El vendedor
de lluvias
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L
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a tienda se encontraba al fondo de una calle serpenteante
escondida y sin salida ubicada en la zona vieja de la ciudad. Era
uno de esos lugares que sin buscarse se encuentran y cuando
aparecen, así, tan inesperadamente, se adueñan de la situación como si
siempre hubieran estado entre nuestras preocupaciones.
En la vitrina había una gruesa pátina de polvo color ladrillo molido que
también se pegaba en los frascos que exhibían una curiosa mercancía, y
para qué decir al interior de la tienda; parecía que por allí había pasado
una tormenta de arena como esas fabulosas del desierto del Sahara.
Antes de entrar me volví a fijar en la frasquería de la vitrina: ¿Qué
podría significar esa extraña cantidad de frascos cubiertos con polvo
viejo? ¿Por qué tenían esas etiquetitas escritas a mano y en su interior,
brumas azules, verdes, amarillas, rojas? ¿Por qué esas brumas se
desplazaban como si lo hicieran de acuerdo a la acción de minúsculos
vientos invisibles? Los frascos estaban llenos y sellados, a excepción de