La época de Rosas: 1820-1852 en Argentina
La época de Rosas: 1820-1852 en Argentina
Un Estado moderno requiere de una Constitución ya que es la que establece los principios y las
reglas de juego que la sociedad fija para su convivencia. Se dice que es la Ley Suprema porque es
la base del resto de las leyes. Es un instrumento que organiza jurídicamente a una nación,
garantiza los derechos de los habitantes y ciudadanos y marca las pautas respecto de la forma y
régimen de gobierno así como la distribución del poder. De lo señalado se desprende lo
complejo que resulta elaborar una Constitución, no sólo porque es en sí misma un instrumento
legal fundamental del Estado, sino porque organiza la convivencia de sectores que tienen
intereses diversos y muchas veces contrapuestos. Este fue el caso para la Constitución de las
Provincias Unidas. Finalmente, el Congreso dictó una Constitución en 1819 que las provincias
rechazaron por su carácter centralista.
La crisis política de 1820, fruto de un proceso en el cual la batalla de Cepeda fue uno de los
detonantes, desintegró formalmente a las Provincias Unidas del Río de la Plata y abrió paso a
una nueva etapa caracterizada por la coexistencia de entidades políticas diversas que se regían
autónomamente unas con respecto a las otras
La disolución del Directorio y del Congreso puso fin al gobierno central. Los gobiernos
provinciales fueron estableciendo sus propias formas de gobierno en territorios sin límites
precisos que en general se trazaron a partir de las ciudades más importantes. A lo largo de todo
el periodo las diferencias políticas tuvieron en la mayoría de los casos sus orígenes en diferencias
tanto económicas como sociales, regionales, etc., Por lo tanto, los intentos por construir un
Estado unificado se dificultaron enormemente.
Estos grupos representaban proyectos diferentes y han pasado a ser conocidos como unitarios y
federales. Pero si queremos evitar confusiones debemos saber diferenciar y entender de qué se
habla cuando se mencionan estos dos términos. Ambos responden a las formas en que
concebían la organización política del país.
El proyecto unitario ( centralista) se caracterizó por una fuerte subordinación de los poderes
provinciales al poder central. Por su parte, los diversos proyectos federales entendían que la
organización del Estado nacional debía basarse en la asociación de Estados regionales
(provinciales) que delegaran parte de su poder al Estado central. A una primera etapa
caracterizada por la autonomía de las provincias, le siguió a mediados de la década de 1820 el
breve intento centralizador de Rivadavia que culminó en un fracaso.
La batalla de Caseros en 1852, un nuevo levantamiento del Litoral contra Buenos Aires liderado
por Justo José de Urquiza, marcó el fin de esta etapa.
Diversos autores han asociado a los caudillos con el desorden, la anarquía, el poder despótico, y
con relaciones paternalistas y autoritarias. Sin embargo esas afirmaciones pueden ser matizadas.
Debemos recordar que no estaba claro ni era compartido el proyecto de país que se quería
construir. Los caudillos, por lo tanto, impulsaban proyectos muy diversos y asumían en sus
territorios el control político de acuerdo al proyecto en el cual creían, frente a la imposibilidad
de construir un Estado único.
La situación de tranquilidad que vivió Buenos Aires le permitió liderar un nuevo intento de
organización nacional. En 1823 convocó a todas las provincias a un nuevo Congreso General que
comenzó a sesionar a fines del año siguiente. Pero diversos problemas dificultaron su accionar,
entre los que se destaca la guerra con el Brasil por la Banda Oriental. Esta situación provocó que
en 1826 el Congreso dictara una Constitución de corte unitario y nombrara presidente a
Bernardino Rivadavia en un nuevo intento de unificación nacional.
Si bien el nuevo presidente contaba con el apoyo de los comerciantes -que se beneficiaban con
el librecambismo- y de los hacendados -que respaldaban su política de tierras-, las oposiciones
fueron mayores. Por tal, su experiencia como primer mandatario resultó breve: a mediados de
1827 Rivadavia presentó la renuncia al cargo lo que significó el fin del gobierno centralizado.
Sin duda, la disputa principal era entre el unitarismo y el federalismo. Pero junto a ésta se
presentan otras de gran importancia. Por ejemplo, el enfrentamiento entre Buenos aires y el
Interior. Este confllicto no se puede analizar en términos de "diferencias entre unitarios y
federales". Si bien la mayoría de los centralistas se encontraba en la antigua capital del
virreinato, los había por todos lados. Muchos comerciantes de las ciudades del interior
consideraban que sus intereses estarían mejor asegurados por un gobierno central, y Buenos
Aires era un espacio en el que las ideas federales también tenían muchos adeptos.
A su vez, dentro de los grupos federales es necesario también señalar las fuertes diferencias
existentes. Podemos dividirlos en tres grupos. Los federales del Interior, los federales del Litoral,
y los federales de Buenos Aires, estros últimos ordenados a su vez en los primeros años en
doctrinarios y autonomistas. Estos grupos sociales y regionales, con mayor o menor grado de
antagonismo, tenían diversos intereses económicos que encontraban en el plano de las ideas un
lugar donde manifestar y dirimir sus conflictos.
Entre 1828 y 1831 el enfrentamiento entre unitarios y federales se extendió por todo el país y se
perfiló un alineamiento regional con líderes que basaban su poder político en criterios diversos
unos de otros. Estas diferencias promovían además dinámicas sociales diferentes en cada región.
En esos años, los caudillos más destacados eran Facundo Quiroga ( La Rioja), Estanislao López
(Santa Fe ) y Juan Manuel de Rosas ( Buenos Aires). Cada uno de ellos representaba los intereses
de su región y expresaban las diferencias internas del federalismo. De a poco logró imponerse el
último. Se dio paso entonces a la Confederación y volvió a retrasarse el dictado de una
Constitución y la conformación de un Estado nacional.
Rosas fue designado gobernador de Buenos Aires en 1829. Durante sus dos gobiernos que se
extendieron hasta 1832 el primero y desde 1835 hasta 1852 el segundo se consolidó la
hegemonía de la provincia sobre el resto del país. La Confederación Argentina funcionó a través
de pactos y acuerdos entre provincias. Si bien no se formaron instituciones comunes, Buenos
Aires obtuvo el manejo de las relaciones exteriores por lo que representaba a la Confederación
como un Estado independiente en el plano internacional.
El estilo de conducción política desplegado por Rosas ha generado polémicas que llegan hasta
nuestros días. Fueron años en los que se exasperaron los conflictos y las lealtades políticas. Para
algunos, Rosas no hizo más que demorar el desarrollo del país; para otros, fue capaz de avanzar
en la unión nacional y de establecer las bases de un Estado moderno en la provincia luego del
fracaso centralizador rivadaviano.
A lo largo de su dilatada gestión la lucha entre unitarios y federales se fue desplazando hacia
otra dicotomía: rosistas y antirrosistas. La política tomó nuevas manifestaciones, que iban desde
la violencia y la persecución hasta los festejos populares y los actos masivos.
Si bien desde 1835 el orden rosista extendió su influencia en el país, los conflictos y resistencias
no dejaron de manifestarse hasta su caída. Los grupos políticos y miembros del ejército unitario,
los jóvenes intelectuales de la Generación de 1837, e incluso algunos federales expresaron su
disidencia. No estuvieron ausentes los levantamientos en el interior y en el propio territorio
bonaerense, así como el accionar de los exiliados desde fuera de las fronteras.
Además, se produjeron una serie de conflictos de nivel internacional que tuvieron impacto en la
política interna. Las luchas entre blancos y colorados en el Uruguay repercutían en el contexto
nacional gracias a las alianzas políticas que se establecían entre los grupos de ambas márgenes
del Río de la Plata. Tampoco faltaron problemas limítrofes con la Confederación peruano-
boliviana. Asimismo, la dinámica del sistema capitalista hizo recrudecer la rivalidad política y la
competencia comercial entre Francia e Inglaterra, lo que tuvo importantes efectos en el Río de la
Plata, como los bloqueos o la usurpación de las Islas Malvinas.
Hacia fines de la década de 1840 la economía se encontraba en expansión y habían cesado las
convulsiones políticas. Sin embargo esos hechos no impidieron que el orden rosista ingresara en
su etapa final. El crecimiento económico basado en la actividad ganadera había beneficiado a
Entre Ríos y el gobernador Urquiza -aliado de Rosas en años anteriores- comenzó a diferenciarse
políticamente de él, incrementando la autonomía de su provincia. El enfrentamiento no tardó en
producirse. Una alianza nacional e internacional liderada por el entrerriano puso fin a la
experiencia rosista cuando los ejércitos se enfrentaron el 3 de febrero de 1852 en la batalla de
Caseros.
En las luchas por definir la forma que adoptaría el nuevo gobierno, los sectores dominantes en
cada provincia se fueron identificando con dos proyectos políticos opuestos: el centralismo y
el federalismo.
El grupo unitario (o centralista), que entre 1826 y El Grupo federal: La mayor oposición a los unitarios
1827 se hizo cargo del gobierno central, estaba provino de los estancieros y otros grandes
constituido, fundamentalmente, por políticos, propietarios rurales que se fueron identificando con
abogados, periodistas, comerciantes y sectores un proyecto político federal. Éste proponía la
militares de las distintas provincias. Proponía la organización de un poder central que debía fundarse
construcción de un gobierno central fuerte. en el respeto por las autonomías de las provincias.
De acuerdo con las ideas unitarias, las provincias, En relación con el proyecto económico, existían claras
empobrecidas y despobladas debían constituir diferencias entre las propuestas de los federales de
gobiernos verdaderamente representativos con una las provincias del centro, norte y litoral, y los de
real división de poderes. Y, a su vez, debían quedar Buenos Aires. Los primeros querían la redistribución
organizadas bajo la firme autoridad y control de un de los ingresos aduaneros que manejaba Buenos
gobierno central que garantizara la unidad política y Aires y la libre navegación de los ríos interiores. Por
económica de todo el territorio. Los unitarios su parte, los federales de Buenos Aires, también
propusieron, desde un primer momento, la libertad llamados "autonomistas bonaerenses", encabezados
de comercio y el librecambio. También consideraron por Rosas y sus partidarios, no estaban dispuestos a
necesario obtener inversiones de capitales ceder la ciudad y el puerto a la administración de un
extranjeros para aumentar la producción de bienes gobierno central.
económicos y, como un medio para combatir el
desequilibrio entre Buenos Aires y las demás
provincias, redistribuir los ingresos provenientes de la
Aduana.
LA ORGANIZACIÓN DE LOS
ESTADOS PROVINCIALES
En la mayoría de los casos, esos cargos recayeron en diversos líderes que pertenecían a las
familias más ricas de su región. Estos hombres, los caudillos, sumaban a su rol político la
capacidad de movilizar tropas integradas por gauchos y peones. Algunos de los principales
caudillos fueron, además de López y Ramírez, Facundo Quiroga en La Rioja, Gervasio de Artigas
en la Banda Oriental del Uruguay, Juan Manuel de Rosas en Buenos Aires, Justo José de Urquiza
en Entre Ríos, Félix Aldao en Mendoza, Juan Bautista Bustos en Córdoba, Felipe Ibarra en
Santiago del Estero y Bernabé Araoz en Tucumán.
En cuanto a Buenos Aires, renunció a la conducción del país, se constituyó como provincia
autónoma y creó una Sala de Representantes que eligió a Manuel Sarratea gobernador
provisional hasta tanto se realizaran elecciones.
* OBSTÁCULOS: “Instalado para dar ejemplo de imitación a las demás provincias, y propagar, de
ese modo indirecto el establecimiento del sistema representativo en todo el país, sucedió lo que
era de esperar, que todas las provincias crearon su gobierno local a ejemplo de Buenos Aires,
compuesto de los tres poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Entonces tuvimos catorce
gobiernos constituidos separadamente, en lugar del gobierno nacional, que quedó vacante *…+.
Las provincias interiores copiaron al gobierno local de Buenos Aires, no sólo el hecho de su
existencia, sino también la extensión de sus facultades y el círculo de sus poderes o atribuciones:
y de este modo el ejemplo de gobierno provincial de Buenos Aires, imitado por todas las demás,
hizo nacer en cada una un obstáculo a la organización nacional…” Juan B. Alberdi. Derecho
público provincial argentino. Buenos Aires, Talleres Gráficos Argentinos, 1853.
Las relaciones entre los Estados provinciales se llevaron adelante por medio de tratados
interprovinciales. En 1820, Buenos Aires, por ejemplo, firmó con Santa Fe y Entre Ríos el Tratado
del Pilar. Este acuerdo estableció la libre navegación de los ríos Paraná y Uruguay, que era
exigida por las provincias del Litoral para poder comerciar libremente con el exterior, sin la
intermediación de Buenos Aires. También acordó la convocatoria de un Congreso Constituyente
con la finalidad de poner a los Estados provinciales bajo un gobierno común.
La feliz experiencia
A partir de 1820 Buenos Aires experimento un crecimiento muy importante porque terminada la
guerra por la independencia, ya no tuvo que hacer frente a los restos del ejército ni utilizar los
ingresos de su aduana para mantener un gobierno central. De esta forma, los recursos fueron
enviados solamente en benefició de la provincia.
Con el gobierno de Martín Rodríguez, comenzó una etapa llamada “la feliz experiencia”. Buenos
Aires se renovó a partir de las medidas tomadas por los ministros Manuel José García y
Bernardino Rivadavia. Fueron eliminados el Cabildo, se crearon escuelas públicas y fomentó las
artes y las ciencias.
También el gobierno amplió la línea de frontera para obtener más tierras y afectarles a la
producción ganadera. Con ese fin, el gobernador Martín Rodríguez lanzó una campaña contra los
indios y logró que la frontera llegara al sur del río Salado. Para aumentar la producción ganadera
el gobierno debía asegurar un mayor número de trabajadores en las estancias. Para lograrlo,
persiguió a los gauchos. Estos no siempre trabajaban en las estancias. Cazando nútrias, lograban
alimentarse y vestirse. Por eso, las autoridades les exigían llevar una papeleta donde constara el
tiempo y las tareas que cumplían en las estancias. Si el gaucho se encontraba fuera de la
estancia o no tenía esa “papeleta”, era considerado “vago y mal entretenido” y se lo obligaba a
integrarse al ejército.
Cuando Martín Rodríguez concluyó su mandato, lo sucedió Gregorio de Las Heras. Durante su
gobierno, en 1824, se convocó a un nuevo Congreso General Constituyente en la ciudad de
Buenos Aires. El objetivo era dictar una constitución y para ello, las provincias enviaron a sus
representantes.
Durante años, Buenos Aires había evitado por diferentes medios que se concretase la
convocatoria al Congreso Constituyente, tal como establecían el Tratado del Pilar y otros
acuerdos provinciales. Pero, en 1824, dos razones parecían indicar la necesidad de cambiar de
posición y de impulsar la formación de un gobierno unificado en las Provincias Unidas. En primer
lugar, la Banda Oriental había sido anexada al Imperio del Brasil con el nombre de Provincia
Cisplatina. A la presión ejercida por las provincias litorales se sumó la de un grupo de
representantes de la Legislatura porteña, que reclamaban dejar de lado la actitud pasiva de
Buenos Aires e intervenir en el conflicto. En segundo lugar, Gran Bretaña había propuesto
reconocer la Independencia rioplatense y firmar un tratado de amistad, comercio y navegación.
La Presidencia de Rivadavia
A fines de 1825, el Congreso reconoció a la Banda Oriental como parte integrante de las
Provincias Unidas del Río de la Plata e, inmediatamente, Brasil nos declaró la guerra. Los
centralistas (que comenzaban a ser denominados unitarios) aprovecharon la situación de
emergencia para presionar al Congreso, que en 1826 sancionó la Ley de Presidencia que creó el
cargo de presidente, para el cual fue designado Bernardino Rivadavia convirtiéndose en el
primer presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
El presidente impulsó la sanción de la Ley de Capitalización, por la cual la ciudad de Buenos Aires
y sus zonas aledañas se convertían en distrito federal, es decir, en lugar de residencia de las
autoridades nacionales. El resto de la provincia de Buenos Aires fue dividido en dos nuevas
provincias, separadas por el río Salado. La difusión de esta ley provocó la reacción tanto de los
federales como de los ganaderos bonaerenses, que no querían perder el puerto y la Aduana de
Buenos Aires. Estas fuentes de recursos financieros eran las que posibilitaban expandir las
fronteras interiores, apropiarse de tierras indígenas y, por consiguiente, aumentar la actividad
ganadera. Más tarde se dictó la Constitución de 1826, pero fue rechazada por las provincias. La
Constitución proponía un gobierno unitario y cerrado.
* BERNARDINO RIVADAVIA: Rivadavia había integrado las milicias durante las Invasiones Inglesas
y luego participó en el proceso revolucionario de mayo de 1810. Pasó varios años en Europa,
donde fortaleció sus ideas liberales y volvió al Río de la Plata en 1820.
Ante la declaración de guerra por parte de Brasil, Rivadavia nombró al general Carlos María de
Alvear y al almirante Guillermo Brown para comandar las fuerzas rioplatenses, en tierra y en
mar, respectivamente. Durante 1826, las fuerzas navales lograron quebrar el bloqueo que los
brasileños impusieron al Río de la Plata y, a principios de 1827, Alvear los derrotó en la batalla de
Ituzaingó.
Inglaterra, cuyos intereses comerciales fueron afectados por la guerra, se ofreció como
mediadora en el conflicto y propuso la creación de un Estado independiente en la Banda
Oriental. Rivadavia envió a Manuel García como representante a Río de Janeiro para iniciar las
negociaciones de paz. Pero Manuel García fue más allá de las instrucciones que le habían
encomendado y aceptó la incorporación de la Banda Oriental al Brasil. El Congreso y el
presidente rechazaron el acuerdo, pero la situación se volvió insostenible para Rivadavia.
En diciembre de 1826, el Congreso sancionó una Constitución elaborada por los sectores
unitarios, que eran mayoría en el recinto legislativo. La nueva Constitución otorgaba amplias
atribuciones al Poder Ejecutivo, entre ellas la de nombrar a los gobernadores. Por esa razón, fue
rechazada por las provincias de tendencia federal, que comenzaron a retirar a sus
representantes del Congreso.
* LA VIOLENCIA POLÍTICA: En estos años, era habitual el uso de la violencia cuando se trataba de
castigar o de enfrentar a los enemigos políticos. En sus Memorias curiosas, el porteño Juan
Manuel Beruti recuerda el fusilamiento de Manuel Dorrego y la justificación de Juan Lavalle, que
manifestó: “Participo al gobierno delegado que el coronel don Manuel Dorrego acaba de ser
fusilado por mi orden al frente de los regimientos que componen esta división. La historia, señor
ministro, juzgará imparcialmente si el coronel Dorrego ha debido o no morir; y si al sacrificarlo a
la tranquilidad de un pueblo enlutado por él, puedo haber estado poseído de otro sentimiento
que el del bien público. Quiera persuadirse el pueblo de Buenos Aires que la muerte del coronel
Dorrego es el sacrificio mayor que puedo hacer en su obsequio. Juan Lavalle, Navarro, diciembre
13 de 1828”. Juan Manuel Beruti. Memorias curiosas. Buenos Aires, Emecé, 2001.
Luego del levantamiento unitario de 1828, Rosas se presentaba como el candidato ideal para
restablecer el orden y garantizar la hegemonía del partido federal en la provincia de Buenos
Aires, además, tenía el apoyo de los hacendados de Buenos Aires y de los trabajadores. Esto
explica que, en diciembre de 1829, fuera elegido por la Sala de Representantes como
gobernador con facultades extraordinarias. Esta condición le permitía sancionar las leyes
provinciales que considerara necesarias, sin la intervención del Poder Legislativo.
La llegada de Rosas al poder obligó a los unitarios a coaligarse para enfrentarlo. Se formó así la
Liga del Interior, que dirigida por el general José María Paz, estableció gobiernos unitarios por
todas las provincias del centro y del norte del país y los federales se organizaron en una
poderosa asociación que formaron Rosas y los caudillos federales de las provincias del Litoral y
los caudillos federales del Interior. No es fácil establecer un límite claro entre unitarios y
federales. Ambos grupos políticos incluían tanto a hombres del interior como de Buenos Aires,
que, en ocasiones, cambiaban de bando. La guerra civil enfrentó al Interior con las provincias del
Litoral. Finalmente, triunfaron estas últimas y todas las provincias se incorporaron al Pacto
Federal (1831). La firma del Pacto Federal era un primer paso hacia la organización
constitucional del país. Entre otras atribuciones esta Comisión debía “invitar a todas las demás
provincias de la república cuando estén en plena libertad y tranquilidad, a reunirse en federación
son las tres litorales, y a que por medio de un Congreso General federativo se arregle la
administración general del país bajo el sistema federal”. Esto dio origen a una nueva forma de
organización (la Confederación Argentina), cuyo jefe era el gobernador de la provincia de Buenos
Aires, Juan Manuel de Rosas.
Durante su gobierno, los unitarios fueron señalados como culpables de todos los males de la
provincia de Buenos Aires y fueron perseguidos, encarcelados o debieron exiliarse en los países
vecinos. Sin embargo, esta política provocó una división en las filas del federalismo porteño. Un
sector, los doctrinarios, defendía el rol de la Legislatura y la libertad de expresión. El sector
rosista, por su parte, planteaba la necesidad de un Poder Ejecutivo fuerte para garantizar el
orden.
En 1832, finalizó el mandato del gobernador. La Legislatura (con mayoría doctrinaria) lo reeligió,
pero sin otorgarle las facultades extraordinarias. Rosas no aceptó el cargo y se trasladó hacia el
campo, donde encabezó una campaña para castigar a los grupos de aborígenes que, con sus
malones, asolaban a pueblos y estancias. Esta empresa le otorgó un gran prestigio, ya que logró
incorporar grandes extensiones de tierras para la producción ganadera. Por aquel entonces tuvo
lugar la ocupación de las Malvinas por los ingleses (1833), que aún conservan en su poder.
Durante el gobierno del sucesor de Rosas, Juan Ramón Balcarse, aumentaron los
enfrentamientos entre rosistas y doctrinarios y se produjo en Córdoba el asesinato del caudillo
riojano Facundo Quiroga. Este hecho renovó el conflicto entre federales y unitarios en las
provincias del interior del país.
- El ejercicio de la suma del poder público duraría “todo el tiempo que el Gobernador considere
necesario”.
Así el 13 de abril de 1835 asumió el mando y se proclamó “Gobernante ungido por Dios”.
Durante este nuevo mandato, que se extendió hasta 1852, Rosas persiguió a sus opositores con
mayor fuerza: destituyó y persiguió a funcionarios, militares y eclesiásticos que no adherían
incondicionalmente a su gobierno, controló la prensa y toda posibilidad de expresión, y reprimió
brutalmente varios levantamientos unitarios. También invadió Uruguay y se enfrentó a ingleses y
franceses, que bloquearon el puerto de Buenos Aires para obtener la libre navegación de los
ríos, que Rosas prohibía. El combate de la Vuelta de Obligado (1845) fue una batalla larga en la
que sufrieron numerosas pérdidas materiales y humanas, las fuerzas militares y navales porteñas
intentaron impedir el paso de las naves extranjeras. Francia e Inglaterra terminaron aceptando
que la soberanía es nuestra sobre los ríos interiores.
Rosas mantuvo el libre comercio durante su primer gobierno. En cambio en este segundo
gobierno dictó en 1835 la Ley de Aduana. En ella se establecía la existencia de un único puerto
habilitado para el comercio exterior de toda la federación, el de Buenos Aires y prohibía la libre
navegación de los ríos interiores. Además establecía aranceles aduaneros para muchos
productos importantes. Esta ley fue recibida con agrado en el interior menos en el litoral.
A más de treinta años de la declaración de la independencia, los dirigentes de las provincias aún
no se habían puesto de acuerdo en la organización de un Estado central que reemplazara a la
administración colonial española.
* FACUNDO QUIROGA: El caudillo riojano Facundo Quiroga fue uno de los más firmes defensores
de la necesidad de sancionar una Constitución Nacional. Fue asesinado en Barranca Yaco,
Córdoba, en 1835.
EL CAUDILLISMO
El orden impuesto por la fuerza dentro del caudillismo ha quedado como herencia. Además,
ciertas características “caudillescas” prosiguen hasta la actualidad. El caudillo, que buscaba
gloria y poder, intentaba con sus obras ganarse la simpatía de la población y desprestigiar al
máximo al anterior gobernante; así, reorganizaba el gobierno a su antojo y consideraba como
malo todo lo que el gobernante anterior hubiese hecho. Hoy en día, muchos gobernantes
desprestigian aquello gestado por sus antecesores y lo abandonan, buscando el propio
beneficio, o tal vez como una estrategia para su obligada participación en las siguientes
elecciones.
Por otro lado, es importante resaltar que, al hablar de caudillismos se habla también de
consolidación de fuertes regionalismos, que mermaron el casi inexistente estado-nación. Así,
hoy en día aún existen algunos de esos fuertes regionalismos, especialmente en el sur andino,
que, a pesar de no ser una consecuencia directa del caudillismo, ayudó a que se solidificaran
algunos de ellos. Por esta razón, algunas veces planes unificadores resultan insostenibles.
Política caudillista
Los caudillos expresaron intereses regionales combinados con sus ambiciones personales.
Agustín Gamarra, por ejemplo, representó los intereses del sur andino, especialmente del Cuzco,
mientras que Andrés de Santa Cruz, los de Bolivia y Arequipa. Para tener una mejor
comunicación en un país mal comunicado establecieron alianzas con hacendados. Tambien
estuvieron Jose Antonio Paez, Antonio Guzmán Blanco, Juan Crisóstomo Falcón, José Tadeo
Monagas y Cipriano Castro Eran una posición debajo de los Feudales. Los caudillistas se
formaron a partir de ver la desigualdad que estaba ocurriendo en el momento de que los
españoles llegaron a su territorio imponiendo sus reglas. Además de los grandes líderes en
Colombia como Gaitán.
EL ROSISMO
Rosas es una figura polémica; encontrarás detractores y defensores de su acción política como
gobernador de Buenos Aires (1829-1832; 1835-1852).
Su primer gobierno es el emergente de una severa crisis política, motivo por el cual su gestión es
la de un gobierno constituido progresivamente y que se va armando desde el poder, que si bien
tenía un proyecto estaba más comprometido con la coyuntura inmediata.
Eso estaba plenamente justificado si se tiene presente lo sucedido en los 8 años previos a su
primer gobierno: la crisis de 1820; la crisis que terminó con el gobierno de Rivadavia y con el
congreso constituyente en 1826-1827 que conduce a la guerra civil; y la crisis militar posterior a
la guerra civil de 1828-1829, con serias consecuencias políticas, sociales y económicas.
En ese contexto surge Rosas como la única figura capaz de reorganizar la situación con autoridad
reconocida por todos, lo que también le permitió concentrar progresivamente cada vez mayor
poder (centro de todas las críticas a su gestión).
Cuando vuelve, en 1835, Rosas se impone su posición ante la Sala de Representantes y obtiene
no sólo poderes excepcionales, sino también la suma del Poder Publico, que equivalía a una
supresión de los demás poderes del estado ante el Ejecutivo.
¿Qué dejó «institucionalmente» el rosismo? Bueno...hace 130 años que los argentinos
discutimos al respecto y todavía no existe una posición que tenga el consenso mayoritario.
Creo que Rosas tuvo una hábil política económica para insertar al país (al puerto de [Link].) en el
comercio mundial de manera «independiente», que priorizó por sobre la organización nacional.
El precoz federalismo que alcanzó a gestar se circunscribía a la práctica de dar a las provincias
generosos subsidios para sacarlas de sus apuros, con lo cual calmaba las desconfianzas de los
gobernadores y los sometía a su poder.
A su favor, hay que decir que nunca tuvo un periodo de suficiente tranquilidad social como para
intentar otra cosa y por lo mismo seguía siendo la provincia de Buenos Aires, y no la Nación, la
que subvencionara a los gobiernos provinciales, siempre y cuando éstos, claro está, siguieran los
lineamientos que Buenos Aires fijara.
De otra parte, la victoria del interior sobre Buenos Aires tampoco supo gestar un «federalismo»
que desarrollara el país integralmente, y la «institucionalidad que emerge del gobierno de
Urquiza restauró progresivamente el centralismo porteño que le imputaban a Rosas y que
decían combatir, siendo el mejor ejemplo de esta «reacción» los gobiernos de Sarmiento y de
Mitre.
Luego de la Revolución de Mayo, Las Provincias Unidas del Río de la Plata fue el nombre que
adoptaron las provincias del antiguo Virreinato del Río de la Plata, que incluían las actuales
Argentina, Paraguay y Uruguay, y partes de Bolivia.
Juan Manuel de Rosas fue un político argentino, gobernador de Buenos Aires en los períodos
1829-1832 y 1835-1852. Amado por sus seguidores, y temido y odiado por sus opositores,
quienes lo llamaron tirano y dictador. Lo cierto es que estuvo en el poder por más de 20 años,
con facultades extraordinarias otorgadas por la legislatura provincial, tratando de ordenar el país
contra la anarquía política.
Para una mejor ubicación de nuestra parte, indagaremos su entorno histórico. Declarada la
independencia y afirmada esa declaración por el éxito de la campaña a Chile en 1818, el país
daba los primeros pasos para organizar su vida interna, por lo hizo eclosión otros importantes
asuntos tales como la organización económica e institucional de la nación, creando una
Constitución, pero el rechazo de la Constitución de 1819, la caída del régimen directorial y la
disolución del Congreso abrieron paso a la fragmentación del poder político y a la organización
autónoma de las provincias.
La política exterior había obtenido un brillante triunfo: la empresa que San Martín encarara dos
años atrás había culminado con el éxito en Maipú (abril de 1818).
Entre tanto el Congreso General (trasladado a Buenos Aires en 1817) dictaba la constitución
destinada a organizar definitivamente el país.
En 1819, el Congreso aprobó una constitución que reflejaba los intereses centralistas,
promonárquicos y elitistas de los directoriales.
Esa constitución era el marco adecuado para la instalación de una monarquía constitucional,
mediante la coronación del duque de Luca, Carlos de Borbón. La difusión de estas negociaciones
y el carácter centralista de la constitución generaron un fuerte rechazo entre los partidarios del
sistema republicano y de la descentralización del poder, principalmente en los de las provincias
del Litoral.
En oposición esta el caudillo oriental Artigas, con su ideal de "República y Federalismo" que
levantaba como bandera de la Liga de los Pueblos Libres, obteniendo profunda repercusión en
otras zonas del país. Para los directoriales, la monarquía era una salida lógica ante la situación
reinante en Europa y un medio para asegurar la unión nacional bajo un sistema centralizado.
Según ellos, el federalismo y la defensa de las autonomías provinciales implicaba una anarquía
peligrosa.
Desde que el puerto de Buenos Aires se abrió al comercio exterior, esta región había gozado de
una privilegiada situación. Sus productos ganaderos (especialmente los cueros) eran
intercambiados por las manufacturas (tejidos. herramientas, etc.) de origen europeo, al tiempo
que la aduana porteña monopolizaba la recaudación de impuestos aplicados al intercambio
exterior. Buenos Aires también controlaba la entrada a los ríos interiores, centralizando todo el
tráfico mercantil entre el interior y el exterior. La entrada de manufacturas europeas
(principalmente de origen inglés) perjudicaba la rudimentaria producción de algunas provincias
cuyos artículos locales, fruto de una técnica primitiva y más caros, no podían competir con los
elaborados por la industria extranjera.
Los intereses de esas provincias exigían una protección aduanera que impidiera la entrada de la
industria extranjera, posibilitando así el propio desarrollo. Las provincias litorales, de economía
similar a la de Buenos Aires, pretendían a su vez, que se abrieran los ríos al comercio exterior.
La negativa del Ejército del Norte de auxiliar al gobierno en la guerra civil (sublevación de la
posta de Arequito); la decisión de San Martín de proseguir su campaña libertadora en lugar de
intervenir con su ejército en la guerra civil y la oposición generalizada al gobierno, incluso en
Buenos Aires, contribuyeron al derrumbe del poder central.
Las fuerzas del Directorio, se enfrentan en Cepeda (febrero de 1820) a las fuerzas del Litoral,
conducidas por Ramírez y López, que resultaron victoriosas y exigieron la disolución del
Congreso y la renuncia del Director Rondeau.
Frente al desmoronamiento del régimen y a la imposición de los vencedores de fijar los términos
de la paz, el Cabildo porteño asumió el gobierno de Buenos Aires, como Cabildo Gobernador,
hasta que la Junta de Representantes de la provincia —votada en Cabildo abierto— designó
gobernador a Manuel de Sarratea. Surgió así una nueva entidad política: la provincia de Buenos
Aires que, como tal, firmó con las provincias litorales el Tratado del Pilar (febrero de 1820).
El acuerdo firmado con Ramírez y López reconocía como sistema de gobierno el de federación,
aunque su organización se postergaba hasta un encuentro posterior de representantes, que
deberían ser libremente elegidos por "los pueblos".
Como principio económico fundamental, el Tratado del Pilar establecía la libre navegación de los
ríos Paraná y Uruguay. Luego del retiro de las fuerzas militares del Litoral, se publicaron en
Buenos Aires las actas secretas del Congreso, a la vez que se inició juicio a los implicados en el
proyecto monárquico.
Por entonces, comienza a perfilarse la figura del Restaurador: conocido como Juan Manuel de
Rosas, fue bautizado como Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rosas y López de Osornio.
Pertenecía al linaje de los Ortiz de Rozas, que tiene origen en el pueblo de Rozas, Valle de Soba,
Cantabria, España, pero el mismo Juan Manuel, en su juventud y debido a un entredicho que
tuvo con su madre, prefirió apellidarse "de Rosas". Ingresó a los 8 años de edad en el colegio
privado que dirigía Francisco Javier Argerich, si bien desde joven demostró vocación por las
actividades rurales. Interrumpió sus estudios para enrolarse en la compañía de niños del
Regimiento de Migueletes, que participó en la defensa frente a las invasiones inglesas(1806-
1807).
En noviembre de 1815 se asoció con Juan Nepomuceno Terrero y Luis Dorrego en una compañía
La dirección de sus estancias le dio a Rosas un gran conocimiento sobre la vida y las costumbres
de sus peones.
Al poco tiempo devolvió a sus padres los campos que administraba para formar sus propios
emprendimientos ganaderos y comerciales. Fue administrador de los campos de sus primos,
Nicolás y Tomás Manuel de Anchorena, al segundo de los cuales siempre le tuvo un especial
respeto y admiración, y quien ocuparía cargos importantes dentro de su gobierno. En sociedad
con Luis Dorrego, hermano del coronel Manuel Dorrego, fundó un saladero; era el negocio del
momento: la carne salada y los cueros eran casi la única exportación de la Argentina. Acumuló
una gran fortuna como ganadero y exportador de carne vacuna, distante de los acontecimientos
emergentes que conducirían al virreinato del Río de la Plata a la emancipación del dominio
español en 1816.
En 1820 concluyó la etapa del Directorio con la renuncia de José Rondeau a consecuencia de la
Batalla de Cepeda. Fue en esa época que Rosas comenzó a involucrarse en la política, al
contribuir a rechazar la invasión del caudillo Estanislao López al frente de sus "Colorados del
Monte". Participó en la victoria de Dorrego en Pavón, pero junto a su amigo Martín Rodríguez se
negó a continuar la invasión hacia Santa Fe, donde Dorrego fue derrotado completamente en la
Batalla de Gamonal.
Con apoyo de Rosas y otros estancieros, fue electo gobernador su colega Martín Rodríguez. El
1ro de octubre estalló una revolución, dirigida por el coronel Manuel Pagola, que ocupó el
centro de la ciudad. Rosas se puso a disposición de Rodríguez, y el día 5 inició el ataque,
derrotando completamente a los rebeldes. Los cronistas de esos días recordaron la disciplina
que reinaba entre los gauchos de Rosas, que fue ascendido al grado de coronel. Con Rodríguez,
el grupo de los estancieros empezó a tener un papel público.
También fue parte de las negociaciones que concluyeron con el Tratado de Benegas, que ponía
fin al conflicto entre las provincias de Santa Fe y Buenos Aires. Fue el responsable del
cumplimiento de una de las cláusulas secretas del mismo: entregar al gobernador Estanislao
López 30.000 cabezas de ganado como reparación de los daños causados por las tropas
bonaerenses en su territorio. La cláusula era secreta, para no "manchar el honor" de Buenos
Aires. Así se iniciaba la alianza permanente que tendría esta provincia con la de Buenos Aires
hasta 1852.
Entre 1821 y 1824 compró varios campos más, especialmente la estancia que había sido del
virrey Joaquín del Pino y Rozas (conocida como Estancia del Pino, en el partido de La Matanza), a
la que llamó San Martín en honor del general.
También aprovechó la ley de enfiteusis promovida por el ministro Bernardino Rivadavia para
aumentar sus campos. En lugar de ayudar a los pequeños hacendados, esta ley terminó dejando
en propiedad de unos pocos grandes terratenientes cerca de la mitad de la superficie de la
provincia.
Los desórdenes del año 20 habían dejado desguarnecida la frontera sur, por lo que habían
recrudecido los malones. Martín Rodríguez dirigió entonces tres campañas al desierto, usando
una extraña mezcla de diálogos de paz y genocidio. En 1823 fundó las actuales ciudades de Azul
y Tandil. En casi todas estas campañas lo acompañó Rosas, que también participó de una
expedición en que el agrimensor Felipe Senillosa delineó y estableció planos catastrales de los
pueblos del sur de la provincia. El jefe nominal de esa campaña era el coronel Juan Lavalle.
Durante la guerra del Brasil, el presidente Rivadavia lo nombró comandante de los ejércitos de
campaña a fin de mantener pacificada la frontera con la población indígena de la región
pampeana, cargo que volvió a ejercer después, durante el gobierno provincial del coronel
Dorrego.
En 1827, en el contexto previo al inicio de la guerra civil que estallaría en 1828, Rosas era un
dirigente militar, representante de la aristocracia rural, socialmente conservadora. Estaba
alineado a la corriente federalista, adversa a la influencia foránea y a las iniciativas de corte
liberal preconizadas por la tendencia unitaria.
Terminada la guerra del Brasil, Dorrego fue obligado — por una intensa presión
diplomática y financiera — a firmar la paz y la independencia de Uruguay, y la libre
navegación de los ríos; lo que fue visto por los miembros del ejército en operaciones como una
traición. En repuesta, la madrugada del 1ro de diciembre de 1828, el general unitario Juan
Lavalle tomó el Fuerte de Buenos Aires y reunió a los unitarios en la iglesia de San Francisco,
donde eligieron gobernador a Lavalle, y disolvieron la legislatura.
Rosas aconsejó a Dorrego que huyera hacia Santa Fe, pero el gobernador se negó, por lo que
aquél lo abandonó, marchándose hacia la provincia de Santa Fe. Dorrego se refugió en Salto, en
el regimiento del coronel Ángel Pacheco; pero, traicionado por dos oficiales de éste —
Bernardino Escribano y Mariano Acha— fue enviado prisionero a Lavalle. Éste, influido
por el deseo de venganza de los ideólogos unitarios, fusiló a Dorrego — y se hizo cargo de
toda la responsabilidad. En su última carta, escrita a Estanislao López, Dorrego pedía que su
muerte no fuera causa de derramamiento de sangre. Eso es exactamente lo que fue, y por
muchos años.
A principios de enero de 1829, el general José María Paz, aliado de Lavalle, iniciaba la invasión de
la provincia de Córdoba, donde derrocaría al gobernador Juan Bautista Bustos. De ese modo se
generalizó la guerra civil en todo el país.
Lavalle envió ejércitos en todas direcciones, pero varios pequeños caudillos aliados de Rosas
organizaron la resistencia. Los jefes unitarios recurrieron a toda clase de crímenes para
aplastarla. No se ha difundido la memoria de estos hechos, pues ocurrieron en el campo y sus
víctimas fueron gauchos y personas pertenecientes a clases sociales más humildes.
Al frente del grueso de su ejército, Lavalle avanzó hasta ocupar Rosario. Pero, poco después,
López dejó sin caballos a Lavalle, que se vio obligado a retroceder. López y Rosas persiguieron a
Lavalle hasta cerca de Buenos Aires, derrotándolo en la batalla de Puente de Márquez, librada el
26 de abril de 1829.
Mientras López regresaba a Santa Fe, Rosas sitió la ciudad de Buenos Aires. Allí crecía la
oposición a Lavalle (a pesar de que los aliados de Dorrego habían sido expulsados), sobre todo
por el crimen sobre el gobernador. Lavalle aumentó la persecución sobre los críticos, lo que le
llevaría mucho apoyo a Rosas, en la ciudad que siempre fue la capital del unitarismo.
El 24 de junio, Lavalle y Rosas firmaron el Pacto de Cañuelas, que estipulaba que se llamaría a
elecciones, en las que sólo se presentaría una lista de unidad de federales y unitarios, y que el
candidato a gobernador sería Félix de Álzaga.
Pero los unitarios presentaron la candidatura de Alvear, y al precio de treinta muertos ganaron
las elecciones. Las relaciones quedaron rotas nuevamente, obligando a Lavalle a un nuevo
tratado, el pacto de Barracas, del 24 de agosto. Pero, ahora más que antes, la fuerza estaba del
lado de Rosas. A través de este pacto se nombró gobernador a Juan José Viamonte. Éste llamó a
la legislatura derrocada por Lavalle, allanándole a Rosas el camino al poder.
La Legislatura de Buenos Aires proclamó a Juan Manuel de Rosas como Gobernador de Buenos
Aires el 8 de diciembre de 1829, honrándolo además con el título de "Restaurador de las Leyes e
Instituciones de la Provincia de Buenos Aires" y en el mismo acto le otorgó "todas las facultades
ordinarias y extraordinarias que creyera necesarias, hasta la reunión de una nueva legislatura".
No era algo excepcional: las facultades extraordinarias ya les habían sido conferidas a Sarratea y
a Rodríguez en 1820, y a los gobernadores de muchas otras provincias en los últimos años;
también Viamonte las había tenido.
El primer gobierno de Rosas fue un gobierno "de orden"; no fue una tiranía despótica, aunque
más tarde los historiadores harían extensivas a su primer gobierno algunas características del
segundo. En este primer momento, se apoyó en algunos de los dirigentes del "Partido del
Orden" de la década anterior, lo cual ha permitido que fuera acusado de ser el continuador del
Partido Unitario,7 aunque con el tiempo se distanciaría de ellos.
Entre los hechos negativos, se produjo la invasión inglesa de las islas Malvinas, que desde hacía
tiempo estaban en disputa entre Inglaterra y España, pero que desde hacía pocos años había
empezado a ser poblada desde Buenos Aires. Según diversos historiadores, Rosas habría
ofrecido a Inglaterra las islas Malvinas como pago, en concepto de una deuda que la Provincia de
Buenos Aires tenía con aquel país. Inglaterra nunca contestó aquella carta, aunque,
aparentemente no hizo caso omiso de la misma, y procedió a ocupar las islas.
Para comprender mejor el período de la historia argentina estudiado, debe descartarse la mal
planteada antinomia entre porteños centralistas o unitarios y provinciales federales. Federales y
unitarios los hubo tanto en las provincias interiores como en Buenos Aires.
Después de 1810, los pueblos de las provincias interiores mostraron un fuerte localismo en
defensa de sus intereses, que entraban en colisión con los intereses de Buenos Aires. Más tarde,
muchos gobiernos provinciales comenzaron a declararse federales cuando advirtieron que la
centralización política fortalecía los históricos privilegios de a ciudad puerto de Buenos Aires. La
forma unitaria de gobierno fue sostenida no sólo por grupos porteños sino también por los
grupos sociales del interior cuyos ingresos dependían de actividades económicas relacionadas
con el puerto de Buenos Aires. Se trató además de una reacción de las más antiguas y poderosas
familias que controlaban los gobiernos provinciales frente al creciente poder de los nuevos jefes
rurales.
Todos los gobiernos provinciales que se declararon federales también expresaron, unos en
forma más explícita que otros, su voluntad de constituir e país. Para ellos, la constitución era un
instrumento adecuado para terminar con los privilegios de Buenos Aires, Una constitución
federal podía respetar la autonomía provincial de Buenos Aires y, al mismo tiempo, garantizar
los derechos de todas las provincias a participar en la distribución de los ingresos del puerto de
Buenos Aires, a través de un Estado central.
De acuerdo con los principios doctrinarios, los federales se oponían a un régimen de gobierno
unitario en defensa de las autonomías provinciales. Pero en la provincia de Buenos Aires, la
defensa de la autonomía provincial se transformó en una justificación para no ceder la ciudad y
el puerto de Buenos Aires a un Estado central.
Por esta razón, entre los federales se distinguieron dos grupos: los federales doctrinarios y los
autonomistas bonaerenses. Estos últimos se enfrentaron tanto a los unitarios como a los
federales doctrinarios.
Desde 1828, el autonomísmo de Buenos Aires se fue identificando cada vez más con Juan
Manuel de Rosas —representante de los intereses de tos hacendados y terratenientes de la
provincia—. Desde su gobierno sostuvo que antes de organizar la federación las provincias
debían mejorar sus respectivas administraciones, y evitó nuevos intentos de constitución de un
Estado central.
Mientras Lavalle era derrotado por Rosas, el General Paz, derrocaba al Gobernador de Córdoba y
se hacía fuerte en esa ciudad. Derrotó al Quiroga en las batallas de La Tablada y Oncativo y así
obtuvo el control del noroeste argentino. El 5 de julio de 1830 se crea la Liga del Interior o Liga
Unitaria, formada por Córdoba, Salta, Tucumán, Catamarca, La Rioja, Mendoza, San Juan, San
Luis, y Santiago del Estero. Era no solo un pacto militar sinó que se comprometían a la
convocatoria de un congreso constituyente con vistas a organizar la nación.
Alarmadas por la situación, las provincias del litoral, dominadas por los federales realizaron su
propio pacto. El 4 de enero de 1831, Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe, firmaron el Pacto
Federal en la Ciudad de Santa Fe. Poco después Corrientes se sumó al Pacto. Se trataba de un
pacto militar ofensivo, defensivo, estipulaba la libre navegación de los ríos y la promesa de una
futura convocatoria a un congreso.
Sin embargo los acontecimientos se precipitaron, el 10 de mayo de 1831, el Gral. Paz fue
capturado mientras realizaba una patrulla de reconocimiento por una partida Federal.
Sin su jefe, y ahora al mando de Gregorio Araoz de Lamadrid, La Liga fué derrotada por Quiroga
en La Ciudadela, 4 de noviembre de 1831, como consecuencia La Liga se derrumbó y las
provincias comenzaron a adherir al Pacto Federal que pasó a llamarse, Pacto de Confederación
de la República Argentina.
Fue electo el general Juan Ramón Balcarce, candidato de Rosas, que entre 1833 y 1834
emprendió una campaña al desierto financiada por la provincia y los estancieros bonaerenses
preocupados por la amenaza indígena sobre sus propiedades.
Rosas combinó durante la campaña la conciliación con la represión. Pactó con los Pampas y se
enfrentó con los ranqueles y la Confederación liderada por Juan Manuel Cafulcurá.
Según un informe que Rosas presentó al gobierno de Buenos Aires a poco de comenzar la
campaña, el saldo fue de 3200 indios muertos, 1200 prisioneros y se rescataron 1000 cautivos
blancos.
El éxito obtenido por el restaurador en la campaña aumentó aún más su prestigio político entre
los propietarios bonaerenses, que incrementaron su patrimonio al incorporar nuevas tierras y se
sintieron más seguros con la amenaza indígena bajo control.
Rosas se encontraba en su expedición al desierto que duró de 1833 a 1834 y extendió las
fronteras hasta Bahía Blanca.
Los intereses políticos de Rosas eran custodiados por su esposa Doña Encarnación Ezcurra, una
aguerrida mujer. En el seno del partido Federal, se consolidaron mientras tanto dos facciones,
los ``cismáticos``, de orientación liberal y constitucionalista, y los ``apostólicos``, la corriente mas
conservadora y popular que seguía a Rosas.
Ambas facciones se atacaban por medio de la prensa, hasta que en 1833, la agitación de la
prensa rosista llevó al gobierno a sancionar al diario El Restaurador (sobrenombre que utilizaba
Rosas), confundiendo a la población Encarnación Ezcurra llenó de afiches la ciudad que decían
que Rosas (el Restaurador) sería juzgado ello llevó a una rebelión popular que culminó con la
salida de Balcarce del gobierno y el nombramiento de Juan José Viamonte (4 de noviembre de
1833). Este episodio se conoció como la Revolución de los Restauradores.
En los días siguientes abundaron las agresiones de los partidarios de Rosas, organizados en la
Sociedad Popular Restauradora, formada las clases medias no educadas de la ciudad y parte de
los oficiales de origen humilde. Su brazo armado era La Mazorca, un grupo de agitadores que
también atacaban las casas de los opositores a Rosas y causaban desmanes. Sus integrantes
obligaron a huir y emigrar a muchos opositores de Rosas, como Viamonte no aceptó el uso de la
violencia, fue reemplazado por Manuel Vicente Maza, el 1º de octubre de 1834.
.Un hecho agravará aún más la situación. El caudillo riojano Juan Facundo Quiroga, residía por
entonces en Buenos Aires bajo el amparo de Juan Manuel de Rosas.
A Rosas no se le escapaba que la organización nacional implicaría la pérdida para Buenos Aires
del disfrute exclusivo de las rentas aduaneras, entre otros privilegios.
Ante un conflicto desatado entre las provincias de Salta y Tucumán, el gobernador de Buenos
Aires, Manuel Vicente Maza (quien respondía políticamente a Rosas), encomienda a Quiroga una
gestión mediadora. Tras un éxito parcial, Quiroga emprendió el regreso y fue asesinado el 16 de
febrero de 1835 en Barranca Yaco, provincia de Córdoba.
La muerte de Quiroga determinó la renuncia de Maza y provocó entre los legisladores porteños
que prevaleciera la idea de la necesidad de un gobierno fuerte, de mano dura.
Por una amplia mayoría de votos, expresados en la legislatura y a través de un plebiscito que dio
un resultado de 9.713 votos a favor y 7 en contra, fue electo nuevamente Juan Manuel de Rosas,
en marzo de 1835, esta vez con la suma del poder público.
La hegemonía rosista se consolidó mediante la unificación ideológica del pueblo de Buenos Aires
a través del uso obligatorio de la divisa punzó, del riguroso control de la prensa; y de una dura
represión a la oposición ideológica y política realizada por la "mazorca", la fuerza de choque de
Rosas, encargada de la intimidación y la eliminación de los opositores. Durante el largo período
rosista, la mazorca se cobró miles de víctimas.
Rosas, eliminó de todos los cargos públicos a sus opositores: expulsó a todos los empleados
públicos que no fueran federales "netos", y borró del escalafón militar a los oficiales
sospechosos de opositores, incluyendo a los exiliados. A continuación hizo obligatorio el lema
de"Federación o muerte", que sería gradualmente reemplazado por "¡Mueran los salvajes
unitarios!", para encabezar todos los documentos públicos; e impuso a los empleados públicos y
militares el uso del cintillo punzó, que pronto sería usado por todos.
Fue una época de terror para los unitarios, o mas bien para todos los que no estuvieran a favor
del dictador. Todos los opositores se debieron exiliar, en general a Uruguay, o eran juzgados
aquí. La gente se retractaba, se cuidaba de cualquier motivo de sospecha, como hablar, pasear,
escribir, etcétera. La simple sospecha de complicidad con un unitario bastaba para ser
ejecutado; la sociedad Popular Restauradora fue un club terrorista y temido. Rosas también se
aseguró de que su retrato estuviera expuesto en todos los lugares públicos.
Si bien la confederación aseguraba la autonomía a cada provincia, cada una de estas cada año,
debía formalmente conceder la gestión de las relaciones exteriores al gobierno de Buenos Aires.
Ese mismo año, Juan Lavalle, desde el Uruguay y con apoyo de Fructuoso Rivera y de los
Franceses, entra en Corrientes. El gobernador Ferré lo recibe como aliado y de allí logra
apoderarse de Entre Ríos e invadir Buenos Aires consiguiendo varias victorias y de allí pasar a
Santa Fe, con la esperanza de recibir apoyo de la Liga del Norte, comandadas por Gregorio Araoz
de Lamadrid. Pero ambos fueron derrotados por las fuerzas rosistas de Manuel Oribe en la
batalla de Quebracho Herrado. Lavalle y Lamadrid huyeron hacia el norte siedo definitivamente
derrotados por Oribe en Famaillá. La represión sangrienta al levantamiento de la Liga del Norte,
llevada por Oribe impidió todo intento futuro de sublevación.
Cuando se supo que Lavalle huía, estalló el terror general en la ciudad: decenas de personas
fueron asesinadas, centenares de casas saqueadas y las calles quedaron vacías. Los antiguos
partidarios de los unitarios fueron perseguidos, y también los que fueran sospechados de serlo,
por cualquier razón. Los símbolos de los unitarios, y hasta los objetos de colores identificados
con los unitarios - celeste y verde - fueron destruidos. Las casas, la ropa, los uniformes, todo lo
que pudiera colorearse fué pintado de color rojo.
Rosas no hizo nada para detener la masacre, y posiblemente no hubiera podido controlarla. Sólo
a fines de ese año, cuando estuvo seguro de que iba a ser obedecido, anunció que a cualquiera
que se lo descubriera violando una casa, robando o asesinando sería pasado por las armas. La
violencia se detuvo ese mismo día.
El terror del año 40 fue la culminación del uso político de la violencia por parte de Rosas y su
partido. Los historiadores clásicos extendieron la imagen de esas semanas de violencia a todo su
gobierno, lo que es falso. Hubo varios períodos en los que los opositores fueron perseguidos,
pero los crímenes de todos los días sólo ocurrieron a fines de 1840. De hecho, Rosas usó más el
terror como idea para presionar las conciencias que para eliminar personas.
La acción militar de Rosas se dirigió entonces hasta Corrientes, donde había, llegado el General
José Maria Paz, que había logrado escapar de su cautiverio en Buenos Aires. Los opositores
fueron derrotados por las fuerzas rosistas en Caaguazú el 28 de noviembre de 1841. Un año más
tarde el 6 de diciembre de 1842, las tropas de Oribe, vencen a las de Fructuoso Rivera en Arroyo
Grande e invaden el Uruguay. Luego de un largo sitio a la ciudad de Montevideo, Oribe derrota
definitivamente a las tropas de Rivera en marzo de 1845. Rosas surge como el vencedor absoluto
de todos sus rivales. En 1842, Rosas se autoproclamó Tirano ungido por Dios para salvar a la
patria
En junio de 1839 fue descubierta en Buenos Aires una conspiración organizada por Manuel V.
Maza, presidente de la Sala de Representantes, que tenía contacto con otros movimientos que
actuaban en la campaña y con los emigrados. Maza y su hijo fueron muertos. La misma suerte
tuvieron los cabecillas de la Rebelión de los Hacendados del Sur de la provincia, que tuvo su foco
en Chascomús y Dolores. Estos alzamientos debían coincidir con la invasión de Lavalle a Buenos
Aires, lo que no pudo concretarse.
A fines de la década del treinta la oposición a Rosas sumaba a los viejos unitarios y los federales
porteños antirrosistas a un grupo de jóvenes que por su edad no habían actuado en la política
revolucionaria. A este grupo se lo conoce como la generación del 37 y estaba formado por
Esteban Echeverría, Juan Bautista Alberdi, Vicente Fidel López y Juan Maria Gutiérrez.
Estos jóvenes intelectuales, fundaron el salón literario que funcionó en la librería de Marcos
Sastre, donde se reunían para discutir ideas políticas, sociales y filosóficas, que difundieron en
algunos periódicos que pudieron publicar.
Las ideas de Alberdi , de Sarmiento y de otros intelectuales contemporáneos sobre las
perspectivas de desarrollo futuro de la Argentina, vinculadas a las condiciones favorables que
abría el avance del capitalismo industrial en Europa, influyeron sobre las elites dirigentes
argentinas. Expresaban, a la vez, las aspiraciones de esos sectores para superar las limitaciones
de su expansión. La mayoría de esas ideas o proyectos fueron llevados a la práctica en las
décadas que siguieron a la caída de Rosas. Fueron motivo, también, de intensas polémicas entre
sus mentores.
Intentaron ser una alternativa a federales y unitarios, propiciaron una organización nacional
mixta, y sus ideas y acción tendrían gran influencia en el proceso constitucional posterior a la
caída de Rosas. Por mucho tiempo, la "historia oficial" los consideró próceres civiles, pero
posteriormente se les acusó de considerar todo lo europeo superior a lo americano o español,
de querer trasplantar Europa a América sin considerar a los americanos, y de traicionar
repetidamente a su propio país.
En materia económica, el gobierno de Rosas, impuso barreras aduaneras que el puerto que
afectaron a todas las mercaderías extranjeras que competían con productos nacionales, e
incluso prohibió la introducción de algunas como herrajes, porotos, maíz, etc.
Esto permitió la expansión económica de algunas provincias como las de Cuyo y Buenos Aires
que vieron estimulada su capacidad vitivinícola y rural.
Por los años cuarenta se perfila un gran negocio con la introducción de las ganadería ovina,
debido al excelente precio de la lana y la aptitud de tierras en el sur de Buenos Aires para esta
producción.
El Litoral vió favorecida su economía por el crecimiento de la producción ovina y bovina así como
saladeros y cueros, cuya producción en algunos casos escapaba al control de Buenos Aires,
saliendo por Rio Grande do Sul o por Montevideo, generando gran prosperidad durante el
bloqueo anglo francés.
Rosas representó y dirigió los intereses particulares de los grupos dominantes de Buenos Aires -
que se negaban a compartir los ingresos aduaneros porteños con las demás provincias—. Logró,
a la vez, mantener, bajo la bandera del federalismo, el orden social necesario para el desarrollo
de las actividades económicas y la autonomía de la provincia. Al mismo tiempo, Rosas explotó su
influencia sobre los sectores populares y aprovechó el temor que inspiraban en las clases
propietarias, para alinearlas de su lado. La amenaza, la censura y el uso de la fuerza contra
rivales, opositores y disidentes fueron también recursos corrientes para mantener la cohesión y
el control del régimen que a partir de esa fecha dominará por dos décadas consecutivas.
En esta segunda gobernación Rosas: favoreció la venta o el otorgamiento de las tierras públicas
que pasaron a manos de los grandes ganaderos.
Otorgó opción de compra de tierras a los arrendatarios de contratos de enfiteusis facilitando así
el acceso a la propiedad privada tanto al norte como al sur del río Salado.
En 1835, Rosas sancionó la Ley de Aduanas, que protegía a las materias primas y productos
locales, prohibiendo en algunos casos y gravando con altos aranceles en otros el ingreso de la
mercadería importada que pudiera perjudicar a la producción nacional.
La Ley favoreció a las provincias pero sobre todo a Buenos Aires que aumentó notablemente sus
ingresos aduaneros.
Todo producto argentino destinado al exterior debe pagar su tributo a Buenos Aires y todo
producto extranjero destinado a cualquier parte del país deber pagar también a Buenos Aires.
Mediante este procedimiento Buenos Aires puede estimular cierta actividad económica del
interior y boicotear otra, determinando qué mercadería extranjera y de qué países de
procedencia podrá consumir el interior.
Quedaban en manos de Buenos Aires las llaves para favorecer o empobrecer a determinados
grupos sociales de las provincias.
Tucumán exportaba a Chile ganado y otros bienes a cambio de metálico; a Buenos Aires, tabaco,
madera, quesos, aguardiente, a cambio de artículos ultramarinos.
Córdoba enviaba a Buenos Aires, cueros vacunos, ovinos y caprinos lanas, trigos, harinas, a
cambio de productos de ultramar.
Rosas mantuvo durante gran parte de su mandato excelentes relaciones con los comerciantes
británicos y su gobierno.
Francia no había obtenido de Rosas un tratado comercial como el que Inglaterra había
conseguido de Rivadavia.
Los ciudadanos franceses no estaban exentos de hacer el servicio militar como los británicos.
Se produce un conflicto diplomático y las naves francesas que estaban estacionadas en el Río de
la Plata, bloquearon el puerto de Buenos Aires a fines de marzo de 1838.
El bloqueo se mantuvo por dos años generando una obligada política proteccionista, más allá de
la Ley de Aduana y produjo ciertas grietas en el bloque de poder. Los ganaderos del Sur de la
provincia se rebelaron contra Rosas ante la caída de los precios de la carne y las dificultades
provocadas por el cerco francés al puerto.
Durante el bloqueo se reanudó la guerra civil. Lavalle, que referimos en párrafos anteriores.
En octubre de 1840, finalmente por tratado Mackau - Arana, Francia pone fin al bloqueo. El
gobierno de Buenos Aires se comprometió a indemnizar a los ciudadanos franceses, les otorgó
los mismos derechos que a los ingleses y decretó una amnistía.
Concluido el conflicto con Francia, Rosas limitó la navegación de los ríos Paraná y Uruguay.
Estas actitudes de Rosas afectaron los intereses de los comerciantes y financistas extranjeros.
En 1845, el puerto de Buenos Aires fue bloqueado nuevamente, esta vez por una flota anglo-
francesa.
A pesar de la heroica resistencia de Lucio N. Mansilla y sus fuerzas, en la Vuelta de Obligado, una
flota extranjera rompió las cadenas colocadas de costa a costa y se adentró en el Río Paraná.
El bloqueo no sólo afectaba los intereses de los extranjeros, también perjudicaba a los
estancieros del Litoral que no podían navegar libremente por el río Paraná y debían comerciar
sus productos por el puerto de Buenos Aires, entre los afectados estaba Justo José de Urquiza,
que gobernaba la provincia de Entre Ríos desde 1841
Los ingleses levantaron el bloqueo en 1847 mientras que los franceses lo hicieron un año
después.
La firme actitud de Rosas durante los bloqueos le valió la felicitación del General San Martín y un
apartado especial en su testamento: "El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la
independencia de la América del Sur le será entregado al general Juan Manuel de Rosas, como
prueba de la satisfacción que, como argentino, he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido
el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de
humillarla."
franceses, y no a los ingleses. Los franceses eran mas agresivos, toda vez que sus intereses en la
región estaban menos consolidados que los de los británicos y tenían mucho mas que ganar de
una acción militar. Pero el estallido de una feroz revolución en Paris en febrero de 1848, que
determinó la caída de la monarquía en Francia, debilitó su posición. En pocos mese ingleses y
franceses, habían levantado un bloqueo por demás ineficaz, pero el problema de la cuenca del
Plata no estaba todavía resuelto.
Desde 1840 Entre Ríos había experimentado un fuerte desarrollo de la ganadería vacuna,
comenzó a competir con Buenos Aires, pero la única forma que tenían los entrerrianos para
exportar era a través del puerto bonaerense, ya que el cierre de los ríos interiores implementado
por Rosas, no permitía el comercio directo del Litoral con los mercados exteriores. La alternativa
es trasladar el ganado a Brasil, estrategia habitualmente utilizada durante la década de 1840.
El conflicto era en esencia económico: Entre Ríos venía reclamando la libre navegación de los
ríos, necesaria para el florecimiento de su economía- lo que permitiría el intercambio de su
producción con el exterior sin necesidad de pasar por Buenos Aires.
Todos los años como un ritual, Rosas, presentaba ante la Legislatura bonaerense, y ante cada
provincia confederada, su renuncia al desempeño de las relaciones exteriores de la
Confederación Argentina. El 1º de mayo de 1851, el General Urquiza aceptó la renuncia del
Restaurador, rompiendo así con la tradición y reasumiendo Entre Ríos su soberanía y derecho
para vincularse directamente con las potencias extranjeras. Tal hecho constituyó en sí mismo
una declaración de
guerra.
Urquiza alistó a sus hombres en el ''ejército grande" de 28000 hombres, y avanzó sobre Buenos
Aires, derrotando a Rosas en la Batalla de Caseros, el 3 de Febrero de 1852.
Relatos de algunos de sus visitantes como Alberdi o Salustiano Cobo, director del diario "El
Comercio` de Lima, ilustran el exilio del Restaurador. Lo muestran como un anciano vestido con
modestia, que hablaba con moderación y respeto de sus adversarios. Solo quejándose de la
ingratitud que hacia él por parte de aquellos que como Anchorena que habían edificado su
fortuna a su sombra, y quejoso por la confiscación de sus bienes y presto a defenderse de las
acusaciones que se le hacían por entonces desde Buenos Aires. Habló sin arrogancia de la
sencillez de su vida en la tarea rurales, a las que volvió a dedicarse hasta su muerte ocurrida el
14 de marzo de 1877, a los ochenta y cuatro años.
Ante la inestabilidad política que reinaba en Buenos Aires, asumió como gobernador Dorrego,
quien derrotó a López en la batalla de Pavón. Pero el triunfo fue efímero ya que Dorrego fue
vencido en el combate de Gamonal. El gobernador fue reemplazado por Rodríguez quien firmó
con López el Tratado de Venegas, por el que se convino la paz entre Bs. As. y Santa Fe.
Artigas fue derrotado en 1820 por los invasores portugueses (este buscó el apoyo de los
caudillos del Litoral sin recibirlo) y la Banda Oriental quedó anexada al Portugal y luego en 1822
al Imperio del Brasil. Sin embargo, un sector importante apoyaba el mantenimiento de la
provincia oriental dentro del ámbito de las antiguas Provincias Unidas.
En 1824 se reunió en Buenos Aires un Congreso: había que desplazar a los brasileños de la Banda
Oriental. Las provincias enviaron a sus delegados con el objetivo de que se sancionara una
constitución federal; sin embargo, se sancionó una unitaria y se eligió a Rivadavia como
Presidente. Esto despertó la resistencia de los caudillos federales del interior.
Después de una guerra con Brasil, se logró un acuerdo de paz en 1827, en el cual se perdió la
posesión de la Banda Oriental. Debido a este desventajoso acuerdo, el régimen rivadaviano
terminó rápidamente.
En Buenos Aires, el Partido Federal ganó las elecciones para gobernador y Dorrego ocupó el
cargo. Éste procuró crear acuerdos con las provincias a fin de convocar un congreso
constituyente que organizara el país sobre una base federal. En julio de 1828 se iniciaron las
discusiones, pero sólo asistieron nueve provincias, por lo que no se logró ningún avance. La falta
del respaldo federal de Dorrego hizo que el general unitario Lavalle lo derrocara a fines de 1828,
ordenara su fusilamiento y se hiciera proclamar gobernador. López y Rosas comenzaron a operar
contra Lavalle y lo derrotaron en 1829. José María Paz llegó con sus tropas a Córdoba, donde
derrocó a Bustos, y asumió el gobierno en su lugar. Facundo Quiroga (el caudillo riojano) fue
vencido también por Paz en La Tablada. Este triunfo abría una nueva época para la ciudad de
Córdoba, que hasta entonces había ocupado el último lugar entre los pueblos argentinos.
La Junta de Representantes decidió designar gobernador a Juan Manuel de Rosas a fines de 1829
y le otorgó poderes extraordinarios.
Quiroga había logrado hacerse fuerte en las provincias de Cuyo, pero Paz lo volvió a vencer en
1830 y constituyó la Liga del Interior para hacerles frente a los federales que predominaban en
el litoral.
Por la batalla de Oncativo, Córdoba, Mendoza, San Juan, San Luis, La Rioja, Catamarca, Tucumán,
Salta y Jujuy quedaban libres de la dominación de caudillos. La unidad de la república empezaba
a hacerse efectiva desde Córdoba por medio de las armas.
En 1831, las provincias litorales respondieron con la firma del Pacto Federal.
Paz fue hecho prisionero por López y sus partidarios, y así la Liga del Interior no tardó en
derrumbarse. Las tropas del Pacto Federal, con la colaboración de la de Quiroga y otros
caudillos, pronto extendieron su predominio a toda la república.
En el litoral, López mantenía con seguridad la hegemonía regional. Y en [Link]., Rosas afianzaba
su poder y agrandaba su influencia. En 1833, éste organizó una expedición al sur para reducir a
los indios pampas. Poco después de su regreso la situación se vio complicada tanto en el interior
(donde la autoridad de Quiroga era cada vez más fuerte) como en Buenos Aires.
A fines de 1834, hubo una guerra civil entre Tucumán y Salta, dos provincias federales. Rosas le
pidió a Quiroga que pacificara la situación. En 1835 Quiroga fue asesinado y luego la Legislatura
bonaerense elegía gobernador de la provincia a Rosas.
Durante los diecisiete años que duró la hegemonía de Rosas en Buenos Aires las provincias se
mantuvieron independientes bajo sus gobiernos locales, no se instauró ningún régimen que
institucionalizara la nación. Pero reinó, sin embargo, una extraña forma de unidad conocida
como Federación. Ésta (vista como el triunfo de los ideales del federalismo) aseguró la
hegemonía de Bs. As. y redujo el crecimiento de las provincias. El puerto de Bs. As. seguía siendo
la mayor fuente de riqueza para el estado y aportaba beneficios a los comerciantes de la ciudad
y también a los fabricantes de cueros y tasajos. Las provincias del interior no participaban de
esas ventajas, por lo tanto la federación acentuó el empobrecimiento de las provincias
interiores, bloqueadas por sus aduanas interprovinciales. Esto nos permite ver que aunque
Rosas hablaba de Federación y consagraba su lema como federal, encabezó un régimen
absolutamente centralista.1 Recaudaba impuestos a través de la Aduana porteña y, en algunos
casos, ayudaba a las provincias que estuvieran muy necesitadas. Esto ocurrió con Santiago del
Estero.
Rosas prohibió que las embarcaciones del extranjero naveguen los ríos del interior y esto dio
como resultado que la economía de Entre Ríos se debilitara.
Pese a las convulsiones políticas, la economía experimentó una vigorosa expansión, se
duplicaron las exportaciones de origen ganadero y creció el número de buques de todo el
mundo que llegaban a Buenos Aires con mercaderías para vender en la capital y el interior.
Rosas expulsó a sus adversarios de la administración pública, el clero y el ejército. Todos fueron
obligados a usar la divisa punzó. Se desarrolló un período de glorificación del Restaurador y los
opositores (a los que se calificó de salvajes unitarios) fueron perseguidos y obligados a partir al
exilio, encarcelados o muertos.
En el interior Rosas no era querido para nada; sus grandes represiones preocupaban mucho a los
gobiernos provinciales.
La revolución iniciada por Lavalle fracasó en 1838. En 1839 el gobernador porteño contuvo los
levantamientos del gobernador correntino Berón de Astrada y de Maza.
En 1840 se produjo la sublevación de las provincias del norte, lideradas por Avellaneda
(gobernador tucumano) pero Rosas los venció. A fines de 1841 Lavalle, tras una suma de
derrotas, se retiró hacia el Norte. Pero fue asesinado en Jujuy y todo el Norte quedó
subordinado a la autoridad de Rosas.
En 1845 Corrientes volvió a sublevarse y Madariaga, su gobernador, fue derrotado dos veces por
Urquiza (gobernador de Entre Ríos).
Esto debía llegar a un fin para que la nación lograra organizarse, dar garantías y derechos a sus
ciudadanos y poner en vigencia un equitativo reparto de las rentas nacionales.
Entre 1850 y 1851, Urquiza se levantó contra Rosas y lo venció en la batalla de Caseros en 1852
al mando del Ejército Grande.
Urquiza entró en Buenos Aires para hechar las bases de la organización del país.1 En el país se
sentía la necesidad de la unión. Pero la tarea que esperaba a Urquiza era complicada; había
muchas diferencias económicas entre las distintas regiones.
En 1852 dos grandes partidos comenzaron a enfrentarse: el Partido Federal, en el cual estaban
agrupadas las oligarquías provincianas y presidía Urquiza, y el Partido Liberal, que encabezaban
los antiguos emigrados y predominaba en Buenos Aires.
El caudillo entrerriano designó gobernador interino de Bs. As. a Vicente López y convocó una
reunión de gobernadores en San Nicolás para discutir la constitución política del país. El acuerdo
de San Nicolás se firmó el 31 de mayo. Este convenio proclamaba el Pacto Federal de 1831 como
ley fundamental de la República y el federalismo volvía a triunfar; se aseguraba la libre
navegación de los ríos, la distribución proporcional de las rentas nacionales y la libertad de
comercio en todo el territorio. Además, llamaba a un congreso constituyente al que concurrirían
todas las provincias con igual representación.
Esto fue más de lo que Buenos Aires estaba dispuesta a soportar. Los porteños rechazaron el
convenio y Vicente López y Planes renunció a su cargo. Pero Urquiza actuó con rapidez. Disolvió
la Legislatura de la ciudad, repuso en su cargo a López y Planes y dispuso la nacionalización de la
Aduana.
Pero la oposición dentro de Bs. As. era muy grande, por lo que una revolución en septiembre de
1852 permitió a los porteños retomar el control de la ciudad.2
Urquiza tuvo que retirarse pero luego de unos meses en Santa Fe se reunieron los delegados de
las provincias sin la presencia de [Link]., sancionaron la Constitución Nacional de 1853 y eligieron
a Urquiza como presidente.
Se extendió una situación bastante peligrosa. Existía por un lado la Confederación Argentina
(que poseía Constitución Nacional, un Congreso y un Poder Ejecutivo con sede en Paraná)
formada por trece provincias, y por el otro, el Estado de Buenos Aires. Ambos se agredían,
competían y se hostilizaban. Había una diferencia muy grande entre el adelanto de Buenos Aires
y el desarrollo económico y político del interior. Esto hacía muy difícil la unión.
Aunque con algunos rozamientos, el pacto empezó a cumplirse y en octubre de 1860, Bs. As.
juró la Constitución Nacional.
Es durante este período que el país logra organizarse constitucionalmente de manera definitiva.
Por primera vez desde 1820 existía un gobierno formal y verdaderamente nacional.1
Las presidencias de Mitre, Sarmiento y Avellaneda (con las que contó esta época) fueron
reafirmando el sistema republicano y el país se fue acostumbrando a cumplir una ley; hubo un
profundo cambio en la estructura social y económica de la nación. La etapa de los caudillismos,
de los gobiernos volteados por revoluciones y las largas dictaduras había llegado a su fin.
Mitre quería federalizar la ciudad de Buenos Aires pero no lo consiguió. En cambio, aprobó una
ley mediante la cual Bs. As. fue la capital provisoria de la nación.
Durante la gestión de Mitre, orientada a unificar la nación bajo la ideología liberal, diferentes
caudillos del interior se sublevaron ante el gobierno central.
En las elecciones de 1868, las provincias apoyaron a Sarmiento, quien fue elegido presidente;
Alsina fue el vicepresidente.
Las metas de Sarmiento se resumen en la palabra progreso y los caminos para alcanzarlo fueron
la llegada de inmigrantes, la educación y el desarrollo agroindustrial. Una de las preocupaciones
de Sarmiento fue alfabetizar a las clases populares es por esto que fundó muchas escuelas y
apoyó en 1869 una ley que otorgaba subvenciones a las provincias para que las crearan en las
suyas.2
La construcción de los ferrocarriles creó una gran fuente de trabajo para los inmigrantes, dando
un fuerte cambio a la economía del país.
En 1870 López Jordán en Entre Ríos dirigió una revolución y mató a Urquiza. Debido a esto
Sarmiento tuvo que intervenir Entre Ríos militarmente y esto derivó en una guerra que finalizó
en 1871.
A partir de 1870, las ciudades de Europa se fueron expandiendo y desarrollando sobre la base de
algunos inventos que afectaron la calidad de vida de la gente y trascendieron a nuestro país,
como la luz de gas. El acero fraguado a altas temperaturas permitió aplicaciones en la
construcción. También hubo muchos avances médicos. El ferrocarril adquirió una gran
importancia. Todo esto tuvo como resultado un gran avance en la calidad de vida de la gente.
Por otra parte, los trabajadores industriales de Alemania, Inglaterra y Francia solicitaban una
cantidad de productos que luego abastecieron nuestro país. Era un gran contexto internacional
con disponibilidad de capitales para invertirse en el exterior de los países centrales y con
grandes avances científicos y técnicos.
Al final de su período, hacia 1874, Sarmiento había desarrollado una gran obra de gobierno,
ejercía el control en todo el país y contaba con el apoyo de las tropas nacionales.
Las oligarquías provincianas, apoyadas por Sarmiento, plantearon que Avellaneda fuese el nuevo
presidente. Debido a esto, Mitre se rebeló contra el gobierno y desencadenó una revolución.
Fue derrotado y el 12 de octubre, Avellaneda asumió la presidencia. El país vivía una grave
agitación económica que había detenido el arribo de inmigrantes. Asimismo, la gran cantidad de
productos importados consumidos por el mercado interno causó un profundo déficit de la
balanza comercial. Para solucionar este problema fue preciso exportar reservas de oro. Una vez
finalizada la crisis, los inmigrantes nuevamente comenzaron a fluir desde el viejo mundo y en
1876, se dictó la Ley de Colonización, que creó el Departamento General de Inmigración.
Cuando su mandato finalizaba, por el año 1880, Avellaneda anticipó que se proponía federalizar
Buenos Aires y convertirla en capital de la República. Al mismo tiempo, ofrecía su apoyo a Roca
contra Tejedor. Luego la revolución estalló pero la Guardia Nacional de Bs. As. fue derrotada por
el ejército nacional. Y así fue que en 1880, Buenos Aires se convirtió en capital federal de la
República. Así, finalizaba el ciclo de la vida argentina que había dado vueltas alrededor de las
relaciones entre Buenos Aires con su puerto y supremacía y el país.
LA ORGANIZACIÓN DE ARGENTINA
La caída de Rosas en 1852 permitió poner fin a ese largo proceso de lenta elaboración, dictar
una Constitución que satisficiera las aspiraciones generales y lograr por lo mismo pleno
consenso.
Es Saavedra quien expresa al virrey Cisneros que “el pueblo quiere reasumir sus derechos”. En el
oficio en que se pide el día 21 celebrar un cabildo abierto se habla de que “un congreso público
exprese la voluntad del pueblo”. De esta manera el cabildo abierto que se celebra & día 22 de
mayo de 1810 puede considerarse como el primer congreso argentino. Es allí donde Castelli
expresa que “al pueblo corresponde reasumir la soberanía”, a lo que agregó Saavedra que “no
queda duda que el pueblo es el que confiere la autoridad o mando”.
Quedaba así consagrado el principio de la soberanía popular, o sea, que el poder reside en el
pueblo y es éste quien lo delega en sus representantes. Además, al efectuar la consulta a los
pueblos del interior, se iniciaba el principio de la forma federativa. Tenemos entonces que en
Mayo de 1810 surgen las tres bases fundamentales de la organización política argentina, a saber:
La forma de gobierno es un problema muy antiguo, que surgió e el momento en que los
hombres comenzaron a organizarse en comunidades, ya que toda comunidad está siempre
conducida por uno o más hombres que forman su gobierno. La estructura y le principios que
guían a los que gobiernan, y las relaciones que establecen con los gobernados, son los datos
necesarios para conoce: la organización política de cada comunidad.
Nuestro gobierno está integrado por tres poderes: el Legislativo, él Ejecutivo y el Judicial.
Estos poderes actúan de acuerdo con las disposiciones de la Constitución Nacional. Las normas
contenidas en nuestra Ley Fundamental están inspiradas en los siguientes principios:
• Separación de poderes. La separación de poderes es uno de los pilares del Estado de Derecho.
La concepción fue elaborada por Montesquieu, en la segunda mitad del siglo XVIII, y luego fue
incorporada a todas las constituciones modernas. De acuerdo con esta teoría, el poder debe
estar distribuido en varios órganos, a cada uno de los cuales se le atribuirán determinadas
funciones. A través de esta división del poder se desea evitar su concentración en manos de una
sola persona u órgano, para evitar un ejercicio abusivo e injusto del mismo.
Por otra parte, la separación de poderes apunta a que se logre una especialización en el ejercicio
de las funciones estatales. Es decir, que algunos órganos se ocupen de administrar, otros de
juzgar, que ciertos hombres se dediquen a la economía, etcétera.
• Origen democrático de los ocupantes de los poderes estatales. Los poderes del Estado son
ejercidos por personas. Estas personas sólo pueden acceder a dichos cargos por el voto popular.
Los integrantes del Poder Judicial no son elegidos directamente por el pueblo.
• Periodicidad en el ejercicio de las funciones. Este principio determina que los titulares de los
poderes políticos del Estado no pueden permanecer en sus funciones indefinidamente. De este
modo, se busca asegurar el recambio en el ejercicio de los cargos, como así también, posibilitar
que el electorado pueda sancionar a funcionarios cuyo desempeño no le ha resultado positivo.
La sanción consistirá en la no reelección de esos funcionarios.
• Publicidad de los actos de gobierno. La actividad de las instituciones debe ser conocida por
todos. Si los gobernantes son nuestros representantes nos deben rendir cuenta de los actos.
Además, debemos estar informados para saber cuál es el contenido de las normas que regulan
nuestras actividades. Por este motivo, todas las leyes y decretos se publican en una publicación
que se llama Boletín Oficial y sólo a partir de ese momento son obligatorios.
• Los actos de gobierno están sujetos a control. Además de los controles que se realizan
mutuamente los poderes, existen órganos y procedimientos especiales para ello, entre los cuales
debemos destacar la Fiscalía Nacional de Investigaciones Administrativas, que fiscaliza la
actuación de los funcionarios de la administración y, en caso de encontrar irregularidades, debe
denunciarlas ante el Poder Judicial.
El poder está integrado por las funciones legislativa, administrativa y judicial o jurisdiccional.
• La función legislativa: consiste en la elaboración de leyes. Las leyes son normas generales y
abstractas porque no están destinadas a resolver un caso concreto, como por ejemplo: un
conflicto entre A y B, en razón de que B no cumplió con la entrega de algo que se comprometió a
darle a A.
Las leyes están destinadas a todos por igual y se aplicarán a las diferentes cuestiones a las que
están dedicadas. Por ejemplo: una ley de inversiones extranjeras regulará el régimen de los
capitales de personas que no habitan nuestro país y desean invertir en él.
El gobierno es ejercido por tres poderes: el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial. Estos poderes
desempeñan las funciones que acabamos de describir.
A lo largo del siglo XIX los procesos de territorialización y apropiación discursiva del espacio en
Argentina fueron configurados desde procesos escriturarios y desde interacciones discursivas
que instituyeron performativamente un proyecto de país, de Estado y de Nación, definiendo el
«cuerpo de la patria y sus límites, su territorio y su identidad, lo que debía formar parte de ese
cuerpo y lo que no, su política de inclusiones y de exclusiones bajo el conjuro de una idea de lo
que debía ser «la Nación». (Moyano, 2002: 51)
3En el marco de este proceso nos interesa mostrar cómo la acción performativa instituyente que
este proceso configuró todavía no ha sido alterada significativamente por las búsquedas de
subjetividades y subalternidades, diferencias e identidades marginales que operan las narrativas
hegemónicas de la crítica cultural contemporánea, y cómo, pese a los cambios paradigmáticos
en la lectura de las operaciones culturales, subsisten intactos agujeros negros y «huecos» en la
memoria del primer genocidio sobre el que se erigió «la Nación» argentina heredada y su
literatura (Moyano, 2004-b), toda vez que continúa vigente el discurso-tópico de referencia a
una «literatura sin indios», entendidos como cuerpos y como «voz-otra» en su configuración y
su lenguaje.
4En función de ello, desde esa paradoja nos proponemos realizar una lectura crítica sobre las
cadenas de lectura instituidas y sus circuitos de producción y circulación en el marco de la
literatura argentina del siglo XIX, pues ellas son producto de operaciones canónicas
performativas que instituyeron un «mapa de exclusión» al dibujar un cuerpo fundacional de la
«literatura nacional» como «cuerpo de la Patria» construido a partir de la violencia ejercida
sobre los cuerpos muertos y las voces-otras, ocultas, ausentes, silenciadas, marginadas de los
otros en la «Nación política» y la «Nación cultural».
2 L. Area (2002) señala en particular que los discursos de la nación, la literatura y la historia -(...)
3 Se entiende aquí por «ideologema» una función intertextual, que recorre varios textos y se lee
o(...)
8En este sentido, Arturo Arias (2004) sostiene que, al constituirse inicialmente, los Estados
nacionales buscaron construir desde la «razón occidental» identidades nacionales sobre la base
de discursividades literarias, como una operación concreta de legitimación ideológica que
deviene acto constitutivo de la identidad en el proceso propio de su enunciación. Así R. Hozven
(1998) cree que la «identidad nacional» no se constituye como un objeto de conocimiento
unificado proveniente de un presunto substrato nacional popular, en realidad, la «identidad
nacional» se forma a posteriori,a la manera de un mosaico expositivo retroalimentado por la
historia :
11Todo el siglo XIX americano aparece atravesado por el problema de definir una idea de
«patria», de configurar una «Nación», de otorgar soberanía a los nacientes Estados, con lo cual
este problema se enlaza íntimamente con la reflexión sobre el territorio y sus límites. Pero
también ello se complejiza porque -además de que es sobre un territorio que se define una idea
de «patria», un perfil de Nación, y sobre el cual el Estado se define ejerciendo una soberanía-
ese territorio es un espacio no conocido, inexplorado y no sometido, que la escritura debe
exorcizar. Escritura, Territorio y Nación se constituyen entonces en aspectos indisociables.
(Moyano, 2004: 32)
12Domingo Faustino Sarmiento, Esteban Echeverría y Juan Bautista Alberdi, como los escritores
más renombrados de la pléyade del 37 durante la primera mitad del siglo XIX en el Río de la
Plata, constituyen la avanzada política generacional de un discurso fundacional que elige la
palabra y el poder de la escritura como herramienta configuradora y arma de combate en el
proceso configurador de un imaginario identitario que pudiese funcionar como alegoría
instituyente de una «Nación política» sobre los postulados básicos de un Estado liberal, a partir
de la construcción de un dispositivo simbólico de ideologemas articuladores de sentidos
asociados a una idea que los amalgamara como «lo nacional», desde la dicotomía madre
«civilización-barbarie». A posteriori, hacia 1880, cuando triunfe este proyecto político diseñado
a partir de esa «avanzada discursiva nacionalizadora», desde el poder de un Estado que se
afianza en un territorio sobreimprimiendo en él el dominio político de las élites liberales
triunfantes, los rasgos iniciales configuradores de aquel proyecto inicial erigirán a sus textos
como monumentos cuasi-sagrados y símbolos literarios de la «nacionalidad» alcanzada. Si
«Facundo» (1845), «La Cautiva» (1834), «El Dogma socialista» (1837) habían definido la
fundación del Estado-nación construido, a fines de siglo ese Estado-nación proyectado por la
Generación del 37 y consolidado en 1880 «refunda» con ellos la «Literatura de la Nación»,
(Moyano, 2004: 12) articulando una cadena textual legitimada desde el poder instituyente de las
élites letradas que impusieron, junto con su hegemonía política y su proyecto cultural, su
concepto de Estado y de Nación y el imaginario de «su literatura» como constructo identitario
único de «la Nación» y «lo nacional», marginando y dejando fuera del sistema cultural, y por
ende político, del Estado y sus voces, los «discursos-otros» de gauchos e indios, como agentes
sociales y culturales disonantes con su hegemonía o en resistencia cultural, jurídica, social y
política.
13Este proceso cultural opera así como un ejemplo foucaultiano del funcionamiento del «orden
del discurso», ya que -en contextos determinados de la historia- una nación tiene un discurso
determinado en cuya elaboración operan disciplinas e instituciones controlando y organizando
las normas y convenciones del funcionamiento de una sociedad, para la distribución de códigos,
pautas y procedimientos sociales, (Walia, 2001, 36) siendo los dispositivos identitarios
nacionales, tales como la literatura, constructos hegemónicos y homogeneizantes de la
«adscripción nacional». Es en este sentido que sostenemos que la construcción de las literaturas
nacionales en América Latina, y en particular en el Río de la Plata, ha estado al servicio de
proyectos de unidad orientados por las élites liberales del siglo XIX, con el propósito de
homogeneizar la adscripción nacional de distintos sectores contradictorios bajo su régimen.
Como lo señala Kaliman (1993: 313), la «Nación literaria» es, a todas luces, un constructo
gestado en función de intereses ideológicos identificables con nitidez.
14Se trataba de definir desde la literatura el «cuerpo de la patria», lo que debía formar parte de
«la Nación» y lo que no. Hacer coincidir el mapa cultural de la patria con la soberanía territorial
del Estado y sus límites había sido en la primera mitad del siglo XIX, y seguiría siéndolo en la
segunda, una cuestión de «política nacional», porque de ello se trataba, de definir el cuerpo
orgánico de la Nación, y en ese proyecto la literatura y el poder simbólico y configurador de
sentidos de su discurso jugaba un rol estratégico.4 El territorio, «el cuerpo de la patria», en el
siglo XIX, será en la Argentina un proceso de búsqueda y consecución, un ansiado deseo que
busca un perfil, constituirse en un mapa definido, el límite soberano de un espacio. Pero ese
espacio y ese mapa no constituyen sólo un afán geográfico o geopolítico, un sentido de
ocupación material. Para las élites liberales del siglo XIX la posesión de ese espacio, supondrá
también la posesión de una identidad clara y definida del incipiente Estado que le permita
sentirse «Nación» : precisamente, ésa es la función poderosa asumida por la literatura a lo largo
del siglo, pues el dominio sobre el territorio supondrá también un dominio simbólico sobre ese
cuerpo que implicará exorcizar sus males, liberarlo e imponer sobre él la marca del «Estado
civilizador». «Civilización y barbarie», pasado y presente, identidad y diferencia serán los pares,
los términos en pugna en esa lucha entre realidad y Estado por definir lo que debe formar parte
de «la Nación» y lo que no, lo cual supone explorar y dibujar fronteras político-territoriales, pero
a la vez trazar fronteras culturales de inclusión y de exclusión en orden a un proyecto de Estado
y de Nación.
15Será en este marco que los llamados «textos fundacionales» de la literatura argentina
inscriben la prédica de las élites liberales letradas en su camino por trazar la cartografía
simbólica de la patria, perfilando un territorio que para definirse debe exorcizar los fantasmas de
una frontera cultural difusa y ubicua. En este proceso, «civilización y barbarie» constituirán las
líneas que la escritura irá trazando, la marca divisoria, la frontera que separe el ser y el deber ser
de «la Nación». Frontera ubicua que se extiende horizontalmente, tierra adentro sobre el
territorio, pero también transversalmente para separar un «nosotros» –blanco, civilizado y
letrado- de los fantasmas de diversos «otros» que lo habitan –esto es, la barbarie de gauchos,
matreros e indios. No otra cosa revelan los textos fundacionales : La Cautiva, El Matadero,
Facundo y hasta Martín Fierro.
16En este proceso se inscribe la operación de territorialización de la literatura del siglo XIX como
una de las «estrategias nacionalizadoras» del incipiente Estado para construir un discurso que
configure la idea misma de Nación, que exige representar en el espacio del mundo el «cuerpo de
la patria» y perfilar ese cuerpo internamente trazando las fronteras de una identidad. Ello
implica definir un mapa simbólico, sus líneas de inclusiones y exclusiones a través del uso de los
valores de la cultura letrada europea. La elección de las élites letradas en el contexto de los
intentos de conformación del Estado determinó definiciones centrales : el proceso de
conformación del «cuerpo de la Nación» implicaba delimitaciones territoriales, una ubicación en
el espacio que involucraba no sólo una colocación en las líneas trazadas por una Europa que
diseñó el «mundo», sino también una colocación en el espacio de los discursos ideológicos,
políticos y culturales que legitimaban ese diseño del mundo y la centralidad que en él ocupa el
desarrollo de las «naciones civilizadas». En este marco, el desafío para el nuevo Estado que
pretende crearse implica entonces definir una configuración territorial y establecer su
continuidad con las «zonas civilizadas» de la tierra. Pero simultáneamente también, aparece la
necesidad de «diseñar el espacio de la cultura y la ‘zona civilizada’ dentro del propio Estado
nacional». (Montaldo, 1999: 27)
17Será en esta tarea que los letrados encuentran su espacio político e intelectual de realización,
en la constitución de los grandes metarrelatoslegitimantes de una idea de «Nación civilizada». El
ejercicio de la escritura supondrá la puesta en práctica de una función de «mediación
intelectual» entre los modelos culturales metropolitanos alineados en una «marcha civilizadora
universal» y la necesidad de perfilar internamente el cuerpo y la identidad de una «nación
soberana y original» que encuentre su lugar en ese «devenir civilizador» de la historia.
19demostrando con ello que el saber y la ciencia no son las únicas estrategias constitutivas de
los procesos de territorialización, sino que también, desde «la autoridad universal de la belleza»,
se promueve la conformación de una literatura donde la construcción del espacio asume un rol
fundamental : mientras «funda» una «literatura nacional» perfila discursivamente los límites del
cuerpo mismo de «la Nación» a imagen de una proyección histórico-política.
20De este modo, el «nacionalismo cultural» como búsqueda y proyecto se expande a lo largo de
las prácticas escriturarias del siglo XIX, a partir de sus proyecciones iniciales, cuando las
definiciones políticas constituían todavía sólo proyección y modelos y las fronteras internas no
se han estabilizado: cuando «civilizar», ocupar la frontera, expulsar la «barbarie», poblar el
«desierto», «culturalizar la naturaleza», educar al ciudadano, institucionalizar el Estado y perfilar
una «identidad nacional civilizada», todavía eran sólo eso : palabras.
23En este sentido, el montaje de «la Nación literaria» del discurso decimonónico configuró una
«memoria discursiva» a la que instauró como monumento identitario a partir de distintas
operaciones de exclusión :
1. Por un lado, la referencia en sus discursos a una «otredad» que debe dejar de ser «otredad-
gaucha» para incorporarse a «la Nación» en su estatura de «símbolo», representada en el uso,
simulación y usurpación que de su voz-otra hacen los dispositivos de fundación de la «identidad
nacional», perfilando una «inclusión» que -pese a resultar paradojal «metáfora de una exclusión
real»- se postula como estrategia constitutiva de la cultura nacional, homogeneizando
diferencias y estetizándolas «en un espacio simbólico meta-ideológico que cree símbolos
nacionales para uso cotidiano y disfrace hasta cierto punto la naturaleza ilusoria de la nación»
(Arias, 2004), toda vez que las élites -incluso hasta en el género que nominativamente le es
propio- nombran al gaucho, hablan por él o en supuesta defensa de él, pero nunca «con él»,
representándolo como agente subalterno desde el que se oye simulada la voz del Estado
integrando enunciación, ley, identidad y Nación.
24 En correlación con esta mirada, a partir de que la instauración de los estudios culturales,
poscoloniales, posoccidentales y de las teorías de la subalternidad5 dominan el horizonte
académico como enfoque paradigmático de la crítica cultural, las líneas de investigación y
debate parecen haberse desplazado hacia la mirada de la heterogeneidad, la diversidad cultural,
la subalternización de culturas y la coexistencia múltiple y diversa de manifestaciones discursivas
de subjetividades y «alternatividades otras» diferenciales y culturalmente heterodoxas frente a
las categorías de análisis y perspectivas de los modos de conocimiento tradicionales de la
modernidad.
5 Estas miradas teórico-epistemológicas pretenden instaurarse como paradigma alternativo en
tanto s(...)
26La identificación de estos puntos de fuga y los silencios de la historia convierten al lenguaje y
sus relaciones con las representaciones de «lo real» en un dispositivo central para la reflexión
sobre la constitución de estos procesos, ya que la historia -tanto como disciplina cuanto como
memoria histórica- deviene en objeto a partir de los actos discursivos que la configuran como
relatos o narrativas articuladas a través del discurso.
6 En este sentido, J. Derridá señala que «Todos los Estados-naciones nacen y se fundan en la
violen(...)
27En este sentido, el reconocimiento de esta incidencia de la praxis discursiva ocupa un espacio
central en las producciones culturales literarias y metaliterarias que buscan reconstruir la
memoria plural implícita en los huecos y silencios de los relatos de la historia, y como una lámina
radiográfica en negativo de los agujeros negros de la tortura, el genocidio y la adulteración de
personas e identidades operadas del pasado reciente argentino, se vuelve la mirada hacia la
revisión de los procesos discursivos que operaron a lo largo del siglo XIX en la constitución de los
relatos identitarios y alegorías de la nacionalidad, fundados también como otros «agujeros
negros» de exclusión y olvido que fagocitaron otro genocidio : el que operó sobre los cuerpos de
los indios -como el otro más otro ajeno a la Nación, en tanto no-ciudadano de ley, proscripto de
voz, tierra y derecho.6
28En este contexto, la crítica actual -inspirada en las refundaciones epistemológicas promovidas
por los «estudios culturales», los «estudios poscoloniales o posoccidentales», o las «teorías de la
subalternidad»- se ha internado en el desmontaje y el reconocimiento de los procesos
discursivos de «nacionalización literaria» por parte del incipiente Estado en formación,
observando cómo parte de ese corpus textual canónico del siglo XIX se inscribe en esos procesos
: los textos de los «viajeros», los textos de Sarmiento, los del propio Echeverría, Alberdi o
Mansilla, por citar algunos de los abordados en los estudios de Fernández Bravo, Prieto,
Montaldo, Sorensen, Svampa, Andermann, entre otros. Sin embargo, y pese a la importancia de
una producción crítica que aborda estos procesos renovando desde otra perspectiva la lectura
de la literatura argentina del siglo XIX, debe reconocerse que los procesos de «territorialización»
inscriptos en los discursos sociales hegemónicos de configuración de la Nación debieran
profundizarse, restituyéndolos en el campo de las luchas discursivas y los contextos dialógicos
contra hegemónicos que se dieron en ese largo proceso de consolidación del Estado y
configuración de la Nación. Y ello, porque, precisamente, para que se constituyera
definitivamente el «cuerpo de la patria» y la idea de una Nación, el discurso del Estado debió
disolver –una vez concluido el proceso de su consolidación en 1880- las luchas discursivas y los
contextos dialógicos en que el discurso del Estado originariamente fue inscribiéndose. Con ello,
el Estado triunfante se convirtió en un «Estado glosófago», al descontextualizar a los textos
entronizados como «fundadores de la nacionalidad» del marco de las luchas discursivas en que
los mismos se produjeron. Esta operación del discurso del Estado puede ejemplificarse en las
cadenas de lectura canónicas que se instituyeron y cristalizaron en el circuito letrado-culto
retrospectivamente desde 1880.
29Por un lado, el corpus «oficial» de esa «literatura nacional» entroniza la producción textual de
la Generación del 37 y el proyecto político-literario que la constitución definitiva del Estado está
llevando a la práctica en 1880. Con ello, la «literatura nacional» por definición se «arma» como
cadena en que la «nacionalidad construida» se reconoce como un «continuum discursivo del
Estado» en el circuito de producción «letrada» : de la «Literatura de Mayo» (con la producción
poética de Juan Cruz Varela como eje) y la «Literatura de la Generación del 37» (con Echeverría,
Sarmiento, Mármol y Alberdi como sus autores fundamentales), a la «Generación del 80» como
heredera de la «nacionalidad político-literaria» construida anteriormente y fijada por la crítica
coetánea (Juan María Gutierrez, Paul Groussac, Martín García Merou, etc.) como «discurso
único» que dará lugar a una nueva producción literaria como extensión del Estado en orden al
modelo de «Nacionalidad» construido. Por otro lado en ese mismo proceso, se separa ese
corpus «letrado-culto» del «circuito popular-oral» de la gauchesca y la saga criollista, como si
constituyera un «discurso-otro», cualitativamente diferente, en los términos canónicos de «la
literatura nacional» instituida y su lenguaje, y fuera concebido todavía como deudor de la
«rémora» de luchas políticas del pasado –que en el contexto del 80 se presentan desde el poder
como carentes de significatividad.
30Pero asimismo, reforzando esta operación de exclusión, puede observarse que hasta este
«discurso-otro» está internamente segmentado y «producido» como cadena, ya que de él se
excluyeron las discursividades generadas en orden al contra discurso de un incipiente modelo
político de Estado diferente al triunfante, representado en su momento por el Rosismo. Prueba
de este «modelo de exclusión» y «borramiento de los discursos-otros» -presentes en los
contextos semióticos en que la literatura «oficializada como nacional» iba produciéndose- fue la
«negación» original de la propia gauchesca, ya que en los «circuitos letrado-cultos» no se le
reconoció calificación y estatuto literario aún a la cadena representativa armada en esta línea, y
habrá que esperar hasta que el nuevo Estado construido después de 1880, necesite de otros
«mitos fundantes de la nacionalidad» que, en orden a «lo popular», la «identidad» y el
«lenguaje», se puedan oponer a la «masa de inmigrantes» que es percibida social y
culturalmente como amenaza para el Estado. En el contexto del «Centenario», será la operación
de Ricardo Rojas y de Leopoldo Lugones sobre Martín Fierro la que «legalice» el estatuto
literario de la gauchesca y vuelva a realizar una operación «fagocitadora» compleja : por un lado,
absorbiendo como factor legitimante del «discurso del Estado» a una producción popular, a
partir de una des-historización de El gaucho Martín Fierro y de una cristalización del mismo
como «mito fundante de la literatura nacional» en términos de una «épica de los orígenes». Por
otro, separando esa «producción popular» de su cadena de lectura original y nuevamente de las
luchas político-discursivas en las que se inscribía.
31No otra cosa representa precisamente la Excursión a los indios ranqueles leída fuera del plexo
del campo discursivo de la frontera y la red de discursos con las que confronta, debate, adhiere y
dialoga : no sólo Facundo o Martín Fierro y sus reflexiones sobre el indio o la barbarie, sino
también los otros textos de Mansilla integrados en la cadena de los discursos del Estado
parlamentario, su intervención y postura, la Ley de ocupación de la frontera de 1867, las cartas e
informes militares que se enfrentan y las cadenas epistolares del debate religioso, militar e
indígena presente en el corpus de las Cartas de Frontera.
33Este trasfondo ideológico que sustenta las operaciones canónicas performativas que
instituyeron un «mapa de exclusión» al dibujar un cuerpo fundacional de la «literatura nacional»
como «cuerpo de la Patria» poniendo el acento en una «identidad civilizada» y superior frente a
una «otredad bárbara», articula la «causa del poder» -a través de la voluntad de dominio que
debía encarnarse en el poder de un Estado y su voluntad de constitución de una «identidad
nacional»- con la construcción cultural que operó como sustrato ideológico y base modélica para
la instauración de una «nación moderna» en orden de continuidad con el modelo europeo. Y, en
esta línea de análisis, poder, sustrato y modelo se asimilaron en una etnia, una política, una
historia, una razón y una cultura «civilizadas».
34Perilli (1994: 15) sostiene que bajo esa égida ideológica los procesos fundacionales del Estado-
nación en el siglo XIX se sustentaron en la constitución de un «mito de origen argentino» que
instauró
36Esta «negatividad de la barbarie» funda los procesos de territorialización del siglo XIX en el
«mapa partido» que la literatura dibujó para configurar el Estado-nación, delineando desde el
«cuerpo de la escritura» el «cuerpo de la patria», separando y distribuyendo lo que debía
pertenecer a la totalidad de «la Nación» y lo que no.
38El desafío entonces, es destituir, suspender momentáneamente el juicio del canon, para que
ingrese al diálogo la voz contra hegemónica y la palabra de los sin voces indios en sus
metarrelatos, narrativas, memorias y testimonios, para dejar que se escriba, se registre, se lea y
dibuje un nuevo cuerpo de la memoria, más allá de que para hacerlo, el canon literario, su
palabra y el peso de su «estética histórica» deban quedar suspendidos en el juego de la cultura,
para dar paso al juego dialógico de «las culturas» (plurales, diversas, superpuestas), de «las
palabras» (orales, re-escritas, traducidas) y de «las historias» (divergentes, «revueltas»,
fragmentarias) del nosotros y de los otros en su debate de poder por la «identidad-una» y su
hegemonía.
LA ORG 1852-1862
La rebelión fracasó, los hermanos Segura debieron refugiarse en San Juan y Nieva
y Castillo duró dos años mas en el cargo. El 1º de diciembre de 1844 Nieva y
Castilla es derrotado por los coroneles Juan Eusebio Balboa y Mauricio Guzmán se
apoderan de la ciudad y Nieva Castilla delegó su mando Luis Gabriel Segura.
Como no había tiempo para el traslado del gobernador Segura a la sede del
encuentro de los mandatarios provinciales se nombró al general Justo José de
Urquiza como representante de la provincia .En tal carácter suscribió el General
Urquiza el histórico documento el 31 de mayo de 1852.
El origen divino hace que la religión y la patria tengan idénticos intereses aunque
caminan cada cual por vías peculiares hacia un mismo fin: se trata señores de
edificar la República Argentina y la religión os envía el don de sus verdades
“Reconoce la potestad de los principios religiosos pero exige a la ciudadanía el
sacrificio de jurar obediencia a la Constitución, aún a costa de ciertas concesiones.
Por eso exigió una sumisión pronta y universal en el pueblo y apeló al sacrificio de
la religión; al decir a nombre de esta religión sublime y eterna os digno católico,
obedeced, someteos, dad al Cesar que es del Cesar, y a Dios lo que es de Dios.
Pensó que una constitución federal era la única opción práctica de encauzar el
poder y articular una serie de cambios sociales y económicos que las provincias
reclamaban hace tiempo.
La constitución de 1855
Los ítems más debatidos fueron: las facultades extra ordinarias del gobernador,
forma de elección del gobernador, la creación del consejo asesor y por último el
procedimiento para la reforma de la constitución; salvadas las diferencias el nuevo
texto fue sancionado el 8 de mayo y fue cursado al congreso nacional. Finalmente
el congreso aprobó el texto con algunas objeciones el 18 de mayo de 1855, la
misma fue jurada por el pueblo catamarqueño el 8 de diciembre del mismo año.
En 1861, el presidente Derqui lo designa jefe de la 5ta. División del Ejercito del
Centro e interventor nacional de Santiago del Estero encargado de sostener al
gobierno de la Confederación Argentina en la región noroeste. Luego de Pavón se
aleja de la política (1862) para regresar en 1867 cuándo el presidente Mitre le
encarga realizar la campaña militar contra el caudillo Felipe Varela , la intervención
nacional a La Rioja (l869) y la comandancia en jefe de las fuerzas militares
nacionales en Catamarca y La Rioja.
En esa época el Samuel Fisher Lafone (padre) tenía varias minas en el oeste
catamarqueño, pero desarrollaba sus actividades en la ciudad de Montevideo-
Uruguay- donde su importancia financiera y empresarial era muy grande.
Pero tuvo un fuerte quebranto económico en el que perdió toda su fortuna, de allí
viajó a Buenos Aires Y luego a Catamarca donde realizó trabajos de explotación
minera y de fundición de cobre en el Ingenio (planta de recuperación de mineral)
Victoria, ubicado en el departamento de Santa Maria, cerca del límite con Tucumán.
El lugar donde estaba ubicado el ingenio Victoria a fnes de 1860 había dejado de
ser apropiado, por cuanto la madera que insumían sus hornos de fundición estaba
casi extinguida en su área de influencia por el uso intenso que se había hecho de
ella.
Samuel Lafone Quevedo vendió este ingenio y compró un campo para instalar una
nueva planta de recuperación de cobre, en Pilciao, rodeado por grandes
algarrobales que servían como combustible.
Pilciao floreció, llegó a tener quinientas viviendas para obreros y sus familias, una
iglesia con influencia gótica, escuela, farmacia, almacén, tienda y una gran casa-
administración con muchas habitaciones y varios patios donde residía Lafone y sus
hermanas casadas. La planta tenía nueve hornos de fundición que contaban con
ladrillos refractarios traídos desde Inglaterra, y para el trasporte de mineral de la
mina a estos a los hornos y del cobre fundido a Córdoba, se utilizaban tropas de
mulas que tenían alrededor de tres mil animales.
EL RIO SALADO
n tanto espacio geográfico, Santiago del Estero constituye una amplia extensión que marca la
transición entre la Argentina montañosa, la del impacto visual y matriz indígena y la Argentina
llana, donde la planicie se une con el horizonte en una línea infinita que pierde la mirada hacia el
país de la inmigración. Canal Feijoo (1948) utiliza para referirse a Santiago la expresión de
“enorme masa interpuesta entre el Este y el Oeste” que debía ser considerada para cualquier
proyecto de desarrollo que la región norte adoptase.
Este espacio está surcado por varios ríos. Los dos más importantes cortan el territorio en
diagonal: hacia el sur-este el Dulce llamado en lengua nativa Misky Mayu (corriente de agua
dulce), nace en Río Hondo de la confluencia de otros ríos menores y desemboca en la lagunas de
los Porongos y de Mar Chiquita –provincia de Córdoba-. Más hacia el norte se encuentra el
Salado del Norte o Cachi Mayu (corriente de agua salada) que naciendo en las montañas de Salta
desemboca en el Paraná. Estos ríos delimitan las tres áreas ecológicas en que se halla dividida la
provincia.
Hacia el norte del río Salado –“del Norte”- se encuentra el territorio que hoy se conoce como
la “zona de secano”. Para nuestra historia será el Chaco Gualamba, un bosque impenetrable de
quebrachos, algarrobos e itines; territorio poblado de pueblos indígenas y guerreros indómitos,
guaycurúes y lule-vilelas, que “practicaban algunos cultivos de temporada” (Barsky y Gelman,
2001); allí estaba el Bracho, la cárcel abierta de Felipe Ibarra. Una enorme extensión de tardío
asentamiento de población blanca que, ocupando prácticamente la mitad de la provincia actual,
ha sido siempre el espacio de los mitos y las leyendas al que se llegaba generalmente por
coacción y difícilmente de modo voluntario.
Cuando llegaba a su fin el siglo XVI, la agricultura, el pastoreo y las pequeñas industrias eran
habituales, pero con el tiempo, la agricultura pasará a ser un complemento de las otras
actividades, economías domésticas complementadas con las tradicionales recolecciones de los
bienes del bosque (miel, cera, aňil, algarroba, tunas, etc.). En éste territorio se desarrolló la
historia económica y social más antigua de la provincia-, también se la conoce como “zona de
regadío” porque en la actualidad se encuentra atravesada por canales de riego que toman sus
aguas de los ríos principales con el objeto de irrigar con fines agrícolas.
Hacia el sur del Dulce encontramos la llamada la “zona serrana” cuya población originaria se
asentaba en el antiguo pueblo de indios de Sumampa. Tradicionalmente considerado un espacio
de buenas tierras para la cría de caprinos y yegüarizos, fue ocupado más o menos
tempranamente por estancieros y hacendados españoles quienes utilizaron los mecanismos de
las mercedes reales o las compras directas para convertirse en propietarios. El territorio también
incluye las salinas, históricamente un espacio blanco de desolación y muerte, moteado solo por
cruces de madera que señalaban el lugar en que alguien había sucumbido a la sed o por el
ataque de animales salvajes.
El norte del Salado del Norte y el sur del Dulce, marcaron los límites físicos de la extensión del
territorio santiagueño. Serán límites claros e históricos por la imposibilidad cierta que hubo,
durante por lo menos tres siglos y medio, de avanzar más allá de ellos y se mantendrán
prácticamente sin modificación hasta la inserción de la provincia en el orden capitalista
internacional que impuso condiciones externas importantes (Balán, 1978).
Por sus producciones y sus relaciones económicas intra y extra regionales, Santiago entra
dentro de lo que HalperínDonghi (1998) señala como “segunda zona” en el marco de la
economía colonial americana. Esto es, un espacio económico que dependía de una zona
principal “mercantil y minera”. Su falta de principalidad no impedía organizar su propio
desarrollo bajo los parámetros del autoabastecimiento mientras proveía de mano de obra,
alimentos, tejidos y animales de carga direccionado hacia Potosí. Tales circuitos económicos
pervivirán, apoyados en un fuerte localismo, hasta la mitad del siglo XIX. Interrumpidos durante
las guerras de la independencia, siguieron una lógica inestable hasta los años ’50 sobre todo por
la profundización de la reorientación atlántica de la economía regional y la preferencia por el
comercio a costa de las producciones agrarias.
Cuando a mediados del siglo XIX se iniciaba el proceso de construcción del Estado provincial
en el marco de la construcción del Estado Nacional(1) y de la Nación argentina(2) y transcurría el
proceso inicial de implante de la modernidad y de los procesos de modernización, Santiago tenía
unas 3.500 leguas cuadradas de superficie y estaba en plena redefinición de su espacio regional,
al igual que la mayor parte de los espacios argentinos. Comenzaba a desarrollarse lo que Marta
Bonaudo (1999) denominó las “bases de un orden burgués” que comprendió varios planos:
definición e integración de una nueva territorialidad (apoyada en el corrimiento de la frontera,
ferrocarriles y comunicaciones), estudiar las potencialidades económicas de los nuevos espacios
definiendo cómo y cuándo se los ocuparía, diversificación de las producciones, profundización
de la mercantilización de ésas producciones y articular todo operativamente con las demandas
del mercado mundial en configuración.
El fin del rosismo, la instalación en el poder santiagueño de la elite liberal en franco proceso
hegemónico y oportunidades diversificadas, posibilitaron cambios sustanciales y la consolidación
de sectores capaces de controlar la producción y la circulación de bienes en que se basó la
expansión económica de bienes primarios exportables En tanto elite económica, adscribió a los
postulados de Alberdi participando de los criterios de crecimiento económico equivalente a
crecimiento productivo sin redistribución y mientras participaba activamente en la creencia de
un progreso indefinido, se reapropiaba provechosamente de tal renovación (HalperínDonghi,
1998) y ajustaba sus prácticas a los requerimientos del mercado agroexportador. (Fernández,
Pres y Videla, 1999).
En esta comunicación, nos vamos a centrar en el análisis de la colonización de las áreas vacías.
El primer paso de la integración al mercado capitalista, fue la exploración de los llamados
“nuevos espacios económicos” de los que la cuenca Salado-Dulce fue un punto central.
Inmediatamente de verificada la navegabilidad del Salado (Rossi, 2004) se planteó avanzar hacia
los territorios ubicados hacia el norte en un proceso que será de reapropiación de los espacios
de antiguas comunidades indígenas y dará lugar a la constitución del “mercado de tierras”, cuya
apropiación, acumulación de sus excedentes o especulación, tendrá una doble significación. Para
los terratenientes terminará reforzando su poder de dominación. Pero también marcará la
presencia de un Estado que tomará la tarea de avanzar con la colonización en el siempre móvil
último límite de la línea fronteriza que terminaría, finalmente, asegurando los espacios del poder
terrateniente (Ríos, 1947).
Estos territorios se entregaban en las “mercedes” y en extensiones que eran siempre mayores
a lo que señalaban las titulaciones, las que generalmente se perdían o simplemente
desaparecían para justificar de algún modo la ilegítima apropiación. Así podían obtenerse
espacios que eran dos o tres veces mayores a los consignados en la documentación oficial (Ríos,
1947). Iniciada la década de 1850 “el panorama incluye la venta de tierra pública, que en un
lapso de tiempo, generalmente corto, éstas grandes extensiones de terreno, a veces a
desocupadas e inexploradas, otras apropiadas de hecho, pasarán a dominio privado” (Cardoso y
PerezBrignoli, 1979). El cruce de intereses entre la “tierra pública” y los “negocios privados”
determinó que fuera una prioridad de la elite terrateniente la “compra” de esas tierras que
significaban un respaldo tan fuerte como el oro. En el caso santiagueño el Estado jugó un rol
decisivo en la formación del mercado de tierras y aseguró la apropiación de los excedentes y la
acumulación de la oligarquía local (Fernández, Pres y Videla, 1999).
Las mayores dificultades las planteará un escenario geográfico extenso, con características
ecológicas dispares y extremas, una estructura de relaciones económicas y sociales
precapitalistas fuertemente consolidada y la condición provincial de expulsora de población. Fue
entonces cuando las actividades económicas tradicionales sufrieron un fuerte corrimiento hacia
los márgenes y los agentes económicos del nuevo orden capitalista se movilizaron operando
sobre un fondo de poblaciones distantes y escasas, caminos intransitables que intentaban
comunicar a mercados aislados y focalizados (Oszlak, 1997).
Decíamos, entonces, que el primer paso de todo el proceso económico social de integración al
mercado capitalista, fue la exploración de los llamados “nuevos espacios económicos”
santiagueños. La apertura a la libre navegación de los ríos interiores de la Confederación
motorizó, en la reunión de gobernadores de San Nicolás de los Arroyos, la tarea de investigar si
los ríos Salado y Dulce podían abrirse como rutas económico-fluviales para toda la cuenca del
noroeste, a la que Canal Feijoo (1948) llamara la “región más histológicamente integrada”.
Ya Florencio Varela había advertido la importancia que para el desarrollo económico nacional
tendría la apertura de los ríos interiores, pensando en una plena integración económica nacional
al mercado mundial (HalperínDonghi, 1995). Se pretendía ahora avanzar sobre la cuenca
mesopotámica y los territorios ubicados hacia en norte, que incluía el conocido históricamente
como “mesón de fierro” y hacia el sur con el río Dulce. Fueron éstos los dilatados espacios
económicos a estudiarse profunda aunque muy dificultosamente. Cuestiones operativas y
económicas hicieron que el proyecto se fuera recortando en sus ambiciones espaciales y
finalmente, se centrara en estudiar la posibilidad de que el río Salado del Norte pueda ser
navegable por pequeños barcos a vapor con los cuales ingresar mercaderías de importación y
exportar las producciones regionales.
El Salado fue conocido y explorado por Juan de Garay y Felipe de Cáceres en 1571, pero de él
se tenían noticias desde 1544 cuando fue cruzado en dos oportunidades por Nicolás de Heredia,
cerca del Paraná y posteriormente cerca de Salta (Di Lullo, 1953). Denominado en el siglo XIX
Salado Norte, “en partes corre por un lecho encajonado y en otras se abre en un ancho y
dilatado estuario, formando grandes lagos durante las crecidas. Es en este trayecto de playas
anchas, donde el cauce se vuelve voluble y tornadizo, donde las aguas cambian de curso,
alejándose algunas veces de las poblaciones” (Di Lullo, 1949).
La historia del Salado se asocia históricamente con la línea fronteriza norte de Santiago del
Estero, primeramente con las misiones jesuíticas de San José del Boquerón y de Candelaria y
más adelante con las antiguas haciendas coloniales que operaban como espacios de alto nivel de
conflictividad al ser la última línea de asentamientos blancos y al mismo tiempo actuando como
línea de avanzada hacia el territorio indígena. Un espacio históricamente estratégico pero cuyos
intentos de desarrollo fueron espaciados y espasmódicos, terminando las más de las veces en
rotundos fracasos. Esto lo constituyó en una suerte de frontera caliente con los indígenas del
Chaco Gualamba, parcialidades guerreras cuya resistencia a ceder sus territorios hizo que los
pobladores españoles decidieran recostar sus vidas y posesiones territoriales sobre las orillas del
Dulce, evidentemente, porque les ofrecía mayor tranquilidad. En éste amplio espacio de
ruralidad, los santiagueños dependían para su subsistencia de lo que ocurriera en y con la tierra
y la cría de ovejas y el cultivo del algodón aparecían como las “dos fuentes inagotables en que se
cifraba el porvenir, el bienestar y la riqueza de éstos pueblos” (Hutchinson, 1866).
Los antecedentes más inmediatos de la obra los encontramos en el año 1852 cuando el
gobierno de la provincia emprendió algunas acciones sobre los ríos Dulce, Salado y Saladillo. Por
una parte, había comenzado con las obras de reapertura de un brazo del río Dulce que al
haberse obstruido privaba de agua a históricas poblaciones ubicadas a sus orillas y, además,
pretendía con ello reimpulsar el desarrollo agrícola de la zona. Paralelamente, se buscaba
solucionar el problema de las inundaciones ocasionadas por el Saladillo, ya que los desbordes y
pantanos generados por las crecientes estacionales que demoraban entre 4 y 5 meses en secar,
entorpecían “a los troperos de carretas y demás transeúntes [que] los pone en inminente peligro
de ser invadidos por los indios del Norte que frecuentemente atacan esos puntos”. En cuanto a
las dificultades que generaba en los pobladores de la zona afirmaba el gobernador que “las
consecuencias de estas innecesarias inundaciones no solo son fatales a los criadores de ganados
y otras especies, sino también a los que se dedican al ramo de la labranza, que les arrebata
anualmente las crecientes todo el producto de su trabajo ...” (3).
Ahora bien, el escaso nivel de complejidad de éstas obras hacía que de ellas pudiera
encargarse la provincia con sus pocos hombres y siempre escasos recursos financieros -la mayor
parte de las veces provenientes de los aportes más o menos voluntarios de los estancieros de la
zona-. Pero, en lo que se refiere a las obras necesarias para que durante las inundaciones
estacionales pudiera traspasarse las aguas del Dulce al Salado con el objeto de darle mayor
caudal, lo que implicaba la apertura de canales derivadores, por su mayor complejidad requerían
del auxilio financiero de la Confederación. Se intentaba averiguar la posibilidad de navegar el
Salado y activar la circulación de mercaderías y personas hacia el alto Perú y desde Buenos Aires
o Rosario. (4)
De tal modo que en el marco del proyecto de desarrollo estratégico que la elite hegemónica
planteó para Santiago, la exploración del Salado fue la primera actividad relevante que insumió
una década de trabajos, reorientó el eje de las actividades económicas hacia el Atlántico y tuvo
una fuerte apoyatura en Santiago del Estero, sus hombres y sus recursos. Para abril de 1854 la
estrategia de desarrollo de la elite santiagueña avanzaba aceleradamente aspirando a instalar un
puerto propio sobre el río Paraná en una franja de tierra que solicitaba se le cediera a la
provincia, sosteniendo que desde ese puerto sería “donde inicialmente le vendría su riqueza y
prosperidad”:
“Si adoptase el adjunto proyecto, la provincia de Santiago pedirá un puesto sobre el Paraná, por
donde inicialmente le puede venir su riqueza y prosperidad, sacándola del estado de postración
en que se halla desde mucho atrás... El futuro puerto serviría igualmente para Tucumán y
Catamarca mejorando ésta última su situación comercial y haciéndole dar vuelta la casa a un
puerto argentino que preferiría a su solicitada aduana para su frontera con Chile”. (5)
Las actividades concretas de exploración de la cuenca del Salado se iniciaron en julio de 1855
cuando la Confederación comisionó al comandante norteamericano Thomas J. Page para
explorar de la cuenca del Dulce-Salado. Había llegado dos años antes al Río de la Plata trayendo
del gobierno de Estados Unidos la misión de “determinar cuáles eran las condiciones generales,
favorables, para un intercambio comercial, ubicación de capitales y emigración a iniciarse desde
aquel país, como también el levantamiento total y estudio de navegabilidad del Río de la Plata y
todos sus tributarios” (6). Un mes más tarde, la Confederación realizaba las comunicaciones
oficiales al gobierno de Santiago del Estero y solicitaba la colaboración para con la comisión
exploradora y le comunicaba que en los primeros días de enero de 1856 se firmaría el contrato
entre la Confederación Argentina y la empresa Smith y Cía. para la explotación comercial con
carácter de exclusividad y por 15 años “para hacer el tráfico comercial y de pasajeros con buques
de vapor en los ríos Salado y Dulce de la Confederación” (Taboada, 1933:300-308).
Todas aquellas personas que estaban involucradas en la apertura de este nuevo espacio
económico, eran concientes del impacto que a no muy largo plazo tendría la navegación del
Salado sobre un territorio en el que, según expresara su gobernador, 19 de cada 20 personas
estaban en la mayor pobreza. Pero el problema mayor que enfrentaban propios y extraños era el
origen de los recursos para semejante emprendimiento. A fines de 1855 Page escribía a
Antonino Taboada alentándolo: “... opino que no habría ninguna dificultad en asegurar
capitalistas de los EEUU que se embarquen en esta empresa bajo la seguridad previa de que el
río está limpio de obstáculos hasta el punto o puerto donde se pueda desembarcar mercaderías
y cargar productos del país” (Taboada, 1937).
El primer intento de explotación comercial terminó con la anulación del contrato pero sentó
un importante precedente para la firma del próximo, el 2 de julio de 1856, ésta vez con un
poderoso comerciante, amigo de Urquiza y proveedor de los ejércitos confederados, Esteban
Rams y Rubert, a quien el gobierno nacional concedió “la exclusiva por quince años para hacer el
tráfico comercial y de pasajeros con buques de vapor en los ríos Salado y Dulce de la
Confederación”, la posibilidad de que viajasen bajo la bandera que “más les conviniese” y, a
todas luces, absolutamente favorables a la empresa signataria. Se esperaban “grandes utilidades
que reportará el comercio en general, cuando por medio de la navegación se exteriorizen [sic]
los pingües productos de todo el Norte de la República Argentina, y se abastezcan por el Río de
la Plata de los productos extranjeros que hoy va a buscar al Pacífico a través de las Cordilleras”
(Rams y Rubert, 1860).
La viabilidad económica del proyecto, que como el propio empresario expresara necesitaba de
“la formación de una Sociedad por acciones” con aportes extranjeros porque los propios no eran
suficientes y se apoyaba en los estudios previos realizados por el Comandante Page, fue
establecida tomando como universo de estudio los giros de 9 casas consignatarias de la ciudad
de Rosario. Los análisis mostraron que, efectivamente, el proyecto era rentable, pero también la
pervivencia de circuitos económicos tradicionales en tanto muchos comerciantes se manejaban
de modo independiente de estas casas y de que Salta y Catamarca mantenían todavía un
importante comercio vía Pacífico. Pero, en tanto el costo de los fletes se abaratara por el
transporte fluvial, Santiago tenía muchas producciones que podrían exportarse, todo por una
mínima inversión de $500.000 y las facilidades de llegar desde Paraná “nada más” que en 14 días
hasta Santiago, en 19 a Tucumán y en 22 a Salta (Rams y Rubert, 1860), en una época en que
entrar o salir de Santiago era casi una aventura heroica.
La primera actividad fue un viaje exploratorio llevado adelante por el capitán Lino Belbey y
consistía en navegar el río con la falúa “Gral. Urquiza” desde Santiago del Estero hasta Paraná
para “tomar todas las noticias prácticas que pudiera” y el acompañamiento militar de resguardo
que aportaría la provincia por expreso pedido de las autoridades nacionales “no solo para
prestarle protección amplia del indio sino para ahuyentar a estos salvajes de los lugares que
ocupan sobre el río”, recordará en sus escritos el comandante Page (Rams y Rubert, 1860;
Hutchinson, 1866; Taboada, 1937).
El viaje exploratorio, iniciado en octubre de 1856 y que fue custodiado por Manuel Taboada
hasta Matará donde tomó la dirección Antonino con quien la expedición llegó a Santa Fe
custodiada por la tropa santiagueña, tuvo el carácter de una aventura heroica con un bote que
por trechos intentaba navegar un río serpenteante y tornadizo, esquivando totoras o rodrigones
y por partes era llevado sobre una carreta por tierra buscando otros brazos del río con mayor
caudal, para completar otros trechos a caballo bordeando el Salado porque era sencillamente
imposible hacerlo por un curso de agua que no existía por la bajante. Lino Belbey llegó con la
falúa a Paraná el 27 de noviembre de 1856. “Y no habían pasado cinco años desde la sanción
constitucional –sostendrá Canal Feijóo (1948)- cuando ya un contingentes de cincuenta
santiagueños, capitaneados por un militar también santiagueño ... habían demostrado que el
cauce era navegable entre Santiago y Paraná. ¡Era la evidencia orgánica más decisiva!”.
“De ésta Exploración resulta pues nuestra pública declaración de que el Salado, considerado
inútil como río, es en verdad un “río navegable”, capaz de convertirse en vía de fácil transporte
para los productos de todas las provincias del Norte y Oeste, que ahora están privadas de los
beneficios de un mercado para muchas de sus riquezas debido a lo expuesto y lento de sus
medios de conducción con carretas...”(7)
El haber podido mostrar que, por lo menos hasta la mitad del recorrido, el Salado era
navegable, fue mirado como un éxito rotundo, los recibimientos fueron grandiosos, lo saludaron
como a un patriota, su misión fue considerada muy “noble”, recibió como condecoración una
medalla de oro y sus subordinados fueron premiados. Rápidamente, diversas personalidades y el
periodismo de la época se hicieron eco del éxito de la empresa (8) y resaltaron que el mérito del
grupo dirigido por los hermanos Taboada fue haber verificado los datos de que disponía el
capitán Page; atravesar distancias inmensas a pié, en muchas oportunidades sin alimentos,
bosques y montes solitarios y durmiendo siempre con la mano sobre el puño del sable o la daga
y prontos a emprender un combate a muerte con los tigres o con las parcialidades indígenas del
Chaco. Cuando Salvador María del Carril lo felicitó volvió a poner el énfasis en la perspectiva
económica del proyecto: “...el buen éxito de esta primera empresa es el precursor seguro del
suceso completo que han de obtener nuestros esfuerzos para entregar el comercio libre y
expedito de la navegación del Salado, dotando a estas provincias todas de una fuente de vida...”
(Di Lullo, 1953).
El porvenir era visto como venturoso para una Confederación que podría comenzar a resolver
sus problemas económicos poniendo en circulación hombres, recursos y mercancías que
evitarían a las regiones mediterráneas quedar marginadas del circuito capitalista, aún a pesar de
los sombríos pronósticos sarmientinos. Pero también era venturoso el porvenir para la elite local
cuyos líderes iniciaron una carrera ascendente vertiginosa. Además de comenzar un proceso
ininterrumpido aunque lento, de avance sobre las tierras del Chaco que va a concluir recién en
1901, punto culmine de la ocupación efectiva del territorio argentino por parte del Estado
Nacional.
Una vez demostrada la viabilidad del proyecto había que comenzar a generar las condiciones
materiales para su efectivización como vía comercial. La primera necesidad era custodiar las
fronteras con los indígenas del Chaco, particularmente hostiles desde tiempos históricos, para
asegurar, primero la tranquilidad a los trabajos a realizar, luego el desarrollo productivo y en
tercer lugar la navegación de los barcos de vapor que recorrerían el río llevando y trayendo
materias primas y manufacturas. Antonino Taboada apareció entonces como el hombre indicado
para llevar adelante una misión tan delicada y renunció a su cargo de comandante General de
Armas y Guardias Nacionales para aceptar uno nacional. El decreto de su designación como
encargado de la frontera sobre el Río Salado hace referencia al proyecto de navegación y la
necesidad de organizar una nueva línea con el establecimiento de 100 fuertes a lo largo de la
misma. El mismo General Urquiza lo saludó por carta del 27 de febrero de 1857 en los siguientes
términos: “La pacificación del Chaco es un hecho del alta gloria Nacional que ilustrará siempre su
nombre, mientras engrandece la situación próspera de la República” (Di Lullo, 1953).
Comenzaba un proceso ininterrumpido aunque complejo y lento, de avance sobre las tierras
del Chaco. Doña Lorenza, Añatuya, Aguará, Jumi Isla, Monte Caseros, Fuerte Viejo y La Isla son
algunos de los fuertes y fortines levantados en ésta nueva línea. Eran una mezcla de puntos de
contención de las parcialidades indígenas del Chaco-Santiagueño y colonias agrícologanaderas
en donde existió un importante esfuerzo por “distribuir útiles de labranza y semillas, llevar
sacerdotes que los evangelizaran [a los soldados] y erigir templos”. En 1859 le había expresado a
su hermano Manuel “la esperanza de ver pronto un pueblo floreciente como el Bracho
defendido por soldados industriosos que busquen sus subsistencias con el arado antes de ir a
tantear las arcas vacías de la provincia o de la Nación” (Di Lullo, 1953).
“El Comercio” de Corrientes (9) saludó la iniciativa con alborozo porque finalmente -sostenía
Vicente Quesada el autor de la nota-, las provincias del noroeste podrían exportar sus
producciones con seguridad, a bajos costos, florecería el comercio y se civilizaría a los salvajes.
Porque un plan tan lógico y factible “merece ser apoyado por el verdadero patriota; dar vida a
poblaciones que mueren, civilizar multitudes de salvajes, es altamente moral y profundamente
humano. Lo hemos dicho ocupándonos de la provincia de Santiago del Estero, que su porvenir
dependía de buscarse una salida por el Chaco al Paraná...”.
La idea de que el comercio es progreso, que sin el comercio las poblaciones están condenadas
a la muerte, que comercio y progreso se asocian a lo exterior, la construcción del “otro” como
un salvaje que hay que civilizar, y, finalmente, que progreso, civilización y exterior resultan en
una ecuación altamente moral, forman parte del discurso ilustrado nacional (Taboada, 1933). A
la primera entrada le sucederán otras bajo diversas condiciones y suerte, distinto personal
técnico, pero todas dependerán de la cantidad de agua que trajera el río y de los capitales que se
obtuvieran en Europa o los EEUU. para realizar las obras de infraestructuras necesarias –
limpieza del río y remoción de obstáculos, diques, canales, esclusas, reconocimiento de los otros
ríos afines que pudieran aumentar el caudal del Salado, igual con arroyos, lagunas y construcción
de puertos el principal de los cuales estaría en Matará, en adelante “Taboadavilla”. (10)
Uno de los momentos de mayor tensión se vivió cuando una nueva entrada al Salado fracasó
por no esperar la creciente estacional. Ésta situación provocó la reacción furibunda del
gobernador santiagueño quien escribió una extensa carta al Ministro del Interior, Santiago
Derqui deplorando la actitud del empresario Rams y Rubert, el que en su visión, estaba dando
mal uso a una gran cantidad de privilegios otorgados por el gobierno confederal y al mismo
tiempo quitaba la posibilidad de que otros interesados pudieran realizar las obras proyectadas y
esfumaba las esperanzas puestas en el emprendimiento. En éste sentido, el gobernador
denunciaba que ninguno de los integrantes del equipo de Rams y Rubert conocía bien el río y
por lo tanto consideraba muy poco factible la construcción de los proyectados diques y esclusas
que facilitaran la navegación, y que en tal caso las obras serían inútiles, irrealizables y
seguramente abandonadas poco después de iniciadas. Es más, solicitó que esas obras no se
ejecutaran ya que “esteriliza[ría]n los esfuerzos y sacrificios de la provincia y en tanto que la
empresa no puede llevar a cabo de manera segura y racional el compromiso contraído, sea
retirado el privilegio que viene a servir de estorbo y que se ofrezca a todos los que navegaren el
Salado las ventajas que el Gobierno Nacional acordó al Sr. Rams sobre la rebaja de derechos de
aduana”. (11)
En noviembre de 1859 Rams dirige una nota al gobernador santiagueño Borges anunciando la
formación de la “Asociación para la Empresa del Río Salado”. Tal decisión había sido tomada una
vez que hubo quedado “garantizada la tranquilidad de la República por el Convenio de Paz
celebrado”, ratificando la idea de hacer trabajar el canal del Bracho y abrir los diques y esclusas.
En la nota se advierte como recurrentemente se alude al “patriotismo” de Taboada para
alcanzar la navegabilidad del río Salado, esto es no haciendo ver un negocio como particular sino
en beneficio de una entidad abstracta que, por otra parte, estaba en pleno proceso de
reconfiguración. Pero mientras recuerda al gobernador santiagueño lo patriota que era, le
requería los costos posibles y hombres que garanticen su trabajo. Está lleno de dudas y las
traslada con mucha elegancia. Se pregunta “si en esa encontrarán hombres capaces que puedan
contratarse para este trabajo y si ellos tendrán suficiente garantía para responder a lo que ellos
contrataren”. El elemento técnico y profesional del emprendimiento era cubierto por
profesionales extranjeros y algunos nacionales, pero los santiagueños eran campesinos, también
reconocidos como buenos soldados, pero no obreros asalariados. La solución que se encontró
fue entonces, por sugerencia del gobierno confederal, licenciar a los soldados para que
trabajasen en la obra que resultaba de interés nacional. Luego de concluidas las obras, éstos
serían beneficiado con una licencia por un tiempo equivalente al empleado. Los soldados serán
entonces, una curiosa mezcla de militares, fortineros, agricultores y obreros casi-industriales.
Pero ya para ese entonces los tiempos del proyecto y de las obras comenzaron a no coincidir
advirtiéndose las enormes dificultades “para vencer un río poco caudaloso que atraviesa un país
despoblado y desconocido” (Rams y Rubert, 1860). Aún así, la Legislatura provincial decidió
conceder a la empresa una extensión de 100 leguas cuadradas con el fin “que la Empresa pueda
colocar familias al objeto de cortar maderas u otro cualquiera de utilidad para ella” (Rams y
Rubert, 1860). El gobernador Borges reiteraba la disposición provincial a cualquier sacrificio
para proseguir con la empresa “que tantos beneficios traerá”. En una notificación
inmediatamente posterior comunicó al empresario la decisión de la concesión territorial y su
persuasión “de que los acontecimientos políticos que se han sucedido en la República han sido
los únicos inconvenientes con que ha tropezado la empresa para llevar a cabo sus propósitos ...
con la especial recomendación de que cualquier sacrificio que en beneficio de la empresa
pudiera hacer la provincia de Santiago del Estero, sería muy insignificante ante las inmensas
ventajas que ha de conseguir...”. Al día siguiente el empresario comunicaba al gobernador el
inicio de una nueva exploración con vistas a ratificar los conocimientos adquiridos.
Los capitalistas británicos pusieron severas condiciones para aprobar el préstamo porque
calificaron a la obra como especulativa y finalmente perdieron interés. Descartado este aporte,
se contrató con la Casa Gil de París 1.200.000$ fuertes para abrir la navegación del Salado desde
Salta y hacer, de este modo, que todos los pueblos costeros tengan la posibilidad de tener
puertos.
Mientras desde París (12) Juan Bautista Alberdi tomaba interés por la navegación del Salado y
seguía de cerca las tratativas con la Casa Gil, la Guerra de Secesión norteamericana planteaba un
panorama alentador para las producciones algodoneras de regiones marginales y eso
favorecería a un Santiago que verá a Antonino Taboada recorriendo los márgenes del Salado
acompañando –por pedido del Gral. Mitre, a Tomas Hutchinson -cónsul británico con sede en
Rosario-. Hutchinson “había sido invitado a realizar una expedición que integraron el coronel
José Antonio AlvarezCondarco, el Rvdo. Pedro Vigneiro, el teniente de navío Felipe Ceteura,
Rodolfo Zavalía, José Luis Navarreto y Manuel A. Acosta”. Inglaterra necesitaba materias primas
para continuar su cadena productiva de hilados y el agente inglés procuraba verificar la
adaptabilidad de los territorios para desarrollar plantaciones de algodón (13) y el gobierno
nacional se encargaría de asegurar el tráfico de mercancías a través del establecimiento de una
línea fronteriza (Di Lullo, 1953).
Había urgencia por vender el proyecto del Salado, atraer capitales e inmigrantes. Para eso se
movilizaban las visitas y la necesidad de disponer de una cantidad de muestras de las
producciones locales para enviar al Viejo Mundo, conocer las estimaciones sobre volúmenes
exportables, cantidad y calidad de las mercancías a transportar por los vapores del Salado. (14)
Las observaciones realizadas por Hutchinson y su comitiva indicaban que las maderas
santiagueñas podían tener muy buena colocación en el mercado europeo y las muestras fueron
catalogadas como buenas para hacer muebles. Se trataba del chañar, mistol, algarrobo blanco,
algarrobo negro, quebracho blanco y colorado, molle e itín, pero no pudieron ser cotizadas por
falta de dimensiones de las varas a enviar. También se había enviado muestras de chagüar, que
fue cotizada a 18£ la tonelada –equivalente a 5 y 3/$ onzas de oro- puestas en Liverpool. Las
casas consignatarias que habían realizado los envíos eran: Cárdenas y Soria, Acosta y Pío
Montenegro, J. M. Gauna y Barrionuevo, Federico Ledesma y Gregorio García. (15)
Para fines de los ’60 comenzaba a considerarse la tala del boque como una “producción” y con
esas maderas se hacían trabajos de carpintería y de ebanistería prefiriendo para éste último
trabajo la madera del guayaco, que por su color negruzco y su dureza la convertían en ideas para
este tipo de trabajo.(16) Se producían con fines de exportación unas cantidades estimadas en
16.000 cueros, 6.000 suelas, 28.000 arrobas de lana, 400 fardos de cueros de cabra y lanares. Se
le debía sumar la producciones de las teleras en ponchos, jergas y frazadas en gran cantidad.
Comenzaba también la producción de azúcar y aguardiente y seguía la abundante producción de
nopal, de cochinilla y añil que habrán de “concesionarse” para los años ’70. Para el norte en
general, el Informe del Ingeniero Coghlan hablaba de la producción de algodón, arroz, índigo,
tabaco, cochinilla, azafrán, etc., “todos de la más esquisita [sic] calidad pero hasta ahora poca o
ninguna exportación de estos artículos”. Para agregar inmediatamente que “estoy persuadido de
que el establecimiento del Río Salado, llamando la atención de capitalistas sobre el hecho de la
capacidad de las Provincias para la producción, aunque solo fuera del algodón, causaría un
desarrollo repentino de prosperidad sin precedente en Sud América” (Rams y Rubert, 1860).
En diciembre de 1863 Rams comunicaba el inicio de las tareas más importantes y, siendo
nuevamente gobernador de Santiago del Estero Manuel Taboada, le propone realizar una gran
inauguración con la presencia de las autoridades y de las personalidades más destacadas, acto
que, según su propia sugerencia, podría realizarse en las inmediaciones del Fortín Bracho.
Finalmente llegó el día de la inauguración oficial de las obras. Fue el 25 de diciembre de 1863
que contó con la presencia de los miembros más importantes de la elite local y autoridades
eclesiásticas. Rams y Rubert se encargará de enviar la pala y el hacha que el gobernador utilizara
“para dar principio a dichos trabajos”, con la idea de que sean conservados para “la memoria”
de la provincia.(17) Evidentemente esas alabanzas tenían para la provincia un costo: custodiar
las expediciones, ceder territorios, aportar la mano de obra, custodiar las fronteras, etc.
Se había demostrado que el río Salado podía ser navegable, pero combinaron varias
cuestiones par su desastroso final, articuladas en torno a la falta de financiamiento
internacional, la pérdida de poder de la elite provincial, la ausencia de trabajos permanentes que
regularan las crecidas y drenaran agua desde un río al otro, la construcción de los “puertos”, el
fracaso en la atracción de inmigrantes que desarrollaran económicamente los territorios
ribereños y, finalmente, el avance arrollador del ferrocarril como nuevo medio de transporte de
recursos y personas.
La volubilidad histórica del curso había modificado varias veces el trazado y los estudios
trataban de averiguar la posibilidad de desviar las aguas por el antiguo cauce “precipitando las
aguas por el boquerón de “Rupasca”, para otorgar un caudal mayor y renovar los impulsos del
tráfico comercial, la industria, la agricultura y la ganadería, en la comprensión de que antiguos
poblados otrora importantes por su desarrollo socioeconómico, como eran las villas de Loreto,
Atamisqui y Salavina, ubicadas en los mejores territorios que poseía la provincia, veían
esfumarse las posibilidades de desarrollo y algunas estaban –directamente- colapsando por la
falta de agua.
Si bien entre 1859 y 1860 se firmaron los contratos con el ingeniero Conglan (Achával, 1988),
los estudios para canalizarlo realmente comenzaron en 1862 y a pesar de que no tendrían la
envergadura de los del Salado, fueron considerados de gran importancia en tanto completarían
los estudios de los territorios a incorporar al sistema agroexportador. En 1870 se firmó un
contrato entre el gobierno nacional y E. W. Edling para construir un punte sobre el río Saladillo
según los planos que habían sido levantados por ingenieros nacionales. Sería una construcción
de hierro y madera de quebracho santiagueño, con una extensión de 63 mts. de largo por 5 de
ancho, con barandas y dividido en 5 tramos iguales con un piso a 1,20 por sobre el pico máximo
del nivel de creciente. La obra insumiría 25.000$ fuertes a pagarse en cuatro cuotas iguales en la
medida de su progreso que tenía un tiempo limitado de 15 meses para su conclusión. Tal
construcción en un territorio de históricas dificultades en materia de comunicación y no de
menores desvelos de parte de los gobiernos provinciales, venía a solucionar un problema de
larga data que obstaculizaba el tráfico comercial y de personas.(20)
Entre tanto comenzaron las obras más acotadas de canalización, como por ejemplo el canal
que llevaba agua desde el río Dulce hasta la villa de Loreto, de 2.905 varas de largo y 4 de ancho,
hasta el brazo del río Muerto de Manso (AlenLascano, 1992). Además, se realizó el primer
relevamiento catastral de la villa en la que de modo paralelo se impulsó el desarrollo agrícola y
comenzó a programarse la creación de un Consejo de Irrigación el que se concretó en 1870 con
autoridades elegidas directamente por los agricultores. Esta experiencia que se puede relacionar
con lo que acontecía en el ámbito de la instrucción pública y que nos hablan de los primeros
intentos de asociacionismo y de formación de la sociedad civil. Es decir, los cambios económicos
parecen tener lugar al mismo tiempo que los cambios sociales de no menor importancia al
operar sobre una sociedad hasta ese momento fuertemente estratificada.
El territorio era asegurado por la línea de fronteras y por distintas entradas que mantenían a
las poblaciones aborígenes alejadas del espacio productivo hasta La Cañada y Paso Beltrán
(Achával, 1988). Obras conexas que hacen a la funcionalidad económica del territorio puesto a
producir, tenían que ver con la delimitación de los Departamentos y las ciudades, villas o parajes
que correspondían a cada uno de ellos, con la apertura de caminos que los comunicaran más
fluidamente y el mejoramiento de los ya existentes. A pesar de que no parecieran obras de una
relevancia equiparable a los emprendimientos del Salado o el corrimiento de la línea fronteriza,
insumieron mucho tiempo y mucho esfuerzo económico.
Además, se perseguía el objetivo de fijar la gente a sus lugares de origen, con lo que se evitaría
la continua migración de los “gallegos de la República Argentina”, nombre que da Thomas
Hutchinson da los santiagueños migrantes que podía ver andando a caballo rumbo a Buenos
Aires, con las mujeres que le hacían el acompañamiento de despedida en carretas y hasta las
fronteras provinciales (Hutchinson, 1866).
Estudios recientes mostraron la poderosa atracción que ejercían las tierras de la pampa
húmeda, donde además los salarios eran lo suficientemente más altos como para que el sujeto
migrante retornara –en el caso de que así lo hiciera- con la cantidad de dinero necesaria para
mantener por una temporada a su familia (Farberman, 1997). Pero también es cierto que las
migraciones temporarias se convertían en permanente la mayor parte de las veces, con lo que se
creaba un vacío poblacional muy importante que se hacía sentir no sólo en el plano de la
defensa contra el indio sino en la falta de trabajadores. De modo tal que había un empeño muy
grande en realizar todas las acciones que permitieran desarrollar económicamente el territorio y
hacer que a los habitantes les resultara atractivo –por lo menos económicamente- vivir y
trabajar en este particular espacio santiagueño.
Otro de los espacios explorados con fines económicos y científicos, fue el extremo N-E de la
provincia, donde se ubicó el llamado “mesón de fierro”. De fuerte carga simbólica para los
pueblos indígenas del Gran Chaco y una gran incógnita para los españoles que realizaron varias
y periódicas “entradas” con el objeto de aprovechar su metal (Di Lullo, 1959). Antiguos relatos
orales de los indígenas daban cuenta de que en la provincia de Santiago del Estero había, desde
tiempos antiguos, una inmensa cantidad de hierro. De posible origen meteorítico, se encontraría
“desde la superficie de la tierra hasta una profundidad desconocida”, daría muy poco trabajo
extraerlo, el consumo sería incalculable y “según todas las apariencias sobradamente fundada,
este negocio puede ser para Santiago de tanta ventaja como tal vez ningún otro conocido; i a
mui [sic] poco costo puede ese gobierno conocerlo en todos sus detalles, para obtener los
beneficios que de él pueden derivarse”. (21) Estos datos serán rescatados por Pedro Andrés
García en sus Memoria de 1813 cuando relata que en Buenos Aires se fabricaban fusiles “con
dicho fierro” pues era reconocido como el mejor entre todos.
La propuesta más concreta la realizó en 1853 Aarón Castellanos quien entendió que el
gobierno provincial podría enviar comisionados para examinar lo que denomina “minas”,
calcular aproximadamente su extensión, procurar determinar la hondura y las formas en que
aparezca el hierro –los relatos de Pedro de Angelis sostenían que aparecían bajo la forma de
troncos gruesos o raigones-, detallar en una escritura los trabajos realizados, traer muestras y
detalles de los terrenos conexos, la distancia al Paraná y al Salado. Una vez realizados estos
trabajos exploratorios, Castellanos se comprometía a proceder a los trabajos científicos que
fueran necesarios sobre el material extraído con la idea final de explotar comercialmente el
espacio y vender los materiales a Europa. Se esperaba del gobierno santiagueño “aquella
concesiones y franquicias que todo gobierno presta a empresas de este género y atento al lugar
decierto [sic] u en manos de los Indios como se halla la mina”.(22)
A mediados de la década del ’60, cuando Thomas Hutchinson escribiera su “Exploración al río
Salado…”, ya se tenía conocimiento que el “mesón” se hallaba en un corredor que utilizaban
habitualmente los indios Tobas en sus invasiones a los Guaycurúes y sobre Santiago del Estero y
que había sido encontrado por Antonino Taboada en una de las persecuciones a los indios hacia
sus toldos, pero que no había podido hallar en el camino de regreso. También se tenía noticia de
que este metal extraño que se creía producto de la caída de aerolitos, no tenía parangón sino en
los territorios rusos, de donde habían sacado el metal con que le hicieran a Napoleón I un par de
pistolas de regalo. Ahora bien, de éste “mesón” del Chaco habían realizados dos pistolas que
estaban en poder de la Secretaría de Gobierno de Washington. De modo que las acciones que
tomara Absalón Ibarra, según el texto de Hutchinson, tenían por objeto “traer pedazos de aquel
metal para remitirlos a la Exposición Universal de París en 1867” (Hutchinson, 1866). La nación
también se interesó por el mismo espacio enviando expediciones en 1870 al mando del coronel
Manuel Obligado y en 1872 al del coronel Napoleón Uriburu, en 1873 nuevamente vuelve
Obligado , a la que les seguirán otras en 1875, 1879, etc.
En la década de 1920 Antenor Álvarez escribió a pedido del gobierno provincial una obra
titulada “Meteorito del Chaco” (Álvarez, 1926) en la que intentó una explicación sobre la
significación mítico-religiosa que éste icono celestial tenía para los pueblos indígenas chaqueños.
Relatos aparte, en la época que nos ocupa se desarrollaron acciones estratégicas para conocer
mejor con fines de colonización los territorios que hoy se llaman Campo del Cielo o Desierto de
Otumpa.
Los territorios del Este santiagueño hoy lindantes con Santa Fe -Fortín Unión, Garabato, etc.-,
fueron colonizados muy lentamente a partir de los años ’60 y a medida que la llamada “frontera
interior” comenzaba a estabilizarse con la radicación de pobladores. Hacia los ’70 ya estaba
concluida la primera etapa de avance sobre los territorios chaqueños de modo que el gobierno
volverá a insistir para ubicar el “mesón” otorgando por ley -20 de enero de 1873- un premio de
2000$ fuertes y 10 leguas de tierras fiscales al que lo descubriese, fijara el itinerario de la ruta y
el lugar en que se encontraba. Evidentemente no lo encontraron porque todavía en 1938 se
mantenía y fue en ése año derogada. De todos modos Juan Francisco Borges ya había adquirido
a fin de 1860 una extensión de cuatro leguas de tierras fiscales, lo que nos indica que allí se iba a
colonizar y las tierras a valorizar. Por ahora allí se corta nuestra historia porque será muchísimo
tiempo después que la colonización de éstos territorios pueda ser efectivizada.
Así pensaba Bernardo Canal Feijóo (1934) a los efectos de la instalación del ferrocarril en
Santiago del Estero. Esa especie de “ir de no se donde a no se donde” significó, allá por los
inicios del tendido, una esperanza de desarrollo que terminaría por despedazar la debilitada
economía provincial. Su instalación en Santiago del Estero fue tardía y escapa a los límites
temporales de nuestro trabajo, pero importa analizar los intentos que se realizaron.
El primer contrato para la construcción ferroviaria en la provincia fue firmado con Ramón Gil
Navarro, antiguo amigo de los Taboada, concesionario y representante de la Empresa del
Ferrocarril Gran Chaco a mediados del año ‘70. La idea era construir una vía férrea que tuviera
como punto de partida la Colonia Esperanza, en Santa Fe y punta de riel en la ciudad capital de
Santiago del Estero. Debemos recordar que en éstos momentos aún subsistían las dificultades
originarias de comunicación con el litoral que habían motorizado el proyecto del Salado y el
camino por Sunchales –por el que terminará tardíamente pasando el ferrocarril- no era todavía
más que una antigua idea. De modo que el “Ferrocarril Gran Chaco” parecía el nuevo y
grandioso proyecto para el desarrollo provincial. Para apurar a la concreción del primer
ferrocarril que iba a llegar a Santiago, el Poder Ejecutivo compró 500 acciones y decidió “poner
en juego todos sus recursos”. (23)
Las características del contrato, si bien comunes a la época, eran leoninas. Debía ser aprobado
por el Poder Legislativo y daba a la empresa un plazo de 8 meses para iniciar las obras -caso
contrario se anularía-, autorizaba la construcción y la explotación del ferrocarril con locomotoras
a vapor, tenía carácter de exclusivo y perpetuo, dejaba abierta la posibilidad de extenderse hasta
la ciudad de San Miguel de Tucumán, obligaba a establecer tarifas equitativas, estaría
exceptuada de pagar impuestos y podía utilizar gratuitamente las corrientes de agua y las
maderas de los bosques que eran de propiedad pública. Como contrapartida, debía transportar
sin cargo la correspondencia oficial del estado provincial. La provincia cedería, además,
territorios de una legua de frente por dos de fondo sobre cada lado de la línea y a lo largo de
toda la extensión. (25)
La lucha contra el despoblamiento y el consecuente esfuerzo por arraigar a los hombres a los
lugares de trabajo como gran preocupación de los gobernantes santiagueños y que formaba
parte de los proyectos expansivos de la moral burguesa, aparece también aquí. Por ello se harán
todos los esfuerzos para que la empresa ferroviaria radicara inmigrantes comprometiéndose a
brindarle todas las facilidades que acordaban las leyes en vigencia en el resto del territorio y la
protección necesarias. Todo resultará en vano. Los ferrocarriles demorarán muchos años en
construirse y los pocos inmigrantes que llegaron en éste período utilizaron otras vías de acceso.
Con el Gran Chaco, el antiguo y fracasado proyecto de navegabilidad del río Salado se vuelve a
recrear con los mismo objetivos: “La realización de ésta empresa … resolvería para la
Confederación Argentina el gran problema del equilibrio provincial”, se lograría llegando hasta
Salta y Jujuy, con un ferrocarril que complementara el Gran Central asegurando la marcha
directa y “natural” hacia los Andes. (26)
Un “proyecto magnífico cuya realización está en vías de llevarse a cabo, viene a alegrar
nuestros corazones” dirá El Norte en octubre de 1868. Para agregar que los dos ferrocarriles, el
Gran Chaco y el Gran Central serán las dos grandes arterias por las que circulará “la vida a través
de este vasto país” y harán viables los territorios mediterráneos. El “espíritu del progreso” que
iluminaba el proyecto (27) deberá, por bastante tiempo, aquietar sus ansias y solo observar
como los rieles aislaban la provincia. Rieles que cuando lleguen harán que Santiago ya no sea esa
enorme masa territorial interpuesta entre el Este y el Oeste a la que había necesariamente que
considerar para cualquier proyecto y, simplemente, por el ferrocarril se la pueda atravesar.
EL BERMEJO
l rio Bermejo pasa por Buenos Aires. No es una ocurrencia; es una verdad absoluta. En lejanas
tierras de Tarija, de Salta, de Jujuy, las agüitas corren alegres y curiosas. Como las cabritas
sueltas, que, juntándose de a dos, de a tres, cuatro o cinco, forman las tropillitas, las majaditas, y
luego, todas juntas, la gran majada. Las agüitas, saltando entre peñascos, con cabriolas de
mojarra, trazan sus senderitos, abren surcos, cavan arroyos acudiendo al llamado de los declives,
conforman el caudal mayor, y son el río, el rio adulto, con nombre propio: Bermejo. Y cuando el
Bermejo llega al otro grande, que desde otras lejanas regiones cumple también la inexorable ley
de la gravedad, pierde su nombre y es Paraguay; y el Paraguay es luego Paraná, el majestuoso.
Con nuevo nombre las aguas marchan a la cita con el Uruguay, festejan nuevo bautismo, la gran
agua es el Río de la Plata; la gran agua se entrega al coloso, a la inmensidad verde, a la
comunicación ilimitada.
El capitán mercante José Lavarelloquerí navegar el rio Bermejo En 1854 construyó una
embarcación con madera de cedro, lapacho y algarrobo, bien calafateada y embreada con
petróleo. Además de vela para propulsión la dotó de una máquina horizontal de madera con
ruedas laterales; dos sacos de cuero llenos con recortes de cobre servían de ancla. La bautizó
Senta. Tenia 42 pies de eslora. 7 de manga y 4 de puntal. En términos menos náuticos, 15 metros
de- largo, 2.20 de ancho y 1.20 de altura. Cubierta, castillete de proa, asientos en popa y toldo
para lluvia. Fue en Oran. A fines de setiembre de 1855 la armó en guerra con seis lanzas, seis
fusiles de chispa y un cañoncito de hierro calibre de "a 2"; que equivale a una bala esférica de
menos de un kilogramo de peso (un bochín). Cargó 180 cueros de vacuno, la tripuló con once
personas, él inclusive y se largó río abajo rumbo a Corrientes.
Por gentileza del Departamento de Estudios Históricos Navales del Comando General de la
Armada, tenemos sobre nuestra mesa de trabajo, el Diario de navegación de aquel viaje, el
manuscrito de Lavarello. Un precioso documento, creemos que inédito hasta el momento de
elaborar esta nota.
Lavarello zarpó a las diez de la mañana del 25 de aquel mes y año, de Puerto Pizarro situado a
los 23°15' latitud Sud y 65°30' longitud Oeste del Meridiano de Paris con viento del E". Cuatro
indios accionaban la máquina del Senta, imprimiéndole un andar de cuatro millas por hora. La
despedida no fué cosa indiferente ni silenciosa, pues anota el marino que "...al ponerse en viaje
saludé con tres tiros de cañón a los SS. Don Vicente Uriburu teniente gobernador de Oran y D.
Francisco Sevilla que por voluntad de ellos asistieron a la despedida de la Expedición".
Del 25 al 28 navega con algunas dificultades por falta de agua, [Link] e islotes de
arena con pequeños sauces y troncos en el canal de unas 40 a 50 pulgadas de profundidad; el
Senta no cala más de 30 pulgadas pero varias veces ' toca fondo. Por supuesto no navegan
durante las noches, en que los expedicionarios sostienen guerra sin cuartel contra los mosquitos.
La velocidad media de navegación real resulta de dos millas por hora (poco más de cuatro
kilómetros y medio); nos parece lento, pero recordemos que el Senta era una batea grande, no
un aliscafo. A media mañana del 28 encuentran un indio sobre la margen derecha y al
preguntarle por el puerto de Las Bateas, el aborigen contesta que precisamente ese es el lugar.
Aquí permanecen hasta el 8 de octubre reacondicionando la carga, arreglando la máquina que
ha sufrido averias y carneando algunas reses que charquean para el viaje.
Zarpan finalmente de Las Bateas navegando por un rio muy sinuoso pero más limpio y de mayor
profundidad que no presenta dificultades, salvo algunos temporales que obligan a buscar
refugio. El 17 hacen alto al pie de unas barrancas de quince pies de altura, lugar denominado
Puerto de las Estrellas, estancia de Alejo Cardoso "...última población cristiana situada sobre la
Margen Occidental del Rio Bermejo. Lavarello va trazando un croquis del rio, haciendo
descripciones de los paisajes de ambas márgenes, mencionando clases de árboles, pastos, peces,
profundidades, anchuras, tirajes de la corriente, enumerando los puntos en cifras que al final del
Diario llegan a 1191; y después de cada singladura anota situación, millas navegadas y distancia
en linea recta.
Pensamos donde habrá ido a parar ese croquis; posibles lugares pudieran ser los archivos de
Paraná o de Concepción del Uruguay, por razones que veremos más adelante. Expresa el capitán
que desde Puerto Deseado hasta Puerto de las Estrellas abunda el ganado vacuno y caballar por
la aptitud de las pasturas en las cuatro estaciones, aunque ganado lanar hay muy poco.
El 20 levan anclas nuevamente. Los despide don Vicente Uriburu y el gobernador de la provincia
de Salta, general Rudecindo Alvarado.
La región de Las Estrellas está poblada de animales salvajes; tigres, leones, osos hormigueros,
zorros, ciervos; y muchos reptiles, como el lampalagua y el "quirigó"; aves de todas clases y
abundante miel de abeja que los indios comercian en grande. En el rio abundan el dorado, el
surubi, la raya, la boga y "...también está lleno de yacarés ofensivos". Los indios matacos le
aseguraban que desde tiempos remotos, en años de sequía, suelen aparecer especies humanas
de estatura monstruosa, que tan pronto como los ven a ellos huyen precipitadamente y se
esconden en el bosque; y en el rio "unos animales anfibios de forma humana, con cabellos
rizados corno los negros..." suelen salir a la ribera a calentarse al sol cerca de los cañaverales; les
han dado el nombre de "Negritos de las aguas"
El 22 pasan por Esquina Grande. Establecen relaciones muy cordiales con los matacos en base a
regalos consistentes en tabaco, pañuelitos y otras chucherías; algunos caciques mandan
chasques a sus parientes que viven más abajo y recomendando que no molesten para nada a los
expedicionarios. " Los empresarios de todas las haciendas de la región conducen con rnuy buen
trato a los indios, logrando buen resultado de los establecimientos, promoviendo un gran
comercio a las provincias de Salta, Jujuy y hasta Tucumán". No ha visto armas de fuego en poder
de los naturales, sólo lanza, arco y flecha, macana, y cuchillos que reciben en pago de sus
trabajos.
Muy aficionados a la música, construyen flautas que "...tocan pésimamente". Tienen una sola
mujer y cuidan mucho a su familia; el casamiento consiste en la simple obtención de
consentimiento del cacique. Para el divorcio, la india que lo desea coloca en el camino que
conduce al río "...un atado de leñas secas, hacen en seguida las averiguaciones y queda
efectuado el divorcio".
Los cadáveres de los difuntos los colocan en el fondo de pozos de ocho a diez metros de
profundidad, bien arreglados, ponen vasos para tomar agua y los llenan con ramas de árboles.
No tienen religión ni adoran nada; son sucios y viven de la caza y de la pesca, tarea para el
hombre, y de papas silvestres, tarea para la mujer, que viste una muy, pero muy minifalda. El
toldo no excede el largo del indio y como no cortan los pastos de su alrededor viven entre
serpientes y toda clase de insectos dañinos; pero nadie muere de picaduras, por los eficientes
remedios vegetales que preparan.
Algunos tienen ovejas cuya carne no comen porque es creencia de que haciéndolo quedarán
ñatos; sólo utilizan la lana para hacer ponchos al cacique. Cuando carnean una vaca se la comen
de una sentada, al son de su música insufrible. En la época del algarrobo y del chañar los
matacos no trabajan, puesto que lo pasan en permanente estado de ebriedad con el licor que
elaboran. Gustan mucho del sombrero, que fabrican con palmas "...con alas y todos los
accesorios de un buen sombrero". Estas son algunas de las cosas que Lavarello cuenta de los
indios matacos.
El 24 alterna con un cacique llamado Granadero a quien además de los usuales presentes para
sus subditos, regala un cuero de vaca. Muy agradecido, al despedirse, le recomienda no
acercarse a los tobas, pues "...son unos indios muy feroces y al tiempo muy falsos".
El 29 es un día de sol muy fuerte, navegan 17 millas, lo que da una idea de las bondades del rio.
Una tribu toba se muestra tan amenazadora que obliga a nuevos preparativos bélicos, inclusive
con la poderosa artillería pesada. Se asustan los indios, deponen las armas y en virtud de los
regalos reina la cordialidad. A uno que habla castellano Lavarello le propone el viaje en buque
hasta Corrientes, con tentadora remuneración, pero '..me contestó que los Paraguayos eran
malos y que les tenia miedo pues cuando encontraban indios los mataban con pistola". Y no fue
posible convencer a nadie. La particularidad de esta tribu es un canuto metido en la parte
inferior de la oreja.
El 3 de noviembre llegan al puerto de la Cangayé. A media tarde torna contacto con un indio que
está pescando, se llama Leoncito, es de la tribu del cacique Tío Lorenzo, quien se encuentra
enfermo. Lavarello lo invita a viajar con él hasta Corrientes; acepta con mucho gusto, aunque
previamente debe contar con la anuencia de su familia. Embarca y navega hasta la toldería de
Tío Lorenzo que está un poco más abajo. Fondea el Senta; Leoncito va a tierra y regresa luego
con cuatro indios y cuatro chinas, que pasan un rato a bordo y reciben abundantes regalos para
ellos y para Tío Lorenzo.
A las seis de la mañana del día siguiente Leoncito ya está de vuelta; le acompañan su mujer,
Tuerto José y Cacique Pedro de los atalabas. Entonces tiene lugar este acontecimiento: "La
mujer de Leoncito me presentó su hijo para que lo bautizara lo cual hice dándole el nombre de
José Lavarello hijo de León Lavarello y de Marín Luisa Lavarello, este es el primer apellido
cristiano que se dio a los salvajes del Chaco, nacido el 14 de agosto de 1850". El contramaestre
del Senta, Juan Rosacuta, fue el padrino.
Combate y un herido
Sabido es que nunca faltan encontrones cuando un pobre se divierte. Sucede que rato después
de la ceremonia, en la margen occidental aparecen ocho tobas montados en briosos caballos y
vestidos con ponchos y chiripá; entre ellos hay un cautivo santiagueño; el cacique se llama
Tigrani.
El Senta leva anclas llevando a bordo a Leoncito, Tuerto José y Cacique Pedro. Más adelante
aparece nuevamente Tigrani con dieciseis indios y una muchacha blanca también cautiva. Nadie
acepta los regalos ofrecidos por Lavarello. Desaparecen, para aparecer más abajo, esta vez en
gran cantidad. Por un indio que se acerca nadando al Senta, Leoncito se entera que la intención
de Tigrani es matar a Lavarello, quien les advierte que mejor no lo intenten porque los va a
quemar a cañonazos. Aparentemente los indios se achican, y se internan en el bosque ribereño.
El capitán destaca a dos belelas, amigos del cacique Tío Francisco, con una carta para el
gobernador de Corrientes, Juan Pujol, con orden de entregarla en propias manos
La pipa de la paz aún no se ha fumado; y poco antes del mediodía, al pasar frente a un cañaveral
de la margen oriental, una lluvia de flechas cae sobre el Senta "...que no ofendieron a nadie
gracias al fuerte viento..." La respuesta es un par de tiros de escopeta. A las doce fondearon para
zarpar a las tres de la tarde; y cuando estaban pasando muy pegados a un pequeño bosque, una
nueva lluvia de flechas cubre la embarcación hiriendo malamente al contramaestre Rosacuta;
dos flechas le dan en la cabeza y otra en la espalda. Una cerrada descarga de fusilería parte del
Senta y el ataque de los indios cesa de inmediato.
Lavarello lleva su buque hasta el centro del río, fondea y establece doble guardia en posición de
combate. Leoncito, constituido en médico de a bordo, se ocupa con todo empeño de atender a
su compadre, mientras indignado acusa de la agresión a los tobas de Tigrani, agregando que
suele hacer lo mismo con sus pares, los belelas y con sus amigos, los amachicoy, aunque éstos
les han han hecho sufrir serios reveses a los tobas, matándoles mucha gente.
— ¿Y quiénes son los que roban cautivos en las fronteras de Santiago del Estero?
—Nosotros, los belelas, no acostumbramos hacer eso. Eso lo hacen solamente los tobas.
—Los compramos a los tobas. El precio de cada cautivo es de tres o cuatro caballos.
Aprovechando las buenas vinculaciones de Leoncito, Lavarello remite una carta al general Pedro
Ferré con un indio atalaba, muy bien montado, que marcha a Corrientes; asimismo, al anochecer
llegan diez indios atajabas en muy buenas montas, con quienes entran en tratativas para que lo
acompañen hasta dicho pueblo, se ponen de acuerdo, previa entrega de regalos a cuenta de la
paga convenida.
Final del viaje
Al amanecer, antes de levar anclas, aparecen seis indios en la margen oriental El capitán les
pregunta por el cacique y uno de ellos contesta en buen castellano que es él; se llama Juan
Carapé, es guaricurú, su toldería se encuentra más adelante y tiene buenos caballos.
Entonces capitán y cacique convienen en viajar por tierra hasta Corrientes. Antes hay que
cumplir otra tarea: mudar la tribu de arapé He la margen oriental a la puesta del sol hace dos
viajes, el primero los "muebles", consistentes en sacos de cuero de osos hormigueros llenos de
mate ¿sera yerba mate? lazos, ollas de hierro, una cantidad de estacas con punta, esteras y otros
utensilios; en el segundo viaje traslada las familias . Concluida la mudanza se ensillan ocho
caballos y se prepara la partida del grupo lo componen el capitán Lavarello con dos marineros
reemplazados a bordo por dos indios atalabas que le han acompañado: el cacique Carape y un
hombre de su confianza; el cacique belela José; el atalaba Cacique Pedro: y Leoncito
El Senta queda a cargo deJuanRosacuta como piloto, a quien Lavarello da instrucciones "., sobre
ln que diría a los Paraguayos si apresaban el buque. Le dije que les contestara que yo había
pasado a Corrientes por tierra escoltada por indios y que me había marchado el día 12 a 14
leguas antes de llegar al rio Paraguay. Le entregué al mismo tiempo dos cartas de
recomendación para el Presidente de la Republica del Paraguay Dn. Carlos Antonio López
conseguidas del Sr. General D. Rudecindo Alvarado encomendándole que entregase una al jefe
político de Humaitá"
A las tres de la tarde montaron y empezaron a galopar a campo traviesa. Hicieron noche y a las
cuatro y media del día 15 ensillaron y reanudaron viaje. Pasada la media tarde llegaron al rio
Atajo, donde encontraron un patacho italiano, con bandera argentina, cargando madera para
vender en Buenos Aires. Desmontó Lavarello y mientras charlaba con el capitán del patacho,
hizo trato con los tripulantes de una canoa que pasaba, para que lo llevaran hasta el puerto de
Corrientes para que al día siguiente hicieran lo mismo con sus compañeros de viaje, a quienes
dio instrucciones para que esperaran frente a dicho puerto. Media hora después entraban en el
Paraná "... en menos de 45 minutos habíamos llegado al puerto de Corrientes ..." y tIras
entrevistarse con el gobernador de la provincia, señor Pujol, entregarle dos pliegos que le había
dado el teniente gobernador de Oran, coronel Vicente Uriburu ".. me retiré a mi morada en casa
del comerciante de esta plaza Dn Cayetano Remagli..."
Al día siguiente cruzaron el Paraná los restantes de la partida, recibieron su paga religiosamente
y muy contentos emprendieron el regreso ofreciendo repetidamente sus servicios para una
nueva ocasión enseguida S.E. el Exmo. Sr. Gobernador mandó publicar en el periódico oficial la
feliz llegada de la Expedición Exploradora del rio Bermejo y anunciando a la sazón que el "Senta"
se hallaba detenido en Humaitá por orden del Presidente del Paraguay Dr. López. Al mismo
tiempo oficiamos juntos al Eximo. Presidente de la República General Dn. Justo José de Urquiza
del buen resultado de mi viaje. Aguardo la llegada del "Senta" que creo no debe tardar mucho
tiempo."
Electivamente, el 20 llegó Kosacuta al puerto de Corrientes con el Senta que había sido puesto
en libertad en ese día por orden del gobierno [Link] primero de diciembre Lavarello zarpó
de Corrientes rumbo a Paraná "Llegué el 6 del corriente y me presenté al Gobierno Nacional. El
Ministro de Estado en el Departamento del Interior me pidió copia de un diario junto con el
plano del mi diario. Puse mano a la obra y una vez concluida la entregue al Sr. Ministro Dr.
Santiago Derqui".
Esta es la ra/ón que nos hace pensar (que dicho plano pueda estar en los archivos de Paraná o
de Concepcion del Uruguay)
Reconocimiento oficial
Asi termina el Diario que tan metódicamente llevó el capitán mercante José Lavarello, en aquella
temprana expedición del río Bermejo con su "buque" Senta dotado de una increíble máquina de
madera que apenas si sufrió un par de ligeras averias en más de dos meses de navegación.
Expedición valorable no sólo desde el punto de vista cientifico sino también por su intención
comercial, teniendo en cuenta el cargamento de ciento óchenta cueros de vacuno que traslado
desde Oran. Sobretodo si pensamos en tanto proyecto fracasado, por razones nunca bien
aclaradas, de aprovechamiento del viejo rio escarlata para el desarrollo de aquella región
argentina.
La aventura del marino no cayó en la indiferencia oficial; es asi que a continuación del Diario.
Lavarello agrega lo siguiente:
"Marzo 17 de 1856
"Este día recibo el siguiente despacho del Sr. Ministro del Interior: Ministerio del Interior
"Para remunerarlo, en cuanto lo permiten las actuales circunstancias del Erario, ha dispuesto
S.E. se libren a favor de V. mil quinientos pesos contra el Tesoro Federal, y que por el Ministerio
de la Guerra se le confiera el empleo de Capitán de la Marina de Guerra Nacional *
"Dejando asi cumplida la orden del Exmo. Sr. Vice-Presidente, me es grato saludar a V. con mi
más distinguida consideración de aprecio.
Dios guarde a V
Santiago Derqui"
Continuamos, entonces, con la segunda parte de este Diario, en que asienta los pormenores de
la expedición del Bermejo que en 1803 realizó con un barco a vapor construido en Santa Fe.
Parece que al capitán Lavarello le gustaban las exclusivas o las primicias. Recordemos que en la
navegación del Bermejo que hiciera en 1855 en el Senta, al bautizar y dar su propio apellido al
hijo del indio belela Leoncito, afirmaba "...este es el primer apellido cristiano que se dio a los
salvajes del Chaco...". Ahora, al dar los datos referentes al buque con el que se apresta a realizar
una nueva navegación por el Bermejo, empieza manifestando que es el primer vapor construido
en el Rio de la Plata. Interpretamos "Cuenca del Plata", puesto que la construcción tuvo lugar en
Santa Fe.
Dice Lavarello:
"Datos referentes al viaje verificado en el año 1863 en el Rio Bermejo con el vapor Gran Chaco"
"Este vapor ha sido y es el pri'mero construido en el Río de la Plata . "Fue construido en el lugar
denominado El Capito, en los suburbios de Santa Fe por el Capitán José Lavarello. Fue construido
expresamente para la navegación del Bermejo. Fue hecho de hierro con 4 divisiones
herméticamente remachadas, dividiendo el casco en 5 secciones y teniendo 122 pies de quilla,
22 pies de ancho sobre cubierta, 5 y 1/2 pies de puntal
"El día 15 del mes de agosto de 1862 salimos del puerto de Santa Fe con el buque que lo
denominamos "Gran Chaco" y llegamos al puerto de Buenos Aires el 17 del mismo mes. En este
punto demoré hasta febrero de 1863, pues durante dicho tiempo tuve que extender mi contrato
de navegación con el Exmo Gobierno Nacional. Una vez hecho el contrato empecé mi
navegación como se ve por el diario que sigue".
Confirmar si el Grán Chaco fue o no el primer barco a vapor construido en el Rio de la Plata o
cuenca del Plata, según se interprete, de acuerdo con lo dicho por Lavarello. es trabajo que se lo
dejamos a los investigadores de arqueología naval, nosotros nos ocuparemos de elaborar un
resumen del Diario de navegación, que a la inversa de lo que hizoo con el Senta, en esta ocasión
lo realiza contra la corriente. Adelantamos que en la navegación con el Grán Chaco Lavarello
debió superar problemas muy serios, no solamente por el moderno método de propulsión sino
también por el comportamiento de sus colaboradores. Ya tenemos una muestra con el trámite
del contrato de navegación que le llevó la friolera de cinco meses En síntesis, no fué la cosa con
los salvajes, fue con los civilizados.
A las siete de la mañana del 11 de Febrero de 1863 con buen tiempo, el Gran Chaco zarpó de
Buenos Aires; a las diez entró en el canal de San Fernando y veinticuatro horas después estaba
navegando frente al puerto de San Pedro, para recalar en Rosario a media mañana del día 13.
A esta altura del viaje I,avarello ya había tenido el primer encontronazo con la adversidad,
debido al mal servicio prestado por uno de los ingenieros de máquinas; cerca de la medianoche
de la fecha de zarpada, cuando el segundo maquinista bajó a relevarlo, lo encontró sentado en
una silla en la porta de acceso; tal negligencia dio lugar a que los fogoneros dejaran quemar los
grillos de las hornallas al punto que no sostenían más el carbón.
En Rosario el barco expedicionario permaneció hasta el 15, allí embarcó dos sacerdotes con un
cargamento para las misiones del "Gran Chaco del Colegio de Salta". En Paraná, Lavarello se
encontró con la grata noticia de entrevistarse con el Señor Ministro de la República del Paraguay
Don José Caminos munido de instrucciones de su Gobierno para auxiliar la expedición de lo
necesario . . ." En La Paz embarcó seiscientos postes ñandubay, lo que da una idea de la
capacidad de carga del vaporcito, cuyo único inconveniente de navegación se repite cada vez
que el ya mencionado ingeniero de máquinas toma su turno de guardia. Tan criticable resulta su
comportamiento, que poco antes de llegar a Goya, el capitán recibe la siguiente petición:
"Febrero 21 de 1863
"Los pasajeros y tripulación en común acuerdo llamamos al Señor Capitán para hacer conocer la
mala marcha del primer Ingeniero durante su guardia pues advertíamos que el buque no andaba
y hasta llegaba el caso de parar el buque sea por mala inteligencia o malicia perjudicábanos
demasiado y conocíamos que el segundo maquinista en su guardia hacia marchar
prodigiosamente el buque y además conocíamos lo disgustado que estaba el Capitan con los
desagradables acontecimientos.
"Pedimos al Sr. Capitán si pudiera dignarse solicitar al primer Ingeniero si podría ó no hacer
andar la máquina y en caso contrario tal vez, el segundo podría hacer sus veces hasta algún
puerto determinado.
"Y para que conste firmamos: CacianoPanqueli Francisco Maglí - Enrique Pierángelli - Antonio
Olivari — Sebastián Resnales - Bernardo Peña - Pedro Cornelio Blin — Juan Darre."
Es evidente que Lavarello conocía muy bien el Paraná, navegaba también de noche. Él
maquinista en cuestión, de apellido Rayer, no obstante prometer "como hombre" el máximo
empeño para mejorar sus servicios, no cumplió y el 24 al llegar al puerto de Corrientes, fue
separado del cargo y desembarcado. Aquí, el gobernador. D Manuel I. Lagraña. facilitó seis rifles
para defensa de los indios. Al respecto, Lavarello ya había tomado sus prevenciones al hacer
venir desde el Chaco a nuestro antiguo amigo de la expedición con el Senta, el ahora Cacique
belela, Leoncilo, quien embarcó con dos indios de su escolta rumbo a Asunción, donde el Gran
Chaco largo anclas el 1" de marzo.
En muy malas condiciones llegaron a Asunción del Paraguay las máquinas del vapor. Tanto, que
la expedición ya parecía estar condenada al fracaso. Lavarello, dispuesto a quemar los últimos
cartuchos, consiguió, mediante los buenos oficios del ministro de Guerra y Marina del Paraguay,
coronel don Venancio López, una entrevista con el presidente de la República y tras exponerle lo
acontecido con los mecánicos de su buque" . . . le dije: Señor si V.E. no me auxilia en la
expedición ésta ya ha fracasado por hallarme sin maquinistas y las máquinas completamente
inhábiles por la mala conducta de los mecánicos que lo han dirigido . . ." Inmediatamente le
dieron las instrucciones para que " . . : el Ingeniero principal del Arsenal Mecánico ..." tomara las
providencias para que el buque quedara en condiciones de continuar la navegación
El día 5 fueron trasladadas a los talleres del arsenal las "dos válvulas de Esley" y el 10 se hizo lo
mismo con las "bombas de viento". Mientras los ingenieros trabajaban con todo esmero en sus
especialidades, Lavarello no permanecía ocioso. Hemos visto con qué habilidad diplómatica se
mantuvo en paz con los indios cuando exploró el Bermejo con el Senta. Ahora hemos de verlo
alcanzar un triunfo internacional de política comercial. Y aun a riesgo de cargar demasiado con
transcripciones un trabajo periodístico, no es para echar en saco roto este inédito testimonio de
un lejano embrión de integración económica de la Cuenca del Plata.
"Me presenté al Exmo Señor Presidente de la República y tratamos verbalmenle lo que sigue:
"Su Excelencia el Señor Presidente de la República a mi petición me concede como Empresario
de la navegación del Rio Bermejo, contratista con el Exmo. Gobierno Nacional Argentino por vía
de auxilio a mi empresa, el puerto de Villa del Pilar libre de tlodos derechos, las operaciones de
transito y depósitos pertenecientes a la Empresa á cuya cabeza estoy yo, Capitán José Lavarello. '
"Además hemos estipulado que el Exmo. Gobierno de la República conceda al empresario todas
las yerbas Paraguayas que mi Empresa pudiera expender en su navegación; depositando en el
mismo puerto del Pilar, el precio equitativo que efectúen las ventas en el Mercado de Buenos
Aires, descontando los gastos que origine la traslación del articulo, desde el puerto de la
Asunción a la Plaza de Buenos Aires.
"Además hemos arreglado verbalmente, que la República del Paraguay me emprestaría uno de
sus vapores para carrera del puerto del Pilar, punto de depósito de la empresa, hasta el de
Buenos Aires para el transporte de las mercaderías de mi empresa, hecha, aguas arriba, como
aguas abajo.
"Concluido este arreglo verbal, me retiré saludando cordialmente á S.E el Exmo. Presidente de la
República".
Lindos tiempos aquellos, en que la simple palabra de honor era compromiso solemne no solo en
el trato entre paisanos, sino también, entre el Presidente de un país y un .modesto comerciante
de otro. ¿No hay algo de ALALC en aquel convenio''?
Recién el 6 de abril el buque quedó listo y se hicieron las pruebas de máquinas. Navegó media
legua contra la corriente, alcanzando once millas de velocidad a 37 y 38 revoluciones por
minuto. Lavarello ha estado enfermo desde el 25 de marzo, no ha aceptado médico para el
tratamiento de su "enfermedad de costado" y se sometió "de motu propio al sistema del Eroy".
Por suerte ha recuperado su salud y satisfecho con el buen andar del Grán Chaco, comienza
intensa actividad para zarpar cuanto antes.
Por fin llegó el día ansiado. Al amanecer del 17 carnearon una res, cargaron un poco de sebo, 35
gallinas, algunos almudes de maíz, zapallos, naranjas y otras provisiones; a las diez de la mañana
levaron anclas y una hora y media después entraban en el Bermejo, que encontraron muy
correntoso por influencia de las crecidas del Paraguay.
La navegación se hace con mucho sacrificio porque las lluvias torrenciales que no paran un solo
día y los persistentes vientos dificultan la diaria tarea de cortar leña para alimentar la caldera. El
primero de mayo fue destacado el cacique Leoncito con correspondencia para Corrientes.
Hasta aquí se habían salvado dificultades bien gordas; pero las verdaderas peripecias
comenzaron ocho días después de la partida de Leoncito. En este día, ocho de Mayo, se declara
una epidemia a bordo. Empieza a las nueve de la mañana con el maquinista y sigue a medio dia
con el marinero Pierángelli y el carpintero Delaurenzi; vómito y fiebre; el herrero Miguel y el
marinero Migone los someten al "sistema purgativo". Al día siguiente son el R. Padre Caciano y
los marineros Moretti y Antonio Carratino las victimas del "incesante vómito y violenta fiebre".
La navegación debe seguir y el propio capitán del barco asume las tareas del maquinista. Nadie
se recupera, por el contrario, dos días después se suman el pasajero MisterBlilz y otro. Luego ¡el
Capitán! el segundo Peña, el mozo de cámara Felipe Lavarello, y Migone. Todos de vómito y
fiebre, el Gran Chaco está detenido.
I,os únicos que aún no han caído son el contramaestre y los marineros Santiago y Miguel
Lavarello "... pero los que no están enfermos no comen .'. .el Capitán administra los
medicamentos y sigue él tomando el Eroy". Para el 15 ha mejorado el más joven de los Lavarello,
Felipe; y Santiago caza pavos en el bosque con lo que pueden tomar un poco de caldo. Sin
embargo, el 19, el Diario dice: "Todos enfermos y no hay un solo hombre sano, no puede
marchar la expedición y no se puede cortar leña, el Capitán ha mejorado algo . . .".Menos mal.
Pregunta a los foguistas si tendrán algún aliento para encender caldera al día siguiente, le
prometen que harán lo posible. El joven Felipe Lavarello le informa que una parte de la
tripulación quiere regresar; están acobardados por su estado de salud.
Cumplieron los foguistas y al alba del día 20 el buque se puso en movimiento. Hubo descontento
a bordo "... una voz dijo es necesario regresar a causa de estar todos enfermos, les contesté que
los medicamentos los compraríamos en el colonia Rivadavia y mandé silencio ..."
La navegación es lenta. El buen trato a los indios tiene su premio y los pocos que van
apareciendo colaboran en la cortada de leña; a todos se les retribuye con paga, tabaco y otros
regalos. Están más arriba de Lacangayé. Los enfermos, en general, se recuperan, salvo el
marinero Carratino, por cuya existencia el capitán tiene poca esperanza. El 27 ocurre otra des
gracia; mientras cortaba leña, el marinero Antonio Olivari se hirió de un tiro que se le escapó de
una pistola que llevaba al cinto. De inmediato lo trasladaron a bordo, le extrajeron la bala y le
practicaron la primera cura.
Aparecen muchos indios matacos; y entre ellos un belela de la tribu de Leoncito, a quien
Lavarello hace embarcar. A propósito; nuestro antiguo amigo Leoncito se ha salvado de la
epidemia por haber desembarcado para oficiar de correo hasta Corrientes. Justicia divina. Los
enfermos siguen mejorando, el maquinista se hace cargo de sus funciones, pero el pobre
Carrantino sigue muy mal. Otro accidente; el indio belela se lastimó un pie con el hacha mientras
cortaba leña. En esta tarea los indios colaboran día a día. Los expedicionarios compran ocho
gallinas y dos ovejas en la toldería del cacique Juan Andrés.
El 7 de junio el maquinista Alesich se quemó la pierna derecha; otra vez el capitán tiene que
reemplazarlo; aún hay quince enfermos. ''Tres días después el maquinista sigue muy afectado y
el capitán se enferma de chucho. A pesar de todo el buque sigue remontando el Bermejo; la
colaboración de los indios es realmente ponderable; un cacique y seis o siete de sus subditos se
embarcan proveyendo leña durante un par de jornadas y luego es relevado por otro team;
desfilan asi los caciques Tigre, Napoleón, Capitán Martín, Tucumán, Manuel, Damasco, Santos,
cacique Moreno de los "indios pelados", cacique Granadero. Para el 15 Lavarello ha mejorado
bastante, también los otros enfermos menos el maquinista y el marinero Carrantino. El 22,
enseguida de zarpar a las siete de la mañana, el Gran Chaco varó en un banco de arena. Para
zafarlo trabajaron hasta el anochecer.
A las cinco de la mañana del día 26 falleció el marinero Antonio Carrantino. Navegaron hasta
llegar, poco antes de la puesta del sol, al lugar denominado Luna Muerta "... aquí anclamos para
cortar leña a las 7 p.m. mandé inhumar los restos del Sr. Carrantino" Todas sus pertenencias,
eran un par de pantalones negros, dos camisas de algodón, un pantalón blanco, un saco de
lustrina, un sombrero viejo y una caja de madera.
Un buque en navegación es algo asi como una obra teatral puesta en escena, aunque los actores
lloran por dentro la función debe seguir. Así fue que a media mañana del día siguiente el Gran
Chaco inició una nueva singladura. No hubo mayores novedades y el 2 de julio largó anclas ya
muy cerca de Colonia Rivadavia, donde recibió la visita anticipada de varias personas.
Y el 3, anota:
"Marchamos de este punto a las 11 a.m al puerto de la colonia Rivadavia, término de mi viaje.
No bien hube llegado me bajé a tierra y me presenté al Señor Jefe Político Militar Coronel don
Emilio Echarú entregándole la patente de navegación junto con el manifiesto del cargamento
que venía en el buque, más tarde firmé un contrato con el arriero Araya para transportar parte
del cargamento a la Capital concluyendo asi mi navegación" De este modo Lavarello da fin a las
anotaciones de aquel viaje. Salió de Buenos Aires destino a Colonia Rivadavia, en Salta; llegó casi
cinco meses después tras vencer las dificultades que se le presentaron. que fueron muchas y
graves *
INMIGRACIÓN LIMÍTROFE
Países limítrofes:
Bolivia
Perú
Paraguay
Chile
Uruguay
Los paraguayos se radicaron en Corrientes, atraídos por las afinidades raciales y climáticas y
mayores fuentes de trabajo; luego se orientaron hacia el Chaco, Formosa y Misiones,
estimulados por la expansión económica de esas provincias.
En las provincias de Jujuy y Salta, el ingreso permanente o transitorio de bolivianos es muy
importante.
En la época del primer censo nacional, los chilenos eran bastantes numerosos, sobretodo en las
provincias cuyanas. El segundo censo (1895) importantes núcleos de transcordilleranos en
Neuquén. En el censo de 1914, se advierte el avance de esas corrientes hacia el Sur, donde
también se registran migraciones chilenas de tipo golondrina en la época de la esquila.
Los inmigrantes de países limítrofes no tuvieron dificultades en formar familia con la mujer
argentina e integrarse completamente al ambiente local y fue un real incremento de la raza
autóctona.
Organización
Estas personas tienen problemas de bajos sueldos. También tienen malas condiciones de
trabajo, que se ven obligados a aceptar, se deben en gran parte a que los contratan en “negro”.
Los trabajadores en negro no tienen quién los respalde ni ante quién reclamar y por eso son
objeto de muchos abusos, estafas, malos tratos, explotación y falta de cumplimiento en tiempo
y forma de los pagos de sueldos. Tampoco tienen cobertura de obra social.
Gran parte de las mujeres se emplean como trabajadoras domésticas en casas de familias,
mientras que en los grandes ciudades, entre los hombres predomina el trabajo como obreros de
la construcción.
Las políticas inmigratorias
Desde 1853 que la constitución Argentina promulga y acentúa la predisposición inicial para
atraer a estas tierras “a todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”. El
artículo 20 establece que los extranjeros gozan de todos los derechos civiles de los ciudadanos.
Pueden ejercer su profesión, poseer bienes raíces, ejercer libremente su culto, testar y casarse
conforme a las leyes y no están obligados a tomar la ciudadanía ni pagar contribuciones forzosas
extraordinarias. Obtendrá la nacionalización con 2 años continuos de residencia en la nación.
El Estado alentó la llegada de inmigrantes, por razones que iban desde la creencia en su aporte
civilizatorio hasta la necesidad de asegurar el flujo de mano de obra. A la amplia garantía a los
derechos civiles asegurados por la Constitución, el Estado agregó el ofrecimiento de anticipos
para pagar los pasajes, el alojamiento por cinco días en hoteles y ayuda para obtener
inicialmente trabajo. También abrió agencias en Europa que publicitaban las bondades del país
entre los potenciales emigrantes.
[...]
[...]
2°. Proteger la inmigración que fuese laboriosa y aconsejar medidas para contener la corriente
de la que fuese viciosa o inútil.
3°. Inspeccionar los buques conductores de inmigrantes y exigir el cumplimiento de las leyes en
los puntos es que se refieran al alojamiento, alimentación, comodidades, régimen higiénico,
seguridad de los inmigrantes.
[...]
Artículo 8°: Las atribuciones y deberes de las comisiones de inmigración, serán los siguientes:
1° Recibir, alojar colocar y trasladar a los inmigrantes de un punto a otro de los sometidos por su
jurisdicción.
[...]
Artículo 24°. Todo buque conductor de inmigrantes estará provisto de ventiladores, bombas,
cocinas, útiles, aparatos y demás oficinas necesarias para higiene, seguridad y comodidad de los
pasajeros, de acuerdo con los reglamentos que se dictasen.
[...]
Artículo 26°. Todo el buque conductor de inmigrantes tendrá a bordo un médico y un boticario
provisto de todas las medicinas necesarias.
[...]
Artículo 45°. Los inmigrantes tendrán derecho a ser alojados y mantenidos convenientemente a
expensas de la Nación, durante los 5 días siguientes a su desembarco.
[...]
Artículo 51°. El inmigrante que prefiriese fijar su residencia en cualquiera de las provincias
interiores de la República o en alguna de sus colonias, será inmediatamente transportado con su
familia y equipajes hasta el punto de su elección, sin pagar remuneración alg
Juan Manuel de Rosas fue fundamental en moldear la estructura federalista de Argentina, aunque de manera controvertida. Rosas se opuso a convocar un congreso para la organización constitucional del país, pues esto implicaba repartir las rentas aduaneras de Buenos Aires al resto de las provincias, un paso que él consideraba prematuro . Durante su mandato, promovió la unidad provincial bajo el lema "Federación o muerte" y eliminó a sus opositores, lo que consolidó su control y fortaleció la jurisdicción de Buenos Aires sobre las provincias . Rosas favoreció una política económica proteccionista que amplió el poder económico de Buenos Aires, negándose a compartir los ingresos aduaneros con otras provincias, lo que ayudó a mantener su hegemonía . Su mandato, dominado por un autoritarismo respaldado por La Mazorca, un grupo que reprimía la oposición, aseguró el control sobre Buenos Aires, permitiendo a Rosas actuar como la figura central del federalismo argentino durante casi dos décadas .
After the disappearance of the central government, the provinces in the United Provinces proclaimed their autonomy and organized their own institutions. This included drafting constitutional texts, creating representative assemblies, and electing provincial governors, often from the region's wealthiest families. These provincial governments had legislative, executive, and judicial powers, resembling the local government structure of Buenos Aires, thus creating separate provincial governments instead of a unified national one .
Interprovincial treaties, such as the Treaty of the Pilar signed by Buenos Aires with Santa Fe and Entre Ríos in 1820, significantly influenced the political landscape by promoting regional cooperation and free navigation of major rivers crucial for trade. These agreements aimed to bypass Buenos Aires' control and establish a basis for a united yet federal governance structure, which was instrumental in eventually forming a national government .
The unitarios and federales represented two main political groups in 19th century Argentina. The unitarios sought centralized government authority, while the federales advocated for provincial autonomy. Despite these clear ideological divisions, both groups contained members from the interior and Buenos Aires who occasionally switched sides. Their differences were exacerbated by regional conflicts and personal ambitions, leading to unstable alliances. This culminated in civil conflict and the eventual establishment of the Pacto Federal, indicating the federales' temporary triumph but also illustrating ongoing internal divisions .
Navigation projects of rivers like the Salado and the Bermejo were integral to Argentina's economic and geopolitical strategy as they aimed to facilitate trade and development in the interior provinces. These projects promised increased commercial activity by improving transportation routes and were seen as a means to attract European immigration. Enhancing river navigability was viewed as vital for integrating the economically isolated heartland with markets and developing the nation's overall economic infrastructure .
The 'Civilization and Barbarism' dichotomy had profound implications on Argentina's cultural and political development by framing indigenous people and rural customs as 'barbaric,' while Europeanized urban culture was seen as 'civilized.' This narrative justified the marginalization and exclusion of indigenous and rural communities in the nation-building process, influencing policies aimed at 'civilizing' the frontier and integrating different regions into a unified national identity rooted in Europeanized ideals .
A major obstacle to forming a national government was the emulation of Buenos Aires' provincial government model by other provinces, leading to the establishment of separate, autonomous provincial governments with significant legislative and executive powers. This prevented the emergence of a unified national government structure as each province preferred its autonomy and authority over centralized control, resulting in discord and difficulty in political harmonization across provinces .
The economic growth of Buenos Aires during the 1820s, bolstered by income from its customs and the end of the war for independence, allowed it to act independently of a central government. This self-reliance and prosperity incentivized Buenos Aires to prioritize its own interests, obstructing efforts to form a unified national government. As other provinces strove for autonomy following Buenos Aires’ model, the disparity in economic power reinforced provincialism and hindered national unity .
In 19th century Argentina, literature served as a powerful tool for constructing a unified national identity by defining cultural and political borders. The 'Nación literaria' project sought to map the country's cultural identity onto its territorial boundaries, promoting a homogenized national narrative. By framing the discourse around 'civilization and barbarism,' literature aided in the ideological construction of the nation, integrating diverse populations under a shared cultural identity while excluding perceived 'others' .
The Pacto Federal, signed in 1831, served as a precursor to Argentina's constitutional organization by establishing a framework for cooperation among provinces under a federal system. It provided for military and political alliances, free river navigation, and outlined the need for a national congress to create a federal government structure. This agreement laid the foundation for subsequent constitutional developments by prioritizing provincial autonomy while fostering unity .