CAPITAL SIMBOLICO
Bourdieu introduce de hecho una cuarta especie de capital: el capital simbólico. Se
trata de ciertas propiedades que parecen inherentes a la persona misma del agente,
como la autoridad, el prestigio, la reputación, el crédito, la fama, la notoriedad, la
honorabilidad, el buen gusto, etc. Así entendido, el capital simbólico “no es más
que el capital económico o cultural en cuanto conocido y reconocido”
El capital simbólico es la energía social basada en esas relaciones de sentido. Este
capital se funda en la necesidad que tienen los seres humanos de justificar su
existencia social, de encontrar una razón de existir socialmente. Este es el problema
sociológico central para Bourdieu: "La cuestión de la legitimidad de una existencia,
del derecho de un individuo a sentirse justificado de existir como existe"
El capital simbólico está hecho de todas las formas de reconocimiento social:
"todas las formas de ser percibido que hacen al ser social conocido, visible (dotado
de visibility), célebre (o celebrado), admirado, citado, invitado, amado, etc., son
diversas manifestaciones de la gracia (charisma) que saca a los (o a las) que toca de
la miseria de la existencia sin justificación y que les confiere no solamente una
‘teodicea de su privilegio’, como la religión según Weber –lo que no sería gran
cosa–, sino también una teodicea de su existencia.
Si los diferentes tipos de capital (económico, social, cultural) funcionan como
capital simbólico, aunque en grados diferentes, entonces Bourdieu puede hablar de
los "efectos simbólicos del capital", pues no es, en sentido estricto, un tipo de
capital . En efecto, todas las formas de capital "existen y actúan como capital
simbólico", en la medida en que son reconocidos como legítimos. Además se trata
de la forma de capital más desigualmente distribuido, pues las jerarquías que
genera son más soportables que las jerarquías producidas por las otras formas de
capital y, más aún, son aceptadas como naturales.
El capital simbólico constituye la base del poder simbólico. En realidad, toda forma
de dominación (la desigual distribución de capital entre individuos y grupos), aún
la que se basa en la fuerza desnuda, tiene una dimensión simbólica. Si los "actos de
sumisión, de obediencia, son actos de conocimiento y de reconocimiento", se tiene
que la dominación siempre pone en juego estructuras cognitivas que, aplicadas a las
estructuras sociales, establecen relaciones de sentido. Así, las relaciones de
dominación deben ser legitimadas, reconocidas como legítimas, de manera que los
dominados se adhieran naturalmente, sin saberlo, al orden dominante.
EL CAPITAL SIMBÓLICO
El Capital Simbólico es cualquier “propiedad” (que se puede poseer), de tipo
económico, físico, cultural, o social, que puede llegar a ser percibido por otros
agentes sociales (personas, grupo de iguales), cuyas categorías de percepción son
de tal naturaleza que les permiten conocerla (distinguirla) y reconocerla, y a la vez
conferirle algún tipo de “valor” no solo económico o monetario. (Ejemplo: el
honor de las sociedades mediterráneas es una forma típica de capital simbólico que
sólo existe a través de la reputación, es decir de la representación que de ella se
forman los demás, en la medida en que comparten un conjunto de creencias
apropiadas para hacerles percibir y valorar unas propiedades y unos
comportamientos determinados como honorables o deshonrosos.)
Más exactamente, ésa es la forma que adquiere cualquier tipo de capital cuando es
percibido a través de unas categorías de percepción que son fruto de la
incorporación de las divisiones o de las oposiciones inscritas en la estructura de la
distribución de esta especie de capital (por ejemplo fuerte/débil, grande/pequeño,
rico/pobre, culto/inculto, etc.). De lo que resulta que el Estado, que dispone de
medios para imponer e inculcar principios duraderos de división conformes a sus
propias estructuras, es la sede por antonomasia de la concentración y del ejercicio
del poder simbólico.
Ejemplo. El letrado (persona estudiosa), que posee un título de Doctorado, es
reconocido como poseedor un capital altamente simbólico dentro de la comunidad
académica a la que pertenece, es decir la comunidad, el grupo de iguales, lo
reconoce y lo significa como tal. Sin esta sociedad del conocimiento ese capital
simbólico (de poseer un Doctorado), no tendría tal valor, dado que el grupo es
quien le da significado y peso a lo que, en conjunto, considera valioso (un capital).
Por el contrario la mima persona en otro contexto, digamos en un playa nudista,
será un apersona mas del común que esta recibiendo el sol por todas partes, al igual
que las 3000 personas que le hacen compañía en la playa en aquel momento sin que
su doctorado signifique algo para alguien es aquel momento. .
El capital simbólico sólo existe en la medida que es percibido por los otros como
un valor. Es decir, no tiene una existencia real, sino un valor efectivo que se basa
en el reconocimiento por parte de los demás de un poder a ese valor. Para que ese
reconocimiento se produzca tiene que haber un consenso social sobre el valor del
valor, por así decirlo. Gran parte de la obra de Bourdieu se ha dedicado al
descubrimiento o revelación de los mecanismos que se dedican a la constitución de
esos elementos que configuran el capital simbólico en cada campo social.
A partir de esto, otra categoría que aborda Bourdieu, es el de La Violencia
Simbólica, que se basa en una teoría de la creencia o, mejor dicho, en una teoría de
la producción de la creencia, de la labor de socialización necesaria para producir
unos agentes (personas), dotados de esquemas de percepción y de valoración que
les permitirán percibir las conminaciones inscritas en una situación o en un
discurso y obedecerlas.
Así cuando habla de una "teoría de la violencia simbólica", la califica como "una
teoría de la producción de la creencia, de la labor de socialización necesaria para
producir unos agentes dotados de esquemas de percepción y de valoración que les
permitirán percibir las conminaciones inscritas en una situación o en un discurso y
obedecerlas". Es decir, para que un valor sea percibido como tal, se generan toda
una serie de acciones cuya función es la construcción de la creencia que perciba,
reconociéndolo, el valor.
Por ejemplo, numerosas mujeres (casi todas) reconocen preferir una pareja de
mayor edad y estatura que ellas. Este reconocimiento (aceptación que proviene de
la estereotipación y subjetivación cultural que se hace de ellas), de los signos
sociales de jerarquía en el grupo social dominador tiene que ver con la paradoja de
que el reconocimiento social de muchas de estas mujeres pasa de hecho por el
reconocimiento social que puedan obtener a través del hombre que las acompaña.
Otro ejemplo muy común es el de dos profesionales pertenecientes a la misma
profesión que se encuentran y uno ejerce violencia simbólica sobre el otro al
afirmar que él salió de una “Mejor” universidad que el otro, siendo que son los
mismos programas académicos y los dos fueron abalados por las autoridades
locales y nacionales que dan fe de la idoneidad programa académico. Es decir los
dos tienen el mismo peso al momento de participar en un concurso público, por
decir algo.
Entonces la violencia simbólica se ejerce cuando se inculca, de manera casi
inconsciente, formas de desigualdad en las prácticas de socialización de los nuevos
individuos que hacen parte de una sociedad (es decir se transmiten por medio de la
educación), y que luego cuando se pone de manifiesto este tipo de violencia, se da
por hecho y se acepta de manera casi indetectable, porque se posee una creencia
errada y a la vez inconsciente, de que es verdad o legítima.
Otro ejemplo. La esclavitud siempre fue una forma de sometimiento a partir de la
cual se convencía (educaba) a la persona negra que por su color de piel era inferior,
y tenía que servir al blanco. Del mismo modo al blanco se le enseñaba que él era
superior al negro y que él tenía que someterlo, enseñare su lugar y esclavizarlo,
comerciarlo, venderlo, matarlo, etc.
Así, y aunque no lo sepamos (aun), o no lo sospechemos, los grandes discursos que
ejercen algún tipo de violencia simbólica se difuminan, se disfrazan, pero no
desaparece, más bien de manera sutil se reproducen y consolidan a través de
diversas formas de educar (socializar) a las personas en el sistema de enseñanza en
la escuela, la universidad, por medio de la radio, la televisión, modelos que se
reproducen parásitamente en la mente de nuestras nuevas generaciones, ante la
impotencia de muchos otros.
Actividad. Si se entendió que es violencia simbólica en el contexto que se ha
colocado anteriormente, elaborar un ejemplo, analizarlo y exponer por qué se puede
considerar como tal. (Este ejercicio antes del próximo sábado 10 septiembre).
Recordar que para que se considere un ejemplo de violencia simbólica, primero se
tiene que convencer, es decir subjetivar (educar, inculcar) a las dos partes, tanto la
parte que ejerce la violencia simbólica, como la parte que permite que se ejerza. Y
que después en un contexto determinado, cuando se ejerza dicha forma de
violencia, una parte –el violentador– lo vea como algo natural (un derecho), y la
otra parte –el violentado– lo reconozca como algo natural (como un deber o una
norma o ley que hay que cumplir).
Ejemplo (de Nixon Medina), yo soy el profe y yo sé más que ustedes (recuerden,
es un ejemplo), por lo tanto ustedes hacen los ejercicios que yo propongo (antes de
determinada fecha) para que demuestren que realmente saben y han realizado la
lectura de este blog, o sino tendré que hacer una valoración desfavorable de su
rendimiento (es decir obtendrán una mala “nota”). Es lo justo, ustedes como
estudiantes lo saben y lo entienden.
WEBER (DOMINACION)
Weber sostiene que en toda sociedad humana existen unos determinados sistemas
de interacciones e interrelaciones sociales entre los diferentes integrantes que la
componen, y que detrás de estos, casi siempre se esconde un sistema estructurado
de dominación. La dominación -según Weber- es la capacidad de ciertos
individuos y grupos de suscitar la obediencia más o menos voluntaria de otras
partes de la sociedad. Esta obediencia no es total, está acotada a unos
“mandatos” específicos. En el caso de los regímenes democráticos la dominación
proviene de unos representantes legitimados en las urnas y la obediencia se acota a
los mandatos ejecutivos y legislativos de éstos. La “voluntariedad” de la
dominación es un hecho importante; a diferencia del poder puramente coercitivo
que se mantiene principalmente por la imposición, el poder legitimado, la
dominación, se mantiene porque los dominados están convencidos de la
“positividad” de su obediencia. Es más, hay un cierto reconocimiento de la
autoridad del que domina; el subordinado acepta su coerción. Cabe preguntarse
cómo surge este convencimiento. Weber plantea (con el foco en la historia) que
esta legitimación puede surgir, principalmente, de tres fuentes distintas (que pueden
darse al mismo tiempo):
Legitimación del poder tradicional: esta legitimación se basa en “la fuerza
del pasado”, en la tradición del grupo. Por ejemplo, las antiguas monarquías
hereditarias fundamentaban su poder en la antigüedad de su linaje. La
legitimación del poder de los monarcas venía de muy atrás, prácticamente
porque “siempre había sido así”.
Legitimación del poder carismática: Esta legitimación proviene de la
apreciación de los atributos individuales (percibidos) de un líder particular,
en el carisma de éste. Los dictadores han tenido éxito en acumular poder de
esta forma. El problema de este tipo de legitimación es que se desgasta
rápidamente y es difícil encontrar sustitutos con igual carisma.
Legitimación del poder legal-racional: Esta legitimación deriva de
argumentos (ético)racionales. Por ejemplo: “el gobernante manda porque lo
dice la ley” y esa ley que fue aprobada en un parlamento elegido
democráticamente es la mejor forma de disponer de unos medios (coerción
estatal) para lograr unos fines concretos (seguridad, libertad,etc.). Esta
legitimación suele estar presente en las democracias representativas: los
representantes gobiernan porque se piensa que su elección “limpia”
(siguiendo las leyes) en las urnas es la mejor forma posible (la más justa) de
gobierno del “pueblo”.
En cambio el poder sin dominación se mantiene (sobre todo) por las diferentes
formas de coerción (físicas y psíquicas) que sus detentadores intentan aplicar
sobre el individuo. En último término este poder se aguanta gracias a que logra
persuadir (utilizando la violencia física si es necesario) a muchos para que piensen
que él es más poderoso de lo que realmente es. Los titulares del este tipo poder
intentan que los gobernados crean que no tienen poder propio (cuando sí lo tienen)
para mantener su posición en la estructura de interacción social.