Título
original: Wrong Place, Right Time
Publicado originalmente por Montlake Romance, Estados Unidos, 2016
Edición en español publicada por:
AmazonCrossing, Amazon Media EU Sàrl
5 rue Plaetis, L-2338, Luxembourg
Julio, 2018
Copyright © Edición original 2016 por Elle Casey
Todos los derechos están reservados.
Copyright © Edición en español 2018 traducida por Ana Alcaina
Producción editorial: Wider Words
Diseño de cubierta por PEPE nymi, Milano
Imagen de cubierta © CURAphotography © Fedor Selivanov © Volodymyr
Krasyuk/Shutterstock; © Yuri_Arcurs/Getty Images
Primera edición digital 2018
ISBN: 9782919801688
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Sobre La Autora
Elle Casey es una prolífica autora estadounidense cuyas novelas aparecen
habitualmente en las listas de superventas de The New York Times y USA Today.
Ha trabajado como profesora y ha ejercido como abogada, y en la actualidad
vive en Francia con su marido, tres hijos, y varios caballos, perros y gatos.
Ha escrito más de cuarenta novelas en menos de cinco años y le gusta decir
que ofrece a sus lectores un amplio surtido de sabores en el género de la ficción.
Dichos sabores incluyen la novela romántica, la ciencia ficción, las fantasías
urbanas, las novelas de acción y aventura, las de suspense y las de temática
paranormal.
Sus libros incluyen las series Rebel Wheels, Just One Night, Love in New
York y Shine Not Burn.
Lugar equivocado, momento justo es el segundo libro de la serie Bourbon
Street Boys, de la que Amazon Crossing ya publicó la exitosa primera entrega:
Número equivocado, hombre perfecto.
Para Emilie, que me trajo al redil. ¡Gracias por compartir esta
aventura conmigo!
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 1
Cierro los ojos e inspiro profundamente después de cerrar la puerta de casa.
Oigo el alboroto de mis dos niñas hablando a toda velocidad y de mi hijo
gritando de alegría a través de la pared de roble que separa el interior de la casa
del porche delantero, mientras bajan los escalones de la entrada y se dirigen al
vehículo en el que los espera su padre.
¡Aleluya! Miles, mi ex, ha cumplido por fin su promesa de recoger a
nuestros hijos y quedárselos el fin de semana, y tengo previsto aprovechar al
máximo estas minivacaciones. Solo he de inspirar hondo y exhalar el aire una
vez más para relajarme por fin. Así podré olvidarme temporalmente de su
comentario de despedida (que me ha susurrado al oído para que los niños no lo
oyeran): que los traería de vuelta el domingo temprano porque tiene que ir a un
partido de béisbol…
Dios lo libre de llevar a sus hijos a uno de esos eventos con los que tanto
disfruta… Menudo imbécil. Él va a partidos de béisbol y a discotecas, disfruta
de cenas con adultos y de sexo. A mí, en cambio, me tocan horas y horas de
Animal Planet —el único canal de televisión que mis tres hijos se ponen de
acuerdo para ver es increíble— y algún que otro cómic de superhéroes de vez en
cuando. Intento no amargarme por el hecho de que él tenga una vida y yo no,
pero no siempre lo consigo.
De pronto, el teléfono me vibra en el bolsillo. No hago caso, respiro
profundamente otra vez y dejo salir el aire despacio. No dejaré que el mundo se
entrometa en mi soledad, en mi paz y mi tranquilidad, que tanto trabajo me ha
costado ganarme. Por fin voy a disfrutar de todo ese tiempo para mí sobre el que
siempre leo en los blogs de madres.
El teléfono vuelve a sonar.
¡Tiempo para mí! ¡Tiempo para mí! ¡Tiempo para mí! ¡Solo pido un poco de
ese famoso tiempo para mí, maldita sea! Creo que ya sé cómo se siente el
Increíble Hulk momentos antes de destrozar las costuras de sus pantalones. Todo
tiene un límite. Ya noto que los vaqueros empiezan a apretarme un poco.
Me temo que, por increíble que parezca, uno de estos días voy a convertirme
en Hulk. Voy a hincharme de rabia, a ponerme verde y a arrancarme toda la
ropa… Y luego correré por la casa echando humo como una bestia furiosa,
rompiendo vasos y platos, desgarrando las cortinas y haciendo agujeros en las
paredes con los puños. Sonrío al visualizar la carnicería que se me está
ocurriendo. Dios, sería tan, tan apetecible… La única razón por la que no me
entrego a esa fantasía es porque, cuando terminara de hacer el bestia por la casa,
la única que quedaría para limpiar todo el desaguisado sería yo, y ya tengo
bastante con lo que tengo.
Alguien me acaba de enviar un mensaje de texto, y ya adivino quién es sin
mirar siquiera la pantalla. Los posibles candidatos son dos: mi jefe y mi
hermana. Si es mi jefe, ya puede olvidarse de lo que sea con lo que pretenda
molestarme; he trabajado tantas horas extra esta semana que ya tengo acumulado
el cupo para todo el mes. Y si es mi hermana, bueno, ella también puede esperar.
Necesito un poco de vino antes de hablar con ella. Últimamente, la mayoría de
sus conversaciones tienen que ver con historias que hacen que me salgan canas,
y solo tengo treinta y dos años. No necesito más canas de las que ya tengo, en
serio.
Mi hermana empezó en su nuevo trabajo hace un par de meses, y aunque eso
la hace muy feliz, a mí me pone de los nervios. Yo creía que su vida ya era
bastante buena antes, así que no veía la necesidad de que hiciese ese cambio tan
radical. Sinceramente, sigo sin verla. Después de graduarse en la universidad,
volvió al sur para estar cerca de mí y de los niños, y abrió un negocio por su
cuenta como fotógrafa de bodas. Estaba soltera y sin hijos, y llevaba una vida
perfecta, o eso me parecía a mí.
Tiene muchísimo talento, y aunque con la crisis la economía se hundió y
decía que eso había afectado demasiado a su negocio, todavía le salían los
números. Sigue llevando vida de soltera, con horarios que no le dicta nadie más
que ella misma, dándose baños relajantes sin preocuparse por lo que podría estar
sucediendo en la planta baja de la casa.
Cuando yo me doy un baño mientras mis hijos están en casa, más que
relajante, es un momento de pánico. En lo único en lo que acierto a pensar es en
lo que podría ocurrir en esos instantes al otro lado de la puerta, como por
ejemplo, que mis hijos tomasen veneno por accidente, o que mi hijo les
arrancase la cabeza a las muñecas, o que mis hijas aterrorizasen a su mascota, un
jerbo, vistiéndola con ropa de Barbie. Pues sí.
Sí, mi hermana May lo tenía todo; pero entonces, por alguna extraña razón
que todavía no me ha contado a mi entera satisfacción, decidió que no era
suficiente. Perdió la cabeza. Conoció a un tipo —el tal Ozzie, un exsoldado—,
cerró su estudio de fotografía, se incorporó a la empresa de seguridad de él y
empezó a comportarse en plan comando. Ahora mi hermana tiene bíceps y dice
cosas como «Objetivo a la vista» y «Charlie Foxtrot» y sabe Dios cuántas cosas
más. Cada vez que empieza con esas tonterías, desconecto y punto.
El caso es que no sé por qué necesitaba un cambio tan drástico, pero por lo
visto, según ella, lo necesitaba. Bajo la superficie, es la misma May con la que
crecí, pero ahí es donde termina la mujer que he conocido toda mi vida. Por
fuera, tiene más confianza y seguridad en sí misma. Parece más… adulta. Pero,
al mismo tiempo, también es más joven. Camina a paso ligero. Siempre está
sonriendo, a todas horas. Dice más tonterías que nunca y asegura estar
enamorada de un hombre al que apenas conoce.
Argh. A veces me dan ganas de abofetearla y hacer que se despierte y vea
qué es lo que pasa en realidad. Pura química. Lujuria. Es algo potente, lo
entiendo, pero a ver, venga ya… Yo vivo en el mundo real, donde puedes
enamorarte de un hombre durante un período determinado de años, construir una
vida con él y que, aun así, él acabe por abandonarte. ¿Amor a primera vista? No.
No es posible. No es real. Es una ilusión alimentada por ver demasiadas
películas románticas basadas en ideas equívocas y no en el dolor del mundo real.
No es que esté celosa o no quiera que mi hermana sea feliz; simplemente, me
preocupa que llegue el día en que se dé de bruces con la realidad y vea que ha
estado viviendo en un mundo de fantasía creado por ella misma, porque estoy
segura de que ninguna de las dos está preparada para esa clase de catástrofe.
Sin embargo, ella es feliz… al menos, de momento. Así que no voy a decirle
nada negativo sobre su historia de amor. No voy a ser la víbora que intente
estropearlo todo. Naturalmente, eso no impide que me preocupe. En todo este
asunto, no solo está arriesgando su corazón, sino que también arriesga su vida
con ese nuevo trabajo. Y adivina quién va a ser la que tenga que recoger las
piezas cuando todo se derrumbe. Sí: voy a ser yo.
Trabaja como experta en labores de vigilancia en la empresa de seguridad de
su novio —a pesar de que no tenía experiencia de ningún tipo en esas cosas
antes de que la contrataran— y ahora se gana la vida fotografiando a tipos
malos. Mi dulce hermanita, antes una estudiante que sacaba las mejores notas,
que aún usa diadema para recogerse el pelo y que lleva alpargatas rosas, ahora se
pasea por los peores barrios de Nueva Orleans, esquivando balas. Como si
necesitara ese tipo de estrés en mi vida.
Vuelvo a respirar profundamente, inspiro y espiro, tratando de rebajar la
presión arterial. Relájate, Jenny. Solo es un día más en el que debes intentar no
comerte a nadie en plan Hulk. Ánimo, que tú puedes.
Me doy media vuelta, arrastro las zapatillas raídas por el pasillo y doblo la
esquina hacia la cocina. Saco media botella de chardonnay de la nevera y me
sirvo una copa generosa. Son solo las cuatro, pero a una zona horaria de aquí ya
son las cinco, así que empiezo a calentar motores. ¿A quién le importa que,
decididamente, estas calorías sean lo último que necesito? No es que vaya a salir
con algún hombre pronto. Para salir con alguien se necesita tiempo libre, y yo
tengo muy poco.
Vuelve a sonar el teléfono. Tomo un trago de vino como si fuera una cerveza
helada y saco el aparato del bolsillo mientras hago una mueca de dolor. Maldita
sea, este vino está muy fuerte. Probablemente no debería haberme tomado
semejante trago. Dejo escapar un pequeño eructo mientras echo un vistazo a la
pantalla. Me esperan cuatro mensajes de texto.
May: Necesito hablar contigo. Llámame.
May: ¿Estás ahí? ¿Ya se han ido los niños? ¿Ya estás bebiendo
vino?
May: ¡No te emborraches! Necesito hablar contigo.
May: ¿Me estás evitando? Sé que oyes que te estoy enviando
mensajes. El teléfono te está sonando o vibrando, bruja. No
juegues.
Niego con la cabeza y tomo otro sorbo de vino, aunque esta vez la dosis es
un poco más pequeña que la anterior. De repente, me siento totalmente zen.
Es algo muy curioso que pasa entre mi hermana y yo: cuando ella entra en
modo pánico, yo me relajo inmediatamente. Como soy su hermana mayor, mi
respuesta automática a su estado de crisis es ponerme en plan fuerte, ser
protectora, ocuparme de todo y asegurarme de que el mundo entero no se va a
derrumbar con ella. Yo me desmorono después, cuando el peligro ya ha pasado,
cuando ya nadie puede verme.
Es el papel que he desempeñado para ella durante toda nuestra vida. Cuando
éramos más jóvenes y se armaba la de Dios en casa con nuestros padres, yo
siempre estaba a su lado, acariciándole el pelo y diciéndole que todo iba a salir
bien cuando ella lloraba y gemía, lamentándose de lo horrible que era nuestra
vida. Yo sufría mis propias crisis más tarde, en soledad. Nunca quise que mi
hermana sufriera por mí. Es algo que tenemos inscrito en el ADN o algo así
todas las hermanas mayores: estamos dispuestas a llevarnos todos los golpes.
Cuando me pongo histérica es cuando está completamente tranquila y
relajada y de pronto me suelta noticias horribles. Por ejemplo: cuando conoció a
Ozzie, me llamó para contarme la historia. Así, como quien no quiere la cosa,
deslizaba en la conversación algún detalle al que fingía no dar importancia,
como que alguien le había disparado en un bar de moteros, o que unos trocitos
de madera astillada le habían saltado a la cara y le habían producido pequeños
cortes. No puedo quedarme tan tranquila cuando escucho historias como esa, y
menos aún si pienso que mi hermanita no está reaccionando de forma adecuada.
Últimamente no me ha contado más historias locas como esa, pero no me creo
que no se haya metido en líos; lo que pasa es que ahora tiene un novio en el que
puede confiar, así que me oculta cosas que sabe que desaprobaría. Bueno, esa es
mi teoría, al menos.
Ozzie me cae bien, sí, pero en cuanto entró en su vida, puso todo su mundo
patas arriba, así que no me fío mucho de él. Puede que su vida fuera un poco
aburrida antes, sí, lo entiendo, pero hay una gran diferencia entre aburrirse y
querer jugarse el pellejo a cada momento. Con este nuevo trabajo, sus días son
un poquitín demasiado emocionantes para mi gusto. Ahora siento que siempre
tengo que estar preocupándome por ella, porque ella no se preocupa lo suficiente
de sí misma. Está demasiado emocionada con Ozzie y todo su equipo —la
empresa privada de seguridad Bourbon Street Boys— para pensar con claridad.
Entiendo que su hombre está cañón y que es de los buenos, pero vamos a ver…,
¿balas?, ¿en serio?
Suspiro, pues sé que, probablemente, al menos durante los próximos treinta
minutos no voy a poder disfrutar de mi tranquilo fin de semana como yo
esperaba: no hay conversación seria entre mi hermana y yo que dure menos de
media hora. Dejo la copa de vino, me acerco el teléfono a la cara y escribo un
mensaje de texto con los pulgares.
Yo: Por favor, dime que no tiene nada que ver con balas.
May: Nada que ver con balas, pero necesito tu ayuda.
Yo: ¿Consulta amorosa?
La mala hermana que hay en mí está esperando que su relación fracase. Tal
vez si no estuviera bajo el embrujo de Ozzie, podría insuflarle un poco de
sentido común, convencerla de que la fotografía de bodas es una carrera mucho
más segura y práctica que la vigilancia de seguridad.
May: No. Consulta de informática.
Vaya. Menuda decepción. Es lo último de lo que me apetece hablar en este
momento. Acabo de terminar una semana de cincuenta horas de programación
pura y dura. No, gracias.
Yo: Olvídalo. No estoy en horario de trabajo.
Me suena el teléfono y el nombre de mi hermana aparece en la pantalla.
Lucho conmigo misma; ¿quiero rescatarla una vez más o quiero meterme en
la bañera y olvidarme de todas sus tonterías un rato?
El teléfono emite un pitido y aparece un mensaje.
May: Contesta al teléfono.
Siento que una rebelión estalla en mi interior. Dejo el teléfono en la
encimera, agarro la botella de vino y la copa, y echo a andar por el pasillo.
Pienso darme mi baño, disfrutar de mi fin de semana relajante, y no pienso hacer
ningún trabajo informático para nadie, porque si veo otra línea de código en las
próximas cuarenta y ocho horas, saldré huyendo, me uniré a una secta, me
cambiaré el nombre por el de Feather y me casaré con un hombre tres veces
mayor que yo con una barba que le llegue hasta el ombligo y que solo use ropa
sostenible. Se llamará Free. La abreviatura de «Freedom», «Libertad», por
supuesto.
Al llegar a la escalera, cuando estoy levantando el pie para iniciar el ascenso
a la cima de mi felicidad —también conocida como baño de espuma y vino—, el
teléfono suena de nuevo desde la cocina. Me quedo inmóvil sobre una pierna,
como un maldito flamenco, luchando contra mi conciencia una vez más. ¿Baño o
hermana? ¿Baño o hermana?
La niña malvada y rebelde que hay en mí quiere ignorarla, pero la madre
divorciada que ha sido rescatada por May en innumerables ocasiones hace una
pausa. Después de todo, lo cierto es que May se vino a pasar una temporada a mi
casa hace un año, mientras yo me escapaba a la cabaña de mi familia para
desconectar de todo y de todos y poner en orden mi cabeza después de que Miles
me dejara. Y May volvería a hacerlo en un abrir y cerrar de ojos si yo lo
necesitara, porque esa es la clase de hermana que es. A lo mejor solo tengo que
responder sus preguntas por teléfono y ya está.
Vuelvo rápidamente a la cocina y levanto el teléfono. Me espera otro
mensaje de texto junto con una foto de mi hermana. Bizquea mirando a la
cámara y pone la cara de pena más penosa del mundo, como solo ella sabe hacer.
May: ¿Por favor, por favor, por favor…?
Es como si me clavara un cuchillo en el corazón. Sabe perfectamente cómo
manejarme. Presiono las teclas que me conectarán con el teléfono de mi hermana
y me acerco el aparato a la oreja.
Contesta al segundo timbre.
—Muchas gracias, Jenny. Te lo agradezco de verdad. Necesito tu ayuda.
—Sí —digo con tono seco—, eso ya lo he entendido.
—Sabes que no te molestaría durante tu fin de semana si no fuera realmente
importante.
Pongo los ojos en blanco.
—Está bien. ¿Qué es? Venga, rápido y breve, hermana. Tengo una cita con
algo caliente y resbaladizo en la planta de arriba.
—¿Eh? ¡Puaj! ¿Qué es? ¿Un vibrador? Es un poco asqueroso que me cuentes
eso ahora mismo.
—¡No! ¡No! ¡No es un vibrador! ¡Es mi baño de espuma, idiota!
Tengo la cara al rojo vivo. Como si fuera a contarle una cosa así. Ahora ya sé
que está fatal de la cabeza.
—¿Qué necesitas? Vamos, tengo poco tiempo. Solo me quedan cuarenta y
dos horas.
Miro el reloj y odio el hecho de estar pensando que ojalá mis hijos se fuesen
más tiempo. La peor. Madre. Del mundo. No me van a dar ningún premio a la
mamá del año próximamente.
—Mmm… Estooo…
Interrumpo a May.
—No, señora. De eso nada. Nada de «mmm» ni de «estooo»; tú solo dime lo
que necesitas muy rápido, yo te respondo y luego cuelgo y me meto en la bañera.
—Uau. ¿Qué ha hecho Miles esta vez?
Me dan ganas de estrangular el teléfono solo de pensarlo. No estoy enfadada
con May; me odio a mí misma otra vez por haberme casado con ese hombre,
para empezar. Lo único que me impide regodearme en la autoflagelación total es
el hecho de que me dio tres hijos adorables. Miles no fue un error absoluto, pero
estuvo muy cerca.
—Eh, nada… —contesto, sin disimular el odio de mi voz tanto como debería
—. Cuando ha venido a recoger a los niños, me ha dicho que tiene que
devolvérmelos el domingo temprano.
May lanza un resoplido de disgusto.
—Claro, cómo no… ¿Esperabas algo distinto?
Tiene razón. Sé que la tiene. ¿Por qué siempre hago lo mismo? Me convenzo
a mí misma de que se va a portar bien y va a ser un buen tipo y un buen padre,
para variar, y me hago ilusiones. ¿Para qué? Para que se desvanezcan, para eso.
Es como si quisiera castigarme a mí misma o algo así.
Los buenos tipos no hacen lo que hizo él y lo que sigue haciendo cada vez
que tiene oportunidad. La cabra siempre tira al monte. Nuestra propia madre lo
decía tantas veces que a estas alturas ya debería haberlo interiorizado, pero, por
desgracia… He repetido sus mismos errores en mi propia vida, casándome con
un canalla y un mujeriego. Creo que esto me convierte oficialmente en una
estúpida de manual. Tonta de remate, como solía decir mi padre de la mujer que
nos dio a luz. Al menos ese hombre se ha ido de mi vida para siempre. Él causó
a nuestra familia dolor suficiente para dos vidas enteras con su alcoholismo y su
conducta agresiva hacia las mujeres, sus mentiras y las veces que engañó a
nuestra madre. Ahora solo faltaría que Miles se diera un largo paseíto por un
muelle muy, muy alto y muy, muy corto…
Vuelvo al presente y ahuyento mis pensamientos asesinos.
—No tengo ni idea de por qué esperaba que se portase como un hombre o
como un buen padre. No debería hacerme ilusiones a estas alturas…
—Bueno, no te preocupes, porque tengo buenas noticias para ti. Unas
noticias geniales. Como soy una hermana increíble y también bastante
clarividente, ya tengo una solución para ti.
Eso no me reconforta en absoluto. Normalmente, a May se le da muy bien
encontrar soluciones, pero no puedo confiar en que vaya a ser del todo
responsable, ya que es evidente que cree que dejar un buen trabajo para ir a
trabajar a una empresa de seguridad en plan comando persiguiendo asesinos es
una buena maniobra profesional, y cuando tienes que cuidar a tres niños,
necesitas al menos un adulto responsable.
—Miedo me da preguntar.
Hace oídos sordos a mi comentario y sigue hablando.
—Ozzie y yo hemos hecho planes para ir a tu casa un día de la próxima
semana. Y ya te he comprado una tarjeta de regalo a tu nombre para que puedas
ir al centro comercial después del trabajo ese día y darte un capricho mientras
nosotros cuidamos de los niños.
No sé qué decir a eso. Ni siquiera estoy segura de haberla entendido del todo.
—Te has quedado de piedra, ¿a que sí? Lo sabía. —May suena muy
satisfecha consigo misma, y debo admitir que yo también estoy muy contenta
con lo que acaba de decirme.
—¿Qué he hecho para merecerlo?
—No es lo que has hecho… sino lo que vas a hacer.
Cierro los ojos y vuelvo a respirar hondo.
—No estoy segura de que quiera oír lo que vas a decirme ahora.
—Confía en mí. Te va a encantar.
—¿Me va a encantar el qué?
—Tú solo ven a verme al trabajo. Dentro de una hora.
—¿A tu trabajo? No, no pienso hacer eso.
Estuve allí una vez, y con eso tuve suficiente. No me impresionó el ambiente
de club de la lucha que se respiraba ahí dentro. ¿Todas esas taquillas y el equipo
de levantamiento de pesas, con vehículos aparcados dentro? No.
Definitivamente, no se parece en nada al sofisticado estudio de fotografía que
tenía antes como lugar de trabajo. Ni por asomo.
—¿Por qué no? Vamos, solo será una hora, máximo. Te prometo que no lo
lamentarás. Ozzie te pagará.
—¿Pagarme? ¡Maldita sea, May! ¡Sabía que esto no me iba a gustar!
Su jefe está tratando de sobornarme, de comprar mi aprobación con dinero,
lo sé. Menudo imbécil.
Mi hermana pasa al modo súplica.
—Por favooor, Jenny. ¡No digas que no! ¡Te necesito de verdad!
—¡No me necesitas! ¿Acaso tengo pinta de Bourbon Street Boy? Necesitas a
alguien tipo comando.
Se ríe.
—¿Tipo comando? ¿Y qué es eso?
Visualizo perfectamente a los hombres con los que trabaja.
—Ya sabes a lo que me refiero. Personas musculosas y con camisas
apretadas que pegan puñetazos a la gente en la cara para ganarse la vida.
—No digas tonterías. Si necesitara a alguien así, ¿para qué iba a llamarte a
ti?
—Una muy buena pregunta. —Es absurdo que su respuesta hiera mis
sentimientos. Sé que con mis embarazos gané unos cuantos kilos que todavía no
he perdido, pero tengo planeado apuntarme a algún gimnasio un día de estos…
—Tú ven y ya está. Te pagará quinientos dólares por menos de una hora de
consultoría. Dijiste que querías empezar a hacer trabajos como freelance, así que
ahora es tu oportunidad.
De pronto, me cuesta respirar.
—¿Has dicho…?
—Sí, he dicho exactamente eso. —Percibo la sonrisa en su voz—.
Quinientos pepinos y una tarjeta de regalo. Tienes que estar ahí a las cinco y
media. Y trae tu ordenador portátil.
Cuelga antes de que me dé tiempo a protestar, porque es una chica
inteligente.
Me vuelvo y veo mi reflejo en el espejo que hay colgado en el pasillo, por lo
que no me pasan desapercibidas las profundas bolsas azules que tengo bajo los
ojos. Pues qué bien. Ahora parece como si uno de esos miembros de un comando
de Bourbon Street me hubiese pegado un puñetazo en la cara.
Necesito urgentemente ese baño y al menos unas horas de relax, pero
quinientos dólares son quinientos dólares; y cuando el banco me devuelve los
cheques sin fondos de la pensión alimenticia de los niños, cosa que ocurre la
mayor parte de las veces, tener un pequeño colchón en la cuenta corriente es
algo positivo. Mejor dicho, es un gran alivio. Gracias, May.
Resisto la tentación de tomar otro trago de vino, y me doy media vuelta para
ir a mi habitación a ponerme un poco de maquillaje y disimular las ojeras. Ya me
bañaré más tarde. Y oye… Puede que incluso tome champán mientras estoy
metida en la bañera, ya que pronto me lloverán un montón de billetes en efectivo
que no esperaba.
Por fin puedo sonreír mientras subo las escaleras.
Capítulo 2
No puedo creer que esté haciendo esto. Ni siquiera sé qué es esto. ¿Llevo la
ropa adecuada para trabajar como consultora informática freelance en la empresa
de seguridad Bourbon Street Boys? Mientras espero en el semáforo justo
enfrente de la entrada del puerto, me doy un repaso: llevo pantalones vaqueros,
zapatillas de deporte con flores bordadas, una blusa blanca abotonada y el pelo
castaño claro recogido en una cola de caballo. A excepción de los pendientes
plateados, me he dejado en casa todas las joyas; no me parecía correcto ponerme
demasiado elegante para ir a trabajar al puerto. Aquí el vehículo más habitual es
una carretilla elevadora, así que no quiero ponernos en evidencia ni a mí misma
ni a mi hermana presentándome ahí como una payasa que no sabe cómo vestirse
para la ocasión.
Al mirarme al espejo, noto que el flequillo que tendría que haberme cortado
hace un mes se me mete en los ojos. Lo aparto a un lado y me aseguro de que no
se me ha corrido la máscara de pestañas. Estoy lista. Mi cansancio no acaba de
disimularse del todo debajo de la base de maquillaje. Por suerte para mí, mis
ojos azules han tomado el relevo y lucen muy brillantes y frescos, aunque esté
mal que yo lo diga. La idea de recibir quinientos dólares extra y una tarjeta de
regalo para el centro comercial suele tener ese efecto en mí.
El semáforo se pone en verde, lo que me obliga a salir de mi
ensimismamiento y poner rumbo al puerto. Orientándome de memoria, sigo
conduciendo y recorro varios edificios hasta que veo el que busco. Me detengo
al llegar a la nave industrial y aparco el coche fuera, dejando el motor al ralentí
un momento mientras examino el exterior del edificio.
No hay una entrada peatonal obvia, pero he estado aquí antes, así que sé que
tengo que acercarme al teclado numérico y presionar el botón de llamada para
que alguien me deje pasar por la puerta automática que hay delante de mi
automóvil.
Me dan ganas de quedarme dentro del vehículo, con el aire acondicionado, y
tratar de adivinar lo que pasa en la empresa entre bastidores, pero eso retrasaría
aún más mi cita con la bañera de espuma. Más me vale admitir que estoy
nerviosa y acabar con esto de una vez.
Odio ser un animal de costumbres, el hecho de que cambiar de lugar de
trabajo me haga sentir tan incómoda. ¿Cómo voy a dejar algún día ese sitio
infecto y ganarme la vida como profesional independiente si no puedo hacer algo
tan simple como pasar una hora colaborando con mi propia hermana? Argh. No
tengo remedio. El miedo me tiene tan atada a mi empleo que nunca lo dejaré. Me
haré vieja allí dentro, y al final tendrán que echarme a la fuerza. Es una
maldición. ¡Estoy gafada!
Disgustada conmigo misma, apago el motor, agarro el portátil y el bolso del
asiento de al lado, y me apeo, dando un portazo al salir. Me chirrían las zapatillas
con cada paso mientras me dirijo a la puerta. La cola de caballo se balancea
rítmicamente a mi espalda, junto con mi trasero. «Eh, ¿me pones unas patatas
fritas con ese batido?». En serio, necesito ir al gimnasio.
Al llegar junto al teclado de la puerta, me inclino y presiono el botón de
llamada para hablar. Estoy sudando y me tiembla la mano de los nervios.
—¿Hola?
Cuando lo único que obtengo como respuesta son unas interferencias,
empieza a entrarme el pánico. Una carretilla elevadora pasa volando detrás de
mí, yendo a toda velocidad, o eso me parece. Me vuelvo y la veo alejarse. El tipo
que la conduce gira el cuerpo y me silba, sonríe y me saluda con la mano. Le
faltan dos dientes.
«Ay, Dios… ¡Soy una madre de familia con tres hijos! ¡Argh! ¿Qué hago
aquí?».
Respiro hondo, miro hacia el teclado numérico y suelto el aire muy despacio,
tratando de tranquilizarme. «Tú puedes hacer esto, Jenny. Vamos, mujer.
Recuerda: eres un animal. ¿Qué digo, un animal? No, eres un tejón de la miel, el
animal más agresivo del mundo. Nadie se mete con un tejón de la miel».
—Vamos, abrid la puerta de una vez, panda de babuinos de Bourbon Street
Boys. —Presiono el botón de nuevo y levanto la voz—. ¡Holaaa!
Ahora, el sudor hace que se me pegue la camisa a la piel. Esto se pone cada
vez mejor… Con un poco de suerte, el señor Carretilla Elevadora pasará otra vez
y me invitará a tomar algo al club de striptease local.
No pasa nada durante un rato que se me hace eterno. Siento la tentación de
darme la vuelta, irme y decirle a May que no había nadie cuando llegué, pero sé
perfectamente que esa táctica no funcionará con ella. Puede ser muy insistente
cuando se le mete una cosa en la cabeza: me hostigará y me obligará a darle
explicaciones, y no quiero admitir delante de mi hermanita —a quien debo
proteger de todas las cosas malas que pasan por la noche— que tenía miedo.
Miedo de un conductor de carretilla elevadora sin dientes y de un poco de sudor.
Maldita sea. Estoy entre la espada y la pared.
Me acerco otra vez al teclado numérico, imaginando un vídeo que vi de un
tejón de la miel atacando a una pitón. El tejón de la miel no le aguanta las
tonterías a nadie, ni siquiera a los Bourbon Street Boys.
—¿Holaaa? ¿Hay alguien ahí o no? Como no abra alguien ahora mismo, me
voy.
El sonido de la puerta gigante, que empieza a deslizarse de repente, me da un
susto de muerte. «¿Tejón de la miel? Y un cuerno…». Me recupero a toda prisa
del susto y me aliso el pelo para que nadie piense que soy una gallina, que se
espanta de todo. «Solo es una puerta. Tranquilízate, boba».
Estar ahí en el puerto siempre me pone un poco nerviosa. Ahora mismo estoy
completamente fuera de mi elemento, lo admito. No entiendo cómo mi hermana
puede sentirse tan cómoda aquí. Tal vez son los músculos de su novio los que le
proporcionan una extraña sensación de seguridad. Por desgracia, yo no cuento
con eso. Lo único que tengo es mi portátil y un bote de espray de pimienta.
Sujeto el bolso un poco más fuerte, imaginando la presión del bote de aerosol
contra mi cadera.
—¿La hermana de May, Jenny, supongo? —dice una voz masculina desde
dentro. No es la voz de Ozzie. No creo haberla oído antes.
Mis ojos tardan unos segundos en acostumbrarse a la luz tenue del interior
que llega hasta la puerta, pero cuando lo consiguen, tengo que hacer un gran
esfuerzo para evitar que se me caiga la mandíbula al suelo. Hay un tipo más
guapo de lo humanamente posible justo delante de mí, dentro de la nave
industrial, sonriéndome.
«Tranquila, Jenny, tranquila…».
—Sí, esa soy yo —digo, con demasiada alegría, tratando de ocultar el hecho
de que estoy teniendo un cortocircuito cerebral total. No es mi tipo, pero aun
así… un hombre guapo es un hombre guapo, y no se puede negar que este lo es.
Tomo un poco de aliento para calmarme—. Así me llaman. Soy Jenny. Jenny
Wexler. La hermana de May, sí, esa soy yo. La de la informática. Con mi
portátil.
«Y… ¡premio para la verborrea nerviosa! ¡Genial! ¡Estás en racha, Jenny!».
Cuando se queda ahí parado, mirándome, algo aturdido, levanto un poco mi
portátil apartándolo de la cadera mientras me pongo roja como un tomate.
—Me ha llamado ella. Para decirme que viniera. Con el portátil…
El Guapo me tiende una mano que se supone que debo estrecharle.
—Encantado. Yo soy Lucky.
«¿Lucky? ¿Como Lucky Luke?». Doy un paso adelante con la mano
extendida, más confusa que otra cosa, y espero que no note lo sudorosa que la
tengo.
—¿Lucky…?
Se encoge de hombros, casi como si estuviera avergonzado.
—Es un apodo que me pusieron cuando tenía diez años.
Ah, ahora lo entiendo todo, especialmente la necesidad de dormir más horas.
—Encantada de conocerte, Lucky.
Su mano es cálida y suave, lo cual no deja de sorprenderme: pensaba que
todos los tipos que trabajaban aquí tenían callos de tantas cabezas como deben
de abrir a base de puñetazos todos los días.
Miro alrededor mientras separamos las manos, tratando de localizar a mi
hermana. Creí que saldría a recibirme, pero no la veo por ningún lado.
—May ha tenido que salir un momento, así que me ha pedido que te
acompañara y te pusiera en antecedentes.
Intento con todas mis fuerzas no poner cara de exasperación, pero es
imposible. Primero me habla como si estuviera desesperada por traerme aquí, ¿y
luego desaparece? ¿A qué viene eso? Será mejor que no sea un truco. O se va a
ganar una buena si es así.
—No te preocupes. No muerdo. —El Guapo me sonríe y me guiña un ojo.
—Bueno, pues yo sí, así que ten cuidado.
Ya vuelvo a estar de mal humor. Podría encontrarme en una bañera de agua
caliente ahora mismo, terminándome mi botella de vino, y, en cambio, me veo
aquí con un tipo que me acaba de guiñar un ojo, probablemente para hacerme
sentir mejor por el hecho de que mi hermana me haya abandonado, o porque ve
que estoy sudando como una cerda en celo. Más vale que May no haya salido a
cenar con su novio, porque se va a enterar.
Se le borra un poco la sonrisa.
—Bueno… Pues nada…
Se produce un silencio incómodo. Yo doy unos golpecitos con el dedo en mi
portátil y él se frota las manos. Espero a que haga el siguiente movimiento,
porque no tengo ni idea de por qué he venido aquí, pero él se limita a encogerse
de hombros.
Un ruido a su espalda me distrae del sudor que siento que empieza a
resbalarme por la zona lumbar y por la raja del trasero. Y yo que creía que este
día no podía ir a peor…
—¿Vas a dejar esa puerta abierta todo el día? —pregunta una voz de hombre.
Lucky responde girando la cabeza ligeramente hacia un lado y levantando la
voz.
—¡Déjate los pantalones puestos! ¡Tenemos visita!
—¿Quién es?
—¡Ven a verlo por ti mismo! —Lucky me hace una señal para que entre—.
Vamos, pasa. No te preocupes, mantendré una distancia prudencial.
—¿Una distancia prudencial?
—No me gustaría que me mordieran.
Me guiña el ojo otra vez.
Me pongo aún más colorada. Estoy a punto de disculparme por ser tan bruta,
pero entonces pienso que eso solo servirá para dar pie a otro de esos silencios
incómodos, así que no digo nada. En cambio, entro en la nave industrial y trato
de no dar un bote del susto cuando la puerta comienza a cerrarse detrás de mí.
«Maldita sea, cuánto ruido hace esa cosa…».
Cuando la puerta termina de cerrarse con un gran estruendo, un movimiento
hacia la izquierda capta mi atención. Un hombre gigantesco emerge de la
oscuridad; va completamente mojado, con la camisa y los pantalones cortos
pegados a cada centímetro de su cuerpo. «Madre del amor hermoso… No sabía
que los hacían tan grandes…». Este debe de ser el tipo del que mi hermana me
ha hablado varias veces. Si mal no recuerdo, él incluso la ha atacado en más de
una ocasión, aparentemente como una especie de prueba. Creo que es el que está
a cargo de los entrenamientos físicos o algo así. Eso explicaría las copiosas
cantidades de sudor que veo chorrear de cada centímetro de su cuerpo.
Entrecierro los ojos para mirarlo cuando me doy cuenta de que podría estar
lo bastante loco para creer que a mí me va esa clase de jueguecitos. Si se le pasa
por la cabeza siquiera atacarme, le aplastaré la cabeza con el portátil y luego haré
que me compre uno nuevo. ¿Cómo se llamaba?
—Dev —dice el tipo, como si me leyera el pensamiento. Unas zancadas
gigantes para las que un hombre normal necesitaría el doble de esfuerzo lo
plantan delante de mí en cuestión de segundos—. Tú debes de ser Jenny. Te
pareces a tu hermana.
Su sonrisa es irresistible, sobre todo acompañada de ese hoyuelo que tiene en
el lado derecho y esos brillantes ojos azules. Y ese cuerpo… Maldita sea. ¿Ves?
Este hombre, en cambio… sí que es mi tipo. Noto que vuelvo a ponerme roja
como un tomate una vez más cuando me doy cuenta de lo guapo que es en
realidad. Y grande. Sus manos son enormes. Parecen del tamaño de los platos de
mi vajilla. La parte de mi cerebro habitada por la mujer soltera y solitaria que
hay en mí toma las riendas y se pregunta si ciertas partes de su cuerpo serán
también proporcionales a su estatura, y hago un esfuerzo por mantener la mirada
por encima del nivel de la cadera.
Tengo que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo a la cara cuando se
planta frente a mí, lo cual es mucho mejor que mirarle la entrepierna. «Madre
mía, qué momento más sexy…». Extiendo la mano automáticamente para
estrechar la suya y él responde restregándose la palma arriba y abajo por la
pierna.
—Es que estoy muy sudado.
Retiro la mano y la apoyo sobre mi pecho. «Se acabó el momento sexy».
—Tranquilo, no pasa nada. Encantada de conocerte. —«¿Unas manos
sudadas del tamaño de los platos de mi vajilla? No, gracias, a menos que yo
también esté caliente y desnuda, claro…».
Mierda, ¿de verdad acabo de pensar eso? Qué vergüenza… Él se me presenta
formalmente en el lugar donde trabaja y yo lo estoy desnudando con la mirada.
Hablando de actitudes poco profesionales… May no me pedirá nunca más que
trabaje como freelance para la empresa de su novio si no consigo controlarme.
«A lo mejor debería comprarme un vibrador…».
Tiene toda la cabeza salpicada de gotas de sudor, que le resbalan poco a poco
por un lado de la cara. Está completamente calvo, por lo que el efecto es bastante
impresionante: es asqueroso y sexy a la vez. Lleva muñequeras y usa una de
ellas para limpiarse la humedad salada de los ojos. Es entonces cuando me doy
cuenta de que tampoco tiene cejas. Por qué eso me parece aún más sexy es todo
un misterio para mí. Maldita sea. Tendré que comprarme ese vibrador…
—¿Estás aquí para ayudarnos con el caso de Blue Marine? —me pregunta.
Me encojo de hombros, alegrándome de que uno de los dos esté pensando en
algo serio como el trabajo y no en juguetes sexuales.
—La verdad es que no lo sé.
Entonces interviene Lucky.
—No he tenido la oportunidad de darle una sesión informativa todavía.
Acaba de llegar.
Dev asiente.
—Entiendo.
Lucky se da la vuelta para mirar una escalera en el otro extremo de la nave
industrial.
—El caso es que necesito el expediente, que está en el piso de arriba. ¿Te
importa enseñarle las instalaciones y ponerla al día por mí?
Dev sonríe de nuevo, haciendo que se me acelere el corazón.
—No hay problema. —Echa a andar por la nave industrial—. Sígueme,
Jenny. Vamos a conectarte.
Dudo, preguntándome adónde voy, qué estoy haciendo y de qué va todo esto.
—¿Qué es Blue Marine? —le pregunto a Lucky mientras se aleja.
Su voz resuena por toda la nave industrial mientras me responde, subiendo
los escalones de metal de dos en dos.
—Es un caso en el que estamos trabajando. Voy a buscar un contrato de
confidencialidad para que lo firmes y un registro del trabajo que he hecho hasta
ahora. Me he quedado atascado en un punto en concreto y May dijo que podrías
ayudarnos.
Asiento, aceptando su explicación perfectamente razonable, y me vuelvo
para seguir al hombre calvo, que ahora casi ha atravesado ya toda la nave
industrial. Por fin, las cosas empiezan a tener sentido. Mis nervios se calman un
poco.
Dev hace una pausa y me mira por encima del hombro, sonriendo de nuevo
con ese hoyuelo.
—¿Te vienes?
«¡¿Que si me vengo…?! ¡Dios! ¡Esa palabra!». Me arde la cara otra vez.
—Sí. Ya… voy.
El corazón me late a mil por hora y es como si tuviera plomo en los pies.
Esto debería ser muy sencillo, ir al trabajo de mi hermana y hacer un pequeño
encargo para ella. Entonces, ¿por qué me parece un momento tan trascendental?
Ella confía en estas personas, así que deben de ser buenos chicos, ¿verdad? No
tengo nada que temer. Ni siquiera por el hecho de que ha pasado tanto tiempo
desde la última vez que tuve relaciones sexuales que ni siquiera puedo mantener
una conversación normal con un hombre sin imaginar toda clase de disparates e
interpretar insinuaciones sexuales en las frases más simples.
Un enorme estruendo a mi espalda me hace deslizarme hacia Dev más rápido
de lo que creía posible. Y estoy tan concentrada en alejarme del foco del ruido
aterrador que no lo veo correr hacia mí, y nos chocamos de bruces el uno con el
otro. Me quedo sin aire en los pulmones y siento que me caigo.
Extiende sus brazos enormes y me atrapa cuando estoy a punto de caer de
culo. Parecemos una pareja de baile en una clase de swing. Menos mal que nos
ha rescatado a mí y a mi portátil, porque aquí el suelo es de cemento sólido, y no
creo que ninguno de los dos hubiésemos escapado ilesos.
Al cabo de un momento me doy cuenta de que ha transferido una buena
cantidad de su sudor a mi cuerpo. Puaj. Intento no hacer una mueca, pero es
imposible. Ahora huelo a calvo sudoroso.
—Lo siento —dice, poniéndome derecha y apartándose luego—. Te he
manchado con un poco de sudor.
Cuando estoy de nuevo en pie, Dev y yo nos volvemos a la vez para mirar a
la puerta de la nave industrial. Todavía sigue vibrando en sus rieles y parece que
hay una abolladura gigante en ella, con el bulto hacia adentro. El incidente de la
transferencia de sudor pasa a un segundo plano en mi cerebro, sustituido por la
extrañeza más inmediata.
—¿Qué diablos ha sido eso? —Me sale una voz poco natural y aflautada.
—No tengo ni idea, pero no puede ser bueno.
Me rodea y me empuja un poco hacia atrás, de manera que ahora me tapa por
completo.
Intento moverme para ponerme a su lado, pero él me bloquea y se interpone
en mi camino.
—¿Qué estás haciendo?
Me abrazo a mi portátil, en parte para protegerlo y en parte para usarlo como
escudo. Tengo suficiente sudor de Dev encima para toda una vida. Él vuelve la
cabeza y me mira.
—¿Qué te parece que hago? Te estoy protegiendo.
—¿Que me estás protegiendo? —Me inclino a un lado para asomarme a
mirar por detrás de él a la entrada de la nave industrial—. ¿De qué? —Me paro
un momento a pensar en lo que acaba de decir y luego miro la abolladura en la
puerta. Estoy bastante segura de que no estaba allí antes—. Por favor, dime que
ese era el ruido de la puerta al cerrarse.
De pronto, otro estruendo zarandea la puerta y la hace sacudirse en sus
bisagras y luego se oyen unos gritos que vienen de fuera. No distingo ni una sola
palabra de lo que dicen, pero quienquiera que sea parece muy, muy enfadado. La
rocambolesca idea de que tal vez sea el tipo de la carretilla elevadora, que está
celoso de que yo me encuentre aquí, me flota por la cabeza antes de que el
miedo se apodere de mí. Siento que estoy a punto de mearme en los pantalones.
—En serio, ¿qué ha sido eso?
Dev me sujeta del brazo y comienza a arrastrarme hacia la parte más oscura
de la nave industrial.
—Venga. Vámonos.
—¿Irnos? ¿Adónde? ¿Adónde vamos? —Mi grado de pánico está por las
nubes, como en el nivel diez en este momento. Si fuera una zarigüeya, ahora
mismo estaría tumbada de espaldas, completamente rígida y con las patas
estiradas en el aire. «¡Aquí no hay nada que ver! Solo una zarigüeya muerta.
Vamos, circulen…».
—A un lugar seguro.
Ahora Dev se ha puesto muy serio, ya no sonríe ni me muestra ese bonito
hoyuelo.
Noto su mano caliente a través de la tela de mi camisa, y no me gustan nada
todas estas prisas y empujones. Hinco los talones en el suelo y aparto el codo
para deshacerme de él.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta, alzando la voz—. ¡Tenemos que irnos!
—¿Ir adónde? —Doy un pisotón en el suelo; de pronto me siento como mi
hijo de tres años, Sammy—. No pienso ir a ninguna parte contigo hasta que sepa
lo que está pasando. —Me alejo unos pasos de él—. ¿Esto es una especie de
broma? ¿Algún tipo de prueba de iniciación extraña? —Lo señalo—. He oído
hablar de vosotros, chicos. Sé que os gusta gastar bromas pesadas a la gente que
trabaja con vosotros.
Mi hermana se está ganando un buen pellizco en el pezón por esto. Uno en
cada teta.
Él da un paso hacia mí con las manos extendidas. Habla con voz mucho más
sosegada que antes. Pero no veo ni rastro del hoyuelo por ninguna parte, así que
a mí no me engaña.
—Te lo prometo, esto no es ninguna broma ni ningún tipo de iniciación
extraña. Fuera está pasando algo y necesito asegurarme de que estés a salvo
antes de investigar de qué se trata.
—Pero ¿y mi hermana?
—Tu hermana está con Ozzie, así que está bien. Venga. —Me toma del
brazo, con más delicadeza esta vez—. Por favor, sígueme.
Aunque, para ser el primer día de un nuevo trabajo, es la situación más
ridícula que podría imaginarme, está claro que Dev habla en serio. Y parece que
quiere hacer lo correcto asegurándose de que estoy bien antes de pasar al
siguiente paso, así que decido hacer lo que dice. Pero si resulta que esto es una
novatada o alguna especie de ritual de iniciación, aquí van a rodar cabezas…
Capítulo 3
Dev me desliza la mano por el brazo para agarrarme la mía mientras me
arrastra por la nave industrial hasta nuestro destino, un destino que aún no
conozco. Intento no reaccionar de forma absurda, como una colegiala, por ir de
la mano de este extraño, pero es imposible. No recuerdo la última vez que noté
los dedos de un hombre alrededor de los míos, y puedo decir que nunca había
sentido algo parecido a esto: tiene unas manos enooormes. Esto debe de ser lo
que siente Sammy cuando su padre le da la mano. Claro que Sammy tiene tres
años y yo, treinta y dos, y debería quitarme estas tonterías de la cabeza. Es
increíble la de cosas que se le pasan a una por la imaginación cuando siente que
su vida corre peligro.
—¿Estoy en peligro? —Dev no me responde, así que continúo adelante,
oyendo el chirrido de las zapatillas mientras casi tengo que correr para poder
seguirle el ritmo. Menos mal que no me he puesto pantalones de pana, porque si
no, me estaría quemando los muslos con tanta fricción—. Porque yo no firmé
nada de correr riesgos cuando le dije a mi hermana que vendría a ayudaros. A mí
no va todo eso del peligro, como a vosotros; a mí lo que me gustan son los baños
de espuma, el vino y la tranquilidad. La calma. A mí lo que me gusta es la calma.
No voy por la vida en plan comando. Siempre llevo ropa interior.
Por lo visto, cuando me entra el pánico, hablo más de la cuenta. Es curioso lo
de aprender cosas nuevas sobre una misma cuando se tienen más de treinta años.
Dev hace oídos sordos a mi insistencia y no dice nada mientras pasamos
corriendo junto a un grupo de cubículos.
—¿Es aquí donde se supone que debo trabajar? —Miro por encima del
hombro, y las sillas y los cubículos de aspecto cómodo desaparecen a lo lejos.
Antes me quejaba de tener que programar, pero ya no me quejaré nunca más.
«¡Solo dejadme programar! ¡No quiero salir corriendo para huir de ruidos
extraños!».
—Más tarde —dice.
Se oye otro estruendo detrás de nosotros, aunque más débil, porque nos
hemos alejado. Corro más deprisa, ya no me interesan esos malditos cubículos.
«A la mierda lo de programar… Sácame de aquí cuanto antes. Será mejor que
salgamos por la puerta de atrás».
—¿Alguien está intentando entrar en la nave industrial? —pregunto,
temiendo lo obvio.
—Podría ser.
Llegamos a un pasillo y él gira a la derecha y luego vuelve a girar
rápidamente a la izquierda.
—¿Adónde vamos? —Ahora ya estoy lloriqueando. No puedo evitarlo. Juro
que cuando vea a mi hermana, la mataré. Nada de retorcerle los pezones; eso es
para cosas menores. Esta vez le haré una llave de yudo y la haré suplicar
misericordia.
—Ya lo verás.
Se detiene en una puerta con un teclado numérico en el exterior. Marca un
código y le sigue el clic que nos permite el acceso.
Empujando la puerta con el hombro, me toma por el codo y me arrastra
detrás de él. Una tenue luz cenital ilumina el pequeño espacio del tamaño de un
armario en el que hemos entrado. La verdad es que este plan de rescate no me
impresiona lo más mínimo. Pero si hasta hay fregonas en la pared, por el amor
de Dios… Estiro el cuello para mirarlo a la cara.
—¿En serio me estás escondiendo en el armario de la limpieza?
Dev no me responde, sino que se acerca y comienza a presionar los botones
en un teclado escondido detrás de una de las fregonas de la pared. Cuando
introduce otro código, el teclado se ilumina, mostrando tanto los números como
una pantalla negra que hay debajo. Este dispositivo parece mucho más
sofisticado que el que había en el exterior del armario, lo que debería hacerme
sentir más segura, pero, en cambio, me preocupa mucho más. «Exactamente, ¿en
qué lío estoy metida ahora mismo?».
Dev termina de introducir el código y apoya sus primeros tres dedos en la
pantalla de abajo. El clic que oigo cuando termina es mucho más fuerte esta vez,
y eso me lleva a pensar que vamos a entrar en un lugar más seguro; lo cual me
parece muy bien, porque este armario en el que estamos ahora solo sirve para
proteger los suministros de limpieza. Una parte de la pared que alberga una
estantería se separa de la parte posterior del espacio y se desplaza hacia dentro.
Caramba. Una Batcueva oculta supersecreta. No estoy segura de si debería
sentirme impresionada o más preocupada por estar a punto de entrar ahí. Dev
pasa y enciende una luz. No distingo todo lo que hay detrás de él, pero lo que
veo basta para asustarme una vez más.
—¿Qué demonios es eso?
Señalo un espacio que no solo tiene sillas y mesas, sino un montón de
ordenadores y una hilera de literas. Allí hay suficiente espacio para diez
personas al menos.
Se inclina y me toma de la mano otra vez, atrayéndome hacia la puerta.
—Es una habitación del pánico. Pero se supone que no te debe entrar el
pánico cuando estás aquí, porque estás a salvo. Mantén la calma.
Cuando me alejo del umbral, él cierra la puerta detrás de nosotros. Se oye un
largo pitido y luego el ruido de las cerraduras encajando en su lugar. En la
habitación reina un silencio sepulcral, y ahora percibo el fuerte olor a hierro que
emana de su cuerpo, seguramente por la sesión de ejercicio o lo que sea que
estuviera haciendo antes de que yo entrara por la puerta de este sitio tan loco y al
que a partir de ahora voy a llamar Hotel California. Si me dice que puedo irme
cuando quiera, pero resulta que no puedo salir, voy a hacer algo que no le
gustará nada. No estoy segura de qué podría ser ese algo exactamente, pero ya se
me ocurrirá.
—Tienes que estar de broma —le digo, resoplando con incredulidad—. ¿Que
no me entre el pánico? ¿Que mantenga la calma? Amigo mío, tú te has tomado
algo…
Me suelta la mano y se dirige a un teléfono que cuelga de la pared. Sin
responderme, levanta el auricular y presiona un solo botón. Espera en silencio y
yo paso ese tiempo escuchando mi corazón retumbarme en los oídos. Va
demasiado rápido. Miro a mi alrededor para ver si tienen algún desfibrilador
colgado en la pared. Es posible que necesite uno pronto.
Esto no puede estar pasando. Tiene que ser una broma, pero no se me ocurre
por qué mi hermana trabajaría con un grupo de imbéciles que gastan esta clase
de bromas a la gente en su primer día de trabajo. Ese tipo, Ozzie, debe de ser
realmente bueno en la cama para que ella lo aguante. Ya sabía yo que no me
convenía anular mi plan de meterme en la bañera y beber vino. Tonta, más que
tonta…
Dev vuelve a colocar el teléfono en su sitio y sacude la cabeza, soltando un
suspiro de frustración.
—¿Qué pasa? —Ni siquiera estoy segura de querer oír su respuesta.
—Arriba no me contestan. Tal vez Lucky ya no esté allí.
Busco en mi bolsillo trasero y saco el teléfono.
—Se acabó. Voy a llamar a mi hermana. No pienso seguir jugando a este
juego. Ya podéis ir buscando otro profesional independiente que os ayude con
vuestro caso marino o como se llame.
Él lanza un suspiro.
—Tu teléfono no funcionará aquí dentro.
Lo miro, recelosa.
—¿Por qué no?
—Pues porque es una habitación del pánico. Las paredes tienen más de un
metro de grosor. No entra ni sale ninguna señal.
Inclina la cabeza levemente hacia el teléfono de la pared, dándome a
entender que esa antigualla es nuestra única vía de comunicación con el mundo
exterior.
Por desgracia, he visto casi todas las películas de acción del mundo, y sé con
certeza que lo único que se necesita para inutilizar ese teléfono de pared son
unas malditas tijeras para cortar la línea exterior. Estamos perdidos. ¡Perdidos!
Levanto las manos en señal de frustración.
—Bueno, es genial, ¿no? ¿Qué se supone que debo hacer ahora? ¿Quedarme
aquí de brazos cruzados y esperar a que alguien venga a matarme?
No me responde. Se limita a mirarme fijamente.
Echo un vistazo alrededor para no tener que mirarlo a la cara. Me está
subiendo la tensión arterial de verlo concentrarse en mí de esa manera.
—Estás loco si crees que voy a quedarme aquí sentada en tu habitación del
pánico en el Hotel California y relajarme mientras vosotros jugáis a policías y
ladrones ahí fuera.
—Esto no es un juego, Jenny. Es muy serio. Y hasta que sepa lo que está
pasando, no irás a ningún lado.
Su voz es más suave. Casi hipnotizadora.
Me pongo las manos en las caderas y vuelvo mi atención hacia él, lanzándole
mi mejor mirada de madre enfurecida.
—Quiero que sepas que conozco muy bien las leyes de este estado y me
consta que no puedes retenerme aquí en contra de mi voluntad. Eso se llama
privación ilegítima de libertad, amigo, y no pienso tolerarlo.
Me mira arqueando lo que sería una ceja, solo que, en su caso, no tiene. De
todos modos, surte efecto como modo de expresar el desafío que me está
lanzando.
—Conque esas tenemos, ¿eh?
Adelanto la barbilla.
—Sí, así es.
Señala la puerta.
—Adelante, entonces. Vete cuando quieras.
—Perfecto. Ahora mismo. —Sí, me da miedo salir y meterme en una
situación complicada, pero no tanto como para dar marcha atrás ahora. Yo le
enseñaré quién manda aquí. Puedo esconderme en un cubículo. Ningún
problema. Allí mi teléfono funcionará, así que marcaré el número de
emergencias y haré que vengan agentes de policía de verdad, y no estos
aprendices de guardias de seguridad de los Bourbon Street Boys.
Me dirijo a la puerta para abrirla, pero no hay ningún botón, solo un teclado.
Me muerdo el labio y lo miro fijamente. ¿Me acuerdo del código que ha
introducido antes? No, no me acuerdo. Mierda. Me doy media vuelta.
—Tienes que abrirme la puerta.
—Lo siento, pero no puedo hacer eso.
—¿Qué quieres decir con que no puedes hacer eso?
Se encoge de hombros.
—Tenemos protocolos establecidos para este tipo de escenarios, y el
protocolo para la entrada de intrusos mientras hay civiles dentro de la nave
industrial requiere que uno de nosotros garantice la seguridad del civil y espere
el contacto desde el exterior antes de abrir la puerta. Y yo he sido el afortunado
que estaba con el civil cuando se ha presentado la amenaza.
Me sonríe y se le forma ese maldito hoyuelo.
—¿Protocolo? ¿Intrusos? —Me doy la vuelta para mirar la puerta y darle un
golpe. Luego empiezo a presionar botones aleatorios en el teclado—. Protocolo,
el que tengo en mi trasero grande y gordo. Tengo cosas que hacer y sitios a los
que ir, así que vas a tener que olvidarte del protocolo, tipo duro.
—Tampoco tienes el trasero tan gordo…
La mano se me queda paralizada cuando estoy a punto de presionar otro
botón. Me vuelvo lentamente.
—¿Me estás tomando el pelo? —¿De verdad se va a poner a hablar sobre mi
trasero ahora? Tal vez quiere que lo mate.
Se encoge de hombros.
—Un par de meses conmigo y lucirías unos magníficos abdominales debajo
de esa blusa.
Abro mucho la mandíbula, que se queda así, colgando. Me he quedado sin
palabras. Y no es nada fácil dejarme sin palabras, en serio.
—¿Por qué no te sientas un rato y esperamos a ver si hay algún contacto?
Lo miro como si estuviera loco, porque es evidente que lo está. Al final, se
me abre la garganta y consigo articular mi voz.
—En primer lugar…, ¡no hables de mi trasero! ¡Ni siquiera me conoces! Y,
en segundo lugar, ¿crees que voy a quedarme aquí sentada durante horas
mientras esperamos a que alguien nos llame? ¿Cómo sabes que ellos sospechan
siquiera que estamos aquí? ¡Probablemente estén preguntándose qué diablos
hacemos! Probablemente piensen que solo hemos ido a dar un paseo o algo así.
Probablemente estén todos sentados esperando a que regresemos.
Cruza los brazos sobre el pecho.
—¿De verdad crees eso?
Me encojo de hombros con irritación y me miro los pies. Está haciendo que
me sienta como una estúpida, pero a estas alturas eso ya no tiene remedio. Abro
la boca para poner alguna objeción más, pero él me interrumpe.
—Oíste el ruido, sé que lo oíste. Alguien que no tenía el código de acceso
estaba tratando de entrar en la nave industrial. Eso me indica que hay un
problema. El protocolo estándar requiere que todo el personal se asegure y
proteja el edificio cuando ocurre algo así. Entonces, nos enfrentamos a la
amenaza si es necesario. Mi equipo está haciendo eso ahora mientras yo
garantizo tu seguridad aquí dentro. Tenemos líneas de comunicación establecidas
por todo el edificio, así que solo es cuestión de tiempo que alguien se ponga en
contacto con nosotros. Lo único que tenemos que hacer es esperar.
Resoplo con incredulidad.
—Por favor, dime que tienes un plan mejor que este. No soy ninguna experta
en seguridad ni una chica Bourbon Street, pero hasta yo puedo ver los agujeros
en ese supuesto protocolo tan estúpido.
Me mira frunciendo el ceño.
—¿Por qué? ¿Qué pasa con nuestro plan?
Miro alrededor de la habitación con los ojos desorbitados.
—¿Te das cuenta de que lo único que tendrían que hacer los malos es
prender fuego a este lugar y nos achicharrarían a los dos hasta dejarnos
reducidos a un par de desechos crujientes antes de que alguien tuviera tiempo de
llegar hasta a nosotros?
Él niega con la cabeza, como si yo fuera la pobre cabeza de chorlito sin riego
en el cerebro.
—Para empezar, tenemos un sistema de extinción de incendios de tecnología
punta instalado en toda la nave industrial. En segundo lugar, esta habitación del
pánico fue diseñada específicamente para soportar un incendio de hasta seis
horas de duración. Créeme, si alguien nos quiere hacer tanto daño como para
intentar prender fuego a nuestra nave industrial, tendrán que traer todo un
ejército para tener éxito.
—Entonces, supongo que será mejor confiar en que no van a traer un
ejército, ¿eh?
—Supongo.
Nos miramos el uno al otro mientras van pasando los segundos. Siento que
comienza una competencia épica de sostenernos la mirada para ver quién
aguanta más, y sonrío con alegría siniestra y malvada porque sé que voy a ganar.
Hago esto con mis hijos todos los días, así que tengo mucha práctica, y siempre
los derroto con una victoria aplastante. «¡Sí! ¡Toma ya, hombretón! Prepárate,
porque vas a pringar de lo lindo… Se te van a secar los ojos de tanto aguantar».
Pasan más segundos todavía. Empiezo a tener los ojos un poco resecos.
¿Juega con ventaja alguien que te mira desde dos metros de altura? Debe de
haberla, porque él ni siquiera se estremece. Todavía tiene los globos oculares
muy brillantes, mientras que los míos seguramente parecen unas canicas con
cien años. Secas. Vidriosas. Maldita sea. Creo que ahora se me han pegado los
párpados.
—No vas a ganar —dice—. Deberías rendirte.
—Oh, sí voy a ganar, ya lo creo. —Traslado el peso de mi cuerpo a mi otro
pie—. Puedo hacer esto todo el día. Tengo tres hijos.
—¿Ah, sí? Bueno, pues yo tengo un niño que vale por cuatro, y no me rindo
fácilmente.
Pestañeo, tan sorprendida de oír que él también es padre que pierdo la
concentración. ¡Maldita sea!
Me señala con el dedo.
—Has perdido.
Pongo los ojos en blanco, volviéndome para que no me vea pestañear una y
otra vez para tratar de rehidratar mis pobres ojos, secos como uvas pasas.
—¿Qué pasa? ¿Tienes diez años? —exclamo.
—No, en realidad tengo treinta y cinco, pero he ganado igualmente.
Se acerca a la pared y vuelve a descolgar el teléfono.
—Será mejor que alguien responda esta vez —murmuro mientras camino
hacia uno de los cómodos sillones.
Dejo el portátil en la mesa auxiliar que hay al lado y mi bolso en el suelo, y
luego me desplomo en el asiento mientras espero en silencio a que alguien
conteste nuestra llamada.
Estoy cansada de pelearme con este hombre. Solo quiero salir de aquí y
volver a mi aburrida vida de antes, donde me comporto como una persona adulta
y no entro en competiciones de miradas con desconocidos que no deberían tener
un aspecto tan sexy cuando están sudados.
Capítulo 4
Sé que alguien contesta al otro lado de la línea porque la cara de Dev se
ilumina y abre la boca para disponerse a hablar, pero luego no dice ni una sola
palabra. Simplemente se queda allí parado como un maniquí con la cabeza hueca
y calva.
—¿Qué pasa?
Me pongo de pie, con la disparatada idea de acercarme a él y acurrucarme a
su lado, presionar la cara contra el receptor y escuchar la conversación.
Levanta una mano para darme la señal de alto y me frena en seco.
Arrugo la frente. Yo les hago lo mismo a mis hijos cuando me molestan y
estoy hablando por teléfono. Soy una mujer adulta, pero por alguna razón, en la
última media hora he quedado reducida a quinceañera adolescente en presencia
de este hombre. Tal vez incluso a preadolescente.
Cualquier otro día habría llegado a disfrutarlo, porque siempre me siento más
vieja de lo que soy en realidad, pero hoy no. Hoy quiero formar parte del mundo
real en el que soy una persona adulta y puedo decidir adónde voy, cuándo y
cómo lo hago. Toda esta historia de estar encerrada con un comando sudoroso
me está volviendo loca. Me viene a la mente esa película, El resplandor.
Ahora mi captor está muy serio, con sus cejas invisibles fruncidas mientras
mira la pared.
—Recibido, código Harbinger. —Hace una pausa después de esta misteriosa
transmisión, asiente y continúa—. Sí. Está bien. Entendido.
Dev cuelga el teléfono y se acerca para desplomarse en la silla frente a mí.
Separa las piernas y apoya los codos en los brazos del asiento. Se lleva los dedos
de una mano a los labios. La otra mano cuelga en el aire a la altura de su cintura,
como si tal cosa, con toda tranquilidad… como si no acabara de actuar como un
sargento del ejército en una película de acción donde alguien intenta asesinar al
presidente, la Casa Blanca está llena de terroristas de Uzbekistán, y él es el único
agente especial que hay en el interior. Me está mirando como si sopesara
comprarme en una subasta o algo.
Trago saliva. «Pero qué calor…». Me siento como un pedazo de carne, y me
gusta. ¿Se puede saber qué diablos me pasa?
—¿Y bien?
Me recuesto hacia atrás en el sillón y me aliso las arrugas de los pantalones,
tratando de ahuyentar mis alocados pensamientos mientras espero oír las noticias
sobre nuestro rescate inminente. Me alegra saber que los malos no han cortado
las líneas telefónicas como hacen siempre en las películas. Al menos algo sale
bien hoy.
Dev aparta la mano de la cara y se incorpora en el asiento.
—Alguien ha intentado entrar por la fuerza en la nave industrial, pero ya
hemos solucionado el asunto. Ahora solo tenemos que esperar hasta que un
miembro del equipo o del departamento de policía pueda venir y dejarnos salir.
Eso no tiene ningún sentido para mí. Ignoro la primera parte de su
explicación —algo demasiado angustioso para asimilarlo sin procesarlo
interiormente un poco más— y me concentro en el segundo punto.
—¿Qué quieres decir con eso de que alguien tiene que venir y dejarnos salir?
—Miro hacia el teclado de la puerta—. ¿No tienes que ir ahí, introducir números
y poner tus huellas dactilares en la pantalla y ya está?
Me mira avergonzado.
—Normalmente, sí, pero… mmm… Puede que me haya pasado de ansioso
por ponernos a salvo cuando entramos.
Hundo la barbilla en el cuello.
—¿Qué se supone que significa eso?
Él baja la cabeza y, cuando responde, noto que tiene la cara un poco más
sonrosada que antes.
—Hay dos formas de entrar en esta habitación. Una forma es introducir el
código para entrar y salir, y la otra, entrar y quedarte atrapado dentro hasta que
venga alguien de fuera para dejarte salir.
Eso no tiene ningún sentido. ¿Se puede saber qué tipo de sistema inútil
tienen aquí montado? Pronuncio las siguientes palabras con comedimiento y
muy despacio.
—¿Para qué quieres una puerta en una habitación del pánico que no se abre
desde el interior?
Sería lógico pensar que unas personas que se dedican única y exclusivamente
a tratar con delincuentes y con temas de seguridad serían más avispados a la hora
de configurar sus sistemas de bloqueo y cierre. «Genial. Estoy atrapada en la
guarida de los Bourbon Street Bobos. Increíble».
Él no parece tan avergonzado como creo que debería estar cuando me ofrece
su explicación.
—Bueno, en cierto modo es el mismo concepto que una alarma de hogar.
Hay dos códigos diferentes que puedes introducir cuando entras en la casa: un
código simplemente lo cierra todo, pero el otro código se usa cuando alguien te
está amenazando a punta de pistola. Se cierra todo, pero al mismo tiempo, envía
una alerta silenciosa al equipo de vigilancia para avisar de que hay algo
sospechoso y que puedan enviar a la policía para que intervenga. Determinados
miembros del Departamento de Policía de Nueva Orleans también tienen el
código de acceso.
Solo me hace falta darle vueltas a eso unos segundos para detectar los
problemas obvios.
—Entonces, lo que pasa cuando usas el segundo tipo de código es que acabas
con uno de los malos apuntándote con una pistola y encerrado dentro de esta
habitación contigo. —Asiento con la cabeza con aire sarcástico, pensando en lo
ridícula que es esta gente—. Ya entiendo. Eso tiene mucho sentido, claro que sí.
Él se encoge de hombros.
—Lo tiene si recibes el tipo de entrenamiento que recibimos nosotros.
Arqueo una ceja.
—¿Y qué tipo de entrenamiento sería ese? ¿La capacidad de hipnotizar a la
gente para que suelte su pistola, se tumbe en el sofá y se rinda?
—No. Todos estamos entrenados para arrebatar el arma a otra persona en un
corto período de tiempo. Digamos que cualquiera que entre aquí con alguien de
mi equipo y un arma no saldrá de aquí con esa arma.
Este hombre se lo tiene bastante creído, pero para ser justa, he visto su físico
y el de Ozzie, y ahora hasta mi hermana ha sacado algunos bíceps, algo que
nunca antes había tenido. Quién sabe… Tal vez sea un ninja disfrazado de
jugador de baloncesto de la NBA. Paso a mi siguiente argumento más lógico.
—¿Por qué no usar solo un código que abra la puerta y permita que la gente
entre y salga? No entiendo por qué tenerla bloqueada desde fuera puede servir de
algo para alguien que esté aquí dentro.
Suspira como si fuera yo la mema.
—Entonces solo sería una puerta. Pero si está bloqueada desde el exterior, no
importa lo que le haga el malo a la persona con la que esté aquí dentro: no irá a
ninguna parte hasta que alguien de mi equipo entre por él. No tiene forma
humana de escapar. No es solo una puerta; de esa manera, es una cárcel.
—Pero ¿por qué crees que alguien que entre en la nave iba a querer meterse
en vuestra habitación del pánico, para empezar? ¿Por qué iba a querer alguien
encerrarse precisamente aquí?
—Aquí es donde acudiría alguien que no quisiera pelear o plantar cara. Si
alguien entra en la nave industrial buscando a ese otro alguien que no quiere
luchar, el primero lo seguiría.
Se encoge de hombros, como si aquello tuviera todo el sentido del mundo.
Respiro profundamente para calmarme. Hoy no va a ser el día en que vaya a
hacerme la valiente. No, es hora de que me largue de aquí y vuelva a una vida
que no incluya a ninguno de estos payasos de los Bourbon Street Bobos.
—¿Cuánto tiempo falta para que llegue nuestro grupo de rescate?
—El equipo tiene que acabar unas cosas fuera primero. ¿Diez minutos tal
vez?
Después de pensarlo unos instantes, decido que diez minutos son tolerables.
Y ahora que ya sé que más o menos todo va bien, mi curiosidad natural se
apodera de mí.
—Entonces, ¿dices que tienes un hijo?
Asiente con la cabeza.
—Sí. Tiene cinco años y es un terremoto.
—¿Es tan alto como tú?
Dev sonríe levemente.
—Bueno, eso sería un poco raro, teniendo en cuenta que solo está en
preescolar…
Pasa de la seriedad más absoluta al tono de broma a una velocidad que hace
que la cabeza me dé vueltas. Pero en el buen sentido, como si acabara de
apearme tras un viaje en una pequeña montaña rusa. Pongo los ojos en blanco.
—Ya sabes lo que quiero decir.
La sonrisa de Dev estalla con toda su fuerza, y es tan radiante que casi
resulta cegadora. Me hace entrar en calor por dentro.
—Es alto para su edad, pero su madre era muy bajita, o debería decir que es
muy bajita, por lo que podría acabar en algún punto intermedio.
La sonrisa de Dev se desvanece un poco al final de su explicación, lo que me
crea más intriga por saber más sobre qué es lo que le entristece tan súbitamente
cuando es obvio que está hablando de su tesoro más preciado.
—¿Y su madre?
Me mira durante largo rato, así que empiezo a preocuparme por si he
traspasado ese límite de la cortesía que siempre me resulta un poco borroso.
Quizá sea algo impertinente hacerle esa pregunta, pero estamos atrapados en una
habitación del pánico, así que entiendo que las reglas sociales normales deberían
ser un poco más relajadas. O tal vez sea que, después de verlo sudar tanto en mi
presencia, me ha dado confianza para preguntarle por su vida amorosa. Solo hay
un lugar en el que haya visto a un hombre tan sudoroso, y era mi dormitorio.
Unos segundos más tarde, ya no puedo soportar el silencio.
—¿Ha sido una pregunta demasiado personal? Lo siento, siempre me vuelvo
un poco indiscreta cuando estoy nerviosa.
Vuelve a sonreír, así que mi ansiedad se reduce un poco. Tal vez, en el fondo,
no le he parecido tan entrometida.
—No tienes que estar nerviosa —dice—. Estoy aquí.
—¿Y se supone que eso tiene que hacerme sentir mejor?
Inclina la cabeza hacia un lado.
—¿Te pongo nerviosa?
Lanzo un resoplido.
—Sí. Pues claro… —Maldita sea. Ya me comporto como una adolescente
otra vez.
Me sonríe.
—¿Por qué habría de ponerte nerviosa? Yo soy de los buenos.
Me encojo de hombros.
—Eso lo dices tú. Pero es el primer día que trabajo aquí como freelance, mi
hermana no aparece por ningún lado, y estoy encerrada en una habitación del
pánico con un hombre al que acabo de conocer y que dice ser una especie de
comando karateka que tumba a los malos, les quita sus armas y los encierra en
esta cárcel. No sé cómo pretendes que eso me tranquilice. Consigue justo lo
contrario, si quieres que te sea sincera.
—Siempre quiero que me seas sincera —dice, perdiendo la sonrisa.
Veo el peso de un doble sentido en sus palabras, pero lo cierto es que no sé
de dónde viene ni de qué va eso, así que no le sigo el juego. Estoy cansada de
quedar como una idiota delante de este tipo. Vuelvo a pasear la mirada por la
habitación. Me da miedo continuar con la conversación, sabiendo que mi
curiosidad natural ya me la ha jugado una vez. Por la velocidad a la que me late
el corazón, estoy a punto de empezar a hacer preguntas incluso más personales
que las que ya he hecho. Es una especie de mecanismo de defensa que tengo:
aturdirlos con incredulidad y distraerlos de mi comportamiento nervioso con una
batería de preguntas socialmente inaceptables. No es muy elegante, pero suele
funcionar. Aunque no tanto con Dev…
Me sorprende hablando como si no hubiera dudado antes.
—Mi hijo se llama Jacob. Su madre no ha estado con nosotros desde el día
en que nació. Prácticamente desapareció. —Baja la mirada hacia sus manos—.
Sí, eso es más o menos todo. Mi vida en pocas palabras. No hay mucho más que
decir.
Se examina las uñas, frunciendo el ceño.
Ahora la cabeza me bulle con preguntas. «¿A quién le importan las reglas
sociales? ¡Quiero saber qué es lo que mueve a este hombre!». Sonrío para
tranquilizarlo.
—Si creías que compartir esa pequeña información conmigo iba a impedir
que te hiciera más preguntas, obviamente no me conoces ni a mí ni a ninguna
mujer.
Asiente ligeramente.
—Diría que tienes razón en ese diagnóstico. Se me da fatal interpretar a las
mujeres. Siempre me equivoco.
—¿Creciste con alguna hermana? ¿O primas?
—La única chica que tenía cerca cuando era pequeño era Toni, y no apareció
hasta bien entrado en la adolescencia. A los dieciséis años, más o menos.
—¿Quién es Toni? ¿Es tu exmujer? ¿Novia? ¿Esa es la madre de Jacob?
—No. Toni trabaja aquí conmigo, y crecimos juntos en el mismo barrio. Ha
vivido en Nueva Orleans toda su vida. Toni y su hermano Thibault han sido
como otra familia para mí. Junto con Ozzie y Lucky…
Me inclino un poco hacia delante.
—Creo haber oído a May hablar de ella. Es… una tipa dura y guapísima que
no se anda con tonterías, ¿verdad?
Dev se ríe y asiente, y su cuerpo se relaja un poco más en el asiento.
—Sí, esa es ella. No hay nadie más duro que Toni.
De pronto, el horizonte se vuelve borroso mientras miro a lo lejos. Me estoy
visualizando a mí misma como un pequeño Rambo en versión chica,
cargándome a todo bicho viviente, ganándome el respeto que percibo en la voz
de Dev.
—¿En qué estás pensando? —pregunta Dev.
Le respondo sin dudarlo.
—Estoy pensando en lo maravilloso que sería ser descrita de ese modo por
un tipo como tú. —Las orejas se me ponen coloradas cuando me doy cuenta de
que he revelado demasiado mis cartas.
—¿Un tipo como yo? ¿Qué quieres decir con eso?
Me encojo de hombros, tratando de hacerme la indiferente.
—No lo sé… Un tipo como tú. Un tipo al que… —señalo en su dirección—
le gusta entrenar y sudar a chorros por todas partes.
Ya no está sudando, pero todavía tiene la ropa mojada y adherida al cuerpo.
Se mira.
—Ah. Ya te entiendo.
Mis ojos siguen su mirada y aterrizan en su entrepierna. Aparto la vista
rápidamente, pero no antes de que me pille comiéndomelo con los ojos. Empiezo
a agitar la mano delante de mi cara. En serio, tienen que instalar un ventilador
aquí dentro. «¿No serán los síntomas de la menopausia precoz?».
Sigue un silencio. Los dos intentamos no mirarnos directamente, pero es
como si nuestros ojos se negaran a obedecer. Esto es absurdo; estoy roja como
un tomate. Me recuerda al instituto.
—¿Sabes? Podrías convertirte en Toni si quisieras.
Arrugo la frente al oír eso.
—¿Qué?
—He dicho que podrías parecerte a Toni si quisieras. Tienes un gran cuerpo;
solo necesitas un poco de entrenamiento con pesas para desarrollar los músculos.
No sé por qué eso hace que la cara me arda aún más y que sienta un
extendido hormigueo. «¿Me está repasando el cuerpo? ¿Piensa que tengo un
gran cuerpo? ¿No me ha visto el pedazo de trasero?».
—Y tampoco te llevaría mucho tiempo, no creas —continúa, ajeno a mi
nerviosismo—. Si te pareces a tu hermana, podrías conseguirlo en menos de seis
meses. —Se encoge de hombros—. Pero no es que tengas que hacer nada. Solo
estoy hablando de entrenamiento de fuerza, sin cambiar tus formas. Tu cuerpo
está bien tal como está. —Está a punto de decir algo más, pero entonces se calla
y mira hacia otro lado por un segundo.
Me paso la mano por la cara, tratando de ahuyentar sus comentarios y las
oleadas de calor que emanan de mi piel. Qué vergüenza. Como demasiados
helados de chocolate para parecerme a como creo que es Toni, ni siquiera en seis
años, y menos en seis meses.
Solo pretende ser amable cuando dice que mi cuerpo está bien tal como está.
Le habrá entrado demasiado sudor en los ojos o algo así.
—No me queda tiempo para eso. Tengo tres hijos y un trabajo…
Se encoge de hombros.
—Podrías arreglar eso. Si hicieras más encargos como freelance,
seguramente dispondrías de más tiempo libre al instante. Podrías tener tu propio
horario, hacer ejercicio cuando los niños estén en la escuela o en la guardería.
Lanzo un bufido; ya no me da vergüenza la conversación ni mis reacciones
raras por estar en un espacio cerrado con él.
—Uf, créeme, no voy a hacer más trabajo como freelance. Aunque tampoco
es que lo haya hecho, para empezar.
—¿Por qué no?
Bajo las manos al asiento, a cada lado de mis piernas. Lo miro fijamente,
esperando que llegue a la respuesta por sí mismo.
—¿Por qué me miras así? —me pregunta. Está sonriendo, el muy tonto.
—¿De verdad no lo sabes?
—No, no lo sé.
Abro la boca para decirle lo que pienso, para decirle que no invitas a una
posible profesional freelance a tu nave industrial, la encierras en una habitación
del pánico durante una hora, le dices que algún loco está intentando entrar por la
fuerza en el lugar de trabajo, y luego le sugieres que trabaje más horas para ti.
Llamarlos Bourbon Street Bobos es darles demasiado reconocimiento. Es más
bien como si hubiera entrado en la guarida de los Bourbon Street Burros.
Pero antes de que cualquiera de estas palabras pueda salir de mi boca, oigo
un pitido y un clic, y la puerta de la habitación del pánico se abre.
Capítulo 5
La cabeza de May aparece por la puerta.
—¿Jenny? ¿Estás ahí?
Me levanto, recojo el bolso del suelo y me cuelgo la correa al hombro.
—Sí, estoy aquí. Pero no voy a quedarme, puedes estar segurísima de eso.
Echo a andar hacia la puerta mientras se abre del todo. Detrás de mi hermana
aparece la corpulenta figura de su novio, Ozzie, que ocupa casi todo el hueco.
Ozzie mira por encima de nuestras cabezas y fija la mirada en algo que hay
detrás de mí.
—¿Todo bien aquí dentro?
—Sí, estamos bien —responde Dev—. Solo un poco nerviosos, tal vez.
Miro por encima del hombro y entrecierro los ojos.
—¿Nerviosos?
Sonríe mientras se encoge de hombros.
—¿Cómo lo llamarías tú?
Sinceramente, podría llamarlo de muchas maneras; «nerviosos» incluso
podría funcionar, pero ahora mismo estoy demasiado enfadada para debatir el
tema. Dirijo la atención a mi hermana.
—Lo siento, May, pero voy a irme de aquí.
Ella extiende las manos hacia mí.
—¡No! ¡No te vayas! Por favor, quédate.
Niego con la cabeza.
—No. Lo siento, pero ya he tenido bastante.
Doy un paso para rodearla a ella y a su novio y salgo por la puerta. Tengo
que largarme de esta nave industrial antes de que me encierren en otra habitación
sin ventanas. Me muevo rápidamente, pero mi hermana no tiene problemas para
darme alcance en un par de zancadas.
—Jenny, no lo entiendes. Nada de esto estaba planeado. ¡Ha sido algo
totalmente casual! Ahora ya ha pasado todo; puedes hacer el trabajo en una hora
y luego te vas a casa y el asunto habrá terminado. Y conseguirás el dinero y la
tarjeta de regalo.
—Puedes quedarte tu dinero y tu estúpida tarjeta de regalo. Yo no tengo nada
que hacer aquí.
—¿Por qué estás tan enfadada?
Me detengo tan bruscamente que se da de bruces contra mi espalda y me
roza los talones con sus zapatos. Me vuelvo para mirarla.
—¿En serio? No puedes ser tan obtusa, May.
Me mira frunciendo el ceño.
—¿Obtusa? Te has pasado un poco, ¿no crees?
Niego con la cabeza, francamente decepcionada.
—No tengo ni idea de qué te ha pasado desde que entraste a trabajar aquí,
pero tu actitud no me gusta nada. Por desgracia, no dispongo de tiempo para
hablar de eso contigo ahora porque quedan menos de cuarenta horas para que
mis hijos vuelvan a casa, y no pienso dejar que me las estropees.
A May le cambia la cara.
—¿De verdad piensas que te estoy fastidiando el fin de semana?
Levanto la mano y la suelto de golpe para darme una palmada en el muslo.
—¿Hablas en serio, May? ¡Llevo casi una hora encerrada en una habitación
del pánico con un ninja gigante y sudado!
—¿Cómo sabes que es un ninja? ¿Te ha enseñado su espada?
Los ojos se me salen de las órbitas. Ni siquiera sé cómo interpretar su
pregunta. No puede decirlo en serio. May continúa hablando.
—Oye, Jenny, entiendo que estés molesta, pero es solo porque no sabes qué
es lo que ha pasado en realidad. Encerrarte en la habitación del pánico fue un
error, pero todo esto solo es una sucesión de pequeños malentendidos. Te lo
prometo, no hay de qué preocuparse. Y el trabajo no ha cambiado. Seguimos
necesitándote, y creo que esto va a ser pan comido para ti, porque eres muy lista
con los ordenadores y todo eso.
—No me vengas con halagos, May. Sabes que eso no funciona conmigo.
—¿Desde cuándo? Siempre te estoy halagando para poder salirme con la
mía.
Lanzo un suspiro.
—Tampoco vas a convencerme con tus bromitas. Esta vez no. Tengo que
irme. Llámame luego.
Me doy media vuelta y empiezo a caminar en la dirección que creo que me
llevará a la puerta de entrada. Después de doblar la esquina de un par de pasillos
aparecen los cubículos, lo que me indica que sigo el camino correcto. Cuando
paso por el último, alguien se acerca desde la dirección opuesta. Reduzco el
paso, pero no me preocupa quién puede ser el desconocido porque siento la
presencia de May detrás de mí, y no me está gritando que eche a correr.
—¿May, eres tú? —pregunta el hombre.
—Sí, Thibault, soy yo y esta es mi hermana, Jenny. ¿Ya os habéis conocido?
A medida que el hombre se acerca, puedo verle mejor la cara. Es un poco
más alto que yo, con el pelo muy oscuro, y lleva unas botas de cowboy negras,
vaqueros y una camiseta negra ajustada con las mangas un poco arremangadas.
Estoy segura de que no hay ni un solo gramo de grasa en su cuerpo. Es más
macizo que Ozzie, pero igual de intimidatorio. Menos mal que sonríe sin parar
porque si no, empezaría a pensar que es él el que planea robar cosas de las
misteriosas taquillas de la habitación del pánico.
—No, todavía no he tenido el placer. —Se detiene frente a mí y extiende la
mano—. Encantado de conocerte, Jenny.
Le estrecho la mano porque no quiero ser grosera, a pesar de que está
entorpeciendo mi salida.
—Encantada de conocerte yo también.
Thibault mira por encima del hombro a mi hermana.
—Está enfadada, ¿eh?
—Sí, bueno, solo un poco. Estaba intentando explicarle que en realidad no
hay para tanto, y que aún puede hacer el trabajo para nosotros y luego irse a casa
a disfrutar de su fin de semana, pero no quiere hacerme caso.
La sonrisa de Thibault se desvanece y su expresión se vuelve seria.
—No estoy tan seguro de que sea una buena idea.
Miro por encima del hombro a mi hermana.
—¿Lo ves? Te lo dije. Me voy a mi casa.
Me muevo para esquivar a Thibault, pero él me impide el paso. Ahora
esboza una sonrisa de disculpa.
—Si pudieras esperar un minuto, creo que a Ozzie le gustaría hablar contigo.
Señala con la cabeza algo que hay detrás de mí.
—Bueno, si Ozzie quiere hablar conmigo, puede llamarme por teléfono.
Tengo que ir a un sitio.
Cuando doy otro paso hacia delante, Thibault extiende un brazo. Me detengo
en seco y miro hacia abajo, hacia su extremidad ofensiva. «Pero ¿qué diablos
cree que está haciendo?».
—¡Oye, Ozzie! ¿Quieres venir aquí y discutir la situación con la hermana de
May?
Me doy media vuelta y ver a Ozzie y Dev avanzando por la zona más oscura
de los cubículos me hace dudar. Parecen dos soldados de las tropas de asalto o
algo por el estilo, por la forma en que caminan en tándem, con los hombros
balanceándose hacia delante y hacia atrás, adelante y atrás.
«Quédate quieto, corazón mío». Sé que estos tipos están locos, pero creo que
empiezo a entender por qué mi hermana ha perdido el seso por ellos. Hacen que
algo tan bestia como quedarse encerrada en una habitación del pánico no parezca
tan horrible como lo es.
Me dan ganas de darme de bofetadas cuando me doy cuenta de que me he
distraído con mis propias hormonas. «Ilusiones. ¡Alerta Hotel California! ¡Todo
esto no son más que ilusiones, Jenny! ¡Céntrate!».
—Vayamos arriba —dice Ozzie.
—Buena idea —añade mi hermana.
—¡No! ¡No es una buena idea! No pienso ir a ninguna parte con vosotros.
Voy a montarme en el coche para marcharme a casa.
Me doy la vuelta apresuradamente y aparto el brazo de Thibault de un
manotazo, empujándolo a un lado. Me niego a escuchar las tonterías que tengan
que decirme, y por mi parte, he terminado con este fallido rescate de hermana
mayor. May se va a enterar de lo que es bueno, ya lo creo.
El chirrido de mis zapatillas de deporte retumba por toda la nave industrial
mientras camino por el gran espacio abierto, en dirección al teclado que abrirá la
puerta principal. «Libertad por fin. Ya casi estoy ahí».
Oigo el ruido de los pasos de alguien a mi espalda, pero no me doy la vuelta
para ver quién es. Sé que no es mi hermana, porque son pasos pesados.
Ya me he cansado de jugar. Se acabó fingir que soy alguien que no soy: soy
una madre con tres hijos y empleada de una empresa de programación de
software de segunda fila, y solo necesito seguir manteniendo la cabeza agachada
y no meterme en problemas durante los próximos cuarenta años hasta poder
jubilarme y viajar. Esperaré hasta entonces para tener una vida divertida.
«Trabajar de freelance… ¡Ja! ¿En qué demonios estaría yo pensando?».
—Oye —dice una voz a mi espalda.
No contesto. Ya casi estoy junto al teclado.
—¿Adónde vas con tanta prisa?
Interrumpo mi huida un momento y me vuelvo.
Dev se para de golpe justo detrás de mí, con los brazos todavía en posición
de jogging. Me sonríe con aire inocente, de modo que me entran ganas de gritar.
—¿Que adónde voy? Te diré adónde voy: me largo lejos de vosotros.
Alguien acaba de intentar entrar aquí por la fuerza a plena luz del día y todos os
comportáis como si no hubiera pasado nada.
—En realidad, ya es por la tarde.
—¡Da igual!
Me dan ganas de tirarme de los pelos. ¿Está loco o qué? ¿Será eso su
kriptonita? La enajenación mental podría explicar el hecho de que no esté
casado, a pesar de lo guapo que es. Junta las palmas de las manos delante de la
cintura.
—Nos pasamos todo el día lidiando con actividades criminales de todo tipo.
No es nada del otro mundo, de verdad.
—Colega… No sé qué fumáis todos aquí, pero no me interesan ese tipo de
alucinaciones. Yo vivo en el mundo real.
Dev levanta una mano y se frota el cuero cabelludo desnudo. Luego aparta la
mano, se mira la palma y frunce el ceño. Restriega la mano por la parte delantera
de su camisa y me mira con una sonrisa incómoda.
—Odio decirte esto, pero la verdad es que no puedes irte ahora.
Lo miro fijamente, desafiándolo en silencio a que repita eso otra vez. Ni
siquiera pestañea.
—Ah, ¿que quieres que juguemos a este juego otra vez? —No pienso volver
a perder una competición de a ver quién aguanta más tiempo la mirada.
Él niega con la cabeza, con expresión casi triste.
—No es ningún juego, lo prometo. Hemos llamado a la policía y esperamos
que uno de sus agentes pase por aquí para hablar con nosotros sobre lo que ha
pasado, y nos gustaría que esperaras hasta que terminásemos con eso antes de
irte.
—¿Por qué?
Si no me da una razón realmente buena, me largo de aquí. Me iré y no
volveré a mirar por el espejo retrovisor, nunca, ni siquiera una vez. «Adiós,
Bourbon Street Boys, y hola, realidad». La idea me entristece un poco, lo cual es
total y completamente irracional, por supuesto. No necesito ver a este tal Dev
otra vez. No es nadie para mí. A efectos prácticos, un completo extraño. «Pero
un extraño muy sexy».
—Porque queremos evaluar la amenaza y averiguar exactamente qué es lo
que pasa antes de dejarte salir y que puedas correr alguna situación de peligro.
El corazón me da un vuelco.
—¿Peligro? —Trago saliva; tengo dificultades para engullir el bulto que se
ha materializado en mi garganta—. ¿Por qué iba a estar en peligro?
Él se encoge de hombros.
—Porque estabas aquí cuando ha sucedido todo.
Me siento un poco mejor después de su explicación breve y para nada
convincente.
—Sí, pero yo estaba dentro. Quien sea que causara el problema estaba fuera.
Y no sé si accedieron a la nave industrial, pero sé seguro que no entraron en la
habitación del pánico, así que ¿por qué iba a tener problemas?
—No lo sabremos hasta que lo sepamos.
—Eso no tiene pies ni cabeza. —De verdad que me dan ganas de sacarle los
ojos en ese momento, de pura frustración.
—¿Te apetece un poco de jambalaya?
Su pregunta me parece tan extraña que no sé cómo responder. Abro la boca,
pero no me salen las palabras que me salven de parecer un pez fuera del agua.
May, Ozzie y Thibault aparecen desde la zona de los cubículos, hablando
entre ellos. May viene directa hacia mí, sin duda con la intención de
convencerme de que me quede. Dev continúa hablando.
—Ozzie es un cocinero increíble y antes ha preparado uno de sus mejores
platos. Tenemos algunas sobras, y me muero de hambre. ¿Te apetece
compartirlas conmigo?
Sé que es una locura y que probablemente debería largarme de aquí cuanto
antes, pero cuando dice esas palabras, mi estómago lanza un rugido realmente
fuerte, y me doy cuenta de que no he comido nada en todo el día. Y esa copa de
vino que me tomé antes de venir parece que me está haciendo un agujero en el
estómago.
—Bien. No te has ido —dice May, deteniéndose a mi lado.
—Estoy tratando de convencerla para que coma un poco de jambalaya
conmigo.
—¡Una idea estupenda! —exclama May con voz exagerada, en plan
cheerleader.
Me muerdo el labio mientras decido cuál será mi próximo movimiento.
—Te lo prometo… No intento engañarte ni nada parecido —dice Dev, con
voz cálida y segura. «Liam Neeson no tiene nada que envidiarle a este tipo,
maldita sea».
May me mira con sus ojitos de cachorro otra vez.
Estoy empezando a ceder y me siento impotente para impedirlo.
—¿Cuánto tiempo va a durar esto? ¿Cuánto va a tardar la policía en llegar
aquí para que prestéis declaración o lo que sea?
—No más de una hora. —Dev señala hacia las escaleras—. Venga, subamos.
Va a ser el mejor jambalaya que hayas comido en tu vida. Si no es así, dejaré
que me dispares con la pistola Taser de tu hermana.
—La tengo preparada aquí mismo —dice May, asintiendo con la cabeza
como una muñeca de resorte.
«Qué argumento tan convincente…». Respiro profundamente antes de
responder, tratando de no burlarme de su promesa.
—Está bien. —La adolescente que hay en mí se ríe al pensar que aquello
parece una especie de cita; es como si me hubiera invitado a quedar con él en la
cafetería del instituto y a sentarme en la misma mesa durante la hora del
almuerzo.
Una vez tomada mi decisión y con un plan establecido, ya me siento mejor.
Suspiro y niego con la cabeza mientras echo a andar a su lado hacia el pie de la
escalera. May se queda hablando con su novio y Thibault.
Debo de estar colocada o algo por haberme dejado convencer para cenar con
Dev aquí. Tal vez debería trabajar como freelance para estos locos después de
todo, porque, visto lo visto, me adaptaría perfectamente, dada la completa
incapacidad para tomar decisiones que estoy demostrando en este momento.
«Menos mal que los niños están con Miles», es lo único que puedo pensar. Y
entonces caigo en la cuenta de lo horrible que es haber pensado eso. Justo
entonces sé que ya me he metido hasta el fondo. ¿Dónde exactamente? No tengo
ni idea, pero no puede ser bueno.
Capítulo 6
—Dios mío…, pero ¡qué rico está esto! —digo con la boca llena, y estoy
segura de que tengo un par de granos de arroz pegados en el labio, pero no
puedo parar. ¡Qué digo! Ni siquiera puedo reducir la velocidad… Me he comido
un plato entero de jambalaya en menos de cinco minutos. Dev tenía razón: Ozzie
es un cocinero increíble.
Todos están abajo, excepto Dev y yo, pero en cuanto aparezca ese
grandullón, le diré que soy una fan. Aunque todavía esté enfadada con él y su
equipo, un talento tan inmenso en la cocina debería tener su recompensa.
Además, tal vez podría convencer a mi hermana de que me invite a cenar más a
menudo. En su casa, por supuesto. Porque aquí no pienso volver. Esta será mi
última comida en el restaurante de Bourbon Street Boys.
—¿A que sí? —Dev asiente con la cabeza—. Habré comido este plato
cincuenta veces, pero nunca me canso.
—¿Cincuenta veces? Uau. ¿Lo prepara todos los días?
Mojo un poco de pan en la salsa y le doy un buen mordisco, sin importarme
que eso me equipare a una gorrina. Por suerte, Dev está tan hambriento como yo.
Tiene la nariz tan cerca del plato que me sorprende que aún no le haya salpicado
la salsa picante en las fosas nasales. Ya va por su segunda ración.
—No. Tal vez una o dos veces al mes. Tiene un repertorio bastante amplio y
variado, y le gusta cocinar, por suerte para nosotros.
—¿Tú no sabes cocinar?
—No exactamente. Mi madre siempre intentó enseñarme, pero no fui un
alumno muy aplicado. —Me lanza una media sonrisa, y casi me lo imagino de
niño. La imagen me recuerda a mi hijo, Sammy, y experimento un cálido
sentimiento de felicidad.
Sonrío.
—Bueno, no sé si creérmelo… —Después de decir eso, me doy cuenta de
que parece que esté flirteando. Tengo la cara un poco caliente, pero seguro que
es por las especias del jambalaya y no porque acabe de guiñarme un ojo.
—Créetelo. —Levanta una mano con la que estoy absolutamente convencida
de que podría botar una pelota de baloncesto sin ningún esfuerzo—. Es difícil
usar cuchillos de tamaño normal con unas manazas como estas. —Usa esa
manaza para tomar otro pedazo de pan y sumergirlo en su salsa. Una porción
generosa de la enorme barra de pan parece un crouton en sus dedos gigantes.
—La verdad es que tienes las manos muy grandes.
«¿Estará pensando lo mismo que yo?». Me remuevo en mi asiento. «Maldita
sea, ¡cómo pica este jambalaya!». Alargo la mano disimuladamente y me abro
un poco el cuello de la camisa.
Él se encoge de hombros.
—Es por naturaleza.
Estoy confusa.
—¿Ser entrenador físico?
Niega con la cabeza.
—No. Los estirones en la etapa de crecimiento.
Bajo la cuchara, intrigada con su historia. Nunca he conocido a nadie más
alto de metro ochenta y cinco.
—¿Tuviste más de uno?
Mastica más despacio mientras medita sobre mi pregunta, sin estar seguro de
querer responderla. Una vez más, me preocupa haber ido demasiado lejos con mi
interrogatorio, pero entonces responde, mientras mira fijamente su plato.
—Creo que di el primer estirón alrededor de los doce años. Crecí dos palmos
durante el verano. Luego vino otro cuando tenía unos quince años. El tercero fue
más o menos a los dieciocho. —Me mira con una sonrisa irónica—. Digamos
que me dejó un montón de estrías en la espalda.
—Uau. Entonces ¿cuánto mides?
—Dos metros diez.
No sé por qué, pero eso hace que mi corazón dé un brinco.
—Madre del amor hermoso…
Agarro la cuchara y hago como si fuera a tomar otra cucharada más, aunque
ya no quede nada en el plato. Me temo que lo he insultado con mi reacción, así
que me esfuerzo por recoger los pedazos de la conversación mientras reúno los
restos de salsa y los aparto al borde del plato.
—Eso es realmente increíble. Apuesto a que siempre llegas a todo en los
estantes superiores de la cocina. —Me dan ganas de darme un golpe en la frente
con la cuchara. «Qué ocurrente, Jenny». Es como si nunca hubiera hablado con
un hombre.
Él se ríe.
—Todavía no he encontrado ningún estante al que no pueda llegar, sin contar
los de los supermercados Costco, claro. Pero se me da muy bien la escalada, así
que creo que también podría con esos.
Suspiro con envidia.
—Ni te imaginas los problemas que tengo por medir solo un metro sesenta.
—Vaya, ¿en serio? —Baja la cuchara—. Cuéntamelo todo.
Sé que se está burlando de mí, pero yo le sigo la corriente.
—Bien… Tengo un taburete que he de llevar conmigo por la casa a todas
horas para poder acceder a la despensa, al armario de la ropa blanca y a mi
ropero.
Hago como que arrugo el ceño para asegurarme de que quede impresionado
por mi muy triste historia.
—Pobrecilla. Nunca habría sospechado lo difícil que es ser tan menuda.
Su sonrisa se ha torcido hacia abajo en una mueca de dolor muy exagerado.
Sé que no lo ha dicho como un cumplido, pero que me haya llamado
«menuda» me hace muy feliz.
—Sí. Esa es mi lucha personal. Aunque no me gusta quejarme. Solo sufro en
silencio… Intento ser fuerte por todas aquellas personas con problemas de
estatura que se ven reflejadas en mí…
Se ríe y se recuesta en la silla. Luego se limpia la boca con una servilleta que
después tira sobre la mesa. Entrelaza las manos y las coloca detrás de la cabeza,
echándose hacia atrás para poder mirar el techo.
—Ahhh… —se limita a exclamar.
—Entonces, dices que tu hijo podría ser alto para su edad, ¿eh?
Dev mueve la cabeza a derecha e izquierda, y usa las manos para frotarse el
cuero cabelludo. Luego, sin previo aviso, se inclina hacia delante, se levanta y
agarra nuestros dos platos vacíos para llevarlos al fregadero.
Estoy aturdida por su súbita reacción, preguntándome si me habré perdido
algo. Siento como si debiera disculparme, pero no sé exactamente por qué. «¿Es
de mala educación? ¿Preguntar por la altura de su hijo?». Supongo que no estoy
acostumbrada a hablar con los hombres sobre sus hijos. Por lo general, solo
interactúo con las otras madres mientras esperamos a que los niños salgan de la
escuela, y todas parecen estar muy felices de comparar las alturas y el peso de
sus hijos. De hecho, es casi como una competición. Dev enjuaga los platos en el
fregadero, pero justo cuando estoy a punto de pedirle disculpas, se pone a hablar.
—No estoy seguro de dónde se sitúa mi hijo en cuanto al percentil de altura.
Tengo unas diez preguntas en la punta de la lengua, pero no soy del todo
sorda, tonta y ciega ante el lenguaje corporal. Veo que es un tema del que no
quiere hablar, por el motivo que sea. Tal vez él piensa que es tarea de la madre
preocuparse por esas cosas. Tal vez se sienta mal por el hecho de que la madre
de Jacob no está ni tiene pinta de aparecer en escena.
Mi boca pasa al modo de piloto automático mientras él limpia la cocina.
—El caso es que mi hijo es francamente bajito para su edad. Supongo que ha
salido a los dos, a su padre y a mí. Mis dos hijas, en cambio, son tan altas que
casi se salen de la tabla de percentiles. No sé si se mantendrán en esa altura hasta
la adolescencia, pero por si acaso, voy a cruzar los dedos.
—No querrás que tengan que luchar con todos esos problemas de estatura a
los que has tenido que enfrentarte tú… —No puedo verle la cara, pero percibo la
sonrisa en su voz.
—Exactamente.
Ufff. Me siento aliviada de que no parezca estresado. Espero que eso
signifique que no lo he ofendido por completo.
—¿Cómo se llaman? —me pregunta.
—Mi hija mayor se llama Sophie y tiene diez años. Mi hija mediana es
Melody, y tiene siete. Y mi hijo Sammy no ha cumplido todavía los cuatro. Su
cumpleaños es el mes que viene. Las dos mayores son bastante fáciles, pero él es
un terremoto.
Dev regresa a la mesa cuando termina de recoger, da la vuelta a la silla y se
sienta a horcajadas sobre ella. Cruza los brazos sobre la parte superior del
asiento, dedicándome toda su atención.
—Creo que es porque es un chico. Mi hijo siempre va acelerado, a cien
kilómetros por hora. Odio decir esto, pero a veces me muero de ganas de salir de
casa e irme a trabajar.
Tengo que reírme.
—Sé exactamente lo que quieres decir. —Miro el reloj y luego se lo enseño
—. No dejo de mirar qué hora es para ver cuánto tiempo me queda de mi fin de
semana sin niños.
—Ah. ¿Se han ido? Pensé que estaban con una niñera.
—No, no; están en casa de mi ex hasta el domingo por la tarde. —Hago una
pausa un momento—. ¿Por qué creías que estaban con una niñera?
Se encoge de hombros.
—No sé. Supongo que tenías tanta prisa por salir de aquí, que pensé que
tenía algo que ver con tus hijos.
—No lo entiendo —digo, con una voz sin duda más aguda de lo normal.
—¿No entiendes qué?
—¿Es que aquí dentro estáis completamente disociados del mundo real?
—No lo creo.
Señalo hacia la puerta por la que entramos para acceder a esta habitación.
—Hace media hora, tú y yo estábamos encerrados juntos en una habitación
del pánico porque alguien intentaba entrar en vuestra nave industrial en pleno
mediodía. —Levanto un dedo para callarlo, sabiendo que está a punto de
corregirme la hora del día—. Medio día, media tarde, lo que sea. Todavía hay luz
fuera. La gente no irrumpe en las sedes de las empresas de otras personas cuando
todavía hay luz.
—Estoy de acuerdo.
No sé qué decir a eso. Se supone que debería ponerse a discutir conmigo.
Toma el control de la conversación.
—No es algo que se vea todos los días, eso seguro. En este punto ni siquiera
estamos seguros de que fuera un intento de robo. Y siento todo el jaleo de la
habitación del pánico. Es solo que… no eres parte del equipo y sé que no estás
entrenada para ese tipo de cosas, así que me excedí un poco en mis funciones
tratando de protegerte.
Ahora me siento mal por ser desagradable con él. Y por pensar que es tonto
de remate. Quizá simplemente es un hombre… protector. Como un lobo. Los
programas de lobos en Animal Planet son de mis favoritos. Me sale una voz
tensa.
—Te agradezco que quisieras protegerme y hacer lo que creías que era mejor
en ese momento.
Siento como si estuviera a punto de llorar. Siempre he querido tener un
hombre a mi lado con el que poder contar, que nos protegiera a mí y a mis hijos
cuando las cosas se pusieran feas. Cierto, a mí no me dio resultado, pero eso no
significa necesariamente que tenga que ser así para todo el mundo. Tal vez Dev
sea el paquete completo. Tal vez es un buen padre y, además, un buen hombre.
Algún día será un gran marido, si se da el caso.
Al pensar eso, me doy cuenta de que me siento muy feliz por mi hermana. A
pesar de que tiene que trabajar con estos locos, tiene un hombre a su lado que sé
que sería capaz de encajar una bala por ella. Y es genial con su perra, Sahara, y
con el perro de May, Felix, así que tal vez también sea un buen padre. Casi estoy
a punto de creer que, si una bala lo alcanzara, no le haría daño. Parece un
superhéroe. Y ahora, cuando miro a Dev, veo esas mismas cualidades en él.
Él asiente, aceptando mi disculpa tácita.
—Tienes que entender que esta clase de cosas no son normales para mí, eso
es todo. Y tampoco es normal para mi hermana. La verdad es que no entiendo
por qué trabaja aquí. —Sienta muy bien poder decir eso en voz alta.
Dev se limita a mirarme fijamente y me cuesta leer la expresión de su rostro
y su lenguaje corporal.
—¿Por qué me miras así?
—Me pregunto si me estás diciendo la verdad, o si me estás diciendo lo que
quieres que sea la verdad.
—Te estoy diciendo la verdad, por supuesto. —«Pero ¡qué impertinente! ¿Se
puede saber a qué viene eso?». Ya he vuelto a enfadarme… Intentar hablar de
cosas triviales con él es como montar en una montaña rusa.
Pasa a modo silencioso una vez más.
Mis niveles de buen humor están agotándose por momentos.
—¿Quieres hacer el favor de explicarte? —Resisto el impulso de empezar a
dar golpecitos con el pie.
Se encoge de hombros.
—La pregunta es, ¿quieres que me explique?
Me cruzo de brazos y me recuesto en la silla.
—Sí, Dev. Me encantaría que me explicaras qué crees que estoy pensando o
diciendo. —«Exacto. Él no me conoce».
—Eres la hermana mayor, ¿verdad? —No parece sentirse intimidado por mi
actitud desafiante.
—Sí.
No sé por qué estoy a la defensiva por el hecho de ser la primera por orden
de nacimiento, pero parece ser un demérito en esta evaluación o lo que sea a lo
que esté sometiéndome.
Ladea la cabeza.
—Apuesto a que cuando erais pequeñas, tú eras la protectora. ¿Tengo razón?
Miro alrededor antes de contestar, para ganar tiempo. Realmente me molesta
que ya haya adivinado cómo es mi vida. Solo me conoce desde hace una hora, y
no tengo la impresión de que May y Dev se hayan sentado alguna vez a
compartir confidencias. Odio pensar que soy un libro abierto. Los libros abiertos
son aburridos; ser misteriosa es mucho más sexy.
Casi me echo a reír a carcajadas. ¿Sexy yo? ¡Ja! Tal vez hace diez años, pero
ahora no, y tampoco en un futuro cercano.
Dev espera mi respuesta. Odio admitir que tiene razón, pero lo que es
verdad, es verdad.
—Es posible que fuera la hermana protectora. De vez en cuando.
—No, yo diría que probablemente lo eras con frecuencia.
Pongo los ojos en blanco. «Me ha pillado».
—Como tú digas.
—Tu familia atravesó un momento muy duro para las dos. ¿Quizá teníais un
padre con el que era difícil convivir?
Descruzo los brazos y apoyo las manos en los bordes de la silla para
ponerme de pie. Creo que estoy experimentando esa sensación que suele
describirse como estar en la línea de fuego. Y esas luces del comedor parecen
demasiado brillantes. Unos oscuros recuerdos relacionados con los problemas de
mi padre con el alcohol y las agresiones que siempre los seguían llaman a esa
puerta cerrada de mi cerebro. «¡Sácame de aquí! ¡Estás a punto de derrumbarte!»
—Esa es una pregunta bastante personal, ¿no crees?
—Me has preguntado qué pensaba, y te lo he dicho. Cuando miras a tu
hermana, supongo que ves a una chica frívola, irresponsable pero inteligente que
aún necesita tu protección… de vez en cuando. —Me guiña un ojo para quitarle
hierro a su burla.
Me muero de ganas de llevarle la contraria a este hombre, pero me lo pone
muy difícil. Acaba de describir a mi hermana y nuestra relación con una
precisión absoluta. «¿De verdad soy tan fácil de leer? Maldita sea. Nunca voy a
ir a Las Vegas. Perdería hasta la camisa».
—¿Y qué? —Me encojo de hombros, como si no tuviera la menor
importancia que acabara de meterse en mi cabeza y hubiese estado a punto de
despertar algunos fantasmas de mi pasado cuando apenas me conoce—. ¿Y qué
pasa si la veo de esa manera? No es ningún insulto para ella. Mi hermana sabe
que a veces puede ser caprichosa e irresponsable. Y sabe que la quiero de
manera incondicional.
—No hay nada de malo en que tengas esa visión de tu hermana, excepto por
el hecho de que yo diría que es inexacta.
Lo miro arqueando una ceja.
—Ya. Así que conoces a mi hermana mejor que yo. ¿Es lo que intentas
decirme?
—No exactamente, pero te diré una cosa: a diferencia de ti, no tengo ideas
preconcebidas de tu hermana basadas en las experiencias que podría haber
vivido antes. No sabía nada sobre su pasado antes de que empezara a trabajar
aquí. Así que cuando la vi por primera vez y empecé a relacionarme con ella, me
formé una opinión basada en quién es hoy como mujer adulta.
Se inclina para acercarse más a mí, pero no retrocedo, a pesar de que está a
punto de darme un síncope de tenerlo tan cerca.
—Y lo que veo, en primer lugar, es un gran corazón. También veo que es
muy inteligente y que tiene mucha capacidad crítica. Es muy fácil entrenarla y
formarla porque tiene una mente ávida y abierta, cosa que es un gran activo en
este negocio. Es increíblemente artística y tiene mucho talento detrás de la
cámara. Y siente una pasión por la aventura de la que ni siquiera creo que fuese
consciente cuando cruzó nuestras puertas.
Debo admitir que estoy bastante impresionada. Se me enternece el corazón al
escuchar a este hombre describir a mi hermana de esa forma tan halagadora.
¿Quién no querría ser todas esas cosas? No sé si estoy de acuerdo con todo lo
que dice —en especial con eso de que le gusta la aventura— porque en nuestra
vida he visto justo lo contrario, pero eso no le resta fuerza a sus palabras.
—Vaya. Qué cosas tan bonitas dices…
—Y es todo verdad. Sin ningún adorno. —Sonríe.
Estoy a punto de decirle la única pega que le pongo a sus argumentos, que,
como yo, mi hermana nunca ha querido correr un solo riesgo en toda su vida —
al menos hasta hace poco—, cuando la puerta se abre y tres personas entran en la
zona de la cocina e interrumpen de golpe nuestra conversación.
Capítulo 7
May es la primera en cruzar la puerta. Detrás de ella está Thibault, y la
última persona en entrar es Ozzie. May intenta parecer alegre, pero tiene esa
expresión enloquecida en los ojos, así que sé que está ocultando sus verdaderas
emociones. Los otros dos tienen cara de ir a un funeral.
Me pongo de pie.
—¿Qué pasa?
Dev habla antes de que alguien pueda responder.
—¿Habéis descubierto qué ha ocurrido?
—No exactamente —responde Thibault.
—¿Por qué no nos sentamos todos para poder discutirlo? —sugiere Ozzie.
Estoy a punto de decirles que me niego, que yo me largo de aquí y que me
trae sin cuidado lo que está sucediendo, pero la expresión en la cara de mi
hermana me frena. Me mira con sus ojos de cachorro. Maldita sea… Otro intento
frustrado…
—Está bien. —Me siento, lanzando un prolongado suspiro de sufrimiento.
May me las va a pagar por meterme en este lío y obligarme a permanecer en
él. Y muy pronto, además. Nada de esas tonterías de que la venganza es un plato
que se sirve frío. A mí me gusta la venganza bien caliente y fresca, cariño.
Humeante, para que queme a rabiar.
Una vez que todos están sentados, Ozzie se inclina hacia delante y apoya los
antebrazos sobre la mesa, juntando las manos. Recorre el espacio con los ojos, y
nos mira uno por uno antes de hablar. Es una técnica muy efectiva para lograr un
silencio total.
—Hemos presentado una denuncia y hemos hablado con un detective del
Departamento de Policía de Nueva Orleans. La puerta de la entrada ha sufrido
daños por valor de doscientos o trescientos dólares, pero no es tan importante,
porque todavía funciona. —Se vuelve a mirarme—. Sin embargo, tu automóvil
está aparcado fuera.
Espero a que diga algo más, pero parece que él espera que le responda. Me
encojo de hombros.
—Sí, lo está. —Entonces caigo en la implicación de sus palabras y me
invade un sentimiento de ira—. ¿Le han hecho algo a mi vehículo también? —
Mi seguro es con una franquicia muy baja… «Esto me va a doler».
Sacude la cabeza.
—No, no le ha pasado nada.
Una sensación de alivio me recorre todo el cuerpo.
—Pero me preocupa que el responsable de los daños a nuestra puerta se haya
fijado en él.
Abro la boca, con la impresión de que debería decir algo, pero no tengo ni
idea de cuál sería una respuesta adecuada. Simplemente no entiendo cuál es el
problema. Es un maldito aparcamiento. ¿Dónde si no iba a haber aparcado? Miro
a los demás en busca de señales que me confirmen que están conmigo. Esto no
tiene sentido, ¿verdad? ¿O soy solo yo?
Cuando mi hermana empieza a hablar, lo hace con voz sosegada y suave. Así
es como les habla a mis hijos cuando intenta convencerlos de que se vayan a la
cama a su hora y teme que le planten cara y protesten. Se me ponen los pelos de
punta y se quedan así, tiesos.
—Jenny, no estamos del todo seguros de quién es el responsable de los
daños. Naturalmente, esperamos que haya sido algo fortuito, que algún borracho
se haya puesto a hacer trompos como loco en el aparcamiento o algo así, y se
haya estrellado contra la puerta por accidente. Pero no podemos ignorar el hecho
de que ahí fuera hay gente indeseable a la que le gustaría interponerse en nuestro
camino.
La miro como si estuviera loca.
—Pero ¿qué dices, May?
Thibault me dedica una sonrisa tensa.
—Nos dedicamos a la seguridad. También trabajamos con la policía local
para ayudar a presentar acusaciones fundadas o encontrar pruebas de causa
probable para obtener órdenes de registro y de detención de ciertos criminales
prófugos. La mayor parte de nuestro trabajo se realiza de forma confidencial y
discreta, pero de vez en cuando, alguien se da cuenta de nuestra participación, y
ocasionalmente tenemos que lidiar con amenazas.
—¿Amenazas? —Odio lo débil que suena mi voz.
May habla antes de que pueda hacerlo alguien más.
—Probablemente no sea nada. Solo estamos tomando todas las precauciones
posibles, como hizo hoy Dev cuando te encerró en la habitación del pánico.
Lo mira de reojo.
Dev pone los ojos en blanco.
—Ya le he pedido disculpas. Lo ha entendido. —Me mira—. ¿Verdad,
Jenny? Entiendes que no fue intencionado…
Todavía estoy procesando toda la parte de la amenaza.
—Sí, lo que tú digas. —Dirijo mi atención a Ozzie—. Entonces, me estás
diciendo que solo porque tenía el automóvil aparcado fuera y unos desgraciados
decidieron venir aquí y… no sé cómo decirlo… asaltar vuestra fortaleza, ¿ahora
estoy involucrada de algún modo en vuestros problemas? —Niego con la cabeza
—. No. No lo acepto. De ninguna manera. —Me pongo de pie, cansada de
juegos, cansada de estos obsesos de las conspiraciones y cansada de estar alojada
en el Hotel California en contra de mi voluntad.
Dev me mira.
—¿Adónde vas?
Me sale una voz tan fuerte que rebota en las paredes.
—¡Me voy a mi casa! —Miro a mi hermana, parándome un momento para
bajar el volumen unos cuantos decibelios—. Lo siento, May, pero esto es
ridículo. Puede que esta sea la vida que has elegido para ti, y sabe Dios que no
consigo entender por qué, pero esto no es algo en lo que quiera participar. —
Miro a Ozzie—. Gracias por la oferta del trabajo como freelance, pero me temo
que tendré que rechazarla. —Desplazo la mirada hacia las otras personas en la
mesa—. Ha sido un placer conoceros a todos. Y sin ánimo de ofender, pero
espero no volver a veros a ninguno.
Recojo el bolso del suelo, al lado de la silla, y camino hacia la salida. Agarro
el tirador y trato de empujarlo hacia abajo para abrir la puerta, pero no pasa
nada. No me doy la vuelta para hablar porque, si les veo las caras, me pondré a
gritar otra vez. Sabían que iba a estar cerrada y aun así me han dejado llegar
hasta la puerta solo para verme hacer el ridículo. Cabrones.
—Como no venga alguien aquí ahora mismo a introducir el código secreto
en este teclado numérico, voy a ponerme a romper cosas a lo bestia.
Oigo el ruido de las sillas y luego unos pasos. Percibo una voz familiar
detrás de mí.
—Déjame que te la abra.
Una mano gigante aparece sobre mi hombro y presiona un código de cuatro
dígitos en el teclado. Hay un clic que me dice que los engranajes del interior de
la cerradura se han movido y que ahora soy libre de irme.
Abro la puerta y entro en una habitación llena de espadas y otras armas de
aspecto ridículo. ¿Quién necesita nunchakus con bolas con púas? Una luz se
enciende automáticamente e ilumina el espacio que me pasó desapercibido al
entrar. Hay otra puerta en el otro extremo con otro teclado.
—Joder… Esto es como una cárcel… —Ni siquiera voy a hacer ningún
comentario sobre todas las armas tan estrafalarias que me rodean.
—No te preocupes, estoy justo detrás de ti.
Es Dev otra vez. Estoy verdaderamente enfadada conmigo misma, porque
quiero estar enfadada con él, y quiero culparlo por todo lo que está sucediendo
en este momento, pero es tan amable que me resulta imposible. Decido que
Ozzie es un mejor objetivo. Fue él fue quien trajo a mi hermana a este lugar y, de
algún modo, la convenció para quedarse. Es él quien dice que debería estar
preocupada por haber aparcado junto a la nave.
Llegamos a la siguiente puerta y espero impacientemente a que Dev la abra.
Se sitúa junto a mí y apoya la mano en el teclado, pero no hace nada. No lo miro,
porque ver esos ojos y ese hoyuelo acabará con mi actitud decidida.
—Tú solo introduce el código y déjame salir.
Se aclara la garganta.
—¿Puedo llamarte alguna vez?
En ese instante, el corazón casi se me para por completo. En realidad, ahora
mismo me duele bastante en el pecho. Dev quiere gastarme una broma cuando
estoy de lo más vulnerable. Ufff, es peor que el pez león y el caballito de mar. Se
parece más bien al rape, que se pega a la hembra y se funde con su piel, hasta
que al final solo es un simple bulto repugnante en su lomo.
Me llevo la mano al corazón y me vuelvo para mirarlo.
—¿Es algún tipo de broma? ¿Esto te resulta gracioso?
Niega con la cabeza.
—No. Tal vez no sea el momento más oportuno, pero…
Me río airadamente.
—Sí. Casi es el peor momento que habrías podido elegir. —Señalo hacia el
teclado con la barbilla—. Necesito irme a casa. Por favor, Dev.
Tengo ganas de llorar. Me parece que me estaba invitando a salir con él, pero
eso no es posible. ¿Por qué iba a hacerlo? Soy una madre que parece una adicta a
los helados, y he sido muy, muy desagradable con las personas a las que llama su
familia. E incluso si lo dice en serio, yo no podría. Este no es mi mundo. Él es
guapísimo y tierno, y seguro que es un buen padre y todas esas cosas, pero
también es un Bourbon Street Burro.
Introduce el código en el teclado sin decir nada más y, sin dudarlo, agarro el
pomo de la puerta y lo abro para poder salir a la escalera. Me dan ganas de gritar
y de tirarme de los pelos cuando veo otro panel de teclas en la puerta principal,
pero entonces advierto que Lucky está allí y me saluda con la mano.
—¿Podrías abrirle la puerta a Jenny? —le grita Dev a su compañero.
Lucky parece un poco confundido.
—¿Es que se va?
No espero a que Dev se lo confirme.
—¡Sí! Me voy.
Bajo las escaleras con paso firme, agarrándome a la barandilla con fuerza,
porque si me caigo ahora terminaré en el hospital, y no tengo tiempo para esas
tonterías. Necesito irme a casa. «Bañera. Dormir. Niños».
Lucky se encoge de hombros y luego se vuelve para introducir el código.
Estoy al pie de las escaleras cuando la puerta grande comienza a abrirse. Lo
admito, una pequeña parte de mí teme que vaya a haber un tipo malo con una
ametralladora plantado ahí fuera, pero cuando lo único que me recibe al otro
lado es la noche sofocante con olor a río Misisipi, me relajo. Creo que hoy me ha
circulado más adrenalina por las venas que en todo el último año. Me siento
como si estuviera bajo los efectos de una potente droga. No me extraña que
tenga estos pensamientos ridículos sobre hombres y animales y caballitos de
mar…
—Ten cuidado —dice Dev desde algún lugar a mi espalda.
—Sí, no te preocupes.
No me ve poner los ojos en blanco. Esta gente está loca. Pues claro que voy a
tener cuidado. Lo único que voy a hacer es subirme a mi coche, conducir hasta
casa y meterme en la bañera. Eso es. Ah, y también me voy a beber una botella
entera de vino yo sola. Y luego, si tengo suerte, encontraré una buena película
romántica en la tele, me comeré unas palomitas de maíz acompañadas de un par
de bolas de helado y me quedaré dormida en el sofá. Nunca puedo hacer eso
cuando mis hijos están en casa. Abrazar el estilo de vida de los amantes de
mantita, sofá y tele, ese es mi único objetivo. «Adictos a los helados, ¡uníos!».
Esta es mi oportunidad de vivir como si fuera una soltera sin hijos de nuevo.
Como si no tuviera responsabilidades y las calorías no importasen. No me puedo
creer que haya estado a punto de fastidiarlo todo trabajando en mi día libre. ¡Ja!
Pero ¿qué chaladura es esa? Puedo irme a casa ahora mismo y fingir que acabo
de graduarme de la universidad y que me voy a comer el mundo, y que hay un
hombre ahí fuera que es un marido fabuloso y un padre excepcional esperando a
robarme el corazón, mirarme a los ojos y decirme: «Jenny, ¿tienes idea de lo
increíble que eres? Eres divertida, inteligente, aventurera…».
Mierda. Es la voz de Dev la que oigo resonar en mi cabeza, y casi me echo a
llorar cuando me doy cuenta de que no es a mí a quien está describiendo, sino a
mi hermana. Hay chicas que se quedan con toda la suerte para ellas.
Abro la puerta del automóvil y subo. Arranca inmediatamente y el
climatizador me abofetea en la cara, con un aire caliente y húmedo que hace que
la perspectiva de un baño caliente de espuma empiece a parecerme muy mala
idea. Sudar dentro de la bañera es asqueroso. De acuerdo, así que ahora la bañera
ha quedado oficialmente descartada, cosa que hace que me den ganas de dar un
puñetazo a algo. ¿Qué más podría salir mal hoy?
Empiezo a circular y me niego a mirar por el espejo retrovisor a la nave
industrial, ese lugar terrible que me ha robado a mi hermana y mi baño de
espuma. Cuanto más pienso en las personas de ahí dentro y en lo que hacen, y en
lo que está metida mi hermana, más me entristezco. A tres kilómetros del puerto,
me echo a llorar. Lloro casi todo el camino a casa, y ni siquiera sé por qué son
esas malditas lágrimas. ¿Son por May? ¿Son por mí? ¿Por mis errores pasados, o
por el futuro que nunca tendré? Tal vez sean por todo lo anterior. Está claro que
tendré que ir a un médico a que me examine la cabeza, porque estoy fatal de la
azotea. No hay suficiente helado en todo New Orleans para arreglar esto.
No estoy segura de cómo he llegado a casa. Mi cerebro se hizo cargo de todo
y puso a mi yo conductora en piloto automático. Recuerdo que me fui de la nave
industrial y luego llegué a mi vecindario. Espero no haber atropellado a nadie
con tanto aturdimiento.
Después de aparcar en el camino, entro en casa. Estoy tan cansada que subo
directamente al dormitorio y me desplomo boca abajo en la cama. No cruza ni
un solo pensamiento por mi cabeza antes de quedarme profundamente dormida.
Capítulo 8
Un sonido vago, procedente de algún rincón de la casa, penetra en la neblina
del sueño que me inunda el cerebro. En mi estado de duermevela, me imagino
que tengo algo dentro del microondas, y que es hora de que saque el plato. Oigo
un nuevo golpe, más fuerte esta vez, o eso parece. Por lo visto, mi microondas
tiene vida propia. Me está llamando: «¡Ven a buscar tu comida de una vez!».
Cuando me despierto del todo, me doy cuenta de que no es el microondas el
que está hablando conmigo: es el teléfono. Alguien me ha enviado un mensaje
de texto. Lanzo un gemido, porque ya sé quién me ha despertado, y me lamento
por tener el típico oído de madre de tres críos pequeños. Esta mierda es biónica.
—¡Déjame en paz, May!
Agarro una de mis almohadas y me tapo la cara con ella. Podría volver a
dormirme tranquilamente, salvo por el hecho de que me huele el aliento, a rayos,
para ser exactos. «Maldita sea… ¿y ese olor? ¿Cómo ha ocurrido eso?».
Entonces recuerdo el jambalaya.
—Puaj.
Tiro la almohada al suelo y me digo a mí misma que lavaré la funda más
tarde. Estoy segura de que he estado babeando con mi aliento apestoso de
jambalaya. Doble puaj. No pienso contestar a ese mensaje de texto, pero ahora
estoy demasiado despierta para volver a dormirme. Me levanto de la cama y me
arrastro hacia el baño, demasiado agotada mentalmente para levantar los pies a
más de unos milímetros de la moqueta. Una vez allí, me miro al espejo y
contemplo el espectáculo de terror que es mi cara.
Se me ha corrido el maquillaje, desde los ojos hasta la mandíbula. Me
sorprende no haber provocado ningún accidente de tráfico en el camino a casa
con esta pinta; cualquiera que me haya visto habrá pensado que soy una zombi
lista para comerme su cerebro. Tengo un enorme enredo en el pelo, por detrás, y
llevo el lado izquierdo del peinado aplastado como si lo tuviera pegado con
pegamento.
—Pero qué guapa… ¡Estás preciosa!
Me llevó las manos a las mejillas y las empujo hacia dentro, arrugando toda
la cara durante unos segundos. Lo cosa no mejora nada.
Cuando Miles anunció que ya no me quería y que me dejaba con tres niños
pequeños para poder empezar una nueva vida solo, lloré mucho, y en el proceso
se me corrieron montones de kilos de maquillaje. Ya ha pasado un año, así que
creía que eso de tener ataques repentinos de llanto en mitad del día había pasado
a la historia, igual que lo de vomitar sin motivo en los momentos más
inoportunos, y lo de comer cantidades excesivas de helado de Ben & Jerry’s.
Pero, por lo visto, no es así. Por lo visto, aún tengo algún tema emocional sin
resolver en el que debo trabajar. Quién lo iba a decir…
Mi teléfono suena de nuevo. Ahora ya recuerdo dónde lo dejé; está al pie de
las escaleras, en el bolso.
Probablemente debería cepillarme los dientes, quitarme el maquillaje y hacer
algo con mi pelo, pero, total, ¿para qué? Los niños no están, no tengo vida más
allá de ser su madre, y mi hermana va a pasar todo el fin de semana con los
Bourbon Street Bobos, así que no he de preocuparme por si se presenta aquí.
Ella ya no tiene tiempo para mí. Está demasiado ocupada con su nuevo y
estúpido trabajo.
Arrugo la frente solo de pensarlo. Ahora parezco un zombi enfadado. Le
siseo a mi reflejo.
Podría ir de compras, aunque sea bastante tarde, pero la verdad es que no
tengo unos ingresos tan generosos como para gastarlos alegremente en mí
misma. Qué rabia me da que me hayan tomado el pelo hoy, que casi haya tenido
en mis ávidas manos una tarjeta de regalo para el centro comercial y quinientos
dólares extra para gastar. Eso no es algo que me pase muy a menudo. Suerte
tengo si recibo los cheques con la pensión alimenticia de mis hijos a tiempo, y
mi jefe no cree en las pagas extra.
Un pensamiento fugaz cruza por mi mente. Podría trabajar como freelance.
No tiene que ser en la nave industrial; podría ser en cualquier parte. Podría
buscar en internet alguna de esas webs de profesionales freelance e inscribirme.
Y tampoco tendría por qué aceptar cualquier trabajo; podría sondear
simplemente cómo está el mercado ahí fuera. Llevo años diciendo que quiero
hacerlo, pero siempre estaba demasiado ocupada con los niños. Demasiado
preocupada por el riesgo. Una madre soltera no puede darse el lujo de quedarse
sin un sueldo, algo que puede pasarle a un profesional independiente. Y trabajar
como freelance sin dejar mi empleo implica pasar menos tiempo con mis hijos,
lo cual, definitivamente, no es una opción, sobre todo con un ex como Miles, que
nunca toma el relevo. Mi reloj dice que aún me quedan más de treinta horas
antes de que regresen. Es suficiente tiempo para comenzar el proceso…
Se me acelera el corazón solo de pensarlo. «Demasiado riesgo. Olvídalo.
Debes tener los pies en la Tierra, Jenny».
Sabiendo que no estoy en situación de alterar todo mi mundo cambiando de
trabajo, trato de imaginar cómo podría mejorar un poco las cosas. Me muerdo el
labio mientras lo pienso. No tengo que cambiar mi vida laboral. Podría
simplemente… intentar salir más. Incluso podría inscribirme en una de esas
webs de citas online. Conocer a alguien interesante. Simplemente salir a tomar
un café de vez en cuando. Empezar despacio. Arreglarme y sentirme guapa para
variar.
Me miro en el espejo otra vez y me río.
—Sí, claro. Adelante, Jenny, hazte un selfie. Sube tu foto con esa pinta de
zombi al perfil de tu web y a ver cuántas solicitudes recibes.
Maldita sea. Por el aspecto que tengo ahora mismo, no habrá un solo hombre
en toda Luisiana que quiera salir a tomar un café conmigo. Ni siquiera esos tipos
del pantano que casi no tienen dientes y que consiguen pescar peces porque
prácticamente les dejan que se les coman un brazo entero. Hasta tiene un
nombre, eso de pescar con las manos: noodling, lo llaman. Bueno, pues ni
siquiera un noodler querría salir conmigo, así de mal tengo el tema.
Me saco la lengua, luego me doy la vuelta y apago la luz al salir del baño.
Bajo las escaleras y, haciendo caso omiso de mi bolso y del teléfono que hay
dentro de él, voy directa a mi pequeño despacho, a la izquierda de la puerta
principal. Solo voy a investigar un poco y ver qué hay en esas webs de
profesionales freelance. No es nada. No pierdo nada por mirar, ¿verdad? No hay
ningún riesgo. Estoy a dos pasos de la habitación cuando me doy cuenta de cuál
es mi problema. De mi gravísimo error.
—¡Maldita sea!
Me vuelvo y corro hacia el bolso para abrirlo de golpe, sabiendo de
antemano qué es lo que voy a encontrar dentro: nada.
Cierro los ojos y trato de repetir mentalmente los pasos que seguí después de
salir de la habitación del pánico. «¿Me llevé el portátil conmigo?». Sé que agarré
el bolso, pero no recuerdo haberme llevado el ordenador. Y no recuerdo haberlo
metido en el coche, como tampoco recuerdo haberlo dejado aquí dentro de la
casa, en alguna parte. «¡Mierda, mierda y otra vez mierda!».
Solo por si mi memoria me falla, agarro las llaves y salgo corriendo. Los
vecinos ya me han visto en mis momentos más bajos durante todo este año
pasado, así que no me preocupa que alguno de ellos me vea con mi último look
de zombi chic. Que piensen lo que quieran.
Presiono la cara contra la ventanilla del conductor y examino el interior. Lo
único que veo son los restos de porquería habitual que suele estar diseminada
por el vehículo que hace las veces de taxi para tres niños pequeños.
Abro la puerta de atrás de todos modos, tratando de no dejarme dominar por
el miedo, y me subo al asiento. Mirando a mi alrededor, murmuro enfadada
conmigo misma.
—Vamos, maldito cacharro. Tienes que estar aquí. ¡Que estés aquí te digo!
—La porquería vuela por todas partes mientras revuelvo la zona del asiento
trasero. Casi he conseguido convencerme de que mi portátil está aquí, enterrado
debajo de algo. Tiene que estarlo.
Encuentro tres zapatos desparejados, dos cajas de comida rápida con
envoltorios vacíos dentro, unas cien patatas fritas petrificadas y esparcidas por
todas partes, y el corazón de una manzana podrido metido entre dos asientos.
Estoy tan asqueada con mi vida que ahora ni siquiera soy capaz de
comprenderla. ¿Cómo he llegado aquí? ¿Cómo he podido caer tan bajo? Soy una
zombi loca rebuscando entre los restos de al menos cinco horribles tipos de
comida para niños que merecen algo mejor que el desastre de madre en el que
me he convertido.
Salgo del vehículo, cierro de un portazo y vuelvo a subir los escalones de la
entrada. No me puedo creer que me haya olvidado el portátil en la nave
industrial. ¡Mi ordenador es mi vida! Me fui de allí haciendo tantos
aspavientos… ¿Cómo voy a volver y tratar de recuperarlo como si tal cosa?
Pensarán que me lo dejé allí a propósito. Pensarán que vuelvo para suplicar que
me den ese trabajo como freelance. La sola idea me pone tan furiosa que me dan
ganas de escupir. Y es justo lo que hago, allí mismo, entre mis plantas. Dos
veces.
Una vez dentro de la casa, respiro profundamente varias veces en un intento
por calmarme. Es evidente que estoy reaccionando de forma exagerada como
consecuencia de haber sufrido una situación de «semipeligro». Estar atrapada en
una habitación del pánico por fuerza tiene que dejar cicatrices, a pesar de que,
técnicamente, no pasaba nada malo, ¿verdad? Pero puedo asimilarlo. No pasó
nada. Estoy a salvo. Joder, si hasta seguramente fue ese idiota que conducía la
carretilla elevadora el que se estrelló contra la puerta, pero allí todos están tan
paranoicos que creen que fue un gángster que fue a liquidarlos a todos con un
AK-47.
Da igual. No voy a volver allí. May tendrá que traerme el ordenador. Y
tendrá que hacerlo ya, porque lo necesito. A lo mejor me da por apuntarme a una
web de citas. A lo mejor encuentro trabajo como freelance. Da igual. El caso es
que no puedo hacer nada sin mi portátil. Y es culpa suya que me lo dejara allí,
así que ahora tiene que solucionar esto.
Rebusco en mi bolso hasta que encuentro el teléfono. Hay tres mensajes de
May, todos mostrando preocupación y preguntándome cómo me va.
Mis dedos escriben una respuesta.
Yo: Estoy bien. Me olvidé el portátil en la nave industrial. Por
favor, tráemelo cuanto antes. Está en la habitación del pánico.
Hago rechinar los dientes mientras miro el teléfono y espero una respuesta.
Pasan los segundos. Empiezo a dar golpecitos con el dedo del pie con
impaciencia. Estaba ansiosa por contactar conmigo hace apenas cinco minutos,
cuando me despertó de un sueño profundo en mi fin de semana libre, y ahora,
desaparece. Genial. Es increíblemente genial para mi vida en este momento.
May: Está bien. Ningún problema. Enseguida voy.
Mi mandíbula hace cosas raras mientras leo el mensaje varias veces. No me
fío. Mi hermana nunca contesta de forma tan breve ni tan complaciente. No sé si
es que estoy paranoica, si esto es algún truco, o si Dev tenía razón sobre mi
hermana y él realmente la conoce mejor que yo.
El solo hecho de pensarlo hace que me entren ganas de arrojar el teléfono al
otro lado de la habitación, pero no tengo ni dinero ni suerte con estos estúpidos
cacharros, así que no lo hago. Sí que lo devuelvo al bolso y enfilo el pasillo
hacia la cocina. Se me acaba de ocurrir una idea.
Ahora tengo un nuevo plan: voy a obligar a May a quedarse aquí conmigo en
casa, a tomarse dos o tres copas de vino y a explicarme exactamente qué diablos
está haciendo trabajando para esa panda de locos y viéndose con ese tipo, Ozzie.
Porque, vamos… Aparentemente, esa gente es un imán para los delincuentes. Es
peligroso trabajar ahí, y ella es fotógrafa de bodas, por el amor de Dios… No le
hace falta ir por ahí con una panda de aspirantes a policías solo porque pagan
bien y tienen muchas ventajas laborales. Antes ya le iban bien las cosas. Y puede
que no tenga hijos, pero es la tía de mis tres tesoros, y eso conlleva cierta
responsabilidad. Necesita cuidar mejor de su propia seguridad personal. ¿Cómo
podría decirle a Sophie que su tía favorita, con la que planea irse a vivir cuando
cumpla los dieciséis años, está muerta? No, no, no y no. Esto tengo que
solucionarlo.
Satisfecha porque tengo un plan sólido y excelentes razones para ejecutarlo,
saco dos copas y me aseguro de que haya una buena botella de vino enfriándose
en la nevera para cuando llegue. Se me pasa por la cabeza que debería acercarme
al espejo y tratar de adecentarme un poco la cara, pero luego decido que
seguramente es mejor si me ve así de hecha polvo. Necesito ablandar ese
corazoncito suyo, y Dev acertó en una cosa: May tiene un gran corazón.
En cuanto vea lo mucho que me afecta todo esto y lo preocupada que estoy,
tendrá el estado de ánimo adecuado para entrar en razón. Voy a poner toda la
carne en el asador con esto. Siento que, en realidad, estoy salvándole la vida al
hacerlo.
La aplastante lógica de mi increíble plan hace que se me hinche el corazón y
que me sienta como si, por primera vez en mucho tiempo, estuviera haciendo
algo realmente importante. Esa soy yo. Jenny la Superhermana Mayor. Id con
cuidado, chicos malos, porque nadie va a hacerle daño a mi hermanita; no
mientras yo tenga algo que decir al respecto.
Capítulo 9
Oigo el ruido del coche de May al detenerse en el camino de entrada, así que
corro a la cocina y saco la botella de vino de la nevera. No voy a preguntarle si
quiere, simplemente le serviré una copa y le insistiré para que se sienta culpable
si no lo hace.
Suena el timbre cuando estoy tirando del corcho. Me detengo y frunzo el
ceño mientras miro hacia el recibidor. ¿Desde cuándo llama al timbre?
—¡Está abierto! —grito, molesta. Ya sabe que no cierro la puerta con el
seguro cuando estoy en casa durante el día, y además, tiene llave. Sirvo dos
copas de vino casi hasta el borde. Necesito que mi hermana se emborrache para
conseguir que entre en razón.
Sí…, es verdad. Estoy dispuesta a drogar a mi hermana para que vea la luz.
El código Superhermana Mayor permite medidas extremas en situaciones de
emergencia, y esto es, definitivamente, una emergencia. La puerta chirría al
abrirse.
—¡Estoy en la cocina! —entono.
No quiero que sospeche nada, así que actuaré como si todo fuera como la
seda, como si solo quisiera un rato de sintonía y confidencias con ella. No se
esperará mi ataque sorpresa, la bombardearé con consejos de hermana mayor
hasta que no le quede más remedio que rendirse.
Los tablones de madera del suelo crujen cuando May avanza por el pasillo.
Suelto la botella despacio, con una pizca de confusión primero y miedo después
flotando en mi cerebro. Mi hermana no pesa lo suficiente para hacer crujir los
tablones del suelo…
—¿May?
No contesta. Ay, Dios… Alguien que no es mi hermana está a punto de entrar
en mi cocina… El taco con los cuchillos está en el otro extremo de la habitación;
es imposible que llegue ahí a tiempo.
Aferro con fuerza el sacacorchos con el puño derecho y lo subo hasta la
altura del hombro, con el brazo levantado hacia atrás. Si es uno de los malos y
lleva pistola, entonces no tengo nada que hacer, pero al menos intentaré hacerle
un agujero antes de caer, así conseguiré un poco de ADN. Veo la serie CSI. Sé
que bastan con unas pocas gotas.
Un gigante aparece por la puerta, agachándose para evitar golpearse la
cabeza con el marco al entrar en la cocina. Me quedo plantada, olvidándome de
mi arma y de toda mi estrategia para recabar muestras de ADN.
—Hola, Jenny. —Sus ojos se desplazan de mi cara hasta mi mano, y luego al
arma punzante—. Deduzco que no me esperabas.
Bajo el sacacorchos muy despacio hacia la encimera y lo deposito allí con
suavidad. Estoy tratando de controlar las emociones que quieren correr a rienda
suelta. Tiene mucha suerte de que no llevara un cuchillo en la mano, porque
podría habérselo arrojado sin pensarlo dos veces, de lo furiosa que estoy. No me
puedo creer que mi hermana haya enviado a Dev en lugar de venir ella. Se me
parte el corazón.
Sostiene mi portátil frente a él como un escudo.
—Vengo en son de paz.
Niego con la cabeza lentamente. Mi hermana ha violado tantas secciones del
Código de Hermanas hoy, que ni siquiera sé por dónde empezar mientras intento
enumerar mentalmente todas sus transgresiones.
—¿Ese vino es para mí? —pregunta, echando un vistazo a la encimera.
Miro las dos copas.
—No, en realidad, el vino era para mi hermana, pero supongo que estaba
demasiado ocupada para traerme el portátil o para sentarse a charlar un rato
conmigo.
No sé si llorar o tirar las copas de vino al otro extremo de la habitación. Me
planteo hacer las dos cosas. Dev da un par de pasos más hacia la cocina y deja el
portátil en la encimera.
—Iba a traértelo ella misma, pero le pedí si podía hacerlo yo.
Lo miro y pestañeo varias veces.
—¿Estás enfadada? —pregunta con cuidado.
Lanzo un suspiro.
—Contigo no.
—No te enfades con tu hermana; pensó que estaba haciendo algo bueno.
—¿Algo bueno? ¿Evitándome?
—No. Enviándome a mí.
—¿Por qué el hecho de que vinieras tú iba a ser mejor que el hecho de que
viniera ella?
Se sonroja un poco y se encoge de hombros.
—No lo sé… Tal vez ella… —Se calla y mira el vino.
«Oh, Dios… ¿Mi hermana no…? No estará jugando a emparejarnos a los
dos, ¿verdad? ¡Aaargh!».
No puedo mirarlo a la cara; es demasiado embarazoso.
—No importa. Ten, toma un trago. —Le doy una copa y derramo un poco de
vino por el camino. Sujeto mi copa y murmuro por lo bajo—. Yo voy a acabarme
la copa, eso seguro. —Doy un buen trago.
Dev toma la copa y la sostiene frente a él.
—Salud.
Yo ya he bebido un sorbo enorme, pero también levanto la mía y brindo
mientras las dos copas se tocan.
—Salud. —Me sale una voz tensa porque el vino me ha raspado las cuerdas
vocales o algo así.
Toma un sorbo y hace una mueca. Intenta sonreír, pero le sale una cara muy
rara.
—¿Qué pasa? —pregunto—. ¿No te gusta el vino?
—Sí, sí me gusta. Pero no… el vino blanco.
Resoplo al oír tamaña mentira.
—No, te refieres al vino malo. Lo entiendo. Supongo que no soy de las que
derrochan el dinero en alcohol. —Me encojo de hombros mientras miro la copa
de la que estoy tomando otro sorbo. ¿Cuántos he bebido? ¡Qué más da! ¿Quién
lleva la cuenta?
Él toma otro sorbo muy pequeño de su copa.
—No, no te preocupes por eso. Este vino está genial.
Vuelve a levantar la copa en mi dirección y sonríe con energía.
Niego con la cabeza y hablo en voz baja, tratando de no dejarme encandilar
por el hecho de que puedo leer hasta la última emoción que experimenta en su
rostro.
—Mientes fatal.
Su sonrisa es tímida.
—Sí, probablemente tienes razón.
Estoy segura de que cree que lo estaba insultando, pero no es así. Estoy muy
en contra de los hombres a los que se les da bien mentir. Es refrescante tener
delante a alguien al que solo se le da bien decir la verdad.
Me apoyo en el borde de la encimera. Un vistazo al reloj me dice que son
casi las diez.
—¿No tienes que volver a casa con tu hijo?
Otro sorbo y mi copa ya está casi vacía, y eso que es una copa grande.
Normalmente, me molestaría mucho que me tomaran por una borracha, pero esta
noche no. Esta noche estoy sin niños y muy cabreada… una combinación muy
potente. ¡Más alcohol!
—Ahora mismo está con mi madre. Ella me ayuda un montón.
Hablar de niños. Eso se me da bien, incluso cuando he bebido.
—¿Viene ella a tu casa o le llevas a tu hijo?
—Viene a mi casa. Mi hijo está… más cómodo.
Asiento con la cabeza.
—Lo entiendo. —Extiendo el brazo a modo ilustrativo, llamando su atención
sobre el hecho de que parece que en mi cocina haya vomitado un unicornio;
todos los colores del arcoíris están ante nosotros, representados por distintas
muñecas, figuras de acción, camiones y juguetes varios—. Mis hijos tienen todos
sus juguetes aquí. Por lo general, es más fácil que venga May a cuidar de ellos
cuando la necesito.
—Entonces, ¿May te ayuda mucho?
Me encojo de hombros.
—Antes me ayudaba. —Odio sentir como si me estuvieran retorciendo el
corazón. Me masajeo junto a las costillas con dos dedos y tomo otro sorbo de
vino.
—¿Por qué dejó de hacerlo?
La culpa me invade cuando me doy cuenta de que he inducido a Dev a creer
que May nos ha dejado tirados a los niños y a mí.
—Supongo que no debería haberlo dicho de esa manera. No ha dejado de
ayudarme, es solo que…
Dev asiente despacio.
—Lo entiendo. Piensas que ahora que está trabajando con Ozzie, ya no la
verás mucho.
Es demasiado perspicaz. Adelanto un poco la barbilla.
—¿Crees que me equivoco al pensar eso?
—Tal vez tengas razón por un tiempo, pero creo que May volverá a estar al
pie del cañón. Tanto lo de la empresa como lo de Ozzie son cosas nuevas para
ella, pero una vez que lo asimile todo, se centrará de nuevo y recordará qué es lo
más importante.
—¿Cómo lo sabes? —Odio estar conteniendo la respiración, esperando sus
próximas palabras, pero lo estoy; es absurdo negarlo. Quiero creer que tiene
razón. Quiero creer que él es tan perspicaz como parece y que no he perdido a
mi hermana en brazos de su colega musculoso.
—Porque eso es más o menos lo que nos pasó a todos nosotros.
Dev deja su copa en la encimera y deposito la mía al lado. Quiero
mantenerme sobria esta parte de la conversación, y no confío en mí misma si
conservo la copa en la mano y tengo la botella cerca para volver a llenarla. Me
cruzo de brazos.
—¿De verdad? ¿A ti también?
—Sí.
Da unos golpecitos con el dedo en la encimera con aire aparentemente
distraído mientras me da una respuesta más completa.
—Fui la cuarta persona en incorporarme al equipo. Primero fue Ozzie, por
supuesto; y luego Thibault. Lucky vino después, luego yo. Y por último llegó
Toni.
—¿Hay alguna razón en particular por la que todos llegarais en momentos
distintos?
—Bueno, hubo razones, pero no son importantes. Lo que quiero decir es que
cuando te unes al equipo, puede ser algo realmente abrumador. —Me mira, y la
satisfacción y el entusiasmo que siente por su trabajo le asoman a los ojos—. Es
totalmente diferente de cualquier otro tipo de empleo; más que simples colegas
somos como una familia. Ozzie, Thibault y Toni crecieron juntos, son amigos
desde que iban a gatas, así que se conocen del derecho y del revés. Lucky los
conoció cuando iban a la escuela primaria. Cuando un grupo como ese te pide
que pases a formar parte de lo que están haciendo, y hacen algo realmente
diferente y emocionante, y a veces un poco peligroso, eso ocupa toda tu atención
durante un tiempo. Pero luego tus tareas acaban adoptando una forma y un perfil
concretos y acabas por entender qué es lo que vas a tener que hacer cada día.
Entonces se vuelve más o menos como un trabajo normal.
—Salvo por el pequeño detalle de tener que preocuparte de si alguien te va a
pegar un tiro…
Sonríe.
—Eso es un poco exagerado. No somos agentes de policía patrullando las
calles y enfrentándose a delincuentes. Básicamente trabajamos entre bastidores.
—Entonces, ¿por qué alguien intentó entrar por la fuerza en vuestra nave
industrial?
Se encoge de hombros.
—Ni siquiera estamos seguros de que fuera eso. Pudo ser alguien que
quisiera entrar a robar en una nave industrial al azar porque pensaba que podía
haber algo de valor dentro, y entonces el ataque no iría necesariamente dirigido
contra nosotros. Los robos en el puerto son algo que se da casi por sentado. Y
como te he dicho, fui extremadamente cuidadoso contigo porque no eres parte
del equipo; eres una civil y eres la hermana de May. Me mataría si te pasara algo
mientras se suponía que estabas bajo mi cuidado.
Me río.
—¿Y tienes miedo de mi hermana?
Levanta una mano.
—Oye. No te rías. Y hazme un favor… No subestimes a tu hermana como
hice yo.
Habla en serio, y definitivamente estoy intrigada.
—Intuyo que aquí hay una historia realmente buena.
Arquea una ceja.
—¿Tienes un par de horas? Porque tengo algunas historias para ti. Cosas que
no creerías.
Me encojo de hombros, sintiéndome más despierta y menos interesada en
emborracharme que antes, pero no quiero parecer demasiado ansiosa. Al fin y al
cabo, este es el mismo hombre que hoy me ha tenido encerrada en una
habitación del pánico.
—Bueno… Iba a darme un baño de espuma, pero decidí que no era una
buena idea y al final me eché la siesta. Así que esta noche no voy a poder dormir
a mi hora. Supongo que podrías quedarte un rato y compartir algunas de esas
historias conmigo.
La mirada de Dev se desplaza a mi nevera.
—¿Tienes algo para comer ahí dentro?
Miro la nevera y luego a él.
—Acabamos de comer… como dos platos gigantes de jambalaya cada uno
hace unas horas. ¿Cómo puedes tener hambre otra vez?
—¿Tú has visto esto? —Se señala desde los dedos de los pies a la parte
superior de la cabeza—. Se necesitan muchas calorías para mantener esta
máquina funcionando en las mejores condiciones.
Me río, sintiendo cómo las mejillas se me ponen un poco coloradas de
vergüenza. Claro que me he dado cuenta de que su cuerpo está en las mejores
condiciones; eso es lo que hace que sea tan difícil estar en la cocina con él y
sentirme cómoda a la vez. Necesito trasladar esta fiesta al salón, donde podemos
tener más espacio entre nosotros. Asiento con la cabeza.
—Está bien, sí, lo entiendo. Por desgracia, vacié la nevera el fin de semana
pasado, así que la verdad es que no queda mucha cosa. —No voy a mencionar
que mi sueldo y la pensión alimenticia esporádica de Miles no dejan mucho para
caprichos gastronómicos. Y tengo una hipoteca increíblemente alta, además.
Saca un teléfono del bolsillo.
—¿Te importa si pido un par de pizzas?
Me choca un poco que piense que va a acampar aquí el tiempo suficiente
como para comerse dos pizzas, pero luego pienso: «Qué narices. Tampoco es
que tenga que salir a ningún sitio». Señalo su teléfono con la mano.
—Adelante. Pide lo que quieras. —Agarro nuestras copas de vino y me
pongo la botella debajo del brazo—. Venga. Vamos al salón, que allí nos
sentiremos más cómodos.
—Buena idea. Te sigo.
Salgo de la cocina al pasillo. Una imagen destella por el rabillo del ojo, y
dudo un momento. Vuelvo la cabeza hacia la derecha para ver qué es, y veo mi
reflejo en el espejo del pasillo. Mierda. Estoy hecha un adefesio.
—Joder… —maldigo entre dientes. ¡Todavía parezco una zombi! ¡Horror!
¡Mi pelo! ¡Mi cara! ¡Qué vergüenza!
Me vuelvo para mirar a Dev por encima del hombro, tratando de deducir, por
su expresión facial, si se ha dado cuenta. En la cocina no capté ninguna señal, lo
cual es muy, muy raro. ¿Acaso piensa que esta es la pinta que tengo
normalmente? ¿Que me he hecho esto a mí misma a propósito? Todavía está
absorto en el teléfono, probablemente tratando de encontrar el número de la
pizzería.
Corro por el pasillo hacia el salón. Dejo la botella sobre la mesa de café con
tantas prisas que casi la tiro al suelo. A continuación, dejo las copas y luego me
sitúo un poco alejada de él cuando entra en la habitación. Finjo que mis cortinas
necesitan una inspección rigurosa en ese preciso momento.
—Voy a subir un minuto —le digo, dando un paso hacia el pasillo de
espaldas a él—. A cambiarme de ropa.
—No tienes que cambiarte por mí.
Intento reír, pero me sale una risa demasiado estridente como para que suene
natural.
—¡Ja, ja, ja! ¡No! ¡Está bien! No pasa nada. Es que cuando duermo, sudo y
luego huelo mal, y como me he echado esa siesta… —Oh, Dios… Pero ¿qué
estoy diciendo? ¿Acabo de decir eso en voz alta? ¿Se puede saber qué me pasa?
Él se ríe.
—¿Has dicho que hueles mal?
—Cállate.
Salgo corriendo de la habitación y subo las escaleras, dando pisotones en los
últimos peldaños. Parece como si una manada de elefantes hubiese invadido la
casa.
—¿Te gusta la pizza de pepperoni? —grita él a mi espalda.
—¡Sí! ¡Lo que sea!
Corro a entrar en mi habitación y me pongo a arreglar el espectáculo de
terror que es mi cara y mi pelo, y me visto con unos vaqueros nuevos y una blusa
también nueva. Mientras estoy delante del espejo del baño y uso doble dosis de
pasta de dientes para tratar de eliminar mi horrible aliento a jambalaya, elaboro
mi plan.
«No te preocupes, Jenny, tú puedes hacer esto. Puedes hacerle olvidar lo que
acaba de presenciar. Solo tienes que distraerlo con respuestas ingeniosas y datos
asombrosos que has aprendido viendo cien horas de Animal Planet con los
niños, y olvidará que parecías la novia de Frankenstein cuando llegó».
Sí. Con este plan, nada puede fallar. Es un plan increíblemente bueno.
Capítulo 10
Después de inspirar y espirar varias veces en lo alto de las escaleras, bajo
con mucha calma. Mi pelo luce un aspecto un poco más decente, llevo suficiente
maquillaje para cubrir el peor de mis defectos y he gastado medio tubo de pasta
de dientes. Puede que ahora mi esmalte dental sufra las consecuencias, pero
estoy decidida a borrar de la memoria de Dev su recuerdo más reciente de mí:
con el aspecto y el olor de un zombi que acaba de comerse los sesos de alguien.
Ahora que ya me he sometido a mi cambio de imagen ultrarrápido, estoy lista
para plantarme frente al hombre que hace que mi corazón lata a mil por hora, y
no pienso ponerme histérica imaginando que esto es una cita. Percibo el fuerte
olor a pepperoni en cuanto llego al último escalón.
—¿Ya han llegado las pizzas?
Dev está sentado en el sofá con tres cajas de pizza apiladas frente a él. Me
sonríe cuando entro en la habitación.
—Sí.
—Tendrás que darme el nombre del lugar donde las has pedido. Yo nunca
consigo que me las traigan en menos de media hora.
Dev mira el reloj.
—Has estado desaparecida cuarenta y cinco minutos.
Me miro la muñeca y arrugo la frente.
—Nooo… Lo único que he hecho ha sido cambiarme de ropa.
Levanta la tapa de una de las cajas de pizza.
—Como tú digas.
Me quedo plantada en mitad del salón, tratando de decidir si debo seguir
librando esta batalla perdida o simplemente admitir la derrota. No parece
importarle el hecho de que me haya esforzado en estar un poco presentable.
Tiene un trozo de pizza en la mano y la boca ya entreabierta, a punto de
engullirla.
—¿Qué te apetece beber? —pregunto, resignándome. Es simple y pura
cortesía invitar a alguien a comer pizza en casa y no parecer un murciélago yoda,
¿no?
Hace una pausa con la punta del triángulo de la pizza en el borde de la boca
y ladeando la cabeza hacia la cocina.
—También he comprado un par de litros de refresco que he dejado en la otra
habitación. Tú misma.
—¿Tú vas a querer?
—Sí. También tomaré un poco de vino. —Me guiña un ojo—. Al final, me
va a gustar.
Intento no sonreír.
—¿No tienes que conducir?
Dobla el trozo de pizza por la mitad y se la come de un solo bocado mientras
se encoge de hombros. Ahora tiene la boca demasiado llena para responder.
Yo también me encojo de hombros mientras voy a la cocina. A él no parece
preocuparle, así que no pienso darle importancia. Si creo que ha bebido
demasiado, llamaré a un taxi. Pero el hecho de que mida dos metros y esté a
punto de comerse tres pizzas me dice que probablemente no tenga que
preocuparme por su tasa de alcohol en sangre. Tendría que beberse toda la
botella de vino para que afectara a su capacidad de conducir.
Preparo rápidamente dos vasos de refresco con hielo, saco una segunda
botella de vino y luego lo llevo todo al salón para poder sentarme y verlo ingerir
más comida de lo que creía que era humanamente posible. Dejo los vasos sobre
la mesa junto a las cajas de pizza y decido sentarme a dos cojines de mi invitado.
Acercarme más sería casi como estar insinuándome.
Abre la tapa de una de las cajas, de la que faltan ya dos porciones. Este
hombre se ha comido tres pedazos de pizza en menos de cinco minutos.
Impresionante. Me encanta cocinar para gente a la que le gusta comer. La idea de
invitarlo a cenar alguna vez me cruza por la cabeza, pero la descarto de
inmediato. No hay necesidad de adelantarme a los acontecimientos. Además, es
un Bobo de Bourbon Street.
—Come, anda —dice—. La verdad es que está muy buena.
Tenía la intención de decir que no cuando me la ofreciera, pero cuando el
aroma a mozzarella derretida y a los deliciosos y grasientos pepperoni me
alcanza la nariz, me resulta imposible.
—Bueno, pero solo uno.
—Han pasado horas desde que comimos por última vez. Lo lógico sería que
estuvieras hambrienta. Cómete dos o tres trozos.
Hace una pausa y se vuelve para mirarme, esperando mi respuesta. Hurgo en
la caja y saco un trozo con cuidado.
—Creo que será mejor que me limite a uno solo. Tengo una especie de
pasión enfermiza por los carbohidratos, pero parece que los carbohidratos no me
quieren mucho a mí, así que trato de evitarlos cuando puedo.
—Creo que caería en la depresión más profunda del mundo si no pudiera
disfrutar de mis carbohidratos —dice Dev.
Dobla la corteza de la pizza y se mete todo el trozo en la boca. Hincha los
carrillos al masticar. Después de ver eso, ya no me preocupa tanto como hace
dos segundos mostrarme femenina ante él. No creo que sea de los que
agradezcan o esperen que alguien coma como si estuviera tomando el té con la
reina de Inglaterra. De pronto me siento más cómoda en su presencia.
—Estoy segura de que, con tu programa de ejercicios, puedes comer tantos
carbohidratos como quieras y todos se queman en cuanto acaban en tu estómago.
Asiente con la cabeza.
—Probablemente.
—¿Siempre has estado en forma? —Tomo un bocado de mi pizza para evitar
decir algo más. Lo que he dicho ya es bastante directo. Para el caso, no sé cómo
no se me ha ocurrido soltarle directamente que vaya pedazo de cuerpo que
tiene…
—Siempre he practicado deporte, y eso hace que sea más fácil mantenerse en
forma. Pero en realidad no comencé a entrenar con pesas y hacer otro tipo de
entrenamiento hasta que sufrí una lesión verdaderamente grave y tuve que pasar
por rehabilitación. Eso hizo que empezase a darle importancia a trabajar el
cuerpo para convertirlo en una máquina cada vez más eficiente.
Mastico despacio, tratando de recordar si he notado en él algún indicio de
que hubiese sufrido una lesión anterior. No he percibido signos de cojera ni
rigidez en sus movimientos.
—¿Hace cuánto tiempo de tu lesión?
—Sucedió cuando tenía dieciocho años. Un accidente de moto.
Tomo otro bocado de pizza y un sorbo de refresco con la esperanza de que
amplíe esa información y no me obligue a someterlo a otro interrogatorio.
—Desde el accidente, me he concentrado en mantenerme fuerte, para que, si
alguna vez vuelvo a encontrarme en una situación delicada, pueda superarla y
tener una recuperación más corta.
—Supongo que es útil en tu trabajo.
—Para mí, no importa mucho. Pero para los demás, sí, claro. Es una gran
ayuda.
—¿Qué quieres decir con que no te importa? ¿Por qué eres diferente de los
demás?
No parece muy contento con su respuesta.
—Bueno, en primer lugar, no soy muy bueno moviéndome sobre el terreno.
Y, en segundo lugar, tengo otras cosas que me dificultan participar como todos
los demás.
—¿Es por tu lesión? ¿Por eso no puedes participar?
Sacude la cabeza mientras introduce la mano en una caja de pizza y separa
las cortezas para poder sacar otro trozo. Esta vez saca dos porciones y las coloca
una encima de la otra, haciendo un sándwich de pizza. Da un gran bocado y lo
mastica durante un rato antes de contestar.
—No, en realidad, eso no tiene nada que ver. El problema es mi estatura.
Cuando la gente me ve, sus miradas no pasan de largo y ya está: se me quedan
mirando asombrados. Y luego no me olvidan fácilmente. Aunque no hayan
hablado conmigo ni sepan mi nombre, siempre se acuerdan del tipo aquel que
seguro que debía de ser un jugador de baloncesto famoso que vieron en la tienda,
en el centro comercial, en la gasolinera o donde fuera. Simplemente no puedo
moverme por ahí y pasar desapercibido, y eso es una desventaja cuando te
dedicas a un trabajo relacionado con la seguridad.
—Pues yo pensaba que justo sería una gran ventaja en un trabajo relacionado
con la seguridad. Intimida muchísimo. ¿Qué puede hacer que te sientas más
seguro que tener a un gigante como tú al lado?
Él hace una pausa.
—¿Yo te intimido? —Su tono parece triste. Me siento mal de inmediato.
—No, no, no. No es eso lo que he querido decir. Quiero decir, antes de
conocerte, puede que me resultaras un poco intimidante, pero ahora que te
conozco, no me intimidas en absoluto.
Sonríe.
—Estoy seguro de que has dicho eso para que me sienta mejor.
Me inclino hacia delante y le doy un empujoncito en el hombro.
—Para ya. Me estás haciendo sentir mal. Sabes muy bien lo que quería decir.
Se porta bien y se mueve, haciendo que parezca que mi empujón realmente
ha tenido algún efecto. Está sonriendo.
—Que sí, que sí. Lo que tú digas.
Ya vuelve a arderme la cara. Podría seguir metiéndome con él y convertir
esto en un ejercicio de coqueteo en toda regla, pero no quiero hacer que se sienta
incómodo. Sé que solo está siendo simpático conmigo, como hace con todo el
mundo. A mi hermana May le cae muy bien, y ahora entiendo por qué. Es algo
más que adorable.
Busco una manera de volver a comportarme como una persona normal y no
como esta colegiala estúpida que quiere invadir mi cuerpo.
—Y aparte de la estatura, ¿qué otras cosas te impiden participar de forma
activa en el trabajo?
Mastica la comida y pasea la mirada alrededor de la mesa, por la habitación,
hasta detenerla en las cajas. Se para un momento a empujar hacia dentro los
pepperoni que se le caen del sándwich de pizza.
—Mis responsabilidades en casa son de mayor envergadura que las del resto
de miembros del equipo.
—¿Nadie más tiene hijos?
Niega con la cabeza.
—Ninguno está casado tampoco.
—Pero tú no estás casado, ¿verdad?
Tengo el corazón en vilo mientras espero su respuesta. No veo que lleve
ninguna alianza en el dedo, y me dijo que la madre de su hijo se fue justo
después de que naciera el niño, pero eso no significa necesariamente que no esté
con alguien. Supongo que simplemente di por sentado que no estaba
comprometido. Espero no haberme equivocado… Aunque esto no es una cita,
claro.
—No, no estoy casado. Pero tener un hijo pequeño es mucho trabajo.
Se encoge de hombros con cierto aire de melancolía.
Asiento enérgicamente, porque siento su dolor. Lo siento, lo vivo y lo
respiro.
—Te entiendo muy bien. Es como si tu tarea nunca terminara. Trabajas todo
el día y luego vuelves a casa y te espera más trabajo. Incluso cuando los niños
duermen, parece como si no se acabara nunca. Trabajo hasta caer desplomada,
todas las noches.
Me mira.
—Así es, ¿verdad? —Deja la pizza y aparta las manos de la caja, luego
alarga la mano y toma su refresco, se recuesta en el sofá y extiende el brazo que
tiene libre sobre los cojines. Levanta la pierna y apoya el tobillo en la rodilla
contraria—. Mi hijo puede estar profundamente dormido, y yo estar en mi cama,
al final del pasillo, y te juro que lo oigo cuando su respiración se altera, aunque
solo sea un poco.
Doy un brinco en el sofá de pura emoción de estar hablando con otro padre
sobre algo que conozco tan a fondo.
—¡A mí me pasa lo mismo! Es cosa de locos. Si oigo algo que me suena un
poco distinto de lo habitual, me levanto de la cama de un salto porque tengo que
ir a ver qué es. No sé qué es lo que creo que va a pasar; no va a entrar un
secuestrador por la ventana de la segunda planta a llevarse a mi hija. Por
supuesto, en cuanto entro me doy cuenta de que solo ha sido un cambio en el
ritmo de su respiración o cualquier cosa parecida, o que una de las figuras de
acción de mi hijo se ha caído de la cama al suelo.
Se ríe.
—Yo reviso los pestillos de la ventana de mi hijo dos veces antes de irme a la
cama. Cada noche. Tengo la paranoia de que alguien puede intentar entrar o de
que Jacob se va a caer por la ventana.
Da gusto poder compartir las paranoias mentales típicas de un padre o una
madre con otra persona.
—¡Ja! Y yo aquí pensando que era la única con tendencia a los TOC con
respecto a mis hijos.
Niega con la cabeza.
—No. No estás sola. Créeme.
Después de ese comentario, ninguno de los dos dice nada durante un buen
rato. El silencio debería ser incómodo, pero no lo es. Simplemente disfruto de
estar en la misma habitación con alguien que me escucha mientras le cuento las
chifladuras que hago y que no piensa que estoy chiflada por hacerlas.
—Deberíamos juntar a nuestros hijos algún día. —Le sonrío—. Tu hijo y el
mío probablemente serían capaces de echar abajo las paredes y lo pasarían en
grande.
La reacción de Dev no es en absoluto la que esperaba. En lugar de asentir y
sonreír, y decir que sí, que podría ser muy divertido, tuerce el gesto y se da
media vuelta para mirar hacia las cajas de pizza. Baja los pies al suelo y se
inclina hacia delante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas. Al cabo de
unos cinco segundos se inclina un poco más, levanta la parte superior de otra
caja de pizza y saca otro trozo.
—Sí. Tal vez. Algún día.
Es como si me hubieran clavado un cuchillo en el pecho. ¿Acaso he
malinterpretado totalmente la situación? ¿Me he extralimitado de algún modo?
¿Odia a mis hijos sin conocerlos siquiera? Repito el momento en mi cabeza,
junto con los momentos anteriores, tratando de averiguar dónde he patinado,
pero nada de eso tiene sentido. No creo que haya dicho nada malo. ¿Es solo que
no quiere conocerme mejor? Si ese es el caso, ¿qué está haciendo aquí comiendo
pizza y bebiendo vino en mi salón?
En lugar de hacer más preguntas y arriesgarme a decir algo aún peor, me
concentro en terminar mi trozo de pizza. Me tapo la cara con el vaso de refresco,
tomando un sorbo después de cada bocado en un intento de ocultar mi expresión
facial. Temo que estoy dejando traslucir muchos de mis sentimientos.
—Es una lástima que no puedas hacer ese trabajo de freelance para el equipo
—dice.
Parpadeo unas cuantas veces, dándome cuenta de que está cambiando de
tema y volviendo a colocarnos en el punto de partida de posibles futuros
compañeros de trabajo. No creo que una ducha fría hubiera sido más efectiva
para aplacar cualquier tipo de sentimiento ardoroso que pudiera haber albergado
por él en mi corazón.
Dejo el vaso y el trozo de pizza sobre la mesa y me pongo de pie. Me limpio
las manos en los pantalones y lo miro.
—¿Sabes qué? Me acabo de dar cuenta de que tengo mucho trabajo por
hacer.
Me mira y sigue masticando más despacio. Frunce el ceño un poco, pero no
responde de inmediato.
Doy un paso hacia mi despacho.
—Voy a encender el portátil mientras recoges tus cosas. —Señalo las cajas
de pizza.
Asiente con la cabeza.
—Claro. Adelante. Haz lo que tengas que hacer.
Salgo hacia la cocina para buscar el portátil, triste porque algo se ha roto y
no tengo ni idea de cuál ha sido la causa, pero contenta de volver a la
normalidad. Tener un hombre en mi casa, compartir una cena con un chico
guapo… esto es demasiado extraño para mí. Estoy lista para volver a mi vida
normal, aburrida y solitaria, donde mis hijos se van algún fin de semana suelto
con su padre y yo me pongo al día con el trabajo en casa. Ni siquiera estoy de
humor para hacer palomitas y ver una peli romántica. Esto es una mierda.
Capítulo 11
Me llevo el portátil al estudio, obligándome a no mirar a Dev, que sigue
sentado en el salón. Espero que capte la indirecta, que recoja sus cosas y se vaya.
Ha habido demasiados momentos incómodos entre nosotros y me preocupa que,
cuanto más tiempo se quede, más alimente mi búsqueda de motivos ocultos por
su parte para estar aquí.
Es una tarea bastante simple la de dejar mi portátil sobre el escritorio y
enchufar los cables. Abro el navegador de internet y miro una página en blanco.
La ventana del motor de búsqueda me está llamando, preguntándome qué quiero
hacer, adónde quiero ir y qué quiero buscar.
Intento ignorar los ruidos y crujidos procedentes de la otra habitación, dando
por sentado que Dev está guardando las pizzas para llevárselas a casa. Debería
alegrarme de que haya seguido mis instrucciones de irse, pero no me alegro. Es
un hombre muy agradable y parece un padre entregado. Tal vez incluso es un
buen padre, una rara avis en mi mundo. Como el leopardo del Amur. Algún día
volveré a salir con hombres. No será con él, obviamente, pero sucederá. No
pienso morirme hecha una solterona.
La ventana de búsqueda sigue mirándome con fijeza. Podría entrar en uno de
esos sitios web de citas. Echarle un vistazo…
En el momento en que ese pensamiento me revolotea por la cabeza, siento
que empieza a arderme la cara. No, eso sería una tontería. No estoy en
condiciones de salir con nadie en este momento. Hace muy poco que me he
divorciado. Estoy en una etapa demasiado… maternal.
En vez de eso, visito uno de los sitios para freelances de los que he oído
hablar a mis compañeros de trabajo. Al parecer, puedo publicar un perfil que
enumere todas mis habilidades, y cualquiera que busque una profesional como
yo podría encontrarme. Voy al sitio web a echar un vistazo, pero lo único que
consigo es deprimirme. Tengo ya tantas cosas que hacer en mi empresa actual,
que casi no puedo con el ritmo. Sammy estuvo enfermo la semana pasada y
perdí un día entero de trabajo porque la guardería no me dejó que lo llevara, así
que ahora debo hacer todo lo que tengo pendiente en la mitad del tiempo. En la
empresa funcionan con muy poco personal, por lo que no hay ninguna esperanza
de que contraten a alguien para que me ayude.
No, no puedo asumir más trabajo. Mis hijos nunca me verían. No creo que
eso les importara, desde luego, porque cuando el gato no está, en esta casa los
ratones definitivamente se pasan el rato bailando. La última vez que los dejé
solos e intenté adelantar tarea en casa, las chicas untaron a Sammy con un
ungüento grasiento para la dermatitis del pañal y luego lo remataron con polvos
de talco. Dijeron que querían que pareciese un fantasma para practicar para sus
disfraces de Halloween. Desde luego, parecía un fantasma, ¡y tardé dos horas
enteras en limpiarle todo aquello! Esa porquería se pega una cosa mala, y lleva
una base de aceite de pescado, así que nuestro baño y un par de toallas todavía
huelen a anchoas.
Siempre me siento dividida cuando sorprendo a los niños haciendo cosas
como esa. No sé si pensar que se trata de puro amor fraternal por el que las niñas
invitan a Sammy a formar parte de sus juegos o si, por el contrario, se trata de
simple tortura entre hermanos y lo eligen a él porque es la víctima más fácil. Al
final he optado por la teoría de que, si fuera algún tipo de juego sádico, Sammy
me lo diría, y a él nunca parece importarle, así que me quedo muy tranquila.
Además, lo hicieron realmente fenomenal cubriendo cada centímetro cuadrado
de su piel. Si decide que quiere salir en Halloween disfrazado de fantasma, al
menos ya tengo la parte del disfraz cubierta.
Ese es otro asunto que tengo pendiente. Solo faltan unas pocas semanas para
Halloween y los niños ya me están mareando con el tema de los disfraces. Me
abalanzo sobre el teclado y hago una búsqueda rápida en Amazon para posibles
ideas. Hay al menos cincuenta páginas de opciones, así que cierro la ventana y
respiro hondo. A lo mejor consigo que vayan disfrazados de los Tres Chiflados.
Eso encajaría perfectamente en mi vida. Escribo una nota al lado de mi
ordenador para recordarme a mí misma que les pregunte a los niños de qué
quieren ir vestidos y así conseguir los disfraces a tiempo.
Dejo el bolígrafo y, una vez más, me encuentro mirando la ventana del motor
de búsqueda. ¿Adónde quiero ir?
Oigo abrirse y cerrarse una puerta fuera de mi despacho, y el ruido
interrumpe mis pensamientos. Me da pena que Dev se haya ido, pero no puedo
quejarme, ya que fui yo quien le pedí que se fuera. Soy una negada total y
absoluta a la hora de relacionarme con el sexo opuesto.
Me muerdo el labio mientras miro el ordenador. Es una locura que el hecho
de que un extraño se haya ido de mi casa me cause tanta tristeza. Estoy fatal.
Necesito emociones en mi vida, con urgencia…
Es ese pensamiento lo que despierta mi inspiración. Podría echar un vistazo a
un sitio web de citas. Eso no significa que vaya a buscar una. Navegar por
internet no es lo mismo que buscar desesperadamente un hombre. Solo voy a ver
lo que hay ahí fuera, ¿no?
Inicio una búsqueda rápida y hago clic en el primer servicio que aparece.
Doy por sentado que, si figuran en el primer puesto de los resultados de
búsqueda, o se están gastando mucho dinero para estar allí o son muy populares.
Eso significa que habrá muchos más candidatos para elegir, y tener un nutrido
grupo de candidatos parece una buena idea. Hago clic con el ratón por todo el
sitio, tratando de acceder al área del mercado de carne. «Es hora de que mamá
salga a comprar carne de primera calidad. Muajajajá».
Por desgracia, no me deja buscar a nadie a menos que cree un perfil.
Sabiendo lo que sé sobre marketing y cómo lograr que los usuarios de sitios web
dejen sus direcciones de correo, no me sorprende. Quieren que te quedes, y para
hacer eso, piden un pequeño compromiso por tu parte.
Me encojo de hombros. ¿Y qué? ¿Cuál es el problema? Puedo crear un
pequeño perfil. No hay nada de malo en eso, y no tengo por qué hacerlo público
para que lo vea la gente. Solo lo usaré para navegar un poco.
Comienzo el proceso facilitando mi nombre. Prometen revelar únicamente la
inicial de mi apellido. W. Luego llego a la parte donde piden una tarjeta de
crédito. Tengo mis reservas sobre dejar mis datos bancarios en cualquier página
de internet, porque ser ingeniera informática me coloca en la posición perfecta
para saber con qué facilidad pueden acceder a esos datos las personas menos
indicadas.
Podría dedicar un rato a probar las vulnerabilidades de este sitio web ante
posibles hackers informáticos, pero ¿para qué molestarme? Tengo mi propia
manera —menos intrusiva y también menos ilegal— de manejar esta clase de
cosas. Voy a utilizar mi tarjeta de crédito especial, la que tiene un límite de
crédito minúsculo, la que uso para todas mis compras en línea. Si alguien
obtiene los detalles de esta tarjeta, no va a llegar muy lejos. Podrían disfrutar de
una noche yendo al cine más barato de la ciudad con unas palomitas de maíz y
una Coca-Cola. Eso si tienen suerte y he saldado mi anterior deuda de crédito
recientemente.
Ahora que he introducido mis datos, tengo acceso completo. Me preguntan si
estoy buscando un hombre o una mujer, si soy hombre o mujer, la edad de la
persona que me interesa y si me molestan ciertos pecadillos, como fumar o tener
sobrepeso.
Lanzo un resoplido. Hay tantas opciones… ¿Qué diablos? Estoy
acostumbrada a evaluar a un tipo con solo una mirada antes de decidir si me
atrae o no. No estoy segura de que aquí haya algún perfil que me dé como
resultado una lista de hombres que sean definitivamente mi tipo. ¿No debería
aparecer el apartado de personalidad por alguna parte?
No sé qué es lo que estoy buscando más allá de que, sí, busco un hombre.
Escaneo mis opciones. ¿Debería ser una tigresa? ¿Debería buscar a alguien más
joven, a quien no le importe jugar con mis hijos porque él también es un niño?
Eso parece una mala idea. Lo último que necesito es otro niño en casa. ¿Qué tal
un hombre de mi edad? Podríamos estar en el mismo punto en nuestras vidas.
Tal vez él también tenga hijos, como yo. Eso podría funcionar. O podría ser un
caos total capaz de ponerme al borde de la locura. Tal vez debería buscar un
hombre mayor. Un hombre que tenga la vida solucionada en el aspecto
económico. Un hombre con experiencia, que haya vivido y que pueda enseñarme
cómo funciona el mundo. Un hombre con la presión arterial alta y con
descuentos en las residencias para la tercera edad.
Todo este proceso ya es frustrante en sí. Hago clic en la parte del sitio que
me permite incluir mi propio perfil, pensando que tal vez tenga más suerte con
eso. Se me ofrecen varias casillas, y lo único que tengo que hacer es marcar las
que me describen.
Hasta aquí todo bien. Soy mujer, clic, y tengo entre treinta y treinta y cinco
años, clic. Ahora el ordenador quiere saber si estoy en forma, si soy una persona
atlética o si detecto signos de flacidez en la zona de la cintura.
¡Aaargh! Esto es horrible. ¿Flacidez? Me miro la cintura y me atrevo a correr
el riesgo de pellizcarme la parte delantera de la barriga. ¡Dios! ¿Flacidez?
¡Podría llamarme Michelines Wexler! ¿Cómo he podido pensar que esto era una
buena idea?
Un ruido en la puerta a mi espalda me sobresalta. Me doy media vuelta y me
sorprendo al ver a Dev el gigante ahí de pie.
Hablo antes de pensar.
—Creí que te habías ido.
—Ah. —Ladea la cabeza, confuso—. ¿Me habías dicho que me fuera? Creo
que eso me lo he perdido.
Tengo que pensar un segundo en lo que ha dicho.
—Bueno… Supongo que no lo dije así específicamente, con esas palabras,
pero sí dije que tenía trabajo que hacer. —Ahora me siento fatal por tener que
explicar que intenté echarlo y él no entendió la indirecta.
—Ah. Maldita sea. Je, je. Qué torpe…
Levanta la mano y se frota la calva.
—No, no, no te preocupes. —Además de sentirme mal por hacerle sentirse
tan avergonzado, ahora ni siquiera estoy segura de querer que se vaya—.
Quédate si quieres. Eso solo que… estoy… Ahora mismo estoy acabando algo.
Da unos pasos por la habitación.
—¿En qué estás trabajando? ¿Algo para tu empleo habitual o es un encargo
como freelance?
Rápidamente minimizo la ventana de la web de citas. ¡Qué vergüenza! Me
acaba de pillar en una web para singles, y lo estoy haciendo justo después de
comerme una pizza con él. ¿Creerá que ha sido él quien me ha inspirado a
hacerlo? Ojalá fuera una de esas tortugas de Animal Planet. Me gustaría meter la
cabeza en mi caparazón y no salir hasta que él se fuera.
Por desgracia, no soy una tortuga y no tengo dónde meterme.
—No. No es ninguna de las dos cosas. —Me dan ganas de abofetearme por
lo tonta que soy. Podría haberle mentido como una bellaca y desviar su atención,
y él me habría dejado en paz. Ahora, en cambio, veo un brillo en sus ojos que me
dice que no va a olvidar el asunto así como así.
—¿Por qué estás tan avergonzada?
Exhalo un largo suspiro de derrota. Está sonriendo. ¿Sabe lo poderoso que es
ese hoyuelo suyo?
—Está bien. Si tanto te interesa, estaba visitando una web de citas.
Aparto la mirada, tocando la tecla de las mayúsculas una y otra vez con el
pulgar para disimular mi vergüenza.
—Ah, genial. ¿Puedo ver tu perfil?
Me quedo boquiabierta. ¿Habla en serio? ¿De verdad piensa que esto es
algún tipo de deporte con espectadores? ¿Que quiero que me vea revolcarme en
mi soledad?
—Mmm…, no. No puedes.
Tengo la cara roja como un tomate ahora mismo.
Sin inmutarse, agarra una silla y la arrastra para colocarla a mi lado. Le da la
vuelta y se sienta sobre ella a horcajadas, con los brazos apoyados en la parte
superior del respaldo.
—¿Qué sitio web es?
No digo nada. Solo abro la ventana y lo señalo.
—Ah, pues yo también estoy en ese —dice con naturalidad.
—¿Tú también estás?
—Sí. ¿Por qué? ¿Tan extraño te parece?
—Ah, no, por nada. Supongo que no te imaginaba de ese tipo de gente.
Sonríe, al parecer disfrutando de mi incomodidad.
—¿Cuál es ese tipo de gente?
Intento sonreír, pero me sale más bien una mueca.
—¿Gente desesperada?
Me mira frunciendo el ceño, y me recuerda a una maestra que tuve una vez a
la que se le daba muy bien regañar a los alumnos con ese simple gesto.
—Si la desesperación es lo que lleva a las personas a las webs de citas,
entonces hay mucha gente desesperada.
—Pues sí. Mira aquí. —Hago clic en algunos botones para que vea algunas
estadísticas que están ahí mismo, en el sitio web, para que todo el mundo las vea
—. ¿Has visto eso? Tienen más de un millón de usuarios.
—Sí, claro. No es ninguna sorpresa. Hay muchas personas solteras por ahí.
El mundo en el que vivimos es muy grande.
Me vuelvo para mirarlo a la cara, a pesar de que está muy cerca.
—Entonces, ¿no crees que es un gesto desesperado inscribirse en una web de
citas?
—No. De ninguna manera. Creo que estos sitios web están formados
principalmente por personas solteras a las que no les gusta salir a bares y que tal
vez tienen hijos o trabajos que les impiden ir a fiestas y a otros lugares donde
pueden conocer a otras personas sin pareja. ¿Qué otra cosa van a hacer? ¿Ir al
supermercado y buscar candidatos en la sección de productos frescos?
Me gusta la forma en que describe a las personas que están en la web. Gente
como yo. Ahora no me siento tan tonta como antes.
—Es realmente difícil conocer gente, sobre todo cuando hay niños de por
medio.
—Dímelo a mí…
Parece que tiene algo más que decir sobre el tema, pero luego se calla y mira
hacia otro lado.
—Así que estás en esa web, ¿eh?
Se pronto se me ocurre una idea maliciosa. Empiezo a hacer clic con el ratón.
Él se asoma a mirar.
—No, no, no, no, no.
Trata de quitarme el ratón de la mano, pero levanto el brazo para
impedírselo.
—Fuera. Nadie toca mi ratón.
—No irás a entrar en mi perfil, ¿no?
—Pues claro que sí. —No consigo reprimir la sonrisa en mi voz—. Quiero
ver cómo te has descrito a ti mismo.
Se está riendo y protestando al mismo tiempo.
—Dios, ¿por qué quieres hacerme eso?
—Porque sí. Tengo dificultades para confeccionar mi propio perfil. Tal vez si
miro el tuyo, me inspire.
Se ríe.
—Aparte de que los dos tenemos hijos, no puedo imaginar que haya alguna
otra similitud entre nosotros.
Sé que no pretendía ser grosero, pero me entristece oírlo decir eso. Pensaba
que éramos más compatibles. Me encojo de hombros.
—Tal vez.
—Aunque tenemos el mismo sentido del humor —dice.
—Bueno, yo creo que eres gracioso.
—Gracias.
—Que tu aspecto es gracioso. —Me río. Esta es una broma que aprendí de
mis hijos.
Se lleva la mano al corazón.
—Oh, vaya, eso ha sido un golpe bajo.
Extiendo la mano, la apoyo en su brazo y lo acaricio.
—Es una broma. —Retiro la mano y hago clic en otras partes de la web—.
Lo siento, pero mi sentido del humor es de tercero de primaria en este momento.
—Está bien, tengo otro chiste para ti. —Se inclina y me mira—. ¿Cuál es la
peor parte de comerte un vegetal?
Lo pienso unos segundos e incapaz de encontrar algo que suene inteligente,
me rindo.
—No lo sé.
—La silla de ruedas.
Me guiña un ojo.
Me llevo la mano a la boca. No me puedo creer que haya dicho eso.
—Oh, Dios mío… Qué chiste tan malo.
Se recuesta un poco hacia atrás, agarrándose a la parte superior de la silla.
—Sí, es un chiste de discapacitados. Mi hijo es un experto.
Eso me parece realmente cruel y no es políticamente correcto, pero no me
puedo imaginar que Dev sea el tipo de padre que bromea sobre las personas
discapacitadas con su joven e impresionable hijo.
—¿Es que está pasando por alguna etapa crítica o algo así?
—Más o menos.
No da más detalles, y yo no quiero hacer más preguntas sobre el tema. No
quiero que piense que estoy juzgando su forma de educar a su hijo, aunque a
estas alturas me resulta un poco rara. Centro de nuevo mi atención en el
ordenador, donde estoy introduciendo los criterios de búsqueda para tratar de
encontrar el perfil de Dev.
—No he puesto mi verdadero nombre, como podrás imaginar —dice—.
Como decías antes, hay más de un millón de usuarios del sitio. No me
encontrarás nunca.
—No estés tan seguro —le digo—. Lo único que tengo que hacer es
describirte, y tu perfil aparecerá en los resultados.
—¿Es que crees que ya me conoces bien? —Definitivamente, me está
retando.
—Ya veremos.
Sonrío mientras hago clic.
Capítulo 12
Mis dedos revolotean por el teclado.
—Veamos… Si quisiera encontrar a un chico como Dev, ¿qué características
estaría buscando? —Me siento segura al decirlo, como si fuera una chica
hipotética cualquiera buscando pareja y no yo. Es una especie de coqueteo
furtivo. Soy como una garza negra, engañando a mi presa haciéndole creer que
es de noche, con las alas abiertas encima del agua, convenciendo a los pececillos
de que es seguro salir a jugar fuera. ¡Ya te tengo, pececito!
—Ten cuidado, nena.
Sigo adelante, haciendo caso omiso de la advertencia de Dev. Creo que en
realidad me estimula.
—Antes que nada, tengo que seleccionar la edad correcta. Voy a escoger…
entre treinta y cinco y cuarenta años. —Mis dedos vacilan un momento antes de
hacer clic en la casilla. Estoy casi segura de que fue eso lo que me dijo en la
habitación del pánico—. Eres un hombre. Eso es fácil. Y supongo que buscas
una mujer, ¿no?
Miro a Dev para confirmarlo. Se limita a encogerse de hombros, pero ese
hoyuelo que le aparece en su mejilla me dice que estoy en lo cierto una vez más.
—Veamos… eres no fumador. —Hago clic en otro botón—. Y yo diría que
eres muy atlético. —Otro clic—. Y crees en un estilo de vida saludable, por lo
que probablemente solo bebes alcohol de forma moderada.
—No te pases de lista.
Me río.
—Huy, pues esto no ha hecho más que empezar, créeme. —Me detengo a
leer detenidamente mis opciones—. Y sigo adelante con… veamos, aficiones…
—Hay varias entre las que escoger, y aunque acabamos de conocernos, ya
identifico varias. Hago clic en una rápida sucesión—. Deportes. Levantamiento
de pesas. Ejercicio. Artes marciales.
—¿Artes marciales? ¿Por qué has escogido eso?
Me doy media vuelta y lo miro para que pueda verme poner los ojos en
blanco.
—Era imposible no fijarse en las cincuenta espadas ninja que había en esa
habitación, ¿no te parece?
—¿Y quién dice que son mías? Ahí es donde vive Ozzie.
—Sí, pero él no parece de los aficionados a las espadas. Además, mi
hermana me dijo una vez no sé qué de que eres un ninja o algo así, así que
deduje que tenían que ser tuyas.
—Un punto positivo por tus excelentes dotes de observación.
Siento que me invade una oleada de orgullo cuando vuelvo a concentrarme
en el ordenador.
—Exactamente. —Muevo el ratón para despertarlo—. Bueno, vamos a ver,
¿dónde estaba? Ah, sí, estoy a punto de reducir aún más mis opciones. —Hago
clic en unas cuantas casillas más—. Hogareño y amante de la vida familiar.
Prefiere actividades de grupos pequeños a estar entre grandes multitudes. —De
esa no estoy tan segura, pero no quiero que sepa que no estoy segura, así que
sigo adelante—. No se inclina por actividades religiosas, disfruta de la cocina de
otras personas pero no cocina, no tiene una comida favorita. —Hago clic, clic,
clic. Vuelvo la cabeza para mirarlo—. ¿Cómo voy hasta ahora?
Se encoge de hombros.
—Ya veremos.
No suena ni mucho menos tan impertinente como antes, así que me parece
que voy bien. Quedan algunas opciones más, y las sopeso cuidadosamente. Yo
misma he diseñado sitios web con enormes cantidades de datos, por lo que sé
cómo se cuentan y se recopilan los resultados de búsqueda. Este sistema no
parece muy complicado. Solo es cuestión de acercarme lo suficiente, y la
combinación correcta de entradas acertadas arrojará los resultados que busco.
—Busca…
Ahora tengo la oportunidad de describir a la mujer que creo que Dev está
buscando. Esta parte es un poco más complicada, pero creo que puedo hacerlo.
Voy a describir a la mujer que creo que se adapta mejor a él. Parece un hombre
con la cabeza bien amueblada. Supongo que está buscando alguien que encaje
con él, que lo complemente, no creo que sea de los buscan una mujer totalmente
inadecuada.
—De acuerdo. Estás buscando una mujer que tenga entre treinta y cuarenta
años. Supongo que preferirías que fuera atlética y estuviera en forma, pero diría
que estás dispuesto a aceptar a alguien que no estuviera todavía en esas
condiciones, porque disfrutas tanto del ejercicio físico que sería algo que
querrías compartir con ella y ayudarla a descubrirlo.
—Muy bien.
Lo veo asintiendo por el rabillo del ojo. Animada, continúo.
—Estás interesado en alguien que prefiera las actividades en grupos
pequeños. Tampoco te importa salir con una mujer que ya tenga hijos. Y buscas
a alguien a quien le guste el aire libre y los deportes y que tenga sentido del
humor.
Hay varios criterios más que podría seleccionar en este momento, pero no
quiero ir demasiado lejos y excluirlo por accidente. Creo que voy bastante bien
con lo que tengo. Lo último que he de hacer es seleccionar una región
geográfica.
—¿Dónde vives? —pregunto.
—Ah, no, no, no. Tienes que encontrarme ahí. En la web. Tienes que
describirme para encontrarme.
—Sí, pero el lugar donde vives no tiene nada que ver contigo como persona,
como candidato para una web de citas.
—Todo lo contrario. El lugar de residencia de una persona dice mucho sobre
ella.
Me encojo de hombros.
—Está bien. —Hago clic en la zona geográfica que lo ubica en un radio de
ochenta kilómetros a la redonda de la nave industrial. Hecho—. Muy bien,
entonces, ya estamos. ¿Listo para saber el resultado?
—Yo siempre estoy listo.
Hago clic en el botón «Buscar», sintiéndome como una tonta porque se me
ha acelerado un poco el pulso. Un pequeño icono con forma de corazón gira en
la pantalla, transmitiéndonos que se están recopilando los resultados. La
búsqueda tarda mucho más tiempo de lo que esperaba, pero es alentador. Creo
que significa que la lista será breve. Me vuelvo para mirarlo.
—Sabes que podrías rendirte ahora. Admitir la derrota.
Se ríe.
—Podría decir lo mismo de ti. No es demasiado tarde. Los resultados aún no
han salido.
Niego con la cabeza.
—Ni hablar, olvídalo. Voy a ganar.
El icono del corazón deja de girar por fin y aparece una nueva ventana con
una lista de perfiles de candidatos. Cada uno es una sola línea con una cita
textual de cómo empiezan sus propias declaraciones personales. No hay
imágenes ni nombres reales, solo nombres de usuario.
—¡Ja, ja, ja! —exclamo—. Un nuevo nivel de desafío en el juego.
Examino la lista para ver si algo me llama la atención. Hay dos candidatos
que parecen particularmente prometedores, pero como el fragmento sobre la
persona es muy breve, no hay forma de estar segura hasta que haga clic en los
enlaces y lea más. Miro a Dev otra vez.
—¿Quieres elevar la apuesta?
—¿Cuál era la apuesta exactamente?
Tengo que pensarlo un segundo. ¿Hemos apostado algo? Ahora ni siquiera
recuerdo qué es lo que nos llevó a estar delante de este ordenador juntos.
—La verdad es que no tengo ni idea.
—¿Una cena?
Estoy confundida por su respuesta.
—¿La pizza? Ya has pagado por ella.
—No, no me refiero a la pizza. Otra cena. El que pierda invita al que gane.
Asiento con la cabeza. Ahora sí que estamos jugando de verdad, y eso me
gusta. Me refiero a que ganar está muy bien, pero ganar una cena con un chico
guapo está mucho mejor, aunque solo sea como amigos.
—Trato hecho. Entonces, ¿cuáles son las reglas?
Él se encoge de hombros.
—Dímelo tú.
Me gusta ser yo quien decida cómo vamos a jugar. Un gran poder conlleva
una gran responsabilidad; lo aprendí de Spiderman.
—Está bien, aquí tenemos una lista de candidatos y sospecho que una de las
personas de la lista eres tú.
Aguardo su respuesta, pero, por la impasibilidad de su rostro, es como un
jugador de póquer de categoría mundial. Maldita sea. Continúo.
—Lo dejaré así, donde no puedo ver ninguna fotografía, y guiándome solo
por estas breves frases, seleccionaré mis tres opciones principales. Estas serán
las tres personas entre las que creo que podrías estar tú.
—Pensaba que se suponía que debías elegirme directamente.
Levanto un dedo.
—Déjame terminar. Ahora mismo solo puedo ver una frase, lo que no me da
muchas pistas. Así que haré clic en los enlaces de «Leer más» en solo tres de los
candidatos, y no miraré las fotos. Y después de haber leído los detalles sobre
esos tres candidatos, te diré cuál eres tú.
—¿Cómo puedo evitar que mires las fotos?
Escaneo la web rápidamente y señalo la pantalla.
—Mira. Puedes elegir «navegar sin fotos». De esa forma, no habrá trampa.
—Perfecto.
Parece muy satisfecho consigo mismo. Ya veremos quién sonríe cuando todo
haya terminado.
—¿Listo?
Su sonrisa es tan radiante que, de pronto, tengo dudas.
—Oh, sí, ya lo creo —dice—. Adelante. Definitivamente, estoy listo para
que me invites a una cena deliciosa. ¿Te he dicho ya que tengo un gran apetito?
Ya hemos llegado a un trato y establecido el desafío. Por desgracia para él,
seré yo quien disfrute de una deliciosa cena gratis, y no al revés. ¡Ja!
Me desplazo por las veinticuatro opciones que me han salido, asegurándome
de anular la selección de la opción de foto. La mayoría de los perfiles son
demasiado cursis para que los haya escrito Dev; al menos el treinta por ciento de
ellos mencionan que les gustan las largas caminatas en la playa o leer poesía.
Mec. Dev es mucho más original que eso.
En realidad, hay cinco posibilidades sobre las que hacer doble clic. Me
muerdo el labio mientras trato de decidir cuáles son más probables. Al final opto
por eliminar dos cuando veo que carecen de la vena profundamente romántica
que intuyo que podría haber en el interior de Dev. Podría haberme dejado tirada
en la nave industrial, pero su prioridad fue convencerme de que lo dejara jugar a
ser mi salvador. Tenemos aquí delante un magnífico ejemplar de caballero de
brillante armadura.
Ahora me quedan tres candidatos. La primera frase del primer candidato
dice: «Todavía estoy buscando a mi alma gemela»; el segundo dice: «Creo en el
amor a primera vista», y el tercero dice: «Toma mi mano y caminaremos juntos».
Borro todos menos esos tres candidatos de la pantalla y giro la silla para
ponerme de cara a Dev.
—De acuerdo, ya casi estoy. Uno de estos tres eres tú.
—¿Tú crees?
Siento un atisbo de duda cuando veo la expresión de su rostro, pero no le
hago caso, porque sé que no puedo perder en este juego. O paga él o pago yo,
pero vamos a cenar juntos. Me vuelvo de forma que estoy de espaldas al
ordenador.
—Anda, haz clic en el primero y asegúrate de que no aparecen imágenes del
perfil. No quiero ver una foto de tu cara y que me acuses de hacer trampa.
Levanta la silla y la acerca al escritorio.
—Quieres decir que no quieres ver una foto de un tipo que no soy yo.
—Lo que tú digas.
Me tapo los ojos con las manos e inspiro profundamente cuando se inclina
hacia mí. Percibo su olor a suavizante para la ropa o tal vez sea su colonia. Es
muy sexy, y demasiado tentador. Me obligo a dejar de respirar para no caer bajo
el hechizo y decir una estupidez. El sonido de mi ratón hace clic, y luego el olor
de Dev desaparece. Ya puedo respirar de nuevo, pero no es tan divertido.
—De acuerdo. Estás en la página «Leer más» y no hay fotos.
Abro los ojos y aparto las manos para poder darme media vuelta y leer lo que
está en la pantalla del ordenador. Hay un largo párrafo escrito por un hombre
misterioso que busca el amor. Está describiendo la cita perfecta. Podría ser Dev,
pero de nuevo, no estoy segura. No puedo tomar una decisión hasta que los haya
leído todos.
Cuando termino de leer la información, me aparto de la pantalla y me tapo
los ojos otra vez. Dev cumple con su parte del trato seleccionando el siguiente
perfil y verificando que no haya foto. Probablemente ya no tenga que hacer eso,
pero me encanta que se acerque a mí.
Me vuelvo cuando me hace una señal y escaneo rápidamente la página,
sabiendo en segundos que este no es él.
—Puedes eliminar este. No eres tú.
—¿Estás segura?
—Sí, y no intentes confundirme. Estoy segura.
—Está bien —contesta—. Si tú lo dices…
Ahora tengo en mi pantalla el tercer y último candidato, con un gran signo de
interrogación en el recuadro donde estaría su foto de perfil si no hubiera
desactivado esa opción. Este y el primero son muy parecidos, casi no puedo
diferenciarlos.
—Esto es muy, muy difícil.
—¿Por qué dices eso?
—Porque sí. Estos dos hombres son como la misma persona.
—Pues yo no lo creo.
Se inclina y entrecierra los ojos delante de la pantalla como tratando de
extraer un significado más profundo simplemente por acercarse.
Señalo el segundo párrafo.
—Mira. Los dos dicen que están buscando a una mujer con un espíritu
aventurero y un cierto je ne sais quoi. —Lanzo un resoplido desdeñoso—.
¿Quién dice eso?
—Vivimos en Nueva Orleans —dice—. Es normal que la gente aderece sus
frases con un toque elegante de francés de vez en cuando.
—Pero no un hombre. No de esa manera.
Se vuelve hacia mí.
—Ahora intentas desdecirte de la apuesta, ¿verdad?
—No, qué va. Solo tengo que descubrir cuál de estos dos eres tú, eso es todo.
Y solo digo que… es raro que los dos sean tan similares. —Lo miro de reojo—.
¿No tendrás un hermano gemelo del que no me has hablado?
—No, que yo sepa.
Sacudo la cabeza lentamente.
—Estás jugando conmigo. Sé que tengo razón.
Se ríe.
—Pareces muy segura de que uno de estos dos soy yo. Creo que será mejor
que te rindas antes de que metas la pata hasta el fondo.
Me encojo de hombros y vuelvo al ordenador, sintiéndome frustrada de
repente.
—El caso es que no soy de las que se rinden fácilmente. —Por eso seguí con
mi ex tanto tiempo. Debería haberlo dejado después de que naciera Sophie, pero
me quedé a su lado. Aunque no todo es malo; tengo dos ángeles más bajo mi ala.
Su voz se suaviza.
—Bueno, eso es algo de lo que deberías sentirte orgullosa.
No se está burlando de mí, aunque probablemente debería hacerlo. No tengo
ni idea de por qué me ha salido esa frase tan cursi. ¿Acaso quiero darle lástima o
algo así? Aaargh. Mejor será que me dé una ducha fría.
Se aclara la garganta como si fuera a decir algo que va a avergonzarme aún
más, pero yo se lo impido.
—Muy bien, ahora presta atención. Estoy a punto de tomar una decisión.
Empieza a tamborilear con los dedos sobre el escritorio, realzando el efecto
del tambor con los sonidos de su boca.
—Tachán, tachán… Y el ganador es…
Hago clic en el último, abriendo el perfil por completo otra vez.
—Este eres tú, Dev.
Deslizo el ratón para hacer clic en el enlace que revelará la fotografía, pero la
mano de Dev en mi muñeca me detiene.
—Antes de hacer eso, dime por qué no has elegido el primero.
Siento un hormigueo en el punto de la muñeca que me está tocando, y de
repente siento mucho calor. Cuando me vuelvo a mirarlo, su cara parece estar a
apenas unos centímetros de distancia. Mi voz sale como en un susurro.
—Porque el otro chico parecía triste o algo así, y yo no te veo como una
persona triste. Además, supongo que tu hijo es tu persona favorita, así que…
Retira la mano y se aparta, con la cara inexpresiva, un misterio. Hago clic en
el enlace del tercer anuncio y encuentro la cara de un extraño mirándome. Me da
un vuelco el corazón.
—Vaya, mierda. Realmente pensaba que te tenía.
Se inclina y se apodera del ratón.
—Casi lo consigues.
Cierra ese perfil y abre el primero, el que he rechazado porque me parecía un
hombre demasiado triste. Lo primero que veo cuando hace clic en el enlace es la
cara de Dev. Se me cae el alma a los pies.
—Oh. Mierda. —Me vuelvo para mirarlo—. Dev, lo siento.
No solo lo he llamado triste, sino que básicamente también le he dicho que
como padre es una mierda. ¿Por qué no lo he pensado antes de abrir esa bocaza
mía? Pues claro que no iba a incluir a los niños en la pregunta de «persona
favorita». ¡No en un sitio web de citas!
Se pone de pie.
—No pasa nada. No te sientas mal. A menos que te preocupe tener que
invitarme a cenar.
Lo miro, sintiendo un inmenso alivio de que no me esté echando en cara mis
desagradables palabras.
—¿Preocupada? ¿Por qué iba a estar preocupada?
Sonríe y se encoge de hombros.
—No todo el mundo es un buen ganador. He conocido a muchos más malos
perdedores que a buenos ganadores en mi vida.
Tal vez mi percepción no vaya tan errada con él después de todo. Ahora veo
de dónde viene la tristeza que percibí en esas palabras, y también sé cómo ha
sido capaz de ocultarla tan bien. Es un hombre de verdad. No solo se nota en sus
músculos sino también en su corazón. Él es uno de los buenos.
Sin embargo, no digo nada de eso en voz alta, sino que trato de mantener el
tono festivo.
—No soy una mala perdedora, Dev. Te invitaré a cenar donde quieras e iré
cuando tú quieras.
Me da una palmadita en el hombro.
—Estupendo. Es una cita.
Se da media vuelta y sale de la habitación.
Estoy demasiado aturdida por sus palabras para responder de inmediato, pero
luego me doy cuenta de que se dispone a irse.
—¿Adónde vas? —grito a la puerta.
—¡Tengo que volver a casa! Mi madre me está esperando. No le gusta
quedarse despierta hasta tarde.
Me levanto y me aliso la parte delantera de la ropa, triste de que se vaya,
pero consciente de que sería absurdo por mi parte pedirle que se quedara. ¿Qué
haríamos? ¿Jugar a la Play? Ha llamado «cita» a nuestra futura cena, pero no
estoy convencida de que lo haya dicho en serio. Además, viene con equipaje.
¿Realmente necesito más equipaje en mi vida en este momento? Tengo todo un
camión entero yo misma.
Lo espero en la puerta. Se acerca con las manos vacías.
—¿No quieres llevarte las pizzas?
—¿Qué pizzas?
Me asomo a mirar en el salón. Las tres cajas todavía están allí. Las señalo.
Se encoge de hombros.
—Solo son cajas vacías. Podría llevarlas al contenedor de reciclaje, si
quieres.
—No, no te preocupes por eso. —Lo miro desde los dedos de sus pies a la
parte superior de la cabeza—. Supongo que se necesitan muchas calorías para
hacer funcionar esa máquina.
—Y que lo digas. —Sonríe—. Bueno, pues ya te llamaré para quedar para
esa cena, ¿de acuerdo?
Asiento con la cabeza.
—Claro. Mi hermana puede darte mi número.
Me guiña un ojo.
—Ya lo tengo.
No sé qué decir para no parecer una colegiala sonrojada y balbuciente, así
que me limito a sonreír. Le abro la puerta.
—Buenas noches.
—Igualmente.
Se inclina y me besa en la mejilla tan rápido, que ni siquiera lo veo venir
hasta que el beso se acaba. Me llevo la mano flotando hasta la mejilla mientras él
sale al porche y baja las escaleras hacia su coche. Es el vehículo más feo que he
visto en mi vida. Tan feo que me saca de la nube de felicidad en la que estoy
flotando. Me río.
—¿Qué es esa cosa?
Se da media vuelta y camina hacia atrás.
—¿El qué?
Señalo el cacharro destartalado que hay delante de mi casa.
—¿Mi automóvil? ¿Lo dices de broma? ¿No sabes qué es esto?
Tengo la mano pegada a la mejilla donde me ha besado, sonriendo y negando
con la cabeza. Abre la puerta, con un fuerte crujido que retumba en todo el patio
delantero y también en los jardines de los vecinos.
—Esto, querida joven ingenua, es un Pontiac Phoenix. Un clásico. El coche
de un hombre de verdad.
Arqueo las cejas todo lo posible antes de responder.
—Si tú lo dices…
Cierro la puerta despacio en las narices de su expresión ofendida, y luego me
muero de la risa en el recibidor. Maldita sea. Me duele la cara de tanto sonreír.
No me sentía tan bien ni tan joven desde hacía mucho, muchísimo tiempo.
Capítulo 13
Estoy en la cocina preparando huevos con beicon para el desayuno del lunes
por la mañana de los niños cuando Sammy baja las escaleras llorando.
—¿Qué pasa, pequeñín?
Dejo la espátula en la encimera, al lado de los fogones, y me vuelvo para
mirarlo, poniéndome en cuclillas para poder situarme a su misma altura.
—Me duele la bariga. —Unos enormes lagrimones le resbalan por las
mejillas.
Le acaricio la barriga con suavidad.
—¿Estás seguro? —Se lo pregunto porque ha tenido muchos dolores de
estómago últimamente, pero el médico no ha encontrado ninguna razón médica
para su malestar. Estoy empezando a sospechar que hay problemas en la
guardería que Sammy no quiere contarme.
—Cí, eztoy ceguro. Y no tengo caca, ací que no me digaz que vaya al baño a
centarme en el ordinal.
Tengo que contener la risa. Parece tan ofendido… Asiento con la cabeza.
—Lo entiendo. Pero, ¿sabes qué? No tiene nada de malo sentarse en el orinal
un rato, solo para estar seguros.
—Ya zabía yo que ibaz a decir ezo…. —Apoya las manos sobre el vientre,
levanta los ojos hacia el techo y gime—. ¡Ayyy! ¡Cómo me dueeeleee!
Dejo escapar un largo suspiro. Ni siquiera ha pasado una hora desde que me
levanté y ya se está torciendo el día. A mi jefe le va a encantar.
—¿Te apetecen unos huevos con beicon antes de volver a la cama? —Si es
una falsa alarma, se sentirá tentado.
Niega con la cabeza sin dudarlo.
—No. Me duele mucho la bariga.
Recojo la espátula y señalo con ella hacia la entrada de la cocina.
—Bueno, pues vuelve a tu habitación o acuéstate en el sofá de la sala de
estar y te traeré una taza de nuestra infusión especial.
—Eztá bien, mami —dice con la voz más lastimosa que he oído en mi vida
—. Graciaz por cuidarme.
Y mi corazón se derrite allí mismo, en el suelo de la cocina… Este niño sí
sabe cómo tocarme la fibra sensible. Es todo un artista.
Sophie entra en la cocina.
—¿Qué le pasa? —pregunta mi hija de diez años, señalando al pequeñín que
acaba de pasar arrastrándose como un zombi apático, con los pantalones del
pijama tan largos que se le meten debajo de los pies.
—No se encuentra muy bien.
—Vaya, ya estamos otra vez.
Sophie pone los ojos en blanco.
Señalo una silla con la espátula.
—Siéntate. Y sé buena. No puede evitar que le duela el estómago.
Baja la voz para hablar.
—Mamá, sabes perfectamente que está fingiendo.
Niego con la cabeza.
—No, no lo creo. Al menos, esta vez.
Empujo los huevos, preguntándome si alguien se los va a comer. No parecen
muy apetitosos, la verdad.
Mi hija lanza un resoplido de incredulidad.
—Lo que tú digas… A mí me da igual.
Podría empezar a discutir con ella, pero necesito ahorrar energías para la
excusa que estoy a punto de darle a mi jefe. Tiene el don de hacer que me sienta
desesperada y tramposa, incluso cuando le digo la verdad sobre por qué no
puedo ir a trabajar. No es como si tuviera resaca y le echase la culpa al falso
dolor de estómago de un niño.
A continuación, es Melody quien entra en la cocina, lo cual es lo más normal
del mundo: mi hija de casi ocho años es siempre la última en bajar las escaleras,
la última en salir y la última en irse a la cama. Y en estos momentos, aún está
medio dormida, que también es lo normal.
—Buenos días, tesoro —digo con una voz especialmente alegre.
—Buenos días, mamá —murmura.
Se sube al taburete que hay frente a la encimera de la cocina y apoya la
barbilla en las manos. Segundos más tarde, su cabeza se inclina hacia un lado y
acaba de despertarse de golpe.
Deposito un gran vaso de zumo de naranja frente a mi muy desorientada y
soñolienta hija.
—Toma, bébete esto. Te despertará.
—¿Tenemos que ir a la escuela? —protesta, tomando el vaso y sosteniéndolo
mientras espera mi respuesta.
—Sí, tienes que ir a la escuela. ¿Se puede saber qué habéis hecho con
vuestro padre este fin de semana? ¿Por qué estáis tan cansados?
Sophie responde con entusiasmo, y parece muy contenta de poder
transmitirme la información.
—Nos dejó quedarnos despiertos hasta la una de la mañana.
Dejo la espátula suavemente sobre la encimera, tratando por todos los
medios de controlar mi mal genio. Me dan ganas de transformarme en el
Increíble Hulk.
—Ah, pues qué bien. Genial —digo con paciencia exagerada—. Y supongo
que también os comisteis diez kilos de golosinas y de dulces.
Melody se anima.
—Más bien como una tonelada.
Ella también parece muy feliz por su fin de semana.
«¡Eres un imbécil, Miles! ¡Te mataré!»
—Sammy vomitó —dice Sophie—. Eso fue asqueroso.
Melody hace una mueca, igual que su hermana.
—Sí. Qué asco. La novia de papá se enfadó mucho.
—No me cae bien —dice Sophie antes de que yo pueda intervenir—. Es
muy, muy creída.
—¡Sophie! ¡No digas eso!
Sophie se encoge de hombros.
—Bueno, pero es que lo es.
Es la primera vez que oigo que Miles tiene novia. Creía que salía con chicas
que acababan de cumplir la mayoría de edad, y que evitaba cualquier forma de
compromiso real.
Remuevo los huevos.
—Así que papá tiene novia, ¿eh?
—Sí. Pero nos dijo que no te lo dijéramos y que no era asunto tuyo. —
Sophie parece estar regodeándose con esos pequeños datos. Si no la conociera
mejor, pensaría que disfruta viéndome perder los nervios.
Sujeto la espátula prácticamente como lo haría el Increíble Hulk. Flexiono
algunos músculos de los brazos y las piernas, solo por gusto. Me ayuda a no
pensar en el hecho de que, ahora mismo, quiero asesinar al padre de mis hijos.
¿Cómo se atreve a hablarles así de mí?
—Tiene razón —digo, intentando sonar despreocupada—. No es asunto mío
y no me importa.
—Pero si tiene novia, nunca volverá a casa —dice Melody.
Dejo la espátula en la sartén, apago el fuego y me doy la vuelta.
—Melody, cariño, tienes que dejar de pensar eso. Tu padre y yo nunca,
nunca más volveremos a estar juntos. —«Gracias, Taylor Swift, por recordarme
que no soy la única mujer en el mundo en esta situación».
—Y menos, si tiene novia —dice, haciendo pucheros.
—No, aunque no la tuviera, tampoco volveríamos a estar juntos.
Simplemente, eso no va a pasar.
—Pero ¿es que no lo quieres? —pregunta Melody, casi llorando. Ahora me
miran las dos, aguardando mi respuesta.
¿Cómo les dices a tus hijos que te has planteado seriamente atropellar a su
padre con tu coche más de una vez? ¿Que no recuerdas qué te hizo fijarte en él?
¿Que crees que es un cabrón mentiroso que no merece ni siquiera ser su padre?
Lanzo un suspiro. No puedo decir nada de eso. En una situación así, solo se
puede mentir o maquillar la verdad. Siempre intento maquillarla primero…
—Niñas… Adoro que vuestro padre me haya dado los tres niños más
maravillosos del planeta. Tuve mucha suerte de conocerlo.
—Estás evitando la pregunta —dice Sophie, demasiado lista para su propio
bien.
—¿Quién quiere huevos? —pregunto con voz alegre y cantarina, porque esta
mañana no estoy preparada para hundirme hasta la rodilla en un charco de
mentiras.
—Huelen fatal. Preferiría unas tortitas —dice Melody, tapándose la nariz.
Me vuelvo y empiezo a sacar sartenes.
—¡Pues no se hable más: marchando una de tortitas! —Normalmente no soy
la clase de madre que regenta un restaurante a la carta, pero llegados a este punto
haré lo que sea con tal de evitar tener que hablar sobre Miles—. Niñas, vosotras
vestíos y, para cuando hayáis terminado, las tortitas estarán listas.
Se bajan de los taburetes y se van arrastrando los pies hacia sus habitaciones,
metiéndose la una con la otra todo el camino.
Una vez más, soy yo la que tiene que lidiar con las consecuencias de que
Miles pase un día y medio con nuestros hijos. Sammy está enfermo por culpa del
empacho de azúcar, y las niñas están sufriendo los efectos secundarios después
de un pico de glucosa, que se manifiestan en forma de cansancio extremo y mal
humor. No me sorprendería nada que llamasen de la enfermería de la escuela
luego para decirme que tengo que ir a recoger a mis hijas.
Alargo la mano hacia el teléfono mientras echo un poco de mezcla de tortitas
en un cuenco. Voy a llamar a mi jefe. Más me vale quitarme esto de encima
cuanto antes.
Capítulo 14
Me quedo mirando boquiabierta el teléfono, sin dar crédito a lo que acabo de
oír.
—¿Qué quieres decir con eso de que no hace falta que me moleste en volver?
La risa de mi jefe es decididamente incómoda.
—Lo que quiero decir es que vamos a hacer una pequeña reestructuración en
las próximas semanas, así que eso de que te vayas a quedar en casa con tu hijo
enfermo es muy oportuno para nosotros. Bueno, para ti, quiero decir.
—Ni siquiera sé qué significa eso. ¿Cómo que «oportuno»? —Tengo la
presión arterial por las nubes y oigo un extraño zumbido en los oídos—. ¿Cómo
puede mi hijo enfermo ser oportuno para nada ni para nadie?
Entonces dulcifica el tono de voz.
—Vamos, Jenny, sabes que han sido unos últimos seis meses muy difíciles
para nosotros. Tuvimos una reunión con nuestros inversores y nos recomendaron
que recortáramos algunos puestos. Tuvimos que tomar algunas decisiones
realmente difíciles. La buena noticia es que serás una de los afortunados que
tendrá una especie de paquete de indemnización. Al final, podrás disfrutar de
más tiempo con tu familia, y eso siempre es bueno, ¿verdad?
—¿Suerte? ¿Qué? ¿Más tiempo con mi familia? Pero ¿qué…? ¿Me estáis
castigando porque soy una madre sola? Te lo he dicho, mi hijo está enfermo,
Frank. Esto no es una broma. No estoy llamando porque tenga resaca, como
estoy segura de que George habrá hecho ya esta mañana.
George es soltero, como la mayoría de las personas con las que trabajo, y es
famoso por la cantidad de fiestas que organiza y a las que va; siempre es él quien
acaba con la pantalla de la lámpara en la cabeza y el trasero peludo en la
fotocopiadora en la fiesta de Navidad. Lo he visto. No es una imagen bonita. Eso
podría explicar por qué todavía está soltero. Un hombre con tanto pelo en el
trasero nunca debería mostrarlo tan públicamente.
—No, esto no tiene nada que ver con tu condición de ser madre separada ni
con el hecho de que tu hijo esté enfermo. Jenny, te creo. Ya sé cómo es esto de
los niños: están enfermos todo el tiempo. No olvides que yo también tengo dos.
—Sí, Frank, y tienes una esposa en casa que no trabaja, afortunadamente
para ti, así que ninguno de nosotros ha tenido que ver cómo tus hijos interferían
en tu capacidad de venir a trabajar a las seis de la mañana y salir a las diez de la
noche.
Su voz pierde el tono agradable.
—Nadie cuestiona tu dedicación al trabajo, Jenny. Eres una ingeniera
fantástica. Sabes mucho de lo tuyo, por eso no estoy preocupado por ti.
Encontrarás otro trabajo enseguida.
Siento que algo me oprime el pecho. Ahora estoy asimilándolo por fin:
acaban de despedirme. ¡Mierda, acaban de despedirme! ¿Qué voy a hacer?
¿Cómo pagaré las facturas?
—¿Y cómo vas a saber tú si voy a encontrar otro trabajo enseguida o no? —
pregunto, al borde de la histeria—. Estamos en crisis, y sabes que las nuevas
empresas pagan una mierda en estos momentos. —Genial. Me ha hecho soltar
una palabrota.
—¿Y qué? Pues no busques trabajo en una start-up. ¿Por qué no te diriges a
una compañía eléctrica o algo así?
—¿Quieres que me tire de cabeza al Misisipi, Frank? Porque sabes que eso
es lo que haría si tuviera que ir a trabajar a un lugar así todos los días. No podría
haber un trabajo más aburrido en todo el planeta.
—Bueno, pues entonces ponte a trabajar por tu cuenta como freelance. Sé
que siempre has querido probarlo. Con la indemnización tendrás el equivalente a
un par de meses de sueldo, para poder relajarte y probar.
Lanzo un resoplido de incredulidad.
—Será mejor que esa indemnización sea el equivalente a más de dos meses
de sueldo… —No puede hablar en serio. ¿Dos meses? El último tipo al que
despidieron obtuvo nueve. ¡Nueve!
Frank parece nervioso.
—¿Por qué dices eso?
—¿A ti qué te parece? Seguro que, si hiciera un pequeño análisis sobre las
personas que se van a quedar y las que se van a ir, son los trabajadores con niños
quienes acabarán de patitas en la calle. Las primeras en salir por la puerta serán
los padres y madres solteros y las personas mayores de treinta, ¿a que sí? Y no
creas que me iré sin rechistar y sin armar un escándalo. Esto es injusto. No está
bien. Es ilegal despedir a personas por tener hijos. Solo lo usáis como una
excusa para deshaceros de nosotros y contratar a niñatos recién salidos de la
universidad por la mitad del sueldo.
—Está bien, Jenny, ya veo que estás disgustada, y lo entiendo perfectamente,
porque no esperabas que esto sucediera hoy. Siento mucho haberte dado esta
mala noticia, de verdad que lo siento, pero no puedo hacer nada. No está en mi
mano.
—No pienso aguantar esto.
Sueno como una auténtica justiciera, pero tanto Frank como yo sabemos la
verdad: no soy Linterna Verde. Soy perfectamente capaz de proferir las
amenazas más terribles, pero sé muy bien que no voy a poder cumplirlas. Estoy
destrozada. Voy a tener que vender la casa. ¿Adónde iremos? ¿Dónde vamos a
vivir? La casa de May es demasiado pequeña para todos nosotros, y prefiero
vivir en la calle que mudarme a casa de mi madre. Puedo pasar con ella parte de
las vacaciones, pero vivir juntas sería un desastre. Estar con ella demasiado
tiempo me recuerda cuando teníamos que vivir bajo el mismo techo con el
desgraciado de mi padre, cuando una madre mejor se habría largado con nosotras
de allí, ahorrándonos todo aquel sufrimiento. Es probable que nunca llegue a
perdonarla por eso, sobre todo ahora que tengo mis propios hijos. Al menos
aprendí una lección de mi madre: nunca sigas en una relación que convierta a tus
hijos en víctimas.
Frank suspira.
—Bueno, podrías enfrentarte a los inversores si quieres, pero no te lo
recomiendo.
—¿Por qué no? —Ya me imagino irrumpiendo de sopetón en una sala de
reuniones donde sin duda estarán maquinando cómo contratar gente y hacer que
trabajen turnos de veinticuatro horas gratis. De hecho, en esa fantasía, hasta
llevo una capa.
—Pues porque no. Vivimos en un mundo muy pequeño. Si te echas fama de
persona difícil por plantar cara a tus jefes y exigir grandes indemnizaciones por
despido, correrá la voz. Nadie querrá contratarte.
Intenta asustarme para que me arredre. Juraría que la piel se me está
volviendo de color verde, y que noto los pantalones del pijama cada vez más
ajustados.
—Voy a colgar el teléfono antes de decir algo de lo que me arrepienta.
—Bueno. Lo entiendo. Sin resentimientos, Jen. Te deseo la mejor de las
suertes. ¿Cuándo crees que podrás pasarte a recoger tus cosas?
Hago rechinar los dientes un par de segundos antes de contestar.
—Tú mete mis cosas en una caja, y vendré a buscarlas cuando mi hijo ya no
esté enfermo.
Estrello el teléfono contra la encimera, me agarro el pelo, tiro de él y grito.
Oigo el ruido de unos pies arrastrándose por el suelo y luego aparece mi hijo.
—¿Mami? ¿Eztáz bien?
Suelto el pelo y lucho para mantener a raya las lágrimas y evitar que mi
pequeñín me vea llorar.
—Pues la verdad es que… ahora mismo me encantaría transformarme en el
Increíble Hulk y ponerme a destrozar cosas. Pero estaré bien dentro de un par de
minutos, cuando me calme un poco.
Él sonríe.
—Me guzta el Increbible Hulk. ¿Vaz a volverte verde?
Me pongo de rodillas y abro bien los brazos.
—Ven a darle un abrazo a mamá.
Corre hacia mí y se arroja a mis brazos.
—No te preocupez, mami. Todo va a zalir bien.
Le doy una palmadita en la espalda y se me acelera el corazón al imaginar
que algún día será un hombre fuerte, consolando a una esposa o a un niño como
lo está haciendo conmigo en este momento. Al menos estoy haciendo algo bien.
—Lo sé, cielo. Lo sé. No te preocupes por tu mami. No se va a convertir en
Hulk ni a destrozar cosas ni nada de eso. Mami va a estar bien.
Se aparta para mirarme muy serio.
—Pero cería divertido deztrozar alguna cosa, mami.
Me río.
—Probablemente tienes razón.
Lo abrazo más fuerte y entierro la cara en su cuello, aspirando con todas mis
fuerzas.
—Me hacez cozquillaz. —Cuando se ríe, suena como si un coro de ángeles
estuviera cantándole una melodía tranquilizadora a mi pobre corazón. Respiro
hondo y dejo escapar el aire, esperando que parte de la negatividad que Frank ha
traído a mi vida escape con él.
No tengo ni idea de lo que voy a hacer ahora. Incluso conservar la calma se
me hace muy cuesta arriba. Pero si no lo hago por mí, tengo que hacer esto por
mis hijos, porque soy madre, y eso es lo que hacen todas las madres.
Capítulo 15
Bueno entonces… A respirar profundamente: inspirar y espirar. No tengo la
piel de color verde, todavía me caben los pantalones del pijama y Sammy está
instalado en el sofá con una taza de infusión digestiva y una caja de galletas de
animales. ¡Galletas para el desayuno! ¡Premio a la madre del año! ¡Yuju! Con las
niñas en la escuela y Sammy viendo alegremente el programa de Barney,
dispongo de un par de minutos para decidir qué voy a hacer con el resto de mi
vida. Nada, un asuntillo sin importancia. Sin presión.
Me siento como un perezoso: no me queda ni una gota de energía en el
cuerpo. Podría tumbarme en el sofá e ir metiéndome palomitas de maíz en la
boca sin parar mientras miro al vacío y ser perfectamente feliz. Por desgracia, no
puedo darme ese lujo. Tengo una hipoteca que pagar, tres hijos que alimentar y
un exmarido al que no se le da muy bien asegurarse de que el banco no me va a
devolver sus cheques de la pensión.
Obviamente, necesito encontrar otro trabajo. La indemnización por despido,
sea cual sea la cantidad al final, no va a dar mucho de sí. La economía muestra
indicios de recuperación, por lo que no creo que tenga problemas para encontrar
un empleo; la pregunta es si encontraré alguno con un jefe capaz de tolerar que,
a veces, alguno de mis tres hijos se ponga enfermo y me tenga que quedar en
casa a cuidarlo, algo imprescindible en las madres que crían solas a sus hijos,
como yo…
Una vocecilla está cantando en mi cabeza: freelance, freelance, freelance.
Eso me produce de inmediato un dolor de estómago de puro estrés,
probablemente muy similar al que sufre Sammy. ¡Eso es impredecible! ¡Nunca
sabes si vas a tener encargos o si te va a costar pagar las facturas! ¡Si despidieran
a Miles, los niños se quedarían sin seguro médico! Lo que he conocido toda mi
vida laboral es un sueldo fijo. No sé si puedo soportar todo el riesgo que
conlleva el trabajo por cuenta propia. Recojo el teléfono de la mesa y miro los
mensajes de texto que mi hermana me ha enviado en los últimos días. Se me
encoge el estómago ante la idea de llamarla. Probablemente sea demasiado tarde.
Seguro que Ozzie ha contratado ya a otra persona para ese trabajo. ¿Por qué fui
tan idiota antes? ¿Por qué tuve que ponerme hecha una furia en esa nave
industrial? Esas personas solo intentaban ayudarme proponiéndome ganar un
dinero extra a cambio de una tarea que seguramente era muy sencilla.
Tener un trabajo me procuraba una sensación de seguridad, pero debería
haberme planteado que el despido era algo que podía pasar tarde o temprano. En
este campo, nunca conservas un mismo empleo por mucho tiempo. Siempre hay
empresas que compran o absorben otras empresas, van a la quiebra o cambian de
objeto social. En este mundo solo sobreviven los más fuertes, y yo soy un simple
cachorro, una presa fácil.
Respiro hondo de nuevo. A estas alturas, ya estoy a punto de ponerme a
hiperventilar. Me acerco a la mesa de la cocina y me llevo el teléfono. Es hora de
afrontar la situación, de tragarme el orgullo y comportarme como una adulta.
—Contesta, May, contesta…
Será mejor que responda pronto, antes de que me eche atrás.
—¿Diga? —contesta mi dulce hermanita. El mero hecho de oír su voz hace
que se me salten las lágrimas.
—Hola. Soy yo.
—¿Qué pasa? —Ha desaparecido la voz dulce y ahora aparece el tono
exigente. El de preocupación. Y esa es la gota que colma el vaso. Me echo a
llorar y se me cierra la garganta. Cuando consigo volver a hablar por fin, estoy
hecha un desastre.
—Me han despedido.
—¿Despedido? ¿Cuándo? ¿Por qué? ¡Eres su mejor empleada! ¿Qué ha
pasado?
—Supongo que, a sus ojos, no soy tan buena. —Intento reír, pero me sale
más bien un sonido como de asfixia—. He llamado para avisar de que hoy no
iría a trabajar porque Sammy tiene otro dolor de estómago, y simplemente me
han despedido.
—No pueden hacer eso. No pueden despedirte porque tu hijo está enfermo.
—No estoy segura de que tenga algo que ver con eso. O tal vez sí. Llamé
varias veces el año pasado porque alguno de los niños estaba enfermo. De todos
modos, el resultado final es el mismo. Estoy sin trabajo a partir de hoy.
—¿Te han dado algún tipo de indemnización?
—Eso me han dicho, pero me han hablado también de solo dos meses de
paga, así que no me va a dar para mucho. —Me detengo a pensar exactamente
cuánta información quiero compartir con mi hermana. Ella ya tiene sus propios
problemas, no le hace falta cargar con los míos.
—¿Cuánto dinero tienes ahorrado?
Me río con amargura.
—¿Me tomas el pelo? ¿Ahorros? ¿Qué es eso?
—Está bien, que no cunda el pánico. Ya pensaremos en algo.
—No hay nada que pensar, en realidad. Solo te llamaba para ver si todavía
tenéis disponible ese trabajo como freelance. —La humillación es grande. De
hecho, estoy a punto de suplicarle a mi hermana que me consiga un trabajo con
su novio.
Tengo el corazón en vilo, esperando su respuesta, pero por suerte, llega
bastante rápido.
—¡Por supuesto que sí! No hemos buscado a nadie más. Además, aunque lo
hubiéramos hecho, todavía habría trabajo para ti aquí.
—Lo dices para intentar que me sienta mejor.
—No, no lo digo por eso, créeme. Ahora que estoy con Ozzie, me he
enterado de todo lo que ocurre entre bastidores en la empresa. Anoche mismo
me dijo que en los últimos años se han duplicado sus encargos relacionados con
temas de informática y ordenadores.
—Pero ya tenéis a alguien ahí que trabaja con ordenadores, ¿verdad?
Intento recordar el nombre del chico, pero lo único que me viene a la cabeza
es lo guapo que es y lo bonitos y blancos que tiene los dientes.
May completa las lagunas de mi memoria.
—Te refieres a Lucky. Sí, tenemos a Lucky, pero él no es de esa clase de
informáticos. No es ingeniero como tú, sino financiero. Puede entrar en las
cuentas de la gente y ver qué pasa, pero no puede entrar en carpetas ocultas ni
hackear los sistemas.
—¿Hackear? ¿Quieres que hackee ordenadores?
De repente, May suena muy alegre.
—¡No! ¿He dicho hackear? No quería decir eso. No seas tonta. —Lanza un
resoplido, una señal inconfundible de que está nerviosa y tiene miedo de que
sepa exactamente de qué está hablando, pero dejo que continúe sin interrumpirla.
Al menos ha captado mi interés—. Por ejemplo, en este caso que queremos
proponerte, estamos investigando las cuentas de una empresa porque hay algo
que no encaja. Uno de los propietarios sospecha algún tipo de fraude o desfalco.
Pero Lucky no puede acceder al contenido de todo el ordenador. O al menos él
piensa que no puede. Cree que hay algunos archivos ocultos en alguna parte,
pero no tiene los conocimientos técnicos para encontrarlos.
Sin saber nada más, ya estoy segura de poder ayudarlos. Es el único rayo de
esperanza que ha brillado en mi mañana hasta ahora, así que voy a guiarme por
él. Ya vendrá la realidad más tarde a estropearme el día si es necesario.
—Yo podría ayudaros. Aunque no puedo estar segura hasta que haya visto
los archivos o el disco duro en sí.
—Bueno. ¿Entonces necesitas tener el disco duro físicamente? ¿Es eso lo
que estás diciendo?
—Siempre es la mejor manera, pero tal vez no sea imprescindible. Puede
depender del tipo de encriptación que hayan utilizado, si han protegido cualquier
movimiento detrás de un cortafuegos, si han guardado las cosas en el servidor o
en las unidades locales. Sería mucho más fácil si tuviera en mis manos el propio
servidor y luego los ordenadores individuales que usan los empleados.
—Bien. Genial. Sabía que podías hacer esto. Entonces, aquí está el plan…
Nunca había oído a May expresarse con tanta seguridad en sí misma. Hace
que mi mañana sea mucho menos horrible. Mi hermanita está creciendo.
—Voy a hablar con Ozzie para decirle lo que me has contado. Mientras, te
vas a vestir, a cepillar esos dientes y a deshacerte los enredos del pelo, para que
cuando vengas a la nave industrial, mis compañeros de trabajo no piensen que
eres una loca al borde de un precipicio y lista para saltar al vacío.
—No puedo, ¿recuerdas? Tengo a Sammy. No puedo enviarlo a la guardería
con dolor de estómago.
—¿Está enfermo de verdad o solo está fingiendo?
Me vuelvo para mirar a mi hijo. Está comiendo galletas de animales tan
tranquilo.
—No estoy segura. Probablemente no se encuentra tan mal. Creo que tiene
problemas en la guardería con otro niño o algo así… tal vez con algún maestro.
—Está bien. Tráetelo.
Lucho conmigo misma ante ese plan. Soy capaz de hacer el trabajo, ya no
tengo que preocuparme por esa parte, pero aún no estoy segura de que deba
aceptar la propuesta. Si lo fastidio, no será una metedura de pata solo para mí,
sino también para mi hermana. No quiero decepcionarla.
Por otra parte, tampoco es que tenga muchas más opciones. Necesito pagar
las facturas, y esta es la solución más fácil en este momento. Ni siquiera he
tenido que enviar mi currículum a ningún lado.
—¿Qué pasa? —May parece molesta.
Suspiro, porque siento que estoy entre la espada y la pared.
—¿Necesito recordarte que la última vez que estuve allí hubo una especie de
intento de robo y me encerraron en una habitación del pánico durante una hora?
—Jenny, ya te lo dijimos, fue un error. Sí, puede que alguien intentara entrar,
pero ese es el tipo de cosas que suceden en la zona del puerto.
—Eso es justo lo que quiero decir. ¿Te parece buena idea que lleve a Sammy
a un sitio así? Y una pregunta aún mejor, ¿por qué vas tú?
—Llevo más de dos meses trabajando allí. Voy todos los días, y no hemos
tenido nunca ni un problema. —Hace una pausa para soltar un resoplido molesto
—. He hablado con los muchachos y con Toni… Esto no había pasado nunca. Ha
sido un suceso aislado y aleatorio, y probablemente no significa nada. La policía
lo está investigando, al igual que el equipo. Juntos vamos a descubrir qué fue lo
que pasó. Incluso si quienquiera que lo hizo es tan estúpido como para intentarlo
de nuevo, no importará, porque ahora hay policía fuera vigilando la nave, y
tenemos incluso más cámaras que antes.
—¿Tenéis agentes de policía ahí?
Detecto la sonrisa en su voz.
—Sí. Trabajar a menudo para el departamento de policía tiene sus ventajas.
Bourbon Street Boys es un gran activo para la ciudad de Nueva Orleans, por lo
que la policía no va a permitir que alguien entre aquí y se meta con nosotros.
—¿Y la policía tiene el dinero para pagar los salarios por ese tipo de
vigilancia?
—No te preocupes por eso, Jenny. No hace falta que le des más vueltas al
tema. Les hemos ayudado a ganar tantos fondos con el trabajo que hemos
realizado al aumentar su tasa de casos cerrados, que están encantados de
ayudarnos a nosotros cuando lo necesitamos.
Me alegra y me entristece a partes iguales que mi hermana esté involucrada
con este grupo y que diga «nosotros» cada vez que habla de ellos. De hecho,
puede que me dé un poco de envidia. Nunca he formado parte de ningún
«nosotros» antes en un empleo. Siempre he trabajado sola en mi propio cubículo,
en mis pequeños proyectos, viviendo mi propia vida, porque las personas que me
rodeaban no tenían los mismos problemas ni las mismas motivaciones que yo.
En mi campo, o al menos en los lugares en los que he trabajado, no había
muchas personas casadas con hijos. Siempre me he sentido la más vieja de la
sala, y nunca le he visto la gracia a eso de fotocopiar traseros en las fiestas de la
oficina.
—Entonces, ¿no hay ninguna posibilidad de que pueda hacer el trabajo desde
aquí, desde casa?
—¿Quieres que todo el equipo venga aquí y hagamos la reunión informativa
de la operación en tu salón?
Ahora me siento idiota.
—¿Todo el equipo? ¿Por qué está involucrado todo el equipo?
—Todo el equipo está involucrado en todo lo que hacemos. No es una
dictadura, es una democracia. Todos dan su opinión, y luego Ozzie toma la
decisión final, teniendo en cuenta todas las aportaciones. Es un jefe muy justo.
Al oír esas palabras, «un jefe muy justo», me vuelvo a echar a llorar.
—¿Qué pasa ahora?
Niego con la cabeza.
—No importa. Es solo que tengo otro momento de debilidad.
La voz de May se suaviza.
—Tienes todo el derecho. Hoy han prescindido de ti. Y deja de decir que te
han despedido, por cierto. Han prescindido de ti. A la gente la despiden por
meter la pata o por no cumplir con su obligación, y sé que tú no has hecho
ninguna de las dos cosas. Trabajabas como sesenta horas a la semana en ese
lugar, te llevabas a casa el trabajo que no podías terminar allí, y es posible que
no fueras a trabajar algunos días por causa de tus hijos, pero siempre lo
compensabas. Te conozco, Jenny. No eres ninguna holgazana.
Sonrío a través de las lágrimas.
—Siempre has sido mi fan número uno. No sé qué haría sin ti. Sabes que es
por eso por lo que me preocupo.
—Te quiero, sí, pero digo la verdad. Y tienes que hacerme caso por una vez
en tu vida: sé que te preocupas por mí, pero estoy bien. Tengo a Ozzie y a todos
los demás para protegerme. Los malos han de pasar por ellos primero para llegar
hasta mí.
Ahora no es el momento de recordarle que uno de los malos la encontró muy
fácilmente hace solo un par de meses, cuando descubrió dónde vivía la testigo
ocular que podía declarar que lo había visto disparar a la gente en un bar.
Además, lo cierto es que su equipo apareció justo a tiempo de acudir en su
ayuda, y eso le daría un argumento para rebatir el mío. Y se acabó lo de discutir
con mi hermana.
—Eh, que normalmente te hago caso.
—A veces lo haces, y otras no. Bueno, ¿a qué hora crees que puedes llegar?
Miro el reloj. Son casi las nueve de la mañana.
—Tardaré unos cuarenta y cinco minutos en prepararme a mí y a Sammy, y
luego, si salgo de inmediato, probablemente tardaré otra media hora en llegar
allí. ¿Pongamos a las diez y media?
—De acuerdo, a las once entonces.
—He dicho a las diez y media.
—Sí, pero sé cuánto le costará a Sammy levantarse del sofá y dejar esas
galletas, así que te doy media hora extra.
Una parte de mí quiere enfadarse con mi hermana y a otra le dan ganas de
abrazarla. Da un poco de miedo lo bien que conoce a mi familia.
—Está bien, nos vemos a las once. ¿Tengo que traer algo?
—Lo que creas que puedes necesitar para entrar en el ordenador de alguien,
y tu sonrisa. Eso es todo.
—¿Felix está contigo? Porque voy a necesitar algo para distraer a Sammy.
—Por supuesto que Felix está aquí. Es mi chihuahua y mi mano derecha.
Pero no te preocupes, te ayudaré con Sammy. —Vuelve a ponerse en modo
animadora—. No estás sola, Jenny. Estoy contigo, el equipo está contigo… Aquí
somos como una familia, ya lo verás.
Si quería que me derritiera de emoción, probablemente esa era la mejor
manera de conseguirlo. Tengo que colgar antes de echarme a llorar de nuevo
como una boba.
—Te veo a las once.
—Hasta luego. Te quiero, Jenny. No te preocupes, todo va a ir bien. Te lo
prometo.
Capítulo 16
Me da vergüenza el margen de acierto de mi hermana en cuanto a mi
capacidad para llegar a tiempo a cualquier sitio cuando hay niños de por medio.
Ya son las once y cinco para cuando aparco enfrente de la nave industrial. La
abolladura en la puerta del otro día ha desaparecido, y ahora en su lugar solo hay
pintura fresca. Caramba, estos chicos no pierden el tiempo. Supongo que las
apariencias son muy importantes para ellos.
—¿Dónde eztamoz? —pregunta Sammy desde el asiento trasero.
—Aquí es donde trabaja la tía May. Y Felix también está aquí y quiere verte.
Mi hijo adora al perro de May. Apago el motor y me vuelvo para mirarlo.
Tiene migas de galletas alrededor de la boca.
—Bueno, le prometiste a mamá que serías un buen chico, ¿verdad?
Asiente con la cabeza.
—Te lo pometo.
—Bien. La tía May va a jugar contigo, y Felix va a jugar contigo, y tú vas a
portarte bien para que mamá pueda trabajar un poco. Y luego, cuando hayamos
terminado, iremos juntos a McDonald’s. —La madre del año ataca de nuevo.
Una enorme sonrisa ilumina su rostro, y Sammy empieza a golpear el asiento
del coche con las manos y las piernas.
—¡McDonald’z, McDonald’z, McDonald’z!
—Pero tienes que portarte bien, ¿eh? En este sitio vive alguien, Sammy. Y
además, aquí trabajan otras personas.
Deja de golpear y asiente muy serio.
—Y tengo que ir a trabajar contigo porque eztoy enfermo.
—Bueno, normalmente no me gusta llevar a los niños enfermos al trabajo.
Eso no es bueno para los demás, porque podrían ponerse enfermos ellos también,
así que tienes que asegurarte de mantenerte alejado de toda la gente que hay ahí
dentro.
A Sammy le cambia la cara. Ahora veo una sombra de miedo y me siento
culpable por hacerla aparecer.
—¿Ez que zon maloz? —pregunta.
Niego con la cabeza vigorosamente.
—No, no son malos, para nada. En realidad, son muy buenos. Es solo que si
tienes un virus que te produce dolor de barriga, no queremos que esas personas
que son tan buenas se contagien con tu virus, ¿verdad?
Lo piensa unos segundos, parpadea un par de veces y luego asiente.
—No queremoz que nadie tenga mi viruz.
Le dedico una sonrisa alentadora.
—Exactamente. Nos guardaremos nuestros microbios para nosotros, ¿de
acuerdo?
Él se ríe.
—Y también noz guardaremoz nueztroz moquitoz.
—Sí. Eso también.
Pongo los ojos en blanco y me doy la vuelta. Probablemente no sea una
buena idea alentarlo a hablar de mocos en este momento, pero necesito que esté
tranquilito y cómodo. Lo único que me faltaría sería que Sammy liberase a la
bestia que lleva dentro. Entonces sí que sería mi fin. Suele hacerlo cuando
intenta impresionar a alguien a quien acaba de conocer. Podría hacer que me
despidieran antes incluso de empezar a trabajar.
Me apeo, le desabrocho a Sammy el cinturón de seguridad y le doy la mano
para que pueda caminar conmigo. Mi portátil está en la funda, que llevo colgada
del hombro junto al bolso.
—¿Recuerdas cómo te tienes que presentar?
—Cí, mamá. Lo cé. Te ezcucho ciempre cuando me lo dicez.
—¿Siempre?
Estamos en la puerta cuando responde.
—Bueno, caci ciempre. A vecez no quiero ezcuchar.
—Bueno, al menos eres sincero —murmuro.
Levanto la mano para pulsar el timbre y hacerles saber que estamos aquí,
pero antes de tocarlo, la puerta comienza a abrirse. Sammy da un salto,
sorprendido, y mira con ojos llenos de asombro.
—Uala… Qué puerta máz grande…
Le sonrío.
—Sí. Esto es una nave industrial, una especie de almacén. Es un lugar un
poco extraño para que mamá trabaje, pero intento verlo como interesante y
diferente. No todo lo que es diferente es malo. A veces las cosas diferentes son
buenas. —Espero que mis palabras calen en él y que tal vez las aplique a su
situación en la guardería. Tengo la impresión de que debe de haber algún niño
nuevo que se ha situado en algún lugar del orden jerárquico con el que Sammy
no está de acuerdo. Hago una nota mental para llamar a la guardería y hablar con
la directora.
May aparece en la puerta tan pronto como se abre lo bastante para que quepa
una persona. Primero me sonríe a mí y luego mira a Sammy.
—¡Sammy! ¡Has venido!
—¿Dónde eztá Felix?
May se ríe.
—Vaya, ya veo qué lugar ocupo yo en tu orden de preferencias. —Hace un
gesto para que entremos—. Felix está por allí, en la zona del equipo para hacer
ejercicio, Sammy. Puedes ir a jugar con él, pero no toques nada de los equipos,
¿de acuerdo?
Observo a mi hermana con dureza, como diciendo: «¿Cuánto tiempo crees
que va a obedecer esa regla si ninguna de las dos lo vigila?».
Ella me mira mientras continúa:
—Yo iré enseguida. Y cuando vaya, te enseñaré alguna pieza del equipo si
veo que no has tocado nada, ¿de acuerdo?
Sammy sale disparado hacia el gimnasio improvisado, gritando mientras
golpea el suelo de cemento con sus pequeños zapatos.
—¡No tocaré nada! ¡Lo pometo!
Allí no hay nadie más que May y yo. Me decepciona un poco que Dev no
haya venido a saludarme.
—¿Dónde están todos? —pregunto como si tal cosa, tratando de aparentar
naturalidad.
—Están arriba. He pensado que no querrías que te atosigáramos en tu primer
día, sobre todo después de lo que pasó.
Le hago una seña con la mano para evitar que siga por ese camino.
—Me encuentro mejor, bastante mejor, pero aún sigo vacilando en la delgada
línea entre la cordura y la locura, así que si pudieras no hablar de lo que pasó el
otro día mientras estamos aquí, te lo agradecería mucho.
—Está bien, ningún problema. Pero cuando hayas terminado, hablaremos de
todo un poco, ¿de acuerdo? Sobre tu trabajo, sobre la habitación del pánico,
sobre Dev… —me dice, arqueando las cejas.
Hago caso omiso de sus insinuaciones. Todavía no estoy preparada para
analizar las posibles motivaciones de Dev con respecto a mí. Por primera vez en
mi vida, estoy lista para ocultar un secreto a mi hermana. No sé si eso es una
buena o una mala señal.
—Está bien, como quieras.
May me pasa el brazo por los hombros mientras caminamos juntas.
—Entonces, ¿te alegras de estar aquí?
Nos dirigimos hacia Sammy.
—¿Quieres que te diga la verdad o que sea amable y cortés?
—Sé sincera. Podré soportarlo.
—Bien… Yo diría que estoy agradecida de estar aquí. Estoy agradecida por
el trabajo, a pesar de que es solo un encargo como freelance y que será algo
puntual. Si Ozzie pudiera darme una carta de recomendación al terminar, me
ayudaría mucho con mi nueva carrera profesional.
—¿Cuál es tu nueva carrera? ¿Ya tienes una nueva carrera? ¿Qué me he
perdido?
May se ríe, pero no de mí, así que no me ofendo.
—Mi nueva carrera como profesional freelance. —Intento sonreír, pero no sé
si acabo de conseguirlo, porque May me está mirando con una cara muy rara.
Me da unas palmaditas en la espalda.
—Así me gusta, hermanita. Esa es la actitud. Te va a ir muy bien. —Desvía
su atención hacia Sammy—. Hola, hombrecito, ¿estás listo para ver unas cosas
supergeniales?
Sammy dirige la mano hacia uno de los artilugios del gimnasio y deja los
dedos suspendidos a escasos centímetros de su rostro. Tiene los ojos muy
grandes y redondos.
—Cí, eztoy lizto.
—¿Qué tal si vemos ese equipo de gimnasio más tarde? Tengo otras cosas
que enseñarte primero que son mucho más geniales.
Sammy apunta a una pila de pesas.
—¿Máz genial que ezo?
—Sí. —May asiente con la cabeza—. Más genial que eso. Como unas
supercosas de ninja.
Abro mucho los ojos al oír eso.
—Será mejor que no le dejes tocar… esas cosas que están allá arriba. —No
quiero decir «espadas ninja», porque eso solo despertaría aún más su interés.
May pone los ojos en blanco.
—Confía en mí, Jenny. Sabes que no voy a dejar que mi sobrino se corte un
dedo…
—¿Puedo cortarme un dedo?
A Sammy prácticamente se le salen los ojos de las órbitas.
May se ríe.
—No. ¿Es que no me has oído? Hoy nadie va a cortarse ningún dedo.
Siento una imperiosa necesidad de enfatizar ese punto.
—Nada de cortarse los dedos, Sammy. Ni dedos de los pies, ni de las manos,
ni nada. Nada de cortar nada.
Sammy asiente vigorosamente.
—Bueno. No me cortaré nada.
Ya no estoy tan entusiasmada con este trabajo como hace diez minutos.
—Vamos, chicos —dice May—. Subamos para que mamá pueda hablar con
Ozzie y el equipo y averiguar qué es lo que necesitan que haga.
Sammy le da la mano a May y subimos juntos las escaleras. Al llegar a lo
alto nos encontramos con otro teclado de acceso. May introduce un código, se
oye un clic y empuja la puerta para abrirla.
—Muy bien, Sammy, ahora escúchame bien: no puedes tocar nada de lo que
hay en esta sala. Puedes mirarlo todo, pero no puedes tocarlo. Está totalmente
prohibido.
—Eztá bien.
—Tienes que prometérmelo, Sammy —insiste May con voz severa—. No
puedes tocar nada.
Sammy parece quedarse sin aliento.
—Te lo pometo. No tocaré nada. Y no cortaré nada.
—Está bien, hombrecito. Confío en ti. —La tía May apoya la mano sobre su
espalda y lo empuja hacia la puerta—. La luz se encenderá cuando entres.
Felix se cuela por delante de nosotros y desaparece en la oscuridad. Ver a ese
perro tan pequeño mostrar tanta valentía hace que me dé cuenta de lo tonta que
soy por estar nerviosa ante la idea de entrar en la sala de los ninjas y luego en la
zona de reuniones o la cocina o como se llame aquello. La última vez que estuve
aquí hice un poco el ridículo, y no me entusiasma la idea de enfrentarme a las
consecuencias, pero, maldita sea… si ese proyecto de perro puede pasearse por
aquí como si tal cosa, yo también puedo. Soy tan valiente como un chihuahua, al
menos. Creo.
Se enciende la luz de la habitación cuando entra Sammy, y mi hijo se para
tan inesperadamente que me doy de bruces contra su espalda. Por poco le doy
con la funda del portátil y lo dejo inconsciente.
—Sammy, ¿qué estás haciendo?
—Uala… ¿Aquí vive un ninja de verdad?
Su comentario me arranca una sonrisa.
—Algo así —decimos May y yo al mismo tiempo.
Ella me mira divertida, probablemente porque mis mejillas se están poniendo
rojas al recordar la imagen del dueño de estas espadas. No puedo mirarla a los
ojos, así que me concentro en Sammy.
—Lo conocerás luego. Se llama Dev, que es la abreviatura de Devon.
—En mi ezcuela también hay una niña que ce llama Devon.
—No tenemos que decirle eso a Dev el ninja, ¿verdad?
Sammy me mira.
—¿Por qué no?
—Porque… a veces a los hombres no les gusta pensar que tienen nombre de
niña.
Sammy vacila un par de segundos y luego asiente.
—Bueno. —Vuelve a centrar su atención en las espadas ninja—. Podría
cortar un montón de cozaz con ezaz ezpadaz…
Hago un verdadero esfuerzo por no reír.
—Sí, podrías. Pero no lo harás, porque nos prometiste a la tía May y a mamá
que no cortarías nada. Recuerda, no puedes tocar nada en esta sala.
Empiezo a preguntarme por qué demonios tendrán una habitación llena de
cosas tan peligrosas cuando Dev tiene un hijo; porque debe de traer aquí a su
hijo de vez en cuando, ¿verdad? Aunque claro, es mucho más lógico tener las
espadas aquí que en su casa. Cuanto más lo pienso como madre, mejor decisión
me parece guardar las espadas aquí. Sin embargo, también como madre, me
parece una pésima decisión haber traído a mi propio hijo a este lugar.
Definitivamente, ese premio a la mejor madre del año cada vez está más lejos de
mi alcance.
Capítulo 17
May entra en la habitación contigua, sujetándonos la puerta para que
podamos pasar. Sammy hace ademán de dirigirse hacia una de las espadas, así
que corro hacia él y lo tomo por los hombros, moviéndolo en la otra dirección.
—Mejor vamos por aquí, anda. Vamos a ver a Felix. ¿A que va a ser muy
divertido? —Estoy tratando de vendérselo lo mejor que puedo: estar con Felix es
mejor que comer golosinas. Mejor que las espadas ninja, incluso.
Sammy recuerda a su amigo y eso lo distrae, y echa a andar para seguir a su
tía May.
—¿Adónde vamos? —pregunta.
—Vamos a donde tienen galletas —dice May.
Niego con la cabeza y le hablo en un susurro a mi hermana.
—Ya se ha comido una caja entera de galletas de animales esta mañana para
el desayuno.
May me dedica una sonrisa maliciosa.
—Estás haciendo méritos a la mejor madre del año, ¿verdad?
—No juzgues, no sea que tengas hijos y seas juzgada. Dios se guarda sus
maldiciones de madre más especiales para los jueces más severos sobre otras
madres, ¿lo sabías?
—Eh, que a mí me parece estupendo. Sabes que cuando cuido de ellos
comen un montón galletas.
La mando callar con la mano.
—Chist, no quiero saberlo…
Bromear con mi hermana sobre sus secretos hace que todo esto sea más fácil
de lo que pensaba. Podría estar nerviosa por lo que estas personas piensen de mí,
pero en cambio estoy pensando en la regla de Las Vegas aplicada a los niños:
«Lo que ocurre en casa de la tía May, se queda en la casa de la tía May». En
realidad, las reglas de Las Vegas entran en vigor cada vez que ella cuida de los
niños, no importa dónde ni cuándo. Es la mejor manera que conozco de permitir
que malcríe a mis hijos sin que eso forme parte habitual de sus vidas.
—Ahí está —dice una voz risueña desde el interior de la cocina. Cuando
asomo por la esquina veo al hombre que lo ha dicho: Thibault, con su acento
cajún y su simpática sonrisa. Le devuelvo el gesto.
—Hola, Thibault. ¿Cómo estás?
—Mejor que nunca. Bienvenida.
—Gracias.
Miro alrededor de la habitación. Todos menos Dev están allí, incluida una
mujer a la que aún no conozco, pero no necesito una presentación porque ya sé
quién es: doña Golpes Certeros. La descripción que hizo mi hermana de Toni no
podría haber sido más perfecta. No me gustaría hacerme enemiga de esta chica.
A pesar de que es más menuda que yo, sin duda podría derrotarme sin
problemas.
La mujer se pone de pie y se acerca, taconeando con las botas en el suelo.
Cuando la tengo delante, se detiene y extiende la mano con fuerza, con un
movimiento casi militar.
—Encantada de conocerte. Soy Toni.
No veo ninguna sonrisa, pero no me da la sensación de que quiera mostrarse
antipática conmigo; simplemente no se anda con tonterías. Lo respeto. Soy fan
de la Mujer Maravilla. Le estrecho la mano con firmeza.
—Encantada de conocerte yo también. He oído hablar mucho de ti.
Toni levanta la ceja derecha.
—¿Quiero saberlo?
Sonrío con más calidez ante lo que parece un mínimo indicio de inseguridad
por su parte.
—Todo bueno, te lo prometo. Realmente impresionaste a mi hermana, así
que debes de ser alguien muy especial.
Detecto una leve dulcificación de las facciones de Toni, o al menos eso creo.
—Es bueno saberlo —dice, soltando mi mano.
—Este es mi hijo, Sammy.
Toni lo mira. Un atisbo de sonrisa se dibuja en un lado de sus labios mientras
le estrecha la mano.
—Encantada de conocerte, Sammy.
—Encantado de conocerla yo también, ceñorita Toni.
Deja caer la manita e inmediatamente empieza a mirar en el espacio debajo
de la mesa, buscando a Felix. Lo tomo de los hombros para que no se ponga a
cuatro patas.
Toni se da media vuelta, vuelve a su silla y se sienta. May habla entonces.
—Ya conoces a Lucky y a Ozzie, por supuesto.
Asiento con la cabeza.
—Sí. Me alegro mucho de volver a veros a todos.
Por fin, me atrevo a mirar a Ozzie. Siento que me arde la cara una vez más
mientras espero que emita su veredicto.
Me saluda con la cabeza, sin que haya indicios de ninguna clase de que
acabe de juzgarme.
—Gracias por venir. Nos estás ayudando a salir de un buen aprieto.
Siempre es agradable sentirse necesitada. Me pregunto si Ozzie cuenta con
eso para aprovecharlo en su beneficio. Parece muy tranquilo y relajado, pero
creo que es muchísimo más listo de lo que parece. Sin embargo, no le
recriminaré que intente darme jabón. Me gusta el jabón.
—Bueno, no estoy segura de si podré ayudaros, pero estoy dispuesta a
intentarlo.
Lucky me ofrece la silla vacía a su lado.
—¿Por qué no te sientas y te enseño lo que buscamos?
Tomo a Sammy de la mano y lo acerco a la mesa conmigo.
—Pero yo quiero ir con la tía May… —protesta.
May nos sigue y me detengo, esperando que ella nos alcance. Estoy a punto
de decirle que no necesita hacer de niñera, pero ella toma a Sammy de la mano
sin dudarlo y se lo lleva.
—¿Qué te parece si vamos a conocer a Sahara?
—¿Eza ez la perrita grande? —pregunta Sammy, entusiasmado ante la
perspectiva.
Intento no sentir pánico al pensar que la perra de Ozzie podría merendarse a
Sammy como si nada.
—Sí, eso es. Ya la viste una vez, ¿verdad?
Sammy asiente.
—Ez muy grande. Mamá dice que no podemoz tener un perro grande, porque
loz perroz grandez hacen la caca muy grande y no quiere recogerla.
Todos se ríen por lo bajo.
Me sonrojo un poco, pero sé que no se están riendo de mi hijo. Su pequeño
ceceo hace que parezca que dice las cosas en broma, cundo solo dice lo que
necesita decir. Lo cierto es que no culpo a la gente que lo encuentra gracioso.
Me han dicho que irá perdiendo el ceceo a medida que vaya creciendo, pero
que, si no lo ha hecho cuando empiece la escuela, irá a terapia con un logopeda.
A pesar de todo, no lo presiono, porque forma parte de él y de quién es, y creo
que eso lo hace especial.
May lleva a Sammy a una zona de la nave industrial que aún no he visto, y
me siento a la mesa. Donde trabajaba antes, el ambiente era muy informal. Las
reuniones se celebraban simplemente en un corro de taburetes. Es agradable
estar sentada en una habitación llena de adultos que se comportan como
verdaderos adultos. Con todos esos músculos a mi alrededor, es casi como si
estuviera rodeada por los Súper Amigos, allá por el año 1973.
Todos toman asiento mientras Ozzie empieza a hablar.
—En primer lugar, supongo que May te habrá puesto en antecedentes sobre
la situación, pero solo para asegurarnos de que tenemos cubiertas todas nuestras
bases, me gustaría comenzar pidiéndote que firmes un acuerdo de
confidencialidad.
Hace una seña a Lucky con la cabeza y me ofrece uno.
—Por supuesto.
Lo examino para asegurarme de que no les estoy cediendo un riñón ni nada
parecido, y luego uso el bolígrafo que me da Lucky para estampar mi firma en el
papel. Se parece a casi todos los que he visto. La confidencialidad ha sido un
procedimiento bastante estándar en todos los trabajos que he tenido desde la
universidad.
—Bueno. Ahora que nos hemos quitado eso de encima, podemos hablar
sobre el caso. Está relacionado con una cadena minorista de accesorios de
náutica y navegación llamada Blue Marine. ¿Has oído hablar de ellos?
Me encojo de hombros.
—No sigo mucho el mundo de la pesca y los barcos.
—No importa. No hace falta que entiendas de náutica para saber si algo
huele a podrido en esta empresa en particular. Nos ha contratado uno de los
propietarios del negocio, que también es el principal accionista de la empresa.
Los otros accionistas no están al tanto de nuestra implicación en el asunto.
Asiento para darle a entender que sigo su explicación. Hasta aquí todo bien.
—Hay algunas irregularidades en la contabilidad, y Lucky, nuestro experto
financiero, ha estado revisando los libros de cuentas. También realizó una visita
a la empresa para comprobar algunas de las cosas que descubrió. Dejaré que sea
él quien te proporcione más detalles al respecto, pero lo esencial es que
sospechamos que se está produciendo un fraude financiero de bastante calado.
—Su expresión se nubla al anunciar esa mala noticia—. No tenemos idea de
quién es el responsable, no sabemos si hay un solo autor o más de una persona, y
no sabemos si los otros propietarios son conscientes de que hay un problema.
La cosa se complica. Odio admitir que empieza a entusiasmarme la idea de
trabajar en medio de este lío.
—Al ser un negocio familiar, es una empresa muy cerrada, así que queremos
ir con mucho cuidado y no molestar más de lo estrictamente necesario. Se trata
de una operación encubierta. Si tenéis que visitar la empresa, iréis como clientes,
como supuestos empleados de algún tipo, o incluso como proveedores. Pero,
bajo ninguna circunstancia, ningún miembro de nuestro equipo debe permitir
que alguien en Blue Marine sepa lo que estamos haciendo. Y eso incluye a la
persona que nos contrató, Hal Jorgensen.
Ozzie hace una pausa para que todos asimilemos sus palabras. Parece que
todos están de acuerdo, así que yo también asiento con la cabeza.
—Hal estará al corriente si infiltramos a alguien, y también sabrá cuándo,
pero esa persona no interactuará con él, y en el caso de que lo haga, será como lo
haría un nuevo empleado o un nuevo proveedor con el propietario de un negocio
al que no conoce de nada.
Ozzie está esperando algo, y me doy cuenta de que todos vuelven a asentir,
así que hago lo mismo y asiento una vez más, aunque no sé de qué demonios
está hablando. ¿A quién va a infiltrar allí?
—Lucky, ¿por qué no le haces un resumen de lo que has descubierto? Y si
alguno de vosotros queréis intervenir en algún momento, sentíos libres de
hacerlo. Queremos darle a Jenny toda la información que necesita para hacer su
trabajo.
Levanto la mano y todos me miran. Ozzie arquea una ceja.
—¿Puedo hacer una pregunta primero? —digo, tratando de no parecer dócil,
pero fracasando estrepitosamente. Ozzie me hace una seña.
—Adelante. Aquí no nos andamos con formalidades. Si tienes algo que decir,
dilo sin más.
—¿Sabemos exactamente en qué va a consistir mi trabajo? ¿O es algo que
voy a tener que decidir más adelante, una vez que profundicemos en las cuentas?
Ozzie mira a Lucky.
—Lucky, ¿por qué no respondes a su pregunta?
Me vuelvo para mirar al hombre que me dirá si es un trabajo que puedo
hacer o no. Esto es mucho más interesante que programar para una empresa que
odio.
Lucky abre una carpeta que tiene delante. Es muy gruesa. Después de hojear
unos papeles, saca uno y lo coloca encima del resto.
—Este es solo un pequeño informe que he redactado para ti. Tiene que
quedarse aquí con el resto de la documentación, pero esto te dará una idea. —Me
acerca la carpeta deslizándola y señala el primer párrafo mientras lee en voz alta
—. «Después de revisar los registros financieros de Blue Marine Incorporated,
he descubierto algunas irregularidades, no solo en la contabilidad sino también
en las cifras publicadas, en especial con respecto a las partidas relacionadas con
determinados proveedores de servicios. Por ejemplo, el reciclaje de los aceites
usados, un servicio que Blue Marine debe realizar por ley, cuesta un 79 por
ciento más que el promedio de la industria». —Hace una pausa para tomar
aliento—. «Del mismo modo, los servicios de limpieza para las tiendas cuestan
un 159 por ciento más que el promedio. Sin embargo, durante una visita a una de
las tiendas, no vi muestras de que se haya utilizado un servicio de limpieza que
justifique las cantidades desembolsadas. Por el contrario, me encontré con una
tienda que necesitaba urgentemente esos servicios».
Interrumpo su lectura.
—Entonces, ¿sospechas que alguien está creando empresas ficticias y
quedándose con el dinero por esos servicios?
—Esa es mi teoría, o al menos mi hipótesis de trabajo, hasta que obtenga
más información.
Asiento, animándolo a continuar.
—Tengo acceso al servidor de forma remota, utilizando el nombre de usuario
y contraseña del señor Jorgensen; sin embargo, no sé si eso es suficiente.
Me encojo de hombros.
—Puede que no lo sea.
—¿Qué quieres decir?
—Podrían estar usando la unidad local de un ordenador que no está
conectado en red o que no se ve a través del servidor. No lo sabría sin entrar
físicamente en los propios ordenadores.
—Podríamos entrar en los ordenadores si necesitas ese tipo de acceso —dice
Lucky.
Asiento con la cabeza.
—¿Estás pensando en introducir un virus y clonar el disco duro o en ir
físicamente allí?
Lucky abre un poco más los ojos.
—¿Podrías hacer eso? ¿Lo del virus?
Me encojo de hombros.
—Por supuesto. Diseñarlo no es lo más fácil del mundo, pero es factible.
Probablemente hayas visto algo semejante en Los hombres que no amaban a las
mujeres.
Thibault interviene entonces.
—Pensaba que eso era ficción. ¿En serio puede hacerse algo así? —Sonríe
mientras mira a sus compañeros de trabajo—. Esa chica, Lisbeth, era increíble.
Dirijo mi atención a toda la mesa, tratando de no alentar comparaciones con
Lisbeth Salander. Ella era mucho más dura de lo que yo podría llegar a ser
jamás. Yo prefiero compararme con alguien como el señor Spock: pasivo y
lógico, con las orejas puntiagudas, la piel pálida y un peinado alucinante.
—Claro —digo—. Yo podría hacer eso, y cosas mucho peores, creedme. —
Me callo, preocupada porque acabo de describirme como a una psicópata
informática—. Aunque no lo llevaría nunca a la práctica, por supuesto.
Toni habla sin perder la calma.
—¿De dónde puedes sacar un virus? ¿Tenemos que comprarlo, como un
programa o algo así?
Me encojo de hombros.
—Bueno, yo podría diseñaros uno, o podría hablar con unos amigos. Uno de
ellos probablemente ya tenga uno. No costaría nada.
No quiero dar más detalles y decirles que hay gente que diseña unos virus
horribles solo por el gusto de aterrorizar a la gente. Eso no es lo que estamos
haciendo aquí, y con el permiso de Jorgensen, no es ilegal clonar un ordenador.
—Hablaremos sobre la logística más tarde —dice Ozzie—. Por ahora, vamos
a hacernos una idea general de cuál es el problema y cómo creemos que Jenny
puede ayudarnos.
Lucky asiente y luego mira el informe de nuevo.
—Si tuviéramos que trabajar sobre el terreno, creo que encontrarías todos los
ordenadores conectados en red. Podríamos acceder a los datos de cualquiera de
los ordenadores desde una ubicación en la empresa a través del servidor.
—Sin embargo, es posible que antes tengas que entrar en los ordenadores
individuales físicamente, para estar seguro de si sus unidades locales están
limpias —digo. Ahora sé por qué May me pidió que participara en este caso. Es
evidente que Lucky no tiene los conocimientos necesarios para esta parte del
trabajo.
Ozzie interviene.
—¿Nos recomiendas cómo deberíamos actuar?
Se me acelera un poco el corazón al saber que todo el mundo me está
mirando y que me juzgarán por mi respuesta. Aun así, entiendo que a May le
entusiasme formar parte de este equipo. Es una sensación agradable que la gente
cuente contigo, sobre todo si son unas personas realmente entregadas y
trabajadoras.
Respiro hondo y le doy mi respuesta.
—Bueno, en una situación ideal, y si tuviéramos todo el tiempo del mundo
para resolver las cosas, diría que lo mejor sería ir físicamente a la empresa fuera
del horario laboral y entrar en sus ordenadores. Si tengo sus contraseñas y no es
necesario hackear ningún sistema, podríamos entrar allí rápidamente y echar un
vistazo. —Hago una pausa y me visualizo en la oscuridad de la noche buscando
en los archivos de un extraño. Desde luego, tendré que diseñar algún tipo de
algoritmo para buscar y compilar datos más rápido de lo que podría hacerlo yo
sola, pero podría hacer esa parte en casa después de clonar los sistemas—. ¿De
cuántos empleados estamos hablando? Porque eso podría cambiar mi respuesta.
Lucky responde sin mirar su archivo.
—Hay ocho empleados en la oficina principal y otros veinte o treinta en
varias tiendas.
Me muerdo el labio mientras pienso.
—Hmmm… Eso podría llevar mucho tiempo si trabajamos sobre el terreno.
Sería mejor si clonáramos los ordenadores individualmente, para poder trabajar
fuera de la empresa durante el día. Si tenemos que entrar fuera del horario
laboral, va a ser muy difícil para mí. —Me estremezco solo de pensarlo—. Lo
siento, pero tengo tres hijos, así que no me sobra el tiempo precisamente, no sé si
me explico.
Thibault levanta las manos.
—Eh, estamos aquí para colaborar contigo, de la forma en que a ti te vaya
bien. Si es más fácil para ti clonar los ordenadores y trabajar desde casa o desde
aquí en la nave industrial durante el día, lo haremos de esa manera. Queremos
adaptarnos a ti todo lo posible.
Thibault no tiene ni idea de que acaba de ganarse mi corazón. Es una de esas
sensaciones que surgen cuando te das cuenta de que has estado toda tu vida
trabajando para las personas equivocadas y que deberías haberte esforzado más
en buscar un empleo más parecido a este, para empezar.
Me aclaro la garganta para poder hablar sin el nudo que acaba de formarse
allí.
—Te lo agradezco. Y créeme, mis hijos os lo agradecen también. Creo que
sería mejor si pudiera trabajar desde casa. Podría venir aquí si me necesitáis,
pero todo el tiempo que pase yendo y viniendo es tiempo que podría estar en el
ordenador. Esto podría ser una tarea realmente complicada. —Miro a Ozzie,
esperando que no se ofenda por mis próximas palabras—. ¿Sabes más o menos
cuántas horas esperáis que dedique al caso?
Necesitaré al menos diez horas para hacer lo que acaban de describir, pero
probablemente mucho más que eso, y solo me han ofrecido quinientos dólares.
Podría ser menos aún que el salario mínimo, cosa que preferiría evitar, pero no
quiero decir eso delante de toda esta gente. Por fortuna, Ozzie se da cuenta de
inmediato de lo que quiero decir.
—La tarifa que te ofrecimos era solo por tu asesoramiento como consultora,
que es justo lo que estás haciendo ahora. Ya te lo has ganado. Si decides hacer el
trabajo, te pagaremos tu tarifa por hora, sea la que sea.
—Ah. —Vuelvo a tener la cara roja otra vez. ¿Debo confesar la verdad?
¿Que no tengo ni idea de cuál es mi tarifa por hora? Cuando miro alrededor en la
mesa y luego oigo a mi hijo riendo en la otra habitación, tomo rápidamente mi
decisión: la verdad es siempre el mejor camino, independientemente de adónde
te lleven tus pasos—. En realidad, nunca he trabajado como freelance, así que no
tengo exactamente una tarifa por hora.
—Pero sabes lo que estás haciendo, ¿verdad? —La pregunta viene de Toni, y
la hace con un dejo de desafío, pero esta es su casa, y no puedo contestarle de
malas maneras, así que respondo con la mayor humildad posible.
Asiento con la cabeza.
—Sí, estoy perfectamente cualificada como ingeniera informática e ingeniera
de software. De todas formas, si quieres ver mis títulos y algunas muestras de mi
trabajo, estaré encantada de proporcionártelas.
Ozzie parece un poco alterado mientras mira a Toni con dureza.
—No hace falta. Thibault ya ha hecho todas las comprobaciones necesarias.
¿«Todas las comprobaciones necesarias»? ¿Qué significa eso? Decido
morderme la lengua al respecto de momento.
Es posible que haya un pequeño destello de rebelión en la mirada de Toni,
pero luego mira hacia otro lado, y ya no puedo ver qué siente respecto a la
situación. Acaban de ponerla en su sitio, así que no debe de estar muy contenta.
May la ha descrito como una persona arisca alguna vez, y ahora sé por qué. Es
como un puercoespín brasileño, listo para desafiar a cualquiera por cualquier
cosa, para hincarle unas púas bien hincadas en la cara.
No sé si es eso lo que pretende con su actitud, pero me dan ganas de trabajar
aún más, para demostrarle que está equivocada. Para demostrarle que sé lo que
hago. Lo que me han pedido es difícil y lleva bastante tiempo, pero puedo
hacerlo. Todavía no he encontrado ningún problema informático que se me
resista. El mundo tiene suerte de que utilice mis superpoderes para hacer el bien
y no el mal. Podría ser Lex Luthor si quisiera.
Thibault interviene entonces.
—¿Y si nos cobras una cantidad que te parezca justa, tal vez la tarifa media
de mercado o lo que sea, y seguimos a partir de ahí?
—Está bien, puedo hacer eso.
Se me acelera el corazón. Si hago un muy buen trabajo para ellos esta vez,
quizá me vuelvan a llamar cuando necesiten algún experto en informática o
software. Tengo que ser muy justa con mi tarifa y esforzarme al máximo para
que esto salga bien. Si pudiera trabajar como freelance desde casa, eso sería un
sueño hecho realidad. Miles tiene un seguro de salud que cubre a los niños, así
que nunca más tendría que preocuparme por si caen enfermos. Podría oír: «Me
duele la barriga», y en vez de dejarme dominar por el pánico, me limitaría a
sonreír y diría: «Pues vete a la cama o al sofá» y no tendría que preocuparme por
tener que llamar a un jefe que me amenazaría con despedirme.
Thibault se pone de pie.
—Jefe, tenemos otro proyecto en el que estamos trabajando con el jefe de
policía, y necesito a May para esa reunión. —Me lanza una mirada de disculpa.
—Es verdad. —Ozzie dirige su atención hacia mí—. Voy a dejarte en las
manos más que capaces de Lucky. Deja a tu hijo moverse libremente por aquí si
quieres, no hay nada que pueda hacerle daño. Aunque tal vez quieras mantenerlo
alejado de la otra habitación.
Sonrío.
—Sí. Esos cuchillos son muy tentadores.
Ozzie, Thibault y Toni se levantan. Ozzie se dirige a la puerta y se asoma al
pasillo que lleva a donde están Sammy y May.
—¡May! ¡Es hora de irse!
—¡Ya voy! —Felix comienza a ladrar, como si estuviera respondiendo a
Ozzie también. Sonrío al pensar que May tiene su propia pequeña familia aquí.
Aparece con Sammy de la mano.
—¿Me quedo aquí? —le pregunta a su novio y jefe.
—No. Le he dicho a Jenny que Sammy puede correr todo lo que quiera por
aquí. Trae a los perros y así estará entretenido un rato. No creo que tarde mucho
más tiempo con Lucky.
—Muy bien. —May se agacha y mira a Sammy a los ojos—. Necesito que
me hagas un favor, Sammy. ¿Puedes cuidar de Felix y Sahara por mí? Tengo que
encargarme de un asunto.
Sammy asiente.
—Cí, claro.
—¿Y puedes prometerme algo más?
—Tal vez —dice con cautela—. ¿El qué?
—¿Me prometes que no entrarás en la otra habitación, donde están las
espadas peligrosas?
—¿Porque no quierez que me corte algo, como loz dedoz?
Alguien resopla al oír eso. Creo que puede haber sido Toni.
—Sí. Porque no quiero que cortes nada.
—Bueno. —Asiente con entusiasmo—. Te pometo que no cortaré ni romperé
nada.
Está siendo tan sutil con sus promesas que se me ponen los pelos de punta.
El pequeño diablillo cree que puede engañarnos. Estoy a punto de contestarle,
pero May se me adelanta.
—Buen intento —dice ella—, pero lo que necesitamos que prometas es que
ni siquiera vas a entrar en esa habitación.
Él la mira muy serio.
—Pero podría entrar y no tocar nada. Zolo mirar.
May niega con la cabeza.
—No. Ni siquiera puedes entrar. ¿Quieres saber por qué?
—Cí. Ciempre quiero zaber por qué.
Ella sonríe.
—Claro. Porque eres muy listo, Sammy. La razón por la que no puedes
entrar es porque el dueño de todas esas espadas es un ninja de verdad. Y los
ninjas de verdad no permiten que nadie toque sus armas.
Sammy abre los ojos como platos, y casi me da miedo saber qué es lo que va
a salir ahora de su boca o de la de May. La voz de Sammy es casi un susurro.
—¿Por qué no? ¿Loz matan?
May niega con la cabeza.
—No. Pero les trae muy mala suerte, y la próxima vez que intentan luchar,
resultan heridos. Y tú no quieres herir a un verdadero ninja, ¿verdad?
Sammy niega con la cabeza.
—No. Pero cí quiero tocarlo.
Ella le acaricia la cabeza cariñosamente.
—Sí, ya lo sé. Tal vez algún día te deje tocar a uno, pero hoy no. —Se
levanta y da la vuelta al niño para que mire hacia los perros, que acaban de
entrar en la habitación. Se dirigen trotando a una gran cama para perros y se
acurrucan allí—. Ve a jugar con los perritos. Están aburridos.
Sammy sale corriendo para acostarse en la cama con los perros, y May me
mira.
—¿Todo bien?
Mi hijo está acostado en la cama de un perro cuando debería estar en la
guardería, y yo estoy trabajando en una nave industrial donde el otro día me
retuvieron, en contra de mi voluntad, encerrada en una habitación del pánico.
Todo está perfecto. Le devuelvo la sonrisa.
—Sí. Todo bien.
—Llámame luego —dice, llevándose la mano a la oreja con dos dedos
extendidos, imitando nuestra futura llamada.
—Sí, lo haré. No te preocupes.
Le guiño un ojo para que sepa que no estoy enfadada con ella. Pero tenemos
mucho de qué hablar. Y en algún momento, tendré que colar en la conversación
una pregunta sobre por qué Dev no ha estado presente en la reunión de hoy. Solo
espero que no sea porque se arrepiente de haber coqueteado conmigo y no quiere
volver a verme.
Capítulo 18
Cuando el resto se va, nos quedamos solos Lucky y yo. Tiene un bolígrafo y
un papel en blanco, y me está mirando atentamente.
—¿Sabes cuándo estarás disponible para hacer una visita nocturna a la
empresa en cuestión? —pregunta.
—No lo sé. Supongo que dependerá de lo que haya que hacer y del tiempo
que calcules que vamos a necesitar. Como será de noche, es posible que necesite
que May se quede con los niños, pero depende de su horario.
—Bueno, pues entonces tenemos que hablar con May.
—Puedo mandarle un mensaje de texto, si quieres.
—Es una buena idea. ¿Por qué no lo haces?
Saco el teléfono del bolso y escribo rápidamente un mensaje a mi hermana.
Le pregunto cuándo podría estar libre para quedarse a dormir en mi casa y que
yo pueda ponerme a trabajar con los Bourbon Street Boys.
—¿Y ahora qué?
—Estaba pensando que podríamos ir a las oficinas administrativas alrededor
de las ocho de la tarde y trabajar hasta las cuatro de la mañana. El señor
Jorgensen me ha dicho que el último en salir suele irse a las seis y media y que
los trabajadores llegan alrededor de las ocho de la mañana. Supongo que
tardaremos pocas horas en revisar todos los ordenadores, pero por si acaso, nos
dejaremos más margen de tiempo para asegurarnos de que nadie se presente y
nos estropee la fiesta. ¿Te parece bien?
Asiento con la cabeza.
—Sí, suena bien, pero preferiría no comprometerme con nada hasta que
llegue a la empresa y me ponga manos a la obra. Es muy difícil saber cuánto
tiempo tardaré sin tener más detalles sobre las personas que trabajan allí. Como
no tenemos información sobre ninguno de los empleados ni conocemos cuál es
el nivel de sofisticación del uso que hacen de sus ordenadores, no sabremos con
certeza la magnitud del problema hasta que les echemos mano a sus discos.
Él asiente.
—Sí, tienes razón. —Hace una pausa un momento y me sonríe—. ¿Te he
dicho ya lo contento que estoy de que trabajes conmigo en este caso?
Sus palabras me alegran el corazón.
—¿Tal vez? ¿Sí? ¿No? —Me río—. Todos me habéis hecho sentirme muy
bienvenida.
—Creo que te va a gustar trabajar aquí, de verdad, a pesar de tus primeras
impresiones. Te prometo que normalmente no es como el viernes pasado.
Intento concentrarme en lo positivo y no en el incidente de la habitación del
pánico. Seguro que fue un ejemplo de estar en el lugar equivocado, en el
momento equivocado. Salvo por la parte de pasar un tiempo de calidad con Dev.
¿No sería más bien el lugar equivocado, pero el momento justo?
—Bueno, a mi hermana May le encanta, así que ha de ser un buen sitio.
—Ya sé que ahora mismo solo tienes previsto estar aquí temporalmente, pero
si en algún momento decides que te gustaría trabajar de forma más permanente,
dímelo. Ya ha habido varios casos en los que hemos contratado a externos, y
hemos tenido que rechazar algunos encargos más porque no estábamos seguros
de poder contar con ayuda cualificada. Por lo que me cuentan tu hermana y
Thibault, puedes abordar todos los asuntos que nos han asignado hasta ahora.
Me siento halagada pero también estoy un poco preocupada.
—¿Cómo sabe Thibault todo lo que hago?
Lucky se recuesta hacia atrás en su silla.
—Está a cargo de las comprobaciones de antecedentes y de los historiales.
Cada vez que nos planteamos trabajar con alguien ajeno al equipo, realiza una
investigación muy minuciosa. Las autoridades nos permiten usar sus bases de
datos.
Eso me pone una poco nerviosa. ¿Significa que también ha comprobado mi
historial de crédito? No tengo la mejor calificación de crédito del mundo, lo cual
es un poco embarazoso. La devolución de los cheques de manutención infantil
no ayuda, precisamente.
—Supongo que aprobé…
—Sí, aprobaste. Y no te viene nada mal la estupenda recomendación de tu
hermana. Eres su heroína, ¿sabes? Y la respetamos muchísimo, así que lo que
ella dice, nos importa.
—Tú sí sabes cómo hacer que una chica se sonroje, Lucky.
Soy consciente de que parezco tonta al decir eso, pero no sé de qué otro
modo describir lo que estoy sintiendo. Ha pasado mucho tiempo desde que
alguien nos dedicó a mi familia y a mí un cumplido como ese. Resulta muy
halagador que el mismo día en que te despiden de un trabajo, un nuevo
compañero te obsequie con esa muestra de respeto, especialmente cuando se
trata de alguien en un equipo de personas que realizan labores de consultoría
para el Departamento de Policía de Nueva Orleans. Pero eso no cambia muchas
cosas muy importantes para mí.
—Solo es la verdad —me asegura.
—Acaban de despedirme de mi trabajo, pero no estoy segura de estar
preparada para formar parte de un equipo como el de Bourbon Street Boys.
Él se encoge de hombros.
—Tú decides. Thibault dice que eres buena en tu trabajo, y lo que has dicho
hasta ahora sobre el caso Blue Marine tiene sentido para mí, así que, si te va
bien, no hay ninguna razón por la que no puedas, por lo menos, plantearte
realizar trabajos de consultoría para nosotros. Si lo que te preocupan son tus
hijos, no te apures. Cuando trabajas entre bastidores como hago yo, las
exigencias son mucho menores.
—¿Estás diciendo que nunca sales a hacer trabajo de campo? Porque yo creía
que eso es precisamente lo que íbamos a hacer para este trabajo.
—Sí, de vez en cuando hago trabajo sobre el terreno, cuando no hay nadie
más que yo, o es una misión fácil como pasearse por una tienda o algo así. Pero,
como Dev, la mayor parte de mi trabajo lo realizo aquí en la nave industrial.
Me concentro en el teléfono un par de segundos, comprobando si mi
hermana ha respondido y disimulando cualquier reacción tras oír el nombre de
Dev. Se me acelera el corazón.
No hay suerte con la respuesta de May. Dirijo mi atención de nuevo hacia
Lucky.
—Entonces, tu familia debe de estar contenta de que no hagas cosas
arriesgadas.
Le sonrío, tratando de disimular el hecho de que estoy hurgando en su vida
privada.
—La única familia que tengo nada en una pequeña pecera, así que no
importa mucho, pero de todos modos no estoy hecho para el combate cuerpo a
cuerpo. Me gusta trabajar con números, no con los chicos malos. —Sonríe de
nuevo, sin mostrar la menor señal de avergonzarse de ser un gallina, igual que
yo.
Sonrío tanto por el hecho de que me gusta hablar con él como porque lo que
acaba de decir es completamente ridículo.
—¿Tu familia nada en una pecera?
Se encoge de hombros y luego vuelve a sumergirse en sus papeles, abriendo
la carpeta de nuevo. Habla dirigiéndose a los papeles, como si le avergonzara un
poco su respuesta.
—Tengo un pez de colores.
Trato de contener la risa. No sé si está bromeando o no. Le sigo la corriente
de todos modos.
—¿Cómo se llama?
Lucky sonríe tímidamente mientras mira sus papeles.
—Sunny.
—Ah, claro, Sunny. —Entonces me río abiertamente, porque es un adulto,
pero está claro que dentro de él vive un niño pequeño—. Nosotros tenemos un
jerbo en casa.
Lucky vuelve la cabeza para mirarme.
—¿Cómo se llama?
—Harold. Pero preferimos llamarlo Harry, en plan informal.
Lucky se ríe.
—Pues claro que se llama Harry. ¿Cómo iba a llamarse si no?
—Pues no sé. Yo pensaba llamarlo Tyrannosaurus rex, pero los niños
hicieron mucha presión para que fuera un nombre más suave.
Lucky se ríe entre dientes y, alentada por su respuesta, sigo con más detalles.
—Lo heredamos de la clase de preescolar de mi hijo.
Arquea las cejas.
—¿Adoptasteis la mascota de la clase? Eso es un gran compromiso.
Pongo los ojos en blanco.
—Y que lo digas. Al muy granuja le salieron los testículos un día y la
maestra dijo que estaba interfiriendo en el proceso de aprendizaje, así que
Harold tuvo que irse. —Me callo, porque acabo de darme cuenta, horrorizada, de
que, una vez más, estoy compartiendo más información de la necesaria. Me
pongo tensa, esperando que el incómodo silencio se adueñe de la situación.
Pero resulta que no tenía motivos para preocuparme, porque Lucky continúa
con la conversación como si nada.
—¿Y cómo interfieren exactamente los testículos en el proceso de
aprendizaje?
Me cuesta mantener una expresión seria llegados a este punto.
—Bueno, al parecer, los testículos distraen mucho la atención. A los niños
les gustaba mirar, señalar y hablar de ellos. Mucho. Y no sé si has pasado algún
tiempo con niños de tres años, pero tienden a obsesionarse con cosas como las
gónadas de los jerbos.
Lucky suelta una carcajada y luego se reclina en su silla.
—El único niño pequeño que conozco es el hijo de Dev, pero entiendo a qué
te refieres. He visto esa curiosidad en acción muchas veces. A veces ese niño es
como un perro con un hueso.
Me entra una curiosidad inmensa por el hijo de Dev y la relación de este con
él, pero ahora no es el momento de profundizar en eso. No puedo interrogar a
Lucky sobre el hijo de otro hombre cuando ese hombre no está presente. Es
demasiado raro. Demasiado retorcido. Mi curiosidad tendrá que esperar.
Tratando de cambiar de tema, señalo la carpeta.
—¿Quieres que revise eso? ¿Hay algo ahí que pueda aprovechar para lo que
voy a hacer?
—Por supuesto. Echa un vistazo. —Desliza la carpeta por encima de la mesa
hacia mí—. No sé si podrás aprovechar gran cosa, pero puedes hojearlo.
Compruebo mi teléfono otra vez y veo que todavía no hay respuesta de May,
así que abro la carpeta. Intento examinar los documentos del interior, pero tengo
la cabeza en otra parte. Sigo pensando en Dev y en su hijo, y en el hecho de que
por lo visto su hijo se parece mucho al mío. Me pregunto por qué, cuando
mencioné que se vieran y jugaran juntos, Dev parecía estar en contra de la idea.
Tal vez a su hijo le gusta McDonald’s tanto como a mi Sammy. Le prometí que
lo llevaría allí, así que ya sé lo que voy a comer para el almuerzo. También sé
que luego me dolerá el estómago. Probablemente debería pasar por la farmacia y
comprar una caja de Alka-Seltzer de camino a casa.
—Puedo hacerte una copia del archivo si lo prefieres.
Salgo de mi trance al oír la voz de Lucky.
—Perdona, estoy un poco distraída.
Sonríe.
—Ya lo he visto. No te preocupes por eso.
—Vaya. ¿Tanto se me nota? Tendré que pasar al modo escudo, supongo. —
Me encojo de hombros, sintiendo que necesito darle una explicación—. Lo
siento mucho, de verdad. Hoy me he despertado con la noticia de que me habían
despedido. Ha sido un poco impactante.
—Tu hermana lo ha mencionado. Nos dijo que estabas muy entregada a tu
trabajo allí, y piensa que tu despido tiene que ver con el hecho de que tengas
hijos.
Me encojo de hombros.
—Es imposible saberlo con certeza, pero he faltado al trabajo varias veces
por culpa de alguna enfermedad. Nunca por mí, porque cuando caigo enferma,
simplemente sigo trabajando y me preocupo de no contagiar a nadie con mis
gérmenes. Sin embargo, cuando se trata de mis hijos, no tengo más remedio que
quedarme en casa. La guardería no se los queda cuando están enfermos, y lo
entiendo. Nadie quiere que el hijo de otro haga enfermar a su propio hijo. Eso no
está bien.
—Por supuesto. Y cualquiera que despida a alguien por ser un buen padre
para sus hijos no merece tener una empresa. —Su estado de ánimo se ha
ensombrecido—. Cuando se trata de la familia, aquí no tienes que preocuparte
por esas barbaridades. Eso aquí nunca sucedería. Dev tiene un hijo; yo tengo a
Sunny. Todos entienden esos compromisos.
Como lo dice tan serio, no me puedo reír, pero me estoy carcajeando por
dentro. Habla de su pez como si fuera su hijo. Quiero preguntarle cuánto viven
los peces de colores, porque viendo el apego que siente por él, me preocupa.
Según mi experiencia, no duran más de seis meses, y me temo que cuando a
Sunny se le acaben esos seis meses, Lucky lo pasará mal. ¿Estará loco? Estoy
empezando a pensar que aquí a todo el mundo le falta al menos un tornillo. El
único que parece estar completamente en sus cabales es Thibault, pero no
apostaría dinero por eso. Estoy segura de que tiene problemas. Todos los
tenemos. Creo que encajo aquí más de lo que creía.
—Mami, me aburro.
Miro por encima de la mesa hacia la cama del perro. Sammy está recostado
sobre Sahara con los brazos extendidos sobre su lomo. Con la mano derecha
acaricia una de sus orejas hacia atrás y hacia delante, mientras pasa la izquierda
por la frente de Felix, una y otra vez. Los ojos de Felix están medio cerrados y se
mece un poco en una posición semisentada. Es posible que Sammy haya
hipnotizado al pobre perro con el dedo. Miro a Lucky.
—¿Me necesitas para algo más? Me refiero a cuando decidamos a qué hora
vamos a ir a las oficinas.
Vuelvo a comprobar mi teléfono para ver si hay respuesta de May, pero
todavía no la hay. Se va a enterar de lo que es bueno por ignorarme. Otra
violación del Código de Hermana. Lucky niega con la cabeza.
—No, no lo creo. Te enviaré una copia del archivo en las próximas horas,
para que puedas echarle un vistazo esta tarde. Anota todas las dudas que tengas y
las resolveremos la próxima vez que nos veamos. Asegúrate de llevar un registro
de tus horas, porque Ozzie querrá pagarte por el trabajo que hagas.
Asiento.
—Muy bien. Eso haré. —Me pongo de pie y recojo el bolso y el teléfono—.
Prometí llevar a mi hijo a McDonald’s, así que debería irme.
Justo cuando Lucky está a punto de responder, la puerta de la cocina se abre
y mi corazón empieza a darme martilleos en el pecho. Es Dev.
Sahara se incorpora y hace que Sammy vuelva a caerse en su cama. Mi hijo
se queda allí mirando al techo, riendo y gimiendo al mismo tiempo.
—Eeeh, Zahara, me haz tirado al zuelo…
Dev está de pie en la entrada mirándonos a Lucky y a mí, sonriendo con cara
de confusión.
—¿Qué es esto?
Lucky se encarga de responder, lo cual es bueno porque no tengo ni idea de
qué decir.
—Esta es nuestra especialista en ordenadores. Ha venido a hacer un proyecto
para nosotros, tal como dijimos.
La sonrisa de respuesta de Dev despeja cualquiera de mis dudas sobre cómo
se siente. Una oleada de alivio me recorre el cuerpo.
—Qué gran noticia. Bienvenida a bordo. —Mira a su izquierda, captando la
atención de Sammy—. ¿Y quién es este? ¿Tenemos otro cachorro?
Sammy sonríe y hace su mejor imitación canina.
—¡Guau! ¡Guau!
Dev asiente.
—Muy bien. Buen cachorro. Siéntate. —Señala a Sammy y lo mira con
dureza mientras camina alrededor de la mesa donde Lucky y yo estamos
sentados. Luego, con la mayor naturalidad del mundo, se desploma en una silla a
mi lado, como si eso no hiciera que se me desbocase el corazón.
—Bueno, ¿y ahora qué? ¿Vamos a empezar a trabajar o tenemos tiempo para
almorzar?
Abro la boca para responder, pero Lucky se me adelanta.
—Jenny acaba de decirme que tenía que llevar a su hijo a McDonald’s. Y
Sunny me está esperando en casa, así que iba a dejar que se fueran.
Dev se frota las manos.
—Me encanta McDonald’s. ¿Puedo ir?
Sammy salta de la cama del perro y luego continúa saltando con cada palabra
que sale de su boca.
—¡Cí! Puedez venir. ¿Verdad, mamá?
No es raro que se haga amigo inmediatamente de alguien que le cae bien, y
tratar a mi hijo como un perro da muchos puntos en la escala de un niño de tres
años.
Espero unos segundos, tratando de decidir cuál debería ser mi respuesta.
¿Quiero que venga? Sí. ¿Debería venir? Discutible. ¿Me gustaría tener otro
adulto con quien hablar en McDonald’s? Por supuesto.
—Sí puede, si realmente quiere.
Dev sonríe.
—Entonces, decidido. Vamos a McDonald’s. Yo conduzco.
Todos se levantan y se dirigen hacia la puerta, y yo hago lo mismo.
Probablemente no debería estar tan entusiasmada ante la perspectiva de almorzar
comida rápida, pero lo estoy. Por suerte, he de concentrarme en Sammy mientras
salimos por la puerta, así que no tengo tiempo para comportarme como una
colegiala por el hecho de que Dev se haya brindado a acompañarnos.
Capítulo 19
Es curioso, parece que haya espacio para dos personas más entre Dev y yo.
Nunca he estado en un vehículo con un único asiento en la parte delantera.
—¿Se puede saber cuántos años tiene este trasto?
Miro hacia el asiento trasero, donde está mi hijo, con el cinturón abrochado
en su sillita. Sonríe mientras mira por la ventana, como si estuviese disfrutando
de un gran día. McDonald’s suele tener ese efecto en él, pero creo que Dev
también es responsable en parte. Cuando se subió a Sammy sobre los hombros y
este pudo ver el mundo desde dos metros de altura de camino al coche, mi hijo
se puso a chillar de alegría, como si estuviera en una montaña rusa.
—Este magnífico vehículo salió de la cadena de montaje en 1975.
—Es más viejo que yo —digo riéndome.
—Sí, pero funciona como si acabara de salir de la fábrica el año pasado.
En ese momento, el automóvil decide dejar escapar un fuerte y ruidoso
estallido y una nube de humo negro sale del tubo de escape. Me vuelvo y miro
por el parabrisas trasero; la neblina negra se dispersa lentamente por toda la calle
a nuestra espalda.
Casi sin poder contener mi regocijo, me vuelvo hacia delante y junto las
manos, bajo la cabeza y entrecierro los ojos.
—Voy a ponerme a rezar por el medio ambiente, si no te importa.
Dev alarga el brazo y acaricia el salpicadero.
—No le hagas caso, Bessie. Tiene envidia porque ella conduce un coche
típico de mamás y no una máquina de primera como tú.
Podría meterme aún más con él, pero me limito a sonreír. Es divertido ir por
la ciudad con Dev al volante. Me siento como si estuviéramos dentro de un
tanque y nada pudiera hacernos daño, ni siquiera una manada de rinocerontes
negros furiosos. Aun sin ir dentro de esta máquina en la que nos movemos,
probablemente me sentiría así de todos modos solo con tener a Dev a mi lado. Su
aspecto intimida, sí, pero sé que por dentro es muy tierno y dulce, como un
bombón de trufa y chocolate.
—¿Por qué sonríes? —pregunta Dev.
Me limito a negar con la cabeza. No me fío ni de mis propias palabras,
porque seguro que empezaría a hablar de lo mono que es y lo mucho que me
gusta y de las ganas que tengo de salir con él. Y tenemos planes para hacer algo
esta semana, pero no voy a ser yo quien lo mencione. No quiero parecer
demasiado ansiosa. En realidad, no es una cita, solo es una apuesta que él ganó y
yo perdí. Seguramente se limitará a darme otro de esos besos amistosos y
fraternales en la mejilla cuando nos despidamos. Solo de pensarlo, ya soy feliz.
Siempre puedo fantasear con que no es un beso fraternal, ¿verdad?
—Ah, así que ahora te ha entrado la vergüenza, ¿eh? —Golpea los pulgares
sobre el volante mientras asiente con la cabeza—. Está bien. Ya veo cómo eres.
Muy bien, puedo con eso y más.
No voy a darle demasiada importancia a esas palabras. Solo es un coqueteo
inocente. Es divertido. Sé que hace poco que nos conocemos, pero por la forma
en que se burla y la facilidad con que bromea, me siento como si estuviera con
un viejo amigo, como si pudiera ser yo misma.
Sammy se pone a cantar desde el asiento trasero.
—McDonald’z, McDonald’z, McDonald’z…
Dev mira por el retrovisor a nuestro pasajero.
—No estás muy entusiasmado por ir a comer a McDonald’s, ¿o sí?
Sammy estira los brazos hacia arriba, muy alto, y alarga todo el cuerpo con
su respuesta entusiasta.
—¡Cí, cí que lo eztoy!
Dev finge fruncir el ceño.
—Qué va. No sé, ¿por qué no vamos a otro sitio? Tal vez a un restaurante
elegante que le guste más a tu mami…
Sammy arruga la frente, preocupado por que Dev lo diga en serio.
—¡No! No me guztan loz reztaurantez elegantez. A loz reztaurantez
elegantez no lez guztan loz niñoz.
Dev sonríe.
—Es imposible que tú no le gustes a alguien. Eres increíble.
Sammy sonríe distraídamente.
—Zoy increíble. Zoy increíble del todo.
Vuelve la cabeza y mira por la ventanilla, balanceando las piernas para que
golpeen el asiento. Si estuviera en otro coche, me preocuparía, pero estamos en
una cafetera. Sé que a Dev le encanta, pero es que a los asientos traseros se les
sale el relleno, por el amor de Dios.
—De acuerdo —dice Dev con un suspiro de derrota—. Entonces creo que
será mejor que vayamos a McDonald’s.
Sammy no parece oír a Dev, sino que sigue mirando por la ventanilla, y le va
cambiando poco a poco la expresión. Dev lo ve por el espejo retrovisor y me
mira. Me habla en un susurro.
—¿Qué ha pasado? ¿He dicho algo malo?
Niego con la cabeza, y mi preocupación por mi hijo se hace patente.
—No, no lo creo. Le ha pasado algo en la guardería, estoy segura. Esta
mañana tenía «dolor de estómago». —Entrecomillo las palabras con los dedos en
el aire para enfatizar mis palabras.
Dev asiente con la cabeza, volviendo a fijar la vista en el parabrisas delantero
cuando el semáforo se pone verde. Sigue hablando en voz baja para que Sammy
no lo oiga.
—Ya verás como al final lo descubres. Solo tienes que hacer las preguntas
correctas y conseguir que hable.
Niego con la cabeza mientras miro el tráfico.
—Ojalá supiese qué preguntas debo hacerle, pero a veces este hijo mío es un
gran misterio para mí. Es muy diferente de las chicas.
Dev me da unas palmaditas en la pierna antes de volver a poner la mano en
el volante.
—No te preocupes por eso. Lo atiborraremos de hamburguesas y patatas
fritas y cantará como un canario.
Sonrío. Al parecer, Dev sabe exactamente cómo funciona el cerebro de un
niño pequeño.
—¡Eh! —dice Dev de repente—. ¿Qué es eso de ahí?
Señala hacia delante.
La atención de Sammy vuelve hacia nosotros.
—¿Dónde?
Estira el cuerpo en su asiento para ver por el parabrisas. Dev todavía está
apuntando con la mano.
—¡Ahí delante! ¿Qué son esas cosas grandes y amarillas? Parece una eme
gigante o algo así.
Sammy se agarra al borde de su asiento y chilla.
—¡Ez McDonald’z! ¡Ya llegamoz!
—¡Aleluya! —exclama Dev—. Estoy hambriento. Ahora mismo me comería
ocho hamburguesas.
—Puez yo me comería diez hamburguezaz —dice Sammy, con una sonrisa
gigante.
—¿Ah, sí? —replica Dev—. Bueno, pues yo podría comerme cincuenta
hamburguesas ahora mismo.
—Bueno, puez yo podría comerme veinte millonez de trillonez de
hamburguezaz ahora mizmo —dice Sammy.
Dev niega con la cabeza.
—Madre mía… Pues sí que tienes hambre.
—Cí, ya lo cé. —Ahora habla con voz de lástima—. Mi mamá me hizo
comer galletaz ezta mañana para dezayunar. Ezo no ez comida de verdad.
Me río de indignación y me vuelvo para lanzar una mirada furibunda a mi
hijo.
—Pequeño traidor… Fuiste tú el que me pidió esas galletas. Dijiste que era
lo único que podías comer por culpa de tu dolor de estómago.
—Cí, pero no deberíaz darme todo lo que pido porque entoncez ceré un niño
mimado.
Me doy media vuelta y no digo nada más. Esas no son las palabras de
Sammy; han salido directamente de la boca de Miles, y no voy a dar mi opinión
en este momento. No delante de mi dulce e inocente hijo, desde luego. Maldito
Miles.
—Hmmm… —dice Dev en voz baja—. ¿Problemas en el paraíso?
Niego con la cabeza y balbuceo.
—No preguntes.
Dev entra en el aparcamiento de McDonald’s y se mete en un hueco en el
que habría jurado que su vehículo no cabría si no lo hubiera visto con mis
propios ojos.
—Se te da muy bien conducir este tanque.
—Me llaman el as del volante —dice Dev con su voz burlona, entre cursi y
sexy.
Me pongo a reír a carcajadas, eso me ha hecho mucha gracia.
Dev apaga el motor, mirándome.
—¿Te parece gracioso?
No puedo responderle, porque todavía me estoy riendo. Simplemente sacudo
el brazo y le doy un golpe sin querer en el hombro. Él reacciona como si tuviera
que agacharse, como si le hubiese hecho mucho daño.
Tengo que salir de aquí. Necesito un poco de aire fresco para serenarme; ya
casi he salido. Agarro el tirador de la puerta y casi me caigo del coche cuando se
abre con demasiada facilidad. Extiendo el brazo para no perder el equilibrio
mientras me dirijo hacia el otro lado del vehículo para sacar a Sammy de su
sillita. Siento que me flaquean las rodillas de toda la serotonina que me flota por
el cerebro. Quien dijo que la risa era la mejor medicina sabía de lo que estaba
hablando.
Soy tan feliz que es como si estuviera drogada, y eso es todo un logro,
teniendo en cuenta dónde estoy: normalmente, McDonald’s es sinónimo de dolor
de cabeza para mí, y los martilleos en mi cráneo empiezan antes incluso de que
llegue a la puerta. Pero ¿ahora mismo? Estoy flotando, y mis pies apenas tocan
el suelo.
Cuando Dev sale del coche y veo su enorme cuerpo allí plantado, me doy
cuenta de que tiene razón: es un as, pero no solo del volante. Se requiere mucha
delicadeza para que un hombre tan grande, que llama tanto la atención, sea tan
humilde, sencillo y genial. No había conocido a nadie como él en toda mi vida.
Como ocurre siete días a la semana a esta hora del día, McDonald’s es el
mismo manicomio de siempre. Cuando vengo aquí un día laborable a la hora del
almuerzo pienso que la mitad de la ciudad debe de estar desempleada y tratando
de encontrar un lugar para que sus hijos corran y ellos puedan relajarse, respirar
y tomarse una taza de café. Las mesas están llenas de padres, y la zona de juegos
al aire libre está abarrotada de niños salvajes que no dejan de gritar.
Nos ponemos detrás de una larga cola de clientes. Varios niños pequeños,
hermanos, probablemente, se pelean ante la mirada resignada de sus padres,
empujando a la multitud desesperada que examina el menú por encima de las
cabezas de los empleados. Aaah, McDonald’s…
Dev se frota las manos.
—¿Quién quiere un Happy Meal?
Sammy empieza a dar saltos con la mano levantada.
—¡Yo, yo, yo!
Dev me mira desde las alturas.
—¿Y a ti qué te apetece, mamá? ¿Un Happy Meal? ¿Patatas fritas y un
batido? ¿Un sedante?
Sonrío, encantada.
—Creo que voy a tomar unas patatas fritas y un sedante, por favor.
Me mira frunciendo el ceño.
—No he oído nada de proteínas.
—Nada de proteína. Con unas patatas fritas tendré suficiente, muchas
gracias.
—De eso nada, tienes que comer algo de proteína. ¿Quieres pollo, pescado o
carne roja?
No estoy de humor para discutir con él, así que me encojo de hombros.
—Elige tú.
Me lanza una mirada socarrona.
—Lo siento, pero aún no he conocido a una mujer que me deje escogerle la
comida y que luego esté contenta con mi elección. Solo dime cuál odias menos.
—La que menos odio es la carne de ternera.
Imita un acento cajún.
—Una excelente elección, mademoiselle. Te pediré la hamburguesa más
pequeña que haya existido jamás.
Bajo la mirada y veo a mi hijo a punto de estallar de energía, feliz y
rebosante del combustible que las galletas de animales proporcionan a los críos
de tres años.
—Si no te importa, voy a llevar a Sammy a la zona de juegos para que
queme parte de la energía que lleva encima.
Los dos miramos a Sammy girar en círculos y luego caer al suelo de rodillas.
Busco en el bolso y saco mi cartera. Dev pone la mano en mi muñeca para
detenerme.
—Yo invito al almuerzo.
Su mano es tan cálida que no quiero que la aparte.
—No puedo dejarte hacer eso. Tú compraste las pizzas.
—No llevo la cuenta. Además, yo puedo recuperar el dinero. La empresa
pagará la comida si le doy los recibos. Si pagas tú, eso no sucederá.
—¿Debería sentirme mal porque tu jefe pague mi almuerzo y el almuerzo de
mi hijo?
—No. Fue él quien me lo sugirió, así que no pasa nada.
Quiero reflexionar un momento sobre eso y decidir si debo aprovechar la
generosidad de Ozzie, pero por desgracia este no es el mejor lugar para
meditaciones. Sammy se va a marear si sigue dando vueltas.
—Está bien. Gracias. Estaremos ahí fuera. Buscaré una mesa para los tres;
no quiero dejar solo a Sammy, a pesar de que comer con el aire acondicionado
estaría bien.
Dev mira el menú, pero me responde de todos modos.
—No te preocupes por el calor. Ya estoy acostumbrado.
Tomo a Sammy de la mano y salimos juntos a la zona de juegos. En cuanto
le quito los zapatos, sale disparado, gritando como un animal salvaje al que
acaban de soltar después de años de cautiverio. Se lanza a la red más cercana a la
que puede trepar y que lo llevará al sistema de túneles, que parece un patio de
recreo para hámsteres gigantes.
Por algún milagro, una familia se levanta de una mesa justo cuando estoy
buscando un sitio, y la ocupo de inmediato, satisfecha de limpiar los restos de
sal, patatas fritas y trozos de lechuga que se les han caído al comer. Me siento y
el sol me da en plena cara. Normalmente, esto sería motivo suficiente para
quejarme, pero hoy, no tanto. Cierro los ojos y absorbo la calidez y la energía.
Sí, el calor me va a hacer sudar, pero no me importa. En este momento, mi vida
es exactamente como yo quiero, y no es una sensación que experimente muy a
menudo. Voy a disfrutarla mientras dure en lugar de cuestionarme de dónde
viene.
Capítulo 20
Probablemente no debería dar mucha importancia al hecho de haber pedido
que me traigan una minihamburguesa de McDonald’s y una ración minúscula de
patatas fritas a una mesa de plástico sucia en una zona de juegos diseñada para
hámsteres gigantes, pero cuando Dev llega con esa bandeja y el hoyuelo que le
sale al sonreír, no puedo evitar sentirme como si acabara de tocarme la lotería.
Todos lo miran boquiabiertos, incluso los niños. Es como si acabara de entrar
una superestrella. La gente murmura, y creo adivinar lo que dicen; se preguntan
para qué equipo de la NBA jugará.
Finjo que no me doy cuenta de lo increíble que es, como finjo no sentirme
orgullosa de que este hombre esté aquí conmigo. La verdad es que no tengo
ningún derecho; solo somos compañeros de trabajo y tal vez amigos. Pero ser
amigos es increíble cuando se trata de un tipo como Dev, así que me doy
permiso para alegrarme inmensamente.
—Aquí tienes. —Deposita la bandeja en mitad de nuestra mesa—. Un poco
de proteína, algunos carbohidratos y un poquito de azúcar para que sigas así de
dulce.
Me da un batido en miniatura y sonríe.
Tomo el batido de sus manos e intento que mi absurdo sonrojo desaparezca.
—Normalmente no me permito estos caprichos. Es como comer un postre en
mitad del día.
No sé cómo, logra doblarse casi por la mitad para poder caber en la silla
diminuta y se sienta. Parece realmente incómodo, pero no se queja.
—Yo intento evitar los dulces a toda costa, pero cuando es una ocasión
especial, me permito una excepción. —Sostiene un segundo batido y lo agita
delante de mí. Entre sus pedazo de dedos, parece del tamaño de un dedal. Dudo
que el contenido aumente siquiera sus niveles de azúcar en sangre.
—Pues no debes de salir muy a menudo, si para ti ir a McDonald’s es una
ocasión especial. —Me río porque me parece un comentario bastante gracioso,
pero cuando responde, se me hiela la risa.
—No es solo por ir a un McDonald’s. —Toma un sorbo de su minibatido—.
Es por ir a un McDonald’s con una mujer muy guapa y su simpático hijo. —Dev
mira hacia la zona de juegos, así que no ve que me he puesto como un tomate,
gracias a Dios—. Por cierto, ¿dónde está ese granuja?
Busco en las zonas transparentes de los tubos de plástico y veo un fogonazo
del pelo de mi hijo cuando pasa por uno de ellos.
—Está allá arriba. Parece que persigue a alguien o que le están persiguiendo.
Dev distribuye la comida sobre la mesa, dejando una cajita de Happy Meal
para Sammy delante del asiento que queda libre.
—Bueno, ¿y cuáles son las reglas? —pregunta, cuando termina—. ¿Puede
comer después de jugar, o tiene que comer antes?
Me encanta que tenga el detalle de preguntarme cuáles son mis reglas como
madre.
—Normalmente, le hago comer dos bocados de cada cosa y luego puede ir a
jugar durante diez minutos, pero luego tiene que volver para dar otros dos
bocados más, y así sucesivamente.
Dev asiente.
—Muy razonable. Eres una madre muy justa.
—Gracias. —No estoy segura de poder comerme lo que me ha puesto
delante. No es porque no tenga hambre, es que de repente me está haciendo
sentir… extraña. Me dan ganas de salir a correr y dar la vuelta a la manzana un
par de veces para quemar toda esta energía nerviosa. Esta emoción me recuerda
a cómo me sentía en el instituto o en la universidad, cada vez que me estaba
enamorando de alguien. Enamorando… Ay, Dios…
—¿Quieres que vaya a buscarlo? —pregunta Dev.
—No, ya voy yo. —Me pongo de pie y echo a andar hacia el circuito para
jerbos gigantes. Llamo a mi hijo—. ¿Sammy?
No me responde, lo cual no es ninguna sorpresa. Ya sabe para qué estoy ahí,
y hará todo lo posible para evitar tener que comer cuando prefiere jugar.
—Mira esto —dice Dev, detrás de mí.
Camina hacia una parte de los tubos donde los niños pueden mirar hacia
abajo por un agujero cubierto por una red. Se agacha y se sitúa debajo, para
luego incorporarse despacio una vez que está directamente debajo del agujero.
De pronto, tiene la cabeza cubierta por la red y luego se mete dentro del túnel.
No sé cuántos niños hay allí exactamente, pero a juzgar por los chillidos
entusiasmados, hay al menos cinco.
—Sammy, estoy buscando a Sammy —dice Dev en voz alta—. Te necesitan
en la mesa de las patatas fritas. Por favor, preséntate en la mesa de las patatas
fritas.
El inconfundible sonido de la risa de mi hijo me estremece el corazón. Su
pequeño cuerpo sale disparado del túnel, baja un tobogán cinco segundos
después y corre a plantarse a mi lado.
—¿Dónde eztán miz patataz, mami? Dev ha dicho que tengo que
comérmelaz.
Sigo a mi hijo y a Dev de vuelta a la mesa y me siento. Supongo que Sammy
comerá dos bocados y se largará de nuevo, pero en vez de eso, sigue comiendo,
tragando como si lo hubiera hecho pasar hambre dos días. Me parece increíble
que Dev sea capaz de hacer que McDonald’s no represente ningún problema
para mí y, al mismo tiempo, lograr que mi hijo se coma toda la comida. ¿Habrá
algo que este hombre no pueda conseguir?
Capítulo 21
Después de sentar a Sammy en la parte trasera de mi coche y de abrocharle
el cinturón, me quedo fuera del vehículo con el motor encendido y Dev junto a la
portezuela del conductor. Con el aire acondicionado funcionando a tope para
acabar tanto con el calor como con la humedad sofocante del interior, Sammy se
queda dormido al instante.
—Bueno, menuda aventura —dice Dev, sonriendo.
—La vida con Sammy siempre es una aventura.
—Bueno, ¿y qué vas a hacer ahora? —pregunta Dev, tocando la parte
superior de la puerta con el dedo índice.
—Volver a casa a ver cómo organizar el despacho para este trabajo de
freelance. Probablemente, me conectaré a internet y visitaré otras webs para ver
si encuentro más cosas.
—¿Webs de citas?
Se me enciende la cara.
—No, no me refiero a webs de citas. Hablo de webs para freelances.
—Pues a lo mejor deberías entrar en esa web de citas —dice, sin mirarme—.
No deberías quedarte en casa todas las noches a ver la tele tú sola.
De pronto, siento que me pesa mucho el corazón, como si estuviera hecho de
plomo. Yo aquí pensando que merecía la pena arriesgarse por él, ¿y ahora resulta
que me anima a que salga con otros hombres? ¿Cómo puedo haberme
equivocado tanto?
—¿Qué te hace pensar que hago eso? —pregunto, ofendida por la estampa
que ha creado de mí, sentada en el sofá y viendo la tele sola como la mujer más
patética del mundo.
—Fuiste tú quien me dijiste que hacías eso. Además, te vi en ese sitio web de
citas. Estabas justo en el comienzo del proceso. Ni siquiera has tenido una cita
todavía, ¿verdad?
Me cruzo de brazos.
—¿Y tú?
Me mira al fin, encogiéndose de hombros.
—No exactamente.
—Bueno, pues si yo tengo que conseguir una cita, entonces tú también
deberías hacer lo mismo.
Esta conversación es ridícula. A mí lo que de verdad me gustaría sería salir
con él, pero no pienso decírselo ahora.
—Yo lo haré si lo haces tú —dice.
—Muy bien. —Puedo salir con otro chico. Tal vez encuentre uno más guapo
que él, incluso. Y más alto, también.
—¿Qué te parece si cenamos juntos…? —Hace una pausa—. ¿Ya sabes, esa
cena que tenemos pendiente y a la que tienes que invitarme tú, y hablamos de
nuestra estrategia para conseguir citas en el futuro?
¿Que si me entran ganas de salir pitando de allí, derrapando sobre el asfalto y
dejando un estela de olor acre a neumático quemado y a sentimientos heridos?
Pues claro que sí. Después de todo, soy humana, y ha pasado mucho tiempo
desde la última vez que pasé un rato agradable con un hombre interesante, y
encima, no, no tengo ningún vibrador en casa. Todavía. Y por supuesto, estoy
algo más que triste porque Dev esté pidiéndome que lo ayude a encontrar a la
mujer de sus sueños, sobre todo después de las señales que parecían indicarme
que estaba interesado en salir conmigo.
Y entonces, de pronto, caigo en la cuenta: tal vez le gusta jugar. Tal vez he
malinterpretado todas las señales porque no tengo ni idea de cómo jugar a esto.
Levanto la barbilla.
—Está bien. Creo que podría hacerlo.
—¿Cuándo? —pregunta.
—¿Qué tal el viernes? Podría convencer a May para que se quede con los
niños un par de horas.
—Perfecto. Le preguntaré a mi madre si puede quedarse con mi hijo.
Pregúntaselo a May y dime qué te ha dicho. Si tienes canguro, te recogeré a las
seis y media.
—¿Has decidido adónde ir? Necesito saber qué ponerme.
Me guiña un ojo.
—Ya te lo diré.
Se inclina y, una vez más, antes de que me dé cuenta de qué está pasando, me
da un rápido beso en la mejilla. Vuelvo a pensar que está de broma.
Definitivamente, parece alguna clase de juego, pero, al mismo tiempo, no parece
que quiera jugar conmigo en el mal sentido de la palabra. No, después de la
forma en que se ha comportado con Sammy. Un hombre que quiere burlarse de
una mujer no se tomaría tantas molestias con su hijo, ¿verdad? Estoy tan
confundida… Lo veo caminar hasta la puerta de la nave industrial y marcar el
código para entrar.
Cuando la puerta comienza a abrirse, me mira y se despide con la mano.
—Hasta pronto.
Le devuelvo el saludo.
—Sí. Hasta pronto.
Subo al coche y me pongo el cinturón. Debería estar exhausta; ha sido un día
muy largo. Pero me siento tan ligera como el aire.
Capítulo 22
Por fin ha llegado el miércoles por la noche: mi gran noche trabajando codo
con codo con Lucky en la sede de Blue Marine, fuera de las horas de oficina.
Todavía hay luz cuando llega May para cuidar de los niños. Entra sin llamar
al timbre, y yo estoy en la sala de estar con el bolso ya al hombro. Se concentra
en encontrar a los niños y no me ve.
—¡Estoy aquí! —grita por el pasillo, en dirección a la cocina.
Me aclaro la garganta para que me vea. Vuelve la cabeza y sonríe.
—¡Ahí estás! Uau, y no veas lo guapa y elegante que te has puesto…
—Ah, Dios mío, pareces mamá.
May entra a la habitación y me da un abrazo y un beso en la mejilla. Le
devuelvo las muestras de afecto, con la esperanza de que no detecte mi
inquietud.
—¿Estás nerviosa? —pregunta, distanciándose y mirándome a los ojos como
si fuera una especie de detector de mentiras humano.
Pues sí que se me da bien eso de ocultar mis emociones…
—Sí. ¿Tanto se me nota?
—No. Se te ve superelegante y segura de ti misma.
Niego con la cabeza.
—Mientes fatal. —Dirijo mi atención hacia la escalera—. ¡Niños! ¡La tía
May está aquí!
A continuación, oímos un ruido que se parece mucho a la estampida de una
manada de ñus, mientras los niños bajan la escalera. La primera en llegar es
Sophie, que casi no toca el suelo siquiera para correr a arrojarse a los brazos de
su tía.
—¡Tía May! ¡Hacía siglos que no venías!
May abraza a Sophie, que se aferra a su cintura, mientras me mira con cara
de exasperación.
—Pero qué dramática eres… Sabes que estuve aquí la semana pasada.
La voz de Sophie suena amortiguada, con la boca pegada sobre la camisa de
May.
—Pero ya nunca te quedas a dormir.
—Últimamente me ha salido mucho trabajo, por eso lo tengo más difícil para
hacer una fiesta de pijamas. Pero ahora estoy aquí, ¿verdad?
—¡Sí!
Melody es la siguiente en aparecer. Llega a un paso más pausado, esperando
a que su hermana se separe de la tía May antes de abrazarla.
—Hola, tía May. Me alegro mucho de que estés aquí. —Sonríe con dulzura,
como solo sabe hacer mi pequeña Melody. Me siento muy orgullosa de ella por
no hacer a su tía sentirse culpable.
May se derrite.
—Ay, cielo, yo también estoy muy contenta de estar aquí. Creo que ha
pasado demasiado tiempo desde la última vez que te di un abrazo.
Sammy llega el último, cargado con un montón de juguetes. Es un milagro
que no se haya caído por las escaleras con toda esa pila. Miro furiosa a sus
hermanas, porque deberían haberlo ayudado. Yo no estaba con ellos, pero sé
exactamente lo que ha pasado: han dejado solo a su hermano pequeño para poder
ser las primeras en abrazar a su tía. No tengo ni idea de por qué son tan
competitivas.
—¿Necesitas ayuda, Sammy? —pregunto.
—No. Traigo miz juguetez. Zoy muy fuerte.
Está a dos palmos de distancia de May cuando abre los brazos y lo deja caer
todo en una pila gigante. Algunas piezas de los juguetes junto con las figuras de
acción salen despedidas en todas direcciones, como la metralla de una bomba. Se
acerca a su tía y levanta las manos con expectación.
May deja a Melody en el suelo y abraza a Sammy. El niño se aferra a ella
como una cría de chimpancé, envolviéndole el cuello con los brazos y la cintura
con las piernas, enterrando la cara en su pecho.
Mi hermana lo envuelve con sus brazos. Luego cierra los ojos e inhala el olor
de su pelo.
—Te he echado de menos, Sammy. Nadie me da abrazos de niño pequeño
como tú.
—Miz abazoz zon loz mejorez, ¿a que cí?
—No son mejores que los míos —dice Melody, frunciendo el ceño.
May es demasiado astuta para dejarse dominar por sus juegos.
—Sammy, tú das los mejores abrazos de niño pequeño, y Melody, tú das los
mejores abrazos de niña pequeña, y Sophie da los mejores abrazos de niña
grande.
Sophie pone los ojos en blanco.
—Sabía que ibas a decir eso.
Intentando evitar una discusión, decido intervenir.
—Muy bien, niños, ¿quién está listo para cenar?
Sammy se separa de los brazos de May y se lanza al suelo, corriendo para
recoger sus figuras de Spiderman y Superman.
—¡Eztoy lizto!
Coloca ambas figurillas en posición de vuelo, Superman de cabeza y
Spiderman al revés. Sammy me ha dicho muchas veces que así es como
Spiderman prefiere moverse, y no soy quién para discutírselo; la verdad es que
yo no lo conozco tanto.
Melody levanta la mano.
—¡Yo! ¡Estoy lista!
Sophie pone los ojos en blanco.
—A mí me da igual.
May se acerca y le hace cosquillas a Sophie en el cuello, y la niña se ríe un
poco. Sé perfectamente que mi hija preferiría no reaccionar así, pero May
conoce sus puntos débiles.
—¿Qué es eso de «a mí me da igual»? —pregunta May a Sophie—. ¿Desde
cuándo decimos esas cosas en esta casa?
—¿No te has enterado? —digo—. Es lo último de lo último entre los niños
mayores. Y como Sophie ya es mayor, ha decidido que debe formar parte
integral de su vocabulario.
—Bueno, pues si lo dice cuando yo esté aquí, se va a enterar.
May lanza a su sobrina una mirada falsamente dura.
Sophie sonríe con malicia.
—Lo que tú digas. A mí me da igual.
May se abalanza sobre ella en broma y Sophie sale corriendo a la cocina, sin
dejar de chillar. May me mira y se para entre la sala de estar y el pasillo.
—¿Estamos todos listos? ¿Hay algo especial que quieras que haga?
Niego con la cabeza.
—No, no creo. La cena está ahí en la mesa, hay un poco de sorbete de postre,
y ya sabes dónde está todo. Ya se han bañado, y Sophie ha terminado los
deberes. Lo único que tienes que hacer es divertirte.
Intento vendérselo con una gran sonrisa.
Pero May no se deja engatusar. Su expresión se suaviza.
—No estés nerviosa, Jenny. Tú puedes. Sabes lo que haces, y Lucky es un
buen tipo.
Asiento con la cabeza.
—Sí, es un buen tipo, no es Lucky quien me preocupa, en absoluto. Aunque,
sinceramente, May, es un poco demasiado guapo, ¿no crees?
—Lo sé —dice, entusiasmada—. Es raro, ¿verdad? Al principio, cuando lo
conocí, me quedé alucinada, pero ahora ya casi ni lo noto. Cuanto más tiempo
estás con él, menos te dejas distraer por su físico.
—Eso espero.
—Hmmm…, ¿no habrá algo más, quizá? —me pregunta con tono sugerente.
Niego con la cabeza con energía.
—De ninguna manera. En serio, ni se te ocurra pensarlo. No me interesa.
May me habla entonces en tono entre críptico y burlón.
—Me alegra oír eso, porque creo que alguien se llevaría una buena
decepción si descubriera que te interesa Lucky.
Siento que el corazón me da un vuelco doble y luego hace un triple salto
mortal.
—¿De qué estás hablando?
Intento ser tan críptica como ella, pero no estoy segura de que funcione.
—No te hagas la tonta. Sabes exactamente de quién estoy hablando: de Dev.
—Ah. ¿De Dev? —Me encojo de hombros, haciéndome la interesante—. Es
muy simpático. Nos llevó a Sammy y a mí a McDonald’s el otro día.
—Oh, sí, ya me enteré, créeme.
Me invade la repentina necesidad de conocer cada detalle. Me acerco a mi
hermana y la sujeto del brazo, lanzándole mi aliento cálido en plena cara.
—¡Cuéntamelo!
Echa a andar hacia la cocina y se zafa de mi llave de yudo.
—Lo siento, hermana, pero tienes que irte a trabajar. Ya hablaremos de esto
más tarde.
—Pero es que quiero saberlo ahoraaa —protesto.
Ella se ríe.
—No te preocupes; te contaré hasta el último y sucio detalle cuando vuelvas
a casa.
—Pero es que tal vez no regrese hasta las cuatro de la mañana.
Su voz burlona desaparece en un instante.
—Pues no me despiertes. No quiero levantarme antes de las seis. —Vuelve a
sonreír—. Pero desayunaré contigo y podremos hablar entonces. Y también
podrás contarme tu emocionante noche trabajando con el guapísimo Lucky y
vuestras operaciones encubiertas.
Una nube oscura me ensombrece el rostro de inmediato.
—No digas eso.
—¿Que no diga el qué?
—No digas «operaciones encubiertas». Es solo un trabajo. Pertenezco al
equipo que no corre riesgos: Lucky y yo no participamos en ninguna de las
tonterías esas de comandos.
—Bueno, bueno, no te pongas así, solo era una broma. —Inclina la cabeza
hacia mí y entrecierra los ojos—. ¿Estás preocupada por algo en particular?
Dejo escapar un suspiro de irritación. May es una mujer realmente
inteligente, pero a veces puede ser muy obtusa.
—Por supuesto que estoy preocupada. —Señalo hacia la cocina—. Tengo
tres hijos. No puedo permitirme hacer algo que ponga en peligro mi vida.
May me mira como si estuviera mal de la cabeza.
—Tranquila, Jenny. Solo vas a trabajar con unos ordenadores en una oficina
vacía.
—Exacto, pero ¿y si entra alguien? ¿Qué pasa si el responsable del fraude o
lo que sea decide ir a trabajar en plena noche? Si están robando tanto dinero
como sospecha Lucky, se pondrán furiosos. Tal vez tengan un arma o puede que
empiecen a repartir leña a diestro y siniestro. No puedo permitirme tener los ojos
morados la próxima vez que Miles venga aquí a buscar a los niños. Me los
quitaría.
May se acerca y pone las manos sobre mis hombros, mirándome
directamente.
—En primer lugar, Lucky estará allí contigo. Y llevará un arma, por si acaso.
¡No tengas miedo! En segundo lugar… Nadie va a entrar allí a trabajar en plena
noche. ¿Quién hace eso? Y, por último, pero no por eso menos importante: Miles
no te va a quitar a los niños. Él no quiere esa responsabilidad, ¿recuerdas? Pero
si ni siquiera puede cuidar de ellos un fin de semana entero, por el amor de
Dios…
Una vocecilla nos habla desde atrás.
—¿Qué quieres decir con eso de que mi padre no quiere esa responsabilidad?
Siento que se me cae el alma a los pies cuando me doy cuenta de que es
Sophie quien pronuncia esas horribles palabras. Paso junto a May y me pongo en
cuclillas para poder mirar a mi hija a los ojos.
—Cariño, la tía May solo intentaba calmarme porque me estaba
comportando como una mamá un poco tonta. Ella no sabe de lo que habla. Pues
claro que a vuestro padre le gustaría que fuerais a su casa con más frecuencia. Es
solo que está muy ocupado con el trabajo. Pero esta Navidad, ¡os llevará con él
dos semanas enteras! ¿A que es genial?
Sophie se encoge de hombros.
—Tal vez. Pero si todavía sigue con esa novia tan creída, tal vez no.
—¿Novia? —Evidentemente, eso ha despertado la curiosidad de May.
Me levanto y la miro, negando con la cabeza.
—No preguntes. Tú disfruta de los niños y pasad una noche agradable y
pacífica sin hablar de novias ni nada por el estilo, ¿de acuerdo? —Miro a mi hija
y señalo la cocina—. Ve a poner la mesa para que la tía May os pueda servir esos
espaguetis tan ricos, por favor.
May me abraza.
—Ya verás como todo va a ir bien. Mejor que bien. Vas a triunfar y a anotar
un montón de nombres, y traerás todo eso a Bourbon Street Boys para demostrar
lo mucho que vales.
Me aparto de su abrazo porque es demasiado tentador quedarse aquí y
acobardarse.
—Gracias. Te llamaré cuando esté de camino a casa.
Me guiña un ojo.
—Genial. Me muero de ganas de que me cuentes tu aventura.
Me deja en el recibidor, gritándoles a los niños a medida que se aleja de mí.
—Por si alguien quiere ser mi sobrina o sobrino favorito… ¡La tía May tiene
mucha sed! ¡Quien le traiga un supervaso de agua será su favorito durante los
próximos dos minutos!
Los oigo corretear cuando salgo por la puerta, y eso me hace sonreír. Puede
que esté nerviosa por el trabajo que voy a hacer esta noche, pero no lo estoy ante
el hecho de dejar a mis hijos en manos de mi hermana, como madre sustituta.
Aparto los oscuros pensamientos que quieren enturbiar mi cabeza, los que
dicen que, si algo me sucediera, ella se convertiría en esa madre sustituta de
forma permanente.
Capítulo 23
Después de reunirme con Lucky en la nave industrial, nos subimos a su SUV
y nos dirigimos a la sede central de Blue Marine. Son las nueve y media de la
noche, y aunque llegamos más tarde de lo planeado, me siento más cómoda por
estar aquí a esta hora. Lucky se para en la parte trasera del edificio y aparca el
vehículo junto a la esquina, lejos de la puerta por la que vamos a entrar.
—¿Estás preparada?
Lleva un portátil en una bolsa colgada del hombro y un maletín lleno de
expedientes. Se detiene con la mano en la puerta, esperando mi respuesta.
Asiento, tratando de aparentar más seguridad de la que siento.
—No podría estar más preparada.
—Así me gusta. Vamos. Hagamos lo que hemos venido a hacer y luego
vayamos a tomar algo.
Lo de irnos a tomar algo, no sé, pero definitivamente estoy decidida a
ponerme manos a la obra. Solo quiero hacer mi trabajo y marcharme cuanto
antes. Me siento rara entrando aquí a escondidas, en la oscuridad, colándome en
la empresa de alguien, aunque tenga el permiso de uno de los propietarios. Me
sigue preocupando que otro de los propietarios o que un empleado se presente de
forma imprevista y monte en cólera. O algo peor. No quiero ni imaginar qué
podría ser eso aún peor.
Salimos del coche y caminamos en silencio hacia la puerta de atrás. La grava
del parking cruje bajo nuestros pies, y para mí es como si estuviéramos
anunciando nuestra presencia y nuestras malas intenciones a todo el vecindario.
—¿Estás nerviosa? —pregunta Lucky. Me habla en un tono normal en vez de
hacerlo en susurros, como creo que sería más prudente.
—Mucho. ¿Se me nota? —Intento reírme, demostrarle que tengo nervios de
acero, pero me sale más bien como una carcajada. Eso me recuerda que todavía
necesito otra parte de mi disfraz de bruja para Halloween. Queda menos de un
mes y solo tengo unos complementos de años anteriores.
—No, no se te nota. Pero me parecería extraño que no estuvieras nerviosa en
tu primera noche de trabajo.
—Creo que, aunque lo hubiera hecho otras cincuenta veces, todavía estaría
nerviosa por entrar de manera furtiva en una empresa de noche.
—¿Furtiva? No estamos entrando de manera furtiva. Tenemos permiso para
estar aquí. ¿Lo ves? —Me enseña un juego de llaves y las hace tintinear.
Levanto la mano y las agarro para que no hagan tanto ruido.
—Creo que me preocupa que algún empleado o uno de los otros propietarios
venga mientras estamos aquí. ¿Qué pasa si llaman a la policía? —Suelto las
llaves para que pueda abrir la puerta.
—Ya me he encargado de eso.
Usa dos llaves diferentes para abrir.
—¿Qué quieres decir con que te has encargado de eso?
—Ozzie se puso en contacto con la policía y les comunicó lo que vamos a
hacer esta noche, así que unos agentes se pasarán más tarde para asegurarse de
que todo va bien.
Lanzo un enorme suspiro de alivio.
—No tienes idea de lo mucho que me alegra oírlo.
La mayoría de los fantasmas que me perseguían se esfuman en el aire de la
noche. No tengo nada de qué preocuparme. La policía está de nuestro lado. Ufff,
menos mal…
Se detiene un momento durante el proceso de accionar el tirador de la puerta
para dedicarme una de sus espectaculares sonrisas hollywoodienses.
—Sí, ya imaginaba que eso te haría sentir mejor.
Empuja la puerta, la abre y la aguanta para que pase, pero me quedo inmóvil
y lo miro incómoda.
—Sé que eres un caballero y por eso me estás aguantando la puerta, pero ¿te
importaría entrar tú primero?
—Ningún problema.
No duda ni un segundo: cruza el umbral y enciende una luz. Al cabo de dos
segundos me mira de nuevo.
—Es seguro. Puedes pasar cuando quieras.
Sintiéndome como una perfecta idiota, entro detrás de él. Tengo cuidado de
cerrar la puerta a mi espalda. Ojalá pudiera atrancarla con una barra.
Es hora de entrar en acción. Me doy media vuelta y examino el espacio que
nos rodea. Estamos en un cuarto trasero con un baño a un lado y un armario de
conserjería en el otro.
—Ven, por aquí —dice Lucky—. Las oficinas que buscamos están en el
pasillo a la derecha y luego a la izquierda.
Lo sigo, examinándolo todo a un lado y a otro. La cobarde que hay en mí
espera que alguien salte sobre nosotros y nos ataque en cualquier momento.
Tengo la presión arterial por las nubes, y el corazón me late desbocado. Con este
panorama, la única buena noticia es que probablemente estoy perdiendo un
montón de peso con todo el sudor que me sale por los poros. Lucky enciende
algunas luces más.
—¿Quieres que trabajemos juntos en la misma habitación o prefieres que nos
separemos?
Se da media vuelta y me mira mientras espera mi respuesta.
Le ofrezco la mejor de mis sonrisas de madre.
—¿Me estás tomando el pelo?
Sonríe de nuevo y se sube la bolsa con el ordenador un poco más.
—Entonces, en la misma habitación. —Señala a la derecha—. Comencemos
por aquí.
Lo sigo y luego me siento a su lado. Estamos ante dos de los ordenadores
que usa el personal administrativo, pero todavía no puedo saber quiénes son ni
qué hacen.
Lucky deja su portátil junto con el maletín. Deposito mi bolso al lado de sus
cosas. Siento la tentación de sacar el espray de pimienta del bolso y dejarlo en el
escritorio junto a mí, pero no lo hago. May dijo que Lucky tiene un arma, y sé
que Dev y Ozzie le han enseñado a usarla. No tengo nada de qué preocuparme.
Los agentes llegarán muy pronto, estoy segura.
Lucky saca algo del maletín y lo despliega. Es más grande que una hoja de
papel de tamaño normal.
—Es un pequeño esquema de la oficina y de todos los ordenadores —dice—.
He pensado que podríamos empezar por las estaciones de trabajo individuales y
luego trasladarnos al servidor.
Echo un vistazo al plano y me sitúo. Señalo el escritorio donde estoy
sentada.
—Esta soy yo, y ahí estás tú.
Él asiente.
—Sí, exactamente. Así que estás en la mesa de un contable, y yo también.
Perfecto. —Después de dejar una marca en el papel sobre los dos ordenadores,
se concentra en el suyo—. Pongamos en marcha estos cacharros y a ver qué
encontramos.
Muevo el ratón y se activa el monitor. Me pide un nombre de usuario y una
contraseña. Como he leído el archivo que Lucky me envió, sé que tenemos
acceso a esta información. Antes de que pueda pensar siquiera en decir algo al
respecto, Lucky ya está sacando dos papeles de una carpeta y entregándome uno
de ellos.
—Aquí están todos los nombres de usuario y contraseñas. Una copia para ti y
otra para mí.
Asiento y empiezo a introducir los datos de inmediato. Cuanto antes pueda
recopilar la información, antes saldremos de aquí.
Lucky se pone a silbar, pero no me molesta. Es mejor que trabajar con
alguien con ganas de conversación. Con este tipo de tarea, para mí es mejor
escuchar un ruido aleatorio o nada en absoluto. Necesito concentrar toda mi
atención en lo que hago. Es monótono, pero estoy manos a la obra, soy una
máquina. Nadie puede trabajar más rápido que yo.
Me muevo con facilidad en el interior del ordenador. A partir de ahí, es
sencillo activar las distintas partes de las diferentes unidades y examinar el
contenido para ver si aparece algo interesante. Nos proporcionaron una visión
completa de la arquitectura de su sistema y anoche me la estudié detenidamente
en casa mientras los niños estaban durmiendo, así que sé lo que debería estar
viendo. Cualquier cosa fuera de lo normal me llamará la atención. Aparte del
hecho de que este empleado en particular pasa mucho tiempo haciendo compras
en línea en el trabajo, no veo ningún motivo de alarma en su ordenador; pero
para estar segura, saco del bolso la llave de memoria que he traído, la enchufo en
su torre y cargo el virus. Cuando el programa ha terminado de ejecutarse, miro a
Lucky.
—Estoy clonando esta máquina. ¿Quieres clonar tú esa también?
Lucky me mira.
—¿Tú qué crees? ¿Debería?
Me encojo de hombros.
—No veo nada extraño en este ordenador, pero para estar segura, voy a
clonarlo de todos modos. No creo que esté de más, ¿verdad? Solo llevará un
poco más de tiempo.
Me gustaría salir de aquí lo antes posible, pero eso no significa que quiera
sabotear la operación. Clonar los ordenadores nos permitirá monitorear lo que
ocurra más tarde y profundizar más sin necesidad de estar aquí in situ, sino a
distancia. Y si no los necesitamos, podemos eliminarlos y ya está.
—Si crees que deberíamos hacerlo, entonces lo haré —dice Lucky—.
¿Tienes otra de esas unidades de memoria?
Asiento con la cabeza, extendiendo la mano para hurgar en mi bolso. Saco la
segunda memoria USB y se la paso.
—Aquí la tienes. Solo debes hacer clic en el archivo ejecutable y él hará el
resto.
—¿Y no quedará rastro de lo que hemos hecho?
Vuelvo a mi ordenador y me aseguro de que el proceso haya terminado antes
de cerrarlo todo.
—No, no debería quedar ningún rastro. Es un programa bastante bueno. Lo
comprobé en casa antes de salir.
—¿Quiero saber de dónde lo has sacado?
Está sonriendo, así que sé que no significa nada malo.
—Digamos que lo obtuve de una fuente fiable.
De hecho, lo conseguí de uno de mis antiguos compañeros de trabajo. Hay
unos críos trabajando para mi antiguo jefe que prácticamente acaban de salir del
instituto, y que pasan demasiado tiempo libre causando estragos en internet. No
son malos chicos, por naturaleza; simplemente carecen de la madurez necesaria
para evitar causar problemas por puro aburrimiento. Por suerte para mí, me
consideraban una especie de figura materna cuando trabajábamos juntos, así que
no fue demasiado difícil convencerlos de que necesitaba su ayuda.
De hecho, les hizo gracia que les pidiera el programa. Les dije que quería
clonar el ordenador de mi hija para poder ver lo que estaba haciendo en los chats
y esas cosas. Como saben perfectamente la cantidad de basura que circula por
internet, estuvieron más que encantados de hacer de hermanos mayores y
ayudarme a solucionar mi «problema».
—Está bien, no haré más preguntas.
Lucky introduce su llave de memoria USB en la torre en la que está
trabajando y comienza a ejecutar el virus. Miro el esquema.
—¿Y ahora adónde nos movemos?
Lucky está concentrado en el ordenador cuando responde.
—Donde a ti te parezca, a mí me parecerá bien.
Escojo el siguiente punto lógico, tratando de desplazarme por la habitación
de forma ordenada. Esto va más rápido de lo que pensaba; tal vez incluso
podríamos estar fuera de aquí antes de la medianoche. Espero que sea lo bastante
temprano para pillar a May despierta y así poder hablar con ella sobre lo que sea
que le haya dicho Dev.
Capítulo 24
Estoy en una de las oficinas terminando de clonar la última unidad cuando
oigo un sonido extraño, procedente del final del pasillo, en la zona de la puerta
de atrás. Mi mano se queda paralizada sobre el ratón.
Mierda. ¿Qué ha sido eso?
Lucky está en una parte diferente de la oficina, ocupado con otro ordenador.
Después de tres horas trabajando juntos, ya me sentía lo bastante tranquila como
para aceptar que nos separáramos, pero ahora me arrepiento totalmente de esa
decisión.
Toda mi atención se centra en ese pasillo. ¿He oído algo o simplemente es mi
imaginación, fruto del cansancio? Quiero llamar a Lucky, pero tengo miedo de
que, si entra alguien, me oiga.
Recurro a mi teléfono. Está encima del escritorio, a mi lado. Gracias a Dios,
lo he traído conmigo. Por desgracia, dejé el bolso y todo lo demás en la primera
oficina donde empezamos a trabajar.
Rápidamente escribo un mensaje de texto a May, maldiciéndome a mí misma
por no haber grabado el número de Lucky. Pongo el teléfono en silencio y envío
el mensaje. Es la una de la madrugada, por lo que sin duda May estará
profundamente dormida, pero tal vez tenga suerte y este mensaje la despierte.
Yo: En Blue Marine. Ha entrado alguien. No tengo el número de
Lucky. Él está en la otra habitación.
Más ruidos procedentes del pasillo. Definitivamente, está entrando alguien.
Distingo dos voces, y están hablando en voz baja. Empiezan a sudarme las
palmas de las manos, y se me acelera el corazón. Mi peor pesadilla se ha hecho
realidad. ¡Nos han pillado!
Alargo el brazo y apago el monitor del ordenador, recojo el papel con las
contraseñas y lo dejo caer debajo del escritorio. Tengo la tentación de
esconderme debajo, pero quiero comprobar si solo son imaginaciones mías, y
necesito mirar por encima del escritorio para hacerlo. Me pregunto qué estará
haciendo Lucky. ¿Será presa del pánico como yo? ¿Estará enviando un mensaje
de texto a Ozzie? ¿Llamará a la policía?
Las voces se oyen con mayor claridad a medida que se acercan, así que ahora
distingo que al menos una de ellas es una chica.
—¿Estás seguro? —pregunta ella.
Responde una voz de chico.
—Sí, estoy seguro. ¿Quieres calmarte? Me estás poniendo nervioso.
Podrían ser dos adolescentes o tal vez estudiantes universitarios. Sus voces
son demasiado juveniles para tratarse de dos adultos. No estoy segura de si eso
me tranquiliza o me da más miedo. Los jóvenes suelen tomar decisiones
precipitadas. Lo suyo es cometer estupideces cuando están bajo presión.
¿Llevarán un arma?
—¿Dejáis las luces encendidas? —dice la chica—. Eso es malgastar energía,
¿lo sabes?
Por lo visto, tenemos a una futura ecologista en el edificio. Pues qué bien.
Pongo los ojos en blanco. ¿No se da cuenta de que lo que está haciendo es más
grave que dejarse las luces encendidas? ¡Esto es un allanamiento de morada!
¿Dónde están sus padres mientras ella infringe la ley?
—¿Cómo quieres que lo sepa? —responde el chico—. Yo no trabajo aquí.
Interesante. El tipo no trabaja aquí, pero parece ser el impulsor de esta
pequeña visita. ¿Ha venido para robar algo? ¿Está relacionado con alguien de la
plantilla? Ahora me siento como una auténtica espía. Me esfuerzo por escuchar
todo lo que puedo. ¿Quién sabe? Puede que me pidan declarar como testigo en
un juicio en el futuro.
Me agacho aún más. Ahora solo asoman por el borde de la mesa la parte
superior de mi cabeza y mis globos oculares. Unas sombras aparecen al otro lado
de las ventanas de cristal de la oficina en la que estoy. Doy gracias a mi buena
estrella por no haberme molestado en encender la luz cuando entré. El brillo de
la pantalla del ordenador basta para iluminar toda la habitación, sobre todo si las
luces de la oficina al otro lado de la sala están encendidas. Si entran, aunque solo
sea unos pocos pasos en esa oficina, Lucky está perdido: es demasiado grande
para esconderse en algún sitio.
—Vamos —dice el chico—. Está aquí.
Ahora puedo ver las dos figuras claramente. Son jóvenes, pero el chico es
grande. Muy, muy grande. Como un jugador de fútbol americano.
Ya he visto suficiente. Me agacho completamente debajo del escritorio y me
escondo con mucho cuidado y sin hacer ruido. Rezo para que no me oigan
respirar. Casi me da un ataque al corazón cuando se enciende la luz de la oficina.
¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a decir? ¿El grandullón me dará una paliza?
¿Llamará a la policía? ¿Cómo voy a explicar mi presencia aquí? ¿Creerán que
soy parte del equipo de limpieza? ¿Que tengo permiso para estar aquí?
Ya sabía yo que no debería haber venido. Sabía que no era una buena idea.
¿Por qué he hecho esto? Es como un allanamiento de morada. ¿Por qué creía que
no implicaba ningún riesgo? Me bullen en la cabeza un millar de pensamientos
más, y me arden los oídos mientras intento imaginar los diferentes escenarios
posibles que podrían darse en los próximos cinco segundos.
Oigo el ruido de unos pasos en el suelo enmoquetado. Cada vez más cerca…
Aquí viene… El momento de la verdad…
De pronto, se oye un fuerte estrépito en otra oficina.
—¿Qué ha sido eso? —pregunta la chica, casi tan asustada como me siento
yo.
—Espera. Voy a comprobarlo.
—¡No pienso quedarme aquí! ¡No me dejes sola! ¡De eso ni hablar!
Cuando los oigo salir de la oficina, dejo escapar un largo suspiro de alivio.
Lucky ha realizado una maniobra de distracción para salvarme, pero ahora es él
quien está metido en un lío. ¿Qué debería hacer? ¡Somos un equipo! No puedo
abandonarlo, por mucho que quiera.
Saco el teléfono y le envío un mensaje de texto a la primera persona que
pienso que puede salvarme. Dev. No me paro a preguntarme por qué es él quien
me viene a la mente y no la policía, que se suponía que iban a ser nuestros
refuerzos.
Yo: ¡Socorro! ¡Nos han pillado! ¡Alguien está aquí!
Su respuesta llega de inmediato.
Dev: ¿Puedes salir sin que te vean? ¿Van armados?
Yo: ¡No sé!
Dev: Llama al 911. Dales todos los detalles que puedas.
Escóndete. Voy ahora mismo.
Llamo al 911, me pego el teléfono a la oreja y me tapo la boca para
amortiguar mi voz todo lo posible. No oigo nada en la oficina de Lucky y no
tengo ni idea de adónde se ha ido la pareja, pero no pueden estar lejos.
La operadora del departamento de policía responde a mi llamada.
—Nueve, uno, uno, aquí emergencias.
Hablo lo más bajo posible.
—Hola. Soy de la empresa de seguridad Bourbon Street Boys. Estamos en
las oficinas administrativas de Blue Marine haciendo un trabajo nocturno, y ha
entrado alguien, creemos que con malas intenciones. ¿Pueden enviar a alguien?
—Señora, ya hemos recibido una llamada desde su ubicación, y los agentes
están ya en la puerta de atrás. ¿Puede decirnos si los intrusos llevan armas?
Siento una oleada de alivio. Por supuesto, Lucky los ha llamado.
Seguramente es lo que debería haber hecho en primer lugar.
—No estoy segura. Hay dos personas que parecen rondar los veinte años, tal
vez, o que podrían ser incluso adolescentes. Una de ellas no está familiarizada
con esta oficina, pero la otra sí; sin embargo, no trabaja aquí.
—¿Los ha reconocido? ¿Cómo sabe esta información?
—Oí su conversación. No sé para qué han venido, pero el chico dijo algo
sobre mostrarle algo a la chica. Es un hombre muy grande. No he visto ningún
arma, pero eso no significa que no las lleven.
—Gracias. ¿Está en un lugar seguro?
—Sí. Estoy escondida debajo de un escritorio en la oficina de la izquierda, la
más alejada de la puerta de atrás.
De hecho, me siento muy orgullosa de mí misma por haber recordado mi
ubicación y haber podido localizarla con tanta precisión. Me siento como una
especie de agente secreto. Ahora que la policía está fuera, mis temores han
quedado eclipsados por mi participación en este pequeño escenario. La situación
no es ni mucho menos tan horrible como hace dos minutos, a pesar de que la
adrenalina me está haciendo temblar de pies a cabeza. Y, además, estoy sudando.
¡A esto lo llamo yo un miércoles por la noche cargado de emoción!
—Entendido —dice la operadora—. Por favor, no cuelgue.
Tengo la oreja y la mejilla sudorosas en el punto de contacto del teléfono con
mi cara. Huelo mi propio aliento, y no es algo agradable. Pero no pienso
moverme, pase lo que pase. Me quedaré aquí hasta que me entren calambres y se
me duerman las piernas. Solo saldré si aparece Lucky y me dice que todo está
despejado.
—Señora, ¿sigue todavía al teléfono? —pregunta la operadora.
—Sí, sigo aquí.
—Los agentes van a entrar en las instalaciones. Quédese donde está y no se
mueva.
—No se preocupe, no lo haré.
A continuación, oigo un golpe en la puerta y a alguien gritando. He visto
suficientes episodios de Mentes criminales para saber que están anunciando que
van a entrar. Espero que no rompan la puerta. No recuerdo haber oído a los dos
intrusos cerrar la puerta con llave tras ellos.
La puerta trasera se abre de golpe y oigo una voz mucho más clara.
—¡Departamento de Policía de Nueva Orleans! ¡Vamos a entrar en el
edificio! Si están aquí dentro, han entrado de forma ilegal. Por favor, salgan con
las manos en alto. No desenfunden ningún arma.
Oigo el ruido de unos pasos corriendo y luego la chica grita. A continuación,
se oye una voz masculina; creo que es el tipo alto.
—¡Eh! ¡No somos intrusos! Mi padre es el dueño de este lugar.
Pongo los ojos en blanco. Mierda. ¿Cuántas posibilidades hay de que la
noche en que hemos decidido venir a trabajar aquí el hijo de uno de los
propietarios también decida venir a la oficina para meter mano a su novia?
Las luces se encienden e iluminan intensamente el lugar. Aprieto las rodillas
contra el pecho. No creo que Ozzie quiera que estos dos críos nos vean a Lucky
o a mí. En el archivo constan cuatro propietarios de esta empresa, y doy por
sentado que este chico es el hijo de uno de los propietarios que no está al tanto
de nuestra operación. El señor Jorgensen sin duda se habría encargado de vigilar
a su hijo la noche que sabía que vendríamos aquí.
Hay un agente de policía en medio del pasillo hablando con los dos intrusos.
No veo nada, pero, por el sonido de su voz, deduzco que no está en la oficina
donde me encuentro yo. Permanezco alerta de todos modos.
—Date la vuelta y pon las manos detrás de la espalda.
—Ya se lo he dicho, esta es la empresa de mi padre. No he entrado
ilegalmente, así que no puede detenerme.
—Oye, no voy a discutir esto contigo. No sé quién eres, y no tengo por
costumbre creer la palabra de alguien que entra en una empresa privada a la una
de la mañana, así que date la vuelta y pon las manos detrás de la espalda. Ya
aclararemos todo esto cuando te tenga esposado.
—Jerry, haz lo que dice.
—Cállate, Heather. Él no puede decirme qué hacer. Esta empresa es mía.
Escucho un estruendo y un forcejeo, seguidos de una sarta de palabrotas.
—¡Suéltame, joder!
Más gruñidos, seguidos de un ruido metálico.
—Tiene derecho a permanecer en silencio…
Las voces se oyen cada vez más débiles mientras empujan al intruso por el
pasillo. Cuando por fin me atrevo a levantar la cabeza por encima del escritorio,
hay un hombre de pie en el pasillo mirándome. Abro los ojos como platos.
Gracias a Dios, lleva un uniforme de policía, porque de lo contrario, me habría
desmayado de miedo.
Me guiña un ojo, se despide con un gesto y se va hacia la puerta de atrás. Me
vuelvo a hundir en la moqueta, con la sensación de estar a punto de vomitar. La
cabeza me da vueltas y una capa de sudor frío me cubre el cuerpo.
No me puedo creer que acabe de pasar lo que ha pasado. El ruido de las
protestas de la chica y los gruñidos de su novio desaparecen cuando los
delincuentes y los agentes que los custodian abandonan el edificio. Se oyen los
ruidos de una puerta al cerrarse y luego el silencio.
Espero allí mismo, en la oficina, sentada en el suelo y notando el palpitar
acelerado en las sienes. Me asombra que no me haya dado un infarto. Ni siquiera
sabía que mi corazón pudiera ir tan rápido. Extiendo las manos frente a mí y me
maravillo de lo mucho que me tiemblan. Parezco una drogadicta que necesita
urgentemente su dosis.
No tarda en llegar un sonido desde la puerta. Lucky aparece entonces junto a
mi escritorio. Me mira mientras extiende las manos.
—¿Te ayudo a levantarte?
Lo agarro de las manos y las uso para apoyar el peso en los pies. Me sacudo
los pantalones y me incorporo como puedo. Me entretengo un poco más
alisándome el pelo para recomponer mi cola de caballo. Seguramente será inútil,
pero necesito esos segundos adicionales para calmarme. Lo que ha pasado no es
culpa de Lucky, pero siento una enorme tentación de descargar mi ira sobre él de
todos modos.
—Vaya, eso sí que no me lo esperaba.
Me lanza una media sonrisa.
—Ni yo tampoco, desde luego. —No comparto su buen humor al respecto.
Señala hacia mi ordenador.
—¿Has terminado aquí?
Sujeto la silla y le doy la vuelta para sentarme.
—Casi. —El trabajo me tranquilizará y distraerá mis pensamientos de lo que
acaba de suceder. Enciendo el monitor y compruebo que la carga del virus se ha
completado—. Sí. Ya está. Terminado.
Extraigo la memoria USB del ordenador y me aparto de la torre. Una vez de
pie, devuelvo la silla a su sitio.
—¿Y tú? ¿Has terminado?
Me siento muy orgullosa de mí misma. Por dentro, me entran ganas de
arrancar cabezas de muñecas o de transformarme en Hulk delante de este tipo,
pero por fuera estoy feliz como una perdiz. Lucky no adivinaría nunca por mi
expresión tranquila que tengo ganas de descuartizarlo.
—Ahora lo único que nos queda es el propio servidor. ¿Qué tal si lo hacemos
juntos?
Asiento con la cabeza.
—Voy a hacer una llamada rápida y me reúno contigo, ¿de acuerdo?
Lucky asiente y se va. Salgo al pasillo y llamo a Dev. Responde al primer
timbre.
—¿Estás bien? —Oigo el ruido de fondo del tráfico. Me parece que todavía
viene de camino para acudir en mi rescate.
Lanzo un profundo suspiro, aliviada de oír su voz al otro extremo de la línea.
Es como si, por arte de magia, el mal trago que acabo de pasar ya no me
pareciera tan grave.
—Estoy bien. La policía se presentó y se llevó a los chicos. No me puedo
creer que me haya puesto así por dos adolescentes. No hace falta que vengas, de
verdad, estamos bien. Reaccioné de forma exagerada.
—Oye, no digas eso. Tenías todo el derecho del mundo a sentir miedo. Y
manejaste la situación perfectamente.
—¿Perfectamente? No lo creo. Te llamé a ti, cuando estoy segura de que
debería haber llamado a la poli.
—Yo soy tu entrenador, y estoy a cargo de tu seguridad personal. Me alegra
que me hayas llamado. Pero la próxima vez, sí, tal vez sea mejor que llames
primero a la policía.
Los dos nos reímos.
—¿Qué estáis haciendo ahora? —me pregunta.
—Estamos acabando con el servidor. —Miro a la esquina, pero no veo a
Lucky por ninguna parte—. Me parece que tengo que ir a ayudar a Lucky.
—Bueno, pues te dejo. Gracias.
—¿Por qué? ¿Por haberte contagiado mi pánico?
—No —dice, con voz más suave—. Por llamarme cuando tenías miedo.
Lanzo un resoplido burlón.
—¿Miedo? ¿Quién tenía miedo?
Se ríe.
—Esa es mi chica.
Cuelgo sintiéndome como si tuviera el cerebro lleno de helio. Podría flotar,
de lo colocada que estoy con el cóctel de adrenalina post ataque de pánico,
hormonas del enamoramiento y la sensación de que, cuando las cosas se han
puesto feas de verdad, lo he hecho casi todo bien. No me he dejado dominar del
todo por el pánico y he salido ilesa. Yo soy el tejón de la miel, así que cuidadito
conmigo: tonterías, las justas.
Capítulo 25
Cuando voy de camino para reunirme con Lucky, me llevo el teléfono, en
cuya pantalla aún flota un mensaje de texto sin respuesta para mi hermana, y le
envío a May otro mensaje diciéndole que todo era una falsa alarma y que ignore
el primer mensaje. Mentira.
Entro en un amplio almacén que alberga todo el material de oficina y el
servidor de la central administrativa de Blue Marine. Lucky está allí y acaba de
conectar su ordenador portátil al sistema principal.
—¿Lista? —me pregunta.
Asiento con la cabeza.
—Sí.
Se pone manos a la obra, siguiendo las instrucciones que le di antes de llegar.
Miro por encima de su hombro para asegurarme de que no se salta ningún paso,
corrigiéndolo y señalando cosas cuando comete errores menores.
—Me alegro mucho de que estés aquí conmigo —dice mientras espera a que
se acabe de ejecutar un comando.
No sé qué decir a eso. ¿Se alegra de que estuviera aquí cuando llegaron los
intrusos? ¿Se alegra de que mi vida haya corrido peligro? ¿Está loco?
—Cuando pasan cosas como esas, solo hay que dejarse guiar por el instinto.
Obviamente, piensas rápido y actúas con agilidad sobre el terreno.
Intento no tomarme su cumplido muy en serio, pero es difícil. ¿A quién no le
gusta que le digan esa clase de cosas?
—Bueno, envié un mensaje de texto a mi hermana y llamé a Dev antes de
recurrir a emergencias, así que creo que sí me dejé llevar por los nervios.
Me mira un momento.
—¿De verdad? Eso es genial. Eres mejor incluso de lo que creía.
Me niego a sonreír, a pesar de que, definitivamente, esta vez me tomo su
cumplido en serio. No me parece nada del otro mundo haber hecho un par de
llamadas. Cualquiera habría hecho lo mismo.
—¿Por qué? No lo entiendo.
—No te quedaste paralizada. No te dejaste dominar por el pánico.
Simplemente viste la situación y la manejaste. Hiciste justo lo correcto.
—Me sentí totalmente fuera de mi elemento, y creí que estaba haciéndolo
todo mal.
Deja de trabajar para concentrarse en mí.
—No, para nada. Sé que no has recibido ningún entrenamiento en esta clase
de situaciones ni en tareas de seguridad de ningún tipo, pero creo que te pareces
mucho a tu hermana. Creo que tienes un don natural.
—No entiendo por qué crees que mi hermana tiene un don natural. Quiero
decir, es una fotógrafa estupenda, eso nadie lo discute, pero no es ninguna
campeona de lucha libre, que digamos.
Señala la pantalla del ordenador.
—¿Ya está todo?
Tecleo un nuevo comando y luego asiento cuando termina de ejecutarse,
cinco segundos después.
—Sí. Hemos terminado.
Lucky apaga y cierra su ordenador portátil. Cuando lo desconecta del
servidor y lo guarda en la bolsa, me responde.
—Ser campeona de lucha libre es útil de vez en cuando, pero lo que
necesitamos en nuestro equipo, lo que consideramos un activo, es una persona
capaz de pensar rápidamente, que tenga reflejos y una mente aguda. Una persona
observadora, que sepa evaluar una situación y tomar sobre la marcha la decisión
correcta sobre cómo enfrentarse a ella. Tu hermana, desde el momento en que
cruzó nuestra puerta, demostró ser capaz de eso. Lo cierto es que eso no se
puede entrenar ni enseñar. O eres ese tipo de persona o no lo eres. —Me mira
con una expresión muy seria—. Podemos trabajar a partir de cierta base y
mejorarla, pero si no tienes la base para empezar, no se puede hacer mucho. Tu
hermana nació con esa base, y ahora sé que tú también.
Se encoge de hombros mientras se pasa la correa de la bolsa del ordenador
por encima del hombro.
—Lucky, no pretendo ser grosera, pero tengo que decírtelo… Casi me muero
de miedo cuando entró esa gente. No estoy tan segura de tener esa base para
actuar y reaccionar por instinto de la que hablas…
—¿Y qué? Yo también tenía miedo. Es una reacción totalmente natural. Si
hubieras reaccionado de otra manera, estaría muy preocupado.
—¿Me estás diciendo que cada vez que os enfrentáis a un conflicto, vosotros
sentís miedo?
Lucky apoya una pesada mano sobre mi hombro y me mira.
—Nunca subestimes el poder del miedo, Jenny. El miedo es lo que te
mantiene vivo. Y si eres especial, el miedo te ayuda a concentrarte. El miedo
ayuda a concentrarse en la solución que hay que ejecutar de inmediato. May
posee ese instinto. Y creo que tú también. Pero vamos a dejar que Dev y Ozzie
decidan si tengo razón.
Me suelta y se dirige a la salida de la sala del servidor.
Me apresuro a correr tras él. La simple mención de ese nombre hace que me
sienta más tranquila.
—¿Por qué lo decide Dev?
—Porque es nuestro entrenador, pero no solo en el aspecto físico. También
incluye el entrenamiento mental. Por regla general, Dev es capaz de adivinar
desde el principio si alguien posee la fortaleza mental para soportar todos los
entrenamientos.
Ahora tengo un montón de preguntas, pero me temo que con cada una de
ellas parecerá que estoy buscando que me responda con un cumplido, así que, en
lugar de seguir interrogando, me limito a reflexionar sobre lo que acaba de
decirme. Recogemos todas nuestras cosas de la primera sala en la que
empezamos a trabajar, apagamos las luces y nos dirigimos juntos al pasillo.
—¿Crees que es seguro salir? —pregunto.
—Haré una comprobación doble antes de abrir la puerta.
Lucky saca el teléfono y envía un mensaje de texto. Al cabo de unos
segundos recibe una respuesta y asiente.
—Estamos listos para irnos. Sígueme y quédate detrás de mí.
Lanzo un fuerte suspiro. Él se para.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—¿Por qué me dices que me quede detrás de ti si todo está en orden?
Me sonríe.
—Solo estaba poniendo a prueba tus reflejos.
Lo fulmino con la mirada.
—Tienes mucha suerte de que no crea en la violencia física ahora mismo.
Echa la cabeza hacia atrás y se ríe.
—Por eso me llaman Lucky, porque tengo mucha suerte.
Salimos juntos bajo el cielo nocturno y aparecemos en un aparcamiento
vacío. Después de cerrar la puerta a nuestra espalda, Lucky se dirige a su
vehículo. Espero a que abra las puertas y me subo.
—¿Crees que la pareja se habrá planteado qué estaba haciendo este coche
aquí? —pregunto.
—Lo dudo. La gente deja el coche en esta zona industrial a todas horas por
diferentes motivos. Y aunque se lo hubieran preguntado, ¿qué? En estos
momentos tienen problemas más graves en los que concentrarse.
—¿Crees que los van a acusar de allanamiento de morada?
—Lo dudo. Pero van a tener que dar algunas explicaciones, eso sí. Informaré
al señor Jorgensen de lo que pasó dentro, y así podrá abordar el asunto como le
parezca. No creo que esos chicos vayan a preocuparse por la presencia en el
parking de un coche cualquiera cuando tengan que explicarles a sus padres lo
que estaban haciendo en el interior de las oficinas en plena noche.
Realizamos la mayor parte del trayecto de vuelta a la nave industrial en
silencio. Estoy absorta en mis pensamientos sobre lo que hemos hecho esta
noche y sobre el trabajo que tenemos por delante. Cuando estamos llegando al
parque industrial que hay cerca del puerto, Lucky rompe el silencio.
—¿Estás disponible mañana para empezar a trabajar en esto? ¿O vas a
necesitar un día para revisar lo que has encontrado?
—Creo que voy a necesitar un día para hacer eso, sí. —Y para recuperarme.
Ya me imagino intentando trabajar después de dormir solo cuatro horas—.
¿Podemos empezar el viernes?
Necesito ir a buscar las cosas de mi antiguo trabajo, además de mi último
cheque. Será mejor que hayan incluido también la indemnización, o van a rodar
cabezas. Estaré lista para empezar de nuevo con los Bourbon Street Boys el
viernes. Es emocionante saber que me espera un nuevo trabajo, y es la clase de
lugar que me permite la flexibilidad de trabajar con mi propio horario. Ya no
tengo que sentir envidia de May.
—El viernes es perfecto —dice Lucky—. Mañana tengo que llevar a Sunny
al veterinario. No está muy bien últimamente.
Me muerdo el labio, preguntándome si debería ahondar más en ese tema,
pero después de lo que hemos compartido esta noche, decido que puedo hacerlo.
—¿Puedo hacerte una pregunta sobre tu pez?
Nunca he visto a un adulto que tenga un pez de colores como mascota, y
mucho menos un adulto tan apegado a su pez de colores como para llevarlo a un
médico. Es demasiado cursi como para no preguntar.
—Por supuesto.
—¿Qué hace un hombre adulto como tú con un pez de colores que le
preocupa tanto como para llevarlo al veterinario?
Lucky detiene el vehículo en la puerta de la nave industrial y deja la palanca
de cambios en posición para aparcar. Apaga el motor y deja escapar un profundo
suspiro. Luego se queda mirando el volante.
Vaya, creo que he vuelto a pasarme de la raya con mi indiscreción, pero para
ser justos, primero le pedí permiso. Tenía que saber que le iba a preguntar algo
así. Ya deben de haberle planteado la cuestión antes. Vamos a ver, no puedo ser
la única persona en el mundo que piensa que estar tan pendiente de un pez de
colores es un poco raro.
—Sunny era de mi hermana pequeña.
No dice nada más después de eso, así que, naturalmente, me veo obligada a
sonsacarle más información. Llegados a este punto, sería de mala educación no
interesarse.
—¿Y no se ocupaba de él? —Ya me lo imagino como el típico hermano
mayor vengativo, decidido a darle una lección a su hermana. «¡Si no puedes
cuidar de tu pez, lo haré yo!».
Lucky niega con la cabeza. Lo tomo como una simple negativa, pero luego
amplía su respuesta.
—No es que no quisiera cuidarlo; es que no podía.
Obviamente, aquí hay una historia, y estoy casi segura de que no debería
seguir indagando, pero luego siento que sería muy insensible por mi parte
dejarlo ahí. Trato de decidir cómo continuar.
—¿Cuántos años tiene tu hermana? —Es la pregunta más segura que se me
ocurre.
—Cuando cuidaba de Sunny, tenía quince años.
La siguiente pregunta obvia queda suspendida en el aire entre nosotros. Ha
utilizado el pretérito imperfecto. ¿Qué se supone que debo hacer con eso?
¿Seguir adelante? ¿Cambiar de tema? ¿Por qué le habré preguntado nada, para
empezar? Debería haber mantenido la maldita boca cerrada. ¿Cuándo aprenderé
a dejar de meterme en los asuntos de los demás?
Como pienso que la sinceridad es siempre la mejor política, decido acabar
con esta farsa y atacarla de frente.
—Lucky, ¿se encuentra bien tu hermana? Tengo la impresión de que ahora
mismo estás muy triste, y siento si he sacado a relucir un tema que te apena.
Niega con la cabeza. Cuando habla, lo hace con una voz áspera.
—No pasa nada. La gente no me pregunta por ella porque tiene miedo de
disgustarme, o de que les cuente una historia trágica, pero eso es casi peor,
¿sabes?
Se vuelve para mirarme y las luces del exterior de la nave industrial iluminan
sus ojos, que brillan con lágrimas contenidas. Asiento con la cabeza.
—Lo entiendo. Cuando alguien ya no está, a veces lo único que puede hacer
que te sientas mejor es hablar de esa persona.
Tuve una amiga en la universidad que perdió a su hermana. Lo único que la
hacía sonreír era contarme historias sobre las cosas que hacían cuando eran
niñas.
Él asiente, mordiéndose el interior de la mejilla.
Extiendo la mano y la pongo encima de la suya.
—¿Tu hermana falleció?
Asiente con la cabeza.
—¿Y ocurrió hace poco?
Niega con la cabeza.
—Murió hace dieciocho meses.
—¿Qué edad tenía?
—Dieciséis años.
Se me encoge el corazón y siento un dolor indescriptible. Quiero llorar con
él, pero creo que en estos momentos necesita una persona serena a su lado. Y
puedo ser esa persona cuando tengo que serlo.
—¿Qué pasó? ¿Estaba enferma?
—No. No estaba enferma. No exactamente. Estaba triste. Deprimida.
Le aprieto la mano y trago saliva varias veces, tratando de no derrumbarme.
Ya he preguntado todo lo que podía preguntar. Ir más allá, profundizar en los
detalles de lo sucedido, no tendría nada de positivo.
—Debíais de estar muy unidos, a pesar de la diferencia de edad.
Habla con una voz desprovista de cualquier emoción.
—Yo creía que estábamos unidos, pero resulta que no lo estábamos lo
suficiente.
Le aprieto la mano con más fuerza y me inclino hacia él, forzándolo a
mirarme.
—Lucky, si estás sugiriendo siquiera que tú tienes algo de culpa de lo que
sucedió, no lo hagas.
—No creo que ella me culpara de nada. Pero yo sí me culpo. Si hubiera
prestado más atención…
Niego con la cabeza.
—No. A veces estas cosas son batallas que se libran por completo en el
interior de uno mismo. Nadie lo ve. Pasa constantemente. La mayoría de las
personas deprimidas también sienten mucho afecto por los demás. No quieren
que otros sufran con ellas. Se sienten muy aisladas, pero no porque no haya otras
personas que traten de estar con ellas o porque no intenten comprenderlas.
Simplemente, no pueden conectar con los demás. Hay una gran sensación de
desconexión con el mundo cuando estás deprimido, y muchas veces se necesita
la ayuda de un profesional para reconocerlo. —Suspiro con frustración,
deseando que lo entienda, pero consciente de que no va a creer mi palabra—. No
puedes culparte a ti mismo. Ese tipo de tortura no tiene fin. Destrozará el resto
de tu vida, y te lo aseguro, tu hermana no querría eso para ti.
Lucky aparta su mano de la mía y saca las llaves del contacto. Creo que va a
salir del coche sin decir nada más, pero entonces deja de mirar por la ventanilla y
se vuelve para mirarme.
—Gracias.
—¿Gracias por qué? ¿Por husmear en tu vida privada? ¿Por darte una charla
sobre algo que te hace sentirte la persona más triste del mundo? Se me ocurren
formas mucho mejores de pasar el rato. Siento haber sido demasiado curiosa. Es
un problema que tengo.
Niega con la cabeza e intenta sonreír.
—No, no es eso lo que has hecho. Eres una buena persona. Te has dado
cuenta de que me ocurría algo y te has interesado por mí. Me alegra que lo hayas
hecho. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que hablé de ella.
—¿Y eso? Siento curiosidad. No tienes que responderme si no quieres.
—Como te he dicho… a la gente le cuesta. Ozzie y los demás saben lo que
sucedió. Estaban aquí. Fueron ellos los que recogieron los pedazos cuando me
derrumbé. Creo que les preocupa que, si hablo de lo ocurrido, vuelva a
desmoronarme. He estado bastante mal durante mucho tiempo.
—Pues a mí me parece que estás muy bien. Tal vez demasiado. —Me río.
Su sonrisa es triste.
—Mi hermana siempre decía que era demasiado guapo. Me decía que
debería dejarme una barba bien larga para afearme un poco.
Recoge sus cosas y abre la puerta.
Lo interpreto como una señal de que la conversación ha terminado y salgo yo
también. Me alivia saber que Lucky siente que puede hablar conmigo, pero
también estoy un poco aturdida por el hecho de haber mantenido una
conversación tan profunda e intensa. Y yo que creía que íbamos a trabajar juntos
en una misión y eso sería todo. Y que un allanamiento de morada en mitad de
nuestra operación era el suceso más estresante al que iba a tener que
enfrentarme.
Es increíble cuántas cosas me han pasado en tan poco tiempo. Hace solo
unos días llevaba una vida normal, sin novedades ni contratiempos. Ahora voy a
salir a cenar con un hombre guapísimo y calvo, de más de dos metros de
estatura, que puede querer o no que seamos simplemente amigos; tengo un
nuevo trabajo como freelance; me escondo debajo de escritorios para llamar al
911, y doy consejos a un hombre sobre lo que deduzco que es el suicidio de su
hermana menor. Nunca había vivido una semana tan extraña e interesante.
Capítulo 26
Despertarme a las seis y media y preparar a los niños para ir la escuela es aún
más difícil de lo que creía que sería. Estoy agotada por lo que ocurrió ayer
noche, y cuatro horas de sueño no han sido suficientes para recuperarme. Pero, al
mismo tiempo, me siento muy satisfecha: puedo afirmar, con absoluta seguridad,
que en todos los años que llevo trabajando, nunca había tenido un turno de noche
como el de ayer con Lucky.
Tenía la esperanza de poder hablar de todos los pormenores con May durante
el desayuno, junto con las otras cosas que me rondaban la cabeza, pero la
llamaron poco después de despertarse.
Antes de salir por la puerta despidiéndose con un abrazo y un beso en la
mejilla, nos prometimos que nos reservaríamos un rato para hablar las dos esta
noche.
El tiempo que habría estado chismorreando con mi hermana, lo empleo en
una llamada rápida a una vieja amiga de la universidad. Tengo la sensación de
que voy a necesitar su asesoramiento legal para mi reunión de hoy con mi
antiguo jefe, y por suerte ella podrá decirme exactamente lo que quiero oír en
menos de diez minutos. Hoy no va a ser una mierda del todo. Espero.
Después de dejar a las chicas en la escuela y a Sammy en la guardería —me
he negado a tragarme la excusa del dolor de estómago otra vez—, voy a mi
trabajo anterior para recoger mi último cheque y las cosas que dejé en el
escritorio. Si no fuera por mi nuevo empleo temporal con los Bourbon Street
Boys, estoy segura de que este viaje sería una de las experiencias más
humillantes de mi vida, pero en vez de eso, atravieso la puerta principal con la
cabeza bien alta. Solo he estado un día sin trabajo, y ni siquiera me ha hecho
falta ponerme a buscar.
¿Y qué pasa si, técnicamente, ha sido mi hermana la que me ha conseguido el
puesto? Anoche utilicé mis habilidades para impresionar a un hombre que me
consta que es muy inteligente, capaz de defenderse detrás de un teclado, y eso no
es poca cosa.
Ahora veo lo que quiso decir mi hermana cuando hablaba de formar parte de
un equipo que parece casi como una familia: los Bourbon Street Boys son algo
especial. Sin embargo, no debería precipitarme. No es que me hayan ofrecido un
trabajo permanente; y aunque lo hicieran, no sé si lo aceptaría. Todavía está lo
del riesgo: a pesar de que todos intentaron convencerme de que no iba a
enfrentarme a ninguna situación peligrosa, lo cierto es que acabé viviéndola de
todos modos. Creo que tuvimos mucha suerte de que los intrusos solo fueran
unos críos. Podrían haber sido auténticos criminales armados.
—¡Hola! Cuánto tiempo… —Es Eddie, el chico que me dio el programa del
virus, y una de mis personas favoritas en este sitio. Deslizo mi tarjeta
identificativa a través de la máquina y luego espero hasta que se enciende una
luz roja y el tipo de la entrada me mira.
—Solo he venido a buscar mis cosas —le digo. Asiente y me reconoce como
la mujer que le traía café y dónuts a menudo.
—Adelante, pase. Ya me avisaron de que vendría.
Me acerco a mi antiguo compañero de trabajo.
—Hola, Eddie. ¿Qué tal?
Se inclina y me murmura al oído mientras pasamos por unas puertas de
cristal en dirección al despacho de mi antiguo supervisor, en el otro extremo de
los cubículos.
—¿Te has enterado de lo último?
—No. Ya no trabajo aquí, ¿recuerdas?
Me muevo entre los escritorios, saludando a la gente a mi paso. No tengo
ganas de entretenerme y pararme a charlar. Estar aquí ya es bastante
embarazoso; no necesito prolongar la experiencia.
—Bueno, al parecer, nos van a inyectar nueva financiación. Y va a haber
nuevos inversores que van a examinar con lupa todas nuestras operaciones. Se
supone que todos debemos tener una conducta irreprochable.
Lanza un resoplido burlón después de decir eso.
Sé exactamente lo que significa ese sonido. Eddie está a punto de liarla. En
general, es difícil que este chico muestre una conducta irreprochable, pero
cuando, encima, le advierten que tiene que cumplir con su deber, es tarea
imposible. Esa es la forma más segura de que arme una buena. Es peor que mi
hijo. Supongo que la dirección lo enviará de vacaciones justo antes de que
aparezcan los inversores.
Trato de no exteriorizar la ira que siento por la noticia.
—Tiene gracia que digas eso, porque me aseguraron que eran tiempos
difíciles y que iban a tener que echar a gente por la terrible situación financiera.
Eddie se aparta un poco de mí.
—Oye, solo te estoy contando los rumores que he oído por ahí, pero creo que
es verdad; han bloqueado algunas fechas del calendario del grupo y no dicen en
qué vamos a trabajar durante ese tiempo ni quién va a liderar el proyecto ni nada.
Solo insistieron en que nos portásemos bien. Tuvimos que tirar todos nuestros
muñequitos de goma, ¿a ti te parece normal? ¿Cómo se supone que voy a
programar sin Lionel?
Eddie tiene un hombrecillo de goma que aprieta cuando está estresado,
haciendo que se le salgan los globos oculares una y otra vez. Lo ayuda a
concentrarse.
—Deberías pedir que hagan una excepción con Lionel.
—¿Verdad que sí? Quiero decir, ¿cuál es el problema? ¿Quién va a venir aquí
a escandalizarse porque Lionel esté sentado a mi lado?
Ahora mismo me están pasando muchas cosas por la cabeza, y ninguna de
ellas es buena. ¿Se deshicieron de mí porque iba a causar una mala impresión
para la compañía, como un muñequito antiestrés llamado Lionel? ¿Estaban
alardeando ante los inversores de que podían deshacerse de los empleados
menos rentables? ¿Hice algo mal?
La parte más sabia de mi personalidad me aconseja que busque la caja con
mis cosas, recoja mi último cheque y me largue de aquí, pero la otra parte —tal
vez la más imprudente—, quiere saber qué demonios ha pasado. He trabajado
muchas horas para esta gente y me he sacrificado mucho. ¿Por qué no han
valorado mi esfuerzo? Parecían valorarlo perfectamente en su momento.
Siempre me decían que era una empleada excelente. Mis informes de
rendimiento eran impecables.
—¿Vienes por tus cosas? —pregunta Eddie.
—Sí. Y para recoger mi cheque.
—Hay una caja con tus cosas en el escritorio. Todavía no te han sustituido.
Pongo los ojos en blanco.
—Qué sorpresa.
—No quiero que el jefe me pille holgazaneando, así que te dejo. Buena
suerte. Dime si necesitas algo más. —Eddie me da unas palmaditas en la
espalda.
Me paro para darle un pequeño abrazo, y creo que eso lo sorprende.
—No te metas en muchos líos, Eddie. Me caes bien. Eres de los buenos.
Cuando lo libero, se aparta y me mira con expresión de sorpresa.
—¿Eso crees?
—Sí, por supuesto. —Sonrío al ver su cara de incredulidad—. ¿Crees que te
tomaría el pelo con algo así?
Se encoge de hombros.
—Tal vez no. Pero tengo que decirte que no hay muchas personas que estén
de acuerdo con esa percepción que tienes de mí.
—Pues mándalos a la mierda. ¿Qué sabrán ellos? —Le guiño un ojo.
Me señala mientras camina de espaldas hacia su cubículo.
—Llámame si me necesitas, Jenny. En cualquier momento, de día o de
noche. Tienes mi número.
Se lleva los dedos a la oreja y la boca, articulando la palabra «Llámame»
mientras asiente exageradamente con la cabeza.
Me doy media vuelta, sacudiendo la cabeza ante sus payasadas. Dudo mucho
que acepte su oferta, pero es bueno saber que un chico con esa mente
privilegiada está de mi parte. Una persona nunca tiene suficientes amigos
inteligentes, en mi opinión.
He llegado al despacho de Frank, un espacio acristalado que mira hacia el
laberinto de cubículos donde yo trabajaba junto con las demás abejas obreras.
Está al teléfono, pero cuando me ve acercarme se agacha, habla rápido y luego
cuelga, tratando de fingir que estaba sentado allí sin hacer nada.
Lo miro entrecerrando los ojos. Está tramando algo, y aunque no debería
importarme porque ya no trabajo aquí, sospecho que tiene algo que ver conmigo.
Pongo en marcha la operación Mucho Cuidado Conmigo.
—Hola, Frank.
Se pone de pie.
—¡Jenny! ¡Cuánto me alegro de verte! —Su voz es dulce como la sacarina.
Puaj.
Conozco lo suficiente a Frank como para saber cuándo está ocultando algo.
No te pasas seis años trabajando a tiempo más que completo con alguien,
muchas veces atrapados en reuniones maratonianas que duran horas y horas, sin
llegar a dominar su lenguaje corporal. Le preocupa algo; lo sé por la forma en
que se retuerce las manos antes de extender una de ellas para estrechar la mía. Y
cuando entro en contacto con la palma, sé con absoluta certeza que trama algo
turbio: tiene las palmas sudorosas. Puaj.
—Solo he venido a recoger mis cosas y mi último cheque.
Hablo en tono ligero y desenfadado para que no vea venir mi ataque
sorpresa. Me alegro mucho de haberme encontrado con Eddie antes de llegar;
ahora tengo munición, y planeo usarla. Frank me mintió descaradamente para
deshacerse de mí. Pensó que estaría tan enfadada y tan asustada por haberme
quedado sin empleo que saldría corriendo a buscar otro trabajo y no cuestionaría
nada de lo que me había dicho. Odio cuando las personas que ocupan posiciones
de poder se aprovechan de los que son más débiles que ellos. Creo que por eso
me gusta tanto leer cómics de superhéroes con Sammy: los buenos siempre
ganan y, encima, pueden lucir una capa.
Por desgracia para Frank, sé cómo funciona el mundo del capitalismo de
riesgo. No soy uno de estos mocosos que pululan por la oficina, viviendo a base
de fideos ramen y preguntándome cuándo voy a tener una noche de sexo con
alguien. Tengo cierta experiencia, así que sé que cuando llegan nuevos
inversores, una empresa hace todo lo posible para que su balance se vea nítido y
limpio. La dirección se deshace de cualquier cosa que los hombres de los
maletines consideren un lastre, y se supone que los empleados mayores que les
cuestan más en términos de salario y que tienen hijos que se ponen enfermos de
vez en cuando lo son.
Probablemente para Frank fue una decisión fácil deshacerse de mí y
reemplazarme con una o dos niñatas recién salidas de la universidad. Pero él
tampoco va a permanecer aquí mucho tiempo; es como todos los demás, listo
para usar y tirar, para obtener su parte del pastel y largarse muy lejos. Ya casi
nadie se preocupa por el largo plazo. Lo único que les importa es el dinero, el
dinero y el dinero. Cabrones.
Frank abre el cajón de su escritorio.
—Aquí tienes, tal como quedamos. Dos meses de indemnización.
Me tiende un sobre blanco.
Niego con la cabeza, sin apartar la vista de él.
—Lo siento, Frank. Pero eso no me va a servir.
Detiene la mano en el aire y el sobre se le cae de los dedos. Ladea la cabeza,
haciéndose el tonto.
—Disculpa, pero… Esto ya lo hablamos por teléfono, ¿verdad? —Arroja el
sobre encima del escritorio y aterriza delante de mí—. Como te dije, no podemos
conservar tu puesto en este momento. Tenemos problemas de viabilidad con la
empresa y necesitamos simplificar las operaciones. No es nada personal, espero
que lo sepas.
No muevo ni un músculo, solo pestañeo.
—Pues yo he oído lo contrario.
Abre aún más los ojos.
—¿Qué es lo que has oído?
—He oído que os va a entrar dinero nuevo.
Espero su reacción, y no me decepciona. Su boca se abre y se cierra un par
de veces y frunce el ceño, entrecerrando los ojos hasta convertirlos en dos
pequeñas rendijas. No podría parecer más culpable aunque lo intentara.
—No sé dónde habrás oído eso, pero es falso. —Extiende las manos con las
palmas hacia arriba—. Estamos igual que antes aquí. Nada ha cambiado. Lo
único que estamos haciendo, como te dije, es simplificar un poco las cosas.
Recortando el exceso de grasa, por así decirlo.
«Vaya, ahora sí que acabas de estropearlo, pedazo de idiota, llamándome
gorda».
—Te creo, Frank. Como ambos sabemos, cada vez que una empresa de
software como esta, por ejemplo, quiere atraer dinero de nuevos inversores, eso
es lo primero que hace. Recortar el exceso de grasa. Esa es la primera etapa. La
siguiente es darles un pequeño tour a los hombres de los maletines. Agasajarlos.
Puede que incluso seas tan vulgar como para llevarlos a un club de striptease.
Pero ese no es mi problema, en realidad. Porque aquí el único que tiene un
problema eres tú.
Una nube de tormenta ensombrece la expresión de Frank.
—¿Qué es lo que estás diciendo exactamente?
—Ya sabes a qué me refiero. No serás tan ingenuo, supongo.
—Explícamelo. —Ya no se hace el tonto. Ahora me está desafiando para que
continúe, pero debe de haberme confundido con una boba sin cerebro si pensaba
que no iba a aceptar ese desafío.
—Verás, hay otra parte de este proceso que conozco perfectamente, ya que
he formado parte de él antes, y estoy segura de que tú también la conoces muy
bien, lo que explicaría por qué intentas hacerte el tonto conmigo en este
momento.
Trata de interrumpirme, pero yo prosigo.
—Cuando los nuevos inversores lleven a cabo las gestiones necesarias antes
de aportar capital, te preguntarán si alguien ha interpuesto alguna demanda
judicial contra la empresa. Y también te preguntarán si hay alguna amenaza de
demanda.
Dejo pasar unos segundos para que asimile esa información. Frank me
obsequia una sonrisa maliciosa.
—Si ese fuera el caso, y no digo que lo sea, no supondría ningún problema
para nosotros, porque, como todo el mundo sabe, nuestro balance general está
limpio. No tenemos ninguna demanda judicial en marcha ni ninguna amenaza de
demanda. Todas nuestras patentes están actualizadas y no hemos usado la
propiedad intelectual de nadie en nuestro trabajo. Tú precisamente deberías
saberlo, ya que dirigiste nuestro comité de integridad en materia de propiedad
intelectual.
Nunca me gustó ese título estúpido. ¿«Integridad en materia de propiedad
intelectual»? ¿Y eso que significa? Frank habla como si esta empresa estuviera
generando ideas nuevas continuamente, pero no sabría distinguir una idea nueva
de una vieja ni aunque le aporrearan en la cabeza con ella. Es hora de que
alguien le dé un pequeño toque de atención, y no sabe con quién se enfrenta: soy
alguien que acaba de frustrar un intento de allanamiento de morada a
medianoche sin orinarse encima. Anoche, fui una superespía. Hoy, soy un ángel
vengador, y voy a asegurarme de conseguir yo también un buen pedazo de todo
este pastel.
Capítulo 27
—Te olvidas de un pequeño detalle, Frank —digo, con las fosas nasales
dilatándose mientras trato de contener mi ira.
No quería llegar a este extremo con él, pero no me gusta cómo ha manejado
el asunto, y me gusta menos aún que me esté hablando como si fuera estúpida. Y
lo que de verdad no me gusta nada de nada, pero nada, es que me haya dejado
con el culo al aire, después de prometerme un ascenso hace menos de un mes.
Este se piensa que nací ayer…
—¿Te acuerdas del ascenso que me prometiste? ¿Recuerdas que me pediste
que trabajara todas esas horas extra, y me dijiste que al final me recompensarías
con ese ascenso? ¿El día que me dijiste que tenía madera de directiva?
Me dedica una sonrisa compasiva.
—Jenny, ahora todo eso es agua pasada. Se acabó. Tienes que olvidarlo.
—No te atrevas a mirarme con esa expresión engreída y actuar como si
sintieras pena por mí. Por el único por el que deberías sentir lástima en estos
momentos es por ti, porque me has subestimado. Te aprovechaste de mí como te
aprovechas de todos tus empleados, y creíste que seguirías saliéndote con la
tuya. Tal vez lo hayas conseguido durante mucho tiempo, pero eso se acabó. No
pienso tolerarlo. Todo el mundo sabe que yo he sido la escogida porque tengo
hijos y porque soy una madre sola. No hay otra razón. Tengo los mejores
informes de rendimiento de toda la planta.
—¿Quién te ha dicho eso?
No puedo evitar subir el volumen de mi voz. No quería pensar que intentaría
acusarme de ser una inútil y una persona que merecía perder su trabajo, pero
sospecho que eso es lo que está a punto de suceder, y me hierve la sangre solo de
imaginarlo.
—¡No ha tenido que decírmelo nadie! Todos lo saben. Es obvio. Y puede que
mi contrato de trabajo te permita despedirme sin motivos específicos, pero eso
no significa que puedas despedirme solo porque tengo hijos. Hay leyes que
tienes que cumplir en este estado. ¿Y sabes qué? Tal vez lo que hiciste roza la
legalidad, pero también roza la ilegalidad. Definitivamente no está bien, lo sé.
Esta no es forma de tratar a las personas.
Respiro profundamente y suelto el aire antes de continuar.
—Déjame decirte lo que va a pasar a partir de ahora.
Me siento en la silla frente a su escritorio y hago una seña para que él haga lo
mismo. En ese momento, cuando veo el destello de sorpresa en sus ojos, me doy
cuenta de que sé defenderme. La aventura de anoche lo demostró. Puede que
esta víbora intente aprovecharse de mí, pero yo me la comeré viva. Yo soy la
reina de las víboras en este despacho, no él.
Se queda de pie unos segundos, como si quisiera retarme, pero cuando se da
cuenta de que eso hace que parezca un niño enfadado, se sienta y apoya las
manos en los brazos de la silla.
—Adelante. Di lo que tengas que decir, pero no va a cambiar nada.
—Esto es lo que va a pasar, Frank. Vas a sacar el cheque que hay dentro de
ese sobre y vas a romperlo en pedacitos. Luego llamarás a contabilidad y pedirás
que me extiendan un cheque nuevo por el doble de la cantidad que tenías en ese
primer cheque. —Esbozo una pequeña sonrisa—. Creo que eso es justo. Seis
meses serían incluso más justos, teniendo en cuenta que a ese pedazo de gandul
de Nick le disteis un cheque por valor de nueve meses cuando se fue, a pesar de
que no era ni la mitad de bueno que yo, y a pesar de no trabajó tantas horas para
ti como yo. Sin embargo, ya sabemos que aquí el techo de cristal está del todo
intacto, y no tengo energías para librar esa batalla, así que voy a seguir adelante
y dejar que te deshagas de mí y de mi bocaza por el fabuloso precio de cuatro
meses de indemnización.
Parece a punto de hablar, pero lo hago callar levantando un dedo.
—Ahora bien, si quieres seguir insistiendo en tu oferta de dos meses,
adelante. Estás en tu derecho, por supuesto, pero entonces me obligarás a hacer
algo que no quiero hacer y veremos qué pasa después.
Se encoge de hombros.
—De todo lo que me has dicho, no hay nada que me diga que deba hacer otra
cosa con este cheque que no sea dártelo y desearte buena suerte con tu futuro. —
Se ríe—. Pero ¿sabes qué te digo? Ni siquiera se te ocurra pedirme referencias.
—Se inclina hacia delante y clava un dedo en su escritorio, bajando la voz hasta
casi convertirla en un gruñido—. ¿Crees que puedes venir aquí y amenazarme, y
luego conseguir buenas referencias? —Sacude la cabeza con gesto de
incredulidad mientras se recuesta en la silla con un chirrido—. No me importa
cuántos años trabajaste aquí, y no me importa lo buena que fueras en tu trabajo.
Eso se acabó. Si de mí dependiera, no encontrarías empleo en esta ciudad nunca
más.
Le sonrío con suma paciencia. Como es un hombre que nunca ha tenido que
lidiar con un techo de cristal, y como está acostumbrado a arrollar a la gente y
salirse con la suya, no entiende lo que está sucediendo en este momento, así que
voy a deletreárselo muy despacio y con todo detalle para que lo entienda.
—Frank, escucha atentamente. Ya me he cansado de jugar, así que vas a
tener que prestar atención. Hay unos inversores que supongo que están
dispuestos a darte varios millones de dólares porque les has dicho que tienes un
programa informático revolucionario que va a cambiar el mundo. Tú y yo
sabemos que no va a hacer eso, y que es muy probable que los abogados de
Vedas Incorporated se te echen encima, porque podrían argumentar que estás
usando fragmentos de su código patentado para que el tuyo funcione
correctamente. ¿Recuerdas? Yo estaba a cargo de la integridad en materia de
propiedad intelectual. —Pronuncio esas palabras con extremo disgusto—. Te
advertí, por escrito, de los problemas que ibas a tener con ese código, pero
decidiste no hacerme caso. Sin embargo, ese ya no es mi problema.
Independientemente de si tus inversores encuentran esa información durante las
gestiones, todavía queda la cuestión de las demandas pendientes. —Entrecierra
los ojos, dándome a entender que podría estar empezando a captar de qué va
esto, pero sigo de todos modos—. Si te niegas a pagarme lo que me debes,
cuatro meses de indemnización, te demandaré. Es así de simple. Lo que has
hecho es ilegal y moralmente incorrecto. No puedes ir por ahí utilizando a la
gente y luego dejarla tirada en la calle para que tus cuentas de resultados queden
más bonitas y poder mentir a los inversores sobre el balance. No puedes hacerles
eso a los inversores, no puedes hacerles eso a los empleados, y no puedes
hacerles eso a todas las personas que van a sufrir por el camino las
consecuencias de tus terribles decisiones.
Se ríe, pero su risa no enmascara la preocupación en su tono de voz.
—Estás loca. Nunca ganarás una demanda contra mí. Puedo despedirte
cuando quiera, como yo quiera. La ley me ampara.
Me encojo de hombros.
—Puede que tengas razón. No creo que la tengas, pero al margen de eso,
¿cuánto tiempo pasará hasta que un juez tome esa decisión? ¿Esperarán tus
inversores? Cuando vean esa demanda en el registro público, ¿crees que te
preguntarán al respecto? ¿Les preocupará que algunos de sus fondos se destinen
en realidad a la defensa de esa demanda o a llegar a un acuerdo conmigo?
Porque estoy bastante segura de que los inversores quieren que sus fondos vayan
hacia el desarrollo de la cartera de propiedad intelectual.
Me quedo esperando con paciencia a que junte todas las piezas, que haga la
suma y la resta y se dé cuenta de que el resultado final es que tiene que hacer lo
correcto.
—Me estás… chantajeando —farfulla, incrédulo.
Estoy segura de que nunca habría esperado una cosa así de la pequeña y
dulce Jenny, la madre para todo el personal del equipo de desarrollo de software,
la chica en la que confiaba para asegurarse de que todos sus productos salían del
edificio con todas las de la ley. Si no fuera por mí, ya habría tenido que cerrar la
empresa, y los dos lo sabemos. Él tiene que hacer honor a eso. Me siento
orgullosa de mí misma, y enderezo la espalda para mostrar mi orgullo.
—Lo siento —le digo—, pero lo he comprobado antes de venir aquí para
asegurarme de que no hacía ninguna estupidez con la que pudiera meterme en un
lío. Esto no es un chantaje, es una negociación comercial. Tengo el derecho legal
de presentar una demanda. Esto no es ninguna frivolidad. Te estoy haciendo un
favor al comunicarte qué es lo que dice la ley, cómo funciona el mundo del
capital de riesgo y cuáles son mis intenciones. ¿Te había mencionado que mi
excompañera de habitación de la universidad es abogada en Hancock y Finley?
Abre la boca para responder, pero lo corto en seco.
—He hablado con ella sobre lo que ha pasado aquí, y dice que mi caso se
sostiene. Dice que el código civil de Luisiana apoya mi argumento. Así que esto
no va a desaparecer como por arte de magia, Frank. Perdón por aguarte la fiesta,
pero eso es lo que pasa cuando intentas destrozarme la vida. Si presento una
demanda, aparecerá en el historial de la empresa durante al menos los próximos
dos años.
Apoyo las manos en los brazos de la silla y me inclino hacia delante,
mirándolo fijamente, enfadada con él por haberme puesto en esta situación y
haberme hecho sentir sucia. No me gustan las negociaciones comerciales,
aunque sean legales. Prefiero que la gente simplemente me trate de forma justa
por propia iniciativa. Pero si quiere bajar al barro y ensuciarse las manos, yo
también lo haré. Esta es la nueva Jenny. Jenny, la mujer que participa en
operaciones especiales nocturnas e introduce virus en los ordenadores de otras
personas mientras sueñan con los angelitos.
—Así que… —digo, usando mi voz más amenazadora—, ¿lo que quieres es
bailar conmigo, Frank? Porque entonces, bailaré. Puedo bailar salsa, tango,
puedo hacer el chachachá, el can-can, el…
—¡Ya basta! —grita, levantándose e inclinándose sobre el escritorio para
lanzarme a la cara su pestilente aliento a café—. Ya he oído suficiente. ¿Crees
que tus ridículas amenazas significan algo para mí? Pues no, Jenny. ¿Sabes lo
que eres? No eres más que una mujer patética, una fracasada, una chica
desesperada y con sobrepeso, que no tiene nada mejor que hacer que trabajar
sesenta horas a la semana y descuidar a sus hijos. Siento pena por ti. Eso es lo
único que siento. Solo pena, ni más ni menos. —Trata de reír, pero le sale una
risa demasiado estridente, incluso para él—. Así que te diré lo que voy a hacer…
Voy a pagarte la indemnización de tus cuatro meses e iré riéndome a carcajadas
todo el camino hasta el banco, ¿quieres saber por qué? Porque te habría pagado
más que eso, si no te hubieras comportado como una desgraciada. Pero me has
hecho esa oferta y la acepto. Puedes llamar a tu amiguita del bufete y preguntarle
sobre los contratos verbales si crees que me vas a sacar otro puto centavo.
Me encojo de hombros.
—Perfecto. Eso era lo único que quería. —Sus palabras me hieren, pero no
voy a darle la satisfacción de llorar delante de él.
Sin embargo, gritaré más tarde, en mi coche cuando esté sola. ¿Sobrepeso?
Eso ha sido un golpe bajo. El comentario de Dev de que podría ponerme en
forma en seis meses hace que piense que ojalá estuviera aquí para pegarle un
puñetazo a este tipo en la cara por mí. Y lo haría, además. Sería como Hellboy, le
traerían sin cuidado las normas de cortesía en la oficina. ¡Pum! Todo hecho
añicos a nuestro alrededor. Mi ángel vengador, ahí, a mi lado, igual que anoche
al teléfono.
Frank levanta la vista y frunce el ceño, y luego gesticula violentamente a
alguien detrás de mí. Me doy la vuelta y veo a cuatro personas mirándonos a
través del cristal. Seguramente han oído todo lo que hemos dicho. Pero me da
igual. Ellos saben que es verdad. Lo más probable es que celebren una fiesta en
mi honor en el bar local después del trabajo.
Me vuelvo hacia Frank, sonriendo.
—Adelante, extiende ese cheque para que pueda largarme de aquí.
Frank levanta el teléfono y llama a contabilidad, haciendo las gestiones
necesarias para que recoja mi indemnización. Una parte de mí se siente como
una triunfadora, mientras que la otra parte se siente sucia. Odio tener que
amenazar a la gente para que haga lo correcto. Miles es el único con el que he
tenido que hacer eso antes, y siempre me hace sentir como si fuera yo la que
debería estar disculpándose.
Frank cuelga el teléfono y comienza a mover papeles en su escritorio.
—El cheque está esperándote en contabilidad. Ve a buscarlo y recoge tus
cosas. Y asegúrate de dejar tu tarjeta de seguridad en recepción cuando te vayas.
Me levanto.
—Frank… Solo quiero decir una cosa más. —Espero a que me mire antes de
terminar—. Si alguna vez dices algo falso sobre mi labor en esta oficina, lo
lamentarás profundamente.
Arquea una ceja.
—¿Me estás amenazando otra vez? ¿En serio?
Niego con la cabeza.
—No, no te estoy amenazando. Solo te estoy diciendo que, por ley, tienes
que decir la verdad sobre mi trabajo. Y en todo el tiempo que estuve aquí, no
dijiste ni una sola vez nada negativo sobre mí ni sobre el producto de mi labor.
Ni a mí ni a nadie, que yo sepa. Todas mis evaluaciones han obtenido las más
altas calificaciones. No puedes cambiar la historia; es lo que hay. Así que, si
alguien te llama y te pregunta sobre mi rendimiento y mi productividad, será
mejor que te ciñas a la verdad. Eso es lo único que digo.
No responde nada, solo finge estar ocupado. Podría obligarlo a que
reconozca mis palabras, pero no voy a insistir. Creo que he salido bastante airosa
de este asunto, y no quiero tentar al destino para que me recuerde que soy una
simple mortal.
Echo a andar hacia la salida, pero dudo al llegar a la puerta. No quiero irme
con esta nube negra sobre mi cabeza. Mi vida está cambiando en aspectos
trascendentales en este momento, y eso significa que necesito diseñar esta nueva
vida de manera inteligente, con luz y no con sombras. Me vuelvo para mirar a mi
antiguo jefe.
—Frank, gracias por darme la oportunidad de trabajar aquí contigo y con tu
equipo. He aprendido mucho. He conocido a mucha gente estupenda y he
disfrutado trabajando para ti.
Él no dice nada. Me ignora por completo, como si ni siquiera estuviera ahí.
Me encojo de hombros y me alejo con un peso en el corazón.
Nadie dijo que hacer lo correcto fuera fácil.
Capítulo 28
Recojo a Sammy de la guardería mientras vuelvo a casa después de mi
reunión con Frank. Normalmente, el pequeño granuja no quiere venirse conmigo
cuando llego a recogerlo porque lo está pasando demasiado bien con sus amigos,
pero esta vez me lo encuentro sentado en el despacho de la directora,
esperándome. Se me cae el alma a los pies cuando me doy cuenta de que tiene
los ojos enrojecidos: ha estado llorando a moco tendido. Supongo que es hora de
aclarar las cosas aquí también.
—Hola, Sharon —digo, tratando de disimular la tensión de mi voz—. ¿Qué
pasa? ¿Por qué está Sammy aquí contigo?
Sharon, la directora, se levanta y me hace señas para que cierre la puerta.
—Lo siento, intenté llamarte, pero no conseguí contactar contigo.
Saco el teléfono del bolso y veo que tengo varias llamadas perdidas.
—Ay, vaya, lo siento… Estaba tan ocupada con otros asuntos que ni siquiera
me he dado cuenta de que me sonaba el teléfono. —Otra vez me voy a quedar
sin premio a la mamá del año…
Dejo caer el bolso al suelo y me agacho con los brazos abiertos, mirando a
mi hijo con expresión de lástima.
—Ven con mami, cariño mío.
Sammy se baja de la silla de un salto y corre para arrojarse a mis brazos. No
dice nada, solo llora.
Me levanto con las piernas temblorosas y prácticamente me desplomo en la
silla frente a la mesa de Sharon, con el bolso enredado en los pies. Sammy se
aferra a mí como un mono, y lo único que puedo hacer es mirar por encima del
hombro de mi hijo e interrogar a la directora con la mirada.
Sharon se sienta con las manos entrelazadas y las coloca frente a ella en el
escritorio.
—Hemos tenido algunos problemillas últimamente, y Sammy ha venido a mi
despacho a contarme qué había pasado. Después de hablar con él, he decidido
que sería una buena idea que tú y yo mantuviéramos una pequeña charla.
«Ay, Dios… Más vale que me prepare». Si me dice que Sammy no puede
seguir yendo a la guardería, me va a dar algo. Una cosa es trabajar como
freelance desde casa, y otra muy distinta es intentar trabajar y vigilar a Sammy al
mismo tiempo. Es sencillamente imposible. Soy solo una persona, no tres.
—Sabía que ocurría algo, porque Sammy lleva varios días diciéndome que
tiene dolor de estómago antes de ir a la escuela. Y ya sabes cuánto le gusta
venir… o cuánto le gustaba. Me parece que ya no está tan contento.
Intento arrancarme a Sammy del cuello para poder mirarlo a la cara, pero
cuanto más lo intento, más se aferra a mí. Es evidente que no está listo para
hablar del tema, así que dejo que siga dando rienda suelta a su tristeza mientras
continúo hablando con la directora.
Ella asiente con la cabeza.
—Sammy ha tenido algunas dificultades con un par de niños. Son niños con
los que solía llevarse bien, pero por alguna razón, ahora hay un conflicto. No sé
si uno tiene más culpa que otro, pero lo cierto es que hay un comportamiento por
ambas partes que no apruebo. Es algo que no podemos consentir en Sunnyside
Daycare.
Intento no ponerme a la defensiva, pero me resulta difícil. Tengo la clara
impresión de que cree que Sammy es un alborotador. Y aunque sé que es muy
activo y le gusta provocar, mi hijo no haría daño ni a una mosca. Normalmente,
es él quien está debajo cuando hay un montón de niños tirándose unos encima de
otros.
—¿Sabes qué ocurre? —pregunto—. ¿Los detalles?
—Estamos intentando averiguarlo, pero sé que se han dado algunos
empujones, y varios niños se han hecho daño.
Obligo a Sammy a echar la cabeza hacia atrás para poder mirarlo a la cara.
La verdad es que me da mucha pena, pero no veo ningún hematoma ni ningún
corte por ninguna parte.
—Sammy, dime lo que pasó. No te voy a echar la culpa de nada, solo quiero
saberlo.
Sammy niega con la cabeza e intenta zambullirse en mi pecho. Creo que se
siente culpable, pero intuyo que sucede algo más. Si él fuera el abusón o el
causante de todos los problemas, no tendría dolor de estómago; todavía querría ir
a la escuela. Va a ser necesaria una buena dosis de delicadeza y mano izquierda
para llegar al fondo del asunto, y eso no va a pasar dentro de este despacho. No
tan cerca de la escena del crimen.
Lanzo un profundo suspiro.
—Mañana tengo que trabajar, pero luego puedo tomarme unos días de
descanso y hablar con Sammy para que me dé su versión de los hechos y
averiguar qué está pasando.
Sharon me mira con una mueca extraña en el rostro. Parece de lo más
incómoda cuando responde.
—Bueno, verás… Lo que ocurre es que no estoy segura de que puedas traer
a Sammy mañana.
Mi cerebro tarda varios segundos en procesar esa pavorosa información.
—¿Por qué no?
En realidad, estoy muy orgullosa de mí misma, de cómo estoy controlando
mi mal genio, porque esta mujer está pidiendo a gritos que me suba por las
paredes y me transforme en Hulk en su mismísimo despacho.
Es directora de una guardería. Sabe perfectamente cómo funciona el mundo.
No se le puede decir a una madre trabajadora que está sacando a sus hijos
adelante ella sola, a última hora de la tarde de un jueves, que su hijo no puede ir
al día siguiente a la guardería sin avisarla con antelación. ¡Y mucho menos
delante de su hijo!
—Los padres de los otros niños involucrados están muy molestos porque
alguien ha pegado a sus hijos.
Me pongo en pie y levanto la mano con gesto torpe; Sammy sigue intentando
meterse dentro de mi blusa.
—Alto ahí. No sigas. Conoces a mi hijo desde hace más de un año. Sabes tan
bien como yo que no es un niño problemático. Nunca le haría daño a otra
persona sin ningún motivo. Él no es así.
Sharon asiente y cierra los ojos.
—Lo sé. También sé que le están pasando algunas cosas y que hay algunos
problemas que debéis abordar en casa. Son cosas sobre las que no podemos
hacer nada aquí en la escuela.
Arrugo la frente. ¿De qué demonios está hablando?
—No entiendo qué intentas decirme. —Tengo la sensación de que se me van
a caer los brazos al suelo; Sammy pesa mucho, parece un saco de ladrillos—.
¿Puedes dejar de andarte con rodeos y decirme lo que realmente quieres decir?
Sharon tarda aún unos segundos en responder. Cuando por fin lo hace, se
encoge mientras habla.
—Ya sabes que Sammy tiene un defecto en el habla, ¿verdad?
Me quedo boquiabierta. Solo puedo mirarla fijamente, tratando de averiguar
si me está tomando el pelo, porque no consigo imaginar con qué propósito me ha
dicho eso, aparte de para ser cruel y ridícula. «¿De verdad está echando la culpa
de esto al ceceo de mi hijo?».
Supongo que se cansa de esperar a que le responda, así que continúa.
—¿Sabes? Cuando los niños son pequeños, puede producir ternura, pero a
medida que se hacen mayores, es un asunto más serio. Y corresponde a los
padres hacer algo al respecto.
Niego con la cabeza, impidiéndole que siga sobrepasando la línea que acaba
de cruzar.
—No te… No… No sigas por ese camino.
Me pongo de pie y echo a andar hacia la puerta, alargando el brazo para
recoger el bolso del suelo. Por desgracia, la correa está enredada alrededor de la
pata de la silla, y al intentar desenredarla, tiro la silla al suelo. Al caer, la silla
produce un fuerte estrépito y Sammy empieza a llorar otra vez mientras se
encarama más alto en mis brazos, prácticamente estrangulándome con la fuerza
que hace para seguir trepando.
—No tienes que preocuparte por Sammy mañana ni nunca más. —Me coloco
el bolso al hombro y me vuelvo para mirar a una mujer que tiene la caradura de
llamarse a sí misma directora de guardería. Debería ser la directora de una
maldita prisión—. Nunca me había horrorizado tanto el comportamiento de
alguien como el tuyo ahora mismo. ¿Y tú te llamas especialista en atención
infantil? ¿Cómo te atreves…?
No quiero oír lo que tiene que decir en defensa de sus horribles y crueles
palabras, pronunciadas delante de mi hijo… Unas palabras que deberían haberse
dicho en privado entre adultos… Si me quedo aquí, no respondo de mí misma ni
garantizo que no le dé una bofetada.
Así pues, salgo de su despacho lo más rápida y dignamente posible mientras
mi hijo sigue agarrado a mí como si estuviéramos unidos con el pegamento de
Spiderman. Sammy no me suelta hasta que llegamos al coche y estamos de pie
junto a la puerta de atrás, donde lo espera su asiento. Entonces habla por fin.
—Mami, no quiero volver aquí nunca máz.
Utilizo la voz más alegre que soy capaz de articular para responderle.
—Muy bien, porque ¿sabes qué? ¡No tienes que volver aquí nunca más! Ya
no me gusta esta guardería.
Sammy ya parece más contento.
—A mí no me guzta nada de nada ezta guardería. Eza zeñora ez mala y loz
demáz también.
Hablo atolondradamente, sin saber muy bien cómo manejar esta situación,
pero estoy segura de que es bueno invitarle a que siga contándome cosas.
—Vaya, pues yo nunca lo había notado hasta hoy. Siempre pensé que eran
todos muy simpáticos. Pero resulta que son malos. Y estúpidos.
Mientras le abrocho el cinturón a Sammy, me mira con una expresión seria.
—Mami, no eztá bien llamar «eztúpida» a la gente.
Siento que las lágrimas me asoman a los ojos, pero logro contenerlas
parpadeando.
—Tienes razón, cariño. No está bien llamar a la gente estúpida ni siquiera
aunque sea estúpida.
Sammy sonríe.
—Erez divertida, mamá.
Extiendo la mano y le aprieto los mofletes, besándolo en los labios
regordetes.
—Tú también eres divertido. Me haces reír todo el tiempo. Eres mi niño
preferido.
—Zophie dice que zoy tu único niño, ací que ci dicez que zoy tu niño
preferido, en verdad no zignifica nada.
Desde luego, luego hablaré con Sophie. Debo hacerle entender que su
hermano tiene muy en cuenta todo lo que dice.
—Vamos a ver, Sammy. ¿Y si te digo ahora mismo que eres mi hijo pequeño
favorito?
Sammy me dedica una enorme sonrisa.
—Ezo me guzta. Qué bien… Zoy tu favorito.
Le guiño un ojo y no me molesto en corregirlo.
—Pero no le digas a tus hermanas que te he dicho eso, ¿eh?
Sammy apoya los dedos en la boca y luego levanta la mano. Lo miro
confusa.
—¿Qué estás haciendo?
—Eztoy cerrando la boca y tirando la llave a la bazura.
—Ah, ya lo entiendo. —Le acaricio la cabeza—. ¿Listo para ir a ver a tus
hermanas?
—No. —Frunce el ceño, perdiendo toda su alegría en un instante.
—¿Por qué no quieres ver a tus hermanas? Tus hermanas te quieren.
—A lo mejor ce ríen de mí. —Lo dice con una voz tan lastimera que me
rompe el corazón.
—Ellas nunca se burlarían de ti en serio, Sammy. Solo las personas malas
hacen eso, y tus hermanas no son malas. Puede que se metan contigo de vez en
cuando, pero eso no es lo mismo. ¿Lo entiendes?
Asiente, pero no parece muy convencido. Me quedo allí unos segundos y
suspiro. No voy a poder arreglar esto en el aparcamiento de la guardería de las
narices.
Cierro la puerta y subo al asiento delantero, mirando a mi hijo por el espejo
retrovisor.
—¿Listos para ponernos en marcha?
Asiente.
—Eztoy lizto. ¿Va a venir Dev a nueztra caza?
Lo miro perpleja unos segundos.
—¿Por qué preguntas eso?
Mira por la ventanilla y responde:
—Porque me cae bien. A lo mejor quiere venir y jugar con mi Zpiderman. Ci
quiere, ce lo dejo.
—Ah, pues el caso es que voy a cenar con Dev mañana, así que tal vez entre
en casa antes de que salgamos a cenar y juegue con tu Spiderman un poco. No
mucho, solo un ratito.
Sammy parece contento ante la perspectiva.
—Como una hora. Una hora eztaría bien.
Niego con la cabeza.
—No, más bien como diez minutos.
—Eztá bien, le diré caci una hora, ¿sí?
En lugar de ponerme a discutir la diferencia entre horas, minutos y segundos
con mi hijo de tres años, arranco el coche y nos ponemos en marcha hacia casa.
—Ya veremos, Sammy, ya veremos.
Mi pobre hijito, con los ojos hinchados y enrojecidos, se queda
profundamente dormido antes de llegar a casa, a las cinco en punto. El autobús
escolar se detiene justo al final de la calle mientras lo bajo del coche en brazos,
dormido, así que me paro en el camino de entrada y espero a mis hijas. Siento
una gran alegría al verlas asomar corriendo por la esquina y cruzar el césped
para reunirse con nosotros.
—¿Quién quiere pizza? —pregunto. Probablemente debería cocinar para
ellos esta noche, pero estoy agotada. Comer pizza cada dos semanas no va a
matarlos. Mi premio a la mejor madre del año tendrá que esperar. Otra vez.
El coro de respuestas exultantes es lo bastante ruidoso para despertar a
Sammy, pero cuando descubre por qué sus hermanas están tan emocionadas,
comienza a gritar de alegría él también. Todos se van directos al salón e
inmediatamente empiezan a jugar juntos a las figuras de acción de superhéroes.
Me quedo observándolos un momento, dejando que su alegría me tranquilice.
Puede que no sea una madre perfecta, pero soy una buena madre la mayor parte
del tiempo.
En ese momento suena el timbre. Sobresaltada, me acerco para mirar por la
mirilla. May está allí delante, con Ozzie a su lado.
Abro la puerta con una gran sonrisa.
—¿Qué estáis haciendo aquí?
May me devuelve la sonrisa.
—Se nos ha ocurrido venir a cenar contigo. ¡Sorpresa! ¿Tienes comida
suficiente para dos personas más?
Sujeto la puerta, dando un suspiro de alivio por tener compañía adulta esta
noche. Adoro a mis hijos, pero creo que esta noche no me vendría nada mal
poder tener una plácida conversación con mi hermana. Con un poco de suerte, a
Ozzie no le importará que hablemos de cosas de chicas en su presencia.
—Bueno, iba a encargar unas pizzas, así que siempre podemos pedir para
dos más.
—Estupendo.
May entra en casa y se dirige inmediatamente al salón, con los niños.
—¡Tía May!
Se abalanzan sobre ella los tres a la vez y la tiran al suelo. Formando una
pila, estallan en risas contagiosas.
Me quedo con Ozzie en la entrada de la habitación, contemplando el festival
de amor. Mi corazón se vuelve dos tallas más grande y me inunda todo el pecho.
—May adora a esos niños —dice Ozzie.
—¿Y te extraña? Son increíblemente adorables, aunque esté mal que yo lo
diga.
Sammy se le sube a la espalda mientras las dos niñas tratan de zafarse de la
monstruo de las cosquillas que las tiene inmovilizadas en el suelo. May utiliza su
mejor risa de bruja malvada para que sea mucho más emocionante para ellos.
—Sí que lo son. Y ella también será una madre estupenda algún día.
Lo miro y entrecierro los ojos.
—¿Intentas decirme algo?
Me mira fijamente, pero antes de que pueda responder, vuelve a sonar el
timbre. Miro a la puerta.
—Pero ¿qué diablos pasa hoy?
Como el hombre de pocas palabras que es, Ozzie se encoge de hombros. Lo
señalo con el dedo.
—No creas que vas a librarte de la conversación que estábamos a punto de
tener.
Es posible que tuerza la boca en una sonrisa, pero no tengo tiempo para
comprobarlo, porque el timbre suena de nuevo.
Me asomo a la mirilla y me da un ataque de pánico.
Es Dev.
Capítulo 29
No estoy preparada para esto. ¿Dev? ¿En mi casa? ¿Con mi hermana y los
niños aquí? ¿Y Ozzie? ¡Dios, no…! No, después del día que he tenido hoy. Una
parte de mí quiere que se marche, quiere decirle que nos vamos a ver mañana de
todos modos, y que necesito trabajar en lo que Lucky y yo sacamos ayer de Blue
Marine.
Pero, por supuesto, no voy a hacer eso. He estado pensando en él
prácticamente a todas horas desde la última vez que lo vi, y me muero por saber
si a él le ha pasado algo parecido conmigo. Probablemente no. Probablemente ya
haya visitado esa web de citas y haya encontrado a alguien con quien salir el
sábado. El solo hecho de pensarlo me permite mostrarme bastante serena cuando
abro la puerta para dejarlo entrar.
—Hola…
Al principio dirijo la mirada a Dev, pero luego la bajo hasta la figura que está
a su lado. El tiempo se detiene unos segundos. Sé lo que estoy viendo, pero no
acabo de asimilarlo del todo.
Un niño pequeño en una silla de ruedas. Y tiene los ojos de Dev.
Miro al hombre alto, con una sonrisa aún más radiante.
—¡Y has traído a tu hijo contigo! ¡Qué bien! —Miro a su hijo y me agacho.
Extiendo la mano—. Me alegro mucho de conocerte. Me llamo Jenny, y tú debes
de ser Jacob.
—Sí, soy Jacob. —Sonríe.
No tengo idea de por qué el hijo de Dev está en una silla de ruedas, pero veo
que probablemente le resulta muy difícil, si no imposible, caminar. Tiene el
cuerpo muy pequeño y está torcido hacia un lado. Es como si tuviera la columna
vertebral muy desviada.
Miro a Dev con la esperanza de que mi rostro no deje traslucir la perplejidad
que siento. Debo de parecer el personaje del Joker, esforzándome por no poner
una cara rara y poco natural cuando, por supuesto, pongo una cara rara y muy
poco natural, con una sonrisa demasiado forzada. Imposible evitarlo. Hasta me
da un calambre en la mejilla izquierda.
—Hola —dice Dev, casi con timidez—. Ozzie y May me dijeron que iban a
pasarse por aquí y que debía venir con Jacob un momento. Les dije que tal vez
no era una buena idea, porque nadie te ha avisado de nuestra visita… Traté de
enviarte un mensaje de texto, pero no me respondiste. Tendría que haber
esperado hasta tener noticias tuyas…
Retrocedo rápidamente y abro la puerta de par en par.
—¡No, no digas tonterías! ¡Pues claro que ha sido buena idea! Me alegro
mucho de que lo hayas hecho. Estábamos a punto de pedir pizza. ¡Quedaos a
cenar con nosotros! —Miro al hijo de Dev mientras usa un joystick para hacer
maniobras con su silla de ruedas y franquear el umbral—. ¿Te gusta la pizza,
Jacob?
Odio tener que admitirlo, pero ni siquiera sé si puede comer pizza. Tal vez
haya cometido un grave error al preguntar. No estaba preparada para esto. Si
hubiera sabido que iba a venir y que era discapacitado, podría haber investigado
sobre su enfermedad en internet o haber hablado con alguien o algo por el estilo,
y así sabría qué hacer o decir sin meter la pata. ¡Aaargh, odio no saber cómo
reaccionar!
—Claro, me encanta la pizza —dice, contestando como si yo fuera una
persona totalmente normal haciéndole una pregunta totalmente aceptable.
Uf, menos mal. Acabo de evitar un desastre.
Cuando Dev pasa, miro hacia arriba y le doy una palmadita en el hombro,
deseando con toda mi alma que mi cara traidora no haya delatado mis
pensamientos.
—Gracias por venir.
Veo por su expresión que está nervioso o incómodo, y no me gustaría nada
que se sintiera así por mi culpa y mi estúpida reacción. Seguro que se está
preguntando si ha hecho bien al venir, y no quiero que tenga dudas al respecto.
Antes siempre me ponía nerviosa cuando entraba en una habitación llena de
extraños con Sammy, sabiendo que iban a reírse en cuanto lo oyesen hablar, pero
me acostumbré. El pequeño problema de Sammy no es nada comparado con lo
que Dev y Jacob deben de pasar, así que quiero que los dos sepan que en esta
casa no tienen de qué preocuparse. Pueden ser ellos mismos.
En cuanto formulo esos pensamientos, oigo la voz de Sammy destacando por
encima de todas las demás voces mientras las risas se apagan.
—¿Quién ez ece? —pregunta.
Cierro la puerta, seguramente haciendo demasiado ruido, y corro a reunirme
con los demás en el salón. Casi empujo a Dev en mi intento por llegar antes de
que Sammy pueda decir algo que acabe hiriendo los sentimientos de alguien.
Sin embargo, antes de que me dé tiempo a hablar, el niño en la silla de ruedas
responde.
—Soy Jacob. El hijo de Dev.
Llego a tiempo de ver a Sammy caminar y pararse delante de la silla.
—Fui a McDonald’z con Dev. Ez genial.
Jacob sonríe.
—Sí. Tienes razón. A veces a mí también me lleva a McDonald’s.
May sujeta a las dos niñas y se las sube al regazo para que puedan sentarse y
no se note tanto que están mirando a Jacob. Les hace cosquillas, pero
básicamente la ignoran, más interesadas en los movimientos de su hermano.
Saben que va a descubrir la historia que hay detrás de esa silla sí o sí, a menos
que yo pueda intervenir y detenerlo a tiempo. Solo necesito hacerlo de forma un
poco sutil.
Respiro hondo y le rezo una oración al universo pidiendo a los poderes
superiores que guíen a mi hijo para que haga lo correcto. Si hubiese tenido
tiempo de prepararme, seguramente me habría sentado con él y le habría
explicado por qué Jacob va en silla de ruedas, y también le habría dicho que
deberíamos hablar del tema cuando él no estuviese delante y que sería mejor
guardarnos ciertas cosas para nosotros. Sin embargo, no he tenido oportunidad
de mentalizarlo, así que tengo que contar con su inocencia infantil y con mis
intentos anteriores de educarlo como madre para salir del paso.
—¿Por qué eztaz en eza cilla? —pregunta Sammy.
—Tengo parálisis cerebral. —Jacob lo dice como si tal cosa, pero, por
supuesto, mi hijo no entiende absolutamente nada.
Sammy entrecierra los ojos y mira a Jacob con aire suspicaz.
—¿Puedez andar?
Vaya. Pues menos mal que le he pedido a las fuerzas del universo que me
ayudasen… Entro en el salón con la intención de realizar una espectacular
maniobra de distracción e interrumpir la conversación ahora mismo, pero Dev
me toma de la mano con delicadeza, impidiéndome avanzar, y el contacto con su
mano por poco me provoca un ataque al corazón. ¡Me está sujetando de la mano
otra vez!
Cuando lo miro, asiente y me hace una señal para que espere.
Lo miro primero a él y luego a su hijo, tratando de decidir si eso es lo
correcto, pero al final imagino que él debe de estar mucho más familiarizado que
yo con esta clase de situaciones, y después de haber pasado parte de una tarde
con mi hijo, desde luego sabe de lo que Sammy es capaz. «Por favor, Dios, no
dejes que mi hijo hiera los sentimientos de nadie». Dev me suelta la mano y trato
por todos los medios de controlar mis emociones. En un momento estoy en las
nubes, volando, y al minuto siguiente, siento que estoy cayendo en picado como
Ícaro, a punto de estrellarme.
Jacob responde con naturalidad.
—Sí, puedo andar, pero no me gusta. Voy muy lento y no es cómodo, pero
mi padre me obliga.
Sammy asiente.
—¿A cuánta velocidad puedez ir? —Señala la silla de ruedas.
Jacob asiente.
—Bastante rápido, la verdad. Probablemente más rápido de lo que puedes
correr tú.
Sammy abre los ojos como platos.
—Hala, ezo ez muy rápido… —Levanta uno de sus pies con las dos manos,
para enseñar a Jacob sus zapatillas de deporte de Spiderman—. Miz zapatos
corren muy rápido.
Jacob asiente.
—Me gusta Spiderman.
Los ojos de Sammy se iluminan.
—¡A mí también! ¿Quierez jugar a laz figuraz de acción conmigo?
Jacob se encoge de hombros, con la misma naturalidad de antes.
—Pues claro. Pero yo no me he traído ninguna de las mías.
Sammy corre hacia un rincón de la habitación y saca arrastrando una caja
llena de juguetes.
—Ningún poblema. Tengo un montón. Te dejo loz míoz. —Sammy le enseña
la caja a Jacob para que vea la totalidad de su colorido interior—. Juega con el
que quieraz. Incluzo puedez jugar con miz favoritoz.
Señala las figuras más maltratadas y queridas del grupo: Spiderman, por
supuesto, y también Superman.
Aquello es demasiado para mí. Doy la espalda a la escena y camino hacia la
cocina. Las lágrimas me inundan los ojos, y esta vez no puedo contenerlas
parpadeando.
Llego a la cocina sin llamar la atención de los niños, pero no estoy sola. Dev
viene detrás de mí.
—¿Qué pasa? —me pregunta.
Sacudo los hombros para darle a entender que se vaya y niego con la cabeza.
—Nada. Estoy bien.
Apoya la mano en mi hombro y me obliga a volverme. Intento mantener la
cabeza agachada para que no me vea la cara, pero me coloca el dedo debajo de la
barbilla y me obliga a levantarla.
—¿Estás enfadada conmigo porque me he presentado aquí sin avisarte antes?
Lo sujeto de los antebrazos y lo aprieto con fuerza, mientras lo miro y niego
con la cabeza con mucho vigor.
—No, por favor, no pienses eso. Nunca pienses eso. Estoy muy, muy
contenta de que hayas venido, y estoy especialmente contenta de que hayas
traído a tu hijo. Es solo que había tenido un día de mierda hasta que habéis
llegado vosotros, y cuando he visto a mi hijo comportándose tan
maravillosamente, me he dado cuenta de que, por muy malo que fuera mi día, al
menos hay algo que funciona en mi vida.
Dev asiente.
—Tienes unos hijos estupendos.
No puedo decir nada porque sus palabras me hacen llorar aún más. Asiento
con la cabeza.
Dev me atrae hacia sí y me estrecha entre sus brazos. Mi cara apenas
sobrepasa la altura de su ombligo, pero no importa. Incluso ese abrazo torpe
basta para inundarme con la felicidad más absoluta. Apenas conozco a este
hombre, a su hijo o incluso a su jefe, pero aquí están, en mi casa, haciendo que
toda esta locura que estoy viviendo parezca que vale la pena.
—Debería haberte llamado —dice—. Esto ha sido un golpe, sé que lo ha
sido.
Me alejo y lo miro.
—Por favor, no digas eso. Te juro que no ha sido ningún golpe. Tal vez sí me
haya quedado un poco sorprendida, pero no en un sentido negativo, en absoluto.
Yo solo… —Me aparto de Dev y me abanico la cara con la mano tratando de
tranquilizarme—. Si te contara cómo me ha ido el día, entenderías por qué me he
comportado como una idiota al abrir la puerta.
Se inclina para mirarme a los ojos.
—Pues cuéntamelo.
—Ahora no. —Me sorbo la nariz con fuerza, tratando de ahorrarle un
espectáculo de mucosidad nasal bochornoso—. Además, tengo que pedir unas
pizzas.
Rebusco en el bolsillo trasero y saco mi teléfono.
Antes de que pueda localizar el número de nuestra pizzería favorita en mis
contactos, Dev me quita el teléfono y lo deja en la encimera. Señala con el
pulgar por encima de su hombro.
—¿Oyes eso?
Ahora que lo dice, oigo de nuevo las risas y los chillidos de alegría
procedentes de la otra habitación de nuevo. La voz de Jacob forma parte del
resto esta vez.
—Es el sonido que hacen las personas a las que les trae sin cuidado si habrá
pizza en la próxima media hora o no, así que puedes dedicar cinco minutos a
contarme qué ha pasado.
Dejo escapar un largo suspiro de irritación y frustración cuando me doy
cuenta de que tiene razón, y lo cierto es que quiero quitarme este peso de
encima.
—Bueno, a ver… Volví a mi antiguo trabajo para recoger mi último cheque y
mis cosas y acabé yendo a hablar cara a cara con mi jefe para negociar la
indemnización.
—Espero que te diera algo.
—Oh, sí, lo hizo. Me dio lo que quería, pero tuve que ponerme en plan bruja
odiosa para conseguirlo. No me gusta obrar así, como tampoco me gusta sentir
que estoy amenazando a alguien solo para que haga lo correcto. Quiero que la
gente haga lo que se supone que debe hacer sin que nadie la obligue, ¿entiendes?
—Claro, pero me alegro de que te hayas hecho valer.
—Sí, bueno, creía que esa iba a ser la peor parte del día, pero por desgracia,
no ha sido así. Cuando he ido a recoger a Sammy a la guardería, me he enterado
de que había tenido un problema con otros niños.
—¿Un problema? ¿Qué tipo de problema?
Levanto las manos en el aire.
—¡Eso me gustaría saber a mí! Pero lo único que me ha dicho la directora es
que algunos niños se empujaron y unos cuantos se hicieron daño. Y ahora,
Sammy ya no puede volver allí. —Bajo la voz para asegurarme de que no me
oiga nadie en la otra habitación—. Y por lo visto, soy muy mala madre, porque
mi hijo tiene un defecto del habla y yo no he hecho nada para solucionarlo.
A Dev le cambia la cara.
—¿Cómo dices?
—Es increíble, ¿verdad? No lo entiendo. Quiero decir, Sammy ni siquiera ha
empezado la escuela infantil y esta mujer me dice que tengo que llevarlo a
terapia con un logopeda o dejar de pensar que es gracioso cómo habla o no sé
exactamente qué es lo que pretende… —Aparto la vista, porque si miro a Dev a
los ojos, me echaré a llorar ahora mismo—. La gente es muy mala.
Dev da un paso hacia mí y me pone las manos en la parte superior de los
brazos, zarandeándome con delicadeza para que lo mire. Obedezco, estirando el
cuello para mirarlo a la cara.
—No toda la gente es mala. Parece que la directora de esa guardería sí lo es,
pero la mayoría de las personas que dirigen guarderías son muy agradables y
entienden que no todos los niños nacen exactamente como los demás. Las
diferencias los hacen únicos y especiales, no deficientes.
—Gracias. Estoy completamente de acuerdo contigo. Y no soy una mala
madre, ¿de acuerdo? Claro que me doy cuenta de que mi hijo cecea, sería
imposible no darse cuenta. Pero no creo que presionarlo a esta edad sea una
buena idea. ¿Acaso es un disparate pensar eso?
Dev me aprieta los brazos otra vez.
—No, claro que no. Estoy seguro de que haces caso de su pediatra y de que
sigues sus instrucciones. Además, si hubiera algo realmente grave, tu instinto
maternal te lo diría y tomarías cartas en el asunto, así que no tienes que
preocuparte por lo que haya dicho esa mujer. Eres una buena madre y estás
haciendo lo correcto, sea lo que sea.
No tengo más remedio que sonreír.
—Si ni siquiera sabes lo que estoy haciendo,¿cómo puedes decir que es lo
correcto?
Se encoge de hombros y esboza una discreta sonrisa, por lo que se le marca
un poco el hoyuelo.
—Porque lo sé. Sé qué clase de persona eres. No vas a hacer nada que pueda
dañar a tus hijos, y no eres negligente. Lo sé por la manera en que se comportan
estos tres niños y por la forma como tratan a los demás. Son amables, educados
y divertidos. Los hijos no salen así si alguien es un imbécil.
No puedo dejar de sonreír.
—Teniendo en cuenta mi conducta de hoy, hay al menos dos personas que no
estarían de acuerdo contigo.
Dev me atrae hacia su cuerpo de nuevo y me abraza con fuerza.
—Si alguna vez te comportas como una imbécil en mi presencia, te prometo
que te lo diré.
Le doy una palmadita en la espalda.
—Yo también. Lo mismo te digo.
—¿Quieres que pida las pizzas? —pregunta.
Me encojo de hombros, dando un paso atrás para deshacer nuestro abrazo.
Un abrazo tan intenso en la cocina probablemente es un poco exagerado para
una cena a base de pizza. No quiero que mis hijos nos vean así, porque ni
siquiera estoy segura de qué es lo que pasa entre nosotros.
—Adelante. Creo que ya tienes el número.
Dev se saca el teléfono del bolsillo y me lo enseña.
—Sí, aquí lo tengo. Voy a ir ver qué pizza quieren los demás.
Se da media vuelta y sale de la cocina hacia el salón sin decir nada más.
Abro la nevera y saco una botella de vino para los adultos y una botella de
zumo de manzana para los niños. Cuando saco unas copas del armario y las
pongo en la encimera, no puedo evitar ponerme a tararear una canción. Yo aquí
pensando que iba a pasar la noche llorando y bebiendo sola, para luego
acostarme preguntándome en qué me habré equivocado y, en cambio, estoy
rodeada de personas a las que quiero y que me quieren, a punto de celebrar una
cena improvisada. Y mañana saldré a cenar con el hombre más tierno y
comprensivo que he conocido en mi vida.
Es evidente que debo de haber hecho algo bien; solo espero no estropearlo
todo. Definitivamente, necesito hablar con mi hermana cuanto antes, las dos
solas. Antes de que se me olvide, le envío un mensaje de texto. Aunque está en
la otra habitación, no quiero que se enteren los demás. No quiero que Dev sepa
que estoy analizando o planeando algo que tiene que ver con él.
Yo: Tenemos que hablar, pronto.
Diez segundos después, llega su respuesta.
May: ¿Ahora?
Yo: No. Mañana por la mañana. Café aquí. 8. No llegues tarde.
May: No faltaré, por nada del mundo.
Capítulo 30
Abro la puerta y doy la bienvenida a mi hermana antes de que le dé tiempo
siquiera a tocar el pomo. Después de darme un abrazo y un beso, me entrega un
sobre.
—¿Qué es esto? —pregunto, examinándolo. Está en blanco, no hay nada
escrito en él.
—Es tu tarjeta de regalo y el primer cheque por tu trabajo.
Sonríe de oreja a oreja.
—¿Estás segura de lo de la tarjeta de regalo?
—No digas tonterías. No es un regalo. Te lo has ganado. Y ahora tenemos
una excusa para ir de compras juntas.
Me encanta ir de compras con mi hermana, y han pasado años desde la
última vez que lo hicimos.
—Muy bien, me lo quedo. —La hago pasar a la cocina y señalo hacia la
mesa—. Siéntate. Estoy a punto de sacar unos muffins del horno.
May obedece mis órdenes. Se sienta y rodea con las manos la taza de café
que le acabo de servir.
—Huele a gloria.
Empujo con el codo la puerta del horno para cerrarla y coloco la bandeja
caliente con los muffins sobre la encimera.
—Esta mañana me levanté muy temprano y lo preparé todo antes de que se
despertaran los niños.
No le digo que no he pegado ojo en toda la noche porque estaba preocupada
por Sammy, ni que he tenido que tomar medidas drásticas y llevarlo a la
guardería de emergencia, esa que odio porque siempre huele a pañales sucios,
pero que resulta que es el único lugar donde lo acogen sin previo aviso cuando
es necesario. Encontrarle una nueva guardería es mi máxima prioridad después
de presentar mi informe al equipo de Bourbon Street Boys, pero no hace falta
que estrese a mi hermana con cosas que no puede controlar.
May me mira arqueando una ceja.
—Uau, veo que alguien está muy motivada. ¿Compraste ese vibrador al
final?
—No, no he comprado ningún vibrador, cállate. —Le enseño un muffin—.
Quieres uno de estos, ¿verdad?
—¿Cagan los osos en el bosque?
—Pues sí. —Dispongo mis creaciones culinarias en forma de pirámide en
una bandeja, sintiéndome como una superheroína por conseguir que no se caiga
ninguna—. Y como curiosidad… ¿Sabías que puede nacer un roble de los
excrementos de los osos? Es porque comen muchísimas semillas.
—¿Te ha dicho alguien alguna vez que ves demasiados programas de Animal
Planet?
Lanzo un resoplido antes de responder.
—La verdad es que me lo digo a mí misma a todas horas. No tienes idea…
Estoy todo el tiempo comparando a las personas con animales del reino salvaje.
Es ridículo. De verdad, necesito emoción en mi vida.
Me siento y pongo dos platos y varios muffins entre las dos.
May echa un vistazo a mis creaciones.
—No estoy segura de poder comerme más de uno.
—No te preocupes por eso, que ya me comeré yo lo que tú no te termines.
Últimamente como un montón para matar la ansiedad.
May retira el envoltorio de papel de uno de las muffins.
—Vamos, he venido para hablar contigo y tengo dos horas, así que empieza.
Dime qué está pasando.
Tomo un sorbo de café antes de comenzar.
—Antes de soltarte mis miserias, háblame de Ozzie y de ti. ¿Cómo os va a
los dos?
El comentario de Ozzie sobre que algún día May será una buena madre sigue
rondándome por la cabeza.
Ella mastica su muffin y me sonríe.
—¿Qué quieres decir con que cómo nos va? Nos va bien.
Lanzo a mi hermana la típica mirada que dice: «No hagas que me enfade».
—Cuando estuvo aquí anoche, mencionó algo sobre ti y tener hijos. Me dio
la sensación de que estaba tratando de decirme algo, pero luego se armó tal jaleo
con los niños que ya no tuve oportunidad de seguir preguntándole. ¿Hay algo
que quieras contarme?
Si me dice que está embarazada, voy a tirar este plato al otro lado de la
habitación, lo juro. Mi reacción será fruto de dos emociones: felicidad y
frustración. Por supuesto, mi hermana va a ser la mejor madre de la historia,
pero ¿con Ozzie? ¿Está preparada para eso? ¿Estoy preparada para eso?
May me mira frunciendo el ceño.
—No. ¿Por qué lo dices?
Obviamente, es imposible que Ozzie sepa que mi hermana está embarazada
sin que ella lo sepa, pero eso no significa que mi hermanita no esté intentando
engañarme. Se ha vuelto mucho más lista desde que empezó a salir con Ozzie.
—Dime solo una cosa: ¿estás embarazada?
May se queda boquiabierta.
—¿Qué? ¡No! ¿De dónde has sacado esa idea? —Mira hacia abajo, hacia su
estómago—. ¿Es que me ves más gorda?
Le doy un golpe en el brazo.
—Pues claro que no te veo más gorda. Dios mío, pero si nunca has estado
tan delgada… ¿Te dan de comer al menos en esa casa? —Me temo que mi tono
de voz deja traslucir mis celos. Por suerte, mi hermana no se siente ofendida.
—No. Trago como una bestia, te lo juro. Ozzie cocina increíblemente bien.
Es solo que Dev me programa tantos entrenamientos que quemo todas las
calorías y unas cuantas más. —Esboza una sonrisa de felicidad—. La verdad es
que yo me veo muy bien.
Asiento enérgicamente.
—Sí, se te ve muy bien. Estás estupenda. Ahora mismo te tengo una envidia
horrorosa. Eres una de esas brujas delgadas de las que solíamos burlarnos.
May me guiña un ojo por encima de la taza de café.
—Dev se muere de ganas de ponerte las manos encima. Va a ser muy
emocionante.
Me mira moviendo las cejas, dándome a entender que sus palabras tienen un
doble sentido.
No me puedo creer que haya dicho eso. ¿Cómo se puede tomar mi vida
amorosa tan a la ligera?
—¿Por qué me miras así? —pregunta, bajando la taza—. ¿Es que te has
atragantado con un trozo de muffin? ¿Necesitas que te haga la maniobra de
Heimlich? —Se lleva las manos al cuello—. Esta es la señal de la asfixia. Hazme
la señal si te estás ahogando.
Niego con la cabeza; menudas tonterías dice.
—No me estoy ahogando, tonta. Es solo que no sé cómo puedes decir lo que
has dicho así, tan alegremente.
May inclina la cabeza como un perro confuso.
—¿Qué he dicho?
Abro mucho los ojos con expresión enfática, esperando que ella misma lo
deduzca. Casi la veo presionar el botón de rebobinado en su cerebro. Su rostro se
relaja y sonríe.
—Ah, ya entiendo. Eso ha sonado un poco raro, ¿no?
—Tal vez un poco.
—Lo que quería decir es que Dev está entusiasmado ante la idea de asignarte
un programa de entrenamiento. Lucky me dijo que te estabas planteando venir a
trabajar con nosotros, así que, si lo haces, comenzarás a ejercitarte con Dev,
como hice yo, y verás los mismos resultados. Te lo prometo.
Ha tocado tantos temas que no sé por dónde empezar. ¿Dev? ¿El trabajo?
¿Hacer ejercicio? ¿Lucky? Dejo que mi cerebro se ponga en modo automático y
escoja por sí mismo.
—¿Cómo sabes lo que quiere Dev?
Se encoge de hombros, tratando de actuar con indiferencia, pero a mí no me
engaña.
—Pues no sé… Hablamos a veces, cuando estamos trabajando.
—¿Sobre mí?
Menea las cejas.
—¿A que te gustaría saberlo?
La agarro del brazo y lo aprieto.
—¡Sí! ¡Por eso te estoy haciendo estas preguntas! Por favor, no me hagas
suplicarte. Me da mucha vergüenza…
Escojo un muffin y retiro el envoltorio con mucho cuidado; así puedo
concentrarme en algo que no sea mi hermana y su mirada de lo que parece
lástima.
—La situación es muy tierna: los dos os gustáis, pero ninguno quiere ser el
primero en decirlo.
Desvío la atención de mi muffin y miro a mi hermana.
—Pero ¿tú cómo lo sabes? ¿Te lo ha dicho él?
—No hace falta que me lo diga. Eso se ve.
Niego con la cabeza, decepcionada. Mi hermana es muy inteligente, pero eso
no significa que pueda leer la mente de un hombre. En mi experiencia, los
hombres son demasiado introvertidos para sea factible leer sus pensamientos.
—Bueno, a mí me parece un tipo genial, pero no estoy segura de que yo le
guste de verdad. Creo que se siente atraído por mí, sí, pero no como para
empezar una relación conmigo. No una relación seria. Podría querer jugar y
punto.
—¿Por qué dices eso?
—Porque estuvimos mirando juntos una web de esas de citas en el ordenador
y me dijo que debería encontrar un hombre y salir con él. Era la situación
perfecta para que él mismo se hubiese ofrecido a ser ese hombre, pero en vez de
eso, me sugirió que saliera con otra persona. Quiero decir, eso no es lo que haría
un hombre que estuviera interesado por mí.
May frunce el ceño.
—Qué raro… Me ha hecho muchas preguntas sobre ti, incluso cuando
hablábamos de otras cosas. Simplemente te mencionaba por casualidad, varias
veces. Pero ¿por qué iba a decirte que salieras con otros chicos si le gustas tanto?
—Eso es justo lo que estoy diciendo.
En este momento me siento muy triste. Dios, qué mala pinta tiene esto… Me
voy a quedar sola el resto de mi vida.
—Tal vez lo he malinterpretado. Tal vez he leído mal las señales o algo así.
Asiento con la cabeza.
—Probablemente solo está siendo amable. Te pregunta por mí porque sois
compañeros de trabajo y te aprecia mucho.
May no parece muy convencida.
—No lo sé. Parece estar interesado en algo más que una simple amistad.
Pero con Dev nunca se sabe. Es bastante reservado con esas cosas, supongo.
—¿Por qué dices eso?
—Bueno, por su hijo, para empezar…
—¿Jacob? ¿Qué quieres decir?
Doy un gran bocado a mi muffin para evitar hablar durante un rato; quiero
escuchar todo lo que pueda decirme May sobre ese tema.
—No supe lo de Jacob hasta hace poco. Quiero decir, sabía que Dev tenía un
hijo, pero no que su hijo tenía necesidades especiales, o que era un padre solo y
que se encargaba él de todo.
—¿Cómo es posible que no supieras cuál era su situación? Estás saliendo
con su jefe, y ves a Dev todos los días…
Es evidente que mi hermana necesita un poco de entrenamiento sobre cómo
ser una buena chismosa. Y yo que creía que le había enseñado todos los trucos…
Se encoge de hombros.
—Ozzie no suele compartir detalles personales de terceros conmigo. Si
pregunto por algo específico, generalmente me contesta, pero nunca me da más
detalles ni amplía la información por propia voluntad. —Se encoge de hombros
de nuevo—. Supongo que nunca se me ocurrió preguntarle por la vida familiar
de Dev.
Niego con la cabeza.
—A veces ni siquiera estoy segura de que estemos emparentadas.
Me señala con el dedo y luego se señala a sí misma.
—Tú siempre eras la psicoanalista y yo siempre era la paciente, ¿recuerdas?
—Supongo que sí. Estoy empezando a pensar que debería haberte dejado ser
el médico más a menudo.
May se acerca y pone la mano sobre la mía, apretándola suavemente.
—Siento no haberte preguntado más por tu vida. Debería haberme interesado
más por lo que pasaba con Miles y los niños.
Entonces pongo la mano libre sobre la de ella, formando así una torre de
apoyo entre hermanas.
—No digas eso. No has hecho nada mal; eres la mejor hermana del mundo.
En serio. No quería hablar contigo hoy para hacerte sentir culpable, porque no
tienes nada de lo que sentirte culpable.
Ella se recuesta hacia atrás, aparentemente más tranquila.
—Entonces, ¿qué vas a hacer con Dev?
—Bueno, vamos a salir a cenar esta noche, y luego ya veremos. Supongo que
lo decidiré sobre la marcha.
La expresión de May se ilumina.
—¿Vais a salir a cenar? ¡Eso es genial!
Da un mordisco gigante a su muffin, haciendo que caiga una pila de migas y
aterrice en su regazo. Se las cepilla y las arroja al suelo y luego se queda
paralizada cuando se da cuenta de lo que está haciendo.
—Oh, mieffda. Fee no efftá aquí —dice con la boca llena.
Hago caso omiso de su alusión al hecho de que su perro no está aquí para
limpiar el estropicio. Ya pasaré el aspirador más tarde; tengo problemas más
importantes en este momento.
—No es una cita —le aclaro—. Hicimos una apuesta y la perdí, y el perdedor
tenía que invitar a una cena. Y en esta cena o lo que sea lo de esta noche, se
supone que vamos a seguir hablando de nuestra estrategia de citas.
La boca de May todavía está demasiado llena de migas de muffin para
responder, pero lo intenta de todos modos.
—¿Vuefftra efftrategia de citas?
Salen más migas disparadas de su boca.
—Sí. Nuestra estrategia para salir con otras personas. —Niego con la cabeza,
decepcionada conmigo misma. ¿Por qué no tengo agallas para decirle lo que
siento?—. Es tan absurdo…
May logra al fin tragarse su trozo de muffin y habla con voz tensa.
—¿Y de quién fue la brillante idea?
—No me acuerdo. La mayoría de las veces, cuando estoy con él, me siento
muy, muy cómoda, como si estuviera con alguien que conozco desde hace
mucho tiempo, con un buen amigo, ¿sabes? Y entonces hace o dice algo que me
hace ver lo maravilloso, lo agradable o lo divertido que es, y entonces todos esos
buenos sentimientos de amistad desaparecen y me pongo a babear por él y
empiezo a comportarme como si solo tuviera medio cerebro. —Voy levantando
la voz a medida que mi incapacidad para llevar una vida de soltera adulta queda
cada vez más patente—. Y luego, al cabo de un minuto, no sé por qué, resulta
que estamos hablando de salir con otras personas. Es muy frustrante, de verdad.
He perdido totalmente la práctica con toda esta historia de ligar con hombres.
Acabo de empezar y ya tengo ganas de tirar la toalla. Y odio que a Miles se le dé
mucho mejor que a mí.
May niega con la cabeza.
—Aquí el problema no eres tú. Y ni se te ocurra compararte con ese pedazo
de mierda, Miles. Puaj. Él es un idiota y tú no, ¿de acuerdo?
Las dos sonreímos. A mi hermana siempre se le han dado bien las palabras.
—Todo esto con Dev… no dejes que te deprima. Creo que es un hombre
complicado. De hecho, creo que todos los miembros de Bourbon Street Boys son
personas especialmente complicadas. Tuvieron una infancia difícil aquí, en
Nueva Orleans. Nosotras creíamos que lo habíamos pasado mal, pero lo nuestro
no fue nada comparado con lo que tuvieron que vivir ellos, créeme. Ozzie me
contó algunas historias… —Sacude la mano, ahuyentando ese pensamiento antes
de que pueda dar más detalles—. El caso es que juntos sufrieron muchas
desgracias y eso los unió. Son una gente especial, sin duda, y se tarda más
tiempo en llegar a conocerlos, pero cuando llegas ahí… cuando te aceptan en su
grupo… merece la pena.
Ansío la clase de aceptación que está describiendo. Ojalá fuese distinta y
pudiese dejar de preocuparme por todo.
—Me alegro mucho por ti, porque hayas encontrado a Ozzie y su equipo.
Para mí es difícil, pero es evidente que para ti es una suerte.
Es una buena sensación poder admitirlo al fin en voz alta. Todos los riesgos
que corre mi hermana se desvanecen un poco en mi mente cuando veo la
expresión de felicidad en su rostro y oigo la confianza que rebosa su voz. Ha
encontrado su lugar en el mundo, y eso es algo a lo que aferrarse. Joder, yo tengo
treinta y dos años y todavía no he llegado ahí; y estoy empezando a dudar de que
llegue algún día.
—Gracias —dice ella—. Me preocupaba que no lo aprobaras.
—La verdad es que no lo aprobaba. Si te soy sincera, estaba histérica por tu
cambio de rumbo. Sé que Ozzie es un buen tipo, pero tu vida ha cambiado
radicalmente desde que lo conociste, y me preocupan los riesgos que corres
saliendo a tomar fotos de criminales.
—Pero sabes que recibo entrenamiento para eso, y cuento con el apoyo y la
protección de todo el equipo. Nunca hago el trabajo yo sola, y casi todo lo que
hacemos ocurre entre bastidores.
Asiento con la cabeza.
—Lo sé. Pero aun así, en mi primer día allí… ¿Recuerdas? Hubo ese…
incidente o lo que sea. ¿Sabes ya qué fue eso?
May asiente y se pone muy seria de repente.
—Tenemos una idea.
La miro arqueando las cejas.
—¿Es ultrasecreto, información confidencial, o puedes darme algún detalle?
No me responde inmediatamente, lo que solo hace que sienta aún más
curiosidad. Subo la apuesta dándole otro muffin y luego me recuesto de nuevo en
la silla. Si me dejo guiar por la expresión de mi hermana, la cosa promete.
Capítulo 31
Mi hermana parece un poco incómoda.
—La verdad es que no estoy segura —dice—. Técnicamente, no eres una
empleada de Bourbon Street Boys, al menos que yo sepa. ¿Te han ofrecido ya
trabajo de forma oficial?
—No. Lucky insinuó que podría haber trabajo para mí, pero no tengo la
impresión de que sea él quien deba hacer la oferta.
May niega con la cabeza.
—No, debería venir de Thibault o de Ozzie. Pero sé que hay una vacante.
Supongo que solo habrías de comunicarles que estás interesada. Todo el mundo
ha tenido la impresión de que no estás del todo convencida, y nadie quiere
presionarte.
Asiento con la cabeza.
—Han dado en el clavo. No estoy convencida del todo. Veo las ventajas, y la
verdad es que necesito un trabajo ahora, pero todavía existe ese elemento de
riesgo… Total, que he decidido pensarlo un poco más. —Me callo unos
segundos y luego trato de actuar con despreocupación—. Entonces, ¿sabes a qué
vino la abolladura de la puerta? ¿Quién lo hizo?
May asiente.
—Supongo que puedo decírtelo. Has firmado un acuerdo de confidencialidad
y estabas presente. —Lanza un suspiro—. Creemos que lo sabemos. Teníamos
un dispositivo de vigilancia alrededor del edificio y captamos algunas imágenes
en vídeo. Ozzie y Thibault lo están investigando ahora mismo… junto con Toni.
La forma en que ha mencionado la participación de Toni me hace prestar más
atención.
—¿Tiene algo que ver con ella? ¿Con Toni?
—Creo que sí. Ozzie no está seguro, pero a juzgar por algunas de las cosas
que hemos visto, y algunas de las cosas que ha dicho Toni, creo que tiene algo
que ver con su pasado. Con su ex.
—Oooh…, chismes… Cuéntamelo todo. —Tengo la sensación de que
cualquier cosa que tenga que ver con el ex de Toni será una historia interesante.
De hecho, no puedo imaginar nada sobre la vida de Toni que sea aburrido. Estoy
segura de que hasta sus rutinas diarias harían palidecer las mías: seguro que se
cepilla los dientes mientras hace girar nunchakus y se pone máscara de pestañas
mientras lanza estrellas ninjas al centro de una diana en el otro extremo de la
habitación. Espero con ansia a que May cante como un pajarito.
Normalmente, mi hermana aprovecharía sin dudarlo cualquier oportunidad
de compartir conmigo los chismes sobre personas interesantes, pero ahora se está
mordiendo el labio, actuando como si no estuviera segura de querer hacerlo.
—¿Qué pasa? ¿A qué esperas? Vamos, hermana, o me veré obligada a
requisarte los muffins. —Agarro uno y lo levanto a la altura de mi hombro.
—Ozzie me ha contado algunas cosas sobre el pasado de Toni, pero estoy
segura de que no querría que se lo dijese a nadie.
De todo lo que que May ha dicho o hecho desde que conoció a Ozzie, esto es
lo que me deja más impresionada. Hasta la fecha, que yo sepa, nunca jamás me
ha ocultado un secreto. Hasta ahora. Eso me produce tristeza y felicidad al
mismo tiempo.
May me lanza una enorme miga de muffin.
—¿Por qué me miras así? Parece como si te acabara de dar una bofetada en
la cara o algo así.
Recojo la migaja de mi camisa y se la tiro a ella.
—No, solo estaba pensando en lo mucho que jode cuando tu hermanita crece
y abandona el nido.
—Oh, qué tierno… —dice en tono burlón, justo antes de ponerse seria—.
¿De qué diablos hablas?
Desenvuelvo el muffin lentamente mientras le respondo.
—El otro día, mientras Dev y yo charlábamos, me dio su opinión sobre ti, y
la verdad es que me hizo pensar en muchas cosas.
—¿Como por ejemplo…?
—Por ejemplo, que siempre te he visto como a mi hermana pequeña e
indefensa, como a alguien a quien debía proteger, y en cambio, ahora que somos
mayores y tenemos nuestras propias vidas, esa no es una imagen precisa de
quién eres tú o quién necesito ser yo.
—Ajá…
Lanzo un suspiro de frustración.
—No sé si Dev es una especie de gurú o algo así, pero cada vez que hablo
con él, siento que tengo una idea más clara de quién soy y de cómo es mi vida.
Me entristezco al pensar en lo que viene a continuación. Admitirlo en voz
alta es más difícil que pensarlo simplemente.
—Y no siempre me gusta todo lo que veo. Siento que he tenido miedo de
demasiadas cosas durante demasiado tiempo, y básicamente me he convertido en
una tortuga escondida en un caparazón, dejando pasar una vida emocionante y
llena de aventura. Supongo que por eso ahora me siento tan confundida con
respecto a Bourbon Street Boys, a los niños, a todo el tema de salir con
hombres…
—Parece que tengas la crisis de los cuarenta o algo así.
Niego con la cabeza.
—No, no creo que sea eso. No tengo ganas de comprarme un Corvette o salir
con un chico de dieciocho años o algo así. Pero ¿estoy preparada para ser una
profesional freelance para una empresa de seguridad? No lo sé. Este trabajo
realmente te ha cambiado, May, y supongo que tú también lo ves.
Asiente con la cabeza.
—Así es. Pero creo que todos los cambios han sido para bien. ¿Y qué tienen
que ver mis cambios contigo? Tendremos papeles distintos. Podrías trabajar
desde casa la mayor parte del tiempo. No es lo mismo.
—Estoy de acuerdo en que son cambios positivos para ti. Bueno, al menos
ahora. No pensaba lo mismo la semana pasada, pero después de conocer un poco
mejor al equipo y de verlos en acción, me doy cuenta de qué es lo que ves en
ellos. Entiendo por qué estás entusiasmada al ir a trabajar por la mañana, y
también veo por qué encuentras a Ozzie tan atractivo. Tiene seguridad en sí
mismo, es un hombre inteligente y es muy leal.
—Y es increíble en la cama. No te olvides de esa parte. —No puede dejar de
sonreír.
—Tú y yo sabemos que esa no es la razón por la que estás con él, pero es una
ventaja añadida.
May tiene un brillo ausente y soñador en los ojos que me produce mucha
envidia. Rápidamente cambio de tema para no pensar nada negativo. Estoy
encantada de que sea tan feliz.
—De todos modos, ha estado muy bien hablar con Dev, y creo que realmente
podría divertirme con él como amigo, así que, aunque solo sea eso lo que haya
entre nosotros, una amistad, seré feliz.
—Yo también me alegro por ti. —May sonríe—. Podríais formar una buena
pareja.
Niego con la cabeza.
—No nos anticipemos. Nos conocimos la semana pasada.
—¿Y qué? El amor a primera vista es real. Créeme, lo sé.
Me río.
—Me dijiste que cuando conociste a Ozzie, pensabas que era un hombre
horrible y una bestia, con esa barba. Dijiste que era feísimo. Eso no fue amor a
primera vista, de ninguna manera.
May me mira frunciendo el ceño.
—Esa impresión duró solo unos diez minutos. Una vez que se afeitó y vi lo
guapo que era, fue suficiente. Me enamoré de él como una loca.
Pongo los ojos en blanco.
—Lo que tú digas.
May arruga el papel de su muffin.
—Entonces, ¿encontraste algo importante en los archivos de ordenador de la
otra noche?
—Bueno, probablemente debería guardármelo para la reunión de hoy, pero
anoche, después de que los niños se fueran a la cama, encontré algunas cosas
interesantes en las unidades clonadas.
May se sienta con la espalda erguida en la silla.
—¿De verdad? Cuéntamelo.
Me inclino hacia delante, entusiasmada por lo que descubrí después de
trabajar hasta altas horas de la madrugada.
—En Blue Marine hay una empleada que se sienta en la estación número
tres, llamada Anita, que ha estado maquillando las cuentas. Aún no se lo he
contado todo a Lucky.
—¿Y qué? Cuéntamelo de todos modos.
Estoy demasiado emocionada con mis hallazgos como para callármelos.
—Creo que puedo probar la existencia de al menos dos empresas falsas que
esa mujer ha creado para desviar fondos a una de sus cuentas.
May se queda boquiabierta y tiene que hacer un visible esfuerzo para hablar.
—Oh… Dios mío. Eso es… increíble. ¿Cómo lo descubriste?
Me encojo de hombros.
—Bueno, esa mujer es una experta en temas informáticos muy sofisticados,
eso tengo que reconocérselo.
—Pero no tanto como mi hermana —dice May, apretándome el brazo.
Sonrío.
—Exacto.
Aprovecho esta oportunidad con mi hermana para explicar lo que he hecho
de forma que un lego en la materia pueda entenderlo, sabiendo que bizqueará en
cuanto diga algo demasiado técnico.
—Utilizó un software de ocultación de archivos que tenía una matriz de
cifrado AES 256 bastante difícil…
May se pone a bizquear prácticamente en cuanto empiezo con mi
explicación.
—Oh, Dios mío, eres una nerd.
—Soy una friki de la informática, no una nerd. Hay una gran diferencia. —
Intento explicárselo de nuevo—. Digamos que ella tenía una contraseña
superdifícil en el sistema, pero yo la descubrí. Y quizá haya accedido a algunos
documentos legales en internet que se suponía que no debía ver y que me han
permitido seguir el rastro de esas empresas hasta llegar a ella. Creo que pagó
mucho dinero a un abogado para mantenerlo todo en secreto, pero debería haber
contratado también a un ingeniero informático. —Sonrío como el Gato de
Cheshire.
May se inclina para darme un abrazo espontáneo.
—Eres tan increíble… Sabía que podrías hacerlo. Pero hazme un favor: no se
lo expliques a ellos como me lo has explicado a mí. Usa toda esa jerga tan rara.
Me río.
—¿Por qué?
De repente, parece desesperada.
—¡¿Que por qué?! ¡Pues porque quiero que te ofrezcan el trabajo! Si actúas
como si no fuera gran cosa, pensarán que pueden contratar al primer tontaina que
pase por la calle para que lo haga.
Eso me sorprende un poco.
—¿Quieren contratar al primer tontaina que pase por la calle?
May niega con la cabeza.
—No, claro que no. Quieren contratarte a ti, pero Toni suele ser muy
negativa con la gente que se incorpora al grupo, así que me da miedo que haga
extender la idea entre el equipo de que en el fondo no quieres trabajar allí. Pero
si puedes demostrarles que lo que haces es muy especial y que no puede hacerlo
ningún payaso informático, creo que habrá más posibilidades de que no hagan
caso a Toni.
—Uau. No sabía que le cayese tan mal.
May niega con la cabeza vigorosamente.
—No es que le caigas mal. Te lo prometo. Es solo que es muy arisca, todo el
tiempo. Incluso cuando es amable conmigo, sospecho que me la está jugando.
Así que no te lo tomes como algo personal.
Parece como si fuera a decir algo más, pero se calla. Recelo al instante.
—¿Qué ibas a decir?
—¿Qué? ¿Qué quieres decir? No iba a decir nada. —Está hablando con un
tono demasiado despreocupado y alegre para estar diciendo la verdad.
La fulmino con una mirada de madre furiosa.
—No juegues, May. Estabas a punto de decir algo sobre Toni. ¿Qué era?
May juguetea con el envoltorio de uno de los muffins durante un rato antes
de responderme.
—No debería decírtelo, de verdad.
Le quito el papel para que no se distraiga.
—No, tienes que decírmelo.
May abre la boca para responder a mi pregunta cuando le suena el teléfono.
Mira la pantalla y levanta el dedo hacia mí.
—Tengo que responder. Es Ozzie.
Intento no enfadarme cuando contesta la llamada y me pongo a limpiar la
mesa y las migas mientras intercambia una breve conversación con su novio.
Quiero saber de veras qué iba a decirme sobre Toni. Tal vez si la conociera
mejor, podría arreglar lo que sea que haya hecho mal. No me gustaría trabajar en
Bourbon Street Boys si Toni me odia; sería demasiado incómodo.
Estoy enjuagando las tazas de café en el fregadero cuando May se levanta.
—¿Te vas? —pregunto.
—Sí. Ozzie necesita que haga algo inmediatamente.
Qué oportuno…
—¿Vas a acabar de decirme lo de Toni antes de irte?
—Tal vez en otro momento. —Se echa la correa del bolso al hombro y
guarda el teléfono—. Estarás en la nave industrial hoy a las once y media,
¿verdad?
—Sí. Voy a terminar de escribir el informe sobre lo que averigüé esta
mañana, me vestiré e iré hacia allá.
May me da un abrazo y un beso en la mejilla.
—Estupendo. Te veré luego. Gracias por los muffins. —Toma otro de la
fuente de la encimera y se dirige hacia la puerta principal—. Voy a llevarle uno a
Ozzie. ¡No te sorprendas si te pide la receta!
Niego con la cabeza mientras camino hacia el recibidor y veo a mi hermana
salir por la puerta principal. Ya casi me veo haciendo algo tan absurdo como
intercambiar una receta con ese gigante de hombre, el hombre del que se
enamoró después de verlo solo en una ocasión. Nuestras vidas son una locura
absoluta en este momento, pero, por primera vez, empieza a gustarme la locura.
Capítulo 32
Probablemente debería ser más responsable y terminar de escribir mi informe
para el equipo primero, pero estoy ansiosa. Tanto hablar sobre Dev y sobre una
posible relación amorosa con él me ha hecho darme cuenta de lo mucho que
necesito salir y dejar de fingir que tengo ochenta y cinco años y que las citas con
hombres son cosa del pasado. Solo tengo treinta y dos años, me queda mucha
vida por delante. Me queda mucho sexo por delante. Y si no va a ser con Dev,
tendrá que ser con otra persona. No puedo dejarlo todo en manos de las buenas
vibraciones que mi hermana percibe sobre nosotros.
Cuando estoy segura de que May se ha ido, entro en mi despacho y enciendo
el ordenador. Todavía voy con la sudadera, con el pelo totalmente despeinado,
pero no importa. Mi futuro novio nunca me verá así. Si las historias que he leído
en internet son ciertas, probablemente elegiré al peor tipo de toda la ciudad para
salir en mi primera cita, y tendré una historia increíblemente divertida que
contarles a mis amigas después.
Entro en la web de citas y miro la pantalla de inicio. Todavía estoy conectada
desde que Dev y yo visitamos la página juntos. ¿Qué debería hacer ahora?
¿Comenzar una nueva búsqueda, o usar la que ya realicé cuando estaba
buscando a Dev?
Como no me decido, decido completar mi propio perfil. Eso me lleva diez
minutos largos, y luego vuelvo a estar atascada otra vez al principio. ¿Cómo
encuentro una cita?
Los resultados de mi búsqueda para encontrar Dev siguen ahí: una lista de
casi treinta nombres con frases textuales sacadas de sus anuncios. Intento
imaginar qué aspecto tendría mi candidato potencial, y lo que le gustaría hacer
en su tiempo libre, pero lo único que me viene a la cabeza es un hombre que se
parece a Dev y que tiene sus mismas aficiones. Debería admitir de una vez que
estoy colada por él.
Hago clic en los resultados de búsqueda para actualizarlos. Ahora hay
veintinueve nombres.
—Bueno, qué demonios… Podría empezar por estos tipos y ver adónde me
lleva.
Examino los perfiles y me sorprendo reduciendo los candidatos a los mismos
tres que había elegido antes. Sé que el que dice que todavía está buscando a su
persona favorita es Dev, así que, obviamente, no lo selecciono a él. Eso sí sería
un acto desesperado, escogerlo de forma deliberada y luego fingir que se me
había olvidado que era él. Ufff, qué vergüenza…
En vez de eso, hago clic en el que dice «Toma mi mano y caminaremos
juntos». Cuando hago clic en el enlace «Leer más» y examino su perfil más
detalladamente, me sorprende una vez más lo mucho que me recuerda a Dev. Sin
embargo, Nueva Orleans es una ciudad bastante grande, así que supongo que no
debería extrañarme que haya más de un tipo que cumpla mis criterios y se
parezca a otro. Sin pararme a pensar qué estoy haciendo, continúo y hago clic en
el botón «Enviar mensaje» y escribo uno rápido.
He visto tu perfil en la web. ¿Te gustaría quedar
para tomar algo?
El mensaje se firma automáticamente con mi nombre de usuario:
salu2desdnola.
Espero un momento antes de hacer clic en el botón «Enviar». No tengo nada
que perder, ¿verdad? Puede que parte de mi orgullo, pero no me queda mucho de
eso. Por lo visto, no necesito mucho orgullo para sobrevivir.
Me quedo un momento preguntándome qué hacer a continuación, y luego
percibo mi pestilente aliento.
—Puaj.
Mi próximo paso está muy claro. Es hora de prepararme para el trabajo.
Siento una punzada de emoción cuando me doy cuenta de que, de hecho, tengo
un trabajo al que ir. No está nada mal para una chica a la que despidieron el
lunes.
Justo cuando estoy a punto de cerrar sesión en la web, oigo un pitido y
aparece una pequeña ventana. Dentro de ella hay un corazón que parece estar
latiendo. A mí también se me acelera el corazón cuando me doy cuenta de que
alguien ha respondido a mi mensaje. Leo la respuesta a medida que aumenta mi
ansiedad.
¡Eso sería genial! ¿Dónde?
Respondo sin pensar.
No sé por dónde vives, pero ¿qué te parece el
Harry’s Harborside Tavern?
No estoy segura de qué hacer a continuación. ¿Cuál es el protocolo para una
primera cita a través de una web? ¿Le doy las gracias? ¿Le pregunto qué va a
llevar? Me siento como una perfecta idiota. Es él quien pregunta:
¿El sábado? ¿A las 19.00?
Le contesto que sí, dando por sentado que mi hermana accederá a cuidar de
los niños cuando se entere de que tengo una cita de verdad.
Está bien.
Perfecto. Hasta entonces. Seré el hombre de la
camisa azul.
¿Debo decir algo sobre mi atuendo? Ahora mismo, no tengo ni idea de qué
voy a ponerme. ¿Eso me hará parecer rara? Vaya. Será mejor que cuente con la
sinceridad como mi mejor aliada en este momento. Si me toca la lotería y elijo a
un hombre maravilloso desde el principio, no quiero que se enamore de alguien
que no soy. No soy una de esas chicas increíbles que siempre saben qué decir en
el momento justo. Opto por una respuesta concisa.
De acuerdo. Hasta entonces.
Satisfecha por haber cumplido con los términos de mi trato con Dev, me voy
al baño para arreglar las terribles consecuencias que el intento fallido de dormir
ha tenido sobre mi pelo y mi cara. Con suficiente maquillaje, tal vez pueda
ocultar los estragos sufridos por esta pobre madre angustiada.
Capítulo 33
No debería estar nerviosa. Conozco a la gente con la que estoy a punto de
mantener una reunión, al menos un poco. Estuve trabajando con Lucky en una
operación nocturna. ¡Y esta noche voy a salir a cenar con Dev después de
navegar con él por una web de citas! Y pese a todo, aquí estoy, en el
aparcamiento, con las palmas sudorosas, mi pequeño maletín al lado y el
ordenador portátil en su funda, preparado.
¿Y si mi informe es demasiado amateur? ¿Y si no les he dado suficientes
detalles? ¿Y si les he dado demasiados detalles? Es imposible saber si lo he
preparado correctamente, porque nunca he hecho algo así en mi vida. Sí, claro,
he asistido a muchas reuniones con ejecutivos de alto rango, pero siempre
conversaba con personas que hablaban el mismo idioma que yo.
Me preocupa ser demasiado técnica con mis compañeros, legos en
informática, pero también temo no ser lo bastante técnica. No quiero que piensen
que he simplificado demasiado mi informe solo para que puedan entenderlo. Mi
objetivo es lograr el equilibrio perfecto entre el lenguaje especializado y el habla
normal.
Un vehículo se detiene a mi lado y la puerta de la nave industrial empieza a
abrirse, por lo que deduzco que quienquiera que conduce el coche tiene un
mando a distancia. La ventanilla del lado del conductor del SUV oscuro se abre
y veo a Toni. Primero me señala con la cabeza y luego indica la puerta. Aunque
no estoy segura de lo que quiere decirme. ¿Es un saludo de chicas? ¿Quiere que
salga del vehículo? ¿Me está invitando a que pase yo primero? No quiero
equivocarme y quedar como una auténtica estúpida.
Pone los ojos en blanco ante mi inacción y gesticula para que baje la
ventanilla.
Cuando la he bajado, sus palabras me llegan en voz alta y clara.
—Deberías seguirme. Aparca dentro.
—¿Y eso? —Estar detrás de una puerta cerrada cuyo código de acceso
desconozco me dificultará mucho más la tarea de irme cuando esté lista.
Seguramente querrán discutir sobre mi informe cuando me vaya, y será una
molestia que alguien tenga que acompañarme para introducir el código y
dejarme salir.
—Porque —empieza a decir, con irritación— aquí nos gusta trabajar de
incógnito. Si alguien aparca fuera, todo el mundo puede saber que ese alguien
está aquí.
—Ah. De acuerdo. —No tengo nada que decir a eso, pero ya vuelvo a sentir
el fantasma del peligro acechándome, y eso me deja la conciencia muy
intranquila. ¿Seguro que ha sido buena idea venir? ¿Hago bien en plantearme
trabajar para ellos de forma más permanente?
No tengo tiempo para decidirlo ahora mismo. Toni se ha detenido y espera
que la siga. Mientras avanzo con el coche, adentrándome en la oscuridad de la
nave industrial, me doy cuenta de que no somos las primeras en llegar: hay
varios vehículos aparcados dentro, incluidos los de May y Dev. Cuando apago el
motor, oigo unos ladridos. Sahara y Felix bajan por las escaleras para saludarnos.
No sé qué tiene esta pareja de adorables perritos, pero me tranquilizan
inmediatamente. No hace falta que me preocupe de dónde he aparcado o qué
significa eso ahora mismo. Puedo abrazar a los cachorros, darle mi informe al
equipo y luego irme al centro comercial. Ese es mi viernes ideal. Nada de
miedos absurdos ni de ponerse histérica.
May baja las escaleras después de los perros a un ritmo más tranquilo, lo que
significa que no aterriza en una maraña de patas y pelo al llegar al pie de
escalera, a diferencia de los animales. Felix se vuelve loco, tratando de
desenredarse de su novia. Sahara lo mira aturdida mientras él corretea alrededor,
ladrando como si lo estuvieran electrocutando con una Taser o algo así.
—¡Has venido! —exclama mi hermana.
—¿Se encuentra bien? —pregunto, señalando a Felix.
—Ah, sí, está bien. Es que no le gusta nada cuando Sahara lo tira al suelo.
Ahora mismo la está regañando.
Es una escena divertidísima. ¿Será ese el aspecto que tengo cuando les grito
a los niños? Cierro la puerta del automóvil y me dirijo al lado del pasajero para
recoger mis cosas.
—Sí, he llegado a tiempo. Es un milagro.
Mira dentro del coche.
—¿Sammy está bien?
—Sí, de momento. Todavía tengo que encontrarle una guardería fija para el
resto del curso, pero hoy estará bien.
Me apunto mentalmente que tengo que hacer unas llamadas cuando salga de
aquí.
—Hola, Toni —saluda May a su compañera de trabajo.
—Hola. ¿Todo bien?
—Sí, perfecto. Con muchas ganas de oír lo que Jenny tiene que decirnos
sobre lo que encontraron Lucky y ella.
Al parecer, Toni no tiene nada que añadir a eso. Sube las escaleras delante de
nosotras, sin mirar atrás.
Es un hueso duro de roer, pero, por lo que decía mi hermana, preocuparse
por caerle bien a Toni es un esfuerzo inútil. Probablemente, lo único que puedo
esperar es respeto mutuo. Con un poco de suerte, después de ver mi informe, me
ganaré su aceptación.
May baja la voz para que nadie nos oiga mientras miramos hacia arriba.
—¿Estás nerviosa?
—¿Cagan los osos en el bosque?
—Sí. Porque los osos producen un abono estupendo, ¿no lo sabías?
—¿El qué?
May me sonríe mientras sube las escaleras de lado.
—Que plantan bellotas y siembran cosas con sus excrementos.
Pongo los ojos en blanco.
—Ja, ja, ja. Muy graciosa. —Me inclino y le susurro con la voz más
amenazadora posible—. No te atrevas a hablarle a nadie sobre mi obsesión con
Animal Planet.
—Se me puede sobornar, ¿sabes?
—¿Quieres venir al centro comercial conmigo? Tengo una tarjeta de regalo
que gastarme… —La miro arqueando las cejas de manera elocuente.
—¿Animal Planet? ¿Quién ve esa tontería de canal? Mi hermana no. —
Sonríe—. Ahí estaré. ¿A la hora del almuerzo?
Asiento con la cabeza. Hemos llegado a lo alto de la escalera y Toni
introduce el código que nos dará acceso a la sala de las espadas. Empuja la
puerta lo bastante fuerte para que se abra del todo, pero no se molesta en
sujetárnosla.
En cualquier otra circunstancia, la consideraría una maleducada, pero el
hecho de que May me haya advertido de antemano me convierte en una mujer
más tolerante. Además, no puedo permitirme el lujo de pensar que alguno de los
miembros del equipo es mala gente. ¿Qué pasa si me ofrecen un trabajo? ¿Qué
voy a decir? ¿Me echaré atrás porque me preocupa que haya una chica mala
entre nosotros? Espero no ser esa clase de persona, alguien que se asusta tan
fácilmente.
Los perros pasan corriendo por mi lado y a punto están de tirarme al suelo
con su entusiasmo por volver a la zona de reuniones.
—¡Maldita sea! —exclamo, tratando de agarrarme a algo para no caer,
sujetando el tirador de la puerta con todas mis fuerzas. Mi maletín se balancea y
me golpea en el estómago—. Dios, sí que tienen prisa.
Me quedo ahí de pie, doblada sobre el estómago para tratar de recobrar el
aliento y rezando para que no me haya visto nadie. Cuando miro hacia arriba,
veo que Toni me mira con cara rara. Genial.
—Alguien tiene que entrenar a esos perros —dice May con aire gruñón.
La miro con los ojos abiertos como platos.
—Desde luego, alguien tendría que hacerlo…
—¡Oh, mira! ¡Espadas! —dice May, obviamente en una maniobra de
distracción para que me olvide del tema del adiestramiento de perros, pero le
hago caso y examino las espadas de todos modos. Son impresionantes, a pesar
de que ya las he visto un par de veces. Y son todas de Dev. No sé lo que daría
por verlo manejar una de ellas…
Las voces de la habitación contigua me impiden hacer algún comentario o
avanzar en esa línea de pensamiento. La conversación con May me ha ayudado a
relajarme un poco, pero ahora que oigo a sus compañeros, vuelvo a estar
nerviosa de nuevo. ¿Me sentiré cómoda aquí alguna vez?
Capítulo 34
May me da un suave empujón en la espalda.
—Date prisa. No quiero llegar tarde.
Entro y saludo a Lucky, que está al otro lado de la habitación. Él gesticula
señalando el asiento vacío a su lado. También hay un asiento vacío junto a Dev,
de espaldas a nosotras, pero me falta valor para sentarme ahí. Me dirijo al otro
lado de la mesa para sentarme al lado de mi compañero de fechorías nocturnas,
mi amigo el clonador de ordenadores Lucky. Cuando me siento, Dev me mira y
sonríe, y su cálida mirada me calma los nervios al instante.
Ozzie habla y todas las voces se callan para escucharlo.
—Parece que ya estamos todos, así que podemos empezar.
Consulto disimuladamente el reloj, asegurándome de que no he llegado
tarde. Siento alivio al ver que son las once y media clavadas.
—Me gustaría comenzar con Blue Marine.
Ozzie nos mira a Lucky y a mí. Por suerte, Lucky toma la iniciativa.
—Como todos sabéis, Jenny y yo fuimos a las instalaciones de Blue Marine
el miércoles por la noche, clonamos todos sus ordenadores y obtuvimos acceso a
su servidor. Analicé algunos de los datos que sacamos, pero estoy seguro de que
Jenny tendrá más información.
Gira la silla para mirarme de frente.
Intento hablar con naturalidad al responder, pero tengo que aclararme la
garganta un par de veces para que me salga la voz, porque mis primeros dos
intentos recuerdan al croar de una rana más que a una voz humana.
—Sí, bueno, como ha dicho Lucky, hicimos una labor de recopilación de
datos el miércoles por la noche. Teníamos un plano de la oficina y de los
distintos sistemas informáticos que había allí, y lo clonamos todo. Estuve un
buen rato examinando los sistemas clonados para ver qué podía encontrar, y
había una estación en particular que me llamó la atención. —Busco en mi
carpeta de archivos y saco el informe que he redactado, avergonzada por haber
imprimido solo tres copias. Le doy una a Lucky y la otra a Ozzie, y me quedo
con la tercera para usarla como referencia—. Lo siento, pero no tengo copias
para todos.
—No te preocupes por eso —dice Thibault—. Danos simplemente la
información más relevante. Podemos leer el informe detallado más adelante si es
necesario.
Menos mal que está Thibault; tiene un don especial para hacer que me sienta
más relajada. Sin embargo, ahora mismo ni siquiera puedo mirar a Dev; seguro
que se me olvida hasta mi propio idioma si veo ese hoyuelo.
—Bueno. Entonces, como he dicho, había una estación que me llamó la
atención. Lo he detallado en el primer párrafo.
Miro a Ozzie y Lucky y compruebo que miran con mucha atención lo que he
escrito para ellos en el informe. Hasta ahora no veo ninguna expresión rara, así
que creo que voy por buen camino con el primer párrafo. ¡Un hurra por mí
misma!
—La empleada que trabaja en ese ordenador se llama Anita.
Lucky levanta la vista en ese momento y lanza un fuerte silbido. Thibault
está sacudiendo la cabeza.
—Vaya, vaya… —dice, lo que me lleva a pensar que es una mala señal. ¿He
hecho algo mal?
Ozzie resuelve el misterio.
—¿Anita? ¿No es la mujer de uno de los propietarios?
Thibault responde.
—Sí. Creo que sí, ¿no es así, Lucky?
Él asiente con la cabeza.
—Eso es lo que tengo entendido. —Me mira—. Sigue.
Asiento con la cabeza antes de proseguir.
—Bueno… ¿por dónde iba…?
Utilizo el dedo para encontrar el punto y luego paso a la siguiente página del
informe para acordarme de lo que viene después. Hago una pausa de unos
segundos para decidir qué nivel de tecnicismos voy a emplear. No quiero
simplificar mi trabajo, como dijo May, pero tampoco quiero que parezca que
estoy alardeando de mis conocimientos. Es fácil para mí ponerme en plan genio
de la informática y que los demás se lleven la impresión equivocada. Miro el
papel mientras continúo.
—Sí. Bueno. Podéis echar un vistazo a las capturas de pantalla más
detalladas que he incluido al final del documento, y los detalles más técnicos,
pero básicamente, la empleada había escondido en su disco local algunos
archivos usando un software especial con una herramienta de encriptación
bastante sofisticada. En esos archivos y a través de otras fuentes en línea,
encontré documentación que parece indicar que ha creado varias entidades, que
he verificado a través del Departamento de Estado. Cada una de ellas la
identifica como la única propietaria de las cuentas. Hice una referencia cruzada
con los pagos que Lucky clasificó como sospechosos en el sistema, y todos están
relacionados. Absolutamente todos. Se ha estado pagando a sí misma por
servicios que, muy probablemente, no se han prestado o, si se han prestado, ha
sido a cambio de mucho menos dinero de lo que se pagó a sí misma.
Me callo para darles unos segundos para asimilar la información, antes de
continuar.
—Trató de ocultar su identidad, y podría haberse salido con la suya, pero…
no lo consiguió.
—No lo entiendo —dice Toni—. ¿Qué quieres decir con eso?
—Lo que quiero decir es que es muy probable que alguien la ayudara: o ella
o alguien que conoce es un experto en ordenadores con conocimientos bastante
avanzados, y también fueron necesarios ciertos conocimientos en materia legal
para ocultar las diversas entidades y su propiedad. La información que
necesitaba encontrar no estaba disponible en los registros públicos. Pero la
encontré. Simplemente, ella tuvo mala suerte, supongo. La mayoría de la gente
lo habría pasado por alto o no habría podido acceder a esa información. —Sí,
soy una bestia de la informática y no me da miedo admitirlo. Frank no debería
haberme despedido.
—¿Has hackeado el ordenador de alguien? —pregunta Toni con aire
escéptico.
—Sería mejor que no compartiera todos los detalles públicamente. —Me
encojo de hombros—. Por razones relacionadas con hechos refutables, tú ya me
entiendes… —No es que nadie pueda rastrear lo que he hecho, pero aun así. Es
mejor que el número de personas conocedoras del asunto se mantenga en un
círculo muy reducido, y estoy segura de que ella no es quien toma las decisiones
aquí dentro.
Toni frunce el ceño, pero Thibault sonríe, y lo tomo como una buena señal.
La expresión de Ozzie es tan indescifrable como siempre. Dev y Lucky asienten.
Por la cara que pone, May parece como si acabara de ver a su hijo dar el primer
paso. Creo que se contiene para no ponerse a aplaudir. Tengo el pecho henchido
de orgullo, con el corazón a punto de estallar.
—¿De cuánto dinero estamos hablando? —pregunta Thibault.
Me vuelvo a Lucky para que sea él quien hable. Yo encontré todas las
conexiones e hice el recuento, pero no quiero pisarle su terreno. Él es quien se
encarga de las finanzas, no yo. Sé trabajar en equipo.
—Casi un millón de dólares en cinco años.
Dev lanza un silbido al oír la escandalosa cantidad, y el silbido me hace
levantar la vista hacia él. Nos miramos a los ojos y me empieza a arder la cara.
Tengo que apartar la vista. No me puedo creer lo estúpida que me siento, con el
estómago revuelto y el corazón desbocado de solo mirarlo. Es como el calamar,
hipnotizándome con su adorable poder de persuasión.
Ozzie vuelve a centrarse en mí.
—Sé que esto es más bien un asunto legal, pero ¿qué sabes sobre el delito
por fraude financiero? ¿Crees que tenemos pruebas suficientes?
En ese momento se me acelera el corazón, pero por una razón
completamente diferente.
—Pues… No tengo ni idea. Lo siento.
Vaya. ¿Se suponía que tenía que investigar eso?
Lucky retoma la conversación.
—No te preocupes, no es tu área de especialización. Este informe es
fantástico. Muy minucioso. Debes de haber tardado horas en redactarlo. —Lo
hojea para dar más énfasis a sus palabras y enseña una captura de pantalla a
Thibault para que la vea.
—Sí, tardé bastante, pero tomé un montón de café y los niños estaban
dormidos, así que…
Me encojo de hombros, agradeciendo el intento de Lucky de hacerme sentir
mejor, pero frustrada por no haber pensado en los aspectos legales. Claro, no es
mi área de especialización, pero sabía para qué estábamos haciendo el trabajo.
—Ya os dije que era buena —dice mi hermana, radiante de felicidad.
Cuando Ozzie termina de hojear el informe, se lo entrega a Thibault y es este
quien lo examina, asintiendo cada vez que pasa una página. Dev asiente con la
cabeza y me guiña un ojo antes de estudiar la expresión de Thibault.
—Tienes razón, Lucky. Esto está muy bien. Muy buen trabajo. Ni siquiera
entiendo la mayor parte.
Entonces habla Dev y su voz hace que me sonroje de nuevo.
—Así que, ¿cuál es el plan? ¿Cuál es nuestro siguiente movimiento?
No puedo mirarlo a la cara, tengo miedo de que mi expresión delate lo
colada que estoy por él. Lucky responde.
—Bueno, voy a sentarme con Jenny para que me enseñe todo esto en el
ordenador, y luego tenemos que invitar al señor Jorgensen a que venga y
mostrarle lo que hemos descubierto. Llegados a este punto, supongo que querrá
involucrar al departamento de policía. —Lucky me mira—. ¿Te parece bien? ¿Te
importa reunirte con el cliente y exponerle lo que has encontrado? Creo que eres
la única que realmente puede explicar los detalles.
Estoy impaciente por colaborar y que sigan las buenas vibraciones.
—Por supuesto. Quiero ayudar tanto como pueda. Me contratasteis para este
trabajo, así que haré lo que sea necesario para terminarlo.
—Eso nos lleva a nuestro siguiente punto en el orden del día —dice Ozzie.
La sala se calla y Thibault deja el informe sobre la mesa, volviendo a centrar su
atención sobre mí.
Los miro a todos, pero el único que me da alguna pista sobre lo que está
pasando es Dev. Me sonríe y luego me guiña un ojo. Tengo que mirar a otro lado
porque la cara se me está poniendo roja como un tomate. Siento como si mi
cuerpo acabara de prender fuego.
—Basándome en el informe que tenemos delante y en los comentarios que
me hizo Lucky sobre el terreno y también Dev, por no hablar de la información
que recabó Thibault y, por supuesto, de la recomendación de May… —Ozzie
hace una pausa para mirar a su novia, haciendo que se sonroje—. Me gustaría
pasar al tema de nuestra conversación anterior, si os parece bien a todos los
miembros del grupo.
Todos en la mesa a excepción de Toni asienten a la vez con la cabeza. Ella no
dice nada, sino que se limita a mirar fijamente al vacío. Ozzie dirige su atención
hacia mí.
—Sé que la semana pasada empezamos con el pie izquierdo contigo, pero
todos nos hemos quedado verdaderamente impresionados con tu trabajo y tu
rendimiento en general. Thibault, Lucky y yo hemos realizado un análisis de
nuestra empresa y hemos llegado a la conclusión de que hemos rechazado
muchos encargos porque en nuestros servicios actuales nos faltan una serie de
habilidades concretas. Creemos que tu podrías suplir esas carencias.
Hace una pausa para dejar que asimile sus palabras y tal vez para observar
mi reacción. Yo mantengo una actitud lo más serena posible dadas las
circunstancias. Tener a Dev al otro lado de la mesa me ayuda a recordar que sé
reaccionar bien bajo presión. Solo he de pensar en la otra noche en la oficina y
en que no salí corriendo por la puerta gritando presa del pánico. Me enfrenté a
eso, me enfrenté al imbécil de Frank y, desde luego, puedo enfrentarme y
manejar esto también.
—Entonces, si tú quieres, nos encantaría que te incorporaras al equipo.
Empezaríamos con un período de prueba de noventa días, para ver si el acuerdo
funciona, tanto para ti como para nosotros, pero si todo sale como pensamos,
podríamos contratarte a jornada completa y tú tendrías derecho a todos los
beneficios que conlleva esa opción.
Trago saliva un par de veces tratando de encontrar mi voz. ¿Debería hacerlo?
¿Debo correr el riesgo? ¿Debo dejar de preocuparme por todas las cosas malas
que podrían suceder y centrarme en todas las cosas buenas que podrían suceder?
Miro a Dev, al otro lado de la mesa, y él me observa con expresión seria.
Asiente con la cabeza, como si tuviera toda la confianza del mundo en mí, como
si realmente pudiera ser un miembro de aquel equipo de superamigos. Siento una
mezcla de alegría y orgullo inmensos en el corazón. Asiento con la cabeza.
—Sí, me gustaría. El período de prueba parece una buena idea.
Esa es mi vía de salida; si resulta que odio el trabajo, no pasa nada; decidiré
no continuar y no tendré que romper ningún compromiso con nadie. May, por su
parte, no sufrirá las consecuencias ni la ira del resto de su equipo. Prefiero no
pensar dónde encaja Dev en ese escenario.
Ozzie asiente.
—Estupendo. —Mira alrededor de la mesa—. ¿Algún otro asunto que
discutir en este momento?
Estoy segura de que a partir de entonces continúan la reunión y hablan sobre
otro cliente, pero no escucho ni una sola palabra. Permanezco sentada en la mesa
en una nube de aturdimiento, sin poder creer mi buena suerte. ¿O es mi
desgracia? Imposible saberlo ahora mismo. Lo único que sé es que estoy sentada
a una mesa con mi hermana —que podría decirse que es la mejor amiga que he
tenido—, y con un hombre con un hoyuelo mortal que me está lanzando la
mirada más adorable que pueda imaginar, y que acaban de ofrecerme un trabajo
a jornada completa. Creo que en este período no se va a poner a prueba solo mi
trabajo, sino también mi corazón.
¿Sobreviviré? es la pregunta. Y si no lo hago, ¿dónde estaré entonces? ¿Qué
pasa si resulta que este es como mi último empleo, donde trabajé mucho para
luego acabar destrozada y en la calle?
No quiero ni pensarlo en este momento. Mirar siempre por el espejo
retrovisor no es la manera de avanzar hacia delante. «¡Arriba, arriba y fuera!»,
como dice Superman. Me voy a centrar en mi futuro y no en los errores del
pasado.
Capítulo 35
Bueno, ya ha llegado: el ansiado momento en el que he llevo días pensando.
Devuelvo a su sitio la cortina del ventanal delantero. Dev está en la entrada,
bajándose de su vehículo. Tiene un aspecto muy elegante, con pantalones de
color caqui y una camisa de algodón con botones.
Me doy un repaso de arriba abajo yo también, satisfecha de haber tirado la
casa por la ventana en el centro comercial y de haberme comprado este vestido
cuando fui de compras con May. He pasado tantos años vistiendo ropa cómoda y
aburrida, yendo a trabajar en zapatillas de deporte y vaqueros, que casi había
olvidado lo que se siente al ir arreglada.
Los niños están felizmente instalados en la casa de la tía May. Para ellos es
toda una ocasión especial poder quedarse a dormir allí. Por lo general, May
prefiere ver a mis hijos aquí, pero cuando se ofreció a llevárselos a su casa, estoy
segura de que lo hizo porque estaba pensando que esta cita podría salir muy, muy
bien. Sin embargo, es imposible que vaya tan sumamente bien; no pienso
acostarme con un compañero de trabajo en nuestra primera cita. Además… no es
una cita de verdad. Perdí una apuesta, eso es todo.
Suena el timbre y se me acelera el ritmo cardíaco. Me examino el maquillaje
de los ojos y repaso los dientes en el espejo de la entrada antes de acudir a abrir
la puerta. Intento aparentar un aire de despreocupación que no siento cuando me
apoyo en el marco de la puerta.
—Hola, Dev.
—Hola. —Está plantado en el porche de mi casa, mirándome desde arriba, y
si no me equivoco, parece un poco nervioso—. ¿Estás lista? ¿O prefieres que nos
tomemos una copa aquí primero?
Tengo una botella de vino en la nevera, pero me preocupa que nos quedemos
sin conversación si permanecemos en la casa vacía y silenciosa mucho tiempo.
—Podemos irnos ya, si quieres. A menos que hayas reservado para más
tarde…
Niega con la cabeza.
—No. Podemos irnos.
Agarro mi bolso de la consola del recibidor, comprobando dos y hasta tres
veces que tengo mi teléfono y la billetera. Como la cena de esta noche me toca
pagarla a mí, me aseguré de pasar por el cajero automático para sacar algo de
efectivo. De vez en cuando, mi tarjeta de débito no funciona, y no quiero sufrir
esa clase de vergüenza esta noche. En realidad, no quiero sufrir esa vergüenza
nunca, pero como a veces Miles me da cheques sin fondos, es inevitable. Por
alguna extraña razón, al banco no le gusta adelantarme dinero.
Después de cerrar la puerta, bajamos juntos los escalones de la entrada.
—¿Adónde vamos? —pregunto.
Me acompaña al sitio del copiloto y me abre la puerta. Estoy encantada. Ya
sé que es un gesto pasado de moda, pero no puedo evitarlo. Miles nunca hacía
eso, ni siquiera cuando estábamos saliendo.
—Ya lo verás. No te preocupes, te gustará. Lo prometo.
Me siento y me aliso el vestido mientras él cierra la puerta. Tengo unos
segundos para admirar su increíble cuerpo mientras pasa por la parte delantera
del vehículo y llega al asiento del conductor. Me siento realmente afortunada de
estar con él esta noche, aunque solo sea una cena de amigos. También me siento
muy afortunada por el hecho de formar parte del equipo, porque si nos quedamos
sin temas de conversación en la cena, siempre podemos hablar del trabajo. Estoy
muy intrigada por las historias de la vida de sus amigos, así que, ya solo por eso,
esta cena es una magnífica oportunidad para conocer un poco mejor a mis
compañeros.
Dev pone en marcha el trasto que es su automóvil y sale a la calzada dando
marcha atrás, usando la parte inferior de la mano para darle vueltas y más
vueltas al volante. Salimos del vecindario en dirección norte y no tardamos en
incorporarnos a la carretera principal, que sé que nos llevará a una zona de la
ciudad que no frecuento muy a menudo. Pero no voy a preocuparme por eso,
porque confío en este hombre. Sé que nunca me pondría en peligro.
—Muy buen trabajo lo de hoy —me felicita.
—Gracias. No ha sido para tanto.
Nunca se me ha dado bien aceptar los elogios sobre mi trabajo. Las
evaluaciones de desempeño no me suponen ningún problema, porque son sobre
todo en papel, pero cuando la gente me felicita a la cara, siempre me hace sentir
incómoda. Miro por la ventanilla, esperando que se me pase la sensación
embarazosa.
—Bueno, a Ozzie sí le ha parecido que era un trabajo excepcional. Y a mí
también.
—Pues a Toni no. —Intento que mi voz no transmita amargura.
Dev niega débilmente con la cabeza.
—No te preocupes por Toni. Ya se le pasará. Es muy obstinada y protectora.
Miro a Dev.
—¿De verdad piensa que sería capaz de hacer algo que os perjudicara?
—No lo creo. Bueno, no creo que piense que puedas perjudicarnos
deliberadamente, pero le preocupa que tener a personas en el equipo sin
formación o entrenamiento específicos pueda resultar perjudicial. Y no anda
desencaminada con respecto a eso.
Quiero defenderme, pero probablemente ella tiene razón. Este no es un
trabajo normal en el que entras y trabajas ocho horas y luego te vas. Es una
empresa de seguridad que maneja información realmente sensible, y yo soy todo
lo contrario a alguien especializado en seguridad.
—Pero no te preocupes por eso —dice—. Te pondremos en forma enseguida.
—¿Lo dices literalmente o en sentido figurado?
Me río un poco, pero él no se ríe conmigo.
—Las dos cosas. Yo me encargo de tu entrenamiento físico, así que no tienes
nada de que preocuparte.
Me mira y me lanza una sonrisa elocuente.
—Suena emocionante. —Lo digo con una absoluta falta de entusiasmo.
Se acerca y me da un golpecito en la pierna.
—Ten cuidado. Ahora soy tu entrenador, así que no me hagas enfadar.
—Vaya, vaya, eso suena a amenaza. A ver cómo tengo el pulso… —Apoyo
los dedos en la muñeca con gesto exagerado—. Hmmm, no. Lo siento. No me
has asustado.
—Pronto lo haré. Te lo prometo.
Sé que está bromeando, pero siento un cosquilleo de emoción en la espina
dorsal al oírlo decir eso. Me gusta cuando pasa de bromear a hablar en serio.
Hace que parezca casi peligroso, y aunque soy más bien alérgica al peligro real,
el peligro sexy es algo a lo que podría acostumbrarme.
Realizamos el trayecto en un plácido silencio, escuchando la radio y
disfrutando de la temperatura un tanto fresca, que nos permite conducir con las
ventanillas bajadas, para variar. Cuando «Boys Don’t Cry», una de mis
canciones favoritas de los años ochenta, suena por los altavoces, Dev y yo nos
ponemos a cantar juntos. Al llegar al estribillo, cantamos a voz en grito. Para
cuando llegamos al aparcamiento del restaurante, prácticamente nos
desgañitamos entonando las últimas frases de la canción. Las hormonas de la
felicidad bombean por mis venas mientras él encuentra una plaza de
aparcamiento cerca de las puertas delanteras y apaga el motor.
—¿Estás lista para una ración de bagre? —me pregunta. Miro al letrero que
hay encima de nosotros.
—En el cartel dice «El Pollo Frito». Creo que se supone que debería estar
lista para una ración de pollo.
Definitivamente, voy demasiado arreglada para comer en este restaurante,
pero no me importa, porque él también lo está. Es toda una aventura, y podría
pasar cualquier cosa. Cosas divertidas. Cosas sexys, tal vez. ¡Yupi! ¡A por mi
ración de bagre!
—Quédate ahí.
Abre la puerta y sale del coche, la cierra y luego corre a mi lado. Me abre la
puerta y él se planta allí con la mano extendida. Deslizo la mía y me ayudo de su
mano para apearme. Me siento como una princesa. Una princesa en la puerta de
El Pollo Frito, la capital de la comida frita de Nueva Orleans, a juzgar por el
olor.
—Confía en mí —dice—, este será el mejor bagre frito que hayas comido
jamás.
Me lleva a la puerta de entrada. El olor a grasa se vuelve más penetrante.
—¿Y si no me gusta el bagre? —pregunto, mirándolo de soslayo.
Él agarra la puerta y la abre, mirándome con una expresión muy seria.
—Si no te gusta el bagre, me temo que ya no podemos ser amigos.
Le doy un golpecito en la barriga al pasar.
—Pues menos mal que me gusta …
Pues sí, estoy coqueteando, a pesar de que ha dicho «amigos». ¿Y qué? Es
demasiado guapo, con ese hoyuelo suyo. Estoy segura de que sabe
perfectamente que me derrito cada vez que sonríe y me lo enseña.
Varias personas saludan a Dev por su nombre cuando entramos en el
restaurante. Una mujer corpulenta de unos sesenta años nos conduce a un
reservado en la parte de atrás.
—¿Lo de siempre? —pregunta.
—Por supuesto. Tráeme una ración doble para que pueda compartirlo con
esta encantadora señorita.
La mujer me mira y me guiña un ojo.
—Ya decía yo que algún día traerías a alguien especial.
¿Significa eso que soy la primera? Me arde la cara por el cumplido.
—Te presento a Jenny. Es una amiga del trabajo.
La voz de Dev ha adquirido un distintivo acento cajún. Me gusta. Mucho. La
mujer asiente con la cabeza.
—Jenny, me alegro de conocerte. Yo soy Melba, y aquí eres bienvenida
cuando quieras, aunque no traigas a este soso contigo.
Señala a mi compañero a pesar de que no es mi pareja sentimental.
—Me han dicho que aquí se come el mejor bagre de la ciudad —le digo
sonriendo y en el tono desenfadado y agradable del ambiente del lugar.
—Te han informado bien, pero dejaré que lo juzgues por ti misma. —Mira a
Dev—. ¿Un té dulce?
Él le guiña un ojo.
—Tráenos dos.
No voy a protestar por todas las calorías de ese té, probablemente tan dulce
como una Coca-Cola de verdad. Esta noche voy a cometer toda clase de excesos.
Voy a comer bagre y beber té dulce hasta que mi estómago pida clemencia.
Cuando la camarera nos deja a solas en la mesa, los ruidos de los comensales
satisfechos nos rodean con un murmullo de felicidad. El olor a comida grasa y
frita flota en el aire, y probablemente me va cubriendo el pelo y la ropa, pero no
me importa. Esta ya es una de las mejores citas que he tenido en mi vida.
—Entonces, ¿te gustó trabajar con Lucky?
Asiento con la cabeza.
—Sí. Pasamos un poco de miedo cuando entraron aquellos intrusos mientras
estábamos en la oficina, pero aparte de eso, fue divertido.
Al decirlo me doy cuenta de que me divertí de veras, mucho. Sospecho que
este empleo va a ser muy parecido a un embarazo: parece algo horrible, difícil y
aterrador, pero luego, al mirar atrás, solo recuerdas las cosas buenas. El miedo se
desvanece en un simple destello de la memoria, y los detalles se vuelven
borrosos y difíciles de recordar.
—Lucky dice que lo hiciste bien. Y no tendrás que preocuparte por ese tipo
de cosas en el futuro. Las operaciones sobre el terreno son algo excepcional para
Lucky, y ocurrirá lo mismo en tu caso.
—Me dijo que trabaja en la nave industrial la mayor parte del tiempo y, a
veces, desde casa.
—Sí. Tú lo has dicho. Lucky suele ser muy hogareño.
Juego con el tenedor; me gustaría hablar más sobre Lucky y su vida, pero no
quiero parecer entrometida. Es solo que es una persona interesante, un verdadero
misterio, y me encantan los rompecabezas. Tal vez por eso soy tan buena en mi
especialidad. Y tal vez por eso este trabajo con los Bourbon Street Boys empieza
a entusiasmarme de verdad. Con ellos, podría resolver acertijos todos los días.
—¿Conoces a su pez, Sunny? —pregunto, tratando de parecer
despreocupada, lo cual no es fácil, teniendo en cuenta que estoy hablando de un
pez para dar pie a una conversación.
Dev niega con la cabeza.
—No. Lucky se mudó a otra casa hace un tiempo, y no sé si alguien ha
estado allí todavía. Tal vez Thibault. Sunny se fue a vivir con él un tiempo
después de que cambiara de apartamento.
—¿Cómo es que no has estado allí? ¿No le gustan las visitas?
Dev mira a lo lejos.
—Lucky es una persona… reservada, por decirlo de algún modo.
Contemplo la mesa, dibujando líneas imaginarias en la superficie con la
yema del dedo.
—Me habló de su hermana.
Miro a Dev para observar su reacción, y veo que parece muy sorprendido.
—¿De verdad? Eso… no me lo esperaba.
—¿Por qué? Quiero decir, ya sé que es algo muy personal, pero simplemente
surgió en una conversación.
No quiero que Dev piense que sonsaco secretos íntimos a la gente el primer
día que trabajo con ellos.
—Lucky no habla de eso con nadie. Quiero decir, es algo que sucedió y, por
supuesto, hablamos de ello en su momento, pero nadie ha vuelto a sacar el tema.
—Me dijo que no habla de ello porque incomoda a la gente cuando lo hace.
No es que él no quiera.
Dev se encoge de hombros.
—Bueno, es incómodo, pero eso no significa que no se deba hablar del tema.
Supongo que yo no lo menciono porque no quiero que se sienta mal. Pensé que
él querría dejarlo atrás.
Asiento con la cabeza.
—Sí, lo entiendo.
—¿Te dijo algo sobre eso? ¿Sobre el hecho de que nosotros no hablásemos
nunca de lo ocurrido?
Me encojo de hombros, pues no quiero meterme en su relación y causar
problemas; yo aquí soy la recién llegada. Sin embargo, si puedo ayudar a Lucky,
me gustaría hacerlo. Decido obrar con delicadeza y medir mis palabras. Si Dev
empieza a parecer molesto o incómodo, cambiaré de tema. Me pondré a hablar
sobre el pichiciego pampeano. Eso nunca falla: seguro que le quita a su
compañero de trabajo de la cabeza en un pispás. Personalmente, los encuentro
unos animales fascinantes, y son los favoritos de mis niñas.
Continúo, observando atenta a Dev mientras hablo para asegurarme de que
no lo hago sentirse incómodo.
—Sí, mencionó que parece que nadie quiera hablar de su vida, pero lo
atribuye a que todos se sienten mal por él y no quieren verlo regodearse en el
dolor, como dijiste. No es que esté enfadado con nadie por eso.
—¿Estás diciendo que quiere hablar de su hermana y de lo que le pasó?
—Pues sí. Creo que sí. Creo que todavía está en fase de duelo, y podría
ayudarlo a recordarla de una forma positiva. Como, por ejemplo, que la gente lo
escuchara hablar sobre ella, sobre sus recuerdos de ella. Se culpa a sí mismo,
¿sabes?
—Eso sí lo sé. Siempre se ha culpado por todo lo que sucede en su familia.
Si debería o no hacerlo es irrelevante. Él es así.
—Hay una gran diferencia de edad entre Lucky y su hermana. O la había. —
Odio hablar en tiempo pasado cuando alguien muere. Casi me parece
irrespetuoso con la vida que tuvieron. Tampoco importa que no llegara a conocer
a la persona en particular.
—Sí, es una familia dividida. Su padre se volvió a casar con una mujer
mucho más joven, y crearon una segunda familia que incluía a su hermana.
Lucky está muy unido a todos ellos, pero sobre todo lo estaba a su hermana.
Pero, aun así, él tenía que trabajar, ¿sabes? Todos tenemos que hacerlo.
Me acerco y pongo mi mano sobre la suya. Sé exactamente lo que está
pensando en este momento; se está torturando por ser un padre que está ausente
muchas horas.
—No es fácil trabajar y ser responsable de los miembros de la familia al
mismo tiempo. Siempre sientes que estás descuidando algo.
Suelta un resoplido y niega con la cabeza con frustración, mirando nuestras
manos en la mesa, la mía minúscula en comparación con la suya.
—Dímelo a mí…
—¿Cómo está Jacob? —pregunto, forzando un cambio de tema.
Necesitamos darle la vuelta a esto o acabaremos los dos tan deprimidos al
final de la cena que nunca más querremos salir juntos. Y realmente me gusta
pasar el rato con Dev, así que no quiero que eso suceda.
—Él es increíble. —Dev sonríe, apartando por un momento la tristeza sobre
Lucky y su situación—. Lo pasó muy bien en tu casa con tus hijos. Sammy le
parece muy divertido.
Pongo los ojos en blanco.
—Sammy es muy, muy divertido. Yo siempre me muero de la risa con él; el
problema es que eso hace que sea difícil educarlo con disciplina.
Dev le da la vuelta a mi mano y me toca la palma con el pulgar. Lo hace con
tanta naturalidad que no debería darle importancia, pero hace que un cosquilleo
me recorra el brazo y el pecho. Ahora, cada pequeño contacto con su piel me
produce una oleada de placer. Las cosas parecen distintas entre nosotros.
—Parece que no necesita mucha disciplina —comenta Dev—. Es un niño
muy educado, y es evidente que se preocupa por los sentimientos de los demás.
Es compasivo. Eso es un gran problema para un crío de su edad. La mayoría de
los niños pequeños son unos sociópatas totales.
Me río.
—Eso que dices es cierto, pero de vez en cuando tengo mis dudas. Su
pasatiempo favorito es arrancar la cabeza a las muñecas de sus hermanas.
—Si Jacob tuviera hermanas, apuesto a que haría lo mismo.
—Nooo, Jacob seguro que no. Es muy tierno.
—Créeme: cuando echa a rodar con su silla por la acera, la maneja
específicamente para poder atropellar a las hormigas. Dime que no es un
comportamiento sociópata.
—Muy bien, así que no va a ganar ningún premio al Ciudadano Cívico del
Año, pero apenas tiene cinco años. Dale tiempo.
Nos miramos a los ojos, sonriendo por lo tontos que somos. Dos padres,
felicitándose el uno al otro por sus respectivos hijos… ¿Se puede ser más cursi?
Probablemente no. Por suerte, la llegada de nuestros tés impide que sigamos por
ese camino. Retiro mi mano de la de Dev, agarro mi vaso y tomo un sorbo. Es
tan dulce como esperaba, con un leve toque de limón. Perfecto.
Dev toma un largo sorbo, traga el líquido y luego suspira con satisfacción.
Cierra los ojos de felicidad.
—El mejor té dulce de toda Luisiana.
Melba ya se ha alejado de nuestra mesa, pero lo oye y se ríe. Y entiendo por
qué Dev viene mucho por aquí. Lo tratan como si fuera alguien especial, y lo es.
Me alegro de no ser la única que se ha dado cuenta. Los chicos como él merecen
que los traten bien. Tengo que mirar hacia abajo para no sonreír como una idiota.
Capítulo 36
—Bueno, ¿y qué vais a hacer Jacob y tú para Halloween? —pregunto.
Dev abre los ojos y se inclina un poco hacia delante.
—Halloween es todo un acontecimiento en casa de los Lake.
—¿Ah, sí?
—Pues sí. Tengo que ser muy creativo con el disfraz. Cada año ponemos el
listón un poco más alto. Para cuando mi hijo esté en sus últimos años de «truco o
trato», tendré que reclutar gente de Hollywood para sus disfraces.
Me inclino, intrigada.
—¿De verdad? ¿De qué se disfrazó el año pasado?
—De tiburón.
Parpadeo un par de veces, tratando de imaginarlo.
—¿De tiburón?
—Sí. De tiburón. De tiburón sarda, para ser exacto: el tiburón más feroz y
más malvado del mundo.
—Solo superado por el gran tiburón blanco —digo, repitiendo los datos que
he oído en mi canal de televisión favorito.
—Discrepo —dice Dev—. El mordisco del tiburón blanco no es tan fuerte,
puesto que su dieta está basada en su mayoría en animales de carne blanda,
como las focas, mientras que el tiburón sarda tiene que perforar con los dientes
las conchas de las tortugas marinas.
Intuyo haber descubierto a un compañero amante de Animal Planet y me
inclino hacia delante, lista para hacerle frente.
—Tal vez, pero si realmente quieres ir de animal mortífero, te sugiero que no
sigas buscando y optes por el cocodrilo de agua salada.
—Estoy de acuerdo. —Dev se inclina y me guiña un ojo—. Creo que acabas
de resolver mi problema con el disfraz.
—¿Cómo vas a hacer un disfraz de cocodrilo?
—No tengo ni idea. —Toma su vaso y da un sorbo—. Cualquier sugerencia
es bienvenida.
Hace crujir el hielo con los dientes mientras espera mi respuesta.
Me muerdo el labio y pienso en eso unos segundos.
—Tal vez deberías hacer algo más fácil, porque no tienes mucho tiempo.
Como Batman y Robin.
—Eso ya lo hice. Hace dos años.
—¿Qué tal algo… más tradicional, como un fantasma, una bruja o un
vampiro?
—Eso es para aficionados. Hicimos eso cuando Jacob tenía dos años.
—Yo iba a ir de bruja, pero ahora que lo dices…
—Puedes superarte. —Dev me mira fijamente—. Apuesto a que tienes un
montón de ideas creativas flotando en esa cabeza tuya tan inteligente.
—Tal vez tenga algo de creatividad, solo tal vez, pero no dispongo de tiempo
para hacer nada con eso. Ese es mi mayor problema. Siempre salgo en el último
momento a buscar un disfraz barato en algún supermercado.
—Bueno, ahora que trabajas con nosotros, tendrás más tiempo libre,
¿verdad?
Me encojo de hombros.
—Supongo, ya veremos.
Dev se pone serio.
—¿Estás contenta? ¿Estás contenta de haber conseguido el puesto?
Parece que realmente quiere saber mi respuesta, pues se inclina y me mira
con atención.
Quiero ver esa sonrisa iluminar su cara y ese hoyuelo hundirse en su mejilla,
pero también sé que debo ser sincera con él, igual que debo serlo conmigo
misma. Respiro hondo antes de responder.
—Estoy contenta. Pero también un poco preocupada.
—¿Qué es lo que te preocupa? —La preocupación en su voz me hace más
fácil pensar en mi respuesta y asegurarme de que lo expreso de forma coherente.
—Solo… me preocupa no poder cumplir. Y creo que también me preocupa el
peligro.
—El peligro es mínimo, te lo prometo. No querría que trabajases allí si
pensara que puedes corres peligro de verdad.
La forma en que lo dice me produce curiosidad, como si tuviera algún tipo
de responsabilidad personal hacia mí.
—¿Qué quieres decir?
Se encoge de hombros y se recuesta hacia atrás en su asiento. De repente,
vuelve a actuar con despreocupación.
—Eres una madre sola. No puedes permitirte correr riesgos que otras
personas sí podrían correr, así que no querría que trabajases en un lugar que no
fuera adecuado para ti.
Me encanta que me entienda tan bien. Es como si hubiera reconocido mis
sentimientos o algo así.
—¿Y crees que Bourbon Street Boys es el lugar adecuado para mí?
Asiente.
—Sí.
Seguramente podríamos hablar sobre este tema toda la noche, pero nuestro
bagre frito aparece junto con algunos hushpuppies y un montón de ensalada de
col, así que dedicamos los siguientes veinte minutos a sumergirnos en la comida
y disfrutar de hasta el último bocado, que —Dev tenía toda la razón— está
absolutamente delicioso.
A decir verdad, no soy la fan número uno del bagre, pero el plato del que
estoy disfrutando aquí podría hacerme cambiar mi opinión. El rebozado es
crujiente pero quebradizo, y el bagre en sí, tierno y fresco. Ni siquiera sabe a
pescado.
Dev toma un largo sorbo de su té dulce y luego se recuesta en la silla,
dejando escapar un largo suspiro mientras se frota la barriga.
—¿A que tenía razón cuando te dije que estaba buenísimo?
Me limpio la grasa de los labios con la servilleta de papel y la coloco sobre la
mesa junto a mi cesta de pescado vacía. También me apoyo en el respaldo.
Confío en que no espere que coma postre, porque no me queda espacio.
—Sí, estaba increíblemente bueno. Muchas gracias por traerme. —Miro
alrededor y veo muchas caras felices en el restaurante—. ¿Cómo encontraste este
sitio?
—Vengo aquí desde que era niño. Todos en el equipo venimos. Nos tratan
bien, y nos gusta apoyarlos en la medida en que podamos.
Melba se acerca a la mesa y se lleva nuestras cestas, interrumpiendo la
conversación. Cuando se va, bajo la mirada a la mesa. Joder… Lo único que
queda son dos manteles individuales, el mío y el de Dev. El aspecto del suyo es
impecable, pero el mío está cubierto de una muestra de cada bocado de comida
que ha pasado por mis labios. ¿Pescado? Sí. ¿Rebozado? Sí. ¿Hushpuppies? Sí.
¿Ensalada de col? Por supuesto. Es como si una bomba de El Pollo Frito hubiera
explotado en nuestra mesa, pero solo hubiese dejado metralla en mi lado. Pero
¡qué vergüenza! ¡Ahora sabe que como igual que una cerda!
Dev no dice ni una sola palabra. En lugar de eso, sustituye su mantel por el
mío. Ahora el cerdo es él y yo soy la princesa que no se atrevería a dejar caer
una pizca de rebozado en ningún lugar que no fuera su servilleta.
Sé que es absurdo, pero las lágrimas me asoman a los ojos. Tiene que ser la
cosa más caballeresca y encantadora que un hombre haya hecho jamás por mí.
Nada de sujetar la puerta y arrojar la chaqueta sobre los charcos. Cuando un
hombre me encubre, asumiendo él la culpa de mis horribles modales en la mesa,
se gana mi lealtad de por vida.
Cuando Melba regresa con más té, mira hacia la mesa y sonríe. No tiene que
decir nada: solo me mira y me guiña un ojo. Siento que mi corazón se está
inundando de tanta felicidad que me parece que va a explotar.
—¿Ya tienes disfraz? —le pregunta a Dev.
—Tal vez. Puede que haya encontrado mi inspiración esta noche.
Me lanza una mirada elocuente. Casi me da un ataque al corazón. ¡Aaargh,
ese hoyuelo!
—¿Has visto las fotos? —pregunta la camarera.
Niego con la cabeza.
Señala a Dev.
—Tienes que enseñárselas. Debes esforzarte más para impresionar a esta
chica. Me gusta.
Se aleja sin decir nada más, y bajo la mirada hacia la mesa, avergonzada de
que me hayan hecho un cumplido tan grande.
—¿Tienes alguna idea para los trajes de tus hijos? —me pregunta Dev.
—No, todavía he de ir a la tienda. Mi vida es un desastre. —Suspiro,
imaginándome una vez más comprando una caca de disfraces y las protestas de
mis hijos—. Siempre espero al último minuto tratando de hacer que todo
funcione.
—Si necesitas ayuda, dímelo.
No estoy segura de cómo funcionaría eso en la práctica, pero me gusta la
idea de que participe en mi celebración de Halloween.
—Está bien. Gracias.
—¿Salís a hacer el «truco o trato» en tu vecindario?
Asiento con la cabeza.
—Sí, los vecinos se portan bastante bien. Casi no hay nadie que dé
manzanas.
Sonríe brevemente antes de continuar.
—Mi barrio no es el mejor. Jacob siempre se queja de que hay muchas luces
apagadas, así que tiene que gastar toda la batería de su silla de ruedas para
moverse por el vecindario en busca de golosinas.
Me da vergüenza decirlo, pero parece ser la solución perfecta para mí.
—Podríais venir y hacer el «truco o trato» con nosotros si queréis. Casi todas
las luces están encendidas todos los años. Jacob arrasaría con su impresionante
disfraz de cocodrilo.
Dev asiente como si se lo plantease en serio.
—Hablaré con Jacob y veré qué le parece.
El hecho de que haya aceptado mi oferta con tanta naturalidad me emociona.
Es casi como un compromiso en cierto modo. Hacer juntos «truco o trato». ¿Los
amigos hacen eso o es cosa de parejas?
—Bueno, ¿y has escogido ya a alguien de esa web para quedar para una cita?
—pregunta, y es como si me acabara de arrojar un cubo gigante de agua helada
por encima.
Yo estoy aquí fantaseando con que seamos una pareja y él pensando en que
quiere salir con otras personas. Argh… Se me da fatal esto de interpretar a los
hombres. Supongo que no puede deprimirme tanto que haya sacado el tema de
las citas; al fin y al cabo, yo misma visité esa web y busqué una.
¿Es posible que los dos seamos unos negados para esto del coqueteo y
ninguno tenga las agallas de decirle al otro cómo nos sentimos realmente?
Quiero creer que eso podría ser cierto, pero en realidad es más probable que
simplemente quiera mantener abiertas todas sus opciones. No lo culpo. Me
consuelo con la idea de que lo último que debería buscar es una relación seria.
Apenas tengo tiempo libre tal como están las cosas.
Me aclaro la garganta para deshacer el nudo.
—La verdad es que sí, tengo una cita. ¿Y tú?
—Sí. De hecho, tengo una cita mañana.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo es ella?
—No tengo ni idea.
Arrugo la frente.
—¿Por qué no?
—Porque he hecho una búsqueda sin fotos. Quiero sentirme atraído por una
persona por lo que es, no por su aspecto físico.
—Eso no es muy… propio de un hombre. —Lo digo y luego gruño sin
querer. Ay… se me ha escapado. Ha vuelto la cerdita. Pero maldita sea… ¿De
verdad es así este chico?
Se encoge de hombros.
—Bueno… He pensado que es mejor dejarse de tanta tontería. De todos
modos, la gente no es sincera acerca de su aspecto. La mitad de las fotos que hay
en esas webs están retocadas, y las otras son fotografías de hace diez años. ¿Qué
sentido tiene eso? Al final, Es la persona que hay dentro de ti la que cuenta, no el
envoltorio.
—Tu explicación tiene mucho sentido… pero solo si eres mujer. Los
hombres no piensan de esa manera, ¿no? ¿Quién te dijo que buscases sin fotos?
—Sé que no ha sido nadie del equipo. De ninguna manera me imagino a Lucky o
Thibault aconsejando a Dev que busque a una chica basándose únicamente en su
personalidad.
Su sonrisa es tan culpable que se nota a la lengua que lo he pillado.
—Mi madre —admite al fin.
No puedo dejar de reír.
—¿Y tú?
Mi risa se apaga.
—Debo admitir que soy superficial. Miré su foto.
—La opción fácil, ya veo —dice, burlándose de mí.
Ahora me parece un desafío.
—¿Adónde vas a ir con tu cita misteriosa?
—Quieres saberlo, ¿eh? —Se inclina hacia delante y me guiña el ojo con un
gesto muy sexy.
Reacciono como si tal cosa, con la frescura de una lechuga que ha estado en
el cajón del frío de mi nevera durante toda una semana. Hielo. Frío.
—Pues no, la verdad. Estoy segura de que no es tan interesante como el lugar
al que voy a ir yo.
Se ríe.
—¿A qué hora has quedado con él?
Su pregunta me desconcierta.
—¿Por qué? ¿Qué importancia tiene eso?
—Porque la hora del encuentro lo dice todo sobre las intenciones de la
persona.
Me incorporo en la silla, preocupada de repente por mi supuesta cita o
encuentro o lo que sea.
—¿De verdad? ¿Por qué?
—Bien, veamos… ¿Es a la hora del almuerzo? ¿Una merienda a media
tarde? ¿Una noche? ¿Cena? ¿Una película? ¿Una copa? Todo significa algo, ya
sabes.
Lo miro fijamente, tratando de descubrir si me toma el pelo. Al principio no
detecto ninguna pista, pero luego aparece ese pequeño hoyuelo.
—Oh, vaya. Ya veo que solo estás bromeando.
Tomo mi té y doy un sorbo para tener las manos ocupadas. Me siento como
una idiota. No tengo ni idea de por qué me he metido en este lío de las citas por
internet.
Él se encoge de hombros, tratando de hacerse el interesante.
—Si tú lo dices.
—Supongo que eres una especie de maestro ninja experto en citas, pero esta
es mi primera vez, así que estoy descubriendo cómo funciona todo esto sobre la
marcha. Pero no creo que pueda ser muy complicado.
No recuerdo haber visto una lista de reglas en el sitio web. ¿Cómo sabe la
gente cuáles son las reglas? ¿Están escritas en alguna parte? Tendré que buscarlo
cuando llegue a casa.
—Maestro ninja experto en citas…, dice… —Se ríe—. Yo tampoco he hecho
esto, al menos últimamente. Esta es mi primera vez en años. Solo espero que no
sea un absoluto desastre.
—Apuesto a que tendremos unas historias muy jugosas que compartir
después de mañana —digo, tratando de verle el lado positivo al asunto.
—Te llamaré el domingo y podremos intercambiar anécdotas.
Me parece increíble que la simple idea me haga tan feliz. Está sugiriendo una
simple llamada telefónica, no otra cita conmigo. Todo esto es tan confuso… Es
triste pensar que me cuesta tanto descifrar a los hombres ahora como cuando
tenía veinte años. Me encojo de hombros, porque me lo tomo con frescura.
Como esa lechuga de mi nevera. Fría como el hielo.
—Por supuesto. No tengo ningún plan más que pasar el rato con los niños.
Él mira a Melba. La camarera está de pie detrás del mostrador, cerca de una
caja registradora.
—¿Quieres postre? —pregunta.
—Dios mío, no. No me queda espacio en el estómago. Ni siquiera para un
bocado.
Dirige una seña a Melba y luego hace un gesto con el dedo, girando y
tocando el aire con él, algún tipo de lenguaje de signos de restaurante que no
entiendo en absoluto. Cuando termina, vuelve su atención hacia mí.
—¿A qué venía todo eso? —pregunto.
—Le he dicho que me envolviera un postre y que me trajera la cuenta.
Asiento con la cabeza, un poco triste porque nuestra cita esté a punto de
terminar. Aunque no es que fuera una cita. Somos solo dos amigos saliendo a
cenar un bagre. Eso es. Voy a seguir repitiéndomelo hasta que me lo crea de
verdad.
—A Jacob le va a entusiasmar lo de Halloween.
Vuelvo a sonreír. ¿A quién le importa qué es esto nuestro? Es divertido, y eso
es lo único que necesito saber.
—A mis hijos, también. Les encantó jugar con Jacob el otro día. Creo que
Sammy está atravesando una fase de adoración al héroe: Jacob es un niño mayor
y tiene una silla de ruedas muy rápida, así que…
Dev sonríe.
—Eso hará feliz a Jacob. No se lo diré, por supuesto, pero no puede
interactuar con otros niños muy a menudo, así que está bien que hayan
empezado con buen pie.
Inclino la cabeza hacia él.
—¿No va al parvulario ni a la escuela?
—A veces, durante un par de horas, va a un jardín de infancia. El año pasado
era demasiado pequeño para el parvulario. Es muy difícil encontrar un lugar
capaz de cubrir sus necesidades, por lo que pasa mucho tiempo con mi madre y
conmigo. También por eso no trabajo a tiempo completo en la nave industrial.
Trabajo allí tantas horas como puedo, pero también tengo que estar con mi hijo.
Asiento con la cabeza.
—Lo entiendo. ¿Haces fisioterapia con él?
—Casi siempre. Hacemos sesiones con su fisioterapeuta y luego
continuamos el trabajo en casa. A él no le gusta, así que es una batalla, pero hay
que hacerlo.
—Le dijo a Sammy que tiene parálisis cerebral. No estoy muy familiarizada
con esa discapacidad. ¿Qué significa para él y para ti?
Rezo para no haber sobrepasado los límites del decoro social al hacerle estas
preguntas tan personales, sobre todo porque lo hago por razones casi egoístas.
No quiero hacer suposiciones y decir o hacer algo estúpido la próxima vez que
estemos juntos. Dev no duda en contestar.
—Hay diferentes tipos de parálisis cerebral. Le diagnosticaron parálisis
cerebral espástica, lo que significa que sus músculos sufren muchos espasmos y
se tensan hasta ponerse muy rígidos. La causó la falta de oxígeno en el momento
del parto. También le duelen las articulaciones. Es muy, muy difícil para él.
Tengo que mantener su cuerpo siempre estirado, y hacemos un montón de
masajes para tratar de evitar que sus músculos le deformen el esqueleto con
malas posturas y desgasten el cartílago de sus articulaciones. Como los músculos
y los tendones siempre le tiran en direcciones que resultan perjudiciales para su
estructura ósea, sus huesos no siempre crecen como deberían. Por eso es posible
que te parezca que está un poco torcido.
Se me encoge el corazón al pensar en Jacob.
—Parece muy doloroso.
—Lo es, pero es un auténtico valiente. Es un niño muy fuerte. Lo ha sido
desde el día en que nació. Podías verlo en sus ojos cuando solo tenía un día.
Incluso cuando siente dolor, él sigue adelante. Es mi héroe.
Dios, y también es el mío. ¿Ser tan pequeño y llevar una carga tan pesada?
Ni siquiera puedo imaginar… No acabo de formular mi pensamiento, pero
dentro de mi cabeza, en lo único que pienso es en lo estúpida y superficial que
he sido, lloriqueando sobre lo dura que es mi vida. ¿Cuánto tiempo he
desperdiciado preocupándome por el ceceo de mi hijo? Un ceceo no es nada en
comparación con los problemas de Jacob.
—Todo el mundo tiene que llevar a cuestas su propia carga, y suele ser una
carga que somos capaces de soportar. Cuando miro a mi hijo, veo un superhéroe.
Veo a un ser humano que se enfrenta a algo tan difícil que acabaría por aplastar a
la mayoría de nosotros. Pero a él no; él puede con todo. Admiro su valentía y, al
mismo tiempo, estoy allí para ayudarlo a levantarse cuando empieza a olvidar lo
increíble que es.
Me entran ganas de llorar de la emoción. Ahora mismo este hombre me ha
conquistado…
Me da un vuelco el corazón cuando mi mente formula ese pensamiento. ¿Es
posible que esté enamorada de él de verdad, y no solo que me haya conquistado
con su actitud? Argh, pero qué patética soy… Me ha dicho claramente que para
él no soy más que una amiga, y aquí estoy, babeando por él y esperando que
algún día decida ser mi novio.
Podría pasar días, semanas o incluso meses dándome de cabezazos contra la
pared por esto, pero no voy a hacerlo. Cualquier chica sentiría lo mismo, y no
creo que ninguna mujer en el mundo me culpe por estar tan confundida y llena
de esperanza. No solo es un gran tipo, sino que también es un magnífico padre.
¿Por qué no me casé con un hombre como él en lugar de con un desgraciado
como Miles? Qué forma de desperdiciar diez años…
Me consuela el hecho de que tengo tres hijos estupendos… y la idea de que
Dev es probablemente pésimo en la cama. Tiene que serlo, ¿verdad? Ningún
hombre puede ser todo: un buen padre, un maravilloso compañero de trabajo, un
gran amigo, un fiera en la cama…
—Te juro que me encantaría saber qué te pasa por la cabeza en este momento
—dice.
Abro mucho los ojos.
—¿Por qué?
¿Acaso llevo escrito en la cara que me estoy enamorando de él? ¿Que me lo
estoy imaginando desnudo y encima de mí?
Esboza una sonrisa casi malvada.
—Porque… Parece algo muy sexy.
—Bah, cállate. —Me ha pillado, totalmente. Tengo la cara ardiendo, de un
rojo brillante. Por suerte, aquí la luz es muy mala. Tal vez tengo suerte y no se da
cuenta—. No sabes lo que dices.
Miro a cualquier parte menos a él.
—Bueno. Tú sabrás…
Está claro que no me cree. Se me da fatal lo de disimular mis sentimientos.
Soy tan discreta como un pavo real en celo. ¡Mírame! ¡Estoy aquí! ¡Lista para
ponerme a tono y para ser la madre de tus hijos!
Melba viene con la cuenta y con una caja grande dentro de una bolsa de
plástico con las asas atadas.
—Aquí tienes. Un brownie de chocolate caliente con todos los extras y unas
cerezas encima.
Dev se mete la mano en el bolsillo trasero, pero lo freno, con la mano
extendida.
—No, no, pago yo. Perdí la apuesta, así que invito yo.
Dev sacude la cabeza mientras saca la billetera.
—Lo siento, pero tengo una política personal: nunca dejo que una mujer
pague las comidas. Mi madre nunca me perdonaría si hiciera una excepción solo
porque perdiste una apuesta conmigo.
Lo miro frunciendo el ceño.
—No es justo. Pusiste tú las reglas.
Él se encoge de hombros.
—Puedes pagar la siguiente.
Quiero argumentar que esto infringe sus supuestas reglas, y que según su
razonamiento siempre terminaría pagando, pero no quiero estropear la
posibilidad de una segunda cita que tal vez, por casualidad, podría convertirse en
una cita de verdad. No soy tan estúpida.
—Está bien. Pero no creas que podrás acogerte a esta política personal en
nuestra próxima… cena.
Dev da a Melba varios billetes y le dice que se quede con el cambio. Ella se
va muy contenta.
—¿Lista? —me pregunta. Asiento con la cabeza, pero no estoy segura de
adónde vamos a ir.
¿Me dejará sola o querrá ir a tomar una copa a mi casa? No tengo ni idea de
lo que estoy haciendo. Soy una auténtica novata en toda esta historia de citas no
amorosas o pseudoamorosas. La última vez que salí con alguien, era
prácticamente una adolescente.
Siento la tentación de enviarle un mensaje de texto a mi hermana, pero no
quiero que vea lo perdida que estoy. Reprimo el impulso de sacar el teléfono y
en su lugar me concentro en recoger mis cosas y alisar las arrugas imaginarias
del vestido.
Sigo a Dev hasta el aparcamiento y, por el camino, decido que basta con que
continúe haciendo lo que hago, es decir, seguir su ejemplo y ver adónde nos
lleva. Conociéndolo como lo conozco, confío en que me conducirá a buen
puerto. Es demasiado bueno para hacer lo contrario.
Capítulo 37
No sé si Dev está tan nervioso como yo en el trayecto de vuelta a mi casa,
pero me da la sensación de que sí. Charlamos durante tal vez cinco minutos en
todo el camino de regreso, y luego llegamos a la entrada.
¿Dejará el vehículo en marcha? ¿Supondrá que voy a invitarlo a entrar? ¿Me
preguntará si puede entrar y quitarme la ropa? Estos son los pensamientos que
cruzan alocadamente por mi imaginación, confusa y sexualmente ávida, mientras
él aparca en el camino de entrada. Se para sin apagar el motor, mirando por el
parabrisas. Ojalá pudiera meterme en esa cabeza suya y leerle el pensamiento.
Pone la mano sobre la llave de contacto y se vuelve para mirarme, con una
expresión indescifrable.
—Te acompañaré a la puerta, si te parece bien.
Asiento con la cabeza.
—Por supuesto. Te lo agradezco.
Fingiré que vivo en un barrio peligroso y que necesito un hombre grande y
fuerte que me proteja. ¡Sálvame, Spiderman! No es la invitación sexy con la que
estaba fantaseando, pero tal vez pueda robarle un beso de buenas noches. Por
alguna razón, me siento envalentonada. Tal vez sea un efecto secundario de
comer bagre frito.
Apaga el motor y rodea el vehículo para abrirme la puerta una vez más.
Resulta un gesto igual de encantador la tercera vez que la primera. Mientras
caminamos juntos hacia mi casa, la colegiala que llevo dentro está sudando la
gota gorda. ¡Quiero que me tome de la mano y me pregunte si quiero ser su
novia! ¡Tengo quince años otra vez! ¡Yupi!
Ojalá pudiera caminar hacia el porche en cámara lenta y hacer que el
momento se prolongara más, pero sus zancadas son las de un hombre de dos
metros de estatura. Nos plantamos en la puerta de entrada en un abrir y cerrar de
ojos.
Busco las llaves en mi bolso y luego, cuando las encuentro, sostengo el bolso
contra el pecho mientras lo miro.
—Lo he pasado muy bien esta noche, a pesar de que hiciste trampa.
Su sonrisa se dibuja lentamente.
—¿Trampa? ¿Quién ha hecho trampa? Yo he jugado limpio.
—El trato era que debía invitar yo. Cambiaste las reglas para que se
adaptaran a tus propósitos.
—¿Y qué propósitos serían esos?
Esto no parece una conversación entre dos amigos, pero no quiero
estropearlo presionando para conseguir algo que no puedo tener. Pero ¿acaso me
impide eso flirtear? No, esta noche no. Y menos cuando utiliza ese hoyuelo suyo
para hacer que el corazón me palpite a mil por hora.
—No tengo ni idea —respondo, sonriendo—. Deberías decírmelo tú, en
lugar de obligarme a adivinarlo.
¡Oh, Dios mío! Había olvidado lo divertido que puede ser el coqueteo.
Todavía me está sonriendo mientras trata de encontrar la respuesta perfecta.
Hago tintinear las llaves, dándole a entender que, si no se le ocurre algo
rápido, voy a abrir esa puerta y desaparecer. ¿Querrá que haga eso? ¿O querrá
que me quede aquí en el porche con él y este calor pegajoso, mientras las
cigarras cantan a nuestro alrededor? Juro que podría quedarme aquí fuera toda la
noche. Lo único que tendría que hacer él sería pedírmelo.
—¿Tienes prisa? —dice.
Me encojo de hombros.
—La verdad es que no. ¿Y tú?
—No diría que no a una copa de vino.
El corazón me martillea con fuerza en el pecho. Espero que Dev no pueda
oírlo.
—Vamos. Tengo una botella en la nevera.
Me tiemblan tanto las manos que no puedo meter la maldita llave en la
cerradura. ¡Qué vergüenza! Conque fresca como una lechuga, ¿eh? Pues mi
lechuga ahora mismo está mustia y pasada, como si la hubiera dejado en la
encimera durante días y días…
Él no dice ni una palabra; simplemente me quita las llaves y desliza con
suavidad la que necesitamos en la cerradura.
—¿Tienes frío? —me pregunta cerca de la oreja.
Me río con timidez.
—Pero si estamos como a treinta grados en este momento…
—Entonces, supongo que eso significa que estás temblando por otra razón.
Empuja la puerta y me hace un gesto para que pase yo primero.
Lanzo un suspiro, molesta porque no me deja que lleve en secreto mi
vergüenza.
—Simplemente estoy nerviosa, ¿de acuerdo? —Odio admitirlo. Por un
momento, vivía en una ilusión en la que sabía lo que me pasaba y lo estaba
haciendo sudar a él.
Ahora sonríe de nuevo. Juro que parece el mismísimo diablo en persona, y
muy satisfecho de serlo, además.
—¿Por qué estás nerviosa? —pregunta—. ¿No estarás preocupada por estar
sola en la casa conmigo, o sí?
Lo miro frunciendo el ceño, sintiéndome mal porque pueda creer eso
realmente.
—No digas tonterías. De hecho, me siento más segura contigo aquí en casa
que cuando estoy sola.
—Hmm, eso es muy interesante… —dice, siguiéndome hasta el recibidor—.
Entonces, si no estás nerviosa porque estoy aquí a solas contigo, ¿por qué es?
Lo miro batiendo las pestañas.
—No me hagas decirlo.
Echa la cabeza hacia atrás y se ríe con ganas.
—¿El qué?
Lo aparto de mi camino y echo a andar por el pasillo.
—No puedes ser tan obtuso.
Él me sigue a la cocina, todavía riendo. Estoy convencida de que va a
continuar burlándose de mí, y por eso grito de sorpresa cuando sus brazos me
rodean por detrás. Él se inclina y acerca la boca a mi cuello.
—No tengas miedo. No te haré daño.
Unos escalofríos me recorren todo el cuerpo, haciendo que se me erice la
piel. Apenas puedo hablar, y mi voz suena en un susurro.
—Sé que no lo harás.
De repente, es como si fuera de gelatina por dentro. Apenas puedo
sostenerme en pie.
Miro dentro de la nevera, pero no veo nada; ni el vino ni las otras cosas que
compré para cenar los próximos días. Se me ha nublado la vista, con todo mi
cuerpo centrado en las sensaciones que Dev me provoca con sus manos. ¡Son tan
grandes!
Tiene la mano derecha abierta y apoyada en mi estómago; lo cubre todo,
creando la sensación de que soy muy pequeñita en sus brazos grandes y fuertes.
¡Me encanta! Tiene la otra mano sobre mi cadera, y presiona con los dedos ese
pequeño espacio justo delante del hueso… Un gesto tan íntimo… Dios, cuánto
lo deseo…
—Si no te gusta esto, dímelo —dice con voz ronca.
Niego con la cabeza vigorosamente pero no digo nada. No confío en mis
propias palabras; es probable que suelte lo primero que me pase por la cabeza,
algo que sin duda será demasiado para esta ocasión. Solo nos estamos
divirtiendo. Somos dos padres separados y, por una vez, solos sin sus hijos,
tonteando en una casa vacía. Es casi como si fuéramos adolescentes de nuevo y
nuestros padres se hubiesen ido el fin de semana. Dev ha logrado retrasar el
reloj. Es un regalo en más de un sentido.
Usa la presión de sus manos para darme la vuelta. Tengo miedo de mirarlo,
pero lo hago de todos modos. Es increíblemente alto, e increíblemente guapo.
No puedo creer que esté aquí conmigo.
—Eres tan hermosa… —dice.
Sonrío, hechizada por la expresión casi inocente de su rostro.
—Creo que ese té dulce se te ha subido a la cabeza.
Espero que sonría, pero no lo hace. Se queda sumamente serio.
—Oh, no. Tengo todas mis facultades intactas, y la vista perfecta. Esta noche
me siento muy afortunado.
¿Quién se siente como si fuera millonaria? Yo misma. Desde luego.
—Y yo también.
Apoyo las manos sobre sus brazos mientras me atrae hacia sí y deslizo los
dedos alrededor de sus bíceps, deleitándome en las protuberancias de debajo de
su camisa. Me encantaría ver a este hombre desnudo. ¿Eso está mal por mi
parte? Ni siquiera hemos tenido todavía una cita de verdad.
Él se inclina y levanto la cabeza para que le resulte más fácil. La diferencia
de más de dos palmos de altura entre nosotros no es la más adecuada para
propiciar los momentos sexys y románticos; tiene que doblarse casi por la mitad
para besarme.
Cuando nuestras bocas se encuentran, me llevo una sorpresa; sus labios son
más suaves de lo que esperaba. Los empuja contra los míos, primero con
suavidad y luego ejerciendo más presión. Estoy increíblemente emocionada.
Esto no es un beso de amigos: es un beso de alguien que quiere ser algo más que
un amigo. No voy a preguntar por qué me anima a salir con otros cuando está
dispuesto a besarme así; voy a tratar de disfrutar del momento.
Sin embargo, cuando nuestras lenguas se incorporan al juego, empieza a
entrarme el pánico. Me doy cuenta de que no ni tengo idea de lo que estoy
haciendo. No he besado a un hombre en casi un año, y antes de eso, el único
hombre al que besé durante diez años fue a Miles. La sensación de incomodidad
hace que aparte la cabeza y rompa el contacto. Se me hace muy raro estar aquí
con él. Es una sensación agradable, pero extraña. Como si hubiera hecho algo
que no debería haber hecho. Cientos de preguntas se me agolpan en la cabeza, y
la más importante es: «¿Quieres jugar conmigo hasta romperme el corazón?».
—¿Pasa algo? —pregunta.
—No. Solo… —Niego con la cabeza y miro hacia abajo. Me siento
avergonzada y muy decepcionada conmigo misma. Tengo al hombre más guapo
de la ciudad delante, en mi cocina, ¿y no puedo besarlo sin convertir esto en una
telenovela? ¿Qué me pasa? ¿Acaso tengo un encefalograma plano?
Me levanta la barbilla con el dedo, obligándome a mirarlo.
—¿Voy demasiado rápido?
Me río con amargura.
—Dios, espero que no.
Él sonríe.
—Es una buena noticia. Creo…
Niego con la cabeza.
—Lo siento, me estoy comportando como una tonta. Es solo que… Llevo
sola un año, y de repente me he dado cuenta de que no tengo nada de práctica.
Creo que se me ha olvidado cómo besar.
Se inclina de nuevo, hablando en voz baja mientras se acerca.
—No te preocupes, es como montar en bicicleta. Solo necesitas subir y
comenzar a pedalear.
Levanto la boca hacia la de él mientras se acerca.
—¿Comenzar a pedalear?
—Sí —dice con una sonrisa en su boca susurrante—. Sube y pedalea.
Bah, qué narices… ¿Por qué no? ¿Por qué no puedo dejarme llevar sin más y
dar un salto al vacío, en un acto de fe? Se me acelera el corazón al darme cuenta
de lo que estoy haciendo. Voy a darnos una oportunidad. Voy a besar a este
hombre y ver adónde nos lleva eso.
Nuestros labios se unen con mucha más confianza esta vez. Ambos nos
rendimos a la pasión que se ha ido acumulando entre nosotros. A la mierda eso
de ser solo amigos. Esto es demasiado bueno para mantenerlo en una simple
amistad.
Noto el contacto de sus manos por todo mi cuerpo. Con una me agarra el
trasero y me lo aprieta, mientras apoya la otra en mi espalda, atrayéndome hacia
él. Nuestros cuerpos se tocan en todas partes. Tengo los brazos casi en el aire,
envolviéndole el cuello y tirando de él hacia abajo para intensificar nuestro beso.
Vaya, parece que no he olvidado del todo cómo se besa…
Cuando gime en mi boca, la temperatura aumenta unos cuantos grados. No
me consideraba capaz de experimentar este tipo de pasión en tan poco tiempo.
Hace dos minutos estaba convenciéndome a mí misma de que era su amiga;
ahora intento adivinar cuánto tiempo tendremos que estar así antes de que pueda
llevarlo a mi dormitorio.
Desliza una de sus manos y me acaricia el pecho, y lo único que pienso es:
«¡Métete debajo de mi camisa! ¡Quítame el sujetador! ¡Vamos, no te cortes!».
Nuestros cuerpos se frotan con frenesí, pero estamos en una posición muy
incómoda. Si su estatura fuera normal, podría haber funcionado, pero con él, es
como si alguien me estuviera presionando un martillo contra el estómago. Hablo
entre besos, y mis palabras salen en jadeos.
—¿Quieres que vayamos a mi habitación?
Se detiene de repente y se separa, inclinándose hacia atrás para poder
mirarme a los ojos.
—¿Tú quieres?
Me entra el pánico. ¿Por qué me está preguntando eso? ¿No quiere ir tan
lejos? ¿He malinterpretado su pasión? Me encojo de hombros.
—Solo si tú quieres. No tenemos por qué hacerlo. No pasa nada si prefieres
que nos quedemos aquí en la cocina. —Miro a mi izquierda—. Delante de la
nevera.
A continuación, lo único que sé es que mi mundo está patas arriba. Dejo
escapar un grito antes de darme cuenta de lo que está pasando: me ha tomado en
sus brazos y, con sus largas zancadas, ya estamos en la mitad del pasillo. Me
pongo a reír como una loca.
—¿Qué haces? —Mi pelo se balancea en el aire, colgando por encima de su
brazo, y pataleo con las piernas cuando intento ponerme derecha.
—Me estás volviendo loco. ¿Crees que no quiero ir a tu habitación? No
tienes ni idea.
Giramos cuando llegamos al pie de la escalera y, sin querer, me golpeo la
cabeza en la esquina de la barandilla. Por suerte, el pelo ha amortiguado el
golpe, pero el ruido que hace es horrible.
—¡Mierda! ¡Lo siento mucho! —Me suelta las piernas y acuna la parte
superior de mi cuerpo en sus brazos mientras me mira—. ¿Estás bien? No me
puedo creer que acabes de darte un golpe por mi culpa. Qué torpe soy.
Alarga el brazo y me frota tanto el pelo que me lo enreda. Me echo a reír de
nuevo y dejo caer la cabeza hacia atrás.
—Vaya, esa sí es forma de cortejar a una mujer, dejarla inconsciente y
llevarla a su dormitorio al más puro estilo cavernícola.
Me toma en sus brazos de nuevo, abrazándome como a un bebé pero
apretándome más fuerte esta vez. Ahora los dos nos reímos mientras corre
escaleras arriba en diagonal para evitar que vuelva a golpearme la cabeza con la
barandilla. Se detiene al llegar a lo alto.
—¿Por dónde?
—Izquierda.
Dejo de reír y empiezo a susurrar. No puedo creer que estemos haciendo
esto. Mi corazón está totalmente a favor, pero mi cerebro se resiste. ¿Y si estoy
cometiendo un error? ¿Y si lo estropeo todo?
Las puertas de mi habitación se abren de golpe y Dev entra sin dudarlo. A un
metro de la cama, me lanza y salgo volando por el aire. Grito y me río antes de
aterrizar. Apenas acabo de entrar en contacto con el colchón cuando él ya está
saltando a la cama a mi lado.
Durante dos segundos, parece un verdadero superhéroe: Superman, brazos
extendidos y volando hacia mí. Por desgracia, no tengo el armazón de cama más
robusto del mundo, porque lo compré en un mercadillo de barrio antes de
casarme con Miles. Cuando su cuerpo gigante se desploma en el lado izquierdo,
el armazón se rompe y se derrumba bajo su peso. El colchón se desplaza y caigo
rodando de lado directa hacia él.
Grito de miedo y sorpresa, y él grita a la vez. Él también se resbala. Somos
una maraña de brazos y piernas, y vamos directos al suelo.
—¡Ay! —exclama cuando aterriza de espaldas en la moqueta.
Me precipito sobre él y le arranco un gemido.
He oído un crujido mientras nos caíamos. Al levantar la vista desde donde
estoy, sobre su pecho, lo veo frotarse la cabeza.
—Eso me va a dejar marca. —Al parecer, se ha dado un golpe bastante fuerte
contra mi mesita de noche.
—Oh, Dios mío… No me puedo creer que me hayas roto la cama.
Él me mira, yo lo miro y los dos nos echamos a reír. En cuestión de segundos
estoy riéndome a carcajadas. Tengo que apartarme de él y cruzar las piernas para
no hacerme pis en el suelo.
Me recuesto de espaldas, mirando al techo con las piernas cruzadas y
sujetándome la entrepierna con las manos. Siguen saliéndome algunas risitas mal
contenidas, así que no confío en soltarme la entrepierna todavía. No me acuerdo
de la última vez que me dio un ataque de risa como este. Tal vez nunca lo he
vivido.
Dev vuelve la cabeza para mirarme y yo hago lo mismo. Nos miramos el uno
al otro durante un buen rato mientras nuestra risa se va desvaneciendo.
—Esta debe de ser la cita más sexy que has tenido en tu vida, ¿a que tengo
razón?
Me mira meneando las cejas.
Empiezo a reír de nuevo. No puedo evitarlo. ¡Ha llamado a esto nuestro una
cita! Y es un loco como yo. Se apoya en un costado y me mira un momento.
Luego abre la boca para decir algo, pero un zumbido lo interrumpe y pierde la
feliz expresión de su rostro.
—¿Qué es eso? —pregunto, y la risa muere en mis labios de repente.
—Mi teléfono.
Mueve la mano y saca el aparato del bolsillo.
Lee un mensaje de texto y se incorpora inmediatamente.
Me invade un mal presentimiento.
—¿Pasa algo?
Suspira con los hombros encorvados.
—Es mi madre. Tengo que irme.
Otra vez me viene a la cabeza la imagen de que somos una pareja de
adolescentes, robando momentos que no merecemos tener.
—¿Jacob está bien?
—Creo que no. Me parece que tiene dolores. De lo contrario, mi madre no
me pediría que volviera a casa. —Me mira con expresión de tristeza—. Lo siento
mucho.
Me levanto de golpe y extiendo la mano.
—Por favor, no te disculpes. Lo entiendo perfectamente. Si me llamara mi
niñera y me dijera que les pasa algo a mis hijos, me iría de aquí corriendo como
The Flash.
Dev me toma las manos y se pone de pie.
—Lo que pasa es que esto ocurre bastante a menudo. Probablemente para ti
no sea algo tan cotidiano.
Me suelta y comprueba el teléfono de nuevo.
Lo miro y niego con la cabeza.
—No importa. Somos padres. Hacemos lo que tenemos que hacer, ¿verdad?
—Le doy una palmadita en el brazo y luego le tomo de la mano, sin
preocuparme por lo que pueda pensar de que me conceda a mí misma esas
libertades—. Vamos. Te acompaño fuera.
Tira de mi mano y me impide salir de la habitación. Dejo que me arrastre
contra él. Nos abrazamos y me mira a los ojos.
—En serio, iba a hacer una maratón de sexo contigo, así que, o bien has
tenido mucha suerte, o la has tenido muy mala.
No puedo evitar sonreír.
—Tal vez lo descubramos algún día.
—Tal vez sí.
Me da un beso tan aséptico que parece más un beso de despedida, pero voy a
seguir teniendo fe y esperar que sea un beso de «volveremos a intentarlo más
adelante». Bajamos las escaleras hacia la puerta y se la abro. Ahora, en lo único
que pienso es en que mañana tengo una cita con un extraño a la que no me
apetece ir.
Dev se separa de mí y sale por la puerta principal. Cuando llega al coche,
abre la puerta y me dice sus últimas palabras.
—Tienes que llamarme el domingo.
—Ah, muy bien, pero ¿por qué? —Quiero oírle decir que no soporta estar
lejos de mí, que espera escuchar mi voz, que quiere que seamos algo más que
amigos.
—Porque tienes una cita el sábado y quiero que me lo cuentes todo.
Y así, se me caen el corazón y el alma a los pies. Intento aparentar alegría,
porque ya no soy una adolescente, y él es un padre con cosas que hacer y que
nada tienen que ver conmigo. Ya me han hecho trizas el corazón otras veces, y
ya sé cómo funciona el proceso. Puedo ser valiente. Puedo soportarlo. Incluso
podría tener una aventura sin compromiso con este hombre, porque insiste en
que yo salga con otras personas.
Ahora recibo el mensaje alto y claro. Hemos salido juntos en una cita, pero
no tenemos una relación. Una especie de cita sin cita. Supongo que se supone
que tenemos que salir con otras personas y luego contarnos mutuamente cómo
nos ha ido. Este tipo de sistema debe de ser algo nuevo en el mundo de los
solteros, algo que me perdí durante los diez años que estuve casada. Tendré que
adaptarme, si quiero que Dev forme parte de mi vida. Y la verdad es que eso es
lo que quiero.
—¡Muy bien! —grito, con el entusiasmo de una animadora—. ¡Ningún
problema! ¡Yo también quiero que me lo cuentes todo sobre tu cita!
Levanta el pulgar y se sienta al volante.
Cierro la puerta de casa y me apoyo en ella, deseando que las lágrimas
desaparezcan, pero por supuesto, las lágrimas no obedecen. Subo las escaleras
despacio y me regodeo en mis sentimientos heridos. Esta noche, lloraré hasta
quedarme dormida una vez más.
Capítulo 38
Prepararme para esta noche es un momento agridulce para mí. Esta es una
cita de verdad, no una de broma como la que tuve con Dev, pero no me
entusiasma nada la idea. Me miro en el espejo, tratando de animarme ante la
perspectiva de un acontecimiento tan importante.
—Solo vais a tomar algo —digo en voz alta—. Ni siquiera tiene por qué ser
una bebida alcohólica. Un café, si quieres. Solo necesitas salir y perder tu
virginidad en cuanto a las citas con hombres.
Pienso entonces en mi virginidad, la auténtica, que perdí con Miles hace
mucho tiempo, y en el hecho de que, por un momento, anoche creí que estaba
viviendo mi primera cita de verdad en años, y eso me entristece de nuevo.
Arrugo la frente ante mi reflejo.
—Déjalo ya. ¡No puedes colarte por un hombre con el que, simplemente, lo
pasaste muy bien! ¡Eso es ridículo! Dev será un muy buen amigo para ti. Maldita
sea, hasta podría acabar siendo un amigo con derecho a roce si juegas bien tus
cartas. —Respiro profundamente y dejo escapar el aire despacio—.
Tranquilízate. Eres una mujer sola, libre para disfrutar de la vida. Has tenido dos
noches seguidas para salir sin niños. Esta noche es especial, y no puedes
estropearla preocupándote por tonterías.
Después de la merecida reprimenda, fuerzo una sonrisa y me miro en el
espejo.
—Así me gusta. Recuerda: eres la mejor, Jenny. La mejor. La Mujer
Maravilla.
Me he puesto el mismo vestido que llevaba anoche con Dev. Probablemente
no debería, porque aún huele un poco a comida frita, y me recuerda a sus manos
sobre mi cuerpo y la imagen de los dos rodando por el suelo de mi habitación,
pero mi presupuesto no me permitía dos vestidos nuevos, y mi ropa de siempre
está demasiado vieja para ponérmela en una cita de verdad. Ayer le compré un
suéter a May y este vestido para mí, junto con un par de zapatos baratos que me
llamaron la atención y un conjunto muy sexy de ropa interior. El resto fue a mi
cuenta de ahorros. Solo estoy en período de prueba con el nuevo trabajo, y
todavía no sé si seguiré trabajando allí en el futuro, así que necesito controlar los
gastos. Además, un poco de perfume enmascarará el olor a bagre frito en un
santiamén. Doblo mi dosis habitual, rociándome con perfume suficiente para
asfixiar a un gusano, y me obligo a abandonar los confines de mi baño.
Compruebo la hora. Tengo treinta minutos antes de que empiece oficialmente
esta cita. No he recibido ningún mensaje, así que doy por sentado que la cosa
sigue en pie. ¿Estará tan nervioso como yo? ¿Se preguntará en qué dirección va
esto? ¿O será uno de esos tipos que solo busca un rollo rápido de una noche?
Había un lugar en el perfil para decir qué es lo que estás buscando, y estoy
segura de que no puse en ningún momento que buscaba un encuentro pasajero.
Por supuesto, no soy tan tonta como para pensar que un hombre no aceptaría esa
opción si se la ofrecieran, pero no voy a ofrecerle eso. ¿Y lo de anoche con Dev?
¿Cuando lo invité a mi habitación? Eso fue una anomalía. No volverá a suceder.
No soy esa clase de chica. A menos que Dev quiera que suceda. Podría hacer una
excepción para él.
Obligo a mi cerebro a ahuyentar esos pensamientos, negándome a seguir por
ese camino otra vez. Necesito concentrarme, poner mi mejor cara. Tengo una
cita de verdad con un perfecto desconocido que me recuerda tanto a Dev que
parece cosa de locos. Releí su perfil y eso no hizo más que confirmar mis
impresiones.
No quiero aparecer antes de tiempo, pero quedarme en casa, regañándome a
mí misma frente al espejo y soñando con lo que pudo haber sido y no fue con
Dev, no me está llevando a ninguna parte. Siento la tentación de cancelarlo todo,
así que sé que debo irme de una vez. Además, es mejor que me marche antes de
que May regrese del parque con los niños. Llorarán cuando me vean salir y
luego, encima, tendré un sentimiento de culpa tremendo.
Me siento al volante y conduzco hacia el bar. Estaré allí en veinte minutos, si
el tráfico me lo permite. Por el camino, dejo volar mi imaginación,
rememorando los acontecimientos de la noche anterior. Me pregunto si Dev y yo
habríamos llegado al final de no haber llamado su madre. ¡Y si él no hubiera
destrozado mi cama con su salto de superhéroe! He tenido que dormir con el
colchón en el suelo… No sé qué explicación voy a darles a los niños cuando me
pregunten.
Dev debe de pesar cien kilos, tal vez incluso ciento diez, de músculo puro.
Probablemente tenga una cama especial en su casa: extralarga y extrafuerte. Me
entra mucho calor y me pongo muy nerviosa solo de pensar en eso. Larga y
fuerte. Cama grande. Hmmm…
—¡Para ya!
Miro a mi alrededor, casi esperando ver un letrero de neón en una tienda que
diga: «¡Aquí tienes tus vibradores! ¡Oferta especial! ¡Anonimato
garantizado!»… Es evidente que llevo demasiado tiempo sin sexo, pero qué
narices… Vamos a ver, soy una mujer sana, estoy prácticamente en mi mejor
momento, médicamente hablando. ¡Debería tener una sesión de sexo todos los
días! Este tipo de frustración es normal.
Se me enciende la bombilla. ¡Ese es mi problema! ¡Por eso me estoy
enamorando de un tipo al que apenas conozco! ¡Necesito más sexo! Estoy
obsesionada con el coito. Es casi una enfermedad. Lo llamaré «coitus queremus
muchus» y está entorpeciendo mis procesos cognitivos normales. Eso lo
explicaría todo.
Quizá el hombre al que voy a conocer esta noche sea interesante. La foto que
colgó en su perfil estaba bastante bien. Dev dice que todo el mundo usa
Photoshop con sus fotos o sube las antiguas de cuando eran más jóvenes, pero
aunque este hombre sea mayor de lo que parecía, probablemente es el tipo de
persona que mejora con la edad. Tal vez haya química entre nosotros y él me
proponga algo. Entonces yo diré: «Claro, me encantaría acostarme contigo esta
noche. Soy libre, estoy abierta a probar cosas nuevas. Soy una mujer arriesgada,
aventurera, que vive para disfrutar del momento». ¡Ja! Me sudan las palmas solo
de imaginarlo. Es imposible que esto salga bien.
Cuando entro en el aparcamiento del bar, me siento bastante segura de mí
misma, a pesar de todo. Me miro el vestido, apreciando la manera en que se
adapta a mi cintura y me resalta las caderas. Mi pelo también pone de su parte,
enmarcando mi cara con sus ondas naturales, y mi maquillaje es perfecto, ni
mucho ni poco, con un acabado un tanto difuminado. Dev me encontró bastante
irresistible con este modelito… Tal vez tenga más opciones de las que pensaba.
Salgo del coche con una enorme sonrisa en la cara. La negación puede ser
tremendamente poderosa cuando se emplea con moderación.
Compruebo el teléfono solo para asegurarme de que no hay mensajes de
texto de May. Va a tener una recompensa muy especial por hacernos de niñera
dos noches seguidas, porque sé que mis hijos la están volviendo loca. Hasta a mí
me vuelven loca después de dos noches seguidas, y eso que fui yo quien parió a
esos pequeños granujas.
Le envío un mensaje de texto rápido, solo para hacerle saber cuánto le
agradezco sus esfuerzos.
Yo: Muchas gracias. Eres mi heroína.
Responde de inmediato.
May: ¡Diviértete! ¡No hagas nada que yo no haría!
Sonrío, pero no respondo. Su mensaje deja mucho espacio para la
imaginación. He oído las historias sobre ella y Ozzie y sus escapadas. Es hora de
ponerte en plan sexy, Jenny. Camino hacia la entrada del bar, contoneando las
caderas un poco más de lo habitual. Me siento despampanante. Voy a ser la
dueña del lugar.
La puerta de madera de la entrada está llena de marcas y un poco combada, y
me da la bienvenida a un lugar en el que, tiempo atrás, disfruté de muy buenos
momentos. Aquí era donde veníamos Miles y yo, antes de tener hijos, a disfrutar
de una cerveza y ver los partidos en el televisor de encima de la barra. Guardo
muy buenos recuerdos de este lugar, así que experimento una sensación especial
y buenas vibraciones cuando agarro el pomo y tiro de él.
El aire acondicionado y el olor a cerveza rancia es lo primero que me llega.
Puede que vaya demasiado arreglada esta noche, pero por una vez, voy
perfectamente maquillada y por primera vez en mucho tiempo me he pintado las
uñas y llevo un sujetador y unas bragas a juego. Espero que este hombre valore
todos mis esfuerzos, porque mañana todo se acabará y volveré a ser una mamá
experta en informática en vaqueros y zapatillas de deporte, con ropa interior de
lunares de algodón y un sujetador deportivo de tirantes anchos. Pero ¿esta
noche? Cuidado. Soy una mujer muy, muy peligrosa; una auténtica tigresa.
Como premio especial, en este preciso instante decido llevar a los niños a un
pícnic en el parque mañana. Han sido muy pacientes conmigo y no se han
quejado ni una sola vez de que no estuviera con ellos dos noches seguidas. Eso
es un gran cambio para ellos, y con Miles y su nueva novia en escena, debo
mantener a toda costa la estabilidad en la vida de mis hijos. Este ha sido mi fin
de semana egoísta, pero mañana todo girará en torno a ellos.
Ahora mi mente se ha liberado de toda culpa y estoy lista para jugar.
Examino la espalda de las personas sentadas en los taburetes alrededor de la
barra, con la esperanza de que el hombre con la camisa azul esté ya allí y no
tener que quedarme esperando demasiado rato.
Al principio no lo veo, pero luego, entre las sombras de la parte trasera del
local, percibo un destello de azul. Creo que está allí, con una jarra de cerveza en
la mano. Me mira como si me conociera. Y es muy, muy alto. Monstruosamente
alto.
El corazón me da un vuelco y luego una voltereta. Empiezo a temblar cuando
mis ojos se detienen en los detalles del hombre de la camisa azul. Empiezo a
susurrar para mis adentros cuando resulta más que evidente que mi noche está a
punto de irse al garete. Oh, Dios mío… ¡No me puede pasar esto!
Es Dev, y está aquí para ser testigo de mi vergüenza.
Luego aflora un pensamiento aún más horrible: ¿y si mi cita es él?
No, no puede ser. Estaba sentado junto a mí en el ordenador cuando hice clic
en su perfil. Vi su foto, y vi la foto del hombre con el que he quedado aquí, y
definitivamente, no era la imagen de Dev.
Dejo unos instantes para asimilar la gravedad del asunto. Hemos quedado en
el mismo lugar, así que cada uno verá la cita del otro… ¡Qué desastre! Cuando
me preguntó adónde iba a ir, ¡debería habérselo dicho! ¿Por qué decidí que
flirtear y jugar fuerte era una buena idea?
El destino realmente me la ha jugado; es la única explicación para lo que está
sucediendo. Hay más de mil bares en esta ciudad, y podría haber elegido
cualquiera de ellos, ¡pero está aquí! ¡En mi bar! ¡Maldita sea!
Reconozco la expresión de su rostro como la que probablemente se refleja en
el mío. Está confundido, pero al mismo tiempo, parece que le hace gracia.
Me muero de vergüenza. ¡Se está riendo de mí! Supongo que se ha dado
cuenta de que llevo el mismo vestido que anoche. ¿Qué dice eso sobre mí? Nada
bueno, desde luego. Él lleva otra camisa. Tal vez se ha puesto los mismos
pantalones, pero la camisa es definitivamente azul, y la que lucía anoche era
amarilla.
Mis ojos escanean de nuevo la multitud. Hay otro hombre con una camisa
azul, pero debe de rondar los setenta. No creo que sea legal cambiar tanto tu
imagen con Photoshop.
Dev echa a andar a través del bar. Me encuentro con él a mitad de camino. Él
habla primero, ahorrándome el problema de tener que inventarme algo simpático
y ocurrente, una hazaña que soy incapaz de lograr en este momento.
—Supongo que ahora ya sé dónde has quedado con tu cita.
Mi sonrisa seguramente parece más bien una mueca horrorizada que otra
cosa. Nivel de humillación: ocho sobre diez.
—Sí, supongo que sí. Parece que tenemos el mismo gusto en cuanto a bares.
Asiente con la cabeza y mira alrededor, por encima de mi hombro y luego a
los lados. Consulto el reloj. Es la hora exacta.
—Entonces, ¿tu cita no ha llegado todavía? —pregunto.
—No lo creo. Es difícil saberlo, porque no llegué a ver su foto.
Lo miro y niego con la cabeza.
—¿Por qué no la miraste? ¿Cómo vas a reconocerla si no sabes cómo es?
Se encoge de hombros.
—Pensé que ya me reconocería ella.
Asiento con la cabeza, sintiéndome incómoda pero satisfecha por la
conversación. El silencio sería peor.
—Supongo que es una buena estrategia. Resulta difícil que pases
desapercibido.
—Además, así no hay ninguna presión. Ella puede mirarme y decidir, sin
llegar a conocerme, si realmente quiere hablar conmigo o no.
—Eso es muy considerado por tu parte. —Lo miro más de cerca,
entrecerrando un poco los ojos. No parece en absoluto preocupado por el hecho
de que le den plantón—. ¿Cuánto tiempo tienes previsto quedarte para ver si
aparece?
Se encoge de hombros.
—No lo sé. ¿Media hora?
Asiento porque no se me ocurre otra cosa que hacer, y examino otra vez a los
clientes del bar. En ese momento, la puerta se abre y entra un hombre con una
camisa azul. Definitivamente es más recio de lo que esperaba a partir de su
perfil, pero tiene el pelo castaño como el hombre de la foto. Aguardo a ver qué
pasa. Parece estar buscando a alguien.
Dev señala con la barbilla.
—Tal vez ese sea tu hombre. Debería irme, darte espacio.
—Está bien —digo, sin prestar realmente atención a Dev.
Estoy concentrada en el hombre que acaba de llegar, tratando de averiguar si
es el que vi en la foto. Aunque no creo que lo sea. Su nariz es totalmente
diferente. ¿Alguien utilizaría Photoshop para ponerse una nariz distinta? Debería
haber mirado la foto más detenidamente. Debería haberla imprimido. Dev ya me
advirtió que la gente hace trampas en esas webs. Imaginándome a ese tipo como
mi cita, me visualizo a mí misma sosteniendo la foto impresa junto a su cara,
señalándolo con furia y gritando: «¡Quiero una explicación!». Las fotos
retocadas con Photoshop deberían estar prohibidas, y a aquellos que
incumpliesen la prohibición habría que arrojarles huevos podridos. Odio esta
situación. ¿Qué estoy haciendo aquí?
—Voy a volver a mi rincón —dice Dev—. Hazme una señal si tienes algún
problema.
Ahora Dev tiene toda mi atención.
—¿Qué pasa? ¿Eres mi guardaespaldas?
Parece confundido.
—No. A menos que quieras que lo sea.
Tal vez todavía esté dolida por el hecho de que él quisiera que saliéramos
con otras personas después de romperme la cama. Mi respuesta es más agresiva
de lo que pretendía.
—Estoy bien. Puedo apañármelas yo sola. Llevo un espray de pimienta. —
Doy unas palmaditas en el lateral del bolso con aire de seguridad.
—Deberías llevar una Taser, como tu hermana. Aprendí de primera mano
que es muy efectiva.
Antes de que pueda pedirle más detalles, me deja y se va. Estoy sola junto a
la barra, y el hombre de la nariz falsa que creía que podría ser mi cita se acerca a
un grupo de amigos y toma una cerveza que le ofrece uno de ellos. Todos se ríen
de algo que dice.
Si esa es mi cita, ya puede olvidarse del asunto. Yo no me metí en esto para
salir con alguien con una nariz falsa o con una reunión de amigos. Mi
indignación desaparece al cabo de unos minutos, cuando una chica entra por la
puerta, se acerca al hombre y le da un abrazo y un beso. Game over.
Capítulo 39
Compruebo de nuevo mi teléfono; han pasado otros quince minutos. En
cuanto veo la hora, me doy cuenta de que no tengo ningún interés en salir con un
tipo que se presenta quince minutos tarde en nuestra primera cita. Respeto el
tiempo de otras personas, por lo que es justo que hagan lo mismo por mí.
Dev está ocupado mirando su propio teléfono, así que no me molesto en
hacerle ninguna señal para avisarlo. Voy a visitar el baño antes de irme. Mi
noche es un fracaso oficial. Haré un pis primero, y luego me iré a casa.
Probablemente todavía tenga tiempo para hacer palomitas y encontrar una buena
peli romántica en la tele. La noche aún es joven, y yo también. O algo así.
Me miro en el espejo del baño y frunzo el ceño. Qué lástima que me haya
vestido para nada. Esto de las citas es una mierda. Creo que cuando era más
joven era diferente. Los tiempos han cambiado, y no para mejor. Hoy los
hombres plantan a las chicas y se retocan la cara con Photoshop, para fingir ser
alguien que no son. Imbéciles.
Salgo del baño y vuelvo al bar, examinando a la multitud una vez más para
poder localizar a Dev y despedirme. Pero no está aquí. Se ha ido. Siento que se
me abre una grieta en el corazón, y no es nada agradable. ¿Se ha ido sin decir
adiós? Y yo que creía que mi noche no podía ir a peor… ¡Me equivocaba de
nuevo!
La tristeza que siento ahora es completamente desproporcionada con
respecto a lo que ha ocurrido. Dev ya es mayorcito, y estaba aquí para conocer a
su propia cita. El hecho de que se haya ido no tiene nada que ver conmigo.
Debería alegrarme por él. Joder, tal vez su chica apareció al fin y están en el
aparcamiento montándoselo en su coche. O tal vez ha habido mucha chispa entre
ellos y están haciendo algo más que eso.
Sé que mi reacción es ridícula, pero no puedo evitarlo. Solo estuve en el
baño cinco minutos, y me da pena que se fuera sin despedirse. En realidad, ha
sido increíble verlo aquí. Parece que nunca me canso de ver a este hombre.
Salgo hacia mi vehículo, pero cuando estoy a un par de metros me detengo.
Hay alguien esperándome. Sufro un ataque cardíaco momentáneo hasta que me
doy cuenta de que es un hombre muy alto con una camisa azul. Dev. Mi corazón
sale volando disparado, como si tuviese alas, como si fuera un cohete y alguien
hubiera encendido la mecha para lanzarlo. Me dan ganas de cantar como Maria
en Sonrisas y lágrimas. «¡El dulce cantaaar!».
Intento recuperar mi movimiento sexy contoneando las caderas, pero termino
torciéndome el tobillo con mis estúpidos zapatos nuevos. Dev extiende los
brazos como si quisiera intentar ayudarme, pero todavía está a un metro de
distancia. Me recupero sin caerme de espaldas, por suerte, y recorro cojeando el
resto del camino. Saco las llaves del bolso para que no haga ningún comentario
sobre mi lamentable tropiezo.
—Pensé que te habías ido —dice Dev.
—Yo también pensé que te habías ido.
Nos miramos el uno al otro mientras las cigarras cantan a nuestro alrededor,
marcando el ritmo de la noche, algo exclusivo de Nueva Orleans.
—¿Me esperabas? —le pregunto.
Se encoge de hombros.
—Cuando creí que te habías ido, pensé en irme a casa. Pero luego salí y vi tu
coche, así que me preocupé. Pensé que te esperaría un rato y, si no aparecías,
pondría en marcha un dispositivo de búsqueda.
No puedo evitar sonreír.
—¿Un dispositivo de búsqueda? Eso suena a algo serio.
Asiente despacio.
—Lo es.
Quiero creer que su respuesta encierra mucho más que esas dos simples
palabras, pero antes de que pueda pararme a pensar en eso más detenidamente,
me arranca de mis pensamientos.
—¿Ha aparecido tu chico?
Niego con la cabeza.
—No. Supongo que son cosas que pasan.
En realidad, ahora que estoy aquí con Dev, no me parece algo tan malo,
después de todo.
—¿Estás segura de que no estaba allí? Había muchos hombres que parecían
estar solos.
Me encojo de hombros.
—Me dijo que llevaría una camisa azul, y los únicos con camisas azules erais
tú, un vejestorio y otro hombre, pero iba acompañado de una chica.
Dev abre más los ojos.
—¿Una camisa azul?
Asiento con la cabeza.
—Sí, una camisa azul. Así es como se suponía que debía identificarlo. Y yo
puse mi foto en mi perfil, por lo que debería haber podido reconocerme
fácilmente. No la retoqué con Photoshop, y tampoco usé una de hace diez años.
Dev sonríe y luego apoya el puño en la frente y echa la cabeza hacia atrás,
riendo como si estuviera en una comedia.
—¡Ay, Dios! —exclama, incorporándose de nuevo.
—¿Qué pasa? ¿Te parece gracioso? ¿Te hace gracia que me hayan dado
plantón?
—Ay, Dios mío… —repite, mirándome de nuevo—. No. No es eso. No me
lo puedo creer.
Estoy empezando a enfadarme, porque no tengo ni idea de qué está
hablando. Sin embargo, parece como si se estuviera riendo de mí. Me cruzo de
brazos.
—¿Qué? ¿Qué es lo que no te puedes creer?
Aparta el puño de la frente, se agarra la parte delantera de la camisa y me la
enseña.
—Llevo una camisa azul.
Me encojo de hombros.
—Sí. ¿Y qué?
Niega con la cabeza.
—Yo soy tu cita.
Lo miro como si estuviera loco. Creo que con toda esta historia de las citas
ha perdido algún tornillo por el camino.
—¿Qué? No. No eres mi cita. Él se llamaba Brian no sé qué.
La web solo ofrece los nombres de pila, pero eso me parecía suficiente en su
momento.
—Escogiste al hombre que dijiste que era mi gemelo, ¿verdad?
Ahora vuelvo a sentirme avergonzada. ¡Lo sabe! ¡Sabe que estoy loquita por
él! Necesito manejar esto.
—¿De qué estás hablando? —Sí, ese es mi plan: voy a hacerme la tonta y ver
hasta dónde me lleva.
—Escogiste al hombre que dijiste que era mi gemelo, para salir con él. Ese
era yo.
Se señala el pecho.
La imagen que está tratando de describir comienza a tener sentido.
—¿Qué estás diciendo? ¿Tienes dos perfiles en ese sitio web?
Ahora le toca a Dev pasar vergüenza.
—Sí —confiesa a regañadientes.
En este momento no solo estoy confundida, también me siento molesta.
—¿Por qué? ¿Por qué lo has hecho?
Intento averiguar si me ha tendido una elaborada trampa para atraparme y
hacerme quedar como una tonta, pero tal como ese pensamiento entra en mi
mente, se va. En primer lugar, nadie es tan inteligente, y en segundo lugar, él no
es tan malo.
Mira hacia el cielo nocturno y luego a sus pies. Se balancea hacia delante y
hacia atrás desde los talones hasta los dedos de los pies y al fin responde.
—Tal vez me preocupaba que nadie quisiera salir con un tipo calvo y tan alto
que parece que debería trabajar en un circo.
Si me hubiera dado cualquier otra excusa, o tal vez si yo fuera una persona
diferente con menos cicatrices en el alma, podría enfadarme por el engaño; pero
mi corazón está con él. Siempre parece tan seguro de sí mismo que no se me
pasó por la cabeza, ni por un segundo, que pudiese avergonzarse de su físico.
Lo miro a los ojos para que vea que hablo con el corazón en la mano.
—Eso es ridículo. ¿Por qué iba a importarle eso a alguien?
Me mira levantando una ceja invisible.
—¿Hablas en serio? ¿Tú has estado en el mundo últimamente?
Dejo escapar un largo suspiro. Tiene razón. En nuestro mundo, las personas
son completamente superficiales y se fijan sobre todo en el físico. Maldita sea, si
hasta yo miré las fotos en la web y elegí a un hombre basándome no solo en su
personalidad, sino en lo guapo que era en la foto.
—¿De dónde sacaste la imagen que pusiste en el perfil? —pregunto.
—Es una foto de mi primo. Pero me dio su permiso, así que no fui un canalla
integral… Quiero decir que no le robé la identidad a nadie. —Mira las estrellas
con aire reflexivo—. Aunque todavía puedo ser un canalla, ahora que lo pienso.
—Dirige su atención hacia mí—. Siento mucho haberlo hecho y que te hayas
visto involucrada. —Trata de quitar hierro al asunto, pero no acaba de
conseguirlo—. De todas formas, tú eres la primera que me ha pedido una cita,
así que solo hay una víctima de mi estupidez.
—No lo entiendo. ¿Por qué tanto misterio? ¿Por qué no ser simplemente tú
mismo?
Mira al suelo.
—Llámalo falta de confianza en uno mismo. Esa es probablemente la manera
más precisa de describir mi forma de enfocar este asunto.
—¿Cómo puede un hombre como tú carecer de confianza en sí mismo? Eres
alto, guapo, encantador, inteligente, un gran padre… Lo tienes todo.
Su sonrisa es tan seductora que casi no puedo respirar.
—¿Es que te has olvidado de ponerte las lentes de contacto hoy? —pregunta.
Le doy un empujoncito.
—Cállate. Y también tienes un gran sentido del humor.
Se encoge de hombros.
—Tú ves lo que ves, pero créeme, la mayoría de las mujeres no tienen la
misma impresión cuando me miran.
Lanzo un suspiro.
—Bueno, pues permíteme disculparme en nombre de todas las mujeres por
ese puñado de bobas que son sordas, tontas y ciegas. Créeme, no representan a la
mayoría.
—Gracias por decirme eso.
Patea la gravilla del suelo, moviéndola con el pie, y por primera vez veo de
verdad su parte vulnerable. Eso solo lo hace aún más atractivo a mis ojos,
sabiendo que no es un engreído, sino una persona humilde y sincera consigo
misma. Prefiero este tipo de hombre a un individuo que crea que es un regalo del
cielo para las mujeres.
Me quedo callada, asimilando todo lo que me ha dicho. Aquí estamos, dos
personas solas, ambos en busca de amor. Hicimos un pacto para encontrarlo con
otras personas, pero el destino nos ha unido de nuevo. Eso solo puede significar
una cosa, y no soy tan tonta como para ignorarlo esta vez.
—Y ahora ¿qué hacemos?
Me muerdo el labio después de formular la pregunta para evitar dejar escapar
algo que todavía no se debe decir en voz alta.
Él se inclina y me toma de las manos. El bolso se me cae a los pies, pero no
hago caso.
—Creo que eso significa que deberíamos salir en una cita de verdad y ver
qué pasa.
Intento no emocionarme demasiado con la idea de que él está pensando lo
mismo que yo.
—Pero es un riesgo. Uno podría romperle el corazón al otro.
Se encoge de hombros.
—El que no arriesga, no gana. Estoy dispuesto a correr ese peligro si tú
también lo estás.
Me muerdo el labio otra vez. Es una persona tan bella… Bueno de verdad
por dentro. No me importa que haya puesto un perfil falso en una web de citas.
Lo entiendo. Quiero decir, lo entiendo de verdad. Entiendo lo que es sentirse
solo, sin seguridad en uno mismo, volverse paranoico y preocuparse por que a la
gente no le gustes por lo que eres. Cuando Miles me dejó, perdí la esperanza de
encontrar a alguien que quisiera volver a estar conmigo. Habría que ser muy
estúpido para desaprovechar esta oportunidad…
—Está bien, yo también voy a correr el riesgo. —Siento que voy a vomitar, y
estoy asustada y feliz al mismo tiempo.
Dev sonríe y luego esa expresión vuelve a aflorar a su rostro: su hoyuelo
precioso y seductor aparece y transforma al guerrero en un osito de peluche.
Calvo. Un oso de peluche grande y calvo que me hace sentir segura, feliz y lista
para comerme el mundo.
—Bien… ya hemos cenado —dice—. ¿Qué harías en una cita de verdad
después de la cena?
Me siento sexy, así que me arriesgo y le doy la respuesta que aguarda en mi
corazón.
—Te preguntaría si quieres tomar una copa en mi casa.
—¿Están tus hijos en casa? —pregunta, con un brillo travieso en los ojos.
Hago una mueca.
—Voy a ser muy mala madre y decir que, por desgracia, sí, lo están. En una
cita de verdad probablemente me habría asegurado de que estuvieran en otro
sitio. Lo siento. He perdido toda la práctica.
Frunce el ceño.
—Mi hijo también está en casa. —Me aprieta las manos y me mira
apesadumbrado—. Es una lástima que seas una mujer con tanta clase.
Lo miro arqueando las cejas.
—¿Y por qué es una lástima?
—Porque… si te dejaras llevar por tu lado más salvaje, te diría lo grande que
es el asiento trasero de mi coche…
No puedo evitar reírme.
—¿Por qué te ríes?
Se acerca y me estrecha en sus brazos, y su cuerpo duro me envía una
descarga de placer que me recorre de arriba abajo. La risa cesa de inmediato.
Lo miro, con los ojos ardientes por el calor que se acumula en el interior de
mi cuerpo.
—Porque… En el fondo, me gusta el lado salvaje…
Capítulo 40
No puedo dejar de reírme. Llevo el vestido subido hasta la cintura, y estamos
apretujados en el asiento trasero de su coche, tratando de usarlo como nuestra
plataforma de lanzamiento para esto que acabamos de empezar, sea lo que sea.
No voy a ponerle ninguna etiqueta ni a preguntarme cuánto va a durar. Quiero
disfrutarlo mientras pueda.
—Soy demasiado alto —dice con frustración mientras se golpea la cabeza en
la ventanilla trasera. Lo atraigo hacia abajo para que me bese de nuevo. Tengo
los labios hinchados después de todo lo que hemos estado haciendo.
—No eres demasiado alto; eres perfecto.
Sonríe y se zambulle en mi boca. Nuestras lenguas se enredan y nuestra
respiración nos templa la cara mientras avanzamos y profundizamos el contacto.
Desliza la mano entre mis piernas, acariciándome con los dedos sobre las bragas,
haciéndome retorcerme de pura excitación. El sudor le gotea de la frente y
aterriza en mi cuello mientras mira hacia abajo, al espacio que hay entre
nosotros.
—Lo que daría por una cama en este momento… —gruñe.
—Podríamos hacerlo sentados —sugiero.
Él se detiene y se queda mirándome.
—¿De verdad?
Asiento con la cabeza, mordiéndome el labio para no reírme. No es que esto
sea gracioso; es que lo estoy pasando tan bien que quiero reírme y dar rienda
suelta a mi lado loco y salvaje al mismo tiempo. Nunca he experimentado algo
así. Estoy en un aparcamiento, montándomelo prácticamente con un extraño en
un Pontiac, ¡por el amor de Dios! Entonces se me ocurre algo, pienso en la parte
poética de mi vida sexual en este momento. Está, literalmente, resurgiendo de las
cenizas en el interior de un modelo Phoenix. No puedo dejar de reírme.
Dev intenta levantarse y no solo se hace un nuevo moretón en el proceso,
sino que arranca de cuajo el reposacabezas directamente de la parte superior del
asiento.
—¡Oh, Dios mío! —grito mientras gruñe y lo arroja al suelo de la zona
delantera del coche.
—Ven aquí —dice, mientras ocupa el asiento trasero, estirando las piernas
todo lo posible.
Presiona el respaldo con las rodillas y un bulto sobresale en su entrepierna.
Le abulta tanto que la cremallera le tira. Estoy de rodillas junto a él y no puedo
evitar mirarlo.
—Uau —exclamo. Antes, cuando estaba encima de mí, percibí el tamaño de
su paquete, pero creo que no llegué a apreciar lo grande que era.
Él también lo mira y luego me mira a mí.
—Estoy a tu merced.
Con una sonrisa maliciosa, alargo el brazo y le desabrocho el cinturón, el
botón y la cremallera, liberándolo de la parte superior de sus bóxers con
cuidadosas maniobras.
—Madre mía… —susurro—. Lo tuyo sí es proporcionado…
Apoya la cabeza en el asiento y suspira.
—¿Es que quieres que me vuelva loco antes incluso de que me toques?
Alargo la mano y me aparto un mechón de pelo de la cara, metiéndomelo por
detrás de la oreja.
Él gira la cabeza para observarme.
—¿Qué pasa? —pregunto con timidez.
—No me mires así —dice—. ¿Sabes lo que me estás haciendo?
Me siento como una campeona del sexo, como una diosa a la que debe
adorar. Olvido por un momento que no había hecho algo así en mucho tiempo.
Tomando su miembro duro en la mano, comienzo a acariciarlo hacia arriba y
hacia abajo. Él cierra los ojos y suspira, y empieza a arrugar la frente y a gemir
mientras encuentro el ritmo.
Me relamo los labios. Estoy completamente excitada, tanto por sus caricias
de antes como por verlo ahora. No estoy segura de qué hacer a continuación,
pero siento que voy a explotar de deseo e impaciencia. Él abre los ojos.
—¿Vas a subirte encima o qué?
No pierdo el tiempo. Después de quitarme mis bragas nuevas y sexys, me
subo el vestido alrededor de las caderas y hago todo lo posible por montarme a
horcajadas sobre él sin golpear ninguna parte sensible. Es más fácil si me quito
los zapatos.
Me arrodillo con una pierna a cada lado de las suyas. Su erección se yergue
entre nosotros, más de un palmo que apunta hacia el techo del coche. Se coloca
lo que debe de ser un condón de tamaño especial, y ambos miramos fijamente
hacia abajo, a lo que ahora sé que es imposible. ¡Madre mía! ¡Pero si es del
tamaño de una porra! ¿Qué se supone que debo hacer con eso?
—¿Y si no cabe? —digo en un susurro, sin aliento.
—Iremos muy despacio —contesta, alargando la mano por debajo de mi
vestido y tocándome entre las piernas.
Cierro los ojos y disfruto de las sensaciones durante unos segundos antes de
hacer mi próximo movimiento. Ya basta de juegos; tengo un reto ante mí. Ojalá
hubiese ido a más clases de gimnasia cuando era más joven.
Me incorporo sobre las rodillas y me doy cuenta enseguida de que eso no es
suficiente. Pongo el pie izquierdo en el asiento al lado de Dev y levanto aún más
el cuerpo. Por fin puedo colocarme encima de él, y la punta dura de su erección
aguarda justo a mi entrada. Parezco una loca, pero me da absoluta y
completamente igual. Podría llegar la mismísima policía ahora mismo y eso no
me detendría.
Levanta el pulgar y lo frota sobre mi punto más sensible.
—Sin prisa —dice, observando la expresión de mi rostro.
Lo miro mientras me deslizo sobre él, muy despacio. Nunca había odiado
tanto los condones como en este momento. Por suerte, gracias a todas las
atenciones de Dev, podemos frotarnos el uno contra el otro sin demasiada
fricción. Él se desliza dentro de mí prácticamente sin hallar resistencia.
—Oh, Dios… —exclamo con una voz a medio camino entre un susurro y un
gemido.
Apoya la mano que tiene libre en mi cadera, ayudándome, guiándome hacia
abajo. Al final puedo volver a colocarme de rodillas, pero tengo que parar antes
de que se haya hincado por completo dentro de mí. Es demasiado.
Cierro los ojos y espero.
—¿Estás bien? —pregunta.
Asiento con la cabeza.
—Es… increíble. —Sonrío, sintiendo cómo el calor me invade todo el
cuerpo mientras su dedo se mueve en pequeños círculos. Intento levantarme y
luego vuelvo a bajar, disfrutando de la sensación de la cercanía de nuestros
cuerpos, de tener a esta bestia de hombre dentro de mí. Las ventanillas se han
empañado por completo, es imposible ver desde dentro o desde fuera, y me he
convencido de que estamos a millones de kilómetros de cualquier otra persona.
—Qué bueno es estar dentro de ti… —dice, con la respiración entrecortada.
Apoyo las manos sobre sus hombros, aferrándome con todas mis fuerzas. Me
da miedo que se rompa algo dentro de mí si empiezo a montarlo como realmente
quiero. Me dijo que me lo tomara con calma y eso es lo que voy a hacer.
¡Maldita sea! ¡Quiero ir más rápido!
Trato de controlarme, con la respiración cada vez más entrecortada.
—Suéltate —susurra, como si me estuviera leyendo la mente—. Déjate ir.
Haz lo que necesitas hacer.
Muevo las caderas en círculos pequeños mientras me desplazo hacia arriba y
luego hacia abajo otra vez.
—Rápido, sí, así está mejor —me digo sobre todo a mí misma. Tengo los
ojos cerrados. La oscuridad se cierne a mi alrededor y me dejo invadir por el
cúmulo de sensaciones.
Con cada segundo que pasa, siento cada vez más la necesidad de
desahogarme por fin, y eso me arrastra a un lugar cada vez más profundo. Relajo
la presión y me hundo un poco más en él.
—Sí, sigue así, nena. Eso es —dice, levantando las caderas para acudir a mi
encuentro.
El asiento empieza a chirriar al ritmo de nuestros movimientos, y estoy
segura de que el coche también se mueve, ¡pero no me importa! ¡Que sepa todo
el mundo lo que estamos haciendo! ¡Estoy en plena sesión de sexo en el interior
de un Phoenix con un pedazo de hombre que lo tiene todo muy
proporcionado…! ¡Y es increíble! ¡Yuju!
Mi boca empieza a emitir unos sonidos sobre los que no ejerzo ningún tipo
de control. Aunque no me importa, porque solo los oigo de lejos. Estoy cerca…
tan cerca. Solo unas pocas embestidas más, algunas más…
—¡Oh, Dios mío! —grito, riendo y llorando al tiempo que me abrazo a Dev
con todas mis fuerzas.
¡Ya está aquí! ¡Fuegos artificiales! ¡Explosiones! ¡Alegría apoteósica! Oigo
todo eso en mi cabeza cuando llega al fin y el orgasmo se apodera de todo mi
cuerpo. Grito como una posesa mientras mi cuerpo se convulsiona con la
liberación y Dev ruge como un león sexy y muy complacido. Me aferro a él,
como una mujer a punto de ahogarse que encuentra en él su chaleco salvavidas.
Lo siento palpitar dentro de mí cuando encuentra su propia liberación.
Unos segundos más tarde, bajando de mi posición poderosa y sexy, me doy
cuenta de lo sudorosa que estoy. Mi cara resbala de la suya, literalmente, cuando
me aparto. Observo su cara pálida mientras las perlas de agua salada le ruedan
por las sienes.
—Uau —exclamo, preguntándome cómo voy a salir de este lío del que yo
misma soy responsable. ¿Sexo en su coche? ¿En el aparcamiento? Debo de ir
colocada. ¿Llegué a beber alcohol, ahora que lo pienso? No lo creo. No hay
excusa para mi comportamiento, salvo que estar con Dev me hace perder la
cabeza. Aunque en el buen sentido. No me arrepiento de nada de lo que ha
pasado. De nada.
Él se inclina y me da un beso justo en los labios. Es un beso casto, pero
lento. Dulce. Delicado. Mi corazón se encoge y luego explota. Oh, mierda…
Estoy loca por sus huesos…
—Me haces feliz —dice. Luego me da una palmada en el trasero—. ¿Lista
para salir de aquí?
Asiento con la cabeza y luego ejecuto unos movimientos casi acrobáticos
necesarios para desencajarme de su erección —aún semidura—, y poder ocupar
el asiento junto a él para ponerme las bragas.
No estoy segura de si debería sentir vergüenza u orgullo en este momento.
Menos mal que no me está mirando justo ahora, porque probablemente me
echaría a llorar. No es que esté triste; simplemente, me siento confusa. Flotando
en el éter. Preguntándome qué demonios va a pasar ahora con mi vida. Es como
si hubiera entrado en una dimensión desconocida o algo así. Tal vez sí tengo la
crisis de los cuarenta. Tal vez debería comprarme un Corvette mañana.
—Me gustaría quedarme más tiempo contigo —dice—, pero me temo que mi
madre no estaba preparada para que alargara tanto mi cita.
Lo miro.
—¿Es que solo ibas a tomar algo y ya está?
Tarda unos segundos en responder.
—Sí. Yo solo… Me parecía lo correcto.
Me detengo mientras me estoy poniendo los zapatos y lo miro.
—¿Lo correcto?
¿Qué quiere decir con eso? Mira por la ventanilla unos segundos antes de
volverse hacia mí.
—Lo pasé muy bien contigo anoche. No me parecía bien salir con otra mujer
en una cita romántica después de eso.
Tengo que morderme el interior de los carrillos para no sonreír como una
loca. Asiento con la cabeza.
—Claro. Lo entiendo. —Mi voz me delata. Quería aparentar indiferencia,
pero me es imposible. Completamente.
—No pretendía ponerte presión —dice.
Niego con la cabeza.
—No, si estoy muy contenta. —Intento sonreír, pero me flaquea la sonrisa.
—¿Qué pasa? —pregunta, mirándome tan serio, tan expectante, que hace
que se me salten las lágrimas.
—Nada. Es solo que soy una tonta, eso es todo. Yo soy así.
Me toma la mano y la aprieta.
—He hecho algo mal.
—No. —Pongo mi otra mano sobre la suya—. Lo has hecho todo bien. Me
gustas de verdad. Solo me preocupa que estemos yendo demasiado deprisa y
esto parece tan increíble… Me preocupa estropearlo todo.
Esboza una sonrisa triste.
—Tú también, ¿eh?
Asiento con la cabeza.
—No soy normal.
Alarga la mano y me acaricia la mejilla con ternura con un dedo.
—Odio lo normal. Es muy aburrido. Muy predecible.
Miro hacia abajo, tratando de controlar mis emociones. Sin embargo, nada
puede borrarme la sonrisa de la cara.
—Menos mal.
Pasan unos minutos que se hacen eternos antes de que alguno de los dos
vuelva a hablar.
—¿Sigue en pie lo de Halloween? —pregunta.
Miro hacia arriba y asiento. Ese es un terreno seguro. Nuestros hijos y
disfraces, puedo manejarlo.
—Sí.
—Estupendo. Entonces, ¿nos vemos la semana que viene? ¿En tu casa?
Asiento, preguntándome si eso significa que no lo veré en el trabajo.
—Por supuesto.
—Vendré sobre las cinco para asegurarnos de que no hay fallos de última
hora en el vestuario.
—Sí. Buena idea.
Me bajo el vestido con naturalidad y me aseguro de que todos los botones
están en su sitio y de que no queda nada donde no debería estar. Dev apoya la
mano en mi pierna cuando estoy a punto de abrir la puerta.
—Prométeme una cosa.
Miro hacia abajo a su mano y luego a su cara. Su expresión es ilegible.
—¿El qué?
—Prométeme que siempre serás sincera conmigo. Siempre me dirás
exactamente lo que sientes cuando te lo pregunte.
Asiento, feliz de hacer esa promesa. No quiero más mentiras ni juegos en mi
vida, en especial con un hombre como Dev. No puedo permitirme que me
destrocen emocionalmente en este momento. Tengo hijos, un trabajo recién
estrenado y una hipoteca, por no hablar de un corazón herido.
—Yo lo haré si tú lo haces.
—Trato hecho. —Se inclina y me da un beso muy prolongado antes de
incorporarse—. Quédate ahí —dice, abriendo su puerta y bajándose de la parte
de atrás. Es sorprendentemente ágil teniendo en cuenta su tamaño y el hecho de
que aún lleva los pantalones medio bajados.
Rodea el coche y me abre la puerta, ofreciéndome su mano. Vuelve a tener
un aspecto impoluto, con los pantalones abrochados y la camisa metida por
dentro, y salvo por el sudor, nadie diría que acaba de mantener unas apasionadas
relaciones sexuales en el asiento trasero. Acepto su mano extendida y salgo
como si fuera una princesa a punto de ser presentada a sus súbditos. Una
princesa que acaba de darse un buen revolcón en la parte de atrás de un Phoenix,
sí, señor…
De pie, delante de él, ya recompuesta pero oliendo a cuerpos sudorosos y
acalorados, miro hacia arriba y sonrío.
—Gracias por el sexo.
Él sonríe despacio, haciendo que me derrita de nuevo con ese hoyuelo.
—De nada. Y gracias a ti por el sexo, también.
—De nada. ¿Nos vemos en el trabajo?
Me alejo despacio, dejando mi incómoda despedida ahí entre los dos. No sé
comportarme con normalidad cuando me estoy enamorando, y me da un poco de
miedo lo que podría significar esto para mi vida y para mis hijos, pero estoy
dispuesta a correr el riesgo pese a todo. Quien no arriesga, no gana, y hay mucho
que ganar con este hombre guapísimo que acaba de tener conmigo una increíble
sesión de sexo en la parte trasera de su Pontiac.
—Sí. Nos vemos muy pronto.
Me pregunto si va a tenderme la mano y estrecharme de nuevo entre sus
brazos, pero no lo hace. Deja que me vaya, y eso está bien. Estoy feliz,
satisfecha, todavía medio aturdida. Echo a andar hacia el coche, con la cabeza
bien alta. Mi cuerpo agradece el aire freso de la tarde, a pesar de que es húmedo
y cálido, y mis pensamientos flotan perezosamente. Siento que me envuelve un
halo muy agradable. Tal vez sea amor verdadero, real, capaz de sacudir los
cimientos de mi vida. Sea lo que sea, me gusta, y no voy a estropearlo
parándome a analizarlo en este momento.
Capítulo 41
No me puedo creer que haya llegado Halloween. Ayer terminé de recopilar
todas las piezas de los disfraces, y aquí estamos, esperando a que Dev y Jacob
lleguen a nuestra casa.
—¿Cuándo van a llegar? —pregunta Sammy con impaciencia. Empieza a
llevarse el dedo meñique hacia la cara.
Le agarro la mano, deteniéndolo antes de que pueda emborronarse el
maquillaje. No quería ponerse la máscara, así que he tenido que improvisar una
cara de Spiderman con mucho delineador de ojos y sombra de ojos oscura.
Tendremos suerte si sale por la puerta sin estropeárselo todo.
—Estarán aquí pronto, tranquilo. Todavía tengo que ponerme mi disfraz.
Ayer estuve media hora en la sección de Halloween de la tienda de disfraces
local, tratando de decidir si iba a ir de bruja normal y corriente o quería ir un
paso más allá. Había un traje de doncella francesa particularmente sugerente,
pero al final, decidí que era mejor ser un poco más sutil. Sophie ya parece
bastante suspicaz con respecto a mis verdaderas motivaciones con Dev. Creo que
el hecho de que su padre tenga novia ha sido un verdadero problema para ella.
Otro problema para mí también.
Por suerte, a pesar de que Sophie está de los nervios, he encontrado una
nueva guardería para Sammy que creo que nos va a gustar más que la última, así
que al menos, me he quitado eso de encima. Solo puedo manejar una crisis a la
vez.
Suena el timbre y comienza la estampida. Sammy desaparece en un instante.
—¡Abro yo! —grita Sophie mientras corre desordenadamente por las
escaleras. Imagino que irá a la cabeza de la manada, con Melody y Sammy
pisándole los talones.
—¡No! Ya voy yo. ¡Tú todavía tienes que ponerte la capa!
Sí, esa es Melody, la primera en ir vestida para Halloween, como de
costumbre. Ella es la última en bajar las escaleras cualquier otro día del año,
pero hoy no. Va disfrazada de princesa, por tercer año consecutivo. Siempre
puedo contar con mi hija mediana para hacer mi vida más fácil. Oigo voces en la
puerta principal, pero no estoy lista para bajar.
—¡Voy enseguida! —grito. Me acerco más al espejo, poniéndome otra capa
de máscara de pestañas. Que no vaya disfrazada de doncella francesa no quiere
decir que no pueda hacer algo interesante con este disfraz de bruja.
El vestido de nailon negro que venía con el kit me queda sorprendentemente
bien, teniendo en cuenta que lo compré en la tienda de al lado. Lo aliso sobre
mis caderas y me pongo recta, admirando mi reflejo. Desde la aventura con Dev
en el coche, estoy mucho más contenta con mi aspecto. No es que estuviera
demasiado acomplejada ni deprimida antes, pero ahora ya no me preocupa mi
cuerpo de madre de tres hijos. Porque resulta que esta madre de tres hijos puede
hacerlo en el asiento trasero de un coche y volver loco un hombre.
Creo que Dev me ha sometido a una auténtica sesión de terapia sexual o algo
así. Es una locura, lo sé, pero ¿y qué? Me he pasado casi toda la vida dudando de
mí misma, así que es agradable tener confianza y estar relajada, para variar. Creo
que mi semana en Bourbon Street Boys también ha ayudado. Son un gran equipo
de estupendos profesionales, y también es divertido estar en su compañía. He
pasado por la oficina en algún momento casi todos los días de la semana, aunque
la mayor parte de mi trabajo lo he hecho en casa. Entre los momentos robados en
la nave industrial para estar con Dev y las llamadas nocturnas después de que los
niños se fueran a la cama, he encontrado un espacio íntimo con él. Cada noche
pasamos horas riéndonos de bromas compartidas y preparando nuestra próxima
cita, cuando ambos podamos contar con niñeras. Nuestros planes convierten
nuestra relación incipiente en algo emocionante y fresco, algo que esperamos
con ilusión. Tenemos que tomarnos las cosas con calma debido a nuestra
situación con los niños y el trabajo, pero a veces, ir más despacio es mejor: crea
expectativas.
El hecho de que el encargo de Blue Marine haya terminado no significa que
mi labor también lo haya hecho, por suerte. Ya tengo listo otro caso para
empezar el lunes. Este debería ser interesante; se trata de un robo de identidad
que nos ha derivado el departamento de policía local.
—¿Bajas o subo?
Dev está en la parte inferior de las escaleras. Su voz hace que un
estremecimiento me recorra todo el cuerpo. Solo lo he visto unas cuantas veces
en el trabajo porque ha estado ocupado con Jacob, pero cuando nos encontramos,
las miradas entre nosotros son algo más que tórridas. No puedo evitar sonreír y
casi se me escapa la risa cada vez que está a menos de tres metros de mí. Estoy
segura de que todos los del equipo se han dado cuenta. May dice que Dev
también se comporta de forma diferente. Nunca lo había visto sonreír tanto.
Hago un pequeño paso de chachachá frente al espejo para celebrar mi increíble
suerte.
—Ya bajo. Solo me estoy dando los últimos retoques.
Sin embargo, hay algo que todavía me inquieta. Es la segunda vez que
nuestros hijos coinciden, y me preocupa que uno de mis pequeños monstruos le
diga algo desagradable a Jacob. Esta semana hemos hablado largo y tendido
sobre él y su enfermedad, pero la curiosidad natural de los niños acabará
imponiéndose, estoy segura. Es el no saber cuándo y cómo lo hará lo que me
pone nerviosa. Lo último que querría es que Jacob se sintiera mal cuando esté
con mis hijos.
Me aparto del espejo. Imposible mejorar el resultado. Ha llegado la hora de
la verdad, tengo que bajar de una vez y ver al hombre del que estoy locamente
enamorada.
Desciendo las escaleras y llego a un recibidor vacío. Ahora las voces vienen
de la cocina. Sigo los sonidos y me detengo en la entrada. Los niños están
reunidos alrededor del bol gigante de golosinas que tengo sobre la mesa,
hurgando en él, eligiendo cuál de ellas les gusta más. Jacob está en la cabecera
de la mesa, como si fuera el líder del grupo.
Dev levanta la vista y me sorprende mirándolos. Me sonríe.
—Aquí estás. ¡Por fin! —Exagera su impaciencia para que los niños se den
cuenta de mi presencia. Y vaya si se dan cuenta…
—Por fin —dice Sammy, poniendo los ojos en blanco—. Haz tardado una
eternidad.
—Nunca habías tardado tanto para arreglarte para Halloween —señala
Sophie.
Me ha pillado.
—Estás muy guapa, mamá —dice Melody.
—Gracias, cariño.
Le lanzo un beso y le saco la lengua a Dev.
Este me guiña un ojo. Niego con la cabeza. Es imposible para una madre
mantener la calma cuando sus hijos se ponen a airear todos sus secretos.
—¿Quién está listo para ir a buscar golosinas por el barrio? —pregunto. Un
coro de voces responde tan alto que hace que me zumben los oídos.
Mis hijos ya están disfrazados, pero cuando miro a Jacob, solo veo un pijama
verde pintado con garabatos de rotulador negro. Un único calcetín verde relleno
cuelga de cada una de las cuatro esquinas de su silla de ruedas. Sonrío al
pequeño con una expresión que espero que resulte alentadora.
—¡Uau, mírate!
—Soy un cocodrilo —dice.
Asiento con la cabeza.
—Los cocodrilos son increíbles. Un cocodrilo puede derrotar a un tiburón
sarda. ¿Lo sabías?
Asiente.
—Sí. Papá me lo dijo, y luego vimos un vídeo en el ordenador.
—El resto de su disfraz está en el porche —explica Dev—. Era demasiado
grande para meterlo en la casa.
—Ah. Qué interesante… ¿Demasiado grande? Vamos a verlo, ¿de acuerdo?
Sophie sale corriendo de la habitación, gritando.
—¡Quiero verlo primero!
—¡No, yo! —Melody es la siguiente en salir.
Miro hacia Sammy, esperando que eche a correr mientras grita como un
salvaje. Asombrosamente, no se mueve, sino que pone la mano en la silla de
ruedas de Jacob y mira a su nuevo amigo.
—Puedez zalir antez que yo. —Señala hacia el pasillo—. Ez por allí.
Tengo que volver la cabeza un momento para serenarme. Mi dulce
angelito… Lo quiero con locura. Verlo comportarse de una forma tan amable y
gentil hace que me entren ganas de llamar a esa estúpida directora de guardería y
decirle unas cuantas verdades. Es imposible que mi hijo estuviera causando
problemas con los otros niños. Seguro que eran los demás los que lo intimidaban
a él, lo sé. Uno de estos días, cuando sepa que puedo conservar la calma y
comportarme como una madre civilizada, la llamaré y le preguntaré qué cree que
pasó. Pero aún no estoy en ese punto.
Dev se acerca y apoya la mano en mi espalda, atrayéndome hacia él mientras
caminamos por el pasillo detrás de los chicos. Sostengo el bol con las golosinas
debajo del brazo contrario.
—¿Estás lista para pasar un buen rato? ¿Una sobredosis de azúcar?
Lo miro, impresionada aún por lo increíblemente alto que es.
—Estoy lista desde que nací. ¿Y tú?
Estira la mano y me agarra el trasero.
—Yo ya tengo suficiente azúcar aquí.
Lo golpeo en el estómago con la palma de la mano, fingiendo que es un
bárbaro por hacer eso, pero los dos sabemos que no lo es. Por supuesto, no ha
habido tiempo esta semana para tener más relaciones sexuales, con los niños en
casa por la noche y los estrictos horarios de la vida diaria, pero eso no significa
que no haya estado pensando en ello dieciocho horas al día. Se acabó eso de
plantearse comprar un vibrador: a partir de ahora solo me conformo con el sexo
de verdad.
Todavía no me puedo creer que lo hiciéramos en la parte trasera de su coche.
Ha despertado algo dentro de mí que ni siquiera sabía que estaba allí. Me siento
joven, salvaje y libre. Más incluso que cuando acabé la universidad. Y eso es un
gran problema para una madre separada con tres hijos. Voy a saborearlo todo el
tiempo que dure.
Los niños están reunidos en el recibidor, esperándonos a nosotros, los
rezagados.
—Sophie, ¿puedes abrir la puerta? —le pide Dev.
Ella asiente muy seria, como si le hubieran encomendado una misión muy
importante. Se detiene allí, sujetando la puerta para que podamos salir todos
delante de ella. Beso su delicada mejilla por el camino. Me siento muy orgullosa
de mi hija.
En el porche hay dos bultos gigantes; parecen dos piñatas en forma de cono
diseñadas para que parezcan… pepinillos.
—Son geniales —dice Sophie. Estoy segura de que no tiene ni idea de lo que
está viendo.
Cierro la puerta detrás de ella y dejo el bol de golosinas en una silla en el
porche junto con el letrero que Sophie ha hecho dando instrucciones a la gente
para que tomen todas las que quieran.
—¿Eso qué es? —pregunta Melody.
Sammy corre hacia la figura más cercana.
—¡Ezo sí que ez un cocodrilo! ¡Uno grande! ¡Increíble! —Me mira—.
¡Mamá, quiero cer un cocodrilo!
Cómo envidio la imaginación de mi hijo. A mí nunca se me habría ocurrido
relacionar estas dos monstruosidades de papel maché con las partes de un
cocodrilo.
—Este año no. Eres Spiderman, ¿recuerdas?
Me alegré tanto que no me lo creía cuando me dijo que quería volver a
disfrazarse de su amigo Spiderman. Y, por suerte, su disfraz del año pasado aún
le va bien, prácticamente. ¡Viva el Spandex!
Jacob habla.
—Puedo ser el cocodrilo mascota de Spiderman. Podemos formar un equipo.
Sammy piensa en eso unos segundos y luego asiente.
—Bueno, cí. Creo que Zpiderman podría tener un cocodrilo como mazcota.
Dev se inclina y me habla al oído.
—Acabamos de evitar el desastre.
—¿Me lo dices o me lo cuentas? —le respondo en un murmullo.
Dev baja a Jacob en la silla por las escaleras hacia el camino de entrada, y
luego dedica unos minutos a ensamblar la cola del cocodrilo y la cabeza con la
silla de ruedas. Cuando termina, tenemos una bestia reptiliana de un metro de
largo rodando por la acera, rodeada de Spiderman, una princesa y un pequeño y
precioso vampiro, con capa y todo. Miro a Dev.
—¿Y tú qué se supone que eres?
Va vestido todo de verde. Ahora que tengo tiempo para centrarme en él, me
doy cuenta de que va totalmente cubierto de un solo color. No puedo dejar de
reír.
Hace una pausa y extiende los brazos.
—¿No es evidente? Soy una judía verde.
Sacudo la cabeza, sonriendo hasta que me da un calambre en la mejilla.
—Eres demasiado.
Él no dice nada, se limita a extender la mano y tomar la mía. Caminamos
juntos por la calle, la bruja y la judía verde, dejando que los niños vayan ellos
solos a las puertas de los vecinos. Es todo un acontecimiento, porque
normalmente insisto en acompañarlos hasta el final.
Al cabo de dos casas, ya se establece una rutina: las chicas van delante, pero
miran atrás cuando se acercan a la puerta para asegurarse de que los chicos están
cerca. Sammy camina al lado de Jacob, por el césped si es necesario. Se ha
tomado muy en serio su papel de dueño de un cocodrilo como mascota; no lo
pierde de vista.
—¡Truco o trato!
Sus voces resuenan por todo el vecindario junto con el centenar de niños
cargados con sus botines rebosantes de azúcar. Varios de los padres que pasean
por la calle se detienen a saludar. Son personas que normalmente pasarían de
largo y me saludarían simplemente con la mano, pero cuando ven a Dev, se ven
obligados a ser más sociables. Seguro que creen que es un jugador de la NBA
que se ha venido a vivir al barrio.
Me siento la chica más popular de toda la calle, algo que nunca experimenté
mientras estuve casada con Miles. Y Dev es increíblemente encantador. A pesar
de que va vestido como una judía verde gigante, logra entablar conversaciones
inteligentes con todo el mundo y hacerles reír. Incluso lo invitan a tomar una
cerveza en algún momento. Cuando los niños terminan con su ronda de visitas a
las casas, me siento aún más enamorada de él. Eso casi hace que me preocupe.
—¿Por qué pareces tan triste de repente? —pregunta Dev mientras
caminamos por la acera delante de mi casa.
Esbozo una sonrisa.
—No es eso. Solo pensaba en lo bien que lo estamos pasando.
—¿Y eso te hace fruncir el ceño?
Niego con la cabeza.
—No. Es que tengo algún que otro momento de melancolía a veces, y me
preocupo por cuánto pueden durar las cosas buenas. No me hagas caso.
Me sujeta y me atrae hacia sí.
—No te preocupes por eso. Nos estamos divirtiendo, ¿verdad?
Asiento con la cabeza y froto mi mejilla contra su pecho verde de judía.
—Sí.
De pronto miro la puerta de mi casa, que se abre mientras mis hijas suben los
escalones de la entrada. ¿Quién se ha colado en mi hogar?
—¡Parad! —les grito a los niños.
Todos se detienen y se vuelven para mirarme. Jacob y Sammy se vuelven
más despacio, y mi hijo se aparta del camino de la silla de ruedas en movimiento
antes de que lo atropelle.
—Parece que hay alguien —dice Dev, irguiéndose y echando a andar sobre
el césped.
Por un momento, creí que había un intruso en mi casa, pero ahora ya veo
quién es. Con la luz encendida detrás de él, distingo la silueta de mi exmarido en
la entrada. Y no está solo. ¿Qué demonios…?
Capítulo 42
Dev da unos pasos más antes de darse cuenta de que ya no estoy con él. Se
da la vuelta y me mira con aire interrogador.
—No me lo puedo creer —exclamo en voz baja para que nadie me oiga.
Dev mira hacia la puerta principal y luego hacia mí.
—¿Hay algún problema?
—Es mi exmarido. —Hago rechinar los dientes antes de seguir hablando—.
Y apuesto a que ha venido con su nueva novia.
Dev mira una vez más la entrada de la casa antes de volverse hacia mí.
—¿Por qué han venido?
Echo a andar, dando grandes zancadas.
—Esa es una excelente pregunta a la que voy a encontrar respuesta.
Mientras me muevo para pasar junto a Dev, él se acerca y me toma de la
mano. Dudo y lo miro.
—Sé que quieres entrar ahí y arrancarles la cabeza. Te entiendo, créeme.
Pero no lo olvides: tienes público.
Le aprieto la mano.
—Tienes razón. No te preocupes. Nunca mataría a mi ex delante de tantos
testigos.
Se ríe.
—Esa es mi chica.
Sus palabras ejercen un efecto sumamente tranquilizador sobre mí. ¡Me ha
llamado «su chica»! Así que mi marido es un imbécil. ¿Y qué? Mi nuevo novio
es increíble. Estoy mucho mejor en mi nueva vida con Dev a mi lado y los
Bourbon Street Boys como mis jefes que con Miles y la desastrosa existencia
que tuvimos juntos. Había demasiada tristeza. Demasiada falta de respeto. Dev
nunca me trataría como lo hizo Miles, y me enorgullece saber que, en este
momento de mi vida, nunca dejaría que un hombre me volviese a tratar de esa
forma. Ahora soy más fuerte, más inteligente, menos ingenua, y tengo las ideas
muy claras sobre lo que quiero en la vida y con quién quiero vivirla.
A medida que me acerco, veo mejor a la mujer de la que han estado hablando
mis hijos, la que tiene tan molesta a Sophie. No puede tener más de veinte años.
Dios, no me extrañaría que todavía fuera una adolescente… Joder, ¿se puede
saber a qué juega mi ex? A eso lo llamo yo una buena crisis de los cuarenta…
—¡Hola, chicos!
Miles es todo sonrisas y derrocha falso encanto.
—¡Papi!
Sophie es la primera en plantarse a su lado, por supuesto, arrojándose a su
cintura y abrazándolo con fuerza. Jacob se detiene al final de la escalera,
esperando que su padre lo suba. Me prometo a mí misma que usaré mi próximo
cheque para colocar una rampa allí y que no tenga que esperar nunca más.
La atención de Miles se desplaza de sus hijos a las otras personas en el
grupo.
—¿Quién es este?
Se desprende del abrazo de las niñas y echa a andar hacia nosotros. Al llegar
al pie de las escaleras, se detiene junto a Jacob y extiende la mano.
—Encantado de conocerte. Me llamo Miles.
Al menos no está siendo un completo idiota. Llegamos justo cuando Jacob le
ofrece su manita.
—Yo soy Jacob. Soy el cocodrilo mascota de Spiderman.
—¿En serio? ¡Qué bien!
—Hola, Miles —le digo, tratando de aparentar cordialidad sin conseguirlo
del todo—. ¿Qué haces aquí?
—¿Es que no puedo ver a mis hijos en Halloween?
Me encojo de hombros.
—Por supuesto que sí, pero avisarme con una llamada o un mensaje de texto
habría estado bien. —Miro a su novia un segundo antes de dirigirme a él otra vez
—. Aunque tal vez eso habría interferido en tus planes de entrar en mi casa
cuando yo no estaba.
Su gesto se ensombrece.
—No empieces, Jenny…
Dev extiende la mano, interviniendo en la conversación.
—Hola, soy Dev. Me alegro de conocerte.
Miles echa la cabeza hacia atrás para mirar a Dev a los ojos. Le da la mano,
tal vez un poco impresionado, si interpreto bien su expresión.
—Miles. Un placer conocerte también. —Entrecierra los ojos—. Aunque me
parece que tu nombre no me suena…
Dev le suelta la mano y sonríe.
—No. Probablemente no. Soy nuevo en el barrio.
—¿De qué se supone que vas disfrazado? —pregunta Miles, mirando a Dev
de arriba abajo—. ¿Del Gigante Verde? —Se ríe de su propia broma.
Dev también se ríe afablemente.
—Casi. De judía verde, en realidad.
Miles niega con la cabeza, pero, en un alarde de cordura, no dice nada. Tiene
suerte, porque me estoy planteando muy en serio abofetearlo ahora mismo. Solo
necesito una razón más. «Solo dame un motivo, Miles. Solo uno».
Miles se vuelve y mira hacia su novia, que sigue en la puerta de casa.
—Chastity, ¿por qué no bajas y dices hola?
La chica —que, por lo visto, aún tiene que aprender modales para
comportarse en sociedad— baja los escalones tambaleándose sobre unos tacones
altísimos. Tengo que apretar los dientes para evitar murmurar algo desagradable.
Es muy joven. Tarde o temprano aprenderá a comportarse, espero. Bueno,
siempre y cuando no se quede con Miles mucho tiempo.
—Hola —dice—, encantada de conocerte.
Me tiende la mano, pero solo me roza con los dedos. Son tan flácidos como
un montón de gusanos.
—Un placer. —Quiero decirle que he oído hablar mucho de ella, que a mis
hijos no les gusta, y que creo que es demasiado joven para salir con un viejo
como Miles, pero, naturalmente, no lo hago. Solo sonrío, sonrío y vuelvo a
sonreír. Es más fácil hacerlo con Dev a mi lado.
—Voy a llevar a Jacob adentro, si te parece bien —me dice él.
—Claro, entra. Yo iré enseguida.
Dev se pone manos a la obra y levanta la silla de su hijo hasta el porche,
caminando de espaldas. Admiro la manera en que sus músculos se tensan bajo el
peso, y sonrío para mis adentros mientras lo imagino debajo de mí en el asiento
trasero de ese estúpido Pontiac. Es un hombre tan bueno… Verlo aquí junto a
Miles lo hace mucho más evidente. Me parece increíble que fuese tan ciega.
Pasé diez años con este pedazo de imbécil.
Concentro mi atención en mi exmarido, hablando en voz baja para que solo
él me oiga.
—Bueno, ¿y para qué has venido en realidad, Miles? Porque sé que no es
para visitar a los niños. —Ahora están dentro de la casa, rebuscando entre sus
golosinas, así que puedo ser sincera.
Miles lanza un suspiro de enojo.
—No quiero volver a pelearme contigo.
Me encojo de hombros con indiferencia.
—Yo tampoco. Solo quiero que seas sincero. Puedes hacerlo, ¿verdad?
Miro a su novia, que tiene la mirada clavada en el suelo. Bien. Está
incómoda. Debería estarlo.
—Ay, vaya… Espera, resulta que ese no es tu fuerte, ¿verdad? Lo de ser
sincero…
—Cállate, Jenny. Estoy aquí por el reloj.
Lo miro frunciendo el ceño. Vaya, esto sí que no me lo esperaba.
—¿El reloj? ¿Qué reloj?
—El reloj que te di. Es mío. Quiero que me lo devuelvas.
Me quedo boquiabierta.
—¿Hablas en serio?
—Sí, hablo en serio.
Tiene el detalle de parecer incómodo, al menos.
Me pongo a gritar y a susurrar a la vez.
—¿En serio te has colado en mi casa para robarme el reloj que me regalaste
para mi cumpleaños hace dos años?
Su mandíbula se tensa.
—No me he colado en la casa, Jenny. Yo vivía aquí. Todavía tengo una llave.
Niego con la cabeza.
—Bueno, pues no deberías tenerla. Voy a cambiar las cerraduras. No vuelvas
a entrar aquí sin mi permiso.
Me alejo, porque no respondo de mí con este hombre. Obviamente, le falta
un tornillo y no se da cuenta de que está a punto de enfrentarse con una tigresa
de Bengala en el jardín delantero de la casa. En mi territorio, nada menos. Le
clavaré las garras en su patético trasero.
Cambia el tono de voz. Ahora trata de darme lástima.
—Voy un poco justo de dinero, Jenny. Necesito ese reloj.
Me río con amargura.
—¿Y por qué no te buscas un trabajo de verdad, Miles? Así no tendrás que
preocuparte por robarle las joyas a tu exmujer.
Seguro que, como siempre, decidió que con las comisiones de su única
semana de ventas tendría bastante para pasar todo el mes, se ha relajado y se ha
gastado hasta el último centavo que ganó esa semana. Dios, cuánto me alegro de
no seguir casada con ese holgazán.
Los niños están dentro, pero la puerta ha quedado entreabierta. Camino hasta
el porche y la cierro antes de darme media vuelta para mirar de frente a la pareja.
Ambos me miran.
—Chastity, no te conozco de nada, pero déjame darte un pequeño consejo: si
eres igual de inteligente que guapa, no deberías conformarte con un tipo como
Miles. Créeme. Estás mejor sin él.
—Vete a la mierda, Jenny —escupe Miles.
Sonrío y asiento con la cabeza, mirándolo.
—Muy bonito. Tú siempre tan elegante. Justo lo que esperaría de un tipejo
como tú.
Entro en casa y cierro la puerta detrás de mí, echando el cerrojo por si acaso.
Saco el teléfono del bolsillo y me envío un correo electrónico.
Querida yo: Tienes que cambiar las cerraduras
inmediatamente.
Aunque no es que vaya a poder olvidar algo así. Este incidente me dará
vueltas en la cabeza por lo menos todo el próximo mes. ¡No puedo creer que se
haya colado en mi casa para robarme el reloj! Espera a que se lo cuente a May.
Se va a poner hecha una furia.
Encuentro a Dev en el recibidor, esperándome.
—¿Estás bien?
Asiento, pero no confío en poder hablar con serenidad. Es tan vergonzoso
que haya sido testigo de eso… ¿Pensará que soy una idiota por haberme casado
con alguien así?
Me toma en sus brazos y me estrecha, porque sabe exactamente que me hace
falta. Su amabilidad, su delicadeza y su comprensión, el hecho de que sepa que
solo necesito un poco de espacio para solucionar mis propios problemas… me
impresionan.
—¿Cómo he tenido tanta suerte? —pregunto.
—¿Suerte?
—Sí. La suerte de tenerte en mi vida.
Me besa en lo alto de la cabeza.
—Ambos hemos tenido suerte. Y creo que podemos agradecérselo a tu
hermana.
A mi hermana y al destino. El destino es lo que me encerró en esa habitación
del pánico con Dev hace dos semanas. Pensé que estaba en el lugar equivocado
en el momento justo, pero no fue así. Definitivamente, era el lugar ideal y yo me
encontraba allí en el momento idóneo.
Los niños están en la cocina, sin duda con las golosinas desparramadas por
toda la mesa. Los oigo hacer comentarios y admirar los dulces tan ricos que han
recogido por todo el barrio.
Me aparto un poco de Dev y lo miro.
—Gracias por ser tan increíble.
Él sonríe, señalando su cuerpo.
—Pues sí, señora. Soy una judía verde. No hay nada más increíble que eso.
Incluso con ese estúpido disfraz verde, veo sus músculos por debajo. Eso me
inspira algunas ideas…
—Creo que estoy lista para comenzar mi entrenamiento.
Sus cejas invisibles se arquean mientras se le ilumina la cara.
—¿De verdad? Eso es genial. Podemos empezar el lunes.
Camino por el pasillo con él hacia la cocina para reunirme con nuestros
hijos.
—¿Debería tener miedo? —pregunto.
—Sí. Ten mucho miedo.
Me detengo en la entrada de la habitación admirando a los niños y la feliz
camaradería que se respira entre ellos. Cuando me separé de Miles, anhelaba la
simplicidad de la vida de un niño. No quería estrés, no quería preocuparme, no
quería todas estas responsabilidades. Pero ahora que estoy con Dev, mi
perspectiva es diferente. Me gustan las complicaciones. Me gusta la emoción.
Me gustan las ventanillas empañadas y el sexo salvaje en un aparcamiento. Me
gusta estar con un hombre que mide más de dos metros y que es lo bastante
audaz como para salir en Halloween disfrazado de judía verde.
Dev se coloca detrás de mí y apoya el pecho en mi coronilla.
—¿Contenta? —pregunta.
Asiento con la cabeza.
—Sí. Mucho.
Capítulo 43
La vida no podría ser mejor. Esta ya es mi segunda semana de trabajo en
Bourbon Street Boys, tengo un nuevo novio que es mucho mejor que cualquier
otro que haya tenido en toda mi vida y mis hijos son felices. ¿Qué más podría
necesitar?
Antes, cuando conducía a la zona del puerto, me sentía incómoda. Sentía que
no era mi sitio. Sin embargo, esta vez, en este momento, una mañana de lunes
radiante, la sensación es completamente diferente.
Estoy lista para darlo todo en este nuevo trabajo y para empezar con otro
caso, ahora como parte oficial del equipo. Estoy lista para desterrar el miedo que
ha estado gobernando mi vida demasiado tiempo.
Hoy he llegado temprano a propósito. He podido dejar a mis hijos antes en el
colegio, y Ozzie siempre está aquí, así que he pensado que podía dejarme entrar
y así sentarme en uno de los cubículos a revisar el archivo preliminar que Lucky
me envió por correo electrónico durante el fin de semana. Quiero estar lista para
dejarlos boquiabiertos a todos en la reunión, para demostrarles lo profesional que
soy y cuánto me entrego a mi trabajo. Tengo poco menos de noventa días para
enseñarles quién soy, y estoy lista para mostrar además que nadie puede hacer
este trabajo mejor que yo.
Me detengo en la parte delantera de la nave industrial y dejo el motor en
marcha unos segundos. ¿Debería sentirme mal por llamar al timbre de Ozzie a
las siete en punto de la mañana? No parece el tipo de persona que duerma hasta
tarde, pero si ha tenido otra noche loca con mi hermana, creo que es posible.
Me muerdo el labio inferior mientras sopeso mi siguiente paso. Tal vez
debería esperar un poco más. Siempre puedo abrir el ordenador portátil y
adelantar trabajo en el coche. Lo llamaré a las siete y media. O tal vez…
Interrumpo mis pensamientos distraída por un sonido a mi izquierda. Tengo
la ventanilla a medio bajar, para que entre el aire fresco de la mañana. Oigo el
ruido de unos pasos.
Me vuelvo justo cuando algo destella en mi visión periférica.
—No te muevas —dice la voz gutural de un hombre.
Se me salen los ojos de las órbitas mientras mi cerebro procesa lo que están
viendo. En mi visión de cerca aparece el cañón de un arma. Parece mucho más
grande de lo que creía después de verlas en la televisión.
Entonces se me ilumina el cerebro: esta arma es de verdad. Esto no es la
televisión. ¡Un delincuente te está apuntando con una pistola con la que podría
matarte en menos de un segundo! Nunca había visto a este hombre en mi vida.
Es grueso, va desaliñado, necesita un afeitado y no es nada atractivo. Sorpresa,
sorpresa: los criminales de la vida real no se parecen a Colin Farrell.
Abro la mandíbula, pero parece que soy incapaz de articular palabra.
—¿Dónde está Toni? —pregunta.
Parpadeo un par de veces, con la esperanza de que mi corazón vuelva a
funcionar muy pronto. Estoy a punto de desmayarme de puro terror y también
por una grave falta de oxígeno.
Él agita el arma.
—¿Eres sorda? Te he hecho una pregunta. ¿Dónde está Toni?
—Mmm…, ¿en la cama?
El hombre se acerca un poco más, ofreciéndome una mejor vista de su rostro
desaseado y una generosa dosis de su aliento a café de la mañana. Maldita sea.
Mi mano se levanta sola y mueve lentamente el espacio que queda delante de mi
nariz, tratando de despejar un poco el aire.
—Te parece gracioso, ¿eh? ¿Sabes qué es esto?
Empuja el arma por la ventanilla, deteniéndose justo al lado de mi ojo
izquierdo. Parpadeo un par de veces. Mis pestañas literalmente rozan el metal.
—Es un arma. Estoy bastante segura de que es un arma. Aunque es difícil
verlo si la tengo apoyada en mi globo ocular. —Mi aliento sale en pequeños
jadeos. Lo miro con ojos suplicantes—. Por favor, dime que no hay balas.
Su acento sureño es muy marcado.
—¿Y por qué demonios iba a apuntarte con un arma descargada?
—¿Porque no quieres ir a la cárcel por dispararme? —Soñar es gratis…
—Quita el seguro de las puertas. —Aparta la pistola de mi ojo y señala la
esquina de la portezuela.
—¿Quieres el coche?
Mis dedos se mueven muy lentamente hacia el botón de desbloqueo de la
puerta, como si no tuvieran más remedio que obedecer. En un rincón de mi
cerebro pienso que, si estuviera viendo esta escena en un programa de televisión,
sabría lo que hay que hacer. Probablemente estaría gritándole a la chica: «¡No
abras la puerta, idiota! ¡Te va a matar!».
Pero no estoy viendo la televisión. Estoy aquí sentada, soy la estrella del
espectáculo, y es una escena realmente mala. Descubro que cuando se está
aterrorizada, la sensación va acompañada de una buena dosis de parálisis. Mi
cuerpo no quiere escuchar a mi cerebro ahora mismo. Tal vez sea el arma.
Quizás ese sea el verdadero problema. Cuando me apuntan con una pistola a la
cara, descubro que estoy muy motivada para hacer exactamente lo que se me
ordena. Resulta mucho más fácil ignorar a un criminal armado desde la
comodidad del salón. Es una lástima.
Quito los seguros de las puertas. Espero que me diga que me baje, pero rodea
el vehículo por la parte delantera, sin dejar de apuntarme con el arma. A
continuación, veo que se sube al asiento del copiloto.
Tira mi ordenador al suelo para hacer espacio para su gordo trasero. Eso me
parece muy ofensivo. Tan ofensivo, de hecho, que por un momento me olvido de
estar aterrorizada.
—Por favor, no trates así mi ordenador… Se va a romper.
Se acomoda en el asiento, volviéndose para mirarme, pero el grosor de su
cintura le hace difícil hacerlo cómodamente.
—Me parece que no entiendes lo que está pasando aquí, guapa. No tienes
que preocuparte por tu portátil: tienes que preocuparte de que no te dispare.
Las lágrimas me humedecen los ojos. Ahora en lo único que pienso es en lo
tristes que estarían mis niños si nunca volviera a casa.
—Por favor, no me dispares. Tengo tres hijos. Y mi ex es un imbécil integral,
así que, si muero, crecerán solos con él, y eso les destrozará la vida, te lo
prometo. Trató de robarme un reloj, un regalo que me hizo por mi cumpleaños.
¿Qué tipo de hombre hace eso?
—Puedes llorar todo lo que quieras. Me importan una mierda tus hijos o tu
ex.
Obviamente, este hombre es un criminal. O ya ha matado a alguien o está a
punto de hacerlo y no le importa. Su respuesta no es ninguna sorpresa, claro,
pero me parece inaceptable. Eso me irrita. ¿Espero acaso que tenga modales y
buena educación? Aparentemente, sí. No cabe duda de que estoy loca. Que me
amenacen a punta de pistola no saca a la heroína que hay en mí, sino a la loca
que llevo dentro. No soporto sus malos modos. Me devoran hasta que no puedo
permanecer callada más tiempo.
—No digas eso sobre mis hijos.
Abre un poco la boca.
—Oye, pero ¿tú estás chalada?
Aprieto el volante con ambas manos y miro por el parabrisas. Me hierve la
sangre y el cerebro. No puedo pensar con claridad. Lo único que sé es que a este
tipo no le importa una mierda nada, y está amenazando mi vida y, por tanto,
amenaza con dejar a mis hijos sin madre.
—Sí, puede que esté loca. Tú sigue diciendo cosas malas sobre mis hijos y a
ver qué pasa.
No tengo ni idea de dónde ha salido tanto coraje o tanta imprudencia. Me
doy cuenta de que es muy posible que mis palabras cabreen tanto a este tipo que
me mate solo para que me calle, pero por lo visto, no puedo contenerme. Es
como si una extraña corriente de adrenalina circulara por mis venas, controlando
mi cerebro, controlando mi boca, controlando todo lo que sucede a mi alrededor.
Y parece que la única forma de deshacerse de esta energía nerviosa sea
hablando. Así que eso es lo que hago, hablar.
—Ya he tenido que aguantar que suficiente gente hable mal de mis hijos,
¿entiendes? Expulsaron a mi pequeño de la guardería porque la estúpida
directora tiene un problema con los niños con trastornos del habla. ¿Cómo se
puede ser tan cruel, joder?
Miro al hombre, pero él se limita a observarme fijamente.
—Eso no se hace. Nunca hay que ser desagradable con un niño solo porque
tiene una discapacidad. Hay que intentar entender de dónde viene, ponerse en su
piel. Y si tienes algo que decir al respecto, no se lo puedes decir al niño. Puedes
marcarlo de por vida por culpa de eso. Se lo comentas a los padres. A solas. Las
discapacidades no se eligen. Nunca debes hacer que un niño se sienta mal por
haber nacido así.
El hombre no tiene nada que responder a eso. Se ha quedado boquiabierto,
como si lo hubiera hipnotizado. Niego con la cabeza, disgustada. No estoy
llegando a ninguna parte con este tipo, y ahora, en lugar de asustarme, estoy
enfadada. Esta reacción mía debe de ser algún tipo de mecanismo de
supervivencia o algo así, porque no tiene sentido. Lo sé, y aun así, no puedo
cambiar lo que siento.
—¿Y ahora qué? ¿Se supone que debo llevarte a algún lado? La verdad es
que preferiría no hacerlo, si es que tengo voz en el asunto, pero te diré algo: no
me importa dejarte mi automóvil. Pero tendrás que venir aquí y ocupar el asiento
del conductor.
Acerco la mano al tirador de la puerta con la esperanza de que me deje ir.
Saltaré y echaré a correr más rápido de lo que he corrido en mi vida. Él ni
siquiera me verá, de lo rápido que saldré volando de aquí. Como The Flash.
¡Zas! ¡Desaparecí!
—Quiero que me lleves con Toni —dice con un gruñido. Pongo las manos
sobre el volante y lanzo un suspiro de irritación. Lo fulmino con la mirada.
—¿Has hecho los deberes?
—¿Hacer los deberes? ¿De qué rayos estás hablando?
Suena aún más frustrado que antes.
Es el colmo. Como si tuviera tiempo para delincuentes que no hacen la más
mínima búsqueda en Google antes de perpetrar sus crímenes.
—Los deberes. Es algo básico. Antes de ir a un sitio y apuntar a alguien con
un arma y además tomar a un rehén en un vehículo, ¿no crees que tendría sentido
averiguar si realmente sé algo sobre esa tal Toni? ¡Eh! ¡Se me acaba de ocurrir
una idea! ¡Tal vez podrías haber esperado a que apareciera!
—Trabajas con ella. No finjas que no la conoces. Y ella nunca está aquí. Ya
he esperado otras veces. Solo la he visto una vez, y entró en esa nave industrial.
Está protegida como si fuera una maldita fortaleza. He pensado que contigo aquí
fuera, ella tendrá que salir y vérselas conmigo. Hacer frente a lo que le espera.
—Oye, sé quién es. Pero ¿la conozco? No. No es una persona muy abierta,
por si no lo sabes. Es muy reservada; no comparte información personal con
nadie. —Levanto la voz con frustración—. ¡No tengo ni idea de dónde vive, no
tengo ni idea de qué días viene a trabajar, y no tengo ni idea de qué horario tiene!
—¿Esperas que crea que trabajas con ella y no sabes nada de eso?
Me encojo de hombros.
—Créetelo o no, no me importa. Es la verdad. —Señalo el cristal delantero
—. ¿Ves a alguien ahí? ¿Me ves abriendo la puerta grande? No, no me ves.
Porque no tengo el código de acceso. No soy una empleada fija de este lugar.
No sé de dónde saco todo eso. Solo estoy soltando lo primero que se me
ocurre. Rezo para que el universo esté al mando y mi ángel de la guarda lleve el
volante, porque si solo soy yo quien conduce este autobús, estoy metida en un
lío. En un buen lío. Este hombre está perdiendo la paciencia conmigo.
Golpea el salpicadero para dar más énfasis a sus palabras.
—¿Qué haces aquí si no eres una empleada, eh? Ya he visto tu coche aquí
antes, ¿sabes? Estás mintiendo. ¡Y eso no me gusta!
Respiro hondo para tratar de calmarme. No puedo permitirme que este tipo
se enfade más de lo que ya lo está.
—No te miento. Solo he hecho algún encargo como freelance para ellos, eso
es todo. ¿Pero sabes qué? Después de esta mierda, se acabó. No vale la pena.
Estoy tan harta de que me retengan en contra de mi voluntad…
—No estás retenida.
Lo miro, con muchas ganas de abofetearlo.
—Ah, ¿en serio? ¿Y cómo llamas a esto? —Señalo a nuestro alrededor—.
¿Quiero estar aquí? ¡No! ¿Tengo un cartel en la frente que dice «Secuéstrame»?
No creo. ¿Por qué me pasa esto una y otra vez? ¿Qué dice eso sobre mí?
Él se encoge de hombros, confundido.
—No lo sé. ¿Que estás en el lugar equivocado en el momento justo?
Golpeo el volante, lanzándoles una mirada asesina a él y a la malvada fuerza
que parece disfrutar permitiéndome ser feliz durante aproximadamente
veinticuatro horas antes de arrebatarme de las manos esa misma felicidad.
—En efecto. Lugar equivocado, momento justo. —Me callo, pensando en
eso por un momento—. O tal vez es el lugar equivocado en el momento
equivocado.
Agita el arma en mi dirección.
—Por lo que a mí respecta, es el momento adecuado. Llama a Toni. Dile que
salga o que mueva el trasero hasta aquí. Dile que tienes algo importante que
enseñarle, que es muy urgente. Pero no le digas que soy yo, o lo lamentarás.
Me empuja en el hombro con la pistola.
—¿Llamarla? ¿Con qué? —Gracias a Dios, me metí el teléfono en el bolsillo
trasero cuando salí de casa. Miro alrededor y me hago la tonta.
—Con el teléfono.
Sus ojos escanean el interior del vehículo y se fijan en mi bolso, en el asiento
trasero. Se desplaza para agarrarlo y vuelca el contenido en su regazo.
—Tiene que estar aquí en alguna parte.
Mis ojos aterrizan en el bote de espray de pimienta que cae sobre su pierna.
Si pudiera distraerlo con algo… Levanta el bote de espray de pimienta y le da la
vuelta para leer la etiqueta. Suelta un resoplido.
—Supongo que no necesitarás esto. —Baja la ventanilla y arroja el bote
fuera, al aparcamiento. Me mira—. ¿De verdad que no tienes teléfono?
—Creo que eso ya lo he dicho. —Miro por la ventanilla para que no pueda
verme los ojos mientras me invento una historia que espero que me saque de este
lío—. Tengo problemas con los mensajes de texto. No soporto el corrector
automático. Convierte todas mis frases en palabrotas. Así que lo he llevado a la
tienda. Lo están arreglando. —Sí. El equipo de soporte técnico de los correctores
automáticos antipalabrotas me va a solucionar el problema. Espero que sea tan
tonto como para creerse mi historia. Si me encierra en el maletero o me mantiene
prisionera en alguna parte, como pasa siempre en las películas, podré pedir
ayuda por teléfono. Dev estaría orgulloso de mí.
Se ríe.
—Está bien. Eso lo hará más fácil. —Se da media vuelta—. Conduce.
Mi corazón deja de latir durante varios segundos angustiosos. Trago un poco
de aire, tratando de forzar el reinicio de mi sistema. ¿Por qué facilita su plan el
hecho de que no tenga teléfono? ¿Se supone que debo conducir? ¿Voy a morir?
¿Va a obligarme a llevarme a mí misma a una fosa común perdida? Me parece
increíblemente injusto, sobre todo teniendo en cuenta que acabo de descubrir el
mejor sexo de mi vida. ¡No puedo dejar que mi vida sexual termine aquí!
—¿Conducir adónde? —pregunto, esperando que aparezca alguien del
equipo y me salve mientras intento ganar tiempo.
—Fuera de aquí. Te daré indicaciones cuando salgamos del puerto. Podemos
llamar a tus amigos desde otra ubicación. Haz que Toni venga hasta nosotros en
un lugar donde podamos estar solos y ninguno de esos imbéciles tenga la sartén
por el mango, escondidos detrás de sus puertas de acero. —Mira hacia la nave
industrial y da un resoplido burlón.
Tardo tres segundos en decidir lo que he de hacer. Este tipo es un completo
idiota. No tiene ningún plan. Se guía únicamente por odio puro, tal vez
aderezado con una pequeña dosis de venganza, cambiando de opinión sobre lo
que quiere hacer conforme sopla el viento. Y no sé cómo, me he visto atrapada
en medio de esto. No soy ninguna guerrillera, no he recibido ningún tipo de
entrenamiento. No puedo negociar con un secuestrador ni doblegar su voluntad
con una llave de yudo. Hoy se suponía que iba a ser mi primer día de
entrenamiento con Dev. Si hubiera tenido al menos un día de entrenamiento,
aunque fuese solo uno, tal vez habría contado con más herramientas para decidir
cómo manejar esta situación. Pero no ha sido así. Solo cuento con mi intuición
de madre, la que me dice que debo correr un pequño riesgo para evitar otro más
grande. No puedo dejar a mis hijos sin madre.
—¡Conduce! —grita, golpeándome en el hombro con el arma lo bastante
fuerte como para dejar un hematoma.
—¡Muy bien! ¡Ya conduzco!
Estoy temblando. Aterrorizada. Cabreada más allá de las palabras. Si pudiera
ponerle la mano encima a esa arma, le dispararía con ella en la entrepierna. Doy
marcha atrás y agarro el volante, mirando la puerta que tengo delante, a diez
metros de mí.
—¿A qué esperas? Vámonos.
Mira detrás de nosotros. Espera que dé marcha atrás para irnos. Para ir a un
lugar donde pueda pegarme un tiro y enterrarme en alguna zanja. Lástima que no
me guste el plan.
No. No lo acepto. No moriré hoy. Tengo tres hijos increíbles y un novio que
también tiene un hijo increíble. Me queda mucho que hacer aquí abajo antes de
morder el polvo: más noches de Halloween, más casos con los Bourbon Street
Boys, y más sexo con Dev.
Ha llegado la hora. La hora de transformarse en el Increíble Hulk.
Pongo primera, piso a fondo el acelerador y levanto el pie del embrague.
Un rugido digno del episodio más impactante de El increíble Hulk sale de mi
boca, inundando el interior del coche con el eco de mi rabia.
La puerta de la nave industrial se acerca volando hacia mí, tan rápido que es
como si hubiera abandonado su sitio en el edificio para reunirse conmigo en la
misión de destrozar mi coche para obtener mi libertad.
—Pero ¡¿qué…?! —grita mi captor, justo en el momento del impacto.
Lo último que recuerdo es un fuerte ¡¡bum!!… y luego solo la oscuridad.
Capítulo 44
—¿Dev?
Espero. No pasa nada.
—Dev, ¿dónde estás?
Tengo una sensación muy extraña. No noto mi cuerpo exactamente, pero sí
siento un hormigueo. Y no sé dónde me encuentro, pero está muy oscuro. Creo
que Dev está aquí, o debería estarlo, pero no lo veo. No veo a nadie. ¿Dónde
estoy? ¿Por qué está tan oscuro? ¡Aaargh! Por favor, ¡que no sea el infierno!
Algo me aprieta la mano y me brinda un alivio instantáneo. Que no cunda el
pánico. No estoy muerta y no voy a conocer a Belcebú en persona. Dev está
aquí. Nadie tiene las manos tan increíblemente grandes.
Noto que estoy sonriendo. Aunque el movimiento me produce dolor. La
nariz y la cabeza me están matando.
—Estás ahí —susurro. Es lo único que puedo hacer.
Algo me hace cosquillas en la oreja, y luego oigo su voz, insuflándome
bocanadas de aire cálido en el cuello.
—Estoy aquí. No te dejaré.
—¿Por qué está tan oscuro? —Trato de abrir los ojos. Cuando lo consigo, a
medias, la luz es tan intensa que vuelvo a cerrar los párpados—. ¿Qué…?
—Tómate tu tiempo —dice una voz femenina más suave.
Inclino la cabeza en su dirección.
—¿May? —Alguien me aprieta la mano izquierda.
—Sí, cariño. Soy yo. Estoy aquí con Dev.
Intento abrir los ojos otra vez y tengo un poco más de suerte. Logro ver un
instante la cara de preocupación de mi hermana, antes de tener que darme por
vencida de nuevo. Esta vez no cedo a la oscuridad por culpa de la luz cegadora;
lo hago porque abrir los ojos requiere demasiado esfuerzo y, por alguna razón,
me siento agotada.
—¿Dónde estoy? —pregunto.
—En el hospital —responde Dev.
—¿Y mis hijos?
—Están bien.
Mi cerebro desconecta un momento, no estoy segura de por cuánto tiempo.
Pero luego recuerdo algo que ha dicho Dev y me preocupo.
—¿Has dicho hospital?
Me obligo a abrir los ojos. Dev se inclina sobre mí, la preocupación le
ensombrece el rostro. Lo miro y luego vuelvo la vista hacia May. Ha estado
llorando; tiene los bordes de los ojos enrojecidos e hinchados.
—¿Te encuentras bien? —le pregunto. Se ríe con algo que parece alivio.
—¿Me estás preguntando si me encuentro bien? Estás loca.
Se inclina y me besa en la mejilla. Luego trata de abrazarme, pero me
estremezco de dolor. Me duele todo, pero sobre todo la cara.
—Ay. —Alargo el brazo y me toco la frente. Palpo un tejido donde debería
haber piel. Trato de mirar hacia arriba para intentar verme la cara, y alcanzo a
ver algo blanco—. ¿Qué llevo en la cabeza?
May me toma la mano y me la retira para que deje de tratar de tocarme las
heridas. Veo con el rabillo del ojo que llevo una vía intravenosa pinchada en el
dorso de la mano.
—Tuviste un accidente. Te golpeaste la cabeza con el volante. El airbag no
se activó.
Arrugo la frente.
—Vaya. Pues menuda mierda. Eso no formaba parte de mi plan.
Dev sonríe.
—Tuviste suerte. Te escapaste solo con una conmoción cerebral, algunas
costillas magulladas y la nariz rota. A tu pasajero no le fue tan bien.
Rebusco en mi memoria un pasajero, pero me quedo en blanco. Casi
pregunto si mis hijos eran los pasajeros, pero sé que eso no puede ser. No estaba
con mis hijos cuando esto sucedió. Entonces, ¿con quién estaba?
—¿Pasajero?
Dev y May intercambian una mirada. El silencio se alarga entre nosotros.
Entonces me viene un destello en la memoria. Esto tiene algo que ver con doña
Golpes Certeros.
—¿Está bien Toni?
—¿Por qué lo preguntas? —dice May. Mi memoria está llena de lagunas,
pero recuerdo algunas cosas. Frunzo el ceño, tratando de recordar los detalles
más vivos.
—Había un hombre… Preguntaba por Toni. —Mi hermana mira a Dev.
—Creo que merece saber lo que sucedió.
—Estoy de acuerdo —dice él, encogiéndose de hombros—. ¿Quieres
decírselo tú o lo hago yo?
May me mira con su expresión más tierna.
—¿Recuerdas que fuiste a trabajar el lunes?
—¿El lunes? Sí, claro. Hoy es lunes, ¿verdad?
—No. —Niega con la cabeza—. Es miércoles. Has estado un poco fuera de
juego un par de días.
—¿En coma? —digo con profundo asombro. Esto es como estar en una
película ahora mismo.
Ella sonríe.
—No. Por los fármacos.
No sé por qué, pero eso me decepciona. Tal vez porque contar una historia
sobre quedarse en coma es mucho más interesante que contar una historia sobre
estar tan drogada por culpa de los fármacos que no te acuerdas de nada durante
dos días. He pasado de heroína a nada de nada en dos segundos. Menudo chasco.
—¿Qué pasó? —pregunto, ya sin estar segura siquiera de querer escuchar la
historia.
—Viniste a trabajar temprano el lunes, y había un tipo un tanto desagradable
esperando a Toni. Sin embargo, cuando te vio, creo que decidió que iba a tratar
de obtener información para ayudarlo a encontrarla.
—¿Por qué estaba esperando a Toni?
May tuerce la boca durante un par de segundos antes de responder al fin.
—Es el hermano de un hombre al que mató. En defensa propia. Bueno, sobre
todo en defensa propia. Buscaba venganza.
Por poco se me salen los ojos de las órbitas.
—¿Lo mató? ¿En serio?
Miro a Dev para confirmarlo. Él asiente y luego se inclina hacia delante.
—Es la misma persona que hizo una abolladura en la puerta el primer día
que viniste. ¿Lo recuerdas?
Lo miro y sonrío.
—¿Cómo podría olvidarlo? Me tuviste encerrada horas y horas en ese
cuchitril de la habitación del pánico del Hotel California.
Dev mira a May.
—Me parece que no tiene recuerdos muy nítidos de lo que pasó. Creo que la
lesión en la cabeza le ha causado un daño permanente.
Intento alargar el brazo para pegarle, pero mi visión no está en su mejor
momento. Su apuesto rostro se difumina y se aleja. Me toma la mano y me besa
los dedos, y su cara deja de estar desenfocada.
—Nada de pegar —dice—. No va a haber más violencia en tu vida. Hoy voy
a poner fin a todo eso.
Retiro la mano.
—¿Qué significa eso?
May interviene en la conversación.
—Podemos hablar del tema más tarde.
Dev niega con la cabeza.
—No. Ya está decidido. Ella no volverá.
Lo miro con furia.
—¿Tratas de decirme que ya no trabajo en Bourbon Street Boys? —Miro a
mi hermana—. ¿Puede hacer eso? ¿Me puede despedir?
Empieza a invadirme el pánico. ¿Despedida? ¿Otra vez? Pero ¿y el equipo?
¿Y Ozzie? ¿Y doña Golpes Certeros, que necesita contarme la historia de cómo
mató a alguien? ¿Y Thibault y Lucky y Sunny, su pez de colores? Siento que
estoy perdiendo a toda mi familia de golpe. May niega con la cabeza.
—No, él no puede despedirte. De todos modos, no creo que eso sea lo que
intenta hacer. —Mira a Dev y luego arquea las cejas y asiente. Lo está animando
a hacer algo, pero no sé el qué. Dirijo mi atención a Dev.
—¿Qué ocurre?
Suspira y mira a la cama. Luego levanta la cabeza y me mira a los ojos.
—Te preocupaba trabajar con nosotros por culpa de los riesgos que entrañaba
el trabajo. En tu primer día, te encerramos en la habitación del pánico. En tu
segunda semana, te tomaron como rehén delante de la puerta principal. Parece
que siempre estás en el lugar equivocado en el momento justo. No creo que
pueda soportar esa clase de estrés. He estado muy preocupado por ti.
No puedo evitar sonreír. Es tan tierno… Y adorable por pensar que puede
darme órdenes. Alargo la mano y le acaricio la mejilla.
—Eres un amor, pero tienes mucho que aprender sobre las mujeres.
Mi hermana me señala.
—Sobre esta mujer en particular. —Baja la voz para hablar en un susurro,
pero todavía se la oye—. Es una cabezota.
La ignoro.
—Sé que he tenido mala suerte en la nave industrial, pero eso no implica que
ya no quiera trabajar con vosotros. Antes estaba asustada, pero ya no. Solo
significa que debería hacer mi trabajo desde casa. Creo que estar en la nave
industrial conlleva ciertos riesgos que preferiría evitar. Así que, si queréis
reuniros conmigo, puedo usar Skype.
Tomo la mano de Dev y la sujeto con firmeza, para que sepa lo decidida que
estoy.
—Es muy sencillo. Me encanta el trabajo, me encanta formar parte del
equipo y no voy a ir a ningún lado. —Miro a mi hermana—. A menos que Ozzie
no quiera que trabaje allí nunca más. Sé que no puedo obligar a nadie a
contratarme.
May me da una palmadita en la pierna.
—No te preocupes por Ozzie. Él piensa que eres increíble. Quiere que te
quedes, pero por supuesto, lo entenderá sea cual sea tu decisión.
Miro a Dev. Parece enfadado, y realmente quiero que lo entienda, para que
no siga molesto conmigo. Le hago una seña con el dedo.
—Acércate. —Se inclina hacia delante—. Estoy un poco cansada, así que
antes de quedarme dormida, solo quiero que sepas que cuando me quedé
encerrada en esa habitación del pánico contigo, me enfadé. Sin embargo, esa ira
solo duró unos dos minutos, porque después de eso, empecé a conocerte. Y me
di cuenta de lo divertido e inteligente que eres, y de lo mucho que me gusta estar
contigo. Por favor, no te enojes, porque quiero pasar contigo tanto tiempo como
pueda.
—¿Estás tratando de decirme que disfrutaste cuando te retuvimos contra tu
voluntad?
Algunas de las arrugas de preocupación han desaparecido de su rostro y su
hoyuelo asoma en la mejilla.
—Sí. Es justo lo que estoy diciendo… Aunque ten en cuenta que estoy bajo
los efectos de los fármacos y que, por tanto, no puedes usar estas palabras en mi
contra en el futuro.
Se inclina y me besa con ternura en los labios. Trato de no hacer una mueca
de dolor cuando me golpea la nariz sin querer.
—Recupérate y ya hablaremos.
—Sí, ya hablaremos. —Miro a mi hermana—. ¿Cómo tengo la nariz?
—Bueeeno… ¿Te acuerdas de ese bulto que nunca te gustó?
Se refiere al puente de mi nariz, el único rasgo de mi rostro que detesto, no
importa las veces que May me haya dicho que le imprime carácter a mi cara.
—¿Sí?
—Pues ya no está. Cuando el cirujano plástico intervino para operarte, no
pudo salvarlo.
No puedo dejar de sonreír.
—Hablando de estar en el lugar equivocado en el momento justo. —Miro a
Dev—. Mírame. Ahora soy guapa.
—Para mí siempre has sido guapa, desde el momento en que te vi. Eres la
chica más guapa que he conocido en mi vida.
—Voy a dejaros un rato a solas —dice mi hermana. Sale de la habitación y
sus pasos se desvanecen en la distancia. Miro al hombre que tengo al lado y
sonrío.
—Gracias por venir a visitarme. ¿Cómo están mis hijos? ¿Cómo está Jacob?
—Todos están bien. Miles está con tus hijos, y se está portando muy bien.
Hemos llegado a un acuerdo.
Arqueo las cejas al oír eso.
—¿Ah, sí? No me digas.
Dev se encoge de hombros.
—Simplemente fui muy directo con él. Tiene mi número de teléfono. Cada
vez que tenga un problema, sabe que puede llamarme, sea de día o de noche. Tus
hijos estuvieron en mi casa anoche. Se quedaron a dormir con Jacob.
Agarro la mano de Dev.
—¿Y fue bien?
Me da mucha pena habérmelo perdido. También me preocupa no haber
estado allí para hacer de árbitro. Mis hijos lo necesitan más a menudo de lo que
me gustaría admitir. Me acaricia la mano.
—Fue perfecto. Para Jacob era la primera vez que unos niños se quedaban a
dormir en casa, y cuando se fueron, no podía parar de hablar, entusiasmado.
Todo va a ir bien. Absolutamente todo.
Cuando dice «todo» de esa manera, sé con precisión a qué se refiere. No solo
está hablando de mi conmoción cerebral o de mi nariz rota, o de esta extraña
situación con los Bourbon Street Boys, o de nosotros o de nuestros hijos. Él se
refiere a todo. Nuestro mundo. El que estamos creando juntos. Todo va a ir bien.
Solo hay una cosa más que necesito aclarar.
—Tengo que hablar con Miles —digo, tratando de incorporarme. Dev me
empuja el hombro con suavidad.
—Tranquila. Ya habrá tiempo para eso.
—No, tengo que hacerlo ahora. —Levanto la mano—. ¿Me puedes prestar tu
teléfono?
Dev me da el aparato sin decir otra palabra. Marco el número de Miles y
empiezo a hablar en cuanto responde.
—Hola, soy yo.
—¿Jenny? Oye, ¿cómo estás?
—Bien. Gracias por preguntar. Escucha, tenemos que hablar.
—¿Sobre qué?
—Tú solo… escucha y ya está, ¿de acuerdo? —Respiro hondo y dejo
escapar el aire lentamente antes de continuar—. Sobre la otra noche, cuando
entraste en la casa…
—Sí, yo…
—Ya no puedes hacer eso. Nunca más. Es mi casa y las cosas que hay dentro
son mías, y ya está, punto final.
—Lo sé. Lo entiendo. Solo estaba… actué sin pensar. —Parece avergonzado,
cosa que me complace.
—Bueno. Me alegra que lo admitas. De todos modos, también quería decir
que creo que deberías esforzarte más en tu papel como padre de nuestros hijos.
—Él no responde, así que sigo adelante. Estoy lanzada y no puedo callarme
ahora. Es necesario decir estas cosas, no solo por nuestros hijos, sino por mi
propia salud mental—. Todos los fines de semana que te saltas o cuando acortas
el tiempo que te toca estar con ellos: tiene que parar. Estás haciendo daño a los
niños y vas a arruinar tu relación con ellos. Necesitan a su padre.
—Ahora tienes novio. —Parece de mal humor. Herido, tal vez. Eso es bueno.
Puedo gestionarlo.
—¿Y qué? Él no es su padre, y no deberías esperar que lo sea.
—No, yo no… No he querido decir eso. Yo solo… —Lanza un suspiro de
frustración—. Estoy pasando por un mal momento. No soy feliz. —Baja la voz
—. Lamento algunas de las decisiones que tomé.
Me dan ganas de ponerme a dar saltos de alegría.
—No me sorprende. Has tomado algunas bastante terribles. —Como
romperme el corazón, por ejemplo. Sin embargo, ahora me alegro de que lo
hiciera, porque de no ser así, este hombre alto y guapo y su adorable hijo no
habrían entrado en mi vida. Extiendo el brazo y apoyo la mano en el brazo de
Dev. Él cubre mis dedos con los suyos.
—¿Puedo hacerte una pregunta muy loca? —dice Miles.
—Por supuesto.
—¿Crees que alguna vez querrás volver a estar conmigo? Es un caso
hipotético, claro.
—No. —Lo digo con firmeza en mi corazón, mi mente y mi alma—. Nunca.
Fuimos muy mala pareja, Miles. Tenemos unos hijos maravillosos, pero
generamos demasiado sufrimiento a nuestro alrededor cuando permanecemos
juntos en la misma habitación mucho tiempo. Me gusta cómo están las cosas,
con la diferencia de que, a partir de ahora, vas a estar a la altura.
—Voy a estar a la altura, ¿eh?
—Sí. Vas a asistir a las fiestas de cumpleaños, a llevarte a los niños de
vacaciones alternas, a quedártelos el fin de semana completo. A alimentarlos
como un padre, no como un adolescente. Las chucherías no son uno de los
cuatro grupos de alimentos.
Se ríe en voz baja.
—Ya estaba empezando a cansarme de los dolores de estómago. —Hace una
pausa—. Pero…
No termina la frase.
—Pero ¿qué? —pregunto.
—Es una estupidez. No importa.
—No, nada es una estupidez cuando se trata de nuestros hijos. ¿Qué es?
Dímelo.
—¿Qué pasa si no les gusto? ¿Qué pasa si no les doy más dulces y no
hacemos más visitas a la pizzería, y me dicen que ya no quieren venir conmigo?
—Miles, tienes que dejar de tratar de ser su amigo y empezar a ser su padre.
Tienen suficientes amigos, pero solo un padre. Ellos te quieren. Simplemente
desean estar contigo. No tienes que ser un padre de Disneylandia. Solo sé tú
mismo.
Puede que sea un idiota integral como marido, pero es una persona decente
cuando se esfuerza. De lo contrario, nunca me habría casado con él. Hay un
largo silencio antes de que alguno de los dos vuelva a hablar.
—Gracias por llamar. Me alegra que estés bien. Me tenías preocupado. Fui a
verte al hospital, pero estabas inconsciente. Eso me hizo pensar en… Bueno,
digamos que no fue nada bueno, así que dejémoslo ahí.
—De nada. —Miro a Dev y él asiente—. Pero no te preocupes, estoy bien.
¿Cuándo vendrás a buscar a los niños?
—Este fin de semana. Me los quedaré hasta el domingo a las ocho.
—Estupendo. Gracias. Hasta pronto.
—Sí. Hasta pronto. Y para que conste, me alegra que seas feliz. Dev parece
un buen tipo.
No puedo dejar de sonreír.
—Sí. Es muy buen tipo.
Dev se señala a sí mismo y asiento, poniendo fin a la llamada. Nos miramos
el uno al otro durante mucho tiempo. Estoy más que encantada de saber que este
hombre forma parte oficialmente de mi vida, pero un pequeño pedazo de mí no
puede evitar preocuparse por toda esta felicidad. ¿Y si solo es una fase pasajera?
¿Y si resulta ser un idiota, como pasó con Miles?
—¿Quién sabe cuánto durará esto? —susurro.
Dev se encoge de hombros.
—Ninguno de los dos puede ver el futuro. No hay garantías. Pero si no
aprovechamos esta oportunidad y corremos el riesgo que conlleva, nunca
sabremos lo bueno que podría haber sido lo nuestro.
—Me alegro de que me encerraras en la habitación del pánico y no pudieras
dejarme salir. Para mí fue una bendición que se te den tan mal los códigos de las
puertas. Que olvidases usar el código correcto.
Se inclina muy cerca, me besa suavemente en los labios y dice:
—¿Quién dice que olvidé algo?
Sonríe y su hoyuelo aparece de nuevo mientras saborea su victoria sobre mí.
Es entonces cuando lo veo todo con una claridad meridiana, a pesar de que
tengo suficiente morfina corriendo por mis venas como para matar a una cría de
rinoceronte. En mi corazón, sé con certeza que Dev es el hombre de mi vida. ¿Y
el día que lo conocí? Tal vez estuviera en el lugar equivocado, pero,
definitivamente, era el momento justo.