¿Le apetece un dolor de espalda?
Mateo: Creo que no es necesario darle más vueltas: Tengo un
agarrotamiento aquí en la espalda, en la zona del cuello, y me
vienen mareos, y sudores fríos, y me atacan una especie de
espasmos y pierdo la conciencia por momentos. Y creo que es más
que suficiente para que me firme esa baja médica, doctor. Tenga en
cuenta que hago visitas a clientes en el vehículo de la empresa. Y
podría tener una de esas pérdidas de conciencia mientras voy
conduciendo. Y usted sería responsable de lo que me pudiera
pasar, doctor. Porque yo estoy aquí, hoy, y usted me está diciendo
que no tengo nada… cuando sí tengo algo. Algo que me provoca
mareos, que me hace perder el conocimiento y que además… duele
mucho. Tengo un dolor continuo, doctor. Es como si recibiera una
descarga eléctrica, pero permanente, zas, zas, zas, todo el rato… Yo
no soy médico pero creo que necesitaré unos diez días de reposo,
de “desconexión”, no menos de diez, lo suyo serían doce para
curarme bien, a contar a partir del siete de abril y hasta el
veintisiete. (El doctor muestra extrañeza por la precisión de las
fechas). Sí: del lunes próximo al viernes de la semana siguiente,
ambos inclusive. Es que además de doler, de dar mareos y provocar
pérdidas de conciencia, esto que tengo yo: es contagioso. Podría
contagiar al resto de compañeros de trabajo. Sería un drama. Y el
primer expuesto, por el rato que llevamos aquí dándole vueltas, es
usted, doctor. ¿Es que le apetece tener un dolor agudo en la
espalda, un dolor horrible de descarga eléctrica que le dejará
dormir ni le dejará hacer nada? ¿Le apetece…?
Quiero unos peces como estos
Juan: Quiero unos peces como estos. Exactamente. Uno verde, uno
amarillo, uno naranja, dos azules, y uno marrón. Los quiero de la
misma raza -¿se dice raza?- y de tamaños igual, o al menos muy
parecidos. No crea que soy un fanático del mundo animal
submarino, no, soy precisamente lo contrario: detesto los animales,
y en particular los peces. Me parecen imbéciles. Y sólo a un imbécil
como mi jefe se le puede ocurrir tener peces en su despacho. La
culpa es de mi jefe, por tener peces en el despacho. Yo sólo entré
con unos colegas a bromear un poco y, jugando jugando, se rompió
el termómetro de la pecera y se esparció el mercurio por el agua y…
joder: Fulminante. Todos muertos en cuestión de segundos. Mire:
he conseguido hacer lo más difícil. He podido vaciar la pecera, la he
limpiado y la he vuelto a llenar. Y todo eso sin que se entere la
secretaria de mi jefe, cosa que tiene mucho mérito. Ahora sólo me
queda echar dentro unos estúpidos peces para que todo quede
como estaba. Y quiero exactamente unos peces iguales a estos: uno
verde, uno amarillo, uno naranja, dos azules y uno marrón.
¿Entiende lo que le digo? Dígame que sí los tiene, por favor, dígame
que los tiene. No me diga que al cabrón de mi jefe se le ocurrió
comprar especies raras porque me da algo.
Antes de contestar
DANI: Antes de que contestes, te voy a contar una cosa: estaba el
otro día en una cafetería sin hacer nada, perdiendo
miserablemente el tiempo -era un viernes por la noche, sí, era un
viernes por la noche-, sin ni siquiera fumar –porque ahora no se
puede fumar en los bares-, cuando de repente veo que entra por la
puerta una chica guapísima, con un vestido negro ajustado, tacón
alto, rubia, unos pechos impresionantes… la bomba, vamos, el tipo
de chica con la que siempre has soñado y nunca ves andando por el
mundo real, sólo en las revistas, ¿sabes? Pues bueno, la chica,
desde la puerta mismo, busca con la mirada por entre todas las
mesas y, al final, parece que se decide, acaba de entrar, se me
acerca y me pregunta: “¿Eres Carlos?” No soy un aventurero ni un
mentiroso, pero en aquel momento pensé que si dejaba pasar una
oportunidad como esa, me arrepentiría toda la vida, así que le dije:
“Sí”. Y me arreó un bofetón que me dejó el tímpano silbando. Qué
hostión me dio. Y estaba la tía insultándome de mala manera
cuando aún pude ver que, en el otro extremo del bar, un tipo se
levanta sigiloso, paga y se marcha discretamente, mirando de reojo
nuestra mesa.
Atacar la cumbre
PABLO: (afectado) Llevábamos días esperando que mejorara el
tiempo. Por fin, el jueves 21 el viento aflojó. No era un buen día,
pero al menos había dejado de azotarnos aquel viento huracanado.
Y eso nos animó. Las previsiones meteorológicas para el resto de la
semana no eran optimistas, así que se nos presentaba una
oportunidad única, teníamos una pequeña ventana para intentarlo,
era “ahora o nunca”.
Había mucho riesgo, sí. Así que lo hablamos. Lo discutimos los seis.
Somos un equipo, éramos un equipo. Hasta ese momento,
habíamos estado de acuerdo en todo, nunca había estado en una
expedición tan cohesionda como ésta pero… en aquel momento
crucial tuvimos opiniones diferentes. No criticaré la capacidad de
nadie. Todos éramos grandes alpinistas, con mucha experiencia a
nuestras espaldas, pero en aquellas circunstancias quedó claro que
teníamos maneras diferentes de entender la aventura. Cinco contra
uno. Me quedé solo. Lo lógico habría sido acatar la decisión del
grupo y mantener el bloque pero… pero… los que conozcan la alta
montaña sabrán que, a siete mil metros de altura te estás jugando
la vida y lo justo es que cada uno pueda decidir por sí mismo sobre
sí mismo, así que… optamos por separarnos.
(Triste, nostálgico).
Aún recuerdo sus caras cuando nos separamos. Si estuvieran aquí,
podríamos escuchar su relato pero… no están.
(Detiene la narración un instante, embargado por el recuerdo
doloroso)
¿Qué pasó? Me despedí así, con el brazo, y… emprendí el camino
de la cumbre en solitario. Fue una ascensión dura. Llegué a la cima
a la una del mediodía -el primer europeo en alcanzar la cumbre del
Kananda sin oxígeno-. Ellos se fueron a casa. No he vuelto a saber
de ellos… No me hablan… Creo que se han enfadado conmigo…
No regañaré a su hijo
ALBERTO: No señora, yo no regañaré a su hijo, ni le pegaré. (Al
niño) No, niño, yo no te regañaré, ni te pondré una mano encima.
Mi trabajo aquí –estoy hablando con usted ahora, señora- es servir
mesas, no educar niños. Con el debido respeto, señora, creo que
ese trabajo le corresponde a usted; no “educar niños”, en general,
claro, sólo educar al suyo. No tiene porqué educar a esos dos, por
ejemplo. ¿Ve esos dos hermanos? Vienen a menudo: llegan con sus
padres, se sientan, comen y, cuando han terminado, se van. No
tiene usted que tomarse la molestia de ir allí a decirle a los críos
que en un restaurante, cuando se está con gente, no se grita, que
en un restaurante no se juega con los cubiertos, no se tira la
comida al suelo y no se corretea por entre las mesas. No tiene que
hacerlo. No porque los niños ya estén callados –¿los ve, señora?-,
no porqué estén callados, quietos y comiendo su comida
civilizadamente con los cubiertos, no, sino porque no son sus hijos.
Este niño –hola, niño- este niño, que yo sepa, no es hijo mío. Así
que no voy a ser yo quien le diga que en un restaurante no se grita,
no se tira la comida al suelo y no se corretea por entre las mesas. Y,
por supuesto, no voy a regañarle, y -aún menos- pegarle. No me
corresponde. Lo que me corresponde hacer –y por ello me pagan-
es tratar que mis clientes estén bien. Así que, si la próxima vez que
vienen a este restaurante se quedan… te quedas fuera –y ahora
estoy hablando contigo, niño- porque súbitamente se han
reservado todas las mesas y no queda ni una sola libre, no pienses
que la gente de esta ciudad ha conspirado para dejarte sin comer:
la conspiración la tienes en casa y tú formas parte de ella. Yo no
regaño ni pego. Como ve, señora (a la señora), he hablado con el
niño educadamente.
Cumpleaños feliz
LUCAS: Cumpleaños feliz, cumpleaños fe… (La falta de reacción de
ella hace que a Lucas se le muera la canción en los labios) Es…
¿mañana? (No hay respuesta) Fue… ¿ayer? (No hay respuesta) Es
jodido. Mis padres me enseñaron de pequeño que si no sabía una
cosa, tenía que preguntar, sin avergonzarme. ¿Cuándo ha sido?
Llevo días dándole vueltas, como dos semanas, créeme. Si te lo
preguntaba mal. Si no te lo preguntaba… mal, ya ves. No quise
llamar a Laura, ni a Estela, para que no pensaran que… para que no
creyeran que había olvi… ¿Sabes qué he llegado a hacer, Delia? Me
abrí una cuenta en facebook –sí, en facebook, yo-… porque sabía
que en facebook te avisan de los aniversarios y todo eso, pero no…
no pude entrar en tu cuenta porque para entrar en una cuenta
tienen que… agregarte, ¿se dice ‘agregarte’?, tienen que…
aceptarte como amigo, bueno, tú lo sabrás mejor que yo… Y mi
cuenta era anónima… Creo que le di a la tecla de preguntar si
querías ser mi amiga y creo que me ignoraste o me dijiste que no,
yo qué sé -bien hecho-… y yo no insistí, no te dije que era yo
porque no quería que supieras que estaba intentando adivinar,
recordar el día de tu cum… porque me pareció ridículo eso de
preguntarte si querías ser mi amiga. Sería como volver a empezar.
Qué tontería, verdad. (No hay respuesta) ¿Verdad…?
Mi pared
TONI: Las hemos pintado todas del color que tú has querido
(corrige), del color que hemos querido; vamos a poner los muebles
que los dos hemos elegido; esta es el piso que los dos quisimos. Es
nuestro piso, sí. Y estoy contentísimo. Pero ésta… va a ser mi pared.
Lo hablamos, cariño. Me diiiste que sí. Respétamelo, por favor. Y
ahora la pintaré de color rojo. No te he pedido opinión, y no lo
haré. Será roja. Igual dentro de unos meses me canso del rojo y la
pinto de color verde o violeta o marrón, no lo sé. Y no te pediré
opinión. Simplemente, la pintaré. Ése fue el trato. Es una estúpida
pared. Metro y medio por no sé cuanto de alto, es la más pequeña
de la casa… pero la necesito. Necesito que esta pared sea mía y solo
mía, poder pintarla del color que quiera, cuando quiera, sin avisarte
de que la voy a pintar, sin contártelo luego. Total, no se ve, ¿quién
va a entrar aquí? Es un piso precioso, lleno de preciosas paredes
color crema, con preciosos muebles de diseño, en un barrio
precioso, lleno de niños y columpios; tendremos niños, claro que sí.
Pero ésta será mi pared. Si no te gusta no la mires, cariño. Te
quiero. No la mires. Seremos felices.