Todavía podía ponerse el
traje de boda, después de veinticinco años, apenas había engordado un par de kilos.
Estaba satisfecha consigo misma.

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Capítulo III

Tasio esperaba verla con cara de preocupación o de pocos amigos, quizás


enfadada, pero se sorprendió al verla salir de casa rebosante de felicidad, estaba muy
guapa, siempre solía estar guapa, pero se podía decir que lo estaba más de lo normal.
Su andar era enormemente elegante, con sus zapatos de tacón de aguja sus pasos eran
cortos, y movía cadenciosamente su pequeño culo de forma muy sensual. Tenía el
culo en forma de manzana, como a él le gustaban, nunca le habían gustado las
mujeres con el culo en forma de pera, ni las que tenían enormes masas de celulitis
alrededor del mismo, tampoco le gustaban las mujeres grandotas, aunque tuvieran
buenas tetas, en definitiva, tenía que admitir que Eloísa era su tipo de mujer, además
era encantadora en el trato, sensual y morbosa, muy morbosa. Era difícil mantener
una conversación con ella y no pensar en el sexo al menos una docena de veces. Los
zapatos eran abiertos por delante y dejaban ver unas uñas recién pintadas. Las uñas de
las manos, larguísimas, también estaban pintadas del mismo color fuego. Llevaba una
falda muy corta y unas medias grises. La falda era negra y contrastaba con una blusa
blanca. Se le adivinaban los pezones y los pechos pequeños pero cimbreantes
evidenciaban la carencia de sujetador. Llevaba colgando del hombro un pequeño
bolso negro que Tasio se imaginó lleno de pequeños trastos inútiles. Siempre que
había tenido ocasión de ver el contenido del bolso de una mujer, bien por curiosidad o
bien en el desarrollo de alguna de sus investigaciones, se había encontrado con toda
clase de sorpresas y cosas inesperadas, además de totalmente inútiles desde su punto
de vista masculino. Además, había mujeres que lo usaban de papelera, y mantenían
en su interior paquetes de tabaco terminados, envoltorios de chicles y caramelos,
alguna servilleta con anotaciones a lápiz, y todo ello mezclado y enrevesado con un
par de juegos de llaves que luego nunca encontraban cuando las necesitaban, clínex,
algún pintalabios, condones, encendedores, las más precavidas llevaban algún par de
medias de repuesto, también se podían encontrar entradas de cine o de teatro de
meses atrás y un sinfín de cosas inidentificables.
La había estado esperando en el interior del coche durante un par de horas,
después de asegurarse de que estaba en casa mediante una llamada telefónica que
cortó cuando ella cogió el teléfono. No sabía si tenía servicio para controlar quien
llamaba, por lo que tuvo la precaución de llamar desde una cabina cercana. Su
teléfono móvil tenía la opción de realizar la llamada de forma anónima, pero no se
fiaba de sus habilidades de programación y temía meter la pata.
Llevaba un Opel Corsa de alquiler porque Eloísa conocía su Ford Escort ranchera,
la verdad es que siempre había pensado que tenía que cambiar de coche porque había
muy pocos Escorts ranchera y acababa llamando la atención si tenía que seguir a
alguien. Imaginaba que ella cogería su Citroën Xsara que tenía aparcado en la puerta,
pero se volvió a equivocar, vio que pasó de largo y siguió a pie calle abajo. Si la

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seguía en el coche se iba a dar cuenta de inmediato, si la seguía a pie y ella se subía al
coche de otra persona, no iba a poder seguirla. Mientras pensaba si la seguía de un
modo u otro, vio como entraba en la peluquería que había en la misma esquina. No
haría falta moverse de momento, la esperaría en el coche. La verdad es que odiaba
aquellas largas esperas. Las odiaba porque aunque le gustaba leer, no podía hacerlo
porque si leía no controlaba nada a su alrededor, a veces se entretenía escuchando la
radio, aunque en una ocasión, después de pasarse una noche en vela oyéndola,
cuando intentó poner en marcha el coche para seguir a la persona que estaba
vigilando, la batería hizo un sonido sordo y ahogado que acabó muriendo sin que el
coche arrancara. Desde entonces, oía pocas veces la radio con el motor parado. Es
cierto que aprovechaba las esperas para pensar, pensar en la investigación, y pensar
en sus problemas personales, cotidianos, pensar en lo que había sido su vida hasta el
momento, pensar en los motivos que tenía, o quería tener para no casarse, pensar en
sus necesidades sexuales que tenía que atender. Muchas veces, las largas esperas
acababan en una especie de depresión producida por malos y repetitivos
pensamientos. Llevaba ya casi veinte años de detective, y lo cierto es que no se podía
quejar, vivía bien y no le faltaba de nada, incluso tenía ahorrados algunos millones
para cuando decidiera retirarse. Vivía en un lugar pequeño pero céntrico y cómodo, y
no necesitaba nada más, pero se sentía solo, muchas, demasiadas veces, se sentía
solo. La soledad le gustaba, pero le gustaba mientras podía controlarla, mientras era
él quien decidía aislarse y mantenerse a solas del mundo, pero cuando necesitaba
compañía se daba cuenta de que vivir solo resultaba triste, reconfortante a veces, pero
triste las más de las ocasiones. Quizás algún día encontrara a una mujer a quien no
temiera, alguna mujer que le transmitiera seguridad, alguna mujer con la que
compartirlo todo, lo bueno, lo malo, y lo ni bueno ni malo. Pero tenía casi cincuenta
años y no había conocido ninguna mujer con la que compartir su vida más allá de un
par de meses. Por otra parte, su trabajo tenía horarios extraños, o mejor dicho, no
tenía horarios, y lo mismo tenía que pasar una noche en casa que en el coche, o en el
banco de algún aeropuerto, y eso era difícil de compartir, era difícil encontrar una
pareja que se acostumbrara a ese tipo de vida, aunque posiblemente, dentro de cinco
o seis años, si decidía retirarse y vivir de sus ahorros, entonces, posiblemente sería
más fácil encontrar a alguien con quien compartir lo que le quedara de vida, pero
entonces tendría ya cincuenta y cinco o más años. ¿De vedad podría creer que sería
más fácil encontrar a alguien a esa edad? Quién sabe.
Eloísa llevaba ya más de dos horas en el interior de la peluquería, a Tasio le dolía
todo, allí embutido en el interior de aquel minúsculo coche. ¿Cómo podían estar tanto
tiempo las mujeres en la peluquería? Cuando él iba al peluquero acababa en veinte
minutos. Las mujeres, entre los tintes, las mascarillas, las «permanentes», las mechas,
el secador, que si un lavado, que si otro lavado, un retoque, otro retoque, córtame un
poco más del flequillo, este tinte me ha quedado un poco más claro que el del mes
pasado, otra capa de tinte, otro lavado, otro secado, y las conversaciones de la

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peluquería, las interminables e insulsas conversaciones de peluquería, sólo
comparables con el montón de revistas inútiles que su peluquero decía que eran de
medicina, por aquello del corazón. Tasio iba a una peluquería mixta, donde lo mismo
iban mujeres que hombres, y los veinte minutos que pasaba aseándose el pelo, eran
una tortura, el peluquero acababa siguiéndole la corriente a todas las mujeres, parecía
disfrutar con ello, Tasio estaba convencido de que su peluquero era incluso más
maruja que la más recalcitrante de sus clientas, y por eso le resultaba fácil sonsacarles
hasta lo más íntimo. En la peluquería se hablaba de todo aquel y aquella que no
estaba presente, del vecindario y de los famosos, de las suegras y de los artistas de
cine, de los cuernos y de los embarazos sospechosos. La peluquería ha sido siempre
un nido de chismes de todo tipo. Lo que llega a la peluquería acaba expandiéndose y
propagándose hasta el infinito, seguro que el famoso Big Bang que dio origen al
universo comenzó en el interior de la peluquería de alguna lejana galaxia.
Eloísa salió de la peluquería, Tasio cesó en sus pensamientos inconexos y volvió
a observarla desde el interior del coche, había entrado guapa, pero tenía que admitir
que había salido despampanante, la larga incubación en la peluquería había valido la
pena. Su larga cabellera estaba como rejuvenecida y sus ondulaciones eran más
elásticas, con más movimiento, más vida. Eloisa subió al Xsara, Tasio puso en
marcha el Corsa y la radio.

Julio tenía treinta y cinco años, se había independizado recientemente de sus


padres, con los que había estado viviendo hasta el verano pasado. Nunca había sido
mujeriego, aunque era guapo y resultaba bastante atractivo para aquellas mujeres que
buscan alguien delicado y sensible, y no al típico macho hispano. Era casi
barbilampiño, posiblemente por su lejano origen indio. Su tatarabuela dicen que era
india americana. No era ni rubio ni moreno, tenía una tonalidad de pelo poco común,
muy liso, melena corta, ojos ligeramente, muy ligeramente oblicuos, y grandes,
curiosos, delgado, un metro ochenta. Julio siempre había sido muy tímido, y después
de tantos años viviendo con sus padres, había decidido irse a vivir solo, porque entre
otras cosas, se avergonzaba de seguir como mantenido de sus progenitores, aunque
colaboraba en el sostenimiento familiar con parte de su sueldo de cajero de
supermercado. No era virgen, pero casi, a sus treinta y cinco años, apenas había
tenido un par de breves encuentros sexuales con mujeres, y un intento frustrado con
un compañero de colegio. Siempre se había sentido como un bicho raro, y las mujeres
no lo habían atraído nunca excesivamente. Tampoco los hombres, en realidad, su
instinto sexual parecía bastante apagado. Ese estar en medio de todo y no acabar de
tener las cosas claras, fue lo que en el instituto, con apenas diecisiete años, lo llevó a
una primera experiencia sexual con un compañero suyo, mucho más espabilado y
avezado en las lides sexuales, que vio en él un homosexual en potencia. Se hicieron
amigos, fueron un par de veces al cine, y en plena GUERRA DE LAS GALAXIAS, mientras

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escuchaba aquella famosa frase de «que la fuerza te acompañe», notó que la mano de
su amigo se posaba encima de su paquete. No supo qué hacer, y ante la duda y la
sorpresa, decidió no hacer nada, mientras Luke Skywalker seguía con sus aventuras
espaciales. Poco después, y sin soltar la mano de donde la tenía, Juan, que así se
llamaba su compañero, lo cogió de la parte de atrás del cuello con la otra mano, y le
dio un profundo y apasionado beso, introduciéndole la lengua hasta casi rozarle las
amígdalas. De fondo se oían los disparos de los láseres de las naves en forma de «X»
y de «Y», aunque dicen que en el espacio, debido al vacío, o a la ausencia de
gravedad, en realidad no podrían oírse. Julio se excitó a la vez que sintió unas fuertes
ganas de vomitar. Salió corriendo de la sala del cine y tuvo que volver otro día para
ver como terminaba la película. Nunca más se volvieron a dirigir la palabra Juan y
Julio. Tampoco volvieron juntos al cine.
Unos pocos años después tuvo un par de encuentros con dos hermanas, por
separado, primero con la mayor. La relación no tuvo un gran éxito, aunque la chica,
prendada del tamaño de aquello que tenía él entre las piernas, no pudo resistir
contárselo a su hermana pequeña, quien no paró de acosarle hasta que no tuvo más
remedio que enseñárselo. Lo hizo en el patio del instituto, detrás de los cuartos de
baño. La chica alargó la mano y le tocó el miembro tímidamente y cuando notó aquel
calor y vio que aquello parecía querer crecer más en su dirección, dio media vuelta y
salió corriendo. Sexualmente no había tenido ninguna otra experiencia hasta que el
otro día, mientras atendía la caja del supermercado, una mujer, algunos años mayor
que él, después de pagar la cuenta con la VISA, lo miró a los ojos y le preguntó a qué
hora terminaba. Entre balbuceos le dijo que acababa su turno a las ocho.
—Te espero fuera —le dijo ella.
Fueron a casa de él, estaba ordenada y limpia, aunque la cama estaba sin hacer,
sólo la hacía los domingos por la tarde, y era jueves. No importó mucho porque de
todos modos hubiera acabado deshecha. Aquella mujer tenía una gran experiencia y
consiguió hacer con él lo que nunca había soñado ni después de ver una película
porno de aquellas que alquilaba de vez en cuando en el videoclub de al lado del
supermercado. Recordaba que ella había murmurado cuando le bajó los pantalones y
los calzoncillos: «Esto es todo un descubrimiento». Pero esta vez no salió corriendo.
Nada de eso. Él apenas hizo nada, fue ella la que lo estuvo cabalgando durante más
de dos horas. Cuando él se corrió por segunda vez, y cuando todavía su miembro
estaba dentro de la mujer, ella se acarició el clítoris y las tetas hasta correrse
salvajemente encima de él, retorciendo el pene de Julio en su interior.
—Volveré otro día —le dijo ella al oído.
Él no tuvo fuerzas para contestar, estaba como flotando. Ella se marchó. Ni
siquiera se habían presentado, aunque ella sabía que él se llamaba Julio porque
llevaba el nombre en una plaquita de plástico sobre el corazón, como todos los
empleados del supermercado, y él sabía que ella se llamaba Eloísa porque lo vio en
su VISA. Nada más sabían la una del otro ni el uno de la otra, pero era suficiente.

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Eloísa salió de la peluquería eufórica, se sentía llena de vida, olía a limpio. Subió
al Xsara, arrancó el motor y miró por el retrovisor, no venía nadie y salió en dirección
a Capitanía. Iba pensando en Julio, el chico que había conocido la semana pasada.
Cuando estuvo en el supermercado sintió algo extraño al ser atendida por él. Hubiera
jurado que era virgen a pesar de que ya era mayorcito. ¡Qué tímido era! Apenas si
habían cruzado una docena de palabras desde el supermercado hasta su casa, y quizás
otra docena en su casa. Estaba segura de que el chico, que en realidad ya no era tan
chico, la estaba esperando cada día desde entonces, sabía que había causado en él la
suficiente impresión como para estar pendiente de la puerta cada día, cada momento.
Ella sonreía de satisfacción. Hoy se había estado bañando y depilando con esmero, y
hasta había ido a la peluquería. Estaba excitada y quería sexo, pero no con Héctor, o
mejor dicho, no sólo con Héctor, quería algo más. Había descubierto en aquel
hombre, bastante más joven que ella y Héctor, una vitalidad sexual latente increíble.
Estaba dispuesta a volver a verlo, y de hecho se dirigió a su casa sin avisar. Eran las
ocho treinta, llamó a su puerta. Julio abrió, estaba en calzoncillos. Ella sonrió.
Tasio la siguió hasta un parking cerca de Capitanía, aparcó su Corsa a unos cien
metros del Xsara de ella. La siguió con mucha precaución, se había puesto un
pequeño bigote postizo por si se giraba y lo veía de lejos, que no pudiera reconocerlo
a la primera. Las precauciones apenas fueron necesarias porque ella parecía no
percatarse de lo que ocurría alrededor.
Entró en un portal y pudo ver que subía a un tercer piso por el indicador del
ascensor. Él subió a pie al tercer piso, había dos puertas. En una de ellas vivía un
matrimonio, según se deducía de una pequeña placa metálica, en la otra no ponía
nada. Tasio supuso que Eloísa había entrado en esta segunda. La luz del pasillo se
apagó, Tasio no la volvió a encender, se sentó en los escalones dispuesto a esperar
unos minutos. Volvió a pensar en su jubilación y en su soledad, volvió a pensar en lo
difícil que sería encontrar a alguna mujer que se interesara por un viejo gordo sin
demasiado dinero. Oyó unos gemidos y ruido de cama, el ruido característico de
cuando no se usa para dormir. Los gemidos y los ruidos de cama siguieron durante un
buen rato, de pronto el silencio. Tasio se levantó y bajó por las escaleras, se fue hasta
la otra esquina y esperó intentando pasar desapercibido. Debía averiguar quien vivía
en aquella casa y no estaría de más poner algún micrófono, e incluso alguna
microcámara por si se repetía la ocasión. Eloísa tardó casi otra hora en bajar a la
calle, se la veía igual de guapa, aunque ligeramente más despeinada, sólo
ligeramente. La siguió hasta el parking, y luego hasta su casa. Dejó el coche en la
calle y subió. Tasio decidió esperar un rato más, aunque había visto luz en casa de
Héctor y supuso que estaba en casa. No creía que fuera necesaria más vigilancia esa
noche.

Héctor estaba haciendo la cena, le gustaba cocinar. Esa noche no estaba haciendo
nada especial, simplemente una patatas fritas, eso sí, con aceite de oliva, y unos

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filetes de ternera, todo acompañado con una ensalada aliñada con un buen vinagre. Su
hijo estaba en casa de un amigo, esa noche cenaría a solas con Eloísa. Seguía
preocupado por su comportamiento, temía que hiciera alguna barbaridad, y esperaba
que su amigo lo avisase rápidamente si veía alguna actuación peligrosa en ella.
Eloísa entró en casa sonriente, le dio un pequeño beso en la boca.
—Tengo una sorpresa para ti esta noche.
—¿Ah sí? ¿De qué se trata?
—Si te lo digo no hay sorpresa.
—¿Has estado en la peluquería?
—Me alegro de que se note. ¿Te gusta?
—Estas muy guapa, aunque siempre estás muy guapa —era sincero.
—Tú siempre tan cumplidor.
Cenaron mientras veían en la televisión una de esos horribles telefilms de
extraterrestres sin ningún sentido, al cual no le prestaron la menor atención, al menos
él.
Se fueron temprano a la cama.
Eloísa se fue al cuarto de baño después de cenar y se limpió los dientes, pero no
se lavó, sabía que olía a sexo y a Julio, pero conscientemente no eliminó esos rastros
de su cuerpo.
Se desnudó y se metió en la cama con Héctor. Héctor llevaba todavía los
calzoncillos. Eloisa cambió el tono suave de su voz por otro más severo, más duro, y
le espetó, más que le dijo, que se quitara los calzoncillos. Eloisa apagó la luz, Héctor
sintió una fuerte excitación, como siempre le ocurría cuando ella le hablaba en la
cama en ese tono. Era síntoma de que tendrían un encuentro sexual.
—Ven aquí encima.
Él la obedeció y se puso encima de ella, a horcajadas.
—¡Huéleme! Toda.
Héctor se puso a olerla. La olía sonoramente mientras arrastraba su nariz y sus
labios por todo el cuerpo de ella. Olió cada rincón de su cuerpo, principalmente
debajo de las axilas que era lo que más lo excitaba. Le olió también las ingles y el
sexo, volviendo hacia arriba oliéndole el ombligo y los pechos. Ella le había cogido
el pelo y le dirigió la cabeza de nuevo hacia su sexo, para que él siguiera oliendo,
luego tiró de él y lo besó.
Después de besarlo acercó sus labios mojados al oído de él y comenzó a
susurrarle.
—Vengo de follar con otro tío —el cuerpo de él se tensaba mientras dejaba
escapar un ligero gemido contenido.
—No me he lavado para que puedas sentir su olor, su olor mezclado con el mío…

Estaba tomando un café en Cánovas, mientras esperaba a Héctor. Era pronto


todavía, pero así se relajaba un poco. Se relajaba y pensaba en cómo contarle a

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Héctor lo que había averiguado hasta la fecha. Lo había llamado por teléfono y le
había dicho que necesitaba una copia de lo que tenía escrito hasta hoy de la biografía,
y luego quería todo lo nuevo que fuese escribiendo o modificando. Héctor se mostró
reacio, pero finalmente aceptó su petición y suponía que se la traería ahora mismo.
Esperaba que Héctor no se tomara demasiado a mal el comportamiento licencioso de
su esposa, aunque después de aquella noche, ya todo fue más bien normal, normal y
aburrido. Tasio averiguó que aquel hombre se llamaba Julio Vargas y que trabajaba en
un supermercado atendiendo una de las cajas. También averiguó que era soltero y
vivía solo. No se le conocía ninguna relación estable, ni ningún vicio además del de
fumar pitillos.
Tasio había ido a La Tienda del Espía, en una de las esquinas de la calle del
Antiguo Reino de Valencia y había comprado una cámara vía radio V4111, como otra
que ya había utilizado en su última investigación para la Bayhar. La otra la perdió, o
mejor dicho, no pudo recuperarla de donde la había instalado, pero no tenía excesiva
importancia porque su precio no llegaba a las 60 000 pesetas. La cámara le permitía
grabar incluso prácticamente sin luz y utilizaba como receptor un ordenador portátil
que le había dejado un amigo suyo, también del oficio. La cámara no necesitaba
cableado, ésa era su principal ventaja, y la calidad de transmisión era aceptable. Lo
complicado fue encontrar un lugar apropiado donde esconderla de manera que se
pudiera grabar la cama. Entrar en la casa, curiosamente fue mucho más fácil. Julio
nunca daba la vuelta a la llave, y era una vieja puerta de las de pestillo corriente, la
pudo abrir con una VISA antigua que guardaba en la cartera para esos casos, aunque
normalmente resultaba más complicado entrar en algún domicilio ajeno. A Tasio
tampoco le preocupaban las cuestiones morales de entrar a casas ajenas y grabar
conversaciones o imágenes, intervenir los teléfonos y cosas así, sin ningún tipo de
autorización judicial. En realidad le divertía poder informar a sus clientes de estas
cuestiones, aunque muchas cosas no las podía poner por escrito para evitarse
problemas con la Ley. Encontró primero un sitio apropiado fuera de la habitación,
pero tenía el inconveniente de que si cerraban la puerta, se iba a quedar a dos velas.
Finalmente encontró un lugar en una de las esquinas del armario. Era un armario
grande y viejo, muy recargado, cuestión que ayudó a disimular la cámara. Aun así,
estaba convencido de que la descubrirían si la dejaba mucho tiempo. Eloísa no volvió
desde aquel día, pero Tasio pudo comprobar el buen funcionamiento de la cámara.
Pudo comprobar que el tal Julio se empezaba a poner muy nervioso a la hora en que
el otro día acudió Eloísa. Empezaba a dar vueltas por la habitación, salía, volvía a
entrar, y una hora después, o quizás algo más, se acostaba, apagaba la luz y se
masturbaba. Así cada día. El primer día, Tasio se llevó una sorpresa. Cierto que con
la luz apagada no se veían las cosas demasiado claras, pero gracias al sistema de
infrarrojos la imagen era suficientemente válida. Se veía poco, pero el tamaño de
aquella verga se apreciaba con claridad. En la vida he visto cosa igual, pensó para sí.
Héctor entró por la puerta del restaurante y se acercó a la barra saludando a dos

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camareros con los que se cruzó. Pidió un gin tonic de Larios.
—Hola, qué tal —saludó a Tasio.
—Bien, aquí, con el cafecito.
—Toma —le acercó un sobre abultado—. Ahí tienes lo que tengo escrito hasta
ahora. Ojo, es totalmente confidencial, tan pronto lo leas debes de devolvérmelo, y no
quiero que hagas copias, sería una putada que alguien se me anticipara y lo registrara
en Propiedad Intelectual.
—Puedes estar tranquilo, nadie te va a quitar tus derechos. ¿Lo ha leído Eloísa?
—Sí, cada vez que escribo algo nuevo lo lee, se empeña en que le imprima cada
página.
—¿Y te ha hecho algún comentario? Algo en especial que no le guste.
—No, nada. Algunos pequeños cambios sin importancia de nombres y lugares,
pero nada más, en realidad, aunque la quiero vender como autobiografía, hay más
ficción que realidad, como de hecho advierto en la introducción. Lo monto como
autobiografía, simplemente para crear más morbo y más expectación hasta su
publicación, creo que puede ser un gran éxito, pero quiero guardar gran parte de mi
intimidad, no quiero dar a conocer mis trapos sucios.
—Resultará un poco complicado. ¿No?
—No demasiado, en realidad, la excusa perfecta es la de realizar un entramado
policíaco, con algún crimen de por medio, y mencionar alguna de mis otras obras, en
fin, convertirme en protagonista de una de mis novelas de ficción. El título quiero que
sea comercial, de momento tengo pensado el de CONFIESO, es corto y creo que
impacta suficiente. En la campaña de lanzamiento que quiero preparar unos meses
antes de la edición será donde mi editor y yo aclararemos que se trata de una más de
mis obras de ficción, pero con algunos datos reales mezclados, de manera que nadie
sabrá nunca lo que es cierto y lo que no lo es, y se creará con ello la suficiente
polémica.
—Yo ya he empezado el trabajo. Como verás, hasta ahora no te he preguntado
nada, y lo primero que he hecho hoy ha sido pedirte la novela. He actuado de ese
modo porque no quería tener ninguna idea preconcebida, quería simplemente ver qué
es lo que pasaba en estos días y luego profundizar. Pero ahora creo que ha llegado el
momento de que me cuentes realmente cuáles son tus temores, y en qué te basas para
creer que tu mujer puede hacer algo inconveniente.
—Tasio —la voz de Héctor se hizo más profunda, a la vez que hablaba con un
tono de voz más bajo—. Temo que Eloísa sea capaz de un crimen.
—¿Un crimen?
—Si.
—¿A quién se supone que se va a cargar?
—A Inés.
—Pero… ¿Por qué? ¿Qué te hace pensar una cosa así?
—No sé, son una mezcla de sentimientos, y por otro lado sus propias palabras.

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Como sabes, hace ya varios años que Inés y yo dejamos nuestra relación sexual-
amorosa, pero seguíamos siendo amigos y debido a nuestro trabajo, nos veíamos a
menudo y mantuvimos algunas conversaciones telefónicas, e incluso algunos email.
Luego dejé el bufete y empecé a escribir, o mejor dicho, empecé a escribir y dejé el
bufete. Ello hizo que la relación entre Inés y yo se distanciase todavía algo más, lo
cual calmó ligeramente los ánimos de Eloísa, pero no del todo, porque seguimos
hablando por teléfono. Cuestiones sin importancia, ella me hacía algunas consultas
del trabajo, y aunque yo hace tiempo que lo dejé, la ayudaba en alguna cosilla del
bufete. Todo cosas sin importancia. En cierta ocasión Eloísa me acusó de estar
viéndome a escondidas con Inés, cosa que naturalmente negué.
—¿Te veías con ella?
—No, en absoluto, en realidad no me atrevía. No me atrevía porque Eloísa tiene
un sexto sentido muy desarrollado y siente vibraciones de todo tipo. Sé que no podría
engañarla.
—¿Entonces?
—¿Entonces qué?
—¿Por qué crees que ella sentía eso si no era cierto?
—No lo sé, supongo que tampoco será infalible, quizás lo que sentía era el
peligro latente, o mi posible deseo hacia Inés, no lo sé, el caso es que yo no tuve nada
que ver sexualmente con Inés desde que la dejé.
—¿La dejaste tú?
—Sí, ya te lo conté, me vi obligado a dejarla. Eloísa no estaba dispuesta a que yo
continuara con la relación.
—¿Y qué ha ocurrido ahora que te hace temer por Inés?
—No temo por Inés, temo por Eloísa, por lo que pueda hacer y de lo que se pueda
arrepentir después. Han sido varias cosas, hace unos meses escuchó un mensaje en el
contestador que había dejado Inés, y se mosqueó por el tono de voz de Inés, más que
por el contenido del mensaje, según ella, el tono era muy «personal». En realidad era
una tontería, nada serio, pero ya sabes cómo son las mujeres. Yo no sabía qué hacer
para evitar tener problemas con Eloísa, estaba harto de que la situación se alargase
tanto a pesar de haber terminado oficial y realmente con Inés, así que le propuse que
le diría a Inés que ya no la volvería a llamar ni quería que ella lo hiciera.
Así lo hice, y rompí ya de una forma más definitiva si cabe con ella, ni una sola
llamada, nada, ausencia total de cualquier tipo de relación. Tuve que renunciar a mi
amistad con Inés para salvar de nuevo mi matrimonio.
—¿Valió la pena?
—Por supuesto, sabes que quiero a Eloísa, aunque creo que no es justo lo que he
tenido que hacer, pero no me arrepiento de ello y creo que lo volvería a hacer si se
presentase la ocasión.
El caso es que hace pocos días, Inés coincidió conmigo en una cafetería. Puedes
imaginar quien entró a continuación. Se puso histérica, y bajo mi punto de vista

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perdió el sentido de la realidad, amenazó con matarla, con eliminarla definitivamente
de mi vida, aunque no en ese momento, en público no dijo nada, dio media vuelta y
se largó, la película vino después, en casa, me puso verde.
—Sabes que esas cosas se dicen en momentos de furia, pero no se mata por ello.
—Sí lo sé, pero yo también siento cosas, quizás por los muchos años que llevo
con Eloísa. Esas sensaciones que ella nota en las personas, yo acabo notándolas
también, menos intensamente, menos certeramente, pero las siento, y también siento
las que Eloísa produce, y créeme si te digo que no me gustó nada su aura de ese día.
Nada.
—Creo que exageras y que me has puesto a investigar una insensatez.
—Insensatez o no, quiero que sigas investigando y que me informes de todo lo
que sepas. Yo sería el primero en alegrarme si estoy equivocado, pero también quiero
estar preparado para el caso de que no lo esté.
—Está bien, como quieras, seguiré vigilando, no te preocupes.
—¿Qué tienes que decirme de estos días?
—Nada.
—¿Cómo que nada? ¿Qué mierda de detective eres?
—Nada relacionado con el tema de la investigación.
—Oye Tasio, no te quedes conmigo. El tema de la investigación es Eloísa, y por
lo tanto, cualquier cosa más importante que una hora en la peluquería, debes de
contármela.
—¿Estás seguro de que quieres oírlo?
—Sí, para eso te pago.
—Eloísa tiene un lío.
—Lo sé, me lo dijo ella.
—¿Te lo ha dicho? ¿Y qué piensas hacer?
—Nada.
—Oye tío, de verdad, no te entiendo.
—Mi relación con Eloísa y la forma de llevarla, es cosa mía, sabes que la adoro,
que sería capaz de cualquier cosa por ella, y sé lo que debo exigirle y lo que no. Es
muy libre de tener alguna aventura si lo cree necesario.
—Ella te obligó a dejar a Inés.
—No hace falta que me lo recuerdes, lo tengo claro.
—Pero moralmente no puede obligarte a eso y luego hacer lo que le venga en
gana.
—Eso es cosa mía y de ella. Tú limítate a informarme, no me des consejos.
—Lo hago porque eres mi amigo.
—Y lo agradezco, pero no son necesarios. Si lo necesito te lo pediré. Todo en esta
vida es relativo y depende de cómo te lo cojas, todo es importante o no en la medida
en que te lo propongas, y nada es lo que parece. La guerra de los cien años duró en
realidad 116, los sombreros Panamá se fabrican en Ecuador y no en Panamá, los

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rusos celebran la revolución de octubre en noviembre, los pinceles de pelo de camello
en realidad se fabrican con pelo de ardilla, Jorge VI en realidad se llamaba Alberto, y
las grosellas chinas son de Nueva Zelanda. ¿Quieres que siga?
—No, déjalo estar.
—¿Quién es ese tío? —Cambió de tema Héctor.
—Creía que no te importaba.
—Yo no he dicho que no me importe. ¿Quién es? Quiero una foto suya, su
nombre, su trabajo y su domicilio.
—¿Quieres ver lo que calza entre las piernas?

[Link] - Página 33
Capitulo IV

Tasio estaba recostado en su cama. Debía cambiar las sábanas porque ya


empezaban a tener olores extraños. Eso de vivir solo era desastroso para el
mantenimiento de la casa. Nunca tenía ni tiempo ni ganas de hacer las tareas del
hogar, y el polvo y la ropa sucia se amontonaban por doquier, mezclados con listados
de ordenador, libros desordenados y revistas tiradas. Por suerte el piso era muy
pequeño, apenas setenta metros cuadrados, de otro modo, la suciedad y los trastos se
hubieran expandido en una mayor superficie, no aportando nada positivo a cambio.
De ese modo, cada quince o veinte días aprovechaba algún domingo por la tarde, o un
día en el que el trabajo no le apremiase, y se dedicaba a reorganizar un poco la
vivienda. Ponía un par, o tres de lavadoras y recuperaba todos los calzoncillos y
calcetines que tenía tirados. Muchas veces tenía que buscar algún calcetín ya usado
para volverlo a utilizar porque no le quedaban limpios. A veces se limitaba a ir a la
tienda y comprar otra media docena. Había oído hablar de ropa interior de usar y
tirar, aunque nunca la había encontrado en ninguna tienda, si la encontraba, seguro
que la usaría y se evitaría un problema. La única tarea que hacía más diariamente era
la de plancharse los pantalones y la chaqueta del traje, y alguna camisa, aunque no
diariamente, y cada quince días llevaba el traje a la tintorería para una limpieza más
profunda. Odiaba calentarse la cabeza por las mañanas para vestirse, de manera que
cada temporada compraba tres trajes idénticos y de ese modo no tenía que buscar
combinaciones ni pensar en qué traje quedaría mejor para según qué ocasión. Dicen
que Albert Einstein hacía lo mismo, su ropero estaba lleno de trajes grises idénticos.
El único símbolo de coquetería que utilizaba Tasio eran las corbatas, tenía un sinfín
de ellas de todos los colores y diseños. Era la única prenda que se cambiaba
diariamente y cuando estaban sucias las tiraba y compraba nuevas. Había días que
pensaba que tenía que contratar a alguien para que le limpiase la casa, pero era muy
suyo para esas cosas y prefería tener la casa hecha un desastre, antes de tener que
estar pendiente de las idas y venidas de una extraña que además acabara criticando
sus costumbres y su vida desordenada. Al fin y al cabo, nunca recibía visitas en casa,
a los clientes los atendía siempre en el domicilio de éstos, o bien en algún lugar
público mientras tomaban café o comían. A nadie le importaba cómo tuviera la casa.
Sus padres habían fallecido hace pocos años, su madre era la única persona que se
metía con su vida desordenada, pero la mujer lo hacía de corazón y por el bien de su
hijito, porque él siempre fue su hijito a pesar de los muchos años que ya iba
acumulando. Era hijo único, aunque podía haber tenido un par de hermanos de no
haber sido por los abortos que tuvo su madre después de nacer él. Siempre se había
criado solo y había hecho cuanto le había venido en gana, nunca le había faltado de
nada y desde los dieciséis o diecisiete años hasta los veinticinco en que decidió
independizarse, entraba y salía de casa de sus padres a cualquier hora. Muchas veces

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sorprendía a su madre esperándolo despierta asomada a la ventana a las dos o las tres
de la madrugada, la mujer se preocupaba, al fin y al cabo era su hijito, su único hijito.
Él quería mucho a sus padres, sintió mucho su pérdida, separada apenas un año
una de la otra. Primero falleció su padre de cáncer de colon, y la mujer quedó tan
triste y sola que se fue detrás de él diez meses después sin ninguna enfermedad
definida, más que los achaques normales de la edad. Ya nada la consolaba, a pesar de
que Tasio intentaba visitarla más a menudo.
Tasio debía ponerse a régimen, la barriga cada vez le sobresalía más y ya hacía
años que compraba los trajes en El Corte Inglés, en la sección de tallas grandes. La
primera vez que tuvo que comprar la ropa en esta sección después de comprobar que
nada le venía bueno en las secciones habituales, fue traumático para él, pero ahora ya
se había acostumbrado. Cada vez le costaba más entrar y sobre todo salir del coche, y
por supuesto, si tenía que seguir a alguien a pie, la cosa se ponía mal, pero estaba
harto de regímenes. Durante su juventud, siempre había tenido tendencia a engordar,
y continuamente estaba a régimen, perdía kilos y luego los ganaba con mucha más
facilidad con que los había perdido, era frustrante y estaba cansado. Cansado de tener
que controlar cada bocado que probaba. Hacía al menos siete u ocho años que había
dejado definitivamente de controlar su peso, ni siquiera se pesaba, aunque estaba
convencido de que había pasado hacía tiempo de los cien kilos, peso más que sobrado
para su más bien corta estatura. Si no te cuidas no llegarás a viejo, le decía su madre
cada vez que lo veía más grueso, y déjate de fumar esos puros que te van a matar.
Tasio en realidad no fumaba gran cosa, únicamente puros y sólo después de cenar,
también alguno después de una buena comida, o algún purito más pequeño los días en
que desayunaba, cosa rara porque normalmente no probaba bocado hasta mediodía, y
había veces que ni eso. Lo cierto es que no se explicaba cómo tenía tanta tendencia a
engordar con lo que comía. De joven comía mucho más, era cierto, abusaba, pero
ahora no comía más que otros que pesaban poco más que la mitad que él. Era injusto,
pero darle vueltas al asunto no lo solucionaba, lo mejor era dejarlo estar, y si se tenía
que morir unos años antes, pues bueno, se moriría, al fin y al cabo muchos de sus
conocidos de la infancia no habían llegado vivos a su edad, los unos por accidentes
de circulación, los otros por extrañas enfermedades, y alguno por accidente laboral, él
no era un viejo todavía, pero había alcanzado una edad que le permitía ver las cosas
desde otro punto de vista. A veces nos obsesionamos por la imagen, por vivir muchos
años, por el éxito, por los bienes materiales, cuando en realidad la vida es, o debiera
de ser, mucho más sencilla que eso. Unos días atrás vio en televisión una reposición
de «Forest Gump». La vida de aquel sencillo ser y la forma en que estaba
desarrollada la historia, te hacía ver las cosas de otra manera. Nunca había llorado
tanto en una película como con ésta, y eso que ya la había visto cuando la estrenaron.
Tonto es el que hace tonterías, repetía Gump a lo largo de la película, con su mirada
inocente. La vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar.
¿Por qué nos complicamos tanto la vida? Las cosas han evolucionado muy

[Link] - Página 35
rápidamente en los últimos años, y cada vez es más necesaria la competitividad entre
las personas, siempre hay que conseguir más cosas y con menos tiempo que los
demás. Cuanto más ha conseguido una persona, más insatisfecha se vuelve y más
quiere seguir consiguiendo, para finalmente morirse de repente de un ataque cardíaco
o aplastado por un camión. Cuán absurdo puede llegar a ser todo. Cada vez estaba
más convencido de que tenía que retirarse pronto y vivir tranquilamente y con pocos
gastos los días o años de vida que le quedaran, sin complicaciones, sin calentarse la
cabeza, sin bienes materiales que lo atasen a la sociedad consumista, más allá de una
pequeña vivienda donde protegerse del frío y del calor y no tener que dormir en la
calle, ni coches, ni motos, ni comida de lujo. Una persona puede vivir con bien poco,
y con lo que tenía ahorrado, seguro que podría vivir tranquilamente aunque llegase a
los ochenta, cosa por otro lado harto improbable.
Estaba en la cama, recostado, mal recostado con una postura forzada porque le
dolía un costado, había poca luz en la habitación, y las manchas de humedad y moho
en las paredes todavía la hacían más oscura. Tendría que llamar a un pintor. A pesar
de todo estaba leyendo el texto que su amigo le había facilitado. Estaba redactado en
Word con una letra clara, parecía una Arial, de mediano tamaño, quizás trece o
catorce puntos. Se leía cómodamente, además, el estilo de escritura de Héctor era
sencillo, facilón, no resultaba nunca pesado de leer. Él había leído muchas de sus
novelas, aunque no todas, porque no le gustaba leer mucho, y Héctor no paraba de
publicar. Eso sí, las tenía todas porque Héctor siempre le regalaba uno de los
primeros ejemplares dedicado, tenía incluso algún ejemplar de alguna novela que no
había llegado a publicar. Quizás algún día, si necesitaba dinero, hasta valdría un pico
su colección, y más, teniendo en cuenta que incluía material inédito. Tenía incluso
una copia de una novela que escribió hace un montón de años con una pequeña
máquina de escribir portátil, una auténtica joya en papel amarillento, y tampoco
estaba publicada.
A pesar de todo, le gustaba leerlas porque siempre veía en ellas parte de su
trabajo, parte de sus investigaciones, Héctor le hacía investigar cualquier cosa, que si
la vida de algún actor, que la de alguna prostituta, gente que se dedica a las drogas, a
los tatuajes, a los percing, al contrabando, grandes empresas, mafiosos, Héctor
hablaba de todo en sus novelas, y muchos datos los había conseguido de él mismo, de
sus investigaciones, eso le hacía sentirse orgulloso, incluso pensaba que si realmente
llegaba a retirarse, posiblemente siguiera investigando cosas para las novelas de
Héctor, solía ser más divertido que su mayores investigaciones sobre espionaje
industrial. Recordaba una investigación reciente sobre un grupo de prostitutas, nunca
en su vida había hecho tanto el amor y con tantas chicas diferentes en tan corto
espacio de tiempo, acabó agotado, pero se divirtió mucho. Luego leyó alguna de sus
escenas sexuales en una de las novelas de Héctor, resultaba divertido verse retratado
de forma más o menos real como personaje de ficción en una novela que acabarán
leyendo miles de personas. Por cierto. ¿Hablaría Héctor de él en su biografía?

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¿Contaría este tipo de detalles y mencionaría su nombre auténtico? No había pensado
antes en eso, eso no estaría bien, no, sería abusar de su confianza, y si contaba
intimidades de este tipo y por otro lado no contaba las suyas propias y las de Eloísa,
sería injusto, muy injusto. Debía leer cuanto antes todo el libro, y si era necesario,
actuaría como censor y exigiría que se eliminasen los párrafos que fueran necesarios.
Aunque a lo mejor se estaba precipitando, quizás no saliese en la novela, al fin y al
cabo, Héctor tenía otras cosas mucho más interesantes que contar en su libro, que su
triste vida, pero si él no aparecía en el libro es porque no lo tenía en cuenta, es porque
no agradecía sus investigaciones que al fin y al cabo eran la base de sus libros, sería
como querer decirle al mundo que todo su mérito era de él y nada de Tasio. No sería
justo. Tenía que salir, claro que tenía que salir, pero si se pasaba con los detalles le
echaría la bronca, lo que está bien está bien, pero sin pasarse. Aún estaba en la
primera hoja donde se podía leer: «CONFIESO, por Héctor Ramos», la novela estaba
dedicada a Eloísa. Héctor dedicaba todas sus novelas, incluso hubo una hace tres o
cuatro años que se la dedicó al propio Tasio. ¿Cómo era? «A mi amigo Tasio que
siempre ha colaborado en mis novelas». Era una novela que resultó bastante polémica
porque hablaba de una multinacional importante, y aunque el nombre estaba
cambiado, se podía adivinar fácilmente de quien se estaba hablando. Creía recordar
que incluso recibió una demanda, aunque al final no prosperó la cosa.

CONFIESO
Por Héctor Ramos

Esto que tiene entre sus manos, en realidad no es una biografía, aunque podría
serlo, ¿por qué no? Muchos personajes son reales, a algunos se les ha cambiado el
nombre, a otros ni eso, otros personajes y lugares son totalmente ficticios,
únicamente forman parte de la trama. El lector sin duda sacará sus conclusiones,
conclusiones que garantizo que en la mayoría de los casos serán equivocadas.
Nunca, ni los más allegados sabrán distinguir entre la realidad y la ficción. Ésta es
una novela distinta, diferente a las otras mías anteriores. He querido poner en ella
una pequeña parte de mi vida, pero aderezada con muchas, muchas cosas ficticias e
imposibles. Lo ficticio no debe inmediatamente asociarse a deseos míos incumplidos,
insatisfacciones personales, ni nada parecido, simplemente se han creado
entramados alrededor de bases reales. Las fantasías se mezclan con la realidad y la
realidad con la ficción. Si tuviera que decir qué porcentaje de realidad esconde esta
novela, sería difícil de determinar, pero posiblemente no esconda más de un diez por
ciento de realidad, el resto es mera ficción. No puedo decir aquello de que cualquier
parecido con la realidad es mera coincidencia, porque en ocasiones la coincidencia
no existe, pero en otras sí que lo será. Puedo haber inventado o imaginado algo que
con mi desconocimiento refleje alguna otra realidad de la que yo soy ajeno, en otras
ocasiones la realidad estará plasmada a conciencia. Sólo he pretendido con ello

[Link] - Página 37
crear un ambiente de misterio mayor en ésta, mi nueva novela, pero quiero que usted,
como lector, la considere como eso, como una novela más de Héctor Ramos. En la
novela encontrará acción, sexo, e incluso algún crimen, hasta es posible que yo
acabe matando a alguien. ¿Quién sabe?
Sí que es cierto que esta novela será única porque nunca voy a volver sobre estos
temas. Sí que espero seguir escribiendo, pero la ficción total volverá a ser la
protagonista de mis libros. Espero que este «experimento» guste al lector y que lo
llegue a considerar como algo irrepetible que le gustará releer en un futuro.
Si usted, amigo lector, se siente retratado de un modo u otro en la novela, siempre
que el retrato sea de su agrado, puede pensar que forma parte de ese diez por ciento
de realidad entremezclada con la ficción. Si aquella parte que usted lee, donde
parece que está usted mismo, no le gusta, piense que forma parte del noventa por
ciento de ficción. Al fin y al cabo, ¿por qué tenía que ser cierto?

[Link] - Página 38
Capítulo V

Estaba recostado del otro lado, la postura forzada del principio había acabado
durmiéndole medio cuerpo y sentía cosquilleos por todas partes. Llevaba más de
cuatro horas de lectura, lectura que quedó totalmente interrumpida de repente a mitad
de un capítulo porque allí acababa, allí seguía una hoja en blanco. Era curioso, nunca
le había pasado, nunca había empezado a leer una novela y leerla de un tirón, y de
repente ver que no puede seguir leyéndola porque está inacabada, como por un fallo
de imprenta, como si el editor o el impresor hubieran olvidado algunas páginas, o
como ocurría en las novelas por entregas, como las que Stephen King y Alberto
Vázquez-Figueroa habían vuelto a poner de moda. Su amigo Héctor era increíble,
cada vez lo sorprendía más, había conseguido crear un entramado tal, que ciertamente
resultaba difícil descubrir ese diez por ciento que admitía en la introducción que era
real. Incluso para él que presumía de conocer a Héctor, le resultaba difícil de
distinguir. Héctor había sido muy diplomático en algunos puntos de su biografía,
Eloísa quedaba retratada casi como una santa, aunque sí que se admitía un cambio de
parejas como juego erótico, sí que aparecía Inés. También había aparecido él mismo
en un par de capítulos, y se daba buena fe de que había colaborado en algunas
investigaciones importantes de sus novelas. Su nombre «artístico» era Pablo, aunque
estaba pensando en decirle a Héctor que pusiera su nombre verdadero, al fin y al
cabo, Tasio no sonaba tan mal, y tenía que admitir que en lo escrito hasta el
momento, su imagen quedaba bastante bien parada, hasta daba algunos detalles de
sus escarceos con las prostitutas de su reciente investigación. Al fin y al cabo no
estaba casado, y el hecho de que se supiese que había andado con putas no lo iba a
perjudicar, y más sabiendo que era por exigencias del guion. Una investigación es
una investigación, y a veces uno se ve obligado a hacer ciertas cosas que simplemente
debe de hacer por obligación y por profesionalidad.
Héctor nunca había tratado en profundidad el tema homosexual. ¿Qué pasaría si
le pedía que investigase ese mundo? No, eso no, eso es otra cosa, al fin y al cabo,
Héctor siempre le había dado total libertad para que buscase la ayuda necesaria. Sí,
eso es, tenía un amigo detective que era un poco amanerado, podría subcontratarle el
trabajo, sí, ¿por qué no?
Se había leído la biografía de un tirón, bueno, la parte que estaba escrita. No
mencionaba los temores de Héctor sobre Eloísa, tampoco mencionaba que Tasio —
Pablo— investigase nada relacionado con Eloísa, ni la actual investigación ni aquella
otra ya lejana. ¿No lo habría puesto, o Eloísa lo habría obligado a quitarlo? Al fin y al
cabo Eloísa leía cada una de las páginas nada más ser escritas. Héctor admitió que
había cambiado algunos nombres y cosas sin importancia siguiendo los consejos de
Eloísa, pero ¿Hasta qué punto eso sería cierto? ¿Hasta qué punto la censura
«Eloisiana» no habría sido más intensa y lo que ahora había leído Tasio estaba ya

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manipulado más o menos profundamente? Esa posible censura podría impedirle a
Tasio llegar a alguna conclusión más clara. Si Eloísa no tuviera la costumbre de leer
los borradores, podría pensar que había leído éste por curiosidad y que no había sido
modificado. De ese modo podría llegar a alguna hipótesis sobre lo que hubiera
pensado Eloísa al leer esto o aquello, pero así, no tenía ninguna garantía de estar
leyendo el original, el verdadero. ¿Cómo podría averiguarlo? De ser así, Héctor no
estaría dispuesto a admitirlo, y si le preguntaba directamente y existía alguna prueba
de ello, posiblemente Héctor la destruyera antes de que Tasio pudiera tener acceso a
ella. Tal vez se viera obligado a investigar algunos detalles en casa de Héctor sin que
éste se enterara. De hacerlo era por su bien, para continuar con la investigación que le
había sido encomendada, al fin y al cabo no tenía por qué perjudicarlo. Debía de ser
muy precavido, ya vería, en caso de tener que investigar algo privado de Héctor,
pensaría bien, antes, las posibles consecuencias de su investigación.

Héctor estaba pensando en su nueva novela, no en la autobiografía que la estaba


escribiendo a ratos muertos, sino sobre la que tenía previsto publicar el próximo
trimestre. Ya tenía la idea global en su cabeza y llevaba escrita casi la mitad. Héctor
nunca hacía borradores ni diagramas, ni estructuras sobre papel de lo que sería el
guion de su próxima novela. En ese sentido trabajaba mentalmente como Truman
Capote. Su estilo no tenía nada que ver con el de Truman, pero sí su forma de
estructurar las novelas. Había leído recientemente que Capote decía algo así:
«Invariablemente tengo la ilusión de que la acción de una historia, el comienzo, el
medio y el final, tiene lugar todo a la vez en mi mente… que la veo toda entera en un
instante. Pero a la hora de ponerla en marcha, de escribirla, ocurren infinitas
sorpresas. Gracias a Dios, porque la sorpresa, ese giro, la frase que llega de ninguna
parte en el momento justo, es el beneficio inesperado, ese pequeño empujoncillo
regocijante que va manteniendo en pie al escritor. Hubo un tiempo en el que solía
utilizar cuadernos de notas para escribir bocetos de historias. Pero me di cuenta de
que hacer esto era un poco como matar la idea de antemano en la imaginación. Si el
concepto es lo suficientemente bueno, si de verdad te pertenece, entonces puedes
olvidarlo… te perseguirá hasta que lo escribas».
Héctor hacía eso mismo, con la particularidad de que nunca, a diferencia de
Capote, había utilizado cuaderno alguno para plasmar ideas, todas las llevaba en la
cabeza y crecían y se modificaban conforme las iba escribiendo. En su caso, no sabía
si le ocurriría igual a Truman Capote, además, tenía el factor externo que era Eloísa,
ésta, al leer cada párrafo nuevo que él escribía, hacía sus comentarios, ella,
lógicamente, desconocía el desenlace que Héctor tenía pensado para la novela, de ese
modo, Eloísa podía ser más espontánea, más sincera en sus comentarios, y muchas
veces, esos comentarios devenían en un cambio sustancial de la trama del libro. No
estaba condicionada por una idea que sólo estaba en la cabeza de Héctor. Pocas veces
modificaba lo ya escrito, pero muchas, muchas veces, el futuro de lo que estaba

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pendiente de escribir cambiaba de rumbo. El destino de la novela era siempre
desconocido, los propios personajes por una parte cobraban vida y en sus
conversaciones surgían cosas nuevas en las que Héctor no había pensado, y los
comentarios, algunos de ellos absurdos de Eloísa, llenaban de nuevas variantes de
rumbo cada novela. Una vez empezaba a escribir, llegaba un momento en que
necesitaba un aislamiento total, era una vez sobrepasado el meridiano de la novela.
Era entonces cuando le gustaba recluirse unos días, no en una cabaña perdida de unas
montañas nevadas como hacía Paul Sheldon, el protagonista de la novela de Stephen
King: «Misery», sino en algún buen hotel de una ciudad tranquila como Ávila,
Segovia o Salamanca. Era entonces cuando todo fluía más rápido y acababa con
mayor rapidez la novela, a veces eran quince días, otras veces menos tiempo. Cada
día remitía a Eloísa lo escrito vía email, y Eloísa le hacía sus comentarios a vuelta de
correo después de leer el nuevo texto. Durante esos días no había teléfono y el único
contacto era un solo email diario de ida y otro de vuelta, ése era el pacto con su
mujer. La tenía al día de todo, pero a cambio él disponía de un aislamiento casi total.
Se encontraba ahora en ese punto con su nueva novela, le estaba dando vueltas a los
varios desenlaces, y le apetecía pasar unos días en Segovia para terminarla y enviarla
de inmediato a su editor. Eran sus principales gastos, los días que pasaba fuera de
casa para finalizar cada novela, y los honorarios y gastos de su amigo Tasio sobre las
investigaciones que le encomendaba. El problema con Tasio es que no había forma de
convencerlo de que se conectara a Internet, y mientras estaba fuera siempre tenía que
contactar con él en el teléfono móvil. Tendría que regalarle un nuevo ordenador con
conexión a Internet y acostumbrarlo a su uso porque el que ahora tenía era una
verdadera pena. Siempre se lo decía, si estuviera conectado a Internet, le podría pasar
informes de sus investigaciones vía email, el trabajo sería el mismo porque de todos
modos debía de redactarlo con el Word, y además se evitaría el tener que imprimirlo
o pasarle el disco. Estaba todavía dudando entre irse a Segovia o a Ávila. Cuando iba
a Segovia, normalmente se hospedaba en el Parador de Turismo, desde donde había
una vista excelente de la ciudad, además de tener un buen restaurante y numerosos
servicios complementarios, como el de masajista, que le venía muy bien para
relajarse por las tardes antes de entrar de lleno en la historia de sus novelas. También
se hospedaba en ocasiones en un pequeño hotel del centro, Los Linajes, muy
tranquilo, y que tenía la principal ventaja de que podía pasear por las noches por el
centro de la ciudad sin necesidad de coger el coche ni el taxi. Desde la terraza de
alguna de sus habitaciones también tenía unas vistas excelentes. Además, resultaba
encantador, estaba construido sobre un palacio del siglo XI. El Parador era un edificio
mucho más moderno y frío. Siempre que viajaba a Segovia dudaba entre alojarse en
uno o en el otro, porque había otros hoteles, pero ciertamente no eran de su agrado.
Cuando se decidía por Ávila, le ocurría otro tanto de lo mismo, debía elegir entre el
Parador de Turismo, mucho más acogedor por su tamaño que el de Segovia, y con
mayor encanto, además de céntrico, y el Palacio de Valderrábanos, con habitaciones

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más viejas y algo menos cómodo, pero también muy tranquilo e igualmente céntrico.
El Palacio tenía la ventaja de que disponía de un buen restaurante, El Fogón de Santa
Teresa, además de que estaba justo al lado de la catedral. Siempre que se alojaba en el
Palacio compraba unas botellitas de vino de Cebreros que vendían en una tienda
situada justo enfrente de la misma Catedral, un vino joven pero con mucho cuerpo
que le encantaba. Era mucho más caro comprarlo allí en la tienda que en la
Cooperativa de Cebreros donde lo envasaban, pero para comprar una docena de
botellas no valía la pena desplazarse hasta Cebreros, donde además, no había ningún
hotel digno para pasar quince días, y la carretera de acceso era penosa. No le
gustaban las curvas.
Estaba inquieto, se encontraba entre la necesidad de acabar su novela, y la de
seguir de cerca las investigaciones de Tasio sobre su esposa, la cual podría
aprovechar su ausencia para cualquier cosa. Por otra parte, estaba convencido de que
le bastarían cinco o seis días para terminar la novela, la tenía muy estructurada y muy
clara en su cabeza. Cogió la guía de CAMPSA y buscó Ávila, subrayó con un rotulador
rojo el teléfono del Parador y lo marcó. En recepción le dijeron que no tenían
habitaciones libres para todo el periodo que él había solicitado. Refunfuñando buscó
en la guía el teléfono del Parador de Segovia, donde sí que pudo hacer la reserva para
siete días. Después de colgar se quedó pensativo, el caso es que le apetecía más ir a
Ávila. Volvió a abrir la guía y marcó el teléfono del Palacio de Valderrábanos. Estaba
completo. Bien, murmuró para sí, «Iremos a Segovia».

Tasio estaba en casa, revisando las últimas grabaciones tomadas en casa de Julio.
Eloísa había vuelto a verlo una vez más desde que instaló las cámaras. En la
grabación no se veía cuando entró en la casa aunque sí que se oían algunas palabras
sueltas, aunque la mayoría eran murmullos que no se entendían. Como media hora
después, se empezaron a ver imágenes al entrar en la habitación de Julio. Cuando
entraron, él ya estaba completamente desnudo, ella sólo de cintura para arriba. Sus
pequeños pechos, cuasi perfectos e idénticos estaban bañados de sudor por la
excitación, con los pezones apuntando amenazadoramente a Julio. Julio se los besó
mientras ella acabó de desvestirse, primero se quitó los zapatos y las medias, y luego
la falda. Llevaba unas braguitas azules minúsculas, preciosas, delicadas, azul cielo,
delicadas como todo su cuerpo. Se las quitó. Su piel era morena, sin excesos, aunque
claramente se deducía que tomaba el sol desnuda, seguramente en la terraza de casa.
No eran rayos UVA porque no tenía en la espalda, justo sobre el culo, esa pequeña
zona que suele quedar blanca al quedar en contacto con la máquina, aunque también
podría ser que esa zona se la tratase posteriormente con crema. Había unas cremas
que servían para esas cosas, para oscurecer la piel. Lo sabía porque una vez, unos
años atrás, cuando todavía llevaba barba, se le ocurrió afeitársela en pleno verano, sin
pensar en que su piel había tomado un color oscuro por su exposición al sol durante
todo el verano, y la zona afeitada quedaría totalmente blanca. Así fue, cuando se vio

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en el espejo se prometió que no saldría de casa hasta que no le volviera a crecer la
barba. Fue un amigo suyo quien le recomendó la crema, la cual se aplicó sin leer las
instrucciones, y el resultado fue una cara llena de manchas oscuras entremezcladas
con manchas blancas. Había sido peor el remedio que la enfermedad, aunque sin duda
había sido culpa suya por no aplicarla correctamente.
Estaba ya completamente desnuda y Julio seguía besándole los pechos, mientras
sus manos de largos dedos la tenían cogida por la cintura. Cayeron sobre la cama, el
debajo y ella a horcajadas sobre él. Lo que vino después era indescriptible, Tasio
quedó prendado de la imagen de Eloísa. Siempre lo había cautivado, tenía una gran
personalidad, pero nunca la había visto desnuda, y mucho menos en aquella actitud
sexual y posesiva, era como un animal salvaje, salvaje y tierno a la vez, como cuando
un león coge entre sus fauces a una de sus crías para ponerlas a salvo. Tasio sintió
una excitación inmediata, rebobinando una y otra vez la grabación, volviendo sobre
todo a ver la parte en que ella terminaba de desnudarse ante la cámara. Era perfecta,
bellísima, nadie diría que tenía casi cincuenta años. En el piso de Tasio no hacía
calor, sin embargo empezó a sudar hasta empapar la camisa. Dos amplias manchas se
dibujaron bajo los sobacos y una grande y alargada se dibujaba en la zona de la
espalda.
Además de estas escapadas a casa de Julio, dos desde que Tasio la seguía, Eloísa
no hacía nada fuera de lo normal, vivía a su aire, hacía de ama de casa, aunque de la
limpieza se encargaba una señora achacosa que iba todos los lunes, miércoles y
viernes a limpiar el polvo, la ropa y a planchar. Eloísa era la que solía hacer la
compra y cocinar, aunque esto último lo hacía muy a menudo el propio Héctor.
Dedicaba mucho tiempo a su aseo personal, tanto en casa como en la peluquería, y se
gastaba una fortuna en toda clase de potingues en El Corte Inglés. Iba y venía, se
juntaba con algunas amigas a tomarse el café o a desayunar chocolate con churros.
Era increíble que mantuviera esa figura con tanto chocolate. Cada vez que Tasio
tomaba una taza de chocolate parecía darse cuenta de en qué parte del cuerpo se le
quedaba a vivir para siempre. No visitaba ningún gimnasio, aunque parece ser que
hacía algunos ejercicios en casa. Siempre iba impecable, nunca utilizaba vaqueros ni
ropa amplia. Siempre ropa ajustada y normalmente tacones de aguja. En alguna
ocasión salía con zapatillas planas, aunque no era nada habitual.
Eloísa estuvo unos años trabajando como secretaria de una importante empresa,
pero lo dejó porque no necesitaba para nada el dinero y resultaba más seductor y
agradable dedicarse a ser la musa de su marido desde que se convirtió en un autor de
éxito como pocos. Lo acompañaba a las presentaciones de sus más importantes
novelas, a las ruedas de prensa, y a su manera, hacía de relaciones públicas
aprovechando su enorme encanto personal. Tasio había podido averiguar que Eloísa
tenía sus propias cuentas bancarias que manejaba sin el control de Héctor.
Automáticamente, cuando Héctor cobraba alguna de las liquidaciones de la editorial
por sus derechos de autor, se hacía una transferencia del diez por ciento del total a

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una de las cuentas de Eloísa, de donde ella disponía a su antojo, por una parte para los
gastos de la casa, y por otro lado para todos sus caprichos y necesidades. Los ingresos
de Héctor eran lo suficientemente fuertes como para que ese diez por ciento fuera
más que suficiente. Héctor, por su parte, gastaba lo que necesitaba del otro noventa
por ciento y el sobrante lo invertía en bolsa y en alguna de las sociedades de las que
era partícipe. Todo el dinero que invertía, no obstante, era en beneficio de ambos
porque no tenían separación de bienes. Todo era ganancial. Todo, excepto una
pequeña herencia que era propiedad de Eloísa, que constaba de un pequeño terreno de
huerta cerca de Valencia y una casita modesta.
Según le había contado alguna vez su amigo, Eloísa y Héctor nunca hablaban de
dinero, su situación era lo suficientemente desahogada como para no entrar en
polémicas ni en discusiones. Cuando ella necesitaba algo de mayor importancia como
podía ser un coche, se lo decía a Héctor que era quien lo compraba. El resto
funcionaba solo. Si iban a comer fuera de casa, pagaba Héctor. Tasio estaba
convencido de que Eloísa ni siquiera sabía qué cantidades de dinero le pertenecían,
aunque posiblemente Héctor tampoco lo tuviera muy controlado. Tasio en ese aspecto
tampoco podía quejarse, porque al fin y al cabo sus gastos eran mínimos y sus
ingresos nada despreciables. Su único objetivo era acumular los suficientes millones
en el banco para retirarse con comodidad, y era feliz siempre que no le faltaran mil
duros en el bolsillo, con mil duros y la VISA, se iba a todas partes. Vicios tenía muy
pocos, aparte de los puros y el teatro, si es que al teatro se le puede llamar un vicio.
Solía ir al teatro en Valencia, aunque cuando hacían algún estreno en Madrid que le
llamaba la atención, no dudaba en coger el coche, o el tren y desplazarse para verlo.
A Héctor y a Eloísa también les gustaba el teatro, aunque nunca habían coincidido
los tres en ninguna función.
Unas semanas antes había ido a Madrid a ver el estreno de Diez Negritos, de
Ágata Christie. Tenía previsto haberse desplazado en tren, tranquilamente y pasar la
noche en Madrid para volver al día siguiente, pero fue imposible, era increíble, pero
todos, absolutamente todos los hoteles de Madrid estaban completos. Como ya se
había hecho el ánimo de ver el estreno y además ya había comprado la entrada
anticipadamente en Caja Madrid, cargando el importe en su VISA, cogió el coche y se
plantó en Madrid en algo más de tres horas. El Escort no daba para más. El estreno
era en el Teatro Muñoz-Seca, en pleno centro de Madrid, en la Pl. del Carmen. Había
comprado una entrada para una butaca cercana al escenario. El Teatro era muy
pequeño, acogedor, y la interpretación fue muy buena.
Antes de entrar al Teatro, como iba sobrado de tiempo, estuvo deambulando por
los alrededores. Le llamó la atención una cercana «Santería», Santería la Milagrosa se
llamaba, ofrecían Misas espirituales, rompimientos, despojos, limpiezas, y un montón
de cosas más. No conocía el significado de casi nada de eso, pero se sintió intrigado y
entró al interior, vendían cosas de lo más variopintas, leche de sándalo, amarre
haitiano, aceites, de manzana, de naranja, de nardos, de romero, piel de serpiente,

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pescado seco, hasta una rata y un pollo secos, y ojos de buey. Resultaba repugnante.
Salió, mareado por el fuerte olor a incienso del interior y la visión de aquella enorme
rata. En una calle cercana, había una gran oferta de tatuajes y de piercing. Te
claveteaban la parte del cuerpo que quisieras, desde dos mil pesetas para un piercing
sencillo en la nariz, hasta mil doscientos duros en los genitales. Desde luego, había
que tener ganas para meterse eso en el cuerpo. Una prostituta mal encarada se le
acercó, a pesar de que todavía eran las siete de la tarde, le hizo un gesto con la
mirada, apenas perceptible, pero no le hizo caso, no sabía lo que cobraría, pero desde
luego no podía ser muy cara. Vio muchas más deambulando por la calle, una de ellas
apenas tendría dieciocho años, cuerpo pequeño y tetas inmensas. La mayoría eran
sudamericanas, jóvenes unas, mayores otras, flacas o entradas en carnes, pero todas
muy estropeadas. Posiblemente de noche dieran el pego y consiguieran fácilmente
clientes, pero a plena luz del día, a uno no le apetecía mucho pagar para que lo
manosearan. Se podía ver a los chulos alrededor, controlando. Había policía, pero
hacía la vista gorda. Un drogadicto hecho una piltrafa estaba acostado en el banco de
la parada de autobús, impidiendo a los usuarios sentarse. Se retorcía y hacía ruidos
extraños, incluso se tiró un sonoro pedo cuando Tasio pasó por su lado. Los que
estaban esperando el autobús se apartaron un par de metros. Era repugnante. En vista
del aspecto de todo aquello, prefirió volver hacia el teatro. Como todavía era algo
pronto, se sentó en la cervecería que había enfrente, donde se hizo un par de cañas y
unas tapas hasta que fue hora de entrar a ver la función. Algunos de los actores
estaban también tomándose su cerveza en una de las mesas.

La vida de Julio había cambiado. Sólo había tenido tres encuentros amorosos con
Eloísa, pero ella había creado a su alrededor una dependencia tal, que no pensaba en
otra cosa. Apenas habían hablado, no sabía nada de ella, no sabía a qué se dedicaba,
no sabía dónde vivía, ni qué años tenía. Parecía mayor que él, aunque difícilmente
podía calcular su edad. Tenía un cuerpo perfecto. Ya eran visibles algunas arrugas,
pero su piel era todavía bastante tersa. El hecho de no tener ni un gramo de grasa
sobrante sobre el cuerpo, sin duda ayudaba.
Pasaba las horas en la caja del supermercado, abstraído, la imagen de Eloísa era
como un fantasma que lo seguía a todas partes. Dormía poco y mal, y sentía ansiedad,
mucha ansiedad. Cuando se despedía, no le decía cuando iba a volver, él no se atrevía
a preguntar por si le contestaba que no volvería más. Suponía que estaba casada por
el anillo que llevaba en su mano izquierda, un anillo sencillo de oro con una piedra en
su parte superior, un brillante parecía, aunque él no entendía de joyas. Todo en ella
respiraba sensualidad y clase, mucha clase. Se la veía culta aunque de lo que habían
hablado tampoco se podía deducir nada. Su experiencia era mucho mayor que la de
él, aunque para ello bien poco era necesario. Siempre había sentido complejo por el
tamaño de su verga. La última vez que la midió, por curiosidad, medía casi treinta
centímetros en plena erección, y su grosor no era desdeñable. Tenía miedo de hacerle

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daño a Eloísa, pero ella, a pesar de lo menuda que era, se la metía hasta el fondo,
desaparecía en su interior como una serpiente que se esconde en una cueva cálida,
agradable, de donde no apetece salir.
Durante las mañanas tomaba café, mucho café porque tenía continuamente sueño
aunque no podía dormir. La media cajetilla de pitillo diarios que se fumaba antes de
conocerla se había transformado en cajetilla y media, y eso que no lo dejaban fumar
durante el trabajo, sólo en la pausa del bocadillo. Para mantenerse despierto y no
abandonar su puesto de trabajo para tomar café, se preparaba todas las mañanas un
termo de medio litro bien calentito, y entre clienta y clienta, se metía un café en el
cuerpo. Quizás por eso fumaba más, para compensar los nervios adicionales que le
producía el café. El otro día le pareció verla en el parking, pero no era ella, eran sólo
sus deseos de verla que la hacían imaginarla. ¿Cuándo volvería? ¿Qué pasaba si no
volvía? Quería vivir con ella, casarse con ella, llenarla de hijos, pero no se atrevía a
preguntarle nada, sabía que su relación era imposible y que no podía durar, y que
cuando antes empezara a preguntar o a insinuar que la quería, antes desaparecería,
desaparecería como desaparecían los espejismos en el desierto cuando uno se
acercaba a beber de ellos, de sus aguas apetecibles, de sus aguas deseadas, de sus
aguas imprescindibles para seguir vivo unas horas más. Pero la duda no lo dejaba
vivir, si ella le hubiera dicho que no volvería, él lo hubiera aceptado, qué remedio le
quedaba, pero por lo menos sabría a qué atenerse. Pero esa inmensa duda, ése no
saber nunca cuando volvería a verla, ni si volvería o no a estar entre sus brazos. Era
como cuando un familiar desaparece durante mucho tiempo. Uno no quiere que haya
muerto, pero en el fondo acabaría aceptando con más resignación esa muerte, antes
que una larga desaparición inexplicada, antes que no saber qué le podría estar
ocurriendo, si estaría sufriendo y viviendo una vida no deseada, si estaría intentando
volver a casa y no podía. Sí, era así, el ser humano acaba aceptando con mayor
facilidad la más grande de las desgracias cuando sabe que ya no hay remedio, pero
las dudas corroen la mayor de las templanzas. Nunca había dependido tanto de nadie,
al fin y al cabo, ni siquiera había tenido una gran necesidad sexual, las mujeres no le
eran indiferentes, pero no solía fijarse en ellas demasiado, quizás porque las veía
inalcanzables, quizás porque su necesidad sexual quedaba calmada con algún sueño
húmedo y con alguna paja el fin de semana mientras veía la tele.
En más de una ocasión había dudado de si sería o no homosexual. La experiencia
que había tenido en el instituto no era suficiente para estar seguro de que no lo era,
pero los hombres tampoco lo atraían excesivamente. Sí que era cierto que alguna vez
había comentado para sus adentros lo bien hecho que estaba alguno de los clientes
que pasaban por el supermercado, pero también pensaba eso cuando veía un cuadro
que le gustase, a pesar de que no entendía de arte ni le apetecía comprar el cuadro
para su casa. Era todo confuso en su interior, su vida siempre había sido confusa, y
desde que aquella niña alargó su mano para tocar su pene en el instituto después de
haber insistido tanto en verlo, y salió corriendo, pensó que era un monstruo, que no

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podía gustar a las mujeres y que estaba acabado.

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Capítulo VI

Desde el interior del Alcázar se divisaba a lo lejos lo que antes había sido un
pueblo y que desde la década de 1970 quedó anexionado a la propia Segovia, como
una parte más de la misma ciudad. Era Zamarramala, famoso por las fiestas en las
que un día al año son las mujeres las que mandan oficialmente en todos los hogares.
El Alcázar es impresionante, por dentro y por fuera. Fue una lástima que se
incendiase, aunque la reconstrucción en 1940 fue bastante acertada. A Héctor le
gustaba visitarlo cada vez que iba a Segovia. Le gustaba especialmente el Patio del
Reloj, con aquel suelo de piedra a cielo descubierto. Pasear lo inspiraba, le servía
para pensar. Estaba relajado lejos de la más bulliciosa Valencia. Segovia, con poco
más de cincuenta y cinco mil habitantes, es como un pueblo grande, es tranquila,
acogedora, y se come bien, desde luego hay numerosos sitios donde comer las
bendiciones castellanas que suponen el cochinillo y el cordero asados, todo
acompañado con buenos vinos tintos de la Ribera del Duero.
Al llegar a Segovia, antes de dirigirse a las afueras donde está el Parador, Héctor
dejó el coche en el parking que unos años atrás se instaló en pleno centro, donde el
acueducto se levanta majestuoso, ya no pasan los coches por debajo de sus arcos.
Paseó de un extremo a otro como si fuera un ritual, desde la Plaza donde todavía
permanece el famoso Mesón de Cándido y el acueducto presenta su mayor altura con
dos hileras de arcos, hasta su nacimiento, mucho más arriba, donde las dos hileras de
arcos se convierten en una sola y finalmente los arcos van siendo cada vez más
pequeños hasta desaparecer totalmente. Luego paseaba en dirección contraria y se
detenía en el Mesón de Cándido, donde también por costumbre y como algo obligado
en cada visita, de detenía a comer. Uno de los mayores encantos del Mesón eran sus
numerosos comedores. Parecía que en cada visita comiese en un restaurante distinto.
Comedores, a algunos de los cuales se accedía a través de estrechas y empinadas
escaleras. Comedores llenos de cuadros, de fotografías dedicadas, de billetes
antiguos, y de mil cosas distintas. Comedores cargados de historia. Cierto que el
mesón había perdido parte de su encanto desde que ya no lo regentaba su fundador,
ya fallecido, pero todavía valía la pena ser visitado. Héctor prefería comer en el José
María, cerca de la Plaza Mayor, pero la visita al Cándido era obligada, al menos una
comida por viaje. Pedía su sopa castellana, su ajoarriero, y por supuesto su ración de
cochinillo. Una jarra de vino de la casa, que por cierto en la última época ya había
sido sustituida por vino embotellado, botella que le sacaban a uno a pesar de pedir la
clásica y ya olvidada jarra. Y de postre el ponche segoviano. Tampoco era su postre
preferido, pero formaba parte de su tradición, de su ritual. Después de comer ya
empezaba a alegrarse de que en Ávila estuviera todo completo. En el fondo siempre
le había gustado más Segovia, lo que ocurría es que no quería ir siempre al mismo
sitio, pero qué importaba eso si ese sitio era en el que uno estaba más satisfecho, más

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tranquilo, más feliz espiritualmente. Desde la ventana de alguno de los comedores se
podía ver el acueducto, aunque no desde el pequeño comedor donde hoy estaba.
Disfrutaba de cada cucharada de sopa y de cada bocado del tierno cochinillo, era una
auténtica delicia. En el viaje anterior estuvo comiendo en el restaurante La
Concepción, en la Plaza Mayor, restaurante calificado con un sol en la última edición
de la Guía de CAMPSA, con un sol, al igual que el Mesón de Cándido y que el José
María, con la diferencia de que en el restaurante La Concepción uno no parece estar
comiendo en Segovia. A Héctor siempre le había gustado comer los platos
tradicionales, platos que no encontró en La Concepción, donde la cocina era
excelente y el comedor del sótano resultaba coquetón, pero no fue lo mismo, se sintió
como extraño, como fuera de lugar, aislado en otro mundo, en otra región. Nada
como disfrutar de la clásica comida segoviana en el José Maria, en el Cándido, o
también, como no, en el Duque, y en el propio Parador. Pocos son los Paradores con
cocina excelente, aunque el de Segovia es una excepción.
Siguiendo igualmente con su costumbre de muchos años, le compró un par de
décimos de lotería al hombre que frecuentaba el porche de la entrada del mesón. A la
vuelta hacia casa pasaría por Villacastín, y después de dar una vuelta por la Iglesia
parroquial, compraría otros dos décimos en una tienda cercana a la misma.

Eloísa estaba comiendo pipas mientras veía la televisión. Era viernes por la tarde,
Héctor había partido hacía un par de días para terminar su última novela, de hecho ya
le había enviado unos textos que ella había recibido en su portátil conectado al móvil.
Como de costumbre, Héctor se había ido sin decirle dónde, era una de sus tontas
manías, preparaba las maletas, le decía que iba a terminar la novela y simplemente se
iba. Tampoco sabía durante cuánto tiempo, aunque rara vez estaba fuera más de dos
semanas, lo normal eran unos diez días. Le gustaba lo que había leído, iba quedando
bien el nuevo libro, tenía el gancho y el encanto de los anteriores, aunque era más
profundo, con los años y después de tanto escribir, su marido estaba perfeccionando
su estilo, era bueno, muy bueno. Ella estaba orgullosa de que de sus comentarios
personales sobre lo escrito fueran surgiendo cosas, modificaciones, alteraciones al
guion original de cada una de sus obras. En cierto modo ella se sentía coautora de las
mismas, aunque no figurase como tal en las publicaciones. Héctor a menudo trataba
asuntos escabrosos y escenas sexuales que la excitaban, le encantaba leerlas, incluso
en ocasiones se sentía como protagonista de algunas novelas, o al menos de algunos
fragmentos.
Después de veinticinco años de casados, estaba satisfecha de su relación, su
matrimonio era de los que duraba toda la vida, aunque como cualquier otro, había
tenido sus crisis. Recordó los inicios de su amor, ella, algo más de dos años mayor
que él, se sintió atraída desde el primero momento, él tenía dieciocho años recién
cumplidos y ella algo más de veinte. Estuvieron saliendo juntos durante algo más de

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dos años, aunque a las dos semanas de conocerse ya se habían acostado. No cabía
duda de que lo suyo fue un flechazo, lo que se llama un amor a primera vista, fue
romántico y obsceno a la vez. El primer día se besaron y él le tocó las tetas con cierta
timidez por encima del suéter de ella. La primera vez que lo hicieron fue en el coche
de él, en un descampado cercano al recinto ferial, el sonido de las atracciones se oía
de fondo, entrando por las rendijas de los cristales que habían quedado entreabiertos.
Gente que se dirigía al aparcamiento a recoger sus coches para ir a sus casas, pasaban
apenas a unos metros de donde ellos estaban. Era excitante, muy excitante. Luego lo
hacían cada día, todos los días durante dos años, las más de las veces en el mismo
coche, en el mismo descampado, y otras en casa de él cuando no estaban sus padres,
alguna vez también en casa de ella, otras en la tienda de campaña cuando se iban de
camping, y cuando su corta economía se lo permitía, en alguna pensión de algún
pueblo cercano. A él no le importaba que ella estuviera con la regla o no,
simplemente lo hacían. Ella tomaba anticonceptivos, pero un día debió de olvidar
alguno, y fruto de aquello fue su temprano matrimonio. Matrimonio al que todo el
mundo presagiaba una corta vida, pero allí estaba, aguantando contra viento y marea.
Terminaron pues su periodo de amantes como novios, se convirtieron en marido y
mujer, y durante algún tiempo siguieron haciéndolo cada día, luego cada dos días,
después un par de veces por semana y ahora, lo normal era una vez por semana,
algunas semanas, hasta dos veces. Todo tiene su tiempo y sus maneras, al principio el
sexo era sin tapujos, pero muy natural, sin que hablaran de fantasías sexuales entre
ellos, sin que hicieran nada fuera de lo que se considera normal, aunque, ¿qué se
considera normal en el sexo? Luego las fantasías iban tomando forma, hablaban entre
ellos de variantes, y hacían cada vez más cosas y más diferentes. Lo más fuerte que
recordaba de aquella época fue cuando lo hicieron en una playa nudista, a pleno día y
a la vista de los que pasaban por allí, eso sí, estaban algo resguardados en unas rocas,
pero nada, cualquiera que pasaba los veía. De hecho, incluso unos extranjeros se
quedaron mirando hasta que ambos terminaron entre gemidos. Más adelante llegó el
bajón, el primer bajón de su éxtasis, de su amor, de su deseo, sobre todo en lo que a él
respectaba, ella sentía más deseos que él, aunque muchas veces los deseos estaban
dirigidos a otros hombres. Fue cuando empezó su aventura con Jacob. Jacob era
tierno y fue muy buen amante con ella. Cuando Héctor insinuó la posibilidad de que
realizasen algún intercambio de parejas, ella ya lo conocía lo suficiente como para
conseguir llevarlo por el terreno que ella quería, y de ese modo consiguió oficializar
su relación con Jacob, como si en realidad eso hubiese sido idea de Héctor. A cambio,
Héctor se lió con Inés, de todos modos hubieran acabado liados, y mejor así, todo
estaba más controlado. Esa época no duró mucho, pero la libido de ambos subió hasta
el infinito, cuando no lo hacían con sus respectivos amantes, se poseían el uno al otro
de forma desbocada, casi diaria. Fue una buena época, pero terminó, como casi todo,
terminó. Ella dejó a Jacob, entre otras cosas porque se había ido a vivir son su amigo
Hervé. Qué cosas, ella nunca lo hubiera dicho, nunca hubiera adivinado que Jacob era

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homosexual, o más bien bisexual. Cuando terminó lo de Jacob, no le gustaba que
Héctor siguiera manteniendo su aventura con Inés, cosa que no le costó de conseguir.
Ya por entonces el carácter de ella se había modelado y madurado lo suficiente para
saber hasta qué punto tenía poder sobre Héctor, hasta qué punto Héctor haría lo que
ella le dijese. Desde entonces su relación cambió radicalmente, pasando a una
relación cuasi ama-esclavo, en lo que al sexo se refería. Lo hacían cuando a ella le
apetecía, él nunca pedía sexo, y nunca se negaba cuando ella lo exigía. Incluso en
algunas ocasiones mantenían relaciones en las que después de quedar ella satisfecha,
lo «castigaba» a él sin correrse durante un par de días. Nunca discutían sobre el sexo
y él se comportaba totalmente sumiso en la cama.
Esa relación pseudo sadomasoquista continuaba todavía hasta el presente, aunque
habían existido variantes a lo largo del tiempo. En un par de ocasiones hicieron unos
intercambios de parejas, aunque en ambos casos él no pudo penetrar a su
«partenaire». Era tanta la dominación que ella tenía sobre él, que únicamente podía
finalizar el acto si lo hacía con ella. Desde ese segundo fracaso. Fracaso desde el
punto de vista de él, posible éxito desde el de ella que cada vez se sentía más segura
de sí misma, ya no realizaron más intercambios de parejas. Ella se limitaba a tener
alguna que otra aventura, aunque muy esporádicamente, porque podía tener todo el
sexo que quisiera con Héctor. Estaba tan segura de su dominación, de su poder, que
en algunas ocasiones, cuando había tenido alguna relación con alguien, simplemente
se lo contaba. Sabía que a él le dolía, le hacía daño, pero lo soportaba estoicamente, y
que en el fondo, incluso lo excitaba. Cuando tuvo su primer encuentro sexual fuera
del matrimonio, con Jacob, no se lo dijo porque todavía su situación de dominio era
prácticamente inexistente, aunque ya era latente. En el fondo ella sabía desde el
primer día que se conocieron que ella podría conseguir todo lo que quisiera de él. Esa
sensación de poder la reconfortaba. No abusaba de ella, la dosificaba, pero el hecho
de saber que existía, muchas veces ya era suficiente.

Su amigo se había ido a Segovia, al principio no quería decirle donde iba, pero
Tasio le recordó que estaba trabajando para él y tenía derecho a conocer sus
movimientos por si necesitaba algo de él. No le bastaba con poderlo llamar al móvil.
Estaba terminando otra novela, una relacionada con unas sectas que el propio Tasio
estuvo investigando hacía seis u ocho meses. La verdad es que se lo montaba bien,
desaparecía unos días, por supuesto no se iba de camping ni frecuentaba los hostales,
nada de eso, siempre en los mejores hoteles, aunque siempre en ciudades tranquilas y
normalmente por el centro de la península. Evitaba el bullicio y la vida nocturna. A
Héctor le gustaba comer bien, y sabía de buena tinta que durante esas escapadas no se
privaba de nada, buena comida, buenas saunas, masajes, algo de deporte para
combatir el estrés, y a escribir. Tasio sospechaba que en esas escapadas también había
sexo, seguro que sí, mucho sexo, pero Héctor siempre se lo había negado, incluso se

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enfadó en una ocasión cuando Tasio se lo insinuó. En fin, tampoco lo entendía, al fin
y al cabo sabía lo de las aventuras de Eloísa.
Por supuesto, Héctor se habría llevado su portátil Toshiba para escribir, pero
Tasio sabía que cuando escribía en casa, no lo hacía en el portátil, sino en el de
sobremesa. Ésa era su ocasión para entrar en casa y escudriñar en el disco duro para
ver si sus sospechas tenían sentido o no. Ni siquiera tendría que forzar la cerradura,
había convencido a Héctor para que le dejase una llave de casa por si la necesitaba en
su investigación de las actividades de Eloísa. Prometió no utilizarla a no ser que fuera
imprescindible. El problema sería Eloísa, si salía de casa y él la seguía, no podía
entrar en casa y buscar lo que quería, de manera que tendría que arriesgarse, o entraba
en plena noche cuando Eloísa estaba durmiendo, o dejaba de seguirla en una de sus
salidas a costa de perder parte del hilo de su investigación. Sabía que disponía de
unos pocos días, hasta que Héctor volviese.
El hecho de pensar en que podía entrar de noche mientras Eloísa dormía, lo
intranquilizaba, cada vez su atracción hacia ella era mayor y se sentía incómodo e
inseguro cuando estaba cerca de ella, aunque ella desconociese su presencia y su
debilidad.
Tenía el llavín entre las manos y lo movía con nerviosismo, en uno de los
cambios de una mano a otra cayó al suelo con un sonido metálico apagado.

La señora María estaba preparando una paella, estaba contenta de que su hijo
fuese hoy a comer, casi todos los domingos iba a comer con ellos. En realidad era una
tontería que se hubiese ido a vivir solo, al fin y al cabo en casa siempre lo habían
dejado hacer lo que quisiera. Irse a vivir solo para lo único que servía era para tener
más gastos y para distanciar a la familia. Lo comprendería si se hubiera casado, la
verdad es que el chico ya tenía edad, si se hubiera casado sería distinto, no estaría
bien que viviera con sus padres, además, en el pisito no cabía tanta gente. Pero sólo,
estando sólo, era una tontería. Con su cuarto que allí tenía. Todavía estaba con los
mismos muebles que cuando se marchó.
—¿Te pico un poco de cebolla María? —Era Cándido, su marido que acababa de
entrar en la minúscula cocina.
—Qué cebolla ni qué leches, estoy haciendo paella.
—Pues por eso, la cebolla le da buen sabor.
—La cebolla reblandece el grano, y una buena paella debe de tener el grano
suelto, que no esté duro, pero tampoco reblandecido. ¿Qué sabrás tú de la cocina?
—En la mili estuve destinado seis meses en la cocina del cuartel de La Coruña.
—Estuviste castigado pelando patatas que no es lo mismo.
—Algo se aprende —el tono de Cándido era continuado, bajo, como apagado, no
demostraba emoción o sentimiento alguno.
—Algo se aprende, algo se aprende, este viejo chocho… —murmuraba en voz

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baja María sin que Cándido la pudiese oír.
—¿Qué dices?, no te entiendo.
—Que no quiero cebolla, y sal de la cocina que no cabemos los dos.
—Bueno… ¿Viene el chico hoy?
—Sí, claro que viene el chico. ¿Crees que iba a estar perdiendo el tiempo
haciendo paella para ti?
—A mí me gusta la paella.
—Toma, y a mí, pero tú y yo solos con cualquier cosa nos apañamos, no estoy
para cocinar a toda hora, y para lo que tú ayudas, ya vamos bien de fiambre.
—¿A qué hora viene el muchacho?
—Pues a hora de comer, como siempre, sabes que siempre viene a última hora y
se va con el bocado puesto, pero qué se le va a hacer, al menos así lo vemos y
podemos hablar un rato con él. Si se hubiera quedado en casa, otro gallo cantaría.
—Ya es mayor.
—Pero está solo. ¿Me puedes decir qué demonios hace solo la criatura?
—No está casado, pero igual tiene sus cosas y sus intimidades.
—¿Sus cosas? ¿A qué te refieres?, ¿a una chica quizás?
—Quizás.
—Mi niño no va con pelanduscas, y si no se ha casado es porque no ha
encontrado a la mujer de su vida, pero por eso mismo no tenía que haberse ido de
casa, pero se empeñó, y tú no se lo impediste. Tú tenías que haberte puesto duro.
—Pero María…
—Ni María ni leñes, que nunca has tenido carácter.
—Tampoco se lo impediste tú.
—Yo soy su madre, es distinto, una madre puede aconsejar a su hijo y lo
aconsejé, pero no podía ponerme dura con él, para eso están los padres, para ponerse
duros con los hijos cuando hace falta, pero a ti no hay quien te saque el genio.
Pásame la sal.
—El chico ha de vivir su vida —le pasó la sal a María.
—¿Acaso tú no vives tu vida?, ¿yo no vivo mi vida? Cada cual puede vivir su
vida y no por eso tener que vivir separados. Una familia es una familia. Además —
continuó María con su tono impetuoso— ese trabajo que tiene es muy soso, no me
gusta. El chico es más listo que eso y debería de buscarse un empleo mejor. Ese
empleo es de mujeres, no de hombres.
—Mejor eso que estar cargando camiones.
—Sí, pero una oficina, o quizás un banco. ¿Por qué no busca trabajo en un banco?
De esas cosas entiende.
—Uno no siempre consigue el trabajo que quiere.
—Pero por lo menos podría buscarlo, lo que está claro es que el trabajo que uno
quiere no irá a casa a buscarte.
—Si el chico es feliz…

[Link] - Página 53
—¿Qué va a ser feliz? ¿Cómo se va a ser feliz en la caja de un supermercado?
Además, está en la otra parte de Valencia, si por lo menos estuviera aquí cerca, yo
podría ir a comprar allí y lo vería más a menudo, pero así, ya ves, de domingo en
domingo y con prisas. Yo no sé qué prisas tiene el chico. Por el trabajo no será, al fin
y al cabo los domingos no abre el supermercado.
—Yo he estado toda la vida de albañil y no me quejo.
—Tú no te quejarías ni aunque te cayera la casa encima, tú eres un conformista y
lo mismo te da una que media que ninguna.
—Pues el chico habrá salido a mí.
—Ni lo mentes, no digas tal cosa, que bastante desgracia tiene como para que
encima digas que ha salido a ti. Arreglado iba. El chico tiene más carácter que tú, lo
que pasa es que no sabe usarlo. Le falta experiencia, le falta alguien que sepa
encauzarlo. Una buena mujer —pausa—, como yo. Pero hoy en día todo son
pelanduscas y separadas. Si me lo coge una de éstas me lo desgracia.
—Igual lo espabila.
—No, ésas son unas buitronas, sólo buscan exprimir al marido, casarse para vivir
a su costa y luego acostarse con los demás. Eso es, unas buitronas y unas
aprovechonas, que son todas unas aprovechonas. Y claro, si cuando tenía edad para
encontrar una buena mujer no lo hizo, ¿qué le queda ahora? Lo que he dicho, las que
no quiere nadie y las separadas. Porque cada vez hay más separadas. ¿Te has fijado
Cándido?
—Cada vez hay más —siguió María sin esperar respuesta de su marido—,
normal, no hay quien las aguante, exprimen a uno, lo dejan tieso, y hala, a por otro,
aunque esté casado. Porque ¿Cuántos matrimonios arruinan esas golfas? Le echan el
ojo a otro, lo seducen con buenas maneras, como gatas suaves, y a la legítima que la
chinchen. Aguantar un montón de años a un marido para que vaya otra y te lo quite.
A la cárcel tenían que ir todas, por ladronas. Pero ese Aznar es otro calzonazos,
mucho bigote y mucho cargo, pero es un calzonazos, la Botella, ésa sí que vale. El
Aznar hace lo que ella quiere, y así va el país. Si a mí me dejaran mandar, otra cosa
sería. Cuando estaba Franco no era lo mismo, ahí estaba él bien puesto, aunque claro,
la Carmen también tenía lo suyo, pero no era lo mismo, Franco era Franco. Después
todo han sido paparruchas que si para el pueblo, que si tal, pero lo mismo daba el
seco del Suárez que el simpaticón de Felipe o el soso este que tenemos ahora. Todos
son iguales, unos calzonazos.
—Han hecho cosas buenas, hay más carreteras…
—¿Para qué quieres tú carreteras? Tú que no te has movido de Valencia desde
que viniste a los veinte años a trabajar. Además, con Franco ya había carreteras,
carreteras y coches, pero ni tenías tú coche entonces ni lo has tenido después.
Carreteras…
Sonó el timbre de la puerta.
—El chico, ya está ahí el chico, anda, ábrele. ¿A qué esperas?

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—¡Tú eres tonta!
—Oye, sin faltar, yo lo que soy es decente.
—No, una decente nunca se lía con hombres casados. Tonta es la que se lía con
un hombre casado y no consigue nada de él. Cuando una arriesga su reputación por
un tipo casado, debe de recibir algo a cambio.
—Tú eres muy lista por lo que veo.
—No todo lo que debiera, pero por lo menos yo no me he liado con ningún tío
casado a cambio de nada, ni luego he estado lamentándome durante años pensando en
él.
—No, si yo no me lamento.
—Supongo que no, que ya ha pasado suficiente tiempo, pero dime. ¿A cuántos te
has llevado a la cama desde que te dejó?
—Pero cómo eres tan vulgar.
—¿Vulgar? No me digas que tú eres de esas que no necesita tener algo caliente
entre las piernas de vez en cuando.
—Oye, si no cambiamos de tema yo me largo.
—¿Pero cómo eres tan estrecha? Vaya amigas que tiene una. Te veo de uvas a
peras, te intento aconsejar y me dices que me calle. Abrase visto…
—No es eso, sabes que te aprecio, pero mi vida privada no me gusta que vaya en
boca de nadie.
—Oye, ¿no me estarás llamando chafardera?
—No, no es eso, simplemente no me gusta hablar de Héctor, sabes que eso ya
pasó hace mucho tiempo.
—Pero luego os habéis seguido viendo, que yo lo sé.
—Tú que vas a saber. Hemos sido amigos, eso es todo, hemos coincidido en
algún sitio de vez en cuando, al fin y al cabo los dos vivimos en Valencia, y esto no es
Nueva York.
—¿Quieres hacerme creer que nada de nada desde que lo dejasteis?
—Nada de nada, y ahora ni teléfono siquiera. Su mujer se ha puesto dura con él y
no puedo ni llamarlo. Todo esto es una mierda, qué se le va a hacer.
—¿Y qué? ¿A ti te sigue interesando a pesar de todo?
—Yo siempre lo he querido.
—¿Pero te interesa o no?
—Ahora ya me he hecho a la idea, pero sí, claro que me interesa.
—Pues llámalo, ¡qué coño! Defiende tu terreno, o eso, o lo olvidas
definitivamente y te buscas otro, que lo que yo digo, que tú eres tonta. Anda que con
lo buena que estás… Si yo tuviera tus tetas y esa carita de ingenua… pues no iba yo a
ligar ni nada.
—No seas golfa Carmen.
—Golfa lo será tu santa madre, que yo a mi marido, vamos, ni un mal

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pensamiento, lo que pasa es que una se emociona con estas conversaciones, y me
pongo en tu situación, sin novio, ni marido, pues a eso me refería, a que si yo no
estuviera casada ni tuviera novio, con tu cuerpo y tu vocecita, a triunfar, que son dos
días. Que estás más buena que mojar pan.
—Si llamo a Héctor lo voy a perjudicar, no debo de hacerlo.
—Bueno, pues no lo hagas, ya te lo he dicho, búscate otro, pero hay que ver, con
lo buen partidazo que es el tío. La pasta que debe de ganar el muy cabrón.
—A mí el dinero no me importa.
—Lo que importa es el tío, claro, pero si lleva algo «pegao», pues mejor. ¿O no?
Además, ya estás madurita, pero que muy madurita, y aunque tengas ese cuerpazo, no
vas a encontrar a un niñato virgen con el que irte. Tú, o se lo quitas a otra, o te comes
las sobras, o te quedas a vestir santos.
—Ah —añadió— y a mi Manolo ni tocarlo eh. No vaya a ser que te esté dando yo
aquí clases y quieras practicar conmigo. Estaría bueno.
—No te preocupes por tu Manolo que te lo puedes quedar para ti solita.
—Está bien, pero sin despreciar, que mi Manolo también tiene lo suyo.
—¿No piensas tener críos? —Cambió Inés de tema de conversación.
—No, ya ves, a mí también me pilló la cosa madurita, y a estas edades igual te
sale mal. Mira, lo hemos «hablao» el Manolo y yo, y ya está la cosa bien. A lo mejor
algún día adoptamos algún chinito o un peruano de esos que traen aquí, pero
preñarme no, ya le he dicho al Manolo que la Carmen no se queda preñá.
La cafetería se estaba empezando a llenar de gente e Inés empezaba a estar
incómoda. Su amiga Carmen había sido siempre bastante indiscreta y hablaba a voces
sin tener en cuenta dónde estuviese.
Carmen era amiga suya del colegio de monjas donde estudiaron la básica.
Siempre había sido muy lianta y muy mal estudiante. Mientras Inés estudió abogacía,
Carmen trabajaba en un Burger. A pesar de que ahora se hacía la buena, siempre
había sido de las que se liaba con unos y con otros. A los catorce ya había perdido la
virginidad, en el propio colegio, ni más ni menos que con el jardinero, un muchacho
de veintitantos años. Estuvieron haciéndolo todas las semanas hasta que la superiora
en persona los pilló en un cobertizo en plena faena. A ella la expulsaron del colegio y
el pobre jardinero se quedó sin trabajo, no sólo en ese colegio, sino en cualquier otro
colegio a doscientos kilómetros a la redonda. Ya se encargó la madre superiora de
ello.
Que ella supiera, nunca se había dedicado a la prostitución, pero era de las que le
sacaba hasta la sangre a todos los que se le acercaban, hasta que parece ser que se
enamoró. Se enamoró, o quizás le vio las orejas al lobo. Casi cincuenta años y con
cada vez menos posibilidades de encontrar a alguien con el que compartir la vida. Al
final tuvo suerte. El tal Manolo por lo visto era un buenazo, y o bien ignoraba el
pasado de Carmen, o le daba lo mismo. Inés se alegraba por ella. Lo cierto es que al
fin y al cabo le había ido mejor a Carmen que a ella, a pesar de su carrera de abogado

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y de lo lista que se creía. Su amiga Carmen tenía razón. Era tonta.

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SEGUNDA PARTE

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Capítulo VII

La novela avanzaba más lentamente de lo que tenía previsto, se había quedado


como atascado en algunos de los diálogos y había dejado de tener claro el desenlace.
Normalmente escribía en sesiones de unas tres horas, una sesión por la mañana y una
sesión por la tarde, y venía a escribir unas siete mil palabras por día, eso sin
agobiarse, a su ritmo, pero ya era de noche y apenas llevaba escritas mil quinientas.
No estaba concentrado, el problema no era otro sino su imposibilidad de imbuirse en
sus personajes. A cada momento le venía a la cabeza Eloísa, estaba nervioso, aquella
escapada no era como las otras y quizás debiera de haber esperado un tiempo para
acabar su novela hasta tener las cosas algo más claras.
Llamó a recepción y pidió un taxi que lo bajó hasta el acueducto. Estuvo
paseando durante un par de horas, recorrió toda la base del acueducto y la zona vieja
por su interior, de derecha a izquierda hasta llegar a la catedral. Estos paseos le solían
servir de inspiración, pero en esta ocasión no podía concentrarse. Pensaba en Eloísa y
también pensaba en Inés. La vida es muy complicada, la sociedad está montada de
manera que para que sea estable y funcione adecuadamente, cada cual tiene que tener
su pareja, su misma pareja durante toda la vida. La inestabilidad cada vez mayor en la
que los matrimonios duran sólo unos pocos años, provoca problemas terribles, ya no
sólo en la pareja en sí, sino en los hijos que hayan podido tener. Familias rotas, hijos
utilizados en el interés de los cónyuges separados, juicios interminables y problemas
económicos de todo tipo. En muchas ocasiones, la mujer sale perjudicada porque no
tiene independencia económica, aunque cada vez menos, cada vez las mujeres van
teniendo una mayor independencia con la que pueden afrontar mejor estas
situaciones, invirtiéndose muchas veces el problema que pasa a ser del hombre que
debe de pasar una importante pensión a su excónyuge, lo cual le impide en muchas
ocasiones rehacer su vida con otra, precisamente por los problemas económicos,
mientras ella sí que puede rehacer su vida con otro hombre, no es justo. Los hijos
suelen ser de todos modos los más perjudicados, tanto en una primera separación,
como cuando su padre o su madre con el que conviven, se casa con otra persona en
segundas nupcias, también separada que aporta al nuevo matrimonio otros hijos. La
convivencia se hace cada vez más difícil para todos.
Lo mejor sería que cada cual encontrase a lo largo de su vida una sola pareja con
la que compartir sus días, y que ninguna otra candidata o candidato se cruzase en su
camino, pero eso es imposible, de ahí las insatisfacciones, las infidelidades, y las
consecuencias de todo ello, celos, matrimonios rotos, familias destrozadas. Podría
escribir un libro sobre el tema, sí, posiblemente su próxima novela tratase de ello. No
todos los hombres tenían una relación con sus respectivas mujeres tan extraña como
la suya, o por lo menos eso creía, porque nunca se sabe, nunca se sabe lo que los
demás esconden tras de sí, lo que se callan, lo que tienen miedo de mostrar al

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exterior. Él sabía que su mujer tenía aventuras esporádicas con otros hombres,
además de las que habían tenido en común en los intercambios de pareja y el ya viejo
asunto de Jacob e Inés, pero en cierto modo, eso mantenía vivo el matrimonio.
También sabía que a él no le interesaban otras mujeres. Le interesó muy
profundamente Inés en su día, e incluso estuvo a punto de romper con Eloísa para irse
con Inés, pero finalmente no ocurrió, finalmente valoró todo lo que le unía con
Eloísa, y los años pasados hasta el momento con ella. También valoró el hecho de que
a pesar de los años de matrimonio que llevaban hasta entonces, su mujer no había
dejado de interesarle en la cama, sino todo lo contrario. De hecho, ahora, veinticinco
años después, todavía la deseaba como a ninguna otra. No es que las demás no le
gustasen, no es que no se girara para seguir con la mirada a más de una moza, pero la
atracción que sentía hacia Eloísa era indescriptible, inigualable a la que ninguna otra
le podía ofrecer. Su relación se había reajustado con el tiempo, el hecho de que él no
tuviera el papel activo, sino más bien el pasivo en su relación, le permitía evitar
frustraciones. De ese modo no estaba pendiente de sus deseos sexuales ni de solicitar
relaciones sexuales a Eloísa y que ésta se negara porque le doliese la cabeza, porque
estuviese con la regla, o por tantas y tantas situaciones parecidas. De ese modo él se
encontraba en una situación tranquila y plácida, y se había acostumbrado a pensar
poco en el sexo, salvo para plasmar situaciones calientes en sus novelas. Ahí es
donde él había conseguido también una forma de sexo, una forma de relación consigo
mismo a través de sus personajes, relación que no se limitaba a las escenas de sexo,
sino a todo lo demás, acababa siendo cada uno de los personajes, sintiendo lo que
cada uno sentía y naciendo, viviendo y muriendo con cada uno de ellos.
Cuando Eloísa quería sexo, no lo pedía, simplemente se desnudaba en la cama y
él ya sabía lo que tenía que hacer. Sus relaciones eran variadas y casi todas
satisfactorias, pero tenían un denominador común, y era el protagonismo de ella, ella
era quien dirigía la escena, y la que decidía en todo momento si estaba arriba o estaba
debajo, o lo hacían por detrás o simplemente se masturbaban mutuamente o por
separado. Ella era el centro de todo durante el acto.
Inés ya no le interesaba como pareja, cierto es que conservaba una gran amistad
con ella y se sentía frustrado por haberla tenido que apartar de su vida de una forma
tan drástica a causa de las exigencias de su mujer, pero sabía que tenía que hacerlo si
quería mantener su matrimonio, y su matrimonio lo era todo. Sabía que sin Eloísa él
no sería nadie, ni siquiera podría escribir.
Eloísa, Inés, Eloísa, Inés, ambas daban vueltas alrededor de su cabeza. De vez en
cuando aparecía Tasio. Tasio no lo había llamado, pensó. Si no lo había hecho es
porque no había sucedido nada digno de mención, tenía su móvil y estaba operativo.
A pesar de todo, estaba intranquilo y no había forma de concentrarse.
No podía dejar de sentirse culpable por Inés, Inés no había tenido ninguna
relación estable ni se había casado, después de que él la hubiera dejado, y era una
lástima, era una mujer inteligente, guapa y sexi, y ya empezaba a tener una edad en la

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que le sería difícil encontrar una pareja adecuada. Quizás si su relación con ella no
hubiera existido, ella hubiera encontrado alguien que estuviera dispuesto a compartir
su vida con ella, sin los problemas de otra pareja preexistente. Esto lo hacía sentirse
mal, no lo podía evitar.
El móvil sonó insistentemente en el bolsillo superior de su chaqueta de lana
virgen. Lo abrió y leyó el número. Era Inés que llamaba desde el bufete.

¡Eso es!, pensó, ¿cómo no me había dado cuenta antes? Tasio estaba releyendo
los textos de la biografía de su amigo por si encontraba algo nuevo.
No era nada del contenido en sí lo que le llamó la atención, sino unas pequeñas
letras al lado izquierdo superior de la primera página, en ángulo recto al texto:
«[Link]».
Claro, Héctor guardaba distintas versiones del texto conforme iba avanzando, lo
que le permitía recuperar archivos anteriores en el supuesto de tener algún problema
con el último. Si la versión que Tasio sostenía en sus manos era la siete como parecía
deducirse del nombre del archivo, eso podía significar que en el disco duro de su
ordenador todavía estuviesen las seis versiones anteriores del texto, y que algunas de
ellas fueran anteriores a posibles modificaciones sugeridas por Eloísa, o simplemente
por cambios de criterio de Héctor. Quizás, si tuviese acceso a esos archivos, pudiese
llegar a leer algunos textos que no figurasen en la última versión. No era seguro, pero
posiblemente pudiera tener acceso a las zonas del texto que Eloísa hubiese
«censurado», a pesar de que Héctor decía que era sólo cuestión de algunos pequeños
cambios de nombres de personas y lugares.
Se metió la mano en el bolsillo del pantalón y comprobó que el llavín estaba
todavía allí. Miró el reloj y observó que ya pasaba de medianoche. Debería de ir a
casa de Héctor y acceder a su ordenador. Se llevaría unos discos para grabar los
archivos, sería más seguro que ponerse a leerlos allí mismo, teniendo en cuenta que
Eloísa estaba en casa. La había estado siguiendo hasta las 10:30 y por lo que parecía,
no tenía intención de salir de casa. Nada más llegar se desnudó y se puso un camisón
y zapatillas según pudo entrever desde la calle con sus prismáticos de visión
nocturna.
No sabía si se habría acostado ya, o estaría todavía despierta leyendo o viendo la
tele. También sería posible que esperase a alguien, aunque no era probable porque se
había desmaquillado y recogido el pelo. Si esperase tener algún encuentro sexual esa
noche, seguro que se hubiese preocupado de tener otro aspecto.
Dejó nerviosamente el texto encima de su cama, volvió a comprobar que el llavín
seguía en su sitio, y salió en dirección a casa de Héctor.
Aparcó a un par de calles de distancia, el aparcamiento a esas horas resultaba muy
complicado, y se dirigió a pie hasta el domicilio. Al llegar vio luz en el dormitorio, se
resguardó en un portal cercano e intentó ver el interior con los prismáticos. No la

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podía ver a ella, pero sí que se veían unas sombras en la pared por las que dedujo que
estaba leyendo, acostada en su cama. Estaba sola. El resto de las luces de la casa
estaban apagadas.
La luz no se apagó hasta pasadas las dos de la madrugada, a Tasio le dolían las
piernas, había dado varias vueltas por la manzana y por los alrededores para no
llamar la atención estando tanto tiempo parado en un mismo lugar. Se cruzó con un
par de borrachos inofensivos y malolientes, uno de ellos le pidió un cigarrillo con voz
gangosa y aliento fétido. Debía de tener piorrea porque nunca había olido algo tan
nauseabundo. Tenía casi todos los dientes, pero su aspecto era repugnante, sin duda
pronto empezarían a caerle todos. Se limitó a cambiar de acera, sin siquiera
contestarle, tampoco quería que se fijasen en él y luego pudieran decir que lo habían
visto.
Después de numerosas vueltas por el vecindario, vio también a una pareja
haciéndose arrumacos en el interior de un coche. Ella llevaba una falda ligeramente
larga pero que tenía remangada hasta casi la cintura. El joven que la acompañaba
tenía una de sus manos debajo de las bragas de ella y la manoseaba mientras la
besaba. Él no pudo evitar mirar la escena, ella abrió los ojos que tenía cerrados hasta
ese momento y se le quedó mirando, pero no cesó de besar a su novio ni intentó
taparse. Pareció que aquello la excitaba. No volvió a cerrar los ojos hasta que él
siguió su camino. Un coche patrulla pasó por la calle vecina.
Finalmente, poco después de las tres de la madrugada, se decidió a subir a casa de
Héctor, no utilizó el ascensor, odiaba los ascensores desde que en una ocasión, de
chico, se quedó encerrado toda una tarde entre dos pisos. Subió por las escaleras
silenciosamente, sin encender la luz, no quería arriesgarse a que algún vecino curioso
se percatase de su presencia. Finalmente llegó al tercer piso, sacó el llavín del bolsillo
y lo introdujo con mucho cuidado, muy despacio. Una vez en el interior, totalmente
introducido el llavín en la cerradura, lo mantuvo así un par de minutos, mientras
intentaba oír algún ruido en el interior de la vivienda. Quería asegurarse de que Eloísa
no había oído la puerta. Le dio la vuelta a la llave, también con mucho cuidado, por
suerte Eloísa sólo le había dado una vuelta a la cerradura, por lo que pudo abrirla en
menos tiempo y con menos ruido del previsto. Sacó la llave con cuidado, con mucho
cuidado, y entreabrió la puerta. Estaba oscuro, todo en el interior estaba oscuro.
Entró, llevaba zapatillas de deporte con suela de goma muy blanda, no hacía ruido
sobre aquel suelo, por un momento tuvo miedo de que estuviera encerado y la goma
de sus suelas gimiese con el contacto de la superficie abrillantada, no fue así. Se
introdujo de nuevo la llave en el bolsillo y cerró la puerta tras de sí. Se dirigía al
despacho de Héctor donde sabía que tenía el ordenador, pero no pudo evitar asomarse
a la habitación donde se suponía que estaba Eloísa.
Estaba allí, acostada, dormía tranquilamente, una suave, muy suave luz del
exterior, mezcla de luna llena y de la luz artificial de las farolas y algún reflejo lejano
de luces de algún coche noctámbulo, alumbraban su rostro sereno, tranquilo, suave,

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bello. Tenía el pelo recogido y se le veía una de las orejas, pequeña, perfecta, los
labios carnosos, limpios de cualquier maquillaje, los tenía entreabiertos.
Después de estar unos minutos mirándola, casi suspirando, se dirigió al despacho.
Cerró la puerta al entrar, quería evitar que se oyeran ruidos desde el exterior. Enchufó
el ordenador, el ruido le pareció atronador, era increíble cómo eran de ruidosos
aquellos aparatos cuando todo a su alrededor estaba en silencio. Durante el día y
rodeados de movimiento y ruido, no se percibía cuán molestos podían llegar a ser,
pero entonces, son un silencio absoluto, de madrugada, el ruido parecía tan fuerte y
desagradable como la sirena de una ambulancia que atravesara la ciudad. El sistema
operativo era el Windows 98, se cargó rápido porque Héctor no tenía otra cosa en el
ordenador más que el Word y el navegador de Internet, no lo usaba para otra cosa que
no fuese escribir sus novelas y consultar datos en la red. Por suerte no tenía ninguna
contraseña de acceso, por lo que bastó con pulsar la tecla intro cuando apareció la
temida pantalla del password. Pronto localizó los archivos de sus novelas, había
infinidad de ellos, y pudo observar que todos los títulos se repetían al menos doce o
quince veces, seguidos con números correlativos entre sí. Estaban ordenados por
orden alfabético, por lo que no le costó encontrar los archivos de CONFIESO,
efectivamente, como había supuesto, eran siete. Sacó unos discos del bolsillo de su
chaqueta y grabó los siete archivos, en realidad el séptimo no era necesario porque se
suponía que era el que él tenía impreso, pero lo copió por si Héctor hubiese añadido
algo más. Le bastaron un par de discos para copiar todas las versiones, el formato
Word ocupaba poco, los textos no tenían imágenes de ningún tipo.
Apagó el ordenador y la pantalla y se dirigió igual de sigilosamente que había
entrado, hacia la salida. Volvió a pasar por la habitación de Eloísa. Seguía dormida,
apenas se había movido de su posición anterior, respiraba tranquilamente aunque
observó que había entrado en una fase de sueño profundo, se podía ver cómo los ojos
se movían debajo de los párpados cerrados. Se acercó a la puerta, la entreabrió, en ese
momento la luz de la escalera se encendió, eran las tres y media de la madrugada.
—Mierda —murmuró para sí mientras volvía a cerrar la puerta, quedándose en el
interior de la casa.

Era de noche, la luna estaba totalmente llena y su luz plateada alumbraba


Valencia dándole un aspecto fantasmal, aunque agradable, como de cuento de hadas.
Se echaba en falta una ligera niebla que con su movimiento retozara sobre las
fachadas de los edificios, acariciándolos, proporcionándoles bellas sombras en
movimiento. En los últimos años se había procedido a la limpieza de muchas
fachadas que habían recobrado su antiguo y en muchos casos ya olvidado esplendor.
El negro hollín que después de muchos años habían ido acumulando, desaparecía
para dar paso a la blanca piedra. Los edificios eran bellos ya antes de su limpieza,
pero pasaban desapercibidos porque estaban como ocultos, como hacía el camaleón

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entre los árboles o las piedras al cambiar de color y mezclarse con su entorno. Ahora
estaban limpios ya algunos de ellos, habían perdido su carácter camaleónico que los
confundía con el entorno de la ciudad, con el resto de los edificios, tan negros como
ellos habían estado, para quedar como desnudos pero inmensamente bellos y bien
formados, dejando a la vista todos sus atributos, sin vergüenza alguna, sin querer
ocultarse de las miradas. Cada cual había recobrado su personalidad, distinta a la de
los demás, aquello que su arquitecto había imaginado y soñado antes de que fueran
construidos, cada uno era único, diferente. No se podía pasear por la ciudad
ignorándolos una vez más como hasta entonces, la vista del viandante se escapaba
hasta las fachadas, parecían haber surgido de la nada, cuando después de meses
cubiertos con enormes andamios y telas, quedaban al descubierto. Era como si una
mujer fea, insípida, saliera de la consulta de un cirujano que después de muchas horas
de trabajo hubiera agraciado los rasgos de su cara, limpiado sus impurezas, eliminado
sus arrugas acumuladas por los muchos años de una vida ajetreada, llena de estrés, de
cansancio, de humillaciones, y saliera deslumbrante, moviendo las caderas
descaradamente porque quisiera salir del anonimato, del anonimato de ser una más
entre miles para pasar a ser de nuevo ella, la más bella de entre todas.
Caminaba por las calles sola, se sentía libre, feliz, como si flotara, reía y daba
vueltas sobre sí a la vez que seguía caminando. Se quitó los zapatos y siguió andando
descalza, los zapatos quedaron abandonados, tristes, en posición obscena sobre la
sucia calle. Ella seguía caminando, seguía riendo, se quitó la blusa que dejó flotar en
el ligero viento de la noche, se quitó igualmente el sujetador que atenazada sus
pechos, que los oprimía como el comunismo oprimía al pueblo, el sujetador cayó al
suelo, sus pechos se vieron libres y se cimbreaban satisfechos mientras ella seguía
caminando, parecieron sonreír. Pronto estuvo desnuda, totalmente desnuda, la calle
seguía desierta, ella era libre. En uno de sus giros perdió la sonrisa, a lo lejos vio un
hombre que como ella se había desnudado, la seguía, iba a su mismo ritmo, ni más
rápido ni más despacio, la seguía, su enorme miembro se movía como el badajo de
una enorme campana, derecha, izquierda, derecha, izquierda, golpeando con suavidad
ambos muslos mientras caminaban. Su pecho estaba cubierto de grandes cantidades
de vello negro entremezclado con algunas canas, como si de un viejo y gran mono se
tratara. En la parte superior de las manos, e incluso entre los dedos, también tenía
grandes cantidades de pelo, no así en el resto del cuerpo en el que apenas tenía,
incluso en la zona de su pubis tenía un vello más escaso del normal. Su miembro
seguía cimbreante, derecha, izquierda, derecha, izquierda.
Ella empezó a correr, ya no podía recuperar su ropa que había quedado dispersa a
lo largo de más de quinientos metros de calle iluminada por la luna llena. De un
portal surgió un mendigo sucio, borracho, extendió su mano que rozó uno de sus
pechos que se agitaban al viento, incitados por la carrera de su dueña. Seguía
corriendo, corriendo y mirando hacia atrás, todavía notaba el asqueroso contacto de la
sucia mano sobre su pecho. El individuo corría también, el badajo se movía más

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rápidamente, la distancia entre él y ella se acortaba. Algunos coches empezaron a
recorrer las calles, sus conductores se giraban para verla pasar, uno de ellos incluso se
detuvo totalmente en medio de la Gran Vía y lanzó un sonoro silbido. Apenas la
separaban ya unos diez metros del enorme hombre mono que la perseguía. El pánico
se apoderó de ella y se torció un tobillo, su cuerpo desnudo, perfecto, bello, limpio
hasta ese momento, rodó por el suelo y su blanco impoluto se fue transformando en
una especie de bronceado artificial irregular. Quedó mirando hacia arriba, indefensa,
sucia, con el pelo mojado a causa de un charco cercano. Aquel enorme miembro
había dejado de moverse a derecha e izquierda, estaba quieto, sobre ella. Ella gritó,
gritó una y otra vez, gritó y su propio grito la despertó. Se incorporó de la cama, entre
jadeos, sudada, asustada. No era la primera vez que había tenido esa pesadilla, se
repetía cada cierto tiempo, pero cada vez parecía más real, más larga. Siempre
acababa igual, con la vista de aquel hombre horrible y sus enormes atributos sobre
ella.

Eloísa estaba desnuda, como en el sueño, sudada, como en el sueño, y asustada,


como en el sueño. Se levantó de la cama y se dirigió al baño. Necesitaba una ducha,
se sentía sucia, como en el sueño.

Estaba en casa, sola, triste, unas pequeñas y saladas lágrimas corrían por ambas
mejillas hasta morir juntas en el mentón de su bonita y delicada barbilla. Estaba
sentada en la cama de su habitación, una habitación casi infantil, donde todavía se
conservaban algunos peluches de su niñez, donde el color de las paredes era todavía
de un rosa pálido, donde sobre una mesita había un par de viejas Barbies, a una de las
cuales le faltaba un zapato, tan viejas y abandonadas como ella misma se sentía.
La televisión, al pie de la cama estaba enchufada, pero sin voz, las imágenes del
telediario estaban llenas de violencia, de guerras, todo el mundo parecía estar loco,
todos parecían querer matar, odiar sin fin. La guerra desapareció de repente, un
presentador siguió a otro y pronto se dio paso a los chubascos de los próximos días,
zonas soleadas se combinaban con lluvias en una mapa, por encima del cual
deambulaba graciosamente un globo con el anagrama de Renault, de fondo, la voz del
hombre del tiempo, voz que ella imaginaba porque no escuchaba, porque el sonido
del televisor seguía desconectado.
Ella sostenía en una mano el teléfono, sonaba y sonaba, hasta que la
comunicación se cortaba. Lo volvía a intentar y el teléfono volvía a sonar una y otra
vez hasta que se volvía a cortar. Nadie lo cogía al otro extremo.
Después de hablar con su amiga Carmen, siguió un impulso y tomó la decisión de
llamar a Héctor, lo quería, y no iba a permitir que su mujer se interpusiera entre ellos,
no le importaba lo que sucediera con su matrimonio, estaba dispuesta a llevárselo con
ella, a que de nuevo compartiera su cama, su vida. Él le había pedido que no la

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llamara más, pero Carmen tenía razón, ella debía defender su terreno, ella tenía unos
derechos, ella había perdido la ocasión de ser feliz por estar con él, y él la rehuyó,
pero sabía que la quería, sabía que la había dejado porque Eloísa se interpuso en su
relación, porque no la soportaba, porque los celos la comían. La odiaba, Inés odiaba a
Eloísa, y sabía que Eloísa la odiaba a ella tanto como ella misma pudiera odiarla, el
odio era mutuo, incesante, enorme, creciente, inagotable, el odio era lo suficiente
como para desear la muerte de la contrincante, para desear la desaparición definitiva
de la otra.
Héctor no contestaba, lo había llamado antes desde el bufete y tampoco contestó,
lo estaba llamando al móvil porque sabía que había salido de viaje, la propia Carmen
se lo dijo, no sabía cómo se había enterado, pero parecía saberlo.
Lo volvió a intentar, en esta ocasión el teléfono no sonó repetidamente, sino que
la voz de una operadora, voz que sonaba mecánica, metálica, advertía que el teléfono
estaba desconectado o fuera de cobertura.
¿Qué pasaría si ahora llamaba a casa en lugar de llamarlo al móvil y hablaba con
Eloisa? Eloísa sí que cogería el teléfono, entre otras cosas porque no sabría quien
llamaba, a diferencia de Héctor que no cogía el teléfono porque identificaba sus
números en el maldito visor de su Motorola. Y en el caso de que supiese que era ella,
seguro que también lo cogería, no podría aguantar la curiosidad de averiguar por qué
llamaba a esas horas, pensaría que estaba buscando a Héctor, pensaría que ella no
sabía que Héctor estaba de viaje. Lo cogería, aunque sólo fuera por el deseo de
llamarla zorra una vez más, de escupirle exabruptos por el auricular del teléfono, de
tener el placer de colgarle si le apetecía. Así estuvo, sobre la cama, durante varias
horas, las imágenes en colores del televisor se iban sucediendo y los personajes
mudos iban cambiando, hasta que desaparecieron, una especie de nevada invadió la
pantalla, un movimiento extraño y fantasmagórico se adivinaba al otro lado del
cristal. La luz del cuarto la había apagado una hora antes y ahora esa luz nerviosa del
televisor era la única que alumbraba de forma también nerviosa las paredes rosa de la
habitación. Pasaban ya de las tres de la madrugada. Finalmente se decidió a llamar a
Eloísa. Marcó su número y puso el auricular sobre su oreja izquierda. El teléfono
empezó a sonar al otro extremo de la ciudad.

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Capitulo VIII

—¿Qué demonios estaba ocurriendo? —se preguntó Tasio.


Miró el reloj y eran las tres y media de la madrugada. Estaba en el despacho de
Héctor, con las luces apagadas y la puerta cerrada, agachado detrás del sofá porque
los acontecimientos se habían disparado. Cuando se disponía a salir, la luz de la
escalera acababa de encenderse, por lo que decidió esperar hasta asegurarse de si
quien había entrado era un vecino del bloque, o por el contrario, cosa poco probable a
su parecer, se dirigía a casa de Héctor. No era prudente esperar en el pasillo, por lo
que retrocedió hasta el despacho de Héctor. En ese momento unos gritos lo asustaron,
notó un escalofrío a lo largo del espinazo. Era Eloísa, al principio creyó que la
estaban atacando, pronto se dio cuenta de que había sufrido una pesadilla, por lo que
volvió a dirigirse al despacho. El teléfono sonó. ¿A quién se le ocurre llamar a esas
horas?
Eloísa se había despertado y había salido al pasillo, fue entonces cuando sonó el
teléfono. Por lo visto el único teléfono de la casa estaba en el despacho de Héctor, de
manera que unos segundos después de agazaparse detrás del sofá, la puerta se abrió,
la luz del despacho se encendió, el molesto sonido del teléfono seguía sonando.
Parecía una escena de la película de Hitchcock, Crimen perfecto, con el teléfono
sonando, la protagonista dirigiéndose a cogerlo, y el asesino escondido detrás de la
cortina, en este caso una pequeña modificación del guion hacía que Tasio estuviera
detrás del sofá, y Eloísa estuviera desnuda, a diferencia de la protagonista original.
—¿Dígame? —Era la voz de Eloísa, algo ronca por su reciente despertar.
—¿Sí? —insistió.
Nadie contestó al otro extremo del aparato. Tasio podía ver los pies descalzos de
Eloísa por debajo del sofá, sus uñas todavía tenían restos de esmalte rojo. Desde
donde estaba apenas podía verla hasta la altura de los tobillos. Se arriesgó a asomarse
por uno de los laterales del sofá, con mucho cuidado, sin hacer ruido. Eloísa estaba
totalmente desnuda, Tasio sintió un cosquilleo agradable mezclado con una ansiedad
insoportable por su delicada situación. Todavía sostenía con una mano el auricular del
teléfono, a pesar de que daba la sensación de que no había nadie al otro extremo. La
posición del brazo ocultaba sus pechos, pechos que imaginó Tasio recordando la cinta
de video grabada unos días atrás en casa de Julio. Unos pechos de tamaño medio que
lo habían cautivado. Ahora estaba allí, desnuda, casi al alcance de su mano. ¿Qué
ocurriría si se levantaba de donde estaba? ¿Cómo reaccionaría Eloísa?
Estuvo a punto de hacerlo, su deseo de estar con ella, de besarla, de protegerla, de
acariciarla, era cada vez mayor. Se imaginó a si mismo haciéndola el amor. Hubiera
dado cinco años de su vida por desinhibirse de su timidez, de su prudencia, pero algo
lo retuvo, pensaba en Héctor, aunque no pudo dejar de mirarla furtivamente. Las
imágenes del video le venían a cada momento a la cabeza, entremezcladas con lo que

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podía ver desde su incómoda posición.
Eloisa colgó el teléfono, uno de sus pechos quedó al descubierto desde su
observatorio secreto. Tasio casi babeaba, no se movió. Si Eloísa hubiera dirigido su
mirada hacia donde él estaba, seguro que lo hubiera visto, estaba como hipnotizado.
Había pasado el suficiente tiempo como para que la persona que había encendido
la luz de la escalera hubiera llegado al tercer piso. Tasio supuso que se había tratado
de algún vecino que ya se habría metido en casa, quizás borracho, quizás algún
amante a escondidas que iba a hacerle el amor a alguna de las vecinas, mientras su
marido patrullaba por la noche, o hacía de guardia de seguridad en alguna fábrica de
algún polígono cercano. Quizás alguien que había oído algún ruido y simplemente
salió al rellano y enchufó la luz para ver si veía algo extraño. Posiblemente la
muchachita de las braguitas de nylon que se le había quedado mirando, con lascivia,
mientras su novio la besaba y le metía los dedos en su delicado y sonrosado coñito, o
el borracho que había entrado en el portal para resguardarse del viento.
Eloísa salió del despacho, apagó la luz, aunque dejó la puerta abierta. Tasio
esperó sin moverse. Pronto oyó el ruido de la ducha, era el momento de irse.

Héctor optó por desconectar definitivamente el móvil, lo dejaría sin línea un par
de horas antes de volverlo a conectar. Se sentía culpable una vez más, posiblemente
Inés tuviera algún serio problema y lo llamaba a él porque no tenía a nadie más a
mano que la pudiera ayudar. Su comportamiento le pareció deleznable, pero no podía
hacer otra cosa. Si atendía la llamada, sabía que no podría escondérselo a Eloísa, que
tendría que contárselo, o antes o después se enteraría. Si no la contestaba, quizás
también Eloísa acabara averiguándolo, pero siempre le quedaba la salida de que se
había comportado correctamente no contestando las insistentes llamadas de Inés.
—¿Por qué no me dijiste que te estuvo llamando? —Le diría su mujer—, pero él
tendría una salida digna.
Por otro lado, no podía dejar de pensar en los motivos de tanta insistencia por
parte de Inés. Le dijo claramente que no debía de volverlo a llamar. Él mismo dejó de
hacerlo totalmente. Por un momento llegó a pensar que quien llamaba no era ella, al
fin y al cabo en el bufete había más gente y él había trabajado allí durante algunos
años, pero las llamadas posteriores, desde el teléfono de casa de ella, lo sacaron de
cualquier duda razonable. Era Inés quien insistía en comunicar con él. ¿Le sucedería
algo? ¿O simplemente quería insistir en verlo? No sabía que prefería, si lo uno o lo
otro. El hecho de que le sucediera algo y lo necesitase, lo hacía sentirse mal, pero se
justificaba pensando que otra persona de su entorno podría ayudarla. Si lo que quería
era contactar con él, si quería verlo, si quería besarlo, si quería reavivar su relación,
irse a la cama con él, entonces quizás la situación fuera peor porque seguro que
seguiría insistiendo, y él no podría esconderse de por vida. ¿Cuántas veces, desde que
dejaron de salir juntos le había pedido que quería un hijo suyo?, cientos. El

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enfrentamiento final entre Eloísa e Inés sería inminente, y el más perjudicado
acabaría siendo él mismo, que estaba como entre la espada y la pared con aquella
maldita situación. ¿Cómo podría acabar con esa agonía, con ese malvivir?
De pronto se imaginó a Inés tirada en el suelo, desangrada al lado del teléfono
desde donde estaba llamándolo para pedirle ayuda. Alguien quería matarla y le estaba
pidiendo ayuda. Ayuda que él le había negado. Su imaginación siguió su camino, de
repente recordó que estaba en Segovia, al pie de la Catedral, en la Plaza Mayor,
aunque hubiera descolgado el teléfono no hubiera servido de nada, no hubiera podido
acudir a salvarla, pero podría haber llamado a la policía y pedir socorro en nombre de
ella, hacer que se acercaran hasta su domicilio y la salvaran de aquel desalmado que
la había matado.
Tenía el rostro desencajado, sus pensamientos fluían a borbotones y ya no sabía
que pensar, no sabía cómo justificarse, no sabía lo que le ocurría a Inés, sintió
angustia, una presión en el estómago, y no pudo evitar vomitar allí mismo, frente a la
catedral, justo donde las gitanas venden sus encajes y sus flores, justo donde las
gitanas echan sus maldiciones a aquellas personas que se niegan a comprarles sus
flores cuando ellas insisten en que les traerán suerte. Pero las gitanas no estaban a
esas horas. Algunas personas lo miraban desde los soportales cercanos. Pensarían que
estaba borracho.
No sabía qué pensar, no sabía qué hacer, los ojos se le hicieron acuosos, se le
llenaron de lágrimas, lágrimas contenidas que no llegaron a escapar de aquellos
pequeños lagos gemelos entristecidos.
Se acercó a la parada de taxi, esperaba que el taxista no lo hubiera visto vomitar.
Necesitaba dormir, necesitaba la cama de su habitación en el Parador, necesitaba
pensar, quizás mañana las cosas estuvieran más claras, quizás mañana podría escribir
más que hoy, quizás mañana Inés volviera a llamar y él se atreviera a coger el
teléfono. Posiblemente lo volvería a dejar sonar, sonar, sonar…

Se había acostado tarde y no podía dormir, había llegado a casa casi borracho, a
pesar de que sólo había tomado dos cervezas, aunque eso sí, de las grandes, de las de
medio litro, pero no estaba acostumbrado a ningún tipo de alcohol. Lo más, un vasito
de vino cuando comía en casa de sus padres, pero con aquellas copiosas comidas,
platos repletos de paella, el alcohol desaparecía sin dejar rastro. Pero esa tarde,
cuando salió del trabajo, se sentía deprimido, se sentía solo y se metió en un bar, un
bar bastante oscuro, como en el que tomaba Homer Simpson sus cervezas con los
amigotes de la Central Nuclear.
Pidió una cerveza que bebió rápidamente, y enseguida pidió otra que le duró algo
más, aunque no mucho, posiblemente le habían hecho tanto efecto y se le habían
subido a la cabeza porque las había tomado muy rápidamente, porque además, no
había probado bocado desde el desayuno de la mañana, no había comido por el

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mediodía, no tenía hambre, y quizás porque no acostumbraba a beber. Quizás por una
mezcla de todos estos factores. El caso es que llegó hecho polvo a su casa, aunque
tarde porque estuvo paseando durante horas por la ciudad, como un borracho más
entre tantos otros. Curiosamente no se le pasaba el efecto del alcohol. Quizás si
comía algo —pensó—, pero no comió nada, no tenía hambre.
Cuando finalmente llegó a casa, se echó sobre la cama y durmió un poco, aunque
se despertó enseguida y ya no pudo volver a dormir. Así estuvo hasta pasadas las dos
de la madrugada, todo le daba vueltas, la lámpara del techo aparecía y desaparecía,
primero estaba en el techo y luego se escapaba hasta debajo de la cama dibujando una
parábola casi perfecta en el aire, para volver a salir de inmediato de debajo de la cama
y situarse de nuevo en el techo. El armario también parecía tener vida, se movía y con
su ojo de cíclope lo miraba. Sí, era un cíclope, aunque su ojo no estaba en el centro de
su frente, estaba a un lado, era un cíclope deforme. Rió.
Julio se levantó, estaba todavía mareado, pero algo había hecho que parte de su
abotargamiento se desvaneciera. ¿Qué era aquel ojo en el armario?
Se subió encima de una silla y lo pudo ver de cerca, sí, aquello era una maldita
cámara. Lo estaban vigilando. ¿Desde cuándo estaría allí instalada? Pensó en Eloísa,
primero pensó en que debía avisarla, debía decirle que los habían estado espiando y
que quizás estuviera en peligro. Luego pensó que no debía decirle nada, pensó que
era ella quien lo vigilaba, quien había instalado allí la cámara para grabarlo, para
grabarlos juntos cuando hacían el amor, para controlarlo si lo hacía con alguna otra, o
simplemente para ver cómo se desesperaba por las noches cuando ella no estaba y
acababa masturbándose.
Pero si era así, ella lo había traicionado, de ser así, también tendría que decírselo,
no sólo decírselo, sino pedirle explicaciones. Quería saber más de ella, qué pretendía
de él. ¿Acaso lo estaba utilizando? ¿No estaría utilizando las grabaciones para su
posterior comercialización? ¿No estaría en manos de alguna organización criminal
dedicada a la pornografía y Eloísa sería una de sus prostitutas? Aunque eso no
cuadraba con lo que días antes había averiguado.
Si ya se sentía mal por su extraña situación, por su no saber qué ocurriría con
Eloísa, con su lasciva relación, todavía empezó a sentirse peor ante tanta duda, ante
tanta sospecha. ¿Qué haría si averiguaba que ella estaba detrás de todo? Si ella era la
que había instalado la cámara, ¿cómo reaccionaría? Posiblemente ahora mismo lo
estuviera controlando, quizás lo había visto llegar borracho y había visto cómo se
levantaba para coger la cámara de su sitio. Si era así, estaría ya advertida.
No sabía qué hacer, finalmente se decidió por meterse la cámara en el bolsillo y
dirigirse a casa de Eloísa.

Llegó poco después, ya más despejado por el fresco de la madrugada. El portal


estaba abierto, entró y encendió la luz. Subió las escaleras.
Cuando estaba por el segundo piso oyó unos gritos. El corazón le palpitó

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rápidamente. Le pareció Eloisa. Sabía que vivía en el tercero, la había seguido un par
de días antes. Había descubierto que estaba casada y que tenía un hijo ya adulto. Su
marido era rico, era un escritor famoso, Ramos, o Robles se llamaba. Se había sentido
utilizado, de ahí su malestar. Parecían felizmente casados por lo poco que pudo
averiguar. ¿Qué pintaba él en toda esa situación? No lo sabía. De ahí su estado
melancólico, de ahí su borrachera, él, que no estaba acostumbrado a beber. Y ahora
eso, la cámara. Al oírla gritar, no sabía por qué, volvió a pensar en la cámara, e
imaginó que lo estaban espiando ella y su marido para el guion de alguna película, o
el argumento de otra de sus asquerosas novelas. ¿Por qué lo estaban espiando? ¿Qué
pretendían? Sus pensamientos eran cada vez más confusos. Nunca había sido una
persona brillante, pero en esos momentos se sentía más torpe que nunca.
Subió rápidamente hasta el tercer piso y siguió hasta situarse en el rellano
intermedio entre el tercero y el cuarto. Decidió esperar a ver qué ocurría. Oyó sonar
el teléfono. La luz se apagó. No la volvió a enchufar, se sentía más seguro, más
protegido a oscuras. El teléfono dejó de sonar. Poco después le pareció oír el
murmullo del agua, pero no estaba seguro, y luego aquel tipo saliendo a hurtadillas de
la puerta, sin encender la luz.

Colgó el teléfono, después de que dejó de sonar había oído su voz al otro lado del
hilo telefónico, era Eloísa.
—¿Dígame?
—¿Si?
Ella no se atrevió a contestar, no sabía qué decirle, las lágrimas todavía le
recorrían por las mejillas. La idea del suicidio le había pasado muchas veces por la
cabeza en los últimos años, pero ese día el sentimiento era más fuerte, mucho más
intenso. Sentía unas ganas terribles de morirse, estaba harta de vivir, harta de toda
aquella situación, de comportarse como una tonta como le decía su amiga Carmen.
Pensó en entrar en el baño y llenar la bañera de agua caliente y luego cortarse las
venas. Había oído que si se hacía con el agua caliente, la sangre salía del cuerpo sin
apenas enterarse, y uno se sentía flotar hasta que moría dulcemente, como cuando se
va al quirófano y lo pinchan a uno para inyectarle la anestesia. En ese momento estás
mirando al techo y ves los focos del quirófano. Uno central, redondo, más grande, y
otros, también redondos, más pequeños a su alrededor, como satélites del más grande.
Primero los ves claramente, distingues la luz que sale individualmente de cada uno de
ellos, luego empiezas a verlos borrosos y se mezclan entre ellos. La luz de todos se
entremezcla en una única iluminación difusa, intensa, como debe de ser la entrada en
el cielo. De repente la oscuridad.
¿Pero por qué tenía que quitarse la vida? Lo que debía hacer es quitar de en
medio a su enemiga, a su mayor rival y más odiada hembra del universo. Si acababa
con ella, Héctor acabaría en sus brazos. Posiblemente al principio estuviera muy

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abatido, pero se le pasaría, el tiempo todo lo cura, y allí estaría ella para consolarlo de
tan enorme pérdida. Él se casaría con ella, estaba segura. Su hijo ya estaba crecido,
por lo que no les daría problemas, Héctor sería totalmente para ella, no tendría que
compartirlo con nadie, su espera habría valido la pena. Ahora estaba de viaje, sin
duda estaría unos días fuera. ¿Por qué no hacerlo ahora? ¿Por qué no matarla ahora
que no podían acusarlo a él? De nada serviría matarla si acababan acusándolo a él del
crimen, al fin y al cabo, el marido siempre es el mayor sospechoso. Hasta es posible
que tengan alguna póliza de seguro que lo llenase de millones después de la muerte
de su mujer. Esas cosas siempre las tienen en cuenta los policías. ¿Quién se beneficia
del crimen? Es la primera pregunta que se hacen. Se levantó de la cama y cogió un
cuchillo de la cocina, uno pequeño pero el más afilado. Salió de casa con el pequeño
cuchillo en el bolso.

Cuando llegó cerca de casa de Héctor, a un par de calles de distancia, se cruzó


con alguien que subía a un pequeño Corsa. Se miraron. A ella le sonaba esa cara,
estaba segura de haberlo visto en alguna ocasión, sí, creía recordar que lo había visto
con Héctor alguna vez.

Eloísa se sentía muy extraña. Aquel sueño la había intranquilizado mucho, ahora
estaba ya más relajada, el agua recorriendo su cuerpo la tranquilizaba, pero sentía
cosas raras, sentía como si un montón de personas estuvieran pendientes de ella, a su
alrededor, el teléfono también la había intranquilizado. ¿Quién habría llamado? Si
Héctor hubiera contratado aquel servicio de telefónica para saber quién llama, ahora
no estaría tan intranquila. Pero notaba auras de otras personas cerca de ella, y no eran
los vecinos, los vecinos estaban durmiendo, aunque quizás alguno se había
despertado con sus gritos y el posterior timbre del teléfono. Pero lo que notaba era
distinto, pero no sabía interpretarlo. ¿Sería que Héctor estaba en peligro? A veces
notaba esas cosas, cuando alguien cercano a ella le pasaba algo, ella se ponía alerta.
Unas veces acababa averiguando lo que sentía, pero la mayoría de las veces
simplemente sentía cosas, así, sin más.
Llevaba muchos meses leyendo cosas sobre magnetismo, brujería blanca y un
sinfín de cosas relacionadas con la psique, porque quería controlar su magnetismo si
es que realmente lo tenía, o lo que fuere aquello que ella sentía en su interior. Ella
sabía que era mucho más sensible de lo normal, a las cosas, a los sentimientos de los
demás. Héctor nunca había podido engañarla, ella siempre sabía cuando mentía.
Incluso notaba si estaba con otra.
La semana pasada había leído que algunas personas tienen un magnetismo
especial porque ya de antaño, cuando las personas estaban en mayor contacto con la
naturaleza, el estar expuestos a los rayos de las tormentas era más habitual que ahora.
Dicen que cuando a alguien le cae cerca un rayo, a menos de cincuenta metros, parte

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de la electricidad del rayo carga a la persona como si fuera una batería. Y no sólo eso,
sino que algunas de esas cargas de energía se transmiten por los genes de una
generación a otra. Por eso los radiestesistas son tan sensibles, y les basta con utilizar
medios sencillos como varillas de madera, alambres o péndulos, que simplemente
utilizan para canalizar su magnetismo.
Cuando ella leyó eso, un escalofrío le recorrió el cuerpo, porque sintió que podía
ser una explicación a su sensibilidad, a sus sentimientos tantas veces incomprendidos
por los demás. Recordó que su madre le había contado muchas veces que de niña,
estando en el patio del colegio, le cayó un rayo a pocos metros que destrozó una
encina. La mujer, niña entonces, estuvo varios días sin apenas poder ver nada debido
al fuerte fogonazo. Quizás esa era la explicación de porqué ella sentía cosas. Cosas de
las que Héctor se burlaba porque no las entendía. La llamaba brujita, pero sabía que
no la tomaba en serio.
Ahora estaba sintiendo muchas cosas, sentimientos contrapuestos, pero casi todo
negativo, y estaba relacionado con ella. Con ella y posiblemente con Héctor. Se sentía
espiada.
Salió de la ducha y se secó rápidamente. Entró nerviosa a la habitación y cerró las
ventanas. Corrió las cortinas e hizo lo mismo en las otras habitaciones. Encendió las
luces de toda la casa. Sentía ojos por todas partes.

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Capítulo IX

Había llegado agotado a casa la madrugada anterior, por lo que no tuvo ganas de
ponerse a comprobar si las copias de los archivos eran recuperables desde su
ordenador. Había llegado pasadas las cuatro de la madrugada y estaba muy nervioso.
Todo se había conjugado para ponerlo nervioso, todo había salido bien hasta que se
dispuso a salir de casa de Eloísa. ¿Quién iba a pensar que a esas horas habría tanto
tráfico? Gente entrando al portal, Eloísa despertándose violentamente a la misma
hora, a gritos, el teléfono sonando, y luego aquella mujer que lo vio subir al coche. Le
estuvo dando muchas vueltas, sabía que la conocía, que la había visto en numerosas
ocasiones, o quizás no tantas, pero estaba seguro de haberla visto antes. Pero hasta
ese momento no cayó en la cuenta de que era Inés. Sí, estaba seguro, era Inés, Héctor
se la había presentado años atrás, cuando coincidieron en una fiesta nocturna. ¿Qué
hacía Inés a esas horas tan cerca de casa de Héctor? Que él supiera, ella no vivía por
allí cerca, además, no eran horas para ir deambulando por la calle.
Los nervios no abandonarían su cuerpo al menos en una semana. Esperaba
realmente que los archivos estuvieran bien porque no sabía si se atrevería a volver a
entrar en casa de Héctor, además, el hecho de que lo tuviera que hacer de nuevo a
escondidas de él, lo ponía más nervioso todavía. No sabía si había actuado bien o no,
pero ya lo había hecho y estaba dispuesto a leer cada una de las versiones y subrayar
todo aquello que le pareciese nuevo o distinto con respecto a la versión que ya había
leído.
Se avergonzaba de sus deseos ocultos, de haber soñado con Eloísa, con su
precioso cuerpo. La recordaba desnuda, como la había visto cuando sonó el teléfono,
y la recordaba haciendo el amor con aquel maldito Julio en la cinta de video. Sentía
celos, era increíble, pero sentía celos. ¿Cómo podía sentir celos de una mujer que no
era la suya? De una mujer con la que nunca había tenido relación sexual alguna, de la
mujer de su mejor amigo, que además, sabía que le había puesto los cuernos. El
mismo Héctor no estaba celoso a pesar de saberlo, o al menos eso era lo que él decía.
Tasio no estaba seguro de que eso pudiera ser, pero el hecho de que él mismo sintiera
celos, todavía lo entendía menos. Nunca había tenido sentimientos tan fuertes por
ninguna hembra. Esa noche incluso empezó a pensar que se había enamorado, pero
desechaba aquella idea absurda de su cabeza. Él no podía estar enamorado, no podía
enamorarse de Eloísa. De Eloísa no.
—¡Dios! Qué complicado es todo esto —pensó en voz alta mientras sacaba los
disquetes del bolsillo de la chaqueta.
Enchufó su ordenador y al oírlo vibrar ligeramente, recordó cuán ruidoso le había
parecido el de Héctor rodeado del silencio de la madrugada.
Introdujo primero un disco y luego el otro y restauró las copias de seguridad sin
problemas. Se sintió como un genio de la informática, orgulloso de sí mismo.

[Link] - Página 74
Localizó los archivos en el disco duro y abrió en el Word el que llevaba por
nombre «[Link]», suponía que era el primero. Este archivo apenas contenía
cuarenta páginas del libro. Iba a leerlo en pantalla, pero finalmente decidió
imprimirlo, a pesar de que su impresora era bastante lenta. De ese modo podría rayar
el documento a voluntad y hacerse cuantas anotaciones al margen necesitase, y sería
mucho más cómodo que estar pegado a la pantalla durante horas.
Imprimiría todos los archivos y a media mañana empezaría a leer el primero.
Sería bueno desayunar. Pensó en una buena taza de chocolate caliente con
churros, humeante, dulce, con el chocolate espeso, muy espeso como se lo preparaba
su madre de niño. Seguro que lo relajaría. Sí, lo necesitaba. La imagen de Eloísa,
etérea, desnuda, se apoderó de nuevo de sus pensamientos, quedó como absorto, ni
siquiera notó la erección incipiente debajo del pantalón.

Estaba todo hasta los topes, desde que habían inaugurado el garito unas semanas
atrás, no había forma de pillar mesa, pero sus amigos se empeñaban en quedar allí, no
comprendía que perra les había entrado con el dichoso local. Nos vemos en el
Krassis, Krassis arriba, Krassis abajo, ni que les regalaran la bebida.
A media tarde aquello ya se había puesto imposible, y nada que decir a partir de
las diez de la noche. Era cuestión de modas, seguro que en unos meses habrían
abierto algún otro cerca de por allí y el Krassis tendría que cambiar su nombre por el
de Krissis. La gente siempre ha sido muy gregaria, y le gusta ir donde más gente hay.
Basta ver un bar o un pub con poca basca, para que no se coma un rosco en toda la
noche. En el momento ves movimiento, entonces empieza a apetecerte entrar, y
cuanta más gente hay, más quiere entrar, es todo muy absurdo.
Sus amigos, además, no eran demasiado puntuales, siempre le había jodido que
no lo fueran, él odiaba llegar tarde a ningún sitio, en eso debía de haber salido a su
padre. La puntualidad es una virtud más inglesa que española, no cabía duda, y si
para más abundamiento se trataba de gente joven, entonces menos puntuales todavía.
Mario, Juancho y el Migue eran de su misma edad, ya estaban todos creciditos y
andaban por los veinticinco años, y como era típico de la generación de hoy, todavía
estaban lejos de pensar en abandonar el nido familiar. Su padre se casó a los veinte,
pero hoy en día no hay quien salga de casa antes de los treinta, al fin y al cabo,
¿dónde se va a estar mejor que a la sombra de los padres si éstos no exigen
demasiado ni se meten con uno? Sus amigos, y él mismo, llegaban a la hora que
querían a casa y sus padres apenas si les pedían alguna que otra explicación. Las más
de las veces ni un solo comentario. Tenían tele en la habitación y hacían lo que les
venía en gana. Muchas veces pasaban la noche fuera, o se juntaban en el chalet del
padre de Juancho. Era un chalet cojonudo en las afueras y cuando cogían una mierda
demasiado grande, entonces preferían pasarla juntos en el chalet. Juancho siempre
llevaba las llaves, y el muy borde, algunas veces desaparecía, con las llaves y con

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alguna tía. Cuando eso ocurría, todos sabían dónde iba a beneficiársela. El padre del
Migue era un poco burro y si le había dado por beber, lo mismo se metía a hostias
con la Paqui, su mujer, que con el Migue si llegaba en mal momento. Pablo nunca lo
había querido acompañar a casa por no arriesgar, el tío estaba zumbado. La verdad es
que el Migue tampoco era muy largo que se diga, pero era buena gente, aunque una
vez se le fue la mano con su chica y el hermano de ésta le partió la cara, así,
literalmente. Todavía se podía apreciar la larga cicatriz que le bajaba desde el lóbulo
de su oreja derecha hasta el centro del mentón. El Migue estaba muy orgulloso de su
cicatriz. Decía que ligaba más, que a las tías les molaban esas cosas. Pablo pasaba del
tema. Mario era un poco afinado, aunque parecía ser que también le iban las tías.
Nunca se sabe, hoy en día hay mucha gente a la que le va cualquier cosa, y lo mismo
se lía con una chavalita rubita delicada y mona que con un negrazo de un metro
noventa. Juancho era el único de la breve pandilla con algo más de dos dedos de
frente, además de él mismo, claro, porque Pablo se consideraba el más inteligente,
aunque no le servía de mucho en aquel ambiente. Juancho era de los primeros en
clase en el instituto, de los que le daba por empollar hasta las tantas de la madrugada,
mientras los otros tres se iban de fiesta. Pablo lo solucionaba leyendo a última hora
los textos. Tenía una memoria fotográfica, le duraba poco, eso sí, porque luego lo
olvidaba casi todo, pero para los exámenes era una fiera. Le bastaba con leer los
temas una sola vez una o dos horas antes del suplicio de las aulas. A Juancho le
costaba sudor y lágrimas, pero el tío se lo ganaba, y difícil era que suspendiera
alguna.
Pero a Pablo le aburría todo, desde segundo de básica la cosa de la escuela ya le
empezó a cargar. Sus padres lo llevaron al psicólogo en más de una ocasión, y hasta
les llegaron a decir que lo que ocurría es que su hijo era demasiado inteligente y por
eso se aburría en clase, pero no era lo suficientemente inteligente como para
considerarlo un niño superdotado, así que a joderse, a aguantar los rollos de los
mediocres por no estar capacitado para estar con la élite. Estaba en un punto
intermedio que para lo único que le servía era para aburrirse. Se estuvo aburriendo
durante años, y ya en el instituto empezó a suspender, ya ni se molestaba en leer los
temarios antes del examen. Muchas veces ni se molestaba en ir al examen. Durante
un tiempo se esforzó por copiar algunas cosas, aunque era absurdo porque mientras
preparaba las chuletas memorizaba los temas, y luego no era necesario que las
utilizase. Pero era aburrido, muy aburrido. ¿Para qué coño quería aprender aquellas
boberías que luego no aprovechaban para nada?
Llevaba con sus amigos lo menos quince años, se habían acostumbrado unos a
otros y podría decirse que eran inseparables, aunque muchas veces no se soportaban
entre sí, y se tiraban los trastos. Lo que más los separaba temporalmente eran las tías,
cuando alguno de ellos se encoñaba con una tía, ya empezaban los problemas. Las
tías son en sí un problema según les decía Pablo a los demás, son todas unas plastas
que quieren comerte el coco. Bueno, el coco y lo que no es el coco. A veces son

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divertidas, pero una vez te las has magreado en el asiento de atrás del coche, son
como los clínex, mejor desprenderte de ellas.
A Pablo no le iba mucho el rollo de las drogas y el alcohol, pero lo cierto es que
sus tres amigos habían entrado en los últimos años en una dinámica peligrosa. Él
también bebía cuando se juntaba con ellos, aunque con bastante más moderación, lo
cual no impedía que en más de una ocasión llegara dando tumbos al domicilio
familiar. El alcohol se había convertido en un problema curioso de los jóvenes de
hoy. Muchos sólo bebían los fines de semana, cuando salían, pero lo hacían
incontroladamente, y además siempre mezclando bebidas, bebidas y drogas muchas
veces. No hay nada peor para el cuerpo que estas mezclas. Cada vez era más habitual
escuchar en las noticias que algún crío de trece o catorce años se había muerto al
entrar en coma etílico, era una burrada. Los que no entraban en coma etílico, cogían
una borrachera tras otra que los iba dejando sin neuronas, porque el alcohol machaca
las neuronas, eso está comprobado, y las neuronas no se reproducen, al principio
tienes un montón, parece que se te van a salir por las orejas, y luego se te van
muriendo, así que si empiezas a machacarlas a los doce años con jotabés y pastillas,
es muy probable que no llegues en un estado mental aceptable a los cuarenta, y eso si
no te has quedado tieso con un coma etílico de ésos o con una mierda de sobredosis
por no contar las rayas que te metes. Él también se metía alguna que otra raya de coca
y se fumaba algún nevadito. Lo que no había hecho nunca y no pensaba hacer era
pincharse, eso no, ya no porque le pareciera más peligroso, que lo era, sino por su
total aversión a las agujas. No podía soportar pensar que se tenía que pinchar una
vena para colocarse. De pequeño la «practicanta» del pueblo le pinchó un tendón y
anduvo cojo casi cuatro años. El Migue sí que se había metido caballo alguna vez, el
Migue no le hacía ascos a nada, y algún día terminaría mal, ya se lo decía Pablo, pero
ni caso. Ninguno de ellos le solía hacer ascos a un buen porro siempre que tenían
ocasión, y sus conversaciones acababan siendo de puro besugo. Reían y decían
tonterías hasta el amanecer, y los días que tenían suerte se tiraban a alguna piba,
cuando la tía se enrollaba, a veces incluso la compartían, aunque las más de las veces
acababan haciéndose alguna que otra paja. Si llevaban plata también se iban de putas,
aunque generalmente se conformaban con una buena mamada. La semana pasada una
puta del puerto se encargó de mamársela a los cuatro por mil duros el lote entero.
—HOLA PABLO—dijo casi a gritos Juancho entrando por la puerta del KRASSIS—.
En el local había un volumen decibélico terrible y si no levantabas la voz no había
quien te oyese.
—¿Dónde está la basca? —continuó.
—Tan puntual como siempre. ¿Qué quieres que te diga? Hemos quedado hace
media hora y tú eres el primero en llegar, aquí me tenéis como un imbécil, parece que
no tengáis reloj.
—VALE, VALE, CÓMO ESTÁ EL PATIO HOY.
—ME TENÉIS HARTO, ESO ES LO QUE PASA. UN DÍA DE ESTOS ME VOY A MI ROLLO Y QUE

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OS JODAN A TODOS.
—¿TE VA UN JOTABÉ MIENTRAS ESPERAMOS?
En ese momento entraban por la puerta Mario y el Migue, sonrientes, cara de
cómplices, con pinta de haberse fumado ya algún que otro canuto.
—¿CÓMO VA LA PEÑA? —dijo el Migue.
—¿HABÉIS PEDIDO NUESTROS JOTABÉS? —añadió también voz en grito, aunque un
tanto aflautada, Mario.
—SOIS UNOS IMPRESENTABLES —contestó Pablo.
Uno de los camareros apareció finalmente por los alrededores y le pidieron los
cuatro jotabés con hielo.
Esa noche se presentaba movida, seguro que llegaría otra vez a las tantas a casa.
Menos mal que sus padres eran comprensivos, además, su padre estaba todavía de
viaje, liado con su última novela, y su madre nunca le había hecho excesivo caso. Se
querían, pero en cierto modo se ignoraban. El otro día, cuando llegó a casa, también
de madrugada, las tres o quizás las cuatro serían, encontró a su madre recién salida de
la ducha, paseando por la casa desnuda. Nunca le había importado mostrarse desnuda
delante de su hijo, en realidad siempre habían sido bastante liberales en ese aspecto
en casa. Tampoco le prestaba demasiada atención, aunque tenía que admitir que en
más de una ocasión la desnudez de su madre lo había excitado. Hasta sus amigos —
que no la habían visto en bolas— le decían que su madre estaba buenísima. «No
como la mía que parece una foca con bigote y todo», le dijo una vez el Migue
refiriéndose a su madre un poco entrada en carnes y algo descuidada en su aspecto
físico.
Lo que tampoco entendía era qué hacía su madre a esas horas, a solas por la casa,
con todas las luces encendidas.
Al subir a casa se había cruzado con un hombre de unos treinta, o quizás cuarenta
años, siempre había sido muy malo para calcular la edad. Recordaba que llegó a
pensar que el tipo salía de su casa. ¿Le estaría poniendo los cuernos a su padre
aprovechando su ausencia? No se atrevió a preguntarle nada a su madre, pero desde
entonces no hacía más que darle vueltas al asunto, aunque ¿Cómo iba su madre a
arriesgarse a hacerlo allí en casa si no sabía a qué hora iba a volver él? No, seguro
que no era eso, ¿pero de dónde salía ese tío? En la finca todo lo que había eran
matrimonios mayores, no era muy normal cruzarse en la escalera con alguien como
ése, y menos a unas horas tan intempestivas. Lo que sintió era estar medio borracho,
lo que le impidió fijarse en él. Seguro que no lo reconocería si volvía a verlo. Tenía
que dejar de beber, tenía sólo veinticinco años y ya le parecía empezar a notar los
síntomas de decadencia provocados por el alcohol, ¿o sería por las drogas que de vez
en cuando tomaba? Por un momento se vio a sí mismo como el padre del Migue,
gordo, fofo, borracho, violento y a hostias con todo el mundo, enemigo del mundo,
lanzando exabruptos y tirándose pedos sin parar. Era un cerdo. ¿Podría él convertirse
en algo similar? ¿Estaría abusando de la bebida? Se preguntaba si debiera cambiar de

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amistades, o limitarse a buscarse una tía y pasar de los amigotes. Tirársela hasta
hartarse y casarse con ella. Su madre se lo había dicho muchas veces: «No me gusta
la pinta de tus amigos», pero él nunca hacía caso a su madre. Quizás si fuera su padre
quien se lo dijera… Pero su padre nunca se metía con él. Todo lo que hacía le parecía
bien, o quizás es que no le importaba. Su padre, al fin y al cabo, siempre estaba
absorto en los personajes de sus novelas. Vivía en otro mundo, con otra gente, distinta
a la que realmente le rodeaba. Era como vivir dentro de la pantalla de televisión,
como esa película en que unos muchachos entraban en un mundo de ensueño cuando
se pusieron a toquetear el mando de la televisión, convirtiéndose ellos mismos en
personajes de ficción.
Claro, que él sabía que su padre lo quería, nunca le había pegado, y nunca lo
había castigado a pesar de sus malas notas. Siempre había estado bastante consentido,
y no era justo que lo criticara porque viviese en su mundo de ficción. No conocía a
ningún otro escritor que publicase tantas novelas como él, aunque había empezado
algo tarde. Recordaba cuando era abogado. La verdad es que resultaba más divertido
ahora. Cuando era abogado siempre estaba de mal humor y quemado por los clientes
y los casos que le salían torcidos. Era una mierda según su propio padre decía. El
escribir, escribir y por supuesto el poder vivir de ello, fue una liberación para todos.
Su madre también estaba más relajada, se había dejado su trabajo, y se la veía feliz.
No les faltaba de nada, tampoco es que viviesen mal económicamente cuando su
padre era abogado, pero desde luego ahora ganaba mucho más con menos esfuerzo y
haciendo lo que le gustaba.
A Pablo no le gustaba demasiado leer, aunque sí que había leído al menos la
mitad de las novelas de su padre, le gustaban, solían ser bastante polémicas pero eran
fáciles de leer.
No debía de quejarse tanto, había padres mucho peores que los de él. Lo que
ahora le preocupaba era su madre, su madre y aquel tipo. No podía dejar de pensar en
aquella noche pasada.

• • •

[Link]

Hace años que ya no soy yo, que no tengo personalidad propia, vivo en otra
persona, soy una parte de ella, un apéndice, apenas un órgano sin voluntad. Creo
pensar pero no pienso, creo vivir pero no vivo. A veces me comparo a uno de esos
autómatas del cine que los enchufan y desenchufan a voluntad para programarlos y
reprogramarlos a criterio y conveniencia de sus dueños. Son un pedazo de metal, yo
soy un pedazo de carne. Vivo según mi programa, según lo que se me ha organizado
y grabado en mis chips que son mi cerebro. Cerebro sin voluntad propia, cerebro con
sueños que a veces, sólo a veces parece pensar individualmente, sin pensar en su

[Link] - Página 79
programador, sino en mí. ¿Pero estoy soñando cuando pienso así? Quizás sea un
entretenimiento, un simple sueño lúdico también programado para relajarme, para
hacerme creer que todavía tengo voluntad, que todavía puedo decidir, que todavía
dispongo de mi individualidad, de mi conciencia personal.
Ella está siempre ahí, siempre acabo haciendo lo que se me dice, como se me
dice. Mis libros en realidad no son míos, soy una simple máquina a la que se le
dictan situaciones, hechos que no sabe si ha vivido. Pienso que mi nombre es un
pseudónimo, que yo soy eso, un nombre ficticio, pseudónimo de otra persona, de la
que realmente piensa, de la que realmente siente, de la que realmente escribe. Esto lo
siento cuando escribo mis novelas, pero lo siento mucho más ahora que lo que
escribo es mi vida, toda mi vida, o lo que yo creo que es mi vida, lo que yo creo
recordar de mi vida, porque ya no distingo entre la realidad y la ficción. Como si
algunas de mis neuronas o de mis chips se hubiesen fundido y soldado entre sí a
causa de una sobrecarga eléctrica. Me siento confuso, extraño, como quien tiene una
erección y no sabe si es porque se está meando o porque está excitado y necesitado
de sexo. Como el que siente un vacío en el estómago y no sabe si tiene hambre o está
nervioso a causa de algún examen o alguna prueba que tiene que superar. Como el
que llora y no sabe por qué llora, si a causa de su conjuntivitis aguda que le produce
lagrimeo, o porque está triste, muy triste. Todo se confunde en mi interior. Recuerdo
que mi nombre es Héctor Ramos, ¿pero desde cuándo lo sé? ¿Desde cuándo recuerdo
que lo recuerdo? ¿Cómo puedo saber que siempre he sido Héctor Ramos? Los
recuerdos de mi infancia se confunden con los actuales, pero parece que Eloísa
siempre ha estado ahí. Recuerdo a mi madre en sueños y tiene la cara de Eloísa. El
otro día me vi siendo un bebé, mamando del pecho de mi madre, pero aquel pecho en
realidad no era el de mi madre, aquellos pechos eran los de Eloísa. Sí, los conozco
bien. Son los pechos más bonitos que he visto en mi vida. Su olor, su tacto, su color,
su consistencia, su tamaño, todo es perfecto. Por la noche, cuando estoy con ella, la
huelo y duermo como un bebé. Su olor me droga. ¿Será un reflejo condicionado?
¿Estaré programado para interpretar los olores de una forma concreta? ¿Seré como
los perros que empiezan a babear cuando oyen el gong del laboratorio después de
miles de ensayos?
Por ella sería capaz de cualquier cosa, siento que mi deber es protegerla, que mi
única misión es hacerla feliz y que yo soy un mero instrumento lúdico para ella.
Alguien con el que convivir cómodamente, como un buen electrodoméstico que se
enchufa y se desconecta automáticamente regulando la temperatura sin que tengas
que preocuparte de ello. Como esos nuevos electrodomésticos que parece ser que
pronto tendremos todos en nuestros hogares y que se encargarán de llamar
directamente al servicio técnico cuando observen un mal funcionamiento en su
sistema. Como cuando uno se siente mal y llama al médico, eso harán los
electrodomésticos. ¿Seré yo acaso un electrodoméstico de tercera o cuarta
generación? ¿Seré como el hombre bicentenario ideado por Isaac Asimov? Siento la

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necesidad de escribir. A veces me levanto de madrugada y enchufo el ordenador y
escribo, escribo sin apenas tener conciencia de lo que escribo. Yo mismo me
sorprendo a veces de lo que leo al día siguiente. Yo mismo no puedo creer lo que yo
he escrito. Otros lo llamarían inspiración divina, yo lo llamo desorden emocional, lo
llamo inseguridad. Creo que he cruzado alguna frontera que no debiera de haber
cruzado. En algún punto del camino me he perdido y no sé volver. No sólo no sé
volver, sino que no tengo conciencia de ello y ni siquiera quiero volver. ¿O sí? Mi
confusión es cada vez mayor. ¿Por qué estoy escribiendo mi vida? ¿Por qué, después
de tantas novelas he tenido la necesidad de escribir mi biografía? ¿Es por generar
morbo como le digo a mis entrevistadores? Como le dije a mi editor, como le digo a
mis amigos. ¿O es alguna necesidad oculta? Posiblemente creo que puedo
conocerme mejor a mí mismo si escribo lo que siento, si aprovecho estos relámpagos
interiores para escupir palabras y más palabras, muchas de ellas sin sentido, muchas
de ellas escritas por un ser desconocido que está en mi interior. A veces me siento
poseído, embrujado. Cada vez que duermo y me despierto, debo de hacer un esfuerzo
para distinguir lo que he soñado de lo que he vivido. ¿Habré perdido el sentido
quizás? ¿Me estaré volviendo loco? Puede que no sea más que otro de esos
Napoleones que llenan los psiquiátricos, pero mi personaje no sea Napoleón sino que
me crea Héctor Ramos, cuando en realidad soy otra persona, cuando en realidad no
sea más que otra cosa. Posiblemente Héctor Ramos exista y sea un escritor famoso, y
yo, después de leer todas sus novelas, haya creído que soy él, por eso quiero escribir
mi biografía, para asegurarme de que soy él.
Debo de estar perdiendo el juicio.

Tasio estaba totalmente absorto en la lectura. Finalmente había encontrado un


párrafo que había sido totalmente eliminado del texto definitivo. Sí que es cierto que
con lo que había leído hasta el momento de los archivos números uno y dos, también
había encontrado diferencias, pero apenas eran unos cambios de redacción, unos
«perfeccionamientos de estilo» podrían llamarse, o simples cambios de algunos
nombres, cosas sin importancia, pero de repente aquel breve capítulo sin sentido,
aislado del resto del texto. ¿Qué significado tenía? ¿Por qué había desaparecido del
texto definitivo? Había sido totalmente abortado, no modificado ni acortado, sino
simplemente eliminado. Era un capítulo intranquilizante, no decía nada y a la vez
decía mucho. ¿Era una simple maniobra de Héctor para «pillar» al lector en una
trampa intelectual que le hiciera pensar cosas extrañas sobre la vida del autor?
Posiblemente, pero si era así, ¿por qué había cambiado de idea y lo había eliminado?
Podía simplemente haber justificado el texto plasmándolo más adelante como un
sueño, como una pesadilla que tuvo en una ocasión. Quizás Eloísa era la que se había
encargado de censurar aquella parte. Tal vez porque lo que parecía es que ella
estuviera dominándolo de una forma extraña, tal vez porque se pudiera interpretar
que él era sólo un objeto manejado por ella. ¿Pero quién iba a creer tal cosa? Héctor

[Link] - Página 81
era alguien con una gran personalidad, con un fuerte magnetismo y con un carisma
que nadie podía negar. Cuando había salido en la televisión en alguna entrevista,
siempre había quedado perfecto. Una persona sin carácter, sin carisma, no podía
quedar así en televisión. Nadie podría creer realmente que estuviera manejado desde
la sombra. Aquello no podía ser más que una maniobra de Héctor.
¿Por qué la había eliminado?

Inés estaba en la bañera, totalmente cubierta de agua y espuma. Sólo le sobresalía


la cabeza, los hombros y los pezones de sus dos grandes tetas. Estaba muy nerviosa.
Aún no estaba segura de lo que la había impulsado a abandonar aquel objetivo. De
repente había tenido miedo y salió huyendo para volver a casa. Todavía tenía el
pequeño cuchillo en el bolso, bolso que permanecía tirado en el suelo al lado de unas
bragas sucias después de un día ajetreado. Aquel hombre era amigo de Héctor, sí, ya
se acordaba perfectamente. Héctor se lo había presentado, tenía un nombre raro, un
nombre de película que le costó recordar. Al final lo hizo, sí, era una película de
Moncho Armendáriz, Tasio, eso era, Tasio.
Estaba segura de que él también la había conocido. ¿Qué pensaría? ¿Vendría él de
casa de Héctor? Héctor no estaba. ¿Acaso vendría de ver a Eloísa? ¿A qué se
dedicaba aquel tipo? No lo recordaba.
El caso es que sintió miedo, miedo también de sí misma. ¿Cómo podía haber
salido de casa con la intención de matar a la mujer de su amante? Nadie en su sano
juicio podía actuar de ese modo. La culpa de todo la tenía su amiga Carmen. No, no
es que su amiga le hubiese dicho que la solución estaba en matar a Eloísa, pero sí que
le había metido en la cabeza aquello de que tenía que defender su terreno, que no
debería dejarse pisotear y que tendría que llamar a Héctor aunque se lo hubiesen
prohibido. Pero Héctor tampoco le contestaba a las llamadas. Si no le contestaba a las
llamadas, ¿qué pintaba ella en todo eso? En su vida, nada. Ella era solamente unas
tetas y un culo para recordar, nada más, posiblemente ya ni eso después de tanto
tiempo. Héctor ya no la quería, Héctor ya no quería saber nada de ella. Ni siquiera la
quería como amante, porque ella estaba dispuesta a seguir siendo la otra, la segunda,
la que sólo compartía una pequeña parte del hombre de otra, estaba dispuesta a no ser
nada más porque él la llenaba con su presencia fugaz. Últimamente, hasta se había
conformado con que él la llamase de vez en cuando, cada dos o tres días quizás, y
hablasen de cuatro tonterías, de algunos chismes del bufete o de algún proyecto para
una nueva novela, ya ni siquiera hablaban de sexo, ya ni siquiera hablaban de amor.
Ella era su mayor admiradora, era la que leía con más entusiasmo cualquier cosa que
escribiera. Era una forma de compartir más horas con él, sin estar con él. A veces
releía viejas novelas que le recordaban alguna situación pasada con él, porque Héctor
siempre mezclaba cosas de la realidad con la ficción de sus novelas.
Ella no tenía derecho a matar a nadie.

[Link] - Página 82
El nivel de espuma seguía bajando conforme iban explotando con un sonido casi
imperceptible que se escuchaba perfectamente en aquel silencio del cuarto de baño,
en aquel silencio de madrugada. Reventaban continuamente, había miles, millones de
burbujas que entre todas formaban aquel manto blanco, ligeramente amarillento. El
nivel del agua permanecía, pero ya podía verse algo más que sus pezones. Agitó el
agua con las manos y salpicó el suelo del baño. Otras muchas burbujas reventaron,
pero nacieron otras muchas más, otras más tersas, más grandes, más lozanas y
jóvenes que sustituyeron a las anteriores. Pronto el nivel de las burbujas volvió a
llegar a sus pezones, pronto llegó incluso a cubrirlos.
Estaba más tranquila, más relajada, pero volvía a tener impulsos de acabar con
aquella zorra.

[Link] - Página 83
Capítulo X

Estaba convencido de que lo engañaba. Ya no sólo con su marido, el famoso


escritor, sino con aquel otro tipo sobrado de kilos que salió de su casa la otra noche.
Los gritos que había escuchado, posiblemente fueron provocados por alguno de sus
orgasmos. Cada vez estaba más seguro de que lo estaba utilizando, de que lo único
que le interesaba de él eran aquellas grabaciones. Hasta es posible que fuera una
simple viciosa que después se regodease publicando en Internet sus encuentros
sexuales, los suyos, y muy posiblemente los del resto de sus amantes como aquel
gordo asqueroso. Ella nunca le había pedido dinero, por lo que nunca hasta ese
momento había creído que se tratara de ninguna puta. Tampoco le había solicitado
ningún regalo, ni él se lo había hecho. Lo único que había sacado de él era sexo, puro
sexo. Sexo y claro está, aquellas posibles grabaciones. Él no podía consentir tal cosa.
Pero ahora no era el momento. Después de estar un rato esperando en la oscuridad del
rellano, cuando ya estaba en disposición de llamar a la puerta y de pedirle
explicaciones a Eloísa, entonces aparece otro tipo, mucho más joven. ¿Sería otro de
sus amantes? Por lo visto había organizado muy bien las citas. Eran casi las cuatro de
la mañana y ya estaba con otro tío. El hecho de que se acostara con él, bastante más
joven que ella, le pareció hasta normal, pero este otro, este otro era mucho más joven
todavía. Dios, ¿en qué lío se había metido? ¿Cómo había podido caer en las garras de
aquella mujer? Más bien parecía una devoradora de hombres. Cualquier día podría
hacerle chantaje con aquellos videos grabados en su habitación, aunque en realidad,
¿qué importaba? Al fin y al cabo él no estaba casado y podía hacérselo con quien
quisiera. ¿Quién se iba a escandalizar? Ni siquiera podría ser motivo de despido.
Empezó a preocuparle que le hubiera pegado alguna maldita enfermedad, incluso el
sida. Nunca habían tomado precauciones, no usaban condón, entre otras cosas porque
dada su inactividad sexual hasta el momento de conocerla, no los necesitaba, y ella
nunca le dijo nada de ponérselos. Sólo faltaba eso, que le hubiera pegado alguna cosa.
Se preguntaba qué debía hacer, si irrumpir violentamente y sin previo aviso en
casa de Eloísa y pedir explicaciones, o esperar unos días para ver si aparecía por el
supermercado y entonces, en su terreno, cuando estuvieran en su casa, en su
habitación, en su cama, entonces forzarla a que le dijese la verdad. Pero claro, si lo
estaba vigilando por medio de la cámara, se daría cuenta de que ya no funcionaba,
entonces sospecharía y ya no volvería a aparecer para no tener problemas. Al fin y al
cabo, ella creía que él no sabía dónde vivía.
Irrumpir en su casa, de todos modos era muy arriesgado, y más habiendo visto
que entraba toda clase de gente. Hasta es posible que apareciese su marido en el
momento menos oportuno. No, no era ningún héroe. Se esperaría unos días a ver qué
ocurría.

[Link] - Página 84
—¡Mierda! —rumió Tasio—. ¿Qué le pasa a esta porquería de cámara?
Había dejado de transmitir, no se veía un carajo. Si la había descubierto Eloísa,
podría tener problemas. Podría imaginar lo que estaba ocurriendo, que Héctor le
había encomendado a él la investigación. Vete a saber las conclusiones a las que
podría llegar.
Instalar una nueva cámara era impensable, por otra parte, tampoco tenía ya
demasiado interés seguir investigando allí mismo. Se trataba de encuentros sexuales y
punto. Nada más que eso.
A partir de ahora seguiría de nuevo a Eloísa para ver si frecuentaba algo distinto a
aquel pequeño piso. De momento la investigación no le había servido de gran ayuda.
También sería conveniente vigilar a Inés. Al fin y al cabo, lo que Héctor le dijo es que
temía que Eloísa hiciera alguna locura con Inés, y el hecho de que la otra noche se
cruzase a altas horas de la madrugada con esta última, cerca de casa de Héctor, lo
mosqueaba.
Había terminado recientemente la lectura de todos los archivos de «confieso»,
poco más era lo que había encontrado aparte del breve capítulo suprimido. Tampoco
probaba nada porque Héctor podría haber hecho modificaciones sobre algún archivo
activo y por lo tanto que no se hubieran grabado ciertas partes del texto.
Sí que se habían suprimido, no capítulos, pero sí algunas pequeñas frases que
entre líneas dejaban entrever posibles relaciones sexuales de Eloísa fuera del
matrimonio. Eran simples comentarios aparentemente inocentes, pero que al menos a
él le habían dado a entender que había más cosas. Poco más, la verdad es que Tasio
había esperado descubrir más cosas de aquellos archivos, pero Héctor había sabido
caminar sobre temas escabrosos de una forma muy «diplomática». A lo largo de la
novela autobiográfica, también se mencionaba algunos de sus viejos casos como
abogado. Tasio los desconocía, por lo que no podría asegurar si eran realidad o eran
también ficción. Por lo visto, al final, casi todo sería ficción.
Su instinto le decía que algo extraño estaba pasando. Sentía algo parecido a
cuando su marido la engañaba con Inés, cuando había tenido aquellos encuentros
sexuales después de teóricamente haber cortado. Ella lo sentía, era como si el
orgasmo de él se le transmitiese mediante ondas indescriptibles a través de la
distancia. Esta vez no era lo mismo, pero intuía que estaba relacionado con Inés. Sí,
Inés pretendía algo. Llegó a pensar que Inés se había ido de viaje con su marido a
donde éste se hubiera ido. Posiblemente y en vista de la guía que dejó abierta, a
Ávila. Pero las vibraciones que sentía no parecían estar relacionadas con su marido.
Su intranquilidad llegó a ser tan intensa que tomó la decisión de hablar con Inés. No
sabía su teléfono, pero sabía dónde vivía.

Estaba leyendo un número atrasado del Cosmopolitan, concretamente un artículo

[Link] - Página 85
sobre cómo perder peso. Todos los regímenes que aparecían en las revistas eran una
tontería, pero le gustaba curiosear. De fondo se oía una vieja canción de Manolo
Escobar, con el volumen bastante subido, seguramente del equipo de música de la
vecina. A ella no le gustaba Manolo Escobar, pero tampoco le molestaba demasiado.
Lo que sí que le molestaba era la falta de civismo que mostraban los vecinos cuando
ponían a tope los equipos de radio o los televisores. Era un desastre vivir en un piso
con las paredes de papel, porque parecía eso, que fueran de papel, se oía todo. Tenía
un vecino que cantaba la canción de «Soy minero» cada vez que se lo hacía con su
mujer, la música eran los gemidos de la cama y los de la señora entremezclados. A la
de arriba le daba por cambiar los muebles de sitio cada dos por tres, y tenía otra
vecina, ya muy mayor, que estaba obsesionada con que le robaban las patatas del
cocido que dejaba todos los días en el fuego cuando salía a comprar. Según ella, era
la vecina del segundo que entraba por la ventanita de la cocina. Lo más curioso es
que la ventanita apenas medía treinta por treinta. Cuánto daría por vivir en el campo,
ni siquiera en una urbanización. En las urbanizaciones, sobre todo en las de alrededor
de las grandes ciudades, también había muchos problemas de vecindario, sobre todo
por las zonas comunes como jardines y piscinas. A ella lo que le gustaría vivir es en
una casa de campo lejos de cualquier otra casa, sin vecinos, sin ruidos, sin tener que
subir escaleras cargada con la compra cuando el ascensor, del año setenta, se averiaba
por enésima vez.
Llamaron a la puerta. ¿Quién sería a estas horas? Estaba pensando ya en ponerse
a hacer la cena. Volvieron a llamar con los nudillos sobre la puerta de madera, no
utilizaron el timbre.
La puerta no tenía visor, por lo que abrió directamente, sin tan siquiera preguntar
quién era. La sangre le subió a la cabeza en una mezcla de sorpresa y rabia, se notaba
la cara roja. Era Eloísa la que estaba al otro lado de la puerta.
—¿Puedo pasar? —La voz de Eloísa sonaba tranquila, sin rastros de rencor.
—Pasa —Inés estaba nerviosa, no podía ocultarlo. Las manos le temblaban
ligeramente, y también la voz era insegura. Por nada del mundo se esperaba aquella
visita.
Eloísa miró alrededor, parecía inspeccionar aquel pequeño piso, donde sabía que
en otros tiempos había estado su dueña haciendo el amor con su marido, cada martes
y cada jueves. Su mirada no dejó entrever ningún síntoma de aprobación ni de
desaprobación, la mirada de Eloísa era fría.
—Siéntate —comentó Inés, todavía nerviosa mientras apartaba unas viejas
revistas del pequeño sofá marrón.
Eloísa tomó asiento.
—Gracias. Veo que estás sola.
—Vivo sola, ¿esperabas encontrar a alguien en especial?
—¿Te refieres a Héctor? No, tenía claro que mi marido no estaba aquí. Ni
siquiera sabía si te encontraría a ti. En eso sí que tenía mis dudas.

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—¿Entonces?
—Quería hablar contigo, quería advertirte.
—¿Advertirme? ¿Desde cuándo te has preocupado de mí? Podías haberme
llamado por teléfono.
—No tenía tu número, y si quieres que te diga la verdad, no recordaba tus
apellidos. Sólo recordaba dónde vivías.
—Bien, pues ya que estás aquí. ¿Qué es eso de lo que querías advertirme?
—Sé que estás rondando de nuevo alrededor de mi marido —subrayó la palabra
«mi»—. No sé lo que te propones, aunque puedo imaginarlo. Tal vez te has mirado al
espejo y no te ha gustado lo que has visto, te has dado cuenta que te estás haciendo
mayor, todos nos estamos haciendo mayores, y que tus posibilidades de encontrar a
alguien que acabe con tu soledad, cada vez son menores. En vista de ello, has
decidido realizar un último intento de conseguir a Héctor, de conseguir que me
abandone. Al fin y al cabo nuestro hijo ya es mayor y ya no sería un motivo para
retenerlo en casa. Si te soy sincera, no creo que busques el dinero de Héctor. Sé que
sabes que su situación económica, nuestra situación más bien, es buena, muy buena, y
sabes que si te lo llevas podrás vivir desahogadamente el resto de tus días, pero tengo
que admitir que no creo que busques tal cosa. Lo buscas a él, siempre has querido
quitármelo, nunca te bastó compartirlo conmigo y lo quieres para ti sola.
Hubo un silencio intenso en el pequeño recibidor, Inés había estado escuchando
cada palabra de Eloísa sin ocurrírsele interrumpir. Eloísa hablaba despacio,
pausadamente, pero estaba siendo directa, muy directa. Inés sabía que en gran parte
tenía razón. Sabía que se había visto vieja, Carmen había reavivado sus deseos de
poseer para ella, sólo para ella, a Héctor. También tenía razón con lo del dinero.
Nunca le había interesado el dinero. Cuando lo conoció ya tenía una posición
desahogada, pero nada que ver con la actualidad. Dicen que la gente se vuelve más
materialista con los años, más burguesa. Sin duda en cierto modo era así, pero no
tenía un ansia especial por disponer de una gran fortuna. Era de las que se
conformaba con vivir bien, sin problemas económicos, pero sin lujos excesivos.
Eloísa parecía estar esperando respuesta a una pregunta no planteada.
—¿Qué te hace pensar eso? —preguntó por fin Inés, más que nada para romper el
molesto silencio. Manolo Escobar había dejado de cantar.
—Lo sé, simplemente lo sé. No puedo saber qué es lo que has pensado hacer para
conseguirlo. Quizás todavía no hayas pensado nada. No lo sé. Lo que sí que tengo
claro es que has tomado una decisión, y por eso he venido a advertirte. No voy a dejar
que me lo quites. Por nada del mundo volverás a tener a Héctor entre tus brazos —la
voz de Eloísa seguía suave y cadenciosa, a pesar de la amenaza que escondían sus
palabras—. Haré todo lo que sea necesario para impedírtelo. Cualquier cosa.

Cuando llegó a la calle, volvió a ver el pequeño corsa blanco que antes le había

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parecido que le seguía. Había un tipo en su interior. Estuvo a punto de acercarse para
preguntarle descaradamente qué es lo que quería, pero tampoco estaba segura de si la
estaba siguiendo a ella. Al fin y al cabo, ¿para qué iban a seguirla? Decidió no darle
importancia al asunto y subió de nuevo al Xsara.
Tasio se dio cuenta de que Eloísa lo miró al salir del portal. A esa distancia y con
el bigote, era imposible que lo reconociese, pero si lo había mirado era porque se
había dado cuenta de que la había seguido. Se estaba haciendo viejo. Antes podía
seguir a un mismo tipo dos meses seguidos sin que éste llegara a sospechar nada. Lo
cierto es que se había vuelto algo descuidado. Tenía que haber alquilado otro coche.
Llevaba siguiéndola desde el primer día con el mismo puñetero Opel. Su intención
era seguirla cuando saliese de casa, pero en vista de las circunstancias no se atrevió a
arrancar el coche. Estaba convencido de que lo había visto. Posiblemente era por la
cámara, tal vez la había descubierto ella y eso la hizo sospechar. Tal vez por eso se
fijó más esta vez y se dio cuenta de que la seguía.
Ahora no podía registrar el piso de Inés porque sabía que estaba en casa. Era
evidente que Eloísa había ido a hablar con Inés. Por lo visto había estado ocurriendo
algo de lo que él no se había percatado. Los acontecimientos se estaban acelerando.
Mañana a primera hora buscaría el momento más oportuno para registrar el piso de
Inés. Posiblemente Héctor le estuviera ocultando algo. Ahora sería mejor que fuera a
tomarse unas cervezas bien frías con quisquillas y olvidar de ese modo su ineptitud.
Sí, se acercaría por Peris y Valero, en los Tres Mares tenían un marisco inmejorable.
Mañana, después de registrar el piso de Inés, iría al Rent a car a ver si conseguía otro
modelo distinto, se cambiaría también de ropa por algo más de sport y se cambiaría el
bigote por otro más espeso, tipo Íñigo. A ver si había más suerte.
Miró su Rolex de oro. Era un modelo clásico, un Oyster, con números romanos.
Le encantaba ese reloj. Sí, aún era buena hora para lo de las cervecitas que tenía
pensado.

—¿Cómo llevas la biografía? —Era Adolfo, el editor de Héctor que lo había


llamado al móvil.
—Poco a poco, posiblemente en un par de meses te la pueda enviar.
—¿Será tan jugosa como esperamos todos?
—Quién sabe, a lo mejor no quieres ni publicarla cuando la recibas de lo mala
que es.
—Eso no te lo crees ni tú, con la expectación que se ha creado, las ventas están
aseguradas de antemano. Es más, vamos a hacer una buena encuadernación, he
pensado hacer una edición de lujo. ¿Qué tal irá de extensión?
—Bastante larga, por lo menos cien mil palabras.
—Bien, perfecto, con un buen papel y un tamaño de letra aceptable, quedará un
buen tocho de libro. Quiero que se distinga de tus novelas habituales. Tengo

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preparado un lanzamiento genial.
—Antes te enviaré la novela que estoy acabando.
—Perfecto, pero te advierto que quizás paralice la edición hasta tener entre mis
manos a «confieso», tal vez no sea conveniente solapar ambas ediciones.
—Como quieras, pero los derechos me los liquidas aunque no la publiques
enseguida, y quiero un anticipo sobre los primeros cinco mil ejemplares.
—No te preocupes, sabes que nunca hemos discutido por el dinero. ¿Por dónde
andas?
—Por ahí, estoy en la última fase de la novela y sabes que busco siempre unos
días de tranquilidad. No esperaba tu llamada.
—No, sabes que no suelo hacerlo porque a ti no hace falta achucharte para que
traigas nuevos libros, pero con este nuevo proyecto, la verdad es que estoy algo
nervioso. Creo que puede ser un bombazo.
—Si no te importa voy a colgar, necesito tranquilidad, ni siquiera mi mujer me
llama en estos días. Debes de respetar mi forma de trabajar.
—Entendido. No volveré a llamarte. Cuídate.
—Lo mismo digo —cerró el Motorola.
Adolfo en su despacho puso ambos pies encima de la mesa de roble que fue de su
padre, también editor. Si su padre lo viera seguro que le daba un guantazo. Estaba
satisfecho, sonreía pensando en el lanzamiento de «confieso». Ya tenía diseñadas las
portadas, el marketing del lanzamiento, e incluso cómo sería la presentación del libro
en prensa. Iban a arrasar. Estaba seguro.

Estaba en su habitación del Parador, tenía el Toshiba enchufado y estaba


acabando la novela. Ya se había desbloqueado y tenía el final claro en su cabeza.
Muy claro. Había pasado unos días dudando entre varias posibilidades, pero sin duda
aquélla era la mejor de todas. Lo terminaría esa misma noche y le enviaría el
desenlace a Eloísa. Mañana mismo volvería a Valencia. Normalmente se quedaba un
par de días en el hotel después de terminar cada novela, para celebrarlo y para
releerla. Siempre era posible que hubiera que modificar algo a última hora antes de
enviársela a Adolfo. Pero tenía un presentimiento. Después de tantos años
conviviendo con Eloísa, estaba convencido de que se le había pegado algo de ese
magnetismo del que tanto hablaba ella. Estaba como intranquilo. Tasio no lo había
llamado, pero aun así, creía que algo iba a ocurrir. Por la mañana desayunaría en el
propio Parador, pediría la cuenta y por el mediodía podría estar perfectamente en
Valencia. Se asomó a la ventana. La vista de la ciudad a esas horas, con su
iluminación, era majestuosa, perfecta. Sentía tener que irse ya. En ningún sitio estaba
tan a gusto como en Segovia. Cuando publicara «confieso», le propondría a Eloísa
que compraran una casa por el centro de Segovia y se vinieran a vivir. El problema es
que Segovia es bastante más fría que Valencia, y Eloísa siempre ha sido muy friolera.

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Pero lo intentaría. Estaba dispuesto a proponérselo.
La ventaja de su trabajo es que podía vivir en cualquier parte que se le antojase.
Ni siquiera tenía por qué visitar a su editor. Le podía enviar los originales por
mensajero, o incluso vía email. De vez en cuando tendría que acudir a alguna de esas
malditas presentaciones que tanto le gustaba montar a Adolfo, o a la Feria del libro a
firmar ejemplares, pero nada más, tenía una de las profesiones más libres del mundo,
y a su mujer no la ataba ningún lazo laboral en ninguna parte. Era genial, no como
cuando era abogado. Eso sí que era una mierda, siempre agobiado, siempre cargado
por los problemas de los demás, atado de horarios en todo momento, que si el
Juzgado, que si la cita con el cliente, el caso importante que tenía que empezar.
Cuánto se alegraba de haber cambiado de vida. Ni por todo el oro del mundo volvía a
ponerse una toga.
Abrió el mueble bar y se hizo un gin tonic de Gordons con hielo, no había Larios.
Era imperdonable que precisamente en Segovia no hubiera Larios.

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Capítulo XI

Era domingo por la mañana, se acercó hasta el Mestalla, sin intención de sacar
ninguna entrada. Odiaba el fútbol, siempre lo había odiado y le parecía una insensatez
todo lo que se relacionaba con el mismo. Era un deporte que movía billones de
pesetas y que arrastraba literalmente a las masas, pero él nunca lo había entendido. El
resto de deportes tampoco le interesaban, pero no le ocurría lo mismo que con el
fútbol. Suponía que su animadversión por el fútbol era debida precisamente al
fanatismo que acarreaba. Nunca había soportado a los fanáticos de ningún tipo. El
viernes mismo dejó a sus amigos en casa de Mario porque se habían empeñado en ver
el partido. Se habían preparado un montón de latas de cerveza en la nevera y habían
pedido una pizza para los cuatro. Todo ello sin contar con él. Sabían que odiaba el
fútbol y en cambio no habían dudado que se quedaría con ellos a berrear frente al
televisor y a agitar las bufandas blancas del Valencia como si en realidad los de la tele
pudieran verlos. Se comportaban como necios y energúmenos. El fútbol era como el
becerro de oro que adoraban los paganos en tiempo de Jesús. Al momento de entrar él
en casa de Mario, llegó el repartidor de Telepizza. Llevaba una pizza jalisco enorme y
un montón de helados pequeños de fresa.
—¿Pensáis quedaros aquí toda la noche?
—Hemos de ver el partido tío —era el Migue el que hablaba, ya se le enredaba la
lengua porque sin duda iba ya por la tercera o cuarta cerveza.
—Esto es deprimente tíos, yo me largo.
Nadie pareció hacerle caso, de manera que salió de allí y se fue a casa a leer un
rato. Odiaba el fútbol.
Aparcó justo enfrente del estadio. Llevaba un pequeño Ford Fiesta XR2 del
modelo antiguo, rojo Italia. Se tomó un café en el bar que había allí enfrente y luego
se puso a pasear por el mercadillo. Le gustaba mucho ir los domingos al mercadillo y
dar una vuelta para curiosear. Muchas veces no compraba nada, pero otras, en
cambio, por unas pocas pesetas conseguía algún libro interesante, o cualquier otra
cosa.
Estuvo un par de horas paseando y curioseando. Estaba preocupado por sus
padres, algo estaba pasando y él no se había enterado. Cuando volviese su padre de
viaje lo hablaría con él. Le preguntaría si estaban pensando en separarse, o cualquier
otra cosa. El ambiente estaba extraño, cargado. Después de tantos años juntos, no le
gustaría que sus padres se separasen. Está claro que para él tampoco sería un gran
trauma porque ya había pasado su niñez, una niñez feliz por cierto, pero así y todo, no
sería agradable y le preocupaba.
Llegó a uno de los extremos del mercadillo, donde un grupo de hombres
intentaban vender unos relojes, sin duda robados. Cada vez que la policía se acercaba
por allí se dispersaban y escondían la mercancía.

[Link] - Página 91
En uno de los puestos, curioseando con los libros, encontró una vieja edición de
una de las novelas de su padre. Estaba hecha polvo. Le dio veinte duros a la gitana
que estaba allí y se la llevó.
Acabó de dar la vuelta y volvió a su Ford Fiesta.
También había estado pensando en comentarlo con su madre, pero su confianza
con ella no era la misma que con su padre, de manera que después de sopesarlo
decidió esperar unos días y verlo con su padre. Lógicamente no le diría nada de sus
sospechas por lo del hombre que el otro día le pareció que salía de casa, tampoco
quería echar más leña al fuego, pero sí que le hablaría de sus temores y sentimientos.
Estaba convencido de que algo estaba ocurriendo.

Tasio iba vestido ya en plan sport, aunque con ropa cara, de calidad. Ya había
cambiado su bigote discreto por el mostacho tipo Iñigo, aunque todavía conducía el
Corsa. Anoche, las dos cervezas que tenía previstas y el platito de quisquilla, se
convirtieron finalmente en una botella entera de Monopole frío, seis gambas a la
plancha deliciosas, insuperables, un plato de All i Pebre, dos tostadas, un plato de
percebes y otro de chanquetes. Cenó como un Rey, y durmió de un tirón.
Esta mañana se encontraba feliz y relajado, pero no olvidó lo que tenía previsto
hacer. Primero iría a casa de Inés, esperaría a que saliese de casa, y cuando no
hubieran demasiados vecinos a la vista, se metería en su casa y echaría un vistazo.
Estaba convencido de que encontraría algo interesante que le ayudaría en su
investigación.
Aparcó cerca del portal de Inés y esperó tranquilamente. Durante el tiempo que
estuvo allí salió mucha gente, además de entrar y salir el butanero, el cartero y un
repartidor de publicidad al que le llegaba el pelo hasta el nacimiento del culo. Un
impresentable, pensó.
Se hicieron las diez de la mañana. Pensó que quizás estaba enferma y no pensaba
ir a trabajar, o que por el contrario había salido más temprano de lo que él había
previsto. Como no sabía si tenía coche, tampoco pudo controlar si estaba aparcado
por los alrededores.
Bajó del coche y se acercó a los timbres. En uno de ellos leyó: «INÉS». Decidió
llamar. Si contestaba diría que era un repartidor de publicidad y que sólo quería que
le abriese el portón.
Llamó un par de veces pero no contestó nadie. Miró en derredor y subió por las
escaleras hasta el cuarto piso, siguiendo su costumbre de no coger nunca el ascensor.
Siguió sin atreverse a entrar así, sin más, y llamó de nuevo a la puerta. Nadie
contestó. Intentó abrir con la tarjeta de crédito que usaba a tal fin, pero aunque no
parecía que hubiesen dado la vuelta a la cerradura, no pudo abrir. Sacó las ganzúas de
su bolsillo del pantalón, y no sin cierto esfuerzo, al final pudo abrir la puerta.
Después de abrirla entró con cuidado y cerró tras de sí. Las cortinas estaban

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cerradas y el interior aparecía bastante oscuro hasta que sus ojos se acostumbraron al
nivel de penumbra reinante. Al fondo vio un pequeño sofá marrón, bastante feo, y
una pequeña mesa redonda, de las de tipo mesa-camilla.
Llevaba los guantes puestos, no quería dejar ningún tipo de huella que después le
pudiera incriminar, al fin y al cabo sabía que aquello era allanamiento de morada en
toda regla y era constitutivo de delito. En realidad no le importaba gran cosa saltarse
la Ley a la torera, pero quería mantener su integridad.
Detrás de la mesa camilla había unos zapatos de tacón. Sus pupilas se acabaron de
acostumbrar a la poca luz del interior y pudo darse cuenta de que los zapatos estaban
llenos.
Su corazón empezó a palpitar con fuerza. Tenía la sensación de que se le iba a
salir por la boca. Se acercó rápidamente y lo que se había temido se convirtió en la
más cruel de las realidades.
Allí estaba Inés, boca arriba, con la cara pálida y un enorme charco de sangre
sobre la alfombra de mala calidad que había en el suelo. Tenía en la mano un pequeño
cuchillo, su bolso estaba abierto cerca de ella, en el suelo. Un enorme tajo había
abierto su garganta y se adivinaba que durante un buen rato había estado saliendo
sangre a borbotones. Sangre que en parte había absorbido la alfombra y en parte se
había convertido en un espeso cuajo rojo negruzco.
La tocó. Estaba muy fría. Evidentemente hacía muchas horas que había muerto.
Pensó rápidamente en el día anterior, cuando Eloísa salió de casa de Inés. Él no
era forense, pero por el aspecto de la sangre y el cuerpo frío, muy bien podría haber
muerto más o menos a aquella hora. Eloísa tardó un rato en bajar, por lo que
necesariamente tuvo que entrar en el piso.
Miró a la puerta, la llave estaba en la cerradura, y no le habían dado la vuelta al
cerrojo. Era fácil deducir que Eloísa había venido a hablar con Inés y que la
conversación se tornó en discusión y acabó fatídicamente. Eloísa salió rápidamente
de la casa y cerró de un golpe la puerta, lógicamente sin darle la vuelta a la cerradura.
No había otra explicación. Incluso es posible que Eloísa no se diera cuenta ayer
de que él la seguía. Simplemente miró con más detenimiento del normal al salir para
asegurarse de que nadie la veía. El cuchillo estaba en la mano de Inés. No podía
asegurar a primera vista si el enorme boquete de la garganta lo había ocasionado ese
cuchillo o no, aunque parecía evidente por la mancha de sangre que llenaba toda la
hoja. Posiblemente Eloísa la mató y luego le puso el cuchillo en la mano para que
pareciera un suicidio. Pero aquello no podía ser un suicidio. ¿Quién iba a matarse así?
Le vino a la cabeza un caso en el que un hombre había matado a su mujer y luego se
había cortado el cuello, pero aquello era diferente. Inés no podía haberse hecho ese
corte tan brutal.
De todos modos, si su teoría era buena, posiblemente aquel cuchillo, además de
las huellas de Inés, tuviera las de Eloísa. Si lo dejaba allí, la policía lo podría
averiguar, pero si se lo llevaba, estaría ocultando pistas, y además cargaría con una

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prueba que en caso de que alguien la encontrara en su poder, le iba a acarrear más de
un problema. No podía llevarse el cuchillo.
Dudó por un momento más, y finalmente cogió el cuchillo de entre los dedos del
cadáver frío de Inés y le borró las huellas con un pañuelo. Luego lo dejó en el suelo,
cerca del cuerpo.
No podía estar allí por más tiempo, era muy arriesgado. Tenía que llamar a Héctor
y decirle lo que pensaba, lo que había ocurrido. No podía acudir a la policía, entre
otras cosas porque se convertiría en el principal sospechoso de aquella muerte. Si la
chica había muerto cuando él creía, ni siquiera le valdría la coartada de la cena,
porque se suponía que había muerto cuando él estaba todavía bajo en la calle, en el
coche.
El corazón todavía lo amenazaba con abandonar el cuerpo a saltos. Echó un
vistazo a su alrededor para asegurarse de que no dejaba nada que lo incriminase.
Comprobó que el cuchillo estuviera en su sitio y salió con cuidado al rellano. Bajó la
escalera a pie mientras el ascensor subía.

—¡No es posible! —Estaba circulando a gran velocidad por la autovía en


dirección a Valencia cuando su amigo Tasio lo había llamado para informarle de lo
que había descubierto.
—¡Dios…! No habrás llamado a la policía. ¿Verdad?
—Por supuesto que no. Oye, yo en realidad no he estado allí ni he visto nada, de
manera que no puedo presentar ninguna denuncia. Pero tú y yo hemos de hablar
urgentemente de lo de Eloísa. ¿Por dónde andas?
—Estoy ya de vuelta, calculo que tardaré como hora y media. ¿Dónde nos
vemos?
—En esta ocasión creo que será conveniente que nos veamos en mi casa. No
acostumbro a recibir visitas, pero haré una excepción. ¿A qué hora entonces?
Héctor miró el reloj.
—A las doce y media.
—Hecho, te espero.
Héctor cerró el Motorola. Los ojos los tenía acuosos, y el corazón le latía algo
más aprisa. La imagen de Inés le vino de inmediato a la cabeza. No la imaginaba
tirada en el suelo con el cuello abierto como se la había descrito Tasio. La imaginaba
lozana y con ganas de vivir. Incluso con unos años menos, la recordaba todavía con la
piel tersa y suave, y aquellos grandes pechos firmes rozándole su cuerpo. Habían
pasado tantas horas juntos y hecho el amor tantísimas veces que no podía creer que
todo hubiese terminado de ese modo. Ya nada parecía tener sentido. La policía
acabaría encontrando alguna huella de Eloísa en casa de Inés y pronto atarían cabos.
De un plumazo Héctor se quedaría sin Eloísa y sin Inés, y todo por los celos, los
malditos celos de ambas.

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Inés la había estado llamando al móvil insistentemente esos días y él no había
contestado. ¿Qué querría decirle? ¿Acaso que Eloísa la estaba amenazando?
¿Por qué había ido Eloísa a casa de Inés? Porque eso estaba claro, Tasio la había
seguido y no había lugar a dudas. Era Eloísa la que había entrado allí, saliendo una
media hora después.
Inés había muerto y ya nada se podía hacer por ella. Posiblemente la policía no
encontrase las huellas, o si las encontrase no pudiese atar cabos. Al fin y al cabo
Eloísa no estaba fichada, sus huellas no figurarían en el ordenador, con un poco de
suerte no la relacionarían. Hacía tiempo que Héctor e Inés no se veían, por lo que
quien conocía su relación, no tendría por qué pensar que Eloísa pudiese estar
relacionada con el crimen. Posiblemente creyeran que se trataba de un robo. Tasio le
había hablado de un bolso abierto tirado en el suelo y le había asegurado que no era el
de Eloísa porque ella llevaba el suyo al salir de la casa. Eso haría más creíble la
versión del robo. Con Tasio no habría problema. Tasio era su amigo y nunca lo
traicionaría. Nunca diría que Eloísa estuvo en la escena del crimen, y Tasio era
cuidadoso, no habría dejado ninguna huella que lo incriminase directamente, y estaba
seguro de que no lo habían visto. Además, siempre solía ir algo disfrazado.
Conforme se iba acercando a Valencia, estaba más nervioso. ¿Y si no tenía tiempo
para preparar nada con Tasio? Pensó en el tiempo que tardarían en descubrir el
cadáver de Inés. Hoy no habría ido a trabajar, claro está. Del trabajo la habrán
llamado a casa y nadie habrá contestado. Con un poco de suerte estaría trabajando en
algún caso importante y en el bufete pensarían que estaba investigando algo, aunque
lo normal es que hubiese avisado. Hoy no saltará la voz de alarma, pero mañana, a las
nueve, cuando vuelva a no acudir al trabajo, en el bufete se pondrán nerviosos,
volverán a llamar a su casa, y al no contestar, posiblemente decidan acudir a la
policía. Aunque creía recordar que para dar por desaparecida a una persona tenían
que pasar tres días. No estaba seguro. Posiblemente los del bufete intentaran
contactar con sus familiares, sus padres todavía vivían. Ellos irían a casa y
descubrirían el cadáver. Pero no, en el bufete solían respetar mucho la intimidad de
las personas, y llamar a casa de sus padres, así, a bote pronto, no parecía la solución
más apropiada. Héctor se inclinaba más por la posibilidad de que llamasen a la
policía, y que éstos no hicieran caso de inmediato, o quizás sí. De un modo u otro, lo
normal es que descubriesen el cadáver mañana mismo o a lo sumo en un par de días.
Deshacerse del cadáver en aquellas circunstancias era impensable. Les quedaba muy
poco tiempo para pensar. Muy poco.
Tasio había intentado poner un poco de orden en aquel caos que era su vivienda.
El hecho de no recibir nunca a nadie allí, hacía que aquello pareciera un gallinero.
Tiró un poco de ambientador, y abrió algo las ventanas para que se renovase el
cargado ambiente interior. Héctor llegó a las doce y cuarto, tenía los ojos rojos y el
rostro desencajado. La chaqueta ligeramente mojada. Había empezado a llover
minutos antes.

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—¿Qué podemos hacer? —Fue el saludo de Héctor.
—Ante todo tranquilízate, te cuento unos detalles y luego hablamos. ¿Vale?
—Empieza ya.
—He estado vigilando a Eloísa estos días, tal y como me dijiste. No ha hecho
nada excesivamente extraño. No ha vuelto a visitar aquel tipo del supermercado. He
de decirte que hace unos días estuve en tu casa. Era de madrugada y utilicé el llavín.
Héctor mostraba sorpresa.
—Sí —añadió Tasio—, sé que te dije que lo utilizaría sólo en caso de necesidad,
pero te juro que me pareció necesario. Quizás debiera de habértelo dicho, pero no
estaba seguro de tu reacción. Fui a tu casa para ver los viejos archivos de «confieso».
Como te decía, era de madrugada, serían las tres aproximadamente. Eloísa dormía y
yo entré sin dificultad. Entré y copié los archivos. Fue cosa de pocos minutos, pero
cuando me dispuse a salir de la casa ocurrieron varias cosas. Primero se encendió la
luz del descansillo, por lo que no me atreví a salir y me volví hacia tu despacho de
nuevo. En ese momento Eloísa se puso a gritar. Yo temí que la estuviesen atacando,
pero en realidad lo que pareció ocurrir es que había tenido una pesadilla. Ella se
levantó de la cama y entonces sonó el teléfono.
—¿A las tres de la mañana?
—Sí, las tres y media serían ya, más o menos.
—¿Quién llamó?
—Eso no lo he averiguado. Nadie pareció contestar al teléfono. Eloísa después se
fue al baño y yo aproveché para salir de casa. Cuando estaba en la calle, ya cerca de
donde había dejado el coche, me crucé con una mujer muy bella a quien no reconocí
en esos momentos, pero que sí que me sonaba un montón. Luego estuve pensando y
llegué a la conclusión de que era Inés.
—¿Estás seguro?
—Completamente, incluso llegué a pensar más tarde que era ella la que había
llamado desde alguna cabina cercana, o desde un móvil.
—Ella no usaba móvil. Pero ¿para qué iba a llamar por teléfono y no decir nada?
—Y yo que sé. Posiblemente quisiera asegurarse de que Eloísa estaba en casa.
—¿Y para eso llama desde la calle?
—Bueno, en realidad bien podría haber llamado desde su casa, no vive tan lejos,
y desde que yo oí la llamada hasta que la vi bajo en la calle, pasó el tiempo suficiente
como para que ella llegase. Al fin y al cabo a esas horas no hay tráfico apenas. No lo
sé, tampoco creo que podamos averiguarlo, pero por lo que he podido deducir, Eloísa
sí que parece ser que pensó que se trataba de Inés. Por eso fue posteriormente a su
casa. Incluso es posible que se llegara a identificar y Eloísa no contestase, ten en
cuenta que yo no podía oír a quien estaba al otro lado del hilo.
—No tiene demasiada consistencia.
—Lo sé, pero en definitiva, tampoco creo que importe demasiado. El caso es que
Eloísa fue a casa de Inés, y ésta ha aparecido con el cuello abierto.

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Le contó a su amigo lo del cuchillo, lo de las huellas, y algunos detalles más.
Héctor estaba cada vez más abatido.
—Parece ser que no hay duda de que fue ella.
—Dudas siempre las hay, pero todo parece coincidir. No sé qué podría salir ante
una investigación policial. Imagino que Eloísa habrá dejado algunas huellas, y de un
modo u otro acabarán relacionándoos y os visitarán. Yo había pensado en hablar con
Eloísa, tratar el tema e intentar buscar una solución entre todos, pero primero quería
hablar contigo.
—Te lo agradezco. No, a Eloísa no hay que decirle nada. Imagino que iría a
hablar con Inés porque se sentía amenazada, discutieron, y en un arrebato le cortó el
cuello. Hemos de proteger a Eloísa. Ella ni siquiera ha de saber que yo he vuelto, ni
que sé nada. Me volveré a marchar y haré lo que tengo que hacer.
Tasio se sintió intranquilo por el tono de voz de Héctor.
—¿Qué se supone que «debes» hacer?
—Te enterarás en su momento. No te preocupes por mí. Sólo te pido una cosa.
Durante mi ausencia, no pierdas de vista a Eloísa. Protégela.
—Ah, otra cosa —añadió Héctor—. ¿Qué sabes de Pablo?
—De Pablo no tienes por qué preocuparte, aunque esas amistades con las que se
junta, ya sabes que no son de mi agrado. Sigue teniendo un desorden horario bastante
grande, pero por lo demás es un buen chico.
—¿Lo has seguido estos días?
—No, por supuesto, sólo me he dedicado a las andanzas de Eloísa, y en los
últimos momentos a Inés. ¿Por qué lo dices? No pensarás que tiene algo que ver con
todo esto.
—No importa. Sólo quería saber si había algo que destacar de sus últimos
movimientos. Claro, sé que es un buen chico. Por supuesto.
Héctor se disponía a salir del piso de Tasio.
—Otra cosa más.
—¿Sí? —Tasio estaba intranquilo.
—Contrata a una asistenta.

Tal como Héctor había supuesto, el cadáver lo encontraron al día siguiente.


Finalmente parece ser que sí que llamaron a sus padres, y éstos, intranquilos
acudieron al piso de su hija que vivía sola. A su madre la tuvieron que ingresar en
urgencias por la impresión, y su padre, abatido, fue quien llamó a la policía.
Se procedió al levantamiento del cadáver siguiendo el procedimiento habitual, y
se tomaron huellas de toda la casa para su investigación posterior. Prestaron especial
atención al cuchillo y al bolso de la difunta.
Pronto vieron que el cuchillo formaba parte de su vajilla porque los que había en
la cocina eran iguales. La única diferencia es que éste era más pequeño y más afilado,

[Link] - Página 97
pero parecía evidente que formaba parte de la vajilla.
Las primeras conclusiones a las que llegó la policía fue la de un posible intento de
robo o violación. La chica intentaría defenderse cogiendo un cuchillo de la cocina, y
el agresor, más fuerte que ella, le arrebató el cuchillo y la mató. Parecía creíble, pero
había que seguir investigando. Primero comprobarían todas las huellas recopiladas
con sus archivos. Visitarían también a todas las personas que figuraban en el listín
telefónico que llevaba Inés en el bolso.
Luego ya verían.
Héctor había vuelto a Segovia y se instaló nuevamente en el Parador. Dejó su
equipaje en la habitación, preparó su Toshiba y llamó a recepción para que le
prepararan un masaje. Necesitaba distender los músculos porque le esperaba una
larga tarea. Marcó también línea exterior y llamó a un amigo suyo de Ávila que había
conocido mientras escribía una novela unos años antes en el Palacio de
Valderrábanos. Ávila y Segovia estaban a pocos kilómetros entre sí, por lo que su
amigo no le puso excesivas pegas en llevarle personalmente lo que le había pedido.
El masaje fue relajante y tranquilizador. Mientras cada uno de sus músculos
volvía a su sitio, seguía pensando en la que sería su última novela: «Confieso».
Esa noche cenó bien, muy bien. Pidió un Marqués de Cáceres para acompañar la
copiosa cena y luego subió a la cafetería donde había quedado con su amigo Elías que
le había traído su encargo. Le pagó allí mismo y tras invitarlo a un café, se despidió
de él para subir a la habitación.
Salió al pequeño balcón para ver una vez más el tantas veces visto espectáculo de
la ciudad, incluyendo el acueducto iluminado. Cuán bella era aquella ciudad y
cuántos buenos recuerdos le venían a la mente.
Se preparó un gin tonic del mueble bar. Con Larios, vaya, esta vez era Larios. Se
lo preparó con mucho hielo, como a él le gustaba y se lo terminó en la terraza. El
cielo estaba abierto, aunque se distinguían algunas pequeñas y rasgadas nubes,
plateadas por la iluminación de la luna. No era luna llena, pero la iluminación era
bastante intensa. Allí no había llovido.
Pensó en todo lo que había sido su vida, lo que fueron sus estudios, su
licenciatura en Valencia, su inicio de la carrera como abogado, Eloísa, Inés, Tasio,
Pablo, sus amigos de la universidad, sus compañeros de bufete, su nueva profesión
como escritor, Adolfo, sus viajes para terminar sus novelas. Había vivido
intensamente. No podía quejarse. Su mayor error quizás fue iniciar su relación con
Inés, relación que tantos años después había acabado en la mayor de las tragedias
imaginables. Posiblemente de no ser Inés, hubiera sido Isabel, Silvia o María. Su
destino estaba escrito, y nada de lo que él pudiera hacer podía cambiarlo
sustancialmente. Podía influir en las variantes, pero los resultados finales no eran
cosa suya. Los hilos del destino no estaban a su alcance, y él no era más que un
pequeño, pequeñísimo engranaje más de todo aquello, de toda aquella inmensidad.
Levantó su vaso al cielo, en dirección al acueducto. Los ojos se le llenaron una vez

[Link] - Página 98
más de silenciosas lágrimas y terminó su gin tonic.
Entró en la habitación, encendió su vieja pipa, se puso cómodo y buscó en el
disco duro del Toshiba la última versión grabada de «confieso». Lo grabó con otro
nombre y continuó escribiendo. Tenía previsto pasar la noche en vela si era necesario,
hasta terminar el texto de aquella novela. Tenía que terminarla esa misma noche,
antes de que descubrieran el cadáver de Inés. Lo escribiría todo, lo detallaría todo,
hasta sus más íntimos secretos. Al fin y al cabo estaba seguro de que ésa sería su
última novela. Era cosa del destino. Le enviaría a Adolfo una copia de «confieso» y
de la otra novela recientemente terminada, con una nota solicitando que se publicasen
a la vez, simultáneamente, indicando que ya no volvería a recibir ningún otro texto de
Héctor Ramos.

A las ocho de la mañana terminó de escribir, hizo una rápida corrección de errores
caligráficos ayudado por el Word y grabó el archivo por dos veces en dos disquetes
separados. Llamó de nuevo a recepción y solicitó dos mensajeros. Dejó claro que
quería dos compañías de mensajería distintas, una para cada envío, y preparó cada
uno de los discos, uno para enviárselo a Adolfo, junto con una copia de la otra novela
y un breve texto manuscrito. El otro para enviárselo a su amigo Tasio. Este último
envío sólo incluía el disquete de «confieso», y otra nota manuscrita, distinta a la de
Adolfo.
Insistió mucho en que fueran dos mensajerías distintas porque no quería
arriesgarse a que se perdieran ambos envíos. Era una persona prudente, y sabía que si
el mensajero que retiraba los dos envíos era un desastre, cosa bastante habitual por
cierto, podía perder irremisiblemente ambos paquetes, con lo cual todo su esfuerzo
hubiera sido en vano.
En recepción lo miraron de forma un tanto suspicaz cuando bajó con los dos
sobres para enviar, sin duda no les había gustado eso de tener que llamar a
mensajeros distintos. Lo normal es que trabajaran con uno solo y eso se salía de su
procedimiento habitual. Así y todo, el servicio fue bueno y pronto vinieron los dos
mensajeros por separado. Héctor se aseguró personalmente de que eran entregados
los paquetes.
Pidió la cuenta y pagó la nueva estancia, el masaje y la cena de la noche anterior,
así como los dos servicios de mensajería. Dejó una buena propina. Sólo después de
eso volvió a subir a la habitación. Podía permanecer allí sin ser molestado hasta las
doce del mediodía.

Llamaron a la puerta. Tasio abrió y se encontró con un joven bastante desaliñado


que le traía un paquete a portes pagados. Venía de Segovia y ponía claramente que
debía realizarse la entrega en mano. Lo abrió y en su interior había un disquete y un

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texto de puño y letra de su amigo Héctor.

La secretaria lo llamó a su despacho por el intercomunicador.


—Sr. Adolfo, disculpe que lo moleste, pero aquí fuera hay un muchacho de Seur
que insiste en que debe de entregarle un paquete personalmente.
—Dígale que pase a mi despacho.
El muchacho entró, entregó el paquete y recogió el recibo firmado.
Adolfo abrió el paquete. Incluía dos disquetes y una nota manuscrita de Héctor. El
paquete venía de Segovia.

Estimado Tasio:

Antes que nada quiero agradecerte todo lo que has hecho por mí durante estos
últimos años. Junto con este breve texto, te remito una copia de «confieso». No he
podido enviártela en papel porque no disponía de tiempo para imprimirlo todo.
Quiero que te asegures de que mi editor ha recibido otra copia. De no ser así, te
ruego que hagas tú mismo una copia del tuyo y se la hagas llegar. Imagino que no
habrá habido ningún problema, y que ambos habréis recibido el texto correctamente,
pero sabes que me gusta asegurarme. Por el mismo motivo, dentro de unos días
recibirás por correo ordinario una copia de este mismo escrito que ahora estás
leyendo. Lo he remitido con el único fin de asegurarme que lo recibieras, por si
había algún problema con la mensajería.
Mi amistad hacia ti ha sido siempre sincera, sé que la tuya hacia mí también lo
ha sido.
Te pido que leas el texto de «confieso». Bastará con que lo leas a partir de la
página doscientos treinta porque lo anterior ya obra en tu poder y no he hecho
cambios sustanciales. Todo lo que allí está escrito, a todos los efectos es cierto. No
importa que a ti algunas cosas no te cuadren. Olvídalo todo. Olvida lo que sepas
hasta este momento. Para bien de todos, la realidad, lo que realmente ha sucedido,
no es otra cosa que lo que figura en la novela.
Por otro lado, quiero que sepas que siempre he sabido que te ha gustado Eloísa.
No sólo eso, sé a ciencia cierta que la amas. Cuídala. Soy feliz pensando que tú te
encargarás de ella. Ella sabrá quererte.
Dale un abrazo a Pablo de mi parte. Dile que siento no haberme despedido
personalmente de él, aunque sí que le he enviado una carta. Que se cuide. Que vaya
con ojo con esos amigotes que tiene, y que lo quiero. Que se busque una buena moza
que lo haga feliz.
También le he enviado otra a Eloísa.
Dile que los quiero a ambos y que siempre los querré.
Cuando leas esta carta ya no podrás hablar conmigo. Tu amigo Héctor habrá

[Link] - Página 100


dejado de existir materialmente, aunque quiero que sepas que siempre estaré con
vosotros.
Gracias por todo.
Sé que puedo confiar en ti.
Un abrazo de tu amigo
Héctor Ramos

Estimado Adolfo:
Disculpa que no te haya enviado el texto de «confieso» en papel, pero es que no
he tenido tiempo material para imprimirlo.
Antes que nada quiero pedirte que te pongas en contacto con mi amigo Tasio, si
es que él todavía no te ha llamado, y te asegures de que también él ha recibido una
copia de «confieso». De no haberla recibido, te ruego que la hagas tú mismo,
personalmente, y se la hagas llegar. Es muy importante para mí que hoy mismo esté
en su poder.
Espero realmente que te guste. Quisiera que la publicaras simultáneamente con
mi otra novela. Sé que no es lo que tenías pensado, pero es un último favor que te
pido.
«Confieso» tendrá sin duda más éxito incluso del que te esperabas. Esto es una
buena noticia para ti. Lamentablemente tengo otra mala, y es que no recibirás más
novelas mías. No te preocupes, no es que vaya a publicar con la competencia.
Siempre he respectado la exclusiva contigo.
Los derechos de las nuevas novelas, y de lo que vayan produciendo las otras,
quiero que se los envíes directamente a Eloísa. No preguntes nada, todo está en
«confieso».
Si fuera necesario, te autorizo a que le entregues una copia del libro a la policía,
antes de editarlo. Sólo si es necesario.
Te considero mi amigo, y espero que después de leer «confieso» sigamos
siéndolo. Hablo también un poco de ti, aunque siempre bien, no te preocupes.
Gracias por todo.
Héctor Ramos

Ambos, uno en su casa, rodeado de mugre y ropa sucia, y el otro en su amplio


despacho, impoluto, este último con los pies sobre la mesa, estaban aturdidos. No
podían creer lo que estaban leyendo. Los dos se acercaron a sus respectivos
ordenadores y abrieron el archivo de «confieso». Adolfo empezó a leerlo desde la
primera página, Tasio desde la doscientos treinta.

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• • •

Confieso
Por Héctor Ramos

Capítulo 35
DESENLACE

Yo estoy enamorado de Eloísa, creo que eso ha quedado patente a lo largo de todo
el texto anterior. Al principio decía que una gran parte de este libro era ficticio, y sólo
una pequeña parte era real. Antes de continuar, quiero sincerarme con el lector, y
decirle que lo que ahora va a leer, es totalmente cierto. Es una gran responsabilidad
para mí, la cual asumo totalmente.
¿Acaso no quería yo también a Inés? Por supuesto. El hecho de que adorara a mi
mujer no quería decir que no pudiese amar también a Inés. Una persona tiene
capacidad para amar a más de una persona a la vez. Muchos son los que no están de
acuerdo con estas afirmaciones, no me importa, yo sé que es cierto. Totalmente
cierto.
Yo también amaba a Inés. Cierto que la dejé, la dejé porque hay amores
incompatibles, y uno acaba teniendo que elegir. Mi elección fue ésa. Buena elección,
mala elección. Nunca sabré lo que hubiera ocurrido si hubiera elegido otra cosa. Sería
necio decir que hubiera sido mejor tal o cual otra opción. Hice lo que hice porque en
su momento tenía motivos suficientes para hacerlo, y no me arrepiento de ello.
No contaba con que Inés no aceptara mi abandono. Durante mucho tiempo
mantuvimos el contacto telefónico, e incluso nos veíamos alguna que otra vez, como
amigos, sólo eso, como amigos.
Tampoco contaba con que Eloísa no pudiera aceptar esta segunda relación de
amistad. Sin duda pensaba que yo podría perder seguridad en mí mismo y pudiera
acabar abandonándola a ella. No se lo reprocho. ¿Qué hubiera pensado yo en esa
situación?
El caso es que tuve que tomar una nueva decisión, tan amarga o incluso más que
la primera. Tuve que decirle a Inés que ya nunca más podría llamarla por teléfono, ni
quería que ella me llamara. Tampoco podríamos escribirnos ni vernos. Era duro, pero
una vez más sabía que tenía que tomar una decisión y la tomé. Tampoco me
arrepiento de ella. Tampoco me pregunto qué hubiera ocurrido si mi decisión hubiera
sido distinta. ¿Para qué?
Siempre he pensado que el destino de cada persona está escrito, que sólo faltan
los detalles. Los detalles son lo que uno va escribiendo día a día en su vida, pero los
detalles nunca cambian sustancialmente el desenlace de la novela de cada cual. El
desenlace es inevitable.

[Link] - Página 102


Los celos que yo creía que habían desaparecido, eran cada vez más evidentes a mi
alrededor, tanto Eloísa como Inés sufrían por ello. El hecho de que yo las siguiera
amando a ambas o sólo a una, o incluso a ninguna, no importaba, nada tenía que ver.
Cada cual defendía su terreno, sus derechos. Poco podía yo hacer para solucionar la
situación, más allá de lo que había hecho hasta entonces. Estaba atrapado, atrapado
en mi destino.
Eloísa por su cuenta decidió hablar con Inés cuando yo todavía estaba en Segovia
terminando mi última novela. Me enteré porque un amigo mío a quien no creo
conveniente identificar, la vio entrar en su casa esa tarde. Supongo que de todos
modos ella me lo hubiera contado en su momento.
Yo me temí que aquella situación estaba tomando un cariz peligroso, y debía de
hacer algo por mi cuenta para evitar cualquier problema.
Segovia no está tan lejos de Valencia, así que decidí ir a ver a Inés sin previo
aviso. Quería saber de qué habían estado hablando. Podría haberla llamado por
teléfono, pero sé demasiado como son las mujeres, no me hubiera contado nada que
no quisiera que yo supiese, en cambio, si me presentaba en su casa, la cosa era
diferente, y yo estaba muy preocupado. Necesitaba dar una solución a este antiguo
problema.
No lo pensé dos veces, cogí el BMW y me dirigí a toda velocidad hasta Valencia.
No recuerdo la hora exacta, pero supongo que serían sobre las diez de la noche, o
quizás un poco antes cuando llegué a casa de Inés. La encontré muy nerviosa, y
sorprendida de verme.
Todo fue muy desagradable, todo salió de una forma imprevista. No voy a entrar
en demasiados detalles porque me parecería cruel para la memoria de Inés.
Inés estaba furiosa. Me dijo que me largara, que no quería saber nada más de mí.
También empezó a amenazarme. Supongo que víctima del azoramiento y del
nerviosismo. Estoy seguro de que nunca quiso hacerme daño.
La cogí de la muñeca con ánimo de tranquilizarla, pero en lugar de eso se apartó
corriendo de mí y se dirigió a la cocina. Estaba fuera de sí. Había sufrido mucho.
Durante los últimos años sé que involuntariamente yo la había hecho sufrir mucho.
Intenté calmarla de nuevo, pero me sorprendió viniendo hacia mí, con un pequeño
cuchillo en la mano. Tenía el mango negro de plástico, pero el filo resultaba aterrador
a pesar de que no mediría más de diez centímetros. El cuchillo acababa en una punta
amenazadora.
Me aparté. Ella volvió a atacarme. Me refugié como pude detrás de la mesa
camilla que estaba en el recibidor, tropecé y me quedé sentado en el sofá marrón que
recordaba que había estado siempre allí mismo. Ella se abalanzó hacia mí. Fue un
acto reflejo mío. Lo juro. Juro que no quería matarla, pero al apartar violentamente su
mano, la que sostenía el cuchillo. Dios mío. Cayó al suelo. Yo no sabía qué hacer. En
ese momento pensé que no podía verme involucrado en tal situación. Yo la quería,
pero en nada iba a mejorar su situación si yo me entregaba a la policía.

[Link] - Página 103


Le cogí el cuchillo de la mano por si alguna de mis huellas había acabado en el
mango a causa del forcejeo. Borré las huellas y lo dejé en el suelo. Salí huyendo
como un cobarde de la escena. No sé si me crucé con alguien o no, estaba
aterrorizado. Subí al coche y volví a Segovia. El largo trayecto me permitió pensar en
lo que había hecho, en cómo me había comportado. Había sido un accidente. Sólo
eso, un accidente.
Pensé en que yo había ido a casa de Inés, precisamente porque sabía que Eloísa
había ido a visitarla. Sin duda habría huellas de Eloísa por todas partes. Las mías yo
intenté borrarlas.
Yo estaba en Segovia. Todo el mundo sabía que yo estaba de viaje, y nadie me
había visto abandonar el Hotel. Acabarían acusando a mi mujer del asesinato de mi
amante. Tendrían un móvil, los celos, una ocasión, su visita a casa de Inés, y una
prueba, sus huellas. Seguro que encontrarían alguna.
Yo estaba desesperado. No sabía qué hacer. Durante horas estuve dando vueltas
por la habitación. Finalmente me decidí. Por mi culpa había muerto Inés. No quería
que sobre mi conciencia estuviese también la culpa de que Eloísa cargara con aquella
situación.
No tenía otro remedio. Debía de informar a alguien de los detalles de lo que había
ocurrido, antes de que encontrasen el cadáver. Pensé en llamar a la policía y
explicarlo, pero finalmente decidí terminar esa misma noche mi novela más auténtica,
mi biografía. Detallar en ella lo que había ocurrido. Pedir perdón públicamente por lo
que había hecho, sin intención. Lo juro. No quería perjudicar a nadie, más bien al
contrario, pero una vez más se ha demostrado que uno no puede huir de su destino.
Tan pronto termine de escribir, le enviaré el libro a mi editor, para que lo
publique, con una nota que diga que puede entregarlo a la Policía si es necesario.
Quiero que todo el mundo sepa lo ocurrido. Quiero que todo el mundo sepa que
quiero a mi mujer y que amé también a Inés. Confieso que todo lo que he incluido en
este último capítulo es cierto, y espero que mis lectores no me juzguen demasiado
cruelmente.
Pido comprensión.

Segovia, octubre de 2000

• • •

Ahora abriré el paquete que mi amigo me ha traído al hotel. Yo nunca he tomado


drogas habitualmente. Alguna raya de coca y algún que otro porro en mi juventud,
pero nada más. Nunca antes me había pinchado. La heroína me parecía algo
excesivamente fuerte para mí, y sin duda lo era.
Sabía que para un no adicto, bastaban 0,2 gramos de heroína pura para que el
desenlace fuera fatal. Un adicto puede soportar hasta diez veces más, pero como digo,

[Link] - Página 104


yo no podía considerarme adicto. La última raya de coca la esnifé hace más de diez
años en una estúpida fiesta.
Decidí inyectarme todo lo que me habían traído. Era más de los 0.2 gramos que
necesitaba, pero al fin y al cabo, iba a ser mi última noche.

[Link] - Página 105


Capítulo XII
SEIS MESES DESPUÉS

Tasio todavía no podía creer lo que había ocurrido. CONFIESO había sido todo un
éxito, al convertirse en una verdadera confesión publicada por un autor famoso. En
menos de seis meses se habían vendido ya más de cien mil ejemplares y Adolfo
estaba preparando una nueva edición. Todo ello teniendo en cuenta que no se había
editado en rústica y que el libro había salido a la venta en 4500 pesetas.
Por un lado, Tasio no podía creer que fuera cierta la confesión de su amigo
Héctor, aunque realmente era creíble. Era cierto que él podría haber estado a una hora
aceptable en Valencia para estar en casa de Inés, pero lógicamente a él no le cuadraba
el hecho de que alguien lo hubiese avisado de que Eloísa había visitado a Inés, más,
teniendo en cuenta que Héctor parecía referirse a él en la novela.
Si nadie lo había avisado, podían ocurrir dos cosas, o que de todos modos hubiera
tenido pensado de antemano ir a ver a Inés, con lo cual simplemente habría mentido
en algunos detalles para proteger a Eloísa. O que simplemente mintiera rotundamente
en todo y no hubiera bajado a verla. En esa segunda hipótesis, el único motivo de la
confesión, no cabía duda de que era el de proteger igualmente a Eloísa, aunque de
una forma más clara. De ser así, era porque Héctor creía que el crimen, o el
accidente, había sido provocado por Eloísa.
Era lo más probable como él mismo había informado, pero no estaba seguro. No
podía dejar de pensar en que Héctor había hecho lo que había hecho, simplemente
para proteger a Eloísa, por unas sospechas que el propio Tasio había puesto en su
cabeza. En parte se sentía culpable por el cariz que habían tomado los
acontecimientos.
Aunque Eloísa no hubiera tenido nada que ver con la muerte de Inés, cosa de la
que todavía dudaba Tasio, era evidente que sí que corría un peligro cierto porque de
hecho la policía la visitó al día siguiente. Habían sido muy eficientes y estaban
interrogando a todas las personas aparentemente relacionadas con Inés. El nombre de
Héctor estaba en el listín.
Se comprobaron las huellas, y parece ser que sí que se encontraron huellas de
Eloísa. Por suerte ella en ningún momento había negado haber estado en casa de Inés.
El libro lo recibió su editor y el propio Tasio, antes del levantamiento oficial del
cadáver, lo cual le dio una veracidad importante a la confesión de Héctor. Quién sabe.
Seguramente nunca nadie sabría la verdad.
Muy posiblemente Héctor tuviera razón con aquello de que el destino de cada
cual estaba escrito y sólo podíamos encargarnos de los detalles. Podíamos
montárnoslo mejor o peor, pero acabaríamos según estuviese programado. Nunca
antes había pensado en ello, pero podría ser cierto.
Había decidido retirarse definitivamente. Al fin y al cabo, su mejor cliente ya no

[Link] - Página 106


estaba, y se había hartado de investigar para las multinacionales. Tenía suficiente
dinero para acabar de pasar su vida tranquilamente, y Eloísa lo había aceptado a su
lado. Nada de sexo todavía, Eloísa todavía estaba muy afectada por la muerte de
Héctor, pero su relación era muy buena. Tasio era feliz. De no ser por la muerte de
Héctor, todo sería perfecto.
La policía había cerrado el caso. Parecía evidente que había habido un accidente
mortal, y parecía también evidente que Héctor había confesado. Se comprobó que no
hubo ningún robo ni ninguna violación, lo cual hizo todavía más creíble la versión
que ahora se había convertido en un Best Seller.
El éxito del libro había sido tal, que hasta él mismo lo había leído. Le parecía
increíble que alguien se acusara públicamente de algo que en realidad no había
hecho. Nadie mejor que él para saber que era así. Algunos detalles no coincidían,
pero prácticamente todo lo que Héctor detallaba en el libro era cierto, había ocurrido
así, sólo que no era Héctor quien la mató.
¿Por qué lo hizo? ¿Por qué confesó una muerte en la que nada tenía que ver?

Su conciencia lo corroía por dentro, pero al fin y al cabo había sido un accidente.
Nunca había tenido la intención de matar a aquella mujer. Ni siquiera supo que se
llamaba Inés hasta que vio su nombre en el timbre de la escalera. No la conocía de
nada.
Desde que aquello había ocurrido, él no era el mismo, estaba demacrado y apenas
comía. Lo poco que comía lo vomitaba casi de inmediato. Había perdido al menos
diez kilos, a pesar de que siempre había estado bastante delgado. Se había mirado al
espejo, estaba ojeroso, amarillento.
Lloraba cada día, él no era un asesino. Se sentía sucio, mal. En más de una
ocasión llegó a pensar en el suicidio, pero no tenía valor para ello. En cambio Héctor
lo había tenido, a pesar de no tener nada que ver con el crimen. Cuantas más vueltas
le daba, menos lo comprendía todo.
Daba vueltas por la habitación, intranquilo. Miró por la ventana, estaba lloviendo,
no muy intensamente pero sí de forma bastante continuada. Era un día triste, gris,
más bien frío. Fumaba más de tres paquetes diarios de cigarrillos, unos días Ducados,
y otros Fortuna, eso cuando no los mezclaba.

Salió a la calle, no llevaba chaqueta y tampoco había cogido paraguas. Estuvo


paseando durante más de una hora, con la única protección de los balcones de algunas
viviendas. Estaba empapado pero parecía no importarle, la ropa le pesaba cada vez
más, y los pies los notaba inundados dentro de las zapatillas de deporte imitación de
Nike. En la mano sostenía un cigarrillo que se había apagado a causa de la lluvia nada
más salir de casa. La gente, con paraguas, se cruzaba con él y se lo quedaban
mirando. Parecía un mendigo. De hecho no se había limpiado ni peinado desde

[Link] - Página 107


quince días atrás. Tampoco se había afeitado, aunque mucha barba no tenía, parecía
que una hilera de hormigas se paseara por su cara estropeada. Iba arrastrando los pies,
salpicando al pasar por encima de los charcos, una vieja le increpó cuando le mojó las
medias. Cruzó una calle sin mirar, el semáforo de peatones estaba en rojo, los coches
frenaron y se pusieron a pitarle todos al unísono. Él siguió cruzando, como flotando,
como sin darse cuenta de nada. Como no importándole nada de lo que ocurría a su
alrededor.
Llegó a la altura de una pequeña Iglesia, recordó que allí fue donde él tomó la
comunión, o quizás no fuera allí, en realidad el recuerdo era muy vago, muy difuso,
parecía más un sueño que un recuerdo. De chico iba con sus padres los domingos a
Misa, a oír la liturgia o como se llamase aquello. Entró sin ningún objetivo concreto.
Quizás sólo para no seguir mojándose, para calentarse un poco.
El templo estaba vacío, era pequeño. Los bancos eran de madera, algunos de ellos
atacados por la carcoma. Las vidrieras eran también bonitas, aunque los colores hacía
años que habían perdido su esplendor y estaban pidiendo a gritos una buena limpieza.
Pasó entre las dos hileras de bancos y se arrodilló en el pasillo. Hizo la señal de la
cruz. Cuántos años hacía que no repetía aquel gesto. Cuántos años que no pisaba una
Iglesia. El ruido del agua se oía sordamente en el interior, generando una sensación
de paz muy agradable. Pasó por delante del cepillo y dejó veinte duros. Se disponía a
salir cuando pasó por delante de uno de los confesionarios. El Párroco estaba allí
cerca.
—¿Quieres confesarte hijo mío? —le dijo el Párroco en un susurro.
Sin duda el cura había visto en su cara la amargura de la carga de conciencia que
arrastraba desde hacía seis meses.
Él asintió con la cabeza. El cura entró en el pequeño habitáculo de madera muy
oscura y vieja. Era marrón inicialmente aunque en algún tiempo se había pintado de
negro y la pintura había sido lijada con posterioridad. Volvía a ser marrón. Tenía muy
mal aspecto. También había sido atacado por la carcoma. En aquel silencio, hasta le
pareció oírla actuar en las interioridades de aquella madera. Se arrodilló en el
exterior, todavía recordaba dónde había que colocarse para confesarse. Lo que no
recordaba era lo que tenía que decir antes de empezar a nombrar sus pecados. El
Párroco abrió la pequeña ventanilla interior, aunque no se le podía ver el rostro desde
esa posición. Sin duda se dio cuenta de que el hombre no sabía lo que tenía que decir.
—Dime, hijo mío. ¿Qué te ocurre? ¿Has pecado?
—Sí, padre —su voz sonaba ronca, imperfecta, llevaba varios días sin hablar con
nadie.
—Cuéntame tus pecados.
—He matado.
El Párroco sintió un escalofrío en su espina dorsal, aunque no lo dejó entrever,
ayudado por la oscuridad del confesionario.
—¿Cómo ha sido eso hijo mío?

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—Fue un accidente, hace ya mucho tiempo, casi una eternidad para mí, porque no
vivo desde entonces.
El hombre parecía haberse soltado ya y siguió hablando.
—Tuve unos encuentros íntimos con una mujer mayor que yo, y llegué a
sospechar que ella era quien grababa aquellos encuentros. Encontré una cámara en el
armario de mi habitación. Esperé unos días a que ella volviera a venir a mi casa para
preguntarle por qué lo había hecho, pero como no vino, finalmente decidí ir a su casa
y seguirla hasta encontrar un sitio donde poder hablar a solas con ella.
La seguí hasta la casa de otra mujer. No fui el único, otro tipo la seguía también.
Yo ya había visto a ese hombre en otra ocasión, salía de casa de la mujer.
Cuando ella salió de casa de esta otra, esperé a que el tipo se marchara, no quería
que me viera seguirla. Al tener que esperarme, ya no la pude seguir, de manera que
decidí subir a casa de la otra mujer para preguntarle si sabía dónde podía encontrarla.
Subí y ella me abrió. Empecé a preguntarle, posiblemente algo nervioso porque
comencé a hablarle de la cámara y de que estaba harto de que me espiaran, y no sé
cuántas cosas más, como si ella tuviera algo que ver con aquello que me atormentaba.
La mujer se asustó. Yo le dije que no pasaba nada, que no iba a hacerla daño. Sólo
quería saber dónde había ido la otra mujer. Metí mi mano en el bolsillo para sacar la
cámara y que viera que era cierto lo que yo estaba diciéndole. Por lo visto creyó que
iba a sacar una pistola, o a saber qué. Ella hurgó en el bolso que tenía encima de la
mesa, el bolso cayó al suelo, pero primero había sacado de su interior un cuchillo
pequeño. Me amenazó con él. Yo le dije que me iba, que no quería nada de ella, que
no quería hacer daño a nadie.
Sólo quería saber por qué me espiaban, qué es lo que habían hecho con aquellas
películas, si las habían vendido o las habían publicado en Internet, o si querían
hacerme chantaje con ellas. Yo no estoy casado, ¿sabe?, pero posiblemente querían
chantajearme con decírselo a mi madre, no lo sé, siempre me ha costado bastante
pensar.
Yo no quería hacerle daño a nadie. De verdad. Tenía miedo, el cuchillo estaba
cada vez más cerca, y yo no encontraba la puerta, era como si me hubiese perdido,
como si aquella casa fuera enorme. Sabía que no lo era, pero yo no encontraba la
puerta para salir.
Tropecé con el bolso y me situé detrás de la mesa, ella me siguió como loca, yo
volví a tropezar y me quedé sentado en el sofá, me hice daño en la espalda con el
reposabrazos, ella se me tiró encima con aquel cuchillo. Yo sólo me defendí, sólo
quería apartarla de mí para que no me hiciera daño, para que no me matara, quería
matarme, se lo notaba en la mirada, estaba furiosa. No sé lo que ocurrió, cuando me
di cuenta ella estaba ya en el suelo, sangrando y con el cuchillo en la mano, yo no
quería matarla, se lo prometo, pero cuando me di cuenta ya estaba muerta, en el
suelo, la sangre le salía a borbotones por el cuello. Salí huyendo de allí y estuve
dando vueltas por la ciudad más de seis horas, sin saber dónde meterme, adónde ir,

[Link] - Página 109


qué hacer. Tenía miedo. Si iba a la policía, me encerrarían, ellos se creerían que había
ido a robar o a violarla, qué se yo lo que me hubiera ocurrido. Nadie me iba a creer.
El hombre dejó de hablar, estaba sollozando. El Párroco no se movía de su
asiento, dudaba si creerlo o no, llegó a pensar que estaba loco e incluso temió por su
vida. El hombre se levantó sin esperar la absolución, el Párroco, siguiendo con lo que
creía que era su obligación, lo absolvió en silencio, con un gesto mientras el hombre
salía de la Iglesia. Seguía lloviendo.

Seguía lloviendo. Había sido un día de perros, dando vueltas con el maldito
autobús y sin parar de llover. Cada vez que abría la puerta para que subiese alguien se
le helaban hasta las ideas. La gente lo mojaba con los paraguas. Aquel trabajo era una
mierda. Aún no sabía por qué se había dejado el taxi. El taxi era más divertido, cada
vez iba a un sitio distinto. En el autobús siempre la misma vuelta, una y otra vez, los
mismos semáforos, los mismos embotellamientos.
La lluvia además ponía de mal humor a la gente, subían al autobús mojados, de
mal humor y cargaban el ambiente. Cuando llovía subía gente que no usaba el
autobús cuando hacía buen tiempo, y se equivocaban con las paradas, se empeñaban
en hacerlo parar donde no podía, y el ambiente se cargaba cada vez más.
Esa misma noche hablaba con la parienta y enviaba a los de la EMT a tomar por el
culo, lo había decidido. Al carajo, se compraba otra licencia de esas que vendían
ahora los que se retiraban, y a pasar de todo. Ni crisis ni leches, como el taxi no hay
nada, aunque hayan subido el gasoil esos hijos de puta de las petroleras. Si no quería
subir a alguien, pues no lo subía. Era lo que hacía cuando veía a algún moro o a algún
negro, no los aguantaba. En el autobús era diferente, tenía que dejar pasar a todo el
mundo. Vaya mierda de país, se nos estaba llenando de piojosos de todas partes, le
decía a la parienta cuando iba a casa cargado de cerveza.
Un par de meses atrás lo expedientaron por conducir bebido, no era mucho, pero
el problema es que se metió con una mujer que fue a quejarse a la central. Lo
llamaron y lo dejaron tres días sin empleo ni sueldo. ¿Podían hacer eso? Él no lo
sabía, pero tampoco se molestó por averiguarlo. Tres días de fiesta son tres días. Los
aprovechó para ponerse al día de cervezas con los amigotes.
Otra parada, otra vieja con paraguas, otra salpicadura, otro usted disculpe, pero él
cada vez más helado y más mojado. A los viejos tampoco los soportaba, si por él
fuera los eliminaría a todos a los sesenta años, no hacían más que estorbar y gastarse
los recursos de los demás.
Dobló la esquina mientras farfullaba para sí, un pequeño claro se había abierto en
el cielo, vaya, a lo mejor iba a dejar de llover. Un rayo de sol entró por aquel pequeño
hueco y le dio en pleno cristal. Todo fueron colores lo que vio en ese momento, la luz
se descompuso en los miles de gotas que habían llenado el parabrisas. Entre tantas
luces y tantos colores, apenas si llegó a ver a aquel tipo que salía de la Iglesia sin

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mirar. Maldita sea, blasfemó.
Apretó el freno, pero no sirvió de nada, el enorme mastodonte de la EMT siguió
avanzando justo lo suficiente como para aplastar a aquel infeliz.

Ontinyent, octubre de 2000

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RAMÓN CERDÁ (Ontinyent, Valencia, 1964). Escribió su primera novela a los 18
años a la par de algunos relatos cortos. Desde 1990 escribe ensayos a sus clientes de
la asesoría y es en el 2000 cuando al fin se retomó su afición novelesca gracias al
apoyo de su esposa. Se atreve con diversas facetas: novela negra, paranormal,
erótica…
Ha escrito también varias obras de ensayo, manuales de autoayuda (como Quiero ser
novelista), relatos cortos y varias novelas.

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