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Perro

Este documento narra la historia de Lampo, un perro que vivió en una estación ferroviaria en Italia en los años 1950. Lampo aprendió los horarios de los trenes y viajaba regularmente entre Campiglia Marittima y Piombino para acompañar a la familia del autor. Lampo se hizo famoso entre los trabajadores ferroviarios por sus viajes diarios y conocimiento de los horarios.

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Este documento narra la historia de Lampo, un perro que vivió en una estación ferroviaria en Italia en los años 1950. Lampo aprendió los horarios de los trenes y viajaba regularmente entre Campiglia Marittima y Piombino para acompañar a la familia del autor. Lampo se hizo famoso entre los trabajadores ferroviarios por sus viajes diarios y conocimiento de los horarios.

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LAMPO; El Perro Ferroviario

Enviado por romulo

Nadie sabía de dónde había venido. Saltó de un vagón de carga en Campiglia Marittima y
estableció su domicilio en la estación ferroviaria. Al poco tiempo conocía en todos sus detalles
los horarios. Entonces comenzó a subir a los trenes y a viajar por toda la costa occidental
de Italia, con enlaces de ida y vuelta tanto en la línea principal como en las ramales, por su
propia cuenta y con el aplomo de un pasajero que ha comprado su boleto. En ocho años de
peregrinaciones, Lampo ("Relámpago") adquirió celebridad. Pero si bien era amigo de todos los
ferroviarios, el corazón del can pertenecía a un solo hombre y a su familia, a la casa de los
cuales volvía al cabo de cada jornada.
El presente es un afectuoso tributo a ese perro excepcional: un relato de la vida real digno de
contarse entre las fábulas clásicas.
Índice
Pasajero cotidiano

Nacido para viajar


Exilio
"Nunca mas"
¡Celebridad!
El anciano
Años de jubilación
Lo vi por primera vez un día de agosto. La estación ferroviaria de Campiglia Marittima, donde
yo iba a trabajar todos los días, era un horno; el aire estaba impregnado por el olor acre de brea
quemada. En derredor nuestro, los inmensos campos de trigo recién cortado reflejaban los
rayos del sol como un espejo dorado.
Se hacía difícil respirar en la taquilla. Solté hastiado mi pluma y me dirigí a la puerta. Uno de
los muchos trenes de carga que a diario llegan a Campiglia para desenganchar o llenar vagones
vacíos con mineral de hierro, estaba entrando. Mientras curioseaba sin objeto; vi que algo saltó
de uno de los carros de carga: un perro.
Al principio me pareció un animal muy ordinario, de raza indefinida, de tamaño regular y
pelaje más bien largo, blanco con manchas de color castaño rojizo. Olfateo el aire, se estiró
perezoso, miró a derecha e izquierda como para orientarse, y caminó hasta la fuente
de agua pública donde aplaco una sed bien notoria y explicable.
Volví a mi oficina y reanudé mi trabajo. Momentos después, apareció frente a mí un par de ojos
implorantes. "!Hola!", saludé. "¿Qué haces aquí?" Por el tono de mi voz comprendió que era
bienvenido y comenzó a menear la cola, a ladrar y a restregar su hocico contra mi pierna. Así
fue como nos conocimos.
Acto seguido estableció residencia. Se acurrucó bajo la mesa y, tras un bostezo, se echó a
dormir. Todavía estaba dormido cuando yo, terminado mi turno, tomé el tren de retorno a mi
casa en Piombino, lugar situado a unos 15 kilómetros al oeste de Campiglia Marittima, en un
promontorio con vista al mar Tirreno.
Cuando llegué a la estación al día siguiente, aún dormía. Pero no bien hubo despertado, me
tributó una bienvenida tan alborozada que me costó calmarlo. Me sorprendió encontrarlo allí
todavía. Mis compañeros comentarían más tarde que no pudieron deshacerse de él.
Desde aquel día del verano de 1953, se convirtió en mi sombra. Me seguía a todas partes,
incluso al restaurante donde yo solía comer; en ese mismo sitio ordenaba para él un buen tazón
de sopa.
Se hizo amigo de todos los trabajadores ferroviarios y de cuanta persona le mostrara interés.
Puesto que había aparecido en nuestras vidas de una manera tan inesperada, decidimos
llamarlo Lampo: "Relámpago".
Lampo pasaba sus días en Campiglia observando la carga y descarga de trenes, y mirando
trabajar a los guardavías, empleados del correo, policías del ferrocarril y despachadores.
Visitaba con frecuencia las oficinas; ahí intercambiaba saludos con los empleados y, de vez en
cuando, realizaba cortas siestas. A mediodía iba a la cantina a conseguir un par de bocados.
Cuando el tiempo era bueno, se tendía en una de las plataformas para disfrutar del sol y
observar el presuroso movimiento de pasajeros. Pero su lugar predilecto era mi oficina: la
taquilla. Cuando, al terminar mi trabajo cada día yo tomaba el tren de regreso a Piombino, me
costaba mucho persuadir a Lampo para que no me siguiera. Una vez cerradas las puertas y,
habiendo partido el tren de la estación, Lampo corría un largo trecho junto al convoy hasta que,
convencido de la futilidad de su esfuerzo, retornaba triste a Campiglia. De buena gana le habría
comprado un billete especial para llevarlo a presentar con mi esposa Mina y con mi hija Mirna,
quien tenía entonces cuatro años; sin embargo, dado que yo no era el dueño legal, no me podía
tomar esa libertad. El can, empero, encontré la solución. Un buen día disfrutaba yo del paisaje
rural, en un atardecer de fines del otoño, cuando me percaté que él estaba acostado a mis pies
en el compartimiento del tren como si fuera la cosa más natural del mundo. Levantó la cabeza y
me miró con expresión satisfecha.
"¿Cómo diablos conseguiste subir?", lo reprendí. Salí al pasillo para ver si el inspector andaba
cerca. Tomé luego al perro por el pescuezo, lo metí bajo el asiento y puse mis piernas delante
suyo para mantenerlo oculto. Por fortuna era un viaje corto y el guarda no se dio cuenta de
nada.
Cuando llegamos, me siguió a casa; esta se hallaba a escasos metros de la estación. Al abrir la
puerta, mi hija vino corriendo a saludarnos. ";
Este es el pequeño Lampo! ", exclamó jubilosa, sin perder tiempo en hacer que él se sintiera
aceptado.
A la hora de la cena, fue el invitado de honor y el centro de la atención. Meneaba la cola antes
de cada sabroso bocado, haciéndonos saber que se sentía muy a gusto con nosotros. Pero
después de comer, no hacía más que mirar con ansiedad la puerta. Cuando al fin la vio
entreabierta se precipitó afuera, salto la cerca del frente y desapareció. No volví a verlo hasta el
día siguiente, en Campiglia. Observando la calma y dignidad de cualquier otro pasajero con
boleto pagado, había tomado el tren de retorno a la morada de su selección.
Pasajero cotidiano
LAMPO sabía para entonces que mi turno vespertino terminaba a las 9 de la noche, hora en
que por lo general yo tomaba el tren de regreso a Piombino; por esta razón él me esperaba
siempre en la Plataforma numero cuatro.
Al verme movía su cola, contemplándome con ojos expectantes. Cuando yo estaba seguro de
que el inspector no lo vería, le daba la señal; subía entonces al tren y de inmediato se arrastraba
debajo del asiento para no salir hasta el final del viaje. Pasaba un rato. con mi familia; hasta las
10:30, hora en que trotaba hasta la estación para abordar el ultimo tren de vuelta, a las 10:40.
No obstante, Lampo no se limitaba al paseo nocturno. Todos los trenes, ya sea de mañana o
tarde, eran para él una invitación abierta para viajar de ida y regreso a Piombino. Cuando
llegaba, visitaba a mi esposa e hija, a quienes acompañaba en sus salidas. En realidad llegó a
ser su escolta permanente, sobre todo para Mirna. Cada mañana, el fiel perro ascendía al tren
de las 7:20 en Campiglia para estar puntual en nuestra casa a las 8 y poder, de ese modo,
acompañar a la niña al jardín de infantes. Hecho esto, tomaba un tren de regreso a Campiglia,
tan sólo para volver a Piombino a las 11:30 y aguardar en el portal del jardín de infantes con el
fin de acompañar a Mirna de vuelta a casa.
Así fue como Lampo, en la mejor tradición del viajero, se aprendió el horario exacto de todos
los trenes que iban y venían entre Campiglia y Piombino.
Debería explicar que la línea de Piombino es un ramal que conecta con Campiglia: una activa
estación de la línea norte-sur que une a Roma y Turín. En Campiglia hay numerosas vías para
dar paso a los trenes de diversa velocidad: locales, rápidos, expresos y de carga. Todos los
trenes que van a Piombino, salen de la Plataforma número cuatro; sin embargo, por
razones técnicas, algunas veces son desviados a otra plataforma: como consecuencia de uno de
esos cambios, Lampo se equivocó en una ocasión al abordar. De seguro advirtió su error tan
pronto como el tren hubo partido; así bajó en la primera parada: San Vincenzo, y en seguida
subió al primer convoy que llegó en la dirección opuesta, con el objeto de regresar a Campiglia.
Lo vimos retornar y nos reímos. Jamás volvió a cometer aquel error. Había aprendido otro
importante detalle del servicio ferroviario.
Por las tardes, mientras yo me ocupaba de mi trabajo en la oficina, Lampo dormitaba en su
rincón predilecto cerca del radiador. Pero a eso de las 3 se despertaba al instante, enderezaba
las orejas, abría la puerta con el hocico y salía para regresar 10 minutos después, relamiéndose
con aire satisfecho.
Otra breve siesta, y el proceso se repetía. Una vez más retornaba, con expresión de contento, a
gozar un largo sueño.
La curiosidad me hizo seguirlo un día. Lampo se dirigió presuroso a la Plataforma número uno;
ahí se detenía el expreso Turín-Roma. El perro troto hasta el coche-comedor. Allí aguardé
sentado. Imagínense mi sorpresa cuando vi aparecer en la ventanilla de la cocina a un sonriente
cocinero que le arrojó huesos y trozos de carne. Lampo devoro todo aquello y volvió a mi
oficina.
Diez minutos después salió de nuevo; ahora con rumbo a la Plataforma número dos, donde
estaba por entrar el expreso Roma-Turín. Se detuvo a ladrar junto a la ventanilla del coche-
comedor. Otro cocinero de gorro blanco le sirvió una segunda opípara comida.
Un día le arrojaron una caja con sobras distintas de las habituales. Olfateo aquello y comprobé
que no era carne sino cáscaras de naranja. Ofendido hasta la médula, digirió por un rato la
mortificación que le aquejaba y retorno con ánimo huraño a la oficina.
Los relatos de sus hazañas no tardaron en propagarse, y Lampo pasó a ser tema de
conversación en todo el sistema ferroviario. Los viajeros que venían a la estación para esperar
un tren, o quienes estaban de paso por allí, habiendo preguntado por el diligente perro de
Campiglia, quedaban asombrados por su agudo comportamiento. Lo buscaban, le hablaban y
tomaban fotografías. El pequeño desheredado, hasta hacía poco tiempo desconocido y
abandonado, avanzaba a grandes pasos en el mundo.
También demostró ser un perro excepcional en otros sentidos.
Cierto día me hallaba con mi familia en una playa cerca de Piombino, cuando sentí en la
espalda el roce de algo caliente y mojado. Al girar, para gran sorpresa mía, encontré a Lampo
meneando la cola. ¿Cómo había llegado allí? Era muy probable que hubiera partido de
Campiglia en el tren de costumbre, y al no encontrarnos en casa nos siguiera hasta la playa
guiado por su instinto.
Como haya sido, lo cierto es que se divirtió en grande permaneciendo con nosotros hasta el fin
de la temporada. Le gustaba nadar horas y horas, revolcarse en la arena, dejarse mecer por las
olas en un pequeño bote de caucho. Sin embargo, de vez en cuando lo vi subir al sitio más alto
de la costa y contemplar el mar a la distancia. Había una actitud extraña en su conducta: la
ansiosa inquietud de quien espera.
Buenas conexiones
PLAYA, estación ferroviaria, una familia. • Cualquier otro perro habría estado satisfecho por
completo con esa vida. Pero no Lampo, puesto que no era un perro ordinario.
En ocasiones se mostraba inquieto en especial, y pasaba por alto sus siestas habituales para
inspeccionar los trenes de pasajeros que se detenían en la estación. Trotaba de un extremo a
otro de la plataforma, examinaba el tren entero desde la locomotora hasta el último vagón, y
regresaba a los vagones centrales donde los pasajeros se asomaban por las ventanillas. Trepaba
al tope de una de las escalerillas listo para saltar en cuanto el tren comenzara a moverse, y
permanecía contemplándolo hasta perderlo de vista. ¿Tramaba acaso algo nuevo?
Estábamos entonces en pleno invierno. En las plataformas los pasajeros, envueltos en abrigos,
golpeaban el suelo con los pies y se frotaban las manos para entrar en calor mientras esperaban
sus trenes. Lampo aguardó un poco alejado, observándolos con expresión indiferente, mientras
llegaba el expreso Roma-Génova con un largo silbido y se detenía en la Plataforma número dos.
Algunos viajantes descendieron, otros subieron, un empleado dio la señal y el tren continuó su
marcha. Los recién llegados se dirigieron a la salida; y la Plataforma dos quedó desierta.
Tuve la sensación de algo extraño y busqué a Lampo. No había señales de él. Supe que esa vez
había abordado, el tren para marcharse. A fin de asegurarme, busqué por toda la estación; pero
fue inútil, tan inútil como tratar de impedir que alguien abordara el tren.
Un torrente de pensamientos cruzó por mi mente. ¿ A dónde iría a parar? El tren rápido en el
que iba, haría su primera parada en Liorna, unos 70 kilómetros al norte; después en Pisa, La
Spezia y Génova. ¿ Cómo podría ser capaz de realizar trasbordos que lo trajeran de vuelta a
Campiglia?. Llamé a todas las estaciones en la línea con terminal en Génova, para rogar a mis
colegas que se mantuvieran alertas. Pasaron varias horas; todas las respuestas que recibí
fueron: ni rastro de Lampo.
Al caer la noche, descendió una densa niebla. De trecho en trecho se podían distinguir las luces
opacas de los semáforos y de las locomotoras detenidas. Por doquier se escuchaban los silbatos
estridentes y los gritos de los guardagujas al pasar de una vía a otra, mientras balanceaban sus
linternas con movimientos rítmicos.
—Si aparece Lampo llámame en seguida a Piombino —supliqué a
un compañero al abordar mi tren.
—Así lo haré —me contestó el encargado de la estación, al tiempo que daba al maquinista la
señal de salida con su bastón.
Mi humor disto de ser bueno aquella noche. Cada vez que Mirna me preguntaba por el perro yo
intentaba cambiar de tema.
Aún no salía del baño a la mañana siguiente, cuando escuché a mi esposa decir: "Bájate,
Lampo; sabes que no debes subir a las sillas". Corrí a la cocina y con la boca llena de pasta
dentífrica dije:
—¿Cuándo llegó? ¿Cuánto hace que está aquí?
—Desde las 8, como de costumbre —respondió mi esposa—. Estaba frente a la puerta,
esperando a Mirna para acompañarla al jardín de infantes. ¿ Qué tiene eso de particular?
—Pues que nuestro amigo subió ayer a un tren que lo llevó quién sabe dónde —repuse enojado
—. Y no sé cómo demonios lograste volver —lo increpé apuntándole con el cepillo de dientes.
Con el hocico contra el piso, el perro me miró con ojos atemorizados y con movimientos casi
imperceptibles de su cola.
Puesto que aquella era una hermosa tarde de sol, decidí dar a mi familia un paseo en
automóvil. Lampo permaneció un poco alejado en actitud compungida; era claro que deseaba
hacer las paces conmigo. "Arriba, viejo pillo", ordené mientras le abría la puerta del auto con
una exagerada reverencia. No esperé a que le repitiera la invitación. De un salto estuvo adentro,
entre mi esposa y mi hija.
—Me pregunto a dónde fue en este tren —comentó mi esposa.
—No tengo la menor idea. Me enteré que llegó a Campiglia a las 7:30 de la mañana en un tren
retrasado, y alcanzó la conexión para Piombino.
Nacido para viajar
SONÓ EL teléfono en mi oficina y una voz me dijo:
—Tu perro ha estado aquí en Civitavecchia desde esta mañana. ¿Quieres que lo enviemos de
regreso en el próximo tren?
—No es necesario, gracias. Tomará un tren de vuelta cuando le venga en gana. Además —
agregué riendo—, a Lampo no le gusta recibir ayuda.
En aquel tiempo no pasaba un día sin que recibiera noticias de la presencia de Lampo en esta o
aquella estación. No me habría sorprendido que lo hubiesen visto paseándose por el hielo
del polo norte. Lampo era ya un esclavo de la fascinación de los viajes en ferrocarril. Comenzó
con trayectos cortos, y terminó por visitar casi todas las estaciones dentro de un radio de 300
kilómetros. Cualquier tren local, directo o rápido, le venía bien con excepción de los convoyes
de carga (incómodos y monótonos) y los expresos que no hacían paradas en Campiglia.
Lo veía subir al tren Génova-Roma con la calma del viajero experimentado; y a las pocas horas
me informaban por teléfono de su presencia en la capital. Esa noche saltó del rápido Roma-
Turín, se desperezó, esperé que el tren reanudase la marcha, cruzó al otro lado de la estación
con los pasajeros y, tras empujar con el hocico la puerta de mi oficina hasta abrirla, me saludó
con alegres movimientos de cola. Luego visitó de prisa las otras oficinas como para informar a
todo el mundo que, aunque había estado en Roma, allí lo tenían de regreso.
Como era natural, todo aquello resultaba motivo de constantes polémicas en las que
intervenían el jefe de estación, los guardafrenos, los guardagujas, los policías del ferrocarril,
el gerente del bar y encargada del puesto de revistas. Aun así, nadie fue capaz de encontrar una
explicación lógica a los viajes de Lampo.
¿Cómo lograba acertar siempre en el tren de regreso a Campiglia? Algunos conjeturaron que
debió haber aprendido a leer los carteles indicadores, como "Roma-Turín" o "Génova-Roma",
adheridos a los coches. Otros pensaron que sabría contar y reconocer los números de las
plataformas cuando escuchaba por los altavoces los anuncios de partidas de trenes. Todos se
esforzaban por aportar un comentario ingenioso al debate.
En lo que a mí respecta, atribuía a la casualidad su retorno de los primeros viajes. Al cabo de un
tiempo, debió descubrir que para volver era necesario tomar un tren que corriese en dirección
opuesta la que había venido. Pero, ¿cómo explicar el hecho de que, en algunas ocasiones,
Lampo bajara de un coche de segunda clase procedente de Florencia, que está en un afluente de
la línea principal, y que veces fuera visto en estaciones secundarias? ¿ Era acaso que también
había aprendido los horarios de las líneas de entronque?
A medida que ganaba en experiencia, los viajes del perro se hicieron cada vez más frecuentes
complicados y misteriosos. Pero su punto de retorno era siempre Campiglia. Hasta se dio el
lujo de partir en un tren con rumbo al sur y regresar por el norte. Debió haber bajado en
Grosseto, Civitavecchia o Roma; luego habrá abordado por error un expreso que no se detuvo
en Campiglia sino que lo llevó hasta Liorna, donde subió a un tren en dirección opuesta.
También aquello ocurrió una sola vez —nunca repitió un error—, y de allí en adelante evité los
expresos. Nos vimos obligados a convenir que estaba dotado de un sexto sentido. Este animal
había nacido para viajar.
Si algunos trabajadores ferroviarios estaban dispuestos a festejar los viajes de Lampo y a cerrar
los ojos ante ellos, otros no. No es que fueran malos o mezquinos, pero un perro suelto en un
tren puede resultar peligroso. Si mordía a un pasajero, por ejemplo, ¿quién libraría a los
guardas de su responsabilidad? Con parte del personal en contra de él, la cuestión se hizo más
difícil para Lampo. Eludiendo a todos subía furtivamente a los trenes y se escondía como un
pasajero clandestino. Si lo echaban de un vagón, obedecía como resignado, pero
inmediatamente se introducía en el de atrás. Era un problema para el personal de los trenes.
Los empleados comprensivos, influidos por los otros, comenzaron a impedirle que subiera a los
convoyes. Era el momento de tomar medidas drásticas. Para poner fin a su vagabundeo, lo llevé
a Piombino, a que viviera con nosotros.
Exilio
Lo cuidamos, lo mimamos y lo divertimos, con la esperanza de que la distracción le haría
extrañar menos los trenes. Si aparecía por allí, los ferroviarios de Piombino tenían órdenes de
impedirle subir a los trenes que iban a Campiglia.
Mientras yo me encontraba en el trabajo, Lampo pasaba el tiempo placenteramente
entretenido en su vieja ocupación: acompañar a Mirna a la escuela, y a mi esposa a
sus compras diarias. También disfrutaba de largas siestas en el diván.
Puesto que se sabía nacido para viajar, a menudo puse mi automóvil a su disposición: actitud
que él aceptaba con gran entusiasmo. Antes que pudiera abrirle la portezuela, saltaba por la
ventanilla
—rasguñando de paso la pintura— hacia la comodidad del asiento delantero, quedando listo
para gozar del paseo.
En sus momentos de caminante, exploré cada rincón de Piombino. Su sitio predilecto era la
Piazza Bovio, orgullo de la ciudad, situada en el extremo del promontorio que da frente a la isla
de Elba hacia el sudoeste. Allí pasaba varias horas cada día, contemplando el mar.
Pero de ninguna manera había olvidado Lampo a la estación de Campiglia, a sus amigos y sus
trenes. Por el contrario, consideraba su ausencia como vacación forzosa, la cual debía soportar
con la esperanza de que concluyera pronto. Varias veces fue a la estación del pueblo, confiado
en poder abordar furtivamente un tren a Campiglia. Sobre todo por las noches, cuando
escuchaba el silbato y el sonido de un tren en la distancia, se mostraba inquieto y rascaba la
puerta del frente. A pesar de su mirada implorante, nosotros nos mantuvimos inflexibles.
Todo el personal de la estación de Campiglia lo extrañaba; lo mismo los niños que los
pasajeros. Los cocineros de los coches-comedor, acostumbrados a verlo esperar por ellos en las
plataformas, protestaron a gritos.
Cuando deduje que las aguas agitadas se habían calmado, me di por vencido. Continuar el
exilio de Lampo en Piombino habría sido arriesgado. Hasta la paciencia de un perro
tiene límites, y la suya estaba a punto de agotarse.
Un día lo dejamos solo en la estación de Piombino. Eludió a los empleados; se acercó con aire
indiferente a un tren, subió sin ser molestado y, cuando el convoy se puso en marcha, volvió a
ser libre.
De vuelta a Campiglia, a sus amigos de la estación, a su cama y a los coches-comedor, Lampo
fue otro perro. La lección había tenido en apariencia algún efecto. Dejó de subir a los trenes por
el simple gusto de viajar, y limité el uso de estos al mínimo necesario para cumplir con sus
compromisos en Piombino. Conseguí, además, disuadirlo de que me acompañara a casa.
Restringido a dos cortos viajes por día en una pequeña línea provincial de importancia
secundaria, se hallaría menos propenso a meterse en dificultades.
Su regreso llenó de alegría al personal de la estación, al que Lampo dedicó más tiempo
observando su trabajo.
Pero un día de cielo plomizo y llovizna agobiadora, Lampo anduvo nervioso. Recorrió inquieto
la estación de un lado a otro, sin poder quedarse tranquilo en un sitio. En la Plataforma
número cuatro estaba listo para salir el tren de las 15:40 horas con destino a Piombíno. El
perro troto fuera de la vista del empleado y abordo el convoy.
Descendió con precisión de autómata en la estación Populonia (entre Campiglia y Piombino), y
espero a que el tren reanudase la marcha. En la otra plataforma estaba detenido un convoy con
destino opuesto. No bien oyó el silbato del jefe de la estación dando al maquinista la señal de
prepararse para salir, Lampo cruzó las vías y trato de saltar al tren de Campiglia. Pero calculo
mal y al cerrarse las puertas automáticas quedó con la cabeza y parte del cuerpo adentro, y las
patas traseras y la cola afuera. Por suerte esas puertas tienen un borde de caucho que atenúa
la presión no obstante, el pobre animal aulló como si estuviese agonizando.
Los pasajeros quisieron ayudarlo pero no supieron cómo. No podían arrastrarlo hacia el
interior con las puertas cerradas. Por fortuna llegó a la carrera el inspector, quien hizo
funcionar la señal de emergencia. El maquinista detuvo en el acto el tren, las puertas se
abrieron y Lampo quedó tendido en el piso como una bolsa de papas. Estiró las patas, se
mordisqueo la piel, examinó sus costados para cerciorarse de que no faltaba nada y, tras
dedicar una mirada de consternación a los pasajeros —que ahora reían tranquilizados por el
final del percance—, buscó refugio debajo del asiento más cercano.
Cerca de allí estaba parado un hombre alto de aspecto autoritario. El individuo, que vestía un
abrigo gris y gorra negra de banda ancha, llamó con un gesto al inspector e intercambié unas
pocas palabras con él; luego, sacó papel y lápiz de un bolsillo y comenzó a escribir.
"EL viejo quiere hablar con usted", me notificó un mensajero.
Nuestro jefe de estación, un hombre bajo y gordo de 58 años, estaba siempre acicalado. Su
desconcertante minuciosidad se reflejaba en la pulcritud de su oficina; libros, ficheros y la
correspondencia: todo ordenado con escrupulosa precisión.—Debes deshacerte del perro—
observó—. No puede estar más en la estación.
—Pero, ¿ por qué esta decisión repentina? —pregunté molesto ¿Es que hizo algo indebido?
—Que yo sepa, no. Pero podría ocurrir, y como responsable del buen funcionamiento de este
lugar
quiero prevenir problemas. Además, muchos inspectores me han presentado quejas por la
libertad de que goza el perro en los trenes. De manera que o te desprendes de él o llamaré al
perrero, y lamentaría tener que hacerlo.
De regreso en mi oficina, me puse a meditar en el difícil y penoso problema; en tanto Lampo,
ajeno a la crisis, dormía con placidez en su rincón. Podía llevarlo otra vez a casa. Pero me
pregunté si, a pesar de su afecto por mi familia, no tendríamos que mantenerlo atado día y
noche en el jardín para retenerlo. Había nacido para ser libre. ¿Cómo podría dejarlo encerrado
lejos de sus amigos, de su estación, de sus trenes?
Hablé del asunto con los otros empleados de la estación y decidimos alejarlo de nosotros en la
misma forma en que había venido: poniéndolo en un tren con el destino más distante posible.
Un tren vacío estaba por salir sin paradas hacia el sur. El guardafrenos de relevo me aseguré
que abandonaría al perro bastante lejos, en campo abierto, sin estaciones en las proximidades.
Todos estuvimos presentes para despedirlo. Desde el vagón de carga, Lampo nos miró con ojos
tristes e implorantes. Cuando sonó el silbato de la locomotora cerramos las puertas del vagón y
el tren comenzó a moverse. Lo seguimos en silencio con la vista hasta que se perdió en el
horizonte.
Apenas habían trascurrido algunas horas cuando ya todos extrañábamos a Lampo como si se
hubiese marchado desde hacía mucho. Pero un par de días más tarde vi al mismo guardafrenos
descender de un tren.
"Tuvimos un tiempo horrible", comenté. "La tormenta había dañado un puente. Entre Anzio y
Nettuno; tuvimos que detenernos, y he aquí que el perro saltó. Se fue corriendo por los
campos".
Regresamos a nuestras oficinas sin decir nada. "Tan sólo 300 kilómetros de aquí", apunté. "Lo
veremos en cuestión de horas".
No estaba equivocado. Lampo no tardó en bajar de un tren rápido procedente de Roma, y se
apresuro a saludarnos.
Esa noche lo pusimos en un rápido con destino a Nápoles. Pero en esa ocasión tomamos todas
las precauciones posibles. Lo encerramos en la jaula para perros ubicada en el vagón de
equipaje; además, el inspector nos prometió que en Nápoles lo trasbordaría a otro tren rápido
con destino más al sur.
"Nunca más"
LAMPO se había ido hacía cinco meses. Todavía mi atención se desviaba a menudo de mi
trabajo al rincón donde solía dormir. En cuanto llegaba a casa por las noches, Mirna me
preguntaba:
—¿Ha regresado, papito?
—Todavía no, Mirna... pero volverá —le contestaba yo.
No me animaba a decirle por el momento la verdad.
Al cabo de un tiempo cesó de preguntar. Yo pensé que había olvidado a Lampo; pero una
noche, al pasar por su cuarto, escuché el murmullo de la voz de Mirna elevando una plegaria:
"Querida Virgen María. Tú que eres tan buena a protege a Lampo, cuida que esté bien y
ayúdalo a dar con el camino de regreso".
Más tarde cuando ya estaba profundamente dormida, la arropé mientras susurraba: "Te
conseguiré otro perro para ayudarte a olvidarlo".
El invierno había terminado: los almendros y durazneros de los campos cercanos a la estación
estaban en flor. Las primeras golondrinas aparecieron en el cielo para anunciar la primavera.
La llegada de la temporada florida nos alegro un poco a todos; empero, en la estación parecía
faltar algo. Cuando los viajeros querían saber del perro les decíamos con tristeza: "Ya no está
aquí. Escapó". A menudo, los cocineros de los coches-comedor se asomaban por las ventanillas
para llamarlo. Nos encogíamos de hombros y les decíamos malhumorados: "No pierdan el
tiempo. No anda ya por aquí. Se ha marchado".
Todos nos sentíamos culpables.
Hasta el jefe de la estación se mostraba apenado. Cada vez que, en una conversación, surgía el
tema del perro, él daba la vuelta y se alejaba de allí.
Un día en el que yo estaba saturado de trabajo y mal humor, escuché un repentino bullicio.
Antes que pudiera moverme, uno de mis compañeros abrió la puerta y exclamó: "¡Ven a ver!"
Sorprendido y dominado por la curiosidad, salí de inmediato. Frente a mí, estaba parado un
perro muy flaco que meneaba la cola con lentitud y me miraba con ojos todavía brillantes a
pesar del dolor reflejado en ellos. Parecía un fantasma. Abrumado por la emoción, lo alcé en
mis brazos. Apenas pude murmurar: "¡Lampo, querido Lampo! ¡Nunca volveré a alejarte de
nosotros!
Como si hubiese entendido, me lamió la cara varías veces. Lo devolví al suelo y enjugué las
lágrimas que había tratado de contener.
Todo el mundo dejó el trabajo por un momento y vino a saludarlo. La estación resono con
gritos de júbilo: "¡Lampo ha vuelto! ¡Lampo ha vuelto!" No tardó en formarse un gentío
alrededor del perro. Algunos repetían su nombre. Otros lo acariciaban y palmeaban.
Lampo parecía encantado. El grupo abrió entonces paso al jefe de la estación; este se agachó y
palmeó al perro, antes de expresar con emoción mal disimulada:—Cuídenlo para que se
reponga. Aquí se queda.
-- Yo me encargo, jefe —respondí con entusiasmo. Me era imposible apartar mi vista de Lampo.
Noté que andaba con dificultad y que tenia las plantas de las patas hinchadas con grietas, tintas
en sangre. Su pelo, antes blanco y denso, estaba ahora sucio y grisáceo, con algunos lugares
raleados que revelaban manchas rojizas en su piel. Sus costillas sobresalían lastimosamente de
su cuerpo macilento. Traía en el cuello —magullado, hinchado y sembrado de coágulos de
sangre— un collar de alambre del cual pendía un corto trozo de cuerda. Le quité el collar, y
llevé al perro en brazos a mi oficina. Le dimos un tazón de leche caliente; lo bebió con avidez
pero muy despacio. Al parecer le causaba dolor tragar. De tiempo en tiempo se detenía, se
volvía hacia mí y agitaba alegre su cola. Cuando terminó la leche quiso salir. Recorrió
renqueando todas las oficinas que le eran tan caras y saludó a sus amigos con movimientos de
rabo. Luego se acurrucó en su rincón favorito y cayó en un profundo sueño. Pero era un sueño
agitado. Su cuerpo no cesó de temblar. ¡Pobre Lampo! pensé. ¡Cuántas penurias habrás
sufrido! Cuando finalicé mi turno él aún dormía; yo subí a mi tren para Piombino silbando
feliz. Mi esposa e hija me esperaban en la estación; apenas descendí, Mirna exclamó rebosante
de felicidad:—Ha vuelto Lampo, papá, ¿no es cierto? Los ferroviarios del pueblo le habían dado
la noticia. Cuando llegué a la estación de Campiglia a la mañana siguiente.
Lampo trató de levantarse en cuanto me vio pero no pudo. Sólo meneé la cola. "Está de veras
mal", comenté un guardagujas. "No conseguimos hacerle comer ni un solo bocado".
Lo acaricié murmurando: "Querido Lampo, lo siento. Yo fui quien te puso en el tren que te
alejé; pero, créeme: no quise hacerlo sino que fui obligado". Como si comprendiera, el perro
dejó escapar un débil quejido. "Olvida lo pasado. Trata de comer y de reponerte. Nunca volveré
a separarte de nosotros", le repetí. Lampo se incorporo y traté en vano de beber la leche del
tazón. Esto me preocupo.
Al llegar los trenes con coches-comedor, el perro trató de levantarse. Pero estaba demasiado
débil y se dio por vencido.
Esa noche lo llevé a casa conmigo. Mirna solté el llanto al verlo. Al día siguiente, el veterinario
de Piombino me explicó: "No sólo ha sufrido muchísimo, sino que ha contraído una infección
intestinal. Es irremediable. Sólo vivirá unas pocas horas más".
En casa lo vimos pararse con dificultad y caminar despacio hasta la puerta. Me di cuenta de que
quería salir y tomar el tren de regreso a la estación.
Saqué mi auto del garaje. Mirna y mi esposa acariciaron llorando al animal cuando partía con
él a Campiglia. Lo acosté con cuidado en mi oficina, lo acaricié y, con voz entrecortada por la
emoción, me despedí del animal: "Adiós, Lampo. Perdóname".
Antes de cerrar la puerta me volví para mirarlo, y en sus ojo brillantes observé un mensaje de
gratitud por haber podido retornar a su reino por última vez.
Al subir al tren a la mañana siguiente, escudriñé los rostros de personal nocturno, en espera de
malas noticias. Pero nadie dijo una sola palabra.., eso me dio algo de esperanza. Al llegar a
Campiglia, corrí a mi oficina, abrí cor aprensión y lentitud la puerta: Lampo me esperaba de
pie. Corrí al bar en busca de una taza de leche caliente: él la bebió con avidez, Quizá lo peor
había pasado.
La llegada del tren rápido disipo por completo nuestros temores. Apenas lo oyó, alzó las orejas
y enfilo hacia el coche-comedor. Todos lo seguimos y, para nuestra alegría, vimos cómo
devoraba un buen pedazo de carne arrojado por uno de los cocineros.
Se había salvado. Su viaje de la noche pasada no había sido el último. Iba a recorrer muchos
kilómetros más en tren: aún había mucha gente y un montón de cosas por conocer.
Recuperado por completo, Lampo volvió a ser el anterior perro de fina estampa. Reanudo sus
hábitos despreocupados y, por supuesto, sus viajes. Ya sin inhibiciones, deambulaba ahora casi
por doquier. Momentos después de descender de un tren, subía a otro. Pero no por eso dejó de
atender sus obligaciones: cada mañana aparecía exacto en nuestra casa, para acompañar a
Mirna a la escuela primaria. Y al anochecer, tomaba conmigo el tren a Piombino.
¿Dónde había estado todos aquellos meses? El inspector que lo había protegido lo entregó, en
Nápoles, a un colega cuyo tren partió con rumbo a Batí, en la costa oriental de Italia. Ese colega
informó que el perro había saltado fuera del tren en la estación de Barletta, en la costa del
Adriático, a 686 kilómetros de Campiglia.
Recuerdo que un maquinista que venía del sur me conto que un día, al entrar en la estación de
Reggio Calabría con un tren de carga, había visto deambular a Lampo fuera del edificio de
pasajeros. Cuando detuvo su máquina, se apresuré a buscarlo, pero el perro había
desaparecido. Estaba seguro de que era Lampo.
Aquello agregaría otros 500 kilómetros al viaje del perro, y sumaria un total de 1.200 en una
dirección. Lampo había viajado desde la costa del Tirreno a la del Adriático, y de allí al
sudoeste, para volver a cruzar la península hasta la punta de la bota italiana.
Jamás sabremos cuántos kilómetros recorrió o cuántos trenes abordo antes de dar con los
requeridos para su regreso. El alambre que rodeaba su cuello y el pedazo de cordel adherido a
él, sugieren que en algún momento de su deambular fue atrapado por un labriego. Había
logrado cortar la cuerda con los dientes y escapar. Conseguir alimento debió haber sido difícil.
Quién sabe lo que comió el pobre animal.
Eso fue todo cuanto pude reconstruir de su odisea, e incluso ese cuadro fragmentario requirió
una buena parte de imaginación. Pero Lampo ya tenía sus miras puestas en el futuro.
¡Celebridad!
COMENZAMOS a recibir una llamada telefónica tras otra provenientes de estaciones
ferroviarias cercanas y distantes. Todos querían conocer detalles del regreso de Lampo.
Además tuvimos que dar seguridad a todos de que nunca más volveríamos a enviarlo lejos de
nosotros.
Cada vez que llegaba un tren, no faltaban pasajeros que se asomaban a las ventanillas para
preguntarnos con tono incrédulo acerca de la famosa reaparición del perro. Los niños,
admirados y cariñosos, venían en bandadas para rodearlo y acariciarlo. Lampo parecía
entender y divertirse con todas esas demostraciones de afecto.
Si antes hubo algún ferroviario que no simpatizaba mucho con él, el mismo trataba ahora de
ser su amigo. Pero fiel al dicho: "Me quiebro pero no me doblo", el can recibía las atenciones de
ciertas personas con calculada indiferencia o en ocasiones con un gruñido, para dejar
constancia de que no olvidaba.
Muchas cosas cambiaron. Guardatrenes que siempre habían tratado de impedirle que subiera,
fueron entonces más indulgentes. Lo mismo ocurría con los, maquinistas y vigilantes. A pesar
de esta tolerancia, Lampo no abandonó su costumbre de ocultarse debajo de los asientos.
Con el trascurso del tiempo, su popularidad creció más y más. La Corporación Italiana de
Radiodifusión le dedicó un programa de radio. Los periódicos comenzaron a publicar artículos
acerca de él; las notas iban acompañadas por fotografías y títulos como Lampo el perro
ferroviario, Lampo el perro viajero, Lampo el perro expreso o Lampo, el perro prodigio.
El paso de los años también le dejaba su huella. No obstante, antes de su "jubilación", quedaba
un diamante más —el más preciado de todos— por engarzar en su collar de celebridad. En
noviembre de 1958, la Corporación Italiana de Radiodifusión hizo saber que deseaba filmar a
Lampo para un programa de televisión.
A la semana siguiente nos comunicaron por teléfono que el permiso de las autoridades
ferroviarias había sido obtenido y que los técnicos de la televisión estarían con nosotros dos
días más tarde antes de las 9 de la mañana. Debíamos procurar que el perro estuviese allí, y que
no decidiese emprender uno de sus viajes.
El primer día pudimos mantenerlo ahí; pero en la víspera del gran día eludió por un instante
nuestra "vigilancia especial" y se metió en un tren rápido con destino a Roma, dejándonos en la
desesperación. Nos comunicamos con cada estación de la línea, y les dimos un mensaje: "Si ven
a Lampo por allí deténganlo, con vida si es posible, y envíenlo de regreso a Campiglia en el
primer tren". Mas no hubo señales de él. Al caer la noche habíamos perdido las esperanzas de
ver a Lampo en la televisión.
A la mañana siguiente fui temprano a Campiglia. Era mi día libre, pero quería estar allí. En la
estación se había congregado una turba de curiosos para presenciar la filmación. Una campana
anuncio la inminente llegada del tren que traía a la gente de televisión. Sólo faltaba el
protagonista. Entró entonces un tren que venía de Grosseto. De uno de los vagones descendió
Lampo. Caminó hacia nosotros con alegres movimientos de su cola y con una expresión curiosa
e irónica en la mirada.
A las 8 estuvimos todos allí. Mientras preparaban las cámaras los técnicos pidieron detalles de
los hábitos del perro. Yo les sugerí que se limitaran a seguirlo. Manifeste que estaría preparado
para intervenir en caso de necesidad.
Así se filmé Lampo el perro viajero. Gracias a ese documental, la fama del perro se propagaría
por toda Italia y más allá de sus fronteras. Varias semanas después recibí una carta de mi tía
desde San Francisco (California), junto con recortes de periódicos acerca Lampo. También
llegó un paquete de bizcochos por correo aéreo desde Buffalo, en el estado norteamericano
de Nueva York.
El anciano
EL TREN se detuvo en la Plataforma uno; se abrieron las puertas; algunos pasajeros
descendieron, otros embarcaron. El ruido que hacían los cargadores con sus carretillas repletas
de maletas, los gritos del muchacho que vendía refrescos y de la mujer del puesto de diarios:
todo era ahogado por la resonancia de un altavoz que repetía: "Campiglia Maríttima..."
Lampo estaba parado en medio de toda aquella confusión, con la mirada fija y las orejas
alzadas, atento a los movimientos del cocinero en el coche-comedor. Pero el hombre estaba
ocupado y no le presto atención.
Yo observaba divertido la escena cuando sentí que me tiraban de la manga del saco.
—¿Puede usted decirme cuándo sale un tren para Liorna?
—A las 5 de la tarde, de la Plataforma número dos —contesté—. Exactamente dentro de dos
horas.
Era un anciano delgado de unos 75 años, quien vestía un deshilachado saco de algodón azul
demasiado grande para él. Entre el ancho sombrero de paja calado por encima de sus orejas y
la barba blanca, era posible distinguir un par de pequeños ojos negros y una nariz aguileña algo
violácea. En sus manos curtidas sostenía una maltrecha valija de fibra, atada con una gruesa
cuerda de cáñamo. Me llamaron la atención su aspecto estrafalario y su fuerte acento liornés.
—¡Ay de mí! Me quedé dormido y no bajé en Liorna. ¿Que no me aflija dice usted? ¡Cómo
diablos no voy a afligirme si tengo que gastar ahora más dinero para el boleto!
Mientras gritaba, sus inquietos ojos recorrieron cada detalle de la estación, hasta quedar fijos
en el perro.
El tren se puso en movimiento y Lampo troto junto al coche-comedor, todavía esperanzado en
recibir su porción de comida. El anciano se echó a correr hacia el perro, arrastrando con él su
descomunal maleta. El tren fue acelerando y Lampo se detuvo para seguirlo con la vista. El
hombre dio alcance al animal y le dijo algo. El perro se volvió, levantó las orejas, lo estudió por
un momento y comenzó a dar círculos alrededor de él sin dejar de olfatearlo.
El viejo volvió a hablarle. De pronto vi a Lampo agitar la cola, saltar y poner sus patas
delanteras en las rodillas del hombre, frotar su hocico contra sus pantalones y gruñir con
excitación. El anciano lo acaricio, declarándole con voz entrecortada: "¡Viejo tunante! Y yo creí
que estabas muerto o quién sabe dónde".
Me acerqué para indagar si conocía a ese perro.
—¡Oh, sí! —me contestó—. Es Bigheri, el norteamericano. Y después que el barco de Estados
Unidos zarpo fue mío. ¡Eh, Bigheri!,
¿recuerdas lo alterado que estabas, y cómo durante días después de haber partido tu barco
permaneciste en el muelle mirando al mar?
—¿Mirando al mar? —repetí con voz trémula. -
—Así fue. Esperaba que el barco volviese para recogerlo, pero no vino. ¡Ah, Bigheri, cómo te
buscaron los marinos! En especial aquel alto y delgado que te buscó por toda la bahía. Pero el
capitán dio la orden de zarpar y eso fue el fin, ¿eh, Bigheri?
El viejo acariciaba al perro; este lo contemplaba con embeleso.
—No debiste haber desembarcado aquel día pero lo hiciste, como todo marinero, con la idea de
disfrutar alguna aventurilla.
—¿ Está usted seguro de que era un barco norteamericano? —le pregunté.
—He sido cuidador del puerto durante años, y he visto atracar y zarpar tantos barcos que puedo
reconocerlos a mucha distancia —me confesó; luego volvió a dirigirse al perro—: Mi cobertizo
no era un palacio, pero te traté bien y nos hicimos compañía uno al otro. Hasta que
desapareciste. Te busqué durante varios días. Me dijeron que te habían visto vagar cerca de la
estación. Fui pronto allí pero no te encontré.
—En efecto, estuvo en la estación —apunté yo para completar el relato—. Pero estaba a punto
de ser capturado por el perrero; y para evitarlo, uno de los cargadores lo puso en el tren que lo
trajo aquí.

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