Apolo, es una de las divinidades principales de la mitología griega, y uno de los dioses olímpicos
más significativos, motivo por el cual le dedicaron una gran cantidad de templos. Hijo de Zeus y
Leto, y hermano mellizo de Artemisa, poseía muchos atributos y funciones, y posiblemente
después de Zeus fue el dios más influyente y venerado de todos los de la Antigüedad clásica. Era
descrito como el dios de las artes, del arco y la flecha, que amenazaba o protegía desde lo alto de
los cielos, siendo identificado con la luz de la verdad. Era temido por los otros dioses y solamente
su padre y su madre podían contenerlo. Era el dios de la muerte súbita, de las plagas y
enfermedades, pero también el dios de la curación y de la protección contra las fuerzas malignas.
Además, era el dios de la belleza, de la perfección, de la armonía, del equilibrio y el iniciador de los
jóvenes en el mundo de los adultos, estaba conectado a la naturaleza, a las hierbas y a los
rebaños, y era protector de los pastores, marineros y arqueros. Los orígenes de su mito son
oscuros, pero en el tiempo de Homero (siglo VIII a, C,) ya era de gran importancia, siendo uno de
los más citados en la Ilíada. Posteriormente la mitología romana lo incluye en el siglo V a. C., época
en que le dedican el primer templo. Era símbolo de inspiración profética y artística, siendo el
patrono del más famoso oráculo de la Antigüedad, el oráculo de Delfos. Tuvo muchos amores,
especialmente con sus musas, y producto de sus andanzas tuvo una veintena de hijos, aunque en
ese aspecto tuvo algunas desgracias. Fue representado innumerables veces desde la Antigüedad,
generalmente como un hombre joven, desnudo y sin barba, en la plenitud de su vigor, a veces con
un manto, un arco y un carcaj de flechas, y generalmente una lira, creada por su hermano Hermes
para él, y con algunos de sus animales simbólicos como la serpiente (que se utiliza en la medicina),
el cuervo o el grifo.
Homero las describe con más detalle presidiendo sobre los juegos, acompañando a Artemisa,
bailando con ella, tejiendo en sus cuevas prendas púrpuras y vigilando amablemente el destino de
los mortales. A lo largo de los mitos griegos actúan a menudo como ayudantes de otras deidades
principales, como el profético Apolo, el dios del vino Dioniso y dioses como Pan y Hermes. Los
hombres les ofrecían sacrificios en solitario o junto con otros, como por ejemplo Hermes. Con
frecuencia eran el objetivo de los sátiros. El matrimonio simbólico de una ninfa y un patriarca, a
menudo el epónimo de un pueblo, se repite sin fin en los mitos fundacionales griegos; su unión
otorgaba autoridad al rey arcaico y su linaje.