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La Existencia y Naturaleza del Mal

El documento discute la naturaleza del mal y su existencia a lo largo de la historia humana. Argumenta que el mal se manifiesta a través de acciones crueles que causan daño a otros y proveen satisfacción a entes depravados. También señala que el mal se ha infiltrado en nuestra cultura materialista y se puede encontrar tanto en nuestro interior como en la realidad externa de otros seres humanos.

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La Existencia y Naturaleza del Mal

El documento discute la naturaleza del mal y su existencia a lo largo de la historia humana. Argumenta que el mal se manifiesta a través de acciones crueles que causan daño a otros y proveen satisfacción a entes depravados. También señala que el mal se ha infiltrado en nuestra cultura materialista y se puede encontrar tanto en nuestro interior como en la realidad externa de otros seres humanos.

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La naturaleza del mal

En la actualidad existe la tendencia a negar la existencia del Mal, al igual que


ocurre con la Muerte, y sin embargo creemos que es el problema clave de la
Humanidad, ya que afecta a lo mas profundo del ser humano.
A lo largo de la Historia de la Humanidad no ha habido ningún periodo en el
que no hayan sido masacrados seres humanos inocentes, bien sea para
aplacar las iras de los dioses en sacrificios cruentos, en guerras sin finalidad
alguna, violencia y muerte sin sentido, satisfacción por la destrucción y
exterminio de pueblos enteros, gobernantes inspirados por “entes” superiores,
que recibían instrucciones, consciente o inconscientemente de distintos niveles
al de la realidad física, para pasar a cuchillo a pueblos enteros... y nuestra
época no es una excepción.
El Mal existe, y se manifiesta en las acciones de los hombres cuando
deliberada y conscientemente se hace daño a otros seres de forma cruel,
especialmente a los humanos, para la satisfacción que provoca y que
constituye el alimento anímico de ciertos entes depravados, (que más
adelante veremos) capaces de nublar la conciencia de todo tipo de seres
humanos, prostituyéndola y degenerándola después. En la mayoría de los
casos a cambio de la promesa de beneficios de poder y gratificaciones
materiales.
El Mal representa la destrucción y crueldad extrema en su estado más puro. Se
ha ido infiltrando en nuestra cultura materialista y convirtiéndose en una
ideología. Lo podemos encontrar en nuestra propia interioridad, cual parásito
psíquico, y en la realidad externa de otros seres humanos. Nos encontramos
en una época terriblemente deshumanizada, en la que la norma de convivencia
es la competencia feroz y la confrontación. Nuestra cultura actual es
inequívocamente psicopática.
Si nos cabe alguna duda de la existencia real del Mal y su incremento
actual, no tenemos mas que conectar la Televisión y ver los telediarios,
observar la violencia implícita y explícita existente, conflictos bélicos, actos de
terrorismo, violencia de género, el ansia de acumulación de bienes materiales
especulativos pasando por encima de cualquiera para su obtención, con un
espíritu de “salvaje competencia”, la sexualidad aberrante y desviada que nada
tiene que ver con lo amoroso, el sadismo, etc.

Concepto del mal

El mal es el término que todos utilizamos cuando queremos referirnos a la falta


de bondad que observa una persona. Aunque también la palabra sirve y es
ampliamente utilizada para referirse a algún daño material o moral que haya
causado una persona, empresa o cualquier otro ente, como sinónimo de
dolencia o enfermedad y cuando se quiere dar cuenta de una calamidad o
desgracia que se produjo.

Como se desprende de las referencias que expresamos en el párrafo anterior,


el término mal está rodeado y teñido de una connotación absolutamente
negativa, siendo el único y claro oponente del bien, por eso la mayoría de las
culturas suelen definirlo como la contraparte de este con el cual además forma
una auténtica dualidad, es decir, si el bien no existiría, el mal tampoco.

Tanto el mal como el bien, son dos conceptos que están sumamente ligados al
comportamiento moral de las personas, pero ojo, que tan solo una mala acción,
o un comportamiento que no ha seguido los estándares propuestos por
cualquier sociedad civilizada no son suficientes para determinar o catalogar de
por vida a una persona como mala, aunque claro una reiteración en el tipo de
comportamiento clasificado como malicioso por supuesto confirma el mal que
invade a esa persona. Aunque suene algo estereotipado, pero la mayoría de
las experiencias así lo confirman, generalmente, los individuos que respetan a
su prójimo así como a las normas sociales que imperan en una comunidad, son
considerados buenos, en tanto, aquella persona que por el contrario se
caracteriza por su rebeldía y violencia en las situaciones que mencionábamos
será entendida como mala y que promueve el esparcimiento del mal.

Niveles del mal

Asimismo, el término mal está sumamente vinculado al contexto religioso, ya


que la mayoría de las religiones, independientemente de las creencias que
sostengan, enseñan y promueven siempre la realización del bien y por
supuesto evitar cualquier forma del mal. Por ejemplo, para el cristianismo, Dios
será el bien a imitar y seguir y el Diablo representará el mal y aquello de lo cual
hay que sí o sí alejarse.

Y por otro lado el término mal goza de una importante participación en un buen
número de dichos o refranes y que son usados cuando por ejemplo uno quiere
dar cuenta de alguna desgracia, problema, entre otros, como ser: no hay mal
que por bien no venga, mal de muchos consuelo de tontos, de mal en peor.

Para ordenar el bien y prohibir el mal hay diferentes niveles de actuación, de


manera que si por un nivel inferior se logra el propósito no es necesario
acceder al nivel siguiente. Estos niveles para ordenar el bien y prohibir son tres:

Retirar la palabra o comportarse con clara frialdad con quien ha cometido


pecado y o malas acciones, o ha dejado de practicar el bien o los actos que
son obligatorios de tal manera que llegue se a considerar que se sitúa fuera de
los límites establecidos por Dios, de manera que tal persona se dé cuenta de
su error.

Ordenar y prohibir mediante la lengua, mediante la palabra. Por ejemplo


ordenando la realización de alguna acción obligatoria a quien ha dejado de
practicarla, o recriminar a quien comete pecado.

Usar la fuerza y la autoridad para impedir la comisión de pecados y las malas


acciones, y para instaurar las acciones obligatorias
Origen del mal

Si Dios es bueno, ¿de dónde surgió el mal? ¿Por qué creó Dios al hombre
capaz de pecar? Y, en todo caso, ¿por qué fue tentado el hombre? ¿Es el mal
coeterno con el bien? ¿Hay quizá dos deidades, como afirma el Zoroastrismo,
que son eternas, una buena y otra mala, en eterna lucha entre sí? En todo
caso, si el mal tuvo un origen, en la caída de Lucifer o Satanás, ¿qué produjo
esta caída? ¿Qué es lo que originó su caída y la primera entrada de mal en la
creación de Dios? Y si es así, ¿por qué Dios lo permitió?

Se pueden añadir algunas preguntas más. También: ¿Por qué decidió Dios
crear? ¿Acaso Dios se encontraba en soledad?

Todas esas son preguntas que surgen con frecuencia. Y siguen unas
respuestas que servirán de ayuda para ver una solución satisfactoria a estos
aparentes problemas.

La respuesta cristiana acerca del origen del mal es satisfactoria. En primer


lugar, NO se trata del origen de una entidad positiva que tuviera que aparecer
de alguna manera por creación, lo que constituye el obstáculo que tantas veces
se presenta; se trata más bien, como veremos más adelante, de la destrucción
de una relación, de algo negativo.

La clave de la respuesta es el AMOR. Cierto. Un ser creado no puede amar a


no ser que su adhesión al objeto de su amor sea libremente dada. No hay amor
en los autómatas programados para una conducta determinada. Y esta es la
razón de que Dios no hiciera santos al hombre ni a los ángeles, sino inocentes.
Y se trata de dos conceptos bien distintos.

Dios hizo a los ángeles y a la primera pareja humana, que necesariamente


dependen de Él, que es el Absoluto, el Ser que existe en Sí mismo. Él es. Él es
el gran YHWH, YO SOY EL QUE SOY. En cambio, las criaturas, ángeles o
humanos, han venido a ser. Antes no eran. Y podrían no haber sido. Son
contingentes. Y dependientes de Él para el pleno goce de todo el potencial y
destino para el que Dios los ha creado.

Esto nos lleva a considerar los siguientes puntos:

1) Dios, en su Tri-Personalidad en un solo Ser, está totalmente autosatisfecho.


No precisa de ningún ser fuera de Sí mismo para gozar de un grado infinito de
amor, comunicación y comunión, por cuanto las Personas que subsisten en el
seno de la única Deidad gozan de una tripartita satisfacción de amor y de
comunión entre sí. Dios «no estaba solo», y más aun, su gozo y comunión eran
plenamente satisfactorias en el seno de la Deidad (cp. Juan 1:1; 17:5).

2) La decisión divina de crear fue, así, totalmente libre, fruto de una voluntad
divina no condicionada por ninguna clase de necesidad. Él, el Infinito Personal
Absoluto, quiso crear muchos seres, necesariamente finitos, pero a Su imagen
y semejanza, para que tuvieran relación y comunión con Él. Cosa hecha
posible también al dotarlos con el don del lenguaje, un reflejo de la naturaleza
misma eterna de la Deidad (Juan 1:1).

3) Como ya se ha indicado más arriba, era totalmente necesario que las


criaturas, angélicas o humanas, poseyeran la capacidad de amar. Pero la
genuina capacidad de amar exige, por su misma naturaleza, que sea un acto
libre. Una libre adhesión. No olvidemos que en el caso del amor del ser creado
hacia el Creador no se trata de un amor de igual a igual, sino del amor de un
ser contingente y dependiente hacia el Creador absoluto y autoexistente.

Aquí es necesario hacer un inciso, haciendo mención del mandamiento de


amar a Dios sobre todas las cosas, con la declaración de que Dios es un Dios
celoso ante aquellos que no le aman. Se ha de tener en cuenta que este
mandamiento, como toda la Ley, presupone que el hombre es pecador, que ya
ha caído en pecado. En su estado de inocencia, el hombre no recibió este
mandamiento. ¿Por qué no? Porque no era necesario. El hombre no caído no
sólo amaba a Dios, sino que gozaba de Él, se sentía arrobado con Él. Le
cantaba alabanzas que salían de un corazón lleno de gozo y agradecimiento,
no sólo por lo que había Él hecho, sino también por Él mismo. Como un
enamorado con su enamorada, o viceversa. ¿Qué sucede entonces? Que el
hombre, al caer, se enemista él con Dios (Dios va en pos del hombre para
redimirlo), y comienza a huir de Dios, aborreciéndolo. Y el mandamiento de
amar a Dios, dado precisamente después de la Caída, hace patente la
condición de pecado en que se encuentra el hombre, y que la Ley no lo podrá
liberar jamás, sino la Gracia.

4) Pasemos al hecho mismo de la Caída. El Mal no debe ser considerado como


una entidad positiva, como ya se ha indicado más arriba. No. Se trata de una
deficiencia, y que por la naturaleza misma de las cosas ha de ser
necesariamente posible (pues en caso contrario no habría un amor y adhesión
verdaderos y libremente dados). Esta deficiencia tiene lugar en una actitud que
pasa de la complacencia en Dios a la desconfianza, a la incredulidad, a la
enemistad.

Sabemos como se generó en el hombre la desconfianza en Dios (Génesis 3).


No lo sabemos tan claramente en el caso de Satanás, aunque en la Escritura
se nos indica que surgió el pecado, es decir, la deficiencia, en el Querubín
Protector. Sabemos, sin embargo, que hubo un principio en el pecado de
Satanás, un pecado en el que él tiene toda la responsabilidad moral. Y que
esta caída no fue generada por el mismo Dios, aunque Dios ciertamente dejó
abierta dicha posibilidad, a fin de que no fuera imposible la manifestación del
amor y de la adhesión de este amor, que son naturales en una criatura
contingente hacia la fuente de vida abundante, llena de gozo, en la que el
mismo Dios es el objeto de un amor que se olvida de sí mismo y que se llena
de un gozo inenarrable en la contemplación del objeto de su amor.

No pasaré a extenderme aquí en toda la cuestión de la redención prometida al


hombre y alcanzada por el mismo Dios hecho hombre, que murió en la cruz y
que resucitó, y que abrió el camino al perdón, a la justificación, a la
santificación y a la glorificación para los que vuelvan a Él, pues mi objeto era
sólo hacer unas reflexiones acerca del origen del mal. Pero realmente es
necesario mencionar que el mismo Dios no sólo asumió la Cruz y nuestra
condenación ante Su justicia (condenación asimismo necesaria en la
naturaleza misma de las cosas, debido a que la justicia, el hecho de que no se
pueden esquivar las consecuencias de las acciones cometidas, no podía pasar
por alto el pecado) sino que también en su vida encarnada Dios el Hijo sintió de
una manera propia e infinitamente profunda todas nuestras debilidades (cp.
Juan 4:6; 11:33-35) con exclusión del pecado (Hebreos 4:15).

Actitudes sobre el mal (según la biblia)

La experiencia del dolor conduce a muchos a tomar distintas posturas y


reacciones. Entre otros, están los que recurren a la Biblia para buscar en ella y
sacar frases de consuelo, respuestas a sus interrogantes aún con buena
voluntad religiosa.
Muchos, alguna vez, se han topado con el relato de Gn 22, 1-19, "el sacrificio
de Isaac". ¿Cuántos se habrán escandalizado, o incluso rebelado contra Dios?
¿Por qué causa? Por exigirle a Abraham, en senil hombre con una esposa
estéril, que ofreciera a su único hijo en sacrificio. ¿Sólo para probarlo en su
fidelidad?
Allegados y estudiosos de la Biblia suelen preguntarse ¿Probó Dios realmente
a Abraham al pedirle que matara a su hijo?
Podemos preguntarnos entonces que ¿Dios es capaz de mandarnos pruebas
que nos hagan sufrir o resulten crueles?
Un Dios así ¿No mataría la confianza religiosa de cualquier hombre?
Los biblistas enseñan hoy, que este relato procedente de la fusión de las
tradiciones yahvista y elohísta alrededor del año 721 a.C., es una antigua y
respetable leyenda que contenía una enseñanza contra los sacrificios de niños.
Leído a la luz de la historia de las religiones, este capítulo del Génesis
registrará el descubrimiento de que Dios no quiere sacrificios humanos. Aún
más, hay en esto una absoluta prohibición y coinciden en esto Schöekel y
Torralba, sino que exige la sumisión y denuncia un culto que no va unido a la
obediencia.
En el Antiguo Testamento esta práctica aberrante está registrada, prohibida y
condenada, y sin más comentarios explícitos, la narración de Génesis 22
pertenece a estos registros entre otros, Dt 12,31; Lv 18,21; 20,2; 2Rey 3,27;
17,31; 16,3; Jer 7,31; 33,35; Ez 16,20; 20,25.

Aunque el P. Álvarez Valdéz insistirá en el hecho de que este relato sólo quiere
mostrar que Dios prohíbe y aborrece los sacrificios humanos, que el Dios de
Israel no era despiadado ni brutal, que afirmaba el respeto total a la vida y a la
dignidad humana y así desterrar esta cruel costumbre. Además, el mismo autor
se ubica en la postura de que Dios no puede probar nunca a los hombres, y
que no existen las llamadas "pruebas de Dios", que éstas son una mala
interpretación de los textos bíblicos, en especial del AT.
Pero el hagiógrafo define y comienza las historia como una prueba (Gn 22, 1-3)
y al ofrece como clave de lectura. Temer a Dios no indica el miedo, sino
respeto reverente, lealtad sumisa, y Dios "comprueba" que Abraham es
temeroso de Dios.
El valor que resalta, además, este relato es que los sacrificios, sea cual fuera la
dificultad, radican en ser signo de fe y obediencia internos de quienes los
ofrecen y su demostración es el cumplimiento de las normas del dios a quien
se dice adorar, lo otro será una demostración externa. Y lo importante no es la
expresión externa sino el temor de Dios, aún cuando pida cosas muy penosas
y difíciles.

El sufrimiento del justo Job.


Presentación del drama.
El drama de Job es el de todo creyente que sufre sin motivo. Job cree en Dios,
en un Dios justo y todopoderoso. Sufre y se pone a hacer su examen de
conciencia (sobre la justicia y el amor al prójimo). Y se encuentra inocente.
Job rechaza los argumentos de sus amigos. Él cree en Dios, pero no acepta
esas razones que sus amigos le dan. Él sabe y es consciente que es inocente y
por lo tanto quiere hablar con Dios, preguntarle el porqué ha de sufrir tanto.
Este drama consta de tres momentos. Están por una parte, los amigos que
representan la moral del éxito en el mundo y las tesis tradicionales: "bendición
para los justos, castigo para los malos"; "si sufres es que has pecado"; Dios te
ama, pues castiga a los que ama". Job refleja la moral de la búsqueda exigente
y angustiada, es el hombre que pregunta y quiere comprender, que pide
cuentas a Dios. Dios viene a mostrarse como el gran ausente que se va
haciendo presente a medida que avanzan las preguntas de los hombres, para
hablar al final. ¿Con qué derecho me pides cuentas? Y Job se postra en
adoración.
Cuando Dios se manifiesta no se revela de un modo que podamos
comprenderlo plenamente, se manifiesta y se esconde. Es imprevisible, y esto
lo experimenta el hombre de forma particular ante la experiencia del dolor.
En el libro de Job hay una doble imagen de Dios. La primera en la parte
narrativa y en la teología de los amigos de Job; la otra se manifiesta en las
reacciones de Job, que rechaza las interpretaciones y principios de sus amigos.
Estas partes nos muestran dos comportamientos distintos de Job ante Dios;
primero la paciencia perfecta, piedad, humildad, aceptación de la voluntad de
Dios; en la segunda, muy dramática, Job es el impugnador, el rebelde que
rechaza las interpretaciones teológicas que justifican su dolor e interpela a Dios
para que le dé una respuesta directa.
Cuando Dios le contesta a Job, en su discurso le muestra que esto que él
quiere entender es un misterio que emergió de la mente de Dios, y hasta que
Job (y el hombre) no descifre ese misterio tampoco podrá descubrir la razón de
su sufrimiento.

Fases del Libro


Según parece a los biblistas, antes de tener su actual y definitiva forma, el libro
de Job, que era un antiguo cuento conocido por los hebreos, pasó por tres
etapas de conformación.
La intención de este libro era iluminar una de las cuestiones más angustiantes
de todos los tiempos: la enfermedad y el sufrimiento del hombre. La respuesta
propuesta por los primeros hagiógrafos, que presentan la tradicional postura
hebrea de entonces, era que se sufría el castigo por las culpas propias o
ajenas, heredadas de los antepasados.
Luego, otro autor disconforme con esto, al agregar al relato primitivo (siglos
más tarde) los diálogos entre Job y sus amigos y el discurso de Dios, quiso
mostrar que un justo también puede sufrir; que sólo Dios sabe el porqué y que
no hay que pedir demasiadas explicaciones ya que es un misterio divino.
En una tercera etapa, otro hagiógrafo, que agrega el personaje de Eliu quien es
un cuarto amigo de Job (caps. 32-37) no mencionado al principio, más maduro
avanzado en la revelación propuso la idea de que el sufrimiento tiene valor
salvífico, que sirve para madurar y purificar, todo esto formaba parte de la
pedagogía divina.

Mensajes de la obra.
Job, que pierde todo, sigue creyendo; sin embargo, no se resigna a someterse
a su "destino". Se rebela, interroga, quiere entender; ése gesto vale. Lo que
este libro nos muestra es que Dios castiga a los amigos de Job porque repiten
frases hechas y creen saberlo todo, rehabilita a Job porque Dios ama al
rebelde, al que pregunta. Aprendemos que no podemos captar lo infinito ni la
razón de Dios, pero el intento no puede frustrarse. "Estamos más para
preguntar que para responder".
Por eso, el hecho de que el sufrimiento humano en un mundo gobernado por
Dios que es amor siga siendo un misterio, tiene que conseguir que no nos
sorprenda el final misterioso de este libro.
La explicación del hecho del sufrimiento de Job, su sentido, permanece sin
revelarse incluso al fin. La sabiduría no consiste en conocer la razón de los
caminos de Dios sino en temerlo en la práctica obrando rectamente y evitando
el mal. Y Dios desea la humildad del hombre, no su orgullo y su sabiduría. Ante
ciertos problemas, el hombre debe aceptar con humildad el orden providencial
divino, difícil, pero amigo.
El problema de Job fue de esta clase. Nunca se ha dado una solución mejor al
problema del sufrimiento, sólo desde la cruz. Desconocemos sencillamente la
razón última de la existencia del sufrimiento. "Pero era bueno que un libro
expresase de ese modo nuestra rebeldía contra el mal. Ahora sabemos que la
rebeldía y la blasfemia pueden ser oración, que las explicaciones piadosas no
valen nada y que la única actitud posible para el creyente es la confianza".
El mensaje es que en el creyente, ambos comportamientos (confianza y
rebelión) pueden coexistir en momentos distintos, pero también en un mismo
momento.
Al hombre que se encuentra en sufrimiento, Dios le manifiesta su presencia,
queriendo hacerle comprender como a Job, que está a su lado también ahora,
ocupándose en su dolor. Y aunque Job no lo advierta, Dios está junto a él, y de
este modo, la explicación del misterio del dolor está en el encuentro personal
con Dios, en una experiencia renovada del Dios vivo, que "defiende al pobre de
la rigidez opresora de una imagen preconcebida de Dios. El sufrimiento se
convierte en ocasión para afirmar la presencia de un Dios constante, providente
y premuroso con todos, aunque esto no se verifique según las formas que el
hombre tal vez esperaría".

Conocimiento sobre Dios de los hebreos y otros pueblos antiguos.


Buceando el Antiguo Testamento sobre el mal, sus orígenes y causas,
descubriremos no sin sorpresa que: ‘Dios mismo es la causa de los males del
mundo’; no sólo es responsable de las enfermedades, muertes, males sociales,
también provoca los desastres naturales ([Link]. El diluvio, la esterilidad, la lepra,
sequías, terremotos, derrotas militares).
Y esta convicción podemos encontrarla con claridad en Is 44,7; Os 6,1; Sal 88,
16-17. Contrasta entonces, la concepción de un Dios terrible y espantoso para
los judíos de entonces, con la de un Dios Amor y Bondad para nosotros hoy.
¿Cuál es la causa?
Muchas mitologías populares antiguas son ricas en dioses a los que atribuyen
patrocinios sobre muchas cosas: la vida, la muerte, el viento, la lluvia, el sol, la
fecundidad, la salud, etc.). También sus dioses aparecerán dirigiendo todas las
peripecias de la vida del hombre, como lo trata Sófocles en su tragedia Edipo
Rey y la infabilidad de los oráculos del dios Apolo por ejemplo.
Álvarez Valdéz expone que el no desarrollo de las ciencias en la antigüedad
hacía que los pueblos (incluido Israel) ignorasen las leyes de la naturaleza y de
los fenómenos ambientales, como también las causas de las enfermedades.
También poseían una psicología bastante elemental, donde los conceptos de
libertad y responsabilidad humanas estaban poco desarrollados. De esta forma
muchos fenómenos naturales eran tenidos por sobrenaturales; cualquier cosa,
buena o mala, linda o fea, feliz o desgraciada era obra de los dioses, y para un
judío será la responsabilidad de Yahvé Dios, dueño y autor de todo.
Al venir Jesús al mundo y comenzar su ministerio se dio con esta mentalidad.
Él fue un revolucionario de la teología de la época enseñando que Dios no
castiga el pecado con enfermedades (cf. Jn 9, 1-3), ni con accidentes (cf. Lc
13, 4-5), pues Dios, que ama a todos los hombres, quiere que todos se salven.
Á. Valdéz será categórico al que "Jesús no explicó de donde vienen las
desgracias de este mundo, pero sí explicó de donde no vienen; no enseño que
causas la provocan, pero sí quien no las provoca: Dios".
Agrego que es muy peligroso querer ver siempre la raíz de todo sufrimiento en
un pecado concreto que lo justifique. Pienso que es una falsa humildad, que
puede dar lugar a rebeliones especialmente cuando no se logra descubrir tal
pecado, como lo expone A. Camus en un episodio de La Peste al poner en
boca del Dr. Rieux ante el P. Paneloux "...y estoy dispuesto a negarme hasta la
muerte a amar esta creación donde los niños son torturados..."; y también lo
hará Dostoievski en los Hermanos Karamazov, cuando Iván dice a Aliocha que
quiere devolver su pasaje de entrada en la creación porque "...rechazo de
plano la suprema armonía. No vale las lágrimas de cualquier niña martirizada,
que se golpea el pecho con sus puñitos y reza al ‘buen Dios’ que no acude a
vengar sus lágrimas...demasiado cara ha sido esa armonía".
La Biblia no nos explica ni suprime el misterio del dolor, sino que ha iluminado
este misterio por la actitud de Cristo. Especialmente en los Evangelios están
los latidos del corazón de Jesús respecto a Dios, al mundo y al hombre, pero,
como dijo el Papa Juan Pablo II en Polonia (junio 1997): "Cristo no escondía a
sus seguidores la necesidad del sufrimiento. Decía muy claramente que si
alguno quiere seguirme, cargue con la cruz cada día...(Lc 9,23)".

Doctrinas generales sobre el mal

uede describirse al mal, en sentido extenso, como la suma total de la oposición


existente, contra los deseos y necesidades individuales, que la experiencia
muestra en el universo, de donde surgen, entre los seres humanos al menos,
los sufrimientos que abundan en la vida. De esta manera el mal, desde el punto
de vista del bien humano, es lo que no ha de existir. A pesar de eso, no hay
parte de la vida humana en la que no se sienta su presencia y la discrepancia
entre lo que es y lo que ha de ser, siempre ha requerido explicar la
consideración que el género humano ha intentado dar a él y a su entorno. Para
este propósito es necesario (1) definir la precisa naturaleza del principio que
imparte el carácter de mal, a tan gran variedad de circunstancias y (2)
determinar, hasta donde pueda ser posible, el origen, del cual surge.

Con respecto a la naturaleza del mal, debe observarse que es de tres tipos:
físico, moral, y metafísico. El mal físico comprende todo aquello que causa
daño al hombre, lesión corporal, frustración de sus deseos naturales,
impedimento del pleno desarrollo de sus poderes, sea en el orden de la
naturaleza, directamente, o a través de las variadas condiciones sociales, bajo
las que la humanidad existe naturalmente. Males físicos directamente debidos
a la naturaleza son: la enfermedad, un accidente, la muerte, etc. La pobreza, la
opresión y algunas formas de enfermedad son casos de mal, que surgen de la
imperfecta organización social. El padecimiento mental, como la ansiedad, la
desilusión, el remordimiento y la limitación de la inteligencia, que impiden a los
seres humanos alcanzar la total comprensión de su medio ambiente, son
formas congénitas de mal y cada una varía en carácter y grado, según la propia
inclinación natural y las circunstancias sociales.

Por mal moral se entiende la desviación de la voluntad humana de las reglas


del orden moral y la acción que resulta de esa desviación. Tal acción, cuando
proceda exclusivamente de la ignorancia, no será clasificada como mal moral,
que esta restringido propiamente a los actos de la voluntad, hacia los fines que
la conciencia rechaza. La extensión de mal moral no se limita a las
circunstancias de la vida en el orden natural, sino también incluye la esfera de
la religión por la que el bienestar del hombre es afectado en el orden
sobrenatural, y los preceptos que, como dependientes finalmente de la
voluntad de Dios, son las obligaciones más estrictas posibles. (ver PECADO).
La obligación para la acción moral en el orden natural, por otra parte, es
generalmente entendida, como dependiente de razones suministradas por la
religión y es por lo menos dudoso, si posible, para la obligación moral, existir
del todo separada de una sanción sobrenatural.

El mal metafísico es la limitación de una o de varias partes componentes del


mundo natural. A través de esta mutua limitación se impide, a la mayor parte de
los objetos naturales, lograr su completa o ideal perfección, sea por constante
presión de la condición física o por catástrofes inesperadas. Así, los
organismos animales o vegetales son influenciados diversamente por el clima y
otras causas naturales. Los animales depredadores dependen para su
existencia de la destrucción de la vida. La naturaleza está sujeta a tempestades
y convulsiones y su orden depende de un perpetuo sistema de decadencia y
renovación, debido a la interacción de sus partes constitutivas. Si el sufrimiento
de los animales se excluye, ningún dolor de cualquier tipo es causado por las
limitaciones inevitables de naturaleza y solo puede llamarse mal por analogía y
con un sentido bastante diferente al que se aplica al término, en la experiencia
humana. Clarke, por otra parte, ha observado acertadamente (Correspondencia
con Leibniz, carta II) que el desorden aparente de naturaleza, realmente, no es
desorden, sino parte de un esquema definido, que cumple, precisamente, la
intención del Creador, puede considerarse, por lo tanto, como una perfección
relativa, en lugar de una imperfección.

Es, de hecho, sólo por transferencia a los objetos irracionales de los ideales
subjetivos y aspiraciones de la inteligencia humana, que el "mal de la
naturaleza" pueda llamarse mal, en cualquier sentido, excepto en uno
meramente análogo. La naturaleza y el grado de dolor en los animales más
inferiores son muy vagos y en la necesaria ausencia de datos es difícil decir si
deben clasificarse, correctamente, con el mal meramente formal que pertenece
a los objetos inanimados o con el sufrimiento de los seres humanos. Esta
consideración, generalmente fue sostenida en tiempos antiguos y puede
referirse, quizás, a la tendencia antropomórfica de mentes primitivas que
aparecen en la doctrina de la metempsicosis. Así, a menudo se ha supuesto,
que el sufrimiento animal, junto con muchas de las imperfecciones de
naturaleza inanimada, era debido a la caída de hombre, cuyo bienestar como
parte principal de la creación, estuvo limitado a las suertes del resto (ver
Theoph. Antioch., Ad Autolyc., II; cf. Gen. 3, y 1 Cor.9). La consideración
opuesta es tomada por Santo Tomás (I, Q. XCVI, a. 1,2).

Descartes supuso que los animales eran solo máquinas, sin sensación o
conciencia y fue seguido estrechamente por Malebranche y los cartesianos en
general. Leibniz admite la sensación en los animales, pero la considera un
simple sentido perceptivo, que desprovisto de reflexión, no puede causar dolor
o placer, en todo caso sostiene, el dolor y el placer de los animales es
comparable en grado a aquellos, resultantes del mecanismo reflejo en el
hombre (también ver Maher, Psicología, Supp't. A, Londres, 1903). Es de
nuevo evidente, que todo el mal es esencialmente negativo y no positivo; es
decir que no consiste en la adquisición, sino en la pérdida o privación de algo
necesario para la perfección. El dolor, que es la prueba o criterio del mal físico
tiene algo positivo en verdad: la existencia puramente subjetiva como
sensación o emoción; pero su mala cualidad, es el efecto perturbador en la
víctima.

Tal como comportamiento, la acción perversa de la voluntad de la que depende


el mal moral, es más que una mera negación de la acción correcta, implica
cuando se realiza, el elemento positivo de opción. Pero el carácter moralmente
malo de la acción equivocada, no está constituido por el elemento de opción,
sino por el rechazo de aquello que demanda la correcta razón. Así Orígenes
(Sobre Juan 2, 7) define al mal como stéresis; el Pseudo-Dionisio (De. Div.
Nom. IV) como el no-existente; Maimónides (Dux perplex. III, 10) como "privato
boni alicujus"; Alberto Magno (adoptando la frase de San Agustín) atribuye el
mal a una "aliqua causa deficiens" (Summa Theol., I, XI, 4); Schopenhauer,
sostuvo que el dolor es la condición positiva y normal de la vida (el placer, su
parcial y temporal ausencia), a pesar de esto, lo hizo depender del fracaso de
deseo humano para obtener un cumplimiento "el deseo es, en sí mismo, dolor".
Así se comprenderá que el mal no es una entidad real, es relativo.

Lo que es malo, en algunas relaciones, puede ser bueno en otras y


probablemente, ninguna forma de existencia es exclusivamente mala en todas
las relaciones. Por ende se ha pensado que no puede decirse que el mal,
verdaderamente, existe en absoluto, es realmente nada más que un "menos
bien". Pero esta opinión, parece omitir considerar la realidad de la experiencia
humana. Aunque la misma causa puede dar dolor a uno y placer a otro, dolor y
placer, como sensaciones o ideas, no pueden ser, sino mutuamente exclusivas.
Nadie, sin embargo, ha intentado negar este hecho tan obvio y la opinión en
cuestión puede entenderse, quizás, como una paradójica manera de expresar
la relatividad del mal.

Hay, prácticamente, acuerdo general de autoridades sobre la naturaleza del


mal. Alguna concesión debe hacerse por los variados estilos de expresión, que
dependen de la correspondiente variedad de presuposiciones filosóficas. Pero
en la cuestión del origen de mal ha habido y hay, una considerable diversidad
de opinión. El problema es estrictamente metafísico, es decir que no puede ser
aclarado por un simple análisis experimental de las condiciones reales, de las
que el mal es el resultado. La pregunta que Schopenhauer ha llamado "el
punctum pruriens de metafísicas", no se preocupa tanto por las variadas y
detalladas manifestaciones del mal en la naturaleza, sino por la causa oculta y
subyacente que ha hecho a estas manifestaciones posibles o necesarias. Es al
momento evidente, que la pregunta en una región tan oscura debe ser atendida
con gran dificultad y que las conclusiones alcanzadas deban, en su mayor
parte, ser de un carácter tentativo y provisional. Ningún sistema filosófico ha
tenido éxito, escapando de la oscuridad en la que el tema está envuelto, pero
no es demasiado decir que la solución Cristiana ofrece en general, menos
dificultades y se aproxima, más que cualquier otro, a la perfección.

La cuestión puede formularse así. Admitiendo que el mal consiste en una cierta
relación del hombre a su ambiente, o que surge de la relación de las partes
componentes de la totalidad de la existencia de uno u otro, ¿cómo se llega a
que, aunque los resultados de un proceso cósmico universal sean todos
semejantes, esta obra universal está perpetuamente en guerra consigo misma,
contradiciendo y frustrando sus propios esfuerzos en la hostilidad mutua de su
progenie? Más allá, admitiendo que el mal metafísico en sí mismo pueda ser,
meramente, el método de la naturaleza significando solo una redistribución
continua de los elementos materiales del universo, el sufrimiento humano y la
maldad todavía aparecen como esencialmente opuestos al esquema general
del desarrollo natural y son difícilmente reconciliables con cualquier idea o
concepción de unidad o armonía en la naturaleza. ¿Para qué, entonces, el mal
de la vida humana, físico y moral, es atribuido como su causa? Pero, cuando el
universo es considerado como el trabajo de un Creador todo bondadoso y
todopoderoso, un nuevo elemento se agrega al problema.

El mal segun los griegos

Hesíodo es muy explícito. Por la envidia de los dioses.

Los dioses se envidiaban unos a otros, pero también envidiaban a los hombres.
Aprovechando la oportunidad de haber robado Prometeo el fuego celeste para
dárselo a las criaturas creadas por él, Zeus le lanza su vengativa maldición.
Por mandato del padre de los dioses, Hefestos forma un cuerpo perfectísimo
de mujer; Atenea le da un rico cinturón; la Gracia y la Persuasión, collares de
oro; las Horas, una guirnalda de floras primaverales; Hermes, el arte de mentir
con seducción; Afrodita, la atracción infinita del sexo. Esta mujer, así creada y
dotada, fue llamada Pandora. Por mandato de Zeus, Hermes la. condujo ante
Epimeteo («el Imprudente»), hermano de Prometen. Pese a los consejos de
éste, aquél aceptó el regalo. Pandora tenía una caja; abrió-la y salieren de ella,
esparciéndose, todos los males. Como dice con acierto Duruy, «dirime que esto
es un eco de la narración bíblica: la mujer perdiendo a la Humanidad. a la que
encanta, por otra parte, con sus gracias y su abnegación maternal, y Dios
condenando al hombre al trabajo, que ha sido su fuerza y su salvación». Por
sencillas imágenes, sin teología ni metafísica, los poetas helenos explicaron así
el origen del mal. La envidia de los dioses pasará a los hombres
inexorablemente. La pena de ostracismo, tan en boga en Atenas y en Roma,
no era otra cosa que un medio por el cual las hombres eliminaban de la
comunidad a ciertos ciudadanos célebres por su talento o por sus riquezas.

Jamás el hombre antiguo pudo quitar de su corazón la angustia que le producía


la implacable Némesis, diosa encargada de cumplir los dictados terribles de los
envidiosos dioses.

Esta envidia deica dará las más patéticos temas de la sensibilidad humana.

Recuérdese la dignidad con que Prometeo soportó que Hefestos le atase a la


roca caucásica y que el cuervo le royera las entrañas, incansable.

¿Cuál era el crimen del titán?

Haber amado a los hombres.

Recuérdese el dolor inmenso, pero sin debilidad alguna, con que Niobe vió
morir a sus hijos atravesados por las flechas de los hijas de la envidiosa Loto.

¿Cuál era el pecado de los nióbidas? Estar orgullosos de su naturaleza


humana?

El mal según los judios

La pregunta acerca de porqué existe el mal en el mundo ocupa un lugar muy


importante en el pensamiento judío. El libro de Job es una de las principales
obras del Tanaj que intenta trabajar esta cuestión.

Revisaremos las posturas de 3 pensadores judíos de diversas épocas al


respecto:

Rambam

Para Rambám la cuestión del mal pasa por preguntarse si el mal es una
esencia en si mismo, a lo cual la respuesta es que no. El mal no sería una
esencia en si misma, sino que es la forma de la ausencia del bien en este
mundo. El bien es la esencia de este mundo, que fue creado por obra de Dios,
por lo que entonces el mundo es esencialmente bueno, y las formas que toma
el mal en realidad son ausencia de bien.

Los dos pensadores que veremos a continuación escriben luego de la Shoa.


Estas son solo dos posiciones acerca de lo que significó la Shoa como ejemplo
extremo de un mal nunca visto hasta ese momento en la historia de la
humanidad.

Soloveitchik

Para Soloveitchik la cuestión no puede ser resuelta a partir de la pregunta de


porque existe el mal en el mundo,
dado que la conclusión a la que el llega es que simplemente el mal existe y no
es posible que el hombre logre
comprender sus causas. Por este motivo, la preocupación central de
Soloveitchik radica en responder a la
pregunta de que se debe hacer frente a la presencia del mal en el mundo. Para
ello plantea un concepto que se
denomina “existencia con arbitrio”, a partir del cual sostiene que para enfrentar
al mal en el mundo, el judaismo
plantea una existencia activa, en la cual el hombre debe buscar transformar el
mundo, pasando de la predestinación al arbitrio. La cuestión entonces radica
en aceptar desde una postura realista la posibilidad del mal, como algo
inherente a la existencia humana para luego poder plantear que postura se
tomara frente a esta situación. En resumen, implica tomar conciencia de que el
mal existe, y eso implica que hay que tomar una postura ética frente a esa
existencia.

Fackhenheim

Para Fackhenheim la cuestión no radica en una pregunta directa por la


existecia del mal ni la actitud frente al mal,
sino que el focaliza en el interrogante acerca del significado de la historia para
el hombre en general y para el judío
en particular. Para el la historia influye en los significados que se construyen en
torno a la experiencia de religiosidad judía, y especialmente la Shoa como
hecho histórico marca la experiencia de religiosidad judía contemporanea, en
tanto que la interpela de manera radical: ¿Tiene sentido seguir creyendo en
Dios despues de la Shoa? Como el encuentra que la respuesta del pueblo judío
es afirmativa (el pueblo judío en su mayoría reafirmó su creencia en Dios a
pesar de la experiencia de la Shoa), la otra cuestión importante a mencionar es
que el sentido
de esta respuesta tiene que ver con la cuestión de continuar siendo testigos del
Dios de la Historia. Para
él, renunciar a la creencia en Dios despues de la Shoa sería renunciar a la
historia misma, planteando a diferencia de los otros autores una mirada en
relación con el pasado. Su postura plantea que la misión del pueblo judío
estaría relacionada con ser testigo de la existencia del mal en el mundo y con
la posibilidad de transformar esa presencia del mal en bien, a lo largo de la
historia de la humanidad.

El mal según el cristianismo

1. Si Dios es bueno y todopoderoso, ¿por qué permite el mal? Esta cuestión ha


preocupado a mucha gente. La existencia de males es evidente. Luego, si Dios
es bueno y todopoderoso, tendrá razones de peso para permitir el mal. Así de
sencilla es la explicación. Pero como el asunto es complejo, conviene pensarlo
un poco más.
2. Algunas explicaciones equivocadas. (Resuelven algunos aspectos, pero
originan otras dificultades).

Hay mal en el mundo, luego Dios se desentiende de lo que sucede en el


planeta tierra. (Esta explicación se opone a la bondad divina).
Hay mal en el mundo, luego hay dos dioses, uno bueno y otro malo. (Pero la
maldad no puede ser propia de un ser perfecto).
Hay mal en el mundo, luego no hay Dios. (Y ahora tenemos dos problemas:
seguimos sin saber por qué hay mal y añadimos la duda sobre por qué hay
bien).
3. Algunas explicaciones correctas:
Hay cosas que nos parecen males pero en realidad no lo son. Por ejemplo, una
madre aparta el frasco de veneno que su hijo pretendía. El hijo llora, pero su
madre no es mala. Muchas veces los dolores y enfermedades hacen
recapacitar a las personas y encaminar mejor sus vidas. En esos casos se
comprende que el Señor permita que sufran. Incluso el tremendo mal de la
muerte, es al mismo tiempo un bien porque es la puerta del cielo. Nuestra
valoración sobre lo que es un mal no siempre es la acertada.
Otra explicación también correcta: Los males son consecuencia del pecado
original y sirven como penitencia por los pecados. Esta idea aclara el origen del
mal y da mayor sentido a las penas terrenas. Nuestros pecados aunque se
hayan perdonado en la confesión, continúan reclamando una reparación. Los
sufrimientos de esta vida ofrecidos a Dios reparan los pecados y quitan tiempo
de purgatorio.
La explicación quizá más clara: Si Dios permite un mal es porque busca
obtener un bien; un bien que sólo puede alcanzarse dando la posibilidad de
que surja un mal. (Aquí permitir no significa aprobar, sino equivale a no
impedir). Decíamos al comienzo que si Dios es bueno y todopoderoso y
permite un mal, será porque tendrá razones de peso para obrar así. Estos
motivos se aclaran ahora un poco: si permite un mal es para obtener un bien.
B. ACLARACIONES
4. ¿Por qué Dios creó un mundo mejorable si podía hacerlo perfecto? El Señor
obra siempre acertadamente, luego el mundo actual es muy bueno. Y lo es
precisamente por ser mejorable: el Creador lo quiso así para aumentar la
dignidad del hombre haciéndole colaborador en el progreso de la creación. Se
consigue este gran bien a cambio de que el mundo sea bueno pero mejorable.

5. ¿Por qué hay dolores y enfermedades? Son consecuencia del pecado


original. Es decir, una decisión de la justicia divina a raíz del gran pecado de
Adán y Eva. Quizá esta justicia exigía el infierno para Adán y Eva, pero se
impuso la misericordia, y sólo quedaron privados de unos dones previamente
otorgados. Así entraron los sufrimientos en el mundo con la ventaja de que
esos mismos dolores pueden servir como reparación por los pecados.

6. ¿Por qué Dios permitió el pecado de Adán y Eva? Quiso correr el riesgo de
nuestra libertad. El deseo divino de libertad humana es otro motivo importante
para admitir males.

7. ¿No podía habernos creado directamente en el cielo? En el cielo hay la


máxima libertad, y el Señor podía habernos puesto allí sin más. Sin embargo,
quiso otorgarnos el honor de merecerlo; y esta mayor dignidad nuestra le
pareció suficiente motivo para tolerar las ofensas que llegarían.

8. En resumen, si Dios es bueno y todopoderoso, ¿por qué permite el mal?


Porque además de bueno y todopoderoso es infinitamente sabio, y conoce el
modo de obtener bienes a partir de esos males que no desea. Por ejemplo,
permitió el tremendo mal de la Cruz y sacó el gran bien de la salvación de los
hombres. Un refrán resume sabiamente: "no hay mal que por bien no venga".

9. ¿Qué dice la Iglesia sobre el problema del mal? El catecismo de la Iglesia


católica trata este asunto en los nn. 309 a 314. Pueden verlos en:
[Link]

10. ¿Y los males naturales? Desde Chile preguntan por los males naturales
(terremotos, tempestades, aludes). Estos males no son debidos a la libertad
humana sino que se producen por leyes de la naturaleza. Por ejemplo, la ley de
la gravedad es causa de que un hombre se despeñe. Otro ejemplo, las leyes
biológicas son causa de que un anciano muera. Igualmente, las leyes
geológicas originan terremotos, volcanes, etc. Aunque haya defunciones, esto
no significa que las leyes de la naturaleza sean malas, simplemente son así.

11. ¿Dios no podría evitar esas muertes? Alguna vez lo hace, y tenemos
abundantes milagros de curaciones (también milagros gravitatorios como el de
san Vicente Ferrer que detuvo en el aire a un hombre que caía). Pero Dios
nuestro Señor no desea hacer continuos milagros saltándose sus propias
leyes. Y deja que llegue la muerte a los hombres en los momentos en que las
leyes naturales lo establecen.

12. ¿Dios quiere que los hombres mueran? Dios quiere que los hombres vayan
al cielo, después de hacer mucho bien en la tierra.

13. ¿Dios es malo porque no suprime el mal? No, no. Nadie es más bueno que
Dios. Precisamente no suprime los males de esta vida porque Él es bueno, y
desea lo mejor para nosotros. Yo tampoco suprimiría los sufrimientos de esta
vida.

14. ¿No los suprimirías? No, no. Y por muchos motivos:


Para los que se comportan mal, el sufrimiento es una llamada de atención a
cambiar unas vidas que no van bien.
Quienes han pecado tienen en el dolor una oportunidad de reparar y hacer
penitencia.
Quienes llevan una vida santa desean sufrir para aliviar la cruz del Señor
ayudándole en la redención.
Decididamente, no se deben suprimir los sufrimientos de esta vida.

El mal en la edad moderna

El mal o la maldad es una condición negativa relativa atribuida al ser humano


que indica la ausencia de moral, bondad, caridad o afecto natural por su
entorno y quienes le rodean, actuar con maldad también implica contravenir
deliberadamente usando la astucia, los códigos de conducta, moral o
comportamiento oficialmente correctos en un grupo social.

Algunas definiciones indican a la maldad como el término que determina la


ausencia de la bondad que debe tener un ente según su naturaleza o
destino.[1] De esta forma, el mal sería la característica de quien tiene una
carencia, o de quien actúa fuera de un orden ético, convirtiéndose en
consecuencia en algo malo.

En la teoría platónica el mal es aquello en lo que no participa de ninguna


manera la idea del Bien. Platón entiende que como las ideas son perfectas y
positivas, todo lo malo es exclusivo del mundo sensible.

Maldad en la edad contemporánea

¿Por qué hay guerras, violencia y demás maldades en el mundo? ¿Es el ser
humano tan bueno y tan racional por naturaleza, como se ha afirmado en algunas
ocasiones? ¿Cómo podemos responder ante la cuestión del mal en el mundo?
Estas y otras más, no son preguntas novedosas en esta época. Ya se habían
dado algunas soluciones al respecto. Pero la filosofía contemporánea nos va a
ofrecer una nueva visión del ser humano bastante diferente.
Prácticamente en todas las épocas la racionalidad ha sido una de las
características fundamentales del ser humano y, sobre todo en la filosofía
moderna, la racionalidad fue el elemento fundamental en el que se confió para
conseguir un mayor progreso humano.
Pero, ¿realmente ese progreso ha existido?, ¿ha posibilitado la racionalidad
mayores cuotas de progreso?

La filosofía moderna, al menos en el siglo XIX, va a descubir que no. Tras esa
supuesta racionalidad que mueve el mundo y en la que confiaban mucho los
modernos, se esconde otra realidad que se disfraza de racionalidad y que hay
que tratar de desenmascarar. Surgen aquí los grandes maestros de la sopecha:
Marx, Nietzsche y Freud.

Para el período contemporáneo, hemos elegido al psiquiatra austríaco Sigmund


Freud (1856/1939). ¿Por qué razón?
Porque abrió una nueva dimensión, desconocida hasta entonces

Solución del mal

¿Quisieramos que no existiese el mal?
 
 Esto puede ser posible, sí, pero no
depende de Dios. Dios es bueno, y perfecto, y hace todo así. Estas son las
palabras del Génesis: “Y vio Dios que todo era bueno”. Dios creo al hombre
libre, es decir, con el poder de decidir lo que hacemos, con el poder de hacer el
bien o hacer el mal. Porque nos creó con una alma, nos da la libertad de hacer
el bien o el mal. Tan grande es su amor que no interrumpe nuestra libertad.
Quiere que nuestras buenas acciones y nuestro amor sean puros, auténticos y
reales, y que vengan de nosotros mismos libremente.
 
 Hay que distinguir
entre el mal físico y el mal moral. El primero se origina cuando se cruzan y
"chocan" fuerzas físicas y químicas que existen independientemente de nuestro
querer. Si conociésemos todas esas leyes se podrían evitar muchas
catástrofes, pero es claro que no siempre controlamos todo lo que va a ocurrir
(el rayo que caerá cerca de casa, la bacteria que se difunde por todos lados, el
mosquito que transmite la malaria, el terremoto que derrumba cientos de
casas).
 
 Existe otro mal que depende de cada uno: el mal moral. Este mal
nace cuando usamos nuestra libertad no para hacer el bien, sino para buscar
un fin egoísta que implica dañar a otros. Este mal es la fuente de muchos
dolores y angustias de la humanidad. Dios, sin embargo, no puede impedirlo,
pues, de lo contrario, tendría que quitarnos la libertad.
 
 Desde luego, es muy
alto el riesgo que nace de esa libertad, pues permite que puedan existir
hombres como Hitler, Stalin o Mao. Pero no hemos de olvidar que esa misma
libertad es la que hace que puedan existir también un Francisco de Asís, una
Madre Teresa de Calcuta, un Papa Juan Pablo II. A cada uno le toca decidir de
qué lado se va a colocar en la historia de la lucha entre el bien y el mal. Desde
que Cristo vino al mundo, la opción por el bien es posible para todos: basta con
dejarnos tocar por su amor redentor.
 
 Pero... ¿Por qué un Dios bueno
permite el sufrimiento de los niños y de los inocentes?
 
 Un niño, un inocente,
sufre como consecuencia del pecado original. Antes del pecado original, el mal
no existía en el mundo. Todo era perfecto y armonioso, pero Adán rompió esta
armonía con su desobediencia en el Jardín. Somos el culmen de la creación.
Cuando pecamos, la creación perdió su orden. Por ello el mal y el sufrimiento
entraron el mundo y existen hasta hoy. Cuando pecamos nos elegimos a
nosotros mismos sobre Dios, con un amor egoísta.
 
 Si queremos luchar
contra el mal y desterrarlo del mundo, debemos comenzar por nosotros
mismos. Somos los responsables de quitarlo del mundo, y lo haremos
contraponiéndole el bien. Cristo, con su amor a nosotros hasta la muerte a la
cruz, nos muestra que el sufrimiento es inevitable en esta vida, pero que puede
ser una cosa buena, y hasta causa de redención eterna. Si queremos el bien,
tenemos que hacerlo libremente. Dios no nos fuerza a hacerlo. Quiere nuestro
amor libre. ¿De qué le sirve un amor obligado?

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