C A R A / y CABETAX
NTRÓ con un poco de vien- le completan la bolsa, lo
to, acercó su silla a la mía que inmediatamente decide
y empezó a hablara El café hacer es adquirir el carripo
que le sirvieron le guiñaba vecino. Mira por encima de
el ojo desde lo hondo de la sus limites con algo dé vo-
taza, cansado de esperar, y luptuosidad, saboreando el
esperó hasta enfriarse C9m- señuelo de dominarlos. Los
pletamente, hasta que ' el más íntimos afectos pasan
mozo se lo llevó como a a segundo plano en su co-
un pajarito muerto. razón, del que se adueña por entero el afán, no
— Hay una geometría de las ambiciones, o, ya de enriquecerse, que eso quitaría belleza a
mejor dicho, todas las ambiciones tienen formas sus aspiraciones, sino sólo de enlarguecer la en-
geométricas. El quid consiste en adecuarlas de vergadura de su paisaje. El día que compra un
manera que puedan llevarnos al triunfo. En to- terreno aledaño, es el más feliz de los suyos. De
dos la ambición es igualmente grande; lo que esa giiisa, mientras más rico se va poniendo, más
varía es su modalidad. En unos es triangular; eu dilata sus miradas, más ancho es su cielo. Su
otros, circular; en éstos, lineal; en aquéllos, in- ideal sería anexarse los campos de los demás, ser
forme. Así, el hombre de las ciudades tiene de propietario de toda la tierra. ¡ Es tan soñador,
las cosas y de la vida un sentido de elevación; que ha plantado árboles en el horizonte, imagi-
el campesino procede siempre longitudinalmente. nándolo parcela de su feudo!
Cuando el primero progresa, sube; cuando el se- " ¿Quién obra mejor? Creo que el primero. Su
gundo mejora, se alarga. Verá usted. conducta está más de acuerdo que la del segun-
" La mayor aspiración del hombre de la ciu- do con la esencia misma de nuestra cultura. El
dad, en cuanto habitante de ella, es comprarse caso constituye una prueba palmaria de que la
una casa. Una vez que la tiene y ha almacenado ciudad es hija predilecta de la civilización, mien-
algunos pesos ¿en qué resuelve emplearlos? Na- tras el campo sólo recibe sus favores muy de
da más simple: construye sobre su casa otra ca- tarde en tarde, y a veces sólo sus desperdicios.
sa, es decir, le pone un segundo piso. Y así el La verdad es que el campo no entró nunca pa-
tercero, y así el cuarto. La lógica nos indica ra nada en los balances del progreso. Con-
que tal ha sido la génesis del rascacielo. viene recordar que los trenes pasan por
" El labrador que posee un campo, el campo, pero no van a él. Los rieles
cuando obtiene pingües ganancias que son brazos que se tienden las ciuda-