Víctor Ernesto Valdivieso Carrillo El suicidio desde Platón y Karl Marx
El suicidio desde Platón y Karl Marx. Dos visiones distintas ante un
mismo problema filosófico
Suicide since Plato and Karl Marx. Two different visions before the same
philosophical problem
Por: Víctor Ernesto Valdivieso Carrillo
Universidad Autónoma de Colombia
victorvaldiviesoc@[Link]
Recepción: 08.08.2017
Aprobación: 12.09.2017
No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio:
el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es
responder a la pregunta fundamental de la filosofía
Albert Camus, El mito de Sísifo
Resumen: En este ensayo abordaré la reflexión sobre el suicido que se lee en Platón y
en Karl Marx. Aunque estos dos pensadores conservan posturas distintas sobre este tema,
lo interesante es ver algunas conexiones entre ellos. Vale decir que Platón deja entrever
en El Fedón una reflexión sobre el suicidio, a partir de la pregunta sobre la actitud que
debe asumir el filósofo frente a la muerte. Para él, aunque el filósofo debe preparase y
abocarse hacia el deceso, no debe hacerse daño ni disponer arbitrariamente de su vida.
En cambio, Marx se ocupa de este tema al notar que, según los informes policiales de
Peuchet, el suicidio es uno de los síntomas más visibles que se derivan de la degradación
social que produce el capitalismo. Marx no condena el suicidio y comprende sus
motivaciones, pero considera que en lugar de evadir la vida se debe optar por la
revolución.
Palabras clave: Muerte, suicidio, filosofía, revolución.
Abstract: In this essay, I approach Plato's and Karl Marx's reflection on suicide. Even
though these thinkers conceive such reflection from different stances, their convergence
makes this an interesting case to consider. It is important to mention that Plato's 'Phaedo'
suggests a reflection on suicide from a question related to the position a philosopher
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ought to adopt towards death. For Plato, despite the philosopher's duty of preparation
for his/her decease, neither self-harm nor arbitrary decisions to end his/her life should
be conceived. Marx, on the other hand, asserts that, according to Peuchet's police
reports, suicide constitutes one of the most salient symptoms of social degradation
derived from capitalism. Marx does not condemn suicide and understands its motives.
Albeit, he maintains that, rather evading life, one ought to opt for revolution.
Keywords: Death, Suicide, Philosophy, Revolution.
Introducción
El suicidio es un problema social que inquieta a las esferas del poder que dominan nuestra
realidad. Tanto es así que el orden gubernamental construye estadísticas y planes de
control poblacional con el ánimo de diseñar estrategias para capturar, agenciar y regular
el problema, tal como lo mostró Michel Foucault (2005), en Historia de la sexualidad I.
La voluntad de saber. Esto es sumamente evidente, sobre todo hoy día, cuando el suicidio
parece ser un problema que se expande agresivamente por las nuevas generaciones.
Ahora bien, es claro que no sólo el orden gubernamental se ocupa sistemáticamente de
este asunto. Otras disciplinas que se inquietan sobre las cuestiones humanas, por ejemplo
como la filosofía, han reflexionado, desde tiempos inmemoriales, sobre el suicidio. Esto,
quizá se explique con el hecho de que, tal como lo pensó Camus, el suicido es un problema
filosófico de gran envergadura, especialmente porque cuando la filosofía se ocupa del
suicidio, indaga sobre el sentido de la vida misma.
En coherencia con lo anterior, lo que pretendo en este texto es contribuir en esta
disquisición que asedia nuestra existencia. Quiero indagar sobre si es lícito o no optar por
el suicidio, teniendo en cuenta las circunstancias que hacen penosa la existencia. Este
problema lo abordaré explorando dos visiones sobre el tema, a saber: La de Platón y la
de Marx. En primer lugar, analizaré este tema a la luz de los postulados platónicos. Si
bien este filósofo no analizó a fondo el tema del suicidio, sí tematizó sobre la muerte y la
actitud que debería tener el filósofo frente a ella. Dicho sea de paso, lo que dijo y lo que
calló, fundamentalmente en el Fedón, es lo que asumiré como la postura del filósofo
griego sobre el tema del suicido. Por su parte, en un segundo momento, examinaré la
posición que asume Karl Marx sobre el suicidio, en un texto esotérico, de los Escritos de
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juventud. Por último, mostraré los nexos o las distancias que se puedan establecer entre
estos dos autores.
I. Platón, el problema del suicidio que se deriva de la actitud del filósofo ante la
muerte
Como se anunció, el problema del suicido es tratado por Platón, muy tangencialmente, en
el Fedón, aunque otros comentaristas también aluden a Las Leyes como otro diálogo en
el que se aborda dicha cuestión. Mi análisis se limitará, no obstante, a lo dicho en el
Fedón. Lo primero que debo señalar es que en este diálogo, además de exponerse la teoría
de las ideas, se analiza la actitud que el filósofo debería tener, al igual que la pregunta
sobre si es lícito o no optar por el suicido 1.
El contexto del diálogo tiene como telón de fondo la solicitud que le hace Equécrates a
Fedón para que éste le relate las horas previas a la muerte de Sócrates. Como se sabe, el
maestro de Platón fue condenado a beber la cicuta por corromper con sus enseñanzas a la
juventud y por tender hacia la impiedad. Con todo, en lo que nos compete, Fedón le cuenta
a su contertulio las enseñanzas que profirió Sócrates a sus amigos, aquellos discípulos
que asistieron muy temprano a oír al apacible maestro. La tranquilidad de Sócrates, ante
su inminente muerte, inquietó a los asistentes, sobre todo porque ellos no podían ocultar
su congoja. Entre lágrimas de unos y los alaridos de Jantipa (compañera del sentenciado),
Sócrates emprende el ejercicio filosófico como una forma de consuelo.
La pregunta que se abordó en ese instante previo a la muerte es la de cuál es la actitud
que se debería tener ante ella, en especial, la que debería tener un filósofo, es cuál es la
actitud que debería tomar ese hombre. Aquel que es verdaderamente filósofo no le teme
a la muerte o hacer filosofía es prepararse para ella porque como señala Montaigne,
invocando a Cicerón:
El estudio y la contemplación retiran en cierto modo el alma fuera de nosotros, y la
ocupan aparte del cuerpo, lo cual constituye cierto aprendizaje y cierta semejanza de la
muerte; o bien que toda la sabiduría y la razón del mundo, se resuelve, a fin de cuentas,
en enseñarnos a no tener miedo a morir (Montaigne, 2007, p. 84).
1
Ver este tópico desde la numeración 61b hasta 69e.
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Pero no sólo eso, Sócrates conversando con Cebes dice que:
Dile, pues, estas cosas a Eveno, Cebes, y salúdale de mi parte; y añádale que, si obra
sabiamente, me siga lo más rápidamente que pueda. En cuanto a mí, parto hoy, según
parece, pues los atenienses me lo ordenan (Platón, Fedón, 61c).
Esa exhortación la hace Sócrates para que Cebes le transmita a Eveno la orientación de
seguirlo en su destino, porque el hombre que se ocupe dignamente de la filosofía debe
añorar la muerte, aunque como lo señala: no ha de hacerse violencia a sí mismo, ya que
eso dicen que no es lícito (Platón, Fedón, 61c) Es decir, el filósofo debe encarar la muerte
sin caer en el suicidio, puesto que, evocando a Filolao, esto no está permitido.
Ahora bien, ¿Por qué el filósofo debe seguir a alguien que “desea” la muerte? y ¿por qué
no está permitido suicidarse? Frente a lo primero lo que se debería entender, en clave
platónica, es que la existencia no se limita a lo corpóreo o lo sensible. Es en el tránsito de
la vida sensible a otra “vida” suprasensible que ésta se realiza verdaderamente. Para
Sócrates ir a la otra vida es ir a encontrase con los dioses, sabios y buenos hombres. Por
eso señala que:
… deben saber ustedes que mi esperanza de ir al encuentro de varones buenos no lo
he de sostener con mucha fuerza; pero, en cuanto a marchar junto a dioses, ambos
absolutamente buenos, si hay alguna cosa que pueda sostener con toda fuerza, es ésta
(Platón, Fedón, 63c).
Por el deseo de estar con los dioses y guardianes de los hombres es que Sócrates,
inicialmente, no se angustia ni se irrita ante el asedio de la muerte. Ahora bien, otra razón
por la que es natural que un filósofo no se aterre ante la pérdida de la vida remite al hecho
de que aquellos quienes: “se abocan correctamente a la filosofía no se preparan para
ninguna otra cosa que para morir y estar muertos” (Platón, Fedón, 64a). De acuerdo con
esto, examinaré las preguntas que se esbozan en el diálogo sobre este tópico, a saber: en
qué sentido los filósofos desean la muerte, en qué sentido la merecen y qué clase de
muerte se deben procurar.
De manera muy somera, lo que vale resaltar es que en primer lugar, según esta idea, los
filósofos desean la muerte porque el cuerpo es la prisión del alma, y morir no es más que
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desembarazarse o liberarse de esa prisión2. Lo que quiero señalar es que el cuerpo atrapa
al alma en la lógica de los meros placeres, apartándola de la recta virtud. Por eso un
verdadero filósofo, a diferencia de los otros hombres, denostaría de la prisión por parte
del cuerpo. Además el cuerpo, como mediación por los sentidos, nos aleja de la verdad
porque solo puede percibir reflejos de las cosas y no las cosas en sí. Por ende el alma
alcanza la verdad cuando no está encarcelada en el mundo sensible. Para constatar esto
Sócrates le pregunta a Simmias y a Cebes si conocen a alguien que haya visto, por medio
de los sentidos, la idea de algo bello en sí, algo bueno en sí y algo justo en sí. Desde luego
que no, contestan sus interlocutores. Sólo el alma puede conocer las cosas en sí, no el
cuerpo, y dado que el filósofo persigue la verdad, siempre priorizará el despliegue del
alma y no de lo corporal: así purificados, tras habernos desembarazado de la locura del
cuerpo, probablemente estaremos junto a “cosas” semejantes, y por nosotros mismos
conoceremos todo lo incontaminado (Cfr. Platón, Fedón, 67a).
Por otro lado, ¿por qué merece el filósofo la muerte? lo que uno podría inferir es que el
distanciamiento con los placeres y el goce propio del cuerpo, ponen al filósofo al otro
lado de la trinchera del hombre común, lo cual le implica una negación social. No hay
nadie más defenestrado por las masas, el poder y la cultura que un verdadero filósofo,
porque cuando él despliega su espíritu crítico, pone en cuestión las verdades normalizadas
por una sociedad, al punto de ser peligroso para las estructuras de poder. Y por último,
¿qué clase de muerte es la que merece el filósofo? Frente a esto es claro que para Platón
el camino que debe seguir es de aguardar su momento, su destino, y no disponer
arbitrariamente de la vida. Ahora bien, ¿por qué para Platón no es lícito suicidarse?
porque parece que: “creo que está muy bien dicho, Cebes, que los dioses son nuestros
guardianes y que nosotros, los hombres, somos unas propiedades de los dioses” (Platón,
Fedón, 62b).
De esa manera la vida es un bien apropiado por los dioses. El ejemplo que en el diálogo
ilustra esto es el del esclavo que dispone de su vida sin contar con el consentimiento del
amo. Según Sócrates, esta decisión enfurece al esclavista, tanto como a los dioses. Es
decir, la vida se puede entender como un asunto ajeno, que no le pertenece a quien vive
sino a quién dispuso que uno viviera. Por eso, de lo que se trata es de aguardar el momento
2
Esta afirmación, bastante famosa está en el diálogo en (64c).
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en el que los dioses le deparen a uno la muerte, tal como le sucedió a Sócrates con la
condena que le hicieron los atenienses. De otro modo, la razón para no optar por el
suicidio es que, como estamos al cuidado de los dioses, pertenecemos a ellos.
Cabe aclarar que la mención al suicidio es insuficiente porque solo se limita a esta razón
mencionada. Lo que nos queda es desplegar el sentido interpretativo para ahondar en el
tema. Frente a esto voy a sugerir tres elementos para la discusión. Primero, a mi juicio,
en esta tradición filosófica existe una especie de enajenación frente a la vida. Es decir, la
vida nuestra, por ejemplo la de Sócrates, aunque le compete a él, no es de su propiedad.
Esto conduce a una sumisión absoluta frente a ella, sobre todo si la vida no es digna de
ser vivida. Por eso el escepticismo hacia el teísmo siempre ha preguntado ¿por qué los
dioses, todopoderosos y buenos, que cuidan de nosotros, nos arrojan a los infortunios de
la vida? Con todo, lo que quiero decir es que parece que la consecuencia más próxima de
esta actitud nos convierte en espectadores apacibles frente a las inclemencias de la misma
vida. De lo que se trataría, en clave platónica, es de administrar las penurias. Segundo, si
pensamos en que optar por el suicidio es tomar aquello que no es nuestro, es posible
indagar sobre ¿quién es el que, en realidad, toma lo ajeno? Porque podría pensarse que
son los dioses, y la idea que tengamos de ellos, quienes usurpan y deciden sobre lo que
no les pertenece, por el hecho de que la vida es un regalo que ellos nos dieron, y como
dice el adagio popular, lo que se regala no se pide. Por tanto, cada uno decide libremente
el destino que le quiere dar al regalo que ahora posee. De ahí que, por ejemplo Séneca,
considerara que el suicidio es el verdadero ejercicio de la libertad humana cuando ya no
quedan más alternativas para dignificar la vida. Por último, como tercera medida, parece
que Platón considera que la filosofía es el mejor camino de apaciguar los avatares de la
existencia. En consecuencia, la filosofía es una manera de consolación, de analgésico para
sobrellevar las grises circunstancias que merodean nuestra vida, como en el caso de
Sócrates. Así las cosas, antes que el suicidio, de lo que se trata es de filosofar.
II. Marx y el suicido
Otra idea sobre el suicidio, quizá terriblemente distinta, es la que se puede leer con Karl
Marx. La idea de que el suicidio es una consecuencia, a penas normal, de la nula
existencia que se deriva de sistemas sociales injustos y desiguales. De lo que se trataría
es de comprender el fenómeno y no negarlo, es decir, más allá de los sistemas filosóficos
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que explican la vida sin tenerla en cuenta, la tarea del pensador sería la de comprender la
realidad social que emerge e influye en nuestras vidas. Por ende, quizá en caso de que las
circunstancias lo obliguen, el suicidio si pueda ser una opción plausible, lícita.
No hace mucho tiempo vio la luz en nuestro idioma el texto que el filósofo alemán
escribió en 1846. Dos son las ediciones más autorizadas en español que han revelado las
reflexiones de Karl Marx sobre un problema social, que para su época, más que público,
era un problema del ámbito privado. La primera edición apareció en el año 2012 en
Argentina, bajo la publicación de El viejo Topo, traducida y comentada por Nicolás
González Varela. La otra edición, también del año 2012, fue publicada por la editorial
Las cuarenta, también de Argentina. Esta vez, con la traducción y la introducción de un
estudio preliminar por parte de Ricardo Abduca. Como yo lo veo, estos datos permiten
vislumbrar que es un texto poco estudiado por la academia e incluso por los círculos de
estudios que se asumen marxistas.
Acerca del suicidio llama la atención no solo por su carácter “encriptado”, sino por las
menciones a la cotidianidad humana que se leen en el texto. Un libro destinado a la vida
y no a las abstracciones filosóficas ni a las fórmulas económicas 3. En la edición que
trabajó Abduca, se leen tres textos inéditos de Marx. El primero, Peuchet: sobre el
suicido, en verdad, es una reseña o una traducción comentada que hizo el filósofo de
Tréveris en 1846, sobre los informes policiales de París que escribió Jacques Peuchet. El
segundo texto, titulado como El encarcelamiento de Lady Bulwer Lytton, trata del
confinamiento a un sanatorio que padece esta mujer por parte de su familia, sin siquiera
tener desórdenes psiquiátricos. Lo que allí relata Marx, anticipándose a Foucault, es la
proliferación de enfermos mentales, o gente desahuciada (indigentes, pobres extremos,
enfermos, etc.) que se aislaban o se confinaban lejos de la gente “normal”, cuando la
bonanza económica aumentaba. De esta reflexión se desprende el tercer texto, el cual bien
podría ser la continuación del encarcelamiento de Lady porque Marx se centra en el
análisis del Aumento de la demencia en Gran Bretaña. Lo que se muestra en este ensayo
es una de las paradojas o contradicciones más efectivas en el capitalismo, a saber: entre
más aumenta la riqueza en una sociedad, más aumentan los miserables que la componen.
Dice Marx (2012): “Quizás no hay hecho mejor establecido en la sociedad británica que
3
Aunque no siempre la filosofía y la economía pierden de vista la cotidianidad.
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el de la correspondencia entre el crecimiento de la riqueza moderna y la indigencia. Cosa
curiosa, la misma ley parece confirmarse respecto a la demencia” (p. 117).
Ahora bien, como el problema no es la demencia –aunque esté en el texto- sino el suicido,
me ocuparé del primer escrito que aparece en esa colección llamada Acerca del suicido.
Esta reseña muestra, como lo dice Abduca resaltando a Michel Lowy, la vida privada y
los casos concretos de seres que deciden acabar con su vida. Es un Marx distinto, no está
atacando al Idealismo Alemán, ni polemizando con Hegel, ni tampoco ajustando cuentas
con Lassalle. Todo lo contrario, el objeto del texto es mostrar las circunstancias
menesterosas que padecían, en especial, las mujeres de la época. Es más, el relato de
archivo policial de Peuchet, muestra el caso de tres mujeres, un tanto anónimas, que se
suicidan por diversas razones. Como contexto del ensayo, nos dice Abduca que:
Este texto sobre el suicido, escrito en Bélgica, corresponde a un momento del itinerario
de Marx que va de su estancia en París a la explosión del 48 y su exilio final en Londres.
De la crítica de Bauer a la crítica de Proudhon. Es, en términos más amplios, de la crítica
a Hegel a la crítica de la economía política. En ese tránsito se ubica este texto. (Marx,
2012: p. 14).
El texto vio la luz en una revista socialista llamada Gesellschaftsspiegel (Espejo de la
Sociedad). Una revista de educación proletaria y propaganda obrera. Se dice que el texto
se tradujo y se reseñó con la idea de mostrar a Friedrich Engels, su amigo y camarada
entrañable, y a Moses Hess, las vivencias cotidianas del ser humano en el sistema
capitalista.
Según Abduca, para Marx el texto de Peuchet muestra un problema social, como el
suicidio, desde muchas variantes. Al igual que la polémica que desató contra Bruno Bauer
sobre la Cuestión Judía, Marx quería evidenciar y mostrar a los suyos –socialistas- que el
ejercicio del pensamiento, de la filosofía, tiene que devenir crítica social y no crítica
metafísica. Es decir, debe ocuparse de las relaciones sociales de producción, de las formas
de explotación, de las consecuencias –como el suicido- de la miseria, de la pobreza
extrema, del hambre, de las enfermedades intratables por la escasez, etc., y no de las cosas
del más allá. Así se lo decía a Bauer, el problema no era la crítica religiosa, sino la crítica
social. El asunto con los judíos, no era que se les reconociera su religión y así encontrasen
una forma de emancipación política en medio de un totalitarismo cristiano, sino que se
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emanciparan en tanto seres humanos, incluso de las relaciones con el Estado, que fungía
como árbitro en medio de la explotación. Pues bien, en eso estriba la importancia de la
traducción comentada.
Como lo señala Abduca, para Peuchet, cosa que comparte Marx, las razones del suicidio
tienen que ver con la influencia del desempleo y la miseria. Pero también la deshonra, la
desdicha, la injusticia, etc., potencian el suicidio en las sociedades. Es decir:
La cifra anual del suicidio no es sino un síntoma de la organización defectuosa de la
sociedad moderna, ya que en tiempos de hambrunas, de inviernos rigurosos, el síntoma
siempre es más manifiesto, de manera que toma un carácter epidémico en momentos de
desempleo industrial y cuando sobrevienen las bancarrotas en serie. (Marx, 2012, p. 66).
El texto de Peuchet habla de algunos casos concretos que le llegaron a su despacho
policial sobre el suicidio. En especial el de tres mujeres. El primer caso es el de una mujer,
hija de un sastre, quien iba a esposarse en breve de su amado. Parece ser que en la fiesta
de antesala a la boda, decidió quedarse –arrastrada por el calor del licor y el placer de
estar con su querido- a dormir en casa de su amado, sin consentimiento de sus padres. Al
otro día, al volver a casa, se encontró con la reyerta que le armaron sus indignados padres.
Según ellos, el nombre de la familia se había mancillado. La mujer, sometida al escarnio
público, decidió quitarse la vida, antes que cargar con el lastre de la indignidad. No había
cometido ningún pecado, pero antes de estar en la palestra por inmoral, consideró que era
mejor morir. Pues bien, lo que ahí se deja entrever es la importancia y la influencia de las
relaciones sociales y los dogmas de la cultura en el destino de nuestras vidas. Hoy ese
tipo de deshonra es irrelevante, pero para la época y sus códigos morales era una cosa
intolerable.
La segunda historia cuenta el encierro que padeció una mujer por parte de su esposo, un
hombre celoso que antes que permitir que ella viera el mundo y a otros hombres la
condujo al suicidio. La volvió prisionera de él, de sus celos y sus afecciones psicológicas.
Ella se mata y el cuñado, un hombre que la amaba silenciosamente, denuncia al marido –
o sea a su hermano- por conducirla a la muerte. También, el amante silencioso solicitó
que no le entregaran el cuerpo inerme de su amada al verdugo. Peuchet, comprendiendo
la situación, aconsejó el silencio para evitar la duda sobre la concupiscencia entre el
cuñado y la mujer. Aquí, la pérdida de valor de la vida, la imposibilidad de escapar del
encierro y el dominio patriarcal la condujo a renegar de la existencia. Cabe agregar que
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para la época la mujer era dependiente absoluta, económica y tutelar, del marido. Hoy la
cosa es un poco distinta, pero entonces, la mujer era una propiedad del hombre, o así se
concebía. Si la mujer era una propiedad del hombre, el hombre era una propiedad de los
dioses, tal como lo supuso Platón.
La tercera historia sobre el suicidio versa sobre el caso de un joven norteamericano,
llamado Wilfried Ramsay, quien se quitó la vida por la vergüenza que le ocasionó la
cobardía de no batirse a un duelo. De nuevo, los códigos morales de una cultura hacen
que aquel que no se acomode a sus normas opte por cegar su vida. Un varón que no haga
cosas de varones es un “raro” que no merece aceptación.
La cuarta historia relata el suicidio de una mujer que asedia a un médico para que le
practique un parto que le permita salvar la vida de la criatura que lleva en su vientre,
porque ella se iba a matar. La mujer somete al doctor a un chantaje, casi que lo
responsabiliza de la vida del bebé. O le practica el aborto antes que ella se suicide, o el
médico se responsabiliza de la muerte del que viene en camino. El doctor no accedió y
luego notó en los obituarios que, en efecto, la mujer se quitó la vida. Era familiar de un
prestigioso banquero, quien se supone la embarazó. Se suicidó antes que la esposa de su
familiar descubriera que el hijo era fruto de una infidelidad.
La última historia que reconstruye Marx, de los informes de Peuchet, es la de un hombre
que decidió suicidarse por perder un trabajo. Fue despedido de la casa del rey y a su edad
ya no tendría manera de conseguir el sustento vendiendo su fuerza de trabajo. Prefirió la
muerte antes que caer en la impotencia de no poder conseguir el pan. Como se ve, en este
valle de lágrimas, muchas son las causas del suicidio. Van desde la vergüenza, el rechazo
al qué dirán, la impotencia al verse cesante, etc. La miseria también juega un papel
importante ante esta situación. O sea, las circunstancias concomitantes a una realidad de
cosas inhumanas. Ahora bien, para Marx, estos elementos deben ser comprendidos
porque develan las situaciones cotidianas que padecen las clases sociales. Es decir, como
lo escribió el mismo filósofo de Tréveris, en los escritos de Peuchet se lee mejor la
sociedad que en los conceptos abstractos de los “atolondrados socialistas”.
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III. Encuentros y desencuentros: Platón VS Marx sobre el suicidio
Sin embargo, aunque no es claro si Marx, como Séneca, considere que el suicidio es un
acto de libertad, lo que sí es claro es que, a diferencia de Platón, Marx no niega esa
circunstancia, a la que comprende como una consecuencia del mismo estado de cosas, del
mismo sistema social. Como para Marx el problema no es religioso ni compromete al más
allá, el suicidio es un opción válida. Quizá sea muy diciente el hecho de que dos de las
hijas de Marx, Eleonor y Laura, hayan elegido quitarse la vida. La primera decidió
matarse ante un aparente caso de decepción amorosa y Laura, por su parte, se quitó la
vida en compañía de su esposo, Paul Lafargue 4, cuando sintieron que la edad y el tiempo
acechaban sus fuerzas vitales. Cabe aclarar que ellas se suicidaron no porque él les haya
orientado hacia ese camino, sino que, a lo mejor, como ese problema es desprovisto de
todo hado místico, el suicidio es visto como un hecho normal. Platón, en cambio,
consideró que, a pesar de la ignominia a la que sea sometido el hombre, no se puede
disponer libremente de la vida porque esta le pertenece a los dioses. Por esto para Platón
no es lícito quitarse la vida, sobre todo porque el suicidio implica que el alma padecerá
de futuros tormentos. Desde luego, Marx nunca compartiría esa creencia, de hecho
considera que las ficciones religiosas ocultan los verdaderos padecimientos sociales y
evitan la rebeldía de la gente. Creer en lo que sugirió Platón es una forma de “opio” que
se le aplica al pueblo.
Por otro lado, según lo veo, para Platón aunque el filósofo deba buscar la muerte, no se
ve que quitarse la vida tenga que ver con asuntos sociales, sino con un mero asunto
individual, como un cuidado de sí. En cambio para Marx como el ser es un ser social,
todo lo que atraviesa la existencia tiene que ver con hechos compartidos y construidos en
una misma sociedad.
Otro rasgo importante a resaltar entre estos dos autores es el papel que cumple la mujer
en la reflexión filosófica. Platón, en este Diálogo, no menciona a la mujer salvo para
mostrarla, invocando a Jantipa, como el arquetipo de la intemperancia, del lloriqueo.
Como la mujer no puede contener, virtuosamente su dolor, debe retirarse o excluirse de
la discusión filosófica. En cambio Marx le da un lugar central a la mujer en sus
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Revolucionario Cubano-francés que ayuda a publicar textos del mismo Marx y quien escribió un texto
emblemático: El derecho a la pereza.
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reflexiones. Quizá porque comprende que en este mundo de injusticias, es la mujer, en
especial la compañera del proletario, la sometida, la ultrajada y la defenestrada por el
capitalismo y el código patriarcal.
Por último, una hipótesis de lectura que sugiero es que quizá haya un punto de encuentro
en estos dos esquemas teóricos sobre el suicidio: El hecho de que habrán formas de
consolar las causas que conducen al suicidio. Para Platón antes que suicidarse es mejor
filosofar. Para Marx, y esto no lo dice él sino lo intuyo yo, en lugar del suicidio es mejor
optar por la revolución. Así como en lugar de dedicarse a rezar es mejor organizarse
políticamente, creo que puede pasar lo mismo con el tema del suicidio. Porque, en
últimas, aunque el suicidio para Marx es una consecuencia lógica de las penurias sociales,
cuando alguien se suicida no contribuye a modificar las estructuras sociales que conducen
al suicidio, cosa que sólo la revolución lo hará.
Referencias
Camus, A. (1995). El mito de Sísifo. Madrid: Alianza Editorial.
Foucault, M. (2005). Historia de la sexualidad I. La voluntad de saber. México: Siglo
XXI.
Marx, K. (2012). Acerca del suicidio. Buenos Aires: Las cuarenta.
Montaigne, M. (2007). Los ensayos. Barcelona: Acantilado.
Platón. (2006). Fedón o de la inmortalidad del alma. Buenos Aires: Eudeba.
Séneca. (1986). Epístolas morales a Lucilio. Madrid: Gredos.
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