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Resumen de la historia del Rey León

Este resumen describe dos cuentos clásicos: El Rey León y El Gato con Botas. En El Rey León, Simba es el heredero al trono de la selva pero su tío Scar lo engaña para que huya. Años después, Simba regresa para derrotar a Scar y reclamar su derecho al trono. En El Gato con Botas, un molinero le deja a su hijo menor solo un gato. El astuto gato usa su ingenio para engañar a otros y hacer que su amo parezca un rico marqués, ganánd

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Resumen de la historia del Rey León

Este resumen describe dos cuentos clásicos: El Rey León y El Gato con Botas. En El Rey León, Simba es el heredero al trono de la selva pero su tío Scar lo engaña para que huya. Años después, Simba regresa para derrotar a Scar y reclamar su derecho al trono. En El Gato con Botas, un molinero le deja a su hijo menor solo un gato. El astuto gato usa su ingenio para engañar a otros y hacer que su amo parezca un rico marqués, ganánd

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El Rey León

Autor: Walt Disney

La historia del Rey de la selva. La fascinante


historia del Rey León.

En la selva virgen, donde los animales


salvajes viven y luchan manteniendo el
equilibrio natural que impone la ley del
más fuerte, el león Mufasa reina
solemnemente junto a su esposa Saraby.
Ambos han traído al mundo a Simba, un
precioso leoncito.

Simba es sucesor al trono, algo que no le


gusta a su tío Scar, el hermano menor de
Mufasa, resentido por no poder reinar y por
lo que prepara un plan para ocupar el trono.
Con la ayuda de tres malvadas y tontas
hienas, Scar urde una treta en la que su
hermano y rey Mufasa muere en una
estampida y provoca que Simba crea que ha
sido por su culpa, ya que su padre murió
para rescatarlo a él de la estampida
y decida huir a la selva, después de que las

tres hienas quisieran matarlo también.


Allí conoce a un suricato llamado Timón y a
un facóquero llamado Pumba, que le
adoptaran y, además de entablar amistad,
le enseñan la filosofía de vivir sin
preocupaciones: el Hakuna Matata.
Mientras tanto, su tío Scar, en el funeral de
Mufasa y su hijo Simba, toma el trono y
anuncia el nacimiento de una nueva era.

Años después, un Simba ya adulto rescata a


Pumba de ser comido por una leona. Ésta
resulta ser su antigua amiga de infancia
Nala, que al reconocerlo le pide que vuelva
para recuperar el trono.

El reino se ha convertido en un auténtico


despropósito, mal gobernado y sin comida
ni agua. Simba, que en un primer momento
no quiere renunciar a su actual estilo de
vida, finalmente acepta tras entablar
conversación con un mandril llamado Rafiki,
el cual le habla sobre su padre.
En ese momento, el alma de su padre
aparece en el cielo, diciéndole que debe
recordar quién es y de donde viene.
Después de que el alma de Mufasa
desaparezca, Simba, junto con Rafiki,
reflexiona sobre lo que él debe hacer y así
parte inmediatamente a su hogar a
reclamar el trono.

Simba, a quien en un principio todos


confunden con su padre, es testigo de la
decadencia de su reino y enfurecido
decide actuar. Es en este momento
cuando Simba obliga a Scar a revelar el
secreto que guardaba todos esos años: ser
el responsable por la muerte de Mufasa.
Aun cuando Simba alega que había sido
un accidente, Scar aprovecha, y junto con
sus hienas, lo lleva hasta el borde de un
precipicio.
En ese momento, un trueno cae sobre el
pastizal seco e inicia un incendio. Simba
resbala y trata de sostenerse, con sus
patas delanteras sobre el borde. Entonces
Scar lo toma de sus patas y confiesa en
ese momento, que él fue el verdadero
asesino de su padre. Simba lleno de rabia
salta sobre Scar y lo obliga a confesar
públicamente.

Tras una batalla final, en la que Scar


termina siendo asesinado por las hienas,
que eran además sus aliadas, el ciclo de la
vida se cierra con el ascenso al trono de

Simba, con el remate final de un epílogo, en


el que Simba y Nala se casan y Rafiki
presenta a la nueva y futura sucesora de
ambos, Kiara.

FIN
El Gato con Botas
Autor : Charles Perrault

Había una vez un molinero que tenía


tres hijos. A su muerte les dejó, por
toda herencia, un molino, un asno y un
gato. El reparto se hizo enseguida, sin
llamar al notario ni al procurador, pues
probablemente se hubieran llevado
todo el pobre patrimonio. Al hijo mayor
le tocó el molino; al segundo, el asno, y
al más pequeño sólo le correspondió el
gato. Este último no se podía consolar
de haberle tocado tan poca cosa.
-Mis hermanos -se decía- podrán
ganarse la vida honradamente
juntándose los dos; en cambio yo, en
cuanto me haya comido el
gato y me haya hecho un manguito con
su piel, me moriré de hambre.
El gato, que estaba oyendo estas
palabras, haciéndose el distraído, le
dijo con aire serio y sosegado:
-No te aflijas en absoluto, mi amo, no
tienes más que darme un saco y
hacerme un par de botas para ir por los
zarzales, y ya verás que tu herencia no
es tan poca cosa como tú crees.

valerse de tantas estratagemas para


cazar ratas y ratones, como cuando se
colgaba por sus patas traseras o se
escondía en la harina
haciéndose el muerto, que no perdió la
esperanza de que lo socorriera en su
miseria. En cuanto el gato tuvo lo que
había solicitado, se calzó rápidamente
las botas, se echó el saco al hombro,
cogió los cordones con sus
patas delanteras y se dirigió hacia un
coto de caza en donde había muchos
conejos. Puso salvado y hierbas dentro
del saco, se tendió
en el suelo como si estuviese muerto, y
esperó que algún conejillo, poco
conocedor de las tretas de este mundo,
viniera a meterse en el saco para
comer lo que en él había echado.

Apenas se hubo recostado, cuando tuvo


la primera satisfacción; un distraído
conejillo entró en el saco. El gato tiró
enseguida de los
cordones para atraparlo, y lo mató sin
compasión.
que lo
dejaran entrar para hablar con él. Le
hicieron pasar a los aposentos de Su
Majestad y, después de hacer una gran
reverencia al Rey, le dijo:
-Majestad, aquí tenéis un conejo de
campo que el señor marqués de
Carabás -que es el nombre que se le
ocurrió dar a su amo- me ha
encargado ofreceros de su parte.
-Dile a tu amo -contestó el Rey- que se
lo agradezco, y que me halaga en gran
medida.
Otro día fue a
esconderse en un
trigal

dejando también el
saco
abierto; en cuanto dos perdices
entraron en él, tiró de los cordones y
las cogió a las dos. Enseguida fue a
ofrecérselas al Rey, tal como
había hecho con el conejo de campo.
Una vez más, el Rey se sintió halagado
al recibir las dos perdices, y ordenó que
le dieran una propina.
Durante dos o tres meses el gato
continuó llevando al Rey, de cuando en
cuando, las piezas que cazaba y le
decía que lo enviaba
su amo.

Un día se enteró que el


Rey iba a salir de paseo por la ribera
del río con su hija, la princesa más
hermosa del mundo, y le dijo a su amo:
-Si sigues mi consejo podrás hacer
fortuna; no tienes más que bañarte en
el río en el lugar que yo te indique y
luego déjame hacer a mí.
El marqués de Carabás hizo lo que su
gato le aconsejaba, sin saber con qué
fines lo hacía.
Mientras se bañaba, pasó por allí el
Rey, y el gato se puso a gritar con
todas sus fuerzas:
-¡Socorro, socorro! ¡Que se ahoga el
Marqués de Carabás!

gato que tantas piezas de caza le había


llevado, ordenó a sus guardias que
fueran enseguida en auxilio del
Marqués de Carabás.
Mientras sacaban del río al pobre
marqués, el gato se acercó a la carroza
y le dijo al Rey que, mientras se bañaba
su amo, habían
venido unos ladrones y se habían
llevado sus ropas, a pesar de que él
gritó con todas sus fuerzas pidiendo
ayuda; el gato las había
escondido bajo una enorme piedra. Al
instante, el Rey ordenó a los
encargados de su guardarropa que
fueran a buscar uno de sus más
hermosos trajes para el señor marqués
de Carabás.
El Rey le ofreció mil muestras de
amistad y, como el hermoso traje que
acababan de darle realzaba su figura
(pues era guapo y de
buena presencia), la hija del rey lo
encontró muy de su agrado, de modo
que, en cuanto el marqués de Carabás
le dirigió dos o tres
miradas muy respetuosas y un poco
tiernas, ella se enamoró locamente de
él. El rey quiso que subiera a su carroza
y que los acompañara en su paseo. El
gato, encantado al ver que su plan
empezaba a dar resultado, se adelantó
a ellos y, cuando encontró a
unos campesinos que segaban un
campo, les dijo:
-Buenas gentes, si no decís al rey que
el campo que estáis segando pertenece
al señor marqués de Carabás, seréis
hechos picadillo como carne de pastel.
Al pasar por allí, el rey no dejó de
preguntar a los segadores que de quién
era el campo que estaban segando.
-Estos campos pertenecen al señor
marqués de Carabás - respondieron
todos a la vez, pues la amenaza del
gato los había asustado.
El gato, que iba delante de la carroza,
seguía diciendo lo mismo a todos
aquellos con quienes se encontraba,
por lo que el rey estaba asombrado de
las grandes posesiones del marqués de
Carabás.
Finalmente, el Gato con Botas llegó a
un grandioso castillo, cuyo dueño era
un ogro, el más rico de todo el país, ya
que todas las
tierras por donde el Rey había pasado
dependían de aquel castillo. El gato,
que por supuesto se había informado
de quién era aquel ogro y de lo que
sabía hacer, pidió hablar con él para
presentarle sus
respetos, pues no quería pasar de largo
sin haber tenido ese honor.
El ogro lo recibió tan cortésmente como
puede hacerlo un ogro y lo invitó a
descansar un rato.

convertiros en cualquier clase de


animal, que podéis transformaros en
león o en elefante, por ejemplo.
-Es cierto -dijo impulsivamente el ogro-,
y os lo voy a demostrar convirtiéndome
ipsofacto en un león. El gato se asustó
mucho de encontrarse de pronto
delante de un león y, con gran esfuerzo
y dificultad, pues sus botas no valían
para andar por las tejas, se encaramó
al alero del tejado.
normal, bajó del tejado confesando que
había pasado mucho miedo.
-También me han asegurado -dijo el
gato- que sois capaz de convertiros en
un animal de pequeño tamaño, como
una rata o un
ratón, aunque debo confesaros que
esto sí que me parece del todo
imposible.
-¿Imposible? -replicó el ogro- Lo veréis.
Y diciendo esto se transformó en un
ratón que se puso a correr por el suelo.
El gato, en cuanto lo vio, se arrojó
sobre él y se lo comió.

Al entrar en él. Inmediatamente el gato,


que había oído el ruido de la carroza al
atravesar el puente levadizo, corrió a
su encuentro y
saludó al Rey:
-Sea bienvenido Vuestra Majestad al
castillo del señor marqués de Carabás.
-¡Pero bueno, señor Marqués! -exclamó
el Rey. ¿Este castillo también es
vuestro? ¡Qué belleza de patio! Y los
edificios que lo rodean son también
magníficos. ¿Pasamos al interior?
Rey, entraron en un majestuoso salón,
donde los esperaban unos exquisitos
manjares que el ogro tenía preparados
para obsequiar a
unos amigos suyos que habían de
visitarlo ese mismo día, aunque éstos
no creyeron conveniente entrar al
enterarse de que el Rey se encontraba
en el castillo.
El rey, al ver tantas riquezas del
Marqués de Carabás, junto con sus
buenas cualidades, y conociendo que
su hija estaba perdidamente
enamorada del marqués, decidió casar
a su hija con el joven marqués, ya que
a éste también se le veía beber los
vientos por la
Princesa.
La boda se celebró
inmediatamente,
convirtiéndose
de este
modo el
hijo

menor
del

molinero
en un
príncipe; y el
gato, que se quedó a vivir en el palacio
junto con su amo, devino un gran
señor, que sólo corría ya detrás de los
ratones para divertirse.
Y así, todos vivieron felices el resto de
sus días.

El libro de la selva
Autor: Ruyard Kipling
Este es el cuento de un niño a quien
Bagheera, la pantera negra, se encontró en
la selva. Bagheera llevó al niño con unos
lobos amigos quienes lo criaron como su
propio hijo y lo llamaron Mowgli. Mowgli
aprendió a vivir en la selva, pero siempre
cuidado de cerca por su protector y amigo
Bagheera. Los elefantes también se hicieron
amigos, aun el coronel Hathi, un elefante
gruñón que era el jefe y que todas las
mañanas, dictando órdenes, los hacía
marchar.

No todos en la selva eran amistosos.


Kaa, la boa hambrienta, ¡Quería
comerse a Mowgli! Los de ojos Kaa
hipnotizaban a cualquiera, y hacían
pedazos al que apretaba entre sus
anillos. Pero Mowgli tenía un enemigo
más peligroso, Shere Khan, el tigre,
quien estaba empeñado en matarlo
antes de que Mowgli llegara a ser
hombre. El capitán de la manada de
lobos decidió que sólo había una forma
de salvar al chico. – “Este niño debe ser
llevado a la aldea del hombre”- dijo. Y
Bagheera estuvo de acuerdo en llevarlo
hasta la aldea.
Mowgli pensó que Bagheera sólo lo
llevaba a dar un paseo pero cuando le
dijo a dónde lo llevaba, Mowgli gritó
enojada –“¡No iré! Quiero quedarme en
la selva!”-. El chico huyó y se internó
solo en el bosque en donde, al poco se
hizo amigo de un oso alegre y
vagabundo llamado Baloo. Baloo invitó
al niño a nadar en el río y mientras el
oso flotaba sobre su ancha
espalda, Mowgli iba montado
cómodamente sobre la panza de su
amigo.

templo en donde el Rey de los monos


estaba comiendo plátanos mientras
esperaba que le llevaran al niño. De
pronto, Mowgli sintió que alguien lo
elevaba por los aires. Era una pandilla
de pícaros monos quienes lo habían
atrapado y lo llevaban volando por las
copas de los árboles.
Lo llevaron hasta las ruinas de un viejo
“¡Dime cómo los hombres hacen el
fuego!” – le dijo el Rey Louie. – “Pero yo
no sé cómo”- contestó Mowgli. Y era
verdad. Aunque su vida dependiera de
ello el chico no podía decirle cómo se
hacía el fuego porque ¡no sabía!
Por fortuna Baloo y Bagheera llegaron
cuando el Rey, muy enojado con
Mowglie, estaba a punto de estallar, y
rápidamente planearon la
forma de salvar al niño. Baloo se
disfrazó de mona, pero el Rey Louie
pronto descubrió el
engaño. En las carreras para escapar se
derrumbó el templo, pero los tres
amigos escaparon ilesos. Después de la
aventura con los monos, Bagheera y
Baloo explicaron a
Mowgli que corría aún mayores peligros
en el bosque y que debía regresar con
su gente a la aldea. - “¡Yo no saldré de
la selva!” – protestó el niño. Y corrió y
se internó de nuevo en el bosque.
Nuevamente Baloo y Bagheera
buscaron a Mowgli por todos lados,
pero el que lo encontró fue su peor

enemigo ¡el tigre Shere Khan! Y cuando


vio que Mowgli no le temía se puso
furioso, mostró sus colmillos y ¡saltó
sobre el chico!. En esto se desató una
tormenta. Un rayo cayó prendiendo
fuego a un árbol. Mowgli sabía que el
fuego era lo que más temía el tigre y
vio la forma de salvar a Baloo. Tomó
una rama ardiendo y corrió hacia la
fiera. El tigre se espantó tanto que se
olvidó de atacar a Baloo y huyó
corriendo. – “¡A ese nunca lo
volveremos a ver!”- dijo riendo
Bagheera. Mowgli, Bagheera y Baloo
prometieron que de ahora en adelante
nada los separaría. Pero en ese
momento, Mowgli vio algo que jamás
había visto: era una linda chica que
venía por agua a un río cerca de la
aldea. Lo que sucedió después
entristeció a Baloo y a Bagheera pero
sólo por un momento porque
comprendieron que aquello era lo mejor
que podría sucederle a Mowgli. Lo
vieron sonreír a la chica mientras le
ayudaba a llevar el cántaro de agua
caminando los dos muy felices rumbo a
la aldea. Sus amigos sabían que el niño
allí estaría a salvo y que ellos habían
cumplido trayéndole a su nuevo hogar.
La liebre y la tortuga
Autor : Fábulas de Esopo

Una tortuga y una liebre siempre discutían


sobre quién era más rápida. Para dirimir el
argumento, decidieron correr una carrera.
Eligieron una ruta y comenzaron la
competencia. La liebre arrancó a toda
velocidad y corrió enérgicamente durante
algún tiempo. Luego, al ver que llevaba
mucha
ventaja, decidió sentarse bajo un árbol para
descansar un rato, recuperar fuerzas y luego
continuar su marcha. Pero pronto se durmió.
La tortuga, que andaba con paso lento, la
alcanzó, la superó y terminó primera,
declarándose vencedora indiscutible.
Moraleja: Los lentos y estables ganan la
carrera.
Pero la historia no termina aquí: la liebre,
decepcionada tras haber perdido, hizo un
examen de conciencia y reconoció sus
errores. Descubrió que había perdido la
carrera por ser presumida y descuidada. Si
no hubiera dado tantas cosas por supuestas,
nunca la hubiesen vencido. Entonces, desafió
a la tortuga a una nueva competencia. Esta
vez, la liebre corrió de principio a fin y su
triunfo fue evidente.
Moraleja: Los rápidos y tenaces vencen a los
lentos y estables.
Pero la historia tampoco termina aquí: Tras
ser derrotada, la tortuga reflexionó
detenidamente y llegó a la conclusión de que
no había forma de ganarle a la liebre en
velocidad. Como estaba planteada la carrera,
ella siempre perdería. Por eso, desafió
nuevamente a la liebre, pero propuso correr
sobre una ruta ligeramente diferente. La
liebre aceptó y corrió a toda velocidad, hasta
que
se encontró en su camino con un ancho río.
Mientras la liebre, que no sabía nadar, se
preguntaba "¿qué hago ahora?", la tortuga
nadó hasta la otra orilla, continuó a su paso
y terminó en primer lugar.

Moraleja: Quienes identifican su ventaja


competitiva (saber nadar) y cambian el
entorno para aprovecharla, llegan primeros.
Pero la historia tampoco termina aquí: el
tiempo pasó, y tanto compartieron la liebre y
la tortuga, que terminaron haciéndose
buenas amigas.
Ambas reconocieron que eran buenas
competidoras y decidieron repetir la última

carrera, pero esta vez corriendo en equipo.


En la primera parte, la liebre cargó a la
tortuga hasta llegar al río. Allí, la tortuga
atravesó el río con la liebre sobre su
caparazón y, sobre la orilla de enfrente, la
liebre cargó nuevamente a la tortuga hasta la
meta. Como alcanzaron la línea de llegada en
un tiempo récord, sintieron una mayor
satisfacción que aquella que habían
experimentado en sus logros individuales.

Moraleja: Es bueno ser individualmente


brillante y tener fuertes capacidades
personales. Pero, a menos que seamos
capaces de trabajar con otras personas y
potenciar recíprocamente las habilidades de
cada uno, no seremos completamente
efectivos. Siempre existirán situaciones para
las cuales no estamos preparados y que otras
personas pueden enfrentar mejor.
La liebre y la tortuga también aprendieron
otra
lección vital: ¡cuando dejamos de competir
contra un rival y comenzamos a competir
contra una situación, complementamos
capacidades, compensamos defectos,
potenciamos nuestros recursos... y
obtenemos mejores resultados!
Los tres cerditos y el Lobo

Había una vez tres cerditos que eran


hermanos y se fueron por el mundo a
conseguir fortuna. El más grande les dijo
a sus hermanos que sería bueno que se
pusieran a construir sus propias casas
para estar protegidos. A los otros dos les
pareció una buena idea, y se pusieron
manos a la obra, cada uno construyó su
casita.
- La mía será de paja -
dijo el más pequeño-, la paja es blanda y
se
puede sujetar con facilidad. Terminaré
muy
pronto y
podré ir a
jugar.
El hermano mediano decidió que su casa
sería
de madera:
- Puedo encontrar un montón de madera
por los alrededores - explicó sus
hermanos, - Construiré mi casa en un
santiamén con todos estos troncos y me
iré también a jugar.
Cuando las tres casitas estuvieron
terminadas, los cerditos cantaban y
bailaban en la puerta, felices por haber
acabado con el problema:
-¡Quién teme al Lobo Feroz, al Lobo, al
Lobo!
- ¡Quién teme al Lobo Feroz, al Lobo
Feroz! Detrás de un árbol grande
apareció el lobo, rugiendo de hambre y
gritando:
- Cerditos, ¡me los voy a comer! Cada
uno se escondió en su casa, pensando
que estaban a salvo, pero el Lobo Feroz
se encaminó a la
casita de paja del hermano pequeño y en
la puerta aulló:
- ¡Cerdito, ábreme la puerta! - No, no, no,
no te voy a abrir. - Pues si no me abres...
¡Soplaré y
soplaré y la casita derribaré! Y sopló con
todas sus fuerzas, sopló y sopló y la
casita de
paja se vino abajo.

El cerdito pequeño corrió lo más rápido


que pudo y entró en la casa de madera
del hermano mediano. - ¡Quién teme al
Lobo Feroz, al Lobo, al Lobo!
- ¡Quién teme al Lobo Feroz, al Lobo
Feroz! - cantaban desde dentro los
cerditos. De nuevo el Lobo, más
enfurecido que antes al sentirse
engañado, se colocó delante de la puerta
y comenzó a soplar y soplar gruñendo:
- ¡Cerditos, abridme la puerta! - No, no,
no, no
te vamos a abrir. – Pues si no me abrís...
¡Soplaré y soplaré y la casita derribaré!
La madera crujió, y las paredes cayeron
y los dos cerditos corrieron a refugiarse
en la casa de ladrillo de su hermano
mayor.
- ¡Quién teme al Lobo Feroz, al Lobo, al
Lobo!
- ¡Quién teme al Lobo Feroz, al Lobo
Feroz! - cantaban desde dentro los
cerditos. El lobo estaba realmente
enfadado y hambriento, y ahora deseaba
comerse a los Tres Cerditos más que
nunca, y frente a la puerta dijo:
- ¡Cerditos, abridme la puerta! - No, no,
no, no te vamos a abrir. - Pues si no me
abrís... ¡Soplaré y soplaré y la casita
derribaré!
Y se puso a soplar tan fuerte como el
viento
de invierno. Sopló y sopló, pero la casita
de
ladrillos era muy resistente y no
conseguía derribarla. Decidió trepar por
la pared y entrar por la chimenea.

Se deslizó hacia abajo... Y cayó en el


caldero donde el cerdito mayor estaba
hirviendo sopa de nabos. Escaldado y
con el estómago vacío
salió huyendo hacia el lago. Los cerditos
no lo volvieron a ver. El mayor de ellos
regañó a los otros dos por haber sido tan
perezosos y poner en peligro sus propias
vidas, y si algún día vais por el bosque y
veis tres cerdos, sabréis que son los Tres
Cerditos porque les gusta cantar:
- ¡Quién teme al Lobo Feroz, al Lobo, al
Lobo!
- ¡Quién teme al Lobo Feroz, al Lobo
Feroz!
Pinocho
Autor: Carlo Collodi

Erase una vez, un carpintero llamado


Gepetto, decidió construir un muñeco de
madera, al que llamó Pinocho. Con él,
consiguió no sentirse tan solo como se
había sentido hasta aquel momento.

- ¡Qué bien me ha quedado! - exclamó


una vez acabado de construir y de
pintar-. ¡Cómo me gustaría que tuviese
vida y fuese un niño de
verdad! Como había sido muy buen
hombre a lo largo de la vida, y sus
sentimientos eran sinceros. Un hada
decidió concederle el deseo y durante la
noche dio vida a Pinocho.
Al día siguiente, cuando Gepetto se
dirigió a su taller, se llevó un buen susto
al oír que alguien le saludaba:
- ¡Hola papá!- dijo Pinocho.
- ¿Quién habla?- preguntó Gepetto.
- Soy yo, Pinocho. ¿No me conoces?
– le preguntó. Gepetto se dirigió al
muñeco.
- ¿Eres tu? ¡Parece que estoy soñando,
por fin tengo un hijo!

Gepetto quería cuidar a su hijo como


habría hecho con cualquiera que no
fuese de madera. Pinocho tenía que ir al
colegio, aprender y
conocer a otros niños. Pero el carpintero
no tenía dinero, y tuvo que vender su
abrigo para poder comprar una cartera y
los libros.
A partir de aquél día, Pinocho empezó a
ir al colegio con la compañía de un grillo,
que le daba buenos consejos. Pero, como
la mayoría de los niños, Pinocho prefería
ir a divertirse que ir al colegio a
aprender, por lo que no siempre hacía
caso del grillo. Un día, Pinocho se fue al
teatro de títeres para escuchar una
historia. Cuando le vio, el dueño del
teatro quiso quedarse con él:
-¡Oh, Un títere que camina por si mismo,
y habla! Con él en la compañía, voy a
hacerme rico – dijo el titiritero, pensando
que Pinocho
le haría ganar mucho dinero. A pesar de
las recomendaciones del pequeño grillo,
que le decía que era mejor irse de allí,
Pinocho decidió quedarse en el teatro,
pensando
que así podría ganar dinero para
comprar un abrigo nuevo a Gepetto, que
había vendido el suyo para comprarle los
libros.

Y así hizo, durante todo el día estuvo


actuando para el titiritero. Pasados unos
días, cuando quería volver a casa, el
dueño del teatro de
marionetas le dijo que no podía irse, que
tenía que quedarse con él. Pinocho se
echó a llorar tan y tan desconsolado, que
el dueño le dio
unas monedas y le dejó marchar. De
vuelta a casa, el grillo y Pinocho, se
cruzaron con dos astutos ladrones que
convencieron al niño de que si enterraba
las monedas en un campo cercano,
llamado el “campo de los milagros”, el
dinero se multiplicaría y se haría rico.
Confiando en los dos hombres, y sin
escuchar al grillo que le advertía del
engaño, Pinocho enterró las monedas y
se fue. Rápidamente, los dos ladrones se
llevaron las monedas y Pinocho tuvo que
volver a casa sin monedas.
Durante los días que Pinocho había
estado fuera, Gepetto se había puesto
muy triste y, preocupado, había salido a
buscarle por todos los rincones. Así,
cuando Pinocho y el grillo llegaron a
casa, se encontraron solos. Por suerte, el
hada que había convertido a Pinocho en
niño, les explicó que el carpintero había
salido dirección al mar para buscarles.
Pinocho y grillo decidieron ir a buscarle,
pero se cruzaron con un grupo de niños:
- ¿Dónde vais?- preguntó Pinocho.
- Al País de los Juguetes – respondió un
niño-. ¡Allí podremos jugar sin parar!
¿Quieres venir con nosotros? - ¡Oh, no,
no, no!- le advirtió el grillo-. Recuerda
que tenemos que encontrar a Gepetto,
que está triste y preocupado por ti.
- ¡Sólo un rato!- dijo Pinocho- Después
seguimos buscándole. Y Pinocho se fue
con los niños, seguido del grillo que
intentava seguir convenciéndole de
continuar buscando al carpintero.
Pinocho jugó y brincó todo lo que quiso.
Enseguida se olvidó de Gepetto, sólo
pensaba en divertirse y seguir jugando.
Pero a medida que pasaba más y más
horas en el País de los Juguetes, Pinocho
se
iba convirtiendo en un burro.

Cuando se dió cuenta de ello se echó a


llorar. Al oírle, el hada se compadeció de
él y le devolvió su aspecto, pero le
advirtió:
- A partir de ahora, cada vez que mientas
te crecerá la nariz. Pinocho y el grillo
salieron rápidamente en busca de
Gepetto.
Geppetto, que había salido en busca de
su hijo Pinocho en un pequeño bote de
vela, había sido tragado por una enorme
ballena.
Entonces Pinocho y el
grillito,
desesperados
se hicieron a
la mar
para
rescatar al
pobre
ancianito papa de
Pinocho. Cuando Pinocho estuvo
frente a la ballena le pidió por favor que
le devolviese a su papá, pero la enorme
ballena abrió muy grande la boca y se lo
tragó también a él. ¡Por fin Geppetto y
Pinocho estaban nuevamente juntos!,
Ahora debían pensar cómo conseguir
salir de la barriga de la ballena.
- ¡Ya sé, dijo Pepito hagamos una fogata!
El fuego hizo estornudar a la enorme
ballena, y la balsa salió volando con sus
tres tripulantes.
Una vez a salvo Pinocho le contó todo lo
sucedido a Gepetto y le pidió perdón. A
Gepetto, a pesar de haber sufrido mucho
los últimos días, sólo le importaba volver
a tener a su hijo con él. Por lo que le
propuso que olvidaran todo y volvieran a
casa. Pasado un tiempo, Pinocho
demostró que había aprendido la lección
y se portaba bien: iba al colegio,

escuchaba los consejos del grillo y


ayudaba a su padre en todo lo que podía.
Como recompensa por su
comportamiento, el hada decidió
convertir a Pinocho en un niño de carne y
hueso. A partir de aquél día, Pinocho y
Gepetto fueron muy felices.
FIN
Pulgarcito
Autor: Charles Perrault
Había una vez un pobre campesino. Una
noche se encontraba sentado, atizando
el fuego, y su esposa hilaba sentada
junto a él, a la vez que lamentaban el
hallarse en un hogar sin niños.
—¡Qué triste es que no tengamos hijos!
—dijo él—. En esta casa siempre hay
silencio, mientras que en los demás
hogares todo es
alegría y bullicio de criaturas. —¡Es
verdad! —contestó la mujer suspirando
—.Si por lo menos tuviéramos uno,
aunque fuera muy pequeño y no mayor
que el pulgar, seríamos felices y lo
amaríamos con todo el corazón.
Y ocurrió que el deseo se cumplió.

Resultó que al poco tiempo la mujer se


sintió enferma y, después de siete
meses, trajo al
mundo un niño bien proporcionado en
todo, pero no más grande que un dedo
pulgar.
—Es tal como lo habíamos deseado —dijo
—. Va a ser nuestro querido hijo, nuestro
pequeño. Y debido a su tamaño lo
llamaron Pulgarcito. No le escatimaban la
comida, pero el niño no crecía y se
quedó tal como era cuando nació. Sin
embargo, tenía ojos muy vivos y pronto
dio muestras de ser muy
inteligente, logrando todo lo que se
proponía.
Un día, el campesino se aprestaba a ir al
bosque a cortar leña. —Ojalá tuviera a
alguien para conducir la carreta —dijo en
voz baja.
—¡Oh, padre! —exclamó Pulgarcito— ¡yo
me haré cargo! ¡Cuenta conmigo! La
carreta llegará a tiempo al bosque. El
hombre se echó a reír y dijo:
—¿Cómo podría ser eso? Eres muy
pequeño para conducir el caballo con las
riendas.
—¡Eso no importa, padre! Tan pronto
como mi madre lo enganche, yo me
pondré en la oreja del caballo y le gritaré
por dónde debe ir.
—¡Está bien! —contestó el padre,
probaremos una vez.
Cuando llegó la hora, la madre enganchó
la carreta y colocó a Pulgarcito en la
oreja del caballo, donde el pequeño se
puso a gritarle por dónde debía ir, tan
pronto con “¡Hejjj!”, como un “¡Arre!”.
Todo fue tan bien como
con un conductor y la carreta fue
derecho hasta el bosque. Sucedió que,
justo en el momento que rodeaba un
matorral y que el
pequeño iba gritando “¡Arre! ¡Arre!” ,
dos extraños pasaban por ahí.
—¡Cómo es eso! —dijo uno— ¿Qué es lo
que pasa? La carreta rueda, alguien
conduce el caballo y sin embargo no se
ve a nadie.
—Todo es muy extraño —asintió el otro
—. Seguiremos la carreta para ver en
dónde se para. La carreta se internó en
pleno bosque y llegó justo al sitio sonde
estaba la leña cortada. Cuando
Pulgarcito divisó a su padre, le gritó:
—Ya ves, padre, ya llegué con la carreta.
Ahora, bájame del caballo. El padre tomó
las riendas con la mano izquierda y con
la derecha sacó a su hijo de la oreja del
caballo, quien feliz se sentó sobre una
brizna de hierba. Cuando los dos
extraños divisaron a Pulgarcito quedaron
tan sorprendidos que no supieron qué
decir. Uno y otro se escondieron
y se dijeron entre ellos:
—Oye, ese pequeño valiente bien podría
hacer nuestra fortuna si lo exhibimos en
la ciudad a cambio de dinero. Debemos
comprarlo. Se dirigieron al campesino y
le dijeron:
—Véndenos ese hombrecito; estará muy
bien con nosotros.
—No —respondió el padre— es mi hijo
querido y no lo vendería por todo el oro
del mundo. Pero al oír esta propuesta,
Pulgarcito se trepó por los pliegues de
las ropas de su padre, se colocó sobre su
hombro y le dijo al oído:
—Padre, véndeme; sabré cómo regresar
a casa. Entonces, el padre lo entregó a
los dos hombres a cambio de una buena
cantidad de dinero.
—¿En dónde quieres sentarte? —le
preguntaron.
—¡Ah!, pónganme sobre el ala de su
sombrero; ahí podré pasearme a lo largo
y a lo ancho, disfrutando
del paisaje y no me
caeré.
Cumplieron su deseo, y cuando
Pulgarcito se hubo despedido de
su padre se pusieron todos en
camino. Viajaron hasta que
anocheció y Pulgarcito dijo
entonces:
—Bájenme al suelo, tengo
necesidad.
—No, quédate ahí arriba —le
contestó el que lo llevaba en su
cabeza—. No me importa. Las
aves también me dejan caer a
menudo algo encima.
—No —respondió Pulgarcito—, sé lo que
les conviene. Bájenme rápido.
El hombre tomó de su sombrero a
Pulgarcito y lo posó en un campo al
borde del camino. Por un momento dio
saltitos entre los terrones de
tierra y, de repente, enfiló hacia un
agujero de ratón que había
localizado. —¡Buenas noches, señores,
sigan sin mí! —les gritó en tono burlón.
Acudieron prontamente y rebuscaron con
sus bastones en la
madriguera del ratón, pero su esfuerzo
fue inútil. Pulgarcito se
introducía cada vez más profundo y
como la oscuridad no tardó en
hacerse total, se vieron obligados a
regresar, burlados y con la bolsa
vacía. Cuando Pulgarcito se dio cuenta
de que se habían marchado,
salió de su escondite.
“Es peligroso atravesar estos campos de
noche, cuando más peligros
acechan”, pensó, “se puede uno
fácilmente caer o lastimar”.
Felizmente, encontró una concha vacía
de caracol.
—¡Gracias a Dios! —exclamó—, ahí
dentro podré pasar la noche con
tranquilidad;
y ahí se introdujo. Un momento después,
cuando estaba a punto de
dormirse, oyó pasar a dos hombres, uno
de ellos decía:
—¿Cómo haremos para robarle al cura
adinerado todo su oro y su
dinero?
—¡Yo bien podría decírtelo! —se puso a
gritar Pulgarcito.
—¿Qué es esto? —dijo uno de los
espantados ladrones, he oído hablar
a alguien.
Pararon para escuchar y Pulgarcito
insistió:
—Llévenme con ustedes, yo los ayudaré.
—¿En dónde estás?
—Busquen aquí, en el piso; fíjense de
dónde viene la voz —contestó.
Por fin los ladrones lo encontraron y lo
alzaron.
—A ver, pequeño valiente, ¿cómo
pretendes ayudarnos?
—¡Eh!, yo me deslizaré entre los barrotes
de la ventana de la habitación del cura y
les iré pasando todo cuanto quieran. —
¡Está bien! Veremos qué sabes hacer.

Cuando llegaron a la casa, Pulgarcito se


deslizó en la habitación y se puso a gritar
con
todas sus fuerzas.
—¿Quieren todo lo que hay aquí?
Los ladrones se estremecieron y le
dijeron:
—Baja la voz para no despertar a nadie.
Pero Pulgarcito hizo como si no
entendiera y continuó gritando:
—¿Qué quieren? ¿Les hace falta todo lo
que aquí?
La cocinera, quien dormía en la
habitación de al lado, oyó estos gritos, se
irguió en su cama y escuchó, pero los
ladrones asustados se habían alejado un
poco. Por fin recobraron el valor
diciéndose:
—Ese hombrecito quiere burlarse de
nosotros.
Regresaron y le cuchichearon:
—Vamos, nada de bromas y pásanos
alguna cosa. Entonces, Pulgarcito se
puso a gritar con todas sus fuerzas:
—Sí, quiero darles todo: introduzcan sus
manos. La cocinera, que ahora sí oyó
perfectamente, saltó de su cama y se
acercó ruidosamente a la puerta. Los
ladrones, atemorizados, huyeron como si
llevasen el diablo tras de sí, y la criada,
que no distinguía
nada, fue a encender una vela. Cuando
volvió, Pulgarcito, sin ser descubierto, se
había escondido en el granero. La
sirvienta, después
de haber inspeccionado en todos los
rincones y no encontrar nada, acabó por
volver a su cama y supuso que había
soñado con ojos y
orejas abiertas. Pulgarcito había trepado
por la paja y en ella encontró un buen
lugarcito para dormir. Quería descansar
ahí hasta que
amaneciera y después volver con sus
padres, pero aún le faltaba ver otras
cosas, antes de poder estar feliz en su
hogar. Como de costumbre, la criada se
levantó al despuntar el día para darles
de comer a los animales. Fue primero al
granero, y de ahí tomó una brazada de
paja, justamente de la pila en donde
Pulgarcito estaba dormido. Dormía tan
profundamente que no se dio cuenta de
nada y no despertó hasta que estuvo en
la boca de la vaca que había tragado la
paja.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¿Cómo pude
caer en este molino triturador?
Pronto comprendió en dónde se
encontraba. Tuvo buen cuidado de no
aventurarse entre los dientes, que lo
hubieran aplastado; mas no pudo evitar
resbalar hasta el estómago.
—He aquí una pequeña habitación a la
que se omitió ponerle ventanas —se dijo
—Y no entra el sol y tampoco es fácil
procurarse una luz.
Esta morada no le gustaba nada, y lo
peor era que continuamente entraba
más paja por la puerta y que el espacio
iba reduciéndose más
y más. Entonces, angustiado, decidió
gritar con todas sus fuerzas:
—¡Ya no me envíen más paja! ¡Ya no me
envíen más paja! La criada estaba
ordeñando a la vaca y cuando oyó hablar
sin ver a nadie, reconoció que era la
misma voz que había escuchado por la
noche, y se sobresaltó tanto que resbaló
de su taburete y derramó toda la leche.
Corrió a toda prisa donde se encontraba
el amo y él gritó: —¡Ay, Dios mío! ¡Señor
cura, la vaca ha hablado! —¡Está loca! —
respondió el cura, quien se dirigió al
establo a ver de
qué se trataba. Apenas cruzó el umbral
cuando Pulgarcito se puso a gritar de
nuevo:
—¡Ya no me enviéis más paja!
¡Ya no me enviéis más paja!

Ante esto, el mismo cura tuvo miedo,


suponiendo que era obra del diablo y
ordenó que se matara a la vaca.
Entonces se sacrificó a la vaca;
solamente el estómago, donde estaba
encerrado Pulgarcito, fue arrojado al
estercolero. Pulgarcito intentó por todos
los medios salir de ahí, pero en el
instante en que empezaba a sacar la
cabeza, le aconteció una
nueva desgracia. Un lobo hambriento,
que acertó a pasar por ahí, se tragó el
estómago
de un solo bocado. Pulgarcito no perdió
ánimo. “Quizá encuentre un medio de
ponerme de acuerdo con el lobo”,
pensaba. Y, desde el
fondo de su panza, su puso a gritarle:
—¡Querido lobo, yo sé de un festín que te
vendría mucho mejor! —¿Dónde hay que
ir a buscarlo? —contestó el lobo.
—En tal y tal casa. No tienes más que
entrar por la trampilla de la cocina y ahí
encontrarás pastel, tocino, salchichas,
tanto como tú desees comer. Y le
describió minuciosamente la casa de sus
padres. El lobo no necesitó que se lo
dijeran dos veces. Por la noche entró por
la trampilla de la cocina y, en la
despensa, disfrutó todo con enorme
placer. Cuando estuvo harto, quiso salir,
pero había engordado tanto que ya no
podía usar el mismo camino. Pulgarcito,
que ya contaba con
que eso pasaría, comenzó a hacer un
enorme escándalo dentro del vientre del

lobo.

—¡Te quieres estar quieto! —


dijo el lobo—. Vas a despertar a todo el
Mundo.
—¡Tanto peor para ti! —contestó
el pequeño—. ¿No has disfrutado ya? Yo
también quiero divertirme.
Y se puso de nuevo a gritar con todas
sus fuerzas. A fuerza de gritar, despertó
a su padre y a su madre, quienes
corrieron hacia la
habitación y miraron por las rendijas de
la puerta. Cuando vieron al lobo, el
hombre corrió a buscar el hacha y la
mujer la hoz.
—Quédate detrás de mí —dijo el hombre
cuando entraron en el cuarto—. Cuando
le haya dado un golpe, si acaso no ha
muerto, le
pegarás con la hoz y le desgarrarás el
cuerpo.
Cuando Pulgarcito oyó la voz de su
padre, gritó:
—¡Querido padre, estoy aquí; ¡aquí, en la
barriga del lobo!
—¡Al fin! —dijo el padre—.¡Ya ha
aparecido nuestro querido hijo!
Le indicó a su mujer que soltara la hoz,
por temor a lastimar a Pulgarcito.
Entonces, se adelantó y le dio al lobo un
golpe tan violento
en la cabeza que éste cayó muerto.
Después fueron a buscar un cuchillo y

unas tijeras, le abrieron el vientre y


sacaron al pequeño.

—¡Qué suerte! —dijo el padre—.


¡Qué preocupados estábamos por ti!
—¡Si, padre, he vivido mil desventuras!
¡Por fin, puedo respirar el aire libre!
—Pues, ¿dónde te metiste?
—¡Ay, padre!, he estado en la
madriguera de un ratón, en el vientre de
una vaca y dentro de la panza de un
lobo. Ahora, me quedaré a vuestro lado.
—Y nosotros no te volveríamos a vender,
aunque nos diesen todos los tesoros del
mundo. Abrazaron y besaron con mucha
ternura a su querido Pulgarcito, le
sirvieron de comer y de beber, y lo
bañaron y le pusieron ropas nuevas,
pues las que llevaba mostraban los
rastros de las peripecias de su

accidentado viaje.

El Rey León
Autor: Walt Disney
La historia del Rey de la selva. La fascinante
historia del Rey León.
En  la  selva  virgen,
Con  la  ayuda  de  tres  malvadas  y  tontas
hienas,  Scar  urde  una  treta  en la que  su
hermano  y  rey  Mufasa  muere
Mientras tanto, su tío Scar, en el funeral de
Mufasa y su hijo Simba, toma el trono y
anuncia el nacimiento de una nueva era.
Después  de  que  el  alma  de  Mufasa
desaparezca,  Simba,  junto  con  Rafiki,
reflexiona sobre lo que él debe hacer y así
En ese momento, un trueno cae sobre el
pastizal seco e inicia un incendio. Simba
resbala  y  trata  de  sostenerse,  con  sus
El Gato con Botas
Autor : Charles Perrault
Había una vez un molinero que tenía
tres  hijos.  A  su  muerte  les  dejó,  por
t
El  gato,  que  estaba  oyendo  estas
palabras,  haciéndose  el  distraído,  le
dijo con aire serio y sosegado: 
-No te afl
había solicitado, se calzó rápidamente
las botas, se echó el saco al hombro,
cogió los cordones con sus
patas delanteras y se
que
 
lo
dejaran  entrar  para hablar con él. Le
hicieron  pasar a los aposentos de Su
Majestad y, después de hacer una g

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