Anne Sexton
LA BALADA DE LA
MASTURBADORA
SOLITARIA
y otros poemas.
Anne Gray Harvey (Anne Sexton, 1928-1974), nació en
Massachusetts en 1928. Se casó con Alfred Muller Sexton a los
19 años. Un año después de nacida su primera hija le
diagnosticaron depresión post-parto, sufriendo su primer crisis
mental e ingresando a un hospital neuropsiquiátrico. Regresaría
allí varias veces, sobre todo luego de sus intentos de suicidio, que
se agudizaron luego del nacimiento de sus segunda hija. Fue su
médico quien la apoyó para que desarrollara el interés en la
poesía que había mostrado en la escuela secundaria. En el otoño
de 1957 se inscribió en un taller de poesía en donde conocería a
Sylvia Plath. Unidas en una relación con matices que lindaban
entre la identificación mutua y la rivalidad poética, fueron
influencias la una para la otra, llegando a competir en las clases
por quien escribía el mejor poema. En 1974, a pesar de su éxito
como escritora –había ganado el Premio Pulitzer de poesía por su
libro Live or Die- perdió su batalla contra la enfermedad mental.
Luego de almorzar con su mejor amiga, Sexton fue hasta el garage,
encendió el motor de su auto y se suicidó con el monóxido de carbono.
Como Robert Lowell, Sylvia Plath, W. D. Snodgrass y otros llamados
"poetas confesionales", Sexton ofrece al lector una mirada íntima de la
angustia emocional que caracterizó su vida. Hizo de la experiencia de
ser mujer un tópico central en su poesía y a pesar de soportar críticas
por hablar de temas como la menstruación, el aborto y la adicción a las
drogas, es evidente que su talento como poeta trascendió cualquier
controversia.
DESEANDO MORIR
Ya que preguntan, la mayor parte de los días no me
acuerdo.
Camino vestida, sin marcas de ese viaje.
Después, casi innombrable, vuelve la lujuria.
Incluso en ese instante, no tengo nada en contra de la
vida.
Conozco bien las hojas que mencionan,
los muebles que sacaron al sol.
Pero los suicidas tienen un idioma propio.
Como los carpinteros, quieren saber con qué
herramientas.
Nunca preguntan por qué construir.
Dos veces me pronuncié tan claramente,
poseí al enemigo, me comí al enemigo
le arrebaté su oficio, su magia. Así, grave y pensativa,
más tibia que el agua o el aceite,
descansé, babeando por el agujero de la boca.
No pensaba en mi cuerpo ante la punta de la aguja.
Ni siquiera había córnea o restos de orina.
Los suicidas ya traicionaron al cuerpo.
Nacieron muertos, aunque no siempre se mueran,
y, deslumbrados, no pueden olvidar una droga tan dulce
que hasta un chico podría mirarla y sonreír.
¡Meterse toda esa vida debajo de la lengua!—
eso, en sí mismo, se vuelve una pasión.
Dirán que la muerte es un hueso triste y golpeado,
con todo, año tras año me espera,
para deshacer con delicadeza una vieja herida,
para soltar mi aliento de su prisión insana.
Compensados así, los suicidas se encuentran a veces
furiosos con el fruto, una luna inflada,
dejan el pan que confundieron con un beso,
dejan la página del libro abierta por descuido,
algo sin decir, el teléfono sin colgar
y el amor, fuera lo que fuese, como una infección.
CUANDO EL HOMBRE PENETRA A LA MUJER
Cuando el hombre
penetra a la mujer,
como oleaje que rompe en la orilla,
una y otra vez,
y la mujer abre la boca de placer
y sus dientes relucen
como el abecedario,
aparece Logos ordeñando una estrella,
y el hombre
dentro de la mujer
hace un nudo
para que nunca
vuelvan a separarse
y la mujer
trepa a una flor
y se traga el tallo
y aparece Logos
a liberar sus ríos.
Este hombre,
esta mujer
con su hambre duplicada,
trataron de atravesar
la cortina de Dios
y por un instante lo lograron,
aunque Dios
en Su perversidad
desate el nudo.
EL ASESINO
La muerte correcta está escrita.
Colmaré la necesidad.
Mi arco está tenso.
Mi arco está listo.
Soy la bala y el garfio.
Estoy armada y lista
Desde mi mira, lo tallo
como un escultor. Moldeo
su última mirada a todos.
Cambio sus ojos y su cráneo
constantemente de posición.
Conozco su sexo de macho
y lo recorro con mi dedo índice.
Su boca y su ano son uno.
Estoy en el centro de la sensación.
Un tren subterráneo
viaja a través de mi ballesta.
Tengo un cerrojo de sangre
y lo he hecho mío.
Con este hombre tomo en mis manos
su destino y con este revólver
tomo en mis manos el periódico y
con mi ardor tomaré posesión de él.
Se inclinará ante mí
y sus venas saldrán en desorden
como niños… Dame
su bandera y sus ojos.
Dame su duro caparazón y su labio.
Él es mi mal y mi manzana y
lo acompañaré a casa.
LOS BOMBARDEROS
Nosotros somos América.
Somos los que rellenan los ataúdes.
Somos los tenderos de la muerte.
Los envolvemos como si fuesen coliflores
La bomba se abre como
una caja de zapatos.
¿Y el niño?
El niño decididamente no bosteza.
¿Y la mujer?
La mujer lava su corazón.
Se lo han arrancado
y se lo han quemado
y como último acto
lo enjuaga en el río.
Este es el mercado de la muerte.
¿Dónde están tus méritos,América?
CERDO
Oh tú máquina de tocino marrón,
cuán dulcemente yaces,
engordando una libra y media por día,
tú, par de calcetines enrollados,
tú, pesadilla de perro,
tú, con el hocico aplastado
pero las orejas extendidas,
tus ojos blandos como huevos,
cerdo, grande como un cañón,
cuán dulcemente yaces.
Por la noche estoy tendida en mi cama
en el armario de mi mente
y cuento cerdos en un corral,
marrones, moteados, blancos, rosados, negros,
avanzan por la lanzadera hacia la muerte
del mismo modo en que mi mente avanza
buscando su propia pequeña muerte.
LA BALADA DE LA MASTURBADORA SOLITARIA
Al final del asunto siempre es la muerte.
Ella es mi taller. Ojo resbaladizo,
fuera de la tribu de mí misma mi aliento
te echa en falta. Espanto a los que están presentes.
Estoy saciada.
De noche, sola, me caso con la cama.
Dedo a dedo, ahora es mía.
No está tan lejos. Es mi encuentro.
La taño como a una campana. Me detengo en la glorieta
donde solías montarla.
Me hiciste tuya sobre el edredón floreado.
De noche, sola, me caso con la cama.
Toma, por ejemplo, esta noche, amor mío, en la que cada
pareja mezcla
con un revolcón conjunto, debajo, arriba,
el abundante par en espuma y pluma,
hincándose y empujando, cabeza contra cabeza.
De noche, sola, me caso con la cama.
De esta forma escapo de mi cuerpo,
un milagro molesto, ¿Podría poner
en exhibición el mercado de los sueños?
Me despliego. Crucifico.
Mi pequeña ciruela, la llamabas.
De noche, sola, me caso con la cama.
Entonces llegó mi rival de ojos oscuros.
La dama acuática, irguiéndose en la playa,
un piano en la yema de los dedos, vergüenza
en los labios y una voz de flauta.
Entretanto, yo pasé a ser la escoba usada.
De noche, sola, me caso con la cama.
Ella te agarró como una mujer agarra
un vestido de saldo de un estante
y yo me rompí como se rompen una piedra.
Te devuelvo tus libros y tu caña de pescar.
El periódico de hoy dice que se han casado.
De noche, sola, me caso con la cama.
Muchachos y muchachas son uno esta noche.
Se desabotonan blusas. Se bajan cremalleras.
Se quitan zapatos. Apagan la luz.
Las brillantes criaturas están llenas de mentiras.
Se comen mutuamente. Están más que saciadas.
De noche, sola, me caso con la cama.
LA MÚSICA SE DESLIZA HACIA MÍ
Espere señor. ¿Para qué lado queda casa?
Ellos apagaron la luz
Y la sombra se mueve en la esquina.
No hay señales en este cuarto,
Cuatro mujeres, de más de ochenta,
Cada una con pañales.
La la la, oh… la música se desliza hacia mí,
Y puedo sentir la melodía que tocaban
La noche en que me dejaron
En este instituto privado sobre la colina.
Imagínenlo. Una radio sonando
Y todos aquí estaban locos.
Me gustó y bailé en un círculo.
La música se derrama sobre la razón
Y, de una manera divertida
La música ve más que yo.
Quiero decir que se acuerda mejor;
Recuerda la primer noche aquí.
Estaba el sofocante frío de Noviembre,
Hasta las estrellas estaban adheridas al cielo
Y esa luna demasiado brillante,
Pasando a través de los barrotes para pegarme
Con un canto en la cabeza.
He olvidado todo el resto.
Me atan a esta silla a las 8 A.M.
Y no hay señales que indiquen el camino,
Sólo la radio, sonando para ella misma
Y la canción que recuerda
Más que yo. Oh, la la la
Esta música se desliza hacia mí.
La noche en que llegué bailé en un círculo
Y no tuve miedo.
¿Señor?
EL BESO
Mi boca florece como una herida.
He estado equivocada todo el año, tediosas
noches, nada sino ásperos codos en ellos
y delicadas cajas de Kleenex,
llamando llora bebé
¡llora bebé, tonto!
Antes de ayer mi cuerpo estaba inútil.
Ahora está desgarrándose
en sus rincones cuadrados.
Está desgarrando los vestidos de la Vieja Mary,
nudo anudo
y mira, ahora está bombardeada
con esos eléctricos cerrojos.
¡Zing! ¡Una resurrección!
Una vez fue un bote, bastante madera
y sin trabajo, sin agua salada debajo
y necesitando un poco de pintura. No había más
que un conjunto de tablas.
Pero la elevaste, la encordaste.
Ella ha sido elegida.
Mis nervios están encendidos. Los oigo como
instrumentos musicales. Donde había silencio
los tambores, las cuerdas están tocando
irremediablemente. Tú hiciste esto.
Puro genio trabajando.
Querido, el compositor ha entrado
al fuego.
EN ALABANZA A MI ÚTERO
En mi interior todos son un pájaro.
Estoy batiendo todas mis alas.
Querían cortarte
pero no lo harán.
Decían que estabas desmesuradamente hueco
pero no lo estás.
Decían que te encontrabas mortalmente
enfermo
y se equivocaron.
Como colegiala cantas.
No estás roto.
Dulce peso, en la alabanza de la mujer que soy
y del alma de la mujer que soy
y de la creatura central y de su goce
te canto. Me atrevo a vivir.
Hola, espíritu. Hola, copa.
Detente, cúbrete. Cubierta que contiene.
Hola, tierra de los campos.
Bienvenidas sean, raíces.
Cada célula vive.
Hay suficientes para colmar a la nación entera.
Basta con que el populacho se apropie de estos bienes.
Cualquier persona,
cualquier congregación diría de él:
“Sería bueno que plantáramos otra vez este año
y pensáramos de antemano en la cosecha.
Un percance se había pronosticado
y se ha conjurado.”
Muchas mujeres juntas cantan a esto:
una está en la fábrica de zapatos
maldiciendo la máquina,
una está en el acuario
cuidando una foca,
una está, indolente,
tras el volante de un Ford,
una está recibiendo el dinero
en la caseta de cobro,
una está amarrando el ombligo
a un becerro en Arizona,
una está a horcajadas sobre
un cello en Rusia,
una está cambiando las ollas sobre la
estufa en Egipto,
una está pintando color de luna
las paredes de su recámara,
una está muriendo pero recuerda un desayuno,
una se tiende sobre su estera en Tailandia.
una le limpia el culo a su hijo,
una mira por la ventana del tren
en el centro de Wyoming y una está
en cualquier parte y
algunas están en todas partes y todas
parecen estar cantando,
aunque algunas no puedan
dar la nota.
Dulce peso,
en la alabanza de la mujer que soy
déjenme usar una mascada larguísima,
déjenme redoblar por las muchachas
de diecinueve años,
déjenme llevar los cuencos de la ofrenda
(de ser ese mi papel).
Déjenme estudiar los tejidos
cardiovasculares,
déjenme examinar la distancia angular
que media entre
meteoros,
déjenme chupar los tallos de las flores
(de ser ese mi papel).
Déjenme hacer ciertas figuras tribales
(de ser ese mi papel).
Pues esto es lo que el cuerpo necesita
déjenme cantar
por la cena,
por los besos,
por el adecuado
sí.
NOSOTROS
Yo iba envuelta en pieles negras y en pieles blancas y
tú me deshiciste y luego me colocaste en la luz dorada
y luego me coronaste,
mientras fuera de la puerta
la nieve caía en dardos diagonales.
Mientras diez centímetros de nieve
se apilaban como estrellas
en pequeños fragmentos de calcio,
estábamos en nuestros propios cuerpos
(este cuarto nos enterrará)
y tú estabas en mi cuerpo (este cuarto vivirá más que
nosotros) y primero froté tus pies
secándolos con una toalla pues fui tu esclava y luego
me llamaste princesa.
¡Princesa!
Ah, entonces me levanté en mi piel dorada
y ritmé los salmos
y tiré la ropa
y me soltaste las bridas
y me soltaste las riendas
y me solté los botones,
los huesos, las confusiones,
las tarjetas postales de Nueva Inglaterra,
las noches de enero a las diez,
y como trigo crecimos,
acre sobre acre de oro,
y cosechamos, cosechamos.
Pero al asomarme, la veía quieta.
Puede indicarte qué horas son, pensé,
como un reloj, con sus cinco nudillos
y sus delgadas venas subterráneas.
Yacía tendida como una mujer inconsciente
alimentada por tubos de los que nada sabe.
La mano estaba postrada,
pequeña paloma de madera
que optó por recluirse.
La volteaba, la palma era vieja,
sus líneas finísimas de punto de cruz
hilvanadas a los dedos.
Gorda, suave, ciega en ciertos puntos.
Enteramente vulnerable.
Y todo esto es metáfora.
Una mano común y corriente —deseosa sólo
de tocar algo
que a su vez tocara.
La perra no basta.
Mueve la cola a las ranas del pantano.
No soy mejor que un bulto de alimento para perros.
Es dueña de su hambre.
Mis hermanas no bastan.
Viven en la escuela excepto por los distintivos
y lágrimas que manan como limonada.
Mi padre no basta.
Llega con la casa a cuestas e incluso en las noches
habita la máquina fabricada por mi madre
y bien aceitada por el trabajo, el trabajo.
El problema es
que dejaría congelar mis gestos.
El problema no estaba
ni en la cocina ni en los tulipanes
sino en mi cabeza, mi cabeza.
Luego todo esto se hizo historia.
Tu mano encontró la mía.
EL TACTO
Mi mano estuvo sellada meses
en una caja de estaño. En ella, sólo los barandales
del metro.
Tal vez esté magullada, pensé,
y por eso la encerraron.
Pero al asomarme, la veía quieta.
Puede indicarte qué horas son, pensé,
como un reloj, con sus cinco nudillos
y sus delgadas venas subterráneas.
Yacía tendida como una mujer inconsciente
alimentada por tubos de los que nada sabe.
La mano estaba postrada,
pequeña paloma de madera
que optó por recluirse.
La volteaba, la palma era vieja,
sus líneas finísimas de punto de cruz
hilvanadas a los dedos.
Gorda, suave, ciega en ciertos puntos.
Enteramente vulnerable.
Y todo esto es metáfora.
Una mano común y corriente —deseosa sólo
de tocar algo
que a su vez tocara.
La perra no basta.
Mueve la cola a las ranas del pantano.
No soy mejor que un bulto de alimento para perros.
Es dueña de su hambre.
Mis hermanas no bastan.
Viven en la escuela excepto por los distintivos
y lágrimas que manan como limonada.
Mi padre no basta.
Llega con la casa a cuestas e incluso en las noches
habita la máquina fabricada por mi madre
y bien aceitada por el trabajo, el trabajo.
El problema es
que dejaría congelar mis gestos.
El problema no estaba
ni en la cocina ni en los tulipanes
sino en mi cabeza, mi cabeza.
Luego todo esto se hizo historia.
Tu mano encontró la mía.
La vida se apresuró a mis dedos como un coágulo.
Ay, mi carpintero,
reconstruidos están mis dedos.
Bailan con los tuyos.
Bailan en el desván y en Viena.
Mi mano está viva sobre toda América.
Ni la muerte podría detenerla
—la muerte derramándole la sangre.
Nada podría detenerla, pues éste es el Reino
y el Reino ha llegado.
EL PECHO
Ésta es la llave.
Ésta es la llave maestra.
Preciosamente.
Estoy peor que los hijos del guardabosque,
ganándome el pan y el polvo.
Estoy aquí, tamborileando un perfume.
Déjame descender a tu alfombra,
a tu colchón de paja —lo que tengas a mano,
pues la niña en mi interior muere, muere.
No es que sea ganado para comerse.
No es que sea alguna calle.
Pero tus manos, como arquitecto, me
encontraron.
¡Lechera llena! Hace años ya era tuyo
cuando habitaba el valle de mis huesos,
huesos mudos en el pantano. Juguetitos.
Un xilófono con piel, tal vez,
torpemente tensada sobre él.
Sólo más tarde fue algo real.
Comparaba después mi talla con la de las
estrellas de cine.
No daba la medida. Algo había
entre mis hombros. Nunca suficiente.
Claro, había una pradera,
pero ningún joven que cantara la verdad.
Nada que revelara la verdad.
Ignorante de hombres yacía con mis hermanas
y resurgiendo de las cenizas gritaba
mi sexo será transfigurado.
Ahora soy tu madre, tu hija,
tu cosa nuevecita —un caracol, un nido.
Estoy viva cuando tus dedos viven.
Uso seda —cubierta para descubrir—
pues en seda es en lo que quiero que
pienses.
Pero me estorba la tela. Es tan tiesa.
Así que, di lo que sea, pero escálame
como alpinista
pues aquí está el ojo, la joya está aquí,
aquí está el goce que el pezón aprende.
No tengo equilibrio —pero no es la nieve
la que me
enloquece.
Estoy loca como las jóvenes lo están,
con una ofrenda, una ofrenda…
Y me quemo como se quema el dinero.
ONCE DE DICIEMBRE
Te pienso en la cama,
tu lengua mitad chocolate, mitad océano,
en las casas adonde llegas,
en tu cabeza con pelo de alambre,
en tus manos persistentes y también
en las barreras que carcomíamos, pues somos dos.
Cómo entras y tomas mi copa de sangre
y me unes y te llevas mi salmuera.
Estamos desvestidos. Desnudos hasta los huesos
y nadamos uno tras otro y remontamos y remontamos
el río, el río idéntico llamado Mío
y entramos juntos. Nadie está solo.
NIÑITA, MI EJOTE, MI DULCE MUJER
a Linda*
Mi hija, a los once (casi doce), es un jardín.
¡Ah, querida! Nacida en este dulce traje de cumpleaños
habiéndolo conocido y poseído hace tanto,
has de contemplar ahora el arribo del exacto mediodía
—mediodía, es hora fantasma.
Ah, niñita chistosa, bajo el cielo de arándanos,
ésta. ¿Cómo decirte que sé
exactamente lo que sabes, exactamente dónde estás?
No es un lugar ajeno, esta casa extraña
donde tu cara se sienta en mi mano tan llena de distancia,
tan llena de su fiebre inmediata.
El verano se posesionó de ti, como de mí, al ver en Amalfi el mes
pasado
limones del tamaño del globo terráqueo en tu escritorio
—ese mapa miniatura del mundo—
y podría hablar también de los puestos de hongos del mercado
y de los brotes de ajo engullidos.
O pienso incluso en la huerta de al lado,
donde las bayas maduraron
y las manzanas empiezan a hincharse.
Y una vez, recuerdo, en nuestro primer patio
sembré tantos ejotes amarillos
que nunca pudimos terminarnos.
Ah, niñita, mi ejote,
¿cómo creces?
Creces así.
No se te puede acabar de comer.
Oigo como en sueños
las charlas de las viejas
hablando de feminidad.
No recuerdo haber escuchado nada.
Estaba sola. Aguardaba como un tiro al blanco.
Deja entrar al mediodía
—esa hora de fantasmas.
Los romanos, hace mucho, creyeron
que el mediodía era la hora del fantasma,
yo también puedo creerlo
bajo el sol que sobresalta;
y algún día llegarán a ti,
algún día, hombres de torso desnudo,
jóvenes romanos —a mediodía, cual les cuadra—
con martillos y escaleras
cuando nadie duerme.
Pero antes de que entren
habré dicho, tus huesos son hermosos,
y antes que sus manos extrañas
estuvo siempre ésta, forjadora.
Ah querida, deja entrar a tu cuerpo,
deja que te ate,en sosiego.
Lo que quiero decir, Linda, es que las mujeres nacen dos veces.
Si hubiera podido verte crecer
como una madre maga podría haberlo hecho,
si hubiera podido ver a través de mi mágico vientre
transparente,
cuánto madurar hubiera madurado allí dentro:
tu embrión,
tu semilla ganando autonomía,
la vida aplaudiendo en las cabeceras,
huesos en el estanque,
pulgares y dos ojos misteriosos,
la cabeza terriblemente humana,
el corazón brincoteando como cachorro,
los importantes pulmones,
el llegar a ser
—mientras llega a serlo,
como sucede ahora,
un mundo propio,
un sitio delicado.
Saludo
estos temblores y tropezones y estridencias,
esta música, estos brotes,
esta música de locos osos bailarines,
esta azúcar necesaria, estos ires y venires.
Ah, niñita, mi ejote,
¿cómo creces?
Creces así.
No se te puede acabar de comer.
Lo que quiero decir, Linda,
es que no hay nada en tu cuerpo que mienta.
Todo lo nuevo te dice la verdad.
Aquí estoy, esa otra persona,
un árbol viejo en el traspatio.
Querida, párate quieta ante tu puerta,
segura de ti, una piedra blanca, una piedra buena
—tan excepcional como la risa
encenderás el fuego, ¡ese algo nuevo!
*Poema dedicado a su hija Linda.
UN PEQUEÑO HIMNO SIN COMPLICACIONES
es lo que quise escribir.
¡Hubo tal canción!
Un canto a tus rótulas,
un canto a tus costillas,
—esos árboles delicados que entierran tu corazón—
un canto a tu librero
donde veinte patos de vidrio soplado se alinean en
fila veneciana;
un canto a tus elegantes zap atos de tacón, a tu
patineta rojo fuego,
a tus veinte dedos mugrosos,
al tejido rosa que comienzas
y nunca logras terminar,
a tus dibujos hechos con pinturas de agua,—todos
los ángeles haciendo muecas— un canto a tu risaque
sin cesar se menea en mi sueño como cuchara.
Incluso un canto a tu noche
cuando en la ola calurosa del verano pasado
tu fiebre llegaba a 40, durante dos semanas;
cuando dormías con la cabeza en el alféizar de la
ventana,
tu sed resplandeciente y pesada mientras cuchareaba
el agua,
a labios secos como viejas gomas de borrar,
tus ojos cerrados a los gusanos aplastados de junio,
los labios moviéndose, murmurando,
enviando cartas hasta las estrellas.
Soñando, soñando;
tu cuerpo un bote bamboleado por tu vida y mi muerte.
Tus puños enredados como ovillos, pequeño feto,
pequeño caracol,
cargando una rabia, las sobras de una rabia
que no puedo deshacer.
Incluso un canto a tu vuelo
cuando caíste de la casita del árbol del vecino,
cuando creías avanzar sobre el sólido cielo azul,
¿por qué no?, pensaste,
y dejando atrás las tablas simplemente
diste un paso al polvo.
Ah pequeño Ícaro,
mascaste una nube y mordiste el sol
y rodaste, de cabeza
no al mar, sino duro sobre la dura grava prensada.
Caíste sobre el ojo, caíste de barba.
Qué ojo moro. Qué desmayo
para arrastrarte luego a casa
noqueado humpty-dumpty
hasta mis brazos.
Ah, niña humpty-dumpty,
Alegría te llamé.
Eso por sí mismo es el canto de otro
Y al nombrarte nombré todo lo que eres...
excepto la zanja donde te dejé una vez,
como vieja raíz incapaz de aferrarse,
la zanja donde te dejé
mientras navegaba en la locura
sobre los edificios y bajo los paraguas
navegué tres años
y la primera vela
y la segunda vela
y la tercera vela
de tu pastel de cumpleaños se consumieron solas.
Esa zanja que tanto quiero olvidar
y que tú a diario tratas de olvidar.
Incluso en el retrato de tercero
cuando repetiste año
cautiva en tu deseo de no crecer —esa pequeña
cárcel— incluso aquí mantienes la distancia
con una sonrisa que muere temerosa
al esconder tu diente chueco.
Alegría, te llamo
y sin embargo, aquí mismo, tus ojos
con las persianas medio cerradas a los cañonazos, sobre
tu enorme sabiduría,
sobre los peces azules que nadan rápidos de un lado a otro
sobre calles diferentes y cuartos extraños,
sillas ajenas, comidas ajenas
preguntan: “¿Por qué me encerraron en el sótano?”
Y tengo palabras, palabras que me siguen los pasos,
palabras para vender, podrías decir,
y tablas de multiplicar y letra cursiva
que no te ocupas de enseñarles a mis dedos
la cuna del gato y la escoba de la bruja.
¡Sí! Doy instrucciones antes de la cena
y abrazos tras la cena y sin embargo esos
Ojos —lejos, lejos— piden himnos... sin
culpa.
Y puedo decir tan sólo
un pequeño himno sin complicaciones quería
escribir
y tu nombre es lo único que encuentro.
Hubo tal canción, pero está magullada.
No es mía.
Algún día saltarás a su ritmo
como saltarás lejos del diapasón de esta
casa.
¡Será un día feriado, un desfile, una fiesta!
Entonces volarás. Realmente volarás.
Y luego tú, simplemente, calmadamente,
harás tus propias piedras, tus propios
planos, tu propio sonido.
Quería escribir un poema así,
con tales músicas, con tales acompañamientos
de guitarra
en los bordes dentados del sonido intenté
ahuyentar las legiones del ruido;
en el rompeolas intenté
atrapar la estrella que es cada uno de los
barcos;
y al cerrar las manos
busqué sus casas
y silencios.
Sólo uno encontré
fuiste mía
y te presté.
Busco himnos sin complicaciones
pero el amor no los tiene.
AQUELLOS TIEMPOS...
A los seis años vivía en un cementerio lleno de
muñecas,
eludiéndome a mí misma,
a mi cuerpo —el sospechoso
de esta morada grotesca.
Todo el día encerrada en mi cuarto tras rejas,
una celda.
Fui el exilio
sentado todo el día en un nudo.
Hablaré de las pequeñas crueldades de la
infancia,
pues soy la tercera,
la última en ser dada y la última en ser tomada
—de las humillaciones nocturnas cuando mi
Madre me desnudaba,
de la vida del día, encerrada en mi cuarto—
la no deseada, el error
que mi Madre cometió para alejar a mi Padre
del divorcio. ¡Divorcio!
Los amigos del romántico,
románticos que sobrevuelan mapas
de otros países, caderas y narices y montañas,
hasta la Selva Negra y Asia,
o cautivos en 1928, el año del yo, por error,
no por divorcio sino en su lugar.
El yo que se negó a mamar
en pechos que no podía complacer,
el yo cuyo cuerpo crecía inseguro,
el yo pisando las narices de las muñecas
que no podía romper.
Pienso en las muñecas
tan bien hechas, tan perfectamente ensambladas
que contra mí estrechaba,
besando sus boquitas imaginarias.
Recuerdo la piel tersa, de las recién llegadas,
la piel rosada y los serios ojos de porcelana azul;
venían de países misteriosos
sin dolores de parto
bien nacidas en silencio
El closet fue el lugar donde ensayé mi vida,
cuando deseaba ir de visita;
todo el día entre zapatos,
lejos del foco brillando en el techo,
lejos de la cama y de la pesada mesa,
de la misma rosa terrible repitiéndose en las
paredes.
No lo ponía en duda.
Me escondí en el closet como quien se esconde
en un árbol.
Crecí en él como raíz
y sin embargo fraguaba cada plan de fuga,
creyendo que elevaría mi cuerpo al cielo,
arrastrándolo a cuestas como a una cama
enorme.
Y a pesar de ser torpe
tenía la certeza de que llegaría o al menos
subiría como sube un elevador.
Con tales sueños,
almacenando su energía como un toro,
planeaba mi crecimiento y mi feminidad
como quien pone coreografía a una danza.
Sabía que si esperaba entre los zapatos
dejarían de ser de mi tamaño:
los pesados oxford, los toscos rojos para ejecutar,
zapatos que yacían como consortes,
los tenis engrosados por el blanqueador;
y luego los vestidos balanceándose sobre mi cabeza,
siempre encima, vacíos y sensatos
con cintas y olanes, con cuellos y anchos dobladillos y
malos augurios en los cinturones
MAMÁ Y JACK Y LA LLUVIA
Tengo una habitación propia.
La lluvia cae sobre ella. La lluvia cae como gusanos
de los árboles sobre mi hueso frontal.
Embrujada, siempre embrujada por la lluvia, mi
habitación
confirma
las palabras que a solas haré.
Busco los estantes a tientas, como ciego,
busco la madera, dura como manzana,
palpando levemente la pluma, mi arma.
Con esta pluma mantengo a raya a mis diversos yos
y con estos discípulos muertos contiendo.
Aunque la lluvia maldiga la ventana
hágase el poema.
La lluvia es un dedo en mi córnea.
La lluvia traspasa goteando sus viejas e inútiles historias...
Me fui a la cama como el caballo al establo.
En mi húmedo lecho estival acuné mis rodillas saladas
y oí a mi padre besarme a través del muro
y oí el corazón de mi madre bombear como marea.
La sirena de niebla aplanó el océano como un cuero.
No hice viaje alguno, no tenía pasaporte.
Era la hija. En el otro cuarto
el whisky fortificó a mi padre. Sobrevivió al clima,
contó su botín y trajo
su barco a puerto.
Lluvia, lluvia, a los dieciséis
tendida junto a Jack toda la noche en el pequeño
lago
sin hacer nada, yacía tiesa como ejote.
Jugamos bridge y juegos de taberna, por jugar,
llenamos la lámpara de kerosene,
nos cepillamos los dientes, preparamos
sándwiches y té
y nos echamos a dormir en la litera del camarote.
Acostada, un lago ciego, fingí dormir y Jack, en
tanto,
me quitó las cobijas de lana y miró
mi cuerpo, ese cuerpo invisible que las
muchachas
esconden.
Toda esa noche dulce cabalgamos,
espalda contra espalda, sobre la tormenta.
Ahora Jack oficia misa
mi madre al morir usaba sus propios huesos de muletas.
Llueve en el bosque, llueve en el vidrio
y estoy en una habitación propia. Pienso demasiado.
Desde los ojos de Dios nadan los peces. Déjenlos pasar.
Mamá y Jack llenan el cielo; ambos endosan
mi feminidad. Cerca de tierra arriba mi barco.
Vine a esta tierra a montar mi caballo,
a tocar mi guitarra, a copiar
sus dos nombres, distintos como girasoles; a conjurar
el pan de cada día, a sobrevivir,
de algún modo a sobrevivir.
NOCHEBUENA
¡Ah, filoso diamante, madre mía!
No puedo calcular el costo
de tus facetas, tus humores
—ese don que perdí.
Dulce muchacha, mi lecho de muerte,
mi dama de ensortijados dedos,
tu retrato cintiló toda la noche
junto a las luces del árbol.
Tu faz calmada como la luna
sobre el mar amanerado,
presidió la reunión de familia,
los doce nietos
que usabas en la muñeca,
un bebé de tres meses
—cheque gordo que no endosaste—,
un niñito pelirrojo que bailaba el twist,
tus hijas que envejecen, cada cual una esposa,
cada una hablando con la cocinera de la casa,
cada una esquivando tu retrato,
cada una arremedándote la vida.
Después, tras la fiesta,
cuando todos dormían,
me senté apurando el brandy navideño,
mirando tu retrato,
dejando afocar y desafocar el árbol.
Las luces vibraban
Eran un halo sobre tu frente.
Luego formaron un panal,
azul, amarillo, verde y rojo;
cada una con su jugo, caliente y viva
aguijoneándote el rostro. No te movías.
Seguía mirando, forzándome,
expectante, inextinguible, de treinta y cinco.
Quería que tus ojos cambiaran
como la sombra de dos pájaros pequeños.
Pero no envejecieron.
La sonrisa que me congregó, toda encanto,
toda sabiduría, era invencible.
Hora tras hora miré tu cara
sin poder arrancarle la raíz.
Luego vi al sol chocar contra
tu suéter rojo, tu cuello ajado,
la piel color de rosa-carne mal pintada.
Tú que me arreaste,
te vi tal cual fuiste:
Y pensé en tu cuerpo
como quien piensa en homicidio...
—María, dije entonces,
María, María, perdóname—
y toqué entonces un regalo para el niño,
el último que engendré antes de tu muerte;
y luego toqué mi pecho
y luego toqué el piso
y luego otra vez mi pecho como si,
de algún modo, fuese uno de los tuyos.
24 de diciembre de 1963
(de Live or Die)
A MI AMANTE, QUIEN REGRESA A SU ESPOSA
Allí está toda ella.
Cuidadosamente fundida para ti
y forjada de tu niñez,
forjada de tus cien antiguallas favoritas.
Ha estado allí desde siempre, querido.
Es, además, exquisita.
Juego pirotécnico en las aburridas medianías de febrero
y tan real como una olla de fierro fundido.
Enfrentémoslo, he sido momentánea.
Un lujo. Una lancha rojo encendido en la bahía.
Mi pelo elevándose como humo por la ventanilla
del coche.
Almeja fuera de temporada.
Ella es más que eso. Es tu tener que tener,
ha cultivado tu crecimiento práctico y tropical.
No es un experimento. Es toda armonía.
Cuida de los remos y de las horquillas de los
remos del
bote,
puso flores silvestres sobre la ventana, en el
desayuno,
se sienta tras su rueda de alfarera a mediodía,
ha sacado adelante tres niños bajo la luna,
tres querubines pintados por Miguel Ángel,
y lo ha hecho con las piernas bien abiertas
en los terribles meses en capilla.
Si volteas hacia arriba, allí reposan tus hijos
como delicados globos contra el techo.
También los ha cargado por el pasillo
tras la cena, la cabeza reclinada hacia ella,
dos piernas protestando —de persona a persona—
la cara sonrojada por la canción y su pequeño sueño.
Te regreso tu corazón.
Te doy permiso—
para el detonador dentro de ella, palpitando
furioso entre la mugre, para la perra que es
y el entierro de su herida
—para el entierro de su herida viva, roja,
pequeña—
para la llama pálida que flamea bajo sus costillas,
para el marinero ebrio que aguarda en su pulso
izquierdo,
para la rodilla de madre, las medias,
las ligas, para la llamada
—curiosa llamada
cuando horadas entre brazos y pechos
y desatas la cinta naranja de su pelo
y respondes a la llamada, curiosa llamada.
Es tan singular y tan desnuda.
Es la suma de ti y de tus sueños.
Súbela como a un monumento, paso a paso.
Es sólida.
Yo, en cambio, soy una acuarela.
Me deslavo.
UNA VEZ Y OTRA Y OTRA
Dijiste que la rabia volvería
como regresó el amor.
Tengo una mirada oscura que no me gusta.
Es una máscara que me pruebo.
Emigro a ella y su rana
se sienta en mi boca y defeca.
Es vieja. También pordiosera.
He tratado de mantenerla a dieta.
No le doy unción alguna.
Hay una buena cara que me pongo
como coágulo. La cosí
sobre mi pecho izquierdo.
Hice de ella mi vocación.
Allí enraizó el deseo.
Te he puesto a ti y a tu
hijo en su punta láctea.
Ay, la oscuridad es asesina
y la punta de leche rebosante
y cada máquina trabaja
y te besaré cuando
corte a una docena de hombres diferentes
y morirás de algún modo, una vez y otra.
ESPONSALES CON LOS ÁNGELES
Estaba cansada de ser mujer
cansada de ollas y cucharas,
cansada de mi boca y de mis senos,
cansada de afeites y cansada de sedas.
Aún había hombres sentados a mi mesa,
en círculo ante el cáliz que yo les ofrecía.
El cáliz rebosante de uvas moradas
y moscas que zumbaban atraídas al olor
aún mi padre vino, trajo su hueso blanco.
Pero estaba cansada del género en las cosas.
Anoche tuve un sueño
y le dije...
“Tú eres la respuesta.
Vivirás más que mi esposo, vivirás más que mi
padre.”
Veía en este sueño la ciudad encadenada
donde se ejecutó a Juana de Arco vestida de varón
el natural de los ángeles seguía siendo un enigma
ya que no hay dos siquiera de igual condición,
uno tiene nariz, aquél lleva en la mano su oreja,
otro mastica el astro, por dar cuenta de su órbita
cada cual una línea, se obedece a sí mismo
cumpliendo las funciones de Dios,
aquella persona aparte.
“Tú eres la respuesta”,
así dije y entré
me tendí a las puertas de aquella ciudad.
Sujetaron, mi cuerpo rodeado de eslabones
perdí género común, perdí apariencia final.
Adán se colocó a mi izquierda
y a mi derecha Eva
ambos del todo incongruentes con el mundo racional,
trenzamos nuestros brazos
cabalgamos bajo el sol
y no era ya mujer
tampoco esto ni aquello.
Oh, hijas de Jerusalem,
el rey me trajo a su aposento.
Soy morena y soy hermosa.
Me han abierto y desnudado.
No tengo brazos ni piernas.
Como el pez, soy una sola piel
Y no soy más mujer
de lo que Cristo fue varón.
PARA EL AÑO DE LOS LOCOS
Una plegaria
Oh, María, madre frágil,
escúchame, escúchame ahora
aunque desconozca tus palabras.
El rosario negro con su Cristo de plata
está sin bendecir en mi mano
pues soy la descreída.
Cada cuenta en mis dedos, redonda y dura
es un pequeño ángel negro.
Oh, María, concédeme esta gracia,
esta transgresión,
aunque sea fea,
inmersa en mi pasado
y mi locura.
Aunque hay sillas
me tiendo en el piso.
Sólo mis manos viven tocando las cuentas.
tocando las cuentas.
Palabra a palabra tropiezo.
Principiante, siento tu boca tocar la mía.
Cuento las cuentas como olas
martilleando sobre mí.
Su número me marea,
enferma, enferma en el calor del verano
la ventana, arriba
es la única que escucha mi torpe ser.
Gran cautivadora, consoladora.
Me da aliento, murmura,
exhala su inflamado pulmón como un enorme pez
Más y más cerca está la hora de mi muerte
mientras compongo la cara, retrocedo,
pierdo madurez y mi pelo se alacia.
Todo esto es muerte.
Hay un callejón angosto llamado muerte,
en donde me muevo como en el agua.
Mi cuerpo es inútil.
Yace, ovillado como perro en la alfombra.
Se ha rendido.
No hay palabras aquí sino las aprendidas a medias,
el Ave María y el llena de gracia.
He penetrado ahora al año sin palabras.
Noto su extraño arribo y su voltaje exacto.
Existe sin palabras.
Sin palabras puede tocarse el pan
o recibirse el pan o no hacer ruido.
Oh, María, tierna doctora
ven con polvos y con yerbas
pues estoy en el centro.
Es muy pequeño y el aire es gris
como el de un baño de vapor.
Me dan vino como al niño le dan leche.
Lo ponen en un cáliz delicado
con el hueco redondo y el borde delgado.
El vino tiene color de brea, añejo y secreto.
Por sí mismo sube a mi boca el cáliz
y lo veo y lo entiendo
sólo porque sucedió.
Tengo miedo de toser
pero no hablo,
miedo a la lluvia, miedo al jinete
que a mi boca cabalga.
El cáliz se inclina por sí mismo
y me enciendo.
Veo dos ríos angostos quemándome el mentón.
Me veo como quien mira a otro.
Me han cortado en dos.
Oh, María, levanta los párpados.
Estoy en el imperio del silencio,
en el reino del dormido y del loco.
Hay sangre aquí
y la he bebido.
Oh, madre del vientre
¿vine sólo por la sangre?
Oh, pequeña madre,
estoy en mi propia mente.
Cautiva en la casa errada.
HUYE EN TU ASNO
Ma faim, Anne, Anne
Fuis sur ton âne…
Rimbaud
Ya que no había
adónde huir,
regresé a la escena de los sentidos desquiciados,
regresé anoche a medianoche,
llegué en la noche cerrada de junio
sin equipaje, sin defensas,
entregué las llaves del coche y mi dinero,
quedándome solamente con mi cajetilla de Salem
como niño que se aferra a su juguete.
Me registré donde un desconocido
trazó unas X de tinta
—pues éste es un hospital de locos,
no un juego de niños.
Hoy un interno golpea mis rodillas
buscando reflejos.
En otros tiempos hubiera guiñado y mendigado droga.
Hoy soy terriblemente paciente.
Hoy los cuervos juegan a las cartas
sobre el estetoscopio.
Todos me han abandonado
excepto mi musa,
la buena enfermera.
Se queda en mi mano,
manso ratón blanco.
Las cortinas, delgadas y perezosas
ondean y se agitan y caen
como las faldas victorianas
de mis dos tías solteronas
en su tienda de antigüedades.
Enviaron a las avispas.
Apiñadas en las persianas como arreglos florales.
Avispas, arrastrando sus agudos aguijones,
se apiñan: saben todo;
zumban afuera: la avispa sabe.
Lo escuché de niña
pero, ¿qué quiere decir?
¿Qué sucedió con Jack y Doc y Reegy?
¿Quién recuerda lo que acecha en el corazón del hombre?
¿Qué quería decir la Gran Avispa Verde con aquello de
que sabía?
¿O lo recuerdo mal?
¿O es la Sombra quien me mira desde
el radio, junto a la cama?
Ahora es ¡din! ¡din! ¡din!
mientras en el cuarto de al lado las damas discuten
y se mondan los dientes.
Arriba una muchacha se ovilla como caracol;
en otro cuarto alguien intenta comerse un zapato;
un adolescente, en tanto, con calcetines blancos de tenis
trota de arriba a abajo en el pasillo.
Un doctor nuevo hace la ronda
pregonando tranquilizantes, insulina, shocks
a los no iniciados.
¡Seis años de estas pequeñas cuitas!
¡Seis años yendo y viniendo a este lugar!
¡Ay, mi hambre! ¡Mi hambre!
Podría haberle dado dos vueltas al mundo
o haber tenido más hijos —todos hombres.
Fue un viaje largo con días cortos
y sin lugares nuevos.
Aquí,
las mismas caras de siempre,
la misma escena decadente.
El alcohólico llega con sus palos de golf.
La suicida llega con unas cuantas píldoras de más
cosidas al forro del vestido.
Los huéspedes permanentes están sin novedad.
Sus caras pequeñas siguen siendo
las de un bebé con ictericia.
Mientras tanto,
sacaron a mi madre,
como muñeca ajena, envuelta en sábanas,
la mandíbula amarrada y los huecos retacados.
También a mi padre. Se extinguió con la sangre putrefacta
que usó con otras mujeres del Medio Oeste.
Salió curado un viejo alcohólico
los pies torcidos y las manos inútiles.
Salió llamando a su padre
muerto en soledad hace años
—ese banquero gordo que encerraron
con genes suspendidos como dólares
envuelto en su secreto,
bien atado en la camisa de fuerza.
Pero tú, mi doctor, mi partidario,
fuiste mejor que Cristo;
prometiste un mundo nuevo:
decirme quién
era yo.
La mayor parte del tiempo
fui extranjera,
maldita y en trance —esa cabañita,
ese lugar desnudo, azul venoso—
mis ojos cerrados a tu consultorio confuso,
ojos rondando en mi infancia,
ojos recién cortados.
Años de insinuaciones
engarzadas —historia de caso por entregas—
treinta y tres años del mismo incesto insípido
sosteniéndonos a ambos.
Tú, mi analista soltero
sentado en Marborough Street,
compartiendo con tu madre el consultorio
y regalando en Año Nuevo cigarrillos,
el nuevo Dios,
administrador de la Biblia de Gedeón.
Era tu alumna de tercero
con su estrellita azul en la frente.
En trance podía tener cualquier edad,
voz, gesto —todo retrocedía
como reloj de botica.
Despierta, aprendía sueños de memoria.
Los sueños salieron a la arena
como luchadores aficionados
—mala apuesta todos—
hasta podían ganar
pues no había otros.
Los miraba,
concentrándome sobre el precipicio
como quien mira una cantera
muchas millas abajo,
mis manos colgando como ganchos
para extraer los sueños de sus jaulas.
¡Ay, mi hambre! ¡Mi hambre!
Una vez, fuera de tu oficina,
me desplomé con un desmayo pasado de moda
entre los coches estacionados en lugares
prohibidos.
Me dejé caer
y fingí estar muerta durante ocho horas.
Pensé que había muerto
en una tormenta de nieve.
Sobre mi cabeza
las cadenas castañeaban como dientes
cavando su paso en la calle nevada.
Yacía
como un abrigo desechado.
Me subiste otra vez,
torpe, tiernamente,
con ayuda de tu secretaria de pelo rojo
y porte de salvavidas.
Mis zapatos, recuerdo,
se perdieron en la nieve
como si planeara no volver a caminar nunca más.
Eso fue el invierno
en que murió mi madre,
medio enloquecida por la morfina,
reventando, por fin,
como cerda preñada.
Yo fui su soñador mal de ojo.
De hecho, llevaba en mi bolsa un cuchillo
—el buen [Link] de caza de mi esposo.
No sabía a ciencia cierta si apuñalaría una llanta
o si destriparía un sueño.
Me enseñaste
a creer en los sueños;
así pues, fui dragadora.
Como vieja de dedos artríticos los tomaba
escurriéndoles el agua con cuidado
—dulces juguetes oscuros,
y, misteriosos sobre todo,
antes de volverse débiles y quejumbrosos.
¡Ay, mi hambre! ¡Mi hambre!
Soy quien
abrió como cirujano
los tibios párpados
y sacó a las muchachas
a gruñir como peces.
Te conté,
dije
—pero mentía—
que el cuchillo era para mi madre…
y luego la despaché.
Las cortinas se agitan
y se hunden entre los barrotes.
Son mis dos damas flacas
llamadas Blanca y Rosa.
Afuera han podado
los prados como los de una propiedad de Newport.
Más allá, en el campo,
crece algo amarillo.
¿Fue hace un mes o hace un año
que la ambulancia se precipitó como carroza fúnebre
anunciando con su sirena un suicidio
—din, din, din—
silbato nocturno entre semáforos
insistiendo todo el recorrido en pregonar la vida?
He vuelto
pero la locura ya no es lo que solía ser.
¡Ha perdido su chispa!
¡Su inocencia!
El colega-paciente del sombrero de chimenea,
sus chistes fieros, la sonrisa maniaca
—hasta él parece borroso, pequeño y pálido.
He regresado,
reincidente,
sujeta a la pared de mosaico como destapacaños,
presa, como un convicto
tan pobre
que acaba por enamorarse de su celda.
Parada ante esta ventana vieja
me quejo de la sopa,
examino el terreno,
me doy el lujo de la vida desperdiciada.
Pronto levantaré la cara buscando una bandera
blanca,
y cuando Dios llegue al fuerte
no escupiré y guardaré silencio ante su dedo.
Lo comeré como a una flor blanca.
¿Es éste el viejo truco, gastarse,
el cráneo que espera sus dosis
de electricidad?
Esto es la locura
salvo por esta especie de hambre.
De qué sirven mis preguntas
en semejante jerarquía de muerte
donde tierra y rocas suenan
¡din! ¡din! ¡din!
No podría llamársele una fiesta.
Es mi estómago lo que me atormenta.
¡Den vuelta, mis hambres!
Aunque sea una vez decidan algo
deliberadamente.
Hay cerebros aquí que se pudren
como plátanos ennegrecidos.
Los corazones se han achatado como los platos
de la cena.
Anne, Anne,
huye en tu asno,
huye de este triste hotel,
móntate en alguna bestia de pelo,
galopa hacia atrás presionando
tus nalgas en sus flancos,
siéntate de algún modo en su torpe trote.
¡Galopa fuera
de cualquier manera, como quieras!
Aquí todos hablan a su propia boca.
Eso es lo que significa estar loco.
Aquéllos a quienes más amé murieron de eso
—la enfermedad del idiota.
Todo el día me sentaba
retacando mi corazón en una caja de zapatos,
rehuyendo la preciosa ventana
como un terrible ojo
por donde tosían los pájaros
encadenados a los árboles erguidos,
rehuyendo el papel tapiz del cuarto
donde una vez y otra las lenguas floreaban
saliendo de los labios como capullos marinos
—y así pasaba el día esperando que mi madre,
la grande,
llegara a desvestirme por la fuerza.
Yacía silenciosa,
atesorando mi pequeña dignidad.
Sin preguntar acerca de la reja, o del closet.
Sin poner en duda el ritual para acostarme
cuando, sobre el mosaico frío del baño,
me extendían a diario
buscando faltas.
No sabía que mis huesos,
esos sólidos, esas piezas de escultura
no se astillarían.
Nada sabía de la mujer que sería
ni de la sangre que cada mes
brotaría en mí como una flor exótica,
ni de las niñas,
dos monumentos,
que se abrirían paso entre mis piernas
—dos niñas acalambradas respirando tranquilas,
cada cual dormida en su menuda belleza—.
No sabía que mi vida, al fin,
como camión arrollaría la de mi madre
y que lo único que quedaría
del año en que tuve seis
sería un agujero pequeño en mi corazón, un
punto sordo,
para poder oír
más claramente lo nunca dicho
Selección y edición por
Trígono de aire.
Córdoba, Argentina.
2019
Wsp: 351 6750499
Ig: Trígono de aire
Wislawa Szymborska (Kórnik, Poznan, 1923 -
Cracovia, 2012) Poetisa polaca, considerada una de las
más singulares de su país, que recibió el premio Nobel
de Literatura en 1996. Hija de un funcionario, en 1931
se trasladó con su familia a Cracovia, ciudad en la que
se asentó de forma definitiva. Estudió filología y
sociología después de la Segunda Guerra Mundial en la
Universidad Jagellónica, tras lo cual inició su andadura
literaria, consagrada esencialmente a la poesía, aunque
también a la crítica y al ensayo en diversas
publicaciones periódicas, en particular en Vida
Literaria.
Ahí aparecieron desde 1968 sus "folletines literarios", a
modo de poco convencionales críticas, que serían
publicados en forma de libro en dos volúmenes,
Lecturas facultativas (1973 y 1981). Su primer poema
publicado, "Busco la palabra", apareció en 1945 en el
Diario Polaco, y fue a partir del poemario Por eso
vivimos (1952) cuando obtuvo reconocimiento público.
El inicio de su itinerario creativo se produjo bajo las
normas estilísticas del realismo socialista imperante y
denota tanto el estremecimiento por los crímenes de la
guerra reciente como su identificación con los
sufrimientos del pueblo polaco y su esfuerzo por
superarlos.
En esa estela, aunque ya anunciando algunas de las
características de su obra posterior, en particular la
ironía para abordar poéticamente los dilemas
filosóficos que la inquietan, escribió Preguntas
hechas a una misma (1954).
Pero será con Llamada al Yeti (1957) cuando romperá
definitivamente con los preceptos del régimen, en un
ajuste de cuentas con su actitud anterior y también
con la de la sociedad oficial. A partir de aquel año, en
Polonia como en otros países, se inició un fuerte
movimiento de rechazo de la imposición soviética y
del doctrinarismo comunista, en forma de rebeldía
nacionalista. Szymborska optó por la reflexión
filosófica y ética, tomando distancia de los debates
concretos, y siempre tiñendo de su peculiar humor
sus indagaciones poéticas sobre el espíritu humano
individual.
Sucesiva y discretamente fueron apareciendo sus
obras de madurez: La sal (1962), Cien alegrías (1967),
Todo caso (1972), Gran número (1976) y Gente en el
puente (1986), hasta llegar a Fin y principio (1993).
Pese a abordar de forma continua lo que considera
los más hondos recovecos del ser humano, Wislawa
Szymborska tiende a despojar su poesía de gravedad
retórica, para lo cual recurre al distanciamiento
intelectual y emocional por medio del aludido
humorismo presente
en casi todos sus libros, junto con el frecuente
recurso del lenguaje coloquial, la sencillez, los
versos breves y la estructura de estrofas clásica.
Otro de los rasgos de su obra es su facultad para
desvelar lo insólito a través de los hechos y los
fenómenos aparentemente más insignificantes y
cotidianos. En realidad, su visión de la sociedad es
pesimista y amarga, de modo que los individuos
disponen tan sólo de la lucidez y la ironía para
afrontar sus dolorosas relaciones con el medio que
les determina.
Falta de atención
Ayer me porté mal en el cosmos.
Viví todo el día sin preguntar por nada,
sin sorprenderme de nada.
Realicé acciones cotidianas,
como si fuera lo único que tenía que hacer.
Aspirar, espirar, un paso tras otro,
obligaciones,
pero sin pensamientos que fueran más allá
de salir de casa y volver a casa.
El mundo podría ser tenido por un mundo
loco
y yo lo tuve para mi propio y trivial uso.
Ningún cómo, ningún por qué,
o de dónde ha salido éste,
o para qué quiere tantos impacientes
detalles.
Fui como un clavo superficialmente clavado
a la pared,
o
(aquí una comparación que no se me ha
ocurrido).
Uno tras otro se fueron sucediendo cambios
incluso en el limitado campo de un abrir y
cerrar de ojos.
En la mesa más joven, con una mano un día
más joven
había pan de ayer cortado de forma distinta.
Las nubes como nunca y la lluvia como nunca,
porque era con otras gotas que llovía.
La Tierra giraba sobre su eje
pero en un espacio abandonado para
siempre.
Duró sus buenas 24 horas.
1.440 minutos de ocasiones.
86.400 segundos que mirar.
El cósmico savoir-vivre
aunque calla sobre nuestro asunto,
exige, sin embargo, algo de nosotros:
una cierta atención, un par de frases de
Pascal
y una sorprendente participación en este
juego
de reglas desconocidas.
No requiere título
Aquí estoy, sentada bajo un árbol,
a orillas de un río,
una mañana soleada.
Es un hecho anodino
que no pasará a la historia.
No es una batalla ni un tratado,
cuyas causas se investigan,
ni el memorable asesinato de un tirano.
Sin embargo, estoy sentada a orillas del río.
Y si estoy aquí,
forzoso es haber llegado de alguna parte,
y antes forzoso fue haber recorrido otros
lugares
como los conquistadores de nuevas tierras
antes de subir a bordo de sus navíos.
Incluso un instante fugaz tiene un
turbulento pasado,
un viernes anterior a sábado,
un mayo que a junio precede,
y horizontes no menos reales
que los dibujados en los prismáticos de los
mariscales.
El árbol es un álamo hace años arraigado.
El río es el Raba que no empezó a fluir ayer.
La senda no anteayer
se abrió entre matorrales.
Antes de disipar las nubes, el viento
hasta aquí las arrastró.
Aunque nada importante sucede en torno a mí,
no es el mundo por eso más pobre en matices,
menos justificable, menos definido
que cuando dependía de las grandes
migraciones.
El silencio no solo envuelve conspiraciones.
Y el séquito de causas no solo acompaña
subidas a tronos.
No solo los aniversarios de las revoluciones
caen,
también las piedras arrojadas al río.
Intrincado y denso es el bordado de las
circunstancias.
El pespunte de la hormiga en la hierba.
La hierba cosida a la tierra.
El diseño de la ola enhebrada a un palito.
Así, por obra del azar, soy y miro.
Una mariposa blanca aletea en el aire
con alas que solo a ella pertenecen,
y una sombra sobrevuela mi mano,
la suya, no otra, no de cualquiera.
Ante hechos semejantes me abandona la
certeza
de que lo importante
es más importante que lo que no importa.
Las tres palabras más extrañas
Cuando pronuncio la palabra Futuro,
la primera sílaba pertenece ya al pasado.
Cuando pronuncio la palabra Silencio,
lo destruyo.
Cuando pronuncio la palabra Nada,
creo algo que no cabe en ninguna no-
existencia.
El número Pi
El admirable número Pi
tres coma uno cuatro uno.
Las cifras que siguen son también
preliminares
cinco nueve dos porque jamás acaba.
No puede abarcarlo seis cinco tres cinco la
mirada,
ocho nueve ni el cálculo
siete nueve ni la imaginación,
ni siquiera tres dos tres ocho un chiste, es
decir, una comparación
cuatro seis con cualquier otra cosa
dos seis cuatro tres de este mundo.
La serpiente más larga de la tierra suma
equis metros y se acaba.
Y lo mismo las serpientes míticas aunque
tardan más.
El séquito de dígitos del número Pi
llega al final de la página y no se detiene,
sigue, recorre la mesa, el aire,
una pared, una hoja, un nido de pájaros, las
nubes, hasta llegar
directo al cielo,
perderse en la insondable hinchazón del cielo.
¡Qué breve la cola de un cometa, cual la de un
ratón!
¡Qué endeble el rayo de un astro si se curva en la
insignificancia
del espacio!
Mientras aquí dos tres quince trescientos
diecinueve
mi número de teléfono la talla de tu camisa
el año mil novecientos sesenta y tres sexto piso
el número de habitantes sesenta y cinco céntimos
dos pulgadas de cintura una charada y un mensaje
cifrado
que dice vuela mi ruiseñor y canta
y también se ruega guardar silencio,
y se extinguirán cielo y tierra,
pero el número Pi no, jamás,
seguirá su camino con su nada despreciable cinco
con su en absoluto vulgar ocho
con su ni por asomo postrero siete,
empujando, ¡ay!, empujando a durar
a la perezosa eternidad.
A algunos les gusta la
poesía
A algunos,
es decir, no a todos.
Ni siquiera a los más, sino a los menos.
Sin contar las escuelas, donde es obligatoria,
y a los mismos poetas,
serán dos de cada mil personas.
Les gusta,
como también les gusta la sopa de fideos,
como les gustan los cumplidos y el color azul,
como les gusta la vieja bufanda,
como les gusta salirse con la suya,
como les gusta acariciar al perro.
La poesía,
pero qué es la poesía.
Más de una insegura respuesta
se ha dado a esta pregunta.
Y yo no sé, y sigo sin saber, y a esto me aferro
como a un oportuno pasamanos.
Confesiones de una máquina
lectora
Lo reconozco, ciertas palabras
me crean problemas.
Por ejemplo los estados llamados
‘sentimientos’
no consigo hasta ahora explicarlos de forma
exacta
Lo mismo con ‘el alma’, palabra-acertijo.
De momento concluyo que es un tipo de
niebla,
en teoría más duradera que los organismos
mortales.
Sin embargo, mi mayor problema es la
palabra ‘soy'.
Tiene la apariencia de una acción común,
realizada de forma general, pero no colectiva,
en un ante tiempo presente,
de aspecto imperfectivo,
si bien, como se sabe, ya hace mucho
perfectivo.
Mapa
Me gustan los mapas porque mienten.
Porque no dejan paso a la cruda verdad.
Porque magnánimos y con humor bonachón
me despliegan en la mesa un mundo / no de
este mundo.
Nada sucede dos veces
Nada sucede dos veces
ni va a suceder, por eso
sin experiencia nacemos,
sin rutina moriremos.
En esta escuela del mundo
ni siendo malos alumnos
repetiremos un año,
un invierno, un verano.
No es el mismo ningún día,
no hay dos noches parecidas,
igual mirada en los ojos,
dos besos que se repitan.
Ayer mientras que tu nombre
en voz alta pronunciaban
sentí como si una rosa
cayera por la ventana.
Ahora que estamos juntos,
vuelvo la cara hacia el muro.
¿Rosa? ¿Cómo es la rosa?
¿Como una flor o una piedra?
Dime por qué, mala hora,
con miedo inútil te mezclas.
Eres y por eso pasas.
Pasas, por eso eres bella.
Medio abrazados, sonrientes,
buscaremos la cordura,
aun siendo tan diferentes
cual dos gotas de agua pura.
Las mujeres de Rubens
Titánides, fauna femenina,
desnudas como estruendo de toneles.
Hacen su nido en lechos aplastados
y duermen con la boca abierta en forma
de chillido.
Sus pupilas han huido hacia el fondo
y penetran al interior de sus glándulas
desde las que gotea levadura como sangre.
Hijas del barroco. Se infla la masa en la
artesa,
se llenan de vapor los baños, se
ruborizan los vinos,
por el cielo galopan puerquitos de
nubes,
relinchan las trompetas ante el peligro
físico.
¡Oh acalabazadas, oh excesivas,
duplicadas al rechazar los vestidos,
triplicadas por la impetuosidad de la pose,
grasosos platillos de amor!
Sus flacas hermanas se levantaron antes,
antes de que alboreara en el cuadro.
Y nadie las vio avanzar en fila
por la parte trasera del lienzo.
Desterradas del estilo. Con las costillas
contadas
y pies y manos que parecen de ave.
Con sus omóplatos salidos intentan
levantar el vuelo.
El siglo trece les daría un fondo dorado.
El veinte, una pantalla a color.
El diecisiete, en cambio, no tiene qué
darle a las planas.
Pues hasta el cielo es protuberante,
protuberantes los ángeles y protuberante
dios:
un bigotudo Febo que en un corcel
sudoroso irrumpe en una alcoba hirviente.
La mujer de Lot
Dicen que miró hacia atrás por curiosidad.
Pero yo podría haber tenido otras
razones aparte de la curiosidad.
Miré hacia atrás por pena de una fuente de
plata.
Por distracción mientras me ataba el
cordón de mi sandalia.
Para evitar seguir mirando el justo cuello
de Lot, mi esposo.
Por una repentina certidumbre de que si
yo hubiera muerto
él ni siquiera habría atenuado su marcha.
Por la desobediencia de los humildes.
Alerta a la persecución.
Repentinamente serena, esperanzada de
que
Dios hubiera cambiado de parecer.
Nuestras dos hijas ya estaban casi en la cima
de la colina.
Sentí la ancianidad dentro de mí. Lejanía.
La futilidad de nuestro vagar. Somnolencia.
Miré hacia atrás mientras dejaba mi atado
en el suelo.
Miré hacia atrás por miedo de dónde
poner a continuación mi pie.
En mi camino aparecieron serpientes,
arañas, ratas de campo y buitres jóvenes.
Entonces no había justos ni malvados
-simplemente todas las criaturas vivientes
reptaban y saltaban en medio de un pánico
común.
Miré hacia atrás por soledad.
Por vergüenza de que estaba huyendo.
Por un deseo de gritar, de volver.
Justo cuando una súbita ráfaga de viento
me deshizo el peinado y me levantó mis
vestidos.
Tuve la impresión de que lo estaban viendo
todo desde las murallas de Sodoma
y estallaban en risas sonoras de vez en
cuando.
Miré hacia atrás por rabia
para gozar de su gran ruina
miré hacia atrás por todas las razones que
he mencionado.
Miré hacia atrás a pesar de mí misma.
Fue sólo una roca que se desprendió,
resonando bajo los pies.
Una repentina grieta que cortó mi camino.
Al borde un hámster correteó parado en
sus patas traseras.
Fue entonces que miramos los dos hacia
atrás.
No, no. Yo seguí corriendo,
repté y gateé hacia arriba,
hasta que la oscuridad me aplastó desde el
cielo,
y con ella, grava ardiente y pájaros muertos.
Por falta de aliento me balanceaba
repetidamente.
Si alguien me hubiera visto podría haber
pensado que estaba bailando.
No se descarta que mis ojos hayan estado
abiertos.
Podría ser que siento mi cara vuelta hacia la
ciudad.
Gente en el puente
Extraño este planeta y extraña en él la gente.
Acatan el tiempo, pero no lo reconocen.
Tienen maneras de expresar su desacuerdo.
Producen, por ejemplo, escenas como ésta:
Nada especial en un primer momento.
Se ve agua.
Se ve una orilla del agua.
Se ve contra corriente avanzar una barca.
Se ve un puente sobre el agua y se ve en él a
la gente.
Se ve muy bien cómo la gente apura el paso,
pues, en ese instante, desde una nube negra
comienza a azotar la lluvia.
La cosa es que después no pasa nada.
La nube no cambia ni de color ni de forma.
La lluvia ni es más intensa ni cede.
La barca navega sin moverse.
La gente en el puente corre
exactamente ahí donde corría.
Difícil no hacer un comentario:
Esta no es para nada una imagen inocente.
Aquí fue detenido el tiempo.
Dejaron de considerarse sus leyes.
Se le privó de influencia en la evolución de los
hechos.
Fui desdeñado y ofendido.
Por culpa de un rebelde,
un tal Hiroshige Utagawa
(ser que, por lo demás,
hace mucho y como corresponde ha
transcurrido),
el tiempo tropezó y cayó de bruces.
Tal vez se trate de una broma sin mayor
significado,
una travesura a escala de apenas un par de
galaxias,
por si acaso, sin embargo, agreguemos lo que
sigue: Es aquí de buen tono
apreciar mucho esta escena,
maravillarse con ella y conmoverse por
generaciones
Hay algunos a quienes ni siquiera esto les
basta.
Oyen incluso el rumor de la lluvia,
sienten el frío de las gotas en la nuca y en la
espalda,
miran el puente y a la gente
como si se vieran a sí mismos
en esa misma carrera interminable,
en ese camino sin fin por recorrer
eternamente,
y creen, en su osadía,
que así es en realidad.
Gratitud
Debo mucho
a aquellos que no amo.
El alivio con que acepto
que son queridos por algún otro.
La dicha de que no soy yo
un lobo para sus ovejas.
Paz para mí hacia ellos,
y libertad de ellos hacia mí,
y eso es algo que el amor no puede dar
ni procura arrebatar.
No los espero
de ventana a puerta.
Paciente
casi como un reloj de sol,
comprendo
lo que el amor no comprende,
perdono
lo que el amor nunca perdonaría.
De encuentro a carta
no pasa una eternidad
sino simplemente unos días o semanas.
Los viajes con ellos son siempre un éxito,
conciertos escuchados,
catedrales visitadas,
paisajes muy bien enfocados.
Y cuando nos separamos
por siete montañas y ríos,
ellos son montañas y ríos
bien conocidos en el mapa.
Es gracias a ellos
que vivo en tres dimensiones,
en un espacio no lírico y no retórico,
con un horizonte real porque es movible.
Ellos mismos no saben
cuánto traen con las manos vacías.
"No les debo nada ",
me gusta decir
a esta pregunta abierta.
Alabanza a los sueños
En mis sueños pinto como Vermeer
van Delft. Hablo fluidamente griego
y no sólo con los vivos. Conduzco un auto
que me obedece.
Tengo talento,
escribo poemas largos, grandiosos.
Escucho voces no menos que los grandes
santos.
Se sorprenderían de mi virtuosismo en el
piano.
Floto en el aire como se debe,
es decir, por mí misma. Si caigo del techo
puedo aterrizar suavemente en el verde
césped.
No me es difícil
respirar bajo el agua.
No me puedo quejar:
he logrado descubrir la Atlántida.
Me complace que justo antes de morir
siempre me las arreglo para despertar.
Inmediatamente tras el estallido de la
guerra
me vuelvo a mi lado favorito.
Soy, mas no necesito ser,
hija de mi tiempo.
Hace unos pocos años vi dos soles.
Y antes de ayer un pingüino, con toda
claridad.
Descubrimiento
Creo en el gran descubrimiento.
Creo en el hombre que hará el
descubrimiento.
Creo en el terror del hombre que hará el
descubrimiento.
Creo en la palidez de su rostro,
la náusea, el sudor frío en su labio.
Creo en la quema de las notas,
quema hasta las cenizas,
quema hasta la última.
Creo en la dispersión de los números,
su dispersión sin remordimiento.
Creo en la rapidez del hombre,
la precisión de sus movimientos,
su libre albedrío irreprimido.
Creo en la destrucción de las tablillas,
el vertido de los líquidos,
la extinción del rayo.
Afirmo que todo funcionará
y que no será demasiado tarde,
y que las cosas se develarán en ausencia de
testigos.
Nadie lo averiguará, no me cabe duda,
ni esposa ni muralla,
ni siquiera un pájaro, porque bien puede
cantar.
Creo en la mano detenida,
creo en la carrera arruinada,
creo en la labor perdida de muchos años.
Creo en el secreto llevado a la tumba.
Para mí estas palabras se remontan por
encima de las reglas.
No buscan apoyo en ejemplos de ninguna
clase.
Mi fe es fuerte, ciega y sin ningún
fundamento.
Reseña de un poema no escrito
En las primeras palabras del poema
la autora establece que la Tierra es pequeña,
el cielo, al contrario, es demasiado grande
para las palabras,
y sobre las estrellas, cito, "hay muchas más
de las que se necesitan".
En la descripción del cielo se advierte cierta
impotencia,
la autora se pierde en una pavorosa infinitud,
se sobrecoge con los muchos planetas
muertos
y pronto en su mente (podríamos agregar:
inexacta)
se comienza a formar una pregunta,
¿acaso a pesar de todo no estamos solos
bajo el sol, bajo todos los soles del universo?
¡Contrario a la teoría de las probabilidades!
¡Y a las convicciones universalmente
sostenidas actualmente!
¡Frente a la irrefutable evidencia de que
ahora cualquier día
puede caer en manos humanas! Oh, poesía.
Mientras tanto, nuestra visionaria retorna a
la Tierra,
el planeta que tal vez "gira sin testigos",
la única "ciencia ficción que se puede
permitir el universo".
La desesperación de Pascal (1623-1662, la
nota al pie de página es nuestra)
parece que para nuestra autora no tiene
rival
sobre cualquier Andrómeda o Caciopea.
La exclusividad magnifica y obliga,
así emerge el problema de cómo vivir
etcétera,
en tanto "el vacío no nos lo resuelva".
"Oh, Señor", el hombre clama A Él Mismo,
"ten piedad de mí, ilumíname..."
La autora está oprimida por la idea de que la
vida se derrocha tan fácilmente,
como si hubiera reservas inagotables de ella.
La idea de las guerras -ella pide discrepar
siempre
se pierden en ambos lados.
De la inhumanidad "brutalitaria" (sic!) del
hombre con el hombre.
A través del poema se vislumbra un intento
moral.
Bajo una pluma menos ingenua podría
brillar más.
¡Pero qué pena ! Esta tesis básicamente
tambaleante
(acaso a pesar de todo no estamos solos
bajo el sol, bajo todos los soles del universo)
y su desarrollo en un estilo imperturbable
(mezclando lo elevado con lo vernacular)
lleva a la conclusión de ¿quién lo creerá de
todas maneras?
Sin duda nadie. ¿No se los dije?
Discurso en la Oficina de
Objetos Perdidos
Perdí unas pocas diosas camino del sur al
norte,
también muchos dioses camino de este a
oeste.
Un par de estrellas se apagaron para
siempre, ábrete, oh cielo.
Una isla, otra se me perdió en el mar.
Ni siquiera sé dónde dejé mis garras,
quién anda con mi piel, quién habita mi
caparazón.
Mis parientes se extinguieron cuando repté
a tierra,
y sólo algún pequeño hueso dentro de mí
celebra el aniversario.
He saltado fuera de mi piel, desparramado
vértebras y piernas,
dejado mis sentidos muchas, muchas veces.
Hace tiempo que he guiñado mi tercer ojo a
eso,
chasqueado mis aletas, encogido mis ramas.
Está perdido, se ha ido, está esparcido a los
cuatro vientos.
Me sorprendo de cuán poco queda de mí:
un ser individual, por el momento del
género humano, que ayer simplemente
perdió un paraguas en un tranvía.
Las cuatro de la madrugada
Hora de la noche al día.
Hora de un costado al otro.
Hora para treintañeros.
Hora acicalada para el canto del gallo.
Hora en que la tierra niega nuestros
nombres.
Hora en que el viento sopla desde los astros
extintos.
Hora de y-si-tras-de-nosotros-no-quedara-
nada.
Hora vacía.
Sorda, estéril.
Fondo de todas las horas.
Nadie se siente bien a las cuatro de la
madrugada.
Si las hormigas se sienten bien a las cuatro
de la madrugada,
habrá que felicitarlas. Y que lleguen las
cinco,
si es que tenemos que seguir viviendo.
La Atlántida
Existieron o no existieron
En una isla o no en una isla.
El océano o no el océano
los engulló o no.
¿Pudo quién amar a quién?
¿Pudo quién luchar con quién?
Todo sucedió o nada
allí o no allí.
Había siete ciudades.
¿Seguro?
Querían existir eternamente
¿Dónde las pruebas?
No inventaron la pólvora, no.
Inventaron la pólvora, sí.
Supuestos, dudosos.
No recordados.
No extraídos del aire,
del fuego, del agua, de la tierra.
No contenidos en una piedra
ni en una gota de lluvia.
No pudiendo en serio
posar como advertencia.
Cayó un meteoro.
No fue un meteoro.
Un volcán entró en erupción.
No fue un volcán.
Alguien gritó algo.
Nadie nada.
En esta más menos Atlántida.
El acróbata
De trapecio en
en trapecio, en silencio tras
tras el redoble de pronto enmudecido, a
través
a través del aire sorprendido, más veloz que
que el peso de su cuerpo, que otra vez
otra vez no llegó a tiempo de caer.
Solo. O aún menos que solo,
menos, pues mútilo, pues fáltenle
fáltenle las alas, fáltenle mucho,
una falta que le obliga
a avergonzados revoloteos con una atención
implume, ya sólo desnuda.
Denodadamente ligero,
con paciente agilidad,
con calculada inspiración ¿Ves
cómo se agazapa para el vuelo, sabes
cómo conspira de pies a cabeza
contra quien él es: sabes, ves
cuán arteramente se enhebra en su antigua
figura y,
para asir en su puño el mundo mecido,
extiende los brazos recién nacidos de sí?
más hermoso sobre todo en este preciso,
preciso, por lo demás ya pasado, instante.
La lección
Quién que (*) el rey Alejandro con quién,
con qué con una espada
corta de un tajo a quién, qué el nudo
gordiano.
Esto no se le había ocurrido antes a quién, a
qué nadie.
Había cien filósofos
-ninguno lo había desenredado.
No es extraño que ahora se escondan por los
rincones.
La soldadesca los agarra por esas barbas
de chivo, histéricas, canosas
y estalla un estruendoso quién, qué risa.
Basta
Lanzó el rey una mirada desde debajo de su
penacho,
monta en su caballo, se pone en camino.
Y tras él, en la trompa de las trompetas, en
el tambor de los
tamboriles,
quién, qué un ejército compuesto de quién,
de qué de pequeños nudos,
para quién, para qué para el combate
El mono
Expulsado del paraíso antes que el hombre
por tener ojos tan contagiosos
que mirando por el jardín
hasta a los ángeles entristecía
de manera imprevista. Esta es la razón por la
que
debió, aunque sin humilde acuerdo,
instalar aquí en la tierra
sus magníficos predios.
Saltarín, prensil y atento,
mantiene su gracia hasta hoy
proveniente del terciario.
Adorado en el antiguo Egipto, bajo una
corona
de pulgas en su magnífica melena sacra,
escuchaba triste y archicallado
lo que de él querían. Ay, inmortalidad.
Y se iba meneando su sonrosado culo
en señal de lo que no se recomienda ni se
prohíbe.
En Europa le quitaron el alma,
pero por descuido le dejaron las manos;
y cierto monje pintando un santo
le dio manos angostas, animales.
Tuvo que tomar el santo, pues,
la gracia como una nuez.
Cálido como recién nacido,
tembloroso como anciano,
lo traían en barcos a las cortes reales.
Gemía arrastrando su cadenita de oro
en su frac de marqués de colores de loro.
¡Casandra!, no hay de qué reírse.
Comestible en China, sabemos que ya en la
fuente
hace muecas hervidas o asadas.
Irónico como un diamante de engarce falso.
Dicen que tiene un sabor fino
su cerebro, al que algo falta,
pues no inventó la pólvora.
En los cuentos, solitario e inseguro,
llena los espejos de muecas infelices.
Se burla de sí mismo, dándonos buen
ejemplo,
al conocernos bien, como un pariente pobre
aunque no nos saludamos
Estoy demasiado cerca
Estoy demasiado cerca para que él sueñe
conmigo.
No vuelo sobre él, de él no huyo
Entre las raíces arbóreas. Estoy demasiado
cerca.
No es mi voz el canto del pez en la red.
Ni de mi dedo rueda el anillo.
Estoy demasiado cerca. La gran casa arde
Sin mí gritando socorro. Demasiado cerca
para que taña la campana en mi cabello.
Estoy demasiado cerca para que pueda
entrar como un huésped
que abriera las paredes a su paso.
Ya jamás volveré a morir tan levemente,
tan fuera del cuerpo, tan inconsciente,
como antaño en su sueño. Estoy demasiado
cerca,
demasiado cerca. Oigo el silbido
y veo la escama reluciente de esta palabra,
petrificada en abrazo. Él duerme,
en este momento, más al alcance de la
cajera de
un circo
ambulante con un solo león, vista una vez en
la vida,
que de mí que estoy a su lado.
Ahora, para ella crece en él el valle
de hojas rojas cerrado por una montaña
nevada
en el aire azul. Estoy demasiado cerca,
para caer del cielo. Mi grito
sólo podría despertarle. Pobre,
limitada a mi propia figura,
mas he sido abedul, he sido lagarto,
y salía de tiempos y damascos
mudando los colores de mi piel. Y tenía
el don de desaparecer de sus ojos
asombrados,
lo cual es la riqueza de las riquezas. Estoy
demasiado cerca,
demasiado cerca para que él sueñe conmigo.
Saco mi brazo que está debajo de su cabeza
dormida,
Mi brazo dormido, lleno de agujas
imaginarias.
En la punta de cada una de ellas, para su
recuento,
Se han sentado ángeles caídos.
Amor a primera vista
Los dos pensaron que
un repentino sentimiento los unía.
Esa seguridad era hermosa
aún más hermosa que la inseguridad.
Ellos pensaban que no se conocían
el uno al otro.
Nunca había pasado anda entre ellos.
Estas calles, estos corredores
¨Dónde pudieron haberse conocido antes?
Me gustaría preguntarles si pueden
recordarlo.
¨Quizás un día en una puerta de vaivén, cara a
cara?
¨Un "perdón" en la multitud? ¨Un número
equivocado
en el teléfono?
Pero yo sé la respuesta: no ellos no lo
recuerdan.
Que tan sorprendidos estarían
de que ya, y por un largo tiempo,
el destino haya estado jugando con ellos_
Aún no listos para cambiar dentro del destino
que los acerca, y al mismo tiempo los aleja
cortando su camino y reprimiendo una visión,
escapándose aún más_
Había señales, indicaciones indescifrables,
¨qué importa?
Hace tres años, tal vez,
o quizás el pasado martes
esta hoja volando de un hombro a otro.
Algo perdido y recolectado_
Quién sabe ¨quizás aún una pelota en
los arbustos de la niñez?
Hubo manijas, timbres,
donde en la huella de una mano
otra mano era puesta.
Maletas de viaje
una al lado de la otra
en el equipaje abandonado
y tal vez una noche en un mismo sueño
olvidado al caminar.
Pero cada principio es solo una continuación
y el libro del destino está siempre abierto a
la mitad.
Retrato de mujer
Debe ser a elección.
Cambiar para que no cambie nada.
Es fácil, imposible, difícil, vale un intento.
Sus ojos son, si cabe, una vez azules, otra vez
grises,
negros, alegres, sin causa llenos de lágrimas.
Duerme con él como una cualquiera, única en el
mundo.
Le parirá cuatro hijos, ningún hijo, uno.
Ingenua, mas la que mejor aconseja.
Débil, mas podrá con el peso.
No tiene cabeza, pues la tendrá.
Lee a Jaspers, y revistas de mujeres.
No sabe el porqué de este tornillo y construirá
un puente.
Joven, como siempre joven, todavía joven.
Sostiene en sus manos un gorrión alirroto,
su propio dinero para un viaje largo y ajeno,
un mazo, una compresa y una copa de vodka.
¿A dónde corre? ¿no está cansada?
Que no, un poco, mucho, no pasa nada.
O le quiere o se empeña.
Por lo bueno, por lo malo y por el amor de Dios.
(Creo que se han roto los versos).
Cierta gente
Cierta gente huyendo de otra gente.
En cierto país bajo el sol
y bajo ciertas nubes.
Dejando atrás sus todos respectivos,
campos sembrados, ciertas gallinas, perros,
espejos en los que ahora sólo el fuego se
contempla.
Llevan a la espalda hatillos y cántaros
día tras día más pesados, cuanto más vacíos.
El agotamiento de alguien tiene lugar en
silencio,
el arrancamiento a alguien de su pan en el
tumulto
y el acunamiento del niño muerto de
alguien.
Ante ellos un insensato "por aquí no",
no es ése el puente que necesitan
sobre un río extrañamente rosado.
Alrededor unos disparos, a veces más cerca,
a veces más lejos,
en lo alto un avión que parece dar vueltas.
Vendría bien alguna invisibilidad,
alguna oscura pedregosidad,
y aún mejor un no-haber-sido
por un tiempo breve o incluso largo.
Alto todavía ocurrirá, pero dónde y qué.
Alguien saldrá a su encuentro, pero cuándo,
quién,
desempeñando qué papel y con qué
intenciones.
Si tiene elección,
quizás no quiera ser un enemigo
y los deje con cierta vida por delante.
Prueba
Ay canción, de mi te burlas!
pues aunque fuera hacia arriba, no me
abriría como rosa,
como rosa florece la rosa y nadie más, lo
sabes.
Intenté tener hojas, quise llenarme de
arbustos,
conteniendo el aliento, para que fuera más
rápido,
esperé el momento de convertirme en rosa.
Canción tú que de mí, no te apiadas,
tengo un cuerpo individual que en nada se
transforma,
y soy desechable hasta la médula de los
huesos.
Noticias del hospital
Echamos suertes quién debía ir a verlo.
Me tocó a mí. Me levanté de la mesa.
Se acercaban ya las horas de visita al hospital.
No respondió nada a mi saludo.
Quería cogerle de la mano, la apretó
como un perro hambriento que no suelta su
hueso.
Parecía como si le diera vergüenza morir.
No sé de qué se habla con alguien como él.
Nuestras miradas se evitaban como en un
fotometraje.
No dijo ni quédate, ni vete.
No preguntó por nadie de los de nuestra mesa.
Ni por ti, Juancho, ni por ti, Moncho, ni por ti
Pancho.
Empezó a dolerme la cabeza. ¿Quién se le
muere a quién?
Exalté la medicina y las tres lilas del vaso.
Hablé del sol y fui apagándome.
Qué bien que haya peldaños para salir
corriendo.
Qué bien que haya una puerta para poder
abrirla.
Qué bien que me esperáis en esa mesa.
El olor a hospital me provoca náuseas.
Alabanza a mi hermana
Mi hermana no escribe poemas
y es improbable que de pronto comience a
escribir poemas.
Le viene de su madre, que no escribía
poemas,
y de su padre, que tampoco escribía
poemas.
Bajo el techo de mi hermana me siento a
salvo:
nada impulsaría al marido de mi hermana a
escribir poemas.
Y aunque suene como un poema de Adam
Macedonski,
ninguno de mis parientes se ocupa de
escribir poemas.
En el escritorio de mi hermana no hay
poemas viejos
ni nuevos en su bolso.
Y cuando mi hermana me invita a cenar,
sé que no tiene intenciones de leerme
poemas.
Hace magníficas sopas sin esfuerzo,
y su café no se derrama sobre manuscritos.
En muchas familias nadie escribe poemas,
pero cuando lo hacen, rara vez es sólo una
persona.
Algunas veces la poesía fluye en cascadas de
generaciones
que ocasionan temibles corrientes en las
relaciones familiares.
Mi hermana cultiva una prosa hablada
decente,
toda su producción literaria está en tarjetas
postales veraniegas
que prometen la misma cosa cada año:
que cuando vuelva
nos contará todo,
todo,
todo.
El esqueleto de un
dinosaurio
Amados Hermanos,
miramos aquí una instancia de malas
proporciones:
ante nosotros asoma el impresionante
esqueleto de un dinosaurio
Queridos
amigos,
a la izquierda, la cola que se prolonga
eternamente,
a la derecha, eternamente lo opuesto
Respetados
Camaradas,
a la mitad, cuatro piernas que se hunden en
el lodo
bajo su cuerpo montañoso
Bondadosos
Ciudadanos,
La naturaleza no comete errores, pero tiene
sentido de humor:
por favor, tomen nota de esta graciosa
cabecita
Damas
y Caballeros,
esta cabecita podría no haber previsto nada
y es el por qué esta es la cabecita de un reptil
extinguido
Venerables
Visitantes,
diminuto el cerebro, enorme el apetito,
más de tonto sueño que sabia angustia
Dignos
Invitados,
por otra parte nosotros estamos en mejor
forma,
la vida es hermosa y la Tierra nos pertenece
Estimados
Delegados,
el estrellado cielo sobre el junco pensante,
la ley moral interna que lo habita
Honorables
Autoridades,
este suceso se realizó una vez solamente
y quizá bajo este mismo sol
Miembros
de la Directiva,
qué diestras las manos
qué elocuentes los labios
qué buena cabeza sobre los hombros Altísimos
Jueces,
qué responsabilidad en lugar de una cola
Un Poema de la película
"Red"
Los dos pensaron que
un repentino sentimiento los unía.
Esta seguridad era hermosa,
aun más hermosa que la inseguridad.
Ellos pensaban que no se conocían
el uno al otro.
Nunca había pasado nada entre ellos,
Estas calles, estas escaleras, estos
corredores,
Donde pudieron haberse conocido antes?
Me gustaría preguntarles si pueden
recordarlo
- Quizás un día una puerta revolvente
cara a cara?
Un "perdón" en la multitud,
"numero equivocado" en el teléfono?
Pero yo se la respuesta,
no ellos no lo recuerdan.
Que tan sorprendidos estarían
que ya por un largo tiempo
el destino ha estado jugando con ellos.
Aun no listos para cambiar dentro del
destino,
que los acerca y al mismo tiempo lo aleja
cortando su camino y reprimiendo una lista
escapándose aun más.
Había señales, indicaciones indescifrables,
que importa.
Hace 3 años, tal vez,
o quizás el pasado martes,
esta hoja volando de un hombro a otro?
Algo perdido y recolectado.
Quien sabe, quizás aún una pelota en los
arbustos, en la niñez?
Había manijas, timbres,
donde, en la marca de una mano,
otra mano era puesta.
Maletas de viaje,
una al lado de la otra
en el equipaje abandonado.
Y tal vez un noche un mismo sueño
olvidado al caminar.
Pero cada principio es solo una
continuación
y el libro del destino esta siempre abierto a
la
mitad.
Un terrorista: él observa
La bomba explotará en el bar a las trece
veinte.
Ahora apenas son las trece y dieciséis.
Algunos todavía tendrán tiempo de salir.
Otros de entrar.
El terrorista ya se ha situado al otro lado de
la calle.
Esa distancia lo protege de cualquier mal
y se ve como en el cine:
Una mujer con una cazadora amarilla: ella
entra.
Un hombre con unas gafas oscuras: él sale.
Unos chicos con vaqueros: ellos están
hablando.
Trece diecisiete y cuatro segundos.
Ese más abajo tiene suerte y sube a una
moto,
y ese más alto entra.
Trece diecisiete y cuarenta segundos.
Una niña: ella va andando con una cinta
verde en el pelo.
Sólo que de repente ese autobús la tapa.
Trece dieciocho.
Ya no está la niña.
Habrá sido tan tonta como para entrar, o no,
eso ya se verá cuando vayan sacando.
Trece diecinueve.
Y ahora como que no entra nadie.
En vez de entrar aún hay un gordo calvo que
sale.
Pero parece que busca algo en sus bolsillos y
a las trece veinte menos diez segundos
vuelve a buscar sus miserables guantes.
Son las trece veinte.
Qué lento pasa el tiempo.
Parece que ya.
Todavía no.
Sí, ahora.
Una bomba: la bomba explota.
Salmo
Las fronteras de las naciones humanas ¡qué
permeables son!
¡Cuántas nubes pasan impunemente
flotando sobre ellas,
cuánta arena del desierto se desliza de uno
a otro país,
cuántas piedras ruedan
desde las montañas hasta los dominios
ajenos
con botes desafiantes!
¿He de mencionar aquí los pájaros que
vuelan
uno tras otro
y se posan en las barreras bajadas?
Incluso si fuera sólo un gorrión,
ya tiene allí la cola,
mas su pico permanece aquí.
Además ¡nunca se queda quieto!
Entre los innúmeros insectos me limitaré a la
hormiga,
que entre las botas derecha e izquierda del
guardia
a la pregunta: de dónde, a dónde
-no se siente obligado a contestar-.
¡Ah, mirad con atención
todo este desorden a la vez
por todos los continentes!
¿Acaso no es la alheña la que desde la
orilla opuesta
pasa de contrabando su cienmilésima
hoja?
¿Y quién si no el calamar
de osados y largos tentáculos
viola la sagrada zona de la aguas
territoriales?
¿Cómo se puede hablar en general de
orden alguno,
si ni siquiera es posible repartirse las
estrellas
para saber cuál brilla para quién?
¡Y que aún el reprobable expandirse de las
nieblas!
¡Y del polen, por toda la superficie de la
estepa,
como si no estuviera bien partida en dos!
¡Y el resonar de las voces por las serviciales
ondas del aire:
gritos que llaman y gorgojos llenos de
significado!
Sólo lo humano logra ser verdaderamente
ajeno.
Lo demás son bosques entremezclados,
obras de topo y viento.
Asombro
¿Por qué en una demasiado única persona?
¿En esta y no en otra? ¿Y qué hago aquí?
¿En un día que es martes? ¿En una casa y no en
un nido?
¿Dentro de una piel, no de unas escamas? ¿Con
un rostro, no una hoja?
¿Por qué sólo una vez personalmente?
¿Precisamente en la tierra?
¿Bajo una pequeña estrella?
¿Después de tantas eras de ausencia?
¿Por todos los tiempos y todas las algas?
¿Por crustáceos y firmamentos?
¿Precisamente ahora? ¿Hasta mis carnes y
huesos?
¿Sola en mí conmigo misma?
¿Por qué?
no al lado ni a cien millas de aquí,
no ayer ni hace cien años
me siento y miro hacía el oscuro rincón
-tal como, levantando súbitamente su morro-,
mira ese gruñir llamado perro?
Del montón
Soy la que soy.
Casualidad inconcebible
como todas las casualidades.
Otros antepasados
podrían haber sido los míos
y yo habría abandonado
otro nido,
o me habría arrastrado cubierta de escamas
de debajo de algún árbol.
En el vestuario de la naturaleza
hay muchos trajes.
Traje de araña, de gaviota, de ratón de
monte.
Cada uno, como hecho a medida,
se lleva dócilmente
hasta que se hace tiras.
Yo tampoco he elegido,
pero no me quejo.
Pude haber sido alguien
mucho menos personal.
Parte de un banco de peces, de un
hormiguero, de un enjambre,
partícula del paisaje sacudida por el viento.
Alguien mucho menos feliz,
criado para un abrigo de pieles
o para una mesa navideña,
algo que se mueve bajo un cristal de microscopio.
Árbol clavado en la tierra,
al que se aproxima un incendio.
Hierba arrollada
por el correr de incomprensibles sucesos.
Un tipo de mala estrella
que para algunos brilla.
¿Y si despertara miedo en la gente,
o sólo asco,
o sólo compasión?
¿Y si hubiera nacido
no en la tribu debida
y se cerraran ante mí los caminos?
El destino, hasta ahora,
ha sido benévolo conmigo.
Pudo no haberme sido dado
recordar buenos momentos.
Se me pudo haber privado
de la tendencia a comparar.
Pude haber sido yo misma, pero sin que me
sorprendiera,
lo que habría significado
ser alguien totalmente diferente.
Cálculo elegíaco
Cuántos de los que he conocido
(si de verdad los he conocido)
hombres, mujeres
(si esta división sigue vigente)
han atravesado este umbral
(si esto es un umbral)
han cruzado este puente
(si se puede llamar puente)
Cuántos después de una vida más corta o
más larga
(si para ellos en eso sigue habiendo alguna
diferencia)
buena porque ha acabado
mala porque ha acabado
(si no prefirieran decirlo al revés)
se han encontrado en la otra orilla
(si se han encontrado)
y si la otra orilla existe.
No me es dado saber
cuál fué su destino
(ni siquiera si se trata de un solo destino,
y si hay todavía destino).
Todo
(si con esta palabra no lo delimito)
ha terminado para ellos
(si no lo tienen por delante).
Cuántos han saltado del tiempo en
marcha
y se pierden a lo lejos con una nostalgia
cada vez
mayor
(si merece la pena creer en
perspectivas).
Cuántos
(si la pregunta tiene algún sentido,
si se puede llegar a la suma final
antes de que el que cuenta se cuente a
sí mismo)
han caído en el más profundo de los sueños
(si no hay otro más profundo).
Hasta la vista.
Hasta mañana.
Hasta la próxima.
Ya no quieren
(si es que no quieren) repetirlo.
Condenados a un interminable
(si no es otro) silencio.
Ocupados sólo con aquello
(si es sólo con aquello)
a lo que los obliga la ausencia.
Perspectiva
Se cruzaron como dos desconocidos,
sin gestos ni palabras,
ella de camino a la tienda
él de camino hacia el coche.
Quizá entre la consternación,
o el desconcierto,
o la inadvertencia,
de que por un breve instante
se amaron para siempre.
No hay sin embargo garantía
de que fueran ellos.
Quizá de lejos sí,
pero de cerca en absoluto.
Los vi desde la ventana,
y quien mira desde arriba
se equivoca con mayor facilidad.
Ella desapareció tras una puerta de cristal,
él subió al coche
y arrancó rápidamente.
Así que no pasó nada
ni siquiera si pasó.
Y yo sólo por un momento
segura de lo que vi,
intento ahora en un poema casual
convenceros a Vosotros, Lectores,
de que aquello fue triste.
Las cartas de los difuntos
Leemos las cartas de los difuntos como
impotentes dioses,
pero dioses a fin de cuentas porque conocemos
las fechas
posteriores.
Sabemos qué dinero no ha sido devuelto.
Con quién se casaron rápidamente las viudas.
Pobres difuntos, inocentes difuntos,
engañados, falibles, ineptamente precavidos.
Vemos los gestos y las señas que hacen a sus
espaldas.
Cazamos con el oído el rumor de los
testamentos rotos.
Están sentados frente a nosotros, ridículos,
como en panecillos
con mantequilla,
o se echan a correr tras los sombreros que
vuelan de sus cabezas.
Su mal gusto, Napoleón, el vapor y la
electricidad,
sus mortales curas para enfermedades
curables,
el insensato Apocalipsis según San Juan,
el falso paraíso en la tierra según Juan Jacobo…
Observamos en silencio sus peones en el tablero,
sólo que tres casillas más allá.
Todo lo previsto por ellos salió de una manera
totalmente
diferente,
o un poco diferente, es decir, también totalmente
diferente.
Los más diligentes nos miran ingenuamente a los
ojos,
porque hacían cuenta de que encontrarían en ellos
la perfección.
Despedida de un paisaje
No le reprocho a la primavera
que llegue de nuevo.
No me quejo de que cumpla
como todos los años
con sus obligaciones.
Comprendo que mi tristeza
no frenará la hierba.
Si los tallos vacilan
será sólo por el viento.
No me causa dolor
que los sotos de alisos
recuperen su murmullo.
Me doy por enterada
de que, como si vivieras,
la orilla de cierto lago
es tan bella como era.
No le guardo rencor
a la vista por la vista
de una bahía deslumbrante.
Puedo incluso imaginarme
que otros, no nosotros,
estén sentados ahora mismo
sobre el abedul derribado.
Respeto su derecho
a reír, a susurrar
y a quedarse felices en silencio.
Supongo incluso
que los une el amor
y que él la abraza a ella
con brazos llenos de vida.
Algo nuevo, como un trino,
comienza a gorgotear entre los juncos.
Sinceramente les deseo
que lo escuchen.
No exijo ningún cambio
de las olas a la orilla,
ligeras o perezosas,
pero nunca obedientes.
Nada le pido
a las aguas junto al bosque,
a veces esmeralda,
a veces zafiro,
a veces negras.
Una cosa no acepto.
Volver a ese lugar.
Renuncio al privilegio
de la presencia.
Te he sobrevivido suficiente
como para recordar desde lejos.
Fin y principio
Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas,
digo yo.
Alguien debe echar los escombros
a la cuneta
para que puedan pasar
los carros llenos de cadáveres.
Alguien debe meterse
entre el barro, las cenizas,
los muelles de los sofás,
las astillas de cristal
y los trapos sangrientos.
Alguien tiene que arrastrar una viga
para apuntalar un muro,
alguien poner un vidrio en la ventana
y la puerta en sus goznes.
Eso de fotogénico tiene poco
y requiere años.
Todas las cámaras se han ido ya
a otra guerra.
A reconstruir puentes
y estaciones de nuevo.
Las mangas quedarán hechas jirones
de tanto arremangarse.
Alguien con la escoba en las manos
recordará todavía cómo fue.
Alguien escuchará
asintiendo con la cabeza en su sitio.
Pero a su alrededor
empezará a haber algunos
a quienes les aburra.
Todavía habrá quien a veces
encuentre entre hierbajos
argumentos mordidos por la herrumbre,
y los lleve al montón de la basura.
Aquellos que sabían
de qué iba aquí la cosa
tendrán que dejar su lugar
a los que saben poco.
Y menos que poco.
E incluso prácticamente nada.
En la hierba que cubra
causas y consecuencias
seguro que habrá alguien tumbado,
con una espiga entre los dientes,
mirando las nubes.
Selección y edición por
Trígono de aire.
Córdoba, Argentina.
2019
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