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EL CASO DE LOS
EXPLORADORES DE
CAVERNAS
LON L. FULLER
Traducción de Genaro R.
Carrió y Leopoldo J. Niilus
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NOTA PRELIMINAR
Los hechos de este caso imaginario no son
totalmente imaginarios. Fuller afirma que le
fueron sugeridos por Queen vs. Dudley y
Stephens (L.R. 14 Q.B. Div. 273; 1884) y por
United States vs. Holmes (Wall. 1; 1842).
Tampoco lo es —aunque en otro sentido— la
Corte Suprema de Newgarth y sus cinco
miembros. Éstos representan otras tantas
actitudes o “filosofías” frente a los problemas
jurídicos. Truepenny, Foster, Tatting, Keen y
Handy son, por cierto, caricaturas. Fuller se
apresura a reconocerlo. Pero cada uno de
ellos, con unilateral determinación, exhibe
rasgos que, combinados en proporciones
diversas, definen a los jueces de carne y hueso
que conocemos, y permiten clasificarlos.
Este ensayo jurídico, de naturaleza tan poco
convencional, llegará a ser clásico. Es una
pequeña obra maestra; cada nueva lectura
descubre nuevas sutilezas. Su idea central es
mostrar cómo los problemas más abstractos
de la filosofía jurídica, gravitan en la decisión
de las controversias que se ventilan en los
tribunales, de suerte que el esclarecimiento de
aquéllos no es un mero placer para
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especialistas, sino una premiosa urgencia.
Esa idea está ejecutada admirablemente. Sólo
cabría reprochar a Fuller, me parece, haber
puesto mucha luminosidad en la
argumentación de Foster y bastante menos en
la de los otros. ¿Será ello prueba de que, como
piensan algunos, Foster es menos una
caricatura que un autorretrato?
“El caso de los exploradores de cavernas”
está especialmente adaptado para servir de
valiosa herramienta en la enseñanza del
Derecho. Abre ante nuestros ojos una segura
y apasionante vía que conduce directamente
al corazón de los grandes temas de la teoría
jurídica, en un contexto atractivo, liberado de
la pesadez y solemnidad que caracteriza a
muchas de las exposiciones tradicionales.
Favorece la discusión y el análisis; permite
contraponer posiciones antagónicas en
relación con dificultades concretas, aclarando
así el significado efectivo de aquéllas; muestra
cómo los problemas capitales de la teoría
jurídica se presentan indisolublemente ligados
entre sí, pero también pone en guardia contra
el riesgo de confundirlos.
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La afirmación de que "El caso de los
exploradores de cavernas" es una herramienta
valiosa para la enseñanza del Derecho está
basada, en este caso, en la propia experiencia.
La traducción que ahora damos a la imprenta
fue especialmente preparada para uso de los
estudiantes del Curso de Promoción sin
Examen de Introducción al Derecho,
desarrollado en el segundo semestre de 1960
por Guillermina del Campo, Carlos E.
Alchourrón, Eugenio Bulygin. Leopoldo Niilus
y el suscripto, en la Facultad de Derecho de
Buenos Aires. Pudimos apreciar entonces en
forma directa el alto valor pedagógico de este
singular texto jurídico. Ello nos ha decidido a
publicarlo.
Por mi parte, abrigo la esperanza de que
esta versión de la infortunada suerte de los
exploradores de cavernas pueda ayudar a que
muchos abogados se reconcilien con la
Filosofía del Derecho, al hacerles ver que el
ejercicio de tan alta disciplina no está
necesariamente reñido con la claridad y que, a
veces, es incluso compatible con el sentido del
humor.
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Quiero agradecer, por último. al Profesor
Lon L. Fuller y a la Harvard Law Review
Association, su gentil autorización para
publicar esta versión castellana.
GENARO R. CARRIÓ
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EL CASO DE LOS EXPLORADORES DE
CAVERNAS
Suprema Corte de Newgarth — Año 4300
Los acusados fueron procesados por
homicidio. El tribunal del Condado de
Stowfield los declaró culpables y fueron
condenados a la horca. Los aludidos apelan
ante esta Corte. Los hechos aparecen con
suficiente detalle en la relación del señor
Presidente.
Presidente Truepenny. Los cuatro acusados
son miembros de la Sociedad Espeleológica,
que es una organización de aficionados a la
exploración de cavernas. A principios de mayo
de 4299, en compañía de Rogger Whetmore,
en aquel entonces miembro también de la
Sociedad, penetraron en el interior de una
caverna de piedra caliza, del tipo que se
encuentra en la Plataforma Central de este
Commonwealth. Cuando se hallaban ya lejos
de la entrada de la caverna, tuvo lugar una
avalancha. La única abertura conocida de la
caverna fue completamente bloqueada por
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pesados cantos. Al descubrir su situación, los
exploradores se ubicaron en las cercanías de
la entrada obstruida para aguardar que
alguna partida de rescate removiera los
escombros que les impedían salir de su
prisión subterránea. Al no volver Whetmore y
los acusados a sus casas, el secretario de la
Sociedad fue notificado por las familias de
aquellos. Los exploradores habían dejado
indicaciones en la sede central de la Sociedad
acerca de la ubicación de la caverna que se
proponían visitar. Una partida de rescate fue
enviada de inmediato al lugar indicado.
La tarea de rescate, empero, resultó de
extraordinaria dificultad. Se hizo menester
engrosar las fuerzas de la partida originaria
con repetidos envíos de hombres y máquinas,
cuyo transporte a la lejana y aislada región en
la que se hallaba la caverna fue realizado a
elevado costo. Se instaló un enorme
campamento de obreros, ingenieros, geólogos
y otros expertos. Las tareas de remoción
fueron varias veces frustradas por nuevas
avalanchas. En una de ellas perecieron diez
obreros ocupados en despejar la entrada. Los
fondos de la Sociedad Espeleológica se
agotaron rápidamente con los trabajos de
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rescate y se gastó la suma de ochocientos mil
frelares —en parte obtenidos mediante
suscripciones populares, en parte votados por
resolución legislativa— antes de poder
rescatar a los atrapados. El éxito fue
finalmente alcanzado el trigésimo segundo día
a contar de la entrada de los exploradores en
la caverna.
Como se sabía que los exploradores habían
llevado consigo solo escasas provisiones, y
como también era sabido que la caverna no
contenía sustancia animal ni vegetal que
permitiera subsistir, desde un principio se
previó la angustiosa posibilidad de que los
prisioneros perecieran por inanición antes de
que se hiciere viable un acceso a ellos. Recién
el vigésimo primer día se supo que aquéllos
habían llevado consigo a la caverna un equipo
inalámbrico portátil con el que se podía tanto
transmitir como recibir mensajes. De
inmediato se instaló en el campamento de
rescate un equipo similar y se estableció
comunicación oral con los infortunados
exploradores. Estos pidieron que se les
informara qué tiempo insumiría su liberación.
Los ingenieros a cargo del proyecto
contestaron que harían falta por lo menos diez
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días, y siempre que no ocurrieran nuevas
avalanchas. Los exploradores preguntaron,
entonces, si había algún médico presente y se
les puso en comunicación con una comisión
de ellos, a quienes describieron su condición y
dieron cuenta de las raciones que habían
llevado consigo. Por último, les solicitaron la
opinión médica acerca de la probabilidad de
seguir subsistiendo sin alimentos durante diez
días más. El jefe de la comisión de médicos les
informó que había muy poca.
El equipo inalámbrico del interior de la
caverna se mantuvo silencioso durante las
siguientes ocho horas. Al restablecerse la
comunicación, los exploradores pidieron
hablar nuevamente con los médicos. El jefe de
la comisión se acercó al aparato, y Whetmore,
hablando por sí y en representación de los
otros, preguntó si comiéndose a uno de ellos
los restantes podrían sobrevivir diez días más.
Ninguno de los médicos se mostró dispuesto a
responder. Whetmore preguntó entonces si
había algún juez u otro funcionario público en
el campamento que quisiera contestar aquella
pregunta. Nadie se mostró dispuesto a
hacerlo. Whetmore inquirió si había algún
ministro religioso o sacerdote que quisiera
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contestar a su pregunta, y no pudo
encontrarse ninguno. Después de ello no se
recibieron ulteriores mensajes desde la
caverna y se presumió (erróneamente, según
pudo comprobarse más tarde) que las pilas del
equipo inalámbrico de los exploradores se
habían agotado. Cuando los prisioneros
fueron finalmente rescatados, se supo que el
día vigésimo tercero a contar de su entrada a
la caverna, Whetmore había sido asesinado y
comido por sus compañeros.
De las declaraciones de los acusados,
aceptadas por el jurado, surge que fue
Whetmore el primero en proponer que alguno
de los exploradores sirviera de alimento a los
demás. También fue Whetmore el primero en
proponer que se echaran suertes, a cuyo fin
exhibió a los acusados un par de dados que
casualmente llevaba consigo. Los acusados se
resistieron en un principio a adoptar un
procedimiento tan desesperado, pero después
de las conversaciones por el aparato
inalámbrico, arriba relatadas, terminaron por
aceptar el plan propuesto por Whetmore.
Después de discutir largamente los problemas
matématicos involucrados, se arribó, por fin, a
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un acuerdo sobre el método para resolver la
cuestión mediante el uso de los dados.
Sin embargo, antes de que se arrojaran los
dados, Whetmore declaró que se retiraba del
acuerdo, pues reflexionando mejor había
decidido esperar otra semana más antes de
recurrir a tan terrible y odioso temperamento.
Los otros lo acusaron de violación de lo
convenido y procedieron a arrojar los dados.
Cuando le tocó a Whetmore, uno de los
acusados echó los dados por él, pidiéndosele a
Whetmore hiciera las objeciones que tuviere
en cuanto a la corrección de la tirada. Declaró
no tener ninguna objeción. El tiro le resultó
adverso, siendo luego privado de la vida y
comido por sus compañeros.
Luego del rescate de los acusados y después
que éstos pasaron una temporada en un
hospital donde fueron objeto de un
tratamiento por desnutrición y shock, se los
sometió a proceso por homicidio en la persona
de Roger Whetmore. En el juicio oral, una vez
concluida la prueba testimonial, el portavoz
del jurado, de profesión abogado, preguntó al
juez si el jurado no podría emitir un “veredicto
especial”, dejando al juez la determinación de
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la culpabilidad de los reos, sobre la base de
los hechos que resultaren probados. Luego de
alguna discusión, tanto el fiscal como el
abogado defensor dieron su conformidad a tal
procedimiento que fue adoptado por el
Tribunal. En un extenso “veredicto especial” el
jurado decidió que los hechos ocurrieron tal
como los acabo de relatar, y decidió, además,
que si sobre la base de estos hechos los
acusados eran culpables del crimen que se les
imputaba, entonces debía condenárselos.
Sobre la base de tal veredicto, el juez decidió
que los acusados eran culpables de homicidio
en la persona de Roger Whetmore. En
consecuencia, los sentenció a ser ahorcados,
pues la ley de nuestro Commonwealth no
permite discreción alguna con respecto a la
pena a imponerse a aquel delito. Disuelto el
jurado, sus miembros suscribieron una
comunicación al jefe del Poder Ejecutivo,
peticionándole que conmutara la pena de
muerte por la de seis meses de prisión. El juez
dirigió una comunicación similar al Poder
Ejecutivo. Aún no se ha adoptado resolución
alguna con respecto a esas peticiones, y
parece que el Poder Ejecutivo está aguardando
nuestra decisión en el presente recurso.
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Pienso que en este inusitado caso el jurado
y el juez siguieron un camino que, además de
ser justo y atinado, era el único camino que
les quedaba abierto con arreglo a las
disposiciones legales
Ministro Tatting: El Presidente de la Corte
nie ha preguntado si, después de haber oído
las dos opiniones que acaban de emitirse,
deseo reexaminar la posición previamente
adoptada por mí. Quiero expresar que
después de haber escuchado dichas
opiniones, mi convicción de que no debo
participar en la decisión de este caso se ha
robustecido considerablemente.
Hallándose dividido en forma pareja el voto
de los miembros de la Corte, la sentencia
condenatoria del tribunal a quo es
CONFIRMADA. Se ordena que la ejecución de
la sentencia tenga lugar el viernes 2 de abril
de 3300 a las 6 de la mañana, oportunidad en
la que el Verdugo Público procederá con la
diligencia del caso a colgar a cada uno de los
acusados del cuello hasta que muera.
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