ETED (ESTUDIOS TEOLOGICOS DESCENTRALIZADOS)
SEMINARIO NAZARENO BOLIV IANO
CURSO : LITERATURA PAULINA
ESTUDIANTE: KAREN MURGA PATZI
PROFESOR : LIC. VICENTE MURGA CORNEJO
FECHA : SEGUNDO SEMESTRE 2019
Resumen de la Vida de San Pablo
James Stalker
• Capítulo 1: Lugar de Pablo en la Historia
Ninguna vida mejor que la del Apóstol San Pablo ha producido esta impresión de que
venimos hablando. El fue dado al cristianismo cuando éste se hallaba en los primeros
momentos de su historia. El cristianismo, en verdad, no era débil, y ningún hombre puede
ser considerado como indispensable para aquel, pues llevaba en sí mismo el vigor de una
existencia inmortal y divina que no podía menos de revelarse en el curso del tiempo.
El cristianismo obtuvo en Pablo un tipo incomparable del carácter cristiano. En verdad, ya
poseía el modelo perfecto del carácter humano en la persona de su fundador; pero él no fue
como otros hombres, porque nunca tuvo que luchar con las imperfecciones del pecado; y el
cristianismo necesitaba aún demostrar lo que podía hacer de la naturaleza humana
imperfecta. Pablo proporcionó la oportunidad para demostrar esto. Naturalmente era de
gran fuerza y alcance mental. Aun si nunca hubiera sido cristiano siempre habría sido un
hombre notable. Los otros apóstoles habrían vivido y muerto en la oscuridad de Galilea si
no hubieran sido elevados a un lugar prominente por el movimiento cristiano; pero el
nombre de Saulo de Tarso hubiera sido recordado bajo algún carácter, aun cuando el
cristianismo nunca hubiera existido. En Pablo el cristianismo tuvo la oportunidad de
demostrar al mundo toda la fuerza que traía consigo. Pablo estaba convencido de esto,
aunque lo expresó con perfecta modestia cuando dijo: "Por esto fui recibido a misericordia
para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda su clemencia para ejemplo de los que
habían de creer en él para vida eterna".
En segundo lugar, el cristianismo obtuvo en Pablo un gran pensador. Por el momento
esto era especialmente lo que necesitaba. Cristo había partido del mundo, y aquellos a
quienes dejó
para que le representaran eran pescadores sin instrucción, y la mayor parte sin ninguna
notabilidad intelectual. En un sentido, este hecho demuestra una gloria peculiar del
cristianismo, porque prueba que no debe el lugar que tiene como una de las grandes
influencias del mundo a las habilidades de sus representantes humanos: no por fuerza, ni
por poder, sino por el Espíritu de Dios se estableció el cristianismo en la tierra.
• Capítulo 2: Su Preparación Inconsciente Para Su Obra
La fecha del nacimiento de Pablo no se conoce exactamente, pero puede fijarse con
aproximación, lo cual es suficiente para el propósito práctico. Cuando en el año 33 d.C. los
que apedrearon a Esteban pusieron sus capas a los pies de Pablo, era "un joven". Tal
término en verdad, en el original griego es muy amplio y puede indicar una edad
comprendida entre veinte y treinta años. En este caso probablemente se refiere, mejor que
al primero, al último límite; pues hay razón para creer que en este tiempo, o poco después,
fue miembro del concilio, oficio que ninguno que no tuviera treinta años de edad podía
obtener; y la comisión que inmediatamente después recibió del concilio para perseguir a los
cristianos apenas habría sido confiada a un joven. Treinta años después de haber
lamentablemente participado en el asesinato de Esteban, en
el año 62 d.C., se hallaba en una prisión en Roma esperando la sentencia de muerte por la
misma causa por la que Esteban había sufrido; y cuando escribía una de sus últimas
epístolas, la de Filemón, se llamaba "anciano". Este último término, también, es muy
amplio, y un hombre que ha pasado por muchos sufrimientos muy bien puede considerarse
de más edad que la que tiene; aunque apenas podría tomar el nombre de "Pablo el anciano"
antes de los sesenta años de edad. Estos cálculos nos conducen a creer que nació casi en el
mismo tiempo que Jesús. Cuando el niño Jesús jugaba en las calles de Nazaret, el niño
Pablo jugaba en las calles de su ciudad natal, al otro lado de las cumbres del Líbano.
Parecían tener carreras totalmente distintas; sin embargo, por el arreglo misterioso de la
Providencia, estas dos vidas, como caudal que corre de fuentes opuestas, un día, cual río y
tributario, habrían de unirse.
El lugar de su nacimiento fue Tarso, capital de la provincia de Cilicia al sudeste del Asia
Menor.
Pablo tenía cierto orgullo por el lugar de su nacimiento, como lo demostró en una ocasión,
jactándose de que era ciudadano de una ciudad no baja. Tenía un corazón formado por la
naturaleza para sentir el ardor del ma's vehemente patriotismo. Sin embargo, no era por
Cilicia ni Tarso, por lo que este fuego ardía. Era extranjero en la tierra de su nacimiento. Su
padre fue uno de los muchos judíos que se esparcieron en aquella época por las ciudades
del mundo gentil a causa del tráfico y del comercio. Habían dejado la Tierra Santa, pero no
la habían olvidado. Nunca se mezclaron con los pueblos entre quienes vivían; aun en el
vestido, alimento, religión y otros muchos particulares permanecieron como un pueblo
peculiar. Como regla general eran menos rígidos en sus opiniones religiosas y más
tolerantes de las costumbres extranjeras que los judíos que permanecieron en Palestina.
Pero el padre de Pablo no fue de los que daban lugar a la relajación de costumbres.
Pertenecía a la más estricta secta de su religión. Es probable que haya salido de Palestina no
mucho tiempo antes del nacimiento de su hijo; pues Pablo se llamaba a si mismo "hebreo
de hebreos", nombre que parecía pertenecer únicamente a los judíos de Palestina y a los que
continuaban en conexión muy íntima con ella. De su madre absolutamente nada sabemos,
pero todo parece indicar que el hogar donde Pablo fue educado fue uno de aquellos de
donde se han levantado casi todos los eminentes maestros religiosos, un hogar de piedad, de
carácter, tal vez de algún principio extremo y fuertemente afecto a las peculiaridades de un
pueblo religioso. Tal espíritu fue imbuido en él que, aunque no pudo menos que recibir
impresiones innumerables e imperecederas de la ciudad donde nació, la tierra y la ciudad de
su corazón eran Palestina y Jerusalén; y los héroes de su imaginación no fueron Curcio y
Horacio. Hércules y Aquiles, sino Abraham y José, Moisés, David, y Esdras.
Su educación se define de la siguiente manera:
Ciudadanía romana
Fabricante de tiendas
Sus conocimientos de la literatura griega
Su educación rabínica, Gamaliel. Su conocimiento del Antiguo Testamento
• Capítulo 3: Su Conversión
La noticia de la venida de Saulo había llegado a Damasco antes que él; y el pequeño
rebaño de Cristo hacía oración para que se impidiera, si fuera posible, la aproximación del
lobo que estaba en camino para atacar el redil. Sin embargo, cada vez estaba más y más
cerca; había llegado a la última jornada de su viaje, y a la vista del lugar que contenía sus
víctimas crecía e! apetito por su presa. Pero el buen pastor había oído los gritos de su
rebaño afligido, y se adelantó a encontrar al lobo por el bien de las ovejas. Repentinamente,
a mediodía, mientras que Saulo y su compañía cabalgaban hacia la ciudad bajo el ardiente
sol siriaco, una luz, que debilitó aun el brillo del gran astro, resplandeció alrededor de ellos,
un golpe hizo vibrar la atmósfera, y en un momento se hallaron postrados en tierra. Lo
demás sólo fue para Pablo. Una voz sonó en sus oídos: "Saulo, Saulo, ¿por qué me
persigues? ". Pablo miró hacia arriba y preguntó a la radiante figura que le había hablado:
"¿Quién eres, Señor?". Y la respuesta fue: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues".
El lenguaje en que Pablo se expresaba después al hablar de este suceso, nos prohíbe pensar
que hubiera sido una mera visión de Jesús lo que él vio. La consideró como la última
aparición del Salvador a sus discípulos, y la coloca en el mismo lugar que las apariciones a
Pedro, a Santiago, a los once y a los quinientos. Fue en realidad Cristo Jesús, investido de
su humanidad glorificada, quien dejó su lugar, donde quiera que esté en los espacios del
universo donde él está sentado en su trono mediatorio. para mostrarse a este discípulo
electo, y la luz que sobrepujó a la del sol no fue otra que la gloria en que su humanidad está
envuelta. Las palabras dirigidas a Pablo suministran una evidencia incidental de esto. Esas
palabras fueron dichas en hebreo, o más bien en arameo, la misma en que Jesús había
acostumbrado dirigirse a las multitudes en el lago y para conversar con sus discípulos en las
soledades del desierto; y como en los días de su encar-nación solía abrir su boca en
parábolas, así ahora revistió su reprensión con una fuerte metáfora, "dura cosa te es dar
coces contra el aguijón".
• Capítulo 4: Su Evangelio
Cuando un hombre ha sido repentinamente convertido, como Pablo, por lo general es
guiado por un fuerte impulso a dar testimonio de su caso. Tal testimonio es muy
impresionante, porque es el de un alma que está recibiendo sus primeras luces de las
realidades del mundo invisible; y hay tal viveza en el informe que da de ellas, que produce
los efectos irresistibles de la realidad y la evidencia. No podemos decir con certeza si Pablo
se entregó de una vez a este impulso o no. El lenguaje del libro de los Hechos, donde se
dice que "luego predicó a Cristo en las sinagogas", nos conduciría a suponerlo. Pero
aprendemos de sus escritos, que hubo otro impulso poderoso que al mismo tiempo tenía
influencia sobre él; y es difícil averiguar a cuál de los dos obedeció primero. Este impulso
fue el deseo de retirarse a la soledad y profundizar el significado y los resultados de lo que
le había acaecido. No sería extraño que él considerara esto como una necesidad. Había sido
ejemplarmente leal a su primer credo y lo había consagrado todo a él; pero verlo de repente
despedazado debe haber sido cosa que le trastornó de un modo muy severo. La nueva
verdad que le había iluminado fue tan penetrante y revolucionaria que no podía ser
entendida de una vez en todas sus relaciones. Pablo era un pensador de nacimiento. No le
era suficiente experimentar alguna cosa; tenía que comprenderla y ajustaría a la estructura
de sus convicciones. Por este motivo, inmediatamente después de su conversión, partió,
según él mismo nos lo dice, para Arabia. En verdad no expresa el objeto que le llevó allá;
pero como no hay ningún registro de sus predicaciones en aquel país, y la declaración de su
viaje se halla en medio de una vehemente defensa de la originalidad de su evangelio,
podemos concluir con una muy considerable certeza, que se retiró con el fin de comprender
las relaciones y los detalles de la
revelación de que había sido hecho poseedor. En el silencio de su retiro solitario
formuló su importantísima consulta, y cuando volvió a los hombres, ya estaba en posesión
de aquel juicio del cristianismo que tan peculiar le fue, y que más tarde formó el tema de
sus predicaciones.
No tenemos registro detallado de cuáles eran los bosquejos de su evangelio, hasta un
período muy posterior a éste; pero como dichos bosquejos, cuando se distinguen por
primera vez, son sólo un trasunto de las características de su conversión, y como su
intelecto trabajó mucho y poderosamente en la interpretación de este evento en aquel
período, no puede dudarse de que el evangelio bosquejado en las Epístolas a los Romanos y
a los Calatas era en sustancia el mismo que había predicado desde el principio. Estamos
seguros en inferir de estos escritos nuestra historia de sus meditaciones en Arabia.
• Capítulo 5: La Obra Que Aguardaba al Obrero
Pablo estaba ahora en posesión de su evangelio, y conoció que la misión de su vida era
predicarlo a los gentiles. Pero todavía tuvo que esperar largo tiempo antes de comenzar su
obra peculiar. Oímos poco de él por siete u ocho años.
Puede haber habido razones personales para ello, relacionadas con la historia espiritual de
Pablo, porque el esperar es un instrumento común de la disciplina providencial para
aquellos a quienes ha sido designada una obra extraordinaria. Una razón pública puede
haber sido que Pablo era todavía demasiado antipático a las autoridades judaicas para ser
tolerado en aquellas reuniones en que la actividad cristiana tenía influencia. Había tratado
de predicar en Damasco donde ocurrió su conversión. Pero inmediatamente fue forzado a
huir de la furia de los judíos, y yendo de allí para Jerusalén y comenzando a testificar como
cristiano encontró en dos o tres semanas demasiada oposición. No es de extrañarse; pues,
¿cómo hubieran podido los judíos permitir que el hombre que últimamente había sido el
adalid principal de su casa predicara la fe para cuya destrucción se le había empleado?
Cuando huyó de Jerusalén dirigió sus pasos a Tarso, su ciudad natal, donde por años quedó
en oscuridad. Sin duda dio testimonio de Cristo a su familia, y hay algunas indicaciones de
que llevó el evangelio a su provincia de Cilicia; pero si lo hizo, se puede decir que su obra
era la de un hombre que trabaja en secreto, porque no estuvo en la corriente central ni
visible del nuevo movimiento religioso.
• Capítulo 6: Sus Viajes Misoneros
El primer viaje
Sus compañeros.— Desde el principio había sido costumbre de los predicadores del
cristianismo, no ir solos en sus expediciones, sino de dos en dos. Pablo mejoró esta
práctica, yendo generalmente con dos compañeros, uno de ellos joven, el cual tal vez tomó
el cargo de los arreglos del viaje. En su primera expedición sus compañeros fueron Bernabé
y Juan Marcos, el sobrino de Bernabé.
Ya hemos visto que Bernabé puede ser llamado el descubridor de Pablo. Y cuando
partieron juntos en este viaje, probablemente estuvo en condiciones de ser el patrón de
Pablo, pues gozaba de mucha consideración en la comunidad cristiana. Convertido
aparentemente en el día de Pentecostés, había tomado una parte importante en los eventos
posteriores. Fue un hombre de alta posición social, propietario en la isla de Chipre, y lo
sacrificó todo en aras del nuevo movi-miento a que se había unido.
Chipre.- Pero aunque Bernabé parecía ser el jefe, este buen hombre probablemente
conoció que las humildes palabras del Bautista podían ser usadas por él mismo con
referencia a su compañero: "A él conviene crecer, mas a mí menguar". De todos modos, tan
pronto como su obra entrara en un período de actividad, esta debía ser la relación entre
ellos. Después de pasar por toda la isla, del oriente al occidente, evangelizando, llegaron a
Pafo, su ciudad principal, y allí los problemas para cuya solución habían salido les
encontraron en la más concreta forma.
El continente del Asia Menor.— El movimiento que siguió vino a señalar tan
claramente la elección del nuevo jefe, como el anterior había fijado la del chipriota
Bernabé. Cruzaron el mar hasta Perge, población a la mitad de la costa meridional de Asia
Menor; luego pasaron hacia el norte, cien millas en el continente, y entonces hasta el este,
hasta un punto casi directamente al norte de Tarso. Esta ruta les condujo por una especie de
semicircuito, por los distritos de Panfilia, Pisidia, y Licaonia, que tocan por el oeste y norte
con Cilicia, la provincia natal de Pablo. Así que, si se dio el caso de haber evangelizado ya
a Cilicia, ahora estaba extendiendo sus trabajos a las regiones más cercanas.
El regreso.- Al fin, los misioneros bajaron de estos terrenos altos a la costa, y
navegaron a Antioquia, de donde habían salido. Cansados con el trabajo y los sufrimientos,
pero llenos de gozo por su buen éxito, aparecieron entre aquellos que los habían enviado y
que sin duda los habían seguido con sus oraciones. Como exploradores que volvían de
encontrar un nuevo mundo, relataron los milagros de la gracia que habían presenciado en el
mundo desconocido de los paganos.
El segundo viaje
En su primer viaje, se puede decir que Pablo tan sólo probó sus alas porque dicho
viaje, aunque venturoso, se limitó enteramente a un círculo alrededor de su provincia natal.
En el segundo, hizo una expedición mucho más larga y peligrosa. En verdad, este viaje fue
no solamente el más grande que llevó a cabo, sino tal vez el más importante de los
registrados en los anales de la raza humana. En sus resultados, sobrepujó la expedición de
Alejandro el Grande, cuando llevó las armas y la civilización de Grecia hasta el corazón de
Asia, la de César, cuando desembarcó en las costas de Bretaña, y aun la de Colón cuando
descubrió el Nuevo Mundo. Sin embargo, cuando partió no tuvo idea de la magnitud que su
expedición había de asumir, ni aun de la dirección, que había de tomar
La separación de Bernabé.— Desgraciadamente el principio de este viaje fue dañado
por una disputa entre los dos amigos, que tenían la intención de hacerlo juntos. La ocasión
de esta diferencia fue el ofrecimiento de Juan Marcos de acompañarlos. Sin duda cuando
este joven vio a Pablo y a Bernabé que volvían sanos y salvos de la empresa de la cual él
había desertado, reconoció el error que había cometido, y ahora quiso repararlo uniéndose a
ellos. Naturalmente Bernabé deseó llevar a su sobrino, pero Pablo se negó absolutamente.
Uno de ellos, hombre fácilmente accesible a la benevolencia, arguyó el deber de perdonar,
y el efecto que produciría la repulsa; mientras que el otro, lleno de celo para Dios, presentó
el peligro de colocar una obra tan sagrada en manos de uno en quien no podían tener
confianza, porque, "pie resbalador es la confianza en el prevaricador en tiempo de
angustia". No podemos decir ahora quién de ellos tenía razón o si ambos habían errado en
parte. Los dos, de todos modos, sufrieron por la separación: Pablo tuvo que apartarse en
enojo del hombre a quien probablemente debió más que a cualquier otro ser humano; y
Bernabé fue separado del más grande espíritu de la época.
La mitad del viaje no descrita.- En cumplimiento del propósito con que había salido,
Pable comenzó este viaje visitando de nuevo las iglesias en cuya fundación había tomado
parte. Principiando en Antioquia, y siguiendo en dirección del noroeste, hizo este trabajo en
Siria, Cilicia y otras partes, hasta que llegó al centro del Asia Menor, donde quedó
cumplido el primer objeto de su viaje. Pero, cuando un hombre está en el camino del deber,
toda clase de oportunidades se abren ante él. Cuando Pablo hubo pasado por las provincias
que antes había visitado, nuevos deseos de penetrar más allá comenzaron a arder en su
pecho, y la providencia abrió el camino. Todavía fue adelante en la misma dirección por
Frigia y Galacia. Bitinia, una gran provincia situada a lo largo de la costa del mar Negro, y
Asia, una provincia densamente poblada, en el oeste del Asia Menor, parecieron invitarle, y
deseó entrar en ellas. Pero el Espíritu, que guiaba sus pasos, le indicó, por medios
desconocidos a nosotros, que estas provin-cias le estaban cerradas en aquel tiempo; y
moviéndose adelante, en la dirección en la que su divino guía le permitió ir, se halló en
Troas, ciudad en la costa noroeste del Asia Menor.
Viaje a Europa.- Pareciera que Pablo llegó a Troas bajo la dirección del Espíritu sin
conocimiento de la dirección que tomaría en seguida. Pero, ¿pudo dudar de cuál era el
intento divino, cuando, mirando las aguas del Helesponto, vio las costas de Europa al otro
lado? Estaba ahora dentro del círculo encantado, donde por varios siglos la civilización
había tenido su hogar, y no podía quedar enteramente ignorante de aquellas historias de
guerra y empresas, ni de aquellas leyendas de amor y valor que han hecho esta parte del
mundo para siempre brillante y querida al corazón del género humano
Grecia - Macedonia. - Como Grecia estaba más cerca de las costas de Asia que Roma,
la conquista de dicha nación para Cristo fue el gran móvil de su segundo viaje misionero.
Como el resto del mundo en aquel tiempo, encontrábase bajo el dominio de Roma, y los
romanos lo habían dividido en dos provincias.
Acaya.- Cuando al dejar a Macedonia Pablo caminó al sur con dirección a Acaya, entró
en la verdadera Grecia, el paraíso del genio y del renombre. La memoria de la grandeza del
país se levantó a su derredor en el camino. Al partir de Berea pudo ver tras de sí las nevadas
cumbres del monte Olimpo, donde se suponía habitaban las deidades de Grecia. Pronto
estuvo cerca de las Termopilas, donde los trescientos inmortales permanecieron firmes
contra millares de bárbaros; y a la terminación de su viaje veía delante de él la isla de
Salamina, donde otra vez la Grecia fue salvada de destrucción por el heroísmo de sus hijos.
Atenas. - El destino de Pablo era Atenas, la capital del país. Al entrar en la ciudad no
pudo ser insensible a los grandes recuerdos estrechamente unidos a sus calles y
monumentos. Aquí la inteligencia humana había brillado con un esplendor que no ha
exhibido nunca en otra parte. En la edad de oro de su historia Atenas poseía muchos más
hombres del más alto genio que los que jamás hayan vivido en cualquiera otra ciudad.
Hasta hoy, sus nombres llenan de gloria el suyo. Sin embargo, aun en el tiempo de Pablo la
viviente Atenas era cosa del pasado.
Corinto.- Había en Corinto bastante del espíritu de Atenas para que estos sentimientos
no desaparecieran fácilmente. Corinto era la capital mercantil de Grecia y Atenas la
intelectual. Pero los corintios también estaban llenos de curiosidad disputadora e intelectual
orgullo. Pablo temió tener una recepción semejante a la de Atenas; ¿pudo ser que estos
fueran pueblos para quienes el evangelio no tuviera mensaje? Esta fue la difícil cuestión
que le hizo temblar.
El tercer viaje
Efeso.- Debe haber sido una historia conmovedora la que Pablo tenía que contar en
Jerusalén y Antio-quía, cuando volvió de su segunda expedición; pero no estaba dispuesto a
dormir sobre sus laureles, y no mucho tiempo después emprendió su tercer viaje.
Era de esperarse que, habiendo en el segundo establecido el evangelio en Grecia, ahora
dirigiera sus miradas a Roma. Pero si consultamos un mapa, observaremos que en medio,
entre las regiones del Asia Menor, que había evangelizado durante su primera campaña
misionera, y las provincias de Grecia, en donde había establecido iglesias durante la
segunda, hay un espacio, la provincia populosa del Asia, al Occidente del Asia Menor. A
esta región se dirigió en su tercer viaje. Permaneciendo por tres años en Efeso, su capital, se
puede asegurar que llenó este espacio y conectó las conquistas de sus anteriores campañas.
En realidad, este viaje incluía, al principio, una visita a todas las iglesias anteriormente
fundadas en Asia Menor, y al fin una violenta visita a las iglesias de Grecia; pero fiel a su
plan de detenerse solamente en lo que era nuevo en cada expedición, el autor de los Hechos
sólo nos ha suministrado detalles con relación a Efeso.
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• Capítulo 7: Sus Escritos y Su Carácter
La forma de sus escritos.— Sin embargo, al escribir sus epístolas, Pablo mismo puede
haber tenido poca idea de la influencia que habían de tener en el futuro. Las escribió
simplemente a demanda de su obra. En el sentido más estricto de la palabra, fueron cartas
escritas para responder a ocasiones particulares, y no escritos formales cuidadosamente
proyectados y ejecuta-dos con vista de la fama o del porvenir. Son buenas cartas, ante todo,
producto del corazón; y fue el corazón ardiente de Pablo, anhelando el bien de sus hijos
espirituales, o alarmado por los peligros a que estuvieron expuestos, el que produjo todos
sus escritos. Fueron parte de su trabajo diario. De la misma manera que volaba sobre mar y
tierra para visitar de nuevo a sus convertidos, o enviaba a Timoteo o a Tito para llevarles
sus consejos y traerle noticias de cómo iban, así, cuando no pudo valerse de estos medios,
enviaba una carta con el mismo propósito.
El estilo de sus escritos. — Esto, parece, puede disminuir el valor de sus escritos;
podemos inclinarnos a desear que en vez de tener el curso de su pensamiento determinado
por las exigencias de tantas ocasiones especiales, y su atención distraída por tantas
particularidades minuciosas, pudiera haber concentrado la fuerza de su mente en la
preparación de un libro perfecto, y explicado sus opiniones sobre los profundos asuntos que
ocuparon su pensamiento en una forma sistemática. Comienza oraciones y omite el
acabarlas, entra en digresiones y se olvida de volver a seguir la línea del pensamiento que
había abandonado, presenta sus ideas en masa en lugar de fundirlas en coherencia mutua.
Quizá cierta irregularidad conviene a la más alta originalidad. La expresión perfecta y el
arreglo ordenado de las ideas es un procedimiento posterior, pero cuando los grandes
pensamientos salen por primera vez a luz hay cierta aspereza primordial en ellos. El
pulimento del oro viene después: tiene que ser precedido por el arrancamiento del mineral
de las entrañas de la tierra.
La inspiración de Pablo.— Fue Dios por su Espíritu quien comunicó esta revelación de
la verdad a Pablo. La misma grandeza y divinidad de ella suministran la mejor prueba de
que no podía haber tenido otro origen. A pesar de esto, se presentó en la mente de Pablo
con el gozo y el dolor del pensamiento original; le vino por la experiencia, empapó y pintó
las fibras todas de su mente y su corazón; y la expresión de ella en sus escritos está de
acuerdo con su peculiar genio y circunstancias.
Su carácter
Sería fácil sugerir compensaciones en Va forma de los escritos de Pablo para las cualidades
literarias que les faltan. Pero una de éstas prepondera tanto sobre todas las otras que es
suficiente por sí misma para justificar en este caso la manera de actuar de Dios. En ninguna
otra forma literaria podríamos tener tan fiel reflejo del hombre en sus escritos. Las cartas
son la forma más personal de la literatura. Un hombre puede escribir un tratado particular,
una historia y hasta un poema, y esconder su personalidad tras el escrito. Pero las cartas no
tienen valor ninguno a menos que el escrito se muestre. Pablo está constantemente visible
en sus cartas; podéis sentir palpitar su corazón en cada capítulo que escribió. Ha trazado su
propio retrato —no sólo del hombre exterior sino de sus más íntimos sentimientos— como
ningún otro podría haberlo tra-zado. A pesar de la admirable pintura que Lucas hace en el
libro de los Hechos, no es de él de quien aprendemos lo que Pablo en realidad era, sino de
Pablo mismo. Las verdades que revela se ven todas constituyendo al hombre. Así como hay
algunos predicadores que son más grandes que sus sermones, y la ganancia principal de los
que les escuchan se obtiene en los vislumbres que distinguen de una personalidad grande y
santificada, así también lo mejor de los escritos de Pablo es Pablo mismo, o más bien la
gracia de Dios en él.
• Capítulo 8: Cuadro de Una Iglesia Paulina
En la narración de los Hechos de los Apóstoles recibimos relaciones vivas de los detalles
externos de la historia de Pablo. Somos llevados rápidamente de ciudad en ciudad e
informados de los incidentes de la fundación de las varias iglesias, pero algunas veces no
podemos menos que desear detenernos para aprender lo que está dentro de una de estas
iglesias. En Pafos o Iconio, en Tesalónica, Berea o Corinto, ¿cómo iban las cosas después
que Pablo las dejó ¿A qué se asemejaban los cristianos y cuál era el aspecto de sus cultos?
Felizmente nos es posible obtener esta vista interior. Como la narración de Lucas describe
el exterior de la carrera de Pablo, así las Epístolas de este apóstol nos permiten ver sus
aspectos interiores. Ellas escriben de nuevo la historia, pero bajo otro plan. Este es el caso
especialmente en las Epístolas que fueron escritas al fin de su tercer viaje, las cuales
inundan de luz el período de tiempo ocupado con todos sus viajes. En adición a las tres
epístolas ya mencionadas como escritas en este tiempo, hay otra que pertenece a la misma
época de su vida, la primera a los Corintios, que, puede decirse, nos transporta dos mil años
atrás, y, colocándonos sobre una ciudad griega, en la que hubo una iglesia cristiana, quita el
techo del lugar de reunión de los cristianos y nos permite ver lo que está pasando en su
interior.
Tal es el variado cuadro de una de las iglesias de Pablo, presentado en una de sus epístolas,
y que nos muestra varias cosas con mucha expresión. Muestra, por ejemplo, cuan
excepcionales eran su mente y su carácter aun en aquella época, y qué bendición para la
naciente iglesia eran sus dones y gracias de sentido común, de grande simpatía unida con
firmeza concienzuda, de pureza personal, y de honor. Muestra que no hemos de buscar la
"edad de oro" del cristianismo en el pasado sino en el futuro. Muestra cuan peligroso es
creer que la regla de costumbres eclesiásticas de aquella época debe normar todas las
épocas. Evidentemente todas las costumbres eclesiásticas estaban en su edad experimental.
En verdad, en los últimos escritos de Pablo encontramos el cuadro de un estado de cosas
muy diferente, en que el culto y la disciplina de la iglesia estuvieron mucho más fijos y
arreglados. No debemos remontarnos a este tiempo primitivo para encontrar el modelo de la
maquinaria eclesiástica, sino para ver un espectáculo de poder espiritual nuevo y
transformador. Esto es lo que siempre atraerá hacia la edad apostólica los ojos de los
cristianos, pues el poder del Espíritu obraba en todos los miembros; emociones
desconocidas llenaban todos sus pechos, y todos sentían que la mañana de una nueva
revelación les había visitado; vida, amor y luz, se difundían por todas partes. Aun los vicios
de la iglesia eran debidos a las irregularidades de la vida abundante, por falta de la cual, el
orden inanimado de muchas generaciones subsecuentes ha sido una débil compensación.
• Capítulo 9: La Gran Controversia de Pablo
La versión de la vida del apóstol suministrada en sus cartas está ocupada en gran
parte con una controversia que le costó mucha pena y empleó mucho de su tiempo durante
años, pero de la cual Lucas dice poco. En la fecha en que Lucas escribió ya era una
controversia muerta, y pertenecía a otro departamento que aquel de que su historia trata.
Pero durante el tiempo en que era activa molestó a Pablo mucho más que viajes fatigosos o
tumultuosos mares. Estaba más acalorada hacia el fin de su tercer viaje, y las epístolas ya
mencionadas como escritas en este tiempo, puede decirse, eran evocadas por ella. La
Epístola a los Calatas especialmente es un rayo arrojado contra los opositores de Pablo en
esta controversia, y sus oraciones ardientes demuestran cuan profundamente era movido
por el asunto.
La cuestión en disputa fue si se requería que los gentiles llegasen a ser judíos antes
que pudieran ser cristianos; o, en otras palabras, si tenían que ser circuncidados para ser
salvos.
Plugo a Dios en los tiempos primitivos hacer elección de la raza judaica de entre las
naciones, y constituirla en la depositaría de la salvación. Y hasta el advenimiento de Cristo,
aquellos de otras naciones que querían ser partícipes de la verdadera religión tenían que
buscar
entrada como prosélitos en los límites sagrados de Israel. Habiendo destinado esta raza para
ser el guardián de la revelación, Dios tuvo que separarla muy estrictamente de todas las
demás naciones y de todos los demás asuntos que pudieran distraer su atención del sagrado
depósito que les había sido entregado. Con este objeto normó su vida con reglas y
ceremonias destinadas a hacerles un pueblo peculiar, diferente de todas las demás razas de
la tierra. Todos los detalles de su vida, sus formas de culto, sus costumbres sociales, su
alimento, fueron prescritos para ellos, y todas estas prescripciones eran incorporadas en
aquel vasto documento legal que llamaron la ley. La rigurosa prescripción de tantas cosas,
que naturalmente son dejadas al gusto de los hombres, era un yugo pesado sobre el pueblo
escogido. Fue una disciplina severa para la conciencia, y así lo creyeron ser los más activos
espíritus de la nación. Pero otros vieron en ella una divisa de orgullo. Les hizo sentir que
eran los escogidos de la tierra, y superiores a los otros pueblos, y, en vez de gemir bajo el
yugo como habrían hecho si sus conciencias hubieran sido muy tiernas, multiplicaron las
distinciones del judío, aumentando el volumen de las prescripciones de la ley con otros
muchos ritos. Ser judío les pareció la señal de pertenecer a la aristocracia de las naciones.
Ser admitido a los privilegios de esta posición, era, a sus ojos, el más grande honor que
podía ser conferido a cualquiera que no perteneciera a la república de Israel. Todos sus
pensamientos estaban encerrados en el círculo de esta arrogancia nacional. Aun sus
esperanzas mesiánicas llevaban el sello de estas preocupaciones. Esperaban que sería el
héroe de su nación, y concibieron que la extensión de su reino abrazaría las otras naciones
en el círculo de la suya, por medio de la circuncisión. Esperaban que todos los convertidos
del Mesías se sujetaran a este rito nacional y adoptarían la vida prescrita en la ley y
tradiciones judaicas; en resumen, su concepción del reino del Mesías era la de un mundo de
judíos.
• Capítulo 10: El Fin
Después de haber completado su breve visita a Grecia, al fin de su tercer viaje misionero,
Pablo volvió a Jerusalén. Por este tiempo debe haber tenido cerca de sesenta años de edad;
y durante veinte años había estado llevando a cabo trabajos casi sobrehumanos. Había
estado viajando y predicando incesantemente, y llevando sobre su corazón pesos enormes
de cuidados. Su cuerpo estaba gastado por las enfermedades y molido por los castigos; y su
pelo debe haber emblanquecido y su cara mostrado surcos por las arrugas de la edad. Sin
embargo, aún no había señales de que su cuerpo estuviera en decadencia, y su espíritu
todavía era tan entusiasta y tan ardiente como antes en el servicio de Cristo. Sus miras se
dirigían especialmente a Roma, y antes de salir de Grecia envió a decir a los romanos que
tal vez lo podrían esperar pronto; pero mientras se dirigía hacia Jerusalén por las costas de
Grecia y Asia, sonó la señal de que su trabajo estaba casi concluido, y la sombra de una
muerte próxima apareció en su camino. Ciudad tras ciudad, los miembros de comuniones
cristianas que tenían el don de profecía predijeron que le aguardaban cadenas y prisiones; y
mientras más se aproximaba al fin de su viaje, eran más frecuentes estas profecías. El sentía
su solemnidad; era de valiente corazón, pero demasiado humilde y reverente para que no le
impusiera respeto el pensamiento de la muerte y el juicio. Tenía varios compañeros, pero
buscaba oportunidades de estar solo. Partió de entre sus convertidos como un hombre que
muere, diciéndoles que no verían más su rostro. Pero cuando le rogaron que volviera y
evitara el peligro amenazante rechazó suavemente sus amantes brazos, y les dijo: "¿Qué
hacéis llorando y afligiéndome el corazón? Porque yo no sólo estoy presto a ser atado, mas
aun a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús".
Dondequiera que los pies de los que publican las buenas nuevas pisen sobre las
montañas, él va a su lado como un inspirador y un guía; en miles de iglesias cada
domingo, y en miles de hogares cada día sus elocuentes labios enseñan aún ese
evangelio del que nunca se avergonzó. Dondequiera que haya almas humanas
buscando la blanca flor de la santidad o escalando las difíciles alturas de la
abnegación, allí él, cuya vida fue tan pura, cuya devoción a Cristo fue tan completa, y
cuyo afán de alcanzar un propósito único fue tan incesante, es bienvenido como el
mejor de los amigos.