ANDAMIOexodo
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ÉXODO
J. A. Motyer
PUBLICACIONES ANDAMIO ®
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08038 Barcelona.
Tel-Fax: 93/ 432 25 23
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Publicaciones Andamio es la sección editorial de los Grupos Bíblicos
Unidos de España (G.B.U.).
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Título original: The Message of Éxodo
© J. A. Motyer, 2005
Inter-Varsity Press
38 De Montfort Street, Leicester LE1 7GP, England
Email: ivp@[Link]
Website: [Link]
All rights reserved. This translation of The message of Éxodo first published in 2004 is published
by arrangement with Inter-Varsity Press, Nottingham, United Kingdom.
© PUBLICACIONES ANDAMIO ®
1a Edición castellano 2009
Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial sin la autorización de
los editores.
Depósito legal:
A
Peter y Sally Salmon
Maurice y Jean Bell
Audrey Whitaker
y en memoria de Harold Whitaker
Contenido
Prólogo
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Prólogo del autor
Abreviaturas principales
Bibliografía
Notas
Introducción
1. Días de oscuridad (1:1–2:10)
2. El momento decisivo (2:11–25)
3. Viejo Moisés… nuevo Moisés (3:1–10)
4. Una furtiva vista preliminar (3:11–7:7)
5. El Dios que es suficiente (3:11–22)
6. El Dios que es capaz (4:1–31)
7. Entreacto: entrando en el campo de batalla (4:14–28)
8. Sí… No… ¿Por qué?… Ahora (4:29–7:7)
9. Perspectiva (7:8–13:16)
10. El por qué de las plagas (7:14–10:29)
11. El por qué de la Pascua (11:1–12:42)
12. Recordar y responder (12:14–13:16)
13. La siguiente etapa: el Dios que acompaña (13:17–18:27)
14. Los curiosos caminos de Dios (13:17–17:16)
15. Hasta dónde hemos llegado y hacia dónde nos dirigimos (19:1–2)
16. Los encuentros con Dios (19:3–25)
17. Las diez palabras (20:1–20)
18. El Señor toma en serio su ley y ama a su pueblo (20:22–24:11)
19. La tienda del Señor (24:12–27:19)
20. El camino hacia el Santísimo (27:20–30:10)
21. Los aspectos prácticos (30:11–31:18)
22. Un terrible paso atrás, un enorme paso adelante (32:1–34:35)
23. La nube de gloria (35–40)
Prólogo
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inquietudes por profundizar en el estudio de las Escrituras, que esos libros que
denominamos comentarios bíblicos.
El problema es que hay muchos tipos de comentarios. Por lo que no son pocos los
que se decepcionan al comprar un libro que luego no les ofrece la ayuda deseada. Es
importante por eso considerar qué clase de comentario necesitamos, antes de iniciar la
búsqueda de algún titulo que nos ayude a entender mejor determinada porción de la
Biblia.
Conviene recordar en ese sentido una vez más que los comentarios son útiles, pero
ninguno puede sustituir a la Escritura misma. Así que debemos consultar primero
diferentes traducciones —si no conocemos los idiomas bíblicos—, tomándonos tiempo
para orar y meditar en la Palabra de Dios, antes de usar cualquier modelo de
comentario.
Hay básicamente dos enfoques difícilmente combinables en la literatura expositiva
de la Biblia. Uno pretende acercarse al texto con el mayor rigor exegético posible. Por lo
que en un lenguaje bastante técnico intenta aclarar el sentido de cada palabra en su
contexto original. Y otro busca más bien presentar el mensaje de cada libro,
esforzándose en aplicar su sentido a la vida personal y social del lector contemporáneo.
Entre medio hay, por supuesto, una enorme variedad de textos que oscilan entre una y
otra dirección, pero generalmente podemos distinguir entre estos dos tipos de
comentarios.
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Hay series de comentarios evangélicos, incluso norteamericanos —cuya literatura
ha sido siempre conocida por su sentido práctico—, cuyo contenido carece de ninguna
aplicación. Su teología es dudosa, y claramente difícil de distinguir de otros autores
protestantes, que son a veces peores que algunos eruditos católicos. Ya que tratan con
más respeto el texto bíblico, y tienen más carácter devocional que algunos comentarios
evangélicos. ¡Vivimos tiempos extraños!
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comentarios que se hacen hoy en el mundo evangélico en un contexto académico.
Algunos de los comentarios, por otro lado, pertenecen a la colección Tyndale
también de Inter-Varsity. Otros son autores que consideramos “nuestros”, como: David
F. Burt, que han escrito algunos comentarios de un nivel excelente.
La Palabra Eterna
Estos libros parten de los presupuestos clásicos de la teología evangélica, como es la
unidad del texto y su mensaje cristo-céntrico. Se atreven a veces incluso a prescindir de
toda referencia crítica, para concentrarse en el sentido del texto, que explican con
claridad y pasión evangélica. Estas obras están destinadas por eso a ser libros de
referencia durante muchos años, siendo apreciadas por muchas generaciones, que
descubrirán en su trabajo una obra perdurable, que trasciende las absurdas polémicas
entre uno y otro autor de esta generación, para desvelarnos el verdadero mensaje del
libro.
La publicación de estas obras nos da en este sentido un modelo de lo que debe ser
un comentario evangélico. Cuando muchos de los libros que abundan en este tiempo,
sean finalmente olvidados, las obras que seguirán atrayendo al lector del futuro, son las
que transmitan el mensaje de la Palabra eterna, más allá de modos y modas, sobre los
que prevalece el espíritu de la época.
Estos autores muestran una capacidad excepcional para sintetizar lo que otros
hacen en multitud de páginas de oscuro contenido. Su extraordinaria claridad se ve
resaltada a veces por una increíble genialidad para dividir el texto en unos
encabezamientos tan atractivos, que uno no puede resistirse a la tentación de
repetirlos en su propia exposición. Son comentarios ideales, porque animan a predicar
estos libros de la Escritura.
Alguien ha dicho que nunca se debería escribir un comentario sobre un texto
bíblico, que no se haya predicado. Es más, los comentarios que resultan más útiles a los
predicadores, son aquellos que están escritos por predicadores. Y eso es lo que son los
autores de estos libros, maestros que piensan que es más importante comunicar la
Palabra de Dios, que obtener un prestigio académico. Son servidores de la Iglesia, pero
anunciadores también al mundo de la Buena Noticia que hay en este Libro.
Estas obras son una excelente ayuda para estudiar la Biblia y exponerla, en nuestra
lengua y generación. Esperamos con impaciencia todos los títulos de esta colección,
deseando que sean usados por muchos predicadores y lectores de la Escritura, para
anunciar el Evangelio a un mundo y una Iglesia necesitada de la Palabra viva. Puesto
que Dios sigue hablando hoy por su Palabra y su Espíritu.
José de Segovia
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Prólogo del autor
Este libro nació en 1974, cuando la Keswick Convention me invitó a preparar las
exposiciones bíblicas matutinas (con la petición adicional de que se basara en algún
texto del Antiguo Testamento) y decidí basarlas en Éxodo. La preparación de los
estudios hizo que me diera cuenta, una y otra vez, de la riqueza y la importancia del
libro, y la tentativa de comprimir cuarenta capítulos en cuatro horas hizo que me
interesara por su estructura. En 1985, para mi alegría, era pastor de la Christ Church, en
Westbourne, Bournemouth, y la gran reunión de los miércoles por la mañana me dio la
oportunidad de volver a Éxodo más libremente.
Más recientemente, la memoria de aquellos veinte o treinta estudios me llevó a
pensar en la posibilidad de recopilarlos en un libro. También recordé la maravillosa
ayuda que fue Susan Rebis cuando escribí The Prophecy of Isaiah [La profecía de Isaías]
a principios de los años noventa, ya que accedió a editar las notas de las grabaciones de
mis estudios y a darles una forma estilística adecuada (pues, normalmente, y siempre
en el caso de alguien tan repetitivo y tan propenso a utilizar adjetivos y adverbios como
yo, ¡no hay nada más feo o menos legible que la palabra hablada sobre papel!). Nuestro
primer propósito era que Susan trabajara con las grabaciones mientras yo encontraba
un modo de insertar en ellas un montón de notas adicionales sobre Éxodo que había
ido reuniendo en los quince años intermedios. Sin embargo, este plan perfecto no
funcionó y, al final, se tuvo que escribir todo desde el principio con todo ese nuevo
material añadido, sólo que, esta vez, Susan ha sido el genio al mando en cuanto a mi
trabajo escrito, quitando delicadamente los adjetivos y los adverbios, haciendo
desaparecer las frases y repeticiones innecesarias y añadiendo al libro todo lo necesario
para que fuera de fácil lectura y estilísticamente de calidad. A ella le debo muchísimo, y
tú, lector, ¡aún le debes mucho más!
Asimismo, tal y como ha sido siempre mi experiencia con IVP, un gran número de
personas, unas conocidas y otras no, se ha organizado para ayudarme. En cuanto a
escribir un libro sobre Éxodo, fui grandemente animado en mi tarea por Colin Duriez y,
después de su partida, debo mucho más de lo que puedo expresar a la amabilidad,
liderazgo y consejo de Philip Duce. En el prefacio de otro libro, escribí que nadie podría
sentirse más cuidado o en mejores manos que aquellos que publican con IVP. Esto
continúa siendo verdad y, por esto, quiero expresarles mi gratitud.
Mi primera petición es que se lea este libro junto a una Biblia abierta, pues los
mejores beneficios son logrados mediante una lectura paciente, que se toma el tiempo
de buscar las referencias cruzadas. Cuando la estructura de una sección o de un pasaje
es ofrecida de forma esquemática, por favor, léela con detenimiento, punto por punto,
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antes de pasar a lo que he escrito sobre ella.
Respecto al número de notas al pie que aparecen en este estudio sobre Éxodo, debo
hacer notar que no todo lo que es importante para poder entender Éxodo puede
aparecer en el texto principal, donde el énfasis está en el mensaje central, por lo que las
notas al pie son dadas con el deseo de ofrecer a estudiantes y predicadores una entrada
a este material adicional. De vez en cuando, ¡las notas al pie amenazan “anegar” la
página! En esos casos, han sido movidas al apartado de las notas adicionales, al final del
capítulo en cuestión.
Cassuto comenta sobre su extenso comentario que “no vamos a citar las diferentes
interpretaciones [sino que] debemos contentarnos con exponer el significado básico del
texto de la forma que consideremos correcta”. Este también es el caso aquí, y siempre
debería serlo, ya que ni la habilidad ni el espacio nos permitirían llevar a cabo un
análisis crítico exhaustivo de lo que dicen todos los comentarios. Por ejemplo, he
decidido no extenderme al introducir el análisis documental del Pentateuco y de Éxodo
respecto a las fuentes J, E, D y P. No obstante, sería una actitud absurda, de esconder la
cabeza bajo el ala, si ignoramos por completo una interpretación de Éxodo que ha sido
tan inmensamente influyente. En cuanto a mí, debo confesar que la teoría documental
jamás me ha cautivado, ni me ha parecido el enfoque más útil o natural, por esto
cuento con la tolerancia de quienes piensan de forma distinta. De vez en cuando, he
ofrecido comentarios adicionales en las notas sobre aquellos puntos en que,
particularmente, este método carece de coherencia, pruebas o capacidad de
persuasión.
Sobre esta cuestión, y muchas otras, deberán consultarse otros comentarios, por lo
que he provisto de una lista de libros que yo mismo he usado y que forman un conjunto
razonablemente exhaustivo. Este libro, como parte de la serie THE BIBLE SPEAKS TODAY,
trata de “El mensaje de Éxodo” y lo que este testifica sobre el Dios de la Biblia, de qué
forma apunta al Señor Jesucristo y anuncia su futura llegada, y cómo impactan, dentro
de la unidad de la Biblia, la naturaleza y la vida del pueblo de Dios, su redención,
obediencia, seguridad y heredad.
Ahora que este estudio sobre Éxodo ha terminado, lo echaré mucho de menos: el
gozo total de interactuar con su mensaje; el hebreo empleado, a menudo majestuoso, a
veces práctico y eficiente y siempre maravilloso; y la revelación edificante del Señor
Dios en su poder y paciencia, ternura y redención, y en su insistencia inflexible en
honrar su palabra y en guardar sus promesas. En la historia tal y como está relatada
aquí, nuestros hermanos, hermanas y padres de la antigüedad en el Israel de Dios lo
conocieron, en su tiempo, como su Redentor en la esclavitud que guarda su pacto, el
Ángel del Señor, su compañero divino en su peregrinaje y Aquel que es Santo morando
en medio de su campamento y compartiendo su terreno. Y aún es el mismo, pues Él no
cambia.
J. A. Motyer
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Abreviaturas principales
AB Anchor Bible
CBQ Catholic Bible Quarterly
ET English translation
Int Interpretation
IntB The Interpreters” Bible
JBL Journal of Biblical Literature
JETS Journal of the Evangelical Theological Society
JSOT Journal for the Study of the Old Testament
JSOTS Journal for the Study of the Old Testament Supplement Series
NCB New Century Bible
NIBC The New International Biblical Commentary
NICOT New International Commentary on the Old Testament
NIVI New International Version of the Bible, edición en lengua inglesa
OTL Old Testament Library
TOTC Tyndale Old Testament Commentaries
TynB Tyndale Bulletin
VE Vox Evangelica
VT Vetus Testamentum
WBC Word Biblical Commentary
Bibliografía
Notas
El nombre divino
El Señor Dios tiene un nombre propio (así como nosotros). Este nombre salta
especialmente a primer plano en Éxodo cuando el Señor reveló su importancia a Moisés
(3:13–15; 6:2–8). Normalmente es pronunciado Jehová, aunque algunas traducciones
españolas (como la LBLA) han seguido una aprensión antigua al representarlo como “el
SEÑOR”. En este libro, “el Señor” siempre se refiere a Jehová y, a menudo, se emplea el
nombre divino mismo.
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La raíz de un verbo es indicada mediante el signo de la raíz cuadrada, √.
Introducción
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15:7), todo aquel territorio estaba ocupado ya por otros pueblos. Dios no habría sido
consecuente con su propia justicia si simplemente hubiese tomado la tierra de las
manos de sus legítimos habitantes para dársela a otros. Sin embargo, leemos que el
Señor propuso dar cuatrocientos años como período de prueba a las naciones
cananeas, con lo que la tierra les sería arrebatada solo si fracasaban (Gn. 15:16).
Cuando se acabó el tiempo, Josué y sus tropas los expulsaron de allí y aunque
rechacemos (como es lógico) el juicio espantoso que se les infligió a los cananeos (p. ej.
Jos. 6:21), este debe ser visto, a pesar de todo, a la luz de los antecedentes de Génesis,
para así poder decir que el Juez de toda la Tierra ha hecho justicia (Gn. 18:25). Dios les
había dado un período de prueba genuino e, incluso, generoso, pero durante
cuatrocientos años solo hubo un deterioro continuado que resultó en una corrupción
atroz, hasta que el cuchillo del cirujano divino fue la única solución. Hasta aquí se puede
observar la providencia de Dios trabajando juntamente con su justicia perfecta.
Aunque nos sorprenda, Génesis 15:13 también prevé el futuro de Israel con
cuatrocientos años de exilio en los que vivirían bajo la opresión y servitud, aunque no
encontramos la explicación de tal prolongada adversidad ni en Génesis ni en ningún
otro lugar de la Biblia. En ningún momento se nos sugiere que el destierro a Egipto
fuera consecuencia del pecado (que no parece ser un factor en la conciencia de Israel
hasta el episodio del becerro de oro en Ex. 32). Más tarde, la ira santa del Señor privó a
su pueblo de la Tierra Prometida y lo desterró a Babilonia (p. ej. 2 R. 21:10–15), pero no
encontramos una explicación parecida para la estancia en Egipto.
¿Fue, entonces, un caso de “así es la vida”? Después de todo, la vida terrenal está
llena de incertidumbres y, aunque hubiera “estado bien” que Israel hubiera podido
esperar su heredad envuelto de seguridad y prosperidad, no fue así como sucedió. Sin
una Biblia que nos enseñe la verdad, ¿qué otra cosa podríamos pensar? Sin embargo,
con la Biblia, la idea de que la “historia” es como un juego de ruleta queda descartada.
La historia es, en primer lugar, “su historia” y todo lo que le pasó a Israel tenía un
motivo y era parte de un plan más importante. Anteriormente, el Señor había
intervenido para rescatar a Abram de Egipto, a donde había ido sin permiso (Gn.
12:10–20) y, en otra ocasión, había prohibido expresamente a Isaac que fuera a Egipto
(Gn. 26:1–2). Sin embargo, a Jacob, el nieto de Abraham, se le había pedido
específicamente que tomara todo su séquito y se trasladara hacia el Sur, a Egipto,
aunque lo que les esperaba al final era la esclavitud (Gn. 46:1–4).
2. Un misterio de verdad
La Biblia no nos permite afirmar que Jacob “entendió mal su llamamiento”, aunque
esta sería una deducción lógica al ver cómo acabó desarrollándose todo. Sin embargo,
se trata de lo contrario, ya que Jacob fue a Egipto según la voluntad y palabra de Dios,
con la tierna garantía de volver a ver a su hijo José, desaparecido durante tanto tiempo,
y con la promesa de una grandeza y una restauración venideras resonando en sus
orejas (Gn. 46:1–4). Además, se encontró en una situación en que la gracia de Dios se
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había anticipado a sus necesidades enviando a José por delante (Gn. 50:20; Sal.
105:17–23). No obstante, también se había embarcado en un viaje que acabaría en la
esclavitud, el sufrimiento y el intento de extinción de sus descendientes (Ex. 1:8–14, 22)
y, durante todos esos largos años de aflicción, el Cielo permaneció en silencio. Incluso
después de cumplirse, al fin, la promesa de la liberación (Ex. 12:40–42), nunca hubo una
explicación para esos años de dolor y pérdida.
He aquí el misterio de la soberanía divina sobre la historia, tanto en el ámbito
individual, doméstico o nacional: Dios, en su grandeza y amor, tiene el control y, porque
es el verdadero Soberano, lleva a cabo sus propósitos a su manera, no a la nuestra (Is.
55:8). No da explicaciones, sino que da a su pueblo los elementos necesarios para que
comprenda su forma de actuar, su carácter, sus intenciones y su fidelidad eterna, con el
fin de que, sin importar lo oscuro que esté el día, ellos puedan vivir por fe y ser
sustentados por la esperanza.
14
El pacto es el agente principal mediante el cual se desencadena la acción de Éxodo.
En 1:8–22 entramos en contacto de varias formas con las miserias que Israel padecía en
Egipto, pero en 2:23 llegamos al punto en que sus gemidos se convierten en oraciones:
(lit.) “gemían a causa de su servidumbre y clamaron en voz alta, y su clamor de ayuda
subió a Dios, y Dios oyó y recordó su pacto con Abraham”.
Toda la historia de Éxodo es el relato de un pacto. El Dios que se comprometió con
Abraham y sus descendientes permaneció fiel. Había hecho unas promesas y pensaba
cumplirlas, por lo que, cuando llegó su momento, así lo hizo. Reclamó al pueblo de
Israel como suyo (Ex. 4:22), lo rescató de la esclavitud de Egipto (12:41–42) lo ayudó y
lo cuidó durante todos los años que pasó en el desierto tal y como lo haría únicamente
un Dios de un pacto lleno de amor (Dt. 8:2–4) y, finalmente, le dio la tierra que había
prometido a sus antepasados siglos atrás (Gn. 15:7; 26:3; 28:13; Jos. 21:43–45).
¿Fue gracias a estas promesas que el pueblo, en su sufrimiento, consiguió aguantar
durante aquellos años oscuros de servidumbre? No lo sabemos, ya que no se nos
explica esa parte de la historia. Sin embargo, lo que sí podemos aprender del primer
capítulo de Éxodo y de la preocupación de los egipcios es que, de alguna manera, los
hebreos habían conseguido conservar su propia identidad. También aprendemos que
cuando Moisés fue a ellos en nombre del Dios de sus padres y del Señor (Ex. 3:13–14),
fue acogido como alguien que hablaba de un Dios al que conocían.
5. Éxodo en la Biblia
a. El nombre divino y la sangre del cordero
Es evidente que el tema del pacto vincula Éxodo con el resto de la Biblia y nos guía
directamente hacia las enseñanzas del Señor Jesucristo y más allá (cf. Ex. 24:8 con Lc.
22:20 y Ex. 29:42–46 con Ap. 21:3). En Éxodo, dos grandes acontecimientos se unen en
el centro de la acción divina del pacto: el nombre del Señor aparece bajo una nueva luz
(3:13–15; 6:2–8) y la sangre del cordero es situada en el centro del sacrificio pascual
(12:13). Más adelante analizaremos ambos acontecimientos con más detalle, pero es
necesario que hagamos aquí un pequeño comentario al respecto.
El nombre divino
La Biblia describe al Señor como “ĕlōhîm”, “Dios”. Este sustantivo hebreo es plural y,
probablemente, apunta al ser en cuestión como quien posee todos y cada uno de los
atributos divinos, lo que se llama “plural de amplitud” o “plenitud”. El sustantivo
singular ‘ēl parece referirse a aquel que justamente posee y goza de una trascendencia
sobrenatural, “Dios” en la esencia de lo divino. En la Biblia también se utiliza ‘ēl como
un componente de varios títulos que resumen, cada uno de ellos, algo distintivo acerca
del Dios trascendente. Por ejemplo, ‘ēl-šadday (“Dios Todopoderoso”, Gn. 17:1) y
‘ēl-’ôlam (“El Dios eterno”, Gn. 21:33).
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Aunque hay muchos títulos atribuidos a Dios, solo hay un nombre que sea su
nombre personal, que es representado en hebreo mediante las cuatro consonantes
YHWH y que muy probablemente se pronunciaba Yahveh. Moisés esperaba que le
preguntasen sobre esto a su regreso a Egipto (Ex. 3:13–15), y fue alrededor de este
Nombre que formuló su enseñanza fundamental. “Jehová” es, específicamente, el Dios
del éxodo, el Redentor (Ex. 6:6), quien dictó la Ley (Ex. 20:1–2) y moró en el tabernáculo
con su pueblo (Ex. 29:46).
El Cordero
El nombre Jehová resuena a lo largo de toda la narración de la pascua: es el Señor
quien ordena el sacrificio; la pascua es la Pascua del Señor; el Señor es redentor,
liberador, legislador y juez, y el pueblo es el pueblo del Señor. De la misma forma en
que la inauguración del pacto con Abraham requería un sacrificio (Gn. 15:9–18), el
relato de Éxodo une el Dios hacedor de pactos, el nuevo enfoque respecto a su nombre
y la sangre del Cordero pascual, cuya muerte es entendida bajo los términos de
propiciación y sustitución.
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Testamento alrededor del tema de Éxodo. Desde el principio, Éxodo anuncia que el
Israel esclavizado y oprimido no es otro que “mi primogénito” (4:22), que es lo mismo
que con lo que empieza el Evangelio según Mateo. El hijo de David, hijo de Abraham e
hijo de María también es “mi Hijo amado en quien me he complacido” (Mt. 1:1, 16;
3:17). Aún así, la vida de Jesús, al igual que la de los israelitas, estaba amenazada por las
autoridades políticas del momento y, como ellos, también viajó a Egipto y regresó (Mt.
2:13–15) y estuvo expuesto a la adversidad y a la oposición satánica (Mt. 4:1–11).
Es recomendable echar un vistazo a otros textos paralelos. Así como Israel dejó
Egipto y llegó al Mar Rojo (Ex. 14), Mateo continúa su relato sobre el regreso de Jesús
de Egipto (la única mención de Mateo a la niñez de Jesús) describiendo inmediatamente
su llegada al Jordán para su bautismo (Mt. 2:23; 3:1). Así como Israel salió del Mar Rojo
para adentrarse en el desierto (Ex. 15:22), también Jesús pasó de las aguas del
bautismo al desierto (Mt. 4:1); Israel experimentó la falta de agua y comida (Ex. 15:23;
16:3), como también lo experimentó Jesús cuando fue tentado por primera vez (Mt.
4:1–4); Israel llegó al lugar donde pusieron a prueba al Señor (Ex. 17:2), algo que Jesús
se negó a hacer cuando fue tentado por segunda vez (Mt. 4:7); Israel llegó al Monte
Sinaí (Ex. 19), donde no tardó en apartarse del Señor para adorar a un ídolo (Ex.
32:1–6), mientras que, por el contrario, viendo todos los reinos del mundo desde “un
monte muy alto”, Jesús insistió en que solo el Señor es digno de adoración (Mt. 4:8–10).
En otras palabras, Éxodo es la historia del hijo de Dios que necesita ser salvado después
de fallar en cada aspecto de su vida e, incluso, en su privilegio; Mateo habla del Hijo de
Dios que trae salvación (Mt. 1:21), que es perfecto y justo en cada aspecto y en cada
circunstancia y prueba.
6. La importancia de Éxodo
La finalidad de todo esto es subrayar la importancia de Éxodo en la Biblia, ya que
representa un momento decisivo, o nuevo comienzo, tan importante como lo es Mateo
al principio del Nuevo Testamento. Cuando recordamos la revelación del nombre divino
o la historia de la sangre del cordero, situamos el libro de Éxodo en el mismo lugar
destacado del Antiguo Testamento que ocupan la venida de Jesús y la cruz del Calvario
en el Nuevo. Inaugura la revelación normativa del Antiguo Testamento (y de toda la
Biblia) en el plan de salvación de Dios; subraya la naturaleza santa de Dios frente a la
pecaminosidad de los hombres; explica el significado de la sangre y el sacrificio; es un
libro de la misericordia que baja del Cielo y de la ley que enseña a los pecadores
redimidos a vivir en términos celestiales, y mientras que en Génesis ya podemos
entrever algunas de estas grandes verdades bíblicas, en Éxodo aparecen unidas, con lo
que toman una forma y una definición que ya no serán alteradas en ninguna parte de la
Biblia. Bajo una forma simple y, según muchos, una historia fascinante, Éxodo revela
unas verdades fundamentales y es, de hecho, uno de los grandes pilares de la Biblia.
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a. El relato de la historia
En Éxodo encontramos muchos géneros literarios diferentes, pero, en esencia, es un
ejercicio de narración planificado. Como tal, el libro puede dividirse en tres partes, que
quedan más claras y definidas si las presentamos en forma de diagrama y tratamos el
libro como un todo siguiendo estas pautas:
1.a Parte: Israel en Egipto: el Salvador (1:1–13:16)
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mostrado a sí mismo como su compañero y proveedor en todas las vicisitudes del viaje
por el desierto desde Egipto hasta el Sinaí (13:17–17:16). Esta relación de
compañerismo acaba tomando su última forma del Antiguo Testamento en la provisión
y significado del tabernáculo que, tal y como se explica en 29:42–46, era el propósito
intencionado de Jehová que subyacía en toda la empresa del éxodo, para ser el Dios
que mora con su pueblo.
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De hecho, el plan de Éxodo presenta la misma estructura que la del quiasmo,
mediante la cual las secciones iniciales (A1, B1, C1) son repetidas a la inversa en las
secciones finales (A2, B2, C2), con una sección central (D) que contiene las ideas
centrales de todo el libro.
A1 Construir para Faraón (1–5)
B1 El cordero de Dios (6–12)
C1 El Dios compañero (13–18)
D La gracia de Dios y la ley de Dios (19–24)
2
C El Dios morador (25–31)
2
B El becerro de oro (32–34)
A2 Construir para Dios (35–40)
Aquí, aunque muy resumidamente, están representadas las ideas principales de
Éxodo y de toda la historia de la salvación. Según A1, 2, el plan y la obra redentora del
Señor nos liberan de la servidumbre del mundo para gozar de su servicio y de su
presencia entre nosotros (cf. 1 Co. 3:16; 6:19); en B1, 2 se nos revela la maravilla que es
la salvación y la gravedad que supone la deslealtad y la deserción; en C1, 2 se nos
muestra la belleza y el poder práctico de la presencia del Señor y, finalmente, en D
vemos la prioridad de la gracia salvadora de Dios y la vida de obediencia como
respuesta.
Días de oscuridad
Éxodo 1:1–2:10
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que el lector se hiciera a la idea. Sin embargo, además de esta opresión pública,
también existían las penas personales de cada casa (1:22). ¡La “oscuridad” y el “dolor”
sin límites!
21
(v. 22): Faraón al mando, su pueblo habitando codo con codo con el pueblo de Dios,
repartido por toda la Tierra y, finalmente, el dios Nilo mismo; todo el poder de Egipto,
todo el poder del enemigo (real, popular y sobrenatural). ¡Ciertamente eran días de
oscuridad!
22
conocido por su nombre y contado uno a uno, se remontan al linaje impecable de los
israelitas en Egipto, lo que nos reafirma que se trataba de los elegidos de Dios (1:1–5).
También sabemos, por Génesis 14:1–4, que estaban donde estaban por mandamiento
de Dios, bajo Su promesa y aguardando la intervención divina. Mientras tanto, no
tenían ningún certificado de inmunidad contra el dolor o la dificultad. Con la muerte de
José primero, y la ascensión de un rey que ni sabía nada del estatus especial de José ni
reconocía ninguna obligación para sus descendientes después, estaban completamente
expuestos a cualquier ataque procedente de la oposición del mundo.
6. Luz en la oscuridad
No es el estilo de Dios el dar explicaciones sobre sus acciones a no ser para que
queden registradas en su Palabra con el fin de enseñarnos que “mis pensamientos no
son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos” (Is. 55:8). Es por esto que
el relato bíblico no ofrece respuestas claras a nuestras preguntas, sino que nos da una
estructura y un contexto con los que podemos empezar a dar sentido a los días de
oscuridad, que ha sido todo lo que el pueblo de Dios ha vivido a lo largo de la historia. Si
volvemos al relato de Génesis sobre los acuerdos de Dios con su pueblo hasta su llegada
a Egipto, encontraremos que aquel esclarece los hechos que vinieron después y nos
ayuda a ver la mano de Dios trabajando de principio a fin. Le vemos elaborando sus
propios planes a su manera, según su magnitud, su plan cronológico y su sabiduría, y
nos da la seguridad de que, aunque eran días oscuros, todo estaba bien, todo estaba
planeado y todo acabaría bien.
23
Génesis 46:1–4 relata el delicado momento en que Jacob iba a tomar toda su familia
y descender hacia la tierra de Egipto. En esas circunstancias necesitaba una palabra de
Dios, y la recibió: “Yo soy Dios, el Dios de tu padre […] No temas descender a Egipto,
porque allí te haré una gran nación. Yo descenderé contigo a Egipto”. Si los israelitas
pensaron alguna vez que todos sus problemas eran una señal de que habían tomado el
camino equivocado y que estaban fuera de la voluntad de Dios, esto les hubiera
asegurado de que no era así. Todo estaba bien. Dios les había hecho descender hacia la
tierra de Egipto. De hecho, Él los había acompañado hasta allí. Está claro que esto no
hace que todo sea fácil, pero sí hace que esté bien.
24
presiones del mundo, soportando las dificultades del mundo y sufriendo las penas del
mundo. Nos gustaría tener una respuesta a la pregunta “¿por qué?”, pero Dios no baja
para dar explicaciones sobre sí mismo. “Experiencias sin explicación” es de lo que trata
el primer capítulo de Éxodo. Nuestro único consuelo es que Dios se acerca a nosotros
en el día de oscuridad y, con amor, nos asegura de que “todo está bien, todo está
planeado y todo acabará bien”.
25
capítulo 2 empieza con sólo un hijo, nacido bajo el edicto de muerte: “Un hombre de la
casa de Leví fue y tomó por mujer a una hija de Leví. Y la mujer concibió y dio a luz un
hijo”. En retrospectiva, sabemos que Moisés era especial, pero en este punto de la
historia él era simplemente un caso más, un ejemplo del hecho de que por todas partes
estaban naciendo niños hebreos, y que todo el peso del poder egipcio en contra de
ellos había sido desbaratado por el cuidado individual del Señor respecto a su pueblo.
Es de suponer que no ocurrió lo mismo en todos los casos, pero sí habría más
situaciones en que, como con Moisés, el poder misericordioso del Señor demostró estar
en contra del poder del enemigo.
En todo el pasaje comprendido entre 1:22 y 2:22 observamos el estilo artístico y
reflexivo propio de la mayor parte de Éxodo e, incrustada dentro de la estructura,
vemos la mano omnipresente de Dios modificando los acontecimientos según sus
propósitos. También podemos ver la ironía de la situación: el plan genocida de Faraón
incluía la conservación de las hijas pero, tal y como salieron las cosas, fueron las hijas
quienes lo derrotaron.
A1 Los hijos destinados a ser masacrados: el pueblo bajo amenaza (1:22)
B1 El matrimonio: los padres de Moisés (2:1)
C Las hijas clave
La hija de Leví y el bebé Moisés (2:1–3)
La hija de Jocabed y el niño Moisés (2:4–9)
La hija de Faraón y el crecimiento de Moisés (2:10)
Las hijas de Jetro y la seguridad de Moisés (2:11–20)
2
B El matrimonio: Moisés y Séfora (2:21)
2
A Un hijo nacido bajo seguridad: el pueblo continúa (2:22)
26
hebreo! ¡Tiradlo al río!”. No, ella tuvo compasión. ¡De qué manera Dios, en su
providencia, se preocupa por su pueblo! Él somete todo el poder de su enemigo bajo el
suyo propio.
Así que el río no puede capturar a su presa e incluso la casa de Faraón deja de
destruir para salvar, pero ¿qué pasó con la gente que era tan hostil con sus vecinos
hebreos, la tercera hebra en la jerarquía de poder en 1:22? También se les impidió
llevar a cabo la sentencia de muerte con el bebé Moisés. Cuando Miriam consiguió que
la madre de Moisés fuera su nodriza, el bebé obtuvo una fuerte protección real que
nadie podía desafiar (2:7–9). Nos podemos imaginar a la madre de Moisés llevando a su
bebé de un lado a otro y gente parándola por la calle diciendo “qué niñita tan preciosa
que tiene, Sra. Amram” (ya que, evidentemente, no se dejaría que un niño estuviera a
la vista de todos) y ella respondiendo “Ah, no, este es mi hijo Moisés”. “Pero, entonces,
¿no sería mejor mantenerlo escondido?” habría sido la reacción obvia. “¡Claro que no!”
diría con confianza, “él es el hijo adoptivo de la hija de Faraón. No pueden tocarlo”.
9. Y… ¿para nosotros?
Faraón había dejado el Dios de los hebreos fuera de sus cálculos, este fue su gran
error, y puede ser el nuestro también. Hay algo muy básico en nosotros que necesita
que la vida sea lógica, y se inquieta y se indigna cuando no podemos ver la adversidad
satisfaciendo algún propósito. Nuestra fe necesita madurar si queremos que sobreviva
en los días de oscuridad que inevitablemente vendrán sobre nosotros. Los primeros dos
capítulos de Éxodo nos enseñan tres cualidades de una fe así.
En primer lugar, es una fe que confía y descansa en el conocimiento de que detrás
de todo lo que nos sucede está una providencia desapercibida y secreta siempre
trabajando, siempre proveyendo, siempre con un propósito, siempre a favor del pueblo
de Dios (cf. Ro. 8:28). Con una fe así nuestra experiencia será, de un modo u otro, como
la de nuestros antepasados hebreos que cuanto más los oprimían, más se multiplicaban.
En segundo lugar, es una fe esperanzada. En la Biblia, los ángeles no tienen alas ni
alumbran con una luz sobrenatural. ¡Esto queda reservado para las tarjetas de Navidad!
A menudo aparecen bajo aspectos muy normales (cf. He. 13:2): son los representantes
de Dios, en el lugar de Dios y en el tiempo de Dios. Como las parteras a las que se dirigió
Faraón para llevar a cabo su estrategia de limpieza étnica, ¡sólo para darse cuenta de
que ya estaban siguiendo un plan muy diferente, por el que estaban dispuestas a “dar
la cara”! Cuatrocientos años atrás, Abraham, gracias a una fe esperanzada, había
afirmado “Dios proveerá” (Gn. 22:8, 14), y lo hace.
En tercer lugar, es una fe paciente. Es más fácil decir o imaginar cuatrocientos años
que vivirlos. Sin embargo, el Señor había prometido: “Yo descenderé contigo a Egipto, y
ciertamente, yo también te haré volver” (Gn. 46:4) y el Dios, que cumple sus promesas,
desarrolla su gobierno moral del mundo con una justicia perfecta (Gn. 15:16), una
paciencia infinita (2 P. 3:9, 15) y según su propio tiempo. Hebreos 6:12 sumariza las
lecciones sacadas de la estancia en Egipto (y, sin duda, la experiencia de muchas más
27
lecciones de la Biblia aunque no sean mencionadas explícitamente) al insistir que es
“mediante la fe y la paciencia” que heredamos las promesas de Dios.
El momento decisivo
Éxodo 2:11–25
28
Incluso su regreso de Madián parecía un albor falso, sin ninguna esperanza real de ver
pronto la luz del día (cf. 4:31 con 5:21).
Los autores de himnos a veces se permiten una licencia poética para simplificar en
exceso las realidades de la vida, con lo que pueden llegar a traspasar los límites que nos
dan las Escrituras. Tomemos, por ejemplo, los siguientes versos:
Ninguna sombra podrá levantarse,
ni una nube en el cielo,
pues su sonrisa enseguida las aleja.
Es de suponer que las palabras expresan algo que el autor estaba viviendo en el
momento de componer el himno, pero es evidente que no pueden aplicarse a todas las
etapas de la vida de una persona. En cambio, el libro de Éxodo nos obliga a
enfrentarnos a la oscuridad predominante y continuada que experimentamos a
menudo, mientras que, al mismo tiempo, levanta una esquina de esta cortina negra
para hacernos ver que también existe otra historia, mostrando que aquellos que andan
en la oscuridad acabarán por encontrar la luz (cf. Is. 9:2). El Señor está trabajando para
sacar a su pueblo de la oscuridad.
Es natural que siempre queramos soluciones fáciles y rápidas, ¡el equivalente a un
café instantáneo espiritual! A veces el Señor satisfará nuestro deseo pero, en la mayoría
de los casos, no lo hará y, como el pueblo de Éxodo, necesitamos perseverar con
confianza y paciencia en nuestra espera para el día venidero.
a. Su posición
En el versículo 11 leemos que Moisés salió (supuestamente del palacio) para ver a
sus hermanos de sangre. Había llegado a la edad adulta como el hijo de la hija de
Faraón, un príncipe de Egipto, con las riquezas de Egipto a su alcance (He. 11:26).
¿Quién podía culparle si pensaba que sólo levantando el dedo meñique tanto hebreos
como egipcios irían corriendo a sus pies? Pero, al mismo tiempo, ¿quién no lo admiraría
por aprovechar su posición no para sí mismo, sino a favor de sus oprimidos hermanos
israelitas? Además, Moisés no era el niño mimado y delicado de palacio (cf. Mt. 11:8),
sino que más bien destacaba por ser decidido, ingenioso, valiente y eficaz en sus
acciones. Sin embargo, la posición, el compromiso y el coraje no eran suficientes.
b. Su vocación
29
En Hechos 7:25 aprendemos que cuando Moisés mató al egipcio, lo hizo, según lo
entendía él, para obedecer una vocación divina, ya que se veía a sí mismo como a un
liberador designado por Dios. Esta nota del Nuevo Testamento no contradice nada de lo
que se relata en Éxodo, sino que es afín a los acontecimientos narrados. Si tomamos en
serio la referencia del versículo 11 a donde sus hermanos de sangre y de 3:6 a el Dios de
tu padre, vemos que Moisés fue instruido en la sabiduría de Israel así como en la de
Egipto (cf. He. 11:25). Por tanto, sabía quién era, cuáles eran sus orígenes y lo que creía,
lo que finalmente le llevó a actuar, pero no fue suficiente.
c. Su preocupación solidaria
Había algo dentro de Moisés que no le dejaba permanecer callado mientras veía a
los débiles siendo oprimidos y se le subía la sangre a la cabeza cuando veía a un egipcio
golpeando a un hebreo (v. 11). Por lo que sabemos, es posible que surgiera un cierto
sentimiento nacionalista, aunque no fue esto lo que le llevó a intervenir cuando vio a un
hebreo pegando a otro (v. 13) o, menos aún, a actuar desinteresadamente a favor de
las muchachas en el pozo (vv. 16–17). Todo ello demuestra que Moisés tenía un buen
carácter, quizás heredado de una madre biológica que no podía soportar la idea de
abandonar a su hijo en el río y de una madre adoptiva cuyo corazón se enterneció con
las lágrimas de un bebé. Su preocupación provenía de su buen corazón, tanto innato
como adquirido, y no había podido tener mejor preparación para el trabajo que le
aguardaba, especialmente para cuando la obstinación y la ingratitud del pueblo que
lideraba pusiera a prueba al máximo su compasión, que nunca se agotó (véase 32:32).
Moisés era, claramente, el hombre perfecto para lo se avecinaba según la voluntad
de Dios. Puede que la mente humana, sin ninguna ayuda externa, piense que con su
herencia y educación, Moisés poseía exactamente los requisitos que Dios estaba
buscando. La mente que ha sido instruida con las Escrituras ve en Moisés una obra de
gracia mediante la que Dios formó al hombre que necesitaba (cf. Jer. 1:4–5), de la
misma forma que fue a aquellos a los que había enseñado a pescar que llamó para que
fueran pescadores de hombres (Mr. 1:16–17). En un plano más personal, cualquier cosa
a la que Dios nos pueda llamar, debemos estar confiados de que, en su gracia, nos ha
preparado para que seamos perfectos para la tarea. Sin embargo, tal y como vemos en
el joven Moisés, ni siquiera un corazón increíblemente tierno era suficiente.
4. Más retraso
Desde el punto de vista humano, cuando Moisés tomó la justicia por su mano
retrasó aún más el día de la liberación, aunque no cabe duda de que, desde la
perspectiva divina, nada puede frustrar los planes del Señor. Como veremos, Moisés
aún tenía mucho por aprender en la escuela de la disciplina divina, aunque, desde
nuestro punto de vista humano, podría parecer que al entrar Moisés en escena,
demoró el plan divino cuarenta años.
30
Para empezar, asesinar al capataz egipcio fue una acción insensata (v. 12).
Deshacerse de un egipcio aquí y de otro allí no iba a perturbar las aguas tranquilas de
todo el régimen. Fue una forma nada práctica de intentar liberar al pueblo de Dios. En
segundo lugar, la tentativa de zanjar la riña entre los dos hebreos solo sirvió para
enemistarse con ellos (v. 14). Moisés se encontró ante el problema que, a lo largo de la
historia, ha ido asaltando al potencial libertador: tan pronto intenta liberar al pueblo
por la fuerza, empieza a enemistarse con aquellos a los que quiere ayudar. Es lógico y
justo que se volvieran en contra de él, diciendo: “ya hemos tenido suficientes muertes,
¿por qué deberíamos confiar en otro asesino? Ya tenemos demasiados hombres con
espadas, no necesitamos a otro”. En tercer lugar, la acción de Moisés estaba condenada
al fracaso desde el principio. Pensó que podría ocultar el asesinato (v. 12), pero su
crimen fue descubierto y Cuando Faraón se enteró del asunto, trató de matar a Moisés
(v. 15). ¿Cómo podía Moisés, por muy “grande” que fuera en Egipto (11:3), abordar y
derrocar él solo todo el poder de Faraón? Era una tarea disparatada desde el principio.
31
6. Falsos y buenos comienzos
Si leemos el pasaje comprendido entre 2:11–3:10, hallamos cuatro secciones bien
diferenciadas: la vida de Moisés en Egipto (2:11–15a); la vida con su familia en Madián
(2:15b–22); el recuerdo súbito de Dios acerca de su pacto (2:23–25) y la revelación de
Dios a Moisés (3:1–10). Las dos primeras se centran en Moisés: entre los versos 11–15b
aparecen dieciséis verbos y Moisés es el sujeto gramatical de catorce de ellos; en
cambio, en las dos últimas secciones, la acción pasa a manos de Dios: es Él quien
“interviene” (vv. 24–25) y se inmiscuye de una forma tan repentina y trastornadora en
la vida tranquila de pastor adoptada por Moisés. ¡Y aquí es donde empieza la historia!
No es muy común en la narración bíblica el dar lecciones o hacer un paréntesis para
realizar un comentario de tipo moral. Sin embargo, lo que aquí se quiere destacar y la
conclusión que se deriva es evidente: en la obra de Dios, cualquier esfuerzo humano,
por muy bien intencionado, comprometido e influyente que sea, acaba en fracaso. La
única forma de seguir hacia delante es, hablando con todo el respeto, “movilizando a
Dios” para que esté a nuestro lado. Visto así, podríamos llamar 2:11–22 como “el
camino hacia el fracaso”, mientras que 2:23–25 nos lleva al “lugar de la victoria”.
7. En pocas palabras
Vale la pena resaltar los últimos versículos de cada sección. Al final de la primera, el
hecho de que Moisés nombre a su hijo acorde con su sentimiento de extranjero es un
triste comentario sobre la misión que ha fracasado (2:22). El mismo Moisés que
irrumpió con triunfalismo en la escena de opresión como el futuro libertador, es ahora
un extranjero que ha huido de su tierra. Al final de la segunda, encontramos indicios de
un nuevo comienzo (2:25), cuya estructura contrasta con 2:11. Antes, Moisés salió y vio
(lit. “miró”) las necesidades de Israel pero todo resultó en un desastre; esta vez miró
Dios a los hijos de Israel. ¿Qué había hecho posible este cambio del fracaso a la victoria?
32
Podríamos preguntarnos si el paso de “murió” a “clamaron” sugiere que a lo mejor
estaban esperando que en el nuevo reinado pudieran encontrar cierto alivio, aunque si
este fue el caso, estaban condenados a la decepción. Tenían un nuevo rey, pero
continuaban con las antiguas penas.
¿Qué es, pues, lo que cambió por completo la situación del pueblo de Dios? Las
palabras del versículo 23b son importantes: ellos (lit.) “se quejaron […] gritaron […] su
petición de ayuda” (en LBLA, gemían […] clamaron […] su clamor). Las tres palabras han
sido usadas adecuadamente, y es posible que las primeras dos sean sinónimas y
aparezcan sólo para dar énfasis. Sin embargo, si se quiere remarcar la diferencia entre
las dos, la primera haría referencia a la pesadez de sus vidas y, la segunda, al dolor que
esta les causaba. La tercera palabra, “su clamor”7 es la que cambia las cosas. Los
israelitas “se quejaron” (una reacción espontánea y natural a los problemas), “gritaron”
(una reacción espontánea y natural al dolor) y Dios, consciente de su angustia y sensible
a ella, escuchó sus gemidos inarticulados (v. 24). Sin embargo, el momento decisivo no
llegó hasta que su queja inarticulada y sus gritos se convirtieron en una oración y su
clamor […] subió a Dios (cf. 3:7).
Cuando el tiempo no había traído ningún alivio y el cambio político no supuso
ninguna mejora, la oración es la que marcó la diferencia. Si, como ya mencionamos,
bajo el punto de vista humano la acción precipitada de Moisés retrasó el momento de
la liberación, entonces debemos afirmar, del mismo modo, que la oración lo trajo con
ella (cf. Dn. 9:23). La oración del pueblo de Dios es el principio de su liberación, ya que
la oración involucra a Dios en la situación. El capítulo acaba con la afirmación altamente
significativa sobre la respuesta de Dios a la oración de su pueblo: oyó Dios […] miró Dios
[…] y los reconoció [conoció] Dios (vv. 24–25).
Así que Dios oyó (es decir, el pueblo había atraído toda su atención), vio (es decir,
examinó la situación en la que se encontraba el pueblo) y, después de examinarlo todo,
lo conoció. Es evidente que el verbo “conocer” es, sobre todo, el registro de los hechos
(cf. Gn. 18:21) aunque a menudo va más allá. En el Antiguo Testamento, “conocer” a
alguien también implica entrar activamente en una relación íntima con esa persona,
como en otro episodio, en hebreo, se dice que Adán “conoció” a su mujer; en otras
palabras, entró en la intimidad más profunda y personal que, de mutuo acuerdo, dos
seres humanos pueden experimentar (Gn. 4:1). De forma parecida, cuando el salmista
afirma en Salmos 1:6: el Señor conoce el camino de los justos, lo que quiere decir es que
toma nota de cómo son y entonces mantiene una relación con ellos que es íntima y
basada en el conocimiento mutuo durante toda la vida. El hecho de que Él conozca
dónde estamos, cómo nos sentimos y cómo es estar en nuestra situación, no significa
que simplemente conozca los hechos de forma remota y puramente objetiva, sino que
implica un “descenso”, una amistad sin secretos y, por tanto, una intención
transformadora. Esto queda claro en Éxodo 3:7–8, donde Dios dice: “Conozco bien sus
penurias. Así que he descendido…”.
Fue la oración lo que cambió las cosas, aunque no hubo cambios inmediatos.
Aquella horrible cortina negra de sufrimiento aún colgaba sobre el pueblo de Dios;
Moisés permanecía en Madián y no había ningún destello de luz celestial ni ninguna
33
revelación perceptible o pública de Dios de que su oración había sido escuchada, por lo
que los israelitas continuaban caminando en la oscuridad sin ver ninguna luz (cf. Is.
50:10). Sin embargo, nosotros estamos en una situación diferente, ya que el Señor
utiliza su Palabra para levantar una esquina de la cortina para nosotros que podemos
ver lo que ellos no pudieron: que cuando oraron, Dios los escuchó; Dios tomó nota de la
triste realidad de su situación, se unió a su pueblo en su necesidad y descendió para
liberarlos. Esta es una demostración clara de la eficacia de la oración, como vemos
también en Daniel 9:23: “Tan pronto como empezaste a orar, Dios contestó tu oración”
(cf. Jer. 33:1–3). La oración fue lo que marcó la diferencia.
34
orar. Jesús nos exhorta a orar, no solo sobre cosas que están bajo nuestra
responsabilidad, sino también sobre asuntos que ya están establecidos según los
propósitos de Dios (véase Mt. 24:20). La única razón por la que debemos orar es que
Dios escucha y responde las oraciones.
Aquí, en Éxodo, tenemos un ejemplo perfecto de esta verdad, en ese estilo tan
increíblemente humano con el que la Biblia nos habla de Dios. En el versículo 24 se nos
dice que Oyó Dios su gemido, y se acordó Dios de su pacto. Esta es la forma en que se
nos es explicado, pero es evidente que es imposible que Dios se olvide de algo: nunca
se olvida de su pueblo ni aquello que ha prometido, es decir, su pacto (Dt. 4:31; Is.
49:15). Aún así, Dios es presentado como si un día se hubiese despertado, el teléfono
hubiera sonado y, al levantar el auricular, hubiera oído la voz de su pueblo en Egipto
diciendo: “Estamos en apuros”, y Dios se hubiera dicho a sí mismo: “Vaya, me había
olvidado de ellos”. Claro que no es eso lo que pasó, pero Dios es representado como si
necesitara que le diesen un codazo y la oración hubiera solucionado el problema. De
esta manera aprendemos lo maravillosa y poderosa que es la oración del pueblo de
Dios.
Las oraciones del pueblo de Dios desempeñan un papel tan importante que la Biblia
sólo puede explicarlo usando términos que podamos entender. Es por esto que retrata
al Dios que nunca se olvida como si fuera capaz de olvidar y representa nuestras
oraciones como si tuvieran el maravilloso efecto de hacerle recordar. Nuestras
oraciones son tan eficaces y agradables a sus oídos que Dios accede acomodar su obra
providencial, soberana y eterna a lo que nosotros podamos entender, como si dijera:
“Ah, gracias por recordármelo”.
Aunque la oración es verdaderamente eficaz y poderosa, los acontecimientos aún se
rigen por el marco de tiempo establecido por Dios. Es por esto que leemos que se
acordó Dios de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob (v. 24). El ejemplo de aquellos
patriarcas que hacía tanto que habían perecido es un llamamiento a la paciencia y a la
espera. Dios trabaja según su tiempo y espera que su pueblo le espere, y que lo haga
con Él. Aquel que conoce el final de la historia de Éxodo podría preguntar por qué
pasaron cuarenta años antes de que Moisés regresara. Sin embargo, no encontramos
ninguna respuesta para tan lógica pregunta (cf. Hch. 1:6–7). El Señor espera que su
pueblo de fe le espere con paciencia.
35
momento en que los israelitas entraron en la tierra prometida (12:30; Jos. 6:21; 10:40).
Los primeros sufrieron el juicio de Dios cuando su pueblo salió de aquella tierra, y los
últimos sufrieron el juicio de Dios cuando su pueblo entró en la tierra. A ambas
naciones se les concedió un período de prueba: el de los cananeos fue anunciado en
Génesis 15:16 y el de los egipcios es relatado en Éxodo 7–12. Frente a estos relatos de
las visitas divinas no podemos hacer otra cosa que estremecernos; “¡los juicios de Dios
son terribles!”, podríamos exclamar. Pero Él es el “Juez de toda la Tierra” y siempre
hace lo que es “justo” (Gn. 18:25), sin imponer jamás lo que es injusto y armonizando
su cuidado central por su pueblo con el gobierno total del mundo según su justicia. Así,
¿por qué tardó Moisés cuarenta años en volver a Egipto? Porque Egipto aún no estaba
listo para el momento final de su prueba y los amorreos no estaban listos para el juicio
establecido. Además, Moisés aún no estaba listo para tomar el liderazgo, pues los años
en Madián serían años importantes para su formación.
Notas adicionales
El contexto de la vida de Moisés queda esbozado a partir de varios pasajes bíblicos.
En Hechos 7:23 aprendemos que Moisés tenía cuarenta años cuando se fue de Egipto
(Ex. 2:11), y Hechos 7:30 relata que pasó cuarenta años más en Madián, por lo que
debía tener ochenta años cuando regresó a Egipto (Ex. 7:7). Después lideró a Israel por
el desierto durante otros cuarenta años (Nm. 14:34; Dt. 8:2), por lo que todo ello encaja
con Deuteronomio, donde se nos dice que tenía 120 años cuando murió (Dt. 34:7). La
clara división de la vida de Moisés en tres bloques de cuarenta años sugiere un patrón
intencionado, y Currid (vol. 1, p. 75) observa que el número cuarenta representa a
menudo un período de prueba en la Biblia (p. ej., Gn. 7:17; 1 S. 17:16). Evidentemente
esto no es para poner en duda la veracidad de la Biblia, sino que toma en consideración
el uso simbólico (y permisible) de los números y sugiere que, aquí, las Escrituras
parecen estar más interesadas en la calidad de la vida de Moisés que en la cronología
(ciertamente, cada etapa de su vida fue un tiempo de prueba por excelencia). El
comentario de Deuteronomio 34:7 sobre la excepcional vitalidad de Moisés a pesar de
su avanzada edad sugiere que es muy probable que los cálculos sobre su edad sean
correctos.
1. El monte de Dios
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La formación de Moisés para convertirse en el gran líder y libertador que fue,
empezó con su encuentro con Dios en Horeb, el monte de Dios (v. 1). Los montes y, en
especial, Horeb (o Sinaí, tal y como se la conoce en el Antiguo Testamento),2 tuvieron
un protagonismo especial en la historia espiritual de Moisés. Aquí, Horeb aparece por
primera vez en la historia como un monte de cambios o nuevos comienzos y, de los
capítulos 19 al 34, es representado como el monte de la revelación, al que Moisés subió
siete veces. Más allá de Horeb se levanta el Monte Pisga, que podría llamarse el monte
de la desilusión de Moisés, ya que fue desde allí donde vio la tierra a la que se le había
prohibido entrar (Dt. 34:1). Mucho tiempo después, estaría el lugar donde Jesús se
transfiguraría, el monte del regreso de Moisés (Mt. 17:1–3).
Sería posible llamar la primera visita de Moisés a Horeb como el momento de su
conversión. C. S. Lewis se describió a sí mismo en el que, según escribió, fue el
momento de su conversión como el creyente “más reacio”, aunque, como veremos, no
fue más reacio que Moisés. Aun así, su encuentro con Dios en Horeb resultó ser la
experiencia radical y transformadora que es la verdadera conversión. Es probable que el
nuevo Moisés tardase en salir a la luz del día, pero esto también puede ser el sello
distintivo de un cambio de corazón profundo y duradero. Con una simplicidad elegante,
Juan 1:12 nos enseña que el momento en que ponemos nuestra fe en el Señor
Jesucristo, se produce un cambio eterno e irreversible que nos convierte en “hijos de
Dios”. Esto resulta en una iluminación espiritual en el momento en que abrimos
nuestros ojos, en una reorientación personal de la oscuridad a la luz, en un cambio de
membresía del reino de Satanás al de Dios, en el perdón de los pecados y en una
herencia eterna (Hch. 26:18). Este cambio fundamental del corazón, que se origina en el
momento en que alguien se vuelve al Señor, era tan verdadero bajo el viejo pacto como
lo es bajo el nuevo y, tanto entonces y como ahora, debe demostrar su realidad con una
transformación progresiva del carácter y de la conducta. A medida que Moisés el
hombre va surgiendo para desempeñar el papel central dentro de los asombrosos
hechos relatados en Éxodo, podremos observar en él parte de ese desarrollo y
maduración, aunque todo empezó aquí, cuando se le apareció el Dios viviente y santo.
37
B2 Moisés y el Señor: indecisión y obediencia (3:11–4:28)
La insuficiencia de Moisés
2
A Israel en Egipto: la nueva iniciativa de Dios es aceptada (4:29–31)
Dos verbos que expresan la intervención de Dios: visitar (estar preocupado por) y
ver
Cuatro verbos que expresan la reacción de Israel: creer, oír, postrarse y adorar
39
La santidad
Existe un debate sobre si el significado fundacional de la palabra “santo” es
“resplandor [inalcanzable]” (cf. 1 Ti. 6:16) o “separación, distinción”. Sin embargo,
debemos guardarnos de introducir la simple idea de que Dios es “diferente”, ya que
esto nos llevaría a la pregunta “¿Diferente de qué?”. Parece que “separación” nos da la
mejor opción para incluir todo lo que la Biblia dice sobre Aquel que es Santo y, además,
tiene una connotación positiva en vez de negativa, ya que presenta el ser santo como
perteneciente a su propia esfera distintiva, con sus propias características distintivas y,
en el caso del Señor, como un ser único (cf. Ex. 15:11; Sal 71:19; 86:8; 113:4–6; Is.
40:25).
La santidad entendida como separación puede ilustrarse mediante ejemplos
humanos como cuando se dice que Jeremías fue santificado desde su nacimiento, lo
que se quiere decir es que Dios lo apartó, no del mundo sino para Él y para la tarea de
profetizar (Jer. 1:5). Aún más revelador es el uso de (lit.) “mujer santa” para describir a
la muchacha que Judá trató negligentemente como a una prostituta cualquiera (Gn.
38:21). Ella no era una prostituta tal y como lo entenderíamos nosotros, sino que era
una servidora del templo de Baal que participaba en ritos que involucraban actos
sexuales. Por tanto, podría describirse como “santa” debido a que había sido apartada
para el dios al que servía, se comportaba de forma aceptable para ese dios y, en
principio, pertenecía a la esfera divina de la realidad. El hecho de que el Dios de Israel
prohibió ese tipo de culto (Dt. 23:17) nos muestra que la santidad que Él personifica y
exige es de otra naturaleza, es pura, moral y ética. Sin embargo, la revelación completa
de ello aparecerá más adelante en Éxodo y en el resto de la Biblia.
40
aunque a escondidas (v. 8); pero para el Señor Dios no era así. La desobediencia a la
orden de Dios se merecía el destierro (v. 23) e implicaba peligro y la imposibilidad de
regresar algún día (v. 24). En Éxodo 3:2–5 nos encontramos en la misma situación:
aunque no leemos que el Señor es santo, queda implícito que la santidad y el Señor
están unidos y que, sin ayuda, la humanidad no puede acercarse a Él.
La santidad pone en peligro al pecador porque la santidad del Señor no es un
atributo pasivo, sino que es una fuerza activa, que acoge todo lo que se ajusta a ella
(Sal. 24:3–4) y destruye todo lo que la ofende (1 S. 6:19–20). Por esto, la turbación que
siente el ser humano cuando está delante del Señor no es el temblor del insignificante
ante el Todopoderoso, o de la criatura ante el Creador, sino que es el miedo del
pecador que está en peligro a causa de la santidad (Is. 6:3–5). El símbolo bíblico para
esta fuerza consumidora es el fuego, que domina todo el libro de Éxodo. Más
concretamente, el fuego es el paréntesis (o inclusio) que enmarca la narrativa central de
Éxodo, el cual empieza con el fuego en la zarza (3:2) y acaba con el fuego en el monte
(19:18) y, en todos los casos, el fuego es vinculado a la separación de lo divino y a la
exclusión del ser humano, que se encuentra en peligro.
Este fue el punto de partida de Moisés como “siervo del Señor”, como también lo es
para cualquier servicio efectivo y verdadero, ya que “a menos que nos hayamos
arrodillado, más o menos con lágrimas en los ojos debido a la santidad de Dios, no
hemos empezado”.
El acercamiento a Dios
Afortunadamente, la exclusión no es la última palabra de este asunto, ya que, a
pesar de su santidad llameante, Dios llama a Moisés y le ordena que se quite las
sandalias (v. 5). Es posible que Mackay esté en lo correcto al pensar que esto
simbolizaba la acción de dejar a un lado todo aquello que había estado en contacto con
la “contaminación” de la tierra, aunque, aún siendo una idea interesante, no es la
forma más sencilla, ni puede que la mejor, para entender lo que pasó entre el Señor y
Moisés. La orden de Dios nos muestra, en primer lugar, su deseo de que Moisés pudiera
quedarse en “tierra santa” y, en segundo lugar, las condiciones necesarias para que
aquello fuera posible. Parecería que Dios quiere que estemos en su presencia, pero
rápidamente nos viene a la mente la pregunta “¿Quién subirá al monte del Señor? y
¿quién podrá estar en su lugar santo?” (Sal. 24:3). Agotaríamos toda nuestra sabiduría
humana para intentar encontrar una respuesta que se adecuase a nuestra noción de
idoneidad, por lo que continuaríamos estando excluidos hasta que Él nos enseñara
cómo entrar en su presencia.
Hay una simplicidad y una accesibilidad extraordinarias en lo que Dios ordena:
¡quítate las sandalias! Los principios que se anuncian aquí permanecen constantes a lo
largo de la Biblia, incluso cuando su forma cambia. En el conjunto del sistema mosaico,
la aceptación procedía del poder expiatorio de los sacrificios provistos por Dios (Lv.
17:11). Estos sacrificios apuntan al Cristo que sufrió, “el justo por los injustos, para
41
llevarnos a Dios” (1 P. 3:18), cuya sangre abrió el camino hacia el “Lugar Santísimo” (He.
10:19), y a través de quien “tenemos nuestra entrada al Padre en un mismo Espíritu”
(Ef. 2:18). Por tanto, el hecho de que Moisés se quitara las sandalias es una lección de
simple obediencia: deberíamos aceptar con humildad todo lo que Dios nos pida,
regocijándonos en la simplicidad y efectividad de su provisión al mismo tiempo que nos
admite en su presencia.
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imposibles de la muerte misma y experimentó un Dios que en efecto provee y cumple
sus promesas (Gn. 22:1–14; He. 11:17–20); Jacob descubrió lo insensato de vivir de su
ingenio cuando debería haber confiado en las promesas de Dios (cf. Gn. 27 con 25:23).
Era mediante su identificación con estos tres personajes que el Dios que llamó a
Moisés quería ser conocido. Habían sido unos personajes tan complejos que podríamos
decir muchas más cosas sobre cada uno de ellos, pero sólo con esto ya se nos sugiere la
importancia de el Dios de Abraham, Isaac y Jacob para Moisés y sus necesidades. Dios
continuaba siendo el mismo que el de aquellos días tan lejanos de los patriarcas, aún
era el Dios que llama a lo desconocido, supera lo imposible para cumplir sus promesas,
se preocupa por aquellos que han intentado y han fallado y, como especialmente en el
caso de Jacob, es el Dios que puede tomar todo aquello que es poco prometedor de
nuestras vidas y transformarlo.
Además, el milagro que presenció Moisés de una zarza que ardía en fuego que no se
consumía debió impactarle (v. 2). Estaba delante de una llama que se alimentaba a sí
misma, sin necesitar un combustible externo, en verdad era una llama viva. Fue un
elemento importante en la revelación de Dios a Moisés, ya que fue lo primero que
utilizó para llamar su atención. La esencia de esta revelación es que Jehová es el Dios
viviente, una realidad que se mantiene a sí misma y autosuficiente, que no necesita de
una energía exterior.
Si la llama simbolizaba la presencia de Dios, ¿debería Moisés haber visto la zarza
como un símbolo de sí mismo? Esta yuxtaposición del Dios trascendente en toda su
santidad y fuerza y la zarza normal y corriente es una poderosa metáfora de la
presencia transformadora de Dios que habita con su pueblo. Esta es la implicación de
las palabras dirigidas a Moisés. En primer lugar, está la sensibilidad que hace que el
Señor sea consciente de la situación apremiante de Israel y de la misericordia que le
lleva a identificarse con ellos y sus necesidades: Ciertamente he visto la aflicción de mi
pueblo que está en Egipto […] Y he descendido para librarlos (vv. 7–8). En segundo lugar,
aunque podía haber librado a su pueblo simplemente con su propia presencia y poder,
Dios decidió hacerlo enviando a alguien (Ahora pues, ven y te enviaré, v. 10), a quien
acompañaría durante la misión (Ciertamente yo estaré contigo, v. 12). Siempre es así.
Nadie que va a una misión por orden de Dios está solo. El “yo” que va con nosotros es el
Dios de Abraham, Isaac y Jacob, y también el de Moisés.
Notas adicionales
3:1 Moisés condujo a su rebaño “detrás/después” (heb. ‘ahar), LBLA hacia el lado
occidental, lo que indica que ese día Moisés decidió llevar a su rebaño hasta el extremo
oeste de su pradera. Cassuto prefiere traducirlo como “condujo a su rebaño en busca
de pasto”. La palabra hebrea para “desierto” (midbār) es versátil. Según el Dr. W. J.
Martin (profesor del Tyndale House, Cambridge, Inglaterra, durante los años cincuenta),
deberíamos entenderlo como “el espacio abierto entre conurbaciones”, más que como
nuestra “zona verde”, aunque esto no quiere decir necesariamente que sea como el
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terrible desierto de Deuteronomio 8:15.
Dios se preocupaba por Moisés, lo que es, en sí, una verdad maravillosa y
ampliamente corroborada cuando lo vemos en retrospectiva desde nuestra posición
ventajosa en 3:1–2. Si echamos una ojeada entre bastidores, podemos ver una
providencia secreta en acción que rige las vidas de los israelitas como pueblo:
contrarrestando las circunstancias adversas (1:12a), frustrando los planes reales
(1:17b), trayendo auxilio donde no quedaba esperanza desde una perspectiva humana
(2:6) y transformando el lugar del enemigo en un lugar de refugio (2:10). También
podemos observar la misma providencia cuidando de Moisés como individuo, lo que
demuestra que tanto en las cosas generales como específicas de la vida, Dios está
trabajando con un propósito en mente. Nunca cesa de trabajar, nunca olvida y nada
puede frustrar su trabajo o anular sus promesas.
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duraría toda su vida, en el que sería el pastor de las ovejas del Señor mismo (Sal.
77:20[21]). Y fue así como finalmente, en el contexto de una fidelidad diaria en las
cosas más pequeñas (cf. Lc. 19:17), el Señor abrió los ojos de Moisés y le mostró una
visión celestial: una llama de fuego en medio de una zarza que ardía por su propia
energía, sin consumir la zarza, y que representaba al Dios eterno, que es vida en sí
mismo y no necesita ningún sustento exterior, pues existe por su propia energía eterna;
el mismo e inmutable Dios ancestral de Israel. El efecto inmediato de esta visión y el
cambio sorprendente de pensamiento de lo que Dios hará (3:8–9) a lo que tiene
intención de que Moisés haga (3:10), iba a crear en Moisés todo tipo de dudas e
inseguridades (3:11–4:17).
En el próximo capítulo vamos a ver más detalladamente el significado de todo ello,
pero ahora debemos dar un paso atrás y ver todo el cuadro para aprender una lección
de suma importancia. El hecho es que Moisés estaba permanentemente inseguro de sí
mismo y necesitaba recobrar esa confianza. Aquel episodio en Egipto hacía ya tantos
años (2:11–15) le había dejado traumatizado. Toda aquella vitalidad de antaño había
desaparecido; ya no era el príncipe de Egipto, sino un pastor de Madián que necesitaba
recobrar la confianza en sí mismo, ser tratado con mucho amor y cariño y tener una
mano a la que agarrarse. Así es como fue su conversación con el Señor:
“¿Quién soy yo?” (3:11)
“¿Qué les responderé?” (3:13)
“¿Y si no me creen?” (4:1)
“Nunca he sido hombre elocuente” (4:10)
Por favor, envía a otro (4:13)
Aquí podemos notar la inseguridad casi abrumadora de Moisés, que empieza con
sus sentimientos de ineptitud (3:11). ¿Se trata del mismo hombre que una vez pensó
que lo podía solucionar todo simplemente con su presencia? Sí que lo era, pero había
perdido la confianza en sí mismo debido a su experiencia de fracaso y a los cuarenta
largos años que siguieron de destierro. La conversación con Dios continúa con el intento
desesperado de demostrar su ignorancia e incompetencia (3:13), su falta de autoridad y
estatus personal, necesarios para atraer la atención y presentar adecuadamente el
mensaje (4:1), y de cualquiera de los talentos naturales para ser un buen candidato
para la tarea (4:10). Finalmente, llegó a ese punto en que nosotros también nos
encontramos tan a menudo y suplicó “Aquí estoy, pero envía a otro” (4:13).
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que únicamente observaremos la estructura del pasaje.
A1 No soy la persona que necesitas: ineptitud (3:11)
B1 No tengo el don necesario: conocimiento (3:13)
C No tengo la fuerza necesaria (4:1)
B2 No tengo el don necesario: elocuencia (4:10)
A2 No soy la persona que necesitas: falta de voluntad (4:13)
Notas
¿Cómo podemos interpretar la maestría literaria y el equilibrio evidentes en las
objeciones de Moisés? La respuesta más obvia es que, detrás de las palabras con las
que Moisés enumera sus dificultades está la mente diseñadora del Espíritu de Dios,
imponiendo su propia estructura en lo que estaba destinado a formar parte de las
Sagradas Escrituras. Otra opción sería atribuir este papel inspirador del Espíritu al
escritor que organizó de esta forma lo que aprendió de Moisés. Durham sostiene que el
criticismo documental encuentra aquí “una amalgama de materiales procedentes de las
fuentes E y J”, aunque también observa que el pasaje contiene “una unidad superior
que reemplaza la de ambas narrativas [es decir, J y E] en su forma original […] que
unidas constituyen una sola secuencia [que es] realmente brillante” (pp. 36–37). Esto
parece ser simplemente otra manera de decir que la “hipótesis documental” exige que J
y E estén presentes, pero que sin ella nadie pensaría en encontrarlas.
De este modo, podemos tener una visión más amplia de cómo se sentía Moisés
respecto a las dificultades con las que se encontraría en la tarea que Dios le había
asignado. Cualquiera de los argumentos habría parecido definitivo para descartar su
candidatura, pero esta no es la manera del Soberano. Con una paciencia tierna (y, como
vemos, persuasiva), cada uno de los “problemas” se solucionó; pero ¿de qué forma?
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(nunca prometió hacerlo), ni le dio más coraje, sino que le obligó a confiar en Él y, en
consecuencia, las soluciones que propuso para sus problemas implicaron descansar en
su presencia (3:12), llevar el simple testimonio de lo que el Señor había revelado sobre
sí mismo (3:14), obedecer las órdenes de Dios con la confianza de que Él mismo traería
los resultados (4:8–9), recibir la ayuda del Señor para superar sus carencias, esperar que
las habilidades fueran acordes con las necesidades (4:11–12) y confiar en la promesa
del Señor de que la ayuda estaba en camino (4:14). Dios demostró ser digno de
confianza en los hechos pero, en aquel momento, Moisés debía “obedecer con fe”, sin
ver ningún cambio en él o en la situación. En otras palabras, cuando Moisés tuvo que
hacer frente a su llamamiento para sacar a mi pueblo, los hijos de Israel, de Egipto
(3:10), su reacción fue: “No puedo, por tanto, no lo haré”, y el Señor decidió llevarlo
hasta el punto en que pudiese decir: “Yo no puedo, pero ÉL sí, por tanto, lo haré”. Esto
es obedecer con fe: hacer la voluntad de Dios porque Él siempre hará lo que tiene
planeado; confiar en las promesas de Dios porque Él siempre mantendrá su palabra;
actuar sabiendo de antemano que Dios proveerá porque su provisión nunca fallará.
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que tienen que ser salvadas”, porque quiere que salgamos al campo de batalla
desarmados. No le preocupa en absoluto que luchemos en las batallas del Señor,
¡siempre que no tengamos ninguna posibilidad de ganar cuando lleguemos allí! Pero el
Señor nos insta a ir a Él, quedarnos con Él un tiempo y escucharle. El servicio empieza
en la presencia del Señor, pasando tiempo a solas con Dios.
A menudo parece que si somos sinceros con Dios sólo podemos ganar (y ganar
mucho más de lo que podríamos imaginar) sin perder jamás. Obviamente, sería absurdo
intentar esconderse de Aquel que lo ve todo (He. 4:13), ¡aunque a veces lo intentemos!
El mensaje que nos llega de Moisés, después de responder a Dios en la zarza ardiendo,
es que la sinceridad es la mejor apuesta, y que no hay nada que no le podamos decir a
Dios, ni ningún problema que no podamos poner en sus manos. Moisés fue casi
alarmantemente franco sobre sí mismo, pero, de una forma maravillosa, su franqueza
fue abriendo paso a un caudal desbordante de paciencia, comprensión, promesas y
provisión divinas.
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El primer problema de Moisés fue su sentimiento de insuficiencia personal, el
síndrome de “¿quién? ¿yo?”. Moisés dijo: “¿Quién soy yo?” y el Señor respondió: “Pero
yo…”. Podemos observar aquí la benevolencia del Señor en no intentar negar la
insuficiencia de Moisés. ¡Qué diferentes seríamos nosotros en la misma situación! Si
alguien nos dijera: “No soy capaz de hacerlo”, nosotros responderíamos
inmediatamente y sin pensarlo: “¡Claro que eres capaz!”. Pero no fue así como Dios
trató a Moisés, ni como nos trata a nosotros. Él no rechaza las dificultades en las que
nos encontramos. Moisés dijo: “Señor, no soy capaz”, y el Señor le contestó: “No, ¡pero
yo sí!”. Aceptó la visión que Moisés tenía de sí mismo y con su gracia le prometió que su
presencia era suficiente para el hombre insuficiente. No le dijo: “Claro que eres capaz”,
negando así los sentimientos de Moisés, ni tampoco dijo: “No importa”, sino que
aceptó el sentido de insuficiencia como uno de los factores de la situación, pero lo
contrarrestó con la suficiencia de su propia presencia.
Todo esto es tan importante que vale la pena intentar reexpresarlo de otra manera.
La posición de Moisés era: “Mira, no soy la persona más adecuada para este trabajo. No
deberías haberme escogido a mí”. La respuesta del Señor fue: “Claro que no eres la
persona más adecuada, ya lo sabía cuando te escogí. Lo importante no es tu aptitud,
¡sino la mía!”. El “yo” incapaz de Moisés es contrarrestado con el “Yo” capaz del Señor.
En resumen, así es como son las cosas, no sólo para Moisés, sino para siempre y en cada
situación en que Dios escoge y llama. El Señor no nos llama por nuestras capacidades, ni
su presencia dependerá de si nosotros acabamos siendo capaces, sino que es
prometida a todos los que son incapaces. Cuando decimos: “pero no soy la persona más
adecuada”, el Señor nos responde: “No hacía falta que me lo dijeras, pero Yo estaré
contigo”.
2. La señal (3:12)
En el Antiguo Testamento, las señales cumplen dos propósitos. En algunas
ocasiones, pueden servir como agentes de persuasión. Las señales en 4:1–9 son de este
tipo, diseñadas para persuadir a aquellos que las vieran que Moisés, ciertamente, había
sido enviado por el Señor (cf. Dt. 13:1–2; Jue. 6:17; 1 S. 14:10; Is. 7:11; 38:22). Otras
veces, las señales son futuras confirmaciones o ratificaciones de algo dicho o hecho
previamente, como por ejemplo cuando las señales que vivió Saúl (1 S. 10:17)
ratificaron las palabras que Samuel había hablado previamente sobre la monarquía (cf.
1 S. 2:34; Is. 7:14; 38:22). La perspectiva del versículo 12 es hacia el futuro, sugiriendo
que la señal actuará como una ratificación futura. Una vez que el pueblo haya sido
liberado, llegará al Sinaí y allí adorará a Dios, y esto será una confirmación para Moisés
de que realmente el Señor le había enviado.
¿Qué propósito tendría tal confirmación posterior? Si Moisés hubiera empezado a
albergar dudas debido a la cada vez más fuerte oposición de Faraón, entonces, la
aparición de una señal ratificatoria habría sido muy útil. Pero, una vez estuviesen ya en
50
el Sinaí, ¿por qué necesitarían aún una confirmación? De hecho, aquí está el quid de la
cuestión. Tal y como indica Cassuto, la predicción de que los israelitas adorarían a Dios
en este monte (v. 12) era motivo de asombro, ya que el Monte Horeb no estaba situado
en el camino directo entre Egipto y Canaán. Lo cierto es que cuando Faraón vio la
dirección que los israelitas tomaban, exclamó: “Andan vagando sin rumbo por la tierra;
el desierto los ha encerrado” (14:3), y, más tarde, ellos mismos expresaron su
desasosiego acerca de la ruta que estaban siguiendo, diciendo: “nos habéis traído a este
desierto para matar de hambre a toda esta multitud” (16:3). Incluso Moisés tenía que
haberse dado cuenta de la diferencia entre la esperada “tierra que mana leche y miel”
(3:8), que era para lo que había sido llamado, y la aridez del paisaje hacia el que estaba
guiando a su pueblo.
Por este motivo, cuando el Señor habló de adorar “en este monte”, no cabe duda
de que Moisés se debió de sorprender y más tarde se sintió agradecido por esta palabra
anticipatoria del Señor y por la señal que iba a recibir. Aunque parecía lo contrario,
podía estar seguro de que todo estaba yendo bien y según lo planeado. ¿No le había
dicho el Señor que así sería? De esta manera, estando ante la presencia del Señor y
escuchando su palabra, Moisés se estaba preparando para hacer frente a los
sobresaltos venideros y para tranquilizar al pueblo cuando fueran sorprendidos por lo
que parecía ser un giro radical en el curso de los acontecimientos.
51
Pensar que el nombre “Jehová” podía ser un secreto celosamente guardado por los
hebreos en Egipto y que, por tanto, podía haberse usado como una prueba para saber
si alguien que afirmaba venir en el nombre del Dios de Israel estaba diciendo la verdad
(cf. Dt. 13:1), es algo fascinante y, aunque no puede ser probado, tampoco sería una
locura. Esto explicaría por qué esperaba Moisés la pregunta acerca del nombre, por qué
no hubiera sido capaz de dar una respuesta y por qué, sin ella, no hubiera podido
progresar con su misión. Decir que hemos recibido una palabra de Dios carece de valor
a menos que lo podamos probar y quede demostrado como verdadero (cf. 1 Ts.
5:20–21; 1 Jn. 4:1) y la prueba de un nombre secreto habría sido definitiva.
52
Dios es que es omnipresente? Claro que no. Más bien está diciendo que allí donde no
pueda llegar Moisés, llegará la suficiencia del Dios vivo y omnipotente; y allí donde
Moisés sea débil, su inmenso poder entrará en acción. El Dios de la llama que no
necesitaba de ningún combustible exterior y que continuaba viva gracias a su propia
vitalidad sobreabundante estaría allí (y no porque lo habían invitado o llamado, sino por
su propio deseo de satisfacer su propia naturaleza como el Dios cuyo nombre es “YO
SOY” y que permite que su pueblo le conozca como “Él es”, la tercera persona del
verbo, Jehová, el SEÑOR, v. 15).
El Dios inagotable
“SOY EL QUE SOY” es sin duda una afirmación enigmática y oculta casi tanto como
revela. Es una afirmación abierta sobre la suficiencia divina: “Cualquiera que sea la
circunstancia, estaré allí y mi presencia será suficiente”. La comprensión del nombre
53
divino nos es dada mediante la promesa al inicio del pasaje (v. 12), pero también nos
muestra que no importa cuánto esté revelando Dios de sí mismo a Moisés, aún se está
guardando algo para sí mismo, por así decirlo. Hay una abundancia infinita para ser aún
descubierta y vivida. Es imposible que las necesidades que vayan surgiendo según van
cambiando las circunstancias y las exigencias a nuestro alrededor puedan “cogerle
desprevenido”, demuestren su incapacidad o acaben con sus recursos y competencias.
Vivimos bajo el “paraguas” de las “riquezas inescrutables de Cristo”. Con el mismo
espíritu, Jesús afirma: “nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni nadie conoce al Padre,
sino el Hijo” (Mt. 11:27) y Pablo escribe: “nadie conoce los pensamientos de Dios, sino
el Espíritu de Dios” (1 Co. 2:11).
54
siglos. Los descendientes de Abraham habían vivido cambios en el tiempo, el lugar y la
suerte y aquel les parecería un personaje de la antigüedad, perdida en la noche de los
tiempos. Sin embargo, por fe, pudieron comprender la inmutabilidad del Dios que había
hablado a Abraham y que aún se preocupaba por su pueblo.
Esto queda reflejado en el verbo clave de Éxodo √pāqad, que queda traducido en el
versículo 16 y en otras partes como he visitado. Se trata de un verbo muy versátil y su
significado original de “visitar, inspeccionar” puede ensancharse hacia muchas
direcciones distintas. Es utilizado para hablar de David mientras revisa sus tropas (2 S.
18:1), del pastor que examina su rebaño (Job 5:24) y del Señor que viene para ayudar a
la estéril Sara (Gn. 21:1) y al hambriento Israel (Rut 1:6). También tiene un lado oscuro,
ya que cuando el Señor “visita” puede que encuentre algo que le enfurezca e imponga
un castigo (i.e. Ex. 32:34). Este versículo en cuestión encaja con las expectativas de
Génesis 50:24 y representa al Señor como el Dios que viene en ayuda de su pueblo, que
es consciente y sensible a las necesidades tanto individuales como nacionales, y las
examina, se preocupa por ellas y provee de acuerdo a ellas.
55
divina. El Señor no utiliza todo su inmenso poder de una vez. Trata a los pecadores
pacientemente, poniéndolos a prueba, como si fuera avanzando por medio de pruebas
y errores, y jamás sentenciará al pecador sin que, previamente, este haya tenido las
oportunidades necesarias para arrepentirse y corregir sus errores. Cuando llegue el
juicio final este será totalmente justo. Así como el Señor esperó siglos mientras los
amorreos estaban en un período de prueba (Gn. 15:16), la mano poderosa tampoco
juzgó a Faraón antes del momento justo. El Dios de providencia espera pacientemente
por mucho tiempo (2 P. 3:9, 15).
56
poder. El nombre divino es el nombre del Dios que jamás se agota.
En los capítulos tres y cuatro, el Señor ha hablado mucho más que Moisés, lo que
indica la autenticidad de los sentimientos negativos de éste sobre sí mismo (¡estaba
lejos de “protestar más de la cuenta”!). Las claras palabras de insuficiencia (3:11),
ineptitud (3:13), ineficiencia (4:1), incompetencia (4:10) y de sumisión a regañadientes
(4:13) eran suficientes; para Moisés, todas ellas eran evidentes, casi axiomas, pero en
cada caso el Señor le contestó con una larga y detallada réplica.
2. No me creerán (4:1–9)
La tercera de las objeciones de Moisés y otra área en la que se sentía incapaz era su
certeza de que aquella misión para liberar a Israel, si finalmente accedía a llevarla a
cabo, no sería exitosa. ¡Pensaba que nadie le creería! Y seguramente aquí tenía más
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razón que en sus reparos anteriores, ya que cuarenta años atrás ya había intentado
rescatar a Israel y había fallado (2:11–15). Los años que habían transcurrido desde
entonces no habían cambiado ese sentimiento de fracaso y, por esto, vemos a Moisés
hablando como una persona completamente desacreditada.
Una vez más, el Señor habló a Moisés teniendo en cuenta la visión que este tenía de
sí mismo, pero en esta ocasión le contestó con tres milagros que tendría que llevar a
cabo: convertir su vara en una serpiente (vv. 2–5), hacer que su mano se volviera
leprosa (vv. 6–7) y convertir el agua del Nilo en sangre (vv. 8–9). Es natural que nos
preguntemos cómo debemos interpretar esta breve lista, ya que estos milagros
aparecen registrados en Éxodo sin ningún comentario que les siga y su realización
posterior es descrita muy brevemente (v. 30), por lo que apenas tenemos indicios que
nos ayuden a entenderlos.
a. Señales y maravillas
Lo primero que podemos observar es que Dios llama a estos milagros señales (‘ôt,
vv. 8–9; cf. 3:12) y maravillas (môpēt, v. 21; cf. 7:3 9). A menudo, en el Antiguo
Testamento, estas dos palabras aparecen juntas (p. ej., Dt. 13:1[2]). Lo que las
diferencia no es mucho, como sucede muchas veces con palabras casi sinónimas pero,
por lo general, una “maravilla” es algo que hace que la gente se pare y se la quede
mirando fijamente, mientras que una “señal” apunta a algo más allá de ella misma; una
“maravilla” atrae nuestra atención, mientras que una “señal” apela a nuestra mente;
una “maravilla” nos asombra, mientras que una “señal” nos instruye.3 Está claro que
una vara que se convierte en una serpiente para convertirse otra vez en vara, una mano
que se vuelve leprosa y después vuelve a estar sana, y el agua que se convierte en
sangre pueden llamarse “maravillas”, pero como “señales”, ¿a qué están apuntando?
¿qué verdad están ilustrando o confirmando?
No sabemos qué tipo de señal o maravilla podría haber efectuado el falso profeta
de Deuteronomio 13:1[2] para validar su mensaje pero es posible que se tratara de un
conjuro sobrenatural parecido al que practicó más tarde Simón en Samaria (Hch. 8:9).
Sin embargo, las señales del Señor siempre son ilustraciones con un significado y no
meros trucos ingeniosos (p. ej., Gn. 9:12; 17:11; Is. 20:3). Incluso si estas tres señales
fueran principalmente una manera de legitimar las afirmaciones de Moisés de haber
sido enviado por Dios, es probable que también fueran indicadores de verdades más
profundas. Debido a que la Biblia no lo explica, podemos asumir que debieron tener un
claro significado para aquellos que las presenciaron e intentar entenderlas en su
contexto original.
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adornadas con el “uraeus”, una cobra con la “capucha” desplegada como amenaza a los
enemigos de Egipto. La cobra con corona también era asociada con el dios sol Ra, el
“Rey vivo”, que, unido a Amón, era el dios más poderoso de Egipto. Por tanto, vencer a
la serpiente era un símbolo eficaz para representar el desafío y el derrocamiento de las
realidades centrales de la religión y soberanía egipcias y por esto, mediante esta señal,
se muestra el poder de Egipto, tanto divino como real, bajo el dominio soberano del
Señor. Es posible que en el pasado Moisés hubiese huido de ese poder, pero, con
obediencia, también lo podía someter.
Cassutto asocia la señal de la mano leprosa con la prevalencia de la lepra en Egipto,
donde se consideraba incurable. Es cierto que, en el Antiguo Testamento, Egipto era
notorio por su insalubridad y, probablemente, la lepra habría sido considerada como un
símbolo de ello. Así, igual que el poder de Egipto, también la enfermedad en Egipto,
tanto su contagio como su curación, estaba sometida al Señor.
La tercera señal, la corrupción del Nilo, golpeó el centro mismo de la existencia en
Egipto. Se calcula que la cuenca del Nilo recibía hasta más de nueve metros de barro en
las inundaciones anuales del río, convirtiéndolo en “la tierra negra”, en contraste con
“la tierra roja” del desierto que lo rodea. Cada año, las aguas del Nilo arrastraban,
limpiaban, renovaban e incrementaban la tierra de Egipto, y eran la razón de la famosa
fertilidad de Egipto, así como su riqueza y poder, y también traían consigo grandes
cantidades de peces y aves. Por esto se puede decir que “la abundancia del río no tenía
fin, y la gente lo alababa continuamente […] Era ‘el Padre de Vida’ […] ‘la Madre de
todo’ […] la manifestación del dios Hapi, el espíritu divino que constantemente
bendecía la tierra”. Por eso, desafiar y destruir el Nilo era destruir Egipto mismo y Dios
demostró que también podía hacer esto.
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con cosas exteriores, como el agua y la serpiente, sino con realidades de su propio
cuerpo y persona: una de sus manos, al sacarla del pecho, estaba leprosa (v. 6). Si algo
pudiera resumir la falta de mérito de Moisés delante de Dios y su incapacidad para el
servicio divino, este brote de lepra lo haría. La baja autoestima de Moisés en cuanto a
sus cualidades para el servicio divino había resultado ser verdadera, pero el Señor le
hizo descender aún más y descubrir en su propio cuerpo una enfermedad contagiosa,
con el fin de que el Señor pudiera hacer del lugar mismo donde había la enfermedad el
lugar de renovación y restauración. El viejo Moisés podía convertirse en el nuevo
Moisés, sin ser prisionero por lo que había sido, y lo que aún era (v. 7). El poder del
Señor es un poder de regeneración, que transforma las personas y las hace nuevas.
La señal de la corrupción del Nilo (v. 9) añade el hecho de que el Señor es el Dios de
la victoria por encima del poder del enemigo. El Nilo, que era a la vez el símbolo de la
vida y la vitalidad de Egipto, era Egipto resumido en una sola palabra, pero una sola
persona, Moisés, con todas sus debilidades, temores, incapacidades y reparos que ya
conocemos, pudo vencer a Egipto mediante su obediencia a la palabra del Señor.
El Señor es el Señor de poder, que transforma (vv. 2–5), renueva (vv. 6–7) y
conquista (vv. 8–9), y la obediencia es el medio a través del cual este poder fluye. En
cuanto a los recursos, todo lo que Moisés tenía en sus manos parecía patético e
insuficiente, pero el Señor podía transformarlo en algo más que suficiente (vv. 2–5). En
cuanto a la capacidad para llevar a cabo la tarea, Moisés era el origen de su propia
enfermedad, pero el Señor podía transformar al contagiado no sólo en alguien sano,
sino en la fuente de sanación (vv. 6–7). En cuanto a la oposición, Moisés, delante de la
superpotencia, parecía, de antemano, un fracaso seguro, pero el Señor era más que un
buen contrincante para el enemigo (vv. 8–9). Si Moisés hubiera actuado solo, no
hubiese tenido ninguna esperanza de derrotar el poder de Egipto, pero al obedecer la
palabra de Dios movilizó el poder y los recursos del Señor y el resultado esperado
cambió por completo.
60
parte de Moisés (vv. 14b–16). Esta segunda solución no niega o modifica de ninguna
manera la soberanía divina implícita en la primera. Ni la incompetencia de Moisés (v.
10), ni la competencia de Aarón (v. 14b) son factores decisivos, sino que únicamente lo
es la presencia controladora del Señor. Él continúa estando al control de toda la
situación, ya que es inmediatamente después de enfatizar su autosuficiencia como
Creador, que promete a Moisés: yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que has de
hablar (v. 12), y tanto el nombramiento del abierto Aarón como la definición de los
diferentes papeles de Moisés y su hermano están apoyados en la promesa de: yo estaré
con tu boca y con su boca y os enseñaré lo que habéis de hacer (v. 15). El Señor provee,
pero no renuncia: la promesa de su presencia y ayuda, su verdad y su dirección
permanecen inalterables.
Sería muy natural preguntarnos si implicando a Aarón, el Señor estaba optando por
la “segunda mejor opción”, es decir, que el plan inicial hubiera sido que Moisés actuara
solo pero que, al no poder ser, hubiera adaptado sus planes para acomodarse a las
debilidades de Moisés y hubiera admitido a Aarón en la propuesta. La respuesta es sí y
no: sí, en el sentido de que la misericordia divina tiene en consideración nuestras
debilidades y provee de acuerdo a ellas; no, en el sentido de que “yo, el Señor, no
cambio” (Mal. 3:6), y todo lo que hace siempre es su primera y mejor opción. No trata
con segundas mejores opciones, ni para Él ni para nosotros. Podemos encontrar un
ejemplo especialmente sorprendente de ello en la forma en que se instauró la
monarquía en Israel (1 S. 8–10). Por un lado, el hecho de haber dado un rey al pueblo
era una concesión por su falta de fe (1 S. 12:10–12) pero, por otro lado, a medida que
se va desarrollando en la Biblia el tema del rey mesiánico, va quedando claro que, de
hecho, la monarquía y la venida de un rey perfecto había sido siempre la intención de
Dios para su pueblo. Se podría establecer que el Señor siempre concede la bendición
que tenía en mente de una forma en que nuestra debilidad queda expuesta y su gracia
queda enfatizada. Así, Aarón entró en escena como un antídoto por la falta de fe de
Moisés pero, tal y como muestra el papel que desempeñó Aarón en lo que queda de
Éxodo y en el mundo religioso de Israel, él no fue una ocurrencia de último momento,
sino una parte esencial del plan de Dios.
Este punto es de cierta importancia para nuestro consuelo. Puede que muchos
cristianos miren hacia atrás con pesar, debido o bien a algún rechazo contundente de
obedecer la voluntad del Señor, o bien de forma más general, a aquellas pequeñas
negativas que hacen que nuestra vida sea de segunda categoría. Por tanto, ¿es todo
irremisiblemente la “segunda mejor opción”? No, si conocemos al Señor tal y como es
revelado en la Biblia. Él no es (tal y como C. S. Lewis observa en alguna parte de una de
sus novelas de ficción) una rama pequeña que pisamos al andar, o una hoja que es
llevada sin rumbo por el viento. La misericordia de Dios comprende nuestras
debilidades y su presencia se hace evidente en ellas. Su magnificencia soberana cumple
sus propios propósitos sin ajustarlos o alterarlos, desde el principio hasta el final.
Cuando Moisés se dirige aquí a Dios (v. 10), emplea la palabra “Señor”, no el
tetragrámaton, sino el nombre hebreo ‘ădōnāy, que significa “soberano, amo, señor”.
De una manera que es a la vez triste y comprensible, Moisés recurre a Aquel que es
61
Soberano, un título que implica “Tú puedes hacer cualquier cosa y todo lo que desees”,
pero continúa haciendo de sus incapacidades el factor determinante. Si hubiera una
versión teológica de poder nadar sin mojarse, ¡sería esta!
Si realmente el Señor es Soberano sobre todas las cosas, entonces la única reacción
razonable es confiar en Él, ya que lo que cuenta es su omnipotencia y no nuestra
incompetencia. En su respuesta a Moisés, es como si Dios le dijera “¿Ves? Me llamas
‘Soberano’ y, ¿no puedes creer lo que tú mismo dices? Yo soy el Dios Soberano, ¿por
qué me hablas de los dones que posees y de los que no? Yo creé la boca, y puedo dar o
guardarme todos los dones según lo considere”. Si podemos decir que el Señor puso a
Moisés en contacto con la bondad de Dios en 3:11–12 (que lo hizo), entonces también
lo puso en contacto con Su majestad en 4:11–12. Aceptamos alegremente su bondad
(su paciencia, perseverancia y liberación), pero, en cambio ¿no aceptamos su grandeza?
Cuando nos llama, ¿no es suficientemente grande para la tarea que nos encomienda?
Claro que lo es pero, como consecuencia, lo siguiente que le dice a Moisés es Ahora
pues, ve (v. 12). Como Soberano, es inflexible. Tomó seriamente a Moisés y no negó su
sentimiento de insuficiencia, sino que le hizo enfrentarse de forma realista al Dios en el
que profesaba creer. ¿Cree Moisés en un Dios grande, el Dios Soberano que queda
implícito en el nombre con el que se dirige a Él? Si la respuesta es afirmativa, “Entonces,
ve”. No te niegues a ir por cómo eres; ve porque Él es quien es.
Debo mencionar que en la última parte del diálogo, a Dios se le acabó la paciencia
con Moisés y no es de extrañar. Pero debemos preguntarnos ¿qué había en la respuesta
de Moisés en el versículo 13 que resultó ser, por así decirlo, la gota que colmó el vaso?
Sus palabras fueron deliberadamente imprecisas (lit.): “Envía [el mensaje] por medio de
aquel cuya mano enviarás”, y la mayoría de comentaristas (como Cassuto) sostiene que
lo que Moisés está diciendo es “Envía [el mensaje] por medio de cualquier otro que
desees”. Esta negativa rotunda, aunque expresada de forma imprecisa, de parte de
Moisés podría ser lo que desencadenó la ira del Señor pero le da un significado al
hebreo que no es justificable. Debido a su construcción deliberadamente imprecisa,
sería más adecuado pensar que lo que Moisés quiso decir fue simplemente: “¡Está bien,
lo hacemos a tu manera!” o “¡Haz lo que tú quieras!”, por lo que no sería un rechazo
expresado de forma imprecisa, sino que sería una aquiescencia reticente de un hombre
vencido.
Si esta es la interpretación correcta, la respalda todo el peso de la Biblia, ya que en
ella se nos llama a una vida de obediencia y confianza, y el Señor se enfurece si
respondemos con una negativa, sea rotunda o disimulada, a su voluntad. Tal y como
veremos aún más claramente a medida que nos adentramos en Éxodo, el sello
distintivo del pueblo de Dios es la obediencia a su palabra. El Señor busca confianza,
desea que confiemos en Él y se enfada cuando no lo hacemos, y reitera a su pueblo que
el camino de la confianza es el camino de la vida.8 Todo esto encaja perfectamente con
la idea central de todo el episodio del “llamamiento” de Moisés, ya que como respuesta
a las diferentes necesidades planteadas, tanto en Moisés mismo como en la tarea a la
que era enviado, el Señor simplemente se ofreció a sí mismo. No cambió la visión que
Moisés tenía de sí para que se “sintiera” competente, ni se comprometió a cambiar las
62
circunstancias, ni sugirió que la tarea fuese más fácil de lo que parecía. Ni siquiera
garantizó un éxito inmediato o instó a Moisés a “pensar positivamente” y no ser un
derrotista. No, no ofreció nada más que a Él mismo como el Señor que acompaña a su
pueblo (3:12), que se revela a sí mismo (3:13–15), que hace promesas (3:16–17), que es
victorioso (3:18–20), que transforma (3:21–22), que es superior a cualquier enemigo o
factor contrario (4:1–9), que crea (4:10–11) y provee (4:14–16). El “llamamiento”
consiste, en realidad, en nada más que el Señor preguntando a Moisés: “¿Confías en
mí? ¿Continuarás confiando plenamente en mí?”. Y, naturalmente, la prueba de esa
confianza será la obediencia, la obediencia que surge y descansa en la fe.
63
Notas adicionales
4:13 S. R. Driver sostiene que la estructura de este versículo (en que se emplea el
mismo verbo en ambos lados de un pronombre relativo, mencionado en la frase o
sobreentendido) “es una forma deliberada para conseguir una vaguedad […] donde no
se puede, o se quiere, ser más explícito” (Notes on the Hebrew Text of the Books of
Samuel [Notas sobre el texto hebreo de los libros de Samuel], OUP, 1890, p. 146, sobre
1 S. 23:13). Véase también S. R. Driver, Hebrew Tenses [Los tiempos hebreos], OUP,
1892, p. 38.
Éxodo 16:23 es un buen versículo para estudiar cómo funciona la estructura ídem
per ídem. Aquí, “coced lo que habéis de cocer y hervid lo que habéis de hervir” quiere
decir: “Haced lo que queráis. Cocinad lo que queráis y de la forma que queráis”. Por lo
que una mejor traducción de 4:13 sería: “Haz lo que quieras. Envía a quien quieras”.
4:13–17 Durham afirma que “es muy probable que los versículos referentes a Aarón
representen un diálogo posterior que se añadió a la narración […] una campaña
posterior a favor de Aarón”, aunque muy honestamente observa que el análisis
documental no acaba de encontrar a qué “fuente” pertenecen estos versículos (Fohrer
dice que “E”, Hyatt defiende “J”) aunque la mayoría considera estos versículos
“secundarios” (pp. 48–49). Me asombra que alguien pueda pensar que esta referencia a
Aarón “altera el orden […] como si fuera algo así como una coletilla”, tal y como lo ve
Durham. La lectura de estos versículos es fluida y crea un proceso natural a medida que
la misericordia del Señor va tratando con Moisés.
Hasta este punto, Moisés siempre había participado de una conversación privada y
en solitario con Dios y, como en muchas otras ocasiones en la Biblia, lo sabemos sólo
porque Moisés mismo lo reveló. Ahora, sin embargo, estaba a punto de dejar su refugio
secreto para volver a Jetro (v. 18), encontrarse con Aarón (v. 27) y, finalmente, hacer
frente a Israel (v. 29) y a Faraón (5:1).
El hecho de que nos refiramos a estos versículos como un “entreacto” no es para
sugerir que se trata de una intromisión o, incluso, de una pausa en la narración. La
provisión de Aarón como portavoz sigue la línea de las respuestas pacientes del Señor a
los reparos de Moisés y la promesa del versículo 14 es cumplida en el versículo 27; el
regreso de Moisés para conseguir el consentimiento de Jetro (vv. 18–30) era algo
64
necesario tanto por cortesía como por costumbre y, aunque los acontecimientos de los
versículos 24–26 nos cogen por sorpresa, tuvieron lugar durante el viaje a Egipto, que
empezó en los versículos 19–20. Describir todo esto como un “entreacto” resalta el
hecho de que cae entre el llamamiento y envío de Moisés (3:1–4:17) y el inicio de la
acción principal de su ministerio (4:30).
Además, el pasaje se presenta a sí mismo como una unidad independiente, limitada
por la inclusio de la promesa de tener a Aarón como compañero (vv. 14–16) y la
“coincidencia fortuita” desde el punto de vista humano de la aparición de Aarón en el
lugar de la acción (v. 27), hecho que analizaremos más tarde. En esta inclusio vemos
tres apartados: en primer lugar, la providencia de Dios al tener a Aarón a mano para
satisfacer la necesidad de Moisés (vv. 14–17); en segundo lugar, la guía de Dios, quien
impulsó a Moisés cuando llegó el fatídico momento de iniciar su viaje (vv. 19–23); y, por
último, la ley de Dios como un factor importante en la vida del siervo que es llamado y
enviado (vv. 24–26).
a. La ayuda que viene según aparecen las necesidades: el Dios que habla
(4:15–16)
La primera verdad de este pasaje es que la previsión de Dios se anticipa a nuestras
65
necesidades. La aparición de una necesidad dada puede cogernos totalmente por
sorpresa, pero no a Él. Él ya ha estado allí. En el caso de Moisés, el curso tranquilo de su
vida fue interrumpido por la intromisión de una tarea inesperada y abrumadora, pero
también para esto tenía el Señor una respuesta preparada desde hacía tiempo. Se habla
de un explorador que hace mucho tiempo vivía en un lugar remoto más allá de las
fronteras de Mongolia donde supuestamente nadie había puesto el pie y que un día
encontró una flor hasta ese momento sin identificar, por lo que reunió a sus
compañeros y exclamó: “¡Mirad! ¡Dios ha estado aquí!”. Tanto si esta historia es
verdadera o no, nos muestra que Dios se anticipa a todo lo que nos ocurre; Él siempre
ha estado allí primero.
66
La señal de la presencia: el Dios que reafirma
No debemos pasar por alto la referencia de la vara en el versículo 17 o tenerla en
consideración sólo al llegar al versículo 20. Se menciona aquí de forma deliberada para
mantener unidas todas las promesas de Dios bajo las que Moisés tenía que poner en
marcha su aterradora tarea y nos muestra que el Dios de providencia había previsto
todas sus necesidades y sabía cómo satisfacerlas (v. 14). El Dios de palabra dará las
palabras que Moisés necesite (vv. 15–16) y el Dios de poder incluso se pone a sí mismo
en las manos de Moisés para las tareas futuras diciendo: “Y tomarás en tu mano esta
vara [énfasis en hebreo] con la cual harás las señales”.
No sería acertado pensar en la vara como si fuera una varita mágica. Moisés nunca
usó la vara (que seguramente ya hemos distinguido como su cayado de pastor en 4:2)
de una forma mágica si no era por orden divina (aparte de 17:9). En otras palabras, la
vara no operaba de forma independiente, sino únicamente como señal de la presencia
y el poder del Señor. Así como las señales de pacto del arco iris (Gn. 9:9–17 y la
circuncisión (Gn. 17:1–10) representaban las promesas de Dios y animaron e invitaron
al pueblo del pacto de Dios a responder en fe y obediencia, así también la vara le daba
seguridad a Moisés acerca de la presencia del Señor y de su poder y lo llevó a la acción,
ya que sabía que Dios sería tan bueno como su palabra. Las señales del pacto
contemporáneas del bautismo y la Cena del Señor tienen la misma función.
67
a Egipto mediante un ejemplo deliberado de verdad y respeto (reconociendo la
autoridad de Jetro) y consideración (evitando que Jetro se alarmase) al mismo tiempo.
Sin embargo, incluso después de haber tomado tan gran decisión, Moisés continuó
dudando como antes. Apenas podemos enfatizar demasiado que la conversión y el
compromiso no afectan necesariamente al carácter y, de hecho, no lo hacen casi nunca,
¡si lo hacen alguna vez! Aquel que es introvertido o melancólico por naturaleza se
convierte en un convertido introvertido o melancólico, no cambia. Por tanto, podemos
leer entre líneas en los versículos 18–19 y escuchar los pensamientos alarmados de
Moisés, “¿Qué he hecho yo?”. El Señor, en su gracia, lo consoló, lo tranquilizó y le indicó
lo que le deparaba el futuro. En hebreo, el versículo 19 empieza con la conjunción waw
que, en general, equivale a la conjunción copulativa “y” pero que también puede usarse
para introducir una explicación. El acercamiento a Jetro por parte de Moisés fue, por
tanto, facilitado por la palabra de Dios. La gran tarea de liberar a Israel de la opresión
egipcia debió pesar considerablemente en la mente de Moisés, pero el miedo
inmediato a ser arrestado, encarcelado y ejecutado había sido olvidado, pertenecía al
pasado. Por eso, el Señor observó la obediencia de su siervo y alivió sus ansiedades y
temores. Desafortunadamente, siguiendo la pauta del Antiguo Testamento, no se nos
explica cómo llegó esta palabra del Señor, pero sí sabemos que, en nuestro caso,
tenemos a mano la Palabra escrita de Dios, que impone sobre nosotros el gozo
responsable de mantener nuestras vidas, miedos y obediencia fracasada bajo su
cuidado amoroso.
Una vez ya encaminado hacia Egipto, sería natural que Moisés empezara a imaginar
todo lo que tenía por delante y se hiciera preguntas como las siguientes: “¿Cómo voy a
llevar a cabo esta tarea? ¿Qué es lo que debo hacer primero? ¿En qué me he metido?
¿Y qué es lo que debo decir?”. Es importante observar que Moisés utilizó de manera
activa todo lo que tenía a su alcance para enfrentarse al futuro, ya que se nos dice que
tomó también Moisés la vara de Dios en su mano (v. 20). Como ya hemos visto, esta era
una forma visible de armarse con el poder de Dios y de asegurarse de que el Dios
Todopoderoso estaba con él, además de recordarle las señales contundentes con las
que se ganaría la aceptación de los demás. En otras palabras, Moisés no se lanzó al
campo de batalla sin protección o preparación. En palabras de Charles Wesley, nosotros
también debemos “ponernos la armadura del evangelio, cada una de las piezas puesta
en oración”.
68
Moisés tenía que hacer era lo que le habían mandado hacer, que es otra forma de decir
que llevar a cabo esta tarea dependía del Señor (3:8) y que Él lo haría a su manera (cf.
Jue. 7:7), incorporando a Moisés en su plan divino tal y como lo había explicado; por
ello aparece el recordatorio de hacer todas las maravillas. ¿Pensaría Moisés que era
totalmente absurdo enfrentarse a la potencia más grande del mundo tirando al suelo
una vara, mostrando y curando, después, una mano leprosa y convirtiendo agua en
sangre? ¡Pero no estaba en posición de preguntar por qué! El Señor siempre da su
Espíritu Santo a aquellos que le obedecen (Hch. 5:32). Lo que anteriormente se había
llamado “señales” ahora es “maravillas”, manifestaciones espectaculares de que un
poder diferente entraba en acción y Moisés debía ponerse públicamente al lado de ese
poder mediante una vida de “simple obediencia”.
Aplazaremos el tema del corazón de Faraón para otro momento; lo que sí podemos
decir aquí es que, como es natural, “el Juez de toda la Tierra” siempre hace “justicia”
(Gn. 18:25). Por tanto, no puede haber injusticia o iniquidad alguna (o nada que sea
dudoso) en este endurecimiento de corazón. La Biblia cree en un Dios que es realmente
y verdaderamente Dios. Ningún pájaro cae a tierra sin permitirlo Él (Mt. 10:29–30); el
resultado de los juegos de azar está bajo su control (Pr. 16:33); las fluctuaciones del
corazón humano, tanto para bien como para mal, están en sus manos (Sal. 4:7; 105:25);
Él lo renueva, porque es suyo (Sal. 51:10[12]), lo dirige (Sal. 119:36) y lo retiene (Sal.
141:4). El corazón que lo conoce es su regalo (Jer. 24:7), así como lo es también el
“corazón nuevo” (Ez. 36:26). La antigua oración está en lo cierto cuando dice que “el
corazón de los reyes está bajo tu dominio y soberanía, y Tú lo predispones y
transformas según tu sabiduría divina” y, podríamos añadir, “según tu justicia divina”.
Como es habitual, la Biblia nos lleva más allá de las causas secundarias hasta la causa
principal y más importante: el Dios Creador, que reina sobre todas las cosas tanto en el
Cielo como en la Tierra (Sal. 103:19; Dn. 4:25–26). Nuestra posición fundamental como
pueblo de Dios no es saber cómo funciona el sistema, las causas secundarias, sino cómo
andar con Dios, cómo movilizar su poder según lo necesitemos, cómo disfrutar de su
favor continuado y cómo hacer frente a la vida con fe. Es mucho más serio perder el
favor de Dios que caer en las manos de Satanás, pero aquel que es nuestro Dios es el
Dios de toda la Tierra y no importa cuán central y sumamente importante era liberar
Israel de Egipto; el gobierno moral del universo no había caído en el olvido y el corazón
de Faraón continuaba en el punto de mira de Dios para recibir lo que se mereciera en
este momento crítico.
69
A2 El Señor e Israel: la reclamación - “mi primogénito” (v. 22)
B2 El Señor y Faraón: el castigo - “mataré” (v. 23)
En el Antiguo Testamento, la idea de que Israel es el hijo del Señor y que el Señor es
el padre de Israel es usada muy raramente. Es posible que Mackay esté en lo cierto al
notar aquí cierta indecisión para evitar que esta relación se desarrollara en la dirección
del paganismo, ya que implica un “engendramiento” casi físico por parte de Dios y una
consecuente “semidivinidad” de sus hijos. Es posible que esto sea cierto, pero también
lo es el hecho de que la relación entre padre e hijo es reservada, principalmente, para el
Nuevo Testamento, lo que es otro ejemplo de la revelación acumulativa que caracteriza
la Biblia. Sin embargo, aquí en Éxodo, es la primera vez en que se llama a Israel como el
hijo del Señor. Esto es muy importante, ya que muestra que no es una relación de
ascendencia “natural”, sino que tuvo su inicio en la historia y es contemporánea a las
obras de liberación y redención del Señor (Ex. 6:6), por lo que se trata de una decisión,
selección y elección divinas (cf. Ef. 1:3–6; Stg. 1:18). La gracia de la salvación inicia y
concede la gracia de poder ser sus hijos (Jn. 1:12; Gá. 4:4–7). En Éxodo, esta obra de
salvación fue llevada a cabo en la Pascua (Ex. 12) y, como veremos, fue allí que la
salvación y nuestra posición como hijos se unieron de forma indisoluble. Fue el
primogénito del Señor que se mantuvo a salvo bajo la sangre del cordero durante la
noche en que el primogénito del Faraón pereció. Si Moisés estaba atemorizado por la
dureza y la oposición que le esperaban (v. 21b), debió haberse quedado encantado al
ver que el final de todo el asunto estaba igualmente garantizado (v. 23). El futuro de
Moisés (como el nuestro) no era la conglomeración caótica de “acontecimientos” ni una
secuencia al azar de “una cosa tras otra”, sino que, como en nuestro caso, era conocido
por Dios y estaba bajo su control (yo… vv. 21b, 23b) y tenía la garantía final de la
salvación (cf. Hch. 14:22; Ap. 7:13–15).
70
Y Séfora tomó un pedernal, cortó el prepucio de su hijo e hizo que tocara sus
pies.16 Y dijo: Ciertamente, un esposo de sangre eres para mí. Y le dejó solo. Fue
entonces que ella dijo “un esposo de sangre”, refiriéndose a la circuncisión.
En primer lugar, pues, distinguimos la oposición de Dios a Moisés en el versículo 24,
el Señor le salió al encuentro y quiso matarlo. Probablemente, en un primer momento le
parecería a Séfora que Moisés estaba sufriendo un ataque al corazón u otra
enfermedad que parecía, sin duda, mortal. Sin embargo, al cabo de poco se dio cuenta
de que la causa no era física sino espiritual, y no demoníaca sino divina. La Biblia,
conscientemente, evita tanto el extremo de afirmar que cada enfermedad representa
una opresión de parte de Dios como el otro extremo de que ninguna enfermedad es el
resultado de la opresión de parte de Dios. Debemos encararnos a todas las
enfermedades y dolores con la cabeza alta y preguntar: “Señor, ¿qué hay en esto que se
refiera a la relación entre Tú y yo?”. De alguna forma, en esta ocasión, a Séfora se le
concedió el poder saber que el problema era que su hijo nunca había sido circuncidado.
En otras palabras, en el centro de la familia de Moisés había una ofensa contra la
voluntad y la palabra de Dios, que había ordenado que Abraham, el hombre del pacto,
se marcara a sí mismo con la señal de la circuncisión como aquel al que se habían hecho
las promesas del pacto. Dios también había ordenado que se marcara con esta señal a
los niños de Abraham como símbolo de que el pacto era “contigo y con tu
descendencia” (Gn. 17:7; Hch. 2:39). No sabemos por qué había desobedecido Moisés
pero lo que sí sabemos es que el Señor, en realidad, le había dicho: “No puedes
continuar a mi servicio hasta que las cosas no estén bien entre tú y yo”. Séfora vio cuál
era el problema pero, debido a que la circuncisión tenía que ser la responsabilidad del
padre (Gn. 17:23–27; 21:4), recuperó la sangre de la circuncisión y tocó a Moisés con
ella, para crear una conexión entre él y lo que ella había hecho. Y, de repente, todo
recuperó la normalidad y la crisis desapareció.
En segundo lugar, encontramos el saludo de Séfora a Moisés. Cuando este ya estaba
mucho mejor, abrió los ojos y miró a su esposa, ella le recibió con una exclamación llena
de amor como diciendo: “Moisés, estás de vuelta conmigo. Eres mi novio y esposo otra
vez. En vez de separarte de mí, Dios te ha devuelto a mí gracias a la sangre de la
circuncisión. ¡Mi esposo de sangre!”. Esto nos da una visión muy hermosa de Séfora y
de su amor por Moisés, ya que cuando él despertó, como si regresara de la muerte,
exclamó con júbilo: “Es como si nos hubiéramos casado de nuevo y tú fueras mi novio
otra vez”. Un matrimonio, amenazado con acabarse, fue renovado y el entendimiento y
la acción decidida de Séfora hicieron que Moisés volviera al camino de la obediencia.
a. Un aviso serio
En vista de todo ello, un acontecimiento extraño e inesperado se convierte en una
historia muy importante. Isaías exhorta: “purificaos, vosotros que lleváis las vasijas del
Señor” (Is. 52:11) y a lo largo de Jeremías el Señor declara: “si apartas lo precioso de lo
vil, serás mi portavoz [lit. ‘mi boca’]” (Jer. 15:19). En nuestras vidas debe haber una
71
separación, un abandono de “lo vil” y un reconocimiento de “lo precioso” si queremos
ser portavoces del Señor y, en esencia, esto fue lo que el Señor le quiso decir a Moisés
en la posada.
Notas adicionales
4:14 Los comentaristas, a menudo, se preguntan por qué Aarón es llamado “el
72
levita” en el versículo 14 y también por qué se menciona la ascendencia levítica de
Moisés en 2:1, pero la verdad es que la Biblia no nos da ninguna pista. Es posible que la
posterior importancia de la tribu de Leví (cf. Ex. 32:26–29; Nm. 8:5–26; Mal. 2:4–9)
fuera el motivo de la referencia anticipatoria en 2:1, pero aquí levita parece sugerir un
título o función de aquel momento. Apenas sabemos sobre la organización social o
religiosa de Israel en Egipto, aunque es evidente que existió, y quizás la tribu de Leví
formaba parte de ella. Leví es asociado con el verbo que significa “unido, sujeto”
(√lāwâ, cf. Gn. 29:34) y por ello es que Cassuto observa aquí un juego de palabras. La
sugerencia, aunque no ha sido desarrollada por Cassuto, es que el levita es equivalente
a “el socio por excelencia” (p. 50).
4:24–26 La palabra traducida por esposo es hātān, que básicamente significa
“pariente por matrimonio”, y siempre debe ser traducido teniendo en cuenta el
contexto. Tanto “esposo” como “novio” son traducciones adecuadas. Se emplea el
plural de la palabra sangre tanto por “culpa de sangre” como “derramamiento de
sangre”, y este último encaja con el flujo de sangre procedente de la herida de la
circuncisión.
La palabra circuncisión (mûlôt) es plural. Debido a que ocurre únicamente aquí, nos
es imposible saber si era un nombre que se acostumbraba a emplear en plural (como p.
ej. “pantalones” en español) o si se estaba usando en plural intencionadamente para
otorgarle intensidad o importancia (“con referencia a esta significativa circuncisión”,
significativa porque salvó la vida de Moisés).
Algunos comentaristas han sugerido que ni Moisés ni su hijo habían sido
circuncidados, por lo que al tocar la sangre a Moisés lo hizo partícipe de un rito que no
había experimentado. Aquellos que toman esta postura normalmente asumen que los
pies son un eufemismo para referirse a los genitales (cf. Is. 7:20 [lit.] “el pelo de los
pies”, LBLA “piernas”). Sin embargo, cuando recordamos que Moisés pasó sus tres
primeros meses con sus padres hebreos (2:2) es prácticamente imposible que no
hubiera sido circuncidado (cf. Gn. 17:10–12). Este punto de vista sobre el Pentateuco
normalmente pasa por alto la posibilidad de que Génesis 17 registre la institución de la
circuncisión aunque sea esto precisamente lo que hace, a menos que decidamos
escribir de nuevo la Biblia.
Con tal de poder afrontar mejor esta sección un tanto extensa, es mejor que
empecemos, por decirlo de algún modo, trazando un mapa. Podemos dividir el pasaje
73
en dos partes: del 4:29 al 5:21, donde se nos narra la historia de la llegada de Moisés a
Egipto con Aarón, su éxito inicial con Israel y su fracaso posterior tanto con Faraón
como con Israel; y del 5:22 al 7:7, donde se relata que el desconsolado Moisés llevó su
fracaso inesperado (al menos para él) al Señor, recibió una nueva dirección divina y
aprendió la lección del error cometido.
b. Las expectativas
La única persona que podía estar satisfecha de los resultados conseguidos hasta ese
momento era Faraón, ya que aún no había descubierto que había estado albergando
unas expectativas totalmente incorrectas. Sin embargo, en cuanto a Moisés e Israel,
nada había salido como habían esperado. Si hubo alguien que acabó con el rabo entre
las piernas, este fue el Moisés de 5:22–23. Es evidente que no había esperado el radical
empeoramiento de las condiciones de Israel que comportó su llegada, es más, la
primera reacción que obtuvo de Israel le habría hecho creer, en un principio, que la
victoria, después de todo, podía conseguirse con facilidad (4:31). Tanto la alegría inicial
de Israel como su fuerte repulsión posterior (5:21) son totalmente naturales y
comprensibles. La mayoría de nosotros hemos estado en esta situación. Moisés iba a
preguntar el por qué de su fracaso (5:22) y, de la misma forma, nosotros también
debemos intentar comprender la reacción de Israel y preguntarnos por qué se
hundieron tan pronto y tan fácilmente después de su primer arrebato de entusiasmo al
conocer que el Señor ya estaba “manos a la obra”.
c. Fe y conflicto
74
Cuando el Señor Jesús enumeró distintas respuestas a la “semilla” que es la palabra
de Dios, también incluyó a aquellos que cuando oyen la palabra “enseguida la reciben
con gozo; pero no tienen raíz profunda en sí mismos, sino que sólo son temporales.
Entonces, cuando viene la aflicción o la persecución por causa de la palabra, enseguida
tropiezan y caen” (Mr. 4:16–17). El principio que es anunciado aquí por nuestro Señor
es que no existe la fe no probada, un concepto que reaparece a lo largo de la Biblia. En
la primera de sus cartas a los tesalonicenses, Pablo apunta dos elementos que según él
marcan la conversión genuina: el reconocimiento de que la palabra que han oído es la
palabra de Dios, no de hombre, y que el recibimiento de esta palabra esté probado con
el sufrimiento (1 Ts. 2:13–14). Pedro nos instruye a no pensar que las pruebas son algo
“extraño” (“foráneo”, del griego xenos) en la vida diaria, sino que nuestro llamamiento
es ser más como nuestro Salvador en sus padecimientos (1 P. 4:12–13; cf. 1 P.
2:20b–25). Santiago va más allá, exhortándonos a considerar las pruebas como “sumo
gozo”, ya que forman parte de nuestro camino hacia la madurez (Stg. 1:2–4); y Hebreos
nos recuerda que la disciplina educativa (en griego, paideia) es inseparable del amor de
un padre hacia el hijo (He. 12:7; cf. Dt. 8:5). Pedro también observa que aunque
nosotros “somos afligidos” (en griego, lypeō) debido a “diversas (en griego, poikilos)
pruebas”, todas tienen como propósito que nuestra fe “sea hallada que resulta en
alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo” y compara este proceso de
prueba al oro que es refinado con fuego (1 P. 1:6–7). La voz burlona de Satanás
menospreció la fe de Job, acusando al Señor de haber hecho que su vida fuera
demasiado fácil y asegurando que si tuviera que perder todo cuanto hacía su vida
agradable, le [a Dios] maldeciría en su propia cara (Job 1:10–11). Sin embargo, la fe de
Job demostró ser verdadera y estaba seguro de que “cuando me haya probado, saldré
como el oro” (Job 23:10).
A la luz de esta pequeña selección de pasajes de las Escrituras, podemos ver que
cuando la palabra de Dios entra en nuestro corazón y en nuestra vida, todas las pruebas
y tribulaciones son la forma elegida por Dios para que sus hijos crezcan espiritualmente
y lleguen a ser como Cristo e, incluso, nuestro limitado entendimiento de tales cosas
nos puede hacer ver su vital necesidad. Muchos cristianos, en la adoración de los
domingos, tienen la oportunidad de afirmar: “Creo en Dios el Padre, Todopoderoso”.
Esto está muy bien y es bueno, pero de hecho no sabemos si realmente creemos en
este Dios ¡hasta que llegamos al lunes y nos encontramos con situaciones que sugieren
que no es tan poderoso ni tan paternal! Las pruebas tienen su lugar y propósito, y no
sólo en cuanto a las pruebas de adversidad y las tribulaciones que nos llegan desde
nuestro entorno, sino también a las realidades individuales de pecados acosadores, las
tentaciones y la lucha incesante de la vida espiritual.
Por tanto, a menos que estemos preparados para reescribir la Biblia, debemos
reconocer el hecho de que Israel, habiendo encontrado refugio bajo la sangre del
cordero, fue forzado al peregrinaje (Ex. 12:11) y a enfrentarse al desierto (Dt. 8:15),
según un programa planeado por Dios para probar su obediencia, sacar a la luz la
lealtad y demostrar la fidelidad de Dios (Dt. 8:1–4; cf. 1 Co. 10:6–13).
75
d. Falsas expectativas: escuchar de forma selectiva
La queja de Israel de que lo único que había conseguido Moisés era convertir a
Faraón en un amo aún más déspota de lo que había sido es bastante instructiva (5:21),
ya que describe, como es natural, lo que había sucedido de manera muy precisa pero,
además, revela lo que habían esperado que ocurriese. Tal y como se nos dice en 4:30,
Aarón habló todas las palabras que Dios había hablado a Moisés, y esto habría incluido
al menos las palabras registradas en 3:19 y 4:21. ¿Qué imaginaron, pues, que les
comportaría un corazón endurecido? Podríamos responder que no imaginaron nada
porque no escucharon nada; escucharon sólo la gran noticia de que el Señor se había
puesto manos a la obra y, naturalmente, Moisés y Aarón estaban embriagados con el
mismo espíritu, tal y como queda patente en la presuntuosa y triunfalista presentación
de la situación que hicieron delante de Faraón (5:1). No esperaban encontrarse con
ningún problema, aunque la palabra de Dios había sido bastante explícita al respecto.
Ellos creyeron (4:31), pero no escucharon cuando la palabra de Dios les había advertido
de que la fe no probada no existe. Se podría decir que el origen de todos los desastres
en la vida cristiana es la incapacidad de escuchar y creer lo que dice la palabra de Dios y
actuar en consecuencia.
e. ¡Moisés también!
Moisés también estaba sorprendido, casi traumatizado, de su fracaso (5:22).
Realmente había pensado que ahora, al fin, después de cuarenta años desde aquel
desastre inicial (2:15), había conseguido la victoria. Por la forma en la que se había
dirigido a Faraón, tirándose de cabeza a la presencia real, está claro que él tampoco
había escuchado con atención lo que el Señor le había anunciado y no había tomado en
serio la advertencia del endurecimiento del corazón de Faraón. En su mente, ¡todo era
pan comido!, aunque esto no era lo que había dicho Dios, por lo que, para Moisés, el no
haber escuchado atentamente le llevó a no seguir sus órdenes en los siguientes casos:
Llevó con él la representación equivocada. Se le había ordenado ir con “los ancianos
de Israel” (3:18) pero solo fue con Aarón. Escogió el enfoque equivocado, ya que no hay
nada en 3:18 que pueda compararse a Así dice el Señor, Dios de Israel del versículo 5:1.
Empleó la terminología equivocada, ya que mientras que en 3:18 se usa el término
“hebreos”, que era el nombre reconocido para el pueblo (cf. 1:16; 2:6), Moisés habló de
Israel (5:1). Él debía decir que Dios había “salido a su encuentro” (3:18), lo que según la
opinión (justa) de Cassuto era la forma reconocida en los círculos no israelitas de
describir una teofanía (cf. Nm. 23:3). Moisés no había tenido en cuenta lo que sería, o
no, aceptable para Faraón, desobedeciendo así las órdenes del Señor. Finalmente, hizo
la petición equivocada, ya que en vez de pedir simplemente que les dejaran salir por
tres días, tal y como el Señor había puesto en su boca como táctica iniciadora (3:18),
Moisés ordenó una emancipación nacional.
76
Además, como si todas estas distorsiones de la palabra de Dios no fueran
suficientes, Moisés añadió lo que el Señor nunca había dicho al amenazar con
pestilencia y espada (5:3). El Señor había ordenado un acercamiento colectivo
empleando una terminología asequible y haciendo, de forma respetuosa, una petición
moderada y con limitaciones. En cambio, Moisés llevó a cabo un enfoque autoritario,4
con lo que alienó a Faraón con palabras incomprensibles (5:2) y una orden absoluta.
Cuando no seguimos al pie de la letra las palabras de Dios, tanto en las cosas grandes
como en las pequeñas, y le quitamos y añadimos según nuestro parecer (cf. Gn 3:4,
3:3), nos condenamos al fracaso y la decepción.
f. Sobrellevar el fracaso
El primer fracaso de Moisés fue el resultado de una precipitación, sin tener ninguna
palabra del Señor que lo enviara, lo dirigiera y lo controlara (2:11–14); su segundo
fracaso fue el resultado de no obedecer la palabra del Señor que en esta ocasión sí
tenía (5:1–3). El viejo Moisés “osado” de 3:12 no había dejado de existir, pero aún así
no haría cambiar los planes del Señor. Su acercamiento impositivo resultó en más
oposición, y el corazón de Faraón se fue endureciendo tal y como el Señor había
predicho. La historia siguió su curso y, también ahora, cuando lo hacemos todo mal y
nuestra obediencia al Señor es sólo parcial e interesada, Él lleva a cabo sus propósitos.
Pero las consecuencias fueron trágicas para Israel, ya que fue sojuzgado a unas nuevas
leyes laborales aún más despóticas y Moisés estaba desconsolado. Afortunadamente,
sabía que debía volver a empezar desde el principio y traer su fracaso al Señor (5:22).
78
la revelación de sí mismo. Fue Moisés que, con todas sus imperfecciones, fue
incorporado dentro del plan divino. En el segundo, se nos presenta la humanidad real y
común de Moisés tal y como la vemos en su árbol genealógico.12 Este es el punto que se
enfatiza en 6:27: Ellos fueron los que hablaron a Faraón, rey de Egipto, para sacar a los
hijos de Israel de Egipto, esto es, Moisés y Aarón. Casi podemos escuchar la nota de
asombro detrás de estas palabras. Por un lado, el ordinario barro humano; por el otro,
la realeza de una superpotencia. Sin embargo, esta “mera” humanidad había sido
enviada por el Señor (6:13, 26). Finalmente, en el tercer apartado, Moisés, aún abatido,
sin ninguna autoestima (6:30) y alertado de las batallas futuras (7:3–4) al fin decidió
obedecer la palabra del Señor: E hicieron Moisés y Aarón como el Señor les mandó (7:6).
Tal y como nos muestra el resto de Éxodo, Moisés había aprendido bien la lección.
Aparte de su malhumorada y costosa desobediencia que se nos describe en Números
20:11–12, nunca más desobedeció la palabra divina y, consecuentemente, estuvo en
control de cada situación. Al andar en obediencia, el Moisés fracasado y abatido se
convirtió, de manera progresiva, en el agente autoritario y victorioso del Señor y el
dueño de Faraón.
79
está en el más fuerte.
80
redimido y, por el otro, la idea de pagar el precio equivalente (véase Lv. 25:24, 52–55).
El primero demuestra que el verbo puede emplearse en el sentido general de cuidado
supervisor (Gn. 48:16, LVLA “rescatado”; RVR1960 “liberta”), ya que el verbo expresa la
preocupación que surge de una relación personal y cercana. Sin embargo, a partir de
Éxodo 6:6, siempre encontramos un énfasis en la necesidad de pagar el precio
establecido: el Señor conoce y posee a su pueblo y está preparado para pagar
cualquiera que sea el precio necesario con el fin de implementar su derecho como
pariente directo para redimir a su pueblo y tomar sobre sí mismo todas las carencias de
aquel como si fueran suyas.
Entonces, ¿quién es Jehová, el Señor? ¿En qué sentido presentan estos versículos lo
que no había sido revelado en Génesis y amplían lo que se enseñó en 3:13–15? Nos
muestran que el Señor guarda su palabra (v. 4), padece nuestras desgracias (v. 5), nos
libera (v. 6a), nos lleva más cerca de Él (vv. 6b, 7) y, finalmente, nos guiará a casa (v. 8).
Fidelidad, empatía, liberación, intimidad y heredad, todos están en su inclusio
misericordiosa de Yo soy el Señor (vv. 2, 8).
Notas adicionales
6:2–3 Estos versículos han sido motivo de desacuerdo entre los comentaristas,
como por ejemplo Motyer, The Revelation of the Divine Name [La revelación del
nombre divino], Moberly, The Old Testament of the Old Testament [El Antiguo
Testamento del Antiguo Testamento] y también W. J. Martin, Stylistic Criteria and the
Analysis of the Pentateuch [Criterios estilísticos y el análisis del Pentateuco], Tyndale,
Press, 1955. El punto de vista adoptado aquí es que Éxodo 6:3 muestra (y la evidencia
hallada en Génesis lo respalda) que Abraham y los otros patriarcas utilizaban “Jehová”
sólo como una de las formas de identificar El Shaddai, pero hasta entonces no se la
había atribuido ninguna revelación distintiva de Dios y su significado no fue revelado
hasta Moisés (cf. 3:13–15; véase también Cassuto). Por tanto, debemos tratar 6:4–8
como la exposición clásica de la revelación de Dios resumida en el nombre divino. Véase
Motyer, The Revelation of the Divine Name, p. 29 para el uso e importancia de El
Shaddai.
6:4 El Antiguo Testamento ofrece un extenso vocabulario relacionado con el pacto
que desgraciadamente no siempre queda suficientemente explícito en las traducciones.
√kārat (“cortar”) es usado al inaugurarse un pacto (Gn. 15:18); √nātan (“dar, poner,
ubicar, nombrar”) es usado con referencia al pacto como la continuidad de la relación
entre dos personas (Gn. 17:2); √qûm (“levantar”) es usado al poner en práctica el pacto
o al entrar este en funcionamiento (Gn. 6:18; Ex. 6:4). Cf. también √zākar, recordar (Ex.
2:24), √šāmar, “guardar las condiciones del pacto” (Ex. 19:5); √pārar, “romper, anular”
(Jer. 31:32). Un pacto es hecho “con” (‘ēt, Jos. 24:25; ‘im, Ex. 24:8) alguien, en el sentido
de que junta a las dos personas en comunión (cf. bên, “entre” Gn. 9:16); y “para el
beneficio, la ventaja de” (Jos. 24:25).
81
Perspectiva
Éxodo 7:8–13:16
1. La transformación decisiva
En el texto no se nos dice qué cambió en la mente de Moisés para que llegara a esta
transformación decisiva. Entró en la presencia del Señor quejándose de su fracaso
(5:22–23) y reapareció, tal y como demuestran los siguientes capítulos una y otra vez,
como el hombre que solo tenía las palabras que Dios le había enseñado, las acciones
que Dios le había mandado y la posición que solo un hombre enviado por Dios puede
tomar. Moisés y Aarón ya habían irrumpido en la presencia de Faraón con sus propias
palabras y lo único que habían conseguido había sido empeorar las cosas; pero ahora
habían aprendido la lección. El momento de la transformación es fácil de reconocer,
pero queda tan minimizado en la historia bíblica que si no se nos informara de lo que
había pasado antes y de cómo continúa la historia, las palabras cruciales de 7:6, “e
hicieron Moisés y Aarón como el Señor les mandó; así lo hicieron”, pasarían totalmente
desapercibidas.
Si nos concentramos únicamente en la estructura general, 6:28–7:7 puede dividirse
de la siguiente forma:
A1 Moisés, el transmisor de la palabra del Señor (6:28–29)
B1 El Señor, el que controla las palabras de Moisés (6:30–7:2)
B2 El Señor, el que controla el corazón de Faraón (7:3–5)
A2 Moisés, obediente en palabra y en obra (7:6–7)
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1. Sangre (7:14–25) 4. Insectos (8:20–32) 7. Granizo (9:13–35)
Young observa que las primeras dos plagas de cada grupo fueron anunciadas a
Faraón de antemano, probablemente en el palacio (las primeras, durante los
encuentros matinales con Faraón y, las segundas, iniciadas por la orden “ve a Faraón”,
mientras que las que están en tercer lugar ocurrieron sin previo aviso). En las primeras
tres plagas (A), los magos compiten con Moisés, repitiendo el milagro divino en las
primeras dos y reconociendo el “dedo de Dios” en la tercera. La cuarta, quinta y sexta
plagas (B) hacen una distinción entre Israel y Egipto (8:23) y, después de este momento
sólo es Egipto el que es golpeado por los diferentes desastres. Después de 8:23, es
únicamente en la sexta y octava plaga que no se menciona ninguna protección para
Israel. Finalmente, en las primeras tres plagas leemos acerca de Aarón usando la vara
(7:19; 8:5; 8:16); en el segundo grupo no hay ninguna referencia a la vara y en el tercer
grupo se menciona la vara de Moisés (9:23; 10:13) o su mano (10:22). También
podemos identificar otras ideas y palabras definitorias en cada uno de los tres grupos
de las acciones de Dios, aunque estas serán suficientes para indicar una habilidad y
maestría literaria en el autor o editor. Es necesario que veamos estas nueve acciones
como todo lo contrario a una serie de casualidades o acontecimientos al azar, ya que
fueron diseñadas y planeadas en conjunto con el propósito no sólo de hacer que Faraón
liberase al pueblo sino también de demostrar a Faraón y a Israel que el Señor es Dios
(7:17; 8:10, 23; 9:16; 10:2).
4. El epílogo
En el resumen presentado arriba, 12:43–13:16 es descrito como un “epílogo” con el
subtítulo “Una mirada hacia atrás”. Ambos títulos fueron elegidos con mucho cuidado.
El gran acontecimiento que fue la Pascua —que analizaremos con más detalle en los
próximos dos capítulos— introdujo tres elementos de suma importancia en la vida de
Israel. En primer lugar, estaba la Pascua misma, que incluía la obligación de celebrarla
anualmente (12:14); en segundo lugar, encontramos la fiesta de los panes sin levadura,
que estaba relacionada con la primera, y, por último, la importancia que la Pascua da a
los primogénitos (12:12). Tal y como nos muestra el resto del Pentateuco, llegaría el
tiempo en que la doble fiesta hallaría su lugar oficial en el desarrollado sistema religioso
de Israel. Hasta entonces, Israel necesitaba saber cómo empezar su peregrinaje como el
pueblo de la Pascua, equipado con la información básica que les permitiría celebrar
cada año sus ritos fundacionales únicos. Por esta razón Éxodo 12:43–13:16 aparece en
el lugar adecuado.
Las órdenes del Señor en cuanto a los primogénitos (13:1–2, 11–16) también tienen
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su origen en la Pascua. ¿Fue esta la primera y, por así decirlo, mejor intención del Señor
para la provisión del ministerio sacerdotal para Israel? Por ejemplo, ¿son estos
primogénitos los “jóvenes de los hijos de Israel” que ofrecen holocaustos en 24:5? Muy
probablemente. Más tarde, la tragedia del becerro de oro (cap. 32) acaba aplazando el
deseo del Señor de tener una nación de sacerdotes (19:6; cf. 1 P. 2:5, 9) y los
primogénitos son reemplazados por el sacerdocio de la familia de Aarón,
concretamente en la tribu de Leví (Lv. 8; Ex. 32:26; Nm. 8:18). Ampliaremos sobre esto
más adelante. Primero, debemos ocuparnos con más detalle de las nueve plagas, la
soberanía moral del Señor y el corazón de Faraón.
Notas adicionales
7:11 Cuatro palabras describen a los magos y sus obras. En primer lugar, son
“sabios” (hākām), un término general para designar a “quien sabe” o “quien tiene
conocimientos”. También están los “hechiceros” (mĕkaššĕpîm), que procede del
nombre “hechicería” (del que se deriva el verbo “practicar la hechicería), por lo que sus
conocimientos se basaban específicamente en la magia y el ocultismo. En tercer lugar,
son descritos como “magos” (hartummîm), literalmente “grabadores” o “escritores”,
aunque usado en el sentido de “educados”, concretamente en las ciencias ocultas. La
cuarta palabra, “encantamientos” es literalmente “secretismo” (√lût, “envolver”,
“guardar en secreto”).
2. El nuevo Moisés
También podría haber llamado esta sección “Moisés, el hombre de la calma y el
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control”, ya que el libro de Éxodo podría tratarse, perfectamente, como un estudio
sobre el desarrollo del carácter de Moisés, que acaba siendo el hombre perfecto para la
tarea. Es posible que nos preguntemos dónde quedan aquella impetuosidad de
2:11–13, la indecisión de 3:12–4:13 y el triunfalismo de 5:1; por otro lado, también es
posible que nos preguntemos de dónde vienen esta calma imperturbable (10:29), la
total confianza en Dios (9:5) y el coraje general ante el rey. ¿Por qué estamos tan
seguros, después de leer estos capítulos, de que, a pesar de su poder y posición, Faraón
no puede ganar? No es simplemente porque sabemos de antemano cómo acabará la
historia, sino que es por la convicción de que todas estas historias tienen el resultado
asegurado desde el principio.
La respuesta a todas estas preguntas es (y es importante que lo recordemos) que
Moisés es ahora el hombre de la palabra de Dios, que obra y habla solo en obediencia
(7:6). Tal y como leemos en Hechos 5:32, “el Espíritu Santo” es aquel que “Dios ha dado
a los que le obedecen”.
4. Obediencia y desobediencia
La respuesta más básica e inmediata es que, en los ojos del Señor, la desobediencia
es tan aborrecida como la obediencia es valorada. Podemos notar lo último si
recordamos que los cuarenta y tantos años que Moisés pasó como aprendiz estaban
86
designados a producir este fruto: un hombre obediente a la palabra de Dios en acción y
en palabra. Sin embargo, en cuanto al aborrecimiento del Señor hacia la desobediencia,
debemos considerar el jardín del Edén y las graves consecuencias para Adán y Eva por
haber comido el fruto prohibido o, más exactamente, por haber desobedecido la única
ley del jardín. En aquella perfección original, el primer hombre y la primera mujer
podían disfrutar del jardín siempre que vivieran dentro de la única restricción que el
Señor les había impuesto. Su desobediencia hizo que perdiesen el jardín, tanto para
ellos como para toda su descendencia, y perdieron las múltiples perfecciones que este
ofrecía. Así de seria es la desobediencia. La obediencia de Moisés llevó a Israel fuera de
Egipto a pesar de todos los pronósticos y en la cara de la superpotencia mundial de
aquel momento; por el otro lado, debido a su desobediencia, Moisés nunca entró a la
Tierra Prometida. Las palabras utilizadas para expresar esto último son reveladoras: la
desobediencia, tal y como describen Números 20:12 y 27:14, se revela en contra de la
palabra divina, abandona la vida de fe, desdeña la santidad del Señor y provoca su ira
(Dt. 1:27).
Si la característica principal del pueblo de Dios es la obediencia a lo que ha sido
revelado, entonces, de la misma forma, la desobediencia a la palabra revelada (en
nuestro caso, la Biblia) es la ofensa más seria. En este punto, al enfrentarnos con la
terrible realidad de las plagas, el libro de Éxodo nos habla con una claridad inequívoca
como a individuos y como a Iglesia. El diluvio universal (Gn. 9), la destrucción de
Sodoma (Gn. 19) y, en el Nuevo Testamento, el sorprendente castigo de Ananías y
Safira (Hch. 5) son ejemplos de que, a veces, el Señor nos envía demostraciones gráficas
de cómo se siente y reacciona. No lo hace porque piense actuar de la misma manera en
cada ocasión, sino que su propósito es que podamos conocer su carácter y actuar según
sus valores. Así, las plagas son una demostración de su amor por la obediencia y su
repulsión hacia la desobediencia.
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lo que Dios ha dicho (tanto si lo negamos como si lo alteramos) nos exponemos a ser
seducidos por lo que F. D. Kidner llama una “contradicción rotunda […] la palabra de la
serpiente contra la de Dios” y, como continúa diciendo y que además está vinculado a
nuestro estudio sobre Éxodo, “la primera doctrina que es negada es el juicio”.
Por tanto, si no nos entretenemos en los hechos secundarios (¡qué experiencia tan
desagradable ver que el agua se ha convertido en sangre!) y nos concentramos en el
tema central, sólo nos es difícil entender las plagas cuando dejamos a un lado la certeza
de la ira de Dios acerca del pecado y Su juicio para los pecadores. Preferimos la felicidad
que ofrece el reino de Dios sin absolutos morales, gobernado por un Dios que nunca se
irrita y al que podemos acceder mediante un Cristo sin cruz. No obstante, el precio de
todo esto sería deshacernos no sólo de pequeños trozos de la Biblia (p. ej. Ex. 7–11)
sino de todo el libro que nos ha sido dado por Dios, ya que en él, nos ha revelado sus
absolutos y que su santidad es intensa y abrasadora. Jesús murió cargando nuestros
pecados sobre su cuerpo clavado en la cruz, que es lo que el pecado se merece, y nos
salvó de la ira futura, la consecuencia del pecado. Si las plagas empiezan con los
desastres que trae el pecado, irremediablemente conducirán a la muerte en la que
resulta el pecado.
6. Advertencias
Las primeras manifestaciones de Dios fueron como los disparos de advertencia
contra la proa del barco egipcio. Si lo comparamos con la muerte de un hijo, el agua
convertida en sangre no es nada. Si Faraón hubiese escuchado la palabra del Señor,
ninguna plaga habría caído sobre él y su pueblo. Si se hubiese inclinado ante la
manifestación y señal del agua convertida en sangre (7:14–25), ni él ni ningún egipcio
hubiese perdido a su primogénito (12:29). Así, hasta las manifestaciones de la ira de
Dios, por muy justas que sean, quedan dentro de los límites de su inexplicable
misericordia. Dios no se manifestó a Faraón y a todo Egipto inmediatamente con la
muerte que la desobediencia de ellos merecía, sino que inició un período de prueba, en
el que podrían haber dejado el camino de la disciplina para seguir el de la obediencia en
cualquier momento y habrían escapado del castigo final.
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es el Señor [Jehová] […]? No conozco al Señor [Jehová]” (5:2). Más tarde, Moisés tuvo
que volver a Faraón para decirle que Dios iba a enviar el mal de la contaminación del
Nilo para que “en esto conocerás que yo soy el Señor [Jehová]” (7:17). La primera plaga
sobrevino en el centro de la vida en Egipto, ya que todo el país y sus habitantes
dependían del río que consideraban divino y eran sustentados por él, por lo que
demostró que hay incluso un Dios más grande que el Nilo, que decide si la vida sobre la
tierra es sostenible o no.
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c. El conocimiento de Dios como algo presente en la tierra de Egipto
La inmunidad del aislado territorio de Gosén a la plaga de los insectos, una de las
tres características diferenciales de esta plaga juntamente con su gravedad (8:21, 24
[17, 20]) y su completa desaparición (8:31 [27]), fue a fin de que sepas que yo, el Señor,
estoy en medio de la tierra (8:22[18]). El hecho de que los insectos se quedaran fuera de
Gosén, en una manifestación como esta que lo abarcaba todo (8:24[20]), era un milagro
de grandes proporciones. Por esto, justamente, fue considerada como una señal
milagrosa (NVI, 8:26[19]) de la acción y la presencia divina en el centro de Egipto.
90
traen granizo ni este trae tinieblas. Además, a lo largo de todas las plagas, la precisión
en el tiempo, la relación entre un acontecimiento y la oración que le precede y la
magnitud de las sucesivas catástrofes apuntan a una causa sobrenatural que lo organizó
todo.11
Esta causa es la mano del Señor (debemos notar que la mano es un símbolo
recurrente de la intervención y la acción de una persona) o el dedo del Señor (8:19[15]),
que sugiere una involucración mayor (p. ej. Is. 2:8). Es el Señor quien protege a su
pueblo (9:5), trae las langostas (10:4), guía el viento (10:13) y cambia su dirección
(10:19). Es Él quien golpea una y otra vez al desobediente. A menudo, el Antiguo
Testamento indica la presencia del Señor con una alteración o violencia en los
elementos y las fuerzas dentro del orden creado.13 Por esta razón, uno de los títulos de
Dios más frecuentes es “Dios de los ejércitos”, lo que subraya el hecho de que en sí
mismo contiene, y que por tanto tiene a su disposición, toda potencia y poder. Sin
duda, Jehová es Señor.
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Los humanos hemos sido creados para que las elecciones que hacemos contribuyan
a formar nuestro carácter, que, una vez ya formado, nos impulsa a hacer elecciones
parecidas en el futuro. A veces necesitamos una larga serie de elecciones para producir
una costumbre establecida, aunque hay otras veces en que una elección es suficiente y
otras en que ni una serie prolongada de elecciones llega a lograrlo. Todos estamos
familiarizados con los procesos de elegir y formar costumbres, pero lo que ninguno de
nosotros sabemos es cuándo vamos a llegar al “punto sin retorno”. Nadie puede decir:
“Otra elección sensata y tendré esta buena costumbre para siempre” o “Puedo
arriesgarme y hacer otra elección y aún conservar la libertad de dejar esta mala
costumbre”. Desgraciadamente, podemos ir más allá del punto en que aún tenemos
libertad para cambiar y perderla y aún creer que podemos dejarlo cuando queramos.
Por esto, la situación en la que se encontró Faraón no es extraña, sino que es intrínseca
a la condición humana. Sólo Dios puede conocer de antemano aquella elección decisiva
que destruirá nuestra libertad, y sólo Él sabe cuándo se ha hecho la elección que ha
acabado con ella. Ciertamente, la Biblia va más allá y asegura que debido a que Él es
Dios, puede reparar la situación.
92
Es posible que la verdad más obvia que aparece en la historia de las plagas es el
inmenso e irresistible poder del Señor, su total autoridad sobre todos los recursos
posibles y su total dominio sobre todos los aspectos de la vida humana: el lugar, la
persona y el acontecimiento. Todas las cosas, todos los pueblos y personas “están al
descubierto y desnudas ante los ojos de Aquel a quien tenemos que dar cuenta” (He.
4:13).
¡Claro que sí! Sin embargo, asombrosamente, el mismo poder actúa como refugio y
nos protege y nos guarda incluso de lo que justamente merecemos.
A medida que se va desencadenando la historia, se trata cada vez más de un
combate personal entre Faraón y Moisés. La última palabra, que virtualmente oímos del
pueblo en esclavitud y que sería liberado por el Señor y Moisés, aparece en 5:21 y es
una palabra de repulsión dirigida a Moisés que expresa la desesperación frente a toda
una iniciativa que no había hecho más que empeorar las cosas. ¿Podemos decir,
entonces, que el pueblo se merecía ser liberado? De lo que podemos estar seguros es
que, por el misterio de la misericordia divina, ellos eran el pueblo de Dios, los sujetos de
su actividad salvadora, el pueblo destinado a la liberación y, entretanto, en un mundo
bajo su juicio justo y maravilloso, eran el pueblo que Él había separado, los receptores
de su cuidado amoroso y protector (8:22–23).
Notas adicionales
8:22 √pālâ (en el hiphil) significa “distinguir o separar”. En Éxodo 33:16 (en el
niphal), significa “ser distintivo”. En 8:23 se emplea pĕdût, “poner una protección”, que
es la única ocasión en que pĕdût aparece con este significado y que proviene de √pādâ,
“pagar un rescate”, lo que está cerca de la noción de “cubrir (con un pago)”. En
contraste a la inmunidad de Gosén, en 8:24 se nos dice que la infestación era “densa”
(kābēd, lit. “pesada”) en el palacio. Kābēd es una de las palabras usadas para explicar
que el corazón de Faraón se había insensibilizado y su uso para describir el enjambre es
irónico, como si el Señor estuviera diciendo: “Eliges lo ‘pesado’¿verdad? ¡Prueba esto!”.
9:12 Este séptimo rechazo es muy probable que esté relacionado con el uso del
siete como número de plenitud. ¿Por qué se escogió el granizo para representar todas
mis plagas (9:14)? ¿Era un acontecimiento excepcional en el clima benigno de Egipto?
K. A. Kitchen dice que “encaja con los fenómenos climáticos de esas regiones”, por
ejemplo el Alto Egipto y el delta (“Plagues of Egypt” [Las plagas de Egipto], NBD, pp.
932–934). Sin embargo, esta tormenta no sólo no tenía precedentes (9:18, 24) sino que
además era tan rara como (lit.) “fuego cayó por todas partes en medio del granizo”
(9:23). El verbo es el hitpael de √hālāk y es usado cuando Abraham está caminando por
“la tierra a lo largo y a lo ancho de ella” en Génesis 13:17 (cf. Job 1:7). Sin embargo,
9:24 añade que el fuego se estaba (lit.) “apoderando de sí mismo” (el hitpael de
√lāqah), una expresión que también se encuentra en Ezequiel 1:4, y que posiblemente
significa “que se autoperpetúa”. No se trataba de relámpagos, sino de verdadero fuego
prendiéndose y volviéndose a prender sin necesitar combustible y propagándose por
93
todas partes. La coincidencia de dos elementos que se excluyen mutuamente como son
el granizo y el fuego debió ser completamente aterradora y destructora. En hebreo se
utilizan los opuestos para expresar totalidad y la narración demuestra aquí que Jehová
es Señor de todo el poder. El relato del granizo, que es el más largo de todas las
historias sobre las plagas, es presentado siguiendo una estructura bien organizada:
A1 Jehová, Moisés y Faraón (vv. 13–19)
B1 Comentario: obediencia vs. desobediencia (vv. 20–21)
C La plaga (vv. 22–25)
2
B Comentario: la inmunidad de Gosén (v. 26)
2
A Faraón y Moisés (vv. 27–30)
B3 Comentario: destrucción vs. no destrucción (vv. 31–32)
A3 Moisés y Faraón (vv. 33–35)
9:16 “Poder” es kôah. Cf. Zacarías 4:6, donde hayil (“fuerza, recursos”) y kôah (el
“poder, habilidad” que puede usar los recursos) van cogidos de la mano.
Maravillas. El verbo es √pālā’. Para el indicativo (niphal) cf. Génesis 18:14; Salmos
118:23; Zacarías 8:6. Para el participio niphal (como en este caso) cf. Éxodo 34:10;
Salmos 40:5[6]. El nombre es pele’, cf. Salmos 77:14[15]; Isaías 9:6[5]. Para el significado
más general “más allá de lo ordinario, fuera de lo ordinario”, cf. 2 Samuel 1:26. Las
plagas también son llamadas “señales” (‘ôt, 7:3; 8:23; 10:1), ya que indican alguna
explicación o verdad importante; “maravillas” y “milagros” (môpēt, 7:3, 9), que hacen
que el espectador “se pare en seco”; y “grandes juicios” (mišpāt, 7:4), es decir,
decisiones tomadas desde una posición de autoridad, en este caso, por el Señor.
El corazón de Faraón. La acción divina de endurecer el corazón de Faraón es
expresada mediante tres verbos: el primero, √kābēd, significa “ser pesado”. “Hacer el
corazón pesado” (el hiphil del verbo, 10:1) significa hacerlo impenetrable, insensible. El
segundo, √hāzaq, significa “ser fuerte” y podría ser sinónimo a nuestro “testarudo,
terco, obstinado” (4:21; 9:12; 10:20, 27; 11:10; 14:4, 8, 17). Por último, √qāšâ significa
“ser duro, brusco” en el sentido de “recalcitrante, desdeñoso en cuanto a los
sentimientos de otros” (7:3). Para la decisión tomada por Faraón de ponerse en contra
de la palabra de Dios sólo se usa √kābēd (8:15[11], 32[28], 9:34). Cf. 7:22; 9:12, “no los
escuchó” (lit. “no puso su corazón”), es decir, que no prestó atención. Para la condición
resultante del corazón endurecido se usa √ḥāzaq (7:13, 22; 8:19[15]; 9:35) y √kābēd
(7:14; 9:7).
10:24 El relato sobre la plaga de las langostas (10:1–20) es particularmente
revelador. Una vez más, el acontecimiento contiene un elemento religioso, ya que los
egipcios adoraban a Senehem, que en teoría protegía a Egipto de tales epidemias. El
Señor está por encima de todas las fuerzas, tanto políticas como religiosas, terrenales
como sobrenaturales que se opongan a Él o le desafíen. Sus propósitos no son
entorpecidos por la oposición de Faraón, la insuficiencia de Moisés o la falta de mérito
de Israel. Así, vemos que incluso un acontecimiento tan poderoso y abrumador como la
plaga de las langostas está totalmente en sus manos: Él dicta su comienzo, establece
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sus límites y determina su duración. La narración está presentada con estilo:
A1 El Señor, Faraón y el corazón de Faraón (vv. 1–2)
B1 Moisés aparece ante Faraón: la amenaza de la plaga (vv. 3–6)
C1 La negociación arrogante y autocrática de Faraón (vv. 7–11)
D Las langostas, exactamente como se anunciaron (obsérvese
todo; vv. 12–15)
2
C La súplica de Faraón (vv. 16–17)
B2 Moisés se va de la presencia de Faraón: la oración en contra de la plaga
(vv. 18–19)
2
A El Señor, Faraón y el corazón de Faraón (v. 20)
Obsérvese en los versículos 1–2, en medio de ellos (v. 1) y para que sepáis (v. 2). Los
juicios de Dios (sobre Egipto) y su misericordia (que protege a Israel) son un testimonio
de Él. En el versículo 2, las “señales” representan √’ālal en el hitpael. El significado
principal es simplemente “actuar” y el contexto decide qué adverbio califica la acción.
Cf. Números 22:29 (posiblemente “reírse de”, “tratar maliciosamente o con desdén”); 1
Samuel 31:4 (“tratar sin sentimiento” como si fuera un juguete); Jueces 19:25. En Éxodo
10:2, un posible significado sería “hecho según mi voluntad y deseo”. Las tinieblas
(10:21–29) atacan a Amón-Ra, la personificación del Sol y la divinidad suprema de
Egipto, por lo que queda demostrado que Jehová es el Señor de todos los procesos
ordenados de la creación para hacer con ellos lo que le plazca. Sobre el final de las
negociaciones por ambas partes en los versículos 28–29, Durham (p. 144) señala: “Este
hecho es como la dispersión y confusión de Babel […], la orden a Abraham de sacrificar
a Isaac […], la destrucción de Jerusalén en 586 […], el momento de la muerte de Jesús
[…] No se puede hacer nada más […] Y aún así, las promesas son las promesas de Dios,
¿cómo, entonces, no puede hacerse nada más?”.
Cuatro características, unas más importantes que las otras, distinguen la décima
plaga de las nueve anteriores. En primer lugar, el éxito en cuanto a la liberación de
Israel fue anunciada de antemano (11:1). Tal y como ya hemos visto, las nueve acciones
anteriores de Dios eran de prueba, por lo que el Señor que conoce todas las cosas no
ocultó que estas no conseguirían liberar a Israel (véase 3:19). Sin embargo, ahora, aquel
período de prueba moral ya había pasado y la suerte estaba echada. La décima acción
de Dios conseguiría lo que no habían logrado las otras (cf. 12:30–33).
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En segundo lugar, este sería un trabajo sólo de Dios, sin ninguna intervención de
Moisés o Aarón. Previamente, se había levantado la vara de Dios (véase 7:19) o se había
llevado a cabo algún otro acto simbólico (véase 9:8), pero ahora los hermanos eran
espectadores, como todos los demás. Los diez desastres que se infligieron a los egipcios
eran acciones de Dios, pero el último lo fue de forma excepcional, ya que en él, el Señor
mismo visitó Egipto para asegurarse de que fuera un juicio justo (11:4; 12:12). En este
contexto, la sucesión de las plagas es una ilustración de la sobrecogedora verdad bíblica
de que el final de la humanidad, y su obstinación, es aparecer cara a cara con Dios. La
paciencia y clemencia divinas continúan esperando mientras el pueblo va recibiendo las
pruebas morales y va fracasando en todas ellas, pero entonces llega el momento que
Jesús subrayó en la parábola, cuando dijo: “Finalmente les envió a su hijo” (Mt. 21:37).
La palabra de Dios no puede ser rechazada eternamente, siempre hay un final, un
encuentro con el Dios al que hemos ofendido con nuestras negaciones hasta que ya no
hay vuelta atrás.
La tercera característica de la décima plaga va unida a esta y, sin duda, está en el
centro de estos acontecimientos principales del éxodo. Desde la cuarta plaga, los
israelitas habían sido separados de los egipcios (8:22), aunque en todas las ocasiones
era al principio de la plaga que esta posición distintiva se había hecho evidente. En el
caso de la plaga del ganado, Faraón había enviado investigadores para asegurarse de
que el ganado de Israel continuaba sano (9:7). Sin embargo, en esta ocasión, antes de
que la décima plaga comenzara, Israel recibió la orden de marcar con sangre las casas
donde vivían (12:7, 13). Antes habían sido apartados por el Señor sin tener que
cooperar con ningún acto de obediencia, pero ahora, por orden del Señor, Israel debía
declarar públicamente que era el pueblo bajo la sangre del cordero.
La última característica distintiva de la décima plaga es la larga introducción que le
precede (11:1–10). Dentro de la estructura del libro de Éxodo, estos versículos
contienen un doble propósito. Por un lado, 11:9 y 10 tienen una “correspondencia” con
7:3–4 y 6 respectivamente, por lo que podemos entender 6:28–7:7 como un prólogo a
la historia de las nueve acciones y 11:1–10 como su conclusión. Este pasaje también
hace que la separación entre la novena y la décima plaga sea más evidente, con lo que,
además, establece la Pascua como el nuevo comienzo que afirma ser (12:2). Por otro
lado, no obstante, debido a que la décima acción es básicamente el tema de 11:1–10,
este pasaje también es la introducción de lo que sigue, lo que queda corroborado con la
estructura de 11:1–12:42.
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final de que Faraón no había cambiado, sino que continuaba rechazando la palabra del
Señor (11:9). Estos temas vuelven a aparecer en el epílogo de 12:29–42: la venida del
Señor y la aparición de la plaga tal y como había estado anunciada y en el tiempo
establecido (12:29), el gran clamor (12:30), los egipcios aterrorizados pidiendo a Israel
que se fuera (12:31–34) y la garantía del Señor a Israel de que se ganaría el favor de los
egipcios cuando les pidiesen regalos (12:35–36). También encontramos un comentario
final que relata la salida de Israel de Egipto como si sucediera “en el momento justo”
(12:37–42).
La estructura es intencionada y la repetición involucrada está llena de significado.
En primer lugar, el Señor hace exactamente lo que dice. Él es un Señor soberano, que
anuncia sus planes y los cumple, da a conocer su voluntad y la lleva a cabo. No se olvida
de nada de lo que anuncia de antemano, tanto si es una promesa como una amenaza:
todo sucede según las intenciones declaradas (cf. Sal. 33:9). En segundo lugar, aquellos
que no se inclinen ante su palabra deberán someterse a su juicio. El conocimiento
previo de Dios le hizo saber que extendería su mano poderosa únicamente para tratar
con una resistencia también poderosa, pero, claramente, no tenía ninguna prisa para
llevar a cabo el enfrentamiento final que había previsto (3:19–20). Tal y como se nos
dice en 2 Pedro 3:9, “El Señor […] es paciente para con vosotros, no queriendo que
nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento”, Faraón incluido. Sin
embargo, al final, la paciencia del Señor llega a su límite, ya que es un Dios no sólo de
misericordia sino también de justicia (Is. 30:18).
2. La fe de la Pascua
Cuando las negociaciones de Moisés con Faraón finalizaron abruptamente, nada
había cambiado en absoluto, por lo que, por una vez, es comprensible que la paciencia
de Moisés se agotara y se fuera de la presencia del rey “ardiendo de ira” (11:8 NVI).
Había recibido palabras nuevas del Señor para continuar confiando, pero la resistencia
de Faraón no había cambiado (11:9) y su corazón continuaba firmemente en contra de
la liberación de sus esclavos (11:10). Es en este contexto que entramos en el recinto
sagrado del capítulo 12 de Éxodo. Si tenemos en cuenta sólo las apariencias, las plagas
no habían logrado su propósito y, además, Moisés y el Señor mismo habían fracasado.
Los esclavos aún eran esclavos y la libertad parecía más lejana y esquiva que nunca.
¿Cómo podía aceptar Israel, en cambio, que este era un nuevo comienzo (12:2) y que,
aunque pareciera imposible (o incluso absurdo), su liberación dependía de lo que
hiciesen con un cordero y su sangre?
Por esto, el hecho de que Moisés ordenara la Pascua y que Israel aceptara y
obedeciera sus instrucciones fue un acto de fe (12:21). Sin embargo, bíblicamente, no
había nada de extraordinario en lo que hicieron, pues esto mismo es lo que la “fe” es:
no un salto en la oscuridad, sino un salto hacia la luz. Estaban en completa oscuridad, la
miseria provocada por la esclavitud se había hecho aún más profunda, pero en esta
oscuridad brilló la luz probada de la palabra del Señor, y este es el momento decisivo. La
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fe es la acción basada en la evidencia y realizada por convicción. La evidencia fue la
demostrada fidelidad de la palabra de Dios, que había sido verificada durante las nueve
plagas, y la convicción resultante, la confianza plena en esta fidelidad y en que el Señor
era capaz de hacer lo que había dicho que haría y que sus promesas iban a cumplirse. La
esencia de la fe es la confianza que obedece, y este era el punto donde llegaron los
israelitas en Éxodo 12. Aún conociendo a la perfección la grandeza del poder del
enemigo y siendo conscientes de su propia debilidad e incapacidad, estaban listos para
jugárselo todo en la simple obediencia a las órdenes y la promesa de Dios.
5. La levadura
No es hasta el Nuevo Testamento que aparece en la Biblia un simbolismo explícito
de la levadura (1 Co. 5:7–8), pero una vez revelado, tiene sentido. Esta primera Pascua
constituyó un nuevo comienzo de enormes proporciones e, inevitablemente, ese
énfasis continuó. Por esto Pablo, al notar la insistencia en el Nuevo Testamento de que
el Señor Jesús es el Cordero de Dios, llama a los cristianos a un decisivo nuevo comienzo
en Cristo. La “levadura vieja” de “malicia y maldad” (kakia y ponēria, dos términos
generales que designan cualquier “mal” de nuestra vida) debe ser sustituida por la
realidad “sin levadura” de “sinceridad y de verdad”. Sin embargo, el Antiguo
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Testamento no nos revela este simbolismo y, evidentemente, no sería apropiado
agregarlo sin más a nuestro estudio sobre Éxodo 12, ya que no es hasta el episodio del
becerro de oro en el capítulo 32 que el pecado en la vida de Israel se manifiesta como
un problema fundamental. La idea pascual de la “levadura”, pues, es una de las
novedades más decisivas: lo viejo ha pasado y ahora todo es nuevo, ¡y sin duda lo era!
6. La eficacia de la Pascua
Habiendo dicho todo esto, nos queda la pregunta de por qué era necesaria la
Pascua. La promesa de la liberación iba unida con la décima plaga, después de la cual
Faraón dejó que los israelitas se marcharan (11:1), así, ¿por qué no quedó todo
únicamente con la plaga y el éxodo?
Para poder responder esta pregunta debemos recordar dos cosas. En primer lugar,
según el pasaje clave 6:2–8, el Señor tenía dos propósitos para Israel en Egipto, y su
liberación era sólo uno de ellos. Su promesa era “os sacaré de debajo de las cargas de
los egipcios” y “os tomaré por pueblo mío”, y en relación con ello se emplean los verbos
“liberar” y “redimir” (v. 6). La décima plaga logró la primera parte de la promesa, es
decir, su rescate y liberación, pero la relación del pueblo con el Señor aún tenía que
reestablecerse mediante la redención. Esto era lo que iba a ser la obra distintiva de la
Pascua.
En segundo lugar, debemos recordar una de las circunstancias diferenciadoras de la
décima plaga que ya mencionamos al principio del capítulo: que se llevó a cabo sin la
mediación de Moisés o Aarón y fue lograda únicamente por la visita del Señor mismo a
Egipto (11:4) y por su juicio personal y directo (12:12). Esta intervención cambió toda la
situación, ya que cuando Jehová visitó Egipto como absoluto Señor y Juez, el problema
de Israel dejó de ser escapar de Faraón para convertirse en cómo continuar estando
seguros delante de un Dios así. Ciertamente, de la forma en que la historia de la Pascua
es narrada, este se convierte en el único problema. El pasaje no menciona el pecado,
pero tampoco la santidad de Dios. Incluso en el caso de Faraón, aunque no podamos
dejar de relacionar su situación desesperada con su prolongado rechazo a obedecer,
esto tampoco es expresado de manera específica. Dejar que el pecado ocupe un lugar
central sería distorsionar la narración en la que la cuestión principal es que la
humanidad, desprotegida y sin un lugar donde refugiarse, no puede permanecer en la
presencia del Señor el Juez. Los pasajes posteriores de Éxodo tratarán la cuestión del
pecado y la Pascua misma adoptará un lugar especial dentro del sistema de los
sacrificios, con el pecado y la expiación como el elemento central, aunque Éxodo 12
deja estos temas para más adelante. Este es un capítulo que se centra en una sola
cuestión: “¿Cómo podré yo, que provengo de lares oscuros y poseo una mente turbia,
aparecer ante el Inefable y con mi desnudo espíritu soportar la Luz Eterna?”. En Éxodo
12, como en este himno, se entrevé en el fondo la cuestión del pecado. Si Faraón no
hubiese rechazado y se hubiese rebelado en contra de la palabra de Dios, no habría
experimentado el juicio divino en este momento. Si no fuésemos criaturas caídas, con
100
nuestro pasado personal de pecado, nuestra naturaleza no sería “oscura” o nuestra
mente “débil”. No obstante, para aclarar nuestras mentes, debemos aplazar esta
cuestión secundaria, por muy importante que sea, y centrarnos en la manera, si la hay,
de poder permanecer seguros en la presencia de Dios.
7. La sangre
El autor del himno citado en el apartado anterior contestó su propia pregunta al
afirmar que: “hay una forma para que el hombre pueda ascender hasta aquella morada
sublime: una ofrenda y un sacrificio […]”. En términos de Éxodo 12, esto mismo está
expresado mediante la sangre del cordero, ya que el Señor dice: cuando yo vea la
sangre pasaré sobre vosotros (Ex. 12:13). Es la sangre la que tiene el increíble poder de
resolver el problema de la aceptación delante de Dios. Sin la sangre, todo Egipto habría
sufrido un juicio simbólico aunque aterrador (12:30), pero al haber sido marcados con
la sangre, el Señor pasó de largo las casas de Israel (12:27). ¿Cómo fue esto posible?
La explicación que sacamos de la historia tiene cuatro aspectos.
a. El Dios satisfecho
Si el favor del Señor hubiese sido el principio gobernante en la noche de la Pascua,
no habría sido necesario instituir las ceremonias pascuales o que los israelitas tuvieran
que esconderse en sus propias casas bajo órdenes estrictas de no salir de ellas. La
historia de las seis plagas inmediatamente anteriores demuestra que el Señor no
necesitaba ninguna señal o ayuda para reconocer a su pueblo y excluirlo de lo que iba a
suceder. Conocía los límites de su región (8:22), podía distinguir su ganado del de los
egipcios (9:4, 6), podía proteger a sus habitantes de la granizada (9:26), y les dio luz
mientras Egipto estaba sumergido por una palpable oscuridad (10:23). Un Dios así no
necesitaba postes indicadores. La sangre en las puertas debió tener otro significado, lo
que es corroborado por el hecho de que el Señor no pasará de largo “cuando te vea”,
sino cuando yo vea la sangre (12:13).
El Dios del juicio, que vino para imponer una pena de muerte como castigo justo, vio
la sangre y “pasó de largo” en paz. Puede sonar arriesgado sugerir que Dios “cambió de
opinión”, pero la Biblia nos permite ver al Señor desde una perspectiva humana
mediante la utilización de términos que sugieren similitudes con la forma humana
(antropomorfismo) y con los sentimientos humanos (antropopatía). En el contexto que
estamos analizando, lo único que podemos decir es que el Dios que llegó lleno de ira
“pasó de largo” en paz. Algo “satisfizo” al Dios de juicio y gracias a ello ya no vio
necesario ejecutar la sentencia judicial. El resto de la Biblia nos muestra otras palabras
equivalentes a esta “satisfacción”. Por ejemplo, encontramos “reconciliación”, la actitud
del juez para con el acusado, dejando a un lado la alienación y el agravio causado para
practicar la aceptación con ecuanimidad, y, sobre todo, “propiciación”, el
apaciguamiento y disipación de la ira a través de cualquier medio necesario.
101
b. El pueblo a salvo
En tres momentos del capítulo 12 se pone de relieve la seguridad de aquellos que
estaban dentro de las casas marcadas por la sangre. En los versículos 8–10, este sentido
de seguridad queda evidente en los banquetes celebrados durante la noche de la
Pascua; en el versículo 13, el sentido es reforzado con una promesa divina: pasaré sobre
vosotros, y ninguna plaga vendrá sobre vosotros; en los versículos 22–23 encontramos
una declaración formal de que, detrás de las puertas marcadas con sangre, la seguridad
era garantizada, ya que nadie que quisiera destruirles podría entrar. Objetivamente,
habían sido salvados por la sangre del cordero; el Señor vio la sangre y pasó de largo.
Subjetivamente, fueron salvados por fe, la fe mediante la que creyeron y actuaron
según la palabra de Dios. Obedecieron sus mandamientos de escoger y matar el
cordero, de embadurnar las puertas con su sangre y refugiarse en las casas marcadas, y
ellos creyeron la promesa de que bajo la sangre derramada y en aquellas casas estarían
seguros e inmunes.14
d. Exactitud y perfección
El segundo elemento que debemos tener en cuenta es la forma en que el cordero
fue escogido. El relato de Éxodo utiliza cuatro versículos para describir únicamente esta
cuestión (vv. 3–6), en los que indica que elegir correctamente era, claramente, algo de
suma importancia. Dios dio instrucciones precisas para cada uno de los pasos del
procedimiento para asegurarse de que todo era hecho según su voluntad y propósito.
Para empezar, se estableció que los privilegios otorgados mediante el cordero
pertenecían a toda la congregación de Israel (v. 3), lo que era logrado poniendo especial
énfasis en el tema de la suficiencia y la muerte del cordero de Israel. El cordero tenía
que escogerse con sumo cuidado para que se adecuara a las posibilidades de aquellos
102
que iban a participar de él (vv. 3–4a). Existía el cálculo general de un cordero para cada
casa, reflejando el principio de la familia inherente en los diferentes aspectos del pacto
del Señor. Pero este se refinó un poco más para tener en cuenta aquellas familias que
no serían capaces de acabarse todo un cordero, y se les permitió juntarse con otra
familia, en las mismas circunstancias, y dividirlo. De esta forma, la identificación entre el
cordero y el número de participantes se mantuvo continuamente en un primer plano.
No se tuvieron en cuenta sólo los números, sino también las necesidades: conforme
a lo que cada persona coma, dividiréis el cordero (v. 4b). Nos podemos imaginar el serio
debate que esto habría originado, especialmente si dos o más casas habían puesto en
común (posiblemente en un encuentro agitado entre las esposas) sus dudas en cuanto
a los niveles de apetito de cada miembro de la familia. Es una imagen muy humana,
pero con una importancia crucial, ya que se tuvo un gran cuidado para lograr la
equivalencia más precisa humanamente posible entre el cordero, por un lado, y el
número y las necesidades de aquellos que lo iban a comer, por otro.
Respecto al animal en sí, tenía que ser un macho de un año de edad sin defecto (v.
5). Esta insistencia en la perfección es evidente en todo el código de los sacrificios. En
Malaquías 1:6–14 se nos explica que lo que es imperfecto no es aceptable delante del
Señor (v. 13), ni digno de su grandeza y que, además, trae maldición sobre aquel que lo
está ofreciendo (v. 14). En cambio, la perfección del Señor Jesucristo es predicha (Is.
11:5; 53:7–9), descrita (1 P. 1:19; 2:21–22) y aludida en el relato de su juicio (Lc. 23:4,
14–15, 22, 41, 47). Sólo lo que es perfecto es aceptable ante Dios, tal y como
corresponde a su dignidad, aunque parece bastante probable que detrás de la orden de
“perfección” exista la verdad de que mientras que el imperfecto puede morir por sus
propios pecados, sólo el justo puede cargar con los pecados de otro.
Incluso en cuestiones del tiempo había instrucciones precisas. El cordero pascual
tenía que elegirse en el día diez del mes (v. 3) pero debía matarse en el día catorce (v.
6). Este es un punto muy importante e indica el cuidado con el que se tenía que buscar
el animal adecuado. Si se hacía con prisas o en el último momento, el pánico habría
podido llevar a errores, y esta era una cuestión en la que no se podía permitir ningún
fallo. Los responsables de organizar el sacrificio tenían que contar las personas, valorar
las necesidades y, en un margen de tiempo suficiente para considerar la situación en
calma, examinar el animal para asegurarse de que no tenía imperfecciones para
después separarlo de los demás. Sólo después de que todo esto hubiese terminado y
hubiese llegado la hora señalada podía llevarse a cabo el sacrificio.
El último elemento que está relacionado con la equivalencia entre el cordero y
aquellos protegidos bajo la sangre, es la norma de que todo lo que sobrara de la comida
pascual debía ser quemado (vv. 8–10), lo que significa que el único propósito y uso del
cordero era el de proveer una cobertura y un alimento pascuales para aquellos a los
que se les había otorgado por número y necesidad y, una vez se había conseguido, el
cordero ya no podía utilizarse para nada ni nadie más. Había sido escogido
precisamente para el pueblo y una vez había satisfecho sus necesidades ya no tenía
ningún otro propósito o función, por lo que no debía quedar nada una vez finalizado el
banquete.
103
e. El sustituto
Ha sido necesario abordar la idea clave del cordero como sustituto paulatinamente,
ya que es así como lo revela la historia, que emplea ocho versículos (vv. 3–10) para
dejar claro que el cordero escogido era un equivalente exacto al número y necesidades
de su pueblo y que era como tal que había muerto.
Sin embargo, pareciera que hubiese un error en el argumento. Como sabemos, en
las casas de los egipcios “sólo” había muerto el primogénito, por tanto es de suponer
que si alguna familia de Israel no hubiese cumplido con los requisitos pascuales para la
salvación, entonces “sólo” habría muerto el hijo mayor de esa casa. Así, si recordamos
toda la idea de la sustitución, parecería que el cordero hubiese muerto únicamente en
lugar del primogénito. Sin embargo, esto significaría que estamos olvidando el motivo
por el que Dios envió a Moisés a Egipto en primer lugar. Desde el principio, la misión de
Moisés es revelada como una “lucha de los primogénitos”, ya que el Señor dice a
Faraón que “Israel es mi hijo, mi primogénito” (4:22). El primogénito de Faraón es una
sola persona, mientras que el del Señor es la entidad colectiva de Israel. Los israelitas
tenían que tomar un cordero (v. 3) y asegurarse de que encajaba exactamente con el
número y las necesidades de toda la comunidad. Así, cuando el cordero moría, lo hacía
como sustituto del primogénito del Señor, el pueblo que Él había escogido para
redimirlo.
8. Libres al fin
Y lo eran.
El relato de la salida de los israelitas es narrado, con una notable y conmovedora
104
contención, en dos partes: la décima plaga (vv. 29–30) y la histeria que le sucedió
cuando, comprensiblemente, los egipcios se dejaron llevar por el pánico y apremiaron a
los israelitas para que salieran de la tierra (vv. 31–36). Como es común en el libro de
Éxodo, ambas secciones son presentadas con una estructura equilibrada:
La décima plaga (12:29–36)
A1 El pueblo bajo el juicio (vv. 29–30)
“El Señor hirió” (v. 29, yhwh hikkâ)
Los egipcios lloran por la muerte de los primogénitos (v. 30)
B Las reacciones (vv. 31–34)
b1 Faraón (vv. 31–32)
b2 Los egipcios (v. 33)
b3 Los israelitas (v. 34)
A2 El pueblo bajo la bendición (vv. 35–36)
“El señor dio” [RVR1960] (yhwh nātan)
Los egipcios son despojados de sus bienes (v. 36)
El éxodo (12:37–42)
A1 Israel sale de Egipto (v. 37)
B1 La multitud de seguidores (v. 38)
A2 Israel es echado de Egipto (v. 39)
B2 Los ejércitos del Señor (vv. 40–41)
A3 Israel es sacado de Egipto (v. 42)
Notas
El pánico que domina la situación en los versículos 12:29–36 contrasta radicalmente
con la calma de los versículos 38–42, donde podemos percibir una seguridad de que
todo está yendo según lo planeado. Incluso en el versículo 39, donde se dice que los
israelitas fueron echados, se nos habla más del terror de los egipcios que de la
perturbación de los israelitas, aunque, obviamente, tuvo que haber cierto grado de
perturbación, ya que si no la orden del Señor no hubiese incluido la idea de lo que
podría llamarse “inquietud apremiante” (v. 11). Es posible que, para los israelitas, la
idea de salir de Egipto pareciera más arriesgada y oportunista de lo que normalmente
nos imaginamos. El pueblo había experimentado demasiadas veces la capacidad
magistral de Faraón de mudar rápidamente de opinión y, como quedaría demostrado
más tarde, no había cambiado en absoluto (14:5). Es interesante observar que en
Números 33:3–4 se nos dice que Israel se arriesgó a salir de Egipto mientras los egipcios
aún estaban ocupados enterrando a sus muertos, pero también leemos que se fueron
con mano poderosa (lit. levantada) a la vista de todos los egipcios. No podemos evitar
notar que en la expresión “mano levantada” existe un cierto sentimiento de arrogancia,
triunfalismo y confianza en uno mismo, pero la verdad es que la ocasión lo merecía
(aunque los más juiciosos dentro de los israelitas pensaran en sus corazones que si no
105
salían entonces quizás no tendrían otra oportunidad más adelante).
Pero se fueron y el Señor hizo exactamente lo que había dicho que haría (cf.
11:1–10), por lo que incluso aquellos que pensaban que la salida había sido un tanto
oportunista andaban, aún así, con total seguridad. Los israelitas eran conscientes de
que estaban saliendo de Egipto (v. 37) y, aunque algunos egipcios pensaban que los
estaban echando de su tierra (v. 39), la verdad era que la mano divina los estaba
sacando de allí (v. 42). Incluso aquellos que han encontrado refugio bajo la sangre del
cordero, que están seguros bajo el cuidado del Señor y que andan según el plan que Él
predeterminó, pasan por las situaciones más aparentemente peligrosas.
Notas adicionales
11:1–10 A veces, los comentaristas sostienen que hay elementos que no encajan en
los capítulos 10 y 11. En 10:29, Moisés pone fin a las negociaciones con Faraón pero, en
cambio, en 11:4 aún está hablando con él y no parece salir de su presencia hasta 11:8b.
Por esta razón, Durham (p. 149), por ejemplo, supone que debió haber una
introducción al capítulo 11 que se ha perdido. Sin embargo, debemos recordar que
desconocemos los “mecanismos” de la revelación y la inspiración. Isaías 38:4 nos
muestra que la palabra de Dios puede aparecer, en ocasiones, de forma esporádica, y
esto es precisamente lo que parece que haya sucedido aquí. Aún en la presencia de
Faraón (en 10:29), le vino a Moisés la palabra del Señor, quizás una reminiscencia de
3:19–22 y una indicación del Señor para que verbalizara el oráculo basado en 3:21–22.
Cf. Cassuto (p. 132), que afirma que Moisés “recordó las direcciones que se le habían
dado hacía tiempo”.
11:2 El verbo √šā’al significa “pedir”, aunque en algunas versiones se dice que los
israelitas “tomaron prestado” ¡y Durham (p. 148) incluso habla del “robo de los objetos
de valor de los egipcios”! La misma situación es repetida posteriormente cuando el
Señor ordena que se provea a los esclavos liberados en Deuteronomio 15:13–15. Una
vez más, esto es precisamente lo que el Señor había dicho que ocurriría (Gn. 15:14; Ex.
3:21–22).
11:4 El yo pasaré por toda la tierra de Egipto debería compararse con Génesis 41:45.
En la historia de Génesis, a José se le acababan de otorgar poderes casi faraónicos y la
forma en que los aceptó y ejerció su autoridad absoluta sobre Egipto es expresada
como “salió José por toda la tierra de Egipto”. El mismo verbo (√yāṣā’) es usado en
11:4, donde el Señor anuncia “como a medianoche yo pasaré (lit. ‘saldré‘, √yāṣā’) por
toda la tierra de Egipto”. En otras palabras, no se trataba solamente de entrar en la
tierra sino de tomar y ejercer una autoridad absoluta. Especialmente debemos notar los
tres aspectos que están bajo la soberanía sentenciosa del Señor: la tierra, la vida
(humana y animal) y los dioses; su dominio está sobre todas las cosas, tanto en el
sentido territorial, como en el natural y en el espiritual.
11:8 En 11:1 y 6:1 se utilizan los mismos verbos (√šālaḥ y √gāraš), ambos en la
forma piel, para designar “despedir, enviar fuera [con autoridad]” y “echar”. Todo
106
sucedió exactamente tal y como el Señor había anunciado. Véase también el piel de
√gāraš en 10:11 para expresar el cambio radical en Faraón.
12:1–20 Algunos comentaristas (como Hyatt [pp. 132–133] y Fretheim [p. 137])
entienden la Pascua como un rito premosaico propio de los pastores nómadas que
Moisés adoptó otorgándole un nuevo sentido. La única evidencia posible para ello es la
brevedad de la orden de Moisés de “sacrificad la pascua” (12:21), como si se tratara de
algo que los ancianos ya conocían. Este es un hecho típico de la literalidad con que la
Biblia es interpretada para que encaje con una teoría en concreto, mientras que los
mismos comentaristas deciden optar por una interpretación más libre de otros pasajes
o, incluso, los reescriben. No existe ningún motivo para pensar que, en este momento,
Moisés no repitió a los ancianos todo lo que el Señor le había dicho en los versículos
1–20, aunque aquí sólo se presentara de manera resumida diciendo “sacrificad la
pascua”.
12:13 La palabra “Pascua” en hebreo es pesaḥ. En Éxodo 12, √pāsaḥ es usado
paralelamente con √’ābar, que significa “cruzar, pasar a través”. El Señor “pasó a
través” (√’ābar) de Egipto y con ello “pasó por encima” (√pāsaḥ) de las casas marcadas
con sangre. El verbo y su sustantivo son empleados como términos técnicos para
referirse a la Pascua, pero fuera cual fuera el significado que tuviesen fuera de esto (si
tenían alguno) lo ignoramos. Véanse Durham y Currid acerca de Éxodo 12:11. En el
Antiguo Testamento encontramos cierta base para pensar que su significado era
“proteger, cubrir” (Is. 31:5), “vacilar” (qal, 1 R. 18:21), “lisiarse el pie” o “ser cojo”
(niphal, 2 S. 4:4), “saltar” o incluso “bailar una danza ritual” (piel, 1 R. 18:26). El adjetivo
pissēaḥ (“cojo”) aparece 30 veces (por ejemplo, 2 S. 9:13). Sin embargo, no existe una
forma clara de conectar este conjunto de palabras con la Pascua, por lo que es mejor
pensar en otro verbo que se escribiese exactamente igual. Aparte del Antiguo
Testamento, el idioma acadio nos da passahu, que significa “apaciguar, propiciar”
(véase Davies, p. 112).
12:17–20 Aunque el Antiguo Testamento no desarrolla un simbolismo moral
alrededor de “levadura”, encontramos indicios que nos muestran que existía. Por
ejemplo, la levadura (que se produce mediante un proceso de descomposición y se
extiende por todo con lo que entra en contacto) estaba prohibida como parte de los
sacrificios (Ex. 34:25a; Lv. 2:11), debido a que los sacrificios trataban, esencialmente, de
la pureza, y sólo aquello que no se había infectado con el pecado podía llevar el pecado
de otro (cf. Mr. 8:15). Sin embargo, en Levítico se ordena dos veces que se utilice la
levadura. En 7:13 encontramos que la ofrenda de acción de gracias debía incluir “tortas
de pan leudado”, es decir, pan hecho con levadura. De forma parecida, en la fiesta de
las semanas (el Pentecostés) la ofrenda mecida debía traerse “de vuestras
habitaciones” y debería incluir “dos panes […] cocidos con levadura” (Lv. 23:17). La
importancia de ambos casos es la misma. En el primero, la ofrenda es dada con un
espíritu de acción de gracias y confesión de pecado y de fe y, en el segundo, lo es con
un espíritu de compromiso. En ambas ocasiones, los que daban las ofrendas se
presentaban “tal y como eran” (con todas sus imperfecciones) y la levadura
representaba este hecho. Cf. G. J. Wenham, Leviticus [Levítico], NICOT, Eerdmans, 1979,
107
pp. 78, 123. Wenham sostiene que tôdâ, que normalmente se traduce por “acción de
gracias”, tiene el sentido más general de “confesión de pecado y de fe”. En Mateo
13:33, Jesús se refiere sólo a la capacidad de la levadura para extenderse, sin mencionar
su influencia corruptiva como base de su parábola.
12:5 Parece que no se nos explique por qué el cordero pascual tenía que ser macho,
aunque encontramos la misma insistencia en cuanto al género para la ofrenda
encendida (Lv. 1:3; 22:19) y para la ofrenda por el pecado de un jefe (Lv. 4:23). En
cambio, el sacrificio para la ofrenda de paz podía ser de un macho o de una hembra (Lv.
3:1, 6), y el sacrificio para la ofrenda por el pecado de una persona “normal” tenía que
ser hembra (Lv. 4:28, 32; 5:6). Algunos sugieren que en estos temas el Señor estaba
siendo deliberadamente considerado con la economía, ya que la ofrenda encendida
tenía que darse dos veces al día y los animales machos eran menos valiosos que las
hembras. A. Bonar (Commentary on Leviticus [Comentario de Levítico], Londres, 1874,
p. 4) sugiere que el hecho de que el animal de la Pascua fuera macho anticipaba que el
Cordero de Dios, que vendría en la plenitud de los tiempos, sería hombre. Esto
encajaría con la orden de sacrificar animales machos para las ofrendas encendidas, que
era un símbolo de una consagración y una obediencia perfectas, mientras que para las
ofrendas de paz, que se centraban en el gozo del pueblo de poder disfrutar de los
beneficios que recibían al estar en paz con Dios, no hay ninguna especificación respecto
al género del animal.
“Sin defecto” significa “perfecto”, más que “sin defecto o mancha”. El verbo
(√tāmam) significa “finalizado y pasado” (Gn. 47:18; Dt. 2:16) y se emplea para designar
la creación de un “producto acabado” (Sal. 18:25[26]). El adjetivo (tāmîm) puede usarse
para expresar tanto totalidad (Lv. 3:9) como perfección (por ejemplo, Lv. 1:3) y también
es usado para referirse a la ley del Señor como un “producto acabado” (Sal. 19:7[8]) y a
la vida totalmente íntegra (Sal. 15:2).
12:6 El al anochecer del versículo 6 es, literalmente, “entre las dos tardes” (bên
hā’arbāyîm). Cf. 16:12, donde se hace una referencia al momento de la cena y 30:8,
donde hay una referencia al momento de encender las lámparas. Este último indica el
momento en que el “crepúsculo” se convierte en “oscuridad” o, en otras palabras,
cuando la tarde se convierte en noche.
En 12:6 se utilizan dos palabras para designar a todo Israel. La primera es ‘ēdâ, que
es traducida por “congregación” (véase también el v. 3) y la segunda, qāhāl, que
significa “asamblea”. El verbo √qāhāl es repetido unas cuarenta veces, con el
significado de “reunirse” (p. ej., en su forma intransitiva [niphal], Ex. 32:1, y en la
transitiva [hiphil], Nm. 1:18). El sustantivo puede significar simplemente una “reunión”
o “multitud” (p. ej., Gn. 28:3), aunque muy a menudo su significado es más específico y
es empleado para referirse a una asamblea de todo Israel con un propósito religioso. La
experiencia en Horeb (Dt. 9:10) era el “día de la asamblea” (véase J. P. Lewis, “qahal” en
R. L. Harris, G. L. Archer, B. K. Waltke [eds.] Theological Wordbook of the Old Testament
[Diccionario teológico de palabras del Antiguo Testamento], Moody, 1980).
12:11 Apresuradamente. Esta palabra (que volvemos a encontrar únicamente en Dt.
16:3 e Is. 52:12) es, en hebreo, hippāzôn, de √ḥāpaz, que significa “estar turbado” y
108
“darse prisa”, con más énfasis, a veces, en el primer sentido, otras, en el segundo y,
otras, en ambos (cf. Dt. 20:3; 1 S. 23:26; 2 S. 4:4; 2 R. 7: 15; Sal. 31:22 [23]; 104:7). Cf.
ḥopzî (LBLA, “alarmado”, RVR1960, “apresuramiento”) en Salmos 116:11. El nombre
expresa perfectamente la tensión que se estaría viviendo. El mandamiento de comer el
cordero con hierbas amargas (v. 8) queda sin explicar. √marar (qal, “ser amargo”, Isaías
24:9; piel, hiphil, “hacer amargo, mostrar amargura”, Éxodo 1:14; 23:21 utiliza este
verbo para expresar el espíritu amargo que hay detrás de la rebelión) nos da el adjetivo
plural mĕrorîm, “(cosas) amargas”, que normalmente se traduce por “hierbas amargas”
o algún otro condimento fuerte. Cf. su uso general en Lamentaciones 3:15. La otra
referencia con relación a la Pascua la encontramos en Números 9:11, también sin
explicar. ¿Eran las hierbas algún tipo de recordatorio de lo que habían escapado los
israelitas? Cf. 1:14, donde √marar es usado para describir las crueldades de los egipcios.
Es posible que esta palabra pasara a ser un término común para expresar el sufrimiento
de los hebreos, por lo que su uso con relación a la Pascua habría sido, en ese momento,
totalmente comprensible.
12:7 Se ha debatido mucho acerca del significado del derramamiento de sangre en
los sacrificios. Muchos sostienen que la expresión “la vida de la carne está en la sangre”
(Lv. 17:11) significa que cuando se derramaba la sangre, la vida era “liberada”,
quedando, así, disponible como una pantalla protectora entre Israel y el Señor (como
por ejemplo en la Pascua) o como un regalo al Señor (como en los sacrificios en
general). Véase U. E. Simon, Theology of Salvation [Teología de la salvación], SPCK,
1953, p. 212; T. C. Vriezen, An Outline of Old Testament Theology [Un resumen de la
teología del Antiguo Testamento], Blackwell, 1960, p. 292. Sin embargo, esta
interpretación del simbolismo de la sangre derramada no es sólo la más forzada, incluso
en su uso secular (p. ej., Gn. 9:5; 37:26; Sal. 30:9), sino que también, como muchos
otros han observado, es contraria al verdadero significado de Levítico 17:11 e
incompatible con el principio de “pagar el precio” que subyace los sacrificios. Véase
Motyer, Look to the Rock [Espera en la roca], pp. 51–53; L. Morris, The Apostolic
Preaching of the Cross [La predicación apostólica de la cruz], Tyndale, 1965, pp. 24–26,
111–112 y ss.; A. Stibbs, The Meaning of the word “Blood” in Scripture [El significado de
la palabra “sangre” en las Escrituras], Tyndale, 1947; J. R. Stott, La cruz de Cristo
(Certeza Unida)
12:37 No es posible ubicar ni Ramsés ni Sucot, lo que dificulta aún más el problema
aparentemente sin solución de trazar la ruta del éxodo con precisión. Según los
números que se nos dan aquí, 600.000 hombres adultos, podríamos estimar que en
total eran unos 3.000.000 de personas. La palabra mil (‘elep) es una traducción inexacta
y podría muy bien significar “grupo”, tanto en un sentido social como militar. Véase
“Number” [Número] en NBD (pp. 830–835). Currid (vol. 1, p. 261) analiza los números
tal y como aparecen, y recuerda el crecimiento de los hebreos que tanto había
alarmado a los egipcios (1:6–7). Véase también J. W. Wenham, “Large Numbers in the
Old Testament” [Los números grandes en el Antiguo Testamento], TB 18, 1967, pp.
19–53.
109
Recordar y responder
Éxodo 12:14–13:16
1. Las palabras
Respecto a la palabra en sí, el verbo “recordar” (√zākar) aparece más de doscientas
veces en el Antiguo Testamento y, además, es “reforzado” mediante dos sustantivos
derivados, zēker (que aparece veintitrés veces, p. ej., Ex. 3:15) y zikkārôn (que también
aparece veintitrés veces, p. ej., Ex. 12:14). A grandes rasgos, el sentido de zēker
(“recordatorio”) es más general que el de zikkārôn (“ceremonia conmemorativa”) y
representa algo que guardamos en la mente, mientras que zikkārôn es algo que impulsa
a la mente a recordar. Los pasajes dados son buenos ejemplos de ambas.
110
3. Esdras, Pedro y Jesús
La visión y deseo de Pedro es la misma que la de un sabio y maestro del Antiguo
Testamento, Esdras. En 539 a. C., Ciro, el fundador del imperio persa, permitió a los
exiliados de Judá volver a su tierra de origen, que habían dejado a la fuerza setenta
años antes. Sólo un insignificante grupo decidió dejar la seguridad de Babilonia para
enfrentarse a las incertidumbres que les deparaba una Jerusalén en ruinas y una tierra
que pocos, si alguno, había conocido; aún así, un pequeño grupo consiguió establecerse
en Judá. Casi un siglo más tarde, Esdras fue enviado por el rey Artajerjes con la misión
real de “investigar acerca de Judá y de Jerusalén conforme a la ley de tu Dios que está
en tu mano” (Esd. 7:14). Con el fin de prepararse para esta misión, se nos dice que
Esdras “había dedicado su corazón a estudiar la ley del Señor, y a practicarla”, con la
intención de “enseñar sus estatutos y ordenanzas en Israel” (Esd. 7:10). En otras
palabras, se preparó para enseñar y establecer la verdad divina donde ya era conocida,
no mediante la innovación sino la repetición, con la intención no de proclamar una
nueva verdad sino de asegurar un lugar en las mentes de su pueblo para la verdad ya
revelada de Dios.
En el momento más decisivo, mientras hablaba de su inminente muerte redentora
en la cruz, Jesús hizo el intento más increíble para llegar a capturar y retener las
memorias de aquellos que había redimido diciendo “haced esto en memoria de mí” (Lc.
22:19) y “haced esto cuantas veces la bebáis en memoria de mí” (1 Co. 11:23–26). El
legado que dejó quedó fijado en su última cena con sus discípulos, pero la polémica en
torno al verdadero significado de estas palabras ha sacudido la Iglesia y aún tiene una
fuerte presencia en ella. Todas las discusiones se han basado únicamente en una
cuestión: la relación entre el pan y el vino sobre la mesa y el cuerpo de Cristo roto y su
sangre derramada en la cruz de una vez y para siempre. Esta es una cuestión necesaria
y correcta pero, desafortunadamente, ha oscurecido la majestuosa simplicidad que está
mucho más cerca de las intenciones principales del Señor, ya que nos ordenó partir y
comer el pan, y verter y beber el vino “en memoria” de Él. Esto es lo que nos dijo que
hiciésemos y, sin embargo, tendemos a aferrarnos a lo que nosotros creemos
verdadero (y evitar lo que creemos erróneo) de la interpretación de “Este es mi cuerpo”
y “recordar” a Jesús deja de ser el elemento central de nuestra adoración en la mesa.
4. El Salmo 78
El salmo 78 es otro ejemplo de la importancia de “recordar” en la Biblia y resalta la
necesidad práctica de recordar lo que se nos ha enseñado y los riesgos que comporta el
volvernos olvidadizos. Este salmo, de considerable longitud, consiste en una revisión
doble de la historia de Israel desde Moisés hasta David (vv. 12–39, 43–72). Ambas
partes nos cuentan una larga historia de pecado y fracaso y la segunda acaba en una
pregunta: ¿Será mejor el nuevo comienzo con David? Sin embargo, los poetas hebreos
111
jamás escribían poesía narrativa porque sí, y la intención en este salmo no era sólo la de
escribir sobre el pasado, sino también la de aprender lo que, según el autor Asaf, es la
única y gran lección que nos explica el pasado y marca el camino para el futuro. ¿Por
qué fracasaron “los hijos de Efraín” (v. 9), aun estando bien equipados? Porque
“olvidaron” (v. 11). ¿Cómo puede explicarse el prolongado abandono de Dios por parte
de Israel? “No se acordaron” (vv. 40–42). Así pues, ¿qué lección podemos transmitir a
las futuras generaciones? Que “ellos pusieran su confianza en Dios, y no se olvidaran de
las obras de Dios, sino que guardaran sus mandamientos” (vv. 5–8). Olvidar y
abandonar, recordar y salir victorioso, son conceptos bíblicos que siempre van cogidos
de la mano.
112
y el cese de la provisión del maná de cuando estaban en el desierto [Jos. 5:12])
recordando la forma en la que fueron liberados (Jos. 5:10). Así como Jesús instituyó un
recordatorio perpetuo de su muerte para que fuera el pensamiento central en la mente
de su pueblo (y que nada pudiese reemplazarlo jamás), la entrada a la Tierra Prometida,
por muy esperada y novedosa que fuera, no podía reemplazar o quitar importancia a la
Pascua en las mentes de los israelitas que estaban bajo el mando de Josué.
Estos versículos también nos explican con cierto detalle el tema de recordar al
introducirnos dentro de la casa misma en que se está celebrando la Pascua, donde
vemos que esta era claramente una fiesta familiar y el medio con el que los israelitas
transmitían la historia de la liberación de generación a generación (vv. 26–27). Con ello,
se prevé la situación en la que, inevitablemente, las futuras generaciones deberán
responder a sus hijos cuando estos les pregunten “¿por qué?” remontándose a su
pasado histórico y explicándoles que la Pascua reconstruye lo que el Señor hizo tiempo
atrás, su obra de redención (cuando pasó de largo las casas de los israelitas) y de juicio
(cuando hirió a los egipcios).
Las instrucciones para guardar la Pascua son aplicables, con ciertas condiciones, no
sólo a las familias directas de los israelitas sino también a los extranjeros pero que viven
con ellos (vv. 43–49). Este pasaje puede dividirse en tres partes:
113
condiciones para la inclusión de los que no eran israelitas en el rito de la Pascua. Aquí,
la intención es la de definir con más detalle la posición de los extranjeros que optaron
por circuncidarse y participar en la adoración del pueblo de Israel. Por esto puede
entenderse el versículo 47 como si estuviese anunciando el tema como Toda la
congregación [‘ēdâ] de Israel. El hecho de que esta congregación esté compuesta por
dos grupos, sin ser uno más importante que el otro, queda bastante más explícito en el
original hebreo que en nuestras versiones modernas: “(LBLA) Que sea circuncidado
todo varón de su casa, y entonces que se acerque para celebrarla, pues será como un
nativo del país”. En otras palabras, el pacto es fiel a su fundación, establecida con
Abraham, en tanto que, en Abraham, todas las naciones encontrarán la bendición que
necesitan (Gn. 12:3; 22:18). El extranjero circuncidado puede ser un miembro de la
congregación bajo el mismo principio que el nativo (v. 49; cf. Ef. 3:6).
7. La Pascua y el éxodo
A partir de esta enseñanza acerca de la participación más general en la Pascua y la
nota que le acompaña sobre la obediencia de Israel (v. 50) podemos afirmar que fue en
aquel mismo día que el Señor sacó a su pueblo fuera de Egipto (v. 51). La Pascua
siempre fue la fiesta de la “salida” y era recordada (no repetida) como tal cada año. En
el patrón del Antiguo Testamento, todos los sacrificios eran repeticiones (como “recetas
repetidas” de un médico; cf. He. 10:1–4), e, incluso, la Pascua sólo podía ser recordada
mediante la repetición de los sacrificios. Sin embargo, en el caso de la Pascua estos
sacrificios repetidos tenían una función únicamente conmemorativa (v. 14). La Pascua
era una fiesta y un sacrificio de “la salida de Egipto” y una vez había logrado esto, que
era su único y gran propósito, el sacrificio pascual no podía realizarse fuera de Egipto.
Esta maravillosa verdad llega a su máxima expresión en Jesús y la cruz. En su
condición de “una vez para siempre”, la Pascua predice su ofrenda “para siempre” de
“un solo sacrificio por los pecados” (He. 10:12). En el Calvario, mediante “el sacrificio
del cuerpo de Jesucristo una vez para siempre”, todo lo que Dios requería que se
hiciese y lo que nosotros, pecadores, necesitábamos haber hecho por nuestra parte, fue
conseguido, y lo fue de una manera tan llena, definitiva y eficaz que los pecados de
aquellos por los que Jesús ha muerto ni siquiera son recordados en el Cielo (He.
10:10–18). Ya no es posible otro sacrificio por los pecados (He. 10:18), ya que una obra
de salvación como esta no necesita ser repetida ni requiere una re-presentación. No
puede amplificarse, sólo recordarse. Así, volvemos al aspecto conmemorativo y central
de la Cena del Señor. En muchas tradiciones es costumbre emplear siempre las palabras
de 1 Corintios 11:23–25 como el texto principal de la Cena. No se trata sólo de un
recordatorio de aquella primera cena, sino que también nos capacita a nosotros,
participantes modernos, para que, conscientemente, adoptemos el papel de “aquellos
que estaban en el aposento alto” y sentarnos con Jesús en su banquete. De la misma
manera, nuestros hermanos, hermanas y padres de la antigüedad, después de haber
sido liberados de la esclavitud de Egipto, retomaban cada año su función de pueblo
114
pascual, para recordar y regocijarse en el recuerdo, verdad y experiencia de su
espectacular salvación.
115
No existe una única respuesta completamente convincente. Es posible que en el
vocabulario asociado con la levadura encontremos una pequeña pista que merezca
especial atención. De las tres palabras usadas con relación a la levadura y al pan sin
levadura, es probable que ḥāmēṣ se refiera al gusto picante o ácido y śĕōr contenga
alguna referencia al proceso de cocinar. La tercera palabra, maṣâ aparece en plural
(maṣôt) y se refiere a los “panes sin levadura” como un producto final. El verbo del que
deriva este sustantivo (√māṣâ) significa “chupar” (Is. 66:11, RVR1960 “bebáis”) pero,
¿qué sentido tiene al aplicarse al proceso de hacer pan? ¿Se refiere a una parte de
“escurrir” o “colar” en el proceso de su preparación, o debemos pensar en un pan al
que no se le ha añadido un ingrediente habitual? Esta última posibilidad encaja
bastante bien con las circunstancias poco comunes del éxodo, cuando el pan era
elaborado de la forma más sencilla. Sin embargo, en este punto, la teoría interpretativa
se divide, una vez más, en dos: ¿El hecho de comer pan sin levadura está apuntando
hacia los tiempos de privación, en los que se sobrevive con una dieta poco lujosa, o a
los tiempos en que, teniendo en mente un bien mejor, se tiene que vivir de la forma
más simple posible? Ambas ideas podrían haberse introducido como formas para
otorgar más importancia a nuestros momentos de recuerdo. Podríamos,
voluntariamente, embarcarnos en un período de especial disciplina (como algunos que
deciden ayunar), no porque fuera meritorio en sí mismo sino para dedicar nuestras
mentes a grandes verdades y realidades espirituales en este tiempo especial para
recordar. Por otro lado, teniendo en cuenta el mismo buen objetivo, podríamos adoptar
una dieta y estilo de vida mucho más simples.
Sin embargo, tales pensamientos no son más que especulaciones. La lección más
importante que debemos aprender de la fiesta de los panes sin levadura, que duraba
siete días, es que recordar las grandes obras principales de Dios en las que se basa
nuestra fe implica una inversión mayor y más específica de nuestro tiempo y un
reajuste más centrado de nuestras prioridades de lo que estamos acostumbrados.
b. Los primogénitos
Todo ello nos enseña que aquellos que reciben la bendición de la salvación deben
aceptar y consagrar su vida a lo que esta salvación les llame.
No hay una referencia especial a los primogénitos de Israel en el relato de la Pascua,
aunque, tal y como se ha sugerido anteriormente, de hecho, toda la historia está escrita
sobre la base de 4:22–23 y el contraste entre el primogénito (singular) de Faraón y todo
el pueblo de Israel como el primogénito (plural) del Señor. Jamás debemos perder de
vista esta verdad fundamental, ya que está directamente relacionada con el aspecto
sustitutivo del cordero. Sin embargo, la lógica de la situación es que si alguna de las
familias de Israel se hubiese negado a obedecer las reglas de la Pascua acerca de
ofrecer un cordero sustitutorio, entonces el juicio también habría caído sobre el
primogénito de esa casa. Por tanto, podemos afirmar que los primogénitos
desempeñan un papel especial en la salvación divina de Israel. En Números 8:17 es
116
expresado de esta manera: “míos son todos los primogénitos de entre los hijos de
Israel, tanto de hombres como de animales; el día en que herí a todo primogénito en la
tierra de Egipto, los santifiqué para mí”. Desgraciadamente, no se nos explica cómo
funcionó esta “santificación” en la vida de los primogénitos. ¿Tenían que convertirse en
los sacerdotes de Israel y eran ellos los “jóvenes” que actúan como sacerdotes en Éxodo
24:5? Esta interpretación es bastante convincente, ya que, aunque el propósito
principal del Señor era que Israel fuera un “reino de sacerdotes” (Ex. 19:6), el código de
los sacrificios habría necesitado cierta delegación de funciones para poder llevarse a la
práctica. Sin embargo, después del incidente del becerro de oro y el abandono de Dios
por parte de la tribu de Leví (véase Ex. 32), el Señor especifica en Números 8:18 que
había escogido a los levitas para este servicio especial “en lugar de los primogénitos de
entre los hijos de Israel”.
c. Los sacerdotes
El tema del sacerdocio ocupa un lugar tan central en el Antiguo Testamento que
analizarlo con cierto detalle nos llevaría demasiado lejos de nuestro estudio sobre
Éxodo. Sin embargo, nos podemos permitir un breve vistazo a la posición de Moisés
como “el representante del pueblo delante de Dios” (18:19), que resume uno de los
aspectos del sacerdocio: los levitas y los sacerdotes gozaban, en sus respectivos
papeles, del privilegio de poder acceder a Dios que, era, sin duda, casi una definición de
“para” lo que existían (Nm. 4:23). La otra función, como representantes de Dios delante
del pueblo, era la de enseñar la verdad divina (Mal. 2:7).
Esta doble función de los sacerdotes permanece invariable al adentrarnos en el
Nuevo Testamento. Allí encontramos el mismo privilegio de acceso a la presencia divina
y la misma posesión de la verdad divina con el propósito de comprenderla y
compartirla. Sin embargo, debemos hacer este viaje hacia la completa revelación de la
voluntad de Dios con total exactitud. En el Nuevo Testamento, el título de “sacerdote”
(en singular) es atribuido únicamente al Señor Jesucristo (p. ej., He. 7:24). En cambio,
“sacerdotes” (en plural) designa a todo el pueblo de Dios (p. ej., Ap. 1:6). La existencia
de una orden diferenciada de sacerdotes, tan destacada en el Antiguo Testamento, está
completamente ausente en el Nuevo y tampoco forma parte de la Iglesia del Nuevo
Testamento. Sin embargo, las funciones sacerdotales características son conservadas,
en principio, para que sean llevadas a cabo por el pueblo de sacerdotes del Señor, pues
todos los que vienen a Cristo se convierten en un “sacerdocio santo, para ofrecer
sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 P. 2:5) y son un
“real sacerdocio”, llamado a anunciar “las virtudes de aquel que os llamó de las
tinieblas a su luz admirable” (1 P. 2:9). En otras palabras, los privilegios de acceso y
conocimiento permanecen, aunque el “sistema de castas” haya desaparecido.
Hebreos 10:22–23 lo expresa perfectamente: bajo nuestro Sumo Sacerdote,
debemos acercarnos a Dios (v. 22) y mantener “firme la profesión de nuestra esperanza
sin vacilar” (v. 23). Esta es la esencia del sacerdocio en el Nuevo Testamento: practicar
117
la presencia de Dios y aferrarse a su verdad. Aquellos que han sido redimidos por la
sangre del cordero son sus sacerdotes y se les ha impuesto esta doble obligación.
Notas adicionales
“Recordar” En la sección de Éxodo que nos ocupa, véanse 12:14, 15–20, 25–27, 42,
y los comentarios que siguen sobre 12:43–13:16. Véase también el artículo “Zākar” de
A. Bowlin en Theological Wordbook of the Old Testament [Diccionario teológico de
palabras del Antiguo Testamento], pp. 241–243. En el Nuevo Testamento, el verbo
mnēmoneuō aparece veintiuna veces (p. ej., Mt. 16:9; Mr. 8:18; Hch. 20:31; Ef. 2:11) y
existen tres sustantivos importantes que derivan de él: mneia (que aparece siete veces
pero sólo es usado cuando se recuerda a gente o al recordar en oración, p. ej. Ro. 1:9; 1
Ts. 3:6); mnēmē (sólo usado en 2 P. 1:15); y mnēmosynon (que aparece tres veces, Mt.
26:13; Mr. 14:9 y Hch. 10:4). Véase también el verbo intensificado hypomimnēskō
(utilizado siete veces, p. ej., Lc. 22:61; Jn. 14:26 y Jud. 5) y el nombre hypomimnēsis (2
Ti. 1:5; 2 P. 1:13; 3:1).
12:15–20 Los partidarios del análisis documental del Pentateuco ven esta
descripción de la fiestas de los panes sin levadura como una inserción (o intrusión)
típica del material P y sostienen que una fiesta que dura siete días no encaja con el
contexto del banquete pascual (véase Durham). No se detienen a explicar por qué no
encaja con la Pascua, y no cabe duda de que no hay ningún motivo para atribuir el
relato a P salvo que trata de una fiesta. Si la fiesta de los panes sin levadura tuviera la
relación práctica con la Pascua sugerida en este capítulo (¿y por qué no debería
tenerlo?), no hay nada que contradiga la celebración tal y como fue revelada a Moisés y
a través de él en aquel lugar y momento concretos. Según 12:3, 21, el cordero era
elegido (lit. “sacado” del rebaño de corderos) en el día diez y aún quedaban cuatro días
más para la Pascua, lo que dejaba tiempo suficiente para los pensamientos y las
instrucciones de los versículos 21–28. Observemos la cuidadosa estructura de estos
versículos:
A1 Los ancianos son convocados (12:21a)
B1 La ordenanza de la Pascua y su inmediata puesta en práctica (vv. 21b–23)
C La perpetuidad de la Pascua (v. 24)
2
B La ordenanza de la Pascua y su futura puesta en práctica (vv. 25–27a)
A2 (Los ancianos) aceptan y obedecen (vv. 27b–28)
Respecto al contexto egipcio, obsérvese también 13:3, donde de este lugar apunta a
la tierra de Egipto. En 13:4, hoy denota la naturaleza contemporánea del relato.
12:43–45 Es interesante notar el vocabulario que se emplea aquí con referencia a
los “extranjeros”. El versículo 43 se refiere al “extranjero” (nēkār), es decir, al que viene
de otra parte. En el 45 encontramos al “residente temporal [NVI]” (tôšāb, que proviene
de √yāšab, “vivir, morar”, al que se le ha añadido gratuitamente el adjetivo temporal) y
al “jornalero” (NVI, trabajador a sueldo, śākar, de √śākar, “contratar”). En el versículo
118
48 se nos introduce otra categoría de “extranjero”, que en hebreo es gēr. El verbo del
que deriva es √gûr y se refiere a una residencia temporal, aunque su sustantivo, gēr,
acabó utilizándose para designar a aquellos que se les había otorgado el asilo político y
se les había dado este estatus distintivo. Cf. su utilización para Moisés en Madián y para
Israel en Egipto (Ex. 18:3; Dt. 10:17–19). Véase también el artículo sobre gēr en TWOT,
pp. 155–156.
13:14–15 En estos versículos encontramos implícito lo que en Números 8:18 queda
explícito. Debido a la afirmación especial que Dios hace en estos versículos, todos los
primogénitos eran “recuperados” de esta afirmación absoluta de Dios mediante una
ceremonia especial de “redención”. La totalidad de la afirmación divina queda
demostrada en que un asno no redimido tenía que matarse (13:13), es decir, tenía que
ser destruido completamente, pero no se nos explica por qué se tenía que tratar el asno
de forma especial (cf. 34:19–20; Nm. 18:15). Matar al animal quebrándole la cerviz
puede parecer una forma cruel de deshacerse de él y, supongo, difícil de lograr. El verbo
original (√’ārap, cf. 34:20; Dt. 21:4; Is. 66:3 y Os. 10:2, donde es usado para hablar del
“derribamiento” de altares) significa simplemente “estrangular o decapitar” y,
probablemente, se refiere a algún método, no vinculado a los sacrificios, para una
ejecución fácil. Si Números 3:46–47 nos muestra la práctica común, la redención de los
hijos era conseguida mediante un pago con dinero. En cualquier caso, la “redención” es
presentada aquí como un concepto que no necesita más explicación. Currid explica
correctamente que “Dios está permitiendo un pago sustitutorio”. Como a lo largo del
Antiguo Testamento, aquí √pādâ se refiere al “precio pagado” como la alternativa a la
muerte.
119
1. Continuo, coherente y selectivo
Éxodo 13–18 relata los primeros dos meses de libertad para los antiguos esclavos
(19:1). La historia es retomada en el punto en que se había dejado en 12:37: los
peregrinos pararon, por primera vez, en Sucot y desde allí continuaron hacia Etam, que
está al borde del desierto (13:20). Una vez cruzado el mar Rojo, les aguardaban más días
en el desierto (15:22) y Éxodo menciona paradas en Mara (15:23) y en Elim (15:27). Al
comenzar el segundo mes, entraron en el desierto de Sin (16:1) y siguieron, pasando
por Refidim, hacia el monte Sinaí (18:5; 19:1–2).
Todos estos elementos forman una historia perfectamente coherente, aunque,
como en todas las historias, el autor ha sido selectivo con su material. Éxodo 13–18
cubre un período de dos meses, del cual se relatan seis acontecimientos: el paso del
mar Rojo (14:1–15:21), las aguas de Mara (15:22–27), el maná (Ex. 16), el agua que sale
de la roca (17:1–7), la derrota frente a los amalecitas (17:8–16) y la llegada de Jetro (Ex.
18). ¡Cuánto más nos gustaría saber! Pero el propósito de la Biblia no es satisfacer
nuestra curiosidad, sino nuestras necesidades, lo que es logrado aquí al subrayar la
maravillosa verdad de que el Señor que redime se convirtió en el Señor que se
preocupa, que provee y que acompaña a aquellos que se han refugiado bajo la sangre
del cordero.
120
a. La victoria (17:8–13)
b. La promesa (17:14–16)
2
A Epílogo: El Señor y el mundo: la salvación para los gentiles (18:1–27)
El ojo de un carpintero recorre la veta de la madera para conocer sus puntos fuertes
y débiles; el ojo de un historiador examina la sucesión de los acontecimientos para
aprender cómo sucedieron y en qué orden, y así poder relatarlos de un modo en que su
importancia quede manifiesta. Así, podemos decir dos cosas respecto a Éxodo 13–18. La
primera es que esta es la forma en la que todo sucedió y, la segunda, que de todos los
acontecimientos que ocurrieron en aquellos dos meses, el historiador percibió y relató
aquellos que más destacaban la importancia y el verdadero significado de lo que estaba
pasando.
En el centro de todo permanece la revelación de un Dios que en toda su gloria
estuvo con su pueblo en su camino por el desierto (15:25; 16:10; 17:6), fue paciente
con sus fracasos (16:3–4; 17:2, 5–6), estuvo totalmente al control de todas las fuerzas,
capacidades y habitantes del mundo creado (16:4, 12–15; 17:11–13), se exasperó a
causa de la desobediencia (16:28) y, aún así, fue paciente y benévolo frente a la
desconfianza manifiesta (17:2–4) y, finalmente, fue capaz de satisfacer todas las
necesidades que tuvieron los peregrinos. Este es el elemento central en la presentación
histórica de estos capítulos; la forma en que suceden los hechos es también la verdad
que hay en ellos.
4. El pasado y el futuro
Estos dos apartados (B1,2) ofrecen, una vez más, un ejemplo de totalidad mediante
el uso del contraste. Los capítulos 16 y 17:1–7 se centran en las dificultades
circunstanciales que acechan al peregrino en su camino, mientras que, por contraste,
en los capítulos 14 y 17:8–16, la hostilidad procede de la gente misma. Este es el primer
contraste: el origen de la oposición. Pero también existe un contraste en la orientación.
En el capítulo 14, Faraón y su ejército intentaron deshacer la obra de salvación al querer
que los redimidos del Señor volvieran a ser esclavos, pero en 17:8–16 los amalequitas
decidieron atacar para impedir que los que habían sido redimidos continuaran su
peregrinaje y entraran en la Tierra Prometida. A cada uno de estos adversarios, el Señor
les dio un rotundo “No”, aunque de forma diferente en cada caso.
a. El pasado (14:1–28)
Debido a que hay unas veinticinco referencias diferentes al paso del mar Rojo,
podemos decir justamente que este acontecimiento permaneció vívido en el recuerdo
del Antiguo Testamento. La primera referencia (10:19) podría pasar desapercibida,
pero, en retrospectiva, el hecho de que se utilice el mar Rojo para acabar con la
amenaza de las langostas es importante, ya que el mar se convierte en el lugar donde el
Señor demuestra su dominio soberano sobre todas las fuerzas de la creación y en el
centro del ejercicio de su poder contra sus enemigos para el bien de su pueblo. En el
momento crucial, no fueron las langostas, sino los egipcios los que fueron devorados
por el mar Rojo, y lo hizo de una forma definitiva (15:4; Dt. 11:4; cf. Ex. 14:13, 30–31).
Según Isaías, el nombre del Señor fue ensalzado con su victoria (Is. 63:12), y el profeta
vio el aspecto sobrenatural y a gran escala del acontecimiento como prueba de la
soberanía del Señor por encima de los otros “dioses”. Desde tiempos antiguos, la
religión pagana se había preocupado por los conflictos entre las diferentes fuerzas
sobrenaturales y el dios creador Marduk no pudo llevar a cabo sus intenciones para una
creación ordenada hasta que hubo “despejado el camino” al deshacerse del poder
turbulento y destructivo del monstruo de las profundidades, Rahab. Sin embargo, los
122
hechos maravillosos del Señor no dependen de la creencia en un supuesto
acontecimiento que sucedió antes de que la tierra se formara: eliminó las aguas que
obstaculizaban su camino en la presencia de testigos (Jos. 2:10; 4:23; 24:6–7) y su
dominio sobre el mar permaneció como una prueba de sus obras maravillosas, su
soberanía (Sal. 77:14–20 [15–21]; 78:11–13; 136:12–15; Hab. 3:15) y su buena
disposición para responder a las oraciones (Neh. 9:9) a pesar de la rebelión y la duda de
su pueblo (Sal. 106:7–12; cf. Ex. 14:10–12).
En cuanto estuvo Israel fuera de Egipto, reapareció una amenaza del pasado: Faraón
enseguida se arrepintió de su decisión de dejar ir a los esclavos y quiso recuperarlos (v.
5). Por eso podemos decir que se trataba de una lucha por la posesión de Israel. ¿Quién
tenía el derecho de reclamar su propiedad: el rey genocida y esclavista que había sido
por mucho tiempo su dueño o el Señor divino que había venido a Egipto a reclamarlo,
redimirlo y liberarlo? El futuro de Israel dependía de la respuesta a esta pregunta, pero
esta fue presentada en un momento en que no eran capaces de poder contestarla. Sí,
estaban fuera de Egipto pero, frente a las fuerzas arrolladoras de la superpotencia
hostil que estaba en su contra, continuaban desamparados y sin esperanza (14:6–9).
Evidentemente, esto es parte de lo que el apóstol tiene en mente en 1 Pedro 5:8. De la
misma forma, los cristianos participan en el éxodo que ha sido logrado por Jesús (en Lc.
9:31 “la partida de Jesús” es literalmente “el éxodo de Jesús”), pero, igual que Faraón
tiempo atrás, el gobernador satánico del que habían sido liberados tampoco
abandonará esta lucha por el recobro de la posesión. De esta forma, Éxodo 14 es una
descripción del pasado que lo dice todo sobre el presente en los aspectos de la guerra
espiritual y el deber temporal.
Ser un peregrino
Sobre el deber temporal de Israel bajo la actividad, la protección y la seguridad
divinas, podemos decir simplemente: ¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que
se pongan en marcha (v. 15). Esto era algo por lo que no se podía orar. El peligro no
podía haber sido más extremo y, aún así, no se trataba de algo por lo que se podía orar.
123
Tal y como revela el autor del Apocalipsis: “La salvación pertenece a nuestro Dios” (Ap.
7:10). Y esto es cierto en el momento de conseguirla, en la permanencia de los salvados
en la salvación que se les ha sido dada y en la seguridad del reino eterno. Todo ello
pertenece a Dios y Él nunca dejará ir a su pueblo, nadie puede arrebatarlo de sus manos
(Jn. 10:27–30). Sin embargo, los peregrinos tenían una tarea terrenal y un deber que
cumplir: tenían que continuar con su peregrinaje, ya que se dijo a Moisés (lit.): “Ordena
a los hijos de Israel que continúen su viaje”.
b. El futuro (17:8–16)
En esta sección (B2) la amenaza era tan grande como en 14:1–28 (B1), pero el motivo
de los atacantes y el método del contraataque eran distintos. Si los egipcios hubiesen
salido victoriosos, hubieran llevado a Israel a su viejo pasado como si nunca hubiesen
sido redimidos; si los amalequitas hubiesen salido victoriosos hubiesen impedido que
Israel avanzara, como si nunca hubiesen recibido las promesas para el futuro. Para los
egipcios, el rotundo “No” del Señor tomó la forma de su acción única, con la prohibición
expresa de que Israel tomara parte en algún momento. Proteger la salvación de su
pueblo, después de haberla conseguido una vez para siempre, era asunto únicamente
del Señor. Por otro lado, en cuanto a los amalequitas, Moisés ordenó al pueblo Sal a
pelear, mientras él se situaba a la cumbre del collado con la vara de Dios en su mano
(17:9). Este hecho tiene su paralelo en 14:15–16, donde Moisés levanta la vara de Dios
mientras que Israel debe cumplir la orden práctica de continuar con su peregrinaje a
pesar de las circunstancias adversas (entonces era el mar y ahora son los amalequitas).
Los redimidos siempre son peregrinos. Esta es su naturaleza, incluso cuando deben dar
pasos de fe (14:15) o enfrentarse a algún conflicto en que la victoria va a ser costosa
(17:9).
124
otras partes del Antiguo Testamento, donde esta es la posición típica para orar o alabar.
La prolongada oración de Moisés es el ingrediente secreto que asegura la victoria
militar de Josué. Esta también es una verdad bíblica perdurable, tal y como lo expresa
este himno:
Trabaja como si de eso dependiera el asunto del día;
Ora para recibir la ayuda enviada desde arriba; observa y ora.
Este tema de “observa y ora” viene de la experiencia del Señor y sus discípulos en
Getsemaní: en aquel lugar vemos a Jesús angustiado (Mr. 14:33) y, aunque se acercaba
a una prueba y un sufrimiento extremos, nunca volvió a afligirse. Los discípulos, en
cambio, durmieron en Getsemaní y desde entonces no dejaron de angustiarse. En otras
palabras, el Señor, en Getsemaní, hizo del lugar de angustia, el lugar de oración; a los
discípulos se les pidió que oraran pero no lo hicieron. Sin la oración nadie puede salir
victorioso. La batalla esencial es la batalla por el lugar secreto.
Moisés mismo lo expresó de la siguiente manera (lit.): “Pues [hay] una mano sobre
el trono de Jehová” (Ex. 17:16). La mano levantada toca el trono (lo que es ilustrado de
manera especialmente conmovedora cuando Ester toca el cetro de oro de su marido, el
rey, Est. 5:1–2). Fue este “toque del trono” que trajo la ayuda que los israelitas
necesitaban (Ex. 17:11; cf. He. 4:14–16), y que fue recibida con la seguridad de que el
Señor nunca dejaría de ser el enemigo de aquellos que intentaran entorpecer el camino
de los peregrinos (15; cf. 1 S. 15:1–9).
125
celebrando sus obras y expresando su propio gozo por las bendiciones subsiguientes. Él
era el agente y ellos los beneficiarios. Ellos no habían participado ni contribuido en nada
en los acontecimientos que estaban celebrando y, por eso, la canción expresaba su
gozo de poder acceder libremente a todo lo bueno que el Señor había hecho por ellos.
La forma en que se nos presenta el cántico de Moisés y Miriam ha sido diseñada
artísticamente:
A1 La situación que lleva al cántico (14:29–31)
B1 El cántico de Moisés y de los hijos de Israel (15:1–18)
A2 La situación que lleva al cántico (15:19)
B2 El cántico de Miriam y de las mujeres (15:20–21)
Los hombres de 15:1 y las mujeres de 15:20 son un ejemplo más de la totalidad
conseguida mediante el contraste: todo el pueblo estaba lleno de entusiasmo por lo
que el Señor había hecho y lo que habían vivido. Celebraron la maravilla del camino
seco en el mar (14:29; 15:19b) y el fin de la amenaza egipcia (14:30; 15:19a), que era,
de hecho, la victoria conseguida únicamente gracias al Señor (14:31; 15:20–21) y que
constituía la base de la fe confiada (14:31). La experiencia en el mar Rojo tiene la misma
relación con la redención de la Pascua que la resurrección de Jesús tiene con la cruz. La
cruz es la consumación de la obra de salvación (Jn. 19:30; He. 10:12–14) y la
resurrección es la acción de Dios que confirma la realidad de la obra acabada, nos da la
seguridad de que nuestros pecados han sido totalmente perdonados y que nuestra
eternidad está asegurada. Por esto, al ver los israelitas que los egipcios estaban
muertos supieron que ellos estaban salvados y que el pasado, pasado era.
El cántico mismo presenta una estructura muy bonita:
A1 La victoria pasada (Ex. 15:1b–5)
Faraón es derrotado
Lo que Dios ha hecho
El nombre del Señor
B1 La mano del Señor (vv. 6–10)
La supremacía del Señor sobre la tierra
Los enemigos humanos son vencidos
La cobertura del mar
Israel está a salvo del pasado (v. 8)
B2 La mano del Señor (vv. 11–13)
La supremacía del Señor entre los dioses
La engullición de la tierra
Los redimidos asegurados para el futuro (v. 13)
A2 La victoria futura (vv. 14–18)
Las naciones son intimidadas
La posesión es lograda
Lo que Dios hará
126
La morada y el santuario del Señor
127
pronombres, lo que subraya la actividad del Señor como la única base para la gran
victoria. La mano es el órgano de la acción y la intervención personal: Dios lo hizo, y
nadie más. Se demostró que la confianza vanagloriosa del enemigo en su propia mano
(v. 9) era en vano. En el versículo 7, paja es usada, como siempre, como una ilustración
de la rapidez y la incapacidad de resistir la acción hostil de Dios. Los cambios en el
lenguaje hebreo del versículo 9 dan paso a una forma de expresión claramente
diferente, en la que queda reflejada la tendencia militar de “ladrar” órdenes. En sus
memorias, Field Marshall Bernard Montgomery recuerda que oyó a un “mandamás” de
la Primera Guerra Mundial “hablando como si fuese un fox terrier”. El lenguaje del
versículo 10 es igual de brusco en cuanto a su expresión, como si demostrase que el
Señor puede hacer mejor cualquier cosa hecha por ellos. Ellos necesitaron seis verbos;
¡Él sólo necesita tres!
128
llevar a una pareja a casarse, pero el amor que expresan públicamente en su boda es el
amor que surge de la decisión y el compromiso incondicional y da el “sí quiero”. Así es
el amor del Señor por su pueblo redimido, que Él mismo ha identificado como “pariente
directo” y cuyas cargas ha tomado como suyas (véase, más arriba, el comentario sobre
6:6). Su objetivo es traer a los que ha redimido de vuelta a casa (v. 13). Su morada es
llamada santa porque es allí donde el Santo mismo vive, y los que ha redimido vivirán
con Él. Morada traduce nāweh, aunque se necesitaría una palabra más emotiva, como
“granja”, un lugar donde vive el pastor (Jer. 33:12) y donde guarda sus ovejas [redil] (2
S. 7:8).
129
18:1–27)
El largo pasaje de 13:17–18:27, donde se narra el viaje desde Egipto hasta el Sinaí,
está delimitado por un prólogo ameno (13:17–22) y un inesperado, aunque revelador,
epílogo (18:1–27). El prólogo resume en tres aspectos la relación del Señor con el Israel
del éxodo, aunque centrándose en su papel de compañero comprensivo. El epílogo
relata la visita de Jetro (llamado Reuel, cf. 2:18) a Israel en el Sinaí y el legado que dejó
tras de sí, aunque explica primero que había oído de todo lo que el Señor había hecho
por Israel (18:1) y creyó (18:11).
131
Notas adicionales
13–18 Muchos de los nombres de los lugares mencionados en relación con el
itinerario del éxodo son difíciles de ubicar (es muy probable que muchos de estos
nombres fueran extraños para los israelitas y que sólo se hicieran conocidos después de
que algo pasara en ese lugar). “Refidim” (17:1) suena como √rāpad, “dispersarse” (cf.
Cnt. 3:10 [rĕpîdâ], “respaldo”, aunque podría referirse a la tela “extendida” de un dosel
dorado). Todo ello sugiere que la primera impresión que los israelitas tuvieron de
Refidim era que se trataba de un lugar “cómodo, amplio” para acampar. Currid cita la
carta de un soldado egipcio que había sido enviado a perseguir a dos esclavos que
habían escapado y que menciona “la muralla de Tjeku”, Utm y Migdol (cf. 14:2). Es
posible que Tjeku sea Sucot y Utm, Etam, lo que, aunque no facilita su ubicación, sí
sugiere que, una vez fuera de Egipto, el éxodo siguió algún itinerario conocido.
El mar Rojo aparece a menudo en relación con el éxodo (cf. Ex. 15:4; Dt. 11:4; Jos.
2:10; Sal. 106:7; 136:13). En hebreo, es “el mar de Suf”. Sûp aparece en Éxodo 2:3 en
referencia a los juncos a la orilla del Nilo y por esto los comentaristas a menudo
sugieren “mar de juncos” como una traducción más fiel que la de mar Rojo. Currid
sostiene que sûp podría significar, en vez de “junco”, “final” y así sería una referencia a
las aguas “al final [de la tierra]”, es decir, el mar Rojo o alguna de sus extensiones del
norte.
17:8–16 Cf. Deuteronomio 25:17–19; 1 Samuel 15:2–3. En 1 Samuel 15:2, “se puso
contra él en el camino” es una buena traducción. El verbo (√śûm) aparece en 1 Samuel
15:2; 1 Reyes 20:12; Ezequiel 23:24 con relación a la movilización general de los
ejércitos. Véase C. F. Burney, Notes on the Hebrew Text of the Books of Kings [Notas
sobre el texto hebreo de los libros de Reyes], Oxford, 1903.
14:5 En Éxodo se utilizan varias expresiones para la salida de Israel de la tierra de
Egipto. La que más se malinterpreta es la que aparece en 14:5, donde se dice que el
pueblo se había escapado (14:5 NVI). El verbo (√bāraḥ) normalmente significa “huir [por
la vida de uno]” (véase 1 S. 19:18; 27:4), aunque puede usarse sólo en el sentido de
velocidad (véase Job 9:25; cf. Cnt. 8:14 y Ex. 36:33, donde es usado para referirse a un
tornillo “entrando fácilmente” en la tuerca). No cabe duda de que, cuando Israel se fue
de Egipto, se combinaron la rapidez y el sigilo. Habían experimentado la inconstancia de
Faraón muchas veces y, por eso, actuaron en cuanto se les concedió lo que querían
(12:31–33). Sin embargo, el verbo no significa necesariamente “de una forma
desordenada”. Jacob “huyó” de Labán (Gn. 31:19–22) y, aún así, su partida se pareció
más a una retirada organizada. Y lo mismo pasó con Israel en Egipto. En Éxodo 14:8 se
nos dice que habían salido con mano poderosa (una expresión idiomática que significa
“con confianza” e, incluso, “con arrogancia”), totalmente como aquellos que saben lo
que están haciendo y no están dispuestos a que los contradigan. Una vez más, no se
trataba de una huida desorganizada de un montón de gente, sino que en 13:18 se nos
dice que “en orden de batalla subieron los hijos de Israel de la tierra de Egipto”. El
132
verbo aquí (√ḥāmaš) tiene un significado incierto y a veces puede sugerir una
formación militar (Jos. 1:14; 4:12), aunque es bastante improbable que Israel tuviera
algún tipo de ejército organizado en esta etapa y Currid muy sensatamente sugiere
“bien organizados para su partida”.
17:13 En este versículo encontramos el verbo poco común √ḥālaš, traducido por
“deshacer”. Véase la nota sobre Job 14:10 en E. Dhorme, A Commentary on the Book of
Job [Un comentario sobre el libro de Job], Nelson, 1967. El significado real es “debilitar”
y Currid sugiere de forma contundente que su uso en este versículo está relacionado
con Deuteronomio 25:18 (“te desbarató la retaguardia de todos los débiles” RV60) y
puede expresarse diciendo: “Josué […] hirió gravemente a todos aquellos que acosaban
a los […] inválidos”.
17:15 La frase “Echa mano al estandarte del Señor (NVI)” es tan breve que es difícil
de entender. La interpretación sugerida parece la mejor en cuanto al contexto, aunque
otros la han traducido, pues tienen la libertad de hacerlo, por “la mano de Amalec se
levantó contra el trono de Jehová (RVR1960)”, es decir, que los amalequitas obtuvieron
lo que habían pedido. Al atacar Israel, habían levantado la mano contra el Señor de
Israel. Trono traduce la forma de lo contrario desconocida kēs, cuyo sustantivo más
común es kissē’. GK 23f observa que la última alef (la “a” consonante “muda”, como la
“h” en “honor”) a veces es totalmente omitida. Por esto el plural de gebe’ (“cisterna,
pozo”, Is. 30:14) es formado como si procediera de gēb en 2 Reyes 3:16. La función de
la vara en la mano de Moisés (Ex. 17:9) es más difícil de precisar y, además, no vuelve a
ser mencionada en este episodio. Podría tener alguna relación con el altar del versículo
15, que conmemoraba la verdad de El Señor es mi Estandarte. El término estandarte
(nēs) puede significar “poste, asta de una bandera” (Nm. 21:8; Is. 30:17), una bandera
(Ez. 27:7) o ambos a la vez (Zac. 9:16). Es posible que la idea del asta de una bandera
como punto de unión (p. ej. Is. 11:10) sea aquí la mejor interpretación: los ejércitos que
estuviesen peleando verían la vara levantada y se darían cuenta de que estaban
alistados en la causa de Jehová (cf. 2 S. 10:12). Por consiguiente, la victoria tenía que ser
recordada, no por el liderazgo de Josué ni por el valor de las tropas, sino por el regalo
de la victoria del Señor (Ex. 17:15), junto con su garantía de futuras victorias (v. 14).
18:5 Según este versículo, Israel ya había acampado en el Sinaí cuando llegó Jetro,
aunque 19:1 nos ofrece un comentario muy preciso sobre la llegada de Israel al monte.
Es posible que esta conexión sugiera que el propósito del capítulo 18 es el de introducir
el episodio del Sinaí (véase Cassuto), aunque no hay una forma evidente de relacionar
el contenido del capítulo 18 con el de los capítulos 19–24, mientras que su paralelismo
con 13:17–22 (como hemos visto arriba) y las numerosas conexiones con el capítulo 17
indican que su propósito es, más bien, el de finalizar el relato del viaje hacia el Sinaí. La
orientación de 18:1–12 es consistentemente hacia atrás: Jetro escucha acerca del
pasado (v. 1); Moisés cuenta los hechos pasados (v. 8); Jetro se deleita en lo que el
Señor ha hecho (v. 9) y él mismo lo vuelve a contar (v. 10). Tanto el capítulo 17 como el
18 cubren dos días: en el primer día, Dios proveyó para su pueblo (17:1–7) y Jetro
(18:1–12) y, en el segundo, provee para el cansado Moisés (17:8–16; 18:13–27). En el
capítulo 17, el mundo, que es representado por los amalequitas, se opone al avance del
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pueblo del Señor; en el capítulo 18, el mundo, representado por Jetro, llega a obtener
la membresía aceptada del pueblo del Señor. También encontramos notables
conexiones verbales: en 17:8, Amalec “vino […] y peleó”, en 18:5–7, Jetro “vino […] y
(lit.) se preguntaron el uno al otro sobre la paz”; 17:9 y 18:25 están vinculados por la
elección de los hombres; en 17:12 y 18:13 Moisés se sienta; en 17:12 y 18:18, Moisés
está cansado; en 17:9 y 18:14, leemos “yo estaré (permaneceré)” y “todo el pueblo está
(permanece)”; en 17:12 y 18:13–14 es el atardecer, y en 17:9 y 18:13 aparece el
“mañana, día siguiente”.
18:1–12 El versículo 1 crea el marco de este capítulo. Jetro vino no debido a asuntos
familiares, aunque también los había (vv. 2–5), sino como alguien que buscaba
seriamente al Señor, un gentil que venía a la luz (cf. Is. 60:3). Este capítulo también es la
sentencia de muerte de la “Hipótesis quenita”, que fue popular en su día. Esta hipótesis
sostiene que Moisés oyó la verdad de Jehová por primera vez de Jetro, ¡totalmente lo
opuesto! Fretheim observa que Jetro es llamado “sacerdote de Madián” sólo una vez,
mientras que se le llama “suegro de Moisés” trece veces, lo que sugiere que “Jetro se
identifica con las creencias de Moisés, y no al revés”. A otro nivel podemos observar el
respeto que Moisés profesa a Jetro, el yerno al suegro. Esta es una prueba de la
autenticidad del relato, ya que un escritor posterior hubiera insistido en la superioridad
de Moisés.
Sobre el grito de júbilo de Jetro (Ahora sé…) del versículo 11, cf. 1 Reyes 17:24 y 2
Reyes 5:15. En cada caso, hay algo que ha pasado y ha cambiado la situación e, incluso,
podríamos hablar de la conversión de Jetro a Jehová sin estar exagerando (véase
Durham). En el versículo 11 también leemos que Jehová es más grande que todos los
dioses, y podría continuar diciendo “lo que es cierto incluso cuando estos tratan al
pueblo con arrogancia”, con la implicación de que el Señor atacó a los egipcios justo
donde pensaban que eran más fuertes, incluso invencibles. El versículo 12 no nos dice
que Jetro mismo ofrecía sacrificios (como sacerdote) pero sí que tomó un holocausto y
sacrificios para Dios, en que el verbo (√lāqaḥ) es usado (como en 12:3) para describir la
elección del animal apropiado. Tal y como afirma D. Kidner, el holocausto “representa
una autodedicación general” (Sacrifice in the Old Testament [El sacrificio en el Antiguo
Testamento], Tyndale, 1952). Durham está bastante equivocado al decir que Jetro “es
representado por la historia como […] el líder sacerdotal”. Probablemente, aquí,
“sacrificios” significa lo que conocemos por “ofrendas de paz”, es decir, que incluían la
provisión de una comida compartida con invitados, lo que equivaldría a aceptar a Jetro
en la membresía incondicional del pacto.
18:20 Aquí el verbo “enseñar” (√zāḥar) es lit. “iluminar”. La tarea de Moisés no era
la de innovar, sino la de enseñar al pueblo esclareciendo lo que el Señor había revelado.
Estatutos es ḥuqqîm, una palabra que deriva de √ḥāqaq, que significa “grabar”, es decir,
la palabra de Dios es invariable, como si estuviera grabada en piedra; leyes es el plural
de tôrâ, que significa “enseñanza” y, especialmente, lo que Dios ha enseñado; hazles
saber no significa “da buen ejemplo”, sino más bien “comparte la verdad”; camino
(derek) es normalmente empleado para hablar de un modo de vida o conducta habitual,
es decir, la aplicación de la verdad a la vida; obra es lo que debe hacerse ahora. En todo
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esto, Moisés tenía el papel mediador del versículo 19, y debía llevar los asuntos al Señor
y llevar de vuelta al pueblo su revelación; era un trabajo espiritual, no simplemente
“legal”. El pueblo venía para consultar a Dios, es decir, aprender de Dios, de su voluntad
y de su verdad (v. 15).
18:21 es la realización de la recomendación de Jetro. Escoger (√hāzâ, “tener una
visión, ejercer la percepción espiritual”) no es usado en ninguna otra parte en este
sentido de “imaginarse” a los mejores candidatos, es decir, de escoger con
entendimiento espiritual. Los criterios a seguir eran la capacidad (hombres capaces),
espiritualidad (temerosos de Dios), integridad (veraces, que literalmente es “hombres
de verdad”, es decir, completamente leales a la verdad de Dios y a sí mismos), e
incorruptibilidad (ganancias deshonestas). En el versículo 22, el verbo “juzgar” tiene su
sentido típico en el Antiguo Testamento de “poner las cosas bien” (véase Sal. 98:9). En
el versículo 23 se insiste en que Jetro no estaba simplemente compartiendo su
experiencia sino que también ayudó a Moisés a conocer la voluntad de Dios. Se trataba
del consejo de un hombre práctico, pero la verdadera necesidad requería autorización
divina. No le estaba diciendo a Moisés lo que tenía que hacer (cf. Cassuto más que
Childs, que lo traduce por “tal y como Dios te ordena que hagas”, ¡lo que es muy
improbable!).
1. Recursos visuales
Decir que el libro de Éxodo está lleno de recursos visuales no es poner en duda su
historicidad. Más bien, precisamente porque es un texto histórico que es
espiritualmente fiable: se trata de la historia ordenada en la mano de Dios para la
instrucción de su pueblo, lo que hallará su máxima expresión en la entrega de los Diez
Mandamientos en el monte Sinaí, tal y como veremos más adelante. Sin embargo, ¿qué
podemos decir, por ahora, sobre el hecho de que la redención sacó a Israel de Egipto
para llevarlo directamente al desierto? Este es un punto en el que Éxodo pone especial
énfasis.
Éxodo 13:17 retoma el relato sobre la salida de Egipto, diciendo que Israel tomó el
camino del desierto, hacia el mar Rojo (13:18) y que el resto del viaje continuó como
había empezado. Es posible que, cuando se pusieron en camino, lo hicieran con valentía
135
y decisión, pero pronto empezaron a quejarse diciendo que Moisés los había llevado “a
morir en el desierto” (14:9–11). Sin embargo, no murieron, sino que continuaron
marchando valientemente por el mar sobre tierra seca. Pero del mar Rojo […] salieron
hacia el desierto de Shur hasta llegar al lugar de las aguas amargas (15:22), después
prosiguieron, a pesar de haber encontrado el confortador oasis de Elim (15:27), hasta
llegar a un lugar sin comida, el desierto de Sin, donde, una vez más, se sintieron
amenazados por una muerte inminente (16:1–3). Puede que Refidim se llamase así
porque parecía ofrecer mucho espacio y descanso, pero resultó no tener agua (17:1–3)
y fue precisamente su espaciosidad lo que dejó al pueblo vulnerable en caso de ataque
(17:8). ¿Y qué pasó después? Un período largo de estar acampados en el desierto de
Sinaí (19:1). Y, después de esto, cuarenta años (que es rápido de decir, pero lento de
pasar) en el “inmenso y terrible desierto, con sus serpientes abrasadoras y escorpiones,
tierra sedienta donde no había agua” (Dt. 8:15).
Estamos tan acostumbrados a leer todo esto que es fácil que olvidemos
preguntarnos por qué tales cosas pudieron suceder justo después de obtener la
redención mediante la sangre del cordero. Son exactamente el mismo tipo de
experiencias que hoy en día nos llevan a preguntarnos si somos realmente el pueblo del
Señor, si es que acaso hemos seguido el camino incorrecto, o cómo ha podido Satanás
entrar en los planes perfectos del Señor y estropearlos. Tales dificultades engendran
multitud de “porqués” (¿Por qué yo? ¿Por qué nosotros? ¿Por qué ella? ¿Por qué ellos?
¿Por qué ahora? ¿Por qué durante tanto tiempo? ¿Por qué es tan duro?, etc.) y, una vez
en este punto, es fácil pasar a preguntarnos “¿Dónde me equivoqué?” o “¿Cómo me
pude separar tanto de la voluntad de Dios?”.
2. Nada extraño
John Newton sabía que no debía hacerse ese tipo de preguntas. En su maravilloso
himno “Begone, Unbelief!” [Vete, ¡incredulidad!] leemos las siguientes líneas:
Los herederos de la salvación, lo sé por su Palabra,
en medio de muchas tribulaciones deben seguir a su Señor.
Y toda la Biblia apoya esta idea. Es probable que Newton obtuviera sus palabras de
Hechos 14:22, “Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino
de Dios”, aunque las experiencias personales y nacionales que son descritas en los
libros históricos del Antiguo Testamento afirman exactamente lo mismo. De la misma
forma, los salmos luchan una y otra vez contra las situaciones difíciles de la vida (p. ej.,
Sal. 42), las desigualdades manifiestas (p. ej., Sal. 73) y la oscuridad impenetrable en
algunas ocasiones (p. ej., Sal. 88). Isaías alerta a aquellos que quieren seguir el camino
del siervo (es decir, ser como Jesús) de que a lo mejor tendrán que andar en tinieblas y
no tener luz (Is. 50:10). El Señor Jesucristo mismo enseñó que la llegada de la “semilla
de la palabra” siempre es desafiada y que es mediante la “perseverancia” que aquellos
que han aceptado de verdad el evangelio “dan fruto” (Lc. 8:15). También Pablo, en su
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primera carta a los tesalonicenses, cuenta cómo estos, al haber recibido su palabra
como la Palabra de Dios, demostraron su total membresía para “las iglesias de Dios […]
en Judea” al padecer en manos de sus propios compatriotas “tal como ellos [los
miembros de las iglesias] padecieron a manos de los judíos” (1 Ts. 2:13–14). De forma
parecida, Santiago nos exhorta a tener “por sumo gozo […] el que os halléis en diversas
pruebas” ya que el hecho de pasar por pruebas y superarlas lleva a la madurez
espiritual (Stg. 1:2–4), y la perseverancia consigue “la corona de la vida” para aquellos
que aman a Dios (Stg. 1:12). Pedro escribe a los destinatarios de su carta “no os
sorprendáis del fuego de prueba […] como si alguna cosa extraña os estuviera
aconteciendo; antes bien, en la medida en que compartís los padecimientos de Cristo,
regocijaos” (1 P. 4:12–13). La fe no probada no existe y podría dar muchos más
ejemplos para demostrarlo, pero, al fin y al cabo, lo único que estaríamos haciendo es
dilatar el principio que anunció Jesús de que “un siervo no es mayor que su señor” (Jn.
15:20).
Por tanto, podemos volver, en confianza, al recurso visual de Israel en el desierto
con el que empezamos.
3. ¿Por qué?
Hay dos respuestas (especulativas y relativamente comunes) que los cristianos
ofrecen a la molesta pregunta de “¿por qué?”. La rápida respuesta “espiritual” es que
todos nuestros problemas tienen su origen en la maldad de Satanás, que siempre está
alerta para encontrar y explotar nuestros puntos débiles. La otra respuesta es que,
conscientemente o no, nos hemos apartado de la voluntad de Dios y de alguna forma
hemos ido por el camino equivocado. En algunos casos, puede que haya un elemento
de verdad en ambas explicaciones, pero ninguna de ellas cuenta toda la historia. Ni
tampoco son la explicación que encontramos en Éxodo, donde la Palabra de Dios tiene
algo que decirnos extremadamente importante y esencialmente reconfortante: los
israelitas estaban en el desierto porque Dios les había llevado allí.
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La verdad fundamental que debemos aprender de todo esto es que las direcciones
que recibió Israel eran tan claras que era imposible que las malinterpretaran. Cada paso
en la dirección que fuera, cada parada y puesta en marcha, cada curva del camino era
por la voluntad de Dios. Tanto si se hallaban en las comodidades de Elim o en la
situación desesperada de Refidim, lo estaban porque el Señor les había llevado allí.
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idea de totalidad por contraste al unir la dificultad de las circunstancias con la
enemistad humana.
Ciertamente, andar con Dios ¡no es pasear por un camino de rosas!
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sido, sin ninguna duda, demasiado difícil para ellos, una prueba que les hubiera hecho
desistir de proseguir en el camino de los redimidos. Habrían puesto la mano en el arado
sólo para mirar hacia atrás (Lc. 9:62).
Aquí encontramos dos verdades entrelazadas, ambas importantes en sí mismas. La
primera es que la perseverancia es una de las señales de la fe verdadera. Ya hemos
observado que la fe sin pruebas no existe, ya que es mediante ellas que queda
demostrada su autenticidad (1 P. 1:6–7). En otras palabras, es la fe persistente que
pacientemente sigue el camino de peregrinaje incluso (y especialmente) a pesar de los
pronósticos y que hereda las promesas (Mr. 13:13; He. 6:11–12).
Junto a esta verdad, aún está otra más profunda e infinitamente alentadora
expresada en 1 Corintios 10:13: que toda la disciplina inevitable que nos da la vida y
que está diseñada para que alcancemos el perfeccionamiento (Stg. 1:2–4) y recibamos
la corona de la vida (Stg. 1:12), está bajo la supervisión directa de Dios. Esto significa
que en cada ocasión hay un crecimiento que debe ser cosechado y que el enemigo de
las almas jamás podrá forzarnos a dar marcha atrás.
De esta forma, debido a que Dios quería que su pueblo llegara a la Tierra Prometida
sano y salvo, escogió para ellos las tribulaciones y los peligros del desierto y del mar
Rojo, y los protegió de la prueba que habría resultado demasiado dura para la
perseverancia de los peregrinos.
8. Cuerpos en la orilla
El segundo propósito de Dios es su determinación de conseguir una victoria total
sobre sus enemigos y los de su pueblo. Esta verdad queda tan claramente expresada en
Éxodo 14 que no hace falta que la elaboremos más. En 14:2, los israelitas, guiados por
Dios, dieron media vuelta hasta llegar a un lugar concreto. Si alguna vez hubo alguna
acción de Dios que pareciese estar hecha sin amor, sería esta, pues enseguida los
israelitas se dieron cuenta de que, aparentemente, habían caído en una trampa y que
los enemigos se acercaban rápidamente (14:9). ¡Y había sido su Dios el que los había
puesto en esta situación! Estaban totalmente indefensos, entre la espada y la pared, y
cuando más tarde recordaran ese día, probablemente dirían, como decimos nosotros a
menudo “No sabíamos hacia dónde tirar”. ¿En qué estaría pensando el Señor?
Pero donde los israelitas sólo vieron un desastre no deseado, el Señor tenía un
propósito que le otorgaría la gloria, daría a los israelitas confianza en la fe y aseguraría
un futuro libre de las amenazas del pasado. Pues en Aquel día salvó el Señor a Israel de
mano de los egipcios; e Israel vio a los egipcios muertos a la orilla del mar (14:30) y
frente a esta demostración de el gran poder que el Señor había usado contra los
egipcios, el pueblo temió al Señor, y creyeron en el Señor (14:31) y en la promesa de que
los egipcios a quienes habéis visto hoy, no los volveréis a ver jamás (14:13). Así que,
después de todo, había un propósito para ello. Dios estaba llevando a cabo sus
propósitos, ofreciendo a su pueblo una ayuda que este no sabía que necesitaba y
ocupándose de un peligro que ellos pensaban ya pasado pero que Dios sabía que aún
140
existía.
Aquí debemos aprender la siguiente lección: que es la voluntad de Dios la que le da
un propósito a la vida. Todo forma parte de algo más grande, que Él conoce y nosotros
no. Hay peligros y amenazas que nosotros no conocemos, de los que Él nos está
guardando y, sobre todo, existe un conflicto con Satanás en que participan, de una
forma que no podemos conocer o comprender, las alegrías, las tristezas, las luchas y las
pruebas con las que nos vamos encontrando. Si los israelitas no hubiesen sido
sorprendidos (desconcertados, aterrorizados e indefensos) delante del mar Rojo, no
habría habido ninguna derrota final del poder que los había esclavizado.
141
El tercero de los propósitos de Dios, tal y como están revelados en el relato de
Éxodo, es la obediencia. La estructura de 15:22–27 lo demuestra:
A1 “No encontraron agua” (v. 22)
B1 “Llegaron a Mara” (vv. 23–25a)
C “Un estatuto y una ordenanza” (vv. 25b–26)
2
B “Llegaron a Elim” (v. 27a)
2
A “Acamparon allí junto a las aguas” (v. 27b)
Este análisis estructurado no hace más que seguir las pistas dadas por las palabras
en hebreo. Los apartados A expresan, por contraste, las experiencias variables que el
pueblo vivió; los apartados B hablan de la suficiencia del liderazgo y la provisión del
Señor (si las circunstancias representan una decepción inesperada, Él puede remediarlo,
y, sea cual sea la situación, su liderazgo inmediatamente los llevará al descanso y a la
abundancia); el apartado C saca a la luz la verdad central del pasaje al verbalizar toda la
lección acerca de la experiencia de los israelitas. En otras palabras, el Señor utilizó esta
sola experiencia como paradigma para las futuras generaciones y presenta a Israel junto
a una elección perpetua, la de “quejarse” u obedecer. En primer lugar, los redimidos
deben vivir bajo las leyes del Señor (v. 25b). En segundo lugar, este camino de
obediencia es el camino para disfrutar de Sus promesas. Él utilizó el episodio de la
sanidad divina de las aguas para indicar una verdad sobre sí mismo como el Señor que
te sana. La obediencia y la bendición son inseparables.
El capítulo 16 lleva el vínculo entre la fe y la obediencia un poco más lejos y
demuestra que así como la obediencia es la verdadera expresión de la fe, la fe hace
posible la obediencia.
Por lo general, está en nuestra naturaleza el ser previsores y guardar hoy lo que
necesitaremos mañana, lo que, también por lo general, está recomendado en la Biblia
(Pr. 6:6–8; 10:5; 20:4; 24:30–34). Sin embargo, en el caso del maná, la forma en que era
enviado a los israelitas requería más bien que descansaran en la seguridad de que Dios
proveería y recoger cada día únicamente lo que sería suficiente para ese día (16:4, 18).
Recoger más de la cuenta pensando en el día siguiente no estaba permitido y no era
posible (vv. 19–20) y este trato era concretamente una prueba de obediencia (v. 4). Sin
embargo, el día de reposo, con su prohibición de trabajar, obstaculizaba el seguimiento
de este esquema, ya que en ese día no podrían recoger el maná. Una vez más, debían
obedecer (v. 5) y el Señor mismo, que se deleita en quienes obedecen, intervino para
hacer la obediencia posible en estas circunstancias (vv. 23–24). El Señor protege lo que
Él mismo ha establecido.
142
que estemos no tengan sentido, en ellos están activos los profundos propósitos de Dios,
y nos llaman a la obediencia de fe. También ilustran la reconfortante verdad de un Dios
que nos cuida de una manera providencial, prevé nuestras necesidades, planea las
cosas de antemano para nuestro bienestar y nos aguarda con sus soluciones y
suficiencia. Resumidamente, puede que las pruebas que encontremos en el camino nos
sorprendan, pero nunca a Él. Puede que nos cojan desprevenidos, pero nunca a Él. Si Él
nos dejara solos, las pruebas serían más de lo que podríamos soportar, pero nunca nos
deja solos. Si estuviésemos solos no sabríamos hacia dónde girar, pero nunca estamos
solos. Dios ha planeado el camino que debemos tomar y nos acompaña. Podemos decir
con David, “En cuanto a Dios, su camino es perfecto […] ha hecho perfecto mi camino”
(Sal. 18:30, 32 [31, 33]).
143
creación y la providencia del Creador esperan y satisfacen las necesidades con las que
se van encontrando los que ha redimido en su peregrinaje. Nuestras necesidades
fueron anticipadas en su gracia previsora y planificadora, que siempre está de nuestro
lado.
144
Señor no necesita salvar a las personas de forma especial y diferente, ni cambiar los
fundamentos para que se ajusten a las nuevas circunstancias. Sólo fue necesario lo que
el Señor hizo en juicio y misericordia, de una vez y para siempre.
Moisés también contó a Jetro todas las dificultades que les habían sobrevenido en el
camino y cómo los había librado el Señor (18:8b). En otras palabras, todo lo que el Señor
hace por su pueblo establece un testimonio convincente para el mundo, y este es uno
de los propósitos detrás de la obra de Dios. Si el Señor los hubiera guiado por el camino
de los filisteos en vez de haberlos llevado por el desierto (13:18) para quedar atrapados
frente al mar Rojo (14:2, 9) y subyugados a la decepción en Mara (15:22–23), al hambre
en Sin (16:1–3), a la sed en Refidim (17:1) y al ataque de los amalequitas (17:8–13),
entonces no tendrían nada con lo que convencer al mundo.
La obra del Señor se extiende más allá de lo que podemos ver. Pablo era consciente
de ello y, en las limitaciones e incomodidades de su encarcelamiento, declaró que
estaba donde estaba “para la defensa del evangelio” (Fil. 1:16) y se describió a sí mismo
como un “embajador en cadenas” (Ef. 6:20). El propósito y la obediencia son los que
mandan.
Notas adicionales
17:8 √rāpad significa “desplegar” (cf. Job 17:13, en el sentido de desplegar las
sábanas para hacer la cama). Desgraciadamente, Refidim no fue fiel a su nombre y,
como apunta Fretheim, “la dirección de Dios no siempre lleva directamente a un oasis”
(p. 188). “Desierto de Sin” no tiene nada que ver con la palabra inglesa sin (“pecado”).
15:22–27 Los teóricos documentales sólo están de acuerdo en que estos versículos
forman una unidad compleja. Existe la posibilidad de que esto sea cierto, ya que, a
primera vista, los versículos 25b–26 parecen un añadido, pero Driver adjudica 22–25, 27
a E y el 26 a RJE, mientras que Noth afirma que los versículos 22a y 27 pertenecen a P, el
resto del versículo 22a y 23–25a, a J, y 25b–26, a un suplemento de D. Aparte del hecho
de que ningún análisis nos ayuda a entender el pasaje, unas conclusiones tan opuestas
demuestran su subjetividad, y una determinación a que la teoría controle los hechos.
Durham, al reflexionar sobre alegaciones similares acerca de una narración compuesta
en Éxodo 14, subraya que “empiezan a parecer no sólo subjetivas, sino también algo
arbitrarias”.
15:25 ‘ēṣ, además de significar “árbol”, su forma singular se emplea en un sentido
colectivo para designar el “arbolado” de un jardín (Gn. 3:2) y, en un sentido más
genérico, designa a la madera en contraste con la piedra (Dt. 4:28). Su forma plural
(‘ēṣîm), además de significar “árboles”, también puede usarse para la madera como
material de construcción (Gn. 6:14), leña (Gn. 22:3) y la madera lista para usarse (2 R.
22:6). Deuteronomio 10 es un ejemplo típico: la forma singular en el versículo 1 es
genérica (el material con el que va a construirse el arca), pero su forma plural en el 3 se
refiere a la madera que ha sido preparada y cortada a medida. El único lugar donde
puedo encontrar la forma singular con el significado de “palo” es Ezequiel 37:16–22.
145
Por tanto, aquí, en 15:25, aunque se podrían usar los términos “palo” o “rama”, la
traducción más fiel es la de “árbol”.
15:25–26 Estatuto y ordenanza son, respectivamente, ḥōq (la normativa inalterable)
y mišpāṭ (la dirección autoritaria). El versículo 26 desarrolla el punto de que el privilegio
de los israelitas como pueblo del Señor es el de escuchar su voz. Ellos tienen las
palabras exactas que el Señor mismo ha hablado y, por tanto, saben lo que quiere. El
ojo es el órgano del deseo y de la dirección, por lo que aquello que es recto ante sus
ojos es a lo que Él quiere que nos dirijamos para complacerle. La oreja es el órgano de la
recepción y se nos dice que debemos “escuchar” sus mandamientos (pl. de miswā), que
son las palabras del Señor diseñadas para ser obedecidas. Estatutos es el plural de ḥōq,
tal y como acabamos de ver.
16:1–34 Este capítulo se divide en dos partes (vv. 2–25 y 16–34), unidas por los
comentarios respecto al itinerario de los versículos 1 y 35–36 a modo de inclusio. La
primera parte gira alrededor del envío del maná:
A1 La amenaza del hambre es malentendida (16:2–3)
B1 Del Señor a Moisés: la provisión de la comida, una prueba de obediencia
(vv. 4–5)
C1 De Moisés y Aarón a Israel: suministro continuo, la gloria del
Señor (vv. 6–7)
D La meditación de Moisés: el mismo Señor oye las quejas y
da (v. 8)
C2 De Moisés y Aarón a Israel: la gloria del Señor (vv. 9–10)
B2 Del Señor a Moisés: la provisión de la comida, el Señor es Dios (vv.
11–12)
A2 El hambre es saciada por la acción milagrosa de Dios (vv. 13–15)
Partiendo de aquí, los versículos 16–24 exponen el significado del maná en tres
apartados:
A La forma en la que el maná es provisto exige que Israel confíe en el Señor para el
mañana (vv. 16–22).
B La obediencia es probada mediante el día de reposo y el Señor hace que
la obediencia sea posible (vv. 23–31).
C El maná es un recordatorio perpetuo de la obra de Dios en el
éxodo (vv. 32–34)
La referencia al día de reposo antes de que diera el mandamiento para ello (20:8)
necesita una explicación. El mandamiento llama a “recordar”, lo que sugiere que el día
de reposo ya era una institución establecida desde hacía tiempo (Currid,
correctamente, lo llama “una ordenanza creacional”). El versículo 35 sugiere que la
narración fue escrita en una fecha posterior, lo que explicaría la referencia al
Testimonio (v. 34).
18:2 La había enviado a su casa es, de hecho, un sustantivo, (lit.), “su partida”
146
(šillûḥîm). En 1 Reyes 9:16 y Miqueas 1:14 aparece en el sentido de un “regalo de
despedida”. El verbo (√šālaḥ) es usado con referencia al divorcio (Dt. 24:1), pero en el
pasaje que nos ocupa no tiene este significado, ya que Séfora aún era la “mujer” de
Moisés. Es totalmente comprensible que Moisés enviara a su familia a Madián, donde
estaría a salvo, cuando se dio cuenta de que pasaría bastante tiempo en Egipto y la
situación se podía poner fea.
El énfasis que se da en 19:1–2 a la llegada al Sinaí indica que hemos llegado a una
“veta” en el libro de Éxodo, lo que es evidente gracias a unos marcadores específicos
que iremos encontrando a lo largo de este capítulo. Sin embargo, el primero de ellos ya
aparece antes de la introducción formal del capítulo 19 y es, como ya hemos visto, el
hecho de que el encuentro con Jetro también tuviese lugar en el Sinaí (18:5). En otras
palabras, aunque los israelitas ya habían llegado al monte (cap. 18), los acontecimientos
mismos del Sinaí y sus consecuencias exigían un nuevo comienzo y por esto es
distinguido como un lugar especial.
1. ¡Sorpresa!
Sabemos algunas de las cosas que sucedieron entre Egipto y el Sinaí y algunas de las
cosas (principalmente quejas) que el pueblo dijo. Detrás de las murmuraciones está la
pregunta implícita: “¿Qué estamos haciendo aquí?”. ¡Esto no era lo que Dios les había
prometido! Y la verdad es que, desde el monte Sinaí, en el extremo Sur de la península
de Sinaí, la Tierra Prometida quedaba más lejos que nunca y es comprensible que el
pueblo empezara a quejarse de que su situación era, en muchos aspectos, peor que
cuando estaban en Egipto (16:3; cf. Nm. 21:5).
¿Sabía Moisés al menos la respuesta a esta pregunta? ¿Se acordaba de lo que el
Señor había dicho, “la señal para ti [Moisés] de que soy yo el que te ha enviado será
ésta: cuando hayas sacado al pueblo de Egipto adoraréis a Dios en este monte” (3:12)?
¿Le ayudaban estas palabras a reconocer que el camino que habían seguido era el
correcto, a pesar de parecer que los llevaba más y más lejos de su destino? ¿Se
preguntó en alguna ocasión cómo acabaría todo? Es posible. En cuanto a nosotros, con
la Biblia en nuestras manos y al poder mirar hacia atrás, todo está claro, ya que lo que
en verdad tenemos aquí es el recurso visual más largo y extenso que jamás se ha
preparado: el viaje desde la Pascua en Egipto hasta el recibimiento de la ley en el Sinaí.
147
2. El Sinaí, un destino importante
Como no hay ninguna palabra que carezca de significado, debemos asumir que Dios
sabía que Moisés necesitaría algunas palabras alentadoras que lo reafirmaran en su
llamamiento divino, ya que, de lo contrario, la llegada a un sitio como el Sinaí podría
haber afectado a su confianza, el contraste entre la promesa de “una tierra buena y
espaciosa, a una tierra que mana leche y miel” (3:8) y el terreno desértico y montañoso
en el que se encontraba, difícilmente podría haber sido mayor y más deprimente. Aún
así, según la palabra divina de 3:12, el Sinaí no era ningún accidente debido a algún
malentendido o a la adaptación de los planes de Dios para tratar de solventar un
problema imprevisto. Ni tampoco era un lugar transitorio donde acampar, como Elim o
Refidim. El Sinaí era, de hecho, el destino más importante del viaje, la meta establecida
por el Señor. Ahora podemos dar unos pasos hacia atrás y contemplar el recurso visual:
el pueblo redimido por el Señor tenía que llegar al lugar donde podría oír y recibir su
ley, lo que puede dividirse en tres verdades:
Por la voluntad de Dios, aquellos que Él ha redimido deben andar según la dirección
que les da su palabra. Los israelitas habían sido redimidos por la sangre del cordero y
ahora el Señor los había traído, como destino principal de su peregrinaje, al lugar donde
escucharían su voz y conocerían cuál era su ley para sus vidas (cf. Dt. 4:34, 36–37, 40).
La ley de Dios es, esencialmente, sus instrucciones acerca de cómo vivir una vida
agradable a Él, y tiene este sentido no sólo en el Antiguo Testamento, sino a lo largo de
toda la Biblia. La ley de Dios no es una “escalera de méritos” que intentamos subir, con
una obediencia inexorable, para ganarnos su favor; es un modo de vida que ha sido
revelado a todos aquellos que ya han ganado su favor gracias a la redención. Dios nos
acerca a sí mismo y después nos pide que vivamos de una forma agradable a Él
(19:4–5).
La gracia de Dios precede a la ley de Dios. Su gracia se extiende para salvar, y es a
aquellos que Él ha salvado a quienes revela su ley. La primera característica de los que
han sido salvados es que poseen, conocen y se guían por la palabra del Dios que los ha
salvado. En el caso de nuestros antepasados en la fe, el Israel antiguo, esta palabra les
vino a través de Moisés; en nuestro caso, herederos del nuevo pacto en la sangre de
Jesús, es toda la Biblia.
3. El Sinaí en Éxodo
Desde 19:1 hasta el final del libro de Éxodo, Israel estuvo acampado a los pies del
monte Sinaí durante casi un año (19:1–2; Nm. 10:11–12). Éxodo ubica la historia de este
período en el marco de los siete ascensos de Moisés al monte para reunirse con el
Señor.
148
a. La preparación
Los primeros tres ascensos están agrupados en el capítulo 19 y tenían una
naturaleza preparatoria (vv. 3–8a, 8b–15, 16–25). Durante el primero (vv. 3–8a), el
Señor llamó a Israel a ser obediente a su palabra (aquellos que el Señor ha traído a sí
mismo [v. 4] están obligados a escuchar y obedecer [v. 5a], para así recibir las promesas
de bendición [vv. 5b–6]). Durante el segundo ascenso (vv. 8b–15), el Señor estableció la
manera en que su pueblo recibiría su palabra. La obligación de obedecer es apoyada
por la maravilla de la revelación (en este caso, a través de Moisés, v. 9) y como sólo un
pueblo santo puede permanecer delante del Señor, era necesario que hubiera un
tiempo de preparación mientras esperaban la trompeta de la invitación (vv. 10, 14). Con
el tercer ascenso (vv. 16–25), el pueblo, Moisés y los sacerdotes mismos conocieron la
increíble intensidad y seriedad de la santidad del Señor y que este era un Dios del que
no se debe abusar o tomar a la ligera. Israel era el pueblo escogido que Dios había
traído a sí mismo y había ordenado obedecer la verdad revelada, así que tenía que estar
comprometido a la santidad personal y ser sensible a la presencia del Dios Santo.
b. La dirección
Los Diez Mandamientos fueron comunicados por el Señor, con su propia voz, a
Israel (Ex. 20:1; Dt. 4:12, 33, 36), pero para aquellos que le escucharon fue una
experiencia tan aterradora que no pudieron soportarla (20:18–19), por lo que
suplicaron a Moisés que fuese su mediador. Así como el pan sin levadura (12:15, 39),
este es otro ejemplo de lo que el Señor quería (19:9) que su orden providencial de los
acontecimientos provocara. Como mediador, Moisés ascendió al monte (20:21; cf. 24:3)
para recibir las instrucciones detalladas del Señor para la vida de su pueblo
(20:22–23:33).
c. La alabanza
Moisés fue convocado por quinta vez a subir al monte (24:12), y esta vez se quedó
allí durante cuarenta días y cuarenta noches. El propósito de ello era que Moisés
recibiese las “tablas de piedra” (24:12), pero también recibió los planes para el
tabernáculo (Ex. 25–27) y su sacerdocio (Ex. 28–29). Este vínculo entre la obediencia
(los mandamientos) y la alabanza (el tabernáculo) es importante. En primer lugar, lo es
porque demuestra que la vida obediente del redimido no es sólo el seguimiento de un
código sino que es un aspecto de vivir en una comunidad de adoración y de intimidad
con el Dios santo; en segundo lugar, lo es porque cuando el Señor reveló su ley,
también dio los sacrificios por el pecado y todo lo que los hacía posible. La obediencia
es el deber más importante; los sacrificios fueron instituidos para tratar con los
inevitables fracasos y deslices de la vida en obediencia y conservar a aquellos
149
comprometidos (aunque falibles) en la congregación del que es Santo.
d. La intercesión
El sexto ascenso de Moisés (32:30) tuvo lugar justo después del grave pecado del
becerro de oro. Su estancia de cuarenta días en el monte puso a prueba la paciencia del
pueblo y no la superaron (32:1) y, lo que era aún más importante, Aarón les había
fallado al consentir y promover su acción idólatra (32:2–6). Los mandamientos fueron
desobedecidos incluso antes de ser entregados y la acción de Moisés de arrojar las
tablas de piedra al pie del monte (32:19) no fue más que la ilustración dramática de lo
que ya había sucedido. Más tarde, tales ofensas en contra del Decálogo tendrían como
castigo la pena de muerte y Moisés presintió esta fatalidad cayendo sobre todo el
pueblo, pero en ningún momento aceptó la sugerencia de convertirse en el fundador de
una nueva nación (32:10) y habría preferido verse a sí mismo perecer para siempre que
ver al pueblo teniendo que soportar la consecuencia de su pecado (32:32). Moisés no
estaba buscando un perdón barato y el Señor escuchó su costosa oración y, sin ir en
contra de sus propias normas de santidad (32:33), permitió que Moisés y su pueblo
continuaran su viaje hacia la Tierra Prometida (33:1). Tal y como afirmaría Pablo más
tarde: “los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables” (Ro. 11:29).
e. La restauración
Moisés recibió la orden de subir al monte una última vez (34:1–5) y se dio cuenta de
que el Señor no cambia. Reescribió, sin cambios, la ley que había sido desobedecida
(34:1), renovó el pacto roto (34:10), ordenó que se acabara de construir el tabernáculo
(35:1) y reasumió el liderazgo del viaje de peregrinación de su pueblo (40:34–38).
Notas adicionales
19:1–2 Childs sostiene que estos versículos crean “una brusca ruptura con la historia
que precede a la llegada al Sinaí. Se ha logrado el objetivo del viaje que empezó en
Egipto”. 19:1 no empieza con ninguna frase introductoria del tipo “Y sucedió que…”
(wayĕhî) que lo relacione con lo que acaba de pasar. Mediante las palabras ese mismo
día se destaca la fecha, lo que hace hincapié en la idea de un nuevo principio. Esto
vuelve a subrayarse en la forma en que el versículo 2 narra los últimos días del viaje. Ese
mismo día no queda determinado, aunque si lo comparamos con 12:41 queda más claro
que se podría tratar de una expresión que significara “en el mismo día en que habían
salido de Egipto”. Viajaron desde el día catorce o quince del mes primero (12:6) hasta el
mismo día del mes tercero. Driver objeta que el orden original fuera
“indiscutiblemente” que el versículo 2 precediera al versículo 1, lo que es totalmente
incomprensible, ya que la narración hebrea a menudo pone los hechos importantes en
primer lugar y después se centra en los detalles. La conjunción hebrea con la que
150
empieza el versículo 2 debe tomarse como un ejemplo de una waw explicativa, “Es
decir…”. Justo después, el enfático “Y Moisés” (ûmōšeh) del versículo 3 marca el
principio de un nuevo párrafo. En cuanto al desierto, es evidente que no tiene que ser
necesariamente un terreno estéril y lleno de arena y, aquí, Cole lo llama una “tierra de
pastoreo, sin habitar”.
151
A1 El ascenso de Moisés, el llamamiento del Señor a Moisés (19:2–3a)
B1 Moisés es enviado a hablar a Israel (v. 3b)
C1 Lo que Dios ha hecho (v. 4)
C2 Lo que Dios pide (v. 5a)
C3 Lo que Dios promete (vv. 5b–6a)
B2 Moisés es enviado a hablar a Israel (v. 6b)
A2 El descenso de Moisés, el llamamiento de Moisés a los ancianos (vv. 7–8a)
Las tres secciones centrales C son extremadamente importantes para nuestra
comprensión del Antiguo Testamento y, por supuesto, también del Nuevo Testamento
y de cuál es nuestro lugar, como pueblo del pacto, en la Biblia. Nos hablan de las obras
salvadoras del Señor (C1), de nuestra respuesta de obediencia (C2) y de las bendiciones
que trae esta obediencia (C3), y jamás se deberá permitir que algo cambie este orden.
Por esto debemos observar los verbos en tiempo pasado del versículo 4 en contraste
con los verbos en tiempo futuro de los versículos 5 y 6. El Señor ya ha hecho su gran
obra de liberación y salvación (v. 4) y este es el motivo por el que el versículo 5 puede
hablar del pacto del Señor como una realidad existente y algo que debe ser “guardado”,
es decir, conservado y protegido. Fue con el propósito de cumplir las promesas del
pacto que el Señor acudió a ayudar a su afligido pueblo en Egipto (2:24), no para
hacerlos sus “hijos”, sino porque Israel ya era su “primogénito” (4:22). Con la redención
del pueblo, se cumplió la gran promesa del pacto: “Os tomaré por pueblo mío, y yo seré
vuestro Dios” (6:6–7). Por tanto, no es que se les ordenara obedecer para que pudieran
entrar en el pacto, sino que, ya siendo parte del mismo, fueron llamados a obedecer
para poder disfrutar de los beneficios y privilegios del pueblo de Dios. Lo que era
verdad del “viejo” pacto, también lo es del “nuevo”, por lo que nosotros también
accedemos a él por la gracia y continuamos teniendo la misma obediencia de fe.
152
delante de sus propios ojos. Lo conocían todo acerca de las alas protectoras y
cuidadosas de su “águila” divina y ahora estaban en compañía de su Señor mismo,
suficiente y vencedor. El uso del águila como imagen del cuidado guardián y del final del
viaje en compañía del Señor es fácil de definir. El pueblo había experimentado la guía y
la protección compasivas y vigilantes de aquel que era infinitamente más fuerte y más
capaz que ellos, y ahora veían que habían sido acogidos en su presencia y aceptados
para estar en intimidad con Él, no por sus propios esfuerzos o méritos, sino porque os
he traído a mí.
La primera obra divina, lo que he hecho a los egipcios, es en realidad un conjunto de
ideas que no debemos definir de manera simplista. En primer lugar, Jehová es Señor de
todas las cosas sobre la Tierra. Es tanto el Dios de Egipto como lo es de Israel. En
segundo lugar, su divinidad es expresada en el control y la dirección soberanas de los
acontecimientos en la Tierra. Egipto, una superpotencia de aquel tiempo, no tenía
poder alguno frente a la voluntad y las visitas del Dios de Israel. En tercer lugar, el Señor
implementó en Egipto su elección ancestral de Israel, es decir, “se acordó de su pacto”
con sus antepasados (2:24). Así, además de la soberanía y la victoria, podemos sumar la
elección entre las cosas que el Señor “hizo en Egipto”.
Cuando nos ocupamos de la elección, tenemos que recordar que ni podemos ni
debemos racionalizarlo, afirmando, por ejemplo, que el Dios de Israel está siempre a
favor de los pobres, los oprimidos y los desfavorecidos. La elección es siempre un
secreto, escondido en la naturaleza divina. En Deuteronomio 7:7–8 encontramos que
“El Señor no puso su amor en vosotros ni os escogió por ser vosotros más numerosos
que otro pueblo, pues erais el más pequeño de todos los pueblos; mas porque el Señor
os amó y guardó el juramento que hizo a vuestros padres”. En otras palabras, ¡el Señor
os amó porque os amó! Por tanto, el factor decisivo en elegir a Israel no fue su pobreza,
lo que tendría sentido según la lógica humana, sino la razón secreta del amor, una
razón que satisfizo la sabiduría, la justicia y todos los demás atributos de Dios, pero que
permaneció escondida dentro del corazón y la mente divinos.
Estas eran todas las cosas que el Señor había logrado previamente. No tenían
ningún elemento condicional. Ni esperaban nada a cambio ni dependían de ninguna
respuesta concreta por parte de Israel. Ciertamente, si tenemos en cuenta el Israel de
Éxodo 4–17, incluso se podría decir que ¡más le hubiera valido al Señor escoger a
cualquier otro pueblo! Sin embargo, Dios obró independientemente de las cualidades y
defectos de los israelitas, y los liberó con su victoria, los cuidó y protegió con su
providencia y los trajo a sí mismo.
153
tierra, y fue de aquí que, de todas las naciones, escogió Israel, convirtiéndolo en su
especial tesoro. La palabra hebrea es sĕgullâ, que significa “tesoro personal”. Este debe
entenderse en el contexto de las monarquías absolutas del mundo antiguo, donde el
rey era, en teoría, el propietario de todas las cosas,7 y es probable que, de entre todas
sus propiedades, juntara aquellas que tuvieran para él un valor especial y que
considerara suyas de una forma única y las separara de las demás. Esto era su sĕgullâ,
su tesoro personal selecto.
En segundo lugar está la idea del sacerdocio, un reino de sacerdotes. Durham insiste
en que tratar de encontrar aquí el origen de la idea del sacerdocio de todos los
creyentes es “ir demasiado lejos”, aunque, comprensiblemente, no explica el por qué,
ya que no hay ninguna razón para oponerse al que es el significado más claro de estas
palabras. Los elegidos, el pueblo del pacto, son ciudadanos del reino del Rey divino,
pero en este reino, perfectamente diseñado, cada ciudadano es un sacerdote, con el
privilegio de poder acceder a la presencia del rey. Esta interpretación no sólo cuadra
con las palabras mismas sino que también lo hace con la forma en la que se desarrolla
la historia del sacerdocio en la Biblia. El pecado del becerro de oro evidenció la
inadecuación de Israel para ser el “reino de sacerdotes” del Señor, y el privilegio del
sacerdocio se confirió a la tribu de Leví y a la familia de Aarón. Esto permaneció de esta
manera hasta que, cumplido el tiempo, el Señor Jesucristo restauró el ideal perdido y
nos convirtió a todos nosotros, es decir, los creyentes, en “un reino y sacerdotes para su
Dios y Padre” (Ap. 1:6), poseedores y llamados a ejercer el privilegio y bendición de
tener el acceso, propio de los sacerdotes, a la presencia santa de Dios (He. 10:19–21).
Por esto el Señor, que había llevado a cabo en Egipto su elección de Israel como su
“joya de la corona” y que descendió para ser su protector y proveedor durante todo su
peregrinaje, ahora les daba el derecho de venir a Él, de ser libres en su presencia, de ser
sus sacerdotes.
En tercer lugar, está lo bien que encaja todo esto con la realidad de una nación
santa. La palabra que se usa en hebreo es gôy, que a lo largo del Antiguo Testamento
suele referirse a las naciones “paganas”, que aún no han conocido la revelación divina.
Desde esta perspectiva, Israel es una nación entre todos los pueblos de la Tierra, pero
también es una nación santa, diferente del resto, con la misión de mostrar y compartir
la naturaleza divina y de vivir de forma que agrade a Dios su Salvador (2 P. 1:2–4). Este
es el punto en que su situación privilegiada (mi especial tesoro) y su libre acceso (reino
de sacerdotes) se convierten en un testimonio público de la santidad mediante la que se
muestran al mundo en toda su unicidad y Dios es “glorificado en sus santos” y
“admirado entre todos los que han creído” (2 Ts. 1:10).
154
cuidado providencial y el pueblo de su íntima presencia. Mediante su promesa, puso
delante de ellos el disfrute de todo aquello que había hecho: reconocerse a sí mismos
como su tesoro, tener acceso a su presencia como sus sacerdotes y proclamar su santa
gloria al mundo. Sin embargo, todo esto sólo puede suceder si escucháis […] y guardáis.
Jesús es Señor
La gran confesión del Nuevo Testamento de “Jesús es Señor” queda expresada muy
vívidamente en el relato de la resurrección que encontramos en el Evangelio según
Mateo. Como los demás evangelistas, Mateo empieza su narración con la tumba vacía
(28:1–15), pero relata el suceso de tal forma que nos hace mirar hacia el futuro, hacia lo
que iba a ocurrir en Galilea (28:7, 10), pues fue allí donde la iglesia reunida fue honrada
con la visión de Jesús resucitado proclamando que “Toda autoridad me ha sido dada”
(28:18), en una sola palabra, que Él es Señor. Esta afirmación nos da perspectiva, pero
no dirección. Nos vemos a nosotros mismos en las manos y a disposición de ese Señor
supremo y vemos todo el universo, visible e invisible, espiritual y terrenal, como su
dominio. Nunca encontramos un lugar o situación en que Él no sea ya Señor. Esto es
maravilloso, pero no nos dice nada de lo que debemos hacer, a dónde debemos ir o
cómo debemos vivir, a menos que (Dios nos libre) ¡nos dejemos llevar por los caprichos
de nuestra propia intuición! Sin embargo, si pasamos al relato de la resurrección del
Evangelio según Lucas, esta incógnita crucial es solventada. En Lucas 24, el Jesús
resucitado (aun siendo el Señor de la tumba vacía, 24:1–12) es, ante todo, el Señor de
las Sagradas Escrituras. Sólo se le puede conocer a través de ellas (24:27, 32) y sólo
debe ser predicado tal y como se nos revela en ellas (24:45–48). Así, su señorío queda
vinculado a su revelación. Podemos obedecer porque Dios nos ha hablado.
156
Ahora ya podemos volver a Éxodo, donde Dios se ha revelado en el Sinaí como
Señor y Soberano sobre toda la Tierra, absoluto en poder y majestad, maravilloso en su
misericordia salvadora y en su cuidado protector y proveedor, que escogió a su pueblo
libremente y sin restricciones y lo trajo a sí mismo. ¡No es de extrañar que enseguida
prometiesen ser obedientes a un Dios así (v. 8)! Pero el señorío no tiene ningún
significado específico sin una revelación, tal y como podemos ver en el relato de Hechos
en que Pablo pregunta “¿qué quieres que yo haga?” y recibe la respuesta “se te dirá lo
que debes hacer” (Hch. 9:6, RVR1960). Por esto, Moisés era una figura esencial en el
ejercicio del Señorío divino y para la obediencia de los escogidos. Debía permanecer
entre las dos partes para escuchar la(s) palabra(s) que el Señor hablaba y comunicarla(s)
al pueblo. La vida de obediencia surge de la Palabra de Dios. En nuestro caso, la
encontramos en la Biblia, pero aquí se trata de la palabra comunicada a través de
Moisés, que, de hecho, continúa siendo revelación divina para siempre (v. 9). La vida de
obediencia y la palabra que Dios comunica son inseparables, pues la Palabra de Dios
transforma nuestras mejores intenciones en acciones. La santidad es la obediencia a la
verdad revelada.
157
también tuvo que aceptar que era indigno de acercarse a Él y reconocer la amenaza que
significaba la santidad para los que son indignos. También tuvieron que aceptar la
disciplina de esperar en sumisión y de no acercarse al monte hasta que la trompeta
sonara. Todo esto, es decir, el hecho de guardar en la mente y en la memoria, día y
noche, todo lo que la santidad de Dios implica y vivir conscientemente en la luz de esta
santidad, podría llamarse “santidad en la mente”.
La prohibición adicional de no tener relaciones sexuales extendía su preparación
para la santidad al corazón y a las emociones. Pablo tenía esta idea en mente cuando
aconsejó a las parejas casadas no privarse “el uno del otro, excepto de común acuerdo
y por cierto tiempo, para dedicaros a la oración” (1 Co. 7:5). El Libro de la Oración
Común solía recordar a las parejas en el día de su boda que “el matrimonio fue
instituido por Dios cuando el hombre era aún inocente”, lo que resume, con precisión y
belleza, la enseñanza bíblica. El matrimonio fue idea de Dios, por lo que no tiene un
origen humano. Fue instituido antes de la entrada del pecado y no es de ninguna
manera una concesión a causa de la pecaminosidad o un espacio para llevar a cabo los
deseos sexuales, sino que surgió de la percepción divina de que “No es bueno que el
hombre esté solo” (Gn. 2:18). Por tanto, el matrimonio es una fórmula para la santidad,
para el perfeccionamiento de la vida humana, en la que el hombre y la mujer casados
son coherederos “de la gracia de la vida” (1 P. 3:7). Así vemos que la prohibición a las
relaciones sexuales no surgió de la idea de que el sexo es pecaminoso, sino que lo hizo
del conocimiento de que en el matrimonio feliz y verdadero, el acto sexual implica una
absorción total de uno con el otro y es el compromiso y el placer emocionales más
profundos sobre la Tierra. La restricción fue impuesta en este momento tan importante
porque el Señor deseaba que los corazones del pueblo fuesen sólo para Él. Tal y como
lo expresa Calvino, “se les tenía que recordar que debían renunciar, al máximo, a todo
lo que les importaba en la Tierra […] para que pudieran prestar toda su atención a
escuchar la ley”.
158
mejores intenciones, ni con un esfuerzo continuado y sincero de santificación de uno
mismo, podemos llegar a ser dignos de estar en su presencia o de que su presencia nos
represente menos que un peligro mortal.
5. Desciende, Moisés
159
Cuando los acontecimientos de Éxodo 19 alcanzaron su clímax, a los ojos de los
israelitas todo estaba en orden. Los días de preparación ya habían pasado, la trompeta
había sonado y el Señor estaba haciendo lo que había prometido al conversar con
Moisés de forma que Israel pudiese escucharlo y, así, establecer las líneas autorizadas
de comunicación y revelación. Sin embargo, a los ojos de Dios, no todo estaba bien y
Moisés, a pesar de sus protestas (v. 23), fue enviado de nuevo al pueblo para establecer
nuevas medidas preventivas.
El pueblo, satisfecho de su estado después de los tres días de preparación, podría
haber olvidado muy fácilmente su posición, es decir, que su “santidad” no es la santidad
de Dios. Necesitaban que se les advirtiera que por mucho que se preparasen, jamás
podrían satisfacer las exigencias de la santidad de Dios. El ser humano no puede
permanecer en la presencia santa de Dios, así como tampoco pudieron Adán y Eva
encontrar en su día el camino de regreso al jardín y eludir al ángel con la espada de
fuego. Sin embargo, esto sólo puede ser visto desde la perspectiva de Dios, pues es muy
probable que Israel pensara que todos los indicadores eran cosa del pasado e incluso
que la mediación de Moisés ya no era necesaria, pues ya podrían conversar
directamente con el Señor. El versículo 21 abre la posibilidad del doble error de, en
primer lugar, una falsa consciencia propia, con la que seguramente pensaban que ya
eran aptos y que, por tanto, podían ignorar los límites establecidos por el Señor y, en
segundo lugar, un motivo equivocado al entrar en la esfera de lo divino simplemente
para ver, impulsados por una curiosidad desprovista de sobrecogimiento.
En cambio, los sacerdotes, satisfechos de su posición, podrían haberla olvidado muy
fácilmente. Esta les daba el privilegio de tratar con objetos santos y asumir funciones
santas, y es como si hubiesen confundido “privilegio” con “aptitud” y no hubiesen
cumplido con la preparación en santidad que se les exigía (v. 22). Pero no se puede ser
santo por oficio. El versículo 21 trata de aquellos cuya consagración puede hacerlos
arrogantes y el versículo 22, de aquellos que abusaron de su consagración. Para ambos
grupos, el acercarse a Dios con una actitud equivocada solo habría resultado en un caso
de “traspasar los límites” (vv. 21, 24), un “allanamiento de morada”. Como se ha dicho a
menudo, “un pueblo despreocupado cree en un Dios despreocupado”.
El ejemplo del pueblo y los sacerdotes nos advierte acerca de este tipo de abusos
que aún hoy en día son tan fáciles de cometer: dar la gracia divina por sentado,
olvidando su aspecto maravilloso; presentarnos ante Dios de forma rápida y fortuita, sin
tener en cuenta nuestra necesidad de Jesús como mediador (1 Ti. 2:5) y de la sangre
preciosa del Cristo que es suficiente para limpiarnos (He. 10:19–22) y dirigirnos a Dios
con un relajamiento injustificado. Pero también debemos aprender de la obediencia
paciente y absoluta de Moisés, que puso en práctica la palabra de Dios incluso cuando
no estaba de acuerdo con Él (vv. 23–25). En este sentido, él es como Ananías, que
pensaba que sería mejor si el Señor no tenía nada que ver con el perseguidor de
cristianos llamado Saulo, pero que, de todos modos, fue y se dirigió a aquel cuya venida
temía tanto como su “hermano” (Hch. 9:10–17).
160
Notas adicionales
19:4 No debe preocuparnos saber si nešer significa “águila”, “buitre grifón” u otro
pájaro, ya que probablemente es imposible saber el significado exacto. Cualquiera que
sea el pájaro, la imagen es clara: no debe permitirse que los polluelos permanezcan
polluelos para siempre, y si su crecimiento hacia la madurez implica que deben dejar el
nido, entonces la madre misma los echará (Dt. 32:11). Sin embargo, al hacerlo, las alas
de la madre se convierten en una red de seguridad bajo los primeros intentos tímidos
de los polluelos de volar. Sobre Deuteronomio 32:11 véase J. G. McConville,
Deuteronomy [Deuteronomio], Apollos, 2002; J. A. Thompson, Deuteronomy
[Deuteronomio], TOTC, 1974; W. W. Wiersbe, Be Equipped [Estar preparado], Chariot
Victor, 1999. S. R. Driver (ICC, Deuteronomy, 1985) cita la historia de un águila haciendo
precisamente estas mismas cosas.
19:9 Algunos comentaristas (p. ej., Durham) ven el versículo 9 como una añadidura
posterior debido a la referencia aparentemente repetida al informe de Moisés sobre las
palabras del pueblo y porque introduce un tema “nuevo”, el papel de Moisés como
mediador. Este razonamiento es innecesario. En primer lugar, el estilo narrativo hebreo
a menudo empieza con una afirmación a modo de resumen (aquí el v. 8b), seguida de
un relato más detallado de lo que pasó en realidad (aquí el v. 9) y que queda
introducido por una waw explicativa, la conjunción usada en el sentido de “es decir”. En
segundo lugar, en cuanto al tema de Moisés como mediador, la pregunta fundamental
no es “¿nos sorprende?”, sino “¿encaja con el contexto?”. Debido a que el tema del
segundo ascenso es la venida del Señor para revelar su palabra, no está fuera de lugar
que diga la forma en la que lo va a hacer, es decir, a través de la mediación de Moisés.
Debemos observar que en el versículo 9 a ti se refiere a Moisés, validándolo como el
mediador del pacto (otra “providencia anticipatoria”), ya que el Señor había anticipado
cómo reaccionaría el pueblo al sonido de su voz (20:18–19). En te crean, este te es muy
enfático, que queda aún más enfatizado por la partícula gam, “y, en particular, [para
que] sea en ti que el pueblo crea para siempre”.
19:16–25 La forma en que la teoría documental complica el estudio de 19:16–25 sin
explicar o clarificar nada puede verse convenientemente en los escritos de Durham. Él
mismo parece creer que este apartado es una unidad compleja formada por múltiples
niveles, aunque es más fácil decirlo que “desenredar” todos los elementos. Sin
embargo, el rasgo distintivo más evidente de los versículos 16–25 no es ni la
acumulación de “niveles” ni su naturaleza compleja, sino que, de hecho, es su
sorprendente contenido: la cancelación del encuentro planeado. Deberíamos verlo
dentro del contexto del desarrollo en la revelación de la santidad de Dios en Éxodo. Con
una delicadeza increíble, el Dios santo “domesticó” su santidad para Moisés en el
simple acto de pedirle que se quitase las sandalias (3:5). Después de esto, la santidad
como tal no vuelve a irrumpir en la realidad de la presencia divina con Israel hasta que,
en el Sinaí, empiezan a haber serias instrucciones acerca de la santidad (19:16–25), que,
161
en 20:18, el pueblo empieza a “notar” pero no a reconocer como tal y que alcanzará
unas proporciones normativas justo después del pecado del becerro de oro (cap. 32).
19:19 Cf. Deuteronomio 4:11–12. La traducción de la LBLA es Dios le respondía con
el trueno es posible, aunque literalmente sería “Dios le respondía con una voz [bĕqôl]”.
En el versículo 16, “truenos” es “voces” (pl. qolôt). Durham permite la ambigüedad;
Driver defiende “trueno” y Cassuto y Childs sugieren “articuladamente”, que se ajusta
más al hebreo. ¡No habría tenido mucho sentido que Moisés hubiese recibido como
“respuesta” un trueno! El versículo parece tener la intención de empezar un diálogo.
Ambos sujetos, Moisés y Dios, tienen una posición enfática y los verbos hablaba y
respondía son (lit.) “continuó hablando” y “continuó respondiendo”. Dios es “el Dios”,
lo que enfatiza lo maravilloso de todo ello, “Dios mismo”.
19:22 Los comentaristas no se ponen de acuerdo respecto a la referencia a los
sacerdotes. Aquellos que defienden la teoría documental (p. ej., McNeile) ven aquí un
anacronismo. Hyatt sostiene que fue añadido al texto original para solucionar el
problema que surgió más tarde sobre si los sacerdotes quedaban incluidos en las
prohibiciones. Sin embargo, no explica quién sería tan estúpido como para hacer una
pregunta semejante. Otros buscan unas explicaciones más plausibles. Cassuto se refiere
a las probables funciones sacerdotales de los primogénitos y Davies habla de los
“líderes no oficiales dentro de la familia” sin observar que, en los tiempos patriarcales,
el cabeza de familia hacía de sacerdote para su propia familia. Pero la idea del
“sacerdote” (kōhēn) era una idea comúnmente conocida en la antigüedad y 19:6 indica
que Israel no necesitaba ninguna explicación al respecto.
19:20–25 Estos versículos han sufrido un daño considerable en manos de los
partidarios de la teoría documental pero, aun así, presentan una clara estructura
diseñada con gran maestría y cuidado.
A1 El ascenso de Moisés para reunirse con el Señor (19:20)
B1 La advertencia renovada del Señor para el pueblo y los sacerdotes (vv.
21–22)
C La objeción de Moisés (v. 23)
2
B La insistencia del Señor en los sacerdotes y el pueblo (v. 24)
A2 El descenso de Moisés para reunirse con el pueblo (v. 25)
En el versículo 23, la reacción inmediata de Moisés al poner en duda al Señor está
lejos de ser una intromisión en el texto, sino que se trata del eje alrededor del cual gira
todo el pasaje. ¿Es importante el hecho de que, mientras el Señor busca un pueblo
santificado, Moisés habla de un lugar santificado? Es posible que también nos demos
cuenta de que aquí, como siempre, es el Señor el que ve donde está el peligro y protege
a su pueblo. Calvino escribe acerca de la humilde obediencia de Moisés que “prefiere la
orden de Dios que su propia opinión”, o, podríamos añadir, su dignidad oficial.
Respecto al versículo 25, Hyatt y otros observan que acaba de forma muy abrupta (“y
les dijo”) y que “originalmente” debió seguirle algún tipo de discurso. Pero la frase y les
dijo es la traducción de una frase idiomática y correcta en hebreo (cf. 2 S. 16:11; 2 R.
162
4:24; Job 9:7; Sal. 106:24). El verbo √’āmar es empleado a menudo de forma “absoluta”
en el sentido de “haberse dicho”, por lo que Driver está equivocado al decir que su
significado es “ilegítimo”.
163
autosuficiente en sí misma. Pero nos podríamos preguntar, ¿por qué diez y por qué
precisamente estas diez? La segunda pregunta es más importante que la primera. En
Deuteronomio 5:22 aprendemos que el Señor dijo estas “palabras” y que no añadió
más, lo que sugiere que debemos buscar una totalidad o compleción en este conjunto
en particular de diez instrucciones. Veremos más al respecto en un momento, pero
primero trataremos la pregunta de por qué precisamente estos mandamientos y no
otros.
“Yo soy”
Antes de que el Señor anunciara su ley se apuntó a sí mismo con las palabras Yo soy
el Señor [Jehová]. Levítico 19 nos ayuda a entender la importancia de esta afirmación,
ya que allí encontramos una recopilación desordenada y un tanto extraña de las leyes
del Señor, tanto religiosas como domésticas, sociales, rituales, sexuales, de horticultura
y de agricultura. Es posible que el hecho de que no estén en ningún orden especial sea
intencionado, pues la vida misma es una sucesión desordenada de acontecimientos y el
Señor quería que su pueblo viviera en todas las situaciones, en el fluir voraginoso de la
vida, según su voluntad revelada. El revoltijo de Levítico 19 mantiene su unidad gracias
a la recurrente afirmación “Yo soy el Señor” (que aparece dieciséis veces en total). En
nuestras traducciones, esto podría parecer una forma de imponer su autoridad: “Haced
lo que os digo porque yo soy el Señor”. Está claro que seríamos infieles al Antiguo
Testamento si pasáramos por alto esta nota autoritaria (p. ej. Dt. 6:1), pero “el Señor”
es el nombre divino, Jehová, y aquella afirmación recurrente equivale al Señor diciendo:
“Quiero que viváis de esta manera porque ‘Yo soy el que soy’ ” (cf. Ex. 3:13–14). Por
esta razón, Levítico 19 empieza con un llamamiento al pueblo del Señor a ser como Él:
“Seréis santos porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo”, es decir, debemos ser lo
que debemos ser porque Él es quien Él es. La ley de Dios refleja Su carácter; es Su
imagen expresada en normas, y la obediencia a la ley del Señor “provoca” en nosotros
“la imagen de Dios” (Gn. 1:26–28), que es nuestra verdadera naturaleza. En otras
palabras, vivimos la verdadera vida humana cuando obedecemos la ley del Señor.
164
La gracia y la ley
Todo ello nos lleva a considerar la gran importancia teológica y espiritual de todo lo
que había sucedido hasta ese momento. Era el Dios de la salvación quien impuso su ley
sobre su pueblo; la gracia que salva precedió la ley que exige. El pueblo recibió la ley no
con el fin de ser redimidos, sino que era porque ya había sido redimido que recibió la
ley. La ley de Dios es el estilo de vida que Él ha diseñado para aquellos a los que ha
salvado y estos se comprometen a seguir esta forma de vida como respuesta de amor y
gratitud hacia Dios su Redentor. La gracia y la ley van unidos, ya que la gracia lleva a la
ley, el amor que salva lleva (y suscita) al amor agradecido que es demostrado mediante
la obediencia.
De vuelta al jardín
Esta es la interpretación bíblica de la ley de Dios. Empezó en el jardín de Edén,
donde Adán y Eva disfrutaron de la libertad —y liberalidad— del jardín (Gn. 1:9, 15–16)
mientras guardaron su ley (Gn. 2:17). Esta ley, la prohibición única respecto al árbol del
conocimiento del bien y del mal, lejos de ser una restricción a su libertad, era la
garantía de ella. Era una ley de la libertad.
Del mismo modo, el Decálogo (y, en un sentido más general, la ley de Moisés en su
totalidad o, incluso, la Biblia entera) es la ley de la libertad, la entrada a la libertad
humana. Cuando vemos las condiciones degradantes en las que algunas personas viven,
enseguida decimos que “nadie tendría que verse obligado a vivir así”. Detrás de un
comentario tan instintivo existe un sentido del valor único del ser humano y de lo que
debería constituir “una vida verdaderamente humana”, pero si queremos ir más allá de
las reacciones instintivas, necesitamos una definición correcta de lo que es la
“humanidad”. Debemos ser capaces de explicar lo que es la naturaleza humana antes
de que podamos decir lo que la vida humana debería ser. La Biblia nos ofrece la
definición: “Creó, pues, Dios al hombre [la humanidad] a imagen suya […] varón y
hembra los creó” (Gn. 1:27). Esta es la razón por la que decir que cada precepto de la
ley expresa algún principio, alguna característica esencial, de la naturaleza divina que es
de una importancia extremadamente práctica. Cada mandamiento representa algún
aspecto de la imagen de Dios y, por tanto, la obediencia a la ley de Dios demuestra lo
165
que realmente somos, seres a Su imagen, y tiene como consecuencia la verdadera
libertad. Una vez más, por así decirlo, la ley conserva para nosotros los placeres del
jardín.
Por esto, no deberíamos acercarnos a los Diez Mandamientos con temor, como si
viviésemos bajo una constante amenaza, sino que debemos aprender a exclamar con el
salmista, “¡Cuánto amo tu ley!” (Sal. 119:97).
A través de los salmos, como si fueran una gran puerta, podemos adentrarnos en la
iglesia del Antiguo Testamento y encontrar en el centro un amor exuberante y
entusiasmado a los mandamientos del Señor. Necesitamos redescubrir esto por
nosotros mismos, es decir, debemos recordar la gracia y la bondad de Dios al darnos su
ley. No ha dejado que camináramos a tientas en medio de la niebla o la oscuridad, sino
que nos ha dado instrucciones. Como aquellos que han sido redimidos por Dios,
deberíamos regocijarnos en agradar a Dios nuestro Salvador (Col. 1:10) y Él nos ha
mostrado cómo hacerlo. Para nosotros, así como para nuestros hermanos y hermanas
en la iglesia del viejo pacto, “el mandamiento es lámpara, y la enseñanza [la ley] luz, y
camino de vida las reprensiones de la instrucción” (Pr. 6:23). Si “reprensiones de la
instrucción” suena demasiado amenazador, podemos pensar en “amonestaciones de
corrección”, ya que la palabra de Dios está mostrando aquí algún mal camino que
estamos a punto de tomar y nos dirige y nos insta a ir por otro camino, lo que J. B.
Phillips llama “un reajuste en la dirección” (2 Ti. 3:16). Por la misericordia de su ley, el
Señor nos “reajusta” en la dirección de la luz y la vida o, como lo expresa
magníficamente el salmista en Salmos 119:45, “Y andaré en libertad, porque busco tus
preceptos”. “Preceptos” es la palabra más precisa en todo el vocabulario del salmo 119
y cubre cada diminuto detalle de la aplicación de la ley de Dios a la vida diaria. Por esto
el versículo manifiesta una verdad fundamental: el salmista se dio cuenta de que era
cuando vivía más obedientemente a la palabra de Dios que disfrutaba de una libertad
mayor. Esta es la forma en la que debemos entender los Diez Mandamientos, no como
obstáculos que imposibilitan nuestro disfrute de una vida llena, sino como el camino
que nos lleva a la plenitud que estamos buscando.
2. La ley es de por vida, para todas las vidas y para una vida
equilibrada
Los Diez Mandamientos son el resumen fundamental que ofrece la Biblia de “la ley
de la libertad”. El hecho de que, en general, sea una serie de prohibiciones ha llevado a
muchos a tacharla, sin pensar, de negativa en cuanto al tono y a su propósito, olvidando
que una orden negativa es mucho más liberadora que una positiva, ya que una orden
positiva limita la vida a una sola forma de proceder, mientras que una negativa ¡deja
que la vida siga libremente cualquier forma de proceder menos una! Una vez más, la ley
de la libertad en el jardín del Edén es el mejor ejemplo. La única orden negativa, “del
árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás”, dejaba la libertad de “de todo
árbol del huerto podrás comer”.
166
No sólo funcionan los Diez Mandamientos como nuestras vidas, sino que también
reflejan cómo tendría que ser una vida completa y perfectamente equilibrada. Esto
queda demostrado en la forma en que están presentados. Sabemos que había dos
“tablas” de la ley y, tradicionalmente, la primera (donde están los mandamientos del
primero al cuarto) es la de “nuestro deber hacia Dios” y la segunda (donde están los
mandamientos del quinto al décimo), la de “nuestro deber hacia el prójimo”.7 Esto nos
muestra, muy convenientemente aunque no muy precisamente, el contenido del
Decálogo, pero es, sin duda, una interpretación incorrecta de las dos tablas. Existen
muchos estudios sobre los hititas y, especialmente, de los pactos hechos entre los reyes
hititas y sus vasallos desde 1800 a. C. Según la costumbre hitita, un pacto sólo entraba
en vigor cuando había sido puesto por escrito. Entonces se hacían dos copias idénticas,
una la retenía el rey hitita y la otra su vasallo. Es importante observar que Israel
conservó las dos tablas creadas en el Sinaí juntas en el arca (Ex. 25:16; 40:20), lo que
muestra que Jehová, el Gran Rey que es el que hace los pactos, también era el rey que
residía en medio de su pueblo y quien debía guardar y asegurar su pacto.
El Señor quiso que su pueblo gozara de todos los beneficios del pacto que Él había
hecho con los israelitas y, por esto, puso la ley frente a ellos. Hasta ahora, nuestro
estudio sobre el Decálogo, sin tener en cuenta el quinto mandamiento, presenta la
siguiente estructura:
A1 Dios (20:1–10)
a1 Los pensamientos (los mandamientos, vv. 1–2)
b1 Las palabras (el mandamiento, v. 3)
c1 Las obras (el mandamiento, v. 4)
A2 La sociedad
c2 Las obras (los mandamientos, vv. 6–8)
b2 Las palabras (el mandamiento, v. 9)
a2 Los pensamientos (el mandamiento, v. 10)
El Decálogo empieza y acaba (a1,2) con el aspecto interior de nuestra obediencia, es
decir, de cómo debemos pensar en Dios y en nuestra relación con los demás. Por ello es
incorrecto pensar que se trata de una lista de reglas que debemos cumplir y que
necesitaba de las enseñanzas de Jesús para que la obediencia se originara en el corazón
(Mt. 5:21–30), sino que, de hecho, en cada una de las grandes áreas de la obediencia se
nos llama a la pureza de la mente y del corazón.
El primer mandamiento toma en cuenta el hecho de que los cristianos, el Israel de
Dios de hoy, vivimos en un mundo donde hay “muchos ‘dioses’ y muchos ‘señores’ ” (1
Co. 8:5) y que le debemos una lealtad total al único Dios. El segundo mandamiento
añade que este Dios debe ser entendido en términos espirituales, inmateriales. Nos
trae al lugar de alabanza y declara que el uso de representaciones visuales del Señor le
son personalmente ofensivas y provocan su ira sentenciosa hasta la tercera y cuarta
generación. Como podemos ver, la idea central del segundo mandamiento es que el
Señor debe ser alabado sin la ayuda o interposición de representaciones visuales. Sin
167
embargo, detrás de esta orden, expresada e impuesta con severidad, encontramos una
teología, una doctrina de Dios, que afirma que Él es espiritual y se revela a sí mismo y
que, cuando nos volvemos para alabarle, debemos llenar nuestra mente e imaginación
con lo que nos ha revelado y la palabra que nos ha hablado (Dt. 4:12, 15–19, 25–28). Si
vamos a adorar a Dios de una forma agradable a Él, en espíritu y verdad (Jn. 4:23–24),
entonces su palabra debe permanecer en nosotros con toda sabiduría, pues esta es la
base de la alabanza que es verdadera y aceptable a Dios (Col. 3:16).
168
ley es lo que Él es y nosotros debemos ser lo que nos manda.
c. El quinto mandamiento
Ahora podemos presentar otro esquema del Decálogo que incluye el quinto
mandamiento y, con ello, subraya su lugar central y único en la ley de Dios. Puede
expresarse de esta manera: nuestro primer deber después de la obediencia a Dios
(mandamientos 1–4) es con nuestra familia y, de la misma forma, esta es nuestra
primera área de compromiso antes de considerar nuestras obligaciones con los demás
(mandamientos 6–10). El quinto mandamiento no corresponde ni al primer grupo ni al
segundo pero, en su distinción, reconoce nuestra primera y principal obligación en la
Tierra.
A1 Nuestro deber hacia Dios (mandamientos 1–4)
a1 Nuestros corazones (mandamiento 1)
a2 Nuestras obras (mandamientos 2–4)
B Las obligaciones con nuestra familia (mandamiento 5)
A2 Nuestro deber hacia el prójimo (mandamientos 6–10)
a2 Nuestras obras (mandamientos 6–9)
a1 Nuestros corazones (mandamiento 10)
Así, si pensamos en términos bíblicos acerca de los Diez Mandamientos, no tenemos
dos “tablas” o apartados, sino tres. Primero está Dios, en segundo lugar está la familia
y, finalmente, la comunidad en la que vivimos. Cuando salimos de la presencia de Dios,
nuestras obligaciones principales son con nuestra familia, y nuestras obligaciones con el
mundo que nos rodea son secundarias. El mandamiento de “honrar” es
extremadamente exigente e impreciso, lo que puede resultar intrigante, aunque la
mejor forma de presentarlo es en las tres categorías de los pensamientos, las palabras y
las obras.
Toda la esfera de la vida puede hallarse en el Decálogo: Dios, la familia y el mundo.
No existe nada más. Y todo el curso de la vida también está aquí, ya que no hay otra
cosa que no sean pensamientos, palabras y obras. La naturaleza equilibrada de su
presentación (los pensamientos, las palabras, las obras… las obras, las palabras, los
pensamientos) es, sin duda, intencionada e ilustra una ley completa y equilibrada, la ley
de Dios, diseñada por Él para poner en funcionamiento cada aspecto de nuestra
verdadera naturaleza humana y de nuestro ser redimido (Ef. 4:20–24).
169
reconocer las grandes verdades y principios bíblicos a lo largo tanto del Antiguo
Testamento como del Nuevo.
Así, entonces, cuando el autor de la carta a los Hebreos desea exponer la esencia
del nuevo pacto y la supremacía de todo lo que Jesús consiguió en la cruz, utiliza la
profecía de Jeremías que afirma que el Señor escribirá la ley en el corazón de los que ha
redimido.
De un pasaje que rebosa enseñanzas, sólo podemos identificar tres puntos. En
primer lugar, está el fracaso del viejo pacto, y Jeremías utiliza el pacto del matrimonio
como el ejemplo más básico de ello: El Señor, el “esposo”, cumplió con su papel y
obligaciones (“fui un esposo para ellos” pero “ellos rompieron” mi pacto, Jer. 31:32). En
segundo lugar, en el nuevo pacto existe un elemento adicional: cuando el pueblo del
Señor no puede estar a la altura de sus exigencias, Él no rebaja sus criterios, sino que
levanta a su pueblo. En este caso, la ley sigue siendo la misma, pero ahora está escrita
en nuestro corazón (Jer. 31:33), que es otra manera de expresar la verdad de la
regeneración, el regalo de Dios de una nueva naturaleza y, en especial, de un nuevo
“corazón”, una nueva personalidad diseñada para encajar con los preceptos de su ley.
La verdadera realidad interior del cristiano es que su nueva naturaleza ha sido creada
para la obediencia. En tercer lugar, está la forma en que todo esto es logrado. El pecado
ha sido vencido de una forma tan completa y decisiva que todos los recuerdos de
nuestra pecaminosidad han sido borrados de la memoria de Dios (Jer. 31:34).
En otras palabras, los valores del Sinaí son los mismos que los del Nuevo
Testamento, en que la absoluta necesidad de la obediencia como señal de nuestra
pertenencia al pacto sigue siendo la misma, pero ahora ha sido satisfecha por la
completa y regenerativa obra de la salvación en Cristo.
4. Dios primero
Un rasgo evidente del conjunto de la ley de Dios es que, aunque no se olvida del
deber social (pues es el tema de seis de los diez mandamientos), no queda duda que
nuestro deber hacia Dios viene primero, por delante de todos los demás deberes. Este
deber es diferente de las obligaciones que tenemos hacia los demás, nuestra familia o
el mundo que nos rodea, ni debe confundirse o mezclarse con ellas. Debemos
mantener separado lo que Dios ha mantenido separado. Si alguien dijera que su religión
se preocupa por las necesidades de los demás, la única respuesta obvia es que esto no
es religión, sino humanitarismo o consciencia social; ha perdido de vista las prioridades
bíblicas. El servicio, el amor y la obediencia que debemos a Dios son algo distinto y van
antes que todo lo demás. No importa lo estrechamente relacionados que estén “el
grande y primer mandamiento” y “el segundo” (aquí, a lo largo de la Biblia y en la
mente de Jesús), no son lo mismo. El amor hacia Dios es algo distinto y siempre debe ir
primero. Esta prioridad tiene diferentes aspectos.
170
La referencia a otros dioses en el primer mandamiento no está reconociendo la
existencia de otras deidades aparte de Jehová, sino que admite sus encantos y la
amenaza que suponen. De forma parecida, Pablo, el monoteísta entregado, sabía que
“no hay sino un solo Dios”, pero también sabía que vivía en un mundo en que existían y
se adoraban muchos otros “supuestos dioses” y que esta alabanza creaba una fuerte y,
en muchos casos, comprensible fascinación (1 Co. 8:4–5). Como en cualquier otro
aspecto de nuestra fe, el monoteísmo también es puesto a prueba, y esto es lo que le
sucedió a Israel en el Antiguo Testamento. Cuando pensamos en la crudeza, la crueldad
y los sacrificios infantiles que formaban parte en la adoración, por ejemplo, de Moloc,
es posible que nos preguntemos cómo fueron capaces de hacer algo así. Por otro lado,
el baalismo, fuera lo que fuera lo que también ofrecía, prometía la prosperidad material
y era una religión en la que las experiencias sexuales eran parte integral de la alabanza,
por lo que el atractivo era comprensible. Aunque Baal no existe, sí existe el baalismo.
La expresión delante de mí (‘al-pānāy, “sobre/a/en mi cara”) es usado de dos formas
en la Biblia, cubriendo tanto el tiempo como el espacio. Génesis 11:28 dice (lit.) “y
murió Harán en la cara [‘al-pĕnê] de su padre” y la NVI y la RVR1960 lo traducen
correctamente con el significado de “mientras su padre aún vivía”. El otro uso, más
obvio, es “en mi presencia”. Así, lo que está diciendo el mandamiento es que, mientras
viva el Dios viviente y el Señor omnipresente esté presente en medio de su pueblo, no
es permitida ninguna otra lealtad religiosa. Y esta era una palabra extremadamente
necesaria, ya que Israel no siempre estaría en el Sinaí, aislado de los demás pueblos.
Una vez asentados en la tierra de Canaán, donde estaban rodeados por otras naciones,
habría sido demasiado fácil decir que el paso del tiempo había hecho necesaria la
aparición de nuevas ideas y que la nueva situación requería nuevas soluciones. Habría
existido la tentación de adoptar las costumbres y los valores de las naciones con las que
convivían y de buscar nuevos “conocimientos” y crear una religión compuesta de lo que
otros encontraban “útil” o “práctico” o que era más pertinente para su nueva vida fija
en aquella tierra. Pero esto no tenía que pasar. Mientras el Dios viviente viva y el Señor
omnipresente esté presente en medio de su pueblo, el tiempo y el lugar no importan,
sólo existe un Dios, una sola lealtad de un corazón totalmente cautivado.20
171
alabanza, dando a otros lo que le pertenece sólo a Él. El primer mandamiento está
relacionado con nuestra lealtad por amor al Señor, aunque no menciona la palabra
“amor”, mientras que el segundo mandamiento, al referirse a sus celos, introduce la
cuestión del amor de Dios por nosotros, ya que los “celos” forman parte de la esencia
del amor verdadero, y el Señor nos ama tanto que no puede soportar el hecho de que
nuestros deseos y lealtades no se dirijan a Él.
Calvino nos ofrece una exposición resumida de todo ello que nos puede ser
bastante útil. Sobre el mandamiento en general y la facilidad con la que se pueden
justificar ciertas acciones desobedientes poco graves basándose en razones
aparentemente permisibles (como la de “ayudar”), exhorta que: “Dejemos que esta sea
nuestra sabiduría, aceptar lo que Dios ha decidido decretar respecto a este asunto”.
Sobre lo que el mandamiento expresa específicamente acerca de cómo debemos
adorar, Calvino apunta que si alguien piensa que “el celo por la religión […] es
suficiente”, no se ha dado cuenta de que “la verdadera religión debería ajustarse a la
voluntad de Dios como a una regla universal”.
172
observar que estos son los mandamientos más tomados a la ligera y desobedecidos de
hoy en día, y, del mismo modo, podríamos muy bien asumir que cuando fueron
promulgados por primera vez, debido a la realidad invariable de la naturaleza humana,
habrían sido tan fácilmente despreciados e igualmente necesitados de refuerzo como lo
son ahora. En todo caso, el tercer mandamiento tiene el apoyo de una amenaza
sumamente poderosa y especialmente aterradora debido a su vaguedad: el Señor no
tendrá por inocente al que tome su nombre en vano. La implicación de todo ello es que
el nombre del Señor le es extremadamente precioso. Es Él quien se da cuenta del uso
incorrecto de su nombre y quien decide el castigo que se merece el crimen en cada
caso.
173
Sin embargo, el hecho de dejar de trabajar no es un fin en sí mismo sino que, por
decirlo de algún modo, “hace sitio”; tal y como Childs lo expresa, tenía que “pararse
toda la actividad normal […] para que se pudiera dedicar el día de reposo a algo
especial”. Lo que debía ser este “algo especial”, el mandamiento no lo especifica, pero
sí quedan claros tres principios. El día de reposo tenía que ser un día santo, es decir, un
día distinto, diferenciado del resto (v. 8), un día que, de alguna forma especial,
pertenecía al Señor y que, por tanto, debía vivirse únicamente para Él (v. 10), y un día
esencial para nuestra imitación de Él (v. 11). La vaguedad es, sin duda, intencionada, ya
que deja la libertad de que cada uno escoja según sus preferencias personales, pero
existe un factor común en los tres principios, y es que tenía que ser un día diferente. Y
no cabe duda de que este hecho continúa vigente hoy en día: el domingo no debería ser
un segundo sábado cada semana (que es lo que en realidad significa la expresión
inglesa “domingo europeo”), ni un día para no hacer nada (en lo que a menudo se ha
convertido la “práctica del domingo”), sino que debe ser un día diferente en sentido
positivo, ya que ha de vivirse especialmente para Dios.
174
el mundo.
El quinto mandamiento está dirigido a los hijos, y esto es importante. La ley del
pacto se refiere a la familia que ha nacido dentro del pacto e impone sus obligaciones a
los hijos de los hombres y mujeres del pacto. Trata a estos hijos como miembros del
pueblo del pacto, pues han sido “sacados” por la sangre del cordero, exactamente
como sus padres. Sus promesas van dirigidas a ellos y sus obligaciones son impuestas
sobre ellos. Así como los hijos, desde la infancia, forman parte del círculo de la
bendición que trae el pacto (Gn. 17:7; Hch. 2:39), también desde los primeros años se
les debe enseñar a seguir las formas que dicta el pacto y a obedecer sus leyes. Debemos
observar también la igualdad con la que se trata a ambos padres, pues tanto el padre
como la madre deben ser tratados con el mismo respeto.
175
de esta forma que el séptimo mandamiento, como todos los demás, refleja la
naturaleza divina, ya que en el Sinaí el Señor había dado su palabra de compromiso al
pueblo. Tal y como Jeremías apuntó insistentemente, Él era “un esposo para ellos” (Jer.
31:32), es decir, fue constante en su fidelidad y se comprometió en cumplir con las
responsabilidades asumidas. La infidelidad matrimonial implica faltar a aquella promesa
inicial y, por tanto, es un alejamiento de la imagen de Dios.
Finalmente, mostrando que la imagen de Dios es la base sobre la que descansa el
Decálogo, Santiago 3:8–9 observa que la reminiscencia de la imagen divina en los
demás debería regir lo que decimos de ellos, tal y como nos exige el octavo
mandamiento. En su estilo directo y práctico, Santiago se pregunta cómo podría una
lengua bendecir y maldecir una misma cosa: Dios mismo y su imagen en las personas.
De esta manera, las dos “caras” de la ley van unidas. Somos atraídos a Dios en devoción
y honor, en lealtad exclusiva y vida imitadora, por lo que Él es y lo que ha revelado ser,
por las glorias de su naturaleza. Sin embargo, estas están reflejadas —por muy
imperfectamente que sea y con las manchas e impurezas que tengan— en aquellos
creados a la imagen de Dios. Por consiguiente, somos llamados a demostrar una gran
preocupación por cómo actuamos respecto a los demás, lo que deriva de nuestra
preocupación por Dios.
176
verdad.
El décimo mandamiento es donde se acaba el Decálogo, pero, de hecho, es el punto
en el que cada incumplimiento de la ley empieza, cuando por nuestra “propia pasión”
somos llevados y seducidos (Stg. 1:14). El rey David violó los mandamientos sexto y
séptimo (2 S. 12:9), pero su pecado comenzó con la codicia prohibida en el décimo (2 S.
11:2): es posible que no pudiese haber evitado ver a Betsabé, ¡pero sí hubiese podido
evitar mirarla! El rey Acab (con la hábil ayuda de su esposa Jezabel) pecó en gran
manera contra los mandamientos sexto, octavo y noveno (1 R. 21:1–16), pero el origen
del mal estuvo en su codicia (vv. 1–4). Tal y como afirma Murphy, “el deseo deshonesto
es el origen de todo mal. Rara vez puede ser identificado mediante la legislación
humana, pero es evidente para el Buscador de corazones. La intención es la que, como
último recurso, determina el aspecto moral de la acción. Esta última ‘palabra’ es, por
tanto, la cláusula que interpreta todo el Decálogo (Ro. 7:7)”.
Deberíamos observar que, a diferencia de los mandamientos sexto al noveno, el
verbo codiciar está repetido y va seguido de una amplia selección de complementos
posibles, no para limitar el ámbito del mandamiento a estos complementos en
concreto, sino para remarcar la gravedad de este pecado, mediante la acumulación,
uno detrás del otro, de los posibles objetos de codicia. Su blanco es, específica y
totalmente, el pecado contemplativo, como queda claramente demostrado por la
forma en la que Jesús explicó su significado e importancia en Mateo 5:21–30. Tal y
como Cole apunta, es cierto que en Éxodo 20:6 se une el sentimiento con la acción,
pero es la función del último mandamiento el explicitar la interiorización de toda la ley
y la gravedad del pecado en el corazón.
177
De la misma forma, cuando oyeron la trompeta, su sonido infundió miedo en sus
corazones. Sin embargo, este no era su objetivo y no tendría que haber tenido tal
reacción, ya que la trompeta era la voz de Dios que les invitaba a acercarse a Él (cf.
19:13), dándoles permiso para hacerlo. Su miedo era un miedo inapropiado y, en vez de
responder a la invitación, se quedaron en la distancia (20:19).
Sin embargo, no estaban totalmente equivocados. Aún querían escuchar las
palabras de Dios y aún estaban preparados para demostrar su compromiso de
obediencia. También aceptaron a Moisés como mediador, que era lo que el Señor había
planeado para ellos desde el principio (19:9), ya que siempre actúa de forma que los
planes que Él ha elegido sucedan como respuesta a la necesidad que el pueblo está
experimentando en aquel momento y, además, lo hace de un modo en que el pueblo
recuerde permanentemente su falta de mérito y cómo la gracia de Dios provee en su
debilidad. Al mismo tiempo, sus dudas y miedos eran inapropiados porque ya habían
escuchado la voz de Dios ¡y no habían muerto! Pero estaban oyendo sin escuchar. Si lo
hubieran hecho, se habrían dado cuenta que esta era la voz de su Dios, que los había
redimido (v. 2), tal y como supo Moisés cuando se acercó a la nube donde estaba Dios
(v. 21) que estaba en la presencia de Jehová (v. 22), el Dios de toda gracia.
El miedo del pueblo, por muy comprensible que fuera frente a unos sucesos tan
imponentes, fue totalmente inapropiado. Las señales y las notas de la gracia, el pacto,
las promesas, la acogida, la redención y las alas protectoras del Dios de Israel eran
claramente visibles y audibles.
Aún así, también existe un verdadero temor de Dios y Moisés quería que lo
experimentaran (v. 20). El Señor acababa de establecer su ley y había venido a “probar”
a su pueblo para ver si tenían el apropiado temor reverencial respecto a Él, el temor
verdadero que los apartaría de los pecados condenados por su ley y los mantendría
firmes en la obediencia de sus mandamientos.
Notas Adicionales
1–20 Los comentaristas de la escuela documental tienden a querer reubicar los Diez
Mandamientos partiendo de la base que, en su ubicación actual, interrumpen la
narración (p. ej., McNeile, Hyatt). Durham, a su vez, lo cuestiona, aunque sostiene que
el Libro del pacto (20:22–23:33) interrumpe el relato del Sinaí y se pregunta por qué los
“compiladores del Éxodo” lo pusieron donde está. Sin embargo, Éxodo se nos presenta
mediante una estructura estilosa y coherente, que refleja el orden cronológico de los
acontecimientos.
A1 Introducción: Moisés en el monte: la preparación para el pacto (Ex. 19)
B1 Las leyes. El Decálogo: los principios básicos (20:1–17)
C1 Intermedio: Se experimenta el temor del Señor (20:18–21)
2
B Las leyes. La aplicación: un estilo de vida diferente (20:22–23:19)
C2 Intermedio: El temor del Señor va por delante (23:20–33)
A2 Epílogo: Moisés en el monte: la ratificación del pacto (24:1–11)
178
4 “Ídolo” es pesel en hebreo, que procede de √pāsal (“tallar, esculpir”) y lleva
implícita la idea de un artesano al que se le ha ocurrido una idea sobre lo divino a la que
da forma a partir de su imaginación. Véase Deuteronomio 12:2–31 como un comentario
sobre este mandamiento (cf. Is. 44:9–20). G. H. Davies comenta que “la prohibición de
las imágenes, como la del homicidio, no implica que no hubiese imágenes, u homicidios,
en Israel en los siguientes años”. En otras palabras, la desobediencia continuó siendo
una opción, pero “en los restos arqueológicos aún no se ha encontrado ninguna imagen
que represente, con total seguridad, al Dios de Israel”. Algunos comentaristas (p. ej.
Durham) a menudo hablan de Éxodo 20:5–7 como una extensión posterior que fue
añadida debido a la dificultad en guardar el mandamiento. Sin embargo, no existe
ninguna base o evidencia para defender esta teoría. El mundo de aquel momento era
notablemente idólatra, y es por esta razón que las prohibiciones tenían que reforzarse
de forma contundente, ya que si no, ¿quién habría podido comprender que los peligros
que comportaba la desobediencia se extenderían a las futuras generaciones? Cf. W. C.
Kaiser, Toward Old Testament Ethics [Hacia la ética del Antiguo Testamento],
Zondervan, 1983, p. 86.
7 Según Murphy, “tomar su nombre en vano es violar su esencia”. Cf. Kaiser,
“Name” [Nombre] en TWOT. Para ejemplos del uso idiomático de “elevar” (√nāśā’)
véase p. ej., 2 Reyes 9:25 (en LBLA “pronunció esta sentencia” es [lit.] “elevó sobre él
esta carga u oráculo”); 19:4 (“eleva […] una oración”); Salmos 16:4; Isaías 14:4; 52:8.
Puede establecerse el significado general de “hacer público, propagar” (véase Ex. 23:1).
8 El mandamiento de acordarse del día de reposo muestra que la ley del día de
reposo era previa al episodio del Sinaí. Según Génesis 2:1–3, es una orden que tiene
origen en la creación (véase J. Murray, Principles of Conduct [Principios de conducta],
Tyndale, 1957, pp. 30–35, 43) y en Éxodo 16 fue la primera norma impuesta en cuanto
el pueblo quedó libre. Sin duda, asumimos que durante los años de esclavitud (cuando
se supone que los israelitas no tenían la libertad de estructurar sus vidas como
quisieran) el día de reposo permaneció en su memoria. La gran afirmación oficial de
Éxodo 20:11 se remonta a la creación, donde encontramos los fundamentos del día de
reposo, mientras que Deuteronomio 5:15, que se dirige a aquellos que mediante el
éxodo volvieron a tener la libertad de estructurar sus propias vidas, comprensiblemente
lo relaciona con la redención. Éxodo hace de la ley del día de reposo una obligación
perpetua de los humanos en cuanto a humanos; Deuteronomio lo vincula,
particularmente, con aquellos que se refugian bajo la sangre del cordero.
Descubrimientos recientes sugieren que sólo Israel guardaba el día de reposo (véase
Currid, Cassuto), pues ninguna otra nación contaba los días en conjuntos de siete sin
hacer referencias a la luna, al sol o a otro ciclo astral. En Babilonia, por ejemplo, los días
primero, séptimo, decimoquinto y vigésimo octavo tenían una importancia religiosa
especial. En cambio, para Israel, el día de reposo era el séptimo día, sin importar dónde
caía (véase Kaiser).
13 √rāṣaḥ (“matar”) es usado más de cuarenta veces en el Antiguo Testamento,
siempre referido a la muerte de un ser humano y, normalmente, con relación a un
179
homicidio que de alguna forma implica un proceso legal. Es usado en Proverbios 22:13
para referirse a la muerte de una persona en las garras de un león, pero su uso más
común es el del homicidio, tanto premeditado (p. ej. Nm. 35:30) como, sobre todo, no
premeditado (p. ej. Dt. 4:42). Nunca es usado para la muerte en una guerra. Véase J.
Stamm, The Ten Commandments in Recent Research [Los Diez Mandamientos en
estudios recientes], SCM, 1967, p. 99; E. Nielsen, The Ten commandments in New
Perspective [Los Diez Mandamientos bajo una nueva perspectiva], SCM, 1968, p. 111.
14 √nā’ap es usado seis veces citando de forma obvia este mandamiento (p. ej. Jer.
7:9); ocho veces sin especificar si los implicados están casados o no (p. ej. Pr. 30:20; Os.
7:4); dieciocho veces en referencia a una ofensa dentro del matrimonio (p. ej. Lv.
20:10); y una vez con una posible referencia a una relación no matrimonial (Is. 57:3). La
otra palabra para designar una acción sexual inapropiada es √zānâ, que también puede
usarse para referirse a la mala conducta sexual en general, sin ser necesariamente a
cambio de dinero. Sin embargo, si lo observamos en un sentido amplio, √nā’ap es
usado en aquellos casos en que se rompe el pacto matrimonial y √zānâ es usado para
referirse al sexo por dinero y ambas palabras son usadas metafóricamente en
referencia a la infidelidad religiosa (p. ej. Jer. 3:8–9; Ex. 34:15–16). Durham subraya que
“en todo el Próximo Oriente antiguo, el adulterio era un crimen contra las personas; en
cambio, en Israel, era, en primer lugar, y especialmente, un crimen contra Jehová”.
Véase Kaiser, Ethics [Ética], pp. 92–93.
15 Noth está bastante equivocado al encontrar una referencia exclusiva o, incluso,
principal, al secuestro con fines esclavistas. Napier observa, muy perspicazmente, que el
hecho de que el mandamiento encontrara su lugar en una comunidad
predominantemente pobre, en la que (por ejemplo) la pérdida de una prenda de vestir
dejaba a la persona indefensa frente al frío (Ex. 22:26), señala la gravedad del robo
como tal. Napier también afirma que el principio bíblico de que “Del Señor es la tierra”
(Sal. 24:1; cf. Lv. 25:23) hace que cualquier robo sea una violación de su propiedad.
Sobre el uso de √gānab véase p. ej., Génesis 31:30, 32; Josué 7:11; 2 Samuel 21:12;
Proverbios 9:17. Su significado básico es “llevarse (a alguien)” y Durham encuentra su
“connotación especial” en la idea de clandestinidad, aunque es posible que esto esté
limitando demasiado su significado a la luz de la mayoría de los ejemplos del Antiguo
Testamento.
16 ¿Podría haber algo más absurdo que la acusación de la Interpreter’s Bible de que
“es probable que en los primeros libros del Antiguo Testamento, mentir […] fuera
considerado una forma de arte”, basándose en que Labán era un experto? ¡Te lo
pregunto a tí! ¿Desde cuando es Labán una clave para entender la moralidad del
Antiguo Testamento? En Éxodo 20:16 (lit.) “un testimonio de falsedad” se utiliza el
término šeqer. Este es mucho más específico que el nombre general šāw’ (“sin valor”,
“vacío”, cf. v. 7, [lit.] “en vano”). Šeqer es “la mentira, falsedad”. La palabra traducida
por prójimo (rēa’) abarca desde el mejor amigo (p. ej. Ex. 33:11; Pr. 17:17), a otro
miembro de la misma comunidad (p. ej. Ex. 2:13; Pr. 6:29), un conocido (Ex. 11:2), un
vecino (p. ej. Dt. 13:14) o simplemente cualquier otra persona (p. ej. Dt. 4:42; Jue. 7:13).
Es evidente que el mandamiento se refiere a cada uno de estos grupos y nos ordena
180
actuar con integridad con respecto a cualquiera que nos encontremos en nuestro
camino.
17 En Éxodo se emplea √ḥāmad dos veces, mientras que en Deuteronomio 5:21[18]
se usa √’āwâ en la segunda ocasión. Durham observa muy correctamente que estos
verbos están demasiado cerca semánticamente como para poder distinguirlos con
claridad, pues ambos se refieren a “los anhelos subjetivos que no están permitidos”.
√ḥāmad es usado para designar un deseo alcanzable (Dt. 7:25), pecadores deleitándose
en su pecado (Pr. 1:22), idólatras deseando su adoración ilícita (Is. 1:29) y deseo sexual
(Pr. 6:25). El cambio de verbo en Deuteronomio es típico de las variaciones que
encontramos entre el Decálogo de Éxodo y el de Deuteronomio 5. Todas ellas pueden
explicarse si tomamos en serio la situación que Deuteronomio propone para el suyo: la
de Moisés predicando la ley a Israel cuando están a punto de entrar en Canaán y, por
tanto, introduciendo variaciones y poniendo énfasis en diferentes aspectos para que se
adaptara mejor a las nuevas circunstancias, lo que era algo natural para alguien que se
había convertido en un orador espléndido.
181
Estas son las ordenanzas [lit. “sentencias”] que pondrás delante de ellos (20:22; 21:1),
explicando seguidamente, con sumo detalle, el compromiso que exige. He aquí la
importancia de 20:22–23:19. El Señor toma en serio su ley; quiere que gobierne las
vidas mismas de su pueblo y quiere que la obediencia sea la base de su conducta en
todos los aspectos y actividades. Las palabras de Moisés en Deuteronomio 5:1 resumen
la situación en cuatro verbos: “oír”, “aprender”, “guardar” y “poner por obra”
(RVR1960). Pero la obediencia es imposible si no se tienen mandamientos que
obedecer y los principios generales como son los Diez Mandamientos exigen una
aplicación meditada a las realidades de la vida diaria, he aquí la necesidad de las
enseñanzas contenidas en 20:22–23:19.
182
El pueblo renunció al encuentro prometido con Dios, pero el Señor no se desvió de
su propósito de encontrarse con su pueblo y el altar, el lugar para los sacrificios, fue el
lugar que asignó para ello (tal y como pronto aprenderían perfectamente).
De este modo, Éxodo 20:22–26 surge naturalmente del giro radical en el curso de
los acontecimientos en 20:18–21, pero también tiene su lugar específico en el esquema
siguiente:
A1 Prólogo: el único Dios y el altar como el único lugar de adoración (20:22–26)
B1 La estructura de la familia: el cuidado de los sirvientes/esclavos (21:1–11)
C1 Acusaciones con pena de muerte: sociales (21:12–25)
D Las responsabilidades en cuanto a la propiedad y la familia
(21:26–22:17)
d1 Los animales (21:28–36)
d2 Las posesiones (22:1–15)
d3 La familia (22:16–17)
C2 Acusaciones con pena de muerte: religiosas (22:18–20)
B2 La estructura de las relaciones a la luz de la antigua servidumbre
(22:21–23:9)
2
A Epílogo: el único Dios y la estructura religiosa de la vida (23:10–19)
Notas
20:22–26 Aquí, como en el resto de la Biblia, la palabra de la gracia (el altar, Dios
encontrándose con su pueblo) precede a la palabra de la ley (las “ordenanzas” de
21:1–23:19).
21:1–11 El versículo 2 se refiere al siervo hebreo y Durham sugiere alguien que es
“menos que un ciudadano pero más que un esclavo”. ¿Qué es lo que entendemos por
un “esclavo”? En el Antiguo Testamento no existía la esclavitud en el sentido del
modelo caribeño. En el idioma hebreo no existe ninguna palabra para esclavitud, solo
para servidumbre, y para hacernos una idea de sus condiciones debemos observar que
la primera ley va dirigida a aquellos siervos que amaban a su señor y no querían ser
“libre” (vv. 2–6). Por esto encontramos un mejor modelo de ello en los aprendizajes
obligados por contrato y en la familia extensa. Aunque Génesis 17:12 diferencia el
siervo nativo (nacido en el hogar) del extranjero (comprado), ambos pasaban a ser
miembros de la familia extensa y de la comunidad del pacto mediante la circuncisión.
No cabe duda de que algunos cabezas de familia serían mejores amos que otros, pero
jamás se tuvo la intención de llevar a cabo lo que podríamos llamar “esclavitud” y, en
este pasaje, se prohíbe la servidumbre obligatoria y para toda la vida. Podríamos
preguntarnos perfectamente por qué el “Libro del pacto” empieza con los términos
precisos para los siervos y no parece haber otra respuesta que el hecho de que la
sensibilidad hacia aquellos que es más fácil que sean maltratados o ignorados es un
elemento que está siempre presente en la legislación mosaica y que tiene sus orígenes
183
en la revelación del Señor y en la propia experiencia de Israel en cuanto al cuidado
divino (Dt. 10:17–19). También debemos observar el quiasmo que tan a menudo forma
parte de las presentaciones del Antiguo Testamento y la forma en que B2 establece el
origen de todas las relaciones en la elección divina y el cuidado de los esclavos. En el
versículo 6, es posible que la ceremonia en que se horada la oreja esté relacionada con
esta parte del cuerpo por ser el órgano del oído y, por tanto, de la obediencia. La oreja
horadada era, por parte del dueño, una reclamación de obediencia y, por parte del
siervo, un compromiso a obedecer. Los versículos 7–11 se ocupan del hecho de que las
siervas no estaban protegidas por la circuncisión y que, por tanto, tenían que tomarse
las medidas necesarias para asegurar sus derechos.
Esta sección muestra el cuidado con el que se ha realizado la codificación de las
leyes. En el versículo 2, el tema principal es introducido con la palabra kî, lit. “cuando”, y
le siguen varios codicilos en los versículos 3 y 4, que empiezan con ‘mi (“si”), y un
codicilo de continuidad, wĕ’im, “pero si”, en el versículo 5. En el versículo 7 se nos
introduce con la palabra wĕkî (“y si”) otro tema relacionado con el primero y que es
matizado por varias cláusulas que empiezan con “si” en los versículos 8–11. Las leyes de
los versículos 12–17 tienen una construcción común de participio universal: el que en el
versículo 12 con participios de continuidad en los versículos 15–17. Los codicilos de
matización son introducidos por wa’ăšer (v. 13) y wĕkî (v. 14). La diferencia entre la
forma del participio y los codicilos podría apuntar a la gradual acumulación de leyes
civiles. El estudio sobre los temas y los codicilos puede continuarse hasta los versículos
18–37 y el capítulo 22. El pasaje 23:1–9 es un quiasmo sobre el tema del trato al
prójimo que es honorable y justo dentro y fuera de los tribunales:
A1 La integridad social y legal (23:1–2)
B1 No favorecer al pobre en su pleito (v. 3)
C La compasión triunfa sobre la hostilidad (vv. 4–5)
2
B No desfavorecer al pobre en su pleito (v. 6)
A2 La integridad social y legal (vv. 7–9)
21:12–27 El versículo 13 anticipa la provisión de las “ciudades de refugio” que, en
principio, Moisés ya debería conocer (Nm. 35:6, 13–18; Dt. 4:41–43; Jos. 20:1–9). Los
comentaristas informan que en las sociedades paganas el lugar santo o altar también
era un refugio, aunque 1 Reyes 1:50–53 y 2:28–35 muestran que este no era el caso de
Israel.
Los versículos 22–25 insisten en la determinación exacta y objetiva de los castigos.
Es posible que a un marido se le antojara reclamar una compensación excesiva y por
esto la ley insiste en la intervención de los jueces y continúa validando la gran ley del
talión (lex talionis), en la que el castigo equivale a la ofensa cometida tanto en forma
como en grado (cf. Lv. 24:20; Dt. 19:21). Esta ley es malinterpretada a menudo (como si
“ojo por ojo” fuera una expresión de la barbarie antigua), pero, de hecho, es una
demanda dramática y poética de que el castigo debería estar de acuerdo con el crimen,
ni ser más duro ni más leve. Cuando bajo la ley inglesa se ahorcaba a alguien por haber
184
robado una oveja, no era porque se estaba aplicando el principio de “ojo por ojo”, sino
porque este había sido olvidado. Hoy en día, el gran principio de equidad es violado
muy a menudo a causa de una indulgencia equivocada. Ciertamente, la ley del talión es
una ley para los tribunales, no para la venganza personal y el Señor Jesús la recuperó de
esta aplicación falsa (Mt. 5:38–42). Cf. J. A. Motyer, Law and Life [La ley y la vida],
Lawyers’ Christian Fellowship, 1978, pp. 12–13. La referencia a la ley del talión en este
contexto muestra que sus términos eran ilustrativos y no normativos. Durham, muy
correctamente, está de acuerdo en llamarla “un avance importante en la historia de la
jurisprudencia”.
21:28–36 El versículo 30 provee ejemplos seculares de dos palabras que
desempeñan un papel muy importante en la teología de la redención. La palabra precio
(o “pago” en la NVI) traduce kōper, y redención aquí es pidyôn. La primera deriva de
√kāpar (p. ej. Lv. 17:11), y la segunda, de √pādâ (p. ej. Ex. 13:13–15). Kōper es el precio
(aquí monetario) impuesto para “cubrir” la ofensa y pidyôn, el pago en sí que lo liquida
(cf. Sal. 49:8–9[9–10]).
22:1–15 El versículo 8 es (lit.) “se presentará ante el Dios [es decir, Dios mismo]” y
es posible que se refiera a buscar un oráculo divino que resolvería el asunto, pero en el
versículo 11 se habla de un juramento decisivo delante del Señor y es posible que este
también sea el significado del versículo 8.
22:18–20 Según Durham, la prohibición del sexo con animales, del versículo 19, está
aquí “no sólo porque era una aberración sexual (cf. Lv. 18:23; 20:16; Dt. 27:21), sino por
su asociación con los cultos a los animales y la adoración a la fertilidad”.
22:21–23:9 Esta sección se centra en los tres objetivos básicos de la ley israelita:
vivir a la luz de la gracia que nos salva (22:21; 23:9), vivir a la luz de lo que el Señor es
(22:22–25) y vivir en santidad (22:29–31). Los “deberes generales hacia Dios” van
precedidos por ocho versículos sobre el cuidado a los desfavorecidos y seguido de
nueve versículos sobre la atención a lo que es verdadero y correcto. Los versículos
21–24 ponen en práctica la ley del talión a escala nacional, ya que a una nación que no
se preocupa de los desfavorecidos no le será permitido sobrevivir. Provocar la ira divina
puede acarrear consecuencias nacionales. Es posible que los préstamos a otros
creyentes sean préstamos seguros (v. 26), pero jamás deberán ser en beneficio propio
(v. 25). En el versículo 28, la palabra “blasfemar”, en la NVI, es quizás demasiado fuerte
y específica, por lo que sería mejor algo como “infravalorar”, “quitar importancia” o
“tratar de forma trivial”. “Maldecir” (√’ārar) es siempre usado para una palabra
malintencionada, con el propósito de herir a alguien.
Los versículos 29–31 pueden entenderse como una respuesta al espíritu que dice
“Dios no importa”. Desde los pagos más insignificantes (las ofrendas) hasta los más
importantes (el primogénito; cf. 13:2, 12–15), desde el gran llamamiento a la santidad
hasta el asunto aburrido de la pureza de los alimentos, todo importa. Dios es honrado
mediante nuestra obediencia esmerada.
Debemos notar aquí el paralelismo en 23:4–5 entre tu enemigo (alguien a quien
tratas con hostilidad) y uno que te aborrece (alguien que te trata con hostilidad).
También existe otro paralelismo entre (lit.) “en ausencia de tu enemigo” (v. 4) y en su
185
presencia (v. 5).
23:10–19 Algunos comentaristas sugieren que las tres fiestas de peregrinación (vv.
14–17) fueron tomadas, muy probablemente, de los cananeos después de la conquista.
Pero esta es una hipótesis innecesaria. Moisés estaba comunicando las leyes con
Canaán en mente, no el desierto, ya que los pueblos de la antigüedad no vivían en
compartimientos incomunicados. Moisés era perfectamente capaz de entender lo que
significaría asentarse en un lugar concreto y fue mediante Moisés que “el Señor, en su
gracia, utilizó el año agrícola con su ritmo natural para animar al pueblo en la alabanza
de su nombre” (R. L. Harris, Numbers [Números], EBC, vol. 2, p. 952). Sobre la fiesta de
los panes sin levadura (la pascua) (v. 15) cf. 12:3–20; Levítico 23:5–6; Deuteronomio
16:1–8; sobre la de la siega (v. 16) cf. 34:22; Levítico 23:16; Números 28:26; y sobre la
de la cosecha (v. 16) cf. 34:22; Levítico 23:34; Números 29:12; Deuteronomio 16:13.
Los versículos 18–19 contienen las medidas cautelares principales con las que se
regularía la práctica de estas fiestas. El versículo 18 está relacionado especialmente con
la de la pascua, 19a, con la de la siega y, el versículo 19b, si cabrito (gĕdî) es lo mismo
que gĕdî-’izzîm podría estar refiriéndose al śĕ’îr-’izzîm escogido para los tabernáculos
(Nm. 29:16, “macho cabrío”). Entonces, si cocer el cabrito en la leche de su madre era
un rito de fertilidad cananeo (tal y como se sugiere a menudo, cf. Kaiser, Cassuto), sería
apropiado anunciar esta prohibición como una instrucción específica para la tercera
fiesta de peregrinación.
4. La devoción y el deber
Toda la Palabra de Dios es preciosa y tiene su propio significado pero, en el pasaje
que nos ocupa, el mensaje del conjunto es tan importante como el de las diferentes
partes individuales y nos da unas lecciones claras y generales.
186
lugar, está la revelación celestial comunicada por el Señor mismo, la palabra certera de
Dios (20:22), a la que respondemos comprometiéndonos al conocimiento y a la
devoción del único y verdadero Dios (20:23; cf. 23:13). La religión que surge de ello se
centra en el altar, el lugar del derramamiento de sangre (20:24; cf. He. 13:10–13). El
lugar de expiación tiene que ser el punto de encuentro, el centro de la realidad
religiosa. El paralelismo entre las palabras de los versículos 24 y 23 hace que las
instrucciones para el altar sean muy contundentes, ya que se contrasta lo que el pueblo
no debe hacer (dioses de plata ni dioses de oro) con lo que sí deben hacer, un altar. Es
una religión a la que no hemos contribuido en nada, sino que es dirigida y establecida
por Dios mismo y, por tanto, no ha entrado en contacto con el pecado (20:24–26). No
se trata de una religión de un pueblo en busca de Dios sino una en que Dios se ha
acercado a su pueblo, cuyo énfasis no está en lo que podamos hacer nosotros por Él,
sino en lo que Él hará por nosotros al bendecirnos (20:24). El altar es suyo, la ofrenda,
nuestra; Dios no necesita nuestras ofrendas como alimento (cf. Sal. 50:9–13), pero
nosotros las necesitamos por nuestros pecados.
187
de la vida de los que ha redimido y aspira a gobernarlos mediante su palabra revelada.
188
cf. 20:21 con 24:3a) y también completan las acciones del Señor al traer a su pueblo
bajo su pacto (24:1–11). Así como en 20:22–26 hay una palabra consoladora de gracia
antes de empezar con la enumeración de los términos de la obediencia de Israel
(21:1–23:19), estos pasajes traen un gran consuelo lleno de gracia para aquellos que
han escuchado lo que se espera de ellos.
Notas
21 El Sé prudente delante de él de la LBLA (NVI, “préstale atención”) es en hebreo
hissamer mippanaw. No hay ningún otro caso de mippĕnê que siga al niphal de √šāmar,
por lo que debe ser enfático: “cuidaos bien respecto a él/debido a su presencia”. La
presencia del ángel requiere sensibilidad (v. 21), su voz, obediencia (v. 22). En el
189
versículo 21, no perdonará debe ser considerado con cuidado, pues si el nombre del
Señor está en el ángel (es decir, que el ángel posee toda la naturaleza divina revelada)
entonces es (como Jehová) un Dios que perdona, aunque la gracia jamás debe
presuponerse. Cuando recibimos misericordia, siempre deberíamos hacerlo con
sorpresa y no tomarla jamás como una conclusión ya conocida de antemano (cf.
34:6–7).
24–26 Después del versículo 23 (lo que el Señor promete), estos versículos no son
“el otro lado del pacto” (como en nuestras promesas recíprocas) sino que son una
imposición unilateral e incondicional de los términos de nuestra propia obediencia.
Debemos notar que en el versículo 24 todos los verbos están en la segunda persona del
singular, lo que indica que la acción colectiva de la comunidad requiere la obediencia
intencionada de cada persona.
27 Terror es ‘êmâ, una palabra muy contundente que significa “miedo aterrador” (p.
ej. Gn. 15:12; Job 39:20; 41:14).
28–31 Avispas (v. 28) es una traducción dudosa de ṣir’â. Sólo aparece otras dos
veces en el resto de la Biblia (Dt. 7:20; Jos. 24:12), con el mismo significado en ambos.
Durham (sin dar ningún comentario al respecto) sugiere “una mezcla de pánico y
terror” y Kaiser (sin ofrecer ninguna elaboración o evidencia, aunque cf. “mosca” en Is.
7:18), “desánimo”, aunque también sostiene que el uso del término “avispa” podría ser
un símbolo de Egipto, ya que la abeja aparece en el escudo faraónico (Cole). Davis hace
mención al “pánico sobrenatural” que acompaña a la “guerra santa” de Josué 10:10.
29 El Señor armoniza el cumplimiento de sus promesas con su preocupación por
toda la creación (v. 29) y con la capacidad de su pueblo de disfrutar (v. 30), pero
siempre hará lo que ha prometido (v. 31a) y su pueblo accederá a lo que ha prometido
a través de la obediencia (v. 31b).
32 Debemos observar que con ellos y con sus dioses se refiere a la diferencia social y
también religiosa. Con es lĕ, que en la terminología del pacto significa un pacto “a favor
de”, “otorgar beneficios a”.
El beneficio de un análisis como este es que al repasar cada elemento estamos
obligados a prestar atención a los detalles de la Biblia y, de esta forma, a meditar en su
verdad y en los diferentes énfasis. En 23:20–33 tenemos una afirmación clásica de la
situación fundamental que se crea con el pacto: las promesas divinas absolutas (vv. 20,
33), la obediencia como acceso a lo que ha sido prometido (vv. 22–23), la obediencia
como un requisito absoluto (vv. 24–26), lo que es prometido de forma incondicional es
recibido de forma condicional (v. 27) y la libertad soberana del Señor al decidir cómo
van a cumplirse sus promesas (vv. 28–30), a pesar de que el cumplimiento final ya está
garantizado (v. 31).
190
con lo que va antes de los versículos 1–2 que estos mismos, es totalmente innecesario.
Es muy improbable que Dios permitiese que Moisés se fuera de su presencia sin ningún
tipo de instrucción sobre lo que iba a suceder justo después. En todo caso, 24:1–11 tal y
como lo hemos recibido es un buen epílogo para el prólogo del capítulo 19 y puede
exponerse de la siguiente manera:
A1 Moisés, Aarón, Nadab, Abiú y setenta ancianos deben acercarse (24:1–2)
B1 La revelación y la respuesta: la promesa de la obediencia (v. 3)
C La formalización del pacto (vv. 4–6)
c1 Las palabras escritas (v. 4a)
c2 La relación permanente entre Jehová e Israel es simbolizada
mediante el altar y las columnas (v. 4b)
3
c La base del pacto: el holocausto (vv. 5–6)
2
B La lectura y la respuesta: la promesa de la obediencia (vv. 7–8)
A2 Moisés, Aarón, Nadab, Abiú y los setenta ancianos deben acercarse (vv. 9–11)
A diferencia de la respuesta entusiasmada pero sin conocimientos de 19:7–8, aquí
está expuesta toda la revelación mosaica, del Sinaí y Éxodo del Señor (vv. 4, 7), tanto las
reglas básicas (20:2–17) como su aplicación habitual (20:22–23:19). Por un lado, los
sacrificios formalizaron el pacto por parte del Señor (v. 5) y, por otro lado, la respuesta
meditada del pueblo fue su aceptación personal de todo lo que el Señor había dicho y
hecho (v. 7).
Aquí hay algunas cosas que no sabemos o de las que no podemos estar
completamente seguros. Por ejemplo, no aparece en ninguna parte que Dios
describiera u ordenase este ritual del pacto, entonces ¿de dónde salió? Es cierto que
Moisés habría sabido, a partir de la experiencia de Abram, que el pacto del Señor es
inaugurado con el sacrificio (Gn. 15) y también es probable que, así como en Génesis
15:9, el Señor especificara los animales que se necesitaban, aunque, por lo visto, Abram
no necesitó ninguna instrucción acerca de qué hacer con ellos. Por esto podemos
suponer que Moisés ya conocía la forma básica de la inauguración del pacto. Una vez
más, no sabemos quiénes eran los jóvenes de los hijos de Israel de 24:5, pero podemos
suponer que eran los primogénitos, destinados ya desde este momento a ser los
sacerdotes de Israel (cf. 13:2). Del mismo modo, no sabemos exactamente qué contenía
el “Libro del pacto”, pero no hay duda de que deberíamos asumir, lo que es
perfectamente razonable, que se trataba de un documento en el que había la
exposición directa del Señor sobre los Diez Mandamientos y sus instrucciones reveladas
a través de Moisés en 20:22–23:19.
7. Un símbolo inconfundible
Sin embargo, el significado del altar y de los pilares del versículo 4 es bien claro. El
Señor se había preocupado de acercar a su pueblo a sí mismo (6:6–7) y lo había hecho
(19:4). Ahora esta relación básica se había, por así decirlo, “concretizado”, y se
191
construyó un altar de piedra para representar al Señor rodeado de las doce tribus de
Israel que había sido sacado de Egipto, protegido de su ira sentenciosa por la sangre del
cordero y que ahora estaba establecido de forma inamovible a su alrededor. La sangre
del cordero, la sangre de la propiciación, era solamente la “conciliación” de la ira de
Dios. La base sacrificial de la inauguración del pacto estaba ahora completada por otras
dos categorías importantes del sacrificio: el holocausto, que simboliza el hecho de darle
a Dios absolutamente todo (cf. Gn. 22:2, 12) y la ofrenda de paz, que simboliza la
comunión con Dios.
La primera función de la sangre es hacia Dios, tal y como queda expresado al rociar
Moisés la mitad de la sangre sobre el altar (v. 6). Así es como debe ser. Lo más
importante es que Dios esté satisfecho, pues es su justa ira venidera lo que constituye
nuestro peligro y es por su misericordia que ha hecho posible que mediante la muerte
sustitutoria (concentrada en la sangre derramada y simbolizada por ella) aquellos que
están en peligro debido a su ira son aceptados en su presencia y en su comunidad. Sin
embargo, el pueblo, seguidamente, debe constatar la realidad simbolizada por su
holocausto y preguntarse a sí mismo si realmente está comprometido a seguir el
camino de Dios, sin retener nada, tal y como queda representado en la consumación
del holocausto sobre el altar. Así que escucharon la ley de Dios y ellos la aceptaron:
Todo lo que el Señor ha dicho haremos y obedeceremos (v. 7), por lo que serían
totalmente el pueblo de la palabra revelada. No obstante, y esto es sumamente
importante, inmediatamente después de haber aceptado este enorme compromiso se
les roció con la sangre derramada para representar la misericordia que les cubría (v. 8).
Se habían comprometido a la obediencia, esta era su principal preocupación, pero Dios
sabe que las mejores intenciones se quedan cortas constantemente y proveyó con la
sangre del sacrificio para que solventara todos los errores que nos alejan del camino
revelado del Señor.
192
en que tanto la idea misma de tener un tabernáculo como el diseño detallado con el
que fue construido salieron del Señor.2 Aunque sólo fuera por esto, ya podríamos decir
que no puede existir ningún detalle del tabernáculo carente de significado, aunque no
hace falta o, incluso, no deberíamos ir más allá de estas lecciones principales que sacan
a la luz las verdades que otros pasajes de las Escrituras enseñan de forma clara. William
Tyndale tenía razón al afirmar, con su familiar franqueza, que una verdad que
procediera sólo de un “tipo” y que no fuera confirmada por una enseñanza clara ¡es tan
útil como “el cuento de la lechera”!
193
santuario es, normalmente, un lugar donde refugiarse. Sin embargo, este no es su
significado en el Antiguo Testamento. Este término deriva del verbo qādēš (“ser santo”)
y significa “un lugar donde mora la santidad” y especifica el tabernáculo como el lugar
donde el Señor, en su santidad, es decir, en la realidad total de la gloria de su
naturaleza santa, vendría a reposar en medio de su pueblo.
Cuando hablamos habitualmente de los edificios de nuestras iglesias como “la casa
del Señor”, nos estamos refiriendo a un lugar al que vamos para estar con Él; en la
Biblia, el tabernáculo (y, más tarde, el templo o “casa”) es donde el Señor viene a estar
con nosotros.
Todo esto queda resumido en Éxodo 29:42b–46. La tienda de reunión es donde el
Señor se encuentra con Israel (vv. 42b–43) y habla con él (v. 42b). Será un lugar
santificado porque su gloria está allí (vv. 43–44) y es donde el Señor morará (√šākan)
entre los hijos de Israel (v. 45), cumpliendo así la promesa del pacto de ser su Dios (Gn.
17:7; Ex. 6:7). No obstante, el tabernáculo también resume todo el propósito divino de
la redención: sacó a Israel de Egipto “para morar (√šākan) en medio de ellos” (29:46).
La consumación de la obra de redención es el Señor morando en medio de su pueblo,
una verdad que llega a su total cumplimiento en Cristo. En 1 Corintios 3:10–17, Pablo
enseña que los cristianos, reunidos y edificados sobre el único fundamento que es
Jesucristo, son, en su colectividad, “el templo de Dios” y que “el Espíritu de Dios habita”
en ellos (v. 16) mientras que en Efesios 2:11–22 afirma que los ciudadanos universales
en Cristo, están en paz los unos con los otros y con Dios están edificados sobre el
fundamento de los apóstoles y los profetas para llegar a ser la “morada de Dios en el
Espíritu” (v. 22).
194
C3 El funcionamiento del tabernáculo (30:11–38)
B2 Los trabajadores para el tabernáculo, según la instrucción divina (31:1–17)
A2 El recibimiento de las tablas de la ley (31:18)
Notas
24:12–18 Este quinto ascenso es contado mediante siete “palabras” separadas:
25:1; 30:11, 17, 22, 34; 31:1, 12 y no cabe duda de que es a partir de la segunda palabra
que fácilmente nos podemos imaginar las preguntas de Moisés que provocaron las
respuestas divinas.
25:1–9 El Señor se propuso vivir en medio de su pueblo pero primero quiso ver qué
le daban como respuesta, lo que proveería para los materiales de la tienda. La
repetición de las bendiciones del Sinaí (19:17–18) depende de la voluntad de los
corazones (v. 2), la ofrenda costosa (vv. 3–7) y la obediencia cuidadosa (v. 9). Siglos
después, una situación muy parecida dio lugar al mensaje de Hageo: la negligencia del
pueblo respecto a la casa del Señor demostraba una actitud indiferente sobre si el
Señor estaba entre ellos o no: su presencia aún estaba “esperando” la obediencia.
Véase J. A. Motyer, “Hageo”, en T. McComiskey, The Minor Prophets [Los profetas
menores], vol. 3, Baker, 1998. Es probable que todos los materiales especificados para
el tabernáculo estuvieran en manos de Israel como consecuencia de lo que habían
pedido a los egipcios (12:35) y gracias a la “gran cantidad de ganado” (12:38) que ellos
mismos poseían.
El santuario (v. 8) se refiere a todo el complejo que iba a ser descrito y no
únicamente a la parte posteriormente descrita como el Lugar Santísimo.
25:10–22 La construcción del arca, la mesa y el candelabro (vv. 10–40) precede a la
construcción de la tienda que los contendría. Cassuto (p. 328) afirma que “el
tabernáculo […] les sirve a ellos. Ellos no sirven al tabernáculo”.
En 25:17, un propiciatorio es kappōret y está formado de la misma manera que
pārōket (“velo”, p. ej., 26:31), que proviene del verbo √pārak, “cerrar”, por lo que
pārōket expresa más la idea de “cierre” que la “cosa” que lo hace, es decir, el velo. Por
tanto, kappōret es “lo que expía”, la expresión activa de lo que sucede, y procede de
√kāpar, que en el tiempo simple activo (qal) significa “cubrir por encima de” (p. ej. Gn.
6:14, “calafatear”). El intensivo (piel) kipper deriva del uso técnico y religioso del
sustantivo kōper para designar el precio pagado para “cubrir” una ofensa y significa
“pagar ese precio, expiar”. Durham (p. 359) lo llama “un término primordial del Antiguo
Testamento para la propiciación”. El sólido propiciatorio de oro era tanto la “cubierta”
del arca como el lugar donde se rociaba la sangre expiatoria (Lv. 16:14). El arca contenía
la ley del Señor; el kappōret era una “cubierta” concreta y cuando se identificaba con la
sangre expiatoria (el precio pagado respecto al pecado) se llevaba a cabo una
“cobertura-pago-expiación” exacta. Cf. el uso de √kāpar en Levítico 17:11 y véase J. A.
Motyer, Look to the Rock [Espera en la roca], pp. 51–53.
Para otras apariciones de querubín véase Génesis 2:24; Éxodo 25:22; Números 7:89;
195
1 Samuel 4:4; Salmos 99:1; Ezequiel 9:3.
El testimonio (21, ‘ēdût) es aquel que testifica a Dios y sus exigencias y se utiliza para
hablar de la ley como “testimonio” del Señor a sí mismo. Proviene del verbo √’ûd, que
significa “atestiguar, ser testigo a favor o en contra”. El arca, el propiciatorio y el
testimonio son una sola unidad. El trono del Señor descansa sobre el fundamento de la
correspondencia y la reciprocidad exactas entre la ley y la expiación. Aquí es donde Dios
se encuentra con su pueblo y le habla.
25:23–30 Durham (p. 362) dice que la mesa era “un símbolo especial de la presencia
de Jehová en medio de su pueblo […] su generosidad en la cercanía. Toda idea de que
se tenía que proveer el alimento a Jehová queda excluida de esta provisión y de las
ofrendas de los sacrificios […] Tal pensamiento no existía en Israel”. El pan era para los
sacerdotes y el Señor es el que les provee. “Él está aquí, como alguien que da el
sustento”.
25:31–40 El fuego, el oro y todo aquello que brilla simbolizan la presencia del Señor
(véase 27:20–21; 30:7–8; 40:4; Lv. 24:3; Nm. 8:4; 1 S. 3:3). El primer deber de los
sacerdotes era tener cuidado del candelabro. Gooding (Cómo enseñar el tabernáculo,
Everyday Publications Inc., p. 32 del original en inglés) sostiene que “fue hecho de
forma que se pareciera a un árbol vivo […] [con] brotes, flores y almendras […] las tres
etapas de la vida”, el árbol de la vida. Moberly (p. 11) ve el candelabro como una
representación estilizada de la zarza ardiente. Sobre el almendro cf. Jeremías 1:11.
Durham lo llama “el árbol […] que promete la vida”.
26:1–37 Sobre 26:15, Cassuto (p. 354) comenta que la madera de acacia era
abundante en el desierto del Sinaí. Los comentaristas no se ponen de acuerdo sobre si
tablas es la traducción correcta para qĕrašîm. Gooding (Account [Relato], p. 15)
defiende la idea de “un tipo de armazón”, lo que permitiría ver a través del marco de
oro la belleza de las cortinas bordadas.
En los versículos 32–33 nos damos cuenta de que, aunque todos los detalles del
tabernáculo fueron revelados a Moisés, no todos se nos explican a nosotros. ¿Cómo se
colgaba el velo sobre las cuatro columnas? ¿Dónde estaban los ganchos y con qué se
sujetaban los broches? Quizás deberíamos pensar en unos huecos en forma de “v” en la
parte superior de las columnas y que sostenían un travesaño del que colgaba el velo
(ciertamente es difícil imaginar cómo se habría podido lograr todo esto sin algún tipo de
planificación previa). Sin embargo, no se nos dice nada sobre ello. El espacio entre las
columnas implica que el arca tenía que estar en aquel lugar antes de que estas se
levantaran (véase 40:20–21). ¿O quizás el velo colgaba de una línea de ganchos o
broches que sujetaban las cortinas que hacían de techo? Lo mismo sucede con la
cortina de la entrada (v. 36). En 36:37–38, se nos dice que las columnas de la entrada
eran encajadas con molduras (NVI, “empalmes”) de oro, que a lo mejor eran unas
abrazaderas o barras de enlace entre las columnas y entre las columnas del final y los
puntales del tabernáculo. Sin estos soportes, el peso de las cortinas hubiera hecho que
las paredes se cayeran hacia dentro. Gooding (Account [Relato], p. 15, sobre 27:10)
afirma que “no está claro si el texto hebreo habla de una banda ornamental alrededor
de las columnas […] o si se trata de una barra de conexión[…] entre las columnas”.
196
27:1–19 Las especificaciones que se dan aquí sobre el altar (vv. 1–8) hacen que
todas las reconstrucciones sean hipotéticas. Sus cuernos (v. 2) no son descritos en
ninguna parte del Antiguo Testamento (véase 29:12; Lv. 4:18; 1 R. 2:28–34). En el
versículo 3, los garfios es una traducción especulativa de mizlĕgôtaw (cf. la palabra
emparentada mazlēg en 1 S. 2:13).
La posición y el uso del enrejado en los versículos 4–5 son inciertos. ¿Estaba este
enrejado dentro, para que las cenizas pasaran por ella o se trataba de algún escalón
calado desde donde los sacerdotes oficiaban las fiestas? Gooding (p. 18) afirma que “es
prácticamente seguro que no se trataba de un salvachispas”.
Los intentos de reconstrucción del atrio sólo puede ser conjetural. No se nos dice
qué madera se usó, cómo se colgaban las cortinas, ni dónde exactamente se ubicaron la
tienda y el altar. En el versículo 19 se mencionan las estacas pero no para qué se
usaban, y en 35:18 hay una referencia a las “cuerdas”.
27:20–30:10 En este punto, la dirección del relato da un giro de 180º. Hasta ahora la
dirección ha sido desde dentro hacia afuera y la señal suprema de la presencia del
Señor ha sido el arca (cf. 25:22 y el contundente “allí”). A medida que el relato ha ido
avanzando, este ha pasado de centrarse en el Lugar Santísimo al Lugar Santo, con la
mesa y el candelabro y, más tarde, al atrio, al altar de bronce y las cortinas que
encierran todo el recinto. Sin embargo, ahora la dirección cambia a ser desde fuera
hacia adentro. Ya no se trata de Dios saliendo, sino del pueblo entrando y accediendo a
la presencia de Dios, es decir, de los sacerdotes y sus tareas esenciales (véase Dennett,
pp. 279–280). El punto que hemos alcanzado en 27:19 es que Dios ha venido para estar
en medio de su pueblo y ahora la cuestión es la forma en la que su pueblo debe
acercarse a Él.
27:20–21 A pesar del “cambio de dirección” señalado arriba, a primera vista nos
puede sorprender el cuidado con el que se trata aquí la lámpara y el altar de oro
(30:1–10). El vínculo creado entre estas dos actividades (30:7) hace hincapié en que
forman una inclusio intencionada para las descripciones del sacerdocio (28:1–29:46). En
otras palabras, no fueron pasajes insertados de forma casual o añadidos
posteriormente (cf. Durham, p. 400) sino que han sido introducidos con el propósito de
hacer notar que: el sacerdocio implicaba muchos deberes, que cubrían muchas áreas
tanto de la religión como de la vida. Pero ¿de qué trataba realmente el sacerdocio? Los
pasajes que forman la inclusio nos dan la respuesta. El sacerdote tenía que entrar y
permanecer en la luz plena de la presencia de Dios (27:20–21) y posibilitar el acceso al
Santísimo, trayendo el pueblo a Dios y manteniendo una relación intercesora con el
Señor (30:1–10; cf. 30:36 donde el incienso creado encuentra al Señor esperando a
“encontrarse contigo”). El cuidado tanto de la luz como del incienso son tareas
específicas de los sacerdotes y, por tanto, pertenecen a Aarón y a sus hijos (27:21;
30:7–10). El privilegio de los sacerdotes es el hecho de tener acceso y su
responsabilidad es la mediación (cf. He. 7:24–25; 9:24; 10:19–22).
28 Los sacerdotes y sus vestiduras:
A1 La familia sacerdotal. El significado y la importancia de las vestiduras (28:1–4)
197
B Las vestiduras (vv. 5–38)
El efod (vv. 5–14)
El pectoral (vv. 15–30)
El manto del efod (vv. 31–35)
La lámina de oro puro (vv. 36–38)
2
A El significado y la importancia de las vestiduras. La familia sacerdotal (vv. 39–43)
El versículo 1 hace hincapié en el papel clave de Moisés: (lit.) “Y en cuanto a ti/por
tu parte debes acercar a ti” (cf. Lv. 8:2). La acción de Moisés es subrayada porque el
sacerdocio era por llamamiento divino en vez de por votación popular. En Éxodo, las
vestimentas, muy apropiadamente, vienen antes que las personas en el capítulo 29,
pues representan el sacerdocio en su realidad ideal (es decir, la santidad, v. 36) que ni
Aarón ni sus hijos jamás podrían personificar (cf. He. 5:1–3; 7:26–28; 9:7).
Respecto al efod como una prenda del sacerdote, véase 1 Samuel 2:18; 22:18; 2
Samuel 6:14. “El” efod es mencionado en 1 Samuel 21:9 y es usado en la adivinación en
1 Samuel 23:9–11; 30:7–8; cf. Nehemías 7:65. ¿El oro del versículo 6 quiere decir “tela
de oro”? Es posible que el efod fuera algo así como la parte delantera y trasera de un
chaleco unidas por los broches enjoyados (v. 12), ¿o quizás se trataba más de un
caftán? El término “oro” (como siempre) habla de la presencia, la dignidad y la pureza
del Señor. En cuanto a las piedras sobre el pectoral (vv. 17–20), no podemos más que
conjeturar acerca de su naturaleza. Cassuto (p. 375) recuerda que son las piedras
preciosas que había en el Edén (Ez. 28:13) cuando “el hombre [era] libre de todo
pecado”. El versículo 30 es una bella imagen del sumo sacerdote que lleva a su pueblo
sobre su corazón, además de llevar la carga de ellos sobre sus hombros (v. 12) (sobre el
“Urim” y el “Tumim” véase NBD). Sin embargo, ¿qué significa (lit.) “Aarón llevará su
juicio mišpāṭ”? La frase nāśā’ mišpāṭ no aparece en ningún otro lugar. La LBLA ofrece un
posible significado, aunque también podría tratarse de que en las vestiduras del sumo
sacerdote estaba representado lo que el Señor pensaba de su pueblo, su “decisión”
respecto a ellos, que ellos eran sus joyas, preciosos para Él (cf. Mal. 3:17). El manto del
efod quedaba bajo el efod mismo y pareciera ser algo así como un poncho o sobrepelliz.
En el versículo 32, cota de malla y, en otras versiones, “coselete”, “chaleco” son todas
traducciones inciertas de taḥrā’. Lámina (v. 36) traduce ṣîṣ, que procede del verbo
“florecer, brillar” y puede estar sugiriendo una pieza “pulida” o “brillante” de oro. La
lámina muestra el papel que desempeña el sumo sacerdote en la mente y el propósito
de Dios (He. 4:14; 7:26–28). En el versículo 38, esta santidad va unida al pecado, de
acuerdo con el principio bíblico de que sólo el que no tiene pecado puede llevar los
pecados de otro. Aquí, la “santidad” del sumo sacerdote suple todas las deficiencias del
pueblo que, inevitablemente, fracasa incluso en sus más esforzados intentos de ofrecer
un sacrificio aceptable a Dios. Todo lo que es insuficiente en la devoción de Israel es
puesto a la puerta del sacerdote y se convierte en su responsabilidad. El versículo 42
presenta la habitual oposición bíblica respecto a la orientación sexual de los ritos
paganos que, a menudo, exigían que el oficiante estuviese desnudo. El énfasis en la
perpetuidad (v. 43) muestra la intensidad del rechazo al componente sexual en la
198
alabanza a Jehová, pues esta tiene que ser distinta, como Él es distinto; la naturaleza
divina dicta la adoración divina.
29:1–46 También ofrece una presentación coherente y equilibrada:
A1 Las ofrendas para la consagración de los sacerdotes (29:1–3)
B1 Su limpieza: el lavatorio simbólico (v. 4)
C1 Aarón y sus hijos toman posesión del sacerdocio (vv. 5–9)
D El ciclo completo de las ofrendas para Aarón y sus hijos (vv. 10–25)
La ofrenda por el pecado (vv. 10–14), el holocausto (vv. 15–18), la
ofrenda de paz (vv. 19–25)
2
C Aarón y sus hijos disfrutan de sus posesiones sacerdotales: la comida
santa y las vestiduras santas (vv. 26–34)
2
B Los siete días de consagración (vv. 35–37)
2
A Las ofrendas regulares (diarias) de los sacerdotes (vv. 38–46)
Debemos observar que la primera acción es el lavatorio (v. 4). Aarón tiene que ser la
anticipación de la pureza absoluta del sacerdote perfecto, sin mancha (cf. He. 9:14), así
como la vestimenta de Aarón (vv. 5–7) precede a su unción (v. 7): no es ungido para que
se convierta en un sacerdote, sino que lo es para que actúe en la persona que tipifican
las vestiduras. Hasta este momento no ha habido ningún sacrificio con sangre, sino que
Aarón es ungido sin que haya sangre por medio, ya que él es el “tipo” de Jesús, en
quien no hay pecado. El otro carnero (v. 19) también es llamado el carnero de la
consagración (vv. 26, 27, 31). El texto hebreo expresa la idea de la consagración como
“llenar las manos”, cf. versículo 9 (lit.) “llenarás las manos de”. Cuando, por ejemplo,
decimos de una madre con muchos hijos pequeños que “tiene las manos llenas”,
queremos decir que tiene “asuntos de sobra con los que estar ocupada”, y esta es la
idea bíblica detrás de la “consagración”, que es muy diferente de la “ordenación”, que
es la autorización de acceder a un cargo y que, en este pasaje, es un pensamiento, si
existente, secundario. La consagración, la absorción de una persona en el Señor y su
obra, es la idea principal. El hecho de poner la sangre del holocausto sobre la oreja, la
mano y el pulgar (v. 20) implica, respectivamente, tener que escuchar solo, actuar solo y
caminar solo para el Señor. Esta era la sangre del otro carnero y era una ofrenda de paz
o de comunión, por lo que podemos deducir que la oreja que escucha, la mano activa y
el “andar” dirigido marcan y acaparan totalmente la atención de aquellos que están en
paz con Dios. La atención dada a los siete días de las ofrendas por los pecados pone de
relieve la tensión entre la santidad de los sacerdotes representados y la pecaminosidad
de su verdadera condición humana y, por tanto, la necesidad de ser totalmente
conscientes de la limpieza exigida (cf. Lv. 8:33–35; Ez. 3:15). En el versículo 10, “poner
las manos sobre” es ‘al-kippurîm, del verbo √kāpar, véase p. 326 más arriba. Mientras
que en los versículos 1–3 las ofrendas eran para los sacerdotes, en 36–46 tenemos las
ofrendas diarias dadas por los sacerdotes. La alabanza diaria, tanto por la mañana como
por la tarde, era un holocausto (vv. 39, 42), en otras palabras, la preocupación principal
del Señor para su pueblo —y de su pueblo para el Señor— era una vida dedicada que lo
199
daba todo en consagración. Dennett (p. 310) observa muy apropiadamente que el
holocausto es “un emblema del sacrificio de Cristo […] su devoción hasta la muerte […]
su total obediencia […] el ‘sabor dulce’ [es] la aceptabilidad de su muerte para Dios”.
Las ofrendas que tenían que darse eran específicas (vv. 38–41) y se nos explica con
detalle cuál era su importancia (vv. 42–46): el lugar del sacrificio es donde el Señor se
encuentra con el pueblo y le habla (v. 42); morará en su tienda y será accesible para su
pueblo (v. 43); garantizará la eficacia de los medios de aproximación escogidos, el altar
y el sacerdocio (v. 44) y habitará en medio de su pueblo, cumpliendo así el propósito de
su redención (vv. 45–46). En el versículo 42, continuo cf. Levítico 6:8–13. En principio, el
holocausto estaba quemándose continuamente, noche y día.
30:1–10 El sacerdocio debía asegurar la perpetuidad de la luz más brillante y la
entrada de las oraciones. Durham (p. 400; cf. Cassuto, p. 389) dice que “no hay una
base sólida que explique por qué el uso del incienso y los altares no puede remontarse
a la época más temprana de la adoración de Israel sugerida por el Antiguo Testamento”.
El Señor viene a encontrarse con su pueblo (29:42) y se pone a sí mismo en disposición
para la oración. Mackintosh, p. 311, afirma: “En el altar de bronce tenemos a Cristo en
el valor de su sacrificio […] en el altar de oro, tenemos a Cristo en el valor de su
intercesión […] deben existir un altar de bronce y un sacerdote antes de que puedan
existir un altar de oro e incienso”. El Antiguo Testamento no explica explícitamente el
simbolismo del incienso, aunque podemos ver Salmos 141:2; Lucas 1:9–10; Apocalipsis
8:3–4. La idea de un perfume dulce normalmente se refiere a aquello que agrada y es
aceptable al Señor (Gn. 8:20–21; Lv. 1:9). Quemar incienso es la tercera de las acciones
sacerdotales especificadas, juntamente con el cuidado de las lámparas y los holocaustos
diarios.
30:11–38 Se acostumbra a pensar que esta pequeña sección consiste en enunciados
aleatorios y variados introducidos posteriormente, aunque teniendo en cuenta la
cuidada estructura que ha ido presentando todo el libro de Éxodo, esto parece
improbable. De los cuatro elementos que se mencionan aquí, es decir, la ofrenda del
rescate (vv. 11–16), la fuente para el lavatorio (vv. 17–21), el aceite de la unción (vv.
22–33) y el incienso (vv. 34–38), los tres últimos están para satisfacer las necesidades
de los sacerdotes en su puesto y trabajo, y no es difícil entender por qué aparecen en el
relato sobre el tabernáculo. La fuente era utilizada por los sacerdotes en caso de haber
cometido, accidentalmente, alguna profanación en sus acciones (las manos) o en su
“andar” por la vida (los pies), así como la sangre derramada de 29:10–21 aseguraba una
limpieza definitiva (cf. Jn. 13:10). Así, de la misma forma en que el lavatorio elimina
todo aquello que no es aceptable, el aceite de la unción otorga, de forma simbólica, la
gracia y todos los dones divinos para el trabajo (29:7); el incienso, por su parte, era el
elemento esencial de una de sus tareas principales. El aceite para las lámparas es
tratado en 27:20. Sin embargo, todo esto nos lleva a preguntarnos lo siguiente: ¿Para
quién estaba diseñado el tabernáculo y su ministerio? ¿Quiénes asistían los sacerdotes
que eran designados, ungidos y equipados? Para dar autoridad a los versículos 11–16, la
ofrenda del rescate, dirige la atención, comprensiblemente, hacia el lugar equivocado.
Los versículos no tratan en verdad de la ofrenda, sino de la gente que decidió darla. En
200
el versículo 13 (cf. 38:26) leemos acerca de (lit.) “cada uno pasando al grupo de los que
habían sido contados”. Imaginemos una cola de gente esperando para inscribirse en el
censo. Uno a uno van apuntando su nombre y se van convirtiendo en miembros
inscritos. Ramm (p. 172), afirma que “la forma en la que el pacto fue hecho personal […]
todos los israelitas […] queriendo ser contados”. Por lo que la promesa general de 24:7
se convirtió en un compromiso individual. Este fue un censo religioso, así como el
relatado en Números 1 (cf. v. 3) es militar. C. A. Coates sostiene que el medio siclo
“habla de los derechos de redención de Cristo” para aquellos que Él ha redimido, “con
el fin de que poseamos y respondamos a los derechos adquiridos [por Él] a través de la
redención […] Él se merece que estos derechos sean reconocidos”. La necesidad de una
“ofrenda del rescate” surge del riesgo no explicado que supone hacer un censo (12; cf.
2 S. 24:3).
31:1–17 El Espíritu de Dios (v. 3) nos da sabiduría, inteligencia y conocimiento. Según
Durham (p. 410), esta es “la combinación ideal del conocimiento teórico, la habilidad de
poder solucionar un problema y la capacidad de planificación”. Las palabras empleadas
son ḥokmâ, normalmente traducida por “sabiduría”, la habilidad de reconocer y
comprender la verdad y saber qué hacer respecto a ella; tĕbûnâ, “inteligencia”, la
habilidad de entender la idea clave de un tema en concreto y de resolver los problemas
inherentes; y da’at, “conocimiento y experiencia”. Sin embargo, no se deja espacio a
ninguna variación creativa de los planes que Jehová ha dado (vv. 6, 11). Los versículos
12–18 son un perfecto resumen de la importancia de la ley del día de reposo. Es una
señal (vv. 13, 17), ya que guardar el día de reposo demuestra que el Señor creó un
pueblo separado y distinto (13, os santifico) y que esta distinción (v. 17) se muestra a sí
misma al imitarlo a Él. El día de reposo es impuesto bajo el castigo de la excomunión (v.
14) y deberá ser celebrado de manera perpetua (v. 16). La característica distintiva del
día de reposo es el descanso (v. 15) y el hecho de repetir aquí su imposición es para
advertir a los trabajadores que las circunstancias no repercuten en la obligación de
guardarlo: puede que su trabajo sea sumamente santo, pero el día de reposo es aún
más santo. Este recordatorio va dirigido a todos, pues en este punto aún no se sabe
quién se inscribirá según los términos de 31:16. Los deberes excepcionales no permiten
ninguna excepción en cuanto a guardar el día de reposo.
201
entenderemos el tabernáculo correctamente a menos que lo veamos en el contexto de
la ley y jamás entenderemos la ley correctamente a menos que veamos el tabernáculo
como su elemento central.
En 24:7 (cf. 19:18; 20:19) todo el pueblo se comprometió a obedecer la palabra del
Señor, y en el censo de 30:11–16 cada hombre implícitamente contrae el mismo
compromiso. No deberíamos considerar la obediencia como nuestra parte en un trato
de igual a igual con el Señor, un quid pro quo, a pesar de que, a lo largo de toda la Biblia,
la obediencia desempeña un papel muy importante en la idea del pacto. No nos hace
entrar en el pacto del Señor, sino que constituye nuestra respuesta a su gracia
redentora y hace que podamos acceder a los beneficios de pertenecer al pacto. El Señor
no llevó a los que había redimido hasta Canaán por la ruta más directa, sino que los hizo
pasar por el Sinaí, con el fin de que oyeran su voz y recibieran su ley. Por esto la palabra
que había hablado (20:1) se convirtió en la palabra escrita (24:12) y fue depositada
dentro del arca en medio de aquellos que habían sido llamados a oír y obedecer
(25:16). Cuando vemos el patrón de los acontecimientos desde esta perspectiva, todo el
sistema del tabernáculo pasa a ser una elaboración del acto simbólico exclusivo del
rociamiento de la sangre (24:7–8): aquellos que fueron llamados a obedecer tenían en
el centro de su vida la accesibilidad de la gracia para cubrir los deslices en su vida de
obediencia.
202
limpieza que proveerían para todos los errores de la vida de obediencia a la que se
había comprometido el pueblo (cf. 1 Jn. 1:7).
203
de bronce que las aguantaban (36:38) y las columnas alrededor del atrio, incluyendo las
cuatro que sostenían la cortina de la entrada, de más de nueve metros, tenían las basas
de bronce (27:16–17). Una vez más, no hay duda del simbolismo detrás de esto, ya que
el gran altar situado en el atrio entre la entrada y la tienda estaba revestido de bronce,
y todas sus partes complementarias, utensilios y las varas que servían para
transportarlo también eran de bronce (27:1–8). Este altar era el lugar de los sacrificios
regulares (Lv. 1:5; 3:1–5; 4:7), los holocaustos diarios (Ex. 29:38–42) y el fuego
permanente (Lv. 6:9). Como hemos visto, el fuego es un símbolo de la santidad de Dios
en su hostilidad pura y sobrecogedora al pecado. Los pecadores pueden permanecer en
la presencia de Dios gracias a los sacrificios sustitutorios señalados, a través de los
cuales las exigencias de la santidad divina son satisfechas. Por tanto, el bronce habla de
la santidad, la ira, la satisfacción y la aceptación.
204
Notas adicionales
25:8 Para √šākan véase 24:16; 29:45, 46; 40:35 (p. 322 arriba), donde la LBLA lo
traduce como “repasar”, “habitar”, “morar” y “estar” respectivamente. Miškān es
traducido como “tabernáculo” en las cincuenta y siete veces que aparece (p. ej. 25:9;
26:1, 6, 7; 40:2, 5, 6, 9). El sustantivo transcrito šĕkînâ, que se refiere a la presencia de
Dios en medio de su pueblo, es posterior a los tiempos bíblicos, aunque, tal y como R.
A. Stewart comenta, “el concepto impregna ambos testamentos” (“Shekinah”
[Shekhiná], NBD). ‘ōhel (exceptuando los ejemplos hallados en 33:7–11) es usado
cuarenta y ocho veces en referencia al tabernáculo. La LBLA lo traduce como
“tabernáculo” la primera vez que aparece (26:7) y en posteriores ocasiones, aunque
algunas veces también lo traduce como “tienda” (p. ej. 26:9, 40:7, 12). En 40:19, ‘ōhel
es la tela que cubre el miškān y en 40:29 el miškān (“tabernáculo”) y el ‘ōhel (“tienda”)
son lo mismo. miqdāš aparece únicamente en 25:8 a lo largo de todos los capítulos
sobre el tabernáculo, aunque ya apareció en 15:17 y, posteriormente, es usado en
muchas ocasiones más (p. ej. Lv. 12:4).
1. La mediación
Es difícil leer el final de Éxodo sin tener la impresión de que Moisés se habría
quedado perplejo al no poder entrar en el tabernáculo una vez finalizado, pues había
sido él el que había supervisado toda la operación, asegurándose hasta el último detalle
de que todo era conforme a lo que Dios quería (39:42–43). Sin embargo, cuando la
gloria del Señor llenó la tienda, “Moisés no podía entrar” (40:34–35). No cabía duda de
que el Señor estaba presente en su tienda, pero esta no estaba abierta a las visitas.
No obstante, no se trataba sólo de esto, ya que tenemos que recordar que la
división entre Éxodo y Levítico es una separación tradicional de un texto originalmente
seguido. De hecho, deberíamos pasar sin interrupción de la realidad de la exclusión al
final del Éxodo a la realidad de la proximidad en Levítico 1:1–2. Del tabernáculo, del que
el pueblo estaba excluido, salió la voz del Señor, diciendo (lit.) “cuando alguno de
vosotros acerque un acercamiento al Señor […] acercaréis vuestro acercamiento”. El
verbo es √qārab (“acercar”) y el nombre es qorbān (LBLA, “ofrenda”). Aunque el pecado
excluye, las ofrendas prescritas son capaces de “acercar”. La santidad bloquea el
camino, pero la misericordia lo abre.
205
He aquí el significado del sacerdocio designado por Dios, Aarón y sus descendientes
en su papel único y esencial como mediadores. Pronto veremos que había otra
dimensión en la religión de Israel además de su expresión pública y formal del
tabernáculo, una espiritualidad privada, informal y personal. Sin embargo, como queda
demostrado a lo largo de toda la Biblia, todo dependía, en última instancia, del trabajo
del sacerdote (Aarón en el Antiguo Testamento y Jesús en el Nuevo) y de la provisión
divina para el sacrificio (cf. Lv. 17:11). Así como Israel sólo podía permanecer seguro en
la presencia del Señor mediante el derramamiento de sangre (Ex. 24:4–6), la ofrenda
por el pecado, el holocausto y la ofrenda de paz, el sistema continuado de esta ofrenda
triple fue instaurado con el mismo propósito, que los pecadores pudiesen vivir en la
presencia de Aquel que es Santo y que Él morase entre ellos (véase, p. ej., Lv. 1–7).
Este era el significado del tabernáculo y de su sacerdocio.
a. ¿Le queremos?
El pasaje sobre el tabernáculo empieza y acaba con la responsabilidad del pueblo
redimido (25:1–9; 31:1–11). Israel tenía que proveer los materiales para el tabernáculo,
y el trabajo de construcción tenía que llevarse a cabo por artesanos habilidosos (31:6,
lit. “y en el corazón de todos los sabios de corazón he puesto sabiduría y ellos harán
todo lo que te he ordenado”). En otras palabras, el Señor, por su parte, quería y estaba
preparado para morar en medio de su pueblo, pero eran ellos los que tenían que
decidir si querían que lo hiciera. Si realmente lo querían, entonces tenían que satisfacer
las condiciones que Él había establecido. Lo podemos explicar de la siguiente manera:
ellos tenían el “medio de la gracia” y dependía de ellos si lo querían utilizar. Lo mismo
pasa con nosotros: o bien podemos participar en aquello que hace de 1 Corintios 3:16
una realidad comunitaria y 1 Corintios 6:19 una realidad individual, o bien podemos
rechazarlo. Nosotros también tenemos el medio de la gracia a nuestra disposición:
medios públicos y comunitarios, como son la comunidad cristiana, el ministerio de la
palabra de Dios y la mesa del Señor, y medios privados, como nuestro tiempo personal
con Dios para orar y leer la Biblia. Sin embargo, podemos decidir si queremos vivir en la
distancia, rechazando aquello que acercaría a Dios y, a la vez, nos acercaría a Él. El
tabernáculo es una representación de una realidad a la vez que de un ideal. En él
podemos ver representados al Dios que habita con nosotros, al Dios que está cerca y
que es accesible, y las vías de acercamiento, que pueden ser tanto cultivadas como
desatendidas. ¿Es que el mayor fracaso del pueblo del Señor, a lo largo de los años, ha
sido siempre el hecho de que no vivimos a la altura de nuestros privilegios?
206
b. El triunfo de la gracia
Es común observar que la descripción del tabernáculo y de su preparación empieza
dentro y se va desarrollando hacia fuera (25:10), lo que demuestra que todo lo
relacionado con el tabernáculo estaba determinado por el significado y el propósito del
arca en el centro. La tienda, el atrio, las cortinas que lo rodeaban y el sacerdocio con sus
deberes rituales no eran más que elementos secundarios. El arca los determinaba, no al
revés.
El arca representaba al Señor en su santidad inaccesible. Era el único mueble en la
parte más recóndita del santuario, ni siquiera tenía una base para sostenerla. Como era
una caja, contenía las tablas de piedra de la ley, donde quedaba establecido en diez
preceptos cómo es el Señor en su santidad y lo que exige a su pueblo que sea. Como tal,
el arca ponía al descubierto los pecados y las deficiencias de aquellos que el Señor ha
redimido mediante el contraste entre la distinción moral de Dios y la debilidad moral de
su pueblo. Era un recordatorio físico de por qué Dios vive en aislamiento y por qué su
pueblo no puede entrar en su presencia.
Como en los santuarios paganos, no había ninguna imagen en el centro del
tabernáculo, simplemente había una caja de madera que contenía la ley de la santidad.
Sin embargo, había más cosas. En la descripción detallada de la construcción del arca
(que estaba llena de significado; véase He. 9:3–5) queda explícita la necesidad de una
cubierta de oro que tuviera las mismas dimensiones que la caja para que encajara a la
perfección (25:17). Sin esta cubierta, el arca no sería una caja, y sin la caja el
propiciatorio de oro no sería una cubierta. Cada elemento necesitaba del otro para
desempeñar su función, pero ¿por qué se prescribió esta cubierta para el arca?
El oro sólido del propiciatorio (heb. kappōret, p. 326 más arriba), o “silla de
misericordia”, tal y como emotivamente lo llamó William Tyndale, no retuvo por mucho
tiempo su pureza prístina. Enseguida estuvo manchado por la sangre derramada del
sacrificio (Lv. 16:13–14), y por esto se le llama kappōret, pues era más “algo que cubría”
que una “cubierta” en sí, más “algo que expiaba” que la “expiación” misma. La sangre,
que simbolizaba una vida dada en sustitución, disipaba la ira del Dios Santo por la
desobediencia de su ley y, al mismo tiempo, de manera simbólica (en la persona del
sumo sacerdote) admitía en su presencia aquellos que, aún habiendo desobedecido la
ley, estaban cubiertos ahora por la sangre del sacrificio (cf. He. 10:12–18, 19–22).
Por tanto, no era la caja sagrada del arca como tal lo que era el centro del
tabernáculo, ni siquiera lo era la ley que contenía, sino que lo era el triunfo de la
misericordia por encima de la ira, del perdón por encima de la infracción, de la inclusión
por encima de la exclusión y de la obra inmerecida de la gracia por encima del juicio
bien merecido.
207
Aunque el tabernáculo era el lugar principal de la morada misma del Señor en el
centro de la vida de su pueblo, este no gozaba de un acceso a él directo y sin
mediación. Desde el momento en que dejó Egipto, Israel había sido servido por los
“sacerdotes”. En el libro de Éxodo, esta palabra no se aplica a Israel hasta 19:6, donde
hace referencia al plan de Dios de que Israel fuera un “reino de sacerdotes”. Sin
embargo, en el mismo capítulo se menciona la existencia de “sacerdotes” dentro de
Israel, lo que indica que este título ya se había dado a aquellos que oficiaban para el
pueblo de manera especial (19:22–24; cf. 24:5). Sin embargo, con la institución del
tabernáculo, las funciones sacerdotales estaban concentradas en una familia, la de
Aarón y sus hijos. Por tanto, fuera como fuera, tanto si el pueblo redimido podía estar a
la altura de 19:5–6 o no, necesitaban un sacerdote, un sacerdocio en toda su
perfección.
208
36). El hecho de que se usaban los mismos colores, las telas y el oro tanto para las
vestiduras como para el propio tabernáculo muestra que el sumo sacerdote era
considerado como la persona apropiada y preparada para llevar a cabo los deberes que
tenían que desempeñarse dentro de la tienda. En este sentido, era “hecho para” su
trabajo, como también lo era, en un sentido mucho más importante, el Señor Jesús. Él
es nuestro sumo sacerdote, perfecto según nuestras necesidades, “santo, inocente,
inmaculado, apartado […] y exaltado” (He. 7:26), perfecto para su obra sacerdotal a
favor nuestro, el hombre del Cielo.
Si el manto del efod (28:31–35; 29:5) era una prenda parecida a un poncho, tal y
como parece que era, que se vestía debajo el efod, por lo que sería la prenda que debía
ponerse en primer lugar (después de los calzoncillos de lino), representaba lo que el
sacerdote es, el primero y más importante. En cuanto el sacerdote del Antiguo
Testamento se ponía el primero de sus mantos, simbolizaba el “hombre celestial”.
209
a su pueblo ante el Señor sobre sus hombros y sobre su corazón (vv. 12, 30). El Señor lo
conocía no por su nombre sino por los nombres de ellos. Era mediante estos nombres
que podía entrar al Lugar Santísimo. Los llevaba como el que se hace responsable de
asegurar su entrada a la presencia del Señor (cf. He. 9:24; 10:19–20). Ellos sólo podían
entrar porque descansaban sobre él (He. 10:21–22) y él, por su parte, llevaba toda la
carga de ellos y los traía con él, pues estaban sobre su corazón (cf. Gá. 2:20; Ef. 5:2; Ap.
1:5).
210
28:4. Las otras referencias a las túnicas indican que eran prendas considerablemente
sólidas y podrían referirse perfectamente a una prenda de abrigo. En el caso del sumo
sacerdote y sus hijos, la túnica era hecha de lino blanco, con un estampado tejido, por
lo que la pureza y la belleza intrínsecas al sacerdocio continuaba presente incluso en lo
que no estaba a la vista de los demás. Además, los sacerdotes vestían calzoncillos de
lino […] desde los lomos hasta los muslos (v. 42). La palabra es miknĕsê (derivado de
√kānas, “reunir”), que aquí expresa la idea de una prenda “ajustada”, con lo que se
indicaba, tal y como lo afirma Cassuto, la oposición a la práctica de oficiar ritos
religiosos sin ropa encima. El énfasis en la perpetuidad de esta ordenanza (vv. 42–43) y
en su necesidad en todos los momentos del servicio religioso apunta a la fuerte
oposición de la Biblia en incluir o, incluso, sugerir, un componente de sexualidad
humana en la adoración a Jehová. Esto contrasta claramente con la ideología y la
práctica cananeas, que hacían de la potencia sexual humana el centro de sus ritos,
basándose en la idea de que los adoradores de Baal podían inducirle a hacer fértiles la
tierra, los animales y las personas si ellos hacían algo parecido, con la esperanza de que
lo viera y “captara la idea”. Estos ritos involucraban el uso de hombres y mujeres, como
oficiantes del santuario de Baal, devotos y dispuestos a llevar a cabo los actos sexuales
inherentes al culto. Para la mente cananea, esto era “santidad”, vivir una vida
“separada” para el dios Baal, pero el Antiguo Testamento está en total desacuerdo. Con
su fuerza característica de “llamar las cosas por su nombre”, los actos, las personas
involucradas en ellos y los beneficios que se iban acumulando eran todos
“abominaciones” delante del Señor (p. ej. Dt. 23:17–18). Tanto era así que el sumo
sacerdote poseía en su interior, fuera de las miradas de los hombres, la belleza y la
pureza de la santidad. Él debía ser “inmaculado, apartado de los pecadores” (He. 7:26),
un ideal realizado sólo en Jesús, el único sacerdote que “no necesita ofrecer sacrificios
[…] por sus propios pecados”, pues no tiene ninguno. Según las palabras memorables
de Campbell Morgan, hablando de la ascensión del Señor Jesucristo, “Él fue el primer
Hombre que entró en la perfecta luz del cielo en el derecho de su propia santidad. El
Cielo no había recibido jamás un Hombre así […] En aquel Día de la Ascensión, entró en
el Cielo un Hombre que no pidió misericordia. Puro, inmaculado, victorioso, entró en la
luz del Cielo y no creó ninguna sombra”.
211
pecados (He. 2:10–18). Sólo Jesús es la plena expresión de la belleza ideal sacerdotal de
la santidad y nosotros, sus discípulos, somos llamados a llenar de Él nuestros ojos y
llevar una vida parecida a la suya. Sería bueno volver sobre nuestros pasos a lo largo del
capítulo 28 para poder decir, además de “así es Jesús”, “así es como tenemos que ser”,
ya que si pertenecemos a Jesús también pertenecemos al sacerdocio de todos los
cristianos y somos llamados a ser como Él.
El capítulo 29 sigue un orden lógico. Aarón y sus hijos son iniciados en su sacerdocio
y, con ellos, nosotros podemos aprender cómo acceder a nuestro estatus de sacerdote
y trabajar como aquellos que, a través de Jesús, son “un reino y sacerdotes para su Dios
y Padre” (Ap. 1:5–6). Volveremos a ello en un momento, pero antes debemos recordar
que los dos capítulos centrales están delimitados por la lámpara (27:20–21) y el altar
del incienso (30:1–10). Simplemente debemos dejar que el simbolismo nos hable de la
luz cegadora y del incienso perpetuo. Nosotros (cada uno de los creyentes, como su
pueblo de sacerdotes) tenemos el deber sacerdotal, por un lado, de traer a la iglesia y a
todo el mundo la “iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo”
(2 Co. 4:4–6) y, por otro, de asegurarnos que “la voz de la oración nunca está callada”
en la intercesión sacerdotal. En todo ello, Jesús es, evidentemente, la luz perfecta (Jn.
1:9; 8:12) y el intercesor perfecto (He. 7:25) y es un ejemplo para nuestras prioridades
sacerdotales.
En el capítulo 29 se continúa retratando a Jesús. Por ejemplo, finalmente logró la
consagración perfecta para Dios descrita en el versículo 20 y Él también es la realidad
perfecta anunciada en la ofrenda por el pecado, el holocausto y la ofrenda múltiple de
los versículos 10–25. Sin embargo, el tema principal del capítulo es la forma en que las
personas corrientes y pecadoras —en este caso Aarón y sus hijos— pueden formar
parte del sacerdocio. Tal y como se nos dice en Hebreos 7:27, estos sacerdotes
necesitaban “ofrecer sacrificios diariamente”. Fue como pecadores que oficiaron para
los pecadores y fue como pecadores que tomaron el puesto de sacerdote. Por tanto, en
el capítulo 29 hay muchísimas maneras en las que nos vemos reflejados nosotros
mismos más que a Cristo.
La estructura del capítulo cuenta su historia:
A1 Las ofrendas de la consagración: la santificación del sacerdocio (29:1–3)
Su propósito: “para que me sirvan como sacerdotes”
Las ofrendas dadas para el sacerdocio
B1 El lavatorio de Aarón y sus hijos (v. 4)
C1 Aarón y sus hijos se ponen las vestiduras: la toma de las
posesiones sacerdotales
D El ciclo completo de las ofrendas para Aarón y sus hijos (vv.
10–25)
el novillo, la ofrenda por el pecado (vv. 10–14)
el carnero, el holocausto (vv. 15–18)
el carnero, la ofrenda mecida/de paz/
de consagración (vv. 19–25)
212
C2 La comida sagrada y las vestiduras sagradas: Aarón y sus hijos
disfrutan de sus posesiones sacerdotales (vv. 26–34)
2
B Los siete días de consagración para Aarón y sus hijos (vv. 35–37)
A2 La ofrenda perpetua: la función del sacerdocio (vv. 38–46)
El propósito: la morada, el encuentro y la revelación de Dios (vv. 42–46)
Las ofrendas dadas por los sacerdotes
Notas
1–3 Levítico 8 “recrea” Éxodo 29 con todo detalle. Para las tres ofrendas (Ex. 29:1,
10–25), cf. Levítico 8:2, 18, 22. La ofrenda mecida de Éxodo 29:24 es llamada una
ofrenda de “consagración”, ‘êl millu’îm, (cf. 26, 27). ‘êl es la forma (constructa)
apropiada de ‘ayil, “carnero”. BDB y KB, al observar que millu’îm se emplea para las
joyas “engastadas” (p. ej. 25:7), entienden millu’îm como “instalación”. Sin embargo,
está relacionado con √mālē’, “estar lleno”, y tendría que vincularse más bien con el
modismo hebreo para “consagración”, “llenar las manos” (cf. 29:9, donde “consagrarás
a Aarón” es, [lit.] “llenarás las manos de Aarón”). La consagración es la preocupación y
el compromiso total sobre algo, tener las manos llenas. Obsérvese que el ‘êl millu’îm,
“el carnero de consagración [de llenura]” es puesto en las manos de Aarón (v. 24) y
desde ahora él es un hombre “con las manos llenas”!
4 Podría pensarse que el ciclo completo de las ofrendas (vv. 10–25) habría sido
suficiente para que Aarón y sus hijos fueran aceptables como sacerdotes, pero,
entonces, ¿por qué tenían que lavarse? El orden de los acontecimientos lo explica. Las
ofrendas eran para Aarón y sus hijos por su calidad de sacerdotes y, por tanto, tenían
que vestirse (vv. 5–6) antes de que las ofrendas fueran dadas, para que, así, recibieran
los beneficios de los sacrificios como sacerdotes del Señor. Sin embargo, alguien impuro
no puede ponerse unas vestiduras bellas y de gloria, por lo que antes se debía pasar por
una ceremonia de lavatorio (v. 4). El simbolismo del agua para lavar es un elemento
constante en la adoración del tabernáculo (cf. 30:17–21). Sin embargo, aquí se trata de
un lavatorio de todo el cuerpo (no sólo de las manos y los pies; cf. Jn. 13:10), por lo que
es posible que Aarón fuera un tipo de aquel que no tuvo mancha. El versículo 9 indica
que una vez Aarón y sus descendientes se han vestido, tienen el sacerdocio por estatuto
perpetuo.
10–25 El orden de las ofrendas es, aquí: la ofrenda por el pecado (v. 14), el
holocausto (v. 18) y la ofrenda mecida (v. 24), más generalmente llamada “ofrenda de
paz o de comunión” (cf. v. 28). En Levítico 1–5, el orden es: el holocausto (1:3), la
ofrenda de paz (3:1) y la ofrenda por el pecado (4:2); mientras que en Levítico 6–7, el
orden es: el holocausto (6:9), la ofrenda por el pecado (6:25) y la ofrenda de paz (7:11).
Estos cambios no son un producto del azar, sino que tiene un significado. Levítico 1–5
presenta el orden del deseo divino: el Señor desea un pueblo completamente
entregado (cf. Gn. 22:12, la ofrenda que lo da todo), que viva en paz el uno con el otro y
con Él (cf. Dt. 12:17–18) y con la provisión de la ofrenda por el pecado para suplir los
213
deslices en su obediencia (en Lv. 4:2, pecar “sin querer” es hacerlo en contra del curso
intencionado y comprometido de sus vidas). Levítico 6–7 presenta el orden del
ministerio sacerdotal: el holocausto era la preocupación diaria del sacerdote (cf. Ex.
29:38–42), la ofrenda por el pecado era el momento en que el pueblo generalmente se
acercaba a Dios a través de él y la ofrenda de paz era su consiguiente gozo en Dios por
ser pecadores perdonados. El orden que sigue Éxodo 29 es el orden de la necesidad
individual de ser perdonados, dedicándose cada uno plenamente en gratitud al Señor y
regocijándose en la comunión con Él y el uno con el otro.
26–34 La legislación cúltica no nos ayuda a diferenciar el significado de la ofrenda
mecida (v. 26; tĕnûpâ) y la ofrenda alzada (v. 27; tĕrumâ’). Por sus títulos, podríamos
suponer que la primera era presentada al Señor con un movimiento de lado a lado y la
segunda, de arriba a abajo (véase Wenham, Leviticus [Levítico], p. 126; Coates, p. 305,
“¿Sugiere la ofrenda mecida la apreciación divina de lo que se está ofreciendo […]
mientras que la ofrenda alzada indica, más bien, la energía en el afecto del que la da?”).
42–46 Esta sección se merece una observación detallada:
A1 El Señor se encuentra con su pueblo cuando y donde es ofrecido el sacrificio
(29:42)
B1 Dios en el tabernáculo (v. 43)
C La santificación de los medios de acercamiento (v. 44)
2
B Dios en medio de su pueblo (v. 45)
2
A El Señor habita en medio de su pueblo sobre la base de la redención (v. 46)
El verdadero lugar para las ofrendas era el altar (v. 42; cf. 36–38), pero al especificar
la “entrada”, es decir, donde se encuentra el altar (30:18), se hace hincapié en la
eficacia de las ofrendas en la implementación del “encuentro”, acercándonos a Dios y Él
a nosotros. La palabra continuo representa tāmîd (cf. Lv. 6:8–13). El fuego del
holocausto debía estar siempre encendido, tanto de día como de noche. La ofrenda de
la mañana o la tarde podía tardar perfectamente todo el día o toda la noche en
consumirse. Según Dennett (p. 312), “el momento en que el pecador es llevado a
aceptar al ‘dulce salvador’ del sacrificio, Dios puede encontrarse con él en su gracia”. La
inclusión de los hijos de Aarón (v. 44) resalta la idea del sacerdocio como institución
perpetua, como perpetuo es también el sacrificio. Este versículo es el centro del pasaje,
ya que une las bendiciones de escuchar la palabra de Dios (v. 42) y el gozo de estar en
Su presencia (v. 46).
214
prueba de su unción divina. Además, el título de “Cristo” (procedente de chriō, “ungir”,
p. ej., Hch. 4:27) proclama claramente su posición de ungido, así como su equivalente
del Antiguo Testamento, Mesías (√māšaḥ, “ungir”, v. 7).
Sin embargo, los cuatro elementos son aplicables a los cristianos como sacerdotes
bajo el sacerdocio de Jesús. Nosotros hemos sido “lavados” de nuestros pecados por su
sangre (1 Co. 6:11; He. 10:22), vestidos exclusivamente en su justicia15 y, también
nosotros, tenemos nuestra unción, que, como siempre, tiene el doble significado de
haber sido separados y de haber sido capacitados para cualquiera que sea la tarea que
Dios tiene en mente (2 Co. 1:21; 1 Jn. 2:27). Sin embargo, por encima de todo, estamos
incluidos en la obra salvadora y definitiva de Cristo, el derramamiento de sangre en su
muerte sustitutoria en la cruz. Hebreos 10:10–18 es un texto central del Nuevo
Testamento sobre este tema y es importante que observemos cómo pasa inmediata y
lógicamente de la suficiencia y la irrevocabilidad de la cruz a nuestra entrada, a través
del sumo sacerdote, al reino y los deberes sacerdotales (He. 10:19–23).
7. La respuesta a lo dado
La creación de los sacerdotes fue seguida de la respuesta de estos, tanto activa
como pasiva, al nuevo status que se les había concedido. Aceptaron la obligación de
vivir una vida de consagración (vv. 19–22), se alimentaron de la comida de los sacrificios
(vv. 31–33) y dedicaron varios días a la privacidad y al “retiro espiritual” (v. 35). Todo
ello tiene resonancias claras para la vida de sacerdocio que es nuestra una vez hemos
creído en Jesús, pues somos llamados a alimentarnos del cuerpo partido de Cristo y de
su sangre derramada (Jn. 6:35, 51–58), ambos en la calidad y la persistencia de nuestra
comunión espiritual personal con Él (Jn. 6:62–63) y en la comida y bebida comunitarias
en su mesa (1 Co. 11:23–26). Necesitamos desesperadamente ser conscientes de la
presencia de Dios, ocuparnos, o incluso recuperar, si es necesario, el muy a menudo
abandonado “tiempo de oración”, aquel encuentro matutino con Dios (que no tiene
que ser exageradamente temprano, sino “lo primero”) para que empecemos el día con
Él, tal y como lo hizo Jesús (Is. 50:4; Mr. 1:35).
La ceremonia de poner sangre sobre las orejas y los pulgares de las manos y de los
pies de los sacerdotes (v. 20) puede parecer, a primera vista, una práctica extraña, pero
merece la pena que la consideremos. La sangre en cuestión era la del otro carnero (v.
19), que aquí es llamada ofrenda mecida (v. 24) aunque, en principio, se trata de una
ofrenda de paz o comunión. El orden es el siguiente: el pecado había sido cubierto y
lavado (la ofrenda por el pecado, vv. 10–14), se había llevado a cabo un compromiso
incondicional a una vida de obediencia (el holocausto, vv. 11–18) y ahora, mediante la
ofrenda mecida, Aarón y sus hijos pasaban a vivir una vida feliz de comunión con el
Señor (cf. Dt. 12:7).
Sin embargo, una vida así tiene que tener sus condiciones, estar en consonancia con
su santidad y ser dirigida en sus caminos. Por esto la mano (las acciones), el pie (las
direcciones) y, ante todo, la oreja (la escucha, el oír la verdad divina) deben ser puestos
215
“bajo la sangre”.
Notas adicionales
27–30 La estructura de esta sección de Éxodo es tan instructiva como siempre:
A1 El deber sacerdotal: la luz cegadora del Señor (27:20–21)
B1 Las vestiduras sacerdotales: las figuras de la verdad (28:1–43)
B2 La consagración sacerdotal: la provisión para la época (29:1–37)
B3 Las ofrendas sacerdotales: el holocausto constante (29:38–46)
2
A El deber sacerdotal: el incienso perpetuo (30:1–10)
Es importante observar el vínculo entre la luz y el incienso (30:7–8). Toda esta
perícopa sacerdotal está delimitada por la bella imagen del sacerdote como mediador,
responsable de que la luz del Señor alcance a su pueblo y de que su adoración,
aceptable y solemne, llegue hasta Él. Visto desde esta perspectiva, esta sección encaja
perfectamente en su contexto. El mobiliario descrito hasta ahora (caps. 25–27)
representa la venida del Señor a su pueblo y su presencia en medio de él, lo que
podemos ver representado en la luz. Los muebles restantes (cap. 30) están relacionados
con el acercamiento a lo divino y la idoneidad para acercarse y pueden entenderse
como una ampliación de la imagen provista por el incienso.
216
28 La estructura del capítulo 28 es igual de instructiva:
A1 La familia sacerdotal: la importancia de las vestiduras (28:1–4)
B1 El efod (vv. 5–14)
B2 El pectoral (vv. 15–30)
B3 El manto del efod (vv. 31–35)
B4 La lámina de oro de santidad (vv. 36–38)
A2 La familia sacerdotal: la importancia de las vestiduras (vv. 39–43)
Esto confirma la razón dada más arriba de por qué la descripción de las vestiduras
precede a la descripción de la institución de Aarón y sus hijos.
4 KB relaciona efod (‘ēpôd) con √’āpad (“encajar a la perfección”). A veces se ha
entendido el efod mismo como un tipo de delantal o pichi, o, por así decirlo, la parte
trasera y delantera de un chaleco largo, sujetado por un cinto (v. 8) y unido por las
hombreras (vv. 9–12). Un tipo de efod utilitario y menos decorado era la prenda que
distinguía a un sacerdote (1 S. 22:18) o a un siervo levita (1 S. 2:18). David,
probablemente en su papel real de sacerdote de Melquisedec, llevó un efod cuando el
arca llegó a Jerusalén (2 S. 6:14).
9–14 Durham (p. 387) está en lo cierto cuando afirma que “La variedad [de las
piedras preciosas] sólo puede resumirse […] no puede ser traducida […] con total
fidelidad”, pero su belleza, riqueza y valor son innegables. En ambos casos, (las piedras
en las hombreras [v. 12] y las piedras en el pectoral [v. 30]), Aarón trae su pueblo ante
el Señor. Así es cómo el pueblo de Dios se presenta ante Él y cómo es visto por Él:
“precioso” y “digno” (Is. 43:4), su “tesoro especial” (Mal. 3:17), “las riquezas de la gloria
de su herencia en los santos” (Ef. 1:18). Este es el otro significado, más rico, de la
afirmación de que Aarón lleva “el juicio de los hijos de Israel”; él es la representación
visual del “juicio” del Señor, su opinión respecto a su pueblo, el valor y la belleza visibles
de las piedras y la realidad escondida de Urim y Tumim (‘ûrîm, “luces”, y tummîm,
“perfecciones”, son plurales que representan “todos los tipos de…”).
15 La palabra traducida por pectoral es hōšen. Su origen es incierto y es usado
únicamente para designar este elemento de las vestiduras. Así que todas las
traducciones son conjeturas. KB sugiere que √hāšan, que no aparece en el Antiguo
Testamento, significa “ser bello”, y no cabe duda de que el producto acabado, una bolsa
cuadrada
hecha a partir de un rectángulo doblado de la “tela del tabernáculo”, era bello (vv.
15–16).
28 Cinturón es ‘abnēt. √bānat no aparece en el Antiguo Testamento, aunque KB
sugiere el significado de “envolver”. El cinturón sujetaba la túnica firmemente contra el
cuerpo como si se tratara de una pieza de ropa interior ceñida.
Para kĕtōnet véase Génesis 3:21 (“vestiduras”); 37:3 (“túnica”); 2 Samuel 13:18
(“túnica”).
En 28:4 se utiliza el adjetivo tašbēs y en 28:39, el verbo √šābas, que significa “tejer
creando un estampado en el tejido”, quizás un estampado trenzado. No sabemos qué
217
estampado era, pero hacía del lino liso una prenda adornada, bella por sí sola.
36 sîs, que es representado normalmente como una “lámina” de oro, significa
“flor”. Procede del verbo √nāsas, “brillar, destellar” (cf. Sal. 132:18 “resplandecerá”). En
39:30, la “flor” (LBLA “lámina”) es definida como “una diadema santa”, (lit.) “diadema
de santidad”, aunque no era ni una corona ni una tiara circular, ya que necesitaba
cordones para sujetarla. Probablemente deberíamos imaginar, en vez de una lámina
rectangular, un medallón de oro muy pulido en forma de flor.
Esta sección puede parecer, a primera vista, una colección de enunciados sueltos,
quizás cosas que el autor previamente olvidó incluir en el lugar lógico de la narración.
Sin embargo, hay indicios que sugieren que no se trata de esto.
En primer lugar, observamos que el relato del quinto ascenso de Moisés al Sinaí,
que empezó con la promesa de la entrega de las tablas de la ley (24:12–18), acaba aquí
con el cumplimiento de aquella promesa (31:18). Además, la sección acerca de los
materiales para la construcción del tabernáculo y la ley que controla su uso (25:1–9)
encuentra aquí su paralelo en la identificación de los artesanos a quienes se les había
encargado dicho trabajo y la ley que controla su manera de trabajar (31:1–18).
Además, debemos considerar la forma en que los elementos descritos en este
pasaje emanan del que trata sobre el incienso. El incienso encendido
permanentemente es un símbolo de acceso, y nos lleva a examinar el “quién”
(30:11–16), el “cómo” (30:17–38) y el “dónde” (31:1–11) del acercamiento de Israel al
Señor, es decir, aquellos que pueden acercarse, los sacerdotes, capacitados y equipados
para este trabajo, y el lugar y los utensilios para la adoración.
Los tres temas de esta sección son, pues, el pueblo del Señor (30:11–16), sus
sacerdotes (30:17–38) y su trabajo (cap. 31).
218
numeración (v. 12). Sin embargo, típico de la misericordia divina, el peligro presagiado
fue encarado con la provisión de un rescate (vv. 12, 15–16).
No nos toca a nosotros preguntar cómo el pago con dinero pudo realizar un rescate
(v. 12a), aplacar la ira divina (v. 12b) y hacer expiación (vv. 15–16), como tampoco
debemos preguntar en Éxodo 3:5 cómo el hecho de quitarse las sandalias hizo posible
que Moisés pudiera permanecer en la santa presencia del Señor. Él es el único que debe
decir lo que está preparado a aceptar como satisfactorio y, aquí, en cuanto al censo, era
el medio siclo de plata del dinero de la redención. La verdad gloriosa es que el mismo
Dios que es ofendido por el censo es el Dios que nos revela la protección contra su
propia ira.
La responsabilidad
Cada persona fue hecha responsable de pagar su propio rescate. No se pagó
mediante los fondos del tabernáculo de parte de todo Israel, sino que salió del bolsillo
de cada israelita como una decisión personal. Es en este mismo espíritu de compromiso
individual que se dice que todos los que participaron “fueron censados” (NVI, vv.
13–14), una expresión que sólo aparece en estos dos versículos. No sabemos
exactamente cómo se llevó a cabo el censo, pero la imagen que parece emerger es la de
los encargados de enumerar sentados en un lugar concreto y los que deseaban ser
contados, haciendo cola detrás de ellos y pasando de largo después de haber pagado y
de que su nombre hubiera sido anotado y contado para unirse a aquellos que los
habían precedido. Es de esta forma que podemos decir que “fueron censados”.
No sabemos si hubo alguien que decidió no ser contado, sólo que el censo era una
decisión personal y voluntaria. El Señor tendría a todo el pueblo del pacto inmortalizado
en la plata del tabernáculo (v. 16), pero cada uno de sus miembros, individualmente,
debía asumir la responsabilidad, tomar la decisión y pagar el precio. En esencia, era un
asunto espiritual, ni social, ni nacional. No dependía únicamente de si se había nacido
israelita. Se trataba de escapar de la ira de Dios y la cuestión que debía responderse no
era si uno era israelita o no, sino si uno había sido redimido. Así, la decisión personal
que debía tomarse era si se quería ver, o no, el nombre de uno mismo añadido a la lista,
bajo la protección del dinero de la redención. La nación israelita, como tal, era algo con
lo que uno nacía (lo que comportaba inmensos privilegios), pero participar en la
bendición espiritual centrada en Israel (es decir, disfrutar del tabernáculo y de la
cercanía del Señor que aquel proporcionaba y poder permanecer bajo la protección
espiritual de sus sacrificios) formaba parte de una convicción, una decisión y un
compromiso individuales. Aquellos que fueron “censados” lo hicieron como una
participación personal, al pagar medio siclo, en la provisión del Señor de la redención.
219
tabernáculo. No se trataba de dar simplemente el “plano” (p. ej., 26:30), sino también
los detalles prácticos del ministerio, como, por ejemplo, el pago exacto de la ofrenda de
la redención (30:14–15), la ordenanza del lavatorio de los sacerdotes (30:20–21) y la
composición y el uso del aceite de la unción y del incienso (30:23–25, 34–38). En la
adoración de Israel no había nada fortuito o caprichoso y cuando el elemento de “hacer
lo que es útil para uno” se introdujo posteriormente fue ampliamente condenado (Am.
4:4–5). El Señor insistió en continuar estando al mando de su adoración y las
consecuencias del abandono de las instrucciones de Dios fueron nefastas (30:21, 33,
38). Suponer despreocupadamente que todo lo que hagamos de corazón es tan válido
en el Cielo como agradable en la Tierra no tiene base bíblica (cf. Mr. 7:7–9), por lo que
cuando se ofreció un “fuego extraño” al Señor (Nm. 3:4; Lv. 10:1–5) se tuvo que pagar
un precio.
La institución de la fuente de bronce para el lavatorio ceremonial hizo cumplir una
ley divina sobre la alabanza. Isaías lo expresó brevemente: “purificaos, vosotros que
lleváis las vasijas del Señor” (Is. 52:11). El Señor Jesús hizo todas sus tareas como
nuestro sumo sacerdote en toda su perfección sin pecado, pero, para nosotros, los
creyentes, la libertad sacerdotal de acercarse a través del velo bajo la protección de su
sangre está relacionada con la necesidad de ser lavados con agua pura y de tener
nuestro corazón “purificado de mala conciencia” (He. 10:19–22). Así, la fuente no
estaba allí en beneficio del Señor, sino de su pueblo.
En sus deberes cotidianos, los sacerdotes de la antigüedad no tenían que repetir el
ciclo de sacrificios especificados para su consagración en 29:10–25, ya que se había
hecho una vez y para siempre. El lavatorio de todo el cuerpo (29:4) tampoco tenía que
repetirse, ya que este también representaba una aptitud definitiva para poder llevar las
vestiduras de su santo oficio. Sin embargo, el agua de la fuente proveía diariamente
para la limpieza de cualquier contaminación que hubieran contraído los sacerdotes. La
imagen era exactamente como la había descrito Juan 13:10: había una bañera y ¡un
lavamanos! Y nuestras madres estaban en lo cierto cuando nos preguntaban en la mesa
no si nos habíamos bañado, sino si nos habíamos lavado las manos.
Entonces, ¿qué significado tiene la fuente del tabernáculo para nosotros hoy en día?
En primer lugar, debemos tener en cuenta las consecuencias nefastas para los
sacerdotes si se atrevían a llevar a cabo las tareas sagradas o a entrar en los lugares
santos sin haberse lavado. Se les advirtió que si entraban en la presencia de Dios de
forma inadecuada traían la amenaza de muerte sobre ellos (30:20–21). La adoración no
consagrada era una amenaza real para la vida (Lv. 10:1–2). Pablo, de una forma
cuidadosa y comprensiva, advierte a la iglesia de Corinto que es posible venir a la Mesa
del Señor y traer juicio sobre uno mismo y que es “por esta razón [que] hay muchos
débiles y enfermos entre vosotros, y muchos duermen” (1 Co. 11:29–30). El hecho de
que el Señor, en su misericordia, retiene el castigo de la pena propia de la antigüedad
(p. ej. 1 S. 6:19–20; 2 S. 6:6–7) no indica una disolución de su santidad o que la ofensa
es menos grave o que nuestra pecaminosidad es menos ofensiva. El Señor nos invita y
nos permite ir a Él libremente, pero no tenemos permiso para entrar
despreocupadamente o con indiferencia.
220
La fuente fue puesta en el tabernáculo en un lugar donde fuera accesible y
disponible para el pueblo de Dios de aquel tiempo, y la misma misericordia abre
fuentes de purificación para nosotros. La confesión del pecado nos limpia de él (1 Jn.
1:8–9) y la sangre de Jesús, aunque fue derramada una vez para siempre en la cruz, es
el agente que limpia y está permanentemente disponible para aquellos que andan en la
luz de la presencia de Dios (1 Jn. 1:7). El Nuevo Testamento también habla del
“lavamiento del agua con la palabra” (Ef. 5:26) y afirma que “en obediencia a la verdad
habéis purificado vuestras almas” (1 P. 1:22) y que estamos “limpios por la palabra que
os he hablado” (Jn. 15:3). Aunque en el Nuevo Testamento se ordena el examen de
conciencia sólo en preparación para la Cena del Señor (1 Co. 11:28), ¿nos atreveríamos
a entrar en la presencia sagrada de Dios en cualquier momento, sin una confesión
previa o sin hacer nuestra su palabra para que su verdad santificadora nos llene (Sal.
119:9), impregne nuestros cuerpos y nos lleve de nuevo a la obediencia y a la
santificación (Jn. 17:17)?
221
antigüedad o la consagración de hoy “como por arte de magia” provoque cambios
misteriosos que mejoren el objeto en sí, pues no hay ningún pasaje de la Biblia que se
ocupe de nada parecido a la magia. No, los elementos del tabernáculo relacionados con
la adoración eran ungidos como una señal de la apreciación, reconocimiento y
aprobación de Dios para que fueran usados exclusivamente para su servicio. El aceite
de la unción no debía usarse como un agente de consagración o santificación que fuera
simplemente una “buena idea” humana, sino únicamente para lo que Dios había
ordenado y según su voluntad revelada. Era su afirmación pública a la institución del
tabernáculo y, una vez esta afirmación había sido pronunciada, todos estos ministerios
podían asumirse con la certeza de que eran aceptables para Él y eficaces para sus
adoradores. En nuestro caso, debemos asegurarnos que los edificios que usamos y los
elementos de la adoración que hay en ellos se ajustan a la naturaleza, las reglas y las
verdades de la adoración del Nuevo Testamento.
b. La voluntad de Dios
No es suficiente para el dispuesto de corazón seguir los caprichos y fantasías de
este, ya que hacer el trabajo del Señor significa hacer Su voluntad. Un principio
fundamental del servicio está enunciado en el versículo 11: los artesanos deben hacer
su trabajo conforme a todo lo que te he mandado. El “diseño que te ha sido mostrado
en el monte” (25:40) debe controlar todos los detalles y esta es una verdad que aparece
inalterable también en el Nuevo Testamento. A lo largo de la Biblia, la voluntad de Dios
no es simplemente un ejercicio soberano de la gracia y el poder divinos con el que hace
lo que quiere tanto en el Cielo como en la Tierra y en las vidas de cada uno, sino que
también es el plan y el diseño perfectos que tiene para cada uno de nosotros, tanto en
lo grande como en lo pequeño.14 Conocer la voluntad de Dios para las cosas diarias
(como también para las grandes decisiones trascendentales) es un tema muy extenso,
pero el ejemplo de Israel en el desierto establece un gran principio fundamental. Israel
no “buscó” la guía, sino que esperó a que viniera, ya que la voluntad guiadora de Dios
era expresada con el movimiento de la nube (40:36–38). Para los israelitas, la guía era
una cuestión de esperar y observar, y, tal y como es anunciado en Isaías 50:4–5, la
voluntad de Dios también se dio a conocer a Jesús en la disciplina y el privilegio diarios
de encontrarse con el Señor y esperar en Él “mañana tras mañana” para recibir su
palabra.
223
cotidiana (v. 3). Como siempre, el día de reposo exigía una reflexión minuciosa sobre el
calendario de acontecimientos, para que así, en este caso, toda la preparación
necesaria de la comida se hiciera en los días anteriores. En resumen, estos versículos
muestran que nadie podía relajarse respecto a las exigencias tan estrictas de la ley del
Señor. Sin embargo, los versículos siguientes, aunque enfatizan la misma inviolabilidad
de la ley, analizan con más profundidad el significado del día de reposo como tal:
A1 El día de reposo: una señal de que el Señor ha separado a su pueblo,
santificándolo (v. 13)
B1 El día de reposo: una obligación, impuesta con penalidades (v. 14)
C La ley del día de reposo: su orden y su seriedad (v. 15)
B2 El día de reposo: una obligación perpetua (v. 16)
A2 El día de reposo: una señal de que el pueblo del Señor debe imitar al Señor (v.
17)
Aunque es necesario que notemos el hecho de que el Nuevo Testamento nunca cita
el cuarto mandamiento y que Colosenses 2:16 excluye cualquier enfoque legalista a la
cuestión del cumplimiento del día de reposo, debemos asegurarnos que tomanos en
cuenta la interpretación un tanto maravillosa, y profundamente teológica, del Día del
Señor dada en Éxodo. El día de reposo debe ser una señal para el mundo de nuestra
separación santa como el pueblo santo del Señor (v. 13) y esta separación misma es una
señal de nuestra determinación a moldear nuestro estilo de vida a imitación del Señor
(v. 17). No se trata de un ejercicio restrictivo sino de fidelidad, pues en esta situación,
como en cualquier otra, “la imitación es la forma más sincera de adulación”.
Notas Adicionales
30:13 Coates (pp. 257–259) observa detenidamente que “diez […] es el número de
la responsabilidad” (cf. Dennett, p. 327). La gera, el veinteavo de un siclo, es
mencionado en Levítico 27:25; Números 3:47; 18:16; Ezequiel 45:12.
30:18 No se nos dan las medidas para la pila de bronce, pero según 38:8, fue
elaborada “con los espejos de las mujeres que servían a la puerta de la tienda de
reunión”. Aquí, la traducción “espejos” se basa en las interpretaciones antiguas del
hebreo. Mar’â tiene el significado general de “vista, visión” (p. ej., Nm. 12:6; Ez. 1:1).
Aquellos, como Cole, que dudan que la pila esté mencionada en el lugar correcto
normalmente la ubican inmediatamente después del altar de bronce en 27:1–8. Sin
embargo, está relacionada con las necesidades de los sacerdotes y no con su ministerio
aunque sea de bronce como el altar. Este establece el simbolismo del bronce como la
consecuencia del juicio furioso de Dios en la muerte sustitutoria. Tal y como afirma
Coates (p. 259) “Nada que sea inconsistente con la muerte de Cristo puede formar
parte de las tareas […] del santo sacerdocio”.
30:22–33 El equilibrio del pasaje acentúa los énfasis principales y las afirmaciones
centrales sobre el aceite para la unción:
224
A1 Su composición revelada (30:23–24)
B1 Su santidad y uso (v. 25)
C1 La unción y la santificación de los objetos para la adoración (vv. 26–29)
C2 La unción y la santificación de los participantes en la adoración (v. 30)
2
B Su santidad, su uso exclusivo y su composición (vv. 31–32)
2
A Su composición inviolable (v. 33)
30:34–35 Sobre la referencia a la sal (NVI; LBLA “sazonar”), cf. Levítico 2:13 y
Números 18:19. La sal es lo que evidencia la relación del pacto, y en 2 Reyes 2:20–21,
Elías echa sal en un manantial como evidencia de que la maldición ha sido borrada y el
pacto, restaurado. La RVR1960 ofrece la traducción de “bien mezclado”, un uso de
√mālaḥ un tanto dudoso. Sin embargo, Cassuto sugiere “moler fino”, aunque esto es
mencionado en el versículo 36.
30:34–38 Tanto Bonar (Leviticus [Levítico], p. 295) como Rainsford (p. 136) plantean
que, mientras que el aceite era eficaz por sí mismo, el incienso necesitaba el fuego para
llevar a cabo su propósito, con el fin de mostrar, como dice Bonar, “que la aceptación es
lograda por la justicia misma”, ya que en el Día de la Expiación al menos este fuego
necesario fue tomado del altar de bronce. Wenham sostiene que el incienso de Levítico
16:11–13 servía para crear “una cortina que impediría al Sumo Sacerdote ver la
Presencia Sagrada” (Leviticus [Levítico], p. 231). Sin embargo, debemos observar que
esta “cortina” era necesaria cuando Aarón dio la ofrenda por el pecado para sí mismo,
aunque no se nos dice cuándo entró la segunda vez con la ofrenda por el pecado del
pueblo (Lv. 16:15–16), seguramente porque, en esta segunda ocasión, entró como el
sacerdote perfecto, su propia ofrenda por el pecado ya había sido dada. Esto sugiere
que la nube de incienso era, más bien, para esconder las imperfecciones de Aarón, lo
que contrasta con el hecho de que Jesús entró en el Cielo mismo, “para presentarse
ahora [emphanisthēnai, ‘ser visto en sus verdaderos colores’] en la presencia de Dios
por nosotros” (He. 9:24).
225
(9:27; 10:16–17), lo que puede ser interpretado como queramos. Más tarde, Moisés
alude a la importancia del verdadero temor al Señor en su intento de impedir que el
pueblo peque (20:20) y la razón de expulsar a todos aquellos que habitaban en Canaán
era que “no sea que te hagan pecar contra mí” (23:33). En los dos últimos casos, el
“pecado” parece algo que aún puede suceder, pero que no es seguro. De la misma
forma, las narraciones donde se trata la relación de Moisés con el Señor y el cuidado
providencial del Señor para su pueblo tienen mucho más en común con las historias de
Génesis: una relación despreocupada dentro de los parámetros más amplios.2
Todo esto contrasta radicalmente con Éxodo 32–34, donde encontramos
exactamente once referencias al pecado, mientras que en todo el libro hasta este punto
sólo hay diez. Sin embargo, la realidad de la situación tiene un significado más
profundo. Ahora, Israel era acusado de haber cometido un gran pecado con una
expiación no asegurada (32:30). Se trataba de un pecado de tales dimensiones que
ponía en peligro la posición del mismo Moisés en el libro del Señor (32:32) y,
aparentemente, cuestionaba la presencia continua del Señor en medio de su pueblo
(33:3). Además, es en estos capítulos que Israel experimentó una convicción de pecado
por primera vez, aceptaron, conscientemente y por sí mismos, la posición del culpable y
se entristecieron por lo que habían hecho (33:4–6).
226
sólo a Aarón, sino que también lo había asignado a Hur (24:14), para no mencionar a
Nadab, Abiú y a setenta ancianos (24:9), por lo que, si hubiese querido, Aarón podría
haber intentado hacer tiempo e insistir que se debía consultar a los demás.
227
La historia del becerro de oro es la simplicidad misma: la ausencia prolongada de
Moisés, la aparición de la duda y la impaciencia, el patético Aarón, la fiesta idólatra y
pagana que invocaba el santo nombre de Jehová, el regreso de un Moisés enfadado y
todo lo que siguió. Sin embargo, como siempre en Éxodo, la narración se nos presenta
de una forma instructiva. Esta es una de las formas en las que la historia se convierte en
profecía, la portadora de la verdad de Dios.
A1 Las dudas sobre Moisés (32:1–6)
B1 El pacto está amenazado. La intercesión de Moisés (32:7–14)
C1 Las tablas rotas (32:15–19)
D1 La seguridad falsa: el anhelo por lo visible (32:20–24)
E1 La devoción práctica (32:25–29)
F1 El ángel dirige: el enfrentamiento con el pecado (32:30–35)
F2 El ángel que expulsa: el reconocimiento del pecado (33:1–6)
2
E La devoción espiritual (33:7–11)
1
D La seguridad verdadera: no en lo visible, sino en lo audible (33:12–23)
2
C Las tablas reemplazadas (34:1–4a)
B2 El pacto es renovado. La devoción de Moisés (34:4b–28)
A1 La validación de Moisés (34:29–35).
Notas
1–6 En el versículo 1, “tardaba” representa bôšēš. La misma forma (el piel de √bôš),
en un contexto que aparentemente requiere el mismo significado, hace su aparición de
nuevo en Jueces 5:28 y significa “estar avergonzado o decepcionado con lo que uno
había esperado”. Por esto, una traducción como “los había decepcionado acerca de su
regreso” sería posible. Cf. Cassuto, p. 411 (las formas intensivas de los verbos
copulativos llevan el significado transitivo correspondiente). G. F. Moore, A Critical and
Exegetical Commentary on Judges [Un comentario crítico y exegético sobre Jueces],
International Critical Commentary Series, Edinburgh, 1908, p. 170 sugiere “decepcionar
las expectativas de su regreso”.
Debemos comparar y contrastar el versículo 6 con 24:11. Este último presenta el
gozo alentador de la comunión del pacto con Dios y su pueblo, mientras que el primero
habla del delirio orgiástico provocado por la adoración falsa que da paso a la
degradación humana. Es importante notar que su adoración no incluía ninguna ofrenda
por el pecado.
7–14 En el versículo 11, suplicó ante es (lit.) “suavizó, debilitó la cara de” (cf. 1 S.
13:12; 1 R. 13:6; Jer. 26:19). El verbo √ḥālâ significa “estar enfermo o débil”. En la
forma piel (ḥillâ, como aparece aquí, con pānîm, “cara”) significa “debilitar, suavizar”.
En la mayoría de los casos, √zākar, “acordarse” (v. 13) tiene un complemento
directo, aunque a veces (como aquí) va seguido de un complemento indirecto
introducido por lĕ. En este caso, se trata de un “dativo de ventaja”, “acordarse, por el
228
bien de Abraham, en favor de Abraham” (cf. Sal. 132:1, “en favor de David, por el bien
de David”).
15–19 De esta sección podemos sacar cuatro verdades acerca de las tablas: Moisés
era el intermediario (estaban en su mano); eran importantes para Israel (un testimonio,
es decir, una declaración del carácter divino); estaban completas y eran sagradas
(escritas por ambos lados, es decir, no había espacio para añadiduras); y tenían
autoridad (pues eran, en sentido general, obra de Dios y, en sentido específico, es decir,
en los detalles y las palabras, escritura de Dios). Cf. 31:18, donde “piedra” indica su
permanencia y “el dedo de Dios”, la expresión personal y directa de su palabra y
voluntad, autoritaria y vinculante.
La aparición de Josué nos puede parecer súbita e inesperada, pero no requiere una
explicación especial. Así como, por lo general, la Biblia nos explica sólo lo que debemos
saber, a menudo, en las historias, sólo nos explica lo que debemos saber y en el
momento en que debemos saberlo. Josué había acompañado a Moisés cuando este
había dejado a Aarón, Hur y los ancianos (24:13) y ahora nos damos cuenta de que
Josué sólo llegó hasta cierto punto y entonces esperó, ¡demostrando así más paciencia
que Israel y Aarón! Moisés volvió a él y juntos emprendieron el descenso hacia el
campamento.
El significado básico del versículo 18 es el que leemos, pero los detalles son más
difíciles de entender. El sustantivo qôl (“voz, sonido”) aparece tres veces, y el infinitivo
intensivo (piel) ‘annōt, tres veces más. En la Biblia, hay cuatro verbos que se escriben
‘ānâ y el más usado significa “responder”, aunque nunca aparece en piel y aquí no
significa “estar ocupado con”. Ānâ, “estar humillado, abatido, oprimido” ofrece un piel
con el significado de “humillar”. El cuarto verbo significa “cantar”, aunque en Jeremías
25:30 vemos que el “canto” puede ser enérgico hasta el punto de parecer más un grito
(‘ānâ está en una posición paralela a √ša’ag, el rugido del león en el momento del
ataque). Así, “No es ruido de gritos de victoria, ni es ruido de lamentos de derrota; sino
que oigo voces de canto”. El piel (intensivo) de ‘ānâ, “cantar”, aparece sin duda en
Isaías 27:2.
Los partidarios de la teoría documental afirman encontrar problemas en las
diferentes referencias a Moisés y su ira (véase Durham, p. 430), pero la historia parece
coherente: en los versículos 7–14, Moisés no examina lo que hay detrás de la ira del
Señor, sino que reacciona ante el problema, la modificación del pacto, tal y como se le
ha presentado y repetidamente suplica en su contra; en los versículos 15–19 ve por sí
mismo la realidad plena del pecado de Israel y explota; en los versículos 20–29 lleva a
cabo su propio remedio y en los versículos 30–35 se enfrenta al problema mayor, lo que
Dios hará respecto al pecado de Israel, que aún existe, y Moisés responde con una
oración realmente fascinante (vv. 31–32).
20–24 La secuencia de quemar, moler y esparcir la encontramos en la destrucción
del dios Mot, de la mitología ugarítica (véase Durham, p. 431). Esto sugiere que podría
formar parte de una fórmula para describir la destrucción total, como la expresión
moderna de eliminar “de raíz”. Es posible que los verbos también apunten al material
del que estaba hecho el becerro: la madera, que podía ser quemada, el oro, que podía
229
ser molido hasta convertirse en polvo y ambos podían ser esparcidos sobre el agua.
Cole recuerda versículos como Deuteronomio 12:2–3, donde Israel recibe la orden de
ser tan despiadado con la idolatría propia como con los artilugios religiosos de los
paganos.
El hecho de hacer que los israelitas bebieran el cóctel de su pecado (v. 20) debería
entenderse a la luz de la ceremonia institucionalizada en Números 5:11–31. Los dos
episodios no son exactamente iguales, pero en ambos el hecho de beber implica traer a
la casa del acusado el juicio de Dios sobre lo que se ha hecho (véase Cole sobre Nm.
5:27, p. 219, “debido a que la nación de Israel había sido infiel a su ‘marido’ celestial, la
maldición cayó sobre ella”).
25–29 En el versículo 25, desenfrenado […] desenfreno representan dos formas del
verbo √pāra’, que significa más bien “escaparse, no tener restricciones”. Aarón había
eliminado las antiguas restricciones e instrucciones, por lo que nada importaba. En
Números 5:18 encontramos un ejemplo de este verbo. La traducción “burla” para šimṣâ
no es segura y posiblemente podría traducirse mejor como “para [su] denigración ante
sus enemigos”. La forma šemeṣ aparece en Job 4:12, 16, donde los comentaristas
sugieren “algo pequeño, un fragmento” o —atendiendo al contexto— “un susurro o
sonido”.
Teniendo en cuenta la población total de Israel, los pocos (en comparación) que
cayeron (v. 28) sugiere que no todo el pueblo, ni mucho menos, estuvo directamente
vinculado en la adoración del becerro.
El versículo 29, Consagraos hoy al Señor es (lit.) “Hoy han llenado vuestras manos
para Jehová”. Esta tercera persona del plural en hebreo es llamada “tercera persona
indefinida” y es equivalente a nuestra pasiva: “vuestras manos han sido llenadas”
(como hoy en día “dicen” puede significar “se dice”). “Tener las manos llenas” es una
imagen de consagración, tal y como ya hemos visto. Pues cada uno ha estado en contra
de su hijo y en contra de su hermano es más bien “incluso cada uno a costa de su hijo y
hermanos” y es una alusión al coste de la consagración (cf. Dt. 33:9; Lc. 14:26),
30–35 El quizá de Moisés (v. 30) es comprensible y justo. La insolencia y la vanidad
nunca son apropiadas, incluso ante el propiciatorio. Debemos observar, además, lo
ingenioso de cómo se ha dividido la frase en el versículo 32 donde, especialmente en la
NVI, el inicial (lit.) “Si perdonas su pecado…” queda descolgada. Mackintosh (p. 334)
muy correctamente observa “¡lo diferente que es esto de lo que vemos en Cristo! Una
vez lo había hecho todo, volvió al Cielo, no con un ‘quizás’, sino a poner sobre el trono
las memorias imperecederas de una expiación ya llevada a cabo” (cf. He. 9:12).
Sobre el libro del Señor (v. 33), cf. Salmos 56:8; 69:28; 139:16; Daniel 12:1;
Malaquías 3:16; Lucas 10:20; Filipenses 4:3; Hebreos 12:23; Apocalipsis 5:1–14; 13:8;
17:8; 21:27.
33:1–6 La singularidad de la teoría documental puede examinarse en estos
versículos (véase Durham, p. 435). Beer atribuye los versículos 1, 3 y 4 a J2, el versículo
2, a JE y los versículos 5–11 a E2 y E. Noth sugiere un origen deuteronómico para todo el
conjunto; Hyatt, una redacción D de J y E, mientras que Durham sostiene que “la
variedad de estas opiniones” muestra que es imposible estar seguro de ninguna de
230
ellas.
7–11
A1 En busca del Señor: la tienda es para todos (33:7)
B1 El pueblo que observa: permanece de pie y mira (v. 8)
El uso habitual de la tienda por parte de Moisés
C La realidad de la comunión con el Señor (v. 9)
2
B El pueblo que observa: se levanta y adora (v. 10)
La venida habitual del Señor
2
A El encuentro con el Señor: el privilegio especial de Moisés (v. 11)
El privilegio corriente de Josué
12–23 Deberíamos entender los capítulos 32–34 simplemente como una exposición
de los sucesos en el orden en que ocurrieron. Así, 33:1 “resume” 32:34, el propósito
invariable del Señor para Moisés e Israel. La tienda (vv. 7–11) da la oportunidad a
Moisés de explorar más profundamente la voluntad del Señor y los versículos 12–23
ofrecen un ejemplo de lo que ocurrió cuando el Señor habló a Moisés en este lugar (v.
11) (véase Mackay, p. 554; Currid, p. 301).
Las palabras que Moisés habla a Dios en el versículo 12 empiezan con un Mira
(rĕ’ēh) y forma una inclusio con “mira […] no se verá” (ambos √rā’âh) en el versículo 23.
En esta sección, √rā’âh aparece siete veces, pānîm (“rostro”, “ojos” en LBLA, RVR1960)
aparece siete veces más, y √ḥānan (“gracia”) aparece otras siete veces, o bien en su
forma verbal o bien nominal. El anhelo por algo visible, ilustrado en su aspecto
pecaminoso por el becerro de oro, no es pasado por alto, aunque, como es normal en la
religión bíblica, lo audible, es decir, la palabra de Dios, tiene prioridad.
En 33:1, el Señor renovó el llamamiento de Moisés de liderar a Israel y confirmó el
lugar de destino y en el versículo 2 anunció que un ángel iría delante de ellos. Sin
embargo, Moisés estaba confundido, ya que la promesa del ángel estaba vinculada a la
negativa de Dios de ir con ellos (v. 3). Por esto en el versículo 12 le pide que se lo
esclarezca y Él lo tranquiliza diciendo que el ángel es Jehová mismo en medio de su
pueblo.
En el versículo 13, rĕ’ēh es traducido correctamente por la RVR1960 como “y mira”,
con la fuerza de “¡y mira aquí!”. El pueblo en cuestión no es el pueblo de Moisés (como
en el v. 1), ni tampoco es simplemente un grupo étnico (“este pueblo”, v. 12), sino que
es tu pueblo. Moisés pasa de la cuestión de la “gracia” a la cuestión de la fiabilidad:
¿será Dios fiel a lo que se ha comprometido a hacer?
En el versículo 14, Mi presencia es (lit.) “mi Rostro” (como en los vv. 20 y 23). De la
misma forma en que reconocemos a la gente por sus rostros, “rostro” indica la realidad
esencial de la presencia de una persona (cf. Sal. 139:7–8[8–9], donde “presencia” es
[lit.] “rostro” y ocupa un lugar paralelo a “Espíritu” como la vía de la omnipresencia
divina). El hecho de que el Señor hablara con Moisés cara a cara (v. 11: cf. Nm. 12:7–8)
y, aún así, afirme que No puedes ver mi rostro […] y vivir (v. 20) solamente demuestra
que intentar describir lo indescribible es sobrepasar los límites del lenguaje. Dios es
231
espíritu y puede, si es su voluntad, tomar una “forma” que encaje con su gloria invisible
y que le permita ser visto (Nm. 12:7–8). El ángel es una de estas formas (p. ej., Gn.
16:7–13). Véase J. A. Motyer, Look to the Rock [Espera en la roca], pp. 63–79; “Old
Testament Theology” [Teología del Antiguo Testamento] en NBC, p. 29.
34:4b–28 Este pasaje relata el séptimo y último ascenso de Moisés al Sinaí y gira
alrededor del pacto renovado:
A1 Moisés y Jehová. Las tablas están preparadas (34:4b–5)
B1 El nombre del hacedor de pactos (vv. 6–9)
B2 El pacto es repetido: sus condiciones (vv. 10–27)
a1 El pacto confirmado (v. 10a)
b1 Las obras de Dios y la respuesta de Israel: en general (vv. 10b–11a)
b2 Las obras de Dios y la respuesta de Israel: en concreto (vv. 11b–24)
b3 En resumen: adoración, obediencia y exclusividad (vv. 25–26)
a2 El pacto escrito (v. 27)
A2 Moisés y Jehová. Las tablas son grabadas (v. 28)
Es común (véase Durham, p. 458 y ss.) entender esta sección como un relato
paralelo al pacto del Sinaí, en que los mandamientos forman un “decálogo espiritual”.
Wellhausen lo ubica a una fecha más temprana que el capítulo 20, mientras que Pfeiffer
lo sitúa mucho después; para Rudolph es una versión temprana de 20:2–17 y Langlamet
sostiene que 34:11–16 está “entre J y D”. Según Durham, estas teorías “continúan
siendo demasiado subjetivas” y afirma que el pasaje 34:1–18 fue introducido en su
ubicación actual para sugerir “una renovación en la relación del pacto”. Pero ¿por qué
“introducido”? ¿Por qué es tan difícil decir que estos versículos están donde están
porque este es el orden en que los hechos ocurrieron? Pues no se trata, en absoluto, de
un “segundo pacto”, sino que se basa en las Diez Palabras, grabadas en las dos tablas. El
énfasis en la repetición en los versículos 1–4 merece especial atención. Los versículos
10–27 representan el mismo tipo de comentario sobre las Diez Palabras que el Libro del
pacto en relación con 20:1–17. Aun así, mientras que el Libro del Pacto se centra en el
interior de la sociedad israelita, tanto la elaboración como la aplicación de este pasaje
toman en cuenta el becerro de oro y las tentaciones que les estaban esperando en la
tierra de Canaán y por esto el Señor insiste en que Él es el único Dios (nótese que la
idea del Dios celoso [v. 14] está subrayada por las palabras agregadas cuyo nombre es
Celoso y, a la luz de la futura entrada a Canaán, por su insistencia en la exclusividad [vv.
12–17], la santificación distintiva de la vida de Israel mediante las fiestas semanales y
anuales [vv. 18–25] y la escrupulosidad en los detalles [v. 26]).
Sobre quebrarás su cerviz (v. 20), cf. los comentarios sobre 13:13 más arriba (p.
199).
Debemos notar la misma insistencia en cumplir el día de reposo en el versículo 21
como, en principio, en 31:12, donde ni siquiera la extrema santidad del trabajo en el
tabernáculo permitía cambio alguno respecto al descanso intrínseco al día de reposo.
Aquí, ni siquiera se permite que se lleven a cabo las tareas fundamentales de arar y
232
segar. El énfasis en el texto hebreo queda muy bien reflejado por el adverbio aun…
29–35
A1 Moisés deja la presencia de Jehová: el rostro resplandeciente (34:29)
B1 El rostro visiblemente resplandeciente: el temor al reconocer su
elemento espiritual (v. 30)
C Moisés como el mediador acreditado de las palabras de Jehová (vv.
31–32)
La revelación en el Sinaí (vv. 31–32)
La revelación continuada (vv. 33–34)
2
B El rostro visiblemente resplandeciente: el uso del velo debido a la
humildad y sensibilidad de Moisés (v. 35a)
2
A Moisés entra en la presencia de Jehová: el rostro sin velo (v. 35b)
Resplandecía (vv. 29, 30, 35) es √qāran, del que se deriva qeren, un “cuerno”. Es
posible que la raíz original no sea utilizada, pero sí encontramos un verbo, qāran, que
ha evolucionado a partir del nombre (un verbo denominativo) que significa “emanar
cuernos” (cf. Sal. 69:31[32], donde la LBLA ha traducido este participio niphal como
“con cuernos”). Durham (p. 467) observa que si hubiera tratado simplemente de
“brillar”, habría sido suficiente utilizar el hiphil de √’ôr, pero cita a Moberly (sin su
aprobación) que debido a que eligieron a un dios con cuernos (la cría del toro), Jehová
envió a un Moisés con cuernos, lo que implicaría que el rostro de Moisés no
simplemente “resplandeció”, como si se tratara de un resplandor interior, sino que
emanaba rayos visibles de luz (cf. Hab. 3:4, donde el resplandor de Jehová es descrito
en términos de “rayos que salen de su mano”, qarnayim miyyādô lô, (lit.)” tenía
‘cuernos’ de su mano”). El hecho de que Moisés no sabía (v. 29) indica que esta luz
resplandeciente no era producto de una experiencia subjetiva, sino que era una
transformación impuesta y originada en la comunión con Dios, (lit.) “porque habló con
Él”. Era un intercambio bilateral: el Señor habló con Moisés y Moisés, con el Señor.
Sobre los versículos 28–35, véase Cassuto (p. 447), Moisés “llegó a unas
dimensiones espirituales extremadamente elevadas y logró estar muy cerca del Señor”.
Su ayuno prolongado indica “que fue levantado por encima de todos los niveles de la
vida diaria y se acercó de un modo palpable a la esfera divina. A la luz de todo ello
podemos entender que […] el rostro de Moisés brillara”.
Utilizaremos el resumen de la narración del becerro de oro planteado en la p. 379
para profundizar un poco más en su significado, pero mientras lo hacemos deberemos
tener en mente constantemente el papel crucial que desempeña en el desarrollo del
libro de Éxodo, en el resto del Antiguo Testamento y en la religión bíblica, un asunto al
que volveremos al final de este capítulo. Este fue el momento en que los israelitas
empezaron a ver el pecado tal y como el Señor lo ve, a reconocerse a ellos mismos
como pecadores frente al Dios Santo y, por tanto, a comprender, en el contexto
verdadero, lo maravilloso de la presencia divina (caps. 35–40) y el lugar y la función de
los sacrificios como los medios designados a través de los que los pecadores podían
233
acercarse a Aquel que es santo y Él podía morar entre ellos (Levítico). Con el incidente
del becerro de oro, el pecado, la expiación, “la ira de un Dios que odia el pecado” y la
necesidad y el poder del sacrificio sustitutorio, se convirtieron para siempre en los
temas fundamentales de la religión bíblica y en el eje de la revelación divina.
234
Lo que principalmente unifica estos dos pasajes es el tema del pacto en peligro
(32:7–14) y, contra todo pronóstico humano, el pacto renovado (34:4b–28). Lo que
acabaremos por reconocer como la verdad central de todo este pasaje (F1,2) aparece, de
hecho, una y otra vez en el curso de la narración: que el Señor es invariablemente fiel a
sus propósitos, irresistiblemente comprometido con lo que ha prometido hacer. En
Egipto, Dios no escogió a Israel por su bondad y aquí su falta de bondad no le hizo
cambiar de idea. Desde el principio hasta el fin, nos ama simplemente porque nos ama
(Dt. 7:7–9) y el amor que nos sacó también nos hará entrar (Dt. 4:37–38).
Esta es la verdad y nunca podremos proclamarla demasiado a menudo: Dios ama
porque ama y es fiel porque es fiel. Toda nuestra salvación es de Dios, desde el principio
hasta el fin. Sin embargo, en esta maravillosa y bendita verdad de un Dios invariable de
salvación, la historia del becerro de oro hace que nos preguntemos si el Señor habría
permanecido fiel si Moisés no hubiera orado. ¿Acaso no dijo Dios déjame, para que […]
los consuma (32:10) para ceder después en respuesta a la intercesión de Moisés
(32:11–14)? Ciertamente esto es lo que parece y, ya que la Biblia es la Palabra de Dios
en las palabras de Dios, reflejando de manera fiel su mente y revelando infaliblemente
sus caminos, debemos tener en cuenta esta impresión para que podamos aprender una
lección importante.
Somos conscientes de que el Señor conoce el final desde el principio y que no sólo
ha preparado el principio y el final, sino que también ha determinado el curso entre
ambos. Sin embargo, aunque es cierto que Él nunca cambia, hay, en el centro de su
invariabilidad, un “misterio”, un “secreto revelado”, y es que el Dios que es soberano e
invariable cumple sus propósitos a través de las oraciones de su pueblo. Por ejemplo, el
nacimiento del predecesor del Mesías fue predicho por Malaquías cuatrocientos años
antes de que sucediera y fue ubicado en una fecha predeterminada en el calendario
divino (Mal. 3:1; 4:5–6). Sin embargo, cuando llegó el momento, Gabriel le comunicó a
Zacarías acerca del nacimiento de Juan el Bautista: “tu petición ha sido oída” (Lc. 1:13).
De esta forma, el propósito establecido fue cumplido gracias a que una pareja mayor y
sin descendencia habían orado por un hijo. La oración es una de las “leyes de Dios”
mediante las que gobierna el mundo.
La rápida respuesta del Señor demuestra la eficacia de la oración de Moisés, por lo
que esta es un ejemplo perfecto sobre la oración que es verdadera y eficaz.
a. La oración verdadera no busca la gloria de uno mismo, más bien la rechaza. No
sabemos lo difícil que debió ser para Moisés cuando el Señor le ofreció ser el fundador
de un nuevo comienzo, pero Moisés no dio lugar a la tentación.
b. La oración verdadera encaja con la voluntad revelada de Dios. El Señor dijo: tu
pueblo, que sacaste de la tierra de Egipto (v. 7), pero Moisés respondió: tu pueblo, que
tú has sacado de la tierra de Egipto (v. 11), y basó su oración en esta realidad conocida.
Si Dios ha dado a conocer su voluntad en un asunto dado, ninguna oración podrá
cambiarlo, por lo que es absurdo afirmar: “Hemos orado tanto sobre esto que debe ser
lo correcto”. Allí donde Dios a dado a conocer su voluntad, la oración verdadera la
tomará como punto de partida y orará en consecuencia. Debemos aprender a orar:
235
“Ayúdanos a hacer tu voluntad”, y no “Por favor, sé bueno y escúchanos cuando te
pedimos que lo pienses otra vez”.
c. La oración verdadera pide sobre la base de lo que Dios ha hecho. En 32:11,
Moisés menciona dos cosas: la elección y la obra de redención y liberación del Señor (tu
pueblo, que tú has sacado de la tierra de Egipto) y el poder a su disposición (con gran
poder y con mano fuerte). En la Biblia, la “mano” del Señor es una representación de su
intervención personal, su “toque” de poder. Estas verdades son aplicables tanto si
estamos orando por otros cristianos, por aquellos que aún no son cristianos o por las
circunstancias. Cuando oramos, deberíamos pensar en otros creyentes en términos de
la elección personal y amorosa del Señor; en aquellos aún fuera de la salvación, a la luz
del gran poder de Dios para salvar; y en cada una de las circunstancias del mundo,
como totalmente subordinadas al Señor para ocuparse de ellas cómo y cuándo quiera.
Él es el Dios del poder majestuoso del éxodo.
d. La oración verdadera se preocupa por el buen nombre del Señor. Moisés se negó
a recibir la gloria, pero no podía permitir que el nombre del Señor fuera ridiculizado o
tergiversado o que su poder pareciera insuficiente (v. 12).
e. La oración verdadera descansa en lo que el Señor ha prometido, en la confianza
de que, tal y como la ceremonia del bautismo del Libro de la Oración Común lo expresa
de forma realmente bella, “sin lugar a dudas, mantendrá y cumplirá lo que ha
prometido”. Moisés basó su confianza en Dios en las promesas que había hecho a
Abraham acerca de su descendencia. También Josué sabía que podía confiar en que el
Señor cumpliría sus promesas, por lo que en su discurso de despedida exhortó a los
líderes de Israel con unas palabras dignas de atención: “vosotros sabéis con todo
vuestro corazón y con toda vuestra alma que ninguna de las buenas palabras que el
Señor vuestro Dios habló acerca de vosotros ha faltado; todas os han sido cumplidas,
ninguna de ellas ha faltado” (Jos. 23:14–15).
236
que no tenía la suficiente paciencia o perseverancia como para esperar la palabra de
Dios (32:1). Esto era muy grave, ya que se trataba del pueblo de la palabra revelada no
queriendo ser gobernado por esta misma palabra revelada y, aun siendo
completamente conscientes de sus hechos, violaron las estipulaciones concretas que
exigían y pondrían a prueba su completa lealtad a Jehová. No eran simplemente unos
rebeldes, sino que también eran unos traidores. ¿Y qué es lo que hizo el Señor cuando
su ley fue quebrada, su Nombre menospreciado y su pueblo demostró ser inepto,
indigno y falto de disposición? Pues reiteró lo que Él es en su santidad (34:3) y repitió su
palabra invariable (34:1, 4a). Dios no adaptó ni su carácter santo ni su ley santa para
que se ajustara a la pecaminosidad y a la debilidad de su pueblo.
Jeremías 31:31–34 presenta el comentario bíblico de todo ello y afirma que la
imperfección del “viejo” pacto estaba en el lado humano, ya que el Señor fue
totalmente fiel a sus promesas (“mi pacto que ellos rompieron, aunque fui un esposo
para ellos”, v. 32). Esta expresión no sólo hace hincapié en el privilegio que ofrecía el
pacto de tener una relación íntima con el Señor sino que también, y más
concretamente, indica que dentro de aquella intimidad “matrimonial” que ofrecía el
pacto, Él jamás había fallado como “marido”. En el anunciado nuevo pacto, la ley del
Señor (“mi ley”, v. 33) permanece intacta. No se trata de rebajar el nivel para que el
pueblo pueda arreglárselas, sino al contrario: el pueblo es levantado para estar a la
altura de las exigencias de la ley del Señor mediante una transformación interior para
que “mente” y “corazón” estén en armonía con la ley ahora escrita allí. Todo ello
sucederá en la victoria final frente al pecado (v. 34, “pues perdonaré”; mi cursiva).
Aunque Jeremías tiene su mirada puesta en el nuevo pacto, Éxodo continúa dentro
del viejo, aunque el principio es el mismo. La ley quebrada fue repetida y jamás podrá
reducirse, modificarse o anularse. Sin embargo, el Dios que llamó a su pueblo a
obedecer, proveyó para suplir su fracaso, para que así pudieran estar a la altura de sus
exigencias. La ley permaneció, pero también lo hizo el tabernáculo, el sacerdocio y los
sacrificios y, con ello, evidentemente, el sacrificio único y definitivo por los pecados, con
su eficacia inherente para lavar a aquellos que estén dispuestos a caminar en la luz de la
verdad de Dios (Ex. 12:13; He. 10:12; 1 Jn. 1:7).
237
de su problema y decidió solucionarlo de una manera patética y peligrosa cuando se
dirigió al pueblo y, refiriéndose al becerro, dijo estas palabras: Este es tu dios […] que te
ha sacado de la tierra de Egipto (32:4). Evidentemente, hizo mal, y sus asombrosamente
ridículas excusas (32:22–24) demuestran que era consciente de ello, pero aún estando
tan terriblemente equivocado, dio a los israelitas un punto de referencia, un sentido de
pertenencia, sin el que tanto su pasado como su futuro habrían carecido de sentido. Al
menos, ahora tenían algo alrededor del que poder bailar.
No a los ídolos
El segundo mandamiento prohibía claramente la creación de ídolos y la adoración a
Jehová bajo alguna forma sacada de la creación (20:4). La referencia que encontramos
aquí a Jehová como un Dios “celoso”, es decir, apasionado por tener la devoción de su
pueblo única y exclusivamente para Él, subraya uno de los peligros de la idolatría. Es
inevitable que el amor por el Señor se convierta en amor por el objeto visible. Todo lo
que, por cualquier razón, usurpa su señorío y centralidad exclusivos es una provocación
hacia Él y una deshonra en nosotros. 34:13–14 toma de nuevo este tema del Dios
celoso al ocuparse de la futura entrada del pueblo a Canaán y la tentación con la que se
va a encontrar de adorar a los dioses cananeos en las maneras cananeas, o de adorar a
Jehová bajo las formas cananeas. Es evidente que este tipo de deshonra provocaría los
celos del Señor, aunque no es menos grave, tal y como vemos en 32:5–10, el hecho de
asociar el nombre divino con una representación física hecha por el hombre.
Deuteronomio 4 retoma este mismo tema cuando Moisés recuerda al pueblo acerca
de la maravilla que aconteció en el monte Sinaí. Allí, no vieron “ninguna figura” (v. 15) y
cuando olvidaron este hecho fundamental para seguidamente crear un “ídolo” se
corrompieron a sí mismos (v. 16). En la adoración al becerro vemos esta corrupción de
forma activa. Así como la adoración al Señor y la obediencia a su palabra llevan a una
pureza total de la vida y la sociedad, volverse a formas y objetos alternativos de
adoración las corrompe. El Señor Santo es la fuente de santidad. Cualquier otra fuente
es corrupta y trae corrupción. Por esto leemos que el pueblo se sentó a comer y a
beber, y se levantó a regocijarse (32:6) y que, a su regreso, Moisés vio que Aarón les
había permitido el desenfreno (32:25). La religión egipcia, al contrario de la cananea, no
estaba basada en rituales orgiásticos, aunque que con la elección de un becerro, uno de
los símbolos principales de la potencia sexual, podemos imaginarnos qué dirección
tomaría su adoración.
238
idealmente, tal y como lo entendía entonces, quería algo que pudiera ver (v. 18). Su
deseo de estar seguro de la presencia del Señor resultó ser irreprochable, pero ver la
cara de Dios era imposible (v. 20). Aún así, el Señor, en su maravillosa misericordia,
decidió satisfacer las necesidades de Moisés y lo hizo con una promesa (v. 14), un fugaz
vistazo a su gloria (vv. 20–23) y una palabra en la que poder descansar (34:5–9) y
mediante la que poder vivir (34:10–27).
La promesa de la presencia del Señor en 33:12–17 forma la primera parte de esta
sección tan sumamente importante de Éxodo. En el versículo 12, Moisés buscó la
confirmación de su posición en los planes del Señor: cómo sería capacitado para
cumplir su misión y hasta qué punto era estimado personalmente por el Señor. La
respuesta la encontramos en el versículo 17: el Señor había escuchado la súplica de
Moisés y sí, el Señor le tenía en gran estima. Si nos hemos sorprendido frente a esta
demostración de inseguridad por parte de Moisés, debemos recordar la forma en que el
sistema de los israelitas, incluyendo, aparentemente, el de Moisés, fue impactado por
el episodio del becerro de oro, lo que puso de relieve, por primera vez, los temas del
pecado, la muerte y el juicio. Si los percibimos subyacentes a los anteriores relatos de
Éxodo, es porque los leemos en retrospectiva. Sin embargo, ahora se han convertido en
los temas principales y, tal y como podemos ver claramente en Moisés, existe un temor
correcto respecto a Dios, un gran interrogante sobre el futuro y una necesidad de una
seguridad renovada de si un Dios así podía, en efecto, seguir junto a un pueblo como
este (véase esp., 32:7–14, 19–21, 28, 30–32). Si somos honestos, es normal que Moisés
estuviera confundido, ya que las recientes palabras del Señor apenas tenían sentido.
¿De qué servía tener la promesa de la presencia angelical (32:34; 33:2) si eso significaba
que el Señor estaría ausente (33:3)? ¿Nos sorprende que Moisés necesitara seguridad?
La seguridad que necesitaba vino de una promesa inmensamente dulce y tierna y
que encontramos en los versículos centrales de este pasaje (33:14–15). “¿Quién irá
conmigo?”, preguntó Moisés, y el Señor respondió: “Yo iré”. Un alivio inmenso debió
inundar el espíritu destrozado de Moisés y exclamó: Si tu presencia no va con nosotros,
no nos hagas partir de aquí. Es en estos momentos cuando podemos sentir el latido
espiritual de un verdadero hombre de Dios, que prefería quedarse permanentemente
en el desierto que entrar en una tierra en la que fluían leche y miel pero sin tener al
Señor con él.
Para llegar a comprender el significado pleno del mensaje de Éxodo, debemos
recordar que la presencia del Señor en medio de su pueblo siempre fue asegurada por
el ángel. Fue el ángel del Señor quien se apareció a Moisés en la zarza (3:2); fue el ángel
el que iba delante del pueblo en la columna de nube y de fuego (14:19a) y el que se
puso detrás de él para protegerlo (14:19b–20), y fue el ángel el que, antes de que el
pueblo pecara por primera vez, en el episodio del becerro de oro, les acompañó
durante el camino y garantizó su victoria (23:20, 23). Sin embargo, a pesar de todo lo
que había ocurrido, tanto el relato como la experiencia de los participantes principales
muestran claramente que el ángel que los acompañaba era el Señor mismo (cf.
13:21–22 con 14:19).
En otras palabras, el incidente del becerro de oro no cambió nada, pero hizo que los
239
israelitas comprendieran la difícil posición en la que estaban, como pecadores, delante
del Señor y ofreció una explicación de por qué Él había acompañado a su pueblo en la
forma del ángel. En primer lugar, la historia hasta el episodio del becerro de oro explica
cómo era posible que el Señor pudiese decir a la vez mi ángel irá delante de ti (32:34) y
Mi presencia irá contigo (33:14). El Señor y el ángel eran uno. En segundo lugar, sin
embargo, el incidente del becerro de oro y la revelación de la gravedad del pecado por
alienar al Dios santo y tener la muerte como resultado (32:10), revelaron el motivo por
el que el Señor podía decir enviaré un ángel (33:2) y yo no subiré en medio de ti (33:3) y
si por un momento yo me presentara en medio de ti, te destruiría (33:5). El ángel no es
una disminución de la presencia divina, sino un ajuste mediante el cual el Dios santo
puede, en toda su santidad, acompañar y estar en medio de pecadores y llevarlos hacia
una heredad de la que habrían sido excluidos debido a su pecaminosidad. El ángel es la
naturaleza divina en su totalidad que se acerca en su gracia.
La toma de residencia por parte del Señor en el tabernáculo en medio de su pueblo
no fue descrita simplemente como “Dios en medio de Israel”, sino “el Dios santo
viviendo entre pecadores” (cf. 1 Co. 3:16–17; 6:19–20).
En 33:18–23, la estructura lo revela todo:
A1 La oración de Moisés: “Muéstrame” (33:18)
B1 La autorrevelación prometida de Dios: la bondad y el nombre (v. 19)
C La realidad inaguantable (v. 20)
2
B La autorrevelación prometida de Dios: la gloria y el cuidado (vv. 21–22)
A2 La respuesta del Señor: “Verás” (v. 23)
Notas
19 La expresión toda mi bondad (v. 19) no es usada en ninguna otra autorrevelación
de Dios. Bondad es ṭûb y se emplea para la bondad de Jehová al bendecir y salvar (p. ej.,
Neh. 9:25; Sal. 25:7; Is. 63:7), para la belleza de la casa de Jehová (Sal. 65:4) y de su
abundancia generosa (Gn. 45:18). Aquí expresa la idea de todo lo que es bello,
beneficioso y generoso en el carácter del Señor.
Es importante observar el orden de este versículo: la bondad está concentrada en su
nombre y sus ingredientes principales son la misericordia (“gracia”, √hānan) y la
compasión (raḥam). La frase tendré misericordia del que tendré misericordia enfatiza
que es exclusivamente decisión de Dios a quién otorga su favor inmerecido (“gracia”), el
latido de su amor (“compasión”), el conocimiento de su nombre y la visión de su
bondad. Cassuto (p. 436) dice que “es imposible que tú sepas cuándo voy a actuar de
este modo o incluso si voy a hacerlo. Tendré misericordia […] si me apetece, cuando me
apetezca y por las razones que me apetezca dar” y, deberíamos añadir, a quien me
apetezca. Ni siquiera Moisés tiene un “derecho”. Todo es llevado a cabo por gracia, que
es la gracia soberana.
20 Es importante considerar la equivalencia entre mi rostro y verme [a mí]. El rostro
del Señor es su persona y personalidad. Cf. Salmos 139:7, donde “Espíritu” y
240
“presencia” son usados paralelamente.
El hecho de poder permanecer “cara a cara” con el Señor era parte de la unicidad de
Moisés. Números 12:8 indica que la visión concedida a Moisés aquí en Éxodo no fue ni
mucho menos algo extraordinario, por muy especial que fuera. Moisés disfrutó de una
conversación personal (lit. “boca a boca hablaré con Él”) con el Señor y llegó a ver su
“imagen” (lit. “la representación distintiva del Señor él observará”). Cada vez, Moisés
realmente veía al Señor pero, tal y como insiste Éxodo, nunca lo vio completamente. La
misma gracia que, en su soberanía, le había ofrecido la visión, también había guardado
y regulado la revelación según lo que Moisés podía aguantar. Si decimos que el Señor se
“acomodó”, debemos asegurarnos que no estamos pensando que el Señor se “redujo”
a sí mismo.
Esto es precisamente lo que Israel y Moisés aprendieron como consecuencia del
episodio del becerro de oro: que el Señor siempre había estado presente en la persona
de su ángel y que continuaría haciéndolo en el futuro (32:34; 33:2). El ángel es su
presencia “real” y “verdadera”, pero, concretamente, es su presencia “adaptada” para
morar en medio de pecadores, con el fin de poder ir con ellos, guiarlos y traerlos a lo
que Él ha prometido. En otras palabras, el ángel del Señor es un “anticipo” del Señor
Jesucristo, la segunda persona de la Trinidad. Cuando creemos en Él, creemos en el
Padre; cuando le vemos, vemos al Padre y cuando le oímos, oímos las palabras del
Padre (Jn. 12:44–45, 49–50). Él vino del Padre para darlo a conocer (Jn. 1:18) y la
respuesta a la súplica de ver al Padre es poder ver a Jesús (Jn. 14:8–9). Dios mismo
resplandece en nuestros corazones “para iluminación del conocimiento de la gloria de
Dios en la faz de Cristo” (2 Co. 4:6).
Nuestra situación es exactamente igual a la del pueblo en Deuteronomio 4:12 (y, sin
duda, también a la de Moisés) pero aun así es incomparablemente más plena, más
elevada y más gloriosa. Ellos no tenían la figura, sólo su voz, mientras que nosotros
tenemos una manifestación cuádruple de Dios en Cristo, que son los Evangelios. Llegará
el tiempo en que “sus siervos le servirán. Ellos verán su rostro” (Ap. 22:3–4), pero de
momento tenemos todas las representaciones posibles de Dios en Cristo en el rico
tecnicolor de las páginas inspiradas. Incluso Moisés sintió que no podía seguir sin una
reafirmación especial a través de sus ojos (33:18) y el Señor, comprensivo, satisfizo sus
necesidades mediante una promesa (v. 19), una advertencia (v. 20), protección (vv.
21–22) y satisfacción (v. 23). Sin embargo, la revelación más importante no fue lo que
Moisés vio sino lo que oyó (34:5–27): la palabra de Dios en cuanto a su revelación (vv.
5–8) y a sus instrucciones (vv. 8–26). Dios no ordenó a Moisés dibujar lo que había visto,
sino escribir lo que había oído (v. 27). El pueblo de Dios debe encontrar toda su
reafirmación y seguridad en Su Palabra y es también por ella que podemos mirar, sin
esconder nuestros rostros, el rostro de Jesús y, con pasos firmes, avanzar.
241
del Señor— crea lo que es, de hecho, el estado habitual de la iglesia visible en la Tierra:
una combinación de aquellos que han participado en los rituales y las ceremonias, han
compartido las experiencias generales y se han identificado formalmente con la iglesia,
y aquellos que se han comprometido personalmente, viven con la convicción de
pertenecer al Señor y se han identificado a sí mismos como un pueblo separado y
distinto de los demás.
242
una relación con Dios para que pudieran identificarse a sí mismos y tenerla.
La forma en la que la tienda fue armada deja claro que esta no era un sustituto
temporal del tabernáculo. Todos los verbos que aparecen a lo largo del pasaje están
usados de tal forma que expresan una acción habitual (“acostumbraba Moisés tomar
[…] la levantaba […] sucedía que […] todo el pueblo se levantaba y permanecía de pie”,
etc.), lo que indica que la tienda permaneció de pie, incluso después de que se hubiera
establecido el tabernáculo. Todo ello enfatiza la verdad de que junto a las formas
establecidas de la religión abiertas para todos los que se identifican con la iglesia y
participan en sus ceremonias, existe una religión personal y privada de una convicción y
devoción individual. Tal y como queda expresado en 33:7, la tienda de reunión era una
provisión para la espiritualidad personal (todo el que buscaba al Señor), cf. un lugar
apartado (fuera del campamento) y una realidad de la comunión con Dios (la tienda de
reunión). La relación de Israel con el Señor había sido brutalmente dañada con la
abominación del becerro de oro, pero hubo una doble vía de restauración: la contrición
y el arrepentimiento, un pesar real por el pecado (v. 6) y, con arrepentimiento, una
“búsqueda” personal de Dios (v. 7). En esto, Moisés fue el ejemplo de regularidad (v. 7
“acostumbraba”) y Josué, el ejemplo de perseverancia y consistencia (v. 11, “no se
apartaba”). Moisés representa el espíritu que vuelve del lugar secreto a servir al Señor y
a su pueblo; Josué, el hecho de que “en espíritu, el siervo no abandona su dulce
refugio” sino que “está siempre en espíritu ‘fuera del campamento’ ”. Y, en todo esto,
el Señor demostró honrar el deseo de sus hijos de ser como Él, pues iba, en persona, a
su encuentro (v. 10).
243
transgresión” (Ro. 4:15), “yo no hubiera llegado a conocer el pecado si no hubiera sido
por medio de la ley” (Ro. 7:7) y “al venir el mandamiento, el pecado revivió, y yo morí”
(Ro. 7:9). Es muy probable que el apóstol llegara a esta conclusión al leer Éxodo. El
capítulo 32 es la prueba viva de la opinión personal de Pablo de: “al venir el
mandamiento, el pecado revivió, y yo morí”. Hasta este momento, Israel había
murmurado (15:24), se había arrepentido de haber salido de Egipto (Ex. 16:3) y había
dudado de la presencia del Señor y de su poder (17:2–3, 7) sin ningún remordimiento
de conciencia, y todo ello mientras el Señor parecía, en su gracia, haber pasado por alto
su resentimiento y falta de fe y satisfacía todas sus necesidades. ¡Pero esto se había
acabado! Cuando la ley fue introducida, el pecado revivió e Israel vio, de una forma
demasiado gráfica, que la paga del pecado es muerte y experimentaron “la ira de un
Dios que odia el pecado” (32:28, 35).
Sin embargo, esta era la única cosa que había cambiado. Moisés expresó su
consternación cuando el Señor dijo que no iría con ellos pero que el ángel sería su guía
(32:34; 33:2–3). Con el libro de Éxodo en nuestras manos, sólo podemos preguntar:
“entonces, ¿qué hay de nuevo?”. Desde el principio (3:2), y a lo largo de todo el camino
hasta este momento, el ángel había sido su guía divino (cf. 13:21–22, y explicado con
más profundidad en 14:19), y a partir de ahora continuaría guiando y conquistando. Sin
embargo, lo que era nuevo era el haber recibido la ley y haberse tenido que enfrentar
cara a cara con la realidad funesta del pecado y sus consecuencias. Al final se dieron
cuenta de que aunque eran el pueblo del Señor, y, especialmente, su pueblo redimido,
aún eran pecadores delante de Él y que el ángel, a pesar de ser la Presencia real y
verdadera del Señor, también era una Presencia “adaptada”, mediante la cual Aquel
que es santo podía morar en medio de un pueblo pecador e indigno. En otras palabras,
no había sucedido nada nuevo, pero habían aprendido el significado de lo que hasta
ahora no habían llegado a entender: el verdadero significado de la santidad anunciada
en 3:5 e impuesta a ellos en 19:10–13, 23–24.
No es de extrañar que Moisés mismo se quedara desconcertado (33:15) y que el
obstinado Israel fuera llevado a un nuevo lugar de contrición (33:5–6) y de temor
reverente (33:8–10). Pero Dios no había cambiado: el ángel aún era su compañero
divino (cf. 23:20) y Canaán aún era su destino (32:34). Aquel que es santo había
revelado la santidad que es su naturaleza invariable y también había mostrado que
jamás dejará de cumplir lo que ha prometido. Es verdad que “adapta” su Presencia con
el fin de poder morar en toda su santidad y gloria en medio de pecadores, pero nada
hará que cambie sus propósitos: ni la falta de mérito de Israel (32:34), ni todo el poder
del enemigo (33:2). Él es Dios, el mismo ayer, hoy y siempre.
Notas adicionales
Ex. 32–34 Durham (pp. 417–419) ve la narración de los capítulos 32–34 como “un
laberinto de vetas y caminos separados […], a veces con detalles contradictorios” pero
“una unidad que trasciende un mosaico que, al fin y al cabo, es irrecuperable y, en
244
algunos casos, puramente imaginario”. Durham resume las diferentes opiniones de los
críticos en cuanto a las fuentes del pasaje que, según é, ofrecen “información valiosa”,
aunque para él se trata de “una unidad literaria maravillosa” de la que “todas las partes
deben ser entendidas específicamente en relación con la composición en su totalidad
[…] una narración dramática y perfectamente integrada” (p. 426). Su análisis es
particularmente valioso por resaltar el “peligro aterrador” en el que estaba Israel por
culpa de su pecado, “un Israel que había sido abandonado por la Presencia de Jehová
era peor que un Israel que jamás hubiera conocido esta Presencia”.
32:13 Muy a menudo (132 veces) el verbo “acordarse, recordar” (√zākar) tiene
como objeto directo la persona o la cosa recordada. Sólo en una ocasión (Jer. 3:16) rige
su objeto indirectamente mediante la preposición bĕ, en el sentido general de
“respecto a”. Aquí y en catorce ocasiones más, la preposición determinante es lĕ,
“recordar para”, que puede tener un sentido bastante general (p. ej., Jer. 31:34, [lit.]
“en referencia a sus pecados”). A veces, esta preposición expresa “en contra de” (p. ej.
Sal. 137:7 [lit.] “en detrimento de los hijos de Edom”), pero aquí significa “a favor de
Abraham” (cf. Sal. 132:1 [lit.] “para el bien de David”).
32:25 El verbo “regocijarse” (√sāhaq) es, en la mayoría de casos, usado en el
sentido positivo de expresar o encontrar placer, de reír (Gn. 17:17; 18:12–15; 21:6) y
disfrutar, pasarlo bien, ser libre y no tener problemas y hacer el amor (Gn. 26:8). Sin
embargo también tiene un lado inaceptable, de burlarse y ofrecer un entretenimiento
que es cruel y grosero (Jue. 16:25) o tener sexo ilícito (Gn. 39:14, 17). Así, al ser una
palabra muy general, debemos tratarla teniendo en cuenta su contexto. En el versículo
25, estar desenfrenado (√pāra’) es “no tener restricciones”, lo que sugiere que las
instrucciones del Señor habían dejado de importar. El ejemplo que encontramos en
Números 5:18 de una mujer descubriendo su cabeza apunta hacia la dirección correcta.
En Proverbios 1:25, leemos “desatendido” (LBLA; “desechasteis” RVR1960; lit.
“quitasteis toda la restricción de mi consejo”), cf. “evítalo” (Pr. 4:15) “menospreciar”,
“tener en poco” (Pr. 13:18; 15:32).
33:17 Conocer por el nombre es disfrutar de la intimidad personal propia de la
amistad. Así como el nombre del Señor es el resumen de lo que ha revelado de sí
mismo, el nombre de Moisés es la realidad esencial de su persona. Coates (p. 288)
apunta a cuando en 3:4 Dios llama a Moisés por su nombre (cf. 31:2; Is. 43:1). En la
expresión “has hallado […] gracia” (33:12; cf. 33:17), “gracia” es la traducción de hēn, el
equivalente en el Antiguo Testamento de la palabra charis en el Nuevo, que es la
bendición inmerecida de Dios. “Hallar” esta gracia no significa ganarla o trabajar para
conseguirla, sino simplemente reconocer que la necesitamos. Rut, mientras hablaba
con Booz (Rut 2:10, 13) pregunta: “¿Por qué he hallado gracia ante tus ojos?”, para
después suplicar: “halle yo gracia ante tus ojos”, con lo que está reconociendo que Booz
no está obligado a hacer nada por ella y que ella no puede hacer nada para obligarle. De
la misma forma, leemos que Noé “halló gracia ante los ojos del Señor” (Gn. 6:8), que es
lo mismo que decir que, en un mundo que había sucumbido bajo un delito universal del
cual nadie estaba exento (Gn. 6:5–7), un hombre fue escogido para recibir la “gracia”.
No cabe duda de que la verdad fundamental de este hecho es que la gracia encontró a
245
Noé y fue por esta gracia que se convirtió en el hombre especial de Génesis 6:9 (véase J.
A. Motyer, Look to the Rock [Espera en la roca], pp. 42–43). En resumen, el Señor, que
sabía todo lo que podía saberse de Moisés (su nombre), prometió extender su
suficiencia sobre él. 33:13 trata del regalo gratuito de la gracia (si he hallado), del
progreso de la vida que es impulsada por la gracia (tus caminos) y del doble objetivo de
aquellos a quienes se ha dado la gracia: conocer al Dios de gracia y hallar aún más
gracia (te conozca y halle).
33:7–11 Cassuto (p. 429) muy correctamente cuestiona la idea de que la tienda de
reunión represente una tradición alternativa a la del tabernáculo (cf. Durham, pp.
439–443), aunque sostiene que la “tienda” era un recurso temporal, pues “por el
momento el Señor no permitiría que se construyera el Tabernáculo según su plan
original a causa de la falta de mérito de los hijos de Israel”. Además de ser una idea
peculiar sobre el Dios soberano y omnisciente, pasa por alto el hecho de que el
tabernáculo era específicamente un lugar de sacrificio, es decir, un lugar donde el Dios
santo podía morar entre pecadores. Entonces, ¿por qué tendría que modificar o
posponer su plan? Cf. también Mackay (p. 551), “cuando más tarde se acabó de
construir el Tabernáculo, esta tienda ya no era necesaria”. Siempre se necesita una
tienda adecuadamente armada donde poder, sin ninguna liturgia o forma, disfrutar de
la comunión con el Señor. Tampoco podemos estar de acuerdo con Cole cuando afirma
que la tienda es una muestra de que a pesar de que el Señor no iría en medio de Israel
(33:3), tampoco retiraría completamente su presencia. Si este fuera el caso, deberíamos
preguntarnos, entonces, por qué fue el tabernáculo construido (por orden divina) en
medio de ellos. No, el tabernáculo y la tienda representan los dos lados de la verdadera
religión: las ordenanzas públicas y ordenadas de Dios y el lugar privado para la
comunión, la adoración y la oración secretas.
La nube de gloria
Éxodo 35–40
Las repeticiones en la Biblia indican sus prioridades. ¡Las cosas importantes son
dichas dos veces! En este caso, se trata de la realidad maravillosa contenida en el
tabernáculo: que el Señor, Aquel que es santo, el Redentor, el gobernador de mundo, el
Dios soberano en gracia y poder, desea venir y vivir en medio de su pueblo. Además, no
se trata sólo de una realidad de residencia sino también de una realidad de
identificación: mientras que Israel fuera un pueblo que vivía en tiendas, Él tendría su
tienda en medio de las de ellos; mientras que Israel fuera un pueblo nómada, Él
también viviría en un hogar móvil, para que así, tanto si se quedaban en un lugar sólo
246
por una noche o por un período más largo, como si estaban en marcha, el Señor mismo
continuara siendo el centro de sus vidas. De esta forma, lo que Éxodo anuncia se
cumple en Efesios 2:11–22 y es descrito, en su eterna consumación, en Apocalipsis
21:1–22:5.
247
en la vida doméstica, tal y como muestra la prohibición de encender “fuego en ninguna
de vuestras moradas” (v. 3). El día de reposo tiene que ser sometido a una planificación
detallada, tanto en el ámbito público como en el privado, para salvaguardar su reposo
libre de trabajo. La prohibición de encender fuego hacía imposible durante el día de
reposo llevar a cabo en casa lo que tenía que haberse hecho antes, en preparación para
el día de reposo.11 Así, vemos que el Señor toma en serio el descanso, incluso si
nosotros no lo hacemos y, sobre ello, Coates afirma, muy elegantemente, que “no
podremos trabajar con Dios si no sabemos qué es descansar con Él” (p. 303).
Notas
4 Childs (p. 635) intenta sacar “provecho documental” de la diferencia entre lo que
el Señor ha ordenado (v. 4) y lo que el Señor había ordenado por medio de Moisés (v.
29). Según afirma, la “forma vieja” ha sido adaptada al nuevo diseño que caracteriza los
capítulos 35–39 y “no hay ningún pasaje paralelo a 25:8–9, que habla del modelo
celestial”. Pero ¿por qué tendría que haberlo? Las diferencias que encontramos reflejan
cambios en cuanto al lugar y a la intención. Para Moisés, la revelación recibida en el
monte era el dato fundamental: la orden directa de Jehová. Sin embargo, lo que
necesitaba Israel para obedecer era la palabra del Señor a través de Moisés. El relato
como tal es totalmente coherente en sí mismo.
20–24 En 35:22 “objetos” (LBLA; “joyas” RVR1960; “adornos” NVI) (kûmāz) tiene un
significado incierto. KB ofrece el cognado “apretar el puño” y un uso talmúdico de
“corpiño”. En Números 31:50 se refiere a un botín de guerra.
Estos versículos elaboran la posición y el principio establecidos en 25:1–9 y
subrayan la lección que surge de ellos. En ocasiones, en nuestras iglesias se llevan a
cabo “días de ofrenda”, que están diseñados para tapar agujeros en la situación
financiera de la iglesia, pero ¿hay alguna base bíblica para estos “días de ofrenda”?
Podemos sacar algunas conclusiones a partir del llamamiento de David a dar la ofrenda
en 1 Crónicas 29:5. En primer lugar, el propósito de cualquier “día de ofrenda” no
248
debería ser el mantenimiento de la iglesia, sino su expansión y desarrollo. En segundo
lugar, no deberían darse ofrendas sin un corazón consagrado. En 1 Crónicas, David hizo
un llamamiento a aquellos que, ese día, estaban dando una ofrenda de forma
totalmente voluntaria “llenando sus manos”, consagrándose a sí mismos para el Señor.
Cuando Pablo intentó fomentar la acción de dar (y, una vez más, no se trataba de
remediar un déficit en las finanzas de la iglesia, sino de incrementar el ministerio
cristiano), su modelo era la iglesia de Macedonia, que, aún siendo muy pobre, no sólo
daba generosamente sino que además “primeramente se dieron a sí mismos al Señor”
(2 Co. 8:5). Las órdenes que recibió Moisés iban en la misma dirección. En 35:5 se pasa
a buscar una ofrenda. La palabra es tĕrûmâ, que, aún teniendo un significado general,
procede de la idea base de algo que ha sido “tomado” o “elevado” de un todo ya
existente. Por tanto, cada persona debe averiguar lo que ya posee y separar lo que iba a
ser del Señor.
El pasaje acaba indicando que Israel obedeció las órdenes del Señor comunicadas a
través de Moisés trayendo una ofrenda voluntaria (nĕdābâ) al Señor (35:29). Aquí, el
hincapié se ha puesto en la buena disposición y elección de dar por el puro deseo y
voluntad de hacerlo. En el capítulo 35 hay, en total, siete versículos referentes al
compromiso del corazón en el ejercicio de santificar las posesiones y los talentos al
Señor. Tenemos: de corazón generoso (v. 5), hábil (lit. “sabio de corazón”, v. 10), aquel a
quien impulsó su corazón y todo aquel a quien movió su espíritu (v. 21), de corazón
generoso (v. 22), hábiles (lit. “sabias de corazón”, v. 25) y cuyo corazón las llenó de
habilidad (v. 26).
Donde el corazón está en lo cierto y los motivos para la consagración personal están
en marcha, el presupuesto aumenta y los problemas económicos y de provisión se
acaban (cf. 36:4–7). La riqueza que el pueblo estaba dando tan generosamente debió
proceder, en su mayoría, del momento en que el Señor tocó los corazones de los
egipcios para responder a los deseos de Israel antes de partir (12:36). Siempre damos lo
que el Señor nos ha dado previamente a nosotros, por lo que, en última instancia, todo
tiene su origen en su gracia (cf. 1 Cr. 29:14). Sin embargo, el mensaje de esta
presentación de las ofrendas en Éxodo también enseña otra lección: que por la
voluntad del Señor, nuestro uso principal de los frutos de la redención es participar en
aquello que asegure su presencia entre nosotros. Cuando el Señor quiso venir a vivir en
el centro de las vidas de su pueblo en el tabernáculo, impuso sobre ellos la obligación
de proveer los medios necesarios y dedicar lo mejor y lo más distinguido a esta
empresa. No cabe duda de que esto implicaba sacrificio por su parte, pero fueron
llamados a tomar la decisión de no guardarse nada para poder asegurar la presencia del
Señor entre ellos. Para ponerlo simple: si no se tenía el tabernáculo, tampoco se tenía
la presencia de Dios, por lo que tenían que decidir si querían que el Señor estuviera
entre ellos o no. En el lado divino, se trata únicamente de la gracia; en el lado humano,
se trata de una decisión y un deseo del corazón.
El resto de esta sección, 35:30–36:7, se ocupa de los trabajadores y los materiales
para el tabernáculo y de la suficiencia de lo que fue dado libremente. Bezaleel y Aholiab
fueron nombrados líderes de la construcción, por lo que tenían que participar en las
249
obras mismas y también enseñar a los demás. Cuando llegó el momento de empezar el
trabajo, descubrieron que, a pesar del coste de las obras que aún estaban por delante,
ya tenían más que suficiente para completar la tarea.
La “forma” de cada una de estas subdivisiones es instructiva. En 35:30–36:1, las
tareas (vv. 32–34) y las habilidades (v. 35) que les había dado Dios están delimitadas por
el Espíritu capacitador de Dios (v. 30) y la palabra obedecida de Dios (36:1). La
capacitación del Espíritu debe fluir por el canal de la palabra. En 36:2–7, el impulso
interior del corazón de cada persona (v. 2b) y las ofrendas voluntarias (vv. 3–6) están
delimitados por el regalo de la sabiduría por parte del Señor (v. 2a) y la ofrenda de los
recursos suficientes para las obras por parte del pueblo (v. 7). La sabiduría humana no
es suficiente para la obra de Dios; sino que necesitamos de la sabiduría divina. E incluso
con todo ello, si no damos de manera consagrada, el trabajo permanecerá inacabado y
la maravillosa realidad de la presencia de Dios en medio de su pueblo no podrá
realizarse.
El propósito de toda la tarea, asegurar y proveer el lugar de morada para Dios en
medio de su pueblo, aún tendría que ser la ambición de todos los grupos de cristianos,
para así hacer realidad su verdadera naturaleza como templo de Dios, donde mora el
Espíritu Santo (1 Co. 3:16; 6:19). Si tomamos este pasaje de Éxodo como modelo, vemos
que hay un principio sobre el liderazgo para aquellos que han sido llamados y dotados
para ello: el deber de ejercer los dones que Dios les ha dado (35:32–33), enseñando a
otros (35:34a) y trabajando todos los líderes los unos con los otros (35:34b) bajo la
palabra de Dios (36:1). Para aquellos que están bajo este liderazgo, encontramos un
principio de seguimiento comprometido, que implica receptividad (36:2) y la voluntad
de dar sus bienes (36:3) y su tiempo (36:4), todo, una vez más, bajo la palabra de Dios
(36:5).
250
de las listas surge del propósito concreto por el que se diseñó cada lista. Por ejemplo, la
primera se concentra en las prioridades doctrinales y, por tanto, el arca aparece en
primer lugar. Tal y como ya observamos anteriormente, todo lo demás se deriva de lo
que el arca representaba y de su propósito. Por otro lado, la segunda lista (36–39) se
parece a las especificaciones de un albañil y sigue el orden con el que un artesano
práctico abordaría una tarea tan compleja. Por esto, la tienda misma está en primer
lugar. Lo mismo ocurre con la lista del levantamiento, donde la tienda tenía que
armarse primero para poder poner el arca dentro de ella. Todo esto demuestra, tal y
como afirma Cole (p. 239), “una reorganización sistemática y cuidadosa, y no una
repetición irreflexiva”.
Es lógico que nos preguntemos por qué es necesario ocupar tanto espacio de una
forma tan repetitiva, pues, a pesar de algunas diferencias en el orden y otros detalles,
los capítulos 35–40, por lo general, son reiteraciones de lo que ya se había dicho
previamente. El tabernáculo fue erigido tal y como se describe, pero precisamente aquí
está el quid de la cuestión. El Señor no cambia. Balaam, aquel hombre extraño, estaba
en lo cierto cuando afirmó “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre,
para que se arrepienta. ¿Lo ha dicho Él, y no lo hará?, ¿ha hablado, y no lo cumplirá?”
(Nm. 23:19). Evidentemente, nada justifica nuestro pecado, pero ni la rebelión más
grande de su pueblo puede disuadir al Señor de realizar sus propósitos. Tal es la
soberanía absoluta de Dios en poder y misericordia que, sin calumniar su santidad ni
consentir o acomodarse a la calamidad moral de lo que había hecho Israel, el desastre
del becerro de oro se convirtió en la ocasión en que Israel aprendió la gravedad del
pecado, la extrema bondad de la gracia y la determinación inflexible del Señor para
cumplir los propósitos que había dado a conocer. Así, el Señor aún quiso morar en
medio de su pueblo y por esta razón las especificaciones para el tabernáculo parecen
repetidas sin ninguna alteración o modificación, “Porque yo, el Señor, no cambio; por
eso vosotros, oh hijos de Jacob, no habéis sido consumidos” (Mal. 3:6).
251
nómada de este. Fue llamada la “tienda de reunión” debido a que su finalidad revelada
era “me encontraré allí con los hijos de Israel” (29:43).
Los versículos pueden dividirse en cuatro partes:
La nube de advenimiento (v. 34). Esta anunciaba la llegada del Señor a su hogar.
Durham (p. 500) observa el sentido, como mínimo, de prontitud o, incluso, de
impaciencia o urgencia con la que el versículo 33 es seguido del versículo 34, “acabó
Moisés la obra. Entonces la nube cubrió la tienda de reunión” (aunque la aparición
razonablemente permisible de entonces en la LBLA impide, de cierta forma, ver
claramente esta impaciencia). Es como si el Señor “no pudiera esperar” a empezar a
vivir con su pueblo. La nube sobre el tabernáculo recuerda claramente a 24:15–16,
donde se dice que (lit.) “la nube cubrió la montaña y la gloria de Jehová reposó
[√šākan] sobre el monte Sinaí”. Esto ha llevado a varios comentaristas a hablar, con
fundamento, del tabernáculo como un “Sinaí portátil”.
La nube que barra el paso (v. 35). Por muy extraño que hubiera parecido, la tienda
destinada a ser el lugar de reunión era también el lugar donde incluso Moisés no pudo
entrar para encontrarse con el Señor. El título no se adecua con la realidad. El Señor
había llegado a casa, pero no estaba “en casa” para las visitas inesperadas. ¿Se
sorprendió Moisés? Si leemos entre líneas, el texto parece sugerir que sí se sorprendió,
que intentó entrar pero no pudo. Aún así, en realidad, nada había cambiado. En el Sinaí,
aunque Moisés sí podía entrar en la presencia divina, nunca lo hizo sin una invitación, y
en 24:15–16 incluso esperó seis días antes de ser llamado. El Señor está soberanamente
al control de su propia puerta principal. Él decide cuáles son las condiciones para la
entrada (cf. 3:5). Sin embargo, una vez el tabernáculo estuvo armado y el becerro de
oro estuvo creado, el pecado y sus catastróficas consecuencias quedaron al descubierto
y la ira de Dios se reveló desde el Cielo en contra de toda la impiedad y los israelitas
reconocieron su pecaminosidad y la santidad del Señor. Una vez más, Moisés debe
esperar la invitación divina. Sin embargo, esta vez se necesita casi todo el libro de
Levítico para explicar con detalle las condiciones para que esto suceda: el
derramamiento de sangre y la vida del inocente dada en lugar de la del culpable. La
invitación al acercamiento no tardó en llegar (Lv. 1:1). El tabernáculo era
específicamente un lugar donde los pecadores podían vivir en comunión con Aquel que
es santo, y Él con ellos, sobre la base de la expiación.
La nube que guía (vv. 36–37). Estos versículos contrastan intencionadamente con el
versículo 35. Es posible que la noción de “barrera” hubiera sugerido una ambivalencia
en la presencia del Señor, estaba allí pero sin estarlo, en su morada y, aún así, distante.
Sin embargo, esta idea queda contradicha enseguida. Efectivamente, el Señor estaba en
medio de su pueblo y estaba presente como el Dios viviente, no como uno que está a su
disposición, sino como el Soberano. Mediante su liderazgo, su cuidado y su control
activos, Él era el mismo Dios que había guiado a su pueblo en los días difíciles y llenos
de pruebas que pasaron desde que salieron de Egipto hasta llegar al Sinaí. Eran ellos
quienes tenían que estar a su disposición, no Él a la de ellos. Ellos le pertenecen y, por
tanto, es Él quien está al mando. No son ellos los que deben encontrar un lugar
confortable para acampar y después decidir si quieren quedarse más tiempo, o quejarse
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cuando se sientan incómodos y, entonces, ponerse otra vez en marcha. Ellos son su
pueblo; Él es su Dios, que siempre se acerca a ellos como “capitán del ejército del
Señor” (Jos. 5:14). Además, si toda la construcción del tabernáculo indica que el
propósito constante del Señor es morar en medio de su pueblo, entonces los versículos
36–37 subrayan su propósito invariable de traerlos a la heredad que Él les ha
prometido.
Su amor en el pasado les prohíbe pensar
que, al fin, dejará que se hundan en su mar de problemas.
Sin embargo, había una clara disciplina de dirección y el pueblo tenía que salir,
pararse, quedarse y continuar tal y como se le ordenaba, y deberíamos tener siempre
presente que la dirección no era algo que ellos hubieran “buscado”, sino algo que
habían estado esperando. Se trataba de una responsabilidad del Señor y no de una
fuente de ansiedad para el pueblo de acertar el camino correcto. Todo lo que tenían
que hacer era reposar, esperar y observar, mirar hacia arriba y fijar su vista en el Dios
soberano. La dirección era sólo un aspecto de su vida diaria en la presencia de Dios (cf.
Is. 50:4–5).
La nube que es fiel (v. 38). Los versículos 36–37 contrastan con el versículo 35 y
corrigen cualquier posible malentendido. El versículo 38 completa el versículo 34 y hace
hincapié en que la nube iba a ser una realidad permanente en el centro de la vida del
pueblo del Señor, todo el tiempo, para toda la casa de Israel y en todas sus jornadas.
2. La inclusio de Éxodo
El final de Éxodo hace numerosas referencias a textos anteriores de la Biblia.
Stephen Dray (p. 204) observa, con perspicacia, que 39:42–43 “parece un eco de
1:1–2:4”, ya que hace del pueblo de Dios su nueva creación, en quien “debía exponerse
el propósito original de Dios para el mundo” y muestra cómo la presencia divina
perdida por Adán y Eva fue restaurada en el Señor que habita en medio de su pueblo.
De la misma forma, podríamos observar juntamente con Bentley (p. 345) que el énfasis
en la obediencia a la palabra de Dios (40:16, 19, 21, 23, 25, 27, 29, 32) recuerda a
Génesis 6:22 y 7:5, 9. La obediencia siempre es la clave para disfrutar de la salvación del
Señor (cf. Hch. 5:32).
Sin embargo, si nos centramos en el final mismo de Éxodo, podremos observar que
40:34–38 establece un vínculo notable con 25:1–9, especialmente “que hagan un
santuario para mí, para que yo habite [√šākan] entre ellos” (25:8). De esta forma, el
principio y el final del pasaje acerca del tabernáculo quedan unidos y vemos una vez
más que el Señor no cambió su curso. Con el becerro de oro o sin él, sus planes de
gracia no necesitaban ser modificados. El incidente del becerro de oro tenía su lugar y
propósito, ya que, a través de él, los ojos de Israel se abrieron a su pecado, su gravedad
y sus terribles consecuencias, y les hizo enfrentarse a la santidad divina, no como una
realidad celestial, sino como una fuerza en la Tierra. También reveló la gracia de la que
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dependía el poder estar en la presencia del Señor, pero sus propósitos de gracia, vistos
ahora desde la perspectiva correcta, continuaron invariables.
Una inclusio aún más importante se remonta a los primeros capítulos de Éxodo.
Aunque en 1:1–2:10 no hay ninguna referencia a una “nube”, no podríamos exponer el
pasaje sin hacer referencia a los “días de oscuridad” y a “vivir en tinieblas”. No cabe
duda de que se trataba de una época oscura. La oscura sombra de la esclavitud se
extendía sobre el pueblo de Dios: el llanto amargo de dolor cuando sus hijos les eran
robados para el río, los golpes de los capataces, un futuro sin esperanza y la política
implacable e indiferente de genocidio. En aquel tiempo, eran un pueblo bajo una nube,
incluso si el texto no lo menciona explícitamente. Ahora, al final del libro, eran, una vez
más, un pueblo bajo una nube, pero esta vez era la nube del Señor, la señal de su
presencia en gloria, santidad y gracia. Entre estas dos nubes, el Señor soberano de toda
la Tierra había aniquilado todo el poder del enemigo, había asegurado la liberación de
su pueblo, los había traído a sí mismo por la sangre del cordero, los había honrado con
su ley directiva y había venido, en la plenitud de su persona, para establecer su
residencia permanente en medio de su pueblo. Esta es la historia completa del libro de
Éxodo.
Notas adicionales
35:29 √nādab (que aparece veintiuna veces en el Antiguo Testamento) está, en la
mayoría de los casos, en la forma hithpael del verbo, la cual es básicamente reflexiva y,
por tanto, significa, o bien “ofrecieron voluntariamente de sí mismos” (es decir, por
voluntad propia; p. ej., 1 Cr. 29:6, 9), o bien “se ofrecieron a sí mismos” (p. ej., Jue. 5:2,
9; 1 Cr. 29:5). Cf. su uso para los regalos “abundantes” del Señor (Sal. 68:9[10]) y su
generoso amor (Os. 14:4[9]).
38:8 La referencia a las mujeres y sus espejos aparece sin explicación alguna,
aunque, evidentemente, es totalmente adecuada en lo que es simplemente una lista de
la construcción. En la frase mujeres que servían, √ṣābā’ es usado dos veces. Este verbo
es usado en cuanto al servicio militar (p. ej., Nm. 31:7, 42; Is. 29:7–8), en el servicio de
los levitas (p. ej., Nm. 4:23) y al “reunir o alistarse en” un ejército (2 R. 25:19). ¿Sería
posible que originalmente tuviera un significado de “servicio alistado” y que las mujeres
fueran “alistadas” oficialmente como ayudantes de los levitas? El texto habla de (lit.)
“las mujeres alistadas que ofrecieron un servicio alistado” y vuelven a ser mencionadas
en los espantosos acontecimientos de 1 Samuel 2:22 (véase Mackay, p. 591; Cole p.
236). Hyatt (p. 330) increíblemente aprueba la idea de que incluso en Israel había
“sacerdotisas” (a quien él llama “prostitutas sagradas”), aunque entonces, tal y como
observa Cole con gran agudeza, no tendría sentido haber reprendido tan directamente
a los hijos de Leví. La referencia de Éxodo a los grupos de mujeres puede fácilmente
explicarse como equipos de proveedoras que asistían a Belazeel, Aholiab y sus hombres.
También deberíamos notar la inesperada referencia a los levitas en 38:21. Esta es la
única ocasión, aparte de 4:14, que se menciona a los levitas, lo que sería imposible de
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explicar si (tal y como afirman los defensores de la teoría documental) la legislación del
tabernáculo fuera “tardía”. Sin embargo, teniendo en cuenta su contexto, todo esto es
correcto. El incidente del becerro de oro destacó a los levitas como una tribu
consagrada y no cabe duda de que su trabajo concreto como funcionarios del
tabernáculo fue establecido principalmente durante este período. No son mencionados
en las instrucciones para el tabernáculo (vv. 25–31) porque estas fueron comunicadas
antes del episodio del becerro.
40:35 Para Hyatt (p. 332), la exclusión de Moisés en 40:35 es inconsistente con su
entrada en la presencia del Señor en las demás ocasiones en Éxodo y lo “soluciona” al
asignar el versículo 35 a la “fuente” PB, y el versículo 34, a PA. Sobre el vínculo entre
Éxodo 40:35 y Levítico 1:1, véase Mackay (p. 605).
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