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Cine y circo: magia y tragedia

El documento explora la relación entre el circo y el cine a lo largo de la historia, describiendo cómo el cine incorporó elementos del circo en sus primeras películas cómicas y cómo el circo fue representado de diferentes maneras en el cine de diferentes épocas y países, desde la comedia hasta la propaganda.

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Cine y circo: magia y tragedia

El documento explora la relación entre el circo y el cine a lo largo de la historia, describiendo cómo el cine incorporó elementos del circo en sus primeras películas cómicas y cómo el circo fue representado de diferentes maneras en el cine de diferentes épocas y países, desde la comedia hasta la propaganda.

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Hijo del circo y del vodevil

Fernando Zamora

El circo tiene diversos encantos. Por ejemplo, suele haber en él hermosos cuerpos jóvenes que
surcan el aire con leotardos coloridos. Hay en el circo muchachas con sombreros de pluma y
hombres que rompen cadenas con pectorales. Es por ello que resulta natural que el cine como
arte narrativo haya nacido de los amores del circo con otro oficio de mala fama: el vodevil. En el
circo, en el cine y en el vodevil hay magia. Y volamos. No sólo los trapecistas; vuela la
imaginación, nos creemos inmortales… y fracasamos. En el cine basado explícitamente en el
circo, nada es lo que parece. Los dueños de la troupe son metáfora de los explotadores del
mundo; las chicas son frágiles y han tenido que escapar de hombres crueles que en las pistas
flanqueadas con ponis y clowns se esconden de la ley. En el cine circense contrasta
particularmente lo más miserable y lo más esperanzador de ser humano. Es a un tiempo metáfora
del triunfo del artista y el fracaso de quien no es otra cosa que un payaso: un cirquero.
En The Rainbow Princess de 1916 el actor Jode Mullally se esconde entre la tropa
después de haber sido acusado injustamente de asesinar a su padre. Pero no nos adelantemos. La
relación cine-circo comenzó en tiempos de la comedia silente. Artistas como Chaplin, Linder o
Sennett introdujeron al cine rutinas conocidas en el circo desde mediados del XIX. Aún más
interesante se vuelve la relación cuando es El Western quien incorpora juegos circenses a la
pantalla. En 1927, Tom Mix tiene que rescatar a una heroína en The Circus Ace. Los límites se
habían roto. Hollywood se había vuelto un circo y un vodevil.
Fue durante la Primera Guerra Mundial que comenzaron a darse los contrastes entre lo
patético y lo heroico. El circo no era ya solo la rutina del payaso simpático; era el grotesco
hombre disfrazado de arlequín que interpreta Ernest Torrence en The Side Show of Life aunque
tal vez la película en que brilla más el patetismo del circo sea Dumbo, una de las películas más
crueles en la filmografía de Disney.
En The Marx Brothers at the Circus de 1939 el espectáculo recupera por un instante el candor de
las compañías que recorrieron Estados Unidos durante toda la primera mitad del siglo XX. La
película termina en clave alta: hay elefantes, un hombre fuerte, leones y un gorila llamado
Gibraltar.
Pero llegó la Segunda Guerra Mundial. Y el cine-circo se volvió propaganda Tsirk de Grigori
Aleksándrov es una joya del arte estalinista en que los estadounidenses son sociópatas que
representan todo lo malo del mundo. En la Alemania nazi sucedió algo similar: Arthur Maria
Babenalt filmó en 1943 Zirkus Renz una película que trataba de hacer olvidar a los alemanes el
verdadero rostro de Hitler, dueño de un circo que llevó a la engreída troupe alemana hasta el
abismo del Ser.
Hay dos secuencias de circo que, a mi juicio, son de lo más hermoso del arte visual. En Barry
Lyndon, de Stanley Kubrick el niño pregunta: “¿papá, voy a morir?” Escuchamos entonces los
acordes de La Sarabanda. Vemos un cortejo fúnebre en que los miembros del circo que hace días
divirtió al niño muerto ahora visten de luto. En lugar de la estruendosa música del circo, nos
golpea la música de Händel.
La otra gran secuencia circense tiene lugar en una obra difícil de conseguir: Aria dla atlety
(Aria para un atleta) es un filme polaco de 1979 que cuenta la historia de un niño con orejas
grandes que termina por volverse el hombre fuerte de un circo. El protagonista, a pesar de su
fuerza y de lo grotesco de su aspecto, es en realidad un poeta, un cantante. Él sueña por tanto,
no con la lucha cuerpo a cuerpo en las arenas apestosas del circo: él quiere ser operista, pero es
feo. En una secuencia El Atleta lanza al aire los billetes que ha ganado en una pelea. Estamos
en París y al fondo, en la ópera, escuchamos El Aria.
En el circo aprendió Zampanò a romper cadenas con el pecho; en el circo Gelsomina
aprendió a ser la payasa fracasada. Juntos recorren los caminos del neorrealismo italiano en La
Strada de Fellini, un autor que presumía de cirquero. Lo es en sus Clowns de 1971. Pero no
olvidemos el vodevil. Fellini también es el mago que en Las Noches de Cabiria revela el interior
de una hermosa mujer.
En las últimas décadas Water for Elephants trató de revivir la nostalgia por un mundo
que se fue. Un mundo que dio al arte El gabinete del doctor Caligari y The Greatest Show on
Earth. La verdad es que como a tantas otras cosas, la posmodernidad odia al circo.
En cuanto a México. Vivimos un país circense. Al mexicano suelen gustarle los hombres
fuertes y las trapecistas de muslos sudorosos. Dos películas mexicanas culminan este pequeño
recuento de circo y cine: Ángel de fuego de Dana Rotberg es una tragedia griega con picor
ranchero. Alejandro Jodorowsky por su parte es el creador de Santa Sangre, delirio de crueldad y
psicomagia, este invento estrambótico que tiene, como el circo, un tanto de genio y un tanto de
estupidez.

@fernandovzamora

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