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Encuentro con el Che en el INRA

El documento narra la experiencia de Carlos Romeo al conocer y trabajar con el Che Guevara en el Departamento de Industrialización del INRA en Cuba. Describe la personalidad del Che, su enfoque en la industrialización y los proyectos que impulsó, así como anécdotas sobre su carácter y su relación con otros miembros del gobierno. También se menciona la creación de leyes para la nacionalización de recursos y el impacto de la Revolución en la economía cubana.

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Encuentro con el Che en el INRA

El documento narra la experiencia de Carlos Romeo al conocer y trabajar con el Che Guevara en el Departamento de Industrialización del INRA en Cuba. Describe la personalidad del Che, su enfoque en la industrialización y los proyectos que impulsó, así como anécdotas sobre su carácter y su relación con otros miembros del gobierno. También se menciona la creación de leyes para la nacionalización de recursos y el impacto de la Revolución en la economía cubana.

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RUTH No. 3/2009, pp.

344-378

Palabra propia

CARLOS ROMEO*

Che**

Una tarde del mes de septiembre, mientras estaba en el despacho de


Oscar Pino Santos, se abrió la puerta y entró el Che. Acababa de regre-
sar de un prolongado viaje por los países no alineados y lo acababa de
nombrar Fidel jefe del Departamento de Industrialización del INRA
[Instituto Nacional de la Reforma Agraria], en sustitución del simpático
y descarado Moro Abich, quien había sido propietario de bodegas en la
Sierra Maestra y solía decirme: «¿Ves lo gordo que está Fidel? Eso es
por la comida que yo le daba en la Sierra. ¡Pero no se lo digas!»
Quien entró esa tarde en la oficina de Pino Santos fue la encarnación
actual de un héroe mítico de la antigua Grecia, vestido con un uniforme
militar de soldado y con su ya famosa boina negra con una estrella dorada.
Fraternal, saludó a su amigo Pino Santos y al serme presentado, me
extendió la mano con una mezcla de cortesía y de distanciamiento.
Me quedé impresionado por haber conocido, al fin, a ese personaje ya
legendario del cual había oído hablar muchas veces. La visita fue breve,
Che venía a saludar a Pino Santos y con su característica modestia le
pedía su ayuda para enfrentar esta nueva tarea que Fidel le había asig-
nado.
No pasó mucho tiempo antes de que utilizando el expediente del
«affaire Cárdenas»1 subiera al octavo piso del INRA con el pretexto de
* (1933). Economista franco-chileno. Trabajó en Cuba entre 1959 y 1963 como funcionario del
Ministerio de Industrias.
** Capítulo del libro de memorias, Recuerdos de mi ayer, inédito.
1
El entonces administrador de la refinería Arrechavala, en Cárdenas, propuso que se le otorgara
un crédito estatal de 4 000 000 de pesos para construir una fábrica de caramelos y remozar la
antigua refinería de azúcar en esa ciudad, cerrada por obsolescencia, y así darle empleo a los

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traspasarle al Che un tema evidentemente de la competencia del nuevo
jefe del Departamento de Industrialización. La puerta de la oficina esta-
ba abierta y a la izquierda estaba Che sentado frente a un buró acompa-
ñado del inefable Pancho García Vals, «el comisario político del Che»,
como me enteré más adelante. Frente a la puerta, el entonces capitán
Harry Villegas, el Pombo de la guerrilla boliviana, acostado en una buta-
ca doble, y un guerrillero de aspecto de cubano oriental inequívoco, el
primer teniente Hermes Herrera, sentado en una silla con una subame-
tralladora sobre las rodillas. Imposible concebir una decoración más
espartana y, por qué no decirlo, lamentable.
Con el pretexto de entregarle el famoso expediente inicié una conver-
sación con Che que duró no menos de tres horas. Al tocar temas sensi-
bles, le dije al Che: «Voy a ser muy franco», y contestó: «Esa es la única
manera de que podamos entendernos». Al finalizar el encuentro le soli-
cité trabajar bajo sus órdenes a lo cual el Che me contestó «Elige un
buró y ponte a trabajar». Así fue como ingresé al equipo que se estaba
formando en el Departamento de Industrialización del INRA. ¡Me ha-
bía vuelto a «colar»!
Con la autorización de Pino Santos empecé mis labores en el octavo
piso del INRA. Lo primero que hizo el Che fue, como buen guerrillero,
instalar una cocina para todo su colectivo en un pantry en el cual todos
almorzaban por turno, Che incluido. Bien pensadas las cosas, era verda-
deramente una «guerrilla» que pretendía iniciar el desarrollo industrial
de Cuba. Su jefe quería hacer cosas y en consecuencia los primeros
proyectos en cartera eran de una diversidad digna de una quincalla. A
saber, el proyecto favorito del Che, el guarapo enlatado destinado a
derrotar a la Coca Cola, una fábrica de pilas de linterna, la producción del
color caramelo para poder hacer un refresco cubano tipo cola, el desa-
rrollo de la mina de manganeso en Oriente y otros que ya no recuerdo.
Un día vi a los dirigentes sindicales de la famosa refinería de azúcar
cerrada en Cárdenas haciéndole antesala al Che. Me imaginé lo que Che
debió decirles sobre el proyecto. Salieron del encuentro y no quisieron
verme. Tiempo después cuando se empezó a comprar y a instalar fábri-
cas, la primera que me tocó estudiar y proponer su localización fue una
CARLOS ROMEO / Che

de bicicletas. Recordando los pasados acontecimientos en Cárdenas y la

antiguos trabajadores, a cuyos representantes utilizó como portavoz ante las autoridades del
INRA. Al perdirme Pino Santos mi opinión me opuse terminantemente al referido proyecto.

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fama que tenía esa ciudad por la abundancia de bicicletas, le propuse al
Che instalarla en esa ciudad, idea que aceptó inmediatamente. Y así fue
como un día me anunciaron la visita de la delegación sindical de marras
muy interesada en conocer cuántos puestos de trabajo se iban a abrir a
través de la nueva fábrica. Los atendí, les di la información solicitada y
antes de despedirse se excusaron por el mal rato que me habían hecho
pasar en Cárdenas, diciéndome que en esos días estaban «confundidos»,
pero ya no.
A poco andar llegaron los «reclutas» chilenos y se los presenté al Che.
De más está decir que también fueron inmediatamente ubicados ante
sendos burós o escritorios en la oficina contigua a la del Che en la cual
yo trabajaba, que se comunicaba interiormente por una puerta muy ne-
cesaria para el Che ya que el baño estaba en la oficina de sus ahora
asesores chilenos. Como mi buró estaba al lado de la puerta entre ambas
oficinas, cuando Che tenía que ir al baño, se sacaba su pistola Walter
7.65 que llevaba por debajo de la camisa suelta verde olivo, me la entre-
gaba y me decía: «Cuídamela». Quizás ese comportamiento se debió a
que, como Che me dijo un día, le recordaba por el físico a su entrañable
compañero de la guerrilla Ciro Redondo, muerto con los grados de capi-
tán durante la guerra.
A los pocos días de haber llegado, los reclutas chilenos me acompa-
ñaron a la segunda reunión de jefes de Zonas de Desarrollo Agropecuario,
convocada por Fidel. Se tocó el tema del ganado en los latifundios que
eran expropiados. Fidel planteó que había que pagárselo a los latifun-
distas al contado, lo cual provocó entre los asesores chilenos que inter-
vinieran con argumentos en contra, y le tocó a Jaime Barrios decir que
el pago constituiría un ingreso de recursos monetarios a individuos con-
trarios al proceso. Fidel rebatió ese argumento de tal manera que ahí
terminó la discusión. Con el tiempo nos dimos cuenta de que Fidel trata
de evitar hasta el último momento posible la conversión en enemigos
políticos de quienes todavía no lo son.
En esa reunión estaba sentado al lado del Che conversando, cuando
vi que se aproximaba hacia nosotros el comandante Humberto Sori Marín,
ex ministro de Agricultura y el Che al verlo acercarse me dijo de manera
que Sori Marín pudiera oírlo: «Cuidado con lo que me dices que este no
es de confianza», a lo cual Sori respondió visiblemente incómodo:
«¡Este Che tan bromista!» Unos meses después Sori Marín fue sor-
prendido conspirando y fusilado por traidor a la Revolución, y cuando
sucedió pensé que ese día el Che le había transmitido una advertencia,
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aparentemente bromeando con él. ¿Otra vez el principio de conservar
un aliado hasta el último momento posible?
En esos días iniciales fue cuando conocí a dos personajes que jugaron
un importante rol en esa etapa de la Revolución y de los cuales ya nadie
se acuerda, el primer teniente Orlando Borrego Díaz y el contador Ma-
nuel Travieso, los creadores del Sistema Presupuestario de Financia-
miento como respuesta casi desesperada a la avalancha de fábricas y
negocios que serían intervenidos a corto andar sin timidez alguna por el
entonces ministro del Trabajo, el comandante Augusto Martínez Sánchez,
y entregados a la administración del Departamento de Industrialización
del INRA. También conocí al soldado Julio Cáceres, guatemalteco ami-
go del Che con quien este había convivido en México, devenido jefe de
Personal del Departamento. Julio le contó anécdotas sobre el Che entre las
cuales estaba la de su actividad como fotógrafo en la calle, y que cuan-
do veía a una mujer con un niño que parecía ser su hijo le ofrecía «to-
marle una foto al chiquito» sin saber que con esa palabra, según Cáceres,
los mexicanos se refieren al «culo» de una mujer. Cáceres moriría pocos
años después como guerrillero en su país y el Che le dedicaría uno de los
relatos más conmovedores de su libro Pasajes de la guerra revolucionaria,
en el cual plantea las tres recomendaciones en que quiso sintetizar lo
que es la guerra guerrillera: «Movilidad constante, desconfianza cons-
tante y vigilancia constante».
Otro tema en el cual yo insistía y que provenía del programa político
de la candidatura de Salvador Allende a la presidencia de Chile en 1958,
era la nacionalización de los recursos minerales y petroleros del país.
Ante mi insistencia Che me dijo: «Prepara un proyecto de ley». Escribí
dos proyectos, uno para los recursos minerales y el otro para las reser-
vas petroleras. Cursaba el mes de octubre de 1959, y un día que el Che
iba a un Consejo de Ministros, el máximo organismo de gobierno bajo la
dirección del entonces primer ministro Fidel Castro, le entregué los dos
proyectos. Che me dijo: «No van a pasar», refiriéndose al ala derechista
del 26 de Julio que todavía detentaba ministerios a la sazón. Le contes-
té que sí y finalmente, le ofrecí una apuesta que Che rechazó en primera
instancia toda vez que el juego ya había sido prohibido en Cuba. Insistí
CARLOS ROMEO / Che

sobre la base de que la apuesta era una caja de puros: si perdía se la


regalaría al Che y si ganaba, Che me la regalaría. Che no contestó y se
llevó los dos proyectos de ley.
El 26 de octubre de 1959 Fidel convocó al pueblo ante el Palacio
Presidencial con motivo de una incursión aérea de Díaz Lanz, ex jefe de
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la Fuerza Aérea Revolucionaria, quien había traicionado huyendo a Es-
tados Unidos. Díaz Lanz dejó caer sobre La Habana varias bombas, por
suerte de bajo poder explosivo. Fue la ocasión en que Fidel abiertamen-
te planteó que una guerra con Estados Unidos se les venía encima a los
cubanos de la Isla. Y en medio de su discurso, en un momento de gran
exaltación exclamó: «Y la ley de minas va, y la ley del petróleo va!» Me
encontraba entre el pueblo frente a Palacio y pensé: «¡Gané la apuesta!»
Al día siguiente, al entrar en la oficina, sobre mi buró, había una enorme
caja de marquetería de madera, decorada con el escudo nacional de Cuba
en colores y en su interior, con una dedicatoria del comandante Ernesto
Che Guevara, distintos puros cubanos. Jaime Barrios, sabedor de la
apuesta, en un momento de lúcido oportunismo comunista dijo: «Yo
me quedo con la caja y renuncio a mis puros», con lo cual al autor de la
apuesta no le quedó más recurso que recibir su «cuota» de puros que
guardó en un cajón de su buró y que los escoltas del Che, sabedores de
ello, se encargaron de saquear en la medida de sus necesidades, hasta
que se acabaron.
Pero antes de esa etapa en que el Departamento de Industrialización
fue desbordado por la cantidad de fábricas y negocios intervenidos que
pasaron a su administración, a la velocidad vertiginosa que iba adqui-
riendo la Revolución transcurrirían solo algunos pocos meses, el Che
inició una relación de trabajo con sus asesores a quienes planteaba pro-
blemas económicos y políticos que el gobierno iba confrontando, en
espera de escuchar ideas «valiosas» sobre el quehacer, conversación que
sus asesores hacían todo lo posible por desviar hacia el recuento de
anécdotas de la lucha guerrillera y sobre sus principios, campo al cual
no era muy difícil arrastrar al Che. Así, tuvieron el placer de conocer y
disfrutar del talento narrativo del Che, su delicado sentido del humor,
sus anécdotas personales en las cuales era el «antihéroe» porque se caía
o salía corriendo, salvo en aquellas utilizadas por él para expresar prin-
cipios de la guerra de guerrilla.
De estas nunca olvidaré aquella en la que Che explicaba la escasa
operatividad de la aviación en contra de los guerrilleros y relataba cómo,
solo y a caballo, en un campo descubierto, un avión militar lo vio y picó
para ametrallarlo, y él, sabiendo que cuando un avión de combate pica no
puede cambiar su curso, se apartaba de la zona que sería acribillada con
un corto galope del caballo hacia un lado, maniobra que repetiría hasta
que el avión desistía de su proyecto original. Así, en un tono serio y
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pedagógico, Che explicaba cuán fácil era eludir un avión de combate en
picada, maniobra que para él no tenía ninguna connotación heroica o
meritoria, salvo la de salir con vida del incidente.
Un día el Che me entregó el primer capítulo de un libro que empeza-
ba a escribir para que sus cuatro economistas asesores chilenos le die-
ran su opinión. Se trataba de Guerra de guerrillas. Al leerlo, quedamos
impactados por la envergadura de su análisis político y por sus tesis, a
saber:
1. Las fuerzas populares pueden ganar una guerra contra el ejército.
2. No siempre hay que esperar a que se den todas las condiciones
para la revolución; el foco insurreccional puede crearlas.
3. En la América subdesarrollada, el terreno de la lucha armada
debe ser fundamentalmente el campo.
Hay que tener en cuenta el momento. Hasta entonces regía un axio-
ma en la política latinoamericana que decía: «Se puede hacer una revo-
lución con el ejército, sin el ejército, pero nunca contra el ejército». Era
el año 1959 en la Cuba revolucionaria, octavo piso del INRA, Departa-
mento de Industrialización. Nunca se había escuchado este tipo de len-
guaje entre los políticos de la izquierda latinoamericana. ¡Pero Fidel
había demostrado que sí se podía! Más aún, plantear que el terreno de la
lucha armada es el campo y no las ciudades, donde radica la clase obre-
ra, era para los partidos comunistas una herejía solamente perdonable a
los chinos, porque habían ganado. Pero los asesores eran todavía, yo al
menos, intelectuales de izquierda. Por ello, al recibir los capítulos si-
guientes, buscamos afanosamente otras grandes ideas esclarecedoras
del obrar revolucionario y quedamos defraudados cuando a poco andar,
el Che entró de lleno en la temática de la táctica guerrillera, en la cual
exponía el quehacer de la guerrilla hasta llegar a detalles como la impor-
tancia del calzado, de un pedazo de nailon para cobijarse, y otras reco-
mendaciones de esa índole. Recuerdo que Jaime, el más esclarecido del
grupo dijo: «No tiene tiempo por su trabajo para continuar el alto nivel
analítico del primer capítulo», y a decir verdad, sus asesores económi-
CARLOS ROMEO / Che

cos perdieron el interés por la obra. Pero en el futuro, que yo entonces


aún no podía predecir, comprendería por propia experiencia en los montes
venezolanos que sin el dominio de esos «detalles» aparentemente in-
trascendentes que Che describía como táctica guerrillera, se termina
muerto y adiós al objetivo estratégico: la revolución. La táctica es
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demasiado concreta y específica y por consiguiente no es del gusto de
los intelectuales de izquierda quienes sí se apasionan por la estrategia,
la gran solución general, que lleva «idealmente» al triunfo revoluciona-
rio.
Un día, y no sé por qué, Che, sentado frente a sus cuatro asesores
chilenos, dijo: «No me importa con qué mujeres ustedes tienen relacio-
nes. Solo les pido que no sea con las que trabajan en el Departamento,
porque bajo el gobierno batistiano, una muchacha para lograr un trabajo
debía generalmente acostarse con su jefe y este no es el caso bajo el
Gobierno Revolucionario». Yo estaba entonces enamorado de Anita, la
secretaria de Pedro Miret.
A fines del mes de diciembre de 1959, por la mañana, el Che se reu-
nió con sus asesores y les dijo: «Tengo plena confianza en ustedes. Va-
mos al socialismo a todo galope». Su declaración nos impactó a pesar de
que esa era la esperanza soñada y para nosotros constituyó una certeza
ya que Che nunca lo habría expresado si no fuera porque era el rumbo
trazado por Fidel. Solo 12 meses habían pasado desde el día del triunfo
de la Revolución. Los acontecimientos se sucedían a velocidades verti-
ginosas y en un año ya yo había vivido más que la mayoría de los hom-
bres durante toda su vida.
Por aquel entonces había reuniones periódicas «secretas» en una casa
de Cojímar entre cuadros del Partido Socialista Popular (PSP) bajo la
dirección de Carlos Rafael Rodríguez y los asesores chilenos, con el Che
presente. Se recomendaba hacer maniobras de desorientación por si acaso
eran seguidos. Recuerdo cómo me sentía protagonista de una escena de
un filme de espionaje cuando mirando hacia atrás trataba de cerciorar-
me de que no era seguido ¿por quién?, no importaba. Durante esos en-
cuentros se discutía y se proponía de todo, incluso la destitución de un
ministro o una nueva ley revolucionaria. Por ello, Carlos Rafael creó el
término de «los locos de Cojímar», porque decía que si alguien al pasar
los hubiera escuchado habría pensado que esos locos se creían gobier-
no. Años después Tad Szulc en su libro Fidel, a Critical Portrait hablaría
del llamado «gobierno secreto» contando por primera vez la existencia
de ese grupo de «locos».
Otro de mis temas favorito como «experto» era el control del Banco
Nacional de Cuba (BNC), el banco central que a su vez era el accionista
principal de los Bancos Estatales de Desarrollo Agropecuario, de Desa-
rrollo Industrial y del Comercio Exterior (BANCEX), entidades que
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habían financiado inversiones de la oligarquía criolla y que eran por
tanto tenedoras de obligaciones de las empresas resultantes. «Tanto va
el cántaro al agua que al final se rompe». Pero esa no fue la razón por
la cual en diciembre de 1959 Che fue designado presidente del Banco
Nacional de Cuba. Probablemente y casi con seguridad, un caso de sim-
ple coincidencia. Y valga el viejo chiste de la época que dice que des-
pués de la reunión en que nombraron al Che presidente del Banco
Nacional, este le pregunta a Fidel por qué él, y Fidel le contesta: «Por-
que tú levantaste la mano cuando pedí a un economista», a lo cual Che
le habría dicho: «Pero, Fidel, ¡yo entendí que tú querías un comunista!»
Che se instaló en el Banco Nacional y se llevó con él a Jaime Barrios
porque sin dudas ya se había dado cuenta de que Jaime era no solamen-
te el mejor de sus asesores sino también el de más criterio político y
madurez. Venía los miércoles por la tarde al Departamento de Indus-
trialización a revisar la marcha de los diferentes proyectos a los que ya
se hizo referencia. Esa era la oportunidad de Hilda Gadea, su primera
esposa, para traerle a su hija Hildita por quien Che tenía un entrañable
cariño. Estaba ya casado con Aleida March, a quien conoció durante la
campaña de Las Villas.
Uno de los reclutas chilenos que siguió al grupo inicial de asesores
fue Albán Lataste, cuatro años más adelantado en la Facultad de Eco-
nomía que yo, y quien había estudiado en Harvard gracias a una beca
que ganó. Durante su estadía en esa universidad trabó relación con el
famoso economista marxista estadounidense Paul Sweezy, autor de un
excelente libro que había estudiado, titulado Teoría del desarrollo capitalis-
ta. Albán mantenía comunicación con él y recibió una carta en la cual
Sweezy proponía visitarlo en Cuba. Albán consultó al equipo y se deci-
dió comunicárselo al Che, quien inmediatamente estuvo de acuerdo con
el viaje. Sweezy vino acompañado por Leo Huberman, autor del cono-
cido y excelente libro Los bienes terrenales del hombre, que explica la histo-
ria del desarrollo capitalista desde un enfoque teórico marxista. Como
era de esperar, quedaron fascinados por el Che y este por la madurez
política y la actitud de colaboración que mostraron los dos estadouni-
CARLOS ROMEO / Che

denses. El 4 de marzo de 1960, los llevé a la concentración convocada


en la calle 23 a la altura de la calle 12 con ocasión de los funerales de los
fallecidos en el barco francés La Coubre, volado por la CIA en el puerto
de La Habana, y al no poder pasar al frente del estrado que había sido
levantado para que hablara Fidel, los conduje por detrás. Fue el día en
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que Fidel pronunció por primera vez el que sería más tarde lema: «Pa-
tria o Muerte». Huberman, al dedicarme un ejemplar de su libro escri-
bió: «A Carlos Romeo que me permitió ver por primera vez a Fidel (por
detrás)». Esa fue la ocasión en que Korda logró su famosa foto del Che.
Ya en 1960 el número de empresas intervenidas por el Gobierno
Revolucionario y entregadas al Departamento de Industrialización se
hacía agobiante. En esa coyuntura sucedieron cosas notables y otras
que rayan casi en la desesperación. Entre las notables está la instalación
por Orlando Borrego y Julio Travieso del Sistema Presupuestario de
Financiamiento que se le aplicó a todas las empresas. Consistía en una
cuenta para cada empresa, en la cual estas debían depositar todos sus
ingresos, y otra cuenta de gastos pero presupuestados, sobre la cual
podían girar libremente pero sin sobrepasar el límite presupuestado para
cada ítem. Todo traspaso de un saldo positivo en un ítem para cubrir
otro ya agotado debía ser autorizado por el Departamento de Industria-
lización. En esos días nadie pensaba que esta experiencia sería la base
empírica de la famosa tesis del Che sobre la no vigencia de las relacio-
nes mercantiles dentro de la economía estatal cubana y su vinculación
con el desarrollo de la conciencia socialista.
Asumir la administración de una empresa intervenida o nacionaliza-
da exigía seleccionar a su personal dirigente. En la medida de lo posible
se mantenía el mismo personal. Pero se vivía una intensa lucha política
y en la mayoría de los casos se hacía imprescindible sustituirlos. Pero,
¿por quiénes? A tal efecto, en 1960 se organizaron cursos masivos de
capacitación. Me tocó impartir clases de Economía Política en los loca-
les de La Flor Martiana en las calles 100 y 41, Marianao. Se utilizó el
texto de Leo Huberman que rápidamente había sido traducido al espa-
ñol y editado en Cuba. Tenía un curso de 100 o más personas. Una
noche me encontré con el aula casi vacía lo que me provocó cierta in-
quietud. Pero en las noches siguientes empezaron a regresar mis alum-
nos dándome la explicación de que ya habían sido nombrados como
administradores de empresas que habían sido intervenidas, entre ellas
muchas estadounidenses. No habría sido recomendable poner la mano
en el fuego por el nivel de preparación de estos nuevos administradores
pero, ¿qué hacer? En una lucha política encarnizada siempre lo político
tiene la prioridad con respecto al dominio técnico. ¿Qué si hay que pa-
gar un precio por ello? ¡Claro que sí! ¿No se derrumbó uno de los dos
hornos Martin de la fábrica Antillana de Acero que fabricaba cabillas por
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un extremismo político del administrador que despidió a los ingenieros
sobre la base de que «la clase obrera se basta a sí misma»? ¿O cuando en
un rapto «obrerista» y asarampionado se declaró con toda pompa que
un obrero había resuelto el problema de los contactos de platino de las
centrales telefónicas sustituyéndolos por secciones de presillas para papel
de alambre de acero que tenían casualmente el mismo diámetro, que
dicho sea de paso, duraban algunos días solamente? La lista sería larga
pero, ¿se detiene el avance de la Revolución cuando empresarios y téc-
nicos emigran a Estados Unidos a la espera de que las tropas yanquis
invadan el país y les devuelvan sus propiedades y sus cargos en ellas?
Para bien o para mal así se hicieron las cosas. Orlando Borrego en uno
de sus libros relata la estupefacción de Jean-Paul Sartre al ser invitado a
un acto de toma de posesión de la administración de empresas interve-
nidas por jóvenes mozalbetes. «Están locos», dijo Sartre. ¿Es que había
otro camino? No creo que lo hubiera pero de haberlo habido, sencilla-
mente lo ignorábamos.
Entre las cosas no notables está también el encargo del Che de que
me ocupara de las industrias papeleras y químicas, ¡a mí, que nunca
había podido aprobar un examen de Química a la primera! «Cosas vere-
mos, Sancho». Y la razón era muy simple: siempre la confianza política
por encima de la competencia técnica cuando ya la lucha de clases esta-
ba al rojo vivo y la injerencia americana a «tutti plen».2
Utilizar el papel es una cosa pero conocer cómo se fabrica es otra
muy diferente y yo tenía la suficiente inteligencia para darme cuenta de
mi ignorancia, lo que motivó visitas a las empresas que estaban bajo mi
responsabilidad. Primero, el recorrido de la tecnología acompañado
por el administrador de antes de la Revolución todavía en funciones o
por el ingeniero principal, para adquirir nociones «culturales» del proce-
so productivo y de sus problemas. Después, me encuentro con un «com-
pañero de confianza política» previamente identificado, al cual le
preguntaba quiénes eran los técnicos indispensables para que la fábrica
no se parara. Una vez conocidos sus nombres, tratamiento especial para
ellos durante la visita a la fábrica, oferta de resolverles cualquier proble-
ma, entrega del número de teléfono de la oficina, e invitación a visitar-
CARLOS ROMEO / Che

me cuando fueran a La Habana.


Otro caso, risible y que hoy me llena de vergüenza, sucedió durante
la visita a la fábrica de fertilizantes nitrogenados de Matanzas, cuando
2
Expresión típicamente cubana que quiere decir «en todo su apogeo».

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el comandante Gustavo, Tabo, Machín, administrador revolucionario de
la planta, me mostró unas 4 000 toneladas de nitrato de amonio dentro
de un almacén parabólico de concreto. Como parte de mi cultura quími-
ca se la debía al Reader’s Digest, recordé el artículo sobre la catástrofe
sucedida en 1917 en el puerto canadiense de Halifax, cuando un barco
cargado de nitrato, seguramente chileno, voló por los aires y destruyó la
ciudad debido a la explosión del nitrato equivalente a una fuerza explo-
siva de cuatro kilotones. Puse «en guardia» a Tabo Machín y muy proba-
blemente lo angustié gratuitamente gracias a mi ignorancia revestida de
seriedad seudotécnica. ¿No era acaso uno de los asesores del Che?
En lo personal, fracaso total en mi empeño de casarme con la bella
Anita para quien había hasta alquilado una villa con piscina en Bejucal
y había ordenado muebles diseñados especialmente para esa casa. Anita
la visitó conmigo una tarde y salió huyendo de un destino en el cual la
transformarían en una ama de casa viviendo a 50 kilómetros de La Ha-
bana, ella, secretaria de un ministro y ya niña mimada de todo el gobier-
no. ¿Perderse las emociones de la Revolución desde ese nivel? ¡Ni
pensarlo!
Hay momentos en que uno tiene la suerte de poder plantearse un
dilema que uno está confrontando y tener, además, que elegir uno de
los dos caminos que se le ponen por delante. Dormí únicamente una
noche en esa casa de Bejucal, solo, y quizás por ello pude darme cuenta
de que o bien me quedaba con esa casa y con todo lo que ello suponía,
o bien seguía trabajando con Che y me olvidaba de casa, muebles, y lo
que es más importante, que o bien yo dominaba a las «cosas» o ellas me
dominaban a mí. Vivir para tener o tener para poder vivir como uno
quiere, lo cual no es en absoluto la misma cosa. Esa noche elegí tener lo
necesario para poder vivir como yo quería.
El descalabro sentimental me «multiplicó por cero», expresión que
trata de describir una incapacidad casi total para pensar en otras cosas y
por tanto para trabajar, pero consciente de mi lamentable estado le pedí
permiso al Che para pasar un tiempo con las Fuerzas Tácticas del Cen-
tro, la tropa del Che, que estaba construyendo la ciudad escolar Camilo
Cienfuegos al pie de la Sierra Maestra. Permiso concedido, me trasladé
hasta el lugar en mi Ford V8 que había sustituido a la «cuña» Mercury, y
me presenté ante el comandante Armando Acosta, a quien había cono-
cido en las oficinas del Che. Este me recibió con mucho afecto y me
dijo que me alojaría con él en su casa. Pensé: «Por lo menos estaré alo-
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jado a nivel del jefe». Pobre de mí, como dicen los argentinos, no me
había percatado de que todavía eran guerrilleros y la «casa» del jefe era
una barraca de tablas con cuatro literas dobles revestidas de unas sába-
nas que una vez, hacía ya mucho tiempo, habían sido blancas.
Aguanté no más de tres o cuatro días y fui a despedirme del coman-
dante Acosta. Este denotó vacilación toda vez que no sabía si había
venido voluntariamente o si había sido enviado por el Che como casti-
go. Cuando me di cuenta del dilema prácticamente huí del lugar y no
paré hasta llegar a La Habana.
Repuesto, pero con la espina aún clavada en el corazón, como diría
una canción romántica de segunda de esa época, me trasladé a vivir al
hotel Copacabana sobre el litoral del barrio de Miramar. Un día recibí
una llamada telefónica de mi madre desde Santiago de Chile que me
comunicaba que no siendo capaz de controlar a mi hermanito de casi
16 años, me lo enviaba a Cuba para que me hiciera cargo de él. Víctor
llegó y lo alojé conmigo en el Copacabana. Al día siguiente se lo presen-
té al Che y le pedí permiso para enviarlo con el comandante Acosta a la
ciudad escolar en construcción de la cual había «huido» casi vergonzo-
samente, para que adquiriera los valores revolucionarios. Al Che la idea
le pareció muy buena y dijo: «Yo debería hacer lo mismo con mi herma-
no menor». Muchos años después se lo contaría a Juan Martín Guevara
en Buenos Aires y este me diría que pese a su entusiasmo, su padre no
aprobó el proyecto. Así y todo, Juan Martín devendría montonero.
En espera del viaje a la ciudad escolar Camilo Cienfuegos, Víctor me
acompañaba a todas partes y una mañana al salir del hotel, el portero
nos pidió de favor que lleváramos a un cliente hacia el centro de La
Habana. Resultó ser una hermosa mujer, modelo de profesión, estadou-
nidense. Conversamos durante el trayecto, yo en mi mal inglés, y al
bajarse la joven me dijo: «Quisiera volver a verlo», cosa que resultó muy
fácil ya que habitábamos el mismo hotel.
Resultó ser que la «gringuita» era de una familia del social register de la
costa oeste de Estados Unidos, con un abuelo que aún tenía una empre-
sa de corredores de acciones en la New York Stock Exchange, pero ella
CARLOS ROMEO / Che

no había acabado de sentar cabeza y había venido a pasar una tempora-


da en la playa de Varadero con una amiga, también estadounidense.
Sin ninguna originalidad, la cosa terminó en la cama el mismo día que
Víctor partió para la provincia de Oriente junto al controvertido perso-
naje René Dumont y a Sergio Aranda.
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Choque de culturas: ella, Miles Davis, él, Los Panchos y Lucho Gatica;
ella contándole de sus anteriores amantes, él desestabilizado por una
liberación sexual que ya venía caminando al menos en Nueva York pero
que aún faltaba mucho para que llegara a Santiago de Chile; ella, la
búsqueda de la realización existencial para escapar de los moldes socia-
les; en mi caso, romper los moldes para hacer una Revolución Social.
Un viernes Che me dijo: «Vamos a visitar unas fábricas en Matanzas
durante el fin de semana. Nos vemos el sábado por la noche en la hene-
quenera a la entrada de Varadero». Partí ese mismo día con la americana
quien me dejó en la henequenera y regresó a La Habana en el Ford V8.
Ya de noche llegó el Che. Lo esperaban todos los obreros de la instala-
ción y tuvo que decir algunas palabras. Después me fui en el mismo
carro del Che hasta una casa en Varadero donde ya estaban Aleida, su
esposa, y la madre del Che. Mujer menuda, muy bien conservada, ha-
blaba un francés perfecto y, muy hábilmente, no interfería para nada en
las relaciones entre Che y Aleida.
A la mañana siguiente caminé hasta la playa que se encontraba a
unos 100 metros y contemplé ese maravilloso mar tranquilo y de colo-
res que van desde el verde esmeralda, pasando por el azul turquesa
hasta el azul marino, dependiendo de la profundidad y del fondo. Me
dieron ganas de bañarme pero no había llevado trusa. Entonces, con un
escolta, fui hasta las oficinas del Instituto del Turismo donde encontré
al comandante Jesus Montané Oropesa. Lo hice partícipe de que el Che
estaba en Varadero y solicité algunas trusas o shorts para que Che y los
demás pudieran bañarse. Y agregué: «Sería una oportunidad para que
Che pudiera dar un paseo en una embarcación». Minutos después llegó
a la casa donde estaban alojados un vehículo en que traían un puñado
de shorts y como a la hora divisé al final de la calle que daba a la playa
el perfil de un motovelero, el Río Damuji, fondeando a unos 100 metros
de la playa. Con toda inocencia le comuniqué al Che las novedades y
cuando indagó sobre la causa, le dije que muy posiblemente el coman-
dante Jesús Montané se había enterado de su presencia en Varadero y
había enviado shorts y embarcación para él. El Che era demasiado inte-
ligente para tragarse ese cuento pero no dijo nada. Finalmente todos
nos trasladamos a la playa para subir a bordo del Río Damuji.
Sucedió un episodio simpático. Del barco vino un bote de madera
con un remero que no tendría más de 12 o 13 años para llevarnos hasta
la embarcación. Entonces se pudo ver al héroe legendario sentado con
cara de resignación en la popa del bote, con Aleida al frente, y el niño
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remando, mientras que la madre del Che nadaba al lado con un magnífi-
co estilo. Nunca olvidaría ese episodio de «las cosas al revés».
Al subir a bordo Che le preguntó a Aleida: «¿Trajiste al camarada
Mao?» Y Aleida le entregó uno de los tomos de las Obras escogidas del
dirigente chino. Yo, en cambio, me fui a popa y con una vara de pesca
que encontré lancé al agua el nailon con una carnada artificial con tan
buena suerte que a poco andar o mejor dicho navegar, picó una barracuda
de buen tamaño que logré subir a bordo. Al oír el escándalo Che soltó al
camarada Mao y cogiendo su cámara tomó unas fotos del acontecimiento.
¿Dónde estarán esas fotos?
Che envió al Conejo Maldonado a trabajar en el Banco de Comercio
Exterior para apoyar y asesorar al comandante Alberto Mora recién nom-
brado presidente. Pero, expresión del equilibrio político, si bien Mora
venía del Directorio Revolucionario, su segundo al mando era Jacinto
Torras, economista y antiguo miembro del Partido Socialista Popular.
Maldonado en el BANCEX, Jaime en el BNC, de los cuatro primeros
asesores chilenos quedé solo en el Departamento de Industrialización
ya que Sergio Aranda trabajaba con Pino Santos y Edmundo Meneses
había sido enviado a la provincia de Oriente donde se enamoró de una
muchacha cubana, con quien a poco andar se casó y siguen juntos hasta
el día de hoy. Pero se habían incorporado Albán Lataste y Alberto Martínez
al Departamento de Industrialización del INRA. Alberto Martínez fue
enviado por Che a apoyar a Regino Boti, devenido director ejecutivo de
la recién creada Junta Central de Planificación, y Albán siguió tiempo
después el mismo camino. Ambos llegaron a ser viceministros de esa
institución. También el Conejo Maldonado llegó a viceministro de Co-
mercio Exterior y le tocó la responsabilidad de reorientar las relaciones
comerciales de Cuba hacia los países socialistas.
Los despachos diarios con el Che, más bien nocturnos para ser exac-
to, se trasladaron al Banco Nacional de Cuba. Al llegar éramos recibi-
dos por el inefable José [Manuel] Manresa, secretario y jefe de Despacho
del Che, al cual se le preguntaba al entrar «cómo estaba el ambiente».
En mi caso, después de haber terminado, me dirigía a la Bodeguita del
CARLOS ROMEO / Che

Medio, donde me sentaba en la mesa de Carlos Puebla y ordenaba una


botella de ron, ¡pues con esa cantidad apenas le alcanzaba al cantante
para aclarar la voz! Como había adquirido una guitarra por solo cuatro
pesos en la exposición soviética que se presentó en La Habana a principios
del año 1960 y pretendía aprender a tocar el instrumento, Carlos Puebla
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me ofreció clases gratis por las noches en la Bodeguita, oferta que
acepté con toda ingenuidad. Obviamente era una botella por noche, y
de clases, ¡nada! Pero sí, en cambio, una buena borrachera de un grado
tal que, así y todo, me permitía conducir mi carro hasta donde residía.
Todos nos enamoramos de las canciones revolucionarias que Carlos
Puebla había sacado, y la que más me gustaba era Llegó el comandante y
mandó a parar. Pero, y no me da vergüenza reconocerlo, yo era el más
asiduo a la Bodeguita del Medio. Me encantaba atravesar la Plaza de la
Catedral después de la media noche, con los sentidos en su punto por el
ron añejo que inevitablemente había bebido con Carlos Puebla. En aque-
llos días, con unos pocos faroles iluminando ese cuadrado perfecto, con
la catedral de un sobrio barroco al norte, un edificio del siglo XVIII al
frente y otros dos, tanto o más antiguos a los lados, sentía como si
hubiera retrocedido 200 años en el tiempo. Hoy, en cambio, esa plaza
prostituida por un turismo seudocultural, despierta en mí la misma ira
que seguramente experimentó Jesús cuando a latigazos expulsó del tem-
plo a los mercaderes.
Un día cualquiera llegaron hasta las oficinas del Departamento de
Industrialización dos alemanes de la entonces República Democrática
Alemana (RDA) para ofrecer maquinaria de su país. Para los asesores
rojos del Che fue un acontecimiento y los recibieron con la mejor inten-
ción de que sus objetivos prosperaran. Entre las ofertas estaba una fá-
brica de máquinas de coser y uno de ellos, en tono confidencial me dijo:
«¡También sirven para hacer ametralladoras!» Pero realmente el objetivo
de los visitantes era establecer al menos relaciones comerciales con Cuba
y los asesores no podíamos estar más de acuerdo con esa idea. Buscan-
do una manera de formalizar estas relaciones a Jaime Barrios se le ocu-
rrió redactar una carta que firmaría el Che invitando a la Cámara de
Comercio de la RDA a visitar Cuba. Jaime se sentó ante una máquina de
escribir y redactó la carta que Che firmó sin vacilar. Los alemanes ha-
bían superado con creces sus objetivos más ambiciosos y en señal de
gratitud invitaron al equipo a cenar al hotel Nacional.
En marzo de 1960 llegó la delegación de la Cámara de Comercio de la
RDA y el traductor era, qué casualidad, un alemán que había vivido gran
parte de su vida en Chile. De apellido Klein, «como la farmacia Klein
en Santiago», les decía. El Che me encargó la tarea de la formalización
de las relaciones comerciales con ese país y por consiguiente, durante el
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encuentro final en el salón de reuniones del Banco Nacional, al que
llegué tarde, Che me invitó a sentarme a su lado. En una manifestación
casi asombrosa de generosidad Che había encargado un servicio de be-
bidas y canapés al famoso restorán Floridita, a donde Hemingway iba a
tomarse sus daiquiríes. En ese momento la discusión era sobre el precio
del azúcar cubana que los alemanes querían comprar, pero las instruc-
ciones que tenía el joven comprador alemán no le permitían aceptar el
precio que pedía el Che. En ese momento el alemancito estaba acongo-
jado ante el dilema que no podía resolver y Che ya se había tomado un
daiquirí y, sin estar acostumbrado a las bebidas alcohólicas, él también
tenía la cara sonrosada. Les ofrecieron otro daiquirí y el Che al tomarlo,
me dijo: «Otro trago más y les declaro la guerra». Hay que haber cono-
cido al Che para darse cuenta de su fino y sutil sentido irónico en virtud
del cual se estaba burlando de sí mismo en su papel de «hombre de
Estado» al cual el guerrillero no estaba acostumbrado pero que final-
mente la historia lo obligó a asumir.
A partir del establecimiento de relaciones diplomáticas con la RDA,
su gobierno envió a Cuba un grupo de cinco científicos y economistas
para ayudar a definir un plan de desarrollo. Desde luego que la atención
al grupo me correspondió. Y uno de los problemas más complejos que
tenía el país era lograr hacer funcionar la fábrica estadounidense de níquel
de Moa construida sobre la base de un muy novedoso procedimiento
hidro-metalúrgico que la hacía única en el mundo. Los 800 kilómetros
desde La Habana a Moa se recorrieron en el avión ejecutivo del Che, el
Cessna 310C, piloteado por Eliseo de la Campa, y allí se organizó un
recorrido por la planta bajo la conducción del aún administrador esta-
dounidense. Todavía recuerdo al profesor Leibnitz parado debajo del
reactor diciendo con asombro: «¡Ácido sulfúrico a 190 grados! ¿Qué
pasará ahí dentro?» Estaba claro que los alemanes no habían visto y ni
siquiera leído nada sobre la producción de sulfuro de níquel-cobalto por
lixiviación en ácidos sulfúrico y sulfhídrico.
Pero ya se había extraído secretamente un tanque de 55 galones con
sulfuro de cobalto-níquel producido durante la puesta en marcha por
CARLOS ROMEO / Che

los estadounidenses. Raúl León y yo habíamos preparado una operación


de extracción que fue fructífera y esa muestra había sido enviada a la
URSS. La respuesta de los soviéticos fue que podían asimilar toda la pro-
ducción de Moa, cuando se lograra arrancar la planta, cosa que es otra
historia a contar más adelante.
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Se programó un encuentro del equipo de expertos alemanes con el
Che en su oficina del Banco Nacional que empezó después de la media-
noche y duró hasta cerca de las 5 de la madrugada, durante el cual los
alemanes rindieron su informe verbal al Comandante. Ya bien entrada
la madrugada, el hambre me hizo salir del salón de reuniones y dirigir-
me al pantry de la presidencia del Banco donde encontré a Manresa co-
miendo un suculento filete. Al manifestar mi hambre Manresa me dijo:
«Queda uno y te lo puedes comer» cosa que hice de inmediato para
regresar posteriormente a la reunión. A la hora de despedirnos recuerdo
que el Che dijo: «Bueno, señores, ahora voy a meterle mano a una carne
que tengo guardada». Al oír eso, me apresuré a despedirme y salí a toda
velocidad del Banco sin atreverme jamás a averiguar si le había comido
el filete al Che.
En verdad, yo había logrado establecer una relación personal muy
estrecha con Che hasta el punto de que fui el primero en pedirle su
avión personal prestado para llevarme a misiones fuera de La Habana y
nunca me lo negó en las tres o cuatro ocasiones en que lo hice. Ello me
permitió establecer una amistad con Eliseo de la Campa, su piloto, ex
propietario de una vaquería que le permitía en 1959 conducir su propio
Porsche deportivo, que le ocasionó la fractura de una pierna en un acci-
dente. Eliseo, ya adscrito al Che en cuerpo y alma, entregó su vaquería
al Gobierno Revolucionario y se dedicó exclusivamente al servicio del
Che. Una vez volando el Cessna 310C en compañía de un no piloto,
tropezaron con un avión que había venido de Estados Unidos para
bombardear un central azucarero. Eliseo, al darse cuenta de lo que ocu-
rría, le entregó la dirección del avión a su acompañante y con su fusil
automático FAL que llevaba, ametralló al avión y lo abatió. Che, al
enterarse del combate aéreo, le regaló como muestra de reconocimiento
una de las codiciadas pistolas 9 mm Stetchkinov de 20 balas, que dispa-
ran tiro a tiro y también ráfagas.
Un día llegó a mi oficina Fofó Gutiérrez, mexicano que apoyó en
cuerpo y alma a los revolucionarios cubanos durante su exilio y entrena-
miento en México y que ya en el poder, había sido nombrado gerente
del recientemente creado Instituto Cubano del Petróleo, pues tenía en
su país una sociedad para la exploración petrolera. Fofó le traía un rega-
lo al Che, pero conociendo su carácter, tenía dudas con respecto a en-
tregárselo. Me pidió mi opinión sobre si Che lo aceptaría y desenvolvió
un paquete en el cual estaba un hermoso jacquet de cuero verde olivo
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con puños y cuello en lana azul oscuro. Le dije que siendo del color del
uniforme no creía que el Che se lo rechazaría. Y así fue, esa es la prenda
que Che llevaba el 4 de marzo de 1960 cuando el fotógrafo Korda,
futuro amigo, lo inmortalizó en una de las 100 fotos más importantes
del siglo XX.
Los amores con la estadounidense y su prestancia hicieron que en
una ocasión miembros del PSP que me vieron con ella le fueran con el
cuento al Che, quien me pidió que la reenviara a Estados Unidos y me
olvidara de ella. Cumplí con su directiva y convencí a la gringuita de
retornar a su país por un tiempo. Evidentemente los «sapos» sacaron
rápidamente la conclusión de que estaba siendo infiltrado «sexualmente»
por la CIA, lo que en realidad no tuvo vinculación alguna.
Vinieron los primeros especialistas soviéticos y desde luego estable-
cieron contacto con los asesores del Che. Su misión era comprender la
situación de Cuba y prepararse para la eventual ayuda que empezó a
llegar de inmediato. Primero fue la compra de la cuota azucarera cuba-
na. Después fue el suministro del petróleo cuando el gobierno estadou-
nidense decretó el embargo de los combustibles y la prohibición de que
barco alguno transportara combustibles a Cuba so pena de no poder
tocar después sus puertos.
En los primeros tiempos, en 1960, los dos cuadros permanentes de
los soviéticos en Cuba para las cuestiones económicas y comerciales
fueron el jefe Merkulof y su segundo, Kósariev. El primer encuentro de
los asesores chilenos con ellos fue en la sala de reuniones del ministro
de Agricultura que la hermosa Anita puso a nuestra disposición para
sostener una reunión que debía ser muy discreta. Asistimos Raúl
Maldonado, Jaime Barrios y yo, y el objetivo era transmitirles las princi-
pales necesidades de ayuda. Hoy me da vergüenza revelar que entre
ellas, Jaime pidió una central electro-nuclear ya que Cuba carecía en esa
época de una producción significativa de petróleo. Cuando Kósariev
escuchó ese pedido demostró su profesionalismo al no echarse a reír y
con su poker face contestó: «No tenemos», a lo cual Jaime insistió dicien-
do que él había leído en una revista soviética que sí las fabricaban.
CARLOS ROMEO / Che

Respuesta de Kósariev sin inmutarse: «No tenemos para la exporta-


ción». No obstante, se estableció pronto una relación de amistad con
estos dos soviéticos que se instalaron en una bella casa en la avenida
1ra. y calle 36, que visitábamos periódicamente Maldonado, Jaime y yo,
acompañados de Orlando Borrego, quien ya era el número dos del
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Departamento de Industrialización del INRA. Cuando se llegaba a la
casa, Merkulof, el jefe, se dedicaba a poner la mesa abriendo latas de
conservas de caviar, arenques en aceite, y sobre todo las botellas de
vodka y de brandy armenio. Se trabajaba a toda velocidad para después
sentarse a comer a la mesa y sobre todo, a beber «a la soviética». De ahí
se salía siempre en un estado de «alta espiritualidad alcohólica» debido
a lo cual una noche, Maldonado con Jaime desvanecido a su lado, dejó
sus cuatro neumáticos en las rocas decorativas que rodean el monu-
mento a Maceo en la curva que hay en G y Malecón.
Kósariev se puso «la camiseta cubana» y en sus despachos con Che,
cuando este le comentaba de alguna grave escasez, Kósariev le decía:
«Pídaselo a Mikoyán», entonces el segundo en la jerarquía soviética, a
lo cual Che le contestaba que le parecía impropio y Kósariev le contes-
taba: «¡Pídaselo, que es obligación de Mikoyán mandárselo!» En efecto,
a Mikoyán sus colegas del Buró Político del Partido Comunista de la
Unión Soviética (PCUS) le pusieron el sobrenombre del «patriota cuba-
no». Con el tiempo, después de que Kósariev terminara su misión en
Cuba, cada vez que Che fue a Moscú no dejó de ir a visitarlo a su casa.
Porque Kósariev era de lo mejor que tenía la URSS junto con Alexander
Alexeiv, el «periodista» de la agencia Novosti, que con mucha inteligen-
cia Nikita Krushov designó como embajador en Cuba y del cual habría
dicho que «merecía su busto en oro».
Tuvimos la oportunidad de conocer lo mejor de los cuadros soviéti-
cos junto con los militares que vinieron a ayudar a organizar las Fuerzas
Armadas Revolucionarias (FAR) y cuando tras el acuerdo Jruschov-
Kennedy que puso fin a la Crisis de los Cohetes en 1962, se le dio la
orden al general que comandaba a las tropas soviéticas encargadas de
los cohetes y de su defensa, de desmantelar las instalaciones, este, aver-
gonzado, abrazó llorando a Fidel y le dijo: «Fidel, ¡yo vine aquí a morir-
me contigo!»
En ocasión de la despedida del grupo de expertos soviéticos que llega-
ron más adelante para concretar la primera ayuda, particularmente la mili-
tar, se celebró un almuerzo en el restorán Los Andes y los soviets llegaron
bien abastecidos de coñac y de vodka que empezaron a servirnos en
vasos para el agua. ¡A las dos horas ya nadie sabía cómo se llamaba!
Ellos habían designado a dos participantes que no bebían, ya que esta-
ban encargados de recoger los «cadáveres» y, al regreso, meterlos en el
ómnibus que los había traído. Estaba ya con un alto grado de intoxica-
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ción alcohólica cuando me informaron que en el Banco del Comercio
Exterior, a dos cuadras de distancia, había una llamada internacional
para mí. Fui, como pude, y llegué para escuchar a la gringuita que me
precisaba sobre si nos íbamos a casar o no. En mi borrachera le dije que por
qué no y que regresara a Cuba. Esa «decisión», si se la puede llamar así,
tendría consecuencias.
Un buen día de 1960 y ante la angustia de un colega del Departa-
mento de Industrialización del INRA, motivado por la avalancha de
empresas intervenidas y nacionalizadas que nos desbordaba para su di-
rección y control, se nos ocurrió concebir «sacos» en los cuales juntar
todas aquellas que a primera vista tenían algo semejante y denominarlas
«consolidados», palabra que resultó fatídica para la población cubana.
La ahora denominada «empresa consolidada», virtual monopolio nacio-
nal, devino la interfase entre una empresa individual, concreta y con
una problemática específica, y el ministerio correspondiente al cual se
le asignaron las empresas consolidadas. Y así, de la misma manera que
en el feudalismo no había siervo sin señor, en esta variante socialista en
gestación, desde ese momento no hubo empresa consolidada sin minis-
terio que pretendiera administrarla y a través de ellas a las verdaderas
empresas individuales y concretas. Así, de golpe y porrazo, se estableció
un nivel burocrático adicional bajo la ilusión de que ello permitía más
control y más capacidad de dirección. No fue ese el caso sino que por el
contrario, fue el resultado y la demostración de una incapacidad admi-
nistrativa. Habíamos empezado la creación de «un monstruo» burocrá-
tico que con el tiempo se nos fue de las manos. Así y todo el Che fue
inflexible en exigir un control contable y estadístico permanente de to-
das las empresas consolidadas.
Volviendo a mi vida personal, la gringuita regresó, nos fuimos a vivir
a un apartamento en la playa de Santa María del Mar, al este de La
Habana y decidí casarme con ella como habíamos acordado. Pero ojos
avizores se percataron del «reenganche» y nuevamente le fueron con el
cuento al Che. Este me mandó llamar y me recordó su anterior adver-
tencia. A decir verdad, yo era bastante intolerante en materia de intro-
CARLOS ROMEO / Che

misiones en mi vida personal, la cual para mí estaba y sigue estando


desvinculada de mi vida profesional y política. Por tanto le contesté al
Che que lo respetaba enormemente pero que no aceptaba que se inmis-
cuyera en mi vida personal, a lo cual Che me dijo que tenía razón y que
estaba de acuerdo con ello pero que como dirigente debía tomar las
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medidas correspondientes. Ese fue el momento de mi distanciamiento
del Che. Dejé de ser uno de sus asesores directos pero continué traba-
jando en el Departamento de Industrialización del INRA y nos veíamos
y conversábamos de trabajo de vez en cuando. Quizás, sin saberlo, la
gringuita me salvó la vida porque de seguir mi relación tan estrecha con
Che y dándome cuenta al menos hoy día, de mi tendencia a vivir aven-
turas intensas, lo más probable es que hubiera insistido hasta el cansan-
cio para participar en una guerrilla latinoamericana, que como se sabe
actualmente, fracasaron en su casi totalidad.
Me mudé a unas oficinas que el Departamento de Industrialización
ocupaba en la zona conocida como La Rampa, en La Habana, donde se
estableció un equipo de jóvenes ingenieros que pasarían con el tiempo a
conformar las Direcciones de Inversiones y de Ejecución de Proyectos
del futuro Ministerio de Industrias.
Cuando le comuniqué al personal con el que trabajaba que me iba a
casar, decidieron darme una despedida por la noche después del trabajo
en un cabaret cercano.
Esos jóvenes, casi todos ingenieros que habían trabajado para la fir-
ma estadounidense que había construido la fábrica de Moa, fueron en-
viados por Che en 1962 con la misión de arrancar esa planta, empresa
que hicieron realidad. Fue un bello logro del Che y de esos jóvenes que
así demostraron que aún se disponía de capacidad técnica, aunque insu-
ficiente para todo lo que se pretendía hacer.
Me casé por lo civil y mis testigos fueron el Conejo Maldonado y el
gringo Eddy Boorstein, economista estadounidense que habíamos co-
nocido en Chile y al que invitamos a trabajar con nosotros, obviamente
con la debida aprobación del Che, y que les transmitía consejos utili-
zando antiguos dichos judíos como el «no botes el agua sucia mientras
no tengas agua limpia para reemplazarla». Al año ya era padre de una
muy hermosa rubita, Carla, bembona como la madre y con su mismo
cuerpo atlético.
El Conejo Maldonado se enamoró de una hermosa mujer que era
además su secretaria. Pero estaba de por medio la advertencia del Che
con relación a las mujeres que trabajaban en las mismas oficinas. Por
consiguiente Maldonado tuvo que «oficializar» su relación ante las au-
toridades competentes de la moral revolucionaria y declarar la seriedad
de sus intenciones, tal como se hace en las «buenas familias», pese a
estar en una revolución a toda marcha hacia el socialismo. Las tradicio-
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nes son las tradiciones. Maldonado y Maggy se casaron a corto andar y
les devolví la mano actuando como uno de los testigos del matrimonio.
Poco tiempo después Jaime Barrios también cayó redondo en los bra-
zos de Nancy, una secretaria del Ministerio de Relaciones Exteriores, y
Sergio Aranda en los de una damisela del INRA. Todos los asesores
chilenos se enamoraron de mujeres cubanas y si yo fui la excepción en
esa época fue porque simplemente me habían rechazado. ¡Pero habría
novedades en el futuro!
El año 1960 fue decisivo para las relaciones entre los gobiernos de
Cuba y de Estados Unidos. Se caracterizó por un intercambio de «gol-
pes» entre ambos países. A la cancelación de la cuota azucarera de unos
3 000 000 de toneladas que Cuba le vendía a Estados Unidos, Cuba
contestó con la firma de un contrato de venta por esa cantidad con
la Unión Soviética. A la suspensión de los embarques de petróleo hacia
Cuba y la prohibición de que cualquier barco que transportara combus-
tible a la Isla no podría después atracar en puertos estadounidenses,
nuevamente la respuesta fue transferir las compras a la Unión Soviéti-
ca. A la preparación de bandas contrarrevolucionarias con suministros
estadounidenses y a los sabotajes, Fidel contestó en agosto de ese año
con la nacionalización de todas las propiedades que tenía ese país en
Cuba. Ya entonces para nadie era un secreto que Cuba marchaba a toda
velocidad hacia una confrontación abierta con los yanquis. Recuerdo un
comentario que le hice a Jaime Barrios por aquel entonces sobre la inevi-
tabilidad de un enfrentamiento armado con Estados Unidos y la respues-
ta de Jaime: «¿Y tú tienes el valor para marcharte?» Tal era el estado de
ánimo que una noche mi americanita, al ver por la ventana del aparta-
mento las luces de los pescadores cubanos en medio de la corriente del
Golfo capturando agujas y emperadores, me dijo alarmada: «Es la inva-
sión!» Yo mismo, por las noches al contemplar la iluminación de la ciu-
dad no podía creer que todo siguiera más o menos funcionando. El país
resistía y se preparaba para una contienda desigual sin ningún temor ni
vacilación. Los cubanos alcanzaron en esos días la altura de los
espartanos cuando decidieron enfrentar a los persas en las Termópilas.
CARLOS ROMEO / Che

Pero la administración estadounidense, prepotente y mal informada,


solamente logró concebir una invasión de unos 1 500 «cubanos» en abril
de 1961. No poder darse cuenta de lo ridículo de sus premisas políticas
y de sus acciones militares expresa objetivamente el desprecio que los
yanquis tienen por los latinoamericanos. Ha pasado casi medio siglo y
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cuando se observa hoy su actitud hacia Venezuela, Bolivia, Ecuador, es
difícil creer que sean tan estúpidos y que no hayan aprendido nada du-
rante todo ese tiempo. Pero lo son. Están casados con el ayer de la
primera mitad del siglo XX y no ha habido un solo presidente de ese país
que haya podido rebasar esa limitación, salvo John F. Kennedy, a quien
por algo mataron impunemente.
No está de más reflexionar y sacar conclusiones sobre la experiencia
cubana con la mafia estadounidense que por aquel entonces, año 1960,
todavía controlaba los casinos de juego que operaban en todos los gran-
des hoteles de Cuba y en el cabaret Tropicana. El Gobierno Revolucio-
nario decretó el cierre de esos casinos e ilegalizó el juego con dinero en
todo el país. La mafia de Estados Unidos hizo calladamente sus maletas
y se fue de Cuba sin chistar. ¿Por qué? Sencillamente porque no había
nadie en el Gobierno Revolucionario y mucho menos en la policía, a la
sazón comandada nada menos que por el comandante Efigenio Ameijei-
ras, hoy general de División y héroe cubano, con quien lograr un acuer-
do como el que mantienen con las autoridades políticas, policiales y
judiciales, en todos los países donde operan con una virtual inmunidad
en tanto organización, salpicada de arrestos publicitados pero que no
alteran para nada sus actividades y su desarrollo. Muy probablemente la
mafia pensó: «Volveremos pronto», como lo hizo la burguesía cubana,
detrás de los «marines» que según pensaban invadirían a Cuba. Pero lo
único que pudieron hacer fue colaborar activamente con la CIA para
promover la contrarrevolución en el país y así ganarse su sitio en una
nueva/antigua Cuba que nunca pudo ni volverá a existir.
Se ha hablado mucho del rompimiento del gobierno cubano con la
Iglesia católica en esa época. En verdad, la Iglesia fue víctima de su
propia orientación clasista y estratégicamente equivocada. La Habana
está llena de iglesias pero no así los pueblos del interior del país. Es que
la mayoría de la curia se dedicó a la clase pudiente y desconsideró a los
pobres del campo y de los pequeños pueblos. Cuando quiso utilizar su
fuerza espiritual hizo el ridículo porque la mayoría de sus ricos feligre-
ses huyeron hacia Estados Unidos, las grandes masas no la conocían y
no tenía ningún ascendiente sobre ellas. Por consiguiente, la mayoría de
la curia de origen español abandonó el país y se quedaron los verdade-
ros sacerdotes cubanos. Entre ellos hubo curas revolucionarios, como
el padre Sardiñas que subió a la Sierra Maestra y se unió a la columna de
Fidel. Bajó con los grados de comandante. Vino a arreglar este proble-
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ma años después el nuncio apostólico, monseñor Sachi, hombre de gran
inteligencia y de mentalidad moderna, que se bañaba en bikini en las
playas cubanas y que resultó ser gran amigo de Fidel. Cuando Fidel fue
a Roma, muchos años después, no dejó de visitar su tumba.
En 1960 Che partió en un largo viaje a los países socialistas, China
incluida, acompañado de Albán Lataste –muy probablemente también
el Conejo formaba parte de la comitiva–. En su recorrido adquirió un
sinnúmero de fábricas y de máquinas herramientas. Cuando regresó le
pregunté quién tenía la relación de las compras y sus valores, y me remi-
tió a Albán con quien, botella de ron por medio, hicimos la lista de las
compras. Ese fue el comienzo de las inversiones en la construcción de la
nueva industria socialista cubana. Albán me regaló una pistola CZ 100 de
calibre 7.65 mm, copia fiel de la Walter, a su vez regalo recibido por él
en Checoslovaquia.
¿Qué pretendíamos en materia de desarrollo industrial? Básicamente
sustituir importaciones ya que Cuba lo importaba casi todo. Pero ade-
más de esta línea general que se nutría de los anuarios del comercio
exterior del país hasta el año 1957, se agregaban ahora los consejos de
los nuevos amigos socialistas: energía eléctrica, transformadores eléc-
tricos, industria mecánica, industria química, en especial fertilizantes
agrícolas, utensilios para el hogar tales como cocinas a gas, ollas a pre-
sión, sanitarios, etcétera. A todo lo cual nuestros buenos deseos fruto
de la ignorancia habían agregado una industria siderúrgica y una fábrica
de automóviles, planes que, obvio, nunca se llevaron a cabo. ¡Por suerte
la realidad pudo más que la ignorancia!
Lo que se compró a crédito en los países socialistas era, como bien se
sabe hoy, tecnologías atrasadas en comparación con las que ya existían
en los países capitalistas. Pero era eso o nada. Ya Cuba estaba práctica-
mente bloqueada por Estados Unidos y, además, no disponía de divisas
convertibles ni de créditos en esas monedas a mediano ni largo plazo.
Conocidas las características de las futuras fábricas a edificar, queda-
ba el problema de dónde situarlas. Hay que recordar que Cuba salía de
un estado en el cual contaba con un 20 % de desempleo y por lo tanto,
CARLOS ROMEO / Che

la ubicación de las futuras fábricas adquiría una fuerte connotación po-


lítica. Ese pasó a ser mi trabajo principal, con una pareja de ayudantes y
con el «abre puertas» que significaba ser parte del equipo del Che.
En febrero de 1961 se creó el Ministerio de Industrias y varios más,
entre ellos el de Comercio Exterior, donde le tocó al Conejo Maldonado
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la gigantesca tarea de cambiar la dirección del comercio exterior de Cuba
hacia los países socialistas, y todos los miembros del Departamento de
Industrialización del INRA se trasladaron nuevamente a la Plaza de la
Revolución, al antiguo edificio del Tribunal de Cuentas. Y en eso ocu-
rrió el ataque por Playa Girón.
Mis recuerdos indican que el 15 de abril de 1961 era un sábado. Vivía
en el séptimo piso del edificio Riomar, con vista al mar. Me despertó el
ruido de las bombas con las que aviones A26 con falsas insignias de la
Fuerza Aérea Revolucionaria estaban atacando el aeropuerto militar de
Ciudad Libertad en el occidente de La Habana al mismo tiempo que los
aeropuertos de San Antonio, en La Habana, y el de Santiago de Cuba.
Era un intento de destruir los pocos aviones de combate en estado ope-
rativo que tenía la Revolución para asegurar el éxito del desembarco
militar que tendría lugar dos días después en Bahía de Cochinos, al sur
de la provincia de Matanzas. Medio dormido miré hacia el Norte por
una ventana y vi una gran luz amarilla sobre el mar. Le dije a mi esposa
que estaba saliendo el sol y ella me hizo ver que el sol salía por el este.
Entonces caí en cuenta de que lo que acababa de ver era un A26 abati-
do por las armas antiaéreas, que había caído al mar.
Los asesores chilenos, cuyo número se había incrementado con Albán
Lataste y Alberto Martínez, de la misma procedencia y con la misma
vinculación personal, también sentían la fiebre de la preparación militar
que campeaba por sus respetos en la Cuba de 1960. En un país donde
un mulato cubano me había dicho a principios de 1959: «hay revolución
si el americano [de Estados Unidos] quiere», todo el mundo quería «lim-
piarse» por no haber combatido con Fidel en la Sierra o en el llano, y se
incorporaban masivamente a las Milicias Revolucionarias para enfren-
tarse no a un país latinoamericano vecino ¡sino a los mismísimos «yan-
quis»! Cuando los asesores chilenos le «exigieron» al Che su derecho a
combatir por la patria cubana, este les dijo: «Dedíquense a su trabajo
que sobran cubanos para combatir». Pero de todas maneras y en «secre-
to» se incorporaron a la milicia, si no para pasar entrenamiento e inte-
grarse a sus batallones, por lo menos para vestir el uniforme y montar
guardia en el centro de trabajo. Recuerdo mi primera guardia con un
M3, una subametralladora estadounidense calibre 45, arma que desco-
nocía totalmente pero cuando me la entregaron mentí descaradamente
al decir que la podía manejar sin problema alguno. Así que cuando Pla-
ya Girón no fuimos a la batalla y nos quedamos trabajando en nuestras
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oficinas escuchando con ansiedad los partes que daba la radio. Todo
terminó en 72 horas y Fidel con ese toque maestro en política digno de
un gran pianista, había declarado públicamente el 16 de abril, un día
antes, el carácter socialista de la Revolución Cubana. Los cubanos fue-
ron al combate sabiendo por qué iban a combatir y hacia dónde se diri-
gían. Entre ellos la bella Anita, ya sargento e integrante de la artillería,
pues su jefe, el comandante Pedro Miret, había dejado el Ministerio de
Agricultura para ser jefe de la naciente artillería cubana que debutó en
esa batalla con los cañones de 120 mm que «molieron» a los invasores
en Playa Girón.
Exactamente el 30 de abril de 1961, la víspera del 1ro. de Mayo, tuve
que presentarle al Che el plan de localización de las nuevas industrias
ya adquiridas y por construir, que él como ministro debía exponer al
siguiente día ante las cámaras de la televisión. Subí a su oficina en el
noveno piso del Ministerio y al entrar me llamó la atención una cicatriz
en su mejilla derecha y un plástico transparente que le apartaba el lóbu-
lo de la oreja de la piel del cuello. Mucho después me enteré de que en
Pinar del Río, durante los días de Playa Girón, Che, que visitaba una
unidad militar bajo su mando, había tropezado en un patio con un tubo
de agua a flor de tierra por lo que su pistola soviética Sestetkinov, que él
llevaba en una funda abierta a lo cowboy, se había caído y como llevaba
una bala en la recámara, se disparó entrándole la bala por la mejilla y
saliendo por detrás de la oreja, sin detenerse ante huesos o vasos san-
guíneos. Colgué en la pared un gran mapa de Cuba en el cual se señalaba
la localización de cada fábrica y el porqué habían sido situadas en esos
sitios. Al finalizar mi exposición Che me preguntó: «¿Y eso está bien?», a
lo que contesté que estaba aprobada por el ministro y nada más. Enten-
dió perfectamente el mensaje, que se había hecho lo mejor posible, pero
que con seguridad un trabajo de esa envergadura y de esa importancia
merecía un estudio más profundo y profesional. A mi vez le pregunté si
habría alguna sorpresa en la concentración del siguiente día y después
de pensar un instante dijo que sí. Es de suponer que se refería a que en
la ceremonia del 1ro. de Mayo se tocó y cantó La Internacional, por pri-
mera vez en un acto oficial de la Revolución Cubana.
CARLOS ROMEO / Che

Durante lo que quedaba de 1961 y en 1962 me encargaron del Plan


de Inversiones del Ministerio de Industrias, tiempo durante el cual cons-
taté nuestro grado de incapacidad para proyectar e instalar las nuevas
industrias adquiridas, y tanto en 1961 como en 1962 no fuimos capaces
de invertir lo que se había planificado.
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Recuerdo el día en que por determinado motivo ya olvidado, entré
fumando a la oficina del Che en el noveno piso del Ministerio de Indus-
trias. Al verme, el Che dijo: «Apúrate en fumar», a lo cual contesté de
inmediato: «¿Le molesta el humo del cigarrillo?» Y él me respondió:
«No, es que vamos a eliminar la marca de los cigarrillos que estás fu-
mando». Eran los famosos Bock Especial, lo mejor que se ha hecho en
cigarrillo negro, elaborados con los recortes de una fábrica de puros y
presentados en unas cajetillas de color marrón oscuro y letras y diseños
en oro, con 14 cigarrillos ovalados fabricados con papel de arroz. La
razón de esa medida era «la racionalización» de la producción de cigarri-
llos, eliminando marcas para solo dejar una media docena en aras de
una producción más racional y económica. Pero bajo esa racionalidad
esgrimida se escondía otra vez nuestra incapacidad administrativa que
llevó a la desaparición de numerosos productos que nunca más volvie-
ron a venderse en los mercados de Cuba.
Consolidación de empresas, reducción del número de productos a
elaborar, todo ello bajo el signo de una nueva «racionalidad económi-
ca», hoy, muchos años después, nos damos cuenta de que eran solucio-
nes pragmáticas ante la incapacidad de seguir operando la economía
bajo su anterior división del trabajo social, tal como Lenin lo concibió
en su El Estado y la revolución, escrito antes de la toma del poder por los
bolcheviques. «Otra cosa es con guitarra», dice el viejo refrán. Pero no
se puede desconocer el enorme cambio que rápidamente se fue produ-
ciendo en la estructura del consumo con el vertiginoso crecimiento de
los gastos en educación y salud pública, sin olvidar los de la defensa, lo
cual implicó la reasignación de los recursos económicos del país debido
al carácter clasista del Gobierno Revolucionario. Lo hecho, hecho está
y había que hacerlo. Sin embargo no se debe olvidar cómo y por qué se
gestaron fórmulas organizativas que hoy deben ser reconsideradas y
sustituidas por otras más eficientes.
Cuando llegaron los especialistas soviéticos para definir nuestras ne-
cesidades energéticas, la tarea de la localización de las futuras centrales
eléctricas térmicas me tocó a mí, pues había «localizado» los lugares
donde estarían las futuras industrias. Recuerdo que el especialista prin-
cipal, de una edad que le permitía haber trabajado en los inicios de la
electrificación de la Unión Soviética bajo Lenin, me pidió llevarlo a los
futuros probables emplazamiento de las centrales que debían ser ciuda-
des con puerto para el abastecimiento del combustible. Pero había más:
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el especialista me dijo que requería lugares donde poder descargar equi-
pos de 80 toneladas métricas de peso. Eso redujo el recorrido a los
puertos de Mariel, Nuevitas, Cienfuegos y Santiago de Cuba y para ello
alquilé un avión Curtis C46 de Cubana y partimos a recorrer la Isla.
Finalmente los lugares escogidos para instalar las primeras dos termo-
eléctricas soviéticas fueron Mariel, a 30 kilómetros de La Habana, y
Santiago de Cuba en Oriente, puesto que el sistema eléctrico cubano no
estaba aún unificado y había dos redes, una que empezaba en La Haba-
na y otra en Santiago de Cuba, sin llegar a unirse.
Che había designado al comandante Tabo Machín como su viceministro
para el desarrollo industrial, el mismo que yo había «aterrorizado» cuan-
do visité la planta de nitrato de amonio en Matanzas con el peligro que
representaba a mi juicio un inventario de 4 000 toneladas de fertilizante
nitrogenado. Tabo era por tanto mi jefe directo. Un día me comunica
con evidente preocupación que Raúl Castro quiere vernos en Santiago
de Cuba. Raúl era en aquel momento el jefe militar y político en la
entonces provincia de Oriente. Che puso a nuestra disposición su avión
Cessna y Eliseo de la Campa nos llevó a Santiago y nos trajo de vuelta
a La Habana. Al llegar nos encontramos con que íbamos a asistir a una
reunión bastante numerosa. Raúl entró e inmediatamente saludó afec-
tuosamente a Tabo, quien me presentó. Al estrecharme la mano Raúl
dijo solamente: «Lo creía mayor». La cuestión era la localización de una
planta termoeléctrica en Oriente con relación a lo cual, cuando estuve
ahí con los expertos soviéticos había dicho que sería localizada donde
lo determinaran esos expertos, con la aprobación del Che. Mi afirma-
ción prepotente no había sido del agrado de los ingenieros santiagueros
porque no tomaba en cuenta sus opiniones. Y entre ellos había más de
uno que había integrado el Movimiento 26 de Julio durante la clandes-
tinidad y que tenían, por tanto, mucha mayor estatura política, técnica y
moral que yo para que así y todo desconsiderara sus opiniones, por lo
cual se habían quejado a Raúl. Me mantuve silencioso durante toda la
reunión y solamente le expresaba al oído mis opiniones a Tabo quien, si
lo estimaba pertinente, las expresaba en voz alta al intervenir. Parece
CARLOS ROMEO / Che

que mi proceder disciplinado impresionó positivamente a Raúl ya que


al terminarse la reunión se despidió de nosotros sin mayor comentario.
Con el tiempo me di cuenta de que «había metido la pata» olvidando
que en Cuba no se puede pasar por encima de las opiniones de los cuba-
nos, mucho menos cuando estos son antiguos combatientes de la lucha
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contra el régimen batistiano. Aprendí la lección aunque mi prepotencia de
intelectual chileno fue gradualmente sustituida por la de uno que ya se
consideraba un participante en la Revolución y que con ello asumía
también los eventuales riesgos y responsabilidades.
En 1961 llegaron los asesores checos para enseñarnos la metodología
de la planificación soviética extendida a todos los países socialistas eu-
ropeos. Así, en la práctica, aprendimos a conocer lo que es el volunta-
rismo apoyado en un insuficiente conocimiento de las verdaderas
condiciones para ejecutar lo que se planifica. Pero en nuestro caso a
todo ello había que agregar la ignorancia. Únicamente así era posible
que en nuestros planes de desarrollo industrial hubiera un proyecto para
la fabricación de automóviles en Cuba. Tan en serio se consideraba, que
mi futura esposa cubana me contó que un día durante una conversación
con Fidel, ella le dijo que tenía serios problemas con su viejo vehículo
estadounidense y que Fidel, con toda seriedad, le contestó que próxi-
mamente podría contar con un automóvil cubano. Fueron mis asesores
checos, entre ellos uno que había sido vicepresidente de la fábrica de
vehículos Tatra, quienes me hicieron comprender que para fabricar un
automóvil se requería todo un conjunto de distintas fábricas, de neumá-
ticos, de baterías, de carburadores, de motores, etcétera. No pasó mu-
cho tiempo antes de que abandonáramos esas fantasías en la medida en
que aprendíamos nociones «culturales» de lo que es la industria. Por su
parte, a Maldonado, en el Ministerio de Comercio Exterior le tocaron
también episodios increíbles, tales como la solicitud de importación desde
la URSS de «bembas de mono» en vez de bombas de mano, y la planifi-
cación de la compra de «250 toneladas de cobre y sus manufacturas». Se
dice que compraron hasta barredoras de nieve, probablemente para lim-
piar las calles o las playas, supongo. Regino Boti le puso un nombre:
«planificación a yunque y martillo».
En agosto de 1961 Che debió representar a Cuba en la reunión de
Punta del Este. Como parte de su intervención en esa reunión, debí
preparar un documento en el cual describía los diversos proyectos de
inversión industrial y su estado de ejecución, prácticamente todos ellos
aún en fase de estudio. Momentos antes de que Che partiera para el
aeropuerto subí al noveno piso del Ministerio para entregarle el docu-
mento y entré en su despacho. En ese momento apareció «Tamayito»,
hoy el coronel Leonardo Tamayo Núñez, veterano de la guerrilla en
Bolivia, vestido con un traje gris, camisa blanca, corbata azul y sombre-
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ro gris con una cinta azul, y, last but not least, unos zapatos azul y blanco.
Tamayito era un joven oriental, delgado, y de buen ver. Al entrar le dijo:
al Che: «Che estoy listo. ¿Qué hay que hacer?» Che lo miró y dijo «Van a
creer que tú eres mi bugarrón», a lo cual Tamayito, extrañado, le contes-
tó «¿Por qué, Che?» Este simplemente se rió, recogió unas cajas con
documentos que se puso bajo los brazos y al salir de la habitación, con esa
sonrisa suya y la mirada brillante que tenía cuando iba a entrar en ac-
ción, me dijo: «Esto parece un lanzamiento campesino», refiriéndose a
los desalojos por la Guardia Rural de los campesinos pobres a quienes
expulsaban de sus tierras antes de la Revolución. Después de la reunión
de Punta del Este, Felipe Pazos, otrora presidente y fundador del Banco
Nacional de Cuba que ya había desertado de la Revolución, publicó un
artículo en la Revista del Fondo Monetario Internacional basado en la inter-
vención de Che en Punta del Este, en el cual hizo una crítica lapidaria a
nuestros inmaduros proyectos de inversión.
Una noche de 1962, seguramente de verano porque había invitado a
mis colegas chilenos a una cena en mi apartamento situado en el sépti-
mo piso del edificio Riomar, cuya terraza daba, como ya dije, al mar,
estando en ella empezaron a dispararnos desde el mar con ametrallado-
ra de grueso calibre. Recuerdo que apagué las luces y le grité a todos
que se acostaran en el piso. El ataque duró no más de 10 o 15 segundos,
seguido del ruido inequívoco de motores marinos a toda velocidad con
lo cual nos dimos cuenta de que habíamos sido tiroteados por una lan-
cha rápida venida desde Estados Unidos. En efecto, según leí en la prensa
años después, fue el propio Basulto, jefe de los llamados Hermanos al
Rescate, el que se vanagloriaba de haber tiroteado un edificio de apar-
tamentos llenos de técnicos comunistas con sus familias. Nada pasó
salvo reiterarnos que estábamos metidos y comprometidos con el lado
cubano en una guerra virtual. Hoy, después del 11 de septiembre de 2001,
me doy cuenta de que para los estadounidenses hay terroristas buenos y
malos: ¡nosotros somos los malos!
También el año 1962 fue el de la Crisis del Caribe o Crisis de los Cohe-
tes que llevó al mundo al borde de la Tercera Guerra Mundial. Recuerdo
CARLOS ROMEO / Che

bien el primer comunicado de Fidel poniendo al país en pie de guerra tras


el bloqueo naval a Cuba con ciento y tantos navíos de guerra estadouni-
denses. Todos nos integramos de uniforme a nuestras unidades de la mi-
licia y a mí me entregaron una subametralladora checa 9 mm con cuatro
cargadores. Pero continuamos trabajando en el Ministerio porque no
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pertenecíamos a los batallones de milicianos preparados para el comba-
te en campo abierto. Por las noches escuchaba a la BBC de Londres en un
radio de onda corta y así me enteré de que teníamos instalados en Cuba
cohetes soviéticos de alcance medio con cabezas nucleares y que
Kennedy exigía su desmantelamiento inmediato so pena de atacar. Creí
sinceramente que en cualquier momento un ataque de Estados Unidos,
a lo mejor hasta con armas nucleares, nos borraría del mapa. Y mi esta-
do de ánimo no era diferente del de la inmensa mayoría de los cubanos
que en esos días nunca estuvieron más tranquilos, corteses y amables,
lo que me hizo recordar al admirable pueblo inglés durante la Batalla de
Inglaterra, entre 1940 y 1941.
Fue un sábado por la noche, si no recuerdo mal, cuando me enteré
por la emisora inglesa que se había producido un intercambio de cartas
entre Nikita Jruschov y John F. Kennedy a lo que siguió un acuerdo que
consistió en el retiro de Cuba de los cohetes soviéticos y, eventualmen-
te, la retirada de cohetes estadounidenses de Turquía que apuntaban a
la URSS. Esa noche dormí aliviado en compañía de mi americanita y de
mi hija. Pero al siguiente día leí la negativa de Fidel a dejar que nadie
inspeccionara a Cuba y los soviéticos tuvieron que cargar sus cohetes
en la cubierta de sus barcos para que los aviones estadounidenses los
retrataran y los contaran. Fidel solo permitió la entrada a Cuba de Sithu
U Thant, el secretario general de las Naciones Unidas, al cual le reiteró
que nadie podría entrar a Cuba a inspeccionar cualquier cosa. «Cuba no
es el Congo», rezaban las pancartas por las calles de La Habana, mos-
trando maniatado sobre un camión al presidente de ese país, Patricio
Lumumba que fue fusilado «bajo el paraguas protector de las Naciones
Unidas». ¿Cuál fue la reacción del pueblo cubano? En una demostra-
ción de profunda comprensión de la situación política, creó dos consig-
nas que se complementaban. La primera decía: «Nikita, Nikita, lo que
se da no se quita», y la otra era: «Fidel, Jruschov, estamos con los dos».
Por aquella época acaecía un hecho lamentable en el sector azucare-
ro, resultado también de la insuficiente evaluación de nuestras verdade-
ras fuerzas. Las fábricas de azúcar estaban bajo la dirección del Ministerio
de Industrias, mientras que los campos de caña bajo el de Agricultura,
con lo cual logramos divorciar una identidad que había subsistido duran-
te al menos dos siglos. En la época de las 28 Zonas de Desarrollo Agro-
pecuario, se desató una fiebre por fomentar tierras incultas a los efectos
de sembrar todo aquello que importaba Cuba. Ante este despilfarro de
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dinero, el economista francés René Dumont, especializado en agricul-
tura, planteó que con un aumento de solo 10 % en el bajo rendimiento
promedio de los campos de caña de azúcar se podían liberar 130 000
hectáreas de las mejores tierras de Cuba ocupadas por caña y utilizarlas
para nuevos y diferentes cultivos. Esa idea fue aceptada y se dio la
orden de demoler esa superficie de caña. Una vez más, una idea intere-
sante fue ejecutada sin control y de esa manera se demolieron siembras
de caña a diestra y siniestra, y consecuentemente la producción azuca-
rera decayó de unos 6 000 000 de toneladas en 1961 a solo 4 800 000,
en 1962, y a solo 3 800 000, en 1963.
Ya en 1963, yo trabajaba en la Dirección del Plan Perspectivo de la
industria y relacioné por una parte nuestra baja capacidad inversora en
nuevas industrias con la vertiginosa caída de la producción azucarera.
Mi conclusión fue que si seguíamos así, Cuba perdería sus ingresos de
divisas, situación inconfortable para mantener la independencia políti-
ca y que por tanto había que volver a priorizar la producción azucarera,
único producto de calidad que los cubanos sabían entonces exportar en
grandes cantidades.
Conociendo la preparación del Che en matemáticas y su profunda
capacidad de análisis, redacté un documento teórico en el cual explica-
ba que la rígida ley de la economía marxista por la cual la industria de
medios de producción debe crecer mucho más de prisa que la de los
bienes de consumo, no regía cuando se introducía el comercio exterior a
través del cual con bienes de consumo exportables se podían adquirir
los medios de producción necesarios, sin pasar por el proceso de fabri-
carlos primero. Y la fuente para poder adquirirlos en el caso cubano era
la producción de azúcar. Por consiguiente, había que priorizarla, incluso
en detrimento de las inversiones industriales de ser ello preciso. Mi ar-
gumento teórico se basaba en la introducción del vector del comercio
exterior en la matriz de la reproducción ampliada desarrollada por Marx
en El capital y se apoyaba, por una parte, en la acumulación de decenas
de miles de toneladas de equipos y de instalaciones industriales en los
puertos y patios de descarga que no éramos capaces de instalar y, por
otra parte, en la caída de la producción azucarera.
CARLOS ROMEO / Che

Supe que el Che había considerado mi trabajo «pesimista» pero, como


era el Che, mandó a todos sus viceministros a leerlo para luego reunirse
conmigo a discutirlo. Obviamente el «regreso al monocultivo azucare-
ro» fue la crítica principal, pero creo que me defendí bien y salí airoso
del encuentro.
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Poco tiempo después Carlos Rafael Rodríguez, presidente del INRA,
solicitó mis servicios para ser su asesor tras la trágica muerte en un
accidente de aviación del que lo era, el chileno Rodrigo Cabello Bolosky,
quien había sido alumno mío cuando cursó el segundo año en la Facul-
tad de Economía de la Universidad de Chile. Volví a la agricultura y lo
primero que hice fue un análisis crítico del plan nacional de producción
agropecuaria continuando mi idea de la urgente necesidad de empren-
der una recuperación azucarera.

***

¿Cómo era el Che? Esta pregunta es inevitable e intentaré contestarla.


No me voy a referir a su aspecto físico, ya bien conocido en todo el
mundo, sino a su carácter. Y desde luego, no pretendo decir la última
palabra al respecto, solo mi impresión, que todavía mantengo a pesar
del tiempo transcurrido. Cosa extraña, a pesar de haber desaparecido
hace ya 41 años, no es una simple frase de cliché el que para los que lo
conocimos lo sentimos todavía presente, como una constante en nues-
tras vidas.
Ante todo Che llamaba la atención por su calma y aplomo en todo
momento, salvo cuando se estaba divirtiendo, para lo cual debía estar
enfrascado en una conversación interesante o relatando él alguna anéc-
dota, lo que hacía con gran talento narrativo. En cualquier conversa-
ción Che prestaba su total atención al interlocutor, escuchando con
tranquilidad y hasta diría, con impavidez. Respondía sin jamás levantar
la voz, seguro de que sus palabras tenían fuerza por sí mismas. Sola-
mente una vez lo vi perder los estribos en una invitación que le hice
para escuchar y ver a Fidel por la televisión en el despacho del coman-
dante Pedro Miret, que quedaba en el piso 13 del edificio del INRA,
para así poder visitar en su compañía a mi amada Anita, su secretaria.
Cuando regresamos a nuestro piso no encontró a su escolta hasta que al
entrar en un cuartico vio al primer teniente Alberto Castellanos dur-
miendo en una pequeña cama que pateó para despertarlo a la vez que
decía gruesas palabras en alta voz.
Che sabía escuchar las ideas ajenas y refutarlas si no estaba de acuer-
do con ellas. Una vez en la Escuela de Economía dijo que en el plano

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intelectual era un contrincante que no daba cuartel, como en la guerra.
Pero después, por muy fuertes que hubieran sido las discrepancias, ello
no alteraba para nada la relación personal con su contrincante ocasio-
nal. Y si el contrincante no tenía suficientes argumentos o sus plantea-
mientos eran desechables, la discusión no era muy larga. Che no perdía
el tiempo discutiendo con quienes no le interesaban.
Era imposible no sentirse atraído por el Che y al trabajar con él, uno
lo hacía con total devoción, interés y alegría. Recuerdo cómo durante
una visita nocturna a una fábrica en Cárdenas me di cuenta de que esta-
ba expuesto a que le dispararan desde el exterior por una puerta abierta
a un patio no iluminado e inmediatamente me situé delante de la puerta
como un escudo. En un momento se volvió hacia donde estaba y se dio
cuenta de la situación, sin ningún comentario como si yo hubiera hecho
simplemente lo que debía hacer.
Audaz, le gustaban los proyectos que representaban un desafío. Re-
cuerdo que al expresarle una vez que el Plan de Inversiones Industriales
para el año siguiente era imposible de cumplir me dijo: «No me digas
que es imposible. Nosotros ganamos una guerra que empezamos con
apenas 12 hombres». Eso puede llamarse voluntarismo y efectivamente
lo fue, pero Fidel le había enseñado que era posible lograr lo aparente-
mente imposible, y Che era un hijo espiritual de Fidel.
El respeto que le teníamos quienes trabajábamos con el Che era com-
partido por todo el pueblo cubano revolucionario, que lo escuchaba con
interés durante sus intervenciones públicas porque tenía fama de decir
las cosas tal como eran. En efecto, recuerdo cómo durante una de las
reuniones de producción que celebraba con la dirección del Ministerio y
los administradores de las empresas industriales para evaluar pública-
mente la marcha de la institución que dirigía –actividad transmitida por
la televisión nacional–, recomendó al pueblo no acaparar pasta dental
porque al cabo de un corto tiempo se endurecía, y señaló que lo sabía
muy bien porque la producía una de las empresas que él dirigía. Pero ese
respeto alcanzaba a todos los dirigentes políticos de la Revolución. Re-
cuerdo que dos veces coincidí en la antesala de la presidencia del Banco
CARLOS ROMEO / Che

Nacional de Cuba con el entonces comandante Raúl Castro. La pri-


mera vez al entrar a la antesala vi a un joven de pelo corto vestido con
un traje marrón, camisa blanca y corbata del color del traje, sentado en
un sillón con una pierna sobre la otra leyendo un documento. Me pre-
gunté quién sería el joven personaje y tuve la respuesta cuando Manresa,
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el secretario personal del Che, se le cuadró delante y le dijo «Coman-
dante, el Che le pide que pase a su despacho». El joven de marras era
nada menos que Raúl haciéndole pacientemente antesala al Che para
entrar y discutir con él un discurso que debía leer esa noche ante no
recuerdo cuál asamblea. La segunda vez, estaba de uniforme y con sus
escoltas en la referida antesala, muy animado y jovial, y nos dio a los
presentes una breve explicación sobre las ventajas y desventajas de la
subametralladora Usi que tenía en sus manos.
Solamente dos personajes no le hacían antesala al Che: Fidel y me
atrevo a decir que también Camilo, el amigo más querido del Che.
Se han escrito muchas estupideces sobre supuestas discrepancias en-
tre Fidel y Che, sobre su partida de Cuba abandonando sus cargos de
ministro y de dirigente político para volver al combate guerrillero, pri-
mero en el Congo y después en Bolivia. Quienes lo han hecho nunca
conocieron al Che y mucho menos su relación con Fidel, que él expresa
tan sinceramente en su famosa carta de despedida dirigida a su amigo y
maestro. Solo puedo decir que una vez en broma le dije: «¿Cómo hay
que tratarlo?, ¿qué es usted? ¿Doctor, ministro, comandante, dirigente
político?», y él me contestó: «Guerrillero».

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16 Palabra [Link] 378 15/06/2009, 20:07

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